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13.7 TGBaG - DJ

Este documento narra una conversación entre Donovan St. James y Elwyn Alexandra Loehr sobre vigilar a una doctora pelirroja. Donovan inicialmente se niega pero acepta vigilarla cuando la doctora entra al bar. La conversación también incluye interacciones con Charley Davidson y su esposo.

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Este documento narra una conversación entre Donovan St. James y Elwyn Alexandra Loehr sobre vigilar a una doctora pelirroja. Donovan inicialmente se niega pero acepta vigilarla cuando la doctora entra al bar. La conversación también incluye interacciones con Charley Davidson y su esposo.

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Moderadora:
Jadasa

Traductoras:
Alessandra Wilde Julie
AnnyR’ Lauu LR
Auris Lisseth
Danita Miry
Gesi Umiangel
Ivana Valentine Ros
Jadasa

Correctoras:
Ivana Jadasa Pame .R.

Lectura Final: Diseño:


Jadasa Ivana
Sinopsis
Capítulo 01
Capítulo 02
Capítulo 03
Capítulo 04
Capítulo 05
Capítulo 06
Capítulo 07
Capítulo 08
Capítulo 09
The Grave Robber
Sobre la autora
Cuando la precoz protegida de Donovan St. James le pide que sin hacer
preguntas vigile a la doctora que atiende a su pandilla, quiere negarse. No porque
la descarada adolescente sonaba muy engreída, al ordenarle como si fuera un jefe
de la mafia, sino porque la mujer despierta sentimientos en él que preferiría no
explorar. Sin embargo, cuando el mal amenaza la vida de la doctora, se da cuenta
que no tiene elección. Sia le salvó la vida una vez. Intentará devolver el favor.
Solo ruega poder hacerlo sin perder el corazón.

Huyendo de la entidad sobrenatural que ha destruido mundos enteros


para atraparla, Sia pensó que encontró un refugio en la Tierra con un variopinto
equipo de guerreros que protegían a la chica destinada a salvar a la humanidad.
Pero cuando encuentra a Sia, se da cuenta de que hay algo en este plano que es
más delicioso que ella: esa adolescente. Entonces, ella huye y Donovan St. James
la sigue. Nada es más atractivo que un motociclista desaliñado con una mirada
lacerante. Y ella jura decirle eso... sí sobreviven.
Perdón por llegar tarde. No quería venir.
~Camiseta usada frecuentemente por Charley
Davidson.
Cuando la hija adolescente de dos dioses te pide que vigiles a la hermosa
doctora que atiende a tu alegre banda de inadaptados sin hacer preguntas, eso es
exactamente lo que haces.
No es que Donovan St. James fuera un sometido. No lo era. No se sometió
un solo día de su vida. Al menos, no hasta que vinieron al mundo las dos
personas más importantes de su vida. Primero, su hijo. Un niño de diez años con
más arrogancia de la que tenía derecho. Y luego otra vez cuando Elwyn
Alexandra Loehr, como la velociraptor gritona que era, decidió honrar a la
humanidad con su presencia. Antes de cualquiera de esas llegadas, nunca
hubiera creído que algo tan pequeño pudiera dejarlo sin poder con una sola
mirada.
Pero Teacup dándole órdenes como si de alguna manera estuviera bajo su
servidumbre era demasiado. Si no fuera por el hecho de que dicho médico, una
hermosa pelirroja con curvas que gritaban resbaladizo cuando está mojado, entró en
su bar minutos después de recibir la extraña solicitud, le habría enviado un
mensaje de texto a Teacup con un no rotundo. No lo habría enviado, pero lo
habría escrito en su teléfono, probablemente en mayúsculas, y habría sonreído
satisfecho antes de borrarlo y enviar un: Cuando dices que no se hacen
preguntas…
Solo estoy preocupada por ella, respondió Elwyn. Parece angustiada.
¿Angustiada? Donovan soltó una carcajada desde detrás de la barra y
sacudió la cabeza. ¿Qué clase de joven usaba la palabra angustiada?
¿Angustiada de qué manera? Cerebrito.
Le envió un emoji de ojos en blanco y luego envió: Tienes que dejar de
llamarme así. No soy un cerebrito. Solo he viajado mucho.
Ese era el eufemismo del siglo. La niña se deslizó recientemente en otro
plano y luego se perdió allí. Si bien su viaje solo duró tres días aquí en la Tierra,
se fue durante años en los planos en los que viajó mientras intentaba encontrar el
camino de regreso a casa. Era una tragedia que Donovan aún no había aceptado.
Dejó este plano siendo una niña de cinco años, atrevida, precoz y bebedora de
café y regresó como una adolescente mandona con complejo de dios.
Le rompía el corazón haberse perdido la mayor parte de su infancia. Todos
se lo perdieron. Y se preguntó por milésima vez por qué se quedaba. Por qué se
sometía a tal lucha y angustia. Ella había sufrido. Lo vio en el envejecimiento de
sus ojos. La tristeza detrás de su sonrisa. Si no hubiera jurado por su vida que
protegería a la chica destinada a salvar a la humanidad, habría puesto a Santa Fe,
Nuevo México en su retrovisor hace mucho tiempo. Pero esa promesa, junto con
el hecho de que amaba a la pequeña más que la vida que juró, lo mantuvo pegado
al área, sin importar la confusión. O la aprensión.
Pero nadie le dijo que recibiría órdenes de la pequeña tirana. Resopló en
voz alta ante su comentario de haber viajado mucho, atrayendo la atención de su
cantinera suplente, un reemplazo de último minuto con largo cabello castaño,
brillantes ojos dorados y una camiseta que decía: Que mi café de la mañana me dé la
fuerza para hacer mi café de media mañana. También era una diosa y la madre de
dicha tirana.
Charley Davidson se pavoneó hacia él y le hizo un guiño descarado. Uno
que Donovan ignoró ya que su esposo, también un dios, por suerte, se hallaba
sentado a tres taburetes de él. Afortunadamente, una barra ocupaba el espacio
entre ellos. Un baluarte, por así decirlo. Una barrera que podría darle una
fracción de segundo de ventaja en caso de que la necesitara.
No es que fuera así, pero era bueno tener opciones.
Se dio la vuelta y observó cómo la pelirroja se abría paso entre la escasa
gente hasta un reservado en la esquina. Se deslizó en él, las sombras se deslizaron
sobre ella hasta que casi la consumieron por completo. Hizo una nota mental para
aumentar la potencia de la lámpara que colgaba sobre esa mesa en particular.
Todo lo que ahora podía distinguir era una pantorrilla bien formada que se
derramó en una bomba roja de tacón bajo.
Charley irrumpió en el lado más sórdido de sus pensamientos que
surgieron al ver la bomba roja al acercarse sigilosamente a él. Apoyó un codo en
su hombro y dijo—: Me gusta.
Donovan asintió, tratando de distinguir el resto de la silueta de la médica.
—A mí también. —Luego se volvió hacia la mujer radiante que se apoyaba
perezosamente contra él y se dio cuenta de que miraba en la dirección opuesta.
Volvió a concentrarse en el final de la barra—. ¿Te gusta quién?
Charley señaló a su esposo, que se encontraba sentado con una mujer a
cada lado de él, cada una haciendo todo lo posible para coquetearle. Buena suerte
con eso.
—¿Te gustan las mujeres que coquetean con el hombre que prometiste
amar por toda la eternidad? —Y en el caso de esta pareja, esa era una posibilidad
real. Una eternidad parecía mucho tiempo para estar encadenado a una persona.
Pero tras estar solo durante tanto tiempo, lo soportaría.
—No —dijo con un resoplido—. Solo me gusta la de su izquierda. La
belleza de cabello negro con acento brasileño. Tiene buena aura.
Miró a las dos mujeres que había visto en el momento en que entraron, al
igual que todos en el bar. La de cabello oscuro vestía una camiseta color óxido y
un sombrero de vaquera, claramente intentando mezclarse con los lugareños. La
rubia llevaba un vestido de cóctel azul pálido brillante, que era un poco
demasiado elegante para su establecimiento, una guarida de motociclistas
llamada The Graveside Bar and Grill1. A propósito, ya que se estableció al lado
de un cementerio.
—¿Pero no te gusta la rubia llamativa que habla con fluidez?
—No —dijo Charley—. Está tan loca como la mierda.
—Ah. Así que todavía lo tienes.
Niveló esos ojos brillantes en él, mirándolo con recelo. —¿Tener qué?
—Eso. —Hizo un gesto hacia ella con la toalla que estuvo usando para
secar los vasos—. Ya sabes, esa cosa en la que puedes leer la mente de las
personas.
Arrugó una esquina de su boca. —No puedo leer mentes, jefe.
Cada vez que reemplazaba en el bar, lo llamaba jefe. No podía evitar
sacudir la cabeza ante la ironía de eso. Ella y su esposo eran dioses ricos como la
mierda y tan viejos como el tiempo mismo. De verdad. No podría inventar esa
mierda ni aunque lo intentara, nunca fue tan creativo.
—Solo puedo leer las emociones —continuó, su tono de amonestación lo
hizo sonar como si estuviera a un segundo de convertirse en el idiota del
pueblo—. De los vivos, al menos. Y en este momento, solo está fingiendo estar
interesada en el doctor Farrow.
—¿Doctor Farrow? —Se volvió hacia el trío—. ¿Cuándo exactamente tuvo
tiempo tu esposo para ir a la escuela de medicina? —Especialmente porque los
dos llevaban los últimos cinco años en una dicha celestial, cuidando a su hija
desde los cielos. Recientemente decidieron regresar a la Tierra tras la reciente
excursión de la niña, para estar más cerca de su hija en caso de que los necesitara.
Pero esa era la parte que no entendía. Charley Davidson y Reyes Farrow,
también conocido como el ángel de la muerte y el hijo de Satanás, regresaron de
incógnito, por así decirlo. Elwyn no tenía idea de que los dueños de su nueva

1 The Graveside Bar and Grill: en español, Bar y Parrillada junto al cementerio.
cafetería favorita eran sus padres biológicos. ¿Pero por qué? ¿Por qué mantener
sus identidades en secreto?
Aunque todavía tenía que hacerlo, Donovan se comprometió a llegar al
fondo de su treta. Sabía que tenían sus razones. Y probablemente eran
condenadamente buenas, conociendo a Charley Davidson. Solo quería saber
cuáles eran.
—No tengo idea —dijo Charley, respondiendo a su pregunta—. Pero ese
hombre es un prodigio en lo que respecta a la anatomía femenina. La escuela de
medicina es la única explicación. —Levantó la mirada pensativa y frunció los
labios, haciendo que se les formaran hoyuelos a ambos lados de la boca. Aunque
supongo que podría haber otra explicación. Se recuperó y volvió a concentrarse
en su oscuro esposo. Un marido cuyos ojos estaban fijos en ella, a pesar de la
compañía que tenía en cada brazo—. No. Esa es la única explicación posible.
Una pizca de sonrisa cruzó el rostro de Farrow como si pudiera escuchar
cada palabra que decía su esposa. El lugar no era exactamente bullicioso, pero si
lo suficiente como para dificultar escuchar una conversación tranquila a tres
metros de distancia. Especialmente con Sweet Home Alabama al máximo y
resonando a través de los parlantes. Aun así, el hecho de que Farrow pudiera
escuchar su conversación apenas sorprendió a Donovan. El hombre era un ser
celestial, después de todo.
Charley cruzó los brazos sobre el pecho y estudió a su hombre.
Él también la estudió.
—Claramente no estoy usando todo el potencial de mi esposo. —Charley
volvió a concentrarse en Donovan—. ¿Puede hacer un buen moka latte?
—Ni idea.
—Sí. ¿Puede preparar un lote de jarabe de chocolate con el que pagaría
para bañarme?
—Déjame adivinar…
—Sí. ¿Pero es eso suficiente?
Aunque la pregunta era claramente retórica, respondió—: Supongo que
no.
—Exactamente. —Señaló con la barbilla al hombre errante—. Podríamos
hacer una fortuna usando su título de médico para convertirnos en un obstetra y
ginecólogo de las estrellas. Las mujeres ricas aman a los doctores sexys.
Donovan carraspeó y volvió a secar vasos. —Demasiada información.
Pero gracias, cariño. ¿Y por qué solo está fingiendo?
Charley parpadeó. —¿Quién?
—La rubia. —Donovan hizo un gesto hacia la mujer—. Dijiste que solo
está fingiendo estar con tu media naranja.
—Correcto. —Charley se acercó más y bajó la voz—. Piénsalo. Estás aquí
con una brasileña deslumbrante y solo finges que te gusta el chico guapo del bar.
¿Por qué crees que haría eso? —Cuando él solo arqueó una ceja, puso los ojos en
blanco, pareciéndose tanto a su hija que lo dejó atónito por un minuto—. Para
pasar más tiempo con su enamorada.
—La brasileña —dijo con total naturalidad.
—Ahora, lo estás entendiendo.
—Entonces, está enamorada de su amiga. ¿Por qué eso la hace loca?
—Porque los celos que laten son brillantes y agudos. Es como mirar una
de esas enormes lámparas en un faro sin parpadear. Estoy un poco preocupada
por la brasileña. —Limpió la barra, acercándose a Farrow.
Su esposo le guiñó un ojo, otra vez obviamente involucrado en su
conversación, luego miró a Donovan cuando se unió a ellos. —Necesito un
centavo —dijo.
Charley chasqueó la lengua. —Te di un dólar antes que saliéramos de la
casa. ¿Ya lo gastaste todo?
Cuando Farrow solo le sonrió y dirigió una mirada decidida a Donovan,
frunció el ceño y metió la mano en el bolsillo. Sin embargo, no sin quejarse. —
¿Por qué necesitas un centavo? Pensé que eras multimillonario.
Su comentario sorprendió a ambas mujeres. La brasileña arqueó una ceja,
impresionada, pero la rubia pareció interesarse más activamente en el hombre
que se encontraba a su lado. Se acercó sigilosamente y deslizó un brazo en el de
él.
—No ese tipo de centavo —dijo Farrow cuando Donovan arrojó una
moneda sobre el mostrador.
—Ah. —Donovan buscó debajo de la barra y sacó un disco blanco con
forma de moneda de diez centavos. Le entregó el objeto de papel y esperó.
Farrow lo dejó sobre la barra en tanto ambas mujeres miraban con
curiosidad. Luego volvió todo el poder de su encanto, si se le puede llamar así, a
la brasileña mirándola a los ojos.
La mujer le dedicó una sonrisa nuclear que permaneció en su lugar incluso
cuando sumergió un dedo en su margarita. Más curiosa que sorprendida, bajó la
mirada y vio cómo él golpeaba con su dedo mojado el disco, depositando dos
gotitas gruesas sobre él. El papel los absorbió de inmediato.
Fue entonces cuando Donovan notó la sonrisa de la rubia. Vaciló un poco,
y la tensión se deslizó ligeramente por sus hombros cuando se enderezó
inconscientemente. Tensó las mejillas, forzando su expresión a mantenerse firme,
incapaz de apartar los ojos del disco.
Lentamente, emergió una línea rosa.
Las bonitas cejas de la brasileña se juntaron. —¿Qué significa eso? —
preguntó, su fuerte acento de alguna manera lindo y sexy al mismo tiempo.
—Significa —dijo Donovan, tomando el disco y la margarita y
colocándolos detrás de la barra—, que alguien deslizó un narcótico en tu bebida.
Su mandíbula cayó ligeramente en tanto estudiaba a Farrow, pareciendo
aún más confundida que antes.
Donovan sabía lo que pensaba. ¿Por qué un hombre en un bar la drogaría
y luego probaría la bebida en busca de drogas? Todavía no se había dado cuenta
de que el rostro de su compañera palideció y su amiga apretaba su bolso contra
su pecho. Al menos Donovan ahora sabía dónde encontrar su escondite.
—El Rohypnol es una forma tan desagradable de conseguir una cita —le
dijo Donovan a la rubia. Chasqueó los dedos ante su portero, un motociclista con
turbios vínculos con la mafia.
Michael se acercó a ellos como si estuviera molesto por haber sido
convocado. Era una cosa de los mafiosos. Donovan podría darle a su mejor amigo
una propina de cien dólares y el hombre actuaría como si fuera indigno de él
aceptarla. Pero igual la tomaría.
Claramente aturdida, la brasileña se apartó, mirando a su amiga detrás de
Farrow.
Donovan hizo un gesto hacia la rubia a medida que hablaba con Michael.
—¿Ayudarías a esta joven a llegar a mi oficina y llamar a la policía?
—Hecho. —Michael asintió a la rubia, quien se levantó abruptamente
como si se preparara para correr—. Yo no lo haría —le dijo—. Solo me cabreará.
Apretó la mandíbula y los miró a todos. —No pueden mantenerme aquí.
—En realidad, podemos —dijo a medida que deslizaba una gran mano
alrededor de su brazo.
—Voy a llamar a mi abogado —dijo.
Michael la acompañó hacia la parte de atrás. —Vas a necesitar uno.
—¿Ella…? —Claramente, la brasileña todavía pensaba en lo que acababa
de suceder. Su mirada pasó de Donovan a Charley y luego de regreso a Farrow—
. ¿Por qué intentaría drogarme?
Charley respondió por ellos—: Sospecho que se encontraba preocupada
de que intentaras ir a casa con mi esposo.
La mirada sorprendida de la brasileña se posó sobre Farrow nuevamente.
—¿Estás casado? —Cuando él solo asintió, la decepción que brilló en su rostro
fue imposible de pasar por alto.
—Lo entiendo completamente —dijo Charley—. ¿Te gustaría otra
margarita menos mejorada químicamente?
La mujer se hundió en su taburete. —No. Creo que he dejado de beber por
un tiempo.
Charley asintió y, en cambio, le sirvió un poco de agua con gas. La puso
sobre la barra frente a ella y luego preguntó—: ¿Eres rica? Porque estoy pensando
en ponerlo en el mercado. —Señaló con la barbilla a su marido—. Necesito un
poco de dinero para gastar.
—Oh, no —dijo la mujer de cabello oscuro, pareciendo estar a miles de
kilómetros de distancia. Agitó una mano distraídamente y luego volvió a centrar
su atención en ellos cuando finalmente entendió el mensaje de Charley. Miró a
Farrow de arriba abajo y luego agregó—: Pero si lo fuera, pagaría el mejor precio.
Una sonrisa devastadora se ensanchó en el rostro de Charley y Donovan
fingió no estar afectado por ella. —Eso es tan dulce —dijo, cubriendo la mano de
la mujer con la suya para un rápido apretón. Era tan buena con la gente. Tan
cariñosa. Demasiado cariñosa, según su marido.
Farrow tomó un sorbo de su bebida y luego irrumpió en los pensamientos
de Donovan al preguntar—: ¿Has estado coqueteando con mi esposa otra vez?
—¿Otra vez? —preguntó Donovan, decidiendo limpiar la barra—. Nunca
me detuve. ¿Cómo lo supiste?
—Tengo ojos —respondió Farrow.
Charley resopló.
—No —dijo Donovan—. Quiero decir, ¿cómo supiste sobre la bebida?
¿Usaste tus superpoderes o algo así?
Farrow frunció el ceño, aparentemente poco impresionado. —
¿Superpoderes?
—¿Tienes dinero y superpoderes? —preguntó la brasileña.
—Sí, los tiene —le dijo Charley antes de inclinarse más cerca de su
esposo—. Y, por supuesto, Donovan todavía coquetea conmigo. ¿Has visto mi
trasero? —Le guiñó un ojo a Farrow antes de alejarse para atender a los clientes
del otro lado de la barra.
Farrow le dio una larga y dura mirada a ese mismo trasero antes de señalar
el espejo detrás de la barra. —La vi verter algo de un pequeño frasco en tu bebida.
Todavía estará en su bolso.
—Ay, Dios mío. No puedo imaginar por qué haría eso. Somos amigas
desde hace casi dos años. ¿Por qué hacer eso?
Por qué, ciertamente. Donovan los dejó con su conversación hasta que
llegó la policía. Preparó tragos para una mesa de turistas entusiasmados con
Meow Wolf2, al menos según su mesero, Eric, otro motociclista que fue trasladado
de cantinero a mesero cuando el nuevo empleado de Donovan llamó con el
último contagio. De ahí su necesidad de traer a su bateador emergente. Alias,
Charley. Si hubiera sabido que invitaría a su marido…
No, igual habría llamado. Farrow era bueno para los negocios. Una vez
que se corriera la voz de que él se hallaba aquí, el lugar se llenaría en una hora.
El grupo de clientas que actualmente corría dentro de su establecimiento, con
miradas de entusiasmo salvaje en sus rostros sonrojados, lo demostraba. Tendría
que invitar al hosco multimillonario a pasar más a menudo.
Una de las nuevas clientas pidió una bebida para Farrow antes que ella se
sentara. Donovan llenó el pedido y se lo pasó al hombre mientras dos policías
hablaban con él y la brasileña, consiguiendo la historia antes de regresar a la
oficina.
Charley se acercó y volvió a apoyar un brazo en el hombro de Donovan.
—¿Sientes eso?
Se giró para mirarla, de repente no se encontraba seguro de estar de humor
para soportar un bar completo lleno de fans de Farrow. —¿Mi ardiente deseo de
nacer como una roca en mi próxima vida?
—No. —Se dio la vuelta y miró hacia la puerta de la cocina. Se balanceó
como si alguien acabara de atravesarla, pero los dos servidores de Donovan se
hallaban trabajando en piso—. Como si algo estuviera mal. —Se secó las manos
y dio un paso hacia la cocina antes de volverse hacia su marido—. ¿Lo sientes?
Aunque se hallaba ocupado corroborando la historia de la brasileña,
Farrow asintió sin mirarlos.
—¿Ves? —dijo Charley, como si eso lo confirmara todo—. No he sentido
algo así en mucho tiempo.
Sin tener idea de lo que pasaba, Donovan deslizó su mirada hacia la cabina
como lo hacía cada pocos segundos desde que llegó la doctora. Un grupo de
veinteañeros se hallaba sentado allí ahora. —Mierda —dijo cuándo se dio cuenta
de que su objetivo se retiró cuando no estuvo mirando—. Ella se ha ido.

