El mico: obsesiones y ruina familiar
El mico: obsesiones y ruina familiar
peculiar dureza y nitidez las obsesiones características del Premio Nobel de 1952: la
indefensión ante el mal, la sordidez de las grandes familias en descomposición del
sudoeste francés, la mezquindad de la vida rural, las impensadas consecuencias que
pueden tener los buenos propósitos para los destinos ajenos, la llama de humanidad
que alienta incluso en los seres más desgraciados e infelices, la negativa visión que de
nuestra especie tiene el alma atormentada de un jansenista. Las líneas de la trama son
muy simples: una pequeño-burguesa ambiciosa, casada con un retrasado mental de
noble cuna, odia y desprecia a su hijo, un pobre niño anormal que ha heredado de la
rama paterna una enfermedad congénita; la absurda e imposible pasión que en la
mujer despierta un maestro de escuela de ideas radicales es el comienzo de un curso
catastrófico que terminará en la ruina, la desolación y la muerte.
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François Mauriac
El mico
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Titivillus 21.03.2019
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Título original: Le sagouin
François Mauriac, 1951
Traducción: Susana Beatriz Newton
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—¿Por qué dices que sabes tu lección? ¿No ves que no la sabes?… ¿La has aprendido
de memoria? ¿Seguro?
Sonó una bofetada.
—Sube a tu cuarto. Que no te vea hasta la cena.
El niño se llevó la mano a la mejilla, como si tuviera la mandíbula fracturada:
—¡Oh! ¡Ay, ay! ¡Me ha lastimado! (Anotaba un punto a su favor y tomaba
ventaja). Le diré a Mamie…
Paule asió con rabia el brazo endeble de su hijo y le propinó una segunda
bofetada.
—¿A Mamie? ¿Y ésta? ¿Irás a quejarte de ella a papá? ¡Vamos…, ve!
Lo empujó hacia el corredor, cerró la puerta y la abrió de nuevo para arrojarle su
libro y sus cuadernos. Siempre llorando, Guillaume se agachó y los recogió. Después,
de golpe, el silencio; apenas un sollozo en la sombra. ¡Por fin quedaba libre!
Ella escuchaba el ruido decreciente de la carrera. No iría, seguramente, al
dormitorio de su padre en busca de un refugio. Y puesto que en ese mismo momento
su abuela —su «Mamie»— estaba haciendo gestiones para conseguir un preceptor,
iría a la cocina para hacerse compadecer por Fräulein. Ya debía estar «lamiendo una
cacerola» bajo la mirada enternecida de la austríaca. «Ya lo estoy viendo…». Lo que
Paule veía, cuando pensaba en su hijo, eran sus piernas patizambas, sus muslos
descarnados, los calcetines caídos sobre los zapatos. No reparaba en los ojos rasgados
color de moras de ese pequeño ser salido de su seno, pero en cambio odiaba esa boca
siempre abierta de niño que respira mal, ese labio inferior un poco caído, mucho
menos que el de su padre, pero que bastaba para recordarle a Paule una boca
detestada.
La rabia refluía en ella. ¿La rabia o quizá, simplemente, la exasperación? Pero no
es tan fácil discernir la exasperación del odio. Volvió a su dormitorio, se detuvo un
instante delante del espejo del armario. Cada otoño volvía a usar su blusa de lana
verdosa; el escote era demasiado ancho. Y esas manchas habían reaparecido a pesar
del lavado. La falda de color castaño, salpicada de barro, tenía la parte delantera
ligeramente levantada, como si Paule estuviera encinta. Sin embargo, ¡Dios sabía!…
Pronunció a media voz: «La baronesa de Cernes. La baronesa Galeas de Cernes.
Paule de Cernes…». Una sonrisa distendió sus labios sin iluminar ese rostro bilioso
invadido por el bozo (los muchachos de Cernes se burlaban de las patillas de la
señora Galeas). Reía sola al pensar en la joven que había sido y que, trece años antes,
delante de otro espejo se alentaba a sí misma para dar el paso, repitiendo esas mismas
palabras:
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El barón y la baronesa Galeas de Cernes… El señor Constant Meuliére,
exalcalde de Burdeos, y la señora Meuliére tienen el placer de participar a usted el
casamiento de su sobrina Paule Meuliére con el barón Galeas de Cernes.
Ni su tío, ni su tía, aunque impacientes por deshacerse de ella, la habían
impulsado a esa locura; hasta la habían puesto en guardia. ¿Quién, pues, le habría
enseñado en el Liceo a venerar los títulos? ¿A qué impulso había cedido? Hoy se
sentía incapaz de definirlo. Tal vez la curiosidad, el deseo de forzar la entrada en un
medio prohibido… Jamás había olvidado a ese grupo de niños nobles en el jardín
público, los Curzay, los Pichon-Longueville, con los que era imposible jugar. La
sobrina del alcalde en vano daba vueltas alrededor de las orgullosas niñas. «Mamá
nos prohíbe jugar con usted…». La joven, sin duda, había querido vengar a la niña.
Creía que ese casamiento era una puerta abierta hacia lo desconocido, un punto de
partida hacia no sabía qué vida. Hoy ya no ignora qué es eso que se llama un medio
cerrado. Cerrado al pie de la letra. Penetrar en él parecía difícil, casi imposible; ¡pero
salir!…
¡Haber perdido la vida por eso! No era arrepentimiento lo que sentía de vez en
cuando, y era mucho más que una obsesión: una presencia, una contemplación de
todos los instantes, una cara a cara con esa vanidad imbécil, con esa brutalidad
criminal, llave de su irreparable destino. Para colmo, ni siquiera llegó a ser «la Señora
Baronesa». No existía más que una Señora Baronesa: vieja.
Paule nunca sería más que la señora Galeas. Se le daba el insólito nombre del
idiota. Así participaba más estrechamente de esa ruina que ella había desposado; que
había hecho suya para siempre.
Esa burla de la suerte, el horror de haberse vendido por una vanidad de la cual le
hurtaban hasta la misma sombra, ocupaba su espíritu por la noche y la tenía despierta
hasta el alba. Aunque se distrajese con historias o con imaginaciones a veces
obscenas, el fondo de su pensamiento permanecía inmutable: se debatía, toda la
noche, entre las tinieblas de una fosa en la que ella misma se había precipitado y de
donde sabía que no volvería a subir. Siempre la misma noche, cualquiera fuese la
estación; en los viejos álamos carolinos, cerca de su ventana, las lechuzas otoñales
aullaban a la luna como perros, mil veces menos odiosas que los implacables
ruiseñores de la primavera. Ese mismo furor de haber sido engañada la acogía al
despertar, sobre todo en invierno, a la hora en que Fräulein descorría brutalmente las
cortinas. Paule, al emerger de las tinieblas, veía, a través del vidrio, árboles
fantasmagóricos que agitaban en la niebla sus miembros negros bajo harapos de
hojas.
Aun así, esas mañanas, cuando en el calor del lecho desierto estaba como
embotada, eran lo mejor del día. El pequeño Guillaume se olvidaba voluntariamente
de venir a besarla.
Con frecuencia, Paule oía que la anciana baronesa, detrás de la puerta, a media
voz, urgía al niño a ir junto a su madre. Por más que detestara a su nuera, no transigía
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en cuanto a principios. Entonces, Guillaume se deslizaba en el dormitorio y desde el
umbral observaba, en las almohadas, esa cabeza temible, esos cabellos estirados
sobre las sienes que descubrían una frente estrecha, mal delineada, esa mejilla
amarilla (y el lunar entre una pelusa negra) sobre la cual apoyaba ligeramente los
labios; y sabía de antemano que su madre secaría el lugar en que depositaba ese beso
fugaz y diría con asco: «Siempre me mojas…».
Ella no luchaba ya contra ese asco. ¿Acaso era culpa suya no obtener nada de ese
pobre ser? ¿Qué hacer con un niño imbécil, simulador, que se siente apoyado por su
abuela y por su vieja Fräulein? Pero la misma baronesa comenzaba a entrar en razón;
había consentido en intentar una gestión ante el preceptor. ¡Sí, el preceptor laico! No
había otro camino: el cura, que atendía tres parroquias, vivía a más de una legua del
castillo. Dos veces, en 1917 y en 1918 —después del armisticio—, habían tratado de
ponerlo pupilo, primero en el colegio jesuita de Sarlat y después en un pequeño
seminario de los Bajos Pirineos. Al cabo de un trimestre había sido devuelto: ese
mico ensuciaba las sábanas, y esos señores no estaban preparados, sobre todo durante
esos años, para hacerse cargo de niños atrasados o incapacitados.
¿Cómo recibiría a la anciana baronesa ese preceptor, ese joven de pelo rizado y
ojos risueños, ese salvado de Verdún? ¿Se sentiría halagado de que ella se hubiese
tomado la molestia de acudir a él? Paule se había sustraído de la entrevista. No se
atrevía a afrontar a nadie, y ese brillante maestro de escuela, sobre todo, le inspiraba
miedo. Sin embargo, el administrador de Cernes, Arthur Lousteau, de la Action
francaise, lo admiraba y aseguraba que llegaría lejos… Paule pensaba que la anciana
baronesa, como todos los nobles de la campaña, sabía hablar a los campesinos. Ella
conocía las sutilezas del patois. Ese viejo lenguaje que usaba con una anticuada
gracia era uno de los encantos que todavía se le podían encontrar. Pero el preceptor
socialista era de otra raza y quizá las maneras demasiado afables de la baronesa le
parecieran injuriosas. Esa afectación de suprimir las distancias ya no surtía efecto
sobre los jóvenes de esa especie. ¡En fin! Él había vuelto herido de Verdún; eso
crearía un lazo con la anciana, cuyo hijo menor, Georges de Cernes, había
«desaparecido» en Champaña.
Paule abrió la ventana y vio, al final de la avenida, la delgada silueta agobiada de
la baronesa. Se apoyaba firmemente en su bastón. En lo alto de su rodete estaba
encaramado el sombrero de paja negra. Avanzaba entre los viejos olmos abrasados
por el sol declinante. Paule advirtió que la vieja hablaba sola, que hacía ademanes. El
que estuviera así agitada no era buena señal. La joven descendió la escalera de doble
circunvolución, que era la maravilla de Cernes, y se reunió con ella en el vestíbulo.
—Un grosero, hija mía, como era de esperarse.
—¿Se niega? ¿Está segura de no haberlo ofendido? ¿De no haberlo tratado con
sus grandes humos? Sin embargo, yo le había explicado a usted…
La vieja agitaba la cabeza, pero era esa protesta involuntaria de los ancianos, que
parecen decir «no» a la muerte. Una flor de tela blanca se movía grotescamente sobre
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el sombrero de paja. Sus ojos estaban velados por lágrimas que no corrían.
—¿Qué pretexto le ha dado?
—Dijo que no tenía tiempo… Que la secretaría de la alcaldía no le dejaba tiempo
libre…
—¡Vamos! Él debe de haber encontrado otras razones…
—No, hija mía, se lo aseguro. Insistía continuamente con sus ocupaciones; no
pude convencerlo.
La baronesa de Cernes se sostenía del pasamanos, y de trecho en trecho se detenía
para retomar aliento. Su nuera la seguía paso a paso, de escalón en escalón,
acosándola con preguntas, con ese acento de rabia obstinada de la que no tenía
conciencia. No obstante, advirtió que atemorizaba a la vieja y se esforzó por bajar el
tono; pero sus palabras silbaban entre los dientes apretados.
—¿Por qué me dijo al principio que él se había conducido como un grosero?
La baronesa, moviendo la cabeza, se sentó sobre una banqueta del rellano, y su
mueca, quizá, era una sonrisa. Paule se puso a gritar otra vez:
—¿Sí o no? ¿No había acusado al preceptor de grosería?
—No, hija, no; he exagerado… Tal vez he comprendido mal. Es posible que ese
muchacho haya hablado con toda inocencia… He visto una alusión donde no la
había. Y como Paule insistiera:
—¿Qué alusiones? ¿A propósito de qué?
—Fue cuando me preguntó por qué no nos dirigíamos al cura. Le respondí que el
cura no vivía aquí y que tenía tres parroquias sobre sus hombros. ¿Y qué cree usted
que ese maestro me respondió a quemarropa?… Pero no; usted va a enfadarse, hija
mía.
—¿Qué le respondió? No la dejaré tranquila hasta que me lo haya repetido
palabra por palabra.
—¡Y bien!, me dijo con tono burlón que sólo en un punto se parecía al cura: en
que no le gustaban las historias y que no quería tener una con el castillo. Comprendí
lo que quería decir eso… Créame que si no hubiera sido un herido de Verdún le
habría obligado a poner los puntos sobre las íes y habría sabido defenderla…
La rabia de Paule cesó de golpe. Bajó la cabeza. Sin una sola palabra, volvió a
bajar de prisa; en el vestíbulo descolgó un abrigo.
La baronesa aguardó a que la puerta estuviera cerrada. Era realmente una sonrisa
la que descubría esa dentadura postiza color gris. Inclinada sobre la baranda, gruñó:
«¡Toma ésa!». De pronto, con voz cascada pero aguda, llamó: «¡Galeas! ¡Guillou!
¡Queridos!». La respuesta le llegó al instante, de las profundidades de la antecocina y
de la cocina: «¡Mamie! ¡Maminette!». El padre y el hijo trepaban la escalera
silenciosamente, pues se habían quitado los zuecos en la cocina y conservaban en los
pies los escarpines de lana. Esa llamada significaba que momentáneamente la
enemiga se había alejado. Podían reunirse en el dormitorio de Mamie, en torno a la
lámpara.
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Galeas tomó el brazo de su madre. Tenía hombros estrechos y caídos bajo una
vieja tricota color castaño, una gruesa cabeza desproporcionada con espeso cabello,
ojos infantiles bastante hermosos, pero una boca terrible de labios siempre mojados,
siempre abierta sobre una lengua espesa. Los fondillos del pantalón colgaban. La tela
formaba gruesos pliegues sobre sus muslos de esqueleto.
Guillaume había tomado la otra mano de Mamie y la frotaba contra su mejilla. De
las conversaciones que oía, no retenía más que lo que le interesaba: «El maestro no
quería hacerse cargo de él». No habría que temblar delante del maestro; la sombra de
ese monstruo se alejaba. El resto de las conversaciones de Mamie eran
incomprensibles. «Le he dado en el clavo a tu mujer…». ¿Qué clavo? Entraron los
tres en el cuarto adorado; Guillaume ganó su rincón entre el reclinatorio y el lecho. El
respaldo del reclinatorio era un armarito lleno de rosarios rotos, uno de los cuales, de
cuentas de nácar, había sido bendecido por el Papa: otro, hecho con carozos de
aceitunas, lo había traído Mamie de Jerusalén. Una caja de metal representaba a San
Pedro de Roma. Sobre ella, y como recuerdo de un bautizo, brillaba, en letras de
plata, el nombre de Galeas. Los devocionarios estaban repletos de imágenes donde
sonreían rostros de muertos. Mamie y papá cuchicheaban bajo la lámpara. Un fuego
de sarmientos iluminaba vivamente las profundidades del dormitorio. Mamie sacó
unos minúsculos naipes grasientos del cajón de la mesita.
