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Historia del descubrimiento de elementos químicos

Este documento proporciona una visión general histórica del descubrimiento de los elementos químicos desde la prehistoria hasta la Edad Media. Detalla los primeros materiales utilizados por los humanos y el descubrimiento de metales como el cobre, bronce e hierro. También describe los avances en la metalurgia y alquimia en civilizaciones antiguas como Mesopotamia, Egipto, China e India y cómo estos conocimientos se transmitieron.

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Historia del descubrimiento de elementos químicos

Este documento proporciona una visión general histórica del descubrimiento de los elementos químicos desde la prehistoria hasta la Edad Media. Detalla los primeros materiales utilizados por los humanos y el descubrimiento de metales como el cobre, bronce e hierro. También describe los avances en la metalurgia y alquimia en civilizaciones antiguas como Mesopotamia, Egipto, China e India y cómo estos conocimientos se transmitieron.

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De los dioses a los hombres: Un recorrido histórico del

descubrimiento de los elementos químicos


From Gods to men: A historical overview of the discovery of the
chemical elements

A modo de Introducción: Un viaje desde la Prehistoria hasta la Edad Media TOP

Los primeros materiales empleados por los seres humanos fueron la madera, la piedra y los huesos tallados y

trabajados, así como el hierro meteórico, el oro y el cobre nativos, que se moldeaban golpeándolos en frío.

Pero llegó un momento en el que para poder utilizar los metales puros era necesario alterar profundamente su

estado natural, hecho que supuso la aparición de la metalurgia, punto de inflexión en la historia de la

humanidad. Debido a su maleabilidad, el cobre nativo resulta muy fácil de manipular y probablemente por ello

fue el primer metal que se empleó. Cuando su uso se generalizó nació la denominada Edad de Cobre o

Calcolítico (ca. 8000 a.C.-4000 a.C.), en la que convivieron durante mucho tiempo la cultura lítica con los

utensilios de este metal. La presencia casual de arsénico en algunas de las menas de cobre utilizadas llevó al

descubrimiento de cómo formar aleaciones con él y con otros elementos como el antimonio, el plomo o el

estaño, metal con el que se obtiene el bronce. En un principio este nuevo material sólo se utilizó para fabricar

objetos decorativos, pero al quedar patente que su dureza era mucho mayor que la del cobre y la de la piedra,

su uso se generalizó. En la denominada Edad de Bronce (ca. 4000 a.C.-700 a.C.), la demanda de esta aleación

originó la denominada “ruta de los metales”, que unía el Mediterráneo con el centro y el norte de Europa y

llegaba hasta la Península Ibérica en busca de los preciados cobre y estaño. Este recorrido servía para

comercializar tanto los lingotes como los productos ya terminados y se unía a la que generaba el comercio del

apreciado ámbar, cuyos yacimientos se encontraban en el norte de Europa (Fernández Castro, 1997).

Cuando se produjeron dificultades en el abastecimiento de cobre y estaño para fabricar bronce se sustituyó por

el hierro, metal ya conocido pero que presentaba más dificultades que el cobre para su transformación a partir

de sus minerales por su elevado punto de fusión (1538 oC). Hay pruebas arqueológicas que demuestran que el

hierro proveniente de los meteoritos se empleó en Egipto en el año 4000 a.C. así como en la cultura

mesopotámica, donde consideraban que este metal era un “Regalo de los Dioses” porque provenía de cielo. El

descubrimiento de la fundición condujo a la predominancia del uso de hierro para fabricar herramientas y

armas, lo que dio lugar al inicio de la Edad de Hierro, etapa que duró hasta la expansión del imperio romano. A

lo largo de los siglos se conoció cómo obtener otros elementos, de tal forma que al llegar al Renacimiento se

utilizaban doce: cobre, hierro, oro, plata, estaño, arsénico, plomo, azufre, mercurio, zinc, antimonio y carbono,

que se empleaba en forma de carbón vegetal para la reducción del cobre, zinc y estaño.

Gracias a la utilidad de los productos que fabricaban, los artesanos del metal eran muy respetados en la

antigua cultura mesopotámica, donde también se conocía la manera de obtener perfumes, medicinas,

detergentes o pigmentos para teñir tejidos. Asimismo eran capaces de preparar vidrios coloreados y gemas

artificiales, de obtener una imitación de plata por blanqueo del cobre y de realizar fermentaciones. Es en esta

civilización donde se tiene noticia por primera vez de un “Arte Sagrado” que, según la tradición, fue confiado a
los humanos por un ángel caído del cielo que quedó cautivado por la hermosura de las mujeres terrenales

(Moorey, 1994).

En el Egipto arcaico se explotaron principalmente los yacimientos del norte de Nubia, en cuyos restos hay

evidencias de crisoles, yunques, cinceles y diversos objetos metálicos, aunque carecemos de testimonios

escritos que reflejen las técnicas empleadas por los metalurgistas y orfebres. Sin embargo, tenemos la

inmensa suerte de contar con un testigo de excepción que describe con exactitud los métodos que utilizaban

para extraer y fundir los metales: los dibujos de la tumba del visir Rkh-mi-Ra ( ca. 1460–1430 a.C), entre los

que se representan los talleres de los metalúrgicos con cuatro hornos alimentados con carbón, cuyo fuego es

avivado mediante fuelles de madera y cuero manejados con los pies y con cuerdas. Sabemos que se añadía sal

y plomo para eliminar los residuos de plata al formarse cloruro argéntico que, junto con el plomo, constituía las

escorias. Al cabo de cinco días el crisol se sacaba del fuego y el oro fundido se vertía en pequeñas vasijas en

las que se enfriaba y solidificaba (Klemm, 2013).

Por otro lado, los importantes avances que la metalurgia china consiguió en fechas muy tempranas pueden

ejemplificarse en el pleno desarrollo de la copelación a comienzos del siglo III a.C. para refinar el oro y la plata

mediante su aleación con plomo y la oxidación posterior del plomo fundido para separarlo del metal precioso

(Needham, 1978).

Asimismo son destacables los conocimientos alquímicos que se desarrollaron en la antigua India (Chakravarti,

2003), saberes que se transmitieron a otras civilizaciones posteriores como la etrusca, griega y romana

(Bensinger, 2014), en las que además de desarrollar todos los aspectos prácticos del “Arte Sagrado”, se

intentó descubrir cuál era la estructura última de la materia. Desde el atomismo griego se llegó a la idea de los

cuatro elementos (agua, aire, fuego y tierra) y sus cualidades (frío, húmedo, caliente y seco), con las que se

buscaba explicar los diferentes estados de las sustancias. Hoy en día se considera que la alquimia surgió en

China y en Egipto de forma independiente, y gracias a esta última civilización se transmitieron los

conocimientos alquímicos a la cultura árabe. En la ciudad de Harran, situada en la frontera turco-siria, se

compilaron los tratados antiguos sobre medicina, astronomía, filosofía y alquimia a lo largo del siglo séptimo.

