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Psicología Comunitaria: Orígenes y Principios

Este capítulo describe el surgimiento y desarrollo de la psicología comunitaria, mencionando sus orígenes en los estudios epidemiológicos del siglo XIX y principios del siglo XX y destacando la Conferencia de Swampscott de 1947 como el nacimiento oficial de esta disciplina. También resume brevemente los principales principios de la psicología comunitaria y su desarrollo en los contextos anglosajón, latinoamericano y español.

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Psicología Comunitaria: Orígenes y Principios

Este capítulo describe el surgimiento y desarrollo de la psicología comunitaria, mencionando sus orígenes en los estudios epidemiológicos del siglo XIX y principios del siglo XX y destacando la Conferencia de Swampscott de 1947 como el nacimiento oficial de esta disciplina. También resume brevemente los principales principios de la psicología comunitaria y su desarrollo en los contextos anglosajón, latinoamericano y español.

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Capítulo I

Surgimiento y desarrollo de la Psicología comunitaria

Gonzalo Musitu Ochoa

La delimitación del objeto de estudio de una disciplina es una tarea comple- ja, y en el caso
particular de la Psicología comunitaria esta labor resulta especial- mente difícil. Por este motivo, es
frecuente que su definición se acompañe de alguna alusión a sus orígenes y, sobre todo, que ésta
sea sustituida por su des- cripción. De esta forma, resulta habitual la enumeración de sus
principales ca- racterísticas: su acercamiento ecológico al análisis de la realidad, los procesos
sociales y los individuos; el hecho de ser una disciplina más centrada en desa- rrollar recursos o
potencialidades que en subsanar déficits; su orientación emi- nentemente aplicada; y su clara
vocación preventiva. También se alude a sus ámbitos de aplicación para intentar ofrecer una ima-
gen más precisa de “qué es la Psicología comunitaria”. Ahora bien, ¿por qué resulta tan difícil su
definición? Sin duda, intentar dar respuesta a esta pregunta obliga a considerar varias causas.
Probablemente, las más significativas sean su juventud, la amplitud de campos de aplicación que
incluye y la carencia de modelos teóricos propios. A estas razones podríamos añadir una cuarta: el
hecho de que esta disciplina se encuentra fuertemente en- raizada en la realidad sociopolítica del
país en el que se desarrolla, lo que expli- ca, en parte, su diversidad de enfoques y supuestos. La
psicología comunitaria surge a partir de las demandas y déficits espe- cíficos de una realidad social,
política y cultural concreta que impregna to- dos sus espacios teóricos, metodológicos, de
intervención y, obviamente, ideológicos. Esto implica que lo que los psicólogos comunitarios
entienden por Psicología comunitaria, sus referentes teóricos y, especialmente, el tipo de
intervenciones que llevan a cabo no sean coincidentes e, incluso, que discrepen radicalmente en
contextos como el anglosajón o el latinoamericano. Es más, dentro de este últi- mo podemos
también constatar la existencia de diferencias entre Brasil y Argen- tina, por poner sólo un
ejemplo. La capacidad que tiene la Psicología comunitaria de adaptarse a cada realidad concreta, o
quizás la capacidad de la realidad de cada país para desarrollar un determinado tipo de Psicología
comunitaria, es probablemente una de las ma- yores riquezas de esta disciplina. Por tanto, aunque
es importante que ésta bus- que modelos teóricos propios y capaces de dar coherencia y unidad a
la gran diversidad de intervenciones y aplicaciones prácticas que incluye, también debe considerar
las particularidades de cada realidad social, e incorporarlas a su desa- rrollo teórico y
metodológico. La Psicología comunitaria es una disciplina que podría concebirse metafó-
ricamente como “cuasi camaleónica”, en el sentido de que se adapta y se transforma en función
de la realidad sociopolítica. Por otra parte, esta nece- saria adaptación a la realidad más cercana
tampoco debe hacer caer a la dis- ciplina en la autarquía. Nada resulta tan enriquecedor como
conocer y relacionar los desarrollos teóricos, las aplicaciones prácticas y las realidades sociales de
diferentes ámbitos culturales. Precisamente, en el gran espacio de la globalización es importante
conjugar hábilmente los elementos generales y la continua transferencia de información entre
ámbitos culturales muy di- versos con la capacidad de concretar y operar la realidad más próxima.
Con la finalidad de articular estos componentes, describiremos a continuación el desarrollo de la
Psicología comunitaria en los contextos anglosajón, latino- americano y español.

1. Principios de la Psicología comunitaria


La Psicología comunitaria es una disciplina que trata de analizar e intervenir en los contextos en
los que se desarrolla la persona, intentando comprender cómo percibe ésta los contextos y
tratando de identificar recursos, tanto de la propia persona como de los contextos en los que
interacciona, con el objeto de potenciar su desarrollo. A esta definición, necesariamente intuitiva y
preliminar, se le unen unos supuestos teóricos que Sánchez y su equipo1 han sintetiza- do en:

• Las fuerzas y sistemas sociales desempeñan un papel relevante (no necesa- riamente único o
excluyente) en la determinación de la conducta huma- na. Aunque la Psicología comunitaria centra
gran parte de sus esfuerzos en identificar elementos del ambiente con efectos sobre el
comportamiento de la persona, no olvida otros factores que pueden influir en dicho com-
portamiento (por ejemplo, los factores personales). Además, como vere- mos a lo largo de esta
asignatura, la Psicología comunitaria se centra especialmente en los elementos socioculturales del
ambiente, comple- mentando otras disciplinas que se ocupan también del ambiente, como la
Psicología ambiental.

• El entorno social no es algo necesario o únicamente negativo y fuente de pro- blemas y


conflictos para individuos y grupos, sino también fuente de recur- sos y potencialidades positivas.
La Psicología comunitaria mantiene que el entorno social y cultural es fuente tanto de conflictos
como de soluciones. Esto es, impone limitaciones pero también aporta recursos. Así, incluso en los
entornos más deprivados (marginación, por ejemplo) el enfoque comu- nitario sostiene que es
posible encontrar recursos (solidaridad, por ejemplo) con los que iniciar un proceso de
intervención.