2
Meow Wolf: es una empresa estadounidense de arte y entretenimiento que crea instalaciones
de arte interactivas e inmersivas a gran escala.
Una palabra puede cambiar el día entero de alguien:
Margarita.
~Meme
Debería de saberlo mejor. De hecho, lo habría sabido mejor de no haber
entrado en pánico. Pero perdió el contacto con los otros, uno por uno. Ya no podía
escuchar sus pensamientos. Entonces, cuando descubrió que Elle Ryn Ahleethia,
o Charlie Davidson, como la conocían los de este plano, estaría encargándose del
bar de Donovan, decidió arriesgarse. Si alguien podía ayudarla, era una diosa.
Una muy poderosa, por lo que Zhou recordaba. No, no Zhou. Sia. Su nombre era
Sia aquí. Y entonces la vio. A Charley Davidson. El ser celestial que llevaba cinco
años sin ver. Lo que sea que Sia hubiera esperado encontrar, no era… esto. Se
hallaba una humana donde debería haber una diosa.
Y el hombre al final de la barra con una mujer de cada brazo, ¿de qué se
trataba? ¿Era su esposo? ¿El dios que fue engañado por una entidad llamada
Satanás para crear un hijo? Si ese era el esposo, Charley no estuvo bromeando
todos esos años. Era un ser glorioso. No era como si tuviera algo a lado de
Donovan St. James, pero a cada cual lo suyo.
Al menos, consiguió ver nuevamente a Donovan. Ese humano en
particular llenaba los sueños de Sia con fantasías obscenas desde que aterrizó en
esta roca hace cinco años. Debía ser el cuerpo que habitaba ahora. Lo había
encontrado al borde de la muerte en un callejón oscuro y esperando. Ya no estaba
en sus manos cambiar la historia de la mujer.
No había tardado mucho. En el momento exacto en que el alma de la
doctora Lucia Mirabal dejó el cuerpo de la mujer, Zhou entro para convertirse en
la tenaz doctora conocida por sus amigos como Sia. La posesión corporal obtenía
todo en el momento, y nueve décimas de la ley.
Cuando lo habitó, todo el conocimiento de la doctora se derramó en ella,
permitiéndole a Zhou retomarlo donde la doctora Lucia Mirabal lo dejó. Después
de una larga estancia en el hospital, eso era. El cuerpo aún se tuvo que recuperar
de las heridas infringidas por su atacante.
Pero todo el equipaje que venía con dicho cuerpo estaba probando ser más
un obstáculo que de ayuda para Sia ahora. Los humanos tenían estos pequeños
molestos parásitos llamados hormonas que parecían controlar el bienestar físico
y el mental a un nivel alarmante. Y estaban probando ser mucho más
complicadas de lo que habría imaginado, más que una simple ka-zhoua, una que
había pasado siglos atrapada en un oscuro vacío a medida que su energía era
drenada. Pero verlo de nuevo, posiblemente por última vez, valía el riesgo de ser
descubierta. De Charley reconociéndola y temiendo por la seguridad de su hija
por un sensible ser de historia cuestionable, desvaneciéndose antes que tuviera
la oportunidad de explicar.
De cualquier modo, Charley ahora era humana. Intrigaba a Sia como eso
era siquiera posible. ¿Cómo pasa uno de ser dios a ser humano? Quizás era un
truco de algún tipo. Un truco místico para hacer que otras entidades
sobrenaturales solo pensaran que era humana. Si lo fuera, funcionó. Había
engañado a Sia, y ella no era fácilmente engañada.
Uno de los mejores amigos de Donovan esta noche trabajaba en la entrada.
Un motociclista llamado Michael. Los reconoció a él y al otro mejor amigo de
Donovan, un chico más joven llamado Eric, que parecía una estrella de cine.
Después de una conmoción de algún tipo, Donovan llamó a Michael hacia la
barra. Unos segundos después, Michael escoltó a una de las mujeres atrás. Todo
parecía bastante ominoso, y Sia consideró que era el momento oportuno para irse.
Le dio una última mirada al barbudo motociclista detrás de la barra. O,
más precisamente, a su salvaje y oscuro cabello e imposiblemente anchos
hombros.
—¿Qué te traigo, Doc? —preguntó Eric. Esta noche atendía, lo cual era
inusual. Todo sobre esta noche era extraño, aunque Eric lucía adorable con un
mandil amarrado a su cintura.
Se preguntó si Dónovan usaba un atuendo similar. Le quedaban tan bien
los pantalones, seguramente un mandil amarrado a su cadera luciría igual de
magnifico. De hecho, se imaginaba que cualquier cosa luciría bien amarrada a
sus caderas, incluidas sus piernas.
—¿Te gustaría una sugerencia? —intervino Eric.
Salió de sus pensamientos y se castigó enterrando las uñas en sus palmas.
Había perdido el contacto con la única familia que conoció por los últimos doce
siglos, y ahora estaba sentada en un bar babeando por el motociclista que se robó
su corazón.
—No, gracias, solo voy a tomar…—El teléfono que puso sobre la mesa
sonó y su mirada se movió esperanzada hacia la pantalla. Valió la pena. Era Benji.
Pero, ¿por qué no podía escuchar sus pensamientos? No importaba en qué parte
del mundo estuvieran, siempre podían comunicarse con la misma facilidad que
lo habían hecho en el vacío.
—Lo siento —dijo, saliendo de la cabina y levantando el teléfono—. Tengo
que atender esto.
—No hay problema Doc, por el momento solo te serviré un agua con gas.
—Perfecto. Gracias.
Le lanzó una sonrisa de Hollywood en tanto entraba a un área que asumió
llevaba a los baños, en lugar de eso, se encontró en una pequeña pero industrial
cocina.
—Lo lamento —les dijo a los dos empleados que dejaron lo que hacían
para mirarla. Entonces vio otra puerta que parecía llevar afuera. Eso serviría—.
Lo lamento —dijo de nuevo, apresurándose a pasar las mesas de metal de
preparación y la estufa de gas de acero inoxidable. Sabía que su presencia en la
cocina era una violación a las reglas.
Abrió la puerta de metal y se tropezó hacia afuera dos pasos en un callejón
oscuro. Un basurero estaba enfrente de ella y varias cajas y bolsas llenaban el área
cercana a ella. Después de mirar alrededor para asegurarse que nadie escuchaba,
volvió a leer el mensaje de texto antes de tratar de llamar a Benji mentalmente. El
mensaje que envío simplemente preguntaba: ¿Dónde estás?
Presionó el botón de llamada en su celular y espero.
Una voz con estática contestó—: ¿Zhou?
—¿Benji? —medio susurró, medio siseó al teléfono—. ¿Dónde has estado?
No puedo escucharte. No puedo escuchar a nadie. ¿Qué está pasando?
—No lo sé. —Su voz sonaba entrecortada, como si la señal fuera y viniera.
Vivía en un área con servicio horrible, pero eso nunca fue un problema antes. No
cuando podían tener conversaciones completas en sus mentes—. No puedo…
Sia gruñó cuando la conexión cayó e intentó llamar de nuevo, sin éxito.
Así que escribió: ¿Qué está pasando?
Mientras esperaba, caminó de un lado para el otro sobre el irregular suelo,
mirando por encima de su hombro cada pocos segundos hasta que sus pies ya no
pudieron manejarlo. Incluso en tacones bajos, las plantas de sus pies comenzaban
a dolerle. Llevaba usándolos todo el día, tomando un turno en la clínica de la
quinta para mantener su mente ocupada. Para que dejara de pensar en lo que
pudo haber pasado a la única familia que había conocido.
Cinco de ellos salieron del vacío siguiendo Charley Davidson cuando ella
escapó y todos encontraron humanos que habitar pronto. Benji, como era
llamado en este plano, vivía más cerca de ella. Los otros tuvieron que buscar más
lejos candidatos aceptables.
Buscando habitar un cuerpo al momento de la muerte de su ocupante,
tenían que estar en una condición particular. Tenía que ser creíble que
sobrevivían. Otros, necesitaban creer que el humano podía vivir; sin importar el
daño que hubieran sufrido. La forma física tenía que estar intacta y ser capaz de
florecer, a pesar del hecho de que, en realidad, no era así. Tener a alguien sanando
mágicamente tras ser devorado por el cáncer por años no era una buena opción.
El candidato de Zhou no había estado en una condición genial cuando la
encontró, pero la doctora ciertamente pudo haber sobrevivido ya que tuvo
atención medica relativamente pronto. Y a Zhou le gustó que Sia fuera una
doctora. Sería un miembro respetable de la sociedad con un ingreso constante.
Por otro lado, Benji tropezó con un estudiante de preparatoria que cayó de
un puente al agua congelada cuando jugaba con sus amigos. La caída en realidad
mató al chico. El agua era poco profunda y se rompió el cuello con algunas rocas.
Pero su supervivencia podía explicarse en que el frio ralentizó su ritmo cardiaco
y permitió que sobreviviera los cuarenta y cinco minutos que estuvo sumergido
en el agua antes de su rescate. Necesitó quedarse unas semanas en el hospital
para que sanara su cuello roto, pero sus padres estaban tan alegres cuando pudo
caminar y hablar de nuevo.
Sia ignoró la punzada de celos que la llenó al pensar que Benji encontró
un huésped con familia, una amorosa. Era algo que ninguno de ellos tuvo alguna
vez. Pero, ¿por qué necesitaría llamarla ahora? ¿Qué ocurría? ¿Había algún tipo
de interferencia? De ser así, Sia quería saber que infernal tipo de señal podía
bloquear su habilidad para comunicarse telepáticamente. Si no era eso, querría
decir…
No. La alternativa era demasiado aterradora para incluso imaginarla.
Además, pasaron cinco años. Si los hubiera seguido del vacío a este plano, ¿por
qué esperaría media década para venir detrás de ellos?
A menos que su plan hubiera funcionado realmente, de algún modo, por
un tiempo. Tuvieron la esperanza de que habitar humanos fuera como un
camuflaje. Que los haría invisibles para otras entidades sobrenaturales que
pudieran desear hacerles lo que hizo su captor. Pero, después de todo, tal vez se
cruzó con ellos. Quizás simplemente necesitó de todo este tiempo para descubrir
qué hicieron y dónde se escondían.
Si los había seguido y los encontraba, entonces Sia tenía más de que
preocuparse que un impedimento de comunicarse mentalmente.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó una sedosa y profunda voz detrás de
ella.
Sia se dio la vuelta, miedo y culpa llenó sus pulmones, aunque no podía
imaginar qué hizo como para sentirse culpable. Apretó el teléfono contra su
pecho, levantó la mirada. Porque seguramente era un aspecto genial en ella—.
Nada —dijo después de un momento—, ¿qué estás haciendo tú?
Las oscuras pestañas de Donovan bajaron sobre irises brillando
suavemente en la luz de la farola a medida que la estudiaba. Inclinó su cabeza, lo
cual causó que una hebra de cabello oscuro cayera sobre su ceja. —¿Está todo
bien, Doc?
Forzar una sonrisa en este punto de su vida era como quitar de nuevo un
dulce que se derritió y enfrió del tablero de su auto, pero finalmente lo logró. —
Por supuesto, ¿por qué no lo estaría? —Trató de cruzar los brazos encima de su
pecho y recargarse contra un montón de cartones. Falló y casi cayó de cara contra
el pavimento.
Él se apresuró hacia adelante, pero ella se equilibró y pasó una mano por
su cabello. —¿Cómo está Elwyn? —preguntó, cambiando de tema. Sus mejillas
ardían y agradeció los poderes de la luz baja. Ruborizarse era otro talento
humano que despreciaba.
Después de un largo momento, Donovan levantó un hombro. —Tú lo
sabrías mejor que yo, siendo médico y todo.
Médico. ¿No era ese un término militar? ¿Había servido? Donovan fue el
primer miembro del grupo que conoció cuando se dirigió a la casa principal del
complejo de Loehr, construido para mantener a la hija de Charley a salvo.
Sabiendo que Charley no se encontraba alrededor para contradecir su afirmación,
Sia fingió ser su amiga de la escuela. Dijo que Charley le pidió que vigilara a
Elwyn y ofreció sus servicios. Un hombre llamado Garret Swopes, otro de los
guardianes de Elwyn, la contrató inmediatamente mientras Donovan observaba
su interacción.
Coincidentemente, Donovan también fue el primero del equipo de
moteros que atendió cuando derrapó su motocicleta para evitar ser golpeado por
una camioneta que estacionó frente a él. Y, aun así, incluso después de todos estos
años, seguía sin saber mucho sobre él.
Su teléfono sonó y leyó el mensaje de Benji. Huye, Sia, y no creas en nada.
Inhaló de forma aguda y le dio la espalda a Dónovan para tocar la pantalla
de su teléfono. Intentó llamar nuevamente a Benji, pero fue directo al buzón de
voz. Antes que lo supiera, corría a través del edificio, tropezando a través de
sombras oscuras y pisos desiguales. Tropezó dos veces, pero se las arregló para
permanecer de pie en ambas.
¿La barrera de Charley mantendría a Kursch afuera? No lo sabía con
seguridad, y no podía arriesgarse a que encontrara a Elwyn. La hija de dos dioses
sería como heroína para un devorador de almas como Kursch. Sería una droga
que nunca sería capaz de resistir. Y la energía de ella era tan poderosa, brillante,
caliente y pura que podría vivir de la hija de Charley por eones.
—¿Doc? —gritó Donovan, pero siguió corriendo como loca y estando
completamente en pánico. No tenía tiempo de explicarse. Necesitaba poner tanta
distancia entre ella y Elwyn como pudiera. Su peor pesadilla acababa de volverse
realidad. Y ese pensamiento apretó tanto su pecho que los bordes de su visión se
pusieron borrosos.
Planeó este momento por mucho tiempo. Todos lo hicieron.
Determinando qué harían si Kursch de algún modo se las arreglaba para
encontrarlos. Todos tenían planes de contingencia, pero pensaron que habría
algún tipo de advertencia. Una señal o aviso previo. ¿Cómo Kursch detuvo la
comunicación entre ellos? ¿Evitó que se alertaran entre ellos?
No es que importara ahora. Charley y su esposo crearon una barrera
encima de Santa Fe y el área que lo rodeaba para mantener a las entidades
malvadas fuera. Lo hicieron para mantener a su hija a salvo. Pero de nuevo,
¿funcionaria con Kursch? ¿Lo mantendría afuera la barrera?
Solo podía esperar que lo hiciera porque seguramente Kursch sería capaz
de sentir una entidad tan poderosa como Elwyn Loehr.
Sia tropezó con su híbrido y lo encendió mientras Donovan aparecía
alrededor del edificio. Entró a la luz, sus amplios hombros tensos y pareciendo
llevar el peso del mundo. Pasó una mano a través de su grueso y oscuro cabello,
el cual necesitaba desesperadamente un corte, mientras salía del
estacionamiento. Lo vio por el espejo retrovisor, preocupada de que fuera la
última vez. Entonces, dándose cuenta que bien podría serlo, apretó los frenos,
estacionando y saliendo del vehículo.
Su mirada la siguió a medida que corría hacia él y aunque fruncía el ceño
preocupado, se paró firme, esperando a ver qué hacía. Cuando se detuvo, solo la
observó, esperando pacientemente su próximo movimiento. Entonces hizo de
nuevo la cosa del cabello, la manga de su playera estirada alrededor de su grueso
bíceps. Y esa fue su perdición.
Se acercó más, y él dejó caer su mano. —En caso de que nunca te vuelva a
ver.
—¿Por qué no…?
Antes que pudiera terminar la oración, lanzó los brazos alrededor de su
cuello y plantó la boca contra la de él.
Era su primer beso…y muy probablemente el último. Pero, de todas
formas, era su primer beso. Y fue maravilloso. Una chispa de electricidad la
atravesó ante el contacto, y de repente entendió la popularidad.
Donovan no dudó. La acercó, sus largas manos deslizándose alrededor de
su espalda y amoldando su cuerpo al de él. Y por primera vez desde que se volvió
humana, Sia estuvo agradecida por las curvas que heredó. Encajaban de forma
agradable contra él mientras reclinaba la cabeza para profundizar el beso, su
lengua urgiendo sus labios a separarse.
Separó los labios con un suave gemido y se presionó más contra él. Tenía
un sabor dulce y sedoso, su boca se abrió más ampliamente a medida que
demandaba más de ella y se dio cuenta de que disfrutaba de su interacción tanto
como ella.
Su teléfono sonó de nuevo y era como si alguien hubiera derramado agua
helada en la espalda de su blusa. Jadeó y se alejó de él, cubriendo su boca con
una mano sintiéndose horrorizada. —Lo siento tanto. No quería… tengo que
irme.
Pero él no parecía enojado. Lucía más intrigado que decepcionado. —¿A
dónde vas con tanta prisa? —¿Su voz se volvió más ronca? ¿Más grave? ¿Más
sexy?
Sintió calidez extenderse a través de sus regiones bajas cuando su teléfono
sonó una vez más. —Lo siento —dijo de nuevo, recuperándose. Se dio la vuelta
y corrió a la camioneta que estaba medio afuera del estacionamiento. Entonces
miró por encima de su hombro y mintió—. ¡Te lo explicare después!
No tenía idea si habría un después. O si lo vería de nuevo. Pero al menos
ahora podía morir feliz.
Se volvió incómodo, y luego
lo empeoré de alguna manera.
~Una autobiografía
Donovan observó a la doctora moverse por su casa desde el refugio de su
Ford Raptor. Después de décadas de todas Harleys, todo el tiempo, tener un interior
real para este tipo de situaciones lo ayudó a mantener el ánimo.
Dejó el bar en las hábiles manos de sus mejores amigos y una descarada
diablilla llamada Charley. Luego ofreció una oración rápida para que todavía se
encontrara en pie cuando regresara. Los problemas tendían a seguir a Charley
Davidson como un mal hábito, probablemente por eso le gustaba tanto.
Desafortunadamente, le gustaba más el beso de la doctora. Ella lo
sorprendió. Estuvieron en esa etapa de una relación que oscilaba entre conocidos
profesionales y casi amigos durante cinco años, pero nunca pareció
particularmente interesada en él. Por lo tanto, mantuvo su distancia. Y luego el
beso. Uno que lo sacudió más de lo que quería admitir.
Se frotó la boca inconscientemente mientras pensaba en ello. Era como si
ella nunca hubiera besado a un hombre en su vida. Primero, no cerró los ojos. Al
menos, no de inmediato. Mantuvo sus irises color avellana enfocados en él como
para medir su reacción. Como si le preocupara que él no agradecería la atención
que le prodigaba. No necesitaba preocuparse. Decir que su interés bordeaba lo
enorme sería quedarse corto.
En segundo lugar, no abrió la boca. No hasta que él la persuadió para que
lo hiciera. Literalmente solo puso sus labios sobre los de él y esperó. Sin embargo,
parecía disfrutar incluso eso. Se hundió contra él, sus curvas amoldándose a su
cuerpo tan a fondo que le robó el aliento.
Mantuvo la mirada fija en la de ella hasta que sus párpados finalmente se
cerraron y sus labios se separaron. No importaba lo mucho que intentó no
conmoverse, sus esfuerzos resultaron infructuosos. Su olor lo tambaleó. Siempre
le fascinó. Una combinación de dulzura y sensualidad, trópicos y especias, la
fragancia inusual saturaba su ropa cada vez que ella se acercaba a un metro y
medio de él. Y estuvo mucho más cerca que eso por el beso.
Sus pantalones se apretaron alrededor de sus caderas ante la idea. Pero
cuando la envolvió en sus brazos, al instante se arrepintió de la respuesta que su
cuerpo siempre tenía cuando ella se encontraba cerca. Aparentemente, su mente
aún tenía que salir del canalón del que vino. Tembló y él sintió los rápidos latidos
de su corazón mientras intentaba salir de su pecho. Algo terrible sucedió y, sin
embargo, ahí se hallaba él, tocándola como un niño de sexto grado que acababa
de entrar en la pubertad. Clásico.
La doctora ahora era parte de la familia. Vio cosas que nadie más en la
Tierra había visto, pero nunca cuestionó nada de eso. Supuso que era porque fue
a la escuela con Charley. Ella debió saber acerca de las habilidades de Charley, al
menos un poco, porque nada parecía desconcertar a la doctora, incluso cuando
Elwyn desapareció a los cinco años y regresó tres días después siendo
adolescente. La doctora se lo tomó todo con calma. Quizás un poco demasiado
con calma.
Donovan la vio arrodillarse en su comedor y levantar algunos listones de
madera del piso, sus movimientos se precipitaron por el pánico.
Afortunadamente, dejó las persianas abiertas en su ventana delantera, lo cual le
permitió a Donovan una vista sin obstáculos de su comportamiento errático.
Pensó en enviarle un mensaje de texto a Teacup para ver si tenía alguna
idea sobre el dilema de la doctora, pero era tarde, e incluso los dioses que
subsistían con café y sarcasmo; una auténtica hija de su madre; necesitaban su
sueño reparador.
La doctora finalmente sacó suficientes tablas para sacar una bolsa. La llevó
a la mesa del comedor y la abrió. Aunque Donovan no podía ver el interior, la
gente solo escondía tres cosas en sus pisos: dinero, pruebas condenatorias o una
bolsa de supervivencia de emergencia. Dado que no tomaba a la doctora por una
asesina en serie, y ella probablemente tenía acceso a un montón de dinero siendo
doctora y todo eso, era una bolsa de supervivencia de emergencia. Podría
contener cualquier número de artículos, sobre todo dinero en efectivo de
emergencia, identificaciones falsas, un teléfono desechable y posiblemente
incluso un arma.
Se duchó y se puso pantalones, una blusa con botones color blanco cuando
llegó a casa. Su cabello húmedo caía suavemente sobre sus hombros en tanto
trabajaba. Cerró la bolsa y luego miró alrededor de su casa como si realizara una
revisión final. Pareciendo satisfecha, se puso una sudadera con capucha negra y
agarró su café, una pequeña maleta con ruedas y la bolsa antes de dirigirse a su
auto.
Cuando tropezó en el camino de entrada y aterrizó con fuerza sobre sus
rodillas y palmas, su mano se disparó hacia la manija de la puerta, pero se detuvo.
Se le hizo un nudo en el estómago cuando la observaba esforzarse por ponerse
de pie, pero necesitaba saber qué sucedía. Hacia dónde se dirigía. Donovan pensó
que probablemente él era la última persona a la que le confiaría sus problemas.
Apenas se conocían. Entonces, decidió seguirla y evaluar la situación a medida
que mantenía la distancia. A menos que ella lo necesitara, por supuesto.
Se recuperó y condujo hasta una gasolinera. Él la siguió y miró en tanto
luchaba contra el lector de tarjetas durante lo que parecieron cinco minutos.
Finalmente consiguió que funcionara y él sacó su teléfono mientras ella cargaba
la gasolina.
¿Qué sabía realmente sobre la doctora? Apareció en la puerta de los Loehr
hace cinco años, muy poco después de que Charley y su esposo ascendieran, como
ellos lo llamaban. Centraron toda su energía en crear un refugio para su hija a
medida que el resto de los Ligados-a-Tierra preparaban el recinto. Elwyn Loehr
se hallaba rodeada de personas que la amaban lo suficiente como para arriesgar
sus vidas por ella y, por supuesto, por su causa. Ser objeto de profecías que
afirmaban que derrotaría a Satanás y salvaría a la humanidad no podía ser una
carga fácil de soportar, pero la niña lo manejaba con la gracia y con la boca
inteligente de un verdadero profesional. Donovan sabía que Charley se sentía
locamente orgullosa de su hija. Demonios, él se encontraba locamente orgulloso
de su hija. Pero la doctora apareció apenas un mes después de que un grupo de
demonios ladrones de cuerpos casi causaran un apocalipsis global.
Ella era una doctora de verdad. No había duda sobre eso. Y dijo que asistió
a la escuela con Charley. Que sabía acerca de los eventos peculiares que seguían
a Charley dondequiera que iba. Pero, ¿alguien realmente lo comprobó?
Seguramente, Swopes, uno de los mejores amigos de Charley y el hombre al que
dejó a cargo del cuidado de su hija, realizó una verificación de antecedentes.
Donovan hizo una búsqueda rápida del nombre de la doctora: Lucía
Mirabal. Surgieron las cosas habituales: sus credenciales, su trabajo voluntario,
el hospital donde trabajó hasta que aceptó el trabajo con los Loehr, la pareja que
actualmente criaba a Elwyn y los padres humanos de Farrow.
Tomó nota de la fecha en que salió del hospital. Fue justo en el momento
en que la horda de demonios trataba de hacer de la Tierra su perra. Eran como
sanguijuelas y los hospitales fueron invadidos. Quizás, después de todo lo que
sucedió, la doctora decidió tomarse un descanso del centro médico y buscar otras
oportunidades. Ver a todas esas personas contraer una enfermedad misteriosa
que nadie, ni siquiera hasta el día de hoy, podía explicar, probablemente la
sacudió. Un extraño casi apocalipsis tendía a cambiar a la gente.
Pero otro artículo le llamó la atención. Se desplazó a una publicación de
noticias. El titular decía: Doctora local atacada en callejón. La foto profesional de la
doctora, una foto que le encantaba desde que la vio por primera vez, encabezaba
el artículo. Se detuvo un momento para admirar el cabello rojo y las facciones
etéreas; una palabra que nunca utilizó antes de conocerla; de la doctora antes de
continuar con el artículo. Después de leerlo, se sentó, hirviendo en su conmoción,
tan sumido en sus pensamientos que casi no ve a la doctora deteniéndose en St.
Francis.
Corrió tras ella a medida que intentaba leer el artículo al mismo tiempo,
desviándose dos veces para evitar el tráfico que se aproximaba. Nadie nunca lo
acusó de tener un exceso de sentido común.
Según el reportero, el ataque ocurrió cerca del hospital donde trabajaba la
doctora. Fue a cenar con amigos, pero se separó de ellos fuera del restaurante. Un
testigo le dijo a la policía que entró sola en el callejón. Nadie la arrastró. ¿Escuchó
algo? ¿Alguien la llamó?
Cualquiera fuera el caso, en el momento de la impresión, aún tenían que
identificar a su atacante. Todo lo que Donovan sabía era que la llevaron al
hospital Presbyterian, que era un punto de acceso para las actividades
demoníacas de la época. Agradeció a los poderes que fueran que ella logró salir
con vida de ese hospital.
¿La atacó uno de los demonios? Ciertamente dejaron suficiente carnicería
a su paso como para justificar sospechas. Incluso los humanos más amantes de la
paz que habitaban los demonios se volvieron violentos. No, no solo violentos.
Enfurecidos. Toda la situación fue sacada directamente de Hollywood.
Y el momento coincidía. Su ataque ocurrió justo en medio de esos jodidos
días. Si Charley no hubiera regresado de la dimensión infernal a la que le
enviaron, no se sabía cómo sería el mundo hoy. Sin embargo, si eso hubiera
sucedido, lo que fuera o quienquiera que fuera de quien ella huía no era su
atacante. Por lo que él sabía, no quedaban más de esos demonios en este plano.
Tal vez no huía tanto como corriendo hacia ello. Recibió una llamada. Quizá
alguien necesitaba su ayuda. Pero, ¿por qué habría dicho lo que dijo: en caso de
que nunca te vuelva a ver?
Simplemente no tenía forma de saber qué sucedía hasta que llegaran a su
destino, y le dolía la cabeza solo de pensarlo.
Siguió a la doctora hacia el sur fuera de Santa Fe, y durante las primeras
horas, trató de leer y conducir al mismo tiempo, buscando pistas sobre qué
ocurrió con su atacante. Lamentablemente, no había nada. No encontró evidencia
de un arresto o condena. ¿Nunca atraparon al agresor?
Dos horas y media después de su viaje, comenzó a preocuparse de que se
diera cuenta de que la seguía, pero trató de mantenerse lo suficientemente lejos
para compensarlo. Conectó el cargador a su teléfono que se moría rápidamente
y luego entró en sus contactos. Encontró el nombre que buscaba y pulsó llamar.
Garrett Swopes, el tutor principal de Elwyn, contestó tras solo dos timbres.
Donovan se hallaba casi impresionado.
—Será mejor que esto sea bueno —dijo Swopes, con voz aturdida.
Donovan miró la hora. Pasada la medianoche.
—¿Estoy perturbando tu sueño de belleza? —le preguntó al hombre.
—Algo como eso.
—Mi error —ofreció a modo de disculpa, sin preocuparse en lo más
mínimo—. ¿Qué sabes sobre la doctora?
Oyó que Swopes se movía como si se estuviera sentando en la cama. —
¿Qué quieres decir?
—Fue atacada antes de venir a trabajar para nosotros. ¿Sabes lo que pasó?
En el fondo, Donovan escuchó una voz femenina, ronca por el sueño. —
¿Paso algo? ¿Elwyn está bien?
—Lamento causar alarma —dijo Donovan, finalmente sintiendo un tirón
de culpa por, bueno... causar alarma.
—Todo está bien —dijo Swopes—. Ven aquí.
—No puedo —dijo Donovan—. Estoy rastreando. —Escuchó un suave
suspiro cuando, presumiblemente, Marika se sentó junto a Swopes.
—¿De qué se trata esto, St. James? —Swopes solo sonaba molesto por el
bien de su prometida. Donovan podía oír el interés en su voz.
—Tu carga me tiene vigilando a la doctora. Está preocupada por ella. Dijo
que ha estado angustiada, y tengo que estar de acuerdo. Definitivamente algo
sucede. ¿Sabes qué podría haber irritado tanto a la doctora? ¿O por qué Elwyn
está tan preocupada?
—Esa pequeña mierda no me dijo nada.
—No puedes llamarla así —dijo Marika en un tono de amonestación y
Donovan no pudo evitar sonreír. Swopes encontró a su par. Se lo merecía.
—Lo siento —dijo Swopes tímidamente—. No sé nada. ¿Sigues a la
doctora ahora?
—Sí. Parece que nos dirigimos a Ruidoso. Tal vez más lejos. ¿Sabes si tiene
familia en esa zona?
—No que yo sepa. Solo tiene a su madre y está en un hogar de ancianos
en Albuquerque. Pero, ¿qué es eso de un ataque?
—¿Quién fue atacado? —preguntó apresuradamente Marika.
—La doctora.
—¡Oh, Dios mío!
—No, no te levantes. —Swopes trató de calmar a su prometida—. Aquí,
pondré esto en altavoz.
—De acuerdo.
Donovan esperó a que se acomodara de nuevo antes de explicar. —Vi un
artículo. La doctora fue atacada en un callejón cuando las sanguijuelas intentaron
conquistar el mundo.
—¿Te refieres a los demonios de las sombras? —preguntó Swopes.
—¿En serio? ¿Tengo que ser políticamente correcto cuando se trata de los
monstruos chupadores de sangre que mataron a la hermana de Charley?
—Para nada. Simplemente quería aclararlo. Ahora que sé de lo que
hablamos, puedo responder a tu pregunta. No, no tenía idea de que la doctora
fue atacada antes de conocerla. ¿Estás seguro de que era una de los poseídos?
—No. Y ese es el problema. No puedo encontrar nada sobre un arresto.
Había tantas cosas sucediendo en ese momento. Tal vez los policías lo
atribuyeron a un psicópata y lo cerraron.
—Quizás.
—¿Es eso lo que ha irritado a la doctora? —preguntó Marika.
—No lo sé, pero agarró una bolsa de supervivencia de emergencia y salió
corriendo.
—Joder, ¿en serio? —preguntó ella, asombrada.
Donovan casi se rio. Nunca escuchó maldecir a Marika. Por otra parte,
nunca la escuchó decir mucho de nada. Ella y Swopes tenían un hijo del que
compartían la custodia, pero recientemente reavivaron la chispa en su relación.
Por lo tanto, Donovan rara vez veía a la mujer y mucho menos hablaba con ella.
—En serio —respondió—. Me preguntaba qué tan minuciosa fue la verificación
de antecedentes que tu prometido hizo con ella.
—Creí que tú revisaste los antecedentes —dijo Swopes.
—¿Por qué lo haría? ¿No es ese tu trabajo?
—Me encontraba un poco ocupado preparando el recinto para la princesa
oscura.
—Tampoco puedes llamarla así —dijo la prometida de Swopes.
A Donovan le gustaba Marika. —Entonces, ¿realmente no sabemos si la
doctora fue a la escuela con Charley o si Charley le pidió que vigilara a Elwyn?
—Supongo que no.
—Ahora que lo pienso, realmente no sabemos nada sobre ella.
—Sabemos una cosa —dijo Swopes—. Sabemos que es una excelente
doctora y sabemos que no hace preguntas sobre nuestras... actividades
extracurriculares.
—Esas son dos cosas. Y estoy de acuerdo. Pero algo la asustó. Y si no lo
supiera mejor, diría que nos faltará un médico. No creo que esté planeando
volver.
Puedo lucir bien, pero en el fondo
no recuerdo ninguna de mis contraseñas.
~Meme
