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Historia Moral y Natural de Las Indias Tomo I

Este documento es el primer capítulo de la obra 'Historia Natural y Moral de las Indias' escrita por el jesuita José de Acosta a finales del siglo XVI. La obra describe aspectos naturales y culturales de América y fue pionera en la recopilación de conocimientos sobre el Nuevo Mundo.

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Historia Moral y Natural de Las Indias Tomo I

Este documento es el primer capítulo de la obra 'Historia Natural y Moral de las Indias' escrita por el jesuita José de Acosta a finales del siglo XVI. La obra describe aspectos naturales y culturales de América y fue pionera en la recopilación de conocimientos sobre el Nuevo Mundo.

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1

JOSEPH
ACOSTWHKTO-
MÁMTVRALY MO-
RALl LAS INDIAS
PVBUCADA EN SEV1-
IJLA.M0HI59O

AHORA FIELMEN-
TE R E I M P R E S A ^
MADRID 1894
HISTORIA NATURAL Y MORAL DE LAS INDIAS
HISTORIA
NATURAL Y MORAL

DE L A S INDIAS
ESCRITA POR E L P. J O S E P H DE AGOSTA,

DE L A COMPAÑÍA DE JESÚS

Publicada en Sevilla en i^go.

y ahora lielmente reimpresa de la p r i m e r a e d i c i ó n .

TOMO PRIMERO

MADRID
1894
R a m ó n Anglés, impreror.—Reina, 43.—Madrid.
HISTORIA
NATURAL
Y

MORAL DE L A S
INDIAS
EN QUÉ SE T R A T A N L A S COSAS

notables del Cielo, elementos, metales, plantas y ani-


males dellas; y los ritos y ceremonias, leyes
y govierno y guerras de los indios.
COMPUESTA POR E L P A D R E JOSEPH DE AGOSTA,

R e l i g i o s o de la C o m p a ñ í a de J e s ú s .

DIUIGIDA Á LA SEREN1SSIMA

INFANTA DOÑA ISABEE CLARA EUGENIA DE AUSTRIA

CON PRIVILEGIO
/mpreso en Sevilla en Casa de Juan de León.
AÑO D E M . D . X C .
«El fundamento de lo que hoy llamamos física
-del globo, prescindiendo de las consideraciones
matemáticas, se halla en la HISTORIA NATURAL Y
MORAL DE LAS INDIAS, del jesuíta José Acosta, y
asimismo en la obra que publicó Gonzalo Fernán-
dez de Oviedo veinte años después de la muerte
de Colón. Desde la fundación de las sociedades,
en ninguna otra época se habia ensanchado repen-
tinamente y de un modo tan maravilloso el círcu-
lo de las ideas en lo que toca al mundo exterior y
á las relaciones del espacio.»
(Cosmos. P a r í s , 1817 á 59. T o m o 11,
Pág- ai5>-

«La demarcación de las líneas magnéticas, cuyo


descubrimiento se atribuye á Gassendo, era un se-
creto todavía para el mismo Gilbert, mientras que,
Acosta instruido por marinos portugueses, habia
ya reconocido en toda la superficie de la tierra
cuatro líneas sin declinación. De estas cuatro lí-
neas dedujo Halley la teoría de los cuatro polos
magnéticos.»
(Cosmos. T o m o I I , p á g . 341.)

Estas son palabras del sabio ALEJANDRO DE HCJAIBODLT


•cuya opinión y autoridad hacen innecesarios cuantos
elogios pudiésemos tributar al autor del presente libro.
José Acosta pertenece á la gloriosa raza española del
siglo x v i que tanto hizo por el progreso humano y
cuyos trabajos han ido cayendo en olvido porque n i sus-
compatriotas supieron rendir justo tributo á su memo-
ria, ni todos los extranjeros han sido tan imparciales y
honradamente sinceros como Humboldt.
L a biografía de Acosta puede, desgraciadamente, re-
ducirse á muy pocas líneas. Nació en Medina del Campo,,
antiguo reino de L e ó n , en 1539, ingresó á los catorce-
años en la Compañía de Jesús, explicando teología en
O c a ñ a , y en 1571 marchó á América como segundo
provincial del P e r ú . A este viaje se debe el presente-
libro. Volvió á España en 1587, fué nombrado rector
del colegio de Valladolid, del de Salamanca y visitador-
de Aragón y Andalucía. E n 1592 fué á Roma para asis-
tir, con derecho á votar, á la quinta congregación gene-
ral de su orden celebrada en tiempo de Clemente VIII,
siendo general el P . Claudio Aquaviva. E n Italia per-
maneció dos años, y vuelto á la Patria m u r i ó , á los se-
senta de edad, siendo rector de Salamanca.
Felipe II le h o n r ó sobre manera, deleitándose en oirle
contar sus viajes, aventuras, observaciones y trabajos-
Escribió en latín varias obras: de ellas hacen m e n c i ó n
don Nicolás Antonio, la Biblioteca Jesuítica de los pa-
dres Alegambe, Ribadeneira y Sotuello, Barnabita, el
P . Jouvenci y las Memorias del P . Nicerón.
Feijóo dice en su discurso xiv intitulado Glorias de-
España: «Inglaterra y Francia ya por la aplicación de
sus academias, ya por la curiosidad de sus viajeros, han
hecho de algún tiempo á esta parte no leves progresos
en la historia natural de la América; pero no nos mos-
trarán obra alguna, trabajo de un hombre solo, que sea
comparable á la Historia Natural de la América, com-
puesta por el Padre Joseph de Acosta, y celebrada por
m

ios eruditos de todas las naciones. H e dicho trabajo de


un hombre solo, porque en esta materia hay algunas
colecciones que abultan mucho y en que el que se
llama autor tuvo que hacer poco ó nada, salvo el aunar
en un cuerpo materiales que estaban divididos en va-
rios autores. E l P . Acosta es original en su género y se
le pudiera llamar con propiedad el Plinio del Nuevo
Mundo. E n cierto modo más hizo que P l i n i o , pues éste
se valió de las especies de muchos escritores que le pre-
cedieron, como él mismo confiesa.
E l P . Acosta no halló de quien transcribir cosa al-
guna. Añádese á favor del historiador español el tiento
en creer y circunspección al escribir, que faltó al
romano.»
E l célebre Antonio de L e ó n Pinelo dijo que el Padre
Acosta compuso su obra aprovechándose de dos manus-
critos: la Historia de los indios de N.ieva E s p a ñ i y las
Antiguallas de los indios de N.ieva E s p a ñ a , ambos de
un fraile llamado Diego Durán, natural de Tezcuco,
antigua corte de los emperadores mejicanos. Según
Pinelo, guardó dichos manuscritos el jesuíta Juan de
Tovar, y más tarde hizo entrega de ellos al P . Acosta,
el cual afirma, sin embargo, que cuenta lo que vio, co i -
sideró ú oyó de psrsonxs fidedign*, sin mencionar que
copiase nada de nadie. [No es por otra parte verosí-
mil la acusación, cuando el P . Acosta confiesa llana-
mente que no todo lo que narra es fruto de su investi-
gación personal, sino t a m b i é n de informes ágenos.
L o s testimonios citados y un ligero examen del libro
bastan para dejar fuera de duda la importancia excep-
cional de esta obra indispensable á cuantos hombres
estudiosos escriben sobre cosas de América, útil á los
eruditos, y agradable para toda persona ilustrada.
E l Padre Acosta publicó su obra primero en latín y
luego en castellano. He aquí la lista completa de las
ediciones que de ella se han hecho:
1. " (latina). De natvra nobi orbis l i b r i dvo, et de
promvlgatione evangelii apud barbaros, sive de procu-
randa indorum salvte, L i b r i sex. Autore Josepho Acos-
ta, presbytero societatis Jesv. (Escudo de la Compa-
ñía de Jesús). SalmanticEe. A p u d Guillelmun F o q u e l .
M-.D. L X X X 1 X . U n tomo, 8." , 10 hojas preliminares,
264 páginas.
2. ' ("primera castellana). E n Sevilla, por Juan de
L e ó n , 1590.
3. " (castellana). E n Barcelona, por Jaime Cendrat,
en 8.° , 1591.
4 . « (latina). Salamanca, 1595, en 8.° , citada por N i -
colás Antonio.
5. " (castellana). Madrid, 1608..
6. ;' (id). Madrid, 1610.
7. " (id). Madrid, 1792.
De suerte que esta última, dada por sus editores como
sexta, es en realidad, séptima.
Picatoste en su notabilísima obra Apuntes p a r a una
biblioteca científica española de! siglo x v i , cita una edi-
ción de 1752, que no hemos visto.
L a HISTORIA NATURAL Y MORAL DE LAS INDIAS, del
P . Acosta, obtuvo tal éxito, que se tradujo á todos los
idiomas de E u r o p a . L a tradujo al latín Teodoro B r y en
la tercera parte de su Historia Occidental; al italiano
Paolo Gamucio, en 1596; al francés Robert Regnault,
en iGoo; al inglés Edward Grimstone, en 1604; al fla-
menco Juan Hugo Luischat, en 1598; al alemán fué ver-
tida por Gotardo Artús de Dantzig.
Todas estas ediciones se han hecho rarísimas; muchas
de ellas faltan aun en las bibliotecas públicas, y cuando
se encuentra alguna en el comercio cuesta muv cara.
L a que hoy ofrecemos al público es fidelísima reim-
presión de la primera edición castellana de Sevilla, en.
1590: que forma un tomo en 4.0, de 536 páginas, 16
hojas ó sean 32 páginas sin numerar para la Tabla de
las rosas notables; y dos hojas también sin numerar
para la Tabla de algunos lugares de l a Sagrada E s c r i -
tura cuya declaración se toca a l paso en el discurso desta
historia. A l fin: Lans Deo, (escudo del impresor). H i s -
palis. Escudebat Joanis L e o n i n o . Anno 1590.
Y o CRlsróvAL ns LE^N, escribano de Cámara del Rey
nuestro Señor, de los que residen en su Consejo, doy
fé, que habiéndose visto por los Señores del, un libro
intitulado Historia Natural y Moral de las Indias, que
con su licencia hizo imprimir el Padre loseph de Acos-
ta de la Compañía de Jesús, tasaron cada pliego de los
•del dicho libro en papel á tres maravedís: y manda-
ron, que antes que se venda se imprima en la prime-
ra hoja de cada uno de ellos este testimonio de tasa:
y para que dello conste, de mandamiento de los di-
chos Señores del Consejo, y del pedimento del Padre
Diego de Lugo, Procurador general de la dicha Com-
pañía de Jesús, di esta fé, que es fecha en la villa de
JVladrid á treinta dias del mes de A b r i l , de m i l y qui-
nientos y noventa años. .

CRISTOVAL DE L s o x .

Y o GONZALO DAVILA, Provincial de la Compañía de


JESÚS en la Provincia de Toledo por particular comi-
s i ó n que para ello tengo del Padre Claudio Aquaviva
nuestro Prepósito General, doy licencia para que se
pueda imprimir el libro de la Historia Natural y M o r a l
de las Indias, que el Padre loseph de Acosta, Religioso-
de la misma C o m p a ñ í a ha compuesto, y ha sido exa-
minado y aprobado por personas doctas y graves de
nuestra Compañía. E n testimonio de lo cual di esta fir-
mada de mi nombre, y sellada con el Sello de mi oficio...
E n Alcalá once de A b r i l , de 1589.

G. DAYILA.

EL R E Y

Por cuanto por parte de vos, Josef de Acosta de Itt


Compañía de JESÚS nos fué hecha relación diciendo,
que vos aviades compuesto un libro intitulado Historia
Natural y Moral de las Indias en lengua Castellana, en
el cual aviades puesto mucho trabajo y cuidado, y nos
pcdistes y suplicastes, os mandásemos dar licencia, para
le poder imprimir en estos nuestros Reinos con privile-
gio por diez años, ó- por el tiempo que fuésemos servi-
do, ó como la nuestra merced fuese. L o cual visto pol-
los del nuestro Consejo, y como por su mandado se h i -
cieron en el dicho libro las diligencias, que la Prag-
mática por nos viltimamente fecha sobre la i m p r e s i ó n
de los dichos libros dispone, fue acordado, que debía-
mos mandar dar esta nuestra cédula en la dicha razón,
é yo túvelo por bien. P o r la cual vos damos licencia y
facultad, para que por tiempo de diez años cumplidos,
que corran, y se cuenten desde el dia de la fecha de
ella, podáis imprimir, y vender en estos nuestros Reinos
el dicho libro que de suso se hace m e n c i ó n , por el ori-
ginal que en nuestro Consejo se v i ó , que van rubrica-
das las hojas, y firmado al fin dél, de Cristóbal de L e ó n
nuestro escribano de Cámara, de los que residen en el
nuestro Consejo, y con que antes se venda, lo trai-
gáis ante ellos juntamente con el original que ante
ellos presentastes, que se vea si la dicha impresión
está conforme á él, ó traigáis F é en publica forma, en
como por Corrector nombrado por nuestro mandado
se vió, y corrigió la dicha impresión por el dicho origi-
nal, y quedan ansi mismo impresas las dichas erratas
por él apuntadas para cada un libro de los que ansi fue-
ren impresos, y se os tase el precio que por cada volu-
men aveis de haber y llevar. Y mandamos, que durante
el dicho tiempo, persona alguna no le pueda i m p r i m i r
sin licencia vuestra: sopeña que el que lo imprimiere,
ó vendiere, aya perdido, y pierda todos y cualesquier
moldes, y aparejos, que del tuviere, y los libros que
vendiere en estos nuestros Reinos: é incurra en pena
de cincuenta m i l maravedís por cada vez que lo contra-,
rio hiciere. L a cual dicha pena sea la tercia parte para
la nuestra Cámara: y la otra tercia parte para el denun-
ciador: y la otra tercia parte para el juez que lo senten-
ciare. Y mandamos á los del nuestro Consejo, Presi-
dente y Oidores de las nuestras Audiencias, Alcaldes,
Alguaciles de la nuestra casa y Corte, y Chancillerías'
y á todos los Corregidores, Asistentes, Gobernadores,
Alcaldes mayores y Ordinarios, y otros jueces, y justi-
cias cualesquier de todas las, ciudades, villas y lugares
de los nuestros Reinos y Señoríos, ansí á los que agora
son como los que serán de aquí adelante, que guarden
y cumplan esta nuestra cédula, y merced que ansí vos
facemos, y contra el temor y forma de ello, y de lo en
ella contenido no vayan, n i pasen, ni consientan i r , ni
pasar en manera alguna: sopeña de la nuestra merced,
y de diez m i l maravedís para la nuestra C á m a r a . Dada
en San Lorenzo á veinticuatro dias del mes de M a y o ,
de m i l y quinientos y ochenta y nueve años.

YO E L R E Y

Por mandado del Rey nuestro Señor,

JJAN' V A Q JEZ

APROBACION

E visto esta Historia Natural y M o r a l de las Indias,


que escribe el Padre loseph Acosta de la C o m p a ñ i a de
JESÚS, y en lo que toca á la doctrina de la F e , es c a t ó ,
lica, y en lo demás digna de las muchas letras y pru-
dencia del Autor, y de que todos la lean, para que ala-
ben á Dios, que tan maravilloso es en sus obras. E n
San Phelipe de Madrid á cuatro de Mayo, de 1589.

FRAT Lurs DE LEÓN.


A L A SERENISIMA INEANTA
Doña Isabél Clara Eugenia de Austria.

SEÑORA.

H a b i é n d o m e la Magestad del Rey, nuestro Señor,


dado licencia de ofrecer á V . A . esta p e q u e ñ a obra, i n -
titulada: Historia natural y moral de las Indias, no se
me podrá atribuir i falta de consideración, querer
ocupar el tiempo, que en cosas de importancia V . A .
tan santamente gasta, divirtiendola á materias, que por
tocar en Filosofía son algo obscuras, y por ser de gen-
tes bárbaras no parecen á propósito. Mas porque el co-
nocimiento y especulación de cosas naturales, mayor-
mente si son notables y raras, causa natural gusto y
deleite en entendimientos delicados, y la noticia de cos-
tumbres y hechos extraños también con su novedad
aplace, tengo para mi, que para V . A . podrá servir de
un honesto y útil entretenimiento, darle ocasión de
considerar en obras que el Altísimo ha fabricado en la
máquina de este Mundo, especialmente en aquellas par-
tes que llamamos Indias, que por ser nuevas tierras,
dan mas que considerar, y por ser de nuevos vasallos,
que el Sumo Dios dio á la Corona de E s p a ñ a , no es del
todo ageno, ni extraño su conocimiento. M i deseo es,
que V . A . algunos ratos de tiempo se entretenga con
esta lectura, que por eso va en vulgar; y si no me en-
g a ñ o , no es para entend'mientos vulgares, y podrá ser,
que como en otras cosas, así en ésta, mostrando gus-
to V . A . sea favorecida esta obrilla, para que por tal
medio también el Rey, nuestro Señor, huelgue de e n -
tretener alguna vez el tiempo con la relación y consi-
deración de cosa y gentes que á su Real Corona tanto
tocan, á cuya Magestad dediqué otro libro, que de la
predicación Evangélica de aquellas Indias compuse en
iatin. Y todo ello deseo que sirva para que con la noti-
cia de lo que Dios nuestro Señor r e p a r t i ó , y depositó
de sus tesoros en aquellos Reinos, sean las gentes de
ellos. mas ayudadas y favorecidas de estas de acá, á
quien su divina y alta Providencia las tiene encomen-
dadas. Suplico á V . A . que si en algunas partes esta
obrilla no pareciere tan apacible, no deje de pasar los
ojos por las demás, que podrá ser, que unas ú otras sean
degusto, y siéndolo, no p o d r á n dejar de ser de prove-
cho, y "muy grande, pues este favor será en bien de gen-
tes y tierras tan necesitadas de él. Dios nuestro Señor
guarde y prospere á V . A . muchos años, como sus sier-
vos cotidiana y afectuosamente lo suplicamos á su D i -
vina Magestad. Amen. E n Sevilla primero de Marzo de
mil quinientos y noventa años.

JOSEPH DE AGOSTA.
PROEMIO D E L A U T O R

Del nuevo mundo é Indias Occidentales han escrito


muchos Autores diversos libros y,relaciones, en que dan
noticia de las cosas nuevas y extrañas, que en aquellas
partes se han descubierto, y de los hechos y sucesos de
los Españoles que las han conquistado y poblado. Mas
hasta ahora no he visto Autor, que trate de declarar las
causas y razón de tales novedades y extrañezas de na-
turaleza, ni que haga discurso é inquisición en esta
parte: ni tampoco he encontrado libro, cuyo argumen-
to sea los hechos é historia de los mismos Indios anti-
guos y naturales habitadores del nuevo orbe: A la ver-
dad ambas cosas tienen dificultad no p e q u e ñ a . L a pri-
mera, por ser cosas de naturaleza, que salen de la F i l o -
sofía antiguamente recibida y platicada: como es ser la
región que llaman T ó r r i d a muy h ú m e d a , y en partes
muy templada: llover en ella cuando el Sol anda mas
cerca, y otras cosas semejantes. Y los que han escrito
de Indias Occidentales, no han hecho profesión de tan-
ta Filosofía, n i aun los mas de ellos han hecho adver-
tencia en tales cosas. L a segunda, de tratar los hechos é
historia propia de los Indios, requería mucho trato
y muy intrínseco con los mismos Indios, del cual care-
cieron los mas que han escrito de Indias: ó por no sa-
ber su lengua, ó por no cuidar de saber sus antigüeda-
des: así se contentaron con relatar algunas de sus cosas
superficiales. Deseando, pues, yo tener alguna mas es-
pecial noticia de sus cosas, hice diligencia con hombres
prácticos y muy versados en tales materias, y de sus
pláticas y relaciones copiosas pude sacar lo que juzgué
bastar para dar noticia de las costumbres y hechos de
estas gentes. Y en lo natural de aquellas tierras y sus
propiedades con la experiencia de muchos a ñ o s , y
con la diligencia de inquirir, discurrir y conferir con
personas sabias y expertas: también me parece, que se
me ofrecieron algunas advertencias que p o d r í a n servir
y aprovechar á otros ingenios mejores, para buscar la
verdad, ó pasar mas adelante, si lés pareciese bien lo-
que aquí hallasen. Así que aun pie el mundo nuevo ya
no es nuevo, sino viejo, según hay mucho dicho, y es-
crito de él, todavía me parece que en alguna manera se
podrá tener esta Historia por nueva, por ser juntamen-
te Historia, y en parte Filosofía, y por ser no solo de
las obras de naturaleza, sino también de las del libre
albedrío, que son los hechos y costumbres de hom-
bres. P o r donde me pareció darle nombre de Historia
Natural y Moral de Indiar, abraza!":do con este intento
ambas cosas. E n los dos primeros libros se trata, lo que
toca al Cielo, temperamento y h a b i t a c i ó n de aquel-
orbe: Los cuales libros yo había primero escrito en
latín, y ahora los he traducido usando mas de l a l i c e n -
cia de Autor, que de la obligación de intérprete, por
acomodarme mejor á aquellos á quien se escribe en vul-
gar. E n los otros dos libros siguientes se trata, lo que
de elementos y mixtos naturales, que son metales, plan-
tas y animales, parece notable en Indias. De los h o m -
bres y de sus hechos (quiero decir de los mismos In-
dios, de sus ritos, costumbres, gobierno, guerras, y su-
cesos) refieren los demás libros, lo que se ha podido
averiguar, y parece digno de relación. Cómo se hayan
sabido los sucesos y hechos antiguos de Indios, no te-
niendo ellos escritura como nosotros, en la misma His-
toria se dirá, pues no es pequeña parte de sus habilida-
des, haber podido y sabido conservar sus antiguallas,
sin usar ni tener letras algunas. E l fin de este trabajo
es, que por la noticia de las obras naturales el que
Autor tan sabio de toda naturaleza ha hecho, se le dé
alabanza y gloria al altísimo Dios, que es maravilloso
en todas partes: Y por el conocimiento de las costum-
bres y cosas propias de los Indios, ellos sean ayudados
á conseguir y permanecer en la gracia de la alta voca-
ción del Santo Evangelio, al cual se dignó en el fin de
los siglos traer gente tan ciega, el que alumbra desde
los montes altísimos de su eternidad. Además de eso
p o d r á cada uno para sí sacar también algún fruto, pues
por bajo que sea el sugeto, el hombre sabio saca para
sí sabiduría; y de los mas viles y p e q u e ñ o s animaleps
se puede tirar muy alta consideración, y muy prove-
chosa Filosofía. Solo resta advertir al lector, que los
dos primeros libros de esta Historia ó discurso se es-
cribieron estando en el P e r ú , y los otros cinco después
en Europa, h a b i é n d o m e ordenado la obediencia volver
por acá. Y así los unos hablan de las cosas de Indias
como de cosas presentes, y los otros como de cosas
ausentes. Para que esta diversidad de hablar no ofenda,
me pareció advertir aquí la causa.
ND.ICE

DE L«S LIBROS Y CAPÍTULOS DE

ESTE TOMO PRIMERO

Libro primero.
Páginas.

Capítulo I.—De la opinión que alguno^Autores


tuvieron que el Cielo no se extendía al Nuevo
Mundo \
Cap. II.— Que el Cielo es redondo por todas
partes, y se mueve en torno de sí mismo. . . . 6.
Cap. III. —Que la Sagrada Escritura nos da
á entender, que la tierra está en medio del
Mundo .'. 12..
Cap. I V . — E n que se responde á lo que se alega
de la Escritura contra la redondez del C i e l o . . 19
Cap. V.—De la hechura y gesto del Cielo del
Nuevo-Mundo. 22.
Cap. VI.—Que el Mundo hacia ambos polos tiene
tierra y mar 24
Cap. V I I . — E n que se reprueba la opinión de
Lactancio, que d i p no haber Antípodas 30-
Cap. VIII.—Del motivo que tuvo San A g u s t í n
pera negar los Antípodas 33,
Cap. IX.—De la opinión que tuvo Aristóteles
del Nuevo-Mundo; y quá es lo que le e n g a ñ ó
para negarle 29
Cap. X..—Que Plinio y los mas de los Antiguos
sintieron lo mismo que Aristóteles 47
Cap. XI.—Que se halla en los Antiguos alguna
noticia de este Nuevo-Mundo , ••'
XV11I

Páginas-

Cap. XII.—Qué sintió P l a t ó n de esta India Oc-


cidental 57
Cap. XIII.—Que algunos han creído, que en las
Divinas Escrituras Ofir signifique este nues-
tro P e r ú 59
Cap. X I V . — Q u é significan en la Escritura T a r -
áis y Ofir - 63
Cap. X V . — D e la profecía de Abdias, que a l g u -
nos declaran de estas Indias 68
Cap. X V I . — D e q u é modo pudieron venir á In-
dias los primeros hombres; y que no navega-
ron de propósito á estas partes 72
Cap. X V I I . — D e la propiedad y v i r t u d a d m i r a -
ble de la piedra imán para navegar, y que los
Antiguos no la conocieron 80
Cap. X V I I I . — E n que se responde á los que sien-
ten haberse navegado antiguamente el O c é a n o
cómo ahora 85
Cap. X I X . — Q u e se puede pensar, que los prime-
ros pobladores de Indias aportaron á ellas,
echados de tormentas, y contra su v o l u n t a d . . 87
Cap. X X . — Q u e con todo eso, es mas conforme á
buena razón pensar que vinieron por tierra
los primeros pobladores de Indias 91
Cap. X X I . — E n q u é manera pasaron bestias y
ganados á las tierras de Indias.. .. , 97
Cap. X X I I . — Q u e no pasó el linage de Indios pol-
la Isla A t l á n t i d a , como algunos imaginan. . . . 102
Cap. X X I I I . — Q u e es falsa la opinión de muchos
que afirman venir los Indios de el lináge de los
Judíos jofi
Cap. X X I V . — P o r qué razón no es puede averi-
guar bien el origen de los Indios. 110
Cap. X X V . — Q u é es lo que los Indios suelen con-
tar de su origen 112
Libro segundo.
C a p í t u l o I.—Qué se ha de trstar de la natura-
teza de la equinoccial . ^in
XIX

Páginas

C a p . II.—Qué les movió á los Antiguos á teoer


por cosa sin duda que la T ó r r i d a era inhabi-
tittble 118
Cap. III.—Que la T ó r r i d a z o n a es h u m e d í s i m a ;
y que en esto se e n g a ñ a r o n los Antiguos. . . . . 121
Cap. IV.—Que fuera de los Trópicos es a l revés
que en la T ó r r i d a , y así hay mas aguas cuan-
do el Sol se aparta mas 124
Gap. V.—Que dentro de los Trópicos las aguas
son en el estío ó tiempo de calor; y de la cuen-
ta del verano é invierno 127
Cap. VI.—Que la T ó r r i d a tiene gran abundan-
cia de aguas y pastos, por mas que Aristóteles
lo niegue [30
C a p . V I I . — T r á t a s e la razón, por qué el Sol fue-
ra de los Trópicos, cuando mas dista, levanta
aguas, y dentro de ellos a l revés cuando está
mas cerca 133
C a p . V I I I . — E n q u é manera se haya de entender
lo que se dice de la T ó r r i d a z o n a 141
Cap. IX.—Que la T ó r r i d a no es en exceso ca-
liente, sino moderadamente c a l i e n t e . . . . . . . . . 143
C a p . X.—Que el calor de la T ó r r i d a se templa
con la muchedumbre de lluvias, y con la bre-
vedad de losdias 146
C a p . XI.—Que fuera de las dichas hay otras
causas de ser la T ó r r i d a templada, y especial-
mente la vecindad del mar Océano 150
C a p . XII.—Que las tierras mas altas son mas
frias, y q u é sea la razan de esto [53
C a p . XIII.—Que la principal causa de ser la T ó -
^ rrida templada, son los vientos frescos 157
C a p . X I V . — Q u e en la región de la equinoccial
se vive vida muy apacible. 162

Libro tercero.
C a p . I.—Que la historia natural de las cosas de
las Indias es apacible y deleitosa 167
Páginas

C a p . II.—De los vientos, y sus di-ferencias, y


propiedades, y causas en general 169
C a p . III.—De algunas propiedades de vientos
que corren en el nuevo Orbe 17^
Cap. IV.—Que en la T ó r r i d a z o n a corren siem-
pre brisas, y fuera de ella vendavales y brisas. 180
C a p . V.—De las diferencias de brisas y venda-
vales con los d e m á s vientos 186
C a p . VI.—Qué sea la causa de hallarse siempre
viento de oriente en la T ó r r i d a para navegar. 192
C a p . V i l . — P o r q u é causa se hallan mas o r d i n a -
rios vendavales saliendo de la T ó r r i d a á mas
altura 198
C a p . VIII.—De las excepciones que se hallan en
la regla ya dicha, y de los vientos y calmas
que hay en mar y tierra 200
C a p . IX.—De algunos efectos maravillosos de
vientos en partes de Indias 203
C a p . X . — D e l O c é a n o , que rodea las Indias, y
de la mar del norte, y del sur 212
Cap. X I . — D e l Estrecho de Magallanes, como se
pasó por h banda del sur 217
C a p . XII.—Del Estrecho que algunos afirman
haber en la F l o r i d a , 221
Cap. XIII.—De las propiedades del Estrecho de
Magallanes 223
Cap. X I V . — D e l flujo y reflujo del mar O c é a n o
en Indias 223
Cap. X V . — D e diversos pescados, y modos de
pescar de los Indios 226
C a p . X V I . — D e las lagunas y lagos que se hallan
en Indias 230
C a p X V I I . — D e diversas fuentes, y m a n a n -
tiales 243
Cap. X V I I I . — D e Rios 245
Cap. X I X . — D e la cualidad de la tierra de Indias
en general 249
C a p . X X . — D e las propiedades de la tierra del
Perú 259
C a p . X X I . — D e las causas que dan de no llover
XXI

Páginas

en los llanos. ••; '''¿' 257


Cap. X X I I . — D e la propiedad de Nueva-Espana
y Islas, y las demás tierras •• •• 2b2
Cap. X X I I I . — D e la tierra que se ignora, y de la
diversidad de un dia entero entre orientales y
occidentales ••• 2t)5
Cap X X I V . — D e los volcanes ó bocas de fuego.. 270
Cap. X X V . — Q u é sea la causa de durar tanto
tiempo el fuego y humo de estos volcanes 274
Cap. X X V I . — D e los temblores de tierra 276
Cap. X X V I I . — C ó m o se abrazan la tierra y la
mar

Libro cuarto.

C a p . I.—De tres géneros de mixtos que se han


de tratar en esta historia 285
Cap. II.—De la abundancia de metales que hay
en las Indias occidentales 288
Cap. III.—De la cualidad de la tierra donde se
hallan metales; y que no se labran todos en
Indias; y de cómo usaban los Indios de los me-
tales 292
Cap. I V . — D e l oro que se la.'^ra en Indias 296
Cap. V.—De la plata de Indias 302
C a p . V I . — D e l Cerro de Potosí y de su descubri-
miento 306
Cap. VII.—De la riqueza que se ha sacado, y
^ cada dia se va sacando de el cerro de Potosí.. 312
Cap. VIII.—Del modo de labrar las minas de
Potosí ¡jjg
Cap. IX.—Cómo se beneficia el metal de p l a t a . . 324
Cap. X . — D e las propiedades maravillosas del
azogue 327
C a p . XI.—Donde se halla el Azogue, y cómo se
descubrieron sus minas riquísimas en Guanca-
velíca 23->
Cap. XII.—De el modo y arte que se saca el
Azogue, y se beneficia con él la plata 337
X X u

Páginas

Cap. XIII.—De los ingenios para moler metales,


y del ensaye de la plata. 343
Gap. X I V . — D e las esmeraldas 347
Cap. X V . — D e las perlas -• 351
Cap. X V I . — D e l pan de Indias y del m a í z 354
Cap. X V I I . — D e las yucas, cazabe, papas, c h u ñ o
y arroz 359
Cap. X V I I I . — D e diversas raíces que se dan en
Indias 363
Cap. X I X . — D e diversos géneros de verduras y
legumbres: y de los que llaman pepinos, pinas,
frutilla de Chile y ciruelas 365
Cap. X X . — D e l aji ó pimienta de las Indias 37°
Cap. X X I . — D e l p l á t a n o 373
Cap. X X I I . — D e l cacao y de la coca 378
Cap. X X I I I . — D e l maguey, del tunal, de la g r a -
na, del añil y algodón 382
Cap. X X I V . — D e los mameyes, guayavos y p a l -
tos 386
Cap. X X V . — D e l chicozapote, de las anonas y de
los capolíes 388
Cap. X X V I . — D e diversos géneros de frutales; y
de los cocos, almendras de Andes y almendras
de Chachapoyas 390
Cap. X X V I I . — D e diversas flores, y de algunos
árboles que solamente dan flores; y como los
Indios los usan 394
Cap. X X V I I I . - D e l bálsamo 397
Cap. X X I X . — D e l liquidambar, y otros aceites,
gomas y drogas, que se traen de Indias 401
Cap. X X X . — D e las grandes arboledas de Indias,
y de los cedros, ceyvas y otros árboles gran-
des 405
Cap. X X X I . — D e las plantas y frutales que se
han llevado de E s p a ñ a á las Indias 410
Cap. X X X I I . — D e las uvas, v i ñ a s , olivas, more-
ras y cañas de a z ú c a r 413
Cap. X X X I I I . — D e los ganados ovejuno y v a -
cuno 417
Cap. X X X I V . — D e algunos animales de Europa
XX1U

Páginas

que hallaron ios Españoles en Indias, y cómo


hayan pasado 421
Cap. X X X V . — D e las aves que hay de acá, y
cómo pasaron á Indias 425
Cap. X X X V I . — C ó m o sea posible haber en I n -
dias animales, que no hay en otra parte del
mundo 42^
Cap. X X X V I I . — D e las aves propias de Indias.. 431
Cap. X X X V I I I . — D e los animales de monte 435
Cap. X X X I X . — D e los micos ó monos de Indias. 439
Cap. X L . — D e las vicuñas y tarugas dei P e r ú . . . 441
Cap. X L I . — D e los pacos, guanacos y carneros
del Perú 445
Cap. X L I I . — D e las piedras bezaares 450
T A B L A de las cosas mas principales que se con-
tienen en este tomo primero 455
LIBRO PRIMERO
DE LA -

HISTORIA NATURAL Y MORAL DE LAS INDIAS

CAPÍTULO PRIMERO

De la opinión que algunos autores tuvieron, que d


Cielo no se extendía a l nuevo mundo.

Estuvieron tan lejos los antiguos de pensar que


hubiese gentes en este nuevo mundo, que mu-
chos de ellos no quisieron creer que había tie-
rra de esta parte; y lo que es más de maravillar,
no faltó quien también negase haber acá este Cielo
que vemos. Porque aunque es verdad que los más
y los mejores délos Filósofos sintieron, que el Cielo
era todo redondo, como en efecto lo es, y que así
rodeaba por todas partes la tierra, y la encerraba
en sí; con todo eso, algunos, y no pocos, ni de los
de menos autoridad entre los sagrados Doctores,
tuvieron diferente opinión, imaginando la fábrica
de este mundo á manera de una casa, en la cual
el techo que la cubre, solo la rodea por lo
TOMO I. 2 '
LIBRO PRIMERO

alto, y no la cerca por todas partes; dando por


razón de esto, que de otra suerte estuviera la
tierra en medio colgada del aire, que parece
cosa ajena de toda razón. Y también que en todos
los edificios vemos que el cimiento está de una
parte, y el techo de otra contraria; y así, confor-
me á buena consideración, en este gran edificio
del mundo, todo el Cielo estará á una paite en-
cima, y toda la tierra á otra diferente debajo. E l
glorioso Crisóstomo, como quien se había más
ocupado en el estudio de las letras sagradas, que.
no en el de las ciencias humanas (i), muestra ser
de esta opinión, haciendo donaire en sus Comenta-
rios sobre la Epístola ad Hebreos, de los que afir-
man, que es el Cielo todo redondo; y parécele que
la divina Escritura (2) quiere dar á entender otra
cosa, llamando al Cielo tabernáculo y tienda, ó
toldo que puso Dios. Y aún pasa allí el Santo (3)
más adelante en decir, que no es el Cielo el que
se mueve y anda, sino que el Sol y la Luna y las
estrellas son las que se mueven en el Cielo, en la
manera que los pájaros se mueven por el aire; y
no como los Filósofos piensan, que se revuelven

(1) C h r i s ó s t o m u s , H o m . 14. p. 27. in Epist. ad hebra.


(2) Hebra. 8.
(3) Idem C i i s ó s t . H o m i l . 6. p. 13. in Genes, p. H o m i l . 12. ad
pop Antioc.
DE L A HISTORIA N A T U R A L D E INDIAS 3

con el mismo Cielo, como los rayos con su rueda.


Van con este parecer de Crisóstomo Theodoreto,
Autor grave, y Theofilacto (i), como suele casi
en todo. Y Lactancio Firmiano (2), antes de todos
los dichos, sintiendo lo mismo, no se acaba de
reir y burlar de la opinión de los Peripatéticos y
Académicos que dan al Cielo figura redonda, y
ponen la tierra en medio del mundo, porque le.
parece cosa de risa que esté la tierra colgada del
aire, como está tocado. Por donde viene á con-
formarse más con el parecer de Epicúro, que dijo
no haber otra cosa de la otra parte de la tierra,
sino un caos y abismo infinito. Y aun parece tirar
algo á esto lo que dice San Gerónimo (3), escri-
biendo sobre la Epístola á los Efesios, por estas
palabras: E l Filósofo natural pasa con su conside-
ración lo alto del Cielo; y de la otra parte del pro-
fundo de la tierra y abismos halla un inmenso
vacío. De Procopio refieren (4) (aunque yo no lo.
he visto) que afirma sobre el libro del Génesis,
que la opinión de Aristóteles cerca de la figura y .
movimiento circular del Cielo, es contraria y repug-
natite á la divina Escritura. Pero que sientan,y di-

(0 Theodoretus p. Theophilactus in cap. 8 ad Hebra:


(2) Lactant. lib. 3. divin, instit. cap. 24.
(3) Hieronymus in Epist. ad Ephesos. lib. 2. in cap 4 ,
(4) Sixtus Senensis, lib. 5. Biblioth. annot. 3.
LIBRO PRIMERO

gan los dichos Autores cosas como éstas, no hay que


maravillarnos; pues es notorio, que no se cuidaron
tanto de las ciencias y demostraciones de Filosofía,
atendiendo á otros estudios más importantes. Lo
que parece más de maravillar es, que siendo San
Agustín tan aventajado en todas las ciencias natu-
rales, y que en la Astrología y en la Física supo
tanto; con todo eso se queda siempre dudoso, y
sin determinarse en si el Cielo rodea la tierra de
todas partes, ó no. Qué se me dá á mí, dice él (i),
que pensemos que el cielo, como una bola, encie-
rre en sí la tierra de todas partes, estando ella en
medio del mundo, como en el fiel, ó que digamos
que no es así, sino que cubre el Cielo á la tierra
por una parte solamente, como Un plato grande
que está encima. En el propio lugar donde dice lo
referido, da á entender, y aún lo dice claro, que
no hay demostración, sino solo conjeturas, para
afirmar que el Cielo es de figura redonda. Y allí y
en otras partes (2) tiene por cosa dudosa el mo-
vimiento circular de los Cielos. No se ha de ofen-
der nadie, ni tener en menos los Santos Doctores
de la Iglesia, si en algún punto de Filosofía y cien-
cias naturales sienten diferentemente de lo que

(1) Augustin. Ub. 2. tteGenes. ad l i t . cap. 9.


(2) Augustin. in Psalm. 135,
DE L A HISTORIA NATURAL D E INDIAS 5

está más recibido y aprobado por buena Filosofía;


pues todo su estudio fué conocer, y servir y pre-
dicar al Criador, y en esto tuvieron grande exce-
lencia. Y como empleados del todo en ésto, que
es lo que importa, no es mucho que en el estudio
y conocimiento de las criaturas, no hayan todas
veces por entero acertado. Harto más ciertamente
son de reprehender los Sábios de este siglo, y F i -
lósofos vanos, que conociendo y alcanzando el sér
y orden de estas criaturas, el curso y movimiento
de los Cielos, no llegaron los desventurados á co-
nocer al Criador y Hacedor de todo esto; y ocu-
pándose todos en estas hechuras,y obras de tanto
primor, no.subieron con el pensamiento á descu-
brir al Autor soberano, como la divina Sabiduría
lo advierte (i); ó ya que conocieron al Criador y
Señor de todo (2), no le sirvieron, y glorificaron
como debían, desvanecidos por sus invenciones
.cosa que tan justamente les arguye y acusa el
Apóstol.

(0 Sap. 13.
(2) Rom. i .
CAPÍTULO II

Que el cielo es redondo por todas partes, y se


mueve en torno de si mismo.

Mas viniendo á nuestro propósito, no hay duda


sino que lo que el Aristóteles y los demás Peri-
patéticos, juntamente con los Estóicos, sintie-
ron (i), cuanto á ser el Cielo todo de figura re-
donda, y moverse circularmente y en torno, es
puntualmente tanta verdad, que la vemos con
nuestros ojos los que vivimos en el Perú; harto
más manifiesta por la experiencia, de lo que nos
pudiera ser por cualquiera razón y demostración
Filosófica. Porque para saber que el Cielo es todo
redondo, y que ciñe y rodea por todas partes la
tierra, y no poner duda en ello, basta mirar desde
este emisferio aquella parte y región del Cielo,
que da vuelta á la tierra, la cual los Antiguos jamás
vieron. Basta haber visto y notado ambos á dos
polos, en que el Cielo se revuelve como en sus

(i) Plqtarchus de placitis Philos. lib. 2. cap. 2.


DE L A HISTORIA NATURAL DE INDIAS

quicios, digo el polo Artico y Septentrional, que


ven los de Europa, y estotro Antártico ó Aus-
tral (de que duda Agustino) (i), cuando pasada
l a línea equinoccial trocamos el norte con el sur
acá en el Perú. Bastafinalmentehaber corrido na-
vegando más de sesenta grados de norte á sur,
cuarenta de la una banda de la línea, y veintitrés
de la otra banda; dejando por ahora el testimonio
de otros que han navegado en mucha más altura,
y llegado á casi sesenta grados al sur. ¿Quién dirá
que la nao Victoria, digna cierto de perpétua
memoria, no ganó la victoria y triunfo de la re-
dondéz del mundo, y no menos de aquel tan vano
vacío, y caos infinito que ponían los otros Filóso-
fos debajo de la tierra, pues dió vuelta al mun-
do, y rodeó la inmensidad del gran Océano? ¿A
quién no le parecerá que con este hecho mostró,
que toda la grandeza de la tierra, por mayor que
se pinte, está sujeta á los pies de un hombre, pues
la pudo medir? Así que, sin duda, es el Cielo de
redonda y perfecta figura; y la tierra abrazándose
con el agua, hacen un globo ó bola cabal, que re-
sulta de los dos elementos, y tiene sus términos y
límites, su redondéz y grandeza. Lo cual se puede
bastantemente probar y demostrar por razones de
Filosofía y de Astrología, y dejando aparte aquellas

(i) August. 2 1. de Gen. ad lit. c. io.


LIBRO PRIMERO

sútiles^ue se alegan comunmente de qué al cüerpo


más perfecto, (cual es el Cielo), se le debe la más
perfecta figura, que sin duda es la redonda: de que
el movimiento circular no puede ser igual y firmé,
si hace esquina en alguna parte, y se tuerce, como
es forzoso, si el Sol y Luna y Estrellas no dan vuelta
redonda al mundo. Mas dejando ésto aparte, como
digo, paréceme á mí, que sola la Luna debe bastar
en este caso, como testigo fiel en el Cielo; pues
entonces solamente se obscurece y padece eclipse,
cuando acaece ponérsele la redondéz de la tierra
ex-diámetro entre ella y el Sol, y así estorvar el
paso á los rayos del Sol; lo cual, cierto no podría
ser si no estuviese la tierra en medio del mundo,
rodéada de todas partes de los orbes celestes. Aun-
que tampoco ha faltado quien ponga duda si el res-
plandor de la Luna se le comunica de la luz
del Sol (i). Mas ya esto es demasiado dudar,
pues no se puede hallar otra causa razonable
de los eclipses, y de los llenos y cuartos de Lu-
na, sino la comunicación del resplandor del Sol.
También si lo miramos, veremos que la noche
ninguna otra cosa es sino la obscuridad causada
de la sombra de la tierra, por pasársele el Sol á
otra banda. Pues si el Sol no pasa por la otra par-
te de la tierra, sino que al tiempo de ponerse se

(i) August. Epist. 109 ad Januarium, cap. 4 .


DE L A HISTORIA' NATüRAL D E INDIAS 'i 9

torna haciendo esquina y torciendo, lo cual for-


zoso ha de conceder el que dice, que el Cielo no
es redondo, sino que como un plato, cubre la haz
de la tierra; sigúese claramente, que no podrá ha-
cer la diferencia que vemos de los días y noches,
que en unas regiones del mundo son largos, y bre-
ves á sus tiempos, y en otras son perpétuamente igua-
les. Lo que el Santo Doctor Agustino escribe (l)
en los libros de Genesi ad litteram, que se pueden
salvar bien todas las oposiciones, y conversiones,
y elevaciones, y caimientos, y cualesquiera otros
aspectos y disposiciones de los planetas y estre-
llas, cón que entendamos que se mueven ellas, es-
tándose el Cielo mismo quedo y sin moverse, bien
fácil se me hace á mi de entenderlo, y se lé hará
á cualquiera, como haya licencia de fingir lo que
se nos antojare. Porque si ponemos por caso, que
cada estrella y planeta es un cuerpo por sí, y que
le menea y lleva un Angel, al modo que llevó á
Abacúch, á Babilonia (2): ¿quién será tan ciego,
que no vea que todas las diversidades que parecen
de aspectos en los planetas y estrellas, podrán pro-
ceder de la diversidad del movimiento que el que
las mueve voluntariamente les da? Empero no da
lugar la buena razón á que el espacio y región

(0 August. lib. 2. de Genes, ad lit. cap 10


(2) Dan. 14. i
10 LIBRO PRIMERO

por donde se fingen andar ó volar las estrellas


deje de ser elementar y corruptible, pues se divide
y aparta cuando ellas pasan, que cierto no pasan
por vacuo; y si la región en que las estrellas y
planetas se mueven, es corruptible, también cier-
tamente lo han de ser ellas de su naturaleza, y
por el consiguiente se han de mudar y alterar, y
en fin acabar. Porque naturalmente lo contenido
no es más durable que su continente. Decir, pues,
que aquellos cuerpos celestes son corruptibles, ni
viene con lo que la Escritura dice en el Salmo (i),
que los hizo Dios para siempre, ni aun tampoco
dice bien con el orden y conservación de este
Universo. Digo más, que para confirmar esta ver-
dad de que los mismos Cielos son los que se mue-
ven, y en ellos las estrellas andan en torno, pode-
mos alegar con los ojos, pues vemos manifiesta-
mente, que no solo se mueven las estrellas, sino
partes y regiones enteras del Cielo: no hablo solo
de las partes lúcidas, y resplandecientes, como es
la que llaman vía láctea, que nuestro vulgar dice
camino de Santiago, sino mucho más digo esto
por otras partes obscuras y negras que hay en el
Cielo. Porque realmente vemos en él unas como
manchas, que son muy notables, las cuales jamás

(i) Psalm. 148. v, 6.


DE L A HISTORIA N A T U R A L D E INDIAS II

me acuerdo haber echado de ver en el Cielo


cuando estaba en Europa; y acá en este otro
emisferio las he visto muy manifiestas. Son estas
manchas de color y forma que la parte de la luna
eclipsada, y parecénsele en aquella negrura y som-
brío. Andan pegadas á las mismas estrellas, y
siempre de un mismo tenor y tamaño, como con
experiencia clarísima lo hemos advertido y mirado.
A alguno, por ventura, le parecerá cosa nueva, y
preguntará, ¿de qué pueda proceder tal género de
manchas en el Cielo? Y o cierto no alcanzo hasta
ahora más de pensar, que cómo la galajia ó vía
láctea, dicen los Filósofos, que resulta de ser par-
tes del Cielo más densas y opacas, y que por eso
reciben más luz, así también por el contrario hay
otras partes muy raras y muy diáfanas ó transpa-
rentes, y como reciben menos luz, parecen partes
más negras. Sea ésta, ó no sea ésta la causa (que
causa cierta no puedo afirmarla), á lo menos en el
hecho que haya las dichas manchas en el Cielo, y
que sin discrepar se menean con el mismo compás
que las estrellas, es experiencia certísima, y de
. propósito muchas veces considerada. Infiérese de
todo lo dicho, que sin duda ninguna los Cielos en-
cierran en sí de todas partes la tierra, moviéndose
siempre al derredor de ella, sin que hayapara qué
poner ésto más en cuestión.
CAPÍTULO III

Que la Sagrada Escritura nos da á entender, que


la tierra está en medio del mundo.

Y aunque á Procopio Gáceo y á otros de su


opinión les parezca que es contrario á la divina
Escritura poner la tierra en medio del mundo, y
hacer el Cielo todo redondo; mas en la verdad
esta no solo no es doctrina contraria, sino antes
muy conformé á lo que las letras sagradas nos en-
señan. Porque dejando aparte que la misma Es-
critura (i) usa de este término muchas veces: la
redondez de la tierra, y que en otra parte apunta,
que todo cuanto hay corporal es rodeado del Cielo,
y como abarcado de su redondez; á lo menos aque-
llo del Eclesiastés (2), no se puede dejar de tener
por muy claro, donde dice: «Nace el Sol y pónese,
y vuélvese á su lugar, y allí tornando á nacer da
vuelta por el medio día, y tuércese hácia el norte:
rodeando todas las cosas anda el espíritu al derre-

(1) .Esther. 1 3 . 8 3 ? . 1 . 2 . 7 . n . t 8 . Psal. 9 . 1 7 . 23. 39. 97. Job. 37


(2) Ecclesiast. i . w. 5. 6.
DE L A HISTORIA NATURAL DE INDIAS

dor, y vuélvese á sus mismos cercos. En este lu-


gar dice la paráfrasis y exposición de Gregorio
el Neocesariense ó el Nacianceno: E l Sol habiendo
corrido toda la tierra vuélvese, como en torno,
hasta su mismo término y punto. Esto que dice
Salomón y declara Gregorio, cierto no podía
ser, si alguna parte de la tierra dejase de estar
rodeada del Cielo. Y así lo entiende San Geróni-
mo (i), escribiendo sobre la Epístola á los Efesios,
de esta manera: Los mas comunmente afirman,
conformándose con el Eclesiastés, que el Cielo es
redondo, y que se mueve en torno, á manera de
bola. Y es cosa llana, que ninguna figura redonda
tiene latitud, ni longitud, ni altura, ni profundo,
porque es por todas partes igual y pareja, &. Lue-
go, según San Gerónimo, lo que los más sienten
del Cielo que es redondo, no solo no es contrario
á la Escritura, pero muy conforme con ella. Pues
San Basilio (2) y S. Ambrosio, que de ordinario
le sigue en los libros llamados Hexamerón, aun-
que se muestran un poco dudosos en este punto,
al fin, más se inclinan á conceder la redondez del
mundo. Verdad es, que con la quinta substancia
que Aristóteles atribuye al Cielo, no está bien San

(0 Hieronym. in cap. 3. ad Ephes.' • '


)2) Basil. H o m i l . i . H e x a m e r ó n prope linem.
LIBRO PRIMERO
14
Ambrosio (i). Del lugar de la tierra y de su fir-
meza, es cosa cierto de ver, cuan galanamente y
con cuanta gracia habla la divina Escritura, para
causarnos gran admiración, y no menor gusto, de
aquella inefable Potencia y Sabiduría del Criador.
Porque en una parte nos refiere Dios (2) que él
fue el que estableció las columnas que sustentan la
tierra, dándonos á entender, como bien declara
San Ambrosio (3), que el peso inmenso de toda
la tierra le sustentan las manos del divino Poder,
que así usa la Escritura (4) nombrar columnas
del Cielo y de la tierra, no cierto las del otro A -
tlante, que fingieron los Poétas, sino otras propias
de la palabra eterna de Dios, que con su virtud
sostiene Cielos y tierra (5). Masen otro lugar la mis-
ma divina Escritura (6), para significarnos como
la tierra está pegada y por gran parte rodeada
del elemento del agua, dice galanamente: Que
asentó Dios la tierra sobre las aguas; y en otro
lugar: que fundó la redondez de la tierra sobre la
mar. Y aunque San Agustín (7) no quiere que se

(0 Ambros. lib. t. Hexameron, cap. 6.


(2) Psal. 74. v. 4 .
(3) . Ambros. 1. Hexameron, cap. 6.
(4) Job. 9. v. 6. p. cap. 26. v. 11.
(5) . Heb. 1. v. 3 .
(6) Ps. 135. Y. 6. Psalm. 23. v. 2.
(7) . August. in Psalm. 135.
DE L A HISTORIA N A T U R A L D K INDIAS 15

saque de este lugar, como sentencia de Fé, que la


tierra y agua hacen un globo en medio del mundo,
y así pretende dar otra exposición á las sobredi-
chas palabras del Salmo; pero el sentido llano sin
duda es el que está dicho, que es darnos á enten-
der, que no hay para qué imaginar otros cimien-
tos, ni estrivos de la tierra, sino el agua, la cual
con ser tan fácil y mudable, la hace la sabiduría
del supremo Artífice, que sostenga y encierre
aquesta inmensa máquina de la tierra. Y dícese
estár la tierra fundada y sostenida sobre las aguas
y sobre el mar, siendo verdad, que antes la tierra
está debajo del agua, que no sobre el agua, por-
que á nuestra imaginación y pensamiento lo que
está de la otra banda de la tierra que habitamos,:
nos parece que está debajo de la tierra; y así el
mar y aguas que ciñen la tierra por la otra parte,
imaginamos que están debajo, y la tierra encima
de ellas. Pero la verdad es, que lo que es propia-
mente debajo, siempre es lo que está más en me-
dio del universo. Mas habla la Escritura conforme
á nuestro modo de imaginar y hablar. Preguntará
alguno, pues la tierra está sobre las aguas, según
la Escritura, ¿las mismas aguas sobre qué estarán,
ó qué apoyo tendrán? Y si la tierra y agua hacen
una bola redonda, -¿toda ésta tan terrible máquina,
dónde se podrá sostener?
A eso satisface en otra parte la divina Escrí-
I() LIBRO PRIMERO

tura (i), causando mayor admiración del poder


del Criador: Extiende, dice, al Aquilón sobre vacío,
y tiene colgada la tierra sobre no nada. Cierto ga-
lanamente lo dijo; porque realmente parece que
está colgada sobre no nada la máquina de la tie-
rra y agua, cuando se figura estar en medio del
aire, como en efecto está. Esta maravilla, de que
tanto se admiran los hombres, aún la encarece más
Dios preguntando al mismo Job (2): ¿Quién echó
los cordeles para la fábrica de la tierra? díme si lo
has pensado ¿ó en qué cimiento están aseguradas
sus basas? Finalmente, para que se acabase de en-
tender la traza de este maravilloso edificio del mun-
do, el Profeta David, gran alabador y cantor de las
obras de Dios, en un Salmo (3) que hizo á este pro-
pósito, dice así: Tu que fundaste la tierra sobre su
misma estabilidad y firmeza, sin que bambalee ni se
trastorne para siempre jamás. Quiere decir, la causa
porque estando la tierra puesta en medio del aire
no se cae, ni bambalea, es porque tiene seguras
fundamentos de su natural estabilidad, la cual le
dio su sapientísimo Criador para que en sí misma
se sustente, sin que haya menester otros apoyos
ni estrivos. Aquí, pues, se engaña la imaginación

(1) Job' 26. v. v. 7.


(2) Job. 38. v. 4. 5. 6.
t3) Psahn. 103. v. 5.
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 1/

humana, buscando otros cimientos á la tierra, y


procede el engaño de medir las obras divinas con
las humanas. Así que no hay que temer, por más
que parezca que esta tan gran máquina cuelga del
aire, que se caiga ó trastorne, que no se trastor-
nará, como dijo el Salmo (i) para siempre jamás.
Con razón, por cierto, David, después de haber
contemplado y cantado tan maravillosas obras de
Dios, añade: Gozarse há el Señor en sus obras; y
después: ¡Oh qué engrandecidas son tus obras.
Señor! bien parece que salieron todas de tu saber.
Y o cierto, si he de decir lo que pasa, digo, que
diversas veces que he peregrinado, pasando esos
grandes golfos del mar Océano, y caminando por
estotras regiones de tierras tan extrañas, ponién-
dome á mirar y considerar la grandeza y extrañe-
za de estas obras de Dios, no podía dejar de sen-
tir admirable gusto, con la consideración de aque-
lla soberana sabiduría y grandeza del Hacedor,
que reluce en éstas sus obras tanto, que en com-
paración de ésto, todos los palacios de los Reyes,
y todas las invenciones humanas me parecen po-
quedad y vileza. ¡O cuántas veces se me venía
al pensamiento y á la boca aquello del Salmo (2):

(1) Psalm. 103. v. 3 1 .


(1) Psalm. 9 1 . v. 5.
TOMO I.
l8 LIBRO PRIMERO

Gran recreación me habéis, Señor, dado con


vuestras obras, y no dejaré de regocijarme en mi-
rar las hechuras de vuestras manos! Realmente
tienen las obras de la divina arte un no sé qué de
gracia y primor como escondido y secreto, con
que miradas una y otra y muchas veces, causan
siempre un nuevo gusto. A l revés de las obras
humanas, que aunque estén fabricadas con mucho
artificio, en haciendo costumbre de mirarse, no se
tienen en nada, y aun cuasi causan enfado. Sean
jardines muy amenos, sean palacios y templos
galanísimos, sean alcázares de soberbio edificio,
sean pinturas, 6 tallas, ó piedras de exquisita in-
vención y labor, tengan todo el primor posible,
es cosa cierta y averiguada, que en mirándose
dos ó tres veces, apenas hay poner los ojos con
atención, sino que luego se divierten á mirar
otras cosas, como hartos de aquella vista. Mas la
mar, si la miráis, ó ponéis los ojos en un peñasco
alto, que sale acullá con extrañeza, ó el campo
cuando está vestido de su natural verdura y flo-
res, ó el raudal de un río que corre furioso, y está
sin cesar batiendo las peñas, y como bramando
en su combate; y finalmente, cualesquiera obras
de naturaleza, por más veces que se miren, siem-
pre causan nueva recreación, y jamás enfada su
vista, que parece, sin duda, que son como un
combite copioso y magnífico de la divina Sabiduría,
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 19

que allí de callada, sin cansar jamás, apacienta y


deleita nuestra consideración.

CAPÍTULO IV

En que se responde á lo que se alega de la Escri-


tura contra la redondez del Cielo.

Mas volviendo á la figura del Cielo, no sé de


qué autoridades de la Escritura se haya podido
colegir que no sea redondo, y su movimiento
circular. Porque llamar San Pablo (i) al Cielo un
tabernáculo ó tienda que puso Dios, y no el hom-
bre, no veo que haga al caso, pues aunque nos
digan que es tabernáculo puesto por Dios, no por
eso hemos de entender, que á manera de toldo
cubre por una parte solamente la tierra, y que se
está allí sin mudarse, como lo quisieron entender

<0 Heb. 8. v. v. 2 5.
20 LIBRO PRIMERO

algunos. Trataba el Apóstol la semejanza del ta-


bernáculo antiguo de la ley, y á ese propósito
dijo, que el tabernáculo de la ley neuva de gracia,
es el Cielo, en el cual entró el Sumo Sacerdote Je-
su-Christode una vez por su sangre, y de aquíinfie-
re que hay tanta ventaja del nuevo tabernáculo al
viejo, cuanto hay de diferencia entre el Autor del
nuevo, que es Dios, y el obrador del viejo, que
fué hombre. Aunque es verdad, que también el
viejo tabernáculo se hizo por la sabiduría de Dios,,
que enseñó á su maestro Beseleél (i). Ni hay para
qué buscar en las semejanzas ó parábolas ó alego-
rías, que en todo y por todo cuadren á lo que se
traen, como el bienaventurado Crisóstomo (2) á
otro propósito lo advierte escogidamente. La otra
autoridad que refiere San Agustín, que alegan al-
gunos, para probar que el Cielo no es redondo, di-
ciendo (3): Extiende el Cielo como piel, de donde
infieren que no es redondo, sino llano en lo de
arriba, con facilidad y bien responde el mismo
Santo Doctor (4), que en estas palabras del Salmo,
no se nos da á entender la figura del Cielo, sino la
facilidad con que Dios obró un Cielo tan grande,

(1) Exod. 36. v. 1.


(2) Christ. in 20. c.
(3) Psalm. 103. v. 2.
(4) August. 2. de Genes, ad lit. cap. 9.
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 21

pues no le fue á Dios más difícil sacar una cubier-


ta tan inmensa del Cielo, que lo fuera á nosotros
desplegar una piel doblada. O pretendió quizá,
darnos á entender la gran majestad de Dios, al
cual sirve el Cielo tan hermoso y tan grande, de
lo que á nosotros nos sirve en el campo un toldo
ó tienda de pieles. Lo que un Poéta galanamente
declaró diciendo:

E l toldo del claro Cielo.

Lo otro que dice Isaías (i): E l Cielo me sirve de


silla, y la tierra de escabelo para mis pies, si fué-
ramos del error de los Antropomorfitas, que po-
nían miembros corporales en Dios según su divi-
nidad, pudiera darnos en qué entender para de-
clarar, cómo era posible ser la tierra escabelo de
los pies de Dios, estando en medio del mundo, si
hinche Dios todo el mundo, porque había de tener
pies de una parte y de otra, y muchas cabezas al
derredor, que es cosa de risa y donaire. Basta,
pues, saber que en las divinas Escrituras no hemos
de seguir la letra que mata, sino el espíritu que
da vida, como dice San Pablo (2).

(0 Isaías. 66. v. i .
(2"! 2. Cor. 3. v. 6.
CAPÍTULO V

De la hechura y gesto del Cielo del nuevo Mundo,

Cuál sea el gesto y manera de este Cielo que


está á la banda del sur, pregúntanlo muchos en
Europa, porque en los Antiguos no pueden leer
cosa cierta, porque aunque concluyen eficazmente
que hay Cielo de esta parte del mundo; pero qué
talle y hechura tenga, no lo pudieron ellos alcan-
zar. Aunque es verdad, que tratan mucho (i) de
una grande y hermosa estrella que acá vemos, que
ellos llaman Canopo. Los que de nuevo navegan
á estas partes, suelen escribir cosas grandes de
este Cielo, es á saber, que es muy resplandeciente,
y que tiene muchas y muy grandes estrellas. En
efecto, las cosas de lejos se pintan muy engrande-
cidas. Pero á mí al revés me parece, y tengo por
llano, que á la otra banda del norte hay más nú-
mero de estrellas y de mas ilustre grandeza. Ni vea

ÍO Plinius, l i b . 6. cap. 22.


DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 23

acá estrellas que excedan á la bocina y al carro.


Bien es verdad, que el crucero de acá es hermoso
y de vista admirable. Crucero llamamos cuatro
estrellas notables que hacen entre sí forma de cruz,
puestas en mucha igualdad y proporción. Creen
los ignorantes, que este crucero es el polo del Sur,
porque ven á los marineros tomar el altura por el
crucero de acá, como allá suelen por el norte, mas
engañanse. Y la razón porque lo hacen así los ma-
rineros es, porque no hay de esta banda estrella
fija que muestre al polo, al modo que allá la estre-
lla del norte lo hace, y así toman la altura por la
estrella que es el pie del crucero, la cual estrella
dista del verdadero y fijo polo treinta grados, como
la estrella del norte allá dista tres y algo más. Y
así es más difícil de tomar acá la altura, porque la
dicha estrella del pie del crucero, ha de estar de-
recha, lo cual es solamente á un tiempo de la no-
che, que en diversas partes del año es á diferentes
horas, y en mucho tiempo del año en toda la noche
no llega á encumbrar, que es cosa molesta pára
tomar la altura. Y así, los más diestros Pilotos no
se cuidan del crucero, sino por el astrolabio toman
el Sol, y ven en él la altura en que se hallan: en lo
cual se aventajan comunmente los Portugueses,
como gente que tiene mas curso de navegar, de
cuántas naciones hay en el mundo. Hay también
de esta parte del sur otras estrellas, que en alguna
24 LIBRO PRIMERO

manera responden á las del Norte. La vía láctea,


que llaman, corre mucho y muy resplandeciente á
esta banda, y vense en ella aquellas manchas ne-
gras tan admirables, de que arriba hicimos men-
ción; otras particularidades otros las dirán ó adver-
tirán con más cuidado; bástenos por ahora, esto
poco que habemos referido.

CAPITULO V I

Que el mundo hacia ambos polos tiene


tierra y mar.

No está hecho poco, pues hemos salido con que


acá tenemos Cielo, y nos cobija como á los de Eu-
ropa y Asia y Africa. Y de esta consideración nos
aprovechamos á veces, cuando algunos ó muchos
de los que acá suspiran por España, y no saben
hablar sino de su tierra, se maravillan y aun eno-
jan con nosotros, pareciéndoles que estamos olvi
dados, y hacemos poco caso de nuestra común
patria, á los cuales respondemos, que por eso no
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 2$

nos fatiga el deseo de volver á España, porque ha-


llamos que el Cielo nos cae tan cerca por el Perú,
como por España. Pues, como dice bien San Geró-
nimo, escribiendo á Paulino, tan cerca está la puer-
ta del Cielo de Bretaña, como de Jerusalén. Pero ya
que el Cielo de todas partes toma al mundo en de-
rredor, es bien que se entienda, que no por eso se"
sigue que haya tierra de todas partes del mundo.
Porque siendo así que los dos elementos de tierra
y agua, componen un globo ó bola redonda, como
los más y los mejores de los Antiguos, según refie-
re Plutarco (i), lo sintieron, y con demostraciones
certísimas se prueba; podríase pensar que la mar
ocupa toda la parte que cae al polo Antártico ó
sur, de tal modo, que no deje lugar alguno á la
tierra por aquella banda, según que San Agustín,
doctamente arguye (2), contra la opinión de los que
ponen Antípodas. No advierten, dice, que aunque
se crea ó se pruebe, que el mundo es de figura
redonda como una bola, no por eso está luego en
la mano, que por aquella otra parte del mundo
esté la tierra descubierta y sin agua. Dice bien, sin
duda, San Agustín en ésto. Pero tampoco se sigue,
ni se prueba lo contrario, que es no haber tierra

(0 Plutarchus. lib. 3 de placitis Philosoph. c. q n


(2) 11.
August. lib. 16. de Civit. cap. 9.
26 LIBRO PRIMERO

descubierta al polo Antártico, y ya la experiencia


á los ojos lo ha mostrado ser así, que en efecto la
hay. Porque aunque la mayor parte del mundo,
que cae al dicho polo Antártico, esté ocupada del
mar, pero no es toda ella, antes hay tierra, de suer-
te que á todas partes del mundo la tierra y el agua
se están como abrazando, y dando entrada la una
á la otra. Que de verdad es cosa para mucho ad-
mirar y glorificar el arte del Criador soberano. Sa-
bemos por la Sagrada Escritura (i), que en el
principio del mundo fueron las aguas congregadas,
y se juntaron en un lugar, y que la tierra con esto
se descubrió. Y también las mismas sagradas le-
tras nos enseñan, que estas congregaciones de
aguas se llamaron mar, y como ellas son muchas,
hay de necesidad muchos mares. Y no solo en el
Mediterráneo hay esta diversidad de mares, lla-
mándose uno el Euxino,'otro el Caspio, otro el
Erythréo ó Bermejo, otro el Pérsico, otro el de
Italia, y otros muchos así; mas también el mismo
Océano grande, que en la divina Escritura se suele
llamar abismo, aunque en realidad de verdad sea
uno, pero en muchas diferencias y maneras, como
respecto de este Perú y de toda la América es
uno el que llaman mar del norte, y otro el mar del

(i) Genes, i . v. v. 9. 10.


DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 2/

sur. Y en la India Oriental, uno es el mar Indico,


otro el de la China. Y o he advertido, así en lo que
he navegado como en lo que he entendido de re-
laciones de otros, que nunca la mar se aparta de la
tierra más de mil leguas, sino que donde quiera,
por mucho que corre el Océano, no pasa de la
dicha medida. No quiero decir, que no se navegan
más de mil leguas del mar Océano, que esto sería
disparate, pues sabemos que las naves de Portugal
navegan cuatro tanto y más, y aun todo el mundo
en redondo se puede navegar por mar, como en
nuestros tiempos lo hemos ya visto, sin poderse
dudar en ello. Mas lo que digo y afirmo es, que en
lo que hasta ahora está descubierto, ninguna tierra
dista por línea recta de la tierra firme ó Islas que
le caen cerca, sino á lo sumo mil leguas, y que así
entre tierra y tierra nunca corre mayor espacio
de mar, tomándolo por la parte que una tierra está
más cercana de otra, porque del fin de Europa, y
de Africa y de su costa no distan las Islas Cana-
rias y las de los Azores, con las del Cabo verde, y
las demás en aquel paraje, más de trescientas ó
quinientas leguas, á lo sumo de Tierra-firme.
De las dichas Islas haciendo discurso hacia la
India Occidental, apenas hay novecientas leguas
hasta llegar á las Islas que llaman Dominica, y las
Vírgenes, y la Beata, y las demás. Y éstas van co-
rriendo por su orden hasta las que llaman de
LIBRO PRIMERO

Barlovento, que son de Cuba, y Española, y Bori-


quen. De éstas, hasta dar en la tierra firme apenas
hay doscientas ó trescientas leguas, y por partes,
muy mucho menos. La tierrafirmeluego corre una
cosa infinita desdela tierra de laFlorida hasta acullá
á la tierra de los Patagones, y por estotra parte del
sur, desde el estrecho de Magallanes hasta el cabo
Mendocino, corre una tierra larguísima, pero no
muy ancha, y por donde más ancha, es aquí en esta
parte del Perú, que dista del Brasil obra de mil le-
guas. En este mismo mar del Sur, aunque no se halla
ni sabe fin la vuelta del Poniente, pero no ha] mu-
chos años que se descubrieron las Islas que intitu-
laron de Salomón, que son muchas y muy gran-
des y distan de este Perú como ochocientas leguas.
Y porque se ha observado y se halla así, que
donde quiera que hay Islas muchas y grandes,
se halla no muy lejos tierra firme, de ahí viene,
que muchos, y yo con ellos, tienen opinión, que hay
cerca de las dichas islas de Salomón, tierra firme
grandísima, la cual responde á la nuestra América
por parte del poniente, y sería posible que corrie-
se por la altura del sur hacia el estrecho de Ma-
gallanes. La nueva Guinea se entiende que es tie-
rra firme, y algunos doctos la pintan muy cerca
de las Islas de Salomón. Así que es muy conforme
á razón, que aún está por descubrir buena parte
del Mundo. Pues ya por este mar del Sur navegan
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 29

también los nuestros á la China y Filipinas; y á la


ida de acá allá no nos dicen que pasan más largo
mar que viniendo de España á estas Indias. Mas
por donde se continúan y traban el un mar Océa-
no con el otro, digo el mar del sur con el mar
del norte, por la parte del polo Antártico bien se
sabe que es por el estrecho tan señalado de Ma-
gallanes, que está en altura de cincuenta y un gra-
dos. Pero si al otro lado del mundo al polo del
norte también se continúan y corren estos dos
mares, grande cosa es, que muchos la han pesqui-
sado; pero que yo sepa, nadie hasta ahora ha dado
en ella, solamente por conjeturas, y no sé qué in-
dicios, afirman algunos, que hay otro estrecho
hacia el norte, semejante al de Magallanes. Para
el intento que llevamos, bástanos hasta ahora saber
de cierto, que hay tierra de esta parte del sur, y
que es tierra tan grande como toda la Europa y
Asia, y áun Africa; y que á ambos polos del mun-
do se hallan mares y tierras abrazados entre sí, en
lo cual los Antiguos, como á quienes les faltaba
experiencia, pudieron poner duda, y hacer contra-
dicción.
CAPÍTULO V i l

En que se reprueba la opinión de Lactancio, que


dijo no haber Antipodas.

Pero ya que se sabe que hay tierra á la parte


del sur ó polo Autártico, resta ver si hay en ella
hombres que la habiten, que fué en tiempos pasa-
dos una cuestión muy reñida. Lactancio Firmia-
no (i), y San Agustín (2) hacen gran donaire de
los que afirman haber Antípodas, que quiere decir
hombres que traen sus pies contrarios á los nues-
tros. Mas aunque en tenerlo por cosa de burla
convienen estos dos Autores; pero en las razones y
motivos de su opinión van por muy diferentes ca-
minos, como en los ingenios eran bien diferentes.
Lactancio vase con el vulgo, pareciéndole cosa de
risa decir que el Cielo está en torno por todas par-
tes, y la tierra está en medio, rodeada de él como

(1) Lactant. lib. 7. de divin. I n s t i t u í , cap. 2 3 .


(2) August. lib. 16. de Civit. cap. 9.
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 31

una pelota; y así escribe de esta manera: ^Qué ca-


mino lleva lo que algunos quieren decir, que hay-
Antípodas, que ponen sus pisadas contrarias á las
nuestras? ¿Por ventura hay hombre tan tonto que
crea haber gentes que andan los pies arriba y la
cabeza abajo? ¿y que las cosas que acá están asen-
tadas, estén allá trastornadas colgando? ¿y que los
árboles y los panes crecen allá hacia abajo? ¿y que
las lluvias y la nieve y el granizo suben á la tie-,
rra hacia arriba? y después de otras palabras aña-
de Lactancio aquestas: E l imaginar al Cielo redon-
do fué causa de inventar estos hombres Antípo-
das colgados del aire. Y así, no tengo más que
decir de tales Filósofos, sino que en errando una
vez, porfían en sus disparates, defendiendo los unos
con los otros. Hasta aquí son palabras de Lactan-
cio. Mas por más que él diga, nosotros que habita-
mos al presente en la parte del Mundo, que respon-
de en contrario de la Asia, y somos sus Anticto-
nos, como los Cosmógrafos hablan, ni nos vemos
andar colgando, ni que andemos las cabezas abajo
y los pies arriba. Cierto es cosa maravillosa consi-
derar, que al entendimiento humano por una parte
no le sea posible percibir y alcanzar ja verdad, sin
usar de imaginaciones, y por otra tampoco le sea
posible dejar de errar, si del todo se va tras la
imaginación. No podemos entender que el Cielo
es redondo, como lo es, y que la tierra está en
32 LIBRO PRIMERO

medio, sino imaginándolo. Mas si á esta misma


imaginación no la corrija y reforma la razón,
sino que se deja el entendimiento llevar de ella,
forzoso hemos de ser engañados y errar. Por
donde sacarémos con manifiesta experiencia, que
hay en nuestras almas cierta lumbre del Cielo,
con la cual vemos y juzgamos aun las mismas
imágenes y formas interiores, que se nos ofre-
cen para entender: y con la dicha lumbre in-
terior aprobamos ó desechamos lo que ellas nos
están diciendo. De aquí se vé claro, como el ánima
racional es sobre toda naturaleza corporal; y como
la fuerza y vigor eterno de la verdad, preside en
el más alto lugar del hombre; y vese, cómo mues-
tra y declara bien que ésta su luz tan pura, es
participada de aquella suma y primera luz; y quien
ésto no lo sabe ó lo duda, podemos bien decir,
que no sabe ó duda si es hombre. Así que si á
nuestra imaginación preguntamos, qué le parece
de la redondéz del Cielo, cierto no nos dirá otra
cosa sino lo que dijo á Lactancio. Es. á saber, que
si es el Cielo redondo, el Sol y las estrellas habrán
de caerse cuando se trasponen, y levantarse cuan-
do van al medio día; y que la tierra está colgada en
el aire; y que los hombres que moran de la otra
parte de la tierra, han de andar pies arriba y ca-
beza abajo; y que las lluvias allí no caen de lo alto
antes suben de abajo; y las demás monstruosidades,
LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 33

que aun decirlas, provoca á risa. Mas si se consulta


la fuerza de la razón, hará poco caso de todas estas
pinturas vanas, y no escuchará álaimaginación más
que á una vieja loca: y con aquella su entereza y
gravedad, responderá, que es engaño grande fa-
bricar en nuestra imaginación á todo el mundo á
manera de una casa, en la cual está debajo de su
cimiento la tierra, y encima de su techo está el
Cielo: y dirá también, que como en los animales
siempre la cabeza es lo más alto y supremo del
animal, aunque no todos los animales tengan la
cabeza de una misma manera, sino unos puesta
hácia arriba, como los hombres, otros atravesada,
como los ganados, otros en medio, como el pulpo
y la araña, así también el Cielo donde quiera que
esté, está arriba, y la tierra ni mas ni menos, don-
de quiera que esté, está debajo. Porque siendo así,
que nuestra imaginación está asida á tiempo y lu-
gar, y el mismo tiempo y lugar no lo percibe um-
versalmente, sino particularizado, de ahí le viene
que cuando la levantan á considerar cosas que ex-
ceden y sobrepujan tiempo y lugar conocido,
luego se cae: y si la razón no la sustenta y
levanta, no puede un punto tenerse en pie: y
así veremos, que nuestra imaginación, cuando
se trata de la creación del mundo, anda á buscar
tiempo antes de criarse el mundo, y para fabri-
carse el mundo, también señala lugar, y no acaba
TOMO I.
4
34 LIBRO PRIMERO

de v e r que se pudiese; de o t r a suerte el m u n d o


hacer; siendo v e r d a d , que l a r a z ó n claramente nos
muestra, que ni hubo t i e m p o antes de haber m o -
vimiento, c u y a m e d i d a es el t i e m p o , n i h u b o lugar
alguno antes del m i s m o universo, que encierra
todo lugar. P o r tanto el F i l ó s o f o e x c e l e n t e A r i s t ó -
teles, c l a r a y b r e v e m e n t e satisface ( i ) a l argu-
mento que hacen c o n t r a el l u g a r de l a tierra, to-
mado del m o d o nuestro de i m a g i n a r , d i c i e n d o con
gran v e r d a d , que en el m u n d o e l m i s m o lugar es
en medio y abajo, y cuanto m á s en m e d i o e s t á una
cosa, tanto m á s abajo, l a cual respuesta alegando
Lactancio Firmiano, sin r e p r o b a r l a c o n alguna
r a z ó n , pasa c o n decir, que no se puede detener
en r e p r o b a r l a por l a priesa que lleva á otras
cosas.

