EL DESCUBRIMIENTO DEL CONCEPTO.
SÓCRATES
1. El momento histórico
Sócrates nació en Atenas en 470/69, y allí murió en 399. Vivió, por tanto, los dos
últimos tercios del siglo V, la época más espléndida en la historia de su ciudad natal, y de
toda la antigua Grecia: el llamado siglo de Pericles, en honor al célebre político (495-429)
que convirtió a Atenas en centro de un gran imperio e impulsó su extraordinaria cultura.
Ese siglo había presenciado la derrota del inmenso poderío persa por obra de los
minúsculos estados griegos (Maratón, 490; Termopilas, 480; Platea, 479); el triunfo
helénico se sella en 449/8. Sócrates tenía poco más de veinte años, y pudo entonces ser
testigo presencial del proceso de expansión política y cultural de Atenas al término de las
guerras médicas
Las diversas contingencias sociales y políticas de la época pueden sintetizarse
diciendo que, en primer lugar, y gracias a Pericles, se produce el ascenso de todos los
ciudadanos al poder, es decir, el desarrollo de todas las posibilidades del régimen
democrático (inclusive con el establecimiento del sorteo para la provisión de
magistraturas). Debe recordarse que se trataba -a diferencia de las democracias
modernas, de carácter representativo- de una democracia directa, donde eran los propios
ciudadanos (no sus representantes o diputados) quienes intervenían en el manejo de la
cosa pública (Asamblea del pueblo). En segundo lugar, esa democracia deriva hacia la
demagogia en algunos casos, o hacia la tiranía, en otros. Tales circunstancias corren
paralelas con el cambio que entonces se registra en los intereses filosóficos.
2. Los sofistas
Al hablar de los primeros filósofos griegos -Tales, Heráclito, observarse que estos
pensadores se ocupaban en lo fundamental con el problemade determinar cuál es la
realidad de las cosas, que se ocupaban sobre todo por los
problemas relativos a la "naturaleza" o al "mundo", y no propiamente por el hombre como
tal; por ello suele denominarse cosmológico ese primer período de la filosofía griega
durante el cual predominan los problemas relativos al "cosmos" ( ) -siglo VI y
primera mitad del V. Pero con el avance del siglo V toman mayor relieve las cuestiones
referentes al hombre, a su conducta y al Estado: así se habla de un período
antropológico, que abarca la segunda mitad del siglo V, y cuyas figuras principales son los
sofistas y Sócrates.
Según se dijo, la participación de los ciudadanos en el gobierno llega en esta época a
su máximo desarrollo; cada vez interviene mayor número de gente en las asambleas y en
los tribunales, tareas que hasta entonces habían estado reservadas, de hecho si no de
derecho, a la aristocracia. Pero ahora el número de intervinientes crece cada vez más, y
estos recién llegados a la política, por así decirlo, sienten la necesidad de prepararse, por
lo menos en alguna medida, para la nueva tarea que se les ofrece, desean adquirir los
instrumentos necesarios para que su actuación en público sea eficaz.
Pues bien, los encargados de satisfacer estos requerimientos de la época son unos
personajes que se conocen con el nombre de sofistas.
Hoy día el término "sofista" tiene exclusivamente sentido peyorativo: se llama sofista a un
discutidor que trata de hacer valer malas razones y no buenas, y que intenta convencer
mediante argumentaciones falaces, engañosas. Pero en la época a que estamos
refiriéndonos, la palabra no tenía este sentido negativo, sino sólo ocasionalmente. Si
queremos traducir "sofista" por un término que exprese la función social correspondiente a
nuestros días, quizá lómenos alejado sería traducirlo por "profesor", "disertante",
"conferencista". En efecto, los sofistas eran maestros ambulantes que iban de ciudad en
ciudad enseñando, y que -cosa entonces insólita y que a muchos (entre ellos Platón)
pareció escandalosa- cobraban por sus lecciones, y en algunos casos sumas elevadas.2
En general no fueron más que meros profesionales de la educación; no se ocuparon de la
investigación, fuese ésta científica o filosófica. En tal sentido, su finalidad era bien
limitada: responder a las "necesidades" educativas de la época. Hoy en día se anuncian
conferencias o se publican libros sobre "qué es el arte", o "qué es la filosofía", o "qué es la
política", cómo aprender inglés en 15 días, cómo mejorar la memoria o hacerse simpático,
tener éxito en los negocios o aumentar el número de amigos. Los sofistas respondían a
exigencias parecidas o equivalentes en su tiempo: Hipias (nac. por el 480,
contemporáneo, un poco más joven, de Protagoras), por ejemplo, se hizo famoso por
enseñar la mnemotecnia, el arte de la memoria. En general, los sofistas se consideraban
a sí mismos maestros de "virtud" ( [arete]), es decir, lo que hoy llamaríamos el
desarrollo de las capacidades de cada cual, de su "cultura"; y se proponían enseñar
"cómo manejar los asuntos privados lo mismo que los de la ciudad".