—Estaremos tranquilos hasta la cena. Galeas, puedes tocar el piano…
Ella se absorbió en un solitario. El piano había sido transportado a ese cuarto, ya
atestado de muebles, porque Paule no podía soportar el aporreo de su marido sobre
las teclas. Guillaume sabía por anticipado cuáles eran las melodías que su padre iba a
ejecutar, y que las retomaría en el mismo orden, sin interrupción. Primero, la Marcha
turca. Cada vez que lo escuchaba, Guillou esperaba una nota falsa, en el mismo lugar.
A veces, Galeas hablaba sin dejar de tocar, con su voz blanca, que parecía estar
mudando aún:
—Dime, mamá, ¿ese preceptor es un rojo?
—¡Rojo! ¡De lo más rojo que hay! Al menos, eso es lo que afirma Lousteau.
De nuevo, la Marcha turca volvió a tomar su curso accidentado. Guillaume
imaginaba a ese hombre rojo, embadurnado con sangre de buey. Sin embargo, él lo
conocía de vista: cojo, con la cabeza siempre descubierta, apoyado en un hermoso
bastón de ébano. El color rojo debía estar oculto bajo la ropa. Rojo, como puede serlo
un pez.
Todavía se filtraban unos rayos de luz a través de las cortinas corridas. Mamá,
como cada vez que estaba muy disgustada, erraría por el campo hasta la hora de la
cena. Regresaría despeinada y con barro en el borde del vestido. Olería a
transpiración. Al dejar la mesa subiría a acostarse. Les quedaba aún una buena hora
delante del fuego, en el dormitorio de Mamie.
Entró Fräulein, grande, voluminosa, fofa. Cuando la enemiga recorría los
caminos siempre encontraba un pretexto para reunirse con ellos.
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«¿Quieren las castañas hervidas o asadas? ¿Hay que agregar un huevo para
Guillou?».
Con Fräulein, penetraba en el dormitorio de la abuela un olor a cebolla y a
fregona. Consultaba a sus amos, nada más que por fórmula: Guillou tendría su
huevo… (Lo llamaban Guillou desde la guerra, por tener la mala suerte de llevar el
mismo nombre del kaiser; la baronesa pronunciaba «késer»).
Y ya hablaban de «ella»:
«Entonces me dijo que mi cocina estaba sucia. Respondí que yo era dueña y
señora de mi cocina…». Guillaume observaba los cuellos flacos de Mamie y de papá,
tendidos hacia Fräulein. En cuanto a él, permanecía indiferente a esas historias, pues
no sentía por los otros ni amor ni odio. Su abuela, su padre y Fräulein le
proporcionaban la atmósfera de seguridad necesaria, de donde su madre se empeñaba
en desalojarlo, persiguiéndolo como persigue un hurón al conejo hasta lo más
profundo de la madriguera. Había que salir a toda costa y, aturdido, atontado, sufrir
los asaltos de esa mujer furibunda; entonces él se hacía un ovillo y aguardaba a que
todo terminara. Pero gracias a esa guerra que se incubaba entre las personas mayores,
gozaba de una relativa paz. Se escondía detrás de Fräulein; la austriaca extendía
sobre él la sombra de su masa tutelar. Si bien el dormitorio de Mamie le aseguraba un
refugio más inviolable que la cocina, su instinto le advertía, en cambio, no fiarse de
Mamie; ni de la ternura de sus gestos ni de sus palabras. Sólo Fräulein abrigaba un
amor casi maternal por su pichón, su patito. Era ella quien lo bañaba, quien lo
jabonaba con sus viejas manos sucias y agrietadas.
Mientras tanto, Paule había tomado por la alameda de la izquierda de la escalinata
y, sin ser vista, llegó, por detrás de las dependencias, a un camino estrecho y casi
siempre desierto. Allí empezó a caminar con su paso de hombre, a una extraña prisa,
pues no iba a ninguna parte. Pero la caminata la ayudaría a rumiar las palabras del
preceptor que su suegra le había repetido: esa alusión a su historia con el cura.
El horror siempre presente de haberse precipitado en ese destino que era el suyo
hubiera sido soportable de no haber existido esa afrenta sufrida durante el primer año
de su matrimonio; hiciera lo que hiciese, estaba marcada a los ojos de todos, cargada
de una falta que no había cometido, de una falta más ridícula que innoble. Pero los
verdaderos responsables de esa calumnia no eran, esta vez, ni su marido ni la
baronesa. Esos enemigos desconocidos escapaban a su venganza; apenas los había
percibido de lejos, en el transcurso de una ceremonia; esos vicarios generales, esos
canónigos que consideraban a la nuera de la baronesa de Cernes una criatura
peligrosa para los sacerdotes. Esa infamia era conocida y divulgada por toda la
diócesis. En Cernes ya se habían sucedido tres párrocos; pero a cada uno le había sido
recordado, por la autoridad diocesana, que el permiso para decir misa en la capilla
privada del castillo había sido retirado y que, para salvaguardar las apariencias, era
necesario evitar las intimidades con esa familia, por ilustre que fuera, «en razón de un
escándalo presente aún en todos los espíritus».
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Por culpa de Paule, desde hacía años la capilla de Cernes había sido privada de
sus funciones, lo cual poco importaba a la joven; el alejamiento de la iglesia
parroquial había sido, por el contrario, un feliz pretexto para no poner jamás los pies
allí. Pero no había nadie, en diez leguas a la redonda, que no conociese la causa de
ese entredicho: la nuera de la anciana baronesa, «la que tuvo una historia con el
cura…». Los más indulgentes agregaban que no se sabía hasta dónde habían llegado.
No creían que hubiesen pecado, pero eso no impidió que fuera necesario trasladar al
sacerdote.
Los troncos se han oscurecido nuevamente, pero el horizonte permanece rojo.
Hace mucho tiempo que Paule no presta atención a esas cosas: los árboles, las nubes,
el horizonte. A veces le sirven, como a los campesinos, para augurar el tiempo y la
temperatura. Pero ya ha muerto esa parte de sí misma que participaba del mundo
visible en la época en que, a esa misma hora y sobre esa misma ruta, caminaba al lado
de ese inocente, de ese joven sacerdote famélico. Él empujaba su bicicleta y le
hablaba a media voz. Los campesinos que los veían pasar no dudaban de que el tema
de sus conversaciones fuera el amor. Sin embargo, jamás hubo entre ellos más que el
encuentro de dos soledades que no se mezclaron nunca.
Paule oye reír, más allá del codo del camino, a un grupo de muchachos y
jovencitas; ya van a aparecer; se interna en el tallar para no verlos; para no ser vista.
En otra época, cuando arrastraba a su compañero por el atajo, esa huida imprudente
había despertado las primeras sospechas. Esta tarde, a pesar de la humedad que sube
de la tierra, se sienta sobre las hojas marchitas de un castaño, encoge las rodillas hasta
la altura del mentón, anudando los brazos alrededor de las piernas. ¿Dónde está ahora
ese pobre sacerdote? Ella no sabe dónde está sufriendo; pero él sufre, si es que
todavía vive. No hubo nada entre ellos; no se trataba de eso. Para Paule, educada en
el horror a las sotanas, una intriga habría sido algo inimaginable. No obstante, esos
imbéciles la habían clasificado, autoritariamente, en la categoría de los maniáticos
que acosan a los hombres consagrados a Dios. Ya nada podía hacer para arrancarse
ese sambenito. Y él ¿había procedido mal? A las confidencias de una joven mujer
desesperada había respondido, no con los consejos de un director espiritual, sino con
otras confidencias; ése había sido todo su crimen. Como tenía todo el derecho de
hacerlo, había acudido a él en busca de socorro; pero él la había acogido a la manera
de un náufrago que, sobre su isla desierta, ve desembarcar un compañero de miserias.
Nunca había comprendido muy bien las razones secretas de la desesperación de
ese clérigo, apenas salido de una tardía adolescencia. Según lo que Paule había
podido juzgar (esa clase de asuntos no le interesaban mucho), se creía abandonado,
inútil. Había nacido en él una especie de odio contra esa humanidad campesina,
impermeable, que no se ocupaba más que de lo terreno, que no lo necesitaba y a la
cual no sabía cómo hablarle. El aislamiento lo enloquecía. Sí, estaba loco de soledad.
No recibía ningún socorro de Dios. Contó a Paule que su vocación había sido
decidida por estados emotivos, por «toques de gracia», como él decía, que, una vez
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caído en la red, no habían vuelto a repetirse… Como si alguien, después de haberlo
seducido y apresado en la trampa, no se hubiese ocupado más de él. Al menos eso era
lo que Paule creía haber comprendido. Pero para ella todo esto pertenecía a un mundo
absurdo, «impensable». Lo escuchaba quejarse distraídamente y esperaba a que
volviera a tomar aliento, para hablar a su turno: «Y yo…», y volvía a insistir en la
historia de su casamiento. No hubo entre ellos nada más que esos monólogos
alternados. Una sola vez, en el jardín del presbiterio, había apoyado, por espacio de
algunos segundos, su cabeza cansada sobre el hombro de la joven, que se lo retiró
casi inmediatamente. Pero un vecino los había visto. De ahí vino todo. A causa de ese
gesto (que había de cambiar toda la vida de ese hombre) nunca más brillaría la
lamparilla ante el altar del castillo. La anciana baronesa apenas protestó contra esta
interdicción, como si juzgara natural que la presencia de Dios, en Cernes, fuera
incompatible con la de esa nuera que había nacido con el nombre de Meuliére.
Paule siente frío. La sombra se espesa bajo los castaños. Se levanta, sacude su
vestido y vuelve al camino. Entre los abetos aparece una de las torres del castillo, la
del siglo XIV. Ya está bastante oscuro para que ese mulero la reconozca.
Después de haber soportado durante doce años la vergüenza de esa calumnia que
había corrido por todas partes, de pronto le pareció intolerable que hubiera llegado a
oídos de un preceptor a quien jamás había dirigido la palabra. Ningún rostro de
hombre le era extraño en la comarca; no había muchos a quienes no reconociera de
lejos. Pero la imagen de ese muchacho de pelo rizado había, sin duda, penetrado en
ella, y la había invadido a pesar suyo: ese maestro de quien hasta el nombre ignoraba.
Pues ni el preceptor ni el cura necesitan tener un nombre que los designe: su función
es suficiente para definirlos. No soportaría ni un solo día más que él creyera que lo
que se contaba de ella era verdad. Le explicaría lo que realmente había pasado. Hela
aquí sintiendo nuevamente ese tormento, esa misma necesidad de entregarse, de
descargarse de un peso intolerable que doce años más atrás habían suscitado sus
imprudentes confidencias a un sacerdote demasiado joven y demasiado débil. Le
sería necesario vencer su timidez, volver a la carga a propósito de Guillaume. El
preceptor tal vez cediera. En todo caso, entrarían en relación; podrían ser amigos.
Colgó su abrigo en el vestíbulo. Habitualmente se lavaba las manos en la fuente
de la antecocina y después se dirigía al comedor, al de la servidumbre, donde la
familia acostumbraba comer desde la muerte de Georges, el hijo menor. El comedor
oficial, inmenso y helado, no se reabría más que para las vacaciones de Navidad y
durante el mes de septiembre, cuando la hija mayor de la baronesa, la condesa de
Arbis, llegaba de París con sus niños y la hija de Georges, la pequeña Daniéle.
Entonces, los dos muchachos del jardinero vestían de librea, se contrataba una
cocinera y se alquilaban dos caballos de silla.
Esa tarde, Paule no se dirigió directamente al comedorcito, sino hacia el
dormitorio de su suegra, impulsada por el deseo de reanudar, cuanto antes, la
discusión acerca del preceptor. No entraba allí ni diez veces en todo el año. Al llegar
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a la puerta vaciló ante el rumor alegre de los tres cómplices y una melodía que Galeas
hacía oír tocando con un solo dedo. Una ocurrencia de Fräulein hacía reír a
carcajadas a la anciana baronesa, con esa risa complaciente y forzada que Paule
aborrecía. Empujó la puerta sin llamar. Todos, a la vez, quedaron inmóviles como los
autómatas de un reloj; la baronesa permaneció un instante sosteniendo un naipe con
la mano en alto. Galeas giró sobre el taburete, después de cerrar de golpe la tapa del
piano. Fräulein volvió hacia la enemiga su aplastada cara de gata que, como ante la
presencia de un perro, agacha las orejas, arquea el lomo y se prepara para escapar.
Guillou, rodeado de periódicos, de los que recortaba fotografías de aviones, posó las
tijeras sobre la mesa y se deslizó de nuevo entre el reclinatorio y la cama. Allí se
acurrucó y quedó inmóvil, como muerto.
Por más que Paule estuviese acostumbrada a eso, jamás había tenido tan clara
conciencia de su poder maléfico sobre los seres con quienes tenía que convivir. Pero
su suegra se repuso casi en seguida, y sonrió con una sonrisa que le hacía torcer la
boca, mostrando la misma amabilidad excesiva que se ofrece a una extraña de
condición inferior. Se apiadaba de los pies mojados de la joven y la invitaba a
acercarse al fuego. Fräulein gruñó que no valía la pena, pues ya iba a servir la sopa.
Al llegar a la puerta, Galeas y Guillaume se lanzaron tras ella. «Naturalmente —
pensaba la baronesa—, me la dejan a mí…».
—¿Me permite, hija mía, que ponga el guardafuego?
Se hizo a un lado; por nada del mundo quiso ser la primera en pasar. Y hablando
sin cesar, impidió que su nuera pudiese decir una palabra hasta el momento de
sentarse a la mesa. Galeas y Guillou las aguardaban en pie al lado de sus sillas.
Apenas sentados, sorbieron ruidosamente la sopa. La baronesa los tomaba como
testigos de que era una noche templada, y de que, por otro lado, en noviembre casi
nunca hacía frío en Cernes. Ese mismo día había comenzado sus dulces de melón de
España, y ese año contaba con agregar orejones de damascos:
—De esos que mi padre Adhémar llamaba, con tanta gracia, orejas de vieja. ¿Te
acuerdas, Galeas?