(i) A r i s t ó t e l . . i . de c a l o . cap. 3.
CAPÍTULO VIII

D A motivo que tuvo San Agustín para negar


los Antípodas.

Muy otra fue la razón que movió á S. Agustín,


como de tan alto ingenio, para negar los Antípo-
das. Porque la razón que arriba dijimos, de que
andarían al revés los Antípodas, el mismo Santo
Doctor la deshace en su libro de los Predicamen-
tos. Los Antiguos, dice él (i), afirman, que por
todas partes está la tierra debajo y el Cielo en-
cima. Conforme á lo cual los Antípodas, que se-
gún se dice, pisan al revés de nosotros, tienen
también el Cielo encima de sus cabezas. Pues
entendiendo esto San Agustín tan conforme á
buena Filosofía, ¿qué será la razón por donde
persona tan docta se movió á la contraria opinión?
Fue cierto el motivo que tuvo tomado de las en-
trañas de la sagrada Teología, conforme á la cual

(i) August. lib. Categoriarum cap. 10. in i . tomo.


36 LIBRO PRIMERO

nos enseñan las divinas letras, que todos los hom-


bres del mundo descienden de un primer hombre,
que fue Adán. Pues decir, que los hombres habían
podido pasar al nuevo mundo, atravesando ese
infinito piélago del mar Océano, parecía cosa in-
creíble y un puro desatino. Y en verdad, que si
el suceso palpable, y experiencia de lo que hemos
visto en nuestros siglos, no nos desengañara, hasta
el día de hoy se tuviera por razón insoluble la
dicha. Y ya que sabemos, que no es concluyente
ni verdadera la dicha razón, con todo eso nos
queda bien que hacer para darle respuesta, quiero
decir, para declarar en qué modo, y por qué via
pudo pasar el linaje de los hombres acá, ó cómo
vinieron, y por dónde, á poblar estas Indias. Y
porque adelante se ha de tratar esto muy de pro-
pósito, por ahora bien será que oigamos lo que el
Santo Doctor Agustino disputa de esta materia
en los libros de la ciudad de Dios (i), el cual dice
así: Lo. que algunos platican, que hay Antípodas,
esto es, gentes que habitan de la otra parte de la
tierra, donde el Sol nace al tiempo que á nosotros
se pone; y que las pisadas de estos son al revés
dé las nuestras, esto no es cosa que se ha de creer.
Pues no lo' afirman pór relación cierta que'de ello

(i) Lib. 16. c'ap. 9.


)E LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 37

tengan, sino solamente por un discurso de Filoso-


fía que hacen, con que concluyen, que estando la
tierra en medio del mundo rodeada de todas par-
tes del Cielo igualmente, ha de ser forzosamente lu-
gar más bajo siempre el que estuviere más en medio
del mundo. Y después añade: De ninguna manera
engaña la divina Escritura, cuya verdad en lo que
refiere haber pasado, se prueba bien, viendo cuan
puntualmente sucede lo que profetiza que ha de
venir. Y es cosa de disparate decir, que de estas
partes del mundo hayan podido hombres llegar al
otro nuevo mundo, y pasar esa inmensidad del
mar Océano, pues de otra suerte no es posible ha-
ber allá hombres, siendo verdad que todos los
hombres descienden de aquel primer hombre. Se-
gún esto toda la dificultad de San Agustín no fue
otra sino la incomparable grandeza del mar Océano.
Y el mismo parecer tuvo San Gregorio Nacian-
ceno afirmando, como cosa sin duda, que pasado
el Estrecho de Gibraltar, es imposible navegarse
el mar. En una Epístola que escribe (i), dice á este
propósito: Estoy muy bien con lo que dice Pínda-
ro, que después de Cádiz es la mar innavegable de
hombres. Y él mismo, en la oración funeral que
hizo á San Basilio, dice, que á ninguno le fue con-

(0 Xacianc. Epistol. 17. ad Posthumiai


38 LIBRO PRIMERO

cedido pasar del Estrecho de Gibraltar, navegando


la mar. Y aunque es verdad que esto se tomó como
por refrán del Poéta Píndaro, que dice, que así á
sabios como á necios les está vedado saber lo que
está adelante de Gibraltar; pero la misma origen
de este refrán da bien á entender cuan asentados
estuvieron los Antiguos en la dicha opinión; y así
por los libros de los Poétas, y de los Historiado-
res, y de los Cosmógrafos antiguos, el fin y tér-
minos de la tierra se ponen en Cad iz la de nuestra
España: allí fabrican las columnas de Plércules, allí
encierran los términos del Imperio Romano, allí,
pintan los fines del mundo. Y no solamente las le-
tras profanas, mas aún las sagradas, también hablan
en esa forma, acomodándose á nuestro Icnguage,
donde dicen (i), que se publicó el edicto de A u -
gusto Cesar, para que todo el mundo se empadro-
nase: y de Alejandro el Magno, que extendió su
Imperio hasta los cabos de la tierra (2); y en otra
parte dicen (3): que el Evangelio ha crecido y he-
cho fruto en todo el mundo universo. Porque por
estilo usado llama la Escritura todo el mundo á la
mayor parte del mundo, que hasta entonces esta-
ba descubierto y conocido. Ni el otro mar de la

(1) Luc. 2.
(2) 1. Machab. i .
(3) Colos. 1.
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 39

India oriental, ni este otro de la occidental, enten-


dieron los Antiguos, que se pudiese navegar, y en
esto concordaron generalmente. Por lo cual Plinio,
como cosa llana y cierta, escribe (i): Los mares
que atajan la tierra, nos quitan de la tierra habita-
ble la mitad por medio, porque ni de acá se puede
pasar allá, ni de allá venir acá. Esto mismo sintie-
ron Tulio y Macrobio, y Pomponio Mela, y final-
mente fue el común parecer de los Escritores an-
tiguos.

CAPÍTULO I X

De la opinión que tuvo Aristóteles cerca del nuevo


Mundo; y qué es lo que le engañó para negarle.

Hubo, demás de las dichas, otra razón también,


por la cual se movieron los Antiguos á creer que
era imposible pasar los hombres de allá á este nue-

(0 Piinius lib. 2. cap. 69.


40 LIBRO PRIMERO

vo Mundo, y fué decir, que de la otra parte de la


inmensidad del Océano, era el calor de la región
que llaman Tórrida ó Quemada tan excesivo, que
no consentía, ni por mar, ni por tierra, pasar los
hombres, por atrevidos que fuesen, del un polo al
otro polo. Porque aun aquellos Filósofos, que afir-
maron ser la tierra redonda, como en efecto lo es,
y haber hácia ambos polos del mundo, tierra ha-
bitable, con todo eso negaron, que pudiese habi-
tarse del linaje humano la región que cae en me-
dio, y se'comprehende entre los dos Trópicos, que
es la mayor de las cinco zonas ó regiones en que
los Cosmógrafos y Astrólogos, parten el mundo.
La razón que daban de ser esta zona tórrida inha-
bitable, era el ardor del Sol, que siempre anda en-
cima tan cercano, y abrasa toda aquella región, y
por el consiguiente la hace falta de aguas y pastos.
De esta opinión fué Aristóteles, que aunque tan gran
Filósofo, se engañó en esta parte. Para cuya inte-
ligencia será bien decir en qué procedió bien consu
discurso, y en qué vino á errar. Disputando, pues,
el Filósofo (i) del viento ábrego ó sur, si hemos
de entender, que nace del medio día ó no, sino del
otro polo contrario al norte, escribe en esta ma-
nera: La razón nos enseña, que la latitud y ancho

(0 Aristotel. 2. Meteor. c ap. 5.


DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 41

de la tierra que se habita, tiene sus límites; pero no


puede toda esta tierrahabitable continuarse entre sí,
por no ser templado el medio. Porque cierto es que
•en su longitud, que es de oriente á poniente, no tiene
exceso de frió, ni de calor; pero tiénele en su lati-
tud, que es del polo á la línea equinoccial; y así po-
dría sin duda andarse toda la tierra en torno por
su longitud, sino lo estorváse en algunas partes la
grandeza del mar que la ataja. Hasta aquí no hay
mas que pedir en lo que dice Aristóteles; y
tiene gran razón, en que la tierra por su longitud,
que es de oriente á poniente, corre con mas igual-
dad, y mas acomodada á la vida y habitación hu-
mana, que por su latitud, que es del norte al medio
dia: y esto pasa así no solo por la razón que toca
Aristóteles de haber la misma templanza del Cielo
de oriente á poniente, pues dista siempre igualmen-
te del frío del norte, y del calor del medio dia,
sino por otra razón también, porque yendo en lon-
gitud, siempre hay días y noches succesivamente,
lo cual yendo en latitud, no puede ser, pues ha de
llegar forzoso á aquella región polar, donde hay
una parte del año noche continuada, que dure seis
meses, lo cual para la vida humana es de grandí-
simo inconveniente. Pasa mas adelante el Filósofo,
reprehendiendo á los Geógrafos, que describían la
tierra en su tiempo, y dice así: Lo que he dicho se
puede bien advertir en los caminos que hacen por
42 LIBRO PRIMERO

tierra, y en las navegaciones de mar, pues hay


gran diferencia de su longitud á su latitud. Porque
el espacio que hay desde las columnas de Hércules
que es Gibraltar, hasta la India oriental, excede en
proporción mas que de cinco á tres, al espacio
que hay desde la Etiopia hasta la laguna Meotis, y
últimos fines de los Scitas: y esto consta por la
cuenta de jornadas, y de navegación, cuanto se ha
podido hasta ahora con la experiencia alcanzar. Y
tenemos noticia de la latitud que hay de la Tórri-
da habitable, hasta las partes de ella que no se ha-
bitan. En esto se le debe perdonar á Aristóteles,
pues en su tiempo no se había descubierto mas de
la Etiopia primera, que llaman exterior, y cae jun-
to á la Arabia y Africa: la otra Etiopia interior no
la supieron en su tiempo, ni tuvieron noticia de
aquella inmensa tierra, que cae donde son ahora
las tierras del Preste Juan: y mucho menos toda la
demás tierra que cae debajo de la equinoccial, y va
corriendo hasta pasar el Trópico de Capricornio, y
para en el cabo de Buena-Esperanza, tan conocido
y famoso por la navegación de los Portugueses.
Desde el cual cabo, si se mide la tierra, hasta pa-
sada la Scitia y Tartaria, no hay duda sino que
esta latitud y espacio será tan grande, como
la longitud y espacio que hay desde Gibraltar
hasta la India oriental. Es cosa llana, que los A n -
tiguos ignoraron los principios del Nilo, y lo últi-
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 43

mo de la Etiopia; y por eso Lucano reprehende (i)


la curiosidad de Julio Cesar en querer inquirir el
principio del Nilo; y dice en su verso:

¿Qué tienes tu. Romano, que ponerte


A inquirir del Nilo el nacimiento?

Y el mismo Poéta hablando con el propio Nilo


dice:

Pues es tu nacimiento tan oculto,


Qm ignora el mundo todo cuyo seas.

Mas conforme á la sagrada Escritura, bien se


entiende que sea habitable aquella tierra, pues de
otra suerte no dijera el Profeta Sofonías (2), ha-
blando de la vocación al Evangelio de aquellas
gentes: De mas allá de los ríos de Etiopia me
traerán presentes los hijos de mis esparcidos, que
así llama á los Apóstoles. Pero, como está dicho,
justo es perdonar al Filósofo, por haber creido á
los Historiadores y Cosmógrafos de su tiempo.
Examinemos ahora lo que se sigue: la una parte,
dice, del mundo, que es la septentrional puesta al

(0 Lucano 10. Pharsal.


(2) Sophon. 3. v. 10.
44 LIBRO PRIMERO

norte, pasada la zona templada, es inhabitable por


el frió excesivo: la otra parte que está al medio
dia, también es inhabitable en pasando del Trópi-
co, por el excesivo calor. Mas las partes del mun-
do que corren pasada la India de una vanda, y
pasadas las columnas de Hércules de otra, cierto es
que no se juntan entre sí, por atajarlas el gran
mar Océano. En esto postrero dice mucha verdad;
pero añade luego: Por cuanto á la otra parte del
mundo es necesario, que la tierra tenga la misma
proporción con su polo Antártico, que tiene esta
nuestra parte habitable con el suyo, que es norte.
No hay duda, sino que en todo ha de proceder el
otro mundo como este de acá, en todas las demás
cosas, y especialmente en el nacimiento y orden
de los vientos; y después de decir otras razones
que no hacen á nuestro caso, concluye Aristóteles
diciendo: Forzoso hemos de conceder, que el
Abrego es aquel viento que sopla de la región
que se abrasa de calor, y la tal región por tener
tan cercano al Sol, carece de aguas y de pastos.
Este es el parecer de Aristóteles: y cierto que
apenas pudo alcanzar mas la conjetura humana.
De donde vengo, cuando' lo pienso cristianamen-
te, á advertir muchas veces, cuan flaca y corta sea
la Filosofía de los Sabios de este siglo en las cosas
divinas, pues aun en las humanas, donde tanto les
parece que saben, á veces tampoco aciertan.
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 45

Siente Aristóteles y afirma, que la tierra que está


á este polo del sur habitable, es, según su longitud,
grandísima, que es de oriente á poniente, y que
según su latitud, que es desde el polo del sur hasta
la equinoccial, es cortísima. Esto es tan al revés
de la verdad, que cuasi toda la habitación que hay
á esta vanda del polo Antártico, es según la lati-
tud, quiero decir, del polo á la línea: y por la lon-
gitud, que es de oriente á poniente, es tan peque-
ña, que excede y sobrepuja la latitud á la longitud
en este nuevo orbe, tanto como diez exceden á
tres, y aun mas. Lo otro, que afirma ser del todo
inhabitable la región media, que llaman Tórrida-
zona, por el excesivo calor, causado de la vecin-
dad del Sol, y por esta causa carecer de aguas y
pastos, esto todo pasa al revés. Porque la mayor
parte de este nuevo Mundo, y muy poblada de
hombres y animales, está entre los dos Trópicos
en la misma Tórridazona; y de pastos y aguas es
la región mas abundante de cuantas tiene el mun-
do universo: y por la mayor parte es región muy
templada, para que se vea, que aun en esto natu-
ral, hizo Dios necia la sabiduría de este siglo. En
conclusión, la Tórridazona es habitable, y se habi-
ta copiosísimamente, cuanto quiera que los Anti-
guos lo tengan por imposible Mas la otra zona ó
región, que cae entre la tórrida y la polár al sur,
aunque por su sitio sea muy cómoda para la vida
46 LIBRO PRIMERO

humana; pero son muy pocos los que habitan en


ella, pues apenas se sabe de otra, sino del Reino
de Chile, y un pedazo cerca del cabo de Buena-
Esperanza: lo demás tiénelo ocupado el mar
Océano. Aunque hay muchos que tienen por opi-
nión, y de mí confieso, que no estoy lejos de su
parecer, que hay mucha más tierra, que no está
descubierta, y que ésta ha de ser tierra firme
opuesta á la tierra de Chile, que vaya corriendo
al sur pasado el círculo ó Trópico de Capricornio
Y si la hay, sin duda es tierra de excelente con-
dición por estar en medio de los dos extremos, y
en el mismo puesto, que lo mejor de Europa. Y
cuanto á esto bien atinada anduvo la congetura de
Aristóteles. Pero hablando de lo que hasta ahora
está descubierto, lo que hay en aquel puesto es
muy poca tierra, habiendo en la Tórrida muchísi-
ma y muy habitada.
CAPÍTULO X

Que Plinio y los mas de los Antiguos sintieron lo


mismo que Aristóteles.

El parecer de Aristóteles siguió á la letra Plinio,


el cual dice así (i): E l temple de la región del me-
dio del mundo, por donde anda de continuo el Sol,
y está abrasada como de fuego cercano, y toda
quemada y como humeando. Junto á esta de en
medio, hay otras dos regiones de ambos lados, las
cuales por caer entre el ardor de ésta, y el cruel
frió de las otras dos extremas, son templadas. Mas
estas dos templadas no se pueden comunicar en-
tre sí, por el excesivo ardor del Cielo. Esta propia
fue la opinión de los otros Antiguos, la cual gala-
namente celebra el Poéta en sus versos (2).

Rodean cinco cintas todo el Cielo:


De estas, una con Sol perpetuo ardiente
Tienen de quemazón bermejo el suelo.

(1) Plinius lib. 2. cap. 68.


' (2) Virgil. in Georgic.
48 LIBRO PRIMERO

Y el mismo Poéta en otro cabo (i).

Oyólo, si hay alguno que allá habite.


Donde se tiende la región mas larga.
Que en medio de las cuatro el Sol derrite.

Y otro Poéta aun. mas claro dice lo mismo (2):.

Son en la tierra iguales las regiones


A las del Cielo; y de estas cinco, aquella
Que está enmedio, no tiene poblaciones
Por el bravo calor.

Fundóse esta opinión común de los Antiguos en


una razón que les pareció cierta é inexpugnable.
Veían que en tanto era una región mas caliente,,
cuando se acercaba mas al medio dia. Y es esto
tanta verdad, que en una misma Provincia de Italia
es la Pulla mas cálida que la Toscana por esa ra-
zón; y por la misma en España es mas caliente el
Andalucía que Vizcaya, y esto en tanto grado,,
que no siendo la diferencia de mas de ocho gra-
dos, y aun no cabales, se tiene la una por muy ca-
liente, y la otra por muy fria. De aquí inferían por
buena consecuencia, que aquella región que se alie-

( 0 7- jEheid.
(2) Metamorph. Ovid. i .
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 49

gasc tanto al medio día, que tuviese el Sol sobre


su cabeza, necesariamente había de sentir un per-
petuo y excesivo calor. Demás de esto veían tam-
bién, que todas las diferencias que el año tiene, de
Primavera, Estío, Otoño, Invierno, proceden de
acercarse ó alejarse el Sol. Y echando de ver, que
estando ellos aún bien lejos del Trópico, á donde
llega el Sol en Verano, con todo eso por írseles
acercando, sentían terribles calores en Estío, ha-
cían su cuenta, que si tuvieran al Sol tan cerca de
sí, que anduviera encima de sus cabezas, y esto
por todo el discurso del año, fuera el calor tan in-
sufrible, que sin duda se consumieran y abra-
saran los hombres de tal exceso. Esta fue la
razón que venció á los Antiguos, para tener por
no habitable la región de en medio, que por eso
llamaron Tórridazona. Y cierto que si la misma
experiencia por vista de ojos, no nos hubiera des-
engañado, hoy dia dijéramos todos, que era razón
concluyente y Matemática, porque veamos cuan
flaco es nuestro entendimiento para alcanzar aum
estas cosas naturales. Mas ya podemos decir, que
á la buena dicha de nuestros siglos le cupo alcaa-
zar aquellas dos grandes maravillas, es á saber,,
navegarse el mar Océano con gran facilidad, y
gozar los hombres en la Tórridazona de lindísimo
temple, cosas que nunca los Antiguos se pudieron
persuaíir. De estas dos maravillas la postrera de
TOMO I. • ¿
LllíRO PRIMERO
50
la habitación y cualidades de la Tórridazona, he-
mos de tratar, coa ayuda de Dios, largamente en
el libro siguiente. Y así en este será bien declarar
la otra, del modo de navegar el Océano, porque
nos importa muchos para el intento que llevamos
en esta obra. Pero antes de venir á este punto, con-
vendrá decir, qué es lo que sintieron los Antiguos
de estas nuevas gentes que llamamos Indios.

CAPITULO X I

Que se halla en los Antiguos alguna noticia de


este nuevo Mundo.

Resumiendo lo dicho, queda que los Antiguos,


o no creyeron haber hombres pasado el Trópico
de Cáncer, como San Agustín y .Pactando sintie-
ron, ó que si había hombres, á lo menos no habi-
taban entre los Trópicos, como lo afirman Aristó-
teles y Plinio, y antes que ellos, Parmenides Filó-
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 5[

sofo (i). Ser de otra suerte lo uno y lo otro, ya


está bastante averiguado. Mas todavía muchos con
curiosidad preguntan, si de esta verdad que en
nuestros tiempos es tan notoria, hubo en los pasa-
dos alguna noticia. Porque parece cierto cosa muy
extraña, que sea tamaño este mundo nuevo, como
con' nuestros ojos le vemos, y que en tantos siglos
atrás no haya sido sabido por los Antiguos. Por
donde pretendiendo quizá algunos menoscabar en
esta parte la felicidad de nuestros tiempos, y obs-
curecer la gloria de nuestra nación, procuran mos-
trar, que este nuevo Mundo fué conocido por los
Antiguos: y realmente no se puede negar, que
haya de esto algunos rastros. Escribe San Geróni-
mo (2) en la Epístola á los Efesios: Con razón pre-
guntamos, qué quiera decir el Apóstol en aquellas
palabras: en las cuales cosas anduvistes un tiempo
según el siglo de este mundo, si quiere por ventu-
ra dar á entender, que hay otro siglo que no per-
tenezca á este mundo, sino á otros mundos, de
los cuales escribe Clemente en su Epístola: E l
Océano y los mundos que están más allá del
Océano. Esto es de San Gerónimo. Y o cierto
no alcanzo, qué Epístola sea esta de Clemente,

(1) P l u t a r c h . 3. de p l a c i t i s P h i l o s o p h . cap. 11.


(2) H i e r o n y m . super cap. 2. ad E p h e s .
52 LIBRO PRIMERO

que San Gerónimo cita; pero ninguna duda tengo


que lo escribió así San Clemente, pues lo alega
San Gerónimo. Y claramente refiere San Clemen-
te, que pasado el mar Océano, hay otro mundo y
aun mundos, como pasa en efecto de verdad, pues
hay tan excesiva distancia del un nuevo mundo al
otro nuevo mundo, quiero decir, de este Perú é
India occidental á la India oriental y China. Tam-
bién Plinio, que fue tan extremado en inquirir las
cosas extrañas y de admiración, refiere en su His-
toria natural (i), que Hannón,. Capitán de los Car-
taginenses, navegó desde Gibraltar, costeando la
mar, hasta lo último de Arabia, y que dejó escrita
esta su navegación. Lo cual si es así, como Plinio
lo dice, sigúese claramente que navegó el dicho
Hannón todo cuanto los Portugueses hoy día na-
vegan, pasando dos veces la equinoccial , que
es cosa para espantar. Y según lo trae el mismo Pli-
nio (2) de Cornelio Nepote, Autor grave, el propio
espacio navegó otro hombre llamado Eudoxo, aun-
que por camino contrario, porque huyendo el
dicho Eudoxo del Rey de los Latyros, salió por
el mar Bermejo al mar Océano, y por él voltean
do llegó hasta el Estrecho de Gibraltar, lo cual

(1) Plinius lib. 2. cap. 69.


(2) Idem ibidem.
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 53

afirma el Cornclio Nepote haber acaecido en su


tiempo. También escriben Autores graves, que
una nave de Cartaginenses llevándola la fuerza
del viento por el mar Océano, vino á reconocer
una tierra nunca hasta entonces sabida, y que vol-
viendo después á Cartágo, puso gran gana á los
Cartaginenses de descubrir y poblar aquella tierra,
y que el Senado con riguroso decreto vedó la tal
navegación, temiendo que con la codicia de nue-
vas tierras, se menoscabáse su patria. De todo
esto se puede bien colegir, que hubiese en los A n -
tiguos algún conocimiento del nuevo Mundo; aun-
que particularizando á esta nuestra América, y
toda esta India occidental, apenas se halla cosa
cierta en los libros de los Escritores antiguos.
Mas de la India oriental no solo la de la una par-
te, sino también la de la otra, que antiguamente
era la más remota por caminarse al contrario de
ahora, digo que se halla mención, y no muy corta,
ni muy obscura. Porque ¿á quién no le es fácil ha-
llar en los Antiguos la Malaca, que llamaban A u -
rea Chersoneso? Y al cabo de Comorin, que se
decia Promontoriitm Cari, ¿y la grande y célebre
Isla de Sumatra, por antiguo nombre tan celebra-
do, Taprobana? ¿Qué diremos de las dos Etiopias?
¿qué de los Bracmanes? ¿qué de la gran tierra de
los Chinos? ¿Quién duda en los libros de los Anti-
guos, que traten de estas cosas no pocas veces?
54 LIBRO PRIMERO

Mas de las Indias occidentales, no hallamos en


Plinio, que en esta navegación pasáse de las Islas
Canarias, que él llama Fortunatas; y la principal
de ellas dice (i) haberse llamado Canaria, por la
multitud de canes ó perros que en ella habia. Pa-
sadas las Canarias, apenas hay rastro en los Anti-
guos de la navegación que hoy se hace por el
golfo, que con mucha razón le llaman grande. Con
todo eso se mueven nTDchos á pensar, que profe-
tizó Séneca, el Trágico, de estas Indias occidenta-
les, lo que leemos en su Tragedia Medea (2) en
sus versos anapésticos, que reducidos al metro
Castellano, dicen así:

Tras largos años vendrá


Un siglo nuevo y dichoso.
Que a l Océano anchuroso
Sus limites pasará.

Descubrirán grande tierra.


Verán otro nuevo Mundo,
Navegando el gran profundo.
Que ahora el paso nos cierra.

L a Thule tan afamada

(i) P l i n i u s l . 6. c. 32.
(a) Séneca in Medea actu 2. in line.
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS - 55

Como del mundo postrera.


Quedará en esta carrera
Por muy cercana contada.

Esto canta Séneca en sus versos; y no podemos


negar que al pie de la letra pasa así, pues los años
largos que dice, si se cuentan del tiempo del Trá-
gico, son al pie de mil y cuatrocientos, y si de el
de Medea, son mas de dos mil; que el Océano an-
churoso haya dado el paso, que tenia cerrado, y
que se haya descubierto grande tierra, mayor que
toda Europa y Asia, y se habite otro nuevo mundo,
vérnoslo por nuestros ojos cumplido, y en esto no
hay duda. En lo que la puede con razón haber, es,
en si Séneca adivinó, ó si acaso dio en esto su
Poesía. Y o para decir lo que siento, siento que
adivinó con el modo de adivinar que tienen los
hombres sabios y astutos. Veía que ya en su
tiempo se tentaban nuevas navegaciones y viages
por el mar: sabía bien, como Eilósofo, que habia
otra tierra opuesta del mismo ser, que llaman A n -
tichtona. Pudo con este fundamento considerar,
que la osadía y habilidad de los hombres, en fin
llegaría á pasar el mar Océano, y pasándole, des-
cubrir nuevas tierras, y otro mundo, mayormente
siendo ya cosa sabida en tiempo de Séneca el su-
ceso de aquellos naufragios que refiere Plinio, con
que se pasó el gran mar Océano. Y que este haya
56 LIBRO PRIMERO

sido el m o t i v o de la p r o f e c í a de S é n e c a , parece lo
dan á entender los versos que p r e c e d e n , donde
habiendo, alabado el sosiego y v i d a p o c o bulliciosa
d e los A n t i g u o s , dice así:

Mas ahora es otro tiempo,


y el mar de fuerza ó de grado
ha de dar paso a l osado,
y el pasarle es pasatiempo.

Y mas abajo dice así:

A l alto mar proceloso


ya cualquier barca se atreve:
todo viage es ya breve
a l navegante curioso.

No hay ya tierra por saber,


no hay Rey no por conquistar,
nuevos muros ha de hallar
•quien se piensa defender.

Todo anda ya trastornado,


sin dejar cosa en su asiento:
•el mundo claro y esento
no hay ya en él rincón cerrado.

E l Indio cálido bebe


DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 57

del Rio Araxis helado,


y el Persa en Albis bañado,
y el Rhin mas frió que nieve.

De esta tan crecida osadía de los hombres viene


Séneca á congeturar lo que luego pone, como el
extremo á que ha de llegar, diciendo: Tras largos
m í o s vendrá &c. como está ya dicho.

CAPITULO XII

Qué sintió Platón de esta India occidental.

Mas si alguno hubo que tocase mas en particu-


lar esta India occidental, parece que se le debe á
Platón esa gloria, el cual en su Timéo escribe así:
En aquel tiempo no se podia navegar aquel golfo
(y va hablando del mar Atlántico, que es el que
está en saliendo del Estrecho de Gibraltar), por-
que tenía cerrado el paso á la boca de las colum-
nas de Hércules, que vosotros soléis llamar, (que
LIBRO PRIMERO

es el mismo Estrecho de Gibraltar) y era aquella.


Isla que estaba entonces junto á la boca dicha, de
tanta grandeza, que excede á toda la Africa y
Asia juntas. De esta Isla habia paso entonces á,
otras Islas para los que iban á ellas; y de las otras.
Islas se iba á toda la Tierra firme, que estaba fron-
tero de ellas, cercada del verdadero mar. Esto-
cuenta Cridas en Platón. Y los que se persuaden,
que esta narración de Platón es historia, y verda-
dera historia, declarada en esta forma, dicen que:
aquella grande Isla llamada Atlantis, la cual exce-
día en grandeza á Africa y Asia juntas, ocupaba,
entonces la mayor parte del mar Océano, llamado-
Atlántico, que ahora navegan los Españoles, y que
las otras Islas que dice estaban cercanas á esta
grande, son las que hoy dia llaman Islas de Barlo-
vento, es á saber, Cuba, Española, San Juan de
Puerto-rico, Jamaica, y otras de aquel parage. Y
que la Tierra firme que dice, es la que hoy dia se
llama Tierra firme, y este Perú y América. El mar
verdadero que dice estar junto aquella tierra firme,
declaran que es este mar del sur, y que poreso se
1 lama verdadero mar, porque en comparación de
su inmensidad, esotros mares Mediterráneos, y aun
el mismo Atlántico, son como mares de burla. Con
ingenio, cierto, y delicadeza está explicado Platón
por los dichos Autores curiosos: con cuanta ver-
dad y certeza, eso en otra parte se trataré
CAPÍTULO XIII

Que algunos han creído, que en las divinas


Escrituras Ofir signifique este nuestro Perú.

No falta también á quien le parezca, que en las.


sagradas letras hay mención de esta India occiden-
tal, entendiendo por el Ofir que ellas tanto cele-
bran, este nuestro Perú. Roberto Stefano, ó por
mejor decir, Francisco Vatablo , hombre en la len-
gua .Hebrea aventajado, según nuestro precepto^
que fue discípulo suyo, decia, en los escolios sobre
el capítulo nono del tercer libro de los Reyes (i),
escribe que la Isla Española que halló Cristoval
Colón, era el Ofir, de donde Salomón traía cua-
trocientos y veinte, ó cuatrocientos y cincuenta
talentos de oro muy fino. Porque tal es el oro de
Cybao, que los nuestros traen de la Española. Y
no faltan Autores doctos que afirman (2) ser Ofir
este nuestro Perú, deduciendo el un nombre del

(0 In 3. lib. Reg. cap. 10. .


(2) Arias Montanus in apparatu, in Phaleg. cap. 9.
50 LIBRO PRIMERO

otro, y creyendo que en el tiempo que se escribió


el libro del Paralipomenon se llamaba Perú como
ahora. Fúndanse en que refiere la Escritura (i)
que se traía de Ofir oro finísimo y piedras muy
preciosas, y madera escogidísima, de todo lo cual
abunda, según dicen estos Autores, el Perú. Masá
mi parecer está muy lejos el Perú de ser el Ofir,
que la Escritura celebra (2). Porque aunque hay
en él copia de oro, no es en tanto grado, que ha-
ga ventaja en esto á la fama de riqueza que tuvo
antiguamente la India oriental. Las piedras tan pre-
ciosas, y aquella tan excelente madera, que nunca'
tal se vio en Jerusalén, cierto yo no lo veo, porque
aunque hay esmeraldas escogidas, y algunos árbo-
les de palo recio y oloroso; pero no hallo aquí
cosa digna de aquel encarecimiento, que pone la
Escritura. Ni aun me parece que lleva buen cami-
no pensar, que Salomón dejada la India oriental •
riquísima, enviase sus:flotas á esta última tierra. Y
si hubiera venido tantas veces, mas rastros fuera
razón que halláramos de ello. Mas la etimología
del nombre Ofir, y reducción al nombre de Perú,
téngolo por negocio de poca sustancia, sien-
do como es cierto, que ni el nombre del Perú es
tan antiguo, ni tan general á toda esta tierra. Ha

(1) 2. Paralip. g. 5. Reg. 10.


(2) 2. Paral. 8. 4. Reg. 22. 3. Res. 9.
DE LA HISTORIA NATURAL DK INDIAS 6l

sido costumbre muy ordinaria en estos descubri-


mientos del nuevo Mundo poner nombres á las
tierras y puertos, de la ocasión que se les ofrecía,
y así se entiende haber pasado en nombrar á este
Reino, Perú. Acá es opinión, que de un rio en que
á los principios dieron los Españoles, llamado por
los naturales Perú, intitularon toda esta tierra Perú:
Y es argumento de esto, que los Indios naturales
del Perú, ni usan ni saben tal nombre de su tierra.
A l mismo tono parece afirmar, que Sefer en la
Escritura son estos Andes, que son unas sierras
altísimas del Perú. Ni basta haber alguna afinidad ó
semejanza de vocablos, pues de esa suerte tam-
bién diríamos que Yucatán es Ycctán, á quien
nombra la Escritura; ni los nombres ele Tito y de
Paulo que usaron los Reyes Incas de este Perú, se
debe pensar que vinieron de Romanos ó de Cris-
tianos, pues es muy ligero indicio para afirmar
cosas tan grandes. Lo que algunos escriben, que
Tharsis y Ofir no eran en una misma navegación
ni provincia, claramente se ve ser contra la inten-
ción de la Escritura, confiriendo el cap. 22 del
cuarto libro de los Reyes, con el cap. 20 del se-
gundo libro del Paralipomenon. Porque lo que en
los Reyes dice, que Josafát hizo flota en Asionga-
ber para ir por oro á Ofir, eso mismo refiere el
Paralipomenon haberse hecho la dicha flota para
ir á Tharsis. De donde claro se colige, que en el
62 LIBRO PRIMERO

propósito tomó por una misma cosa la Escritura á


Tharsis y Ofir. Preguntarme há alguno á mí, se-
gún esto, qué región ó provincia sea el Ofir, adon-
de iba la flota de Salomón con marineros de Hi-
rán, Rey de Tiro y Sidon, para traerle oro; adon-
de también pretendiendo ir la flota del Rey Jo-
safát, padeció naufragio en Asiongaber, como
refiere la Escritura (i). En esto digo, que me
acerco de mejor gana á la opinión dejosefo en los
libros de Antiquitatibtts, donde dice, que es pro-
vincia de la India oriental, la cual fundó aquel
Ofir hijo de Yectán, de quien se hace mención en
el Génesis (2): y era esta provincia abundante de
oro finísimo. De aquí procedió el celebrarse tanto
el oro de Ofir ó de O faz, y según algunos quieren
decir, el Obrizo es como el Ofirizo, porque habien-
do siete linages de oro, como refiere San Geróni-
mo, el de Ofir era tenido por el mas fino, así como
acá celebramos el oro de Valdivia, ó el de Cara-
vaya. La principal razón que me mueve á pensar,
que Ofir está en la India oriental, y no en esta
occidental, es porque no podia venir acá la flota
de Salomón, sin pasar toda la India oriental, y
toda la China, y otro infinito mar; y no es vero-
símil que atravesasen todo el mundo para venir á

(0 3-Reg. 9. 4. Reg. 22.


(2) Genes. 10.
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 63

buscar acá el oro, mayormente siendo esta tierra


tal, que no se podía tener noticia de ella por viaje
de tierra; y mostraremos después que los Anti-
guos no alcanzaron el arte de navegar, que ahora
se usa, sín el cual no podian engolfarse tanto. F i -
nalmente, en estas cosas, cuando no se traen indi-
cios ciertos, sino conjeturas ligeras, no obligan á
creerse mas de lo que á cada uno le parece.

CAPÍTULO X I V

Qué significan en la Escritura Tharsis y Ofir.

Y si valen conjeturas y sospechas, las mias son,


que en la divina Escritura los vocablos de Ofir y
de Tharsis las mas veces no significan algún deter-
minado lugar, sino que su significación es general
cerca de los Hebreos, como en nuestro vulgar el
vocablo de Indias es general, porque el uso y len-
guage nuestro nombrando Indias es significar unas
tierras muy apartadas, y muy ricas, y muy extra-
64 LIBRO PRIMERO

ñas de las nuestras; y así los Españoles igualmen-


te llamamos Indias al Perú, y á Méjico, y á la
China, y á Malaca, y al Brasil: y de cualquier
parte de estas que vengan cartas, decimos que son
cartas de las Indias, siendo las dichas tierras y
Reinos de inmensa distancia y diversidad entre sí.
Aunque tampoco se puede negar, que el nombre
de Indias se tome de la India oriental; y porque
cerca de los Antiguos esa India se celebraba por
tierra remotísima, de ahí viene, que estotra tierra
tan remota, cuando se descubrió, la llamaron tam- ,
bien India, pór ser tan apartada, como tenida por
el cabo del mundo; y así llaman Indios á los que
moran en el cabo del mundo. A l mismo modo me
parece á mí, que Tharsis en las divinas letras, lo-
mas común no significa lugar ni parte determina-
da, sino unas regiones muy remotas; y al parecer
de las gentes, muy extrañas y ricas. Porque lo que
Josefo y algunos quieren decir, que Tharsis y Tar-
so es lo mismo en la Escritura, paréceme que con
razón lo reprueba San Gerónimo (i), no solo por-
que se escriben con diversas letras los dos dichos
Vocablos, teniendo uno aspiración, y otro no, sino
también porque muchísimas cosas que se escriben,
de Tharsis, no pueden cuadrar á Tarso, ciudad de;

(0 Hieron. ad Marcell. in 3. tom.


DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 6 5

Cilicia. Bien es verdad, que en alguna parte se in -


sinúa en la Escritura, que Tharsis cae en Cilicia,
pues se escribe así de Holofernes en el libro de
Judith (i): Y como pasase los términos de los Asi-
rlos, llego á los grandes montes Angc (que por
ventura es el Tauro), (2) los cuales montes caen á
la siniestra de Cilicia, y entró en todos sus casti-
llos, y se apoderó de todas sus fuerzas, y quebran-
tó aquella ciudad tan nombrada Melothi., y despo-
jó á todos los hijos de Tharsis y á los de Ismaél,
que estaban frontero del desierto, y los que esta-
ban al mediodía hácia tierra de Cellón, y pasó el
Eufrates, &c. Mas como he dicho, pocas veces cua-
dra á la ciudad de Tarso lo que se dice de Tarsis,
Teodoreto (3) y otros, siguiendo la interpretación
de los Setenta, en algunas partes ponen á Tharsis
en Africa, y quieren decir que es la misma que fué
antiguamente Cartágo (4), y ahora Reino de Tú-
nez: Y dicen, que allá pensó hacer su camino Jo-
ñas, cuando la Escritura refiere que quiso huir del
Señor á Tharsis. Otros quieren decir, que Tharsis
es cierta región de la India, como parece sentir
S. Gerónimo (5). Ño. contradigo yo por ahora á

(1) Jud. 2. vv. 12. 13. 14.


(2) Lege. Plin. 1. 5 . C . 27.
(3) Theodoretus. in i . Jonae.
(4) Afias Mont. ibidem, p. in Alphabeto apparatus.
(3) Hieron. ad Marcellam.
TOMO I.
66 LIBRO PRIMERO

estas opiniones; pero afirmóme en que no significa


siempre una determinada región ó parte del mun-
do. Los Magos que vinieron á adorar á Cristo,
cierto es que fueron de oriente, y también se coli-
ge de la Escritura (i), que eran de Sabá, y de Epha,
y de Madian; y hombres doctos sienten que eran
de Etiopia, y de Arabia, y de Persia. Y de estos
canta el Salmo y la Iglesia: Los Reyes de Tharsis
traerán presentes. Concedamos, pues, con San Ge-
rónimo, que Tharsis es vocablo de muchos signi-
ficados en la Escritura, y que unas veces se en-
tiende por la piedra crisólito ó jacinto: otras algu-
na cierta región de la India: otras la mar, que tiene
el color de jacinto cuando reverbera el Sol. Pero
con mucha razón el mismo Santo Doctor niega,
que fuese región de la India el Tharsis donde Jo-
nás huía, pues saliendo dé Jope, era imposible na-
vegar á la India por aquel mar; porque Jope, que
hoy se llama Jafa, no es puerto del mar Bermejo,
qué sé junta con el mar oriental Indico, sino del
mar Mediterráneo, que no sale á aquel mar Indico:
de donde se colige clarísimamente, que la nave-
gación que hacía la ñota de Salomón (2) de Asion-
gaber (donde se perdieron las naves del Rey Jo-
safát) iba por el mar Bermejo á Ofir y á Tharsis;

(1) Ps. 4 4 . Isai. 60. v. 6.


(2) 3. Reg. 22.
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS ' 6/

que lo uno y lo otro afirma expresamente la Es-


critura (i), fué muy diferente de la que Jonás pre-
tendió hacer á Tharsis. Pues es Asiongaber puer
to de una ciudad de Iduméa, puesta en el estre-
cho, que se hace donde el mar Bermejo se junta
con el gran Océano. De aquel Ofir, y de aquel
Tharsis (sea lo que mandaren) traían á Salomón
oro, y plata, y marfil, y monos, y pavos, con na-
vegación de tres años muy prolija. Todo lo cual
sin duda era de la India oriental, que abunda de
todas esas cosas, como Plinio largamente lo ense-
ña, y nuestros tiempos lo prueban bastantemente.
De este nuestro Perú no pudo llevarse marfil, no
habiendo acá memoria de elefantes: oro, y plata,
y monos muy graciosos bien pudieran llevarse;
pero en fin mi parecer es, que por Tharsis se en-
tiende en la Escritura comunmente, ó el mar gran-
de, ó regiones apartadísimas y muy extrañas: y así
me doy á entender, que las profecías que hablan
de Tharsis, pues el espíritu de profecía lo alcanza
todo, se pueden bien acomodar muchas veces á
las cogas del nuevo orbe.

(i) 2. Paralip. g. 3. Reg. 10.


CAPÍTULO X V

De la Profecía de Abdias que algunos declaran


de estas Indias.

No falta quien diga y afirme, que está profeti-


zado en las divinas letras tanto antes, que este nuevo
orbe habia de ser convertido á Cristo, y esto por
gente Española (i). A este propósito declaran el
remate de la profecía de Abdías, que dice así: Y
la transmigración de este ejército de los hijos de
Israél, todas las cosas de los Cananéos hasta Sa-
repta; y la transmigración de Jerusalén, que estáen
el Bosforo (2), poseerá las Ciudades del Austro; y
subirán los salvadores al monte deSion para juzgar
el monte de Esaú; y será el Reino para el Señor.
Esto es puesto de nuestra Vulgata así á ia letra.
Del Hebréo leen los Autores que digo, en esta
manera: Y la transmigración de este ejército de

(1) G u ido Bodenanus in Epist. ad Philippum catholicum Reg. in


5. tom. sac. Bibl. Zumarraga in Hiscanica historia.
(2) Ludovicus L e ó n , Augustinianus, in Commehtar, super A b -
iam.
t)E LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS ' 69

los hijos de Israél Cananéos hasta Sarfát (que es


Francia), y la transmigración de Jerusalén, que
está en Sefarad (que es España) poseerá por he-
redad las ciudades del Austro; y subirán los que
procuran la salvación, al monte de Sion para juz-
gar el monte de Esaú; y será el Reino para el Se-
ñor. Mas porque Sefarad, que San Gerónimo in-
terpreta el Bósíbro ó estrecho, y los Setenta in-
terpretan, Eufrata, signifique á España, algunos no
alegan testimonio de los Antiguos, ni razón que
persuada, mas de parecerles así. Otros alegan á 1 a
paráfrasis Caldayca, que lo siente así, y los Anti-
guos Rabinos que lo declaran de esta manera. Co-
mo á Sarfat, donde nuestra Vulgata y los Setenta
tienen Sarepta, entienden por Francia. Y dejando
esta disputa, que toca á pericia de lenguas, ¿qué
obligación hay para entender por las ciudades de
Austro ó de Nageb (como ponen los Setenta)
las gentes del nuevo Mundo? ¿qué obligación tam-
bién hay para entender la gente Española, por la
transmigración de Jerusalén en Safarad? si no es
que tomemos á Jerusalén espiritualmente, y por
ella entendamos la Iglesia. De suerte, que el Espí-
ritu Santo, por la transmigracian de Jerusalén, que
está en Safarad, nos signifique los hijos de la Santa
Iglesia, que moran en los fines de la tierra ó en
los puertos: porque eso denota en lengua Syriaca
Sefarad, y viene bien con nuestra España, que se-
7o LIBRO PRIMERO

gun los Antiguos es lo último de la tierra, y cuas


toda ella está rodeada de mar. Por las ciudades
del Austro ó del sur, puédense entender estas In-
dias, pues lo más de este Mundo nuevo está al medio
dia, y aun gran parte de él mira el polo del sur.
Lo que se sigue: y subirán los que procurania sal-
vación, al monte de Sion para juzgar el monte de
Esaú, no es trabajoso de declarar, diciendo que se
acogen á la doctrina y fuerza de la Iglesia Santa
los que pretenden deshacer los errores y profani-
dades de los Gentiles: porque eso denota, juzgar
al monte de Esaú. Y sigúese bien, que entonces
será el Reino no para los de España ó para los de
Europa, sino para Cristo nuestro Señor. Quien
quisiere declarar en esta forma la profecía de Ab-
días, no debe ser reprobado, pues es cierto, que el
Espíritu Santo supo todos los secretos tanto antes:
y parece cosa muy razonable, que de un negocio
tan grande, como es el descubrimiento y conver-
sión á la Fé de Cristo, del nuevo Mundo, haya al-
guna mención en las Sagradas Escrituras. Isaías
dice (i): ¡Ay de las alas de las naves que van de
la otra parte de la Etiopia! Todo aquel capítulo,
Autores muy doctos le declaran de las Indias, á
quien me remito. E l mismo Profeta en otra parte

(i) I s a í a s 18. v. i . juxta 70. Interpret.


DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS /1

dice (i), que los que fueren salvos de Israél, irán


muy lejos á Tharsis á Islas muy remotas, y que
convertirán al Señor muchas y varias gentes, don-
de nombra á Grecia, Italia y Africa, y otras mu-
chas naciones; y sin duda se puede bien aplicar á
la conversión de estas gentes de Indias. Pues ya lo
que el Salvador con tanto peso nos afirma, que se
predicará el Evangelio en todo el mundo (2), y
que entonces vendrá el fin, ciertamente declara
que en cuanto dura el mundo hay todavía gentes,
á quien Cristo no esté anunciado. Por tanto debe-
mos colegir, que á los Antiguos les quedó gran
parte por conocer, y que á nosotros hoy día nos
está encubierta no pequeña parte del mundo.

(1) Isaías 66. v. i q .


(2) Math. 24. v. 14.
CAPÍTULO X V I

De qué modo pudieron venir á Indias los primeros


hombres, y que no navegaron de propósito á
estas partes.

Ahora es tiempo de responder á los que dicen,


que no hay Antípodas, y que no se puede habitar
esta región en que vivimos. Gran espanto le puso
á San Agustín la inmensidad del Océano, para
pensar que el linaje humano hubiese pasado á este
nuevo Mundo. Y pues por una parte sabemos de
cierto, que ha muchos siglos que hay hombres en
estas partes, y por otra no podemos negar lo que
la divina Escritura claramente enseña (i), de ha-
ber procedido todos los hombres de un primer
hombre, quedamos sin duda obligados á confesar,
que pasaron acá los hombres de allá de Europa,
6 de Asia, ó de Africa; pero el cómo, y porqué
camino vinieron, todavía lo inquirimos, y deseamos

(i) Act. 17. v. 26.


DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 73

saber. Cierto no es de pensar que hubo otra arca


de Noé en que aportasen hombres á Indias: ni mu-
cho menos que algún Angel trajese colgados por el
cabello, como al Profeta Abacúch (i), á los prime-
ros pobladores de este mundo. Porque no se trata,
qué es lo que pudo hacer Dios, sino qué es con-
forme á razón, y al orden y estilo de las cosas hu-
manas. Y así se deben en verdad tener por mara-
villosas, y propias de los secretos de Dios ambas
cosas: una que haya podido pasar el género hu-
mano tan gran inmensidad de mares y tierras: otra
que habiendo tan innumerables gentes acá, estu-
viesen ocultas á los nuestros tantos siglos. Porque
pregunto yo, ¿con qué pensamiento, con qué in-
dustria, con qué fuerza pasó tan copioso mar el li-
naje de los Indios? ¿Quién pudo ser el inventor y
movedor de pasage tan extraño? Verdaderamente
he dado, y tomado conmigo y con otros en este
punto por muchas veces, y jamás acabo de hallar
cosa que me satisfaga. Pero en fin diré lo que se
me ofrece: y pues me faltan testigos á quien se-
guir, dejareme ir por el hilo de la razón, aunque
sea delgado, hasta que del todo se me desaparez-
ca de los ojos. Cosa cierta es, que vinieron los
primeros Indios por una de tres maneras á la tie-
rra del Perú. Porque ó vinieron por mar, ó por

(i) Dan. 14. v.' 3 5 .


74 LIBRO PRIMERO

tierra: y si por mar, ó acaso, ó por determinación


suya: digo acaso, echados con alguna gran fuerza
de tempestad, como acaece en tiempos contrarios
y forzosos: digo por determinación, que pretendie-
sen navegar é inquirir nuevas tierras. Fuera de
estas tres maneras, no me ocurre otra posible, si
hemos de hablar según el curso de las cosas hu-
manas, y no ponernos á fabricar ficciones poéticas
y fabulosas: si no es que se le antoje á alguno bus-
car otra águila, como la de Ganimedes, ó algún
caballo con alas, como el de Perséo, para llevar
los Indios por el aire: ó por ventura le agrada
aprestar peces Sirenas y Nicolaos, para pasarlos
por mar. Dejando, pues, pláticas de burlas, exa-
minemos por sí cada uno de los tres modos que
pusimos: quizá será de provecho y de gustó esta
pesquisa. Primeramente parece que podríamos ata-
jar razones con decir, que de la manera que veni-
mos ahora á las Indias, guiándose los pilotos por
la altura y conocimiento del Cielo, y con la indus-
tria de marear las velas conforme á los tiempos
que corren, así vinieron, y descubrieron y pobla-
ron los Antiguos pobladores de estas Indias. (¿Por
qué no? ¿Por ventura, solo nuestro siglo y solos
nuestros hombres han alcanzado este secreto de
navegar el Océano? Vemos que en nuestros tiem-
pos se navega el Océano para descubrir nuevas
tierras, como pocos años há navegó Alvaro Men-
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 75

daña y sus compañeros, saliendo del puerto de


Lima la vuelta del poniente, en demanda de la tie-
rra que responde, leste oeste, al Perú: y al cabo
de tres meses hallaron las Islas que titularon de
Salomón, que son muchas y grandes: y es opinión
muy fundada, que caen junto á la nueva Guinéa, ó
por lo menos tienen tierra firme muy cerca: y hoy
dia vemos, que por orden del Rey y de su Conse-
jo, se trata de hacer nueva jornada para aquellas
Islas. Y pues esto pasa así, ¿porqué no diremos
que los Antiguos con pretensión de descubrir la
tierra que llaman Antictona opuesta á la suya, la
cual habia de haber según buena Filosofía, con tal
deseo se animaron á hacer viaje por mar, y no pa-
rar hasta dar con las tierras que buscaban? Cierto
ninguna repugnancia hay en pensar, que antigua-
mente acaeció lo que ahora acaece. Mayormente
que la divina Escritura refiere (i), que de los de
Tiro y Sidon recibió Salomón maestros y pilotos
muy diestros en la mar, y que con estos se hizo
aquella navegación de tres años. ¿A qué propósito
se encarece el arte de los marineros y su ciencia,
y se cuenta navegación tan prolija de tres años, si
no fuera para dar á entender, que se navegaba el
gran Océano, por la flota de Salomón? No son

(0 2. Part. 9. 3. Reg. 10.


76 LIBRO PRIMERO

pocos los que lo sienten así, y aún les parece que


tuvo poca razón San Agustín de espantarse y em-
barazarse con la inmensidad del mar Océano, pues
pudo bien congeturar de la navegación referida
de Salomón, que no era tan difícil de navegarse.
Mas diciendo verdad, yo estoy de muy diferente
opinión, y no me puedo persuadir, que hayan ve-
nido los primeros Indios á este nuevo Mundo por
navegación ordenada y hecha de propósito, ni aun
quiero conceder que los Antiguos hayan alcanza-
do la destreza de navegar, con que hoy día los
hombres pasan el mar Océano, de cualquiera par-
te á cualquiera otra que se les antoja, lo cual ha-
cen con increíble presteza y certeza, pues de cosa
tan grande y tan notable no hallo rastros en toda
la antigüedad. E l uso de la piedra imán, y del
aguja de marear, ni la hallo yo en los Antiguos,
ni aun creo que tuvieron noticia de él: y quitado
el conocimiento del aguja de marear, bien se ve
que es imposible pasar el Océano. Los que algo
entienden de mar, entienden bien lo que digo.
Porque así es pensar, que el marinero puesto en
medio del mar sepa enderezar su proa á donde
quiere, si le falta la aguja de marear, como pen-
sar, qne el que está sin ojos muestre con el dedo
lo que está cerca, y lo que está lejos acullá en un
cerro. Es cosa de admiración, que una tan exce-
lente propiedad de la piedra imán la hayan igno-
DE L A HISTORIA NATURAL D E INDIAS 77

rado tanto tiempo los Antiguos, y se haya descu-


bierto por los modernos. Haberla ignorado los A n -
tiguos, claramente se entiende de Plinio (i), que
con ser tan curioso Historiador de las cosas na-
turales, contando tantas maravillas de la piedra
imán, jamás apunta palabra de esta virtud y efica-
cia, que es la mas admirable, que tiene de hacer
mirar al norte el hierro que toca. Como tampoco
Aristóteles habló de ello, ni Teofrasto, ni Dioscó-
rides, ni Lucrecio (2), ni Historiador, ni Filósofo
natural, que yo haya visto, aunque tratan de la
piedra imán. Tampoco San Agustín, toca en esto,
escribiendo por otra parte muchas y maravillosas
excelencias de la piedra imán, en los libros de la
Ciudad de Dios (3). Y es cierto, que cuantas ma-
ravillas se cuentan de esta piedra, todas quedan
muy cortas respecto de esta tan extraña de mirar
siempre al norte, que es un gran milagro de natu-
raleza. Hay otro argumento también, y es, que
tratando Plinio (4) de los primeros inventores de
navegación, y refiriendo allí de los demás instru-
mentos y aparejos no habla palabra del aguja de
marear, ni de la piedra imán: solo dice, que el

(0 P l í r i . 1. 36. c. 16. pe l i b . 34. cap.. 14. pe l i b . 37. e. 4


(2) D i o s e o r . l i b . 5. e. 105. L u e r e t i u s l i b . 6.
(3) A u g u s t . 1. 2 1 . de C i v i t . c. 4. u b i m u l t a de magnete.
(4) P l i n . l i b . 7. cap. 56.
78 LIBRO PRIMERO

arte de notar las estrellas en la navegación salió


de los de Fenicia. No hay duda sino que los Anti-
guos lo que alcanzaron del arte de navegar, era
todo mirando las estrellas, y notando las playas,
y cabos, y diferencias de tierras. Si se hallaban en
alta mar, tan entrados que por todas partes per-
diesen la tierra de vista, no ,sabian enderezar la
proa por otro regimiento, sino por las estrellas, y
Sol, y Luna. Cuando esto faltaba, como en tiempo
nublado acaece, regíanse por la cualidad del vien-
to, y por conjeturas del camino que hablan hecho.
Finalmente, iban por su tino, como en estas Indias
también los Indios navegan grandes caminos de
mar, guiados de sola su industria y tino. Hace mu-
cho á este propósito lo que escribe Plinio (i) de
los Isleños de la Taprobana, que ahora se llama
Sumatra, cerca del arte é industria con que nave-
gaban, escribiendo en esta manera: Los de Tapro-
bana no ven el norte, y para navegar suplen esta
falta llevando consigo ciertos pájaros, los cuales
sueltan á menudo, y como los pájaros por natural
instinto vuelan hácia la tierra, los marineros ende-
rezan su proa tras ellos. ^Quién duda, si estos tu-
vieran noticia del aguja de marear, que no toma-
ran por guias á los pájaros, para ir en demanda
de la tierra? En conclusión, basta por azon, para

(i) Piin lib. 6. cap. 22.


DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 79

entender que los Antiguosno alcanzaron este secre-


to de la piedra imán, ver que para cosa tan nota-
ble, como es el aguja de marear, no se halla voca-
blo latino, ni griego, ni hebráico. Tuviera sin falta
algún nombre en estas lenguas cosa tan importan-
te, si la conocieran. De donde se verá la causa,
porqué ahora los pilotos para encomendar la via
al que lleva el timón, se sientan en lo alto de la
popa, que es por mirar de allí el aguja, y antigua-
mente se sentaban en la proa, por mirar las dife-
rencias de tierras y mares, y de allí mandaban la
via, como lo hacen también ahora muchas veces
al entrar ó salir de los puertos. Y por eso los
Griegos llamaban á los pilotos Proritas, porque
iban en la proa.
CAPÍTULO X V I I

De la propiedad y virtud admirable de la piedra


imán para navegar; y que los Antiguos no la
conocieron.

De lo dicho se entiende, que á la piedra imán


se debe la navegación de las Indias, tan cierta y
tan breve, que el dia de hoy vemos muchos hom-
bres, que han hecho viaje de Lisboa á Goa, y de
Sevilla á Méjico y á Panamá; y en estotro mar del
sur hasta la China y hasta el Estrecho de Magalla-
nes: y esto con tanta facilidad como se va el La-
brador de su aldea á la villa. Y a hemos visto
hombres que han hecho quince viajes, y aun diez
y ocho á las Indias: de otros hemos oido, que pa-
san de veinte veces las que han ido y vuelto, pa-
sando ese mar Océano, en el cual cierto no hallan
rastro de los que han caminado por él, ni encuen-
tran caminantes á quien preguntar el camino. Por-
que, como dice el Sabio (i): la nave corta el agua

(i; Sap. 5. v. 10.


DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS

y sus ondas, sin dejar rastro por donde pasar, ni


hacer senda en las ondas. Mas con la fuerza de la
piedra imán se abre camino descubierto por
todo el grande Océano, por haberle el altísi-
mo Criador comunicado tal virtud, que de solo
tocarla el hierro, queda con la mira y movimiento
al norte, sin desfallecer en parte alguna del mun-
do. Disputen otros é inquieran la causa de esta
maravilla, y afirmen cuanto quisieren no sé qué
simpatia; á mí mas gusto me da, mirando estas
grandezas, alabar aquel poder y providencia del
sumo Hacedor, y gozarme de considerar sus obras
maravillosas. Aquí cierto viene bien decir con Sa-
lomón á Dios (i): ¡O padre cuya providencia go-
bierna á un palo, dando en él muy cierto camino
por el mar, y senda muy segura entre las fie-
ras ondas, mostrando juntamente que pudieras
librar de todo, aunque fuese yendo sin nave por
la mar! Pero;porque tus obras no carezcan de sa-
biduría, por esto confian los hombres sus vidas de
un pequeño madero, y atravesando el mar se han
escapado en un barco. También aquello del Sal-
mista (2) viene aquí bien: Los que bajan á la mar
en naves haciendo sus funciones en las muchas
aguas, esos son los que han visto las obras del Se-

to Sap. 14. vv. 3. 4 . 5.


<2) Ps. 106. VV. 23. 24.
TOMO I.
32 LIBRO PRIMERO

ñor, y sus maravillas en el profundo. Que cierto no


es de las menores maravillas de Dios, que la fuer-
za de una pedrezuela tan pequeña mande en la
mar, y obligue al abismo inmenso á obedecer, y
estar á su orden. Esto, porque cada dia acontece,:
y es cosa tan fácil, ni se maravillan los hombrea
de ello, ni aun se les acuerda de pensarlo: y por
ser la franqueza tanta, por eso los inconsiderados,
la tienen en menos: Mas á los que bien lo miran
oblígales la razón á bendecir la sabiduría de Dios,,
y darle gracias por tan grande beneficio y mer-
ced. Siendo determinación del Cielo, que se des-
cubriesen las naciones de Indias, que tanto tiempo
estuvieron encubiertas, habiéndose de frecuentar
esta carrera, para que tantas almas viniesen en co-
nocimiento de Jesu-Cristo, y alcanzasen su eterna
salud, proveyóse también del Cielo de guia segura
para los que andan este camino, y fué la guia e
aguja de marear, y la virtud de la piedra imán.
Desde qué tiempo haya sido descubierto y usado
este artificio de navegar, no se puede saber con
certidumbre. E l no haber sido cosa muy antigua,
téngolo para mí por llano porque demás de las ra-
zones que en el capítulo pasado se focaron, yo no he
leído en los Antiguos que tratan de relojes (l)>

(0 L i b . i . de Italias illust, Reg. 13. Piin. lib. 2. c. 72. p- Jb-


lib. 7. cap. ú l t i m o .
DE L A HISTORIA NATURAL DE INDIAS 83

mención alguna de la piedra imán, siendo ver-


dad que en los relojes de Sol portátiles que usa-
mos, es el mas ordinario instrumento el agaja
tocada á la piedra imán. Autores nobles es-
criben en la historia de la India oriental (i),
que el primero que por mar la descubrió, que fué
Vasco de Gama, encontró en el parage de Mo-
zambique con ciertos marineros Moros, que usa-
ban el aguja de marear, y mediante ella nave-
garon aquellos mares. Mas de quién aprendieron
aquel artificio, no lo escriben: antes algunos de
estos Escritores afirman lo que sentimos, de haber
ignorado los Antiguos este secreto. Pero diré otra
maravilla aun mayor de la aguja de marear, que
se pudiera tener por increíble, si no se hubiera
visto, y con clara experiencia tan frecuentemente
manifestado. E l hierro tocado y refregado con la
parte de la piedra imán, que en su nacimiento mira
al sur, cobra virtud de mirar al contrario, que es
el norte, siempre, y en todas partes; pero no en
todas le mira por igual derecho. Hay ciertos pun-
tos y climas, donde puntualmente mira al norte, y
se fija en él; en pasando de allí ladea un poco ó al
oriente ó al poniente, y tanto mas cuanto se va
mas apartando de aquel clima. Esto es lo que los
marineros llaman nordestear y norvestear. El nor-

(1) O s o r i u s de reb. gest. E m m a n u e l i s i b .


84 LIBRO PRIMERO

dcstear es ladearse inclinando á levante: Norves-


tcar inclinando á poniente. Esta declinación ó la-
dear del aguja importa tanto saberla, que aunque
es pequeña, si no se advierte, errarán la navega-
ción, é irán á parar á diferente lugar del que pre-
tenden. Decíame á mí un piloto muy diestro. Por-
tugués, que eran cuatro puntos en todo el orbe,
donie se fijaba la aguja con el norte, y contába-
las por sus nombres, de que no me acuerdo bien.
Uno de estos es el parage de la Isla del Cuervo, en
las Terceras ó Islas de Azores, como es cosa ya
-muy sabida. Pasando de allí á mas altura, norves-
tea, que es decir, que declina al poniente. Pasan-
do al contrario á menos altura hácia la equinoccial
norvestea, que es inclinar al oriente. Qué tanto y
hasta donde, diránlo los maestros de esta arte. Lo
que yo diré es, que de buena gana preguntaría á
los Bachilleres que presumen de saberlo todo, que
sea, que me digan la causa de este efecto. Porque
un poco de hierro de fregarse con la piedra imán,
concibe tanta virtud de mirar siempre al norte, y
esto con tanta destreza, que sabe los climas y pos-
turas diversas del mundo, donde se ha de fijar,
donde inclinar á un lado, donde á otro, que no hay
Filósofo, ni Cosmógrafo, que así lo sepa. Y si de
estas cosas, que cada dia traemos al ojo, no pode-
mos hallar la razón, y sin duda se nos hicieran du-
ras de creer si no las viéramos tan palpablemente,
DE L A HISTORIA N A T U R A L D E INDIAS 85

¿quién no verá la necedad y disparate que es que-


rernos hacer jueces, y sujetar á nuestra razón las
cosas divinas y soberanas? Mejor es, como dice
Gregorio Teólogo, que á la Fé se sujete la razón,
pues aun en su casa no sabe bien entenderse. Bas-
te esta digresión, y volvamos á nuestro cuento,
concluyendo que el uso de la aguja de mar no le
alcanzaron los Antiguos: de donde se infiere, que
fué imposible hacer viaje del otro mundo á éste
por el Océano, llevando intento y determinación
de pasar acá.

CAPÍTULO XVIII

En que se responde á los que sienten haberse


navegado antiguamente el Océano, como ahora.

Lo que se alega en contrario de lo dicho, que


la flota de Salomón navegaba en tres años, no con-
vence, pues no afirman las sagradas letras, que se
gastaban tres años en aquel viaje, sino que en cada
86 LIBRO PRIMERO

tres años una vez se hacía viaje. Y aunque demos


que duraba tres años la navegación, pudo ser, y es
mas conforme á razón, que navegando á la India,
oriental, se detuviese la flota por la diversidad de
puertos y regiones que iba reconociendo y toman-
do, como ahora todo el mar del Sur se navega
cuasi desde Chile hasta nueva España; el cual
modo de navegar, aunque tiene mas certidumbre
por ir «iempre á vista de tierra, es empero muy
prolijo por el rodeo que de fuerza ha de hacer por
las costas, y mucha dilación en diversos puertos.
Cierto, yo no hallo en los Antiguos, que se hayan
arrojado á lo muy adentro del mar Océano, ni
pienso que lo que navegaron de él, fué de otra
suerte, que lo que el dia de hoy se navega del
Mediterráneo. Por donde se mueven hombres doc-
tos á creer, que antiguamente no navegaban sin
remos, como quien siempre iba costeando la tie-
rra. Y aun parece lo da así á entenderla divina
Escritura, cuando refiere aquella famosa navega-
ción del Profeta Jonás, donde dice (i), que los ma-
rineros, forzados del tiempo, remaron á tierra.

(i) Jon. i .
CAPÍTULO X I X

Que se puede pensar, que los primeros pobladores


de Indias aportaron á ellas echados de tormenta,
y contra su voluntad.

Habiendo mostrado que no lleva camino pensar,


que los primeros moradores de Indias hayan veni-
do á ellas con navegación hecha para ese fin, bien
se sigue, que si vinieron por mar haya sido acaso,
y por fuerza de tormentas el haber llegado á In-
dias. Lo cual, por inmenso que sea el mar Océa-
no, no es cosa increíble. Porque, pues, así sucedió
en el descubrimiento de nuestros tiempos, cuando
aquel marinero (cuyo nombre aun no sabemos,
para que negocio tan grande no se atribuya á otro
Autor, sino á Dios), habiendo por un terrible é im-
portuno temporal raconocido el nueVo Mundo, de-
jó por paga del buen hospedage á Cristoval Colón
la noticia de cosa tan grande; así pudo ser, que al-
gunas gentes de Europa, ó de Africa antiguamen-
te hayan sido arrebatadas de la fuerza de el vien-
to, y arrojadas á tierras no conocidas, pasado el
LIBRO PRIMERO

mar Océano. ¿Quién no sabe, que muchas, ó las


mas de las regiones que se han descubierto en este
nuevo Mundo, ha sido por esta forma? ¿qué se
debe mas á la violencia de temporales su descu-
brimiento, que á la buena industria de los que las.
descubrieron? Y porque no se piense que solo en
nuestros tiempos han sucedido semejantes viajes-
hechos por la grandeza de nuestras naves, y por
el esfuerzo de nuestros hombres, podrá desenga-
garse fácilmente en esta parte, quien leyere lo que
Plinio refiere (i) haber sucedido á muchos Anti-
guos. Escribe, pues, de esta manera: Teniendo el
cargo Gayo Cesar, hijo de Augusto, en el mar de
Arabia, cuentan haber visto y conocido señas de
naves Españolas, que hablan padecido naufragio;,
y dice mas después: Nepote refiere del rodeo Sep-
tentrional, que se trajeron á Quinto Mételo Cele-
re, compañero en el Consulado de Gayo Afranio-
(siendo el dicho Mételo Procónsul en la Galia)
unos Indios presentados por el Rey de Suevia: los
cuales Indios navegando desde la India para sus
contrataciones, por la fuerza de los temporales
fueron echadoc en Germania. Por cierto, si Plinio-
dice verdad, no navegan hoy dia los Portugueses,
mas de lo que en aquellos dos naufragios se na~

1 (i) Plin. 2 lib. cap. 69.


UE L A HISTORIA NATURAL DE INDIAS 89

vegó, el uno desde España hasta el mar Bermejo^


y el otro desde la India oriental hasta Alemania.
En otro libro escribe el propio Autor (i), que un
criado de Annio Plocanio, el cual tenia arrenda-
dos los derechos de el mar Bermejo, navegando la
vuelta de la Arabia, sobreviniendo nortes furiosos,
en quince dias vino pasada la Carmania, á tomar
á Hippuros, Puerto de la Taprobana, que hoy dia
llaman Sumatra. También cuentan, que una nave
de Cartaginenses de el mar de Mauritania fué
arrebatada de brisas hasta ponerse á vista del
nuevo orbe. No es cosa nueva para los que tienen
alguna experiencia de mar, el correr á veces tem-
porales forzosos, y muy porfiados, sin aflojar un
momento de su furia. A mí me acaeció pasando á
Indias, verme en la primera tierra poblada de Es-
pañoles, en quince dias después de salidos de las
Canarias, y sin duda fuera mas breve el viage, si se
dieran velas á la brisa fresca, que corria. Asi que
me parece cosa muy verosímil, que hayan en tiem-
pos pasados venido á Indias hombres vencidos de la_
furia de el viento, sin tener ellos tal pensamiento.
Hay en el Perú gran relación de unos Gigantes,,
que vinieron en aquellas partes, cuyos huesos se
hallan hoy dia, de disforme grandeza cerca de
Manta, y de Puerto viejo, y en proporción habían

(0 Plin. lib. 6. cap. 72.


QO LIBRO PRIMERO

de ser aquellos hombres mas que tres tanto ma-


yores, que los Indios de ahora. Dicen que aquellos
-Gigantes vinieron por mar, y que hicieron guerra
á los de la tierra, y que edificaron edificios sober-
bios, y muestran hoy un pozo hecho de piedras de
gran valor. Dicen más, que aquellos hombres ha-
ciendo pecados enormes, y especial usando contra
natura, fueron abrasados y consumidos con fuego
que vino del Cielo. También cuentan los Indios de
lea, y los de Arica, que solian antiguamente na-
vegar á unas Islas al poniente, muy lejos, y la na-
vegación era en unos cueros de lobo marino hin-
chados. De manera, que no faltan indicios de que
se haya navegado la mar del sur, antes que vinie-
sen Españoles por ella. Así que podríamos pensar,
-que se comenzó á habitar el nuevo orbe de hom-
bres, á quien la contrariedad del tiempo, y la fuer-
za de nortes echó allá, como al fin vino á descu-
brirse en nuestros tiempos. Es así, y mucho para
considerar, que las cosas de gran importancia de^
naturaleza por la mayor parte se han hallado aca-
so, y sin pretenderse, y no por la habilidad y dili-
gencia humana. Las mas de las yerbas saludables,
las mas de las piedras, las plantas, los metales, las
perlas, el oro, el imán, el ámbar, el diamante, y
las demás cosas semejantes: Y así sus propiedades
y provechos, cierto mas se han venido á saber por
casuales acontecimientos, que no por arte é indus-
DE L A HISTORIA NATURAL D E INDIAS QI

tria de hombres, para que se vea, que el loor y


gloria de tales maravillas se debe á la providen-
cia del Criador, y no al ingenio de los hombres.
Porque lo que á nuestro parecer sucede acaso, eso
mismo lo ordena Dios muy sobrepensado.

CAPITULO X X

Qtte con todo eso es mas conforme á buena razón


pensar que vinieron por tierra los primeros
pobladores de Indias.

Concluyo, pues, con decir, que es bien proba-


ble de pensar, que los primeros aportaron á In-
dias por naufragio y tempestad de mar. Mas ofré-
cese aquí una dificultad, que me da mucho en qué
entender, y es, que ya que demos, que hayan ve-
nido hombres por mar á tierras tan remotas, y
que de ellos se han multiplicado las naciones que
vemos; pero de bestias y animales, que cria el
nuevo orbe, muchas y grandes, no sé cómo mos
LIBRO PRIMERO
92
demos maña á embarcarlas, y llevarlas por mar á
las Indias. La razón porque nos hallamos forzados
á decir, que los hombres de las Indias fueron de
Europa ó de Asia, es, por no contradecir á la sa-
grada Escritura, que claramente enseña, que todos
los hombres descienden de Adán, y así no pode-
mos dar otro origen á los hombres de Indias. Pues
la misma divina Escritura también nos dice (i),,
que todar las bestias y animales de la tierra pere-
cieron, sino las que se reservaron para propaga-
ción de su género, en el arca de Noé. Asi también
es fuerza reducir la propagación de todos los ani -
males dichos á los que salieron del arca en los-
montes de Ararát, donde ella hizo pie: de manera,,
que como para los hombres, así también para las
bestias, nos es necesidad buscar camino, por donde
hayan pasado del viejo mundo al nuevo. San Agus-
tín tratando esta cuestión (2): cómo se hallan en
algunas Islas lobos, y tigres y otras fieras, que
no son de provecho para los hombres, porque
de los elefantes, caballos, bueyes, perros y otros
animales, de que se sirven los hombres, no tiene
embarazo pensar, que por industria de hombres se
llevaron por mar con naves, como los vemos hoy
dia, que se llevan desde Oriente á Europa, y des-

(1) Genes. 7. vv. 2 1 . 22. 3'^.


(2) Augus. lib. 16 deGivit. cap. 7.
DE L A HISTORIA NATURAL D E INDIAS 93

de Europa al Perú con navegación tan larga; pero


de los animales, que para nada son de provecho,
y antes son de mucho daño, como son lobos, en
que forma hayan pasado á las Islas, si es verdad,
como lo es, que el diluvio bañó toda la tierra, tra-
tándolo el sobredicho santo y doctísimo varón,
procura librarse de estas angustias, con decir, que
tales bestias pasaron á nado á las Islas, ó alguno
por codicia de cazar las llevó, ó fue ordenación
de Dios, que se produjesen de la tierra, al modo
que en la primera creación dijo Dios (i): Produz-
ca la tierra ánima viviente en su género, jumentos
y animales rateros, y fieras del campo, según sus
especies. Mas cierto que si queremos aplicar esta
solución á nuestro propósito, mas enmarañado Se
nos queda el negocio. Porque comenzando de lo
postrero, no es conforme al orden de naturaleza,
ni conforme al orden del gobierno que Dios tiene
puesto, que animales perfectos como leones, tigres
y lobos se engendren de la tierra sin generación.
De ese modo se producen ranas, y ratones, y
abispas, y otros animalejos imperfectos. Mas ¿á
qué propósito la Escritura tan por menudo dice (2):
Tomarás de todos los animales, y de las aves del
Cielo siete y siete, machos y hembras, para que se

(iv Genes, i . v. 24.


