Psicología Comunitaria: Orígenes y Principios
Psicología Comunitaria: Orígenes y Principios
La delimitación del objeto de estudio de una disciplina es una tarea comple- ja, y en el caso
particular de la Psicología comunitaria esta labor resulta especial- mente difícil. Por este motivo, es
frecuente que su definición se acompañe de alguna alusión a sus orígenes y, sobre todo, que ésta
sea sustituida por su des- cripción. De esta forma, resulta habitual la enumeración de sus
principales ca- racterísticas: su acercamiento ecológico al análisis de la realidad, los procesos
sociales y los individuos; el hecho de ser una disciplina más centrada en desa- rrollar recursos o
potencialidades que en subsanar déficits; su orientación emi- nentemente aplicada; y su clara
vocación preventiva. También se alude a sus ámbitos de aplicación para intentar ofrecer una ima-
gen más precisa de “qué es la Psicología comunitaria”. Ahora bien, ¿por qué resulta tan difícil su
definición? Sin duda, intentar dar respuesta a esta pregunta obliga a considerar varias causas.
Probablemente, las más significativas sean su juventud, la amplitud de campos de aplicación que
incluye y la carencia de modelos teóricos propios. A estas razones podríamos añadir una cuarta: el
hecho de que esta disciplina se encuentra fuertemente en- raizada en la realidad sociopolítica del
país en el que se desarrolla, lo que expli- ca, en parte, su diversidad de enfoques y supuestos. La
psicología comunitaria surge a partir de las demandas y déficits espe- cíficos de una realidad social,
política y cultural concreta que impregna to- dos sus espacios teóricos, metodológicos, de
intervención y, obviamente, ideológicos. Esto implica que lo que los psicólogos comunitarios
entienden por Psicología comunitaria, sus referentes teóricos y, especialmente, el tipo de
intervenciones que llevan a cabo no sean coincidentes e, incluso, que discrepen radicalmente en
contextos como el anglosajón o el latinoamericano. Es más, dentro de este últi- mo podemos
también constatar la existencia de diferencias entre Brasil y Argen- tina, por poner sólo un
ejemplo. La capacidad que tiene la Psicología comunitaria de adaptarse a cada realidad concreta, o
quizás la capacidad de la realidad de cada país para desarrollar un determinado tipo de Psicología
comunitaria, es probablemente una de las ma- yores riquezas de esta disciplina. Por tanto, aunque
es importante que ésta bus- que modelos teóricos propios y capaces de dar coherencia y unidad a
la gran diversidad de intervenciones y aplicaciones prácticas que incluye, también debe considerar
las particularidades de cada realidad social, e incorporarlas a su desa- rrollo teórico y
metodológico. La Psicología comunitaria es una disciplina que podría concebirse metafó-
ricamente como “cuasi camaleónica”, en el sentido de que se adapta y se transforma en función
de la realidad sociopolítica. Por otra parte, esta nece- saria adaptación a la realidad más cercana
tampoco debe hacer caer a la dis- ciplina en la autarquía. Nada resulta tan enriquecedor como
conocer y relacionar los desarrollos teóricos, las aplicaciones prácticas y las realidades sociales de
diferentes ámbitos culturales. Precisamente, en el gran espacio de la globalización es importante
conjugar hábilmente los elementos generales y la continua transferencia de información entre
ámbitos culturales muy di- versos con la capacidad de concretar y operar la realidad más próxima.
Con la finalidad de articular estos componentes, describiremos a continuación el desarrollo de la
Psicología comunitaria en los contextos anglosajón, latino- americano y español.
• Las fuerzas y sistemas sociales desempeñan un papel relevante (no necesa- riamente único o
excluyente) en la determinación de la conducta huma- na. Aunque la Psicología comunitaria centra
gran parte de sus esfuerzos en identificar elementos del ambiente con efectos sobre el
comportamiento de la persona, no olvida otros factores que pueden influir en dicho com-
portamiento (por ejemplo, los factores personales). Además, como vere- mos a lo largo de esta
asignatura, la Psicología comunitaria se centra especialmente en los elementos socioculturales del
ambiente, comple- mentando otras disciplinas que se ocupan también del ambiente, como la
Psicología ambiental.