No creas en nada. ¿Qué significaba eso? ¿Qué trataba de decirle Benji?
Sia olvidó cuánto tardaba en llegar a Ruidoso desde Santa Fe. Se las arregló
para ahorrar media hora en el viaje al incorporar una interpretación vaga de los
límites de velocidad anunciados, pero todavía se hallaba al borde de un completo
colapso mental cuando llegó al Paso Capitán. Solo unos kilómetros más, y estaría
en la casa de Benji. O en la casa de sus padres humanos, más bien. Pero incluso
estando tan cerca de él, no podía escucharlo. No es que la proximidad importara.
Como en todos los planos en los que estuvieron, siempre habían podido
escucharse, sin importar la distancia. Pero ahora parecía aún más silencioso. Más
oscuro. Más frío.
El Paso Capitán estaba lleno de curvas cerradas y fuertes pendientes. No
tuvo más alternativa que reducir la velocidad. Miró su retrovisor por
diezmilésima vez y vislumbró unos faros. Eso no era anormal. Para nada. Era el
hecho de que un par similar apareció y desapareció durante todo su viaje. Casi
como si la persona detrás de ella estuviera disminuyendo la velocidad a
propósito y luego acelerando de nuevo para comprobar su paradero.
Pero, ¿por qué lo harían? Puso los ojos en blanco y agarró el volante con
más fuerza, cada vez más paranoica por segundos. Nadie la seguía. Si Kursch, de
alguna manera, la hubiera ubicado en este plano y hubiera localizado a los
demás, no estaría conduciendo un vehículo y siguiéndola a una distancia segura.
No. Si Kursch los hubiera encontrado, todos estarían muertos. O peor aún,
llevados de vuelta al vacío.
Se le hizo un fuerte nudo en el estómago ante el pensamiento. Preferiría la
muerte. Por lo que sabía, en realidad sus amigos fueron devueltos. Le dolía el
estómago solo de pensarlo. Era un efecto secundario muy desagradable de, a
todos los efectos, ser humano. Incluso con el vasto conocimiento de la mujer que
habitaba, a Sia le tomó mucho tiempo adaptarse a la vida dentro de un armazón
de carne y hueso. Y el dolor físico de un evento emocional le llevaba más tiempo
para aclimatarse de lo que esperaba. Siempre pensó que la reacción visceral era
extraña, incluso con el conocimiento médico que había adquirido.
Los faros desaparecieron de su retrovisor a medida que volaba por las
curvas y subía las empinadas laderas de la montaña. Llegó a una serie de curvas
cerradas y disminuyó la velocidad, girando a la izquierda, a la derecha y luego
otra vez a la izquierda.
Concentrarse en el camino ayudó a su ansiedad. Intentó ponerse en
contacto con Benji al menos unas cincuenta veces, sin éxito. La monotonía sin
sentido de conducir era extrañamente reconfortante. Al menos hasta que los faros
reaparecieron un momento después, solo que mucho más cerca esta vez. El brillo
en su espejo la cegó por una fracción de segundo. El tiempo suficiente para que
calculara erróneamente el grado de curvatura requerida para su próximo giro.
Hizo los cálculos. Era muy buena en eso. Pero las luces la confundieron, y
un latido antes que se diera cuenta de lo que ocurría, encontró sus llantas
derechas flotando en la ladera de la montaña. Gritó y sacudió el volante,
sobrecorrigiendo y casi arrojando su Toyota por el costado. En cambio, terminó
girando hacia el carril opuesto. Afortunadamente, fue en medio de la noche sin
ningún automóvil a la vista, excepto el que se encontraba en su trasero.
Quienquiera que haya sido, disminuyó la velocidad y le dio algo de
espacio para respirar una vez que se recuperó, pero siguió vigilándolo. El desvío
a la casa de Benji se hallaba más adelante, así que encendió la luz intermitente y
miró por el retrovisor. —Ni siquiera pienses en seguirme.
Giró a la izquierda, subiendo más alto en la montaña, pero mantuvo una
vigilancia atenta sobre las luces detrás de ella. El auto mantuvo su rumbo,
pasando a toda velocidad una vez que despejó la intersección. La tensión que se
había acumulado entre sus omoplatos, oprimiéndolos con más fuerza, se alivió
un poco.
Respiró profundo y buscó en la oscuridad el siguiente giro. —Te estás
perdiendo, Sia. Solo mantente enfocada.
El casi accidente fue su culpa. Estaba tan perdida en sus pensamientos que
no disminuyó la velocidad lo suficiente. Y su paranoia la convenció de que
alguien la seguía. Tenía que recordar con quién lidiaba. Kursch le cortaría el
cuello y esperaría a que saliera del cuerpo humano para poder matarla con una
sonrisa en el rostro. Bueno, si tuviera un rostro.
Un mutilado buzón blanco apareció a la vista con el nombre Henderson
grabado en el costado. Se encontraba más descolorido de lo que recordaba, y
acababa de visitar a Benji hace unos meses. Giró a la derecha y subió por el
estrecho camino bordeado de árboles.
Los Henderson tenían una pequeña cabaña con muy pocas comodidades,
pero era el orgullo y la alegría del señor Henderson. —Completamente
autosuficiente —diría el pícaro entre risas. Benji encontró una familia increíble.
Una mamá, un papá y dos hermanitas que pensaban que su hermano mayor era
el mejor de todos. Sia envidiaba a Benji por la cercanía que compartía con su
familia. La dinámica. Encarnó el papel del ser humano que habitaba
perfectamente. Teniendo todos los recuerdos del chico, Benji fue el único de
todos, siete para ser exactos, que realmente abrazó la vida humana y la recibió
con los brazos abiertos. Peleaba con sus hermanas, pero las protegía con cada
gramo de fuerza que tenía. Desobedecía a sus padres, luego se disculpaba y
duplicaba sus tareas para compensarlo. Disfrutaba tanto de ser humano que Sia
se sorprendió que no hubiera cortado el contacto con el resto de ellos hace años.
De algún modo, eran solo un recordatorio del horrible pasado que compartían.
Se detuvo abruptamente y apagó los faros, sin querer despertar a nadie.
¿Y si todo esto era un error? ¿Y si Benji se hallaba bien? Tal vez alguien le robó el
teléfono y le gastaba una broma. ¿No era así como lo llamaban?
Después de una rápida mirada al bolso, decidió no llevárselo. Una cosa
era acercarse sigilosamente a una casa oscura en medio de la noche. Otra cosa era
acercarse sigilosamente a una casa oscura en medio de la noche con una daga de
hierro de aspecto malvado. Ni siquiera sabían con certeza si el hierro funcionaría
en Kursch, pero era la única arma que tenían.
Rezando por haber reaccionado de forma exagerada, apagó el motor,
agarró su teléfono (principalmente para la función de linterna) y salió del auto.
El olor familiar a pino la invadió y la reconfortó. Pero antes de dar dos pasos, una
ramita se partió cerca. Se congeló y lentamente levantó su teléfono, pero su
linterna no era rival para la oscuridad de un bosque en la noche. Apenas penetró
un metro y medio en la sombría densidad.
Esperó conteniendo la respiración, escuchando con todo su cuerpo por
otro sonido. Cuando no llegó ninguno, se aventuró a salir. Solo tropezó una vez,
y eso se debió a un bache del tamaño de Texas en la entrada. Esa cosa habría
destruido a su pobre Toyota, y ya había pasado suficiente por una noche.
La cabaña lucía mucho más siniestra por la noche. Se encontraba en
completa oscuridad, sombras sobre sombras, lo que a Sia le resultó extraño. El
señor Henderson siempre tenía encendida la luz del porche, además de un
reflector con sensor de movimiento. La aproximación de Sia debería haberlo
activado.
Volviéndose más cautelosa a cada instante, ignoró el hecho de que la mano
que sostenía su teléfono de repente se sacudió incontrolablemente y se deslizó
hacia el lado de la cabaña donde se encontraba la habitación de Benji. Se acercó
sigilosamente a la ventana y su luz brilló dentro. Lo que vio la dejó sin aliento y
envió escalofríos por su columna vertebral. No porque Benji estuviera dentro. Y
no porque no lo estuviera. Sino porque no había nada dentro.
Basura y ropa vieja cubrían el suelo, junto con una silla rota y un colchón
sucio que parecía haber pasado una condena en un antro de drogas. Los grafitis
cubrían las paredes y las cortinas que la madre de Benji hizo la última vez que
Sia visitó colgaban como un testamento andrajoso de los artefactos olvidados.
Parecía que la habitación no había sido habitada durante años, pero ella estuvo
aquí hace solo tres meses.
Se tambaleó hacia atrás y trató de asimilar el resto de la casa. La moldura
que el señor Henderson había pintado el verano pasado se agrietó y se
desprendían grandes trozos.
Esto no puede ser. Acababa de estar aquí para la fiesta de aniversario de los
padres de Benji.
El suelo de repente se convirtió en su enemigo cuando intentó atravesarlo
sin tropezar. Subió los escalones con dificultad hasta la puerta principal. Se
hallaba abierta, la suciedad y las hojas creaban un camino hacia el interior. La
señora Henderson trabajaba incansablemente para mantener limpia su pequeña
casa, y el porche delantero era su santuario. Tenía un área pequeña donde se
sentaba en tanto bebía té y observaba los pájaros. Y luego estaba el columpio del
porche que el señor Henderson construyó para ella. Ahora colgaba torcido de sus
cadenas, con un lado roto y el otro apenas sobreviviendo. El banco parecía tener
siglos de antigüedad, y varios listones fueron dañados, la madera astillada y
descuidada. Sia nunca estuvo más confundida en toda su vida.
Siguió los escombros al interior y vio más de lo mismo, junto con un par
de mapaches y el borrón de un ratón correteando por el suelo abarrotado.
Totalmente desconcertada, Sia miró fijamente durante diez minutos, mil
escenarios se precipitaron en su mente. Ni uno solo tenía sentido. Después de lo
que pareció una semana, se dio la vuelta para volver a su auto. El frío del aire de
la noche le afectaba, aunque probablemente era lo único que evitaba que perdiera
el conocimiento. Cuando se volvió, se encontró mirando los dos cañones de una
escopeta.
Dejó caer su teléfono y se tambaleó hacia atrás, incapaz de mirar más allá
de los dos círculos que apuntaban directamente a su cara.
—¿Y qué cree que está haciendo allí, señorita? —Era la voz de una mujer
mayor, ronca y rasposa como si hubiera fumado sin filtro durante toda su vida.
—Buscaba a los Henderson —dijo Sia, manteniendo las palmas de las
manos en alto. Retrocedió otro paso, pero el marco de la puerta le impidió ir muy
lejos.
—He estado vigilando este lugar desde que los lugareños decidieron que
era el centro de la fiesta.
—No soy de la zona. Solo soy una amiga de los Henderson.
—Sacaste ese nombre del buzón, ¿verdad?
—No —dijo Sia—. Vengo aquí todo el tiempo.
La mujer resopló. —Bueno, o mientes muy mal, o te has equivocado de
casa. No estoy segura de cuál, teniendo en cuenta que no pareces una drogadicta.
—No lo soy, se lo aseguro. Soy doctora. —No es que tuviera alguna forma
de probar eso mientras se encontraba de pie en el porche.
—¿De verdad?
—¿Puedo tomar mi teléfono?
La silueta asintió, por lo que Sia se agachó y agarró su celular antes de
levantarse de nuevo, con las manos en alto por si acaso. —Puedo mostrarte mi
currículum. Y tengo una tarjeta en mi bolso. —Señaló con un dedo alrededor del
teléfono hacia su auto—. ¿Podemos, tal vez, repensar lo de la escopeta?
—¿Podemos, tal vez, repensar la linterna? —dijo la mujer, mirando a Sia
con los ojos entrecerrados.
Sia finalmente pudo ver a la mujer. Cabello gris recogido en un moño
desordenado, tez rojiza en una cara redonda y un overol con una camisa a
cuadros debajo.
—Oh por supuesto. —Sia deslizó su teléfono y apagó la linterna antes de
volver a levantar las manos. Desafortunadamente, la mujer no cumplió con su
parte del trato, manteniendo la escopeta apuntada en dirección a su cara. Sia
decidió no insistir en el tema—. ¿Sabes a dónde fueron los Henderson? Su casa
parece abandonada.
—Eres más lista de lo que parece. Como dije, vas a tener que pensar en
algo mejor que eso.
Sia sacudió la cabeza. —No entiendo qué quieres decir.
—Mira, princesa, los Henderson no han vivido aquí durante cinco años.
—Eso, eso no es posible —dijo Sia, luchando contra el impulso de
hiperventilar.
—Ahora que lo pienso —continuó la mujer—, nadie ha vivido aquí
durante cinco años. Esta cabaña se hallaba atada a todo tipo de alboroto legal. No
tengo idea de lo que salió de eso, pero ha estado abandonada desde que murió
su hijo.
Sia sintió que los huesos de sus piernas se deshacían. —¿Benji? Pero no
murió. Fue rescatado y resucitado.
—Solo en los sueños de los Henderson. Murió hace casi cinco años.
El mundo se inclinó bajo los pies de Sia, y la mujer reafirmó su voluntad
de dispararle donde estaba, volviendo a colocar la escopeta en su hombro y
bajando la cabeza como si mirara a Sia a través de una mira, no es que necesitara
nada por el estilo a esa distancia.
Una voz masculina les llegó desde los árboles. —Ahí estás.
La mujer apuntó con la escopeta hacia la voz en tanto un hombre salía del
bosque. —Lo siento, me perdí —dijo, y Sia reconoció de inmediato la voz.
Donovan St. James. ¿Pero cómo?—. Guau —dijo, viendo la escopeta. Mostró sus
palmas y se detuvo de inmediato—. No hay necesidad de eso. Venimos en paz.
—Como si no hubiera escuchado eso antes.
—Solo buscábamos a los Henderson.
La mujer pareció erizarse y tal vez incluso ponerse un poco nerviosa. Se
movió, pero nunca apartó los ojos de Donovan.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Sia, el pánico inundó su pecho y
dificultó la respiración.
—Dije que vendría. Sé que llego tarde, pero maldita sea. —Miró a la mujer
y sacudió la cabeza—. Ese siempre ha sido mi problema con las mujeres. Soy muy
olvidable.
Santa vaca, nunca estuvo tan equivocado. —Donovan, debes irte.
—¿Qué? —dijo, la decepción evidente en su rostro. No pasó por alto el
hecho de que él se acercaba lentamente a ellas—. Me dijiste que finalmente podría
conocer a los Henderson.
—Y como le dije —habló la mujer—, que los Henderson ya no viven aquí
desde hace cinco años.
Asintió y miró alrededor de la cabaña, subiendo al primer escalón. —
Bueno, diría que eso te convierte en una mentirosa.
Sia dejó salir el aliento. ¿Él sabía algo que ella no?
La mujer chasqueó la lengua y bajó el arma un par de centímetros a
medida que él subía otro escalón más, acercándose lentamente a ellas. Ella le
sonrió y, justo antes de apretar el gatillo, dijo—: Supongo que sí.
El inglés es un gran idioma.
Por ejemplo, "take out" puede significar comida, citas
o asesinato.
~Hecho real
Donovan pensó en Sia mientras caminaba. La doctora carecía de
habilidades sociales básicas como si no supiera cómo comportarse en ciertas
situaciones. No es que haya nada malo en eso, pero podría explicar por qué se
abstuvo de hablar cuando se encontraban todos juntos. En serio, sin embargo,
¿una mujer con su apariencia? ¿Cómo podría no ser una mariposa social?
Donovan sabía, por supuesto, que la apariencia no creaba automáticamente un
intelecto social impresionante, pero, a menudo, los dos iban de la mano. Sia
parecía sufrir de una timidez paralizante, y eso solo hizo que él la deseara más.
Esas eran las gemas brillantes en las que pensaba en tanto caminaba por el
bosque más cerca de donde había visto a la doctora estacionar su auto. Marika se
ofreció a llamar a Sia para quizás averiguar qué pasaba, pero él le pidió que se
contuviera de hacerlo. Quería ver a dónde conducía esta madriguera de conejo
en particular, por lo que le pidió a Marika que le diera un día. Ahora tal vez
obtendría algunas respuestas.
Se alejó cerca de ochocientos metros atrás de la carretera y corrió hasta que
vio su camioneta a mitad de camino. Luego usó el vehículo como cobertura,
moviéndose rápidamente por el bosque una vez que lo alcanzó para flanquearla
y tener una mejor vista. Y allí estaba ella, incluida su silueta seductora.
Ciertamente fue bendecida con impresionantes curvas, pero reales. Ese beso. No
podía dejar de pensar en ello y en lo inexperta que parecía la doctora.
—Eso… eso no es posible.
Oyó el asombro en la voz de Sia y se acercó sigilosamente, asegurándose
que los árboles le ofrecieran suficiente cobertura para acercarse sin ser visto.
Escuchó a una mujer hablar sobre los ocupantes anteriores de la cabaña. Aunque
no pudo escuchar cada palabra, captó lo suficiente para saber que lo que dijo la
mujer tensó a la doctora.
Sia tomó su teléfono y Donovan finalmente se dio cuenta de por qué se
encontraba de pie con las manos en el aire, la mujer le apuntaba con una escopeta.
Un ataque de furia lo consumió al instante. Naturalmente, había dejado su pistola
en la camioneta, pero no perdió ni un instante. Salió de la protección de los
árboles y dijo tan casualmente como pudo—: Ahí estás.
La mujer apuntó con la escopeta hacia él, como esperaba.
—Lo siento, me perdí —dijo, asimilando la conducta de la doctora tanto
como podía. Ella no estaba teniendo un buen día. Su pecho subía y bajaba en
ráfagas cortas, pero no podía preocuparse por eso en este momento. Fingió que
acababa de ver la escopeta y levantó las manos—. ¡Guau! No hay necesidad de
eso. Venimos en paz.
—Como si no hubiera escuchado eso antes.
Entonces, o la mujer era una entusiasta de los extraterrestres o la
medicaban lo suficiente como para volverla paranoica. —Solo buscábamos a los
Henderson.
La mujer se movió para verlo mejor.
Así es. Mantén tu atención justo en mí. Dio otro paso más cerca.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Sia, y el pánico en su voz provocó
una extraña reacción en él. ¿Se preocupaba por él?
—Dije que vendría. Sé que llego tarde, pero maldita sea. —Miró a la mujer
y sacudió la cabeza—. Ese siempre ha sido mi problema con las mujeres. Soy muy
olvidable.
—Donovan, debes irte —dijo la doctora, y él quiso sonreír.
Verdaderamente se preocupaba por él. Este podría ser el mejor día de su vida. Al
menos, hasta ahora.
—¿Qué? —dijo, fingiendo decepción mientras daba otro paso—. Me dijiste
que finalmente podría conocer a los Henderson.
—Y como le dije —habló la mujer—, los Henderson ya no viven aquí desde
hace cinco años.
Él asintió y estudió la cabaña, subió el primer escalón, unos centímetros
más cerca de la granjera Jane. La cuestión era que investigó en el área antes de
atravesar lo desconocido. Una vez que vio el nombre en el buzón roto, una
búsqueda rápida en Google le dio lo que necesitaba. Según el registrador del
ayuntamiento de la ciudad y un artículo que Donovan encontró sobre el Festival
de Aspen más reciente—donde el señor Henderson vendió esculturas en un
puesto solo un mes antes—los Henderson no solo todavía se encontraban en el
área, sino que también vivían en esa cabaña… Y su hijo, Benji, todavía se hallaba
muy vivo. Al menos desde hace unas semanas. Entonces, ¿cómo era que la cabaña
se veía completamente abandonada? ¿Y qué hizo la granjera Jane con los amigos
de la doctora?
—Bueno —dijo, pensando que era hora sacarla de sus casillas—, entonces
diría que eso te convierte en una mentirosa.
La doctora jadeó suavemente ante sus palabras, la esperanza era evidente
en sus rasgos sombríos.
La mujer chasqueó la lengua y dejó caer la escopeta hasta apuntarla
directamente a su pecho. Subió otro escalón con toda la intención de derribarla
al suelo cuando ella le sonrió.
En ese momento supo que se jodió.
—Supongo que sí —dijo, justo antes de apretar el gatillo.
Por suerte, lo vio venir. Desafortunadamente, él no era Charley Davidson.
No podía ralentizar el tiempo para apartarse del camino de una bala veloz. Y era
malditamente consciente que no era más rápido que un disparo de escopeta.
Debió bajar la escopeta aún más justo antes de disparar porque los perdigones
golpearon su brazo izquierdo y el costado de su abdomen tan fuerte que lo hizo
caer de rodillas. Pero no por mucho. En el tiempo que le tomó apretar el gatillo
por segunda vez, él ya se encontraba encima de ella.
La doctora retrocedió cuando él derribaba a la mujer al suelo y le aplicaba
una llave de cabeza por detrás, envolviendo sus piernas alrededor de su cintura.
Lucharon durante unos segundos, el dolor casi lo hizo perder el conocimiento,
pero cuando levantó la escopeta y apuntó a Sia, no tuvo otra opción. Puso toda
su fuerza sobre el agarre y rompió el cuello de la mujer. El problema era que no
sabía si eso la detendría. Claramente, algo en ella era sobrenatural. La mujer que
sostenía contra él se sentía tan fría como el hielo y olía a líquido de
embalsamamiento. Los zombis se hallaban por encima de su salario. Y malditos
sean los zombis. Ahí era donde trazaba la línea. ¿En qué diablos se metió la
doctora?
Esperó en tanto la mujer se hundía contra él, y luego esperó un poco más.
Después de un largo momento, miró a la doctora. Se encontraba acurrucada
contra la cabaña, mirando con los ojos muy abiertos, su mirada aterrorizada
parecía seguir algo que él no podía ver. Retrocedió y se protegió la cara con un
brazo como si se preparara para un ataque.
—¿Doctora? —dijo, apenas capaz de respirar. Apartó a la mujer de él y se
deslizó al lado de Sia, pero su mirada se desvió hacia la izquierda como si
estuviera viendo algo que se marchaba a toda prisa. Después de eso, ella se relajó.
Un poquito—. Doctora, ¿qué diablos pasa? —Rechinó entre dientes apretados.
Ella lo miró boquiabierta y él se quedó quieto para que pudiera levantarlo.
—¿Qué estás haciendo aquí? ¿Por qué estarías aquí? ¿Me seguiste? ¿Eras tú? —
No esperó una respuesta. Se dio la vuelta y levantó su teléfono, claramente
esperando que apareciera una barra de señal—. Lo sabía. Sabía que alguien me
seguía, pero ¿escuché mi instinto? Por supuesto que no.
Trató de obtener servicio a medida que vagaba por el bosque. Lo tuvo en
la carretera y al final del camino de entrada, pero una vez que se acercó a la
cabaña de los Henderson, no había nada.
—¿Por qué haría algo tan tonto como escuchar mi instinto?
—La princesa del inframundo me envió —dijo, refiriéndose a lo que le
pidieron anteriormente. En su defensa, no pensó que pudiera responder a
muchas de ellas. La doctora parecía estar teniendo un momento. Cuando se dio
la vuelta para interrogarlo con lo que él supuso que era una mirada fulminante
(se hallaba demasiado oscuro para saberlo con certeza), él explicó—: La pequeña
señorita Loehr.
—¿Beep? Quiero decir, ¿Elwyn? —corrigió.
Es cierto que la mayoría de las personas en el recinto seguían llamando a
la niña Beep. Lo encontraba adorable, y probablemente por eso nunca la llamó
así. No hacía cosas adorables. Sino cosas geniales. Escabrosas. Varoniles. No en
ese momento exactamente, pero en circunstancias normales, era como ser hijo de
Marlon Brando y Sam Elliot juntos. Al menos, le gustaba pensar que sí. Pero era
difícil ser genial cuando recuperar el aliento era como tragar hojas de afeitar.
—¿Elwyn te pidió que me siguieras?
—Me pidió que te vigilara. Dijo que parecías angustiada. Y me gustaría
estar de acuerdo en eso.
—Apuesto que sí. —Volvió a levantar el teléfono y él sintió que tenían
asuntos más urgentes que revisar los mensajes.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó ya que ella aún no lo había ayudado
a levantarse.
—Necesitamos una ambulancia.
—¿No estás tú para eso?
Dejó caer el brazo y volvió a hacer lo mismo que con la boca abierta. —Te
dispararon.
—Sí, pero no era más que sal de grano.
Se arrodilló a su lado y activó la linterna del teléfono celular sobre su
herida. —Entonces, ¿no está tan mal?
—Oh, diablos, no. Todavía es malo. Es realmente malo. Simplemente no
es tan malo como podría haber sido. Además, mi chaqueta ayudó.
—¿Es a prueba de balas?
—Casi. Es cuero ¿Puedes ayudarme a levantarme?
—Espera, tenemos que detener el sangrado.
—Tenemos que llegar a mi camioneta.
—¿Por qué?
—Tengo un arma ahí. ¿Volverá esa cosa dentro de ella?
—No sé. De cualquier manera, un arma no ayudará.
Se lo imaginó. Porque eso sería demasiado fácil. —Malditas sanguijuelas.
—¿Sanguijuelas? —preguntó.
—Esos demonios que se apoderan de los cuerpos de los humanos. No hay
nada peor.
—Ah.
Incluso en su estado de dolor agonizante, no pasó por alto el hecho de que
bajó la mirada como si de repente se sintiera cohibida. Otro enigma más por
resolver. Pero por ahora, necesitaban llegar a un motel. No un hotel, sino una
posada donde pudieran aparcar justo en la puerta. No quería explicarle un
sospechoso rastro de sangre a un empleado nocturno que se ganaba la vida a
duras penas en un hotel de lujo.
—Correcto —dijo—, sanguijuelas. Esos son los peores.
—Entonces, ¿tal vez puedas ayudarme un poco?
Ella le respondió bruscamente. —Espera, ¿qué pasa con esa mujer?
Nosotros... la matamos.
—No. Tengo la completa seguridad de que lleva muerta un tiempo.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque ahora tengo que lavar el seductor aroma del líquido de
embalsamamiento de mi cabello. De manera que lo sé.
La doctora arrugó la nariz, y era demasiado adorable, o lo habría sido si él
hiciera cosas adorables.
Una hora más tarde, Donovan apenas podía ver con claridad, y mucho
menos caminar derecho. El dolor que le atravesó el estómago como atizadores al
rojo vivo lo dobló repetidamente en tanto se tambaleaba hacia la puerta de la
habitación del motel que la doctora alquiló. Tuvo que detenerse y preguntarse si
los cartuchos de escopeta fueron rellenados con algún tipo de polvo mágico de
hadas que causaba una agonía adicional al receptor. ¿El reino sobrenatural tenía
tales cosas?
Sin embargo, Donovan sí sabía una cosa con certeza. La doctora tenía
mucho que explicar.
—¿En serio? —dijo, ignorando el gemido en su voz—. ¿No pudiste
conseguir una habitación en planta baja?
—Te lo mereces. —Su voz sonaba tensa mientras hacía todo lo posible para
ayudarlo a subir los escalones—. No debiste seguirme.
Tuvieron que dejar su camioneta junto a la cabaña y venir a Ruidoso en
busca de una habitación de motel. Era un punto doloroso. Otro. Amaba su
camioneta. No tanto como su Harley, pero, aun así. Su otro punto dolorido, o una
serie de ellos, palpitaba con un dolor que nunca supo que existía. Pero tenía un
lapso de atención corto. Podría haberlo olvidado.
El bálsamo para la agonía que palpitaba a través de su cuerpo era la
doctora. Se sintió increíble. Curvas suaves y ese cabello pelirrojo sedoso que
mataría por tocar. Sin mencionar el hecho de que olía increíble.
Cinco minutos y varias casi catástrofes más tarde, se tumbó en un colchón
más duro que la mirada de Teacup y decidió pedirle a la doctora que hiciera los
últimos arreglos.
Ella dijo que no.
—Por favor.
—No soy un sacerdote.
—No soy católico.
—Tu chaqueta es increíble. Detuvo casi toda la sal de grano.
—Todavía arde como un regreso de Charley Davidson.
La doctora no esbozó ni el más mínimo asomo de sonrisa. Se detuvieron
por provisiones en el camino, y ella se encontraba muy ocupada. Como lo fue el
día que dejó su motocicleta para evitar ser decapitado, simplemente no pensó
que sería una buena imagen para él.
Sus elegantes cejas se arrugaron en tanto empujaba y pinchaba. Y su olor,
esa maldita fragancia seductora que flotaba a su alrededor como la heroína, lo
mareaba. —Probablemente tengas una costilla rota o dos.
—No se sienten rotas. Simplemente se sienten agrietadas.
—Algún día, podrás explicarme la diferencia en cómo me siento con
cualquiera de esos.
—Lo haré —dijo, con la voz tensa a medida que intentaba sacar un trozo
de sal de grano ardiente de su costado—. ¿Esas no son pinzas para cejas?
—Te negaste a ir al hospital. Obtienes pinzas para las cejas.
—Mientras las esterilices.
—Oh, mierda. —Se detuvo y estudió el pequeño instrumento—. Sabía que
me olvidé de hacer algo.
—Eres graciosa.
—Y tú eres un idiota. No puedo creer que hayas hecho eso.
—¿Qué? —preguntó, completamente ofendido—, ¿salvarte el trasero?
—Lo tenía bajo control.
Resopló y luego hizo una mueca cuando ella entró de nuevo. —Esto
llevará al máximo mi consumo de sodio durante toda la semana.
Una sonrisa, por fin. No es que pudiera ver sus labios carnosos detrás de
la máscara, pero sus ojos se arrugaron en las comisuras, y una emoción que no
había sentido en mucho tiempo se hinchó dentro de su pecho. ¿Orgullo, tal vez?
¿Adoración? ¿El deseo de anotar un gol y hacer un baile de la victoria?
—¿Te importaría decirme qué pasó allí?
Hizo una pausa en sus servicios, pero no lo miró.
—Te prometo que puedo soportarlo. Claramente, tienes algún tipo de
habilidad sobrenatural. Viste a la sanguijuela, o lo que fuera, salir del cuerpo de
esa mujer. ¿No es así? ¿Eres psíquica o algo así? ¿Es por eso por lo que nunca
cuestionaste lo que sucede en el recinto?
Volvió al trabajo sin contestar.
—Sabes que puedes confiar en mí, ¿verdad? Después de todo lo que he
visto, nada me sorprendería.
Resopló una risa suave, haciendo que las pinzas se le resbalaran.
Se tensó cuando un espasmo de dolor lo atravesó.
Sus hermosos ojos se agrandaron al levantar la mirada. —Lo siento.
—¿Lo sientes lo suficiente como para decirme qué está pasando?
Sus gruesas pestañas bajaron sobre sus iris de nuevo, y él sintió la pérdida
de esa mirada terrenal y primaveral de inmediato.
—Si pudiera, lo haría —dijo en voz baja, sus palabras apenas audibles
detrás de la máscara azul pálido.
Se movió, buscando una mejor posición. No ayudó. Nada lo hacía. Había
tenido costillas rotas antes. Fue horrible y tardaron semanas en sanar. Lo cual lo
hacía peor. —Después de todo lo que he visto —dijo, renunciando a su intento—
, ¿crees que no puedo manejarlo? ¿O simplemente no confías en mí?
Dejó las pinzas con un suspiro. —Tal vez un poco de ambos.
—Ah. Entonces, ¿recibir un disparo por ti no me hizo ganar ningún
mérito?
Después de estudiarlo por un largo momento, dijo—: Creo que saqué toda
la sal, pero un par de esos necesitan puntos. Respira profundamente.
—¿Por qué?
Antes que supiera lo que pasaba, la doctora derramó una solución de color
marrón claro sobre sus heridas. No ardía tanto como la sal, pero era una extraña
combinación de ardor y hielo. Él casi saltó por la sorpresa, pero puso ambas
manos sobre sus hombros y lo sujetó.
Cuando siguió ardiendo, reclinó la cabeza y esperó a que pasara la
tormenta.
—Gracias —dijo, tan suavemente que él casi no la oyó por encima del
rugido de la sangre que corría por sus venas.
Se llenó los pulmones, tratando de ralentizar su pulso, luego abrió los ojos.
La doctora se encontraba de vuelta en el trabajo, introduciendo una aguja
quirúrgica. —Sé que no encontraste eso en la dulcería.
—No. Siempre llevo un botiquín.
—¿En caso de que tengas que coser al azar a alguien en la calle?
Se detuvo y le prestó toda su atención. Era una artimaña poderosa para
debilitarlo aún más. Funcionó en mil niveles. —¿Encontraste a tus amigos? —
preguntó ella, su tono implicaba que él nunca sería aceptado en Mensa.
Ella tenía un buen punto.
—Bebe.
Le llevó un pequeño vaso de plástico a la boca, pero él lo miró con cautela
y preguntó—: ¿Cianuro de potasio?
—Lortab líquido3.
—Muy cerca. —Tomó el vaso y bebió el dulce líquido y luego se recostó
sobre la almohada.
—Solo un par de puntos, y habremos terminado.
Alzó un pulgar, asombrado de lo rápido que funcionaba el analgésico.
Le pasó algo cálido por las costillas y él apenas sintió algo. Excepto sus
manos. No había olvidado esas manos. O lo que despertaron en él. Ella le salvó
la vida hoy. Debido a su vistoso pasado, tenía serias preocupaciones acerca de ir

