0% encontró este documento útil (0 votos)
242 vistas467 páginas

Riot Act

Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
242 vistas467 páginas

Riot Act

Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

¡Importante!

¡Esta traducción fue hecha sin ánimo de lucro!

Ningún miembro de este foro recibe compensación


económica por esto.

Por lo que te pedimos que no vayas a la página de la


autora a comentar que ya has leído esta historia. Si no
hay una traducción oficial de la misma. No subas
screenshots de este libro. No comentes que existe esta
versión en español.
Las autoras y sus fans no les gusta ni apoyan esto. Así
que por favor no lo hagas. No subas nuestras
traducciones ni otras a Wattpad.

De esta manera podremos seguir dándote a conocer más


historias, que no están en nuestro idioma.
Apoya a los foros y blogs siendo discreta.

Disfruta de la lectura…
Staff

Traducción Corrección y
Revisión Final

Lectura Final

Corrección

Diseño
Contenido

Sinopsis 9 19

Prólogo 10 20

1 11 21

2 12 22

3 13 23

4 14 24

5 15 25

6 16 26

7 17 27

8 18 28
29 36 43

30 37 44

31 38 45

32 39 46

33 40 47

34 41 48

35 42 49
Sinopsis
¿Quieres algo? Pax te lo quitará.
¿Deseas algo? Pax lo destruirá.
¿Lo amas? Que el cielo te ayude. Debes ser la persona más estúpida que
camina sobre la faz de la tierra.

Pax
No me gusta lo complicado. Estoy seguro de que no hago el amor. Con la
graduación a la vista, he pasado casi cuatro años en Wolf Hall sin
involucrarme en relaciones con chicas.
Especialmente no quiero tener nada que ver con ella:
Presley. María. Witton. Chase.
La tímida ratoncita pelirroja, que ni siquiera puede mirar hacia mí sin
hiperventilar. Ella no es nada para mí. Hermosa, seguro, pero he tenido
muchas mujeres hermosas.
Estoy perfectamente contento de ignorarla...
...hasta que su vida está de repente en mis manos.

Pres
Lo he amado desde el momento en que le puse los ojos encima.
El cruel y entintado anarquista de Riot House.
Es malvado, y frío, y no queda nada bueno en él.
Le temo casi tanto como lo deseo.
A falta de unas pocas semanas para la graduación, todo lo que tengo que
hacer es mantener la cabeza baja, y entonces seré libre; podré dejar
Mountain Lakes y mi obsesión por Pax Davis en mi espejo retrovisor.
Pero los demonios que he estado escondiendo durante años se están
poniendo inquietos...
...y Pax es la cosa que los mantendrá a raya.

Esto no es un acto de bondad.


No es un acto de amor.
No es un acto de perdón.
No encontrarás redención aquí.
Este es el último acto de rebeldía.

