Imprimir Final Modernas
Imprimir Final Modernas
La teoría republicana evolucionó en la Florencia de la segunda mitad del siglo XV controlada por
los Medici. Influidos por Platón, consideraban preferible el gobierno de un hombre virtuoso y sabio
al gobierno de leyes permanentes. La necesidad de terminar con la inestabilidad política que en los
siglos XV y XVI produjo la intervención del emperador, Francia y Aragón, hizo de la península
italiana un “laboratorio” en el que se examinaron las formas de Estado.
El florentino Nicolás Maquiavelo (1469-1527) representa una ruptura con la tradición del
pensamiento político. Con él se anula la ecuación clásica que hacía equivaler “ley natural” a
“derecho natural”. Para él únicamente era posible hacer una interpretación individualista de la
imagen política de la vida.
Sus principales obras son: El Príncipe (escrito entre julio y diciembre de 1513, y publicado en 1531),
Discursos sobre la primera década de Tito Livio (1513-1517, publicado en 1532), y Arte de la guerra
(1520, publicado en 1521).
En efecto, en todas las obras de Maquiavelo late un profundo pesimismo sobre la naturaleza
humana, que de forma inalterable tenderá al fingimiento, el cambio voluble y la ambición ilimitada.
La estrechez de miras del hombre explica que actúe en función de la recompensa inmediata más
que de las consecuencias a largo plazo de sus acciones. La finalidad más alta que el hombre puede
proponerse es la gloria conferida por actos que son recordados y enaltecidos por la humanidad.
Vale mucho más una vida breve pero gloriosa (del individuo o de la colectividad) que una larga
existencia mediocre; por eso, los esfuerzos del Estado deben dirigirse a crear las condiciones que
hagan posible la gloria. La guerra (y la vida entera) consiste en el conflicto entre la virtù (cualidad
viril) y la fortuna (mudable, imprevisible, caprichosa). La acción virtuosa permite a los hombres
controlar al menos una parte de sus vidas y limitar los caprichos del azar.
El instrumento más importante para poner freno a la naturaleza egoísta del hombre y canalizarla
hacia finalidades sociales deseables es el Estado. Maquiavelo fue el primero en dotar de significado
al término Estado. El Estado es, pues, el modo de estar constituida una sociedad política, a la que
hasta entonces se había llamado “ciudad”, “reino” o “república”. Para Maquiavelo el fin supremo de
la política es la utilidad pública, la seguridad y el bienestar de la comunidad, por encima de los fines
morales.
Esto no quiere decir que dejara de hacer distinción entre actos morales e inmorales. Para él la
religión es un aparato de Estado que transmite una serie de valores a aquellos que no poseen
conocimiento.
La esencia del Estado es el poder, la facultad de vencer los engaños de la fortuna mediante la
energía política (la virtù). Se trata de mantener el Estado a cualquier precio y por todos los medios,
sin que ello necesite de ninguna justificación. Esto aconseja llevar una política en términos de poder
y control. Esta virtú política no tiene nada que ver con la virtud moral.
El Estado es concebido por Maquiavelo como una estructura orgánica regida por sus propias leyes
y su propio desarrollo. Aquí la libre voluntad cristiana queda limitada, mientras se fomenta la
flexibilidad moral y el relativismo. No es extraño que El Príncipe recibiese la condena de la Iglesia.
En la visión naturalista y pesimista del hombre hasta aquí descrita, se apoyaron las nuevas
concepciones del Estado absoluto del siglo XVII, al que se imaginó cada vez más como instancia
que lo decide todo. Desde esta visión, Hobbes realizó el primer intento duradero de incorporar a la
política una explicación científica.
Lo que Maquiavelo soñó para Italia, se logró en primer lugar en España con la unificación y
concentración interna de un gran reino. Ello fue por la voluntad de poder de los Reyes Católicos y
su capacidad de imponer la autoridad soberana. Así se llega al Estado moderno con vocación de
perdurar, supra personal y vinculado a instituciones. A la vez se inicia un proceso de
nacionalización, que hace que se pueda hablar de la Nación española, aunque en rigor dicho
proceso no concluya hasta el XVIII.
Fue en España y no en Italia donde antes se comprendió la necesidad de unos medios que
superaban las posibilidades del marco de la ciudad. Este planteamiento puede hacerse extensivo
a la generación de monarcas del tiempo de los Reyes Católicos, que perdió el temor a innovar y
apartarse de la tradición. Así surgiría el Estado como forma permanente y objetiva de la vida
política, pues lo propio del Estado es garantizar la estabilidad.
Los españoles, conforme al pensamiento del siglo XVI, construyen el Estado como un artificio, una
máquina con sus propios resortes, que serían las normas y leyes para permitir su gobierno y
alcanzar fines cada vez más variados y complejos. En el gobierno moderno el príncipe es un experto
(con una amplia formación) que no se rodea tanto de experimentados como de otros expertos
formados en las distintas materias.
Francisco Tomás y Valiente resumió en su famoso Manual de Historia del Derecho español la
concentración del poder político en España y la aparición del Estado: “A finales del siglo XV, durante
el reinado de Isabel I y Fernando II de Aragón y V de Castilla se produjo la aparición del Estado. La
Monarquía domina política y militarmente a la nobleza feudal. El poder personal del rey se considera
como absoluto, esto es, como superior y desligado al Derecho. En torno al rey surgen instituciones
políticas centrales. Aumenta la burocracia que cumplen y hacen cumplir su voluntad, se intensifican
las relaciones interestatales y se crean ejércitos de mercenarios permanentes. Para todo ello se
multiplica continuamente el gasto público. Llamamos Estado a la configuración del poder político
sobre estas bases y estas instituciones: Monarquía, Consejos, burocracia, ejército, diplomacia,
Hacienda. Por encima de los reinos sólo la Monarquía y el Santo Oficio de la Inquisición son
instituciones comunes.
En el caso inglés la Corona nunca ejerció la autoridad para legislar o pedir subsidios según su
deseo, con un Parlamento que experimentó un desarrollo institucional considerable con los Tudor
y los primeros Estuardo. Esta monarquía fue menos absoluta que las otras, con un mayor peso de
las tradiciones e instituciones sobre las que se apoyaba. Tras la rebelión de la nobleza a comienzos
del siglo XIII, el rey Juan sin tierra concedió la Carga Magna (1215). La Curia Regis debía ser
consultada antes de imponer tributos y ningún noble, seglar o eclesiástico podría ser arrestado o
condenado sin mediar juicio de sus iguales. La Carta Magna permaneció en siglos sucesivos como
la base del edificio constitucional inglés, favoreciendo una práctica política diferente de la
continental. No obstante, es difícil negar que en Inglaterra existieron rasgos propios del
absolutismo. El rey no tenía a nadie por encima, ni debía pedir opinión a sus súbditos en el terreno
político, ni había medios legítimos de castigo en caso de mala actuación, y sus poderes aumentaron
tras el cisma anglicano. Aunque no podía hacer leyes en el parlamento sin permiso, poseía la
prerrogativa de emitir órdenes bajo el nombre de proclamas regias, que llegaría a equipararse a un
poder legislativo.
El que España, como Francia e Inglaterra, sean consideradas monarquías absolutistas no quiere
decir que su poder fuese homogéneo, sino que era un conjunto de prerrogativas particulares,
derechos y poderes. Tampoco fue un poder ilimitado, ya que existían limitaciones particulares
basadas en la ley, la costumbre y la religión. Y la limitación más dura de superar, sobre todo en
Inglaterra, fuer tener que pactar con las asambleas representativas o los parlamentos de los reinos
y provincias (esto diferenciaba el absolutismo occidental de la autocracia sin trabas de la Rusia
zarista. Por tanto, el principal criterio para distinguir el modelo absolutista es la capacidad que
demostraron los gobernantes para imponer tasas y hacer leyes sin consulta o asentimiento de sus
súbditos
Hay que tener en cuenta que los reyes "absolutos" no eran arbitrarios, además contaban con la
aceptación general de su derecho a mandar, y en el caso de España no se apartaron de los
Consejos. En Francia los Estados Generales no fueron formalmente abolidos, pero dejaron de ser
convocados a partir de 1614, hasta el 5 de mayo de 1789 en vísperas de la Revolución francesa.
En Holanda la lucha por la independencia llevó a abolir la monarquía en 1581 y la soberanía pasó
a los Estados Generales. En Inglaterra el poder de la monarquía demostrado en el siglo XVI y las
primeras décadas del XVII cedió ante la presión del Parlamento, que alcanzó la supremacía tras la
revolución “gloriosa” de 1688.
Pero también en los Estados más absolutistas el rey se encontraba limitado. Limitaciones
materiales por las comunicaciones y el escaso número de funcionarios reales, que reducía la
frecuencia, continuidad y eficacia del gobierno central. Faltar a la ley divina cristiana podía acarrear
la excomunión, cuyos efectos liberaban a los súbditos de la fidelidad debida al monarca. Tampoco
se podía faltar a las leyes fundamentales del reino, garantía de la existencia del mismo, ni ir contra
el derecho de gentes, que garantiza la propiedad, los contratos y las costumbres y privilegios de
las comunidades. La propia configuración territorial de los Estados supuso una gran limitación para
la acción de gobierno. No tenía por qué existir unidad lingüística ya que aún estaba en formación
el principio de unidad territorial. En definitiva, el reino sin el rey no tenía entidad política.
LA REVOLUCIÓN MILITAR
El poder y el prestigio de los monarcas se consiguió principalmente por el uso de la fuerza. La
guerra, además de fundamentar la política exterior, permitió la realización de procesos de
unificación interna a partir de proyectos comunes. Por eso el ejército es considerado uno de los
principales medios del Estado moderno. Entre 1560 y 1600 se produjo lo que denominó la
"revolución miltar", con la aparición de algo parecido a ejércitos permanentes (servicio remunerado
con la soldada). Conviene precisar que sólo los grandes Estados disponían de manera estable de
algunas tropas de caballería, manteniéndose los sistemas tradicionales de reclutamiento:
mesnadas, reclutamiento de tropas por cuenta de los nobles acomodados y milicias urbanas. En
caso de guerra se reclutaban mercenarios, se hacían levas en las ciudades y se convocaba a todos
los nobles dueños de un feudo. Pero cada vez más frecuentemente, los ejércitos residieron en
ciudades de guarnición con un entrenamiento regular, bajo estricta disciplina para mejorar su
capacidad de maniobra y asegurar entrar en campaña con rapidez. A diferencia de las mesnadas
feudales y las milicias urbanas, en este ejército moderno existió la jerarquía de los mandos, por la
que a cada mando le correspondía una unidad.
