Reflexión sobre Santa Catalina de Siena
Temas abordados
Reflexión sobre Santa Catalina de Siena
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Lun
29
Abr
2024
“”
Primera lectura
Queridos hermanos:
Este es el mensaje que hemos oído de Jesucristo y que os anunciamos: Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna. Si decimos que estamos en comunión con él
y vivimos en las tinieblas, mentimos y no obramos la verdad. Pero, si caminamos en la luz, lo mismo que él está en la luz, entonces estamos en comunión unos
con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos limpia de todo pecado.
Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Pero, si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará
los pecados y nos limpiará de toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos mentiroso y su palabra no está en nosotros.
Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de
propiciación por nuestros pecados, no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.
Salmo de hoy
Sal 102, 1b-2. 8-9. 13-14. 17-18a R/. Bendice, alma mía, al Señor
Pero, ¿quién fue Catalina de Siena? Catalina nació en el año 1347, el 25 de marzo, día de la Anunciación de la Virgen, que ese año, coincidía con el Domingo
de Ramos [1], en una casa de la calle de los Tintoreros, en el barrio de Fontebranda. Sus padres Jacobo Benincasa, tintorero de pieles, hombre devoto, de
quien heredó la piedad sincera y la dulzura, y de Lapa Piacenti, de la que heredó la energía y el tesón, aunque hay que reconocer que de manera más virtuosa.
Matrimonio honrado que vivía holgadamente.
Catalina que tuvo una hermana gemela Giovanna, que murió poco después, es la vigésima cuarta hija de los veinticinco hijos que tuvieron sus padres. Su madre
pudo criarla personalmente, cosa que no pudo hacer con los otros hijos a causa de sus frecuentes partos. Esto, en cierta manera la vinculó más a su hija,
queriendo ejercer en ella una influencia excesiva.
Coinciden sus biógrafos en destacar que era una niña alegre y bulliciosa, y en que su encanto le hacía ser el centro del cariño del círculo familiar y de las
amistades. Entre el año 1353-1354, cuando contaba con cinco o seis años, hay un hecho significativo en su vida, lo que la teología moderna llama “la
experiencia fundante.”[2] Tiene una visión de Jesucristo, y poco después hace su voto de virginidad. Pero sobre esto volveremos.
A partir de entonces y hasta los 15 años lleva una vida de oración intensa y de sacrificios. Esto acompañado por la lucha familiar por encontrarle marido y su
resistencia.
Un año más tarde ingresa como Mantellate, o Hermanas de la Penitencia de Santo Domingo. Estos años se caracterizan por una intensa vida espiritual, en la
que se afianza su relación con Jesucristo, y su fe se ve acrisolada por las sutiles tentaciones.
Sufre difamaciones y calumnias. Se va creando su familia espiritual: Se convierte en consejera de religiosos y nobles, laicos y gente de toda condición.
A la edad de 20 años, tiene la experiencia del desposorio místico con Jesucristo, que la confirma en su fidelidad. Tres años más tarde, cree haber muerto, y
despierta con la claridad de los nuevos senderos que le manifestó Dios: Su espíritu experimenta una imperiosa sed de la gloria de Dios y se acrisola su amor a
la Iglesia. En esta etapa de madurez, 1371-1372, comienza su actividad política debiendo salir a la luz pública.
Ante su fama creciente, el Capítulo de la Orden de Predicadores reunido en Florencia, la llama para examinarla, y se le asigna como director a Raimundo de
Capua, dominico que llegaría a ser Maestro de la Orden y discípulo de la santa. Regresa a Siena –1374- y se dedica en cuerpo y alma a la atención a los
enfermos a causa de la Peste Negra. Hasta su muerte será embajadora de la paz entre las ciudades italianas entre sí, y de éstas con el Papa. Intercedió para
que éste regresara a Roma.
El 29 de abril de 1380, muere en Roma, ofreciendo su vida por la Iglesia que está dividida por el Cisma de Occidente.
[1]Jörgensen, dice que mientras en la Iglesia resonaba el “bendito el que viene en nombre del Señor”, de la liturgia de ese día, la
Iglesia, saludaba a la más ilustre hija de Siena, a la más amante esposa de Cristo, Benedicta quae venit.... Santa Catalina de Siena,
Fontis, Buenos Aires p.31.
Irrupción de Dios en la vida humana, en la existencia personal. Experiencia marca la vida de tal forma que podemos hablar de un
[2]
antes y un después. La experiencia fundante, es una experiencia contemplativa.
Liturgia de la fiesta
Oración colecta
O bien:
Celebrante:
Por los que se han consagrado a Dios en el servicio a la Iglesia y a los hermanos, para que perseveren en su esfuerzo y colaboren con generosidad a la
edificación del reino de Cristo. Roguemos al Señor.
R/ Te lo pedimos, Señor.
Por los pueblos más necesitados de bienes espirituales y materiales, para que una división justa de los bienes de la tierra les ayude a construir su propio
desarrollo. Roguemos al Señor.
Por todos los que necesitan nuestra ayuda, para que a nadie falte nuestra oración y caridad fraterna. Roguemos al Señor.
Por las religiosas de la Orden de Predicadores, para que, siguiendo a santa Catalina de Siena, se dediquen a la extensión de la Palabra de Dios y al servicio
generoso de la Iglesia y de la sociedad. Roguemos al Señor.
Por los que nos reunimos en esta celebración, para que la Eucaristía en la que participamos nos haga sensibles a la alegría y a la necesidad de aquellos con
quienes convivimos cada día. Roguemos al Señor.
Celebrante:
Escucha, Señor, la oración de tus hijos
y concédenos desear lo que te agrada
y aceptar con amor lo que nos concedes.
Por Cristo nuestro Señor.
R/ Amén.
Prefacio
Mar
30
Abr
2024
“”
Primera lectura
En aquellos días, llegaron unos judíos de Antioquía y de Iconio y se ganaron a la gente; apedrearon a Pablo y lo arrastraron fuera de la ciudad, dejándolo ya por
muerto. Entonces lo rodearon los discípulos; él se levantó y volvió a la ciudad.
Al día siguiente, salió con Bernabé para Derbe. Después de predicar el Evangelio en aquella ciudad y de ganar bastantes discípulos, volvieron a Listra, a Iconio
y a Antioquia, animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar muchas tribulaciones para entrar en el reino de
Dios.
En cada Iglesia designaban presbíteros, oraban, ayunaban y los encomendaban al Señor, en quien habían creído. Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia. Y
después de predicar la Palabra en Perge, bajaron a Atalía y allí se embarcaron para Antioquia, de donde los habían encomendado a la gracia de Dios para la
misión que acababan de cumplir. Al llegar, reunieron a la Iglesia, les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la
puerta de la fe. Se quedaron allí bastante tiempo con los discípulos.