• La localización de los problemas de salud mental y psicosociales (y de su origen) reside, en gran


parte al menos, en los sistemas sociales y en la re- lación del individuo con ellos, no tanto en los
individuos. Una premisa fundamental de la orientación comunitaria consiste en señalar las carac-
terísticas y procesos de los sistemas sociales como uno de los factores que explican los problemas
de salud mental, evitando de esta manera vincular estos problemas exclusivamente a la naturaleza
del individuo.

• La prevención se relaciona directamente con la potenciación o desarrollo comunitario. El


incremento de la competencia tiene un efecto de preven- ción en el desarrollo de los problemas
psicosociales. En tanto que los fac- tores que inciden en la salud mental residen en gran parte en el
entorno social, la potenciación y desarrollo de entornos sociales constituye una de las vías
principales de intervención. Desarrollar y potenciar estos entornos supone desarrollar
competencias en los individuos que participan en ellos, a la vez que promover transformaciones
estructurales de esos entor- nos con el objeto de mejorar el desarrollo de estas mismas personas.

• Las necesidades individuales y los intereses sociales son general y básica- mente compatibles,
aunque en ocasiones pueden entrar en conflicto. La Psicología comunitaria mantiene que, aunque
intereses individuales, gru- pales y sociales puedan entrar en conflicto, siempre existen vías de
nego- ciación que permiten restablecer el equilibrio. La participación, el consenso, el pensamiento
crítico, el respeto a la diversidad, la tolerancia, etc., son algunos de los mecanismos que se
proponen para restaurar los desequilibrios que puedan producirse en los entornos sociales.

• El rediseño del entorno y el cambio social producen un efecto significati- vo en la reducción de


las disfunciones psicosociales de los individuos y grupos, en tanto que la no-modificación de esos
entornos mantendría esas disfunciones. En concordancia con los supuestos anteriores, se con-
sidera que los desajustes personales tienen una correlación con los des- equilibrios del entorno.
Por tanto, la mejora de la situación personal pasa también por la modificación de los entornos, con
el objeto de que éstos alcancen un nuevo equilibrio, quizás en otro nivel diferente al que existía
previo a la intervención. En todo caso, la no-modificación de los entornos sociales y el trabajo
centrado exclusivamente en la persona no es una vía adecuada para resolver los problemas, desde
el punto de vista de la Psico- logía comunitaria, ya que probablemente la fuente de tensiones y
proble- mas quede intacta.

• Para desarrollar o alcanzar el sentido psicológico de comunidad, es preci- so que todos los
miembros de la comunidad tengan acceso a los recursos y servicios que ésta proporciona. La
comunidad psicológica tiene, por tanto, un importante componente material y social que puede
concretar- se en una redistribución o creación y potenciación de recursos psicológi- cos y sociales.
Una de las principales características que definen el ajuste de la persona a su entorno es la
percepción de sentimiento de comunidad, un estado psicológico que, no obstante, está
fuertemente vinculado a pro- cesos participativos democráticos, en el sentido de capacidad para
expre- sar las opiniones, apertura hacia los otros, vías de comunicación, etc. En sociedades
dinámicas, este sentimiento de comunidad también se obtiene de los sistemas sociales en los que
la persona interactúa (familia, grupos de autoayuda, relaciones de confianza, etc.), ya que el
contacto con la comunidad en general no es posible. Como veremos más adelante, éste es uno de
los conceptos clave que permite analizar los procesos de ajuste psi- cosocial de la persona, por
ejemplo, en el caso de los grupos de apoyo y autoayuda.

2. La Psicología comunitaria en el contexto anglosajón

2.1. El nacimiento oficial de la Psicología comunitaria: la Conferencia de Swampscott

Los primeros antecedentes de la Psicología comunitaria en Estados Unidos pueden situarse en los
estudios epidemiológicos realizados a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, realizados
principalmente por sociólogos de la Escuela de Chicago, y en los que se relaciona el desorden
mental con factores sociales tales como una falta de integración social. En este lado del Atlántico
no se puede olvidar la figura de Durkheim, cuyas ideas sobre los problemas generados por la
emigración mantienen hoy la vigencia de hace cien años. No obstante, cuando se trata de situar un
momento concreto y decisivo en el origen de la disciplina, se alude, de forma reiterada, a la
Conferencia celebrada en Swampscott (Boston) en 1965. De hecho, es en esta conferencia,
organizada con la finalidad de analizar la formación de los psicólogos que trabajan en la
comunidad, donde se utiliza por primera vez el término psicología comunitaria y donde se sitúan
las bases de esta disciplina en Estados Unidos. En la Conferencia de Swampscott se reunen
psicólogos y profesionales de la salud mental que ya trabajan en la comunidad, como
consecuencia de la crea- ción en 1963 de los centros de salud mental comunitaria. La decisión
política de crear estos centros tuvo mucho que ver con el origen de la disciplina y da cuenta de la
importante conexión existente entre la Psico- logía comunitaria y su entorno social. La decisión de
su creación es, a su vez, consecuencia de ciertos acontecimientos previos y del espíritu de esta
época. Así, el desarrollo y las conclusiones de esta Conferencia son, también, en térmi- nos más
amplios, fruto del movimiento social existente en los años sesenta en Estados Unidos.
Durante la década de los sesenta, la sociedad norteamericana se encuentra más receptiva a
nuevas orientaciones y parece más consciente de las profundas desigualdades existentes entre la
población (desigualdades tanto económicas como en el acceso a los recursos sanitarios,
asistenciales y educativos). Igualmen- te, es relevante el cambio que se produce en la concepción
de la salud, que ya no se define como la ausencia de enfermedad, sino como un estado de
bienestar fí- sico, psicológico y social. Las alusiones a este momento histórico y a los factores que
lo originan son frecuentes y, en cierto modo, obligados, al analizar el origen de esta disciplina, al
menos en el ámbito norteamericano. En este contexto social comienza a gestarse entre los
profesionales de la salud mental una insatisfacción con el modelo médico tradicional, que atribuye
al pa- ciente un rol pasivo en la interacción y al profesional una actitud de espera ante los
problemas de salud mental. Este modelo tradicional defiende un acerca- miento individual que
desatiende la influencia que en el origen y desarrollo de estos problemas tienen los factores
sociales y ambientales. Un acercamiento que, por otra parte, se muestra insuficiente para alcanzar
a toda la población que requiere de algún tipo de tratamiento o intervención. Esta insatisfacción
cristaliza en Swampscott en una búsqueda de un acerca- miento más social a la salud mental y,
como hemos indicado, en la creación de la Psicología comunitaria como disciplina, que
representaría este acercamien- to. Así, en un primer momento, psicología comunitaria y salud
mental comu- nitaria son términos similares en Estados Unidos. Esta vinculación inicial de la
Psicología comunitaria con la salud mental se refleja en las primeras investiga- ciones que se
realizan.