Hablaba por hablar. Sólo le importaba que Paule no reabriera la discusión. Sin
embargo, la observaba y discernía signos temibles sobre esa cara maldita. Guillaume
hundía la cabeza entre los hombros, porque su madre casi no le quitaba los ojos de
encima. También presentía el peligro: iban a hablar de él. En vano trataba de fundirse
con su silla y con la mesa. Sentía, realmente, que la charla de Mamie no llenaba ya el
silencio y no oponía más que un dique endeble al torrente que se acumulaba detrás de
los apretados labios de la adversaria.
Galeas comía y bebía sin levantar los ojos, la cabeza tan cerca del plato, que
Paule tenía a la altura de su mirada esa enorme maraña encanecida. Tenía hambre,
porque había trabajado todo el día en el cementerio, cuyo cuidado era su ocupación
favorita. Gracias a él, en Cernes no existían tumbas abandonadas. Galeas estaba
tranquilo: la mirada de su mujer ya no se detenía más sobre él. Tenía la suerte de
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haber sido suprimido. Por eso era el único que en la mesa podía estar a sus anchas,
ceder a todas sus manías: verter vino en la sopa, dedicarse a las mezclas, las
tambouilles, como él decía. Aplastaba y trituraba todos sus alimentos y los extendía
en el plato; a la baronesa le había costado mucho impedir que Guillaume imitara a su
padre, sin menoscabar el respeto que le debía: papá hacía lo que quería; podía
permitirse todo… Pero Guillou debía comportarse en la mesa como un muchacho
bien educado.
El pequeño estaba a mil leguas de juzgar a su padre, pues no imaginaba que
pudiera ser diferente. Papá pertenecía a una especie de personas mayores que no
representan ningún peligro. Éste habría sido el juicio de Guillaume si hubiera sido
capaz de emitir uno. Papá no hacía ruido, no interrumpía la historia que Guillaume se
relataba a sí mismo, sino que se incorporaba a ella, sin perturbarla más de lo que
hubieran hecho un buey o un perro. Su madre, en cambio, penetraba por la fuerza y
ahí quedaba como un cuerpo extraño, cuya presencia no siempre se siente, pero que
de pronto uno advierte. Ella pronunció su nombre… ¡Ya está! Se trata de él. Habla de
un preceptor. Guillaume trata de comprender. Ya lo han sacado por las orejas fuera de
su madriguera, y expuesto a la luz enceguecedora de las personas mayores.
—Entonces, madre, dígame lo que usted quiere hacer con Guillaume. ¿Tiene
alguna idea? Ya sabemos que sabe leer, escribir, apenas contar; para tener casi doce
años, eso no es mucho.
Según la baronesa, no se había perdido nada; era necesario darse tiempo para
reflexionar.
—Pero ya ha sido despedido de dos colegios, y usted asegura que el preceptor no
quiere saber nada de él. Queda, pues, tomarle un preceptor en casa, o una institutriz.
La anciana protestó vivamente:
—No, nada de extraños.
Temblaba ante la idea de un testigo de su vida en Cernes; de lo que era la vida en
Cernes desde que Galeas había dado su nombre a esa furia.
—Pero usted, mi querida hija, tal vez tenga un proyecto.
Paule vació su vaso de un trago y lo volvió a llenar. Ya en el primer año del
casamiento, la baronesa y Fräulein habían observado que la enemiga tenía
inclinación por la bebida. Desde que Fräulein marcaba con un trazo de lápiz el nivel
de las botellas de licor, Paule escondía en su armario frascos de anís, de curasao y
licores de cereza y de durazno. Pero la austríaca los había descubierto. El día en que
la baronesa creyó su deber poner en guardia a su querida hija contra el abuso de
licores fuertes, hubo tal estallido en Cernes que la anciana no abordó más ese tema.
—Madre, yo no veo que se pueda intentar otra cosa que volver a la carga ante el
maestro…
Y como la baronesa, con las manos en alto, afirmara enfáticamente que por nada
del mundo volvería a exponerse a la insolencia de ese comunista, Paule le aseguró
que no se trataba de eso; que ella misma intentaría este nuevo trámite. Se esforzaría
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en triunfar donde su suegra había fracasado. Puso fin a todas las objeciones
repitiendo que estaba resuelta a hacerlo y que, en cuanto concernía a la educación de
Guillaume, la decisión le pertenecía.
—Sin embargo, me parece que mi hijo tiene que dar su opinión.
—Usted bien sabe que él no la dará.
—En todo caso, hija mía, estoy en el derecho de exigir que usted hable a ese
individuo nada más que en su propio nombre. La dejo en libertad de decirle que
ignoro sus pasos. Pero si esa mentira benigna le repugna espero que le advierta que
usted fue a su casa a pesar mío; contra mi deseo claramente expresado.
Paule, con tono de burla, invitó a la anciana a soportar cristianamente esa
humillación, por el bien de su nieto.
—¡Oh, hija mía! No crea que me siento comprometida en lo más mínimo por
cualquier cosa que usted haya hecho o que haga todavía. Sea dicho sin ofenderla: no
se puede estar menos incorporada a la familia de lo que usted lo está.
Conservaba el tono amistoso, al que acompañaba una sonrisa que, al levantar su
largo labio superior, descubría sus bellos dientes, demasiado intactos.
Paule, irritada, ya no se contenía:
—Es verdad que jamás he procurado asemejarme a los Cernes…
—¡Y bien! Entonces, hija mía, alégrese: nadie ha podido jamás injuriarla al punto
de tomarla por lo que usted no es.
Guillaume habría querido deslizarse fuera de la habitación, pero no se atrevía. Por
otro lado, esa batalla de dioses que rugía por encima de su cabeza le interesaba,
aunque se le escapara el alcance de las injurias intercambiadas. Galeas se levantó sin
probar el postre, como cada vez que había crema, dejando a las adversarias frente a
frente.
—Desgraciadamente considerarán que formo parte de la familia el día que vengan
a incendiar el castillo…
—¿Cree asustarme? Los Cernes, gracias a Dios, siempre fueron respetados y
amados; hace más de cuatrocientos años que aquí hacen el bien y dan el ejemplo…
La indignación tornaba temblorosa la vieja voz.
—¿Amados?, ¿respetados? Pero, madre…, en el pueblo la odian. Su obstinación
en conservar a Fräulein durante la guerra…
—¡No me haga reír! Una austríaca de sesenta y cuatro años, que vive en nuestra
casa desde su juventud… La autoridad militar ha cerrado prudentemente los ojos…
—Pero muy felices que se sintieron todos de tener ese pretexto… ¡Es increíble
cegarse así! Siempre los han aborrecido… ¿Usted cree que los colonos y proveedores
aprecian sus modales melosos…? Y por su culpa se detesta todo lo que usted ama: los
curas y el resto. Ya verá, ya verá… Desgraciadamente, yo también pasare por eso;
pero, de todos modos, me parece que moriré contenta.
Y terminó, entre altos y bajos, con una expresión trivial que la baronesa jamás
había oído.
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«¡Qué revelador es el lenguaje!», pensaba la anciana, repentinamente calmada.
Sucedía a menudo que su hija de París, y sobre todo sus nietos, arriesgaran ante ella
una palabra de argot, pero jamás se hubieran valido de una expresión tan vulgar.
¿Qué había dicho exactamente? «La dejé chata…». Sí, eso había dicho. Como
siempre, la rabia de Paule devolvía la calma a la anciana, quien, de golpe, recuperaba
la ventaja de su sangre fría delante de esa poseída.
—Pero no; su odio por la nobleza no me sorprende en lo más mínimo. Por más
que usted piense, los campesinos nos quieren, se sienten a un mismo nivel con
nosotros; son la pequeña y la mediana burguesía quienes nos odian, con un odio a
base de envidia. Los burgueses son los que durante el Terror han proporcionado más
cabezas a los verdugos.
Y como su nuera declarara con suficiencia que la traición de los emigrados «había
hecho que el Terror fuera justo y necesario», la baronesa, irguiendo su talle
majestuoso, dijo:
—Mi tatarabuelo y dos de mis tíos abuelos perecieron sobre el cadalso… y le
prohíbo a usted…
De pronto, Paule pensó en el preceptor: por él había pronunciado palabras que le
habrían gustado, que él habría aprobado; palabras que a Paule seguramente le venían
de su tío Meuliére, radical y masón de estricta observancia… ¡Pero qué acento
tomaban de improviso tales conversaciones no bien las dedicaba a ese preceptor, a
quien iría a ver al día siguiente! Era un jueves: él estaría libre todo el día. Había
hablado bajo su influencia (el tío Meuliére no estaba allí para nada), bajo la influencia
de un hombre a quien jamás había dirigido la palabra, con quien se cruzaba en el
camino y que ni siquiera la saludaba cuando al atravesar el pueblo pasaba frente al
pequeño jardín en que él trabajaba (aunque dejaba de cavar para mirarla pasar).
—¿Sabe lo que es usted, hija mía? Una petrolera; sí, simplemente una petrolera…
Guillaume volvió a levantar la cabeza. Él sabía lo que era una petrolera: había
visto cien veces esa figura del Monde iIlustré de 1871, donde dos mujeres agazapadas
en la noche, cerca de un tragaluz, encienden una especie de fuego. Los mechones se
salían de sus gorros de mujeres de pueblo. Guillaume, con la boca abierta, observaba
a su madre. ¿Una petrolera? Sí, seguramente… Ella lo tomó por el brazo:
—Tú, sube. Y rápido.
La baronesa le dibujó una cruz sobre la frente con el pulgar, pero no lo besó; y
cuando ya no estuvo allí:
—Deberíamos ahorrarle este espectáculo —dijo.
—Tranquilícese, madre. Él no escuchaba, y si lo hace, no comprende.
—Usted se engaña. ¡Pobre tesoro! Comprende más cosas de las que pensamos…
Pero eso nos vuelve a traer al verdadero tema de nuestra discusión, de la cual una y
otra hemos hecho mal en alejarnos. Si, como además de desearlo y como ya casi no
dudo, el maestro le opone una nueva negativa…
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—¡Y bien!, habrá que dejar a Guillaume crecer como un pequeño campesino. Es
una vergüenza ver a tantos hijos de familias beneficiados con una instrucción de la
que son indignos, en tanto que los muchachos del pueblo…
Una vez más lo que tenía de común con el tío Meuliére, a menudo inculcado por
él mismo, la embriagaba de golpe; ésa debía ser una idea del preceptor, a quien
atribuía todas las opiniones avanzadas. Paule no dudaba en absoluto de que él fuera
conforme al modelo oficial.
La anciana, resuelta a evitar un nuevo estallido, se levantó sin responder. Paule la
siguió por la escalera.
—¿No podríamos unirnos para enseñarle lo poco que sabemos? —propuso la
baronesa.
—Si tiene paciencia para hacerlo, madre. En cuanto a mí, ya no tengo más
fuerzas.
—La noche es buena consejera. Duerma bien, hija mía, y tenga la bondad de
olvidar lo que haya podido decirle de hiriente, como yo misma la perdono…
La nuera se encogió de hombros.
—Ésas son palabras. No cambian nada los verdaderos sentimientos. No podemos
hacernos ilusiones…
Permanecían frente a frente, en el corredor de los dormitorios, palmatoria en
mano. De esos dos rostros, vivamente iluminados, el más joven parecía mucho más
temible.
—Crea, Paule, que no soy tan injusta con usted como tiene derecho a
imaginárselo. Si usted necesitara una excusa, me bastaría pensar en su vida aquí;
prueba tan pesada para una mujer joven…
—Yo tenía veintiséis años —interrumpió Paule secamente—. No acuso a nadie;
tengo la suerte que libremente elegí. Por otra parte, usted misma, pobre madre…
Eso significaba: mi triste marido es primero su triste hijo. Paule se consolaba de
su infierno compartiéndolo con su vieja enemiga. Pero allí, la baronesa se negaba a
seguirla.
—¡Oh!, mi suerte es muy distinta —respondió con voz trémula de emoción—. Yo
tuve mi Adhémar. Durante veinticinco años fui la más feliz de las mujeres…
—Puede ser, pero no la más feliz de las madres.
—Pronto hará cinco años que mi Georges murió como un héroe. No lo lloro. Me
queda su pequeña Daniéle. Me queda Galeas…
—Sí, precisamente. ¡Galeas!
—Tengo mis hijos de París —insistió con una expresión terca.
—Sí, pero los Arbis la explotan. Usted jamás ha sido para ellos más que una vaca
lechera. Es en vano que sacuda la cabeza, usted bien lo sabe. Bastante se lo reprocha
Fräulein cuando creen que no las escucho… Déjeme hablar… Si tengo ganas, alzaré
la voz…
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Estas últimas palabras repercutieron en el corredor y despertaron a Guillaume,
sobresaltado. El niño se irguió en la cama. Sí; los dioses siempre se batían encima de
su cabeza. De nuevo se hundió bajo las sábanas, una oreja tapada por la almohada y
un dedo apoyado sobre la otra; y en tanto esperaba que volviera el sueño, retomó la
historia que a sí mismo se contaba de su isla y de esa gruta, como en Un Robinson de
doce años. La lamparilla poblaba el cuarto de la ropa blanca, donde él dormía, de
sombras familiares y de monstruos domesticados.
—Nosotros vivimos necesitados en este castillo por el tren de vida que lleva su
hija Arbis y por su política de casamientos, como ella dice. Aquí podemos reventar
todos, con tal que su Yolande case con un duque usurero, y su Stanislas con alguna
americana que tenga cuatro cuartos…
Paule hostigaba a la anciana, quien, resuelta al silencio, se batía en retirada y
echaba el cerrojo a su puerta. Pero, a través de esa puerta cerrada, la voz implacable
todavía le gritaba:
—En cuanto al casamiento de Stanislas, no cuente usted con él, pues ése no
desposará jamás a nadie… Esa pequeña…
Terminó con una palabra que la baronesa, prosternada en su reclinatorio, con la
cabeza hundida entre sus dos brazos, no oyó, pero que, de todos modos, no habría
comprendido.
Apenas Paule hubo penetrado en su dormitorio, su cólera cesó de golpe. En la
chimenea enrojecían todavía algunos tizones. Arrojó un leño, encendió una lámpara
de queroseno sobre la mesa, cerca del diván; se desnudó delante del fuego, se puso
una vieja bata de cama.
Así como se dice «hacer el amor», debería poder decirse «hacer el odio». Es
bueno hacer el odio; descansa y sosiega. Abrió el armario, y su mano vaciló; eligió el
curasao. Arrojó los almohadones del diván sobre la alfombra, lo más cerca posible
del fuego, y se extendió sobre ellos, con el vaso y la botella al alcance de la mano.
