Antigua vida mia/tragmento
Marcela Serrano
"Antigua vida mía" (fragmento) de Marcela Serrano
en Antigua vida mía, Editorial Alfaguara, 1995.
© Marcela Serrano
© Guillermo Schavelzon & asociados
Agradecemos la gestión de Mónica Herrero
Imagen de tapa: Mariana Monteserin
Diseño de colección: Campaña Nacional de Lectura
Colección: "Mercosur lee"
Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología
Unidad de Programas Especiales
Campaña Nacional de Lectura
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República Argentina, 2005
ANTIGUA VIDA MÍA
(Fragmento)
MARéELA SERRANO
Primera Parte
FIN DE FIESTA ·_, ~··
.. - . '~.
-. ·~ .
(Según el grabado de J~s-{C\~mer>te O¡gzéo;
Hospicio Cabañas, Guada\ajara) - _,
1.
ay cayó el muro de Berlín.
H Todo ha comenzado este 9 de noviembre de 1989, con la caída del muro. ¿có-
mo sospechar cuánto más se derrumba con él?
Fue lo que dijo Violeta Dasinski ese día.
Debí ser testigo, si hubiese estado más atenta.
Su mirada en la fotografía ofrece un desamparo que no he advertido hasta aho-
ra. Como si su conciencia se disolviese en sus ojos.
La fecha del inicio público de la vida de Violeta Dasinski fue el día que apare-
ció su nombre en la primera página de los diarios, el15 de noviembre de 1991.
Fui despertada, de golpe llegaron el fin de los sueños y el comienzo de la me-
moria. Bruscamente volví atrás, retomando el recuerdo previo al largo paseo del in-
consciente. Andrés me traía el desayuno y, en la bandeja, el diario de la mañana.
Entonces la vi.
Escruté ese rostro en la fotografía. Pero es otra la Violeta que me persigue:
la escarcha fucsia sobre su máscara de arlequín -¿payaso o Pierrot?- y las manos
J
del maquillador transformándola en la tristeza veneciana, confetti dorado y rojo
sobre su cuello.
Yo tenía una tarea.
Tomé las llaves del auto y partí.
-Va a estar toda la prensa, Josefa. iN o lo hagas! -Andrés no disimulaba su preo-
cupación.
-No tengo alternativa.
-Entonces voy yo.
-No, éste es un asunto mío con Violeta.
A medida que avanzaba hacia el barrio de Ñuñoa, un escalofrío se iba deslizan-
do por mi cuerpo. Al enfilar por la calle Gerona para estacionar frenta a la casa de
Violeta, vi a dos policías resguardando la puerta de entrada. Efectivamente, toda la
prensa estaba allí, al acecho.
Reconocerme pareció darles nuevos bríos, y como una avalancha se lanzaron
sobre mí. Los dos policías salieron en mi defensa. Uno me tomó del brazo.
-iPero si es usted! ¿y qué viene a hacer aquí?
-Quiero entrar, tengo que hablar con su hija.
-La casa está vacía. A la niña se la llevaron.
-Por favor, déjeme entrar. Soy amiga de la familia. Necesito sacar algo -el ca-
rabinero me miró perplejo-. Son cosas mías, las dejé aquí hace unos días y no quie-
ro que vayan a parar a manos ajenas ... -mientras yo bajaba el tono, la perplejidad
crecía en su mirada-. Sea bueno ...
No me cupo duda de que su deseo era franquearme la entrada, pero le compli-
caba hacerlo. Miró a su compañero. Éste mantenía a raya a los periodistas, que no
se daban por vencidos y trataban -a gritos- de hacerme preguntas.
-Venga usted conmigo -le propuse-, así podrá comprobar que no tengo ma-
las intenciones.
-No creo eso, señora. Vamos, por ser usted ... La acompaño.
Avancé, sintiendo los pasos del carabinero a mis espaldas e intuyendo su cu-
riosidad: casi podría haberla tocado. Ya en el interior de ese largo oscuro corredor
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ñuñoíno -todas las persianas cerradas-, me dirigí sin titubear al fondo, a la gale-
ría. El sol de la mañana entraba sin pedir permiso por los miles de pequeños vi·
drios del ventanal. Detrás de ellos, el nostálgico patio solo. Me sobresalté, como
si Violeta estuviera esperándome sentada en el floreado sillón de lino. En el aire,
algo de sus inciensos, de sus velas perfumadas. Es que Violeta y esa galería eran
la misma cosa, una le traspasaba su sentido a la otra, asimilándose, fundiéndose.
Pero por cierto, ella no estaba.
