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Pasos de Alquitran

El documento narra la historia de José Bustinza Cerrón, un profesor de historia que también era miembro de Sendero Luminoso. Tras la captura de Abimael Guzmán, Bustinza recuerda haberlo visto antes sin reconocerlo y se pone nervioso por los documentos senderistas que tiene en su casa. Sale con la excusa de comprar cigarrillos pero en realidad debe cumplir una misión para la organización.

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Pasos de Alquitran

El documento narra la historia de José Bustinza Cerrón, un profesor de historia que también era miembro de Sendero Luminoso. Tras la captura de Abimael Guzmán, Bustinza recuerda haberlo visto antes sin reconocerlo y se pone nervioso por los documentos senderistas que tiene en su casa. Sale con la excusa de comprar cigarrillos pero en realidad debe cumplir una misión para la organización.

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CHRISTIAN REYNOSO

PASOS DE ALQUITRÁN
Pasos de alquitrán
Christian Reynoso

Christopher Zecevich Arriaga


Gerente de Educación y Deportes
Doris Renata Teodori de la Puente
Subgerente de Educación
Margarita Delfina Zegarra Flórez
Jefe del programa Lima Lee
Editor del programa Lima Lee: John Martínez Gonzales
Corrección de textos: Equipo Lima Lee
Segunda corrección: Vladimir Fiori Zumaeta
Diagramación y diseño de portada: Leonardo Enrique Collas Alegría
Foto del autor: Katherine Medina Rondón
Editado por:
Municipalidad Metropolitana de Lima
Jirón de la Unión 300, Lima. Lima.
www.munlima.gob.pe
1a. edición - octubre 2022
Depósito legal N° 2022-07112
Presentación

La Municipalidad de Lima, a través del programa Lima Lee, apunta a


generar múltiples puentes para que el ciudadano acceda al libro y
establezca, a partir de ello, una fructífera relación con el conocimiento,
con la creatividad, con los valores y con el saber en general, que lo haga
aún más sensible al rol que tiene con su entorno y con la sociedad.

La democratización del libro y la lectura son temas primordiales de


esta gestión municipal; con ello buscamos, en principio, confrontar las
conocidas brechas que separan al potencial lector de la biblioteca física
o virtual. Los tiempos actuales nos plantean nuevos retos, que estamos
enfrentando hoy mismo como país, pero también oportunidades para
lograr ese acercamiento anhelado con el libro que nos lleve a desterrar los
bajísimos niveles de lectura que tiene nuestro país.

La pandemia del denominado COVID-19 nos plantea una


reformulación de nuestros hábitos, pero, también, una revaloración
de la vida misma como espacio de interacción social y desarrollo
personal; y la cultura de la mano con el libro y la lectura deben estar
en esa agenda que tenemos todos en el futuro más cercano.

En ese sentido, en la línea editorial del programa, se elaboró la


colección Lima Lee, títulos con contenido amigable y cálido que permiten
el encuentro con el conocimiento. Estos libros reúnen la literatura de
autores peruanos y escritores universales.
El programa Lima Lee de la Municipalidad de Lima tiene el agrado de
entregar estas publicaciones a los vecinos de la ciudad con la finalidad de
fomentar ese maravilloso y gratificante encuentro con el libro y la buena
lectura que nos hemos propuesto impulsar firmemente en el marco del
Bicentenario de la Independencia del Perú.

Municipalidad Metropolitana de Lima


PASOS DE ALQUITRÁN
Tú no sabes si vives. Tú vives.
Edmond Jabès

[…]
en silencio
asumiendo mi vida
mi tránsito
mi tiempo.
Idea Vilariño

Que los dioses olviden


lo que he realizado.
Ezra Pound
I

—¡Cachetón, hijo de puta! ¡Cómo te has dejado capturar! —dijo esa


noche frente al televisor.

Asustado.
Violento.
Nervioso.

Con las manos frías y sudorosas.

Dejó de tomar el café con leche. Lo había preparado minutos antes.


Hizo a un lado los papeles que tenía sobre el escritorio. En el estudio.
Allí donde solía leer. Preparar sus clases de Historia del Perú.

Siempre había maldecido que le sudaran las manos. Cuando se


ponía nervioso. Tenía que refregarlas sobre su pantalón. Quitarles esa
humedad.

Se sentía como un muerto.

Frío.

Sacudió sus rulos. Negros. Largos. Le caían de una melena bien


cuidada. Desde la adolescencia.

8
Estudió en la Gran Unidad Escolar San Carlos. Sus compañeros le
decían La Rulitos, en vez de El Rulos. A secas. Él tenía que agarrarse a
puñetes con ellos. Sacarles la mierda. Defender su hombría. Su sexo.

Hijos de puta.

El chivo Santi. El auxiliar de secundaria. Lo tenía fichado. Lo


castigaba. No había que responder a las provocaciones. Pero sabía que
tenía huevos. Se trompeaba para defender su nombre. Era un gallo de
pelea nato. Eso le gustaba. Pero igual tenía que castigarlo. Sabía que El
Rulos recibía el castigo con la frente en alto. Sabía que ya había hecho
justicia con sus propias manos.

Ahora seguía siendo un hombre fuerte. Pero atrás había quedado


su sobrenombre. Sus trompeaduras. Ahora era el profesor de Historia
del Perú José Bustinza Cerrón: horario completo en las secciones de
secundaria de dos colegios particulares. Ahora era el camarada Lulo:
integrante de la célula EL3 que Sendero Luminoso había puesto a operar
en la ciudad. EL3 era un homenaje a la camarada Lagos, muerta en
1982. Ahora era el papá Mono: así lo llamaba su hija Marilia. Estudiaba
en uno de los colegios en los que él enseñaba. Primero de secundaria.
Era raro que su papá fuera su profesor. La envidia de las compañeras.
Ahora era «cariño mío»: así le decía Luz Elvira, su mujer. Hacía un par
de meses estaba encinta. Ahora era el reo número 1678: acusado de
participar en atentados terroristas. Luego sería el exconvicto Bustinza
Cerrón del pabellón 3. «Los profes». Preso durante diez años, un
mes, tres días y nueve horas. Lo sabía con exactitud. Eso no se olvida.
También sería un hombre divorciado: con una vida rehecha y un nuevo

9
compromiso. Veinte años después sería un señor con otro nombre para
no sufrir los estigmas sociales: José Serra Bustamante.

¿Pero quién era realmente? ¿La Rulitos, El Rulos, José Bustinza


Cerrón, el camarada Lulo, el papá Mono, el «cariño mío», el reo 1678,
el exconvicto del pabellón 3, el divorciado o el señor de apellidos Serra
Bustamante?

¿Quién era?

¿Quién chucha era?