3
Lortab líquido: Medicamento que se usa para aliviar el dolor moderado a intenso.
a un hospital legítimo, pero estuvo ahí para él. No era de extrañar que no confiara
en él. Difícilmente podía culparla. Aun así, sintió que merecía una explicación.
—No te mentiré —dijo.
Sonrió. —Eso será refrescante.
—Podrías tener una hemorragia interna.
Levantó un hombro, asombrado de que no le doliera. —Mejor que externa.
Es tan difícil sacar sangre de la ropa con esta economía.
—Llamaré para pedir apoyo.
—Haz eso. Esto es increíble, doctora. Debiste dármelo hace una hora.
—Por favor, dile a Elwyn que lo lamento.
Trató de mirarla, pero sus párpados repentinamente pesaban más que su...
Harley. —Claro que sí —dijo. O lo intentó. No tenía idea de cuán coherentes eran
sus palabras ya que su lengua se tomó el día libre por enfermedad.
—Y lo siento por esto, también.
Empezó a perdonarla por cualquier fechoría que se hubiera imaginado
cometiendo, pero sintió sus labios sobre los suyos, fríos y calientes al mismo
tiempo. Suave y firme. Dulce y amargo, o tal vez esa era la medicina. De cualquier
manera, trató de devolverle el beso, pero la calidez del olvido lo atrajo al extremo
más profundo del universo, y allí se ahogó en el aroma de ella.
Quería decirle lo que sentía por ella, pero la doctora se inclinó hacia
delante y le susurró al oído—: Ojalá fuera tu humana.
Estás a punto de sobrepasar los límites de mi
medicación.
~Remera.
Donovan St. James. Nunca había sentido algo como él. Exudaba un tipo
extraño de poder animal. Un encanto que nunca vio en todos los eones en lo que
había existido de una forma u otra. En su defensa, fue incorpórea durante todos
ellos menos los últimos cinco. Pero el hombre tenía una destreza sensual que la
hacía desear estar cerca de él.
Maldito sea su cuerpo humano.
Tenía que encontrar a Benji. Necesitaba saber si el ser que consideraba un
hermano aún se hallaba vivo. Quizás lo estaba y esto solo era otro juego.
La especialidad de Kursch era el desgaste mental. Para su placer, por
supuesto. Los recompensaba con regalos cuando quería alimentarse de su luz,
luego les quitaría todo y los aterrorizaría cuando quería alimentarse de su
oscuridad. Pero todo era mental. Nunca nada de eso había existido y les llevó
milenios darse cuenta de ello.
No, no era verdad. Nunca lo descubrieron. Una deidad llamada Charley
Davidson lo hizo. Les abrió los ojos al hecho de que solo eran marionetas del
devorador de almas. Que los encerró en el vacío y vivía de su energía desde casi
el jodido comienzo de los tiempos. Y les enseñó cómo defenderse.
Apenas comenzaron a luchar cuando Charley fue sacada del vacío.
Aquellos que pudieron, la siguieron antes que el portal se cerrara. Sia había sido
una de las afortunadas y le debía todo, todos lo hacían. Pero ahora parecía que
su despertar fue en vano.
¿Kursch también los siguió? ¿O simplemente los encontró en este plano
cuando, literalmente, había tantos en la existencia como estrellas en el cielo? Si
los buscó, no fue por los ka-zhouah. No era por ella, Benji o cualquiera de los
otros. Ellos serían una mera guarnición. Sia lo sabía. Kursch obtuvo una probada
de Charley cuando estuvo en el vacío y quería más.
También sabía que nunca dejaría ir a la deidad una vez que la encontrara.
Estaría mucho más a salvo si realmente era una humana ahora. Esperaba que así
fuera. Aun así, estaba Elwyn. Era tan poderosa como sus padres. Lo sentía cada
vez que se encontraba cerca de ella. Una energía cruda e indómita que se agitaba
como una planta dentro de la chica. Era como una magnetoestrella, el tipo más
poderoso de este plano, mil veces más poderosa que el sol de la Tierra.
Sia no podía dejar que el devorador de almas la encontrara. El refugio solo
funcionaba cuando Elwyn estaba dentro. Eventualmente tendrían que
abandonar sus confines y, si Kursch se hallaba en algún lugar del plano, la
sentiría inmediatamente. Destruiría el mundo para llegar a ella, si eso era lo
necesario, tal como lo hizo con el mundo pacífico natal de Sia y Benji.
Tomó la autopista en dirección a Roswell. Desde allí, seguiría hasta llegar
a la interestatal 40 Este y eventualmente hasta Carolina del Norte. Sabiendo que
podría ser una trampa, tenía que comprobar físicamente a los otros. Con la
habilidad que poseía el devorador de almas para distorsionar la realidad, quién
sabía si algo de lo que veía en ese momento era siquiera real. No le extrañaría que
hubiera colgado una delicia como Donovan St. James frente a ella. Los
sentimientos que tenía por el hombre bordeaban lo pecaminoso y probablemente
no se parecían en nada a lo que Kursch hubiera probado en su vida. Por lo tanto,
distanciarse tanto como fuera posible de él era de suma importancia. Había
tenido suerte. Puede que no sobreviviera al próximo encuentro con Kursch y Sia
nunca se perdonaría por ello. Si la daga de acero no funcionaba con él (y no tenían
idea de si lo haría) sabía que lo haría con ella. Se quitaría la vida antes de someter
a Donovan a los caprichos del devorador de almas.
Pensó nuevamente en intentar contactar a Benji, pero se dio cuenta que
Kursch podría estar rastreándolos de esa forma. Quizás esa era la razón por la
que los otros se esfumaron. No lo sabría con certeza hasta que los encontrara
físicamente. Si lo hacía, podrían formular un plan juntos. Había una oportunidad
de que pudieran matarlo. Era infinitesimal, pero mejor que nada.
Una vez que estuvo en camino, llamó al único hombre que conocía que
podía evitar que Donovan intentara perseguirla: Garrett Swopes. De alguna
manera, era su jefe. Al menos en lo referido a Elwyn y su ejército profetizado.
Donovan tenía que escucharlo. Simplemente rezó para que lo hiciera.
—Será mejor que esto sea bueno —dijo Garrett al responder, con la voz
aturdida debido al sueño.
—Donovan St. James está herido.
—¿Qué? —Sonó completamente despierto.
—Está en la habitación 212 del Motel 6 en Canyon Road en el Ruidoso.
Hice todo lo posible, pero necesita radiografías.
—¿Qué sucedió? —Su tono fue repentinamente filoso. Oyó ruidos a través
de la línea, como si se estuviera vistiendo.
Se le formó un nudo en la garganta al comprender que nunca volvería a
ver a estas personas. Se habían convertido en una familia, al igual que los ka-
zhouah, y siempre estaría agradecida con Charley por ello. —Por favor, dile a
Elwyn que ha sido un honor conocerla.
—¿Doc?
—Los amaré a todos para siempre. —Cortó antes de que él pudiera sacarle
más información. Cuanto menos supieran, mejor. Incluso si quería, incluso si las
cosas eran perfectas en su mundo, nunca podría estar con Donovan. La vería
como un parásito, una sanguijuela, que se apoderó de un cuerpo humano. No
importaría que ya no se usara o que lo hubiera curado instantáneamente al entrar.
No podría tolerar ver ningún disgusto en su rostro. Sería su perdición.
Garrett la llamó. Rechazó la llamada y bloqueó el número justo cuando
llegaba a la carretera principal, dejando atrás todo lo que amaba.