Salmo de hoy
Sal 144, 10-11. 12-13ab, 21 R/. Tus amigos, Señor, proclaman la gloria de tu reinado
San Pio V
Papa
Miguel Ghislieri nació en Bosco Marengo (Piamonte, Italia) en 1504 y entró en la Orden a los quince años en el convento de Voghera, tomando el nombre de
Pío. Fue prior, inquisidor, obispo, cardenal y elegido Papa el 7 de enero de 1566. Restauró el culto cristiano y la disciplina eclesiástica, poniendo en práctica,
sobre todo con su misma vida, las normas del concilio de Trento.
Confirmó a sus hermanos en la fe y, con el auxilio de la Virgen María mediante la devoción de su rosario, los libró de la invasión de sus enemigos. Fue egregio
por su mucha virtud y entusiasmo apostólico. Murió en Roma el 1 de mayo de 1572 y su cuerpo se venera desde 1588 en la capilla del Santísimo de la basílica
de Santa María la Ma yor. Fue canonizado el 22 de mayo de 1712.
Semblanza espiritual
Ejemplo de pobreza, humildad e inagotable actividad, es elegido dos veces prior por los hermanos de su Orden. Todo lo edifica sobre la oración. Siendo Papa
Pio V visita a pie las iglesias de Roma. Su vida testifica la palabra del apóstol Pablo: "¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en
Vosotros?"
En cuanto conductor del Pueblo de Dios, vibra con las vicisitudes de los pobres, siente cariño por los cristianos de Roma, que si en un principio fueron muy
entusiastas con él, después lo apreciarán como a un padre. En Roma reformó las costumbres del clero y del laicado.
Desde el momento en que es elegido Papa, conservará el espíritu y el hábito dominicano dedicándose con total decisión a poner en práctica, con el ejemplo de
su vida, todas las consignas del Concilio de Trento para la reforma de la Iglesia y el bien de las almas. Estimuló la formación teológica de los clérigos en los
seminarios a los que, entre otras medidas, propone la introducción de la enseñanza de la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino.
Liturgia de la fiesta
Oración colecta
Concédenos, Señor,
que nos valgan de ayuda
los dones que te presentamos
en la fiesta del papa san Pío,
ya que tú has querido
perdonar los pecados del mundo
mediante el sacrificio de esta ofrenda.
Por Jesucristo nuestro Señor.
Señor, te pedimos
que gobiernes con amor a tu Iglesia,
alimentada en este santo sacramento,
para que, dirigida con tu eficacia,
sea cada vez más libre
y se mantenga en la integridad de tu servicio.
Por Jesucristo nuestro Señor.
Mié
1
May
2024
“”
Primera lectura
En aquellos días, unos que bajaron de Judea se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban conforme al uso de Moisés, no podían salvarse.
Esto provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé; y se decidió que Pablo, Bernabé y algunos más de entre ellos subieran a Jerusalén a
consultar a los apóstoles y presbíteros sobre esta controversia. Ellos, pues, enviados por la Iglesia provistos de lo necesario, atravesaron Fenicia y Samaría,
contando cómo se convertían los gentiles, con lo que causaron gran alegría a todos los hermanos. Al llegar a Jerusalén, fueron acogidos por la Iglesia, los
apóstoles y los presbíteros; ellos contaron lo que Dios había hecho con ellos.
Pero algunos de la secta de los fariseos, que habían abrazado la fe, se levantaron, diciendo:
«Es necesario circuncidarlos y ordenarles que guarden la ley de Moisés».
Los apóstoles y los presbíteros se reunieron a examinar el asunto.
Salmo de hoy
Sal 121, 1bc-2. 3-4b. 4c-5 R/. Vamos alegres a la casa del Señor
Jue
2
May
2024
“”
Primera lectura
En aquellos días, después de una fuerte discusión, se levantó Pedro y dijo a los apóstoles y a los presbíteros:
«Hermanos, vosotros sabéis que, desde los primeros días, Dios me escogió entre vosotros para que los gentiles oyeran de mi boca la palabra del Evangelio, y
creyeran. Y Dios, que penetra los corazones, ha dado testimonio a favor de ellos dándoles el Espíritu Santo igual que a nosotros. No hizo distinción entre ellos y
nosotros, pues ha purificado sus corazones con la fe. ¿Por qué, pues ahora intentáis tentar a Dios, queriendo poner sobre el cuello de esos discípulos un yugo
que ni nosotros ni nuestros padres hemos podido soportar? No; creemos que lo mismo ellos que nosotros nos salvamos por la gracia del Señor Jesús».
Toda la asamblea hizo silencio para escuchar a Bernabé y Pablo, que les contaron los signos y prodigios que Dios había hecho por medio de ellos entre los
gentiles. Cuando terminaron, Santiago tomó la palabra y dijo:
«Escuchadme, hermanos: Simón ha contado como Dios por primer vez se ha dignado escoger para su nombre un pueblo de entre los gentiles. Con esto
concuerdan las palabras de los profetas, como está escrito:
"Después de esto volveré y levantaré de nuevo la choza caída de David; levantaré sus ruinas y la pondré en pie, para que los demás hombres busquen al Señor,
y todos los gentiles sobre los que ha sido invocado mi nombre: lo dice el Señor, el que hace esto sea conocido desde antiguo".
Por eso, a mi parecer, no hay que molestar a los gentiles que se convierten a Dios; basta escribirles que se abstengan de la contaminación de los ídolos, de las
uniones ilegítimas, de animales estrangulados y de la sangre. Porque desde tiempos antiguos Moisés tiene en cada ciudad quienes lo predican, ya que es leído
cada sábado en las sinagogas».
Salmo de hoy
Sal 95, 1-2a. 2b-3. 10 R. Contad las maravillas del Señor a todas las naciones.
San Atanasio
San Atanasio debió de nacer en Alejandría o en sus aledaños —según indica la Vida copta— por los años 295-297, de una familia griega o enteramente
helenizada, y sin duda también cristiana. El obispo de Alejandría, Alejandro, puesto en contacto con los padres, se encargó de proveer a su educación.
Terminada ésta, Alejandro lo incorporó a su clero. En todo caso, hacia el año 320 Atanasio había sido ya ordenado de diácono y ejercía de secretario de su
obispo.