2.2. El desarrollo de la Psicología comunitaria en Estados Unidos

En una revisión de los artículos publicados en el American Journal of Commni- ty Psychology y en


el Journal of Community Psychology durante el período com- prendido entre 1973 y 1982
realizada por Lounsbury y sus colaboradores2 puede apreciarse que durante este período existe
un importante predominio de los es- tudios centrados en la salud mental, y son muy pocos los
trabajos relacionados con las características óptimas del ambiente, el desarrollo normal o el
funciona- miento saludable de los individuos. Posteriormente, en el período comprendido entre
1984 y 1988 se aprecia, no obstante, un incremento en los temas relacionados con factores
sociales.3 Comienzan a proliferar en esta etapa las investigaciones que analizan la influen- cia de
los estresores sociales y del apoyo social en el ajuste psicosocial. Son rele- vantes, como referentes
teóricos, algunos modelos como el de Albee,4 que incluye en su conocida ecuación respecto de la
incidencia de los desórdenes mentales dos factores sociales, el estrés y el apoyo social, que
contribuyen a ellos de forma positiva y negativa, respectivamente. La investigación sobre apoyo
so- cial, consolidada a mediados de los años setenta, da lugar en la década de los ochenta a una
importante eclosión de trabajos que analizan su estructura, sus funciones, su medición y su
relación con el ajuste psicosocial del sujeto. Este te- ma, además, se convierte en recurrente en las
posteriores revisiones sobre inter- venciones sociales y comunitarias en Estados Unidos. Gesten y
Jasón5 citan también como estrategias interventivas de los psicólo- gos comunitarios el desarrollo
de competencias individuales que facilitan el ac- ceso a recursos (incluido el apoyo social),
propiciar el sentido de control de las personas sobre su destino (empowerment), contribuir a la
creación de grupos de autoayuda y modificar estilos de vida poco saludables, como el consumo de
ta- baco y alcohol. El desarrollo de intervenciones preventivas constituye ya en este período un
elemento distintivo de la disciplina. No obstante, la Psicología comunitaria permanece todavía en
la década de los ochenta bastante ligada a la salud mental y, sobre todo, a una perspectiva
demasiado individualista en las propuestas de intervención. Esta característica supone, además,
una importante divergencia entre la teoría y la práctica, es decir, entre las bases conceptuales de
la disciplina establecidas en la Conferen- cia de Swampscott y las intervenciones realizadas por
investigadores y profe- sionales. Así, aunque en la citada conferencia se planteó la relevancia de
los factores sociales, la necesidad de analizar la relación entre individuo y comunidad y un nuevo
acercamiento interventivo que incluya a la comunidad, la realidad es que algo más de veinte años
después, Gesten y Jason consideran que el camino re- corrido está todavía muy alejado de los
ideales de Swampscott. De hecho, la mayoría de las intervenciones tienen un enfoque centrado en
el individuo y, aunque algunas de las áreas de investigación más relevantes son la prevención o el
apoyo social, este último es considerado en algunas ocasiones como una va- riable personal. El
sesgo individualista de la psicología americana se refleja también en el he- cho de que gran parte
de las intervenciones preventivas se dirigen al desarrollo de competencias personales (habilidades
cognitivas, de comunicación y de so- lución de problemas) en lugar de intentar modificar aspectos
relacionales y or- ganizacionales. Este sesgo individualista se ve reforzado con la noción de
responsabilidad in- dividual, ampliamente extendida y apreciada por la sociedad norteamericana.
En consecuencia, no nos debería sorprender que durante la década de los ochen- ta una gran
parte del apoyo federal para programas de prevención se destinara a intervenciones individuales
en lugar de dedicarse a intervenciones sociales, y que la mayor parte de la literatura sobre
prevención esté más relacionada con es- fuerzos para ayudar a los individuos a desarrollar
habilidades que les permitan manejar con éxito los estresores ambientales que con esfuerzos
dirigidos directa- mente a las condiciones sociales. De hecho, el desarrollo de este tipo de compe-
tencias personales ha sido un componente importante en campañas antitabaco y en programas
encaminados a prevenir el abuso de sustancias, las enfermedades cardiovasculares o los
embarazos en adolescentes. En determinadas ocasiones, estos programas de entrenamiento en
habilidades no son suficientes para con- trarrestar normas culturales fuertemente asentadas o
condiciones económicas negativas que pueden estar incidiendo en el surgimiento y
mantenimiento de determinadas conductas de riesgo. Por otra parte, y a pesar del citado sesgo
individualista, durante la década de los ochenta y los noventa se han realizado algunos esfuerzos
encaminados a mo- vilizar a la comunidad y a facilitar la creación de agrupaciones y asociaciones.
En esta misma línea, se confiere cada vez mayor relevancia al hecho de facilitar a en- fermos
mentales y grupos desfavorecidos el acceso a los recursos sociales, al tiem- po que se reconoce el
importante papel desempeñado por los grupos de autoayuda y los grupos de apoyo integrados por
pacientes y por familiares. A lo largo de estas tres décadas y media de Psicología comunitaria en
Estados Unidos, la influencia del contexto social y político ha continuado ejerciendo su influencia.
En concreto, los distintos ciclos políticos (alternancia entre gobiernos demócratas y republicanos)
han marcado el predominio de unas u otras teorías sobre la salud mental. Durante los períodos
más progresistas los determinantes ambientales tienen más peso en la explicación del
comportamiento humano, mientras que en los periodos de conservadurismo político y social se
acentúa la importancia de las variables personales. Además, esta influencia política no se re- duce
únicamente a las perspectivas teóricas predominantes, sino que, sobre to- do, incide en el tipo de
intervenciones que se promueven y desarrollan. De modo específico, Heller y Goddard6 aluden a
determinados programas que se crearon durante los años sesenta con fondos federales (por
ejemplo, “War on Poverty” y “Great Society”), que llegaron a desaparecer o reducirse
considerable- mente durante el posterior ciclo conservador de los años setenta. Esta dependen-
cia política dificulta y bloquea la continuidad y desarrollo de numerosos programas de
intervención, incluso en aquellos cuya eficacia se ha comprobado rigurosamente. Éste es el caso
del programa dirigido a adolescentes embarazadas y con escasos recursos elaborado por Olds.7
Tal programa demostró su eficacia en la disminución del porcentaje de bebés con bajo peso, en la
prevención del mal- trato infantil y en la participación y permanencia en el sistema educativo de
los padres. No obstante, este programa no se pudo mantener cuando el departamen- to de salud
local tuvo que asumir su coste. Según Heller y Goddard,8 una forma de conseguir que los
programas que son efectivos puedan continuar es involucrar a la comunidad local. Un ejemplo de
este segundo caso es el programa “Head Start”, el cual se ha mantenido desde 1965 al conseguir la
implicación en el mis- mo tanto de los padres como de diferentes líderes y miembros de la
comunidad. Finalmente, durante la década de los noventa cabe señalar la importante con-
solidación que se ha producido de los programas de prevención. Importantes ins- tituciones
americanas, como el National Institute of Mental Health y el Institute of Medicine, reconocen en
sendos informes la viabilidad e importancia de este tipo de intervenciones. Su reconocimiento es,
sin duda, importante, pero la con- sideración que hacen de la prevención es sumamente
restrictiva. De hecho, Albe9 ha llegado a considerar estos informes como contra-revolucionarios.
Según Reppucci y sus colaboradores,10 a pesar de estas importantes divergen- cias, el gran
número de intervenciones preventivas desarrolladas en Estados Unidos durante la última década
es altamente positivo. Se han realizado nume- rosos programas de intervención relacionados con
la prevención de aspectos tales como la violencia contra las mujeres, la violencia juvenil o el
maltrato infantil. Estas intervenciones intentan, cada vez en mayor medida, contar con la
comunidad a la que se dirigen y disponer del mayor apoyo local posible. Otra característica que
está adquiriendo una creciente importancia en el dise- ño de programas de prevención es la
diversidad étnica y cultural. Los programas de intervención deberían respetar los valores culturales
de la comunidad a la que se dirigen (por ejemplo, comunidades de origen hispano o
afroamericanos), o al menos tenerlos en cuenta si desean que la intervención sea efectiva. Entre
los ele- mentos fundamentales de estos programas se incluyen la disminución de los fac- tores de
riesgo y el desarrollo de los factores protectores. Entre estos últimos, el apoyo social, la facilitación
del acceso a los recursos sanitarios, educativos y so- ciales de grupos desfavorecidos y la
potenciación de las competencias sociales se encuentran entre las estrategias más utilizadas en
estas intervenciones. Por otra parte, también existen organizaciones y agrupaciones comunitarias,
en ocasiones creadas por los propios ciudadanos sobre la base de un problema común, que han
demostrado su capacidad para producir cambios en la comu- nidad. Estas organizaciones resultan
positivas tanto para sus integrantes como para la comunidad hacia la que dirigen sus esfuerzos y,
además, su apoyo a de- terminados programas de prevención puede resultar decisivo y comienza
a ser considerado. En los próximos años, los aspectos que según Reppucci y sus cola- boradores11
deben ocupar a los interventores comunitarios son la mayor adap- tación de sus programas a las
características concretas de la comunidad a la que se dirigen, la mejora en la evaluación de la
efectividad de las intervenciones y la preocupación por una adecuada difusión de las mismas. En
resumen, podríamos señalar como principales características definitorias de la Psicología
comunitaria en Estados Unidos, las siguientes:

• un origen muy vinculado a la salud mental,


• una evolución parcialmente condicionada por las características cultura- les americanas (cierto
etnocentrismo y énfasis en la responsabilidad indi- vidual) y

• una escasez de acercamientos realmente comunitarios en las interven- ciones.

Entre los principales referentes teóricos, podemos citar los modelos de estrés psicosocial, las
investigaciones sobre apoyo social y grupos de autoayuda y la teoría de la potenciación o
empowerment. Desde el punto de vista metodológico, se reconocen las limitaciones de los diseños
experimentales para evaluar la efec- tividad de las intervenciones, pero los métodos cualitativos y
etnográficos ape- nas son utilizados.

2.3. El caso de Canadá y Reino Unido

En Canadá y en el Reino Unido, países situados también dentro del contexto anglosajón por
cuestiones culturales, el desarrollo y la situación actual de la Psi- cología comunitaria es bastante
diferente. En Canadá existe una larga tradición de programas de intervención en salud mental,
educación y servicios sociales. Sin embargo, esta tradición de la Psicología aplicada canadiense fue
minusvalo- rada durante la década de los cincuenta y sesenta, para resurgir nuevamente du- rante
los años setenta, como consecuencia de la influencia de la Psicología comunitaria norteamericana.
En este proceso influyó también la escasez de re- cursos humanos y la demanda de servicios en el
área de salud mental, así como una política gubernamental más centrada en la salud que en la
enfermedad. A lo largo de la década de los setenta se introduce la Psicología comunitaria en la
formación universitaria, y actualmente esta disciplina está presente en el 50% de las
universidades. La creación en 1982 del Canadian Journal of Community Mental Health, de carácter
interdisciplinar, ha facilitado, en gran medida, el in- tercambio de información entre
investigadores y profesionales. En las últimas décadas se observa un considerable desarrollo de
esta disciplina, tanto en el ám- bito académico como en el profesional. La influencia
norteamericana se refleja en la conexión que la disciplina mantiene con la salud mental, así como
en su énfasis en la promoción de competencias psicosociales y en el desarrollo de pro- gramas de
prevención. Por el contrario, el desarrollo de la Psicología comunitaria en el Reino Unido es
bastante reciente y limitado. En este sentido, los escasos libros referidos a la Psicología
comunitaria publicados en este país han sido escritos por psicólogos clínicos, como es el caso de
Jim Orford,13 y la única revista británica de Psicología Comunitaria, el Journal of Community and
Applied Social Psychology, apa- reció en 1991, dirigida también por Orford. Este autor14 indica, no
obstante, la existencia de cierta insatisfacción de los profesionales de la salud mental con los
modelos de tratamiento que no consideran los factores sociales y la existencia de algunas
experiencias de investigación comunitarias. En todo caso, las inter- venciones son mínimas y la
mayoría de los trabajos son de tipo descriptivo, ana- lizando, por ejemplo, la influencia del
desempleo, la inmigración o los nuevos asentamientos en la depresión. 3. La Psicología
comunitaria en el contexto latinoamericano El origen de la Psicología comunitaria latinoamericana
suele situarse a princi- pios de los años setenta, aunque durante los años cincuenta y sesenta se
llevaron a cabo numerosas intervenciones en diferentes comunidades. Estas primeras in-
tervenciones tuvieron como principales referentes teóricos la pedagogía del opri- mido de Paulo
Freire15 y los escritos del sociólogo colombiano Orlando Fals Borda16 sobre la investigación-
acción. La Psicología comunitaria en Latinoamé- rica, al igual que comentábamos respecto del
contexto anglosajón, o quizás toda- vía más en este caso, surge estrechamente vinculada a la
realidad social y política de los diversos países que la integran. En este sentido, si bien es cierto
que existen importantes similitudes entre estos países, también lo es que nos estamos refiriendo a
más de veinte países distintos, que, sin duda, comparten características significativas tales como la
existencia de profundas desigualdades sociales, grandes bolsas de pobreza, o el sinsentido de in-
tentar realizar intervenciones dirigidas a facilitar el acceso a recursos sanitarios, so- ciales o
educativos a la población más desfavorecida cuando en estos países, con demasiada frecuencia,
estos recursos son sumamente precarios, o incluso inexis- tentes. No obstante, cada uno de estos
países plantea, a su vez, ciertas necesidades sociales que le son propias, una trayectoria política
particular, y un desarrollo de la Psicología, en general, y de la Psicología comunitaria, en particular,
que en oca- siones es bastante divergente.

