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LITERATURA

Instituto San Martín de


Porres

SEXTO AÑO
2024
UNQ
CICLO INTRODUCTORIO
DEPARTAMENTO DE CIENCIAS SOCIALES

LECTURA Y ESCRITURA
ACADÉMICA
PARA CIENCIAS SOCIALES

Cuaderno de trabajo producido por


Equipo Docente de LEA

Coordinación y edición
Analía Reale

1
Índice

Programa de la asignatura Lectura y Escritura Académica…………..………… 4

La lectura por María Luz Mayor…………………………………………………………..…. 12

Las prácticas de escritura en la universidad por Adriana Campaniolo….…. 62

El examen escrito presencial por Laura Agüero y Cristian Vaccarini……..…. 96

Escribir a partir de la lectura. El trabajo con fuentes por Analía Reale....... 120

La argumentación en el discurso científico-académico por Analía Reale…. 158

La escritura de investigación por Cristina Farías…………..…………………………. 179

3
La lectura María Luz Mayor

La lectura

“Se dice que comer es una actividad natural e imprescindible para la supervivencia del organismo y, en
cambio, leer sería consecuencia de la preparación cultural y, a fin de cuentas, omitible. Por dos siglos,
los prejuicios ilustrados y la automatización escolar, han logrado que la palabra “libro” concite
sentimientos de ternura o de solemnidad. En verdad, la lectura –cuando es vivida como experiencia en
vez de requisito de actividades profesionales u ocasión de solaz– es una actividad contranatura y
potencialmente desestabilizadora del ánimo e incluso del organismo. Los libros son equivalentes a las
drogas. Una biblioteca puede ser adictiva y tal afición nos arrebata de la condición inevitable de seres
prácticos y utilitarios. La lectura es contranatural porque supone esfuerzos físicos continuos y a la
postre incómodos: la espalda se curva, el ojo se enrojece, la mirada se va angostando. Además,
supone trabajos espirituales desacostumbrados ya que han de quedar involucradas técnicas de
intensa concentración mental y atención visual. Al fin, los libros exigen destruir la concepción
cronológica y cronometrada del tiempo con el fin de poder habitar tiempos que nunca han ocurrido o
que nunca tendrán lugar. La lectura constituye una de las modalidades de la duración y tal instante
duradero sólo declina cuando el sueño o la intromisión de estímulos exteriores superponen el tiempo
“social” sobre nuestra intimidad con los libros. En suma, la lectura es una pasión a la cual entregamos
el tiempo que no tenemos y que nos exige posturas corporales contrahechas y contracturales. ¿Cómo
ocurre entonces que una persona, una vez superados los escalafones escolares y los umbrales etarios,
todavía continúa siendo un lector? En verdad, no lo sabemos.”

Cristian Ferrer

“Interpretar un texto no es darle un sentido (más o menos fundado, más o menos libre), sino por
el contrario apreciar el plural de que está hecho”
Roland Barthes

Leemos. Leemos el diario, los zócalos de la televisión, carteles en la calle, libros impresos en papel,
folletos, notas, fotocopias y listas, pantallas de computadoras y de celulares, apuntes… Pero, ¿qué es
leer? ¿Para qué leemos? ¿Cómo leemos? ¿Desde dónde leemos?
En principio, digamos que entendemos la lectura como un proceso de construcción del
significado de un texto.
Y antes de avanzar, aclaremos brevemente qué entendemos por “texto”.
En un sentido amplísimo, podríamos decir que es cualquier comunicación que se registre en el
marco de un determinado sistema de signos o un conjunto sígnico coherente. En este sentido, una
novela, un cartel de señalización en la vía pública, un discurso, un cuadro, una monografía o un
recital son textos.
La lectura María Luz Mayor

Pero, en el ámbito de lo verbal, un “texto” es una unidad lingüística comunicativa que tiene
carácter social y que implica una actividad verbal. En otras palabras, es un acontecimiento
comunicativo producto de la interacción entre un destinador y un destinatario, es una unidad
significativa del uso de la lengua, tanto oral como escrita. En síntesis, decimos que una emisión
lingüística constituye un texto cuando sus componentes (palabras u oraciones) están correctamente
conectados, tienen un tema común que los vincula y cuando es posible asignarle una función y una
finalidad.
Los textos no son “planos”: presentan dimensiones (notacional, morfológica, sintáctica,
semántica, pragmática) y niveles (estructural, macro y microestructural, estilístico, retórico) y
manifiestan ciertas propiedades como la cohesión y la coherencia. Por otra parte, los textos se nos
presentan a través de diversos soportes y portadores que pueden ser visuales, sonoros o
audiovisuales e informáticos o no informáticos. Esos soportes y portadores también inciden en
nuestras prácticas de lectura, por lo tanto, también deben ser tenidos en cuenta cuando
pretendemos leer, aunque, por cierto, para comprender y producir textos es más importante pensar
en la situación de comunicación completa en cuyo marco se producen, las funciones que
predominan en ellos y la estructura gramatical básica con la que se construyeron.
Sabemos que no es siempre fácil “acceder” a un texto, leerlo, comprenderlo. El lenguaje muchas
veces nos resulta oscuro y la manera en que se presenta el contenido nos puede confundir. Y, claro
está, leemos “para” entender. Leer es, en definitiva, comprender, ¿no?
Volvamos a nuestra primera caracterización de la lectura. Hemos afirmado más arriba que leer
es “construir significado”. Cuando leemos un texto, lo comprendemos. ¿Lo comprendemos?
¿Siempre? ¿Qué certeza tenemos de haber captado lo que “el autor quiso decir”? ¿Qué ocurre
cuando un compañero o compañera, un o una docente entienden algo diferente de lo que nosotros
entendimos? ¿Quién “entendió mal”?
Hace mucho ya que las investigaciones sobre la lectura (de la psicología cognitiva, la semiótica y
la psicología social) entienden que ésta no es una “decodificación” de letras o palabras, sino un
proceso en el que el receptor no es alguien pasivo que debe obtener la información (el significado)
que el texto aporta. Por el contrario, el lector es un activo usuario del lenguaje que construye el
significado del texto escrito llevando adelante un proceso durante el que se producen estrechas
relaciones entre pensamiento y lenguaje. Si bien el escritor crea un texto para transmitir un
significado, ese texto nunca es la transmisión completa de tal significado: mucho queda a cargo del
destinatario. La comunicación humana nunca es perfecta porque lo que los lectores u oyentes
comprenden depende no solo de lo que aporta el escritor o hablante, sino también de lo que ellos
aportan al intercambio comunicativo. El enunciador construye un texto con un significado posible
que será utilizado por los enunciatarios para construir sus propios sentidos: es decir, el significado
está en la relación que establecen el escritor y el lector con el texto.

13
La lectura María Luz Mayor

1. Leer el texto y leer la situación de comunicación

De acuerdo con la antropóloga francesa Michèle Pètit (1999: 42), “…al experimentar, en un texto,
tanto la propia verdad íntima como la humanidad compartida con los demás, cambia la relación con
el prójimo. Leer no aísla del mundo. Leer introduce en el mundo de forma diferente. Lo más íntimo
puede alcanzar en este acto lo más universal […]” Pero, además, la lectura supone una aventura en
nosotros mismos, la posibilidad de encontrarnos al final del camino. “Leer le permite al lector, en
ocasiones, descifrar su propia experiencia. Es el texto el que `lee´ al lector, en cierto modo el que lo
revela; es el texto el que sabe mucho de él, de las regiones de él que no sabía nombrar. Las palabras
del texto constituyen al lector, lo suscitan” (Pètit, 1999: 35).
Cuando uno lee, realiza una búsqueda de información tentativa, selectiva y constructiva.
Construimos un texto realizando “transacciones” entre nuestras competencias (conocimiento de la
lengua, de los textos, de convenciones culturales, etc.) y el texto impreso, y en ese proceso, nuestros
propios esquemas se transforman porque en todo proceso de conocimiento tanto el sujeto que
conoce como el objeto se modifican. Entonces, en tanto lectores estamos construyendo un texto
paralelo, aunque muy relacionado con el publicado. El texto original sigue siendo el mismo, pero
puede ser uno diferente para cada lector. Ningún texto puede estar tan bien construido que no
necesite la participación de un lector que trate de darle sentido, porque no solo expresa el
significado que pretende transmitir el autor, sino también el que es comprensible para los lectores.
En este sentido, el escritor debe usar efectivamente las formas y estructuras de la lengua escrita si
pretende expresar ideas bien formuladas, comprensibles y adecuadas a la audiencia probable
(Goodman, 1996).
Por supuesto que esto no significa que se pueda decir cualquier cosa, ni que todas las
interpretaciones sean posibles o equivalentes; lo que estamos diciendo es que, como propone
Tzvetan Todorov (1975: 17), “la lectura es un recorrido dentro del espacio del texto” (que tiene
características específicas) y, por lo tanto, puede haber más de un recorrido posible.
El semiólogo italiano Umberto Eco (1993: 80) sostiene que cada texto construye un “lector
modelo”, un lector que no debe ser confundido con el sujeto real que tiene el libro o las fotocopias
en sus manos. El escritor construye un tipo de lector; es decir, el texto supone ciertas estrategias de
interpretación. En este sentido, un lector hipotetiza, a partir del texto y de la situación de
comunicación, qué lector modelo presupone ese texto.
En el marco de este proceso interactivo entre lector y texto, el sujeto formula (y verifica)
hipótesis antes y durante la lectura y, a medida que avanza −en función del propósito que lo llevó a
leer− va incorporando información nueva que, como se vincula con sus conocimientos previos,
adquiere sentido. Cualquier explicación dada acerca del significado de un fragmento textual puede
aceptarse en tanto se confirme con algún otro segmento. Mientras lee, el sujeto hace inferencias
basadas en sus propios esquemas, es decir, repone o completa información (rellena “huecos”) que el
texto da a entender o presupone. Volveremos pronto sobre estos mecanismos de lectura.

14
La lectura María Luz Mayor

Agreguemos que las representaciones que las personas tenemos acerca de lo que es leer
difieren en los distintos espacios de la actividad humana; en este sentido, la lectura se entiende
como una práctica social. Esto modifica, en buena medida, la manera en la que la gente encara sus
lecturas, los fines que persigue cuando lee, lo que elige para leer y las operaciones cognitivas que
realiza al hacerlo. Es evidente que no leemos de igual manera un diario, una historieta, un manual de
instrucciones, una novela, un contrato de alquiler o un apunte. Las características diferentes que
presentan cada uno de estos tipos de textos no es lo único importante, también importan nuestros
propósitos: cuando abordamos cada una de estos discursos, lo hacemos con fines diversos:
enterarnos de novedades, entretenernos, armar o arreglar algún artefacto, estudiar para rendir un
examen… y por ello realizamos diferentes operaciones. Es importante tener en cuenta esto para
saber “qué” hay que leer y “cómo” hay que hacerlo cuando, en determinada circunstancia,
abordamos cierto objeto de lectura.
La universidad, en particular, es un espacio en el que los textos que circulan exigen un sujeto
que, especialmente, controle el proceso cognitivo involucrado en la lectura y para ello necesita
conocer las características comunes a los textos del ámbito académico así como los rasgos del
lenguaje que les son propios (géneros, estructuras, temas, vocabulario, etc.). Si no, nos arriesgamos
a terminar afirmando que no podemos concentrarnos, que leemos varias veces un fragmento y no lo
entendemos, nos arriesgamos a empezar a garabatear el apunte, el banco o la mochila para soportar
el aburrimiento frente a un tema o en una clase. Escenas de las que todos hemos sido protagonistas
alguna vez.
En líneas generales, es necesario que intentemos dar cuenta de la situación de comunicación en
la que se enmarca el texto: ¿en qué ámbito de actividad humana circularía el texto que estoy
leyendo? ¿En qué época y dónde fue producido? ¿Qué características de la época (arte, ciencia,
ideología…) se perciben? ¿A qué clase de lector, de destinatario, se dirige? ¿Qué espera de él? ¿Se
presupone que conoce el tema? ¿Qué conocimientos, en general, debería tener? Al mismo tiempo,
cada destinador (cada emisor) de acuerdo con la situación en la que se encuentra, se presenta de
modo más formal o más informal, puede citar a otros autores, ser más o menos didáctico, buscar
mayor o menor complicidad con su lector... Entonces, ¿qué imagen construye de sí mismo el
enunciador? ¿Qué variedades lingüísticas elige para comunicarse?
Una vez situados en el contexto, abordaremos el texto y realizaremos varias tareas mientras
leemos, como, por ejemplo, parafrasear, es decir, reconocer significados equivalentes en dos o más
oraciones; asociar, esto es, distinguir la ausencia de conexiones temáticas; comparar entre sí las
ideas del texto; reconocer diferentes usos del lenguaje (que refleja diferencias en el tono y en la
perspectiva comunicativa del autor); reconocer la ambigüedad de los enunciados para decidir cuál
es la interpretación más adecuada al texto y al contexto… Todo esto nos permitirá controlar nuestro
proceso de lectura, es decir, asegurarnos de que estamos “comprendiendo” el texto. A partir de esto
seremos capaces de seleccionar o formular las ideas más importantes y distinguirlas de los detalles y
organizar secuencias cronológicas o causales.

15
La lectura María Luz Mayor

 Leer atentamente los siguientes textos:


a. Entradas “Identidad” y “Otro”. Enciclopedia Ilustrada de la Lengua Castellana Sapiens, Buenos
Aires, Editorial Sopena Argentina, 1949. Tomo II

16
La lectura María Luz Mayor

b. Entradas “Identidad” y “Otro”. [Link] [Última vista


29/01/2016]

Identidad

El término identidad puede referirse:


• en filosofía, a la identidad (filosofía), la relación que toda entidad (filosofía, matemáticas, lógica,
etc.) mantiene sólo consigo misma;
• en matemática, a una identidad (matemática), una expresión que permanece verdadera sin
importar los valores que se asignen a las variables que aparecen en ella;
a la función identidad, una función matemática que devuelve su propio argumento;
• en ciencias sociales (principalmente psicología y sociología), a la identidad, un concepto para
entender el desarrollo psicológico y social de cada ser humano;
a la identidad cultural, el conjunto de valores, símbolos , creencias y costumbres de una cultura.
en sexualidad, a la identidad de género, la percepción subjetiva de cada persona en cuanto
a sentirse varón o mujer no sólo en términos biológicos sino también psicosociales, que
pueden ser independientes de los caracteres físicos;
a la identidad sexual, la identidad basada en la orientación sexual o en características
sexuales biológicas;
a la identidad nacional, la identidad basada en el concepto de nación, es decir, el
sentimiento de pertenencia a una colectividad histórico-cultural definida con características
diversas, rasgos de cosmovisión definidos con mayor o menor localismo o universalismo
(desde la cultura a la civilización), costumbres de interacción, organización social y política
(particularmente, el Estado -tanto si se identifica con él como si se identifica contra él-);
17
La lectura María Luz Mayor

a la identidad política, una forma de identidad social que marca la pertenencia a ciertos
grupos que tengan en común una lucha por alguna forma de poder;

• a la identidad de lugar
[…]

Otro

Otro o El Otro es un término técnico utilizado en la filosofía, el psicoanálisis y la antropología.


El Otro u Otro constitutivo (también conocido como alteridad) constituye un concepto clave de la
filosofía continental. Es una idea opuesta a la identidad y se refiere, o se intenta referir, a aquello
que es «otro» frente a la idea de ser considerado algo. El Otro, considerado siempre como algo
diferente, alude a otro individuo más que a uno mismo y normalmente se escribe en mayúsculas.

La idea del Otro

La definición del Otro es parte de lo que explica a uno mismo (véase sí-mismo y autoconcepto),
además de a otros fenómenos y unidades culturales. Las ciencias sociales han utilizado el concepto
para comprender el proceso por el cual las sociedades y grupos excluyen a «otros» que no encajan
en su sociedad u ocupan un lugar subordinado en ella. La noción de «otredad» forma también parte
integral de la comprensión de una persona, ya que es el individuo mismo el que asume un rol en
relación con “otros” como parte de un proceso de reacción que no tiene por qué estar relacionado
con la estigmatización o la condena.

18
La lectura María Luz Mayor

La noción de Otredad está muy ligada a las identidades nacionales, porque las prácticas de admisión
y segregación pueden formar o mantener las fronteras y el carácter nacional. La Otredad ayuda a
distinguir entre la familia y lo lejano, entre lo cierto y lo incierto. A menudo implica la demonización
y deshumanización de un grupo, que intenta justificar la explotación de ese Otro inferior alegando
razones civilizatorias. […]

c. Entrada “Otro”, Payne, Michael (comp.). Diccionario de teoría crítica y estudios


culturales, Buenos Aires, Paidós, 2002.

Caracterizar al enunciador y al destinatario de los fragmentos leídos.

19
La lectura María Luz Mayor

2. Leer contenido y leer formas

Hemos comenzado leyendo entradas de diccionarios y enciclopedias, un género discursivo que busca
suministrar datos claramente, que presenta información precisa y lo más objetivamente posible, de
manera concisa. Sin embargo, los textos, como decíamos más arriba, parecen muchas veces difíciles
u “oscuros”. Esta condición también tiene que ver con el modo como se construye la realidad en
cada texto. ¿Qué quiere decir esto? La relación entre el lenguaje utilizado en los enunciados y la
realidad de la que estos dan cuenta no es la del “reflejo”. El lenguaje no es “transparente”. La
“forma” en que algo se enuncia es parte de lo que se dice. No es lo mismo afirmar “El gobierno
terminó con el cepo al dólar” que sostener “El gobierno terminó con el control del mercado
cambiario” o “En 2010 murió el ex jefe de la junta militar, el almirante (R) Emilio E. Massera” que “En
2010 murió el ex jefe de la junta militar, el genocida Emilio E. Massera”. Así como no es igual afirmar
“Lamentablemente, Juan se casó” que “Increíblemente, Juan se casó”.
Estas diferencias se relacionan con lo que más arriba destacábamos: algunas tareas que se
realizan al leer (reconocer significados equivalentes en dos o más oraciones; asociar ideas del texto;
reconocer diferentes usos del lenguaje, la ambigüedad de los enunciados…) nos permiten ser más
conscientes de nuestro proceso de lectura, es decir, de nuestra comprensión.

 Leer los siguientes fragmentos


a. De [Link] [Última
visita: 01/03/2022]

Domingo Faustino Sarmiento fue ante todo un hombre de su tiempo, marcado por profundas
contradicciones y una enorme sinceridad que lo llevaba a ser siempre políticamente incorrecto.
Insultó a la oligarquía de su tiempo y pidió no ahorrar sangre de los mismos gauchos a los que
llamaba “el soberano” y se obsesionaba en educar. Todo eso, no parte de ello, fue Sarmiento. […]
Entre 1845 y 1847, por encargo del gobierno chileno, visitó Uruguay, Brasil, Francia, España, Argelia,
Italia, Alemania, Suiza, Inglaterra, Estados Unidos, Canadá y Cuba. En cada uno de estos países se
interesó por sus sistemas educativos, el nivel de enseñanza y las comunicaciones. (…)
Cuando Sarmiento asumió la gobernación de San Juan dictó una Ley Orgánica de Educación Pública
que imponía la enseñanza primaria obligatoria y creaba escuelas para los diferentes niveles de
educación, entre ellas una con capacidad para mil alumnos, el Colegio Preparatorio y una escuela
destinada a la formación de maestras. Desde la presidencia siguió impulsando la educación
fundando unas 800 escuelas…
Sarmiento aprendió en Estados Unidos la importancia de las comunicaciones en un país extenso
como el nuestro. Durante su gobierno se tendieron 5.000 kilómetros de cables telegráficos y en
1874, poco antes de dejar la presidencia, pudo inaugurar la primera línea telegráfica con Europa.
Modernizó el correo y se preocupó particularmente por la extensión de las líneas férreas.
Desde el gobierno, intentó concretar proyectos renovadores como la fundación de colonias de
pequeños agricultores de Chivilcoy y Mercedes. La experiencia funcionó bien, pero cuando intentó
20
La lectura María Luz Mayor

extenderla se encontró con la cerrada oposición de los terratenientes nucleados en la recientemente


fundada Sociedad Rural Argentina, que en la persona de su presidente Enrique Olivera, le hizo saber
a Sarmiento que el sindicato de los terratenientes consideraba “inconveniente implantar colonias
como la de Chivilcoy donde ya estaba arraigada la industria ganadera”. Sarmiento se enojó y declaró:
“Nuestros hacendados no entienden jota del asunto, y prefieren hacerse un palacio en la Avenida
Alvear que meterse en negocios que los llenarían de aflicciones. Quieren que el gobierno, quieren
que nosotros que no tenemos una vaca, contribuyamos a duplicarles o triplicarles su fortuna a los
Anchorena, a los Unzué, a los Pereyra, a los Luros, a los Duggans, a los Cano y los Leloir y a todos los
millonarios que pasan su vida mirando cómo paren las vacas. En este estado está la cuestión, y como
las cámaras (del Congreso) están también formadas por ganaderos, veremos mañana la canción de
siempre, el payar de la guitarra a la sombra del ombú de la Pampa y a la puerta del rancho de paja”.
En 1875, Sarmiento asumió como Director General de Escuelas de la Provincia de Buenos Aires. Si
bien estaba obsesionado por la educación primaria, limitaba a ese nivel de enseñanza la
conveniencia de la educación popular.

b. De [Link] [Última visita: 01/03/2022]

Juan Manuel de Rosas nació en Buenos Aires el 30 de marzo de 1793. […]


La dirección de sus estancias le dio un gran conocimiento sobre la vida y las costumbres de sus
peones. "Me propuse adquirir esa influencia a toda costa; para ello fue preciso hacerme gaucho
como ellos, protegerlos, hacerme su apoderado, cuidar de sus intereses, en fin no ahorrar trabajo ni
medios para adquirir más su confianza."
Tras la caída del Directorio, en 1820, Rosas comienza a participar activamente de la política
bonaerense. […] El 8 de diciembre de 1829 la sala de representantes lo proclamó gobernador de
Buenos Aires otorgándole las facultades extraordinarias y el título de Restaurador de las Leyes.
Rosas llevó a cabo una administración provincial ordenada. Recortó los gastos, aumentó los
impuestos, superando lentamente el déficit fiscal heredado, y reanudó las relaciones con la Santa
Sede, suspendidas desde 1810. Fue el sector terrateniente el que sustentó el liderazgo rosista. La
estructura social durante este período estuvo basada en la tierra. Acompañaban a Rosas en el poder
los grupos dominantes porteños que no estaban dispuestos a compartir las rentas de la aduana con
el resto de las provincias. […]
Rosas gozaba de un gran predicamento entre sectores populares de Buenos Aires y, de esta forma,
aparecía ante los terratenientes de la provincia como el único capaz de contener y encauzar las
demandas de las clases bajas.
En agosto de 1830, varias provincias del interior conforman la Liga Unitaria bajo el liderazgo del
General Paz. En enero de 1831 Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos firmaron el Pacto Federal, una
alianza político militar para terminar con los unitarios de Paz.
Finalmente, Paz será derrotado y capturado por López. Rosas, López y Quiroga dominaban la
confederación. Pero el restaurador demostró ser el más poderoso y continuó aislando a Buenos
Aires de las otras provincias.

21
La lectura María Luz Mayor

[…] El caudillo riojano Juan Facundo Quiroga, residía por entonces en Buenos Aires bajo el amparo
de Juan Manuel de Rosas. Quiroga había manifestado al Restaurador sus inquietudes sobre la
necesidad de convocar a un congreso y organizar constitucionalmente al país. Rosas se opuso
argumentando que no estaban dadas las condiciones mínimas para dar semejante paso y
consideraba que era imprescindible que, previamente, cada provincia se organizase.
A Rosas no se le escapaba que la organización nacional implicaría la pérdida para Buenos Aires del
disfrute exclusivo de las rentas aduaneras, entre otros privilegios. […]
Por una amplia mayoría de votos, expresados en la legislatura y a través de un plebiscito que dio un
resultado ampliamente favorable, fue electo nuevamente Juan Manuel de Rosas, en marzo de 1835,
esta vez con la suma del poder público.
La hegemonía rosista se consolidó mediante la unificación ideológica del pueblo de Buenos Aires a
través del uso obligatorio de la divisa punzó, del riguroso control de la prensa, y de una dura
represión a la oposición ideológica y política realizada por la Sociedad Popular Restauradora,
conocida como la "mazorca", la fuerza de choque de Rosas, encargada de la intimidación y la
eliminación de los opositores. Durante el largo período rosista, la mazorca se cobró miles de
víctimas.
En 1835, Rosas sancionó la Ley de Aduanas, que protegía a las materias primas y productos locales,
prohibiendo en algunos casos y gravando con altos aranceles en otros el ingreso de la mercadería
importada que pudiera perjudicar a la producción nacional.
La Ley favoreció a las provincias, pero sobre todo a Buenos Aires que aumentó notablemente sus
ingresos aduaneros. […]
Armado de alianzas internacionales, el general Justo José de Urquiza decidió enfrentar al gobierno
bonaerense. […] alistó a sus hombres en el ''ejército grande" y avanzó sobre Buenos Aires,
derrotando a Rosas en la Batalla de Caseros, el 3 de febrero de 1852.
Vencido, el Gobernador de Buenos Aires se embarcó en el buque de guerra "Conflict" hacia
Inglaterra. Allí se instaló en la chacra de Burguess, cerca de Southampton acompañado por peones y
criados ingleses. El gobierno porteño, instalado el 11 de septiembre de 1852, confiscó todos sus
bienes y él dependía para vivir de los recursos que le enviaban sus amigos desde Buenos Aires.
Volvió a dedicarse a las tareas rurales hasta su muerte ocurrida el 14 de marzo de 1877, a los
ochenta y cuatro años.

