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Feudo

El documento describe las actividades diarias en un feudo medieval, incluyendo trabajar en los campos agrícolas, ayudar a construir estructuras defensivas en el castillo, y reunirse para un banquete nocturno.
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El documento describe las actividades diarias en un feudo medieval, incluyendo trabajar en los campos agrícolas, ayudar a construir estructuras defensivas en el castillo, y reunirse para un banquete nocturno.
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el FEUDO

En la profunda época medieval, cuando los señores feudales gobernaban con mano
dura y los campesinos vivían bajo su protección, existía un feudo donde los días
transcurrían en aparente calma.
Cada mañana, el sol se asomaba entre las montañas, anunciando un nuevo amanecer.
Mientras las aves cantaban, los primeros rayos de luz iluminaban las paredes de piedra
del castillo. Me despertaba cerca del fuego que me había abrigado durante la noche,
estirándome y levantándome rápidamente.
La primera tarea del día consistía en trabajar en las labores agrícolas. Como campesino
en aquel feudo, mi principal responsabilidad era trabajar en los campos que se
extendían más allá de los muros. Con herramientas simples en mano, nos dirigíamos
hacia las parcelas de tierra preparadas para sembrar y cultivar nuestros alimentos. El
señor feudal, imponente en su armadura brillante, supervisaba nuestras labores desde
lejos, asegurándose de que todos trabajáramos arduamente.
Con el sol ascendiendo lentamente, despejábamos las malezas y cavábamos surcos en
la tierra. La tierra húmeda y fértil se pegaba a nuestras manos, recordándonos la
importancia de este trabajo para nuestra subsistencia. Con sudor en la frente,
sembrábamos las semillas con esperanza y rezábamos por una cosecha abundante.
Después de horas de duro trabajo, nos retirábamos a descansar y esperar
pacientemente los resultados de nuestros esfuerzos.
La segunda actividad del día se enfocaba en fortalecer la defensa del feudo. Los
albañiles y carpinteros se reunían alrededor del castillo, donde la construcción de
murallas y torres era una tarea constante. Como humilde ayudante, transportaba
piedras y maderas para los obreros que trabajaban arduamente en la edificación. El
sonido de los martillos y las sierras resonaba en el aire, mientras los artesanos aplicaban
su experiencia para construir estructuras sólidas capaces de resistir cualquier ataque
enemigo.
Mientras tanto, los caballeros entrenaban a sus caballos en el patio de armas. El choque
de las lanzas y el sonido de las espadas llenaban el ambiente con una sensación de
habilidad marcial. Con dedicación y esmero, los guerreros perfeccionaban sus
habilidades, asegurando la defensa del feudo en caso de una invasión. El ruido de los
cascotes y el aroma a tierra fresca impregnaban el lugar, evocando la constante lucha
por la seguridad y protección.
Al llegar el atardecer, nos sumergíamos en la tercera actividad del día: el banquete en
el gran salón del castillo. Después de completar las tareas del día, los campesinos y
sirvientes se unían a los señores y caballeros en una celebración de la vida. Las mesas se
llenaban de deliciosos manjares y vino.
La música de los trovadores llenaba el aire, entreteniéndonos con sus versos. Los bailes
y las risas se entrelazaban en una festividad común, olvidando por un momento las
jerarquías y diferencias sociales. Era un momento de camaradería, donde todos
participábamos en un mundo compartido, al menos por unas horas.
Así, en aquel feudo de la Alta Edad Media, un día común transcurría entre el arduo
trabajo en los campos, la fortificación del castillo y la alegre unión en el banquete
nocturno. Era una vida difícil pero significativa, donde cada actividad tenía importancia
y cada persona desempeñaba un papel crucial en la supervivencia y prosperidad del
feudo.
Con la llegada de la noche los sonidos de la celebración se desvanecían. Todos se
retiraban a sus habitaciones, esperando que el sol volviera a iluminar otro día común en
aquel feudo, donde la rutina y las tradiciones se mezclaban con la esperanza y los sueños
de un futuro mejor.

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