ACTÚEN EN CONSECUENCIA.
Prólogo

Hace un mes
Los sueños son cosas peculiares.
A veces, es difícil diferenciar entre lo que es real y lo que tiene lugar cuando
te duermes por la noche. Ahora mismo, por ejemplo. ¿Cuántas veces he
soñado que me enrollaba con Pax Davis? ¿Cuántas veces he soñado con su
boca en la mía? ¿Su lengua tanteando y explorando, saboreando cada
centímetro de mí? ¿Sus manos acariciando mi cabello y manoseando mis
pechos a través de mi vestido? ¿Cuántas veces he imaginado lo que se sentiría
al tener su erección golpeando contra el interior de mi muslo, mientras él
mueve sus caderas contra las mías?
—Maldita sea, Chase. Me estás matando.
Un número vergonzosamente alto de veces, eso es. Cientos. Tal vez incluso
miles. Durante los últimos tres años y medio, desde que llegué a la Academia
Wolf Hall como una tímida y sin amigos, he imaginado esta escena con
infinitos detalles en mi cabeza. Cada faceta de este momento ha sido creada
y recreada, desarrollada y luego reproducida, conservada para adaptarse a
mi estado de ánimo.
A veces, Pax es dulce. Roto y arrepentido. Un dios entintado con la cabeza
afeitada, pidiendo mi perdón de rodillas, arrepentido de todos los traumas y
molestias que él y sus amigos me han causado.
Otras veces, es perfectamente él mismo: enfadado, arrogante, retraído y
engreído. Así no se disculpa conmigo. Entra en mi habitación con los ojos
desorbitados, con un aura de ira vibrando a su alrededor, contaminando la
habitación y haciendo que mis nervios se hagan un ovillo. Se pone a trabajar.
No hay cortesía. No hay charla. Solo cinco palabras que convierten mis
huesos en líquido bajo mi piel:
De rodillas, Chase. Ahora mismo.
Esta experiencia -que empiezo a sospechar que podría ser real- no se parece
a nada que haya imaginado en mi cabeza. Para empezar, estoy muy borracha.
En lugar de mi cálida, privada y segura habitación, estamos en medio del
bosque, envueltos en la oscuridad, mientras la fiesta que él y sus compañeros
de habitación están organizando se alarga hasta la noche.
El anarquista de Riot House se inclina hacia mí, inmovilizándome contra el
árbol contra el que me empujó hace diez minutos, hundiendo sus dientes en
mi cuello como el salvaje que es.
—Joder. Hueles increíble —gime.
Mi cerebro está tan aturdido por los Cosmopolitan que Damiana me dio antes
que no puedo pensar con claridad. No es que pueda pensar con claridad cerca
de Pax. Intento descifrar el complejo aroma que desprende, tan embriagador
y adictivo, pero ni siquiera puedo recordar los nombres de los olores que se
me presentan. Me viene a la cabeza la imagen de una hoguera, el humo negro
que se desprende de ella hacia una noche estrellada y fría. Hierba cortada y
una alfombra de menta que se balancea con la suave brisa. Limas recién
cortadas y virutas de madera depositadas en el suelo de un taller.
Hace un trabajo rápido con el pequeño vestido negro que llevé a la fiesta. Cae
al suelo del bosque y mi sujetador le sigue. Estoy tan aturdida, paralizada por
la conmoción, que no hago ni digo nada mientras me quita también las
bragas, dejándome desnuda bajo la luz de la luna.
Durante un breve segundo, Pax se inclina hacia atrás y observa mi cuerpo.
—Joder. Eres simplemente... —Mueve la cabeza, sus ojos se deleitan con mis
pechos desnudos y mi estómago, recorriendo mis caderas y bajando por mis
piernas. No deja de inspeccionarme hasta que sus ojos, con el color del acero
fundido, se posan en mi cabello.
—Increíble —respira, enroscando un largo y ondulado mechón alrededor de
sus dedos—. Tan hermosa. Tan... rojo.
Nunca he odiado mi color de cabello, per se, pero he querido teñirlo en
numerosas ocasiones. Ser pelirroja garantiza el acoso persistente de una gran
variedad de personas, sin importar la edad. Sin embargo, en este momento,
estoy enamorada de mis cálidas y ricas ondas rojizas. Pax parece asombrado
por el color y la longitud del cabello, un poco aturdido, y su cruda apreciación
de lo que muchos otros hombres podrían considerar un defecto hace que mi
corazón lata aún más rápido.
Señor, jodidamente lo deseo.
Lo deseo tanto que puedo saborearlo. Creo que él también me desea. Inestable
sobre sus pies, Pax se inclina hacia mí de nuevo, inhalando el aroma de mí
cabello.
—Dios mío, Chase —Su cara se vuelve hacia el pliegue de mi cuello. Su boca
está caliente en mi piel sobrecalentada, y se siente... se siente...
Respira.
Respira.
¡Respira, por piedad!
Joder, creo que me voy a desmayar.
—Me estás matando —gime. Pax Davis -uno de los tres estudiantes
privilegiados que residen en Riot House- me besa como si su vida dependiera
de ello.
Sin excepción, todos los chicos de Riot House gozan de cierta notoriedad y
reputación que les precede allá donde van. No hay persona viva en el pequeño
pueblo de Mountain Lakes, New Hampshire, que no conozca los nombres de
Wren Jacobi, Pax Davis y Lord Dashiell Lovett IV.
Tan ricos. Tan engreídos. Arrogantes y crueles.
El nombre de Pax ha estado marcado en mi alma durante los últimos tres
años. He estado obsesionada con él desde el momento en que le puse los ojos
encima, y ahora su cuerpo desnudo está presionado contra el mío, y nada de
esto parece real.
Estoy tan agotada que el mundo se balancea locamente como un balancín.
Pax se apoya en el árbol, evitando que su peso me aplaste, y yo me aferro a
él, deseándolo, necesitándolo más de lo que he necesitado nada en toda mi
maldita vida. Al mismo tiempo, no puedo calmar el pánico.
Esto no está sucediendo.
Esto no puede estar pasando.
Este es Pax.
¿Cómo es que tiene sus manos ahuecando y amasando mis senos desnudos?
No puede ser su lengua quemando un rastro caliente por la curva de mi
cuello.
No puede ser su durísima polla, deslizándose sobre lo resbaladizo entre mis
muslos, frotándose vertiginosamente contra mi clítoris, aplicando una
cantidad perfecta de presión, que se siente tan, tan bien...
Gimo cuando se balancea contra mí, dejando que mi cabeza caiga hacia atrás
contra el áspero tronco del árbol.
Es él. En cualquier momento estará dentro de mí y me follará el único hombre
al que he amado. Suelta un gruñido tenso y doloroso, moviendo sus caderas
contra mí una y otra vez, la cabeza de su erección acercándose
