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Historia de la Guerra Civil Española

La guerra civil española se desarrolló en tres etapas entre 1936 y 1939 y resultó en la instauración de una dictadura militar bajo Francisco Franco que duró casi 40 años. El documento también describe los fundamentos ideológicos del régimen franquista y su alineación inicial con las potencias fascistas después de la guerra.

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Historia de la Guerra Civil Española

La guerra civil española se desarrolló en tres etapas entre 1936 y 1939 y resultó en la instauración de una dictadura militar bajo Francisco Franco que duró casi 40 años. El documento también describe los fundamentos ideológicos del régimen franquista y su alineación inicial con las potencias fascistas después de la guerra.

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TEMA 10.

LA GUERRA CIVIL (1936-1939)


10.1. LA GUERRA CIVIL: APROXIMACIÓN A LA HISTORIOGRAFÍA SOBRE EL CONFLICTO.
DESARROLLO DE LA GUERRA Y CONSECUENCIAS.
Las profundas tensiones sociales y políticas de la República se acentuaron en la primavera de 1936, lo
que propició que los militares contrarios al gobierno prepararan un golpe de Estado que desembocó en el
enfrentamiento armado que ha supuesto la mayor tragedia de la historia reciente de España.
El proceso de reformas y de modernización impulsado por la Segunda República quedó truncado por la
reacción violenta de las clases y los grupos sociales que veían en peligro sus posiciones de privilegio. Tras
las elecciones de febrero de 1936 varios generales, bajo la dirección del general Emilio Mola, comenzaron
a preparar un golpe de Estado contra el gobierno del Frente Popular.
Ante las sospechas y, para evitarlo, el ministro de Defensa cambió de destino a los generales más
antigubernamentales, Mola, Franco y Goded. Sin embargo, los preparativos de la sublevación continuaron.
El alzamiento se inició la tarde del 17 de julio en Melilla, Ceuta y Tetuán y al día siguiente se extendió por
la península. El 19 de julio el general Franco, destinado en Canarias, se desplazó a Tetuán y se puso al
mando de las tropas sublevadas en África. Aunque Franco había participado desde el comienzo en la
conspiración militar, se había mantenido indeciso sobre su participación en el golpe casi hasta el último
momento. Al frente de la sublevación debía ponerse el general Sanjurjo, exiliado en Portugal, pero murió
el 20 de julio al estrellarse el avión que iba a trasladarlo a España.
La acción conjunta de militares leales al gobierno y organizaciones obreras consiguió sofocar la rebelión
en las grandes ciudades (Madrid, Barcelona, Valencia) y, lo que se preveía como un golpe militar rápido y
eficaz, se convirtió en una guerra de casi tres años de duración. Tras el golpe de Estado España quedó
dividida en dos bandos: la República y los sublevados.
La Guerra Civil se desarrolló en tres etapas:
- Primera etapa (julio 1936 - marzo 1937): en estos meses los sublevados intentaron tomar Madrid en
varias acciones diferentes, destacando las batallas del Jarama y del Guadalete, pero la Junta de
Defensa protegía la capital con milicianos, tanques soviéticos, y con las Brigadas Internacionales. No
obstante, el cerco sobre Madrid continuó durante toda la guerra.
- Segunda etapa (abril - octubre 1937): tras el fracaso de la toma de Madrid, los sublevados dirigidos
por Franco iniciaron la Campaña del Norte, aprovechando tres factores: el aislamiento del resto de las
regiones republicanas, la ayuda de las tropas italianas y el apoyo de la aviación alemana.
- Tercera etapa (octubre 1937 - abril 1939): En esta etapa comenzó la Campaña del Mediterráneo que
buscaba dividir en dos a la República aislando Cataluña del resto de territorios.