Zona de confluencia de numerosas culturas, destacó por ser un importante centro metalúrgico donde se

trabajaban los metales traídos de Asia Menor, Kurdistán y Persia. Se cree que fueron los árabes quienes

acuñaron el término Al-kimiya o Arte sagrado, que los traductores latinos transformaron en alkimia, alquimia,

alchimia o alchemia. En árabe, el prefijo Al es el artículo determinado para el sustantivo griego chêmeia, que

era la palabra empleada para designar a la fundición de metales (Newman & Principe, 1998).

Hubo varios alquimistas árabes importantes, siendo el más conocido el iraní Abu Musa Jabir ibn Hayyan

(ca. 721–ca. 815), denominado Geber por los latinos. Geber escribió numerosos tratados alquímicos en los que

detalló varias operaciones de química práctica, como el método de preparación del aqua fortis (ácido nítrico)

para separar el oro de la plata, los diferentes usos de distintas sustancias como los álcalis (hidróxidos),

el vitriolo (ácido sulfúrico) o el vitriolo verde (sulfato de cobre), la descripción de los colores que produce el

cobre en la llama, la fabricación de acero, la purificación de metales, la preparación de barnices, tintes o

perfumes, las técnicas de destilación, o el empleo del dióxido de manganeso para fabricar vidrio incoloro entre

otros (Al-Khalili, 2012).

El “Arte Sagrado” desde la Edad Media hasta el siglo XVI TOP


Los alquimistas medievales europeos llegaron a perfeccionar numerosas técnicas de laboratorio, desarrollaron

los procesos químicos básicos y describieron numerosos aparatos para diferentes operaciones químicas. A

pesar de que estas técnicas se conocían desde hacía siglos, ellos fueron quienes las plasmaron por primera vez

en sus manuscritos (Principe, 2013), cuyo estudio en profundidad ha permitido la traducción del lenguaje

hermético y se ha podido establecer la conexión entre su idioma y el nuestro. Poco a poco y gracias a la

estupenda labor de los equipos multidisciplinares formados por historiadores y químicos, se está empezando a

conocer la auténtica dimensión del trabajo experimental de los alquimistas (Martinón-Torres, 2003 y 2008).

Durante los siglos XII, XIII y XIV la Península Ibérica se convirtió en un crisol de civilizaciones en el que se

tradujeron numerosos libros que contenían conocimientos de toda índole. Especial importancia tuvo la Escuela

de Traductores de Toledo, a la que se encontraba vinculado G. de Cremona (1114–1187), especializado en

traducir textos alquímicos como el popular Libro de la composición de la alquimia (1142) (Martín Reyes, 2004).

Esta transmisión de conocimientos se produjo gracias al trabajo de los monjes franciscanos y dominicos,

quienes realizaban las tareas de recopilación y custodia de los libros en los monasterios. Entre ellos destacaron

como alquimistas los franciscanos E. Buonbarone o de Asís (ca. 1180–1253), B. de Iseo (1180–1280) y R.

Bacon (1214–1294), autor de la denominada Opus Maius (“Gran Obra”), cuyas 840 páginas tratan sobre

ciencias naturales, gramática, lógica, matemáticas, física y filosofía, en las que su sexta parte es una completa

revisión sobre la alquimia. Asimismo sobresalieron en el “Arte” los dominicos V. de Beauvais (1190–1264) y

Alberto Magno (ca. 1193–1280), quien delimitó claramente los ámbitos de la fe y de la razón y fue un

reconocido investigador. Denominado Doctor universalis, en sus textos refleja la producción de metales, el

estudio de los principios del azufre y del mercurio, la descripción de numerosas operaciones químicas y el

estudio del arsénico, la sal amoniacal (amoníaco), los álcalis, el cinabrio, etc. Además, Alberto Magno fue el

primer europeo en reflejar por escrito cómo aislar el arsénico en 1250 (Heines, 1958).

Desgraciadamente para los alquimistas, la propagación de la herejía joaquinista entre las órdenes religiosas

llevó a la primera prohibición oficial de las artes alquímicas en 1272, que fue continuada por varias acciones

para impedir las falsificaciones y la charlatanería. Por ejemplo, el alquimista J. Duèze (1244–1334), que fue

nombrado Papa (Juan XXII) en 1316, promulgó el decreto pontificio Spondent quas non exhibent (1317), que

específicamente prohibía la fabricación de oro falso.

Los siglos continuaron pasando y el médico, naturalista y alquimista Th. B. von Hohenheim

(Paracelso, ca. 1493–1541) revolucionó el mundo de la medicina al rebatir las creencias antiguas sobre la

enfermedad y la sanación y afirmar que las enfermedades se debían a ciertos agentes externos ajenos al

cuerpo a los que se podía atacar con la ayuda de determinadas sustancias químicas, por lo que se le considera

el fundador de la Iatroquímica. Paracelso sostuvo la teoría de los “tres principios” que reducía toda la química a

tres elementos fundamentales: azufre, mercurio y sal. Identificó al zinc como un metal único en 1526, como ya

había hecho el metalúrgico hindú R. Samuccaya en el año 800 d.C., si bien sólo pudo ser aislado por A. S.

Marggraf (1709–1782) en 1746.

La primera descripción de un procedimiento para aislar el antimonio elemental fue reflejada en 1540 por V.

Biringuccio (1480–1539) en su libro titulado De la Pirotechnia (1540), donde también se incluye el primer

relato escrito conocido sobre la práctica correcta de la fundición. Sin embargo, el sulfuro de antimonio(III)

(Sb2S3) era conocido en Egipto como lápiz cosmético denominado “kohl” hacia el año 3100 a.C. y también se

han encontrado piezas fabricadas de este material en Tello (actual Iraq) del año 4000–3000 a.C. (Kirk et al.,
2007; Principe, 2013). El texto de Biringuccio de 1540 precedió al más conocido De re metallica escrito por G.