Así, por ejemplo, la Psicología comunitaria ha tenido un importante desarro- llo en Brasil, mientras
que en Argentina éste ha sido mucho menor. Este hecho se debe, en parte, a la ruptura que la
dictadura impuso a ciertas iniciativas co- munitarias que estaban surgiendo en este país y, en
parte, a la fuerte influencia del psicoanálisis en Argentina. No obstante, también en Argentina
existen algu- nas universidades, como la Nacional de Córdoba, en las que se están iniciando
investigaciones con marcado carácter comunitario.17 En todo caso, y a pesar de reconocer la
existencia de importantes diferencias entre los distintos países latinoamericanos, durante los años
setenta se produce, en general, una agudización de las situaciones de pobreza y miseria, y en mu-
chos de estos países se instauran regímenes totalitarios. Ante esta situación, gran número de
profesionales, incluidos psicólogos comienzan a acercarse a las comunidades más
desfavorecidas.18 En un primer momento, la presión de la realidad social conduce más a la acción
que a la reflexión y a generarse una preocupación por una necesaria re- flexión teórica acerca del
quehacer cotidiano de las y los psicólogos que traba- jan en la comunidad. Según Sánchez19 y su
equipo, un momento relevante en la Psicología comunitaria latinoamericana es el XVII Congreso
Interamericano de Psicología celebrado en Perú en 1979. En este Congreso se reunieron psicó-
logos y psicólogas de diversos países latinoamericanos que descubrieron que estaban trabajando
con modelos comunitarios similares, aunque sin tener co- nocimiento de ello. En este sentido,
cabe señalar que uno de los obstáculos para el desarrollo de una Psicología social comunitaria en
Latinoamérica lo constituyen las grandes dificultades existentes para transmitir experiencias de un
país a otro, como consecuencia de las grandes distancias e importantes di- ficultades en la
comunicación. Gracias a Internet se contribuye en gran medi- da a facilitar el intercambio y la
comunicación. La reciente creación de la Redepsi agrupa a psicólogos comunitarios de diferentes
países de América La- tina y España. Actualmente, la Psicología comunitaria en Latinoamérica,
después de una primera fase eminentemente activa, se encuentra inmersa en el proceso de in-
tentar desarrollar modelos teóricos propios, proceso más evidente en países como Venezuela,
Brasil o Puerto Rico. Se trata, en general, de una disciplina que tiene cada vez mayor presencia en
las distintas universidades y en las que comienzan a ser reconocidas importantes figuras como, por
ejemplo, Maritza Montero, Fátima Quintal de Freitas, Silvia Lane, Israel Brandao o Irma Serrano-
García entre otros muchos.20 Por otra parte, al hablar de la Psicología comunitaria en
Latinoamérica es ne- cesario señalar la coexistencia de una Psicología social comunitaria, más
ligada a los procesos de autogestión, desarrollo comunitario y participación social, y una Psicología
comunitaria más próxima a la salud mental. En países como Ar- gentina y Chile, la Psicología
comunitaria vinculada a la Salud Mental predomi- na, aunque no de forma exclusiva,21 mientras
que en Venezuela la Psicología Comunitaria se encuentra más cercana a planteamientos
ideológicos, políticos y de concientización.22 De hecho, en este país se ha dedicado un gran
esfuerzo al análisis de las relaciones existentes entre la ideología y el desarrollo de proce- sos de
acción y cambio social. Igualmente, el concepto de comunidad ha merecido una considerable
aten- ción por parte de los psicólogos comunitarios venezolanos. Próximos a la Psico- logía
comunitaria venezolana, en el sentido de compartir como referente teórico la Psicología social
crítica y el construccionismo social, se encuentran los psicólogos comunitarios puertorriqueños.23
Por otra parte, en Colombia son numerosas las intervenciones comunitarias relacionadas con los
procesos de participación y de investigación-acción.24 Asimismo, y como ya hemos comentado
anteriormente, el desarrollo de la Psi- cología social comunitaria en Brasil es muy significativo.
Freitas25 realiza un exce- lente recorrido por el devenir histórico de esta disciplina en su país,
desde sus comienzos casi clandestinos y centrados en la movilización de comunidades alta- mente
desfavorecidas durante los años sesenta y setenta, hasta el momento actual. Las primeras
intervenciones se centraban, básicamente, en el desarrollo de una conciencia crítica en la
población y se sitúan, sobre todo, en la zona nordeste del país. En los años ochenta comenzará la
preocupación por sistematizar y reflexio- nar sobre estas intervenciones y sobre el trabajo de los
psicólogos comunitarios. A finales de los ochenta y principios de los noventa, el desarrollo de esta
dis- ciplina ha sido muy importante subrayando la diferencia entre la Psicología comunitaria,
próxima a la Salud Mental, y la Psicología social comunitaria con referentes teóricos de la
Psicología social crítica y dialéctica. Esta última se sitúa, principalmente, en la Universidad Católica
de Sao Paulo. Actualmente, la Psico- logía social comunitaria existe como disciplina en la mayor
parte de las univer- sidades brasileñas.26 A pesar de la diversidad que estamos señalando, estos
países comparten al- gunos elementos comunes. Se trata, básicamente, de rasgos similares en la
ma- yor parte de ellos, que además se hacen más visibles al compararlos con el contexto
anglosajón. La Psicología social comunitaria en Latinoamérica se ha centrado, de manera
fundamental y casi exclusiva, en la acción. De este modo, el desarrollo de refe- rentes teóricos
propios ha quedado relegado a un segundo plano. Hoy, sin embargo, este desplazamiento de los
referentes teóricos es objeto de preocupación de numerosos investigadores comunitarios en
América Latina. En cuanto a los aspectos metodológicos, la Psicología social comunitaria en Latino-
américa difiere, en gran medida, de la desarrollada en el contexto anglosajón, puesto que la
investigación-acción participativa –IAP– es el modelo metodoló- gico predominante. En este
sentido, es importante la influencia de Fals Borda27 y su modelo de investigación-activa.
Igualmente, la metodología etnográfica y cualitativa (entrevistas, observación participante) es
mucho mejor acogida en este contexto que en el anglosajón, donde se las considera atractivas y
sugeren- tes pero poco científicas. Por último, también el objeto de sus intervenciones es
diferente, ya que el proceso más estudiado e investigado por la Psicología social comunitaria en
La- tinoamérica es la participación. Ésta hace referencia a la implicación activa de la gente en la
planificación y desarrollo de las etapas de solución de un proble- ma que les afecta. Asimismo, son
relevantes los procesos de concienciación y desarrollo del sentimiento de comunidad. Se trata, por
tanto, de un enfoque mucho más so- cial y comunitario que el existente en el contexto anglosajón.
Estas diferencias podrían explicarse, al menos en parte, por diferencias cul- turales y de valores
entre estos dos contextos. Por otro lado, es probable que la realidad social tan acuciante de los
países latinoamericanos exija este tipo de in- tervenciones que, sin duda, difieren en su referente
teórico, en sus objetivos y en su metodología. Además, a diferencia de la Psicología comunitaria
surgida en el contexto anglosajón, su origen no está vinculado a la salud mental comuni- taria,
como erróneamente se nos transmite en numerosas ocasiones. Finalmente, no hay que olvidar la
contribución que movimientos como el de la Teología de la Liberación han tenido en el desarrollo
de la Psicología comunita- ria latinoamericana. En concreto, el movimiento de la Teología de la
Liberación surge a finales de los sesenta, y su labor principal se desarrolla en las comunidades
eclesiásticas de base. Sus ideas fundamentales son recogidas en los trabajos de Cá- mara, Sobrino,
Ellacuría y Martín-Baró, cuyos textos han ejercido y ejercen una fuerte influencia en la Psicología
Social Comunitaria de América Latina y, creemos, también en España.28

