El monstruo subatómico Isaac Asimov
Capítulo 2
E Pluribus Unum
Mi querida esposa, Janet, es una auténtica escritora, que ya había vendido bastante antes
de conocerme. En la actualidad, ha publicado dos novelas (The Second Experiment y The
Last Immortal), bajo su nombre de soltera, J. O. Jeppson, y ha colaborado conmigo en la
antología de ciencia ficción humorística (incluyendo versos y chistes) titulada “Laughing
Space”. Los tres libros han sido publicados por Houghton Miffin. Además, Doubleday ha
publicado un libro de sus relatos cortos.
Y lo que es mejor aún, ha publicado un alegre libro de ciencia ficción juvenil que lleva el
título de “Norby, the Mixed-up Robot” (Walker, 1983), en colaboración conmigo, y la autoría
incluso reconoce nuestro matrimonio. El nombre de los autores es el de «Janet e Isaac
Asimov». Es el primero de una serie, y el segundo, “Norby's Other Secret”, se editó en
1984. Es agradable vernos unidos así, en letras de molde.
En realidad, la unificación es muy agradable en numerosos campos. Los norteamericanos
están sin duda contentos que trece Estados independientes decidieran unirse en un solo
Gobierno federal. Esto es lo que ha hecho de “E pluribus unum” (en latín, «De muchos,
uno») una frase tan asociada con los Estados Unidos. Y a los científicos les gusta también la
unidad, y les complace mostrar que sucesos que pueden parecer totalmente distintos son,
en realidad, aspectos diferentes de un solo fenómeno.
Empecemos con la «acción a distancia».
Normalmente, si se quiere conseguir alguna acción como impartir movimiento a un objeto
que está en reposo, debe establecerse un contacto físico con el mismo, directa o
indirectamente. Se le puede golpear con la mano o con el pie, o con un palo o una maza que
se sostenga. Se puede sujetarlo en la mano mientras uno hace que la mano se mueva, y
luego soltarlo. Se puede arrojar un objeto de esta manera y hacerlo chocar contra un
segundo objeto, al que de este modo imparte movimiento. En realidad, es posible mover un
objeto y lograr que ese movimiento se transmita, poco a poco, a numerosos objetos (como
al caer una hilera de fichas de dominó). Se puede también soplar, consiguiendo que el aire
se mueva y, gracias a su impacto, que se desplace otra cosa.
Sin embargo, ¿podría conseguirse que un objeto distante se moviera sin tocarlo, y sin
permitir que algo que usted haya tocado previamente lo toque? En ese caso, tendríamos una
acción a distancia.
Por ejemplo, supongamos que usted sostiene una bola de billar a la altura de los ojos sobre
el suelo. Usted la sujeta bien para que esté perfectamente inmóvil y luego, de repente, la
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suelta. Usted la ha estado tocando, ciertamente, pero al soltarla ha dejado de tocarla. Sólo
después de dejar de tocarla cae al suelo. Ha sido movida sin que hubiera ningún contacto
físico.
La Tierra atrae la bola, y a esto le llamamos «gravitación». La gravitación parece ser un
ejemplo de acción a distancia.
O pensemos en la Luz. Si sale el Sol, o se enciende una lámpara, una habitación queda
iluminada al instante. El sol o la lámpara originan la iluminación sin que nada material
parezca intervenir en el proceso. Y esto también parece una acción a distancia. Digamos de
paso que la sensación de calor que producen el Sol o la lámpara puede sentirse a cierta
distancia. Y éste es otro ejemplo.
También se cree que hacia el año 600 a. de C., el filósofo griego Tales (624-546 a. de C.)
estudió, por primera vez, una piedra negra que poseía la capacidad de atraer objetos de
hierro a distancia. Dado que la piedra en cuestión procedía de los alrededores de la ciudad
griega de Magnesia, en la costa de Asia Menor, Tales la llamó “ho magnetes lithos” («la
piedra magnésica») y el efecto se ha llamado desde entonces «magnetismo».