Las persecuciones de Diocleciano y sus Augustos y Césares marcaron su infancia y adolescencia: la persecución fue muy dura y particularmente sangrienta en
Egipto, pero también abundosa en mártires y confesores de la fe, aunque tampoco escasearon las cobardías, lo que dio lugar al problema de los lapsi o
«apóstatas arrepentidos», y al consecuente cisma de los rigoristas intransigentes, con Melecio en cabeza, frente a la postura indulgente y reconciliadora de los
obispos alejandrinos: Pedro —mártir él también— y su sucesor Alejandro.
Entre el final de la persecución y su ordenación de diácono, podemos situar su retiro al desierto y su primera estancia entre los monjes, como discípulo muy
próximo del gran San Antonio, como el propio Atanasio confiesa en el prólogo de su Vida de Antonio. Y bien conocida es la relación entre monacato y
persecución. Atanasio se movía en la órbita de la reacción de Antonio y sus monjes frente a la persecución y sus secuelas.
Probablemente fue durante esta su estancia en el retiro del desierto cuando compuso su obra en dos partes: Contra los paganos y Sobre la Encarnación del
Verbo, obra ciertamente anterior a la aparición del arrianismo.
Cuando Arrio inicia la exposición de su doctrina predicando en la iglesia del barrio alejandrino de Baucalis (318/ 323) Atanasio ejerce ya de secretario de su
obispo Alejandro. Esto hace sospechar que fue Atanasio el redactor de la carta que Alejandro envió al episcopado de Oriente y al papa de Roma, Silvestre,
comunicándoles el error de Arrio y su condena por parte de un centenar de obispos egipcios reunidos en sínodo.
El emperador Constantino convocó el primer concilio general. Quería zanjar la cuestión arriana, que había tomado ya proporciones alarmantes para la unidad del
imperio, máxima preocupación suya, y de paso arreglar algunos problemas que consideraba urgentes. El concilio se reunió finalmente en Nicea, en la primavera
del 325, y Atanasio acudió y tomó parte en calidad de secretario y asesor de su obispo Alejandro.
Si hemos de creer a su panegirista San Gregorio, las intervenciones de Atanasio en las sesiones del concilio fueron poco menos que decisivas, pero esto
debemos ponerlo en la cuenta del propio panegirista arrastrado por su entusiasta y fervorosa admiración. Pero sí es cierto que sus discretas intervenciones
debieron de tener ya bastante peso, puesto que, según San Cirilo de Alejandría y por lo que el propio Atanasio deja entrever en sus obras, ya en el concilio
mismo nació la admiración de los ortodoxos, a la vez que el odio profundo de los arrianos.
Obispo de Alejandría
No tardó en recaer sobre Atanasio todo el peso de la responsabilidad eclesial y pastoral inherente al episcopado de Alejandría. Efectivamente, a mediados del
año 328, moría el obispo Alejandro, y al cabo de unas semanas de sede vacante, durante las cuales parece que hubo algunas maniobras de rivales, aunque no
como insinúa el historiador proarriano Filostorgio, todo el pueblo católico proclamó unánime como sucesor a Atanasio, que fue consagrado obispo de Alejandría
el 8 de junio. Las dificultades provenían, sobre todo, del hecho de estrenarse un nuevo procedimiento de elección, establecido por Alejandro.
De momento, tanto los cismáticos melecianos como los herejes arrianos le dejaron en paz y en calma, como parece reflejar su primera carta pascual de 329,
ventaja que él aprovechó para realizar su primera visita pastoral a su vastísima diócesis. Esta ausencia suya de Alejandría dio ocasión a los melecianos para
intentar despojarle de su sede, y a los arrianos para iniciar sus ataques, más personales que doctrinales, contra él.
En otoño de 334, Constantino invitó a Arrio a personarse en la corte de Nicomedia. Arrio presentó al emperador una «profesión de fe. tan cuidadosamente
equívoca —según podemos comprobar en la obra de Sozomeno— que, aun no llevando expreso el término homooüsios, podía perfectamente ser tomada en
sentido ortodoxo, por lo que el emperador mandó que Atanasio reincorporase a Arrio en su puesto de la Iglesia alejandrina. Atanasio, al que no engañaba la
cauta profesión de fe del hereje, se opuso a esa readmisión, lo que provocó no poco descontento en la corte imperial y general revuelo entre melecianos y
arrianos.
Con el fin de apaciguar los ánimos, Constantino convocó un concilio, lo más numeroso posible, que debía celebrarse en Tiro de Palestina, en la primavera de
335, año en que coincidían el primer decenio del Concilio de Nicea y el tercero —tricennalia— de Constantino como emperador. Al concilio acudieron unos
sesenta obispos, según el historiador Sócrates, pero en su gran mayoría eran partidarios de Arrio.
También compareció Atanasio, al que acompañaban unos cincuenta obispos egipcios, pero éstos no pudieron participar en las sesiones, porque no los
admitieron, y Atanasio tuvo que enfrentarse solo a las graves acusaciones que le imputaban y a la parcialidad de las comisiones nombradas para investigarlas.
Las cosas llegaron a tal punto en el aula conciliar que los propios funcionarios imperiales, temerosos de lo peor para la integridad física de Atanasio,
secretamente lo sacaron del aula e hicieron que pudiera ocultarse en el puerto, mientras el concilio, defraudado, le condenaba en contumacia, le deponía de su
sede y reintegraba a los melecianos a sus puestos.
Atanasio, pues, decidió entrevistarse personalmente con el emperador para explicarle y justificar su punto de vista y lograr que Constantino comprendiera la
injusticia de la situación en que se hallaba, por causa de la sectaria actuación del concilio. Pero éste tampoco se durmió, sino que trató de adelantársele, y así,
cuando el 30 de octubre logró Atanasio desembarcar en Constantinopla, los emisarios del concilio habían llegado ya, y lograron hacer cambiar de parecer al
emperador, ganado por Atanasio para su causa el día anterior.
Consiguientemente, decidido a terminar cuanto antes con aquel intrincado y peligroso asunto, el emperador resolvió desterrar a Atanasio a Tréveris, en las
Galias, aunque no se atrevió a darle un sustituto para la sede alejandrina.