3. La figura de Sócrates
Como suele suceder en momentos de crisis, apareció el hombre capaz de
desenmascarar la debilidad esencial del punto de vista sofístico, una personalidad
destinada, si no a restaurar la moral tradicional, sí en todo caso a fundar una moral
rigurosamente objetiva, un personaje llamado a mostrar que el relativismo de los sofistas
no era ni con mucho tan coherente ni sostenible como a primera vista podía parecer. Este
personaje fue Sócrates.11
Sócrates es una de las figuras más extraordinarias y decisivas de toda la historia.
Sea positivo o negativo el juicio que sobre él recaiga,12 de cualquier manera es imposible
desconocer su importancia. Tan así es que se lo ha comparado con Jesús, porque así
como a partir de Cristo la historia experimenta un profundo cambio, de manera semejante
Sócrates significa un decisivo codo de su curso. Y es curioso observar que así como
Jesús, históricamente considerado, es un enigma, porque apenas se sabe algo más que
su existencia, de modo parejo es muy poco lo que se sabe con seguridad acerca de
Sócrates; no dejó nada escrito y los testimonios que sobre él se poseen -principalmente
Platón, Jenofonte y Aristófanes- no son coincidentes, y aun son contradictorios en
cuestiones capitales.13
Sócrates representa la reacción contra el relativismo y subjetivismo sofísticos.
Singular ejemplo de unidad entre teoría y conducta, entre pensamiento y acción, fue a la
vez capaz de llevar tal unidad al plano del conocimiento, al sostener que la virtud es
conocimiento y el vicio ignorancia. Y, principalmente, en una época en que todos creen
saberlo todo, o poder enseñarlo todo y discutirlo todo, en pro o en contra indistintamente,
sin importárseles la verdad o justicia de lo que dicen -sugestiva coincidencia con nuestro
propio tiempo-, Sócrates proclama su propia ignorancia.
Un amigo de Sócrates, Querefonte, fue una vez al oráculo del dios Apolo, en Delfos -
el más venerado entre todos los oráculos de Grecia-, y al que habían consultado siempre
y seguirían consultando los griegos en los momentos difíciles de su historia. Y al
preguntar Querefonte al dios quién era el más sabio, el oráculo respondió que el más
sabio de los hombres era Sócrates.14 Pero cuando éste se entera, queda perplejo, porque
no reconoce en sí mismo ninguna sabiduría en el sentido corriente de la palabra. Sócrates
se siente confundido, porque tiene conciencia de estar lleno de dudas, no de
conocimientos.
Para aclarar las palabras del oráculo, Sócrates no encuentra mejor camino que el de
emprender una especie de pesquisa entre sus conciudadanos; se propone interrogar a
todos aquellos que pasan por sabios y confrontar así con los hechos la afirmación del dios
y comprobar entonces si los demás saben más que él o no, y en qué sentido.
¿Por quiénes empezar? Por nadie mejor que por aquellos que -como ocurre también
en nuestros días- suelen sostener que lo saben todo o el mayor número de cosas, y se
ofrecen para resolver todos los problemas; es decir, los políticos. Sócrates, entonces,
empieza por interrogar a los políticos, y los interroga ante todo sobre algo que debieran
saber muy bien: ¿qué es la justicia?; ya que el propósito fundamental de todo gobierno
debiera ser primordialmente lograr un Estado justo. Pero sometidos al interrogatorio,
pronto resulta que le responden mal, o que no saben en absoluto la respuesta.