Otro de los elementos de esa “revolución militar” fue el uso masivo de las armas de fuego. Ante la
poca eficacia de las fortalezas surgió a finales del siglo XV un nuevo estilo de fortificación, la traza
italiana, con muros más bajos y anchos, con bastiones (o baluartes) que sobresalían para efectuar
fuego cruzado sobre los atacantes. Sólo la técnica del asedio pudo rendir plazas fuertes de estas
características.
También la guerra en campaña conoció grandes cambios a finales del siglo XV con la incorporación
de las armas de fuego en la infantería. Esto debilitó la capacidad de la caballería. Estas novedades
técnicas llevaron a un notable aumento de los ejércitos.
Los cambios militares, particularmente el empleo de la artillería en las fuerzas navales, alteraron la
concepción de la guerra. A finales del siglo XVI los grandes conflictos entre los Estados Atlánticos
se extendieron a los océanos, y a mediados del XVII los ingleses ya intentaban poner “leyes al
mar”, demostrando la importancia estratégica de su dominio.
La imprenta supuso el más potente factor de expansión cultural, por lo que las monarquías
europeas pronto la favorecieron por su utilidad pública. Los Reyes Católicos ara para evitar el
peligro que representaba la difusión de ideas contrarias a los intereses del Estado, en 1502 dictaron
la pragmática que introdujo la necesidad de licencia real para los libros impresos en el reino.
Esta ampliación de los fines y de las actividades del Estado (y la mayor tecnificación del derecho,
la economía, la sanidad, y la guerra), requirió renovar los medios de acción: la burocracia, la
diplomacia y el ejército. totalmente nueva fue la figura del “burócrata”, persona con una preparación
específica, que se dedica al servicio del Estado de forma profesional y cobra un sueldo. La principal
fuente de reclutamiento fueron las facultades universitarias de Derecho, al ser imprescindible una
formación jurídica; entonces no existía la división de poderes y los organismos administrativos
tenían competencias ejecutivas y judiciales.
El acceso a la función pública se amplió en los siglos XVI y XVII con la generalización en toda
Europa de la venta de cargos públicos. Esta práctica se convirtió en una importante fuente de
ingresos para las monarquías. La excepción más notable fue Inglaterra, donde el rey disponía de
pocos cargos que vender, por lo que acudió a enajenar títulos nobiliarios.
Vicéns Vives cree que el Estado del siglo XVI se configuró por la superposición de tres
manifestaciones del poder, como tres estratos. Las jurisdicciones señoriales, que se ejercerían
sobre la mayor parte de la población campesina; una serie de jurisdicciones autónomas, que se
mantuvieron incluso en el ámbito reservado a la potestad del príncipe, las cuales son poseídas por
cuerpos y colegios privilegiados; y el área del propio poder monárquico, cuyas decisiones alcanzan
a los demás niveles. Las competencias del soberano no eran siempre ejercidas directamente, sino
en gran medida a través de cuerpos intermedios que poseían gran autonomía, reservándose los
gobernantes las funciones de supervisión y control necesarias para mantener las líneas generales
del sistema.
En la Europa del siglo XVI la diplomacia pasó a ser considerada cada vez más un elemento
fundamental para el buen desarrollo de las relaciones internacionales. Fue en la segunda mitad del
siglo XV cuando empezó a formarse un cuerpo de funcionarios diplomáticos con un órgano central,
la "cancillería", y con sedes cerca de los soberanos, para los que recibían las cartas credenciales.
Al dar comienzo las guerras de Italia, estos pequeños Estados trataron de compensar con la
diplomacia su inferioridad militar. Los Reyes Católicos fueron los primeros en hacer uso de
representaciones permanentes. En Roma, se crearon las Nunciaturas (representaciones
permanentes en otros países) y se mantuvieron los legados (embajadores extraordinarios dotados
de amplios poderes). Coincidiendo con la aparición de las capitales políticas de los reinos en torno
a las Cortes, los embajadores tomaron residencia fija, con garantías de inmunidad por representar
al rey y pertenecer en su mayoría a la aristocracia. No obstante, la ruptura que trajo el
protestantismo causó la reducción de la red de embajadores, reservados para naciones que
defendían la misma ideología.
Gracias a las embajadas se pudo establecer un sistema de información permanente, ya que entre
las misiones del embajador estuvo la de informar de intenciones ocultas. No hay que olvidar que
fue entonces cuando empezó a existir una imagen exterior del país visto por los demás, de ahí la
importancia de las políticas de prestigio por parte de las monarquías.
FELIPE III
La imagen de los Austrias desarrollada por la historiografía liberal sentó la opinión de la incapacidad
de la rama española para hacer política a la altura de otras naciones europeas. La imagen de Felipe
III ha estado deformada desde los comienzos de su reinado por opiniones políticas. Esta visión se
consolidó a la muerte del rey, difundida desde la mentalidad reformista del conde-duque de
Olivares.
La historiografía del siglo XX ha mantenido en buena medida esta opinión, recalcando el carácter
cortesano y despreocupado del monarca y el gobierno pasivo de Lerma. Sin embargo, el posterior
estudio de A. Feros sobre el valimiento de Lerma demostró que el proceso de constitución de la
Monarquía no se paralizó en este reinado.
La influencia del valido se extendió tanto a las áreas de poder como del patronazgo, gobierno y
gracia, consejo y Corte. Se constituyó él mismo en el centro de una red clientelar nacional, usando
su influencia no sólo para sus propios fines privados, sino también para promover una “política” o
un programa de reforma. . La abulia o incapacidad del rey para gobernar quedaría muy matizada
al comprobar que el valido llegó a ser un protector de la imagen Real, el que de hecho asumiría los
costes del difícil contexto económico, político y religioso vivido, "quemándose" adecuadamente para
que el monarca pudiera salir indemne de una coyuntura que le hubiera perjudicado enormemente.
Aunque Felipe II se había apoyado en sucesivos secretarios, nunca delegó públicamente ningún
tipo de función, por eso su muerte marcó el fin del régimen personalista al de privanza o valimiento.
Desde los primeros días de su reinado, Felipe III entregó el gobierno al duque de Lerma, enviando
para ello a los presidentes de los Consejos una cédula en la que confirmaba por escrito los poderes
a él dados. El rasgo definitorio de la figura del valido fue, pues, haber gobernado la Monarquía a
partir de la amistad personal del rey, como si de un primer ministro se tratara pero sin ningún título,
lo que permitía operar fuera de los canales institucionales establecidos. Al relacionarse el rey con
el Consejo de Estado por medio del valido, y no ya por el secretario de Estado, este perdió su
protagonismo político.
A pesar de que buena parte de la historiografía ha dado por hecho que Lerma se deshizo de los
hombres fuertes del final del reinado de Felipe II, lo cierto es que los más importantes continuaron
activos al servicio del nuevo monarca. La corrupción fue una de las características del valimiento,
con personas cualificadas, pero de baja calidad.
Si se criticó el excesivo lujo exhibido en aquellos años, las causas estaban en el cambio de la
coyuntura económica en Europa y en la falta de una política hacendística adecuada, mientras
aumentaba dramáticamente la cuantía de los intereses que debía pagar la Monarquía. Con la
disminución de las remesas de plata americana, la emisión de grandes cantidades de moneda de
cobre provocó la depreciación de la moneda y la aparición del doble precio, afectando en mayor
medida a las clases humildes. La consecuencia fue una nueva bancarrota que se resolvió con
compensación a los acreedores en forma de juros soportados en rentas de la Corona.
En los años finales del reinado las críticas a este sistema de gobierno se centraron en la falta de
unidad de poder en el soberano. En efecto, el valido pasó a ser visto como un usurpador del poder,
que al controlar la voluntad del rey lo mantenía apartado de sus súbditos y de las instituciones. El
declinar del valimiento de Lerma se inició en 1616, sucediéndole su hijo. Cuando en abril de 1618
Lerma fue nombrado cardenal todos sus oficios palaciegos pasaron a manos de Uceda, aunque la
relación entre ambos ya se había deteriorado. Este influyó para que el rey apartase a su padre de
la cámara del príncipe Felipe en un episodio conocido como “la revolución de las llaves”, que puso
fin a una privanza de veinte años.
Felipe III dejó en manos de Uceda muchas parcelas de la gobernación, pero sin entregarle el
gobierno, por lo que su valimiento no se consolidó. El Consejo de Castilla en una famosa consulta
elaborada en febrero de 1619 hizo un diagnóstico realista de los males, aconsejando drásticas
soluciones de reforma. En este clima de incertidumbre fue detenido Rodrigo Calderón, que tras un
proceso por corrupción y sospechas de asesinato fue ejecutado en octubre de 1621, ya con Felipe
IV en el poder.
Uno de los cambios más importantes fue la reorganización del Consejo Real o Consejo de Castilla,
órgano principal de la administración central de la Corona. Las competencias del Consejo de
Castilla incluían la legislación, la justicia y el gobierno de la Corona. En el aspecto judicial
representaba la jurisdicción superior y soberana del rey.
Desde los Países Bajos el emperador hizo concesiones. Al desaparecer las causas primordiales de
la revuelta se produjo el abandono de Burgos y Valladolid, y la aristocracia se unió contra los
comuneros, que a su vez se hicieron más antiaristocráticos. fueron derrotados en la batalla de
Villalar el 23 de abril de 1521. Al día siguiente se ejecutó a Padilla, Bravo y Maldonado. Carlos I
concedió un perdón general del que quedaron excluidos trescientos implicados.
Más dilatada en el tiempo fue la rebelión de las Germanías caracterizada por un mayor
enfrentamiento social. Los agermanados valencianos y mallorquines fueron principalmente
artesanos de los gremios textiles. Compartieron con los campesinos agermanados del interior del
reino la hostilidad hacia la población mudéjar. La principal causa de descontento fue el mal gobierno
de la nobleza. 1523 fue nombrada lugarteniente general de Valencia Germana de Foix, casada en
segundas nupcias con el duque de Calabria. La represión fue dura, con cientos de sentencias de
muerte.
*no es necesario aprender fechas ni el título de libros. Sí el nombre de los autores: Francisco Suárez
y Jean Bodin.
LAS ALTERACIONES DE ARAGÓN
La caída en desgracia del duque de Alba tras su fracaso en los Países Bajos, en 1573, dejó vía
libre a la facción del príncipe de Éboli, que murió en ese mismo año sucediéndole como jefe el
secretario Antonio Pérez. Sin embargo, el asesinato en Madrid en marzo de 1578 de Juan de
Escobedo, secretario en los Países Bajos de don Juan de Austria, supuso también la desaparición
del partido Éboli y la necesidad de nuevos consejeros. Por su implicación en los hechos, Antonio
Pérez fue detenido en julio de 1579. El nuevo hombre fuerte del gobierno fue uno de los cardenales
de mayor prestigio en tiempos del emperador Carlos, Antonio Perrenot de Granvela.