Agrícola y publicado en 1556, el cual ha sido incorrectamente acreditado como el descubridor del antimonio

metálico. Pero la autoría de este descubrimiento no está exenta de polémica, porque el libro El carro triunfal

del antimonio describe en 1646 la preparación del antimonio metálico, supuestamente escrito por el monje

Basilio Valentín hacia 1450; si esta noticia fuera auténtica la autoría del descubrimiento dejaría de pertenecer a

Biringuccio, aunque ya en 1710 W. G. F. von Leibniz (1646–1716) realizó una cuidadosa investigación con la

que concluyó que no había existido ningún monje llamado “Basilius Valentinus” y que el autor del texto era su

editor, J. Thölde (ca. 1565–ca. 1624), versión que es la aceptada hoy en día (Priesner & Figala, 1998). Otro

elemento cuyo descubrimiento se ha atribuido a Valentín es el Bismuto, que ya había sido citado en 1574 como

muestra la figura 1, pero que no fue identificado definitivamente hasta 1753 por C. F. Geoffroy (1729–1753).

La llegada de los europeos a América supuso un importante impulso para el desarrollo de las ciencias y las

técnicas en el viejo continente. Europa necesitaba barcos robustos que pudiesen atravesar el Océano y que

navegasen con técnicas de navegación de altura, expertos que analizasen la inmensa cantidad de nuevas

especies que se encontraban a cada paso y personas cualificadas que aplicasen sus conocimientos a la

explotación de los yacimientos americanos de metales preciosos, que fue uno de los principales motores del

desarrollo técnico y científico en la España del Renacimiento. La amplia serie de innovaciones que se inició con

el novedoso método de amalgamación de minas de plata de Bartolomé de Medina en 1555 culminó con la

publicación en 1640 del Arte de los metales de Álvaro Alonso Barba (ca. 1569–1662), tratado que expuso las

nuevas metodologías descubiertas por su autor junto con las de otros metalurgistas. Esta obra tuvo una

enorme difusión porque se imprimieron varias ediciones en castellano y se hicieron traducciones al inglés,

alemán y francés (Castillo Martos, 2006).

La importancia económica que la determinación de la ley de las monedas tuvo en la España renacentista

motivó que en sus cecas se instalaran los mejores medios técnicos de la época para el análisis químico

cuantitativo. La principal figura en este campo fue el leonés Juan de Arfe Villafañe (1535–1603), “ensayador”

de la ceca de Segovia y autor del Quilatador de plata, oro y piedras de 1572, primer tratado sobre el tema

impreso en Europa. Además, el laboratorio de destilación más importante de la Europa renacentista se localizó

en El Escorial, donde Diego de Santiago (s. XVI) fue el más destacado de los “destiladores de Su Majestad” que

trabajaron en él. De Santiago publicó en 1598 el libro Arte separatoria, en el que describió un “destilatorio de

vapor” de su invención que incluía unas enormes torres de destilación (López Piñero, 1979).

El tránsito del Renacimiento a la Ilustración TOP

El final del siglo XVI y el comienzo del siglo XVII contempló el trabajo de A. Libavius (1550–1616), quien

presentó la química como un conjunto de prácticas que poseían una metodología perfectamente sistematizada

para su ejecución y realizó importantes aportaciones como los usos del cloruro de estaño, que se conoce como

“licor de Libavius”. Este alquimista escribió en 1597 un libro sistemático de química titulado Alchemia, que

incluía instrucciones para la preparación de diversos ácidos fuertes y publicó algunas de sus obras bajo el

seudónimo de Basilius de Varna (UAB, 2011).

La invención de la imprenta contribuyó de forma decisiva a la rapidez de la propagación de todo tipo de

conocimientos, entre los que por supuesto se encontraban los saberes alquímicos. Una conocida compilación de
estos tratados fue el Musaeum hermeticum (1625), que tuvo gran popularidad y cuyo propósito era presentar

una colección representativa de escritos alquímicos relativamente breves. Se considera que fue un suplemento

a las grandes enciclopedias alquímicas como el Theatrum chemicum (1602–1661) o la Bibliotheca Chemica

Curiosa (1702). El Musaeum representa una forma diferente de entender la alquimia, menos oscura que las

obras de los antiguos maestros. Está formado por varios capítulos, escritos cada uno por un autor diferente,

entre los que destaca el firmado por Basilio Valentín titulado las “Doce Claves”, que si se leen con nuestros

ojos del siglo veintiuno resultan totalmente indescifrables. Por ejemplo, en la “Primera Clave” se detalla el

siguiente texto: “Permite que la diadema del rey sea de oro puro, y haz que la reina, que está unida a él en

matrimonio, sea casta e inmaculada. Toma un lobo gris y fiero, de los que encuentras en los valles y montañas

del mundo por donde vaga salvaje y hambriento. Júntalo con el rey y, cuando lo haya devorado, calcínalos en

el fuego hasta reducirlos a cenizas. Una vez que hayas realizado este proceso tres veces, el rey estará

liberado”. Este párrafo se ilustra con el grabado reproducido en Esta imagen ha resultado indescifrable hasta

hace poco, pero hoy en día se entiende mejor su significado. Para ello se han realizado análisis muy completos

de los crisoles y escarificadores encontrados en Austria y en otros lugares (Martinón-Torres, 2003 y 2008).

Estos resultados se han comparado con los libros de alquimia y así se ha podido “traducir” el texto de la

Primera Clave de Valentín, encontrándole un significado nada esotérico. En la literatura alquímica, el antimonio

era denominado “lupus metallorum”, tanto por el aspecto que tiene la antimonita (estibina, Sb 2S3) muy similar

al pelaje de un lobo “gris y fiero”, como porque era capaz de “disolver” otros metales como el oro o la plata. El

rey representa el oro purificado gracias a la acción del antimonio, y la reina es la plata; el anciano de la pierna

de madera simboliza Saturno, que en la literatura alquímica designaba al plomo que podía facilitar la refinación

de la plata en la copela donde se muestra la bolita de dicho metal. En el siglo veintiuno, en vez de dibujar este

grabado escribiríamos (Greenberg, 2007):

Oro impuro + Estibina → Aleación de oro y antimonio + Sulfuro de plata + Sulfuro de cobre:

La aleación de oro y antimonio es “purificada” al ser sometida al calor del fuego en el crisol en tres ocasiones,

hecho que se representa por las tres flores que lleva la reina en la mano. Nosotros lo escribiríamos como:

Los alquimistas de la segunda mitad del siglo XVII realizaron algunos importantes hallazgos, [1] entre los que

destaca el conseguido en 1669 por H. Brandt (1630–1692) quien, en el curso de sus experiencias con la orina,

obtuvo una sustancia blanca y cérea que resplandecía en la oscuridad, convirtiéndose en el primer descubridor

reconocido de un elemento químico: el fósforo. Brandt fue inmortalizado por J. W. de Derby en su pintura “El

alquimista en busca de la piedra filosofal”, título engañoso que camufla la auténtica realidad científica que

refleja dicho cuadro (Emsley, 2000).