Tales descubrió asimismo que si se frota una varilla de ámbar, ésta puede atraer objetos
ligeros a distancia. La varilla de ámbar atrae objetos que no se ven afectados por un imán,
por lo que constituye un fenómeno diferente. Dado que la voz griega para ámbar es
elektron, el efecto ha sido denominado desde entonces «electricidad». El magnetismo y la
electricidad parecen representar, también, acciones a distancia.
Finalmente, tenemos el sonido y el olor. Si una campana suena a distancia, usted la oye
aunque no exista contacto físico entre la campana y usted. O coloque un bistec encima de
una llama y lo olerá a distancia.
Tenemos, pues, siete de estos fenómenos: gravitación, luz, calor, magnetismo, electricidad,
sonido y olor.
En realidad, los científicos se sienten incómodos con la noción de acción a distancia. Existen
tantos ejemplos de efectos que sólo pueden producirse con alguna clase de contacto, que los
pocos ejemplos que parecen omitir el contacto suenan a falsos. Tal vez haya contacto, pero
de una forma tan sutil que no lo notamos.
El olor es el fenómeno de este tipo más fácil de explicar. El filete encima del fuego
chisporrotea y humea. Resulta obvio que se sueltan pequeñas partículas y flotan en el aire.
Cuando alcanzan la nariz de alguien, entran en acción con sus membranas y son
interpretadas como olor. Con el tiempo, esto se vio confirmado por entero. El olor es un
fenómeno que implica contacto, y no es una acción a distancia.
En cuanto al sonido, el filósofo griego Aristóteles (384-322 a. de C.), hacia el año 350 a. de
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C., tras haber observado que los objetos que emitían sonidos vibraban, sugirió que las
vibraciones golpean el aire que está inmediatamente a su alrededor y lo hacen vibrar; este
aire hace vibrar el aire que le rodea y así sucesivamente, como una serie de invisibles fichas
de dominó. Al final, la vibración progresiva alcanza el oído y lo hace vibrar, y así oímos el
sonido.
En esto, como en realidad sucedió, Aristóteles estaba perfectamente en lo cierto: pero
¿cómo podía probarse su sugerencia? Si el sonido es conducido por el aire, no debería
transmitirse en el caso que no hubiera ya aire. Si una campana suena en el vacío, no
debería emitir ningún sonido. El problema era que ni Aristóteles ni nadie más de su tiempo,
ni durante casi dos mil años después, pudo producir el vacío y probar el asunto.
En 1644, el físico italiano Evangelista Torricelli (1608-1647) puso un largo tubo lleno de
mercurio en posición vertical en un plato con mercurio, y vio que se derramaba un poco del
mismo. El peso de la atmósfera de la Tierra sólo sostenía 76 cm de mercurio. Cuando el
mercurio se derramó, dejó detrás, entre el nivel sumergido y el extremo cerrado del tubo,
un espacio que no contenía nada, ni siquiera aire; por lo menos, nada excepto algunas
pequeñas trazas de vapor de mercurio. De esta forma, los seres humanos consiguieron el
primer vacío decente, pero se trataba de uno muy pequeño, cerrado y no demasiado útil
para la experimentación.
Unos años más tarde, en 1650, el físico Otto von Guericke (1602-1686) inventó un artilugio
mecánico que, poco a poco, succionaba al exterior el aire de un contenedor. Esto le p ermitió
conseguir un vacío a voluntad. Por primera vez, los físicos fueron capaces de experimentar
con vacíos.
En 1657, el físico irlandés Robert Boyle (1627-1691) oyó hablar de la bomba de aire de von
Guericke, y consiguió que su ayudante, Robert Hooke (1635-1703), ideara una mejor. En
poco tiempo demostró que una campana que se hacía sonar dentro de un contenedor de
cristal en el que se había hecho el vacío, no emitía ningún sonido. En cuanto se permitía que
el aire entrara en el recipiente, la campana sonaba. Aristóteles tenía razón, y el sonido, al
igual que el olor, no representaba una acción a distancia.
(No obstante, tres siglos y cuarto después, los que hacen películas aún permiten a las naves
espaciales avanzar a través del espacio con un zumbido y estallar con estrépito. Supongo
que, o bien los que hacen películas son ignorantes, o, más probablemente, dan por supuesto
que el público lo es y creen que tienen un derecho divino para proteger y preservar esa
ignorancia.)
