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Capítulo IX Confessions

El documento contiene recuerdos íntimos de varias parejas y encuentros sexuales. Describe detalles sensuales como caricias y besos. También expresa afecto y añoranza por las cualidades de cada pareja.

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Vania Gonzalez
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El documento contiene recuerdos íntimos de varias parejas y encuentros sexuales. Describe detalles sensuales como caricias y besos. También expresa afecto y añoranza por las cualidades de cada pareja.

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9

Confesiones

Sentí de momento
su piel y su aliento.
Me voló el sentido.
No te miento.

Ely Guerra-Labios rosas.

La memoria palpita en el cuerpo.

Aún puedo recordar cómo al yo salir de tomar una ducha, Fabio me tomó con sus grandes
manos por la cintura, y me fue despojando de la toalla que cubría mi cuerpo. Las gotas aún resbalaban
por mi cuerpo, y así fue rodeándome de intensas caricias, girándome para ponerme contra la pared,
descubriendo mi cuello con su mano para morderme lento. Sentí como su miembro palpitante crecía
en medio de mis muslos y como mi sexo comenzaba rapidamente a humedecerse. El tan sólo verlo,
aún con ropa, me mojaba. De él me encantaba escucharlo, su vida es un libro lleno de viajes,
aventuras y conocimientos; su cuerpo alto y grande, su pecho perfecto para recostarse. A unos días del
terremoto de 2017, viajó hasta México entre otras cosas para pasar conmigo mi cumpleaños, esa fue la
primera vez que estuvimos juntos.

De René no podré olvidar nunca la excitación que me provocó que me aventara sutilmente
hacia la cama, tomara con su manos una de mis piernas, y acariciándola, avanzara con sus labios sobre
mi piel hasta llegar a los dedos de mis pies, surcándolos suavemente con su lengua, clavando sus ojos
en los míos mientras iba dando pequeños mordiscos y besos que me incendiaban por dentro. De él me
embelesaba hasta el enamoramiento escucharlo tocar el piano, verlo fabricar instrumentos, presenciar
cómo creaba una pieza inspirándose en el sonido de la lluvia en una tormenta, escucharlo tocar en
trompeta un extracto de Round Midnight de Thelonious Monk. Sus ojos oscuros eran profundos y su
espalda hacía un triángulo perfecto que me encantaba abrazar y llenar de besos. En los tiempos
difíciles acompañé su tristeza cuando vendió su piano Rhodes, recuerdo que cuando los bolsillos
estaban vacíos llegué a asaltar la cocina de mi abuela para compartir con él que comer.

Con Ernesto jugamos a desearnos. Estando a tan sólo unos metros de distancia, uno a espalda
del otro, nadie en nuestro trabajo sabía lo que nuestros tecleos incitaban. Palabras y significados
atrevidos paseaban frente a nuestros ojos desde la luz de los ordenadores en medio de la oficina de un
gran corporativo, despertando así nuestras ansias de devorarnos a la menor oportunidad. Me
encantaba su porte de galán de la época del cine de oro mexicano, con su piel morena, bigote delgado
y mirada coqueta.

Ethos alguna vez me confesó que tenía una fantasía y entonces lo invité a mi habitación.
Nuestros cuerpos estaban bañados de la luz roja que había preparado para el encuentro. Estábamos
sentados frente a frente, deseantes. Mis manos sostenían un libro de literatura erótica. Sus manos, el
control de un juguete que iba directamente a mis adentros. Mientras yo paseaba mis ojos marrones
sobre las líneas de aquel libro, recitando con voz trémula los placeres hechos palabras, en él se
despertaban pasiones mientras me provocaba y excitaba, sin tocarme, a través del control. Despacio
yo mojaba y mordía mis labios, y paseaba mis dedos haciendo círculos sobre mis pechos, para
después levantar mi falda rasguñando mis piernas, dirigiendo mis manos hasta el centro de mi placer,
entanto nuestros ojos profundos se dilataban al mirarnos fijamente, mientras al interior de sus
pantalones su sexo crecía empujando la tela para poder escapar. De Ethos añoro su calidez y bondad
que me contagiaban de alegría, su hermosa forma de ver en lo simple lo más bello, me hacía tener
esperanzas en la vida. Sentir su cuidado me hacía sentir querida. Tengo muy vívido el recuerdo de lo
viva y feliz que me sentí en una noche, cuando me llevó de regreso a casa por la ciudad sentada de
lado en el asiento trasero de su bicicleta, yo rodeaba en un abrazo su cintura, recargando mi rostro
sobre su espalda. mientras el viento hacía volar en pliegues la tela de mi vestido.

Arturo y yo éramos amantes, después de un atardecer, visitándolo en su apartamento, le dije


que le cocinaría. Quería que fuera algo especial y llevé todo para que disfrutaramos de comer sushi
juntos. Mientras mis manos estaban ocupadas en hacer rollos con las hojas de alga y arroz cocido, de
súbito él pasó sus manos tomándome por la cadera, subiendo mi falda y bajando poco a poco mis
bragas; pude sentir su respiración agitada junto a mi oído cuando sostuvo mis senos apretando su
carne delicadamente, sosteniendo con índice y pulgar mis pezones, para después pasar su mano
derecha por mi espalda inclinándome hacia la mesa. Sin yo poder tocarlo, al tener las manos aún con
la consistencia del arroz, él estrujaba mis nalgas, besando mi sexo y humedeciendolo con el paso de
sus labios, para después tomar su miembro, acariciando con el mi piel húmeda, ávida de una
embestida. Lo deslizó atravesando mi entrepierna rozando mi clítoris lentamente, una y otra vez
estimulando mi cuerpo, preparandolo para recibir el suyo. Me llevó hasta la ventana de su casa, y
mientras yo veía por la noche, entre suspiros, las luces de la calle desierta, sintiendo el frío refrescante
del viento, semidesnudos fuimos uno. De Arturo me sorprendía cómo se abría paso creyendo en sus
capacidades. Tenía muchas ganas de aprender de él.