10
II

«¡Hijo de puta!», siguió vociferando el camarada Lulo. Frente al


televisor. El hombre capturado. Por primera vez lo veía. Lo conocía. El
camarada Gonzalo. El «presidente Gonzalo», tal como venían firmadas
las circulares y directivas del partido. Nunca lo había visto en persona.
Si hubiera sido parte de un Comité Regional habría tenido más chance.
«Quizá algún día lo conozcas», le dijeron. Todavía podía ascender en
el escalafón.

Pero Lulo recordaba. Sí. Creía haberlo visto. Sin ser consciente. ¡Qué
pendejos! Hacía tres años. En aquella reunión del partido. Un hombre
que apareció. De pronto. De manera discreta. Solo un momento. Unos
minutos. Entregó unos papeles y desapareció. Los miró a todos. Una
mirada panorámica. De reconocimiento. Estaba acompañado por dos
mujeres. Eso le llamó la atención. Una de ellas era alta. Simpática.
Blanca. Cabello rizado. Todo parecía muy raro. Pero nadie preguntó.
Ahora Lulo cae en la cuenta.

No era tan gordo como se le ve ahora. En la televisión. No tenía esos


lentes de montura grande. Cuadrada. Pero sí el cabello negro. Peinado
hacia atrás. Una barba rala. Cuidada. Llevaba una camisa azul. Un saco
de lana. Pantalón de vestir. Mocasines negros. «¿Quién podía imaginar
que ese hombre era Abimael Guzmán?». Ahora que acaba de verlo está
seguro. Ese hombre ha cambiado. Su mirada. Su rostro. Los cachetes
abultados. Su barba. Más poblada. No imaginó que fuera así. Ahora sí

11
parecía irradiar poder. Fuerza. Inteligencia. Superioridad. Todos los
atributos que mencionaban de él en las reuniones. Y las palabras que
pronuncia, mientras sus captores lo filman. Mientras se señala la sien
y mira a la cámara. Y la mujer que está su lado. Que lo defiende como
una leona. ¿Quién es? ¿Acaso una de las dos con las que estaba aquella
vez?

Tras unos minutos de consternación, el camarada Lulo sale de su


asombro. Se recompone. Acomoda los papeles que había hecho a un
lado. El folleto Desarrollemos la guerra de guerrillas. Redactado por
Guzmán en 1982. Distribuido clandestinamente. Un ejemplar de la
revista senderista Nueva Democracia, donde había subrayado que la
ideología debía consumarse en acciones políticas y estas en estrategias
de lucha. Y el documento en mimeógrafo que estipulaba la «Doctrina
Táctica» de Sendero y la metodología de los atentados. Estudiaba.
Anotaba. Seguir al pie de la letra. No sabe qué hacer con todos esos
papeles. Su primer impulso lo lleva a guardarlos en el lugar de siempre.
En el doble fondo de uno de los anaqueles de la biblioteca.

No había terminado con la labor encomendada. Verificar los medios


humanos y materiales para la acción. El atentado que se iba a ejecutar en
tres semanas. Dejar un cochebomba en la sede del Ministerio Público.
El robo del auto. La preparación de la dinamita. Destruir. Aniquilar.
Causar zozobra.

Salió del estudio.

En la sala. Su mujer. Su hija. Veían la televisión.

12
—Cariño mío, han capturado a Abimael Guzmán —le dijo Luz
Elvira—. ¿Has visto? Están que repiten la noticia.

—Sí —contestó él.

No dio opción a seguir la conversación. Entró a su dormitorio. Salió


con una casaca puesta.

—¿A dónde vas, papá Mono? —le dijo Marilia—. ¿Te acompaño?

—No, no… solo voy a comprar cigarrillos, aquí a la tienda de la


señora Ayala —dijo José Bustinza—. No tardo.

—Me traes chocolates —pidió su hija.

José Bustinza asintió.

Le mandó un beso volado a Luz Elvira.

Salió.

En la calle otra vez se sintió el camarada Lulo. Supo que en ese


caminar hacia la esquina y en la llamada que tenía que hacer se corría
la vida. Como si fuera su misión definitiva. La más importante. Se
puso nervioso. ¿Acaso alguien lo acechaba? ¿Estaría pronto a saltarle
encima? ¡La policía! ¡El Servicio de Inteligencia! No. No. No tenía que
temer. Aspiró aire y se relajó. Tenía que actuar como en casa. Como
todos los días. Entregado a su rutina. Las clases en los colegios. En las
mañanas. En las tardes preparar las materias. Leer. Planear hacer algo
el fin de semana con Luz Elvira y Marilia. Por las noches las reuniones

13
con los amigos del club de ajedrez. Dos o tres veces a la semana. O con
los amigos del círculo de estudios. Las fachadas para las reuniones del
partido.

En la tienda compró los cigarrillos y los chocolates. Se dirigió al


teléfono monedero. Solitario. A la entrada del establecimiento. Otra
vez el nerviosismo. Se pellizcó los lóbulos para hacerse pasar la tensión.
Eso le habían enseñado en las reuniones. Insertó una moneda. Marcó
el número. Como cualquiera que hace una llamada. Se cuidó de que
alguien pudiera escuchar la conversación que iba a sostener.

—Soy Lulo —dijo, una vez que le contestaron. Reconoció la voz


aguda de su interlocutor: el camarada Arturo.

—¡Cuelga, carajo!, quizá tienen intervenido este teléfono.

—Pero, ¿has visto la noticia en la televisión? —se apuró en decir.

—¡Sí, carajo!, ¡cuelga, cuelga!

—¿Y qué va a pasar?

—¡Cuelga, cuelga! —el camarada Arturo cortó la llamada.

—¿Qué vamos a hacer? —Lulo se quedó hablando solo—. ¡Hijo de


puta! ¡Vete a la mierda! —dijo para sí, y colgó el teléfono.

Ahora venía la duda. Las grandes preguntas: ¿Qué iba a pasar?


¿Seguiría el plan en marcha? ¿Quedaría en nada? Mientras no hubiera
una contraorden todo indicaba que la acción seguía. Era la regla. Debía

14
ceñirse a las consignas de ese viejo documento titulado Pensamiento
Militar del Partido del que le habían hecho memorizar algunos
fragmentos: «Una sola idea y una sola acción», «invencibles», «pasos
firmes y seguros a la victoria».

Pero había miedo.

La actitud de Arturo no podía decir otra cosa.

¿Acaso con la captura del presidente Gonzalo acabaría todo? El


partido. La lucha armada. ¿Los identificarían? ¿Los perseguirían? ¿Los
meterían presos? ¿Debía destruir todo? ¿Huir?

No.