Otra gran figura de la segunda generación de paracelsistas que desarrolló su actividad durante la segunda

mitad del siglo XVII fue J. B. van Helmont (1577–1644), quien realizó, entre otras, importantes investigaciones

sobre los gases y los hidróxidos, creando el término “gas” y denominando “álcalis” a las lejías. Sus obras

completas fueron publicadas en 1648 por su hijo con el título Ortus Medicinae. En esencia, el objetivo último de

los experimentadores del s. XVII era establecer un sistema universal completo a la manera de los filósofos

griegos. Tomaron de sus ideas las que parecían aplicables a las reacciones químicas y elaboraron así una
nueva química “mecánica”, a la que hay que agradecer el destierro de toda clase de fuerzas ocultas en las

propiedades de las sustancias. A lo largo del siglo XVII se efectuaron numerosas experiencias que demostraron

la posibilidad de generar el vacío y se desarrolló el microscopio, instrumento que evidenció la discontinuidad de

la materia.

También hay que destacar las contribuciones de R. Boyle (1627–1691), quien propuso que la química merecía

ser estudiada en sí misma sin ser sólo una ciencia auxiliar de la medicina y la farmacia. Gracias a un riguroso

método experimental, Boyle demostró que los cuatro elementos de Aristóteles y los tres principios de los

alquimistas (mercurio, azufre y sal) no merecían ser llamados elementos o principios. Sin embargo, en el siglo

XVII el concepto de elemento era prácticamente el mismo que el establecido por Aristóteles: un elemento era

el componente fundamental de toda la materia. Así, si el azufre era considerado un elemento, formaba parte

tanto del oro como del mosto de la uva. En su libro The Sceptical Chymist (1661), Boyle se cuestionó esta idea

de elemento químico, preguntándose si no existirían más elementos que los cuatro considerados en ese

momento.

Las luces de la Ilustración que iluminaron el camino TOP

El final del siglo XVII y la entrada en el XVIII contempló importantes contribuciones en el campo de la ciencia y

la técnica, porque gracias a las aportaciones de I. Newton (1642–1727) entre otros, se interpretaron los

fenómenos naturales de acuerdo con un modelo mecánico, sencillo y razonado. La química estaba constituida

por un conjunto de prácticas que permitían obtener numerosos productos, pero el gran fallo que presentaban

las diferentes teorías químicas de esta época era la ausencia de la noción de cuerpo simple, carencia que

impedía la correcta clasificación de las sustancias y favorecía las organizaciones arbitrarias. Esta idea se ilustra

en la figura 3, donde se muestra una tabla de “caracteres chymicos” con los símbolos empleados por N.

Lémery (1645–1715), en la que se puede apreciar que se entremezclaban elementos (azufre, oro, mercurio

…), compuestos (agua, cal, cinabrio …), aparatos de laboratorio (crisol), operaciones químicas (sublimar),

épocas del año (capricornio, aries …) y fuentes de energía (fuego).

En el siglo XVIII o “Ilustración” se creía que, gracias al conocimiento, la humanidad se libraría de las tinieblas

de la ignorancia y la superstición. El sustrato que conformaba la mentalidad ilustrada estaba constituido por la

revolución científica producida en el siglo XVII, unido al desarrollo de las ciencias experimentales generado a

partir de ella. Con la Ilustración aumentó de forma espectacular la aplicación de la ciencia a la técnica y a la

fabricación artesana y viceversa, de forma que este fenómeno, a la par que modificaba el estilo de vida de

gran número de personas, generaba jugosos beneficios. Por ello, los diferentes gobiernos de esta época

impulsaron la creación de instituciones donde la ciencia tuvo un destacado protagonismo y así se generó la

necesidad de un personal cualificado que adquirió prestigio y relevancia social. Paralelamente se produjo la

necesidad de intercomunicación entre ellos, de manera que surgieron numerosas publicaciones que fueron el

vehículo perfecto para la transmisión de las ideas y teorías nacidas durante esta centuria. Una de ellas fue

la Encyclopédie editada por Diderot & D’Alembert desde 1751 hasta 1772, obra monumental estructurada de

forma alfabética por temas, que se convirtió en el modo de expresión de las ideas ilustradas y reflejó la

situación de los conocimientos de la época. Como interpretaba el mundo desde un punto de vista racional, su

publicación produjo el rechazo del clero y de los gobiernos tradicionales, así como bastantes discusiones entre
sus partidarios y sus detractores. Fue continuada por la Encyclopédie Méthodique o Encyclopédie

Panckoucke desde 1782 hasta 1832, en la que participaron un gran número de autores en 210 volúmenes.

A medida que los métodos experimentales se perfeccionaron se pudieron reconocer y aislar más elementos

químicos, de manera que G. Brandt demostró en 1732–35 que el color azul del vidrio se debía a un nuevo tipo

de metal y no al bismuto como se pensaba anteriormente. Sospechando que era el mismo material que

formaba parte de un mineral azul obtenido en las minas del cobre alemanas que no contenía cobre, lo calentó

con carbón vegetal, lo redujo y obtuvo cobalto puro.

Un caso particular ocurrió con el platino, metal que ya era conocido por los habitantes de la América

precolombina. Sin embargo, la primera referencia europea sobre él se encuentra en los escritos del humanista

italiano J. C. Escalígero (1484–1558) como una descripción de un metal misterioso “hasta ahora de imposible

fusión por cualquiera de las artes españolas” (Weeks, 1932), frase que refleja el alto nivel de las técnicas

metalúrgicas en nuestro país. Pasaron los siglos y el marino ilustrado sevillano Antonio de Ulloa (1716–1795)

se trasladó a la selva del Chocó (Colombia) en 1735 para medir un arco del meridiano, formando parte de una

expedición geodésica auspiciada por la Academia de Ciencias de París. Allí observó que ciertos yacimientos

habían sido desechados por contener un metal tan duro que no se alteraba por la calcinación, tal y como lo

explicó en la crónica de su viaje. Lo denominó ‘platina’ porque los mineros lo llamaban ‘plata de la mala’, y los

medios de esa época no conseguían romperla ni calcinarla, ni por supuesto extraer el metal que contenía.