La cuestión es, por lo tanto qué fenómenos se harán sentir por sí mismos a través de un
vacío. El hecho que la presión del aire sólo sostenga una columna de mercurio de 76 cm de
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altura significa que el aire únicamente puede extenderse unos cuantos kilómetros por
encima de la superficie de la Tierra. A partir de una altura de unos 16 kilómetros, sólo
quedan unas relativamente delgadas volutas de aire. Esto significa que el espacio de
150.000.000 de kilómetros que hay entre el Sol y la Tierra no es virtualmente, más que,
vacío, y sin embargo sentimos el calor del Sol y vemos su luz, mientras que la Tierra
responde a la atracción gravitatoria del Sol dando vueltas indefinidamente a su alrededor. Y
lo que es más, resultó tan fácil demostrar que un imán o un objeto electrificado ejercía sus
efectos a través de un vacío como el demostrar que una campana que sonaba no lo hacía.
Esto nos deja cinco fenómenos que representan acción a distancia: luz, calor, gravitación,
magnetismo y electricidad.
No obstante, los científicos, todavía no estaban ansiosos por aceptar la acción a distancia. El
científico inglés Isaac Newton (1642-1727) sugirió que la luz consistía en una pulverización
de partículas muy finas que se movían rígidamente en líneas rectas. La fuente luminosa
emitiría las partículas y los ojos las absorberían, en medio, la luz podría ser reflejada por
algo y los ojos verían ese algo por la luz reflejada. Dado que las partículas tocaban el objeto
y luego el ojo, no era una acción a distancia, sino una acción por contacto.
Esta teoría de las partículas de luz explicaba varias cosas, como el hecho que los objetos
opacos arrojen sombras bien definidas. Sin embargo, dejaba algunos interrogantes. ¿Por
qué, la luz que pasaba a través de un prisma se descomponía en un arco iris de colores?
¿Por qué las partículas de luz roja se refractaban menos que las de la luz violeta? Había
explicaciones para ello pero no eran del todo convincentes.
En 1803, el científico inglés Thomas Young (1773-1829) llevó a cabo unos experimentos que
mostraban que la luz estaba formada por ondas (véase «X» representa lo desconocido, del
mismo autor). Las ondas tenían longitudes muy diferentes; las de la luz roja eran el doble
de largas que las de la luz violeta, y la diferencia en la refracción se explicaba con facilidad
de este modo. La razón para las sombras bien definidas (las olas del mar y las ondas del
sonido no las arrojan) radica en que las longitudes de onda de la luz son muy pequeñas.
Incluso así, las sombras no están en realidad, perfectamente definidas. Existe una pequeña
borrosidad («difracción») y esto pudo demostrarse.
Las ondas de la luz hicieron volver a los físicos a la acción a distancia con una venganza. Se
podía afirmar que las ondas viajaban a través de un vacío... ¿pero cómo? Las ondas del
agua se propagan a través del movimiento de las moléculas del agua superficial en ángulos
rectos respecto a la dirección de propagación (ondas transversales). Las ondas sonoras se
propagan gracias al movimiento de las partículas de aire hacia detrás y hacia delante, en la
dirección de propagación (ondas longitudinales). Pero cuando las ondas de la luz viajan por
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el vacío, no existe material de ninguna clase que se mueva hacia arriba y hacia abajo, hacia
atrás o hacia delante. En ese caso, ¿cómo tiene lugar la propagación?
La única conclusión a la que pudieron llegar los científicos fue que un vacío no podía no
contener nada; que contenía algo que subía y bajaba (se descubrió que las ondas de la luz
eran transversales, al igual que las ondas del agua). Por lo tanto, postularon la existencia
del «éter», una palabra pedida prestada a Aristóteles. Se trataba de una sustancia tan fina y
sutil que no se podía detectar con los toscos métodos de la ciencia, sólo podía inferirse del
comportamiento de la luz. Permeabilizaba todo el espaci o y la materia, reduciendo lo que
parecía acción a distancia a una acción por contacto: por contacto etéreo.
