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Seminario sobre Movimientos Sociales y Cambio

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Movimientos sociales, conflicto y procesos de cambio sociales

Seminario virtual
UNLA

Autoría, Dirección y Docencia principal: Dra. Isabel Rauber


Modalidad: A distancia por Internet con un encuentro presencial final

Total de Unidades: 6 (Virtuales 5; Presencial 1)


Duración en horas de estudio-trabajo por Unidad: 10 horas.
Total de horas estudio: 54 Horas.
Duración del seminario en semanas: 8 semanas
Destinatarios: alumnos de la carrera de Trabajo Social, Departamento de Salud
Comunitaria, UNLa.
Fecha de Cursada: octubre y noviembre de 2010

Fundamentación

La irrupción de grandes movimientos sociales en los terrenos social y político de


nuestras sociedades en el pasado reciente, abrieron cauce a modificaciones profundas
entorno al quehacer político, lo político, la política y sus actores. Con sus experiencias
concretas, muchas veces transitorias, que buscan cambiar su situación empezando por la
cotidianidad de su entorno inmediato en donde obligadamente deben resolver y
encontrar modos de sobrevivencia individual y colectiva, física, organizacional y
cultural, pone en cuestión –de hecho- los viejos paradigmas acerca del deber ser de la
política y sus partidos, los sujetos del cambio y los caminos y vías de los mismos. Está
claro hoy que en este continente y en el país que, junto con los nuevos actores sociales y
políticos, nacieron y crecieron nuevas metodologías, métodos de lucha, modalidades y
alcances del conflictos social, diversas formas orgánicas y organizativas, y amplios y
abiertos caminos para el cambio social.
Para tratar la temática se trabajará con estudios conceptuales y de realidades de
movimientos que –en el ámbito continental pudieran considerarse emblemáticos: los Sin
Tierra de Brasil, los cocaleros de Bolivia, la CTA, los piqueteros, los trabajadores
autogestionados y los pueblos originarios de Argentina, el movimiento de pobladores de
Santo Domingo, los zapatistas de México. No se pretende abarcar a todos los
movimientos del continente y el país; ello –además de que resultaría demasiado extenso
para los alcances de este estudio-, entorpecería la concreción de los objetivos en lo
relativo a la temática planteada.
En base a la propuesta enunciada, el recorrido conceptual enfatiza lo siguiente:

 Identificación y re-conceptualización de actores sociales, movimientos y sujetos.

Bibliografía, metodología, contenidos, cronograma y evaluación de Politicas [Link]


1
 Las nuevas formas y métodos de organización y movilización.
 Las nuevas formas de hacer política y del conflicto social.
 La construcción de poder desde abajo.
 La realidad de los movimientos sociales en Argentina.
 Interculturalidad y democracia participativa.
 El papel de la cultura y la educación popular.

Modalidad. Metodología
Los contenidos del seminario serán desarrollados a distancia por Internet. Se empelará
la plataforma Moodle.
El recorrido por los contenidos se realizará a partir de lecturas de los/las cursantes de
textos elaborados por cada unidad y también de aquellos cuya lectura se recomienda
específicamente en cada caso, seguidos de cerca por tareas de comprobación de lectura,
complementadas con actividades reflexivas a partir de la realidad de los cursantes, y con
la realización de foros interactivos.
Para profundizar en los contenidos se emplearán textos elaborados por intelectuales
estudiosos del tema, materiales producidos por los propios movimientos y foros de
intercambio con los participantes. Finalmente, para reforzar el aprendizaje así como
para dialogar con protagonistas directos de los movimiento sociales, se realizará -al
cierre- una actividad presencial centrada en un panel de reflexión integrado por
referentes de importantes movimientos sociales del país, con intercambio y debate con
los cursantes.
Se orienta bibliografía complementaria para profundización individual. A modo de
evaluación su sugiere la realización de un trabajo escrito de reflexión, por parte de los
participantes, donde ellos aborden uno de los temas tratados (de su selección) a partir de
su realidad, es decir, reflexionado a partir de la interrogante: “¿Qué tiene que ver lo
estudiado/analizado con la realidad concreta en la que actúo?”

Evaluación
Para acceder a la acreditación del seminario, los/las cursantes deberán acreditar el 100%
de las actividades realizadas: ejercicios de comprobación de lectura, de integración y
reflexión, y participar de los foros.
Como evaluación final escribirán un ensayo integrando los contenidos fundamentales
del curso. Esto se orientará como tarea en la semana 6, al finalizar la Unidad 4 y se
entregará en la semana siguiente (semana 7).
Las notas finales del curso promediarán la participación de los /las cursantes en las
actividades planteadas en cada unidad, los puntos acumulados en las tareas realizadas y
la realización del ensayo final.
Igualmente se tendrá en cuenta la asistencia y participación en la actividad presencial de
cierre, prevista para los días 23 ó 24 de noviembre de 2010.

Bibliografía, metodología, contenidos, cronograma y evaluación de Politicas [Link]


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Tabla de contenidos con cronograma

Semana 1

Unidad 0. Introducción al curso

1. Asignación y comprobación de usuario y contraseña de cada cursante.


2. Familiarización con herramientas de Internet y de la plataforma.
3. Recorrido por el curso. Lectura del texto guía.
4. Intercambio con el técnico asistente. Ejercitación de prueba: ejercicios, foro, etc.
5. Puesta en aptitud para inicio del seminario.

Semana 2

Unidad 1. Actores, movimientos y sujetos sociales

1. Actores sociales. Nuevos y viejos actores sociales: Pueblos originarios,


campesinos, mujeres, jóvenes, ecologistas, desocupados, etc.
2. Movimientos sociales. Conceptualizaciones.
3. Sujeto histórico; sujeto social; sujeto político. Definiciones conceptuales:
reflexión y debate. Actores, movimientos y sujetos: Articulaciones.
4. Las mujeres, ¿protagonistas claves del siglo XXI?
5. Actividad de aprendizaje (integradora).

Semana 3 y 4

Unidad 2. uevos actores y movimientos sociales en Argentina. El lugar del


conflicto social

1. La Central de Trabajadores de la Argentina (CTA). Surgimiento, desarrollo,


Planteamientos principales
2. Los piqueteros. Las asambleas barriales. Las fabricas y empresas recuperadas y
las cooperativas sociales. Los pueblos originarios.
3. El conflicto social. Conceptualización. Nexos con los movimientos sociales .
4. El conflicto social como ámbito constitución y desarrollo de los movimientos
sociales en Argentina.
5. Foro: El lugar y el papel del conflicto social en el surgimiento, desarrollo y la
situación actual de los movimientos sociales analizados.

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3
Semana 5

Unidad 3. Lo político, la política y el poder. Viejas y nuevas modalidades


1. Lo social y lo político; lo reivindicativo y lo político.
2. Lo política y la acción. Viejas y nuevas modalidades.
3. El aporte político-social de los movimientos sociales: Nuevos ámbitos de
actuación. Otras modalidades de representación y organización.
4. La relación entre movimientos y gobiernos. Experiencias latinoamericanas.
5. Actividad de reflexión e integración

Semana 6

Unidad 4. Poder y sociedad. La construcción de poder desde abajo


1. Poder: definición y contenido histórico y social del concepto. Significación y
alcance político actual.
2. Construcción de poder desde abajo: importancia para la transformación social y
la construcción de alternativas sustentables y sostenibles.
3. Conceptos claves (definición e interrelaciones): participación, equidad,
democracia, horizontalidad, articulación, género, construcción, transición y
tendido de puentes.
4. Interculturalidad y multiculturalidad. Descolonización. La lucha de ideas como
centro del debate ideológico-cultural actual.
5. Actividad de comprensión e integración de contenidos de la unidad.

Semana 7

Elaboración del ensayo final


Exposición y análisis de experiencias concretas de los y las cursantes

Semana 8

Unidad 5. Encuentro presencial: Jornada de profundización y cierre.


1. Panel con referentes de movimientos sociales argentinos.
2. Exposición de sus realidades actuales por parte de cada panelista.
3. Intercambio y debate con los cursantes.
4. Evaluación y cierre del curso.

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Cronograma de actividades

Semana 1: Unidad 0

Semana 2: Unidad 1

Semana 3: Unidad 2

Semana 4: Unidad 2 (Foro)

Semana 5: Unidad 3

Semana 6: Unidad 4

Semana 7: Ensayo final (entrega: sábado 20 de noviembre)

Semana 8 Unidad 5. Encuentro presencial.


Martes 23 o miércoles 24) a las 18 horas, U(LA.
Evaluación y cierre.

Las semanas de estudio se extienden de lunes a sábado (sábado: cierre de cada unidad)

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Contenidos por Unidad

Semana 1

Unidad 0. Introducción

0.1 Inscripción e ingreso al curso.


0.2 Reconocimiento del curso: Contenidos, calendario, actividades evaluativas,
actividades participativas y de integración (foros).
0.3 Aprendizaje de las herramientas, familiarización con contenido metodologías,
etc. (Se trabaja directamente con el responsable del soporte técnico del curso y el/la
coordinadora general de actividades)
0.4 Foro de intercambio con coordinador del curso o responsable del

Semana 2

Unidad 1. Actores, movimientos y sujetos sociales

Objetivos
• Recorrer los cambios económicos- políticos- sociales de las últimas décadas
• Analizar el surgimiento de nuevos actores sociales, sus formas de organización y
luchas
• Conocer los nexos y transiciones entre actores, movimientos sociales y sujeto
popular
• Comprender la importancia de la articulación entre actores para la conformación
del sujeto popular.

Índice temático
1.1 Actores sociales. Nuevos y viejos actores sociales: Pueblos originarios,
campesinos, mujeres, jóvenes, ecologistas, desocupados, etc.
1.2 Movimientos sociales. Conceptualizaciones.
1.3 Sujeto histórico; sujeto social; sujeto político. Definiciones conceptuales:
reflexión y debate. Actores, movimientos y sujetos: Articulaciones.
1.4 Las mujeres, ¿protagonistas claves del siglo XXI?
1.5 Actividad de aprendizaje (integradora)

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Contenidos

1.1 Actores sociales. uevos y viejos actores sociales: Pueblos originarios,


campesinos, mujeres, jóvenes, ecologistas, desocupados, etc.

“Actores sociales serían todos aquellos grupos, sectores, clases, organizaciones o


movimientos que intervienen en la vida social en aras de conseguir determinados
objetivos particulares, sectoriales, propios sin que ello suponga necesariamente una
continuidad de su actividad como actor social, ya sea respecto a sus propios intereses
como a apoyar las intervenciones de otros actores sociales.
Existe una relación estrecha entre actores sociales y sujetos: ser sujeto presupone que se
es un actor social, pero no todos los actores llegarán a constituirse en sujeto. Los actores
tienden a constituirse en sujeto en la medida que inician un proceso (o se integran a otro
ya existente) de reiteradas y continuas inserciones en la vida social, que implica —a la
vez que el desarrollo de sus luchas y sus niveles y formas de organización—, el
desarrollo de su conciencia.
Estrictamente hablando, cada uno de los actores sociales, aisladamente, no puede llegar
a ser sujeto.” s y maduradas colectivamente, y –consiguientemente-, una forma orgánica
capaz de articular los fragmentos dispersos, haciendo posible la superación de la
sectorialización (y el sectarismo), proyectando al conjunto de actores sociales y
políticos hacia objetivos superiores (definidos también colectivamente).
[Rauber, I, Movimientos sociales y representación política, p. 63-64]

1.2 Movimientos sociales. Concepto.

De: Rauber, I, Movimientos sociales y representación política


Los nuevos movimientos tienen entre sus rasgos predominantes el no haber nacido por
decisión de algún partido de izquierda (como sí lo fueron antaño los movimientos
campesinos, de mujeres, barriales, etc.). No se encuentran subordinados a ellos, ni
crecen a su amparo. Hay excepciones, como en todo, pero no son ellas la que marcan la
tónica de las nuevas realidades.
En virtud de ello, y por los propios orígenes de su nacimiento y conformación, no se
ubican tampoco en relación de subordinación respecto de la clase obrera y su “misión
histórica”; no se plantean tomar el poder para cambiar la sociedad. Reconociéndose
autónomos, en su desarrollo, los movimientos sociales han ido madurando y planteando
–aunque en dimensiones y ritmos diferenciados entre los diversos actores que los
integran-, la necesidad de profundizar la democratización de la sociedad con un sentido
integral, y avanzar hacia su transformación. Se ubican a sí mismos como protagonistas
plenos de las luchas por esas transformaciones, compartiendo el protagonismo con otros
actores y movimientos sociales y políticos, en la construcción desde abajo del poder
propio y –junto con él- de la nueva sociedad ansiada.
Los movimientos sociales tienen características diversas:

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a) pueden expresar a organizaciones y actores sociales pertenecientes a un mismo sector
social, por ejemplo, trabajadores, indígenas, campesinos, desplazados internos, sin
techo, etc.;
b) pueden articular a actores sociales e individuales en torno a una problemática
intersectorial, como por ejemplo: la lucha por la paz en Colombia, la defensa del
Amazonas, o la soberanía alimentaria, etc.;
c) pueden dar cuenta de una problemática social transversal: equidad de géneros, de
etnias, identidad sexual, etcétera;
d) pueden constituirse para responder a un tema o problema puntual, coyuntural: ayuda
a damnificados por inundaciones, por terremotos, contra actos represivos, contra
gobiernos corruptos, etc.
Como su nombre lo indica, su génesis y sus modos de organización y de lucha varían,
ya que se definen marcados por las identidades, experiencias, dinámicas y
problemáticas que enfrentan los actores sociales que le dan cuerpo en cada momento
histórico-concreto. Generalmente no cuentan con estructuras internas, pero -si las
tienen-, estas son flexibles, abiertas. Por lo general, carecen de estatutos, afiliaciones
formales… En realidad, son la expresión de una identificación colectiva respecto al
tratamiento y enfrentamiento de un tema, de una problemática, o de la situación de un
sector social.
Podrían intentarse otras clasificaciones; esta busca dar cuenta, por un lado, de la
diversidad de orígenes de los movimientos sociales, de la variedad de actores y sectores
sociales que se nuclean y movilizan alrededor de unos y otros. Por otro lado, marca la
diferencia entre los actuales y los anteriores movimientos sociales, organizados por
pertenecer a una misma clase, sector social o profesional y, en algunos casos, por
género o etnia: movimiento obrero, movimiento estudiantil, movimiento campesino,
movimiento de mujeres, etcétera.
El protagonismo creciente de nuevos y viejos actores sociopolíticos, no inscrito en los
cánones doctrinarios e ideológicos que pretenden normar el deber ser de la realidad
social, ha sobrepasado con creces las concepciones y las prácticas políticas (y
organizativas) hasta ahora hegemónicas entre la izquierda latinoamericana. Las calles
inundadas de pueblo sorprenden a las dirigencias partidarias no pocas veces reunidas en
sus sedes analizando qué pasa, mientras los sucesos ocurren, sencillamente. Por otro
lado -y muy articulado a esta situación-, los actores sociales, predominantemente
contestatarios en su accionar efervescente, no pueden —aislada y fragmentadamente—,
constituirse en sujeto político y conducción colectiva de los procesos que protagonizan.
En tales condiciones la desorientación estratégica se hace evidente.
Lo espontáneo —siempre presente en el movimiento social— predomina sobre lo
conciente y organizado, dejando a los actores y/o movimientos sociales a merced de las
coyunturas, dispersos y desorientados en lo que hace al sentido ulterior de sus luchas y
resistencias. Mientras tanto algunos partidos de izquierda —igualmente atrapados por la
marea coyuntural— creen que pueden imprimirle —post factum— el sello rojo a los
levantamientos populares acontecidos, apelando a declaraciones sobre el contenido de

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lo ocurrido y elaborando previsiones acerca de lo que —según ellos— serán las
tendencias ulteriores de su desarrollo.

1.3 Sujeto histórico; sujeto social; sujeto político. Definiciones conceptuales:


reflexión y debate. Actores, movimientos y sujetos: Articulaciones.

Lea el siguiente fragmento de texto de la Dra. Isabel Rauber:

“La fragmentación histórica entre la realidad social del continente y la concepción de la


clase obrera como único sujeto del cambio, aunada a la actual situación de
fragmentación de la clase obrera y la sociedad toda, la proliferación de sectores
excluidos, discriminados y oprimidos, que constituyen la base de movimientos sociales
que luchan por demandas sectoriales, ha provocado gran confusión en torno a la
relación clase-sujeto sociotransformador. Entre las posiciones que sobresalen están, por
ejemplo:
a) los que afirman que la clase ha desaparecido y con ella el sujeto;
b) los que -por oposición- se aferran a la identidad clásica clase-sujeto trasformador, y
hacen de ella un estandarte de firmeza ideológica;
c) los que sustituyen a la clase –en tanto sujeto- por uno o varios movimientos sociales a
los que consideran los “nuevos sujetos”, (con lo cual, de última, se termina
contraponiendo movimiento social y partido político).
Algunas interrogantes planteadas: ¿Se puede hablar de un sujeto del cambio en
sociedades profundamente fragmentadas?, ¿Hay un sujeto o son varios?, ¿quién o
quiénes lo representan o referencian? ¿Es posible recomponer el sujeto fragmentado?,
¿cómo? ¿Existe un sujeto social diferenciado del sujeto político?, ¿se trata de dos
sujetos o es uno solo? ¿Qué relación existe entre los actores sociales y los partidos
políticos de izquierda?
Para pensar las respuestas propongo considerar la siguiente hipótesis:
a) En Latinoamérica no existe hoy ningún actor social, sociopolítico, o político que pueda por
sí solo erigirse en sujeto de la transformación;
b) El sujeto sociotransformador resulta necesariamente un sujeto plural-articulado que se
configura y expresa como tal en tanto los actores sociopolíticos sean capaces de articularse –
políticamente- para constituirse en sujeto popular.
o existen sujetos a priori. Los actores sociales pueden constituirse o no en sujetos, a
través de su participación en el proceso de la transformación social (autoconstitución).
Es decir, que el ser sujeto no es una condición anterior al proceso de transformación;
esen el proceso mismo que se revela esa condición de sujeto, latente -en estado
potencial-, en los oprimidos.
El —llegar a— ser sujeto es una resultante (de otras múltiples resultantes articuladas y
yuxtapuestas) de la propia actividad teórico- práctica de los actores sociales, que supone
un cierto grado de reflexión-distanciamiento críticos de su propia existencia.

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El sujeto se revela, según Hinkelammert, como ausencia que grita; está presente como
ausencia. Hacerse sujeto es responder positivamente a esa ausencia, porque esa ausencia
es a la vez una exigencia. Y en tanto responde, el ser humano es parte del sistema, como
actor. En tanto sujeto, está enfrentado al sistema, lo trasciende.
En este sentido, podríamos tomar las palabras de Wittgenstein —aunque no es el que él
le adjudicó—, cuando afirma que el sujeto es el límite del mundo (que existe), a la vez
que anticipación del otro (que imagina y construye).
Son las resistencias y las luchas sociales concretas las que generan las necesidades de
articulación y los ámbitos concretos de coordinación de propuestas concretas y de
articulación de actores sociopolíticos. Estas resultan aproximaciones hacia lo que podría
llegar a ser el sujeto colectivo del cambio, consecuencia de un proceso pedagógico-
práctico de articulaciones sucesivas –no siempre fructíferas quizá-, llevadas a cabo por
los diversos actores sociopolíticos que –conscientemente- se proponen transformar los
ámbitos coyunturales en nodos orgánicos estables capaces de profundizar el
cuestionamiento –político- de la sociedad.
Es precisamente esta dimensión de cuestionamiento político-crítico de la sociedad como
totalidad la que marca el carácter y el contenido político del cuestionamiento
sociopolítico que la articulación orgánica –si es radical real y no formal- significa:
avanzar consciente y colectivamente en la definición programática de la oposición
político-social al sistema desarrollada, tomar posición concreta acerca de lo que se
quiere construir, y articular todo ello con la definición de los elementos centrales –de
base- de un proyecto estratégico alternativo colectivo común.
Esto significa, por un lado, que es imposible alcanzar la madurez de alguno de los
componentes esenciales del proceso de transformación social revolucionaria por
separado. Y, por otro, afirmar que no será la simple reunión formal de los
actores-sujetos (y sus reivindicaciones) la que los constituirá en protagonistas de su
historia.
Actor colectivo. La posibilidad actual de conformación del sujeto sociotransformador
está en dependencia de la capacidad de los actores sociales6 de re-articularse y ello
conforma un proceso complejo y multidimensional de constitución de los actores
sociales, sociopolíticos y políticos en sujeto colectivo, que Isabel Rauber denomina
sujeto popular. Se trata de que el sujeto histórico sociotransformador actual solo podrá
constituirse en tal sujeto si se reconoce a sí mismo como un sujeto colectivo: viejos y
nuevos actores sociopolíticos inter-articulados a través de diversos procesos de
maduración colectiva, de modo tal que puedan ir conformando un actor colectivo
articulado y consciente de sus fines sociohistóricos, capaz de identificarlos y definirlos,
y trazarse vías (y métodos) para alcanzarlos.
Este proceso se asienta en los diversos actores sociopolíticos, en su capacidad para
articular la multiplicidad de problemáticas, de experiencias e identidades que los
caracterizan en una dimensión político-social, en aras de conformar un colectivo de
actores (plural, diverso, inter-articulado) capaz de identificar objetivos comunes,
elaborar proposiciones que sirvan de base a un programa político concreto, ir definiendo
el proyecto de sociedad en la que desean vivir, y darse las formas organizativas

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necesarias para actuar eficientemente en pos de construirla (combinando participación,
organización, propuesta y conducción).
El actor colectivo tiene una carácter doblemente heterogéneo: por un lado, porque se
constituye sobre la base de la articulación de diferentes actores, clases y sectores
sociales; por otro, porque esa articulación ocurre también al interior de cada uno de los
fragmentos, sectores, clases, etcétera. Esta heterogeneidad, lejos de ser un fenómeno
cuantitativo y formal, expresa condensadamente las huellas de la crisis en las
subjetividades de cada cual, en sus identidades, llamadas también a ser articuladas,
contenidas, expresadas y proyectadas. Y esto habla de desarrollar/construir una cultura
política nueva, acorde con estas tareas, capaz de entender y hacer efectivo el respeto a
las diferencias, de practicar la tolerancia y la democracia entendida como pluralidad y
—sobre esa base— incrementar la participación y el protagonismo en vez de suprimirlo.
Convergentemente con ello, el concepto sujeto popular hace referencia a lo clave, a lo
realmente condicionante y decisivo de todo posible proceso de transformación: se
refiera a los hombres y las mujeres del pueblo que con su participación cuestionadora y
su enfrentamiento protagónico al sistema irán decidiendo cuáles cambios habrán de
hacer, y los llevarán a cabo sobre la base de su voluntad y su determinación de
participar en el proceso. Ellos intervienen a partir de sus conocimientos y experiencias
históricas en igualdad de derechos, en la medida en que identifiquen a la transformación
como un proceso necesario para sus vidas y —sobre esa base— se decidan a realizarla
(decidiéndose con ello a su vez —aunque no se lo propongan de antemano— a
constituirse en sujetos).
El desafío mayor para avanzar en la coherentización de las luchas y resistencias sociales
convergiendo hacia un proceso de transformación-superación de las sociedades
engendradas por el capitalismo, radica en construir una conducción colectiva plural que
articule a los actores sociales y políticos, sus problemáticas y enfoques. Para lograrlo
necesitan elaborar (o dar pasos concretos hacia la elaboración de) una propuesta
estratégica común que articule-represente-proyecte a todos los actores —constituidos en
sujeto colectivo— hacia la consecución de los objetivos propuestos.
Se trata entonces de una problemática radicalmente articulada e interdependiente de
construcción-constitución de los actores diversos en sujeto político-social. Ello supone
la construcción y acumulación de poder propio, y reclama a la vez la conformación
consensuada de las principales orientaciones estratégicas como base de la definición de
un proyecto común, y viceversa.
Todo ello invita hoy a superar las barreras culturales3 predominantes acerca de quién es
(o debe ser) el sujeto de los cambios, acerca de cuál es la relación entre los movimientos
sociales y los partidos políticos de izquierda, acerca del tipo de organización política
que reclaman los tiempos actuales, acerca de lo que significa conducir, dirigir. Se
impone superar las posiciones reformistas, vanguardistas y elitistas que actúan como
una retranca ante las nuevas realidades sociales, económicas, políticas, históricas,
culturales.
En resumen: Se trata de construir un amplio movimiento sociopolítico que articule las
fuerzas parlamentarias y extraparlamentarias de los trabajadores y el pueblo, en
oposición y disputa a las fuerzas de dominación parlamentaria y extraparlamentaria del

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capital (local-global); es decir, una amplia fuerza social de liberación que coordine su
accionar político en los ámbitos parlamentario y extraparlamentario.

La articulación como eje


Son las resistencias y las luchas sociales concretas las que generan las necesidades de
articulación y los ámbitos concretos de coordinación de propuestas concretas y de
articulación de actores sociopolíticos. Estas resultan aproximaciones hacia lo que podría
llegar a ser el sujeto colectivo del cambio, consecuencia de un proceso pedagógico-
práctico de articulaciones sucesivas –no siempre fructíferas quizá-, llevadas a cabo por
los diversos actores sociopolíticos que –conscientemente- se proponen transformar los
ámbitos coyunturales en nodos orgánicos estables capaces de profundizar el
cuestionamiento –político- de la sociedad. Por ejemplo, en Bolivia, la Coordinadora del
agua, en la llamada “guerra del agua”, y luego la coordinación nacional de movimientos
en la llamada “guerra del gas”.
Es precisamente esta dimensión de cuestionamiento político-crítico de la sociedad como
un todo íntegro la que marca el carácter y el contenido político del cuestionamiento
sociopolítico que la articulación orgánica –si es radical real y no formal- significa:
avanzar consciente y colectivamente en la definición programática de la oposición
político-social al sistema desarrollada, tomar posición concreta acerca de lo que se
quiere construir, y articular todo ello con la definición de los elementos centrales –de
base- de un proyecto estratégico alternativo colectivo común. Esto significa, por un
lado, que es imposible alcanzar la madurez de alguno de los componentes esenciales del
proceso de transformación social revolucionaria por separado. Y, por otro, afirmar que
no será la simple reunión formal de los actores-sujetos (y sus reivindicaciones) la que
los constituirá en protagonistas de su historia.
La construcción de un sujeto colectivo va mucho más allá que la reunión cuantitativa de
actores diversos, y de sus luchas y propuestas reivindicativo-sectoriales. Supone, en
primer lugar, ampliar los contenidos de tales luchas y, en segundo, ampliar las
dimensiones de las mismas, orientando el cuestionamiento social hacia los fundamentos
mismos del sistema de dominación del capital, y planteando este cuestionamiento de un
modo positivo, es decir, conformando un proyecto alternativo. Este proyecto construido
por los actores sujetos es, a su vez, interconstituyente de ellos mismos en sujeto popular
de la transformación social, en protagonistas de su historia. El proyecto será el que
cierre (anude) el proceso de articulación-constitución-autoconstitución de los actores-
sociales en sujeto (colectivo) del cambio, condición que es en realidad una resultante de
las interarticulaciones e interdefiniciones entre el proceso de (auto)constitución del
sujeto, la construcción de poder (propio), y de proyecto estratégico alternativo.
El actor/sujeto colectivo (sujeto popular) es la resultante de un modo (político) de inter-
articulación de actores sociopolíticos diversos capaces de diseñar, organizar y proyectar
con un sentido estratégico la disputa por la transformación radical de la sociedad hacia
la concreción de la utopía soñada y creada, y de luchar para hacerla realidad
construyendo y acumulando desde abajo el poder propio necesario para ello.

Bibliografía, metodología, contenidos, cronograma y evaluación de Politicas [Link]


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Esto implica la transformación, construcción y acumulación social-individual de
conciencia, poderes y saberes necesarios para conquistar también espacios de poder
político, para -sobre esa base- estar en mejores condiciones de articular nacional e
internacionalmente el proceso local y global de transformación social.
Considerando la realidad de confrontación global con el capital en la que se desarrollan
las luchas actuales, y las exigencias que ello impone a las mismas, los procesos
liberadores locales tenderán a articularse y a confluir en lo que devendrá un proceso
global de construcción (autoconstrucción) de un sujeto revolucionario universal,
simultáneamente a la construcción a escala global de la nueva civilización humana. Ello
puede advertirse ya en la realización de encuentros internacionales como el Foro Social
Mundial, los Foros regionales, nacionales y temáticos, con la emergencia de
organizaciones sectoriales internacionales, como Vía Campesina, el Frente Continental
de Organizaciones Comunitarias (FeCOC), etcétera.1
En este empeño, como en toda actividad social, lo cultural, las subjetividades, afloran a
un plano primero y todo ello nos obliga a concentrar nuestras miradas y reflexiones en
los y las protagonistas del pensar-realizar las transformaciones. Porque otro mundo será
posible si se transforma de raíz, desde el interior de nosotros mismos, de nuestras
organizaciones sociales y políticas, y desde ahora.

1.4 Las mujeres, ¿protagonistas claves del siglo XXI?

Presencias, comportamientos y enfoques diferenciados

En los estudios realizados con organizaciones barriales de Santo Domingo, República


Dominicana, de Lima, Perú, con organizaciones integrantes de Vía Campesina, en
Brasil, con organizaciones piqueteras de Argentina, entre otras, hemos notado que la
presencia y participación de las mujeres resulta mayoritaria y decisiva para la dinámica
y el desarrollo de tales organizaciones. Ellas luchan sin frenos para garantizar la
alimentación básica, el techo, la tierra, el agua, y para mejorar las condiciones de vida
de la comunidad que son -a la vez- las de su familia y las de ellas mismas, por ser ellas
quienes primero chocan con las dificultades diarias en el ámbito hogareño. En
momentos diferenciados pude observar que esa presencia militante de las mujeres marca
comportamientos y enfoques específicos:
 Emplean un lenguaje directo, sencillo.
 Las propuestas tienen un sentido práctico de aplicación inmediata.
 Convencen con sus obras, no con discursos.

1 La articulación orgánica sindical internacional por grupo empresario, por ejemplo, está muy rezagada,
por no decir que es inexistente. Lo mismo ocurre con la creación de centrales sindicales de nuevo tipo,
que se abran a la realidad de fragmentación de la clase y la sociedad, y se propongan su articulación, pilar
de la recuperación de su poder de clase que, en tales condiciones, será tal si es -a la vez- social popular.
La ausencia casi absoluta de ello expresa la actual conducta defensiva y conservadora de la clase obrera
ocupada, particularmente, en los países del Norte.

Bibliografía, metodología, contenidos, cronograma y evaluación de Politicas [Link]


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 Trasladan a la organización sus capacidades administrativas adquiridas en el
manejo del hogar.
 Laboran en la comunidad agregando otra jornada a su jornada familiar, sin
recibir remuneración a cambio.2
 Hacen política a través de la lucha diaria por la sobrevivencia.
 El liderazgo se basa en el rol maternal de las mujeres.

a) La comprensión del alcance estratégico de las luchas por la sobrevivencia


En los barrios empobrecidos, marginados o excluidos, la lucha empieza cada día por
buscar el sustento para ese día. Se trata de una guerra sin cuartel contra la muerte que
asecha en cada rincón, a cada instante. El hambre, las enfermedades y el analfabetismo
son tres implacables soldados de la muerte que –entrecruzados- deambulan por las
realidades cotidianas de los pueblos saqueados, explotados, empobrecidos y excluidos
de Latinoamérica. Estas penurias son enfrentadas de modo silencioso y cotidiano, sin
descanso, por las mujeres de las barriadas empobrecidas en las periferias de las
ciudades, por las indígenas de los Andes y las ladinas de aldeas y ciudades, por las
campesinas con y sin tierra de los campos del continente: Comedores infantiles,
panaderías comunitarias, almacenes colectivos, centros de salud, núcleos de
alfabetización, huertas colectivas, etc., fueron y son impulsados fundamentalmente por
mujeres. Ellas asumen siempre la conducción de los hilos estratégicos de la
sobrevivencia aunque, aparentemente -para el pensamiento tradicional del quehacer
político-, su mentalidad sea cortoplacista y doméstica. Sin su labor, para millones de
seres humanos el día de mañana sería imposible.
Las organizaciones comunitarias o cooperativas locales cuyo objetivo primero es la
sobrevivencia alimentaria, han sido formadas generalmente por madres de familia y, al
igual que ellas, conjugan diversos intereses: los de las mujeres, los de las familias, y los
del barrio. “A partir de su trabajo en comedores, las mujeres organizadas brindan salidas
alternativas a los diferentes problemas de supervivencia, se alivia el hambre de las
familias abaratando el costo de los alimentos y se previene y cura enfermedades en la
comunidad contando con la vigilancia nutricional en los comedores y botiquines
comunales. Atienden campañas de vacunación y tratan de prevenir el cólera, la
deshidratación, la diarrea y la tuberculosis.” [Córdova Cayo 1995: 109]
En el barrio de Lima en el que ocurre la experiencia mencionada en la cita anterior, se
conjuga la actividad de dos tipos de organizaciones: de la Junta Directiva Vecinal y de
las organizaciones de mujeres. Estas organizaciones “(…) atienden dos áreas
diferenciadas: la primera preocupada por asuntos de infraestructura y servicios urbanos
que cuenta con la dirección y gestión de los varones y con el trabajo comunal voluntario
de los vecinos. El segundo espectro de problemas, bajo la mirada de las vecinas, atiende

2 Esto no es un detalle menor si se tiene en cuenta que son millones los seres humanos que encuentran
contención diaria y alimentos a través de la labor de las mujeres en organizaciones comunitarias. El
tiempo de trabajo invertido por ellas es una riqueza expropiada a las mujeres y no valorada aún. Esto es
también parte de lo que significa la “feminización de la pobreza”.

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aspectos relacionados a la supervivencia, como la alimentación y la salud. Ambos
aspectos afectan a los pobladores en la vida comunal y en la vida familiar.
“Atender la preparación de cientos de menúes, es asunto asumido por las organizaciones
femeninas y se vincula directamente con la reproducción cotidiana de la familia.
“La realización de una obra comunal de instalación del servicio de luz eléctrica o de
agua, es realizada bajo la responsabilidad del comité vecinal, dirigido mayormente por
varones y beneficia al conjunto de la población. (…) el trabajo de los varones en el
barrio tiene un impacto visible y tangible, a diferencia del de las mujeres que se hace
invisible.” [Córdova Cayo 1995: 109-110]
Como expresa la autora, existe una invisibilización del trabajo de las mujeres y, por
tanto, se hace invisible también el sentido y alcance estratégico de ese trabajo; es una
invisibilización que tiene un alto contenido ideológico-cultural, pues se anuda a la
reproducción de obsoletos paradigmas respecto a la identidad de la mujer, sus
capacidades y ámbitos de desempeño.
La permanencia en ellas del imaginario y estereotipo cultural acerca de lo que significa
-social e individualmente- ser mujer y ser hombre, a pesar de las prácticas que niegan
tales supuestos mostrando su lado intencionado e ideológico, pone de manifiesto, una
vez más, que la incorporación del enfoque de género en las diversas organizaciones, en
su estructuración interior, en sus objetivos y en el terreno de la formación de su
pensamiento estratégico, resulta vital.

b) Manejo múltiple de la dimensión y concepción espacio-temporal


Las mujeres que participan en labores comunitarias no relacionan “empleo del tiempo”
con “dinero no reembolsando”. Tienen un manejo (y concepto) del tiempo diferente, ya
que deben multiplicarlo para poder cumplir con sus responsabilidades en el ámbito
familiar y comunitario, y no pocas veces también en el laboral.
Hablando de ello con la dirigente indígena peruana, Concepción Quispe, ella
reflexionaba: “La Confederación Campesina del Perú me paga mi pasaje, pero mi
tiempo no. Para venir, por ejemplo, ahora, me han dado mi pasaje, de un aeropuerto a
otro aeropuerto, de ese aeropuerto yo tengo que arreglarme para llegar, eso no se
incluye. ¿Y tú crees que en este momento, con esta crisis, con esta hambre y con esta
miseria, las mujeres van a tener posibilidades? No. Claro, el hombre dice: ‘¡Carajo!, yo
voy a ir y tengo que tener en el bolsillo siquiera mil Intis3, tengo que tener diez mil’.
Quieras o no quieras le tienes que dar. Con nosotras no es así.” [En, Rauber 1992: 109]
Precisamente por el tipo de labor que desempañan en las organizaciones sociales, las
mujeres que allí se desempeñan tienden a relacionar el empleo del tiempo que invierten
en la realización de actividades comunitarias con el tiempo que ellas dedican a su
familia, haciendo de la comunidad una prolongación del ámbito familiar. Sin embargo,
contradictoriamente con ello, en la mayoría de los estudios realizados en República
Dominicana y en Argentina, las mujeres que militan en ámbitos comunitarios han
manifestado que este es un tiempo que ellas les “roban” a la familia.

3. Unidad monetaria del Perú.

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Habiendo interiorizado que su lugar es la casa y su papel atender a la familia, todo lo
que ella haga en la comunidad y por la comunidad –que también es por y para la
familia- se lo impone como labores que puede desempeñar además de cumplir con “sus
deberes” hogareños, es decir, como algo que puede hacer luego de cumplir con lo que
considera “su obligación” como madre y esposa. Esto podría explicar tal vez, la
presencia de sentimientos de culpa que hemos encontrado en un porcentaje considerable
de estas mujeres, en los lugares donde hemos realizado estudios al respecto: República
Dominicana, Cuba, Argentina, Ecuador, Perú.

La violencia como respuesta


La culpa mencionada podría ser parte del soporte cultural de la tolerancia de muchas
mujeres para soportar los ataques violentos de sus esposos cuando dan los primeros
pasos fuera de la casa.
Es fundamental que la mujer interiorice que ella no es merecedora de tales
“reprimendas”, que con su participación en actividades comunitarias o con su presencia
en organizaciones sociales no le está “robando” tiempo a la familia, no está descuidando
a sus hijos, sino desarrollándose como ser social que es, asumiendo tareas y
responsabilidades colectivas que comprenden también a su familia. Obviamente siempre
queda abierto el camino de dar la vuelta y marcharse del hogar o expulsar al marido,
pero esta no es una decisión simple, en primer lugar, por los vínculos económicos que
anudan la vida de ambos y, sobre todo, debido a la dependencia de la mujer respecto del
hombre para mantenerse ella y sus hijos. En segundo lugar, debido a la carga cultural
que la mujer lleva adentro, aunque no comparta los métodos, tiende a justificar al
marido una y otra vez. No ocurre así en todos los casos, pero es todavía una actitud muy
frecuentemente las mujeres.

c) La interconexión entre lo privado y lo público en la comunidad


Con mucho esfuerzo, a través de las soluciones de sobrevivencia, de la lucha por la
salud y la alfabetización, a través de la vida en campamentos de asentados sin tierra o en
los cortes de rutas piqueteros, ellas construyen redes que diseñan modos de
interdependencia y conexión nuevas entre lo publico y lo privado. Al integrar el espacio
doméstico en la comunidad, ellas logran -de hecho- la prolongación de lo que Vianello
[2001] llama el “espacio ovular” doméstico. A su vez, ello implica incorporar la vida
comunitaria al interior de la vida ovular, estableciendo relaciones de interacción e
interdependencia entre una y otra. Incluso los problemas familiares, como la violencia
del esposo hacia la esposa, pueden ser tratados de un modo diferente cuando ella es
parte de un movimiento social comunitario.
Así lo refleja, por ejemplo, el testimonio de Marcelo Pereira, dirigente piquetero
argentino, integrante de la Corriente Clasista y Combativa (CCC) en el barrio San José,
en La Matanza. Reflexionando acerca de su experiencia en este aspecto, comentó: “A
este movimiento [piquetero] me trae mi madre, mi esposa. Yo era muy crítico;
viviéndolo fue como cambié de parecer y empecé a profundizar lo que es este
movimiento.
“Una vez vengo de afuera, del Norte, con una camioneta que había ido a probar, justo
era el fin de octubre, cuando se iniciaba el corte de la Ruta 3 de los seis días... Yo sabía

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que mi esposa y mi mamá estaban en el movimiento, pero nada más. Cuando me entero
del corte, como sabía que mi mamá estaba en la CCC, zapateaba, echaba chispas
pensando en lo que pasaría, quería saber dónde estarían ella, mi mujer y mi hijo.
“Pisé el acelerador; de 160 Km. por hora no bajaba, pensaba cómo me iba a encontrar a
mi familia. Con mi pareja iba a ser un desastre el encuentro porque yo venía
enojadísimo, mal... no veía la necesidad. Yo era bastante agresivo con mi pareja y venía
decidido a llevarla a casa a trompadas, pues los problemas los resolvía siempre a
trompadas, con mi pareja, con mis amigos...
“Al llegar allá, me metí al piquete con camioneta y todo: me encuentro a mi señora toda
negra, llena del hollín de las gomas quemadas, pero también estaba mi madre, mi
cuñada, mis vecinos y amigos que se criaron junto conmigo. Me quedé asombrado al
ver a toda mi familia, a todos esos chicos, a mis vecinos, a mis amigos; me quedé
paralizado. Me integré al piquete de inmediato. Durante el tiempo que duró, trabajé de
día, y de noche iba para el piquete, hacía las guardias de seguridad, lo que fuera.
“He cambiado muchísimo, he aprendido en la discusión con mis compañeros, haciendo
análisis. El movimiento también me enseñó a cambiar, sobre todo, el comportamiento
violento hacia mi esposa, hacia mi familia; poco a poco uno va tomando medidas, va
cambiado.” [Rauber 2003]
Como expongo en el artículo sobre las mujeres piqueteras: “En condiciones de
exclusión social, pobreza y género se entremezclan, dotando de múltiples sentidos a las
acciones que hombres y mujeres realizan para enfrentar la situación impuesta por la
guerra de sobrevivencia, a la par que tornan más complejo cualquier debate sobre las
alternativas posibles, particularmente, en el plano de las relaciones sociales-familiares
hombre mujer. Los roles, valores y patrones de conducta han saltado por los aires junto
con la desocupación, el abandono del Estado de su responsabilidad social para con sus
ciudadanos, el chantaje por migajas de pan, la desnaturalización de la familia y las
responsabilidades de cada cual.” [Rauber 2002: 160]

d) La integración de la organización social como parte de su vida familiar y personal


y viceversa
En los estudios realizados en barrios pobres de Santo Domingo, constatamos que las
mujeres organizadas, las no organizadas, y también los hombres, tienen -en general- una
visión positiva ponderada acerca de la importancia de las organizaciones barriales en la
vida de la mujer. Esto se debe, por un lado, a que las organizaciones ayudan a mejorar la
vida en el barrio y –con ello- contribuyen a mejorar la vida cotidiana en el hogar. Por
otro, porque las mujeres aprecian a la organización barrial como un espacio de igualdad
y de liberación de la rutina gris de las tareas domésticas. Y también, porque las
organizaciones barriales propician una mayor participación de los hombres en las tareas
del hogar.
La organización barrial resulta de hecho un espacio puente entre la casa y el barrio,
entre el claustro doméstico femenino y su salida a la vida pública. Como lo afirman las
propias mujeres: ellas se sienten allí iguales que los hombres.