No desesperarse. Más bien pensar con cabeza fría. Nadie sospechaba


de él. Ni de la existencia de la célula. Apenas seis meses de operaciones.
Él y el resto de camaradas han tenido cuidado. No llamar la atención.
No ser identificados por Inteligencia ni por la policía. Se han dedicado
al estudio del marxismo-leninismo-maoísmo, Pensamiento-Guía del
camarada Gonzalo. Tampoco han actuado en misiones importantes.
Solo acciones de baja intensidad. Transportar propaganda. Entregar
volantes a las bases. Colocar banderas rojas con la hoz y el martillo en
lugares visibles. Un par de veces. Hacer pintas en paredes con consignas
alusivas a la lucha armada. Y trabajo político para fortalecer las escuelas
populares. Transmitir a los cuadros la «cuota»: el autosacrificio.
Prepararse para morir por la revolución. Por el partido. «Llevar la vida
en la punta de los dedos».

15
El atentado a la sede del Ministerio Público iba a ser su primera
incursión. La de mayor impacto. Se habían preparado para ello durante
los dos meses previos. Llegaron compañeros de otros lugares del país
con habilidades militares. Especializados en elaboración de explosivos.
Cartuchos de dinamita. Detonadores. Petardos. Planificación
de operativos. Ofensiva táctica de acciones. Ataque sorpresivo.
Emboscada. Guerra insurreccional. Guerra prolongada. Eran de la
«Escuela Militar de Sendero». Dijeron.

El camarada Lulo volvió a hijoputear a Arturo y se aprestó a


regresar a casa. En el camino encendió un cigarrillo. Aspiró. Sintió un
raspón placentero en la garganta. Decidió dar un rodeo por las calles
del barrio. Todavía. Ir al parque de la Madre. Entonces se detuvo. Dio
media vuelta. Miró el cielo. Oscuro. Se fijó en la hora. Diez y veinte.
Empezó a andar. Llegó otra vez a la tienda. Cruzó la pista. Caminó
por la vereda de enfrente. Dos cuadras pequeñas. Divisó el parque. Se
dirigió allí. Necesitaba sentarse. Calmarse. Pensar. Terminar de fumar
el segundo cigarrillo que ya tenía entre labios.

En el parque varios muchachitos montaban bicicleta. Le disgustó


que a esa hora estuvieran allí. Pensó en su hija. Marilia. Él nunca le
daría permiso para que esté en la calle hasta esa hora. Los muchachitos
entre gritos y lisuras juegan a la pesca-pesca. Al policía y al ladrón.
Pedalean. Frenan. Escapan. Lulo se rio con el juego. No pudo evitarlo.
Le pareció irónico.

Algunas parejas ocupaban las bancas. Se besuqueaban con apuro.


Furtivas. Recordó cuando él hacía lo mismo con Luz Elvira. Cuando

16
todavía eran enamorados y estudiaban en el Instituto Pedagógico.
Aquellos años en que todavía no había Marilia ni la hermanita que está
por venir. Y él todavía creía que podía vivir en un país igual para todos.
Sin pobreza.

Se había cansado de eso. De esperar cambios de gobiernos y políticos


que nunca hacían nada. Solo robaban y se llenaban los bolsillos. ¿Ahí
no estaba el grandulón de García que había mandado al despeñadero
al Perú? Y todos esos partidos de izquierda. Hasta las huevas. Pura
boca. Desertores de la vía revolucionaria. También se había cansado
de ser siempre el profesorcito de secundaria. Dedicado en cuerpo y
alma a sus clases de Historia del Perú. Y recibir un sueldo miserable.
En este país la educación importaba un pepino. Los profesores eran los
peor pagados. Pese a todo habían salido adelante. Luz Elvira. La única
mujer que lo cautivó. Alta. Ojos grandes. Sazón exquisita. Al terminar
el pedagógico no hizo carrera docente. Luz Elvira entró a trabajar en
un puesto administrativo. En una universidad. ¿Suerte? ¿Necesidad?
De cualquier forma, él no estaba contento con eso de que, «pese a todo,
habían salido adelante». No.

Él quería que las cosas fuesen diferentes. Más justas para él. Para
todos. Siempre pensaba en cómo lograr eso. Trataba de encontrar
respuestas en la Historia. Pero era evidente que la Historia oficial del
país que estaba en los libros era la Historia de otro país que no era
el Perú. Era una Historia falseada por los vencedores que escondía
la Historia de los vencidos. De los explotados. De los pobres. De las
masas. Por esas ideas que a veces compartía con sus colegas, un día

17
en uno de los colegios en los que enseñaba lo invitaron. Lo invitaron
a asistir a unas reuniones. Se discutía. Filosofía. Historia, Economía.
Política. Así entró. Primero lo trataron de usted: de profesor Bustinza.
Luego se convirtió en el camarada Lulo.

¿Quién es ahora?, se pregunta el profesor Bustinza, el camarada


Lulo, mientras ve que los chiquillos se persiguen. ¿El policía? ¿El
ladrón? ¿El justiciero? ¿El rebelde?

Tira el pucho del segundo cigarrillo. Siente sed. Traga saliva para
refrescarse. Saliva amarga.

Es el momento en el que viene el apagón.

Oscuridad.

Tinieblas.

La luz de la luna no alcanza a alumbrar.

El profesor Bustinza escucha los gritos de los muchachitos. Han


chocado. Insultos. Risas. Mierdas. Carajos. También oye pasos que
corren. Como si muchas personas a la vez estuvieran alejándose del
parque. Poco después escucha una detonación. O cree escucharla. A
lo lejos. Se pierde rápidamente. El pecho le vibra. Sangre hirviendo.
Adrenalina. ¿Así será? Ahora es el camarada Lulo. Inmerso en la acción
del momento. En la angustia de la oscuridad. En el caos. En el terror
que puede producir ese cuadro de incertidumbre. A oscuras.

18
No sabe si sacar los fósforos de su bolsillo y hacer un poco de luz.
Se siente ridículo. Empieza a caminar. Los carros iluminan la pista.
Faros salvadores. Es la única luz. Quita el miedo a quienes caminan
por el lugar. Les da esperanza. Olvidan que están solos en medio de la
penumbra.

Bustinza piensa en Luz Elvira. En su embarazo. En Marilia. Se


convence de que están bien. Tan solo preocupadas porque él no está en
casa. Y el apagón. «Dios mío», estará diciendo Luz Elvira. Hace días que
no hay apagón. En los últimos tiempos se han vuelto frecuentes. Nadie
se acostumbra. Apagón es señal de atentado. Sin temor a equivocarse.
En alguna parte de la ciudad. A todos se les escarapela el cuerpo. Se les
enfría el alma. La negrura.

Lulo piensa en las directivas. En el plan de acciones. Que él supiera


no iba a haber atentado este día. También sabe que él no es nadie.
Apenas una partícula dentro del engranaje del partido. No tiene
por qué saber todo. Con seguridad es la respuesta de las varias que
vendrán. Al gobierno. A la policía. A los militares. Por haber capturado
al presidente Gonzalo. Piensa. La ciudad es tan grande. Hay tantos
compañeros en cada lugar. En cada barrio. En cada distrito. Nadie
sabe. ¿Será la voladura de alguna torre de alta tensión?