(Finalmente se descubrió que el éter era un concepto innecesario, pero ésta es otra historia.
Por cuestión de comodidad, hablaré provisionalmente de los diversos efectos que se dejan
sentir a través de un vacío como «fenómenos etéreos».)
Existen, pues, los cinco fenómenos etéreos que he mencionado anteriormente, pero, ¿no
podría haber más que llegasen a descubrirse, como la electricidad y el magneti smo habían
sido descubiertos por Tales? O, a la inversa, ¿no podrían ser menos? ¿Podrían existir
fenómenos etéreos que, aun pareciendo realmente distintos, demostrasen ser idénticos al
contemplarlos de una forma más fundamental?
Por ejemplo, en 1800 el astrónomo germano británico William Herschel (1738-1822)
descubrió la radiación infrarroja: la radiación más allá del extremo rojo del espectro. Los
infrarrojos afectaban tan fuertemente a un termómetro que, al principio, Herschel pensó que
esa región invisible del espectro consistía en «rayos de calor».
Sin embargo, no pasó mucho antes que la teoría de las ondas de la luz quedase establecida,
y se comprendió que existía una extensión de la longitud de onda mucho más amplia que la
que el ojo humano estaba equipado para percibir.
Asimismo comenzó a comprenderse mejor el calor. Podía transmitirse por conducción a
través de la materia sólida, o por convección en corrientes de líquido o gas en movimiento.
Esto es una acción por medio de átomos o moléculas en contacto. Cuando el calor se deja
sentir a través de un vacío, no obstante, con lo cual constituye un fenómeno etéreo, lo hace
por la radiación de ondas de luz, particularmente en el infrarrojo. Estas radiaciones no son
en sí mismas calor pero son únicamente percibidas como tales cuando son absorbidas por la
materia, y la energía así absorbida, hace que los átomos y moléculas de esa materia se
muevan o vibren con mayor rapidez.
Por lo tanto, podemos ampliar el concepto de luz para que signifique todo el espectro de
ondas parecidas a la luz, puedan o no ser percibidas por el ojo, y de este modo cabe incluir
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también el calor en su aspecto de radiaciones. La lista de los fenómenos etéreos se reduce,
pues, a cuatro: luz, gravitación, magnetismo y electricidad.
¿Existe alguna posibilidad de reducir aún más esta lista? Todos los fenómenos etéreos son
similares en que cada uno de ellos tiene su origen en alguna fuente e irradia hacia delante
en todas direcciones por igual. Además, la intensidad del fenómeno disminuye, en cada
caso, con el cuadrado de la distancia desde el origen.
Si uno se encuentra a una distancia dada de una fuente de luz y mide su intensidad (la
cantidad de luz que alcanza una unidad de área), y luego se separa hasta que la distancia es
de 2,512 veces la distancia original, la nueva intensidad es 1/ 2,512, o 1/ 6,31 de lo que era
la distancia original. Esta regla de «la inversa del cuadrado» puede también demostrar ser
cierta en la intensidad de la gravitación, la electricidad y el magnetismo.
Pero esto tal vez no sea tan significativo como parece. Podríamos visualizar cada uno de
estos fenómenos como una radiación moviéndose hacia delante con cierta velocidad fija en
todos las direcciones por igual. Después de cualquier lapso concreto, el borde delantero de
la ola en expansión ocupa todos los puntos en el espacio que están a una distancia concreta
de la fuente. Si se conectan todos esos puntos, se hallará que se ha señalado la superficie
de una esfera. La superficie de una esfera aumenta con el cuadrado d e su radio, es decir,
con el cuadrado de su distancia desde el punto central. Si una cantidad fija de luz (o
cualquier fenómeno etéreo) se esparce por la superficie de una esfera en expansión,
entonces cada vez que la superficie duplique el área, la cantidad de luz disponible por unidad
de área en esa superficie se reducirá a la mitad. Puesto que el área superficial aumenta con
el cuadrado de la distancia desde la fuente, la intensidad de luz (o cualquier fenómeno
etéreo) disminuye con el cuadrado de la distancia desde la fuente.