22
La lectura María Luz Mayor

c. De [Link]
[Link] [Última visita: 01/01/2016]

Juan Facundo Quiroga nació en San Antonio, departamento de los Llanos de La Rioja, el 27 de
noviembre de 1789, y era hijo del Capitán José Prudencio Quiroga y de Rosa Argañaráz.
En 1812 se incorporó al Regimiento del Comandante Manuel Corvalán, quien reclutaba en Mendoza
soldados para enviar a Buenos Aires. Así el joven Quiroga estuvo breve tiempo en el Regimiento de
Granaderos que instruía el entonces Coronel José de San Martín en el Retiro, hasta que fue dado de
baja por pedido de su padre a Corvalán. Desde los Llanos, Facundo brindó ayuda a los ejércitos
patriotas. A veces, él en persona conducía esos elementos al Ejército del Norte, que comandaba el
General Manuel Belgrano, o a Cuyo, donde San Martín organizaba el de Los Andes.
Un día de febrero de 1819, estando de paso por San Luis en Comisión Militar, se produjo una
sublevación de prisioneros realistas. Facundo ayudó a los patriotas a contener la rebelión. Esta
acción de coraje le valió una medalla de premio, que dispuso el Director Juan Martín de Pueyrredón.
El prestigio militar y político de Facundo se consolidó en 1820, a raíz de la sublevación en San Juan
de Batallón I de Cazadores de los Andes. Quiroga, desde los Llanos, organizó en San Antonio la
reconquista de la ciudad de La Rioja. Venció al sublevado Francisco del Corro y le impuso
condiciones. Depuso a Ortiz de Ocampo, ya sin autoridad, y colocó en su lugar al Coronel Nicolás
Dávila -abuelo de Joaquín V. González-. Corresponde señalar que la sublevación del Comandante del
Corro era de tendencia anti-sanmartiniana. En 1826, Facundo tuvo que enfrentar una nueva
tentativa anárquica, en momentos en que el país iniciaba la guerra con el Brasil. Fue cuando el
General Gregorio Aráoz de Lamadrid, impulsado por Bernardino Rivadavia, se apoderó de Tucumán
en vez de remontar fuerzas para aquella guerra. Facundo, nombrado Jefe de los Ejércitos de La Rioja,
Córdoba y Santiago del Estero, derrotó a Lamadrid en El Tala y en El Rincón de Valladares. Quiroga se
convirtió en la cabeza militar del movimiento federal contra los unitarios en el interior del país. En
1829, acudió en auxilio del Gobernador Juan Bautista Bustos, de Córdoba, enfrentado con el Jefe de
la Liga Unitaria, General José María Paz. Pero en La Tablada -junio de 1829-, batalla que duró dos
días, fue superado por la táctica superior del "manco" Paz. En febrero de 1830, volvió a ser vencido
en la sorpresa de Oncativo.
Estando en Buenos Aires, tuvo que refutar, en agosto de 1830 los cargos de crueldad, arbitrariedad y
codicia que le formularon sus paisanos, antiguos protegidos suyos.
En marzo de 1831, ayudado por Rosas y por el gobernador santafecino Estanislao López, abrió
campaña sobre el sur de Córdoba y Cuyo. Derrotó al gobernador mendocino en El Rodeo de Chacón
-19 de marzo- y nuevamente a Lamadrid en la Ciudadela -4 de noviembre-. Lamadrid había sido
nombrado Jefe Supremo del Ejército Unitario luego de la prisión de Paz. Entre los prisioneros
tomados por Quiroga se hallaba el coronel de color Lorenzo Barcala -antiguo guerrero de la
Independencia-, a quien le concedió la libertad. Después de esta campaña triunfal, Facundo se
instaló en San Juan, y en 1833 tomó parte en la Campaña del Desierto, combinada con el General
Rosas.
En 1834 Quiroga se radicó en Buenos Aires con su familia y se adaptó cómodamente a la vida
urbana. Desde esta ciudad quiso ayudar al joven Juan Bautista Alberdi, para que viajase a los [Link].
a perfeccionar sus estudios durante un año. Al mismo tiempo se dedicó a operaciones comerciales.

23
La lectura María Luz Mayor

A fines de ese mismo año, le fue encomendada la misión de paz al Norte, ante los Gobernadores de
Salta y Tucumán, en contienda declarada.
Rechazó la escolta y esa imprudencia lo llevó a la muerte. Cayó asesinado a su regreso, por una
partida de sicarios al mando del Capitán José de los Santos Pérez, en Barranca Yaco -Córdoba-, el 16
de febrero de 1835. El país perdió en él a la máxima expresión del movimiento federal del interior y
a un hombre de progreso.

d. De Luna, Félix (1998). “Juan Manuel de Rosas”, en Sarmiento y sus fantasmas, Buenos Aires,
Planeta, página 241.

— ¿Qué hace usted aquí? ¡Váyase! ¡No quiero verlo!


—Excelencia...
— ¡Le repito que no quiero verlo! No tiene derecho a venir aquí en los últimos días de mi vida.
Nunca lo he visto ni quiero verlo. Lo detesto, lo odio.
—Excelencia, permítame...
—No le permito nada. Quiero que se vaya. Además, ¿por qué me da trato de Excelencia?
—Porque en Inglaterra, donde viví los últimos veinticinco años de mi vida, se llama así a quien ha
desempeñado altas posiciones públicas o pertenecen a la aristocracia. Y usted, Excelencia, ha sido
Presidente de la Nación Argentina.
—Qué gracioso me resulta esto de asimilar lo más banal de su exilio. Entonces yo también tendría
que llamarlo del mismo modo, ya que usted manejó durante tantos años los destinos de mi patria…
¡Bah! ¡Es ridículo! Váyase, Rosas, no tenemos nada para hablar.
—Creo que se equivoca, Excelencia. Ahora que las pasiones se han enfriado y los agravios han
palidecido con el tiempo, podríamos cambiar ideas sobre algo que, le guste o no, tenemos en
común.
— ¿Qué?
—La Patria, Excelencia.
—Mire, mientras se prolongó su tiranía, la Argentina no fue mi patria. Porque allí usted me puso el
cartel de traidor, prohibió la circulación de mis libros, es decir, de mi pensamiento; y con solo pisar el
suelo patrio yo quedaba expuesto al degüello. En esos años mi patria, sépalo, fue Chile, donde yo era
respetado y gozaba de todas las garantías. Entienda, entonces, que tenemos dos conceptos de patria
muy diferentes. Y ahora, váyase.
—Un momento, Excelencia. Si mi gobierno lo calificó de traidor fue porque usted apoyó en 1849 el
establecimiento de una población chilena en el estrecho de Magallanes, cuando yo estaba
planteando una reclamación a Chile por este hecho.
—Esa fundación se había hecho efectiva cinco años antes sin que usted reclamara nada. Y lo que yo
sostenía era que resultaba indispensable levantar un establecimiento en esos inhóspitos parajes

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La lectura María Luz Mayor

para apoyar la navegación y acudir en socorro de los náufragos. Ningún derecho había reclamado la
Confederación sobre el estrecho.
—Pues yo, en cambio, veía a la Patria como la heredad que nos quedaba del antiguo virreinato, y la
defendí con uñas y dientes contra los países más poderosos del mundo, contra sus amigos de
Montevideo y hasta contra la flojera de mi propia gente. Y la hubiera defendido aunque su gobierno
fuera mi enemigo…
—A mí no me importa tanto el territorio, que lo tenemos despoblado y en abundancia, aun hoy; lo
que me interesa es que en mi país se pueda vivir sin miedo a las brutalidades de un poder
omnímodo y arbitrario como fue el suyo, disfrutando de la libertad de pensar y hablar. Ya ve hasta
qué punto no tenemos nada en común.
—Si yo me mantuve en el poder casi veinte años, Excelencia, no fue por ambición sino para
permanecer cuidando nuestra integridad. Recuerde: primero la guerra con Bolivia, con el cholo
Santa Cruz, después el conflicto con Francia, más tarde con Inglaterra; y solucionados con dignidad
para la Confederación estos problemas, Brasil que nos provoca y nos pone en el caso de declararle la
guerra. ¿Cómo podía abandonar mi puesto?
—Miente, Rosas. Hubo largos períodos de paz durante su tiranía, y los problemas que cita pudieron
haberse solucionado fácilmente. No, usted no concebía siquiera la idea de dejar el poder, porque
creía que sin su presencia todo se derrumbaría. Su egoísmo y su codicia de mando habían hecho que
las cosas fueran así, que nadie existiera, ni siquiera dentro de su partido, que pudiera tomar
pacíficamente su relevo. Hasta que Urquiza…
— ¡Ah! El excelentísimo señor capitán general don Justo José de Urquiza. Fue bondadoso conmigo.
Me hizo llegar a mi destierro una suma considerable y permitió que por un tiempo me sustrajera a
los ultrajes de la pobreza.
—Pues usted no tuvo este gesto con tantos argentinos que debieron abandonar el país durante su
tiranía. Y hasta dio un premio al soldado que por azar dio la muerte a Juan Lavalle…
—Había que mantener la fe de los pueblos en la Federación.
—Sí, a fuerza de mazorca y fusilamientos. Ya lo habrá comprobado: en Caseros sus tropas lucharon
sin ganas y en la ciudad de Buenos Aires, que antes lo había idolatrado, nadie lo defendió. Tuvo que
huir de noche, disfrazado, para refugiarse en un navío del país que había combatido, mendigando
amparo…
[…]

e. De Luna, Félix (1998). “Facundo Quiroga”, en Sarmiento y sus fantasmas, Buenos Aires,
Planeta, página 259.

—Aquí estoy a su mandado, don Domingo.


—No alcanzo a distinguirlo bien. Esa sombra...
—Sí, una sombra terrible que se ha sacudido el ensangrentado polvo que la cubría, para hablar con
usted.

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La lectura María Luz Mayor

— ¡Facundo! ¡No puedo creerlo!


—El mismo, por Dios vivo. ¿Cómo iba a quedarme sin verlo, ahora que la muerte llega a su
encuentro?
— ¡Facundo! ¿Viene a pelearme? ¿Viene a decirme que mi libro está lleno de mentiras? En realidad,
Civilización y Barbarie es un libro contra Rosas, no tanto contra usted.
—No vengo a pelearlo ni a reprocharle los dislates que dejó impresos sobre mi persona. ¿Y sabe por
qué? Porque me ha inmortalizado en sus páginas. Si usted no hubiera escrito ese libro, mi recuerdo
sería el de un oscuro caudillejo, como tantos otros que hubo en aquellos tiempos ardidos y salvajes.
Usted me dio vida, dimensión, estatura. Después de su libro, nadie ignorará quién fue Juan Facundo
Quiroga.
—Puede ser, pero ha de saber que nunca lo odié. En todo caso, odié lo que usted representaba: la
barbarie. Cuando de chico vi a sus hordas entrar en San Juan, esos jinetes harapientos y
desgreñados, con sus risas broncas de vencedores y sus alaridos, su aire brutal y prepotente,
entonces supe con claridad contra qué yo estaba llamado a luchar. Además, Facundo, tengo un
cargo personal contra usted: alguna vez le dijo a mi madre que donde me encontrara habría de
fusilarme…
—A mi madre su amigo Lamadrid le puso una barra de grillos para que confesara dónde estaban mis
famosos tapados, los tesoros que él suponía tenía escondidos en los llanos de La Rioja. Pero yo
nunca perseguí a las familias de mis adversarios; el mismo Lamadrid lo sabe bien, ya que otorgué un
salvoconducto a su esposa para que saliera de Tucumán y fuera adonde se le antojara. Y no me diga
de nuevo que usted no me odia, porque ¿cómo va a odiarme si usted y yo somos tan parecidos?
— ¿Parecidos, Quiroga? Me ofende usted. Yo soy un hombre civilizado. Jamás ordené fusilar a
nadie...
—Pero se sabe que usted, siendo Presidente, puso precio a la cabeza de López Jordán. ¿Eso es o no
un acto de barbarie?
—Bueno, fue un arranque. Pero…
— ¿Y no es cierto que en su momento usted aconsejo a su amigo Mitre que no ahorrara sangre de
gauchos?
—Una exageración retórica...
—… ¿Y no aplaudió el vil asesinato del Chacho Peñaloza? ¡El Chacho! El paisano más bueno, más leal,
mi hombre de confianza, mi lanza serena... Usted dijo que aplaudió su asesinato precisamente por
su forma, es decir, por haber sido como fue, brutal, arbitrario, frío. Y todavía elogió que le hubieran
cortado la cabeza y exhibídola en la plaza de Olta. Entonces no se me ofenda, Sarmiento, porque tal
vez los dos seamos igualmente bárbaros.
—Yo no justifico lo mío, pero recuerdo a los prisioneros unitarios de Rodeo del Chacón que usted
hizo fusilar de un momento a otro porque se enteró de que su amigo Fernando Villafañe había
muerto en un encuentro con un enemigo. Acuérdese de esos pacíficos vecinos de La Rioja a los que,
por celebrar su derrota en La Tablada, hizo ejecutar sin la menor forma de juicio, casi delante de sus
familias.

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La lectura María Luz Mayor

—Nuestra historia está llena de sangre, Sarmiento, y todos hemos ayudado a derramarla. Pero es
injusto condenar solo a uno de los bandos, ¿no le parece?
—Es que son cosas distintas, Quiroga. Yo estoy en el bando de la civilización; pude incurrir alguna
vez en actos injustificables, pero la tendencia general de mi lucha lleva a la formación y el respeto de
las instituciones, a la educación popular, a los ferrocarriles, al fomento de la inmigración, en fin, todo
lo que he hecho durante mi vida pública. Usted, en cambio, pudo haber tenido gestos generosos y
aun, lo admito, actos de grandeza. Sé que en algún momento le quiso prestar dinero al entonces
joven Alberdi para que viajara a estudiar a los Estados Unidos, y cuando Rivadavia intentó regresar a
Buenos Aires cortando su exilio, usted fue el único que se salió de fiador. Fueron gestos nobles,
general. Pero usted servía, deliberadamente o no, al campo de la barbarie, al atraso, al desprecio por
el ciudadano, al aborrecimiento al extranjero. Si hasta llegó a hacer flamear una bandera que decía
"Religión o Muerte"...
—Usted sería un mocito en esa época y no se ha de acordar. Al decir "religión o muerte", lo que
estábamos rechazando era la acción de Rivadavia y sus logistas, que querían gobernar a la europea y
despreciaban todo lo criollo, entregaban nuestras minas a los ingleses y se embelesaban por
cualquiera que trajera una novedad del otro lado del charco. Nos querían meter el progreso a
tincazos... Al decir "religión" estábamos hablando de todo lo que sentíamos como nuestro, aquello
que podíamos ir mejorando poco a poco, sin tanto apuro ni atropellos. El resultado de todo ese
embrollo fue mi compadre Rosas, que fusiló mucho más que yo y se mantuvo en el poder casi veinte
años, sin organizar el país.
—Pues contra Rosas fue mi libro, contra el sistema absurdo que encarnaba, contra el atraso en que
tenía a este país mientras el mundo cambiaba, mientras los pueblos arrancaban constituciones a los
reyes y se educaban, leían y aprendían a discutir sus problemas.
— ¿Los pueblos, dice, Sarmiento? Ni usted ni los suyos jamás estuvieron al lado del pueblo. Yo, en
cualquiera de mis campamentos, rodeando los fogones, tenía más pueblo que todos ustedes. No
sabían leer ni escribir pero peleaban por las causas en las que creían y sostenían a hombres como yo,
que los representaban y decían las cosas que ellos no sabían decir.
—De todos modos, mi causa es la que triunfó. Y triunfó por la naturaleza misma de las cosas, porque
tenía que imponerse, porque estaba en la atmósfera de los tiempos. Los argentinos ya aprenden a
leer y escribir, se comunican por el telégrafo, viajan en ferrocarril, reciben noticias de Europa casi
instantáneamente y hacen lugar a millones de extranjeros que vienen a traernos sus formas de
trabajo, sus hábitos de ahorro, su tradición de respeto a la autoridad. Este será un gran país,
Quiroga, y usted y otros caudillos como usted solo serán un recuerdo; tal vez un recuerdo pintoresco
sobre el cual se dirá y escribirá mucho, pero solo eso.
—Sin embargo, en su libro usted me reconoce ciertas cualidades y a veces se le escapa algún elogio,
al lado de las enormes mentiras que dice sobre mí. Me parece que en el fondo usted me admiraba,
¿y sabe por qué? Por lo que le dije antes, porque somos parecidos.
[…]

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La lectura María Luz Mayor

f. De Rivera, Andrés (1996). El farmer, Buenos Aires, Alfaguara.

No fumo. No tomo vino ni licor alguno. Ni rapé. No asisto a comidas. No visito a nadie. No recibo
visitas: lord Palmerston me visitó siete veces en doce años.
No voy al teatro. No paseo.
Mi ropa es la de un hombre común.
En mis manos y en mi cara se lee, como en un libro abierto, cuál es mi trabajo durante los treinta
santos días del mes.
Uso botas.
Mi comida es un pedazo de carne asada. Y mate.
No tengo mujer.
No ando de putas.
Soy un campesino que escribe diez cartas diarias.
Soy un campesino que escribe un Diccionario.
El general Bartolomé Mitre, que pretendió traducir, me dicen, a un poeta blasfemo, declaró que yo
fui el representante de los grandes hacendados y jefe militar de los campesinos.
¿Dónde vio campesinos, el general Mitre, en el país que supo darnos España?
Aquí, sí, soy un campesino que toma mate, sentado junto al brasero, que tiene frío, el campesino,
sentado junto al brasero.
Soy un campesino, aquí, en el condado de Swanthling, reino de la Gran Bretaña, a dos leguas escasas
de Southampton, y a muchas más leguas de las que uno puede imaginar de mis pagos de Monte, la
tierra de mis padres, y de los padres de mis padres.
Y si pronuncio mi nombre por estos campos de la desgracia, ¿quién sabrá decir: ahí va un hombre
cuyo poder fue más absoluto que el del autócrata ruso, y que el de cualquier gobernante en la tierra?
Soy Juan Manuel de Rosas.

Soy un campesino viejo, que no ha terminado de encanecer. Y que, sentado junto a un brasero, tiene
frío. Y toma mate.
Soy, también, un hombre viejo que, sentado junto a un brasero, mira nevar en sus escasas tierras,
aquí, en el condado de Swanthling. Y piensa en la muerte.
Nieva en el reino de la Gran Bretaña. Nieva en Escocia. Y en Gales, y en Sussex. Nieva en Irlanda del
Norte.
Nieva sobre los muros de París, injuriados por los incendios que levantaron los tullidos y las putas
vociferantes de la Comuna.
Nieva en Europa, de los Urales a los Alpes, de Estocolmo a Sicilia.

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La lectura María Luz Mayor

Nieva en mi corazón.

Descendí a mi cabina que era la del comandante… Me acosté pronto, pero tardé en conciliar
el sueño. Llegué con el recuerdo a todas las cosas y todo estaba sin vida y sin calor.

Miro mi cara en el espejo.


Me afeito cada ocho días, bajo este cielo que no es mío.
La navaja corre por mis mejillas: buen filo el de mi navaja.
Mi pulso es, todavía, de hierro.
¿Por qué hay lágrimas en mis ojos?
¿Por qué tiemblan mis labios?
Manuelita me afeitaba, hasta esa medianoche de 1852, los siete días de la semana, sin faltar uno,
cuando el reloj daba las 5:30 de la mañana.
Yo no necesitaba espejos.
Yo, que fui el guardián del sueño de los otros.
Yo, de quien la mejor pluma argentina de este siglo, escribió:
Hace el mal sin pasión.
El señor Domingo Faustino Sarmiento escribió, además:
En obsequio a la verdad histórica, nunca hubo gobierno más popular, más deseado ni más
bien sostenido por la opinión, y su plebiscito fue la imagen de su triunfo más amplio. ¿Sería acaso
que los disidentes no votaron ? Nada de eso: no se tiene aún noticia que ciudadano alguno no fuese a
votar; los enfermos se levantaron de la cama para ir a dar su asentimiento.
Al señor Sarmiento le falta agregar que el plebiscito se realizó los días 26, 27 y 28 de marzo de
1835 y, por 9.320 votos contra 8, la ciudad y la provincia de Buenos Aires me otorgaron
facultades extraordinarias para gobernar.
El Mal, en mi boca y por mi brazo, fue orden y justicia. Lo digo aquí, en tierra extranjera, para
quienquiera escucharme, Dios incluido.
El señor Domingo Faustino Sarmiento, que escribió acerca de ese unánime pronunciamiento, no le
puso fecha a lo que escribió.
La verdad no vive en el calendario. El señor Domingo Faustino Sarmiento fue, a veces, la mejor
cabeza argentina de este siglo.
Y, ahora, yo, gobernador-propietario de la provincia más extensa y rica de América, de la América
española, estoy aquí, en el condado de Swanthling, reino de la Gran Bretaña, afeitado y acurrucado
junto a un brasero de hierro inglés, un desconocido para quienquiera que escuche, menos para la
Historia. Y menos para mí.

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La lectura María Luz Mayor

¿Cómo es Buenos Aires, mi general?


Lluviosa como un recuerdo. […]
Nieva en el condado de Swanthling. Y hay sol y verano, pese a mí, en el partido de Monte, provincia
de Buenos Aires, a veinte mil leguas de pampa, y mar, y viento, y noches del puerto de
Southampton.

¿Qué hizo el señor Sarmiento en el destierro?


Escribió Facundo para no morir. Y se acostó con mujeres silenciosas, en puertos de niebla y sal, para
olvidar que era argentino.
¿Qué hace, hoy, el señor Sarmiento? Levanta escuelas y supone que iguala a los hijos de los pobres y
a los hijos de los ricos con el guardapolvo blanco.
El señor Sarmiento cree que hace El Bien. Y cree que lo hace con el fervor de un jovencito
enamorado.
Los extravíos del señor Sarmiento son frecuentes y, a veces, aborrecibles.
¿Qué hago yo —escritor, novelista, jefe militar, campesino—, solo y pobre en tierra extranjera,
afligido por el desagradecimiento y el desdén de aquellos que favorecí, y de un país al que conduje a
la gloria como nadie antes en su historia?
Envejezco.

Consigna del general Rosas a la población:


Lo que no se ve está fuera de la ley.

Me embarqué, la noche del 3 de febrero de 1852, en el Centaur, con 745 onzas de oro y 200 pesos
fuertes, y algunas otras pocas monedas: en verdad, algo más de 2 mil libras esterlinas, que protegí,
atento y en calma, del manotazo de algún gaucho ventajero. Yo soy Rosas, sí, pero no hay como la
tentación que despierta el oro para borrar el respeto.

[…] Usted, mi coronel Santa Coloma, exagera. Degollé indios en el sur, y los indios bramaban, las
piernas duras y el cuerpo duro como el acero.
Indios, mi brigadier general, no cristianos, no cristianos bautizados por la iglesia de Dios, con perdón
de la señorita Doña Manuelita.
Le asiste razón, Santa Coloma.
¿Cómo es, señores, cuando se tira, a los ríos, amarrados dentro de una bolsa, a los subversivos?
¿Cómo es cuando se los capa?
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La lectura María Luz Mayor

¿Cómo es, señores, cuando se les corta la lengua?


¿Cómo es cuando se les rebana, limpita, la piel del lomo, del pecho, del cráneo?
Hace el mal sin pasión, escribió de mí, el señor Sarmiento. Acepto eso. Y lo acepto porque soy
argentino, y porque los argentinos, unitarios y federales, y eso ya se dijo, somos puros cristianos.
Y el señor Sarmiento, que es argentino, escribió, desde el silencio de un escritorio:
Derrame sangre de gauchos, que es barata.
Que se escriba qué diferencia al general Rosas del señor Sarmiento.

Un paisano detrás de otro desmonta, día a día, en este otoño de 1851, a la puerta de mi despacho,
en Palermo, y me comunica, la boca seca, la barba crecida, el polvo de los caminos blanqueándole la
cara y la barba crecida, el caballo vencido por un galope que no conoció respiro, que el gaucho
Urquiza se levantó contra el gobierno de la Confederación Argentina. Que se levantó contra mí, que
es lo mismo.
El gaucho Urquiza sublevó Entre Ríos contra mí. Y los paisanos de Entre Ríos no le fallarán al gaucho
Urquiza.
Es dueño, el gaucho Urquiza, de las mejores tierras de Entre Ríos, de las mejores pasturas, de los
mejores frutales, de las hembras mejor puestas de Entre Ríos. Siembra trigo, el gaucho Urquiza. Y
pobló Entre Ríos con su verga.
El gaucho Urquiza es dueño de tres mil caballos y ochenta mil ovejas, y cuarenta mil vacas. El gaucho
Urquiza controla quince o veinte saladeros. Exporta carne, y protege la industria de los entrerrianos.
Y sus estancieros, y las mujeres de sus estancieros, visten a la europea. Sus putas son europeas.
El gaucho Urquiza da de comer a Entre Ríos. Y ganó, para mí, las batallas de India Muerta, Laguna
Limpia y Vences, a punta de coraje, de un coraje como no se conoció otro igual en la historia de
nuestra guerra civil.
Yo ordeno que alimenten a los paisanos, y a sus caballos, que galoparon en estas noches crueles de
otoño para avisarme que Urquiza, el salvaje, levantó a su gente contra mí. Y firmó, con los macacos
del Brasil, alianzas contra mí que avergonzarían hasta a un mal nacido.
Reúno a mis generales; estancieros, también, mis generales. Y reunidos, los veo viejos, y fatigados, y
algunos de mis generales dicen, sentados a mi mesa, sin mirarme a los ojos, que la población y el
paisanaje están hartos de desangrarse en guerras que, de pronto, han dejado de entender.

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La lectura María Luz Mayor

g. De Sarmiento, Domingo F. (1997) “Barranca Yaco”, en Facundo, Buenos Aires, Colihue.

