Cosmovisión y sabiduría ancestral
Mitos, dioses y visiones del mundo
Diversas etnografías señalan que los pueblos Quechuas conciben un
mundo tripartito: kay pacha, uku pacha y hanan pacha, que pueden
traducirse como el mundo de los seres humanos, el mundo de abajo o más
precisamente de “adentro”, y el mundo superior, de los espíritus y seres
poderosos, respectivamente.
Kay pacha, este mundo, es el mundo de los seres vivientes, de los
humanos (runas) y de las plantas y animales. Sin embargo, los mundos
pueden conectarse, pues, en determinados lugares del país existe la
creencia de que existen puertas o pasos entre los mundos. Se considera
que algunos animales, como la serpiente (amaru), el toro o el sapo, pueden
pasar de uno a otro mundo (Gow & Condori, 1982).
Para los pueblos Quechuas existen seres poderosos y sobrenaturales,
sobre todo, aquellos que provienen del hanan o del uku pacha. Los más
poderosos y difundidos son la pachamama, los wamanis o apus, los santos
y la mamacocha. La pachamama o madre tierra es omnipresente y
responsable de la fertilidad y del bienestar. Aunque no existe propiamente
un culto a la tierra, sí está presente en un sinnúmero de ritos propiciatorios
vinculados a la fertilidad y la buena fortuna productiva. La forma principal de
atención a la pachamama es el “pago”, la ofrenda enterrada en el suelo a
manera propiciatoria pero también la ch’alla, el derramamiento de alcohol
previo a cualquier libación. La mamacocha representa la madre de las
aguas y tiene una función similar, aunque menos presente que
la pachamama, está vinculada a los lagos, los ríos y también a la provisión
de la lluvia. Otros seres sobrenaturales importantes son
los Apus o Wamanis, o espíritus de los cerros, considerados como seres
independientes unos de otros, con conciencia y capacidad de actuar sobre
la tierra y los seres humanos y, en particular, sobre el ganado. Son
considerados los seres tutelares de amplios territorios bajo su influencia. Se
considera que los individuos pueden eventualmente comunicarse con los
cerros y establecer pactos, por medio de curanderos especialistas (García,
1998; Gentile, 2012).
Los santos son también seres sobrenaturales característicos del panteón de
seres sobrenaturales quechuas. Se les representa como espíritus que
aparecen y caminan eventualmente sobre la tierra, concediendo favores e
influyendo sobre este mundo (Morote, 1988).
Existen también una serie de seres vinculados a los recursos naturales y
que tienen más bien un carácter ambiguo, pues pueden ser tanto nocivos
como benefactores. Por ejemplo, las sirenas, vinculadas a las fuentes a
agua; el muqui, en las minas y profundidades de la tierra; y,
los supays o saqras, vinculados también al mundo de abajo. También están
los gentiles, considerados como antepasados.
De igual forma, existen historias sobre personajes nocivos o castigados por
faltas cometidas, la mayor parte de ellos marcados por la falta de
observancia de las reglas, de la solidaridad o de la reciprocidad, se cuentan
entre estos el naqaq o pishtaco, sacador de grasa, las umas o cabezas
desprendidas del cuerpo, la qarqacha o condenado y varios otros (Ansión,
1987).
Mundo espiritual y seres no humanos
Existe una práctica mágico-religiosa de comunicación con estos seres y
fuerzas sobrenaturales, anteriormente mencionada. Algunas de carácter
propiciatorio, como los pagos, las tinkas o las wylanchas, en tanto que otros
comportan prácticas de sanación. Existen para ellos diversos tipos de
especialistas desde los hueseros o componedores hasta los paqos,
curanderos, layqas o chamanes, encargados de la comunicación con los
espíritus.
Los dos principales rituales son los pagos y las mesas. Los primeros son
ofrendas a los espíritus, la mayoría de las veces, consumidas por el fuego y
enterradas; en tanto que, las mesas suponen mecanismos de comunicación
con el más allá, se trata de ofrendas y diversos objetos dispuestos sobre
mantas que recrean y simbolizan diversos seres y fuerzas actuantes en el
mundo (Fernández, 1997). Parte de los rituales católicos ―particularmente
ritos y prácticas antiguas― están también incorporados a las prácticas
tradicionales quechuas, sirviendo de comunicación con fuerzas y espíritus
sobrenaturales como los santos, los cristos y las vírgenes. En algunos
casos, el sincretismo religioso integra los personajes tradicionales con los
santos católicos, generando identificación entre ellos, como en el caso de
Santiago con Illapa y el ganado o la pachamama con algunas advocaciones
de la Virgen.
xpresiones Culturales
Festividades y Celebraciones
Los pueblos Quechuas cuentan con una gama numerosa de fiestas y
danzas tradicionales asociadas a las mismas (Romero, 2008). Destacan por
su número y su cobertura en el espacio las fiestas patronales católicas,
incorporadas a las prácticas de los pueblos andinos desde el siglo XVI y
que han dado lugar a una práctica ritual católica andina característica. Las
fiestas patronales celebran a un santo patrón (un cristo, una virgen, una
cruz, un santo o una santa) y suponen varios días de celebración bajo una
estructura común: vísperas, días centrales y día de despedida, también
llamado kacharpari.