peligrosamente a la entrada de mi coño, y suelto un gemido, en parte de
miedo, en parte de anticipación.
Pero se retira. Retrocede y se balancea hacia delante una y otra vez, repitiendo
el movimiento, frotándose contra mí, con sus dientes clavándose en la piel de
mi clavícula, y no puedo respirar. Jadeo y resoplo, y solo consigo aspirar
sorbos de aire nocturno. ¿Cómo puede la gente hacer esto? ¿Cómo procesan
todas estas emociones? ¿Las sensaciones? El...
Pax desliza una mano entre nuestros cuerpos y encuentra mi clítoris,
haciendo rodar el resbaladizo e hinchado manojo de nervios en un pequeño y
perfecto círculo.
—Maldita sea. Estás tan mojada —gime—. Te vas a sentir jodidamente
fenomenal en mi polla.
No.
No.
No, no, no.
Oh, Dios mío.
No.
No puedo hacer esto.
Y así...
Siempre he sido alta para ser una chica. Pero nunca he sido especialmente
fuerte. Nunca sabré cómo puedo empujar los noventa kilos que pesa Pax, que
mide 1,80 metros y está repleto de músculos.
Pax gruñe, retrocediendo, y descubro lo borracha que estoy cuando ni
siquiera puedo enfocar sus rasgos. Puedo distinguir la cabeza afeitada y la
elaborada y retorcida tinta que marca su piel. Sus ojos grises pálidos brillan
de color plateado bajo la tenue luz de la luna. Sin embargo, todo lo demás
está borroso. Solo un borrón de músculos hermosos y bronceados.
Se quedó callado como una tumba.
El tartamudeo no es nuevo. Nunca he sido capaz de sacar una frase cerca de
este tipo, pero esta noche estoy desesperada por comunicarme. Pax es
muchas cosas y amable no es una de ellas. Si no encuentro una forma de
jugar con esto, estaré pagando este momento de debilidad por el resto de
nuestra clase de último año. Nunca me dejará vivirlo, y tampoco lo harán sus
amigos. Mañana por la mañana seré el hazmerreír de toda la academia.
Ni siquiera quería venir a esta estúpida fiesta en primer lugar, pero la
perspectiva de ver a Pax, estar dentro de Riot House, pasear y ser testigo de
dónde vive... fui débil. No pude resistirme, y ahora mira el lío en el que me he
metido.
—Lo siento. Yo...
De repente, el vestido negro muy corto que Pax me quitó vuelve a estar en sus
manos; me lo tiende.
—No hay estrés. No es gran cosa —Su voz es áspera, sus palabras
arrastradas. Se acerca, y la despreocupada inclinación de su boca es traviesa:
una media sonrisa que parece muy real y muy poco preocupada por lo que
acaba de suceder. Parpadea; sus pupilas están tan dilatadas que el color
plateado de sus iris apenas es visible. Es como si mirara a través de mí. Como
si apenas me viera.
Una comprensión espeluznante y horrible echa raíces. A diferencia de la
última fiesta que se celebró en Riot House, esta noche no había cuencos
gigantes de narcóticos ambiguos que se repartieran como si fueran
caramelos. Sin embargo, había mucho licor fuerte. Observé a Pax tomarse un
montón de ellos. Yo hice lo mismo, por el amor de Dios. Él mismo me dio dos
tragos de whisky. Definitivamente estoy mucho más borracha de lo que
debería, pero Pax está absolutamente aniquilado. Agachado, intenta recoger
su camisa y pierde el equilibrio. Casi se cae sobre la hojarasca a nuestros
pies, y veo mi oportunidad.
La tomo.
Huyo.
Las ramas de los árboles me azotan la piel desnuda. Hace tiempo que mis
zapatos de tacón han desaparecido. El suelo rugoso me muerde las plantas
de los pies. Apenas puedo ver dos metros delante de mi rostro, pero no me
detengo. Avanzo a ciegas por la noche, jadeando con fuerza, con los puños en
alto, gimiendo cada vez que me doblo el tobillo, sabiendo que estoy sangrando.
Finalmente, tropiezo y me deslizo por una pendiente de dos metros de largo,
aterrizando de culo en una zanja profunda, y estoy tan cansada y dolorida
que me quedo quieta durante un segundo, respirando con fuerza, mirando
un pequeño panel del cielo nocturno que se ve a través de una rendija en el
follaje del bosque.
—Presley Maria Witton Chase —susurro en voz alta—. Estás malditamente
jodida.
Me lleva tiempo recuperar el aliento. Más tiempo aún para meterme en el
vestido que, de alguna manera, tuve el sentido común de mantener cuando
salí disparada, con la tela apretada en la mano. Más tiempo aún para salir de
la zanja, que resulta ser una alcantarilla junto a la carretera que lleva a la
academia. Son las cuatro de la mañana cuando finalmente subo
tambaleándome los escalones de la entrada de Wolf Hall y entro en el edificio
principal.
Mi habitación está exactamente como la dejé: un desastre, ropa por todas
partes, maquillaje por todas partes. Es la prueba de lo nerviosa que estaba,
preparándome para la fiesta antes, tratando de hacerme ver bien, pero el
desorden va a tener que esperar. Estoy demasiado agotada para ocuparme de
todo esto, así que me dirijo a la cama y arrastro los montones de vestidos y
faldas cortas hasta el suelo, sin importarme que mis pies estén llenos de
suciedad y sangre mientras me meto debajo de las sábanas.
Sigue ahí cuando cierro los ojos.
Besándome.
Tocándome.
Desnudándome.
Su polla rígida entre mis piernas.
Casi dentro de mí.
Frotándose contra mi clítoris.
Casi.
Casi.
Casi.
Joder.
Deslizo la mano entre mis piernas y encuentro mi clítoris, reflejando los
pequeños círculos que Pax frotó contra él antes. Maldita sea, todavía estoy
muy mojada. Reduzco la velocidad del movimiento, sacándolo,
estremeciéndome contra la sensación creciente, caliente y tensa que se
acumula en mi estómago y entre mis muslos. Me he corrido pensando en Pax
Davis innumerables veces, pero esta noche es diferente. No es un sueño. No
es una fantasía. Las imágenes y las sensaciones que se reproducen en mi
cabeza no son de fantasía. Son recuerdos, y eso los hace mucho más potentes.
El clímax me golpea tan fuerte que grito.
No hay nadie en la academia que escuche mi liberación. Las otras chicas de
mi piso todavía están en la fiesta. Mis amigas, Carrie y Elodie, se preguntarán
dónde estoy.
Debería enviar un mensaje de texto a una de ellas y hacerle saber que estoy
a salvo.
Debería...
Me duermo con el hormigueo eléctrico de mi orgasmo recorriendo mi piel, y
una vez más, Pax Davis invade mi mente inconsciente: el chico un sueño y
una pesadilla rodada en uno. No es hasta la mañana cuando descubro que
Mara Bancroft ha muerto.
1

