“Una introducción a la Psicoterapia Basada en Procesos.
Olaz, F. O., Roberts, C., & Altamirano, V. A.
Coincidiendo con Froján Parga (2011), en el campo de la investigación clínica han
coexistido dos grandes líneas que abordan el estudio del cambio terapéutico de manera
diferenciada y complementaria. Por un lado, la investigación centrada en el estudio de
la eficacia y los resultados de los tratamientos psicológicos que constituye el principal
interés del movimiento de “Tratamientos basados en la evidencia”. Por otro lado, la
investigación de procesos, es decir, la investigación que apunta a determinar los
mecanismos implicados en el cambio terapéutico (cómo funciona lo que funciona). En
el presente trabajo desarrollamos algunos de conceptos centrales de esta filosofía de
trabajo y ejemplificamos este abordaje a partir de una dimensión central del
sufrimiento humano, el Pensamiento Negativo repetitivo (PNR)
Introducción
En los últimos años, hemos comenzado a asistir a un cambio paulatino en la filosofía
de trabajo y en las estrategias de abordaje de los problemas psicológicos a nivel
internacional. En primer lugar, es ya un supuesto compartido que la investigación
clínica no solo mejora la calidad del servicio que ofrecemos (Mckeon et al., 2013, en
Smith & Thew, 2017), sino que también puede mejorar los resultados de las
intervenciones (Nickerson et al., 2014; Ozdemir et al., 2015; Rochon, du Bois y Lange,
2014, en Smith & Thew, 2017). En segundo lugar, y a partir de los aportes de un grupo
1
de terapias conocidas genéricamente como Terapias Comportamentales Contextuales
o, más informalmente, como Terapias de Tercera Generación (Hayes, Masuda y De
Mey, 2003), se está observando un creciente interés por determinar los mecanismos de
cambio o procesos activos en el cambio terapéutico a partir de intervenciones
conductuales. Es decir, no solo interesa saber si una terapia es eficaz y funciona sino
también por qué funciona.
En la práctica clínica, se utiliza el término eficacia para hacer referencia al
impacto terapéutico de un programa de intervención, el cual es evaluado mediante
investigaciones con elevada validez interna, ya que de este modo es posible comprobar
si los cambios observados en la variable dependiente se deben al tratamiento y no a
otras circunstancias (Echeburúa y de Corral, 2001). Las Terapias Basadas en Evidencia
(TBE) incluyen, de esta manera, aquellos tratamientos con respaldo empírico que
están basados en investigaciones con “buena calidad metodológica” de naturaleza
experimental o en múltiples estudios experimentales de caso único para condiciones
específicas en poblaciones particulares, con énfasis en la validez interna y dejando de
lado las cuestiones de contexto y validez externa. Sin embargo, algunos autores han
señalado los puntos débiles de este enfoque de trabajo (Martínez-Taboas, 2014) ya que
se da una excesiva primacía a la eficacia sin tener en cuenta variables culturales y
ciertas particularidades sociales, y se deja fuera un sinnúmero de intervenciones
terapéuticas que tienen evidencia de ser efectivas pero que quedan desconsideradas si
se aplican estándares tan rigurosos. Sumado a esto, que un tratamiento sea eficaz no
quiere decir que sea también efectivo o clínicamente útil, es decir, viable,
generalizable y útil en contextos reales y con una adecuada relación coste/beneficio
(eficiencia).
2
Como respuesta a dichas debilidades, en los 80 surge una propuesta superadora
de las TBE, denominada Práctica Psicológica Basada en la Evidencia (PPBE), la cual
fue reconocida e incorporada por la APA en el 2006. Este movimiento busca promover
la práctica psicológica efectiva y mejorar la salud pública mediante la aplicación de los
principios con apoyo empírico en la evaluación psicológica, la formulación del caso, la
relación terapéutica y la intervención. La PPBE se define como la integración de la
mejor evidencia en investigación disponible con la pericia clínica en el contexto de las
características del paciente, su cultura y preferencias (APA Task Force on Evidence
Based Practice, 2006).
El planteo de la PPBE supone un avance en relación a la propuesta de los TBE
al ampliar el foco de la evidencia útil y considerar las características culturales y
sociales del paciente, como así también otros factores de importancia tales como la
pericia clínica y la relación terapéutica. Sin embargo, en la práctica, la adhesión a
criterios propios de modelos biomédicos, es decir la normalización estricta, la
convalidación de criterios nosográficos con los manuales diagnóstico-estadísticos,
sustentados en una epistemología racionalista y la valoración de resultados de manera
casi excluyente a partir de estudios controlados, sigue estando presente en la
investigación y en la práctica clínica. Esto ha dado lugar a una serie de
cuestionamientos y desarrollos alternativos tales como las denominadas Terapias
Comportamentales Contextuales (Pérez Álvarez, 2006).