(2) Genes. 7. vv. 2. 3.
LIBRO PRIMERO
94

salve su g e n e r a c i ó n sobre l a t i e r r a , si h a b i a de te-


ner el m u n d o tales animales d e s p u é s d e l dilu v i o
por nuevo m o d o de p r o d u c c i ó n sin j u n t a de ma-
c h o y hembra? y a ú n queda l u e g o o t r a cuestión:
¿por q u é naciendo de l a t i e r r a , c o n f o r m e á esta
o p i n i ó n , tales animales, no los tienen todas las
tierras é Islas, pues y a no se m i r a el o r d e n natu-
ral de m u l t i p l i c a r s e , sino sola l a l i b e r a l i d a d del
Criador? Q u e h a y a n pasado algunos animales de
aquellos p o r p r e t e n s i ó n de tener caza, que era otra
respuesta,, no l o tengo p o r cosa i n c r e í b l e , pues v e -
mos m i l v e c e s que p a r a sola grandeza suelen P r í n -
cipes y S e ñ o r e s tener en sus jaulas leones, osos y
otras fieras, m a y o r m e n t e cuando se h a n t r a í d o de
tierras m u y lejos. P e r o esto c r e e r l o de l o b o s y de
zorras, y de otros tales animales bajos y sin p r o -
v e c h o , que no tienen cosa notable, sino solo h a c e r
m a l á los ganados, y d e c i r que p a r a caza se traje-
ron p o r mar, p o r c i e r t o es cosa m u y sin r a z ó n .
¿Quién se p o d r á persuadir, que c o n n a v e g a c i ó n tan
infinita, h u b o hombres, que p u s i e r o n d i l i g e n c i a en
l l e v a r al P e r ú zorras, m a y o r m e n t e las que l l a m a n
a ñ a s , que es u n linage el mas sucio y h e d i o n d o de
cuantos he visto? ¿Quién d i r á , que t r a j e r o n leones
y tigres? H a r t o es y aun demasiado, que pudiesen
escapar los h o m b r e s c o n las v i d a s en tan prolijo
viage, v i n i e n d o c o n tormenta, c o m o hemos d i c h o ,
c u a n d o mas trazar de l l e v a r zorras y lobos, y m a n -
DE L A HISTORIA NATURAL D E INDIAS 95

tenerlos por mar. Cierto es cosa de burla aun ima-


ginarlo. Pues si vinieron por mar estos animales,
solo resta, que hayan pasado á nado. Esto es ser
cosa posible y hacedera, cuanto á algunas Islas-
que distan poco de otras, ó de la tierra firme, no
se puede negar la experiencia cierta, con que ve-
mos, que por alguna gravé necesidad á veces na-
dan estos animales dias y noches enteras, y al cabo
escapan nadando; pero esto se entiende en golfi-
llos pequeños. Porque nuestro Océano haría burla
de semejantes nadadores, pues aun á las aves de
gran vuelo les faltan las alas para pasar tan gran
abismo. Bien se hallan pájaros, que vuelen más de
cien leguas, como los hemos visto navegando di-
versas veces; pero pasar todo el mar Océano vo-
lando es imposible, ó á lo menos muy difícil. Sien-
do así todo lo dicho, ¿por dónde abriremos cami-
no para pasar fieras y pájaros á las Indias? ¿de
qué manera pudieron ir del un mundo al otro?
Este discurso que he dicho, es para mí una gran
congetura para pensar que el nuevo orbe, que
llamamos Indias, no está del todo diviso y aparta-
do del otro orbe. Y por decir mi opinión, tengo
para mí dias ha, que la una tierra y la otra en al-
guna parte se juntan, y continúan, ó á lo menos se
avecinan y allegan mucho. Hasta ahora á lo me-
nos no hay certidumbre de lo contrario. Porque
al polo Artico, que llaman norte, no está descu-
96 LIBRO PRIMERO

bierta y sabida toda la longitud de la tierra; y no


faltan muchos que afirmen, que sobre la Florida
corre la tierra larguísimamente al Septentrión, la
cual dicen que llega hasta el mar Scítico, ó hasta
el Germánico. Otros añaden, que ha habido nava,
que navegando por allí, relató haber visto los ba-
callaos correr hasta losfinescuasi de Europa. Pues
va sobre el cabo Mendocino en la mar del sur,
tampoco se sabe hasta dónde corre la tierra, mas
de que todos dicen que es cosa inmensa lo que co
rre. Volviendo al otro polo del sur, no hay hom-
bre que sepa dónde para la tierra, que está de la
otra banda del Estrecho de Magallanes. Una nave
del Obispo de Plasencia, que subió del Estrecho,
refirió, que siempre habia visto tierra, y lo mismo
contaba Hernando Lamero, piloto, que por tor-
menta pasó dos ó tres grados arriba del Estrecho.
Así que ni hay razón en contrario, ni experiencia
que deshaga mi imaginación, ú opinión, de que
toda la tierra se junta, y continúa en alguña parte,
á lo menos se allega mucho. Si esto es verdad,
como en efecto me lo parece, fácil respuesta tiene
la duda tan difícil, que habíamos propuesto: cómo
pasaron á las Indias los primeros pobladores de
ellas, porque se ha de decir, que pasaron, no tanto
navegando por mar, como caminando por tierra;
y ese camino lo hicieron muy sin pensar, mudan-
do sitios y tierras poco á poco; y unos poblando
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 97

las ya halladas, otros buscando otras de nuevo,


vinieron por discurso de tiempo á henchir las tie-
rras de Indias de tantas naciones, y gentes, y len-
guas.

CAPITULO X X I

En qué manera pasaron bestias y ganados


á las tierras de Indias.

Ayudan grandemente al parecer ya dicho los


indicios que se ofrecen á los que con curiosidad
examinan el modo de habitación de los Indios.
Porque donde quiera que se halla Isla muy apar-
tada de tierra firme, y también de otras Islas,
como es la Bermuda, hállase ser falta de hombres
del todo. La razón es porque no navegaban los
Antiguos, sino á playas cercanas, y cuasi siempre
á vista de tierra. A esto se alega, que en ninguna
tierra de Indias se han hallado navios grandes,
cuales se requieren para pasar golfos grandes. Lo
TOMO I. Q
98 LIBRO PRIMERO

que se halla son balsas, ó piraguas, ó canoas, que


todas ellas son menos que chalupas; y de tales em-
barcaciones solas usaba:n los Indios, con las cuales
no podian engolfarse sin manifiesto y cierto peli-
gro de perecer; y cuando tuvieran navios bastan-
tes para engolfarse, no sabian de aguja, ni de as-
trolabio, ni de cuadrante. Si estuvieran diez y ocho
dias sin ver tierra, era imposible no perderse, sin
saber de sí. Vemos Islas pobladísimas de Indios,
y sus navegaciones muy usadas; pero eran las que
digo, que podian hacer Indios en canoa ó pira-
guas, y sin aguja de marear. Cuando los Indios
que moraban en Tumbez vieron la primera vez
nuestros Españoles que navegaban al Perú, y mi-
raron la grandeza de las velas tendidas y los ba-
> jeles también grandes, quedaron atónitos: y como
nunca pudieron pensar que eran navios, por no
haberlos visto jamás de aquella forma y tamaño,
dicen que se dieron á entender que debian de ser
rocas y peñascos sobre la mar; y como veian que
andaban, y no se hundían, estuvieron como fuera
de sí de espanto gran rato, hasta que mirando más
vieron unos hombres barbudos que andaban por
los navios, los cuales creyeron que debian ser al-
gunos Dioses, ó gente de allá del Cielo. Donde se
ve bien, cuan agena cosa era para los Indios usar
naves grandes, ni tener noticia de ellas. Hay otra
cosa; que en gran manera persuade á la opinión
DE L A HISTORIA NATURAL D E INDIAS 99

dicha, y es, que aquellos animales que dijimos no


ser creíble haberlos embarcado hombres para las
Indias, se hallan en lo que es tierra firme, y no se
hallan en las Islas, que disten de la tierra firme
cuatro jornadas. Y o he hecho diligencia en ave-
riguar esto, pareciéndome que era negocio de
gran momento para determinarme en la opinión
que he dicho, de que la tierra de Indias, y la de
Europa, y Asia y Africa tienen continuación en-
tre sí, ó á lo menos se llegan mucho en alguna
parte. Hay en la América y Perú muchas fieras,
como son leones, aunque estos no igualan en gran-
deza y braveza, y en el mismo color rojo á los fa-
mosos leones de Africa; hay tigres muchos, y
muy crueles, aunque lo son mas comunmente con
Indios, que con Españoles; hay osos, aunque no
tantos; hay javalíes; hay zorras innumerables. De
todos estos géneros de animales, si quisiéremos
buscarlos en la Isla de Cuba, ó en la Española, ó
en Jamáíca, ó en la Margarita, ó en la Dominica,
no se hallará ninguno. Con esto viene, que las di-
chas Islas con ser tan grandes y tan fértiles, no te-
nían antiguamente, cuando á ellas aportaron Es-
pañoles, de esotros animales tampoco, que son de
provecho; y ahora tienen innumerables manadas
de caballos, de bueyes, y vacas, de perros, de
puercos; y es en tanto grado, que los ganados de
vacas no tienen ya dueños ciertos, por haber tanto
XOO LIBRO PRIMERO

multiplicado, que son del primero que las desja-


rreta en el monte ó campo: lo cual hacen los mo-
radores de aquellas Islas para aprovecharse de los
cueros para su mercancía de corambre, dejando
la carne por allí, sin comerla. Los perros han en
tanto exceso multiplicado, que andan manadas de
ellos; y hechos bravos hacen tanto mal al ganado,
como si fueran lobos, que es un grave daño de
aquellas Islas. No solo carecen de fieras, sino tam-
bién de aves y pájaros en gran parte. Papagayos
hay muchos, los cuales tienen gran vuelo, y an-
dan á bandas juntos; también tienen otros pájaros,
pero pocos, como he dicho. De perdices, no me
.acuerdo haber visto, ni sabido que las tengan,
como las hay en el Perú, y mucho menos los que
en el Perú llaman guanacos, y vicuñas, que son
como cabras monteses ligerísimas, en cuyos bu-
ches se hallan las piedras bezaares, que precian
algunos, y son á veces mayores que un huevo de
gallina tanto y medio. Tampoco tienen otro géne-
ro de ganado, que nosotros llamamos ovejas de
las Indias, las cuales, demás de la lana y carne,
con que visten y mantienen los Indios, sirven tam-
bién de recua y jumentos para llevar cargas; lle-
van la mitad de la carga de una muía, y son de
poco gasto á sus dueños, porque ni han menester
herraduras, ni albardas, ni otros aparejos, ni ceba-
da para su comer; todo esto les dió naturaleza sin
DE L A HISTORIA N A T U R A L D E INDIAS IOI

costa, queriendo favorecer á la pobre gente de los


Indios. De todos estos géneros de animales, y de
otros muchos, que se dirán en su lugar, abunda la
tierra firme de Indias; las Islas de todos carecen,
si no son los que han embarcado Españoles. Ver
dad es, que en algunas Islas vio tigres un hermano
nuestro, según él refería, andando en una peregri-
nación y naufragio trabajosísimo; mas preguntan-
do qué tanto estarian de tierra firme aquellas Is-
las, dijo, que obra de seis ú ocho leguas á lo más,
el cual espacio de mar, no hay duda, sino que pue-
den pasarle á nado los tigres. De estos indicios, y
de otros semejantes se puede colegir, que hayan
pasado los Indios á poblar aquella tierra, mas por
camino de tierra, que de mar; ó si hubo navega-
ción, que fué no grande, ni dificultosa, porque en
efecto debe de continuarse el un orbe con el otro
ó á lo menos estar en alguna parte muy cercanos,
entre si.
CAPÍTULO X X I I

Que no pasó el linage de Indios por la Isla


Atlántida, como algunos imaginan.

No faltan algunos (i), que siguiendo el parecer


de Platón, que arriba referimos, dicen, que fueron
esas gentes de Europa, ó de Africa á aquella fa-
mosa Isla, y tan cantada Atlántida, y de ella pa-
saron á otras y otras Islas, hasta llegar á la tierra
firme de Indias. Porque de todo esto hace men-
ción el Cricias de Platón en su Timéo. Porque si
era la Isla Atlántida tan grande como toda la Asia
y Africa juntas, y aun mayor, como siente Platón,
forzoso habia de tomar todo el Océano Atlántico,
y llegar cuasi á las Islas del nuevo orbe. Y dice mas
Platón: que con un terrible diluvio se anegó aquella
su Isla Atlántida, y por eso dejó aquel mar impo-
sibilitado de navegarse, por los muchos vajíos de
peñas, y arrecifes, y de mucha lama, y que así lo

(i; Sap. cap. 12.


DE L A HISTORIA NATURAL D E INDIAS 103

estaba en su tiempo; pero que después con él


tiempo hicieron asiento las ruinas de aquella Isla
anegada, y en fin, dieron lugar á navegarse. Esto
tratan y disputan hombres de buenos ingenios muy
de veras, y son cosas tan de burla considerándose
un poco, que mas parecen cuentos, ó fábulas de
Ovidio, que Historia, ó Filosofía digna de cuenta.
Los mas de los intérpretes y expositores de Pla-
tón afirman, que es verdadera historia todo aque-
llo que allí Cricias cuenta de tanta extrañeza
del origen de la Isla Atlántida, y de su grandeza,
y de su prosperidad, y de las guerras que los de
Europa y los de Atlántida entre sí tuvieron, con
todo lo demás. Muevense á tenerlo por verdadera
historia, por las palabras de Cricias que pone Pla-
tón, en que dice en su Timéo, que la plática que
quiere tratar es de cosas extrañas, pero del todo
verdaderas. Otros discípulos de Platón, conside-
rando que todo aquel cuento tiene más arte de fá-
bula, que de historia, dicen, que todo aquello se
ha de entender por alegoría, que así lo pretendió
su divino Filósofo. De estos es Proclo, y Porfirio,
y aun Orígenes: son estos tan dados á Platón, que
así tratan sus escritos, como si fuesen libros de
Moisés, ó de Esdras; y así donde las palabras de-
Platón no vienen con la verdad, luego dan en que
se^ ha de entender aquello en sentido místico y ale-
górico, y que no puede ser menos. Yo, por decir
I04 LIBRO PRIMERO

verdad, no tengo tanta reverencia á Platón, por más


que le llamen divino, ni aun se me hace muy difí-
cil de creer, que pudo contar todo aquel cuento
de la Isla Atlántida por verdadera historia, y pudo
ser con todo eso muy fina fábula, mayormente
que refiere él haber aprendido aquella relación de
Cricia, que cuando muchacho, entre otros canta-
res y romances, cantaba aquel de la Atlántida.
Sea como quisieren, haya escrito Platón por his-
toria, ó haya escrito por alegoría, lo que para mí
es llano, es, que todo cuanto trata de aquella Isla,
comenzando en el diálogo Timéo, y prosiguiendo
en el diálogo Cricia, no se puede contar en veras,
sino es á muchachos y viejas. ¿Quién no tendrá
por fábula decir, que Neptuno se enamoró de Cli-
to, y tuvo de ella cinco veces gemelos de un vien-
tre? ¿y que de un collado sacó tres redondos de
mar, y dos de tierra, tan parejos que parecían sa-
cados por torno? ¿Pues qué diremos de aquel Tem-
plo de mil pasos en largo, y quinientos en ancho, cu-
yas paredes por defuera estaban todascubiertas de
plata, y todos los altos de oro, y por de dentro era
todo de bóveda de marfil labrado, y entretejido
de oro, y plata, y azófar? Y al cabo el donoso re-
mate de todo, con que concluye en el Timéo dicien-
do: En un diay una noche, viniendo un grande dilu-
vio, todos nuestros soldados se los tragó la tierra á
montones; y lalsla Atlántida de la misma manera ane-
DE L A HISTORIA NATURAL DE INDIAS 105

gada en la mar desapareció. Por cierto ella lo acertó


mucho en desaparecerse toda tan presto, porque
siendo Isla mayor que toda la Asia y Africa jun-
tas, hecha por arte de encantamento, fue bien que
así se desapareciese. Y es muy bueno que diga,
que las ruinas y señales de esta tan grande Isla se
echan de ver debajo de el mar, y los que lo han
de echar de ver, que son los que navegan, no
pueden navegar por allí. Pues añade donosamen-
te: Por eso hasta el dia de hoy ni se navega, ni
puede aquel mar, porque la mucha lama que la
Isla después de anegada poco á poco crió, lo im-
pide. Preguntára yo de buena gana, ^qué piélago
pudo bastar á tragarse tanta infinidad de tierra,
que era mas que toda la Asia y Africa juntas, y
que llegaba hasta las Indias? ¿Y tragársela tan del
todo, que ni aun rastro no haya quedado? Pues es
notorio, que en aquel mar donde dicen habia la
dicha Isla, no hallan fondo hoy dia los marineros,
por mas brazas de sonda que den. Mas es incon-
sideración querer disputar de cosas, que, ó se con-
taron por pasatiempo, ó ya que se tenga la cuen-
ta que es razón con la gravedad de Platón, pura-
mente se dijeron para significar, como en pintura,
la prosperidad de una ciudad, y su perdición tras
ella. E l argumento que hacen para probar que
realmente hubo Isla Atlántida, de que aquel mar
hoy dia se nombra el mar Atlántico, es de poca
io6 LIBRO PRIMERO

importancia, pues sabemos que en la última Mau-


ritaniaestá el monte Atlante, del cual siente Plinio (I)
que se le puso al mar el nombre de Atlántico. Y
sin esto el mismo Plinio reñere, que frontero del
dicho monte está una Isla llamada Atlántida, la
cual dice ser muy pequeña y muy ruin.

CAPITULO XXIII

Que es falsa ¿a opinión de muchos, que afirman


venir los Indios de el linage de los Judíos.

Y a que por la Isla Atlántida no se abre camino


para pasar los Indios al nuevo Mundo, paréceles á
otros, que debió de ser el camino el que escribe
Esdras (2) en el cuarto libro, donde dice así: Y
porque le viste que recogía á sí otra muchedum-

(0 P l i n . 1. 6. c. 5. p. l i b . 6. cap. 3 1.
(2) 4. E s d r a s 13.
DE L A HISTORIA N A T U R A L D E INDIAS 10/

bre pacífica, sabrás, que estos son los diez Tribus


que fueron llevados en cautiverio en tiempo del
Rey Osee, al cual llevó cautivo Salmanasár, Rey
de los Asirios, y á estos los pasó á la otra parte
del rio, y fueron trasladados á otra tierra. Ellos
tuvieron entre sí acuerdo y determinación de de-
jar la multitud de los Gentiles, y de pasarse á otra
región mas apartada, donde nunca habitó el géne-
ro humano, para guardar siquiera allí su ley, la
cual no hablan guardado en su tierra. Entraron,
pues, por unas entradas angostas del rio Eufrates;
porque hizo el Altísimo entonces con ellos sus
maravillas, y detuvo las corrientes del rio, hasta
que pasasen. Porque por aquella región era el ca-
mino muy largo de año y medio: y llámase aque-
lla región Arsareth. Entonces habitaron allí hasta
el último tiempo, y ahora cuando comenzaren á
venir, volverá el Altísimo á detener otra vez las
corrientes del rio, para que puedan pasar; por eso
viste aquella muchedumbre con paz. Esta escritu-
ra de Esdras quieren algunos acomodar á los In-
dios, diciendo que fueron de Dios llevados, donde
nunca habitó el gén ero humano, y que en la tierra
que moran es tan apartada, que tiene año y medio
de camino para ir á ella, y que esta gente es
naturalmente pacífica. Que procedan los Indios
de linage de Judíos, el vulgo tiene por indicio
cierto el ser medrosos, y descaídos, y muy cere-
IOS LIBRO PRIMERO

moniáticos, y agudos y mentirosos. Demás de eso


dicen, que su hábito parece el propio que usaban
Judíos, porque usan de una túnica ó camiseta, y
de un manto rodeado encima; traen los pies des-
calzos, ó su calzado es unas suelas asidas por
arriba, que ellos llaman ojotas. Y que éste haya
sido el hábito de los Hebréos dicen, que consta
así por sus historias, como por pinturas antiguas,
que los pintan vestidos en este traje. Y que estos
dos vestidos, que solamente traen los Indios, eran
los que puso en apuesta Sansón, que la Escritura (i)
nombra Tunycam p syndonem, y es lo mismo que
los Indios dicen camiseta y manta. Mas todas estas
son conjeturas muy livianas, y que tienen mucho
mas contra sí, que por sí. Sabemos que los He-
bréos usaron letras; en los Indios no hay rastro de
ellas: los otros eran muy amigos del dinero, estos
no se les da cosa. Los Judíos, si se vieran no estar
circuncidados, no se tuvieran por Judíos: Los In-
dios poco ni mucho no se retajan, ni han dado ja-
más en esa ceremonia, como muchos de los de
Etiopia y del Oriente. Mas ¿qué tiene que ver,
siendo los Judíos tan amigos de conservar su len-
gua y antigüedad, y tanto que en todas las partes
del mundo que hoy viven, se diferencian de todos
los demás, que en solas las Indias á ellos se les

(i) Judie. 14.


DE L A HISTORIA NATURAL D E INDIAS I09

haya olvidado su linage, su ley, sus ceremonias,


su Mesías, y finalmente todo su Judaismo? Lo que
dicen de ser los Indios medrosos, y supersticiosos,
y agudos y mentirosos, cuanto á lo primero, no
es eso general á todos ellos; hay naciones entre
estos bárbaros muy agenas de todo eso, hay na-
ciones de Indios bravísimos y atrevidísimos, hay-
las muy botas y groseras de ingenio. De ceremo-
nias y supersticiones siempre los Gentiles fueron
amigos. E l trage de sus vestidos, la causa porque
es el que se refiere, es, por ser el más sencillo y
natural del mundo, que apenas tiene artificio, y
así fué común antiguamente no solo á Hebréos,
sino á otras muchas naciones. Pues ya la historia
de Esdras (si se ha de hacer caso de escrituras
apócrifas) mas contradice, que ayuda su intento.
Porque allí se dice que los diez Tribus huyeron la
multitud de Gentiles, por guardar sus ceremonias
y ley: mas los Indios son dados á todas las idola-
trías del mundo. Pues las entradas del rio Eufra-
tes, vean bien los que eso sienten, en qué manera
pueden llegar al nuevo orbe, y vean si han de vol-
ver por allí los Indios, como se dice en el lugar
referido. Y no sé yo porqué se han de llamar
estos gente pacífica, siendo verdad, que perpe-
tuamente se han perseguido con guerras mor-
tales unos á otros. En conclusión, no veo que
el Eufrates apócrifo de Esdras dé mejor paso
IIO LIBRO PRIMERO

á los hombres para el nueve orbe, que le daba


la Atlántida encantada y fabulosa de Platón.

. CAPÍTULO X X I V

Porqué aazon no se puede averiguar bien el origen


de los Indios.

Pero cosa es mejor de hacer desechar lo que


es falso del origen de los Indios, que determinar
la verdad, porque ni hay escritura entre los Indios,
ni memoriales ciertos de sus primeros fundadores.
Y por otra parte, en los libros de los que usaron
letras, tampoco hay rastro de el nuevo Mundo,
pues ni hombres, ni tierra, ni aun Cielo les pareció
á muchos de los Antiguos, que no habia en aques-
tas partes; y así no puede escapar de ser tenido
por hombre temerario y muy arrojado el que se
atreviere á prometer lo cierto de la primera ori-
gen de los Indios, y de los primeros hombres que
poblaron las Indias. Mas así á bulto y por discre-
ción podemos colegir de todo el discurso arriba
DE L A HISTORIA NATURAL DE INDIAS III

hecho, que el linage de los hombres se vino pa-


sando poco á poco, hasta llegar al nuevo orbe,
ayudando á esto la continuidad ó vecindad de las
tierras, y á tiempos á alguna navegación, y que
éste fué el orden de venir, y no hacer armada de
propósito, ni suceder algún grande naufragio: aun-
que también pudo haber en parte algo de esto;
porque siendo aquestas regiones larguísimas, y ha-
biendo en ellas innumerables naciones, bien pode-
mos creer, que unos de una suerte, y otros de otra
se vinieron en fin á poblar. Mas al fin, en lo que
me resumo es, que el continuarse la tierra de Indias
con esotras de el mundo, á lo menos estar muy
cercanas, ha sido la mas principal y mas verda-
dera razón de poblarse las Indias; y tengo para
mí, que él nuevo orbe é Indias occidentales, no há
muchos millares de años que las habitan hom-
bres, y que los primeros que entraron en ellas,
mas eran hombres salvages y cazadores, que no
gente de República, y pulida; y que aquellos
aportaron al nuevo Mundo, por haberse per-
dido de su tierra, ó por hallarse estrechos y ne-
cesitados de buscar nueva tierra, y que hallándola
comenzaron poco á poco á poblarla, no teniendo
mas ley que un poco de luz natural, y esa muy
obscurecida, y cuando mucho algunas costumbres
que les quedaron de su patria primera. Aunque
no es cosa increíble de pensar, que aunque hubie-
112 LIBRO PRIMERO

sen salido de tierras de policía, y bien gober-


nadas, se les olvídase todo con el largo tiempo,
y poco uso; pues es notorio que aun en España y
en Italia se hallan manadas de hombres, que si no
es el gesto y figura, no tienen otra cosa de hom-
bres. Así que por este camino vino á haber una
barbaridad infinita en el nuevo Mundo.

CAPITULO X X V

Qué es lo que los Indios suelen contar de su


origen.

Saber lo que los mismos Indios suelen contar


de sus principios y origen, no es cosa que impor-
ta mucho, pues mas parecen sueños los que refie-
ren, que historias. Hay entre ellos comunmente
gran noticia y mucha plática del diluvio; pero no
se puede bien determinar, si el diluvio, que estos
refieren, es el universal que cuenta la divina Es-
critura, ó si fué algún otro diluvio ó inundación
particular de las regiones en que ellos moran
DE L A HISTORIA NATURAL D E INDIAS 113

mas, de que en aquestas tierras hombres expertos


dicen, que se ven señales claras de haber habido
alguna grande inundación. Y o mas llego al pare-
cer de los que sienten, que los rastros y señales
que hay de diluvio no son del de Noé, sino de al-
gún otro particular, como el que cuenta Platón, ó
el que los Poétas cantan de Deucalión. Como
quiera que sea, dicen los Indios, que con aquel su
diluvio se ahogaron todos los hombres, y cuen-
tan, que de la gran laguna Titiaca salió un Vira-
cocha, el cual hizo asiento en Tiaguanaco, donde
se ven hoy ruinas y pedazos de edificios antiguos
y muy extraños, y que de alli vinieron al Cuzco,
y así volvió á multiplicarse el género humano.
Muestran en la misma laguna una Isleta, donde
fingen que se escondió y conservó el Sol, y por
eso antiguamente le hacían allí muchos sacrificios,
no solo de ovejas, sino de hombres también. Otros
cuentan, que de cierta cueva por una ventana sa-
lieron seis, ó no sé cuantos hombres, y que estos
dieron principio á la propagación de los hombres,
y es donde llaman Pacari Tampo por esa causa.
Y así tienen por opinión, que los Tambos son el
linage mas antiguo de los hombres. De aquí, di-
cen, que procedió Mangocapa, al cual reconocen
por el fundador y cabeza de los Incas, y que de
éste procedieron dos íamilias, ó linages, uno de
Hanan Cuzco, otro de Urincuzco. Refieren que
TOMO I.
9
LIBRO PRIMERO
114
los Reyes Incas, cuando hacían guerra y conquis-
taban diversas Provincias, daban por razón con
que justificaban la guerra, que todas las gentes
les debian reconocimiento, pues de su linage y su
patria se había renovado el mundo. Y así á ellos
se les habia revelado la verdadera Religión y culto
del Cielo. Mas ¿de qué sirve añadir mas, pues todo
va lleno de mentira, y ageno de razón? Lo que
hombres doctos afirman y escriben es, que todo
cuanto hay de memoria y relación de estos Indios
llega á cuatrocientos años, y que todo lo de antes
es pura confusión y tinieblas, sin poderse hallar
cosa cierta. Y no es de maravillar, faltándoles li-
bros y escritura, en cuyo lugar aquella su tan es-
pecial cuenta de los Ouipocamayos es harto y muy
mucho, que pueda dar razón de cuatrocientos
años. Haciendo yo diligencia v para entender de
ellos de qué tierras, y de qué gente pasaron á la
tierra en que. viven, hállelos tan lejos de dar razón
de esto, que antes tenían por muy llano, que ellos
habían sido criados-desde su primera origen en el
mismo nuevo orbe donde habitan, á los cuales
desengañamos con nuestra Fé, que nos enseña,
que todos los hombres proceden de un primer
hombre (i). Hay conjeturas muy claras, que por
gran tiempo no tuvieron estos hombres Reyes, ni

<0 Act. 17. v. 26.


DE L A HISTORIA NATURAL D E INDIAS 115

República concertada, sino que vivian por behe-


trías, como ahora los Floridos, y los Chiriguanas,
y los Brasiles, y otras muchas naciones, que no
tienen ciertos Reyes, sino conforme á la ocasión
que se ofrece en guerra ó paz, eligen sus caudillos,
como se les antoja: mas con el tiempo algunos
hombres, que en fuerzas y habilidad se aventaja-
ban á los demás, comenzaron á señorear y mandar,
como antiguamente Nembrót (i), y poco á poco
creciendo vinieron á fundar los Reinos de Perú y
de Méjico, que nuestros Españoles hallaron, que
aunque eran bárbaros, pero hacian grandísima
ventaja á los demás Indios. Así que la razón di-
cha persuade, que se haya multiplicado y proce-
dido el linage de los Indios por la mayor parte de
hombres salvages y fugitivos. Y esto baste cuanto
á lo que del origen de estas gentes se ofrece tra-
tar, dejando lo demás para cuando se traten sus
historias mas por extenso.

(0 Gen. IO.

FIN D E L LIBRO PRIMERO


LIBRO SEGUNDO
DE LA.

HISTORIA NATURAL Y MORAL DE LAS INDIAS

CAPÍTULO PRIMERO

Qué se ha de tratar de la naturaleza de la


equinoccial.

Estando la mayor parte del nuevo Mundo que se


ha descubierto, debajo de la región de en medio del
Cielo, que esla que los Antiguos llamanTórridazona,
teniéndola por inhabitable, es necesario para saber
las cosas de Indias, entender la naturaleza y con-
dición de esta región. No me parece á mí que di-
jeron mal los que afirmaron, que el conocimiento
de las cosas de Indias dependía principalmente del
conocimiento de la equinoccial; porque cuasi toda
la diferencia que tiene un orbe del otro, procede
délas propiedades de la equinoccial. Y es de no-
tar, que todo el espacio que hay entre los dos
Trópicos, se ha de reducir y examinar como por
regla propia por la linea de en medio, que es la
Il8 LIBRO SEGUNDO

equinoccial, llamada así, porque cuando anda el


Sol por ella, hace en todo el universo mundo igua-
les noches y dias y también porque los que habi-
tan debajo de ella, gozan todo el año de la propia
igualdad de noches y días. En esta linea equinocial
hallamos tantas y tan admirables propiedades, que
con gran razón despiertan y avivan los entendi-
mientos para inquirir sus causas, guiándonos no
tanto por la doctrina de los antiguos Filósofos,
cuanto por la verdadera razón y cierta experiencia.

C A P I T U L O II

Qué les movió á los Antiguos á tener por cosa sin


duda que la Tórrida era inhabitable.

Ahora, pues, tomando la cosa de sus principios,


nadie puede negar lo que clarísimamente vemos,
que el Sol con llegarse calienta, y con apartarse
enfria. Testigos son de esto los dias y las noches;
testigos el invierno y el verano, cuya variación, y
DE L A HISTORIA N A T U R A L D E INDIAS 119

frió, y calor se causa de acercarse, ó alejarse el


Sol. Lo segundo, y no menos cierto, cuanto se
acerca mas el Sol, y hiere mas derechamente con
sus rayos, tanto mas quema la tierra. Vese clara-
mente esto en el fervor del medio dia, y en la
fuerza del estío. De aquí se saca é infiere bien (á
lo que parece), que en tanto será una tierra más
fría, cuanto se apartare mas de el movimiento del
Sol. Así experimentamos, que las tierras que se
allegan mas al Septentrión y Norte, son tierras
mas frias; y al contrario las que se allegan mas al
Zodiaco, donde anda el Sol, son mas calientes. Por
esta orden excede en ser cálida la Etiopia á la
Africa y Berbería, y éstas al Andalucía, y Anda-
lucía á Castilla y Aragón, y éstas á Vizcaya y
Francia; y cuanto mas Septentrionales, tanto son
éstas y las demás Provincias menos calientes: y
así por el consiguiente las que se van mas llegan-
do al Sol, y son heridas mas derecho con sus ra-
yos, sobrepujan en participar mas el fervor del
Sol. Añaden algunos otra razón para lo mismo, y
es el movimiento del Cielo, que dentro de los Tró-
picos es velocísimo, y cerca de los polos tardísi-
mo: de donde concluyen, que la región que rodea
el Zodiaco tiene tres causas para abrasarse de ca-
lor, una la vecindad del Sol, otra herirla derechos
sus rayos, la tercera participar el movimiento más
apresurado del Cielo. Cuanto al calor y al frío lo
I20 LIBRO SEGUNDO

que está dicho es lo que el sentido y la razón pa-


rece que de conformidad afirman. Cuanto á las
otras dos cualidades, que son humedad y seque-
dad, ¿qué diremos? Lo mismo sin falta, porque la
sequedad parece causarla el acercarse el Sol, y á
la humedad el alejarse el Sol; porque la noche,
como es mas fria que el día, así también es mas
húmeda; el día como mas caliente, asi también mas
seco. E l invierno, cuando el Sol está mas lejos, es
mas frió y mas lluvioso; el verano, cuando el Sol
está mas cerca, es mas caliente y mas seco. Por-
que el fuego así como va cociendo ó quemando,
así va juntamente enjugando y secando. Conside-
rando, pues, lo que está dicho, Aristóteles y los
otros Filósofos atribuyeron á la región media, que
llaman Tórrida, juntamente exceso de calor y de
sequedad; y así dijeron, que era á maravilla abra-
sada y seca, y por el consiguiente del todo falta de
aguas y de pastos. Y siendo asi, forzoso había de
ser muy incómoda y contraria á la habitación hu-
mana.
CAPÍTULO III

Que la Tórridazona es humedísima; y que en esto


se engañaron mucho los Antiguos.

Siendo al parecer todo lo que se ha dicho y


propuesto verdadero, y cierto y claro, con todo
eso, lo que de ello se viene á inferir es muy falso;
porque la región media, que llaman Tórrida, en
realidad de verdad la habitan hombres, y la hemos
habitado mucho tiempo, y es su habitación muy
cómoda y muy apacible. Pues si es así, y es noto-
rio que de verdades no se pueden seguir falseda-
des, siendo falsa la conclusión, como lo es, con-
viene que volvamos atrás por los mismos pasos, y
miremos atentamente los principios, en donde pudo
haber yerro y engaño. Primero diremos cual sea
la verdad, según la experiencia certísima nos la ha
mostrado; y después probaremos, aunque es nego-
cio muy arduo, á dar la propia razón conforme á
buena Filosofía. Era lo postrero que se propuso
arriba, que la sequedad tanto es mayor, cuanto el
Sol está mas cercano á la tierra. Esto parecía cosa
122 LIBRO SEGUNDO

llana y cierta; y no lo es, sino muy falsa, porque


nunca hay mayores lluvias, y copia de aguas en la
' Tórridazona, que al tiempo que el Sol anda enci-
ma muy cercano. Es cierto cosa admirable y dig-
nísima de notar, que en la Tórridazona aquella
parte del año es mas serena y sin lluvias, en que
el Sol anda mas apartado; y al revés, ninguna par-
te del año es mas llena de lluvias, y nublados y
nieves, donde ellas caen, que aquella en que el
Sol anda mas cercano y vecino. Los que no han
estado en el nuevo Mundo, por ventura tendrán
esto por increíble; y aun á los que han estado, si
no han parado la atención en ello, también quizá
les parecerá nuevo; mas los unos y los otros con
facilidad se darán por vencidos, en advirtiendo á
la experiencia certísima de lo dicho. En este Perú,
que mira al polo del sur ó Antártico, entonces
está el Sol mas lejos, cuando está mas cerca de
Europa, como es en Mayo, Junio, Julio, Agosto,
que anda muy cerca al Trópico de Cancro! En
estos meses dichos es grande la serenidad de el
Perú: no hay lluvias, ni caen nieves, todos los rios
corren muy menguados, y algunos se agotan. Mas
después, pasando el año adelante, y acercándose
el Sol al círculo de Capricornio, comienzan luego
las aguas, lluvias, y nieves, y grandes crecientes
de los rios, es á saber, desde Octubre hasta D i -
ciembre. Y cuando volviendo el Sol de Capricor-
DE L A HISTORIA NATURAL D E INDIAS 123

nio hiere encima de las cabezas en el Perú, ahí es


el furor de los aguaceros, y grandes lluvias, y
muchas nieves, y las avenidas bravas de los rios,
que es al mismo tiempo que reina el mayor calor
del año, es á saber, desde Enero hasta mediado
Marzo. Esto pasa así todos los años en esta pro
vincia del Perú, sin que haya quien contradiga. En
las regiones que miran al polo Artico pasada la
equinoccial, acaece entonces todo lo contrario, y
es por la misma razón, ahora tomemos á Panamá y
toda aquella costa, ahora la nueva España, ahora
las Islas de Barlovento, Cuba, Española, Jamaica,
San Juan de Puerto-Rico, hallaremos sin falta que
desde principio de Noviembre hasta Abril gozan
de el Cielo sereno y claro; y es la causa, que el
Sol, pasando la equinocial hácia el Trópico de Ca-
pricornio, se aparta entonces de las dichas regio-
nes mas que en otro tiempo del año. Y por el
contrario, en las mismas tierras vienen aguaceros
bravos, y muchas lluvias, cuando el Sol se vuelve
hácia ellas, y les anda mas cerca, que es desde Ju-
nio hasta Septiembre, porque las hiere mas cerca
y mas derechamente en esos meses. Lo mismo
está observado en la India oriental, y por la rela-
ción de las cartas de allá parece ser así. Así que
es la regla general, aunque en algunas partes por
especial causa padezca excepción, que en la región
media ó Tórridazona, que todo es uno, cuando el
124 LIBRO SEGUNDO

Sol se aleja, es el tiempo sereno y hay mas se-


quedad: cuando se acerca, es lluvioso y hay mas
humedad: y conforme al mucho ó poco apartarse
el Sol, así es tener la tierra mas ó menos copia de
aguas.

CAPITULO IV

Qiie fuera de los Trópicos es a l revés que en la


Tórrida, y así hay mas aguas cuando el Sol
se aparta mas.

Fuera de los Trópicos acaece todo lo contrario,


porque las lluvias con los frios andan juntas, y el
calor con la sequedad. En toda Europa es esto
muy notorio y en todo el mundo viejo. En todo
el Mundo nuevo pasa de la misma suerte; de lo
cual es testigo todo el reino de Chile, el cual por
estar ya fuera del círculo de Capricornio, y tener
tanta altura como España, pasa por las mismas le-
DE L A HISTORIA N A T U R A L DE INDIAS 12$

yes de invierno y verano, excepto que el invierno


es allá, cuando en España verano; y al revés, por
mirar al polo contrario: y así en aquella provincia
vienen las aguas con gran abundancia juntas con
el frió, al tiempo que el Sol se aparta mas de
aquella región, que es desde que comienza Abril
hasta todo Septiembre. E l calor y la sequedad
vuelven cuando el Sol se vuelve á acercar allá;
finalmente pasa al pie de la letra lo mismo que en
Europa. De ahí procede, que así en los frutos de
la tierra, como en ingenios, es aquella tierra mas
allegada á la condición de Europa, que otra de
aquestas Indias. Lo mismo por el mismo orden,
según cuentan, acaece en aquel gran pedazo de
tierra, que mas adelante de la interior Etiopia se
va alargando, al modo de punta, hasta el cabo de
Buena-Esperanza. Y así dicen ser ésta la verdade-
ra causa de venir el tiempo de estio las inunda-
ciones del Nilo, de las cuales tanto los Antiguos
disputaron. Porque aquella región comienza por
Abril, cuando ya el Sol pasa del signo de Aries, á
tener aguas de invierno, que lo es ya allí, y estas
aguas, que parte proceden de nieves, parte de llu-
vias, van hinchando aquellas grandes lagunas, de
las cuales, según la verdadera y cierta Geografía,
procede el Nilo; y así vanlpoco á poco ensanchan-
do sus corrientes, y al cabo de tiempo corriendo
larguísimo trecho vienen á inundar á Egipto al
126 LIBRO SEGUNDO

tiempo del estío, que parece cosa contra naturale-


za, y es muy conforme á ella. Porque al mismo
tiempo es estío en Egipto, que está al Trópico de
Cancro, y es fino invierno en las fuentes y lagu-
nas de el Nilo, que' están al otro Trópico de Ca-
pricornio. Hay en la América otra inundación muy
semejante á esta del Nilo, y es en el Paraguay, ó
Rio de la Plata por otro nombre, el cual cada año,
cogiendo infinidad de aguas, que se vierten de las
sierras del Perú, sale tan desaforadamente de ma-
dre, y baña tan poderosamente toda aquella tie-
rra, que les es forzoso á los que habitan en ella
por aquellos meses pasar su vida en barcos, ó ca-
noas, dejando las poblaciones de tierra.
CAPÍTULO V

Que dentro de los Trópicos los agrias son en el


estío ó tiempo de calor; y de la cuenta del
verano é invierno.

En resolución, en las dos regiones, ó zonas tem-


pladas, el verano se concierta con el calor y 1 a
sequedad: el invierno se concierta con el frío y
humedad. Mas dentro de la TórridazOna no se
conciertan entre sí de ese modo las dichas cualida-
des. Porque al calor siguen las lluvias; al frió (frió
llamo falta de calor excesivo) sigue la serenidad.
De aquí procede, que siendo verdad que en Euro-
pa el invierno se entiende por el frió y por las
lluvias, y el verano por la calor y por la sereni-
dad, nuestros Españoles en el Perú y Nueva-Es-
paña, viendo que aquellas dos cualidades no se
aparean, ni. andan juntas como en España, lla-
man invierno al tiempo de muchas aguas, y lla-
man verano al tiempo de pocas, ó ningunas. En lo
cual llanamente se engañan; porque por esta
regla dicen, que el verano es en la sierra del Perú
128 LIBRO SEGUNDO

desde Abril hasta Septiembre, porque se alzan


entonces las aguas; y de Septiembre á Abril di-
cen que es invierno, porque vuelven las aguas; y
así afirman, que en la sierra del Perú es veranó,
al mismo tiempo que en España, é invierno, ni más
ni menos. Y cuando el Sol anda por el zenit de
sus cabezas, entonces creen que es finísimo invier-
no, porque son las mayores lluvias. Pero esto es
cosa de risa, eomo de quien habla sin letras; por-
que asi como el dia se diferencia de la noche por
la presencia del Sol, y por su ausencia en nuestro
emisferio, según el movimiento del primer móvil,
y esa es la definición del dia y de la noche, así ni
mas. ni menos se diferencia el verano del invierno,
por la vecindad del Sol, ó por su apartamiento,
según el movimiento propio del mismo Sol, y esa
es su definición. Luego entonces en realidad de
verdad es verano, cuando el Sol está en la suma
cercanía; y entonces invierno, cuando está en el
sumo apartamiento. A l apartamiento y allega-
miento del Sol sigúese el calor y el frió, ó tem-
planza necesariamente; mas el llover ó no llover,
que es humedad ó sequedad, no se siguen necesa-
riamente. Y así se colige contra el vulgar parecer
de muchos, que en el Perú el Invierno es sereno y
sin lluvias, y el verano es lluvioso; y no al revés,
como el vulgo piensa, que el invierno es caliente,
y el verano frió. E l mismo yerro es poner la dife-
DE L A HISTORIA NATURAL D E INDIAS 129

rencia que ponen entre la sierra y los llanos del


Perú: dicen, que cuando en la sierra es verano, en
los llanos es invierno, que es Abril, Mayo, Junio,
Julio, Agosto. Porque entonces la sierra goza de
tiempo muy sereno, y son los Soles sin aguaceros,
y al mismo tiempo en los llanos hay niebla, y la
que llaman gariia, qufe es una mollina ó humedad
muy mansa, con que se encubre el Sol. Mas como
está dicho, verano é invierno por la vecindad, ó
apartamiento del Sol, se han de determinar; y
siendo así que en todo el Perú, así en sierra, como
en llanos, á un mismo tiempo se acerca y aleja el
Sol, no hay razón para decir, que cuando es vera-
no en una parte, es en la otra invierno. Aunque
en esto de vocablos no hay para qué debatir, llá-
menlo como quisieren, y digan que es verano
cuando no llueve, aunque haga mas calor, poco
importa. Lo que importa es, saber la verdad que
está declarada, que no siempre se alzan las aguas
con acercarse mas el Sol, antes en la Tórridazona
es ordinario lo contrario.

TOMO I.
IO
CAPÍTULO V I

Que la Tórrida tiene gran abundancia de aguas


y pastos, por mas que Aristóteles lo niegue.

Según lo que está dicho, bien se puede enten-


der, que la Tórridazona tiene agua, y no es seca,
lo cual es verdad en tanto grado, que en muche-
dumbre y dura de aguas hace ventaja á las otras
regiones del mundo, salvo en algunas partes que
hay arenales, ó tierras desiertas, y yermas, como
también acaece en las otras partes del mundo. De
las aguas del Cielo ya se ha mostrado, que tiene
copia de lluvias, de nieves, de escarchas, que es-
pecialmente abundan en la Provincia del Perú. De
las aguas de tierra, como son rios, fuentes, arro-
yos, pozos, charcos, lagunas, no se ha dicho hasta
ahora nada; pero siendo ordinario responder las
aguas de abajo á las de arriba, bien se deja tam-
bién entender que las habrá. Hay, pues, tanta
abundancia de aguas manantiales, que no se halla-
rá que el universo tenga mas rios, ni mayores, ni
mas pantanos y lagos. La mayor parte de la Amé-
DE L A HISTORIA N A T U R A L D E INDIAS I31

rica, por esta demasía de aguas no se puede habi-


tar, porque los rios con los aguaceros de verano
salen bravamente de madre, y todo lo desbaratan;
y el lodo de los pantanos y atolladeros por infi-
nitas partes no consiente pasarse. Por eso los que
habitan cerca del Paraguay, de que arriba hicimos
mención, en sintiendo la creciente del rio, antes
que llegue de avenida, se meten en sus canoas, y
allí ponen su casa y hogar, y por espacio cuasi de
tres meses nadando guarecen sus personas y ha-
tillo. En volviendo á su madre el rio, también ellos
vuelven á sus moradas, que aun no están del todo
enjutas. Es tal la grandeza de este rio, que si se
juntan en uno el Nilo, y Ganges, y Eufrates no le
llegan con mucho. ¿Pues qué diremos del rio gran-
de de la Magdalena, qua entra en la mar entre
Santa Marta y Cartagena, y que con razón le lla-
man el Rio grande? Cuando navegaba por allí, me
admiró ver, que diez leguas la mar adentro hacía
clarísima señal de sus corrientes, que sin duda to-
man de ancho dos leguas y mas, no pudiéndolas
vencer allí las olas é inmensidad del mar Océano.
Mas hablándose de rios, con razón pone silencio á
todos los demás aquel gran rio, que unos llaman
de las Amazonas, otros Marañón, otros el rio de
Orellana, al cual hallaron y navegaron los nues-
tros Españoles; y cierto estoy en duda, si le llame
rio, ó si mar. Corre este rio desde las sierras del
132 LIBRO SEGUNDO

Perú, de las cuales coge inmensidad de aguas, de


lluvias y de rios, que va recogiendo en sí, y pa-
sando los grandes campos y llanadas del Paytiti, y
del Dorado, y de las Amazonas, sale en fin al
Océano, y entra en él cuasi frontero de las Islas
Margarita y Trinidad. Pero van tan estendidas sus
riberas, especial en el postrer tercio, que hace en
medio muchas y grandes Islas; y lo que parece in-
creíble, yendo por medio del rio, no miran los que
miran, sino Cielo y rio; aun cerros muy altos cer-
canos á sus riberas, dicen que se les encubren con
la grandeza del rio. La anchura y grandeza tan
maravillosa de este rio, que justamente se puede
llamar Emperador de los rios, supínaosla de buen
original, que fué un hermano de nuestra Compa-
ñía, que siendo mozo le anduvo, y navegó todo,
hallándose á todos los sucesos de aquella extraña
entrada, que hizo de Pedro de Orsua, y á los mo-
tines y hechos tan peligrosos del perverso Diego
de Aguirre, de todos los cuales trabajos y peligros
le libró el Señor, para hacerle de nuestra Compa-
ñía. Tales, pues, son los rios que tiene, la que lla-
man Tórrida, seca y quemada región, á la cual
Aristóteles, y todos los Antiguos tuvieron por po-
bre, y falta de aguas y pastos. Y porque he hecho
mención del rio Marañón, en razón de mostrar la
abundancia de aguas que hay en la Tórrida, pa-
réceme tocar algo de la gran laguna que llaman
DE L A HISTORIA NATURAL D E INDIAS 133

Titicaca, la cual cae en la Provincia del Collao, en


medio de ella. Entran en este lago mas de diez
ríos muy caudalosos: tiene un solo desaguadero, y
ese no muy grande, aunque á lo que dicen es hon-
dísimo; en el cual no es posible hacer puente, por
la hondura y anchura del agua; ni se pasa en bar-
cas, por la furia de la corriente, según dicen. Pása-
se con notable artificio, propio de Indios, por una
puente de paja, echada sobre la misma agua, que
por ser materia tan liviana no se hunde, y es pa-
sage muy seguro y muy fácil. Rodea la dicha la-
guna cuasi ochenta leguas; el lago será cuasi de
treinta y cinco; el ancho mayor será de quince le-
guas; tiene Islas, que antiguamente se habitaron y
labraron, ahora están desiertas. Cria gran copia de
un género de junco, que llaman los Indios Totora,
de la cual se sirven para mil cosas, porque es co-
mida para puercos, y para caballos, y para los
mismos hombres; y de ella hacen casa, y fuego, y
barco, y cuanto es menester: tanto hallan los Uros
en su Totora. Son estos Uros tan brutales, que
ellos mismos no se tienen por hombres. Cuéntase
de ellos, que preguntados qué gente eran, respon-
dieron, que ellos no eran hombres, sino Uros,
como si fuera otro género de animales. Halláron-
se pueblos enteros de Uros, que moraban en la la-
guna en sus balsas de Totora, trabadas entre sí, y
atadas á algún peñasco, y acaecíales levarse de
LIBRO SEGUNDO
134
allí, y mudarse todo un pueblo á otro sitio; y así
buscando hoy adonde estaban ayer, no hallarse
rastro de ellos, ni de su pueblo. De esta laguna,
habiendo corrido el desaguadero como cincuenta
leguas, se hace otra laguna menor, que llaman de
Paria, y tiene ésta también sus Isletas, y no se
le sabe desaguadero. Piensan muchos que corre
por debajo de tierra, y que va á dar en el mar del
Sur, y traen por consecuencia un brazo de rio, que
se ve entrar en la mar de muy cerca, sin saber su
origen. Y o antes creo que las aguas de esta lagu-
na se resuelven en la misma con el Sol. Baste esta
digresión, para que conste cuan sin razón conde-
naron los Antiguos á la región media por falta de
aguas, siendo verdad, que así del Cielo como del
suelo tiene copiosísimas aguas.
CAPÍTULO VII

Trátase la razón, porqué el Sol fuera de los


Trópicos, cuando mas dista, levanta aguas,
y dentro de ellos a l revés, cuando está
mas cerca.

Pensando muchas veces con atención, de qué


causa proceda ser la equinoccial tan húmeda,
como he dicho, deshaciendo el engaño de los A n -
tiguos, no se me ha ofrecido otra, sino es que la
gran fuerza que el Sol tiene en ella, atrae, y le-
vanta grandísima copia de vapores de todo el
Océano, que está allí tan estendido, y juntamente
con levantar mucha copia de vapores, con gran-
dísima presteza los deshace, y vuelve en lluvias.
Que provengan las lluvias y aguaceros del braví-
simo ardor, pruébase por muchas y manifiestas
experiencias. La primera es la que ya he dicho
que el llover en ella es al tiempo que los rayos
hieren mas derechos, y por eso mas recios: y
cuando el Sol ya se aparta, y se va templan-
do el calor, no caen lluvias ni aguaceros. Se-
I36 LIBRO SEGUNDO

gun esto, bien se infiere, que la fuerza poderosa


del Sol es la que allí causa las lluvias. Item, se ha
observado, y es así en el Perú, y en la Nueva-Es-
paña, que por toda la región Tórrida los aguace-
ros y lluvias vienen de ordinario después de me-
diodía, cuando ya los rayos del Sol han tomado
toda su fuerza: por las mañanas por maravilla llue-
ve; por lo cual los caminantes tienen aviso de sa-
lir temprano, y procurar para mediodía tener
hecha su jornada, porque lo tienen por tiempo se-
guro de mojarse: esto saben bien los que han ca-
minado en aquestas tierras. También dicen algu-
nos prácticos, que el mayor golpe de lluvias es
cuando la Luna está mas llena. Aunque, por decir
verdad, yo no he podido hacer juicio bastante de
esto, aunque lo he experimentado algunas veces.
Así que el año, el dia y el mes todo da á entender
la verdad dicha, que el exceso de calor en la Tó-
rrida causa las lluvias. La misma experiencia en-
seña lo propio en cosas artificiales, como las al-
quitaras y alambiques que sacan agua de yerbas
6 flores, porque la vehemencia del fuego encerra-
do levanta arriba copia de vapores, y luego apre-
tándolos, por no hallar salida, los vuelve en agua
y licor. La misma Filosofía pasa en la plata y oro,
que se saca por azogue, porque si es el fuego poco
y flojo, no se saca cuasi nada del azogue; si es
fíierte, evapora mucho el azogue, y topando arri-
DE L A HISTORIA NATURAL DE INDIAS 137

ba con lo que llaman sombrero, luego se vuelve


en licor, y gotea abajo. Así que la fuerza grande
del calor, cuando halla materia aparejada, hace
ambos efectos, uno de levantar vapores arriba,
otro de derretirlos luego, y volverlos en licor,
cuando hay estorbo para consumirlos y gastarlos.
Y aunque parezcan cosas contrarias, que el mis-
mo Sol cause las lluvias en la Tórrida, por estar
muy cercano, y el mismo Sol las cause fuera de
ella, por estar apartado, y aunque parece repug-
nante lo uno á lo otro, pero bien mirado no lo es
en realidad de verdad. Mil efectos naturales pro-
ceden de causas contrarias por el modo diverso.
Ponemos á secar la ropa mojada al fuego, que
calienta, y también al aire, que enfría. Los adobes
se secan, y cuajan, con el Sol, y con el hielo. E l
sueño se provoca con ejercicio moderado; si es
demasiado, y si es muy poco ó ninguno, quita el
sueño. E l fuego, si no le echan leña, se apaga; si
^e echan demasiada leña también se apaga; si es
proporcionada, susténtase y crece. Para ver, ni
ha de estar la cosa muy cerca de los ojos, ni muy
lejos: en buena distancia se ve: en demasiada se
pierde, y muy cercana tampoco se ve. Si los rayos
ríos; si son muy recios, tan presto como levantan
del Sol son muy flacos, no levantan nieblas de los
vapores, los deshacen; y así el moderado cabr
los levanta y los conserva. Por eso comunmente
Í38 LIBRO SEGUNDO

ni se levantan nieblas de noche, ni al medio dia


sino á la mañana, cuando va entrando mas el SoL
A este tono hay otros mil ejemplos de cosas na-
turales^ que se ven proceder muchas veces de cau-
sas contrarias. Por donde no debemos maravillar-
•nos, que el Sol con su mucha vecindad levante
"lluvias, y con su mucho apartamiento también las.
"mueva; y que siendo su presencia moderada, ni
muy lejos, ni muy cerca no las consienta. Pero-
queda todavía gana de inquirir, porqué razón den-
tro de la Tórrida causa lluvias la mucha vecindad
del Sol, y fuera de la Tórrida las causa su mucho
apartamiento. A cuanto yo alcanzo, la razón es,
porque fuera de los Trópicos en el invierno no-
tiene tanta fuerzá el calor del Sol, que baste á.
consumir los vapores, que se levantan de la tierra
y mar; y así estos vapores se juntan en la región
fria de el aire en gran copia, y con el mismo frío-
sé aprietan y espesan; y con esto, como exprimi-
dos ó apretados, se vuelven en agua. Porque aquel'
tiempo de invierno el Sol está lejos, y los días son
cortos, y las noches largas, lo cual todo hace para-
que el calor tenga poca fuerza. Mas cuando se va
llegando el Sol á los que están fuera de los Tró-
picos, que es en tiempo de verano, es ya la fuerza,
del Sol tal, que juntamente levanta vapores, y
consume, y gasta, y resuelve los mismos vapores,
que levanta. Para la fuerza del calor ayuda ser el
DE L A HISTORIA N A T U R A L DE INDIAS 139

Sol mas cercano, y los dias mas largos. Mas den-


tro de los Trópicos en la región Tórrida, el apar-
tamiento del Sol es .igual á la mayor presencia de
esotras regiones fuera de ellos, y así por la misma
razón no llueve cuando el Sol está mas remoto en
la Tórrida, como no llueve cuando está mas cer-
cano á las regiones de fuera de ella, porque está
en igual distancia, y así causa el mismo efecto de
serenidad. Mas cuando en la Tórrida .llega el Sol
á la suma fuerza, y hiere derecho las cabezas, no .,
hay serenidad ni sequedad, como parecía que ha-
bla de haber, sino grandes y repentinas lluvias.
Porque con la fuerza excesiva de su calor atrae
y levanta cuasi súbito grandísima copia de vapo-
res de la tierra y mar Océano; y siendo tanta la
copia de vapores, no los disipando, ni derra-
mando el viento, con facilidad se derriten, y cau-
san lluvias mal sazonadas. Porque la vehemencia
excesiva del calor puede levantar de presto tantos
vapores, y no puede tan de presto consumirlos y
resolverlos; y así levantados, y amontonados con
su muchedumbre se derriten, y vuelven en agua.
Lo cual todo se entiende muy bien con un ejem-
plo manual. Cuando se pone á asar un pedazo de
puerco, ó de carnero, ó de ternera, si es mucho el
fuego, y está muy cerca, vemos que se derrite la
grosura, y corre, y gotea en el suelo, y es la cau-
sa, que la gran fuerza del fuego atrae, y levanta
LIBRO SEGUNDO
140
aquel humor y bahos de la carne; y porque es
mucha copia no puede resolverla, y así destila y
cae mas. Cuando el fuego es moderado, y lo que
se asa está en proporcionada distancia, vemos que
se asa la carne, y no corre, ni destila, porque el
calor va con moderación sacando la humedad, y
con la misma la va consumiendo y resolviendo.
Por eso los que usan arte de cocina, mandan que
el fuego sea moderado, y lo que se asa no esté
muy lejos, ni demasiado de cerca, porque no se
derrita, Otro ejemplo es en las candelas de cera,
ó de sebo, que si es mucho el pávilo derrite el
sebo, ó la cera, porque no puede gastar lo que le-
vanta de humor. Mas si es la llama proporciona-
da, no se derrite, ni cae la cera; porque la llama
va gastando lo que va levantando. Esta, pues (á
mi parecer), es la causa, porqué en la equinoccial
y Tórrida la mucha fuerza del calor cause las llu-
vias que en otras regiones suele causar la flaque-
za del calor.
CAPÍTULO VIII

En qué manera se haya de entender lo que se


dice de la Tórridasona.

Siendo así que en las causas naturales y Físicas


no se ha de pedir regla infalible y Matemática,
sino que lo ordinario y muy común eso es lo que
hace regla, conviene entender, que en ese propio
estilo se ha de tomar lo que vamos diciendo, que
en la Tórrida hay mas humedad que en esotras
regiones, y que en ella llueve cuando el Sol anda
mas cercano. Pues esto es así según lo mas común
y ordinario; y no por eso negamos las excep-
ciones que la naturaleza quiso dar á la regla dicha,
haciendo algunas partes de la Tórrida sumamente
secas, cOmo de la Etiopia refieren, y de gran par-
te del Perú lo hemos visto, donde toda la costa y
tierra que llaman llanos, carece de lluvias, y aun
de aguas de pie, excepto algunos valles que gozan
de las aguas que traen los rios que bajan de las
sierras. Todo lo demás son arenales y tierra esté-
ril, donde apenas se hallarán fuentes, y pozos; sí
LIBRO SEGUNDO
142
algunos hay, son hondísimos. Qué sea la causa,
que en estos llanos nunca llueve (que es cosa que
muchos preguntan), decirse há en su lugar que-
riendo Dios, solo se pretende ahora mostrar, que
de las reglas naturales hay diversas excepciones.
Y así, por ventura, en alguna parte de la Tórrida
acaecerá, que no llueva estando el Sol mas cer-
cano, sino mas distante, aunque hasta ahora yo no
lo he visto, ni sabido, mas si la hay, habráse de
atribuir á especial cualidad de la tierra, siendo
cosa perpétua: mas si unas veces es así, y otras de
otra manera, háse de entender, que en las cosas
naturales suceden diversos impedimentos, con que
unas á otras se embarazan. Pongamos ejemplo:
podrá ser que el Sol cause lluvias, y el viento las
estorbe, ó que las haga mas copiosas de lo que
suelen. Tienen los vientos sus propiedades y di-
versos principios, con que obran diferentes efec-
tos, y muchas veces contrarios á lo que la razón
y curso de tiempo piden. Y pues en todas partes
suceden grandes variedades al año, por la diversi-
dad de aspectos de los planetas, y diferencias de
posturas, no será mucho que también acaezca algo
de eso en la Tórrida, diferente de lo que hemos
platicado de ella. Mas en efecto, lo que hemos
concluido es verdad cierta y experimentada, que
en la región de en medio, que llamamos Tórrida,
no hay la sequedad que pensaron los viejos, sino
DE L A HISTORIA N A T U R A L D E INDIAS 143

mucha humedad, y que las lluvias en ella son


cuando el Sol anda mas cerca.

CAPÍTULO I X

Que la Tórrida no es en exceso caliente, sino


moderadamente caliente.

Hasta aquí se ha dicho de la humedad de la


Tórridazona, ahora es bien decir de las otras dos
cualidades, que son calor y frió. A l principio de
este tratado digimos, cómo los Antiguos enten-
dieron que la Tórrida era seca y caliente, y lo
uno y lo otro en mucho exceso; pero la verdad
es, que no es así, sino que es húmeda y cálida, y
su calor, por la mayor parte, no es excesivo, sino
templado; cosa que se tuviera por increíble, si no
la hubiéramos experimentado. Diré lo que me pasó
á mí cuando fui á las Indias: como habia leido lo
que los Filósofos y Poétas encarecen de la Tórri-
dazona, estaba persuadido, que cuando llegase á la
equinoccial no habia de poder sufrir el calor terri-
LIBRO SEGUNDO

ble; fué tan al revés, que al mismo tiempo que la


pasé sentí tal frió, que algunas veces me salia al
Sol, por abrigarme, y era eu tiempo que andaba
el Sol sobre las cabezas derechamente, que es en
el signo de Aries por Marzo. Aqui yo confieso,
que me reí, é hice donaire de los Meteoros de
Aristóteles, y de su Filosofía, viendo que en el lugar
y en el tiempo que, conforme á sus reglas, habia
de arder todo, y ser un fuego, yo y todos mis com-
pañeros teníamos frió. Porque en efecto es así, que
no hay en el mundo región mas templada, ni mas
apacible, que debajo de la equinoccial. Pero hay
en ella gran diversidad, y no es en todas partes
de un tenor: en partes es la Tórridazona muy tem-
plada, como en Quito, y los llanos del Perú: en
partes es muy fría, como en Potosí; y en partes es
muy caliente, como en Etiopia, y en el Brr íl, y
en los Malucos. Y siendo esta diversidad cierta y
notoria, forzoso hemos de inquirir otra causa de
frió y calor, sin los rayos del Sol, pues acaece en
un mismo tiempo del año, lugares que tienen la
misma altura y distancia de polos y equinoccial,
sentir tanta diversidad, que unos se abrasan de
calor, y otros no se pueden valer de frío; otros
se hallan templados con un moderado calor.
Platón (i) ponía su tan celebrada Isla Atlántida.

(i) P l a t ó n ih T i t n é o p. in Critia.
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 145

en parte de la Tórrida, pues dice, qne en cierto


tiempo del año tenía al Sol encima de sí; con todo
eso dice de ella que era templada, abundante y
rica. Plinio (i) pone á la Taprobana ó Sumatra,
que ahora llaman, debajo de la equinoccial, como
en efecto lo está, la cual no solo dice, que es rica
y próspera, sino también muy poblada de gente y
de animales. De lo cual se puede entender, que
aunque los Antiguos tuvieron por intolerable el
calor de la Tórrida, pero pudieron advertir, que
no era tan inhabitable, como la hacían. E l exce-
lentísimo Astrólogo y Cosmógrafo Ptoloméo, y el
insigne Filósofo y Médico Avicena atinaron harto
mejor, pues ambos sintieron, que debajo de la
equinoccial habia muy apacible habitación.

(i) Plin. 1. 6. c. 22.

TOMO I. J J-
CAPÍTULO X

Que el calor de la Tórrida se templa con la


muchedumbre de lluvias, y con la
brevedad de los dias.

Ser así verdad, como estos dijeron, después que


se halló el nuevo Mundo, quedó averiguado, y sin
duda. Mas es muy natural, cuando por experiencia
se averigua alguna cosa que era fuera de nuestra
opinión, querer luego inquirir, y saber la causa
del tal secreto. Así deseamos entender porqué la
región que tiene al Sol mas cercano, y sobre sí, no
•solo es mas templada, pero en muchas partes es
fría. Mirándolo ahora en común, dos causas son ge-
nerales para hacer templada aquesta región. La
una es la que está arriba declarada, de ser región
mas húmeda y sujeta á lluvias; y no hay duda, sino
que. la lluvia refresca. Porque el elemento del agua
es de su naturaleza frió, y aunque el agua por la
fuerza del fuego se calienta, pero no deja de tem-
plar el ardor, que se causará de los rayos del Sol
puro. Pruébase bien esto por lo que refieren de la
DE L A HISTORIA N A T U R A L D E INDIAS 147

Arabia interior, que está abrasadísimá del Sol, por-


que no tiene lluvias que templen la furia del Sol.
Las nubes hacen estorbo á los rayos del Sol, para
que no hieran tanto, y las lluvias que de ellas pro-
ceden, también refrescan el aire y la tierra, y la
humedecen, por mas caliente que parezca el agua
que llueve; en fin, se bebe, y apaga la sed y el ar-
dor, como lo han probado los nuestros, habiendo
penuria de agua para beber. De suerte, que así la
razón, como la experiencia nos muestran, que la
lluvia de suyo mitiga el calor; y pues hemos ya
asentado, que la Tórrida es muy lluviosa, queda
probado, que en ella misma hay causa para tem-
plarse su calor. A esto añadiré otra causa, que el
entenderla bien importa, no solo para la cuestión
presente, sino para otras muchas; y por decirlo en
pocas palabras, la equinoccial, con tener soles mas
encendidos, tiénelos, empero mas cortos; y asf
siendo el espacio del calor del dia mas breve y
menor, no enciende ni abrasa tanto; mas conviene
que esto se declare, y entienda mas. Enseñan los
Maestros de esfera, y con mucha verdad, que cuan
to es mas oblicua, y atravesada la subida de el
Zodiaco en nuestro emisferio, tanto los dias y no-
ches son mas desiguales; y al contrario, donde es
la esfera recta, y los signos suben derechos, allí
los tiempos de noche y dia son iguales entre sí
Hs también cosa llana, que toda región que está
I48 LIBRO SEGUNDO

entre los dos Trópicos, tiene menos desigualdad


de dias y noches, que fuera de ellos; y cuanto
mas se acerca á la línea, tanto es menor la dicha
desigualdad. Esto por vista de ojos lo hemos pro-
bado, én estas partes. Los de Quito, porque caen
debajo de la línea, en todo el año no tienen dia
mayor ni menor, ni noche tampoco, todo es pare-
jo. Los de Lima, porque distan de la linea cuasi
doce grados, echan de ver alguna diferencia de
noches y dias, pero muy poca, porque en Diciem-
bre y Enero crecerá el día como una hora aun no
entera. Los de Potosí mucho mas tienen de dife-
rencia en invierno y verano, porque están cuasi
debajo del Trópico. Los que están ya del todo
fuera de los Trópicos notan mas la brevedad de
los dias de invierno, y prolijidad de los de verano,
y tanto mas cuanto mas se desvian de la línea, y
se llegan al polo; y así Germania y Anglia tienen
en verano mas largos dias que Italia y España.
Siendo esto así, como la esfera lo enseña, y la ex-
periencia clara lo muestra, háse de juntar otra
proposición también verdadera, que para todos los
efectos naturales es de gran consideración, la per-
severancia en obrar de su causa eficiente. Esto su-
puesto, si me preguntan, porqué la equinoccial no
tiene tan recios calores como otras regiones por
estío, verbi gracia, Andalucía por Julio y Agosto»
finalmente responderé, que la razón es, porque los
DE L A HISTORIA NATURAL D E INDIAS 149

dias de verano son mas largos en Andalucía, y


las noches son mas cortas; y el dia, como es ca-.
liente, enciende; la noche es húmeda y fria, y re-
fresca. Y por eso el Perú no siente tanto calor,
porque los dias de verano no son tan largos, ni las
noches tan cortas, y el calor del dia se templa
mucho con el frescor de la noche. Donde los dias
son de quince ó diez y seis horas, con razón hará
más calor, que donde son de doce ó trece horas,
y quedan otras tantas de la noche para refrigerar.
Y así, aunque la Tórrida excede en la vecindad
del Sol, exceden esotras regiones en la proligidad
del Sol. Y es según razón, que caliente mas un
fuego, aunque sea algo menor, si persevera mucho,
que no otro mayor, si dura menos: mayor mente
interpolándose con frescor. Puestas, pues, en una
balanza estas dos propiedades de la Tórrida, de
ser mas lluviosa al tiempo del mayor calor, y de
tener los dias mas cortos, quizá parecerá que igua-
lan á otras dos contrarias, que son, tener el Sol
mas cercano, y mas derecho: á lo menos que no
les reconocerán mucha ventaja.
CAPÍTULO X I

Que fuera de las dichas hay otras causas de ser


la Tórrida templada, y especialmente la
vecindad del mar Océano.

Mas siendo universales y comunes las dos pro-


piedades que he dicho, á toda la región Tórrida,
y con todo eso, habiendo partes en ella que son
muy cálidas, y otras también muy frias; y final-
mente, no siendo uno el temple de la Tórrida y
equinoccial, sino que un mismo clima aqui es cá-
lido, allí frió, acullá templado, y esto en un mismo
tiempo, por fuerza hemos de buscar otras causas,
de donde proceda esta tan gran diversidad que se
halla en la Tórrida. Pensando, pues, en esto con
cuidado, hallo tres causas ciertas y claras, y otra
cuarta oculta. Causas claras y ciertas digo: la pri-
mera, el Océano, la segunda, la postura y sitio de
la tierra; la tercera, la propiedad y naturaleza de
diversos vientos. Fuera de estas tres, que las ten-
go por manifiestas, sospecho que hay otra cuarta
oculta, que es propiedad de la misma tierra que se
DE L A HISTORIA NATURAL DE INDIAS I j J

habita, y particular eficacia é influencia de su Ge


lo. Que no basten las causas generales que arriba
se han tratado, será muy notorio á quien conside-
rare lo que pasa en diversos cabos de la equinoc-
cial. Manomotapa, y gran parte del Reino del Pres-
te Juan están en la linea ó muy cerca, y pasan
terribles calores, y la gente que allí nace es
toda negra, y no solo allí, que es tierra firme,
desnuda de mar, sino también en Islas cercadas de
mar acaece lo propio. La Isla de Santo Tomé está
en la línea, las Islas de Caboverde están cerca, y
tienen calores furiosos, y toda la gente también
es negra. Debajo de la misma línea, ó muy cerca
cae parte del Perú, y parte del nuevo Reino de
Granada, y son tierras muy templadas, y que cua
si declinan mas á frió que á calor, y la gente que
crian, es blanca. La tierra del Brasil está en la mis
ma distancia de la línea, que el Perú y el Brasil; y
toda aquella costa es en extremo tierra cálida
con estar sobre la mar del norte. Estotra costa de
Perú, que cae á la mar del sur, es muy templada.
Digo, pues, que quien mirare estas diferencias, y
quisiere dar razón de ellas, no podrá contentarse
con las generales que se han traído, para declarar
como puede ser la Tórrida tierra templada. Entre
las causas especiales puse la primera la mar, por-
que sin duda su vecindad ayuda á templar, y re-
frigerar el calor; porque aunque es salobre su
LIBRO SEGUNDO
152
agua, en fin es agua, y el agua de suyo fria,
y esto es sin duda. Con esto se junta, que la
profundidad inmensa del mar Océano no da lu-
gar á que el agua se caliente con el fervor del
Sol, de la manera que se calientan las aguas
de rios. Finalmente, como el salitre con ser
de naturaleza de sal, sirve para enfriar el agua,
así también vemos por experiencia que el agua,
de la mar refresca; y así en algunos Puertos,
como en el del Callao, hemos visto poner á enfriar
el agua ó vino para beber, en frascos ó cántaros
metidos en la mar. De todo lo cual se infiere, que
el Océano tiene sin duda propiedad de templar y
refrescar el calor demasiado, por eso se siente mas
calor en tierra, que en mar cceteris paribus. Y co-
munmente las tierras que gozan marina, son mas
frescas que las apartadas de ella, cceteris paribus,
como está dicho. Así que siendo la mayor parte
del nuevo orbe muy cercana al mar Océano, aun-
que esté debajo de la Tórrida, con razón diremos
que de la mar recibe gran beneficio para templar
su calor.
CAPÍTULO XII

Q2ie las tierras mas altas son mas frías;


y qué sea la razón de esto.

Pero discurriendo mas, hallaremos, que en la tie-


rra, aunque esté en igual distancia de la mar, y en
unos mismos grados, con todo eso no es igual el
calor, sino en una mucho, y en otra poco. Qué sea
la causa de esto, no hay duda, sino que el estar
mas honda, ó estar mas levantada, hace que sea
la una caliente, y la otra fria. Cosa clara es, que
las cumbres de los montes son mas frias, que las
honduras de los valles; y esto no es solo por haber
mayor repercusión de los rayos del Sol en los lu-
gares bajos y cóncavos, aunque esto es mucha
causa: sino que hay otra también, y es, que la re-
gión del aire, que dista mas de la tierra, y está mas
alta, de cierto es mas fria. Hacen prueba suficien-
te de esto las llanadas del Collao en el Perú, y las
de Popayán, y las de Nueva-España, que sin duda
toda aquella es tierra alta, y por eso fría, aunque
está cercada de cerros, y muy expuesta á los ra-
LIBRO SEGUNDO
154
yes del Sol. Pues si preguntamos ahora, porqué
los llanos de la costa en el Perú y en Nueva-Espa-
ña es tierra caliente, y los llanos de las sierras del
mismo Perú y Nueva-España es tierra fria, por
cierto que no veo que otra razón pueda darse, sino
porque los unos llanos son de tierra baja, y los
otros de tierra alta. E l ser la región media del aire
mas fria que la inferior, persuádelo la experiencia,
porque cuanto los montes se acercan más á ella,
tanto mas participan de nieve y hielo, y frió per-
pétuo. Persuádelo también la razón, porque si hay
esfera de fuego, como Aristóteles y los mas Filó-
sofos ponen por antiparistasis, ha de ser mas fria la
región media del aire, huyendo á ella el frió, como
en los pozos hondos vemos en tiempo de verano.
Por eso los Filósofos afirman, que las dos regio-
nes extremas del aire suprema é ínfima, son mas
cálidas, y la media mas fria. Y si esto es así ver-
dad, como realmente lo muestra la experiencia,
tenemos otra ayuda muy principal para hacer
templada la Tórrida, y es ser por la mayor parte
tierra muy alta la de las Indias, y llena de muchas
cumbres de montes, que con su vecindad refres-
can las comarcas donde caen. Vénse en las cum-
bres que digo, pcrpétua nieve y escarcha, y las
aguas hechas un hielo, y aun heladas á veces del
todo; y es de suerte el frió que allí hace, que que-
ma la yerba. Y los hombres y caballos, cuando.
DE L A HISTORIA N A T U R A L D E INDIAS 155

caminan por allí, se entorpecen depuro frío. Esto,


como ya he dicho, acaece en medio de la Tórri-
da; y acaece mas ordinariamente cuando el Sol
anda por su zénit. Así que ser los lugares de sie-
rra mas frios que los de los valles y llanos, es cosa
muy notoria; y la causa también lo es harto, que
es participar los montes y lugares altos mas de la
región media del aire, que es frígidísima. Y la
causa de ser mas fría la región media del aire,
también está ya dicha, que es lanzar y echar de si
todo el frió la región del aire, que está vecina á la
ignea exalacion, que según Aristóteles, está sobre
la esfera del aire. Y así todo el frío se recoge á la
región media del aire, por la fuerza del antiparis-
tasis, que llaman los Filósofos. Tras esto, si me
preguntare alguno, si el aire es cálido y húmedo,
como siente Aristóteles (i), y comunmente dicen,
¿de dónde procede aquel frió que se recoge á la
media región del aire? Pues de la esfera del fuego
no puede proceder, y si procede del agua y tierra,
conforme á razón mas fria, habia de ser la región
ínfima, que no la de en medio: cierto que si he de
responder verdad, confesaré, que esta objeción y
argumento me hace tanta dificultad, que cuasi es-
toy por seguir la opinión de los que reprueban las
cualidades símbolas y disímbolas, que pone Aris-

(0 Aristotel. Meteo.
1^6 LIBRO SEGUNDO

tételes en los elementos, y dicen que son imagina-


ción. Y así afirman, que el aire es de su naturale-
za frió, y para esto cierto traen muchas y grandes
pruebas. Y dejando otras á parte, una es muy no-
toria, que en medio de Caniculares solemos con un
abanico hacernos aire, y hallamos que nos refres-
ca; de suerte, que afirman estos Autores, que el
calor no es propiedad de elemento alguno, sino de
solo el fuego, el cual está esparcido y metido en
todas las cosas, según que el Magno Dionisio ense-
ña (i). Pero ahora sea así, ahora de otra manera
(porque no me determino á contradecir á Aristóte-
les, sino es en cosa muy cierta), al fin todos convie-
nen en que la región media del aire es mucho mas
fría que la inferior cercana á la tierra, como también
la experiencia lo muestra; pues allí se hacen las
nieves y el granizo, y la escarcha, y los demás in-
dicios de extremo frió. Pues habiendo de una par-
te mar, de otras sierras altísimas, por bastantes
causas se deben éstas tener, para refrescar y tem-
plar el calor de la media región, que llaman Tó-
rrida.