El vencedor de la Ciudadela ha empujado fuera de los confines de la República a los últimos


sostenedores del sistema unitario. Las mechas de los cañones están apagadas y las pisadas de los
caballos han dejado de turbar el silencio de la Pampa. Facundo ha vuelto a San Juan y desbandado su
ejército, no sin devolver en efectos de Tucumán las sumas arrancadas por la violencia a los
ciudadanos. ¿Qué queda por hacer? La paz es ahora la condición normal de la República, como lo
había sido antes un estado perpetuo de oscilación y de guerra.
Las conquistas de Quiroga habían terminado por destruir todo sentimiento de independencia
en las provincias, toda regularidad en la administración. El nombre de Facundo llenaba el vacío de las
leyes; la libertad y el espíritu de ciudad habían dejado de existir, y los caudillos de provincias
reasumídose en uno general, para una porción de la República. Jujuy, Salta, Tucumán, Catamarca, La
Rioja, San Juan, Mendoza y San Luis reposaban, más bien que se movían, bajo la influencia de
Quiroga. Lo diré todo de una vez: el federalismo había desaparecido con los unitarios, y la fusión
unitaria más completa acababa de obrarse en el interior de la República, en la persona del vencedor.
Así, pues, la organización unitaria que Rivadavia había querido dar a la República, y que había
ocasionado la lucha, venía realizándose desde el interior; a no ser que, para poner en duda este
hecho, concibamos que puede existir federación de ciudades que han perdido toda espontaneidad y
están a merced de un caudillo. Pero, no obstante la decepción de las palabras usuales, los hechos
son tan claros que ninguna duda dejan. Facundo habla en Tucumán, con desprecio, de la soñada
federación; propone a sus amigos que se fijen para Presidente de la República en un provinciano;
indica para candidato al Dr. D. José Santos Ortiz[1], ex gobernador de San Luis, su amigo y secretario:
«No es gaucho bruto como yo; es doctor y hombre de bien —dice—. Sobre todo, el hombre que
sabe hacer justicia a sus enemigos, merece toda confianza».
Como se ve, en Facundo, después de haber derrotado a los unitarios y dispersado a los
doctores, reaparece su primera idea antes de haber entrado en la lucha, su decisión por la
Presidencia y su convencimiento de la necesidad de poner orden en los negocios de la República. Sin
embargo, algunas dudas lo asaltan. «Ahora, general —le dice alguno—, la nación se constituirá bajo
el sistema federal. No queda ni la sombra de los unitarios». «¡Hum! —contesta meneando la
cabeza—, todavía hay trapitos que machucar[*] —Y con aire significativo añade—: Los amigos de
abajo[*] no quieren Constitución». Estas palabras las vertía, ya, desde Tucumán. Cuando le llegaron
comunicaciones de Buenos Aires y gacetas en que se registraban los ascensos concedidos a los
oficiales generales que habían hecho la estéril campaña de Córdoba, Quiroga decía al general
Huidobro: «Vea usted si han sido para mandarme dos títulos en blanco, para premiar a mis oficiales,
después que nosotros lo hemos hecho todo. ¡Porteños habían de ser!». Sabe que López tiene en su
poder su caballo moro sin mandárselo, y Quiroga se enfurece con la noticia. «¡Gaucho, ladrón de
vacas! —exclama—. ¡Caro te va a costar el placer de montar en bueno!». Y como las amenazas y los
denuestos continuasen, Huidobro y otros jefes se alarmaban de la indiscreción con que se vierte de
una manera tan pública.

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La lectura María Luz Mayor

¿Cuál es el pensamiento secreto de Quiroga? ¿Qué ideas lo preocupan desde entonces? Él no


es gobernador de ninguna provincia; no conserva ejército sobre las armas; tan sólo le quedaba un
nombre reconocido y temido en ocho provincias y un armamento. A su paso por La Rioja ha dejado
escondidos en los bosques todos los fusiles, sables, lanzas y tercerolas que ha recolectado en los
ocho pueblos que ha recorrido; pasan de doce mil armas. Un parque de veintiséis piezas de artillería
queda en la ciudad, con depósitos abundantes de municiones y fornituras; dieciséis mil caballos
escogidos van a pacer en la quebrada de Huaco, que es un inmenso valle cerrado por una estrecha
garganta. La Rioja es, además de la cuna de su poder, el punto central de las provincias que están
bajo su influencia. A la menor señal, el arsenal aquel proveerá de elementos de guerra a doce mil
hombres. Y no se crea que lo de esconder los fusiles en los bosques es una ficción poética. Hasta el
año 1841 se han estado desenterrando depósitos de fusiles, y créese todavía, aunque sin
fundamento, que no se han exhumado todas las armas escondidas bajo de tierra entonces. El año
1830, el general Lamadrid se apoderó de un tesoro de treinta mil pesos pertenecientes a Quiroga, y
muy luego fue denunciado otro de quince.
Quiroga le escribía, después, haciéndose cargo de noventa y tres mil pesos que, según su
dicho, contenían aquellos dos entierros, que, sin duda, entre otros, había dejado en La Rioja desde
antes de la batalla de Oncativo, al mismo tiempo que daba muerte y tormento a tantos ciudadanos,
a fin de arrancarles dinero para la guerra. En cuanto a las verdaderas cantidades escondidas, el
general Lamadrid ha sospechado después que la aserción de Quiroga fuese exacta, por cuanto
habiendo caído prisionero el descubridor, ofreció diez mil pesos por su libertad, y no habiéndola
obtenido, se quitó la vida, degollándose. Estos acontecimientos son demasiado ilustrativos para que
me excuse de referirlos.
El interior tenía, pues, un jefe; y el derrotado de Oncativo, a quien no se habían confiado
otras tropas en Buenos Aires, que unos centenares de presidiarios, podía ahora mirarse como el
segundo, si no el primero, en poder. Para hacer más sensible la escisión de la República en dos
fracciones, las provincias litorales del Plata habían celebrado un convenio o federación [2], por la cual
se garantían mutuamente su independencia y libertad; verdad es que el federalismo feudal existía
allí fuertemente constituido en López, de Santa Fe, Ferré[3], Rosas, jefes natos de los pueblos que
dominaban; porque Rosas empezaba ya a influir como árbitro en los negocios públicos. Con el
vencimiento de Lavalle había sido llamado al Gobierno de Buenos Aires, desempeñándolo hasta
1832 con la regularidad que podría haberlo hecho otro cualquiera. No debo omitir un hecho, sin
embargo, que es un antecedente necesario. Rosas solicitó desde los principios ser investido de
facultades extraordinarias,[4] y no es posible detallar las resistencias que sus partidarios de la ciudad
le oponían. Obtúvolas, empero, a fuerza de ruegos y de seducciones, para mientras tanto durase la
guerra de Córdoba; concluida la cual, empezaron de nuevo las exigencias de hacerle desnudarse de
aquel poder ilimitado. La ciudad de Buenos Aires no concebía, por entonces, cualesquiera que
fuesen las ideas de partido que dividiesen a sus políticos, cómo podía existir un gobierno absoluto.
Rosas, empero, resistía blandamente, mañosamente. «No es para hacer uso de ellas —decía—, sino
porque, como dice mi secretario García Zúñiga, es preciso, como el maestro de escuela, estar con el
chicote[5] en la mano para que respeten la autoridad». La comparación ésta le había parecido
irreprochable y la repetía sin cesar. Los ciudadanos, niños; el gobernador, el hombre, el maestro. El
ex gobernador no descendía, empero, a confundirse con los ciudadanos; la obra de tantos años de
paciencia y de acción estaba a punto de terminarse; el período legal en que había ejercido el mando
le había enseñado todos los secretos de la ciudadela; conocía sus avenidas, sus puntos mal
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La lectura María Luz Mayor

fortificados; y si salía del Gobierno, era sólo para poder tomarlo desde afuera por asalto, sin
restricciones constitucionales, sin trabas ni responsabilidad. Dejaba el bastón, pero se armaba de la
espada, para venir con ella más tarde, y dejar uno y otro por el hacha y las varas, antigua insignia de
los reyes romanos. Una poderosa expedición[6] de que él se había nombrado jefe, se había
organizado durante el último período de su gobierno, para asegurar y ensanchar los límites de la
provincia hacia el sur, teatro de las frecuentes incursiones de los salvajes. Debía hacerse una batida
general bajo un plan grandioso; un ejército compuesto de tres divisiones obraría sobre un frente de
cuatrocientas leguas, desde Buenos Aires hasta Mendoza. Quiroga debía mandar las fuerzas del
interior, mientras que Rosas seguiría la costa del Atlántico con su división. Lo colosal y lo útil de la
empresa ocultaba, a los ojos del vulgo, el pensamiento puramente político que bajo el velo tan
especioso se disimulaba. Efectivamente: ¿qué cosa más bella que asegurar la frontera de la
República hacia el sur, escogiendo un gran río[7] por límite con los indios, y resguardándola con una
cadena de fuertes, propósito en manera alguna impracticable, y que en el Viaje de Cruz desde
Concepción a Buenos Aires había sido luminosamente desenvuelto? Pero Rosas estaba muy distante
de ocuparse de empresas que sólo al bienestar de la República propendiesen. Su ejército hizo un
paseo marcial hasta el Río Colorado, marchando con lentitud y haciendo observaciones sobre el
terreno, clima y demás circunstancias del país que recorrería. Algunos toldos de indios fueron
desbaratados, alguna chusma hecha prisionera; a esto limitáronse los resultados de aquella
pomposa expedición, que dejó la frontera indefensa como estaba antes y como se conserva hasta el
día de hoy. Las divisiones de Mendoza y San Luis tuvieron resultados menos felices aún, y
regresaron, después de una estéril incursión en los desiertos del sur. Rosas enarboló entonces, por la
primera vez, su bandera colorada, semejante en todo a la de Argel o a la del Japón, y se hizo dar el
título de Héroe del Desierto, que venía en corroboración del que ya había obtenido de Ilustre
Restaurador de las Leyes, de esas mismas leyes que se proponía abrogar por su base[*].
Facundo, demasiado penetrante para dejarse alucinar sobre el objeto de la grande expedición,
permaneció en San Juan hasta el regreso de las divisiones del interior.
[…]

h. De Pelliza, M. A. (1891) “Rosas”, en El argentino, Buenos Aires, Librería del Colegio, de Pedro
Igón y Cía.

Rosas apareció en medio del desquicio social del año 1828 y como la consecuencia inmediata del
fusilamiento de Dorrego.
En torno de esa personalidad se agruparon los hombres que no podían hacer causa común con el
error político, y esta adhesión fue el motivo de que más adelante permanecieron aparentemente
ligadas a la Dictadura personas que ni por sus tradiciones de partido, ni por sus propias ideas,
simpatizaban con el sistema de terror en que basó su administración.
La Dictadura de Rosas, llevada al grado de abuso y exageración en que se ejercía, no podía concitarle
más que odios sistemáticos entre sus enemigos, y la simple adhesión de la obediencia de parte de
los que se llamaban sus partidarios.

34
La lectura María Luz Mayor

Si estos partidarios o amigos de su sistema pudieron tener en los principios de aquel gobierno un
verdadero sentimiento de afección, cuando las persecuciones se hicieron extensivas a todo lo que
era culto y decente, y se ordenó bajo severas penas el uso de distintivos odiosos como el chaleco
colorado y la cinta roja en la chaqueta y el sombrero, el moño punzó en la trenza a las señoras, y la
testera y colera del mismo color en los caballos; cuando sobre todo esto faltaron las garantías para
los ciudadanos, y el asesinato y los insultos dejaron de ser una venganza contra hombres indefensos,
para ejercitarse sin distinción entre amigos y enemigos, la sociedad tembló asombrada y todos los
hombres que eran capaces de pensar vieron en el gobernador de Buenos Aires, no al perseguidor de
los cómplices en el fusilamiento de Dorrego, sino al enemigo de la civilización y del progreso.
Todo se abatió bajo su gobierno porque no se hizo más que destruir sin fundar nada en el orden
moral de las sociedades; y cuando en 1852 fue arrojado del poder, este país se encontró más
atrasado que lo que estaba en la época de la revolución de 1810. Así es que Rosas está juzgado por
amigos y enemigos, por unitarios y federales, como un mandatario que, alentado por la
irresponsabilidad con que ejercía el poder, puso en peligro la seguridad de todos y hasta la de su
propia familia, y este veredicto unánime lo condena en el juicio sereno de la posteridad.
Sin embargo, la justicia severa de la Historia no debe olvidar, que cuando se trató de defender el
honor de la bandera Argentina contra las agresiones de potencias de primer orden y se vio en
peligro la independencia nacional, su actitud fue decisiva y heroica, mereciendo el aplauso de los
hombres más o distinguidos de América.

 Consignas de lectura
1. En los textos previos, se presentan hechos ligados a personajes de la historia argentina del
siglo XIX: Rosas, Quiroga y Sarmiento. Señalar las palabras o expresiones que se utilizan para
identificar a los participantes y las acciones que estos realizan. Compararlas y analizar si
manifiestan algún tipo de valoración o juicio.

2. Enumerar los hechos que se presentan.

3. Analizar las características textuales de los destinadores y destinatarios de cada uno de estos
textos.

35
La lectura María Luz Mayor

3. Tipos de lecturas

A lo largo de la historia se produjeron transformaciones que afectaron la cultura letrada. Por un


lado, cambiaron las técnicas de producción de textos, por ejemplo, la invención de Gutenberg y la
impresión con prensa en el siglo XVI. Por otro lado, hubo transformaciones que corresponden al
libro; en este marco, los inventos clave son el códice en los siglos II, III y IV de la era cristiana, y la
pantalla, en el siglo XX. Además, también se produjeron cambios referidos a la función de lo escrito:
hasta la Alta Edad Media, en el siglo XI, el texto estuvo destinado a guardar el saber en los
monasterios. Cuando aparecen las universidades y las escuelas, se sumó otra función, que llega
hasta hoy: el trabajo intelectual. Finalmente, se modificaron las prácticas de lectura y escritura: en
este marco podemos recordar la “aparición” de la lectura silenciosa en la Edad Media y el desarrollo
de la lectura extensiva a partir del siglo XVIII.
En el mundo actual, leer y escribir son una imperiosa necesidad, una práctica en la que se
resignifica la relación entre poder e inclusión. Retomando palabras de Michèle Pètit, “la lectura
puede ser, justamente, en todas las edades, un camino privilegiado para construirse a uno mismo,
para pensarse, para darle un sentido a la propia experiencia, para darle voz a su sufrimiento, forma a
los deseos, a los sueños propios...”.
Si buscamos en la web “tipos de lectura”, nos encontraremos en seguida con sitios que nos
informan la existencia de lectura oral o en voz alta, lectura silenciosa, lectura superficial, lectura
selectiva, lectura comprensiva, lectura reflexiva, lectura crítica y lectura recreativa.
Por cierto, esta lista reúne (o mezcla) criterios de clasificación. En cuanto a la primera, diremos
que puede manifestarse para cumplir una función social o didáctica (motivar el hábito de la lectura,
acercar a la literatura a personas con discapacidad visual, etc.). Algunas personas hacen esto debido
a que el sonido las ayuda a memorizar o porque el escuchar su voz contribuye a la concentración y
evita, en alguna medida, la distracción.
Las seis restantes, en cambio, se relacionan directamente no solo con las finalidades del acto de
lectura, sino también con el tipo de texto y la experiencia lectora. Por ejemplo, la lectura recreativa
es la que se realiza por placer; su objetivo principal es el entretenimiento.
Detengámonos en las otras: superficial, selectiva, comprensiva, reflexiva y crítica. Estas
categorías se relacionan con lo que se denomina también “niveles” de lectura (literal, interpretativa
e inferencial, crítica y valorativa).
La primera es la que se realiza rápidamente, “barriendo” un texto para averiguar de qué trata,
para captar una idea general, global. La segunda supone la búsqueda de datos o aspectos
específicos. No se lee minuciosamente todo, sino que el “barrido” se detiene ante ciertos rasgos que
indican la aparición de aquello que motivó la lectura (por ejemplo, un capítulo en un índice o el
nombre de un hotel determinado en una guía turística).
La denominada lectura comprensiva supone el planteo de preguntas cuyas respuestas indiquen
una “interiorización”, la captación de los detalles del texto completo.
La lectura reflexiva complementa la anterior porque supone la generación de ideas que se
relacionarían y organizarían con las propuestas por el texto, es más exhaustiva y propicia la creación
de nuevo conocimiento. Es importante comprender lo que el otro sostiene desde la perspectiva y
36
La lectura María Luz Mayor

contexto desde los cuales lo hace y no presuponer que la lectura es una práctica que refuerza
saberes previos: debe ser una invitación al conocimiento del otro, de lo diferente.
Por último, la llamada lectura crítica supone un grado más en ese análisis del texto: la evaluación
de lo leído, de las premisas que se sugieren, de sus conclusiones y posibles consecuencias, y su
discusión. El objetivo de la lectura no es necesariamente acumular datos sobre un tema en cuestión,
sino que también es poner en duda la verdad de lo sostenido por los textos, establecer relaciones
entre el texto y sus condiciones de producción o entre el texto y otros textos.
De acuerdo a la caracterización ya hecha sobre la lectura, entendemos que leer significa realizar
algunas o todas esas operaciones simultáneamente o recursivamente dependiendo de la situación y
de nuestra competencia como lectores. Ese conjunto de procedimientos redundará en la
“comprensión”, aspecto inherente a la lectura que estudiaremos enseguida.
Por otra parte, podemos pensar en tipos de lectura que se determinan por las razones por las
cuales leemos. En este sentido, y siguiendo a Goodman (1996), decimos que existen la lectura
ambiental, la ocupacional, la informativa, la recreativa y la ritual.
En cuanto a la primera, diremos que los escritos ambientales se leen por necesidad y esa lectura
se hace aun antes de recibir instrucción formal. Aprendemos a leer, sobre todo los que nos hemos
criado usando medios masivos de comunicación audiovisual, publicidades, carteles, señales de
tránsito, listas….
La segunda da cuenta de la razón principal por la que la gran mayoría lee: en nuestro trabajo
cotidiano leemos mucho, aportamos información a los textos y nuestra comprensión es, en líneas
generales, “buena” (notificaciones, memos, mails, currículum vitae…).
La lectura informativa implica saber recurrir a las fuentes de información adecuadas de acuerdo
con nuestras necesidades y objetivos concretos, por eso los sistemas informáticos procuran que la
recuperación y conservación de la información sea eficiente y veloz.
La cuarta razón para leer ya la hemos mencionado: ocupar el tiempo de manera placentera. Es la
que determina la denominada lectura recreativa: la que elegimos hacer en nuestro tiempo libre.
Por último, existe el acto de lectura que es en sí mismo un ritual como ocurre con los textos del
ámbito religioso.
Esta clasificación pone de manifiesto que lo que el lector comprende frente a un texto escrito
tiene mucho que ver, como decíamos en las primeras páginas, con el objetivo que procura alcanzar
en cada situación.

Como lectores, ¿con cuáles de estas prácticas se identifican? ¿Por qué?

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La lectura María Luz Mayor

4. Estrategias de lectura
Hemos caracterizado el acto de leer, la lectura, y hemos establecido los tipos de lectura que solemos
realizar. Pero también nos hemos preguntado cómo leemos y cómo sabemos que “comprendimos”
lo leído. Ya deslizamos algunas pistas en este sentido: retomémoslas. Para concretar la comprensión
del texto, como para todo, es bueno diseñar estrategias. Estas se eligen y combinan en función,
como ya dijimos, de nuestros objetivos como lectores y de las características del texto.
Cuando no está condicionado, por ejemplo, por una evaluación, el lector elige el texto que va a
leer porque tiene un propósito; le asigna a su lectura una finalidad (pasarla bien, buscar información,
comunicarse con alguien, etc.). Para realizar esa elección, se hacen anticipaciones o hipótesis acerca
del tipo de texto y de su contenido (si es una enciclopedia, me servirá para encontrar cierta
información; si es un correo electrónico, me permitirá ponerme en contacto con alguien que no está
presente; si es un apunte de clase de un compañero o compañera, me permitirá saber qué se hizo y
qué se propuso en esa oportunidad; si es una nota de opinión o un editorial de un periódico, me
enteraré de la posición tomada por un periodista o por un medio de comunicación sobre una
temática de actualidad, etc.).
El cerebro no procesa todo lo que los sentidos le envían. En la lectura busca información
indicando a la vista hacia dónde mirar y selecciona del entorno lo que será más productivo.
Entonces, el muestreo es la estrategia que permite decidir qué marcas del texto son las más útiles
para ser procesadas. Ahora bien, esta selectividad es imprescindible, pero, por supuesto, no alcanza
para obtener (construir) significado. Para que sea efectiva, se ponen en juego los “saberes o
conocimientos previos” (desde ortografía, sintaxis y concordancias morfológicas hasta vocabulario,
estructura del texto, contenidos, diagramación, contextos situacionales en los que los textos
circulan, etc.). Y como se produce ese contacto entre los indicios textuales y nuestros conocimientos,
mientras avanzamos en la lectura, podemos hacer nuevas predicciones e inferencias.
La inferencia es la estrategia que permite “adivinar” en función de lo que se sabe (del mundo y
del lenguaje). El texto no “dice” todo. La inferencia permite reponer información necesaria y
ausente. Es una deducción tentativa. Son nuestros esquemas de conocimiento los que hacen posible
que tomemos decisiones en este sentido mientras leemos. Y es una decisión basada en
informaciones parciales para presuponer datos faltantes, que pueden volverse explícitos o no.
La predicción es una estrategia muy relacionada con la inferencia: es la capacidad de anticipar lo
que viene. Es una suposición de que cierta información no disponible, lo estará en algún punto del
texto. Por ejemplo, si un texto comienza con la frase “Había una vez” puedo predecir que es un
cuento tradicional y, por ello, puedo suponer qué clases de personajes aparecerán, qué tipo de
complicaciones pueden producirse o qué clase de vocabulario aparecerá. De igual manera puedo, en
razón de ciertas marcas textuales y paratextuales, saber que estoy frente a una crónica periodística o
frente a un poema, así también puedo anticipar el remate de un diálogo o suponer que está próxima
la conclusión de un texto o cuáles serán las propuestas finales de un ensayista.
Por cierto, estas suposiciones y conjeturas son puestas a prueba a medida que avanza la lectura.
Así pueden verificarse o rechazarse las hipótesis formuladas. La confirmación de las hipótesis se dará
al verificarse su congruencia con nueva información aportada por el texto. Si esto no ocurre, el lector
puede evaluar la información procesada y hacer nuevas inferencias o predicciones o releer para
disponer de más información.

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La lectura María Luz Mayor

Los lectores hacen un muestreo en base a predicciones y a la vez predicen e infieren en base al
muestreo. Este proceso avanza a partir de las confirmaciones o correcciones de las inferencias y
predicciones hechas que permiten proponer otras. Es decir, el lector puede controlar su propia
comprensión del texto y tomar decisiones para cambiar de estrategia y alcanzar sus objetivos.
Lo que uno sabe después de leer es lo que se sabía antes sumado a la lectura del texto
eficientemente hecha y ese proceso constructivo durante el cual los lectores dan sentido al texto se
desarrolla durante la lectura y continúa después, cuando se reconsidera y reelabora lo leído.
Así como los textos postulan en sí mismo un cierre semántico-comunicativo, el lector da por
terminada su lectura, en el mejor de los casos, en razón de objetivos logrados (en su defecto, por
aburrimiento, falta de interés o cambio de circunstancias).

 Consignas de lectura

1. Hemos leído definiciones del concepto de “identidad” y del concepto de “otro”. Releer y
subrayar las palabras que desconoce o le generan dudas. Buscar esas palabras en alguna
fuente que considere adecuada. Transcribir las definiciones e indique las fuentes.

2. Buscar más información sobre identidad y sobre alteridad u otredad. Hacer un registro de las
fuentes consultadas.

3. Releer los textos a, b, c, h. Indicar, muy sintéticamente, el tema principal de cada párrafo.

4. A partir de la lectura de los datos iniciales (paratextos) de los dos textos siguientes, hacer una
predicción o hipótesis acerca de su contenido.

5. Hacer una lectura rápida de cada uno de los dos textos intentando hacer lo que denominamos
“muestreo”: subrayar las palabras o secuencias que le resultan significativas.

6. Releer muy atentamente y consignar, en el margen, el tema principal de cada párrafo.

7. Señalar inferencias realizadas antes, durante y después de la lectura.

a) Capítulo 3 – “El etnocentrismo”, en Raza e historia de Claude Lévi-Strauss. [Nota: la


digitalización se ha realizado a partir de la edición de Lévi-Strauss, Claude (1999). Raza
y cultura, Altaya, Madrid, pp. 37-104.]