El replanteo contextual de la psicología clínica
En particular, frente al enfoque mecanicista propuesto por la terapia cognitiva
tradicional, y su esquema conceptual Input-Output (I-O), orientada al guión entre el
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estímulo y la respuesta y basada en la metáfora del procesamiento de la información
(Pérez Álvarez, 2006), las terapias contextuales de conducta proponen un replanteo de
la base y el objetivo de la psicología clínica a partir de una conceptualización de los
eventos psicológicos como un conjunto de interacciones continuas entre organismos
completos y contextos definidos histórica y situacionalmente (Hayes, 2004). La visión
contextual busca mantener un contacto con el evento en su totalidad a la vez que con el
contexto, analizando dicho evento sin menoscabar su cualidad holística.
Las terapias conductuales contextuales se caracterizan por compartir los
supuestos filosóficos del Contextualismo Funcional (CF), una filosofía pragmática
derivada de los principios del Conductismo Radical, y el “replanteamiento contextual”
deviene de dichas raíces filosóficas. El interés por la conducta en contexto se relaciona
directamente con el abordaje ideográfico y contextualmente situado de la conducta
humana, que impregna las estrategias clínicas propias de estas terapias. Asimismo, esta
visión cuestiona fuertemente el modelo médico tradicional, intentando dejar atrás el
“modelo del déficit” que supone la existencia de una disfunción psicológica como base
de los “trastornos mentales” (Pérez Álvarez, 2004).
De esta manera, la visión conductual radical permite ofrecer una
conceptualización de los problemas psicológicos alternativa a las categorías en uso
(Wilson y Luciano, 2002), proponiendo un regreso al análisis funcional de la conducta,
y ampliando su espectro de aplicación a los eventos privados (Dougher, 2000). En
términos de principios terapéuticos, el aporte de las terapias de tercera generación es el
abandono de la lucha contra los síntomas y en su lugar, la reorientación de la vida.
El grupo de terapias que conforman esta “relativamente nueva” propuesta
incluye a la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) de Hayes, Stroshal y Wilson
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(1999), la Psicoterapia Analítica Funcional (FAP) de Kohlenberg y Tsai (1991), la
Terapia de Conducta Dialéctica (DBT) de Linehan (1993), y la Terapia Integral de
Pareja (IBCT) de Jacobson, Christensen, Prince, Cordova y Eldridge (2000). Sin
embargo, Hayes (1994) también incluye otros abordajes más cercanos a los modelos
cognitivos, que si bien no están basados directa o explícitamente en los supuestos del
CF, comparten muchos de los principios de estas terapias. Así, la Terapia focalizada en
la compasión (CFT) de Gilbert (2009), la Terapia Cognitiva Basada en Mindfulness
para la depresión (MBCT) de Segal, Williams, Teasdale (2002) y la Terapia
Metacognitiva (MCT) de Wells (2000) son otros de los abordajes normalmente
incluidos en el grupo. Un punto en común entre todas las terapias es que, dejando de
lado el objetivo de eliminar o modificar eventos privados como base para el cambio de
los síntomas cognitivos del paciente, se orientan a la alteración de la función o de la
relación que las personas tienen con su propia conducta por medio de la alteración del
contexto (Mañas, 2007).
Para Hayes (2004), estas terapias son particularmente sensibles al contexto y a
las funciones de los fenómenos psicológicos, no solo a su forma, y por lo tanto tienden
enfatizar las estrategias de cambio contextual y experiencial frente a enfoques más
directos y didácticos. Estos tratamientos tienden a buscar la construcción de repertorios
amplios, flexibles y efectivos, y reformula y sintetiza los aportes de los enfoques
previos de terapia cognitiva y conductual. Definido de esa manera, aunque las nuevas
terapias conductuales llevan adelante la tradición de la terapia de conducta, abandonan
un compromiso único con cambios de primer orden, adoptan suposiciones más
contextualistas y estrategias de cambio más experienciales e indirectas además de
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estrategias directas, y por último, amplían considerablemente el foco del cambio
(Hayes, 2004) basándose en un enfoque empírico enfocado en procesos.
De acuerdo a lo señalado, en contraste con modelos de intervención basadas en
el diagnóstico categorial a partir de los síntomas de la persona desde un enfoque
nomotético centrado en la reducción de síntomas (cambios conductuales directos o de
primer orden), una de las características distintivas de las terapias conductuales
contextuales es su énfasis en el abordaje basado en procesos.
La Terapia de Conducta basada en procesos
Un enfoque basado en procesos se plantea como una filosofía de tratamiento desde la
que se propone la sustitución paulatina de protocolos de tratamientos específicos (los
cuales están dirigidos al abordaje de trastornos definidos de manera médico-
estadística) por la identificación de procesos terapéuticos orientados al tratamiento de
dimensiones psicológicas centrales que impactan en la etiología y el mantenimiento de
los motivos de consulta (Haynes, 2003).
Hayes y Hoffman (2018) definen a las dimensiones centrales como aquellos
aspectos subyacentes a la conducta que contribuyen al mantenimiento de un problema
psicológico (Harvey, Watkins, Mansell, y Shafran, 2004), sin necesidad de pensar a
dicho proceso como psicopatológico. Dichas dimensiones centrales se sustentan a su
vez en formulaciones ideográficas del sufrimiento psicológico, y en
conceptualizaciones clínicas comprehensivas basadas en el análisis funcional (Haynes,
2003).