Con Jorge me gustaba jugar con él a cazar nuestros labios, incitando un beso para después
escapar de él, hasta que era atrapada por una placentera mordida. Él tenía una manera muy especial de
besarme, sostenía con ambas manos levemente mi quijada y apoyaba su lengua con ligereza sobre mis
labios humectándolos, para después morderlos ligeramente de forma exquisita, y al terminar, con su
pulgar presionaba y recorría mi labio inferior secando la humedad, en un último gesto que terminaba
incitándome a más, erizando los diminutos vellos de la piel de mi espalda. Entonces yo tomaba sus
dedos y los metía a mi boca, recorriendo su longitud y grosor con el calor y la blandura de mi lengua.
Luego volvía a tomar una de sus manos, y lo hacía seguir mis pasos guíandolo hasta un gran espejo,
amaba ver mi cara de placer al tocarme y al sentirlo, observar como nuestras manos navegaban por las
latitudes del cuerpo, para después encontrarme con sus ojos incendiarios mirándome. Me hacía
estremecer de goce cuando sus dientes desgarraban como un animal mis medias, arqueaba la espalda
cuando me gruñía y se abría paso a mi entrepierna, haciendo a un lado mis bragas, para después
cruzar los límites de mi cuerpo aún con la ropa puesta.

Me excitaba mucho sentir la fuerza de sus manos dejando su silueta rojiza y efímera marcada
sobre la piel. Me ponía sobre sus piernas como una niña malcriada o me recargaba contra la mesa de
mi cocina levantándome el vestido. Una vez jugamos a estar juntos con una cámara en mano. Estando
yo sobre de él, pendulando muy lento, sintiéndo cada milímetro de él atravesando mi interior, él
sostuvo con una de sus manos uno de mis pechos desnudos, y con la otra, tomó mi cámara de la
repisa; en medio del placer buscó el mejor encuadre y así tomó una hermosa fotografía. De Jorge la
historia ya se sabe, amarlo casi me cuesta la vida.

Era mi deporte favorito hacerlo estremecer pasando apenas mi lengua por la superficie de sus
oídos, envolviendo por completo su cuerpo con el mío, cubriendo su cuello con mis manos, metiendo
después mis dedos en su cabellera. Acariciaba como un gato mi rostro sobre su pecho, delizándome
hasta su cara, para recorrer después todo su cuerpo, y luego clavar mis uñas en su carne y rasguñar su
espalda. Disfrutaba sostener con firmeza sus muñecas contra la cama mientras cabalgaba sobre su
cadera. Me deleitaba besar sus labios que resbalaban entre los míos debajo de la caída de calidez y
frescura del agua de una regadera. Me encantaba estrujar su trasero empujándolo contra mis caderas
mientras era penetrada, para sentirlo en mi máxima profundidad.

“A todos esos hombres que alguna vez estuvieron allí, y a todos los que aún no he
conocido: los novios, los amoríos, las aventuras de una noche, los que actuaban distantes,
los que eran demasiado dulces, a los que les gustaba estrechar mis manos y a los que les
gustaba chuparme los pies.

Puede que hayas durado más de un año o hasta que el sol apareció, pero tu belleza
permanece en mi mente…

A todos aquellos que se quedarán en la cama hasta la mañana y a todos los que aún están
por venir una noche, esto es para ustedes”.

A love letter to all those men.


Erika Lust.
De Emiliano, mi lejano primer amor, puedo recordar su aroma. La sonrisa que tan feliz me hacía. Sus
brillantes y despiertos ojos, su piel suave contra la mía. La manera en que me hacía desbaratar de risa.
Mis primeras experiencias de placer me las regaló él. Una tarde, mientras paseábamos por el centro de
Toluca, entramos a la catedral. La zona de criptas estaba abierta, bajamos y al darnos cuenta de que
estábamos solos aprovechamos la oportunidad, y profanamos ese espacio sagrado entre las cenizas de
quienes años atrás pudieron, al igual que nosotros, sentir.

De ella, mi más querida amiga, puedo recordar la forma tan gozosa en que vive la vida, sus labios
rojizos, sus hermosos muslos torneados, el largo cabello negro cayendo sobre su espalda, enmarcado
por su fina cintura, su cariño al estar juntas, el frío del suelo que nos recibió al abrazarnos, la travesura
de nuestro placer, nuestra hermosa amistad libre de prejuicios.

Encontré en el placer no sólo el camino al paroxismo, sino también en las muestras de afecto
la anestesia que mis añejas heridas de tristeza necesitaban. Y no sólo eso, para mi era revolucionario
poder expresar y recibir goce, ante un mundo donde las mujeres desconocíamos las coordenadas de
nuestro placer y en las que pocas alcanzaban el orgasmo; en un entorno donde los hombres
concentraban el disfrute en la penetración y en que su aprendizaje sobre la sexualidad estaba instruido
principalmente por la pornografía mainstreem, repleta de humillantes y violentos tratos hacia las
feminas. Otras formas de amar y gozar eran posibles.

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