4. La Psicología comunitaria en el contexto español

4.1. Orígenes de la Psicología comunitaria en España

El desarrollo de la Psicología comunitaria en España es bastante reciente y, al igual que


comentábamos en los apartados previos respecto del contexto anglo- sajón y el latinoamericano,
se ha visto propiciado por los cambios sociales y po- líticos que se producen en este país. En
concreto, las transformaciones políticas que tienen lugar en España en los años setenta
contribuyen en gran medida a su desarrollo. Así, la Constitución de 1978, la descentralización del
poder central hacia las comunidades autónomas y la puesta en marcha de ampliaciones impor-
tantes en la cobertura de prestación de los Servicios Sociales, junto con algunas iniciativas
privadas, propiciaron el que un gran número de profesionales se en- contrara trabajando, ya por
los años setenta y, fundamentalmente, por los ochenta, en la comunidad: trabajadores sociales,
psicólogos, animadores socio- culturales, educadores de calle, asistentes sociales y voluntarios.
Durante los años ochenta, ayuntamientos y diputaciones crearon gabinetes psicopedagógicos,
centros de salud mental y servicios sociales comunitarios. En estos centros surgieron equipos en
muchos casos interdisciplinares, que inten- taron, en mayor o menor medida, dar una orientación
comunitaria a su trabajo. Sin embargo, de forma progresiva serán los servicios sociales
comunitarios, incluyendo los gabinetes psicopedagógicos, los que ya en la década de los noventa
se convertirán en el escenario más frecuente de las intervenciones comunitarias. No hay que
olvidar que la creación de estos centros se anticipó a la existencia de una formación académica en
Psicología comunitaria en las universidades es- pañolas, que por los primeros años ochenta estaba
dando todavía sus primeros pasos, aún titubeantes, en el ámbito de la Psicología social. Ésta es,
justamente, una característica fundamental de la disciplina en España con relación a los países
anglosajones y otros países europeos, incluyendo Italia y Portugal, en los que su nacimiento y
desarrollo tiene lugar en los departamentos de personalidad y clínica. Un hito en el ámbito de la
Psicología comunitaria en España es la publicación de los primeros manuales relacionados
específicamente con la disciplina, que tie- ne lugar a finales de la década de los ochenta y
principios de la de los noventa, convirtiéndose rápidamente en referentes obligados en los
ámbitos académico y profesional. En concreto, el primero de estos libros es el de Intervención
Psicosocial de Barriga, León y Martínez en 1987, al que siguieron Psicología Comunitaria de Martín,
Chacón y Martínez en 1988 y Psicología Comunitaria. Bases conceptuales y métodos de
intervención, del mismo año, de Sánchez (en 1991 publicará una nue- va edición revisada y
ampliada). En estas fechas también ven la luz los resultados del encuentro celebrado en Valencia
en 1989 para analizar el estado de la disci- plina,29 así como algunos libros en los que se incluye la
descripción de progra- mas y experiencias prácticas como, por ejemplo, Programas de prevención
e intervención comunitaria de Sánchez,30 Hacia un modelo de servicios sociales de ac- ción
comunitaria de Bueno31 e Intervención Psicosocial. Programas y experiencias de Musitu32 y sus
colaboradores. En los años siguientes, los libros publicados en nuestro país aumentan con-
siderablemente en número y en especialización. Así, junto con los libros rela- cionados con
aspectos conceptuales y descripción de modelos teóricos generales, comienzan a editarse también
libros centrados en aspectos más espe- cíficos, como son el apoyo social, los grupos de autoayuda,
la evaluación de pro- gramas, las intervenciones en el ámbito familiar, etc.