El 22 de mayo de 337 moría el emperador Constantino, y este acontecimiento iba a repercutir no sólo en la marcha general del imperio, sino también en la vida
particular de muchos, entre ellos Atanasio. El imperio se dividió entre los tres hijos de Constantino: Constantino II se quedó con Bretaña, las Galias y España;
Constante, con Italia, África y el Ilírico; y Constancio se reservó todo el Oriente. De acuerdo con sus hermanos, Constantino II, que residía en Tréveris, permitió a
Atanasio regresar a su sede de Alejandría quien se apresuró a poner las cosas en su sitio. Convocó a todos los obispos católicos de Egipto para reunirse con él
en Alejandría, la metrópoli. Todos juntos firmaron una carta encíclica, dirigida a todos los obispos del mundo y a los tres emperadores, a la que el abad Antonio,
desde su retiro solitario, prestó como aval el apoyo de su indiscutida autoridad espiritual. Mientras tanto, los adversarios habían retirado a Pisto por considerarlo
poco competitivo y habían consagrado en Antioquía, para sustituirlo, a un tal Gregorio de Capadocia, al que enviaron a Alejandría en marzo de 339, con cartas
de recomendación para el prefecto de Egipto, Filagrio, que, ciertamente, tampoco veía con buenos ojos el regreso de Atanasio, por lo que apoyó al intruso e
incluso lo instaló bajo la protección de fuerzas armadas. Los disturbios que esto provocó causaron heridos y hasta muertos.
Segundo destierro
Ante esta exhibición de fuerza, con tan graves consecuencias, Atanasio se sintió impotente para sobreponerse sin causar peores daños para su grey, y se vio
obligado a abandonar el campo y dejar libre el paso a los adversarios. Pero no sin antes publicar otra carta encíclica a todos los obispos del mundo, como
indignada protesta contra la violencia y el atropello de que había sido víctima por parte del prefecto Filagrio al introducir al usurpador Gregorio.
Ocultado en un principio entre los cenobitas, en seguida partió para Roma, invitado por el papa Julio.
Concilio de Sárdica
Vencido y muerto en la batalla de Aquilea Constantino II, el año 340, su parte del imperio, la más occidental, pasó a manos de su hermano Constante, que así se
convirtió en único emperador de todo el Occidente romano. A finales de 342, los dos emperadores supervivientes, Constante y Constancio, se pusieron de
acuerdo para convocar un concilio general, que definitivamente arreglase todos los litigios pendientes. Para su realización señalaron como sede la ciudad de
Sárdica (Sofía, en Bulgaria), a medio camino para los dos bloques.
Convocado, los orientales se presentaron en gran número. Pero se negaron a tomar parte en las sesiones del concilio mientras en ellas participaran los obispos
que ellos habían depuesto, y particularmente Atanasio. Los intentos de mediación, incluso los del presidente del concilio, el español Osio de Córdoba, fracasaron
rotundamente. Osio llegó a proponerles llevarse consigo a España a Atanasio, si ellos le negaban el regreso a Alejandría, con tal que, junto con todo el concilio,
reconocieran la inocencia de Atanasio. Se cerraron en su negativa y la misma noche abandonaron Sárdica, después de redactar una carta encíclica en la que se
reafirmaban en sus acusaciones contra Atanasio expuestas en Tiro. Los obispos que permanecieron en sus puestos continuaron las sesiones, a pesar de ese
abandono, y en ellas se ocuparon de los principales asuntos. Como el caso de Atanasio había sido ya bien estudiado y examinado en Roma, a falta de nuevos
elementos de juicio, no tuvieron mayor dificultad para confirmarle como legítimo obispo de Alejandría y declararle totalmente inocente, a la vez que deponían y
excomulgaban al intruso Gregorio de Capadocia. Algunos conciliares propusieron redactar un nuevo Símbolo de la fe, pero Atanasio se opuso, y con él la
mayoría, porque se prestaría a muy diversas y torcidas interpretaciones, y sobre todo porque bastaba el de Nicea para fundamentar, sin equívocos ni
componendas, la fe ortodoxa.
Antes de separarse, los conciliares escribieron una carta encíclica explicando los resultados del concilio, dirigida a todo el mundo, y un carta especial a la Iglesia
alejandrina, para cuyo clero añadió Atanasio algunas instrucciones personales, expresando su esperanza de un pronto retorno.
Pero Constancio, filoarriano y celoso cultivador de la fidelidad de los obispos arrianos súbditos suyos, fidelidad políticamente muy necesaria para él, se puso
decididamente de parte de los obispos orientales disidentes del concilio, y en consecuencia rechazó las decisiones de éste, sobre todo las de reposición de los
obispos desterrados. Atanasio, pues, tuvo que permanecer todavía en el destierro unos cuantos años, que repartió entre las riberas del Danubio e Italia, y entre
las Galias y Asia Menor, sin dejar nunca de estar al tanto de todos los acontecimientos y de ejercer en todas partes adonde iba un influjo verdaderamente
enriquecedor en las personas y en las instituciones, en la doctrina y en la vida de las comunidades eclesiales.
Ocurrió, pues, que los intereses políticos aproximaron las posturas de los dos emperadores, la del filoarriano Constancio y las del ortodoxo Constante, y así, por
la Pascua de 344, envió éste a su hermano, que se hallaba en Antioquía, una carta en que le pedía que autorizase el regreso de Atanasio a su sede de
Alejandría. De momento, Constancio se negó, pero sí permitió dejar libre al clero alejandrino deportado en Armenia, y además prometió no seguir persiguiendo
en Egipto a los partidarios de Atanasio. Sin embargo, al año siguiente, muerto en junio el usurpador Gregorio de Capadocia, el propio Constancio escribió a
Atanasio invitándole a regresar a su sede y recobrar su puesto. Aún tuvo que insistir con nuevas cartas. Y es que Atanasio, que por entonces se hallaba en
Aquileya, no se fiaba lo más mínimo, y quiso cerciorarse entrevistándose antes en las Galias con el emperador Constante, que debió de convencerle, puesto que
decidió ir a Antioquía, donde vería a Constancio, pero pasando antes por Roma para despedirse y aconsejarse del papa julio,
El emperador Constancio no sólo le recibió en audiencia, sino que le entregó sendas cartas para los obispos, clero y fieles, y para su prefecto Nestorio,
redactadas en un tono amable y al parecer convincente. En efecto, después de atravesar Palestina en medio de la más cálida acogida por parte de los obispos,
reunidos en sínodo, al llegar a la frontera egipcia, los mismos funcionarios que antes le buscaban como fugitivo, ahora le agasajaban y le acompañaron como
escolta hasta Alejandría, donde entró el 21 de octubre de 346, en medio de un recibimiento auténticamente apoteósico, tanto que —como dice San Gregorio
Nacianceno— «ni en honor de Constancio en persona se haría otro tanto», y eso que hizo su entrada, como Jesús en Jerusalén, «a lomos de un asnillo«, y no
en brioso alazán.
Pero Atanasio, como hemos visto, no era hombre para dormirse sobre los laureles del triunfo, y en seguida se puso a reorganizar las Iglesias y a encauzar el
explosivo movimiento monástico que, de no ser integrado en la estructura eclesial, dejado a su aire podía acarrear gravísimo peligro para la Iglesia de saltar en
mil pedazos. Incorporados al conjunto eclesial, los monjes se convirtieron en la más rica savia de la vida de la Iglesia, y en el mejor apoyo para Atanasio,
personalmente y para sus proyectos pastorales.