Logrado este objetivo, el general Rojo emprendió la batalla del Ebro con la intención de frenar el avance
de las tropas de Franco hacia Valencia. Fue la batalla más dura de la guerra y tras ella, el ejército
republicano tuvo que retroceder hasta sus posiciones iniciales después de haber perdido gran cantidad de
hombres.
Franco lanzó entonces la ofensiva sobre Cataluña, provocando el éxodo de miles de republicanos hacia
Francia. Entre ellos Azaña, presidente de la República y Negrín, presidente del Gobierno.
Ante la imposibilidad de mantener la resistencia el general Casado intentó negociar con Franco una
rendición con condiciones. Franco rechazó la propuesta y, aunque la República controlaba todavía un
territorio considerable, su descomposición interna provocó que el 1 de abril de 1939 finalizara la guerra.
Las consecuencias de la guerra fueron terribles para España. Supuso la instauración de una dictadura
militar que se prolongaría durante casi cuarenta años, destruyendo el sistema democrático de la Segunda
República y los avances conseguidos. El nuevo régimen promulgó la Ley de Responsabilidades
Políticas (1939), por la que se produjo una fuerte represión contra los que lucharon por la República.
En cuanto a la política exterior, España se comprometió con los regímenes fascistas, y quedó aislada
tras la Segunda Guerra Mundial. En 1946 la ONU condenó el régimen y retiró a sus embajadores. Esta
situación duró hasta los acuerdos con Estados Unidos de 1953 y la entrada en la ONU en 1955.
A nivel económico los años cuarenta de la posguerra fueron los «años del hambre». Durante la guerra
se destruyeron recursos económicos, infraestructuras y comunicaciones de gran valor para el desarrollo
del país. La Hacienda Pública estaba arruinada y sin reservas financieras. La inflación multiplicó por diez
el índice de precios en la década siguiente a la guerra. No se recuperó el nivel de renta de 1935 hasta ya
entrados los años cincuenta. Junto a esto hubo miles de viviendas afectadas por los bombardeos.
A nivel cultural y científico, la mayor parte de las fuerzas de la cultura sufrieron las consecuencias de la
guerra (Federico García Lorca, víctima de los nacionales; Ramiro de Maeztu, víctima de los republicanos)
y el exilio implicó la pérdida de una parte esencial de los representantes más cualificados de la cultura
española, incluido el componente científico. A esto hay que añadir la importante destrucción de patrimonio
cultural durante los bombardeos y combates llevaron a la destrucción de templos y edificios de alto valor
artístico.

11.1. EL FRANQUISMO. FUNDAMENTOS IDEOLÓGICOS DEL RÉGIMEN FRANQUISTA EN EL


CONTEXTO HISTÓRICO EUROPEO.
Terminada la guerra, se estableció un sistema político basado en una dictadura personal: el franquismo, de
tipo nacionalista, tradicionalista y católico. Franco, como personificación de la soberanía nacional reunía
todos los poderes - Jefe del Estado, Jefe del Gobierno, Jefe de las Fuerzas Armadas y Jefe del partido
único FET y de las JONS, que pasó a denominarse Movimiento Nacional.
Los pilares ideológicos del franquismo se basaron en:
- El tradicionalismo (defensa de la religión, la familia, el orden y la propiedad).
- El anticomunismo (expresión que incluía el rechazo a toda ideología opuesta al régimen).
- El Nacionalcatolicismo, por el que Franco adoptó una mentalidad nacionalcatólica radical. El Estado y la
Iglesia colaboraron en esta ideología, que consideraba la fe católica intrínseca al ser español. Esta postura
presentaba ventajas ya que conectaba con el pueblo sencillo y legitimaba religiosamente a Franco como
«caudillo de España por la gracia de Dios». Franquismo e Iglesia reforzaron su alianza con el Concordato
de 1953 y controló la educación.