Y, sin embargo, parece que la diversidad de culturas se presenta raramente ante los hombres tal y
como es: un fenómeno natural, resultante de los contactos directos o indirectos entre las
sociedades. Los hombres han visto en ello una especie de monstruosidad o de escándalo más que
otra cosa. En estas materias, el progreso del conocimiento no ha consistido tanto en disipar esta

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La lectura María Luz Mayor

ilusión en beneficio de una visión más exacta, como en aceptar o en encontrar el medio de
resignarse a ella.
La actitud más antigua y que reposa sin duda sobre fundamentos psicológicos sólidos, puesto
que tiende a reaparecer en cada uno de nosotros cuando nos encontramos en una situación
inesperada, consiste en repudiar pura y simplemente las formas culturales: las morales, religiosas,
sociales y estéticas, que estén más alejadas de aquellas con las que nos identificamos.
«Costumbres salvajes», «eso no ocurre en nuestro país», «no debería permitirse eso», etc., y
tantas reacciones groseras que traducen ese mismo escalofrío, esa misma repulsión en presencia de
maneras de vivir, de creer, o de pensar que nos son extrañas. De esta manera confundía la
Antigüedad todo lo que no participaba de la cultura griega (después greco-romana), con el mismo
nombre de bárbaro. La civilización occidental ha utilizado después el término salvaje en el mismo
sentido. Ahora bien, detrás de esos epítetos se disimula un mismo juicio: es posible que la palabra
salvaje se refiera etimológicamente a la confusión e inarticulación del canto de los pájaros, opuestas
al valor significante del lenguaje humano. Y salvaje, que quiere decir «del bosque», evoca también
un género de vida animal, por oposición a la cultura humana. En ambos casos rechazamos admitir el
mismo hecho de la diversidad cultural; preferimos expulsar de la cultura, a la naturaleza, todo lo que
no se conforma a la norma según la cual vivimos.
Este punto de vista ingenuo, aunque profundamente anclado en la mayoría de los hombres, no
es necesario discutirlo porque este capítulo constituye precisamente su refutación. Bastará con
comentar aquí que entraña una paradoja bastante significativa. Esta actitud de pensamiento, en
nombre de la cual excluimos a los «salvajes» (o a todos aquellos que hayamos decidido considerarlos
como tales) de la humanidad, es justamente la actitud más marcante y la más distintiva de los
salvajes mismos. En efecto, se sabe que la noción de humanidad que engloba sin distinción de raza o
de civilización, todas las formas de la especie humana, es de aparición muy tardía y de expansión
limitada. Incluso allí donde parece haber alcanzado su más alto desarrollo, no hay en absoluto
certeza —la historia reciente lo prueba— de que esté establecida al amparo de equívocos o
regresiones. Es más, debido a amplias fracciones de la especie humana y durante decenas de
milenios, esta noción parece estar totalmente ausente. La humanidad cesa en las fronteras de la
tribu, del grupo lingüístico, a veces hasta del pueblo, y hasta tal punto, que se designan con nombres
que significan los «hombres» a un gran número de poblaciones dichas primitivas (o a veces —
nosotros diríamos con más discreción — los «buenos», los «excelentes», los «completos»),
implicando así que las otras tribus, grupos o pueblos no participan de las virtudes —o hasta de la
naturaleza— humanas, sino que están a lo sumo compuestas de «maldad», de «mezquindad», que
son «monos de tierra» o «huevos de piojo». A menudo se llega a privar al extranjero de ese último
grado de realidad, convirtiéndolo en un «fantasma» o en una «aparición». Así se producen
situaciones curiosas en las que dos interlocutores se dan cruelmente la réplica. En las Grandes
Antillas, algunos años después del descubrimiento de América, mientras que los españoles enviaban
comisiones de investigación para averiguar si los indígenas poseían alma o no, estos últimos se
empleaban en sumergir a los prisioneros blancos con el fin de comprobar por medio de una
prolongada vigilancia, si sus cadáveres estaban sujetos a la putrefacción o no.
Esta anécdota, a la vez peregrina y trágica, ilustra bien la paradoja del relativismo cultural (que
nos volveremos a encontrar bajo otras formas): en la misma medida en que pretendemos establecer
una discriminación entre culturas y costumbres, nos identificamos más con aquellas que intentamos

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La lectura María Luz Mayor

negar. Al rechazar de la humanidad a aquellos que aparecen como los más «salvajes» o «bárbaros»
de sus representantes, no hacemos más que imitar una de sus costumbres típicas. El bárbaro, en
primer lugar, es el hombre que cree en la barbarie.
Sin lugar a dudas, los grandes sistemas filosóficos y religiosos de la humanidad —ya se trate del
Budismo, del Cristianismo o del Islam; de las doctrinas estoica, kantiana o marxista— se han
rebelado constantemente contra esta aberración. Pero la simple proclamación de igualdad natural
entre todos los hombres y la fraternidad que debe unirlos sin distinción de razas o culturas, tiene
algo de decepcionante para el espíritu, porque olvida una diversidad evidente, que se impone a la
observación y de la que no basta con decir que no afecta al fondo del problema para que nos
autorice teórica y prácticamente a hacer como si no existiera. Así, el preámbulo a la segunda
declaración de la Unesco sobre el problema de las razas comenta juiciosamente que lo que convence
al hombre de la calle de que las razas existan, es la «evidencia inmediata de sus sentidos cuando
percibe juntos a un africano, un europeo, un asiático y un indio americano».
Las grandes declaraciones de los derechos del hombre tienen también esta fuerza y esta
debilidad de enunciar el ideal, demasiado olvidado a menudo, del hecho de que el hombre no realiza
su naturaleza en una humanidad abstracta, sino dentro de culturas tradicionales donde los cambios
más revolucionarios dejan subsistir aspectos enteros, explicándose en función de una situación
estrictamente definida en el tiempo y en el espacio. Situados entre la doble tentación de condenar
las experiencias con que tropieza afectivamente y la de negar las diferencias que no comprende
intelectualmente, el hombre moderno se ha entregado a cientos de especulaciones filosóficas y
sociológicas para establecer compromisos vanos entre estos dos polos contradictorios, y percatarse
de la diversidad de culturas, cuando busca suprimir lo que ésta conserva de chocante y escandaloso
para él.
No obstante, por muy diferentes y a veces extrañas que puedan ser, todas estas especulaciones
se reúnen de hecho, en una sola fórmula que el término falso evolucionismo es sin duda el más apto
para caracterizar. ¿En qué consiste? Exactamente, se trata de una tentativa de suprimir la diversidad
de culturas resistiéndose a reconocerla plenamente. Porque si consideramos los diferentes estados
donde se encuentran las sociedades humanas, las antiguas y las lejanas, como estadios o etapas de
un desarrollo único, que partiendo de un mismo punto, debe hacerlas converger hacia el mismo
objetivo, vemos con claridad que la diversidad no es más que aparente. La humanidad se vuelve una
e idéntica a ella misma; únicamente que esta unidad y esta identidad no pueden realizarse más que
progresivamente, y la variedad de culturas ilustra los momentos de un proceso que disimula una
realidad más profunda o que retarda la manifestación.
Esta definición puede parecer sumaria cuando recordamos las inmensas conquistas del
darwinismo. Pero esta no es la cuestión porque el evolucionismo biológico y el pseudo-
evolucionismo que aquí hemos visto, son dos doctrinas muy diferentes. La primera nace como una
vasta hipótesis de trabajo, fundada en observaciones, cuya parte dejada a la interpretación es muy
pequeña. De este modo, los diferentes tipos constitutivos de la genealogía del caballo pueden
ordenarse en una serie evolutiva por dos razones: la primera es que hace falta un caballo para
engendrar a un caballo y la segunda es que las capas del terreno superpuestas, por lo tanto
históricamente cada vez más antiguas, contienen esqueletos que varían de manera gradual desde la
forma más reciente hasta la más arcaica. Parece ser entonces altamente probable que Hipparion sea
el ancestro real de Equus Caballus. El mismo razonamiento se aplica sin duda a la especie humana y

41
La lectura María Luz Mayor

a sus razas. Pero cuando pasamos de los hechos biológicos a los hechos de la cultura, las cosas se
complican singularmente. Podemos reunir en el suelo objetos materiales y constatar que, según la
profundidad de las capas geológicas, la forma o la técnica de fabricación de cierto tipo de objetos
varía progresivamente. Y sin embargo, un hacha no da lugar físicamente a un hacha, como ocurre
con los animales. Decir en este último caso, que un hacha evoluciona a partir de otra, constituye
entonces una fórmula metafórica y aproximativa, desprovista del rigor científico que se concede a la
expresión similar aplicada a los fenómenos biológicos. Lo que es cierto de los objetos materiales
cuya presencia física está testificada en el suelo por épocas determinables, lo es todavía más para las
instituciones, las creencias y los gustos, cuyo pasado nos es generalmente desconocido. La noción de
evolución biológica corresponde a una hipótesis dotada de uno de los más altos coeficientes de
probabilidad que pueden encontrarse en el ámbito de las ciencias naturales, mientras que la noción
de evolución social o cultural no aporta, más que a lo sumo, un procedimiento seductor aunque
peligrosamente cómodo de presentación de los hechos.
Además, la diferencia, olvidada con demasiada frecuencia, entre el verdadero y el falso
evolucionismo se explica por sus fechas de aparición respectivas. No hay duda de que el
evolucionismo sociológico debía recibir un impulso vigoroso por parte del evolucionismo biológico,
pero éste le precede en los hechos. Sin remontarse a las antiguas concepciones retomadas por
Pascal, que asemeja la humanidad a un ser vivo pasando por los estados sucesivos de la infancia, la
adolescencia y la madurez, en el siglo XVIII se ven florecer los esquemas fundamentales que serán
seguidamente, el objeto de tantas manipulaciones: los «espirales» de Vico, sus «tres edades»
anunciando los «tres estados» de Comte y la «escalera» de Condorcet. Los dos fundadores del
evolucionismo social, Spencer y Tylor, elaboran y publican su doctrina antes de El Origen de las
Especies, o sin haber leído esta obra. Anterior al evolucionismo biológico, teoría científica, el
evolucionismo social no es, sino muy frecuentemente, más que el maquillaje falseadamente
científico de un viejo problema filosófico, del que no es en absoluto cierto que la observación y la
inducción puedan proporcionar la clave un día

b) Todorov, Tzvetan (1991) “Un humanismo bien temperado”, en Nosotros y los otros,
Siglo XXI, México, página 431 ss.

UN HUMANISMO BIEN TEMPERADO (fragmentos)


Detengo aquí la lectura de los otros y tomo, a mi vez, la palabra. No es que hasta ahora me haya
callado a todo lo largo de este libro he tratado de debatir cuestiones que han sacado a relucir otros,
en favor, o en contra de ellos, según el caso. He querido saber no solamente lo que afirmaban, sino
igualmente si estas afirmaciones eran justas; en consecuencia, constantemente he tenido que tomar
una postura. Y, sin embargo, mi lector quizá haya experimentado alguna irritación (o cansancio) ante
mi reticencia a exponer de manera sistemática mis opiniones sobre los asuntos que se han
abordado. No podía hacerlo, en primer lugar, porque no los conocía todos de antemano, ni mucho
menos los he descubierto durante mi búsqueda de la verdad, con y contra mis autores; cierto es que
soy yo quien ha hecho este libro; pero, en otro sentido de la palabra, es él el que me ha hecho a mí.
Otra de las razones es que yo prefiero la búsqueda de la verdad antes que la posesión de ella, y que
deseo que mi lector participe de esta preferencia; estimo, por demás, toda opinión que se suscita a
medida que transcurre el diálogo. Este libro entero está ahí para ilustrar esta idea. Si bien en este
42
La lectura María Luz Mayor

momento "tomo la palabra" unilateralmente, no es porque haya cambiado de idea a este respecto;
es porque he llegado al final de una trayectoria (que ha durado varios años) y experimento una
especie de deber en el sentido de decirle al lector donde me encuentro y que es lo que pienso de mi
viaje. Antes que de conclusiones definitivas, se trata de un final provisional de mi investigación, de
una simple declaración sobre el lugar en que me encuentro. Tengo la esperanza de que otros
puedan sacar, de este mismo recorrido, conclusiones que por el momento se me escapan.
Regresemos, pues, tomando ahora un poco de distancia respecto de la historia del pensamiento, a
las grandes cuestiones que se debaten en este libro. Nosotros y los otros, decía yo: ¿cómo puede,
cómo debe uno comportarse respecto de aquellos que no pertenecen a la misma comunidad que
nosotros? La primera lección aprendida consiste en la renuncia a fundar nuestros razonamientos
sobre una distinción como ésa. Y sin embargo, los seres humanos lo han hecho desde siempre,
cambiando solamente el objeto de su elogio. Siguiendo la "regla de Herodoto", se han juzgado como
los mejores del mundo, y han estimado que los otros son buenos o malos, según se hallen más o
menos alejados de ellos. Y a la inversa, sirviéndose de la "regla de Homero”, han llegado a la
conclusión de que los pueblos más alejados son los más felices y admirables, en tanto que entre sí
mismos no han visto más que la decadencia. Pero en ambos casos se trata de un espejismo, de una
ilusión de óptica: “nosotros" no somos necesariamente buenos, y los "otros" tampoco; lo único que,
se puede decir a este respecto es que la apertura hacia los otros, la negativa a rechazarlos sin un
examen previo es, en todo ser humano, una cualidad. La separación que cuenta, sugería
Chateaubriand, es la que hay entre los buenos y los malvados, y no la que existe entre nosotros y los
otros; por lo que toca a las sociedades particulares, en éstas se mezclan el bien y el mal (cierto, en
proporciones que no son iguales). En lugar del juicio fácil, fundado en la distinción puramente
relativa entre aquellos que pertenecen a mi grupo y aquellos que no forman parte de él, debe
advenir un juicio que se fundamente en principios éticos.
Esta primera conclusión hace salir a relucir, a su vez, dos grandes problemas: ¿cuál es el significado
de nuestra pertenencia a una comunidad? y, ¿cómo legitimar nuestros juicios?
I. Los seres humanos no son solamente individuos que pertenecen a la misma especie; forman
también parte de colectividades específicas y diversas, en el seno de las cuales nacen y actúan. La
colectividad más poderosa de nuestros días es la que se denomina una nación, es decir, la
coincidencia más o menos perfecta (pero nunca total) entre un Estado y una cultura. Pertenecer a la
humanidad no es lo mismo que pertenecer a una nación —el hombre no es el ciudadano, decía
Rousseau— e, incluso entre estos dos aspectos hay un conflicto latente que puede llegar a hacerse
abierto el día en que nos veamos obligados a elegir entre los valores de la primera y los de la
segunda. El hombre, en este sentido de la palabra, es juzgado a partir de principios éticos; en
cambio, el comportamiento del ciudadano proviene de una perspectiva política. No se puede
eliminar ninguno de estos dos aspectos de la vida humana, de la misma manera que no se puede
reducir el uno al otro: más vale estar consciente de esta dualidad que a veces resulta trágica. Al
mismo tiempo, su separación radical, su confinamiento a esferas que jamás se comunican entre sí,
puede ser igualmente desastroso testimonio: de ello lo es Tocqueville que predica la moral en sus
obras filosóficas y eruditas y preconiza el exterminio de los indígenas en sus discursos políticos. La
ética no es la política, pero la primera puede elevar barreras que la política no va a tener el derecho
de franquear; pertenecer a la humanidad no nos dispensa del hecho de pertenecer a una nación, y lo

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La lectura María Luz Mayor

uno no puede sustituir a lo otro, pero los sentimientos humanos deben poder contener a la razón de
Estado.
Pero también se dice con frecuencia: yo amo más a mis hijos que a los de mi vecino; he ahí un
sentimiento bien natural y por el cual no hay ninguna razón de avergonzarse. ¿No es entonces
igualmente natural preferir a mis compatriotas antes que a los extranjeros, reservarles un
tratamiento preferencial? ¿No es natural someter el hombre al ciudadano, y la ética a la política? Un
razonamiento de esta índole descansa en una doble confusión. La primera es de orden psicológico:
consiste en transferir, por analogía, las propiedades de la familia a la nación. Ahora bien, entre estas
dos entidades hay una solución de continuidad. La familia asegura la interacción inmediata con otros
seres humanos; su principio se puede extender, en el límite, al conjunto de las personas que
conocemos, pero no más allá. La nación es una abstracción, de la cual se tiene tan poca experiencia
inmediata como respecto de la humanidad. La segunda confusión es de orden ético: no es a causa de
que una cosa sea, que debe ser. Por lo demás, el individuo hace muy bien la corrección por cuenta
propia, y no confunde el amor con la justicia: ama a su hijo más que al del vecino, pero cuando
ambos se encuentran en su casa les da partes iguales del pastel. Y, después de todo, la piedad no es
menos natural que el egoísmo. Es propio del ser humano ver más allá de su interés, y es a causa de
ello que existe el sentimiento ético; la ética cristiana, al igual que la republicana, no hacen más que
precisar y ordenar sistemáticamente este sentimiento. La “preferencia nacional" no se fundamenta
más en los hechos que en los valores.
Pero, entonces, ¿qué es una nación? A esta pregunta se han dado numerosas respuestas que se
pueden dividir en dos grandes grupos. Por un lado, se construye la idea de nación según el modelo
de la raza: es una comunidad de "sangre", es decir, una entidad biológica sobre la cual el individuo
no ejerce ninguna influencia. Se nace francés, alemán o ruso, y se sigue siéndolo hasta el fin de la
vida de uno. En consecuencia, son los muertos quienes deciden por los vivos, como lo decían Barres
y Le Bon, y el presente del individuo queda determinado por el pasado del grupo. Las naciones son
bloques impermeables: el pensamiento, los juicios, los sentimientos, todos ellos son distintos en una
nación y en otra. Por otro lado, la pertenencia a una nación es pensada según el modelo del
contrato. Algunos individuos, decía Sieyès, deciden un día fundar una nación y se juega una mala
pasada. De manera más seria, se afirma que pertenecer a una nación es, ante todo, un acto de
voluntad, es suscribirse al compromiso de vivir junto con otros adoptando reglas comunes y, por
ende, pensando en un futuro común.
Todo opone a estos dos conceptos de nación como raza y nación como contrato: la una es física y la
otra moral; la una natural, la otra artificial; una vuelve la vista hacia el pasado, la otra hacia el
porvenir; una es determinismo, la otra libertad. Ahora bien, no es fácil escoger: todo el mundo
puede ver intuitivamente que tanto una como otra contienen cierta verdad y numerosos olvidos.
Pero ¿cómo reconciliar dos contrarios? El intento más famoso por hacerlo, que es el de Renan,
resulta un fracaso: uno no se puede contentar con juntar dos “criterios", uno a continuación del
otro, cuando el segundo anula al primero.
Sin embargo, la antinomia de las dos "naciones" puede ser superada si aceptamos pensar en la
nación como cultura. Del mismo modo que la "raza", la cultura es anterior, preexiste, al individuo, y
no se puede cambiar de cultura de un día para otro (a la manera que se cambia de ciudadanía
mediante un acto de naturalización). Pero la cultura tiene también rasgos comunes con el contrato:
no es innata, sino adquirida; y, por más que esta adquisición sea lenta, a fin de cuentas depende de

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La lectura María Luz Mayor

la voluntad del individuo y puede provenir de la educación. ¿En qué consiste su aprendizaje? En un
dominio de la lengua, ante todo; en familiarizarse con la historia del país, con sus paisajes, con las
costumbres de su población nativa regidas por mil códigos invisibles (evidentemente, no hay que
identificar a la cultura con lo que se encuentra en los libros). Un aprendizaje de esta índole lleva
largos años, y el número de culturas que se pueden conocer a fondo es muy restringido; pero no hay
necesidad de haber nacido en ellas para hacerlo: nada significa la sangre, tampoco significan nada
los genes. Por lo demás, no todos aquellos que tienen la ciudadanía por nacimiento poseen
obligadamente la cultura de su país: se puede ser francés de pura cepa y, sin embargo, no participar
en la comunidad cultural.
La interpretación de la nación como cultura (que tiene su origen en Montesquieu) permite preservar
los granos de verdad que están presentes en el concepto de nación como contrato o como "raza"
(en tanto que estas últimas concepciones son posteriores a Montesquieu). Permite, al mismo
tiempo, soslayar la antinomia del hombre y el ciudadano: aquí, no hay otro camino hacia lo
universal, más que el que pasa por lo particular y, solamente aquel que domina una cultura
específica tiene oportunidad de ser entendido por el mundo entero. Hay que precisar, sin embargo,
que la cultura no es necesariamente nacional (incluso, no lo es más que excepcionalmente): para
empezar, es lo propio de la región o incluso de entidades geográficas menores; también puede
pertenecer a una capa de la población, con exclusión de los demás grupos del mismo país; y también
puede incluir a un grupo de países. Una cosa es cierta: el dominio de una cultura, por lo menos, es
indispensable para el florecimiento de todo individuo; la aculturación es posible, y con frecuencia
benéfica; pero la desculturación es una amenaza. De la misma manera que no hay que avergonzarse
de amar más a los de uno que a los otros, sin que esto lleve a practicar la injusticia, tampoco hay que
tener vergüenza de tenerle apego a una lengua, a un paisaje, a una costumbre: es en esto en lo que
se es humano.
II. ¿Qué sucede entonces con la legitimidad de nuestros juicios, y cómo zanjar el conflicto entre lo
universal y lo particular? Sería cómodo partir aquí de una cierta opinión, común en nuestros días, y
que se podría resumir así. Con el transcurso de los años, se ha visto que la pretensión universalista
no es más que la máscara que se pone el etnocentrismo. Por esta razón, la ideología universalista es
responsable de acontecimientos que figuran entre los más negros de la historia europea reciente, a
saber, las conquistas coloniales. Bajo el pretexto de extender “la" civilización (valor universal, si lo
hay), algunos países de Europa occidental se apoderaron de las riquezas de todos los demás y
explotaron a numerosos pueblos lejanos, para su provecho. El universalismo es el imperialismo. Pero
no solo es allí, a fin de cuentas, donde se pueden observar los estragos causados por esta ideología:
en el interior mismo de los estados se ha aplastado la heterogeneidad en nombre de estos mismos
ideales (seudo) universales. Por ello, ya es hora de olvidar las pretensiones universales y de
reconocer que todos los juicios son relativos: a una época, a un lugar, a un contexto. No hay
necesidad de confundir este relativismo con el nihilismo, ni con el cinismo (el rechazo de todo valor);
aquí, los valores son reconocidos, pero su extensión es limitada. El bien de hoy no es el de ayer, y
cada quien es bárbaro a los ojos de su vecino: sepamos sacar las conclusiones que se imponen a
partir de estas evidencias.
Este discurso familiar, que tiene variantes más específicas, contiene una serie de aproximaciones, de
simplificaciones y de inexactitudes que pueden llevar, con las mejores intenciones del mundo, a

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La lectura María Luz Mayor

conclusiones inaceptables. Así, pues, si se quiere llegar a una panorámica más satisfactoria (sin por
ello renunciar a la condena del colonialismo), es preciso desenmarañar, uno por uno, estos alegatos.
Para empezar, es inadmisible afirmar que el universalismo es necesariamente un etnocentrismo —
de la misma forma que era inadmisible representar a los seres humanos como incapaces de elevarse
jamás por encima de su interés personal. Una tal afirmación ultradeterminista, que implica la
imposibilidad de distinguir entre lo que es y lo que debe ser, conduce al absurdo. Pero es igualmente
falso, en un plano histórico y ya no teórico, que el imperialismo colonial esté intrínsecamente
vinculado con la ideología universalista. Ya se ha visto en las páginas precedentes; la política colonial
está dispuesta a hacer fuego con todo tipo de leña, se sirve indiferentemente de todas las ideologías
que se presentan, tanto del universalismo como del relativismo, ora del cristianismo y ora del
anticlericalismo, del nacionalismo o del racismo; en este plano, las ideologías no nos dan el móvil de
las acciones, sino justificaciones agregadas a posteriori, discursos de autolegitimación que no hay
que tomar al pie de la letra. Si la ideología universalista se encontrase con más frecuencia que las
otras, esto no sería más que testimonio de una cosa, a saber, que su prestigio ha sido mayor que el
de las demás. La ideología como móvil (y ya no como máscara, como adorno que se agregó a
posteriori) es, como se ha visto, una cosa distinta: se trata del nacionalismo, que, por lo demás, es el
responsable de las otras guerras que se llevaron a cabo en esa misma época, entre los propios países
europeos.
En segundo lugar, no es cierto que la perversión etnocentrista sea la única y, ni siquiera, la más
peligrosa de las perversiones del universalismo. Como se ha podido comprobar, el proyecto
universal corre el riesgo de sufrir dos tipos de desviación, la una "subjetiva", ‘y la otra "objetiva".
Dentro del etnocentrismo, el sujeto identifica, ingenua o pérfidamente, sus valores propios con los
valores; proyecta las características propias de su grupo, sobre un instrumento destinado a la
universalidad. Dentro del cientificismo, por el contrario, encontramos los valores fuera de nosotros,
en el mundo objetivo o, más bien, confiamos a la ciencia la tarea de encontrarlos. El afán cientificista
no produce necesariamente resultados etnocéntricos; muy al contrario, habitualmente se pone en
marcha para restringir el avance de la sociedad, incluso de aquella donde tiene lugar. Ahora bien, el
cientificismo, hoy, es más peligroso que el etnocentrismo, aunque no sea más que por la razón de
que nadie, o casi nadie, tiene a orgullo llamarse etnocentrista (podemos imaginar el
desenmascaramiento de un etnocentrista), en tanto que recurrir a la ciencia equivale a apoyarse en
uno de los valores más seguros que existen en nuestra sociedad. Para ver que este peligro no es
meramente potencial, baste con recordar que los dos regímenes más mortíferos de la historia
reciente, el de Stalin y el de Hitler, se han apoyado, ambos, en una ideología científica, y se han
justificado por recurrir a una ciencia (la historia o la. biología).
En tercer lugar, el relativismo, que se presenta como una solución milagrosa para nuestros
problemas, en realidad no lo es; ahora bien, ¿de qué sirve evitar a Caribdis, si es para caer en la boca
de Escila? No es necesario encerrarse en una alternativa tan estéril: etnocentrismo o relativismo.
Esta última doctrina es tan indefendible en el plano de la coherencia lógica como en el de los
contenidos. El relativista se ve constantemente inducido a contradecirse, puesto que presenta su
doctrina como una verdad absoluta y, en consecuencia, a causa de su mismo gesto, niega lo que está
en proceso de afirmar. Además, y esto es más grave, el relativismo consecuente renuncia a la unidad
de la especie humana, lo cual es un postulado aun más peligroso que el etnocentrismo ingenuo de
algunos colonizadores. La ausencia de unidad permite la exclusión, la cual puede llevar al exterminio.