Siguiendo esta propuesta, se destaca la necesidad de diferenciar los procesos
terapéuticos de los procedimientos terapéuticos que son utilizados. Estos últimos son el
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repertorio de técnicas o métodos que los terapeutas utilizan para alcanzar las metas
junto a sus clientes, las cuales son consensuadas y pueden ir cambiando a lo largo del
tratamiento.
Por otro lado, se comprende como procesos terapéuticos a los mecanismos de
cambio subyacentes a dichos procedimientos, los cuales orientan a los mismos hacia el
logro de objetivos terapéuticos previamente definidos. Incluyen cambios teóricamente
basados, dinámicos, progresivos y que se dan en múltiples niveles; los mismos ocurren
en secuencias establecidas y empíricamente predecibles, orientadas hacia los resultados
deseables. Los procesos terapéuticos tienen múltiples niveles desde los cuales se
pueden predecir empíricamente los cambios orientados a las dimensiones centrales,
con el fin último de modificar las conductas problema generando un repertorio de
conducta más flexible (Hoffman, Hayes, 2019). En conclusión, la definición de
“procesos terapéuticos” puede incluir el uso tradicional definido como las constantes
en la relación terapéutica, cuestiones del encuadre así como la alianza terapéutica, pero
tomado desde una perspectiva en la que son procesos claramente definidos y testeables
teórica y empíricamente dentro de los estándares sugeridos (Hoffman & Hayes, 2019).
Los modelos de tratamiento que conforman este grupo de terapias son más
flexibles, ideográficamente orientados, y organizados por principios. Hayes y Hofmann
(2018) destacan una pregunta refundacional para la psicoterapia actual: “¿Qué
procesos biopsicosociales deben ser abordados con cada cliente, en cada situación y
considerando las metas particulares de cada tratamiento? ¿Cómo se puede intervenir en
los mismos de la manera más eficiente y efectiva posible? La filosofía que subyace a
un enfoque basado en procesos apunta a determinar cuáles son los mecanismos activos
en el cambio terapéutico con el propósito de diseñar intervenciones ajustadas y
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específicas para un paciente en particular, considerando siempre el contexto del
mismo.
Es importante recordar en este punto que dentro de las causas que propiciaron
el surgimiento de las terapias comportamentales contextuales, el desconocimiento
sobre el por qué resultan exitosas o efectivas o, por el contrario, el por qué fracasan las
terapias cognitivas actuales fue de gran importancia. Un enfoque basado en procesos
apunta a determinar las dimensiones centrales de las conductas problemáticas y los
factores o mecanismos de cambio más eficaces para su abordaje, a partir de la
evidencia.
Un ejemplo: el Pensamiento Negativo Repetitivo (PNR) como dimensión central
Numerosos autores definen a la rumiación y preocupación como dimensiones centrales
relacionadas con el inicio y mantenimiento de diferentes problemas psicológicos.
Aunque la literatura sobre la preocupación y la rumia se ha desarrollado en gran
medida por separado y desde diferentes enfoques (por ejemplo, Watkins, 2016), y más
allá de algunas características que diferencian ambos procesos, actualmente se sugiere
que en conjunto podrían conformar una dimensión central denominada Pensamiento
Negativo Repetitivo (PNR) (Harvey et al., 2004).
El PNR puede ser descrito en base a tres características que le son comunes: es
repetitivo, pasivo/ relativamente incontrolable y tiene su foco en contenido negativo.
De acuerdo a la propuesta de Gil-Luciano et. al (2018) el PNR podría ser
desencadenado por pensamientos u otros eventos privados que funcionan como
triggers, vinculados al no haber alcanzado un objetivo valorado por la persona o al
riesgo de no poder alcanzarlo. La principal diferencia entre estos dos constructos es
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que la rumia está orientada hacia el pasado y la preocupación está orientada hacia el
futuro.
Un punto de importancia, consistente con la propuesta de la PB-CBT, es que
ambos tipos de PNR deberían ser considerados como estrategias de afrontamiento que
en ocasiones pueden ser adaptativas ya que permiten anticipar futuros problemas y
obstáculos potenciales (en el caso de la preocupación), o pueden ayudar al individuo a
determinar las causas de una estrategia efectiva, permitiendo aprender de los errores
(Ruiz, Riaño-Hernandez, Suaréz-Falcón y Luciano, 2016). Sin embargo, en muchos
contextos estas reacciones pueden transformarse en dimensiones problemáticas de la
conducta.
En cuanto a la preocupación, históricamente se la ha asociado a la ansiedad. En
1985, O’Neill argumentó que la preocupación se extinguiría mediante los mismos
mecanismos que la ansiedad, por lo que no debía ser identificada, ni mucho menos
tratada, como un constructo separado. En el mismo año Borkovec (1985) discrepó con
ese punto de vista, argumentando que la preocupación es el componente cognitivo de
la ansiedad y su relación con los componentes conductuales y fisiológicos de dicho
trastorno debe ser comprendida (Purdon & Harrintong, 2006). Asimismo,
investigaciones actuales sugieren que la preocupación es clave tanto para iniciar como
para mantener la ansiedad, pudiendo llegar a ser incluso un factor causal de la misma.