La nueva situación envalentonó a los arrianos, que volvieron a las andadas de su intransigencia y de su odio hacia Atanasio e hicieron llegar a Constancio
nuevas acusaciones contra él, que ellos consideraban de lesa majestad, y con las mismas trataron también de ganarse al nuevo papa Liberio. A comienzos de
353, Liberio convocó en Roma un sínodo para tratar el asunto, y la respuesta sinodal fue una firme negativa a declararse contra Atanasio. Por el mismo tiempo,
el propio Atanasio hizo llegar a Constancio una seria protesta, avalada por la firma de unos ochenta obispos adictos a él y a su causa. El emperador estaba ya
decidido a no dejar pasar la ocasión de quitarse de encima a quien creía obstáculo máximo para su total control de Egipto y de su llave, Alejandría, para lo cual
no necesitaba mucho impulso de los arrianos, eternos adversarios de Atanasio. Su respuesta inmediata fue invitar a éste a la corte, aparentando acceder a una
petición que supuestamente le había hecho Atanasio, lo cual hizo que éste se pusiera en guardia, y así exigió que la invitación se le cursara por escrito y no por
palabra de emisarios. Esperó en vano esta invitación escrita, mientras ocupó su tiempo en redactar una Apología a Constancio, que por entonces no le sirvió de
nada.
El emperador, que por razones políticas se hallaba en los territorios de Occidente, decide aprovechar la ocasión para atacar a Atanasio por el flanco que le era
más favorable y le apoyaba sin reservas. A finales del mismo año 353, desde. Arlés envía sus legados al papa, conminándole a convocar un concilio en
Aquileya. Este concilio se celebró en el invierno de 354, pero no en Aquileya, sino en el mismo Arlés. Constancio propuso a la firma de los padres conciliares un
decreto de condena contra Atanasio. Por desgracia, salvo Paulino de Tréveris, que conocía personalmente a Atanasio y no quiso traicionarle, todos, incluidos los
legados del papa Liberio, firmaron el decreto. Naturalmente, Paulino fue desterrado.
Tercer destierro
Atanasio tuvo, pues, que enfrentarse a un nuevo destierro. Pero esta vez no le dejaron en paz. Los esbirros de Constancio no cejaron de buscarlo afanosa e
incansablemente durante nada menos que seis años. Siempre en vano. Fieles y monjes se desvivían por él y podía cambiar de escondite a voluntad. Durante
esos seis años, en ningún momento dejo él de hacer sentir su presencia a sus fieles, y a todo el mundo cristiano.
Efectivamente, de esta época proceden sus grandes obras de polemista y de teólogo, Además de sus Apologías en defensa y justificación propias, tenemos la
Historia de los arrianos, para informar con exactitud particularmente a los monjes que le cobijaban, obra polémica y teológica donde no falta el humor y que
alguien, por no entenderla adecuadamente, llegó a calificar de «endiablada novela cómica». También la serie de Discursos contra los arrianos, donde Atanasio
nos muestra al hombre que, teniendo horror a las -especulaciones filosóficas en que, dice, caen los arrianos al pretender analizar «científicamente» a Dios, con
desprecio del misterio de la intimidad divina, se pone, sin embargo en su mismo plano y arguye contra esa disminución de Dios, pero siempre conservando el
método propio de un pastor cuidadoso de la fe de los sencillos e insistiendo, sin sutilezas lógicas ni retóricas, en la afirmación de la divinidad del Verbo desde la
revelación bíblica y la tradición eclesial, Y la Vida de Antonio, que ha merecido el título de best seller de la literatura cristiana, traduciría a todas las lenguas; en
ella el amigo de los monjes, mártir del ministerio episcopal, narra la vida de un mártir de la conciencia, Antonio, el hombre de Dios cuya vida es modelo de vida
monástica, ejemplo de vida cristiana y el mejor exponente y la mejor defensa de la fe nicena.
Regreso a Alejandría
El 3 de noviembre de 360 moría Constancio cuando se dirigía contra Juliano, proclamado Augusto por el ejército galo-germánico. Así, muerto Constancio,
Juliano quedó, sin lucha, dueño de todo el imperio. Para comenzar su gobierno y acaso por llevar la contra a la política de Constancio, decretó una amnistía que
permitió a los obispos desterrados regresar a sus sedes.
Cuarto destierro
Pero tanta dicha no podía durar mucho en la trayectoria vital del gran luchador. Efectivamente, el emperador Juliano, que en adelante será conocido como
Juliano el Apóstata», se lanzó muy pronto a imponer su nueva política de resurgimiento y reimplantación del «helenismo» como cultura y del paganismo como
religión del Estado. Sus medidas anticristianas van dirigidas contra todos los seguidores del «Galileo», pero Atanasio le merece una atención especial. Atanasio
no tuvo otra salida que volver a emprender ocultamente el doloroso y bien conocido camino del destierro, lo que finalmente realizó el 24 de octubre de 362. De
nuevo halló refugio y protección entre sus amigos los monjes, y una vez más frustró las pesquisas de los esbirros imperiales.
Regreso
Sin embargo, la Providencia dispuso que este destierro fuera corto. Efectivamente, el 26 de junio de 363 moría Juliano en plena campaña bélica contra los
persas. El ejército proclamó emperador a Joviano, que, contrariamente a Juliano, era católico convencido y preocupado por la ortodoxia y por la unidad de la
Iglesia. Una de sus primeras medidas fue escribir a Atanasio para que regresara a Alejandría, y luego le invitó a viajar a Antioquía, atenazada todavía por el
cisma meleciano. Poco después, en febrero de 364, moría en Dadaszan, en camino hacia Constantinopla, el emperador Joviano, y nuevamente el imperio se
dividía en dos: Valentiniano, proclamado por el ejército acampado en Nicea, se reservó la parte occidental, y entregó a su hermano Valente la oriental. Aunque
cruel e irritable, Valentiniano siempre se mostró tolerante en cuestiones religiosas. Su hermano, en cambio, fervoroso y convencido arriano, pronto se mostró, en
esas mismas cuestiones, más bien intransigente, y pronto hizo suya la política religiosa del filoarriano Constancio. Apenas transcurrido un año de su imperio, en
la primavera de 365, publicaba un edicto por el que ordenaba volver al destierro a todos los obispos amnistiados por Juliano y por Joviano.