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Este es uno de los resultados positivos más evidentes de la presencia de las mujeres en
las organizaciones barriales y reivindicativas de variado tipo: allí ellas aprenden a
valorarse como actoras sociales activas, capaces de pensar y actuar con cabeza propia.

e) La participación y la representación
La participación de las mujeres es mayoritaria en la base, pero va disminuyendo
progresivamente en la medida en que se elevan las responsabilidades en cargos de
representación intermedia y, más aún, en la dirección general. Ello se debe a trabas de
diversos órdenes, además de que –tradicionalmente- los espacios de representación son
considerados propios de los hombres, algunas veces ello ocurre porque las mujeres se
niegan a integrar estos ámbitos porque consideran que no tienen tiempo para ello o por
baja autoestima. Otras veces, ni siquiera son propuestas para cargos con responsabilidad
y representación por la competencia que los hombres desatan contra ellas.
“Porque nosotras tenemos instalado en nuestro ser lo que hemos aprendido por tiempos
inmemoriales. En primer lugar, que nosotras trabajamos para adentro de la casa, en los
sustratos menos visibles, de la alimentación, del cuidado. Estamos asignadas para
ocupar un lugar de servicio, pero no cualquier servicio sino de servicio a un poder
existente. Y tenemos que desandar esto que está instituido en nuestro ser: estar siempre
en el segundo lugar.” [En Rauber 1998: 192-193]
Es por ello que, una vez más, surge como tarea imprescindible apuntalar los procesos
concretos de organización con amplia participación femenina, fortaleciendo las
capacidades de acción y representación de las mujeres acorde con sus realidades y
necesidades. Cuando esto emerge en los movimientos sociales con los que
interactuamos, elaboramos conjuntamente los contenidos y los ritmos del aprendizaje:
sobre género y poder, sobre empoderamiento, sobre política, sobre participación, sobre
comunicación, manejo de computación, etcétera. Con ello nuestra labor funde práctica y
teoría en ámbitos sociales concretos. No basta con denunciar la exclusión de las mujeres
de los lugares de toma de decisiones; es fundamental llegar a conclusiones prácticas y
comprometerse con su realización en la medida que ello sea factible y compartido por
las organizaciones sociales con las que se interactúa.

Aportes de la perspectiva de género a la construcción de alternativas


populares
Las alternativas populares se refieren a las características de la sociedad que se busca,
del tipo de poder que –siguiendo a Gramsci- a ella se corresponde, es decir, del tipo de
interrelación entre democracia, estado y sociedad. Es por ello que pensarlas y diseñarlas
teniendo en cuenta la búsqueda de equidad de género desde las raíces mismas de la
conformación del poder, resulta central. En este sentido, además de lo ya expresado,
subrayando algunos elementos en los que se destacan particularmente los aportes de esta
perspectiva.

Amplía los fundamentos de la apuesta a la construcción de poder desde abajo

Como se ha planteado, la concepción de género resulta enriquecedora de la noción del


poder, lo es también, por tanto, respecto de las propuestas y las prácticas de

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construcción de poder desde abajo impulsadas por los nuevos movimientos sociales.4
Incorpora elementos sociopolíticos que profundizan dichos procesos: aporta elementos
claves para transformar -articulada y simultáneamente- las relaciones de opresión,
explotación, discriminación y exclusión, en la sociedad, en la familia, en el trabajo, en
el barrio, en la organización vecinal o sindical, en el partido, en los movimientos de
mujeres, etcétera.
La mirada de género rompe las barreras del pensamiento político tradicional de la
izquierda que separa la cotidianidad, lo reivindicativo social, del quehacer político. Al
desnudar el contenido político de lo que se suponía privado, el enfoque de género “(…)
impacta a la sociedad en dos niveles: por un lado, porque pone nuevos temas en el
debate y evidencia su contenido político, y por otro, porque politiza lo privado y devela
que dentro de las relaciones personales encubiertas y justificadas por amor, afecto y
entrega hay relaciones terribles de poder entre los sexos." [Vargas Valente S/F: 4]
El reclamo de equidad de género es radicalmente democratizador, precisamente porque
no puede haber una verdadera democratización del mundo público si se mantienen
intactas las relaciones hombre-mujer en el mundo privado, y si se mantiene, en general,
la subordinación de lo privado en función del desarrollo de lo público. Porque:
-"La democracia sólo para hombres es tan bárbara y tan incompleta como lo fue la
democracia griega, basada en la igualdad de derechos entre los miembros de una
pequeña aristocracia, y en la ausencia completa de derechos para las grandes masas
populares.
-"No hay ni puede haber democracia en donde las mujeres no tienen los mismos
derechos del hombre y en donde, en consecuencia, la vida social en todos sus aspectos
no está constituida y dirigida por hombres y mujeres sin distinción.
-"(...) Sin las mujeres no hay democracia. Sin democracia no hay progreso del pueblo.
Sin democracia no hay sentido profundo de la patria." [Lombardo Toledano 1984: 11-
18]
Esto alude a tres elementos importantes:
-El mundo de lo privado es parte del político (aunque más no fuese como condición de
su existencia) y como tal, susceptible de convertirse en político.
-Las luchas por la democratización de las sociedades deben –para llegar hasta la raíz-
incorporar la democratización de las relaciones hombre-mujer en lo público y en lo
privado. En consecuencia:
-Las luchas de las mujeres en contra de su discriminación y marginación atañen a la
democratización de toda la sociedad.5 Esto supone la transformación radical del poder,
por lo que constituyen una lucha política.

4. Así lo reconoce, por ejemplo, la CEPAL, cuando en su informe para Naciones Unidas, señala: "El
análisis desde la perspectiva de la participación de las mujeres ilumina muchos otros movimientos
sociales, cambios culturales, incorporación de los marginados, ampliación de la ciudadanía, nueva
relación entre lo privado y lo público, relación con el poder, democracia." [Naciones Unidas 1989: 6]
5 Considerando que las mujeres somos la mitad o un poco más de la mitad de los habitantes del planeta-,
incluso si fuera un asunto sólo de mujeres, sería muy importante su incorporación al debate y a las

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19
Acrecienta el significado, contenido y alcances de la acción política y de la
dimensión ciudadana

Al incorporarse al mundo político los nuevos actores y las nuevas actoras sociales,
incorporan a él también sus intereses, sus puntos de vista y necesidades, sus visiones de
la realidad en que viven y la conciencia política acerca de ella. Si toda acción de
transformación de las relaciones de poder allí donde éstas se den es una acción política,
los temas referidos a la sexualidad, a la violencia contra las mujeres, a las relaciones
padres e hijos y hombre mujer, y, en general todos los que abordan la organización de la
vida cotidiana, cobran una importancia fundamental en la dimensión y acción política
actual y futura.
En este sentido, las luchas por la equidad de género le imprimen un contenido más
complejo a la política y a la acción política,6 sacándola del ámbito de la lucha por el
poder del Estado, articulándola a los otros ámbitos de la vida social, enlazando –además
de lo público y lo privado-, lo estratégico con lo cotidiano y reivindicativo. No se trata
de luchas o problemáticas separadas. Las luchas de las mujeres, como la de otros actores
sociales, reafirma que la lucha es reivindicativo-política, es decir, una lucha contra las
estructuras, los medios, los valores, la cultura y los mecanismos de producción y
reproducción material y espiritual del poder de dominación discriminatorio y
discriminante, excluyente y crecientemente marginador de mayorías, y de construcción
de poder y cultura propios.
Entre múltiples aspectos, esto reafirma que:
1. Que lo reivindicativo sectorial no es un “defecto” o traba que debe ser “superado” por
el proyecto político. Este no está ubicado “por encima” de lo reivindicativo sectorial,
sino que parte de ahí, y lo contiene articulándolo en una nueva dimensión y proyección.
a) Lo político no es jerárquicamente “superior” a lo reivindicativo.
b) Lo reivindicativo no tiene un “techo” o límite, como no sea el que le fija su propia
contraposición con lo político.
La falta de articulación de lo político con lo reivindicativo se traduce en la fractura entre
las luchas por la transformación de la sociedad y las que impone la dinámica de la vida
cotidiana, el ideal de la nueva sociedad ansiada con los modos alternativos y solidarios
de vida generados en ámbitos de la comunidades, etcétera.
2. Que es necesario articular las protestas (oposición) con propuestas concretas
(posición propia) capaces de orientar en sus luchas a la población del sector en conflicto
en cada caso. Esto es: construir respuestas concretas a problemáticas también concretas.
Reclama elaborar respuestas inmediatas a reivindicaciones inmediatas, pero ello no

propuestas sobre la democracia en nuestras sociedades, con igual centralidad que otros problemas
sociales. Pareciera que hay que recordar siempre que todos y cada uno de ellos comprende a las mujeres,
quienes –al interior de cada problema-, resultan doblemente afectadas: por el problema y por los maridos,
padres, hermanos, religiosos o compañeros del problema.
6 “(...), la política es básicamente un espacio de acumulación de fuerzas propias y de destrucción o
neutralización de las del adversario con vistas a alcanzar metas estratégicas.” [Gallardo 1989: 102-103]
Práctica política, por tanto, es aquella que tiene como objetivo la destrucción, neutralización o
consolidación de la estructura del poder, los medios y modos de dominación, o sea, lo político.

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implica que la inmediatez y la temporalidad sean su horizonte y límite “natural”. Al
contrario, tales propuestas encierran un alto potencial político que es posible (y
necesario) poner de manifiesto en el propio proceso de lucha por su concreción.
Es allí, cuando el proceso práctico pedagógico de formación de conciencia política logra
su mayor potencialidad. Sobre la base de procesos colectivos de reflexión-formación
sobre sus luchas los actores sociales van conformando procesos
práctico-teórico-pedagógicos de formación de conciencia política. En ellos se va
poniendo de manifiesto la raíz sistémica del problema y también la dimensión y el
alcance altersistémico (no confundir con anti-sistémico) de la propuesta. En esto radica,
de últimas, el contenido y sentido político central de lo reivindicativo sectorial.
Aceptar esto implica romper con la aún mayoritaria idea de que la práctica política
corresponde sólo a partidos políticos o a especialistas, 7 supone reconsiderar lo que se
entiende por escena política, tradicionalmente entendida como el campo de acción
abierta de las fuerzas sociales mediante su representación en partidos. Pero la escena
política comprende al conjunto de fuerzas sociales actuantes en el campo de la acción
política en un momento dado, independientemente de que éstas se hallen organizadas o
no en estructuras político-partidarias. Respetando todo lo que son o puedan llegar a ser
las opciones partidarias, la participación política de la ciudadanía, de hecho, reclama la
incorporación de los diversos actores y actoras a una discusión y a un escenario más
amplio que el de los partidos.
La incorporación de las mujeres a la vida política no puede circunscribirse entonces a su
incorporación a los partidos tradicionales de izquierda o derecha, ni a integrar sus listas
electorales. En determinadas realidades, esto resulta un paso importante para la
transformación del mundo público, pero no basta. Porque no es extraño ni difícil
encontrar a las mujeres desempeñando tareas de contenido infraestructural también en
los ámbitos públicos, acondicionando, agilizando y potenciando con ello el tiempo y las
capacidades masculinas para que los hombres se concentren en la toma de decisiones, y
en la ejecución y el control de las mismas “Se requiere que la responsabilidad del
ámbito privado y las labores domésticas no sigan recayendo sólo sobre las mujeres y
que la presunta inferioridad de esos papeles no se traslade a las labores públicas.”
[Ramírez. 1994, p.9].
“Es por eso que la participación de la mujer en la vida política, es necesariamente
subversiva porque concierne al fundamento mismo de la sociedad, a la vida social, la
vida de la familia, los roles tradicionales del hombre y de la mujer, las reparticiones de
carga en el seno familiar.” [Saada 1990: 21-22]

7. Esta interpretación resulta hoy indefendible; sostenerla implica suponer que existen gradaciones de
sujetos: a) aquellos que aportan sólo en número porque son incapaces de trascender el horizonte
reivindicativo inmediato: los movimientos sociales, barriales, sindicales, estudiantiles, de mujeres,
cristianos, etc., b) los que son capaces no sólo de captar el conjunto de los problemas y las vías para
solucionarlos sino también de guiar a los demás: los partidos de izquierda (de la clase obrera),
tradicionalmente autoconsiderados vanguardia.
Ya no puede pensarse en los movimientos sindicales, barriales, de mujeres y otros, como "soportes" de
políticas elaboradas por fuera de ellos desde tales partidos. La actividad política y los actores que la
llevan a cabo no puede definirse fuera del terreno en el que se desarrolla ni al margen de sus
protagonistas. [Ver: Rauber 1997: 7, 8, 23, 30-32]

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21
La participación de las mujeres tiene que darse a todos los niveles, en lo “(...)
económico social, científico, tecnológico e inclusive en la planificación de las políticas
de desarrollo tan importante para el avance de nuestros países. La democracia adquiere
así un sentido básico de derecho a la vida, a una vida diferente, a una vida donde no
solamente haya bienestar, sino donde haya posibilidades de desarrollar la igualdad de
los seres humanos, respetando la posibilidad de ser diferentes.” [Idem: 3]

Incorpora con fuerza la cultura teórico-práctica de la educación popular

La articulación de las concepciones y prácticas de la educación popular, resulta


imprescindible en los actuales procesos de construcción de alternativas: ella orienta la
acción del pensamiento a tomar como punto de partida las prácticas concretas, para
reflexionar desde allí y colectivamente, es decir, se propone construir el conocimiento
desde abajo, con todos los y las protagonistas de las luchas y, por el mismo camino,
definir los rumbos, alcances y objetivos de las mismas.
La educación popular está presente en las organizaciones sociales, en los procesos de
formación y en las prácticas de vida y organización sobre la base de prácticas
horizontales y participativas. Si se tiene en cuenta que en tales organizaciones las
mujeres son la fuerza mayoritaria y clave, puede comprenderse que el empleo
sistemático de la educación popular que se caracteriza por dar la palabra a los sin voz,
contribuye a hacer visible -social y políticamente- la presencia de las mujeres en los
procesos sociotransformadores, contribuye a dignificar y valorizar su palabra, su
pensamiento y su acción. Y esto es así tanto hacia el exterior de la organización como
hacia su interior, y en cada mujer, en la elevación de su autoestima y su capacidad para
constituirse en una ciudadana plena y activa.
Su práctica educativa -que construye saberes a partir de los modos de vida concretos-,
levanta los puentes básicos que ponen al descubierto los nexos e intercondicionamientos
entre un determinado modo de existir y reproducirse del mundo privado y un
determinado modo de existir y reproducirse del mundo público, y contribuye a que los
que participan del proceso educativo puedan descubrir los nexos entre una realidad
supuestamente privada e individual, aparentemente casuística, con la realidad de un
determinado modo de existencia económica, política y cultural de la sociedad en que
vive.
Saber y poder se conjugan en los procesos de su realización. Por ello resulta, por un
lado, cuestionadora radical del poder hegemónico, discriminador y excluyente del
capital, haciendo visible los nexos que existen entre este y una determinada
conformación –histórico cultural- de las identidades, los roles y los ámbitos atribuidos
-en tal relación-, a los géneros. Por otro, al fortalecer el conocimiento colectivo de los
movimientos sociales acerca de sus experiencias, al contribuir al mejor análisis de
evaluación de logros y deficiencias, la educación popular es clave también para los
procesos de empoderamiento social,8 entendiendo que el primero y fundamental de

8 “Por empowerment [empoderamiento], entendemos un proceso de desarrollo de las capacidades de


negociación, a nivel familiar y colectivo, para arribar a una apropiación mas igualitaria del poder. No es
suficiente interrogar acerca de las asimetrías de las relaciones de género y sus implicaciones sobre el

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22
ellos es el del saber: qué, cómo, para qué, quiénes. Como dice Pompea Bernasconi:
“(…) el poder está vinculado al saber y al hacer. Por eso, en la educación popular es
importante lograr que el pueblo descubra su saber y posea una conciencia crítica de la
realidad para que tenga poder sobre ella y pueda modificarla.” [En, Rauber 1998: 75-76]
Por todo ello, para las mujeres de las organizaciones sociales populares la educación
popular es una herramienta importante: legaliza su participación, otorga sentido social a
su saber supuestamente limitado por lo cotidiano y “sin importancia”, la autodescubre
como ciudadana y a través de su saber –formación mediante- contribuye a profundizar
los procesos concretos de empoderamiento en los que ellas participan, tornándolos “para
sí”, es decir, fortaleciéndolas como actoras sociales y políticas plenas.

Reivindica el reconocimiento positivo de las diferencias, de los y las diferentes

Reivindicar la diferencia como vía de profundización de la individualidad del ser


humano propia de la modernidad, es el reclamo primero de la posmodernidad. Junto a
ello, emergen también con fuerza los estudios acerca de lo micro, y muestran su riqueza
y pertinencia frente a las anteriores predominantes visiones macro que invisibilizaron
gran parte de las realidades particulares. Ambos aspectos pueden considerarse –a mi
entender- como uno de los importantes aportes de esta corriente de pensamiento. Pero el
centrarse casi exclusivamente en la explicación de la diferencia, de lo micro, ha
mostrado su lado flaco, al tornar los análisis particulares en abstractos y unilaterales al
considerarlos inconexos con los fenómenos del mundo real (interdependiente,
multifacético, complejo). Esto dificulta pensar la sociedad como totalidad, buscar los
nexos socio-económicos y culturales entre los sectores sociales que la integran,
descubrir –además de sus diferencias- sus intereses comunes y, por tanto, su capacidad
y posibilidad de pensar, luchar y organizarse colectivamente por sus derechos.
“En los ochentas en los Estados Unidos, surgió la teoría que las opresiones sociales son
interseccionales y no meramente aditivos, y entonces las feministas no pueden
desconectar la identidad de género de las identidades raciales y de clase e intereses. Esto
señala que debemos rechazar la idea de que las mujeres tienen intereses en común como
grupo (Collins 1990, Harris 1990, Spelman 1988). Pero esta conclusión parece dejar los
movimientos de mujeres sin una base social para unirse a pesar de diferencias de raza,
clase y sexualidad. Gayatri Spivak propone la idea de una “esencial estrategia” de
mujeres como grupo social (Spivak 1990). Pero, ¿podemos suponer que las mujeres
como grupo social tienen intereses en común?” [Ferguson 2005]
Transformado en objetivo de sí mismo lo diferente pierde sentido social y político ya
que –por esta vía- la sociedad sería una suma creciente de grupos humanos e individuos

medioambiente y el desarrollo, es necesario interrogar de qué manera puede haber una concientización de
la desigualdad de esas relaciones sociales entre hombres y mujeres y cuáles serían las posibilidades de
cambiarlas de modo tal que permitan a las mujeres una verdadera participación en los procesos de poder y
de toma de decisiones. Esta perspectiva no descansa solamente sobre una relación más justa en la
sociedad entre hombres y mujeres, sino sobre la hipótesis según la cual el empoderamiento de las mujeres
puede impulsar una transformación de la sociedad que permita no solamente romper con el desarrollo
desigual de manera general, sino también de atacar los problemas medioambientales que le acompañan.”
[Hainard y Verschuur 2001: 29-31]

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23
aislados entre sí, fragmentados y clasificados por género, raza, color de piel, edades,
lenguas, identidades, preferencias sexuales, gustos musicales, etcétera.
¿Qué hacer con las diferencias?
El reconocimiento y destaque de las diferencias, en tanto estas han sido construidas por
actores sociales en el proceso de su vida real, resulta indispensable, pero para construir
alternativas superadoras, es fundamental que ese reconocimiento se constituya en la
base para dar pasos concretos hacia la articulación de los y las diferentes, respetando sus
identidades, sus problemáticas, sus aspiraciones, imaginarios y necesidades,
contribuyendo también por esta vía a profundizar la matriz democrática de la sociedad.
Esto requiere avanzar en el pensamiento y en las prácticas integradoras de una realidad
tan fragmentada como compleja y diversa, que reúne realidades e identidades
yuxtapuestas intrínsicamente interconectadas, intercondicionadas e interdefinidas entre
sí.
Como señala Ferguson: “Sin un análisis de dominación social a base de sistemas
múltiples, las mujeres pueden lograr empoderamiento en relación a ciertos hombres,
pero quedan sin poder en relación al racismo, imperialismo, capitalismo.” [Ferguson.
2005] Ciertamente, reflexionando sobre experiencias de empoderamiento de mujeres,
pueden obtenerse importantes lecciones sobre el significado negativo -en el sentido de
empobrecedor de las prácticas y sus alcances-, que contiene la visión estrictamente
sectorial, fragmentada, centrada exclusiva y unilateralmente en la búsqueda de
satisfacción de las necesidades de un actor social “diferente”.
No cuesta trabajo darse cuenta de la diversas banalizaciones que se han hecho sobre la
diferencia, mostrándola como el llavín del descubrimiento (y de la manifestación) de las
diferencias hombre-mujer, y también entre las mujeres.
Por este camino, el concepto género puede ser atractivo y útil en ciertos ámbitos y
sectores sociales de mujeres, pero disminuye considerablemente su importancia
crítico-transformadora para conocer, pensar las actuaciones sociales y construir las
alternativas posibles, orientadas hacia un nuevo tipo de sociedad humana, desde y
mediante las prácticas del presente.
Es en este sentido que el destaque de las diferencias, y de las y los diferentes resulta un
aporte importante a tener en cuenta: contribuye a desmitificar la carga políticamente
negativa que ello tiene aún en el seno de gran parte de la izquierda latinoamericana,
donde predomina el pensamiento político tradicional, que se propone alcanzar la unidad
de todas las organizaciones sociales y políticas apelando a la unanimidad y
homogeneización de todos: partidos, movimientos, pueblo, y –cuando sea posible- de la
sociedad toda. El enfoque de género contribuye a pensar la unidad, lo colectivo, sobre
nuevas bases, haciendo del reconocimiento de las diferencias -en vez de un obstáculo-
un enriquecimiento, un pilar para posibles articulaciones. Es un granito de arena puesto
en el caldero de la construcción colectiva, plural y diversa de lo nuevo.
Esta sigue siendo –desde la perspectiva de los movimientos sociales que construyen
alternativas-, su importancia analítica y práctica fundamental. Ello no impide, sin
embargo, que se sitúe en un terreno de disputas y grandes controversias ideológicas y de
poder.

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24
1.5 Actividad de aprendizaje (integradora)

A partir de lo estudiado en esta Unidad, reflexione acerca de lo siguiente:


¿Cuáles serían los Nuevos Actores o Movimientos Sociales en Argentina surgidos
en los últimos 20 años? Mencione al menos 3 y explique porqué los considera
como tales.
[Extensión máxima 1200 caracteres (2/3 página)]
Envíe su trabajo por correo electrónico a su profesor guía.

Semana 3 y 4

Unidad 2. uevos actores y movimientos sociales en Argentina. El lugar del


conflicto social

Objetivos
• Conocer las diferentes experiencias de construcción y modalidades
organizacionales de nuevas organizaciones sociales y sindicales de Argentina.
• Actualizar-ampliar los conocimientos acerca de su situación y problemática
actuales.
• Entender el papel y el lugar del conflicto social en la constitución y el desarrollo
de estas organizaciones.

Índice temático
2.1 La Central de Trabajadores de la Argentina (CTA). Surgimiento, desarrollo,
situación actual. Planteamientos principales
2.2 Los piqueteros. Las asambleas barriales. Las fábricas y empresas recuperadas y
las cooperativas sociales. Los pueblos originarios.
2.3 El conflicto social. Conceptualización. Nexos con los movimientos sociales.
2.4 El conflicto social como ámbito constitución y desarrollo de los movimientos
sociales en Argentina.
2.5 Foro: El lugar del conflicto social en el surgimiento, desarrollo y la situación
actual de los movimientos sociales analizados.

Contenidos

2.1 La Central de Trabajadores de la Argentina (CTA). Surgimiento, desarrollo,


situación actual. Planteamientos principales.

Se tomará como base de la reflexión el siguiente fragmento de un artículo de Rauber,


Isabel:

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25
“La informalización del trabajo en el sector formal e informal. Deterioro creciente
del salario y pérdida de poder efectivo de la clase obrera.

En la década del 90 el crecimiento de la economía argentina estuvo asociado a


un profundo deterioro en el mercado de trabajo. En un contexto en el que el PBI
global se expandió a una tasa promedio anual del 4%, se registraron importantes
incrementos en la tasa de desempleo y de subempleo (del orden del 11% y casi el 8%
anual acumulativo, respectivamente). Como producto de tales patrones de
comportamiento, hacia fines del período analizado, casi un 30% de la población
económicamente activa presentaba serios problemas en materia laboral, cuando a
comienzos del mismo dicha proporción era inferior al 14%.
Según exponen Basualdo y Lozano, en este período pueden reconocerse dos
etapas claramente diferenciadas: Entre 1991 y 1994 la economía local creció casi un
23%, al tiempo que la tasa de desocupación se duplicó y la de subocupación se
incrementó algo más de un 30%. A partir de la crisis derivada del llamado “efecto
Tequila” se abrió una nueva fase caracterizada por la siguiente dinámica: cuando la
economía crece, el desempleo disminuye (aunque nunca a tasas inferiores al 12%) y el
subempleo se expande, mientras que cuando el nivel de actividad interno se contrae (es
el caso de la recesión que se inicia hacia fines de 1998) la población desocupada crece
significativamente y la subocupada mantiene su ritmo de expansión.
Entre el 70 y el 96, la población económicamente activa, es decir, la población en
condiciones de trabajar, creció un 56%, pero los desocupados crecieron prácticamente
un 470% en estos 26 años, o sea, muy por encima del promedio con que creció la
población económicamente activa. Esto indica que la población desocupada crece
dentro del conjunto de los trabajadores.
“(…) los cuentapropistas de subsistencia, aquellos que tratan de sobrevivir
individualmente con alguna actividad en el proceso económico y no están en relación de
dependencia directa, crecieron un 80% aproximadamente. Es decir, también por encima
del promedio con que creció la población económicamente activa.
Lo que se muestra también es que los trabajadores familiares sin remuneración, es decir,
aquellos que trabajan en una unidad familiar de subsistencia como apoyo, y no tienen
siquiera salario, crecieron un 143%, muy por encima también del promedio con que
creció la población económicamente activa. Y cuando uno observa cuánto crecieron los
asalariados en esos 26 años, fue apenas el 18%. Muy por debajo del promedio y,
además, ni siquiera llega al 1% anual.” [En: Rauber 1998: 50-51]
En términos relativos, hay un decrecimiento constante de los trabajadores empleados
formalmente. Es importante notar que, la categoría asalariado, se refiere a dos tipos: el
asalariado formal, y el asalariado precarizado, aquel que no tiene cobertura previsional
ni social, ni está registrado, y buena parte de su salario va en negro (no se registra
institucionalmente como pago, es una especie de dinero de bolsillo). Y esto no es un
detalle si se tienen en cuenta que, en este período, el grueso del crecimiento de los
asalariados son asalariados precarizados. El asalariado formal crece mucho menos, ni
siquiera llega al 18%.

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26
De ahí que, en la estructura actual de la clase trabajadora, analizada a través de dicha
categoría, el asalariado formal tan sólo representa hoy el 40% del total de la clase, el
60% de los trabajadores está fuera de esa categoría. Tener esto en cuenta resulta muy
importante para comprender la dificultad que tiene el modelo sindical tradicional
para vertebrar una experiencia político-organizativa del conjunto de los
trabajadores, porque su estrategia organizativa está centrada en los trabajadores
formales [categoría asalariado formal] exclusivamente. [Ver: Rauber 1998: 50-51]

Salario:
Estos niveles inéditos de desempleo, así como la creciente precarización que
caracteriza a una parte considerable de los nuevos puestos de trabajo, repercutieron
negativamente sobre las remuneraciones de los trabajadores.
La conjunción del creciente proceso de deterioro laboral y la disminución
salarial, produjo impactos regresivos en materia distributiva. Según lo registra el
Instituto de Estudios de la CTA, en 1975, los asalariados percibían el 43% del total de
los ingresos generados, mientras que en la actualidad dicha participación no supera el
20%.
Tomando en consideración el conjunto de los años 90, se comprueba que la
población cuyos ingresos se encuentran por debajo de la línea de pobreza creció un 7%,
incremento que se eleva a más del 75% cuando se analiza la evolución de aquélla cuyos
ingresos no alcanzan siquiera para cubrir una canasta mínima de supervivencia. Dicho
proceso también se refleja en el hecho de que entre 1991 y 1999 la participación en el
ingreso total del 40% más pobre de la población del aglomerado urbano más importante
del país, el Gran Buenos Aires, disminuyó un 10%, o en que en el mismo período la
brecha de ingresos entre el 10% más rico de la población urbana del país y el 10% más
pobre se incrementó cerca de un 50%.
El deterioro del mercado laboral determinó una importante disminución en los
ingresos reales de los trabajadores, realidad que, a su vez, tuvo impactos de
significación en términos distributivos (incremento en la pobreza, caída de la
participación en el ingreso del estrato más pobre de la población, etc.).
Producto de la reducción salarial y de la creciente regresión distributiva, un
número cada vez mayor de individuos debió ingresar al mercado de trabajo lo cual
conllevó un incremento en la oferta de mano de obra (es decir, en la tasa de
actividad) que determinó un incremento del desempleo y un empeoramiento en las
condiciones laborales de la mano de obra ocupada.
“La Argentina de antes de mediados de la década del 70 estaba orientada, en lo
económico, básicamente hacia el mercado interno. Tenía una economía de base
industrial donde el salario ocupaba un papel significativo, importante, dentro del total
de la demanda interna. El salario era un componente central para mantener y ampliar la
demanda doméstica, y le otorgaba racionalidad a una estrategia de acuerdos de los
sectores sindicales con ciertos sectores empresariales. (…)Esto es lo que se rompe en la
Argentina a partir de mediados de la década del 70.” [Basualdo y Lozano 2000]
Hacia finales de los años noventa el nivel salarial promedio de la economía
argentina fue casi un 10% inferior al que estaba vigente a mediados del decenio.

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27
Naturalmente, este persistente deterioro salarial resulta está estrechamente vinculado a
la situación imperante en el mercado de trabajo, puesto que un elevado nivel de
desocupación aunado a una creciente precarización laboral posee un indiscutible “efecto
disciplinador” sobre los ingresos de los trabajadores con empleo.

Respuestas de los sindicatos a estos desafíos


Fin del sindicalismo (corporativo) tradicional
Teniendo en cuenta lo anteriormente expresado, queda claro que, en los años 90, entró
en crisis el modelo de relaciones laborales que, con sus bemoles, fue acuñado entre
1950 y 1990. Este se caracterizó por una fuerte normatividad laboral impulsada por el
Estado, por la negociación centralizada, la tutela estatal, la negociación cupular, el
sindicato cooperativo de las empresas que sin embargo presiona, un sindicato ausente
del proceso de trabajo que sólo gestiona el contrato colectivo y no un sindicato clasista
sino de Estado, prestador de servicios a sus agremiados.
“Hoy el modelo de relaciones laborales tiende hacia la precarización del empleo, la
descentralización de la negociación colectiva, la flexibilidad, la desindicalización y la
privatización de las obras sociales de los sindicatos. (…)”[Garza Toledo 2001]
Como señala de la Garza Toledo, “el corporativismo fue correlativo con el estado
social, aunque no todo estado social implicó corporativismo. En esta medida, el
corporativismo nació del intento de conciliar crecimiento económico con paz social,
específicamente paz laboral, bajo la dirección del estado. En consecuencia las relaciones
laborales se estatizaron, la vigilancia, institucionalidad y coerción estatales se pusieron
en función de la gobernabilidad laboral, y las relaciones entre el estado, los sindicatos y
los obreros se aceitaron con sistemas macro, meso y micro de intercambios. En países
subdesarrollados, los sistemas de intercambios, en muchos aspectos, tuvieron caracteres
patrimoniales.” [Garza Toledo 2001]
Es importante tener en cuenta en este análisis, que –antes del neoliberalismo- Argentina
tenía bajos niveles de desempleo y de pobreza, de marginalidad; tenía un alto grado de
asalarización, destacándose la importancia de los trabajadores industriales. Esto
constituyó un movimiento obrero con una homogeneidad y una presencia estructural
importantes.
“El grado de organización y de capacidad de influencia que a partir del peronismo
tuvieron los trabajadores, concretamente a través de la estructura sindical, les permitió
disputar niveles de distribución del ingreso bastante superiores a los que estaban pre-
sentes en otros países de América Latina. Eso dio como resultado la formación de un
tipo de mercado interno donde la demanda salarial desempeñaba un papel muy
importante.” [En: Rauber 1998: 48-49 ]
“Hoy el perfil de consumo indica que del total de lo que se consume, un 23% es de los
asalariados; el resto es consumo de sectores de altos ingresos o de capas medias altas.
En ese sentido hay un cambio en el patrón de consumo que está presente también en la
industria.” [En: Rauber 1998: 47-48]
“Esa Argentina industrial, orientada al mercado interno, en donde el salario era la fuente
de demanda y, consecuentemente, su incremento beneficiaba a ciertas capas

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28
empresariales, tenía que ver con empresarios que acumulaban principalmente a nivel de
su sector. Esto dio lugar a un tipo de modelo sindical que organizaba a los trabajadores
por rama de actividad y discutía con los empresarios del sector. O sea, tenía que ver con
un convenio colectivo9 concertado por rama de actividad. Como el eje de la
acumulación económica en la Argentina era la acumulación industrial, discutir como
sindicato con los patrones en el ámbito del sector industrial era relevante, porque parar
el proceso industrial significaba parar el proceso de acumulación y, consecuentemente,
implicaba poder para los trabajadores. O sea, el poder concreto del movimiento
obrero radicaba en su capacidad de poner en crisis el proceso de acumulación.
Pero ese poder estaba vinculado al tipo de acumulación que se daba entonces en el
sector industrial. Más aún, en cuanto el ciclo del capital industrial presentaba puntos de
fricción con la gran burguesía agropecuaria, la alianza capital industrial-movimiento
obrero encontraba un espacio concreto de realización y el sindicalismo se transformaba
en un socio indispensable para la burguesía industrial en sus disputas con el capital
agropecuario. Hecho este que incrementaba el poder del movimiento sindical.
Ese sindicalismo tenía, además, fuerza económica porque los sindicatos financiaban su
actividad no sólo con el aporte de los trabajadores, sino también por el desarrollo
importante que tuvieron las obras sociales10 durante gran parte de ese período.
Entonces: sindicato único por rama, negociación colectiva y obras sociales como marco
de financiamiento, eran el trípode del modo de inscripción estructural del modelo
sindical anterior.
Además de estos tres elementos, el sindicato tradicional actúa organizando, prác-
ticamente, y, en todo caso, representando de modo exclusivo al asalariado formal. Y si
hay algo que pierde relevancia en términos de su participación dentro del conjunto de la
clase trabajadora argentina en estas últimas dos décadas es, casualmente, el asalariado

9. En este caso, no se refiere a la cuestión formal legal. Remite a la existencia de una dinámica objetiva de
funcionamiento económico que posibilitaba (políticamente) el acuerdo obrero-patronal por sector de
actividad, con independencia de que dicho acuerdo obtuviera reconocimiento legal bajo la forma de
convenio. Dicho convenio dependía de la situación institucional vigente.
10. Las obras sociales son dirigidas por el sindicato, pero con funcionamiento y administración separados
de los aportes sindicales de los afiliados. Con excepción de los empleados del Estado y docentes, se
constituyeron con un porcentaje del aporte del salario obrero (entre el 3% y el 5%) y una parte del aporte
patronal (entre el 6% y el 10%). En los convenios colectivos también se incluían cláusulas de aporte a la
obra social. Por ejemplo, un porcentaje del primer aumento del salario obtenido por convenio -tanto de
afiliados al sindicato como de no afiliados- iba a la obra social. Además, se crearon siete institutos
mixtos, como Bancarios, Seguro, Docentes Nacionales, etc., que a los aportes señalados agregaban un
porcentaje sobre cheques o pólizas.
Con el aporte de las obras sociales, además de la atención a los problemas de salud, se desarrollaron com-
plejos turísticos, colonias de vacaciones, escuelas de capacitación, etc., para disfrute de los trabajadores.
Sin embargo, los fondos destinados a estas obras fueron, generalmente, mal usados; en primer lugar, por
los propios dirigentes sindicales. Cada dictadura militar intervino las obras sociales, y las patronales
evadieron sistemáticamente los aportes.
Actualmente, escudándose en estas y otras deficiencias, las obras sociales se han modificado por decreto:
los aportes patronales se reducen en más del 25% y también los aportes extras con el argumento de que es
necesario disminuir el costo laboral, obviando que ese aporte se realizaba en concepto de salario
indirecto, unificado solidariamente.

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29
formal. Este es el primer punto que me parecía importante destacar.” [En: Rauber 1998:
49-50]
“(…) para el sindicalismo tradicional el núcleo organizativo ha sido siempre el
asalariado formal, en tanto éste representa hoy el 40% de la totalidad de los
trabajadores, significa que la mayor parte de la clase trabajadora queda fuera de la
organización sindical tradicional.” [En: Rauber 1998: 51]
Pero hoy es absolutamente imposible vertebrar una experiencia de unidad
político-organizativa de los trabajadores si se mantiene el criterio de organización
tradicional, porque se afilia solamente a una mínima parte de la clase trabajadora
asalariada formal. O sea que, manteniendo el criterio sindical tradicional, hoy no solo
no se representa a los trabajadores en su conjunto, sino que además, se contribuye a
profundizar su fragmentación e individualismo.
Los sindicatos corporativos intentaron reconstruir su vieja y obsoleta alianza con el
Estado, ahora neo-liberal. En correspondencia con ello, los funcionarios estatales de
turno utilizaron a esas las estructuras sindicales, concretamente su capacidad de control
sobre los trabajadores, para implantar sus políticas económicas y laborales. El resultado
general fue –junto a la pérdida importante de las conquistas laborales, de los niveles
salariales, y de las condiciones de vida-, el desprestigio de los sindicatos ante los
trabajadores.
Con todo ello, el sindicalismo corporativo, empresarial entró en una crisis de
representación, organización y de su misma razón de ser como sindicato. “(…) se volvió
un obstáculo para la flexibilidad del mercado y el proceso de trabajo. (…) porque los
estados neoliberales redujeron los espacios de intervención de los sindicatos en el
diseño de políticas económicas, sociales y laborales, en el sistema de partidos, en las
instituciones de reproducción social de los trabajadores; porque los contratos colectivos
y las leyes laborales se volvieron menos protectoras del empleo, de las condiciones de
trabajo y del salario; y, finalmente, porque el sentido común recreado por el
neoliberalismo identificó a los sindicatos como monopolistas del mercado de trabajo,
protectores de privilegios de minorías de asalariados, los sindicalizados. Todo esto
condujo al aislamiento de los sindicatos con respecto a los partidos políticos, pero sobre
todo, a la mayoría de la población no sindicalizada.” [Garza Toledo 2001]
Como también señala Garza Toledo, el neoliberalismo “Ha [significado] también el
ocaso de las antiguas concepciones y proyectos sindicales: para el clasismo, el derrumbe
de la idea de socialismo de estado; para los corporativos, el del estado social autoritario.
(…) Sin embargo, el neoliberalismo, que ha postrado a los sindicatos, no ha resuelto
contradicciones básicas y ha desarrollado otras. Una de las más importantes es la
tensión entre el mundo de la política, con sus representaciones de ciudadanos, y el del
trabajo.”[Garza Toledo 2001]
En muchos países de América Latina -a diferencia de los países desarrollados-, los
sindicatos pasaron -de ser actores políticos de primer orden en la caída de las dictaduras
y en la primera fase de la transición todavía no neoliberal-, a ser actores desarticulados,
sumidos en la impotencia, el descrédito y/o en la corrupción. Pero ello no significa que
vayan a desaparecer.

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30
El problema es: construir un nuevo tipo de sindicalismo.
La interrogante primera en este sentido es: ¿han surgido en América Latina opciones
diferentes al sindicalismo tradicional?
La CTA: nueva estrategia de organización y representación de los trabajadores
En el año 1991, en la localidad de Burzaco, en pleno auge del neoliberalismo tomaba
forma orgánica –en el entonces llamado Congreso de los Trabajadores Argentinos-, la
indignación de los trabajadores frente a la entrega del país realizada con la complicidad
del sindicalismo corporativo tradicional, convertido en sindicalismo empresarial.
Germinaba la confianza en que otro país es posible, si los trabajadores y las
trabajadoras toman en sus manos la responsabilidad de construirlo y desarrollarlo,
acorde con sus intereses y aspiraciones.
Desde las entrañas del neoliberalismo, en medio de la entrega más infame del país a la
voracidad expansionista imperialista del capital, en abierta oposición al sindicalismo
corporativo empresarial -cómplice del poder- que se abre espacio en la Confederación
General del Trabajo (CGT), los sindicatos que luego forman la CTA se propusieron
construir una central para todos los trabajadores –incluyendo los desocupados-. Además
de eso, se propusieron articular y articularse con los otros actores sociales y políticos,
para construir un proyecto político y social para una Argentina diferente.
Por eso la CTA se propone diseñar y construir una estrategia que permita, en primer
lugar, unificar al conjunto de la clase trabajadora, fuerza central impulsora de cualquier
posible alternativa al neoliberalismo. En segundo lugar y articulado a lo anterior, busca
articular al conjunto de los actores sociales con vistas a constituir un nuevo actor
colectivo capaz de crear y llevar adelante las transformaciones necesarias para poner fin
a la hegemonía del capital en la Argentina, en la región, el continente, y el mundo.

Líneas constitutivas de la CTA


Sobre esta base, la CTA trazó una línea diferencial en relación al sindicalismo
tradicional:
-Retomaba con fuerza el sindicalismo político anunciado en algunas experiencias de
mediados del siglo XX y ahora constituido en un rasgo característico del nuevo
sindicalismo propugnado por la CTA: lo reivindicativo tendría sentido en la lucha
contra la sociedad neoliberal si se constituía articulado a la discusión del diseño de país,
de nación, desde los trabajadores. Esa fue la primera gran herejía de la hoy central.
-La segunda resume la esencia vital de su existencia y proyección estratégica: decir no
al chantaje entre los trabajadores con empleo y los desocupados, reconocer como
trabajadores a empleados y desempleados. “Entendíamos en aquel momento, y hoy lo
reafirmamos, que no alcanzaba con tener sindicatos por más decentes que fueran en su
accionar y por más valentía que demostraran en la defensa de sus compañeros si no se
rompían los marcos del corporativismo por actividad o por rama de actividad, y si no se
ponían a trabajar en conjunto con los compañeros desocupados que comenzaban a
organizarse.” [Micheli 2004]
Desarticulados y enfrentados entre sí, los trabajadores serían víctimas seguras y sin
salida del chantaje de los patrones transnacionales. No se puede olvidar que el

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31
neoliberalismo ha generado –además de una pluralidad de actores colectivos-, un
fuerte individualismo entre los winners. Por eso, para la CTA, la reconstrucción de
fuerza propia –que es el embrión de un nuevo sujeto histórico en Argentina-, supone
desde el inicio la articulación con los desocupados reconociendo su condición de
trabajadores.11
La Confederación General del Trabajo (CGT), central sindical promotora del
sindicalismo empresario y contenedora también de sectores apegados al sindicalismo
tradicional, no reconoció ni reconoce a los desocupados como integrantes de la clase
trabajadora, no promovió su organización, ni apoyó los cortes de ruta o de calles cuando
estos significaron la defensa urgente de la vida. Se mantuvo -aun en sus vertientes más
progresistas, como el MTA, por ejemplo-, dentro del sindicalismo tradicional centrado
en los trabajadores ocupados.
-La afiliación directa consagra estatutariamente esta unidad entre los trabajadores, ya
que abre la posibilidad a todos los trabajadores ocupados y desocupados de afiliarse a la
central, sin tener que pertenecer necesariamente a uno de sus sindicatos. Y esto no es un
simple detalle, es un planteo medular, estratégico. Es el sello orgánico de la primera y
más básica de todas las articulaciones posibles, la que enfrenta –de raíz- la fractura
estructural del mundo del trabajo, a la vez que rescata a los desocupados como
integrantes del mundo del trabajo, es decir, de la sociedad argentina.
El objetivo primero: Recuperar la identidad como trabajadores, construir fuerza propia y
discutirle el poder al capital.
-Con el rechazo a la invisibilización y tergiversación de la realidad de marginación de
los desocupados y sus familias, la CTA vuelve hacia el trabajo su pensamiento y
acción, identificándolo como el eje central de la problemática nacional y, por
consiguiente, también de la solución a la misma.
Esto supone la relación con el capital, con la tecnología, con los mercados, y todo esto,
la relación entre las personas: los dueños del capital y los que -para sobrevivir- le
venden a ellos su fuerza de trabajo. El reconocimiento de las transformaciones
estructurales del mundo del trabajo como punto de partida de las transformaciones de
las relaciones de poder entre las clases fundamentales de la sociedad argentina y la
necesidad de construir y acumular poder propio para negociar, para disputar y para estar
en condiciones de “hacer un proyecto político social diferente” desde los trabajadores,

11 En lucha sin tregua por su sobrevivencia y sus derechos –al trabajo, a la salud, a la educación, a la
vivienda o a la tierra-, los desocupados se constituyeron en actores sociales reconocidos; disputando un
lugar en la sociedad, salen a las calles y reclaman sus derechos. En sus manifestaciones de mayor impacto
social, han asumido a los “piquetes” –cortes de rutas, calles o puentes- como su forma de lucha
fundamental, de ahí que se los identifique como piqueteros. En un proceso creciente de participación y
organización, los desocupados piqueteros irrumpen en la palestra socio-político argentina constituyéndose
en un nuevo actor social y político.
Una parte de lo que podría identificarse como movimiento piquetero –sin que ello aluda a una supuesta
homogeneidad entre sus integrantes-, integra la CTA a través de su organización afiliada, la Federación
por la Tierra, la Vivienda y el Hábitat (FTV). Otros se identifican y organizan a través de la Corriente
Clasista y Combativa (CCC), o del Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD), del Movimiento
“Teresa Rodríguez”, del Movimiento Territorial Liberación, Barrios de Pie, y otros.