Esto significa que los diversos fenómenos pueden ser, básicamente, diferentes en
propiedades y, sin embargo, parecerse unos a otros al seguir la ley de la inversa del
cuadrado. Pero ¿son los diversos fenómenos etéreos básicamente diferentes?
Ciertamente así lo parecen. Gravitación, electricidad y magnetismo, todos se hacen
evidentes como una atracción. Esto los diferencia a los tres de la luz, que no parece estar
relacionada con la atracción.
En el caso de la gravitación, la atracción es el único efecto que puede observarse. Sin
embargo, en la electricidad y el magnetismo existe una repulsión al igual que una atracción.
Las cargas eléctricas se repelen mutuamente, y lo mismo sucede con los polos magnéticos.
No obstante, electricidad y magnetismo no son tampoco idénticos, dado que el primero
parece capaz de atraer toda clase de materia, mientras que la atracción magnética parece,
en gran medida, limitarse sólo al hierro.
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Así, en los años 1780, el físico francés Charles Augustin de Coulomb (1736-1806), que ya
había mostrado que tanto electricidad como magnetismo seguían la ley de la inversa del
cuadrado, argumentó de forma convincente que ambos podrían ser similares en esto, pero
que eran fundamentalmente diferentes en lo esencial. Esto se convirtió en la opinión
ortodoxa.
Pero incluso mientras Coulomb estaba planteando su ortodoxia, se estaba produciendo una
revolución en el estudio de la electricidad.
Hasta entonces se había estado estudiando la «electrostática», la carga eléctrica más o
menos inmóvil en el cristal, el azufre, el ámbar y en otros materiales que hoy se conocen
como no conductores. Se observaron efectos característicos cuando el contenido eléctrico de
tales objetos se descargaba y se hacía pasar toda la carga o a través de una brecha de aire,
por ejemplo, para producir una chispa y un crujido, o en un cuerpo humano para producir un
choque eléctrico mucho más desagradable.
En 1791, el físico italiano Luigi Galvani (1737-1798) descubrió que los efectos eléctricos
podían producirse cuando dos metales diferentes entraban en contacto. En 1800 este asunto
fue llevado más allá por el físico italiano Alessandro Volta (1745-1827), que utilizó una serie
(o «batería») de contactos de dos metales para producir un flujo continuo de electricidad. En
un abrir y cerrar de ojos, todos los físicos de Europa se pusieron a estudiar
«electrodinámica».
Sin embargo, este descubrimiento hizo que la electricidad y el magnetismo parecieran más
diferentes que nunca. Era fácil producir una corriente de cargas eléctricas móviles, pero
ningún fenómeno análogo se observaba con los polos magnéticos.
Un físico danés, Hans Christian Oersted (1777-1851), vio las cosas de modo diferente.
Adoptado el punto de vista minoritario, mantuvo que existía una conexión entre electricidad
y magnetismo. Una corriente eléctrica a través de un cable desarrollaba calor; si el cable era
delgado, incluso desarrollaba luz. ¿No podía ser, argumentó Oersted en 1813, que si el cable
fuese aún más delgado, la electricidad obligada a pasar a través de él produjese efectos
magnéticos?
Sin embargo, Oersted pasaba tanto tiempo enseñando en la Universidad de Copenhague,
que le quedaba muy poco para experimentar, y en todo caso tampoco estaba
particularmente dotado para la experimentación.
No obstante, en la primavera de 1820, se encontraba dando una conferencia sobre
electricidad y magnetismo ante un auditorio general, y había un experimento que deseaba
realizar pero que no había tenido tiempo de comprobar antes de la conferencia. Siguiendo
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un impulso, lo intentó en el transcurso de ésta. Colocó un cable delgado de platino encima
de una brújula magnética, haciéndolo correr paralelo a la dirección norte-sur de la aguja, y
luego hizo fluir una corriente a través del cable. Ante el asombro de Oersted (puesto que no
se trataba precisamente del efecto que esperaba), la aguja de la brújula se movió cuando se
conectó la corriente. No fue una gran sacudida, y el público, al parecer, permaneció
impasible, pero después de la conferencia, Oersted volvió a experimentar.