Para Borkovec (1985) la preocupación implicaba una cadena de pensamientos y
de imágenes, cargadas de afecto negativo y que se caracterizaban por su relativa
incontrolabilidad. Desde su punto de vista, la preocupación representa una tentativa de
solución para problemas con resultado incierto y donde existe la posibilidad de
resultados negativos (Borkovec, Robinson, Pruzinsky & Depree, 1983). Se puede
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relacionar a la preocupación con la pregunta “Qué pasaría si…?” y considerar a los
pensamientos catastróficos como una respuesta a dicha pregunta, es decir, como las
amenazas potenciales percibidas por el sujeto (Barlow, 2002). La naturaleza de la
preocupación es por lo tanto más vaga que concreta, y su forma más verbal que
imaginaria.
Entre los modelos contemporáneos que abordan la preocupación como
dimensión central se encuentran el Modelo de Evitación de la Preocupación (MEP;
Borkovec, 1994; Borkovec, Alcaine & Behar, 2004), el Modelo de Intolerancia a la
Incertidumbre (MII; Dugas, Letarte, Rheaume, Freeston & Ladouceur, 1995; Freeston,
Rheaume, Letarte, Dugas & Ladouceur, 1994), el Modelo Metacognitivo (MMC;
Wells, 1995), el Modelo de Desregulación de la Emoción (MDE; Mennin, Heimberg,
Turk & Fresco, 2002), el Modelo Basado en la Aceptación del Trastorno de Ansiedad
Generalizada (MBA; Roemer & Orsillo, 2002, 2005) y el modelo de Evitación
Experiencial (Hayes, Wilson, Gifford, Follette, & Strosahl, 1996). Un punto en común
en estos modelos se vincula a la función de la preocupación, ya que los mismos
sostienen que la misma es una actividad lingüística verbal que puede operar como
estrategia de evitación de otras experiencias, ya sean imágenes mentales, activación
somática y emocional, o sensación de incertidumbre o ambigüedad (por Ej. Dugas y
col., 1995; Dugas, Buhr & Ladouceur, 2004; Dugas, Gagnon, Ladouceur & Freeston,
1998; Freeston y col., 1994).
Asimismo, otro punto en común es considerar a la preocupación como un
aspecto de la experiencia humana que se caracteriza también por la imposibilidad de
“distanciarse” de ella, lo cual puede afectar al paciente obstaculizando estrategias
alternativas de resolución del problema al disminuir su sensibilidad a los factores del
10
contexto (Barnes Holmes et al., 2018). En forma consistente, Wells (1995, 1999, 2004,
2005) postula que los individuos con problemas de preocupación excesiva tienden a
“preocuparse por su preocupación” (es decir, meta-preocupación), lo cual ejemplifica
un proceso de “hiperreflexividad” que puede funcionar como una dimensión común a
muchos problemas psicológicos (Marino Pérez, 2014).
Mientras que la preocupación tiende a orientarse hacia el futuro, centrándose en
amenazas que podrían ocurrir pero aún no han sucedido; la rumiación involucra
predominantemente la revisión de situaciones pasadas, el preguntarse por qué
sucedieron, y analizar el significado de dichos eventos. Se podría decir que el tema
distintivo de la rumiación es la pérdida, pudiendo estar relacionada, por ejemplo, con el
destino o el fracaso de uno mismo (Nolen-Hoeksema et al., 2008).
La rumiación puede ser definida como pensamientos repetitivos, analíticos y
auto centrados en relación a las causas y consecuencias tanto de estados internos, por
ejemplo el humor, como de estados externos, tales como problemas (Nolen-Hoeksema
et al., 2008). Diversas investigaciones han demostrado que el contenido de la
rumiación es experimentado tanto de manera verbal como imaginaria, en sujetos con
depresión como aquellos sin dicho trastorno (Papageorgiou & Wells, 1999a, 1999b,
2004). La rumiación puede relacionarse con preguntas de tipo “Por qué…?”, o “¿por
qué me sucede esto a mí?”.
Históricamente, la rumiación se ha vinculado directamente con la
sintomatología depresiva, y de hecho una definición más específica y frecuente es la de
rumiación depresiva, desarrollada por Nolen-Hoeksema (1991). A partir de la teoría
de los estilos de respuesta de la depresión esta autora entiende a la rumiación como
pensamientos repetitivos y pasivos relacionados con los síntomas de la depresión, es
11
decir, “concentrarse de manera recurrente en el hecho de que uno está deprimido, así
como también en las causas, significados y consecuencias de los síntomas de dicha
depresión.” (Nolen-Hoeksema, 1991, p. 569).
Entre las definiciones más recientes de la rumiación depresiva encontramos la
“rumiación en la tristeza” (Conway, Csank, Holm & Blake, 2000) que consiste en
pensamientos repetitivos concernientes a la angustia presente y las circunstancias que
rodean la tristeza. Siguiendo dicha definición, la rumiación estaría relacionada con los
antecedentes o la naturaleza del estado de ánimo negativo. Consecuentemente, los
resultados de diversas investigaciones han mostrado que la rumiación podría ser uno de
los factores que contribuyen al estado de ánimo y al comportamiento depresivo (Cova
et. al, 2009).