***

Los golpes no se detendrían, sin importar cuánto suplicara. Si pudiera


averiguar de dónde provenían, podría patearle el trasero al ofensor… si pudiera
encontrar el camino de regreso al mundo de los vivos, claro.
—¡Lo tengo! —dijo una mujer desde algún lugar en la distancia.
—¿Cómo lograste conseguir la llave de la habitación? —Un hombre. Uno
como una voz muy familiar.
—Le dije que mi prometido se encontraba dentro con otra mujer y que
quería atraparlo con las manos en la masa.
—¿Cuándo diablos te comprometiste con St. James?
Una risita y luego un chasquido, seguido por una luz lo suficientemente
brillante como para iluminar un agujero negro. Golpeó a Donovan directamente
en la cara, haciéndolo agradecer que no fuera un vampiro.
—Sí —continuó la mujer—, el truco del prometido infiel no funciona en el
Marriott de Albuquerque, en caso de que te lo estés preguntando.
—Ni siquiera voy a preguntar cómo lo sabes.
—Probablemente sea lo mejor. —Un par de manos cálidas le acariciaron el
rostro—. Al menos está vivo.
—¿Tenías que acariciarle la cara para darte cuenta?
—Aparentemente. Después de todo, estamos comprometidos. Es
terriblemente apuesto en ese estilo de motociclista rudo y envejecido.
¿Envejecido?
—No lo noté. Hay más sangre de la que me esperaba.
—Me perturba que siquiera hayas esperado sangre.
—Sí, bueno, gajes del oficio. St. James —dijo el hombre, mucho más fuerte
de lo que Donovan consideraba necesario—. ¿Estás sangrando internamente?
Intentó responder, pero salió como un graznido, por lo que en cambio
levantó el dedo medio.
—Creo que va a estar bien —habló la mujer.
Sonó un teléfono y ella atendió en tanto Donovan intentaba abrir los ojos.
¿Qué demonios? ¿Doc se los había pegado? Hablando de ella… —¿Dónde está?
—logró decir.
Alguien le puso una toalla caliente en la mano. —Se marchó, pero no antes
de llamarnos. —Swopes. Eso tenía sentido. Ella sabría que él podría darle
órdenes. Raramente escuchaba, pero a él le gustaba mandar.
Se presionó la toalla en el rostro, entonces gimió y se frotó los ojos. —¿Qué
pasó? —cuestionó desde detrás de la tela.
La mujer respondió. Marika. —Esperábamos que tú pudieras decírnoslo.
¿Te dispararon?
—Sí. Sal de roca. Esa mierda duele mucho más de lo que crees.
—Recogimos tu camioneta en el camino —comentó Swopes, con mucho
más humor del que sentía que era necesario.
—¿Cómo se las arreglaron para entrar?
—Marika tiene una gran habilidad para logar que la gente cumpla sus
órdenes.
—Es un don.
Se rio, pero lo lamentó al instante. Se tomó las costillas y lo invadió una
ola de agonía al darse cuenta de que doc se las había envuelto.
—Parece que te dejó un obsequio.
Finalmente logró abrir los ojos y Swopes señaló el pequeño vaso de
plástico con un líquido transparente. Estaba en la mesa de noche con una nota
que decía Bébelo. —A la mierda con eso. Esa mierda me noqueó. Dijo que era
Lortab líquido.
Lo recogió y olió. —Estoy bastante seguro de que te mintió.
—Suele hacerlo.
—Elwyn te manda saludos —comentó Marika.
—Tengo que hablar con ella.
—Oh, de acuerdo. —Puso el teléfono en manos libres.
—Hola, Donovan —dijo la adolescente precoz, como si no lo hubiera
enviado casi a la muerte.
—¿Qué es ella? ¿Y por qué yo? —Por muy extraño que pareciera, no tenía
que explicarlo. Eso le dijo que se hallaba en el camino correcto y que Teacup sabía
más de lo que dejaba entrever.
—No sé qué es. ¿Estás bien?
—No cambies de tema.
Suspiró largamente, un gesto que demostraba que los adolescentes
compartían rasgos similares, sin importar en qué plano crecieran. —No sé qué
es, pero sé que no es… enteramente humana.
—¿Qué? —exclamó Swopes, casi tan conmocionado como Donovan—. ¿A
qué te refieres?
—Es difícil de explicar.
—Yo también tuve la sensación —intervino Marika.
—¿Y recién ahora me lo estás diciendo?
—Nunca antes surgió. Definitivamente es diferente, pero no me da vibras
demoníacas.
Elwyn estuvo de acuerdo. —A mí tampoco. Es otra cosa. Algo… etéreo.
Algo hermoso.
Donovan no podía estar más de acuerdo. —¿Qué va detrás de ella?
—¿Algo va detrás de ella? —cuestionó alarmada—. ¿Qué clase de algo?
—No lo sé, pero habitó el cuerpo de una mujer muerta e intentó matarnos
con sal de roca.
—Esa es una elección de arma extraña. Entonces, no es un demonio. Los
rumores son ciertos. Realmente odian la sal. Lo siento, Donovan.
Se arrepintió al instante de la sutil agudeza en su tono. —No lo sientas. Si
no me hubieras mandado a cuidarla, podría estar muerta ahora mismo.
—¿Sabes a dónde fue?
—No. —Luchó por acomodar la almohada en su espalda.
Marika se acercó para ayudar, pero Swopes irrumpió y lo hizo por ella.
Peleó contra una sonrisa. —Sin embargo, sé cómo encontrarla. Primero,
necesito que alguno de ustedes investigue un poco por mí.
—¡Oh! ¡Yo! —dijo Elwyn—. ¡Puedo hacerlo! ¡Elígeme!
Se la imaginó agitando el brazo en el aire, como si tratara de llamarle la
atención a una maestra, y volvió a reírse. Por extraño que pareciera, dolió tanto
como la primera vez.
—Tienes clases —le recordó Swopes—. Y tú abuela ya está enojada
conmigo por haberte perdido durante tres días.
—No está enojada. Solo está molesta porque no pudo verme crecer.
—No puedo culparla. —Él se sintió más decepcionado consigo mismo que
cualquiera. Donovan sentía su remordimiento. Pero no era como si hubiera
podido hacer algo para prevenirlo. Elwyn desarrolló repentinamente la
ingeniosa habilidad de saltar de un plano a otro usando las almas de los difuntos
como portales. ¿Quién podía saber que una niña de cinco años descubriría cómo
hacer algo tan alucinante?
—Puedo investigar durante la hora de estudio.
—¿La hora de estudio no está reservada para estudiar?
Se rio. —Correcto. De todos modos, ¿qué necesitas, Donovan?
—Necesito saber más sobre un chico llamado Benji Henderson de
Ruidoso. Doc parecía muy cercana a él.
—Oh, de acuerdo. Beeeenjiiii Hennnnderrrrson —dijo en tanto escribía su
nombre—. ¿Qué más?
—También averigua sobre su familia. Si se fueron de vacaciones o algo así.
Doc no dejaba de hablar sobre la cabaña y de cómo parecía abandonada, pero a
mí me pareció bien.
—Cabaña. Anotado.
—Oh, sí, y hay un cadáver en el pórtico delantero. —Sintió la necesidad
de defenderse cuando sus no invitados lo miraron boquiabiertos—. ¿Qué? Se los
dije, la mujer ya estaba muerta. Aunque puede que le haya roto el cuello ya
fallecido. De todos modos, hay una funeraria en alguna parte con una anciana
desaparecida en overol.
Marika lo miró con el ceño fruncido. —¿Quién entierra a alguien vestida
con un overol?
—¿Verdad? No huelo a líquido de embalsamiento, ¿verdad?
—Iu —dijo Elwyn en el teléfono.
—Tengo una pregunta más, Teacup.
—¿Por qué tú? —habló con naturalidad.
—¿Por qué yo? —confirmé.
—Porque sabía que no dejarías que le sucediera algo.
—¿Qué te hace decir eso?
—Porque estás enamorado de ella.
Vaciló, entonces repitió la pregunta—: ¿Qué te hace decir eso?
—Porque nunca le quitas los ojos de encima cuando llega al recinto, a
menos que te esté mirando, claro. Ahí es cuando finges que no sabes que existe.
—No hago eso.
—Eres tan hombre. —Su actitud brilló.
Intentó no reírse. Falló. —Supongo que lo soy.
—De acuerdo, tengo que ir a aprender cosas, incluso aunque podría
enseñarle a mi profesor de historia una cosa o dos.
—Elwyn —la reprendió Swopes, con un tono de advertencia—, ya
hablamos de esto.
—Lo sé, lo sé. Por cierto, enviaré ayuda en caso de que vuelvas a ser
atacado, Donovan.
—¿Sí?
—Artemis se muere por verte.
Artemis, una Rottweiler con el corazón de un gladiador, había sido su
perra antes que un idiota que tenía la osadía de llamarse ser humano la envenenó.
El hombre tenía suerte de que aún pudiera respirar sin intervención médica.
Después de que muriera, de alguna forma se transformó en guardiana de
Charley, y ahora de Elwyn. Se sentía extrañamente orgulloso de ella. La había
criado desde que era una cachorrita y, por lo que le dijeron, podía despedazar a
un demonio en segundos. Lloraba cada vez que lo pensaba.
—¿Artemis habla español ahora?
—No, pero corre en círculos a tu alrededor y lloriquea cada vez que vienes
a la casa principal. Se muere por tu atención.
Ese conocimiento era un poco más de lo que podía manejar por el
momento. Ignoró la opresión en su pecho. —Preferiría que se quedara contigo.
Te metes en muchos más problemas que yo.
—No lo hago.
—Debería quedarse a tu lado hasta que sepamos qué es esta cosa.
—Olvidas que también tengo doce perros del infierno protegiéndome día
y noche.
—Verdad.
—Hablando de ellos, también te enviaré al Rey Henry VIII. Con Artemis
forman un gran equipo.
—¿No murió?
—No ese Rey Henry VIII. El sabueso del infierno, Rey Henry VIII.
Se sentó. El dolor que se disparó por su cuerpo fue como una motosierra
desgarrándolo en pedazos. —¿Me enviarás un perro del infierno?
—Es muy dulce.
—¿Me enviarás un sabueso del infierno nombrado en honor al monarca
británico que decapitaba gente para el desayuno?
—Es el más majestuoso de todos. Y el más macizo. Creo que vence a la
mayoría de los demonios.
Casi lamentó haber preguntado en tanto trataba de regresar a la cama sin
crear ningún dolor indebido. No funcionó.
Una vez que estuvo acomodado, Swopes le pasó dos pastillas y un vaso
de agua. No lo cuestionó. Se habría tomado hachís mezclado con PCP en ese
momento.
—¿Dijiste que puedes encontrar a doc?
Tragó las píldoras y luego hizo un gesto hacia su teléfono. —Le instalé una
aplicación en el teléfono para poder rastrearla.
—¿Eso es legal? —cuestionó Marika.
—Mayormente sí.
Swopes le pasó el móvil. —Entonces, ¿dónde está ahora?
Abrió la aplicación y se alejó de su ubicación. —Se dirige hacia el este.
Puedo alcanzarla cuando se detenga a pasar la noche.
—Te refieres a si se detiene a pasar la noche.
—Correcto. —Podría tener más dificultades alcanzándola de lo que
esperaba. Ella tenía una gran ventaja. Intentando no amargarse por el hecho,
balanceó las piernas sobre el borde de la cama, haciendo una mueca con cada
movimiento.
Marika sonó preocupada—: ¿Cómo conducirás así?
—Con mucho cuidado. —Le guiñó un ojo y luego miró a Swopes—. Voy
a necesitar tu camisa.
—Como la mierda que lo harás.
Cada etiqueta de advertencia tiene una historia oculta
increíble
~Hecho real.
Él estaba de vuelta. Kursh había vuelto. Nunca lo sintió entrar en su mente.
Tal vez no tenía que hacerlo. Tal vez él era parte de Zhou tanto como lo era la
humana Sia. La tierra que se extendía ante ella parecía como si acabara de ser
alcanzada por una serie de misiles Scud. El humo salía de los autos abandonados
en la carretera. Los fuegos rugían a su alrededor. Docenas de cuerpos yacían
esparcidos por el paisaje.
Como ya no podía confiar en su mente, Sia no tuvo otra opción más que
detenerse. Esperaba conducir toda la noche, pero si comenzaba a desviarse para
esquivar autos y cuerpos, chocaría y probablemente lastimaría a alguien en el
proceso.
Tiró del hombro y sacudió la cabeza, intentando sacar a Kursh de una
patada. Funcionó. El mundo volvió a convertirse en colinas ondulantes
salpicadas de pastos amarillos y follaje del desierto. Él entró en su mente. ¿Eso
significaba que podía localizarla? ¿Que podría asesinarla?
Su teléfono sonó. Entrecerró los ojos más allá del dolor de cabeza
penetrante para enfocarse en la pantalla. Donovan St. James. Un alambre de púas
apretó su corazón cuando declinó la llamada y bloqueó su número. Después de
años de querer que él la notara, finalmente lo hizo, pero no de la forma que ella
había soñado. Él solo la había vigilado por órdenes.
Y ahora estaría enojado porque bloqueó su número. Tenía el derecho de
estarlo. Arriesgó su vida para salvarla y ella lo dejó incapacitado y sangrando en
una habitación de motel barato. No solo eso, lo drogó. Si alguna vez habían
tenido una oportunidad antes, sabía con certeza que ese barco zarpó.
Una voz apareció en su cabeza. ¿Sia?
¿Benji? Jadeó en voz alta, luego intentó calmarse. Este podría ser otro
truco. Pero cuando le envió otro mensaje, comenzó a pensar que realmente era
él. No creas en nada.
Lo sé. También está en mi cabeza. ¿Estás bien? Cuando no recibió respuesta,
volvió a decir: ¿Benji?
Nada. Lo había perdido de nuevo. La frustración la tenía apretando los
dientes, pero tenía que salir de la interestatal. Volvió a subir al asfalto y buscó la
siguiente salida. Con suerte, habría un hotel o incluso una tienda de
conveniencia. No se hallaba por encima de dormir en su auto en un
estacionamiento.
Cuando salió unos minutos más tarde, el sol aún se encontraba a la deriva
en el horizonte. La rampa de salida no tenía hoteles, pero había una pequeña
tienda de conveniencia familiar con una única bomba de gasolina. Debido a que
su estómago rugía, decidió entrar.
La pequeña tienda olía a perritos calientes y aceite de motor. Podía
servirle. Una canción country estática sonaba por los altavoces mientras sacaba
una salchicha de la rejilla para calentar con un juego de pinzas de plástico. La
metió en un pan y fue en busca de la mostaza. La botella que tenían se encontraba
vacía. Fue entonces que vio el primer cadáver. El empleado detrás del mostrador,
un chico de unos veinte años por su aspecto, yacía en un charco de sangre.
Esto no estaba pasando. No era real. Dejó caer el perrito caliente y sacudió
la cabeza nuevamente, pero la imagen permaneció. Retrocediendo hacia la salida,
miró hacia un pasillo corto que conducía a los baños. Un hombre alto y delgado
con una máscara se hallaba de pie allí, mirándola, con un destornillador en una
mano y un machete en la otra. Detrás de él yacía otro cadáver, un anciano que
vestía unos pantalones de golf a cuadros.
El asesino no parecía tener mucha prisa en tanto la miraba, inmóvil. Pronto
entendió por qué. La puerta de cristal a su espalda se hallaba cerrada. Se presionó
contra ésta, la manija se clavó en su columna a medida que trataba de forzarla
para que se abriera.
Un Subaru azul se detuvo frente a la puerta y se giró para golpear el vidrio.
La pareja miraba con horror y se dio cuenta de que había otro cuerpo afuera.
Cuando Sia hizo contacto visual con ellos, suplicando ayuda, sus miradas se
deslizaron más allá de ella y se alejaron a toda velocidad.
Entonces lo sintió y se quedó inmóvil. El asesino se encontraba detrás de
ella. Su aliento agitó el cabello en la parte posterior de su cabeza. Olía a aceite de
motor y huevos podridos, pero cuando miró el cuerpo de afuera, una mujer rubia
de mediana edad con Crocs de color rosa brillante, supo con certeza que nada de
esto era real. Habría visto ese cuerpo.
O eso pensó hasta que vio el rastro de sangre detrás. Evidentemente, la
mujer se había arrastrado hasta el frente desde la parte trasera de la tienda,
débilmente levantando una mano para presionarla contra el vidrio. Pero
claramente solo pudo mantener la posición durante poco tiempo antes de que su
mano se deslizara, dejando marcas de color rojo brillante.
Sia se arrodilló y presionó la yema de los dedos contra la puerta. —¿Esto
es real? —preguntó, justo cuando el machete le atravesó la espalda.