(i) Dionis. cap. 15. decael. Hierar.


CAPÍTULO XIII

Que la principal causa de ser la Tórrida templada


son los vientos frescos.

Mas la templanza de esta región, principalmen-


te, y sobre todo se debe á la propiedad del viento
que en ella corre, que es muy fresco y apacible.
Fué providencia del Gran Dios, Criador de todo,
qne en la región donde el Sol se pasea siempre, y
con su fuego parece lo había de asolar todo, allí
los vientos más ciertos y ordinarios fuesen á mara-
villa frescos, para que con su frescor se templase
el ardor del Sol. No parece que iban muy fuera
de camino los que dijeron, que el Paraíso terrestre
estaba debajo de la equinoccial, si no les en-
gañara su razón, que para ser aquella región muy
templada, les parecía bastar el ser allí los dias y
las noches iguales, á cuya opinión otros contradi-
jeron, y el famoso Poéta (i) entre ellos diciendo:

(i) Virg., 4, Georg.


LIBRO SEGUNDO
158
Y aquella parte
Está siempre de un Sol bravo encendida.
Sin que fuego jamás de ella se aparte.

Y no es la frialdad de la noche tanta, que baste


por sí sola á moderar, y corregir tan bravos ardo-
res del sol. Así que por beneficio del aire fresco
y apacible recibe la Tórrida tal templanza, que
siendo para los antiguos más que horno de fuego,
sea para los que ahora la habitan más que prima-
vera deleitosa. Y que este negocio consista princi-
palmente en la cualidad del viento, pruébase con
indicios y razones claras. Vemos en un mismo
clima unas tierras y pueblos más calientes que
otros, solo por participar menos del viento que
refresca. Y así otras tierras donde no corre vien-
to, ó es muy terrestre, y abrasado como un
bochorno, son tanto fatigadas del calor, que es-
tar en ellas es estar en horno encendido. Tales
pueblos y tierras hay no pocas en al Brasil,
en Etiopia, en el Paraguay, como todos saben, y
lo que es más de advertir, no solo en las tierras,
sino en los mismos mares se ven estas diferencias
clarísimamente. Hay mares que sienten mucho ca-
lor, como cuentan del de Mozambique, y del de
Ormúz allá en lo oriental; y en lo occidental el
mar de Panamá, que por eso cria caimanes, y el
mar del Brasil. Hay otros mares, y aun en los mis-
DE L A HISTORIA NATURAL D E INDIAS 159

mos grados de altura, muy frescos, como es el del


Perú, en el cual tuvimos frío, como arriba conté,
cuando le navegamos la vez primera; y esto siendo
en Marzo, cuando el sol anda por encima. Aquí
cierto donde el Cielo y el agua son de una misma
suerte, no se puede pensar otra cosa de tan gran
diferencia, sino la propiedad del viento, que ó re-
fresca, ó enciende. Y si se advierte bien, en esta
consideración del viento que se ha tocado, po-
dránse satisfacer por ella muchas dudas, que con
razón ponen muchos, que parecen cosas extrañas
y maravillosas. Es á saber, ^porqué hiriendo el Sol
en la Tórrida, y particularmente en el Perú, muy
mas recio que per caniculares en España; con todo
eso, se defienden de él con mucho menor reparo,
tanto, que con la cubierta de una estera, ó de un
techo de paja, se hallan mas reparados del calor,
que en España con techo de madera, y aun de bó-
veda? Item, ¿porqué en el Perú las noches de ve-
rano no son calientes ni congojosas como en Espa-
^ ña? Item, ¿porqué en las mas altas cumbres de la
sierra, aun entre montones de nieve, acaece mu-
chas veces hacer calores intolerables? ¿Porqué en
toda la provincia del Collao, estando á la sombra,
por flaca que sea, hace frió, y en saliendo de ella
al Sol, luego se siente excesivo calor? Item, ¿por-
qué siendo toda la costa del Perú llena de arena-
les muertos, con todo eso es tan templada? Item,
l5o LIBRO SEGUNDO

¿porqué distando Potosí de la ciudad de la Plata


solas diez y ocho leguas, y teniendo los mismos
grados, hay tan notable diferencia, que Potosí es
frigidísima, estéril, y seca: la Plata al contrario es
templada, y declina á caliente, y es muy apacible,
y muy fértil tierra? En efecto, todas estas diferen-
cias y extrañezas el viento es el que principal-
mente las causa, porque en cesando el benefi-
cio del viento fresco, es tan grande el ardor
del Sol, que aunque sea en medio de nieves,
abrasa: en volviendo el frescor del, aire, luego
se aplaca todo el calor, por grande que sea. Y
donde es ordinario, y como morador este vien-
to fresco, no consiente que los humos terrenos y
gruesos, que exhálala tierra, se junten, y causen
calor y congoja, lo cual en Europa es al revés,
que por estos humos de la tierra, que queda como
quemada del Sol del dia, son las noches tan ca-
lientes, pesadas ó congojosas, y así parece, que
sale el aire muchas veces como de una boca de
un horno. Por la misma razón en el Perú el fres-
cor del viento hace, que en faltando de los rayos
del Sol, con cualquier sombra se sienta fresco.
Otrosí, en Europa el tiempo mas apacible y suave
en el estío es por la mañanica. Por la tarde es el
mas recio y pesado. Mas en el Perú, y en toda la
equinoccial es al contrario, que por cesar el vien-
to de la mar por las mañanas, y levantarse ya
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS l6l

que el S o l comienza á encumbrar, por eso el m a -


y o r calor se siente p o r las m a ñ a n a s , hasta que
viene la v i r a z ó n que l l a m a n , ó marea, ó viento de
m a r , que todo es uno, que comienza á sentirse
fresco. D e esto t u v i m o s e x p e r i e n c i a l a r g a el t i e m -
po que estuvimos en las Islas, que d i c e n de B a r l o -
vento, donde nos a c a e c í a sudar m u y bien p o r las
m a ñ a n a s , y al tiempo de m e d i o d i a sentir buen
fresco, p o r soplar entonces l a brisa de o r d i n a r i o ,
que es viento apacible y fresco.

TOMO I.
12
CAPÍTULO X I V

Que en la región de la equinoccial se vive vida


muy apacible.

Si guiaran su opinión por aqui los que dicen, que


el Paraíso terrenal está debajo de la equinoc-
cial (i), aún parece que llevaran algún camino. No
porque me determine yo á que está allí el Paraíso
de deleites que dice la Escritura, pues sería teme-
ridad afirmar eso por cosa cierta. Mas dígolo,
porque si algún Paraíso se puede decir en la tie-
rra, es donde se goza un temple tan suave y apa-
cible. Porque para la vida humana no hay cosa de
igual pesadumbre y pena, como tener un Cielo y
aire contrario, y pesado, y enfermo; ni hay cosa
mas gustosa y apacible, que gozar de el Cielo y
aire suave, sano, y alegre. Está claro, que de los
elementos ninguno participamos mas á menudo,
ni mas en lo interior de el cuerpo, que el aire.
Este rodea nuestros cuerpos: éste nos entra en las

(i) Vives lib. 13. de Civitate cap. 2 1 .


DE L A HISTORIA NATURAL DE INDIAS 103

mismas entrañas, y cada momento, visita el cora-


zón, y así le imprime sus propiedades. Si es aire
corrupto, en tantico mata: si es saludable, repara
las fuerzas; finalmente, solo el aire podemos decir
que es toda la vida de los hombres. Así que aun-
que haya mas riquezas y bienes, si el Cielo es des-
abrido y mal sano, por fuerza se ha de vivir vida
penosa y disgustada. Mas si el aire y Cielo es sa-
ludable, y alegre y apacible, aunque no haya otra
riqueza, da contento y placer. Mirando la gran
templanza, y agradable temple de muchas tierras
de Indias, donde ni se sabe qué es invierno, que
apriete con frios, ni estío que congoje con calores:
donde con una estera se reparan de cualesquier
injurias del tiempo: donde apenas hay que mudar
vestido en todo el año, digo cierto, que conside-
rando esto, me ha parecido muchas veces, y me
lo parece hoy dia, que si acabasen los hombres
consigo de desenlazarse de los lazos que la codi-
cia les arma, y si se desengañasen de pretensiones
inútiles y pesadas, sin duda podrian vivir en Indias
vida muy descansada y agradable. Porque lo que
os otros Poétas cantan de los campos Elíseos, y
de la famosa Tempe, y lo que Platón, ó cuenta, ó
finge de aquella su Isla Atlántida, cierto lo halla-
rían los hombres en tales tierras, si con generoso
corazón quisiesen antes ser señores, que no escla-
vos de su dinero y codicia. De las cualidades de
164 LIBRO SEGUNDO

la e q u i n o c c i a l , y d e l calor, y frió, sequedad,y l l u -


vias, y de las causas de su t e m p l a n z a , b a s t a r á lo
que hasta a q u í se h a disputado. E l tratar mas en
p a r t i c u l a r de las d i v e r s i d a d e s de vientos, y aguas,
y tierras: item, de los metales, plantas, y animales
que de a h í p r o c e d e n , de que en Indias h a y gran-
des y m a r a v i l l o s a s pruebas, q u e d a r á para otros
libros. A este, aunque b r e v e , l a dificultad de lo
que se h a tratado, le h a r á p o r v e n t u r a parecer
prolijo.

FIN D E L SEGUNDO LIBRO


NOTA DEL AUTOR

A d v i é r t e s e al L e c t o r , que '.os dos l i b r o s precedentes se escribie-


ron en l a t i n , estando yo en el P e r ú ; y así hablan de las cosas de In-
d i a s , c o m o de cosas presentes. D e s p u é s habiendo v e n i d o á E s p a ñ a
me p a r e c i ó t r a d u c i r l o s en v u l g a r , y no quise m u d a r el m o d o de
hablar que t e n i a n . P e r o en los c i n c o l i b r o s siguientes, porque los
hice en E u r o p a , fué forzoso m u d a r el m o d o de hablar; y así trato'en
ellos las cosas de Indias, c o m o de tierras y cosas ausentes. P o r q u e
esta variedad de hablar p u d i e r a c o n r a z ó n ofender al L e c t o r , me p
recio advertirlo a q u í de n u e v o .
LIBRO T E R C E R O
DE LA

HISTORIA NATUIUL Y MORAL DE LAS INDIAS

CAPÍTULO PRIMERO

Que la historia natural de cosas de las Indias


es apacible y deleitoso. •

Toda historia natural es de suyo agradable; y á


qiiien tiene consideración algo más levantada, es
también provechosa para alabar al Autor de toda
la naturaleza, como vemos que lo hacen los varo-
nes sabios y santos, mayormente David (i) en di-
versos Salmos, donde celebra la excelencia de es-
tas obras de Dios. Y Job (2) tratando de los se-
cretos del Hacedor: y el mismo Señor largamente
respondiendo á Job. Quien holgare de entender
verdaderos hechos de esta naturaleza, que tan
varia y abundante es, tendrá el gusto que da la

(O 1*331111.103.135.91.32.18.8.
(2) Job 28. 38. 39. 4 0 . 4 1 .
LIBRO TERCERO

historia, y tanto mejor historia, cuanto los hechos


no son por trazas de hombres, sino del Criador:
Quien pasare adelante, y llegare á entender las
causas naturales de los efectos, tendrá el ejercicio
de buena Filosofía: Quien subiere mas en su pen-
samiento, y mirando al sumo y primer Artífice de
todas estas maravillas, gozare de su saber y gran-
deza, diremos que trata excelente Teología. Así
que para muchos buenos motivos puede servir la
relación de cosas naturales, aunque la bajeza de
muchos gustos suele mas ordinario parar en lo
menos útil, que es un deseo de saber cosas nuevas,
que propiamente llamamos curiosidad. La relación
de cosas naturales de Indias, fuera de ese común
apetito, tiene otro, por ser cosas remotas, y que
muchas de ellas, ó las mas, no atinaron con ellas
los mas aventajados maestros de esta facultad en-
tre los Antiguos. Si de estas cosas naturales de
Indias se hubiese de escribir copiosamente, y con
la especulación que cosas tan notables requieren,
no dudo yo que se podría hacer obra, que llegase
á las de Plinio, y Teofrasto, y Aristóteles. Mas ni
yo hallo en mí ese caudal, ni aunque le tuviera,
fuera conforme á mi intento, que no pretendo mas
de ir apuntando algunas cosas naturales, que es-,
tando en Indias vi y consideré, ó las oí de perso-
nas muy fidedignas; y me parece no están en_Eu-
ropa tan comunmente sabidas. Y así en muchas de
DE L A HISTORIA N A T U R A L DE INDIAS
l69

ellas pasaré sucintamente, ó por estar ya escritas


por otros, ó por pedir mas especulación de la que
yo les he podido dar.

CAPITULO II

De los vientos, y sus diferenciass y propiedades,


y causas en general.

Habiéndose, pues, en los dos libros pasados tra-


tado lo que toca al Cielo, y habitación de Indias
en general, sigúese decir de los tres elementos,
aire, agua, y tierra, y los compuestos de estos, que
son metales, y plantas, y animales. Porque del fue-
go no veo cosa especial en Indias, que no sea así
en todas partes: si no le pareciese á alguno, que el
modo de sacar fuego, que algunos Indios usan, fre-
gando unos palos con otros, y el de cocer en ca-
labazas, echando en ellas piedras ardiendo, y otros
usos semejantes, eran de consideración, de lo cual
anda escrito lo que hay que decir. Mas de íos fue-
LIBRO TERCERO

gos que hay en volcanes de Indias, que tienen


digna consideración, diráse cómodamente, cuan-
do se trate la diversidad da de tierras, don-
de esos fuegos y volcanes se hallan. Así que
comenzando por los vientos, lo primero que
digo es, que con razón Salomón (i) entre las otras
cosas de gran ciencia que Dios le habia dado,
cuenta y estima el saber la fuerza de los vientos, y
sus propiedades, que son cierto maravillosas. Por-
que unos son lloviosos, otros secos; unos enfermos,
y otros sanos; unos calientes, y otros frios, sere-
nos, y tormentosos, estériles, y fructuosos, con
otras mil diferencias. Hay vientos, que en ciertas
regiones corren, y son como señores de ellas, sin
sufrir competencia de sus contrarios. En otras
partes andan á veces; ya vencen estos, ya sus con-
trarios: á veces corren diversos, y aun contrarios
juntos, y parten el camino entre sí, y acaece ir el
uno por lo alto, y el otro por lo bajo. Algunas
veces se encuentran reciamente entre sí, que para
los que andan en mar es fuerte peligro. Hay vien-
tos que sirven para generación de animales, otros
que las destruyen. Corriendo cierto viento se ve
en alguna costa llover pulgas, no por manera de
encarecer, sino que en efecto cubren el aire, y
cuajan la playa de la mar; en otras partes llueven

(i) Sap. 7.
DE L A HISTORIA NATURAL D E INDIAS I/I

sapillos. Estas y otras diferencias, que se prueban


tan ciertas, atribuyen comunmente á los lugares
por donde pasan estos vientos; porque dicen, que
de ellos toman sus cualidades de secos, ó frios, ó
húmedos, ó cálidos, ó enfermos, ó sanos, y así las
demás. Lo cual en parte es verdad, y no se puede
negar, porque en pocas leguas se ven de un mis-
mo viento notables diversidades. En España, pon-
go ejemplo, el solano ó levante es comunmente
cálido y congojoso: en Murcia es el mas sano
y fresco que corre, porque viene por aquellas
huertas, y vega tan fresca y grande, donde se
baña. Pocas leguas de ahí en Cartagena es el
mismo viento pesado y mal sano. E l ábrego, que
llaman los del mar Océano sur, y los del Medite-
rráneo mezojorno, comunmente es llovioso y mo-
lesto: en el mismo pueblo que digo, es sano y sereno.
Plinio dice (i), que en Africa llueve con viento
del Norte, y el viento de mediodía es sereno.
Y lo que en estos vientos he dicho por ejemplo,
en tan poca distancia verá, quien lo mirare con
algún cuidado, que se verifica muchas veces, que
en poco espacio de tierra ó mar un mismo viento
tiene propiedades muy diferentes, y á veces harto
contrarias. De lo cual se arguye bien, que el lugar
por donde pasa, le da su cualidad y propiedad;

(0 Plin. lib. 2. cap. 4 7 .


LIBRO TERCERO
1-72
pero de tal modo es esto verdad, que no se puede
de nincruna suerte decir, que esta sea toda la cau-
sa, ni aun la mas principal de las diversidades y
propiedades de los vientos. Porque en una misma
región, que toma (pongo por caso) cincuenta le-
guas en redondo, claramente se percibe, que el
Viento de una parte es cálido y húmedo, y de la
otra frió y seco, sin que en los lugares por donde
pasan haya tal diferencia, sino que de suyo se
traen consigo esas cualidades de los vientos; y así
se les dan sus nombres generales, como propios,
verbi gracia, al septentrión, ó cierzo, ó norte, que
todo es uno, ser frió, y seco, y deshacer nubla-
dos; á su contrario, el ábrego, ó levechc, ó sur
todo lo contrario,, ser húmedo, y cálido, y levan-
tar nublados. Así que siendo esto general y común,
otra causa mas universal se ha de buscar para dar
razones de estos efectos, y no basta decir que el
lugar por donde pasan los vientos, les da las pro-
piedades que tienen, pues pasando por unos mis-
mos lugares hacen efectos muy conocidamente
contrarios. Así que es fuerza confesar, que la re-
gión del Cielo de donde soplan, les da esas virtu-
des y cualidades. Y así el cierzo, porque sopla del
norte, que es la-región mas apartada del Sol, es
de suyo frió. E l ábrego, que sopla del mediodía,
es de suyo caliente, y porque el calor atrae vapo-
res, es juntamente húmedo y llovioso, y al revés
DE L A HISTORIA NATURAL DE INDIAS 173

el cierzo seco y sutil, por no dejar cuajar los va-


pores: y á este modo se puede discurrir en otros
vientos, atribuyendo las regiones que tienen, á
las propiedades del aire de donde soplan. Mas
hincando la consideración en esto un poco mas,
no acaba de satisfacer del todo esta razón. Porque
preguntaré yo, ¿qué hace la región del aire, de
donde viene el viento, si allí no se halla su cuali-
dad? Quiero decir, en Germania el ábrego es cá-
lido y llovioso, y en Africa el cierzo frió y seco;
cierto es, que de cualquier región de Germania
dónela se engendre el ábrego, ha de ser mas fria
que cualquiera de Africa, donde se engendra el
cierzo. ¿Pues porqué razón ha de ser mas frió en
Africa el cierzo, que el ábrego en Germania, sien-
do verdad que procede de región mas cálida?
Dirán que viene, del norte, que es frió. No satisfa-
ce, ni es verdad, porque según eso, cuando corre
en Africa el cierzo, había de correr en toda la rer
gion hasta el norte. Y no es asi, pues en un mismo
tiempo corren nortes en tierra de menos grados, y
son fríos; y corren vendavales en tierra de mas
grados, y son cálidos: y esto es cierto, y evidente,
y cotidiano. Donde á mi juicio claramente se in-
fiere, que ni basta decir que los lugares por donde
pasan los vientos les dan sus cualidades, ni tam,
poco satisface decir, que por soplar de diversas
regiones del aire, tienen esas diferencias, aunque.
LIBRO TERCERO
174
como he dicho, lo uno y lo otro es verdad; pero
es menester mas que eso. Cual sea la propia, y
original causa de estas diferencias tan extrañas de
vientos, yo no atino á otra, sino que el eficiente, y
quien produce el viento, ese le da la primera y más
original propiedad. Porque la materia de que se
hacen los vientos, que según Aristóteles y razón,
son exhalaciones de los elementos inferiores, aun-
que con su diversidad de ser mas gruesa, ó mas
sutil, mas seca, ó mas húmeda, puede causar, y en
efecto causa gran parte de esta diversidad; pero
tampoco basta, por la misma razón que está toca-
da; es á saber: que en una misma región donde los
vapores, y exhalaciones son de un mismo géne-
ro, se levantan vientos de operaciones contrarias.
Y así parece se ha de reducir el negocio al efi-
ciente superior y celeste, que ha de ser el Sol, y
movimiento é influencia de los Cielos, que de di-
versas partes mueven é influyen variamente. Y
porque estos principios de mover é influirnos son
á los hombres tan ocultos, y ellos en sí tan pode-
rosos y eficaces, con gran espíritu de sabiduría
dijo el Santo Profeta David (i), entre otras gran-
dezas del Señor; y lo mismo replicó el Profeta Je-
remías (2): Qui educit ventos de thesmiris suis. E l

(1) Psalm. 134. v. 7.


(">) Gerem. 10, v. 13.
DE L A HISTORIA NATURAL D E INDIAS 1/5

que saca los vientos de sus tesoros. Cierto tesoros


son ocultos y ricos estos principios, que en su efi-
ciencia tiene el Autor de todo, conque cuando
quiere, con suma facilidad saca para castigo, ó
para regalo de los hombres, y envia el viento que
quiere. Y no como el otro Eolo, que neciamente
fingieron los Poétas, tener en su cueva encerrados
los vientos, como á fieras en jaula. E l principio y
origen de estos vientos no le vemos, ni aun sabe-
mos, que tanto duraran, ni dónde procedieron, ni
hasta dónde llegarán. Mas vemos y sabemos de
cierto los diferentes efectos que hacen, como nos
advirtió la suma Verdad, y Autor de todo, di-
ciendo (i): Spirztus u¿>z vult spzrat: p vocem ejus
midis: p nescis unde veniat aut quo vadat. E l espí-
ritu, ó viento sopla donde le parece, y bien que
sientes su soplo, mas no sabes de dónde procedió,
ni á dónde ha de llegar. Para que entendamos, que
entendiendo tan poco en cosa que tan presente y
tan cotidiana nos es, no hemos de presumir de
comprehender lo que tan alto, y tan oculto es,
como las causas y motivos del Espíritu Santo. Bás-
tanos conocer sus operaciones y efectos, que en su
grandeza y pureza se nos descubren bastantemente.
Y también bastará haber filosofado esto poco de
los vientos en general, y de las causas de sus di-

(3) Joan. 3. v. 8.
1/6 LIBRO TERCERO

ferencias, y propiedades, y operaciones, que en


suma las hemos reducido á tres, es á saber: á los
lugares por donde pasan, á las regiones dedonde
soplan, y á la virtud celeste movedora y causado-
ra del viento.

CAPITULO III

De algunas propiedades de vientos que corren-


en el nuevo orbe.

Cuestión es muy disputada por Aristóteles (i)


si el viento austro, que llamamos ábrego, ó leve-
che, ó sur (que por ahora todo es uno) sopla desde
el otro polo antártico, ó solamente de la equinoc-
cial y mediodía, que en efecto es preguntar, si
aquella cualidad que tiene de ser llovioso y calien-
te, le permanece pasada la equinoccial. Y cierto
es bien para dudar, porque aunque se pase la.

(i) Aristotel. 2. Meteo. cap. 5.


DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 177

el viento norte, que corre del lado contrario, no


deja de ser norte, aunque se pase la Tórrida y la
linea. Y asi parece que ambos vientos han de con-
servar sus primeras propiedades, el uno de ser
caliente y húmedo, y el otro de ser frió y seco: el
austro de causar nublados y lluvias; y el bóreas,
ó norte de derramarlas y serenar el Cielo. Mas
Aristóteles á la contraria opinión se llega mas,
porque por eso es el norte en Europa frió, porque
viene del polo, que es región sumamente fria; y el
ábrego al revés es caliente, porque viene del me-
diodía, que es la región que el Sol mas calienta.
Pues la misma razón obliga á que los que habitan
de la otra parte de la línea les sea el austro frió, y
el cierzo, ó norte caliente, porque allí el austro
viene del polo, y el norte viene del mediodía. Y
aunque parece que ha de ser el austro, ó sur mas
frío allá, que es acá el cierzo, ó norte. Porque se
tiene por región mas fría la del polo del sur, que
la del polo del norte, á causa de gastar el Sol siete
dias del año mas hácia el Trópico de Cancro, que
hácia el de Capricornio, como claramente se ve
por los equinoccios y solsticios, que hace en am-
bos círculos. Con que parece quiso la naturaleza
declarar la ventaja y nobleza, que esta media par-
te del mundo, que está al norte, tiene sobre la
otra media, que está al sur. Siendo así, parece
concluyente razón para entender, que se truecan
1 ÜMO 1.
13
I78 LIBRO TERCERO

estas cualidades de los vientos en pasando la línea.


Mas en efecto no pasa así, cuanto yo he podido
comprehender con la experiencia de algunos años
que anduve en aquella parte del mundo, que cae
pasada la linea al sur. Bien es verdad que el vien-
to norte no es allá tan generalmente frió y sereno
como acá. En algunas partes del Perú experimen-
tan, que el norte les es enfermo y pesado, como
en Lima, y en los llanos. Y por toda aquella costa,
que corre mas de quinientas leguas, tienen al sur
por saludable y fresco, y lo que mas es, serení-
simo; pues con él jamás llueve, todo al contra-
rio de lo que pasa en Europa, y de esta pa^-
te de la linea; pero esto de la costa del Perú no
hace regla, antes es excepción, y una maravilla de
naturaleza, que es nunca llover en aquella costa, y
siempre correr un viento, sin dar lugar á su con-
trario; de lo cual se dirá después lo que pareciere.
Ahora quedamos con esto, que el norte no tiene
de la otra parte de la linea las propiedades que el
austro tiene de ésta, aunque ambos soplan de el
mediodía á regiones opuestas. Porque no es gene-
ral allá, que el norte sea cálido, ni llovioso, como
lo es acá el austro, antes llueve allá también con el
austro, como se ve en toda la sierra del Perú, y
en Chile, y en la tierra de Congo, que está pasada
la linea, y muy dentro en la mar. Y en Potosí el
viento que llaman tomahavi, que si no me acuerdo
DE L A HISTORIA N A T U R A L D E INDIAS 179

mal, es nuestro cierzo, es extremadamente seco y


frió, y desabrido como por acá. Verdad es, que no
es por allá tan cierto el disipar las nubes el norte,
ó cierzo, como acá, antes, si no me engaño, mu-
chas veces llueve con él. No hay duda sino que de
los lugares por donde pasan, y de las próximas re-
giones de donde nacen, se les pega á los vientos
tan grande diversidad, y efectos contrarios, como
cada dia se experimentan en mil partes. Pero ha-
blando en general, para la cualidad de los vientos,
mas se mira en los lados y partes del mundo, de
donde proceden, que no en ser de ésta, ó de la otra
parte de la linea, como á mi parecer acertadamen-
te lo sintió el Filósofo. Estos vientos capitales, que
son oriente y poniente, ni acá, ni allá tienen tan no-
torias y universales cualidades, como los dos di-
chos. Pero comunmente por acá el solano, ó levan-
te es pesado y mal sano, el poniente, ó zéfiro es
mas apacible y sano. En Indias, y en toda la Tó-
rrida, el viento de oriente, que llaman brisa, es al
contrario de acá, muy sano y apacible. Del de po-
niente no sabré decir cosa cierta ni general, ma-
yormente no corriendo en la Tórrida ese viento,
sino rarísimas veces. Porque en todo lo que se na-
vega entre los Trópicos, es ordinario y regular
Viento el de la brisa. Lo cual por ser una de las
maravillosas obras de naturaleza, es bien se entien-
da de raíz como pasa.
CAPÍTULO IV

Que en la Tórridazona corren siempre brisas,


y fuera de ella vendavales y brisas.

No es el camino de mar como el de tierra, que


por donde se va, por allí se vuelve. E l mismo ca-
mino es, dijo el Filósofo, de Atenas á Tebas, y de
Tebas á Atenas. En la mar no es así, por un ca-
camino se va, y por otro diferente se vuelve..
Los primeros descubridores de Indias occidenta-
les, y aun de la oriental, pasaron gran trabajo y
dificultad en hallar la derrota cierta para ir, y no
menos para volver (i), hasta que la experiencia,
que es la maestra de estos secretos, les enseñó que
no era el navegar por el Océano, como el ir por
el Mediterráneo á Italia, donde se van reconocien-
do á ida y vuelta unos mismos puertos y cabos, y
solo se espera el favor del aire, que con el tiempo
se muda. Y aun cuando esto falta, se valen del

(i) Juan de Barros en la Década i . lib, 4. cap. 6.


ÜE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 181

remo; y así van y vienen galeras costeando. En el


mar Océano en ciertos parages no hay esperar
•otro viento: ya se sabe, que el que corre ha de
correr mas ó menos: en fin, el que es bueno, para
ir, no es para volver. Porque en pasando del Tró-
pico, y entrando en la Tórrida señorean la mar
siempre los vientos que vienen del nacimiento del
Sol, que perpetuamente soplan, sin que jamás den-
lugar á que los vientos contrarios por allí preva-
lezcan, ni aun se sientan. En donde hay dos cosas
maravillosas: una, que en aquella región, que es la
mayor de las cinco, en que dividen el mundo, rei-
nen vientos de oriente, que llaman brisas, sin que
los de poniente, ó de mediodía, que llaman ven-
davales, tengan lugar de correr en ningún tiempo
de todo el año. Otra maravilla es, que jamás fal-
tan por allí brisas, y en tanto mas ciertas son
•cuanto el parage es mas propincuo á la línea, que
parece hablan de ser allí ordinarias las calmas, por
ser la parte del mundo mas sujeta al ardor del Sol;
y es al contrario, que apenas se hallan calmas, y
la brisa es mucho mas fresca y durable. En todo lo
que se ha navegado de Indias, se ha averiguado ser
así. Esta, pues, es la causa de ser mucho mas breve,
y mas fácil, y aun mas segura la navegación que se
hace yendo de España á las Indias occidentales,
que la de ellas volviendo á España. Salen de Sevi-
lla las flotas, y hasta llegar á las Canarias sienten
182 LIBRO TERCERO

la mayor dificultad, por ser aquel golfo de las Y e -


guas vário, y contrastado de varios vientos. Pasa-
das las Canarias, van bajando hasta entrar en la
Tórrida, y hallan luego la brisa, y navegan á popa,
que apenas hay necesidad de tocar á las velas en
todo el viage. Por eso llamaron á aquel gran golfo»
el golfo de las Damas, por su quietud y apacibili-
dad. Así llegan hasta las Islas Dominica, Guadalu-
pe, Deseada, Marigalante, y las otras que están en
aquel parage, que son como arrabales de las tie-
rras de Indias. Allí las flotas se dividen; y las que
van á Nueva-España echan á mano derecha en de-,
manda de la Española, y reconociendo el cabo de
San Antón, dan consigo en San Juan de Ulúa, sir-
viéndoles siempre la misma brisa. Las de tierra
firme toman la izquierda, y van á reconocer la al-
tísima sierra Tayrona, y tocan en Cartagena, y
pasan á Nombre de Dios, de donde por tierra se
va á Panamá, y de allí por la mar de el sur al Perú»
Cuando vuelven las flotas á España, hacen su via-
ge en esta forma: L a de el Perú va á reconocer el
cabo de San Antón, y en la Isla de Cuba se entra
en la Habana, que es muy hermoso Puerto de
aquella Isla. La flota de Nueva-España viene tam-
bién desde la Veracruz, ó Isla de San Juan de
Ulúa á la Habana, aunque con trabajo, porque son
ordinarias allí las brisas, que son vientos contrarios.
En la Habana, juntas las flotas, van la vuelta de
DE L A HISTORIA N A T U R A L DE INDIAS I§3

España buscando altura fuera de los Trópicos,


donde ya se hallan vendavales, y con ellos vienen
á reconocer las Islas de Azores, ó Terceras, y de
allí á Sevilla. De suerte que la ida es en poca altu-
ra, y siempre menos de veinte grados, que es ya
dentro de los Trópicos; y la vuelta es fuera de
ellos, por lo menos en veinte y ocho, ó treinta gra-
dos. Y es la razón, la que se ha dicho, que dentro
de los Trópicos reinan siempre vientos de orien-
te, y son buenos para ir de España á Indias occi-
dentales, porque es ir de oriente á poniente.
Fuera de los Trópicos, que son en veinte y tres
grados, hállanse vendavales, y tanto mas ciertos,
cuanto se sube á mas altura; y son buenos para
volver de Indias, porque son vientos de mediodía
y poniente, y sirven para volver á oriente y nor-
te. E l mismo discurso pasa en las navegaciones
que se hacen por el mar del sur, navegando de la
Nueva-España, ó el Perú á las Filipinas, ó á la
China, y volviendo de las Filipinas, ó China á la
Nueva-España. Porque á la ida, como es navegar
de oriente á poniente, es fácil; y cerca de la línea
se halla siempre viento á popa, que es brisa. E l
año de ochenta y cuatro salió del Callao de Lima
un navio para las Filipinas, y navegó dos mil y
setecientas leguas sin ver tierra: la primera que
reconoció fué la Isla de Luzón, á donde iba, y allí
tomó Puerto, habiendo hecho su viaje en dos me-
l84 LIBRO TERCERO

ses, sin faltarles jamás viento, ni tener tormenta, y


fué su derrota cuasi por debajo de la línea, por-
que de Lima, que está á doce grados al sur, vi-
nieron á Manila, que está cuasi otros tantos al nor-
te. La misma felicidad tuvo en la ida al descubri-
miento de las Islas que llaman de Salomón, Alva-
ro de Mendaña, cuando las descubrió, porque
siempre tuvieron viento á popa, hasta topar las di-
chas Islas, que deben de distar del Perú, de don-
de salieron, como mil leguas, y están en la propia
altura al sur. La vuelta es como de Indias á Espa-
ña, porque para hallar vendavales los que vuelven
de las Filipinas, ó China á Méjico, suben á mucha
altura, hasta ponerse en el parage de los Japones,
y vienen á reconocer las Californias, y por la cos-
ta de la Nueva-España vuelven al Puerto de Aca-
pulco, de donde hablan salido. De suerte, que en
esta navegación está también verificado, que de
oriente á poniente se navega bien dentro' de los
Trópicos, por reinar vientos orientales: y volvien-
do de poniente á oriente, se han de buscar los ven-
davales, ó ponientes fuera de los Trópicos en al-
tura de veinte y siete grados arriba. La misma
experiencia hacen los Portugueses en la navega-
ción á la India, aunque es al revés, porque el ir de
Portugal allá es trabajoso, y el volver es más fácil.
Porque navegan á la ida de poniente á oriente, y
así procuran subirse hasta hallar los vientos gene-
DE L A HISTORIA NATURAL DE INDIAS l85

rales, que ellos dicen que son también de veinte y


siete grados arriba. A la vuelta reconocen á las
Terceras; pero les es mas fácil, porque vienen de
oriente, y sírvenles las brisas, ó nordestes. Final-
mente, ya es regla, y observación cierta de mari-
neros, que dentro de los Trópicos reinan los vien-
tos de levante; y así es fácil navegar al poniente.
Fuera de los Trópicos unos tiempos hay brisas,
otros, y lo mas ordinario, hay vendavales; y por
•eso quien navega de poniente á oriente procura
salirse de la Tórrida, y ponerse en altura de vein-
te y siete grados arriba. Con la cual regla se han
ya los hombre atrevido á emprehender navegacio-
nes extrañas para partes remotísimas, y jamás
vistas.
CAPÍTULO V

De las diferencias de brisas y vendavales con los


demás vientos.

Siendo lo qué está dicho cosa tan probada y tan


universal, no puede dejar de poner gana de inqui-
rir la causa de este secreto, ¿porqué en la Tórrida
se navega siempre de oriente á poniente con tanta
facilidad,y no al contrario? que es lo mismo que
preguntar, ^porqué reinan allí las brisas, y no los
vendavales? pues en buena Filosofía lo que es per-
pétuo, y universal, y de per se, que llaman los F i -
lósofos, ha de tener causa propia, y de per se. Mas
antes de dar en esta cuestión, notable á nuestro
parecer, será necesario declarar, qué entendemos
por brisas, y qué por vendavales, y servirá para
ésta, y para otras muchas cosas en materia de vien-
tos y navegaciones. Los que usan el arte de nave-
gar cuentan treinta y dos diferencias de vientos,
porque para llevar su proa al puerto que quieren, y
tienen necesidad de hacer su cuenta muy puntual,
lo mas distinta y menuda que pueden; pues por poco
que se eche á un lado, ó á otro, hacen gran diferen-
DE L A HISTORIA NATURAL D E INDIAS 18/

cia al cabo de su camino, y no cuentan mas de trein-


ta y dos, porque estas divisiones bastan, y no se
podria tener cuenta con más que éstas. Pero en
rigor, como ponen treinta y dos, podrían poner
sesenta y cuatro, y ciento y veinte y ocho, y dos-
cientos y cincuenta y seis; y finalmente, ir multi-
plicando estas partidas en infinito. Porque siendo
como centro el lugar donde se halla el navio, y
todo el Emisferio su circunferencia, ^quién quita
que no puedan salir de ese centro al círculo líneas
innumerables? y tantas partidas se contarán, y
otras tantas divisiones de vientos; pues de todas
las partes del Emisferio viene el viento, y el par-
tirle en tantas ó tantas es á nuestra consideración,
que puede poner las que quisiere. Mas el buen
sentido de los hombres, y conformándose con él.
también la divina Escritura, señala cuatro vientos,
que son los principales de todos, y como cuatro
esquinas del Universo, que se fabrican haciendo
una Cruz con dos líneas, que la una vaya de polo
á polo, y la otra de un equinoccio al otro. Estos
son el norte, ó aquilón, y su contrario el austro, ó
viento que vulgarmente llamamos mediodía; y á
la otra parte el oriente donde sale el Sol, y el po-
niente donde se pone. Bien que la sagrada Escri-
tura (i) nombra otras diferencias de vientos en

(0 Act. 27.
LIBRO TERCERO

algunas partes, como el euroaquilo, que llaman los


del mar Océano, nordeste, y los del Mediterráneo,
gregal, de que hace mención en la navegación de
San Pablo. Pero las cuatro diferencias solemnes
que todo el mundo sabe, esas celebran las divinas
letras, que son, como está dicho, septentrión, y
mediodía, y oriente, y poniente, Mas porque en el
nacimiento del Sol, de donde se nombra el orien-
té, se hallan tres diferencias, que son las dos decli-
naciones mayores que hace, y el medio de ellas,
según lo cual nace en diversos puestos en invierno
y verano, y en el medio; por eso con razón se
•cuentan otros dos vientos, que son oriente estival,
y oriente hiemal; y por el consiguiente otros dos
ponientes contrarios á estos, estival, y hiemal. Y
a.sí resultan ocho vientos en ocho puntos notables
del Cielo, que son los dos polos, y los dos equinoc-
cios, y los dos solsticios con los opuestos en el
mismo círculo. De esta suerte resultan ocho dife-
rencias de vientos, que son notables, las cuales en
diversas carreras de mar y tierra tienen diversos
vocablos. Los que navegan el Océano suelen nom-
brarlos así: al que viene del polo nuestro, llaman
norte, como al mismo polo: al que se sigue, y sale
del oriente estival, nordeste: al que sale del orien-
te propio y equinoccial, llaman leste: al del orien-
te hiemal, sueste: al de el mediodía, ó polo antár-
tico, sur: al que sale del ocaso hiemal, sudueste: al
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS I89

del ocaso propio y equinoccial, oeste: al del ocaso


estival, norueste. Los demás vientos fabrican entre
estos, y participan de los nombres de aquellos á que
se allegan, como nornorueste, nornordeste, lesnor-
deste, lessueste, susueste, sudueste, ossudueste, os-
norueste, que cierto en el mismo modo de nom-
brarse, muestran arte, y dan noticia de los lugares
de donde proceden los dichos vientos. En el mar
Mediterráneo, aunque siguen la misma arte de con-
tar, nombran diferentemente estos vientos. A l nor-
te llaman tramontana: á su opuesto el sur llaman
mezojorno, ó mediodía: al leste llaman levante: al
oeste poniente; y á los que entre estos cuatro se
atraviesan, al sueste dicen jiroque, ó jaloque: á su
opuesto, que es norueste, llaman maestral: al nor-
deste llaman greco, ó gregal; y á su contrario el
sudueste llaman leveche, que es lybico, ó áfri-
co en latin. En latin los cuatro cabos son, sep-
tentrio, auster, subsulanos, favonius; y los entre-
puestos son, aquilo, vulturnus, africus, y corus.
Según Plinio (i), vulturnus, y eurus son el mismo
viento que es sueste, ó jaloque: favonms el mismo
que oeste, ó poniente: aquilo, y bóreas el mismo
que nornordeste, ó gregal tramontana: africus, y
lybs el mismo que sudueste, ó leveche: auster, y

(0 Piin. lib. 2. cap. 47. Gelt. lib. ?. cap. 22.


LIBRO TERCERO
igo
notus el mismo que sur, ó mediodía: corus, y ze-
fyrus el mismo que norueste, ó maestral. A l pro-
pio que es nordeste, ó gregal, no le da otro nom-
bre sino phenicias: otros los declaran de otra, ma-
nera; y no es de nuestro intento averiguar al pre-
sente los nombres latinos y griegos de los vientos.
Ahora digamos, cuales de estos vientos llaman
brisas, y cuales vendavales, nuestros marineros
del niar Océano de Indias. Es así que mucho tiem-
po anduve confuso con estos nombres, viéndoles
usar de estos vocablos muy diferentemente, hasta
que percibí bien, que mas son nombres generales,
que no especiales de vientos ni partidas. Los que
les sirven para ir á Indias, y dan cuasi á popa, lla-
man brisas, que en efecto compfehenden todos
los vientos orientales, y sus allegados, y cuartas.
Los que les sirven para volver do Indias llaman
vendavales, que son desde el sur hasta el ponien-
te estival. De manera, que hacen como dos cua-
drillas de vientos, de cada parte la suya, cuyos
caporales son: de una parte, nordeste, o gregal:
de otra parte, sudueste, ó leveche. Mas es bien
saber, que de los ocho vientos, ó diferencias que
contamos, los cinco son de provecho para nave-
gar, y los otros tres no: quiero decir, que cuando
navega en la mar una nave, puede caminar, y ha-
cer el viage que pretende, de cualquiera de cinco
partes que corra el viento, aunque no le será igual
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS IQ1

mente provechoso; mas corriendo de una de tres,


no podrá navegar á donde pretende. Como si va al
sur, con norte, y con nordeste, y con norueste na-
vegará, y también con leste, y con oeste, porque
los de los lados igualmente sirven para ir, y para
venir. Mas corriendo sur, que es derechamente
contrario, no puede navegar al sur, ni podrá con
los otros dos laterales suyos, que son sueste, y su-
dueste. Esto es cosa muy trillada á los que andan
por mar, y no habia necesidad de ponerlo aquí,
sino solo para significar, que los vientos laterales
del propio y verdadero oriente, esos soplan comun-
mente en la Tórrida, y los llaman brisas: y los
vientos de mediodía hácia poniente, que sirven
para navegar de occidente á oriente, no se hallan
comunmente en la Tórrida: y así los suben á bus-
car fuera de los Trópicos, y esos nombran los ma
rineros de Indias comunmente vendavales.
CAPÍTULO V I

Qité sea la causa de hallarse siempre viento


de oriente en la Tórrida para navegar.

Digamos ahora cerca de la cuestión propuesta,


cual sea la causa de navegarse bien en la Tórrida
de oriente á poniente, y no al contrario. Para lo
cual se han de presuponer dos fundamentos ver-
daderos: el uno es, que el movimiento del primer
móvil, que llaman rapto, ó diurno, no solo lleva
tras sí, y mueve á los orbes celestes á él inferio-
res, como cada dia lo vemos en el Sol, Luna, y
Estrellas, sino que también los elementos partici-
pan aquel movimiento, en cuanto no son impedi-
dos. L a tierra no se mueve así por su graveza tan
grande, con que es inepta para ser movida circu-
larmente, como también porque dista mucho del
primer móvil. E l elemento del agua tampoco tiene
este movimiento diurno, porque con la tierra está
abrazado, y hace una esfera, y la tierra no le con-
siente moverse circularmente. Esotros dos elemen-
tos fuego, y aire son mas sutiles, y mas cercanos
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 193

álos orbes celestes, y así participan su movimiento,


siendo llevados circularmente como los mismos
cuerpos celestes. De el fuego no hay duda, si hay
esfera suya, como Aristóteles, y los demás la po-
nen. E l aire es el que hace á nuestro caso: y que
éste se mueva con el movimiento diurno de oriente
á poniente, es certísimo, por las apariencias de los
cometas, que clarísimamente se ven mover de
oriente á occidente, nacierulo, y subiendo, y en-
cumbrando, y bajando; y finalmente, dando vuelta
á nuestro Emisferio, de la misma manera que las
Estrellas que vemos mover en el firmamento. Y
estando los cometas en la región, y esfera del aire,
donde se engendran, y aparecen, y se deshacen,
imposible sería moverse circularmente, como se
mueven, si el movimiento del aire donde está, no
se moviese con ese propio movimiento. Porqué
siendo, como es, materia inflamada, se estaría que-
da, y no andaría al derredor, si la esfera donde
está, estuviese queda. Si no es que finjamos que
algún Angel, o inteligencia anda con el cometa
trayéndole al derredor. El año de mil y quiníen
tos y setenta y siete se vio aquel maravilloso co-
meta, que levantaba una figura de plumage desde
el horizonte cuasi hasta la mitad del Cielo, y duró
desde pnmero de Noviembre hasta ocho de B i -
membre. BlZ0 desde Pnmero de Noviembre, por-
que aunque en España se notó, y vió á los nueve
J OMO l.
H
194 LIBRO TERCERO

de Noviembre, según reñeren historias de aquel


tiempo; pero en el Perú, donde yo estaba á la sa-
zón, bien me acuerdo, que le vimos, y notamos
ocho dias antes por todos ellos. La causa de esta
diversidad dirán otros; lo que yo ahora digo es,
que en estos cuarenta dias que duró, advertimos
todos, así los que estaban en Europa, como los
que estábamos entonces en Indias, que se movia
cada dia con el movimiento universal de oriente á
poniente, como la Luna, y las otras Estrellas. De
donde consta, que siendo su región la esfera del
aire, el mismo elemento sé movia así. Advertimos
también, que además de ese movimiento universal
tenia otro particular, con que se movia con los
planetas de occidente á oriente, porque cada noche
estaba mas oriental, como lo hace la Luna, el Sol,
y la Estrella de Venus. Advertimos otrosí, que
con otro tercero movimiento particularísimo se
movia en el zodiaco hácia el norte; porque al cabo
de algunas noches estaba mas conjunto á signos
septentrionales. Y por ventura fué ésta la causa de
verse primero este gran cometa de los que estaban
mas australes, como son los de el Perú. Y después,
como con el movimiento tercero, que he dicho, se
llegaba' mas á los septentrionales, le comenzaron á
ver mas tarde los de Europa; pero todos pudieron
notar las diferencias de movimientos que he dicho.
De modo, que se pudo echar bien de ver que He-
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS IQS

gaba la impresión de diversos cuerpos celestes á la


esfera del aire, así que es negocio sin duda el mo-
verse el aire con el movimiento circular del Cielo,
de oriente á poniente, que es el presupuesto, ó
fundamento. E l segundo no es menos cierto y no-
torio, es á saber, que este movimiento del aire, por
las partes que caen debajo de la equinoccial, y son
propincuas á ella, es velocísimo, y tanto mas, cuan-
to mas se acerca á la equinoccial, como por el con-
siguiente tanto es mas remiso y tardío este movi-
miento, cuanto mas se aleja de la linea, y se acer-
ca á los polos. La razón de esto es manifiesta,
porque siendo la causa eficiente de este movimien-
to el movimiento del cuerpo celeste, forzoso ha de
ser mas presuroso, donde el cuerpo celeste se
mueve mas velozmente. Y que en el Cielo la Tó-
rrida tenga mas veloz movimiento, y en ella la li-
nea mas que otra parte alguna del Cielo, querer
mostrarlo sería hacer á los hombres faltos de vista;
pues en una rueda es evidente, que la circunferen-
cia mayor se mueve mas velozmente que la menor,
acabando su vuelta grande en el mismo espacio de
tiempo que la menor acaba la suya chica. De estos
dos presupuestos se sigue la razón, porque los que
navegan golfos grandes, navegando de oriente á
poniente, hallan siempre viento á pooa yendo en
poca altura, y cuanto mas cercanas á la equi-
noccial, tanto mas cierto y durable es el vien-
lg6 LIBRO TERCERO

to; y al contrario, navegando de poniente á orien-


te, siempre hallan viento por proa, y contrario.
Porque el movimiento velocísimo de la equinoc-
cial lleva tras sí al elemento del aire, como á los
demás orbes superiores, y así el aire sigue siem-
pre el movimiento del dia yendo de oriente á po-
niente, sin jamás variar, y el movimiento del aire
veloz, y eficaz lleva también tras si los bahos, y
exhalaciones que se levantan de la mar, y esto
causa ser en aquellas partes y región continuo el
viento de brisa, que corre de levante. Decia el
P. Alonso Sánchez, que es un Religioso de nues-
tra Compañía, que anduvo en la India occidental,
y en la oriental, como hombre tan práctico, y tan
ingenioso, que el navegar con tan continuo y du-
rable tiempo debajo de la línea, ó cerca de ella,
que le parecía á él, que el mismo aire movido del
Cielo era el que llevaba los navios, y que no era
aquello viento propiamente, ni exhalación, sino el
propio elemento del aire movido del curso diurno
del Cielo. Traía en confirmación de esto, que en
el golfo de las Damas, y en esotros grandes golfos
que se navegan en la Tórrida, es el tiempo unifor-
me, y las velas van con igualdad extraña, sin ím-
petu ninguno, y sin que sea menester mudarlas
cuasi en todo el camino. Y si no fuera aire movido
del Cielo, alguna vez faltaría, y algunas se muda-
ría en contrario, y algunas también fuera tormén-
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 197

toso. Aunque esto está dicho doctamente, no se


puede negar que sea también viento, y le haya,
pues hay bahos y exhalaciones del mar; y ve-
mos manifiestamente , que la misma brisa á ratos
es mas fuerte, y á ratos mas remisa, tanto que
á ratos no se pueden llevar velas enteras. Háse,
pues, de entender, y es así la verdad, que el
aire movido lleva tras si los bahos que halla, por-
que su fuerza es grande, y no halla resistencia; y
por eso es continuo, y cuasi uniforme el viento de
oriente á poniente cerca de la línea, y cuasi en
toda la Tórridazona, que es el camino que anda
el Sol entre los dos círculos de Cáncer y Capri-
cornio.
CAPÍTULO V i l

Porqué causa se hallan mas ordinarios


vendavales saliendo de la Tórrida á
mas altura.

Quien consideráre la que está dicho, podrá tam-


bién entender, que yendo de poniente á oriente en
altura que exceda los Trópicos, es conforme á ra-
zón hallar vendavales. Porque como el movimien-
to de la equinoccial tan veloz es causa que debajo
de ella el aire se mueva, siguiendo su movimiento,
que es de oriente á poniente, y que Heve tras sí de
ordinario los vahos que la mar levanta; así al re-
vés los vahos y exhalaciones que de los lados de
la equinoccial ó Tórrida se levantan, con la reper-
cusión que hacen topando en la corriente de la
Zona, revuelven cuasi en contrario, y causan los
vendavales, ó suduestes tan experimentados por
esas partes. Así como vemos que las corrientes de
las aguas, si son heridas y sacudidas de otras mas
recias, vuelven cuasi en contrario. A l mismo modo
pareve acaecer en los bahos y exhalaciones por
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS IQQ

donde los vientos se despiertan á unas partes y á


otras. E s t o s vendavales reinan mas o r d i n a r i a m e n -
te en mediana altura de veinte y siete á treinta y
siete grados, aunque no son tan ciertos y regulares
c o m o las brisas en p o c a altura, y l a r a z ó n l o l l e v a ;
porque los vendavales no se causan de m o v i m i e n -
to p r o p i o y uniforme de el C i e l o , c o m o las brisas
c e r c a de l a linea; pero son, c o m o he dicho, mas o r -
dinarios, y muchas veces furiosos sobre manera y
tormentosos. E n pasando á m a y o r altura, c o m o de
cuarenta grados, t a m p o c o h a y mas c e r t i d u m b r e
de vientos en l a mar, que en l a t i e r r a . U n a s veces
son brisas, ó nortes; otras son vendavales, ó p o -
nientes; y así son las navegaciones mas inciertas y
peligrosas.
CAPITULO VIII

De las excepciones que se hallan en la regla ya


dicha, y de los vientos y calmas qtie hay
en mar y tierra.

Lo que se ha dicho de los vientos que corren de


ordinario dentro y fuera de la Tórrida, se ha de
entender en la mar en los golfos grandes; porque
en tierra es de otra suerte, en la cual se hallan •
todos vientos, por las grandes desigualdades que
tiene de sierras y valles, y multitud de rios y la-
gos, y diversas facciones de País, de donde suben
vapores gruesos y varios, y según diversos prin-
cipios son movidos á unas y otras partes así cau-
san diversos vientos, sin que el movimiento del
aire causado del Cielo pueda prevalecer tanto, que
siempre los lleve tras sí. Y no solo en la tierra,
sino también en las costas del mar en la Tórrida,
se hallan estas diversidades de vientos por la mis-
ma causa. Porque hay terrales que vienen de tie-
rra, y hay mareros que soplan del mar: de ordi-
nario los de mar son suaves y sanos, y los de tic-
DE LA HISTORIA NATURAL DE. INDIAS 201

rra pesados y mal sanos, aunque según la diferen-


cia de las costas, asi es la diversidad que en esto
hay. Comunmente los terrales, ó terrenos soplan
después de media noche hasta que el Sol comien-
za á encumbrar; los de mar, desde que el Sol va
calentando hasta después de ponerse. Por ventura
es la causa, que la tierra, como materia mas grue-
sa, humea mas ida la llama del Sol, como lo hace
la leña mal seca, que en apagándose la llama, hu-
mea mas. La mar, como tiene mas sutiles partes,
no levanta humos, sino cuando la están calentan-
do, como la paja, ó heno, si es poca, ó no bien
•seca, que levanta humo cuando la queman, y en
cesando la llama cesa el humo. Cualquiera que sea
la causa de esto, ello es cierto, que el viento te-
rral prevalece mas con la noche, y el de mar, al
contrario, mas con el dia. Por el mismo modo,
como en las costas hay vientos contrarios, y vio-
lentos á veces, y muy tormentosos, acaece haber
calmas y muy grandes. En gran golfo, navegando
debajo de la línea, dicen hombres muy expertos,
que no se acuerdan haber visto calmas, sino que
siempre poco ó mucho se navega, por causa del
aire movido del movimiento celeste, que basta
á llevar el navio, dando, como da, á popa. Y a dije,
que en dos mil y setecientas leguas siempre deba-
jo, ó no mas lejos de diez ó doce grados de la l i -
nea, fué una nave de Lima á Manila por Febrero y
202 LIBRO TERCERO

Marzo, que es cuando el Sol anda mas derecho en-


cima, y en todo este espacio no hallaron calmas,
sino viento fresco; y asi en dos meses hicieron tan
grave viage. Mas cerca de tierra, en las costas, ó
donde alcanzan los vapores de Islas, ó tierra firme,
suele haber muchas y muy crueles calmas en la
Tórrida, y fuera de ella. De la misma manera los
turbiones, y aguaceros repentinos, y torbellinos,
y otras pasiones tormentosas del aire, son mas
ciertas y ordinarias en las costas, y donde alcan-
zan los bahos de tierra, que no en el gran gol-
fo; esto entiendo en la Tórrida, porque fuera
de ella, así calmas, como turbiones, también se
hallan en alta mar. No deja, con todo eso, en-
tre los Trópicos, y en la misma linea, de ha-
ber aguaceros, y súbitas lluvias á veces, aun-
que sea muy adentro en la mar, porque para eso
bastan las exhalaciones y vapores del mar, que se
mueven á veces presurosamente en el aire, y cau-
san truenos y turbiones; pero esto es mucho mas
ordinario cerca de tierra, y en la misma tierra.
Cuando navegué del Perú á la Nueva-España ad-
vertí, que todo el tiempo que fuimos por la costa
del Perú, fué el viage, como siempre suele, fácil y
sereno, por el viento sur, que corre allí, y con él
se viene á popa la vuelta de España, y de Nueva-
España: cuando atravesamos el golfo, como Iba-
mos muy dentro en la mar, y cuasi debajo de la li-
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 203

nea, fué el tiempo muy apacible, y fresco, y á popa.


En llegando al parage de Nicaragua, y por toda
aquella costa, tuvimos tiempos contrarios, y mu-
chos nublados y aguaceros, y viento que á veces
bramaba horriblemente. Y toda esta navegación
fué dentro de la Zonatórrida, porque de doce gra-
dos al sur que está Lima, navegamos á diez y sie-
te, que está Guatulco, puerto de Nueva-España. Y
creo que los que hubieren tenido cuenta en lo que
han navegado dentro de la Tórrida, hallarán, poco
mas ó menos, lo que está dicho; y esto baste de
la razón general de vientos que reinan en la To-
rridazona por el mar.

CAPÍTULO I X

De algunos efectos maravillosos de vientos


en partes de Indias.

Gran saber sería explicar por menudo los efec-


tos admirables que hacen diversos vientos en di-
versas partes, y dar razón de tales obras. Hay
204 LIBRO TERCERO

Vientos que naturalmente enturbian el agua de la


mar, y la ponen verdinegra; otros la ponen clara
como un espejo. Unos alegran de suyo y recrean,
otros entristecen y ahogan. Los que crian gusanos
de seda tienen gran cuenta con cerrar las venta-
nas cuando corren esos vendavales; y cuando co-
rren los contrarios, las abren; y por cierta expe-
riencia hallan, que con los unos se les muere su
ganado, ó desmedra, con los otros se mejora, y
engorda. Y aun en sí mismo lo probará el que ad-
virtiere en ello, que hacen notables impresiones y
mudanzas en la disposición del cuerpo las varie-
dades de vientos que andan, mayormente en las
partes afectas ó indispuestas, y tanto mas, cuanto
son delicadas. La Escritura (i) llama á un viento,
abrasador; y á otro le llama, viento de rocío sua-
ve. Y no es maravilla, que en las yerbas, y en los
animales, y hombres se sientan tan notables efec-
tos del viento, pues en el mismo hierro, que es el
mas duro de los metales, se sienten visiblemente.
En diversas partes de Indias vi rejas de hierro mo-
lidas y deshechas, y que apretando el hierro entre
los dedos se desmenuzaba, como si fuera heno ó
paja seca; y todo esto causado de solo el viento,
que todo lo gastaba y corrompía sin remedio. Per o
dejando otros efectos grandes y maravillosos, so-

(i) E x o J . io. p. 14. Job 27. Jon. 4 . Ose. 13. Dan. 3.


DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 205

lamente quiero referir dos: uno, que con dar an^


gustias mas que de muerte, no daña: otro, que sin
sentirse corta la vida. E l marearse los hombres que
comienzan á navegar, es cosa muy ordinaria; y si
como lo es tanto y tan sabido su poco daño, no se
supiera, pensáran los hombres que era aquél el mal
de muerte, según corta, congoja, y aflige el tiem-
po que dura, con fuertes bascas de estómago, y
dolor de cabeza, y otros mil accidentes molestos.
Este tan conocido y usado efecto hace en los hom-
bres la novedad del aire de la mar, porque aun-
que es así que el movimiento del navio, y sus vai-
venes hacen mucho al caso para marearse más ó
menos, y asimismo la infección y mal olor de co-
sas de naves; pero la propia y radical causa es el
aire y bahos del mar, lo cual extraña tanto el cuer-
po y el estómago que no está hecho á ello, que se
altera y congoja terriblemente, porque el aire en
fin es con el que vivimos y respiramos, y le mete-
mos en las mismas entrañas, y las bañamos con él.
Y así no hay cosa que mas presto, ni mas podero-
samente altere, que la mudanza del aire que respi-
ramos, como se ve en los que mueren de peste. Y
que sea el aire de la mar el principal movedor de
aquella extraña indisposición y náusea, pruéba-
se con muchas experiencias. Una es, que corrien-
do cierto aire de la mar fuerte, acaece marear-
se los que están en tierra, como á mí me haacae-
206 LIBRO TERCERO

cido á veces. Otra, que cuanto mas se entra


en mar, y se apartan de tierra, mas se marean.
Otra, que yendo cubiertos de alguna Isla, en em-
bocando aire de gruesa mar, se siente mucho
mas aquel accidente: aunque no se niega, que el
movimiento y agitación también causa marea-
miento, pues vemos que hay hombres que pasan-
do rios en barcas, se marean, y otros que sienten
lo mismo andando en carros, ó coches, según son
las diversas complexiones de estómago: como al
contrario hay otros, que por gruesas mares que
haga, no saben jamás qué es marearse. Pero en fin,
llano y averiguado negocio es, que el aire de la
mar causa de ordinario ese efecto en los que de
nuevo entran en ella. He querido decir todo esto
para declarar un efecto extraño que hace en cier-
tas tierras de Indias el aire ó viento que corre, que
es marearse los hombres con él, no menos, sino
mucho mas que en la mar. Algunos lo tienen por
fábula, y otros dicen que es encarecimiento esto:
yo diré lo que pasó por mí. Hay en el Perú una
sierra altísima, que llaman Pariacaca; yo habia
oído decir esta mudanza que causaba, y iba pre-
parado lo mejor que pude, conforme á los docu-
mentos que dan allá los que llaman Vaquianos ó
prácticos; y con toda mi preparación, cuando subí
las escaleras, que llaman, que es lo mas alto de
aquella sierra, cuasi súbito me dió una congoja tan
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 20/

mortal, que estuve con pensamientos de arro-


jarme de la cabalgadura en el suelo; y porque
aunque íbamos muchos, cada uno apresuraba e\
paso, sin aguardar compañero, por salir presto de
aquel mal parage, solo me hallé con un Indio, al
•cual le rogué me ayudase á tener en la bestia. Y
con esto luego tantas arcadas y vómitos, que pen-
sé dar el alma, porque tras la comida y flemas,
•cólera y mas cólera, y una amarilla, y otra verde,
llegué á echar sangre, de la violencia que el estó-
mago sentía. Finalmente digo, que si aquello dura-
ra, entendiera ser cierto el morir, mas no duró
sino obra de tres ó cuatro horas, hasta que baja-
mos bien abajo, y llegamos á temple mas conve-
niente, donde todos los compañeros, que serian ca-
torce ó quince, estaban muy fatigados, algunos ca-
minando pedían confesión, pensando realmente
morir. Otros se apeaban, y de vómitos y cámaras
estaban perdidos: á algunos me dijeron, que les ha-
bla sucedido acabar la vida de aquel accidente.
Otro vi yo, que se echaba en el suelo, y daba gri-
tos del rabioso dolor que le habia causado la pa-
sada de Pariacaca. Pero lo ordinario es no hacer
daño de importancia, sino aquel fastidio y disgus-
to penoso que da mientras dura. Y no es solamen-
te aquel paso de la sierra Pariacaca el que hace
este efecto, sino toda aquella cordillera, que corre
a la larga mas de quinientas leguas, y por donde
208 LIBRO TERCERO

quiera que se pase, se siente aquella extraña des-


templaza, aunque en unas partes mas que en otras,
y mucho mas á los que suben de la costa de la mar
á la sierra, que no en los que vuelven de la sierra
á los llanos. Y o la pasé fuera de Pariacaca, tam-
bién por los Lucanas y Soras, y en otra parte por
los Collaguas, y en otra por los Cabanas; finalmen-
te, por cuatro partes diferentes en diversas idas y
venidas, y siempre en aquel parage sentí la altera-
ción y marcamiento, que he dicho, aunque en nin-
guna tanto como en la primera vez de Pariacaca. La
misma experiencia tienen los demás que la han pro-
bado. Que la causa de esta destemplanza y altera-
ción tan extraña sea el viento ó aire que allí reina,
no hay duda ninguna, porque todo el remedio (y lo
es muy grande) que hallan es, en taparse cuanto
pueden oídos, y narices, y boca, y abrigarse de
ropa especialmente el estómago. Porque el aire es
tan sutil y penetrativo, que pasa las entrañas; y no
solo los hombres sienten aquella congoja, pero
también las bestias, que á veces se encalman de
suerte, que no hay espuelas que basten á mover-
las. Tengo para mi, que aquel parage es uno de
los lugares de la tierra que hay en el mundo mas
alto; porque es cosa inmensa lo que se sube, que
á mi parecer los puertos nevados de España, y
los Pirineos y Alpes de Italia, son Como casas or-
dinarias respecto de torres altas; y así me persua-
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 209

do que el elemento de el aire está allí tan sutil y


delicado, que no se proporciona á la respiración
humana, que le requiere mas grueso y mas tem-
plado; y esa creo es la causa de alterar tan fuerte-
mente el estómago, y descomponer todo el sugeto.
Los puertos nevados, ó sierras de Europa, que
yo he visto, bien que tienen aire frío, que da pena,
y obliga á abrigarse muy bien; pero ese frió no
quita la gana del comer, antes la provoca; ni cau-
sa vómitos, ni arcadas en el estómago, sino dolor
en los pies, ó manos; finalmente, es exterior su
operación; mas el de Indias, que digo, sin dar pena
á manos, ni pies, ni parte exterior, revuelve las
entrañas. Y lo que es mas de admirar, acaece ha-
ber muy gentiles soles, y calor en el mismo para-
ge; por donde me persuado, que el daño se recibe
de la cualidad del aire que se aspira y respira,
por ser sutilísimo y delicadísimo, y su frío no tan
sensible, como penetrativo. De ordinario es des-
poblada aquella cordillera, sin pueblos, ni habita-
ción humana, que aun para los pasageros apenas
hay tambos, ó chozas donde guarecerse de noche.
Tampoco se crian animales buenos, ni malos, sino
son vicuñas, cuya propiedad es extraña, co'mo se
dirá en su lugar. Está muchas veces la yerba que-
mada y negra del aire que digo. Dura el despo-
blado de veinte á treinta leguas de traviesa, y en
largo, como he dicho, corre mas de quinientas.
TOMO I.
15
2IO LIBRO TERCERO

H a y otros despoblados, ó desiertos, ó p á r a m o s ,


que l l a n a n ea el Perú Punas, porque vengamos á
lo segundo que prometimos, donde la cualidad del
aire sin sentir corta los cuerpos y vidas humanas.
E n tiempos pasados caminaban los Españoles del
Perú al Reino de Chile por la sierra, ahora se v a
de ordinario por mar, y algunas veces por la cos-
ta, que aunque es trabajoso y molestísimo camino,
no tiene el peligro que el otro camino de la sierra,
en el cual hay unas llanadas, donde al pasar pere-
cieron muchos hombres, y otros escaparon con
gran ventura; pero algunos de ellos mancos, ó l i -
siados. D a allí un airecillo no recio, y penetra de
suerte, que caen muertos cuasi sin sentirlo, 6 se les
caen cortados de los pies y manos dedos, que es
cosa que parece fabulosa, y no lo es, sino verda-
dera historia. Y o conocí, y t r a t é mucho al General
Gerónimo Costilla, antiguo poblador del Cuzco, al
cual le faltaban tres ó cuatro dedos de los pies,
que pasando por aquel despoblado á Chile, se le
cayeron, porque penetrados de aquel airecillo,
cuando los fué á mirar, estaban muertos, y como
s-e cae una manzana anublada del árbol, se cayeron
ellos mismos, sin dar dolor, ni pesadumbre. Refe-
ria el sobredicho Capitán, que de un buen ejérci-
to, que habia pasado los años antes, después de
descubierto aquel Reino por Almagro, gran parte
habia quedado allí muerta, y que vió los cuerpos
DE L A HISTORIA N A T U R A L DE INDIAS
211

tendidos por allí, y sin ningún olor malo, m co-


rrupción. Y aun añadia otra cosa extraña, que ha-
llaron vivo un muchacho, y preguntado cómo ha-
bla vivido, dijo, que escondiéndose en no sé que
chocilla, de donde salia á cortar con un cuchillejo
de la carne de un rocín muerto, y así se habia sus-
tentado largo tiempo; y que no sé cuantos compa-
ñeros que se mantenían de aquella suerte, y a se ha-
bían acabado todos, cayéndose un dia uno, y otro
día otro amortecidos, y que él no quena ya, sino
acabar allí como los demás, porque no sentía en sí
disposición para ir á parte ninguna, ni gustar de
nada. L a misma relación oí á otros, y entre ellos, á
uno que era de la Compañía, y siendo seglar habia
pasado por allí. Cosa maravillosa es la cualidad de
aquel aire frió, para matar, y juntamente para
conservar los cuerpos muertos sin corrupción. L o
mismo me refirió un Religioso grave. Dominico,
y Prelado de su Orden, que lo habia él visto, pa-
sando por aquellos despoblados; y aun me contó,
que siéndole forzoso hacer noche allí para ampa-
rarse del vientecillo, que digo que corre en aquel
parage tan mortal, no hallando otra cosa á manos,
juntó cantidad de aquellos cuerpos muertos que
habia al derredor, é hizo de ellos una como pare-
düla por cabecera de su cama; y así durmió, dán-
dole la vida los muertos. Sin duda es un género
de fno aquél, tan penetrativo, que apaga el calor
212 LIBRO TERCERO

vital, y corta su influencia; y por ser juntamente


sequísimo, no corrompe, ni pudre los cuerpos
muertos, porque la corrupción procede de calor y
humedad. Cuanto á otro género de aire, que se
siente sonar debajo de la tierra, y causa temblo-
res y terremotos, mas en Indias que en otras par-
tes, decirse ha cuando se trate de las cualidades
de la tierra de Indias. Por ahora contentarnos he-
mos con lo dicho de los vientos y aires, y pasare-
mos á lo que se ofrece considerar del agua.

CAPÍTULO X

Del Océano, que rodea las Indias, y de la mar


del norte, y del sur.

E n materia de aguas, el principado tiene el gran


mar Océano, por el cual se descubrieron las Indias,
y todas sus tierras están rodeadas de él; porque ó
son Islas del mar Océano, ó tierra firme, que tam-
bién por donde quiera que fenece y se acaba, se
DE L A HISTORIA NATURAL D E INDIAS 213

parte con el mismo Océano. N o se h á hasta ahora


en el nuevo orbe descubierto mar Mediterráneo,
como le tienen Europa, A s i a y Africa, en las cua-
les entran unos brazos de aquel inmenso mar, y
hacen mares distintos, tomando los nombres de
las provincias y tierras que bañan; y cuasi todos
estos mares Mediterráneos se continúan entre sí, y
al cabo con el mismo Océxno en el Estrecho de
Gibraltar, que los Antiguos nombraron Columnas
de Hércules. Aunque el mar Rojo desasido de es-
otros Mediterráneos por sí se entra en el Océano
Indico^ y el mar Caspio con ninguno se junta. Mas
en Indias, como digo, ningún otro mar se halla sino
el Océano, y éste dividen en dos: uno, que llaman
mar del norte: otro, mar del sur. Porque la tierra
de Indias occidentales, que fue descubierta por el
Océano que llega á España, toda está puesta al
norte, y por esa tierra vinieron á descubrir mar de
la otra parte de ella, la cual llamaron del sur, por-
que por ella bajaron hasta pasar la linea, y perdi-
do el norte, ó polo Artico, descubrieron el polo
Antártico, que llaman sur. Y de ahí quedó nom-
brar mar del sur todo aquel Océano, que está de
la otra parte de las Indias occidentales, aunque sea
grandísima parte de él puesta al norte, como lo está
toda la costa de la Nueva-España, y de Nicara-
gua, y de Guatemala, y de Panamá. E l primer des-
cubndor de este mar del sur, dicen, haber sido un
214 LIBRO TERCERO

Blasco Nuñez de Balboa; descubrióse por lo que


ahora llaman Tierra-firme, en donde se estrecha
la tierra lo sumo, y los dos mares se allegan tanto
uno al otro, que no distan mas de siete leguas,,
porque aunque se andan diez y ocho de Nombre
de Dios á Panamá, es rodeando, y buscando l a
comodidad del camino; mas tirando por recta l i -
nea, no dista mas de lo dicho un mar de el otro.
Han platicado algunos de romper este camino de
siete leguas, y juntar el un mar con el otro, para
hacer cómodo el pasage al Perú, en el cual dan
mas costa, y trabajo diez y ocho leguas de tierra,
que hay entre Nombre de Dios y Panamá, que dos
mil y trescientas que hay de mar. A esta plática
no falta quien diga, que sería anegar la tierra; por-
que quieren decir, que el un mar está mas bajo
que el otro, como en tiempos pasados se halla por
las historias haberse dejado de continuar por l a
misma consideración el mar Rojo con el Nilo,.
en tiempo del Rey Sesostris, y después del Im-
perio Otomano ( i ) . Mas para mí tengo por co-
sa vana tal pretensión, aunque no hubiese el i n -
conveniente que dicen, el cual yo no tengo
por cierto; pero eslo para mí, que ningún poder
humano bastará á derribar el monte fortísimo é
impenetrable que Dios puso entre los dos mares,

(i) Herodotus. Jovius.


DE L A HISTORIA NATURAL DE INDIAS 21 5

ele montes y peñas durísimas, que bastan á susten-


t ir la furia de ambos mares. Y cuando fuese á
hombres posible, sería á mi parecer muy justo te-
mer del castigo del Cielo, querer enmendar las
obras que el Hacedor, con sumo acuerdo y provi-
dencia, ordenó en la fábrica de este universo. Ce-
sando, pues, de este cuidado de abrir la tierra y
unir los mares, hubo otro menos temerario; pero
bien difícil y peligroso de inquirir, si estos dos
grandes abismos se juntaban en alguna parte del
mundo. Y ésta fué la empresa de Fernando -Ma-
gallanes, Caballero P o r t u g u é s , cuya osadía y
constancia grande en inquirir este secreto, y no
menos feliz suceso en hallarle, con eterna memo-
ria puso nombre al Estrecho, que con razón por
su inventor se llama de Magallanes: de el cual,
como de una de las grandes maravillas del mun-
do, trataremos un poco. E l Estrecho, pues, que en
la mar del sur halló Magallanes, creyeron algunos,
ó que no lo habia, ó se habia y a cerrado, como
I )on Alonso de Ercilla escribe en su Araucana; y
hoy dia hay quien diga que no hay tal Estrecho,
sino que son Islas entre la mar, porque lo que es
tierra firme, se acaba allí, y el resto es todo Islas,
y al cabo de ellas se junta el un mar con el otro
amplísimamente, ó por mejor decirse, es todo un
rmsmo mar. Pero de cierto consta haber el Estre-
cho, y tierra larguísima á la una banda y á la otra
2l6 LIBRO TERCERO

aunque la que está de la otra parte del Estrecho al


sur no se sabe hasta dónde llegue. Después de M a -
gallanes, pasó el Estrecho un navio del Obispo de
Plasencia D . Gutierre Carvajal, cuyo mástil dicen,
que está en Lima á la entrada de Palacio. De la
banda del sur se fué después á descubrir por orden
de Don Garcia de Mendoza, que entonces tenia el
gobierno de Chile; y así le halló y pasó el Capitán
Ladrillero, cuya relación notable yo leí, aunque
dice no haberse atrevido á desembocar el Estre-
chof sino que habiendo y a reconocido la mar del
norte, dió la vuelta por la aspereza del tiempo,
que era y a entrado el invierno; y venían, según
dice, las olas del norte furiosas, y las mares hechas
todas espuma de bravas. E n nuestros dias pasó el
propio Estrecho Francisco Drac, Inglés corsario:
después le pasó el Capitán Sarmiento por la banda
del sur; y ahora últimamente, en este, año pasado
de ochenta y siete, con la instrucción que dió
Drac, le han pasado otros corsarios Ingleses, que
al presente andan en la costa del Perú. Y porque
me parece notable la relación que yo tuve del
Piloto mayor, que le pasó, la p o n d r é aquí.
CAPÍTULO X I

Del Estrecho de Magallanes, como se pasó


por la banda del sur.

A ñ o de mil y quinientos y setenta y nueve, ha-


biendo Francisco Drac pasado el Estrecho de M a -
gallanes, y corrido la costa de Chile, y de todo el
Perú, y robado el navio de San Juan de Antona,
donde iba gran suma de barras de plata, el V i r e y
D . Francisco de Toledo armó y envió dos navios
buenos, para que reconociesen el Estrecho, yendo
por Capitán Pedro Sarmiento, hombre docto en A s -
trología. Salieron del Callao de Lima por principio
de Octubre;y porque aquella costa tiene viento con-
trario, que corre siempre del sur, hiciéronse mu-
cho á la mar, y con muy próspero viage, en poco
mas de treinta dias se pusieron en el parage del
Estrecho. Pero porque es dificultoso de reconocer,
para este efecto llegándose á tierra entraron en una
ensenada grande, donde hay un Archipiélago deis-
las. Sarmiento porfiaba qus allí era el Estrecho, y
tardó mas de un mes en buscarle por diversas calas
2l8 LIBRO TERCERO

y caletas, y subiendo sobre cerros altos de tierra.