Descubrió que, cuando se hacía pasar corriente por el cable en una dirección, la aguja de la
brújula giraba en el sentido de las manecillas del reloj; cuando la corriente fluía en la otra
dirección, lo hacía en sentido contrario a las manecillas del reloj. El 21 de julio de 1820
publicó su descubrimiento, y luego dejó correr el asunto. Pero ya había hecho lo suficiente.
Había establecido alguna clase de conexión entre electricidad y magnetismo, y los físicos se
precipitaron a investigar más el asunto, con una avidez que no se volvió a ver hasta el
descubrimiento de la fisión del uranio, más de un siglo después.
Al cabo de pocos días, el físico francés Dominique F. J. Arago (1786-1853) mostró que un
cable que llevase una corriente eléctrica atraía no sólo agujas magnetizadas, sino también a
las limaduras de hierro ordinarias no magnetizadas, igual que lo haría un auténtico imán. Se
trataba de un efecto magnético, absolutamente indistinguible del de los imanes corrientes,
originado en la corriente eléctrica.
Antes que acabase el año, otro físico francés, André Marie Ampère (1775-1836), mostró que
dos cables paralelos que estuviesen unidos a dos baterías separadas, de tal modo que la
corriente fluyese a través de cada una en la misma dirección, se atraían mutuamente. Si la
corriente fluía en direcciones opuestas, se repelían uno a otro. En otras palabras, las
corrientes podían actuar como polos magnéticos.
Ampere enrolló un hilo en forma de solenoide, o hélice (como un muelle de colchón) y
descubrió que la corriente al fluir en la misma dirección en cada vuelta, producía un
refuerzo. El efecto magnético era más fuerte que si se hubiese producido en un hilo recto, y
el solenoide actuaba exactamente igual que un imán de barra, con un polo norte y un polo
sur.
En 1823, un experimentador inglés, William Sturgeon (1783-1850), colocó dieciocho vueltas
de cobre simple en torno de una barra de hierro en forma de U, sin permitir que, en
realidad, el hierro tocase la barra. Esto concentraba el efecto magnético aún más, hasta el
punto que consiguió un «electroimán». Con la corriente dada, el electroimán de Sturgeon
podía alzar veinte veces su propio peso en hierro. Con la corriente desconectada, ya no era
un imán y no podía levantar nada.
En 1829, el físico estadounidense Joseph Henry (1797-1878) empleó cable aislado y enrolló
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innumerables vueltas en torno de una barra de hierro para producir un electroimán aún más
potente. Hacia 1831, había conseguido un electroimán de no gran tamaño que podía
levantar más de una tonelada de hierro.
Entonces se planteó la pregunta: dado que la electricidad produce magnetismo, ¿puede el
magnetismo producir también electricidad?
El científico inglés Michael Faraday (1791-1867) demostró que la respuesta era afirmativa.
En 1831 colocó un imán de barra dentro de un solenoide de cable en el que no había
conectada ninguna batería. Cuando metió el imán, se produjo una descarga de corriente
eléctrica en una dirección (esto se observó con facilidad con un galvanómetro, que había
sido inventado en 1820, empleando el descubrimiento de Oersted que una corriente eléctrica
haría mover una aguja magnetizada). Cuando retiró el imán, se produjo una descarga de
electricidad en la dirección opuesta.
Entonces Faraday siguió con la construcción de un mecanismo en el que se hacía girar
continuamente un disco de cobre entre los polos de un imán. Se estableció así una corriente
continua en el cobre, y ésta podía extraerse. Esto constituyó el primer generador eléctrico.
Henry invirtió las cosas haciendo que una corriente eléctrica hiciese girar una rueda, y esto
fue el primer motor eléctrico.
Faraday y Henry, conjuntamente, iniciaron la era de la electricidad, y todo ello derivó de la
observación inicial de Oersted.
Era ahora cierto que la electricidad y el magnetismo constituían fenómenos íntimamente
relacionados, que la electricidad producía magnetismo y viceversa. El interrogante era si
podían existir también por separado; si había condiciones en las que la electricidad no
produjese magnetismo, y viceversa.