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La lectura María Luz Mayor

Por añadidura, el relativista, incluso el moderado, no puede denunciar ninguna injusticia, ninguna
violencia, por temor a que éstas formen parte de una tradición cualquiera, distinta a la suya: ni la
escisión, ni los sacrificios humanos, merecen ser reprobados; por lo tanto, se podría decir que los
propios campos de concentración pertenecen, en un momento dado de la historia rusa o alemana, a
la tradición nacional. La situación no es mucho mejor en el caso de esas formas particulares de
relativismo que son el nacionalismo y el exotismo.
La opinión común concerniente a los juicios universales y relativos, no es, pues, satisfactoria. Pero,
¿con que la debemos reemplazar? ¿Cómo podemos alejar, simultáneamente, los peligros del
universalismo pervertido (del etnocentrismo, al igual que del cientificismo) y los del relativismo? No
podremos hacerlo más que si logramos dar un nuevo sentido a la exigencia universalista. Es posible
defender un nuevo humanismo siempre y cuando se tome la precaución de evitar las trampas en las
que a veces cayó la doctrina del mismo nombre en el curso de los siglos pasados. Podría resultar útil
hablar, a este respecto, y para marcar bien la diferencia, de un humanismo crítico.
El primer aspecto sobre el cual es preciso insistir es que este humanismo no se presenta como una
nueva hipótesis sobre la "naturaleza humana", y aun menos como un proyecto de unificación del
género humano en el interior de un solo Estado. Me he visto obligado a emplear, a propósito de
Lévi-Strauss, la expresión "universalismo de trayectoria", refiriéndome con ella, no al contenido fijo
de una teoría del hombre, sino a la necesidad de postular un horizonte común a los interlocutores en
un debate, si se quiere que este último sirva para algo. Los rasgos universales, en efecto, provienen,
no del mundo empírico, objeto de la observación, sino del avance mismo del espíritu humano. Esta
es la razón por la cual se equivocan, tanto aquellos que, como Buffon, erigen los rasgos de una
cultura en norma universal (son salvajes porque se pintan las cejas de azul), como quienes, a la
manera de Montaigne, rechazan toda universalidad presentando ejemplos contradictorios. Cuando
Rousseau propone que se considere la piedad como el fundamento natural de las virtudes sociales,
no ignora que existen hombres inmisericordes. La universalidad es un instrumento de análisis, un
principio regulador que permite la confrontación fecunda de las diferencias, y su contenido no se
puede fijar: siempre está sujeta a revisión.
Lo propiamente humano, no es, evidentemente, tal o cual rasgo de la cultura. Los seres humanos se
ven influidos por el contexto dentro del cual vienen al mundo, y este contexto varía en el tiempo y
en el espacio. Lo que todo ser humano tiene en común con todos los demás es la capacidad de
rechazar estas determinaciones; en términos más solemnes, se dirá que la libertad es el rasgo
distintivo de la especie humana. Cierto es que mi medio me empuja a reproducir los
comportamientos que en él se valoran; pero existe también la posibilidad de que me separe de él, y
esto es lo esencial. Y que no se me diga que, al rechazar una determinación (al negarme a proceder
conforme al gusto de mi medio, por ejemplo), caigo necesariamente bajo el azote de otra (me
someto a las ideas recibidas de otro medio): suponiendo, incluso, que esto sea cierto, el gesto de la
separación conserva todo su sentido. Esto es lo que querían decir Montesquieu, quien veía la
especificidad del género humano en el hecho de que los hombres no siempre obedecen sus leyes, y
Rousseau, para quien la perfectibilidad era la característica primordial de la condición humana: no
tal o cual cualidad, pues, sino la capacidad de adquirirlas todas. La lengua francesa no es universal,
por más que le pese a Rivarol; pero sí lo es la aptitud para aprender idiomas.
Si se entiende la universalidad de esta manera, se prohíbe todo deslizamiento del universalismo
hacia el etnocentrismo o el cientificismo (puesto que se rechaza erigir en norma un contenido

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La lectura María Luz Mayor

cualquiera), sin por ello caer en los defectos del relativismo que renuncia a los juicios, o, en todo
caso, a los juicios transculturales. Es, en efecto, la propia universalidad, la que nos permite el acceso
a los valores absolutos. Lo que es universal es nuestra pertenencia a la misma especie: esto es poco,
pero basta para poder fundamentar nuestros juicios. Un deseo es legítimo si se puede convertir en el
de todos, decía Montesquieu; y Rousseau lo expresaba así: un interés es tanto más equitativo,
cuanto más general; la justicia no es más que otro de los nombres que se dan a esta manera de
tomar en consideración al género humano por entero. Este principio fundador de la ética va a ser
completado por el gran principio político, según percibió igualmente Montesquieu: la unidad del
género humano tiene que ser reconocida, pero también tiene que serlo la heterogeneidad del
cuerpo social. Entonces resulta posible emitir juicios de valor que trasciendan las fronteras del país
donde se ha nacido: la tiranía y el totalitarismo son malos en todas circunstancias, al igual que lo es
la esclavitud de los hombres o de las mujeres. Esto no significa que a una cultura se la declare a
priori superior a las otras, encarnación única de lo universal; sino que se pueden comparar las
culturas existentes, y encontrar más que alabar aquí, y más que censurar allá.
III. Finalmente, hay que abordar otra cuestión, que tiene más que ver con la materia histórica que se
examina en este libro. Esta materia se forma con las contribuciones hechas en Francia, desde hace
doscientos cincuenta años y más, al debate sobre nosotros y los otros. Entre las ideas a las que se ha
pasado revista, algunas parecen haber desempeñado un papel preponderante. […] Cientificismo,
nacionalismo, egocentrismo: otros tantos fenómenos a los que doy denominaciones y definiciones
abstractas, pero que corresponden a formaciones históricas particulares, y que ningún sistema
deductivo me hubiera permitido prever de antemano (lo cual no es el caso con el etnocentrismo).
¿Cuál es el significado de estas tres actitudes (y de algunas otras que se les equiparan)?
Para contestar esta pregunta me veo obligado a rebasar mi tema, de por sí ya tan extenso, y
preguntarme: estas grandes figuras del desconocimiento de los otros —ya que es precisamente de
esto de lo que se trata— ¿tienen algo que ver entre sí? y, ¿qué relaciones mantienen con las
ideologías que han dominado la vida pública en Francia durante este mismo periodo?
El conflicto ideológico más general, característico de la época en cuestión, es el que se da entre
holismo e individualismo, para decirlo a la manera de Louis Dumont, es decir, entre las comunidades
donde el todo se halla en posición dominante respecto de sus partes, y las sociedades en las que los
individuos importan más que el conjunto al que pertenecen; o bien, para ser más concretos, entre el
antiguo régimen y la república. […]
Otros, aparte de mí, han dejado constancia de aspectos semejantes; y han llegado a la conclusión de
que la ideología humanista es la responsable directa del advenimiento de las doctrinas cientificista,
nacionalista y egocentrista. Estas doctrinas pueden ser vinculadas, con cierta verosimilitud, a las
grandes matanzas (militares, coloniales o totalitarias) que jalonan la historia de los dos últimos
siglos. Se ha podido hablar, a este respecto, de una cierta "dialéctica de las Luces", que habría
determinado que se revelara la faz de una ideología que gusta de presentarse bajo los oropeles más
nobles y seductores. Ya no se trataría de un enemigo exterior a la democracia, sino del desenlace
inevitable —"trágico"— del propio proyecto democrático. ¿De los análisis que preceden se
desprende una conclusión de esta índole?
La respuesta es, categóricamente: no. Una vez más, la ley del tercero excluido, no procede si la
opción que se nos presenta tiende a decidir si nuestros infortunios se deben, o al holismo o al
individualismo, es preciso rechazarla, Son posibles otras respuestas; aquella a la que yo llego
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La lectura María Luz Mayor

consiste en decir que el cientificismo, el nacionalismo y el egocentrismo, por más que no sean
extraños al espíritu de las Luces, representan una desviación de éste, antes que su consecuencia
lógica. El "malo" de esta historia no es, ni un enemigo exterior, ni aquel al que hasta ahora se tenía
por héroe; son los ayudantes, los acólitos, los acompañantes de este héroe, que durante mucho
tiempo se han creído indispensables, pero que no lo son en absoluto; y que por el contrario,
amenazan con destruir la obra de aquel que se presume que es su maestro.
De manera más particular, hay dos hechos que me incitan a pensar así. El primero es la
comprobación de la incompatibilidad lógica entre los principios humanistas, por un lado y, por el
otro, las prácticas cientificistas, o nacionalistas, o egocéntricas. […]
La segunda razón por la que no creo que el humanismo conduzca inevitablemente a sus propias
perversiones, reside en la posibilidad misma (que espero haber ilustrado) de analizar los yerros
cientificistas, nacionalistas o egocentristas, con ayuda de conceptos y principios surgidos de este
mismo humanismo. […]
La confrontación del humanismo de Montesquieu y de Rousseau con el cientificismo, el
nacionalismo y el egocentrismo, tales como se despliegan en el siglo XX, me lleva también a hacer
otra comprobación. Cada una de estas últimas doctrinas se limita a un solo aspecto de la vida
humana, y elimina o ignora los demás. […]
Los resultados, en cada uno de esos casos, son deplorables.
Ahora bien, la lección de Montesquieu y de Rousseau consiste en afirmar que estos tres aspectos del
ser humano, estos tres niveles de organización de su vida son necesarios; consiste también en llamar
a ponerse en guardia contra la eliminación de uno o de dos de ellos, en provecho del tercero.
Montesquieu sabe reconocer el derecho del individuo a la autonomía, a la seguridad personal, a la
libertad privada; sin embargo, no ignora la fuerza de la pertenencia a una cultura (el espíritu de las
naciones). Y, finalmente, por más que sus contemporáneos no siempre se hayan dado cuenta de
ello, tampoco renuncia a la referencia universal, que es la única que permite fundamentar los juicios
de valor: la tiranía es condenable bajo todos los climas, y aquello que resulta en provecho de la
humanidad debe ser preferido a lo que es bueno para la patria. Lo mismo se puede decir en cuanto a
Rousseau, quien describe así las diferentes relaciones en las cuales se encuentra implicado el
hombre: "Tras haberse tomado en consideración, gracias a sus relaciones físicas con los demás
seres, gracias a sus relaciones morales con los demás hombres, lo único que le falta es tomarse en
consideración por lo que toca a sus relaciones civiles con sus conciudadanos" (Emile, v, p. 833). Vida
personal, vida social y cultural y vida moral no deben ni ser suprimidas ni reemplazarse una por otra;
el ser humano es múltiple y unificarlo equivale a mutilarlo.
Empero, no basta con oponer el humanismo a sus desviaciones, y preferirlo a ellas; todavía hay que
interrogarse sobre los orígenes de tales desviaciones. Las cosas parecen relativamente claras por lo
que concierne al egocentrismo: éste es una simple hipertrofia del principio de autonomía individual,
un exceso en una dirección en que los primeros pasos han sido dados, efectivamente, por la propia
filosofía humanista; no se ha estado satisfecho con ver en el individuo una entidad necesaria, sino
que, además, se ha hecho de él un todo autosuficiente. Pero no sucede lo mismo con el
nacionalismo, el cientificismo, el racialismo, ni el exotismo. Si estas doctrinas han “arraigado" tan
bien, ello se debe a que eran portadoras de valores que no encontraban otra forma de expresión, y
cuya falta se hacía sentir. Enumerémoslas: el cientificismo coloca a la ciencia en el lugar de la

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La lectura María Luz Mayor

religión; el nacionalismo valora la pertenencia al grupo social v cultural; el racialismo afirma la


jerarquía necesaria de los seres humanos; el exotismo primitivista valora también a la comunidad, en
detrimento de una polvareda de individuos atomizados, y privilegia las relaciones interpersonales,
por sobre las que se establecen entre las personas y las cosas.
Examinando estas enumeraciones de los valores que se hallan multiplicados o afirmados por las
desviaciones del humanismo, se pueden sacar dos conclusiones. La primera, es que todos estos
valores encuentran su origen en la ideología holista. Es la sociedad holista, en efecto, la que respeta
el consenso religioso, la jerarquía de los seres y de las posturas, al grupo, antes que al individuo, lo
social, antes que lo económico. Todo esto parece indicar que la victoria de la ideología individualista,
que es la que se encuentra en la base de las democracias modernas, debiera ir acompañada del
rechazo de los valores holistas, los cuales, no obstante, se negarían a verse tratados de esta manera,
y resurgirían como esas formas más o menos monstruosas que son el nacionalismo, el racismo o la
utopía totalitaria.
La segunda conclusión deriva de la primera. Ni la ideología holista, ni la ideología individualista son,
en ciertos aspectos, más que representaciones parciales del mundo. Declaran como primordiales
ciertas características de la vida humana y les subordinan otras. Esto significa que es erróneo ver
todo el bien en un solo lado y todo el mal en el otro. Nuestro apego actual a los valores que surgen
del individualismo (esto es, al humanismo), no puede ser puesto en tela de juicio. Empero,
tendríamos todo el derecho, como lo sugiere ya Luis Dumont, a temperar este humanismo mediante
valores y principios provenientes de otros lados. Es posible hacer esto todas las veces que no se trate
de incompatibilidades radicales, sino de una rearticulación entre elementos dominantes y
dominados. Esta es, incluso, la única esperanza que podemos tener de domeñar las fuerzas que
actúan tras estos valores holistas; se debe tratar de hacerlos más dóciles, si no se los quiere ver
reaparecer bajo la máscara grotesca, pero amenazante, del racismo o el totalitarismo.
Para ello, habría que encontrar expresiones nuevas a los valores holistas rechazados. El cientificismo
solamente ha podido prosperar porque había venido a llenar el vacío que dejó la salida de la religión
en su carácter de guía del comportamiento; este lugar, efectivamente, tiene que ser llenado, pero no
mediante la idolatría de la ciencia; son los grandes principios éticos, alrededor de los cuales se
fundamenta el consenso democrático, los que deben ejercer un control sobre las aplicaciones de la
ciencia y sobre los desbordamientos de la ideología. El racialismo codifica la existencia de jerarquías
entre los seres: de nada sirve negar esta existencia ni la necesidad que tenemos de ella; pero es
preciso evitar el biologismo ingenuo y asumir abiertamente nuestras propias jerarquías, que son
espirituales, y no físicas; nada nos obliga a suscribirnos al relativismo según el cual "todo se vale". El
nacionalismo concede valor a la pertenencia al grupo: pero hay que ser ciego para creer que esta
pertenencia es inútil o despreciable (aun cuando el desarraigo con respecto al grupo pueda tener sus
méritos propios); lo que se puede afirmar, en cambio, es que un fuerte sentimiento de pertenencia
cultural no implica, en absoluto, un patriotismo cívico; y que los grupos a los que se pertenece son
múltiples, tanto por su tamaño, como por su naturaleza: la familia, el barrio, la ciudad, la región, el
país, el grupo de países, por un lado; la profesión, la edad, el sexo, el medio, por el otro. El exotismo
primitivista evoca con nostalgia los lugares y las épocas en que los individuos sabían conservarse
"humanos", unos con respecto a otros, o comunicarse con la naturaleza no humana. Podemos, en
efecto, aspirar a esos valores, sin tener que hacer la dieta del arroz integral.

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La lectura María Luz Mayor

Un humanismo bien temperado podría ser para nosotros una garantía contra los yerros del ayer y
del hoy. Rompamos las asociaciones fáciles: reivindicar la igualdad de derecho de todos los seres
humanos no implica, en forma alguna, renunciar a la jerarquía de los valores; amar la autonomía y la
libertad de los individuos no nos obliga a repudiar toda solidaridad; el reconocimiento de una moral
pública no significa, inevitablemente, la regresión a la época de intolerancia religiosa y de la
Inquisición; ni la búsqueda de un contacto con la naturaleza, equivale a volver a la época de las
cavernas.
Unas últimas palabras. Quizá mejor que otros, Montesquieu y Rousseau comprendieron las
complejidades de la vida humana y formularon un ideal más noble; sin embargo, no encontraron
una panacea, una solución a todos nuestros problemas. Y es que sabían que, aun cuando la equidad,
el sentido moral, la capacidad para elevarse por encima de uno mismo, son lo propio del hombre
(contrariamente a lo que afirman otros pensadores, pesimistas o cínicos), también lo son el egoísmo,
el deseo de poder, el gusto por las soluciones monolíticas. Los “defectos" del individuo, al igual que
los de la sociedad, son características intrínsecas de ellos, de la misma manera que lo son sus más
grandes cualidades. Así, pues, nos incumbe a todos tratar de hacer prevalecer en nosotros mismos lo
mejor, por encima de lo peor. Hay ciertas estructuras sociales (las "moderadas") que facilitan esta
tarea; otras (las "tiránicas") la vuelven más compleja: es preciso hacer todo lo posible para que las
primeras prevalezcan sobre las segundas; pero ninguna de ellas dispensa del trabajo que incumbe a
la persona individual, porque no hay ninguna que conduzca automáticamente al bien. La sabiduría
no es ni hereditaria ni contagiosa: se llega a ella en mayor o menor grado, pero siempre y solamente
gracias a uno(a) mismo(a) y no por el hecho de pertenecer a un grupo o a un Estado. El mejor
régimen del mundo no es nunca más que el menos malo y, aun cuando uno viva en él, todavía queda
todo por hacer. Aprender a vivir con los otros forma parte de esa sabiduría.

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La lectura María Luz Mayor

5. El paratexto

“Rito de iniciación del texto que ingresa a la vida pública, el paratexto se define como un aparato
montado en función de la recepción (Genette, 1987). Umbral del texto, primer contacto del lector
con el material impreso, el paratexto es un instructivo, una guía de lectura. En este sentido, los
géneros escritos cuentan entre sus marcas aspectos paratextuales que permiten anticipar, en cierta
medida, el carácter de la información y la modalidad que esta asumirá en el texto.” Estas son
palabras escritas por Maite Alvarado en su libro Paratexto (1994:3). Más adelante se lee:
“Etimológicamente, «paratexto» sería lo que rodea o acompaña al texto (para = junto a, al lado de),
aunque no sea evidente cuál es la frontera que separa texto de entorno. El texto puede ser pensado
como objeto de la lectura, a la que preexiste, o como producto de ella: se lee un texto ya escrito o se
construye el texto al leer. Pero ya se considere que el texto existe para ser leído o porque es leído, la
lectura es su razón de ser, y el paratexto contribuye a concretarla. Dispositivo pragmático, que, por
una parte, predispone -o condiciona- para la lectura y, por otra, acompaña en el trayecto,
cooperando con el lector en su trabajo de construcción -o reconstrucción- del sentido.”
Gerard Genette sostiene que paratexto es “todo aquello que permite que el texto se transforme
en libro […] un discurso auxiliar, al servicio del texto, que es su razón de ser”. De acuerdo con este
crítico francés son elementos paratextuales del libro la tapa, la contratapa, las solapas, las
ilustraciones…
En definitiva, el mensaje escrito, que perdura en el tiempo y presupone una comunicación
diferida, permite y necesita de los paratextos. Es frecuente observar que los usuarios se portan
frente al texto escrito como si fuera un texto oral e ignoran o no saben decodificar el paratexto. Esto
se acentúa por la tendencia a leer fotocopias o fragmentos de libros.
Sin embargo, es bueno recordar que, tanto en las publicaciones periódicas como en los libros,
los elementos paratextuales brindan mucha información y hay que saber encontrarla para mejorar el
proceso de lectura. La fecha, el nombre de la publicación y el titular de una crónica o un editorial en
un diario son elementos fundamentales para comprender: nos colocan en situación y nos permitirán
interactuar adecuadamente con el texto. No se leerá con los mismos objetivos (ni con las mismas
estrategias) crónicas o noticias cuyos titulares sean “River se llevó el campeonato”, “Folclore junto al
río”, “Alemania en guerra con Francia” o “Atraparon a los prófugos”, desconociendo por ejemplo, la
fecha o la ciudad de los periódicos que publicaron esos textos.
Así también, frente a un libro, conocer el nombre de su autor, y algunos datos de su biografía, o
saber cuál es la fecha de la primera edición (que encontraremos en la página de derechos, de
copyright) genera muchas ventajas antes de abordar el texto propiamente dicho. Lo mismo sucede
con los subtítulos o los índices, que dan cuenta de manera muy efectiva del contenido.
El paratexto puede poner el acento en lo lingüístico o en lo icónico. En nuestra cultura, la imagen
gana lugar permanentemente y este es uno de los motivos por los que leer adecuadamente los
paratextos icónicos (el diseño en su conjunto, los esquemas o gráficos, las ilustraciones, las
fotografías, las caricaturas…) también es fundamental. Aunque esto puede generarnos algunas
dudas porque, por ejemplo, la gráfica en los textos científicos especializados, muchas veces no tiene
carácter auxiliar sino que está integrada al texto completándolo e, inclusive, determinando una
adecuada comprensión.
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La lectura María Luz Mayor

Entonces, el titular, la volanta, el copete o bajada, los subtítulos (si los hubiere), la firma del
periodista, el nombre de la publicación, la ciudad, la fecha son, entre otros, elementos de los
paratextos de las publicaciones periódicas.
Y en cuanto a los libros, el título y el subtítulo, el autor, la editorial y la ciudad donde se editó, el
año de la edición, el colofón, los índices (de contenido, temáticos, onomásticos, etc.), las notas (a pie
de página o al final), las bibliografías, los epígrafes, las dedicatorias, los glosarios, los prólogos y
prefacios, los epílogos, los apéndices, las ilustraciones en general, la tipografía y el diseño son los
componentes del paratexto que se convierten en excelentes aliados cuando se trata de comenzar a
leer.
En este sentido, Alvarado destaca la utilidad de estos elementos para hacer las primeras
predicciones y para situarnos adecuadamente en la situación de comunicación. Gracias a ellos
podremos elaborar hipótesis, no solo sobre el contenido, sino también sobre el género discursivo en
el que el texto se inscribe, los objetivos que se propone el escritor, el contexto histórico-social
cultural… Desarrollar habilidad en la lectura del paratexto nos permite no solo mejorar la lectura
crítica y reflexiva que nos exige el mundo académico, sino también ser verdaderos electores de
nuestras lecturas.
Por ejemplo, si vemos la siguiente imagen de tapa, sabemos enseguida que estamos frente a una
autobiografía y supondremos que la imagen es la de la persona que narra su vida y deduciremos
fácilmente que en la parte superior aparece la que fuera su firma (firma y foto de la cara, dos
elementos claves que dan cuenta de la identidad). Más difícil será hacer una hipótesis acerca del
contenido de este volumen, el dos, que se llama “El imperio insular”, teniendo en cuenta, además,
que no sabemos cuántos tomos constituyen la autobiografía completa.

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La lectura María Luz Mayor

Si, en cambio, nos enfrentamos a una tapa que muestra como título “Pasiones heréticas”, las
hipótesis de contenido pueden ser diversas e interesantes, más aun, si leemos que el autor del texto
es Pier Paolo Pasolini.
Sin embargo, el subtítulo nos ubica rápidamente, por lo menos, en el género discursivo del
texto: “Correspondencia 1940 – 1975”.

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La lectura María Luz Mayor

Por otra parte, la contratapa nos pondrá en conocimiento de la perspectiva desde la que se
leerán esas cartas del escritor y cineasta italiano.

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La lectura María Luz Mayor

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La lectura María Luz Mayor

Si estamos buscando bibliografía para trabajar, por ejemplo, el tema de la otredad, la alteridad,
las relaciones entre el yo y el otro, podremos encontrarnos con títulos tales como “El otro” de López
Echagüe en o “La conquista de América” de Todorov y, si no accedemos a los paratextos, es
probable que nos procuremos el primero y no el segundo…

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La lectura María Luz Mayor

Aun sin acceder a los índices, al leer las tapas y las contratapas nos resultará clarísimo que no
necesitamos el de López Echagüe y, en cambio, sabremos que puede resultarnos muy útil el de
Todorov para nuestro trabajo.
Digamos, por último, que el paratexto puede ser autoral o editorial. También puede ser
interesante tener en cuenta esta diferencia al abordar el texto: por lo general, lo que se visualiza en
la tapa, la contratapa y las solapas es responsabilidad del editor. Así también el diseño gráfico y, a
veces, las imágenes en general.

5.1. Referencia bibliográfica


Leer con atención los paratextos no solo facilita la lectura, sino también permite citar
adecuadamente las fuentes consultadas.
Una cita o referencia bibliográfica provee la información acerca del texto del que el autor copió
literalmente o del que tomó ideas. Se cita para dar relevancia a las afirmaciones del propio texto (en
caso de que los autores consultados tengan mayor autoridad en la materia) o para criticar
aseveraciones de otros. Y se hace por una cuestión de honestidad intelectual: se debe aclarar a
quién pertenece la idea expresada y permitir así que el lector pueda verificarla.

58
La lectura María Luz Mayor

Para citar existen convenciones que deben ser respetadas, aunque varían con los años y de
acuerdo con las áreas del conocimiento. Los manuales de estilo de publicaciones describen cómo
citar apropiadamente libros, tesis, artículos, películas, documentos electrónicos, etc.
Para las ciencias sociales, habitualmente se utilizan las normas de la American Psichological
Association (APA).

1) Desde este enfoque, el modelo para las referencias bibliográficas de libros es el siguiente:
APELLIDO del autor, nombre del autor (año de edición). Título de la obra, ciudad de edición:
editorial, número de la página en la que se encuentra la cita.
TODOROV, Tzvetan (1991). Nosotros y los otros. Reflexión sobre la diversidad humana, México:
Siglo XXI, página 431.
2) Para citar partes de un libro (capítulo o sección) escrito por diferentes autores, la referencia
deberá mostrar el siguiente orden:
APELLIDO del autor, nombre del autor (año de edición). “Título del fragmento”. En APELLIDO del
editor, nombre del editor (Ed.). Título de la obra, páginas. Ciudad de edición: editorial.
3) Para artículos de revistas o periódicos, la propuesta es:
APELLIDO del autor, nombre del autor (fecha de publicación). “Título del artículo”, en Título de la
publicación periódica, ciudad, otros datos de identificación de la publicación -como volumen o
número-, página.
*Los nombres del autor puede indicarse con cada letra inicial.
*Se debe indicar la fuente utilizada, aunque no se disponga de todos los datos.
*Existen convenciones para citar obras de varios autores, coediciones, obras que se encuentran en la red,
películas, etc.

 Consignas de escritura
Realizar las referencias bibliográficas de los textos citados en esta sección sobre paratextos. (El
libro de López Echagüe es de una edición de 1996; el de Ocampo, de 1980; el de Pasolini, de
2005 y el de Todorov es una edición de 1997. Los tres primeros son libros editados en Buenos
Aires.)

59
La lectura María Luz Mayor

6. El informe de lectura

Para leer mejor, es buena idea escribir. El denominado “informe de lectura” es un nuevo texto que
surge del proceso de lectura y es independiente de las fuentes utilizadas. Es un buen ejercicio
porque el lector/escritor estructura su pensamiento y adquiere elementos para asumir puntos de
vista críticos y debidamente argumentados y prepararse para la escritura de otros textos como
ensayos y monografías.
El informe de lectura puede hacerse a partir de fragmentos de una obra, de una obra completa o
de varios textos que muestran relaciones temáticas o discursivas. Algunos de los objetivos son
contextualizar, presentar y contrastar fuentes. Se presenta a través de una voz objetiva que recurre
a la inclusión y reformulación de citas que demuestren las hipótesis de lectura elaboradas.
No hay un único modelo para su organización. Probablemente, el más común es el que
corresponde a la estructura descriptivo-analítica, que presentará (además de la carátula con los
datos del estudiante, el nombre de la asignatura y la fecha) una introducción en la que se expondrá
el objetivo del texto y el tema central, la justificación de la lectura y del informe y una breve
presentación de los ejes del análisis; un desarrollo o cuerpo del informe: el análisis propiamente
dicho a partir de las hipótesis de lectura, de las preguntas formuladas al texto o a los textos, la
reformulación de la postura expuesta en el texto informado, la comparación (si corresponde); una
conclusión o cierre con una breve síntesis, con la formulación de conclusiones generales y,
finalmente, las referencias bibliográficas.
Recordemos que no es un mero resumen o una síntesis, tampoco la presentación más o menos
inconexa de las ideas centrales de lo leído ni una reseña. Es un texto que, generalmente a partir de
una pregunta, da cuenta de la estructura de las fuentes, ofrece brevemente el contexto de las obras
y de sus autores, analiza los temas centrales y puede proponer una valoración o juicio acerca de las
significatividad de lo leído.