Viendo que no le [hallaban, á requerimiento que
los del armada le hicieron, en fin volvió á salir á
la mar, y hízose á lo largo. E l mismo dia les dió
un temporal recio, con el cual corrieron, y á pri-
ma noche vieron el farol de la Capitana, y luego
desapareció, que nunca mas la vió la otra nave.
E l dia siguiente, durando la furia del viento, que
era travesía, los de la Capitana vieron una abra
que hacía la tierra, y parecióles recogerse allí, y
abrigarse hasta que el temporal pasase. Sucedió
que reconocida la abra, vieron que iba entrando
mas y mas en tierra, y sospechando que fuese el
Estrecho que buscaban, tomando el Sol halláron-
c;-. en cincuenta y un grados y medio, que es la
propia altura del Estrecho. Y para certificarse m á s
echaron el bergantín, el cual habiendo corrido
muchas leguas por aquel brazo de mar adentro,
sin ver fin de él, acabaron de persuadirse que allí
era el Estrecho. Y porque tenian orden de pasar-
le, dejaron una Cruz alta puesta allí, y letra abajo
para que el otro navio, si aportase allí, supiese de
la Capitana, y la siguiese. Pasaron, pues, con buen
tiempo y sin dificultad el Estrecho, y salidos á la
mar del Norte fueron á no sé qué Isla, donde h i -
cieron aguada, y se reformaron, y de allí tomaron
su derrota á Caboverde, de donde el Piloto mayor
volvió al Perú por la vía de Cartagena y Panamá,
DE L A HISTORIA NATURAL D E INDIAS 219

y trajo al V i r r e y la relación del Estrecho, y de


todo lo sucedido, y fué remunerado conforme al
buen servicio que habia hecho. Mas el Capitán Pe-
dro Sarmiento, de Caboverde pasó á Sevilla en el
navio que habia pasado el Estrecho, y fué á la
Corte, donde su Magestad le hizo mucha merced;
y á su instancia mandó armar una gruesa armada,.
que envió con Diego Flores de Valdés, para po-
blar y fortificar el Estrecho; aunque con varios
sucesos la dicha armada tuvo mucha costa, y poco
efecto. Volviendo ahora á la otra nave Almiranta
que iba en compañía de la Capitana, habiéndose
perdido de ella con aquel temporal que dije, pro-
curó hacerse á la mar lo mas que pudo: mas como
el viento era travesía, y forzoso, entendió de cier-
to perecer, y así se confesaron y aparejaron para
morir todos. Duróles el temporal sin aflojar tres
dias, de los cuales, pensando dar en tierra cada
hora, fué al revés, que siempre veían írseles des-
viando mas la tierra, hasta que al cabo del tercero
día, aplacando la tormenta, tomando el Sol se ha-
llaron en cincuenta y seis grados, y viendo que no
habían dado al través, antes se hallaban mas lejos
de la tierra, quedaron admirados: de donde infirie-
ron (como Hernando Damero, Piloto de la dicha
nave, me lo contó), que la tierra que está de la
otra parte del Estrecho, como vamos por el mar
del sur, no corría por el mismo rumbo que hasta
220 LIBRO TERCERO

el Estrecho, sino que hacia vuelta hacia levante;


pues de otra suerte no fuera posible dejar de za-
bordar en ella con la travesía que corrió tanto
tiempo. Pero no pasaron mas adelante, ni supieron
si se acababa allí la tierra (como algunos quieren
decir que es Isla lo que hay pasado el Estrecho, y
que se juntan alli los dos mares de norte y sur), ó
si iba corriendo la vuelta de el leste hasta juntar-
se con la tierra de Vista que llaman, que respon-
de al cabo de Buena-Esperanza, como es opinión
de otros. L a verdad de esto no está averiguada
hoy dia, ni se halla quien haya rodeado aquella
tierra. E l V i r e y D . Martin Enriquez me dijo á mí,
que tenia por invención del corsario Inglés la fama
que se habia echado, de que el Estrecho hacía
luego Isla, y se juntaban ambos mares; porque él,
siendo V i r e y de la Nueva-España, habia examina-
do con diligencia al Piloto Portugués que allí dejó
Francisco Drac, y jamás tal entendió de él, sino
que era verdadero Estrecho, y tierra firme de am-
bas partes. Dando, pues, vuelta la dicha nave A l -
miranta, reconocieron el Estrecho, según el dicho
Hernando Lamero me refirió; pero por otra boca
ó entrada que hace en mas altura, por causa de
•cierta Isla grande que está á la boca del Estrecho,
que llaman la Campana, por la hechura que tiene;
y él quiso, según decia, pasarle, y el Almirante y
soldados no lo consintieron, pareciéndoles que era
DE L A HISTORIA NATURAL DE INDIAS 221

ya muy entrado el tiempo, y que corrían mucho


peligro; y así se volvieron á Chile y al Perú sin ha-
berle pasado.

CAPÍTULO XII

Del Estrecho que algunos afirman haber en l a


Florida.

Como Magallanes halló aquel Estrecho, que está


al sur, así han otros pretendido descubrir otro E s -
trecho, que dicen haber al norte, el cual fabrican
en la tierra de la Florida, la cual corre tanto, que
no se sabe su término. E l Adelantado Pedro M e -
lendez, hombre tan práctico y excelente en la mar,
afirmaba ser cosa cierta el haber Estrecho; y que
el Rey le habia mandado descubrirle, de lo cual
mostraba grandísima gana. Traia razones para pro-
bar su opinión, porque decia, que se hablan visto
ea la mar del norte pedazos de navios que usan los
Chinos, lo cual no fuera posible, si no hubiera paso
222 LIBRO TERCERO

de la una mar á la otra. Item, referia, que en cier-


ta bahía grande que hay en la Florida, y entra tres-
cientas leguas la tierra adentro, se veían ballenas
á ciertos tiempos, que venian del otro mar: otros
indicios también refería, concluyendo finalmente,
que á la sabiduría del Hacedor, y buen orden de
naturaleza pertenecía, que como habia comunica-
ción, y paso entre los dos mares al polo Antarti-
co, así también la hubiese al polo A r t i c o , que es
mas principal. Este Estrecho, dicen algunos, que
tuvo de él noticia aquel gran corsario Drac; y que
así lo significó él cuando pasó la costa de Nueva-
España por la mar del sur, y aun se piensan que
hayan entrado por él los corsarios Ingleses, que
este año pasado de mil quinientos ochenta y siete
robaron un navio, que venía de las Filipinas con
gran cantidad de oro y otras riquezas, la cual presa
hicieron junto á las Californias, que siempre reco-
nocen las naves que vuelven á la Nueva-España de
las Filipinas y de la China. Según es la osadía de
los hombres, y el ansia de hallar nuevos modos de
acrecentarse, y o aseguro que antes de muchos
años se sepa también este secreto, que es cierto
cosa digna de admiración, que como las hormi
guillas tras el rastro, y noticia de las cosas nuevas,
no paran hasta dar con lo dulce de la codicia y
gloria humana. Y la alta y eterna sabiduría del
Criador usa de esta natural curiosidad de los hom-
DE L A HISTORIA NATURAL DE INDIAS 223

bres para comunicar la luz de su Santo Evangelio


á gentes, que todavía viven en las tinieblas obscu-
ras de sus errores. Mas en fin, hasta ahora el Es-
trecho del polo Artico, si le hay, no está descu-
bierto; y así será justo decir las propiedades y no-
ticias, que del Antártico y a descubierto y sabido
nos refieren los mismos que por sus ojos las
vieron.

CAPITULO XIII

De las propiedades del Estrecho de Magallanes.

E l Estrecho, como está dicho, está en altura de


cincuenta y dos grados escasos al sur; tiene de es-
pacio desde un mar á otro noventa, ó cien leguas,
donde mas angosto, será de una legua algo me-
nos; y allí pretendían que el Rey pusiese una fuer-
za para defender el paso. E l fondo en partes es
tan profundo, que no se puede sondar, en otras
^se halla fondo, y en algunas no tiene mas que
<hez y ocho, y aun en otras no mas de quince
224 LIBRO TERCERO

brazas. De las cien leguas que tiene de largo de


mar á mar, se reconoce claro, que las treinta v a
entrando por su parte la mar del sur, y va ha-
ciendo señal con sus olas; y las otras setenta le-
guas hace señal la mar del norte con las suyas.
H a y empero esta diferencia, que las treinta del
sur corre entre peñas altísimas, cuyas cumbres
están cubiertas perpetuamente de nieve, y según
son altas, parece que se juntan; y por eso es tan
difícil reconocer la entrada del Estrecho por la
mar del sur. Estas mismas treinta leguas es de in-
mensa profundidad, sin que se pueda dar fondo
en ellas; pero puédense varar los navios en tierra^
según es fondable su ribera. Las otras setenta le-
guas, que entra la mar del norte, se halla fondo, y
tienen á la una banda, y á la otra grandes campos
y zavanas, que allá llaman. Entran en el Estrecho
muchos rios, y grandes de linda agua. H a y mara-
villosas arboledas, y algunos árboles de madera
escogida y olorosa, y no conocida por acá, de
que llevaron muestra los que pasaron del Perú.
H a y grandes praderías la tierra adentro; hace di-
versas Islas en medio del Estrecho. Los Indios, que
habitan á l a banda del sur, son pocos, chicos, y
ruines: los que habitan á la banda del norte son
grandes y valientes, de los cuales trajeron á Es-
paña algunos que tomaron. Hallaron pedazos de
paño azul, y otras insignias claras de haber pasado
DE L A HISTORIA N A T U R A L D E INDIAS 22$

por allí gente de Europa. Los Indios saludaron á


los nuestros con el nombre de Jesús. Son flecheros,
andan vestidos de pieles de venados, de que hay
copia por allí. Crecen y descrecen las aguas del
Estrecho con las mareas; y vense venir las unas
mareas de la mar del norte, y las otras de la mar
del sur claramente; y en el lugar donde se encuen-
tran, que como he dicho, es treinta leguas, del sur
y setenta del norte, parece ha de haber más peli-
gro que en todo el resto. Pero cuando pasó la Ca-
pitana de Sarmiento, que he dicho, no padecieron
grave tormenta, antes hallaron menos dificultad
de lo que pensaron. Porque demás de ser enton-
ces el tiempo bonancible, vienen las olas del mar
del norte muy quebrantadas, por el gran espacio
de setenta leguas que entran; y las olas del mar
del sur, por ser su profundo inmenso, tampoco
muestran tanta furia, anegándose en aquella pro-
fundidad. Bien es verdad, que en tiempo de in-
vierno es innavegable el Estrecho por la braveza
de los vientos, é hinchazón de los mares que allí
hay; y por eso se han perdido algunas naves que
han pretendido pasar el Estrecho; y de la parte
del sur sola una le ha pasado, que es la Capitana
que he dicho, de cuyo Piloto mayor, llamado
Hernando Alonso, tuve yo muy larga relación de
todo lo que digo, y v i la verdadera descripción y
costa del Estrecho, que como la iban pasando, la
TOMO I,
16
226 LIBRO TERCERO

fueron haciendo, cuya copia trajeron al Rey á Es-


paña, y llevaron á su V i r e y al Perú.

CAPÍTULO X I V

Del flujo y reflujo del mar Océano en Indias.

Uno de los secretos admirables de naturaleza es


el flujo y reflujo del mar, no solamente por la ex-
trañeza de su crecimiento y diminución, sino mu-
cho mas por la variedad que en diversos mares se
halla en esto, y aun en diversas playas de un
mismo mar. H a y mares que no tienen el flujo y
reflujo cotidiano, como consta del Mediterráneo
inferior, que es el Tyrreno: teniendo flujo y reflu-
jo cotidiano el Mediterráneo superior, que es el
mar de Venecia, cosa que con r izon causa admi-
ración, porque siendo ambos Mediterráneos, y no
mayor el de Venecia, aquel tiene rlujo y rcr!'jo
como el Océano, y estotro mar de Italia no 1 ) le-
ne; pero algunos Mediterráneos manifiéstame ite
tienen crecimiento y menguant i cada mes, otros
DE L A HISTORIA NATURAL DE INDIAS 227

ni al dia, ni al mes. Otros mares, como el Océano


de España, tienen el flujo y reflujo de cada dia
y á mas de ese, el de cada mes, que son dos, es á
saber, á la entrada y á la llena de Luna, que lla-
man aguas vivas. Mar que tenga el crecimiento y
diminución de cada dia, y no le tenga el de cada
mes, no sé que le haya. E n las Indias es cosa de
admiración la variedad que hay en esto: partes
hay, en que llena y vacía la mar cada dia dos le-
guas, como se ve en Panamá, y en aguas vivas es
mucho mas. H a y otras, donde es tan poco lo que
sube y lo que baja, que apenas se conoce la dife-
rencia. L o común es tener el mar Océano crecien-
te y menguante, cotidiana y menstrua; y la coti-
diana es dos veces al dia natural, y siempre tres
cuartos de hora menos el un dia de el otro, confor-
me al movimiento de la Luna, y así nunca.la ma-
rea un dia es á la hora del otro. Este flujo y reflu-
jo han querido algunos sentir, que es movimiento
local del agua del mar, de suerte que el agua que
viene creciendo á una parte, va descreciendo á la
contraria, y así es menguante en la parte opuesta
del mar, cuando es acá creciente. A la manera
que en una caldera hace ondas el agua, que es
llano, que cuando á la una parte sube, baja á la
otra. Otr s afirman, que el mar á un tiempo crece
á todas partes, y á un mismo tiempo mengua tam-
ba n á todas partes; de modo, que es comoelher-
228 LIBRO TERCERO

vor de la olla, que juntamente sube, y se ex-


tiende á todas sus partes, y cuando se aplaca, jun-
tamente se disminuye á todas partes. Este segun-
do parecer es verdadero, y se puede tener, á mi
juicio, por cierto y averiguado, no tanto por las.
razones que para esto dan los Filósofos que en sus
Meteoros fundan esta opinión, cuanto por la expe-
riencia cierta que de este negocio se haya podido
alcanzar. Porque para satisfacerme de este punto
y cuestión, yo pregunté con muy particular curio-
sidad al piloto arriba dicho, como eran las mareas
que en el Estrecho hallaron, si por ventura des-
crecían y menguaban las mareas del mar del sur,
al tiempo que subian y pujaban las del mar del
norte, y al contrario. Porque siendo esto así, era
claro que el crecer el mar de una parte, era des-
crecer de otra, que es lo que la primera opinión
afirma. Respondióme, que no era de esa suerte,,
sino que clarísimamente á un propio tiempo ve-
nían creciendo las mareas del mar del norte, y las
del mar del sur, hasta encontrarse unas olas con
otras, y que á un mismo tiempo volvían á bajar
cada una á su mar; y que este pujar y subir, y
después bajar y menguar, era cosa que cada dia
la veían, y que el golpe y encuentro de la una y
otra creciente era (como tengo dicho) á las se-
tenta leguas de el mar del norte, y treinta de el
mar del sur. De donde se colige manifiestamente^
DE L A HISTORIA NATURAL D E INDIAS 229

que el flujo y reflujo del Océano no es puro mo-


vimiento local, sino alteración y fervor con que
realmente todas sus aguas suben, y crecen á un
mismo tiemgo, y á otro tiempo bajan, y menguan,
de la manera que del hervor de la olla, se ha
puesto la semejanza. «No fuera posible comprehen-
der por via de experiencia este negocio, sino en el
Estrecho, donde se junta todo el mar Océano en-
tre sí. Porque por las playas opuestas, saber si
•cuando en la una crece, descrece en la otra, solos
los Angeles lo podrian averiguar, que los hombres
no tienen ojos para ver tanta distancia, ni pies
para poder llevar los ojos con la presteza que una
marea da de tiempo, que son solamente seis
horas.
CAPÍTULO X V

De diversos pescados, y modos de pescar


de los Indios.

H a y en el Océano innumerables pescados, que


solo el Hacedor, puede declarar sus especies y
propiedades. Muchos de ellos son del mismo géne-
ro que en la mar de Europa se hallan, como lizas,
sábalos, que suben de la mar á los rios, dorados,,
sardinas, y otros muchos. Otros hay, que no s é
que los haya por acá, como los que llaman cabri-
llas, y tienen alguna semejanza con truchas, y los
que en Nueva-España llaman bobos, que suben de
la mar á los rios. Besugos, ni truchas no las he vis-
to; dicen que en tierra de Chile las hay. Atunes hay
algunos, aunque raros, en la costa de el Perú, y es
opinión que á tiempos suben á desovar al Estrecha
de Magallanes, como en España al Estrecho de G i -
braltar, y por eso se hallan mas en la costa de
Chile, aunque el atún que yo he visto traído de
allá, no es tal como lo de España. E n las Islas que
llaman de Barlovento, que son Cuba, la Española,
DE L A HISTORIA N A T U R A L DE INDIAS 231

Puerto-Rico y Jamaica, se halla el que llaman ma-


nati, extraño género de pescado, si pescado se
puede llamar animal que pare vivos sus hijos, y
tiene tetas, y leche con que los cria, y pace yerba
en el campo; pero en efecto habita de ordinario en
el agua, y por eso le comen por pescado, aunque
yo cuando en Santo Domingo lo comí un viernes,
cuasi tenia escrúpulo, no tanto por lo dicho, como
porque en el color y sabor no parecían sino taja-
das de ternera, y en parte de pernil, las postas de
este pescado: es grande como una vaca. De los ti-
burones, y de su increíble voracidad, me maravi-
llé con razón, cuando v i que de uno que hablan
tomado en el puerto que he dicho, le sacaron del
buche un cuchillo grande carnicero, y un an-
-zuelo grande de hierro, y un pedazo grande
de la cabeza de una vaca con su cuerno entero,
y aun no sé si ambos á dos. Y o v i por pa-
satiempo echar, colgado de muy alto, en una poza
que hace la mar, un cuarto de un rocin, y venir á
él al momento una cuadrilla de tiburones tras el
olor; y porque se gozase mejor la fiesta, no llega-
ba al agua la carne del rocin, sino levantada no sé
cuantos palmos; tenía en derredor esta gentecilla
que digo, que daban saltos, y de una arremetida
en el aire cortaban carne y hueso, con extraña
presteza, y así cercenaban el mismo jarrete de el
rocin, como si fuera un troncho de lechuga; pero
232 LIBRO TERCERO

tales navajas tienen, en aquella su dentadura. A s i -


dos á estos fieros tiburones andan unos pececillos,
que llaman romeros, y por mas que hagan, no los
pueden echar de sí: estos se mantienen de lo que
á los tiburones se les escapa por los lados. V o l a -
dores son otros pececillos que se hallan en la mar
dentro de los Trópicos, y no sé que se hallen fue-
ra. A estos persiguen los dorados, y por escapar
de ellos saltan de la mar, y van buen pedazo por
el aire, por eso los llaman voladores: tienen unas
aletas como de telilla 6 pergamino, que les susten-
tan un rato en el aire. E n el navio en que yo iba,
voló ó saltó uno, y v i la facción que digo de alas.
De los lagartos ó caimanes que llaman, hay mu-
cho escrito en Historias de Indias; son verdadera-
mente los que Plinio y los Antiguos llaman croco-
dilos. Hállansc en las playas y rios calientes; en
playas ó rios frios no se hallan. Por eso en toda la
costa de el Perú no los hay hasta Payta, y de allí
adelante son frecuentísimos en los rios. Es animal
ferocísimo, aunque muy torpe: la presa hace fuera
de el agua, y en ella ahoga lo que toma vivo; pero
no la traga sino fuera de el agua, porque tiene el
tragadero de suerte, que fácilmente se ahogaría
entrándole agua. Es maravillosa la pelea de el cai-
mán con el tigre, que los hay ferocísimos en In-
dias. U n religioso nuestro me refirió haber visto á
estas bestias pelear cruelísimamente á la orilla de
DE L A HISTORIA N A T U R A L D E INDIAS 233

la mar. E l caimán con su cola daba recios golpes


al tigre, y procuraba con su gran fuerza llevarle
al agua; el tigre hacía fuerte presa en el caimán
con las garras, tirándole á tierra. A l fin prevaleció
el tigre, y abrió al lagarto, debió de ser por la ba-
rriga, que la tiene blanda, que todo lo demás no
hay lanza, y aun apenas arcabuz que lo pase. Mas
excelente fué la victoria que tuvo de otro caimán
un Indio, al cual le arrebató un hijuelo, y se lo me-
tió debajo del agua, de que el Indio lastimado y sa-
ñudo se echó luego tras él con un cuchillo, y como
son excelentes buzos, y el caimán no prende sino
fuera del agua, por debajo de la barriga le hirió,
de suerte que el caimán se salió herido á la ribera,
y soltó el muchacho, aunque y a muerto y ahogado.
Pero mas maravilloso es la pelea que tienen los
Indios con las ballenas, que cierto es una grande-
za del Hacedor de todo, dar á gente tan flaca
como Indios, habilidad y osadía para tomarse con
la mas fiera y disforme bestia de cuantas hay en
el universo; y no solo pelear, pero vencer y triun-
far tan gallardamente. Viendo esto, me he acor-
dado muchas veces de aquello del Salmo (i), que
se dice^de la ballena: Draco iste, quem formasti
ad illudendum ei. cOué mas burla que llevar un
Indio solo con un cordel vencida y atada una ha-

(i) Psaml. 103. v. 26.


LIBRO TERCERO
234
llena tan grande como un monte? E l estilo que tie-
nen, según me refirieron personas expertas, los In-
dios de la Florida, donde hay gran cantidad de
ballenas es, meterse en una canoa, 6 barquilla, que
es como una artesa, y bogando llégase al costado
de la ballena, y con gran ligereza salta, y sube
sobre su cerviz, y allí caballero, aguardando tiem-
po, mete un palo agudo y recio, que trae consigo,
por la una ventana de la nariz de la ballena, llamo
nariz á aquella fístula por donde respiran las ba-
llenas; luego le golpea con otro palo muy bien, y
le hace entrar bien profundo. Brama la ballena,,
y da golpes en la mar, y levanta montes de agua,
y húndese dentro con furia, y vuelve á saltar, no
sabiendo qué hacerse de rabia. Estáse quedo el
Indio y muy caballero, y la enmienda que hace del
mal hecho es hincarle otro palo semejante en la
otra ventana, y golpearle de modo, que le tapa
del todo, y le quita la respiración; y con esto se
vuelve á su canoa, que tiene asida al lado de la
ballena con una cuerda; pero deja primero bien
atada su cuerda á la ballena, y haciéndose á un
lado con su canoa, va así dando cuerda á la ba-
llena. L a cual, mientras está en mucha agua, da
vueltas á una parte y á otra, como loca de enojo-
y al fin se va acercando á tierra, donde con,
la enormidad de su cuerpo presto encalla, sin po-
der ir, ni volver. Aquí acuden gran copia de In-
DE L A HISTORIA NATURAL D E INDIAS 235

dios al vencido para coger sus despojos. E n efec-


to la acaban de matar, y la parten, y hacen trozosv
y de su carne harto perversa, secándola y molién-
dola hacen ciertos polvos que usan para su comi-
da, y les dura largo tiempo. También se cumple
aquí lo que de la misma ballena dice otro Sal-
mo (i): Dedisti eum escam populis JEthiopum. E l
Adelantado Pedro Melendez muchas veces conta-
ba esta pesquería, de que también hace mención
Monardes en su libro. Aunque es mas menuda, no
deja de ser digna de referirse también otra pesque-
ría que usan de ordinario los Indios en la mar.
Hacen unos como manojos de juncia, ó espadañas,
secas bien atadas, que allá llaman balsas, y Uévan-
las á cuestas hasta la mar, donde arrojándolas con
presteza suben enfilas, y así caballeros se entran
la mar adentro, y bogando con unos canaletes de
un lado y de otro, se van una y dos leguas en alta
mar á pescar; llevan en los dichos manojos sus
redes y cuerdas, y sustentándose sobre las balsas,
arrojan su red, y están pescando grande parte de,
la noche, ó del dia, hasta que llenan su medida,
con que dan la vuelta muy contentos. Cierto, ver-
los ir á pescar en el Callao de Lima era para mí
cosa de gran recreación, porque eran muchos, y
cada uno en su balsüla caballero, ó sentado á p or-

(0 Psalm. 73. y. 14.


236 LIBRO TERCERO

fia cortando las olas del mar, que es bravo allí


donde pescan, parecían los Tritones, ó Neptunos
que pintan sobre el agua. E n llegando á tierra,
sacan«su barco á cuestas, y luego le deshacen; y
tienden por aquella playa las espadañas para que
se enjuguen y sequen. Otros Indios de los valles de
lea solian ir á pescar en unos cueros, ó pellejos de
lobo marino hinchados, y de tiempo á tiempo los
soplaban como á pelotas de viento para que no se
hundiesen. E n el valle de Cañete, que antigua-
mente decian el Guarco, habia innumerables In-
dios pescadores; y porque resistieron al Inca,
cuando fué conquistando aquella tierra, fingió pa-
ces con ellos, y ellos por hacerle fiesta, hicieron
una pesca solemne de muchos millares de Indios,
que en sus balsas entraron en la mar: á la vuelta,
el Inca tuvo apercibidos soldados de callada, é
hizo en ellos cruel estrago, por donde quedó aque-
lla tierra tan despoblada, siendo tan abundante.
Otro género de pesca v i , á que me llevó el V i r e y
Don Francisco de Toledo; verdad es, que no era
en mar, sino en un rio, que llaman el Rio Grande,
en la Provincia de los Charcas, donde unos Indios
Chiriguanas se zabullían debajo del agua, y na-
dando con admirable presteza seguían los peces,
y con unas fisgas, ó harpones que llevaban en la
mano derecha, nadando solo con la izquierda he-
rían el pescado; y así atravesado lo sacaban arri-
DE L A HISTORIA NATURAL D E INDIAS 2^7

ba, que cierto parecían ellos ser mas peces, que


hombres de la tierra. Y y a que hemos salido de la
mar, vamos á esotros géneros de aguas que restan
por decir.

CAPÍTULO X V I

De las lagunas y lagos que se hallan en Indias.

E n lugar del mar Mediterráneo, que gozan las


regiones del viejo orbe, p r o v e y ó el Criador en el
nuevo de muchos lagos, y algunos tan grandes
que se pueden llamar mares; pues al de Palestina
le llama así la Escritura, no siendo mayor, ni aun
tan grande como alguno de estos. E l principal es
el de Titicaca en el Perú, en las provincias del
Collao, del cual se ha dicho en el libro preceden-
te, que tiene de rodeo cuasi ochenta leguas, y en-
tran en él diez ó doce rios caudalosos. Comenzóse
un tiempo á navegar en barcos, ó navios, y dié-
ronse tan mala maña, que el primero navio que
238 LIBRO TERCERO

entró, se abrió con un temporal que hubo en la la-


guna. E l agua no es del todo amarga y salobre
como la del mar; pero es tan gruesa, que no es
para beber. Cria dos géneros de pescado en abun-
dancia; uno llaman suches, que es grande y sabro-
so, pero flemoso y mal sano: otro bogas, mas sano,
aunque pequeño y muy espinoso. De patos y pati
líos de agua hay innumerable cosa en toda la la-
guna. Cuando quieren hacer fiestas los Indios á
algún personage que pasa por Chucuito ó por
Omasuyo, que son las dos riberas de la laguna,
juntan gran copia de balsas, y en torno van per-
siguiendo y encerrando los patos, hasta tomar á
manos cuantos quieren: llaman este modo de cazar
chaco. Están á las riberas de esta laguna de una y
otra parte las mejores poblaciones de Indios del
Perú. Por el desaguadero de ésta se hace otra me-
nor laguna, aunque bien grande, que se llama Pa-
ria, donde también hay mucho ganado especial
porcuno, que se da allí en extremo, por la tótora
•que cria la laguna, con que engorda bien ese ga-
nado. H a y otras muchas lagunas en los lugares
altos de la sierra, de las cuales nacen rios ó arro-
yos, que vienen adelante á ser muy caudalosos
rios. Como vamos de Arequipa al Collao hay en
lo alto dos lagunas hermosas á una banda y á otra
del camino: de la una sale un arroyo, que después
•se hace rio, y va á la mar del sur: de la otra dicen
DE L A HISTORIA N A T U R A L D E INDIAS 239

que tiene principio el rio famoso de Aporima, del


cual se cree, que procede con la gran junta de rios
que se llegan de aquellas sierras, el ínclito rio de las
Amazonas, por otro nombre el Marañon. Es cosa
que muchas veces consideré, de donde proviene
haber tantos lagos en lo alto de aquellas sierras y
cordilleras, en los cuales no entran rios, antes salen
muy copiosos arroyos, y no se sienten menguar
cuasi en todo el año las dichas lagunas. Pensar que
de nieves que se derriten, ó de lluvias del cielo
«e hacen estos lagos que digo, no satisface del
todo, porque muchos de ellos no tienen esa co-
pia de nieve, ni tanta lluvia, y no se sienten
menguar, que todo arguye ser agua manantial,
que la naturaleza p r o v e y ó allí, aunque bien es
de creer se ayudan de nieves y lluvias en al-
gunos tiempos del año. Son estos lagos tan ordi-
narios en las mas altas cumbres de las sierras, que
apenas hay rio notable, que no tenga su nacimien-
to de alguno de ellos. E l agua de estos lagos es
limpia y clara: crian poco pescado, y ese menu-
do, por el frió que continuo tienen, aunque por
otra nueva maravilla se hallan algunas de estas la-
gunas ser sumamente calientes. E n fin del valle de
Tarapaya, cerca de Potosí, hay una laguna redon-
da, y tanto, que parece hecha por compás, y con
ser la tierra donde sale frígidísima, es el agua ca-
lidísima. Suelen nadar en ella cerca de la orilla,
LIBRO TERCERO
240
porque entrando mas no pueden sufrir el calor. Era
medio de esta laguna se hace un remolino y bor-
bollón de mas de veinte pies en largo y ancho, y
es allí el propio manantial de la laguna, la cual;
con ser su manantial tan grande, nunca la sienten
crecer cosa alguna, que parece se exhala allí, 6-
tiene algunos desaguaderos encubiertos. Pero tam-
poco la ven menguar, que es otra maravilla, con
haber sacado de ella una corriente gruesa para,
moler ciertos ingenios de metal, y siendo tanta el
agua que desagua, habia de menguar algo de ra-
zón. Dejando el Perú, y pasando á la Nueva-Es-
paña, no son menos memorables las lagunas que
en ella se hallan, especialmente aquella tan famo-
sa de Méjico, en la cual hay dos diferencias de
aguas, una es salobre y como de mar, otra clara
y dulce, causada de rios que entran allí. E n medio
de la laguna está un peñón muy gracioso, y en él
baños de agua caliente, y mana allí, que para sa-
lud lo tienen por muy aprobado. H a y sementeras
hechas en medio de la laguna, que están fundadas-
sobre la propia agua, y hechos sus camellones lle-
nos de mil diferencias de semillas y yerbas, y i n -
finitas flores,, que si no es viéndolo, no se puede
bien figurar como es. L a ciudad de Méjico está
fundada sobre esta laguna, aunque los Españoles
han ido cegando con tierra todo el sitio de la ciu-
dad, y solo han dejado algunas acequias gran-
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 24J

des, y otras menores que entran, y dan vuelta al


pueblo; y con estas acequias tienen gran comodi-
dad para el acarreo de todo cuanto han menester
de leña, yerba, piedra, madera, frutos de la tierra,
y todo lo demás. Cortés fabricó bergantines cuan-
do conquistó á Méjico: después pareció, que era
mas seguro no usarlos; y así solo se sirven de ca-
noas, de que hay grande abundancia. Tiene la la-
guna mucha pesca y caza, aunque no v i yo de ella
pescado de precio: dicen valen los provechos de
ella mas de trescientos mil ducados. Otra y otras
lagunas hay también no lejos de allí, de donde se
lleva harto pescado á Méjico. L a provincia d e M e -
choacán se dice así, por ser tierra de mucho pes-
cado: hay lagunas hermosas y grandes, abundantí-
simas de pescado, y es aquella tierra sana y fresca.
Otros muchos lagos hay, que hacer mención de
todos, ni aun saberlos en particular, no es posible.
Solo se advierta lo que en el libro precedente se
notó, que debajo de la Tórrida hay mayor copia
de lagos que en otra parte de el mundo. Con lo
dicho, y otro poco que digamos de rios y fuentes,
quedará acabado lo que sé ofrece decir en esta
materia.

TOMO I.
CAPÍTULO XVII

De diversas fuentes y manantiales.

Como en otras partes del mundo, asi en las In-


dias hay gran diversidad de manantiales, fuentes,
y rios; y algunos de propiedades extrañas. E n
Guancavelica de el Perú, donde están las minas de
azogue, hay una fuente que mana agua caliente, y
como va manando el agua se va convirtiendo en
peña. De esta peña ó piedra tienen edificadas cuasi
todas las casas de aquel pueblo. Es piedra blanda,
y suave de cortar; y con hierro la cortan y labran
con la facilidad que si fuese madera, y es liviana
y durable. De esta agua, si beben hombres ó anima-
les, mueren, porque se les congela en el vientre, y
se hace piedra; y así han muerto algunos caballos.
Como se va convirtiendo en piedra, el agua que
va manando tapa el camino á la demás, y así es
forzoso mudar la corriente, por lo cual mana por
diversas partes, como va creciendo la peña. E n
la punta ó cabo de Santa Elena hay un manantial
ó fuente de un betún, que en el Perú llaman Co-
DE L A HISTORIA NATURAL D E INDIAS 243

pey. Debe de ser á este modo lo que la Escritura


refiere (i) de aquel valle silvestre, donde se halla-
ban pozos de betún. A p r o v é c h a n s e los marineros
de aquella fuente ó pozo de Copey, para brear las
jarcias y aparejos, porque les sirve como la pez y
brea de España para aquel efecto. Viniendo nave-
gando para la Nueva-España por la costa de el
Perú, me mostró el Piloto la Isla, que llaman de
lobos, donde nace otra fuente ó pozo del Copey,
ó betún que he dicho, con que así mismo brean las
jarcias. Y hay otra fuente ó manantial de alqui-
trán. Díjome el sobredicho Piloto, hombre exce-
lente en su ministerio, que le habia acaecido na-
vegando por allí algunas veces, estando tan meti-
do á la mar, que no habia vista de tierra, saber
por el olor del Copey donde se hallaba, tan cierto
como si hubiera reconocido tierra: tanto es el olor
que perpetuamente se esparce de aquel manantial.
E n los baños que llaman de el Inca hay un canal
de agua, que sale hirviendo, y junto á él otro de
agua tan fria como de nieve. Usaba el Inca tem-
plar la una con la otra como quería; y es de notar,
que tan cerca uno de otro haya manantiales de
tan contrarias cualidades. Otros innumerables hay,
en especial en la provincia de los Charcas, en cuya
agua no se puede sufrir tener la mano por espacio

^(0 Genes. 14. v. 10.


244 LIBRO TERCERO

de una A v e Maria, como yo lo v i sobre apuesta.


E n el Cuzco tienen una heredad donde mana una
fuente de sal, que así como va manando, se v a
volviendo sal; y es blanca y buena á maravilla,,
que si en otras partes fuera, no fuera poca rique-
za; allí no lo es por la abundancia que hay de saL
Las aguas que corren en Guayaquil, que es en el
Perú, cuasi debajo de la equinoccial, las tienen por
saludables para el mal francés, y otros semejantes;
y así van allí á cobrar salud de partes muy remo-
tas: dicen ser la causa, que hay por aquella tierra
infinita cosa de laraiz que llaman zarzaparrilla, cuya
virtud y operación es tan notoria, y que las aguas
toman de aquella virtud, para sanar. Bilcanota es
un cerro que, según la opinión de la gente, está en
el lugar mas alto de el Perú. Por lo alto está cu-
bierto de nieve, y por partes todo negro como
carbón. Salen de él dos manantiales á partes con-
trarias, que en breve rato se hacen arroyos gran-
des, y poco después rios muy caudalosos; va el
uno al Collao á la gran laguna de Titicaca; el otro
va á los Andes, y es el que llaman Y u c a y , que
juntándose con otros sale á la mar de el norte con
excesiva corriente. Este manantial, cuando sale de
la Peña Bilcanota que he dicho, es de la misma
manera que agua de legía, la color cenicienta, y
todo él vaheando un humo de cosa quemada, y
así corre largo trecho, hasta que la multitud de
DE L A HISTORIA NATURAL DE INDIAS 245

aguas que entran en él, le apagan aquel fuego, y


humo que saca de su principio. E n la Nueva-Es-
p a ñ a v i un manantial como de tinta algo azul, otro
en el Perú de color rojo como de sangre, por don-
de le llaman el rio Bermejo.

CAPITULO XVIII

De RÍOS.

Entre todos los rios no solo de Indias, sino de el


¡universo mundo, el principado tiene el rio Mara-
fión, ó de las Amazonas, de el cual se dijo en el
libro pasado. Por éste han navegado diversas
veces Españoles, pretendiendo descubrir tierras,
que según fama son de grandes riquezas, espe-
•cialmente la que llaman el Dorado, y el Paytiti.
E l Adelantado Juan de Salinas hizo una entrada
por él notable, aunque fué de poco efecto. Tiene
un paso que le llaman el Pongo, que debe ser
de los peligrosos de el mundo, porque recogido
246 LIBRO TERCERO

entre dos peñas altísimas tajadas, da un salto aba-


jo de terrible profundidad, adonde el agua con el
gran golpe hace tales remolinos, que parece impo-
sible dejar de anegarse y hundirse allí. Con todo15
eso la osadía de los hombres acometió á pasar
aquel paso por la codicia del Dorado tan afamado.
Dejáronse caer de lo alto arrebatados del furor
del rio, y asiéndose bien á las canoas, ó barcas en
que iban, aunque se trastornaban al caer, y ellos y
sus canoas se hundían, volvían á lo alto, y en fin
con maña y fuerza salían. E n efecto, escapó todo
el ejército, excepto muy poquitos que se ahogaron;
y lo que mas admira, diéronse tan buena maña,
que no se les perdió la munición y pólvora que
llevaban. A la vuelta (porque al cabo de grandes
trabajos y peligro la hubieron de dar por allí) su-
bieron por una de aquellas peñas altísimas, asién-
dose á los puñales que hincaban. Otra entrada hizo
por el mismo rio el Capitán Pedro de Orsua; y
muerto él, y amotinada la gente, otros Capitanes
prosiguieron por el brazo que viene hasta el
mar del norte. Decíanos un Religioso de nues-
tra Compañía, que siendo seglar se halló en toda
aquella jornada, que cuasi cien leguas subían las
mareas el rio arriba, y que cuando viene y a á
mezclarse con el mar, que es cuasi debajo, ó muy
cerca de la línea, tiene setenta leguas de boca,
cosa increíble, y que excede á la anchura del mar
DE L A HISTORIA NATURAL D E INDIAS 24/

Mediterráneo: aunque otros no le dan en sus des-


cripciones sino veinte y cinco, ó treinta leguas de
boca. Después de este rio tiene el segundo lugar
en el universo el rio de la Plata, que por otro nom-
bre se dice el Paraguay, el cual corre de las cor-
dilleras del Perú, y entra en la mar en altura de
treinta y cinco grados al sur. Crece al modo que
dicen del Nilo; pero mucho mas sin comparación,
y deja hechos mar los campos que baña, por espa-
cio de tres meses: después se vuelve á su madre;
suben por él navios grandes muchas leguas. Otros
ríos hay, que aunque no de tanta grandeza; pero
igualan, y aun vencen á los mayores de Europa,
como el de la Magdalena cerca de Santa Marta, y
el rio Grande, y el de A l varado en Nueva-España,
y otros innumerables. De la parte del sur, en las sie-
rras del Perú, no son tan grandes los nos comun-
mente, porque tienen poco espacio de corrida, y
no pueden juntar tantas aguas; pero son recios por
caer de la sierra, y tienen avenidas súbitas, y por
eso son peligrosos, y han sido causa de muchas
muertes: en tiempo de calores crecen, y vienen de
avenida. Y o pasé veinte y siete por la costa, y nin-,
guno de ellos á vado. Usan los Indios de mil arti-
ficios para pasar los rios. E n algunas partes tienen
una gran soga atravesada de banda á banda, y en
ella un cestón ó canasto, en el cual se mete el que
ha de pasar, y desde la ribera tiran de él, y así
248 LIBRO TERCERO

pasa en su cesto. E n otras partes va el Indio eonio


caballero en una balsa de paja, y toma á las ancas
al que ha de pasar, y bogando con un canalete
pasa. E n otras partes tienen una gran red de cala-
bazas, sobre las cuales echan las personas, 6 ropa
que han de pasar; y los Indios, asidos con unas
cuerdas, van nadando, y tirando de la balsa de ca-
labazas como caballos tiran un coche 6 carroza; y
otros detrás van dando empellones á la balsa para
ayudarla. Pasados, toman á cuestas su balsa de
calabazas, y vuelven á pasar á nado; esto hacen
en el rio de Santa del Perú. E n el de Alvarado
de Nueva-España pasamos sobre una tabla que
toman á hombros los Indios, y cuando pierden
pie, nadan. Estas y otras mil maneras que tienen
de pasar los rios, ponen cierto miedo cuando se
miran, por parecer medios tan flacos y frági-
les; pero en efecto son muy seguros. Puentes
ellos no las usaban, sino de crisnejas y paja.
Y a hay en algunos rios puentes de piedra por la
diligencia de algunos Gobernadores; pero harto
menos de las que fuera razón en tierra, donde tan-
tos hombres se ahogan por falta de ellas, y que
tanto dinero dan, de que no solo España, pero tie-
rras extrangeras fabrican soberbios edificios. De
los rios que corren de las sierras, sacan en los v a -
lles y llanos los Indios muchas y grandes acequias
para regar la tierra, las cuales usaron hacer con
DE L A HISTORIA N A T U R A L D E INDIAS 249

tanto orden y tan buen modo, que en Murcia, ni


•en Milán no le hay mejor; y esta es la mayor r i -
queza, ó toda la que hay en los llanos del Perú,
como también en otras muchas partes de Indias.

CAPITULO X I X

De la cualidad de la tierra de Indias en general.

L a cualidad de la tierra de Indias (pues es este


-el postrero de los tres elementos que propusimos
tratar en este libro) en gran parte se puede bien
entender, por lo que está disputado en el libro an-
tecedente de la Tórridazona, pues la mayor parte
de Indias cae debajo de ella. Pero para que me-
jor se entienda, he considerado tres diferencias
de tierra en lo que he andado en aquellas partes,
una es baja, y otra muy alta, y la que está en
medio de estos extremos. L a tierra baja es, la que
es costa de mar, que en todas las Indias se halla,
y ésta de ordinario es muy húmeda y caliente, y
25O LIBRO TERCERO

así es la menos sana, y menos poblada al presente.


Bien que hubo antiguamente grandes poblaciones
de Indios, como de las historias de la Nueva-Es-
paña, y del Perú consta, porque como les era na-
tural aquella región á los que en ella nacían y se
criaban, conservábanse bien. Vivían de pesquerías
del mar, y de las sementeras que hacían, sacando
acequias de los ríos, con que suplían la falta de
lluvias, que ordinariamente es poca en la costa, y
en algunas partes ninguna del todo. Tiene esta tíe
rra baja grandísimos pedazos inhabitables, y a por
arenales, que los hay crueles, y montes enteros de
arena; y a por ciénagas, que como corre el agua de
los altos, muchas veces no halla salida, y viértese,
y hace pantanos y tierras anegadizas sin remedio.
E n efecto la mayor parte de toda la costa del mar
es de esta suerte en Indias, mayormente por la
parte del mar de el sur. E n nuestro tiempo está
tan disminuida y menoscabada la habitación de
estas costas ó llanos, que de treinta partes se de-
ben de haber acabado las veinte y nueve: lo que
dura de Indios, creen muchos se acabará antes de
mucho. Atribuyen esto algunos á diversas causas,
unos á demasiado trabajo que han dado á los In-
dios, otros al diverso modo de mantenimientos y
bebidas que usan, después que participan del uso
de Españoles; otros al demasiado vicio que en
beber y en otros abusos tienen. Y yo para mí creo
DE L A HISTORIA NATURAL DE INDIAS 251

que este desorden es la mayor causa de su dimi-


nución, y el disputarlo no es para ahora. E n esta
tierra baja que digo, que generalmente es mal
sana, y poco apta para la habitación humana, hay
excepción de algunas partes que son templadas y
fértiles, como es gran parte de los llanos del Perú,
donde hay valles frescos y abundantes. Sustenta
por la mayor parte la habitación de la costa el co-
mercio por mar con España, del cual pende todo
el estado de las Indias. Están pobladas en la costa
algunas ciudades, como en el Perú L i m a y Truji-
11o: Panamá y Cartagena en Tierra-firme: Santo
Domingo, y Puerto-Rico y la Habana en las Islas;
y muchos pueblos menores, como la Veracruz en
la Nueva-España, lea y A r i c a , y otros en el Perú:
y comunmente los Puertos (aunque poca) tie-
nen alguna población. L a segunda manera de tie-
rra es por otro extremo muy alta, y por el con-
siguiente fria y seca, como lo son las sierras co-
munmente. Esta tierra no es fértil, ni apacible;
pero es sana, y así es muy habitada: tiene pastos, y
con ellos mucho ganado, que es gran parte del
sustento de la vida humana; con esto suplen la
falta de sementeras, rescatando y traginando. L o
que hace estas tierras ser habitadas, y algunas
muy pobladas, es la riqueza de minas que se halla
en ellas, porque á la plata y al oro obedece todo.
E n éstas, por ocasión de las minas, hay algunas po-
252 LIBRO TERCERO

blaciones de Españoles y de Indios muy crecidas,


como es Potosí y Guancavelica en el Perú, los
Zacatecas en Nueva-España. De Indios hay por
todas las serranías grande habitación, y hoy dia
se sustentan, y aun quieren decir, que van en cre-
cimiento los Indios, salvo que la labor de minas
gasta muchos; y algunas enfermedades generales
han consumido gran parte, como el cocoliste en
la Nueva-España; pero en efecto de parte de su
vivienda no se ve que vayan en diminución. E n
este extremo de tierra alta, fria y seca, hay los
dos beneficios que he dicho de pastos y minas,
que recompensan bien otros dos que tienen las tie-
rras bajas de costa, que es el beneficio de la con-
tratación de mar, y la fertilidad de vino, que no se
da sino en estas tierras muy calientes. Entre estos
dos extremos hay la tierra de mediana altura, que
aunque una mas ó menos que otra, no llegan, ni al
calor de la costa, ni al destemple de puras sierras.
E n esta manera de tierra se dan bien las"semente-
ras de trigo, cebada y maíz, las cuales no así en
tierras muy altas, aunque sí en bajas. Tienen tam-
bién abundancia de pastos, ganados, frutas y arbo-
ledas, y se dan bastante las verduras. Para la sa-
lud y para el contento es la mejor habitación, y
así lo mas que está poblado en Indias, es de esta
cualidad. Y o lo he considerado con alguna aten-
ción en diversos caminos, y discursos que he he-
DE L A HISTORIA NATURAL DE INDIAS 253

cho, y hallado por buena cuenta, que las provin-


cias y partes mas pobladas y mejores de Indias
sonde este jaéz. E n la Nueva-España (que sin
duda es de lo mejor que rodea el Sol) mírese, que
por donde quiera que se entre, tras la costa luego
se va subiendo, y aunque de la suma subida se
vuelve á declinar después, es poco, y queda la
tierra mucho mas alta que está la costa. Así
está todo el contorno de Méjico, y lo que mira
el volcán, que es la mejor tierra de Indias. Así
en el Perú, Arequipa, y Guamanga, y el Cuz-
co; aunque una algo mas, y otra algo menos; pero
en fin toda es tierra alta, y que de ella se baja á
valles hondos, y se sube á sierras altas, y lo mis-
mo me dicen de Quito, y de Santafé, y de lo me-
jor del nuevo Reino. Finalmente tengo por gran
acuerdo del Hacedor, proveer, que cuasi la mayor
parte de esta tierra de Indias fuese alta, porque
fuese templada, pues siendo baja fuera muy cálida
debajo de la Zonatórrida, mayormente distando
de la mar. Tiene también cuasi tanta tierra yo he
visto en Indias, vecindad de sierras altas por un
cabo ó por otro, y algunas veces por todas partes.
Tanto es esto, que muchas veces dije allá, que de-
seaba verme en parte donde todo el Horizonte se
terminase con el Cielo y tierra tendida, como en
España en mil campos se ve; pero jamás me acuer-
do haber visto en Indias tal vista, ni en Islas, ni en
254 LIBRO TERCERO

tierra firme, aunque anduve mas de setecientas


leguas en largo. Mas como digo, para la habitación
de aquella región fué muy conveniente la vecindad
de los montes y sierras para templar el calor del
Sol. Y así todo lo mas habitado de Indias es de
modo que está dicho; y en general toda ella es
tierra de mucha yerba, y pastos, y arboleda, al
contrario de lo que Aristóteles y los Antiguos
pensaron. De suerte, que cuando van de Europa
á Indias, se maravillan ver tierra tan amena y tan
verde, y tan llena de frescura, aunque tiene algu-
nas excepciones esta regla, y la principal es de la
tierra del Perú, que es extraña entre todas, de la
•cual diremos ahora.
CAPÍTULO X X

De las propiedades de la tierra del Perú.

Por Perú entendemos no toda aquella gran par-


te del mundo, que intitulan la América, pues en
•ésta se comprehende el Brasil, y el reino de Chile,
y el de Granada, y nada de esto es Perú, sino so-
lamente aquella parte que cae á la banda del sur,
y comienza del reino de Quito, que está debajo de
la linea, y corre en largo hasta el reino de Chile,
•que sale de los Trópicos, que serán seiscientas
leguas en largo, y en el ancho no mas de hasta lo
que toman los Andes, que serán cincuenta leguas
•comunmente, aunque en algunas partes, como há-
cia Chachapoyas, hay mas. Este pedazo de mun-
do, que se llama Perú, es de mas notable conside-
ración, por tener propiedades muy extrañas, y
«er cuasi excepción de la regla general de tierras
de Indias. Porque lo primero toda su c o s t i no tie-
ne sino un viento, y ese no es el que suele correr
•debajo de la Tórrida, sino su contrario, que es e¡
sur ysudueste. L o segundo, con ser de su natu.
256 LIBRO TERCERO

raleza este viento el mas tempestuoso, y mas pe-


sado y enfermo de todos, es allí á maravilla sua-
ve, sano y regalado, tanto, que á él se debe la ha-
bitación de aquella costa, que sin él fuera inhabi-
table de caliente y congojosa. L o tercero, en toda
aquella costa nunca llueve, ni truena, ni graniza,,
ni nieva, que es cosa admirable. L o cuarto, en
muy poca distancia junto á la costa llueve, y nie-
va, y truena terriblemente. L o quinto, corriendo
dos cordilleras de montes al parejo, y en una
misma altura de polo, en la una hay grandísima
arboleda, y llueve lo mas del año, y es muy cáli-
da: la otra todo lo contrario, es toda pelada, muy
fria, y tiene el año repartido en invierno y vera-
no, en lluvias y serenidad. Para que todo esto se
perciba mejor, hase de considerar, que el Perú
está dividido en tres como tiras largas y angos-
tas, qne son llanos, sierras, y andes: los llanos son
costa de la mar: la sierra es todo cuestas con al-
gunos valles: los andes son montes espesísimos.
Tienen los llanos de ancho como diez leguas, y
en algunas partes menos; en otras algo mas: l a
sierra tendrá veinte, los andes otras veinte, en
partes mas, y en partes menos; corren lo largo de
norte á sur, lo ancho de oriente á poniente. E s ,
pues, cosa maravillosa, que en tan pocg, distancia
como son cincuenta leguas, distando igualmente
de la linea y polo, haya tan grande diversidad.
DE L A HISTORIA NATURAL D E INDIAS 25/-

que en la una parte cuasi siempre llueve, en la


otra parte cuasi nunca llueve, y en la otra un
tiempo llueve, y otro no llueve. E n la costa ó llanos
nunca llueve, aunque á veces cae una agua menudi-
11a, que ellos llaman garúa, y en Castilla llovizna; y
ésta á veces llega á unos goteroncillos de agua que
cae; pero en efecto, no hay tejados, ni agua que
obligue á ellos. Los tejados son una estera con un
poco de tierra encima, y eso les basta. E n los an-:
des cuasi todo el año llueve, aunque un tiempo
hay mas serenidad que otro. E n la sierra que cae
en medio de estos extremos, llueve á los mismos
tiempos que en España, que es desde Septiembre
á A b r i l . Y esotro tiempo está sereno, que es cuan-
do mas desviado anda el Sol; y lo contrarío cuan-
do mas cercano, de lo cual se trató en el libro pa-
sado. L o que llaman andes, y lo que llaman sierra,
son dos cordilleras de montes altísimos, y deben
de correr mas de mil leguas la una á vista de la
otra, cuasi como paralelas. E n la sierra se crian
cuasi innumerables manadas de vicuñas, que son
aquellas como cabras monteses tan ligeras. Crían-
se también los que llaman guanacos y pacos, que
son los carneros, y juntamente los jumentos de
aquella tierra, de que se tratará á su tiempo. E n
los andes se crían monos, y muchos micos muy
graciosos, y papagayos en cuantidad. Dase la yer-
ba ó árbol que llaman coca, que tan estimada es
TOMO Í. J£¡
258 LIBRO TERCERO

de los Indios, y tanto dinero vale su trato. L o que


llaman sierra, en partes donde se abre, hace valles
que son la mejor habitación del Perú, como el de
Jauja, el de Andaguaylas, el de Y u c a y . E n estos
valles se da maíz, y trigo, y frutas, en unas mas,
y en otras menos. Pasada la ciudad del Cuzco (que
era antiguamente la Corte de los señores de aque-
llos Reynos) las dos cordilleras que he dicho se
apartan mas una de otra, y dejan en medio una
campaña grande ó llanadas, que llaman la pro-
vincia del Collao. E n estas hay cuantidad de nos,
y la gran laguna Titicaca, y tierras grandes, y
pastos copiosos; pero aunque es tierra llana, tiene
la misma altura y destemplanza de sierra. Tam-
poco cria arboleda, ni leña; pero suplen la falta de
pan con unas raíces que siembran, que llaman pa-
pas, las cuales debajo de la tierra se dan, y
estas son comida de los Indios, y secándolas y cu-
rándolas hacen de ellas lo que llaman chuño, que
es el pan y sustento de aquella tierra. También se
dan algunas otras raíces y yervezuelas, que comen.
Es tierra sana, y la mas poblada de Indias, y la
mas rica, por el abundancia de ganados que se
crian bien, así de los de Europa ovejas, vacas, ca-
bras, como de los de la tierra, que llaman guana-
cos y pacos: hay caza de perdices harta. Tras la
provincia del Collao viene la de los Charcas, don-
de hay valles calientes, y de grandísima fertili-
DE L A HISTORIA N A T U R A L DE INDIAS 259

dad, y hay cerros asperísimos, y de gran riqueza


de minas, que en ninguna parte del mundo las
hay, ni ha habido mayores, ni tales.

CAPÍTULO X X I

De las causas que dan de no llover en los llanos.

Como es cosa tan extraordinaria que haya tie-


rra donde jamás llueve, ni truena, naturalmente
apetecen los hombres saber la causa de tal nove-
dad. E l discurso que hacen algunos, que lo han
considerado con atención, es, que por falta de
materia no se levantan en aquella costa vahos
gruesos, y suficientes para engendrar lluvia, sino
solo delgados, que bastan á hacer aquella niebla
y garúa. Como vemos que en Europa muchos
dias por la mañana se levantan vahos, que no pa-
ran en lluvia, sino solo en nieblas, lo cual provie-
ne de la materia por no ser gruesa y suficiente
para volverse en lluvia. Y que en la costa del
260 ' • LIBRO TERCERO

Perú sea eso perpetuo, como en Europa, algunas


veces, dicen ser la causa, que toda aquella región
es sequísima y inepta para vapores gruesos. L a se-
quedad bien se ve por los arenales inmensos que
tiene, y porque ni fuentes, ni pozos no se hallan
sino es en grandísima profundidad de quince y
mas estados, y aun esos han de ser cercanos á.
ríos, de cuya agua trascolada se hallan pozos, tan-
to, que por experiencia se ha visto, que quitando'
el rio de su madre, y echándole por otra, se han
secado los pozos, hasta que volvió el rio á su co-
rriente. De parte de la causa material para no llo-
ver, dan ésta. D é parte de la eficiente dan otra,,
no de menos consideración, y es, que la altura
excesiva de la sierra que corre por toda la costa^
abriga aquellos llanos, de suerte que no deja so-
plar viento de parte de tierra, sino es tan alto, que
excede aquellas cumbres tan levantadas; y así no
corre mas del viento de mar, el cual no teniendo
contrario, no aprieta ni exprime los vapores que
se levantan para que haga lluvia. De manera, que
el abrigo de la sierra estorba el condensarse los
vapores, y hace que todos se vayan en nieblas
esparcidas. Con este discurso vienen algunas ex-
periencias, como es llover en algunos collados de
la costa, que están algo menos abrigados. Como
son los cerros de A t i c o y Arequipa. Item, haber
llovido algunos años que han corrido nortes ó bri-
DE L A HISTORIA NATURAL DE INDIAS 201

sas, por todo el espacio que alcanzaron, como acae-


ció el año de setenta y ocho en los llanos de Truji-
11o, donde llovió muchísimo, cosa que no hablan
visto muchos siglos habia. Item, en la misma cos-
t a llueve donde alcanzan de ordinario brisas ó
nortes, como en Guayaquil, y en donde se alza
mucho la tierra, y se desvía del abrigo de los ce-
rros, como pasado A r i c a . De esta manera discu-
rren algunos. Podrá discurrir cada uno como me-
j o r le pareciere. Esto es cierto, que bajando de
la sierra á los llanos, se suelen ver dos como Cie-
los, uno claro y sereno en lo alto, otro obscuro, y
como un velo pardo tendido debajo, que cubre
toda la costa. Mas aunque no llueve, aquella ne-
blina es á maravilla provechosa para producir
yerba la tierra, y para que las sementeras tengan
sazón; porque aunque tengan agua de pie cuanta
quieran, sacada de las acequias, no sé q u é virtud
•se tiene la humedad del Cielo, que faltando aque-
lla garúa, hay gran falta en las sementeras. Y lo
que mas es de admirar, que los arenales secos y
estériles con la garúa ó niebla se visten de yerba
y flores, que es cosa deleitosísima de mirar , y
<ie gran utilidad para los pastos de los ganados,
que engordan con aquella yerba á placer, como
se ve en la sierra que llaman del Arena, cerca de
la ciudad de los Reyes.
CAPÍTULO X X I I

De la propiedad de Nueva-España y Islas, y las


demás tierras.

E n pastos excede la Nueva-España; y así hay


innumerables crias de caballos, vacas, ovejas, y
de lo demás. También es muy abundante de fru-
tas,, y no menos de sementeras de todo grano: en
efecto es la tierra mas proveída y abastada de
Indias. E n una cosa empero le hace gran ventaja
el Perú, que es el vino, porque en el Perú se da
mucho y bueno, y cada dia v a creciendo la labor
de viñas que se dan en valles muy calientes,
donde hay regadío de acequias. E n la Nueyar
España, aunque hay uvas, no llegan á aque-
lla sazón que se requiere para hacer vino: l a
causa es llover allá por Julio y Agosto, que es
cuando la uva madura, y así no llega á madurar
lo que es menester. Y si con mucha diligencia se
quisiese hacer vino, seria como lo del Genovesa-
do y de Lombardia, que es muy flaco, y tiene
DE L A HISTORIA NATURAL DE INDIAS 203

mucha aspereza en el gusto, que no parece hecho


de uvas. Las Islas que llaman de Barlovento, que
es la Española, Cuba, y Puerto-Rico, y otras por
allí, tienen grandísima verdura, y pastos, y gana-
dos mayores en grande abundancia. H a y cosa in-
numerable de vacas y puercos hechos silvestres.
L a grangeria de estas Islas es ingenios de azúcar
y corambre; tienen mucha caña fístula y gengibrc,
que ver lo que en una flota viene de esto, parece
cosa increible que en toda la Europa se puede
gastar tanto. Traen también madera de excelen-
tes cualidades y vista, como ébano y otras, para
edificios, y para labor. H a y mucho de aquel palo
que llaman santo, que es para curar el mal de bubas.
Todas estas Islas, y las que están por aquel para-
ge, que son innumerables, tienen hermosísima y
fresquísima vista, porque todo el año están vesti-
das de yerba,' y llenas de arboledas, que no saben
qué es otoño, ni invierno, por la continua hume-
dad con el calor de la Tórrida. Con ser infinita
tierra, tiene poca habitación, porque de suyo cria
grandes y espesos arcabucos (que así llaman allá
los bosques espesos), y en los llanos hay muchas
ciénagas y pantanos. Otra razón principal de su
poca habitación es haber permanecido pocos de
los Indios naturales, por la inconsideración y des-
orden de los primeros conquistadores y poblado-
res. Sírvense en gran parte de negros; pero estos
264 ' LIBRO TERCERO

cuestan caro, y no son buenos para cultivar la tie-


rra. N o llevan pan ni vino estas Islas, porque la
demasiada fertilidad y vicio de la tierra no lo deja
granar, sino todo lo echa en yerba, y sale muy des-
igual. Tampoco se dan olivos, á lo menos no llevan
olivas, sino mucha hoja y frescor de vista, y no
llega á fruto. E l pan que usan es cazavi, de que
diremos en su lugar. Los rios de estas Islas tienen
oro, que algunos sacan; pero es poco, por falta de
naturales que lo beneficien. E n estas Islas estuve
menos de un año; y la relación que tengo de la
tierra firme de Indias, donde no he estado, como
es la Florida, y Nicaragua, y Guatemala, y otras,
es cuasi de estas condiciones que he dicho. E n las
cuales, las cosas mas particulares de naturaleza
que hay, no las pongo por no tener entera noticia
de ellas. L a tierra que mas se parece á España y
á las demás regiones de Europa en todas las In-
dias occidentales, es el Reino de Chile, el cual sale
de la regla de esotras tierras, por ser fuera de
la Tórrida, y Trópico de Capricornio su asiento.
Es tierra de suyo fértil y fresca: lleva todo géne-
ro de frutos de España: dase vino y pan en abun-
dancia: es copiosa de pastos y ganados: el temple
sano y templado catre calor y frió: hay verano é
• invierno perfectamente: tiene copia de oro muy
fino. Con todo esto, está pobre y mal poblada por
la continua guerra que los Araucanos y sus alia-
DE L A HISTORIA N A T U R A L D E INDIAS 26$

dos hacen, porque son Indios robustos y amigos


de su libertad.

CAPITULO XXIII

I^e la tierra que se ignora, y de la diversidad-


de tm dia entero entre orientales'y
occidentales.

H a y grandes congeturas, que en la Zona tem-


plada, que está al polo Antártico, hay tierras prós-
peras y grandes, mas hasta hoy dia no están des-
cubiertas, ni se sabe de otra tierra en aquella
Zona, sirio es la de Chile, y algún pedazo de la
que corre de Etiopia al cabo de Buena-Esperanza,
como en el primer libro se dijo. E n las otras dos
Zonas polares tampoco se sabe si hay habitación,
ni si llegan allá por la banda del polo antártico ó
sur. L a tierra que cae pasado el estrecho de M a -
gallanes, porque lo mas alto que se ha conocido
de ella, es en cincuenta y seis grados como está
266 LIBRO TERCERO

arriba dicho. Tampoco se sabe por la banda del


polo ártico ó norte, adonde llega la tierra que co-
rre sobre el cabo Mendocino y Californias. N i éí
fin y término de la Florida, ni qué tanto se extien-
de al occidente. Poco há que se ha descubierto,
gran tierra, que llaman el Nuevo Méjico, donde
dicen hay mucha gente, y hablan la lengua Meji-
cana. Las Filipinas y Islas consecuentes, segua
personas prácticas de ellas refieren, corren mas de
novecientas leguas. Pues tratar de la China y Co-
chinchina y Sian, y las demás Provincias que to-
can á la India oriental, es cosa infinita y agena de
mi intención, que es solo de las Indias occidenta-
les. E n la misma América, cuyos términos por
todas partes se saben, no se sabe la mayor parte
de ella, que es lo que cae entre el Perú y Brasil;,
y hay diversas opiniones de unos que dicen, que
toda es tierra anegadiza, llena de lagunas y panta-
nos, y de otros que afirman haber allí grandes y
floridos reinos, y fabrican allí el Paytiti, y el D o -
rado, y los Cesares, y dicen haber cosas maravi-
llosas. A uno de nuestra Compañía, persona fide-
digna, oí yo que él habia visto grandes poblacio-
nes, y caminos tan abiertos y trillados como de
Salamanca á Valladolid: y esto fué cuando se hizo
la entrada ó descubrimiento por el gran rio de
las Amazonas ó Marañen por Pedro de Orsua, y
después otros que le sucedieron; y creyendo que
DE L A HISTORIA N A T U R A L D E INDIAS 26/

el Dorado que buscaban, estaba adelante, no qui-


sieron poblar allí: y después se quedaron sin el
Dorado (que nunca hallaron), y sin aquella gran
provincia que dejaron. E n efecto es cosa hasta hoy
oculta la habitación de la América, exceptos los.
extremos, que son el Perú y Brasil, y donde viene
á angostarse la tierra, que es el rio de la Plata, y
después Tacumán, dando vuelta á Chile y á los.
Charcas. A h o r a últimamente, por cartas de los
nuestros que andan en Santa-Cruz de la Sierra, se
tiene por relación fresca, que se van descubrien-
do grandes provincias y poblaciones en aque-
llas partes que caen entre el Perú y Brasil. Esto
descubrirá el tiempo: que según es la diligencia
y osadía de rodear el mundo por una y otra par-
te, podemos bien creer, que como se ha descu-
bierto lo de hasta aquí, se descubrirá lo que resta,
para que el Santo Evangelio sea anunciado en el
universo mundo, pues se han encontrado y a por
oriente y poniente, haciendo círculo perfecto del
universo, las dos coronas de Portugal y Castilla,
hasta juntar sus descubrimientos, que cierto es,
cosa de consideración, que por el oriente hayan
los unos llegado hasta la China y Japón, y por el
poniente los otros á las Filipinas, que están veci-
nas, y cuasi pegadas con la China. Porque de la
Isla de Luzon, que es la principal de las Filipinas,
en donde está la ciudad de Manila, hasta Macán,.
26S LIBRO TERCERO

•que es la Isla de Cantón, no hay sino ochenta ó


cien leguas de mar en medio. Y es cosa maravi-
llosa, que con haber tan poca distancia, traen un
dia entero de diferencia en su cuenta: de suerte,
que en Macán es Domingo al mismo tiempo que
«n Manila es Sábado: y así en lo demás, siempre
los de Macán y la China llevan un dia delantero,
y los de las Filipinas le llevan atrasado. Acaeció
al Padre Alonso Sánchez (de quien arriba se ha
hecho mención) que yendo de las Filipinas llegó
á Macán en dos de Mayo, según su cuenta; y que-
riendo rezar de San Atanasio, halló que se cele-
braba la fiesta de la invención de la Cruz, porque
contaban allí tres de Mayo. L o mismo le sucedió
•otra vez que hicieron viage allá. A algunos ha ma-
ravillado esta variedad, y les parece que es yerro
de los unos ó de los otros; y no lo es, sino cuenta
verdadera y bien observada. Porque según los di-
ferentes caminos por donde han ido los unos y los
•otros, es forzoso cuando se encuentran, tener un
dia de diferencia. L a razón de esto es, porque los
que navegan de occidente á oriente van siempre
ganando dia, porque el Sol les va saliendo mas
presto: los que navegan de oriente á poniente, al
revés, van siempre perdiendo dia ó atrasándose,
porque el Sol les va saliendo mas tarde, y según
lo que mas se van llegando á oriente ó á poniente,
así es el tener el dia mas temprano ó mas tarde.
DE L A HISTORIA NATURAL DE INDIAS 26g>

E n el Perú, que es occidental respecto de E s p a -


ña, van mas de seis horas traseros, de modo que
cuando en España es medio dia, amanece en el
Perú: y cuando amanece acá, es allá media noche.
L a prueba de esto he hecho yo palpable, por com-
putación de eclipses del Sol y de la Luna. Ahora,,
pues, los Portugueses han hecho su navegación
de poniente á oriente, los Castellanos de oriente á
poniente: cuando se han venido á juntar (que es
en las Filipinas y Macán) los unos han ganado do-
ce horas de delantera, los otros han perdido otraa
tantas: y así á un mismo punto, y á un mismo
tiempo, hallan la diferencia de veinte y cuatm
horas, que es dia entero: y por eso forzoso los.
unos están en tres de Mayo, cuando los otros
cuentan á dos: y los unos ayunan Sábado Santo,
y los otros comen carne en dia de Resurrección,
Y si fingiésemos que pasasen adelante, cercando
otra vez al mundo, y llevando su cuenta, cuando
sé tornasen á juntar, se llevarían dos dias de di-
ferencia en su cuenta. Porque como he dicho, los
que van al nacimiento del Sol, van contando el dia
mas temprano, como les va saliendo mas presto;
y los que van al ocaso, al revés, van contando el
dia mas tarde, como les va saliendo mas tarde.
Finalmente, la diversidad de los meridianos hace
la diversa cuenta de los dias, y como los que van
navegando á oriente ó poniente van mudando me-
LIBRO TERCERO
-27°
ridianos sin sentirlo, y por otra parte van prosi-
guiendo en la misma cuenta en que se hallan cuan-
do salen, es necesario que cuando hayan dado
vuelta entera al mundo, se hallen con yerro de un
dia enterO.

CAPÍTULO XXIV

De los volcanes ó bocas de fuego.

Aunque en otras partes se hallan bocas de fue-


:go, como el monte Etna, y el Vesubio, que aho-
ra llaman el monte de Soma, en Indias es cosa
muy notable lo que se halla de esto. Son los vol-
canes de ordinario cerros muy altos, que se seña-
lan entre las cumbres de los otros montes. Tienen
en lo alto una llanura, y en medio una hoya ó boca
grande, que baja hasta el profundo, que es cosa
temerosa mirarlos. De estas bocas echan humo, y
algunas veces fuego. Algunos hay, que es muy
poco el humo que echan, y cuasi no tienen mas
DE L A HISTORIA N A T U R A L DE INDIAS 271

de la forma de volcanes, como es el de Arequipa,


que es de inmensa altura, y cuasi todo de arena,
•en cuya subida gastan dos dias; pero no han ha-
llado cosa notable de fuego, sino rastros de los
sacrificios que allí hacían Indios en tiempo de su
.gentilidad, y algún poco de humo alguna vez. E l
volcán de Méjico, que está cerca de la Puebla de
los Angeles, es también de admirable altura, que
se ve de treinta leguas al derredor. Sale de este
volcán no continuamente, sino á tiempos, cuasi
cada día un gran golpe de humo, y sale derecho
en alto como una saeta; después se va haciendo
como un plumage muy grande, hasta que cesa del
todo, y luego se convierte en una como nube ne-
gra. L o mas ordinario es, salir por la mañana sa
lido el Sol, y á la noche cuando se pone, aunque
también lo he visto á otras horas. Sale á vueltas
del humo también mucha ceniza: fuego no se ha
visto salir hasta ahora: hay recelo que salga, y
abrase la tierra, que es la mejor de aquel Reinoi
la que tiene en su contorno. Tienen por averigua-
do, que de este volcán y de la sierra de Tlaxcala,
que está vecina, se hace cierta correspondencia,
por donde son tantos los truenos y relámpagos, y
aun rayos, que de ordinario se sienten por allí. Á
este volcán han subido y entrado en él Españoles,
y sacado alcrebite ó piedra azufre para hacer pól-
vora. Cortés cuenta la diligencia que él hizo para
2/2 LIBRO TERCERO

descubrir lo que allí había. Los volcanes de Guate-


mala son mas famosos, así por su grandeza, que
los navegantes de la mar del sur descubren de muy
lejos, como por la braveza de fuego que echan d é
sí. E n veinte y tres de Diciembre del año de ochen-
ta y seis pasado sucedió caer cuasi toda la ciudad,
de Guatemala de un temblor, y morir algunas per-
sonas. Habia ya seis meses, que de noche ni de dia
no cesó el volcán de echar de sí por lo alto, y
como vomitar un rio de fuego, cuya materia, ca-
yendo por las faldas del volcán, se convertía en
ceniza y cantería quemada. Excede el juicio hu-
mano, cómo pudiese sacar de su centro tanta ma-
teria como por todos aquellos meses arrojaba de
sí. Este volcán no solia echar sino humo, y eso no-
siempre; y algunas veces también hacía algunas lla-
maradas. Tuve yo esta relación, estando en Méji-
co, por una carta de un Secretario de la Audien-
cia de Guatemala, fidedigna, y aun entonces no
habia cesado el echar el fuego que se ha dicho, de
aquel volcán. E n Quito los años pasados, hallán-
dome en la ciudad de los Reyes, el volcán que tie-
nen vecino, echó de sí tanta ceniza, que por mu-
chas leguas llovió tanta ceniza, que obscureció
todo el dia; y en Quito cayó de modo, que no
era posible andar por las calles. Otros volca-
nes han visto que no han hecho llama, ni hu-
mo, ni ceniza, sino allá en lo profundo está ardien-
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 2/3

d o en v i v o fuego sin p a r a r . D e estos era aquél,


que en nuestro t i e m p o un C l é r i g o c o d i c i o s o se p e r -
s u a d i ó , que era masa de oro l a que a r d i a , c o n c l u -
y e n d o , que no p o d i a ser o t r a materia, ni metal,
cosa que tantos a ñ o s a r d i a sin gastarse j a m á s ; y
c o n esta p e r s u a s i ó n hizo ciertos calderos y cade-
nas c o n no s é q u é ingenio, p a r a c o g e r y sacar
o r o de aquel pozo: mas hizo b u r l a de él el fuego,
p o r q u e no h a b i a bien l l e g a d o l a c a d e n a de h i e r r o
y el c a l d e r o , c u a n d o luego se d e s h a c í a y c o r t a b a
c o m o si fuera estopa. T o d a v í a me dijeron, que p o r -
fiaba el s o b r e d i c h o , y que andaba d a n d o otras t r a -
zas cómo sacar el o r o que imaginaba.

TOMO I.
CAPÍTULO X X V

Qué sea la causa de durar tanto tiempo ñ fuego


y humo de estos volcanes.

No hay para qué referir mas número de volca-


nes, pues de los dichos se puede entender lo que
en esto pasa. Pero es cosa digna de disputar, qué
sea la causa de durar el fuego y humo de estos
volcanes, porque parece cosa prodigiosa, y que
excede el curso natural, sacar de su estómago
tanta cosa como vomitan. ¿Dónde está aquella ma-
teria, ó quien se la da, ó cómo se hace? Tienen
algunos por opinión, que los volcanes van gastan-
do la materia interior que y a tienen de su compo-
sicion, y así creen, que tendrán naturalmente fin
en habiendo consumido la leña, digamos, que tie-
nen. E n consecuencia de esta opinión se muestran
hoy dia algunos cerros, de donde se saca piedra
quemada y muy liviana; pero muy recia y muy
excelente para edificios, como es la que en Méjico
se trae para algunas fábricas. Y en efecto parece
ser lo que dicen, que aquellos cerros tuvieron fue-
DE L A HISTORIA N A T U R A L D E INDIAS 275

go natural un tiempo, y que se acabó, acabada la


materia que pudo gastar, y así dejó aquellas pie-
dras pasadas de fuego. Y o no contradigo á esto,
cuanto á pensar que haya habitado allí fuego, y
en su modo sido volcanes aquellos en algún tiem-
po. Mas háceseme cosa dura creer, que en to-
dos los volcanes pasa así, viendo que la mate-
ria que de sí echan es cuasi infinita, y que no
puede caber allá en sus entrañas junta. Y demás
de eso hay volcanes, que en centenares y aun mi-
llares de años se están siempre de un ser, y con el
mismo continente lanzan de sí humo, fuego y ce-
niza. Plinio, el Historiador natural (según refiere
el otro Plinio), su sobrino, por especular este se-
creto, y ver cómo pasaba el negocio, llegándose á
la conversación de el fuego de un volcán de estos,
murió, y fué á acabar de averiguarlo allá. Y o mi-
rándolo de mas afuera digo, que tengo para mí,
que como hay en la tierra lugares que tienen vir-
tud de atraer á sí materia vaporosa, y convertirla
en agua, y esas son fuentes que siempre manan, y
siempre tienen de qué manar, porque atraen á sí
la materia de el agua; así también hay lugares que
tienen propiedad de atraer á sí exhalaciones secas
y cálidas, y esas convierten en fuego y en humo,
y con la fuerza de ellas arrojan también otra ma-
teria gruesa que se resuelve en ceniza, ó en pie-
drapomez, ó semejante. Y que esto sea asi, es in-
2/6 LIBRO TERCERO

dicio bastante el ser á tiempos el echar el humo


y no siempre, y á tiempos fuego, y no siempre
Porque es, según lo que ha podido atraer y dige-
rir; y como las fuentes en tiempo de invierno
abundan, y en verano se acortan, y aun algunas
cesan del todo, según la virtud y eficacia que tie-
nen, y según la materia se ofrece, así los volcanes
en el echar mas ó menos fuego, á diversos tiem-
pos. L o que otros platican, que es fuego del in-
fierno, y que sale de allá, para considerar por allí
lo de la otra vida puede servir; pero si el infierno
está, como platican los Teólogos, en el centro, y
la tierra tiene de diámetro más de dos mil leguas,
no se puede bien asentar que salga de el centro
aquel fuego. Cuanto mas que el fuego del infierno,
según San Basilio ( i ) y otros Santos enseñan, es
muy diferente de éste que vemos, porque no tie-
ne luz, y abrasa incomparablemente mas que este
nuestro. Así que concluyo con parecerme lo que
tengo dicho mas razonable.