- El Militarismo del régimen, El poder de Franco no se podía concebir sin el Ejército, a cuyos oficiales
asignó un papel relevante. El Ejército prestó una fidelidad absoluta y se identificó con el régimen. A pesar
de esta militarización apenas se recurrió a él para controlar la calle; fue a través de la Policía Armada y la
Guardia Civil.
- El Nacionalismo centralista, acabando con la autonomía que catalanes y vascos habían conseguido
durante la Segunda República.
. - El corporativismo fascista. Como movimiento antiliberal, el franquismo rechazó el sistema de partidos y
estableció solo uno, Falange Española Tradicionalista y de las JONS. El concepto de democracia
orgánica, con el que el régimen se autodefinía, implicaba que la representación política no la constituían
los individuos, sino las que se suponía que eran las unidades orgánicas de la sociedad –la familia, el
municipio, el sindicato–, mediante la designación y elección indirecta de los candidatos.
Los grupos políticos que apoyaron la sublevación militar componían un abanico ideológico muy amplio y
sus proyectos coincidían en algunos puntos esenciales, de marcado carácter conservador: la
confesionalidad católica del Estado; la implantación de un poder nacionalista, fuerte y centralizado, la
imposición de un orden social rígido, basado en la defensa de la familia y la propiedad privada.
Por lo que encontramos a:
a) Los monárquicos. Pertenecían a dos grupos ideológicos distintos: los carlistas o tradicionalistas; y los
partidarios de la restauración en el trono del legítimo heredero de la corona, el hijo de Alfonso XIII, don
Juan de Borbón.
b) Los falangistas. A Franco la Falange le resultaría de gran utilidad por su aceptación popular y por ser el
único grupo con un discurso ideológico capaz de llegar a las masas. Sin embargo, tras la derrota en la
Segunda Guerra Mundial de las potencias fascistas, Franco se acercó a los planteamientos católicos, que
proporcionaban una mejor imagen en el exterior.
c) Los católicos. La Asociación Católica Nacional de Propagandistas se había fundado en 1909 con el fin
de difundir el pensamiento católico y combatir el anticlericalismo. El Opus Dei adquirió una importancia
extraordinaria, por el gran número de miembros que llegó a tener y por la alta cualificación profesional de
muchos de ellos.
d) El Ejército: su poder alcanzó su punto culminante entre 1939 y 1945, siendo a partir de entonces
progresivamente reemplazados en la alta Administración del régimen por funcionarios adictos.
e) La oligarquía, el campesinado y la pequeña burguesía: grandes terratenientes, empresarios, pequeñas
burguesías y el campesinado católico del norte y centro del país. En los años sesenta, el crecimiento
económico hizo surgir una clase media muy numerosa que admitía la falta de libertades políticas a cambio
de un nivel aceptable de bienestar
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En el contexto europeo tras la Guerra Civil la evolución política pasó por dos etapas. En un principio
España salió de la Guerra Civil comprometida con las potencias fascistas. Abandonó la Sociedad de
Naciones y firmó con Hitler el Tratado de Amistad Germano-Español (31 de marzo de 1939). Esta
colaboración se concretó en el envío de la División Azul al frente ruso y la aportación de suministros y
apoyo logístico a Alemania. Pero permaneció al margen de la guerra mundial por su situación de ruina y
debilidad, y también por la lentitud con que Franco tomaba decisiones, llegando a contemplar la posibilidad
de participar en la contienda. Pero declarada la guerra, el régimen proclamó su neutralidad; luego, ante el
rápido avance de Hitler, cambió su posición por la de no beligerancia, para volver finalmente a su primera
declaración, pero siempre manifestándose amigo de Alemania e Italia. Se llevó a cabo en la frontera de
Hendaya una entrevista entre Franco y Hitler, pero no llegaron a un acuerdo sobre las contrapartidas
exigidas por España para participar en la guerra. Otro encuentro significativo fue el celebrado en
Bordighera (Italia) con Mussolini, en febrero de 1941. Destacó en estos tiempos el ministro de Asuntos
Exteriores Ramón Serrano Suñer, falangista y germanófilo (cuñado de Franco), que ayudo a diseñar un
régimen totalitario, el nacionalsindicalista, con predominio de militares y falangistas. A partir de 1942 hubo
un cambio hacia posturas cuando los estadounidenses ya habían entrado en la guerra y empezaron las
primeras derrotas del Eje, por lo que Franco buscaba mejorar sus relaciones con los aliados. Apartó del
gobierno a los germanófilos (Serrano Suñer) y asignó la cartera de Exteriores al anglófilo Gómez Jordana.