Comenzó a fumar y a beber, y se puso a pensar en el hombre, en el preceptor, en el
enemigo de nobles y ricos; un rojo, tal vez un comunista. Despreciado, como ella, por
la misma clase de gente… Ella se humillaría delante de él… Terminaría, realmente,
por entrar en su vida… ¿Era casado? ¿Cómo era su mujer? Paule no la conocía ni
siquiera de vista. Por el momento la apartó de la historia que imaginaba. Se hundió en
ella gastando más genio de invención que aquéllos cuyo oficio es relatar historias.
Las visiones que surgían delante de su vista interior excedían infinitamente a lo que
al lenguaje humano le es dado expresar. No se enderezaba más que para llenar el vaso
o echar un leño al fuego. Luego se extendía de nuevo. Y a veces el despertar de la
llama aclaraba ese rostro trastornado, de criminal o de mártir.
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2
Al comienzo de la tarde del día siguiente, con impermeable, gruesos zapatos y una
boina hundida hasta los ojos, se dirigió al pueblo. Creía que la lluvia sobre la cara
borraría los rastros de su orgía solitaria. Ya no la sostenía ninguna exaltación:
solamente su voluntad. Otra mujer hubiera elegido cuidadosamente el traje que
convenía a una diligencia de esa naturaleza. En todo caso, se habría esforzado en
sacar el mejor partido de su aspecto físico. La señora Galeas ni siquiera tuvo la idea
de empolvarse la cara, ni de intentar nada para disimular el bozo moreno que le
recubría los labios y las mejillas. Sus cabellos, lavados habrían parecido menos
grasientos. Podría haber supuesto que el preceptor desconocido era, como la mayoría
de los hombres, sensible a los perfumes… Pero no: iba a tentar su última oportunidad
sin más arreglo que el de costumbre, más descuidada que nunca.
El hombre, ese preceptor, estaba en la cocina sentado frente a su mujer, y hablaba
mientras desgranaba porotos. Era un jueves, día bendito entre todos. La escuela se
alzaba al borde del camino como, por lo demás, todas las casas del poco agraciado
pueblo de Cernes. La herrería, la carnicería, la taberna y el correo no formaban un
grupo viviente alrededor del campanario. Sólo la iglesia se destacaba, con las tumbas
apretadas contra ella, sobre un promontorio que domina el valle del Ciron. Cernes no
tenía más que una calle, que era, precisamente, el camino departamental. La escuela
estaba un poco retirada. Los niños entraban por la puerta central, pero la cocina del
preceptor se abría a la derecha, sobre el pasillo que llevaba al patio de recreo. Más
allá se extendía la huerta. Sin presentir nada de lo que se aproximaba a su casa,
Robert y Léone Bordas discutían todavía el motivo de la extraña visita de la víspera.
—Por más que digas —insistía la mujer—, ciento cincuenta, o tal vez doscientos
francos más por mes por hacer trabajar al chiquitín del castillo, es algo. Valía la pena
pensarlo dos veces…
—No estamos tan apretados como para eso. ¿Acaso nos falta algo? Y menos
ahora que recibo casi todos los libros que necesito. (Hacía comentarios críticos de
novelas y poemas en el Journal des Instituteurs).
—No piensas más que en ti; pero está Jean Pierre…
—Jean-Pierre tampoco necesita nada. De cualquier modo, no pretenderás que
tenga maestro particular.
Ella sonrió complacida. Por supuesto, su hijo no necesitaba lecciones particulares;
en cualquier materia que fuera, era siempre el primero. Tenía trece años y estaba
cursando el penúltimo de la escuela; pero como estaba dos años adelantado,
probablemente tendría que repetir el último, pues no había muchas posibilidades de
que pudiese obtener permiso para continuar sus estudios antes de alcanzar la edad
reglamentaria. En el Liceo ya lo consideraban una futura gloria. Sus profesores no
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dudaban de que lo verían ganar del primer golpe los dos concursos: Normal de Letras
y Normal de Ciencias.
—Y bien. ¡Exactamente! Quiero que tome lecciones particulares.
Esa declaración de Léone no fue acompañada de ninguna mirada, de ningún signo
que indicara duda o ruego. Esa mujer delgada, de mejillas pálidas, ligeramente
pelirroja, cuyos rasgos menudos conservaban su encanto a pesar de estar ajada, tenía
una voz seca, penetrante, acostumbrada a gritar para dominar la clase.
—Tiene que tomar lecciones de equitación. Robert Bordas continuó clasificando
sus porotos, fingiendo creer que ella bromeaba:
—Pero sí, seguro, y además, lecciones de danza, ya que estás en eso.
La risa empequeñecía sus grandes ojos rasgados. Aunque estuviese sin afeitar y
con el cuello desabrochado, ese hombre que se aproximaba a la cuarentena tenía
todavía la gracia de la juventud. Era fácil imaginar al niño que debió haber sido. Se
levantó y dio una vuelta a la mesa, ayudándose con un bastón, de punta de caucho,
renqueando apenas.
Su largo espinazo de gato flaco era el de un adolescente. Encendió un cigarrillo y
dijo:
—He aquí otra más que quiere la revolución, pero que sueña con transformar a su
hijo en propietario de caballos de carrera.
Ella se encogió de hombros.
—Entonces —insistió él— ¿por qué quieres hacer un jinete de Jean-Pierre? ¿Para
que se enganche a los dragones de Libourne con un montón de marranos que pondrán
en cuarentena al hijo del preceptor?
—No te exaltes, ahorra tu voz para el mitin del once de noviembre…
Ella vio, por su expresión, que había ido demasiado lejos; volcó en una fuente los
porotos que llenaban su delantal y fue a abrazar a su marido.
—Oye, Robert…
Robert bien sabía que ella quería las mismas cosas que él. Lo seguía ciegamente,
con una confianza total. Pero la política no era su fuerte e imaginaba bastante mal
cómo iría el mundo una vez cumplida la revolución. Sería siempre un grupo de
elegidos quienes dirigirían el país, ella estaba segura de eso. Los más inteligentes, los
más instruidos, pero también los que tuvieran virtudes de jefe.
—Y bien, quiero que Jean-Pierre sepa montar a caballo y, sobre todo, que
adquiera las cualidades de destreza, valentía y audacia que en parte le faltan. Tiene
todas las otras, salvo ésas…
Robert Bordas observaba la mirada perdida de su mujer. No lo veía. Su corazón,
en ese momento, estaba lejos de él.
—La Escuela Normal forma profesores selectos para la Universidad —observó él
un poco secamente—. Es su única razón de ser.
—¡Vamos! Mira un poco a todos los ministros, los grandes escritores, todos los
jefes de partido que han salido de ella… ¡Y Jaurés, el primero, y León Blum!…
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Él interrumpió:
—Me sentiría orgulloso si Jean-Pierre presentara un día una buena tesis y se
graduara en la Facultad de Letras. No pido nada más para él… O quizá en la
Sorbona…, o en el Colegio de Francia… ¿Quién sabe? ¡Esto sí sería hermoso!
Ella rió agriamente.
—¡Ah!, ¡ahora sí! ¡Ahora me toca a mí admirar al famoso revolucionario que hay
en ti! ¿Entonces crees que todas esas antiguallas quedarán en pie?
—¡Seguramente! La Universidad será transformada, renovada; pero en Francia la
enseñanza superior será siempre la enseñanza superior… Tú no sabes lo que dices…
Se interrumpió. A través de los vidrios de la puerta divisó a una mujer en la
niebla.
—Y ahora, ¿quién es ésa?
—Una madre que viene a molestarnos y a quejarse de que hemos sido injustos
con su pequeña.
Antes de entrar, Paule se limpió cuidadosamente los zapatos para quitarles el
barro. No la reconocieron. No sabían quién era esa extraña mujer con una boina
calada hasta los ojos, negros y ojerosos, que ardían en un rostro tan velludo como el
de un muchacho. Evitó nombrarse. Dijo a Robert que era la madre del niño de quien
le había hablado la víspera la baronesa de Cernes. Él tardó algunos segundos en
comprender de qué se trataba, pero Léone ya lo había adivinado. Precediendo a la
señora Galeas, la condujo a una habitación glacial, y abrió los postigos. Todo relucía:
el piso, el aparador y la mesa de estilo Lévitan[1]. Un cortinado de encaje crudo
velaba la ventana. Enormes hortensias dibujaban un ancho friso a la altura del cielo
raso. El empapelado era de color granate.
—Dejo a usted con mi marido…
Paule le aseguró que no tenía nada secreto que comunicarle; sólo disipar un mal
entendido nada más.
Esa ola de sangre que avivó las mejillas de Robert Bordas era una debilidad que
conservaba de su juventud. Sintió que le ardían las orejas. Esa señora de desagradable
mirada, ¿iba a forzarlo a explicar su broma del día anterior? ¡Pero sí! Ella tenía el
tupé de abordar el tema con la mayor tranquilidad. Paule le dijo que temía que su
suegra hubiese comprendido mal una reflexión completamente inocente y que por ese
motivo se hubiera peleado con él. En modo alguno trataba de hacer volver al señor
Bordas sobre su negativa; pero sería muy doloroso que ese incidente significara un
nuevo adversario en el pueblo para una mujer indefensa como era ella. Siendo de él,
precisamente, de quien hubiera tenido el derecho de esperar más comprensión.
Sus ardientes ojos iban de Robert a Léone. Las comisuras de su boca, un poco
caídas, daban un aspecto trágico a esa cara grande y velluda, a esa máscara. Robert
balbuceaba que lo sentía mucho, que no había puesto ninguna intención malévola en
sus palabras. Paule abrevió, y volviéndose hacia Léone, dijo:
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—Jamás he dudado de que así fuera. Ustedes dos están en las mejores
condiciones para conocer el pueblo y los chismes que en él corren.
¿Comprenderían la alusión? ¿Sabrían que corría el rumor de que el preceptor
había sido herido a traición en un puesto de emboscado? Algunos insinuaban que él
mismo había disparado su fusil tan torpemente… Ellos no parecieron conmovidos.
Paule ignoraba si sus palabras habían dado en el blanco.
Agregó:
—Señora, sé que usted pertenece a una antigua familia de Cadillac…
Los padres de Léone eran, en efecto, pequeños propietarios, campesinos de vieja
cepa, pero muy mal vistos a causa de sus ideas avanzadas. Su hija no estaba casada
por la iglesia y se dudaba de que el pequeño Jean-Pierre estuviera bautizado. Por
permanecer cerca de su familia, los Bordas habían renunciado a un ascenso que
hubiera sido rápido.
—Cernes —decía Paule— tiene un preceptor que no merece. De nuevo el rostro
juvenil se tornó escarlata.
—¡Sí! —insistió Paule, pues sabía que no dependía sino de Robert Bordas el
ocupar una cátedra en el Palacio Borbón. Robert se ruborizó una vez más, y
encogiéndose de hombros.
—¡Usted se burla de mí! —le dijo. Léone reía:
—¡Oh, señora! Usted lo va a hacer engreír. ¡Mi pobre Robert!
Una sonrisa empequeñeció los rasgados ojos del joven.
—No soy yo quien lo dice, sino el señor Lousteau, nuestro administrador y su
amigo, creo. Un partidario del rey, pero que sabe hacer justicia a sus adversarios.
Cuando se tiene un marido como el suyo, no hay por qué tener miedo de ser
ambiciosa.
Y agregó a media voz:
—¡Ah, si yo estuviera en su lugar!… Dijo esta frase en el tono preciso. Apenas
acentuó la alusión a su miserable marido.
—El primer gran hombre de nuestra familia —dijo el preceptor— será nuestro
hijo Jean-Pierre. ¿Verdad, Léone?
¿Ese pequeño Jean-Pierre? Una sonrisa de complacencia suavizó los rasgos de la
señora, Por supuesto, su fama había llegado hasta ella; el señor Lousteau le había
hablado a menudo de él. ¡Qué felices y orgullosos debían de estar! De nuevo un
suspiro, vuelta otra vez a su propia desgracia. Pero esta vez no temió decir:
—A propósito de niño prodigio, es necesario que le hable de mi propio hijo. Mi
suegra tal vez ha exagerado la nota. Es cierto que es muy atrasado, y comprendo que
eso lo acobarde a usted…
Robert protestó vivamente. Su negativa no había tenido otra razón que la falta de
tiempo libre y el temor de no poder consagrarse a esa nueva tarea, pues la secretaría
de la alcaldía y sus ocupaciones personales le tomaban todo el tiempo libre que le
dejaban los muchachos del pueblo.
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—Sí, sé que usted está muy ocupado. Y hasta he llegado a creer que ciertos
artículos no firmados de La France du Sud-Ouest… —agregó en un tono que ponía
en evidencia la atracción que ese hombre ejercía sobre ella.
Las mejillas y las orejas del preceptor volvieron a enrojecer. Para abreviar, hizo
algunas preguntas sobre Guillaume. ¿El pequeño escribía y leía de corrido? Siendo
así, no se había perdido nada.
Paule permanecía indecisa. Era importante no desanimarlo de entrada y, al mismo
tiempo, ponerlo en antecedentes de la imbecilidad de su futuro alumno. Sí, afirmó:
leía y releía dos o tres libros. Hojeaba sin cesar una colección de revistas de fines de
siglo, aunque jamás habían tenido pruebas de que pudiera retener algo. ¡Oh! Y
además no era muy atrayente, no, ni muy repulsivo. ¡Su pobre «mico»! Era preciso
ser madre; a ella misma, a veces, le costaba soportarlo…
El preceptor sufría por ella. Propuso tomar al pequeño en observación, por la
tarde, a eso de las cinco, después de la salida de los niños. Pero no se comprometía a
nada antes de haberlo visto… Paule le tomó las dos manos, y con la voz sofocada por
una emoción semifingida, agregó:
—Pienso en la comparación que usted no podrá evitar de hacer entre mi
desdichado pequeño y su Jean-Pierre.
Volvió un poco la cabeza como para ocultar su vergüenza. ¡Qué inspirada estaba
ese día! Esa pareja de preceptores acostumbrada a una atmósfera hostil, sospechosos
a los campesinos como a los propietarios, tratados por el clero como enemigos
públicos, jamás habrían podido imaginar que lo que les sucedía fuera posible.
Alguien del castillo tenía que pedirles un favor; venía a implorarlo, y no solamente
los admiraba, sino que los envidiaba. ¡Con qué humildad había hecho alusión a su
marido y a su hijo degenerado! Robert, un poco excitado por la aventura y
recordando que esa boina y ese impermeable disfrazaban a una baronesa auténtica,
arriesgó con tono bondadoso:
—Pero, señora, me sorprende que no tema mi influencia sobre el pequeño…
¿Usted conoce mis ideas?
La risa le arrugaba las sienes; de sus ojos estirados no se veía más que el brillo.
—Usted no me conoce —dijo Paule gravemente—. Usted no sabe quién soy.