(i) Básil. in P s a l m . 28. et in Hexbim.


CAPÍTULO XXVI

De los Temblores de tierra.

Algunos han pensado, que de estos volcanes


que hay en Indias, procedan los temblores de tie-
rra, que por allá son harto frecuentes. Mas porque
los hay en partes también que no tienen vecindad
con volcanes, no puede ser esa toda la causa. Bien
es verdad, que en cierta forma tiene lo uno con
lo otro mucha semejanza, porque las exhalaciones
cálidas que se engendran en las íntimas concavi-
dades de la tierra, parece que son la principal ma-
teria del fuego de los volcanes, con las cuales se
-enciende también otra materia mas gruesa, y hace
aquellas aparencias de humos y llamas que salen;
y las mismas exhalaciones, no hallando debajo de
la tierra salida fácil, mueven la tierra con aquella
violencia para salir, de donde se causa el ruido
horrible que suena debajo de la tierra, y el movi-
miento de la misma tierra agitada de la exhalación
-encendida, así como la pólvora tocándola el fuego
278 LIBRO TERCERO

rompe peñas y muros en las minas, y como la


castaña puesta al fuego salta, y se rompe, y da
estallido, en concibiendo el aire, que está dentm
de su cáscara, el vigor del fuego. L o mas ordina-
rio de estos temblores ó terremotos suele ser en
tierras marítimas que tienen agua vecina. Y así se
ve en Europa y en Indias, que los pueblos muy
apartados de mar y aguas sienten menos de este
trabajo, y los que son puertos, ó playas, ó costa,
ó tienen vecindad con eso, padecen mas esta cala-
midad. E n el Perú ha sido cosa maravillosa y mu-
cho de notar, que desde Chile á Quito, que son
mas de quinientas leguas, han ido los terremotos
por su orden corriendo, digo los grandes y famo-
sos, que otros menores han sido ordinarios. E n la
costa de Chile, no me acuerdo qué año, hubo uno
terribilísimo, que trastornó montes enteros, y ce-
rró con ellos la corriente á los ríos, y los hizo la-
gunas, y derribó pueblos, y mató cuantidad de
hombres, y hizo salir la mar de sí por algunas le-
guas, dejando en seco los navios muy lejos de su
puesto, y otras cosas semejantes de mucho espan-
to. Y si bien me acuerdo, dijeron habia corrido
trescientas leguas por la costa el movimiento que
hizo aquel terremoto. De ahí á pocos años el de
ochenta y dos fué el temblor de Arequipa, que
asoló cuasi aquella ciudad. Después el año de
ochenta y seis, á nueve de Julio, fué el de la ciu-
DE L A HISTORIA NATURAL DE INDIAS

dad de las Reyes, que según escribió el Virey,


habia'corrido en largo por la costa ciento y seten-
ta leguas, y en ancho la sierra adentro cincuenta
leguas. E n este temblor fué gran misericordia del
Señor prevenir la gente con un ruido grande, que
sintieron algún poco antes del temblor, y como
están allí advertidos por la costumbre, luego se
pusieron en cobro, saliéndose á las calles, ó plazas,
ó huertas, finalmente, á lo descubierto. Y asi aun-
que arruinó mucho aquella ciudad, y los princi-
pales edificios de ella los derribó ó maltrató mu-
cho; pero de la gente solo refieren haber muerto
hasta catorce ó veinte personas. Hizo también en-
tonces la mar el mismo movimiento que habia
hecho en Chile, que fué poco después de pasado
el temblor de tierra, salir ella muy brava de sus
playas, y entrar la tierra adentro cuasi dos leguas,
porque subió mas de catorce brazas, y cubrió to-
da aquella playa, nadando en el agua que dije, las
vigas y madera que allí habia. Después el año si-
guiente hubo otro temblor semejante en el Reino
y ciudad de Quito, que parece han ¡do sucedien-
do por su orden en aquella costa todos estos te-
rremotos notables. Y en efecto es sujeta á este
trabajo, porque y a que no tienen en los llanos del
Perú la persecución del Cielo de truenos y rayos,
no les falte de la tierra que temer, y así todos ten-
gan á vista Alguaciles de la divina justicia, para
280 LIBRO TERCERO

temer á Dios, pues como dice la Escritura ( i ) : Fe-


cit hcec, ut timeatur. Volviendo á la proposición
digo, que son mas sugetas á estos temblores las
tierras marítimas; y la causa á mi parecer es, que
con el agua se tapan y obstruyen los agujeros y .
aperturas de la tierra por donde habia de exhalar
y despedir las exhalaciones cálidas, que se engen-
dran. Y también la humedad condensa la superfi-
cie de la tierra, y hace que se encierren y recon-
centren mas allá dentro los humos calientes, que
vienen á romper encendiéndose. Algunos han ob-
servado, que tras años muy secos viniendo tiempos
lluviosos, suelen moverse tales temblores de tierra,
y es por la misma razón,, á la cual ayuda la expe-
riencia, que dicen, de haber menos temblores don-
de hay muchos pozos. A la ciudad de Méjico tie-
nen por opinión, que le es causa de algunos tem-
blores que tiene, aunque no grandes, la laguna en
que está. Aunque también es verdad, que ciuda-
des y tierras muy mediterráneas, y apartadas de
mar, sienten á veces grandes daños de terremotos,
como en Indias la ciudad de Chachapoyas, y en
Italia la de Ferrara, aunque ésta, por la vecindad
del rio, y no mucha distancia del mar Adriático,
antes parece se debe contar con las marítimas
para el caso de que se trata. E n Chuquiavo, que

(i) E c c l e s . 3. v. 14.
DE L A HISTORIA NATURAL DE INDIAS 281

por otro nombre se dice la Paz, ciudad del Perú,


sucedió un caso en esta materia raro el año de
ochenta y uno, y fué caer de repente un pedazo
grandísimo de una altísima barranca cerca de un
pueblo llamado Angoango, donde habia Indios he-
chiceros é idólatras. T o m ó gran parte de este pue-
blo, y mató cantidad de los dichos Indios; y lo que
apenas parece creíble; pero afir manió personas fide-
dignas, corrió la tierra que se derribó continuada-
mente legua y media, como si fuera agua ó cera
derretida, de modo que tapó una laguna, y quedó
aquella tierra tendida por toda esta distancia.

CAPÍTULO XXVII

Cómo se abrazan la tierra y la mar.

A c a b a r é con este elemento juntándolo con el


precedente del agua, cuyo orden y trabazón entre
sí es admirable. Tienen estos dos elementos parti-
da entre sí una misma esfera, y abrázanse en mil
maneras. E n unas partes combate el agua á latie-
282 LIBRO TERCERO

rra furiosamente como enemiga: en otras la ciñe


mansamente. H a y donde la mar se entra por l a
tierra adentro mucho camino, como á visitarla:
hay donde se paga la tierra con echar á la mar
unas puntas que llega á sus entrañas. E n partes se
acaba el un elemento, y comienza el otro muy
poco á poco, dando lugar uno á otro. E n partes
cada uno de ellos tiene al juntarse su profundo
inmenso, porque se hallan Islas en la mar del sur,
y otras en la del norte, que llegando los navios
junto á ellas, aunque echan la sonda, en setenta y
ochenta brazas no hallan fondo. De donde se ve,,
que son como unos espigones ó puntas de tierra,,
que suben del profundo, cosa que pone grande ad-
miración. De esta suerte me dijo un Piloto experto,
que eran las Islas que llaman de Lobos, y otras al
principio de la costa de Nueva-España, que llaman
de los Cocos. Y aun hay parte donde en medio del
inmenso Océano, sin verse tierra en muchas leguas-
ai derredor, se ven como dos torres altísimaSj
ó picos de viva peña, que salen en medio del
mar, y junto á ellos no se halla tierra ni fondo.
L a forma que enteramente hace la tierra en Indias)
no se puede entender, por no saberse las extremi-
dades, ni estar descubiertas hasta el dia presente;
pero así gruesamente podemos decir, que es como
de corazón con los pulmones, lo mas ancho de
este como corazón es del Brasil al Perú: la punta
DE L A HISTORIA NATURAL D E INDIAS 283

al Estrecho de Magallanes: el alto donde remata,


es Tierrafirme, y de allí vuelve á ensanchar poco
á poco hasta llegar á la grandeza de la Florida, y
tierras superiores que no se saben bien. Otras par-
ticularidades de estas tierras de Indias se pueden
entender de Comentarios que han hecho Españo-
les, de sus sucesos y descubrimientos, y entre
estos la peregrinación que yo escribí de un her-
mano de nuestra Compañía, que cierto es extraña,
puede dar mucha noticia. Con esto quedará dicho
lo que ha parecido bastar al presente para dar al-
guna inteligencia de cosas de Indias, cuanto á los
comunes elementos de que constan todas la regio-
nes del mundo.

FIN D E L LIBRO TERCERO


LIBRO G M R T O
DE LA.

HISTORIA NATURAL Y MORAL DE LAS INDIAS

CAPÍTULO PRIMERO

De tres géneros de mixtos que se han de tratar


en esta Historia.

Habiendo tratado en el libro precedente de lo


que toca á elementos y simples, lo que en materia
de Indias nos ha ocurrido, en este presente trata-
remos de los compuestos y mixtos, cuanto al in-
tento que llevamos, pareciere convenir. Y aunque
hay otros muchos géneros, á tres reduciremos esta
materia, que son metales, plantas, y animales. Los
metales son como plantas encubiertas en las entra-
ñas de la tierra, y tienen alguna semejanza en el
modo de producirse, pues se ven también sus ra-
mos, y como tronco de donde salen, que son las
vetas mayores y menores, que entre sí tienen no-
table trabazón y concierto, y en alguna manera
parece que crecen los minerales al modo de plan-
286 LIBRO CUARTO

tas. N o porque tengan verdadera vegetativa y


vida interior, que esto es solo de verdaderas plan-
tas, sino porque de tal modo se producen en las
entrañas de la tierra por virtud y eficacia del Sol,
y de los otros planetas, que por discurso de tiem-
po largo se van acrecentando, y cuasi propagan-
do. Y así como los metales son como plantas
•ocultas de la tierra, así también podemos decir,
que las plantas son como animales fijos en un lu-
gar, cuya vida se gobierna del alimento que la na-
luraleza les provee en su propio nacimiento. Mas
los animales exceden á las plantas, que como tie-
nen ser mas perfecto, tienen necesidad de alimen-
to también mas perfecto; y para buscarle, les dio
la naturaleza movimiento; y para conocerle y des-
cubrirle, sentido. De suerte, que la tierra estéril y
ruda es como materia y alimento de los metales:
3a tierra fértil y de mas sazón es materia y ali-
mento de plantas: las mismas plantas son alimento
de animales; y las plantas y animales alimento de
los hombres; sirviendo siempre la naturaleza infe-
rior para sustento de la superior, y la menos per-
fecta subordinándose á la mas perfecta. De donde
se entiende, cuán lejos está el oro, y la plata, y lo
demás que los hombres ciegos de codicia estiman
en tanto de ser fin digno del hombre, pues están
tantos grados mas abajo que el hombre; y solo al
Criador y universal Hacedor de todo está sujeto
BE L A HISTORIA NATURAL D E INDIAS 28/

y ordenado el hombre, como á propio fin y des-


canso suyo, y todo lo demás no mas de en cuanto
le conduce, y ayuda á conseguir este fin. Quien
con esta Filosofía mira las cosas criadas, y discu-
rre por ellas, puede sacar fruto de su conocimien-
to y consideración, sirviéndose de ellas para co-
nocer y glorificar al Autor de todas. Quien no
pasa mas adelante de entender sus propiedades y
utilidades, o será curioso en el saber, ó codicioso
en el adquirir, y al cabo le serán las criaturas lo
que dice el Sabio ( i ) , que son á los pies de los in-
sipientes y necios; conviene á saber, lazo y red en
que caen y se enredan. Con el fin, pues, é intento
dicho, para que el Criador sea glorificado en sus
criaturas, pretendo decir en este libro algo de lo
mucho que hay digno de historia en Indias cerca
de los metales, plantas y animales que son mas
propiamente de aquellas partes. Y porque tratar
esto exactamente sería obra muy grande, y que
requiere mayor conocimiento que el mió, y mu-
cha mas desocupación de la que tengo, digo, que
solamente pienso tratar sucintamente algunas co-
sas, que por experiencia, ó por relación verdadera
he considerado cerca de las tres cosas que he pro-
puesto, dejando para otros mas curiosos y diligen-
tes la averiguación mas larga de estas materias.

(i) Sap. 14. v. 11.


C A P Í T U L O II

De la abundancia de metales que hay en las


Indias occidentales.

Los metales crió la sabiduría de Dios para me-


dicina, y para defensa, y para ornato, y para ins-
trumentos de las operaciones de los hombres. De
todas estas cuatro cosas se pueden fácilmente dar
ejemplos: mas el principal fin de los metales es la
última de ellas. Porque la vida humana no solo ha
menester sustentarse como la de los animales, sino
también ha de obrar conforme á la capacidad y
razón que le dió el Criador; y así como es su in-
genio tan extendido á diversas artes y facultades,
así también p r o v e y ó el mismo Autor, que tuviese
materia de diversos artificios para reparo, seguri-
dad, ornato y abundancia de sus operaciones.
Siendo, pues, tanta la diversidád de metales que
encerró el Criador en los armarios y sótanos de
la tierra, de todos ellos tiene utilidad la vida hu-
mana. De unos se sirve para cura de enfermeda-
des: de otros para armas y defensa contra sus ene-
DE L A HISTORIA NATURAL DE INDIAS

migos: de otros para aderezo y gala de sus perso-


nas y habitaciones: de otros para vasijas, y herra-
mientas, y varios instrumentos que inventa el arte
humano. Pero sobre todos estos usos que son sen-
cillos y naturales, halló la comunicación de los
hombres el uso del dinero, el cual, como dijo el
Filósofo ( i ) , es medida de todas las cosas, y sien-
do una cosa sola en naturaleza, es todas en virtud,
porque el dinero es comida, vestido, casa, cabal-
gadura, y cuanto los hombres han menester. Y
así obedece todo al dinero, como dice ei Sabio (2).
Para esta invención, de hacer que una cosa fuese
todas las cosas, guiados de natural instinto eligie-
ron los hombres la cosa mas durable, y mas trata-
ble,, que es el metal; y entre los metales quisieron
que aquellos tuviesen principado en esta invención
de ser dinero, que por su naturaleza eran más du-
rables é incorruptibles, que son la plata y el oro.
Los cuales, no solo entre los Hebreos, Asidos,
Griegos, y Romanos, y otras naciones de Europa
y Asia, tuvieron estima, sino también entre las
mas remotas, y bárbaras naciones del universo,
como son los Indios, así orientales como occiden-
tales, donde el oro y plata fué tenida en precio y
estima; y como tal usada en los Templos y Pala-

(0 Arist. 5. c. Ethic. 5.
(2) Eccles. 10. v. 19.
TOMO I.
20
2gO LIBRO CUARTO

cios, y ornato de Reyes y Nobles. Porque aun-


que se han hallado algunos bárbaros que no co-
nocían la plata, ni el oro, como cuentan de los
Floridos, que tomaban las talegas, ó sacos en que
iba el dinero, y al mismo dinero le dejaban echa-
do por ahí en la playa como á cosa inútil. Y Plinio
refiere (i) de los Babitacos, que aborrecían el oro,,
y por eso lo sepultaban donde nadie pudiese ser-
virse de él; pero de estos Floridos, y de aquellos
Babitacos ha habido, y hay hoy día pocos; y de los
que estiman, buscan, y guarden el oro y la plata,
hay muchos, sin que tengan necesidad de aprender
esto de los que han ido de Europa. Verdad es que
su codicia de ellos no llegó á tanto como la de los
nuestros, ni idolatraron tanto con el oro y plata,
aunque eran idólatras, como algunos malos Cristia-
nos, que han hecho por el oro y plata excesos tan
grandes. Mas es cosa de alta consideración, que la
Sabiduría del eterno S e ñ o r quisiese enriquecer las
tierras de el mundo mas apartadas, y habitadas de
gente menos política, y allí pusiese la mayor abun-
dancia de minas que jamás hubo, para con esto
convidar á los hombres á buscar aquellas tierras,
y tenerlas, y de camino comunicar su Religión, y
culto del verdadero Dios á los que no le conocían,

(i) Plin. lib. 6. cap. 27.


DE L A HISTORIA NATURAL DE INDIAS 291

cumpliéndose la profecía de Isaías (i), que la Igle-


sia había de extender sus términos, no solo á la
diestra, sino también á la siniestra, que es como
San Agustín declara (2) haberse de propagar el
Evangelio, no solo por los que sinceramente, y
con caridad lo predicasen, sino también por los
que por fines y medios temporales y humanos lo
anunciasen. Por donde vemos, que las tierras de
Indias mas copiosas de minas y riqueza han sido
las mas cultivadas en la Religión Cristiana en nues-
tros tiempos, aprovechándose el Señor para sus
fines soberanos de nuestras pretensiones. Cerca de
esto decía un hombre sabio, que lo que hace un
padre con una hija fea para casarla, que es darle
mucha dote, eso habia hecho Dios con aquella tie-
rra tan trabajosa, de darle mijcha riqueza de mi-
nas, para que con este medio hallase quien la qui-
siese. Hay, pues, en las Indias occidentales gran
copia de minas, y haylas de todos metales, de co-
bre, de hierro, de plomo, de estaño, de azogue,
de plata, y de oro. Y entre todas las partes de In-
dias, los Reinos del Perú son los que mas abundan
de metales, especialmente de plata, y oro y azo-
gue; y es en tanta manera, que cada día se descu-
bren nuevas minas. Y según es la cualidad de la

(0 Isaias 54. v. 3.
(2) August. lib. 1. de concord. Evang. c. 3 1 .
LIBRO CUARTO
292

tierra, es cosa sin duda, que son sin comparación


muchas mas las que están por descubrir que las
descubiertas, y aun parece que toda la tierra está
como sembrada de estos metales, mas que ningu-
na otra que se sepa al presente en el mundo, ni que
en lo pasado se haya escrito.

C A P I T U L O III

De la cualidad de la tierra donde se hallan meta-


les; y que no se labran todos en Indias; y de
cómo usaban los Indios de los metales.

L a causa de haber tanta riqueza de metales en


Indias, especialmente en las occidentales del Perú,
es, como está dicho, la voluntad del Criador, que
repartió sus dones como quiso. Pero llegándonos á
la razón y Filosofía, es gran verdad lo que escri-
bió Filón, hombre sabio ( i ) diciendo, que el oro,

(t) P h i l o l i b . 5. de genes, m u n d i .
DE L A HISTORIA N A T U R A L DE INDIAS 293

plata, y metales naturalmente nacían en las tierras


mas estériles, é infructuosas. Así vemos, que tie-
rras de buen temperamento, y fértiles de yerva
y frutos, raras veces, ó nunca son de minas (i):
contentándose la naturaleza con darles vigor para
producir los frutos mas necesarios al gobierno y
vida de los animales y hombres. A l contra/io, en
tierras muy ásperas, secas, y estériles, en sierras
muy altas, en peñas muy agrias, en temples muy
desabridos, allí es donde se hallan minas de plata
y de azogue, y lavaderos de oro; y toda cuanta
riqueza ha venido á España, después que se des-
cubrieron las Indias occidentales, ha sido sacada
de semejantes lugares ásperos, trabajosos, desabri-
dos, y estériles; mas el gusto del dinero los hace
suaves, y abundantes, y muy poblados. Y aunque
hay en Indias, como he dicho, vetas y minas de
todos metales, no se labran sino solamente minas
de plata y oro, y también de azogue, porque es
necesario para sacar la plata y el oro. E l hierro
llevan de España, y de la China. Cobre usaron la-
brar los Indios, porque sus herramientas y armas
no eran comunmente de hierro, sino de cobre.
Después que Españoles tienen las Indias, poco se
labran, ni siguen minas de cobre, aunque las hay
muchas, porque buscan los metales mas ricos, y

(0 Euseb. lib. 8. de praepar. Evahg. c. 5.


294 LIBRO CUARTO

en esos gastan su tiempo y trabajo: para esotros


se sirven de lo que va de España, ó de lo que á
vueltas de el beneficio de oro y plata resulta. No
se halla que los Indios usasen oro, ni plata, ni metal
para moneda, ni para precio de las cosas, usábanlo
para ornato, como está, dicho. Y así tenian en Tem-
plos, Palacios, y sepulturas grande suma, y mil
géneros de vasijas de oro y plata. Para contratar
y comprar no tenian dinero, sino trocaban unas
cosas con otras, como de los Antiguos refiere H o -
mero, y cuenta Plinio (i). Habia algunas cosas de
mas estima, que corrian por precio en lugar de di-
nero; y hasta el día de hoy dura entre los Indios
esta costumbre. Como en las provincias de Méjico
usan de cacao, que es una frutilla, en lugar de di-
nero, y con ella rescatan lo que quieren. E n el
Perú sirve de lo mismo la coca, que es una hoja
que los Indios precian mucho. Como en el Para-
guay usan cuños de hierro por moneda. Y en San-
ta Cruz de la. Sierra algodón tejido. Finalmente,
su modo de contratar de los Indios, su comprar y
vender fué cambiar, y rescatar cosas por cosas;
y con ser los mercados grandísimos y frecuentísi-
mos, no les hizo falta el dinero, ni hablan menester
terceros, porque todos estaban muy diestros en sa-
ber cuanto de qué cosa era justo dar por tanto de

(0 Plin. lib. 33. c. 3.


DE L A HISTORIA NATURAL DE INDIAS 295

•otra cosa. Después que entraron Españoles, usaron


también los Indios el oro y plata para comprar, y
á los principios no habia moneda, sino la plata por
peso era el precio, como de los Romanos an-
tiguos se cuenta ( i ) . Después, por mas como-
didad, se labró moneda en Méjico y en el Pe-
rú; mas hasta hoy ningún dinero se gasta en
Indias occidentales de cobre, ú otro metal, sino
solamente plata, ú oro. Porque la riqueza y grose-
dad de aquella tierra no ha admitido la moneda
que llaman de vellón, ni otros géneros de mezclas
que usan en Italia, y en otras provincius de Euro-
pa. Aunque es verdad que en algunas Islas de In-
dias, como son Santo Domingo y Puerto-Rico,
usan de moneda de cobre, que son unos cuartos
•que en solas aquellas Islas tienen valor, porque
hay poca plata: y oro, aunque hay mucho, no hay
quien lo beneficie. Mas porque la riqueza de In-
dias, y el uso de labrar minas consiste en oro
plata, y azogue, de estos tres metales diré algo,
dejando por ahora lo demás.

<') Plin. lib. ^ 3 . c. 4.


CAPÍTULO IV

Del oro que se labra en Indias..

E l oro entre todos los metales fué siempre- esti-


mado por el mas principal, y con razón, porque-
es el mas durable, é incorruptible, pues el fuego-
que consume, ó disminuye á los demás, á éste an-
tes le abona y perfecciona, y el oro que ha pasa-
do por mucho fuego, queda de su color, y es finí-
simo. E l cual propiamente, según Plinio dice, se-
llama obrizo (i), de que tanta mención hace la E s -
critura. Y el uso que gasta todos los otros, como-
dice el mismo Plinio, al oro solo no le menoscaba
cosa, ni le carcome, ni envejece, y con ser tan
firme en su ser, se deja tanto doblar y adelgazar,,
que es cosa de maravilla. Los batihojas y tiradores:
saben bien la fuerza del oro en dejarse tanto adel-
gazar y doblar, sin quebrar jamás. L o cual todo,,
con otras excelentes propiedades que tiene, bien
considerado, dará á los hombres espirituales oca-

(i) Plin. lib. 33. c. 3.


DE L A HISTORIA NATURAL D E INDIAS 297'

sion de entender, porque en las divinas Letras (i)


la caridad se semeja al oro. E n lo demás, para que
él se estime y busque, poca necesidad hay de con-
tar sus excelencias, pues la mayor que tiene, es-
estár entre los hombres y a conocido por el supre-
mo poder, y grandeza del mundo. Viniendo á nues-
tro propósito, hay en Indias gran copia de este me-
tal; y sábese de Historias ciertas, que los Incas del
Perú no se contentaron de tener vasijas mayores-
y menores de oro, jarros, copas, tazas, frascos,
cántaros, y aun tinajas, sino que también tenian
sillas, y andas, ó literas de oro macizo, y en sus
templos colocaron diversas estatuas de oro maci-
zo. E n Méjico también hubo mucho de esto, aun-
que no tanto; y cuando los primeros Conquistado-
res fueron al uno y otro Reino, fueron inmensas
las riquezas que hallaron, y muchas mas sin com-
paración las que los Indios ocultaron y hundieron..
E l haber usado de plata para herrar los caballos á
falta de hierro, y haber dado trescientos escudos--
de oro por una botija, ó cántaro de vino, con otros
excesos tales, parecería fabuloso contarlo; y en
efecto pasaron cosas mayores que éstas. Sácase el
oro en aquellas partes en tres maneras: yo á lo
menos de estas tres maneras lo he visto. Porque
se halla oro en pepita, y oro en polvo, y oro en

(') Apoc.3.p2i.Cant, 3.v. 10. Psálm. 64. Tfiren. 4. 3. Reg. 6


298 LIBRO CUARTO

piedra. Oro en pepita llaman unos pedazos de oro


que se hallan así enteros, y sin mezcla de otro me-
tal, que no tienen necesidad de fundirse, ni benefi-
ciarse por fuego: llámanlos pepitas, porque de or-
dinario son pedazos pequeños del tamaño de pepi-
ta de melón, ó de calabaza. Y esto es lo que dice
Job ( i ) : Glebce illius aurum, aunque acaece haber-
los, y yo los he visto mucho mayores,y algunos
han llegado á pesar muchas libras. Esta es gran-
deza de este metal solo, según Plinio afirma (2),
que se halla así hecho y perfecto; lo cual en
los otros no acaece, que siempre tienen escoria, y
han menester fuego para apurarse. Aunque tam-
bién he visto yo plata natural á modo de escarcha;
y también hay las que llaman en Indias papas de
.plata, que acaece hallarse plata fina en pedazos á
modo de turmas de tierra; mas esto en la plata es
raro, y en el oro es cosa muy ordinaria. De este
oro en pepita es poco lo que se halla respecto de
•lo demás. E l oro en piedra es una veta de oro que
nace en la misma piedra, ó pedernal; y yo he visto
de las minas de Zaruma, en la gobernación de Sa-
linas, piedras bien grandes pasadas todas de oro,
y otras ser la mitad oro, y la mitad piedra. E l oro
de esta suerte se halla en pozos, y en minas que

(1) Job 28. v. 6.


(2) P l i n . lib. 33. c. t.
DE L A HISTORIA N A T U R A L D E INDIAS 299

tienen sus vetas como las de plata, y son dificulto-


sísimas de labrar. E l modo de labrar el oro sacado
de piedra, que usaron antiguamente los Reyes de
Egipto, escribe Agatárchides en el quinto libro de
la Historia del mar Eritréo, ó Bermejo, según re-
fiere Focio en su biblioteca; y es cosa de admira-
ción, cuán semejante es lo que allí refiere á lo que
ahora se usa en el beneficio de estos metales de
oro y plata. L a mayor cantidad de oro que se saca
en Indias, es en polvo, que se halla en rios, ó lu-
gares por donde ha pasado mucha agua. Abundan
los rios de Indias de este género, como los A n t i -
guos celebraron el Tajo de España, y el Pactólo
de Asia, y el Ganges de la India oriental. Y lo qne
nosotros llamamos oro en polvo, llamaban ellos
ramenta auri. Y también entonces era la mayor
cantidad de oro lo que se hacia de estos ramentos>
ó polvos de oro que se hallaban en rios.
E n nuestros tiempos en las Islas de Barlovento
Española y Cuba, Puerto-Rico, hubo y hay gran
copia en los rios; mas por la falta de naturales, y
por la dificultad de sacarlo, es poco lo que viene
de ellas á España. E n el Reino de Chile y en el de
Quito, y en el nuevo Reino de Granada hay mucha
cantidad. E l mas celebrado es el oro de Caravaya
en el Perú, y el de Valdivia en Chile, porque llega
á toda la ley, que son veinte y tres quilates y me-
dio, y aun á veces pasa. También es celebrado el
LIBRO CUARTO
300
oro de Veragua por muy fino. De las Filipinas y
China traen también mucho oro á Méjico; pero
comunmente es bajo y de poca ley. Hállase el o^o,
mezclado,ó con plata, ó con cobre. Plinio dice ( i ) ,
que ningún oro hay donde no haya algo de plata;
mas él que tiene mezcla de plata, comunmente es
de menos quilates que el que la tiene de cobre. Sí
tiene la quinta parte de plata, dice Plinio (2}, que
se llama propiamente electro, y que tiene propie-
dad de resplandecer á la lumbre de fuego, mucho
mas que la plata fina, ni el oro fino. E l que es so-
bre cobre, de ordinario es oro mas alto. E l oro en
polvo se beneficia en lavaderos, lavándolo mucho
en el agua, hasta que el arena, ó barro se cae de
las bateas, ó barreñas; y el oro como de mas peso
hace asiento abajo. Beneficiase también con azo-
gue: también se apura con agua fuerte, porque el
alumbre, de que ella se hace, tiene esa fuerza de
apartar el oro de todo lo demás. Después de pu-
rificado, ó fundido, hacen tejos, o barretas para
traerlo á España, porque oro en polvo no
se puede sacar de Indias, pues no se puede
quintar, y marcar, y quilatar hasta fundirse. Solia
España, según refiere el Historiador sobredi-
cho (^), abundar sobre todas las provincias del

(1) P l i n . lib. 3 3 . c. 4.
('') Ibidem.
(3) Plin. lib. 3*. c. 4 .
DE LA. H I S T O R I A NATURAL D E INDIAS 301

mundo de estos metales de oro y plata, especial-


mente Galicia, y Lusitania, y sobre todo las A s t u -
rias, de adonde refiere, que se traían á Roma cada
año veinte mil libras de oro, y que en ninguna
otra tierra se hallaba tanta abundancia. L o cual
parece testificar el libro de los Macabeos, donde
dice (1): Entre las mayores grandezas de losRoma-
nos, que hubieron á su poder los metales de plata y
oro que hay en España. A h o r a á España le viene
este gran tesoro de Indias, ordenando la divina
providencia que unos Reinos sirvan á otros, y co-
muniquen su riqueza, y participen de su gobierno
para bien de los unos y de los otros, si usan de-
bidamente de los bienes que tienen. L a suma de
oro que se trae de Indias, no se puede bien tasar;
pero puédese bien afirmar, que es harto mayor
que la que refiere Plinio haberse llevado de Es-
paña á Roma cada año. E n la flota que yo vine,
el año de ochenta y siete, fué'la relación de Tie-
rra-firme doce cajones de oro, que por lo que me-
nos es cada cajón cuatro arrobas. Y de Nueva-
España mil ciento cincuenta y seis marcos de oro.
Esto solo para el Rey, sin lo que vino para parti-
culares registrado, y sin lo que vino por registrar,
que suele ser mucho. Y esto baste para lo que
toca al oro de Indias; de la plata diremos ahora

4/ i • Machab. H. v. -x.
CAPÍTULO V

De la Plata de Indias,

E n el libro de Job (i) leemos así: Tiene la plata


ciertos principios y raíces de sus venas; y el oro
tiene su cierto lugar, donde se cuaja. E l hierro
cavando se saca de la tierra; y la piedra deshecha
con el calor, se vuelve en cobre. Admirablemente
con pocas palabras declara las propiedades de
estos cuatro metales, plata, oro, hierro, cobre.
De los lugares donde se cuaja y engendra el oro,
algo se ha dicho, que son, ó piedras en lo pro-
fundo de los montes y senos de la tierra, ó
arena de los rios y lugares anegadizos, ó cerros
muy altos de donde los polvos de oro se deslizan
con el agua, como es mas común opinión en In-
dias. De donde vienen muchos del vulgo á creer,
que del tiempo del diluvio sucedió hallarse en el agua
el oro en partes tan extrañas como se halla. De las
venas de la plata, ó vetas, y de sus principios y

xi) Job. 28. vv. 1. 2.


DE L A HISTORIA NATURAL D E INDIAS 303

3, que dice Job, trataremos ahora, diciendo


raices,
primero, que la causa de tener el segundo lugar
en los metales la plata, es, por llegarse al oro mas
que otro ninguno, en el ser durable, y padecer
menos del fuego, y dejarse mas tratar y labrar, y
aun hace ventaja al oro en relucir mas, y sonar-
mas. También porque su color es mas conforme á
la luz, y su sonido es mas delicado y penetrativo.
Y partes hay donde estiman la plata mas que el
oro; pero el ser mas raro el oro, y la naturaleza
mas escasa en darlo, es argumento de ser metal
mas precioso, aunque hay tierrras, como refieren
de la China, donde se halla mas fácilmente oro
que plata; lo común y ordinario es, ser mas fácil
y mas abundante la plata. E n las Indias occiden-
tales proveyó el Criador tanta riqueza de ella, que
todo lo que se sabe de las Historias antiguas, y
todo lo que encarecen las Argentifodinas de Espa-
ña y de otras partes, es menos que lo que vimos
en aquellas partes. Hállanse minas de plata co-
munmente en cerros y montes muy ásperos y de-
siertos, aunque también se han hallado en zabañas
ó campos. Estas son en dos maneras: unas llaman
sueltas, otras llaman vetas fijas. Las sueltas son
unos pedazos de metal, que acaece estar en partes
donde acabado aquel pedazo, no se halla mas. Las
vetas fijas son las que en hondo y en largo tienen
prosecución, al modo de ramos grandes de un
LIBRO CUARTO
.304
árbol, y donde se halla una de éstas, es cosa ordi-
aiaria haber cerca luego otras y otras vetas. E l
modo de labrar y beneficiar la plata, que los In-
dios usaron, fué por fundición, que es derritiendo
aquella masa de metal al fuego, el cual echa la
•escoria á una parte, y aparta la plata del plomo,
y del estaño, y del cobre, y de la demás mezcla
que tiene. Para esto hacian unos como hornillos,
donde el viento soplase recio, y con leña y carbón
'hacian su operación. A estas en el Perú llamaban
Guayras. Después que los Españoles entraron,, de-
más del dicho modo de fundición, que también se
'usa, benefician la plata por azogue, y aun es mas
la plata que con él sacan, que no la de fundición.
Porque hay metal de plata, que no se beneficia, ni
aprovecha con fuego, sino con azogue: y éste co-
munmente es metal pobre, de lo cual hay mucha
mayor cantidad. Pobre llaman al que tiene poca
plata en mucha cantidad, rico al que da mucha
plata. \ es cosa maravillosa, que no solo se halla
esta diferencia de sacarse por fuego un metal de
plata, y otro no por fuego, sino por azogue: sino
que en los mismos metales que el fuego saca por
fundición, hay algunos, que si el fuego se enciende
con aire artificial, como de fuelles, no se derrite,
ni se funde, sino que ha de ser aire natural que co-
rra: y hay metales, que se funden también, ó me-
jor con aire artificial dado por fuelles. E l metal de
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 305

las minas de Porco se beneficia y funde fácilmen-


te con fuelles: el metal de las minas de Potosí no
se funde con fuelles; ni aprovecha, sino él aire de
Guayras, que son aquellos hornillos que están en
las laderas del cerro al viento natural, con el cual
se derrite aquel metal. Y aunque dar razón de esta
diversidad es dificil, es ella muy cierta por expe-
riencia larga. Otras mil delicadezas ha hallado la
curiosidad y codicia de este metal, que tanto los
hombres aman, de las cuales diremos algunas ade-
lante. Las principales partes de Indias que dan
plata, son la Nueva-España y Perú; mas las minas
del Perú son de grande ventaja, y entre ellas tie-
nen el primado del mundo las de Potosí. De las
cuales trataremos un poco de espacio, por ser de
las cosas mas célebres y mas notables que hay en
las Indias occidentales.

TOMO I.
21
CAPÍTULO V I

Del cerro de Potosí y de su descubrimiento.

E l cerro tan nombrado de Potosí está en la pro-


vincia de los Charcas, en el Reino del Perú; dista
de la equinoccial á la parte del sur, ó polo A n t á r -
tico veinte y un grados y dos tercios, de suerte,,
que cae dentro de los Trópicos en lo último de la
Tórridazona. Y con todo eso es en extremo frió
mas que Castilla la vieja en España, y mas que
Flandes, habiendo de ser templado, ó caliente-
conforme á la altura del polo en que está. Hácele
frió estar tan levantado y empinado, y ser todo
bañado de vientos muy frios y destemplados, es-
pecialmente el que alli llaman tomahavi, que es-
impetuoso y frígidísimo, y reina por Mayo, Junio,
Julio, y Agosto. Su habitación es seca, fria, y muy
desabrida, y del todo estéril, que no se da, ni pro-
duce fruto, ni grano, ni yerba; y así naturalmente
es inhabitable por el mal temple del Cielo, y por
la gran esterilidad de la tierra. Mas la ffierza de la
plata que llama á sí con su codicia las otras cosas.
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 30/

ha poblado aquefcerro de la mayor población


que hay en todos aquellos Reinos, y la ha hecho
tan abundante de todas comidas y regalos, que nin-
guna cosa se puede desear que no se halle ahí con
abundancia; y siendo todo de acarreto, estánlas pla-
zas llenas de frutas, conservas, regalos, vinos exce-
sivos, sedas y galas, tanto como donde mas. L a co-
lor de este cerro tira á rojo obscuro: tiene una
graciosísima vista, á modo de un pabellón igual,
ó un pan de azúcar: empínase, y señorea todos los
otros cerros que hay en su contorno: su subida es
agria, aunque se anda toda á caballo: remátase
en punta en forma redonda: tiene de rodeo y
contorno una legua por su falda: hay desde la
cumbre de este cerro hasta su pie y planta mil
seiscientas veinte y cuatro varas de las comu-
nes, que reducidas á medida y cuenta de le-
guas Españolas, hacen un cuarto de legua. E n
este cerro, al pie de su falda, está otro cerro
pequeño que nace de él, el cual antiguamente tuvo
algunas minas de metales sueltos, que se hallaban,
como en bolsas, y no en veta fija, y eran muy
ricos, aunque pocos: Uámanle Guaynapotosí, que
quiere decir Potosí el mozo. De la falda de este
pequeño cerro comienza la población de Españo-
les é Indios, que han venido á la riqueza y'labor
de Potosí. Tendrá la dicha población dos leguas
de contorno: en ella es el mayor concurso y con-
308 LIBRO CUARTO

tratación que hay en el Perú. Las minas de este


cerro no fueron labradas en tiempo de los Incas,
que fueron Señores de el Perú antes de entrar los
Españoles, aunque cerca de Potosí labraron las
minas de Porco, que está á seis leguas. L a causa
debió de ser no tener noticia de ellas, aunque otros
cuentan no sé qué fábula, que quisieron labrar
aquellas minas, y oyeron ciertas voces que decían
á los Indios, que no tocasen allí, que estaba aquel
cerro guardado para otros. E n efecto, hasta doce
años después de entrados los Españoles en el Perú,
ninguna noticia se tuvo de Potosí y de su riqueza,
cuyo descubrimiento fué en este modo. U n Indio
llamado Gualpa, de nación Chumbibilca, que es en
tierra del Cuzco, yendo un día por la parte del
poniente siguiendo unos venados, se le fueron su-
biendo él cerro arriba, y como es tan empinado, y
entonces estaba mucha parte cubierto de unos ár-
boles, que llaman Quinua, y de muchísimas matas,
para subir un paso algo áspero le fué forzoso asir-
se á una rama que estaba nacida en la veta, que
tomó nombre la Rica, y en la raíz y vacío que
dejó, conoció el metal que era muy rico, por la
experiencia que. tenia de lo de Porco, y halló en
el suelo, junto á la veta, unos pedazos de metal
que se hablan soltado de ella, y no se dejaban bien
conocer, por tener la color gastada del Sol y agua,
y llevolos á Porco á ensayar por Guayra (esto es
DE L A HISTORIA N A T U R A L D E INDIAS 309

probar el metal por fuego); y como viese su ex-


tremada riqueza, secretamente labraba la v e t a sin
comunicarlo con nadie, hasta tanto que un Indio
Guanea, natural del Valle de Jauja, que es en los
términos de la ciudad de los Reyes, que era veci-
no en Porco del dicho Gualpa Chumbibilca, vió
que sacaba de las fundiciones que hacía, mayores
tejos de los que ordinariamente se fundían de los
metales de aquel asiento, y que estaba mejorado
en los atavíos de su persona, porque hasta allí ha-
bía vivido pobremente. Con lo cual, y con ver qué
el metal que aquel su vecino labraba, era diferen-
te de lo de Porco, se movió á inquirir aquel se-
creto; y aunque el otro procuró encubrirlo, tanto
le importunó, que hubo de llevarle al cerro de
Potosí, al cabo de otro mes que gozaba de aquel
tesoro. Allí el Gualpa dijo al Guanea, que tomase
para sí una veta, que él también había descubier-
to, que estaba cerca de la Rica, y es la que hoy
dia tiene nombre de la Veta de Diego Centeno,
que no era menos rica, aunque era mas dura de
labrar, y con esta conformidad partieron entre sí
el cerro de la mayor riqueza del mundo. Sucedió
después, que teniendo el Guanea alguna dificultad
en labrar su veta por ser dura, y no queriéndole
el otro Gualpa dar parte en la suya, se desavinie-
ron; y así por esto, como por otras diferencias,
enojado el Guanea de Jauja, dió parte de este ne-
LIBRO CUARTO
3io
gocio á su amo, que se llamaba Villaroel, que era
un Español que residía en Porco. E l Villaroél que-
riendo satisfacerse de la verdad fué á Potosí, y
hallándola riqueza que su Yanacona, ó criado le
decia, hizo registrar al Guanea, estacándose con
él en la veta que fué dicha Centeno. Llaman esta-
carse, señalar por suyo el espacio de las varas
que concede la ley á los que hallan mina, ó la la-
bran, con lo cual, y con manifestarlo ante la Jus-
ticia, quedan por señores de la mina para labrarla
por suya, pagando al Rey sus quintos. E n fin, el
primer registro y manifestación que se hizo de las
minas de Potosí, fué en veinte y un dias del mes
de A b r i l del año de mil quinientos cuarenta y cin-
co, en el asiento de Porco, por los dichos Villaroél
Español, y Guanea Indio. Luego de allí á po-
cos dias se descubrió otra veta que llaman del
Estaño, que ha sido riquísima, aunque trabajo-
sísima de labrar, por su metal tan duro como pe-
dernal. D e s p u é s , á treinta y uno de Agosto
del mismo año de cuarenta y cinco, se regis-
tró la veta que llaman Mendieta, y estas cua-
tro son las cuatro vetas principales de Potosí.
De la veta rica, que fué la primera que se descu-
brió, se dice que estaba el metal una lanza en alto,
á manera de unos riscos, levantado de la superfi-
cie de la tierra, como una cresta que tenia tres-
cientos pies de largo, y trece de ancho; y quieren
DE L A HISTORIA NATURAL D E INDIAS 311

•decir, que quedó descubierta, y descarnada del


diluvio, resistiendo como parte mas dura al ímpe-
tu y fuerza de las aguas. Y era tan rico el metal,
que tenia la mitad de plata; y fué perseverando su
riqueza hasta los cincuenta y sesenta estados en
hondo, que vino á faltar. E n el modo que está di-
cho, se descubrió Potosí, ordenando la divina Pro-
videncia, para felicidad de España, que la mayor
riqueza que se sabe que haya habido en el mundo,
estuviese oculta, y se manifestase en tiempo que
•el Emperador Carlos V , de glorioso nombre, tenia
•el Imperio, y los Reinos de España, y Señoríos de
Indias. Sabido en el Reino del Perú el descubri-
miento de Potosí, luego acudieron muchos Espa-
ñoles, y cuasi la mayor parte de los vecinos de la
•ciudad de la Plata, que está diez y ocho leguas de
Potosí, para tomar minas en él; acudieron también
;gran cantidad de Indios de diversas provincias, y
especialmente los Guayradores de Porco; y en
breve tiempo fué la mayor población del Reino.
CAPÍTULO VII

De la riqueza que se ha sacado, y cada dia se va


sacando de el cerro de Potosí.

Dudado he muchas veces, si se halla en las H i s -


torias y relaciones de los Antiguos tan gran r i -
queza de minas, como la que en nuestros tiempos
hemos visto en el Perú. Si algunas minas hubo en
el mundo ricas y afamadas por tales, fueron las.
que en España tuvieron los Cartaginenses, y des-
pués los Romanos. Las cuales, como y a he dicho,
no solo las letras profanas, sino las sagradas tam-
bién encarecen á maravilla. Quien mas en particu--
lar haga memoria de estas minas que yo haya leí-
do, es Plinio, el cual escribe en su natural historia
así (i): Hállase plata cuasi en todas provincias;,
pero la mas excelente es la de España. Esta tam-
bién se da en tierra estéril, y en riscos, y cerros,
y donde quiera que se halla una veta de plata, es
cosa cierta hallar otra no lejos de ella: lo mismo

(i) Plin. lib. 33. c. 6.


DE L A HISTORIA N A T U R A L D E INDIAS S1^

acaece cuasi á los otros metales, y por eso los


Griegos (según parece) los llamaron, metales. E s
cosa maravillosa, que duran hasta el dia de hoy-
en las Españas los pozos de minas, que comenza-
ron á labrar en tiempo de Anibal, en tanto que
aun los mismos nombres de los qne descubrieron,
aquellas minas, les permanecen el dia de hoy, en-
tre las cuales fué famosa la que de su descubridor-
llaman Bebelo también ahora. De esta mina se sa-
có tanta riqueza, que daba á su dueño Anibal cada,
dia trescientas libras de plata, y hasta el dia pre-
sente se ha proseguido la labor de esta mina, la
cual está ya cavada, y profunda en el cerro por
espacio de mil y quinientos pasos: por todo el
cual espacio tan largo sacan el agua los Gascones
por el tiempo y medida que lascande las les duran;
y así vienen á sacar tanta, que parece rio. Todas,
estas son palabras de Plinio, las cuales he querido
aquí recitar, porque darán gusto á los que saben
de minas, viendo que lo mismo que ellos hoy ex-
perimentan, pasó por los Antiguos. E n especial'
es notable la riqueza de aquella mina de Anibal en
los Pirineos que poseyeron los Romanos, y conti-
nuaron su labor hasta en tiempo de Plinio, que fue-
ron como trescientos años, cuyaprofundidadera de
mil y quinientos pasos, que es milla y media ( i ) . Y

(0 Genebrardus in Cronographia.
LIBRO CUARTO
-314

-á los principios fué tan rica, que le valía á su dueño


•trescientaslibrasde á doce onzas cada dia. Mas aun-
que ésta haya sido extremada riqueza, yo pienso to-
davía, que no llega á la de nuestros tiempos en Po-
los!, porque según parece por los libros Reales de
l a Casa de Contratación de aquel asiento, y lo
afirman hombres ancianos fidedignos, en tiempo
-que el Licenciado Polo gobernaba, que fué hartos
-años después del descubrimiento de el cerro, se
metian á quintar cada sábado de ciento y cincuen-
t a mil pesos á doscientos mil, y vallan los quintos
-treinta y cuarenta mil pesos, y cada año millón y
.medio, ó poco menos. De modo, que conforme á
•esta cuenta, cada dia se sacaban de aquellas minas
obra de treinta mil pesos, y le vallan al Rey los
quintos seis mil pesos al dia. H a y otra cosa que
alegar por la riqueza de Potosí, y es, que la cuen-
ta que se ha hecho es solo de la plata que se mar-
caba y quintaba. Y es cosa muy notoria en el Perú,
que largos tiempos se usó en aquellos Reinos la
plata que llamaban corriente, la cual no era marca-
da y quintada; y es conclusión de los que bien sa-
t é n de aquellas minas, que en aquel tiempo gran-
dísima parte de la plata que se sacaba de Potosí, se
•quedaba por quintar, que era toda la que andaba
-entre Indios, y mucha de la de los Españoles, como
yo lo v i durar hasta mi tiempo. Así que se puede
bien creer, que el tercio de la riqueza de Potosí, si
DE L A HISTORIA NATURAL DE INDIAS 31$

y a no era la mitad, no se manifestaba, ni quinta-


ba. H a y aun otra consideración mayor, que Plinio
pone, haberse labrado mil y quinientos pasos aque-
lla veta de Bebelo, y que por todo este espacio
sacaban agua, que es el mayor impedimento que
puede haber para sacar riqueza de minas. Las de
Potosí, con pasar muchas de ellas de doscientos
estados su profundidad, nunca han dado en agua,
que es la mayor felicidad de aquel cerro: pues las
minas de Porco, cuyo metal es riquísimo, se dejan
hoy dia de proseguir y beneficiar por el fastidio
del agua en que han dado, porque cavar peñas, y
sacar agua, son dos trabajos insufribles para bus-
car metal: basta el primero, y sobra. Finalmente,
el dia de hoy tiene la Católica Magestad un año
con otro un millón de solos los quintos de plata
del cerro de Potosí, sin la otra riqueza de azogues,
y otros derechos de la hacienda Real, que es otro
grande tesoro. Echando la cuenta los hombres ex-
pertos dicen, que lo que se ha metido á quintar en
la caja de Potosí, aunque no permanecen los l i -
bros de sus primeros quintos con la claridad que
hoy hay, porque los primeros años se hacían las
cobranzas por romana (tanta era la grosedad que
había); pero por la memoria de la averiguación
que hizo el Visorey D . Francisco de Toledo el año
de setenta y cuarro, se halló, que fueron setenta y
seis millones hasta el dicho año; y desde el dicho
316 LIBRO CUARTO

año hasta el de ochenta y cinco inclusive, parece


por los libros Reales haberse quintado treinta y cin-
co millones. De manera, que monta lo que se habia
quintado hasta el año de ochenta y cinco, ciento
y once millones de pesos ensayados, que cada,
peso vale trece reales y un cuartillo. Y esto sin.la
plata que se ha sacado sin quintar, y se ha venido'
á quintar en otras cajas Reales, y sin lo que en
plata corriente se ha gastado, y hay por quintar,
que es cosa sin número. Esta cuenta enviaron de
Potosí al V i r e y , el año que he dicho, estando yo
en t i Perú; y después acá aún ha sido mayor la
riqueza que ha venido en las flotas del Perú, por-
que en la que yo vine el año de ochenta y siete,
fueron once millones los que vinieron en ambas
flotas de Perú y Méjico, y era del R e y cuasi la
mitad, y de ésta las dos tercias partes de el Perú
He querido hacer esta relación tan particular, para
que se entienda la potencia que la Divina Mages-
tad ha sido servida de dar á los Reyes de España,
en cuya cabeza se han juntado tantas Coronas y
Reinos, y por especial favor del Cielo se han jun-
tado también la India oriental con la occidental,
dando cerco al mundo con su poder. L o cual se
debe pensar ha sido por providencia de nuestro
Dios, para el bien de aquellas gentes, que viven tan
remotas de su cabeza, que es el Pontífice R o -
mano, Vicario de Cristo nuestro Señor, en c u y a
DE L A HISTORIA NATURAL D E INDIAS 31/

F é y obediencia solamente pueden ser salvas. Y


también para la defensa de la misma F é Católica
•é Iglesia Romana en estas partes, donde tanto es
l a verdad opugnada y perseguida de los heregcs.
Y pues el Señor de los Cielos, que da y quita los
Reinos á quien quiere, y como quiere, así lo ha
ordenado, debemos suplicarle con humildad, se
digne de favorecer el celo tan pió de el Rey Ca-
tólico dándole próspero suceso, y victoria contra
los enemigos de su santa F é , pues en esta causa
gasta el tesoro de Indias, que le ha dado, y aun
ha menester mucho mas. Pero por ocasión de las
riquezas de Potosí baste haber hecho esta digre-
sión, y ahora volvamos á decir cómo se labran las
minas, y cómo se benefician los metales que de
ellas se sacan.
C A P Í T U L O VIII

Del modo de labrar las minas de Potosí*

Bien dijo Boecio (i) cuando se quejó del primer


inventor de minas:

Heu p r i nus qiás fuit Ule,


A u r i qui pondera tecti,
Gemmasque latere v o lentes,
P retios a pericula fodit.

Peligros preciosos los llama con razón, porque


es grande el trabajo y peligro con que se sacan
estos metales, que tanto aprecian los hombres..
Plinio dice (2), que en Italia hay muchos metales;
pero que los Antiguos no consintieron beneficiar-
se por conservar la gente. De España los traían,
y como á tributarios hacian á los Españoles labrar
minas. L o propia hace ahora España con Indias,,

(1) Boetius de Consolat.


(2) Plin. lib. 33. c. 4.
DE L A HISTORIA NATURAL D E INDIAS 3 ^

que habiendo todavía en. España sin duda mucha


riqueza de metales, no se dan á buscarlos, ni aun
se consiente labrar, por los inconvenientes que se
ven; y de Indias traen tanta riqueza, donde e l
buscarla y sacarla no cuesta poco trabajo, ni aua
es de poco riesgo. Tiene el cerro de Potosí cuatro-
vetas principales, como está dicho, que son la R i -
ca, la de Centeno, la del Estaño, la de Mendieta.
Todas estas vetas están á la parte oriental del ce-
rro, como mirando al nacimiento del Sol: á la o c -
cidental no se halla ninguna. Corren las dichas v e -
tas norte sur, que es de polo á polo. Tienen de
ancho por donde mas, seis pies; por donde menos,,
un palmo. Otras diversas hay, que salen de estas,
como de ramos grandes: los mas pequeños suelen
producirse en el árbol. Cada veta tiene diversas
minas, que son partes de ella misma, y han toma-
do posesión, y repartídose entre diversos dueños,,
cuyos nombres tienen de ordinario. L a mina m a -
yor tiene ochenta varas, y no puede tener mas
por ley ninguna: la menor tiene cuatro. Todas es-
tas minas hoy dia llegan á mucha profundidad.
E n la veta Rica se cuentan setenta y ocho minas:
llegan á ciento y ochenta estados en algunas par-
tes, y aun á doscientos de hondura. E n la veta
de Centeno se cuentan veinte y cuatro minas..
Llegan algunas á sesenta, y aun ochenta estados,
de hondura, y así á este modo es de las otras ve-^
320 LIBRO CUARTO

tas y minas de aquel cerro. Para remedio de esta


tan gran profundidad de minas se inventaron los
socavones, que llaman, que son unas cuevas que vari
hechas por bajo desde un lado de el cerro, atrave-
sándole hasta llegar á las vetas. Porque se hade sa-
ber, que las vetas, aunque corren norte sur, como
está dicho; pero esto es bajando desde la cumbrehas-
ta la falda y asiento del cerro, según se cree que se-
rán según congetura de algunos, mas de mil y dos-
cientos estados. Y á esta cuenta, aunque las minas
van tan hondas, les falta otro seis tanto hasta su raíz
y fondo, que según quieren decir, ha de ser riquísi-
mo, como tronco y manantial de todas las vetas.
Aunque hasta ahora antes se ha mostrado lo con-
trario por la experiencia, que mientras mas alta
ha estado la veta, ha sido mas rica, y como va ba-
jando en hondo, va siendo su metal mas pobre;
pero en fin, para labrar las minas con menos costa,
y trabajo y riesgo, inventaron los socavones, por
los cuales se entra y sale á paso llano. Tienen de
ancho ocho pies, y de alto mas de un estado. Cié-
rranse con sus puertas, sácanse por ellos los me-
tales con mucha facilidad, y págase al dueño de
el socavón el quinto de todo el metal que por él
se saca. H a y hechos ya nueve socavones, y otros
se están haciendo. U n socavón, que llaman del
Venino, que va á la veta Rica, se labró en veinte
y nueve años, comenzándose el año de mil qui-
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 321

nientos cincuenta y seis, que fueron once después


de descubrirse aquellas minas, y acabándose el
año de ochenta y cinco en once de A b r i l . Este
socavón alcanzó á la veta Rica en treinta y cinco
estados de hueco hasta su fondo, y hay desde
donde se juntó con la veta hasta lo alto de la
mina otros ciento treinta y cinco estados, que
por todo este profundo bajaban á labrar aquellas
minas. Tiene todo el socavón, desde la boca hasta
la veta, que llaman el Crucero, doscientas y cin-
cuenta varas, las cuales tardaron en labrarse los
veinte y nueve años que está dicho, para que se
vea lo1 que trabajan los hombres por ir á buscar
la plata á las entrañas del profundo. Con todo eso,
trabajan allá dentro, donde es perpétua obscuri-
dad, sin saber poco ni mucho cuando es dia, ni
cuando es noche. Y como son lugares que nunca
los visita el Sol, no solo hay perpétuas tinieblas
mas también mucho frió, y un aire muy grueso, y
ageno de la naturaleza humana; y así sucede ma-
rearse los que allá entran de nuevo, como á mí
me acaeció, sintiendo bascas y congojas de estó-
mago. Trabajan con velas siempre los que labran,
repartiendo el trabajo, de suerte que unos labran
de dia, y descansan de noche, y otros al revés.
E l metal es duro comunmente, y sácanlo á golpes
de barreta quebrantándole, que es quebrar un
pedernal. Después lo suben á cuestas por unas es-
TOMOI. : 22
LIBRO CUARTO
322
caleras hechas de tres ramales de cuero de vaca
retorcido, como gruesas maromas, y de un ramal
á otro puestos palos como escalones, de manera. '
que puede subir un hombre, y bajar otro junta-
mente. Tienen estas escalas de largo diez estados,
y al fin de ellas está otra escala del mismo largo>
que comienza de un relej, ó poyo, donde hay he-
chos de madera unos descansos á manera de an-
damies, porque son muchas las escalas que se
suben. Saca un hombre carga de dos arrobas
atada la manta á los pechos, y el metal que va en
ellas á la espalda: suben de tres en tres. E l de-
lantero lleva una vela atada al dedo pulgar para
que vean, porque como está dicho, ninguna luz:
hay del Cielo, y vánse asiendo con ambas manos;
y así suben tan grande espacio, que como y a dije,,
pasa muchas veces de ciento y cincuenta estados;
cosa horrible, y que solo pensarla pone espanto:
tanto es el amor del dinero, por cuya recuesta se
hace y padece tanto. N o sin razón exclama Plinio
tratando de esto ( i ) : Entramos hasta las entrañas
de la tierra, y hasta allá en el lugar de los condena-
dos buscamos las riquezas. Y después en el mismo
libro (2): Obras son mas que de Gigantes las que
hacen los que sacan los metales, haciendo aguje-

1) Plin. in proem. l;b. 13.


2) Cap. 4.
DE L A HISTORIA N A T U R A L DE INDIAS 323

ros y callejones en lo profundo, por tan grande


trecho barrenando los montes á luz de candelas,
donde todo el espacio de noche y dia es igual, y
en muchos meses no se ve el dia, donde acaece
caerse las paredes de la mina súbitamente, y
matar de golpe á los Mineros. Y poco después
añade: Hieren la dura peña con almádanas que
tienen ciento y cincuenta libras de hierro: sacan
los metales á cuestas trabajando de noche y de
dia, y unos entregan la carga á otros, y todo á
obscuras, pues solos los últimos ven la luz. Con
cuños de hierro, y con almádanas rompen las
peñas y pedernales, por recios y duros que sean;
porque en fin es mas recia y mas dura la hambre
xlel dinero. Esto es de Plinio, que aunque habla
como Historiador de entonces, mas parece Profeta
de ahora. Y no es menos lo que Focio de A g a -
tárchides refiere, del trabajo inmenso que pasaban
los que llamaban Crisios en sacar y beneficiar el
oro, porque siempre, como el sobre dicho Autor
dice, el oro y plata causan tanto trabajo al ha-
berse, cuanto dan de contento al tenerse.
CAPÍTULO I X

Cómo se beneficia el metal de Plata.

L a veta en que hemos dicho que se halla la pla-


ta, va de ordinario entre dos peñas que llaman la
caja, y la una tde ellas- suele ser durísima como
pedernal; la otra blanda, y mas fácil de romper:
el metal va en medio, no todo igual, ni de un va-
lor, porque hay en esto mismo uno muy rico que
llaman cacilla, ó tacana, de donde se saca mucha
plata: hay otro pobre, de donde se saca poca. E l
metal rico de este cerro es de color de ámbar, y
otro toca en mas negro: hay otro que es de color
como rojo: otro como ceniciento, y en efecto tie-
ne diversos colores, y á quien no sabe lo que es,
todo ello parece piedra de por ahí; mas los Mine,
ros en las pintas, y vetillas, y en ciertas señales
conocen luego su fineza. Todo este metal que sa-
can de las minas se trae en carneros del Perú, que
sirven de jumentos, y se lleva á las moliendas. E l
que es metal rico se beneficia por fundición en
aquellos hornillos que llaman Guayras: éste es el
DE L A HISTORIA NATURAL DE INDIAS 325

metal que es mas plomoso, y el plomo le hace de-


rretir; y aun para mejor derretirlo, echan los In-
dioá el que llaman Soroche, que es un metal muy
plomizo. Con el fuego la escoria corre abajo, el
plomo y la plata se derriten, y la plata anda na-
dando sobre el plomo hasta que se apura: vuelven
después á refinar mas y mas la plata. Suelen salir
de un quintal de metal treinta, cuarenta, y cin-
cuenta pesos de plata por fundición. A mí me die-
ron para muestra metales de que sallan por fundi-
ción mas de doscientos pesos, y de doscientos y
cincuenta por quintal: riqueza rara y cuasi increí-
ble, si no lo testificara el fuego con manifiesta
experiencia; pero semejantes metales sdn muy
raros. E l metal pobre es el que de un quintal da
dos, ó tres pesos, ó cinco, ó seis, ó no mucho
mas: éste ordinariamente no es plomizo, sino seco;
y así por fuego no se puede beneficiar. A cuya
cau^a gran tiempo estuvo en Potosí inmensa suma
de estos metales pobres, que eran desechos, y co-
mo granzas de los buenos metales, hasta que se
introdujo el beneficio de los azogues, con los cuales
aquellos desechos, ó desmontes que llamaban,
fueron de inmensa riqueza, porque el azogue con
extraña y maravillosa propiedad apura la plata, y
sirve para estos metales secos y pobres, y se gas-
ta y consume menos azogue en ellos, lo cual no es
en los ricos, que cuanto mas lo son, tanto mas azo-
326 LIBRO CUARTO

gae consumen de ordinario. H o y dia el mayor be-


neficio de plata, y cuasi toda el abundancia de ella
en Potosí es por el azogue, como también en las
minas de los Cacatecas, y otras de la Nueva-Es-
paña. Habia antiguamente en las laderas de Poto-
sí, y por las cumbres y collados mas de seis mil
Guayras, que son aquellos hornillos donde se de-
rrite el metal, puestos al modo de luminarias, que
verlos arder de noche, y dar lumbre tan lejos, y
estar en sí hechos una ascua roja de fuego, era es-
pectáculo agradable. A h o r a si llegan á mil ó dos
mil Guayras, será mucho, porque como he
dicho, la fundición es poca, y el beneficio del azo-
gue es toda la riqueza. Y porque las propiedades
del azogue^son admirables, y el modo de benefi-
ciar con él la plata muy notable, trataré de el
azogue, y de sus minas y labor, lo que pareciere
conveniente al propósito.
CAPÍTULO X

De las propiedades maravillosas del azogue.

E l azogue, que por otro nombre se llama argén


vivo, como también le nombran los Latinos, por-
que parece plata viva, según bulle y anda á unas
partes y otras velozmente, entre todos los metales
tiene grandes y maravillosas propiedades. L o pri-
mero, siendo verdadero metal, no es duro, ni for-
mado, y consistente como los demás, sino líquido,
y que corre, no como la plata y el oro, que de-
rretidos del fuego, son líquidos y corren, sino de
su propia naturaleza, y con ser licor, es mas pesa-
do que ningún otro metal; y así los demás nadan
en el azogue, y no se hunden como mas livianos.
Y o he visto en un barreño de azogue echar dos
libras de hierro, y andar nadando encima el hierro
sin hundirse, como si fuera palo ó corcho en el
agua. Plinio hace excepción diciendo ( i ) , que solo
el oro se hunde, y no nada sobre el azogue: no he

(i) Plih. lib. ss- c.


328 LIBRO CUARTO

visto la experiencia, y por ventura es, porque el


azogue naturalmente rodea luego el oro, y lo es-
conde en sí. Es ésta la mas importante propiedad
que tiene, que con maravilloso afecto se pega al
oro, y le busca, y se va á él donde quiera que le
huele. Y no solo esto, mas así se encarna con él,
y lo junta á sí, que le desnuda y despega de cua-
lesquier otros metales ó cuerpos en que está mez-
clado, por lo cual toman oro los que se quieren
preservar del daño del azogue. A hombres que han
echado azogue en los oídos para matarlos secre-
tamente, ha sido el remedio meter por el oído una
paletilla de oro, con que llaman el azogue, y la
sacan blanca, de lo que se ha pegado al oro. E n
Madrid, yendo á ver las obras notables que Jaco-
bo de Trezo, excelente artífice Milanés, labraba
para San Lorenzo el Real, sucedió ser en dia que
doraban unas piezas del retablo, que eran de bron-
ce, lo cual se hace con azogue; y porque el humo
del azogue es mortal, me dijeron, que se preve-
nían los Oficiales contra este veneno con tomar
un doblón de oro desmenuzado, el cual pasado al
estómago llamaba allí cualquier azogue que pol-
los oídos, ojos, narices ó boca les entrase de aquel
humo mortal, y con esto se preservaban del daño
del azogue, yéndose" todo él al oro que estaba en
el estómago, y saliendo después todo por la via
natural: cosa cierto digna de admiración, después
DE L A HISTORIA NATURAL D E INDIAS 329

que el azogue ha limpiado al oro, y purgádole de


todos los otros metales y mezclas, también le apar-
ta el fuego á él de su amigo el oro, y así le deja
del todo puro sin fuego. Dice Plinio ( i ) , que con
cierta arte apartaban el oro de el azogue: no sé y o
que ahora se use tal arte. Paréceme, que los A n -
tiguos no alcanzaron, que la plata se beneficiase
por azogue, que es hoy dia el mayor uso y mas
principal provecho del azogue, porque expresa-
mente dice, que á ninguno otro metal abraza sino
solo al oro, y donde trata del modo de beneficiar
la plata, solo hace mención de fundición: por don-
de se puede colegir, que este secreto no le alcan-
zaron los Antiguos. E n efecto, aunque la princi-
pal amistad del azogue sea con el oro, todavía
donde no hay oro se va á la plata, y la abraza,
aunque no tan jjresto como á el oro: y al cabo
también la limpia, y la apura de la tierra, cobre y
plomo con que se cria, sin ser necesario el fuego,
que por fundición refina los metales; aunque para
despegar y desasir del azogue á la plata tam-
bién interviene el fuego, como adelante se dirá.
De esotros metales, fuera de oro y plata, no hace
caso el azogue, antes los carcome, y gasta, y ho-
rada, y se va y huye de ellos: que también es
cosa admirable. Por donde le echan en vasos de

(I) Plin. lib. 33. c. 6,


LIBRO CUARTO
330
barro, ó en pieles de animales, porque vasijas de
cobre, hierro ú otro metal luego las pasa y barre-
na, y toda otra materia penetra y corrompe, por
donde le llama Plinio veneno de todas las cosas,
y dice, que todo lo come y gasta. E n sepulturas
de hombres muertos se halla azogue, que después
de haberlos gastado, él se sale muy á su salvo en-
tero. Háse hallado también en las médulas y tué-
tanos de hombres ó animales, que recibiendo su
humo por la boca ó narices, allá dentro se conge-
la, y penetra los mismos huesos. Por eso es tan
peligrosa la conversación con criatura tan atrevi-
da y mortal. Pues es otra gracia que tiene, que
bulle, y se hace cien mil gotillas, y por menudas
que sean, no se pierde una, sino que por acá, ó
por allá se vuelven á juntar con su licor, y cuasi
es incorruptible, y apenas hay cosa que le pueda
gastar: por donde el sobredicho Plinio le llama
sudor eterno. Otra propiedad tiene, que siendo el
azogue el que aparta el oro del cobre y todos
metales, cuando quieren juntar oro con cobre, ó
bronce, ó plata, que es dorando, el medianero de
esta junta es el azogue, porque mediante él se do-
ran esos metales. Entre todas estas maravillas de
este licor extraño, la que á mí me ha parecido
mas digna de ponderar, es, que siendo la cosa mas
pesada del mundo, inmediatamente se vuelve en
la mas liviana del mundo, que es humo, con que.
DE L A HISTORIA N A T U R A L D E INDIAS 331

sube arriba resuelto, y luego el mismo humo, que


es cosa tan liviana, inmediatamente se vuelve en
cosa tan pesada como es el propio licor de azogue,
en que se resuelve. Porque en topando el humo
de aquel metal cuerpo duro arriba, ó llegando á
región fria, luego al punto se cuaja, y vuelve á
caer hecho azogue, y si dan fuego otra vez al
azogue, se hace humo, y del humo vuelve sin di-
lación á caer el licor del azogue. Cierto trasmuta-
ción inmediata de cosa tan pesada en cosa tan l i -
viana; y al revés, por cosa rara se puede tener en
naturaleza. Y en todas estas y otras extrañezas
que tiene este metal, es digno el Autor de su na-
turaleza, de ser glorificado, pues á sus leyes ocul-
tas obedece tan prontamente toda naturaleza
criada.
CAPÍTULO X I

Dónde se halla el Azogue, y cómo se descubrieron:


sus minas riquísimas en Guancavelica.

Hállase el azogue en una manera de piedra, que


da juntamente el bermellón, que los Antiguos lla-
maron minio, y hoy dia se dicen estar miniadas las
imágenes que con azogue pintan en los cristales.
E l minio ó bermellón celebraron los Antiguos en
grande manera, teniéndolo por color sagrado,
como Plinio refiere; y así dice ( i ) , que solian teñir
con él el rostro de Júpiter los Romanos, y los
cuerpos de los que triunfaban, y que en la Etiopia,
así los Idolos, como los Gobernadores, se teñían
el rostro de minio. Y que era estimado en Roma
en tanto grado el bermellón (el cual solamente se
llevaba de España, donde hubo muchos pozos y
minas de azogue, y hasta el dia de hoy las hay),
que no consentían los romanos que se beneficiase

(i) Lib. 33. cap. 7.


DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 333

en España aquel metal, porque no les hurtasen


algo, sino así en piedra como lo sacaban de la
mina, se llevaba sellado á Roma, y allá lo benefi-
ciaban y llevaban cada año de España, especial
del Andalucía, obra de diez mil libras; y esto te-
nían los Romanos por excesiva riqueza. Todo esto
he referido de el sobredicho Autor, porque á los
que ven lo que hoy dia pasa en el Perú, les dará
gusto saber lo que antiguamente pasó á los mas
poderosos señores del mundo. Dígolo, porque los
Incas, Reyes del Perú, y los Indios naturales de él
labraron gran tiempo las minas del azogue, sin sa-
ber del azogue, ni conocerle, ni pretender otra
cosa sino este minio, ó bermellón que ellos llaman
Llimpi, el cual preciaban mucho para el mismo
efecto que Plinio ha referido de los Romanos y
Etiopes, que es para pintarse ó teñirse con él los
rostros y cuerpos suyos y de sus Idolos: lo cual
usaron mucho los Indios, especialmente cuando
iban á la guerra, y hoy dia lo usan cuando hacen
algunas fiestas ó danzas, y liámanlo embijarse,
porque les parecía que los rostros así embijados
ponían terror; y ahora les parece que es mucha
gala. Con este fin, en los cerros de Guancavelica,
que son en el Perú cerca de la ciudad de Gua-
nianga, hicieron labores extrañas de minas, de
ponde sacaban este metal, y es dé modo, que si
hoy dia entran por las cuevas ó socavones que los
334 LIBRO CUARTO

Indios hicieron, se pierden los hombres, y no ati-


nan á salir. Mas ni se cuidaban del azogue, que
está naturalmente en la misma materia ó metal de
bermellón, ni aun conocían que hubiese tal cosa en
el mundo. Y no solo los Indios, mas ni aun los E s -
pañoles conocieron aquella riqueza por muchos
años, hasta que gobernando el Licenciado Castro
el Perú, el año de sesenta y seis y sesenta y siete
se descubrieron las minas de azogue en esta forma.
Vino á poder de un hombre inteligente, llamado
Enrique Garcés, Portugués de nación, el metal co-
lorado que he dicho', que llamaban los Indios L l i m -
p¡, con que se tiñen los rostros, y mirándolo cono-
ció ser el que en Castilla llaman bermellón; y como
rabia que el bermellón se saca del mismo metal
que el azogue, conjeturó, que aquellas minas
habían de ser de azogue; fué allá, y hizo la expe-
riencia y ensaye, y halló ser así. Y de esta mane-
ra descubiertas las minas de Palcas en término de
Guamanga, fueron diversos á beneficiar el azogue
para llevarle á Méjico, donde la plata se benefi-
ciaba por azogue, con cuya ocasión se hicieron
ricos no pocos. Y aquel asiento de minas, que
llaman Guancavelica, se pobló de Españoles y de
Indios que acudieron, y hoy día acuden á la labor
de las dichas minas de azogue, que son muchas y
prósperas. Entre todas es cosa ilustrísima la mina
que llaman de Amador de Cabrera, por otro
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 335

nombre la de los Santos, la cual es un peñasco de


piedra durísima empapada toda en azogue, de
tanta grandeza, que se extiende por ochenta varas
de largo, y cuarenta en ancho, y por toda esta
cuadra está hecha su labor en hondura de setenta
estados, y pueden labrar en ella mas de trescien-
tos hombres juntos, por su gran capacidad. Esta
mina descubrió un Indio de A m a d o r de Cabrera,
llamado Navincopa, de el pueblo de Acoria:
registróla A m a d o r de Cabrera en su nombre; trajo
pleito con el Fisco, y por Ejecutoria se le dio el
usufructo de ella, por ser descubridora. Después la
vendió por doscientos y cincuenta mil ducados,
y pareciéndole que habia sido engañado en la
venta, volvió á poner pleito, porque dicen que
vale mas de quinientos mil ducados, y aun á
muchos les parece que vale un millón: cosa rara
haber mina de tanta riqueza. E n tiempo que go-
bernaba el Perú Don Francisco de Toledo, un
hombre que habia estado en Méjico, y visto como
se sacaba plata con los azogues, llamado Pedro
Fernandez de Velasco, se ofreció á sacar la
plata de Potosí por azogue. Y hecha la prue-
ba, y saliendo muy bien, el año de setenta y
uno se comenzó en Potosí á beneficiar la pla-
ta con los azogues que se llevaron de Guanca-
velica, y fué el total rernedio de aquellas mi-
nas, porque con el azogue se sacó plata infinita
3l6 LIBRO CUARTO

de los metales que estaban desechados, que llama-


ban desmontes. Porque como está dicho, el azogue
apura la plata, aunque sea pobre, y de poca ley,
y seca, lo cual no hace la fundición de fuego. Tie-
ne el Rey Católico, de la labor de las minas de
azogue, sin costa, ni riesgo alguno, cerca de cua-
trocientos mil pesos de minas, que son de á cator-
ce reales, ó poco menos, sin lo que después de
ello procede, por el beneficio que se hace en Po-
tosí, que es otra riqueza grandísima. Sácanse un
año con otro de estas minas de Guancavelica, ocho
mil quintales de azogue, y aun mas.
CAPÍTULO XII

De el modo y arte que se saca el Azogtie, y se


beneficia con él la plata.