Después de numerosas peripecias en el viaje de vuelta a la península, Ulloa publicó sus hallazgos en 1748. A

pesar de ello y de que Ch. Wood (1702–1774) también había investigado el metal en 1741, muchos textos

consideran que la primera referencia escrita de que el platino era un nuevo metal fue hecha por W. Brownrigg

(1711–1800) en 1750 (McDonald & Hunt, 1982; Castillo, 2005).

Pero no fue ésta la única gloria que otorgó el platino a nuestro país, porque este metal sólo pudo malearse por

primera vez gracias al perfecto trabajo de investigación que realizó el químico francés F. Chabaneau (1754–

1842) en el Seminario de la villa guipuzcoana de Bergara, donde era profesor (Gago & Pellón, 1994).

Por aquella época hubo otros metales que también fueron reconocidos como tales, como el ya citado zinc o el

níquel, obtenido por A. F. Cronstedt (1722–1765) en 1751 cuando intentaba extraer cobre del mineral hoy

conocido como “falso cobre” (arseniuro de níquel, NiAs). También J. Black (1728–1799) observó en 1755 que

la sustancia llamada magnesia alba (MgO) no era cal viva (CaO) y así reconoció el magnesio, metal que sólo

pudo ser aislado por H. Davy (1778–1829) con métodos electroquímicos en 1808.

Se puede observar que hasta ahora todos los elementos identificados eran sólidos, pero a lo largo de la

segunda mitad del siglo XVIII se desarrolló en Europa la denominada “química neumática”, cuyo principal

objetivo era recoger e identificar los gases producidos en las reacciones. En esta tarea destacaron los químicos

ingleses, sobre todo J. Priestley (1733–1804), gracias a cuyas investigaciones H. Cavendish (1731–1810) fue

capaz de distinguir el hidrógeno de otros gases en 1766, aunque previamente Paracelso, Boyle y Priestley

habían observado su producción cuando reaccionaban ácidos fuertes con metales. Fue denominado con varios

nombres hasta que A. L. Lavoisier (1743–1794) le asignó el nombre con el que actualmente lo conocemos.

Otros elementos gaseosos obtenidos en el siglo XVIII fueron el oxígeno (1771), el nitrógeno (1772) y el cloro

(1774).

Otro caso particular fue el del manganeso. En el siglo XVII, el químico alemán J. R. Glauber (ca.1604–1670)

produjo por primera vez permanganato, y a mediados del siglo XVIII el dióxido de manganeso se empleaba
para la producción de cloro. Scheele fue el primero en describir que el manganeso era un elemento, pero fue J.

G. Gahn (1745–1818) quien lo aisló por reducción del dióxido con carbono en 1774, unos años después de los

experimentos realizados en Viena por I. G. Kaim (1746–1778) descritos en su tesis doctoral titulada

“Dissertatio de metallis dubiis” (1770) y que, a pesar de su escasa difusión, le confirman como el primer

científico en aislar el manganeso.

Scheele reconoció al molibdeno como un constituyente de la molibdenita en 1778, pero no fue aislado hasta

1781 por P. J. Hjelm (1746–1813). Un año más tarde, M. von Reichenstein (1740 o 1742–1825 o 1826)

observó la presencia de un nuevo metal en las menas de oro de Transilvania (1782), pero fue M. H. Klaproth

(1743–1817) quien consiguió aislarlo por primera vez en 1798 y le asignó el nombre de teluro.

1783 fue un año de especial importancia para la ciencia española, porque los hermanos Juan José (1754–

1796) y Fausto (1755–1833) de Elhuyar consiguieron aislar el wolframio en el laboratorio químico del ya citado

Seminario de Bergara, situado en la denominada “Casa de Zabala”, muy próxima al centro docente (Pellón,

2013).

A pesar del nombre que le dieron sus descubridores, este elemento químico es denominado hoy en día de dos

maneras diferentes: Wolframio y Tungsteno. Los hermanos Elhuyar partieron del mineral denominado

wolframita (espuma o baba de lobo en alemán) y de ahí le asignaron su nombre, pero como en 1758 Cronstedt

lo denominó Tungsteno (“piedra pesada” en sueco), en el mundo anglosajón fue adoptado el nombre

de Tungsten en lugar de Wolframium a pesar que el símbolo químico es W.[2] Pero quien generalizó el nombre

de Tungsteno fue Lavoisier, el protagonista indiscutible de la química de esta época, quien supo aprovechar

todos los avances existentes y aplicó de forma rigurosa el método experimental para obtener deslumbrantes

éxitos científicos. Aunque desarrolló a lo largo de su vida una muy variada gama de actividades, fue su

contribución a los progresos de la química lo que le ha proporcionado fama inmortal. El triunfo de su doctrina

no consistió solamente en la lucha de un pequeño grupo de adeptos perfectamente entrenados contra el

flogisto, sino que, ayudado por el prestigio y la publicidad que le aseguraba la Academia de Ciencias de París,

cultivó un amplio espectro de materias. En todos los campos en los que trabajó aplicó los principales ideales

ilustrados: derrotó a la tradición, normalizó el lenguaje, explotó los recursos de la métrica e hizo construir

costosos instrumentos para poner de su lado a la evidencia experimental. Lavoisier demostró cómo el oxígeno

formaba parte de todos los ácidos conocidos en ese momento, por lo que le asignó ese nombre. Su

intervención modificó la tradición del flogisto y de los elementos / principios, pero dejó libres otras muchas

áreas que se desarrollaron gracias al trabajo de otros investigadores, como el estudio de las sales realizado por

C. F. Wenzel (1740–1793) y J. B. Richter (1762–1807) o la química newtoniana de las afinidades que acometió

Cl. L. Berthollet (1748–1822). Es decir, abrió el camino para los investigadores que le sucedieron, porque supo

captar y canalizar los diferentes cursos de conocimientos que conformaban la Química. Su genialidad consistió

sobre todo en hacer que esta ciencia, que después de Stahl avanzaba por un terreno sin fronteras entre los

tres reinos de la naturaleza -animal, mineral y vegetal-, encontrara un territorio propio en el laboratorio, que

se convirtió en el hábitat natural del químico.