Las fiestas patronales son ocasión de exhibir trajes típicos, de interpretar
músicas tradicionales y de preparación de comidas y platos específicos de
las localidades. Las fiestas suelen desarrollarse por medio de
organizaciones, hermandades, mayordomías o sistemas de cargos, todos
ellos bajo diversas formas de reciprocidad y obligación entre parientes y
vecinos. Las fiestas patronales proveen una serie de mecanismos de
vinculación, identidad, estatus y prestigio en los pueblos Quechuas
(Cánepa, 2001).
Son también características una serie de fiestas vinculadas a actividades
productivas, como la siembra y la cosecha, pero sobre todo la limpieza de
acequias y las herranzas. Estos dos tipos de fiestas son más “tradicionales”,
cuentan con más elementos indígenas que las fiestas patronales y se hallan
ampliamente difundidas en muchas regiones de la sierra (Cloudsley, 1988).
Las fiestas de limpia de acequias hacen referencia no sólo al trabajo
colectivo y la reciprocidad generalizada (incluyen banquetes en los que
todos comparten) sino también a los ancestros que proveen del agua,
además de ensalzar las bondades y el trabajo correctamente realizado.
Incluyen especialistas, cargos y también rituales propiciatorios. Suelen
realizarse en mayo o septiembre, dependiendo de las comunidades y
regiones. Estas fiestas tienen tanto fines rituales como técnicos, pues
incorporan el trabajo de limpieza y reparación de sistemas tradicionales de
irrigación, reservorios y canales (Ráez, 2005).
Por su parte, las fiestas de la herranza, de marcación de ganado, se
realizan a mediados de año, entre julio y agosto. Son también llamadas
Santiago, rodeo, señalakuy o diachakuy, entre otras denominaciones.
Combinan celebraciones colectivas y a nivel de las familias extensas,
suponen una serie de ritos propiciatorios de pago a la tierra y a los cerros
guardianes del ganado, y la marcación según diversas formas de los
animales: marcas quemadas en vacunos, cortes y encintado de orejas en
camélidos y costura de mechas de colores en ovinos. Hacia las zonas sur
andinas se realizan también las wylanchas y tinkas de llamas y alpacas,
ritos propiciatorios para la fertilidad de los animales que implican cantos,
bailes, banquetes, pagos y sacrificio de animales. En algunas zonas de la
sierra centro sur existe también el toropukllay, ceremonia, juego y
espectáculo que combina en un acto ritual un cóndor y un toro, a manera de
rito propiciatorio (Molinié, 2009).
En diversas zonas andinas con presencia de los pueblos Quechuas se
encentran también una serie de danzas y juegos vinculados a la
competencia y la destreza o la resistencia. Celebraciones como el el
tantanakuy (empujones) y el takanakuy (golpearse con objetos por turnos),
implican no sólo la habilidad individual sino también prestigios relativos
colectivos. Una derivación colectiva de estos juegos de enfrentamiento es el
chiarage, propio del sur andino, que enfrenta a comunidades enteras y que
antiguamente refería a temas de asignación de derechos temporales sobre
tierras (Gorbak, Lischetti, & Muñoz, 1962). En algunas zonas, estas pruebas
de destreza incluyen carreras de caballos e incluso actos de acrobacia y
faquirismo.
Manifestaciones Artísticas y Artefactos Culturales
La música es sin duda una de las manifestaciones artísticas más relevantes
y persistentes en la actualidad para los pueblos Quechuas. Ellos cuentan
con una serie de géneros musicales, los cuales parten de una herencia de
la música prehispánica que, por supuesto, ha ido evolucionando con el
tiempo. El género más característico y extendido es el huayno, que
comporta canto y baile. Su ritmo característico es de tres tiempos
(introducción, desarrollo y fuga), tiene diversas variantes en el Perú,
tomando algunas de sus derivaciones nombres específicos como el
Huaylas o el Huaylarsh. También son importantes varios géneros de cantos,
conocidos bajo diversos nombres y variedades según las regiones.
Derivados de los antiguos harawis, son llamados también cantos de
recuerdo y suelen tener temas nostálgicos. Se cuentan entre estos el
yaraví, el triste y la muliza (Vásquez, 2007).
Existen también otros tipos de cantos, menos públicos y conocidos,
asociados por lo general a actividades productivas. Se trata de cantos
colectivos, entonados en grupo en ocasión de cosechas (haychalla,
wankas, qashua), la marcación del ganado (wakataki), o la limpieza de
acequias (hualina). Otros conjuntos de cantos están asociados a una serie
de danzas, particularmente los cantos de carnavales, tomando distintos
nombres según las regiones (whiphala, pumpin, puqllay, wayllacha), así
como los cantos de adoración como las huaylías o huaylijías.