 A partir de textos leídos en este capítulo, produzca un borrador de un informe de lectura que
dé cuenta de las concepciones sobre lo Otro que presentan los autores (para ello tenga en cuenta
cómo se juzga al otro, cómo se establecen vínculos con él, cómo se define la propia identidad
desde esa relación…).

60
La lectura María Luz Mayor

Bibliografía

▪ ALVARADO, Maite (1994). Paratexto, Buenos Aires: Oficina de Publicaciones del CBC, UBA.

▪ BAHLOUL, Joëlle (1998 [202]). Lecturas precarias. Estudio sociológico sobre los “poco lectores”,
México: FCE.

▪ BAJTIN, Mijail (1997 [1979]). “El problema de los géneros discursivos”. En Estética de la creación
verbal. México: Siglo XXI, página 248 – 293.

▪ CAVALLO, G. y R. CHARTIER (2001). Historia de la lectura en el mundo occidental, Madrid:


Alfaguara.

▪ ECO, Umberto (1993). Lector in fabula, Barcelona: Lumen.

▪ GOODMAN, Kenneth (1996). “La lectura, la escritura y los textos escritos”, en Textos en
contexto, Buenos Aires: Lectura y vida.

▪ NARVAJA DE ARNOUX, Elvira y otros (2006). La lectura y la escritura en la universidad, Buenos


Aires: Eudeba.

▪ PÈTIT, Michèle. (1999). Nuevos acercamientos a los jóvenes y la lectura, México: FCE

▪ Reale, Analía (2015). Curso de Ingreso. Lengua. Bernal: UNQ.

▪ TODOROV, Tzvetan (1975). Poética, Buenos Aires: Losada.

▪ VAN DIJK, Teun A. (1997). Estructuras y funciones del discurso, México: Siglo XXI.

61
Las prácticas de escritura en la universidad Adriana Campaniolo

Las prácticas de escritura


en la universidad

El conocimiento hoy en Occidente se fija y se transmite por escrito. Para integrarse a la Universidad
y después incorporarse al ámbito profesional, el estudiante necesita ejercitarse en la lectura y
escritura académica.
Lentamente en un comienzo, la lectura reflexiva y minuciosa –necesaria en el ámbito científico-
comienza a dialogar con la otra escritura al margen del texto. El subrayado, las llaves o marcas
bordeando un párrafo, las notas, los resúmenes o los esquemas que el lector diseña con el objetivo
de asimilar los conceptos serán los pasos de ese acercamiento del estudiante al aprendizaje. Primero
el alumno resuelto a insertarse en el nuevo ámbito hará lo posible para comprender un escrito,
después lo ampliará con su propia experiencia vital o de lectura, para terminar asimilándolo antes de
reproducirlo de forma eficiente y creativa. Recién ahí podemos decir que el lector –o
específicamente, el estudiante– se apropió del material. Y decir “se apropió” no tiene nada que ver
con recitar de memoria lo leído. Quiere decir que el lector, dejándose transformar por lo leído, tiene
la oportunidad de pensar y a su vez, transformar su oralidad y su escritura.

1. El discurso científico académico: características enunciativas


El discurso científico –como ya fue dicho– difunde y produce el conocimiento propio de cada
disciplina académica. Dado que el objeto de estudio de los distintos campos disciplinares determina
las características del enunciado, lo formal se ajustará al tema presentado y viceversa. Por esta
razón, el lenguaje propio de cada disciplina –el léxico, la sintaxis y la semántica utilizados– marca un
territorio que lo distancia del lenguaje común y conforma un campo específico de significados.
Son características propias del discurso científico: la objetividad, la precisión, la neutralidad y la
impersonalidad. La finalidad de la escritura es presentar un material con valores informativos que
pareciera sostenerse sin la subjetividad de un autor, ya que el objeto de estudio es el protagonista
de este discurso.
Por eso, en la enunciación se intenta borrar al enunciador evitando la primera persona del
singular, mientras que la primera persona del plural tiene mayor aceptación, ya que se podría estar
hablando en representación de una comunidad académica. Por ej., “Nosotros (los sociólogos/los
arquitectos/historiadores) consideramos que….” (plural mayestático).
Las formas más utilizadas para señalar la objetividad con respecto al objeto de estudio son la
tercera persona, la voz pasiva sin agente (Ej., “La muestra fue recolectada entre habitantes adultos
de centros urbanos”), la pasiva con “se” (Ej., “El número de indigentes no se toma en cuenta para
esta medición”), las formas impersonales (Ej., “Hay algunos pocos casos autóctonos de la
enfermedad en la ciudad capital de la provincia”) y las nominalizaciones o sustantivos derivados de

62
Las prácticas de escritura en la universidad Adriana Campaniolo

verbos (Ej., “El cambio de dirección se debe…”, “Las soluciones no tardarán en llegar”). Todas estas
formas responden a la posición de enunciación de “no persona”, es decir, borran del enunciado toda
marca que remita a la persona del enunciador.
Los tiempos verbales predominantes en el discurso académico son el presente del indicativo y
el condicional –en el caso de plantear hipótesis–.
Por otro lado, se espera que el texto científico dialogue con otros voces (polifonía: ver módulo
“Escribir a partir de la lectura”), las que convalidan su postura o las que la contrarían, por eso es
frecuente el uso de citas, la mención de la bibliografía utilizada, las notas al pie de página y todo
recurso dialógico que muestre la pertenencia del escrito a la disciplina a la que corresponde.
Es insoslayable en este discurso el uso de tecnicismos (términos técnicos o especializados) que
hacen a la especificidad de cada disciplina. Con esto se intenta marcar una diferencia con el uso
cotidiano de la lengua (por ejemplo, en nuestra asignatura hablamos de “signos”, “significado”,
“significante”, “enunciado”, “enunciación”, etc.).
En cuanto a la sintaxis, está al servicio de la claridad. Se usan oraciones breves, con poca
presencia de subordinadas y se privilegia la concatenación lógica a lo largo del texto para evitar
confusiones.
Para esto es importante no generar dudas con respecto al tema que se plantea. Este tema –que
muchas veces aparece en el título del texto (macroestructura) – puede derivar en subtemas, siempre
que guarden relación con el tema u objeto central para mantener la coherencia del enunciado.
Asimismo son frecuentes la explicitación de las relaciones causales (causa y consecuencia) y el uso
reiterado de otros conectores lógicos.
Podríamos decir a partir de lo expuesto que el texto científico es objetivo y formal a diferencia
de los textos de divulgación científica, los periodísticos o literarios, más subjetivos e informales.
Aunque pareciera que estos aspectos formales de los escritos fueron mutando acorde a las
costumbres de cada época. Daniel Cassany comenta en su libro, La cocina de la escritura, que no
siempre se sostuvo esta división tajante. Dirá que, “Turk y Kirkman (1982) explican que la literatura
científica inglesa de antes del siglo XIX utilizaba a menudo pronombres personales (se refiere al “yo”
y el “tú”). Pero que, cuando se impuso el estilo formal victoriano (sic), el tono impersonal se convirtió
en una norma estricta para cualquier escritura intelectual.”
Los subjetivemas y las modalidades verbales y no verbales son recursos lingüísticos que
permiten inscribir la subjetividad del enunciador en el enunciado. Gracias a estas marcas, un lector
entrenado puede advertir las evaluaciones, tomas de posición, intenciones que se plasman en un
escrito. En un texto científico debiera evitarse el uso de las marcas de subjetividad (subjetivemas y
modalidades) porque muestran justamente las creencias del enunciador, su postura ideológica con
respecto al objeto de estudio.
La subjetividad –en diferentes grados– se detecta en el léxico elegido para referirse al objeto.
Los adjetivos, por ejemplo, tienen la propiedad de ser neutrales o evaluativos (“verde”, “alta”
marcan cualidades objetivas mientras que “desagradable”, “importante” indican juicios objetivos del
hablante/escritor). La misma carga subjetiva pueden tener los sustantivos. Un intelectual no es lo
mismo que un intelectualoide y entre una madre y una madraza se establece también una
diferencia.

63
Las prácticas de escritura en la universidad Adriana Campaniolo

La modalidad pone de manifiesto la posición que adopta el enunciador con respecto a su


enunciado. Es un recurso que incide notablemente en la interpretación del texto porque introduce
en él la perspectiva del sujeto que enuncia. Por ejemplo, en una frase asertiva el enunciador afirma
su certeza acerca de un estado de cosas, hace un juicio de valor, etc., en cambio, en un enunciado
interrogativo manifiesta su duda o su necesidad de saber algo. La modalidad exclamativa puede
transmitir una emoción (sorpresa, alegría, etc.) mientras que la imperativa presenta lo dicho en el
enunciado bajo la forma de un mandato. Un adverbio o una construcción equivalente pueden
señalar el grado de certidumbre, necesidad, probabilidad, posibilidad o imposibilidad de un
enunciado, como puede verse en los ejemplos siguientes: “Seguramente estas cuestiones
contribuyeron a que se desencadenara la revolución.” “Con seguridad afirmamos que la pobreza
puede ser erradicada.”; “El mecenazgo surgió en la antigua Roma.”

Leer los textos que siguen y resolver las consignas en forma grupal.
a.

La construcción del conocimiento y la lectura comprensiva están íntimamente vinculadas y,


como en todo aprendizaje, su desarrollo requiere de tiempo, dedicación, ejercitación y
organización. En cualquier estudio sistemático –especialmente en el nivel universitario–
resulta fundamental la implementación de estrategias de lectura que posibiliten un
aprendizaje sólido. Éste se logra mediante una construcción del conocimiento basada en la
comprensión e integración progresiva de las temáticas y conceptos centrales abordados en
las distintas áreas o materias, así como las diferentes posiciones o enfoques que presentan.
Una lectura comprensiva, adecuada y eficaz de los materiales de estudio es la clave para
alcanzar este objetivo.
Existen algunos aspectos que facilitan estos procesos. Entre ellos:

• Buscar un ambiente que facilite la concentración (sin exceso de ruidos,


buena iluminación, etc.).
• Organizar el material y los tiempos de lectura según las necesidades de la materia y la
propia disponibilidad horaria.
• Leer previamente las guías de lectura indicadas por el docente o, en caso contrario,
formular preguntas orientadoras que faciliten la lectura.
• Sistematizar las etapas de lectura para optimizar la comprensión y la producción de
materiales de estudio: esquemas, resúmenes y cuadros.
• Consultar diccionarios, enciclopedias o páginas especializadas de Internet para aclarar
dudas sobre vocabulario o aspectos complementarios que permitan mejorar la
comprensión del texto.
Patricia Knorr en Natale, Lucía (ed) (2012).
En carrera: escritura y lectura de textos académicos y profesionales,
Los Polvorines: UNGS.

64
Las prácticas de escritura en la universidad Adriana Campaniolo

b)

“Alrededor de la persona que escribe libros siempre debe haber una separación de los
demás. Es una soledad. Es la soledad del autor, la del escribir. Para empezar, uno se pregunta
qué es ese silencio que lo rodea. Y prácticamente a cada paso que se da en una casa y a todas
horas del día, bajo todas las luces, ya sean del exterior o de las lámparas encendidas durante
el día. Esta soledad real del cuerpo se convierte en la, inviolable, del escribir. Nunca hablaba
de eso a nadie. En aquel período de mi primera soledad ya había descubierto que lo que yo
tenía que hacer era escribir. Raymond Queneau me lo había confirmado. El único principio de
Raymond Queneau era éste: “Escribe, no hagas nada más”.
Escribir: es lo único que llenaba mi vida y la hechizaba. Lo he hecho. La escritura nunca
me ha abandonado. Mi habitación no es una cama, ni aquí, ni en París, ni en Troville. Es una
ventana determinada, una mesa determinada, ritos de tinta negra, huellas de tinta negra
inencontrables, es una silla determinada. Y determinados ritos a los que siempre vuelvo, a
dondequiera que vaya, dondequiera que esté, incluso en los lugares donde no escribo, como
por ejemplo las habitaciones del hotel, el rito de tener siempre whisky en mi maleta en caso
de insomnios o de súbitas desesperaciones.
Durante aquel período tuve amantes. Rara vez he estado absolutamente sin amantes.
Se acostumbraban a la soledad de Neauphle. Y según su encanto a veces esta soledad les
permitía que, a su vez, escribieran libros. Raramente daba a leer mis libros a esos amantes.
Las mujeres no deben hacer leer a sus amantes los libros que escriben. Cuando terminaba un
capítulo, lo escondía. En lo que a mí respecta, es tan verdad que me pregunto qué pasa en
otras partes y también cuando se es una mujer y se tiene un marido o un amante. En tal caso,
también hay que esconder a los amantes el amor del marido. El mío nunca ha sido sustituido.
Lo sé, todos los días de mi vida. (…)
La soledad no se encuentra, se hace. La soledad se hace sola. Yo la hice. Porque decidí
que era allí donde debía estar sola, donde debía estar sola en casa. (…)
A veces cierro las puertas, desconecto el teléfono, desconecto mi voz, no quiero nada
más.

Duras, Marguerite (1994). Escribir, Barcelona: Tusquets.

Consignas

 1. Describir las similitudes y diferencias de ambos textos teniendo en cuenta el grado de


subjetividad y objetividad. Dar ejemplos.

 2. ¿Cuál es el tema central en cada caso?

 3. Detallar las características del enunciador y del destinatario en los dos casos.

4. ¿Para qué fue escrito cada texto? ¿Con qué finalidad?

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Las prácticas de escritura en la universidad Adriana Campaniolo

Leer el texto siguiente:


 Marcar las palabras que indican subjetividad y justificar la elección.

El sueño de Don Bosco


Tuve la sensación de encontrarme –son las palabras de Don Bosco– en una región salvaje y
completamente desconocida. Era una inmensa llanura, totalmente inculta, en la cual no
asomaban ni colinas ni montes. Sin embargo, en los lejanísimos bordes la enmarcaban
escabrosas montañas. Vi allí turbas de hombres que la recorrían. Iban casi desnudos, eran de
una altura y estatura extraordinarias, de un aspecto feroz con el pelo hirsuto y largo, de color
bronceado y negruzco y vestidos sólo con largas mantas de piel de animales que descendían de
sus hombros. Como armas tenían una especie de larga lanza y el lazo.
Scarzanella, Eugenia (2015). Ni gringos ni indios. Inmigración,

criminalidad y racismo en la Argentina 1890-1940,

“Colección Convergencia. Entre memoria y sociedad”, Buenos Aires: UNQ.

 Leer el texto siguiente y resolver las consignas que se presentan a continuación.

 1. Señalar los referentes de las palabras subrayadas y en negrita.

 2. Comentar el uso de los verbos.

(…) en Egipto, Thoth es el patrono de la escritura pero al mismo tiempo es custodio


administrativo del orden establecido, protector contra la rebelión: “tú serás escriba allí y
mantendrás en orden a los que están en ellas, a los que puedan realizar actos de rebelión (…)
contra mí”1.
Sin embargo, y a diferencia de la palabra hablada que se otorga por igual a todos los
hombres, la escritura, en el ámbito griego del período creto-micénico, es un regalo divino que
solo se ofrece a unos cuantos: los escribas. (…)

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Las prácticas de escritura en la universidad Adriana Campaniolo

Solo unos cuantos controlaron durante largo tiempo el saber de la escritura y laredujeron
fundamentalmente y en sus inicios, a un uso más bien prosaico: el de liberar a la memoria de
cargas excesivas en el terreno de la contabilidad y archivo de las sociedades urbanas. Sin
embargo, y a pesar de que la palabra escrita tuvo efectivamente una divulgación precaria en
virtud de la dificultad de su aprendizaje y en razón del carácter de saber secreto en el que fue
envuelto, permitió enfrentar la transitoriedad de la comunicación oral, posibilitó el desarrollo
y afianzamiento de técnicas administrativas y tecnológicas y habilitó, junto con la repetición de
las fórmulas rituales fijas en un sin número de fiestas religiosas, una estabilidad de los
contenidos de la memoria cultural que articuló el sentido de la existencia de estas
comunidades humanas a lo largo de varios siglos.

Flores Farfán, Leticia (2006). Atenas, ciudad de Atenea. Mito y


Política en la democracia ateniense antigua,
“Seminarios Facultad de Filosofía y Letras”,
Universidad Nacional autónoma del Estado de Morelos: México.

1
Senner, Wayner; “Teorías y mitos sobre el origen de la escritura: panorama histórico” en. Los orígenes de
la escritura, México, Siglo XXI, 1992.

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Las prácticas de escritura en la universidad Adriana Campaniolo

 Leer el texto siguiente para resolver la consigna que se platea a continuación.

EL ÚLTIMO LUGAR DEL MAPA.

Durante un cierto tiempo la Patagonia reemplazó al trópico en la provisión de paisajes


adaptables al realismo mágico. E incluso, según recuerdo, hubo una propuesta, de esto ya
hace mucho, de ceder no sé si a la Sociedad de Naciones o a las Naciones Unidas (creo
que a la primera) una porción considerable de territorio desocupado para instalar allí una
república judía o, tal vez, una patria para un pueblo asiático errante, probablemente
refugiados chinos huidos de la agresión japonesa, propuesta que indignó a los argentinos
de la época y que, de haber progresado, constituiría hoy, sin duda, el país más civilizado y
próspero de toda Sudamérica.
¿De dónde viene el nombre de Patagonia? Pues de sus primitivos pobladores, los
patagones, quienes fueron descritos por los descubridores españoles como gigantes,
añadiendo que estos gigantes, además, tenían unos pies enormes, mayores que los de
cualquier europeo, algo no del todo absurdo si previamente se ha dicho que son gigantes.
Los primeros en verlos (y se dice que no solo los primeros sino también los últimos)
fueron los bravos marinos de Magallanes, empeñados en dar la vuelta al mundo, algo que
finalmente y tras muchas penalidades consiguieron, dejando tras de sí más de la mitad de
la tripulación muerta por enfermedades, falta de comida y de agua, e insolaciones varias.
Un cronista del viaje, el italiano Pigafetta, los describe de tres metros de altura.
Probablemente exageraba. En el siglo XIX, viajeros menos imaginativos afirman haber
visto patagones de dos metros. Hoy, los pocos que quedan no miden más de un metro
sesenta.

Bolaño, Roberto (2006): Entre paréntesis, “Compactos”,

Barcelona, Editorial Anagrama.

 1. ¿Por qué no es éste un texto científico académico? Justificar.


 2. Buscar en Internet una fuente (queda excluida Wikipedia) donde se explique el origen del
nombre “Patagonia” desde un punto de vista académico. Comparar el texto encontrado con
el pasaje de Roberto Bolaño.

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Las prácticas de escritura en la universidad Adriana Campaniolo

 Leer los textos que siguen y resolver las consignas que se presentan a continuación.
a.

Descubrir
“Quiero hablar del descubrimiento que el yo hace del otro. El tema es inmenso. Apenas lo
formula uno en su generalidad, ve que se subdivide en categorías y en direcciones
múltiples, infinitas. Uno puede descubrir a los otros en uno mismo, darse cuenta de que no
somos una sustancia homogénea y radicalmente extraña a todo lo que no es uno mismo: yo
es otro. Pero los otros también son yos: sujetos como yo, que solo mi punto de vista, para el
cual todos están allí y solo yo estoy aquí, separa y distingue verdaderamente de mí. Puedo
concebir a esos otros como una abstracción, como una instancia de la configuración
psíquica de todo individuo como el Otro, el otro y otro en relación con el yo; o bien como
un grupo social concreto al que nosotros no pertenecemos. Ese grupo puede, a su vez, estar
en el interior de la sociedad: las mujeres para los hombres, los pobres para los ricos, los
locos para los “normales”; o puede ser exterior a ella, es decir, otra sociedad, que será,
según los casos, cercana o lejana: seres que todo acerca a nosotros en el plano cultural,
moral, histórico; o bien desconocidos, extranjeros cuya lengua y costumbres no entiendo,
tan extranjeros que, en el caso límite, dudo en reconocer nuestra pertenencia común a una
misma especie”.

Todorov,T. (1987). La conquista de América. El problema del otro,

México: Ed. Siglo XXI.

b.

“Todo lo que vale para mí, vale para el prójimo. Mientras yo intente liberarme del dominio
del prójimo, el prójimo intenta liberarse del mío; mientras procuro someter al prójimo, el
prójimo procura someterme. No se trata de relaciones unilaterales con un objeto-en-sí, sino
de relaciones recíprocas y mutables. (…) El conflicto es el sentido originario del ser-para-
otro.
(…) la mirada ajena modela mi cuerpo en su desnudez, lo hace nacer, lo esculpe, lo produce
como es, lo ve como nunca jamás lo veré yo. El prójimo guarda un secreto: el secreto de lo
que soy. (…)
Así, pues, si proyecto realizar la unidad con el prójimo, esto significa que proyecto
asimilarme la alteridad del otro en tanto que tal, como mi posibilidad propia”. No es esta la
propuesta de Sartre, o sea, fundirse en el otro, sino convivir con el otro y para el otro en
libertad.

69
Las prácticas de escritura en la universidad Adriana Campaniolo

“Pues, si existen problemas psicológicos e históricos acerca de la existencia, el aprendizaje y


la utilización de tal y cual lengua particular, no hay ningún problema particular acerca de lo
que se llama la invención del lenguaje. El lenguaje no es un fenómeno sobreagregado al ser-
para-otro: es originariamente el ser-para-otro, es decir, el hecho de que una subjetividad se
experimente a sí misma como objeto para el otro. En un universo de puros objetos, el
lenguaje no podría ser “inventado” en ningún caso, ya que supone originariamente una
relación con otro sujeto (…)”

Sartre, Jean-Paul (1966). El ser y la nada, Buenos Aires: Editorial Losada.

Consignas

 1. Describir y comparar (teniendo en cuenta similitudes y diferencias) los conceptos de


“otro”, “uno” y “yo” en ambos textos.

 2. Resumir en tres o cinco líneas cada escrito.

2. El concepto de género discursivo


“La lengua no es más que una determinada parte del lenguaje, aunque
esencial. Es a la vez un producto social de la facultad del lenguaje y un
conjunto de convenciones necesarias adoptadas por el cuerpo social
para permitir el ejercicio de esa facultad en los individuos”.

Ferdinand de Saussure

El concepto de género discursivo fue propuesto por el lingüista ruso Mijail Bajtín para explicar las
diferentes formas en las que usamos el lenguaje en cada uno de los ámbitos de la vida práctica en
los que nos desarrollamos. Según Bajtín “(…) cada esfera del uso de la lengua elabora sus tipos
relativamente estables de enunciados, a los que denominamos géneros discursivos”, éstos “reflejan
las condiciones específicas y el objeto de cada una de las esferas no solo por su contenido (temático)
y por su estilo verbal, o sea por la selección de los recursos léxicos, fraseológicos y gramaticales de la
lengua, sino ante todo, por su composición o estructuración” (2005:248-249).
En efecto, en cada una de las áreas en las que se despliegan las prácticas sociales (la escuela, el
tribunal, la prensa, la universidad, la industria, las ciencias médicas, etc.) los hablantes recurren a un
conjunto de modelos textuales (el manual escolar, la citación judicial, la crónica periodística, el
examen oral, el informe contable, la historia clínica, entre otros) para encauzar su discurso. Estos
modelos textuales, que Bajtín denominó “géneros discursivos”, son los que hacen posible la
comunicación, los que regulan los protocolos que ordenan la comunicación, los que indican cómo
hacer uso del lenguaje en las distintas situaciones de la vida social.

70
Las prácticas de escritura en la universidad Adriana Campaniolo

Sabemos, a partir de nuestra experiencia, que no hablamos de la misma forma en el ámbito


familiar que en el profesional, que no escribimos un correo electrónico a un amigo en los mismos
términos que empleamos para componer un mensaje destinado a una lista de colaboradores en una
empresa. Del mismo modo, cuando nos disponemos a leer el diario sabemos que lo que vamos a
encontrar en la publicación es información reciente sobre temas de actualidad mientras que al
comenzar una novela estamos preparados para adentrarnos en un mundo de ficción.
La creatividad en el uso del lenguaje no es fruto de una libertad absoluta, solo es posible en la
medida en que es acotada (regulada) por las normas y restricciones propias de las convenciones
sociales.
Bajtín establece una distinción entre dos clases de géneros: primarios y secundarios según su
complejidad formal y temática. Los géneros primarios son los que surgen de la comunicación
inmediata y se adquieren por el uso habitual en el contexto social. Un email, un mensaje de texto, un
saludo, una conversación en el ámbito familiar o una carta personal, son ejemplos de géneros
discursivos primarios.
A medida que crecemos y avanzamos en el proceso de escolarización las necesidades
comunicacionales se hacen más complejas y, consecuentemente, los géneros discursivos se vuelven
más elaborados y requieren de un aprendizaje formal para su comprensión y producción. Los
géneros secundarios están mucho menos naturalizados que los primarios y los diferenciamos a
medida que vamos adquiriéndolos. Entonces, para comprender y producir textos pertenecientes a
géneros discursivos secundarios debemos aprender habilidades especiales. Su adquisición no es
espontánea. Entre ellos están los géneros periodísticos, los literarios y los científicos, entre otros.
Los géneros discursivos –tanto los primarios como los secundarios– se reconocen a partir de
tres aspectos que reflejan las condiciones de uso en las que se conformaron. Estos tres aspectos
señalados por Bajtín son el tema u objeto, el estilo verbal, y la forma de composición o estructura.
El tema depende directamente de la esfera de actividad en la que se emplea el género. Así, por
ejemplo, el tema u objeto de los géneros discursivos que corresponden al discurso jurídico es, en
términos muy amplios, la ley; en el campo de las ciencias médicas, el tema u objeto del discurso es la
salud/enfermedad y en el discurso de religioso, la divinidad.
El estilo verbal está conformado por el conjunto de rasgos lingüísticos (uso del léxico,
estructuras sintácticas y morfológicas) que caracterizan al género. Cuando describimos los rasgos
distintivos del discurso científico-académico identificamos algunas constantes como el predominio
de formas verbales impersonales, el léxico especializado, la ausencia de marcas que remitan al
enunciador, la preferencia por la modalidad asertiva son atributos que definen el estilo verbal de
esta clase de discurso y, consecuentemente, se encontrarán en los distintos géneros que lo
conforman (el artículo científico, el proyecto de investigación, la ponencia, etc.).
La forma de composición refiere a la estructura (la organización) del texto. Desde este punto
de vista, un texto puede estar estructurado de acuerdo con cuatro tipos principales: narrativo,
descriptivo, explicativo y argumentativo. La crónica periodística, el relato historiográfico, la novela, la
autobiografía son géneros de estructura narrativa. Las instrucciones para operar un artefacto, el
catálogo de moda, la receta de cocina son géneros de estructura predominantemente descriptiva. El
manual escolar, el tratado científico, el libro de texto de fisiología son ejemplos de géneros
estructurados de acuerdo con el tipo textual explicativo. La publicidad, el sermón religioso, el ensayo

71
Las prácticas de escritura en la universidad Adriana Campaniolo

filosófico, el discurso parlamentario son, entre otros, ejemplos de géneros de estructura


argumentativa.