4.2. La situación actual de la Psicología comunitaria en España En los últimos años, ciertos
acontecimientos han contribuido en gran medi- da al importante desarrollo de esta disciplina en
nuestro país. A continuación, analizaremos algunos de ellos a partir de los siguientes puntos: la
presencia de la disciplina Psicología comunitaria en la mayor parte de las universidades y la
consolidación de líneas y equipos de investigación.

4.2.1. Presencia de la disciplina en el ámbito académico A principios de los años noventa se


produce una reforma en los planes de es- tudio de la mayoría de las facultades de Psicología. Con
esta nueva reorganiza- ción académica se pretendía acercar más la formación de los estudiantes a
la realidad social y a la práctica profesional. Asimismo, se incorporaron en los pla- nes de estudio
nuevas asignaturas, entre ellas la Psicología comunitaria. En ge- neral, además de su importante
presencia, podemos señalar las siguientes características:

• Se trata, en la mayoría de los casos, de asignaturas optativas, teórico-prác- ticas y ubicadas en


segundo ciclo.

• Coexisten varias denominaciones que incluyen contenidos claramente específicos de la


Psicología comunitaria (Intervención psicosocial, Psico- logía y servicios sociales, Modelos y
estrategias de intervención psicoso- cial, Sociología de la Comunidad y Desarrollo Comunitario,
además, obviamente, de Psicología comunitaria), lo cual da cuenta de la diversi- dad de enfoques,
de la amplitud de la disciplina y puede que también, por qué no decirlo, sea un reflejo del deseo
de ofrecer a los alumnos títulos de asignaturas que les resulten atractivos. De hecho, en algunas
diplomaturas se ha modificado el nombre de Psicología comunitaria a favor del de In- tervención
psicosocial, para así transmitir con mayor claridad a los alum- nos la vocación interventiva y
aplicada de la disciplina.

• La Psicología comunitaria no sólo forma parte de la formación de segun- do ciclo de las


universidades, sino que también existen cursos de docto- rado relacionados con la misma, e
incluso en la Universidad de Sevilla hay todo un programa de doctorado sobre Intervención social
en la comunidad. La presencia de la Psicología comunitaria en los estudios de ter- cer ciclo
(doctorado y máster) se relaciona, asimismo, con el importante incremento de investigaciones que
en este campo se han producido du- rante la última década.

4.2.2. Principales líneas de investigación y algunas publicaciones representativas

La importante presencia que la Psicología comunitaria tiene actualmente en las universidades


españolas ha propiciado la consolidación de equipos de in- vestigación y la delimitación de ciertas
líneas de investigación. Son numerosas las investigaciones dirigidas a prevenir problemas
psicosociales o a promover mayores niveles de calidad de vida. En cuanto al tipo de problemas
psicosociales a los que se acerca la Psicología comunitaria, son muy diversos e incluyen, por
ejemplo, el consumo de alcohol en adolescentes, el maltrato infantil, los enfer- mos de cáncer o
seropositivos, el consumo de drogas, la violencia familiar, la de- lincuencia, la integración y
participación social en las zonas rurales, etc. Asimismo, el apoyo social es uno de los aspectos que
más se analiza teórica- mente y más se incluye en intervenciones psicosociales. Los grupos de
autoayu- da, menos estudiados hasta el momento, son cada vez objeto de mayor atención.
También se ha insistido en la relevancia que la familia, como grupo primario y como nexo primero
y principal entre el individuo y la comunidad, tiene en el ajuste psicosocial del sujeto;
consecuentemente, este tema se ha incluido tam- bién en programas de prevención primaria y
secundaria. La relevancia del con- texto escolar en la integración social de los jóvenes y en el
desarrollo de recursos sociales y personales es igualmente reconocida. El desarrollo de programas
de intervención psicosocial en el ámbito de los servicios sociales y, en general, las funciones y los
modelos teóricos que deben constituir el referente de este campo son objeto de especial interés e
investiga- ción. Evidentemente, la importancia de esta temática es, al menos en parte, con-
secuencia de la actual presencia de la Psicología comunitaria en numerosas diplomaturas de
Trabajo social y Educación social. Otro tema de gran relevancia y sobre el que hay que continuar
estudiando es, sin duda, el de la evaluación de programas. Se trata de una cuestión compleja e
importante sobre la cual existen algunas líneas de investigación en nuestro país. Por último, en las
universidades españolas también se está investigando en la actualidad sobre empowerment,
sentimiento de comunidad, programas rura- les, voluntariado, inmigración y exclusión social.
Comentaremos la publicación reciente del profesor de Antonio Martín,33 por considerar que
ofrece una imagen bastante adecuada y coherente de la Psicología comunitaria en nuestro país.
Además, en este libro es patente una característica de la Psicología comunitaria en España como
es la de una fuerte influencia anglo- sajona y, en menor grado, de la Psicología comunitaria de
América Latina. Esta característica ha estado presente en la Psicología comunitaria española desde
sus orígenes y prueba de ello, aunque reconocemos que es un indicador débil, es el capítulo
escrito por Maritza Montero en el ya citado libro Intervención Psicosocial (1987) que fue
compilado por Barriga, León y Martínez.

4.3. Perspectivas de futuro

En términos generales, podemos describir la Psicología comunitaria en España como una disciplina
reciente, con una clara vocación aplicada, y que ha experi- mentado un fuerte desarrollo en las
últimas dos décadas. En los años noventa esta disciplina se ha incorporado a las universidades
españolas, y además lo ha hecho con gran fuerza. De hecho, está presente en estudios de segundo
y tercer ciclo, y es una temática que se ha consolidado en los congresos nacionales de Psicología
social. Por otra parte, al tiempo que se incrementa su presencia en el ámbito acadé- mico, algunas
líneas de investigación se delimitan cada vez con mayor claridad y profundidad. En cuanto a los
temas investigados y a los aspectos que ocupan el mayor número de trabajos, existen tanto
reflexiones teóricas y éticas sobre la profesión del psicólogo comunitario y su dependencia de los
vaivenes políticos como un gran número de trabajos con un claro deseo de ofrecer referentes,
pro- gramas y modelos que sean útiles para los profesionales. Precisamente, en lo que se refiere al
ámbito profesional, actualmente los servicios sociales son el marco más habitual en el que se
desarrollan intervenciones de tipo comunitario. En España, la influencia anglosajona en la
Psicología comunitaria es muy no- toria, probablemente porque resulta mucho más fácil acceder a
revistas y libros publicados en Estados Unidos y Europa que a los publicados en Latinoamérica.