No la creerían si les aseguraba que deseaba que su pobre hijo fuera capaz de
sentir esa influencia.
Así preparaba sus futuras confidencias. No había que agregar nada ni estropear
nada. Ya se despedía de sus huéspedes, sorprendidos por lo que acababa de decirles
respecto a sus ideas. Convinieron en que llevaría a Guillaume al día siguiente,
después de las cuatro de la tarde. Y de pronto, tomando un tono de gran señora,
imitado de su suegra y de su cuñada Arbis agregó:
—¡Muy agradecida! ¡No sabéis el bien que me habéis hecho! Sí, sí. ¡Vosotros no
podéis saberlo!
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—Es evidente que tú le gustas —dijo Léone. Desocupó la mesa y, suspirando,
tomó una pila de deberes para corregir.
—Ya no la encuentro tan antipática.
—¡Miren eso! Te trata con deferencia: pero ¿qué quieres que te diga?
Desconfíale.
—La creo un poco loca… De cualquier modo, es una exaltada.
—Una loca que sabe lo que quiere. Acuérdate de lo que se cuenta… ¡Su historia
con el cura! Ponte en guardia.
Él se levantó, estiró sus grandes brazos y dijo:
—No me gustan las mujeres con barba.
—No estaría tan mal si estuviera mejor arreglada —observó Léone.
—Ahora recuerdo lo que me dijo Lousteau; no es verdaderamente una noble. Es
la hija o la sobrina de Meuliére, el exalcalde de Burdeos… ¿Por qué te ríes?
—Porque pareces defraudado de que ella no sea una noble verdadera…
Robert, con aire furioso, los hombros alzados y soplando su pipa, fue hasta el
umbral de la puerta y se apoyó en la pared.
Mientras su madre se ocupaba de entregarlo al preceptor rojo, la pequeña liebre,
desalojada de su madriguera y sin esperanzas de poder agazaparse en ella, parpadeaba
ante la luz enceguecedora de las personas mayores. Durante la ausencia de su madre
había estallado una diferencia entre las tres divinidades favorables: papá, Mamie y
Fräulein. A decir verdad, abuela y Fräulein tenían frecuentes peleas, siempre sobre
temas insignificantes. A veces la austríaca se permitía palabras cuya brutalidad era
más evidente por el uso siempre respetuoso de la tercera persona. Pero ese día
Guillaume comprendía confusamente que hasta Fräulein deseaba que fuera entregado
al preceptor.
—¿Por qué no podría llegar a ser un señor instruido? ¡Creo que vale tanto como
los otros! Y volviéndose hacia Guillaume:
—Ve a divertirte afuera; ve, mi pollito; ve, mi pajarito…
Salió. Luego se deslizó de nuevo en la cocina. ¿Acaso no estaba admitido que
nunca escuchaba, y que, por otra parte, no entendía nada?
La baronesa, sin dignarse responder a Fräulein, arengaba a su hijo, sentado en su
sillón favorito, delante de la chimenea de la cocina. Allí pasaba las tardes lluviosas de
invierno haciendo fósforos de papel o lustrando los fusiles de su padre, de los que
nunca había hecho uso.
—Galeas, muestra tu autoridad una vez en tu vida —suplicaba la anciana—. No
tienes más que decir una palabra: «¡No y no! Yo no quiero entregar mi hijo a ese
comunista…». Después deja pasar la tormenta.
Pero Fräulein protestaba:
—No escuches a la señora baronesa —tuteaba a Galeas, pues lo había criado—.
¿Por qué Guillou no habrá de ser instruido como los niños de Arbis?
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—Deje tranquilos a los Arbis, Fräulein. No tienen nada que ver en el asunto. No
quiero que mi nieto tome ideas de ese hombre. ¡Eso es todo!
—¡Pobre pichón! Como si le fueran a hablar de política.
—No se trata de política… ¿Y la religión? ¿Qué hace con ella? Todavía no sabe
bien el catecismo…
Guillaume observaba a su padre, inmóvil, los ojos fijos en los sarmientos
abrasados. No daba señales de inclinarse por un lado u otro.
Guillou, con la boca abierta, trataba de comprender.
—En el fondo, a la señora baronesa le importa muy poco que él viva, más tarde,
como un campesino… Después de todo, ¡quién sabe si no es lo que ella desea!
—Usted no tiene por qué abogar ante mí a favor de mi nieto. De todos modos, es
el colmo —insistió la baronesa con un tono falsamente indignado y que traicionaba
cierta confusión.
—Sí, sí. La señora baronesa quiere mucho a Guillou, está contenta de tenerlo
aquí, cerca; pero es con los otros con quienes cuenta cuando piensa en el porvenir de
la familia…
La baronesa trató a Fräulein de «atolondrada». Pero la voz agria de la austríaca
dominaba fácilmente a la de su ama.
—La prueba está en que después de la muerte de Georges se convino en que el
mayor de los Arbis, Stanislas, agregaría el nombre de Cernes al nombre de Arbis,
como si en este mundo no quedara nada de Cernes; como si Guillou no se llamara
Guillaume de Cernes.
—El pequeño escucha —dijo de pronto Galeas. Y volvió a caer en su silencio.
Fräulein tomó al niño por los hombros y lo empujó dulcemente hacia afuera. Pero él
permaneció en la antecocina, desde donde oyó gritar a Fräulein:
—He aquí uno que no habría podido llamarse Désiré¹ cuando nació. ¿Recuerda la
señora baronesa que me dijo que no debía ser frecuente que un enfermo diera un hijo
a su enfermera…?
—Yo no le he dicho tal cosa, Fräulein.
Galeas estaba muy bien de salud… No entra en mis costumbres ser tan grosera.
—En fin, la señora baronesa debe recordar que el niño no estaba previsto en el
programa. Yo, que conocía a mi Galeas, sabía que no era más lerdo que otros, como
bien se ha visto.
Una llama de sospecha brilló entre los rosados párpados sin pestañas de la
austríaca. «Ojos de marrana…», le había dicho un día la señora de Galeas. La
baronesa, ofendida, le dio la espalda.
Guillou, con la nariz aplastada contra el vidrio de la antecocina, miraba saltar las
gotas de lluvia, cada una de las cuales era como un pequeño personaje danzarín. Las
personas mayores se ocupaban de él sin cesar y estaban divididas al respecto. No
habrían podido llamarlo Désiré. Él habría querido volver a pensar en esas historias
que se narraba a sí mismo y que sólo él conocía, pero esta vez era imposible evadirse,
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a menos que el preceptor hubiera mantenido su negativa. Entonces Guillou sería tan
feliz, que le importaría muy poco no haber sido deseado.
Sólo pedía no ser mezclado con otros niños que le harían sufrir; no tener nada que
ver con maestros que hablan a gritos, que se exasperan y que articulan palabras
desprovistas de sentido, en un tono duro.
Mamie no lo había deseado; ¡su madre tampoco! ¿Sabrían ellas por anticipado
que él no sería como los otros? ¿Y el pobre papá? De cualquier modo, no sería él
quien lo libraría del preceptor.
Cómo se agotaba la baronesa repitiéndole:
—Sólo tienes que decir «no»… ¡No es tan difícil, que digamos! Puesto que te
repito que no tienes más que decir «no»… No tienes más que decir «no»…
Pero Galeas, sin responder nada, sacudía su gruesa cabeza gris y rizada. Por fin,
dijo:
—No tengo derecho…
—¿Qué quieres decir con eso, Galeas? El padre tiene todos los derechos en lo que
concierne a la educación de los niños.
Pero, siempre sacudiendo la cabeza con aire terco, repetía: «No tengo
derecho…».
Fue entonces cuando Guillaume volvió llorando y se abalanzó contra las piernas
de Fräulein, diciendo:
—¡Aquí está mamá! Ríe sola. Seguramente el preceptor ha aceptado.
—¿Y qué hay con eso? Él no te comerá tontito. Limpíele la nariz, Fräulein. Este
niño está asqueroso.
Desapareció por el lavadero en el momento en que su madre pasaba, triunfante, el
umbral de la cocina.
—Todo está arreglado —dijo—. Llevaré a Guillaume mañana, a las cuatro de la
tarde.
—Si su marido consiente.
—Seguro, madre. Pero, por supuesto, él consiente. ¿Verdad, Galeas?
—De cualquier modo, hija mía, le aseguro que el pequeño le va a dar que hacer.
—Y a todo esto, ¿dónde está? —preguntó Paule—. Me parece que le he oído
sollozar.
Entonces vieron a Guillaume que salía del lavadero con su aspecto más miserable,
la cara embadurnada de mocos, saliva y lágrimas.
—¡No iré! —gimió sin mirar a su madre—. ¡No iré a casa del preceptor!
Paule siempre se había avergonzado de él, y ese día, detrás de ese pequeño ser
que hacía muecas, aparecía el padre en su sillón. La boca abierta del niño era la
réplica de esa otra boca mojada y fría. Con cólera contenida y voz casi dulce, Paule
dijo:
—No podré arrastrarte hasta allí a la fuerza. No nos quedará, pues, otro recurso
que ponerte de pupilo en el Liceo.
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La baronesa se alzó de hombros.
—Usted sabe que no aceptarán al pequeño desdichado.
—Entonces no veo otra solución que un reformatorio…
Había amenazado a Guillou tan a menudo con eso, que él ya se hacía una vaga y
terrorífica idea de las casas de corrección. Se puso a temblar y gimió:
—¡No, mamá! No, no… Y se arrojó contra Fräulein escondiendo la cara en su
pecho blando.
—No lo creas, pichón… ¿Piensas que la dejaré…?
—Fräulein no tiene nada que ver con este asunto. Y esta vez no es broma. Ya me
he informado y tengo las direcciones —agregó Paule con cierta alegre excitación.
Lo que acabó de abrumar al niño fue la carcajada de su vieja Mamie.
—¿Por qué no ponerlo en una bolsa, hija mía? ¿Por qué no tirarlo al río como a
un gatito?
Loco de terror, el pequeño se frotaba la cara con el pañuelo sucio:
—¡No, Mamie, en una bolsa no! No tenía ningún sentido de la ironía y tomaba
todo al pie de la letra.
—¡Tontito! —dijo la baronesa atrayéndole hacia sí.
Pero sin brusquedad volvió a alejarlo.
—No se sabe por dónde tomarlo. ¡Qué sucio! Llévelo, Fräulein. Ve a limpiarte,
ve… Le castañeteaban los dientes:
—Iré a casa del preceptor, mamá. ¡Seré muy juicioso!
—¡Ah! Por fin eres razonable. Fräulein le lavaba la cara en el grifo de la pileta.
—Es para asustarte, mi pichón; no lo creas, búrlate de ellas.
Galeas, entonces, se irguió y sin mirar a nadie dijo:
—Ahora hay sol. ¿Me acompañas al cementerio, pequeño?
Guillou temía los paseos con su padre; pero esta vez se dejó tomar la mano con
gusto y, siempre sollozando, lo siguió.
Ya no llovía. La hierba empapada brillaba bajo el sol tibio. El camino
contorneaba el pueblo, a través de las praderas. Habitualmente Guillaume tenía miedo
de las vacas que levantan la cabeza y siguen a uno con la vista, como si vacilaran en
abalanzarse. Su padre le apretaba la mano sin pronunciar una palabra. Habrían podido
caminar horas sin decirse nada. Guillou no sabía que el pobre hombre estaba
desesperado por ese silencio y que trataba, en vano, de fijar una idea. Pero él nada
tiene que decir a un muchachito. Entraron en el cementerio por una brecha llena de
ortigas, detrás del presbiterio de la iglesia.
Las tumbas todavía estaban cubiertas con ramos marchitos del día de Todos los
Santos. Galeas soltó la mano de su hijo y tomó una carretilla. Guillaume lo miró
alejarse. Esa tricota zurcida, de color pardo; esos fondillos del pantalón que parecían
vacíos; esa enorme pelambre bajo la boinita: eso era su padre. Permaneció sentado
sobre una lápida semidesaparecida, entibiada un poco por el sol de otoño. Sin
embargo, sentía frío; pensó que podría enfermarse, que al día siguiente no podría
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salir. La muerte… Volverse como esos que trataba de imaginar en esa tierra grasa: los
muertos. Esos topos humanos, cuya presencia se manifiesta por pequeños montículos.
Más allá del muro veía la campiña, ya inhabitable ante la proximidad del
invierno: las viñas ateridas; la tierra como aceitosa, viscosa, elemento inhumano
donde hubiera sido tan loco aventurarse como sobre las olas del mar. Abajo de la
colina corría hacia el río Ciron un arroyo hinchado por las lluvias y se acumulaba un
misterio de marismas y tallares inextricables. Guillou había oído decir que allí se
veía, algunas veces, levantar vuelo a una becada.
A esa misma hora, Paule había encendido el fuego en su dormitorio y pensaba. Uno,
voluntariamente, no puede hacerse amar; no es libre para agradar, pero ningún poder
de la tierra o del cielo podría impedir a una mujer elegir un hombre y escogerlo por
dios. Ni a él mismo le concierne puesto que nada se le pide en cambio. Está resuelta a
hacer de ese ídolo el centro de su vida. No le falta más que levantar un altar en su
desierto y consagrarlo a esa divinidad de cabellos rizados.
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Los otros terminan siempre por implorar a su dios, pero ella está resuelta a no
esperar nada del suyo. No le quitará más que lo que se puede tomar de un ser, sin que
él lo sepa. ¡Milagroso poder de la mirada solapada y del pensamiento incontrolable!
Tal vez un día le fuera dado arriesgar un gesto; tal vez ese dios soporte el contacto de
una boca sobre su mano…
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El ogro aseguró que no los necesitaba. Esa tarde se contentarían con hablar y
trabar relación.
—Volveré dentro de dos horas —dijo Paule.
Guillou no oyó las palabras que su madre y el preceptor cambiaron a media voz,
sobre el umbral. Supo que ella había partido, porque no sentía más frío. La puerta
había sido cerrada.
—¿Quieres ayudarnos a desgranar porotos? —preguntó Léone—. Pero tal vez tú
no sepas hacerlo.
Él rió y dijo que siempre ayudaba a Fräulein. Lo tranquilizaba que se le hablara
de porotos. Se aventuró a agregar:
—En casa los han recogido hace mucho tiempo.
—¡Oh! Éstos son los tardíos —dijo la institutriz—. Muchos están podridos; hay
que clasificarlos.