Consignas

 1. Hacer una lista de géneros discursivos que suelen emplear en la vida diaria, tanto en el
ámbito familiar como en el público (laboral, académico).

 2. Leer el siguiente texto y completar el cuestionario que se presenta a continuación.

Como generalmente se juzga a las culturas es bajo las designaciones de “civilizadas” y


“primitivas”. Primitivo es la palabra comúnmente usada para describir los pueblos de los
que más se han ocupado tradicionalmente los antropólogos, grupos cuyo estudio ha
proporcionado a la antropología cultural la mayor parte de sus datos.
La palabra “primitivo” prevaleció cuando la teoría antropológica estaba dominada por
la tendencia evolucionista que equiparaba los pueblos que actualmente se hallan fuera de
la corriente de la cultura europea con los primitivos habitantes de la Tierra. Estos
habitantes primitivos, los primeros seres humanos, pueden considerarse legítimamente
como primitivos, en el sentido etimológico de la palabra. Pero es cosa muy diferente
designar con la misma palabra a pueblos contemporáneos. Dicho de otro modo, no hay
razón para considerar a ningún grupo actual como nuestro antepasado contemporáneo.
Manejamos implícitamente esa idea más de lo que nos damos cuenta. (…) Cuando
hablamos o escribimos sobre las costumbres actuales de los indios americanos, de los
negros africanos o de las gentes de los Mares del Sur, empleando el tiempo pasado,
queremos decir que sus costumbres son de algún modo anteriores a las nuestras.
Con el transcurso del tiempo, la palabra “primitivo” ha acumulado otras
connotaciones que son más bien valoradoras que descriptivas. Se dice que los pueblos
primitivos tienen culturas simples. Se cree que son como niños, ingenuos, poco
complicados. Se aceptó ampliamente la hipótesis (…) de que los pueblos primitivos son
incapaces de apreciar la realidad si no es a través de un proceso mental especial. En
resumen, se llega a decir que las culturas primitivas son inferiores, en calidad, a las
civilizaciones históricas. Se les aplican calificativos como “salvajes” o “bárbaras” basándose
en una presunta secuencia evolutiva de “salvajismo” o “barbarie” y “civilización”. (…)
Tampoco se puede sostener actualmente que esos pueblos “primitivos” no pueden
distinguir entre la realidad y lo sobrenatural, como sugería la teoría de la presunta
“mentalidad prelógica” expuesta por el filósofo francés L. Lévy-Bruhl. Porque los hechos
referentes a muchas culturas demuestran que no hay pueblo alguno que, a veces, deje de
pensar en términos de causación objetivamente probable, y ninguno que a veces no
formule explicaciones que relacionan un hecho con una causa aparente. (…)

72
Las prácticas de escritura en la universidad Adriana Campaniolo

En verdad, hay que reconocer que todos los seres humanos, incluidos nosotros
mismos, piensan a veces “prelógicamente”. Relativamente pocas personas siguen en
nuestra cultura la norma del pensamiento científico de razonar a partir de la causa
objetivamente establecida hasta llegar a sus efectos.

Herkovits, Melville (1981). El hombre y sus obras. La ciencia de la antropología cultural,


México: Fondo de Cultura Económica.

Consignas:

1. ¿A qué género discursivo corresponde este texto?


2. ¿Cuál es su objeto/tema?
3. ¿Qué rasgos conforman su estilo verbal?

2.1. Géneros discursivos de formación y eruditos

En el marco de los géneros académicos podemos distinguir dos clases principales, los de formación y
los eruditos, en función de sus condiciones de producción y circulación.
Los géneros discursivos de formación están al servicio de la instrucción y la evaluación dentro
del marco institucional mientras que los eruditos son los utilizados por los académicos para la
producción y difusión de conocimiento. Los y las estudiantes universitarios frecuentan géneros tanto
de formación como eruditos aunque desde distintas posiciones en cada situación de comunicación:
como productores, en los de formación y como lectores en los eruditos

3. Breve repertorio de los géneros más frecuentados en la formación


universitaria
El informe de lectura, el examen escrito y la monografía son géneros de formación que
desarrollaremos en los capítulos siguientes.
En esta primera aproximación nos ocuparemos de algunos géneros profesionales o expertos. La
reseña, el proyecto de investigación, el ensayo y la ponencia.

73
Las prácticas de escritura en la universidad Adriana Campaniolo

3.1. Reseña académica


La reseña académica es un género discursivo que tiene como finalidad describir y evaluar un libro
que se produce dentro de un campo disciplinar determinado (Historia, Filosofía, Letras, etc.). En
otras palabras, expertos autorizados en la materia o contenido del libro escriben brevemente de qué
trata el texto (el tema) y cómo está estructurado, por ejemplo, además de hacer referencias con
respecto al autor. Es común encontrar también reseñas no académicas de libros recientemente
publicados, en la sección “Cultura” de diferentes medios gráficos.
Los dos tipos de reseñas (la de formación y la profesional o erudita) presentan semejanzas y
diferencias, pero respetan la misma estructura, aunque con diverso grado de rigidez.
La reseña académica se estructura a partir de cuatro componentes. Cada componente o tramo
de discurso está en relación con los otros y al servicio de una estructura mayor o global.
Los componentes de la reseña son la presentación, la descripción, la evaluación y la
recomendación–o no– del nuevo libro.
En la presentación, el reseñador ubica al libro en el contexto de producción, se refiere al tema y
probablemente también al formato.
Hay que tener en cuenta que el autor de la reseña se extenderá en el componente que crea
conveniente, según su objetivo. En algunos casos se explayará más en la descripción, por ejemplo,
detallando el contenido de los capítulos, o bien, hablará del contenido en general. Si el autor del
libro a reseñar tiene una trayectoria importante o introduce una innovación en la disciplina sobre la
que escribe, seguramente el reseñador se detendrá en este aspecto.
La evaluación es una etapa fundamental. En este tercer paso, el reseñador hará comentarios
positivos o negativos de algunas partes del libro y esto puede influir en la lectura que hará
posteriormente la comunidad académica.
El cuarto componente es la evaluación final (la recomendación) del libro como totalidad. Tiene
la función de concluir la reseña con una síntesis de los conceptos vertidos anteriormente.
La reseña de formación, por su parte, se plantea como un ejercicio que sigue la estructura de la
reseña académica pero sin el rigor correspondiente. Por lo general, el docente propone un texto
conocido para trabajar y establece las pautas de lectura que organizarán la actividad.

1. Señalar en el texto siguiente los componentes de la reseña y subrayar las evaluaciones.
2. Buscar una reseña en un medio gráfico y trabajarla en clase identificando las partes
que la componen.

74
Las prácticas de escritura en la universidad Adriana Campaniolo

Reseña del libro Secretos en Red: una mirada semiótica sobre la transparencia y la opacidad desde el
caso Wikileaks (2014), editado por Jorge Lozano. Publicada en La trama de la comunicación, anuario
del Depto. de Ciencias de la Comunicación de la Facultad de Ciencia Política y Relaciones
Internacionales de la Universidad Nacional de Rosario, vol. 19, 2015.

75
Las prácticas de escritura en la universidad Adriana Campaniolo

76
Las prácticas de escritura en la universidad Adriana Campaniolo

77
Escribir a partir de la lectura: el trabajo con fuentes Analía Reale

Escribir a partir de la lectura:


el trabajo con fuentes

“En ciencia todo es conversación”


Jorge Wagensberg

La producción de conocimientos, en todas las esferas de la vida social, es siempre el resultado del
trabajo conjunto de una comunidad que comparte prácticas, saberes, experiencias y una historia
común. Es cierto que en nuestra cultura todavía persiste, en alguna medida, el mito del “genio
creador” encarnado en figuras excepcionales como las de Charles Darwin, Albert Einstein o Sigmund
Freud, paradigmas de la originalidad y el talento individual del científico; sin embargo, como señala
el epistemólogo Jorge Wagensberg en el epígrafe y como veremos en este capítulo, en ciencia todo
es conversación. Y para conversar se necesitan por lo menos dos o más interlocutores capaces y
dispuestos a aportar a la conversación y a escuchar lo que los otros tienen para decir.
La imagen con la que Wagensberg describe el trabajo científico sintetiza muy bien el modo en el
que se elaboran, desarrollan y difunden los conocimientos en las diversas áreas del saber. Por eso,
una parte muy importante del aprendizaje de la cultura académica consiste en adquirir habilidades
que nos permitan participar activamente en la conversación en la que se construye y se ha ido
construyendo históricamente el saber de la disciplina a la que nos dedicamos.
Es más, hasta los pensadores más originales y revolucionarios, aquellos que han cambiado
definitivamente el curso de la ciencia como lo hicieron Darwin en la biología o Einstein en la física, o
que incluso han dado origen a una disciplina nueva como Freud, el padre del psicoanálisis, se
nutrieron de esa conversación, de los aportes de los que los precedieron y de los de sus
contemporáneos.
Las huellas de este diálogo intertextual se manifiestan de maneras diferentes y cumplen
distintas funciones. Desde la cita de autoridad que respalda con su prestigio la posición del
enunciador hasta la puesta en escena de un debate entre puntos de vista divergentes en torno de un
mismo problema o la alusión más o menos explícita a un precursor o a un oponente, los objetivos y
las formas que puede adoptar esta interacción de voces en un texto científico-académico son muy
variadas.
En las páginas siguientes se reproducen fragmentos de tres obras pertenecientes a distintos
autores y distintas disciplinas, en los que se puede advertir con claridad el cruce de voces que
constituyen la trama textual.

120
Escribir a partir de la lectura: el trabajo con fuentes Analía Reale

 Identificar y señalar las distintas voces (intertextos)1 que coexisten en los textos siguientes
y explicar en cada caso cuál es la finalidad de su inclusión.

Texto 1

II El alma colectiva según Le Bon


Podríamos comenzar por una definición del alma colectiva, pero nos parece más racional
presentar, en primer lugar, al lector, una exposición general de los fenómenos correspondientes y
escoger entre éstos algunos de los más singulares y característicos, que puedan servirnos de
punto de partida para nuestra investigación. Conseguiremos ambos fines tomando como guía una
obra que goza de justa celebridad, la Psicología de las multitudes, de Gustave Le Bon.
Ante todo, convendrá que nos hagamos presente, con máxima claridad, la cuestión planteada.
La psicología -que persigue los instintos, disposiciones, móviles e intenciones del individuo, hasta
sus actos y en sus relaciones con sus semejantes-, llegada al final de su labor y habiendo hecho la
luz sobre todos los objetos de la misma, vería alzarse ante ella, de repente, un nuevo problema.
Habría, en efecto, de explicar el hecho sorprendente de que en determinadas circunstancias,
nacidas de su incorporación a una multitud humana que ha adquirido el carácter de «masa
psicológica», aquel mismo individuo al que ha logrado hacer inteligible, piense, sienta y obre de un
modo absolutamente inesperado. Ahora bien: ¿qué es una masa? ¿Por qué medios adquiere la
facultad de ejercer una tan decisiva influencia sobre la vida anímica individual? ¿Y en qué consiste
la modificación psíquica que impone al individuo?
La respuesta a estos interrogantes, labor que resultará más fácil comenzando por el tercero y
último, incumbe a la psicología colectiva, cuyo objeto es, en efecto, la observación de las
modificaciones impresas a las reacciones individuales. Ahora bien, toda tentativa de explicación
debe ir precedida de la descripción del objeto que se trata de explicar.
Dejaremos, pues, la palabra a Gustave Le Bon:
«El más singular de los fenómenos presentados por una masa psicológica es el siguiente:
cualesquiera que sean los individuos que la componen y por diversos o semejantes que puedan
ser su género de vida, sus ocupaciones, su carácter o su inteligencia, el simple hecho de
hallarse transformados en una multitud los dota de una especie de alma colectiva. Este alma
les hace sentir, pensar y obrar de una manera por completo distinta de como sentiría, pensaría
y obraría cada uno de ellos aisladamente.

1
Según el Diccionario de términos claves de ELE del Centro Virtual Cervantes, “la intertextualidad es la
relación que un texto (oral o escrito) mantiene con otros textos (orales o escritos), ya sean contemporáneos o
históricos”. Así, por ejemplo, el título de la novela de Osvaldo Soriano No habrá más penas ni olvido refiere
inconfundiblemente al tango “Volver” de Carlos Gardel. La obra musical, en este caso, funciona como
intertexto de la novela.

121
Escribir a partir de la lectura: el trabajo con fuentes Analía Reale

«Ciertas ideas y ciertos sentimientos no surgen ni se transforman en actos sino en los individuos
constituidos en multitud. La masa psicológica es un ser provisional compuesto de elementos
heterogéneos, soldados por un instante, exactamente como las células de un cuerpo vivo
forman, por su reunión, un nuevo ser, que muestra caracteres muy diferentes de los que cada
una de tales células posee».
Permitiéndonos interrumpir la exposición de Le Bon con nuestras glosas, intercalaremos aquí la
observación siguiente: si los individuos que forman parte de una multitud se hallan fundidos en
una unidad, tiene que existir algo que los vincule unos a otros, y este algo podría muy bien ser
aquello que caracteriza a la masa. Pero Le Bon deja en pie esta cuestión, y pasando a las
modificaciones que el individuo experimenta en la masa, las describe en términos muy conformes
con los principios fundamentales de nuestra psicología de las profundidades.
«Fácilmente se comprueba en qué alta medida difiere el individuo integrado en una multitud,
del individuo aislado. Lo que ya resulta más arduo es descubrir las causas de dicha diferencia.
Para llegar, por lo menos, a entreverlas, es preciso recordar, ante todo, la observación
realizada por la psicología moderna, de que no sólo en la vida orgánica, sino también en el
funcionamiento de la inteligencia desempeñan los fenómenos inconscientes un papel
preponderante. La vida consciente del espíritu se nos muestra muy limitada al lado de la
inconsciente. El analista más sutil, penetrante observador, no llega nunca a descubrir sino una
mínima parte de los móviles inconscientes que lo guían. Nuestros actos conscientes se derivan
de un «substratum» inconsciente, formado, en su mayor parte, por influencias hereditarias.
Este substratum entraña los innumerables residuos ancestrales que constituyen el alma de la
raza. Detrás de las causas confesadas de nuestros actos, existen causas secretas, ignoradas
por todos. La mayor parte de nuestros actos cotidianos son efecto de móviles ocultos que
escapan a nuestro conocimiento».

Le Bon piensa que en una multitud se borran las adquisiciones individuales de tal forma que
desaparece la personalidad de cada uno de los que la integran. Lo inconsciente social surge en
primer término, y lo heterogéneo se funde en lo homogéneo. Diremos, pues, que la
superestructura psíquica, tan diversamente desarrollada en cada individuo, queda destruida,
apareciendo desnuda la uniforme base inconsciente, común a todos. De este modo, se formaría
un carácter medio de los individuos constituidos en multitud. Pero Le Bon encuentra que tales
individuos muestran también nuevas cualidades, de las cuales carecían antes, y halla la explicación
de este fenómeno en tres factores diferentes.
«La aparición de los caracteres peculiares a las multitudes se nos muestra determinada por
diversas causas. La primera de ellas es que el individuo integrado en una multitud, adquiere,
por el simple hecho del número, un sentimiento de potencia invencible, merced al cual puede
permitirse ceder a instintos que, antes, como individuo aislado, hubiera refrenado
forzosamente. Y se abandonará tanto más gustoso a tales instintos cuanto que por ser la
multitud anónima, y en consecuencia, irresponsable, desaparecerá para él el sentimiento de
la responsabilidad, poderoso y constante freno de los impulsos individuales».

122
Escribir a partir de la lectura: el trabajo con fuentes Analía Reale

Nuestro punto de vista nos dispensa de conceder un gran valor a la aparición de nuevos
caracteres. Bástanos decir que el individuo que entra a formar parte de una multitud se sitúa en
condiciones que le permiten suprimir las represiones de sus tendencias inconscientes. Los
caracteres aparentemente nuevos que entonces manifiesta son precisamente exteriorizaciones
de lo inconsciente individual, sistema en el que se halla contenido en germen todo lo malo
existente en el alma humana. La desaparición, en estas circunstancias, de la consciencia o del
sentimiento de la responsabilidad, es un hecho cuya comprensión no nos ofrece dificultad alguna,
pues hace ya mucho tiempo, hicimos observar que el nódulo de lo que denominamos conciencia
moral era la «angustia social».
«Una segunda causa, el contagio mental, interviene igualmente para determinar en las
multitudes la manifestación de caracteres especiales, y al mismo tiempo, su orientación. El
contagio es un fenómeno fácilmente comprobable, pero inexplicado aún y que ha de ser
enlazado a los fenómenos de orden hipnótico, cuyo estudio emprenderemos en páginas
posteriores. Dentro de una multitud, todo sentimiento y todo acto son contagiosos, hasta el
punto de que el individuo sacrifica muy fácilmente su interés personal al interés colectivo,
actitud contraria a su naturaleza y de la que el hombre sólo se hace susceptible cuando
forma parte de una multitud». «Una tercera causa, la más importante, determina en los
individuos integrados en una masa, caracteres especiales, a veces muy opuestos a los del
individuo aislado. Me refiero a la sugestibilidad, de la que el contagio antes indicado no es,
además, sino un efecto. Para comprender este fenómeno, es necesario tener en cuenta
ciertos recientes descubrimientos de la fisiología. Sabemos hoy, que un individuo puede ser
transferido a un estado en el que habiendo perdido su personalidad consciente, obedezca a
todas las sugestiones del operador que se la ha hecho perder y cometa los actos más
contrarios a su carácter y costumbres. Ahora bien, detenidas observaciones parecen
demostrar que el individuo sumido algún tiempo en el seno de una multitud activa cae
pronto, a consecuencia de los efluvios que de la misma emanan o por cualquier otra causa,
aún ignorada, en un estado particular, muy semejante al estado de fascinación del
hipnotizado entre las manos de su hipnotizador. Paralizada la vida cerebral del sujeto
hipnotizado, se convierte éste en esclavo de todas sus actividades inconscientes, que el
hipnotizador dirige a su antojo. La personalidad consciente desaparece; la voluntad y el
discernimiento quedan abolidos. Sentimientos y pensamientos son entonces orientados en el
sentido determinado por el hipnotizador. «Tal es, aproximadamente, el estado del individuo
integrado en una multitud. No tiene ya consciencia de sus actos. En él, como en el
hipnotizado, quedan abolidas ciertas facultades y pueden ser llevadas otras a un grado
extremo de exaltación. La influencia de una sugestión le lanzará con ímpetu irresistible, a la
ejecución de ciertos actos. Ímpetu más irresistible aún en las multitudes que en el sujeto
hipnotizado, pues siendo la sugestión la misma para todos los individuos, se intensificará al
hacerse recíproca». «…Así, pues, la desaparición de la personalidad consciente, el
predominio de la personalidad inconsciente, la orientación de los sentimientos y de las ideas
en igual sentido, por sugestión y contagio, y la tendencia a transformar inmediatamente en
actos las ideas sugeridas, son los principales caracteres del individuo integrado en una
multitud. Perdidos todos sus rasgos personales, pasa a convertirse en un autómata sin
voluntad».

123
Escribir a partir de la lectura: el trabajo con fuentes Analía Reale

Hemos citado íntegros estos pasajes para demostrar que Le Bon no se limita a comparar el
estado del individuo integrado en una multitud con el estado hipnótico, sino que establece una
verdadera identidad entre ambos. No nos proponemos contradecir aquí tal teoría, pero sí
queremos señalar que las dos últimas causas mencionadas de la transformación del individuo en
la masa, el contagio y la mayor sugestibilidad, no pueden ser consideradas como de igual
naturaleza puesto que, a juicio de nuestro autor, el contagio no es, a su vez, sino una
manifestación de la sugestibilidad. Así, pues, ha de parecernos que Le Bon no establece una
diferenciación suficientemente precisa entre los efectos de tales dos causas. Como mejor
interpretaremos su pensamiento será, quizá, atribuyendo el contagio a la acción recíproca ejercida
por los miembros de una multitud unos sobre otros y derivando los fenómenos de sugestión
identificados por Le Bon con los de la influencia hipnótica, de una distinta fuente. ¿Pero de cuál?
Hemos de reconocer como una evidente laguna el hecho de que uno de los principales términos
de esta identificación, a saber, la persona que para la multitud sustituye al hipnotizador, no
aparezca mencionada en la exposición de Le Bon.

Freud, Sigmund (1920). Psicología de las masas y análisis del Yo

Texto 2

INTRODUCCIÓN
[…] Si su función de hembra no basta para definir a la mujer, si nos negamos también a
explicarla por el “eterno femenino”, y si admitimos, sin embargo, aunque sea a título provisorio,
que hay mujeres sobre la tierra, tenemos que formularnos esta pregunta: ¿Qué es una mujer? El
enunciado mismo del problema me sugiere inmediatamente una primera reacción. Es significativo
que yo lo plantee. A un hombre no se le hubiese ocurrido escribir un libro acerca de la situación
singular que ocupan los machos en la humanidad. [2] Si quiero definirme, me veo obligada a decir,
en primer lugar: “Soy una mujer”. Esta verdad constituye el fondo sobre el cual se yergue toda
otra afirmación. Un hombre no empieza nunca por plantearse a sí mismo como un individuo de
cierto sexo; va de suyo que es hombre. En los registros municipales y en las declaraciones de
identidad los rubros “masculino”, “femenino”, aparecen simétricos de una manera
completamente formal. La relación entre los dos sexos no es la de dos electricidades, la de dos
polos: el hombre representa a la vez lo positivo y lo neutro, al punto de que en francés se dice “los
hombres” para designar a los seres humanos, puesto que el sentido singular de la palabra vir se ha
asimilado al sentido general de la palabra homo. La mujer aparece como lo negativo, ya que toda
determinación le es imputada como una limitación sin reciprocidad. A veces me ha irritado, en el
transcurso de discusiones abstractas, escuchar que los hombres me decían: “Usted piensa tal
cosa porque es una mujer”, pero yo sabía que mi única defensa era contestar: “La pienso porque
es verdadera”, eliminando así mi subjetividad; no se trataba de contestar: “Y usted piensa lo

124
Escribir a partir de la lectura: el trabajo con fuentes Analía Reale

contrario porque es hombre”, pues se entiende que el hecho de ser hombre no constituye una
singularidad; al ser hombre, un hombre está en su derecho; quien está equivocada es la mujer.
Prácticamente, así como para los antiguos había una vertical absoluta con respecto a la cual se
definía lo oblicuo, hay un tipo humano absoluto que es el tipo masculino. La mujer tiene ovarios y
un útero, y estas condiciones singulares la encierran en su subjetividad. De ella se dice
gustosamente que piensa con las glándulas. El hombre olvida, en su soberbia, que su anatomía
también supone hormonas, testículos. Toma a su cuerpo como una relación directa y normal con
el mundo, al cual cree aprehender en su objetividad, mientras que considera que el cuerpo de la
mujer se encuentra como entorpecido por cuanto lo especifica: un obstáculo, una prisión. “La
hembra es hembra en virtud de cierta falta de cualidades”, decía Aristóteles. “Debemos
considerar que el carácter de las mujeres padece de un defecto natural”. Y, después de él, Santo
Tomás decreta que la mujer es un “hombre frustrado”, un ser “ocasional”. Esto se simboliza en la
historia del Génesis, donde Eva, según palabras de Bossuet, aparece extraída de un “hueso
supernumerario” de Adán. La humanidad es macho, y el hombre define a la mujer no en sí, sino
respecto de él; no la considera como un ser autónomo. “La mujer, el ser relativo…”, escribe
Michelet. Es así que Benda afirma en el Informe de Uriel: “El cuerpo del hombre tiene un sentido
en sí mismo, abstracción hecha del de la mujer, en tanto que este último parece desnudo si no se
evoca al macho…El hombre se piensa sin la mujer. Ésta no se piensa sin el hombre”. Y ella no es
nada fuera de lo que el hombre decide; así, la llama “el sexo”, con lo que quiere dar a entender
que se le parece al macho esencialmente como un ser sexuado; ella es sexo para él, así que lo es
en absoluto. La mujer se determina y diferencia con relación al hombre, y no éste con relación a
ella; ésta es lo in-esencial frente a lo esencial. Él es el Sujeto, él es lo Absoluto: ella es el Otro [3].
La categoría de lo Otro es tan original como la conciencia misma. En las sociedades más
primitivas, en las mitologías más antiguas, siempre se encuentra un dualismo que es el de lo
Mismo y lo Otro; esta división no se puso en un principio bajo el signo de la división entre los
sexos, no depende de ningún dato empírico: eso es lo que resalta, entre otros, en los trabajos de
Granet sobre el pensamiento chino, y en los de Dumézil sobre la India y Roma. En las parejas
Varuna-Mitra, Urano-Zeus, Sol-Luna, Día-Noche no está involucrado en principio ningún elemento
femenino, como tampoco lo está en la oposición entre el Bien y el Mal, entre principios fastos y
nefastos, entre la derecha y la izquierda, entre Dios y Lucifer; la alteridad es una categoría
fundamental del pensamiento humano. Ninguna colectividad se define jamás como Una sin
colocar inmediatamente enfrente a la Otra. Bastan tres viajeros reunidos por azar en un mismo
compartimiento, para que el resto de los viajeros se conviertan en «otros» vagamente hostiles.
Para el aldeano, todos los que no pertenecen a su aldea son «otros» de quienes hay que recelar;
para el nativo de un país, los habitantes de los países que no son el suyo aparecen como
«extranjeros»; los judíos son «otros» para el antisemita, los negros lo son para los racistas
norteamericanos, los indígenas para los colonos, los proletarios para las clases poseedoras. Al
final de un profundo estudio sobre las diversas figuras de las sociedades primitivas, Lévi-Strauss ha
podido concluir: «El paso del estado de naturaleza al estado de cultura se define por la aptitud del
hombre para considerar las relaciones biológicas bajo la forma de sistemas de oposición: dualidad,
alternancia, oposición y simetría, ya sea que se presenten bajo formas definidas, o que lo hagan
bajo formas vagas, constituyen no tanto fenómenos que haya que explicar como los datos
fundamentales e inmediatos de la realidad social» [4]. Estos fenómenos no se comprenderían si la
realidad humana fuese exclusivamente un mitsein basado en la solidaridad y la amistad. Se

125
Escribir a partir de la lectura: el trabajo con fuentes Analía Reale

aclaran, por el contrario, si, siguiendo a Hegel, se descubre en la conciencia misma una hostilidad
fundamental con respecto a toda otra conciencia; el sujeto no se plantea más que oponiéndose:
pretende afirmarse como lo esencial y constituir al otro en inesencial, en objeto. Pero la otra
conciencia le opone una pretensión recíproca; cuando viaja, el nativo se percata, escandalizado,
de que en los países vecinos hay nativos que le miran, a su vez, como extranjero; entre aldeas,
clanes, naciones, clases, hay guerras, potlatchs, negociaciones, tratados, luchas, que despojan la
idea de lo Otro de su sentido absoluto y descubren su relatividad; de buen o mal grado, individuos
y grupos se ven obligados a reconocer la reciprocidad de sus relaciones. ¿Cómo es posible,
entonces, que esta reciprocidad no se haya planteado entre los sexos, que uno de los términos se
haya afirmado como el único esencial, negando toda relatividad con respecto a su correlativo,
definiendo a este como la alteridad pura? ¿Por qué no ponen en discusión las mujeres la
soberanía masculina? Ningún sujeto se plantea, súbita y espontáneamente, como lo inesencial; no
es lo Otro lo que, al definirse como Otro, define lo Uno, sino que es planteado como Otro por lo
Uno, al plantearse este como Uno. Mas, para que no se produzca el retorno de lo Otro a lo Uno, es
preciso que lo Otro se someta a este punto de vista extraño. ¿De dónde le viene a la mujer esta
sumisión?
DE BEAUVOIR, Simone (1949). El segundo sexo.