Digamos ahora cómo se saca el azogue, y cómo


•se saca con él la plata. L a piedra, ó metal donde
el azogue se halla, se muele, y pone en unas ollas
al fuego tapadas, y allí fundiéndose, ó derritién-
dose aquel metal, se despide de él el azogue con
la fuerza del fuego, y sale en exhalación á vueltas
de el humo del dicho fuego, y suele ir siempre
arriba, hasta tanto que topa algún cuerpo, donde
para, y se cuaja, ó si pasa arriba sin topar cuerpo
duro, llega hasta donde se enfria, y allí se cuaja,
y vuelve á caer abajo. Cuando está hecha la fun-
dición destapan las ollas, y sacan el metal. L o cual
procuran se haga estando y a frias, porque si da
algún humo, ó vapor de aquél á las personas que
destapan las ollas, se azogan y mueren, ó quedan
muy maltratadas, ó pierden los dientes. Para dar
fuego á los metales, porque se gasta infinita leña,
halló un Minero, por nombre Rodrigo de Torres,
POMO j . 23
338 LIBRO CUARTO

una invención útilísima, y fué coger de una paja


que nace por todos aquellos cerros del Perú, la.
cual allá llaman Icho, y es á modo de esparto, y
con ella dan fuego. Es cosa maravillosa la fuerza,
que tiene esta paja para fundir aquellos metales,
que es como lo que dice Plinio (i) del oro que se
funde con llama de paja, no fundiéndose con bra-
sas de leña fortísima. E l azogue así fundido lo
ponen en badanas, porque en cuero se puede
guardar , y así se mete en los almacenes del
Rey; y de allí se lleva por mar á A r i c a , y de allí
á Potosí en recuas, ó carneros de la tierra. Con-
súmese comunmente en el beneficio de los meta-
les en Potosí de seis á siete mil quintales por año,,
sin lo que se saca de las lamas (que son las hece&
que quedan, y barro de los primeros lavatorios-
de metales que se hacen en tinas), las cuales lamas-
se queman, y benefician en hornos para sacar el
azogue que en ellas queda, y habrá mas de cin-
cuenta hornos de éstos en la villa de Potosí, y en
Tarapaya. Será la cantidad de los metales que se
benefician, según han echado la cuenta hombres-
prácticos, mas de trescientos mil quintales al año,,
de cuyas lamas beneficiadas se sacarán mas de dos.
mil quintales de azogue. Y es de saber, que la
cualidad de los 'metales es varia, porque acaece

(i) L i b . 33.C. 4.
DE LA HISTORIA. NATURAL DE INDIAS 339

que un metal da mucha plata, y consume poco


azogue: otro al revés, da poca plata, y consume
mucho azogue: otro da mucha, y consume mucho:
otro da poca, y consume poco; y conforme á como
es el acertar en estos metales, así es el enriquecer
poco, ó mucho, ó perder en el trato de metales.
Aunque lo mas ordinario es, que en metal rico,
como da mucha plata, así consume mucho azogue,
y el pobre al revés. E l metal se muele muy bien
primero con los mazos de ingenios, que golpean la
piedra como batanes, y después de bien molido el
metal, lo ciernen con unos cedazos de telas de
arambre, que hacen la harina tan delgada como
los comunes de cerdas; y ciernen estos cedazos, si
están bien armados y puestos, treinta quintales en-
tre noche y dia. Cernida que está la harina del
metal, la pasan á unos cajones de buitrones, don
de la mortifican con salmuera , echando á cada
cincuenta quintales de harina cinco quintales de sal,
y esto se hace para que la sal desengrase la harina
de metal, del barro, ó lama que tiene, con lo cual el
azogue recibe mejor la plata. Exprimen luego con un
lienzo de Holanda cruda el azogue sobre el metal, y
sale el azogue como un rocío, y así van revolviendo
el metal para que á todo él se comunique este rocío
del azogue. Antes de inventarse los buitrones de
fuego, se amasaba muchas y diversas veces el
metal con el azogue, así echado en unas artesas.
340 LIBRO CUARTO

y hacían pellas grandes como de barro, y dejá-


banlo estar algunos días, y volvían á amasarlo otra
vez y otra, hasta que se entendía que estaba y a
incorporado el azogue en la plata, lo cual tardaba
veinte días y mas, y cuando menos nueve. Des-
pués, por aviso que hubo, como la gana de adqui-
rir es diligente, hallaron que para abreviar el tiem-
po, el fuego ayudaba mucho á que el azogue to-
mase la plata con presteza, y así trazaron los bui-
trones, donde ponen unos cajones grandes, en que
echan el metal con sal y azogue, y por debajo dan
fuego manso en ciertas bóvedas hechas á p r o p ó -
sito, y en espacio de cinco días ó seis el azogue
incorpora en sí la plata. Cuando se entiende que
ya el azogue ha hecho su oficio, que es juntar la
plata, mucha ó poca, sin dejar nada de ella, y
embeberla en sí, como la esponja al agua, incor-
porándola consigo, y apartándola de la tierra,
plomo y cobre, con que se cría, entonces tratan
de descubrirla, sacarla y apartarla del mismo azo-
gue, lo cual hacen en esta forma: Echan el metal
en unas tinas de agua, donde con unos molinetes
ó ruedas de agua, trayendo al derredor el metal,
como quien deslíe 6 hace mostaza, va saliendo el
barro ó lama del metal en el agua que corre, y la
plata y azogue, como cosa mas pesada, hace
asiento en el suelo de la tina. E l metal que queda
está como aren?, y de aquí lo sacan y llevan á
D E LA HISTORIA NATURAL D E INDIAS 341

lavar otra vuelta con bateas en unas balsas o po-


zas de agua, y allí acaba de caerse el barro, y
deja la plata y azogue á-solas, aunque á vueltas
del barro y lama va siempre algo de plata y azo-
gue, que llaman relaves: y también procuran des-
pués sacarlo y aprovecharlo. Limpia, pues, que
está la plata y el azogue, que y a ello reluce, des-
pedido todo el barro y tierra, toman todo este
metal, y echado en un lienzo exprímenlo fuerte-
mente; y así sale todo el azogue que no está in-
corporado en la.plata, y queda lo demás hecho
todo una pella de plata y azogue, al modo que
queda lo duro y cibera de las almendras, cuando
exprimen el almendrada: y estando bien exprimi-
da la pella que queda, sola es la sexta parte de
plata, y las otras cinco son azogue. De manera,
que si queda una pella de sesenta libras, las diez
libras son de plata, y las cincuenta de azogue. De
estas pellas se hacen las piñas á modo de panes
de azúcar, huecas por adentro; y hácenlas de cien
libras de ordinario. Y para apartar la plata del
azogue, pónenías en fuego fuerte, dondec las cu-
bren con un vaso de barro de la hechura de los
moldes de panes de azúcar, que son como unos
caperuzones, y cúbrenlas de carbón, y danles
fuego, con el cual el azogue se exhala en humo, y
topando en el caperuzon de barro, allí se cuaja y
destila, como los vapores de la olla en la cober-
342 LIBRO CUARTO

tera; y por un cañón al modo de alambique, recí-


bese todo el azogue que se destila, y vuélvese á
cobrar quedando la plata sola. L a cual en forma
y tamaño és la misma: en el peso es cinco partes
menos que antes: queda toda crespa y es-
ponjada, que es cosa de ver: de dos de estas
piñas se hace una barra de plata, que pesa sesenta
y cinco ó sesenta y seis marcos; y así se lleva á
ensayar, quintar y marcar. Y es tan fina la plata
sacada por azogue, que jamás baja de dos mil y
trescientos y ochenta de ley: y es tan excelente,
que para labrarse, ha menester que los Plateros la
bajen de ley echándola liga ó mezcla; y lo mismo
hacen en las Casas de moneda, donde se labra y
acuña. Todos estos tormentos, y por decirlo así,
martirios pasa la plata para ser fina, que si bien
se mira, es un amasijo formado, donde se muele,
se cierne, se amasa, se leuda y se cuece la plata,
y aun fuera de esto S3 lava y relava, y se cuece
y recuece pasando por mazos y cedazos, artesas,
buitrones, tinas, bateas, exprimideros y hornos;
y finalmente, por agua y fuego. Digo esto, porque
viendo este artificio en Potosí, consideraba lo que
dice la Escritura de los Justos, (i) que: Colabit
eos, purgabit cuasi argentiipi. Y lo que dice en
otra parte (2): Sicut argentum probaíum terree,

(1) Mal. 3. v.3.Eccles. 2. v. 8.


2) P.,.ilm. 11. v 7.
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 343

purgatum septuplum. Que para apurar la plata,


y afinarla y limpiarla de la tierra y barro en que
se cria, siete veces la purgan y purifican, porque
•en efecto son siete, esto es, muchas y muchas las
veces que la atormentan hasta dejarla pura y fina.
Y así es la doctrina del Señor, y lo han de ser las
almas que han de participar de su pureza divina.

CAPITULO XIII

De los ingenios para moler metales, y del ensaye


de la plata.

Para concluir con esta materia de plata y me-


tales restan dos cosas por decir: una es de los in-
genios y moliendas: otra de los ensayes. Y a se
dijo que el metal se muele para recibir el azogue.
Esta molienda se hace con diversos ingenios: unos
que traen caballos, como atahonas; y otros que se
mueven con el golpe del agua, como aceñas ó
molinos; y de los unos y los otros hay gran can-
344 LIBRO CUARTO

tidad. Y porque el agua, que comunmente es la.


que llueve, no la hay bastante en Potosí, sino ea
tres ó cuatro meses, que son Diciembre, Enero y
Febrero, han hecho unas lagunas que tienen de
contorno como á mil y setecientas varas, y de
de hondo tres estados, y son siete, con sus com-
puertas; y cuando es menester usar de alguna, la
alzan, y sale un cuerpo de agua, y las fiestas
las cierran. Cuando se hinchen las lagunas, y el
año es copioso de aguas, dura la molienda seis 6
siete meses, de modo que también para la plata
piden los hombres y a buen año de aguas en Potosí,,
como en otras partes para el pan. Otros ingenios
hay en Tarapaya, que es un valle tres ó cuatro
leguas de Potosí, donde corre un rio; y en otras,
partes hay otros ingenios. H a y esta diversidad,
que unos ingenios tienen á seis mazos, otros á doce
y catorce. Muélese el metal en unos morteros,,
donde dia y noche lo están echando, y de allí
llevan lo que está molido á cerner. Están en la
ribera del arroyo de Potosí cuarenta y ocho in-
genios de agua, de á ocho, diez y doce mazos:
otros cuatro ingenios están en otro lado, que
llaman Tanacoñuño. E n el valle de Tarapaya hay
veinte y dos ingenios; todos estos son de agua:
fuera de los cuales hay en Potosí otros treinta
ingenios de caballos, y fuera de Potosí otros algu-
nos: tanta ha sido la diligencia é industria de sacar
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 345

plata. L a cual finalmente se ensaya y prueba por


los Ensayadores y Maestros que tiene el R e y
puestos, para dar su ley á cada pieza. Llévanse
las barras de plata al Ensayador, el cual pone á
cada una su número, porque el ensaye se hace de
muchas juntas. Saca de cada una un bocado, y
pésale fielmente: échale en una copella, que es un
vasito hecho de ceniza de huesos molidos y que-
mados. Pone estos vasitos por su orden en el horno
ú hornaza: dales fuego fortísimo: derrítese el metal
todo, y lo que es plomo se va en humo, el cobre
6 estaño se deshace, queda la plata finísima hecha
de color de fuego. Es cosa maravillosa, que
cuando está así refinada, aunque esté líquida y
derretida, no se vierte volviendo la copella, 6 vaso-
donde está hácia abajo, sino que se queda fija sin
caer gota. E n la color y en otras señales conoce el
Ensayador cuando está afinada: saca del horno las.
copellas: vuelve á pesar delicadísimamente cada
pedacito: mira lo que ha mermado y faltado de su
peso, porque la que es de ley subida merma poco, y
la que es de ley baja, mucho. Y así conforme á l o
que ha mermado, ve la ley que tiene, y esa asienta,
y señala en cada barra puntualmente. Es el peso,
tan delicado, y las pesicas, ó granos tan menudos,,
que no se pueden asir con los dedos, sino con unas,
pinzas; y el peso se hace á luz de candela, porque
no dé aire que haga menear las balanzas, porque
346 LIBRO CUARTO

•de aquel poquito depende el precio y valor de


toda una barra. Cierto es cosa delicada, y que re-
quiere gran destreza, de la cual también se apro-
vecha la divina Escritura en diversas partes (1),
para declarar de qué modo prueba Dios á los
•suyos, y para notar las diferencias de méritos y
valor de las almas, y especialmente donde á Jere-
mías Profeta le da Dios título de Ensayador (2),
para que conozca, y declare el valor espiritual de
los hombres, y sus obras, que es negocio propio
del Espíritu de Dios, que es el que pesa los espí-
ritus de los hombres (3). Y con esto nos podemos
contentar cuanto á materia de plata, metales y
minas, y pasar adelante á los otros dos propuestos
•de plantas y animales.

(1) P s a l m , 65. v. l o . P r o v . ry. v. 3. 27. v. 21 .


•(2) H i e r e m . 6. v. " 7 .
<3) P r o v . 16. v. 2.
CAPÍTULO XIV

De las esmeraldas.

Aunque será bien primero decir algo de las es-


meraldas, que así por ser cosa preciada como el
oro y plata de que se ha dicho, como por ser su
nacimiento también en minas de metales, según
Plinio ( i ) , no viene fuera de propósito tratar aquí
de ellas. Antiguamente fué la esmeralda estimada
en mucho; y como el dicho Autor escribe, tenia
el tercer lugar entre las joyas después del diaman-
te y de la margarita. H o y dia, ni la esmeralda se
tiene en tanto, ni la margarita, por la abundancia
que las Indias han dado de ambas cosas: solo el
diamante se queda con su reinado, que no se lo
quitará nadie: tras él los rubíes finos, y otras
piedras se precian en mas que las esmeraldas. Son
amigos los hombres de singularidad, y lo que ven
ya común no lo precian. De un Español cuentan,
que en Italia al principio que se hallaron en Indias,

(O Plin. lib. 37, cap. 5.


348 LIBRO CUARTO

mostró una esmeralda á un Lapidario, y preguntó


el precio: vista por el otro, que era de excelente
cualidad y tamaño, respondió, que cien escudos;
mostróle otra mayor, dijo que trescientos. Engo-
losinado del negocio, llevóle á su casa, y mostróle
un cajón lleno de ellas: en viendo tantas dijo el
Italiano: Señor, éstas valen á escudo^ Así ha pasa-
do en Indias y España, que el haber hallado tanta
riqueza de estas piedras les ha quitado el valor.
Plinio dice excelencias de ellas (i), y que no hay
cosa mas agradable, ni njas saludable á la vista, y
tiene razón; pero importa poco su autoridad mien-
tras hubiere tantas. L a otra Lolia Romana, de quien
cuenta (2), que en un tocado y vestido labrado de
perlas y esmeraldas echó cuatrocientos mil duca-
dos de valor, pudiera hoy dia con menos de cua-
renta mil hacer dos pares como aquél.' E n diver-
sas partes de Indias se han hallado. Los Reyes
Mejicanos las preciaban, y aun usaban algunos
horadar las narices, y poner allí una excelente es-
meralda. E n los rostros de sus Idolos también las
ponían. Mas donde se ha hallado, y hoy en dia se
halla mas abundancia, es en el nuevo Reino • de
Granada, y en el Perú cerca de Manta y Puerto-
viejo. H a y por allí dentro una tierra que llaman

CO Hlin. lib. 37. c. 5.


(2) Plin. lib. 9. c. 3 5 .
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 349

de las Esmeraldas, por la noticia que hay de haber


muchas, aunque no ha sido hasta ahora conquista-
da aquella tierra. Las esmeraldas nacen en piedras
á modo de cristales, y yo las he visto en la misma
piedra, que van haciendo como veta, y según pa-
rece, poco á poco se van cuajando y afinando:
porque v i unas medio blancas, medio verdes: otras
cuasi blancas: otras ya verdes y perfectas del
todo. Algunas he visto del grandor de una nuez,
y aun mayores. Pero no sé que en nuestros tiempos
se hayan descubierto del t a m a ñ o del catino ó joya
que tienen en Génova, que con razón la precian
en tanto por joya, y no por reliquia, pues no consta
que lo sea, antes lo contrario. Pero sin compara-
ción excede lo que Teofrasto refiere de la esme-
ralda que presentó el Rey de Babilonia al Rey
de Egipto, que tenia de largo cuatro codos, y
tres de ancho, y que en el templo de Júpiter
una aguja hecha de cuatro piedras de esme-
raldas, que tenia de largo cuarenta codos , y
de ancho en partes cuatro, y en partes dos; y que
en su tiempo en Tiro habia en el templo de H é r -
cules un pilar de esmeralda. Por ventura era,
como dice Plinio (i), de piedra verde que tira á
esmeralda, y la llaman esmeralda falsa. Como al-
gunos quieren decir, que ciertos pilares que hay

(0 Plin. lib. 37. c. 5.


350 LIBRO CUARTO

en la Iglesia Catedral de Córdoba, desde el tiem-


po que fué mezquita de los Reyes Miramamolines
Moros, que reinaron en Córdoba, que son de pie-
dra de esmeralda. E n la flota del año de ochenta
y siete, en que yo vine de Indias, trajeron dos ca-
jones de esmeraldas, que tenia cada uno de ellos
por lo menos cuatro arrobas, por donde se puede
ver la abundancia que hay. Celebra la divina Es-
critura ( i ) las esmeraldas como joya muy precia-
da, y pónelas así entre las piedras preciosas que
traía en el pecho el Sumo Pontífice, como en las.
que adornan los muros de la celestial Jerusalén,

(i) Exod. 29. 39. Apoc. 2 i . v. 19.


CAPÍTULO X V

De las perlas.

Y a que tratamos la principal riqueza que se


trae de Indias, no es justo olvidar las perlas que
los Antiguos llamaban margaritas, cuya estima en
los primeros fué tanta, que eran tenidas por cosa
que sola á personas Reales pertenecían. H o y dia
es tanta la copia de ellas, que hasta las negras
traen sartas de perlas. Críanse en los ostiones ó
conchas del mar entre la misma carne; y á mí me
ha acaecido, comiendo algún ostión, hallar la perla
enmedío. Las conchas tienen por de dentro unas
colores del Cíelo muy vivas, y en algunas partes
hacen cucharas de ellas, que llaman de nácar. Son
las perlas de diferentísimos modos en el tamaño,
figura, color y lisura, y así su precio es muy dife-
rente. Unas llaman Avemarias, por ser como cuen-
tas pequeñas de Rosario: otras Paternostres, por
ser gruesas. Raras veces se hallan dos que en todo
convengan en tamaño, en forma ó en color. Por eso
352 LIBRO CUARTO

los Romanos (según escribe Plinío) ( i ) las llama-


ron Uniones. Cuando se aciertan á encontrar dos
que en todo convengan, suben mucho de precio,
especialmente para zarcillos: algunos pares he
visto, que los estimaban en millares de ducados,
aunque no llegasen al valor de las dos perlas de
Cleopatra, que cuenta Plinio (2), haber valido
cada una cien mil ducados, con que ganó aquella
Reina loca la apuesta que hizo Marco Antonio, de
gastar en una cena mas de cien mil ducados, por-
que acabadas las viandas echó en vinagre fuerte
una de aquellas perlas, y deshecha así, se la tragó:
la otra dice, que partida en dos, fué puesta en el
Panteón de Roma en los zarcillos de la estatua de
Venus. Y del otro Clodio hijo de el Farsante, ó
Trágico Esopo cuenta, que en un banquete dió á
cada uno de los convidados una perla rica deshe-
cha en vinagre, entre los otros platos, para hacer
la fiesta magnífica. Fueron locuras de aquellos
tiempos éstas; y las de los nuestros no son muy
menores, pues hemos visto no solo los sombreros
y bandas, mas los botines y chapines de mujeres
de por ahí cuajados todos de labores de perlas.
Sácanse las perlas en diversas partes de Indias,
donde con mas abundancia es en el mar del sur

(1) L i b . 9. c. 35.
(2) Ibic'em.
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 353

cerca de Panamá, donde están las Islas, que por


esta causa llaman de las perlas. Pero en mas cuan-
tidad y mejores se sacan en la mar del norte cerca
de el rio que llaman de la Hacha. Allí supe cómo
se hacía esta granjeria, que es con harta costa y
trabajo de los pobres buzos, los cuales bajan seis,
y nueve, y aun doce brazas en hondo á buscar los
ostiones, que de ordinario están asidos á las peñas
y escollos de la mar. De allí los arrancan, y se
cargan de ellos, y se suben, y los echan en las
canoas, donde los abren y sacan aquel tesoro que
tienen dentro. E l frió del agua allá dentro del mar
es grande, y mucho mayor el trabajo de tener el
aliento estando un cuarto de hora á veces, y aun
media, en hacer su pesca. Para que puedan tener el
aliento, hacénles á los pobres buzos que coman
poco, y manjar muy seco, y que sean continentes.
De manera que también la codicia tiene sus absti-
nentes y continentes, aunque sea á su pesar. L a -
bránse de diversas maneras las perlas, y horadán-
las para sartas. H a y y a gran demasía donde quie-
ra. E l año de ochenta y siete v i en la memoria de
lo que venia de Indias para el Rey, diez y ocho
marcos de perlas, y otros tres cajones de ellas, y
para particulares, mil doscientos y sesenta y cua-
tro marcos de perlas, y sin esto otras siete tale-
gas por pesar, que en otro tiempo se tuviera por
fabuloso.
TOMO I. 24
CAPÍTULO XVI

Del pan de Indias y del maiz.

Viniendo á las plantas, trataremos de las que


son mas propias de Indias, y después de las co-
munes á aquella tierra, y á ésta de Europa. Y
porque las plantas fueron criadas principalmente
para mantenimiento del hombre, y el principal de
que se sustenta es el pan, será bien decir, qué pan
hay en Indias, y qué cosa usan en lugar de pan.
E l nombre de pan es allá también usado con pro-
pieda 1 de su lengua, que en el Perú llaman tanta,
y en otras partes de otras maneras. Mas la cuali-
dad y substancia del pan que los Indios tenían y
usaban, es cosa muy diversa del nuestro, porque
ningún género de trigo se halla que tuviesen, ni
cebada, ni mijo, ni panizo, ni esotros granos usa-
dos para pan en Europa. E n lugar de esto usaban
de otros géneros de granos, y de raíces: entre to-
dos tiene el principal lugar, y con razón, el grano ,
de maíz, que en Castilla llaman trigo de las Indias,,
y en Italia grano de Turquía. Así como en las par-
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 355

tes del orbe antiguo, que son Europa, Asia y


Africa el grano mas común á los hombres es el
trigo, así en las partes del nuevo orbe ha sido y
es el grano de maíz, y cuasi se ha hallado en to -
dos los Reinos de Indias occidentales, en Perú, en
Nueva-España, en nuevo Reino, en Guatemala, en
Chile, en toda Tierra-firme. De las Islas de Bar-
lovento, que son Cuba, la Española, Jamaica, San
Juan, no sé que se usase antiguamente el maíz,
hoy dia usan mas la yuca y cazavi, de que lue-
go diré. E l grano del maíz, en fuerza y sustento,
pienso que no es inferior al trigo: es mas grueso y
cálido, y engendra sangre: por donde los que
de nuevo lo comen, si es con demasía, suelen
padecer hinchazones y sarna. Nace en cañas,
y cada una lleva una ó dos mazorcas, donde está
pegado el grano: y con ser granos gruesos tienen
muchos, y en alguna contamos setecientos gra-
nos. Siémbrase á mano, y no esparcido: quiere
tierra caliente y húmeda. Dáse en muchas partes
de Indias con grande abundancia: coger trescien-
tas fanegas de una de sembradura, no es cosa muy
rara. H a y diferencia en el maíz como también en
los trigos: uno es grueso y sustancioso: otro chico
y sequillo, que llaman moroche: las hojas del maíz
y la caña verde es escogida comida para cabal-
gaduras, y aun seca también sirve como- de paja.
E l mismo grano es de mas sustento para los ca-
356 LIBRO CUARTO

ballos y muías, que la cebada; y así es ordinario


en aquellas partes teniendo aviso de dar de beber .
á las bestias, primero que coman el maíz, porque
bebiendo sobre él se hinchan, y les da torzón,
como también lo hace el trigo. E l pan de los In-
dios es el maíz; cómenlo comunmente cocido así
en grano y caliente, que llaman ellos mote; como
comen los Chinas y Japones el arroz también co-
cido con su agua caliente. Algunas veces lo comen
tostado: hay maíz redondo y grueso, como lo de
los Lucanas, que lo comen Españoles por golosina
tostado, y tiene mejor sabor que garbanzos tosta-
dos. Otro modo de comerle mas regalado es mo-
liendo el maíz, y haciendo de su harina masa, y
de ella unas tortillas, que se ponen al fuego, y así
calientes se ponen á la mesa, y se comen: en' al-
gunas partes las llaman arepas. Hacen también de
la propia masa unos bollos redondos, y sazónanlos
de cierto modo, que duran, y se comen por rega-
lo. Y porque no falte la curiosidad también en co-
midas de Indias, han inventado hacer cierto modo
de pasteles de esta masa, y de la flor de su harina
con azúcar vizcochuelos, y melindres que llaman.
No les sirve á los Indios el maíz solo de pan, sino
también de vino, porque de él hacen sus bebidas,
con que se embriagan harto mas presto que con
vino de uvas. E l vino de maíz, que llaman en el
Perú azua, y por vocablo de Indias común chicha.
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 357

se hace en diversos modos. E l mas fuerte al modo


de cerveza, humedeciendo primero el grano de
maíz, hasta que comienza á brotar, y después co-
ciéndolo con cierto orden, sale tan récio, que á
pocos lances derriba: éste llaman en el Perú sora,
y es prohibido por ley, por los graves daños que
trae emborrachando-bravamente; mas la ley sirve
de poco, que así como así lo usan, y se están bai-
lando y bebiendo noches y dias enteros. Este
modo de hacer brebage con que emborracharse,
de granos mojados, y después cocidos , refiere
Plinio (i), haberse usado antiguamente en España
y Francia, y en otras provincias, como hoy dia
en Flandes se usa la cerveza hecha de granos de
cebada. Otro modo de hacer el azua, o chicha es,
mascando el maíz, y haciendo levadura de lo que
así se masca, y después cocido: y aun es opi-
nión de Indios, que para hacer buena levadura, se
ha de mascar por viejas podridas, que aun oírlo
pone asco, y ellos no lo tienen de beber aquel
vino. E l modo mas limpio y mas sano, y que me-
nos encalabrina, es de maíz tostado: esto usan los
Indios mas pulidos, y algunos Españoles por me-
dicina: porque en efecto hallan, que para ríñones
y orina es muy saludable bebida, por donde ape-
nas se halla en Indios semejante mal, por el uso de

(0 Plin. üb. 14 c. 22.


358 LIBRO CUARTO

beber su chicha. Cuando el maíz está tierno en su


mazorca y como en leche, cocido ó tostado lo
comen por regalo Indios y Españoles; también lo
echan en la olla, y en guisados, y es buena comi-
da. Los cebones de maíz son muy gordos, y sir-
ven para manteca en lugar de aceite: de manera
que para bestias y para hombres, para pan y para
vino, y para aceite aprovecha en Indias el maíz.
Y así decia el V i r e y Don Francisco de Toledo,
que dos cosas tenia de substancia y riqueza el
Perú, que eran el maíz, y el ganado de la tierra.
Y cierto tenia mucha razón, porque ambas cosas
sirven por mil. De donde fué el maíz á Indias, y
por qué este grano tan provechoso le llaman en
Italia grano de Turquía, mejor sabré preguntarlo,
que decirlo. Porque en efecto, en los Antiguos no
hallo rastro de este géne. o , aunque el milio,
' que Plinio escribe (i) haber venido á Italia de la
India diez años habia, cuando escribió, tiene algu-
na similitud con el maíz, en lo que dice que es
grano y que nace en caña, y se cubre de hoja, y
que tiene al remate como cabellos, y el ser férti-
lísimo, todo lo cual no cuadra con el mijo, que co-
munmente entienden por milio. E n fin, repartió el
Criador á todas partes su gobierno: á este orbe
dió el trigo, que es el principal sustento de los

(0 l'iin. lib. 18. c. 7.


DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 359

hombres: á aquel de Indias dió el maíz, que tras


«1 trigo tiene el segundo lugar, para sustento de
hombres y animales.

CAPÍTULO XVII

De las yucas, cazabe, papas, chuño y arroz.

E n algunas partes de las Indias usan'un género


de pan que llaman cazabe, el cual se hace de cier-
ta raíz que se llama yuca. Es la yuca raíz grande
y gruesa, la cual cortan en partes menudas, y la
rallan, y como en prensa lá exprimen; y lo que
queda es una como torta delgada, muy grande, y
ancha cuasi como una adarga. Esta así seca es el
pan que comen: es cosa sin gusto y desabrida,
pero sana y de sustento; por eso decíamos estan-
do en la Española, que era propia comida para
contra la gula, porque se podia comer sin escrú-
pulo de que el apetito causase exceso. Es necesa-
rio humedecer el cazabe para comerlo, porque es
36o LIBRO CUARTO

áspero, y raspa: humedécese con agua ó caldo fá-


cilmente, y para sopas es bueno, porque empapa
mucho, y así hacen capirotadas de ello. E n leche,,
y en miel de cañas, ni aun en vino apenas se hume-
dece, ni pasa, como hace el pan de trigo. De este
cazavi hay uno mas delicado, que es ht cho de la
flor que ellos llaman jaujau, que en aquellas partes,
se precia, y yo preciaría mas un pedazo de pan,
por duro y moreno que fuese. Es cosa de maravi-
lla, que el zumo ó agua que esprimen de aquella,
raíz de que hacen el cazavi, es mortal veneno, y
si se bebe mata, y la substancia que queda es pan
sano, como está dicho. H a y género de yuca que
llaman dulce, que no tiene en su zumo ese vene-
no, y esta yuca se come así en raíz cocida 6 asa-
da, y es buena comida. Dura el cazavi mucho
tiempo, y así lo llevan en lugar de vizcocho para
navegantes. Donde mas se usa esta comida es en
las Islas que llaman de Barlovento, que son, como
arriba está dicho, Santo Domingo, Cuba, Puerto-
Rico, Jamaica, y algunas otras de aquel parage:
la causa es, no darse trigo, ni aun maíz, sino mal.
E l trigo en sembrándolo luego nace con grande
frescura, pero tan desigualmente, que no se puede
coger, porque de una misma sementera .al mismo
tiempo uno está en berza, otro en espiga, y otro
brota: uno está alto, otro bajo: uno es todo yerba,
otro grana. Y aunque han llevado labradores para
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 36l.

ver si podrían hacer agricultura de trigo, no tiene-


remedio la cualidad de la tierra. Tráese harina de
la Nueva-España, ó llévase de España, ó de las-
Canarias, y está tan húmeda, que el pan apenas-
es de gusto, ni provecho. Las hostias, cuando de-
ciamos Misa, se nos doblaban como si fuera papel
mojado: esto causa el extremo de humedad y calor
juntamente, que hay en aquella ti erra. Otro extre-
mo contrario es el que en otras partes de Indias
quita el pan de trigo y de maíz, como es lo
alto de la sierra del Perú, y las provincias
que llaman del Collao, que es la mayor parte
de aquel Reino: donde el temperamento es tan
frió y tan seco, que no da lugar á criarse tri-
go, ni maíz, en cuyo lugar usan los Indios otro
género de raíces, que llaman papas, que son á
modo de turmas de tierra, y echan arriba una po-
quilla hoja. Estas papas cogen, y déjanlas secar
bien al Sol, y quebrantándolas hacen lo que lla-
man chuño, que se conserva así muchos dias, y
les sirve de pan, y es en aquel Reino gran con-
tratación la de este chuño para las minas del Po-
tosí. Gómense también las papas así frescas coci-
das ó asadas, y de un género de ellas mas apaci-
ble, que se da también en lugares calientes, hacen
cierto guisado ó cazuela, que llaman locro. E n fin,
estas raíces son todo el pan de aquella tierra,'
y cuando el año es bueno de éstas, están conten'-
362 LIBRO CUARTO

tos, porque hartos años se les anublan y hielan en


l a misma tierra: tanto es el frío y destemple de
aquella región. Traen el maíz de los valles y de
Ja costa de la mar, y los Españoles regalados de
las mismas partes, y de otras harina y trigo,' que
•como la sierra es seca, se conserva bien, y se hace
buen pan. E n otras partes de Indias, como son las
Islas Filipinas, usan por pan el arroz, el cual en
toda aquella tierra, y en la China se da escogido,
y es de mucho y muy buen sustento: cuácenlo, y
en unas porcelanas ó salserillas, así caliente en su
agua, lo van mezclando con la vianda. Hacen tam-
bién su vino en muchas partes del grano del arroz
humedeciéndolo, y después cociéndolo al modo
que la cerveza de Flandes ó la azua del Perú. Es
el arroz comida poco menos universal en el mun-
do que el trigo y el maíz, y por ventura lo es mas
porque además de la China, Japones, Filipinas, y
gran parte de la India oriental, es en la Africa y
Etiopia el grano mas ordinario. Quiere el arroz
mucha humedad, y cuasi la tierra empapada en
agua, y empantanada. E n Europa, en Perú, y Mé-
jico donde hay trigo, cómese el arroz por guisado
ó vianda, y no por pan, cociéndose en leche, ó con
el graso de la olla, y en otras maneras. E l mas esco-
gido grano es el que viene de las Filipinas y Chi-
na, como está dicho. Y esto baste así en común
para entender lo que en Indias se come por pan.
CAPÍTULO XVIII

De diversas raices que se dan en Indias.

Aunque en los frutos que se dan sobre la tierra,


es mas copiosa y abundante la tierra de acá, por
la gran diversidad de árboles, frutales, y de hor-
talizas; pero en raíces y comidas debajo de tierra
paréceme, que es mayor la abundancia de allá,
porque en este género acá hay rábanos, nabos,
zanahorias, chicorias, cebollas, ajos, y algunas
otras raíces de provecho: allá hay tantas, que no
sabré contarlas. Las que ahora me ocurren, ade-
más de las papas, que son lo principal, son ocas,
yanaocas, camotes, batatas, jiquimas, yuca, co-
chuchu, cavi, totora, mani, y otros cien géneros
que no me acuerdo. Algunos de éstos se han traí-
do á Europa, como son batatas, y se comen por
cosa de buen gusto; como también se han llevado
á Indias las raíces de acá; y aun hay esta ventaja,
que se dan en Indias mucho mejor las cosas de
Europa, que en Europa las de Indias: la causa
364 LIBRO CUARTO

pienso ser, que allá hay mas diversidad de temples;


que acá; y así es fácil acomodar allá las plantas al
temple que quieren. Y aun algunas cosas de acá
parece darse mejor en Indias, porque cebollas, ajos,
y zanahorias no se dan mejor en España que en
el Perú; y nabos se han dado allá en tanta abun-
dancia, que han cundido en algunas partes, de
suerte que me afirman, que para sembrar de trigo-
unas tierras, no podian valerse con la fuerza de
los nabos que allí hablan cundido. Rábanos mas.
gruesos que un brazo de hombre, y muy tiernos,,
y de muy buen sabor, hartas veces los vimos. De-
aquellas raíces que dije, algunas son comida ordi-
naria, como camotes, que asados sirven de fruta ó
legumbres: otras hay que sirven para regalo, como
el cochucho, que es una raicilla pequeña y dulce,,
que algunos suelen confitarla para mas golosina:
otras sirven para refrescar, como la jiquima,. que
es muy fria y húmeda; y en verano, en tiempo de
estío refresca y apaga la sed: para substancia y
mantenimiento, las papas, y ocas hacen ventaja.
De las raíces de Europa el ajo estiman sobre todo
los Indios, y le tienen por cosa de gran importan-
cia, y no les falta razón, porque les abriga, y ca-
lienta el estómago, según ellos le comen de buena
gana y bastante, así crudo como le echa la tierra.
CAPÍTULO X I X

De diversos géneros de verduras y legumbres;


y de los que lia nan pepinos, pinas, frutilla
de Chile, y ciruelas.

Y a que hemos comenzado por plantas menores,


brevemente se p o d r á decir lo que toca á verduras
y hortaliza, y lo que los Latinos llaman Arbusta,
-que todo esto no llega á ser árboles. H a y algunos
géneros de estos arbustos, ó verduras en Indias
•que son de muy buen gusto: á muchas de estas
cosas de Indias los primeros Españoles les pusie-
ron nombres de España, tomados de otras cosas
á que tienen alguna semejanza, como pinas, pepi-
nos, y ciruelas, siendo en la verdad frutas diver-
sísimas; y que es mucho más sin comparación en
lo que difieren, de las que en Castilla se llaman
por esos nombres. Las pinas son del tamaño y
figura exterior de las piñas de Castilla: en lo de
dentro totalmente difieren, porque ni tienen piño-
nes, ni apartamientos de cáscaras, sino todo es
365 LI3R0 CUARTO

carne de comer, quitada la corteza de fuera: y es


fruta de excelente olor, y de mucho apetito para,
comer: el sabor tiene un agrillo dulce y jugoso:
cómenlas haciendo tajadas de ellas, y echándolas-
un rato en agua y sal. Algunos tienen opinión,,
que engendran cólera, y dicen que no es comida.
muy sana, mas no he visto experiencia que las
acredite mal. Nacen en una como caña ó verga,, •
que sale de entre muchas hojas, al modo que el
azucena ó lirio; y en el tamaño será poco mayor,,
aunque mas grueso. E l remate de cada caña de
éstas es la piña: dase en tierras cálidas y húme-
das: las mejores son de las Islas de Barlovento..
E n el Perú no se dan: tráenlas de los Andes; pero
no son buenas, ni bien maduras. A l Emperador
Don Carlos le presentaron una de estas piñas, que
no debió costar poco cuidado traerla de Indias en.
su planta, que de otra suerte no podia venir: el
olor alabó: el sabor no quiso ver qué tal era. D e
estas piñas en la Nueva-España he visto conserva
extremada. Tampoco los que llaman pepinos son
árboles, sino hortaliza, que en un año hace su
curso. Pusiéronles este nombre, porque alguno»
de ellos ó los mas tienen el largo y el redondo
semejante á pepino de España, mas en todo lo
de mas difieren, porque el color no es verde, sino-
morado, ó amarillo, ó blanco, y no son espinosos,
ni escabrosos, sino muy lisos, y el gusto tienen d i -
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 367-

ferentísimo, y de mucha ventaja, porque tienen


también éstos un agrete dulce muy sabroso, cuan-
do son de buena sazón, aunque no tan agudo como
la piña: son muy jugosos, y frescos, y fáciles de
digestión: para refrescar en tiempo de calor son
buenos: móndase la cáscara, que es blanda, y todo
lo demás es carne: dánse en tierras templadas, y
quieren regadío; y aunque por la figura los llaman
pepinos, muchos de ellos, hay redondos del todo,
y otros de diferente hechura, de modo, que ni
aun la figura no tienen de pepinos. Esta planta
no me acuerdo haberla visto en Nueva-España, ni
en las Islas, sino solo en los llanos del Perú. L a
que llaman frutilla de Chile tiene también apetito-
toso comer, que cuasi tira al sabor de guindas,,
mas en todo es muy diferente, porque no es árbol
sino yerba, que crece poco, y se esparce por la
tierra, y da aquella frutilla, que en el color y gra-
nillos tira á moras, cuando están blancas por ma-
durar, aunque es mas ausada y mayor que moras.
Dicen que en Chile se halla naturalmente nacida
esta frutilla en los campos. Donde yo la he visto,
siémbrase de rama, y críase como otra hortaliza.
Las que llaman ciruelas, son verdaderamente frn-
ta de árboles, y tienen mas semejanza con verda-
deras ciruelas. Son en diversas maneras: unas lla-
man de Nicaragua, que son muy coloradas y pe-
queñas; y fuera del hollejo y hueso apenas tienen
368 LIBRO CUARTO

•carne que comer; pero eso poco que tienen, es de


escogido gusto, y un agrillo tan bueno ó mejor
• que el de guinda: tiénenlas por muy sanas, y así
iias dan á enfermos, y especialmente para provo-
car gana de comer. Otras hay grandes, y de
«olor obscura, y de mucha carne; pero es comida
•gruesa y de poco gusto, que son como chabaca-
nas. Estas tienen dos ó tres huesezuelos pequeños
-en cada una. Y por volver á las verduras y horta-
lizas, aunque las hay diversas, y otras muchas
•demás de las dichas; pero yo no he hallado,
«que los Indios tuviesen huertos diversos de horta-
liza, sino que cultivaban la tierra á pedazos para
legumbres, que ellos usan, como los que llaman
frísoles y pallares, que les sirven como acá gar-
banzos, habas y lentejas: y no he alcanzado, que
•éstos, ni otro género de legumbres de Europa los
hubiese antes de entrar los Españoles, los cuales
han llevado hortalizas y legumbres de España, y
se dan allá extremadamente, y aun en partes hay,
-que excede mucho la fertilidad á la de acá, como
-si dijésemos, de los melones, que se dan en el
valle de lea en el Perú, de suerte, que se hace
-cepa la raíz, y dura a ñ o s , y da cada uno melones,
y la podan como si fuese árbol: cosa que no sé
•que en parte ninguna de España acaezca. Pues las
•calabazas de Indias es otra monstruosidad, de su
^grandeza y vicio con que se crian, especialmente
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 369

las que son p r o p i a s de l a tierra, que allá llaman


eapallos, c u y a carne sirve p a r a comer, especial-
mente en C u a r e s m a , c o c i d a ó guisada. H a y de
este g é n e r o de calabazas m i l diferencias, y a l g u -
nas son tan disformes de grandes, que dejándolas
secar, h a c e n de su corteza, c o r t a d a p o r m e d i o y
l i m p i a , c o m o canastos, en que p o n e n todo el ade-
rezo p a r a una c o m i d a : de otros p e q u e ñ o s hacen
vasos p a r a c o m e r ó beber, y l á b r a n l o s graciosa-
mente p a r a diversos usos. Y esto d i c h o de las
plantas menores, pasaremos á las m a y o r e s , con
q u e se d i g a p r i m e r o d e l ají, que es t o d a v í a de
este distrito

TOMO I.
25
CAPÍTULO X X

Del aji ó pimienta de las Indias.

E n las Indias occidentales no se ha topado es-


pecería propia, como pimienta, clavo, canela, nuez
Y gengibre. Aunque un hermano nuestro, que pe-
regrinó por diversas y muchas partes, contaba,,
que en unos desiertos de la Isla de Jamaica habia
encontrado unos árboles, que daban pimienta;
pero no se sabe que lo sean, ni hay contratación
de ella. E l gengibre se trajo de la India á la Espa-
ñola, y ha multiplicado de suerte que y a no saben
qué hacerse de tanto gengibre, porque en la flota
del año de ochenta y siete se trajeron veinte y dos
mil cincuenta y tres quintales de ello á Sevilla.
Pero la natural especería que dió Dios á las Indias
de occidente, es la que en Castilla llaman pimien-
ta de las Indias, y en Indias por vocablo general
tomado de la primera tierra de Islas que conquis-
taron, nombran ají, y en lengua del Cuzco se dice
uchú, y en la de Méjico chili. Esta es cosa bien
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 37 I

conocida; y así hay que tratar poco de ella, solo


es de saber, que cerca de los antiguos Indios fué
muy preciada, y la llevaban á las partes donde no
se da, por mercadería importante. No se da en
tierras frias, como la sierra del Perú: dase en va-
lles calientes y de regadío. H a y ají de diversos
colores, verde, colorado y amarillo: hay uno bra-
vo, que llaman caribe, que pica y muerde recia-
mente: otro hay manso, y alguno dulce, que se
come á bocados. Alguno menudo hay que huele
en la boca como almizcle, y es muy bueno. L o
que pica del ají, es las venillas y pepita: lo demás
no muerde: cómese verde y seco, y molido y en-
tero, y en la olla y en guisados. Es la principal
salsa, y toda la especería de Indias: comido con
moderación ayuda al estómago para la digestión:
pero si es demasiado, tiene muy ruines efectos;
porque de suyo es muy cálido, humoso y penetra-
tivo. Por donde el mucho uso de él en mozos es
perjudicial á la salud, mayormente del alma, por-
que provoca á sensualidad: y es cosa donosa, que
con ser esta experiencia tan notoria, del fuego que
tiene en sí, y que al entrar y al salir dicen todos
que quema, con todo eso quieren algunos, y no po-
cos, defender que el ají no es cálido, sino fresco y
bien templado. Y o digo, que de la pimienta diré
lo mismo, y no me traerán mas experiencias de lo
uno, que de lo otro: así que es cosa de burla de-
372 LIBRO CUARTO

cir, que no es cálido, y en mucho extremo. Para


templar el ají usan de sal, que 1c corrige mucho,
porque son entre sí muy contrarios, y el uno al
otro se enfrenan: usan también tomates, que son
frescos y sanos, y es un género de granos gruesos
jugosos, y hacen gustosa salsa, y por sí son bue-
nos dé comer. Hállase esta pimienta de Indias um-
versalmente en todas ellas, en las Islas, en Nueva-
Españá, en Perú, y en todo lo demás descubierto;
de modo, que como el maíz es el grano mas gene-
ral para pan, así el ají es la especie mas común
para salsa y guisados.
CAPÍTULO X X I

Del plátano.

Pasando á plantas mayores, en el linage de ár-


boles, el primero de Indias, de quien es razón ha-
blar, es el plátano ó plántano, como el vulgo le
llama. Algún tiempo dudé, si el plátano que los
Antiguos celebraron, y éste de Indias era de una
especie; mas visto lo que es éste, y lo que del otro
escriben, no hay duda sino que son diversísimos.
L a causa de haberle llamado plátano los Españo-
les (porque los naturales no tenían tal vocablo)
fué como en otras cosas, alguna similitud que'ha-
llaron, como llaman ciruelas, pinas, almendras y
pepinos, cosas tan diferentes de las que en Casti-
lla son de esos géneros. E n lo que me parece que
debieron de hallar semejanza entre estos plátanos
de Indias, y los plátanos que celebran los A n t L
guos, es en la grandeza de las hojas, porque las
tienen grandísimas y fresquísimas estos plátanos,
y de aquellos se celebra mucho la grandeza y
374 LIBRO CUARTO

frescor de sus hojas, también ser planta que quiere


mucha agua, y cuasi continua. L o cual viene con
aquello de la Escritura ( i ) : Como plátano junto á }
las aguas. Mas en realidad de verdad no tiene
que ver la una planta con la otra^ mas que el hue-
vo con la castaña, como dicen. Porque lo primero,
el plátano antiguo no llevaba fruta, ó á lo menos
no se hacía caso de ella: lo principal porque le es-
timaban, era por la sombra que hacía, de suerte,
que no habla mas Sol debajo de un plátano, que
debajo de un tejado. E l plátano de Indias, por lo
que es de tener en algo, y en mucho, es por la
fruta, que la tiene muy buena; y para hacer som-
bra no es, ni pueden estar sentados debajo, de él.
A d e m á s de eso, el plátano antiguo tenia tronco
tan grande, y ramos tan esparcidos, que refiere
Plinio (2) de el otro Licinio, Capitán Romano, que
con diez y ocho compañeros comió dentro de un
hueco de un plátano muy á placer. Y del otro
Emperador Cayo Calígula, que con once convida-
dos se. sentó sobre los ramos de otro plátano en
alto, y allí les dió un soberbio banquete. Los plá-
tanos de Indias, ni tienen hueco, ni tronco, ni ra-
mos. Añádese á lo dicho, que los plátanos anti-
guos dábanse en Italia y en España, aunque vinie-

(0 Ecclesiast. 24. v. 19.


(2) P i i n . l i b . 12. cap. 1.
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 3/5

ron de Grecia, y á Grecia de Asia, mas los pláta-


nos de Indias no se dan en Italia y España: digo
• no se dan, porque aunque se han visto por acá, y
yo v i uno en Sevilla en la huerta del Rey, no me-
dran, ni valen nada. Finalmente, lo mismo en que
:hay la semejanza, son muy desemejantes, porque
aunque la hoja de aquellos era grande, no en tanto
•exceso, pues la junta Plinio (i) con la hoja de la
parra y de la higuera. Las hojas del plátano de
Indias son de maravillosa grandeza, pues cubrirá
una de ellas á un hombre, poco menos que de piés
á cabeza. Así que no hay para qué poner esto ja-
más en duda; mas puesto que sea diverso este
plátano de aquel antiguo, no por eso merece me-
nos loor, sino quizá mas por las propiedades tan
provechosas que tiene. Es planta que en la tierra
hace cepa, y de ella saca diversos pimpollos,
s i n estar asido ni trabado uno de otro. Cada pim-
pollo crece, y hace como árbol por sí, engro-
sando, y echando aquellas hojas de un verde muy
fino y muy liso, y de la grandeza que he dicho.
Cuando ha crecido como estado y medio ó dos,
echa un racimo solo de plátanos, que unas ve-
ces son muchos, otras no tantos: en algunos se
han contado trescientos: es cada uno de un palmo
de largo, y mas y menos, y grueso como de dos

(0 P ü n . lib. i6. c. 2^.


376 LIBRO CUARTO

dedos ó tres, aunque hay eti esto mucha diferen-


cia de unos á otros. Quítase fácilmente la cáscara
6 corteza; y todo lo demás es médula tiesa y tier-
na, y de muy buen comer, porque es sana y sus-
tenta: inclina un poco mas á frió que á calor esta,
fruta. Suélense los racimos que digo coger ver-
des, y en tinajas: abrigándolos se maduran y sa-
zonan, especialmente con cierta yerba que es á
propósito para eso. Si los dejan madurar en el ár-
bol tienen mejor gusto, y un olor como el de ca-
muesas muy lindo. Duran cuasi todo el año, por-
que de la cepa del plátano van siempre brotando-
pimpollos, y cuando uno acaba, otro comienza á
dar fruto, otro está á medio crecer, otro retoña de
nuevo; de suerte, que siempre suceden unos pim-
pollos á otros; y así todo el año hay fruto. En.
dando su racimo cortan aquel brazo, porque no da.
mas ninguno de uno, y una vez; pero la cepa,
como digo, queda, y brota de nuevo hasta que se
cansa: dura por algunos años: quiere mucha hu-
medad el plátano, y tierra muy caliente: échanle
al pié ceniza para mas beneficio: hácense bosques
espesos de los platanares, y son de mucho prove-
cho, porque es la fruta que mas se usa en Indias,
y es cuasi en todas ellas universal, aunque dicen
que su origen fué de Etiopia, y que de allí vino; y
• en efecto los negros lo usan mucho, y en algunas
partes éste es su pan: también hacen vino de él.
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 3/7"

C míese el plátano como fruta así crudo: ásase


también, y guísase; y hacen de él diversos pota-
ges, y aun conservas; y en todo dice bien. H a y
unos plátanos pequeños, y mas delicados y blan-
cos, que en la Española llaman dominicos: hay
otros mas gruesos, recios y colorados. E n la tie-
rra del Perú no se dan: traense de los Andes,
como á Méjico; de Cuerna vaca y otros valles. E n
Tierra-firme, y en algunas Islas hay platanares
grandísimos como bosques espesos: si el plátano
fuera de provecho para el fuego, fuera la planta
mas útil que puede ser; pero no lo es, porque ni
su hoja, ni sus ramos sirven de leña, y mucho me-
nos de madera, por ser fofos y sin fuerza. Todavía
las hojas secas sirvieron á Don Alonso de Ercilla
(como él dice) para escribir en Chile algunos pe-
dazos de la Araucana; y á falta de papel no es
mal remedio, pues será la hoja del ancho de un
pliego de papel, ó poco menos, y de largo tiene
más de cuatro tantos.
CAPÍTULO XXII

Del cacao y de la coca.

Aunque el plátano es mas provechoso, es mas


estimado el cacao en Méjico, y la coca en el Perú;
y ambos á dos árboles son de no poca superstición.
E l cacao es una fruta menor que almendras, y mas
gruesa, la cual tostada no tiene mal sabor. Esta
es tan preciada entre los Indios, y aun entre los
Españoles, que es uno de los ricos y gruesos tra-
tos de la Nueva-España, porque como es fruta
seca, guárdase sin dañarse largo tiempo, y traen
navios cargados de ella de la provincia de Guate-
mala; y este año pasado un corsario Inglés quemó
en el puerto de Guatulco de Nueva-España mas
de cien mil cargas de cacao. Sirve también de mo-
neda, porque con cinco cacaos se compra una
cosa, y con treinta otra, y con ciento otra, y sin
que haya contradicción: y usan dar de limosna
estos cacaos á pobres que piden. E l principal be-
neficio de este cacao es un brebage que hacen, y
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 379

llaman chocolate, que es cosa loca lo que en


aquella tierra le precian, y algunos que no están
hechos á él, les hace asco, porque tiene una espu-
ma arriba, y un borbollón como de heces, que
cierto es menester mucho crédito para pasar con
•ello. Y en fin, es la bebida preciada, y con que
convidan á los señores que vienen ó pasan por su
tierra, los Indios: y los Españoles, y mas las Espa-
ñolas hechas á la tierra, se mueren por el negro
chocolate. Este sobredicho chocolate dicen, que
hacen en diversas formas y temples, caliente, y
fresco, y templado. Usan echarle especias y
mucho chili: también le hacen en pasta, y dicen
que es pectoral, y para el estomago, y contra el
catarro. Sea lo que mandaren, que en efecto los
que no se han criado con esta opinión, no le ape-
tecen. E l árbol donde se da esta fruta, es mediano
y bien hecho, y tiene hermosa copa: es tan deli-
cado, que para guardarle del Sol, y que no le
queme, ponen junto á él otro árbol grande, que
solo sirve de hacerle sombra, y á éste llaman la
madre del cacao. H a y beneficio de cacaotales
donde se crian, como viñas ó olivares en España,
por el trato y mercancía: la provincia que mas
abunda es la de Guatemala. E n el Perú no se dá;
mas dase la coca, que es otra superstición harto
mayor, y parece cosa de fábula. E n realidad de
verdad, en solo Potosí monta mas de medio millón
330 LIBRO CUARTO

de pesos cada año la contratación de la coca, por


gastarse de noventa á noventa y cinco mil cestos,
de ella, y aun el año de ochenta y tres fueron cien
mil. Vale un cesto de coca en el Cuzco de dos
pesos y medio á tres, y vale en Potosí de contado
á cuatro pesos, y seis tomines, y á cinco pesos en-
sayados; y es el género sobre que se hacen cuasi
todas las baratas ó mohatras, por que es mercade-
ria de que hay gran expedición. Es, pues, la coca
tan preciada, una hoja verde pequeña, que nace
en unos arbolillos de obra de un estado de alto:
críase en tierras calidísimas y muy húmedas; da
este árbol cada cuatro meses esta hoja, que llaman
allá tres mitas. Quiere mucho cuidado en cultivar-
se, porque es muy delicada, y mucho mas en con-
servarse después de cogida. Meténla con mucho
orden en unos cestos largos y angostos, y cargan
los carneros de la tierra, que van con esta merca-
dería á manadas, con mil, dos mil y tres mil
cestos. E l ordinario es, traerse de los Andes, de
valles, de calor insufrible, donde lo mas del año
llueve; y no cuesta poco trabajo á los Indios, ni
aun pocas vidas su beneficio, por ir de la sierra y
temples frios á cultivarla, y beneficiarla y traerla.
Así hubo grandes disputas y pareceres de Letra-
dos y Sabios, sobre si arrancarían todas las cha-
caras de coca: en fin, han permanecido. Los Indios
la precian sobre manera; y en tiempo de los Reyes
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS S^1

Incas no era lícito á los plebeyos usar la coca sin


licencia del Inca ó su Gobernador. E l uso e5,
traerla en la boca, y mascarla chupándola: no la
tragan: dicen que les da gran esfuerzo, y es sin-
gular regalo para ellos. Muchos hombres graves
l o tienen por superstición, y cosa de pura imagi-
nación. Y o , por decir verdad, no me persuado
que sea pura imaginación; antes entiendo, que en
•efecto obra fuerzas y aliento en los Indios, porque
se ve en efectos que no se pueden atribuir á ima-
ginación, como es con un puño de coca caminar
doblando jornadas, sin comer á veces otra cosa, y
-otras semejantes obras. L a salsa con que la comen,
es bien conforme al manjar, porque ella yo la he
probado, y sabe á zumaque, y los Indios la polvo-
rean con ceniza de huesos quemados y molidos, ó
•con cal, según otros dicen. A ellos les sabe bien,
y licen les hace provecho, y dan su dinero de
buena gana por ella, y con ella rescatan, como si
fuese moneda, cuanto quieren. Todo podría bien
pasar, si no fuese el beneficio y trato de ella con
riesgo suyo y ocupación de tanta gente. Los Se-
ñores Incas usaban la coca por cosa real y rega-
lada, y en sus sacrificios era la cosa que mas ofre- •
clan, quemándola en honor de sus Idolos.
CAPÍTULO XXIII

Del maguey, del tunal, de la grana, del añil y


algodón.

E l árbol de las maravillas es el maguey, de que


los nuevos ó Chapetones (como en Indias los lla-
man) suelen escribir milagros, de que da agua,,
vino, aceite, vinagre, miel, arrope, hilo, aguja y
otras cien cosas. E l es un árbol, que en la Nueva-
España estiman mucho los Indios, y de ordinario-
tienen en su habitación alguno ó algunos de este-
género para ayuda á su vida; y en los campos se
da y le cultivan. Tiene unas hojas anchas y grose-
ras, y el cabo de ellas es una punta aguda y recia,,
que sirve para prender ó asir como alfileres, o
para coser, y ésta es el aguja: sacan de la hoja
cierta hebra ó hilo. E l tronco que es grueso, cuan-
do está tierno, le cortan, y queda una concavidad
grande, donde sube la substancia de la raíz, y es
un licor que se bebe como agua, y es fresco y
dulce: este mismo cocido se hace como vino, y
dejándolo acedar, se vuelve vinagre: y apurándolo
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 383

mas al fuego es como miel; y á medio cocer sirve


de arrope, y es de buen sabor y sano, y á mi pa-
recer es mejor que arrope de uvas. Así van co-
ciendo estas y otras diferencias de aquel jugo ó-
licor, el cual se da en mucha cuantidad; porque
por algún tiempo cada dia sacan algunas azum-
bres de ello. H a y este árbol también en el Perú;
mas no le aprovechan como en la Nueva-España.
E l Palo de este árbol es fofo, y sirve para conser-
var el fuego, porque como mecha de arcabúz tie-
ne el fuego, y le guarda mucho tiempo, y de esto
he visto servirse de él los Indios en el Perú. E l
tunal es otro árbol célebre de la Nueva-España, si
árbol se debe llamar un montón de hojas ó pencas
unas sobre otras, y en esto es de la mas estrecha
hechura que hay árbol, porque nace una hoja, y
de aquella otra, y de ésta otra, y así va hasta el
cabo: salvo que como van saliendo hojas arriba o
á los lados, las de abajo se van engrosando, y lle-
gan cuasi á perder la figura de hoja, y hacer tron-
co y ramos, y todo él espinoso, áspero y feo, que
por eso le llaman en algunas partes cardón. H a y
cardones ó tunales silvestres, y éstos, ó no clan
fruta, ó es muy espinosa y sin provecho. H a y tu-
nales domésticos, y dan una fruta en Indias muy
estimada, que llaman tunas, y son mayores que
ciruelas de Fraile buen rato, y así rollizas: abren
l a cáscara, que es gruesa, y dentro hay carne y
384 LIBRO CUARTO

granillos como de higos, que tienen muy buen


gusto, y son muy dulces, especialmente las blan-
cas, y tienen cierto olor suave: las coloradas no
•son tan buenas de ordinario. H a y otros tunales,
-que aunque no dan ese fruto, los estiman mucho
mas, y los cultivan con gran cuidado, porque aun-
que no dan fruta de tunas, dan empero el benefi-
cio de la grana. Porque en las hojas de este árbol,
cuando es bien cultivado, nacen unos gusanillos
pegados á ella, y cubiertos de cierta telilla delga-
da, los cuales delicadamente cogen, y son la co-
chinilla tan afamada de Indias, con que tiñen la
grana fina: déjanlos secar, y así secos los traen
á España, que es una rica y gruesa mercadería:
vale la arroba de esta cochinilla ó grana muchos
ducados. E n la flota del año de ochenta y siete
vinieron cinco mil seiscientas setenta y siete arro-
t a s de grana, que montaron doscientos ochenta y
tres mil setecientos y cincuenta pesos; y de ordi-
nario viene cada año semejante riqueza. Dánse es-
tos tunales en tierras templadas, que declinan á
frío: en el Perú no se han dado hasta ahora; y en
España, aunque he visto alguna planta de é s b s ;
pero no de suerte que haya que hacer caso de
ella. Y aunque no es árbol sino yerba, de la que
se saca el añil, que es para tinte de paños, por ser
mercadería que viene con la grana, diré, que tam-
bién se da en cuantidad en la Nueva-España, y
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS

vino en la flota que he dicho, obra de veinte y


<;¡nco mil doscientas y sesenta y tres arrobas, que
montaron otros tantos pesos. E l algodón también
se da en árboles pequeños y en grandes, que tie-
nen unos como capullos, los cuales se abren, y dan
:aquel!a hilaza ó vello, que cogido hilan y tejen,
y hacen ropa de ello. Es uno de los mayores be-
neficios que tienen las Indias, porque les sirve en
lugar de lino y de lana para ropa: dase en tierras
calientes en los valles y costa del Perú mucho, y
e i la Nueva-España, y en Filipinas y China, y
mucho mas que en parte que yo sepa, en la pro-
vincia de Tucumán, y en la de Santa Cruz de la
Sierra, y en el Paraguay; y en estas partes es el
principal caudal. De las Islas de Santo Domingo
se trae algodón á España; y el año que he dicho
se trajeron sesenta y cuatro arrobas. E n las partes
de Indias donde hay algodón, es la tela de que
mas ordinariamente visten hombres y mugeres, y
hacen ropa de mesa, y aun lonas ó velas de naos.
H a y uno basto y grosero: otro delicado y sutil; y
con diversas colores lo tiñen, y hacen las diferen-
cias que en paños de Europa vemos en las lanas.

TOMO I. ^
20
CAPÍTULO XXIV

De los mameyes, guayavos y paltos.

Estas que hemos dicho, son las plantas de mas:


grangería y vivienda en Indias. H a y también otras
muchas para comer: entre ellas los mameyes son
preciados del tamaño de grandes melocotones y
mayores: tienen uno ó dos huesos dentro: es la
carne algo recia. Unos hay dulces, y otros un
poco agrios: la cascara también , es recia. De la
carne de éstos hacen conserva, y parece carne de-
membrillo: son de buen comer, y su conserva
mejor. Dánse en las Islas: no los he visto en el
Perú: es árbol grande, bien hecho y de buena
copa. Los guayavos son otros árboles, que comun-
mente dan una fruta ruin, llena de pepitas recias,.
del tamaño de manzanas pequeñas. E n Tierra-fir-
me y en las Islas es árbol y fruta de mala fama:
dicen que huelen á chinches; y su sabor es muy
grosero, y el efecto poco sano. E n Santo Domin-
go y en aquellas Islas hay montañas espesas de
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 38/

guayavos, y afirman, que no había tal árbol cuan-


do Españoles arribaron allá, sino que llevado de
no sé donde, ha multiplicado infinitamente. Por-
que las pepitas ningún animal las gasta, y vueltas,
como la tierra es húmeda y cálida, dicen que han
multiplicado lo que se ve. E n el Perú es este
árbol diferente, porque la fruta no es colorada,
sino blanca, y no tiene ningún mal olor, y el sabor
es bueno: y de algunos géneros de guayavos es
tan buena la fruta como la muy buena de España,
especial los que llaman guayavos de Matos, y
otras guayavillas chicas blancas. Es fruta para es-
tómagos de buena digestión y sanos, porque es
bastante recia de digerir y fria. Las paltas al revés
son calientes y delicadas. E s el palto árbol gran-
de, y bien hecho, y de buena copa, y su fruta de
la figura de peras grandes: tiene dentro un hueso
grandecillo: lo demás es carne blanda, y cuando
están bien maduras es como manteca, y el gusto de-
licado y mantecoso. E n el Perú son grandes las pal-
tas, y tienen cáscaras dura, que toda enterase quita.
E n Méjico por la mayor parte son pequeñas, y la
cáscara delgada, que se monda como de manza-
nas: tiénenla por comida sana, y que algo declina
á cálida, como he dicho. Estos son los melocoto-
nes, manzanas, y peras de Indias, mameyes, gua-
yavas y paltas, aunque yo antes escogería las de
Europa: otros por el uso ó afición quizá tendrán
388 LIBRO CUARTO

por buena aquella fruta de Indias. U n a cosa es


cierta, que los que no han visto y probado estas
frutas les hará poco concepto leer esto, y aun les
cansará el oírlo, y á mí también me va cansando;
y así abreviaré con referir otras pocas de diferen-
cias de frutas, porque, todas es imposible.

CAPITULO X X V

Del chicozapote, de las anonas y de los capolies.

Algunos encarecedores de cosas de Indias dije-


ron, que habia una fruta que era carne de mem-
brillo, y otra que era manjar blanco, porque les
pareció el sabor digno de estos nombres. L a carne
de membrillo ó mermelada, si no estoy mal en el
cuento, eran los que llaman zapotes ó chicozapo-
tes, que son de comida muy dulce, y la color tira
á la de conserva de membrillo. Esta fruta decían
algunos Criollos (como allá llaman á los nacidos
de Españoles en Indias), que excedía á todas las
frutas de España. A mí no me lo parece: de gus-
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 389

tos dicen que no hay que disputar; y aunque lo


hubiera, no es digna disputa para escribir. Dánse
en partes calientes de la Nueva-España estos chi-
cozapotes. Zapotes, que no creo difieren mucho,
he visto yo de Tierra-firme; en el Perú no sé que
haya tal fruta. Allá el manjar blanco es la anona
ó guanavana, que se da en Tierra-firme. Es la ano-
na del tamaño de pera muy grande, y así algo
usada y abierta: todo lo de dentro es blando, y
tierno como manteca, blanco, dulce y de muy es-
cogido gusto. No es manjar blanco, aunque es
blanco manjar; ni aun el encarecimiento deja de
ser largo, bien que tiene delicado y sabroso gusto;
y ajuicio de algunos es la mejor fruta de Indias.
Tiene unas pepitas negras en cuantidad. Las me-
jores de éstas que he visto son en la Nueva Espa-
ña; donde también se dan los capolíes, que son
como guindas, y tienen su hueso aunque algo ma-
yor, y la forma y tamaño es de guindas, y el sa-
bor bueno, y un dulce agrete. No he visto capo-
líes en otra parte.
CAPÍTULO XXVI

De diversos géneros de frutales; y de los cocos,


almendras de Andes y almendras de
Chachapoyas.

No es posible relatar todas las frutas y árboles


de Indias, pues de muchas no tengo memoria, y
de muchas mas tampoco tengo noticia, y aun de
las que me ocurren, parece cosa de cansancio dis-
currir por todas. Pues se hallan otros géneros de
frutales y frutas mas groseras, como las que lla-
man lúcumas; de cuya fruta dicen por refrán, que
es madera disimulada: también los pacayes ó gua-
yas, hobos y nueces, que llaman encarceladas, que
á muchos les parece ser nogales de la misma es-
pecie que son los de España; y aun dicen, que si
los traspusiesen de unas partes á otras á menudo,
que vendrían á dar las nueces al mismo modo que'
las de España, porque por ser silvestres dan la
fruta así, que apenas se puede gozar. E n fin, es
bien considerar la providencia y riqueza del Cria-
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 391

-dor, que repartió á tan. diversas partes del mundo


tanta variedad de árboles y frutales, todo para
•servicio de los hombres que habitan la tierra: y es
cosa admirable ver tantas diferencias de hechuras,
gustos y operaciones no conocidas, ni oídas en el
mundo, antes que se descubriesen las Indias, de
•que Plinio, y Diqscórides, y Theofrasto, y los mas
•curiosos, ninguna noticia alcanzaron con toda su
diligencia y curiosidad. E n nuestro tiempo no han
faltado hombres curiosos que han hecho tratados
de -estas plantas de Indias, y de yerbas y raíces, y
de sus operaciones y medicinas: á los cuales podrá
acudir quien deseare mas cumplido conocimiento
de estas materias. Y o solo pretendo decir superfi-
cial y sumariamente lo que me ocurre de esta his-
toria: y todavía no me parece pasar en silencio los
cocos ó palmas de Indias3 por ser notable su pro-
piedad. Palmas digo, no propiamente, ni de dáti-
les, sino semejantes en ser árboles altos y muy re-
cios, é ir echando mayores ramas cuanto mas van
subiendo. Estas palmas ó cocos dan un fruto que
también le llaman coco, de que suelen hacer vasos
para beber; y de algunos dicen, que tienen virtud
contra ponzoña, y para mal de hijada. E l núcleo
ó médula de estos, cuando está cuajada y seca, es
de comer, y tira algo al sabor, de castañas verdes.
Cuando está en el árbol tierno el coco, es leche
todo lo que está dentro, y bébenlo por regalo, y
392 LIBRO CUARTO

para refrescar en tiempo de calores. V i estos ár-


boles en San Juan de Puerto-Rico, y en otros l u -
gares de Indias, y dijéronme una cosa notable,,
que cada luna ó mes echaba este árbol un racimo'
nuevo de estos cocos, de manera que da doce:
frutos al año, como lo que se escribe en el A p o -
calipsi: y á la verdad así parecía, porque los raci-
mos eran todos de diferentes edades: unos que co-
menzaban, otros hechos, otros á medio hacer, &c..
Estos cocos que digo, serán del tamaño de un.
meloncete pequeño: otros hay que llaman coqui-
llos, y es mejor fruta, y la hay en Chile: son algo-
menores que nueces, pero mas redondos. H a y otro-
género de cocos, que no dan esta médula así cua-
jada, sino que tiene cuantidad de unas como a l -
mendras, que están dentro, como los granos en la
granada: son estas almendras mayores tres tanto-
que las almendras de Castilla: en el sabor se pare-
cen: aunque son un poco mas recias, son también
jugosas ó aceitosas: son de bnen comer, y sírven-
se de ellas á falta de almendras para regalos, como-
mazapanes y otras cosas tales. Llámanlas almen-
dras de los Andes, porque se dan estos cocos co-
piosamente en los Ancles del Perú; y son tan.
recios, que para abrir uno es menester darle con.
piedra muy grande, y buena fuerza. Cuando se
caen del árbol, si aciertan con alguna cabeza, la
descalabran muy bien. Parece increíble, que en ei
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 393

tamaño que tienen, que no son mayores que eso-


tros cocos, á lo menos no mucho, tengan tanta
multitud de aquellas almendras. Pero en razón de
almendras, y aun de fruta cualquiera, todos los
árboles pueden callar con las almendras de Cha-
chapoyas, que no les sé otro nombre. Es la fruta
mas delicada y regalada, y mas sana de cuantas
yo he visto en Indias. Y aun un Médico docto
afirmaba, que entre cuantas frutas habia en Indias
y España, ninguna llegaba á la excelencia de estas-
almendras. Son menores que las de los Andes
que dije, y mayores, á lo menos mas gruesas, que
las de Castilla. Son muy tiernas de comer, de
mucho jugo y substancia, y como mantecosas, y
muy suaves. Críanse en unos árboles altísimos, y
de grande copa, y como á cosa preciada la natu-
raleza les dió buena guarda. Están en unos erizos
algo mayores, y de mas puntas que los de casta-
ñas. Cuando están estos erizos secos, se abren coa
facilidad, y se saca el grano. Cuentan que los mi-
cos, que son muy golosos de esta fruta, y hay
copia de ellos en los lugares de Chachapoyas del
Perú (donde solamente sé que haya estos árboles),
para no espinarse en el erizo, y sacarle la almen-
dra, arrójanlas desde lo alto del árbol recio en las
piedras, y quebrándolas así, las acaban de abrir»
y comen á placer lo que quieren.
CAPÍTULO XXVII

De diversas flores, y de algunos árboles que


solamente dan flores; y como los Indios
las usan.

Son los Indios muy amigos de flores, y en la


Nueva-España mas que en parte del mundo; y así
usan hacer varios ramilletes, que allá nombran sú-
chiles, con tanta variedad, y policía y gala, que no
«e puede desear mas. A los Señores y á los hués-
pedes por honor es uso ofrecerles los principales
•sus súchiles ó ramilletes. Y eran tantos, cuando
andábamos en aquella provincia, que no sabia el
hombre qué hacerse de ellos. Bien que las flores
principales de Castilla las han allá acomoda-
do para esto , porque se dan allá no menos
que acá, como son claveles, clavellinas, rosas,
azucenas , jazmines, violetas , azahar , y otras
suertes de flores, que llevadas de España prue-
ban maravillosamente. Los rosales en algunas
partes de puro vicio crecían mucho, y dejaban de
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 395

dar rosas. Sucedió una vez quemarse un rosal, y


dar los pimpollos que brotaron luego rosas en
abundancia, y de ahí aprendieron á podarlas, y
quitárseles el vicio, y dan rosas en abundancia.
Pero fuera de estas suertes de flores, que son lle-
vadas de acá, hay allá otras muchas, cuyos nom-
bres no sabré decir, coloradas, amarillas, azules,
moradas y blancas con mil diferencias, las cuales
suelen los Indios ponerse por gala en las cabezas
como plumage. V e r d a d es, que muchas de estas
flores no tienen mas que la vista, porque el olor
no es bueno, ó es grosero, ó ninguno, aunque hay
algunas de excelente olor, como es las que da un
árbol, que algunos llaman floripondio, que no da
fruto ninguno, sino solamente flores, y éstas son
grandes, mayores que azucenas, y á modo de
campanillas, todas blancas, y dentro unos hilos
como el azucena, y en todo el año no cesa de
estar echando estas flores, cuyo olor es á maravi-
lla delicado y suave, especialmente en el frescor
de la mañana. Por cosa digna de estar en los jar-
dines reales la envió el V i r e y Don Francisco de
Toledo al Rey D . Felipe nuestro Señor. E n la
Nueva-España estiman mucho los Indios una flor
que llaman yolosuchil, que quiere decir, flor de
corazón, porque tiene la misma hechura de un co-
razón, y aun en el tamaño no es mucho menor.
Este género de flores lleva también otro árbol
396 LIBRO CUARTO

grande, sin dar otra fruta: tiene un olor recio, y


á mi parecer demasiado: á otros les parece muy
bueno. L a flor que llaman del Sol, es cosa bien
notoria, que tiene la figura del Sol, y se vuelve al
movimiento del Sol. H a y otras que llaman clave-
les de Indias, y parecen un terciopelo morado, y
naranjado finísimo: también es cosa notoria. Estas,
no tienen olor que sea de precio, sino la vista.
Otras flores hay, que con la vista, y a que no tienen
olor, tienen sabor, como las que saben á mastuer-
zo; y si se comiesen sin verse, por el gusto no juz-
garían que eran otra cosa. L a flor de granadilla es.
tenida por cosa notable: dicen, que tiene las in-
signias de la Pasión, y que se hallan en ella los cla-
vos, la columna, los azotes, la corona de espinas y
las llagas, y no les falta alguna razón, aunque para,
figurar todo lo dicho es menester algo de piedad,
que ayude á parecer aquello; pero mucho está muy
expreso, y la vista en sí es bella, aunque no tiene
olor. L a fruta que dá llaman granadilla, y se come,
ó se bebe, ó se sorbe, por mejor decir, para refres-
car: es dulce, y á algunos les parece demasiado d u L
ce. E n sus bailes y fiestas usan los Indios llevar en
las manos flores, y los Señores y Reyes tenerlas por
grandeza. Por eso se ven pinturas de sus Antiguos
tan ordinariamente con flores en la mano, como
acá usan pintarlos con guantes. Y para materia
de flores, harto está dicho: la albahaca, aunque no
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 397

«s flor, sino yerba, se usa para el mismo efecto de


recreación y olor, y tenerla en los jardines, y re-
galarla en sus tiestos. Por allá se da tan común y
sin cuidado, y tanta, que no es albahaca, sino yer-
ba tras Cada acequia.

CAPITULO XXVIII

Del bálsamo.

Las plantas formó el soberano Hacedor, no solo


para comida, sino también para recreación, para
medicina, y para operaciones del hombre. De las
que sirven de sustento, que es lo principal, se ha
dicho, y algo también de las de la recreación; de
las de medicina y operaciones se dirá otro poco.
Y aunque todo es medicinal en las plantas bien
sabido y bien aplicado; pero algunas cosas hay,
que notoriamente muestran haberse ordenado de
su Criador para medicina y salud de los hombres,
como son licores, aceites, gomas, ó resinas, que
398 LIBRO CUARTO

echan diversas plantas, que con fácil experiencia,


dicen luego para qué son buenas. Entre éstas, et
bálsamo es celebrado con razón por su excelente
olor, y mucho mas extremado efecto de sanar he-
ridas, y otros diversos remedios para enfermeda-
des, que en él se experimentan. N o es el bálsamo
que va de Indias occidentales, de la misma espe-
cie que el verdadero bálsamo que traen de A l e -
jandría, ó del Cairo, y que antiguamente hubo ea
Judea, la cual sola en el mundo, según Plinio es-
cribe ( 1 ) , poseyó esta grandeza hasta que los E m -
peradores Vespasianos la trajeron á Roma é Italia.
Muéveme á decir, que no es de la misma especie
el un licor y el otro, ver que los árboles de donde
mana, son entre sí muy diversos, porque el árbol
del bálsamo de Palestina era pequeño, y á modo-
de vid, como refiere Plinio de vista de ojos; y hoy
dia los que le han visto en oriente dicen lo mismo.
Y la sagrada Escritura ( 2 ) , el lugar donde se daba
este bálsamo, le llamaba viña de Engadi, por la
similitud con las vides. E l árbol de donde se trae
el bálsamo de Indias, yo le he visto, y es tan
grande como el granado, y aun mayor, y tira
algo á su hechura, si bien me acuerdo, y no tiene
que ver con vid. Aunque Estrabon escribe (3)v

(1) Plin. lib. 12. c. 25


(2) Car.t. 1. v. 13.
(3) Strab. lib. 16. Geograph.
DE LA HISTORIA NATURAL DE INBIAS 399

que el árbol antiguo del bálsamo era del t a m a ñ o


de granados. Pero en los accidentes y en las ope-
raciones son licores muy semejantes, como es en
el olor admirable: en el curar heridas: en la color
y modo de substancia; pues lo que refieren ( i ) del
otro bálsamo, que lo hay blanco, bermejo, verde
y negro, lo mismo se halla en el de Indias. Y como
aquel se sacaba hiriendo, ó sajando la corteza,
y destilando por allí el licor, así se hace en el de
Indias, aunque es mas la cuantidad que destila.
Y como en aquel hay uno puro, que ce llama
opobálsamo, que es la propia lágrima que destila,
y hay otro no tan perfecto, que es el licor que se
saca del mismo palo ó corteza, y hojas exprimi-
das y cocidas al fuego, que llaman jilobálsamo,,
así también en el bálsamo de Indias hay uno puro
que sale así del árbol; y hay otro que sacan los-
Indios, cociendo y exprimiendo las hojas y palos^
y también le adulteran y acrecientan con otros l i -
cores, para que parezca mas. E n efecto, se llama
con mucha razón bálsamo, y lo es, aunque no sea
de aquella especie; y es estimado en mucho, y lo
fuera mucho mas, si no tuviera la falta que las es-
meraldas y perlas han tenido, que es ser muchas.
L o que mas importa es, que para la substancia de
hacer Crisma, que tan necesario es en la Santa

(i) Plin. lib. 12. c. 25.