En el costado derecho, apoyado contra el grueso muro verde, reposaba el
baúl. La caja rectangular, de mimbre barnizado entre castaño y amarillo, hacía
frente a los mil vidrios y me aguardaba. "Mi abuela Carlota lo salvó del terremo·
to de Chillán", me había contado muchas veces Violeta, como si yo no lo supie-
ra. Lo abrí con prisa -nunca funcionó su llave- y hurgué en aquel orden desor-
denado: libros, libretas, blocks, impresos, dibujos. Mi mente trabajaba: dónde
están, no puede registrarlo todo, se supone que son míos, que debo saber... Los
vi, eran varios cuadernos desiguales, atados con un simple cordón. Y sobre
ellos, un gran cuaderno empastado en cuero marrón. Si no se lo hubiese regala-
do yo misma, difícilmente habría podido reconocerlo. Lo tomé resuelta y el ca-
rabinero pareció aliviado.
-LEso es todo?
Vacilé. ¿y tos otros, estaban amarrados?
Un solo cuaderno en mis manos parecía inofensivo, creíble, un objeto que yo
misma hubiese olvidado. Pero, itodos los demás? No tenía corazón para dejarlos
allí. Se lo debo a Violeta, me dictó la culpa, envalentonándome.
Los tomé.
-Esto es todo -lo miré, asertiva, mientras trataba de amoldar todo aquel bulto
dentro de mi bolso.
-Señora ... -titubeaba el pobre, su mirada oscura yendo del bolso a mis ojos, de
mis ojos al bolso. Entonces hice algo impropio de mi carácter: le ofrecí un autógra-
fo. Aquella mirada oscilante se iluminó.
Avancé hasta el escritorio de Violeta. Por principio, ella siempre tenía papel
fresco en la mano. Aliado de la resma descansaba un libro abierto en la página 90.
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Luego de preguntarle al policía por su nombre de pila, la dediqué un largo
y cariñoso saludo.
Mi salida fue triunfal. (Pobre Andrés, lcómo explicarle que él no lo había conse-
guido?) Tan concentrada había estado en mí tarea que había olvidado a la prensa.
Me dio una rabia tremenda cuando, el cruzar el portón, sentí el calor de los focos en
la cara: la televisión había Hegado. Le pedí sin vacilar al carabinero, con su autógra·
fa en el bolsillo, que me escoltara hasta el auto: yo no tenía nada que declarar.
A las tres cuadras mi aparente prestancia se derrumbó. Es que al acercarme al
escritorio de Violeta había leído la página 90 de ese libro abierto. No pude dejar de
hacerlo. Supongo que fue lo último que Violeta leyó. Aquellos dos párrafos, subra·
yados con línea insegura y en tinta café, me sobrecogieron.
La página era "Poem of Women", de Adrienne Rich. Ay, Violeta, no fue mi deseo
afanarme en el desencuentro. No, créeme que no elegí ser esa testigo desatenta de
lo que estaba pasando.
Puedo reproducir lo subrayado, me lo sé de memoria:
And al/ the limbs of a womon plead for the ache af birth.
And women come sown ti lie sick sheep
By the we/ls -to heal their badies-,
Their faces blackened with year long thirst foro child"s cry
and pregnant women approach the white tables afthe hospital
with quiet steps
and smile at the unbom child
and perhaps at death. 1
1 Y el cuerpo entero de la mujer suplica por el dolor del parto./ Y entonces bajan ellas, las muje-
res, cual ovejas heridas, 1 buscando la sanación de sus cuerpos -junto a los pozos-, 1sus rostros
ensombrecidos por la larga y sedienta espera dell!anto de un recién nacido./ C..) y las mujeres
encinta se acercan a las blancas camillas del hospital/ con pasos silenciosos 1 y le sonríen al nl~
ño aún no nacido 1 y le sonríen, acaso, a la muerte.
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Violeta, dime que tu sonrisa fue para el niño no nacido, pero no me lo digas
si fue para la muerte.
Es que durante el sueño había vuelto a mí una imagen olvidada. Esta imagen
estableció, en ese difícil momento del despertar, una relación entre el presente y la
víspera. Andrés apareció con el diario. Comencé a adaptarme a esta nueva realidad
cuando sentíla puntada en la sien, no antes.
Una imagen de la infancia.
Violeta llegando a mi casa con una caja de cartón en las manos. Era bastante
grande y e lleve temblor de su cuerpo delataba el esfuerzo que había hecho para sos-
tenerla, cuidadosamente, durante el recorrido en micro de su casa a la mía.
-LMe la puedes guardar? -sus ojos de niña, interrogantes y recelosos a la vez.
Con el mismo resquemor con que se entrega un botín en custodia, estiró sus
manos depositando la caja en las mías.
-iCuál es el lugar más tuyo de toda tu casa, donde no llegue nadie más que tú?