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32
resultan elementos constituyentes y constitutivos de la Central de los Trabajadores
Argentinos.
-Reconstruir el sujeto popular histórico del cambio: Como señala Garza Toledo, el
desafío consiste en: “(…) representar a los actores en la pluralidad de sus espacios de
acción: productivo, político-electoral, reproductivo, ecológico, de género, étnico, etc. La
pluralidad de espacios también implica una pluralidad de amigos y enemigos, flexibles,
rearticulables en sus alianzas y conflictos. Esto lleva al replanteamiento de los
conceptos de representación, legitimidad y democracia de las organizaciones de los
trabajadores que prevalecieron en casi todo el siglo XX (…).” [Garza Toledo 2001]
La CTA previó que solo [re]construyendo articulada y colectivamente (pluralmente) el
sujeto histórico capaz de protagonizar los cambios actuales que reclama la nación, en
primer lugar, y el continente y el mundo y, simultáneamente con ello, poder propio
-conciencia, organización, fuerza propia-, se iría conformando también colectiva y
pluralmente el nuevo proyecto de transformación social en la Argentina. Y esto pasa –
para la CTA-, en primer lugar, por recuperar la identidad como trabajadores.
En 1999, refiriéndose al Congreso de la CTA celebrado en Mar del Plata, afirmó su
Secretario General: “Es el primer coágulo de identidad de la CTA . [Porque] Es el
primer congreso donde se empieza a discutir la estrategia de poder con fuerza propia
desde los trabajadores.”
Este congreso marcó la apertura de un nuevo tiempo en la política de la construcción de
la central sindical: salir a buscar a los millones de hombres y mujeres del pueblo que
hay que ganar, conquistar las calles, avanzar en la articulación con otros sectores hacia
la configuración del nuevo sujeto histórico que dará cuerpo al nuevo proyecto nacional
y popular. Esto caracteriza el accionar de la organización en el período 1999-2001.
Con grandes marchas nacionales, acompañando marchas piqueteras, cortes de rutas y
calles, acampadas en carreteras y campos, articulando multisectorialmente el
enfrentamiento al drama de la desocupación y la exclusión, el movimiento anti-
neoliberal crece simultánea y entrelazadamente hacia adentro y hacia fuera de la central,
profundizando el proceso de construcción de una alternativa desde abajo (es decir,
desde la raíz y desde adentro).
-Hoy es indispensable pensar que el accionar social sindical, político y cultural se
desarrolla en una multiplicidad de espacios y formas de representación, cada uno de
ellos particular, pero –a la vez- colectivo, pues implica la multiplicidad de sujetos, la
acción múltiple, la no definición a priori de los límites del mundo del trabajo, que no
encuentra todavía sus canales nuevos de representación, y la presencia activa de un
conglomerado social que no acepta la “democracia” neoliberal.
-Construir colectivamente el proyecto alternativo: La resistencia sindical se ha
incrementado en Argentina, pero la sola resistencia no ha supuesto ni supone por ahora
la conformación de un proyecto alternativo. Un eje a explorar en esta dirección podría
ser –como señalan los constructores de la central-, contraponer al concepto de sociedad
de mercado el de sociedad de la producción, la reproducción, la justicia social, la
equidad de derechos entre los diferentes, la solidaridad, y el cuidado equilibrio

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33
ecológico. Pero, en este sentido, es necesario aún recorrer un largo camino, para que
actores y concepciones se renueven y presenten alternativas viables.
-Recuperar la confianza en que es posible cambiar: “Hay una gran incredulidad en
nuestra gente, en nuestros compañeros. Incredulidad en muchos políticos, en dirigentes
sindicales. (…) Mi preocupación es que con la excusa de no creer terminan sin creer en
ellos mismos. Terminan creyendo que no vale la pena ser solidarios, organizarse, ser
protagonistas, pelear por su libertad, por su derecho que le corresponde.
Este es nuestro problema. Nuestro problema no es convencer a los dueños del poder de
que tienen que modificar y abrir las puertas para que nosotros podamos ir encontrando
caminos e ir viendo cómo se sobrevive mejor. Eso lo vamos a hacer.
Esa es la pelea. Esa es la resistencia.
Nuestro desafío es empezar a convencer a nuestros compañeros de que la única manera
de poder cambiar esta situación y transformar la sociedad es volver a creer que es
posible, y volver a creer en que la única fuerza está en nosotros. Y desde esa
perspectiva, es la crisis que vale la pena enfrentar, porque es la crisis que realmente
puede resolver los problemas de nuestros pueblos. [De Gennaro 2001]
-Integración internacional: “Necesitamos mayor integración, mayor comunicación
para organizar no sólo a los trabajadores desocupados, a los precarios, sino incluso pa-ra
imaginar nuevas formas organizativas.
Hoy una empresa tiene la facilidad de dirigir a dónde va para explotar por-que tiene
lugares donde los políticos ofrecen las mejores condiciones de explota-ción de sus
pueblos. ¡Hasta compiten para saber quién ofrece mejores condiciones, jugando la vi-da
de nuestros compatriotas!
Necesitamos organizaciones regionales e internacionales que sean capaces de recuperar
un proyecto diferente, no sólo en nuestros países, sino también para el mundo.” [De
Gennaro 2001]

Desafíos principales de la hora actual


-Luego de diciembre de 2001, y particularmente, luego del triunfo de Kirchner y su
arribo a la Presidencia desde mayo 2004, el proceso de avance en la construcción de la
central interrumpió su ritmo; encontró los escollos propios de toda construcción social
en situaciones políticamente favorables, cuando el conflicto social deja de ser el
principal eje de las actividades de la organización (y de la sociedad). En tales
condiciones, la capacidad de elaborar propuestas concretas capaces de concertar
amplias movilizaciones sociales, resulta fundamental. Identificar los ejes y las
problemáticas centrales de cada momento, elaborar las propuestas correspondientes para
enfrentarlos desde la perspectiva de los trabajadores, y hacer de ellas el eje de la vida de
la organización, es para la CTA -como para tantos actores sociales del continente-, una
urgente y medular tarea pendiente.
Reconocer las limitaciones y los errores, identificar las trabas y contradicciones
internas, buscando superarlas positivamente, así como potenciar la fuerza interior y la
voluntad de lucha y transformación de cada uno, es parte de los desafíos actuales de la
CTA, simultáneamente con la definición política de su accionar concreto como central

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sindical de nuevo tipo en la actual situación del país, la región, el continente y el
mundo.
-Transformarse para transformar transformando sería entonces, tal vez, la
caracterización que más se aproxima al proceso de crecimiento y
constitución-autonstitución de los actores sociales en sujeto que definió esos años de
resistencias, luchas y avances de la CTA. Dicho proceso devino a la vez, un camino
pedagógico de formación de conciencia, de organización, de propuestas, de sujetos, de
poder y de proyecto. Y esto es un importante logro de la central.
-Si se superan las actuales limitaciones políticas y las contradicciones internas –
situaciones íntimamente interrelacionadas-, los logros de la central permitirían avanzar
–junto con otros actores sociales y políticos- hacia la construcción de una amplia, plural
y multisectorial fuerza social y –sobre esa base-, hacia la conformación del proyecto
alternativo. Esto resume el mayor desafío político, social y ético de la Central de
Trabajadores Argentinos en el siglo XXI.”
[En: Rauber, Isabel. 2006. “La globalización del capital y su impacto en el mundo del
trabajo formal e informal. Respuestas y desafíos de los sindicatos. El caso argentino.”]

2.2 Los piqueteros. Las asambleas barriales. Las fábricas y empresas recuperadas
y las cooperativas sociales. Los pueblos originarios. Situación actual;
planteamientos principales.

2.2.1 Los piqueteros.


Fragmento de texto de Isabel Rauber:
“La irrupción de los piqueteros12 en el siglo XXI, en Argentina, obliga a remontarse
cuando menos a los inicios del siglo XX y recorrer las luchas obreras de entonces, sus
distintas expresiones, métodos y protagonistas. Sus formas de organización y actuación,
sobre todo en las huelgas, pueden considerarse parte de los antecedentes genealógicos
de la concepción, organización, y forma de lucha piquetera actual. Quizá, el primer
elemento indicativo y significativo al respecto sea la mayoritaria procedencia obrera
entre la población piquetera desocupada13.
Sin que se pueda trazar una línea continua entre los piqueteros de ayer y de hoy, es
indudable que las raíces de éstos –como la existencia misma de los piquetes14- están en

12. Integrantes de un piquete.


13. Aclaro esto porque si bien los piquetes comenzaron ahora como expresión de las luchas de los
trabajadores desocupados, se han ido convirtiendo –articulación mediante- en instancias de luchas
multisectoriales, integrando a los trabajadores ocupados y desocupados en los piquetes, y,
simultáneamente, reinstalando –recreada- la metodología piquetera en el seno del movimiento obrero.
14. Los diccionarios corrientes registran la palabra piquete, entre sus varias acepciones, como grupo de
personas. Indagando en diccionarios especializados de sociología, puede encontrarse lo siguiente:
“Persona o grupo que, participando en un conflicto obrero-patronal, trata de cerrar el paso a la salida o
a la entrada de los locales del antiguo patrono. El piquete puede recurrir a diversas tácticas activas en la
medida en que lo permita la ley, pero su finalidad es perjudicar al patrono trasgresor en su economía y en
su reputación.” Diccionario de Sociología, Fondo de Cultura Económica, México, 1987, p. 220. (Negritas
de IR).

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el movimiento obrero. En un sentido amplio, su lucha es hoy también contra el patrón,
solo que este no está en las fábricas individualmente, sino en el sistema mismo de
exclusión y desintegración social impuesto por el neoliberalismo globalizado (o la
globalización neoliberal). Y ello no es casual, tiene que ver con el origen de la pobreza:
la desocupación, que ha hecho de los trabajadores desocupados –en acto o en potencia-
el primer bastión del freno a la voracidad del gran capital, a la vez que eje de lucha
contra la pobreza y –consecuentemente-, por el trabajo y la producción; de ahí que los
piqueteros confronten con los grandes grupos económicos transnacionales y nacionales
asociados a través de sus representantes administrativos de turno: los gobernantes.
Recreada, la metodología de las luchas obreras de antaño se aplica hoy por los
trabajadores desocupados en todo el país: cerrar el paso, cortar las rutas, las calles,
tomar medidas activas contra el destierro; los desocupados, sub-ocupados y sus
familias, no se resignan a morir en vida, luchando, en primer lugar, por su
sobrevivencia, pero también por el derecho a un trabajo digno, se oponen al chantaje de
los grupos económicos respecto a los trabajadores con empleo, para reducirles al
mínimo posible las condiciones laborales y salariales. No son pocos los casos donde se
trabaja a cambio del alimento del día, aunque cierto es que es una realidad poco
conocida y menos aún reconocida en los medios, en la política, o en la economía...
En un una sociedad como la argentina, donde el silencio es el instrumento fundamental
de la dominación esquizofrénica del poder, romperlo resulta un contra-instrumento
fundamental de resistencia y de lucha por parte de los silenciados y condenados. Pero
esto hubieron de hacerlo por los únicos medios a su alcance: saliendo a las calles,
mostrando su realidad con sus propios cuerpos y vidas.
Destapando una Argentina desprolija, oculta y molesta para los medios al servicio del
poder, los piqueteros irrumpieron en la escena nacional enrostrándole al sistema y a la
sociedad la verdadera realidad de la pretendida “modernización y globalización”. Quizá
sea por ello que, en poco menos de tres años, los piquetes que cortan las rutas y sus
protagonistas -los piqueteros-, se han transformado de excepción en regla. Las
movilizaciones piqueteras han venido ocupando la centralidad de importantes conflictos
sociales de los últimos dos años, a través de las cuales sus protagonistas han ido
madurando en propuestas, organización y proyección.
Cuando la opinión pública no puede o no quiere saber, cuando no quiere oír, irrumpir en
ella, cortar su “normal” desenvolvimiento y exponer la situación que se pretende
silenciar y ocultar, resulta un método –a veces el único- válido para intentar modificarla.
Condenados a muerte en los barrios alejados de las grandes ciudades o en poblados y
campos del interior, los desocupados y sus familias entendieron que era cuestión de vida
o muerte poner sobre el tapete: las calles y rutas del país –como un espejo de la
sociedad que los expulsaba-, el reclamo por sus derechos inmediatos a la sobrevivencia,
en primer lugar, y en un sentido más amplio, por los que les corresponden como
ciudadanos plenos que son.
Por todo ello los cortes de ruta piqueteros, resultan también una forma de opinión
pública cuyo peso se hace sentir muy concretamente ante el Estado y sus gobernantes, o
ante legisladores, con el objetivo de reclamar determinadas respuestas respecto a sus
problemas concretos –caso del reclamo de “Planes Trabajar”-, o a cuestiones de índole

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político general, como es el caso del rechazo al plan de ajuste y “déficit cero” impuesto
por el FMI y [re]presentado por el gobierno local.
En ese sentido, los piqueteros pueden considerarse también como grupos de presión, es
decir, como grupos organizados que dirigen su accionar para presionar o imponer
modificaciones en la conducta de grupos mayores de los que forman parte, como lo es la
propia sociedad. Y así ocurrió en el proceso de luchas sociales argentinas que se
desarrollaron fundamentalmente en los años 2000 y 2001, y que desembocaron,
multiplicados en calidad y participación, en diciembre de 2001; nada de esto es ajeno a
las luchas piqueteras que, con su ejemplo, abonaron el camino en colosal tarea
pedagógica de resistencia y lucha por la dignidad y la vida.

¿Una nueva cultura social y política?


¿Se está abriendo paso una nueva espiritualidad desde el mundo de los desocupados?,
¿cuáles serían los elementos presentes que permiten afirmar su presencia?
Mirado con perspectiva histórica, este proceso está aún en su fase inicial
respecto a su potencialidad, aunque tiene ya un fuerte impacto en la forma de vida,
organización y participación de sus protagonistas: los hombres, las mujeres, los jóvenes,
y los niños y niñas piqueteros. Ello se revela en los modos de expresión de sus
necesidades y espiritualidad, en sus aspiraciones sociales, políticas, religiosas, etc., y en
las formas de posicionarse ante la sociedad (y el mundo) y re-plantearse el ejercicio de
su ciudadanía.
Los jóvenes destacan por su presencia y agresividad no violenta, pero de clara
denuncia de su situación sin salida, y de exigencia para construir una sociedad donde
ellos tengan cabida. Quizá la expresión más nítida de esta situación sea la música, la
llamada cumbia villera –en general-, y en particular la cumbia piquetera que acompaña
las manifestaciones piqueteras, sus cortes de ruta, y las caminatas y marchas. Nos
referimos, por ejemplo, a la labor de grupos como “Santa Revuelta” y “El Culebrón
Timbal”, entre otros.
Analizando las experiencias de La Matanza, puede constatarse que se ha
producido un empoderamiento social de hombres, mujeres, niños y niñas, jóvenes y
ancianos en los piquetes y en los barrios; no hay fronteras sociales, ni de género, ni de
edad, todos participan por igual como protagonistas, aunque diferenciadamente en
cuanto a roles. Y esto tiene que ver con las experiencias de vida comunitaria o colectiva
que se han ido desarrollando durante los cortes de ruta, con las nuevas relaciones
sociales allí gestadas y desarrolladas, y su impacto en la vida de las comunidades en
épocas posteriores, en síntesis, tiene que ver con las (nuevas) formas solidarias de
reconstrucción de lazos fraternales entre los pobladores, en primer lugar, de un mismo
barrio, y también de barrios distintos.
Otro aspecto relevante de ese espacio radica en su contenido multisectorial que a
la vez que rompe con la sectoralización de las luchas, marca la posibilidad de actuación
articulada de los diversos actores sociales del mundo del trabajo, en primer lugar porque
el corte como tal es multisectorial, allí todos los participantes son piqueteros. Eso es, de
última, lo trascendente del caso: el corte de ruta sella la alianza entre trabajadores
ocupados y desocupados y borra las barreras entre ellos: no hay desocupados ni

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ocupados, sino piqueteros en reclamo por su situación, dando cuenta que la realidad de
unos es directamente proporcional a la de los otros.”
Esto tiene que ver con la preocupación de fondo de los piqueteros desocupados como la
de los trabajadores ocupados: la necesidad de ir más allá de lo reivindicativo de
subsistencia –sin renunciar a luchar por ello-, y poner el eje de las luchas, en la
necesidad de re-industrialización, o sea, en la problemática de la producción. Trabajo y
producción, cuestiones medulares para la Central de Trabajadores Argentinos y del
conjunto de organizaciones piqueteras, resultan reclamos orgánicamente articulados a
los cortes de ruta y a las luchas por la sobrevivencia. A su vez, consagran
programáticamente la unidad entre los trabajadores ocupados y desocupados, base de
una articulación social más amplia, imprescindible con miras a la reconstrucción del
sujeto social capaz de poner fin –de raíz- a la situación de crisis profunda, neo-
estructural, que afecta a la Argentina, y de reconstruirla también desde la raíz.
Lo nacional emerge aquí como un tema central, aunque sin confundirse –como
temen algunos- con el nacionalismo de mediados del siglo pasado. Resulta clave tener
en cuenta dos elementos:
A. Repensar la soberanía y la propia existencia de la nación sobre nuevas bases y nuevos
paradigmas: ni considerar como punto de partida a los presupuestos nacional-desarrollistas
de los años 60, ni la concepción (estrechamente) clasista de la izquierda de entonces. Es
necesario pensar la soberanía, la nación –su nueva constitución- a partir de fundamentos que
den cuenta -a la vez que posibiliten la superación- del drama de desintegración y
fragmentación socio-económica y cultural implantado por el neoliberalismo, a partir del
reconocimiento de los actores sociales diversos constituidos en resistencia y lucha a ese
proceso desintegrador, y el reconocimiento de sus ámbitos de articulación con miras a su
orgánica constitución en sujeto popular portador de esa nueva identidad, soberanía y nación,
plural, diversa, multiétnica e intercultural.
No es entonces solo la clase, sino la clase en y con el pueblo –organizado, articulado y
constituido (proyecto mediante) en sujeto del cambio y de la nación misma-, los pilares
fundamental de la soberanía. Y esto no pretende revivir la vieja antinomia: clase o pueblo,
sino por el contrario, esclarecer que en las condiciones actuales, la clase solo podrá llevar
adelante su propio proceso de liberación si convoca para ello –articulando sobre bases
diferentes a las hasta ahora ensayadas-, a la sociedad toda.
Esta convocatoria de la clase al pueblo existía anteriormente, pero partiendo de una postura
vertical jerárquicamente subordinante siguiendo un esquema organizativo-protagónico
piramidal, con degradaciones de arriba hacia abajo de todas las demás clases y sectores
sociales, entonces considerados “aliados”, pero no protagonistas en igualdad de capacidades
y condiciones. Ahora se trata de convocar articulando, organizando horizontalmente,
democráticamente, con sentido cabal de que el camino de la articulación de los actores
sociales, empezando por la propia clase, es también el de la construcción (del proyecto
constituyente) de la sociedad futura, y de la identidad de la nación y de la soberanía.
Y todo ello interpela doblemente a la clase obrera, que no puede liberarse ni desempeñar su
papel transformador de la sociedad sin ser convocante y concertante, haciendo de esto un
proceso abierto de diálogo y construcción entre todos, a riesgo de -en caso contrario-
convertirse en excluyente. En la articulación de los diversos actores sociales, la clase
desempeña un papel central, organizador y catalizador centrípeto como así también promotor
de otros nodos organizativos con los cuales también buscará concertar, articular. Ahí el
sentido cabal del concepto de “centralidad de la clase” que se emplea hoy en vez de sujeto
único de los cambios. Y esto es clasismo: ser coherentes con las responsabilidades y las
tareas históricas de la clase hoy, generar un polo o núcleo de articulación y organización del
tejido social y sus actores proyectándolos hacia metas superiores de transformación radical

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de la sociedad, sobre la base del cumplimiento inicial de urgentes tareas de sobrevivencia, a
la vez que remontándose sobre ellas en proyección hacia la construcción –en plenitud de
capacidades- del ser nacional que reclama la hora actual. No se trata entonces de levantar
posturas diluyentes de toda organización o estructuración del rol de los diversos actores
sociopolíticos.
B. La soberanía solo puede levantarse y defenderse hoy inter-articulada indisolublemente a lo
regional, continental e internacional global, con nuevas formas de existencia y desarrollo.
Para ello es necesario, en primer lugar, existir como sistema social, esto es, como sistema
económico, político, cultural, base para la constitución de la dignidad e identidad de una
nación. Y ello cuestiona todas las relaciones económicas y de poder: habla no solo de
cambiar las bases del poder económico en cada país, sino también de la necesidad de crear
un nuevo orden económico y político mundial, basado en la democracia y el respeto de la
integridad de las naciones; habla de la necesidad de terminar con el peso de la deuda externa
injusta y por ello, moralmente incobrable, además de impagable por los países del llamado
Tercer Mundo. Habla del derecho de los pueblos a determinar su destino libremente, según
sus condiciones y capacidades, y a construirlo a partir de esa su realidad.
Todo esto nace y germina en cada piquete, en cada ruta cortada, y está en la conciencia
piquetera, crece en cada marcha, en cada carpa que levanta al costado de una ruta, en las
ollas populares, en los himnos y las consignas. A partir de allí se afianza, se expande y
crece, como los piqueteros y sus luchas, que son de sobrevivencia y por tanto políticas,
cuestionadoras, propositivas, y fundantes de un nuevo país, para todos, sin pobreza ni
exclusión; y ello, para ser, necesariamente se articula con la necesidad de reconstruir la
nación en las condiciones de un mundo global, que es necesario cambiar, con la
profunda convicción de que otro mundo –de paz, igualdad, y justicia social- es posible.
Por eso Seattle, Porto Alegre, Génova, Québec, Buenos Aires, Florencia, Quito, son
parte de un mismo piquete: el piquete global; todas las manifestaciones de resistencia y
lucha locales son hoy –en ese sentido- profundamente internacionales, y alimentan la
conciencia de que ese otro mundo posible no está en el más allá, que la transformación,
por tanto, no es tarea de mañana sino de ahora; es este mundo, el que habitamos
nosotros ahora, el que puede y debe ser de otra manera.”
[En: Rauber, Isabel. 2002. “Piquetes y piqueteros en la Argentina de la crisis. Cerrar el
paso abriendo caminos.”]
Y más adelante, continúa la exposición:

Los congresos piqueteros del año 2001


El primer encuentro
Luego del corte grande de mayo, de la articulación multisectorial alcanzada y reflejada
en el convenio que da fin a los 18 días de lucha, para las organizaciones piqueteras que
allí participaron se hizo necesario consolidar un ámbito de encuentro y coordinación
más amplio, capaz de “contagiar” a los actores sociales de todo el país con las
enseñanzas positivas de la intersectorialidad en luchas y reclamos. Este es uno de los
sentidos del primer congreso o asamblea piquetera, celebrado en La Matanza, el 24 de
julio de 2001.

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En él participaron diversas organizaciones piqueteras constituidas como tales a escala
nacional o en proceso de construcción.15 En esa jornada colectiva se elaboró un primer
plan de lucha –que podría considerarse como un embrión del programa piquetero-, que
sería desarrollado conjuntamente en el ámbito nacional por las organizaciones allí
presentes. Dicho plan contemplaba la realización de cortes de ruta escalonados y
crecientes: de 24, 48 y 72 horas consecutivamente. Esos cortes se realizaron en distintos
puntos del país y en La Matanza. Luego de septiembre, fecha en que se realiza el
segundo congreso, los cortes consecutivos se adoptan como una metodología de lucha
frecuentemente empleada como paso previo al corte por tiempo indefinido.
Esa primera asamblea piquetera fue importante por un sinnúmero de razones, entre las
que quisiera subrayar la que considero alcanzó entonces la mayor significación política:
reunir en un mismo espacio y momento a actores sociales dispersos en un país con una
tradición -de poder- centralizado en la Capital, permitir su re-conocimiento como
iguales que resisten y luchan para enfrentar una realidad común: la exclusión que emana
multifacéticamente de la desocupación, y la de avanzar –en virtud de lo anterior- hacia
la constitución de un nuevo actor socio-político: el movimiento piquetero. Es
precisamente rescatando este sentido –entiendo-, que Y. Socolovsky reflexiona sobre la
trascendencia de dicho evento: “Si el Congreso Nacional de Piqueteros fue –así me
parece- el hecho político más destacado de los últimos años en nuestro país, es porque
allí se expuso el modo en que la organización de la protesta social y la politización de
las demandas han dado lugar a la aparición de un nuevo actor colectivo.”16
Este es un aporte de grandes alcances hacia la reconstrucción del sujeto popular para las
transformaciones que reclama el pueblo argentino. Y no ocurre por casualidad ni
aisladamente, sino articulado al quehacer, las construcciones, luchas y búsquedas de
otros actores sociales, políticos y sindicales, particularmente de la Central de los
Trabajadores Argentinos que, como he señalado, se plantea entre sus matrices
fundacionales la articulación entre trabajadores ocupados y desocupados como soporte
de la reconstrucción del poder (y el proyecto) de los trabajadores –y, sobre esa base, del
pueblo todo-, impidiendo hacerle el juego a la apuesta del poder al chantaje y el
enfrentamiento de pobres contra pobres que emanaría, de un “modo natural”, de un
pueblo y una clase trabajadora fragmentados, explotados y enfrentados entre sí por las
migajas del Capital.17
El segundo encuentro
El segundo congreso, denominado realmente “Asamblea Nacional de Organizaciones
Sociales, Territoriales y Desocupados”, tuvo lugar nuevamente en La Matanza, el 4 de
septiembre de 2001. En esta ocasión fue mayor la presencia de organizaciones

15. Participaron el Polo Obrero, el MTR, el MIJD. El MTL no estaba constituido, pero participaron
algunos de sus sectores aunque no de un modo articulado; la organización ahora denominada Barrios de
Pie, venía participando dentro de la FTV aunque –como señalé anteriormente- sin estar aún configurada
como tal.
16. Socolovsky, Yamile, “El movimiento piquetero, resistencia, democracia e identidad política”, Revista
En Marcha, No. 21, La Plata, agosto 2001, p. 35.
17. Para una mayor profundización sobre este punto puede consultarse el libro Una Historia Silenciada,
Op. Cit.

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piqueteras de distintas regiones del país y, en particular, de delegados procedentes de
Mosconi y Tartagal, poblaciones donde recientemente se habían protagonizado fuertes
jornadas de lucha, enfrentando una fuerte escalada represiva que costó la vida del joven
trabajador Carlos Santillán. La presencia y participación en la asamblea por parte de las
organizaciones, no fue arbitraria, según relatan los protagonistas, se trabajó
intensamente para encontrar un modo de proporcionalidad entre la fuerza organizada de
cada sector y el número de delegados participantes en la Asamblea en calidad de
representantes de cada organización. 18
Para determinar cuántos participarían en el congreso por cada organización se acordó un
mecanismo democrático: que asista un representante cada veinte miembros, y para
garantizar un mínimo de seriedad y respeto de los acuerdos en este sentido se llevó un
registro de actas de miembros de cada organización. De allí resultó por ejemplo
-siempre siguiendo la información brindada por los protagonistas-, que la FTV y la
CCC concurrieron al congreso con seiscientos delegados cada una.

Los congresos también se construyen desde abajo


Las organizaciones nacionales19 trabajaron intensamente en la formación del orden del
día, es decir, del temario de problemas a discutir y de los posibles acuerdos a alcanzar
que serían llevados como propuestas por parte de cada cual. Para ello se desarrollaron
asambleas previas por sectores. Por ejemplo, para la discusión del temario del congreso
así como para analizar las propuestas posibles, etc., las organizaciones que integran la
FTV en los territorios de La Matanza, realizaron un plenario, después dicha
organización realizó un plenario nacional de delegados en el cual se avanzó en la
discusión colectiva de una línea común. A un nivel más amplio, señalaron, se trabajó
interactuando entre diversas organizaciones para lograr una plataforma de posibles
acuerdos comunes.

El paso siguiente: constituirse como uno de los actores sociales fundamentales


El segundo encuentro nacional piquetero fortalece la tendencia a la coordinación entre
las diversas organizaciones piqueteras manifestada en el primer encuentro. Articuladas a
escala nacional las distintas agrupaciones piqueteras comenzaban a constituirse como un
movimiento nacional, con propuestas propias y de amplio contenido sociopolítico. En
este sentido, se erigían en un actor sociopolítico indispensable para la reconstrucción de
la unidad popular.
La convergencia de todas las organizaciones territoriales, sociales y de desocupados
para enfrentar la problemática del desempleo y la exclusión social, aunada al
reconocimiento de que existen variadas identidades al interior del movimiento y la
aceptación de las mismas, a la horizontalidad, la transversalidad y la necesidad de
funcionar como colectivo, podrían contarse entre los elementos que -en ese momento-

18. El objetivo fundamental era el de lograr que tanto los debates como las resoluciones que allí se
tomarían se correspondieran con el trabajo y la presencia real de cada uno en los territorios.
19. FTV, Desocupados de la CCC, Movimiento “Teresa Rodríguez”, Coordinadora de Trabajadores
Desocupados “Anibal Verón”, Polo Obrero, Movimiento Territorial Liberación, Movimiento Teresa
Vive, Movimiento Independiente de Jubilados y Desocupados, Barrios de Pie, Movimiento de Mujeres en
Lucha, Corriente de Productores Agrarios Chacareros Federados, la CUBa, entre otras.

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indicarían pasos ciertos hacia la conformación de un movimiento piquetero. Ello se
expresó concretamente en la decisión –plasmada en el programa aprobado
colectivamente- de construir una coordinación nacional piquetera, que –con carácter
provisional- estuvo integrada por los dirigentes matanceros: D’Elía (FTV), Alderete
(CCC), representantes del Polo Obrero, y de otras organizaciones.
La fragilidad de las convicciones acorrala a la unidad
Los congresos -sobre todo el segundo-, constituyeron un avance acelerado en la
perspectiva de enfrentar la fragmentación de las luchas y solucionar problemas tan
viejos e insolubles como la falta de unidad del campo popular. Pero quizá en esa misma
aceleración radicó su debilidad. Como advierte Y. Socolovsky, en ese momento el
naciente nuevo actor colectivo carece “de una representación definida en el juego
partidocrático”20, y esta ausencia de lo partidario como estructurante del movimiento
fue, sin dudas, un factor que desafió a los cánones establecidos por la cultura política
tradicional, que entiende que las organizaciones sociales deben ser correas de trasmisión
de las políticas partidarias, es decir, que deben estar subordinadas a los designios de un
partido o grupo de partidos. Pero, en un espectro más amplio, para quienes aspiran a
construir un país diferente, el desafío era a su vez un aliento –como dice Yamile-,
aunque abría las ventanas a la incertidumbre. Para cualquiera, esta resulta una situación
difícil de sobrellevar, pero más para la cultura partidaria cuyos parámetros afirman que
una organización social autónoma no resulta confiable porque puede ir “para cualquier
lado”. Esto se tradujo al poco tiempo en desconfianza y en la búsqueda de vías que
permitieran poner a las organizaciones piqueteras bajo el control partidario, entendido
-ahora sí- como “dirección política” garante del proceso de lucha y transformación. La
elemental pregunta que –sobre ese particular- la historia contemporánea impone
hacerse, es: ¿existen acaso garantes?
La influencia partidaria estuvo presente en el segundo congreso piquetero a través de
algunas organizaciones piqueteras que sostuvieron una fuerte lucha por validar sus
criterios ante la asamblea; hubo amagos de ruptura que –receso mediante-
desembocaron aceleradamente en un conjunto de [des]acuerdos. Conjugándose con la
presión político-cultural de la izquierda partidaria anteriormente mencionada, estos
[des]acuerdos se transformaron en portal abierto para un posterior resurgimiento de
divergencias no bien saldadas.
La vieja cultura vanguardista sobreviviente en gran parte de la izquierda partidaria y su
entorno, abonaría el camino hacia la facturación orgánica del movimiento que se había
comenzado a construir. El problema obviamente no radica en la filiación partidaria de
algunas organizaciones sociales, ni en la de sus miembros o dirigentes, sino en que,
siendo consideradas las organizaciones sociales exclusivamente como “correas de
trasmisión” de las políticas partidarias hacia seno del pueblo (cuando debería ser, en
todo caso, al revés), éstas trasportan hacia el ámbito social -necesariamente plural-, los
criterios sectarios que emanan de organizaciones que se consideran –cada una a sí
misma- dueñas de la verdad, y –en virtud de ello- descalifican a todas las demás. Este
elemento se articula –retroalimentándose- con el recelo que existe en las organizaciones

20. Socolovsky, Y, Op. Cit.

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42
sociales hacia todo lo partidario, incrementándose las desconfianzas mutuas, los
prejuicios y los sectarismos de uno u otro signo.
Divergencias hubo y hay, y no pueden considerarse simplemente como superficiales; el
problema en sí no radica en ellas, sino en el modo de tratarlas –a ellas y a sus
portadores-: cada cuál ubicándose en un pedestal, o en pie de igualdad; con amplitud y
consideración, o guiados por la soberbia y el sectarismo.

Elementos puestos en discusión entre las diversas organizaciones


Desde el primer momento, con el desarrollo de las organizaciones piqueteras y de
desocupados existieron discrepancias en cuanto a aspectos de formas y también acerca
del contenido y la proyección de la lucha y organización piqueteras. A mi modo de ver,
el análisis de estos aspectos no puede realizarse separadamente de las reflexiones
anteriores, pues éstas subyacen en el fondo de un modo directo o indirecto, consciente o
inconscientemente. A tal punto esto es así, que en no pocos casos, las –así supuestas-
diferencias de contenido y proyección resultan reclamos idénticos para cada una de las
partes en debate, que –paradójicamente- termina reclamando a la otra por lo que esta
realmente hace;21 los contrasentidos se multiplican obviamente cuando el diálogo se
ausenta. En su defecto, la des-calificación de los líderes y el etiquetamiento
estigmatizante pretenden llenar el vacío político con la retrógrada personificación de las
divergencias. Miradas en su real dimensión, las divergencias deberían –incorporando
sus aspectos compatibles- contribuir a enriquecer el movimiento y proyectarlo con
fuerza hacia adelante, por más.
Los elementos puestos en discusión entre las organizaciones piqueteras son diversos;
considerando los más permanentes y reincidentes en debates públicos, orales y escritos,
podrían resumirse en los siguientes:
Cortes con o sin alternativas de paso: En las luchas piqueteras primeras, en las del
Sur, del Norte, en Corrientes, etc., los cortes de ruta no contemplaron un paso
alternativo para los vehículos. Ello levantó una polémica nacional que -alentada desde
sectores gubernamentales que alegaron determinados argumentos jurídicos-, pretendió
que cortar las rutas constituye en delito contra la libre circulación y el libre tránsito de
las personas.22 Fue en el juicio realizado a dos piqueteros del Sur –el caso

21. “Para nosotros el movimiento piquetero argentino hoy es la clase obrera en lucha, tanto ocupada como
desocupada, que está haciendo un enorme esfuerzo por organizarse y por superar el obstáculo de la
burocracia sindical tradicional de los sindicatos argentinos ligados y asimilados al estado.”[Pitrola,
Néstor, Op. Cit.]
“La diferencia nos marca [de la FTV y la CCC] porque nosotros creemos en la necesaria unidad de los
trabajadores ocupados y desocupados, por lo tanto las asambleas son comunes. Hoy la convocatoria del
bloque piquetero es con ocupados y desocupados.” [Ibarra, Beto, Op. Cit.]
Los contrasentidos afloran si se tiene en cuenta que tanto la FTV como los desocupados de la CCC,
articulan orgánicamente sus propuestas y acciones con organizaciones propias de la clase trabajadora,
como lo son la CCC y la CTA, organización que -como se expuso-, plantea la articulación y unidad entre
trabajadores ocupados y desocupados como punto de partida para la reconstrucción de la identidad de la
clase y de la unidad de todo el pueblo como vehículos de la construcción del poder de los trabajadores y
el pueblo.
22. Resulta paradójico este discurso cuando se contrasta con la realidad del tránsito supuestamente “libre”
de los argentinos que deben pagar peaje cada determinados kilómetros para poder transitar por las
autopistas “nacionales”.

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Natera-Gatti-, que la defensa rescató el derecho a cortar la ruta como un derecho
ciudadano que puede ser ejercido cuando está en peligro la vida y dicho acto sea para
defenderla.
Los cortes piqueteros son indiscutiblemente un grito de cuerpo entero en defensa de la
vida, de la humanidad, del futuro, el último recurso de la vida puesta en jaque por
condiciones de muerte. Y cuando la lógica es vida-muerte, las reflexiones ceden el paso
a la impronta de la sobrevivencia que impone el acto; de ahí que -legalizados o no-, los
cortes no se detuvieron; tampoco las polémicas acerca de sus características.
El debate cobró fuerzas, sobre todo entre los piqueteros de la zona del conurbano
bonaerense, entre cuyos representantes se cuentan defensores de los cortes sin paso
alternativo, y defensores de cortes con pasos alternativos como, por ejemplo, los
piqueteros de la FTV y la CCC. Este debate estuvo presente en los congresos piqueteros
del año 2001. En el primero, prevaleció el criterio de que los cortes sin paso alternativo
podrían hacerle el juego a quienes buscaban un enfrentamiento de pobres contra pobres,
teniendo en cuenta que en número considerable de los que transitan por las rutas y calles
del país son también trabajadores; en virtud de ello, en aquella oportunidad se resolvió a
favor de los cortes con paso alternativo. “El movimiento piquetero puede hacer eso
porque en estos días se ha constituido en la referencia de la movilización de una protesta
masiva. (...) Hoy su reclamo ha comenzado a articularse de manera notoria con los de
otros sectores, y el piquete da con ello un salto cualitativo: su posibilidad de llamar la
atención sobre la situación inequitativa que denuncia no se mide ahora por su capacidad
de alteración del orden espacial, sino por su masividad y diversidad.”23
Reflexiones como estas sobre el sentido último de los cortes y de las resoluciones que
los avalaban no fueron, sin embargo, un producto de sopesadas convicciones colectivas
debidamente maduradas y –más allá de que algunos nunca la compartieron ni acataron
como medida-, al poco tiempo, el punto de la alternativa de paso en los cortes de ruta
volvió a ser centro de disputas y un factor de discordia entre las organizaciones
piqueteras. “Nosotros no tenemos problemas en dejar pasos alternativos -insiste Juan
Cruz al abordar el tema-, el problema es que cuando hemos dejado pasos alternativos no
hemos obtenido respuestas por parte del gobierno. La pelea es consistente cuando no
dejás pasos alternativos porque entonces el gobierno: o te da una respuesta o te
desaloja.”24
Luego de muchas polémicas y discusiones, en el segundo congreso se logró un nivel
intermedio para encarar el dilema: diferenciar las medidas que se realizan en zonas
urbanas de las que se toman en zonas rurales, donde el corte generalmente tendría que
ser –según dicen sus protagonistas- sin alternativa de paso o no sería efectivo, pues no
impactaría a la opinión pública.
Pero el equilibrio alcanzado en ese momento –al conjugarse con otros elementos de
índole política, de concepciones estratégicas- se rompió nuevamente antagonizándose
las diferentes opciones. Cada organización terminó asumiendo la alternativa que
considera más apropiada. Como señala “Beto” Ibarra, del MTL, “ ...luego del segundo

23. Socolovsky, Y, Op. Cit.


24. Entrevista, Op. Cit.

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congreso se colocaron diferencias en la metodología. Nosotros con otros compañeros
que hoy componen el Bloque –como el MTR, la CUBa, FTC y el PO-, definíamos que
los cortes de ruta tenían que ser sin paso alternativo porque sin alternativa y sin
proyecto de vida alternativa están dejando a todos nuestros compañeros desocupados...
entonces, si ellos no tienen paso alternativo, nuestras medidas de lucha tienen que ser
cortes duros, sin paso alternativo, porque queremos una respuesta inmediata a la
sobrevivencia cotidiana de nuestra gente. Eso marcó una diferencia con los
posicionamientos políticos de los otros sectores que componían la asamblea, como la
FTV y la CCC.”25
Presentación pública, ¿a rostro descubierto o cubierto?: Otro factor de divergencias,
se concentra en si es adecuado cubrirse el rostro –habitualmente con pañuelos hasta la
nariz- en los cortes, marchas, caminatas, etc., o si la lucha debe ser “a cara descubierta”.
Con origen visible en las luchas de Cutral Co y Plaza Huincul, cuando los piqueteros y
fogoneros se cubrían el rostro para protegerse de los efectos del humo que desprendían
las gomas quemándose, el uso del pañuelo para cubrirse el rostro se empleó luego por
organizaciones piqueteras de otras regiones con la intención de preservar la seguridad
de sus miembros. Al pertenecer a organizaciones asentadas en barriadas y asentamientos
urbanos y periféricos, o en poblados pequeños, los piqueteros señalan que son
fácilmente identificables y luego, sobre esa base, pueden ser –como ha ocurrido- blanco
fácil del accionar de fuerzas represivas.
Razones de seguridad versus argumentos políticos, o dos visiones políticas acerca de la
seguridad. Sin desconocer que los argumentos expuestos anteriormente son válidos en
esencia, otras organizaciones piqueteras y de trabajadores, como la CCC, la FTV y la
CTA, por ejemplo, sostienen que la lucha es “a cara descubierta”, porque entienden que
la mejor defensa y garantía para la seguridad de los manifestantes y luchadores sociales
está en el pueblo, en convocar a todo el pueblo a sumarse a la lucha para ser millones y
cambiar la sociedad. La mejor seguridad, sostienen, está en conocer al de al lado, saber
quién es, dónde vive; esa es la garantía mayor frente a la infiltración. Para enfrentar el
accionar represivo en las barriadas, estas organizaciones sostienen que la alternativa es
el barrio mismo, sus habitantes; la defensa de los luchadores sociales debe ser un asunto
de todos, no es posible, acotan, resolver esto ocultándose de la gente, es al revés, es con
el pueblo donde radican las únicas posibilidades de salida.
“Somos conscientes que el uso de la capucha tiene contradicciones, pero bueno,
asumimos los costos.” Con estas palabras, Juan Cruz se introduce en el debate. “No
siempre usamos capucha, nosotros somos gente muy pública y conocida. Hay una
cuestión de seguridad que hay que tener en cuenta, porque el Estado que tenemos
enfrente es muy agresivo y juega muy sucio; a nosotros que somos referentes nos
pueden matar y pagan un costo político por eso, pero a los pibes del barrio que no son
tan conocidos, si van a cara descubierta, después, en el barrio, pasa un patrullero y, ¿qué
hacen? No tienen defensa ante la sociedad. Nosotros decidimos entre la opinión pública
y la seguridad de los compañeros, por esta última. Sabíamos que le gobierno lo usaría a
eso, pero preferimos cuidar a los compañeros.