• Las necesidades individuales y los intereses sociales son general y básica- mente compatibles,
aunque en ocasiones pueden entrar en conflicto. La Psicología comunitaria mantiene que, aunque
intereses individuales, gru- pales y sociales puedan entrar en conflicto, siempre existen vías de
nego- ciación que permiten restablecer el equilibrio. La participación, el consenso, el pensamiento
crítico, el respeto a la diversidad, la tolerancia, etc., son algunos de los mecanismos que se
proponen para restaurar los desequilibrios que puedan producirse en los entornos sociales.
• Para desarrollar o alcanzar el sentido psicológico de comunidad, es preci- so que todos los
miembros de la comunidad tengan acceso a los recursos y servicios que ésta proporciona. La
comunidad psicológica tiene, por tanto, un importante componente material y social que puede
concretar- se en una redistribución o creación y potenciación de recursos psicológi- cos y sociales.
Una de las principales características que definen el ajuste de la persona a su entorno es la
percepción de sentimiento de comunidad, un estado psicológico que, no obstante, está
fuertemente vinculado a pro- cesos participativos democráticos, en el sentido de capacidad para
expre- sar las opiniones, apertura hacia los otros, vías de comunicación, etc. En sociedades
dinámicas, este sentimiento de comunidad también se obtiene de los sistemas sociales en los que
la persona interactúa (familia, grupos de autoayuda, relaciones de confianza, etc.), ya que el
contacto con la comunidad en general no es posible. Como veremos más adelante, éste es uno de
los conceptos clave que permite analizar los procesos de ajuste psi- cosocial de la persona, por
ejemplo, en el caso de los grupos de apoyo y autoayuda.
Los primeros antecedentes de la Psicología comunitaria en Estados Unidos pueden situarse en los
estudios epidemiológicos realizados a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, realizados
principalmente por sociólogos de la Escuela de Chicago, y en los que se relaciona el desorden
mental con factores sociales tales como una falta de integración social. En este lado del Atlántico
no se puede olvidar la figura de Durkheim, cuyas ideas sobre los problemas generados por la
emigración mantienen hoy la vigencia de hace cien años. No obstante, cuando se trata de situar un
momento concreto y decisivo en el origen de la disciplina, se alude, de forma reiterada, a la
Conferencia celebrada en Swampscott (Boston) en 1965. De hecho, es en esta conferencia,
organizada con la finalidad de analizar la formación de los psicólogos que trabajan en la
comunidad, donde se utiliza por primera vez el término psicología comunitaria y donde se sitúan
las bases de esta disciplina en Estados Unidos. En la Conferencia de Swampscott se reunen
psicólogos y profesionales de la salud mental que ya trabajan en la comunidad, como
consecuencia de la crea- ción en 1963 de los centros de salud mental comunitaria. La decisión
política de crear estos centros tuvo mucho que ver con el origen de la disciplina y da cuenta de la
importante conexión existente entre la Psico- logía comunitaria y su entorno social. La decisión de
su creación es, a su vez, consecuencia de ciertos acontecimientos previos y del espíritu de esta
época. Así, el desarrollo y las conclusiones de esta Conferencia son, también, en térmi- nos más
amplios, fruto del movimiento social existente en los años sesenta en Estados Unidos.