Para entonces ya ha cruzado la tienda de la señora Ayala. Desierta.


Cerrada. El teléfono monedero lo han guardado. Está próximo a llegar
a casa. Palpa en el bolsillo el llavero. Siente el peso. Presta atención
al sonido que hacen las llaves y algunas monedas porque sin querer
está caminando rápido. ¿Tiene miedo? Prefiere no contestarse. Prefiere

19
acordarse de sus años de secundaria, cuando era El Rulos y les sacaba
la mierda a sus compañeros. Y se cagaba en ellos cuando se burlaban
de su cabellera. No tenía miedo de nada. Tenía huevos. Los huevos más
grandes de la Gran Unidad Escolar. Por eso lo provocaban. Porque les
gustaba ver cómo se ponía. Como una fiera a la que le están friendo los
huevos. Entonces salta. Golpea. Patea. Machuca.

Bustinza, Lulo, vuelve a mirar el cielo antes de entrar en casa. Parece


que las estrellas hubieran salido a pasear por el firmamento. «Es un
espectáculo hermoso», piensa. Los apagones hacen que el cielo se
descubra y se vean miles de estrellas. Le gustaría echarse en la azotea
de la casa. Ponerse a contar las estrellas una por una. Junto con Marilia.
Siempre hay una que se cae. Una que se mueve. Una que brilla más.
Una que es más grande. Una que puede ser la señal de algo.

Encuentra a Luz Elvira y a Marilia en la sala. Juntas. Miran por la


ventana. Han encendido unas velas y tienen prendido el radio a pilas.
La señal se pierde por momentos. Hasta ahora no han dado ninguna
noticia sobre el apagón, le dice Luz Elvira. Marilia corre a abrazarlo.
«Papá Mono, ¿por qué te demoraste?», pregunta. Tiene miedo. «No,
no me demoré», responde papá Mono. «Aquí están tus chocolates», le
acaricia la cabeza.

Sienten los ladridos de Búfalo en el patio.

—¿Puedo hacerlo entrar? —pide Marilia.

—Solo un rato…

20
Búfalo entra. Está como un loco. Mueve la cola. Se abalanza sobre
Marilia. Enseguida quiere subir a uno de los muebles. Luz Elvira lo reta.
Mientras esté embarazada no quiere tener contacto con él. Búfalo es un
pastor alemán. Grande. Color negro. Manchas cafés. Se lo regalaron al
profesor Bustinza apenas cachorrito. Marilia tenía cinco años.

—¿Cuánto durará este apagón? —pregunta Luz Elvira.

—Quién sabe, amor… ¿Hay agua hervida? Tengo sed.

—Sí, en el termo.

—Papá Mono, ¿puedo dormir con ustedes si no prende la luz? Me


da miedo.

—No, hija —se adelanta a responder Luz Elvira—. Sabes que estoy
esperando a tu hermanita y tengo que dormir cómoda, la cama es
pequeña, así que debes dormir en tu cama.

—Sí, Marilia —añade papá Mono—. Además ya prenderá la luz,


dentro de un rato y se te pasará el miedo.

—¿Entonces puedo dormir con Bufalito? —pregunta Marilia.

21
III

El colegio. Esa mañana la noticia cae como una bomba. Nadie lo puede
creer. Hay una equivocación. El profesor José Bustinza Cerrón, alias
camarada Lulo, ha sido capturado por la policía. Es un integrante de
Sendero Luminoso. Dicen. «¿Cómo puede ser eso?», se preguntan
sus colegas. Sus alumnos. Las religiosas que dirigen el colegio. «Es
absurdo». «Algún error tiene que haber».

Habían pasado tres semanas.

La duda del camarada Lulo persistía. ¿Se llevaría adelante la acción


contra el Ministerio Público? Había incertidumbre. Desorientación.
Ausencia del Pensamiento-Guía.

El profesor José Bustinza había seguido con su rutina. En los colegios


están próximos a celebrar el 12 de octubre. Los quinientos años del
descubrimiento de América. Escenificaciones. Periódicos murales.
Poemas. Relatos. Concurso de dibujos. Una farsa que él alimenta. No
tiene más remedio. Él cree lo contrario. Quinientos años de invasión.
Colonización. Violencia.

Durante las tres semanas el camarada Lulo no ha tenido


comunicación con el camarada Arturo. Eso indica que el plan sigue
en marcha. No hay contraorden. En las noticias se sigue hablando
de la Captura del Siglo. El presidente Gonzalo ha sido presentado a

22
la prensa. Lulo lo ha vuelto a ver en la televisión. Con traje a rayas.
También han capturado a los integrantes del Comité Central.

«Corresponde formar y desarrollar un Ejército Popular de Liberación


¡eso es lo que corresponde!, ¡y eso haremos nosotros!», retumba en su
pensamiento. Es lo que ha dicho Gonzalo.

«¿Y qué será de Arturo?», se pregunta Lulo. ¿Habrá sido capturado?


De ser así ya se habría enterado. La policía no pierde tiempo. Apenas
captura a un compañero hace pública la noticia para meter miedo.
Para joder. Para hacerles saber que les están pisando los talones. Lulo
ha querido buscarlo en el colegio donde enseña. Arturo también
es profesor. O preguntar a algunos colegas. Buscarlo en el local del
SUTEP. Ha desistido. Mejor no levantar sospecha. Él siente. Él percibe.
No puede evitarlo. Hay cierta fragilidad en el partido desde que se
produjo la captura de Guzmán.

La fecha se acerca. Ha vuelto a estudiar la «Doctrina Táctica» y la


metodología de los atentados. Ha ido a caminar por el ministerio. Ver que
no haya cambios que estropeen la acción. Todo está igual. El panorama
corresponde al estudio de las condiciones que han identificado los
dos últimos meses. No queda más que ejecutar. Imagina cómo será la
acción. Luego «subir» el informe-balance a la dirección. Esperar a que
«baje» con la evaluación y las nuevas directivas. La acción subversiva
se justifica en tanto tenga un efecto político. De lo contrario representa
un fracaso. Lo tiene claro.

23
Por fin recibe la señal. Arturo le hace saber con un mensajero que no
hay contraorden. «La promesa se abre, el futuro se despliega». Con eso
entiende todo. El mensaje del emisario es contundente. Todo se hará el
viernes. El fin de semana es mejor. La gente está cansada. Ya no piensa.
Todos quieren irse a su casa después del trabajo. A alguna reunión.
A alguna fiesta. Ese cansancio es aprovechado por ellos. Mientras los
demás ni lo imaginan, ellos hacen su trabajo. Trabajan por el partido.
Por el país.