25. Ibarra, Op. Cit.

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“La infiltración no se resuelve quitándose la capucha porque de última te pueden
mandar un tipo sin capucha... Somos conscientes de que emplear la capucha tiene un
costo en la sociedad porque vemos que se discute ampliamente; somos un movimiento
amplio, pacífico y de masas, pero eso no implica que no vayamos preservar la seguridad
interna.”26
Los cortes y las marchas las hacen los piqueteros para reclamar ante el gobierno, y
también para denunciar –y reclamar- ante la sociedad por su situación de exclusión del
derecho a la vida, para romper el aislamiento que se les quiere imponer como vía de
aniquilamiento silencioso de millones de seres humanos, para ser escuchados y, sobre
esa base, despertar la solidaridad de otras clases y sectores sociales. Existen también
razones más directamente vinculadas a concepciones políticas acerca de la construcción
del poder social necesario para la transformación de la sociedad, que supone la
articulación con amplios sectores sociales afines a los intereses populares. Ambos
aspectos, el político y el de seguridad -profundamente político-, solo pueden andar
articulados, en caso contrario, uno y otro pueden transformarse en trampas insolubles.
Pero obviamente no es esta una articulación lineal ni sencilla, va mucho más allá del
hecho –justificado o no-, de llevar o no el rostro cubierto. Porque no se puede olvidar
que, como señala Juan Cruz, “A Teresa Rodríguez, a Víctor Choque, los mataron y no
llevaban la cara tapada... Por eso digo –iniste-, la capucha no es el asunto.”27
¿Lucha por reformas o por cambiar el sistema? En este terreno el enfrentamiento y
debate se produce entre concepciones que colocan una barrera infranqueable entre lo
reivindicativo y lo político, y aquellas que ven una continuidad –de interpenetración-
entre diversas formas y espacios de lucha y por lo tanto hacen del tendido de puentes
entre lo reivindicativo y lo político un medio y un camino de construcción de conciencia
y organización políticas. Esta mirada acerca del sentido y las proyecciones del quehacer
piquetero, se traduce también, como en otras aristas del debate, en factor que comienza
en la diferenciación y concluye en división.
“No creemos que la simple lucha reivindicativa por sí misma abra una salida a la crisis,
porque cada vez luchamos desde una condición social más degradada, y lo que está
proponiendo el capital, la banca, el FMI, es un paso a la barbarie. Para nosotros la
organización política de los trabajadores es inevitable, no queremos que nuestra lucha se
agote en el plano reivindicativo.”28
¿Asistencialismo, clientelismo o construcción de sujetos para la transformación radical
de la sociedad? Esta interrogante resume, de última, la antítesis puesta por los
representantes piqueteros acerca del sentido y proyecciones de la lucha por la
sobrevivencia: obtención y asignación de Planes Trabajar, de subsidios alimenticios,
etcétera.

26. Cruz D., Juan, Coordinadora de Trabajadores Desocupados “Aníbal Verón”, referente del
Movimiento de Trabajadores Desocupados de “Florencio Varela”; entrevista realizada por mi , Buenos
Aires, julio de 2002.
27. Idem.
28. Pitrola, Néstor, máximo referente de la organización piquetera Polo Obrero, entrevista realizada por
Mónica Ghirelli para esta investigación.

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“Nosotros –afirma Ceballos-, creemos que la construcción debe hacerse con plena
participación de los vecinos del barrio y no de modo clientelar sobre los planes
trabajar... Si solamente se utilizan los planes para que los compañeros de los barrios
concurran a determinada movilización o sigan a determinados dirigentes, no se
construye protagonismo; en ese caso la política de obtención de planes sirve para
reproducir la política que hacen los partidos tradicionales. Reclamamos planes y
alimentos pero para que la gente haga una experiencia organizativa y se plantee con
protagonismo propio la decisión de ir por cambios más profundos, precisamente para
erradicar las causas de eso.”29
“Las diferencias son políticas totalmente -subraya Ibarra, delMTL, refiriéndose a la
FTV y CCC-, sobre todo después de la segunda etapa. Sus dirigentes tienen la vista
puesta en quedarse dentro de los marcos del sistema, en abonar dentro del
asistencialismo, cosa que nosotros desechamos. Nosotros pretendemos construir
herramientas de lucha que nos planteen la lucha contra el capitalismo.”30
“Las diferencias son muchas –acota Juan Cruz, de la “Aníbal Verón”-. Primero, que son
electoralistas; ellos [FTV y CCC] están por un proceso electoral y nosotros no. Además,
a la CCC y FTV, los tenemos vistos como referentes institucionales de la protesta; no
digo que sean conscientes de ello, pero eso se ve en la prensa que tienen.”31
Otras organizaciones tienen argumentos similares respecto a lo que según ellas son
diferencias de fondo con algunas organizaciones piqueteras, como por ejemplo, la CCC
y la FTV. Analizando los planteamientos de estas organizaciones, ocurre que para ellas
son precisamente esos factores –a la inversa-, los que marcan las diferencias respecto de
las organizaciones a las que consideran sostenedoras de prácticas asistencialistas, o -en
su defecto-, demasiado radicalizadas en relación con sus bases.
Obviamente, todo esto que aparece como diferencias de matices, de miradas y de
metodologías respecto a determinadas acciones y definiciones piqueteras, manifiesta la
existencia de un debate intestino acerca de la relación vanguardia masa -para emplear
una terminología clásica al respecto-, o más exactamente, exterioriza un debate
subterráneo entre las organizaciones políticas de izquierda que mantienen –
defensivamente- una postura tradicional respecto a su propia razón de ser y
desarrollarse, y aquellas organizaciones sociales que se levantan para hacer frente a la
exclusión y la injusticia, erigiendo simultáneamente con esa su actitud inquebrantable,
sus determinaciones de autonomía, de construcción desde abajo, de transitar
colectivamente hasta llegar a ser todos para tener el poder suficiente como para
plantearse el cambio de la sociedad desde sus raíces.
Las diferencias no pueden entenderse, por tanto, solo como una cuestión de
interpretación; no es con palabras que se definen situaciones y posiciones. La vida
misma irá poniendo en su lugar las diversas prácticas que –participación de la población
mediante-, interactuando con otros actores sociales y políticos irán abriéndose camino

29. Ceballos, Jorge, coordinador de Barrios de Pie, organización barrial. Entrevista realizada por mí;
Buenos Aires, julio de 2002.
30. Ibarra, Op. Cit.
31. Cruz, Juan, Op. Cit.

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en medio de cualquier maleza. Cierto es que, como afirma Víctor Mendibil, “...todavía
hay muchas organizaciones, exclusivamente centradas en garantizarle a esos cientos de
miles de desocupados un ingreso para que puedan comer, pero no hay detrás de eso un
planteo político que se proponga la construcción de la conciencia, más allá del discurso
duro, supuestamente antisistema; en definitiva, no están construyendo conciencia con
cada uno de los compañeros a los cuales dicen representar. Por eso, para mí, esa práctica
termina siendo un clientelismo de izquierda, que plantea que: proporcional a la cantidad
de planes trabajar que tengo, será la cantidad de gente que puedo movilizar para algún
acto público o una acción concreta.
“Quizás todo sirva en un proceso largo de toma de conciencia, pero –tal como está
planteado-, puede llevar a una gran frustración. Porque puede llevar a un enfrentamiento
de pobres contra pobres, y no a un enfrentamiento en unidad contra los grupos
económicos, a los que –de última- termina sirviéndole esta división.”32
Los estallidos de diciembre, la sucesión gubernamental, y su impacto en las
organizaciones piqueteras
Las noches del 19 y el 20 de diciembre último, “...pululando entre escalinatas,
elevadores, veredas, avenidas, calles, pasajes y plazas, el pueblo salió a exigir que le
devuelvan el país, a la par que recuperaba –agigantada- su dignidad y el orgullo de ser
argentino. Atrapada entre tapas y cacerolas -evidenciando un fuerte protagonismo de las
mujeres-, quedó fulminada la soberbia de los poderosos que daba por sentado que el
pueblo argentino entregaría todo, arrinconado por el miedo a la represión, al desempleo
y a la inestabilidad cambiaria. Pero se equivocaron. Las movilizaciones populares en las
ciudades del interior, en el propio Buenos Aires, Gran Buenos Aires y en Provincia,
rompieron todo pronóstico. La población porteña, en particular, superó sus propias
marcas, saliendo a las calles y llenando la Plaza de Mayo, exigiendo, primero, la
renuncia de Cavallo y luego, la del entonces Presidente de la Nación. Pero no se detuvo
ahí; en acelerado proceso de politización desde abajo, siguió manifestándose en abierta
y creciente condena a todo el sistema político marcado por la corrupción y la
compraventa de favores y privilegios. En pocas horas, el pueblo argentino metabolizó
años de resistencia militante y la tradujo en bronca colectiva imparable.
Rompiendo todo pronóstico político, la furia popular contenida -organizada y
autoconvocada-, confluyó en las calles mezclándose con la fuerza de la espontaneidad
colectiva; el contagio fue inmediato y creciente. Irrumpiendo en el escenario político
nacional el pueblo experimentaba su poder y volvía a sentirse libre y capaz de definir el
rumbo del país; con firmeza, aunque con la fragilidad de su escasa y fragmentada
organización y la casi nula orientación político-programática de su accionar, volvía a ser
protagonista.
Fueron horas de expansión del espíritu libertario y solidario, del orgullo del renacer
desde las ruinas, recordando que se es un ser humano digno con el poder de actuar para
conseguir lo que se propone. Y esto resulta trascendente para el presente y el futuro
inmediato del campo popular.

32. Mendibil, Víctor, Idem.

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Constituyendo un virtual puente de enlace entre el pasado, el presente y el futuro, los
estallidos sociales del 19 y el 20 de diciembre último, anudan dos elementos
fundamentales que considero importante destacar. Por un lado, señalan la continuidad
de la historia de lucha y resistencia del pueblo argentino del 55 hasta ahora -para solo
rescatar los últimos 50 años-, delineando una suerte de resultante de un largo proceso de
acumulación histórica de fuerzas, de conciencia, de organización y de propuestas, que
se desarrolló a través de la movilización de millones de personas por el reclamo de sus
derechos, en defensa de la vida, de sus fuentes de trabajo, en contra de la desocupación,
en procura de alimentos, en contra de la represión. Lo espontáneo irrumpe como el
eslabón articulador-condensador de un largo período de acumulación de las resistencias
y las luchas sociales y, a la vez, vuelve a colocar al pueblo como actor colectivo. Como
continuando las jornadas de junio-julio del 75, los trabajadores y amplios sectores del
pueblo se apoderaron masivamente de las calles, avenidas y plazas en todo el país, y
dijeron basta al continuismo del modelo socioeconómico expresado en el gobierno
nacional. Sin propuestas programáticas elaboradas por parte del pueblo, sin salidas
viables desde los sectores vinculados al poder, la situación de “vacío de poder” volvió a
flotar en la atmósfera del país. Caprichosa la historia nacional, enseña -como toda
historia-, que los pueblos siempre la retoman –aunque en un plano cualitativamente
diferente- en el lugar donde la dejaron (de protagonizar).
Por otro lado –y simultáneamente con lo anterior-, dichos sucesos marcan una ruptura
de fondo con el tiempo inmediato precedente: con un estilo de construcción y
acumulación de poder, conciencia y organización desde lo social popular, con un modo
de entender y hacer política, y con el estilo de vida de los sectores medios del pueblo
argentino emparentado con el “por algo será”, con el “no te metas”, con el
quemeimportismo y la cooptación como alternativas individuales del “sálvese quien
pueda” impuesto por la práctica y el pensamiento único del modelo neoliberal.
En gestas que aún resultan difíciles de aquilatar en su justa dimensión, los diversos
sectores que componen el pueblo argentino, de conjunto, rompieron todos los
pronósticos, incluso los propios. Así ocurrió con los que llevaban ya años de luchas en
las calles, y con los que pusieron fin a la confusión que sustentaba sus actitudes
permisivas o su indiferencia y -simultáneamente con la caída de la venda de sus ojos-,
salieron de sus casas enarbolando la enseña nacional. Munidos de cacerolas, sartenes,
espumaderas y cucharas, dijeron basta al Estado de Sitio y al continuismo del modelo
encarnado en los gobernantes de turno. Se ponía fin a más de 25 años de acorralamiento
en lo individual impuesto por las diversas tramas y subtramas del terror
instrumentalizado desde el Estado.
Politizado a la velocidad de una centrífuga, el pueblo en las calles exigió (y exige) el fin
de una práctica política corrupta y vendepatria a la que, sin pudor, algunos llamaban (y
llaman) democracia. Sus demandas democráticas significan una quiebra radical con las
actuales democracias de mercado dependiente que, en nuestras latitudes, son el vehículo
de los poderosos para consumar el aniquilamiento de las soberanías nacionales y la
entrega del patrimonio nacional de cada país a la voracidad del capital transnacional,
con la complicidad de sus interlocutores locales cuyos bolsillos engordan con las
“comisiones” obtenidas a cambio de tales “favores”. A través de asambleas en los
barrios, desarrollando la participación directa de los integrantes de las organizaciones

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49
piqueteras, sindicales de nuevo tipo, sectoriales, y sociales de variado carácter, el pueblo
movilizado impone y reclama otra democracia y forma de representación política, con
participación directa, desde abajo, horizontal y sin exclusiones.”33
Sin embargo, las lecturas sobre lo acontecido y sus perspectivas en la coyuntura actual
realizadas por las diversas organizaciones políticas y sociales distan mucho de ser
homogéneas, es más podría decirse que –en el caso de los piqueteros-, con ellas se
incorporó un nuevo elemento de a-sintonía en el debate en curso, de por sí ya bastante
intrincado.
Para algunas organizaciones, como el Polo Obrero, el MTL, Barrios de Pie, y otras, este
es un divisor de aguas entre combativos y conciliadores, aunque hoy, con la sobre-
aceleración del proceso de desestructuración del país, estas diferencias no constituyen
un impedimento infranqueable para la unidad, que todos perfilan como un componente
finalmente imprescindible.”
[En: Rauber, Isabel. 2002. “Piquetes y piqueteros en la Argentina de la crisis. Cerrar el
paso abriendo caminos.”]

2.2.2 Las asambleas barriales


Fragmento de texto de Isabel Rauber:
“Constituyendo un virtual puente de enlace entre el pasado, el presente y el futuro, los
estallidos sociales del 19 y el 20 de diciembre último, anudan dos elementos
fundamentales. Por un lado, señalan la continuidad de la historia de lucha y
resistencia del pueblo argentino del 55 hasta ahora -para solo rescatar los últimos 50
años-, delineando una suerte de resultante de un largo proceso de acumulación histórica
de fuerzas, de conciencia, de organización y de propuestas, que se desarrolló a través de
la movilización de millones de personas por el reclamo de sus derechos, en defensa de
la vida, de sus fuentes de trabajo, en contra de la desocupación, en procura de alimentos,
en contra de la represión. Lo espontáneo irrumpe como el eslabón
articulador-condensador de un largo período de acumulación de las resistencias y las
luchas sociales y, a la vez, vuelve a colocar al pueblo como actor colectivo. Como
continuando las jornadas de junio-julio del 75, los trabajadores y amplios sectores del
pueblo se apoderaron masivamente de las calles, avenidas y plazas en todo el país, y
dijeron basta al continuismo del modelo socioeconómico expresado en el gobierno
nacional. Sin propuestas programáticas elaboradas por parte del pueblo, sin salidas
viables desde los sectores vinculados al poder, la situación de “vacío de poder” volvió a
flotar en la atmósfera del país. Caprichosa la historia nacional, enseña -como toda
historia-, que los pueblos siempre la retoman –aunque en un plano cualitativamente
diferente- en el lugar donde la dejaron (de protagonizar).
Por otro lado –y simultáneamente con lo anterior-, dichos sucesos marcan una ruptura
de fondo con el tiempo inmediato precedente: con un estilo de construcción y
acumulación de poder, de conciencia y organización desde lo social popular, con un
modo de entender y hacer política, y con el estilo de vida de los sectores medios del

33. Tomado del ensayo: “Argentina, hora de unidad popular y de patria”, de Isabel Rauber, publicado en
el libro ¿Qué son las asambleas?, Ediciones Continente-Peña Lillo, Buenos Aires, 2002, pp. 69-85.

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50
pueblo argentino, emparentado con el “por algo será”, con el “no te metas”, con el
quemeimportismo y la cooptación como alternativas individuales del “sálvese quien
pueda” impuesto por la práctica y el pensamiento único del modelo neoliberal.
En gestas que aún resultan difíciles de aquilatar en su justa dimensión, los diversos
sectores que componen el pueblo argentino, de conjunto, rompieron todos los
pronósticos. Munidos de cacerolas, sartenes, espumaderas y cucharas, enarbolando la
enseña nacional, salieron de sus casas y dijeron basta al Estado de Sitio y al
continuismo del modelo encarnado en los gobernantes de turno. Se ponía fin así, a más
de 25 años de acorralamiento en lo individual impuesto por las diversas tramas y
subtramas del terror instrumentalizado desde el Estado.
Politizado a la velocidad de una centrífuga, el pueblo en las calles exigió (y exige) el fin
de una práctica política corrupta y vendepatria a la que, sin pudor, algunos llamaban (y
llaman) democracia. Sus demandas democráticas significan una quiebra radical con las
actuales democracias de mercado dependiente; a través de asambleas en los barrios,
desarrollando la participación directa de los integrantes de las organizaciones
piqueteras, sindicales de nuevo tipo, sectoriales, y sociales de variado carácter, el pueblo
movilizado impone y reclama otra democracia y forma de representación política, con
participación directa, desde abajo, horizontal y sin exclusiones.
Algunas reflexiones sobre los hechos y su impacto en el quehacer actual del campo
popular
¿Espontáneo u organizado?
En primer lugar, considero importante subrayar la estrecha relación que guardan las
grandes movilizaciones de diciembre de 2001 -sin menoscabar el signo de
autoconvocatoria de la participación de amplios sectores del pueblo en ellas-, con la
resistencia, lucha y organización sostenida durante años por distintos sectores del
pueblo argentino, quienes -sin creer en mentiras ni engaños, oponiéndose al chantaje del
enfrentamiento de pobres contra pobres, a la polarización y exclusión creciente de miles
de ciudadanos argentinos y sus familias-, se enfrentaron a este modelo de muerte casi
desde el primer día. Vale recordar, por ejemplo, el papel central de la lucha de las
Madres de Plaza de Mayo en los 70 (y hasta ahora), las luchas de los trabajadores, y las
movilizaciones piqueteras que –sobre todo en los dos últimos años- marcan el ritmo de
las luchas populares colocándose a la avanzada de la resistencia. Piqueteros
desocupados y piqueteros ocupados trazaron un camino: no resignarse, salir a la calle,
exigir justicia y pelear por sus derechos.
Aunados por el mundo del trabajo, el movimiento piquetero se desarrolla en lo
fundamental abrazado a la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) y ésta, a su vez, a
los piqueteros de todo el país. Los cortes de ruta, las caminatas y las marchas de
kilómetros y kilómetros desde diversos puntos del mapa nacional hacia la Capital y
desde ahí hacia el interior, y otra vez hacia Buenos Aires, a Plaza de Mayo, una y otra
vez, constituyen un referente indiscutible, político y pedagógico. Se trata de la
pedagogía del ejemplo, del “sí se puede” que, además del simbolismo que encierra, es
también la demostración de un modo de luchar. Todo esto –aunado a un conjunto de
luchas sectoriales, de defensa de los derechos humanos, de mujeres, de jóvenes-,

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51
enmarca un período de acumulación político-social sin el cual sería difícil comprender
el salto que se produce a partir del 19 y el 20 de diciembre último.
En la acumulación “invisible” hacia una conciencia colectiva en gestación, radica la
explicación (y la posibilidad) del salto que “de repente” sacó a todo un pueblo de sus
casas y los llevó “sin saber cómo” hacia las calles y plazas de sus barrios y ciudades, y
hacia Plaza de Mayo. Sin embargo, sería incorrecto pretender una conexión lineal entre
ambos tiempos, trazar una línea directa (causa-efecto) entre unos fenómenos y otros.
La [auto]convocatoria espontánea de amplios sectores de la población hacia las calles y
plazas en todo el país, marcó indudablemente el ritmo, las formas y el contenido de lo
acontecido en diciembre. Tomando lo espontáneo como lo que es, parte de todo
movimiento, también del movimiento social, debe entenderse que su irrupción en
algunos momentos del desarrollo de las luchas sociales, resulta –además de inevitable-
necesaria para avanzar. Lejos de considerarlo como un “defecto” del proceso de
construcción social y política, el desafío es ser capaces de captar –anticipadamente- el
instante en que lo espontáneo irrumpirá con fuerza acelerando el curso de los
acontecimientos, saltando vallas –tal es el arte de la conducción política-, y estar en
condiciones de convocar y conducir al pueblo hacia la conquista de los objetivos
propuestos. Lograr esto es cuestión de olfato político: tener la capacidad de percibir, de
intuir el momento y preparase para actuar en medio de él. Son dos elementos: capacidad
de anticipación, y –sobre esa base- de convocatoria y conducción. Este es uno de los
factores claves que –como déficit- evidencian los hechos de diciembre.
Otro, tiene que ver con la concepción acerca de la dinámica interna de los procesos
sociales, que aún se evidencia como predominante en la mayoría de las organizaciones
sociales y políticas existentes.. En los sucesos de diciembre la aceleración del proceso y
la masividad de protagonistas es tal, que rebasa las posibilidades organizativas y de
propuestas desarrolladas hasta el momento por el movimiento social y político, y ello
evidencia la presencia de una concepción que entiende el desarrollo de los procesos de
luchas sociales, el proceso de acumulación y construcción, desde una perspectiva
gradual, es decir, como sumatoria lineal y consecutiva de las partes al todo.34 La
acumulación supone la gradualidad, es cierto, pero se asienta y se realiza en los saltos, y
estos ocurren a través de la conjunción-contracción de lo espontáneo y lo consciente en
un instante, como produciendo un crack que anuda la continuidad con la ruptura,
lanzando a los protagonistas como por un hueco negro de la historia.
A ello hay que sumarle la realidad de la sectorialidad y la fragmentación de las luchas y
sus actores, el intento de algunos sectores de tomar distancia de manifestaciones como
la de los piqueteros, y la sobrevivencia de la división entre actores (organizaciones)
políticos y sociales, producto tanto de prejuicios presentes en uno y otro sector, como
del predominio de un espíritu de secta que late agazapado atrás de cada argumento
divisionista. Tales deficiencias están presentes como obstáculos, en mayor o menor
medida, entre los diversos actores del campo popular. La rebelión de los argentinos

34. No existe un todo predeterminado, final, al que haya que “llegar”, ni un tiempo y un camino ya fijados
para ello; lo van dibujando entre los distintos actores populares con su participación, sus ritmos y en sus
tiempos. El todo es siempre las partes, está latiendo en cada una de ellas y existiendo en los modos
concretos de su articulación en cada momento.

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52
tiene la gran virtud de mostrar el poder del pueblo, de recuperar y reverdecer su
autoestima y la confianza en sí mismo, y también de evidenciar crudamente fortalezas y
debilidades que es necesario asumir y superar.
(…)
“Desafíos: (construir la) unidad, (profundizar la) democracia (popular) y (luchar por la)
soberanía.
La expresión “que se vayan todos, que no quede ni uno solo”, tan reiterada por los
manifestantes a partir de diciembre último, tiene entre sus variadas lecturas, una que
llama la atención sobre un punto importante: se van todos, ¿y después qué?, ¿quiénes?,
¿cómo? Estas interrogantes evidencian los desafíos claves del campo popular en el
momento actual: construir la fuerza sociopolítica colectiva capaz de organizar y
conducir las movilizaciones y los acontecimientos hacia metas propuestas por el pueblo,
(sobre la base de) convocar su participación activa y creciente -no como seguidor, sino-
como protagonista principal de las transformaciones. Para avanzar en esa dirección
resulta vital, medular, tener en cuenta los siguientes elementos.

a) Las nuevas formas de hacer política –nacidas, por un lado, desde lo sectorial-social
y, por otro, desde lo territorial-, han mostrado su potencialidad para desplegar la
participación popular y desarrollar el protagonismo del pueblo.
El nuevo tiempo que se venía respirando ya claramente en la Argentina piquetera del
año 2000 y 2001, anunciaba ya la emergencia del pueblo como protagonista colectivo
de su historia.
Junto a las formas organizativas piqueteras, las asambleas barriales de las ciudades
constituyen un embrión de democracia directa que cuestiona directamente las formas
tradicionales de la política, lo político y el poder. En su funcionamiento reclaman
nuevas formas de representación política, basadas en la relación directa entre
representados y representantes, y esto se construye y organiza desde abajo y por abajo,
horizontalmente, tendiendo a la formación de una especie de red social capaz de
organizar, articular, contener y proyectar las iniciativas y la participación de todos.
Constituyen la base del nuevo poder popular (parlamento del pueblo). La organización
territorial de la población resulta –en este sentido- un factor clave para avanzar hacia
nuevas formas de representación que posibiliten (y se basen en) la participación persona
a persona desde el territorio en que viven o trabajan (o en ambos). Es por ello
importante profundizar la democracia directa que nació en las asambleas barriales,
desarrollando ámbitos territoriales que permitan la organización de los ciudadanos
cuadra por cuadra, casa por casa, posibilitando la participación de cada vecino. Sobre
esta base será posible desarrollar un poder popular local, con delegados que representan
directamente a los ciudadanos desde el territorio donde viven, elegidos de modo directo
y revocables también de modo directo en cualquier momento.35

35. Resulta enriquecedor conocer algunas experiencias latinoamericanas en este terreno, en particular la
desarrollada por el Comité para la Defensa de los Derechos Barriales (COPADEBA), organización barrial
de República Dominicana, que nace cuestionando las formas tradicionales de representación y
organización política de la población y se desarrolla desde lo territorial con democracia directa, asambleas

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53
Habrá que tomar en consideración tanto la trayectoria acumulada como lo aprendido y
desarrollado en los catalizadores días de diciembre último, las nuevas formas de hacer
política que vienen germinando desde hace años: las formas organizativas democráticas
desarrolladas en los barrios populares, particularmente en las organizaciones piqueteras,
en lo sindical urbano (CTA), en lo social sectorial, y en el ámbito de lo rural, las formas
de participación que nacieron y crecieron desde abajo, las prácticas asamblearias
barriales, las movilizaciones organizadas, y las autoconvocadas. Son experiencias
jóvenes que aún tienen que crecer, abrirse más en el sentido de su democratización
interior, pero constituyen un punto de partida importante para avanzar. Lejos de oponer
unas formas a otras, de lo que se trata es de buscar cómo conjugarlas, enriqueciendo las
posibilidades de participación y organización de todos los sectores populares que
buscan una transformación radical de la realidad social nacional.

b) En las calles, el pueblo se manifestó abierta y claramente a favor de otro tipo de


democracia.
Fundar una nueva sociedad implica transformarla desde la raíz, y esto no se circunscribe
a la esfera de las relaciones económicas, implica necesariamente también el conjunto de
relaciones entre Estado y sociedad, entre política y ciudadanía. Se trata de una
transformación de la organización sociopolítica de la sociedad que conocemos hasta
ahora desde sus mismas bases.
Un nuevo tipo de sociedad supone un nuevo tipo de Estado y de Poder –en el sentido
gramsciano de los conceptos-, una nueva democracia y, en correspondencia con ello,
una nueva ciudadanía. Y nada de ello se logrará mágicamente ni por decreto, se
construye desde abajo y cotidianamente por los hombres y las mujeres que conforman el
pueblo, mediante su participación plena en el proceso de transformación, el cual deviene
también proceso pedagógico práctico de [auto]transformación de los ciudadanos en
sujetos de los cambios.
Esto reclama organizaciones políticas diferentes a las conocidas hasta ahora, capaces de
promover el protagonismo de las mayorías, de organizarlo, y avanzar con todos en la
dirección propuesta también colectivamente. Es un doble requerimiento: dar cuenta de
las nuevas formas y metodologías democráticas de organización, participación y
representación, incorporando a los mismos actores sociopolíticos y, a la vez, abrir los
canales orgánicos existentes al protagonismo colectivo (e individualizado) de sus bases.
El reclamo apunta, en síntesis, hacia la formación de organizaciones sociopolíticas
plurales, abiertas y articuladas horizontalmente, capaces de construir identidades
colectivas y unitarias sobre la base del respeto y la aceptación positiva de las
diferencias. Y esto emana de la experiencia política acumulada por el pueblo argentino
y también por los pueblos latinoamericanos. No se identifica con el llamado a los
partidos de la izquierda tradicional formulado por algunos intelectuales, para que
aquellos reconozcan la existencia de una “izquierda social” y, sobre esa base, la

barriales, etc. Puede consultarse el libro “Construyendo poder desde abajo”, donde sistematizo esa
experiencia desde sus orígenes. Igualmente enriquecedor puede resultar conocer la experiencia de
organización territorial ciudadana desarrollada por la Revolución Cubana como base para la participación
de todo el pueblo en el ejercicio del Poder Popular.

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54
organicen a su alrededor. Tal proposición justifica un nuevo tipo de sectarismo: las
izquierdas por un lado (en coordinaciones, frentes, bloques, etc.), y por otro, lo
considerado por ellos como “no izquierda”. Por ese camino, se invita a mantener la vieja
división entre lo político y lo social, pretendiendo sumar (subordinar) la “izquierda
social” a la izquierda político-partidaria. Lejos de estas elucubraciones que invitan a
cambiar los nombres para mantener viejos contenidos, la creatividad popular llama a
fundar organizaciones políticas plurales, horizontales y participativas. Se trata de ir
creando -tan rápido como se pueda-, las bases de un nuevo poder, el poder popular
construido desde abajo, con la participación protagónica de todo el pueblo constituido
en sujeto de su historia.
La inexistencia de una conducción político-social, colectiva, unificada -debilidad
histórica de las luchas populares argentinas-, se vio evidenciada en los hechos de
diciembre como uno de los principales déficit del campo popular.
El proceso de resistencia y lucha del pueblo argentino ha venido formando y
desarrollando conducciones de diverso carácter, formato y alcance; se han dado también
importantes pasos de avance hacia la construcción de espacios mayores de articulación
político-social, aunque aún alrededor de cuestiones puntuales, por ejemplo, en relación
con la conmemoración del 24 de marzo del 2001, en los congresos piqueteros, en las
marchas nacionales impulsadas por el Movimiento Nacional de los Chicos del Pueblo y
la CTA, en la Consulta Popular impulsada por el Frente Nacional Contra la Pobreza
(FRENAPO), y en la propia participación electoral, mediante la cual intentaron avanzar
distintos sectores de la izquierda partidaria, cada uno desde sus planteamientos y
posicionamiento en la sociedad.
El problema no es, por tanto, la inexistencia de conducción política en términos
absolutos. Si no hubo una conducción general es porque no hubo posibilidad de
articular una conducción colectiva (la única viable hoy desde mi punto de vista). Lo que
el piquetazo nacional del 20 de diciembre muestra a las claras, es que si las
conducciones son sectoriales y fragmentadas no hay conducción del movimiento social
y político nacional. Desde lo social solo no se puede, ni desde lo político desmembrado
de lo social. Fragmentadas en su capacidad de pensamiento y acción, las distintas
conducciones participaron como uno más, reclamándose después, a sí mismas y a los
demás, por no haber podido llegar a tiempo a la conformación de espacios más
colectivos, integradores-articuladores de la pluralidad de actores, pensamientos,
propuestas y organizaciones o población autoconvocada.
Lejos de mostrar con esto un rostro pesimista de la realidad, una mirada crítica y
autocrítica sobre lo ocurrido abrirá las puertas a un caudal inmenso de posibilidades, y
permitirá rescatar la unidad que -forjada por el pueblo en las calles-, abonó las
condiciones para avanzar hacia la conformación de una conducción político-social
amplia y unitaria, basada en la horizontalidad y participación plural –insisto-, en lo que
hace a puntos de vista, a propuestas, y a los propios actores-sujetos.36

36. Abocarse a ello, está entre las tareas más importantes del momento pues no hay ni habrá salida en los
marcos del sistema imperante, ni se puede esperar nada de él que se identifique con los intereses y
aspiraciones del pueblo.

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55
A tono con esto, resulta cuando menos recomendable, relativizar las lecturas de los
hechos que realizan algunos sectores de izquierda tendientes a liquidar toda
organización social precedente a los hechos de diciembre –salvo las que responden a sus
partidos-, poniendo en un plano de igualdad -tendenciosa y desacertadamente- a todos
los políticos, sindicalistas, líderes sociales, y a determinadas organizaciones sociales y
político-sociales. Es hora de cambiar la actitud y entender que no se puede avanzar
sobre la base de la condena a las propias limitaciones –las de uno mismo y las del
campo popular en su conjunto-, sino asumiendo tanto los aciertos como las debilidades,
buscando caminos y formas para superarlas y seguir adelante. El momento requiere de
mucha madurez, honestidad, humildad y voluntad de seguir adelante. Poco vale que
solo unos tengan la verdad si todos los demás son incapaces de visualizarla como tal o
llegar a ella. Erigirse por encima de todos con la pretensión de que el conjunto se
subordine a un solo criterio político y de conducción es, cuando menos, una buena
forma de perder el tiempo (y las oportunidades de avanzar colectivamente).
Aunque desde otro ángulo, vale señalar que consideraciones irónicas como las que
emite James Petras,37 no resultan ninguna ayuda; si en algo llaman la atención, es por
la irresponsabilidad con que el opinador norteamericano se apresura a descalificar a toda
la izquierda partidaria argentina y a los movimientos sociales más fuertes y
consecuentes. Por esa vía, Petras allana el camino a las posturas liquidacionistas, las
cuales solo pueden resultar convenientes a los sectores del poder: Si todo está podrido y
nadie es ni será capaz de conjugar las voluntades, organizarlas y potenciarlas en una
dirección colectivamente identificada, no hay ni habrá alternativa, ¿para qué
preocuparse por construir? Conclusiones como estas resultan desmovilizadoras, aunque
su estridencia suene a radicalismo.
No se produce un hecho de tanta trascendencia en la historia nacional para que un
intelectual o un grupo determinado alimente su ego, enarbolando su supuesta
superioridad revolucionaria junto a la del espontaneísmo de las masas autoconvocadas
como exclusivos estandartes del presente y el futuro. No es la hora –nunca lo es- de
tomar distancia de los hechos y sus protagonistas tal como son; insistir en hacerlo
conduce –de facto-, a no compartir ninguna responsabilidad respecto a lo sucedido y,
por tanto, a no asumir ningún compromiso con las tareas actuales.
(…)

“d) La liberación nacional es una asignatura pendiente para el pueblo argentino.


Irrumpiendo en el escenario político nacional, el pueblo vuelve a experimentar su poder
y a sentirse protagonista y libre, capaz –si resuelve tareas pendientes- de definir el
rumbo del país. Dando un salto cualitativo gigantesco, se replantea –aunque
fragmentadamente- el proyecto y el camino de liberación nacional y social, atendiendo a
la nuevas realidades; se replantea la política como parte de su territorio ciudadano y
reclama un lugar para su protagonismo sobre bases nuevas: sin verticalismo ni
vanguardias, sin líderes ubicados por encima de los objetivos y las propuestas,

37. Ver artículo “La gran cama”, edición digital.

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56
necesariamente plurales, definidos desde abajo, mediante la participación directa de los
sujetos de la transformación.
Una nueva forma de hacer política, de participación, de organización y conducción
política se abre paso y reclama su presencia en todo momento. Y lo nuevo radica,
esencialmente, en el redimensionamiento de lo social como el eje de toda acción y
organización política, y en el reconocimiento de los diversos actores sociales populares
como actores sociopolíticos, como (protagonistas) integrantes-articuladores del sujeto
de los cambios. Para avanzar, las tareas son ahora, entre muchas, dar cuenta de lo nuevo
e ir construyendo formas e instancias organizativas capaces hoy de llegar a contener y
proyectar a todos de un modo participativo, horizontal, unitario, articulador y plural.
Esa es la base de la conducción social y política que reclama el proceso abierto en el
país, síntesis de la unidad de todo el pueblo, capaz de avanzar estratégicamente
desarrollando –por diversas vías y de variadas formas- la participación protagónica de
todos, desde abajo, en un proceso de transformación radical de la sociedad,
[re]construyéndola sobre la base del desarrollo de una nueva democracia que surja de la
participación directa de los ciudadanos y ciudadanas del pueblo y se respalde en ella,
para recuperar la capacidad de soberanía nacional (asumiendo lo que ella significa en la
hora actual de necesaria interdependencia de lo internacional en determinados aspectos),
y levantar una Nación para todo el pueblo, sin pobreza ni exclusión, con igualdad de
oportunidades y justicia social para todos, donde el derecho al trabajo sea garantizado
como sustrato de la dignidad humana impostergable de todos y cada uno de los
argentinos y las argentinas.
Es hora de quitarnos las anteojeras que aprisionan nuestras miradas; es hora de espíritu
amplio, unitario y solidario, de crear y construir articulando lo existente con lo nuevo y
lo por venir –en organización, participación y propuestas-; es hora de hacer lo que sea
necesario para que nuestro homenaje a los desaparecidos y muertos trascienda la letra
de nuestros escritos y discursos, y sea fuerza viva que revitalice nuestro corazón y
fortalezca nuestro espíritu y nuestra voluntad; es hora de pueblo y liberación; es hora de
atrevernos a profundizar la lucha.
[De: Rauber, Isabel. 2002. “Argentina: hora de unidad y de patria.”]

2.2.3 Las fábricas y empresas recuperadas y las cooperativas sociales.


[Link] EMPRESAS RECUPERADAS E( ARGE(TI(A

Del Movimiento Nacional de Empresas recuperadas:


“La Argentina ha sido el escenario, por más de 28 años, en donde se ha implementado y
aplicado sistemáticamente políticas económicas de corte neoliberal. Esto condujo a
una situación de crisis estructural cuyo atravesamiento se instaló en todas las
dimensiones posibles de la crisis: económica, política, de legitimidad, de
representatividad, de hegemonía, de contra hegemonía, y social.
Las medidas políticas, tales como privatización de empresas estatales de servicios,
apertura de aduanas a productos extranjeros, sin tener en cuenta medidas de protección
nacional, inversiones y prestamos a altas tasas de interés, solapando la especulación
financiera de los mercados buitres, todo ello condujo a una des-industrialización del

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57
país, con el correlato de desempleo en forma masiva (desempleo superior al 25%),
empobrecimiento de más de la mitad de la población –36millones de habitantes- que
acrecentó en forma desmedida la brecha entre ricos y pobres.
La concentración de la riqueza fue la dirección en la que gobierno y mercado se
asociaron para instrumentar todo su accionar.
La corrupción fue también estructural, desde adentro en todas las áreas: económico,
judicial, social y desde afuera, no faltaron desde luego, socios también para conjurar
todo un sistema perverso en el que cada día ingresaban a la pobreza y marginación
miles de mujeres y hombres de la Argentina.
El país fue así llevado a la tercermundialización.
Frente a este escenario de carencias, en tanto necesidades básicas y ante la amenaza de
un futuro en peores condiciones estaban los trabajadores, engrosando las cifras de
desocupados.
Empresas que cerraban por quiebras, muchas de las veces fraudulentas o bien porque
sus dueños las abandonaban. Los trabajadores de algunas de estas empresas optaron por
defender sus puestos de trabajo. Tomaron las fábricas abandonadas y decidieron poner
en marcha la producción de las mismas, “recuperándolas y haciéndolas suyas”
Estas decisiones no fueron fáciles y significaron toda una serie de acciones de
resistencia y lucha de toda índole. Debieron soportar la represión policial, presiones
legales, económicas y sociales.
Movimiento de empresas y fábricas recuperadas: Contexto específico
El fenómeno de recuperación de empresas en Argentina se enmarca dentro de los
nuevos movimientos sociales de resistencia al modelo neoliberal vigente. Piqueteros,
movimiento de desocupados, asambleas barriales, MNER se suman y solidarizan
mutuamente constituyendo el tejido asociativo de resistencia y lucha en una Argentina
que ha sido desvastada sistemáticamente desde hace ya tres décadas: Ocupar, resistir,
producir es la voz reivindicativa del Movimiento Nacional de Empresas Recuperadas,
voz que hoy se alza a más de 190 empresas.
Si bien existen antecedentes históricos locales e internacionales, este modo de lucha es
inédita, ya que se genera desde un accionar impulsado desde prácticas sociales distante
de todo poder económico político. Muy por el contrario la recuperación de empresas y
fábricas se generan desde lo que ha excluido, marginado el poder en sus distintas
dimensiones.
Son los trabajadores que, despojados de sus puestos de trabajo, emprenden la lucha de
recuperación cuando la patronal deja de pagar sueldos, o abandona las fábricas cuando
éstas no ofrecen la rentabilidad ambiciosa que caracterizó la lógica del empresario en la
década de los 90.
La estrategia es tan simple y clara que hasta los propios trabajadores se asombran de su
accionar cuando reflexionan acerca de lo transitado: RECUPERAR LAS FUENTES DE
TRABAJO, algo tan normal, el derecho a trabajar hoy deviene en bandera de lucha
frente a la lógica perversa de un capitalismo a ultranza.

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58
[Link] Las cooperativas
Los instrumentos que se han implementado para concretizar las luchas en los diferentes
frentes: jurídico, económico, político y social ha sido el de constituirse en cooperativas.
La cooperativa es la forma asociativa y legal que han adoptado para enfrentar al estado
y al sistema jurídico, ante la amenaza y decisión de quiebra de las fábricas por parte del
juez/a competente, la posibilidad que se abre en ella es la de ser cedida a los
trabajadores.
Por supuesto que esta decisión pertenece a un juez/a y sólo gracias a la presión tenaz de
los trabajadores, apoyo de asambleas barriales, comunidades, MTD, diputados y alguna
que otra repercusión mediática se ha logrado la recuperación de las diferentes empresas
En todos los casos la forma organizativa es la representación directa y soberana
asamblea ría, en donde la horizontalidad es el motor organizativo.
Que los medios de producción pasen a manos de los trabajadores resignifica una cultura
del trabajo distinta a toda experiencia anterior vivida por los compañeros. La lógica es
otra, la autogestión, con su poder en la toma de decisiones, se contrapone a
responsabilidades que antes sólo le competían a los dueños de las unidades productivas,
la igualdad en los ingresos, de todos los trabajadores, deja atrás los salarios según
escala jerárquica, la solidaridad da la espalda a la competencia.
En el espacio físico de la fábrica opera también otra transformación en el plano
simbólico. La fábrica es recuperada para abrirse al afuera. La comunidad la hace propia
desde distintos lugares: el conflicto deja de ser exclusivo de los trabajadores y se
convierte en una realidad a reivindicar por el barrio, pueblo o comunidad. La fábrica
abre sus puertas para convivir en ella, expresiones artísticas, centros culturales, centros
de formación, de educación formal (bachillerato para jóvenes y adultos), atención
sanitaria.
La fábrica pasa así a convertirse de un espacio privado a un espacio público.
Cada compañero/a que hoy ha recuperado su puesto de trabajo con esta modalidad ha
vivenciado en su subjetividad procesos de recuperación en todos los sentidos posibles:
recuperación de la autoestima frente al peligro de engrosar las filas de desocupados,
recuperación del sentimiento de compañerismo y solidaridad frente al auge del
individualismo exacerbado de la década menemista, y sobre todo un sentimiento de
triunfo que se concientiza ante cada pequeño paso logrado.
Es importante registrar, que si bien existen lideres naturales que provienen de una
historia de lucha sindical, la mayoría de los compañeros de las empresas recuperadas no
poseen experiencias anteriores de luchas reivindicativas.
Enfrentarse por tanto a situaciones de ocupación y resistencia de fábricas los ha llevado
a aprendizajes nunca imaginados en su historia subjetiva.
El MNER se define como un movimiento autonómico de todo poder y que se ha
construido desde el accionar de las bases. Desde sus prácticas han ido construyendo
valores contrapuestos a los hoy hegemónicos. Accionan desde la cotidianeidad y en esa
cotidianeidad construyen el futuro, dando prioridad a la sociedad civil sobre el Estado.