Antonio Pérez escapó de prisión y se refugió en Zaragoza, acogiéndose al Justicia de Aragón Juan
de Lanuza. Los partidarios de Pérez amotinaron al pueblo consiguiendo liberarlo; antes de huir a
Francia, este planeó sublevar el reino. Para sofocar las alteraciones de Aragón (circunscritas a
Zaragoza) Felipe II envió un ejército al mando de Alonso de Vargas, que no encontró resistencia a
pesar de la proclama de Juan de Lanuza, que sería encarcelado y decapitado. Las Cortes fueron
convocadas en Tarazona en junio de 1592, sin verse alterado en lo sustancial el sistema político
vigente.
El papa Pío V predicó la cruzada general, a la que respondieron Génova, Venecia y España
formando con los Estados Pontificios la Liga Santa. El 7 de octubre de 1571 la flota conjunta al
mando de don Juan de Austria, con Marco Antonio Colonna como capitán general, derrotó en el
golfo de Lepanto a la armada turca.
LA ARMADA INVENCIBLE
La expansión colonial inglesa había entrado desde 1568 en colisión con los intereses españoles,
con actuaciones de corsarios como J. Hawkins y F. Drake en América. Otro factor fue el apoyo
cada vez más patente de Isabel I a los rebeldes holandeses, mientras Felipe II ayudaba a los
irlandeses. Cobró fuerza el proyecto de destronamiento de la reina inglesa y la coronación de la
princesa Isabel Clara Eugenia, con la aprobación del papa Sixto V.
La muerte de don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, alteró el plan inicial que preveía un
ataque directo para aprovechar el efecto sorpresa. Se decidió después que la flota recogiera en los
Países Bajos a un ejército de noventa mil hombres al mando de Alejandro Farnesio. El ataque de
F. Drake, en febrero de 1587, a la flota amarrada en la bahía de Cádiz retrasó la empresa y evitó
el efecto sorpresa deseado. El 22 de julio de 1588 zarpó de La Coruña una flota de ciento treinta
barcos (la mitad mercantes muy pesados, adaptados para el combate) al mando del duque de
Medina Sidonia, que no contaba con la necesaria experiencia. Atracó la flota frente a Calais, a
cuarenta kilómetros del objetivo previsto. Antes de volver a la mar, los ingleses lanzaron botes
incendiarios (brulotes) que para ser evitados obligaron a una desordenada salida de los barcos
españoles, ocasionando la dispersión y la pérdida de aparejos. En el combate naval los ingleses
contaban con navíos más fáciles de maniobrar por su ligereza, bien equipados de artillería, que
hostigaron a distancia a la flota reagrupada por Medina Sidonia. El acierto inglés y el fuerte temporal
empujaron a los barcos españoles hacia el mar del Norte sin que Farnesio pudiese embarcar sus
hombres. El regreso a España se hizo bordeando las islas Británicas, perdiéndose al menos un
tercio de los barcos y la mitad de los hombres.
La política naval no se vio alterada después de aquel desastre. En 1591 la escuadra española
derrotaba a la inglesa en las islas Azores. Para pagar los diez millones de ducados que se calcula
que costó la Armada hubo que acudir a las Cortes y aprobar un nuevo impuesto, llamado de
“millones”, que por ser en esencia una sisa afectaba a toda la población sin distinción de categorías.
Tramitado como un expediente transitorio, permaneció vigente hasta el final del Antiguo Régimen.
El equipo de gobierno del final del reinado estuvo en buena medida dirigido por el secretario Mateo
Vázquez. La llamada Junta de Noche que se reunía al atardecer con el rey, ya muy achacoso, para
tratar por turnos y horas fijas las materias de gobernación. La continuación de la guerra se hacía
insostenible. El 2 de mayo de 1598 se firmó la paz con Francia por el tratado de Vervins, que
básicamente confirmaba las cláusulas del tratado de Cateau-Cambrésis de 1559. Y por el Acta de
cesión del 6 de mayo de 1598, Felipe II cedió la soberanía de los Países Bajos a su yerno el
archiduque Alberto de Austria y a la infanta Isabel Clara Eugenia, con título de príncipes soberanos.
Las cláusulas introducidas en el Acta impedían un gobierno independiente. Se establecía la religión
católica como la única permitida, y que la soberanía revirtiera a la Corona española en caso de no
existir descendencia, como así ocurrió. Las grandes decisiones sobre la guerra contra las provincias
rebeldes del norte siguieron tomándose España.
Tras los primeros éxitos en la guerra declarada por Francia, se sufrieron pérdidas en 1639. Olivares
buscó firmar la paz, pero Richelieu no estaba dispuesto a ello. El mantenimiento de la guerra en un
contexto de crisis demográfica y económica (hay que tener en cuenta que el agotamiento de los
recursos había llevado a la suspensión de pagos), hizo reverdecer la Unión de Armas. El presidente
de la Generalidad, el canónigo Pau Claris, acudió a Richelieu que ya había mostrado sus
intenciones de intervenir en el problema catalán, exigiendo que el Principado quedase bajo la
soberanía del rey de Francia Luis XIII como nuevo conde de Barcelona, representado por medio de
un virrey. Pero, el grueso de los nobles catalanes seguía siendo leales a Felipe IV. Don Juan José
de Austria culminó las campañas.
Olivares acusado de tirano por su dureza y orgullo perdió todo el apoyo del pueblo y de la nobleza.
La princesa Margarita de Saboya (retirada en Aranjuez) y la reina Isabel presionaron al rey para su
destitución. Los Grandes dejaron de acudir a palacio y siguieron conspirando para provocar su
caída. En1643 el rey concedió permiso a su valido para dejar la Corte. Unos meses después, en
mayo, la derrota de la infantería española en puso en evidencia la incapacidad de los tercios frente
al enemigo francés.
Una Junta en 1603 valoró la posibilidad de expulsarlos, pero Lerma se opuso alegando que como
bautizados debían ser integrados en la comunidad. En 1607 el Consejo de Estado lo planteó ya
como un auténtico problema de seguridad, dado el crecimiento de esta población, su capacidad de
rebelarse y de acudir al enemigo turco.
Aunque la hostilidad hacia los moriscos abundaba en la sociedad española, la expulsión no estaba
en la mente de la mayoría de la población y de la Iglesia como institución.
El papa y señalados obispos españoles rechazaban esta medida, sin que faltasen eclesiásticos que
lo aconsejaban insistentemente. Pero los nobles que tenían allí señoríos manifestaban su
preocupación por la posible pérdida de vasallos.
En 1609 se hizo público el primer decreto de expulsión, que afectaba a los moriscos valencianos,
el resto del territorio peninsular en 1614.
Lerma valoró esta decisión como un medio adecuado para compensar la oposición y descontento
creados por la negociación con los holandeses.
En la bóveda, se pintaron los escudos de los veinticuatro reinos que componían la Monarquía
española. española, de lo que tomaría nombre aquel espacio. Bajo el balcón circundante se
colgaron veintisiete pinturas encargadas ex profeso: doce grandes cuadros de batallas de
diferentes artistas entre las ventanas de abajo. Diez escenas de la vida de Hércules pintadas por
Zurbarán sobre las ventanas, y en los dos extremos (o testeros) cinco retratos ecuestres salidos
del pincel de Velázquez con las figuras de Felipe III y Felipe IV, sus respectivas esposas y el
príncipe heredero Baltasar Carlos.
Entre las escenas bélicas destaca el cuadro de Las lanzas o La rendición de Breda, pintado hacia
1635 por Diego Velázquez. El general genovés al mando de los tercios de Flandes, Ambrosio
Spínola, recibe del gobernador holandés las llaves de la ciudad de Breda, rendida tras un largo
asedio. El hecho, se consideró un episodio clave para evitar la independencia holandesa.
Velázquez no se recreó en la victoria, reduciendo la batalla a un fondo humeante. El pintor centra
la atención en el primer plano en el que se desarrolla no tanto el final de la guerra como el principio
de la paz.
El Palacio del Buen Retiro fue destruido por un bombardeo durante la invasión napoleónica de
Madrid. En aquel momento servía de cuartel general de los franceses, concentrando a las tropas
napoleónicas. Quedaron en pie algunas construcciones como como el Casón con el estanque,
además del Salón de Reinos.
FELIPE IV
La etiqueta de “Austria menor” que ha acompañado a Felipe IV junto a su padre, dejó de ser
utilizada hace tiempo por la historiografía más rigurosa. Sigue, sin embargo, pesando sobre él la
responsabilidad de la decadencia de la Monarquía, si bien el mejor conocimiento del siglo XVII
europeo ha servido para contextualizarlo dentro de la crisis general. La crítica que en su época
ejercieron escritores de prestigio sirvió a la historiografía romántica del siglo XIX para caracterizar
al rey como un hombre sin voluntad, sometido a sus pasiones, inepto y dominado por sus validos.
Fue Cánovas del Castillo el primero que a partir de documentos de archivo estableció el parecido
del rey con su abuelo Felipe II, con quien podía compararse por el interés demostrado en el
despacho de los papeles de Estado. El apoyo al Conde-duque de Olivares se debió a
consideraciones políticas y no a falta de carácter o apatía, y en este sentido negó que el rey
abandonara los asuntos públicos. La supuesta “indolencia” de Felipe IV no dejaba de ser un error
histórico sin fundamento. De lo que no hay duda es de su auténtica vocación política, de su gran
cultura y gusto artístico. Por otra parte, la capacidad intelectual del monarca quedó demostrada en
el conocimiento que tuvo de las lenguas habladas en sus territorios, cuya extensión hizo que se le
conociese como “el Rey planeta”.
Nacido en Valladolid en 1605, comenzó a reinar a los 16 años de edad, tomando desde el comienzo
importantes decisiones políticas y administrativas. De su matrimonio con Isabel de Borbón tuvo
siete hijos, de los que sólo sobrevivieron la infanta María Teresa (futura esposa de Luis XIV de
Francia) y el príncipe Baltasar Carlos, fallecido a los 16 años en 1646. De su segundo matrimonio
con su sobrina Mariana de Austria en 1649, sobrevivieron dos hijos: Margarita (que aparece en el
centro de Las Meninas de Velázquez), casada con el emperador Leopoldo I; y Carlos, futuro rey de
España. El más destacado de sus hijos naturales fue don Juan José de Austria, al que reconoció y
legitimó en vida.
Sin embargo, en los primeros años del reinado de Felipe III se recrudeció la guerra contra Inglaterra
en el contexto de la rebelión irlandesa. Al fracaso de esta empresa siguió la llegada al poder de
Jacobo I, cuyo lema beati pacifici descubre el deseo de paz que se extendió por Europa y del que
participaba España. La firma en 1604 de la paz de Londres inició un periodo de entendimiento entre
ambos Estados, facilitado por la amistad del embajador Gondomar y el rey Estuardo. La renuncia
inglesa a prestar apoyo a los rebeldes holandeses ayudó a desactivar el único frente abierto en
Flandes. La tregua de doce años firmada en 1609, aun sin reconocer la independencia de Holanda,
suponía en la práctica una aceptación de la realidad política alcanzada por las siete provincias
rebeldes del norte de los Países Bajos.