Durante la década de los sesenta, la sociedad norteamericana se encuentra más receptiva a
nuevas orientaciones y parece más consciente de las profundas desigualdades existentes entre la
población (desigualdades tanto económicas como en el acceso a los recursos sanitarios,
asistenciales y educativos). Igualmen- te, es relevante el cambio que se produce en la concepción
de la salud, que ya no se define como la ausencia de enfermedad, sino como un estado de
bienestar fí- sico, psicológico y social. Las alusiones a este momento histórico y a los factores que
lo originan son frecuentes y, en cierto modo, obligados, al analizar el origen de esta disciplina, al
menos en el ámbito norteamericano. En este contexto social comienza a gestarse entre los
profesionales de la salud mental una insatisfacción con el modelo médico tradicional, que atribuye
al pa- ciente un rol pasivo en la interacción y al profesional una actitud de espera ante los
problemas de salud mental. Este modelo tradicional defiende un acerca- miento individual que
desatiende la influencia que en el origen y desarrollo de estos problemas tienen los factores
sociales y ambientales. Un acercamiento que, por otra parte, se muestra insuficiente para alcanzar
a toda la población que requiere de algún tipo de tratamiento o intervención. Esta insatisfacción
cristaliza en Swampscott en una búsqueda de un acerca- miento más social a la salud mental y,
como hemos indicado, en la creación de la Psicología comunitaria como disciplina, que
representaría este acercamien- to. Así, en un primer momento, psicología comunitaria y salud
mental comu- nitaria son términos similares en Estados Unidos. Esta vinculación inicial de la
Psicología comunitaria con la salud mental se refleja en las primeras investiga- ciones que se
realizan.
Entre los principales referentes teóricos, podemos citar los modelos de estrés psicosocial, las
investigaciones sobre apoyo social y grupos de autoayuda y la teoría de la potenciación o
empowerment. Desde el punto de vista metodológico, se reconocen las limitaciones de los diseños
experimentales para evaluar la efec- tividad de las intervenciones, pero los métodos cualitativos y
etnográficos ape- nas son utilizados.
En Canadá y en el Reino Unido, países situados también dentro del contexto anglosajón por
cuestiones culturales, el desarrollo y la situación actual de la Psi- cología comunitaria es bastante
diferente. En Canadá existe una larga tradición de programas de intervención en salud mental,
educación y servicios sociales. Sin embargo, esta tradición de la Psicología aplicada canadiense fue
minusvalo- rada durante la década de los cincuenta y sesenta, para resurgir nuevamente du- rante
los años setenta, como consecuencia de la influencia de la Psicología comunitaria norteamericana.
En este proceso influyó también la escasez de re- cursos humanos y la demanda de servicios en el
área de salud mental, así como una política gubernamental más centrada en la salud que en la
enfermedad. A lo largo de la década de los setenta se introduce la Psicología comunitaria en la
formación universitaria, y actualmente esta disciplina está presente en el 50% de las
universidades. La creación en 1982 del Canadian Journal of Community Mental Health, de carácter
interdisciplinar, ha facilitado, en gran medida, el in- tercambio de información entre
investigadores y profesionales. En las últimas décadas se observa un considerable desarrollo de
esta disciplina, tanto en el ám- bito académico como en el profesional. La influencia
norteamericana se refleja en la conexión que la disciplina mantiene con la salud mental, así como
en su énfasis en la promoción de competencias psicosociales y en el desarrollo de pro- gramas de
prevención. Por el contrario, el desarrollo de la Psicología comunitaria en el Reino Unido es
bastante reciente y limitado. En este sentido, los escasos libros referidos a la Psicología
comunitaria publicados en este país han sido escritos por psicólogos clínicos, como es el caso de
Jim Orford,13 y la única revista británica de Psicología Comunitaria, el Journal of Community and
Applied Social Psychology, apa- reció en 1991, dirigida también por Orford. Este autor14 indica, no
obstante, la existencia de cierta insatisfacción de los profesionales de la salud mental con los
modelos de tratamiento que no consideran los factores sociales y la existencia de algunas
experiencias de investigación comunitarias. En todo caso, las inter- venciones son mínimas y la
mayoría de los trabajos son de tipo descriptivo, ana- lizando, por ejemplo, la influencia del
desempleo, la inmigración o los nuevos asentamientos en la depresión. 3. La Psicología
comunitaria en el contexto latinoamericano El origen de la Psicología comunitaria latinoamericana
suele situarse a princi- pios de los años setenta, aunque durante los años cincuenta y sesenta se
llevaron a cabo numerosas intervenciones en diferentes comunidades. Estas primeras in-
tervenciones tuvieron como principales referentes teóricos la pedagogía del opri- mido de Paulo
Freire15 y los escritos del sociólogo colombiano Orlando Fals Borda16 sobre la investigación-
acción. La Psicología comunitaria en Latinoamé- rica, al igual que comentábamos respecto del
contexto anglosajón, o quizás toda- vía más en este caso, surge estrechamente vinculada a la
realidad social y política de los diversos países que la integran. En este sentido, si bien es cierto
que existen importantes similitudes entre estos países, también lo es que nos estamos refiriendo a
más de veinte países distintos, que, sin duda, comparten características significativas tales como la
existencia de profundas desigualdades sociales, grandes bolsas de pobreza, o el sinsentido de in-
tentar realizar intervenciones dirigidas a facilitar el acceso a recursos sanitarios, so- ciales o
educativos a la población más desfavorecida cuando en estos países, con demasiada frecuencia,
estos recursos son sumamente precarios, o incluso inexis- tentes. No obstante, cada uno de estos
países plantea, a su vez, ciertas necesidades sociales que le son propias, una trayectoria política
particular, y un desarrollo de la Psicología, en general, y de la Psicología comunitaria, en particular,
que en oca- siones es bastante divergente.