***

Ella se detuvo, incitando a Donovan a conducir más rápido. No había


hoteles cerca de donde su rastreador parecía estar en la carretera entre salidas.
No durmió en toda la noche. Tal vez simplemente no podía ir más lejos sin tomar
una siesta, pero la interestatal no era el lugar para hacer eso.
Por supuesto, estas aplicaciones no siempre eran precisas. Esperaba que
ella hubiera tomado la salida antes y estuviera parqueada en un camino lateral.
Intentó llamarla, pero lo rechazó. Lo rechazó.
Su teléfono sonó y lo tomó, un poco decepcionado de que no fuera la
doctora. —¿No se supone que deberías estar en clase?
—Lo estoy —susurró Teacup—. Algo así. Estoy en una especie de armario
de archivos.
—¿Por qué estás en un armario de archivos?
—Porque se supone que debo estar en clase. Bah.
No uno de sus mejores momentos. —¿Qué averiguaste?
—Bien, los Henderson están visitando a algunos familiares en Nueva
Hampshire.
—¿En serio? No parecen del tipo de Nueva Hampshire
Después de una larga pausa, preguntó—: ¿Cuál es el tipo de Nueva
Hampshire?
—Esa es una buena pregunta. ¿Qué más tienes?
—Bueno, su hijo, Benji, no fue con ellos debido al fútbol.
—Entonces, ¿debería haber estado en casa?
—Creo que se está quedando con un amigo, un compañero jugador de
fútbol. No estoy cien por ciento segura de eso. De cualquier manera, no ha habido
nadie ingresado en los hospitales cercanos que se ajuste a su descripción, y no ha
sido reportado como desaparecido, así que eso es bueno.
—Lo es.
—Pero aquí está la parte extraña.
Donovan inclinó la cabeza con interés.
—Benji Henderson casi muere hace cinco años el mismo día que la doctora
fue atacada.
—¿En serio?
—Sí. Estaba jugando con algunos amigos cerca de un río y se cayó de un
puente, rompiéndose el cuello.
—¿Sobrevivió a una fractura de cuello?
—Y un ahogamiento. Aparentemente, el agua fría le salvó la vida. Según
el artículo, estuvo sumergido durante casi cuarenta y cinco minutos antes que
llegara el equipo de rescate y lo sacaran.
—Entonces, sobrevivió tanto a una fractura en el cuello como a un
ahogamiento. ¿Cuáles son las posibilidades de eso?
—Lo llamaron un milagro. Apareció en todos los periódicos locales e
incluso llegó a las noticias de Albuquerque y Santa Fe. Hay videos en YouTube.
Te enviaré algunos enlaces.
—Gracias, Teacup.
—¿Puedo preguntarte algo en caso de que mueras tratando de derrotar a
este tipo malo y nunca te vuelva a ver?
Su preocupación era conmovedora. —Por supuesto.
—¿Por qué me llamas Teacup?
Se rio y se arrepintió al instante. —Porque cuando eras pequeña, solías
beber café en tu juego de té de plástico. Solías sostener la taza de té con tu dedo
meñique levantado.
—¿De verdad?
—Además, te enamoraste de Chip de La Bella y la Bestia.
—¡La taza de té! Era tan lindo.
—Tenías tres años.
—¿Y?
—Bebías más café que yo.
—De acuerdo.
—Y ya estabas loca por chicos.
—¿Tu punto?
—No hay punto. Simplemente expongo algunos hechos. —Esa chica era
Charley, completamente.
—Bueno, está bien, no mueras si puedes evitarlo.
Reprimió una risa que hubiera dolido. —Haré lo mejor que pueda.
—Y, ¿Donovan?
—Sí, ¿Teacup?
—Tampoco tengo mucha certeza de esto, así que no lo divulgues, pero
estoy bastante segura de que te quiero más que a cualquier otra persona en el
planeta. —Se quedó inmóvil, sus palabras robaron el aliento de sus ya heridos
pulmones, pero antes que pudiera responder ella dijo—: Y salva a la chica. —
Antes de colgar.
Miró al frente, preguntándose qué había hecho en su vida para merecer tal
adoración de personas como la hija de Charley Davidson. Puede haber sido
porque él era a menudo el único que cedía a su fetiche por el café. Pero sus
intenciones habían sido en nombre de la autoconservación. La niña tenía TDAH
como nadie más. Él apenas podía seguir el ritmo. El café era lo único que la
calmaba.
Se pasó una mano por la boca, tratando de borrar la sonrisa estúpida que
ahora tenía. Dios, la amaba.
Bajó la mirada a su teléfono. Según la aplicación, el vehículo de la doctora
se detuvo a unos dos kilómetros delante de él. Efectivamente, llegó a la cima de
una colina y distinguió el auto rojo en el andén derecho, estacionado al azar, casi
como si ella hubiera rodado contra la barandilla. Presionó el acelerador y llegó
en tiempo récord.
Normalmente, habría saltado de la camioneta y echado a correr, pero eso
se hallaba fuera de discusión en este momento. En lugar de eso, se estacionó
cuidadosamente, abrió la puerta y se deslizó por el costado de su asiento,
agradeciendo al fabricante de los escalones instalados de fábrica. Cada molécula
de aire que tomaba dolía. Cada movimiento lo atravesaba como un cristal. Pero
fue lo más rápido que pudo y encontró a la doctora desplomada contra la puerta.
—¡Doc! —gritó, primero probando la puerta y luego golpeando la
ventana—. ¡Doc, despierta!
Cuando no respondió, sacó su cuchillo y usó el mango para romper la
ventana del asiento detrás del conductor. Se hizo añicos en el segundo intento
mientras los autos y camiones los pasaban a toda velocidad.
Extendió la mano, desbloqueó la puerta y la abrió cuidadosamente,
tomándola en sus brazos cuando cayó contra él. —Vamos, Doc —dijo,
palmeando suavemente su pálida mejilla—. Puedes hacerlo.
Despertó por fin, pero su reacción hacia él fue menos que entusiasta. Se
zafó de sus brazos, su mirada moviéndose salvajemente al tiempo que se palpaba
la espalda buscando… ¿Qué? Cuando se dio cuenta de que no estaba en peligro,
se sentó jadeando durante un minuto entero antes de volver a mirarlo. Entonces,
se abalanzó sobre él.
La atrapó, atrayéndola a sus brazos en tanto rompía en lágrimas y lloraba
sobre su camisa nueva. A pesar del dolor, la abrazó tan fuerte como pudo sin
lastimarla. —Está bien, Doc. —Le dio algo de tiempo, simplemente respirándola,
ignorando el sonido ocasional de una bocina. Pero los otros conductores tenían
razón. Necesitaban salir de la interestatal. Era demasiado peligroso estar
estacionados allí—. ¿Doc? —llamó suavemente.
Finalmente, levantó la cabeza y las lágrimas que brillaban en sus ojos los
hacían ver aún más grandes.
—Tenemos que salir de la carretera. ¿Puedes seguirme hasta la próxima
salida?
Miedo brilló en su rostro. —No, hay un asesino.
—¿Un asesino? —preguntó, confundido.
Cerró los ojos con fuerza, derramando aún más lágrimas de sus pestañas.
—No. No hay un asesino. Todo estaba en mi mente.
Maldita sea, ¿era esquizofrénica? Había tenido un buen amigo que
contrajo la terrible enfermedad justo al graduarse de la secundaria. Tenía toda la
vida por delante, y terminó perdiéndolo todo.
—¿Qué te parece si solo vienes conmigo?
—¿Qué? —Pareció volver al presente—. No, está bien. Puedo seguirte.
—¿Estás segura? Puedo caminar de regreso por tu auto una vez que te
lleve a un lugar seguro.
Su expresión se suavizó. —No, estoy bien. Te seguiré.
Asintió con cautela y caminó de regreso a su camioneta. Diez minutos
después, se encontraban sentados en su cabina en la parada Love’s Truck. Ella
estacionó su auto, tomó su bolso, y se precipitó al asiento de pasajero de él como
si estuviera muerta de miedo de que algo la alcanzara y la agarrara. Y él quería
saber por qué.
—Está bien, Doc, ¿qué sucede? —preguntó en tanto ella hurgaba en su
bolso.
—¿Te bebiste el medicamento que dejé para ti?
—¿Qué era eso? Me dejó inconsciente.
—Te lo dije, era Lortab líquido.
—He probado Lortab, y no hace eso.
Frunció sus bonitos labios hacia él. —En primer lugar, estabas exhausto.
En segundo lugar, en el momento en que el dolor comenzó a disminuir, el
agotamiento tomó el control y finalmente pudiste descansar. —Sacó la botella y
vertió un poco en la tapa—. Aquí.
—¿Estás segura de que esto no me dejará inconsciente?
—No debería a menos que realmente lo necesites, lo cual probablemente
sea así. ¿Cómo están tus costillas?
—Mejor ahora —respondió, con seriedad. Ya sea que su presencia había
disminuido de alguna manera el dolor, o sus endorfinas finalmente estaban
haciendo efecto. Posiblemente un poco de ambos. Se llevó la tapa a los labios,
luego se la devolvió—. ¿Simplemente caminas alrededor con narcóticos en tu
bolso?
—Es solo para emergencias.
—Ah. Entonces, ¿qué está pasando?
Volvió a tapar la botella, deslizó su botiquín en el suelo y luego miró por
la ventana sin responder.
—Déjame decirte lo que sé.
Su mirada bajó a las manos que retorcía en su regazo.
—Fuiste atacada en un callejón hace cinco años, exactamente al mismo
tiempo que ocurría esa extraña pandemia.
—Tú y yo sabemos lo que pasó.
—Lo sé. Demonios sombra se infiltraron en este plano y se apoderaron de
los cuerpos de las personas con enfermedades mentales, enviándolos en ataques
de violencia. Entonces, sí, sé lo que pasó. Solo estoy sorprendido de que tú lo
sepas. —Cuando no respondió, preguntó: —¿Es eso lo que sucedió? ¿Alguno de
ellos te atacó?
—Sin comentarios.
—Escucha, Doc. Si voy a ayudarte…
—¿Qué puedes hacer? —preguntó, sus defensas elevándose. Levantó su
barbilla temblorosa y dijo—: Intenté mantenerte fuera de esto. Eres solo un
humano.
—Auch y… ¿qué? —Entrecerró los ojos hacia ella—. ¿Eso significa que tú
no lo eres?
Tomó un suave aliento como si acabara de darse cuenta de lo que había
dicho. —No, por supuesto que no significa eso.
—Está bien, ¿qué pasa con Benji?
Su cabeza giró rápidamente hacia él. —¿Qué hay de él?
—Casi muere también. De hecho, exactamente el mismo día que tú casi
mueres.
Levantó un hombro.
—Y ambos sobrevivieron contra posibilidades imposibles. ¿No te parece
extraño?
—Para nada. Soy doctora. Veo esa clase de cosas todo el tiempo.
—¿Siquiera fuiste a la escuela con Charley? —preguntó, rogándole que se
abriera con él. Decidió cambiar de táctica. Ir por la yugular—. ¿O eso también fue
una mentira? —Inclinó la cabeza y añadió en voz baja—. Sanguijuela.
Ella se quedó inmóvil y un nuevo charco de lágrimas se acumuló entre sus
pestañas. Era un gran imbécil.
—No eres humana, ¿cierto? No completamente.
—Tampoco estás actuando muy humano en este momento.
—Tal vez no, pero al menos nací con esta alma. ¿De dónde vino la tuya?
Se dio la vuelta, pero él vio escapar una lágrima a través de su reflejo en la
ventana y luchó contra la simpatía que sentía por ella. No le haría ningún bien a
ninguno de los dos.
—No tengo mucho tiempo —dijo después de un largo momento de
contemplación—. Tienes razón. Necesitas saberlo en caso de que no sobreviva.
—Se giró y lo enfrentó para dar énfasis—. Vendrá por Elwyn, y no hay nada que
puedas hacer para detenerlo.
El verdadero problema con la realidad es la falta de
música de fondo.
~Meme
Ya no tenía elección. Sia debía que contarle a la pandilla que una entidad
de pura maldad se había deslizado de alguna manera en el plano y que vendría
por su amada Elwyn. Ahora que sabía con certeza que Kursch era responsable de
las cosas que estaban sucediendo, tenía la obligación de denunciarlo. El
devorador de almas era un maestro manipulador de la mente, y necesitaban
saber de lo que era capaz.
Por otra parte, ¿esto era real? ¿Realmente la despertó Donovan? ¿O todo
esto era parte de los juegos enfermizos de Kursch?
No había manera de escapar de él en vacío. Aquí, sin embargo, parecía
haber obstáculos e interferencias. ¿De qué otra forma habría despertado de su
último festival de terror? ¿Y por qué Kursch dejó el cuerpo de ese cadáver cuando
Donovan le rompió el cuello? La mujer ya se encontraba muerta. ¿Qué importaba
un cuello roto?
¿Era Donovan? En ambas ocasiones, emitió una cantidad extrema de
emoción. La primera fue cuando Kursch estuvo a punto de dispararle. La
segunda cuando pensó que ella podría estar herida o muriendo en su auto. ¿Era
eso? ¿Era emoción humana? ¿O era...?
Bajó la mirada y notó algo a lo que no había prestado mucha atención
antes. Bueno, lo había hecho, en realidad. Donovan siempre llevaba varios
brazaletes en las muñecas. Por razones que no podía entender, encontraba ese
hecho muy sexy. Pero uno de ellos era negro con símbolos indígenas.
Extendió la mano y lo tocó. Él la dejó, a pesar del disgusto que debió sentir.
—¿Es de hierro?
Lo giró para darle una mejor vista. —Sí.
Se cubrió la boca con ambas manos con asombro. Cuando Donovan tocó a
la mujer con su brazalete, Kursch huyó. Y cuando tocó a Sia con el mismo
brazalete, su presencia en su mente se había disipado. Habían especulado que el
hierro dañaría al devorador de almas, o, bueno, Charley había especulado. Ella
les había dado la respuesta para derrotar a Kursch hace años, y nunca lo supieron.
Sia tomó su teléfono y le envió un mensaje de texto a Benji. Teníamos
razón. El hierro es su kriptonita. Dile a los demás.
—Ahora que hemos superado la parte de mostrar y contar de nuestro
programa, ¿te importaría explicar qué viene exactamente tras Teacup?
Ya no le importaba lo que Donovan pensara de ella. Podía odiarla.
Encontrarla repugnante, pero su euforia no podía ser contenida. Se abalanzó y
lanzó sus brazos alrededor de su cuello una vez más.
Él se congeló por un largo momento antes de relajarse y deslizar sus
grandes manos alrededor de su cintura. El calor de ellas recorrió su estómago y
su espalda, y se hundió contra él.
Trató de no llorar. Seguramente ya se hartaba de ello. Pero muy
posiblemente los salvó a todos. O, al menos, salvó a Elwyn, ya que Sia
probablemente moriría tratando de derrotar a Kursch. —Hierro —dijo contra su
cuello—. Diles a todos que podemos detener a Kursch con hierro.
—Hierro. Entiendo. ¿Kursch es tu ex o algo así?
Una burbuja de risa estalló en ella. Durante tanto tiempo se sintió tan
asustada, pero ahora existía una oportunidad. No, como una enorme, pero... Se
hundió hacia atrás y bajó la mirada. —Tenías razón. No soy del todo humana.
Pero tampoco soy un demonio —se apresuró a agregar.
Él se mordió el labio inferior, era tan sexy que se hallaba segura de que su
cuerpo humano había ovulado. Luego preguntó en voz baja—: ¿Qué eres?
—Soy algo así como lo que considerarías un fantasma. Solo en mi mundo,
uno que Kursch destruyó, por cierto; cierta vida vegetal también tenía alma. Al
igual que los humanos. Trabajamos sinérgicamente con el follaje que
habitábamos. Somos básicamente los restos espirituales de un tipo de planta que
envenena a sus enemigos con un olor irresistible.
Se apartó para poder verla mejor. —¿Es por eso que hueles tan bien?
Se encogió de hombros tímidamente. —Es posible.
—Espera, ¿puede matarme?
Se rio. —No me parece. No directamente, de todos modos.
Sacudió la cabeza como si estuviera asombrado. —Dime más.
—¿Estás seguro?
—Al cien por ciento.
—Está bien, bueno, éramos elementales que vivían en un planeta muy
hostil pero absolutamente hermoso. Se sabía que éramos muy poderosos, por lo
que Kursch devastó nuestro mundo, nos rodeó y nos envió a un vacío donde
podría alimentarse de nuestra energía durante eones. —Levantó la mirada para
evaluar la reacción de Donovan. Cuando su expresión permaneció neutral,
continuó—: Languidecimos en el vacío durante tanto tiempo que olvidamos
cualquier otra cosa. Hasta que cierta diosa llamada Elle-Rhyn-Ahleethia apareció
en nuestra puerta. —Sia le sonrió—. La conoces como Charley Davidson.
La miró boquiabierto. —¿Eres de Mermelada?
Se rio. —¿Cómo supiste que ella lo llamó así? Fue muy divertido porque
no sabíamos lo que significaba hasta que la seguimos hasta aquí. Es bastante
deliciosa.
—¿Todos los de tu clase escaparon?
—No. —Una ola de tristeza se apoderó de ella—. Cuando la enviaron de
vuelta, solo unos pocos de nosotros tuvimos la suerte de pasar antes que se
cerrara el portal. Pero ella es quien nos abrió los ojos. Nos mostró lo que Kursch
nos hacía. Alimentándose de nosotros. Manipulando nuestras mentes.
—Es por eso que estás viendo cosas que no están allí.
—Sí. Pero parece que el hierro de tu brazalete de alguna manera lo asusta.
O tal vez le duele. Charley nos dijo que así sería. No sé cómo lo supo, pero nos
dijo que el hierro era su debilidad. Que podríamos usarlo para luchar contra él.
Para posiblemente escapar del vacío.
—¿Mencionó por casualidad dónde encontrar dicho hierro, ya que estás
en un vacío y todo eso?
—No llegamos tan lejos, pero creo que tenía un plan.
—Estoy seguro de que sí. Es bastante asombrosa.
—Lo es.
—Sobre este cuerpo —dijo, girándose hacia el elefante en la habitación.
—La doctora fue atacada. Pero no por un poseído como crees.
Se acercó y tomó su mano como si estuviera fascinado con sus dedos. Pasó
las puntas de las suyas a lo largo de las de ella. Envió ondas de placer en espiral
a través de su cuerpo. —Entonces, ¿quién la atacó?
Se aclaró la garganta y trató de ignorar lo que él le estaba haciendo. —Su
ex.
Su mirada se disparó a la de ella.
—No te preocupes —continuó—, él está muerto.
—¿Ella lo mató?
—No. Pero se defendió con todo lo que tenía. Infligió mucho daño, pero él
era como un toro bravo, golpeando a ciegas porque se atrevió a rechazarlo.
Seguía atacándola cuando ella murió. Cuando tomé posesión, a falta de mejor
frase.
—¿Y tú lo mataste?
—Sí. Apenas. Pude arrebatarle el control del cuchillo y, con mi recién
adquirido conocimiento enciclopédico de la anatomía humana, supe
exactamente dónde apuñalarlo para infligir el mayor daño.
—No había nada sobre él en los artículos sobre su muerte.
—No lo habría. No fue encontrado con ella. Corrió y logró alejarse unas
cuadras. Como apenas llevaban tiempo saliendo y nunca hicieron pública su
relación, ella se dio cuenta de las señales de alerta a diestra y siniestra al principio
de su relación, la policía nunca los conectó. —Bajó la cabeza—. Fue pura suerte
que la encontré cuando lo hice. Que pude tomar represalias por ella. Curé su
cuerpo lo suficiente para que mi supervivencia fuera creíble, luego esperé a que
llegara la ayuda.
Se volvió para mirar por la ventana. —¿Cómo sabes que notó las señales
de alerta?
—Tengo todos sus recuerdos. Así es como puedo ejercer medicina. Sé todo
lo que ella hizo.
—Entonces, ¿simplemente retomaste donde lo dejó?
—Sí. —Inhaló un suspiro tembloroso—. Y ahora lo sabes. Tengo que
encontrar a Benji, pero necesito un favor.
Se volvió hacia ella.
—¿Me prestas tu pulsera? Creo que mantendrá a Kursch fuera de mi
mente el tiempo suficiente para que ideemos un plan. Espero que podamos
matarlo antes de que se entere sobre la existencia de Elwyn.
—¿Cómo sabes que no lo ha hecho ya?
—No sabemos. Razón de más para matarlo si podemos.
Asintió pensativo, con el ceño fruncido en su increíblemente hermoso
rostro. Sia entendió. Era mucho para asimilar, incluso para alguien con la
experiencia de Donovan. Con la duda clara como el cristal, preguntó—: ¿Y tú y
este chico de secundaria van a salvar el día?
—Junto con los demás, si todavía están vivos. De lo contrario, lo haré por
mi cuenta. No puedo dejar que encuentre a la chica destinada a salvar a la
humanidad. Me he encariñado con todos ustedes.
—Entonces, ¿vas a sacrificarte por Teacup?
Lo miró inexpresivamente. —Como si no intentarías hacer lo mismo.
—Claro que lo intentaría. De acuerdo. —Juntó las manos y se las frotó
como si se preparara para hacer un truco de magia. —Estoy dentro.
—¿Dentro?
—Dentro.
—Espera. —Se movió en su asiento—. No. No hay ningún dentro. Solo
estamos yo y posiblemente Benji y, bueno, no sé sobre los demás. Perdimos el
contacto. Pero eso es todo. No puedes estar dentro.
—Cierto, porque solo soy un humano.
Hizo una mueca. —Lo lamento. Pero esta no es tu lucha.
—Si se trata de Teacup —dijo con una mirada furiosa—, absolutamente si
lo es.
Una sensualidad se ató a su columna vertebral, robándole el aliento de sus
pulmones. Su rostro masculino mostraba una determinación que no se atrevía a
cuestionar. Su mandíbula afilada cubierta por esa barba insipiente que de alguna
manera tenía el poder de transformar sus piernas en gelatina. El ligero gris en sus
sienes. Las largas pestañas y sus intensos iris azules que a veces brillaban desde
abajo. Era tan oscuramente guapo. Tan devastadoramente resistente. Podría
acostumbrarse a ser humana si pudiera mirar eso todos los días.
—Sabes que solo te llamé sanguijuela para enojarte.
Resopló con una risa suave. —Está bien. Tienes razón.
—No, no la tengo. Quería la verdad. Ahora la tengo. Eres etérea, Doc. Un
alma hermosa envuelta en un cuerpo hermoso.
—¿Piensas que soy hermosa?
—Bastante.
—¿Y crees que este cuerpo es hermoso?
—Sí —respondió, con el humor brillando en sus ojos.
Tomó un sorbo de agua embotellada justo cuando preguntó—: ¿Te
gustaría hacerlo? —Luego tosió durante los siguientes cinco minutos, y ella quiso
sentirse un poco humillada. Trató de estarlo, pero no pudo lograrlo. Lo deseaba,
y no había tiempo como las horas previas a la muerte segura de uno para hacer
fluir los jugos. El corazón acelerado. La desesperación por las nubes. Era ahora o
nunca, y lo sabía—. Lo siento —dijo mientras él se limpiaba la boca con la parte
inferior de su camiseta gris oscuro—. ¿Quieres un pañuelo? —Agarró su bolso y
comenzó a revisar el contenido.
—Está bien. Esta no es mi camiseta —dijo, presionando el extremo inferior
de la prenda contra su boca como un niño.
Qué mal. Mostraba perfectamente sus sinuosos antebrazos y gruesos
bíceps. Pero fueron los abdominales que acababa de mostrar los que la
deshicieron.
—¿Deberíamos, um, quieres conseguir una habitación de hotel? —¿Se
encontraba realmente nervioso? Porque las mariposas bombardeaban en picada
el revestimiento de su estómago. Aun así, lo imaginó como un profesional.
Ciertamente se veía bien.
—Bueno —dijo, mirando a su alrededor—, tus ventanas están bastante
polarizadas. Y tienes ese ingenioso parasol para tu parabrisas.
—Espera. ¿Aquí?
Respiró hondo para armarse de valor y se arrastró sobre la consola para
sentarse a horcajadas sobre él.
Su sorpresa solo duró un momento. Se agachó y ajustó el asiento para que
el volante ya no le tocara el trasero. En cambio, sus manos se hallaban ahí.
Se inclinó y presionó su boca contra la de él. Sí. Esa misma deliciosa
tensión se enroscó en su abdomen como las dos últimas veces que lo besó. La
sensación se intensificó cuando deslizó la lengua por su labio inferior y un suave
gemido escapó antes de que pudiera detenerlo. Avergonzada, se apartó y bajó la
mirada. —Por cierto —dijo, a medida que una calidez se extendía por su rostro—
, soy virgen.