Concluidos los conflictos abiertos con las grandes potencias europeas, la diplomacia española
trabajó por mantener la quietud. Sin embargo, la Pax Hispánica, en referencia a la romana de la
época de Augusto, no significó la ausencia de fricciones y amenazas. La política antiespañola de
Enrique IV de Francia elevó la tensión en 1609. Su asesinato en mayo de 1610 “dio nuevas fuerzas
a la monarquía española, garantizando la supervivencia de su hegemonía durante una generación”.
En efecto, la regente María de Médicis inició pronto el acercamiento a España, hasta culminar en
1612 con el doble matrimonio franco español entre Luis XIII y la infanta Ana de Austria y el príncipe
Felipe e Isabel de Borbón.
Pero la política de quietud puso en riesgo la reputación de la Monarquía. Inglaterra obtuvo ventajas
en el comercio con las indias españolas. Holanda aprovechó la tregua para fortalecerse
militarmente; se expandía en Asia en perjuicio del comercio portugués, y amenazaba con
extenderse en América, sin dejar de avanzar en el control del transporte marítimo europeo. Junto
con Francia, la injerencia holandesa en los asuntos italianos resultó particularmente inquietante.
Tras la salida de Lerma de la Corte, el Consejo de Estado siguiendo las opiniones de Baltasar de
Zúñiga optó por retomar la guerra con las Provincias Unidas si no aceptaban renegociar la tregua
de 1609 en condiciones más favorables. En prevención de ello, se consideró vital la toma de puertos
en el Mar del Norte o en el Báltico para servir de base contra los holandeses, por lo que las tropas
españolas intervinieron desde el principio en la Guerra de los Treinta Años.
A comienzos del siglo XVI, Alemania se distinguía de las otras monarquías absolutas por su modelo
descentralizado. La constitución política del imperio quedó fijada en el reinado de Carlos IV por
medio de la Bula de Oro. Debía ser elegido por siete electores: tres eclesiásticos y cuatro seglares.
El Rey de los Romanos no llegaba a convertirse en Emperador (Kaiser) hasta que el Papa lo
coronaba en Roma. Fue Maximiliano I quien por vez primera rompió esta tradición y entonces él se
autoproclamó de inmediato Electo Emperador de los Romanos. Carlos V fue el último emperador a
quien todavía se coronó en Italia, aunque ya no lo fue en Roma.
La Dieta imperial (Reichstag), convocada por el Emperador, fue una institución central ya que influía
tanto en la política exterior como interior del Imperio. A partir de su nueva formulación desde 1495,
puede considerarse como una asamblea de los Estados del Imperio que participaban en las labores
gubernativas y legislativas imperiales. El banco de los príncipes eclesiásticos y laicos. Y el tercer
colegio corresponde a unas cincuenta ciudades libres. Los representantes de los tres Colegios
constituyen la dieta germánica que el emperador convoca, pero que sólo tiene derecho a tomar
decisiones relativas al conjunto del Imperio (impuestos, tratados, declaraciones de guerra, levas de
ejércitos, etc.). Tras la Guerra de los Treinta Años, la Dieta perdió peso político y su papel pasó a
ser más formal que real.
Otras instituciones son la Cancillería imperial, y el tribunal imperial, que acompañaba en sus viajes
al Emperador. No existió un ejército permanente. Debido a la falta de una autoridad imperial, la
organización judicial era deficiente,
Prusia, fuera de los límites del Imperio, fue colonizada por la Orden Teutónica (fundada en Tierra
Santa a fines del siglo XII, y luego replegada a Europa), que en 1225 responde a una solicitud de
ayuda del duque polaco de Mazovia para someter y cristianizar aquellos pueblos bálticos
emparentados con los lituanos. Los estados de los príncipes electores tuvieron una situación más
estabilizada ya que según la Bula de Oro no podían en ningún caso dividirse. En 1525, Alberto
Hohenzollern, Gran Maestre de los caballeros teutónicos, se convirtió al protestantismo, secularizó
los territorios de la Orden y pasó a ser el primer duque alemán del ahora hereditario ducado de
Prusia
Los principados eclesiásticos, beneficiados por los emperadores medievales, suponían una buena
parte de la extensión del territorio alemán. Al no poder entrar en políticas matrimoniales, ayudaron
a mantener algo más estable el mapa político alemán. En el nordeste del imperio, la Reforma llevó
a la secularización de estos principados, que a menudo fue el preludio de su anexión por parte de
los Estados laicos vecinos.
Las ciudades libres (más de un centenar) dependían directamente del Imperio. La mayoría eran
simples burgos cercados por murallas. Más raramente se trata de metrópolis como Augsburgo.
R. Menéndez Pidal contradijo en público estas teorías, escribiendo a continuación La idea imperial
de Carlos V. Si Carlos estuvo influenciado en principio con la idea de monarquía universal según la
concebía Gattinara, basada en la adquisición de territorios por medio de conquistas, pronto pasó a
otra idea bien distinta de imperio, el imperio cristiano, la universitas cristiana, fundada en la armonía
entre los príncipes cristianos. Esta idea imperial era de indudable influjo español.
Para Vicens Vives no podía asignarse un origen único (ya fuese alemán o español) a la idea
imperial. Maravall encuentra una evolución de la propia idea imperial, distinguiendo tres períodos:
primero, Carlos se esforzaría en dar al título imperial un valor universal. Después, volverá a la
noción clásica del Sacro Imperio, a la vez alemán e italiano. Finalmente soñaría en edificar otro
imperio donde el elemento fundamental será España, y como puntos de apoyo los Países Bajos y
el Milanesado.
LAS REFORMAS DE MAXIMILIANO I A FINALES DEL S. XV
En la práctica, el ejercicio del poder político en el Imperio estuvo reducido a la administración de
justicia y al mantenimiento del orden, tanto en el interior como frente a las agresiones externas. En
la etapa anterior a Maximiliano, durante el reinado de su padre Federico III, el prestigio y empuje
de los estamentos habían debilitado al máximo la autoridad imperial: se sentían gobernadores del
territorio, aprobaban los impuestos, administraban justicia y mantenían sus propios soldados.
Fue en las posesiones “hereditarias” en las que recayó el peso de las reformas, que luego
Maximiliano trataría de extender a otras partes del imperio. El Estado austriaco se fundó en las
instituciones por él creadas. La siguiente reforma consistió en establecer una administración que
fuese común a sus Estados patrimoniales y al Imperio. Pero tras la derrota sufrida ante los suizos,
en 1499, se vio obligado a aceptar en la Dieta de Augsburgo del año 1500 la formación de un
Consejo de Estado compuesto por veinte príncipes o consejeros, en el que sólo ejercería la
presidencia. También en esta Dieta se entró a dividir el territorio imperial en seis Círculos imperiales
o circunscripciones administrativas, inicialmente pensadas para garantizar la paz. Esta es la división
de Alemania que heredaría el futuro Carlos V.
Estas tentativas de centralización por parte de Maximiliano I quedaron reducidas a dos nuevas
instituciones comunes a todos los Estados: la Cancillería áulica, nómada como el Emperador, y la
Tesorería.
El inicio del reinado de Carlos V coincidió con el comienzo de la Reforma luterana en Alemania.
En la Dieta de Worms (1521) el emperador estableció con claridad su oposición a Lutero y su
defensa a la Iglesia Romana, pero la situación se complicó por la libre interpretación de las
predicaciones de Lutero. De 1522 a 1523 se extendió por Alemania la rebelión de los caballeros,
que intentaron beneficiarse de la secularización y la expropiación de posesiones de la Iglesia. Entre
1524-5 se produjo la guerra de los campesinos, que aprovecharon el fracaso de los caballeros para
exigir ser reconocidos como personas libres.
Los príncipes que habían abrazado la Reforma consiguieron en la Dieta de Espira (1526) dejar en
suspenso el edicto de Worms y mantener algunas concesiones obtenidas, de manera que cada
uno en su Estado adoptara libremente la confesión religiosa. Carlos V no aceptó estas conclusiones
y en 1529 consiguió, en la segunda Dieta de Espira, restaurar el edicto de 1521. Los príncipes de
los Estados reformados protestaron contra la renovación del edicto, y promovieron la unión de todos
los protestantes. En la Dieta de 1530 presentaron su declaración de fe: la confesión de Augsburgo,
no aceptada por el emperador. Creyéndose amenazados, éstos se organizaron políticamente con
el consentimiento de Lutero, constituyendo la Liga Smalkalda.
Carlos V, que había urgido desde tiempo atrás la convocatoria de un concilio, intentó una política
de coloquios entre teólogos católicos y luteranos. En 1545 comenzó en Trento el ansiado concilio,
pero los protestantes ya no estaban interesados en él. Fue entonces cuando se produjo la ruptura
armada entre el emperador y la Liga Smalkalda. Carlos planteó el conflicto como una lucha entre
emperador y vasallos rebeldes, y no entre católicos y protestantes. Reunió un ejército que incluía
tropas españolas y del papado. En 1547 en la batalla de Mühlberg se consiguió lo que parecía una
victoria decisiva.
Desde esta posición ventajosa Carlos V intentó imponer sus ideas políticas y religiosas, y propuso
la reforma de la Constitución imperial para llegar a algo parecido a una monarquía moderna. Trató
de reforzar, sin éxito, el poder ejecutivo (el del emperador) a costa del poder de los príncipes
territoriales. La dieta se negó a realizar ninguna modificación de la constitución. Tampoco tuvo éxito
la idea de un ejército.
Lutero al igual que los otros reformadores de su tiempo, no tuvieron ambición de poder y por ello
no se plantearon desarrollar una teoría de la política, su aspiración era reformar el conjunto de la
cristiandad.
Un año después de que Carlos fuese coronado como emperador, su hermano Fernando fue elegido
rey de Romanos (1531). Ya en la dieta de Worms de 1521 Carlos había decidido que fuese su
representante permanente en el Consejo deRegencia del Imperio. Para reforzar esta presencia le
cedió los territorios austriacos de los Habsburgo, lo que aseguraba aFernando un lugar preeminente
entre los príncipes alemanes. La rama austriaca de los Habsburgo llegó a creer que tenía legítimo
derecho al título imperial, mientras Carlos V planeaba la "sucesión española": un proyecto que
mantenía unidos en la persona de su hijo Felipe el Sacro Imperio Germánico con los reinos
hispánicos. Para dar viabilidad a este plan, Felipe realizó un viaje a los Países Bajos y Alemania.