Será el viernes. A las cuatro de la tarde. Robarán un auto de la avenida


Manco Cápac con Lambayeque. Allí siempre hay autos estacionados
sin vigilancia. Lo llevarán al taller de Echenique. Acomodarán los
paquetes con los cartuchos de dinamita. Acondicionarán el dispositivo
eléctrico. A las cinco de la tarde el auto deberá ser conducido hacia
el ministerio. Es la hora en que todos salen. Allí habrá otro auto ya
estacionado en un lugar estratégico cerca de la puerta principal. En
cuanto llegue el auto «cargado», este partirá para que así ocupe su
lugar. Dejarán el auto. Saldrán tranquilos y se retirarán del lugar. A
los cinco minutos el cochebomba debe estallar. Todo está calculado al
cronómetro.

El viernes ve al camarada Arturo. Por fin. Hablan poco. Están


concentrados en sus tareas. Apenas sonríen. Gesto cómplice. Ambos
son los encargados de conducir el cochebomba. El resto de la célula
cumple con sus obligaciones. Los camaradas Echenique, Fitoplancton,
Jaguar, Roldán y Tania. Lulo no tiene mucha cercanía con ellos. No sabe
sus nombres reales. Excepto el de Arturo y Tania. A ellos los conoce.

24
Ese día el profesor Bustinza sale temprano de su casa junto con
Marilia. Toman el autobús. Llegan al colegio como todos los días. Con
normalidad. Con el apuro de siempre. Dicta clases. Durante el recreo
participa en una reunión de los profesores para festejar el cumpleaños
de uno de ellos. A la salida vuelve a casa con Marilia. Almuerza. Todos
los días Luz Elvira les deja la comida. Ella llega alrededor de las cuatro.

A las tres, papá Mono le dice a Marilia que deje de ver la televisión.
Que haga las tareas para que sábado y domingo esté libre y puedan
salir a pasear. La niña se anima. Se pone a hacer los deberes. A las tres
y treinta, papá Mono le dice que debe salir a hacer unos asuntos. Que
continúe con la tarea. Que su madre no tarda en llegar. «Sí, papá»,
responde Marilia. Sabe que tiene que ser una niña obediente. «¿Y
qué me vas a traer?». «¿Chocolates?», le ofrece él, «pero solo si has
terminado la tarea», advierte. «Sí», responde la niña.

—¡Sí! —responde Lulo, dirigiéndose a Arturo—. ¡Es el momento!

Es el momento en el que ven que el auto que tiene que dejarles el


lugar ha salido de su sitio. Arturo acelera para acercarse. Encienden el
dispositivo eléctrico. Al asomarse se dan cuenta de algo.

Un maldito imprevisto.

—¡Puta madre!

El auto es más grande que el espacio. No entra. No pueden


estacionarlo, a menos que colisionen con los autos de los costados.
No pueden hacer eso. Llamarían la atención de todos. No pensaron

25
en ese detalle. ¡Maldita sea! No hay forma de hacer que entre. «¡Auto
malparido!». El tiempo comienza a correr. «¡Intenta, intenta!», grita
Lulo. «No entra, no ves, no se puede…», a pesar de todo Arturo no
pierde la calma. «¿Qué hacemos?». No pueden dejar el auto a mitad
de la calle. Atrás ya se ha formado una fila de vehículos. Esperan que
avancen. Empiezan a tocar las bocinas.

Se miran. Se odian. Se mandan a la mierda. No tienen agallas para


bajar del auto y correr. Les sobrecoge un temblor. Un miedo. Acaso
una sensación de arrepentimiento. Las bocinas siguen estridentes.

—¡Avancen! —escuchan que les grita un conductor.

Con el alboroto los policías de seguridad del Ministerio Público se


ponen en alerta. Ven qué está ocurriendo. Sacan sus armas. Tocan sus
pitos. Gritan. Se movilizan.

—Avanza, avanza —dice Lulo.

—No —responde Arturo—. Lo dejamos aquí, da lo mismo.

—No, avanza, avanza —exige Lulo: como sabe que Arturo no le


hará caso saca el revólver que lleva en la cintura y le apunta.

—¡Avanza o te mato! —le grita.

Arturo asiente y pone en marcha el auto.

—Cálmate —pide.

26
—Mete el carro allí —grita Lulo, y señala la berma central de la
avenida. Árboles. Arbustos. Flores. Un jardín.

Un disparo. Otro disparo.

Minutos después un estruendo silencia las bocinas de los autos.

Desautoriza.

Intimida.

27
IV

Ocho con veinte de la noche. El profesor José Bustinza Cerrón es


detenido por la policía en las inmediaciones del parque San Antonio.
La captura no es fácil. Todavía hay una persecución. Algunos disparos
al aire. Un revolcón. Puñetes. Patadas. Sangre. Aparece El Rulos.
Sabe que tiene que luchar como un perro. Rabioso. Enfrentar a esos
malnacidos. Lo agarran entre dos. Tres. Lo zarandean. Le dan puñetes.
La boca del estómago. Él patea. Suelta puñetes. Malnacidos. No pueden
con él. Tienen que venir dos más. Cinco. Cinco. Los cuenta. Cinco los
malnacidos. Los hijos de puta. Solo así logran domarlo. Controlarlo.
Maniatarlo. Más sangre. Le ponen las esposas. Lo arrastran. Un auto
de lunas polarizadas. Se lo llevan a la DINCOTE. «Terruco de mierda».
«Ahora vas a ver…». «Concha de tu madre».

Lo encierran. Más tarde traen a Roldán. Los encaran por unos


minutos. «Ha sido el Jaguar». Roldán le hace saber con unos gestos.
«Nos ha tirado dedo». «¿Y Arturo? ¿Qué ha sido de Arturo?», Roldan
quiere preguntarle, pero ya no hay tiempo. Los separan. Los llevan a
ambientes distintos.

Solo.

Lulo siente que una voz interior le dice:

—¡Traidor! ¡Vendepatria!

28
El cochebomba ha estallado. No ha causado daño mortal. Árboles
incendiados. Arbustos carbonizados. Flores dispersas. Parabrisas
destrozados. Contusiones. Cortes. Ventanas hechas añicos.

Ha sido un fracaso.

Es lo que entiende Lulo. Pero no le importa. Tampoco que Jaguar


haya sido el soplón. Solo piensa en Arturo. En el primer disparo que
escuchó. De algún policía. Y en el segundo. El que hizo él. A Arturo.
Piensa en esas palabras no dichas. En esas que resuenan en su interior
como una explosión.

—¡Traidor! ¡Vendepatria!

Ahora enmarrocado. Los agentes le hacen preguntas. Apenas


responde. Su ropa manchada de sangre. Los pómulos adoloridos.
Las piernas. La espalda. Lo golpean. «Habla». «Habla». «Terruco de
mierda». Evade. Responde. Piensa: ¿Por qué decidió hacer eso en el
último minuto? Obligar a Arturo a desviar el auto hacia la berma. Al
jardín. Que la explosión cause el menor daño. Luego disparar. Salir del
auto. Correr. Gritar. «¡Cochebomba!, ¡cochebomba!». Y desaparecer.
¿Por qué?