Lavoisier también demostró que el agua era una sustancia compuesta y no un “elemento” simple, al realizar

una experiencia espectacular en febrero de 1785 que duró dos días y consistió en un doble experimento: la

síntesis y la descomposición del agua. Con él desterró definitivamente la teoría de los cuatro elementos, pero

no contento con eso, reformó la nomenclatura y puso a la docencia de la química en la picota. Junto con L. B.
Guyton de Morveau (1737–1816), Cl. L. Berthollet y A. F. Fourcroy (1755–1809) publicó el Méthode de

nomenclature chimique (Cuchet, París, 1787), en el que reformaron la nomenclatura química utilizada hasta

ese momento. Las propuestas de los cuatro geniales químicos estaban basadas en las ideas del filósofo É. B.

de Condillac (1715–1780), para quien el lenguaje bien estructurado tenía una importancia fundamental en el

progreso de la ciencia, porque era lo que facilitaba una ciencia bien hecha. De acuerdo con esta concepción, las

sustancias más sencillas eran las que debían nombrarse en primer lugar, pero con nombres que recordaran las

sensaciones que proporcionaban los objetos, según la cadena:

Objeto real → Sensación → Idea → Palabra (Lenguaje) → Conocimiento

La edición de esta obra marcó un momento crucial en la historia de la química, porque esta nomenclatura ha

permanecido hasta nuestros días y gracias a ella, los químicos podemos comunicarnos entre nosotros con un

lenguaje sistemático y exacto. Lamentablemente, este magnífico texto fue el que generalizó el término

Tungsteno en lugar de Wolframio, como puede apreciarse en la figura 4.

Dos años después, mientras el pueblo francés tomaba La Bastilla, Lavoisier publicó el Tratado elemental de

química (Cuchet, París, 1789), que presentaba de forma íntegra y sencilla las bases de su nueva química y

contrariamente a lo que solía ser habitual en sus trabajos, estaba dirigida a “los principiantes” y no a los

eruditos. Lavoisier proponía avanzar de lo conocido hacia lo desconocido, es decir, de acuerdo con Condillac,

“seguir la marcha natural de las ideas”. Este texto contiene la que se considera la primera lista moderna de

elementos químicos, que citaba los 23 elementos conocidos entonces más la luz, el calor y tres “radicales”:

“muriático”, “fluórico” y “borácico”, que más tarde derivarían en los elementos cloro, flúor y boro

Gracias al trabajo de Lavoisier y sus contemporáneos, el siglo XVIII contempló el descubrimiento de varios

elementos químicos desconocidos hasta el momento. Por eso en algunos casos suele haber confusión y

polémica en la asignación de la gloria del descubrimiento, porque no es lo mismo sospechar la existencia de un

nuevo elemento químico que llegar a identificarlo, conseguir aislarlo en estado impuro y por fin obtenerlo en

estado puro. Los elementos “descubiertos” a finales del siglo XVIII fueron siete: estroncio (1787), zirconio y

uranio (1789), titanio (1791), ytrio (1797), cromo (1797) y berilio (1798).

Y de repente, se pudieron “pesar” los átomos TOP

El siglo XIX comenzó con el enunciado de la Teoría Atómica de Dalton (1803), que revolucionó el paradigma

sobre la composición última de la materia. John Dalton (1766–1844) fue capaz de realizar algo que, durante

muchos miles de años de evolución humana nadie había conseguido hasta ese momento: Dotar a los átomos

de los elementos de una masa atómica relativa, como se muestra en la figura 6. Su teoría contenía varias

imprecisiones y errores, pero ofreció a los químicos del siglo XIX conceptos nuevos y muy importantes, que

hicieron que causase una auténtica conmoción entre sus colegas. Esta teoría cuantificó la vaga idea que se

tenía de los átomos, concretó el concepto de elemento, explicó la discontinuidad de las proporciones dentro de

los compuestos según las leyes de las proporciones constantes y múltiples y sugirió que la disposición de los

átomos en un compuesto podía representarse esquemáticamente para que reflejase su estructura real (Pellón,

2012).

Las ideas de Dalton se difundieron a través de la comunidad científica, que ahora contemplaba el desarrollo de

las operaciones químicas desde un punto de vista diferente. El mecanismo de las reacciones se explicaba a la

luz de un nuevo paradigma, que el mismo Dalton reconocía como “un nuevo sistema de filosofía química”. Esta
interpretación de los fenómenos originó discordancias donde antes no existían, y los investigadores se vieron

obligados a solucionar varios problemas importantes para conseguir que el saber progresase y se estabilizase

como “ciencia normal”. Pero no fue tarea fácil, porque las numerosas inconsistencias y anomalías hicieron que,

iniciado el segundo tercio del siglo XIX, aún permanecieran sin resolver dos cuestiones fundamentales:

“¿Cuántos átomos hay en una molécula?”; y este número, “¿es el mismo para todos los elementos?”. De este

modo, al comenzar la cuarta década del siglo XIX, la comunidad científica era una torre de Babel y la anarquía

era tan grande que una misma sustancia podía escribirse de muchas maneras; el ejemplo más representativo

era el del ácido acético, para el que llegaron a existir 19 fórmulas diferentes. Era urgente hacer algo para

remediar esta situación y F. A. Kekulé (1829–1896) propuso a su colega Ch. A. Wurtz (1817–1884) organizar

una convención internacional para aclarar los conceptos de átomo, molécula y equivalente. Se reunieron del 3

al 5 de septiembre de 1860 en Karlsruhe (Alemania), en el que fue el primer congreso internacional de química

que se celebró en el mundo. Participaron 140 químicos de varios países, siendo el único español presente el

catedrático de la Universidad de Madrid Ramón Torres Muñoz de Luna (1822–1890) (Pellón & Bilbao-Goyoaga,

2013). Durante esos tres días, los químicos discutieron entre sí sin ponerse de acuerdo, resultado lógico

porque no parece muy apropiado decidir la naturaleza de los átomos y de las moléculas mediante un voto en

una asamblea. Cuando finalizó el congreso se repartió entre los asistentes un folleto escrito por S. Cannizaro

(1826–1910) titulado Sunto di un corso di Filosofía Chimica (Cannizaro, 2009). Después de leerlo en el viaje de

regreso a su casa, J. L. Meyer (1830–1895) afirmó: “las escamas se cayeron de mis ojos, las dudas

desaparecieron, y un sentimiento de calma ocupó su lugar”. El Sunto, que ya había sido publicado en 1858,

mostraba que la aplicación rigurosa de la hipótesis de Avogadro podía deshacer todas las incongruencias. A

pesar de ello, la solución al conflicto no resultó inmediata, sino que fue necesario el advenimiento de otra

generación para que la mayoría de los químicos europeos se pusieran de acuerdo en un único sistema de

masas atómicas, cuyas bases fueron suministradas por la química orgánica.