Así, por ejemplo, la Psicología comunitaria ha tenido un importante desarro- llo en Brasil, mientras
que en Argentina éste ha sido mucho menor. Este hecho se debe, en parte, a la ruptura que la
dictadura impuso a ciertas iniciativas co- munitarias que estaban surgiendo en este país y, en
parte, a la fuerte influencia del psicoanálisis en Argentina. No obstante, también en Argentina
existen algu- nas universidades, como la Nacional de Córdoba, en las que se están iniciando
investigaciones con marcado carácter comunitario.17 En todo caso, y a pesar de reconocer la
existencia de importantes diferencias entre los distintos países latinoamericanos, durante los años
setenta se produce, en general, una agudización de las situaciones de pobreza y miseria, y en mu-
chos de estos países se instauran regímenes totalitarios. Ante esta situación, gran número de
profesionales, incluidos psicólogos comienzan a acercarse a las comunidades más
desfavorecidas.18 En un primer momento, la presión de la realidad social conduce más a la acción
que a la reflexión y a generarse una preocupación por una necesaria re- flexión teórica acerca del
quehacer cotidiano de las y los psicólogos que traba- jan en la comunidad. Según Sánchez19 y su
equipo, un momento relevante en la Psicología comunitaria latinoamericana es el XVII Congreso
Interamericano de Psicología celebrado en Perú en 1979. En este Congreso se reunieron psicó-
logos y psicólogas de diversos países latinoamericanos que descubrieron que estaban trabajando
con modelos comunitarios similares, aunque sin tener co- nocimiento de ello. En este sentido,
cabe señalar que uno de los obstáculos para el desarrollo de una Psicología social comunitaria en
Latinoamérica lo constituyen las grandes dificultades existentes para transmitir experiencias de un
país a otro, como consecuencia de las grandes distancias e importantes di- ficultades en la
comunicación. Gracias a Internet se contribuye en gran medi- da a facilitar el intercambio y la
comunicación. La reciente creación de la Redepsi agrupa a psicólogos comunitarios de diferentes
países de América La- tina y España. Actualmente, la Psicología comunitaria en Latinoamérica,
después de una primera fase eminentemente activa, se encuentra inmersa en el proceso de in-
tentar desarrollar modelos teóricos propios, proceso más evidente en países como Venezuela,
Brasil o Puerto Rico. Se trata, en general, de una disciplina que tiene cada vez mayor presencia en
las distintas universidades y en las que comienzan a ser reconocidas importantes figuras como, por
ejemplo, Maritza Montero, Fátima Quintal de Freitas, Silvia Lane, Israel Brandao o Irma Serrano-
García entre otros muchos.20 Por otra parte, al hablar de la Psicología comunitaria en
Latinoamérica es ne- cesario señalar la coexistencia de una Psicología social comunitaria, más
ligada a los procesos de autogestión, desarrollo comunitario y participación social, y una Psicología
comunitaria más próxima a la salud mental. En países como Ar- gentina y Chile, la Psicología
comunitaria vinculada a la Salud Mental predomi- na, aunque no de forma exclusiva,21 mientras
que en Venezuela la Psicología Comunitaria se encuentra más cercana a planteamientos
ideológicos, políticos y de concientización.22 De hecho, en este país se ha dedicado un gran
esfuerzo al análisis de las relaciones existentes entre la ideología y el desarrollo de proce- sos de
acción y cambio social. Igualmente, el concepto de comunidad ha merecido una considerable
aten- ción por parte de los psicólogos comunitarios venezolanos. Próximos a la Psico- logía
comunitaria venezolana, en el sentido de compartir como referente teórico la Psicología social
crítica y el construccionismo social, se encuentran los psicólogos comunitarios puertorriqueños.23
Por otra parte, en Colombia son numerosas las intervenciones comunitarias relacionadas con los
procesos de participación y de investigación-acción.24 Asimismo, y como ya hemos comentado
anteriormente, el desarrollo de la Psi- cología social comunitaria en Brasil es muy significativo.