Para ganarse el apoyo de las democracias occidentales, vencedoras de la Segunda Guerra Mundial, la
propaganda franquista empezó a calificar al nuevo régimen como democracia orgánica -desde 1943 se
había prohibido definirlo como "fascista"-. En 1942 se produjo un acercamiento entre organismos militares
estadounidenses y el régimen franquista, debido al interés de los primeros por contar con apoyos
estratégicos en Canarias firmando los acuerdos del 2 de diciembre de 1944 entre España y EE. UU. Con
ventajas comerciales y de navegación aérea para [Link]. Los empresarios estadounidenses instalados en
España antes de la guerra, a quienes se habían garantizado sus propiedades, fueron los mejores
mediadores del franquismo, sustituyendo muchas veces las labores de la diplomacia. El Gobierno español
no fue invitado a la conferencia americana de Bretton Woods, que en 1944 definió la política económica y
monetaria de Occidente, pero sí lo fueron las cámaras de comercio, que ejercieron de representantes
oficiosos del régimen. Las derrotas de Alemania e Italia forzaron al franquismo a seguir maquillando su
imagen con la eliminación de sus rasgos más fascistas y la incorporación de personalidades del mundo
católico oficial. En julio de 1945, Franco formó un nuevo Gobierno, en el que el titular de Asuntos
Exteriores, Alberto Martín Artajo, tenía como objetivo mejorar la imagen internacional poniendo el énfasis
en la naturaleza católica del régimen. Después de la guerra, el nuevo orden internacional consideró
enemigo al franquismo, al que se le cerró la frontera francesa y se dictaminó la resolución condenatoria de
la ONU a finales de 1946, con la posterior retirada de embajadores de casi todos los países. Además
impuso un bloqueo diplomático y económico atenuado, puesto que los suministros de petróleo y productos
básicos nunca se interrumpieron, al tiempo que desde la Argentina de Perón llegaban envíos de alimentos.
Por otro lado, los grupos empresariales estadounidenses, franceses y británicos con intereses en España,
junto con la labor de algunos congresistas republicanos estadounidenses en favor de Franco, impidieron
que la acción internacional fuera más allá de la retirada formal de embajadores, Pero el aislamiento
internacional del régimen fue abrumador en los años cuarenta y parte de la década siguiente: ausencia de
la ONU, retirada de embajadores e imposibilidad de acceder a los fondos del Plan Marshall fueron las
notas definitorias de aquella situación. Solamente ciertos acuerdos con algunos países árabes y de
América Latina mantuvieron a España ligada a la diplomacia internacional. Pero, a finales de 1947
comenzaron a advertirse cambios en la actitud de las Naciones Unidas respecto de España, encuadrado
en el contexto internacional del comienzo de la Guerra Fría.
:::::::::::::::::::::::::::::::
10.2. EVOLUCIÓN POLÍTICA Y ECONÓMICA EN LAS DOS ZONAS. LA DIMENSIÓN INTERNACIONAL
DEL CONFLICTO.