Se llegó a un compromiso: Fernando sucedería a su hermano Carlos en el título imperial, pero se
comprometía a forzar la concesión de este título, cuando quedara vacante, en Felipe.
Los príncipes protestantes no asumieron dicha solución, al ver en Felipe a un extranjero. Mauricio
de Sajonia pasado al bando protestante negoció con el rey de Francia, Enrique II. Mauricio, a la
cabeza de un ejército financiado en parte porFrancia, cruzaba el sur de Alemania para conquistar
Augsburgo y dirigirse hacia el Tirol. Allí obligó a Carlos V a huir por los pasos de los Alpes de forma
humillante.
Se produjo la abdicación de Carlos V en dos fases. En la primera (1555), ante los Estados
Generales congregados en Bruselas, cedió solemnemente el gobierno de los Países Bajos a su
hijo Felipe. En la segunda (1556) le entregó la Corona de España y sus posesiones, conservando
tan sólo el título imperial. Se firmaba con Francia la tregua. Carlos moriría en 1558 en el monasterio
jerónimo de Yuste a donde se había retirado.
El cardenal Richelieu justificó la intervención directa de Francia como medio de "abrirse puertas
para entrar en todos los Estados vecinos", en referencia a la consolidación de las fronteras en sus
puntos más débiles, los Pirineos y el Rhin. Pero, ante todo, había que contrarrestar la hegemonía
de los Habsburgo. La diplomacia francesa consiguió reagrupar a los príncipes alemanes católicos,
preocupados por el aumento del poder imperial, y llegar a sólidos tratados de alianza con las
Provincias Unidas y Suecia para declarar la guerra a España (1635).
La guerra empezaba a agotarse con ventaja para Fernando II. No obstante, la actitud de Richelieu
lo llevó a reanudar la alianza con España declarando la guerra a Francia por su intervención en el
Franco-Condado. Luis XIII abrió frentes de guerra en toda Europa. Después de un inicial fracaso
francés de invasión de los Países Bajos españoles, defendidos por el Cardenal Infante don
Fernando, se inició el paulatino retroceso de las posiciones imperiales y españolas. En los Países
Bajos Federico Enrique de Nassau volvió a tomar Breda.
En la Península Ibérica, Francia alentó la revuelta de Cataluña (1640) enviando un ejército de apoyo
a los catalanes, que proclamaron conde de Barcelona a Luis XIII que se apoderó del Rosellón. En
Portugal, tras el levantamiento de Evora (1637) el príncipe Juan, de la casa de Braganza, fue
proclamado rey en 1640 con el apoyo de Francia. En la primavera de 1643 se produjo la derrota
española de Rocroi. Felipe IV había intentado aprovechar la muerte de Richelieu y el precario
estado de salud de Luis XIII lanzando una gran ofensiva contra París. La derrota supuso un duro
golpe para los tercios españoles que perdieron definitivamente su fama de invencibles.
Tras la elección imperial de Carlos, Francia se vio rodeada en todas sus fronteras por las
posesiones de un solo monarca, lo que hacía previsible el enfrentamiento. Pero, además, entre él
y Francisco I hubo mucho de rivalidad personal. Con Francia hubo dos grandes causas de litigio: el
ducado de Borgoña y la hegemonía sobre Italia. El enfrentamiento bélico se desarrolló en tres fases.
Una primera fase se extiende entre la primera guerra con Francia en 1521 hasta la coronación
imperial (1530). En la primavera de 1521 se iniciaron las operaciones militares en dos frentes:
Navarra y los Países Bajos.
El reino de Navarra, territorio estratégico para el control de los pasos entre España y Francia, había
sido independiente hasta el año 1512, gobernado por familias próximas a la alianza con Francia.
Fernando el Católico mandó invadirlo. Francia no reconoció de buen grado esta incorporación y
Francisco I puso a disposición de los monarcas destronados un ejército para su reconquista que
ocupó toda Navarra, pero tras la victoria de Villalar el ejército de Carlos V expulsó a las tropas
francesas. Italia pasó a ser el centro del conflicto, concluyendo con el desastre de Pavía (25 de
febrero de 1525), siendo el rey francés hecho prisionero y trasladado a España. Permaneció
encarcelado hasta el año 1526, tras aceptar el tratado de Madrid por el que renunciaba a Borgoña
y Milán.
Francisco I surgió como protector de la libertad italiana amenazada por la hegemonía de los
Habsburgo. Se llegó entonces a la formación de una alianza anti-imperial. Francia, los Estados
Pontificios, Venecia, Florencia e Inglaterra aunaron sus fuerzas para expulsar a las tropas
imperiales. Aunque el papa pronto firmó una tregua con el emperador, se produjo el acontecimiento
del saqueo de Roma en 1527. El desastre originado llenó de indignación y espanto a toda la
cristiandad. Las acusaciones contra Carlos V fueron contrarrestadas por la propaganda imperial,
que lo interpretó como un castigo divino por la resistencia de la curia papal a la reforma de la Iglesia.
Esta fase de enfrentamientos concluyó con el tratado de Cambray (1529), que confirmaba los
términos del tratado de Madrid. La principal novedad es que Francia conservaba el ducado de
Borgoña, abandonando sus pretensiones sobre Nápoles y Milán, además de estipular el rescate de
los infantes franceses, aún rehenes en España. Esta paz consagraba la hegemonía española en
Italia. La coronación imperial en Bolonia en 1530 por Clemente VII supuso la aceptación del papa
a esta situación. Tras la coronación el hermano de Carlos, Fernando de Habsburgo, fue elegido rey
de romanos.
La tercera fase de enfrentamientos se inició con la guerra de 1542 a 1544. Carlos V consideraba
que la diplomacia francesa era responsable del avance de la Reforma. Además, conocía las
negociaciones francesas con los turcos. Francisco I se alió con Turquía, Dinamarca y Suecia para
atacar en 1542 a los Imperiales. Carlos V se alió con Enrique VIII de Inglaterra consiguiendo un
peligroso avance sobre Champaña que obligó a Francia a firmar la paz, se comprometió a colaborar
en pro de la unidad religiosa y a romper con los turcos. Pero todo quedó en papel mojado tras la
muerte, un año más tarde, del hijo mayor de Francisco I. Los posteriores enfrentamientos caminaron
a la par del problema creado en el interior de Alemania por los príncipes protestantes.
LA PAZ DE WESTFALIA
Gran parte de Alemania había quedado devastada, con pérdidas irreparables en hombres y riqueza
por la destrucción de ciudades y del comercio. Fernando III tras suceder a su padre en el Imperio
estuvo dispuesto a transigir, y Felipe IV también deseaba la paz. Las negociaciones comenzaron
en 1644, con dos conflictos a resolver: el que enfrentaba a las distintas confesiones protestantes
con los católicos, y el conflicto abierto entre las ambiciones del emperador y los poderes de los
príncipes del Imperio. Respecto al problema religioso, la paz confirmó la de Augsburgo de 1555 con
la inclusión de los calvinistas. En el terreno político, prevaleció la "libertad de los príncipes" frente
al poder central imperial. El Imperio se fraccionó en una confederación de Estados independientes,
que conservaba sólo el nombre como evocación tradicional, sin real contenido político. Los actos
imperiales quedaron sujetos a la aprobación de la Dieta. Austria se separó por primera vez del
Imperio. Fue reconocida la independencia de Suiza (la Confederación Helvética) y los Países Bajos,
y su neutralidad quedó garantizada por todos los Estados. El tratado de Westfalia pasó a ser el
punto de referencia para el derecho público y la vida política del Imperio hasta la abolición de éste
en 1806.
Francia surgió en este tratado como gran potencia. Constituyéndose defensora de las llamadas
libertades germánicas, introdujo una permanente división en el Imperio. Suecia se convirtió en
miembro de la Dieta alemana. Como resultado de los deseos franceses de controlar a Suecia y a
Austria por medio de una “tercera fuerza”, Brandeburgo ascendió al rango de potencia en el norte
de Alemania.
Estas nuevas tácticas se extendieron por Europa rápidamente debido a la elevada presencia de
mercenarios en los ejércitos y la contratación de oficiales extranjeros. Fue particularmente evidente
en el ejército sueco; la mayor parte del ejército de Gustavo Adolfo en Alemania estaba formado por
mercenarios.
Entre 1629 y 1633 España sufrió reveses como la captura de la flota de Nueva España en la bahía
de Matanzas (1628) por buques corsarios holandeses pero la situación más preocupante se vivió
en el Norte de Italia.
En 1631 el ejército sueco avanzó desde Pomerania hacia el sur con el cariz de una cruzada
anticatólica. Tantos éxitos inquietaron incluso a Richelieu, que se aseguró de que el catolicismo
fuera respetado en Alsacia e hizo todo lo posible para que Gustavo Adolfo marchase con sus tropas
de nuevo hacia Baviera. Gustavo Adolfo murió en la vitoriosa batalla de Lützen. En el trono sueco
sucedió la reina Cristina, con seis años.
En estas circunstancias, era fundamental para España conservar las principales rutas de
comunicación entre sus territorios. Desde Milán el cardenal-infante don Fernando no tuvo
problemas para salir con su ejército hacia Flandes, en el camino ayudaría de forma decisiva a la
derrota sueca de Nördlingen.
Al problema político se sumó el factor confesional, con las Iglesias instaladas en una mayor
intransigencia. En los países católicos, el concilio de Trento ratificó la doctrina de la Iglesia y, sobre
todo en los países del sur, marcó la unidad en la defensa de la fe.
Los problemas familiares de los Habsburgo complicaron las cosas. Las tensiones por la sucesión
en diversos territorios del Imperio, puso de manifiesto su débil equilibrio religioso y político.
Rodolfo II se instaló en Praga y comenzó a hacer concesiones para ganarse la fidelidad de sus
súbditos bohemios. En caso de conflictos se recurriría a los llamados Defensores para establecer
una conciliación. Hay que tener en cuenta que Bohemia era un caso particular dentro del Imperio.
Formaba un Estado que comprendía Bohemia, Moravia y Silesia, cada uno con su Dieta. Fernando
de Habsburgo, al llegar a emperador en 1617, desautorizó las reuniones de los Defensores,
quienes, airados, tras acudir a una entrevista en el palacio real arrojaron por la ventana a dos
tenientes. Es la conocida como “Defenestración de Praga”. Los sublevados se apoderaron de la
ciudad con apoyo popular y expulsaron a los jesuitas.
Los sublevados bohemios reunieron una Dieta, se dotaron de un gobierno provisional y un ejército.