Freitas25 realiza un exce- lente recorrido por el devenir histórico de esta disciplina en su país,
desde sus comienzos casi clandestinos y centrados en la movilización de comunidades alta- mente
desfavorecidas durante los años sesenta y setenta, hasta el momento actual. Las primeras
intervenciones se centraban, básicamente, en el desarrollo de una conciencia crítica en la
población y se sitúan, sobre todo, en la zona nordeste del país. En los años ochenta comenzará la
preocupación por sistematizar y reflexio- nar sobre estas intervenciones y sobre el trabajo de los
psicólogos comunitarios. A finales de los ochenta y principios de los noventa, el desarrollo de esta
dis- ciplina ha sido muy importante subrayando la diferencia entre la Psicología comunitaria,
próxima a la Salud Mental, y la Psicología social comunitaria con referentes teóricos de la
Psicología social crítica y dialéctica. Esta última se sitúa, principalmente, en la Universidad Católica
de Sao Paulo. Actualmente, la Psico- logía social comunitaria existe como disciplina en la mayor
parte de las univer- sidades brasileñas.26 A pesar de la diversidad que estamos señalando, estos
países comparten al- gunos elementos comunes. Se trata, básicamente, de rasgos similares en la
ma- yor parte de ellos, que además se hacen más visibles al compararlos con el contexto
anglosajón. La Psicología social comunitaria en Latinoamérica se ha centrado, de manera
fundamental y casi exclusiva, en la acción. De este modo, el desarrollo de refe- rentes teóricos
propios ha quedado relegado a un segundo plano. Hoy, sin embargo, este desplazamiento de los
referentes teóricos es objeto de preocupación de numerosos investigadores comunitarios en
América Latina. En cuanto a los aspectos metodológicos, la Psicología social comunitaria en Latino-
américa difiere, en gran medida, de la desarrollada en el contexto anglosajón, puesto que la
investigación-acción participativa –IAP– es el modelo metodoló- gico predominante. En este
sentido, es importante la influencia de Fals Borda27 y su modelo de investigación-activa.
Igualmente, la metodología etnográfica y cualitativa (entrevistas, observación participante) es
mucho mejor acogida en este contexto que en el anglosajón, donde se las considera atractivas y
sugeren- tes pero poco científicas. Por último, también el objeto de sus intervenciones es
diferente, ya que el proceso más estudiado e investigado por la Psicología social comunitaria en
La- tinoamérica es la participación. Ésta hace referencia a la implicación activa de la gente en la
planificación y desarrollo de las etapas de solución de un proble- ma que les afecta. Asimismo, son
relevantes los procesos de concienciación y desarrollo del sentimiento de comunidad. Se trata, por
tanto, de un enfoque mucho más so- cial y comunitario que el existente en el contexto anglosajón.