La intervención extranjera en la Guerra Civil española tuvo una importancia capital en el desarrollo del
conflicto. Al principio de la contienda, en la Sociedad de Naciones (SDN) se creó un Comité Internacional
de No Intervención, que resultó ineficaz para evitar la presencia internacional en la guerra. En el aspecto
militar, la participación en los dos bandos fue importante y en el sector franquista decisiva en los primeros
días, por ejemplo, en el paso del Estrecho por parte de las tropas de África. Además. En ambos ejércitos
los combatientes extranjeros contribuyeron a reforzar su proceso de organización y consolidación. Con la
importante diferencia de que, mientras en el bando republicano la masa de voluntarios se enroló
individualmente o en pequeños grupos, con la excepción de los pilotos y tanquistas rusos, en el bando
franquista los combatientes marroquíes, italianos y alemanes constituían unidades regulares de sus
ejércitos. En las ayudas a los sublevados participaron Alemania, Italia y Portugal, países que mantenían
regímenes fascistas o similares, apoyaron de forma directa a los militares sublevados. La ayuda de los dos
primeros fue determinante para el desarrollo de la guerra desde el mismo comienzo del alzamiento militar,
pues efectuaron el traslado de tropas desde Marruecos a la Península. La Alemania nazi de Hitler ofreció
la ayuda más determinante en el ámbito militar, con la participación directa de la Legión Cóndor, esencial
para el desarrollo de la guerra y responsable del bombardeo de Guernica. Además contribuyó con la
participación de un considerable número de soldados y oficiales, aviones y con ayuda económica. La Italia
fascista de Mussolini proporcionó una ayuda vital por el gran número de hombres y el valor económico
(Cuerpo de Tropas Voluntarias, CTV). Portugal aportó ayuda diplomática y envió voluntarios. En conjunto,
se calcula que la ayuda extranjera a los sublevados ascendió a más de 100.000 combatientes (78.000
italianos, 19.000 alemanes y 10.000 portugueses), sin contar los 70.0000 marroquíes de la Tropas
Regulares Indígenas. Mención aparte merece el papel de la alta jerarquía de la Iglesia, cuyo apoyo fue
fundamental en el terreno de la propaganda entre la población católica, tanto en España como en el resto
del mundo. Cuarenta y ocho obispos españoles (todos, salvo cinco) suscribieron en julio de 1937 un
documento en apoyo del alzamiento militar para su difusión a todos los obispos del mundo. En lo sucesivo,
Franco presentaría la guerra como una "Cruzada religiosa" en defensa de la fe y contra el comunismo ateo
de la República. Un mes después el Papa Pio XI reconoció de hecho el nuevo régimen franquista, y al año
siguiente (junio de 1938) lo reconoció de forma oficial. La ayuda a la República, como régimen
democrático y legítimo de la nación, debió de haber recibido la ayuda de las democracias occidentales.
Pero éstas, a su vez, vivían también bajo la amenaza del expansionismo belicista de las potencias
fascistas. El temor a que se desencadenara una nueva guerra europea inclinó a los países democráticos a
inhibirse en el conflicto español. Los únicos países que apoyaron con decisión al bando de la República en
el terreno militar fueron la Unión Soviética y México. La ayuda de la Unión Soviética fue con diferencia la
más importante y decisiva. Se inició en octubre de 1936 y se mantuvo constante a lo largo de toda la
guerra, con aportaciones de hombres y material armamentístico. El pago de la ayuda se hizo mediante el
depósito en Moscú de las reservas de oro del Banco de España, sin que al final de la guerra se restituyera
nada. El gobierno de México, presidido por Lázaro Cárdenas y cuya identificación ideológica con el
régimen republicano era notoria, proporcionó también desde el primer momento armas, alimentos y apoyo
diplomático, aunque, desde el punto de vista del valor económico, su aportación fue considerablemente
inferior a la de la Unión Soviética. Por último, debe destacar la participación en las filas republicanas de las
Brigadas Internacionales, en cuya creación fue también esencial la intervención de la Unión Soviética a
través de la Internacional Comunista. Se trataba de cuerpos de voluntarios -se calcula que unos 35.000
hombres, de más de cincuenta nacionalidadesque se dirigieron a España para ponerse al servicio de las
fuerzas armadas de la República. En su mayoría militaban en partidos comunistas y actuaban en