En sus negociaciones con los enemigos de los Habsburgo (Holanda, Venecia, los húngaros) sólo
encontraron apoyo efectivo en el elector del Palatinado, Federico, príncipe calvinista y jefe de la
Unión Evangélica, a quien eligieron rey. El emperador Fernando II fue ayudado por su pariente el
duque de Baviera (jefe de la liga católica) quien con su ejército, dirigido por Tilly, y ayudado por los
tercios españoles, logró reducir a los rebeldes checos cerca de Praga en la Batalla de la Montaña
blanca (8 de noviembre de 1620); Bohemia y Moravia fueron recuperadas sin apenas resistencia.
Tras la represión fue restablecido el catolicismo.
Desde el punto de vista político, los bohemios perdieron el derecho a elegir soberano. El Palatinado
perdió su dignidad electoral, que pasó al duque de Baviera. Esto supuso inclinar el voto electoral a
favor de los católicos
España había restablecido en 1617 los lazos políticos con la Casa de Austria. Detrás de ello estaba
la decisión tomada en Madrid de que si las Provincias Unidas no aceptaban volver a negociar la
tregua de 1609 introduciendo aspectos más favorables a España, dicha tregua expiraría en 1621,
momento en que volvería a emprender la guerra. Por eso, las tropas españolas intervinieron desde
el principio en la Guerra de los Treinta Años, con éxitos continuos durante la década siguiente.
En julio de 1620, los católicos de la Valtelina se levantaron contra sus señores protestantes y
solicitaron ayuda a España. En 1622 se llegó a un acuerdo de paz que ratificaba el triunfo de los
españoles. Ahora España controlaba los pasos alpinos.
A partir de 1625, la guerra entre el emperador y los príncipes protestantes del Imperio se convirtió
en una guerra europea, con el Imperio, España, Holanda y Dinamarca directamente implicados, y
Francia e Inglaterra a la sombra del bando protestante.
El 5 de junio de 1625, Ambrosio Spínola con ayuda de tropas alemanas redujo la fortaleza
holandesa de Breda, residencia familiar de los statuders Orange-Nassau; fue considerado el mayor
triunfo de la fe desde el de Lepanto, y el hecho de armas más prestigioso de la época, un siglo
después de la batalla de Pavía. España estuvo ya en condiciones de imponer un bloqueo
económico riguroso en torno a las Provincias Unidas, tanto en el comercio fluvial continental como
en los puertos y pesquerías holandesas. Durante la mayor parte de esta década fue España quien
llevó la iniciativa en el Mar del Norte, siendo devastadoras las repercusiones en el comercio
holandés.
Christian IV de Dinamarca vio con preocupación las operaciones del ejército imperial organizado
por Alberto de Wallenstein en las costas del Báltico, lo que le llevará a declarar la guerra al
emperador. Tras una serie de derrotas, Christian IV firmó la Paz de Lübeck
El emperador, fortalecido, impuso en ese año el edicto de Restitución con la devolución a la Iglesia
católica de los bienes entregados a manos protestantes en 1552 por el edicto de Passau
Alemania parecía a un paso de convertirse en un Estado unificado bajo el mando del emperador, y
esto no interesaba ni siquiera a los príncipes católicos. Richelieu sacó partido de este malestar.
La victoria de Enrique VII (1485-1509) sobre Ricardo III (York) creó las condiciones de paz para
una monarquía soberana con la instauración de la dinastía Tudor, una casa de los Lancaster, que
gobernará Inglaterra hasta 1603. El matrimonio de Enrique VII con Isabel de York reconcilió a las
dos familias.
El instrumento principal de la política regia fue el Consejo privado, que agrupaba a los grandes
dignatarios del reino.
Además del despacho de los asuntos políticos y administrativos, juzgaba los casos que le eran
sometidos, pudiendo pronunciar toda clase de sentencias, salvo la pena capital. Al actuar como
Cámara de Justicia en la llamada Cámara Estrellada, el Consejo acostumbraba a respetar la ley
común consuetudinaria inglesa "common law".
El poder regio en la vida de las ciudades y burgos descansaba más en el consenso popular que en
la eficacia de la administración, ya que la autoridad Real apenas contaba con funcionarios para
hacer cumplir sus órdenes. En los condados, centros esenciales de la vida local, el cargo de sheriff.
El Parlamento tuvo escaso protagonismo, al no ser convocado más que en seis ocasiones en
veinticinco años. En él primaba la opinión de los Lores más que los Comunes
Por el tratado de Medina del Campo (1489) estableció el matrimonio del príncipe de Gales, Arturo,
con una hija de los Reyes Católicos, Catalina de Aragón. Al morir Arturo, y para mantener la misma
línea política, se concertó el matrimonio de la viuda con el nuevo príncipe de Gales, el futuro Enrique
VIII.
En política exterior, ante la inferioridad militar respecto a otras potencias, se tendió a desempeñar
un papel de árbitro para asegurar el equilibrio europeo.
El gobierno en aquellos momentos estaba en manos del Canciller, el cardenal Thomas Wolsey,
regente del Estado. Wolsey tuvo todos los poderes de un primer ministro, pero sin el control de los
miembros del Parlamento, que se opusieron a sus continuas peticiones de dinero para las guerras
en el continente.
La cuestión del divorcio trastocó todos los planteamientos de la política interior y exterior. El rey
tuvo de su matrimonio con Catalina de Aragón ocho hijos, de los que sólo sobrevivió María. Sus
deseos de un heredero lo llevaron a su matrimonio con Ana Bolena. La excusa para la separación
fue un versículo tomado de la Biblia.
Pronto se constató el fracaso de la estrategia de Wolsey para resolver el asunto del divorcio,
subestimando a Ana Bolena. Pero detrás de ella existía ya en la Corte un partido que odiaba a
Wolsey, rechazaba su política francófila y estaba influido por las ideas reformadoras de Lutero. Hay
que tener en cuenta que Catalina de Aragón era tía del emperador y la anulación hubiera supuesto
un grave enfrentamiento. Ante la tardanza y la falta de eficacia, el rey privó a Wolsey de sus
funciones de Lord Canciller.
Le sucedió Tomás Moro, jurista, político y diplomático. Pero cuando se proclamó reina Ana Bolena,
dimitió y se retiró a sus posesiones. Meses después se negó a jurar el Acta de Sucesión. Fue
encerrado en la Torre de Londres y decapitado por negarse a jurar el Acta de Supremacía. La obra
literaria más conocida de T. Moro, Utopía, forma parte de la historia del pensamiento político inglés.
En ella se plantean las relaciones de la persona con la Iglesia y el Estado, y también las propias
relaciones Iglesia-Estado en el nuevo marco del Renacimiento.
Thomas Cronwell pasó a ser el hombre fuerte de Inglaterra. Preparó el divorcio, la separación de
Roma y la dependencia de la Iglesia a la autoridad real. En 1534 se redactó el Acta de Supremacía,
documento oficial de la ruptura con la Iglesia católica, por el que el rey pasaba a ser “jefe supremo
de la Iglesia de Inglaterra en la tierra”. Cromwell realizó una importante labor de modernización del
gobierno de Inglaterra, dentro del proceso de centralización del poder. En política reforzó el
Parlamento, por lo que algunos historiadores han hablado de “revolución Tudor”.
En 1533 el rey casó con Ana Bolena, mientras el arzobispo de Canterbury, Thomas Cranmer
declaraba nulo el anterior matrimonio. Esto provocó la excomunión por parte de Roma. En ese
mismo año Ana dio a luz una niña (la futura Isabel I). El mismo día que era enterrada Catalina de
Aragón, concluyó un nuevo embarazo de Ana Bolena con un aborto. El rey perdió la esperanza de
que le diese un heredero y fue acusada (gracias a la actuación de Cromwell y de sus informadores)
de adulterio. Ana fue decapitada. El 30 de mayo de 1536 el rey tomó como mujer a Juana Seymur
de quien nacería el futuro rey Eduardo, aunque la reina murió a consecuencia del parto.
La cuarta boda con Ana de Cléves fue una cuestión de Estado encomendada a Cromwell. Este
matrimonio fracasó en todos los extremos. El rey temió una radicalización protestante en un
momento en el que deseaba un acercamiento a Roma, una vez conseguida la sucesión masculina.
Cursó orden a sus obispos para la anulación del matrimonio. T. Cromwell fue acusado ante el
Parlamento de ir en contra de los designios del rey en materia religiosa y fue decapitado.
Catalina Parr, la sexta esposa, supo ganarse el afecto del rey, que murió a principios de 1547.
Con Enrique VIII Inglaterra se consolidó territorialmente. Irlanda fue anexionada como reino. Al año
siguiente se entraba en guerra con Escocia. En 1546, una conspiración interna de señores
escoceses partidarios de Enrique VIII favoreció la invasión inglesa. La presencia territorial en el
conteniente se logró tras una alianza con Carlos V para entrar en guerra con Francia.
MARÍA I (1553-1558)
* aprender, 1554 y 1557, san Quintín
La sucesión de la reina María I al trono inglés estuvo alterada por su confesión católica. En 1533
fue obligada a renunciar al título de princesa y un año después una ley del Parlamento la despojaba
de sus derechos siendo coronada reina Lady Jane Grey, “la reina de los nueve días”, tras los cuales
fue encarcelada en la Torre de Londres.
Tras su proclamación como reina de Inglaterra e Irlanda, María I sometió la Iglesia de Inglaterra a
Roma. En 1554 contrajo matrimonio con el príncipe Felipe de España, que no intervino de forma
directa en el gobierno, aunque facilitó la colaboración entre los dos países. Inglaterra ayudó a
España en la guerra con Francia, con la victoria de San Quintín de 1557. La impopularidad de este
matrimonio motivó una insurrección, siendo reivindicada como reina Lady J. Grey, que acusada de
alta traición fue ejecutada como también su padre. La represión sirvió para perseguir a los
protestantes. Esto le supuso a María pasar a la historia como the bloody Mary.
ALEMANIA EN LA SEGUNDA MITAD DEL S. XVI
La paz de Augsburgo aportó tranquilidad a todo el territorio alemán durante el resto del siglo XVI,
con la consolidación de las fronteras políticas y religiosas. Fue también un periodo de atonía
económica. En un momento de desarrollo del comercio a escala planetaria, Alemania quedó al
margen. Los luteranos respetaron la cláusula del "reservado eclesiástico" que limitaba su
expansión, por lo que su proselitismo se redujo principalmente a los calvinistas.
En los Estados hereditarios de los Habsburgo no se cumplió el principio de un príncipe una religión.
En Bohemia y Moravia, la antigua herejía husita sobrevivía bajo la forma de las comunidades de
hermanos bohemios y moravos, que con el tiempo se asimilarán a las nuevas doctrinas.