Estas diferencias podrían explicarse, al menos en parte, por diferencias cul- turales y de valores
entre estos dos contextos. Por otro lado, es probable que la realidad social tan acuciante de los
países latinoamericanos exija este tipo de in- tervenciones que, sin duda, difieren en su referente
teórico, en sus objetivos y en su metodología. Además, a diferencia de la Psicología comunitaria
surgida en el contexto anglosajón, su origen no está vinculado a la salud mental comuni- taria,
como erróneamente se nos transmite en numerosas ocasiones. Finalmente, no hay que olvidar la
contribución que movimientos como el de la Teología de la Liberación han tenido en el desarrollo
de la Psicología comunita- ria latinoamericana. En concreto, el movimiento de la Teología de la
Liberación surge a finales de los sesenta, y su labor principal se desarrolla en las comunidades
eclesiásticas de base. Sus ideas fundamentales son recogidas en los trabajos de Cá- mara, Sobrino,
Ellacuría y Martín-Baró, cuyos textos han ejercido y ejercen una fuerte influencia en la Psicología
Social Comunitaria de América Latina y, creemos, también en España.28
4.2. La situación actual de la Psicología comunitaria en España En los últimos años, ciertos
acontecimientos han contribuido en gran medi- da al importante desarrollo de esta disciplina en
nuestro país. A continuación, analizaremos algunos de ellos a partir de los siguientes puntos: la
presencia de la disciplina Psicología comunitaria en la mayor parte de las universidades y la
consolidación de líneas y equipos de investigación.
En términos generales, podemos describir la Psicología comunitaria en España como una disciplina
reciente, con una clara vocación aplicada, y que ha experi- mentado un fuerte desarrollo en las
últimas dos décadas. En los años noventa esta disciplina se ha incorporado a las universidades
españolas, y además lo ha hecho con gran fuerza. De hecho, está presente en estudios de segundo
y tercer ciclo, y es una temática que se ha consolidado en los congresos nacionales de Psicología
social. Por otra parte, al tiempo que se incrementa su presencia en el ámbito acadé- mico, algunas
líneas de investigación se delimitan cada vez con mayor claridad y profundidad. En cuanto a los
temas investigados y a los aspectos que ocupan el mayor número de trabajos, existen tanto
reflexiones teóricas y éticas sobre la profesión del psicólogo comunitario y su dependencia de los
vaivenes políticos como un gran número de trabajos con un claro deseo de ofrecer referentes,
pro- gramas y modelos que sean útiles para los profesionales. Precisamente, en lo que se refiere al
ámbito profesional, actualmente los servicios sociales son el marco más habitual en el que se
desarrollan intervenciones de tipo comunitario. En España, la influencia anglosajona en la
Psicología comunitaria es muy no- toria, probablemente porque resulta mucho más fácil acceder a
revistas y libros publicados en Estados Unidos y Europa que a los publicados en Latinoamérica.
No obstante, somos cada vez más los psicólogos comunitarios españoles que es- tamos haciendo
serios esfuerzos por incrementar nuestro conocimiento con los trabajos realizados por psicólogos
comunitarios en Latinoamérica. En este sen- tido, creemos que sería muy positivo que los
psicólogos comunitarios españoles continuaran enriqueciéndose con ambos tipos de aportaciones
y, sobre todo, por nuestras similitudes culturales, con las aportaciones latinoamericanas. De esta
manera, construiríamos una Psicología comunitaria más genuina y, por qué no, más atractiva y
efectiva. Obviamente, los psicólogos comunitarios españoles tienen el reto de volver también la
mirada a su propia realidad social, política y cultural; y de crear una Psicología comunitaria
realmente adecuada y adaptada a sus necesidades, lo que no quiere decir que para ello deban
prescindir del co- nocimiento acumulado en otras realidades socioculturalmente distintas, sino
más bien lo contrario. La Psicología comunitaria no es una disciplina que surge con una gran soli-
dez teórica y que trata posteriormente de ofrecer soluciones a los diferentes problemas sociales.