Guillou se acercó a la mesa y se puso a trabajar. La cocina de los Bordas era igual
a todas las cocinas, con la gran chimenea de cuya cremallera pendía la olla; la larga
mesa, los calderos de cobre sobre un estante y, sobre otro, potes con encurtidos, y dos
jamones envueltos en bolsas, suspendidos de las vigas… Y sin embargo, Guillou
había penetrado en un mundo extraño y delicioso. ¿Era quizá el olor de la pipa del
señor Bordas, que aun apagada no se la quitaba de la boca? Pero, sobre todo, había
libros por todas partes, montones de periódicos sobre el aparador y sobre una mesita
al alcance de la mano del maestro. Con las piernas estiradas y sin prestar ninguna
atención a Guillou, el señor Bordas cortaba las páginas de una revista con tapa blanca
y título rojo.
En la campana de la chimenea estaba colgado un retrato de un hombre gordo y
barbudo, con los brazos cruzados. Había una palabra impresa en la parte inferior, que
el niño, desde su lugar, trataba de deletrear a media voz: Jau… Jau…
—Jaurés —dijo de pronto el ogro—. ¿Sabes quién era Jaurés?
Guillou sacudió la cabeza. Léone intervino:
—¿Vas a comenzar hablándole de Jaurés?
—Es él quien me habla de Jaurés —dijo el señor Bordas.
Reía. A Guillou le gustaban esos ojos achicados por la risa. Él había querido saber
quién era Jaurés. No le molestaba clasificar porotos. Hacía un montón con los que
estaban picados. Lo dejaban tranquilo. Podía pensar en lo que quería, observar al
ogro, a la ogresa y su casa.
—¿Quizá estés aburrido de hacer eso? —preguntó de pronto el señor Bordas.
El preceptor no leía su revista: descifraba el índice, cortaba las páginas, se detenía
en las firmas, aproximaba el fascículo a su rostro, lo husmeaba con glotonería. Esa
revista que venía de París… Pensaba en la inmensa felicidad de los hombres que
colaboraban en ella. Trataba de representarse sus rostros, la sala de redacción donde
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se reunían para cambiar opiniones; esos hombres que saben todo, «que han rumiado
las ideas…». Léone ignoraba que había enviado un estudio sobre Romain Rolland a
la revista. Recibió una respuesta muy cortés, pero negativa. El estudio tenía un
carácter político demasiado acentuado.
La lluvia que corría desbordaba las goteras. No se vive más que una vez. Robert
Bordas jamás conocería esa vida de París. El señor Lousteau afirmaba que la vida en
Cernes le podía proporcionar tema para un libro… Le aconsejó escribir su diario,
pero él no se interesaba en sí mismo. Los otros tampoco le interesaban mucho.
Hubiera querido persuadirlos, imponerles sus ideas, pero eran tan simples que no
atraían su atención… Estaba dotado para hablar y para el artículo rápido. El señor
Lousteau encontraba que sus artículos de La France du Sud-Ouest eran superiores a
todo lo que se publicaba en París, salvo en L'Action Francaise. En L'Humanité, según
Lousteau, no había nadie que valiera la pena. París… Había prometido a Léone que
nunca dejaría Cernes, ni siquiera cuando Jean-Pierre estuviera en la Escuela
Normal… Ni siquiera más tarde, cuando su hijo, una vez llegado a la meta, ocupara
la primera fila. Sería menester no molestarlo, no estorbarlo. «Cada uno en su lugar»,
decía Léone.
Robert tenía la frente pegada al vidrio de la puerta; se dio vuelta y vio los tiernos
ojos de Guillou, húmedos, fijos en él, que se desviaron al momento. Recordó que al
niño le gustaba leer.
—Pequeño, ¿estás cansado de desgranar porotos? ¿Quieres que te preste un libro
con figuras?
Guillou respondió que le era igual que tuviera o no figuras.
—Muéstrale la biblioteca de Jean-Pierre y podrá elegir —dijo Léone.
Precedido por el señor Bordas, quien llevaba una lámpara Pigeon, el niño
atravesó el dormitorio del matrimonio. Le pareció magnífico. Sobre el enorme lecho
esculpido se extendía majestuoso un edredón de color cereza, como si, sobre la
colcha, se hubiera vertido jarabe de grosellas. Muy cerca del techo se veían algunas
fotografías ampliadas. Después, el señor Bordas lo hizo entrar en una habitación más
pequeña que olía a encierro. El preceptor levantó con orgullo la lámpara y Guillou
admiró el dormitorio del hijo.
—Evidentemente, en el castillo se debe estar mejor alojado…, pero de todas
maneras —agregó satisfecho el preceptor—, no está mal…
El niño, deslumbrado, no podía creer lo que veían sus ojos. Por primera vez el
pequeño castellano pensó en el reducto donde dormía. Reinaba allí el olor de la
señorita Adrienne —encargada de cuidar la ropa blanca del castillo—, pues allí la
señorita Adrienne pasaba las tardes. Un maniquí inservible se erguía al costado de la
máquina de coser. Una cama plegadiza, recubierta con una funda, era utilizada por
Fräulein durante las enfermedades de Guillou. De pronto se imaginó la alfombra
gastada, sobre la cual, tan a menudo, había volcado su bacinilla. Jean-Pierre Bordas
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tenía ese dormitorio para él solo; esa cama pintada de blanco con dibujos azules; esa
biblioteca provista de libros.
—Casi todos son premios —dijo el señor Bordas—. Siempre ha ganado todos los
premios de su clase.
Guillou rozaba con la mano cada volumen.
—Elige el que quieras.
—¡Oh! La isla misteriosa… ¿Usted la ha leído? —preguntó, los ojos brillantes
dirigidos hacia el señor Bordas.
—Sí, cuando tenía tu edad —dijo el preceptor—. Pero la he olvidado… ¡Creo que
es una historia de Robinson!
—¡Oh! ¡Es mucho mejor que Robinson! —exclamó Guillou con fervor.
—¿Por qué es mejor?
Pero ante esa brusca pregunta, se encerró en su torre. Retomó su aire ausente, casi
atontado.
—Yo creía que era su continuación —prosiguió el señor Bordas después de un
silencio.
—Sí, es preciso haber leído Veinte mil leguas de viaje submarino y Los hijos del
capitán Grant. Yo no conozco Veinte mil leguas de viaje submarino… Pero eso no
impide comprender, ¿sabe? Salvo cuando Cyrus Smith fabrica cosas, como la
dinamita… Siempre salto esa página…
—¿No hay un hombre abandonado que los compañeros del ingeniero descubren
en una isla vecina?
—Sí, sí, Ayrton, ¿lo recuerda? Es tan hermoso cuando Cyrus Smith le dice: «Tú
eres hombre, puesto que lloras…».
El señor Bordas, sin mirar al niño, tomó el grueso libro rojo y, tendiéndoselo:
—Toma; busca el lugar… Creo recordar que hay una lámina.
—Es al final del capítulo quince —dijo Guillou.
—Veamos, léeme toda la página… Eso me hará recordar mi niñez.
El señor Bordas encendió una lámpara de queroseno e instaló a Guillou delante de
la mesa donde Jean-Pierre había dejado manchas de tinta. El niño comenzó a leer con
voz ahogada. Al principio, el preceptor no captó más que algunas palabras. Estaba
sentado un poco hacia atrás, en la sombra, y casi reteniendo su aliento como si
hubiese temido espantar a un pájaro salvaje. Después de algunos minutos, la voz del
lector se hizo más cálida… Sin duda, había perdido conciencia de que se le
escuchaba:
Llegaron al lugar donde crecían los primeros hermosos árboles de la selva,
cuyo follaje era ligeramente agitado por la brisa; el desconocido pareció sorber
con embriaguez ese penetrante olor que impregnaba la atmósfera y un largo
suspiro se escapó de su pecho. Los colonos se mantenían detrás, listos para
retenerlo si hubiera hecho un movimiento para escaparse. Y en efecto, el pobre ser
estuvo a punto de lanzarse al riachuelo que lo separaba de la selva y sus piernas se
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aflojaron, por un instante, como un resorte… Pero casi en seguida se replegó sobre
sí mismo, se desplomó a medias y una gruesa lágrima fluyó de sus ojos. «¡Ah! —
exclamó Cyrus Smith—, hete aquí vuelto hombre, puesto que lloras».
—¡Qué hermoso es! —dijo el señor Bordas—. Ahora recuerdo… ¿No es que la
isla había sido atacada por los presidiarios?
—Sí, Ayrton es el primero que reconoce el pabellón negro… ¿Quiere que lo lea?
El preceptor apartó un poco su silla. Habría podido, habría debido maravillarse de
oír la voz ferviente de ese niño que pasaba por idiota. Habría podido y habría debido
alegrarse de la tarea que se le había asignado; del poder que tenía para salvar a ese
pobre ser tembloroso. Pero no oía al niño más que a través de su propio tumulto. Era
un hombre de cuarenta años, lleno de deseos e ideas y jamás saldría de esa escuela
que se levantaba al borde de una ruta desierta. Comprendía y juzgaba todo lo que
estaba impreso en la revista, de la que aspiraba el olor a tinta y cola. Todos los
debates suscitados le eran familiares, aunque no pudiera comentarlos más que con el
señor Lousteau. Léone hubiera sido capaz de comprender muchas cosas, pero prefería
dedicarse a las tareas domésticas. Su actividad física crecía con la pereza de su
espíritu. Por la noche se enorgullecía de no poder mantener los ojos abiertos; tal era
su cansancio. Era bastante inteligente como para comprender que su marido sufría y a
veces lo compadecía; pero Jean-Pierre sería su desquite. Creía que un muchacho, a la
edad a que había llegado su marido, se conformaría con ver cumplido su destino en
un hijo… ¡Eso era lo que ella creía!
Notó que al fin del capítulo el niño se había detenido.
—¿Debo continuar?
—No —dijo el señor Bordas—, descansa. Lees muy bien. ¿Quieres que te preste
un libro de Jean-Pierre?
El niño se levantó vivamente y comenzó de nuevo a examinar los libros uno a
uno, deletreando los títulos a media voz.
—Sin familia. ¿Es bonito?
—A Jean-Pierre le gustaba mucho. Ahora lee libros más serios.
—¿Cree usted que comprenderé?
—¡Seguro que comprenderás! Con mis clases no tengo mucho tiempo para leer…
Pero cada día me contarás la historia y así me distraerás.
—¡Eso dice usted!; pero bien sé que es en broma…
Guillou se había aproximado a la chimenea. Examinaba una fotografía apoyada
contra el espejo: alumnos del Liceo agrupados alrededor de dos profesores con lentes,
cuyas gruesas rodillas estiraban los pantalones. Preguntó si Jean-Pierre estaba entre
ellos.
—Sí, en la primera fila, a la derecha del profesor.
Guillou pensó que lo habría reconocido aunque no se lo hubieran señalado. Entre
tantas caras insignificantes, ese rostro resplandecía. ¿Era por todo lo que se le había
contado de Jean-Pierre? Por primera vez el niño discernía una faz humana. Hasta
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entonces sólo había podido permanecer largos instantes contemplando una imagen o
interesarse por los rasgos de un héroe inventado. De pronto pensó que ese muchacho
de amplia frente y rizos cortos, y ese pliegue entre las cejas, era el mismo que leía
esos libros, que trabajaba en esa mesa, que dormía en esa cama.
—Entonces, ¿este cuarto es sólo de él? ¿No se puede entrar si él no quiere?
En cambio, él no estaba solo más que en el retrete… La lluvia corría sobre el
techo. Qué dulce debía de ser vivir allí, en medio de libros, bien resguardado…, fuera
del alcance de los otros hombres. Pero él, Jean-Pierre, no tenía ninguna necesidad de
protección: era el primero de su clase en todas las materias. Hasta había obtenido el
premio de gimnasia, decía el señor Bordas. Léone entreabrió la puerta.
—Allí está tu mamá, hombrecito.
De nuevo siguió al preceptor, que llevaba la lámpara. Atravesó la cámara nupcial.
Paule de Cernes había acercado al fuego sus zapatos embarrados. Según su
costumbre, debía haber errado por los caminos…
—¡Seguramente usted no habrá podido sacarle nada!
El preceptor protestó diciendo que de ningún modo había estado mal. El niño
bajaba la cabeza; Léone le abotonaba el abrigo.
—Si usted quiere acompañarme un instante, me podría dar su impresión —dijo
Paule—. No llueve más.
El señor Bordas descolgó su impermeable. Su mujer lo siguió hasta el dormitorio.
¡No iba a correr por los caminos, de noche, con esa loca! Lo señalarían con el dedo.
Pero él la rechazó con aspereza. Paule, que había adivinado el motivo de la disputa,
fingió no haber oído nada y, sobre el umbral, todavía abrumaba a Léone con
demostraciones y agradecimientos. ¡Por fin! Ya avanzaba en la noche mojada, al lado
del preceptor. Dijo a Guillou:
—Camina delante. No te quedes pegado a nuestras piernas.
Después, con voz insistente, inquirió:
—No me oculte nada. Por penoso que sea su juicio para una madre…
Robert había moderado el paso. ¿Cómo no dar la razón a Léone? No tenía que
atravesar el charco de luz que se veía delante de la puerta del hotel Dupuy. Pero
aunque hubiese estado seguro de no ser visto, se habría mantenido a la defensiva.
¿Acaso había sido otra su actitud, desde su adolescencia, con respecto a las mujeres?
Siempre eran ellas quienes lo buscaban y él quién se escondía, pero no para ser
perseguido. Como ya se acercaban al hotel Dupuy, se detuvo.
—Mañana conversaremos mejor, en casa, al terminar la mañana. Yo salgo de la
alcaldía un poco antes del mediodía.
Ella sabía por qué Bordas no daría un paso más. Se alegró de lo que le parecía un
comienzo de complicidad.
—Sí, sí —susurró ella—, será mejor.
—Hasta mañana a la tarde, mi pequeño Guillaume. Me leerás Sin familia.
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El señor Bordas se contentó con tocar su boina con un dedo. Paule ya no lo veía,
pero oía aún el ruido del bastón al chocar contra los guijarros. También el niño
permaneció algunos segundos inmóvil en medio del camino, vuelto hacia esa luz que
iluminaba la casa de Jean-Pierre Bordas.
Su madre lo tomó por el brazo. No le hacía ninguna pregunta: no había nada que
sacar de él.
Por otra parte, ¿qué le importaba? Mañana tendría lugar el primer encuentro, la
primera conversación a solas. Ella apretaba demasiado fuerte la pequeña mano de
Guillou y sus pies, a veces, sentían el frío del agua de lluvia.
—Acércate al fuego —dijo Fräulein—. Estás empapado, hecho una sopa.
Todos tenían los ojos clavados en él. Había que responder a sus preguntas.
—Y bien. ¿No te comió crudo el maestro? Él movió la cabeza.
—¿Qué es lo que hiciste durante esas dos horas?