Alta.
Piernas kilométricas.
Piel dorada y besada por el sol.
Perfecta en todos los sentidos.
Así es como estaba esta mañana. Ahora, sollozando en el muelle con ríos de
rímel negro corriendo por sus mejillas, no es la radiante diosa del verano que
era antes de que le pusiera las manos encima. Se llama Margarite, como la
flor. Y al igual que la flor, tiene un nombre elegante, pero al fin y al cabo no
es más que una margarita.
—¡Estás jodidamente loco! —Su marcado acento francés colorea la
acusación—. ¿Qué clase de persona eres? Sumérgete y búscalo.
Suelto una carcajada, distraído por el balanceo de los tablones de madera
bajo mis pies mientras el muelle se balancea en el agua.
Durante el día, el mar Adriático es de un deslumbrante color aguamarina,
tan cristalino y hermoso que no se puede dejar de mirarlo. Por la noche, la
vasta extensión de agua es negra como el azabache y parece una mancha de
aceite. Las luces del minúsculo pueblo pesquero donde elegí amarrar el yate
se derraman a medida que la superficie del agua se desplaza. Una multitud
de lugareños se anima, ríe y habla bulliciosamente sobre sus bandejas de
calamares y bruschetta, ignorando al arrogante estadounidense que discute
con la francesa a cincuenta pies de distancia.
Miro fijamente a Margarite, lamentando lo mucho que coqueteé con ella en
Calvi. Me hizo esforzarme por su atención; normalmente, me habría alejado
de una chica que esperaba que me ganara su tiempo, pero en aquel café me
pareció dulce y coqueta. Oh, cómo han cambiado las cosas en las últimas
doce horas.
—No voy a saltar al puto puerto, en la oscuridad, para recuperar un teléfono
que has tirado ahí. Ya está jodido, de todos modos. Creo que nuestra noche
ha terminado, Maggie.
Se vuelve de un violento tono púrpura. —¡Quiero mi teléfono, idiota!
Hay mil maneras de manejar esta situación. Si Dashiell estuviera aquí, sería
capaz de enumerar por lo menos cinco enfoques diferentes que resolverían
este problema de forma rápida y eficaz. Por desgracia para Margarite, solo
conozco una forma de abordar esto, y he aprendido de pasadas experiencias
que no es una estrategia muy popular.
Me meto las manos en los bolsillos, fijando la mandíbula. —Vuelve al barco,
Maggie. Sé una buena chica y te llevaré de vuelta con tus amigos en una hora.
—Lo juro por Dios —Joder, su acento es aún más sexy cuando está
enfadada—. Si no me devuelves el teléfono, llamaré a la policía.
Sí, es una amenaza vacía. No va a llamar a la policía. Ese ridículo monedero
rojo que cuelga de su hombro magníficamente bronceado está lleno de
cocaína. Esta tarde, cuando estábamos a tres millas de la costa en aguas
abiertas y acababa de follar con ella, Margarite abrió su pequeño cierre dorado
y esnifó una línea de mi abdomen, por el amor de Dios. No ha dejado de
meterse esa mierda por la nariz desde entonces. No soy un inocente niño del
coro; también lo hice varias veces, pero Margarite está tan drogada que
probablemente siga flotando en la estratosfera. Si llama a la policía, tardarán
cinco segundos en darse cuenta de que ha tomado algo, y los gendarmes no
toleran que los turistas abusen de las drogas en su hermosa isla. Incluso los
turistas franceses. La meterán en la cárcel tan rápido que ni siquiera tendrá
tiempo de sacar ese teléfono deslumbrante para llamar a su padre. No podrá
sacar su teléfono en absoluto. Actualmente está a dos metros bajo el agua,
pero ya te haces una idea.
Margarite se tambalea, agarrando a tientas un poste de amarre para
estabilizarse mientras el muelle se balancea de lado a lado.
—Lo digo en serio, Paxton. ¿Parece que estoy bromeando?
Automáticamente, mis labios se afinan. Me enseñaron a ser educado. Me han
dedicado muchas horas y una gran cantidad de dinero para intentar dotarme
de unos modales “adecuados”. En la sociedad acomodada, sé cómo
interpretar el papel: sonreír como un buen chico. Mantener la calma.
Asegurarme de mantener una lengua civilizada en mi cabeza. Pero si se me
molesta, reacciono como el animal salvaje que soy debajo de la ropa cara y
mi amplia educación. Muestro los dientes. Gruño. Jodidamente muerdo.
—Pax. Tres letras. P. A. X. No es difícil de recordar, cariño.
—No me llames así —escupe Margarite—. No soy tu cariño. Solo soy una chica
que te has follado en un barco.
Tiene razón.
—Devuelve el teléfono, imbécil, o voy a gritar.
Cruzo los brazos sobre el pecho. —¿Qué vas a gritar?
—Que me estás haciendo daño. Que intentas atacarme. Que me has obligado
a follar contigo.
Pobre chica. Su cerebro debe ser un lugar oscuro, miserable y solitario.
Le ofrezco una sonrisa sosa y tensa. —Estoy a dos metros de ti con las manos
metidas en las axilas. Si empiezas a gritar esa clase de mierda, acabarás