Al día siguiente las noticias.

Su rostro en primer plano.

Luz Elvira ha sido hospitalizada. Se ha descompensado. La


impresión. Enterarse de que su marido es un senderista. Eso mismo

29
están diciendo en la televisión. En las radios. Es inaudito. Cariño mío
no vino a dormir. Se pasó en vela esperándolo. No sabía qué hacer.
Fin de semana. Sus reuniones en el club de ajedrez. Tal vez alguna
celebración imprevista, pensó. Se consoló. El sueño la vence. En la
mañana ve los noticieros. Se desmaya. Sus padres tienen que venir de
urgencia desde el otro lado de la ciudad. Deben cuidarla. Acompañarla.
La madre porfía que debe dejar a ese hombre. Separarse. Divorciarse.
De inmediato. Ese monstruo. Ese asesino. Tanto daño al país. Marilia
no ha ido al colegio. Se queda con el abuelo.

En el colegio. Las habladurías. Nadie lo puede creer. Alguien ha


tenido que reemplazar al profesor Bustinza. Sus horas de dictado. Pero
nadie presta atención. Los alumnos preguntan. Nadie da explicaciones.
No saben qué decir. «¿Cómo puede ser que el profesor Bustinza esté
implicado con Sendero?», se preguntan los colegas. Los alumnos.
Las religiosas. Una y otra vez. «Es absurdo». «Algún error tiene que
haber». Los padres de familia ya han visto los noticieros. Empiezan a
preocuparse. «¿Qué tipo de colegio es ese?». «¿Dónde están estudiando
nuestros hijos?». «¿Qué país es este?».

A media mañana otra noticia.

Otra sorpresa.

La hermana Corina. Dirige la Juventud Mariana en secundaria. Es


sospechosa de integrar la célula senderista EL3. Su alias: «Tania». Pero
ya es tarde. Corina o Tania o quien quiera que sea ya no está. Ni en el
taller de la Juventud Mariana. Ni en su dormitorio. Ni en la capilla.

30
Ni en los baños. Ni en ningún lugar del colegio. Ha desaparecido.
La DINCOTE interviene su dormitorio. Encuentra propaganda
subversiva. Cartuchos. Dinamita. No hay duda. La hermana superior
empieza a orar. No deja de asir el rosario. La mantiene. ¿Dos terroristas
en nuestro colegio?». «¿Desde cuándo, Dios mío? ¡Qué escándalo!
¡Qué reputación!». Su cargo de directora se pone en entredicho. El
colegio se viene abajo.

Los alumnos empiezan a hablar. Sacan conclusiones. «El profesor


Bustinza siempre venía a ver a la hermana Corina a la Juventud
Mariana». Todos comprenden por qué se miraban como se miraban.
Con fuego. Dicen. Comentan. Poco les importa que esos comentarios
lleguen a la clase de Marilia. Los rumores son ahora proyectiles.

—¿Así que tu papá es un terrorista? —le dirán algunas compañeras


a Marilia, días después, cuando regrese al colegio.

No sabe si lo dicen con malicia. Rencor. Miedo. Burla. Inocencia.


Abuso.

—Es mentira —responde.

Pero aquellas palabras se le quedan en el pensamiento.

Quiere llorar.

¿Qué puede decir una niña de once años frente a esas palabras?

Intuye que va a empezar a ser señalada.

31
«¿Y si mejor me cambian de colegio? ¿Y si mejor ya no voy al colegio?
Total, ya está por acabar el año». «No», le dice su madre. «Tienes que
ignorar todo lo que te digan».

Marilia comprende que tendrá que enfrentarse.

32
V

«En la cárcel dejas de llamarte ser humano, te convierten en algo peor


que una mierda, eso es la cárcel; no importa tanto estar encerrado
y perder la libertad, sino asumir que no eres nada, ni siquiera una
mierda», dice el señor José Serra Bustamante. Años después. A un
periodista.

Están sentados. La mesa de una heladería. En un centro comercial.


Aire acondicionado. Mar de gente. Mejor así. El verano quema.

José Serra Bustamante está vestido de negro. Pantalón de vestir.


Camisa de manga corta. Zapatos tipo borceguíes. Gastados. Sus rizos
han vuelto a crecer. Algunos llegan al cuello. Están recién lavados.
Sueltos. Olor a shampoo. Usa lentes Ray-Ban. Se los quita de rato en
rato. Se frota los ojos. Su quijada es pronunciada. Está limpia de barba.
Hace juego con su dentadura blanca. Voltea a cada momento. Mira a
todos lados. Busca. Mira.

El periodista es amigo de su hija Marilia. Han sido compañeros en


el colegio. «Yo también fui su alumno», le dice el periodista. «¿No me
recuerda?». «No, discúlpame, lo siento», le responde el señor Serra
Bustamante, «mi memoria se ha vuelto frágil». Miente. Marilia le ha
dicho que ese muchacho es de confianza. Solo quiere hablar con él.
Hacerle unas preguntas. «¿Puede haber un periodista en quien se
pueda confiar?», piensa. Igual ha aceptado. Por curiosidad. Porque es

33
amigo de su hija. También como una forma de acercarse a ella. Están
distanciados desde hace varios años. Desde que salió de la cárcel.

El señor Serra Bustamante no es tonto. Sabe. Sabe que el periodista


ha investigado su historia. Eso parece. Es evidente. Sabe de qué habla.
Ha revisado los periódicos y noticieros de la época. Está al tanto de lo
que ocurrió. No se incomoda.

—Si quieres escribir algo de mi historia, escribe lo que pasa en las


cárceles del Perú, la vida carcelaria miserable, lo que un hombre puede
sentir ahí y en lo que lo convierten —le dice—. Lo demás no importa.

Han pasado veinte años. Diez de las cuales el camarada Lulo


ha estado preso. Acusado de pertenecer a Sendero Luminoso. De
participar en el atentado a la sede del Ministerio Público.

La noche que lo capturaron todo cambió.

Todo cambia en la vida de un hombre cuando entra a la cárcel. Es un


mundo diferente. Distinto. Conoces lo peor del ser humano. Entendió
el profesor Bustinza esa noche.

Culpable o inocente.

Luz Elvira hizo lo imposible para que lo defendiera un abogado. De


prestigio. Caro. Importante. Acudió a las amistades. Se hizo préstamos.
Aquí. Allá. Dinero. Pagar a los agentes del penal. Sobornar. Para que lo
cuiden. Para que no le falte nada. Vino el juicio. Trámites. Gestiones.
Idas. Vueltas. La comparecencia. Le dijeron que se inculpara. Tendría

34
una condena más corta. Acogerse a la ley de Arrepentimiento dictada
por Fujimori. Lo pensó. Seguía preso. Todo ese tiempo dejó de ver a
Marilia. Nació Socorro, su otra hija. Luz Elvira no podía haber escogido
nombre más elocuente. Apenas pudo conocerla. Verla. Luz Elvira lo
visitó cuatro meses después del parto.