Previamente, Berzelius había ideado en 1813 los símbolos que han llegado hasta nuestros días, y el madrileño

Andrés Manuel Del Río (1764–1849) había examinado en 1801 unas muestras minerales procedentes de una

mina situada en Zimapán (México) y había llegado a la conclusión de que contenían un elemento metálico

desconocido hasta el momento. Como homenaje al lugar de su hallazgo lo denominó “Zimapanio”, pero al

observar la diversidad de colores que presentaban sus sales cambió su nombre por “Pancromio”, que en griego

significa “todos los colores”. Poco después, al observar que sus sales calentadas cambiaban su color al rojo,

volvió a cambiarlo por el de “Eritronio”, que en griego significa “rojo”. Un año más tarde envió unas muestras

que contenían el nuevo elemento a A. von Humboldt (1769–1859), quién junto al químico francés H. V. Collet-

Descotils (1773–1815) las analizaron y declararon en 1805 –incorrectamente– que el nuevo elemento era sólo

una muestra impura de cromo. Del Río aceptó sus resultados y se retractó de su afirmación, favoreciendo así

que el químico sueco N. G. Sefström (1787–1845) detectara en 1831 que los minerales de hierro con los que

trabajaba contenían un elemento desconocido al que denominó Vanadio en honor a la diosa escandinava

Vanadis, nombre que oficialmente mantiene hasta la fecha. Ese mismo año F. Wöhler confirmó los principios de

la obra de Del Río intentando reparar la injusticia cometida, a la vez que el geólogo G.W. Featherstonhaugh

(1780–1866) sugirió que el vanadio debería llamarse “Rionium” en su honor, sugerencia que no prosperó

(Castillo, 2005; Weeks, 1932).

El aislamiento del vanadio fue tarea difícil, que no fue obtenido hasta que el químico H. E. Roscoe (1833–1915)

los obtuvo en 1867 por la reducción del cloruro de vanadio(III) con hidrógeno.
Una vez iniciado el siglo XIX, los químicos se dedicaron a buscar nuevos elementos químicos y los resultados

de su trabajo se produjeron en cascada, llegándose a reconocer 31 elementos nuevos desde 1801 hasta 1868.

En esta tarea resultaron de especial ayuda los análisis espectrales y los métodos electroquímicos empleados

por H. Davy, que sugirieron y confirmaron la existencia de nuevos elementos como el magnesio, bario,

estroncio, calcio, sodio, potasio boro, cesio, rubidio, talio, indio o el gas noble helio. Gracias a estas técnicas el

número de elementos químicos conocidos fue creciendo sin cesar y surgió la necesidad de ordenarlos de alguna

manera. Al estudiar y comparar sus propiedades físicas y químicas se puso de manifiesto que existían

semejanzas entre algunos de ellos, por lo que surgió la idea de agruparlos según sus propiedades.

Ordenar el desordenTOP

El químico alemán J. Döbereiner (1780–1849) agrupó los elementos hasta entonces conocidos en series de tres

denominadas “tríadas”, de acuerdo con la similitud de sus propiedades químicas, que variaban gradualmente

del primero al último. Además, el elemento central poseía un peso atómico (PA) aproximadamente igual a la

semisuma de los PA de los elementos extremos. La clasificación propuesta por D öbereiner en 1817 fue

completada por otros investigadores de forma que hacia 1850 se había llegado a identificar unas veinte

triadas, pero esta clasificación se descartó ante las numerosas excepciones e irregularidades encontradas.

El siguiente intento de ordenación lo protagonizó el geólogo francés A–B. E. de Chancourtois (1820–1886) en

1862, quien propuso una clasificación de los elementos en forma de hélice que llamó “Caracol Telúrico”. En un

cilindro trazó una hélice con un ángulo de 45° sobre la base y en ella fue colocando los elementos en función

creciente de sus pesos atómicos, de tal manera que la línea vertical (generatriz) del cilindro interceptaba a los

elementos con propiedades semejantes. Pronto se vio que este ordenamiento no se podía generalizar, por lo

que el químico inglés J.A.R. Newlands (1838–1898) ordenó los elementos químicos entonces conocidos en

grupos de siete, cada uno en función creciente a sus pesos atómicos, de tal modo que el octavo tenía

propiedades semejantes al primer elemento del grupo anterior. Esta forma de clasificación se denominó “Ley

de las Octavas”, y aunque en un principio fue ridiculizada por sus contemporáneos en la Royal Chemical

Society, hasta que 23 años después la misma entidad le otorgó el máximo reconocimiento debido a su

importante contribución al desarrollo de la ley periódica de los elementos químicos.

En este momento las técnicas experimentales se habían desarrollado de tal manera que los pesos atómicos se

pudieron determinar con un gran nivel de precisión, por lo que su estudio mostró que si se ordenaban los

elementos según un criterio creciente de masas atómicas aparecía una periodicidad en la variación de sus

propiedades físicas y químicas. Este hecho llevó a que el alemán L. Meyer y el ruso D. I. Mendeleev (1834–

1907) establecieran en 1869 una ordenación de los 63 elementos conocidos hasta el momento por orden

creciente de masa atómica en series de filas y columnas, en las que los elementos que estaban en la misma

columna tenían propiedades físicas y químicas parecidas. Mendeleev también pudo prever la existencia de

elementos aun no hallados, reservándoles el hueco que les correspondería en la tabla periódica (Román,

2008). Su idea fue completada con el establecimiento de una serie de pesos atómicos exactos y con la

concepción del átomo con un núcleo en el que existían un número definido de protones con igual número de

electrones que giran a su alrededor en una corteza electrónica.

Este ordenamiento condujo a que H. G. J. Moseley (1887–1915) estableciera el concepto de número atómico

(Z) en 1912. A partir de este hallazgo se vio que las propiedades periódicas de los elementos no dependían de
su masa atómica sino de su número atómico, que más tarde se comprobó que coincidía con el número de

protones del núcleo. A partir de esta idea surgió el Sistema Periódico actual gracias al trabajo de A. Werner

(1866–1919) y F. A. Paneth (1887–1958), en cuyas 18 columnas y 7 filas los elementos están distribuidos por

un criterio creciente de número atómico, lo cual hace que haya tres parejas en las que un elemento está

precedido por otro de masa atómica mayor, contradiciendo así lo propuesto por Mendeleev.