Entre las hipótesis que explican la recaída en la depresión, Teasdale (1988)
propone a la rumiación como un factor predictor. De esta manera, según la hipótesis de
la activación diferencial de Teasdale (1988), en situaciones de estado de ánimo bajo los
patrones de pensamiento disfuncionales se activarán con mayor probabilidad, lo que
generará un nuevo episodio depresivo debido a estos mecanismos de asociación, que
además se retroalimentan. El trabajo realizado por Nolen-Hoeksema (1991) apoya esta
hipótesis al señalar la existencia de datos que demuestran que el estilo de respuesta
rumiativo puede mantener la depresión. Por consiguiente, la auto-perpetuación de los
ciclos depresógenos estaría explicada a partir de esta hipótesis, y es Teasdale (1999)
quien señala que la prevención de recaídas debe centrarse en la relación entre los
sentimientos y pensamientos, así como en el bloqueo de la rumiación.
En conclusión, se puede afirmar que la preocupación y la rumiación son
dimensiones centrales que tienen características comunes: estar vinculados con
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cuestiones de control e incertidumbre, ser abstractos y generales, estar asociados a la
inflexibilidad psicológica y dificultar el abandono de un estímulo negativo. Los sujetos
que presentan PNR (tanto rumiación como preocupación, o ambos procesos juntos)
también se caracterizan por tener escasa habilidad para resolver problemas, así como
inadecuación para implementar soluciones, lo cual se puede vincular directamente con
procesos de indefensión aprendida (Seligman, 1985) que se relacionan con excesos y
déficits conductuales problemáticos característicos de los cuadros de depresión y
ansiedad (Nolen-Hoeksema, 2008). Por esto mismo, no sorprende el hecho de que el
PNR sea una variable común y presente en ambos cuadros.
La cantidad de intervenciones psicológicas que se realizan en relación a la
rumiación y preocupación es mayor que aquella disponible hace una década, y aunque
no son muchas, la literatura indicaría que el foco de dichos tratamientos ha ido
variando en el último tiempo. Las nuevas intervenciones dejan de lado el contenido del
PNR para tomar así una perspectiva más orientada a procesos funcionales. Así, la
terapia metacognitiva y terapias basadas en mindfulness enfatizan el cambio de foco, al
orientarse más hacia estilos de pensamiento funcionales y cambios conductuales.
En el año 2009, Deyo, Wilson, Ong, &, Koopman, realizaron un estudio para
investigar el impacto de la aplicación del Mindfulness Based Stress Reduction (MBSR;
Kabat-Zinn, 1982, 1990) para reducir el PNR en pacientes con depresión. Utilizaron
una muestra de una comunidad adulta autoseleccionada homogénea proveniente de un
programa de MBSR para diversos problemas médicos y psicológicos. Se analizó el
impacto de la intervención en variables tales como atención plena, rumiación,
sintomatología depresiva y bienestar general. La inclusión de la rumia como variable
dependiente se consideró particularmente importante porque se ha encontrado que una
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tendencia hacia la rumia en poblaciones no deprimidas es predictiva de la aparición
subsiguiente de la depresión. Los resultados apoyaron las hipótesis de investigación,
encontrando que los participantes del programa MBSR mostraron aumentos en la
atención y en el bienestar general, y disminución de la rumia y los síntomas de
depresión (Deyo, Wilson, Ong, &, Koopman, 2009).
Por otro lado, se han desarrollado tratamientos como la exposición a la
preocupación e intervenciones sobre la intolerancia a la incertidumbre que se orientan
a las imágenes de la preocupación, con el foco no en el cambio de los pensamientos o
imágenes sino a la relación que tiene el individuo con la preocupación. Por lo
desarrollado anteriormente es posible pensar que las intervenciones que han
incorporado el mindfulness, la conciencia plena y componentes de aceptación,
orientados a la alteración de las funciones de la conducta en lugar de los contenidos,
pueden ser tratamientos eficaces para el tratamiento del PNR (Slevison, 2013).
Siguiendo dicha línea, la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), ha probado ser
eficaz en el tratamiento del PNR (Ruiz et al, 2018; Ruiz et al, 2016; Slevison, 2013).
Discusión
El abordaje centrado en procesos abre las puertas a la constitución de una psicoterapia
eficaz y eficiente y, sobre todo, más precisa al poder establecer qué es lo que funciona
de las intervenciones que se utilizan. Tal como señalan Alonso-Vega et al (2019),
cuando un terapeuta interviene pone en marcha una serie de procesos de aprendizaje
favorecedores de nuevas conductas, ampliando de esta manera el repertorio conductual
de los clientes, aumentando la variabilidad de respuestas y la flexibilidad conductual.
Todos estos procesos ocurren en la sesión terapéutica, lo cual la transforma en el
14
contexto de trabajo por excelencia, un laboratorio de nuevos repertorios que sin duda
se verá favorecido por las cualidades de la interacción entre cliente y terapeuta.