Notas
[2] El informe Kinsey, por ejemplo, se limita a definir las características sexuales del hombre norteamericano,
lo que es completamente distinto.

[3] Esta idea ha sido expresada en su forma más explícita por E. Levinas en su ensayo sobre El Tiempo y lo
Otro. Se expresa así: “¿No habría una situación en la cual la alteridad fuese llevada por un ser a título
positivo, como una esencia? ¿Cuál es la alteridad que no entra pura y simplemente en la oposición de las
dos especies del mismo género? Pienso que lo contrario, absolutamente contrario, cuya contrariedad no
se encuentra afectada en nada por la relación que pueda establecerse entre él y su correlativo, la
contrariedad que permite a su diferencia específica cualquiera… La diferencia de sexos tampoco es una
contradicción… no es tampoco la dualidad de los dos términos complementarios que suponen un todo
preexistente… La alteridad se cumple en lo femenino. Término del mismo rango, pero de sentido opuesto
a la conciencia”. Supongo que el señor Levinas no olvida que la mujer es también, para sí, una conciencia.
Pero es chocante que adopte deliberadamente un punto de vista de hombre, sin señalar la reciprocidad
del sujeto y del objeto. Cuando escribe que la mujer es misterio, sobreentiende que es un misterio para
el hombre. Aunque esta descripción, que se quiere objetiva, es de hecho una afirmación del privilegio
masculino.

[4] Ver C. Lévi-Strauss: Las estructuras elementales del parentesco. Agradezco a Lévi-Strauss que haya
querido comunicarme las pruebas de su tesis que, entre otras, he utilizado con amplitud en la Segunda
Parte.

126
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Texto 3

La juventud es más que una palabra

Mario Margulis y Marcelo Urresti

Dividido entre niño y hombre (lo cual le hacía inocentemente ingenuo y a la vez despiadadamente
experimentado), no era sin embargo ni lo uno ni lo otro, era cierto tercer término, era ante todo juventud, en él
violenta, cortante, que le arrojaba a la crueldad, a la brutalidad y a la obediencia, le condenaba a la esclavitud
y
a la bajeza. Era bajo, porque era joven. Carnal, porque era joven. Destructor, porque era joven....
Witold Gombrowicz. La seducción. Seix Barral, Barcelona, 1982. pág. 46.

1. La indeterminación del espacio de la juventud


La edad aparece en todas las sociedades como uno de los ejes ordenadores de la actividad
social. Edad y sexo son base de clasificaciones sociales y estructuraciones de sentido. Sin
embargo, es evidente que en nuestra sociedad los conceptos generalmente utilizados como
clasificatorios de la edad son crecientemente ambiguos y difíciles de definir. Infancia, juventud
o vejez son categorías imprecisas, con límites borrosos, lo que remite, en parte, al
debilitamiento de viejos rituales de pasaje relacionados con lugares prescriptos en las
instituciones tradicionales y, sobre todo, a la fuerte y progresiva heterogeneidad en el plano
económico, social y cultural.
La categoría juventud es significativa, su uso conduce a un marco de sentidos, reconocemos
su existencia en el análisis sociológico como lo evidencia la abundancia de estudios rotulados
con este concepto. Sin embargo, el concepto "juventud" parece ubicarnos en un marco
clasificatorio preciso para en seguida confundirnos, incluirnos en la ambigüedad e imprecisión
[1]. O peor aún, hacer aparecer como "lo mismo" a una variedad intolerable [2]. Es necesario,
entonces, acompañar la referencia a la juventud con la multiplicidad de situaciones sociales en
que esta etapa de la vida se desenvuelve [3]; presentar los marcos sociales históricamente
desarrollados que condicionan las distintas maneras de ser joven [4].
El tema se complica cuando "juventud" refiere no sólo a un estado, una condición social o
una etapa de la vida, cuando además significa a un producto. La juventud aparece entonces
como valor simbólico asociado con rasgos apreciados −sobre todo por la estética dominante−,
lo que permite comercializar sus atributos (o sus signos exteriores) multiplicando la variedad de
mercancías −bienes y servicios− que impactan directa o indirectamente sobre los discursos
sociales que la aluden y la identifican.

127
Escribir a partir de la lectura: el trabajo con fuentes Analía Reale

2. La juventud es signo pero no sólo signo

En alguna literatura sociológica reciente se trata de superar la consideración de "juventud"


como mera categorización por edad. En consecuencia, se incorpora en los análisis la
diferenciación social y, hasta cierto punto, la cultura. Entonces se dice que la juventud depende
de una moratoria, un espacio de posibilidades abierto a ciertos sectores sociales y limitado a
determinados períodos históricos. A partir de mediados del siglo XIX y en el siglo XX, ciertos
sectores sociales logran ofrecer a sus jóvenes la posibilidad de postergar exigencias −sobre todo
las que provienen de la propia familia y del trabajo−, tiempo legítimo para dedicarse al estudio
y la capacitación, postergando el matrimonio, permitiéndoles así gozar de un cierto período
durante el cual la sociedad brinda una especial tolerancia. La juventud termina, en el interior de
las clases que pueden ofrecer a sus miembros recién llegados a la madurez física este beneficio,
cuando estos asumen responsabilidades centradas, sobre todo, en formar el propio hogar,
tener hijos, vivir del propio trabajo. Este planteo supera a otros que usan, con menos precisión,
la palabra "juventud" como mera categoría etaria que posee, sin distinciones, características
uniformes. Así, hemos señalado en otro momento que “la condición histórico-cultural de
juventud no se ofrece de igual forma para todos los integrantes de la categoría estadística
joven” [5].
En relación a esta concepción se ha llegado a considerar a la juventud como mero signo [6],
una construcción cultural desgajada de otras condiciones, un sentido socialmente constituido,
relativamente desvinculado de las condiciones materiales e históricas que condicionan a su
significante. Cuando Bourdieu titula: “La juventud no es más que una palabra” [7], parece
exasperar la condición de signo atribuida a la juventud. Claro está que presenta en sus análisis
la polisemia de esta palabra, su distinto sentido según el contexto social en que es usada
(profesión, gobierno, atletismo) y también su papel en las disputas por la riqueza y el poder,
tratando de evitar el naturalismo espontáneo que surge alrededor de la noción en una primera
aproximación por parte del sentido común. Sarlo [8] da cuenta de cómo “la juventud” se
presenta en escena en la cultura actual, privilegiando su aspecto imaginario y representativo: la
juventud no aparece “como una edad sino como una estética de la vida cotidiana” [...] ”Frank
Sinatra o Miles Davis nunca fueron jóvenes como lo fueron The Beatles” [...] “Orson Welles no
era muy joven cuando a los 24 años filmaba El ciudadano”. “Bertold Brecht nunca fue joven, ni
Benjamin, ni Adorno, ni Roland Barthes. Las fotos de Sartre, de Raymond Aron y de Simone de
Beauvoir cuando apenas tenían veinte años, muestran una gravedad posada con las que sus
modelos quieren disipar toda idea de inmadurez que fascinaba a Gombrowicz”... Más allá de
esta descripción crítica −agudamente expresada− de la “cultura juvenil”, no puede claramente
apreciarse en el texto si todo es estética en la condición de juventud.

128
Escribir a partir de la lectura: el trabajo con fuentes Analía Reale

Es frecuente, en algunos estudios, observar un fuerte énfasis en el aspecto significativo,


hasta el punto que se llega a desmaterializar el concepto juventud, a desvincularlo de aspectos
historizados que están contenidos en el espesor de la palabra y en todo lo que ella alude. Como
puede suceder en algunos enfoques culturalistas, cuando el aspecto signo invade la totalidad
de un fenómeno social, lo fragmenta y, por ende, lo empobrece. La juventud, como toda
categoría socialmente constituida, que alude a fenómenos existentes, tiene una dimensión
simbólica, pero también debe ser analizada desde otras dimensiones: se debe atender a los
aspectos fácticos, materiales, históricos y políticos en que toda producción social se
desenvuelve.
Se ha puesto de manifiesto, al plantear la condición de juventud, los aspectos relativos a las
desigualdades sociales que están implícitos en la noción de "moratoria". Así, los estudios
vinculados con el tema tienden correctamente a criticar el uso automático de las categorías
etarias, cuando no distinguen entre las condiciones desiguales que encuentran −dependiendo
del sector social a que pertenecen− personas pertenecientes a los mismos grupos etarios. Los
jóvenes de sectores medios y altos tienen, generalmente, oportunidad de estudiar, de
postergar su ingreso a las responsabilidades de la vida adulta: se casan y tienen hijos más
tardíamente, gozan de un período de menor exigencia, de un contexto social protector que
hace posible la emisión, durante períodos más amplios, de los signos sociales de lo que
generalmente se llama juventud. Tales signos tienden −en nuestro tiempo− a estetizarse, a
constituir un conjunto de características vinculadas con el cuerpo, con la vestimenta, con el
arreglo, y suelen ser presentados ante la sociedad como paradigma de todo lo que es deseable.
Es esta simbolización de la juventud, sus condiciones externas, lo que se puede transformar en
producto o en objeto de una estética, y lo que puede ser adquirido por adultos para extender
en el tiempo su capacidad de portación del signo "juventud". La juventud-signo se transforma
en mercancía, se compra y se vende, interviene en el mercado del deseo como vehículo de
distinción y de legitimidad.
Desde este punto de vista, los integrantes de los sectores populares tendrían acotadas sus
posibilidades de acceder a la moratoria social por la que se define la condición de juventud, no
suele estar a su alcance el lograr ser joven en la forma descripta: deben ingresar
tempranamente al mundo del trabajo -a trabajos más duros y menos atractivos-, suelen
contraer a menor edad obligaciones familiares (casamiento o unión temprana, consolidada
por los hijos). Carecen del tiempo y del dinero -moratoria social- para vivir un período más o
menos prolongado con relativa despreocupación y ligereza. Aun cuando el desempleo y la crisis
proporcionan a veces tiempo libre a jóvenes de clases populares, estas circunstancias no
conducen a la “moratoria social”: se arriba a una condición no deseada, un “tiempo libre” que
se constituye a través de la frustración y la desdicha. El tiempo libre es también un atributo de
la vida social, es tiempo social, vinculado con el tiempo de trabajo o de estudio por ritmos y
rituales que le otorgan permisividad y legitimidad. El tiempo libre que emerge del paro forzoso
no es festivo, no es el tiempo ligero de los sectores medios y altos, está cargado de culpabilidad
e impotencia, de frustración y sufrimiento.
[…]

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Escribir a partir de la lectura: el trabajo con fuentes Analía Reale

Notas
[1] Etapa juvenil se considera, habitualmente, al período que va desde la adolescencia (cambios corporales,
relativa madurez sexual, etc.) hasta la independencia de la familia, formación de un nuevo hogar,
autonomía económica, que representarían los elementos que definen la condición de adulto. Un período
que combina una considerable madurez biológica con una relativa inmadurez social. La juventud como
transición hacia la vida adulta, (algunos autores hablan de cinco transiciones que se dan en forma
paralela: dejar la escuela, comenzar a trabajar, abandonar el hogar de la familia de origen, casarse,
formar un nuevo hogar) es diferente según el sector social que se considere. En general la juventud
transcurre en el ámbito de la familia de origen. La salida de la casa familiar y la independencia económica
marcan hitos básicos para una autonomía, que aumenta con la constitución de pareja estable y el primer
hijo. Desde luego que la diferenciación social, las distintas clases y segmentos sociales, configuran
diferentes juventudes. (Ver Cecilia Braslavsky: La juventud argentina: informe de situación, Centro Editor,
Buenos Aires, l986)
[2] Por eso conviene hablar de juventudes o de grupos juveniles antes que de juventud. Coincidimos con
Cecilia Braslavsky cuando dice: "El mito de la juventud homogénea consiste en identificar a todos los
jóvenes con algunos de ellos." Así según el joven tipo que se tenga in mente será el modelo con el cual
habrán de identificarse a los jóvenes en general. Los varios mitos comunes sobre la juventud son: 1) "la
manifestación dorada” por la cual se identifica a todos los jóvenes con los “privilegiados -
despreocupados o militantes en defensa de sus privilegios-, con los individuos que poseen tiempo libre,
que disfrutan del ocio y, todavía más ampliamente, de una moratoria social, que les permite vivir sin
angustias ni responsabilidades.", 2) "La interpretación de la juventud gris” por la que los jóvenes
aparecen como los depositarios de todos los males, el segmento de la población más afectado por la
crisis, por la sociedad autoritaria, que sería mayoría entre los desocupados, los delincuentes, los pobres,
los apáticos, "la desgracia y resaca de la sociedad" (pág. 13), y por último, 3) “la Juventud blanca”, o los
personajes maravillosos y puros que salvarían a la humanidad, que harían lo que no pudieron hacer sus
padres, participativos, éticos, etc. (pág. l3) Braslavsky, op. cit. Otro modo de hacer aparecer como lo
mismo situaciones muy distintas es la representada por el mito de la igualdad de oportunidades con que
cierto discurso intenta unificar la condición para todo aspirante a participar plenamente de la vida
colectiva, aunque provengan de mundos sociales extremadamente diversos. Así, todo joven se
encontraría en igualdad de oportunidades para recibir los conocimientos e incorporar las aptitudes que
los transformarán en productores y los formarán como ciudadanos. Frente a esto, sociedad de clases,
diferencias económicas, sociales, políticas, étnicas, raciales, migratorias, marcan profundas
desigualdades en la distribución de recursos, con lo cual la naturaleza misma de la condición de joven en
cada sector social se altera. En este sentido es que S. Sigal, dice que en A. Latina, a diferencia de Europa
donde sería más amplia, la "juventud" está casi reservada para los sectores medios y altos, que pueden
acceder a la educación superior y la moratoria en toda la plenitud del término.

[3] Fueron cambiando los tiempos y los modos que marcaban el ingreso al rol de adulto, la asunción social
plena de las responsabilidades con que ese rol es identificado. La complejidad creciente de la vida social
propia de época actual, fue constituyendo esta cambiante franja a la que llamamos juventud.
[4] En sectores más pobres se comienza a trabajar más temprano, en trabajos manuales o de poca
especialización. También suele ser más temprana la constitución de la propia familia y la reproducción de
la misma. Las etapas de crisis económica y la creciente desocupación introducen variantes en esta
característica propia de las clases populares: los jóvenes no estudian, buscan participar prontamente en

130
Escribir a partir de la lectura: el trabajo con fuentes Analía Reale

la actividad económica, pero muchos no consiguen empleo. Además el desarrollo industrial actual, con
las cuotas mínimas de calificación que exige, cada vez más altas, hace que el período en el que la
población debe adquirirlas se alargue cada vez más. En consecuencia, el desempleo y la calificación,
tienden cada cual por su lado a expandir el período de transición de la juventud. La vida adulta se aleja
con la moratoria más prolongada, también para los sectores populares.

[5] Cf. Mario Margulis y otros: La cultura de la noche. Espasa Calpe, Buenos Aires, l994, pág. 25.
[6] Extremando el peso decisivo otorgado a la construcción y distribución social de la moratoria social hasta
su final conversión en signo, lo que agota toda instancia social excedente en ese punto. Volveremos
extensamente sobre el tema en lo que sigue.
[7] Artículo incluido en Bourdieu (1990).
[8] Beatriz Sarlo: Escenas de la vida posmoderna. Intelectuales, arte y video cultura en la Argentina, Ariel,
Buenos Aires, 1994, pags. 38 a 40.

Bibliografía
AAVV: La Semiología, Editorial Tiempo Contemporáneo, Buenos Aires, 1970.
AUYERO, Javier: “La juventud: una revisión bibliográfica”, Mimeo, Buenos Aires, 1992.
BARTHES, Roland: La aventura semiológica, Paidos Comunicación, Barcelona, 1990.
BOURDIEU, Pierre: Sociología y cultura, Grijalbo/Consejo Nacional para la Cultura y las Artes,
México DF, 1990.
BOURDIEU, Pierre: El sentido práctico, Taurus, Madrid, 1991.
BOURDIEU, Pierre: ¿Qué significa hablar?, Economía de los intercambios lingüísticos, Akal, Madrid,
1985.
BRASLAVSKY, Cecilia: La juventud argentina: informe de situación, Centro Editor de América Latina,
Buenos Aires, 1986.
ECO, Umberto: La estructura ausente, Lumen, Barcelona, 1972.
FERNÁNDEZ, Ana María: La mujer de la ilusión, Paidos, Buenos Aires, 1993.
GEERTZ, Clifford: El antropólogo como autor, Paidos, Barcelona, 1989.
GRIGNON, Claude y Jean-Claude Passeron: Lo culto y lo popular, Nueva Visión, Buenos Aires, 1991.
LOWE, Douglas M.: Historia de la percepción burguesa, F.C.E., México, l986.
MAFFESOLI, Michel: El tiempo de las tribus, Icaria, Barcelona, 1990.
MARGULIS, Mario y otros: La cultura de la noche, Espasa Calpe, Buenos Aires, 1994.
SARLO, Beatriz: Escenas de la vida posmoderna, Ariel, Buenos Aires, 1994.
SIGAL, Silvia: "Estructuras sociales y juventud latinoamericana" en Montiel, Edgar (comp);
Juventud de la Crisis. Ceestem/Nueva Imagen, México, 1985.
VIRILIO Paul: Estética de la desaparición, Anagrama, Barcelona, 1988.

131
Escribir a partir de la lectura: el trabajo con fuentes Analía Reale

VIRILIO, Paul: "Velocidad y fragmentación de las imágenes", en revista Farenheit 450, No.4,
Buenos Aires, 1988.
VERÓN, Eliseo: La semiosis social, Gedisa, Barcelona, 1993.
WORTMAN, Ana: Jóvenes desde la periferia, Centro Editor, Buenos Aires, 1991.

 Sintetizar en el cuadro siguiente los datos recogidos en la lectura de los textos de


Freud, de Beauvoir y Margulis y Urresti.

Señalización y
2
Mecanismo de
Texto ubicación en el
inserción Finalidad de la
texto
(indicar la Intertexto(s) inserción de los
(cita textual,
referencia (recursos intertextos
alusión,
bibliográfica) gráficos y
comentario)
verbales)

2
Cf. Mayor, María Luz. “La lectura”, pág. 55.

132
Escribir a partir de la lectura: el trabajo con fuentes Analía Reale

1. El trabajo con fuentes

Como vimos en los fragmentos de Freud, de Beauvoir y Margulis-Urresti reproducidos en las páginas
anteriores, los textos académicos siempre dialogan con otros textos ya sea para inscribirse en una
tradición de la disciplina, para facilitar la comprensión de un problema, para respaldar las propias
aserciones con las palabras de una autoridad o para refutar una visión contraria a la que sostiene el
autor. Por eso mismo, una parte muy importante de la tarea del estudiante universitario y del
investigador consiste en buscar, examinar, evaluar y seleccionar las fuentes bibliográficas o
documentales que le permitirán profundizar el conocimiento del tema elegido y que,
eventualmente, aportarán la evidencia sobre la cual se sostendrán los argumentos que defiendan su
posición.
Investigar un tema, ya sea para cumplir con una tarea en un curso universitario o para contribuir
al conocimiento de un problema en el marco de una disciplina, requiere, entre otras varias
habilidades, saber buscar información pertinente y valiosa en fuentes de distintas clases:
bibliografías, bibliotecas, bases de datos, archivos. Para que esa búsqueda sea productiva es
necesario conocer los recursos disponibles para la investigación y la forma de acceder a ellos, y
aplicar estrategias que permitan llevar a cabo la tarea de manera organizada y eficiente.

1.1. Tipos de fuentes


Según Manuel Blázquez Ochando (2015) se entiende por fuente de información cualquier conjunto
de documentos, informaciones y datos apto para satisfacer las consultas y demandas de un usuario
determinado.
Como se señala en la definición, las fuentes pueden ser de distintos tipos. La información que
provee una fuente puede ser original y novedosa, resultado de la producción de uno o más autores
(ensayos, tesis, investigaciones); puede ser de orden general (es el caso de las fuentes de referencia
como las enciclopedias) o especializado (si la información que ofrece se enmarca en una disciplina
particular). A partir de estas diferencias es posible establecer diversas clasificaciones de las fuentes
que indican su naturaleza, su utilidad y la clase de investigación a la que sirven de insumo.
Por lo general, se distinguen tres tipos de fuentes según la naturaleza de la información que
proveen:

a. Fuentes primarias: proporcionan información de primera mano, original3. Son los datos
recolectados por el investigador en el campo sobre el que lleva a cabo su estudio, las
palabras de un testigo directo, etc. Son ejemplos de fuentes primarias las obras literarias,
cinematográficas, audiovisuales; los datos que resultan de un experimento científico;
autobiografías, cuadernos de notas, diarios personales, manuscritos, cartas; documentos
públicos (certificados, leyes, decretos) entre otros.

3
El sentido del calificativo “original” no debe entenderse como equivalente a “único”, creativo o “imaginativo”
sino por oposición a “derivado”.

133
Escribir a partir de la lectura: el trabajo con fuentes Analía Reale

b. Fuentes secundarias: derivan de la organización, reelaboración, interpretación o


sistematización de fuentes primarias. Las biografías, monografías de compilación, obras de
referencia como enciclopedias generales o especializadas, glosarios, reseñas críticas,
informes de lectura, análisis de obras artísticas, manuales didácticos, etc.

c. Fuentes terciarias: son guías o bases de datos que seleccionan y compilan información sobre
fuentes secundarias. Se trata de bibliografías, catálogos de bibliotecas, repertorios, índices
que registran y refieren a conjuntos de fuentes secundarias.
Las imágenes siguientes ilustran las relaciones entre fuentes primarias, secundarias y terciarias:

Borges, Jorge Luis. Obras completas [Fuente primaria]

Obras de crítica literaria (derivadas) [Fuentes secundarias]

134
Escribir a partir de la lectura: el trabajo con fuentes Analía Reale

Bibliografía sobre la obra de


Borges en el sitio de la
Exposición virtual Borges 100
años, disponible en el Centro
Virtual Cervantes
[Link]
t/borges/obras/[Link]
[Fuente terciaria]

135
Escribir a partir de la lectura: el trabajo con fuentes Analía Reale

Por otra parte, teniendo en cuenta el soporte de los documentos de consulta podemos distinguir
fuentes materiales (libros, documentos, grabaciones de audio y video, periódicos) y fuentes
virtuales (información alojada en Internet). También es posible diferenciar las fuentes en relación
con su pertenencia a una esfera discursiva. Así, en el desarrollo de una investigación podrán
emplearse fuentes académicas, de divulgación, documentales, periodísticas, etc.
Esta brevísima descripción de los diferentes tipos de fuentes de consulta muestra la enorme
variedad de información de la que disponemos. Frente a una diversidad tan amplia y profusa es muy
importante desarrollar criterios que permitan seleccionar fuentes confiables y descartar aquellas
que, por su calidad dudosa, pueden afectar el trabajo que nos proponemos realizar.

 En la lista siguiente identificar fuentes primarias, secundarias y terciarias

1. Partida de nacimiento de Carlos Gardel.


2. Canción “El día que me quieras” de Gardel y Le Pera.
3. Temas de matemática en la obra de Borges, página del sitio web personal del escritor argentino
Guillermo Martínez. Disponible en:
[Link]
[Link]
4. Diario de sesiones de la Cámara de Diputados de la Nación, año 1987.
5. El primer Dalí, 1918-1929 (catálogo razonado), libro de Rafael Santos Torroella, Ricard
Mas, Salvador Dalí, María Teresa Bermejo de Santos Torroella.
6. APPIGANESI, Richard y Oscar ZÁRATE (1994). Freud para principiantes, Buenos Aires: ERREPAR.
7. El diario de Ana Frank.

 Visitar la sección “Materiales” de la página de LEA en el sitio web del Ciclo Introductorio
([Link]
y caracterizar los tipos de fuentes que se ofrecen bajo el título “Recursos para la lectura y
la escritura”.

 En la sección “Presentación” del mismo sitio, descargar el programa de la materia.


Explorar las bibliografías de los distintos módulos e identificar las fuentes secundarias
incluidas en cada uno de ellos.

 Identificar una fuente primaria y una terciaria en la bibliografía del artículo de Margulis y
Urresti reproducida en la página 13.

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