***

Donovan se congeló. La abrazó contra él hasta que pudo ordenar sus


pensamientos. Se tomó un tiempo. Después de mirarla durante unos sólidos
sesenta segundos, preguntó—: ¿Eres qué? —solo para confirmar.
Sus enormes ojos encontraron los suyos otra vez, una asombrosa mezcla
de caramelo y marrones más profundos con motas de verde espuma de mar
salpicadas por todas partes. —Quiero decir, este cuerpo no lo es, pero yo sí. Yo
nunca... ya sabes.
—Ah, lo entiendo. —Eso tenía más sentido. No es que una mujer hermosa
y exitosa no pueda ser virgen. Sin embargo, las probabilidades se encontraban
definitivamente en contra—. Entonces, seré el primero —dijo con total
naturalidad. Sin presión.
—Técnicamente. Quiero decir, sé qué hacer. Técnicamente. Simplemente
nunca he puesto a prueba ese conocimiento.
—¿Esto es una prueba? —preguntó, sonriéndole. Parecía más nerviosa que
él—. Los exámenes nunca fueron mi punto fuerte en la escuela.
—¿Cuál era tu punto fuerte?
—Chicas, en su mayoría.
Se rio. No había otra palabra para ello. Se le escapó una pequeña y suave
burbuja de risa, y él la encontró aún más encantadora por eso. —¿Por qué no
estoy sorprendida? —le preguntó.
—No puedo imaginar. Pero primero, lo primero. —Se quitó el brazalete
de metal, empujó los dos extremos para cerrar el círculo y lo deslizó en su muñeca
mucho más delgada—. Todavía es demasiado grande. —Fue a retirarlo, pero ella
apartó la mano de un tirón.
—Es perfecto. —Lo levantó para estudiarlo como si estuviera examinando
un grupo de diamantes—. Pero realmente no deberías haberlo hecho. —Cuando
él solo le sonrió, agregó—: Siento que te estoy dejando vulnerable al tomar esto.
—No está detrás de mí. Estaré bien.
Dejó caer la muñeca y la mirada. —¿Deberíamos empezar entonces?
Levantó una ceja. —¿Empezar?
—Sí, ya sabes. Eso.
—Ah. —Intentó no sonreír. Falló. Esto iba a ser divertido—. ¿Por dónde
sugieres que empecemos?
—Oh. —Sus ojos se abrieron ampliamente mientras pensaba en su
pregunta mucho más intensamente de lo que él imaginó que lo haría—. Cierto.
Bueno, la música parece ser importante.
—Música. —Asintió y luchó contra esa sonrisa errante de nuevo. El hijo
de puta—. ¿Qué sugieres?
—No estoy segura. —Presionó la boca hacia un lado en tanto lo
consideraba—. ¿Tal vez algo como “música para follar”?
Tuvo que reenfocar cada gramo de fuerza en su cuerpo para no reírse. Para
ocultar su rostro, se inclinó más allá de ella para encender la radio. —Veamos
qué hay disponible.
—Cierto. Buena idea.
Tras una búsqueda rápida, apareció algo apropiadamente suave.
—¡Oh, Rihanna! —dijo, aplaudiendo suavemente. Luego, como si
estuviera avergonzada, agregó—: Esta es una buena canción.
—Confío en tu palabra. ¿Qué sigue?
—Mmm. —Se tocó la barbilla con el dedo índice—. Bueno, no quiero
parecer atrevida…
—Por supuesto que no.
—… pero probablemente deberías quitarte la camiseta.
—¿Solo yo?
Bajó la mirada a su sudadera con cremallera. —Buen punto. Quiero decir,
es justo, ¿verdad?
—Justo es justo.
—Justo es definitivamente justo. —Empezó a desabrochar la sudadera con
capucha, pero se detuvo cuando él no se movió para hacer lo mismo.
Cuando señaló con la barbilla la camiseta, él alcanzó la parte de atrás del
cuello y la levantó por encima de su cabeza. Podría haber jurado que escuchó un
suave jadeo, pero no se encontraba seguro.
Arrojó la camiseta de Swopes en el asiento del pasajero y ella bajó
lentamente la cremallera de su sudadera sin apartar los ojos de su pecho. De
repente le preocupó que sus tatuajes la desanimaran. Ella no parecía estar
molesta, pero había un grupo demográfico completo que los encontraba
espantosos. Lo cual probablemente era una gran parte de la razón por la que se
los había hecho en primer lugar. Nada como presentarse como un revoltoso para
mantener a raya a los puritanos. Era un mecanismo de defensa ambulante. ¿Vería
a través de él? ¿Le importaba?
Con una sacudida de sorpresa, se dio cuenta de que sí. ¿Pero por qué?
Nunca le había importado. Por otra parte, nunca conoció a nadie como la doc. Y
eso fue antes que supiera lo que ella era. La mayoría de las mujeres que llevó a
su cama prácticamente le suplicaron que lo hiciera. En su vida coqueteó con una
mujer. Nunca tuvo que hacerlo. Pero la doctora era diferente. Podía verse a sí
mismo rogando por su atención. De buena gana. Con alegría. Desesperadamente.
Cuando literalmente separó un diente de la cremallera a la vez, sus
movimientos minuciosamente lentos, él no pudo soportarlo más. Le quitó la
cremallera de las manos, la deslizó hasta abajo y le quitó la chaqueta de los
hombros.
Su poderoso aroma lo envolvió. Exótico y dulce, rodeó, saturó y agitó,
bombeando sangre en su pene. Cuando ella empezó con los botones de su blusa
blanca, él no tuvo ganas de esperar. Rezando para que la prenda no costara más
que su Harley, tomó los bordes y la abrió. Sus pechos, sostenidos por la más
mínima insinuación de un sostén de encaje, se derramaron y, por un momento,
quedó hipnotizado. Hasta que su mirada se posó en su estómago. Al lado de sus
costillas. En su hombro derecho.
Fue como si alguien le hubiera arrojado un balde de agua helada. No, no
agua helada. Miel hirviendo. Cuando fue a cubrirse el abdomen con los brazos,
él no la dejó. Agarró sus muñecas y las cerró detrás de su espalda para ver mejor.
Cicatrices de todos los tamaños y formas adornaban su hermoso cuerpo,
y su sangre se volvió mordazmente fría. No se dio cuenta de cuánto hasta que la
Doc hizo una mueca y tiró de sus manos fuera de su agarre.
—Lo siento —dijo, pero ya era demasiado tarde. Había arruinado el
momento. Se tragó una maldición cuando se arregló la blusa y se bajó de su
regazo.
Conoce tus problemas y jodidamente encárgate de
ellos.
~Charley 1:12
Sia difícilmente podía culpar a Donovan por estar sorprendido. Por
encontrar este cuerpo poco atractivo. Por encontrarla poco atractiva. Se arregló la
blusa, sus hombros subiendo lentamente a medida que intentaba levantarse de
su regazo.
La detuvo colocando sus grandes manos sobre sus hombros.
Luchó contra un escozor en sus ojos, pero no podía mirarlo. La
humillación la atravesó como un reguero de pólvora caliente, consumiéndola por
completo. Fue demasiado descarada y audaz cuando no tenía derecho a serlo.
Donovan era un dios comparado con ella, que apenas era humana.
—Está bien —dijo, intentando escaparse—. No tenemos que hacer nada.
—Llegaremos a eso. ¿Estás segura de que está muerto? —preguntó, su voz
ronca y afilada como una navaja.
Frunció el ceño. —¿Quién?
—El hombre que te hizo esto.
Soltó una carcajada. —Se te olvida que no me lo hizo a mí. Se lo hizo a la
doctora Lucia Mirabal.
—Dijiste que seguía atacando cuando entraste en su cuerpo. ¿Todavía
tienes los recuerdos de lo que hizo? —preguntó, sus ojos brillando con ira—,
¿recuerdas el cuchillo cortando esta hermosa piel?
—Sí —admitió—, como si hubiera ocurrido ayer.
—Entonces te lo hizo a ti.
—No, Donovan. No lo hizo. Lo que pasó esa mujer…
—Y a ti, después. No lo minimices.
Se rindió y respondió a su pregunta—: Sí, estoy segura de que está muerto.
—Nuevamente intentó levantarse de su regazo, pero la sujetó con fuerza.
—Estábamos en medio de algo.
—Está bien. De verdad. De todos modos, necesito irme. —Pero sus manos
apretaron sus antebrazos, sus pulgares acariciaron la tela de su blusa como colas
de gato, el movimiento era reconfortante.
—¿Crees que las cicatrices han cambiado de alguna manera mis
sentimientos hacia ti?
—¿Por qué no lo harían?
—¿Mis tatuajes cambiaron tus sentimientos hacia mí?
Esa era una buena pregunta. De hecho, lo hicieron. La primera vez que lo
había tratado. ¿Cómo podría explicarlo? —En cierto modo, sí. —Lo sintió
tensarse debajo de ella, por lo que le explicó rápidamente—: Te hicieron aún más
atractivo. Más prohibido.
Sus iris color zafiro brillaron con lo que esperaba que fuera interés. —Para
mí es igual con tus cicatrices.
—¿Cómo? —preguntó, su tono lleno de la duda que sentía en lo más
profundo de su alma.
—Demuestran lo luchadora que era. Lo sobreviviente que eres. Son tan
hermosas y aprensivas como tú, y me gustaría mucho continuar donde lo
dejamos.
Levantó un hombro y examinó las uñas sin pulir de su mano derecha. —
Supongo que podemos. Este cuerpo tiene fuertes sentimientos por ti.
—¿Solo el cuerpo? —preguntó, su voz suave llena de humor.
—Sin embargo, me siento estúpida. Sé qué hacer, pero lo estoy haciendo
todo mal.
Capturó su barbilla. —Confía en mí, preciosa, no estás haciendo nada
malo.
—¿De verdad?
—De verdad.
—Si hago algo estúpido, ¿me lo dirás?
Levantó tres dedos. —Lo juro.
—¿Fuiste un niño explorador?
—Por supuesto. Nunca traicionaría el código.
Entrecerró los ojos y dijo—: Entonces, si hago esto... —justo antes de
inclinarse y presionar su boca contra la de él, pero solo por un segundo.
Inclinó la cabeza como si se hubiera despertado su interés. —Ciertamente
es un buen comienzo.
Asintió. —¿Qué tal esto? —Pasó una mano por su pecho, a través de su
estómago y sobre su caja torácica.
Sus músculos se flexionaron bajo su toque, las crestas que cubrían su
delgado abdomen la fascinaron. —Eso también funciona.
—¿Qué hay de esto? —Se quitó la blusa y comenzó a desabrocharse los
vaqueros, sus dedos temblaban más de lo que le hubiera gustado. Todo este
asunto de la seducción resultaba mucho más complejo de lo que pensó. A pesar
de que ella era la actriz, y él el actor, sentía que la seducía cada vez que la miraba,
sus párpados entrecerrados hacían que sus iris brillaran aún más.
Observó sus manos con algo parecido al hambre y notó que su pecho subía
y bajaba un poco más rápido que antes. Ese hecho le encantó.
Se las arregló para desabrochar el botón y bajar la cremallera hasta la
mitad, pero el espacio restringido se convirtió en un problema. —Espera —dijo
antes de deslizar su trasero sobre la consola y reclinarse en el asiento del lado del
pasajero. Una vez allí, empujó sus pantalones vaqueros por sus caderas y piernas,
solo para darse cuenta de que llevaba botas—. Sigue esperando. Todavía estoy
encargándome de esto. No juzgues.
—No. Hay. Problema.
Se detuvo un momento para mirarlo por encima de sus rodillas. O una
rodilla. La otra pierna se encontraba en el aire en tanto intentaba quitarse la bota.
Aun así, él la estudiaba, su expresión era en parte asesor fiscal y en parte lobo.
Fuera lo que fuera lo que pensaba, a ella le gustaba. Los músculos de su
mandíbula se tensaron mientras la observaba desnudarse y su lengua se deslizó
para lamerse el labio superior.
Cuando finalmente se quitó la maldita bota y los vaqueros, él deslizó un
dedo dentro de sus bragas color azul pastel, el dorso de sus dedos rozó su clítoris
en el proceso, disparando algo maravilloso en lo más profundo de su interior.
—Este también.
—De acuerdo. —Se quitó la ropa interior y se sentó, ahora respirando
entrecortadamente. Pero él desapareció. —¿Donovan? —preguntó justo cuando
la puerta trasera se abrió.
Donovan se subió al asiento trasero y ordenó en voz baja—: Ven aquí.
Las mariposas en su estómago tomaron posiciones estratégicas y atacaron
con una especie de vigor sanguinario. Llenó sus pulmones y luego se puso de pie
para escalar el asiento. Una vez que estuvo a mitad de camino, él la ayudó,
levantándola sobre los respaldos y sobre su regazo, donde una vez más se sentó
a horcajadas sobre él. Se acomodó sobre el hombre, no se le escapó el contorno
de su pene entre sus piernas.
Apartó un mechón de cabello de su rostro y la estiró hacia abajo hasta que
su boca estuvo sobre la suya otra vez. Le separó los labios con la lengua, y aunque
eso se sintió maravilloso, sus dedos deslizándose sobre su clítoris se sintieron
mucho mejor. Sia se tensó y agarró su muñeca. No porque no le gustara, sino
porque le gustaba demasiado.
—Está bien —dijo contra su boca como si supiera exactamente qué
pensaba. Quizás era así. No le importaba en lo más mínimo. Un brazo se deslizó
alrededor de sus hombros y la atrajo más cerca como para mantenerla quieta a
medida que trabajaba—. Abre más las piernas.
Se dio cuenta de que apretó sus piernas contra las suyas como si intentara
cerrarlas. Trató de relajarse, pero las oleadas de placer que la atravesaban no se
lo permitieron.
La atrajo hacia él hasta que su boca estuvo contra su oreja. —Te cenaré a ti
ahora.
—¿Qué? —preguntó, su voz un fantasma entrecortado de lo que fue hace
solo unos minutos. Pero lo comprendió cuando puso sus brazos debajo de sus
rodillas, se deslizó un poco hacia abajo y la levantó hasta que su clítoris estuvo
en su boca.
Jadeó en voz alta y agarró puñados de su cabello. Su lengua rozó
suavemente los pliegues de su núcleo, jugando con su clítoris con deliciosa
precisión. Sus músculos se contrajeron en respuesta y sintió que el calor se
acumulaba en su abdomen. Una fuerte opresión se enroscó en lo profundo de su
interior.
Sin romper el contacto, se retorció y la recostó en el asiento, sus gruesos
brazos soportaron fácilmente su peso. Sia se alzó sobre los hombros, levantando
las caderas hacia arriba, preocupada de que él se detuviera. Para mantenerlo
cerca, tomó mechones de cabello en sus puños y, aunque no podía estar segura,
puede que Donovan se riera. Pero valió la pena. Cualquier vergüenza que
pudiera sufrir después no era nada comparado con lo que este hombre hacía con
su lengua.
Combinó remolinos con suaves mamadas y besos ocasionales. Pero los
dedos deslizándose en su calor fueron su perdición. La presión en su abdomen
se transformó en una penetrante liberación de placer. Se derramó en ella en ola
tras ola suculenta. Se levantó del asiento cuando empujó sus dedos en su interior
al mismo tiempo que llegaba al clímax.
Luego se colocó encima de ella y dejó un rastro de besos calientes por su
cuello y mentón hasta que capturó su boca con la suya. A medida que se elevaba
a otro plano de existencia, se deslizó en su interior con un suave empujón. El
movimiento la tomó desprevenida. Apretó cuando su grosor la envió en espiral
por segunda vez.
Al principio, la penetró lentamente, pero Sia quería más. Y lo deseaba más
rápido. Volvió a levantar las caderas del asiento y agarró sus nalgas redondeadas
para forzarlo a penetrarla más profundamente, contenta de que el cuerpo de la
doctora no fuera tan virginal como ella.
—Doc —exclamó, su voz profunda y entrecortada, pero eso fue todo lo
que dijo antes de llegar al clímax.
Era justo. Se hallaba en su tercer pico, las sensaciones la invadían como
heroína mezclada con explosivos altamente volátiles. Contuvo la respiración,
esperando un segundo más de éxtasis, un momento más de placer. Cuando
Donovan se estremeció y gimió, su expresión era en parte de euforia y agonía, lo
entendió. Su liberación prolongó la de ella y vio cómo su hermoso rostro se
tensaba y relajaba cuando descendía.
Comenzó a colapsar sobre ella, pero se contuvo, de manera que Sia lo
empujó hacia abajo y envolvió sus brazos y piernas a su alrededor a medida que
jadeaban al mismo tiempo.
—¿En una escala del uno al diez? —preguntó después de unos minutos, y
Donovan se rio, algo profundo y ronco que casi la envió al borde otra vez—.
Entooonceees, ¿quizás un nueve coma trescientos ochenta y cinco? —Cuando él
solo besó su cuello, enviando espirales de placer por su columna vertebral,
decidió por sí misma—. Fue un nueve coma trescientos ochenta y cinco.