metiéndote en problemas.
Entorna los ojos y levanta la barbilla de forma desafiante. —¿Me estás
amenazando? —sisea—. No me gusta la forma en que me hablas, Paxto...
Joder.
Esta.
Perra.
Me está fastidiando, tratando de provocarme a propósito, y no tolero ese tipo
de mierda. ¿Quiere hacer esto por las malas? Bien. Le daré lo que quiere y
más.
La chica chilla cuando me abalanzo sobre ella, la agarro por las caderas y la
arrojo sobre mi hombro como un saco de patatas. Me golpea la espalda con
los puños, exigiendo que la baje. Basta con decir que declino su petición y
utilizo algunas palabras elegidas por mí.
—Para alguien que no habla muy bien el inglés, seguro que te sabes todas las
palabrotas —Recorro los seis metros de vuelta al barco en un tiempo récord,
asumiendo un riesgo calculado al saltar la distancia entre el muelle y la
cubierta de La Contessa. Margarite gruñe de frustración e intenta morderme
el dorso del brazo. Sus dientes me rozan el tríceps, advirtiéndome de sus
intenciones, y la bajo de mi hombro, cayendo de culo sobre la cubierta.
Indignada, se quita las alpargatas y me las lanza a la cabeza. Pero tiene muy
mala puntería, así que las alpargatas caen al agua por encima de mi cabeza,
igual que su teléfono hace quince minutos. Hubiera pensado que ya había
aprendido la lección, pero parece que la bella Margarite es demasiado
testaruda para hacerlo. En lugar de eso, suelta un gemido furioso y trata de
ponerse en pie. Intenta, es la palabra clave. Es como un escarabajo, atascado
sobre su espalda, retorciéndose y luchando por enderezarse sin tener suerte.
Si solo hubiera consumido la coca, podría haberlo conseguido, pero también
está el cuarto de galón de vodka que llevaba en la mano cuando la conocí. Le
daba a esa cosa como si fuera agua helada en un caluroso día de verano.
Honestamente, he estado impresionado todo este tiempo, admirando lo bien
que ha manejado su mierda después de haber consumido tanto licor fuerte.
Resulta que mi admiración era prematura; la combinación de alcohol y
estupefacientes estaba tardando en hacer efecto.
Es un maldito desastre.
Con facilidad, suelto la cuerda que sujeta la Contessa al muelle y me alejo,
apretando los dientes. Estamos a solo doce millas de Calvi. El viento se ha
calmado, el aire está tan quieto que parece que estoy respirando miel, pero
eso no es un gran problema. La Contessa tiene un motor y uno potente.
Tendré a la chica de vuelta con sus amigos borrachos y risueños en unos
cuarenta minutos. Pero Jesús, esos cuarenta minutos van a ser puro infierno
—¡Hijo de puta, idiota! —Margarite grita—. Te odio. Voy a decirle a mi...
El estruendo de los motores de la Contessa la ahoga. Una parte de mí la
habría dejado felizmente de pie en el muelle, en la oscuridad, borracha y
volcada, sin poder llamar a sus amigos para que vinieran a buscarla. El
ochenta por ciento de mí habría estado totalmente de acuerdo con eso. ¿Pero
ese otro veinte por ciento? Urgh, esa parte de mí nunca lo permitiría. Nunca
sabré de dónde salió ese veinte por ciento. Y ahora no es el momento de
analizar mi brújula moral, de todos modos. Son solo las diez de la noche. Si
me doy prisa en volver a Calvi, aún tendré tiempo de comer y beber algo antes
de que los restaurantes empiecen a cerrar. Y tal vez incluso encuentre una
nueva amiga menos ebria y menos loca con la que pasar la noche, si tengo
suerte.
La Contessa se inclina mientras navego fuera del puerto y en aguas abiertas.
Quince minutos más tarde, oigo a Margarite inclinarse por la borda del barco
y vomitar en el agua. Por el amor de Dios. Si ha salpicado vómito por el
costado del yate, me voy a enfadar. Esa mierda estará cocida para cuando me
despierte por la mañana, lo que significa que tendré que asegurarme de
lavarla con una manguera antes de irme a la cama. No es la forma en que
estaba planeando pasar mi noche.
Los avanzados sistemas de navegación de la Contessa se encargan de pilotar
el barco. La maldita cosa puede prácticamente amarrarse sola, es así de
avanzada, pero yo permanezco hoscamente sentado detrás de los controles,
negándome a aventurarme a la proa para ver cómo está Margarite. La chica
tiene veintiún años. Tres años mayor que yo. Ya debería tener sus cosas
claras. No la voy a cuidar. De ninguna manera.
No tardamos mucho en volver a la orilla. Veo cómo Margarite se sube a la
barandilla cuando nos acercamos al muelle. Ni siquiera espera a que la
Contessa se detenga en el muelle antes de trepar por el lado de la barandilla
y saltar a el. Su pequeño y estúpido bolso se balancea de su hombro; parece
caminar en una línea relativamente recta mientras se apresura, descalza,