solidaridad con la izquierda española, frente a la amenaza del avance fascista. Los esfuerzos de Gran
Bretaña se centraron en un objetivo prioritario: evitar que, como ocurrió en la Primera Guerra Mundial, un
conflicto local pudiera transformarse en una nueva guerra europea, que ni deseaba ni estaba en
condiciones de permitirse. En cambio, Francia, gobernada por un Frente Popular, bajo la dirección del
socialista León Blum, al principio de la guerra decidió intervenir en ayuda de la República, pero las
presiones británicas y las divergencias internas le obligaron a suspender en seguida la venta de armas a
España. Ante estas circunstancias, Francia propuso la creación del Comité de No Intervención, con un
doble objetivo: por un lado, evitar que el conflicto español se internacionalizase a causa del apoyo militar
de fuerzas extranjeras; y por otro, ayudar de modo indirecto a la República evitando que los sublevados
recibieran ayuda militar del exterior. El primer paso fue la firma entre Francia y Gran Bretaña de un Pacto
de No Intervención, según el cual se prohibía en ambos países la venta o tránsito de todo tipo de material
militar con destino a España. A este compromiso, aunque con matizaciones, se adhirieron después otros
veinticinco países europeos (entre ellos Alemania, Italia y Portugal) y se creó el Comité de No Intervención
(agosto de 1936), con sede en Londres, para verificar el cumplimiento de lo pactado. Sin embargo, el
Comité fue del todo ineficaz: Alemania, Italia y Portugal continuaron ayudando militarmente a los
sublevados, en contra de los compromisos adquiridos; en cambio, las potencias democráticas negaron la
asistencia necesaria al gobierno legítimo de la República, que al final solo contó con la ayuda militar de la
Unión Soviética, único país que, a la vista de la actuación de Alemania e Italia, decidió ignorar también los
compromisos adquiridos de no intervención. La República intentó que la Sociedad de Naciones interviniera
contra Italia y Alemania por su participación directa en la contienda española. Pero tuvo que esperar más
de un año para que se aprobase una resolución que finalmente no fue aplicada. Por otra parte, Estados
Unidos interpretaba la guerra española no tanto como una amenaza del avance fascista en Europa, sino
más bien como una prueba del avance del comunismo, por lo que su enfoque del conflicto se aproximaba
más a los argumentos de los sublevados. En todo caso, adoptó una política oficial de no intervención y
prohibió la venta de armas a España. Sin embargo, fueron fundamentales para el bando franquista los
abastecimientos de grandes empresas estadounidenses, como la Ford, la General Motors o la TEXACO.
La evolución política y económica de las dos zonas del conflicto se desarrolló de la manera siguiente: - La
España republicana: Tras la sublevación Santiago Casares Quiroga dimitió y Azaña encargó formar
gobierno a Diego Martínez Barrio. Ante el fracaso de las gestiones para intentar parar el golpe y evitar el
conflicto y su recelo para entregar armas al pueblo le llevó a dimitir el mismo 19 de julio. Por lo que Azaña
confió a José Giral la formación de un nuevo Gobierno, constituido por prohombres del republicanismo
moderado, y comenzó entonces la entrega de armas al pueblo y a las organizaciones obreras. Con este
paso el poder se fragmentó y cayó en manos de comités y milicias armadas que organizaron de forma
autónoma la lucha, la represión y la revolución social (colectivizaciones). La prolongación de la guerra y las
derrotas evidenciaron la necesidad de reorganizar y fortalecer el Estado, para hacer frente con disciplina y
autoridad a un enemigo que resultaba difícil de vencer. En septiembre se constituyó un nuevo gobierno
presidido por el socialista Largo Caballero (de septiembre 1936 a mayo 1937) en cuya composición había
republicanos, socialistas, comunistas y un nacionalista vasco, a los que se incorporaron dos meses
después cuatro ministros anarquistas. Se propusieron dos objetivos: crear un verdadero ejército regular, el
Ejército Popular de la República, con mando centralizado y restablecer el poder del Estado, lo que exigía
la disolución de los poderes locales de carácter revolucionario. El gobierno se trasladó a Valencia el 6 de
noviembre de 1936 y la capital quedó bajo el mando de una Junta de Defensa a cargo del general Miaja.