***

Sia nunca sintió algo así en su vida. Había leído todo sobre orgasmos, tanto
en libros de ficción como de no ficción, pero la realidad era mucho mejor. Mucho
más intenso. Mucho más estremecedoramente intenso.
Besó suavemente a Donovan en la boca y luego lo dejó dormitando en el
asiento trasero de su camioneta para buscar una muda de ropa limpia en su auto.
Incapaz de detenerse, miró con amor el brazalete que él insistió que usara hasta
que pudieran conseguirle uno que se ajustara mejor a su muñeca. Por ahora,
usaría este.
Tras meterse en el asiento trasero, abrió su maleta y buscó una muda de
ropa limpia. Planeaban conducir directamente hasta Carolina del Norte.
Donovan accedió a ayudarla a encontrar a sus amigos, y uno de ellos era una
pastelera de Asheville llamada Pamela Dubois. Pero pronto tendrían que
encontrar alguna ducha, una de las ventajas de vivir en este plano. Se puso los
zapatos y agarró la daga de hierro. Puesto que Donovan insistió en que tomara
su brazalete, él llevaría la daga en su cinturón. Estaría listo. Justo cuando
comenzaba a regresar a su camioneta, la voz de Benji apareció en su mente.
Sia, espera.
¡Benji!, casi le gritó. Cuando no respondió, se concentró mucho, tratando
de alcanzarlo. ¿Dónde estás? ¿Estás bien? ¿Esperar qué?
Lo lamento. Es demasiado poderoso y no puedo vivir con ese tipo de terror.
¿De qué estás hablando?
Lo siento.
Se dio la vuelta, mirando por las ventanas, intentando encontrar algo por
lo cual él se estuviera disculpando. Fue entonces cuando lo vio. El hombre alto y
enmascarado de su visión se hallaba parado entre su auto y la camioneta de
Donovan, mirándola fijamente, con la cabeza ligeramente inclinada. Solo que, en
lugar de un machete, llevaba una lata de gasolina en una mano y una cerilla
encendida en la otra.
Se apresuró a salir del vehículo, pero el hombre dejó caer el fósforo antes
que pudiera hacerlo. El pánico se apoderó de ella y salió apresuradamente por la
puerta, cayendo hacia adelante sobre el asfalto y raspándose las palmas de las
manos con la grava. Se dio la vuelta para ver su auto arder en llamas, solo el
rastro de fuego iba en la otra dirección.
—¿Donovan? —dijo suavemente. Un microsegundo después, la camioneta
explotó con un estruendo ensordecedor.
Una ráfaga de calor la envolvió, seguida de una lluvia de escombros
metálicos. Sus instintos debieron de tomar el control. Debería haberse acurrucado
contra la explosión. Se protegió la cabeza y el cuerpo lo mejor que pudo, pero no
podía apartar la mirada del fuego que se elevaba diez metros en el aire.
—¿Donovan? —susurró de nuevo antes de tropezar hacia la camioneta. El
calor se negó a dejarla acercarse mucho y los siguientes minutos transcurrieron
como una película en cámara lenta
La gente rodeó la camioneta desde una distancia segura, gritándole que
retrocediera. Pero sonaban como si estuvieran bajo el agua, sus advertencias no
eran más que súplicas ahogadas.
¿Por qué veía esto? Usaba el brazalete de hierro. Kursch no debería haber
sido capaz de meterse en su cabeza. Entonces, ¿por qué veía esto?
Lo lamento.
Volvió a intentar acercarse, pero la pared de calor la retuvo como si fuera
de acero fundido. Entonces, caminó hacia el lado del conductor, buscando a
Donovan en el asiento trasero. Tal vez se escapó. Quizás entró a la parada de
camiones para ir al baño o por algo de comer.
Se giró y lo buscó entre la multitud, pero no se encontraba allí.
—¡Había alguien adentro! —gritó una mujer, y gritos y charlas siguieron
a su declaración. Pero Sia no vio a nadie. No. Él no estaba allí. Esa mujer se
equivocaba.
Las sirenas resonaron en la distancia al mismo tiempo que la gente se
apresuraba a mover sus vehículos para que no se incendiaran también, pero Sia
no podía moverse. Se quedó mirando el fuego hasta que sus ojos se resecaron por
sus esfuerzos.
—¿Donovan? —susurró una vez más, como si fuera capaz de escucharla
incluso si no se hallaba en la camioneta.
Finalmente, un hombre desafió el calor y se apresuró a estirarla hacia atrás.
Luchó contra él con uñas y dientes, pero se mantuvo firme hasta que la alejó lo
suficiente de la camioneta para que otra espectadora ayudara a derribarla al
suelo. —Si alguien estaba allí, está muerto, cariño —le dijo una mujer—. Tienes
que quedarte atrás.
Esto no estaba pasando. Miró su muñeca para asegurarse que el brazalete
seguía allí. Estaba. Esto no podía ser real. Esta era solo otra de las visiones
distorsionadas de Kursch.
Entonces lo vio. El hombre alto, solo que ya no usaba la máscara. Se quedó
mirándola desde el otro lado de la camioneta, las llamas distorsionaban su rostro
alargado. Pero no había forma de confundir esa sonrisa con otra cosa que no fuera
la malvada que era. Incluso el hecho de tenía la boca parcialmente desintegrada,
dejando al descubierto los dientes de un lado.
Los escuchó antes de verlos. El hombre y la mujer aún la sujetaban por los
brazos, manteniéndola inmovilizada contra el suelo en tanto los servicios de
emergencias entraban apresuradamente al estacionamiento. Pero pudo oír sus
gruñidos, bajos y guturales, incluso por encima de las sirenas. Uno apareció a su
izquierda y el otro a su derecha. La sonrisa del hombre delgado vaciló cuando
los vio, pero rápidamente la puso de nuevo en su lugar.
Sia le sonrió al hombre y susurró—: Maten.
Se lanzaron hacia adelante, el sabueso del infierno y la Rottweiler salieron
disparados tras el hombre como cohetes. Este tropezó hacia atrás y trató de
correr, pero los tuvo encima en un instante. Sus gritos se mezclaron con los
sonidos viciosos de los gruñidos de los perros a medida que sacaban a la entidad
del cuerpo que robó y procedían a despedazarlo.
Si bien no dudó ni por un segundo de que sus mordidas de amor dolían,
sí dudó de su capacidad para matarlo. El hombre se había estado alimentando de
la energía de los ka-zhouah durante eones. Haría falta algo más que un buen
descuartizamiento para acabar con él.
Se puso de pie, apartando las manos de los extraños, y caminó hacia la
pelea. El cuerpo del humano yacía desplomado en el suelo y el devorador de
almas yacía en pedazos a su alrededor. Los perros seguían gruñendo y
desgarrando cuando Sia encontró lo que buscaba. El centro oscuro. El corazón de
la entidad conocida como Kursch.
Los perros se detuvieron para observarla. Rey Henry gruñía cada vez que
se movía una pieza, sabiendo que intentaría volver a unirse. Artemis saltó hacia
Sia, con algo que parecía un brazo colgando de su boca.
—Buena chica —dijo Sia, acariciando a la adorable Rottweiler en la cabeza.
Luego miró a Henry, señaló el centro oscuro y dijo—: Tráelo.
Los bomberos ahora rociaban la camioneta, pero no podía pensar en eso
en este momento. No podía pensar en lo que perdió entre un segundo y el
siguiente.
Henry recogió el centro oscuro con la boca, trotó y lo dejó caer a sus pies.
Esta se arrodilló y sacó la daga de hierro de la parte de atrás de sus
pantalones.
No, le dijo Kursch un microsegundo antes que levantara el cuchillo en el
aire y lo hundiera en el núcleo que lo convertía en lo que era. No se derritió como
esperaba. Ni se convirtió en polvo. Ni siquiera explotó. Simplemente...
desapareció, llevándose consigo el peso que había sentido sobre sus hombros
durante los cinco años que estuvo en este plano con él.
Pero se quedó pegada al lugar. Incapaz de moverse. No dispuesta a hacer.
¿Qué pasaba cuando finalmente podías vivir libremente pero ya no querías
hacerlo?
Artemis, molesta porque su brazo desapareció, lamió la cara de Sia, pero
esta solo miró fijamente el lugar donde estuvo el centro oscuro. Sintió el calor de
la camioneta a su espalda. Las frescas salpicaduras de agua que rebotaban de ella.
El olor abrasador de gasolina y plásticos quemados.
Lo siento mucho.
Sintió a Benji a su lado, pero no se molestó en mirar.
Me hizo atraerte a mi casa. Luego me hizo contactar contigo. Consiguió rastrear
tu ubicación cada vez que yo lo hice, pero la perdía siempre.
—Era por el hierro del brazalete de Donovan —explicó en voz alta en lugar
de mentalmente. Ya no necesitaba estar sus pensamientos.
Sí. Primero, fue porque estabas en el refugio, así que me obligó a sacarte de allí.
Después, sí, fue el brazalete. Lo siento mucho, Zhou.
—No es tu culpa —dijo con voz monótona—. Kursch tenía una forma de
volvernos locos lentamente a todos y luego obligarnos a pagarle por ello.
Sintió en lugar de ver a Benji sentado a su lado.
Todos tenemos que encontrar nuevos cuerpos, todos menos tú. Pero somos libres,
Sia.
—Lo siento mucho por tu familia humana. Sé cuánto te amaban y cuánto
llegaste a amarlos.
No dijo nada durante un largo rato mientras los servicios de emergencia
corrían a su alrededor. De vez en cuando, uno preguntaba si se encontraba
herida. Ella solo negaba con la cabeza y ellos seguían con lo suyo.
Encontrarán su cuerpo pronto, dijo Benji, hablando del cuerpo de su
humano. Lo siento por ellos también.
—¿Qué harás ahora?
Estoy pensando en salvar a ese hombre del que te enamoraste.
La esperanza creció en su interior hasta que se dio cuenta de lo que quería
decir. Habitaría el cuerpo de Donovan. —No te atrevas. No será lo mismo.
Aún sigue vivo.
Le tomó un momento asimilar sus palabras. Se giró hacia él y miró al ser
incorpóreo sentado a su lado. Brillaba con una luz azul suave, como todos ellos
lo hacían en sus formas espirituales.
El latido de su corazón es débil, pero su alma sigue intacta. Al menos, por el
momento.
Se dio la vuelta y miró la camioneta humeante y empapada de agua. Tenía
razón. Sintió el latido suave y lento del corazón de Donovan. Sintió la cálida
oleada de su alma. Pero podría morir en cualquier momento.
Se puso de pie torpemente, se apresuró a acercarse hasta que un brazo
largo y musculoso la envolvió y la empujó hacia la multitud. Luchó, tratando de
llegar a Donovan, pero la voz de una mujer la detuvo en seco.
—Si no es Capuccino de Mocha.
Se giró hasta que apareció nada menos que la incansable Charley
Davidson. Se encontraba parada con los brazos cruzados sobre el pecho. Su largo
cabello castaño colgaba sobre sus hombros y sus ojos dorados brillaban con las
travesuras que Sia recordaba con tanto cariño de su siglo juntas en el vacío.
—¿Sabes quién soy?
—¿Como podría olvidarlo? Fuimos mejores amigas durante, como, cien
años.
—Bueno, técnicamente setenta, ya que eras demasiado presumida para
mezclarte con la gente común durante los primeros treinta.
Charley comenzó a reírse y sacó a Sia de los brazos de su marido y la estiró
hacia los suyos. —Creo que eso fue al revés —dijo—, no tenía idea de que ustedes
llegaron a este plano.
—Bueno, te encontrabas un poco ocupada deteniendo un apocalipsis y
protegiendo a la niña destinada a salvar a la humanidad y todo eso. Ella es
increíble, por cierto. Y tan parecida a ti que da miedo.
Charley le dedicó una gran sonrisa e hizo un gesto hacia el hombre
atractivo que era su marido. —Y el hombre que acaba de abordarte es…
—Reyes Farrow —dijo Sia, tendiéndole la mano—. Bienvenido de nuevo
a la Tierra.
Su mano se tragó la de ella. —He escuchado mucho de ti.
—Sí, Mermelada fue una gran pijamada.
—Oh —dijo Charley— ¿recuerdas esa vez que vandalizamos a Macchiato
de Caramelo Salado, y no nos habló durante unos diez años?
Se rio suavemente, pero Reyes se limitó a negar con la cabeza. —Gracias
por cuidar del Equipo Beep mientras no estábamos.
—Por favor, ha sido un placer. —Se volvió hacia la camioneta y luchó por
hablar con un nudo en la garganta—. Pero creo que podría tener que seguir
adelante ahora.
—Todavía hay tiempo —aseguró Charley, pero se dirigía a Benji.
—No puede, Charley —dijo—. Si habita un…
—… anfitrión ocupado —interrumpió Charley—, el anfitrión retendrá el
control. Él sabe lo que sucederá.
Eso era cierto. Todos lo sabían. Fue una lección que aprendieron desde el
principio. El anfitrión tenía que haber dejado primero el cuerpo. De lo contrario,
el alma habitando el cuerpo en el momento en que entraba un ka-zhouah todavía
estaría en control. El ka-zhouah solo sería un pasajero, pero sus auras eran tan
poderosas que aún podría curar al anfitrión.
—Pero todavía estará allí —agregó Charley.
Puedo curarlo, aseguró Benji.
—¿Y cómo explicaríamos eso?
¿Nos importa? preguntó. ¿Nos importa eso ahora?
—Benji, ¿por qué siquiera considerarías esto?
Porque seguiremos juntos. Sintió su esencia deslizarse en sus dedos. Habían
sido amigos durante mucho tiempo y lo amaba mucho. Pero esto era mucho
pedir.
Su barbilla tembló en tanto luchaba contra el impulso de la esperanza. El
deseo de caer de rodillas y rogarle que salve a Donovan. Pero antes que pudiera
decir algo, que pudiera hacer lo impensable y pedirle a su mejor amigo que se
sacrificara por el amor de su vida, él desapareció.
Jadeó y luego se volvió lentamente hacia la camioneta.
—Oh, Dios mío. ¡Está vivo! —gritó alguien.
El personal de emergencia se apresuró a abrir la puerta trasera y Donovan
St. James salió de la cabina, goteando agua, con humo enroscándose sobre sus
anchos hombros y sin ninguna marca. Las rodillas de Sia casi cedieron ¿Benji lo
curó tan rápido? ¿O tal vez el fuego aún no se había extendido al interior de la
cabina antes de ser rociado con agua?
Ignorando al paramédico que intentaba ponerle una manta sobre los
hombros, caminó hacia ella, hizo esa cosa del cabello y la tomó entre sus brazos.
—¿Sigues siendo Donovan?
La sonrisa que lucía le respondió, pero su respuesta valió la pena la
segunda afirmación. —Lo soy. A menos que quieras que sea el Capitán América.
Me veo fantástico en un leotardo. —Se volvió hacia Charley y Reyes—. ¿No se
supone que ustedes deberían estar dirigiendo mi bar?
—Le entregamos las riendas a Beep por unos días —respondió Charley—
. Lo hará muy bien.
—Como si esa pobre niña no hubiera pasado por suficiente. Mierda, ¿es
eso lo que creo que es?
Sia se dio la vuelta y vio al perro del infierno olfateando las botas de
Charley mientras esta le frotaba las orejas. —Este es Rey Henry VIII —dijo.
—Es mucho más aterrador de lo que pensé que sería. No estoy seguro de
que ver el reino sobrenatural valga la pena.
Sia señaló a su izquierda. —Te sorprenderías.
Artemis corrió hacia ellos, moviendo su pequeña y rechoncha cola a mil
quinientos kilómetros por hora.
Donovan se arrodilló y hundió la cara en su pelaje. —De acuerdo, esto es
genial.
—Eso es lo que pensé —dijo Sia.
Envolvió un brazo alrededor de su pierna, manteniéndola cerca en tanto
se reencontraba con la perra que le robó el corazón. Después de unos momentos,
miró a Sia y dijo—: Probablemente deberíamos conocernos mejor primero, pero,
¿quieres casarte la próxima semana?
Se arrodilló a su lado y rascó las orejas de Artemis, sus dedos se enredaron
con los de él cuando respondió—: Pensé que nunca lo preguntarías.
Todo acabó para Eric Vause.
Acabó con los fantasmas. Con los sabuesos del infierno. Y definitivamente
con demonios idiotas, principalmente porque fue poseído por uno. Incluso ahora,
cinco años después, la ira que absorbió de la criatura aún no se desvaneció por
completo; de manera que decide emprender un viaje por carretera. Seguramente
un poco de aire fresco, un gran paisaje y una caja de cerveza ayudarían a
acomodar las cosas. Desafortunadamente, los eventos sobrenaturales ocurren en
todas partes. Cuando se encuentra con un amigo y la hija de su pareja necesita
ayuda con un problema de plagas, también conocido como un fantasma, Eric lo
toma como una señal para irse.
Hasta que la ve.
Se da cuenta de que la casa de Halle no es lo único perturbado. La
desesperanza detrás de sus ojos lo afecta profundamente. Algo demasiado
familiar. El hecho de que sea la mujer más hermosa que jamás haya visto no tiene
nada que ver con su cambio de opinión. Y promete dejarla en su retrovisor en el
momento en que se ocupa del espíritu. Por otra parte, las promesas nunca fueron
su fuerte.
Charley Davidson #13.8
Darynda Jones es una estadounidense de novelas de suspenso paranormal
romántico. Con su primera novela, Primera tumba a la derecha (First grave on
the right, 2011), ganó el Premio Golden Heart 2009 a la Mejor Novela Romántica
Paranormal. Animada por el éxito, decidió ponerse en manos de un agente y
firmó un contrato con una prestigiosa editorial estadounidense. Desde su
publicación en 2011, Primera tumba a la derecha ha recibido excelentes críticas
por parte del sector y sus derechos se han vendido a varios países. Sus respectivas
continuaciones: Segunda tumba
a la izquierda (Second grave on
the left, 2011), Tercera tumba
todo recto (Third grave dead
ahead, 2012), y Fourth grave
beneath my feet 293 (2012), no
han hecho sino confirmar su
talento como narradora de un
nuevo género romántico
cargado de humor, misterio y
mucha pasión. Darynda vive
con su marido y sus hijos en
Nuevo México.

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