Por el contrario, su primer momento de desarrollo “evolu- tivo” lo constituye la propia realidad
social, la práctica y la intervención. De esta forma, son precisamente las demandas y necesidades
sociales, y la presión que éstas ejercen, las que han propiciado que los profesionales desarrollen
in- tervenciones comunitarias. No obstante, puesto que este primer momento es de carácter
aplicado, las intervenciones que se llevan a cabo incorporan mode- los de otras disciplinas, más o
menos adaptados, y sin haber dedicado todavía el tiempo suficiente a reflexionar acerca de su
viabilidad y pertinencia. Por ello, creemos que en la actual fase de desarrollo de la Psicología
comunitaria, que metafóricamente podría situarse en su adolescencia, es necesario que se creen
modelos teóricos propios o al menos, que los que se integren de otras discipli- nas tengan la dosis
necesaria de reflexión y rigor científico. Los modelos teóricos que se elaboren deben ser, además,
flexibles, al tiempo que integradores de la gran diversidad de intervenciones realizadas desde la
Psi- cología comunitaria. Estas intervenciones se dirigen a cuestiones tales como la prevención de
la violencia familiar, las conductas adictivas o las conductas de riesgo para la salud, así como la
potenciación de recursos personales y sociales (autoestima, apoyo social, habilidades de
afrontamiento, participación ciudada- na). Además, se desarrollan en ámbitos escolares, sanitarios
y en agrupaciones sociales de muy diverso carácter, desde asociaciones de vecinos hasta grupos
de autoayuda, desde colectivos plenamente conscientes de su capacidad de acción social hasta
comunidades de escasos recursos y mínima conciencia de su capacidad de transformación del
entorno, desde agrupaciones escasamente organi- zadas hasta aquellas cuyo nivel de organización
llega hasta el ámbito nacional, a través de agrupaciones locales y regionales. La necesidad de los
modelos teó- ricos surge precisamente de la necesidad de integrar y de dar coherencia a tanta
diversidad. Estos modelos teóricos deben ser también sumamente flexibles en el sentido de
permitir su adaptación a las diversas realidades sociales, culturales y políticas de los diferentes
países. De las páginas precedentes, puede deducirse que un ob- jetivo común de la Psicología
comunitaria en cada uno de los contextos anali- zados es el deseo de mejorar la calidad de vida y
el bienestar psicosocial de los individuos, considerando su desarrollo personal y, en íntima
conexión, con éste su entorno social (familia, comunidad y entorno sociopolítico). No obstante,
este objetivo puede conllevar estrategias de acción y objetivos concretos muy diferentes en
función de las características propias de cada comunidad y de cada país. Por tanto, el objetivo
general de mejorar la calidad de vida y propiciar el desarrollo personal y social debe estar
profundamente integrado en cada reali- dad histórica, social y política. La Psicología comunitaria
necesita igualmente iniciar una profunda re- flexión acerca de los aspectos metodológicos y de
evaluación de las interven- ciones. En este sentido, es probable que su evaluación deba considerar
tanto el resultado como el proceso, integrar más los elementos cualitativos y prestar mayor
atención a las valoraciones de los propios participantes que son sujeto y objeto de la intervención.
Asimismo, la diseminación y comunicación de programas e intervenciones que sean efectivos
resulta fundamental, así como su prolongación en el tiempo, si así se requiere. Evidentemente, la
continuación en el tiempo de programas y proyectos re- sultará más factible si la intervención y los
procesos que ésta pueda implicar son delegados progresivamente en la comunidad, colectivo o
grupo objeto de la in- tervención. Su apoyo y su implicación activa pueden permitir que su
continui- dad no dependa, o dependa en grado mínimo, de la presencia de un profesional y/o de la
subvención económica a un determinado proyecto. Sin duda, estas cuestiones implican también
importantes debates sobre el rol del psicólogo co- munitario, la especificación clara del “cliente” y
los aspectos éticos. Finalmente, consideramos que la fuerte vocación aplicada de la disciplina
debería mantenerse y promoverse a través de una comunicación permanente entre los
investigadores y profesionales que trabajan en la comunidad, y con la comunidad. Incidimos, una
vez más, en la necesidad de que las experiencias del día a día sean conocidas y de facilitar el
intercambio de información tanto entre investigadores como entre profesionales. En este sentido,
sería conveniente po- der articular algún tipo de mecanismo que permitiera la rápida difusión de
las mismas. Igualmente, debería propiciarse la comunicación de experiencias y re- flexiones entre
los diversos países y contextos culturales y sociales (anglosajón, latinoamericano, español,
europeo). El camino recorrido por la Psicología co- munitaria en las últimas décadas ha sido muy
significativo y enriquecedor, y es- peramos que en el futuro lo sea todavía más.