400 LIBRO CUARTO

Iglesia, y de tanta veneración, ha declarado la


Sede Apostólica, que con este bálsamo de Indias
se haga Crisma en Indias, y con él se dé el Sacra-
mento de Confirmación y los demás, donde la
Iglesia lo usa. Tráese á España el bálsamo de la
Nueva-España, y la provincia de Guatemala y de
Chiapa, y otras; por allí es donde mas abunda,
aunque el mas preciado es el que viene de la Isla
de Tolu, que es en Tierra-firme, no lejos de Car-
tagena. Aquel bálsamo es blanco; y tienen comun-
mente por mas perfecto el blanco que el bermejo,
aunque Plinio (i) el primer lugar da al bermejo,
el segundo al blanco, el tercero al verde, el último
al negro. Pero Estrabón (2) parece preciar mas el
bálsamo blanco, como los nuestros lo precian. Del
bálsamo de Indias trata largamente Monardes en
la primera parte; y en la segunda, especialmente
del de Cartagena ó Tolu, que todo es uno. No he
hallado que en tiempos antiguos los Indios precia-
sen en mucho el bálsamo, ni aun tuviesen de él uso
de importancia. Aunque Monardes dice, que cura-
ban con él los Indios de sus heridas; y que de
•ellos aprendieron los Españoles.

(1) P l i n . lib. 12. c. 25.


<") Strab. lib. 16. Geograph
CAPÍTULO XXIX

Del liquidambar, y otros aceites, gomas y drogas,


que se traen de Indias.

Después del bálsamo tiene estima el liquidam-


bar: es otro licor también oloroso y medicinal,
mas espeso en sí, y que se' viene á cuajar y hacer
pasta; de complexión cálido, de buen perfume, y
que le aplican á heridas y otras necesidades, en
que me remito á los Médicos, especialmente al
Doctor Monardes, que en la primera parte escri-
bió de este licor, y de otros muchos medicinales
que vienen de Indias. Viene también el liquidam-
bar de la Nueva-España, y es sin duda aventaja-
da aquella provincia en estas gomas, ó licores, 6
jugos de árboles, y así tienen copia de diversas
materias para perfumes y para medicinas, como es
el anime, que viene en grande cuantidad: el copal
y el suchicopal, que es otro género, como de es-
toraque é incienso, que también tiene excelentes
operaciones, y muy lindo olor para sahumerios.
También la tacamahaca y la caraña, que son muy
TOMO \. 27
402 LIBRO CUARTO

medicinales. E l aceite que llaman de abeto, tam-


bién de allá lo traen, y Médicos y Pintores se
aprovechan bastante de él: los unos para sus em-
plastos, y los otros para barniz de sus imágenes.
Para medicina también se trae la cañaíístola, la
cual se da copiosamente en la Española, y es un
árbol grande, y echa por fruta aquellas cañas con
su pulpa. Trajéronse en la flota en que yo vine, de
Santo Domingo, cuarenta y ocho quintales de ca-
ñaíístola. L a zarzaparrilla no es menos conocida,
para mil achaques: vinieron cincuenta quintales
en la dicha flota de la misma Isla. E n el Perú hay
de esta zarzaparrilla mucha; y muy excelente en
tierra de Guayaquil, qae está debajo de la línea.
Allí se van muchos á curar; y es opinión, que las
mismas aguas simples que beben, les causan salud,
por pasar por copia de estas raíces, como está
arriba dicho: con lo cual se junta, que para sudar
en. aquella tierra, no son menester muchas frazadas
y ropa. E l palo de guayacán, que por otro nom-
bre dicen el palo santo ó palo de las Indias, se
da en abundancia en las mismas Islas, y es tan pe-
sado como hierro, y luego se hunde en el agua:
de éste trajo la flota dicha trescientos y cin-
cuenta quintales, y pudiera traer veinte, y cien
mil, si hubiera salida de tanto palo. Del pa-
lo del Brasil, que es tan colorado y encendi-
do, y tan conocido y usado para tintes, y para
UE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 4O3

otros provechos, vinieron ciento treinta y cua-


tro quintales de la misma Isla en la misma flota.
Otros innumerables palos aromáticos, gomas, acei-
tes y drogas hay en Indias, que ni es posible refe-
rirlas todas, ni importa al presente; solo diré, que
en tiempo de los Reyes Incas del Cuzco, y de los
Reyes Mejicanos, hubo muchos grandes hombres
de curar con simples, y hacian curas aventajadas,
por tener conocimiento de diversas virtudes y
propiedades de yerbas, raíces, palos y plantas,
que allá se dan, de que ninguna noticia tuvieron
los Antiguos de Europa. Y para purgar hay mil
cosas de estas simples, como raíz de Mechoacán,
piñones de la Puna, y conserva de Guanuco, y
aceite de Higuerilla, y otras cien cosas,, que bien
aplicadas y á tiempo, no las tienen por de menor
eficacia, que las drogas que vienen de oriente,
como podrá entender el que leyere lo que Monar-
des ha escrito en la primera y segunda parte, el
cual también trata largamente del tabaco, del cual
han hecho notables experiencias contra veneno.
Es el tabaco un arbolillo ó planta bastante común,
pero de raras virtudes: también en la que llaman
contrayerba, y en otras diversas plantas, porque
el Autor de todo repartió sus virtudes como él
fué servido, y no quiso que naciese cosa ociosa en
el mundo: mas el conocerlo el hombre, y saber
usar de ello, como conviene, éste es otro don so-
404 LIBRO CUARTO

berano, que concede el Criador á quien él es ser-


vido. De esta materia de plantas de Indias, y de
licores, y otras cosas medicinales, hizo una insigne
obra el Doctor Francisco Hernández, por especial
comisión de su Magestad, haciendo pintar al natu-
ral todas las plantas de Indias, que según dicen,
pasan de mil y doscientas; y afirman haber costa-
do esta obra mas de sesenta mil ducados. De la
cual hizo uno como extracto el Doctor Nardo A n -
tonio, Médico Italiano, con gran curiosidad. A los
dichos libros y obras remito al que mas por me-
nudo y con perfección quisiere saber de plantas
de Indias, mayormente para efectos de medicina.
CAPÍTULO X X X

De las grandes arboledas de Indias, y de los


cedros, ceyvas y otros árboles grandes.

Como desde el principio del mundo la tierra


produjo plantas y árboles por mandado del Omni-
potente Señor, en ninguna región deja de produ-
cir algún fruto; en unas mas que en otras. Y fuera
de los árboles y plantas que por industria de los
hombres se han puesto y llevado de unas tierras
á otras, hay gran número de árboles que sola la
naturaleza los ha producido. De éstos me doy á
entender, que en el nuevo orbe (que llamamos
Indias) es mucho mayor la copia, así en número
como en diferencias, qne no en el orbe antiguo y
tierras de Europa, Asia y Africa. L a razón es,
ser las Indias de temple cálido y húmedo, como
está mostrado en el libro segundo contra la opi-
nión de los Antiguos; y así la tierra produce con
extremo vicio infinidad de estas plantas silvestres
y naturales. De donde viene á ser inhabitable, y
406 LIBRO CUARTO

aun impenetrable la mayor parte de Indias, por


bosques y montañas, y arcabucos cerradísimos,
que perpetuamente se han abierto. Para andar al-
gunos caminos de Indias, mayormente en entradas
de nuevo, ha sido y es necesario hacer camino á
puro cortar con hachas árboles, y rozar matorra-
les, que como nos escriben padres que lo han pro-
bado, acaece en seis días caminar una legua y no
mas. Y un hermano nuestro, hombre fidedigno,
nos contaba, que habiéndose perdido en unos
montes, sin saber adonde, ni por donde habia de
ir, vino á hallarse entre matorrales tan cerrados,
que le fué forzoso andar por ellos, sin poner pie
en tierra por espacio de quince dias enteros. E n
los cuales también por ver el Sol, y tomar algún
tino, por ser tan cerrado de infinita arboleda
aquel monte, subia algunas veces trepando hasta
la cumbre de árboles altísimos, y desde allí des-
cubría cam;no. Qaien leyere la relación de las ve-
ces que este hombre se perdió, y los caminos que
anduvo, y sucesos extraños que tuvo (la cual
yo, por parecerme cosa digna de saber, escribí
sucintamente) y quien hubiere andado algo por
montañas de Indias, aunque no sean sino las
diez y ocho leguas que hay de nombre de Dios
á Pánamá, entenderá bien, de qué manera es esta
inmensidad de arboleda que hay en Indias. Como
allá nunca hay invierno que llegue á frío, y la hu-
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 40/

-medad del Cielo y del suelo es tanta, de ahí pro-


viene, que las tierras de montaña producen infini-
ta arboleda, y las de campiña, que llaman cayanas,
infinita yerba. Así que para pastos yerba, y para
edificios madera, y para el fuego leña, no falta. Con-
tar las diferencias y hechuras de tanto árbol silves-
tre, es cosa imposible, porque de los mas de ellos
no se saben los nombres. Los cedros tan encareci-
dos antiguamente, son por allá muy ordinarios
para edificios y para naves, y hay diversidad de
ellos: unos blancos, y otros rojos, y muy olorosos.
Dánse en los Andes del Perú, y en las montañas
de Tierra-firme, y en las Islas, y en Nicaragua, y
en la Nueva-España, gran cuantidad. Laureles de
hermosísima vista y altísimos, palmas infinitas,
•ceyvas de que labran los Indios las canoas, que
son barcos hechos de una pieza. De la Habana y
Isla de Cuba, donde hay inmensidad de semejan-
tes árboles, traen á España palos de madera pre-
ciada, como son ébanos, caoba, granadillo, cedro
y otras maderas que no conozco. También hay
pinos grandes en Nueva-España, aunque no tan
recios como los de España: no llevan piñones, sino
pinas vacías. Los robles que traen de Guayaquil,
•son escogida madera y olorosa, cuando se labran:
y de allí mismo cañas altísimas, cuyos cañutos ha-
cen una botija ó cántaro de agua, y sirven para
edificios, y los palos de mangles, que hacen árbo-
408 LIBRO CUARTO

les y mástiles de naves, y los tienen por tan recios,


como si fuesen de hierro. E l molle es árbol de mu-
cha virtud: da unos racimillos, de que hacen vino-
Ios Indios. E n Méjico le llaman árbol del Perú,
porque vino de allá; pero dase también y mejor
en la Nueva-España, que en el Perú. Otras mil
maneras hay de árboles, que es supérfluo trabajo
decirlas. Algunos de estos árboles son de enorme
grandeza; solo diré de uno que está en Tlacocha-
vaya, tres leguas de Guajaca, en la Nueva-Espa-
ña. Este midiéndole aposta se halló en solo el hue-
co de dentro tener nueve brazas, y por defuera
medido cerca de la raíz diez y seis brazas, y por
mas alto doce. A este árbol hirió un rayo desde
lo alto por el corazón hasta abajo, y dicen que
dejó el hueco, que está referido. Antes de herirle
el rayo, dicen que hacia sombra bastante para mil
hombres; y así se juntaban allí para hacer sus mi-
totes, bailes y supersticiones: todavía tiene rama
y verdor, pero mucho menos. No saben que espe-
cie de árbol sea, mas de que dicen que es género
de cedro. A quien le pareciere cedro fabuloso
aqueste, lea lo que Plinio cuenta (i) del plátano de
Licia, cuyo hueco tenia ochenta y un pies, que
mas parecía cueva ó casa, que no hueco de árbol;

(i) Plin. lib. 12. c. i .


DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 40<>

y la copa de él parecía un bosque entero, cuya


sombra cubría los campos. Con éste se perderá
el espanto y la maravilla del otro tejedor, que
dentro del hueco de un castaño tenia casa y telar.
Y del otro castaño ó que se era, donde entraban
á caballo ocho hombres, y se volvían á salir por
el hueco de él sin embarazarse. E n estos árboles
así extraños y disformes ejercitaban sus idolatrías
mucho los Indios, como también lo usaron los an-
tiguos Gentiles, según refieren Autores de aquel
tiempo.
CAPÍTULO XXXI

J)e las plantas y frutales que se han llevado de


España á las Indias.

Mejor han sido pagadas las Indias en lo que


toca á plantas, que en otras mercaderías, porque
las que han venido á España son pocas, y dánse
mal: las que han pasado de España son muchas, y
dánse bien. No sé si digamos que lo hace la bon-
dad de las plantas, para dar la gloria á lo de acá;
ó si digamos que lo hace la tierra, para que sea la
gloria de allá. E n conclusión, cuasi cuanto bueno
se produce en España hay allá, y en partes aven-
tajado, y en otras no tal, trigo, cebada, hortaliza)
verdura y legumbres de todas suertes, como son
lechugas, berzas, rábanos, cebollas, ajos, peregil,
nabos, zanahorias, berengenas, escarolas, acelgas,
espinacas, garbanzos, habas, lentejas, y finalmente
cuanto por acá se da de esto casero, y de prove-
cho, porque han sido cuidadosos los que han ido,
« n llevar semillas de todo, y á todo ha respondí-
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 41 I

do bien la tierra, aunque en diversas partes de


uno mas que de otro, y en algunas poco. De ár-
boles, los que mas generalmente se han dado allá,
y con mas abundancia, son naranjos, limas, cidras
y fruta de este linage. H a y y a en algunas partes
montañas y bosques de naranjales, lo cual hacién-
dome maravilla, pregunté en una Isla, ¿quién ha-
bla llenado los campos de tanto naranjo? Respon-
diéronme, que acaso se habia hecho porque ca-
yéndose algunas naranjas, y pudriéndose la fruta,
hablan brotado de su simiente, y de la que de
éstos y de otros llevaban las aguas á diversas par-
tes, se venian á hacer aquellos bosques espesos:
parecióme buena razón. Dije ser ésta la fruta que
generalmente se haya dado en Indias, porque en
ninguna parte he estado de ellas, donde no haya
naranjas, por ser todas las Indias tierra caliente y
húmeda, que es lo que quiere aquel árbol: en la
sierra no se dan: tráense de los valles ó de la
costa. L a conserva de naranjas cerradas que hacen
en las Islas, es de la mejor que yo he visto allá,
ni acá. También se han dado bien duraznos, y sus
consortes melocotones, y priscos, y albaricoques,
aunque éstos mas en Nueva-España: en el Perú,
fuera de duraznos, de esotro hay poco, y menos
las Islas. Manzanas y peras se dan, pero mode-
radamente: ciruelas muy cortamente: higos en
abundancia, mayormente en el Perú: membrillos
412 LIBRO CUARTO

en todas partes, y en Nueva-España de manera^


que por medio real nos daban cincuenta á esco-
ger; y granadas también bastantes, aunque todas-
son dulces: aguas no se han dado bien. Melones
en partes los hay muy buenos, como en Tierra-fir-
me y algunas partes del Perú. Guindas, ni cerezas,
hasta ahora no han tenido dicha de hallar entra-
da en Indias: no creo es falta del temple, porque
le hay en todas maneras, sino falta de cuidado ó
de acierto. De frutas de regalo apenas siento falte
otra por allá. De fruta basta y grosera faltan be-
llotas y castañas, que no se han dado hasta ahora,,,
que yo sepa en Indias. Almendras se dan, pero es-
casamente. Almendra, nuez y avellana va de Es-
paña para gente regalada. Tampoco sé que haya
nísperos, ni serbas, ni importan mucho. Y esto-
baste para entender, que no falte regalo de fruta:
ahora digamos otro poco de plantas de provecho
que han ido de España, y acabaremos esta plática
de plantas, que ya va larga.
CAPÍTULO X X X I I

X>e las uvas, riñas, olivas, moreras y cañas


de azúcar.

Plantas de provecho entiendo las que demás de


•dar que comer en casa, traen á su dueño dinero.
L a principal de éstas es la vid, que da el vino, el
vinagre, la uva, la pasa, el agraz y el arrope; pero
-el vino es lo que importa. E n las Islas y Tierra-
firme no se da vino ni uvas: en la Nueva-España
hay parras, y llevan uvas, pero no se hace vino.
La causa debe de ser, no madurar del todo las
"uvas, por razón de las lluvias, que vienen por
Julio y Agosto, y no las dejan bien sazonar; por
esto sirven solamente ^ara comer. E l vino llevan
de España ó de las Canarias; y así es en lo demás
de Indias, salvo el Perú y Chile, donde hay viñas,
y se hace vino, y muy bueno; y de cada dia cre-
ce así en cuantidad, porque es gran riqueza en
aquella tierra, como en bondad, porque se en-
tiende mejor el modo de hacerse. Las viñas del
Perú son comunmente en valles calientes, donde
4I4 LIBRO CUARTO

tienen acequias, y se riegan á mano, porque l a


lluvia del Cielo en los llanos no la hay, y en la
sierra no es á tiempo. E n partes hay donde ni se
riegan las viñas,.del Cielo, ni del suelo: y dan en
grande abundancia, como en el valle de lea, y lo
mismo en las hoyas que llaman de Villacuri,
donde entre unos arenales muertos se hallan uno&
hoyos ó tierras bajas de increíble frescura todo el
año, sin llover jamás, ni haber acequia, ni riego
humano. L a causa es, ser aquel terreno esponjoso,
y chupar el agua de rios que bajan de la sierra, y
se empapan por aquellos arenales; ó si es hume-
dad de la mar (como otros piensan) hase de en-
tender, que el trascolarse por el arena hace que el
agua no sea estéril-é inútil, como el Filósofo lo:
significa. Han crecido tanto las viñas, que por su
causa los diezmos de las Iglesias son hoy cinco y
seis tanto de lo que eran ahora veinte años. Los
valles mas fértiles de viñas son Víctor cerca de
Arequipa, lea en términos de Lima, Caracato en
términos de Chuquiavo. Llévase este vino á Poto-
sí, y al Cuzco, y á diversas partes: y es grande
grangería, porque vale con toda el abundancia una
botija ó arroba cinco ó seis ducados; y si es de
España, que siempre se lleva en las ñotas, diez y
doce. E n el Reino de Chile se hace vino como en
España, porque es el mismo temple; pero traído
al Perú se daña. Uvas se gozan donde no se puede
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 41$

gozar vino; y es cosa de admirar, que en la ciu-


dad del Cuzco se hallarán uvas frescas todo el
año. L a causa de esto me dijeron ser los valles de
aquella comarca, que en diversos meses del año-
dan fruto: y ahora sea por el podar las vides á
diversos tiempos, ahora por cualidad de la tierra,
en efecto, todo el año hay diversos valles que
dan fruta. Si alguno se maravilla de esto, mas se
maravillará de lo que diré, y quizá no lo creerá.
Hay árboles en el Perú, que la una parte del ár-
bol da fruta la mitad del año, y la otra parte la
otra mitad. E n Mala, trece leguas de la ciudad de
los Reyes, la mitad de una higuera, que está á la
banda del sur, está verde, y da fruta un tiempo
del año, cuando es verano en la sierra; y la otra
mitad, que está hácia los llanos, y mar, está verde,
y da fruta en otro tiempo diferente, cuando es
verano en los llanos. Tanto como esto obra la va-
riedad del temple y aire, que viene de una parte
ó de otra. L a grangería del vino no es pequeña, pe-'
ro no sale de su provincia. L o de la seda, que se
hace en Nueva-España, sale para otros Reinos, co-
mo el Perú. N o la había en tiempo de Indios: de Es-
paña se han llevado moreras, y dánse bien, mayor
mente en la provincia que llaman la Misteca, donde
se cria gusano de seda, y se labra y hacen tafetanes
buenos: damascos, rasos y terciopelos no se labran
hasta ahora. E l azúcar es otra grangería, mas ge-
4i( LIBRO CUARTO

neral, pues no solo se gasta en Indias, sino también


se trae á España harta cantidad, porque las cañas
se dan escogidamente en diversas partes de In-
dias: en Islas, en Méjico, en Perú, y en otras par-
tes han hecho ingenios de grande contratación.
De el de la Nasca me afirmaron, que solía rentar
•de treinta mil pesos arriba cada año. E l de C h i -
cama junto á Trujillo también era hacienda grue-
sa, y no menos lo son los de la Nueva-España,
porque es cosa loca lo que se consume de azúcar
y conserva en Indias. De la Isla de Santo Domin-
-go se trajeron en la ñota que vine, ochocientas y
noventa y ocho cajas y cajones de azúcar, que
siendo del modo que yo las v i cargar en Puerto-
Rico, será á mi parecer cada caja de ocho arro-
bas. Es ésta del azúcar la principal grangería de
aquellas Islas: tanto se han dado los hombres al
apetito de lo dulce. Olivas y olivares también se
han dado en Indias, digo en Méjico y Perú; pero
hasta hoy no hay molino de aceite, ni se hace,
porque para comer las quieren mas, y las sazonan
bien. Para aceite hallan, que es mas la costa que
el provecho; así que todo el aceite va de España.
Con esto quede acabado con la materia de las
plantas, y pasemos á la de animales de las Indias.
CAPÍTULO XXXIII

De los ganados ovejuno y vacuno.

De tres maneras hallo animales en Indias: unos?,


que han sido llevados de Españoles: otros, que
aunque no han sido llevados por Españoles, los
hay en Indias de la misma especie que en Europa:
otros, que son animales propios de Indias, y no se
hallan en España. E n el primero modo son ovejas,
vacas, cabras, puercos, caballos, asnos, perros,
gatos y otros tales, pues estos géneros los hay en
Indias. E l ganado menor ha multiplicado mucho;
y si se pudieran aprovechar las lanas enviándose
á Europa, fuera de las mayores riquezas que tu-
vieran las Indias. Porque el ganado ovejuno allá
tiene grande abundancia de pastos, sin que se agos-
te la yerba en muchas partes; y es de suerte la fran-
queza de pastos y dehesas, que en el Perú no hay
pastos propios: cada uno apacienta donde quiere.
Por lo cual la carne es comunmente abundante, y
barata por allá; y los demás provechos que de la
TOMO 28
4l8 LIBRO CUARTO

oveja proceden, de quesos, leche, & c . Las lanas


dejaron un tiempo perder de el todo, hasta que se
pusieron obrages, en los cuales se hacen paños y
frazadas, que ha sido gran socorro en aquella tie-
rra para la gente pobre, porque la ropa de Casti-
lla es muy costosa. H a y diversos obrages en el
Perú; mucho mas copia de ellos en Nueva-Es-
paña, aunque ahora sea la lana no ser tan fina,,
ahora los obrages no labrarla tan bien, es mucha
la ventaja de la ropa que va de España, á la que
en Indias se hace. Habia hombres de setenta y de
cien mil cabezas de ganado menor; y hoy dia los
hay poco menos, que á ser en Europa, fuera rique-
za grande, y allá lo es moderada. E n muchas par-
tes de Indias, y creo son las mas, no se cria bien
ganado menor, á causa de ser la yerba alta, y la
tierra tan viciosa, que no pueden apacentarse sino
ganados mayores; y así de vacuno hay innumera-
ble multitud. Y de esto en dos maneras: uno ga-
nado manso, y que anda en sus hatos, como en
tierra de los Charcas, y en otras provincias del
Perú, y en toda la Nueva-España. De este ganado
se aprovechan, como en España, para carne, man-
teca y terneras, y para bueyes de arado, &c. E n
otra forma hay de este ganado alzado al monte; y
así por la aspereza y espesura de los montes,
como por su multitud, no se hierra, ni tiene dueño
propio, sino como caza de monte, el primero que
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 419

la montea y mata, es el dueño. De este modo han


multiplicado las vacas en la Isla Española, y en
otras de aquel contorno, que andan á millares sin
dueño por los montes y campos. A p r o v é c h a n s e
de este ganado para cueros: salen negros ó blan-
cos en sus caballos con desjarretaderas al campo,
y corren los toros ó vacas, y la res que hieren y
cae, es suya. Desuéllanla, y llevando el cuero á su
casa, dejan la carne perdida por ahí, sin haber
quien la gaste, ni quiera, por la sobra que hay de
ella. Tanto, que en aquella Isla me afirmaron, que
en algunas partes habia infección de la mucha
carne que se corrompía. Este corambre que viene
á España, es una de las mejores grangerías de las
Islas, y de Nueva-España. Vinieron de Santo D o -
mingo en la flota de ochenta y siete, treinta y
cinco mil cuatrocientos cuarenta y cuatro cueros
vacunos. De la Nueva-España vinieron sesenta y
cuatro mil trescientos y cincuenta cueros, que los
valuaron en noventa y seis mil quinientos treinta
y dos pesos. Cuando descarga una flota de éstas,
ver el rio de Sevilla, y aquel arenal donde se pone
tanto cuero, y tanta mercadería, es cosa para ad-
mirar. E l ganado cabrío también se da; y además
de los otros provechos de cabritos, de leche, & c .
es uno muy principal el sebo, con el cual comun-
mente se alumbran ricos y pobres, porque como
hay abundancia, les es mas barato que aceite,
420 LIBRO CUARTO

aunque no es todo el sebo que en esto se gasta, de


macho. También para el calzado aderezan los cor-
dovanes; mas no pienso que son tan buenos como
los que llevan de Castilla. Caballos se han dado, y
se dan escogidamente en muchas partes ó las mas
de Indias, y algunas razas hay de ellos tan buenos
como los mejores de Castilla, así para carrera y
gala, como para camino y trabajo. Por lo cual allá
el usar caballos para camino, es lo mas ordinario,
aunque no faltan muías y muchas, especialmente
donde las recuas son de ellas, como en Tierra-fir-
me. De asnos no hay tanta copia, ni tanto uso; y
para trabajo es muy poco lo que se sirven de
ellos. Camellos algunos, aunque pocos, v i en el
Perú llevados de las Canarias, y multiplicados allá,
pero cortamente. Perros en la Española han cre-
cido en número y en grandeza, de suerte que es
plaga de aquella Isla, porque se comen los gana-
dos, y andan á manadas por los campos. Los que
los matan tienen premio por ello, como hacen con
los lobos en España. Verdaderos perros no los ha-
bía en Indias, sino unos semejantes á perrillos, que
los Indios llamaban aleo: y por su semejanza á los
que han sido llevados de España, también los lla-
man aleo: y son tan amigos de estos perrillos,
que se quitarán el comer por dárselo: y cuan-
do van camino, los llevan consigo á cuestas ó
en el seno. Y si están malos, el perrito ha
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 421

de estar allí con ellos, sin servirse de ellos


para cosa, sino solo para buena amistad y com-
pañía.

CAPITULO XXXIV

De algunos animales de Europa que hallaron los


Españoles en Indias, y cómo hayan pasado.

Todos estos animales que he dicho, es cosa


cierta que se llevaron de España, y que no los
habia en Indias cuando se descubrieron, aun no ha
cien años: y además de ser negocio que aún tiene
testigos vivos, es bastante prueba ver, que los In-
dios no tienen en su lengua vocablos propios para
estos animales, sino que se aprovechan de los mis-
mos vocablos Españoles, aunque corruptos, por-
que de donde les vino la cosa, como no la cono-
cían, tomaron el vocablo de ella. Esta regla he
hallado buena para discernir qué cosas tuviesen
422 LIBRO CUARTO

los Indios antes de venir Españoles, y qué cosas


no. Porque aquellas que ellos y a tenian y cono-
cían, también les daban su nombre: las que de
nuevo recibieron diéronles también nombres de
nuevo, los cuales de ordinario son los mismos nom-
bres Españoles, aunque pronunciados á su modo,
como al caballo, al vino y al trigo, &c. Halláronse,
pues, animales de la misma especie que en Euro-
pa, sin haber sido llevados de Españoles. H a y leo-
nes, tigres, osos, jabalíes, zorras, y otras fieras y
animales silvestres, de los cuales hicimos en el
primer libro argumento fuerte, que no siendo ve-
rosímil que por mar pasasen á Indias, pues pa-
sar á nado el Océano es imposible, y embar-
carlos consigo hombres, es locura, sigúese que
por alguna parte donde el un orbe se conti-
núa y avecina al otro, hayan penetrado, y po-
co á poco poblado aquel mundo nuevo. Pues
conforme á la divina Escritura (i) todos estos
animales ce salvaron en el arca de Noé, y de
allí se han propagado en el mundo. Los leones que
que por allá yo he visto, no son bermejos, ni tie-
nen aquellas vedijas con que los acostumbran pin-
tar: son pardos, y no tan bravos como los pintan.
Para cazarlos se juntan los Indios en torno, que
ellos llaman chaco, y á pedradas, y con palos y

(i) Genes. 6.
D E LA HISTORIA NATURAL D E INDIAS 423

otros instrumentos los matan. Usan encaramarse


también en árboles estos leones, y ^Uí con lanzas
•ó con ballestas, y mejor con arcabuz, los matan.
Los tigres se tienen por mas bravos y crueles, y
que hacen salto mas peligroso, por ser á traición.
Son maculosos, y de el mismo modo que los His-
toriadores los describen. Algunas veces oí contar,
que estos tigres están cebados en Indios, y que
por eso no acometían á Españoles, ó muy poco
y que de entre ellos sacaban un Indio, y se lé lle-
vaban. Los osos, que en lengua del Cuzco llaman
otoroncos, son de la misma especie que acá, y son
hormigueros. De colmeneros poca experiencia hay,
porque los panales donde los hay en Indias, dánse
en árboles, ó debajo de la tierra, y no en colme-
nas al modo de Castilla; y los panales que yo he
visto en la provincia de los Charcas, que allá nom-
bran lechiguanas, son de color pardo y de muy
poco jugo: mas parecen paja dulce, que panales
de miel. Dicen que las abejas son tan chiquitas
•como moscas, y que enjambran debajo de la tie-
rra: la miel es aceda y negra. E n otras partes hay
mejor miel, y panales mas bien formados, como
la provincia de Tucumán, y en Chile, y en Carta-
gena. De los jabalíes tengo poca relación, mas de
haber oído á personas que dicen haberlos visto.
Zorros y animales que degüellan el ganado, hay
mas de los que los pastores quisieran. Fuera de
424 LIBRO CUARTO

estos animales, que son fieros y perniciosos, hay


otros provechosos, que no fueron llevados por los
Españoles, como son los ciervos ó venados, de
que hay gran suma por todos aquellos montes;
pero los mas no son venados con cuernos: á ló-
menos ni yo los he visto, ni oído á quien los haya
visto: todos son mochos como corzos. Todos estos
animales que hayan pasado por su ligereza, y por
ser naturalmente silvestres y de caza, desde el un
orbe al otro, por donde se juntan, no se me hace
difícil, sino muy probable y cuasi cierto, viendo
que en Islas grandísimas, y muy apartadas de tie-
rra firme, no se hallan, cuanto yo he podido por
alguna experiencia y relación alcanzar.
CAPÍTULO XXXV

De las aves que hay de acá, y cómo pasaron


á Indias.

Menos dificultad tiene creer lo mismo de aves,,


que hay del género de las de acá, como son per-
dices, tórtolas, palomas torcaces, codornices y
diversas castas de halcones, que por muy precia-
dos se envían á presentar de la Nueva-España y
del Perú á señores de España. Item, garzas y águi-
las de diversas castas. Estos y otros pájaros seme-
jantes no hay duda que pudieron pasar mucho
mejor que los leones, tigres y ciervos. Los papa,
gayos también son de gran vuelo, y se hallan co-
piosamente en Indias, especialmente en los Andes
del Perú; y en las Islas de Puerto-Rico y Santo
Domingo andan bandas de ellos como de palomas.
Finalmente, las aves con sus alas tienen camino
adonde quieren; y el pasar el golfo no les será á
muchas muy difícil; pues es cosa cierta, y la afir-
426 LIBRO CUARTO

ma Plinio (i), que muchas pasan la mar, y van á


regiones muy extrañas, aunque tan grande golfo,
como el mar Océano de Indias, no sé y o que es-
criba nadie que le pasen aves á vuelo. Mas tampo-
co lo tengo por del todo imposible, pues de algu-
nas es opinión común de marineros, que se ven
doscientas, y aun muchas mas leguas lejos de tie-
rra; y también, según que Aristóteles enseña (2),
las aves fácilmente sufren estar debajo del agua,
porque su respiración es poca, como lo vemos en
aves marinas, que se zabullen, y están buen rato;
y asi se podria pensar, que los pájaros y aves que
se hallan en las Islas y tierra firme de Indias, ha-
yan pasado la mar descansando en Islotes y tie-
rras, que con instinto natural conocen. Como de
algunos lo refiere Plinio (3): ó quizá dejándose
caer en él agua, cuando están fatigadas de volar,
y de allí, después de descansar un rato, volviendo
á proseguir su vuelo. Y cuanto á los pájaros que
se hallan en Islas, donde no se ven animales de
tierra, tengo por sin duda, que han pasado en una
de las dos maneras dichas. Cuanto á las de-
más que se hallan en tierra firme , especial-
mente las que no son de vuelo muy ligero, es

(1) P l i n . lib. 10. c. 23.


<2) Arist. lib. 3. de part. animal c. 6.
(3) P Ü n . lib. IO. c. 25.
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 42/

mejor camino decir, que fueron por donde los


animales de tierra, que allá hay de los de Europa.
Porque hay aves también en Indias muy pesadas,
como avestruces, que se hallan en el Perú, y aun
á veces suelen espantar á los carneros de la tierra,
que van cargados. Pero dejando estas aves, que
ellas por sí se gobiernan, sin que los hombres cui-
den de ellas, sino es por via de caza; de aves do-
mésticas me he maravillado de las gallinas, por-
que en efecto las habia antes de ir Españoles; y
es claro indicio tener nombres de allá, qué á la
gallina llaman gualpa, y al huevo ronto; y el mis-
mo refrán, que tenemos de llamar á un hombre
gallina, para notarle de cobarde, ese propio usan
los Indios. Y los que fueron al descubrimiento de
las Islas de Salomón, reñeren haber visto allá ga-
llinas de las nuestras. Puédese entender, que como
la gallina es ave tan doméstica y tan provechosa,
los mismos hombres las llevaron consigo, cuando
pasaron de unas partes á otras, como hoy dia ve-
mos que caminan los Indios llevando su gallina ó
pollito sobre la carga que llevan á las espaldas; y
también las llevan fácilmente en sus gallineros he-
chos de paja ú de palo. Finalmente, en Indias hay
muchas especies de animales y aves de las de E u -
ropa, que las hallaron allá los Españoles, como
son las que he referido, y otras que otros dirán.
CAPÍTULO XXXVI

Cómo sea posible haber - en Indias animales, que


no hay en otra parte del mundo.

Mayor dificultad hace averiguar, qué principia


tuvieron diversos animales que se hallan en Indias,,
y no se hallan en el mundo de acá. Porque si allá
los produjo el Criador, no hay para qué recurrir
al arca de Noé, ni aun hubiera para qué salvar
entonces todas las especies de aves y animales, si
hablan de criarse después de nuevo; ni tampoco
parece, que con la creación de los seis dias dejara
Dios el mundo acabado y perfecto, si restaban nue-
vas especies de animales por formar, mayormente
animales perfectos, y de no menor excelencia que
esotros conocidos. Pues si decimos, que todas
estas especies de animales se conservaron en el
arca de Noé, sigúese, que como esotros animales-
fueron á Indias de este mundo de acá, así también
éstos, que no se hallan en otras partes del mundo.
Y siendo esto así, pregunto: ¿cómo no quedó su
especie de ellos por acá? ¿cómo solo se halla don-
DE LA. HISTORIA NATURAL DE INDIAS 42C>

•de es peregrina y extranjera? cierto es cuestión


que me ha tenido perplejo mucho tiempo. Digo
por ejemplo, si los carneros del Perú, y los que
llaman pacos y guanacos no se hallan en otra re-
gión del mundo, ¿quién los llevó al Perú? ¿ó cómo
fueron? pues no quedó rastro de ellos en todo el
mundo; y si no fueron de otra región, ¿cómo se
formaron y produjeron allí? ¿Por ventura hizo
Dios nueva formación de animales? L o que digo
de estos guanacos y pacos, diré de mil diferencias
de pájaros, aves y animales del monte, que jamás
han sido conocidas, ni de nombre, ni de figura, ni
hay memoria de ellos en Latinos ni Griegos, ni el
naciones ningunas de este mundo de acá. Sino es
•que digamos, que aunque todos los animales salie-
ron del arca; pero por instinto natural y providen-
cia del Cielo, diversos géneros se fueron á diver-
sas regiones, y en algunas de ellas se hallaron
también, que no quisieron salir de ellas, ó si salie-
ron, no se conservaron, ó por tiempo vinieron á
fenecer, como sucede en muchas cosas. Y si bien
se mira, esto no es caso propio de Indias, sino ge-
.neral de otras muchas regiones y provincias de
Asia, Europa y Africa: de las cuales se lee, haber
•en ellas castas de animales que no se hallan en
•otras; y si se hallan, se sabe haber sido llevadas de
allí. Pues como estos animales salieron del arca:
verbi gratia, elefantes, que solo se hallan en la
430 LIBRO CUARTO

India oriental, y de allá se han comunicado á otras


partes, del mismo modo diremos de estos anima-
les del Perú, y de los demás de Indias, que no se
hallan en otráiparte del mundo. También es de
considerar, si los tales animales difieren específica
y esencialmente de todos los otros, ó si es su di-
ferencia accidental, que pudo ser causada de di-
versos accidentes, como en el linage de los hom-
bres ser unos blancos y otros negros, unos gigan-
tes y otros enanos. Así verbi gratia, en el linaje
de los ximios ser unos sin cola y otros con cola, y
en el linage de los carneros ser unos rasos y otros
lanudos: unos grandes y recios, y de cuello muy
largo, como los del Perú: otros pequeños y de
pocas fuerzas, y de cuellos cortos, como los de
Castilla. Mas por decir lo mas cierto, quien por
esta vía de poner solo diferencias accidentales
pretendiere salvar la propagación de los animales
de Indias, y reducirlos á las de Europa, tomará
carga que mal p o d r á salir con ella. Porque si he-
mos de juzgar de las especies de los animales por
sus propiedades, son tan diversas, que quererlas
reducir á especies conocidas de Europa, será l l a -
mar al huevo, castaña.
CAPÍTULO XXXVII

De las aves propias de Indias.

A h o r a sean de diversa especie, ahora de la mis-


ma de otras de acá, hay aves en Indias notables.
De la China traen unos pájaros, que enteramente
no tienen pies ni grandes ni pequeños, y cuasi todo
su cuerpo es pluma: nunca bajan á tierra; ásense
de unos hilillos que tienen, á ramos, y así descan-
san: comen mosquitos y cosillas del aire. E n el
Perú hay los que llaman tominejos, tan pequeñi-
tos, que muchas veces d u d é viéndolos volar, si
eran abejas ó mariposillas, mas son realmente pá-
jaros. A l contrario los que llaman condores, son
de inmensa grandeza, y de tanta fuerza, que no
solo abren un carnero y se lo comen, sino á un
ternero. Las avras que llaman, y otros las dicen
gallinazas, tengo para mi que son de género de
cuervos: son de extraña ligereza, y no menos agu-
da vista: para limpiar las ciudades y calles son
propias, porque no dejan cosa muerta:, hacen no-
-432 LIBRO CUARTO

che en el campo en árboles ó peñas: por la maña


na vienen á las ciudades, y desde los mas altos
edificios atalayan para hacer presa. Los pollos de
-éstas son de pluma blanquizca, como refieren de
los cuervos, y mudan el pelo en negro. Las guaca-
mayas son pájaros mayores que papagayos, y
tienen algo de ellos: son preciadas por la diversa
color de sus plumas, que las tienen muy galanas.
E n la Nueva-España hay copia de pájaros de ex-
celentes plumas, que de su fineza no se ha-
llan en Europa, como se puede ver por las
imágenes de pluma, que de allá se traen: las
-cuales con mucha razón son estimadas, y causan
admiración, que de plumas de pájaros se pueda
labrar obra tan delicada, y tan igual, que no pare-
ce sino de colores pintadas, y lo que no puede
hacer el pincel y las colores de tinte: tienen unos
visos miradas un poco á soslayo tan lindos, tan
alegres y vivos, que deleitan admirablemente. A l -
gunos Indios, buenrs maestros, retratan con per-
fección de pluma lo que ven de pincel, que nin-
guna ventaja les hacen los Pintores de España. A l
Príncipe de España Don Felipe, dio su maestro
tres estampas pequeñitas, como para registros' de
diurno, hechas de pluma, y su Alteza las mostró
•al R e y Don Felipe nuestro Señor, su padre, y
mirándolas su Magestad, dijo: que no habia vis-
to en figuras tan pequeñas cosa de mayor primor.
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 433

Otro cuadro mayor, en que estaba retratado San


Francisco recibiéndole alegremente la Santidad de
Sixto V , y diciéndole que aquello hacian los In-
dios de pluma, quiso probarlo trayendo los dedos
un poco por el cuadro para ver si era pluma aque-
lla, pareciéndole cosa maravillosa estar tan bien
asentada, que la vista no pudiese juzgar si eran
colores naturales de plumas, ó si eran artificiales
de pincel. Los visos que hace lo verde, y un na-
ranjado como dorado, y otras colores finas, son
de extraña hermosura: y mirada la imágen á otra
luz, parecen colores muertas, que es variedad de
notar. Hácense las mejores imágenes de pluma en
la provincia de Mechoacán, en el pueblo de Pásca-
TO. E l modo es con unas pinzas tomar las plumas,
arrancándolas de los mismos pájaros muertos, y
•con un engrudillo delicado que tienen, irlas pe-
gando con gran presteza y policía. Toman estas
plumas tan chiquitas y delicadas de aquellos pa-
jarillos, que llaman en el Perú tominejos, ó de,
otros semejantes, que tienen perfectísimas colores
en su pluma. Fuera de imaginería usaron los Indios
otras muchas obras de pluma muy preciosas, es-
pecialmente para ornato de los Reyes y Señores,
y de los templos é Idolos. Porque hay otros pá-
jaros y aves grandes de excelentes plumas y muy
finas, de que hacian bizarros plumages y penachos,
especialmente cuando iban á la guerra; y con oro
TOMO I. 29
434 LIBRO CUARTO

y plata concertaban estas obras de plumería rica, '


que era cosa de mucho precio. H o y dia hay las
mismas aves y pájaros, pero no tanta curiosidad:
y gala como solian usar. A estos pájaros tan ga-
lanos y de tan rica pluma, hay en Indias otros del
todo contrarios, que demás de ser en sí feos, no
sirven de otro oficio sino de echar estiércol; y coa;
todo eso no son quizá de menor provecho. H e '
considerado esto admirándome la providencia del
Criador, que de tantas maneras ordena que sirvan
á los hombres las otras criaturas. E n algunas Islas
ó Farellones, que están junto á la costa del Perú,
se ven de lejos unos cerros todos blancos: dirá'-
quien les viere, que son de nieve, ó que toda es
tierra blanca, y son montones de estiércol de pá-":
jaros marinos, que van allí continuo á estercolar.
Y es esta cosa tanta, que sube varas y aun lanzas-
en alto, que parece cosa fabulosa. A estas Islas
van barcas á solo cargar de este estiércol, porqué
otro fruto pequeño, ni grande en ellas no se da: y
es tan eficaz y tan cómodo, que la tierra esterco-
lada con él da el grano y la fruta con grandes-
ventajas. Llaman guano el dicho estiércol, de don-
de se t o m ó el nombre del valle que dicen de Lu--
naguana, en los valles del Perú, donde se aprove-
chan de aquel estiércol: y es el mas fértil que hay
por allá. Los membrillos y granadas, y otras frutas
en grandeza y bondad exceden mucho, y dicen ser
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 435

la causa, que el agua con que riegan estos árboles,


pasa por tierra estercolada, y da aquella belleza de
fruta. De manera, que de los pájaros no solo la car-
ne para comer, y el canto para deleite, y la pluma
para ornato y gala, sino el mismo estiércol es tam-
bién para el beneficio de la tierra, y todo ordena-
do del sumo Hacedor para servicio del hombre,
con que el hombre se acordase de ser grato y
leal á quien con todo le hace bien.

CAPITULO XXXVIII

De los animales de monte.

Fuera de los géneros de animales que se han


dicho de monte, que son comunes á Indias y á
Europa, hay otros que se hallan allá, y no sé que
los haya por acá, sino por ventura traídos de
aquellas partes. Saynos llaman unos como porque-
zuelos, que tienen la extrañeza de tener el ombli-
go sobre el espinazo: éstos andan por los montes
436 LIBRO CUARTO

á manadas: son crueles, y no temen, antes acome-


ten, y tienen unos colmillos como navajas, con
que dan muy buenas heridas y navajadas, si no se
ponen á recaudo los que los cazan. Súbense los
que quieren cazarlos á su seguro en árboles, y los
saynos ó puercos de manada acu den á morder el
árbol, cuando no pueden al hombre; y de lo alto,
con una lancilla hieren y matan los que quieren.
Son de muy buena comida; pero es menester qui-
tarles luego aquel redondo que tienen en el om-
bligo del espinazo, porque de otra suerte dentro
de un dia se corrompen. Otra casta de animalejos
hay que parecen lechones, que llaman guadatina-
jas. Puercos de la misma especie de los de Euro-
pa, yo dudo si los había en Indias antes de ir Es-
pañoles, porque en la relación del descubrimiento
de las Islas de Salomón se dice que hallaron galli-
nas y puercos de España. L o que es cierto es ha-
ber multiplicado cuasi en todas partes de Indias
este ganado en grande abundancia. E n muchas
partes se come carne fresca de ellos, y la tienen
por tan sana y buena como si fuera carnero, como
en Cartagena. E n partes se han hecho montaraces
y crueles; y se va á caza de ellos, como de jaba-
líes, como en la Española y otras Islas, donde se
ha alzado al monte este ganado. E n partes se ce-
ban con grano de maíz, y engordan excesivamen-
te, para que den manteca, que se usa á falta de
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 437

aceite. E n partes se hacen muy escogidos pemiles,


como en Toluca de la Nueva-España y en Paria
del Perú. Volviendo á los animales de allá, como
los saynos son semejantes á puercos, aunque mas
pequeños, así lo son á las vaquillas pequeñas las
dantas, aunque en el carecer de cuernos mas pa-
recen muletas: el cuero de éstas es tan preciado
para cueras y otras cubiertas, por ser tan recias,
que resisten cualquier golpe ó tiro. L o que defien-
de á las dantas la fuerza del cuero, defiende á los
que llaman armadillos la multitud de conchas, que
abren y cierran como quieren á modo de corazas.
Son unos animalejos pequeños que andan en mon-
tes, y por la defensa que tienen metiéndose entre
áus conchas, y desplegándolas como quieren, los
llaman armadillos. Y o he comido de ellos: no
roe pareció cosa de precio. Harto mejor comida
es la de iguanas, aunque su vista es bien asque-
rosay pues parecen puros lagartos de España,
aunque éstos son de género ambiguo, porque
andan en agua, y sálense á tierra, y súben-
, se en árboles que están á la orilla del agua,
y lanzándose de allí al agua, las cogen poniéndo-
les debajo los barcos. Chinchillas es otro género
de animalejos pequeños como hardillas: tienen un
pelo á maravilla blando, y sus pieles se traen por
cosa regalada y saludable para abrigar el estóma-
go, y partes que tienen necesidad de calor mode-
438 LIBRO CUARTO

rado: también se hacen, cubiertas ó frazadas del


pelo de estas chinchillas. Hállanse en la sierra del
Perú, donde también hay otro animalejo muy co-
mún, que llaman cuy, que los Indios tienen por co-
mida muy buena, y en sus sacrificios usaban fre-
cuentísimatnente ofrecer estos cuyes. Son como
conejuelos, y tienen sus madrigueras debajo de
tierra; y en partes hay donde la tienen toda mina-
da. Son algunos de ellos pardos: otros blancos y
diferentes. Otros animalejos llaman vizcachas,
que son á manera de liebres, aunque mayores,
y también las cazan y comen. De liebres verda-
deras también hay caza en partes bien abundante.
Conejos también se hallan en el Reino de Quito;
pero los buenos han ido de España. Otro animal
donoso es el que por su excesiva tardanza en mo-
verse le llaman perico ligero, que tiene tres uñas
en cada mano: menea los pies y manos como por
compás con grandísima flema: es á la manera de
mona, y en la cara se le parece: da grandes gritos,
anda en árboles y come hormigas.
CAPITULO XXXIX

De los micos ó monos de Indias.

Micos hay innumerables por todas esas monta-


iias.de Islas, y Tierra-firme y Andes. Son d é l a
casta de monas, pero diferentes en tener cola, y
muy larga, y haber entre ellos algunos linages de
tres tanto, y cuatro tanto mas cuerpo que monas
ordinarias. Unos son negros del todo, otros bayos,
•otros pardos, otros manchados y varios. L a ligereza
y maña de éstos admira, porque parece que tienen
•discurso y razón: en el andar por árboles parece que
quieren imitar las aves. E n Capira, pasando de
Nombre de Dios á Panamá, vi saltar un mico de
estos de un árbol á otro, que estaba á la otra ban-
da del rio, que me admiró. Ásense con la cola á
un ramo, y arrójanse adonde quieren, y cuando el
•espacio es muy grande, que no puede con un sal-
to alcanzarle, usan una maña graciosa, de asirse
uno á la cola del otro, y hacer de esta suerte una
como cadena de muchos: después ondeándose to-
dos, ó columpiándose, el primero, ayudado de la
44° LIBRO CUARTO

fuerza de los otros, salta, y alcanza, y se ase a i


ramo, y sustenta á los demás, hasta que llegan,,
como dije, uno á la cola de otro. Las burlas, em-
bustes y travesuras que estos hacen, es negocio de
mucho espacio: las habilidades que alcanzan cuan-
do los imponen, no parecen de animales brutos,,
sino de entendimiento humano. U n o v i en Carta-
gena en casa del Gobernador, que las cosas que
de él me re ferian, apenas parecían creíbles. Como-
en enviarle á la taberna por vino, y poniéndole
en la una mano el dinero, y en la otra el pichél,.
no haber orden de sacarle el dinero hasta que le
daban el pichél con vino. Si los muchachos en el;
camino le daban grita ó le tiraban, poner el pichéí,
á un lado, y apañar piedras, y tirarlas á los muí-
chachos, hasta que dejaba el camino seguro; y
así volvía á llevar su pichél. Y lo que es mas, coni
ser muy buen bebedor de vino (como yo se lo v i
beber echándoselo su amo de alto), sin dárselo^,
ó darle licencia, no había tocar al jarro. Dijérenme
también, que si veía mugeres afeitadas, iba y les
tiraba del tocado, y las descomponía y trataba
mal. Podrá ser algo de esto encarecimiento, que
yo no lo v i , mas en efecto no pienso que hay ani-
mal que asi perciba y se acomode á la conversar
cion humana, como esta casta de micos. Cuentan
tantas cosas, que yo, por no parecer que doy
crédito á fábulas, ó porque otros no las tengan por
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 441

tales, tengo por mejor dejar esta materia con solo


bendecir al A u t o r de toda criatura, pues para sola
recreación de los hombres y entretenimiento do-
noso, parece haber hecho un género de animal,
que todo es de reir, ó para mover á risa. Algunos
han escrito, que á Salomón se le llevaban estos
micos de Indias occidentales: yo tengo para mí
que iban de la India oriental.

CAPÍTULO X L

De las vicuñas y tarugas del Perú.

Entre las cosas que tienen las Indias del Perú


notables, son las vicuñas y carneros que llaman de
la tierra, que son animales mansos y de mucho
provecho. Las vicuñas son silvestres, y los carne-
ros son ganado doméstico. Algunos han pensado
que las vicuñas sean las que Aristóteles, Plinio y
otros Autores tratan ( i ) , cuando escriben de las
que dicen capreas, que son cabras silvestres; y

(0 Arist lib. 3. de part. animal, cap. 2. P l i n . lib. 10. cap. 72,


442 LIBRO CUARTO

•tienen sin duda similitud, por la ligereza, por an


dar en los montes, por parecerse algo á cabras.
Mas en efecto, no son aquellas, pues las vicuñas
no tienen cuernos, y aquellas los tienen, según
Aristóteles refiere. Tampoco son las cabras d e j a
India oriental, de donde traen la piedra bezaar: ó
si.son de aquel género, serán especies diversas,
como en el linage de perros es diversa especie la
del mastin y la del lebrel. Tampoco son las vicu-
ñas del Perú los animales que en la provincia de
la Nueva-España tienen las piedras, que allá lia
man bezaares, porqué aquellos son de especie de
ciervos ó venados. Así que no sé que en otra par-
te del mundo haya este género de animales, sino
en el Perú y Chile, que se continúa con él. Son las
vicuñas mayores que cabras, y menores que bece-
rros: tienen la color, que tira á leonado, algo mas
clara: no tienen cuernos, como los tienen ciervos
y capreas: apaciéntanse, y viven en fierras altísi-
mas, en las partes mas frías y despobladas, que
a.llá llaman punas. Las nieves y el hielo no les
ofende, antes parece que les recrea: andan á ma-
nadas, y corren ligerísimamente: cuando encuen-
tran caminantes ó bestias, luego huyen, como muy
tímidas: , al huir echan delante de sí sus hijuelos.
No se entiende, que multipliquen mucho, por don-
de los Reyes Incas tenian prohibida la caza de v i -
cuñas, si no era para fiestas con orden suyo. A l -
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 443

;gunos se quejan, que después que entraron Espa-


ñoles se ha concedido demasiada licencia á los
chacos o cazas de vicuñas, y que se han disminuí-
do. L a manera de cazar de los Indios es chaco,
•que es juntarse muchos de ellos, que á veces son
mil, y tres mil y mas, y cercar un gran espacio de
•monte, y ir ojeando la caza, hasta juntarse por
todas partes, donde se toman trescientas y cua-
trocientas, y mas y menos, como ellos quieren, y
dejan ir las demás, especialmente las hembras,
para el multiplico. Suelen trasquilar estos anima-
les, y d é l a lana de ellos hacen cubiertas ó fraza-
das de mucha estima, porque la lana es como
•una seda blanda, y duran mucho; y como el color
es natural y no de tinte, es perpetuo. Son frescas
y muy buenas para en tiempo de calores: para
inflamaciones de ríñones y otras partes las tienen
por muy sanas, y que templan el calor demasia-
do: y lo mismo hace la lana en colchones, que al-
gunos usan por salud, por la experiencia que de
ello tienen. Para otras indisposiciones, como gota,
dicen también, que es buena esta lana 6 frazadas
hechas de ella: no sé en esto experiencia cierta.
L a carne de las vicuñas no es buena, aunque los
Indios la comen, y hacen cusharqui ó cecina de
•ella. Para medicina p o d r é yo contar lo que v i :
Caminando por la sierra del Perú llegué á un tam^
bo ó venta una tarde con tan terrible dolor de
444 LIBRO CUARTO

ojos, que me parecía se me querían saltar: e l


cual accidente suele acaecer de pasar por mucha,
nieve y mirarla. Estando echado con tanto dolor,
que cuasi perdía la paciencia, llegó una India, y
me dijo: Ponte, padre, esto en los ojos, y estarás
bueno. E r a una poca de carne de vicuña recien
muerta, y corriendo sangre. E n poniéndome aque-
lla medicina se aplacó el dolor, y dentro de muy
breve tiempo se me quitó del todo, que no le sen-
tí mas. Fuera de los chacos que he dicho, que
son cazas generales, usan los Indios particular-
mente para coger estas vicuñas, cuando llegan á
tiro, arrojarles unos cordelejos con ciertos plomos,
que se les traban, y envuelven entre los pies, y
embarazan para que no puedan correr; y así l l e -
gan y toman la vicuña. L o principal porque este
animal es digno de precio, son las piedras bezaa-
res, que hallan en él, deque diremos luego. H a y
•otro género que llaman tarugas, que también son
silvestres, y son de mayor ligereza que las vicu-
ñas: son también de mayor cuerpo, y la color
mas tostada: tienen las orejas blandas y caídas.
Estas no andan á manadas como las vicuñas; á lo
menos y o no las v i sino solas, y de ordinario por
riscos altísimos. De las tarugas sacan también pie-
dras bezaares, y son mayores, y de mayor efica-
cia y virtud.
CAPITULÓ X L I

D¿ los pacos, guxnzcos y carneros del Perú.

Ninguna cosa tiene el Perú de mayor riqueza y


ventaja, que es el ganado de la tierra, que los
nuestros llaman carneros de las Indias; y los In-
dios en lengua general los llaman llama, porque
bien mirado es el animal de mayores provechos,
y de menos gasto de cuantos se conocen. De este
ganado sacan comida y vestido, como en Europa
del ganado ovejuno, y sacan mas el tragin y aca-
rreto de cuanto han menester, pues les sirve de
traer y llevar sus cargas. Y por otra parte no han
menester gastar en herrage, ni en sillas ó jalmas,
ni tampoco en cebada, sino que de valde sirve á
sus amos, contentándose con la yerba que halla en
el campo. De manera, que les p r o v e y ó Dios de
ovejas y de jumentos en un mismo animal, y como
á gente pobre quiso que ninguna costa les hiciese,
porque los pastos en la sierra son muchos; y otros
gastos, ni los pide, ni los ha menester este género
de ganado. Son estos carneros ó llamas en dos
446 LIBRO CUARTO

especies: unos son pacos ó carneros lanudos: otros-


son rasos y de poca lana, y son mejores para car-
ga: son mayores que carneros grandes, y meno-
res que becerros: tienen el cuello muy largo á se-
mejanza de camello, y hánlo menester, porque
como son altos y levantados de cuerpo, para pa-
cer requiere tener cuello largo. Son de varias co-
lores: unos blancos del todo, otros negros del
todo, otros pardos, otros varios, que llaman mo-
romoro. Para los sacrificios tenian los Indios
grandes advertencias de qué color hablan de ser
• para diferentes tiempos y efectos; L a carne de
éstos es buena, aunque recia: la de sus corderos
es de las cosas mejores y mas regaladas que se
comen; pero gástanse poco ' en esto, porque el;
principal fruto es la lana para hacer ropa, y el
servicio de traer y llevar cargas. L a lana labran,
los Indios, y hacen ropa, de que se visten: una,,
grosera y común, que llaman havasca: otra, deli-
cada y fina, que llaman cumbi. De este cumbi la-
bran sobremesas, cubiertas, reposteros y otros
paños de muy escogida labor, que dura mucho-
tiempo, y tiene un lustre bueno, cuasi de media
seda, y lo que es particular de su modo de tejer
lana. Labran á dos haces todas las labores que
quieren, sin que se vea hilo ni cabo de él en toda
una pieza. Tenia el Inca, R e y del Perú, grandes,
maestros de labrar esta ropa de cumbi, y los prin-
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 447T

cipales residían en el repartimiento de Capachica,;


junto á la laguna grande de Titicaca. Dan con
yerbas diversas diversos colores y muy finos á
esta lana, con que hacen varias labores. Y de
labor basta y grosera, ó de pulida, y sutil, to-
dos los Indios é Indias son oficiales en la sierra,
teniendo sus telares en su casa, sin que hayan de
ir á comprar, ni á dar á hacer la ropa que han
menester para su casa. De la carne de este gana-
do hacen cusharqui ó cecina, que les dura largo
tiempo, y se gasta por mucha cuenta: usan llevar
manadas de estos carneros cargados como recua:
y van en una recua de éstas trescientos ó quinicn-'
tos, y aun mil carneros, que traginan vino, coca,
maíz, chuño y azogue, y otra cualquier mercade-
ría; y lo mejor de ella, que es la plata, porqué las
barras de plata las llevan el camino de Potosí á
A r i c a setenta leguas, y á Arequipa otro tiempo-
solian ciento y cincuenta. Y es cosa que muchas
veces me admiré de ver, que iban estas manadas
de carneros con mil y dos mil barras, y mucho
mas, que son mas de trescientos mil ducados, sin
otra guarda, ni reparo, mas que unos pocos de In-
dios para solo guiar los carneros y cargarlos, y
cuando mucho algún Español; y todas las noches
dormían en medio del campo sin mas recato que
el dicho. Y en tan largo camino, y con tan poca,
guarda, jamás faltaba cosa entre tanta plata: t a a
448 LIBRO CUARTO

grande es la seguridad con que se camina en el


Perú. L a carga que lleva de ordinario un carnero
de éstos será de cuatro á seis arrobas; y siendo
viage lar^o no caminan sino dos ó tres leguas, ó
cuatro á lo largo. Tienen sus paradas sabidas los
carnereros, que llaman (que son los que llevan
estas recuas), donde hay pasto y agua; allí descar-
gan, y arman sus toldos, y hacen fuego y comida,
y no lo pasan mal, aunque es modo de caminar
harto flemático. Cuando no es mas de una jorna-
da, bien lleva un carnero de éstos ocho arro-
bas y mas, y anda con su carga jornada ente-
ra de ocho ó diez leguas, como lo han usado sol-
dados pobres que caminan por el Perú. Es todo
este ganado amigo de temple frió; y por eso se da
en la sierra y muere en los llanos con el calor.
Acaece estar todo cubierto de escarcha y hielo
este ganado, y con eso muy contento y sano. Los
carneros rasos tienen un mirar muy donoso, por-
que se paran en el camino, y alzan el cuello, y
miran una persona muy atentos, y estanse así
largo rato sin moverse, ni hacer semblante de
miedo, ni de contento, que pone gana de reir ver
su serenidad, aunque á veces se espantan súbito, y
•corren con la carga hasta los mas altos riscos, que
•acaece no pudiendo alcanzarlos, porque no se
pierdan las barras que llevan, tirarles con arcabuz,
y matarlos. Los pacos á veces se enojan y aburren
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 449

•con la carga, y echánse con ella sin remedio de


'Jhacerlos levantar; antes se dejarán hacer mil pie-
zas, que moverse cuando les da este enojo. Por
donde vino el refrán que usan en el Perú, de de-
cir de uno que se ha empacado, para significar
que ha tomado tirria, ó porfía, ó despecho, por-
que los pacos hacen este extremo cuando se eno-
jan. E l remedio que tienen los Indios entonces es,
parar, y sentarse junto al paco, y hacerle muchas
caricias, y regalarle, hasta que se desenoja y se
alza: y acaece esperarle bien dos y tres horas á
que se desempaque y desenoje. Dales un mal
como sarna, que llaman carache, de que suele mo-
rir este ganado. E l remedio que los Antiguos usa-
ban era, enterrar viva la res que tenia carache,
porque no se pegase á las demás, como mal que
es muy pegajoso. U n carnero ó dos que tenga un
Indio, no lo tiene por pequeño caudal. Vale un
carnero de estos de la tierra seis y siete pesos en-
sayados y mas, según que son tiempos y lugares.

TOMO I. ^,0
CAPÍTULO XLII

De las piedras bezaáret.

E n todos los animales, que hemos dicho ser


propios del Perú, se halla la piedra bezaar, de la
cual han escrito libros enteros Autores de nuestro-
tiempo, que podrá ver quien quisiere mas cumplí- •
da noticia. Para el intento presente bastará decir,
que esta piedra que llaman bezaar, se halla en el
buche y vientre de estos animales, unas veces una,
y otras dos, tres y cuatro. Ei^. la figura, grandeza
y color tienen mucha diferencia: porque unas son
pequeñas como avellanas, y aun menores: otras-
como nueces: otras como huevos de paloma: al-
gunas tan grandes como huevos de gallina; y al-
gunas he visto de la grandeza de una naranja. E n
la figura unas son redondas: otras ovadas: otras
lenticulares; y así de diferentes formas. E n la
color hay negras, pardas, blancas, berengenadas
y como doradas: no es regla cierta mirar la color
ni tamaño para juzgar que sea mas fina. Todas
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 45 I

ellas se componen, de diversas túnicas 6 láminas


una sobre otra. E n la provincia de Jauja, y en
otras del Perú se hallan en diferentes animales
bravos y domésticos, como son guanacos, pacos^
vicuñas y tarugas: otros añaden otro género, que
dicen ser cabras silvestres, á las que llaman los
Indios cipris. Esotros géneros de animales son
m u y conocidos en el Perú, y se ha ya tratado de
ellos. Los guanacos, carneros de la tierra y pacos
comunmente tienen las piedras mas pequeñas y
negrillas, y no se estiman en tanto, ni se tienen por
tan aprobadas para medicina. De las vicuñas se
sacan piedras bezaares mayores, y son pardas»
ó blancas ó berengenadas, y se tienen por mejo-
res. Las mas excelentes se creen ser las de las
tarugas, y algunas son de mucha grandeza: sus
piedras son mas comunmente blancas, y que tiran
á pardas; y sus láminas ó túnicas son mas gruesas.
Hállase la piedra bezaar en machos y hembras
igualmente: todos los animales que la tienen ru-
mian, y ordinariamente pastan entre nieves y pu-
nas. Refieren los Indios, de tradición, y enseñanza
de sus Mayores y Antiguos, que en la provincia
de Jauja, y en otras del Perú hay muchas yerbas
y animales ponzoñosos, los cuales emponzoñan el
agua y pastos que beben, comen y huellan. Y en-
tre estas yerbas hay una muy conocida por ins-
tinto natural de la vicuña, y esotros animales que
4^2 LIBRO CUARTO

crian la piedra bezaar, los cuales comen esta yer-


ba, y con ella se preservan de la ponzoña de las
aguas y pastos; y de la dicha yerba crian en su
buche la piedra, y de allí le proviene toda su vir-
tud contra ponzoña, y esotras operaciones mara-
villosas. Esta es la opinión y tradición de los In-
dios, según personas muy prácticas en aquel Reino
del Perú han averiguado. L o cual viene mucho
con la razón, y con lo que de las cabras monteses
refiere Plinio ( i ) , que se apacientan de ponzoña,
y no les empece. Preguntados los Indios, que pas-
tando, como pastan, en las mismas punas carneros
y ovejas de Castilla, cabras, venados y vacas,
cómo no se halla en ellos la piedra bezaar ?
Responden, que no creen ellos que los dichos ani-
males de Castilla coman aquella yerba; y que en
venados y gamos ellos han hallado también la
piedra bezaar. Parece venir con esto lo que sabe-
mos, que en la Nueva-España se hallan piedras
bezaares, donde no hay vicuñas, ni pacos, ni ta-
rugas, sino solamente ciervos, y en algunos de
ellos se halla la dicha piedra. E l efecto principal
de la piedra bezaar es contra venenos y enferme-
dades venenosas; y aunque de ella hay diferentes
opiniones, y unos la tienen por cosa de aire, otros
hacen milagros de ella, lo cierto es ser de mucha

(T P l i n . l i b . 10. c. 72
DE LA HISTORIA NATURAL DE INDIAS 453'x

operación, aplicada en el tiempo y modo conve-


niente, como las demás yerbas, y agentes natura-
les. Pues no hay medicina tan eficaz, que siempre
sane. E n el mal de tabardillo, en España é Italia
ha probado admirablemente: en el Perú no tanto.
Para melancolía y mal de corazón, y para calen-
turas pestíferas, y para otros diversos males se
aplica molida, y echada en algún licor que sea á
propósito del mal que se cura. Unos la toman en
vino, otros en vinagre, en agua de azahar, -de len-
gua de buey, de borrajas y de otras maneras, lo
cual dirán los Médicos y Boticarios. N o tiene sa-
bor alguno propio la piedra bezaar, como de ella
también lo dijo Rasis, Arabe. Hánse visto algunas
experiencias notables; y no hay duda, sino que el
Autor de todo puso virtudes grandes en esta pie-
dra. E l primer grado de estima tienen las piedras
bezaares, que se traen de la India oriental, que son
de color de aceituna: el segundo las del Perú: el
tercero las de Nueva-España. Después que se co-
menzaron á preciar estas piedras, dicen, que los
Indios han hecho algunas artificiales y adulte-
radas. Y muchos, cuando ven piedras de és-
tas, de mayor grandeza que la ordinaria, creen
que son falsas; y es engaño, porque las hay gran-
des y muy finas, y pequeñas contrahechas: la
prueba y experiencia es el mejor Maestro de co-
nocerlas. U n a cosa es de admirar, que se fundan
454 LIBRO CUARTO

-estas piedras algunas veces en cosas muy extra-


ñas, como en un hierrezuelo, ó alfiler ó palillo,
que se halló en lo íntimo de la piedra, y no por
eso se arguye que es falsa, porque acaece tragar
aquello el anima!, y cuajarse sobre ello la piedra,
la cual se va criando poco á poco una cáscara so-
bre otra, y así crece. Y o v i en el Perú dos piedras
fundadas sobre dos piñones de Castilla, y á todos
los que las vimos nos causó admiración, porque en
todo el Perú no habíamos visto piñas, ni piñones
de Castilla, si no fuesen traídos de España; lo cual
parece cosa muy extraordinaria. Y esto poco baste
cuanto á piedras bezaares. Otras piedras medici-
nales se traen de Indias, como de hijada, de san-
gre, de leche y de madre; y las que llaman corne-
rinas para el corazón, que por no pertenecer á la
materia de animales que se ha tratado, no hay
obligación de decir de ellas. L o que está dicho
sirva para entender, como el universal Señor y
A u t o r omnipotente á todas las partes del orbe
que formó, repartió sus dones, secretos y maravi-
llas, por las cuales debe ser adorado, y glorificado
por todos los siglos de los siglos. A m e n .

FIN DEL LIBRO CUARTO


T A B L A

DE LAS COSAS MAS PRINCIPALES QUE SE CONTIENEN

EN ESTE TOMO PRIMERO

Aceite no se hace en. las Indias aunque hay oli-


vos, página 416.
Aguas de diversas calidades y virtudes, véanse
las palabras fuentes, lagunas y lluvias.
Aguaceros y turbiones, son mas ordinarios en las
costas, que no en el golfo, 202.
Aguja de marear no es cosa antigua, ni se sabe su
Autor, 82. Cuando nordestea, y donde mira
derechamente al Norte, 33.
Algodón, donde nace, y sirve á los Indios de lino
y lana, 385.
Almendras de diversas especies hay en Indias, 393.
A m é r i c a (que es cierta Provincia) no se puede
habitar en la mayor parte, por los muchos rios
y aguas que tiene, 131.
456
Andalucía y Vizcaya difieren en ocho grados no-
cabales, 48.
Andes, sierras altísimas del Perú, 61. No son las
sierras Sephér, de que habla la^Escritura, idem.
Animales terrestres y aves, cómo hayan ido á las-
Indias é islas, 92 y 94.
Animales diversos de Europa hallaron los Espa-
ñoles en las Indhs, 422. Otros hay en Indias,,
que no hay en Europa, 434. Y cómo sea posi-
ble no haberlos en otra parte del mundo, 428..
Anonas, qué fruta sea, 389.
Antípodes, por qué los Antiguos los negaron, y
cómo se reprueba su opinión, 30 y 32. A los
que habitan en Asia son Antípodes, los que ha-
bitan en el Perú, 31.
Añil, qué cosa sea, 384.
Arabia interior, por falta de lluvias se abrasa de
calor, 147.
A r b o l hay en Nueva-España, cuyo tronco tiene
en torno diez y seis brazas, 408.
Arboles y arboledas grandes que hay en I n -
dias, 405. Dánse allá muy b i e n i o s de Espa-
ña, 410.
Arboles hay en el Perú, cuya mitad da fruto Ios-
seis meses del año, y la otra mitad los otros
seis meses, 415.
Arequipa quedó asolada de un temblor de tie-
rra, 278.
457

Arroz, sirve á los Indios de pan y vino, 362.


Atlante, isla que llegaba hasta las Indias, es cosa
fabulosa, 58) 104, 105.
Aves, muchas de Europa habia en Indias antes de
la ¡da de los Españoles, 427. H a y otras, las cua-
les no hay en otras partes, 430. Otras hay tan
chicas como Abejas, idem. Otras hay que sola-
mente sirven para estercolar, 434.
A v e s hay en la China que totalmente no tienen
pies, 431.
A i r e , en Pariacaca es mas sutil de lo que sufre la
respiración humana. E n ciertos despoblados del
Perú manca y mata los hombres, y conserva
los cuerpos muertos sin corrupción. E n ciertas
partes hace marearse las bestias y los hombres
en tierra, 2 0 0 y siguientes.
Azúcar hay en diversas partes de Indias, 415-
Azogue, cómo y dónde se descubrió, 333. H a -
lláronlo los Indios sin saber sus propiedades,
idem. A p u r a la plata mucho mas y mejor que
el fuego, 336. Cómo se saca y beneficia con él
la plata, 337. De azogue salen cinco partes, y
la sexta de plata, 341. Tiene otras propieda-
des, id. Sacaránse cada año en Guancavelica
ocho mil quintales, 316.

Ballenas, cómo las pescan los Indios, 234.


458

Bálsamo, qué cosa sea, y cuántas diferencias hay


de ello, 398.
Bermellón, dónde y cómo se halló; cómo usan de
él los Indios, y cuán estimado fué el de España;
con él pintaban los Indios sus dioses y perso-
nas, 333 y 334-
Bestias y ganados, cómo pasaron á las Indias, 92
y 93-
Bosques espesísimos en Indias, y de infinita arbo-
leda, 406 y 407.
Brisas, qué vientos sean. Cuántas diíerencias haya
de ellas. Corren siempre debajo de la Tórrida-
Zona, 190 y 191.
Buzos, qué remedios tienen para detener el resue-
llo, ;,53-

Cabras, en las Indias son de mucho provecho, 419.


Cacao, qué cosa sea, y para qué sirve á los In-
dios, 379.
Caza diversa hay en Indias, que no hay en Euro-
pa, 436 y 437.
Cazar Patos, cómo lo hacen los Indios, 238.
Cazavi qué cosa sea, y de sus propiedades, 359.
Cómese, y tiene el zumo mortal, 360.
Calmas que hay en mar y tierra, 204. Nunca las
hay debajo de la línea, idcm.
459

Camellos hay pocos en las Indias, 420.


Camino de Santiago, véase la palabra Vía Láctea.
Campana, es una isla que está á la entrada de el
Estrecho de Magallanes, 221.
Canaria, isla, se dijo así, porque en ella habia mu-
chos Canes ó Perros, 54.
Capolíes, qué fruta sea, 389.
Carneros, en el Perú sirven de jumentos, 338.
Cuántas diferencias haya de ellos, 446.
Caballos hay muchos en las Indias, y para todos
usos, 420.
Caimanes son lo mismo que Cocodrilos, 232. Pe-
lean con los Tigres, idem.
Cedros, cuántas especies haya de ellos en In-
dias, 407.
Cerro de Potosí, como se descubrió, y de sus ca-
lidades, 307. Cuánta riqueza haya dado, 314.
Cerros en la mar de solo estiércol de aves, 434.
Charcas, es Provincia riquísima de minas, 258.
Chicha, véase la palabra Vino.
Chicozapotes, qué fruta sea, 388.
Cielo, pensaron los Antiguos no haber mas de lo
que se ve en Africa, A s i a y Europa, I, 4, 19."
Es redondo y ciñe la tierra, y muévese en sí
mismo circularmente, 6, 8, 9, 20. Tiene unas
partes densas y lucidas, y otras mas raras y
obscuras, 9. E l del nuevo mundo tiene diferen-
te apariencia que el del viejo, 22. E l que está
4éo
hácia el Norte es mas noble que el que está
hácia el Sur, y demás estrellas, y mayores, 23.
Cobre tenían los Indios por hierro antes que fue-
sen conquistados, 293.
Coca, qué cosa sea, y de sus usos, 330.
Cochinilla, qué cosa sea, y dónde se cría, 384.
Cocodrilos son lo mismo que Caimanes, pelean
con los Tigres, 232.
Cocos, qué cosa sean, y cuántas suertes hay de
ellos, 391.
Collao, Provincia fértilísima, 258.
Colmenas, véase la palabra Miel.
Cometas, se ha visto ten^r dos movimientos par-
ticulares fuera del común del primer móvil, 193.
La insigne del año de 1577) id. Se engendran y
están en la región del aire, muévense con el
primer móvil, 194.
Contratos no hacian los Indios con dinero, sino
trocando una cosa por otra, 294.
Crecientes y menguantes de diversos mares, 236.
Véase la palabra Mar.
Crucero, que parece en la banda del Sur, no es
el Polo Antártico ; tiene la estrella del pie
distante del verdadero Polo por treinta gra-
dos, 23.
Cuyes, qué animales sean , y de sus propieda-
des, 438.

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