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59
La lista de empresas recuperadas comprende un espectro de singularidades y cada una
de ellas es el resultado de una complejidad para la resolución de las distintas
dimensiones del conflicto.
Desde la reciente recuperación de una fábrica de 400 trabajadores hasta una escuela o
una clínica conforman la diversidad y al mismo tiempo la unidad que se inscribe dentro
del concepto de “acontecimiento” según la mirada de Arendt.
Y desde esta mirada el movimiento nacional de empresas recuperadas es un
acontecimiento, una nueva forma de resistencia social a lo hegemónico.
Asociación acional de Trabajadores Autogestionados
“La Asociación Nacional de Trabajadores Autogestionados es el sindicato donde los
trabajadores que han decidido construir su identidad como tal sin la figura del patrón, se
organizan para la pelea por sus derechos. De todos modos creemos que existe una clase
patronal (compuesta por los grupos económicos) que ejerce su poder, y frente a la cual
tenemos que imponer los intereses de la clase trabajadora.
Se puede afiliar todo trabajador que realice tareas en una organización económica
autogestionada sin importar la actividad o la forma jurídica de esa organización.
Organización autogestionada significa que no hay patrones y las tareas y los fines se
deciden a partir de los intereses de todos los trabajadores que la componen.
Entonces, pueden participar trabajadores de empresas y fábricas recuperadas, de
cooperativas de trabajo, de emprendimientos barriales o comunitarios, de asociaciones
civiles, de organizaciones de productores agrarios, de trabajo familiar o directo.

¿Por que peleamos?

Por el reconocimiento estatal del trabajador autogestionado


Por un marco tributario donde no seamos monotributistas sino tengamos un
regimen de acuerdo a nuestras necesidades
Por financiamiento serio para nuestras organizaciones económicas
Por una obra social propia así como un sistema provisional”
[En: [Link]

Para otras experiencias comunitarias y autogestionarias en Capital Federal, puede leer


también:
Rauber, Enríquez, Mendizábal. 2008. “Cultura política en la experiencia del Comedor
los Pibes, La Boca y el Proyecto Monteagudo, MTL (Parque Patricios).” INAP, Buenos
Aires.

2.2.4 Los pueblos originarios (Movimientos indígenas)


De IGWIA:
“Existen en Argentina varios niveles de organización indígena. Quienes viven en
comunidades rurales reconocen como autoridades a un jefe o cabeza del grupo, llamado
genéricamente cacique en español pero niyat, lonko, mburuvicha, etc. en los respectivos
idiomas indígenas. A veces estos jefes son asistidos por un consejo o comisión que se

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60
encarga de analizar y emitir una opinión calificada sobre asuntos de importancia para el
grupo. Existen también autoridades con responsabilidad o competencia específica,
tomadas las más de las veces de los sistemas de organización de la sociedad no
indígena: asociación vecinal, comisión de fomento, comisión de iglesia, de escuela, de
salud, etc.
El mecanismo de toma de decisiones es privativo de cada grupo; muchas decisiones son
asumidas por consenso en asambleas comunitarias. Circunstancialmente otras son
adoptadas por delegados elegidos por el grupo para desempeñar alguna actividad o
gestión en nombre del conjunto. Más allá de estas autoridades las comunidades suelen
crear instancias de segundo nivel para la administración y gestión de cuestiones de
importancia estratégica. Estas pueden ser asambleas integradas por los representantes
legítimos del primer nivel (caciques, lonkos, niyat, mburuvicha). Por ejemplo la
Asociación de Comunidades Aborígenes Lhaka Honhat, nuclea a 43 comunidades del
chaco salteño, la Confederación Mapuche Neuquina está integrada por los lonkos de las
comunidades en esa provincia, la Comunidad India Quilmes de Amaicha del Valle
integrada por varias comunidades de base, la Comunidad Kolla Tinkunaku integrada
por cuatro comunidades, la Asamblea del Pueblo Guaraní que comprende a todas las
comunidades de ese pueblo en la provincia de Jujuy, la Federación Pilagá que agrupa a
las comunidades de ese pueblo en la provincia de Formosa, o la Interwichí que nuclea a
las comunidades del pueblo Wichí en la misma provincia.
También las comunidades urbanas o peri urbanas surgidas por efecto de la migración
interna nombran sus autoridades y constituyen asociaciones que las reúnen como por
ejemplo el Consejo del Pueblo Toba en Buenos Aires. Al igual que otros grupos de la
sociedad también crean organizaciones con fines específicos: de prensa y difusión de
la cultura indígena, de defensa de sus derechos, de ayuda mutua, etc. Entre ellas el
Consejo de Acontecimientos Aborígenes, la Comisión de Juristas Indígenas de la
República Argentina, la Comunidad de Estudiantes de las Primeras Naciones de
América (CEPNA), la Asociación Indígena de la República Argentina (AIRA) o la
Asociación de Comunidades Indígenas (ACOIN), El Equipo de Comunicación
Mapuche de Río Negro constituido por jóvenes del pueblo Mapuche. A diferencia de las
primeras estas últimas sólo representan los intereses de sus asociados y no pueden ser
tomadas como voceras o delegadas de los otros niveles organizativos que tienen sus
propios mecanismos de gobierno.
En algunos países hay organizaciones federadas que representan al conjunto de los
indígenas residentes en ellos, pero tal cosa no existe en Argentina. Este aspecto es de
suma importancia y debe ser tenido muy en cuenta a la hora de decidir a quién consultar
o quien/es son los interlocutores legítimos ante cualquier instancia pública o privada de
toma de decisiones. La ausencia de una organización única de todos los indígenas en
Argentina no ha sido obstáculo para la reunión colectiva a fin de promover sus intereses
culturales, políticos y económicos. La década del 90 ha sido testigo de varias de estas
reuniones uno de cuyos resultados han sido las reformas constitucionales pero otra no
menor es la toma de conciencia de que todos juntos conforman un sector diferenciado
del resto de la sociedad unidos por la experiencia histórica del sometimiento pero
también por aspiraciones y proyectos compartidos: la titulación de los territorios, el
reconocimiento de sus autoridades legítimas, el mantenimiento de su identidad cultural.

Bibliografía, metodología, contenidos, cronograma y evaluación de Politicas [Link]


61
En relación con la aplicación práctica del derecho indígena las organizaciones sostienen
que muchos errores, omisiones e incumplimientos del Estado podrían subsanarse con la
participación directa de los afectados.
Por último, hay que aclarar que algunas organizaciones se plantean la constitución de
una supra-organización nacional, pero hasta el momento no lo han logrado. La
Asociación Indígena de la República Argentina (AIRA) fue fundada en 1975; la
Organización de Naciones y Pueblos Indígenas en Argentina (ONPIA) fue fundada en
2004. También existe una organización de abogados indígenas la Comisión de Juristas
Indígenas en Argentina (CJIRA).)
[IWGIA. El movimiento indígena y sus organizaciones. En:
[Link]
Se recomienda leer, entre otros, el texto de:
 Carrasco, Morita. 2002. “El movimiento indígena anterior a la reforma constitucional
y su organización en el Programa de Participación de Pueblos Indígenas” UBA,
Buenos Aires.
[En: [Link]
 Rosso, Laura. 2005. “Resistencias. Vivir para luchar.” Entrevista a Viviana Figueroa,
líder de la Juventud Indígena Argentina. Página 12, 1 de julio. Buenos Aires.

2.3 El conflicto social. Conceptualización. exos con los movimientos sociales.

Fragmento del avance de investigación: [Rauber, Isabel y Silva, Juan. 2009. “Mapa
conceptual de los movimientos sociales.” Avance de investigación . UNLa]
II. Conflicto social y protesta social
Los autores abordados [Ver texto completo] tratan de modo diverso a los conceptos en
relación con el conflicto y la protesta social, aunque no todos sus textos constituyan
estudios de la protesta y el conflicto social. Teniendo esto como base, es posible
encontrar algunos puntos de encuentro/diferenciación entre ellos. De la bibliografía
revisada en esta etapa y selección, es posible realizar dos grandes grupos, por un lado
estarían autores como Germán Pérez y Federico Shuster y autores que para dar cuenta
de la acción las integran al análisis de las estructuras, las cuales, en tal concepción,
serían las que le dan sentido. Y otro grupo de autores con una visión más heterodoxa,
como el caso de Maristella Svampa o del periodista Raúl Zibechi38.
En el caso del primer grupo, vemos lo que explicita Germán Pérez:
(…) no considero que ninguna protesta social, que es la unidad de análisis con la
que trabajamos, pueda definirse y trabajarse a partir de determinaciones causales,
ni políticas, ni económicas, ni de ningún tipo. Justamente la misma protesta es una
forma de acción que se construye en y a través de esa práctica. Y que por lo tanto
debe ser entendida en tanto proceso. Y en esto no soy nada original, si tomamos

38 Raúl Zibechi no es un estudioso sistemático de los movimientos sociales, pero a la zaga de sus notas
periodísticas y sus interpretaciones políticas le ha correspondido un grupo de textos que han influido o
influyen en la formación de algunos movimientos sociales. Es en virtud de ello que la base conceptual de
sus consideraciones resulta de algún interés para este estudios.

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62
dos conceptos, como el de habitus de Bourdieau o el de estrategia de Foucault,
vemos que operan en la misma dinámica, indagan en la misma relación.”39

Claro está que para este y estos autores la acción social se encuentra ligada a un
entramado de relaciones sociales, de esta manera se observará la repercusión de dichas
acciones sociales en tanto su incidencia en la sociedad general:
“Nuestro enfoque supone que el análisis de la protesta social puede, y para ciertos
fines debe, centrarse en la forma en que determina en la política nacional. De allí
el interés en concentrarnos en el estudio del registro público de la actividad de
organizaciones y movimientos de protesta, como parte de los fenómenos y
elementos vinculados a los procesos de movilización social. La pertinencia de esta
mirada se vincula también con la importancia que recientemente han adquirido los
fenómenos visibles de movilización.”40

En un texto reciente edición en el que participó Germán Pérez, resulta interesante la


relación que los autores efectúan entre la protesta social y los medios de comunicación
como arena pública de dichas protestas, en este sentido:
“Las profundas mutaciones que ha operado el desarrollo de los medios de
comunicación sobre el espacio contemporáneo generaron novedosas formas de
escenificación del conflicto social y, consecuentemente, transformaron las
estrategias y las prácticas políticas. La configuración del espacio público
institucionalizado y deliberativo que sustentó el imaginario liberal representativo de
la democracia moderna, viene cediendo importancia frente a una nueva
estructuración de la esfera pública dominada por una forma de interacción
mediada que separa a la relación social de la ubicación física, al mismo tiempo
que multiplica la producción y difusión de complejas formas simbólicas. Como
efecto de este fenómeno asistimos a importantes transformaciones en las formas
de integración social de las sociedades contemporáneas; se produce una
creciente deslegitimación de los lazos sociales vinculados a la representación
política y la representación funcional que constituyen los mecanismos típicos de la
integración social. El control de los recursos simbólicos – a través de los cuales se
aseguran la representación y liderazgos políticos – se desplaza de las clásicas
estructuras institucionales del sistema político - partidos, sindicatos - al espacio de
los medios masivos, los que están sujetos a otras reglas de producción,
circulación y reconocimiento de los mensajes.”41

De esta manera, estos autores construyen desde el análisis de la acción los conceptos
generales. En el próximo párrafo enunciaremos una de las tesis básicas de sus textos,
que la protesta social de los años 90’ evidenció una creciente crisis de legimitidad:
“En primer lugar, nuestra intención era pensar la noción de “singularización” de la
protesta. En este sentido, cuando comparamos la formulación de demandas al
inicio y al final del período, constatamos una doble transformación. La primera que
denominamos heterogeneización de las demandas, esto es una diversidad mayor
de su contenido que se manifiesta en el menor peso relativo de las principales
demandas. Así, mientras que entre 1989 y 1991 las dos principales demandas
(salarial y laboral) concentran casi el 60% de las demandas formuladas, entre

39 Izaguirre, Inés y otros. “Conversaciones entre Rolando Astarita, Norma Giarracca, Inés
Izaguirre y Germán Pérez”, en Revista Digital Argumentos n°2, Instituto de Investigaciones
Gino Germani, Mayo 2003. Disponible en [Link]. (P.7)
40 Grupo de estudios sobre protesta social y acción colectiva. Federico Shuster (Coord).
“Transformaciones de la protesta social en la Argentina 1989-2003” Documento de Trabajo n° 48.
Instituto Gino Germani. 2006. Disponible en [Link] (p. 57)
41 Kitzberger, Philips. Pérez, Germán: Los Pobres en Papel. Fundación Konrad Adenauer.
Buenos Aires, 2008. (P.11)

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2001 y 2003 las demandas principales (económicas y asistencia social directa y
trabajo) sólo suman el 37%. Sin embargo, debemos notar que el carácter
crecientemente heterogéneo de las demandas no refleja un proceso estricto de
singularización, en la medida que, paralelamente, hemos registrado una
formulación de carácter crecientemente general en la formación de las demandas.
Esto es, el pasaje de un tipo de demanda vinculado a reivindicaciones más
particularistas (las que fueron denominadas “micro”) a otro de carácter más
general (las que fueron denominadas “macro”). En este sentido, es importante
señalar que las demandas de las protestas sociales del final del período reflejan el
incremento de lo que podríamos denominar una crisis de legitimidad. Esto puede
verificarse en el importante peso relativo que tienen tanto las demandas que
impugnan el régimen político de gobierno (10%) cuanto el régimen social de
acumulación (24%).”42

Otros autores abrazan un paradigma marxista, tal vez, más clásico y, en ese sentido, se
refieren al conflicto social, dado que consideran que este contiene en sí mismo e
intrínsicamente las determinantes estructurales de su desarrollo y potencialidad. Ana
Dinerstein afirma:
“Las transformaciones de las formas políticas, sociales, económicas y subjetivas
que median la producción y expansión del capital se expresan a través de una
multiplicidad de (de) reconstrucciones incapaces de ser resueltas por medio de
políticas unidimensionales. Un conflicto social es el lugar de conjunción de estas
múltiples dimensiones de la lucha por y contra determinadas formas de
subjetividad social. Un conflicto social constituye la “puerta de acceso” (Seoane y
Taddei, 2000: 61) a un jeroglífico que bien leído permite captar simultáneamente la
dinámica del todo y cada una de las dimensiones que lo constituyen, para explorar
la lógica que subyace a la organización precaria de la violencia capitalista, en
determinado momento histórico.”43

En este contexto, las diversas “acciones sociales” son analizadas como parte de una
totalidad sólo analíticamente escindible, subrayando que dichas acciones o elemento
deben ser vistos y analizados en relación con otras u otros. Inés Izaguirre fundamenta
esta postura cuando explica las diferentes categorías que existen para la explicación del
conflicto social:
“En una matriz encabezada por el tipo de fracciones en lucha, deberíamos
distinguir entre (1) las luchas contra el despotismo de un régimen dominante o
hegemónico, que limita, excluye, reprime, y en las que cada fracción busca en
forma permanente crear las condiciones de igualación en la toma de decisiones
para todos y cada uno y que denominaremos luchas democráticas. Este es el
contenido y la forma de las luchas de los movimientos sociales. (2) Las luchas que
buscan cambiar el orden social que produce y reproduce la desigualdad o sea
cambiar las condiciones por las que una parte de la especie humana somete y
expropia a la otra, a las que llamaremos luchas anticapitalistas, revolucionarias o
socialistas. La complejización de esta matriz puede ser muy alta. Primero, cuando
se combinan estos dos tipos de lucha con los tres ámbitos clásicos de las luchas
de clases: económico, político y teórico-cultural-ideológico. Segundo, cuando hay
divergencia entre las acciones objetivas y la subjetividad de quienes las llevan

42 Grupo de estudios sobre protesta social y acción colectiva. Federico Shuster (Coord).
“Transformaciones de la protesta social en la Argentina 1989-2003” Documento de Trabajo n°
48. Instituto Gino Germani. 2006. Disponible en [Link]. (P. 60-61)
43 Dinerstein, Ana. “El poder de lo irrealizado. Él en A r g e n t i n a y el potencial subversivo de
la mundialización”, en OSAL, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Septiembre del
2001. (P.11)

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adelante, por ejemplo, entre los grupos que llevan adelante un tipo de lucha
democrática y la conciencia sobre sus acciones, que creen por ejemplo, estar
haciendo la revolución. Esta contradicción produce confrontaciones que a veces
son difíciles de explicar.”44

Esta visión considera fundamental poder comprender la génesis de los procesos


sociales, a fuerza de poder rescatar su historicidad y lograr reconstruir su trama interna.
En tal sentido, rescatan el concepto de “historicidad” de los procesos sociales:
“A fuerza de parecer una obviedad, se trata de una dimensión epistemológica del
conocimiento de lo social y de su producción y reproducción. Supone distintos
tipos de análisis: (1) la consideración de la estructura social objetiva y subjetiva
que constituyó a las distintas fracciones sociales y a los sujetos que luchan hoy, y
que pueden tener una inserción similar en la producción– incluso como población
sobrante- pero comportarse de modos divergentes de difícil explicación; (2) el
análisis histórico genético de esas subjetividades diferentes que hoy están en
distintos estadios de constitución de su autonomía. Tratar de entender el momento
social que atravesamos, implica conocer su génesis.”45

De la misma manera, Ana Dinerstein subraya que un conflicto social resulta la “puerta
de entrada” para estudiar otros determinantes de la lucha de clases:
“Las transformaciones de las formas políticas, sociales, económicas y subjetivas
que median la producción y expansión del capital se expresan a través de una
multiplicidad de (de) reconstrucciones incapaces de ser resueltas por medio de
políticas unidimensionales. Un conflicto social es el lugar de conjunción de estas
múltiples dimensiones de la lucha por y contra determinadas formas de
subjetividad social. Un conflicto social constituye la “puerta de acceso” (Seoane y
Taddei, 2000: 61) a un jeroglífico que bien leído permite captar simultáneamente la
dinámica del todo y cada una de las dimensiones que lo constituyen, para explorar
la lógica que subyace a la organización precaria de la violencia capitalista, en
determinado momento histórico.”46

Aunque estos autores se hallan ligados de una u otra manera a un paradigma marxista
clásico, para lograr estudiar las determinaciones subjetivas de la conflictividad social,
Inés Izaguirre toma y mixtura las reflexiones clásicas con elementos correspondientes al
análisis de la sociedad en situación de guerra.
“Un cuarto eje teórico-metodológico refiere a la necesidad de incorporar en el
análisis del conflicto social, el modelo de la guerra entre fuerzas sociales, o sea
entre alianzas sociales en pugna, que está en la base de la teoría de la lucha de
clases. Esto es independiente de que las confrontaciones se produzcan con armas
materiales o morales. Aclaro en este punto que las confrontaciones sociales nunca
se dan entre sujetos “desarmados”. Estoy hablando de un modelo epistemológico
donde la confrontación es la condición necesaria para el aprendizaje de sí mismo
y del otro, no sólo del enemigo sino también de los aliados, los pares, los iguales,
o sea para la toma de conciencia. La negación del tema de la guerra es un
obstáculo ideológico, no epistemológico: Piaget lo llamará ideas tenaces (1984).

44 Izaguirre, Inés. “Algunos ejes teórico-metodológicos en el estudio del conflicto social”, en


Revista Digital Argumentos n°1, Instituto de Investigaciones Gino Germani, diciembre 2002.
Disponible en [Link]. (P. 4-5)
45 Izaguirre, Inés. “Algunos ejes teórico-metodológicos en el estudio del conflicto social”, en
Revista Digital Argumentos n°1, Instituto de Investigaciones Gino Germani, diciembre 2002.
Disponible en [Link]. (P. 3)
46 Dinerstein, Ana. “El poder de lo irrealizado. Él en A r g e n t i n a y el potencial subversivo de
la mundialización”, en OSAL, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Septiembre del
2001. (P. 11)

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La guerra, devaluada ideológicamente y en la realidad, resulta algo malo para el
sentido común dominante, por eso el poder se empeña en aparecer siempre como
que lleva adelante la paz, mientras hace la guerra. (Marín, 1995; Izaguirre,
1995)”47

Esta postura le permite a la autora ubicar, definir y analizar las acciones y conductas de
los actores que se enfrentan en la lucha de clases:
“Una vez que uno se despoja de estos prejuicios descubre la enorme utilidad del
modelo de la guerra en el análisis del conflicto social y de la lucha de clases.
Descubre cuánto le aporta en la medición de esos fenómenos: quién inicia el
conflicto, contra quién lo hace, con qué instrumentos, con cuántos cuerpos, qué
aliados gana o pierde, bajo qué consignas, en qué tiempo y lugar, y finalmente qué
resultados objetivos logra y con qué discurso. Nos permite primero construir los
datos, luego ordenarlos, periodizarlos y finalmente dibujar su trayectoria, es decir,
descubrir la estrategia de los contendientes.”48

Maristella Svampa denota otra posición con respecto a la conflictividad social, en tanto
intenta estudiar las repercusiones subjetivas de los fenómenos estructurales sin abocarse
a establecer necesariamente relaciones entre ambos:
“(…) el punto central para comprender los procesos de movilización no se vincula
en este caso directamente con una dimensión objetiva en la que se producen los
fenómenos de transformaciones económicas sino a partir de las múltiples formas
en que esos procesos son experimentados en distintas situaciones. En este
sentido, la desindustrialización y las privatizaciones fueron procesadas de manera
variada y en tiempos distintos en las diversas regiones del país. Es decir, la
desestructuración de la economía de algunas regiones del país no condujo
directamente a la movilización. Muy por el contrario –varios estudios así lo
señalan- el aumento del desempleo, por ejemplo, parecía procesarse más en
términos individuales que colectivos.”49

La mirada de esta autora podemos encontrarla en el siguiente análisis:


“(...) la aceleración del proceso de desindustrialización y de reforma del Estado
provocó un alto nivel de conflictividad pero [...] esa conflictividad pudo ser
procesada por el sistema político en la medida que se mantuvo atrapada entre las
dimensiones locales y nacional de la política argentina. Así una suerte de
desdoblamiento entre el poder político nacional y los estados provinciales permitió
que se mantuviera durante los años del menemismo una dinámica de
descentralización del conflicto, aún incluso frente a diversas estrategias de
nacionalización ensayadas por algunos actores movilizados.
Esa dinámica descentrada del conflicto es la que se expresó –desde el punto de
vista de la política nacional- en acciones evanescentes, aisladas, “estallidos
sociales”, ciclos de movilización que parecían no venir de ningún lado y que luego
–al día siguiente- eran reabsorbidos sin producir aparentes “cambios de rumbo.”50

47 Izaguirre, Inés. “Algunos ejes teórico-metodológicos en el estudio del conflicto social”, en


Revista Digital Argumentos n°1, Instituto de Investigaciones Gino Germani, diciembre 2002.
(P.4 Y 5) Disponible en [Link]
48 Izaguirre, Inés. “Algunos ejes teórico-metodológicos en el estudio del conflicto social”, en
Revista Digital Argumentos n°1, Instituto de Investigaciones Gino Germani, diciembre 2002.
(P.6) Disponible en [Link]
49 Svampa, Maristella; Pereyra, Sebastián: Entre la ruta y el barrio: la experiencia de las
organizaciones piqueteros, Biblos, Buenos Aires, 2003. Pág 123.
50 Svampa, Maristella; Pereyra, Sebastián: Entre la ruta y el barrio: la experiencia de las
organizaciones piqueteros, Biblos, Buenos Aires, 2003 (P. 24)

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Finalmente estarían las posiciones de Norma Giarraca y Raúl Zibechi, marcadas por el
peso que ambos atribuyen a la espontaneidad. Si bien Giarraca vincula su noción de
protesta social con la enunciada por los estudiosos de la acción colectiva, el peso que
otorga a la espontaneidad, así como sus estudios de las identidades políticas, permite –al
menos en esta fase del análisis, diferenciarla de ellos:
“(…) las protestas se ubicaron territorialmente en casi todas las regiones del país y
las generadas por los actores de origen agrario y residentes en pequeños
poblados y ciudades de las provincias, fueron significativas dentro del escenario
nacional. En otras palabras, las grandes ciudades no fueron escenarios
privilegiados y únicos como en las épocas “industrialistas”. En esta misma
dirección, las protestas crecieron en intensidad desde las márgenes al centro, es
decir desde las regiones del interior del país hacia la ciudad capital de Buenos
Aires. Asimismo aumentaron cuantitativamente en los dos años de elecciones de
autoridades nacionales (1995 y 1999) y tuvieron muy baja respuesta por parte de
los actores demandados tales como el Estado y los empresarios.”51

La espontaneidad juega un papel importante:


“Lo que sucedió el 19 y 20 de diciembre tiene un carácter singular que marca un
quiebre, “un antes y un después”. Siguiendo el razonamiento que enunciamos en
este trabajo, la rebelión de diciembre, a diferencia de las protestas descriptas, no
se presenta como una acción en el orden de lo particular, es decir, por reclamos
defensivos de sectores particulares (desocupados, maestros, campesinos, etc)
sino que se muestra como una acción de ciudadanos donde las identidades
sociales quedan suspendidas y donde el reclamo se enmarca en el orden de la
política. Se configura como una acción colectiva particular, que es la
“desobediencia civil” (al “estado de sitio” aplicado por el gobierno) y por otro lado
(o tal vez por ello mismo), abre un espacio en el que se produjo una falla en el
sistema de representación.”52

Raul Zibechi articula la conflictividad social con la acción política, resaltando el papel
de lo espontáneo. En parte tal vez, porque sus escritos se corresponden
fundamentalmente al periodo (2001-2004). Por ejemplo:
“Estamos ante un proceso de complejización de la protesta: la suma de sectores
sociales en lucha fue mutado hasta surgir una sociedad en movimiento; las formas
de acción son múltiples, pero esa enorme variedad es además simultánea y
ninguna subordina a la otra; no hay objetivos definidos de antemano sino que el
objetivo implícito parece ser la expansión y profundización del propio movimiento
(…).”53

[En: Rauber, Isabel y Silva, Juan. 2009. “Mapa conceptual de los movimientos
sociales.” Avance de investigación . UNLa]

2.3.1 Conflictos y luchas sociales

51Giarracca, Norma. “Argentina 1991-2001: Una década de protesta que finaliza en un


comienzo. La mirada desde el país interior”, en Revista Digital Argumentos n° 1, Instituto Gino
Germani, diciembre 2002. (P. 1)
52 Giarracca, Norma. “Argentina 1991-2001: Una década de protesta que finaliza en un
comienzo. La mirada desde el país interior”, en Revista Digital Argumentos n° 1, Instituto Gino
Germani, diciembre 2002. (P. 6)
53 Zibechi, Raúl: Genealogía de la Revuelta. Argentina: la sociedad en movimiento. Letra libre,
La Plata, 2003. (P.189)

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Fragmento de artículo de Rauber, Isabel:
“(o subordinar las luchas sociales a los conflictos del poder, sino obligar a los
conflictos a subordinarse a las luchas.
La tendencia de los sectores del poder es a cerrar el sistema democrático de mercado
ajustándolo al de las democracias de baja intensidad, como envoltorio de represiones
selectivas o encubriendo una guerra interna contra el pueblo. Las maniobras para
lograrlo han sido, son y serán diversas en cuanto a pretextos, actores-culpables, tipo de
provocaciones, etc., pero la tendencia se encamina hacia allí, hasta ahora de un modo
creciente. Pero su afianzamiento no es inevitable. Precisamente por ello, enfrentarla a
tiempo, construir un frente unitario de todo el pueblo como barrera infranqueable por
los poderosos, y –sobre esa base- diseñar un programa alternativo capaz de guiar las
luchas sociales populares evitando que éstas queden aprisionadas por los conflictos del
poder, resultan tareas sumamente importantes.
Luchar es siempre importante, pero para quienes buscan encaminar procesos y definir
situaciones convergentes con objetivos propios, es imprescindible que estas luchas sean
las que marquen el rumbo y el ritmo de los acontecimientos y los conflictos entre los
sectores del poder y no al revés, es decir, que no sean arrastradas e instrumentalizadas
por los conflictos de los sectores dominantes pues, en tal caso, quedarán encerradas
dentro de su lógica y serán funcionales a sus requerimientos. Como señala Samir Amín:
“De lo que se trata es de no subordinar las luchas a los conflictos, sino obligar a los
conflictos a subordinarse a las luchas.”54
Si reconocemos que en política lo real es lo que no se ve, resulta entonces
imprescindible hoy atender a la relación entre conflictos y luchas, no solo ni
principalmente para entender lo ocurrido y explicar post factum determinadas
conductas, sino, sobre todo, para construir las propuestas –rescatando las que ya existen
y las que emerjan a partir de ahora-, y encaminarse a su concreción, empezando por la
construcción-consolidación de la herramienta y los ámbitos colectivos de discusión,
construcción, disputa y acumulación de poder popular desde abajo.55”
[De: Rauber, Isabel. 2002. “Argentina: hora de unidad y de patria.”]

[Link] Amín, “Los desafíos para el Tercer Mundo”, Revista Pasado y Presente XXI, No. 3, 2001,
Separata, p. 13.
55. El concepto “desde abajo” se refiere –en la definición que propongo- al fundamento de lo existente
que se quiere transformar o sobre lo que se quiere influir; se refiere a lo que (llega y) parte desde la raíz
de todo fenómeno. A la vez, indica que, simultáneamente, “desde abajo” también –en el propio proceso
de transformación- va naciendo lo nuevo, construyéndose día a día. Poco tiene que ver entonces, con la
ubicación geométrica del problema, los actores, las propuestas o las esferas en las que se actúa, aunque
cierto es que -en la acepción corriente- se emplea frecuentemente como sinónimo de “desde las bases”, o
para indicar que algo está por debajo de otro algo que estaría “arriba”. Para profundizar en este tema,
puede consultarse el libro de mi autoría: Claves para una nueva estrategia, construcción de poder desde
abajo. Santo Domingo, junio 2000.

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68
2.4 El conflicto social como ámbito constitución y desarrollo de los movimientos
sociales en Argentina. Exposición y análisis de experiencias de los/las cursantes.

Elabore un ensayo breve con sus reflexiones acerca de su experiencia respecto a los
nexos entre conflicto social y el desarrollo de las organizaciones sociales en su
territorio.
 De qué organización se trata. (Entre 1 y 3 organizaciones)
 Como surgieron y se desarrollaron.
 Explique brevemente el papel de los conflictos sociales (locales, provinciales o
nacionales) en el proceso de nacimiento y desarrollo de la/s organizaciones
expuestas analizadas por usted.

[Envíe el trabajo a su tutor/a por mail. Extensión máxima: 2000 caracteres]

-----------------------------------------------------

(Semana 4)
2.5 Foro: El lugar del conflicto social en el surgimiento, desarrollo y la situación
actual de los movimientos sociales analizados.

Participe del Foro exponiendo sus puntos de vista respecto de lo estudiado en esta
unidad:
a) ¿Cuáles han sido y son los nexos entre el conflicto social y el surgimiento del
movimiento piquero en Argentina?
b) ¿Cuáles han sido y son los nexos entre el conflicto social y el surgimiento del
movimiento de las asambleas populares en Buenos Aires?
c) ¿Considera usted que la ausencia o baja conflictividad social en épocas de “buen
gobierno” favorece o debilita a los movimientos sociales? Argumente su
respuesta: ¿Por qué? ¿en qué aspectos?
d) ¿Qué dinámica dialéctica existe entre conflicto, luchas sociales y ofensiva del
campo popular?

Responda por ítem aquí señalado.


Intercambie con sus compañeros luego de exponer sus puntos de vista.

Semana 5:

Unidad 3. Lo político, la política y el poder. Viejas y nuevas modalidades

Objetivos
• Comprender lo social en el marco de una concepción integral que articula la
economía, la política, la cultura, la ideología y la sociedad.
• Replantear los nexos entre lo político, la política y el poder, sin reducir éste al
poder político-institucional. La participación social como centro del
empoderamiento.

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• Entender la importancia de las luchas reivindicativas como un enlace entre lo
cotidiano con lo político.

Índice temático
3.1 Lo social y lo político; lo reivindicativo y lo político.
3.2 Lo política y la acción. Viejas y nuevas modalidades.
3.3 El aporte político-social de los movimientos sociales: Nuevos ámbitos de
actuación. Otras modalidades de representación y organización.
34 La relación entre movimientos y gobiernos. Experiencias latinoamericanas.
3.5 Foro. Actividad de reflexión e integración.

Contenidos

3.1 Lo social y lo político; lo reivindicativo y lo político

Se tomarán como puntos claves las siguientes reflexiones de la Dra. Isabel Rauber:

A pesar de criticar al pensamiento liberal, la izquierda tradicional separó muchas veces


lo social de lo político, al reducir lo político a la acción del partido revolucionario. A su
vez, esta priorización de lo partidario llevó a la izquierda a desvalorar las luchas
reivindicativas del movimiento obrero y de otros sectores de la sociedad.
Al constituirse como reacción ante problemas concretos como los de la sobrevivencia,
por ejemplo, o la defensa de derechos laborales, o ante una expulsión de pobladores en
terrenos fiscales, etc., el ámbito de lo reivindicativo se ubica en el terreno de las
consecuencias, de lo visible.
Lo político, por el contrario, aparece vinculado a la raíz, a la esencia y causa de los
problemas ante cuyos efectos reaccionan las organizaciones reivindicativas; es por ello
que –según esta concepción fragmentearia- sus representantes son capaces de captar la
totalidad y están –supuestamente- en capacidad de replantearse el diseño de la sociedad
mediante su transformación revolucionaria.
Los que se organizan en lo reivindicativo, según tal interpretación quedan atrapados por
la lógica de las reivindicaciones; aprisionados por el inmediatismo no son capaces de
comprender la raíz de los problemas, las causas últimas de su “desdicha” y por tanto, se
limitan a reaccionar defensivamente ante las consecuencias sociales (visibles) de
fenómenos profundos cuyas raíces no pueden aprehender (ni modificar).

Buscando las raíces del debate: Lenin y Rosa Luxemburgo


Estas posiciones trajeron muchas discusiones. Los primeros debates fueron
protagonizados por Lenin y por Rosa Luxemburgo durante la Revolución Rusa. Ya en
1902, en su libro Qué Hacer, Lenin planteaba que la lucha económica-reivindicativa
(que él llama tradeunionista) y la lucha política del partido (él dice conciencia
socialdemócrata), no podían unirse y sitúa a la primera en un nivel inferior, parcial, de
comprensión de la realidad:

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70
“También durante la década del ´70, y también en la del ´60 (y aún en la primera
mitad del siglo XIX) hubo en Rusia huelgas acompañadas de destrucción espontánea
de máquinas, etc. (…). Eso nos demuestra que, en el fondo, el “elemento
espontáneo” no es sino la forma embrionaria de lo consciente. Y los motines
primitivos despertaban ya un cierto despertar de lo consciente: los obreros perdían la
fe tradicional en la inmovilidad del orden de cosas que los oprimía (...). Si los
motines eran simplemente levantamientos de gente oprimida, las huelgas
sistemáticas representaban ya embriones de la lucha de clases, pero precisamente
nada más que embriones. En sí, esas huelgas eran lucha tradeunionista, no eran aún
lucha socialdemócrata; señalaban el despertar de los antagonismos entre los obreros
y los patronos, pero los obreros no tenían, ni podían tener, la conciencia entre el
antagonismo irreconciliable entre sus intereses y todo el régimen político y social
contemporáneo, es decir, no tenían conciencia socialdemócrata.”
Lenin, Vladimir Ilich (2004). ¿Qué hacer?, Editorial Luxemburg, Buenos Aires, pp.
126-127.
Lenin acá está diciendo que la lucha económica y la lucha política van por caminos
separados y está afirmando la superioridad de la lucha política, de la conciencia
socialdemócrata para comprender la totalidad y conseguir un verdadero cambio. Cuatro
años después escribe Rosa Luxemburgo lo siguiente:
“Pero el movimiento de conjunto no avanza de la lucha económica a la política ni
viceversa. Toda gran acción política de masas, después de alcanzar su pináculo
político, se multiplica en un montón de luchas económicas. Y eso no sólo se aplica a
cada una de las grandes huelgas de masas sino también a la revolución de conjunto.
Con la extensión, clarificación y mayor complejidad de la lucha política, la lucha
económica no sólo no retrocede sino que se extiende, se organiza v se ve involucrada
en igual proporción. Entre ambas se da la más completa acción recíproca.
Luxemburgo, Rosa (s/f). Obras escogidas, Editorial Antídoto, p. 106.
Rosa aboga por la acción recíproca, por la relación constante entre lo económicos y lo
político. Sin embargo, el movimiento socialista alemán, al cual ella pertenecía, pronto se
desarticularía frente a la primera guerra mundial y la posición de Leinin sería la
triunfante a nivel mundial.

El supuesto techo de lo reivindicativo


La creencia en que lo reivindicativo tiene un “techo”, un tope en su desarrollo, es uno de
los obstáculos político-culturales para la re-articulación de lo social y lo político.
Resulta tan fuerte el peso cultural de esta creencia, que incluso muchos de los que se
proclaman como exponentes de lo nuevo, a la hora de construir las instancias
sociopolíticas –arrastrados por el peso de la vieja cultura-, caen en posiciones gastadas
que no pocas veces significan el fin de la construcción que han venido impulsando, por
la falta de coherencia y la pérdida de confianza y de credibilidad que ello supone, que se
traduce en desánimo, en inmovilismo, en falta de propuestas concretas en lo político. 85
Entre los propios movimientos sociales u organizaciones reivindicativas hay quienes
sostienen que ese tipo de construcción tiene un “techo”, un límite, que llega un
momento en que se agota y necesita pegar el “salto a lo político”, lo que resuelven de
diversos modos: encontrando un referente partidario al cual “sumarse”; pasando
directamente a la actividad política -convirtiendo a la organización social en partido-;
“saltando” sus dirigentes al mundo de la política, postulándose como candidatos de

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71
partidos políticos ajenos a sus construcciones; u ocupando cargos –por la misma vía- en
gobiernos municipales, provinciales o nacionales.
En vez de buscar cómo tender los puentes que articulan lo político y lo reivindicativo,
los partidarios de dar “el salto” –sin saber cómo lograrlo-, suelen trasladar su
incapacidad hacia los sectores populares alegando, por ejemplo, que el tan esperado
“salto“ no se produce porque la población está todavía muy atrasada, o influida por la
derrota, o por el neoliberalismo, etcétera.
Pero lo que demuestran claramente los movimientos sociales -en tanto sociopolíticos
cuya experiencia he seguido y analizado, es que lo reivindicativo resulta una puerta de
entrada a lo político; el desafío consiste en no abandonar el movimiento a lo espontáneo
y avanzar hacia allá colectivamente. Y esto no es una característica exclusiva de la
nueva época, ya Marx en sus reflexiones críticas contra los economistas y los socialistas
de su época (que menospreciaban las luchas y organizaciones reivindicativas), explicaba
que organización sindical y política tienen una misma raíz:
La gran industria concentra en un mismo sitio a una masa de personas que no se
conocen entre sí. La competencia divide sus intereses. Pero la defensa del salario,
este interés común a todos ellos frente a su patrono, los une en una idea común de
resistencia: la coalición. Por tanto, la coalición persigue siempre una doble finalidad:
acabar con la competencia entre los obreros para poder hacer una competencia
general a los capitalistas. Si el primer fin de la resistencia se reducía a la defensa del
salario, después, a medida que los capitalistas se asocian a su vez movidos por la idea
de la represión, las coaliciones, en un principio aisladas, forman grupos, y la defensa
por los obreros de sus asociaciones frente al capital, siempre unido, acaba siendo
para ellos más necesario que la defensa del salario. Hasta tal punto esto es cierto, que
los economistas ingleses no salían de su asombro al ver que los obreros sacrificaban
una buena parte del salario a favor de asociaciones que, a juicio de estos
economistas, se habían fundado exclusivamente para luchar en pro del salario. En
esta lucha –verdadera guerra civil- se van uniendo y desarrollando todos los
elementos para la batalla futura. Al llegar a este punto, la coalición toma carácter
político. [Marx, Carlos, Miseria de la Filosofía, Editora Política, La Habana, 1963, p. 170.]
La estrechez en la comprensión del carácter político de lo reivindicativo y de sus
múltiples vías de expresión y desarrollo se corresponde con la estrechez en la
comprensión de lo político, la política y el poder.

3.1.1 Lo reivindicativo: un componente de la lucha política

Ante esto, es importante señalar que desde las pequeñas cosas, desde las
reivindicaciones que aparentemente son mínimas, es donde se toma conciencia de la
explotación del sistema y de la alienación que se vive diariamente en cada una de las
relaciones en las que se reproduce la sociedad.
Sin desmerecer la importancia de las grandes teorías entendemos que es a partir de las
reivindicaciones inmediatas que hacen al nivel de vida, que hacen al salario, que hacen a
la situación de la vivienda, de la salud, de la educación, que hacen a las largas colas de
los jubilados y pensionados, allí es donde debemos demostrar que este sistema ha
caducado y que no puede darnos ningún tipo de solución y que es en otro sistema donde
habrá educación, vivienda, salud y trabajo para todos...

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72
No es el carácter de la lucha ni sus objetivos lo único que permite definir si un conflicto
es político o no. Una lucha por el tendido de redes cloacales de un barrio, en la cual se
reúnen obreros, estudiantes, mujeres, niños, maestros, sindicatos y demás, generando un
espacio de encuentro colectivo, puede constituir un desafío a la política de atomización,
a la resolución aislada de los conflictos, base de las actuales democracias. Y, si atenta
contra las bases mismas del sistema, ¿es o no política esa lucha por el tendido de las
redes cloacales?
Recapitulando: el espacio de la acción política, de lo político, incluye el ámbito de la
vida cotidiana de la población, hunde en él sus raíces y está presente –directa o
indirectamente- en cada paso que se da para reafirmar o modificar el modo de vida:
• Cuando defiende sus fuentes de trabajo
• En las luchas contra las privatizaciones y las leyes de flexibilización laboral
• En las luchas de los jubilados y pensionados
• En los reclamos de los movimientos ecológicos
• En las luchas de las mujeres
• En las luchas por el respeto a los derechos de los pueblos originarios.
• En las luchas por la sobrevivencia de las grandes poblaciones marginadas
urbanas.
Quizá los actores sociales no siempre sean conscientes de ello, pero ese es otro aspecto
del problema. El primero es reconocer la interpenetración que se da actualmente entre lo
político y lo reivindicativo, el carácter político de las luchas reivindicativas, los nexos y
puentes cada vez más visibles y estables que se tienden entre ambos aspectos de una
misma lucha, de una misma búsqueda, de un mismo afán de construcción de poder
popular. Su lucha es la lucha contra las estructuras, los mecanismos, los medios, los
valores y la cultura del poder de dominación, aspectos centrales de la relación de
hegemonía, según vimos la clase pasada.
La lucha reivindicativa, es la base de toda lucha en cada sector social concreto, el nivel
inicial. Esto no quiere decir que sea una lucha inferior o atrasada respecto a los niveles
específicamente políticos, su presencia es permanente en toda lucha política y viceversa.
No se puede luchar por necesidades, intereses y aspiraciones colectivas si éstas no se
construyen conjugando los intereses, las necesidades y aspiraciones concretas de los
diferentes sectores sociales del campo popular.
La experiencia acumulada por el campo popular indica que no hay posibilidad de que
los sectores oprimidos lleguen a asumir y emprender la lucha por objetivos de largo y
mediano plazo si éstos no se articulan con objetivos de corto plazo, inmediatos,
cotidianos, es decir, con las luchas por reivindicaciones concretas de cada sector.
La articulación de lo reivindicativo y lo político traza un camino concreto y efectivo de
lucha contra la alienación política, ya que contribuye a la democratización y ampliación
de la participación política y social protagónica de los diversos actores sociales. Con
esta potencialidad, pensar en un nuevo tipo de poder social que emane directamente de
la sociedad, y se construya sobre la base de su participación democrática directa en las
decisiones políticas, deja de ser una especulación para convertirse en un desafío.