Sin duda que el ejercico de la psicoterapia desde una visión basada en procesos
involucra el aprendizaje de muchas habilidades, pero ¿no es eso lo que debería
esperarse si apuntamos a la constitución de una psicología científica y acorde a las
necesidades de nuestros clientes? Esperamos que estas palabras sirvan de reflexión y
de incentivo para el trabajo futuro.
15
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24
ANEXOS
ANEXO 1: FICHA SOCIODEMOGRÁFICA
FECHA: .................... CÓDIGO:
Datos sociodemográficos
● Nombre (real o ficticio):
● Ciudad de residencia:
● Edad:
● Sexo:
Masculino ( ) Femenino ( )
● Estado civil
Soltero ( ) En pareja ( ) Casado ( )
Divorciado o separado ( ) Viudo ( )
● Ocupación:
● Nivel de instrucción completo
Primario ( ) Secundario ( ) Terciario ( ) Universitario ( )
● Tratamientos anteriores
Si ( ) No ( )
En caso afirmativo, responda las siguientes preguntas
Cantidad de procesos terapéuticos iniciados
Duración máxima (en meses) del proceso
terapéutico en el cual haya tenido mayor
continuidad
Tiempo transcurrido (en meses) desde el último
tratamiento hasta el presente
● Toma medicación psiquiátrica
Si ( ) No ( )
En caso afirmativo, responda las siguientes preguntas
Medicamento
Dosis
Tiempo transcurrido desde el inicio del
consumo
25
ANEXO 2: FIVE FACET MINDFULNESS QUESTIONNAIRE
Instrucciones:
Por favor, lea atentamente cada uno de los ítems que se presentan a continuación.
Evalúe la frecuencia con que usted actúa o se siente tal como lo describe cada ítem.
En la tabla de respuestas, marque la opción que mejor represente la frecuencia con que
usted reacciona en la forma sugerida por cada ítem. Para ello, considere la siguiente
escala de respuesta:
1 2 3 4 5
Nunca o Raras A veces A Muy a menudo o
muy veces menudo siempre
poco
1. Mientras camino, observo intencionalmente las sensaciones de mi cuerpo
al moverse
2. Me resulta fácil encontrar las palabras adecuadas para describir mis
sentimientos
3. Me critico por tener emociones que considero irracionales o inapropiadas
4. Percibo mis sensaciones y emociones sin reaccionar ante ellos
5. Cuando hago algo, mi mente divaga y me distraigo fácilmente
6. Cuando me ducho o me baño, presto atención a las sensaciones del agua
sobre mi cuerpo
7. Pongo fácilmente en palabras mis creencias, opiniones y expectativas
8. No presto atención a lo que estoy haciendo por estar fantaseando,
preocupado o distraído de algún modo
9. Observo mis sentimientos sin perderme en ellos
26
10. Me digo a mí mismo/a que no debería estar sintiéndome de esta manera
11. Me doy cuenta cómo las comidas y bebidas afectan mis pensamientos,
sensaciones corporales y emociones
12. Me resulta difícil encontrar las palabras para describir lo que pienso
13. Me distraigo fácilmente
14. Creo que algunos de mis pensamientos son malos o anormales y que no
debería pensar de esa manera
15. Presto atención a sensaciones, tales como las del viento en mi cabello o el
sol en mi cara
16. Tengo problemas para encontrar las palabras correctas para expresar
cómo me siento
17. Hago juicios sobre si mis pensamientos son buenos o malos
18. Me resulta difícil mantenerme enfocado/a en lo que está pasando en el
presente
19. Cuando tengo pensamiento o imágenes perturbadoras, me “detengo” y
soy consciente del pensamiento o imagen sin dejar que estos se apoderen
de mí
20. Presto atención a los sonidos, tales como el tic tac de los relojes, el canto
de los pájaros o el sonido de los autos
21. En situaciones difíciles, puedo hacer una pausa sin reaccionar
inmediatamente
22. Cuando tengo una sensación en mi cuerpo me resulta difícil encontrar las
palabras justas para describirla
23. Me parece que estoy “funcionado en automático” sin mucha conciencia
de lo que estoy haciendo
27
24. Cuando tengo pensamientos o imágenes perturbadoras, logro calmarme
sin dificultades
25. Me digo a mí mismo/a que no debería estar pensando de esta manera
26. Percibo los olores y aromas de las cosas
27. Aun cuando me siento terriblemente alterado/a, encuentro la forma de
expresar en palabras lo que siento
28. Realizo diversas actividades rápidamente sin prestarle demasiada
atención a cada una de ellas
29. Cuando tengo pensamientos o imágenes perturbadoras, me doy cuenta de
ellas sin reaccionar
30. Pienso que algunas de mis emociones son malas o inapropiadas y que no
debería sentirlas
31. Percibo los elementos visuales del arte o la naturaleza, como los colores,
formas, texturas o patrones de luz y sombra
32. Pongo en palabras mis experiencias de manera natural
33. Cuando tengo pensamientos o imágenes perturbadoras, las noto y las dejo
ir
34. Hago trabajos o tareas automáticamente sin ser consciente de lo que estoy
haciendo
35. Cuando tengo pensamientos o imágenes perturbadoras, me juzgo a mí
mismo/a como bueno/a o malo/a según el contenido del pensamiento o
imagen
36. Presto atención a cómo mis emociones afectan mis pensamientos y
comportamientos
37. Describo con detalle cómo me siento en el momento
28
38. Me encuentro haciendo cosas sin prestar atención
39. Me desapruebo cuando tengo pensamientos que considero que son
irracionales
29
ANEXO 3: AAQ-II (ARG)
Instrucciones:
A continuación encontrará una lista de frases. Por favor indique que tan cierta es cada
una en relación a usted mismo marcando con una X el numero que le parezca adecuado
de la escala que se encuentra a la derecha de cada frase. No hay respuestas correctas o
incorrectas ni preguntas con truco. Asegúrese de responder a todas las preguntas y de
hacerlo con sinceridad.