Quinto destierro
El caso de Atanasio, siempre especial, también tuvo esta vez trato especial, pero con el mismo resultado: por quinta vez tuvo Atanasio que salir ocultamente de
Alejandría, a comienzos de octubre, y acudir de nuevo a la hospitalidad de los monjes en el desierto.
Regreso definitivo
¿Quién o qué impulsó al intolerante Valente a dar la orden oficial de que Atanasio, el viejo luchador, regresara a su sede, a su ciudad de Alejandría? ¿Quizás
porque veía que su figura se iba agigantando (día a día en todo el imperio, considerado como el símbolo vivo de la ortodoxia?
Lo cierto es que Atanasio pudo volver a su Iglesia y pasar con relativa tranquilidad sus últimos años.
Fueron años fértiles en actividad pastoral y en producción literaria: mucha predicación –sermones–, amplios comentarios bíblicos y exegéticos, abundante y
enjundiosa correspondecia epistolar, mediante la cual siguió interviniendo en los principales asuntos y acontecimientos de interés general, siempre en defensa
de la fe ortodoxa y de las personas e instituciones que la representaban, y siempre con la incansable preocupación de promover y facilitar en lo posible la
reconciliación y la unión de las Iglesias, orientales y occidentales, y de sus pastores y responsables.
Muerte
En plena actividad de su ministerio episcopal, la muerte sorprendió a este veterano y valentísimo luchador, la noche del 2 al 3 de mayo de 373, rodeado de un
clero al que nunca falló y al que no había dejado de animar en la lucha por la ortodoxia; de unos monjes que tantas veces habían compartido con él no sólo
techo y pan, sino también la vida, pues le consideraban uno de ellos; y de unos fieles que tantas veces le protegieron y hasta expusieron su vida por defenderle
contra los soldados, a él que consideraban su verdadero padre, su «papa».
No fue mártir, pero toda su vida fue un martirio. Confesor de la fe por excelencia, en seguida, tras su muerte, fue objeto del más fervoroso y rendido culto,
animado por los panegíricos de las personalidades más relevantes del momento, entre ellas San Gregorio de Nacianzo, quien, después de proclamarlo «pilar de
la Iglesia» y «padre de la ortodoxia», dado que «su modo de vivir era la regla del episcopado, y su fe la ley de la ortodoxia», añade: «El fasto de sus exequias
sobrepasa los honores que recibió en ocasión de su regreso del destierro, y a pesar del río de lágrimas que provoca, la idea que de sí mismo dejó en el espíritu
de todos excede con mucho las manifestaciones exteriores».
Su fiesta se celebró, desde un principio, el 2 de mayo. El Concilio II de Constantinopla (553) le cita corno el primero de los grandes doctores de la Iglesia.
Vie
3
May
2024
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Primera lectura
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 15, 1-8
Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os anuncié y que vosotros aceptasteis, en el que además estáis fundados, y que os está salvando, si os mantenéis en
la palabra que os anunciamos; de lo contrario, creísteis en vano.
Porque yo os transmití en primer lugar, lo que también yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado y que resucitó
al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de
los cuales vive todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, más tarde a todos los apóstoles; por último, como a un aborto, se me apareció
también a mí.
Salmo de hoy
Apóstoles (siglo I)
Felipe de Betsaida
San Felipe figura con todo derecho en las listas de los apóstoles que nos transmiten los primeros escritos cristianos (Mt 10, 3; Mc 3, 18; Lc 6, 14; Hch 1, 13).
Tenía un nombre griego, que significa «amigo de los caballos». En los textos bíblicos Felipe se nos muestra como un discípulo decidido y dedicado a la causa,
preocupado por su Maestro y por los oyentes del Maestro.
Era Felipe natural de Betsaida, corno Andrés y Simón. Seguramente compartía con ellos las tareas de la pesca. Y posiblemente compartía, al menos con el
primero, una insatisfacción interior que parece haberle llevado a escuchar la predicación de Juan el Bautista. Allí le encontró Jesús. Se limitó a decirle:
«Sígueme». Felipe es, en efecto, uno de los primeros llamado por Jesús (Jn 1, 43-44).
Pero la escena tiene una continuación interesante. El llamado por la voz de Jesús se convierte pronto en el eco de aquella voz. No puede ocultar el gozo de
haber encontrado al que era la meta, más o menos consciente, de la larga búsqueda de su pueblo: «Felipe se encuentra con Natanael y le dice: "Hemos
encontrado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y también los profetas: Jesús, el hijo de José, el de Nazaret"». Es cierto que Natanael no comparte el
entusiasmo de quien le lanza ese anuncio sorprendente. Natanael no tiene prejuicios contra la persona, sino contra el lugar de su origen. Felipe se limita a
responder: «Ven y lo verán Un 1, 45-46). En las listas de los apóstoles, Mateo y Lucas lo emparejan para siempre con Bartolomé, que se suele identificar con
Natanael.
Más que la afinidad puntual, interesa subrayar la ejemplaridad de aquel gesto primero. Con la decisión de Felipe se nos sugiere que ha comenzado una nueva
era en la historia de la salvación. En la primera alianza uno de los verbos más repetidos invitaba a «escuchar» la palabra de Dios. Ahora ha llegado el momento
de «ven al que es el mensajero definitivo de Dios. Ésa habría de ser para siempre la consigna de la misión cristiana: ¡Ven y lo verás!
Hay un momento importante en el que Felipe sale del anonimato del grupo, cuando Jesús sugiere a los discípulos que den de comer a la multitud que le sigue.
Una propuesta aparentemente descabellada que les lleva a preguntarse cómo van a poder gastar doscientos denarios en pan (Mc 6, 35-37). Según el relato de
Juan, es Jesús quien ha calculado las posibilidades y pregunta a Felipe cómo podrían comprar panes para la multitud (Jn 6, 5). El texto añade, precavido: «Se lo
decía para probarle, porque él sabía lo que iba a hacer'.
El mismo relato nos indica que no son los discípulos, en general, sino Felipe quien se apresura a hacer cálculos sobre el costo de los panes: doscientos denarios
(Jn 6, 7). Ahí parece terminar su intervención. El protagonismo lo torna a continuación su paisano y amigo Andrés. De nuevo se encuentran los dos discípulos de
la primera hora en el momento de tomar las decisiones sobre el alimento de las gentes hambrientas.
También se recuerda a Felipe con motivo de la entrada de Jesús en Jerusalén, recibido como «el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel» (Jn 12, 13).