La debilidad del poder imperial, unido al peligro turco, aconsejaron a los sucesivos emperadores
Habsburgo el entendimiento con los príncipes. En la frontera húngara, se sucedieron las guerras
hasta 1606. Fernando I (1556-1564) buscó reforzar su autoridad convirtiendo las instituciones de
sus Estados patrimoniales en organismos imperiales. Un intento de alcanzar la unidad religiosa en
sus territorios fracasó debido a que los príncipes protestantes no reconocieron las reservas
eclesiásticas. Hasta 1562 estuvo en guerra con los turcos, a los que tuvo que ceder gran parte de
Hungría. Su hijo Maximiliano II (1564-1576) les permitió el libre ejercicio de su religión. Prohibió la
publicación de los decretos de Trento, y es significativo que al momento de morir se negase a recibir
los sacramentos de la Iglesia Católica.
Su hijo Rodolfo II (1576-1612) Fue un hombre culto educado en España. Sin embargo, su gobierno
defraudó a los católicos. Los organismos imperiales apenas actuaban. Otro factor que contribuyó
al debilitamiento del poder imperial fue la división de los Estados hereditarios.
Pero la aportación jurídica más duradera dentro del proceso de modernización del
constitucionalismo medieval fue realizada por Edward Coke. Respecto a la naturaleza del common
law, entendía que sus fuentes son la costumbre y el precedente, así como las disposiciones del
parlamento. Fue él quien como diputado de los Comunes redactó la Petición de Derechos de 1628,
primera declaración oficial de los derechos de los ingleses y documento considerado uno de los
tres ejes del sistema constitucional inglés, junto a la Carta Magna y la Declaración de Derechos de
1689.
El origen de la Petición fue la negativa del Parlamento a conceder subvenciones para la intervención
de Inglaterra en la Guerra de los Treinta Años. El rey decidió entonces recaudar impuestos sin la
aprobación legal. Los preparativos para esta guerra llevaron al acantonamiento de tropas en casas
de civiles y a decretar la ley Marcial en la mayor parte del territorio.
Carlos rechazó las resoluciones y disolvió el Parlamento, pero los Comunes se reunieron el 6 de
Mayo y encargaron a un comité encabezado por Edward Coke la redacción de una petición de
derechos que fue ratificada por las dos cámaras.
EDUARDO VI (1547-1553)
Dado el carácter enfermizo de Eduardo VI, en 1543 el Parlamento reconoció a sus hermanastras
María e Isabel como herederas en caso de morir sin descendencia. Al no alcanzar la mayoría de
edad Eduardo fue coronado con nueve años y murió con quince) el gobierno de Inglaterra e Irlanda
lo asumió un consejo de regencia dirigido por su tío Edward Seymour. y tras su caída en desgracia
en 1549 y su posterior ejecución, por John Dudley. Éste Para evitar la llegada de una reina católica
consiguió que el rey excluyera en su testamento a sus dos hermanastras de la línea de sucesión,
preparando el camino para la coronación de su nuera Lady Jane Grey, bisnieta de Enrique VII.
Durante el reinado de Eduardo VI se produjeron graves problemas financieros y sociales, que en
1549 estallaron en complots y rebeliones. Las dificultades económicas obligaron a abandonar la
guerra con Escocia, iniciada con notables éxitos.
El gran interés mostrado por este rey en las cuestiones religiosas fue aprovechado por sus
mentores para implantar la doctrina protestante y el celibato clerical. En 1549 se estableció la
uniformidad de los servicios religiosos anglicanos con The Book of Common Prayer. La doctrina
oficial del protestantismo anglicano la elaboró T. Cranmer con los cuarenta y dos artículos de
religión.
Los escoceses venían demandando libertad religiosa, que el rey asegurase el respeto a la religión
presbiteriana. Invadieron el norte de Inglaterra obligando a Carlos I a reclutar un ejército que fue
derrotado. Para hacer frente a los gastos de la guerra tuvo que convocar en 1640 el parlamento,
pero lo disolvió ante las protestas de los diputados contra los abusos cometidos durante su reinado.
La crisis se institucionalizó con la creación de un comité que sublevó Londres obligando a Carlos I
a huir. La guerra civil dividió Inglaterra entre los partidarios del rey y los partidarios del Parlamento
o cabezas redondas. Formaron un ejército fanatizado dirigido por Oliver Cromwell que obtuvo la
victoria. Carlos I se refugió en Escocia, cuyo parlamento lo entregó al de Londres.
A raíz de las expropiaciones hechas a los perdedores, se extendieron con enorme rapidez voces
pidiendo la colectivización de la tierra. Constituyeron el movimiento de los levellers, igualadores o
niveladores, que defendían la abolición de la realeza, el sufragio universal y la igualdad ante la ley
y la propiedad.
Cromwell realizó una purga del parlamento largo eliminando a todos sus adversarios políticos. Este
nuevo parlamento conocido como Rump estableció la dictadura de los puritanos, el “gobierno de
los santos” con Oliver Cromwell al frente, estableciéndose un orden moral y religioso
extremadamente estricto. Tras abolir la monarquía y la cámara de los Lores, Inglaterra se convirtió
en una república parlamentaria. El rey fue juzgado por el Rump y condenado a muerte en 1649.
JACOBO I (1603-1625)
aprender: 1603, 1604 y los nombres propios)
El 24 de Marzo de 1603, Isabel I aceptó como sucesor al hijo de María Estuardo, Jacobo I (VI de
Escocia), con lo que se ponía fin a la dinastía Tudor. Fue un hombre culto, partidario del absolutismo
al estilo continental. La antipatía hacia él también tuvo origen en su política exterior favorable a
Francia y España, con la que firmó la paz en 1604.
El rey gobierno desde el Consejo Privado, dando la confianza a su favorito el duque de Buckingham.
En justicia, la cámara Estrellada (que como tribunal extraordinario era convocado por iniciativa del
rey, sobre todo para juzgar delitos políticos) extendió su acción a procesos civiles y religiosos. En
política financiera, favoreció un sistema de donaciones gratuitas y obtención de empréstitos que
evitaban acudir al parlamento. Su política religiosa consolidó el anglicanismo sin dejar de permitir
el catolicismo. El descontento de grupos católicos que habían confiado en una mayor apertura
religiosa preparó el ambiente para un tiranicidio. El Gunpowder Plot, con respaldo de algunos
jesuitas, pretendió quitar la vida al rey en las casas del parlamento aprovechando el acto de
apertura de sesiones del 5 de noviembre de 1605. Esto explica que se aprobasen leyes contrarias
a los católicos. A los puritanos ingleses se les persiguió desde una vigilancia estricta de las
predicaciones. Grupos disidentes iniciaron a partir de 1620 un movimiento de emigración hacia
Holanda y sobre todo hacia la costa Atlántica de América del norte. Se trata de los Pilgrim fathers
embarcados en 1620 en el May Flower para fundar Nueva Inglaterra.
ISABEL I
Su largo reinado coincide con el momento en que Inglaterra despegó hasta alcanzar la
consideración de potencia. Su virginidad como servicio al Estado se convirtió en todo un símbolo
en la literatura y el arte.
La reina mantuvo las instituciones políticas anteriores, utilizando el Consejo privado como
instrumento ordinario de gobierno. No existió un reparto preliminar de competencias, lo que exigía
una gran coordinación entre el soberano y los miembros del Consejo. Se potenció la figura del
secretario de Estado, ocupada por William Cecill. En cuanto al sistema superior de Justicia, la
Cámara Estrellada se completó con otras dos, una en País de Gales y otra en los Condados del
norte. En la administración local se extendió a todos los condados la figura del Lord Lugarteniente
encargado del mantenimiento del orden y del reclutamiento.
El incremento de la autoridad real se realizó a expensas del Parlamento. La Cámara de los Lores
perdió influencia política ya que los obispos anglicanos, elegidos por la reina, no contradijeron sus
decisiones, mientras los lores laicos perdieron peso económico.
La Cámara de los Comunes era elegida por sufragio censitario. Se trataba de parlamentarios
concienciados de la importancia de su tarea, que en los primeros años se mostraron satisfechos
con la política de expansión económica, pero que en la segunda parte del reinado ejercieron una
fuerte oposición por la libertad de expresión. Esta actitud anunciaba los fuertes enfrentamientos del
siglo XVII entre el parlamento y la monarquía.
La restauración del anglicanismo se hizo de forma moderada, hasta la radicalización observada en
los años 70. Una mayoría de los lores era católica, a la inversa que en la cámara de los comunes.
El cisma se ratificó con la aprobación en el parlamento, en 1559, del Acta de Supremacía. Al
rechazar la mayoría de los obispos el juramento del Acta, se pasó a crear un nuevo episcopado
bajo la dirección del arzobispo de Canterbury. Para afirmar estas ideas se creó un tribunal
eclesiástico cuyos jueces eran nombrados por la reina.
Las ejecuciones de católicos durante la primera década del reinado y la restauración del
anglicanismo llevó al papa Pío V a excomulgar a Isabel I. El levantamiento de católicos de los
condados del norte provocó una durísima persecución, identificando desde entonces la práctica del
catolicismo con la idea de traición a la patria. Con objeto de alimentar el fanatismo se deformaba la
historia de la Iglesia en Inglaterra.
La reina también persiguió al sector más radical de los puritanos, conocidos entonces como
Brownistas (de Robert Brown), protestantes de espíritu calvinista a los que no satisfacía la nueva
liturgia ni el dogma anglicano. Rechazaban toda vinculación al poder temporal, defendiendo un
sistema presbiteriano al estilo de Escocia. El problema, pues, no sólo era religioso sino también
político.
La participación de María Estuardo en un complot hizo que fuera condenada y ejecutada a los
cuarenta y cuatro años, en febrero de 1587.
La subida de los impuestos y sobre todo el anuncio, en 1648, de la retención de salarios debidos a
los consejeros de los parlamentos provinciales provocó el movimiento de la Fronda (1648-53).
Coincidió con un debilitamiento económico y una situación de malas cosechas y precios elevados.
Hubo intereses distintos, los príncipes se sentían despojados de su antiguo protagonismo y algunos
de ellos se opusieron a la Corte con las armas, los parlamentarios intentaban sustituir el gobierno
del rey por un gobierno de derecho. Se llamó a París a los diecisiete intendentes provinciales y se
derribó el gobierno centralizado, constituyéndose el reino en comunidades con un alto grado de
autonomía. Mazarino reaccionó sacando al rey fuera de París y asediando la capital hasta la paz
En 1650 se produjo la unión de las dos Frondas, con Condé al frente, consiguiendo enviar al
cardenal Mazarino al exilio. Ana de Austria, que se veía incapaz de gobernar sin él, ordenó su
regreso en 1653 tras obtener Luis XIV la emancipación al cumplir catorce años. La represión fue
llamativamente moderada, se expulsó de la corte a algunos rebeldes y se desterró a otros al
extranjero. La mayor victoria de Mazarino fue la sumisión del pueblo francés durante medio siglo,
coincidiendo con el reinado de Luis XIV.