Utilice como referencia la siguiente escala para hacer su elección
1 2 3 4 5 6 7
Completament
Completament Algunas Veces Frecuentement Casi Siempre
Rara Vez cierto A Veces Cierto e
e Falso Cierto e Cierto Cierto
Cierto
1 2 3 4 5 6 7
1. Mis recuerdos y experiencias dolorosas me dificultan
poder vivir una vida valiosa
2. Evito o escapo de mis sentimentos.
3. Me preocupa no ser capaz de controlar mis
sentimientos o temores
4. Mis recuerdos dolorosos me impiden tener una vida
plena
5. Mis emociones me causan problemas en la vida
6. Me parece que la mayoría de la gente maneja su vida
mejor que yo
7. Mis preocupaciones obstaculizan mi desarrollo
personal
30
ANEXO 4: INVENTARIO DE SÍNTOMAS SCL-90-R DE L. DEROGATIS
A continuación, encontrará una lista de problemas que suelen presentar las personas.
Por favor lea cada uno de ellos y marque su respuesta en la casilla correspondiente,
pensando en qué medida ese problema le ha preocupado o molestado durante la última
semana (últimos 7 días).
Tiene cinco (5) posibilidades de respuesta:
NADA - MUY POCO - POCO – BASTANTE – MUCHO.
No hay respuestas buenas o malas: todas sirven. No dejes frases sin responder.
Bastante
Mucho
Nada
Poco
Poco
Muy
Síntomas
1. Dolores de cabeza.
2. Nerviosismo.
3. Pensamientos desagradables que no se iban de mi cabeza
4. Sensación de mareo o desmayo.
5. Falta de interés en relaciones sexuales.
6. Criticar a los demás.
7. Sentir que otro puede controlar mis pensamientos.
8. Sentir que otros son culpables de lo que me pasa.
9. Tener dificultad para memorizar cosas.
10. Estar preocupado/a por mi falta de ganas para hacer
algo.
11. Sentirme enojado/a, malhumorado/a.
12. Dolores en el pecho.
13. Miedo a los espacios abiertos o las calles.
14. Sentirme con muy pocas energías.
15. Pensar en quitarme la vida.
16. Escuchar voces que otras personas no oyen.
17. Temblores en mi cuerpo.
18. Perder la confianza en la mayoría de las personas.
19. No tener ganas de comer.
20. Llorar por cualquier cosa.
21. Sentirme incómodo/a con personas del otro sexo.
22. Sentirme atrapada/o o encerrado/a.
23. Asustarme de repente sin razón alguna.
24. Explotar y no poder controlarme.
25. Tener miedo a salir solo/a de mi casa.
26. Sentirme culpable por cosas que ocurren.
31
27. Dolores en la espalda.
28. No poder terminar las cosas que empecé a hacer.
29. Sentirme solo/a.
30. Sentirme triste.
31. Preocuparme demasiado por todo lo que pasa.
32. No tener interés por nada.
33. Tener miedos.
34. Sentirme herido en mis sentimientos.
35. Creer que la gente sabe qué estoy pensando.
36. Sentir que no me comprenden.
37. Sentir que no caigo bien a la gente, que no les gusto.
38. Tener que hacer las cosas muy despacio para estar
seguro/a de que están bien hechas.
39. Mi corazón late muy fuerte, se acelera.
40. Náuseas o dolor de estómago.
41. Sentirme inferior a los demás.
42. Calambres en manos, brazos o piernas.
43. Sentir que me vigilan o que hablan de mí.
44. Tener problemas para dormirme.
45. Tener que controlar una o más veces lo que hago.
46. Tener dificultades para tomar decisiones.
47. Tener miedo de viajar en tren, ómnibus o subterráneos.
48. Tener dificultades para respirar bien.
49. Ataques de frío o de calor.
50 Tener que evitar acercarme a algunos lugares o
actividades porque me dan miedo.
51. Sentir que mi mente queda en blanco.
52. Hormigueos en alguna parte del cuerpo.
53. Tener un nudo en la garganta.
54. Perder las esperanzas en el futuro.
55. Dificultades para concentrarme en lo que estoy
haciendo.