Los intentos de la Generalitat de restablecer su autoridad, liquidando el poder paralelo de las Milicias
Antifascistas, provocaron la insurrección en mayo de 1937 de grupos anarquistas y del POUM (Partido
Obrero de Unificación Marxista). Dominada la insurrección, los comunistas exigieron a Largo Caballero la
ilegalización del POUM, pero éste, desgastado y carente de apoyos, se negó y se vio obligado a dimitir. El
presidente Azaña mandó entonces formar nuevo gobierno al también socialista Negrín (de mayo 1937 a
marzo 1939), un gobierno de concentración en el que estaban representados partidos del Frente Popular y
que dio la máxima prioridad a la guerra. Se apoyó en los comunistas, por el papel fundamental de la ayuda
soviética y porque era el grupo más disciplinado y decidido a luchar hasta el final. Estos acumularon
parcelas de influencia y de poder político y militar, sobre todo a través de los comisarios políticos. Trató de
restablecer la autoridad del gobierno central, reforzó el ejército, intentó organizar una industria de guerra y
acabó con la etapa revolucionaria desmantelando gran parte de las colectivizaciones. Pero ante el rumbo
desfavorable de la guerra, estallaron las tensiones entre los partidarios de negociar la paz con Franco
(Azaña y Prieto) y los de resistir (Negrín y los comunistas). Finalmente se impusieron las tesis de Negrín y
los comunistas y Prieto acabó por abandonar el gobierno. Negrín formó un nuevo gobierno y expuso su
programa en los llamados trece puntos. Confiaba en negociar una paz sin represalias o bien en resistir a la
espera del estallido de una guerra mundial. Estas esperanzas se frustraron tras el Pacto de Munich en
septiembre de 1938 y la derrota republicana en la batalla del Ebro en noviembre de 1938. Por último, el
coronel Casado, jefe del Ejército del Centro, precipitó el final de la contienda al sublevarse contra el
gobierno en marzo de 1939, con la intención de negociar la paz con Franco. Pero éste solo aceptaba la
rendición incondicional. En la retaguardia de la zona republicaba la movilización popular tras la
sublevación demandaba cambios en la organización económica y social, que fueron llevados a cabo por el
Gobierno republicano desde el inicio de la guerra. Se redujeron los alquileres de viviendas, fueron
incautadas y nacionalizadas industrias de los partidarios de la sublevación (2 de agosto de 1936). Se
continuó la reforma agraria y la expropiación de fincas abandonadas, que fueron cedidas en usufructo
perpetuo a sus cultivadores. Se nacionalizaron industrias básicas, como Campsa y las compañías
ferroviarias, y se estableció el control estatal sobre los bancos y las instituciones financieras. Pero el
aspecto más llamativo y transformador radicó en las colectivizaciones de empresas y, sobre todo, de
explotaciones agrarias, que fueron llevadas a cabo por las organizaciones sindicales campesinas. Mientras
las organizaciones campesinas de la CNT y UGT apoyaban decididamente la colectivización, el PCE
mantuvo sus reservas a estas medidas, en la idea de conseguir el apoyo del pequeño campesinado
propietario, lo que llevó a enfrentamientos entre estos grupos. La educación siguió siendo un eje en la
política del gobierno. En el frente, la superación del analfabetismo fue una preocupación constante: por
decreto de enero de 1937 se creó Cultura del Miliciano, a instancias de la FETE-UGT, ligada a la Sección
de Acción Social del Quinto Regimiento, para organizar clases, conferencias y publicaciones destinadas a
los combatientes. A finales de año se habían creado 809 bibliotecas y 117 hogares (centros culturales) y
trabajaban 1600 maestros en las 1330 escuelas del frente. María Moliner, del Consejo del Ministerio de