No sabía qué responder. ¿Qué había hecho exactamente? Su madre le pellizcó el
brazo:
—¿No oyes? ¿Qué has hecho durante esas dos horas?
—Desgrané porotos…
La baronesa levantó sus viejas manos:
—¡Te han hecho desgranar sus porotos! ¡Magnífico! —repetía, imitando sin darse
cuenta a sus nietos Arbis—. ¿Oye usted, Paule? El preceptor y su mujer se dan el lujo
de hacerse desgranar sus porotos por mi nieto. ¡Habráse visto! ¿Y no te pidieron que
les barrieras la cocina?
—No, Mamie; solamente he desgranado porotos… Había muchos podridos y era
necesario clasificarlos.
—En seguida han visto de lo que es capaz —dijo Paule.
Fräulein protestó:
—Yo pienso que no han querido asustarlo el primer día.
Pero la baronesa sabía lo que se podía esperar de «esas gentes» cuando uno se
mezcla con ellos.
—Esas gentes han sido muy felices al jugarnos esa broma. Han creído vejarme,
pero se equivocan si piensan que han podido herirme en lo más mínimo…
—Si trataran mal a Guillou —interrumpió agriamente Fräulein—, estoy bien
segura de que la señora baronesa no lo soportaría. ¿Acaso no es su nieto?
Entonces se alzó la voz de Guillou:
—¡El preceptor no es malo!
—¿Por qué te ha hecho desgranar porotos? Te gustan los trabajos de sirvientes, de
holgazanes… Pero también te hará leer, y escribir, y contar… Y con él —agregó
Paule—, eso tiene que marchar. ¡Piensa! ¡El preceptor!
Guillou, en voz baja y temblorosa, repitió: «No es malo, ya me ha hecho leer y
dice que leo bien…». Pero su madre, Mamie y Fräulein reñían de nuevo y no le
oyeron. ¡Tanto peor! o ¡tanto mejor! Él guardaría su secreto. El preceptor le había
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hecho leer en voz alta La isla misteriosa. Mañana comenzaría Sin familia. Todas las
tardes iría a casa del señor Bordas. Miraría, todo el tiempo que quisiera, la fotografía
de Jean-Pierre. Quería con locura a Jean-Pierre. Durante las vacaciones de verano se
haría su amigo. Uno a uno, hojearía todos los libros de Jean-Pierre: esos libros que
habían sido tocados por las manos de Jean-Pierre. No por el señor Bordas, sino por
ese muchacho desconocido, Guillou se sentía desbordante de dicha y esa noche
guardaba esa dicha para sí, durante la interminable comida en la cual los dioses
irritados estaban separados por etapas de silencio, en las que Guillou oía masticar y
deglutir a Galeas. Esa dicha lo embargaba aun mientras se desnudaba casi a tientas
entre el maniquí y la máquina de coser; mientras tiritaba bajo las sábanas manchadas;
mientras recomenzaba su plegaria porque no había puesto atención en el sentido de
las palabras; mientras luchaba contra el deseo de acostarse sobre el vientre. Largo
tiempo después de haber sido vencido por el sueño, una sonrisa iluminaba esa vieja
cara de niño, con el labio caído y mojado. Una sonrisa que quizá habría sorprendido a
su madre, si ella hubiera sido de las que vienen a arropar y bendecir a su muchachito
dormido.
A esa misma hora, Léone gritaba a su marido, que seguía leyendo:
—¡Mira lo que ha hecho ese mico con el libro de Jean-Pierre! Marcas de dedos
por todas partes. ¡Y hasta rastros de mocos! ¿Qué idea nos llevó a prestarle los libros
de Jean-Pierre?
—No son objetos sagrados… No eres la madre del Mesías…
Léone, desconcertada, subió más el tono:
—Y para empezar, no quiero ver más aquí a ese mico. Dale sus lecciones en la
escuela, en la caballeriza, donde quieras, pero no en casa.
Robert cerró el libro, se levantó y fue a sentarse cerca de su mujer, delante del
fuego.
—No tienes continuidad en las ideas —dijo—. Hace un instante me reprochabas
el haber desairado a la vieja baronesa y ahora me guardas rencor por haber recibido
demasiado bien a su nuera… Confiesa que es la mujer con barba la que te da miedo.
¡Pobre mujer con barba!
Rieron juntos.
—¡Bien orgulloso que estarías! —dijo Léone abrazándolo—. ¡Te conozco! ¡Con
la dama del castillo!
—Creo que aunque quisiera no podría.
—Sí —dijo Léone—. Me has explicado lo que distingue a los hombres: están los
que pueden siempre y los que no pueden siempre…
—Sí, y los que pueden siempre no viven más que para eso, pues, por más que se
diga, es lo más agradable que hay en el mundo…
—Y los que no pueden siempre —prosiguió Léone; había entre ellos temas
repetidos hasta el cansancio, en los que chocaban desde su noviazgo y que les
ayudaban a terminar sus riñas— ésos se dan a Dios, a la ciencia o a la literatura…
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—O a la homosexualidad —concluyó Robert.
Léone rió y pasó al tocador sin cerrar la puerta. Mientras se desnudaba, él le gritó:
—Sabes, me habría interesado ocuparme del mico.
Salió del tocador y vino hacia él con aire feliz, el pelo trenzado y pobre, graciosa
en su camisa de bombasí de un rosado descolorido.
—Entonces, ¿renuncias?
—No es a causa de la mujer con barba. Pero he reflexionado: es necesario
rectificarse. Hice mal en aceptar. Nosotros no debemos tener relaciones con el
castillo. La lucha de clases no es una historia para los manuales. Está inscrita en
nuestra vida de cada día. Debe inspirar toda nuestra conducta.
Se interrumpió. Ella, en cuclillas, se cortaba las uñas de los dedos de los pies;
estaba resuelta a no escuchar. Con las mujeres no se puede hablar. El colchón elástico
gimió bajo su cuerpo pesado. Léone se acurrucó contra él y sopló la bujía. Reinó un
olor a sebo que agradaba a los dos, porque anunciaba el amor y el sueño.
—Esta noche no —dijo Léone. Cuchichearon algo.
—No me hables más, estoy durmiendo.
—Todavía tengo algo que preguntarte: ¿Qué hacer para librarse del mico?
—No tienes más que escribir a la mujer con barba y explicarle la lucha de clases.
Es una persona que comprenderá el asunto… La señorita Meuliére, ¡imagínate!
Mañana por la mañana le haremos llevar la carta por un chico… ¡Mira qué clara está
la noche!
Los gallos se contestaban. En el cuarto de la ropa blanca, donde Fräulein había
olvidado de correr las cortinas, la luna iluminaba a Guillou: un pequeño fantasma
agachado sobre su bacinilla, a cuyas espaldas se erguía, sin brazos ni cabeza, el
maniquí inservible.
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Esa carta traída por un chico había hecho descender de los dormitorios a su madre y a
Mamie más temprano que de costumbre. Cuando se despertaban tenían esas terribles
cabezas de los viejos que todavía no se han lavado y cuyos dientes grises engarzados
en rosa llenan un vaso en la cabecera de la cama. El cráneo de Mamie resplandecía
entre los mechones amarillentos y su boca vacía le aspiraba las mejillas. Hablaban las
dos a la vez. Galeas, sentado a la mesa entre sus dos galgos, cuyos hocicos
chasqueaban cuando él les arrojaba un bocado, bebía su café como si le hiciese daño.
Se hubiera dicho que cada sorbo pasaba con dificultad. Guillaume creía que era la
enorme nuez de Adán de su padre lo que atajaba los alimentos. Detenía su
pensamiento sobre su padre. No quería comprender el significado de las injurias que
cambiaban su madre y Mamie, con motivo de esa carta. Pero él ya sabía que nunca
más entraría en el cuarto de Jean-Pierre.
—¡Entienda bien!: eso no me afecta. ¡Ese maestrito comunista! —gritaba Mamie
—. Le ha escrito a usted; la afrenta es para usted, hija mía.
—¿Por qué una afrenta? Es una lección que me da y que ha tenido razón en
darme; y que recibo sin vergüenza. ¿La lucha de clases? Pero si yo también creo en
ella. Sin proponérmelo, lo había incitado a traicionar a la suya…
—¡Qué ocurrencia tiene usted, pobre hija mía!
—He tratado de comprometer, ante sus camaradas y jefes, a ese muchacho que
tiene toda la vida por delante, que tiene el derecho de esperar todo… ¿Y por quién?
¿Puede usted decirme? Por un pequeño atrasado, por un pequeño degenerado…
—Estoy aquí, Paule.
Más que entender, ella adivinó esa protesta de Galeas, que no había levantado la
nariz del tazón lleno de sopas de pan. Cuando estaba emocionado su lengua espesa no
dejaba pasar más que una papilla de palabras. Agregó en voz más alta:
—Y Guillaume también está aquí.
—Parece increíble lo que hay que oír —exclamó Fräulein al tiempo que
desaparecía en el lavadero.
Mientras tanto, la anciana baronesa recobraba el aliento:
—¡Me parece que Guillaume es también su hijo!
Era el odio el que aceleraba los cabeceos seniles de ese cráneo desnudo, ya
preparado para la nada. Paule le susurró al oído:
—Mire, pues, a los dos. ¿No es el uno la réplica del otro? ¡Vamos! ¡Es alucinante!
La anciana baronesa se irguió, examinó a su nuera de arriba abajo y, sin contestar
nada, sin una palabra para Guillou, dejó la cocina. Nada se podía descifrar en la carita
gris del niño. Por otra parte, reinaba una espesa niebla; y como Fräulein jamás lavaba
los vidrios de la única ventana, la cocina estaba apenas iluminada por la llamarada de
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los sarmientos. Los dos perros, acostados debajo de la mesa, con el hocico entre las
patas, estuvieron un instante como abrasados por las llamas.
Ya nadie hablaba. Paule había colmado la medida; tenía conciencia de ello. Había
ofendido a la raza, a millares de padres dormidos. Galeas se irguió sobre sus largas
piernas, se secó los labios con el revés de la mano y preguntó al pequeño si tenía allí
su abrigo. Él mismo lo abrochó a ese cuello de pájaro, y lo tomó de la mano. Dio un
puntapié a los dos perros, que saltaban sobre él y querían seguirlo. Fräulein le
preguntó a dónde iban. Paule respondió por él.
—¡Al cementerio, seguro!
Sí. Iban al cementerio. El sol rojo luchaba contra la niebla que quizá se levantaría
o volvería a caer en forma de lluvia. Guillou retenía la mano de su padre, pero estaba
tan húmeda que debió soltarla muy pronto. No cambiaron ni una sola palabra hasta
llegar a la iglesia. La tumba de los Cernes se alza contra el parapeto del cementerio
que domina el valle del Ciron.
Galeas fue a la sacristía a tomar una azada. El pequeño se sentó sobre una lápida,
un poco a la expectativa. Hundió el capuchón sobre su cabeza y no se movió más. El
señor Bordas ya no quería ocuparse de él. La niebla era sonora: por encima del
acompañamiento ininterrumpido del molino sobre el Ciron y de la esclusa, donde los
muchachos se bañan desnudos en verano, se destacaban la sacudida de un carro, el
canto de un gallo y un motor monótono. Un petirrojo cantaba muy cerca de
Guillaume. Habían pasado las aves de paso que a él le gustaban. El señor Bordas no
quería ocuparse más de él. Ninguna otra persona lo querría. Dijo a media voz: «Me es
completamente igual…». Y repitió, como para desafiar a un enemigo invisible: «Me
es completamente igual…». ¡Qué batahola hacía la esclusa! Es verdad que a vuelo de
pájaro no hay más que un kilómetro. Un gorrión salió de la iglesia por el agujero del
vitral. «Dios no está allí…». Era una de esas cosas que decía Mamie. «Se han llevado
a Dios…». No está más que en el cielo. Los niños muertos se parecen a los ángeles, y
sus rostros son puros y resplandecientes. Mamie dice que las lágrimas de Guillou
ensucian. Cuanto más llora, más sucia tiene la cara, porque se embadurna con sus
manos llenas de tierra. Cuando vuelva, su madre le dirá… Mamie le dirá… Fräulein
le dirá…
El señor Bordas no quiere ocuparse más de él. Nunca más entrará en el cuarto de
Jean-Pierre. Jean-Pierre. Jean-Pierre Bordas. Es raro querer a un muchacho a quien
jamás se ha visto, a quien jamás se conocerá. «Y si él me hubiese visto, me habría
encontrado feo, sucio y tonto». Eso es lo que su madre le repite cada día: «Eres feo,
sucio y tonto». Jean-Pierre Bordas jamás sabría que Guillaume de Cernes era feo,
sucio y tonto: un mico. ¿Y qué más era? ¿Qué era lo que acababa de decir su madre?
¿Esa palabra que había sido como una piedra que papá recibiera en el pecho? Buscó,
y no encontró más que «regenerado». ¿Era una palabra que se asemejaba a
regenerado?
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Esa noche se dormiría, pero no en seguida. Habría que esperar el sueño. Esperar
durante una noche igual a la de la víspera, en la que se había estremecido de
felicidad; se había dormido pensando que al despertar volvería a ver al señor Bordas,
que al anochecer, en el cuarto de Jean-Pierre, comenzaría a leer Sin familia… ¡Ah!
¡Pensar que en torno de él esta noche sería igual a todas las noches!…
Se levantó, caminó alrededor de la tumba de los Cernes, pasó por encima del
parapeto y tomó un sendero en pendiente, que descendía hacia el Ciron.