No obstante, somos cada vez más los psicólogos comunitarios españoles que es- tamos haciendo
serios esfuerzos por incrementar nuestro conocimiento con los trabajos realizados por psicólogos
comunitarios en Latinoamérica. En este sen- tido, creemos que sería muy positivo que los
psicólogos comunitarios españoles continuaran enriqueciéndose con ambos tipos de aportaciones
y, sobre todo, por nuestras similitudes culturales, con las aportaciones latinoamericanas. De esta
manera, construiríamos una Psicología comunitaria más genuina y, por qué no, más atractiva y
efectiva. Obviamente, los psicólogos comunitarios españoles tienen el reto de volver también la
mirada a su propia realidad social, política y cultural; y de crear una Psicología comunitaria
realmente adecuada y adaptada a sus necesidades, lo que no quiere decir que para ello deban
prescindir del co- nocimiento acumulado en otras realidades socioculturalmente distintas, sino
más bien lo contrario. La Psicología comunitaria no es una disciplina que surge con una gran soli-
dez teórica y que trata posteriormente de ofrecer soluciones a los diferentes problemas sociales.
Por el contrario, su primer momento de desarrollo “evolu- tivo” lo constituye la propia realidad
social, la práctica y la intervención. De esta forma, son precisamente las demandas y necesidades
sociales, y la presión que éstas ejercen, las que han propiciado que los profesionales desarrollen
in- tervenciones comunitarias. No obstante, puesto que este primer momento es de carácter
aplicado, las intervenciones que se llevan a cabo incorporan mode- los de otras disciplinas, más o
menos adaptados, y sin haber dedicado todavía el tiempo suficiente a reflexionar acerca de su
viabilidad y pertinencia. Por ello, creemos que en la actual fase de desarrollo de la Psicología
comunitaria, que metafóricamente podría situarse en su adolescencia, es necesario que se creen
modelos teóricos propios o al menos, que los que se integren de otras discipli- nas tengan la dosis
necesaria de reflexión y rigor científico. Los modelos teóricos que se elaboren deben ser, además,
flexibles, al tiempo que integradores de la gran diversidad de intervenciones realizadas desde la
Psi- cología comunitaria. Estas intervenciones se dirigen a cuestiones tales como la prevención de
la violencia familiar, las conductas adictivas o las conductas de riesgo para la salud, así como la
potenciación de recursos personales y sociales (autoestima, apoyo social, habilidades de
afrontamiento, participación ciudada- na). Además, se desarrollan en ámbitos escolares, sanitarios
y en agrupaciones sociales de muy diverso carácter, desde asociaciones de vecinos hasta grupos
de autoayuda, desde colectivos plenamente conscientes de su capacidad de acción social hasta
comunidades de escasos recursos y mínima conciencia de su capacidad de transformación del
entorno, desde agrupaciones escasamente organi- zadas hasta aquellas cuyo nivel de organización
llega hasta el ámbito nacional, a través de agrupaciones locales y regionales. La necesidad de los
modelos teó- ricos surge precisamente de la necesidad de integrar y de dar coherencia a tanta
diversidad. Estos modelos teóricos deben ser también sumamente flexibles en el sentido de
permitir su adaptación a las diversas realidades sociales, culturales y políticas de los diferentes
países. De las páginas precedentes, puede deducirse que un ob- jetivo común de la Psicología
comunitaria en cada uno de los contextos anali- zados es el deseo de mejorar la calidad de vida y
el bienestar psicosocial de los individuos, considerando su desarrollo personal y, en íntima
conexión, con éste su entorno social (familia, comunidad y entorno sociopolítico). No obstante,
este objetivo puede conllevar estrategias de acción y objetivos concretos muy diferentes en
función de las características propias de cada comunidad y de cada país. Por tanto, el objetivo
general de mejorar la calidad de vida y propiciar el desarrollo personal y social debe estar
profundamente integrado en cada reali- dad histórica, social y política. La Psicología comunitaria
necesita igualmente iniciar una profunda re- flexión acerca de los aspectos metodológicos y de
evaluación de las interven- ciones. En este sentido, es probable que su evaluación deba considerar
tanto el resultado como el proceso, integrar más los elementos cualitativos y prestar mayor
atención a las valoraciones de los propios participantes que son sujeto y objeto de la intervención.
Asimismo, la diseminación y comunicación de programas e intervenciones que sean efectivos
resulta fundamental, así como su prolongación en el tiempo, si así se requiere. Evidentemente, la
continuación en el tiempo de programas y proyectos re- sultará más factible si la intervención y los
procesos que ésta pueda implicar son delegados progresivamente en la comunidad, colectivo o
grupo objeto de la in- tervención. Su apoyo y su implicación activa pueden permitir que su
continui- dad no dependa, o dependa en grado mínimo, de la presencia de un profesional y/o de la
subvención económica a un determinado proyecto. Sin duda, estas cuestiones implican también
importantes debates sobre el rol del psicólogo co- munitario, la especificación clara del “cliente” y
los aspectos éticos. Finalmente, consideramos que la fuerte vocación aplicada de la disciplina
debería mantenerse y promoverse a través de una comunicación permanente entre los
investigadores y profesionales que trabajan en la comunidad, y con la comunidad. Incidimos, una
vez más, en la necesidad de que las experiencias del día a día sean conocidas y de facilitar el
intercambio de información tanto entre investigadores como entre profesionales. En este sentido,
sería conveniente po- der articular algún tipo de mecanismo que permitiera la rápida difusión de
las mismas. Igualmente, debería propiciarse la comunicación de experiencias y re- flexiones entre
los diversos países y contextos culturales y sociales (anglosajón, latinoamericano, español,
europeo). El camino recorrido por la Psicología co- munitaria en las últimas décadas ha sido muy
significativo y enriquecedor, y es- peramos que en el futuro lo sea todavía más.

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