Tan serias sonaban sus palabras, que hice un esfuerzo para responder a su altura.
-Mi cama.
-Ya. Vamos.
Subimos silenciosas hasta mi habitación. Me quitó la caja y ella misma la metió
debajo de la cama.
-Listo.
Se disponía a partir cuando le pedí una explicación.
-Mañana es la famosa mudanza y sé que nadie va a respetar mis cosas. Los
grandes creen que son cachivaches. Por eso quiero que tú guardes todos mis teso-
ros hasta que pase el peligro, cuando hayan arreglado la casa nueva. Así, nadie
puede botarlos.
Al irse me clavó la mirada.
-Me los vas a cuidar, i verdad, Josefa?
Al día siguiente me abordó en el primer recreo.
-iDormiste sobre mis papeles? iNadie los ha tocado?
-iSon papeles? -pregunté asombrada. No me había prohibido abrir la ca-
ja, pero fue como si lo hiciera, a pesar de mi curiosidad no me atreví-. LNo me
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dijiste que eran tesoros?
Me miró entre arrogante y sorprendida.
-Sí, son tesoros.
Transcurrida una semana, le recordé la caja.
-No, no me la devuelvas ahora. Yo te aviso cuándo.
Pasado el tiempo que consideró prudente, fue a recogerla. La acompañé al pa-
radero del bus. Iba muy concentrada. Cuando nos despedimos, me dijo:
-Éste es un acto de confianza muy grande. Serás mi amiga de toda la vida.
Violeta siempre escribió. ¿oiarios? Ella no los Uamaría así. Apuntes." Para or-
denarme la cabeza", decía. Era fácil contentarla. De cada viaje yo le traía algún cua·
derno bonito. Notebooks, but not go/den.
Recuerdo uno con la fotografía de Virginia Wolf en la portada.
Otro en cuyo cartón reluciente se producía el Senecio de Paut K\ e e. Y los que se
forraban con telas de colores, ésos eran sus favoritos. Sus páginas vírgenes, sua-
ves, incitadoras como el cuerpo de una joven para un hombre maduro, decía Viole·
ta al pasar sus manos por ellas.
Los pistachos y los cuadernos: fácil Violeta para regalar. No me exigía concentración.
Los acumulaba. Su letra era muy grande, bonita, desordenada y generosa. Los
consumía rápido, más aun si llegaban a sus manos en algún momento de crisis. Me
atrevería a afirmar que durante su matrimonio con Eduardo llenó más cuadernos
que en el resto de su vida.
Logré salvarlos. No resistí la idea de ver su intimidad en manos de la prensa o la
policía, a cuál de ambas más despiadada. Es que fue tan casual ese día, hace un
par de meses ... Estábamos en la galería -nunca se estaba en otro lugar con Violeta,
dentro de su casa-y ella interrumpió la conversación al mirar el baúl, como si recor-
dara algo que temía olvidar pronto:
-Sabes, ya no retengo nada. No sé qué le pasa a mi pobre cabeza, el día que es·
talle encontrarán adentro m Hes de cuadraditos con anotaciones de todo lo que no
debía olvidar, las mil estupideces diarias. Para eso solamente parece estar la cabe·
za, o al menos la mía ... y detrás de los cuadraditos aparecerá un polvo negro que
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será la medida de esfuerzo que he hecho por acordarme de una de esas cosas. Y
créeme que habrá más polvo que cuadrados ...
_¿y qué es lo que no tienes que olvidar de ese baúl?
-Ah, sí. Eso ... si me pasa algo, Josefa imagínate que me muero sin aviso, un ata·
que en plena calle, cualquier cosa: mis diarios están en el baúl. Por favor, haz algo
con ellos, protégelos.
Me reí.
~lPara qué tos escribes, entonces?
-Porque no puedo dejar de hacerlo, es mi único orden posible.¿ Me lo prometes?
-Sí, te lo prometo.
-Ya, despachado: una variable menos. Tantas veces me he dicho: tengo que pe·
dirle a Josefa ... Luego te veo y se me olvida. LEn qué estábamos? Ah, en la Pamela.
Sigue contándome.
No necesité mirar los diarios a la mañana siguiente: las llamadas telefónicas de
innumerables periodistas me lo hicieron suponer. Era mi fotografía esta vez, entran-
do en la casa de Violeta, y la prensa haciendo conjeturas sobre nuestra relación.
¿Qué hacía yo ahí? Ésa era la gran pregunta.
Nada que responder. No acepté que me pasaran ni un solo llamado. Si en tiem·
pos normales no los tolero, mucho menos ese día. Me encerré en el estudio. Ni a los
niños les abrí la puerta.
Le pedí a Andrés que llegara temprano y se hiciera cargo ... La casa entera vibra,
convulsionada. Estamos todos igualmente inquietos. Hago esfuerzos para disimular.