Luego de dos años dictaron sentencia. Culpable. Doce años. Le


quedaban diez por cumplir. Le dijeron que podía reducir su pena
dos años. Un poco más si tenía buen comportamiento. De cualquier
manera: diez años preso.

Le asignaron el número 1678.

—Nunca te olvidarás de este número, porque desde ahora eres solo


un número, un maldito terrorista menos en la calle —le dijeron.

Los años de condena efectiva los vivió en el penal Castro Castro


de Canto Grande. El pabellón 3. «Los profes». La jerga carcelaria.
Allí reunían a los mandos políticos e intermedios de Sendero. Los
intelectuales. Su condición de profesor de Historia del Perú determinó
su ubicación.

Celda. Uno por dos metros. Ratas. Mal olor. Humedad. Veintitrés
horas al día encerrado. Sin nada que hacer. Leer. Ver. Sentir. Nada.
Privación absoluta. Cárcel-tumba. La conversión en un animal. El
abogado logró conseguir un cambio temporal. El pabellón «DS».
Delincuentes subversivos. Junto con reos comunes. Asesinos.

35
Violadores. Narcotraficantes. Extorsionadores. Elementos lumpen.
Intimidante. Mucho peor. Tuvo que volver.

El primer año de prisión efectiva fue suficiente para saber. Sentir.


Conocer. La esencia de la cárcel. Una especie de naturaleza sin leyes.
Animales irracionales. Los agentes a quienes había golpeado en su
captura ansiaban venganza. Buscaron cómo hacerle la vida difícil.
Fue el comienzo. Después los interrogatorios a media noche. Miles
de preguntas. Ninguna respuesta. Los «submarinos». Las torturas
interminables. Físicas. Psicológicas. Cada dos o tres días. Largos
meses. Los vejámenes a su cuerpo. A su dignidad. A su sexualidad.
¿Dónde estaba El Rulos? No se reconocía. Sangraba por sus partes
íntimas. Objetos duros le traspasaban. Mientras se desmayaba.
Perdido. Inconsciente. Mientras vomitaba las inmundicias que le
hacían tragar. Como un animal. ¿Había algo peor que soportar? Los
malditos se cuidaban de no sobrepasarse. De no dejar marcas. De no
matarlo. Debía sufrir.

Ahí no había discusión ideológica. Ni política. Ni puntos de vista.


Ni conciencia social. Histórica. Ahí no había nada de esas fantochadas.
A diferencia de las épocas de gloria del pabellón Azul. Le contaban. En
El Frontón. Las Luminosas Trincheras de Combate. Adoctrinamiento.
Capacitación. Planificación. ¿Era ingenuo? ¿Cómo pretendía eso?

Ahora era un terrorista. Un terruco hijo de puta. Alguien que


había sembrado el terror. Que había hecho daño al país. Que merecía
estar muerto. Que no tenía ningún derecho. Menos a opinar. Había
resentimiento. Inquina. Destrucción. Odio hacia el ser humano.

36
Aislamiento para producir locura. Violencia. Ceguera intelectual. El
otro lado del poder también era de temer. Tremebundo.

—Les hacemos lo mismo que ustedes han hecho, nada más —solían
decirle los agentes.

¿Debía arrepentirse?

¿No era demasiado tarde?

¿De qué habían servido todos los esfuerzos para soñar con un
cambio? ¿Acaso sus torturadores no le recordaban lo que Sendero
había hecho?

Atentados.
Cochebombas.
Asesinatos.
Aniquilación.
Terror.
Pueblos arrasados.
Juicios populares.
Señalamientos.
Fanatismo.
Niños huérfanos.
Familias destruidas.
Mujeres violadas.

¿Cuánta gente inocente muerta por las huevas?

37
Campesinos. Autoridades. Políticos. Hacendados. Policías.
Militares. Población civil. Mujeres. Niños. Ancianos.

Muertos.

¿Para qué?

Podían seguir. Seguir recordándole cosas… cosas que también ellos


habían hecho. Bajo el poder de sus uniformes. Botas. Armas. Insignias.
Galones. Pensaba el camarada Lulo.

Ocho meses antes de salir en libertad, Luz Elvira le dijo que


quería divorciarse. Legalmente. No quería continuar su vida con un
exconvicto. Le pidió que la perdonara por esa decisión. Ya había hecho
suficiente por él. No estaba preparada. Tener que lidiar con ser la esposa
de un terrorista. O exterrorista. Daba igual. El profesor Bustinza, el
reo 1678, no objetó. Estuvo dispuesto a firmar los papeles. Esa mujer
tenía razón. Había hecho mucho por él. Tenía derecho a decidir y
escoger. Luz Elvira también le dijo que era mejor que se olvidara de
Socorro. Era preferible que la niña no supiera la verdad. Y Marilia, iba
a cumplir veintiún años. Podía decidir si quería verlo o no. Respetaría
su decisión. Dijo.

Ahora el exconvicto, el divorciado, el señor Serra Bustamante, cree


que esos diez años preso han sido cruciales. Recién ahora el exprofesor
de Historia del Perú puede pensar. Pensar en todo lo que ha hecho en
su vida. Ha tenido que ser de esa forma. El camarada Lulo, el reo 1678,

38
no podía pensar. No había tiempo. En la cárcel apenas había tiempo
para sobrevivir. Para resistir.

Al salir en libertad hizo gestiones para irse del país. Sus familiares
lo ayudaron. Se fue a España. Francia. Suiza. Se quedó cinco años. Se
contactó con las redes de sudamericanos expatriados. Movimientos
radicales de izquierda. Exprisioneros. Expolíticos. Así pudo sopesar
esos años. Trabajó en una cosa. En otra. Siempre que su salud se lo
permitiera. Tenía dañados los pulmones y la columna. Hoy tiene
dolores en la espalda. Insoportables. Es el resultado de la cárcel. Los
castigos. Las torturas. Los cientos de golpes.

Al volver al Perú se cambió de apellidos. Es lo que le recomendaron.


Para conseguir trabajo. Lo ayudó un abogado ducho en esos oficios.
Ahora enseña en academias preuniversitarias. En ese trabajo ha
conocido a su pareja actual. Una mujer unos años mayor que él. También
divorciada. Con un hijo. No se hacen problemas. Se acompañan. Se
acuestan. Se necesitan. El señor Serra Bustamante no le ha dicho nada
de su pasado. Ha inventado una historia.

Ahora puede caminar tranquilo. Libre. Se dedica a la docencia.