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73
¿Cómo articular lo reivindicativo con los objetivos de mediano y largo plazo?
En toda lucha reivindicativa resulta importante ir respondiendo a las demandas
sectoriales, conteniendo a sus protagonistas en instancias organizativas que garanticen
la permanencia. Precisamente por ello, resulta imprescindible ir construyendo
colectivamente un marco de contención y proyección hacia dimensiones, espacios y
problemáticas más amplias y abarcadoras, hacia la transformación integral de la
sociedad, evitando que aquello que tradicionalmente se considera “lo reivindicativo” se
extinga en lo que en nuestro imaginario esperamos sea “lo político”.
En el caso de lo reivindicativo esto significaría, por ejemplo, tender puentes, construir
articulaciones que enlacen uno y otro momento o dimensiones de lucha. Si lo llevamos
al gráfico realizado sobre este tema, sería algo así como una línea discontinua que va
creciendo entre los puntos.

Esto puede sintetizarse en dos tareas fundamentales: permanencia y organización, es


decir, lograr que la organización permanezca y se desarrollo en ausencia de conflictos,
por ejemplo, con el desarrollo de actividades culturales, de formación de liderazgo de
base, de tareas comunitarias (como alfabetización, atención a la tercera edad, etcétera.)
En el caso de lo político también es necesario tender puentes, construir articulaciones.
Si lo llevamos al gráfico, sería igualmente una suerte de línea discontinua que enlaza los
fenómenos de la vida cotidiana con sus causas, con sus esencias últimas.

Reuniendo ambos movimientos y nexos, sus re-articulaciones podrían ilustrarse así:

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74
Las articulaciones tenderían puentes (estables e inestables) entre los mundos o ámbitos
aparentemente separados e inconexos, generando nodos de entrecruzamiento y
confluencia (ámbitos o espacios sociopolíticos), de cuestionamientos y apuestas a
transformaciones profundas a las estructuras culturales, económicas y políticas de la
dominación hegemónica del poder, que tenderían a conformar –articulados con otros
nodos de similar carácter- cristalizaciones organizativas o ámbitos de interacción
sociopolíticos, hasta conformar una suerte de red sociopolítica de actores,
problemáticas, etcétera.
Gráficamente lo expresaría así:

Este modo de articulación solo puede construirse, afianzarse y desarrollarse sobre la


base de la lógica de las relaciones horizontales (que no significa que sean “planas”),
entre los actores sociopolíticos y sus problemáticas, potencializando y sus logros y sus
conciencias hacia planos superiores de transformación (y autotransformación),
avanzando colectivamente (actores, problemáticas y formas organizativas) en la
profundización de la construcción de contrapoder, proyecto, conciencia, organización en
el proceso de constitución de los actores sociopolíticos en sujeto popular del cambio.
Así lo muestra claramente, por ejemplo, el proceso de construcción colectiva de los
diversos actores sociopolíticos en la Bolivia actual.
Los modos concretos de articulación y organización de los diversos actores
sociopolíticos en cada país, o provincia, o región, surgirán del intercambio, la
participación y la articulación misma que vaya desarrollándose entre esos actores, en el
proceso de creación del pensamiento y el proyecto de la transformación que llevan o
llevarán adelante colectivamente.
Fuente Principal empleada en este tema: Rauber, Isabel: Movimientos sociales y
representación política. Articulaciones. Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 2005.

3.2 Lo política y la acción. Viejas y nuevas modalidades

La política
Entendemos por política al espacio de acumulación de fuerzas propias y de destrucción
o neutralización de las del adversario con vistas a alcanzar metas estratégicas. La
práctica política es, entonces, aquella que tiene como objetivo la destrucción,
neutralización o consolidación de la estructura del poder, de sus medios y modos de

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dominación, simultáneamente a la construcción de poder propio. Por último, el ámbito
de lo político es un ámbito amplio, móvil y dinámico demarcado por las prácticas
políticas concretas, sus ejes y ritmos, y por los actores reales que las llevan a cabo.
En este sentido, la política que es un arte, tiene que orientarse a descubrir en cada
situación concreta las potencialidades que existen para impulsar el desarrollo de las
fuerzas propias, para hacerlas emerger y desplegarse en función de los fines propuestos
en ese momento con convergencia estratégica. Y eso se interrelaciona con la capacidad
para modificar la correlación de fuerzas existente.

Quienes hacen política


Siguiendo con lo anterior podemos decir que si se entiende por actores políticos a todos
aquellos actores sociales capaces de organizarse con carácter permanente, definir
objetivos de corto, mediano y largo plazo y proyectar sus acciones hacia la
transformación de la sociedad, desarrollando procesos continuos de lucha y,
simultáneamente, la conciencia política, puede considerarse como tales a una amplia
gama de organizaciones barriales, sindicales, campesinas, indígenas, de mujeres,
religiosas, etc., además de las fuerzas tradicionalmente encauzadas en lo político-
partidario. Las actividades de todo actor social tienen un contenido político y viceversa,
por eso decimos que los actores son en realidad sociopolíticos.
Podemos decir entonces, que la escena política comprende al conjunto de fuerzas
sociales actuantes en el campo de la acción política en un momento dado, independiente
de que estas se hallen organizadas o no en estructuras político–partidarias. (Ver: Isabel
Rauber, Actores sociales y representación política, Ed. UMA, Buenos Aires, 1998

Concepción integral del poder


El poder es, en primer lugar, una relación social o, mejor dicho, un modo de articulación
de un conjunto de relaciones sociales que –marcadas por intereses de clase interactúan
de un modo específico en cada sociedad, en cada momento histórico concreto. Estas
relaciones no se reducen a la esfera del poder político, se asientan en las relaciones
económicas establecidas por el dominio del capital, que se reafirman y reproducen a
través de un complejo sistema sociocultural que define un determinado modo de vida.
Todo ello se resume y condensa como poder dominante, poder que produce y reproduce
una compleja trama social, económica, política y cultural, interarticulada a través de la
vida cotidiana.

Poder, sociedad y política


El modo de articulación sociocultural que reafirma, impone y recrea el tipo de poder
dominante fue definido por Gramsci como hegemonía, concepto que hoy cobra peculiar
significación práctica en el proceso de disputa con el poder, y de construcción de poder
propio (contra-hegemonía popular) desde abajo.

El poder, la sociedad y la política se articulan por medio de la relación de hegemonía


Como afirmamos en la clase pasada al revisar el pensamiento de Antonio Gramsci, la
sociedad civil (formada por el conjunto de los organismos vulgarmente llamados
privados y que corresponden a la función de hegemonía que el grupo dominante ejerce

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76
sobre toda la sociedad) y la sociedad política (aparato del Estado) son las dos esferas
que forman la superestructura.
Recordemos que la sociedad civil está compuesta por la ideología de la clase dominante,
por su concepción del mundo particular expresada en el folklore, el sentido común, la
religión y la filosofía y los medios y organizaciones de comunicación (la dirección
ideológica de la sociedad). La sociedad política funciona a través del consenso. Pero
para que la clase dirigente pueda dirigir por medio del consenso, debe hacer que su
concepción del mundo penetre en las otras capas sociales y que éstas la asuman como
propia.
Por otro lado, la sociedad política corresponde al aparto del Estado y su función es la
coerción legal y la represión.
La sociedad política y la sociedad civil mantienen entre sí una relación constante. La
sociedad civil busca hegemonía mediante el consenso y la sociedad política mediante la
coerción (el derecho y en casos extremos el uso de la violencia). La clase dirigente es
hegemónica cuando logra legitimar su dominación bajo estos dos aspectos: el consenso
y la coerción. No existe sistema social donde solamente por medio del consenso se logre
hegemonía ni Estado donde un sólo grupo domine siempre por pura coerción.
La hegemonía le permite al grupo dominante proyectar su poder económico sobre todos
los aspectos de la sociedad. La dominación excede el terreno económico, el poder de los
que mandan no es sólo el poder del dinero, no alcanza con eso. El poder material es la
base pero la hegemonía, una forma mucho más completa de dominación, nos muestra
que el poder es también social. Una concepción del mundo particular, la de la clase
dirigente, gana el apoyo de las mayorías, es decir que se vuelve consenso, y desde ahí se
reproduce con una fuerza inusitada. La ideología, el sentido común, la filosofía, el
folklore y la religión, además del Estado, la policía y el derecho, se tiñen de la
concepción del mundo de la clase dirigente gracias al apoyo de las mayor parte de la
sociedad. La hegemonía es la forma de ejercer el poder en la democracia.
Para ver un ejemplo de esto podemos pensar en el neoliberalismo, tal como lo hicimos
en la unidad 1. Los centros de poder económico a nivel mundial y especialmente en
América, diseñan un modo de proyectar su concepción del mundo sobre las grandes
mayorías sociales de Latinoamérica. ¿Cuál era su concepción del mundo? El
individualismo como valor supremo. La privatización de los sectores públicos
(empresas estatales, sistemas de salud, educación, etc.) viene a ser la traducción política
de este valor. Sobre el individualismo y la privatización se pueden montar otros valores
como la eficiencia, la calidad y el acceso a la tecnología de avanzada, una suerte de
imitación de los países centrales, del “primer mundo”. Pero esto implicaba, como
contracara, la desocupación y la desprotección social de los sectores sociales más
desfavorecidos. ¿Cómo hacer entonces para implementar un programa excluyente por
vías democráticas, sin represión ni dictadura? Sólo una respuesta es posible: ganando el
apoyo de la gente, consiguiendo el consenso. Entonces el individualismo, la eficiencia
de lo privado y la ineficiencia de lo público se proclamaron desde los medios de
comunicación, desde los intelectuales y la filosofía neoliberal, desde las jerarquías
religiosas, desde el propio Estado. Se construyó así un relato, una historia argentina
basada en la ineficiencia de lo público y una utopía, un sueño colectivo que conquistó la

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emoción de la gente: ser iguales al “primer mundo”, gozar de la estabilidad monetaria y
del acceso a los bienes de calidad. En Argentina a esto se sumó el efecto imparable de
un golpe de mercado: la hiperinflación impulsada por los actores económicos más
poderosos desparramó el pánico social convenciendo definitivamente a la población de
que el plan neoliberal era la única salida.
Es importante entender esto: sin consenso no hay hegemonía y son hegemonía el poder
se debilita. Sin consenso social no hubiese habido neoliberalismo posible.
De este modo, vemos que la relación de hegemonía se establece articulando lo
económico-social con lo político. Desde la concepción integral de la sociedad elaborada
por Marx y profundizada por Gramsci, es posible superar la división instaurada por el
pensamiento liberal y entender la unidad integral de lo social.
Una clase social se vuelve hegemónica porque se constituye como articuladora político-
social de las relaciones sociales levantadas a partir de la oposición estructural
capital-trabajo, que instaura desde los cimientos mismos el carácter de clase de las
interrelaciones entre ellos.
Esta relación hegemónica dominante y de dominación se expresa concentradamente —
sobre la base de una múltiple e intrincada madeja cultural, ideológica y política que
atraviesa todo—, en la constitución de un determinado tipo de poder político y su
aparato estatal. El Estado, entonces, es solo una parte del poder político, y del Poder (de
la relación de poder de la clase del capital sobre la del trabajo y —a partir de allí—
sobre toda la sociedad).
Estas relaciones no se reducen a la esfera del poder político, se asientan en las
relaciones económicas establecidas por el dominio del capital, que se reafirman y
reproducen a través de un complejo sistema sociocultural que define un determinado
modo de vida. Todo ello se resume y condensa como poder dominante, poder que
produce y reproduce una compleja trama social, económica, política y cultural,
interarticulada a través de la vida cotidiana.
Los medios de comunicación, las modas, el mundo del consumo en general es un
espacio a partir del cual se intenta moldear conciencias y producir sujetos dispuestos a
vivir y producir a partir de dichos lineamientos.
La construcción de poder propio se asume, desde esta perspectiva, como parte del
necesario proceso de de-construcción de la ideología y las culturas dominantes y de
dominación, que es simultáneamente un proceso de construcción de nuevas formas de
saberes, de capacidades organizativas y de decisión y gobierno de lo propio en el campo
popular. Son nuevas formas que constituyen modos de empoderamiento local-
territoriales, bases de la creación y creciente acumulación de un nuevo tipo de poder
participativo-consciente –no enajenado desde abajo, de desarrollo de las conciencias, de
las culturas sumergidas y oprimidas, con múltiples y entrelazadas formas encaminadas a
la transformación global de la sociedad.

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78
3.3 El aporte político-social de los movimientos sociales: uevos ámbitos de
actuación. uevos modos de representación y organización

En este punto, se tomarán como referencia central, los siguientes planteamientos de la


Dra. Isabel Rauber:

Viejos y nuevos modos de representación


La representación política en cualquiera de sus modalidades expresa y condensa un
determinado modo de relación entre lo social y lo político, que supone a su vez un
determinado modo de entender las interrelaciones entre lo que se conoce como sociedad
civil y sociedad política, entre Estado y sociedad y la intermediación que para ello se ha
erigido desde el poder hegemónico: los partidos políticos, establecidos como los
representantes y voceros de los ciudadanos de a pie ante las instancias jurídica, política,
y de gobierno, es decir, como mediadores entre la sociedad (civil) y el Estado. Este tipo
de mediación político partidaria se ha constituido -representación mediante- en acto de
despojo de los derechos políticos ciudadanos, reduciéndolos -en el mejor de los casos-
al hecho de votar por algunas autoridades gubernamentales cada cierto tiempo, y ha
reclamado de los ciudadanos, correlativamente, la delegación de sus facultades
políticas, haciendo de la ciudadanía una condición pasiva.
Todo despojo –de derechos, de facultades, de espacios, etc., supone e impone la
delegación de los mismos y viceversa, tanto a escala individual como colectiva. Y esto
se expande y reproduce en los diferentes sectores de la sociedad, como parte de la
ideología y cultura hegemónicas del poder y -por ende-, también de la contracultura, la
que germina como respuesta contrapuesta a la hegemónica dominante y que –como toda
negación- lleva implícita los rasgos fundamentales del fenómeno que niega. En ese
sentido, es parte del esquema político del poder de dominación y también de los
sistemas políticos desarrollados para combatirlo, buscando generar un contrapoder
capaz de convertirse en poder hegemónico una vez que la “tortilla se vuelva”.
Un ejemplo de lo anterior, es lo que se encarna en el modo de representación política de
izquierda conocido hasta ahora, representación política que lejos de caminar hacia la
eliminación de la enajenación política de los representados (síntesis de todas las
enajenaciones sociales), la afianza y multiplica a partir de recrear -como una grieta
insalvable- la fragmentación entre lo social y lo político y los actores sociales que
actúan en uno y otro “mundo”.
En el esquema tradicional de representación política, a la clase y al pueblo –en tanto
“masa”- les es reservado el derecho político de participar con su presencia silenciosa
para convalidar decisiones tomadas sin su concurso, y hacerlas efectivas mediante su
actividad (práctica). Pero deben delegar su capacidad de pensar, de crear, de decidir, de
asumir la responsabilidad que significa hacerse cargo de los resultados concretos de sus
decisiones, y junto con ello deben delegar también el derecho a soñar y a equivocarse en
el acto de la creación colectiva.

Superar ese modo de representación, su contenido y su esquema relacionante entre


representantes y representados, resulta fundamental para construir un nuevo tipo de
organización política de izquierda, que se reconozca (y sea realmente) sociopolítica, y

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79
que inscriba su razón de ser y su actividad como parte de un proceso colectivo social
encaminado a la superación de la enajenación político-social-cultural de los
representados y también de los representantes, que resultan también alienados por auto
sobresaturación de -lo que consideran- “su papel”.
Es necesario crear modalidades colectivas de representación que –acortando las
distancias entre representantes y representados-, liberen a los representantes del acto de
suplantar a los representados y a éstos de la indiferencia y el extrañamiento respecto a la
elaboración de las propuestas, la decisión y gestión del representante y los resultados
que de ellas se desprenderán.
Se trata de inventar, buscar y probar nuevas formas de representación, asentadas en la
participación integral (e interdependiente) de los protagonistas, que se constituyen en
promotoras y potenciadoras del protagonismo colectivo, contribuyendo a hacer emerger
a la clase y al pueblo como sujeto de su historia. Estas nuevas formas de representación
se asientan en la democracia directa – conjugando diversas modalidades- y se
construyen sobre la base de la participación plena desde abajo, de todos y cada uno de
los representados. Sería algo así como “mandar obedeciendo”, como señalan los
zapatistas, aunque en realidad, no se trata de mandar, sino de cumplir y hacer cumplir
las decisiones discutidas y asumidas con la participación directa y plena de todos los
involucrados en el proceso en cuestión.
El desarrollo práctico de nuevas modalidades de representación irá disminuyendo la
enajenación política del pueblo, en un proceso constante y creciente (en el sentido de
multidimensional) de participación-apropiación protagónica de los actores intervinientes
respecto del proceso de transformación mismo, hasta su eliminación (anhelo
constitutivo –junto a otros- de la utopía de liberación).
Para ello, resulta central democratizar todos los ámbitos de existencia y organización de
los actores sociopolíticos, impulsar la participación consciente de todos y cada uno de
ellos en cada etapa del proceso. Porque son ellos, los actores-sujetos mismos, los que
irán definiendo –en interacción con las circunstancias socioeconómicas y culturales
nacionales e internacionales-, la marcha del proceso, el ritmo y la profundidad de las
transformaciones.

Representación y organización desde abajo: plural, horizontal, participativo


En las experiencias de construcción política y social que se desarrollan desde abajo, la
gestación de un nuevo tipo de representación implica la coherencia entre medios y fines.
La lucha contra la enajenación política reclama también –anudado al cuestionamiento
radical respecto a los modos de representación (y organización) política-, un nuevo
modo de articulación (re-articulación) de lo social y lo político, de lo reivindicativo y lo
político, así como la democratización (apertura, ampliación) de la participación de los
protagonistas en ambos espacios.
En el proceso de luchas reivindicativas, se abren las mayores posibilidades para que la
participación de los y las protagonistas de las luchas vaya ampliándose desde abajo,
descubriendo nuevas aristas, incorporando nuevas facetas, desatando la creatividad e
iniciativa de los actores sociales que le dan vida, que se transforman –con el desarrollo

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de procesos reflexivo-críticos de la realidad en la que viven, y de sus experiencias- en
protagonistas cada vez más conscientes, en pensadores-constructores y en constructores-
pensadores de su presente y su futuro. Y todo esto es construcción política.
En toda lucha reivindicativa resulta importante ir respondiendo a las demandas
sectoriales, conteniendo a sus protagonistas en instancias organizativas que garanticen
la permanencia. Precisamente por ello, resulta imprescindible ir construyendo
colectivamente un marco de contención y proyección hacia dimensiones, espacios y
problemáticas más amplias y abarcadoras, hacia la transformación integral de la
sociedad, evitando que aquello que tradicionalmente se considera “lo reivindicativo” se
extinga en lo que en nuestro imaginario esperamos sea “lo político”. Por lo tanto, en el
caso de lo reivindicativo es importante tender puentes, construir articulaciones que
enlacen uno y otro momento o dimensiones de lucha.
Lo anteriormente mencionado, puede sintetizarse en dos tareas fundamentales:
permanencia y organización, es decir, lograr que la organización permanezca y se
desarrolle en ausencia de conflictos, por ejemplo, con el desarrollo de actividades
culturales, de formación de liderazgo de base, de tareas comunitarias (como
alfabetización, atención a la tercera edad, etcétera.).

Las articulaciones tenderían puentes (estables e inestables) entre los mundos o ámbitos
aparentemente separados e inconexos, generando nodos de entrecruzamiento y
confluencia (ámbitos o espacios sociopolíticos), de cuestionamientos y apuestas a
transformaciones profundas a las estructuras culturales, económicas y políticas de la
dominación hegemónica del poder, que tenderían a conformar –articulados con otros
nodos de similar carácter- cristalizaciones organizativas o ámbitos de interacción
sociopolíticos, hasta conformar una suerte de red sociopolítica de actores,
problemáticas, etcétera.
Este modo de articulación solo puede construirse, afianzarse y desarrollarse sobre la
base de la lógica de las relaciones horizontales (que no significa que sean “planas”),
entre los actores sociopolíticos y sus problemáticas, potenciando sus logros y sus
conciencias hacia planos superiores de transformación (y autotransformación),
avanzando colectivamente (actores, problemáticas y formas organizativas) en la
profundización de la construcción de contrapoder, proyecto, conciencia, organización en
el proceso de constitución de los actores sociopolíticos en actor colectivo, sujeto
popular plural del cambio. Así lo muestra claramente, por ejemplo, el proceso de
construcción colectiva de los diversos actores sociopolíticos en la Bolivia actual.

3.3.1 Experiencias latinoamericanas

En lo referente a los movimientos sociales, las experiencias de los movimientos


barriales (COPADEBA, en República Dominicana), de los movimientos campesinos
(MST, Brasil), y los movimientos campesino-indígenas de la zona andina; en el
movimiento obrero: la experiencia de la nueva concepción político-sindical desarrollada
por la Central de Trabajadores de Argentina, la del movimiento de desocupados y de las
asambleas barriales, de Argentina; todos ellos aportan elementos práctico conceptuales
muy importantes en relación con la problemática del sujeto popular y a la articulación

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81
de lo político-social en Latinoamérica. De ellos, se considera oportuno enfatizar aquí –
muy resumidamente- lo siguiente:

En la experiencia de COPADEBA (Comité para la Defensa de los Derechos Barriales),


de Santo Domingo:
La polémica y el redimensionamiento de la organización a partir de la redefinición del
concepto de representación, desde una dimensión sociopolítica que prioriza la
participación directa de la ciudadanía a través de sus territorios, haciendo de lo
territorial, de ese modo, un ámbito protagonista, y escenario de la disputa y la
construcción sociopolítica tanto en lo referente a la conciencia colectiva como a la
organización y proyecto de transformación de la ciudad (y de la sociedad). Creadores
por naturaleza del concepto de construcción del poder desde abajo, que he rescatado de
sus prácticas, conceptualizado y tomado como eje en mis trabajos y metodología de
construcción.19 Coincidiendo con la experiencia de otros movimientos sociales del
continente, toman como punto de partida la unidad entre lo reivindicativo y lo político,
e identifican como una necesidad de la época actual la construcción articulada de una
conducción políticosocial en su país. Basándose en ello, conciben el proceso de lucha y
transformación social como un proceso político-pedagógico de formación
autoformación de conciencia (de poder y de sujetos), que se acumula –más allá de lo
individual pero sin negarlo-, fundamentalmente en la organización colectiva barrial, que
resulta síntesis de sus protagonistas.

En la experiencia del Movimiento Sin Tierra, de Brasil:


El mayor impacto es el empeño pedagógico sistemático, integral y articulado con las
luchas por la tierra, la dignidad y la vida plena de los campesinos y todos los
trabajadores; he visitado varios de sus campamentos, y no tengo dudas de la fuerza y el
arraigo de los principios profundamente democráticos, participativos y pedagógicos que
acompañan el esfuerzo titánico de los campesinos sin tierra por un Brasil diferente,
basado en principios de equidad, justicia social y dignidad, que abran paso a la
formación de seres humanos nuevos. De ahí que Paulo Freire y el Che Guevara estén
entre sus referentes principales. Nada es dejado para un futuro mejor en espera de
mejores condiciones; la transformación es desde ahora, desde abajo, en cada
campamento, en cada toma de tierra, en cada movilización, en cada jornada de trabajo,
es siempre. Articulado con esto está la clara definición que el MST ha elaborado
respecto a la problemática a enfrentar y en la identificación del pueblo como sujeto (aun
potencial) que se constituye en la lucha por “un Brasil para todos”.

En la experiencia de la Central de Trabajadores Argentinos:


La determinación de no delegar la construcción del poder de los trabajadores (poder
propio) ni al Estado, ni a los partidos, ni a los gobiernos, ni a la patronal; la articulación
de trabajadores ocupados y desocupados como principio básico para evitar, en primer
lugar, el chantaje de pobres contra pobres, y como puente indispensable en la
articulación-reconstrucción del poder de la clase como poder de la sociedad,
replanteando tanto la conformación de la clase como su papel social, no considerándola
como único sujeto del cambio sino como actor central capaz de articular el conjunto de
actores sociales fragmentados, sus problemáticas y aspiraciones, así como su
conciencia, sus modos de organización y propuestas, en aras de reconstruir una

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conciencia colectiva que -construyendo y acumulando poder-, sea a su vez camino
constituyente del sujeto colectivo capaz de dar forma a un proyecto común y expresarlo
programáticamente, buscando encauzar (y conducir) las acciones colectivas hacia la
concreción de los objetivos de transformación social propuestos colectivamente.
Todo ello se traduce, desde el inicio, en la definición de la CTA de practicar y construir
un sindicalismo político, lo cual –combinado con el reconocimiento mayoritario entre
sus miembros de la unidad entre lo reivindicativo y lo político-, se anuda en la definida
vocación centrada en construir un movimiento políticosocial en articulación con otros
actores políticos y sociopolíticos (aspecto que define expresamente el reciente celebrado
VI Congreso de la organización).

En la experiencia del Movimiento Al Socialismo, Instrumento político para la soberanía


de los pueblos, de Bolivia:
La determinación a construir alternativas desde situaciones de grandes adversidades,
económico-sociales, culturales, políticas (locales, regionales e internacionales); la
fuerza que el respeto a la tierra, es decir a la vida y a la cultura de los pueblos imprime a
los movimientos sociales campesinos, y más aun a los campesinos cocaleros. Aislados
en su lucha tanto de sectores urbanos como de otros sectores rurales y de trabajadores,
se trazan entre sus objetivos, en primer lugar, la articulación con todos los sectores
campesinos, de los campesinos con los trabajadores, y de todos ellos con las
poblaciones urbanas. Teniendo en cuenta que la realidad de la diferenciación-
discriminación étnica está presente –como subyacente transversal- en estas
articulaciones, la determinación política y práctica de remontarse por encima de ella –
precisamente por dar cuenta de ella- por parte de los cocaleros, integrados
mayoritariamente por poblaciones de los pueblos aymaras y quechuas (radicados) en
Bolivia, adquiere una mayor dimensión políticosocial.
En segundo lugar, la decisión de terminar con la fractura entre lo social, reivindicativo
(sectorial) y lo político (nacional), entre las organizaciones sindicales y sociales y las de
representación política. Nutridos de la experiencia histórica rica en resistencia, luchas –
incluso experiencias revolucionarias como la del 53-, los cocaleros se constituyen –
desde una situación de gran adversidad, en los abanderados primeros de la decisión de
no delegar su protagonismo, y construir las articulaciones sociales y políticas necesarias
para lograr la formación de un poderoso instrumento políticosocial por la soberanía de
los pueblos (indígenas y mestizos) de Bolivia.
La definición de instrumento político que acompaña al nombre del MAS, que fija –casi
por la mención reiterada de su nombre-, la decisión de que los pueblos no delegan su
protagonismo, no se subordinan al partido político, sino que éste es un instrumento para
alcanzar determinados objetivos, y que -en virtud de ello- sus formas y modalidades
resultan subordinadas a las decisiones que se construyen y se toman desde abajo, con la
participación directa de los protagonistas del proceso de lucha y transformación. El
ejemplo dado por la lucha de los cocaleros, de que el eje de las luchas sociales no
responde a dogmas doctrinarios, que los actores sociales que traccionan a todo el
movimiento de lucha se constituyen allí donde radica el conflicto central que sacude y
envuelve a su país o región. Este es uno de los grandes méritos de ese movimiento
políticosocial campesino: no dejarse vencer de antemano por las adversidades reales –

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83
basta recordar, por ejemplo, la presencia injerencista norteamericana vigilante directa en
la zona del Chapare-, y dedicarse a construir los puentes necesarios para articularse con
otros movimientos campesinos y otros sectores y actores sociales, en el empeño –que
van tornando colectivo- de construir una organización políticosocial colectiva basada en
la democracia y la participación desde abajo, avaladas por relaciones de horizontalidad.
A todo ello hay que sumarle el hecho de que en medio de este proceso-esfuerzo de
construcción –aun con reconocidas debilidades en organización, formación, etc.-, se han
enfrentado a la participación electoral, abriendo un nuevo frente de presencia,
aprendizaje y construcción: el de gobernar municipios rurales y urbanos, ser miembros
del parlamento. Todo ello habla de la voluntad, el tesón y la decisión colectiva -que se
condensaron en un momento en el sector campesino cocalero del Chapare-, como
componentes fundamentales de la posibilidad de vencer: creer que es posible y decidirse
a hacerlo. No importan el tiempo y el empeño que lleve cuando es obra de pueblo -
reconstituido como sujeto-, conciente de que llegó la hora de adueñarse de sus destinos.

En la experiencia de la CO(AIE (Confederación de (acionalidades Indígenas del


Ecuador):
La dignidad de los pueblos indígenas –como en todos los casos- en años de resistencia
activa a la conquista-despojo, plasmada, entre muchas labores, en aquellas que
apostaron a formar a hombres y mujeres de sus pueblos y capacitarlos, en primer lugar,
para que sepan rescatar sus valores y sabiduría propios, y, en segundo, para que –sobre
esa base- puedan intercambiar en igualdad de condiciones con el mundo “blanco-
urbano”.
La educación ha desempeñado en la experiencia ecuatoriana un papel político-cultural
particularmente fundamental, y –articulado a ella-, la organización: como pueblo, como
pueblos, y como sociedad toda, enlazando lo socio-étnico-cultural con lo políticosocial,
en primer lugar, con la soberanía, con el derecho de los pueblos a (decidir sobre) sus
territorios, y sobre esa base, a las riquezas naturales que ellos contienen, que claramente
son sinónimo de vida. El rescate práctico de la memoria histórica, que ha conducido –al
ser apropiada críticamente por los pueblos indígenas- a superar la fractura entre
organizaciones indígenas, organizaciones sindicales y partidos de izquierda, cuyas
posiciones sectarias y excluyentes habían reducido a los pueblos indígenas a la categoría
indistinta de “campesinos” y –sobre esa base-, los habían descalificados y excluido de
su definición (teórica y práctica) de sujeto social y político.
Como dice Blanca Chancoso: “(...) Desde mucho tiempo se ha invisibilizado -así
como se invisibiliza a las mujeres, mucho más- a los pueblos, a las nacionalidades
indígenas, que hemos sido muy invisibles también. // Desde cuando se nos negó la
existencia, se nos negó que habláramos nuestro idioma, que vistiéramos como lo que
somos, desde cuando nos quitaron incluso nuestras propias formas de
gobernabilidad, incluso se quedaron truncadas nuestras ciencias. Creo que es
importante en estos momentos, que hablemos también de esta situación. Porque
mucho se quiso confundir. Cuando vinieron los primeros supuestos conquistadores –
los invasores, decimos nosotros-, nos dieron un nombre que nunca fue nuestro;
confundidos de país, por eso nos dieron el nombre de indios, pero en la etapa de
desarrollo de la colonia, por querernos dar un trato igualitario o un trato
supuestamente de respeto, nos han dicho “naturales”; otros, los antropólogos, nos
han llamado “tribus”, o lo que sea… Con el avance de la lucha social que se ha dado

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en otros países, que también ha ido influenciando en muchos lados, nos dieron a
todos el nombre generalizado de “campesinos”, como los trabajadores del campo.
Pero es importante diferenciar, y yo me atrevo a esto, porque nosotros sí tuvimos un
proceso de este término. Y eso nos ha estado costando mucho hasta ahora: que se nos
aceptara como tal. Con eso no quiero decir que queremos aislarnos, ni sentirnos
como algo del folclore; al contrario, es partir de nuestra identidad, afirmar de lo que
somos nosotros.” (“Fortalecer los lazos de solidaridad entre nosotros”, Revista
Pasado y Presente XXI, 2002)
La determinación a terminar con las fracturas étnicas, culturales, sociales y políticas que
–también desde condiciones adversas y desde una centralidad no clásica ni
preestablecida de las luchas sociales- habían obstaculizado la reconstrucción del pueblo
ecuatoriano como sujeto de su historia, acompañada por la decisión de hacerse cargo de
los problemas que han definido como ejes del conflicto nacional, aún sin tener todas las
condiciones para ello, esforzándose por construir en el mismo caminar, aceptando el –
nada complaciente- riesgo de equivocarse. La conciencia plena de que el eje central de
las resistencias y las luchas actuales hoy, se centra en la defensa de la soberanía
territorial asociada a la defensa de la naturaleza y la consiguiente claridad de que hoy
está en juego de modo directo -y radical- la sobrevivencia misma de los pueblos. De ahí
su participación decidida en la lucha contra el anexionismo que encierra el ALCA y sus
tentáculos estratégicos: el Plan Colombia y la (pantalla de la) lucha antidrogas en
general, la presencia de tropas norteamericanas en la Base de Manta y en otras regiones
del continente, las leyes sobre las patentes de los medicamentos, etcétera.
“Decía alguna vez, no sé si por buena o mala suerte, no sé cuál sea, pero mientras
más nos han quitado de la ciudad, de las planicies, de los barrios, los indios -quizá
para autoprotegernos- como que nos hemos ido cada vez más hacia adentro, a la
selva, hacia la montaña, y en los espacios donde hemos estado hemos encontrado
minas de minerales, ahí está el petróleo, ahí está el azufre, ahí está…bueno, algunos
recursos naturales importantes también. Entonces ahora tienen que acabar la
conquista ahí. // Y también ha habido las resistencias para no permitir justamente a
las petroleras, a las transnacionales, que se lleven nuestros recursos. Y entonces
ahora, bajo el paraguas de combatir el narcotráfico, han empezado a fumigar de
manera generalizada, sin respetar ni la soberanía de los países, ni las fronteras…
entonces también sobre los humanos. Y claro, con el famoso Plan Colombia, se ha
generado ahora el desplazamiento obligado de los indígenas de esas poblaciones.
Y mañana estaremos sin territorio; en nuestro territorio estará puesto algún letrero
que diga: prohibido pasar; prohibido regresar. ¿Y dónde es que vamos a quedar los
indios que éramos dueños de ese espacio? Deambulando en las calles, mendigando
porque no sabemos trabajar en la ciudad; la vida es del campo también…
Esta situación no se ha hablado, y para nosotros la única forma de poder proteger la
vida y también esos espacios, ha sido justamente afirmar nuestra identidad, para
poderla sentir y con ese amor seguir defendiendo.” (Blanca Chancoso, Idem).
De ahí también su destacada y esforzada presencia en los organismos internacionales -
denunciando, informando, comunicando-, y en los diversos foros sociales (temáticos,
regionales y mundiales) impulsando la construcción de una red solidaria de
comunicación e información entre los pueblos.

En la experiencia del Frente político-social, de Colombia:

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La decisión de tomar la política en sus manos que comienza a instancias de la CUT y la
lleva a articularse con un amplio grupo de organizaciones sociales y políticas para
conformar un frente político-social dirigido, en primera instancia, a participar en la
contienda electoral que se avecinaba, lo cual lo marca, de entrada, como un frente
electoral, abriendo una brecha de imponderables debilidades.24 La importancia de esta
experiencia radica sobre todo en sus errores; son ellos los que confirman ciertas
hipótesis, ya sea en sentido de afirmación o rechazo. Entre ellos destaco –además de lo
ya expuesto-: El marcado carácter superestructural de la constitución del Frente, lo cual
lleva a que, en vez de construir alianzas y acuerdos desde abajo, en la construcción
concreta de alternativas, se priorice la constitución de un frente a partir de acuerdos
entre las direcciones (cúpulas) de las organizaciones sociales y políticas.
Lo sociopolítico, en este caso, estaba dado más por esta conjunción copulativa por
superposición que por la comprensión práctica de que no hay política posible sin
práctica social, que no hay movimiento social que no sea a su vez político, y que no hay
movimiento político que no sea social [Marx].
El que no prosperara esa apuesta sobre aquellas bases, demuestra, no que el frente
político-social es una quimera (como afirman los dogmáticos al emplearlo como sostén
de sus viejas concepciones), sino que no puede construirse sobre la base de un acuerdo
entre organizaciones (siglas), que requiere de una labor constante y sistemática de
construcción colectiva y desde abajo: en lo social, lo político, los derechos humanos, las
mujeres, los desplazados, lo sindical, etc. Y para ello no hay fronteras ficticias entre lo
reivindicativo y lo político: es fundamental la participación de los sindicatos, en primer
lugar, y de los partidos de izquierda, ya que juntos pueden dar los primeros pasos para
acortar hasta eliminar la fractura originaria entre la clase y el (supuesto) partido de la
clase, y sobre esa base –y simultáneamente- articular al conjunto de actores sociales.
Lejos de un llamado a abandonar el camino iniciado, la realidad colombiana llama –
apelando a la experiencia petista brasileña- a persistir en el intento rectificando los
errores-limitaciones del nacimiento primero, empeñándose en construir lo que será –
quizá-, la refundación desde abajo de un nuevo frente político-social en Colombia.

En la experiencia de los Piqueteros, de Argentina:


El reconocimiento -una vez más-, de que la dignidad es un valor humano no tangible
aunque sensible que -cuando se articula a la lucha por la vida, que es en esencia una
lucha por la justicia y los derechos humanos fundamentales-, resulta un motor imparable
de la fuerza social que lo hace posible con sus cuerpos. Y esa dignidad hubo de ser
reconquistada en las calles, cuerpo a cuerpo, derribando prejuicios sociales instalados en
otras épocas acerca de las causas de la desocupación y el porqué de los desocupados,
demostrando que no son vagos ni “perdedores”, sino trabajadores sin trabajo por
destrucción del aparato productivo nacional, por la implementación del neoliberalismo
(adaptado para el tercer mundo, es decir, colonizador), y el consiguiente
desentendimiento del Estado de sus hasta hace poco deberes sociales para con los
ciudadanos. El rescate de las carreteras y calles (junto a otras experiencias de los
pueblos latinoamericanos) como ámbito legítimo de denuncia de su situación, de
resistencia a la exclusión y de lucha por la sobrevivencia de los desocupados y sus
familias, asumiendo que a ellas han sido arrojados, sin miramientos, por el capital y que
–por tanto- es desde allí desde donde deben (y pueden) reclamar.

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El desarrollo de un amplio proceso político-pedagógico de formación de conciencia
colectiva, que (en esta fase histórica) se inició en los primeros cortes en el sur del país,
en Cutral Có y Plaza Huincul, allá por los años 95-97, siguió en el norte, en Tartagal y
Mosconi, y se extendió en el Gran Buenos Aires, alcanzando mucha fuerza en el
período 2000-2001; los prolongados cortes y piquetes en las rutas, y las marchas
piqueteras articuladas a organizaciones sindicales, políticas y de derechos humanos, que
se llevaron a cabo desde y hacia el interior del país y la Capital, y desde el conurbano
bonaerense hacia la Capital, sembraron semillas que germinaron a tiempo en la
conciencia colectiva del pueblo e hicieron posible, también –junto a muchas otras
resistencias y luchas-, el gran piquete nacional los días 19 y 20 de diciembre del 2001.
La búsqueda de alternativas (también) desde una condición adversa, dando cuenta del
problema central que dibuja el drama nacional: el trabajo, en el entendido que éste es
articulador de producción, distribución y consumo, de inserción del país en la región, el
continente y el mundo, y que –para reinstalarlo- hay que conquistar un mínimo de
soberanía y replantearse construir una nación; el pueblo emerge también -desde ellos-
como el gran protagonista de su historia.

En la experiencia de Chiapas, en México:


La fuerza de la resistencia y la perseverancia –no importa cuánto tiempo- de un pueblo
largamente invisibilizado que se ha empeñado en rescatarse como pueblo y rescatar sus
valores como seres humanos plenos y dignos. Su empeño en transformar la sociedad,
empezando por transformarse a sí mismos, como elemento esencial de la lucha y la
construcción de una nueva sociedad. El levantamiento insurreccional del pueblo como
momento de denuncia y reafirmación de su identidad, y no como indicación de un
camino de lucha (armada) para “tomar el poder”. La decisión de decir, ¡Basta!, a su
situación de exclusión y exterminio, y su llamado a la movilización al pueblo mexicano,
realizado –como en otros casos- desde condiciones muy adversas. La subversión de las
lógicas tradicionales de representación política que se resumen en el “mandar
obedeciendo”, y en las prácticas profundamente participativas de sus organizaciones
políticosociales. El salir a convocar –mediante largas marchas- a los demás sectores del
pueblo mexicano, en un primer momento, como acto de solidaridad con su realidad de
pueblo excluido, y luego, como deber para consigo mismos y consiguientemente para
con la nación mexicana toda. El orgullo de su historia rescatada, y el poner sobre el
tapete -respaldado con toda su trayectoria y su existencia actual-, el hecho de que sujeto
no se nace, sino se hace, y que para hacerlo hay que salir a convocar a todos -a partir de
convocarse a uno mismo, como sector social y como individuo-, a hacerse cargo de
protagonizar las transformaciones sociales que se decida realizar (colectivamente).
“...somos los herederos de los verdaderos forjadores de nuestra nacionalidad, los
desposeídos somos millones y llamamos a todos nuestros hermanos a que se sumen a
este llamado como el único camino para no morir de hambre ante la ambición
insaciable...”
[“Declaración de la Selva Lacandona”, 2 de enero de 1994. En: EZLN, documentos y comunicados
No. 1. Ediciones Era, México, 2000, quinta reimpresión, p.33.]

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87
3. 4 Poder, estado y sociedad: La relación entre movimientos sociales y gobiernos.
Experiencias latinoamericanas

Lea el texto siguiente: “Gobiernos populares en América Latina, ¿Revoluciones o neo-


reformismo?” [En: [Link], sección “Artículos/Isabel Rauber”]
A partir de la lectura indicada, exponga y comente sintéticamente 3 ideas que considere
centrales y argumente su respuesta (explique porqué las considera centrales); diga –
además-, cuál es la relación que esto tiene o podría tener con la realidad argentina.
[Envíe por mail el trabajo a su tutor/a.. Extensión máxima 1 página (1800 caracteres)

3. 5 Foro. Actividades de reflexión e integración

Foro: Participe del FORO exponiendo sus puntos de vista acerca de :

A) Explique en que consiste la unidad entre lo reivindicativo y lo político y cómo esta se


manifiesta en las prácticas de los movimientos sociales de su entorno. Ejemplifique con 1 caso.
B) ¿Cómo se articulan o se podrían articular las luchas reivindicativas y sus actores?
ota: Además de exponer sus puntos de vista, interactúe con los de sus compañeros.
Atienda a los comentarios y o sugerencias de su profesor/a guía.

Semana 6

Unidad 4. Poder y sociedad. La construcción de poder desde abajo

Objetivos
• Introducir el debate sobre el poder y los procesos de transformación social: las
revoluciones “desde arriba” y las revoluciones “desde abajo”.
• Conocer el contenido de la propuesta de “construcción de poder desde abajo”, en
la perspectiva de las revoluciones sociales desde abajo.
• Exponer y argumentar los conceptos claves que hacen a la construcción de poder
desde abajo.
• Conocer los planteamientos centrales acerca de interculturalidad,
multiculturalidad y descolonización.
• Profundizar el conocimiento acerca del papel que desempaña en la
Latinoamérica actual la lucha de ideas.

Índice temático
4.1 Poder: definición y contenido histórico y social del concepto. Significación y
alcance político actual.
4.2 Construcción de poder desde abajo: importancia para la transformación
social y la construcción de alternativas sustentables y sostenibles.

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4.3 Conceptos claves (definición e interrelaciones): participación, equidad,
democracia, horizontalidad, articulación, género, construcción, transición y
tendido de puentes.
4.4 Interculturalidad y multiculturalidad. Descolonización. La lucha de ideas
como centro del debate ideológico-cultural actual.
4.5 Análisis de experiencias locales por parte de los cursantes.

Contenidos

4.1 Poder: definición y contenido histórico y social del concepto. Significación y


alcance político actual

Concepción integral del poder


El poder es, en primer lugar, una relación social o, mejor dicho, un modo de articulación
de un conjunto de relaciones sociales que –marcadas por intereses de clase interactúan
de un modo específico en cada sociedad, en cada momento histórico concreto. Estas
relaciones no se reducen a la esfera del poder político, se asientan en las relaciones
económicas establecidas por el dominio del capital, que se reafirman y reproducen a
través de un complejo sistema sociocultural que define un determinado modo de vida.
Todo ello se resume y condensa como poder dominante, poder que produce y reproduce
una compleja trama social, económica, política y cultural, interarticulada a través de la
vida cotidiana.