Tengo que acomodar un lugar para Jacinta entre nosotros.
Me sorprende cómo se repite la historia: mi mamá trajo a Violeta a nuestra casa
cuando éramos niñas. Bueno, las circunstancias eran distintas, aunque no debo su-
poner que el abandono en que se debate ahora Jacinta sea mayor que el de Viole·
ta en esa época.
Tarde o temprano tendré que declarar.
We qué hablaré? We la infancia? Wel colegio?
lDe los anteojos celestes con marco de carey, alargados en sus puntas? No, no
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basta. Voy a tener que hablar sobre la fiesta de disfraces, sobre el atraso de Viole-
ta esa noche, cuando mi maquiltador la convirtió en ese precioso payaso de cara
fucsia. Y sobre el gin. También sobre su temor:
Josefa, avísale tú, me atrasé tanto, Eduardo se va a enojar.
Pero no basta. La única defensa posible sería hablar sobre el último bosque,
e\ lugar aquél para guarecerse, el sueño de Violeta. Y sobre la casa del molino. Sí,
es lo único de lo que debo hablar.
Contar la historia de una mujer.
Una mujer es la historia de sus actos y pensamientos, de sus células y neuronas,
de sus heridas y entusiasmos, de sus amores y desamores. Una mujer es inevitable-
mente la historia de su vientre, de las semillas que en él fecundaron, o no lo hicieron,
o dejaron de hacerlo, y del momento aquél, el único en que se es diosa. Una mujer
es la historia de lo pequeño, lo trivial, lo cotidiano, la suma de lo callado. Una mujer
es siempre la historia de muchos hombres. Una mujer es la historia de su pueblo y de
su raza. Y esta historia de sus raíces y de su origen, de cada mujer que fue alimen-
tada por la anterior para que ella naciera:
Una mujer es la historia de su sangre.
Pero también es la historia de una conciencia y de sus luchas anteriores. Tam-
bién una mujer es la historia de su utopía.
Violeta.
Ésta quisiera ser la historia de Violeta, si la mía no se entretejiera tanto con la
de ella. Pero nuestras biografías no me permiten la distancia necesaria. Tampoco
algunas marcas comunes, como el sentido de la pérdida, el de la exclusión y cierto
desprecio por lo opaco.
Probablemente, ella definiría su vida como una historia de pasión. Sin embar-
go, si extiendo la mirada, creo que no, no es sólo la pasión. La historia de Violeta es
una historia de añoranza.
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MARCELA SERRANO
Nació en Santiago de Chile en 1951. Hija de la novelista Elisa PérezWal·
ker (Serrano en su apellido de seudónimo) y del ensayista Horado Se-
rrano, es la cuarta de cinco hermanas. Con dos de ellas vivió durante un
año en París siendo estudiantes. Ha estado siempre comprometida con
la reatldad política de su país, siendo militante de la izquierda, y es de-
fensora de las reivindicaciones feministas porque, como ella misma
afirma, "definirse feminista es definirse ser humano". Tras el golpe de
estado se exilió en Roma, donde trabajó para los viveros municipales
durante un tiempo.
Regresó a Chile en 1977, entrando en contacto con grupos artísticos; a
principios de los ochenta montó su primera exposición. Se licenció en
en grabado en la Universidad Católica entre 1976 y 1983, y trabajó en
diversos ámbitos de las artes visuales, en especial en instalaciones y
acciones de arte como el body art, ganando un premio del Museo de
Bellas Artes por un trabajo acerca de las mujeres del sur de Chile, pero
pronto abandona estas actividades por completo.
Aunque empezó a escribir a edad muy temprana, no publicó su prime-
ra novela, Nosotras que nos queremos tanto, hasta 1991. Fue una de las
revelaciones de ese año. Esta obra fue además la ganadora del Premio
Sor Juana Inés de la Cruz (1994), y también en 1994, del premio de la Fe·
ría del Libro de Guadalajara (México) a la mejor novela hispanoameri-
cana escrita por una mujer. Dos años más tarde publica Para que no me
olvides, que en 1994 obtiene el Premio Municipal de Literatura, en San-
tiago de Chile. Escribe su tercera novela, Antigua vida mía (1995), en
Guatemala. Le sigue El albergue de la mujeres tristes (1997). Tras múl·
tiples ediciones de las anteriores, publicó en 1999 la novela negra
Nuestra señora de la soledad.
Maree la Serrano es una de las figuras más destacadas de la nueva na-
rrativa de su país y de América Latina.
Ejemplar de distribución gratuita. Prohibida su venta.
PRESIDENCIA de la NACIÓN
J\IINISTER!Otk
EDUCACIÓN
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