Entre los que llegaban a la ciudad para celebrar las grandes fiestas de los hebreos había siempre algunos paganos que cultivaban una cierta simpatía hacia la
religión de los judíos. Hasta se les permitía el acceso al primero de los atrios del templo. Algunos de esos paganos, llegados para la celebración de la Pascua,
se acercaron a Felipe para decirle: «Señor, quisiéramos ver a Jesús. O, tal vez, se trataba sencillamente de judíos que vivían en la diáspora y preferían
expresarse en la lengua griega, que conocían mejor. Felipe les sirvió de intérprete. Comunicó aquel deseo a Andrés y, otra vez juntos, fueron a decírselo a
Jesús. Para el Evangelio de Juan, aquellos peregrinos de lengua griega parecen representar a toda la humanidad que busca al Mesías, Cuando Jesús supo cíe
aquel interés, pareció entrar en éxtasis. Era como si hubiera llegado para él la señal de su hora: la hora de la glorificación, Entonces pronunció la alegoría del
grano de trigo: es preciso que muera en el surco para producir fruto abundante (Jn 12, 20-33).
Todavía nos ofrecen los Evangelios una última intervención del apóstol Felipe. El Maestro parece despedirse después de celebrar la cena pascual. Se presenta,
una vez más, como el camino que lleva al Padre. En ese momento es cuando le dice Felipe: "Señor, muéstranos al Padre y nos basta" (Jn 14, 8). Es ésa una
petición que resume la oración de todos los cristianos de todos los tiempos.
La respuesta de Jesús parece un tanto destemplada. Sin embargo, no es tanto un reproche displicente al discípulo primerizo y celoso que vino de Betsaida,
cuanto un aviso a todos los creyentes que vivan cerca del Mensajero sin llegar a aceptar plenamente su mensaje: “¿Tanto tiempo estoy con vosotros y no me
has conocido, Felipe?” (Jn 14, 9-10).
Felipe es un modelo permanente para el discípulo. Él es el modelo del llamado que llama. El que sabe por experiencia y transmite la vivencia. Es también el que,
ante la falta de panes, duda entre los caminos de la técnica y el camino del misterio. Es el que hace de puente hacia Jesús. El que anhela descubrir el rostro del
Padre. El que sabe que aún no sabe lo esencial, El que busca.
Según la Leyenda Áurea, el apóstol San Felipe habría sido crucificado y lapidado a la edad de 87 años.
La reproducción artística más antigua de San Felipe lo coloca en compañía de Pedro, Pablo y Tomás y se encuentra en los capiteles de la iglesia visigótica cíe
San Pedro de la Nave (Zamora), que se remontan a finales del siglo VII. También se encuentra en compañía de Bartolomé, sentado a la derecha de Jesús, en la
pintura de la última cena, pintada en una de las bóvedas del Panteón de los Reyes (siglo XII), en la basílica colegiata de San Isidoro de León.
Santiago el Menor
Junto a San Felipe, la comunidad cristiana celebra hoy al apóstol Santiago. En todas las listas de los apóstoles se menciona a un tal Jacob (en castellano
antiguo Sant Yago), hijo de Alfeo, que curiosamente se encuentra siempre a la cabeza del tercer grupo de los cuatro que constituyen el colegio de los Doce (cf.
Mt 10, 3-4; Mc 3, 18-19; Lc 6, 15-16; Hch 1, 13.25).
Ha sido habitual identificar al apóstol Santiago «el Menor», con uno de los parientes de Jesús y con el presidente de la comunidad de Jerusalén. Las referencias
antiguas son muy numerosas y las discusiones sobre tal identificación continúan todavía.
Es muy atrayente la tentación de tratar de reconstruir el alcance y los nombres de las personas que constituyen su parentela. Su padre, Alfeo, podría ser el
mismo personaje que Cleofás, el marido de aquella María, que el cuarto Evangelio sitúa al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25). Por otra parte, el Evangelio de Marcos
recuerda en ese mismo contexto a Santiago llamado «el Menor, haciéndolo hermano de José e hijo de una de las Marías que tuvieron el valor y la compasión
suficientes para acompañar a jesús hasta la muerte en cruz (Mc 15, 40). Esto hace creer que Santiago sea uno de aquellos que eran co¬nocidos en Nazaret
como »»hermanos» o parientes de Jesús (Mt 13, 55; Mc 6, 3).
Hasta Pablo ha llegado una tradición oral que refiere cómo Cristo resucitado, tras aparecerse a Pedro, se mostró también a Santiago y a todos los apóstoles (cf.
1Co 15, 7). No se trata de un detalle sin importancia. Este recuerdo tradicional afirma y contribuye a consolidar la autoridad que Santiago conserva durante el
resto de su vida entre los seguidores de Jesús.
El libro de los hechos de los Apóstoles constata la muerte del otro Santiago, «el hermano de Juan" e hijo de Zebedeo, asesinado por orden de Herodes Agripa I
(Hch 12, 2). En consecuencia, el personaje que, en adelante, será llamado con ese mismo nombre, ha de referirse a otro personaje distinto, es decir al
«hermano del Señor", que goza de un reconocido prestigio en la comunidad. Queriendo agradar al pueblo judío, el mismo rey Herodes Agripa haría encerrar a
Pedro en la cárcel por la fiesta de los Ázimos. Al ser liberado de la prisión, el apóstol pide inmediatamente que comuniquen la noticia a Santiago y a los
hermanos (Hch 12, 17). Santiago parece ser ya el jefe del grupo «hebreo» de los seguidores de Jesús que permanecen en Jerusalén. Él debió de regir aquella
comunidad, después de la partida de Pedro.
Pablo nos dice que al llegar a Jerusalén en su primera visita, hacia los años 38-39, no vio a ningún otro apóstol sino a Santiago “el hermano del Señor” (Ga 1,
19). Muchos suponen que si la calificación de “apóstol” ha de entenderse en sentido restringido, se trataría de aquel mismo Santiago, hijo de Alfeo, que se
encuentra en las listas de los elegidos por Jesús (Mt 10, 3).
Unos diez años más tarde, en la asamblea conocida como «concilio de Jerusalén», se discute sobre el trato que hay que dar a los cristianos que proceden del
mundo griego, y por tanto pagano. En esa oportunidad, verdaderamente crucial para la disciplina y la orientación misionera de la comunidad, es Santiago quien
toma la voz para dirimir la cuestión: «Opino yo que no se debe molestar a los gentiles que se conviertan a Dios, sino escribirles que se abstengan de lo que ha
sido contaminado por los ídolos, de la impureza, de los animales estrangulados y de la sangre" (Hch 15, 19-20). Pablo atestigua que en esa ocasión, Santiago,
Pedro y Juan, «que eran considerados como columnas», aprobaron su vocación y su misión entre los gentiles, es decir, entre los helenistas que aceptaban el
Evangelio (Ga 2, 9).