hacia la fila de bares donde vimos a sus amigos por última vez.
—Adiós, entonces —murmuro para mí mientras la veo irse. ¿Me importa una
mierda que no mire hacia atrás ni una sola vez mientras lo reserva para la
civilización? Eso sería un no rotundo. Todavía estoy furioso ante la
perspectiva de tener que limpiar su vómito como para que me importe un
carajo. Una vez que tengo el barco anclado y bien asegurado, me subo al
muelle y examino los daños. No es tan grave como esperaba. Solo unas
cuantas rayas de color naranja brillante de... solo Dios sabe qué comió la
chica para producir un vómito de ese color. Vierto un cubo de agua a un lado
del yate, contento de no tener que explicarle a Wren por qué el orgullo de su
padre ha sido profanado de esa manera. Porque, no. La Contessa no es mía.
Triste pero cierto, y también la razón por la que Margarite empezó a gritarme
en Île Rousse. Junto con el hecho de que acababa de descubrir que yo solo
tenía dieciocho años, la noticia de que solo estaba tomando prestado un barco
tan magnífico como La Contessa no pareció hacer feliz a la chica en absoluto.
Ya no importa. He venido a Córcega para salir de fiesta, follar y pasarlo bien.
No he venido a conocer a mi jodida futura esposa. Y aunque hubiera sido
agradable pasar otro día metiendo mi polla en todos los agujeros
perfectamente formados, apretados y bonitos de Margarite, hay muchas otras
mujeres atractivas en esta isla esperando a que alguien como yo venga y las
deslumbre.
No pienso decepcionarlas.
Una vez que me he asegurado de que la Contessa está a salvo y tengo mi
dinero y mi pasaporte encima, salgo a la caza de comida. Necesito
carbohidratos, buena cerveza, queso y un poco de ese delicioso pan crujiente.
Aceitunas, y tomates secos, y...
¡Joder!
Probablemente debería haber prestado un poco más de atención a la dirección
que tomó Margarite cuando dejó el barco. Doblo una esquina, siguiendo mi
nariz, soñando con todas las delicias locales que voy a devorar, y pum. Ahí
está, llorando en la calle empedrada, con el rímel corrido hasta la barbilla. Su
cabello es un desastre. Y está gesticulando salvajemente con el hijo de puta
más alto, más ancho y más malo que he visto en mi vida. Debe medir casi 2
metros. No tiene cuello. Y tiene una cicatriz irregular y fea que le atraviesa la
sien izquierda, la boca y la barbilla, el tipo de cicatriz de la que cualquier
villano de Bond estaría orgulloso. Su cara es de un puto color púrpura
brillante, sus manos se flexionan en puños. No, en puños no. Sus gigantescos
brazos terminan en martillos de carne.
Con cautela, retrocedo y me agacho a la vuelta de la esquina, con un sudor
frío que me recorre los hombros a pesar del espeso y húmedo aire de la noche
corsa. Ha estado muy cerca. Si hubiera permanecido allí un segundo más,
ese imbécil con aspecto de loco habría levantado la vista y me habría visto -
el tipo de aspecto inconfundiblemente americano con la cabeza rapada y los
tatuajes- y eso habría sido todo. Habría estado muerto.
Oigo la voz de Wren en mi cabeza, mientras doy marcha atrás por donde he
venido y me dirijo en dirección contraria, desapareciendo por una calle lateral
diferente y más estrecha. Mi amigo fue muy claro con este tipo de cosas antes
de darme el código de seguridad para subir al barco:
“¿Rayas la cubierta? Te haré daño.
¿Derramas refresco por todos los asientos? Te haré daño.
Si tienes más de cuatro personas en ese barco a la vez, lo descubriré. Lo sabré,
Pax, y te haré daño.
Si haces algo que cause problemas allí, yo... te... haré daño. ¿Está claro?”
En cualquier otra circunstancia, no me preocuparía por una pequeña riña
con un matón local, pero Wren estaba tan serio como un infarto cuando me
lo juró. El tipo nunca ha tenido sentido del humor. No verá el lado divertido
si termino llamándolo para que pague la fianza de una cárcel corsa. Me dejará
pudrirme tras las rejas solo para probar su punto. Por no mencionar que
Wren es un completo aguafiestas desde que tiene novia. Es un desastre. Su
chica dice que salte y Wren no solo pregunta a qué altura. Pregunta cuántas
veces y durante cuánto tiempo. Las bolas de mi amigo ya no cuelgan entre
sus piernas; están colgando del llavero de Elodie Stillwater. Es una situación
realmente lamentable.
Encuentro un lugar que no esté demasiado lleno y, lo que es más importante,
que esté lo suficientemente alejado del puerto como para que no me preocupe
que Margarite y su amigo el idiota me encuentren en algún momento. A juzgar
por los televisores instalados en las paredes del establecimiento, el lugar es
un bar de deportes, aunque esta noche las pantallas están todas en el mismo
canal de noticias. El camarero, un tipo alto, de ojos oscuros y con un poco de