Desde 1561 empezaron a insinuarse en los Países Bajos manifestaciones de descontento por el
incremento de los impuestos y la carestía. El calvinismo, aunque muy minoritario, había avanzado
y se defendía agresivamente. Margarita de Parma era partidaria de la conciliación, pero Felipe II se
negaba a modificar los edictos contra la herejía a la vez que mostraba la necesidad de la Inquisición.
El descontento fue aprovechado por los calvinistas. Se formó una liga de nobles que acabaría
aliándose con los calvinistas Un mes después, agosto de 1566, se desató una furia iconoclasta
contra iglesias y monasterios. Ante tal presión, la gobernadora aceptó que en adelante las
predicaciones protestantes no se vieran perturbadas.
En julio de 1570, fue anunciado el perdón que concedía Felipe II. Pero la pacificación no acalló el
descontento, que aumentó por las imposiciones fiscales para el pago de la tropa. La nueva
insurrección de Holanda y Zelanda tenía matices diferentes a la de 1567, con un contenido
claramente nacionalista y popular, que la hizo mucho más penetrante y difícil de dominar (además
de contar con el auxilio de los hugonotes franceses). El duque de Alba, buen estratega en campo
abierto, se mostró incapaz de dominar una guerra de ataques dispersos y por sorpresa.
Felipe II aconsejado por las estrecheces económicas retiró al duque de Alba mandando a Luis de
Requesens y Zúñiga para que adoptase la táctica de diálogo (1574-6). Con él se suprimió el Tribunal
de la sangre y se otorgó un “Perdón General”. Por la pacificación de Gante se aceptaba el abandono
del ejército español, que había protagonizado un sonado amotinamiento en Amberes al no cobrar
la paga, extendiéndose la fama de la “furia española”.
A la muerte de don Luis de Requesens le sucedió don Juan de Austria, hijo natural de Carlos V, que
acudía con órdenes de no alterar esta situación. Se confirmó la pacificación de Gante, obligándose
a retirar los tercios y respetar las libertades de Flandes, con condición de que el territorio
conservase la fe católica.
Con la llegada del duque Alejandro Farnesio, hijo de Margarita de Parma, la situación cambió
gracias a sus dotes diplomáticas y militares. En su política de atracción en la convención de Arrás
de 1579, se ganó el apoyo de la parte sur, más católica y señorial, a la que enfrentó con la parte
norte, burguesa y protestante. La Unión de Arrás se comprometió a respetar la Pacificación de
Gante, buscando una reconciliación con el rey de España. La respuesta calvinista, pocos días
después, fue la creación de la Unión de Utrecht.
El reinado de Enrique IV coincidió con un periodo de paz que se prolongó hasta 1618 con la Guerra
de los Treinta Años. La muerte del rey, asesinado, puso en evidencia que persistía el problema
religioso. La regencia de María de Medicis (por la minoría de Luis XII)I mantuvo la dirección política.
Existieron claras tentativas de reorganización del Estado monárquico, y durante la regencia se
convocaron por última vez los Estados Generales hasta vísperas de la Revolución francesa.
Hubo una búsqueda de paz entre las coronas católicas como lo demuestra la doble boda de Luis
XIII y la infanta española Ana de Austria, y la del futuro Felipe IV con Isabel de Borbón. La regente
no demostró toda la capacidad y el esfuerzo que se necesitaba para ejercer el poder, dejándose
influenciar por miembros de la corte.
Ante la sorpresa general, el propio Luis XIII con dieciséis años decidió tomar el poder, desterrando
a su madre y apartando de la escena política a sus colaboradores (entre otros Richelieu). Pero el
rey no gobernó de forma directa sino a partir de favoritos. La debilidad política favoreció
levantamientos armados como el de los nobles partidarios de María de Medicis. Se reanudó el
conflicto religioso. Los alzamientos militares en las provincias protestantes culminaron en la guerra
de La Rochella. La victoria del rey obligó a los protestantes a aceptar el edicto de Gracia, que
modificaba el edicto de Nantes suprimiendo todas las cláusulas militares y las ventajas políticas
(asambleas), pero manteniendo las ventajas religiosas, civiles y jurídicas.
Desde 1624 pasó a ser consejero del rey el cardenal Armand de Richelieu. A él se deben la creación
del nuevo ejército francés y una reorganizada administración provincial. Se dio la espalda a la
política de María de Medicis. En este contexto se desarrolló la “jornada de los engaños”, episodio
cortesano en el que intervino María de Médicis contra Richelieu y que puso en evidencia sus
diferencias en política, aconsejando el destierro de todos ellos.
Richelieu encarna el cambio operado en la concepción de la política francesa a partir de las teorías
de la razón de Estado. Impuso en Francia el concepto de utilidad pública para justificar los excesos
en el derecho común. El Estado pasó a ser el sustituto de la Iglesia, ya que el catolicismo había
dejado de ser un principio de unión incuestionable. La sacralización del Estado se convierte, pues,
en una necesidad para el monarca. Richelieu entiende que el Estado soberano debe estar guiado
por la razón. La razón, así comprendida se convierte en una mediación entre la soberanía del rey
y la soberanía de Dios. Por todo ello, el poder del rey sólo puede ser absoluto. La razón de Estado
para Richelieu era garantizar el bien público. Este cambio operado en la concepción de la política
coincidió con un proceso de centralización acelerado, basado en buena medida en la recaudación
de impuestos. El poder de las provincias recae por primera vez en los intendentes, para
independizar la recaudación de influencias locales. Elegidos por el Consejo del rey como sus
delegados, aseguran la aplicación de las órdenes aunque sean impopulares.
Le sucedió durante veintidós años en el gobierno de las Provincias Unidas su hermanastro Federico
Enrique (1625-47), con una gran capacidad militar en tierra y en mar. Su política exterior estuvo
afianzada en la alianza con la Francia de Richelieu para la conquista de los Países Bajos españoles.
Los avances en materia comercial coincidieron con un florecimiento del arte y la literatura
holandesa, considerándose este periodo la edad de oro de la República.
-Cada provincia tenía una asamblea que votaba las leyes, los Estados Provinciales, formados por
los diputados de la nobleza y de las ciudades, y en algunos casos representantes de los
campesinos. Un jurista hacía las funciones de secretario, siendo pensionado por los estados
provinciales, de ahí que fuera denominado “el Pensionario”. Los Estados Provinciales nombraban
al Estatuder, oficial militar encargado de velar por la ejecución de las leyes y mandar las fuerzas
militares locales.
La familia Guisa, jefe del partido católico pasó a tener un enorme poder en el reino. Sus rivales más
importantes procedieron de la familia de los Montmorency, emparentados con la casa Real y a su
servicio como condestables.
Carlos IX sucedió en el trono con diez años. Hasta su mayoría de edad ejerció la regencia durante
diez años su madre Catalina de Médicis. Con el propósito de conciliar las diferencias religiosas se
autorizó en 1561 la celebración en Poissy de un coloquio entre prelados católicos y una docena de
ministros reformados, pero sin éxito. Tras la muerte de treinta protestantes en noviembre de 1561,
un edicto publicado en enero de 1562 autorizaba las asambleas calvinistas en los suburbios de las
ciudades.el I duque de Guisa dispersó en el mes de marzo una asamblea reunida en Vassy
provocando la muerte de veintitrés congregados, dando inicio a las guerras de religión.
Se sucedieron ocho guerras en la segunda mitad del siglo, con el apoyo de España a los Guisa y
de Inglaterra a los Hugonotes. La paz de Saint Germain de 1570 puso fin a la tercera guerra,
concediendo libertad a los hugonotes para practicar su culto, menos en París. En esta situación de
relativa paz es cuando se produjo la matanza de la noche de San Bartolomé, del 23 al 24 de agosto
de 1572, que dio inicio a la cuarta guerra de religión.
el inestable y neurótico Carlos IX decidió gobernar por sí mismo mientras Catalina de Médicis tuvo
que apartarse del poder. El rey inició una política de aproximación a los hugonotes conforme a los
consejos de Coligny, alejándose de España y acercándose a Inglaterra y a los sublevados de los
Países Bajos. El símbolo de esa política fue el matrimonio de la hermana del rey Margarita de Valois
con Enrique de Navarra, importante jefe protestante. Catalina de Médicis y los Guisa, viendo el
peligro de esta política, convencieron al rey de que existía un complot protestante. Carlos IX ordenó
ejecutar un cierto número de hugonotes aprovechando la presencia en París de los jefes
reformados que habían ido para asistir a la boda. Enrique de Navarra salvó la vida al convertirse
fingidamente al catolicismo. Los supervivientes de aquella matanza se concentraron en la plaza
fuerte de la Rochela, creando en el sur una organización militar propia.
Tras la muerte de Carlos IX sin herederos en mayo de 1574, fue coronado rey su hermano Enrique
III. Los diez primeros años del reinado abundaron los complots, guerras, y constantes querellas con
su hermano menor, el duque de Anjou y su hermana Margarita. Sin herederos de su matrimonio la
casa Valois quedó amenazada de extinción. Felipe II propuso como sucesora a su hija Isabel Clara
Eugenia de Valois, hija de Isabel de Valois hermana del rey de Francia. El otro candidato era Enrique
de Borbón, rey de Navarra, pero con el inconveniente de ser hereje y relapso. En esta confusa
situación se produjo la lucha por la sucesión conocida como la guerra de los tres Enriques.
Las concesiones del rey a los hugonotes disgustaron a la familia Guisa, que a pesar de sus escasos
derechos abrigaban el propósito de alcanzar el trono. Con el apoyo de Felipe II, la Liga católica
dirigida por el duque Enrique de Guisa exigió la convocatoria de Estados Generales y expulsó al
rey de París. Enrique III se vio presionado a continuar la guerra con los protestantes. Acusado de
tirano y traidor por los católicos, Enrique III fue apuñalado en agosto de 1589 por el dominico
Jacques Clément. Antes de morir reconoció como futuro rey a Enrique de Borbón, al que exhortó a
convertirse al catolicismo, lo que tuvo lugar en 1593: “París bien vale una misa”. Sin el obstáculo
religioso concluyó la guerra.
A pesar de la aprobación del edicto de Nantes en 1598, que permitía el calvinismo en Francia, el
papa Clemente VIII concedió la absolución al nuevo rey; la intención era evitar que Francia cayera
en el protestantismo. A los hugonotes se les garantizaba la libertad de conciencia, libertad de culto
excepto en París y sus alrededores, igualdad política y derecho al sostenimiento de más de cien
plazas fuertes durante ocho años en nombre del rey. Esto supuso la constitución del protestantismo
como un cuerpo político, un Estado dentro del Estado. El rey solicitó la anulación de su matrimonio
con Margarita de Valois y casó con María de Médicis con la que tuvo seis hijos.