A la vuelta de su tercer viaje misionero, el año 58, Pablo vuelve de nuevo a Jerusalén, donde se encontrará todavía a Santiago presidiendo la asamblea de los
ancianos de la comunidad (Hch 21, 18). Seguramente es él quien, ante los rumores que circulan sobre las novedades que Pablo predica entre los gentiles, le
recuerda la decisión del «concilio de Jerusalén» y le invita a participar en un rito específicamente judío que va a celebrarse en el templo.
Según el historiador Flavio Josefo, Santiago sería condenado a muerte y lapidado, hacia el año 62, por orden del sumo sacerdote Ananías II. Una leyenda, que
se remonta a las Memorias de Hegesipo (siglo II), dice que fue precipitado desde lo alto de la terraza del templo que se asomaba al valle del Cedrón, donde un
batanero terminó por golpearlo hasta la muerte, precisamente el día de Pascua del año 62.
Desde el siglo VI, las reliquias de los Santos Felipe y Santiago el Menor se conservan en Roma, en la basílica de los Santos Doce Apóstoles. Allí se encuentra
un cuadro de Muratori que los une en el martirio. Santiago se encuentra también representado en un mosaico de la capilla Palatina de Palermo (siglo XII), así
como en otro de San Marcos en Venecia (siglo XIII).
Para la comunidad cristiana, Santiago "el Menor" es una especie de puente. Representa, por una parte, la fidelidad a las tradiciones de Israel y, por otra, la
necesaria apertura para admitir en el seno de la comunidad a los hermanos que proceden del paganismo. Con él se hace realidad la convicción de que Cristo ha
venido a derribar el muro que los separaba y a formar un pueblo único para Dios.
Sáb
4
May
2024
“”
Primera lectura
En aquellos días, Pablo llegó a Derbe y luego a Listra. Había alli un discipulo que se llamaba Timoteo, hijo de una judía creyente, pero de padre griego. Los
hermanos de Listra y de Iconio daban buenos informes de él. Pablo quiso que fuera con él y, puesto que todos sabían que su padre era griego, por
consideración a los judíos de la región, lo tomó y lo hizo circuncidar.
Al pasar por las ciudades, comunicaban las decisiones de los apóstoles y presbíteros de Jerusalén, para que las observasen. Las iglesias se robustecían en la fe
y crecían en número de día en día.
Atravesaron Frigia y la región de Galacia, al haberles impedido el Espíritu Santo anunciar la palabra en Asia. Al llegar cerca de Misia, intentaron entrar en Bitinia,
pero el Espíritu de Jesús no se lo consintió. Entonces dejaron Misia a un lado y bajaron a Tróade.
Aquella noche Pablo tuvo una visión: se le apareció un macedonio, de pie, que le rogaba: «Pasa a Macedonia y ayúdanos».
Apenas tuvo la visión, inmediatamente tratamos de salir para Macedonia, seguros de que Dios nos llamaba a predicarles el Evangelio.
Salmo de hoy
El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades. R/.
Emilia nació en Vercelli (Piamonte, Italia) en 1238 y fue monja de clausura del monasterio de Santa Margarita, fundado con la ayuda de su padre. «Abandonó el
camino espacioso del siglo», deseosa de servir al Señor por los caminos más estrechos que él le destinara. Fue varias veces priora y siempre muy servicial con
todas las hermanas. Murió en Vercelli el 3 de mayo de 1314 y su cuerpo se venera desde 1811 en la catedral. Su culto fue confirmado en 1769.
Oración colecta
El día 5 de mayo de 2024 no hay comentario en "el Evangelio del día". Puede encontrar el comentario de la liturgia de este día en la página de Homilías.
Una propuesta podría incluir un enfoque en el diálogo abierto y reconciliador entre diferentes facciones, inspirado por las cartas encíclicas de Atanasio que buscaban unidad. Podría establecerse un mediador independiente que ayude a conciliar las diferencias sin prejuicios y promueva la aceptación común del Símbolo de Nicea como base de fe .
Santa Catalina de Siena mostró su liderazgo y búsqueda de unidad en la iglesia a través de su dedicación a devolver la unidad donde había discordia. Ella exigía una iglesia fiel que viviera como una esposa fiel a Cristo, además, fue reconocida por su humildad y obediencia. Estos elementos son homenajeados en la oración litúrgica que alaba su amor inmenso y su enseñanza a la iglesia .
La celebración de Santa Catalina subraya valores como la oración continua, el celo por la unidad de la Iglesia, y la vida humilde y obediente. Se celebra por su amor inmenso y su capacidad para conocer los secretos divinos, alineándose con los valores espirituales de devoción y servicio que la Iglesia promovía .
Pedro utilizó la estrategia de testimonio divino al señalar que Dios no hacía distinción, al dar el Espíritu Santo a los gentiles como a los judíos. Argumentó que purificar sus corazones por la fe y no imponer un yugo innecesario era crucial, lo que facilitó la aceptación de los gentiles .
Filagrio apoyó a Gregorio por su oposición a Atanasio y alineación política con los arrianos, resultando en disturbios violentos tras su regreso y el posterior exilio de Atanasio, complicando la estabilidad religiosa en Alejandría .
Pablo es un ejemplo de fortaleza cuando, a pesar de ser apedreado y dejado por muerto, se levanta nuevamente y continúa predicando el Evangelio en Derbe, ganando muchos discípulos .
En el Evangelio de San Juan, Jesús enseña que el amor es un mandato divino y una condición de permanencia espiritual, comparando su amor por los discípulos con el amor del Padre por Él. Imparte la permanencia en el amor mediante la obediencia a sus mandamientos, para que la alegría de sus seguidores sea completa .
Constante, ortodoxo, defendió la vuelta de Atanasio y apoyó la postura anti-arriana; mientras que Constancio, filoarriano, rechazó las decisiones conciliares que apoyaban a Atanasio. Esta diferencia representa las profundas tensiones religiosas del siglo IV entre la ortodoxia nicena y el arrianismo .
El Concilio de Sárdica tuvo un impacto significativo en Atanasio, ya que aunque confirmaron su legitimidad como obispo de Alejandría y lo declararon inocente, el rechazo de sus resoluciones por parte de Constancio, favorable a los obispos arrianos, significó que Atanasio permaneciera exiliado nuevamente. Este contexto subraya la división profunda dentro de la Iglesia primitiva respecto al arrianismo .
Timoteo juega un papel crucial en los viajes misioneros de Pablo, quien lo toma como compañero de misión para facilitar su aceptación por las comunidades judías debido a su origen mixto judío-griego. Esto reforzó las iglesias en la fe y contribuyó al crecimiento comunitario en número .