barba, me hace un gesto superficial cuando me siento en la barra y miro el
menú.
Puede que discutir con Margarite me haya dado un dolor de cabeza estelar,
pero follar con ella repetidamente durante tres horas en la cubierta del barco
antes también me ha dado un apetito monstruoso. Podría comerme un
caballo ahora mismo y esa es la verdad. El enorme menú laminado ofrece la
típica comida para turistas. Muchas hamburguesas. Frituras. Dios, todo está
jodidamente frito. Mi estómago se retuerce mientras escudriño abajo, abajo,
abajo buscando algunas tapas o algo fresco que pueda haber sido preparado
en las últimas setenta y dos horas, pero todo lo que veo son opciones que
probablemente serán sacadas de un depósito de congelación en el callejón
detrás del restaurante.
—¿Qué puedo ofrecerte? —pregunta un acento americano. Levanto la vista y
el camarero está de pie, con una ceja curvada en forma de pregunta. Me
sorprende que no sea corso. Con su piel aceitunada y sus ojos oscuros, parece
que podría serlo.
—Huh.
Deja escapar una risa profunda y gutural. —Lo sé, claro. Sorpresa. Angelino,
nacido y criado —Una sonrisa que parece casi amistosa comienza a
extenderse por su cara—. ¿Algo te parece atractivo?
La forma en que lo dice me dice un par de cosas: no está enfadado por el
hecho de que un cliente haya entrado veinte minutos antes de lo que se
suponía que tenía que ir a casa. Y no se opondría a llevarme a casa con él
cuando se vaya.
Me siento halagado. Tampoco me interesa. Por lo que a mí respecta, la gente
puede sentirse atraída por quien mierda quiera. Chicos. Chicas. Individuos
sexualmente ambiguos. Puertas. Lámparas. Malditas naves espaciales.
Cactus, si son lo suficientemente valientes o raros. A mí, en cambio, me
atraen las chicas, y elijo no aventurarme fuera de esa categoría.
¿Y la sonrisa amistosa? Solo está tratando de ser amable, pero soy mucho
más exigente con quién soy amigo que con quién me acuesto, y no gasto
energía en ser amable con gente que no conozco.
—Tomaré una hamburguesa. Mediana. Pepinillos. Tomate. Sin aderezo. Con
mayonesa al lado. Y una Peroni.
La expresión del camarero se endurece ante mi tono. Me está leyendo alto y
claro, lo que significa que es bueno en su trabajo. Probablemente se lleva las
propinas. Un camarero que lee a su cliente en los primeros segundos sabe si
esa persona necesita un hombro sobre el que llorar, alguien que haga fluir
los chupitos y comience la fiesta, o alguien que sea respetuoso y le deje su
espacio. O, en mi caso particular, alguien que le traiga una cerveza y una
hamburguesa, y luego se vaya a la mierda.
Parece decepcionado. Suspirando, dice: —Tengo que pedirte tu identificación,
hombre. Tienes esa cosa más sexy que el pecado, la cabeza afeitada y la tinta,
pero eres joven. Y no voy a perder mi trabajo por una cara bonita.
¿Bonita?
Que se joda.
No me molestaría tanto si no lo hubiera escuchado mil veces antes. ¿Estaría
modelando durante la mayor parte del verano en Europa si no encajara en
un determinado criterio? No, claro que no. ¿Se tropezarían las chicas con sus
propios pies en la calle si no tuviera determinado aspecto? Difícilmente no.
Pero este tipo está pisando una línea muy fina. Si se aleja demasiado de ella,
este chico bonito le arrancará los malditos dientes delanteros.
Con la mirada fija en él, busco mi cartera y saco mi carné de identidad. El
camarero lo toma y se ríe en voz baja.
—New Hampshire, ¿eh?
—Una emoción por segundo.
—Vivir libre o morir, ¿verdad?
Solo gruño.
Me devuelve el carnet. —¿Qué? ¿No te sorprende? La mayoría de los turistas
se impresionan cuando les menciono su estado en el carnet.
—Tus talentos especiales son asunto tuyo, amigo.
—Muy bien. Te escucho —dice, encogiéndose de hombros mientras se inclina
para tomar mi cerveza de una de las neveras que hay debajo de la barra de
bebidas alcohólicas, detrás de él. Le quita la tapa y deja la botella de Peroni
sobre una servilleta frente a mí.
—Oye, ¿no hubo una especie de alboroto en New Hampshire recientemente?
¿En alguna escuela privada de lujo? ¿Una adolescente encontrada muerta allí
o algo así?
Lo fulmino con la mirada, triturando una fina capa de esmalte de mis dientes.
¿Cómo es que todo el mundo parece saberlo? Nunca me gustó Mara Bancroft
cuando estaba viva, y ha sido aún más molesta desde que apareció muerta.
Es como si el mundo entero y su perro hubieran leído sobre ella o hubieran
visto las imágenes de su cadáver disecado siendo cargado en la parte trasera
de la furgoneta del forense en Mountain Lakes. Las noticias sobre el juicio
han disminuido un poco en casa, ahora que el tipo que mató a Mara ha