Sócrates interroga luego a los poetas, y observa que en sus poemas suelen decir cosas
maravillosas, muy profundas y hermosas; pero que, sin embargo, son incapaces de dar
razón de lo que dicen, de explicarlo convenientemente, ni pueden tampoco aclarar por
qué lo dicen. Y es que el poeta habla, pero a través de él hablan -según decían los
antiguos- las musas, las divinidades, y no él mismo; el poeta es un inspirado
( [enthousiázon] significa literalmente en-diosado) y por ello ocurre
frecuentemente que el sentido más profundo de lo que dice se le escapa, en tanto que lo
descubren los múltiples lectores e intérpretes que vuelven una vez y otra sobre sus obras.
Tampoco los poetas, entonces, merecen ser llamados sabios.
Sócrates interroga por último a los artesanos: zapateros, herreros, constructores de
navíos, etc., y descubre que éstos sí tienen un saber positivo: saben fabricar cosas útiles,
y además saben dar razón de cada una de las operaciones que realizan. Lo malo, sin
embargo, reside en que, por conocer todo lo referente a su oficio, creen saber también de
las cosas que no son su especialidad -como, por ejemplo, se creen capacitados para la
política, cuando en realidad no lo están.
Al final de esta larga pesquisa comprende por fin Sócrates la verdad profunda de la
declaración del dios: los demás creen saber, cuando en realidad no saben ni tienen
conciencia de esa ignorancia, mientras que él, Sócrates, posee esta conciencia de su
ignorada que a los demás les falta. De manera que la sabiduría de Sócrates no consiste
en la posesión de determinada doctrina, no es sabio porque sepa mayor número de
cosas; muchos, como los artesanos, poseen múltiples conocimientos de que Sócrates
está desposeído; pero en cambio él puede afirmar con plena conciencia: "Sólo sé que no
sé nada", y en esto consiste toda su sabiduría y su única superioridad sobre los demás.
Platón le hace decir en la Apología:
Me parece, atenienses, que sólo el dios es el verdadero sabio, y que esto ha
querido decir por su oráculo, haciendo entender que toda la sabiduría humana no es
gran cosa, o por mejor decir, que no es nada; y si el oráculo ha nombrado a Sócrates,
sin duda se ha valido de mi nombre como de un ejemplo, y como si dijese a todos los
hombres: "El más sabio entre vosotros es aquel que reconoce, como Sócrates, que su
sabiduría no es nada".15
Frente a la infinitud e inabarcable complejidad de la realidad, frente al misterio que
late en todas las cosas y en especial en la vida humana y en su destino, todo lo que el
hombre pueda saber es siempre, por su finitud irremediable, casi nada; el nombre es
profundamente ignorante de los más grandes problemas que lo conmueven, las grandes cuestiones
de su destino y del sentido del mundo. Y, sin embargo, los hombres presumen
saberlo, sin quizás haberse siquiera planteado el problema, ni menos haberlo pensado
detenidamente. Cada hombre, por ejemplo, cree saber cuál debe ser el sentido de la vida
humana, puesto que en cada caso ha elegido (o, en el peor de los casos, desea) una
determinada manera de vivirla -como comerciante, o como poeta, o como médico, etc.-,
afirmando con ello implícitamente el valor del tipo escogido, así como el de las actitudes
que asume en cada caso concreto -trabajar, o robar, o mentir, o rezar. Y sin embargo
pocos, muy pocos, se plantean el problema de la "verdad" o "bondad" de tal vida o tales
actitudes, ni menos todavía son capaces de "dar razón" de todo ello. Por lo común, más
que realizar personalmente sus existencias, los hombres se dejan vivir, se dejan arrastrar
por la marea de la vida, por las opiniones hechas, por lo que "la gente" dice o hace (cf.
Cap. XIV, § 10).
De esta forma Sócrates descubre los límites de todo conocimiento humano, piensa a
fondo esta radical situación de finitud que caracteriza al hombre (cf. Cap. I, § 7); éste sólo
llega a la conciencia adecuada de su humanidad, de aquello en que reside su esencia,
cuando toma conciencia de lo poco que sabe. En este sentido Sócrates es sabio: porque
no pretende, ingenuamente, como los demás, saber lo que no sabe.