Instrucción Pública, redactó a fines de 1937 un informe según el cual se habían adquirido cerca de medio
millón de volúmenes para esas bibliotecas. El Gobierno editó la Cartilla escolar antifascista y la Cartilla
aritmética, repartida entre la población y milicianos. Funcionaron iniciativas de alfabetización de adultos
como las «Milicias de la Cultura»; incluso se reforzó el movimiento de «Universidades Populares». Se
siguieron publicando también revistas tan prestigiosas como Nueva Cultura, Estudios y Hora de España,
en las que colaboraban la mayoría de los intelectuales y escritores republicanos. - La España "nacional":
Pocos días después de la muerte en accidente de aviación del general Sanjurjo, el 24 de julio de 1936 se
constituyó en Burgos una Junta de Defensa Nacional, integrada por militares y presidida por el general
Cabanellas. Esta junta proclamó el estado de guerra y la justicia quedó bajo el control militar; destituyó a
todos los gobernadores civiles y estableció el cargo de gobernador militar; suprimió todos los partidos
políticos del Frente Popular y prohibió toda actividad política y sindical; paralizó la reforma agraria; y
restableció la bandera roja y gualda como bandera de España. Todo ello vino acompañado además por
una brutal represión, con detenciones masivas y ejecuciones sumarias, entre las que destacaron por su
magnitud y violencia las efectuadas en Sevilla, Málaga o Badajoz. El 1 de octubre de 1936, la Junta de
Defensa Nacional nombró a Franco generalísimo de los ejércitos y jefe del gobierno del Estado español,
concentrando así todo el poder militar y político en una sola persona. La Junta de Defensa fue disuelta y
Franco constituyó una Junta Técnica del Estado como órgano consultivo, formada por militares. Para evitar
disputas entre los partidos políticos afines al alzamiento se llevó a cabo la unificación política, en abril de
1937, del Decreto de Unificación decretado por Franco, por el que se creaba un partido único, Falange
Española Tradicionalista y de las JONS, también llamado Movimiento Nacional, en el que se fusionaron
falangistas y carlistas bajo la jefatura suprema de Franco. Su programa se basó en los principios de la
Falange. Se dieron los pasos para la creación del nuevo Estado. El primer paso en la creación de la
estructura política y administrativa fue la constitución de un primer gobierno en enero de 1938. Se creaba
así, por primera vez, una estructura ministerial. Franco, además de ser el jefe del Estado, asumió la
presidencia del gobierno y los distintos ministerios fueron repartidos entre las diversas fuerzas que habían
apoyado la sublevación (militares, falangistas, carlistas y monárquicos). En los meses siguientes, Franco
aprobó una serie de decretos por los que derogó toda la obra reformista de la república. La política social
quedó plasmada en el Fuero del Trabajo (marzo 1938), que sentó las bases del nuevo marco de relaciones
laborales del llamado Estado nacional-sindicalista. Empresarios y obreros se encuadraban en unos
mismos sindicatos, por ramas de producción, los llamados sindicatos verticales, sometidos al partido (FET
y de las JONS). Mediante la Ley de Prensa y de Imprenta (abril 1938) se implantó la censura previa y
todos los medios de comunicación y de producción cultural se pusieron al servicio del Estado. La Ley de
Responsabilidades Políticas (febrero 1939), con efectos retroactivos desde octubre de 1934, facultó a
tribunales formados por militares, falangistas y jueces a juzgar, depurar responsabilidades y castigar a
todos los que hubiesen apoyado de algún modo a la república.

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