Poder, sociedad y política


El modo de articulación sociocultural que reafirma, impone y recrea el tipo de poder
dominante fue definido por Gramsci como hegemonía, concepto que hoy cobra peculiar
significación práctica en el proceso de disputa con el poder, y de construcción de poder
propio (contra-hegemonía popular) desde abajo.

El poder, la sociedad y la política se articulan por medio de la relación de hegemonía


Como afirmamos en la clase pasada al revisar el pensamiento de Antonio Gramsci, la
sociedad civil (formada por el conjunto de los organismos vulgarmente llamados
privados y que corresponden a la función de hegemonía que el grupo dominante ejerce
sobre toda la sociedad) y la sociedad política (aparato del Estado) son las dos esferas
que forman la superestructura.
Recordemos que la sociedad civil está compuesta por la ideología de la clase dominante,
por su concepción del mundo particular expresada en el folklore, el sentido común, la
religión y la filosofía y los medios y organizaciones de comunicación (la dirección
ideológica de la sociedad). La sociedad política funciona a través del consenso. Pero
para que la clase dirigente pueda dirigir por medio del consenso, debe hacer que su
concepción del mundo penetre en las otras capas sociales y que éstas la asuman como
propia.
Por otro lado, la sociedad política corresponde al aparto del Estado y su función es la
coerción legal y la represión.

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La sociedad política y la sociedad civil mantienen entre sí una relación constante. La
sociedad civil busca hegemonía mediante el consenso y la sociedad política mediante la
coerción (el derecho y en casos extremos el uso de la violencia). La clase dirigente es
hegemónica cuando logra legitimar su dominación bajo estos dos aspectos: el consenso
y la coerción. No existe sistema social donde solamente por medio del consenso se logre
hegemonía ni Estado donde un sólo grupo domine siempre por pura coerción.
La hegemonía le permite al grupo dominante proyectar su poder económico sobre todos
los aspectos de la sociedad. La dominación excede el terreno económico, el poder de los
que mandan no es sólo el poder del dinero, no alcanza con eso. El poder material es la
base pero la hegemonía, una forma mucho más completa de dominación, nos muestra
que el poder es también social. Una concepción del mundo particular, la de la clase
dirigente, gana el apoyo de las mayorías, es decir que se vuelve consenso, y desde ahí se
reproduce con una fuerza inusitada. La ideología, el sentido común, la filosofía, el
folklore y la religión, además del Estado, la policía y el derecho, se tiñen de la
concepción del mundo de la clase dirigente gracias al apoyo de las mayor parte de la
sociedad. La hegemonía es la forma de ejercer el poder en la democracia.
Para ver un ejemplo de esto podemos pensar en el neoliberalismo, tal como lo hicimos
en la unidad 1. Los centros de poder económico a nivel mundial y especialmente en
América, diseñan un modo de proyectar su concepción del mundo sobre las grandes
mayorías sociales de Latinoamérica. ¿Cuál era su concepción del mundo? El
individualismo como valor supremo. La privatización de los sectores públicos
(empresas estatales, sistemas de salud, educación, etc.) viene a ser la traducción política
de este valor. Sobre el individualismo y la privatización se pueden montar otros valores
como la eficiencia, la calidad y el acceso a la tecnología de avanzada, una suerte de
imitación de los países centrales, del “primer mundo”. Pero esto implicaba, como
contracara, la desocupación y la desprotección social de los sectores sociales más
desfavorecidos. ¿Cómo hacer entonces para implementar un programa excluyente por
vías democráticas, sin represión ni dictadura? Sólo una respuesta es posible: ganando el
apoyo de la gente, consiguiendo el consenso. Entonces el individualismo, la eficiencia
de lo privado y la ineficiencia de lo público se proclamaron desde los medios de
comunicación, desde los intelectuales y la filosofía neoliberal, desde las jerarquías
religiosas, desde el propio Estado. Se construyó así un relato, una historia argentina
basada en la ineficiencia de lo público y una utopía, un sueño colectivo que conquistó la
emoción de la gente: ser iguales al “primer mundo”, gozar de la estabilidad monetaria y
del acceso a los bienes de calidad. En Argentina a esto se sumó el efecto imparable de
un golpe de mercado: la hiperinflación impulsada por los actores económicos más
poderosos desparramó el pánico social convenciendo definitivamente a la población de
que el plan neoliberal era la única salida.
Es importante entender esto: sin consenso no hay hegemonía y son hegemonía el poder
se debilita. Sin consenso social no hubiese habido neoliberalismo posible.
De este modo, vemos que la relación de hegemonía se establece articulando lo
económico-social con lo político. Desde la concepción integral de la sociedad elaborada
por Marx y profundizada por Gramsci, es posible superar la división instaurada por el
pensamiento liberal y entender la unidad integral de lo social.

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Una clase social se vuelve hegemónica porque se constituye como articuladora político-
social de las relaciones sociales levantadas a partir de la oposición estructural
capital-trabajo, que instaura desde los cimientos mismos el carácter de clase de las
interrelaciones entre ellos.
Esta relación hegemónica dominante y de dominación se expresa concentradamente —
sobre la base de una múltiple e intrincada madeja cultural, ideológica y política que
atraviesa todo—, en la constitución de un determinado tipo de poder político y su
aparato estatal. El Estado, entonces, es solo una parte del poder político, y del Poder (de
la relación de poder de la clase del capital sobre la del trabajo y —a partir de allí—
sobre toda la sociedad).
Estas relaciones no se reducen a la esfera del poder político, se asientan en las
relaciones económicas establecidas por el dominio del capital, que se reafirman y
reproducen a través de un complejo sistema sociocultural que define un determinado
modo de vida. Todo ello se resume y condensa como poder dominante, poder que
produce y reproduce una compleja trama social, económica, política y cultural,
interarticulada a través de la vida cotidiana.
Los medios de comunicación, las modas, el mundo del consumo en general es un
espacio a partir del cual se intenta moldear conciencias y producir sujetos dispuestos a
vivir y producir a partir de dichos lineamientos.

La contra-hegemonía popular: una primera aproximación


La construcción de poder propio se asume, desde esta perspectiva, como parte del
necesario proceso de de-construcción de la ideología y las culturas dominantes y de
dominación, que es simultáneamente un proceso de construcción de nuevas formas de
saberes, de capacidades organizativas y de decisión y gobierno de lo propio en el campo
popular. Son nuevas formas que constituyen modos de empoderamiento local-
territoriales, bases de la creación y creciente acumulación de un nuevo tipo de poder
participativo-consciente –no enajenado desde abajo, de desarrollo de las conciencias, de
las culturas sumergidas y oprimidas, con múltiples y entrelazadas formas encaminadas a
la transformación global de la sociedad.

4.2 Construcción de poder desde abajo: importancia para la transformación social


y la construcción de alternativas sustentables y sostenibles.

Las revoluciones sociales desde abajo y una nueva estrategia de poder: la construcción
de poder desde abajo
En los años 60 y 70, en Latinoamérica se debatían –centralmente- dos concepciones
estratégicas para la superación del capitalismo:
-La reformista, que planteaba la revolución por etapas (democrático-burguesa primero y
luego socialista) y el camino de reformas graduales como vía para concretarlas.
-La revolucionaria, que centraba las capacidades políticas y organizativas en la lucha
directa por la conquista del poder político, para –sobre esa base- crear las condiciones
necesarias para iniciar las transformaciones económicas y sociales que permitirían
avanzar hacia el socialismo (período de transición).

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En ambos casos se partía de aceptar como válidas tres premisas, consideradas condición
para transformar la sociedad con un sentido socialista. Dichas premisas pueden
agruparse en lo económico y en lo político-ideológico.
-Que el capitalismo desarrollado sienta las bases para el socialismo
-Que en el seno del capitalismo es imposible crear las bases de la sociedad socialista
-Que la conciencia se transforma “automáticamente” a partir de los cambios en la
base económica
De ellas se desprendía la convicción de que el socialismo no podía gestarse en el seno
del capitalismo. Paradójicamente, sin embargo, se consideraba que el alto desarrollo de
éste constituía una premisa indispensable para la posibilidad de existencia del
socialismo. Precisamente, por ello, la ausencia de tal condición: el escaso desarrollo
económico o, más bien, en nuestras realidades, el subdesarrollo dependiente, reforzaba
en los sectores revolucionarios la convicción acerca de la necesidad de tomar el poder
para abrir un período de transición destinado a sentar las bases materiales que
posibilitarían luego construir el socialismo.
La conquista del poder político permitiría estatizar los medios fundamentales de
producción para comenzar una etapa de completamiento del desarrollo capitalista, ahora
sin capitalistas, capitaneada por la “vanguardia política” de la clase obrera y el pueblo.
De ahí que –para tal concepción- la toma del poder constituyera el objetivo central y
primero de la lucha revolucionaria en los países periféricos o dependientes. De
conjunto, esta propuesta estratégica puede resumirse rescatando la caracterización de
Engels, como “revoluciones desde arriba”.

La construcción de poder popular desde abajo


En Latinoamérica existen hoy nuevos (y diversos) modos de pensar/transformar la
sociedad, surgidos y enriquecidos con las resistencia y luchas de los pueblos. En ellos,
la revolución social no se concibe –según la vieja usanza-, como un tiempo, “una etapa”
o un proceso que se inicia por “arriba” luego de la “toma del poder”, ni como un
resultado de ello; no es “algo que ocurre” en la sociedad a consecuencia de la
apropiación de la superestructura política y cambios estructurales por parte de una
vanguardia política, cuya tarea central sería construir las “bases materiales” para el
socialismo.
A diferencia de la metodología vanguardista que tipificó las prácticas y los derroteros
revolucionarios del siglo XX, la propuesta de revolución social desde abajo supone que
esta nace y se desarrolla en las entrañas mismas del capitalismo, con las primeras
resistencias; está presente en todo el proceso, es el proceso mismo. Este
posicionamiento y comprensión de la revolución social como un proceso de
transformación integral (social, cultural, económico y ético) permanente, se expresa y
condensa metodológica y políticamente en el concepto construcción de poder desde
abajo.
En esta perspectiva, la transformación de la sociedad se evidencia como un proceso
permanente de resistencia, de rechazo al poder hegemónico dominante y –a la vez-, de
construcción de lo nuevo, del poder popular. Este nace y se desarrolla desde abajo, se

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produce, reproduce y expresa en el modo de vida cotidiana individual, comunitaria y
social, y que es protagonizado, en primer lugar, por los hombres y las mujeres del
pueblo que viven –en el campo o en la ciudad- de vender su fuerza de trabajo para
sobrevivir. Son ellos –transformación cultural y construcción del actor colectivo
mediante-, los responsables de imprimir el contenido y la orientación al proceso
revolucionario de transformación social en cada sociedad, en la medida que sean
capaces de crearlo, construirlo, sostenerlo y desarrollarlo.
La revolución social desde abajo apuesta a construir poder popular desde abajo, es
decir, a la transformación cultural, política, ideológica y económica del modo de vida
implantado por el capital y a la construcción de un nuevo modo de vida, de una nueva
civilización humana superadora del capitalismo. Esta tarea reclama no solo de la
construcción /autoconstrucción del actor colectivo capaz de hacerla realidad en los
ámbitos locales, sino también en el ámbito global, es decir, reclama también de la
conformación de un sujeto global. Ello anuncia que se trata de un proceso global de
transformaciones profundamente imbricado con una lucha cultural, ideológica y política
acerca del ser humano y su existencia, su libertad y sus obligaciones para consigo
mismo y sus hermanos, y con la naturaleza

Precisiones del concepto “desde abajo”


El concepto desde abajo alude, en primer lugar, a un posicionamiento político-social
desde el cual se produce la transformación de la sociedad y la construcción de lo nuevo,
en el que ocupa un lugar central, protagónico, la participación de “los de abajo”. Así lo
emplearon, por ejemplo, Marx, Engels y Lenin.
Actualmente, este concepto ha ampliando su significación. Por un lado, algunos
sectores sociales y pensadores lo han reinterpretado y enarbolado como contraposición
al poder “desde arriba”, como rechazo a todo tipo de dirección centralizada y, por
extensión, a toda forma de organización social y política. En la práctica, esto se ha
traducido en distintas posiciones basistas, espontaneístas y en la divulgación de un
tergiversado anarquismo. Digo “tergiversado” puesto que el anarquismo nunca renunció
ni rechazó la organización, muy por el contrario. La disputa fundamental estuvo
marcada por los debates en torno al Estado y sus formas de desaparición: ¿se extingue o
debe abolirse? Junto a ellos se desarrollaron otros aspectos que es importante rescatar:
la defensa de las posiciones libertarias, participativas, el apelo a la horizontalidad y la
valorización de lo autogestionario como motor de la libertad individual y colectiva.
Por otro lado, rescatando las significación originaria y el ideario anarquista libertario, el
concepto “desde abajo” plantea una nueva lógica de pensamiento, acción y concepción
de las relaciones sociales y políticas: tiene su punto de partida siempre en el problema o
situación concreta al que se le busca respuesta, propuesta o solución, y en los sujetos
involucrados en ello. Esta lógica se contrapone a aquella que sustenta lo que se piensa y
ejecuta “desde arriba”, es decir, que piensa y proyecta las acciones a partir de las
superestructuras, los aparatos gubernamentales y partidarios, alimentando una
metodología propia de las minorías autoritarias, las élites iluminadas y las vanguardias.
Es por eso que, construir poder desde abajo implica, ante todo, una lógica diferente a la
tradicional hegemónica acerca de cómo contrarrestar el poder del capital, cómo construir
el poder propio, desde dónde, y quiénes lo harán. Esta lógica apela y apuesta siempre al

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protagonismo consciente de los pueblos y, simultáneamente –recuperando la
significación que Marx otorgaba a lo radical-, hace de la raíz de los problemas o
fenómenos, el punto de partida y llegada del proceso transformador. Apostar a la
construcción de poder desde abajo para transformar la sociedad implica vivir un
proceso revolucionario radical, desde abajo. Precisamente por ello, asumir esta
propuesta político-metodológica resulta central en los procesos sociotransformadores
que hoy tienen lugar en Latinoamérica, independientemente del lugar o la posición
desde la cual se impulsen las transformaciones: si desde la superestructura política, o
desde una comunidad, si desde un puesto de gobierno, o desde la cuadra de un barrio. El
papel que se desempeñe en el proceso de transformación puede estar vinculado o no a lo
institucional, puede estar ubicado “arriba”, “abajo”, o “en el medio” de los escalafones
jerárquicos establecidos en las estructuras estatales o gubernamentales, construir desde
abajo implica -en todo momento, ámbito y relación-, un posicionamiento
político-metodológico clave: partir del problema concreto y de los actores en él
involucrados, para pensar las soluciones alternativas con ellos y desde su realidad,
definirlas, diseñarlas y realizarlas. Supone siempre, por ello, una organización,
capacidad y una voluntad colectivas.
Construir poder desde abajo reclama, por tanto, un cambio cultural y político práctico,
indispensable para el análisis y la práctica política actuales de los movimientos sociales
y políticos de este continente, en tiempo de revoluciones desde abajo. Entiende que:
 La superación de la enajenación humana: la liberación individual y colectiva es el
sentido primero y último de la transformación social.
 El poder es una relación social (hegemónica, dominante) resultante de la
interrelación del conjunto de relaciones sociales, culturales, económicas, políticas,
erigidas sobre los intereses sectoriales y de clase, y reguladas por las interrelaciones
entre estas, constituyendo y expresando sobre esa base una determinada relación de
fuerzas, con predominio de una, que se constituye en fuerza hegemónica
(económica, cultural, política e ideológica), y cuya situación y fortaleza o debilidad
es puesta permanentemente en jaque en las interrelaciones de clases, y marca la
dinámica del movimiento social y político en cada momento histórico concreto.
 Tener poder propio implica ser capaz de contrarrestar el poder hegemónico al punto
de excluirlo como tal del campo de la determinación de las relaciones sociales y, a la
vez, construir su propia hegemonía en las relaciones sociales y mediante la
construcción de otro tipo de interrelaciones sociales, culturales, económicas y
políticas. Supone articular la resistencia, lucha y construcción popular, en todos los
ámbitos: desde el supuestamente mas ínfimo y cotidiano hasta las instituciones
superestructurales, sobre la base de una lógica propia, radicalmente diferente de la
del poder que se pretender superar, o se quedará prisionero de su hegemonía y poder
por más que se logre desplazarlos del aparato institucional (socialismo del siglo
XX).
 La transformación de la sociedad se desarrolla en un proceso complejo (proceso de
procesos) que anuda simultáneamente participación, construcción, apropiación y
empoderamiento colectivos, a partir de promover el protagonismo de todos y cada

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uno de los actores y actoras sociales y, consiguientemente, su conciencia y
organización.
 Rechaza la lógica, organización, pensamiento y prácticas jerárquicas y verticalistas,
discriminatorias y excluyentes. Y se propone desarrollar la horizontalidad como
base para una nueva cultura solidaria y equitativa (en la práctica, el pensamiento, la
organización, el poder).
 La participación democrática es una característica sine qua non del proceso de
transformación (y de la nueva sociedad). Su núcleo articula la participación desde
abajo del pueblo consciente y organizado, con el pluralismo (aceptación y
convivencia con las diferencias y los diferentes), y la interrelación horizontal.
 El sujeto (social, político, histórico) del cambio es plural; se expresa como actor
colectivo, y se autoconstituye como tal en el proceso mismo de resistencia, lucha y
transformación sociales. No hay sujetos a priori de las prácticas de lucha en los
momentos histórico-concretos.
 Supone un reposicionamiento y redimensionamiento y significación de la política, lo
político y el poder por parte del conjunto de actores sociales, políticos, y el pueblo
todo.
 Profundiza la dimensión sociocultural de la democracia, integrando a esta la
necesaria búsqueda de equidad de géneros, sexos, razas, etnias, capacidades, y –
sobre esta base- radicaliza la crítica al poder hegemónico dominante, contribuyendo
a su deconstrucción social, histórica y cultural, y a la construcción de nuevos
rumbos democráticos participativos.
 La construcción de lo nuevo se basa en una lógica diferente de articulación de las
luchas sociales y de sus actores, de los caminos de maduración de la conciencia
política, de la definición y organización del instrumento político, y del proceso de
construcción-acumulación de poder propio.
 Se propone superar la sociedad capitalista, transformándola desde su interior en la
misma medida en que los actores/sujetos van construyendo en sus prácticas
cotidianamente los “avances” de lo que algún día será –en integralidad- la nueva
sociedad anhelada. En ese proceso, van (auto)constituyéndose también los sujetos
que la diseñan y luchan por hacerla realidad, como tales sujetos.
 El proyecto alternativo sintetiza y define el rumbo estratégico. Es por ello, a la vez,
el eslabón que articula, cohesiona e imprime un sentido revolucionario
cuestionador-transformador a las resistencias sociales, a las luchas sectoriales y a las
propuestas reivindicativas, cohesionándolas y proyectándolas hacia la construcción
de lo que un día será una nueva civilización humana.
 Fundar y construir una nueva civilización humana significa fundar y construir un
nuevo modo de vida. Ello implica el desarrollo yuxtapuesto, simultáneo y articulado
de procesos de transformación de la sociedad, de sus modos de producción y
reproducción, de transformación-autotransformación de los hombres y las mujeres
que realizan esas transformaciones, y de las interrelaciones sociales (públicas y
privadas) entre ellos establecidas.

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95
 Los procesos y caminos de construcción del proyecto, del poder propio, y de la
(auto)constitución de actores sociales en actor colectivo (sujeto) de la
transformación, resultan estructuralmente interdependientes e interconstituyentes. El
eje vital radica en los actores-sujetos, en su capacidad para desarrollarse y
(auto)conformarse en actor colectivo del cambio (sujeto popular) y, por tanto, en su
capacidad para diseñar y definir el proyecto, construir su poder, y –a la vez- dotarse
de las formas orgánicas que el proceso de transformación vaya reclamando.

4.2.1 Construcción de poder popular

Apelar a la expresión “construir poder”, a diferencia de “tomar el poder”, indica


claramente, por un lado, que el poder no radica en las instituciones estatales-
gubernamentales, en un lugar físico determinado.
Se entiende el poder, en primer lugar, como una relación social, o mejor dicho, como
un modo de articulación del conjunto de relaciones sociales que interactúan de un
modo concreto en cada sociedad. Estas relaciones no se reducen a la esfera del poder
político, se asientan en las relaciones económicas establecidas por el dominio del
capital, y se reafirman y reproducen a través de un complejo sistema sociocultural que
define un determinado modo de vida. Todo ello se resume y condensa como poder
hegemónico dominante, poder que produce y reproduce una compleja trama social,
económica, política y cultural, interarticulada a través de la vida cotidiana.
Por otro lado, “construir poder” indica que la transformación de la sociedad no se
resuelve con un acto, que no es una consecuencia mecánica de cambios en la estructura
económica, en las relaciones de propiedad de los medios de producción, ni de los
responsables de la administración del Estado. Se trata, en primer lugar, de un proceso
complejo, múltiple, diverso, multidimensional y contradictorio que se construye con la
participación protagónica consciente de los hombres y las mujeres que la llevarán
adelante, o no es posible. Como en toda construcción, la transformación de la sociedad
se caracteriza por la concatenación de incontables procesos transformadores
simultáneos que van de lo más pequeño a lo más grande, de lo más simple a lo más
complejo y desde abajo hacia arriba. En segundo lugar, asume que la transformación de
la sociedad capitalista se inicia en el seno de la sociedad que se desea transformar; la
transformación no puede postergarse para después de la “toma del poder”.
La construcción de poder propio se asume, desde esta perspectiva, como parte del
necesario proceso de de-construcción de la ideología y las culturas dominantes y de
dominación, que es simultáneamente un proceso de construcción de nuevas formas de
saberes, de capacidades organizativas y de decisión y gobierno de lo propio en el campo
popular. Son nuevas formas que constituyen modos de empoderamiento local-
territoriales, bases de la creación y creciente acumulación de un nuevo tipo de poder
participativo-consciente –no enajenado- desde abajo, de desarrollo de las conciencias,
de las culturas sumergidas y oprimidas, con múltiples y entrelazadas formas
encaminadas a la transformación global de la sociedad.
Esto supone construir desde abajo la hegemonía política, ideológica y cultural
acerca de la nueva sociedad que se desea, simultáneamente que se la va diseñando
y construyendo (a la hegemonía y a la nueva sociedad) desde ahora, en cada

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espacio. Postergar la lucha por la superación de la enajenación humana y el inicio de los
cambios necesarios para lograrla para después de la toma del poder, empaña y aleja la
posibilidad de liberación en vez de contribuir a ella. Y esto implica un cambio radical en
la lógica de las luchas sociales, en la construcción de la conciencia política, de la
organización, del poder propio y, también, respecto al sujeto social y político de las
transformaciones.
Estos aspectos son, resumidamente, los que marcan la ruptura más nítida y radical de
esta concepción acerca de la transformación de la sociedad, respecto de las
concepciones vigentes en el siglo XX.

¿Tomar el poder o construirlo desde abajo?


En realidad la pregunta sería: ¿Se puede empezar a transformar la sociedad capitalista
desde dentro, o es necesario comenzar por tomar el poder para luego transformarla? Las
respuestas a esta interrogante reflejan, de modo abreviado, dos concepciones
estratégicas respecto a la transformación de la sociedad capitalista: por “de arriba”,
propia del siglo XX, o desde “abajo”, naciente con el siglo XXI.
Reflexionando, precisamente, las experiencias de la revoluciones sociales del siglo XX,
y siempre teniendo como brújula que el problema principal de la revolución es la
liberación humana, hoy resulta evidente que la transformación de la sociedad nunca será
posible si lo nuevo no comienza a impulsarse y construirse desde abajo y desde el
presente –aunque ello ocurra de modo fragmentado e inacabado-, en las resistencias, las
luchas y las construcciones cotidianas en todos los ámbitos de la vida social, familiar e
individual.
En este aspecto, es importante recordar que el Poder se constituye y resulta de la
articulación de un conjunto de relaciones que articulan toda la sociedad en torno a una
fuerza social hegemónica, de la cual el Estado es solo una parte.
En conclusión puede afirmarse que la contraposición entre tomar el poder o
transformar la sociedad es falsa. En realidad, tomar el poder y transformar la
sociedad se presuponen mutuamente, un camino implica el otro. La dicotomía
surgía de la subordinación y postergación de la transformación de la sociedad a la toma
del poder. En realidad, de lo que se trata es de empezar a transformar la sociedad sin
esperar a la toma del poder. Esta es la cuestión. Y se condensa en la apuesta
estratégica a la construcción de poder, conciencia, organización, sujeto y proyecto
alternativo desde abajo.
Se trata de construir otro poder, fuera del dominio de la lógica del capital, basado en
la participación democrática plena del conjunto de actores sociales y políticos, también
de sectores no organizados, construyendo interrelaciones horizontales y nuevas
modalidades de representación y organización política. Estas, lejos de separarse de lo
social, deberán hacer de la participación protagónica y conciente de las mayorías, el
bastión para la construcción de una amplia fuerza social de liberación, promotora e
impulsora –desde abajo- de las transformaciones posibles (y deseadas), el actor socio-
político colectivo.

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El poder se va tomando en la misma medida que se va construyendo; se toma lo que se
construye. Se trata –para decirlo en apretada síntesis- de un proceso de empoderamiento
colectivo.
En el proceso de confrontación con el poder hegemónico dominante del capital, los
sectores populares despliegan, simultáneamente, sus capacidades de construcción y
acumulación de poder (saber, organización, conciencia y proyecto), de posicionamiento
territorial de fuerzas, de cultura, de organización política y de propuestas propias. En
tales procesos desarrollan sus capacidades de gestión y administración de lo propio
(gobierno), van construyendo poder propio y lo van ejerciendo. Es decir, hay una
toma56 permanente de poder, un empoderamiento57 creciente –aun con marchas y
contramarchas-, por parte de los actores sociopolíticos, respecto del curso y los destinos
de sus vidas. Estos van construyendo consciente y voluntariamente lo que –reflexión
crítica de su realidad mediante-, han decidido construir. Se produce una interdialéctica
constante entre poder construido-poder apropiado y poder propio. Por ello afirmo que se
toma lo que se construye. Porque no se “toma el poder” que existe, salvo para seguir sus
reglas. Si de transformación radical del poder se trata, toda apropiación del poder está
mediada por la destrucción/superación del viejo poder y la construcción de uno nuevo,
propio. De conjunto este proceso constituye un proceso de empoderamiento colectivo (y
a la vez particularizado) de los actores.
En esta dimensión, construir poder--tomar poder no resultan caminos alternativos,
separados, ni contrapuestos. Implican andares sinuosos y complejos, en los cuales el
poder propio se va construyendo y, en tal sentido, es lícito conquistar espacios
institucionales del poder existente, si esto posibilita, estimula, facilita o impulsa el
desarrollo, la consolidación/acumulación/crecimiento de hegemonía propia, cambiando
-en función de ella y a partir de ella-, todo lo que sea posible/factible de ser cambiado a
favor del proceso sociotransformador: legislación, instituciones, funcionamiento y toma
de decisiones. Se trata de desarrollar nuevas formas y contenidos democráticos,
participativos, para avanzar hacia lo nuevo en la misma medida en que se lo va
construyendo. El poder político institucional resulta aquí claramente uno de los
instrumentos para la transformación social, pero no su eje determinante.
Centrar la discusión en la interrogante acerca de si el poder se toma o se construye,
empobrece el pensamiento y poda las alas de las voluntades de quienes resisten, luchan
y construyen lo nuevo cotidianamente, inspirados/movilizados por la posibilidad de ir
concretando en el presente, en la medida que sea posible, como avances, los sueños del
mañana diferente. La interdialéctica poder propio construido--poder apropiado, solo
puede ser liberadora si es resultante y síntesis del empoderamiento pleno (multifacético)
y protagónico de los actores sociales y políticos que lo construyen.
El poder no es, en ningún caso, un ente enclavado en la sociedad; no es una institución,
ni un edificio, ni un territorio específico que se ocupa. Se vive (ejerce, siente)
conscientemente como poder que hay que enfrentar/transformar, o como poder propio

56 Toma-apropiación: tomar conciencia de la capacidad de poder inherente al ser humano para luchar por
su vida, y del poder propio construido.
57 Apropiación consciente, con sentido de pertenencia.

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que hay que profundizar, construir, desarrollar, organizar, etcétera, o no existe proceso
de construcción de poder ni hegemonía propios, ni se trata de un proceso liberador.
Implica la conformación de un complejo proceso colectivo social, cultural, ideológico y
político, articulado y orientado a la superación del sistema del capital, sobre la base de
una (nueva) ética y una (nueva) lógica del metabolismo social, propias de los pueblos,
que también se irán construyendo desde abajo. Y esto requiere de la voluntad
organizada y la participación consciente de todos los actores sociales. En primer lugar,
porque su actividad cuestionadota/transformadora hace al proceso mismo y, en segundo,
porque la nueva sociedad anhelada no se formará espontáneamente, habrá de ser
diseñada y construida con la participación creativa consciente de todo el pueblo,
constituido en actor colectivo, protagonista pleno del proceso (sujeto).

Construir el futuro desde nuestras prácticas cotidianas en el presente


De ahí el contenido y alcance revolucionarios de la concepción que plantea transformar
la sociedad y construir el (nuevo) poder, la nueva sociedad, desde abajo y desde el seno
de las sociedades capitalistas, es decir, desde el presente. No hay un después en cuanto a
tareas, enfoques y actitudes políticos, del mismo modo que no puede haber
contraposición entre medios y fines, que no puede construirse democracia con prácticas
autoritarias. No se puede olvidar que son las prácticas diferentes las que desatan,
promueven y afianzan las transformaciones de los modos de hacer, de vivir y de pensar.
Hacer de estas, dimensiones cada vez más crecientes de gestación y desarrollo de lo
nuevo es parte de la lógica de las revoluciones desde abajo.
Lo nuevo –aunque de modo fragmentado e incipiente-, se va gestando y construyendo
desde el presente, en cada resistencia y lucha social enfrentada al capital, y se va
desarrollando y profundizando en el proceso de transformación. En él, el ejemplo ocupa
el lugar pedagógico-político central. Es importante que quienes ocupan
responsabilidades de dirección y liderazgo político y social tengan presente que sus
modos de actuar política y socialmente valen más que mil palabras y constituyen la
fuerza pedagógica primera.

Poner fin a la lógica del capital


El cambio social requiere poner fin al poder del capital, a su lógica de funcionamiento,
y a sus mecanismos de hegemonía y dominación. Y esto tiene posibilidades de lograrse
si se va construyendo una nueva cultura, nuevos modos de interrelaciones sociales,
colectivas, grupales, comunitarias, alimentando -sobre esa base- el poder propio, creado
y desarrollado con la participación de todos y todas, de modo que despliegue su
independencia de pensamiento y acción encaminadas a la liberación individual y
colectiva.
Si se llega al poder con la misma cultura del capital, a la corta o a la larga se reproducen
sus modos de funcionamiento, su lógica verticalista, autoritaria, explotadora,
discriminadora, excluyente y alienante. Es vital, por tanto, asumir el proceso de
construcción de poder propio inter-articuladamente con la creación y construcción de
una nueva cultura.
El poder popular no puede pensarse entonces como un “contrapoder”. Es mucho más
que eso; es un camino integral de gestación de nuevos valores y relaciones y, en tal

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sentido, liberador. De ahí el lugar central y permanente que la batalla político-cultural
ocupa en este proceso. Se trata de un proceso integral de transformación también
integral: en lo social, económico, político, cultural, ético, jurídico, etc., todo se va
transformando articuladamente marcado por la consciente actitud y actividad del actor
colectivo protagonista del cambio. No se trata de diseñar (y transitar) primero una etapa
dedicada a construir las bases económicas, luego otra destinada al cambio cultural… No
hay etapas separadas entre sí que luego de transcurridas -en sucesión temporal-, den
como resultado la nueva sociedad. En lo social el todo no es la suma de las partes, salvo
dialécticamente hablando, es decir, interconectadamente, lo que habla de
intercondicionamiento, interdependencia e interdefinición entre todas y cada una de
ellas.
Solo por un camino integral será posible avanzar (de un modo integral), hacia una
sociedad liberadora, desalienadora –que solo puede ser tal si es autodesalienadora-, y en
ese sentido formadora de nuevos hombres y nuevas mujeres, diseñadores y
constructores de la utopía anhelada.

Otras miradas relacionadas con el tema


Otros analistas del tema del poder, plantean aristas convergentes con la propuesta
elaborada por Rauber, particularmente en lo que hace a la crítica de la concepción
superestructural, autoritaria, jerárquica y subordinante del poder y, consiguientemente, a
la apuesta a “tomar el poder” para cambiar la sociedad. Se producen sin embargo,
diferencias sustantivas en lo que hace a la propuesta de cómo encarar la transformación
social en este nuevo tiempo, y cuáles son las lógicas nuevas (teóricas y prácticas) que,
desde abajo, promueven u obstaculizan los cambios.
En estas latitudes, resultan bastante conocidos los análisis de John Holloway expuestos
en su libro Cambiar el mundo sin tomar el poder. Haciendo suyos los planteos de Franz
Hinkelammert, Holloway toma como punto de partida el “grito de los oprimidos” contra
todo lo que los oprime. En la negación de la opresión, dice, se encuentra la realidad del
anti-poder. Este “anti-poder” no puede identificarse como “contrapoder” porque lo que
propone es la “huida del poder”, es decir, un no-poder.
Esto, muy sintéticamente, pone de manifiesto que el mencionado autor no alcanza a
captar, comprender o valorar políticamente, la nueva propuesta estratégica contenida en
las recientes y actuales experiencias de amplios movimientos sociales latinoamericanos
que han apostado y apuestan a la construcción de un poder propio desde abajo.
Aprisionado por la mirada dicotómica de la que pretende colocarse fuera, Holloway se
ubica exactamente en ella al proponer –en lugar de la vieja “toma del poder”-, la
disolución del poder, su negación y de la identidad que nos cosifica (el Estado). Es la
“huída del poder”. En este momento, según él, la libertad está más cerca, la negación es
más real, el anti-poder se manifiesta con más fuerza. En síntesis, propone negar la
opresión mediante la huída del poder y su disolución al límite.
Los planteamientos y aspiraciones de Holloway son indudablemente bellos y deseables
y, en cierta medida, contribuyen a la crítica del poder hegemónico y a las viejas
concepciones de las revoluciones “desde arriba”. Pero no van más allá. No contribuyen
a fortalecer la capacidad estratégica de pensamiento, lucha, organización y construcción
de alternativas concretas de los movimientos sociales y políticos. Estos buscan día a día

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mayores elementos para elaborar o fortalecer sus propuestas concretas, superadoras al
dominio del capital y de su lógica perversa de succión y extinción de la vida humano-
natural, y no mecanismos de evasión coyunturales, desorganización y desorientación
estratégica.
En una misma línea de “huída del poder” podría ubicarse a Toni Negri y Michael Hardt
a partir de sus planteos en el libro Imperio, aunque parten de premisas diferentes.

4.3 Conceptos claves (definición e interrelaciones): participación, equidad,


democracia, horizontalidad, articulación, género, construcción, transición y
tendido de puentes.

Proceso y transición

En la opción de construcción de poder desde abajo, que es la que nos ocupa, la noción
de proceso tiene un peso fundamental. Los cambios no ocurren en un instante, no
ocurren en un momento, ni espontáneamente.
Todo lo que existe cambia y esos cambios, incluso los más radicales, llevan -junto con
lo nuevo-, el sello de lo anterior, de donde provienen; lo nuevo crece dentro de lo viejo.
En el caso de los países latinoamericanos, en las condiciones de una dependencia
deformadamente agrandada -globalización neoliberal mediante-, la noción de proceso
como medida de la construcción estratégica alternativa se anuda directamente a la
revalorización del concepto de transición.

Una larga transición


Según la tradición política de izquierda, predominante en el siglo XX, la transición
hacia la nueva sociedad (socialismo, comunismo) era considerada “un período” que
comenzaba con la “toma del poder” político. Para las posturas leninistas, la transición al
socialismo era la primera fase que comenzaba con la toma del poder, hacia la
transformación socialista.
La construcción del poder desde abajo, que se basa, entre otras cosas, en la coherencia
entre medios y fines, en la auto-construcción de sujetos, de organización, de proyecto, y
de poder, reclama pensar la transición como parte de un proceso permanente y complejo
(proceso de procesos) de transformación del capitalismo. No se inicia con el momento
de ruptura, sino que viene gestándose a lo largo de todo el proceso desde las primeras
resistencias. En este sentido, puede decirse que la transición es el proceso mismo; nace
ya en las entrañas mismas del capitalismo. De ahí el contenido y alcance revolucionario
de esta concepción: no hay después en cuanto a tareas, enfoques y actitudes se refiere;
desde el momento mismo en que se inicia el proceso de transformación y a lo largo de
todo el proceso, se va gestando y construyendo lo nuevo. Tampoco hay un punto de
llegada, una meta final. El comunismo no es el fin de la historia; no hay fin. Las
generaciones venideras siempre se propondrán sus propios objetivos y se plantearán ir
más allá de lo conocido hasta su tiempo.

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101
Por otro lado, hay que tener en cuenta que la participación y la conciencia política de los
pueblos no pueden alcanzarse instantáneamente ni por decreto.58 La construcción del
actor colectivo –su conciencia, organización y propuestas-, se va dando en todo
momento, en las resistencias y luchas de los diversos actores sociales, y reclama un
proceso consciente de construcción, de articulación, de creación de instancias colectivas
de articulación que posibiliten la convergencia de los actores individuales,
fragmentados, en un actor colectivo, o sea, se trata de un proceso de auto-constitución
del actor colectivo en sujeto de las transformaciones.
Nada cambiará al final del camino si no comienza a cambiar desde el presente, en las
prácticas cotidianas, desde las aparentemente más insignificantes. No hay un final
distinto del inicio y del camino; no hay ser humano nuevo y nueva cultura si no hay
prendizaje/acumulación de nuevas prácticas democráticas, participativas, de nuevas
conductas éticas acuñadas y asimiladas en las prácticas continuas y constantes durante
años.
Cambiar la sociedad, superar el capitalismo y su dominio cultural y ético implica, por
tanto, una larga transición. Para ello, es fundamental despojarnos de las actuales
anteojeras culturales, remover el pensamiento inmediatista, cortoplacista y
fragmentario, que entiende y proyecta rupturas absolutas. Los paradigmas
predominantes de nuestra cultura y modo de vida nacidos y desarrollados bajo la
hegemonía de la civilización occidental llegada con la conquista y la colonización están
en crisis y esto comprende también a los paradigmas emancipatorios socialistas del
siglo XX marcados por el eurocentrismo. Se impone hoy la construcción de un nuevo
pensamiento emancipatorio latinoamericano, descolonizado y descolonizador.

Articulación y tendido de puentes

Pensar los caminos de la transformación social desde (y con) la articulación social, de


problemáticas, acotres, puntos de vista, propuestas, etcétera, es una forma de dar cuenta
de la realidad fragmentada en la que vivimos y, a la vez, un método para intervenir en
ella, para transformarla y construir alternativas en todos las dimensiones, dentro y fuera
de la organización reivindicativo-social y en aquellas dedicadas específicamente a la
política. Apostar a la articulación tiene un sentido y una importancia estratégica, dada la
necesidad de recomposición del todo social, hoy virtualmente desaparecido tras su
atomización y fracturación profundas.
El concepto de articulación es clave, junto al de construcción, proceso, transición, y al
de propuestas abiertas, es decir, en construcción y desarrollo permanente, acorde tanto
con desarrollo de los actores involucrados en el proceso, como con las condiciones
histórico-sociales del país, la región y el mundo en cada momento.

58 Todo fenómeno social que se articula a la defensa de la vida, en tanto sobrevivencia humano-natural,
es inherente a la política; es político. Y, en tanto se produce y reproduce cotidianamente a través de
pautas de conductas que conforman un determinado modo de vida, que va marcando una huella cultural,
constituye un sustrato cultural que no puede obviarse a la hora de pensar/hacer las transformaciones
sociales, que son, a la vez, transformaciones en el modo de vida de los seres humanos que conforman una
sociedad determinada. Y esto solo puede lograrse con la participación consciente y voluntaria de los seres
humanos mismos.

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102
Herramientas metodológicas para la articulación
A continuación introduciremos algunas herramientas metodológicas útiles para lograr
una efectiva articulación entre los actores sociales encaminada a la constitución del
actor colectivo.

--Identificar los nexos o elementos aglutinantes


Para construir una articulación un paso inicial muy importante resulta identificar cuáles
son los nexos o elementos aglutinantes a partir de los cuales los sectores o actores
sociales pueden construir articulaciones o coordinaciones. Estos nexos constituyen una
suerte de vasos comunicantes o puentes que se tienden entre las problemáticas de unos y
otros actores, en cada momento.
Metodológicamente es recomendable comenzar por lo pequeño, por lo vivencial, si es
posible, para desde ahí avanzar. Interrogarse acerca de cuáles son los elementos que
relacionan una problemática con la de los demás, con sus vidas cotidianas. A partir de
ahí, analizar cuáles son los elementos, propuestas, o convocatorias a partir de las que se
puede convocar y concertar la participación, movilización y organización de la mayor
cantidad de sectores y actores sociales.

--Identificar los nudos problémicos que propicien la construcción de redes


Identificar los nudos problémicos que posibiliten –a partir de la articulación– la
conformación de redes. Esto significa: esclarecer, poner de manifiesto lo común que
tiene problemas aparentemente específicos de diversos sectores o actores sociales,
trascendiendo la secorialidad de la problmática (y las luchas y las propuestas).
Esta labor comienza (o debería comenzar) en el interior de un mismo sector para, desde
allí, proyectarse hacia los demás. Como principio metodológico vale decir que la
primera articulación comienza siempre al interior del propio sector, también
frecuentemente fragmentado. Porque la atomización social es tan grande que penetra
también en el del individuo mismo, quebrándolo en algo fundamental: imponiéndole
una forma de ser divorciada u opuesta respecto a su forma de pensar. La insolidaridad es
la base de este ser consumista individual vive explotado por los apetitos del capital y el
mercado, en contraposición a su esencia humana constituida por su ser social, condición
que lo hace indefectiblemente tender a querer reconstituirse en un ser solidario.
Por eso, desde los cimientos mismos, la articulación más elemental es ya, en sí misma,
una red. Esta se asienta sobre un nodo-base articulador, por ejemplo, en el modo
concreto de interrelación e intercondicionalidad empleo-desempleo, trabajadores
ocupados y desocupados.
El nodo-base de una articulación posibilita la formación de redes mayores, a partir de
identificar (y construir) nodos articuladores intermedios (nudos problémicos). Por
ejemplo, la articulación de la relación entre empleo-desempleo con la relación entre la
ruina de los pequeños productores agrícolas y la emigración creciente del campesinado
empobrecido a las ciudades. Esta resulta una articulación intersectorial de la
problemática del trabajo y de la tierra, que da cuenta de la situación de los trabajadores
urbanos y rurales, obreros y campesinos (articulación de los nodos-base que forman un
nudo-problémico intermedio).

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103
--Identificar el problema central
El objetivo es identificar, localizar y definir cuál es el problema central medular de los
ciudadanos y las ciudadanas de un país, el que “atraviesa” (y a la vez articula) el modo
de vida de unos y otros, interrelacionando realidad y contrastes sociales, en una
situación que aparentemente se ha conformado como tal “naturalmente”. Es conveniente
estar atentos a la correlación de fuerzas existente en cada momento, y a los posibles
cambios de coyuntura, porque el problema central puede invisibilizarse temporalmente,
o puede variar el sector social que lo vivencie como tal problema, o pueden confluir
ambas cosas.
El problema central generalmente constituye un problema nacional, pero puede ser
también regional o continental. Sobre la base de su identificación es posible articular a
una diversidad mayor de actores sociales. Para ello hay que identificar la relación que
guarda dicho problema con la problemática particular de cada uno de los sectores. Sobre
esa base pueden identificarse los puntos de enlace de las problemáticas diversas,
haciéndose visible el interés colectivo común por la solución de dicha problemática. Por
ejemplo, qué relación guarda la lucha por la tierra que llevan adelante los campesinos
con el problema del desempleo y la migración hacia las grandes ciudades, con la
situación de los obreros urbanos y rurales, con la realidad de los estudiantes, con el del
funcionamiento de los hospitales, etcétera.