Por su parte, la ejecución de las piezas suele estar a cargo de conjuntos de
músicos, desde dos o tres personas hasta grupos más numeroso. Estos
último utilzan instrumentos complementarios como arpa y violín, pero
también grupos de sikuris o de flautas. Existe también un tipo de ejecución
unipersonal muy extendido consistente en un solo músico que ejecuta al
mismo tiempo un instrumento de percusión y un aerófono, tinya y quena o
caja y flauta, muchas veces acompañando a algunos danzantes
tradicionales (Robles, 2000).
La música tradicional de los pueblos Quechuas se caracteriza también por
un conjunto de instrumentos tradicionales de viento y percusión, entre los
que destacan, entre otros, varios tipos de quenas y pinkullos, semejantes a
las flautas; las zampoñas, sikus o sikuris, llamadas también flautas de pan,
de diversos tonos y tamaños; las ocarinas, generalmente de cerámica; los
pututos hechos de conchas marinas, así como los wakrapukus elaborados
con cuernos de vacunos. A todos estos instrumentos se les suman varios
otros traídos de Europa, pero adaptados y adoptados por las poblaciones
quechua, entre los que se cuentan principalmente el violín, el arpa andina,
el acordeón, la guitarra, el tambor y el saxofón (Romero, 2004).
Otra manifestación artística importante son las danzas, las cuales son
frecuentes en fiestas y celebraciones como la siembra o la cosecha, y
también durante los carnavales, en los cuales las danzas grupales toman
formas de pasacalle. Particularmente, los pueblos Quechuas cuentan con
más de una centena de bailes y danzas tradicionales. Cada danza tiene
música, pasos y vestimenta característicos, y son muchas veces
consideradas elementos identitarios a nivel de regiones y comunidades:
negritos, huitite, pallas, pastoras, huacones, ayarachis, chonguinos,
diablada, tuntuna, avelinos, etc. (Mendoza, 2001). Entre ellas, son
particularmente importantes las danzas de pruebas de habilidad y
competencia, que toman el nombre genérico de atipanakuys (competencia,
enfrentamiento). Aunque la competencia es un elemento presente en
múltiples escenarios y en diversos géneros, es particularmente notable en
casos como las danzas de tijeras que tradicionalmente se realizan en un
desafío que incluye música, danza, acrobacia y otras pruebas de habilidad y
resistencia (Romero, 1993).
Vestimenta y Trajes Tradicionales
Para los pueblos Quechuas los tejidos son tradicionalmente muy
importantes. Por un lado, son la base de su vestimenta tradicional. Por otro
lado, son un elemento identitario que permite la diferenciación entre
diversos grupos y comunidades, pues son un elemento central en la
construcción de las relaciones humanas interpersonales e intergrupales. En
las épocas del Tahuantisuyo, eran vehículos de construcción de alianzas
por reciprocidad y eran regalos muy apreciados. Actualmente forman parte
de los regalos que se entregan en ocasión de matrimonios, así como para
la iniciación de los cargos tradicionales.
Los tejidos utilizan todo tipo de fibras, pero principalmente algodón y lana
(de camélidos y ovejas). Estos pueden ser trabajados en su color natural,
aunque en su mayoría son teñidos con sustancias de origen vegetal y
mineral. Sobre sus técnicas de hilado y tejido, destaca el telar de cintura y
el telar horizontal. Los tejidos más elaborados son llamados pallay y
también awayos o aguayos (Franquemont & Isbell, 1992; Silverman, 1994;
Sánche-Parga, 1995).
La vestimenta tradicional quechua se compone de una serie de piezas
características entre las que se cuentan el aqsu y la huwuna (camisa
interior), diversos tipos de mantas: kipucha (manta pequeña), unkhuña o
q’ipirina (mantilla), el phullu (manta), la llijlla (chal) y la hirha (manta grande
para cargar). Cuentan con una serie de piezas complementarias como el
chumpi (cinturón), la chuspa (bolso), el chullo (gorro), la llaqulla (chalina) y
la hakiwa. Además, se cuentan una serie de piezas de origen español que
han sido apropiadas y adaptadas a los usos y prácticas quechuas
tradicionales, como las polleras, los ponchos (que han reemplazado a los
unkus antiguos), los sacos (camisas) y los chilikus (chalecos). Es de señalar
que estas vestimentas sólo son habituales en algunas comunidades
tradicionales aisladas, pero que en la mayor parte de las comunidades
quechuas son vestidas únicamente para las fiestas y actos solemnes o
rituales (Carrasco, 2006).
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%20existen,la%20fertilidad%20y%20del%20bienestar.