Curiosamente tiene más tiempo para pensar. A comparación de cuando
estaba preso. Sin hacer nada. ¿Ha valido la pena abrazar esa causa?
Cuando el señor Serra Bustamante se hace esa pregunta vuelven a él
esas otras preguntas de las que ha estado huyendo. Desde el momento
que el entonces camarada Lulo sacó el revólver. Le apuntó al camarada
Arturo. Le exigió que condujera el auto hacia la berma. ¿Por qué se
arrepintió en esos minutos de incertidumbre antes de que estallara

39
el cochebomba? ¿Por qué disparó contra Arturo? ¿Qué pasó? Nunca
supo. ¿Acaso no lo sabe? Murió. ¿Por qué le cuesta responderse todas
esas preguntas?

El periodista lo mira.

Parece que tiene mucha inquietud. Una lista de preguntas. Están


anotadas en una libreta.

—¿Puedo grabar? —le consulta.

—No, prefiero que no —responde enfático. Para que no haya


objeción alguna. De lo contrario se marchará. No le importa.

El periodista no insiste.

Así es. No todo debe ser fácil, piensa el señor José Serra Bustamante.
No debe quedar registro de lo que diga. Yo no existo.

—¿Qué podría decir usted de lo que vivió hace veinte años? —le
pregunta el periodista—. Usted fue miembro de Sendero Luminoso,
¿se arrepiente de lo que hizo esta organización? Es responsable de la
muerte de miles de personas.

La pregunta corta el aire. Como un sable en picada. ¡Qué hijo


de puta!, piensa el señor José Serra Bustamante. No puede dejar de
hijoputear. Desde siempre. Desde el colegio. Desde El Rulos.

—Como le digo, amigo, a mí me gustaría que me pregunte sobre la


realidad de la vida carcelaria en el Perú —responde.

40
VI

«¿Qué es el arrepentimiento?

¿Quiénes se arrepienten?

¿Por qué se arrepienten?

¿Para qué?

Un hombre que no existe. Que no sabe quién es porque ya lo ha sido


todo. ¿Puede arrepentirse? ¿Es capaz?

¿Para arrepentirse primero no se tiene que saber quién se es?

¿Y quién es él? ¿Quién ha sido? ¿Quién chucha es?».

Son las preguntas que se hace el señor José Serra Bustamante, el


divorciado, el exconvicto del pabellón 3, el reo 1678, el «cariño mío»,
el papá Mono, el camarada Lulo, el profesor de Historia del Perú José
Bustinza Cerrón, El Rulos, mientras camina con dirección hacia el
Ministerio Público.

Ha dejado atrás la heladería. El centro comercial. El aire


acondicionado. Le ha dicho adiós al periodista.

Hay desosiego. Curiosidad. Desaliento. Deseo. Querer descubrir.


Responderse. Es cierto que los asesinos vuelven al lugar del crimen. Es

41
cierto que los terroristas vuelven al lugar donde causaron terror. ¿Es la
regla? Quizá eso lo ayude a pensar. A responderse.

Supone. Intuye. A estas alturas de su vida no sirve de nada


arrepentirse. Si lo hace. Si no lo hace. No cambia en absoluto. Su
preocupación es sobrevivir. A pesar de no saber quién es. Piensa. El
arrepentimiento: una forma de encontrarse. Hallarse. Buscarse. A sí
mismo. ¿Ensamblar así el nuevo rostro que necesita? Volver atrás.
Retroceder. Rectificar. Retractar. Volver a empezar. ¿Demasiado
tarde? ¿Inútil? ¿En vano? ¿Una idiotez? ¿El arrepentimiento como una
necesidad? Se interroga. Reaparece la pregunta del periodista. ¿Acaso
se arrepiente de lo que hizo, de la vida que llevó? Sabe. Sabe que esa
respuesta solo le concierne a él. No la responderá. A nadie. Solo le
atañe a él. Solo a él. Lo sabe.

El ministerio.

Parece que todo sigue igual. La misma fachada. El mismo color de


pintura. La misma berma central. Ahora vacía. Sin jardín. Sin árboles.
Sin arbustos. Sin flores. Solo cemento. Las personas caminan apuradas
por la avenida. Van y vienen. Los autos más apurados que las personas.
Él se siente anónimo. Sin nombre. En medio de la calle. Siente que
ha perdido su identificación. Desde que fue El Rulos hasta hoy que
es el señor Serra Bustamante. Ha cambiado. Su físico no es el mismo.
Son dos personas distintas. Nada en común. ¿Han cambiado sus
pensamientos? Sí. Por supuesto. También.

42
Se siente agotado. Desengañado. Violentado. Su identidad ha sido
trastocada. Reiteradas veces. Ha perdido su rostro real. Su nombre
real. Pero debe seguir. Suplantar una vida que no le pertenece. Ya no
hay marcha atrás. Las marchas para los soldados. Para él las calles de
la ciudad. La aceptación de su no existencia. La negación de querer ser
alguien. Quizá es solo un ave de paso como tantos. Quizá la Historia lo
registre. Lo guarde en su memoria. En los periódicos. En los noticieros.
De esa época. Pero el retrato, su retrato, de ese tiempo, ha cambiado. Ya
no es él. Ya no le pertenece.

Hay que seguir.

¿Cuánto cuesta seguir viviendo? ¿Cuánto cuesta la muerte? ¿Cuánto


cuesta la identidad? ¿Aquí? ¿Allá? ¿Puede intentar escribir la respuesta?
¿La Historia?

El señor José Serra Bustamante da media vuelta. Reemprende el


camino. Pasos cansados. Negros. Pesados. Pasos de alquitrán. Para
cubrir. Para sellar. El camino viscoso del que emana un olor fuerte.
Náuseas.

Le sudan las manos. Está nervioso. Tiene que refregarlas sobre su


pantalón.

—Manos hijas de puta, pantalón hijo de puta —dice.

43
Índice

Presentación  4

Pasos de alquitrán

Capítulo I 8

Capítulo II 11

Capítulo III 22

Capítulo IV 28

Capítulo V 33

Capítulo VI 41
Christian Reynoso (Puno, 1978)

Escritor y periodista. Magíster en Literatura Hispanoamericana por la Pontificia


Universidad Católica del Perú.
Es autor de las novelas: La tempestad que te desnuda (2019), El rumor de las
aguas mansas (2013) y Febrero lujuria (2007, 2010). El libro de cuentos: Los ojos
de la culebra (2013, 2019). Los ensayos: El arte de Demetrio Peralta. Vanguardia y
modernidad (2021), Tránsitos y retornos. Las historietas de Demetrio Peralta (2021),
Fiesta de la Candelaria. Pasión, devoción y tradición (2016), El último laykakota,
biografía del pintor Francisco Montoya (2008) y Látigo del altiplano, biografía del
periodista Samuel Frisancho (2002).
Es editor de la revista de literatura Espinela de la PUCP y colaborador en diarios
y revistas. Desde 2019 escribe una columna semanal en el portal de La Mula que
también se publica en el diario Los Andes de Puno.

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