En 1864, el matemático escocés James Clerk Maxwell imaginó una serie de cuatro
ecuaciones relativamente simples, que ya hemos mencionado en el capítulo 1. Describían la
naturaleza de las interrelaciones de la electricidad y el magnetismo. Se hizo evidente pronto
que las ecuaciones de Maxwell se cumplían en todas las condiciones y que explicaban la
conducta electromagnética. Incluso la revolución de la relatividad introducida por Albert
Einstein (1879-1955) en las primeras décadas del siglo XX, una revolución que modificó las
leyes de Newton del movimiento y de la gravitación universal, dejó intactas las ecuaciones
de Maxwell.
Si las ecuaciones de Maxwell eran válidas ni los efectos eléctricos ni los magnéticos podían
existir aislados. Los dos estaban siempre presentes juntos, y sólo existía electromagnetismo,
en el que los componentes eléctricos y magnéticos eran dirigidos en ángulos rectos uno a
otro.
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Además, al considerar las implicaciones de sus ecuaciones, Maxwell descubrió que un campo
eléctrico cambiante tenía que inducir un campo magnético cambiante, que, a su vez, tenía
que inducir un campo eléctrico cambiante, y así sucesivamente. Por así decirlo, ambos
saltaban por encima, por lo que el campo progresaba hacia afuera en todas direcciones en
forma de una onda transversal que se movía a una velocidad de 300.000 kilómetros por
segundo. Esto era la «radiación electromagnética». Pero la luz es una onda transversal que
se mueve a una velocidad de 300.000 kilómetros por segundo, y la conclusión irresistible fue
que la luz en todas las longitudes de onda, desde los rayos gamma hasta las ondas radio,
era una radiación electromagnética. El conjunto formaba un espectro electromagnético.
Luz, electricidad y magnetismo se mezclaban en un solo fenómeno descrito por una sola
serie de relaciones matemáticas: e pluribus unum. Ahora sólo quedaban dos formas de
acción a distancia: gravitación y electromagnetismo. Al desaparecer el concepto del éter,
hablamos de «campos»; de un «campo gravitatorio» y de un «campo electromagnético»,
consistiendo cada uno de ellos en una fuente y una radiación que se expande
indefinidamente desde esta fuente, moviéndose hacia afuera a la velocidad de la luz.
Habiendo reducido los cinco a dos, ¿no deberíamos buscar alguna serie de relaciones
matemáticas aún más general que se refiera a un solo «campo electro-magneto-
gravitatorio», con la gravitación y el electromagnetismo meramente como dos aspectos del
mismo fenómeno?
Einstein trató durante treinta años de elaborar semejante «teoría del campo unificado», y
fracasó. Mientras lo intentaba, se descubrieron dos nuevos campos, disminuyendo cada uno
en intensidad con la distancia con tanta rapidez, que mostraban su efecto sólo a distancias
comparables al diámetro de un núcleo atómico o menos (de ahí que se descubrieran tan
tarde). Se trata del «campo nuclear fuerte» y del «campo nuclear débil»
En los años 1970 el físico estadounidense Steven Weinberg (n. 1933) y el físico paquistano
británico Abdus Salam (n. 1926), independientemente elaboraron un tratamiento
matemático que mostraba que los campos electromagnéticos y nucleares débiles eran
aspectos diferentes de un único campo, y probablemente puede lograrse también que este
nuevo tratamiento incluya el campo nuclear fuerte. Sin embargo, hasta hoy la gravitación
sigue estando tozudamente fuera de la puerta, tan recalcitrante como siempre.
Así pues, lo que cuenta es que ahora existen dos grandes descripciones del mundo: la teoría
de la relatividad, que trata de la gravedad y el macrocosmos, y la teoría cuántica, que trata
del campo electromagnético débil fuerte y el microcosmos.
Aún no se ha encontrado la manera de combinar los dos, es decir ninguna manera de
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«cuantificar» la gravitación. No creo que exista ningún modo más seguro de conseguir un
premio Nobel dentro de un año que el de realizar esta tarea.
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