A lo largo del siglo veinte el desarrollo de la Química ha sido espectacular, completándose la especialización

iniciada en el siglo XIX. Además, gracias al desarrollo de los Modelos atómicos y de la Mecánica cuántica se

han podido completar los huecos que faltaban en la Tabla Periódica, por lo que hoy en día se han podido aislar

todos los elementos que la conforman. El país que más elementos ha aislado ha sido Inglaterra (21), seguido

de Suecia (19) y Alemania (19). A España se le reconocen dos (W y Pt), aunque hemos de reivindicar el

vanadio descubierto por Andrés Manuel del Río.

Nombrar a las sustancias nunca ha sido una cuestión sencilla y esta tarea ha generado una fuerte controversia

en varios casos. Aparte de los ya citados wolframio y vanadio, se puede comentar la dificultad que entrañó la

designación de nombre para el niobio (Z = 41), iterbio (Z = 70) o lutecio (Z = 71). Todo comenzó al ser

descubierto el mineral gadolinita o yterbita en 1800 por J. Gadolin (1760–1852), quien observó que estaba

compuesta por tierras raras ricas en elementos lantánidos. Fueron denominadas también “tierras raras de

Erbia” por estar cerca de la ciudad sueca de Ytterby y contenían los elementos Erbio, Iterbio, Terbio, Lutecio,

Cerio y el propio Gadolinio. Estas también fueron estudiadas por J. Ch. Galissard de Marignac (1817–1894) en

1878, y en 1907, el químico francés G. Urbain (1872–1938) encontró en ellas dos elementos químicos, a los

que denominó Lutecio (Z = 71) en honor a Lutecia, el nombre que recibió la ciudad de París en tiempos de

Roma, y Neoiterbia (Z = 70). De forma independiente, C. A. von Welsbach (1858–1929) también hizo este

mismo descubrimiento y los llamó Aldebaranio y Casiopeo en honor a la estrella Aldebarán y a la constelación

de Casiopea. En 1909, la comisión de la Masa Atómica responsable en la atribución de nombres a los nuevos

elementos químicos descubiertos denominó Iterbio (Yb) al elemento Z = 70 y Lutecio (Lu) al elemento Z = 71.

El Einstenio (Es, Z = 99) y el Fermio (Fm, Z = 100) denominados así en honor de A. Einstein (1879–1955) y

de E. Fermi (1901–1954) se descubrieron en diciembre de 1952 en los restos de la primera explosión

termonuclear realizada un mes antes en el Pacífico. Cuando fueron propuestas las dos denominaciones no

entraron en polémica porque Einstein y Fermi ya habían fallecido (Ghiorso, 1955).

El resto de los elementos transférmicos (con Z>100) se han sintetizado artificialmente y a medida que se han

ido descubriendo se han situado de izquierda a derecha en las casillas marcadas del séptimo periodo. Se llegó

al acuerdo de que los nuevos elementos se denominarían con los nombres que eligieran sus descubridores,

pero en el caso de los elementos 104 a 108 se produjo una virulenta controversia cuando varios investigadores

de nacionalidades diferentes reivindicaron simultáneamente su descubrimiento en la década de 1960. Estos

grupos fueron los norteamericanos del Lawrence Berkeley National Laboratory (LBNL, Berkeley, California), los

rusos del Instituto Central de Investigaciones Nucleares (Dubna) y los alemanes del Instituto de investigación

de iones pesados, Gesellschaft für Schwerionenforschung (GSI, Darmstadt).

El elemento 109 fue encontrado por casualidad en el GSI al bombardear bismuto-210 con núcleos acelerados

de hierro-74 en 1982, hecho que demostró que las técnicas de fusión nuclear podían ser utilizadas para crear

nuevos núcleos pesados. Su nombre Meitnerio (Mt) fue sugerido en honor a la matemática y física L. Meitner

(1878–1968) (Thierfelder, 2008).


En 1999, los investigadores del LBNL de California anunciaron el descubrimiento del elemento 116 al observar

el decaimiento-α de un átomo de mayor número atómico. Lo denominaron Livermorio en honor al lugar en el

que está situado el laboratorio, pero el año siguiente se retractaron tras ser incapaces de repetir el

experimento. En junio del año 2002 el director del laboratorio anunció que los datos obtenidos habían sido

falseados por el investigador V. Ninov, tras lo que se realizaron numerosas pruebas tanto en California como

en Dubna para intentar obtener una muestra de dicho elemento, todas infructuosas hasta que en octubre de

2006 se demostró que el bombardeo de átomos de californio-249 con iones de calcio-48 produjo Ununoctio

(elemento 118), que posteriormente decaía a Ununhexio en pocos milisegundos y que se había producido al

menos en tres ocasiones (Morss et al., 2011).

ConclusionesTOP

En este trabajo hemos realizado un viaje a vuelapluma por la ciencia y la técnica desde la Prehistoria hasta

nuestros días, con el objetivo de enmarcar el descubrimiento de los elementos químicos, en el que hay que

destacar cómo las bases suministradas por la alquimia, el siglo XVIII y el esplendor de la Ilustración llevó a

la Encyclopédie, al genial Lavoisier y a una “revolución anunciada” que, entre otras muchas cosas, generó los

inicios del periodismo científico. El siglo XIX contempló cómo gracias a Dalton se pudieron “pesar” los átomos,

así como el “nacimiento” de las especialidades en Química que llevó a que en el siglo XX se alcanzase la

madurez de esta ciencia. Desde esta perspectiva global, resulta inevitable considerar que lo que denominamos

Alquimia tuvo un período de existencia de muchos miles de años, mientras que la “Química” oficialmente

establecida como una ciencia en el siglo XVIII sólo de unos trescientos, hecho que pone de manifiesto la

importancia de la tan a menudo poco reconocida Al-Chymia.

Aún así, la tarea de conseguir aislar los elementos químicos ha sido muy ardua y ha necesitado una gran

cantidad de esfuerzos durante mucho tiempo. En 1250 solamente se conocían 10 elementos y hubo que

esperar hasta 1669 para identificar 14. En 1771 se llegó a los 20, y a 62 en 1868. En 1935, en pleno desarrollo

de la mecánica cuántica ondulatoria, se alcanzaban los 88, y se llegó a los 109 en 2006 (Scerri, 2011). En

2014 ya se han podido obtener muestras de los 118 elementos que conforman la Tabla Periódica, aunque

algunos de ellos hayan tenido una vida extremadamente corta (Winter, 2014).

Si realizamos el balance de la progresión del descubrimiento y aislamiento de los elementos químicos a lo largo

de la Historia observaremos los resultados que se muestran en la figura 7. En ella se puede comprobar el

elevado número de elementos obtenidos en los siglos XIX y XX, reflejo del perfeccionamiento de las técnicas

instrumentales que facilitaron esta labor.

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