Galeas volvió la cabeza y vio que el niño ya no estaba allí. Se aproximó al
parapeto: el pequeño capuchón se movía entre los retoños de viña y se alejaba. Galeas
tiró su azada y tomó el mismo sendero. Cuando estuvo a pocos metros del niño,
acortó el paso. Guillou se había librado de su capuchón. No tenía boina. Su cabeza
rapada, entre las grandes orejas desplegadas, parecía muy pequeña. Sus piernas eran
dos sarmientos terminados en enormes zapatos. Su cuello de pollo emergía del
abrigo. Galeas devoraba con los ojos a ese pequeño ser que trotaba; esa musaraña
herida, escapada de una trampa, que sangraba; su hijo, igual a él. Con toda esa vida
por vivir, y que, sin embargo, sufría ya desde hacía años. Pero la tortura apenas
comenzaba. Los verdugos se renovarían: los de la infancia no son los de la
adolescencia. Y aún había otros para la edad madura. ¿Sabría él embotarse,
embrutecerse? ¿Tendría que defenderse en todos los instantes de su vida contra esa
mujer siempre presente, contra esa cara de Gorgona, sucia de bilis? El odio lo
sofocaba, pero con menos fuerza que la vergüenza, pues él era el verdugo de esa
mujer. No la había tomado más que una vez, una sola vez; ella había sido como una
perra encerrada, no por el espacio de algunos días, sino durante toda su juventud, y
aún tenía años por delante para aullar por el macho ausente. ¡Y con qué sueños,
acompañados de qué gestos, él, Galeas, engañaba su hambre! Cada noche; sí, cada
noche… Y aun por la mañana… Tal sería el destino de ese aborto, nacido de su único
abrazo, que trotaba, que se apresuraba. ¿Hacia qué? ¿Lo sabía él? A pesar de que el
pequeño no había vuelto la cabeza en ningún momento, quizá había olfateado la
presencia de su padre. De pronto, Galeas estuvo persuadido de ello: «No ignora que
le sigo los rastros. No trata de esconderse de mí, ni de borrar sus huellas. Es un guía
que me lleva allí, donde desea que yo vaya con él». Galeas no mira de frente la salida
hacia la que se apresuran los dos últimos Cernes. Los alisos temblorosos anuncian
que el río está próximo. Ya no es el rey de los alisos quien persigue al hijo en una
última cabalgata, sino el mismo niño quien arrastra a su padre, destronado e
insultado, hacia el agua dormida de la esclusa donde en verano los muchachos se
bañan desnudos. Helos aquí, por alcanzar ya, los húmedos bordes del reino donde la
madre, donde la esposa, no los hostigarán más. Van a liberarse de la Gorgona. Van a
dormir.
Habían penetrado bajo el abrigo de los pinos, que la vecindad del río hacía
enormes… Los helechos, aún vivos, eran casi tan altos como Guillou, de quien
Galeas divisaba el cráneo rapado emergiendo apenas de su ola leonada, y desaparecía
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de nuevo en una vuelta del camino de arena. Podían haberse encontrado con un
recolector de resina, con el mulero del molino, con un cazador de becadas. Pero todas
las comparsas se habían retirado de ese rincón del mundo para que se cumpliera, al
fin, el acto que ellos debían realizar. ¿El uno arrastrando al otro, o empujándolo a
pesar suyo? ¿Quién lo sabría jamás? No hubo allí más testigos que los pinos gigantes
apretados alrededor de la esclusa. Ardieron durante el siguiente agosto. Se tardó en
explotarlos. Largo tiempo extendieron sus brazos calcinados sobre el agua dormida.
Largo tiempo aún alzaron sus negros rostros hasta el cielo.
Se admitió que Galeas se había arrojado al agua para salvar a su hijo, y que el
pequeño se había aferrado a su cuello y lo había arrastrado. Los vagos rumores que
corrieron al principio cedieron rápidamente ante esa imagen enternecedora de su
padre arrastrado al abismo por su hijo que se le aferra al cuello. Si alguien movía la
cabeza y decía: «Para mí, las cosas no han debido pasar así…», tampoco llegaba a
imaginar lo que había podido ser. ¿Verdad que no? ¿Cómo sospechar de un padre que
quería a su muchachito y a quien todos los días llevaba con él al cementerio…? «El
señor Galeas era un poco simple, pero no le faltaba el buen sentido y no había nadie
más suave que él».
Nadie disputó a Fräulein el abrigo de Guillou, que ella había desatado,
chorreante, de su cuerpecito. La anciana baronesa se alegraba porque sus niños Arbis
serían Cernes; por otra parte, Paule desaparecía de su vida. Los Meuliére la habían
recogido; volvía a ser, como decían, una carga para ellos. Pero ahora tenía un «tumor
maligno».
Sobre las paredes blanqueadas, en esa atmósfera sofocante de la clínica (y la
enfermera que entra con la palangana, lo quiera o no lo quiera, y hasta si no tiene más
fuerzas para abrir los ojos; y esa morfina que su hígado no soporta; y esas visitas de
su tía, desolada por tan enorme gasto inútil, puesto que la recaída era segura), sobre
esas paredes blanqueadas, se le aparecía a veces la gruesa cabeza ensortijada de
Galeas como una pantalla; y el mico levantaba, por encima de un libro destrozado o
de un cuaderno manchado con tinta, su carita embadurnada y ansiosa. ¿Quizá ella
imaginaba esas cosas? El niño se había aproximado al borde, lo más posible;
temblaba, tenía miedo, no de la muerte, sino del frío. Su padre había avanzado
sigilosamente, a pasos de lobo… En ese punto ella vacilaba: ¿lo había empujado y se
había precipitado tras él? ¿O había tomado al niño en sus brazos diciéndole:
«Estréchame bien fuerte, no vuelvas la cabeza…»? Paule no sabía, no lo sabría
jamás. Estaba contenta de que su propia muerte estuviese tan cerca. Repetía a la
enfermera que la morfina le hacía daño, que su hígado no soportaba ninguna
inyección; quería beber ese cáliz hasta la última gota; no ciertamente porque creyera
que existe ese mundo invisible donde nuestras víctimas nos han precedido, donde
podremos caer de rodillas ante los seres que nos han sido confiados y que por nuestra
culpa se perdieron. Ella no imaginaba que pudiera ser juzgada. Ella no dependía más
que de su conciencia. Se absolvía por haber tenido horror de un hijo, réplica viviente
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de un horrible padre; había vomitado a los Cernes porque uno no es dueño de su
náusea. Pero había dependido de ella no compartir la cama de ese monstruo débil.
Ese abrazo al que ella había consentido; he aquí ante sus ojos el inexpiable crimen.
El dolor era a veces tan agudo, que Paule cedía a la tentación de la morfina.
Entonces, en la tregua obtenida por un instante, soñaba con otras vidas que hubiesen
sido posibles. Ella era la mujer de Robert Bordas; la rodeaban muchachitos robustos
que no babeaban y cuyos labios inferiores no pendían. El hombre la tomaba cada
noche entre sus brazos; dormía contra su pecho. Soñaba con el pelaje de los machos,
con su olor.
No sabía qué hora del día o de la noche era; el dolor ya golpeaba a su puerta;
penetraba en ella, se instalaba, comenzaba a devorarla lentamente.
«No debería permitirse que una madre sienta vergüenza de su hijo y de su nieto»,
piensa Fräulein. No perdona a su ama el haber llorado tan poco a Galeas y a Guillou;
tal vez, de haber estado contenta de su muerte. Pero la señora baronesa lo pagará
caro. Los Arbis no la dejarán morir en paz en Cernes. «¡Si yo repitiera a la señora
baronesa lo que el chófer de los Arbis decía la noche del entierro! Encuentran que a
su edad no es razonable tanto lujo en su casa: un jardinero, un ayudante jardinero, dos
sirvientes. He sabido que ya han averiguado los precios en la casa de retiro para
ancianos, de Verdelais, de las Damas de la Presentación». La baronesa agita su
cabeza calva de ave de rapiña por encima de las almohadas. Ella no irá al asilo de las
Damas de la Presentación. «Si los Arbis lo han decidido, la señora baronesa irá, y yo
con ella. La señora baronesa nunca ha sabido decir “no a los Arbis: le dan miedo, y a
mí también me dan miedo”».
Hoy, jueves, no vendrán los niños. Pero el preceptor tiene trabajo en la alcaldía.
Se pasa rápidamente una esponja sobre la cara, hinchada por el sueño. ¿Para qué
afeitarse y para quién? No se calza zapatos; con semejante tiempo, los calcetines
mantienen los pies calientes, y con los zuecos no hay temor de que se mojen. Léone
ha ido a la carnicería. Él escucha la lluvia sobre las tejas; en la carretera un charco se
ensancha de una huella a otra. Cuando Léone regrese, le preguntará: «¿En qué
piensas?». Él contestará: «En nada». No hablaron de Guillou más que el día en que
los cuerpos fueron rescatados, cerca de la rueda del molino. Ese día él dijo una sola
vez: «El pequeño se ha matado o bien es su padre quien…». Y Léone, encogiéndose
de hombros: «¿Te parece?». Después no han vuelto a pronunciar el nombre del niño.
Pero Léone sabe que el pequeño esqueleto, bajo su abrigo y su capuchón, anda
errando día y noche entre los muros de la escuela y se desliza en el patio de recreos
sin mezclarse en los juegos. Ella está en la carnicería. Robert Bordas entra en el
cuarto de Jean-Pierre, toma La isla misteriosa; el libro, solo, se abre en la misma
página:
… el pobre ser estuvo a punto de lanzarse al riacho que lo separaba de la selva,
y sus piernas se aflojaron, por un instante, como un resorte… Pero casi en seguida
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se replegó sobre sí mismo, se desplomó a medias y una gruesa lágrima fluyó de sus
ojos. «¡Ah! —exclamó Cyrus Smith—, hete aquí vuelto hombre, puesto que lloras».
El señor Bordas se sentó sobre el lecho de Jean-Pierre con el grueso libro rojo y
oro abierto sobre las rodillas. Guillou… ¡Ah, qué maravilloso hubiera sido ayudar a
surgir al espíritu que palpitaba en esa carne sufriente! Tal vez, Robert Bordas había
venido a este mundo para esa tarea. En la escuela normal, uno de sus maestros les
enseñaba etimología: preceptor, de praeceptor, el que enseña, el que instruye, el que
instituye la humanidad en el hombre. ¡Qué hermosa palabra! Quizá se encontraran
otros Guillou en su camino. Por ese niño que había dejado morir, no escatimaría nada
de sí mismo a los que vinieran hacia él. Pero ninguno de ellos sería ese muchachito,
que había muerto porque el señor Bordas lo había recogido una tarde y después lo
había vuelto a tirar como a esos perritos perdidos, a quienes sólo damos calor por un
instante. Él lo había devuelto a las tinieblas, que lo guardarían para siempre. Pero
¿eran ciertamente tinieblas?
Su mirada busca más allá de las cosas, más allá de los muros, de los muebles y de
las tejas del techo; y de la noche láctea y de las constelaciones invernales. Busca ese
reino de los espíritus desde donde, quizá, el niño, eternamente vivo, vea a ese hombre
y, sobre su mejilla ennegrecida por la barba, la lágrima que olvida enjugar.
La hierba primaveral invadió el cementerio de Cernes. Las zarzas recubrieron las
tumbas abandonadas, y el musgo terminó por hacer indescifrables los epitafios.
Desde que el señor Galeas tomó a su muchachito de la mano y decidió compartir
su sueño, en Cernes ya nadie se ocupa de los muertos.
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FRANÇOIS MAURIAC (Burdeos, 1885 - París, 1970). Escritor francés que abordó
en sus obras, de raigambre católica, el tema del hombre sin Dios. Huérfano de padre,
se educó en el clima de fervor católico propiciado por su madre. Licenciado en letras
en París, en 1907, sus comienzos fueron clásicos: dos volúmenes de versos intimistas,
Les Mains jointes (1909) y L’Adieu à l’adolescence (1911).
Al terminar la Primera Guerra Mundial, en la que participó como conductor de
ambulancias, prosiguió su carrera en periódico mundano Le Gaulois. En París, en
1918, conoció a Marcel Proust, a quien dedicó Proust (1926) y Du côté de chez
Proust (1947). Después de diez años de intentos, el triunfo de su novela El beso al
leproso (1922), un estudio del daño causado por el anhelo de amor, lo consagró por
fin. La audacia del tema (un «malentendido físico» entre esposos) lo indispuso con la
crítica católica.
Pero el éxito de Mauriac se debió precisamente a la fuerza de los tipos que
inmortalizó: madres austeras y posesivas, esposos desunidos, adolescentes en
conflicto. En 1923 publicó Genitrix, al año siguiente El mal y en 1925 El desierto del
amor. En 1927 obtuvo un gran éxito con Thérèse Desqueyroux, lo cual lo impulsó a
desarrollar un ciclo que comprendió las novelas Lo que estaba perdido (1930) y La
Fin de la nuit (1935), así como las obras breves Thérèse chez le docteur (1932) y
Thérèse à l’hôtel (1933).
En 1928, año en que publicó la novela Destins, Mauriac atravesó una crisis religiosa
que marcó un momento esencial de su vida. En este período apareció Souffrances du
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chrétien (1928), luego Bonheur du chrétien (1929), ensayos que mostraban los
desgarramientos y luego la reconciliación de un alma perturbada por el deseo.
Superada la grave crisis moral, intentó confrontar sus novelas con las exigencias de la
fe.
En 1932 apareció Nudo de víboras, novela en la que fustigaba el conformismo del
medio burgués del que había salido. Paralelamente a su obra novelesca, cultivó el
género autobiográfico con memorias reales, como Commencements d’une vie (1932),
o imaginarias, como Le Mystère Frontenac (1933), al mismo tiempo que proseguía su
obra de ensayista con Blaise Pascal et sa soeur Jacqueline (1931) y Le Romancier et
ses personnages (1933). En 1933 fue elegido miembro de la Academia Francesa.
Por otra parte, retomó su actividad de cronista en L’Écho de Paris, y luego en Le
Figaro, a partir de junio de 1934. Se comprometió políticamente tomando partido por
los débiles y los vencidos en una Europa en vías de hitlerización, como testimoniaron
sus novelas La Fin de la nuit (1935) y Les Anges noirs (1936), así como Vida de
Jesús (1936). Abordó por primera vez el teatro con Asmodeo (1937), obra en la que
se reencarnaba Tartufo. Después del poema Le Sang d’Atys (1940) y la novela La
farisea (1941), escribió Le Cahier noir, publicado en 1943.
Participó en la Resistencia y proclamó la caridad hacia los condenados de la
depuración. Gaullista inicialmente, combatió a De Gaulle cuando lo juzgó infiel a su
vocación cristiana. En esos mismos años escribió nuevamente teatro: Los mal amados
(1945), Passage du Malin (1947) y Le Feu sur la terre (1951), obras que no fueron
bien recibidas por el público y que lo llevaron a abandonar la vía dramática. En 1951
publicó una novela corta, Le Sagouin. En 1952, el premio Nobel marcó el apogeo de
su carrera literaria. Ese mismo año publicó el comienzo de Bloc-Notes, un testimonio
en forma de crónica.
En el plano político, tomó posición en contra de las guerras coloniales en Indochina y
Argelia. En 1954 publicó la novela El cordero, luego Mémoires intérieurs (1959), y
posteriormente Nouveaux Mémoires intérieurs (1965). Entretanto habían aparecido su
Nouveau Bloc-Notes en 1961, Ce que je crois (1962) y De Gaulle (1964). En 1967
aparecieron sus Mémoires politiques; en 1968, su Nouveau Bloc-Notes(1961-1964).
La novela Un adolescente de otros tiempos (1969) tuvo su continuación en
Maltaverne, iniciada ese mismo año y publicada póstumamente en 1972.
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Notas
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[1] Levitan era, en los años 1970, la gran marca de amoblamiento . <<
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