56. Sentir flojedad, debilidad, en partes de mi cuerpo.
57. Sentirme muy nervioso/a, agitado/a
58. Sentir mis brazos y piernas muy pesados
59. Pensar que me estoy por morir.
60. Comer demasiado.
61. Sentirme incómodo/a cuando me miran o hablan de mí.
62. Tener ideas, pensamientos que no son los míos.
63. Necesitar golpear o lastimar a alguien.
64. Despertarme muy temprano por la mañana sin
necesidad.
65. Repetir muchas veces algo que hago: contar, lavarme,
tocar cosas.
66. Dormir con problemas, muy inquieto/a.
32
67. Necesitar romper o destrozar cosas.
68. Tener ideas, pensamientos que los demás no entienden.
69. Estar muy pendiente de lo que los demás puedan pensar
de mí.
70. Sentirme incómodo/a en lugares donde hay mucha
gente.
71. Sentir que todo me cuesta mucho esfuerzo.
72. Tener ataques de mucho miedo o de pánico.
73. Sentirme mal si estoy comiendo o bebiendo en público.
74. Meterme muy seguido en discusiones.
75. Ponerme nervioso/a cuando estoy solo/a.
76. Sentir que los demás no me valoran como merezco.
77. Sentirme solo/a aun estando con gente.
78. Estar inquieto/a; no poder estar sentado/a sin moverme.
79. Sentirme un/a inútil.
80. Sentir que algo malo me va a pasar.
81. Gritar o tirar cosas.
82. Miedo a desmayarme en medio de la gente.
83. Sentir que se aprovechan de mí si los dejo.
84. Pensar cosas sobre el sexo que me molestan.
85. Sentir que debo ser castigado/a por mis pecados.
86. Tener imágenes y pensamientos que me dan miedo.
87. Sentir que algo anda mal en mi cuerpo.
88. Sentirme alejado/a de las demás personas.
89. Sentirme culpable.
90. Pensar que en mi cabeza hay algo que no funciona bien.
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ANEXO 5: PERSEVERATIVE THINKING QUESTIONNAIRE (PTQ)
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ANEXO 6: ESQUEMA GENERAL DE LA INTERVENCIÓN.
Reunión Actividades
1 Estableciendo el 1. Se comenzó con un ejercicio de caldeamiento donde cada uno
contexto escribió en una hoja sus miedos y expectativas en relación al
proceso.
2. Se aclaró el encuadre de trabajo
3. Se procedió a dar una breve psicoeducación sobre PNR, rumiación y
preocupación como objetivos de nuestro trabajo
4. Se presentó la Matrix
5. Cierre y tarea: Observar durante la semana de qué lado se
encontraban
2 Identificando clases 1. Se comenzó con un ejercicio de conciencia plena, de observación a
problemáticas la respiración
2. Se trabajó con la ficha de pay off (Identificación de consecuencias a
corto y largo plazo de los comportamientos del lado izquierdo
(estrategia 1)
3. Se presentó la metáfora de loops y se les dio la ficha de loops como
tarea para la casa
3 Identificando los Big 1. Se comenzó con un ejercicio de observación de pensamientos (Hojas
ones en el río)
2. Se trabajó con una ficha basada en Gil Luciano et al (2019) en donde
´se explicaba el concepto de Big Ones de forma gráfica y con
ejemplos
3. Se trabajó en la identificación de os Big Ones personales con la ficha
de Big ones y la clave “si tuvieses una varita mágica…”
4. Tarea para la casa: Notar momentos en los cuales se sientan del lado
izquierdo de la Matrix e identificar si hay un Big One presente
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4- Estrategia 2 1. Se comenzó con un ejercicio de conciencia plena en donde se les
daban palabras y debían observar lo que les generaba y como la
mente respondía a cada palabra
2. Se retomo la identificación de los Big Ones con la ficha de los 70
pensamientos, aclarando que la idea era generar Bones genéricos y
abstractos. Todos identificaron el suyo
3. Se presentó la Metáfora de manejar y entrar en la rotonda
4. Se presentó la adaptación del diagrama de la Matrix en donde se
enfatizo en el PNR como estrategia del lado izquierdo
5. Ejercicio de rumiar a partir del Big One de un personaje
6. Rumiando Juntos: Ejercicio de la pelota
7. Sacando a pasear a la mente
8. Rumiar voluntariamente y parar
9. Tarea para la casa: Rumiar voluntariamente
5- Estrategia 2 y 3 1. Ejercicio físico de empujar los Jefes-El costo de la evitación
experiencial
2. Volver al diagrama de la Matrix para comenzar a ver las estrategias
de EE como respuesta al PNR. El costo, alejarnos de lo importante
3. Identificación de áreas valoradas (La brújula)
6-Estrategia 3 y cierre 4. Ejercicio de conciencia Plena (Ver ejercicio Audio 1)
5. Discusión sobre lo observado en la semana con la Matrix
6. Ejercicio físico de empujar los Jefes+ Valores
7. Ejercicio de la mano no dominante y lo importante
8. Cierre y apreciaciones