--Conjugar los por qué y los para qué


Resulta importante que todo colectivo en lucha y movilización comprenda claramente
porqué y para qué emprende determinada acción. Esto se refiere, sobre todo, a la
necesidad de que la lucha por reivindicaciones sectoriales, intersectoriales, o sociales,
vaya acompañada por una propuesta propia construida colectivamente por los
protagonistas. Esto contribuye, por un lado, a la apropiación de los procesos de lucha
por parte de las mayorías, es decir, a fortalecer los procesos de toma de conciencia
colectiva, a construir el empoderamiento colectivo político-social necesario, y –por
otro- a superar el estado circular desgastante de la eterna oposición, al contribuir a
definir una posición propia a partir de la cual crecer, protagonizar, construir, acumular.
En este sentido, el papel primero del quehacer político tiene que ser el de construir un
ideal social colectivo a partir de la cotidianidad de las personas, integrándola,
conteniéndola y proyectándola en una nueva dimensión. En tanto tal ideal, este tiene
además muchas maneras de proyectarse, de imaginarse. En el mismo sentido, los
objetivos estratégicos también se van construyendo (y modificando) a partir de las
realidades sociohistóricas concretas. Esto significa, por un lado, que las propuestas
concretas reivindicativas, programáticas, etc., no serán idénticas a los objetivos
estratégicos. Por otro, que la ideología del cambio es parte un proceso vivo de lucha, no
es un dogma establecido desde fuera y a priori de las luchas histórico concretas por
alguna vanguardia partidaria.

“Ir de lo pequeño a lo grande”


Desde una visión no dicotómica, ¿qué es lo pequeño y qué es lo grande? Una forma de
responder esto es la tradicional (lineal) según la cual, ir de lo pequeño a lo grande sería,
por ejemplo, que un movimiento barrial atienda los problemas de su barrio, después que

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104
se articule a otro barrio, y luego a otro y así hasta abarcar una ciudad; ocuparse de su
gremio, luego de otro … y después la central sindical, es decir, ir de apoco,
gradualmente. Pero, es eso ir de lo pequeño a lo grande? En parte sí, pero el
planteamiento metodológico que sostengo apunta centralmente a otros elementos
medulares para la construcción de poder desde abajo: tiene que ver con lo cotidiano,
tiene que ver con lo territorial, pasa por una práctica de construcción que va articulando
sujetos, problemáticas y organizaciones desde dentro de un sector, y a la vez con otros
sectores. Esto parece difícil si se parte del pensamiento vanguardista-inmediatista, si se
ubica la reflexión en la mayoría de los oprimidos, la metodología participativa y masiva
fluye con naturalidad.
Una acción pequeña que permita la mayor participación de la población.
Desde el punto de vista político –que es central en esta perspectiva de construcción
acumulación-, cuando se alude a “lo pequeño” se apunta a un acto o movilización
mínimos que posibiliten la participación de la mayor cantidad de
población/ciudadanía/militancia en un determinado momento. Esta propuesta
metodológica no rechaza la articulación entre sectores sindicales o barriales para
avanzar en organización, conciencia, para elevar el nivel de las propuestas, por el
contrario, lo que pretende es subrayar que es posible ir más allá de eso y sugiere cómo
lograrlo.
Según la forma de participación-construcción política expuesta, ¿qué es lo
fundamental?, ¿un hecho de gran impacto realizado por muy poca gente o pequeñas
actividades pensadas, diseñadas y realizadas con la participación de la mayor cantidad
de personas posible? La respuesta a esta interrogante indicaría dos formas de construir,
que podrían llegar a combinarse, articularse en algún caso puntual, con la prevención de
que, la predominante, la constante, deberá estar marcado por estimular (muchas veces,
tantas como sea posible) a la realización de pequeñas cosas (demostraciones,
declaraciones, manifestaciones, acciones), sobre la base de la participación de la
mayoría de la población (la mayor cantidad posible de movilizarse en cada momento).
No es lo mismo ser espectador de los hechos que ser protagonista, y de lo que se trata es
de que el pueblo sea protagonista porque el proceso de lucha es, a la vez, un proceso de
formación de conciencia, de constitución de actores-sujetos, de construcción,
acumulación y consolidación de organización, de poder. De ahí que el punto de partida
clave resulte siempre buscar y construir caminos y formas que permitan, promuevan y
desarrollen el protagonismo popular. Este resulta un principio metodológico muy
importante a tener en cuenta en estas nuevas formas de construcción política de
organizaciones y propuestas, entendiendo que éstas son (o deberían ser) expresión del
crecimiento de las conciencias, es decir del crecimiento, desarrollo y participación de
los actores mismos constituyéndose en el proceso mismo, en sujetos de su quehacer
presente y futuro; en sujetos de su vida e historia.

Democracia, participación y horizontalidad

La transformación social desde abajo, contiene también a los modos, los ritmos y los
alcances de las transformaciones que van gestando esa nueva sociedad, y a las nuevas
formas de conformación y articulación del Poder que de ella emergen, es decir, de los

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poderes sociales capaces de ir modificando la relación existente entre sociedad-poder-
estado, sentando las bases democrático-participativas para nuevas modalidades y
relaciones entre ellos.
Si se coincide en llamar a la nueva sociedad anhelada como socialista, es vital
reivindicar simultáneamente la unión entre lo que será un nuevo socialismo y la
democracia una democracia profundamente revolucionaria y humanamente liberadora.
En ese sentido se afirma la importancia de una nueva cultura política, inspirada,
apoyada y construida mediante las nuevas prácticas democrático-participativas
desarrolladas por los actores sociopolíticos, para que –desde lo más pequeño y
cotidiano-, puedan irse ejerciendo y desarrollando en todos los ámbitos del quehacer
sociotransformador.
La renovada perspectiva socialista tiene en la lucha contra la enajenación - postulado
inicial y fundante del pensamiento revolucionario de Carlos Marx-, un nodo central que
debe estar presente integralmente en los distintos ámbitos del proceso transformación
social, abarca todos los órdenes de la vida socio-espiritual de las personas.
Las revoluciones de inspiración socialistas que se realizaron en el siglo XX,
constituyeron un intento de eliminar la enajenación económica, y en cierta medida, en
algunos aspectos, lograron algunos avances, pero estos estuvieron encorcetados
indefectiblemente por el reduccionismo economicista que las acompañó. En ello
influyeron fuertemente razones de orden político articuladas a concepciones
mecanicistas que soslayaron la necesidad de (auto)transformación del mundo espiritual
de la clase obrera y de los sectores sociales populares, soslayando la centralidad de la
participación protagónica de los sujetos –que implica su autotransformación
permanente-, subordinando el desarrollo de la conciencia política a la acción
(automática) de los mecanismos económicos.
Con dispositivos estatitas político-autoritarios, jerárquicos y verticalistas, las
experiencias socialistas del siglo XX se encaminaron mayoritariamente hacia posiciones
políticamente conservadoras, aunque justificadas con argumentos supuestamente
revolucionarios que –amparados por la fuerza del poder- no toleraban la más mínima
crítica u opinión diferente, clausurando cualquier aporte o sugerencia procedente de las
bases, la ciudadanía, la población. Poco a poco, los intrincados laberintos del poder
heredado y recreado, hicieron de la arbitrariedad, el modus operandi generalizado de la
burocracia gobernante, su forma “de gobierno”.
Esto se tradujo en una retracción –de hecho- de los derechos ciudadanos conquistados a
través de la historia. Por un lado, le fueron arrebatadas al pueblo -de sus manos y de su
conciencia- las decisiones sobre el contenido de las transformaciones, sobre los pasos a
seguir, los esfuerzos a entregar, y las decisiones sobre el curso del proceso
revolucionario mismo. Por otro -y anudado a lo anterior- se abrió paso la imposibilidad
de ejercer los derechos civiles ciudadanos individuales. Por ese camino se produjo un
creciente alejamiento y extrañamiento de la población respecto a la construcción del
socialismo cuando esta debió haber sido –ante todo- apropiación. La alienación política
heredada lejos de disminuir tendió a incrementarse, llegando a provocar -en algunas
experiencias del socialismo real del siglo XX- un quiebre total entre el régimen político,

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la vida de los dirigentes y la del conjunto del pueblo, sus aspiraciones, anhelos y
necesidades.
Se instaló en las sociedades la convicción de la imposibilidad de movilidad social y la
falta de perspectivas individuales y sociales y esto, de conjunto, contribuyó a la
formación de sentimientos crecientes de insatisfacción, instalando de modo
generalizado la sensación de inferioridad, frustración y opresión. El capitalismo se
apropió lentamente de la fantasía de las personas y de sus sueños por un modo de vida
entendido (y anhelado) simplemente como “mejor”, liberador (sic).
Prácticas como aquellas no pueden repetirse, pero para ello -además de reflexionar
sobre lo ocurrido-, hay que estar atentos y actuar consecuentemente. Un paso
imprescindible en tal sentido, consiste en incorporar plenamente a la gesta
emancipadora, la lucha por la democracia, por el derecho a manifestar las diferencias y
a la existencia de lo diferente o, lo que es lo mismo, por el respeto a los derechos
individuales, considerándolos parte sustancial de la lucha por la liberación humana, es
decir, por la eliminación de todo tipo de enajenación, particularmente la enajenación
política (de amplio espectro socio-cultural).
Para ello resulta central desarrollar desde el presente formas de participación consciente
(y creciente) de los distintos sectores y actores sociales en cada etapa del proceso, e
incorporar a la vez a las que nazcan de su ingenio y creatividad en las luchas y
construcciones.
Generalmente se enfatiza en la participación de la ciudadanía en la gestión pública, en
los modos de efectivización de decisiones tomadas en otras esferas, pero son escasos los
ejemplos de participación popular en la toma de decisiones. Y es fundamental insistir en
ella para profundizar la democracia, para fortalecer su radicalidad crítica. Es vital
contemplar también la participación popular en el control de los resultados, en el control
de todas las gestiones, decisiones e instituciones colectivas, sectoriales, sociales,
económicas, o políticas.
La democracia de nuevo tipo, participativa, debe instaurar el control popular desde
abajo a plenitud, abierto (transparente), auténtico y coherentemente soberano. En caso
contrario los procesos futuros de transformación social no quedarán exentos del acecho
de despotismos, autoritarismos, personalismos, nepotismos, etc., ni de las tentaciones de
corrupción y abuso del poder, como lamentablemente puede observarse en los actuales
procesos socio-transformadores latinoamericanos de Brasil, Venezuela, Bolivia…
Comenzar desde ahora y desde abajo a construir esa nueva cultura de responsabilidad
colectiva, es parte importante en la lucha contra la enajenación político-social de
quienes serán los nuevos hombres y las nuevas mujeres. Resulta central asumir la
democratización, la participación consciente de los distintos sectores y actores sociales
en cada etapa del proceso, porque son los actores-sujetos mismos, los que va a marcar –
en interacción con las circunstancias socioeconómicas nacionales e internacionales-, la
marcha del proceso, el ritmo de la transición.
Democracia y participación popular resultan estructuralmente articuladas a la
concepción de construcción de poder desde abajo y a las aspiraciones a un nuevo tipo de
sociedad. Están articuladas desde la raíz, desde la génesis de lo nuevo, haciendo a la vez
que exigiendo coherencia entre medios y fines. No pueden dejarse tareas para mañana,

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para un futuro mejor ni para la otra sociedad, tampoco puede relegarse el desarrollo de
principios elementales que serán la base sobre la que se irán conformando las nuevas
sociedades.

Participación y formación
Apostar a la participación implica ocuparse de la formación, es decir, desarrollar
procesos educativos que posibiliten la constitución en protagonistas (lo cual se logra
protagonizando). Ello, articulado a prácticas participativas concretas en las que los
sectores y actores sociales analicen y decidan conscientemente para qué y por qué lo
hacen. La resultante significará o implicará un salto y un saldo positivo en la conciencia
de todos los sectores protagonistas de la acción o el hecho, quienes se sentirán parte de
los resultados, los vivirán como propios a la vez que como colectivos. En este sentido,
la participación protagónica creciente de los actores socio-políticos a lo largo del
proceso de transformación-construcción de la nueva sociedad, resulta un componente
vital en la construcción de poder desde abajo para ir haciendo realidad la revolución
desde abajo.

La horizontalidad, principio democrático equitativo clave


Construir poder desde abajo supone, a la vez la presencia y participación de actores en
proceso de constitución (autoconstitución) en sujetos. En este empeño resulta vital
superar la lógica jerárquica, y subordinante del capital, fundar desde la raíz, desde abajo
un nuevo tipo de democracia, horizontal, equitativa y participativa, capaz de impulsar la
constitución y el desarrollo (autónomo-articulado) de la amplia fuerza social de
liberación. Pero no se trata de una fuerza en tanto masa cuantitativa que realiza lo
pensado y diseñado por otros; se trata de una fuerza social activa, consciente y
protagonista de los hechos, capaz de construir articuladamente, su expresión política
parlamentaria y disputar con ella gobiernos en los ámbitos local, provincial y nacional.
Se trata de una fuerza social de liberación capaz de impulsar y profundizar -mediante la
acción convergente de la fuerza social parlamentaria y extraparlamentaria-, el proceso
de transformación social. Ello es parte del camino de construcción del poder popular
construido (desde abajo) con la participación protagónica de todo el pueblo
(orgánicamente articulado) constituido en actor colectivo revolucionario.
Vale aclarar que la horizontalidad se plantea como principio regulador de las
interrelaciones sociales y políticas, y no es trasladable ni equiparable a una forma
específica de organización. Es decir, no se trata de una forma organizativa que rechaza
las estructuras centralizadas o la representación, no se trata de proponer una democracia
de corte plano, se trata, vale reiterar, de un principio regulador de todo lo organizativo e
institucional social que tiene como eje la negación de los contenidos jerárquicos y
subordinantes propios de la lógica de funcionamiento y reproducción del capital y su
hegemonía en la sociedad.
En tanto el desafío es de tamaño tal, la horizontalidad anhelada será también la
resultante de un largo proceso mediado por una lucha cultural radical de
negación/superación, capaz no solo de criticar con palabras la influencia y
supervivencia de las formas capitalistas sino, principalmente de construir nuevas
prácticas y sostenerlas cotidianamente acuñándolas como parte de un nuevo modo de

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108
vida, democrático, no subordinante ni excluyente, no jerárquico, es decir, horizontal. La
nueva sociedad solo será realmente nueva y superior civilizatoriamente hablando, si es
una sociedad de pares, sin ciudadanos de primera, de segunda o de tercera, es decir, una
sociedad horizontal. Llegar a ello, será parte de un largo proceso de lucha,
creación/construcción/afirmación, como todos los cambios culturales radicales.

La equidad de géneros
En este empeño democratizador resulta vital cuestionar y transformar radicalmente las
relaciones sociales instituidas entre los géneros, que producen y reproducen la
desigualdad, la discriminación, la exclusión y la explotación entre los seres humanos de
un modo aparentemente “natural”, desde sus formas primarias de existencia (la familia)
hacia toda la sociedad. No puede hablarse de poder popular, de democracia
revolucionaria (radical), de participación equitativa ni de construcción de una nueva
civilización humana si se mantiene la opresión de género o cualquier tipo de opresión y
discriminación.
La mirada de género acerca de las relaciones sociales entre las clases y entre los
sexos es profunda y radicalmente cuestionadora del poder que sobre ellas se levanta,
se asienta y se refundamenta y reproduce día a día. Este cuestionamiento -condición
sine qua non de cualquier intento de modificar con equidad las relaciones entre clases
y sexos históricamente establecidas-, está en la base misma del enfoque y la
propuesta de género. No es posible alterar esas relaciones sin alterar todo lo que
sobre ellas y a partir de ellas se levanta. Esto quiere decir que la transformación
radical del poder es condición a la vez que objetivo de las luchas de género, y
viceversa: las luchas de género son -o deben ser- parte de las luchas por la
transformación del poder.” [Rauber, Género y poder, UMA, Buenos Aires, 1998, pp.
36-41]♦

4.4 Interculturalidad y multiculturalidad. Descolonización. La lucha de ideas como


centro del debate ideológico-cultural actual

Se toma como texto base, los siguientes fragmentos del artículo de la Dra. Isabel Rauber
(2009):
“Se entiende por gestión pública la gestión de lo público, y como ámbito de lo público a
aquel espacio donde confluyen lo social y su administración, gestión y servicios. Esto
obliga a referirse, desde el vamos, al ámbito de lo público y de la gestión pública como
un ámbito claramente heterogéneo, diverso, mixto, con yuxtaposiciones constantes, sin
límites manifiestamente definidos entre unas y otras gestiones, con espacios de
coexistencias y tensiones. Igualmente ocurre con las características y dinámicas, con las
pertenencias y exigencias de cada sector para con la diversidad de sus beneficiarios. Se
trata de reconocer que el espacio de lo público y de la gestión pública es, en sí mismo,
un espacio de hábitat y coexistencia de una multiplicidad de lógicas, identidades,
culturas, pertenencias y principios jurídicos y éticos que hablan de por sí, de
coexistencia de ciudadanías múltiples aunque en disputa permanente. Y todo esto hace
parte de la gestión pública.

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Primera conclusión: la gestión pública es en sí misma esencialmente plural y,
consiguientemente, multicultural. La multiculturalidad no se refiere, por tanto, a lo
externo de la gestión, a la existencia de actores sociales (beneficiarios) diversos, sino
además –y en primer término- a ella misma.
El reconocimiento de lo multicultural resulta particularmente importante porque, si la
gestión pública desea ser eficiente y efectiva debe ser profundamente multicultural,
reconocer la diversidad social de base y apuntar a su interrelacionamiento, no solo hacia
el exterior (en lo social), sino también en el fortalecimiento del funcionamiento
(multicultural) de las instituciones del Estado y su gestión de lo público. Coincido en
este sentido con los planteamientos de Fernández, cuando sostiene que la convivencia
exige el reconocimiento de derechos civiles, políticos, sociales, (culturales), y requiere
-al mismo tiempo- voluntad para comprender al otro: es el interculturalismo como
proyecto. “…el camino no va de la cultura a la nación sino más bien al revés. Es el
poder político el que, valiéndose de diversos medios, crea la cultura. Por una parte,
difundiendo hacia abajo lo que, de otro modo, no habría pasado de ser cultura de una
élite; por otra, eliminando la variedad en el altar de una opción única y los mestizajes
fronterizos en aras de la diferenciación. Para ello puede servirse de diversos
instrumentos, o simplemente verse beneficiado por ellos: la maquinaria política y
administrativa, las iglesias nacionales, el sistema educativo y, hoy en día, los medios de
comunicación. Pero ningún mecanismo es tan poderoso, a estos, efectos, como la
institución escolar, que ha sido el gran medio de nacionalización, esto es, de asimilación
hacia dentro y segregación hacia fuera.” [2003: 5]
La tradición sociopolítica predominante hasta ahora ha tratado de basar la constitución
del todo social, es decir, de fundamentar la existencia de las naciones modernas, en la
construcción de la homogeneidad social a partir de la ley. Pero el tratamiento igual para
con los desiguales implicó e implica la negación y/o el ocultamiento de su existencia,
acumulando injusticias, desigualdades, exclusiones y conflictos. La gobernabilidad
democrática actual reclama abordar “lo público” y “la ciudadanía”, dando cuenta de su
diversidad y heterogeneidad, es decir, reconociendo la coexistencia de la
multiculturalidad social, además de la multiculturalidad propia: la que se refiere –
reitero- al contenido, el sentido y el desarrollo de la gestión misma.
En segundo lugar, el carácter multicultural de la gestión pública está dado por su
interacción con la sociedad. Convive allí una amplia diversidad de actores, sectores
sociales e individuos pertenecientes a grupos humanos diferentes, a etnias diferentes,
con diversas culturas, identidades, hábitos, tradiciones, costumbres, modo de vida,
pertenencias e inclinaciones religiosas, etc. Coexisten, por tanto, lógicas y miradas
diversas sobre una misma realidad y sus interrelaciones y no siempre de un modo
armónico, más bien, por el contrario, prevalece el desencuentro y no pocas veces el
enfrentamiento entre sectores, sobre todo, a consecuencia del ocultamiento, la
marginación y exclusión, el orrillamiento y desconocimiento… de los más débiles, de
sus realidades, necesidades y aspiraciones.
Segunda conclusión: La gestión multicultural de lo público se refiere, por tanto y desde
mi punto de vista, a una multiculturalidad múltiple, esto es, a un nuevo modo de
conocer/pensar la sociedad, sus organizaciones sociales, sus instituciones y los

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servicios, a un nuevo modo de concebir, fundamentar y protagonizar la ciudadanía, y –
de conjunto- al contenido y modalidades de democracia moderna.
La participación ciudadana se ha instalado como trama de las democracias sólidas en la
mayoría de países del mundo. Simultáneamente se ha producido una valorización de la
participación de la sociedad civil y de la ciudadanía en el ámbito de lo publico, en el
sistema político particularmente, que es la base para la constitución y desarrollo de la
gobernabilidad democrática.
Esto alude a la necesaria modificación o redefinición de las relaciones y papeles entre
Estado, sociedad (civil) y ciudadanía, entre lo público y lo privado, y entre lo local, lo
nacional y lo global. Vale subrayar aquí que lo que se entiende por sociedad civil no
responde a un todo social homogéneo. Se trata de una trama social heterogénea y
compleja, integrada por una diversidad de clases, sectores sociales, actores y
organizaciones, que condensan y expresan múltiples identidades, intereses y
aspiraciones generalmente en situación de conflicto.
En realidad no existe “una” sociedad civil, los procesos sociopolíticos que surcan
Latinoamérica desde los últimos años evidencian la existencia de “sociedades civiles”
diferenciadas e interrelacionadas jurídica y culturalmente entre sí según las
jerarquizaciones establecidas. De ahí las confrontaciones constantes entre ellas. En
correspondencia con ello, la participación ciudadana debe buscar/construir modalidades
(y capacidades) organizativas y políticas que hagan posible involucrar a todos los
actores, con diferenciaciones de roles entre sí, obviamente.
Esta sería la base para abrir caminos a la profundización de la democracia que la
gobernabilidad democrática intercultural exige. Así es como participación,
interculturalidad y multicultiralidad se anudan a los proceso de capacitación en gestión
intercultural del conocimiento, particularmente en las organizaciones (de las sociedades
civiles) para convertirse en instrumento para el desarrollo del empoderamiento y la
equidad sociales.
Estas precisiones conceptuales resultan centrales pues, habitualmente, al abordar la
cuestión multicultural e intercultural existe una marcada tendencia a identificar, igualar
-y por tanto confundir-, lo multicultural con la diversidad étnica y, más concretamente,
exclusivamente con lo indígena. De ese modo se restringe la multi e interculturalidad,
por un lado, al ámbito exterior de la gestión pública y, por otro, se la orienta hacia una
parte de los actores sociales, que, por mayoritarios que puedan llegar a ser, en esta
Latinoamérica, afro e íbero americana además de indígena, deja fuera del mapa
sociopolítico a una parte de la sociedad, del mismo modo que –aunque por otras vías-,
lo hace la gestión pública tradicional (monocultural).

Interculturalidad: el ancla para una multiculturalidad efectiva


El reconocimiento de lo multicultural en sí, no significa el reconocimiento ni la apertura
espontánea de ámbitos para lo intercultural, es decir, para la interrelación entre las
diversas culturas. Por eso, como señala Luis Macas, las “expresiones de culturas, de
pueblos y de identidades diferentes, no son para recuperarlas simplemente, y ponerlas
en la vitrina de la exhibición, o para decir quienes hemos sido y quienes somos sin
consecuencias para el presente; sino que es importante reflexionar no solamente

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111
respecto de lo que son los pueblos indígenas, sino –en tanto y en cuanto son diferentes-
respecto de en qué manera pueden aportar elementos fundamentales para el cambio,
desde ese pensamiento distinto, desde ese pensamiento que, obviamente, va en
contradicción directa del pensamiento occidental.” [2005:37] De ahí que él mismo se
interroga en sus reflexiones acerca de la posibilidad de hablar “de la diversidad de
culturas, de pueblos, de la diversidad histórica, especialmente de los pueblos indígenas
en nuestra región.” [2005: 35]
¿Inclusión o interculturalidad? Lo intercultural hace referencia la necesaria interrelación
sin establecer un centro cultural hegemónico; no así el concepto de inclusión. El mismo
hace referencia a un grupo de incluidos y –por tanto- a excluidos que ahora serían
incluidos. Pero, ¿quién o quiénes incluyen a quiénes?
El concepto “incluidos” supone que hay alguien que incluye y, por consiguiente, el día
de mañana podría volver a excluir. Por eso, el concepto de inclusión es en sí mismo una
negación de la multiculturalidad. Desde el punto de vista político, ella implica un
relacionamiento equidistante entre sí de todas las culturas, y la necesidad de construir
plataformas jurídicas que sirvan de soporte institucional para que las diversidades
sociales, culturales, etc., se interrelacionen en un pie de igualdad. En virtud de ello,
considero correcto y conveniente el empleo del concepto interrelación y no inclusión.

Objetivos: avanzar hacia una gobernabilidad democrática intercultural


(descolonizada)
En el ámbito de la gestión pública multicultural (o sea, en la gestión democrática de lo
público multicultural) esto se expresa claramente (se transforma) en el concepto gestión
pública intercultural.
No se trata de búsqueda de justicia, ni de una propuesta solidaria para con los
excluidos/as. Sin obviar esta perspectiva que también está presente, la apuesta a la
construcción de Estados multiculturales y al desarrollo de una gestión pública
intercultural -que habla de una gobernabilidad democrática intercultural-, es un paso de
enriquecimiento colectivo y florecimiento de los estados indo-afro-latinoamericanos.
Se trata de un gigantesco y necesario paso de avance respecto del pensamiento
homogéneo y homogenerizador, basado en la negación de los diferentes, y -a partir de
esta- en su repulsión y exclusión discriminadora, heredado de la colonia y el
colonialismo cultural por siglos.
Una segunda conclusión sería afirmar que: La formación de Estados multiculturales y la
construcción de modalidades de gestión pública intercultural, constituye el soporte para
una democracia y ciudadanía nuevas, y una gran oportunidad para reconocer y poner en
sintonía la pluralidad de identidades con la organización sociopolítica, la ciudadanía y la
democracia en nuestras latitudes.
Por ello vale subrayar que, si de gestión pública se trata, el reconocimiento de la
multiculturalidad necesariamente debe llevar a promover y más aun, estructurar
caminos hacia la interculturalidad, es decir, construir canales y modalidades de
relaciones entre varias culturas dentro de un mismo territorio (en primera instancia).
Convergentemente, la gestión intercultural del conocimiento (en la gestión pública y)
en las organizaciones sociales resulta vital para fortalecer los procesos de

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gobernabilidad democrática en los ámbitos estatal y social. Los cuales, para ser tales, en
nuestras realidades necesariamente deben apostar a transformarse en interculturales (en
lo interno y hacia lo externo).
Multiculturalidad, interculturalidad y ciudadanía se interrelacionan estrechamente. Lo
intercultural abarca –o debería abarcar- los principios de ciudadanía. De conjunto estos
nexos deberían constituir el soporte para el trabajo de construcción de relaciones de
interculturalidad hacia la constitución (o fortalecimiento) de un Estado democrático,
multi e intercultural. El principio de reconocimiento y respeto a las diferencias y a los
diferentes aunado a la igualdad de derechos, resaltan como pilares del necesario
pluralismo cultural y, en virtud de ello, como principio universal de ciudadanía (para
todos/as) en un Estado multicultural, proyectado en una gestión pública que en tal
situación, para ser tal, debe necesariamente ser intercultural.

Descolonización, cultura de la pluralidad e interculturalidad


Teniendo en cuenta que el planteo de lo intercultural responde a una situación
sociopolítica relativamente reciente en el continente, impulsada sobre todo luego de los
años 90 por los pueblos indígenas, no puede decirse que exista una postura terminada al
respecto. Se trata de una propuesta abierta, en pleno proceso de sensibilización, debate y
/o construcción, según el país de que se trate. En cualquier caso, emprender su efectiva
realización –que supone remover anquilosados posicionamientos, principios, normas y
procedimientos jurídicos-, exige la realización de una profunda reforma constitucional,
labor que –en los casos de Bolivia y Ecuador, por ejemplo-, ha sido parte del proceso
desarrollado alrededor y en las propuestas y debates de las asambleas constituyentes.
Precisamente por esto puede considerarse que tales procesos –pese a sus notorias
diferencias-, implican un paso importante hacia la apertura y el desarrollo de procesos
de descolonización (política, social y cultural), ya que en la mayoría de nuestros países,
por siglos -haciendo omisión jurídica y constitucional de la diversidad social, étnica y
cultural de nuestra región- se copiaron y aplicaron constituciones y legislaciones de
poder que atendían a latitudes e intereses ajenos a los de nuestras realidades, es decir, a
los pueblos que habitan las tierras de este continente. Pero es necesario no detener la
marcha.
En tal sentido un lugar muy importante para profundizar o avanzar en la
interculturalidad lo ocupa, precisamente, la gestión intercultural del conocimiento, en
particular, por su capacidad multiplicadora, en los ámbitos de las organizaciones
estatales y sociales. Ello permite recuperar, rescatar los saberes ancestrales, los modos
de vida diversos, las experiencias, las miradas, valorizar las identidades, y buscar
caminos para avanzar hacia el reconocimiento de la validez plena de todas las culturas
así como de su interrelación en la sociedad como sustrato de su razón de ser en la
actualidad y su proyección histórica.
Es decir, que la gestión intercultural del conocimiento implica y presupone lo
participativo desde lo individual y desde lo colectivo. Lo participativo como base para
conocer, tomar decisiones, proponer o disentir en los diversos espacios de
construcción/aplicación de conocimientos. Esto supone el desarrollo de procesos que
hagan de la participación un componente fundamental para la construcción de los
conocimientos (formación de saberes colectivos desde abajo) y para la puesta en marcha

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113
práctica de dichos conocimientos, sin que ello constituya una fractura entre ambos
procesos.
Para ello, los procesos de gestión intercultural, participativa, compleja y dinámica de
conocimientos, cuenta -en nuestras tierras-, con grandes fortalezas teóricas y
metodológicas, además de apoyarse en los conocimientos provenientes de la gestión
empresarial en sus distintas variantes y en la ingeniería y reingeniería organizacional.
Me refiero específicamente a la educación popular, y a la investigación participativa
(llamada también investigación acción participativa), las cuales, junto a los aportes de la
antropología social, confluyen en abrir puertas a la recuperación de saberes
(experiencias) sociales a través del estudio del modo de vida de las organizaciones
comunitarias urbanas y rurales, caudal primero y vital para construir propuestas
interculturales de gestión del conocimiento en las organizaciones sociales.
Las transformaciones en curso en el proceso de Bolivia denotan la importancia –aunque
dispar- de la construcción de este nuevo modo de gestión del conocimiento
particularmente en l que hace a renovación de la gestión publica intercultural. Y esto –
aunque incipiente aun en relación al potencial existente-, constituye un paso hacia la
conformación de un escenario socio-cultural diferente, enriquecido y fortalecido con al
participación articulada de las diversas culturas e identidades de la ciudadanía.
Si alguna riqueza tiene este proceso es precisamente esta: no hay manuales posibles de
donde copiar un modelo de democracia, de gobernabilidad, de Estado y de gestión
pública. Para algunos quizá esto pueda constituir un obstáculo, pero lejos de ello, desde
la perspectiva expuesta, constituye una oportunidad para la participación creativa de los
actores sociales en la creación de nuevos paradigmas.

Los aportes de la investigación participativa y la educación popular


Donde la cultura predominante y dominante ha sido y en gran medida aun es
aplastantemente monocultural, la tarea pendiente no es simplemente proponerse la
interculturalidad. Hay que buscar caminos para construir canales de intercomunicación
entre las diversas modalidades de existencia sociocultural de las diferentes culturas,
descubrir los saberes sumergidos, sistematizar experiencias colectivas a través de las
organizaciones (en este caso), (re)construir conocimientos colectivos e
interrelacionarlos a los proceso de gestión de las organizaciones. De conjunto, esto
apunta a instalar los pilares para una gestión intercultural del conocimientos en (desde y
para) las organizaciones sociales.
La idea rectora fue generar procesos de abajo hacia arriba, de la sociedad y sus
culturas y modalidades de expresión y gestión de lo público (en sus dimensiones micro,
como por ejemplo, el ámbito comunitario), rescatándolas, admitiéndolas y
conjugándolas en una nueva dimensión de lo público colectivo compartido-
interarticulado. Se trata, en definitiva, de poner en sintonía una diversidad de formas y
entendimientos y modalidades del saber hacer que concurrirán en la conformación de
nuevas modalidades y saberes colectivos respecto de la cosa pública y su gestión y
administración, surgidos del ámbito de los pueblos y construidos con su participación y
sabiduría. Son los saberes populares fragmentados, rescatados, interarticulados y
potenciados como saberes de todos para todos. Tal es la labor primera de la gestión
intercultural del conocimiento: construir y constituirse como tal en el proceso de su

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114
construcción con la participación de los distintos actores sociales intervinientes en dicho
proceso cognitivo y de gestión.
Se entiende, en tal sentido, por gestión al proceso de construcción de saberes, que
implica la recuperación y articulación de la memoria histórica (de los pueblos y sus
organizaciones), la recuperación de las experiencias mediante la sistematización de las
mismas apoyados en la interrelación de las propuestas metodológicas de la educación
popular y la investigación participativa (IAP), y las historias de vida, apelando,
fundamentalmente a la historia oral. Resulta particularmente interesante destacar que,
para la construcción de caminos hacia y de interculturalidad, el registro y análisis de las
narrativas de los sujetos involucrados en el proceso acerca de sus experiencias vitales en
lo referente a sus modalidades de vida, su identidad, sus aspiraciones, sus prácticas de
gestión, etcétera, ocupa un lugar muy importante.
Es vital incorporar a los saberes interculturales el caudal cultural familiar, teniendo
presente que el conocimiento y la cultura se forman y desarrollan en cada ser humano
desde el nacimiento, en el seno de la familia, el hogar y la comunidad donde se vive, es
decir, anteceden y exceden a las instituciones escolares.
En todo el proceso, la participación de los individuos, sectores y actores de las distintas
identidades culturales que participan del proceso organizacional, resulta imprescindible.
Las modalidades y profundidad con que se concibe y realiza la participación marcarán
los alcances, el compromiso, la voluntad y la motivación de todos y cada uno en el
proceso de gestión (construcción) de conocimientos, y ello redituará en los resultados,
es decir, en los saberes colectivos interculturales que emergerán, y constituirán el sostén
de la gestión (aplicación, puesta en marcha) intercultural del conocimiento en las
organizaciones sociales e instituciones participantes del proceso.”

4.5 Actividad de comprensión e integración de contenidos de la unidad

Comprensión e integración:

A partir de la lectura de la clase, exponga brevemente:

-¿Qué elementos caracterizan a los procesos de construcción de poder desde abajo?


Mencione tres que considere fundamentales y argumente brevemente cada uno de ellos
(por qué?)

(Extensión máxima 900 caracteres)

Semana 7

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115
Elaboración del ensayo final

(Actividad evaluativa del curso)


Tema:
Exposición y análisis de experiencias concretas de los y las cursantes referidas a la
construcción de poder desde debajo de actores sociales de su comunidad, su
municipio, su provincia, etc.
 Descripción de la experiencia (en que consiste, quienes la impulsan, cómo, tipo de
organización y localización.
 Objetivos y metas de la organización,
 Metodología de trabajo
 De-muestre porque es una experiencia de construcción desde abajo. Caracterice los
elementos que la hacen tal.
 Exponga sus puntos de vista acerca de su accionar y sobre logros y deficiencias que
considere relevantes.
(Extensión: 3600 caracteres)
Enviar por e-mail a su tutor/a.
Fecha máxima de entrega: sábado 20 de noviembre

Semana 8

Unidad 5. Encuentro presencial: Jornada de profundización y cierre.

5. Panel con referentes de movimientos sociales argentinos: Exposición de sus


realidades actuales por parte de cada panelista.
6. Intercambio y debate con los cursantes.
7. Evaluación y cierre del curso.

Fecha prevista: martes 23 o miércoles 24 de noviembre, 18 horas, UNLa (aula a definir)

Bibliografía, metodología, contenidos, cronograma y evaluación de Politicas [Link]


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Bibliografía recomendada

Fundamental
⇒ Bielsa, Bonasso, Calloni, Rauber et al. 2002. Qué son las asambleas populares.
Peña Lillo-Continente. Buenos Aires.
⇒ Borón, Atilio A. (comp.): Política y movimientos sociales en un mundo
hegemónico: lecciones desde África, Asia y América Latina, Consejo
Latinoamericano de Ciencias Sociales, 2005.
⇒ Carrasco, Morita. 2002. “El movimiento indígena anterior a la reforma
constitucional y su organización en el Programa de Participación de Pueblos
Indígenas” UBA, Buenos Aires.
[En: [Link]
⇒ Di Marco, Graciela. 2003. Movimientos sociales en la Argentina; asambleas: la
politización de la sociedad civil, Universidad Nacional de General San Martín,
Buenos Aires. (Biblioteca del Congreso)
⇒ Dussel, Enrique: “Diálogos con John Holloway (Sobre la interpelación ética, el
poder, las instituciones y la estrategia política)”. [En:
[Link]/revista-herramienta-n-26]
⇒ García Linera, Álvaro, Mignolo, Walter y Walsh, Catherine. 2003.
Interculturalidad, descolonización del estado y del conocimiento. Ediciones del
Signo. Buenos Aires.
⇒ Garza Toledo, Enrique (Comp.). 2001. Los sindicatos frente a los procesos de
transición política. Buenos Aires: CLACSO, (En: [Link]).
⇒ Mansilla, HCF. “Los procesos de globalización en el área andina. Los fenmenos
de interculturalidad y la influencia normativa de la modernidad.” [En:
[Link] ]
⇒ Palomino, Héctor. “¿Cómo (re)construir la unidad del campo popular? Las
estrategias políticas de la CTA a partir de la crisis del 2004”, en Sociedad
Argentina de Análisis Político. La política en un mundo incierto:
representación, gobernabilidad democrática e inclusión social. Artículo en libro
científico de la Sociedad Argentina de Análisis Político. (Publicación en CD)
⇒ Rauber, Isabel. Actores sociales, luchas reivindicativas y política popular.
Editorial UMA. Buenos Aires, 1998. [En: [Link] ; Sección: “Otro
mundo es posible”, a la derecha, abajo]
⇒ Rauber, Isabel. 1998. Una historia Silenciada. Pensamiento Jurídico Editora. Bs.
Aires.
⇒ Rauber, Isabel. 2002. “Argentina: hora de unidad y de patria.” En: Bielsa,
Bonasso, Callón… et al. Qué son las asambleas populares. Peña Lillo-
Continente. Buenos Aires. [También en: [Link]]
⇒ Rauber, Isabel. 2002. “Piquetes y piqueteros en la Argentina de la crisis. Cerrar
el paso abriendo caminos.” Revista Pasos (2003), DEI, San José.
[En: [Link] ; Sección: “Otro mundo es posible”, a la derecha, abajo]
⇒ Rauber, Isabel. 2003. La sal en la Herida. Inédito.
⇒ Rauber, Isabel. 2004. Movimientos sociales y representación política.
Articulaciones. Ciencias Sociales. La Habana. [En: [Link] ; Sección:
“Otro mundo es posible”, a la derecha, abajo]
⇒ Rauber, Isabel. 2006. Sujetos Políticos. CTA, Buenos Aires.

Bibliografía, metodología, contenidos, cronograma y evaluación de Politicas [Link]


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⇒ Rauber, Isabel. 2006. “La globalización del capital y su impacto en el mundo del
trabajo formal e informal. Respuestas y desafíos de los sindicatos. El caso
argentino.” [En: [Link]]
⇒ Rauber, Isabel. 2007. “Gobiernos populares en América Latina. ¿Revoluciones o
neo-reformismo?” [En: [Link] ; Sección: “Otro mundo es posible”, a
la derecha, abajo]
⇒ Rauber, Enríquez, Mendizábal. 2008. “Cultura política en la experiencia del
Comedor los Pibes, La Boca y el Proyecto Monteagudo, MTL (Parque
Patricios).” INAP, Buenos Aires.
⇒ Rauber, Isabel y Silva, Juan. 2009. “Mapa conceptual de los movimientos
sociales.” Avance de investigación . UNLa.
⇒ Rivera, Silvia. 2008. “Violencia e interculturalidad. Paradojas de la etnicidad en
la Bolivia de Hoy”. [En: [Link]]
⇒ Rosso, Laura. 2005. “Resistencias. Vivir para luchar.” Entrevista a Viviana
Figueroa, líder de la Juventud Indígena Argentina. Página 12, 1 de julio. Buenos Aires.
⇒ Svampa, Maristella. 2003. (uevos movimientos sociales y O(Gs en la Argentina
de la crisis. Buenos Aires, CEDES.

Complementaria
⇒ Cheresky, Isidoro (comp): Ciudadanía, sociedad civil y participación política,
Miño y Dávila, Filosofía política, Buenos Aires, 2006
⇒ Dussel, Enrique. 1999. “Sobre el sujeto y la intersubjetividad: el agente histórico
como actor en los movimientos sociales”, Revista Pasos, 84, DEI, San José.
⇒ Fernández, M. (2003), “La Educación Intercultural en la Sociedad Multicultural”
En: Interculturalidad y Educación: Un nuevo reto para la Sociedad
Democrática. Luengo, F. y H. Ramos (Eds.). Proyecto Atlántida. Madrid,
España.
⇒ García Linera, Álvaro. 2010. Sociología de los movimientos sociales. Plural. La
Paz. (Bibliotecas)
⇒ Hard, M y Negri, A. 2004. Multitud, Barcelona: Random House Mandadori.
⇒ Holloway, J. 2004. Cambiar el mundo sin tomar el poder. Herramienta, Bs.
Aires.
⇒ Palomino, Héctor. “¿Cómo (re)construir la unidad del campo popular? Las
estrategias políticas de la CTA a partir de la crisis del 2004”, en Sociedad
Argentina de Análisis Político. La política en un mundo incierto:
representación, gobernabilidad democrática e inclusión social. Artículo en libro
científico de la Sociedad Argentina de Análisis Político. (Publicación en CD
ROM)
⇒ Petras, James F.; Veltmeyer, Henry: Movimientos sociales y poder estatal:
Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador, Lumen, México, DF, 2005.
⇒ Porto Gonçalves, Carlos Walter: Geografías: movimientos sociales, nuevas
territorialidades y sustentabilidad, Siglo Veintiuno Editores, México D.F., 2001.
⇒ Rauber, Isabel. 2009 “Construcción (y gestión) colectiva e intercultural de
conocimientos para el redimensionamiento de saberes y competencias
directivas. La experiencia de intercambio y cooperación con Bolivia”.
⇒ Rivera, Silvia. 2005. “Ciudadanía se escribe en plural”
[En:[Link] ]
⇒ Rosero Garcés, Fernando: Formación de líderes y movimientos sociales:
experiencias y propuestas educativas, Abya - Yala, Buenos Aires, 2002.

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⇒ Svampa, Maristella: La sociedad excluyente: la Argentina bajo el signo del
neoliberalismo, Taurus, Pensamiento, Buenos Aires, 2005
⇒ Tarrow, Sydney: El poder en movimiento: los movimientos sociales, la acción
colectiva y la política, Alianza, Madrid, 2004.
⇒ Virno Paolo: Gramática de la Multitud.

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