admitido plenamente su crimen. Pero cuanto menos se hable de él, mejor.
Le muestro los dientes al camarero, señalando mi cerveza.
—¿Qué? ¿No hay vaso? —Ahora le estoy provocando. Es difícil parar una vez
que he empezado.
Suspira. —No. Eres un hombre de verdad, cubierto de tatuajes, y los hombres
de verdad no beben sus cervezas en un vaso. ¿Verdad?
No tengo nada que decir a eso. Si me hubiera ofrecido el vaso de buenas a
primeras, habría dicho que no precisamente por eso. Mi padre me habría dado
una conmoción cerebral si me hubiera sorprendido sorbiendo una cerveza en
un vaso europeo elegante y delgado. Lo habría hecho, si no estuviera muerto,
claro.
Sin embargo, sé exactamente quién era ese bastardo.
Me envían a una escuela de lujo: Maldita mierda. ¿Crees que eres demasiado
bueno para nosotros ahora, eh?
Me gano una buena nota: ¿Quieres una puta medalla, chico? Maldita sea,
pedazo de mierda. Si quieres ganarte una medalla, alístate en el maldito
ejército.
Me atrevo a tener una esperanza o un sueño: ¿Crees que eres algo especial?
Eres demasiado tonto para hacer algo de ti mismo. Date por vencido de una
vez, imbécil. Ahórrate la decepción.
Es curioso cómo los complejos que nos inculcan nuestros jodidos padres se
extienden mucho más allá de su fecha de caducidad. También me molesta
que este descarado camarero pueda ver algo así en mí a una milla de
distancia. Le dedico una sonrisa tensa y poco divertida, de la que él se ríe y
se marcha.
La cerveza se ha ido en tres largos tragos.
Debería haber pedido dos.
Otra sería genial, pero no me apetece volver a convocar a mi servidor pasivo-
agresivo tan pronto, así que me siento y reflexiono, haciendo girar la botella
vacía una y otra vez, viendo cómo se tambalea, casi se cae, y la agarro antes
de que tenga oportunidad de volcarse.
De vuelta a New Hampshire, mis únicos amigos en el mundo están encerrados
en nuestra casa del campus, haciendo solo Dios sabe qué. Querían venir, en
realidad, pero... no. Dash habría traído a Carrie, Wren habría traído a Elodie,
y eso no iba a suceder. Es más fácil venir en viajes como este solo. Nadie más
que considerar así, o que ocupe espacio, que tenga opiniones, o que quiera
cosas. Estoy seguro de que mucha gente se sentiría miserable yendo de
vacaciones solo, pero yo no lo haría de otra manera...
Sigo con la botella en mis manos, congelándome cuando mi móvil vibra en mi
bolsillo.
No es un mensaje de texto. Los recibo con bastante frecuencia. Solo tengo un
timbre extendido y educado para un mensaje de texto. Este es un sonido
mucho más largo, más agresivo y sostenido. Una vez que se detiene, comienza
de nuevo. Alguien me está llamando.
¿Quién tendría la audacia de llamarme?
Jugando un poco más con la botella, dejo que el teléfono siga sonando. ¿Qué
puede ser más desagradable que tener que hablar con alguien por teléfono?
No se me ocurre nada peor. Sin embargo, mi cerebro se esfuerza por volver a
pensar en los viajes en solitario. Se queda quieto, esperando a ver qué pasa
después. Me entretengo un poco cuando mi teléfono empieza a vibrar de
nuevo tras una breve pausa. Saco el móvil y estudio el número, frunciendo el
ceño al ver el código de área. ¿Nueve uno siete? ¿Nueve uno siete? Un
prestigioso prefijo de Nueva York, pero no reconozco el resto del número. No
puedo localizarlo.
Pulso el botón verde de respuesta y me acerco el altavoz a la oreja.
—¿Sí?
—Buenas tardes. ¿Puedo hablar con el Sr. Davis, por favor? —pregunta una
fría voz femenina.
Sr. Davis. Dios. ¿Qué tengo, cuarenta y ocho años? —Él habla.
—Oh, bien. Me alegro de haberlo encontrado, Sr. Davis...
Hago una mueca. —Pax. Por favor.
—Uhh, oh. Bien, Pax. Gracias. Bueno, me alegro de haberle encontrado. Intenté
localizarlo en su escuela, pero me dijeron que estaba en el extranjero durante
las vacaciones de mitad de semestre. Espero que no le importe. Conseguí su
número a través del administrador de la escuela, ya que era un asunto urgente.
—Lo siento, ¿quién habla?
—Oh, Dios. Lo siento. Me olvidaría de la cabeza si no estuviera atornillada. Me
llamo Alicia Morrigan. Soy la cuidadora principal de su madre en el St.
Augustus. Habría esperado a llamar hasta la mañana, pero ella ha tenido un
mal día y quería avisarle con la mayor antelación posible antes de...
¿Has tenido alguna vez un accidente de auto? Es extraño. Hay un momento,
justo cuando está sucediendo y el metal se encuentra con el metal, en el que
te das cuenta de que estás en grave e inminente peligro, y sabes que no
puedes hacer nada al respecto. Existes dentro de ese extraño momento,
esforzándote contra la sorpresa, desesperado por moverte, pero estás
paralizado, viendo cómo se desarrolla todo, bloqueado...
Respira.
Respira, imbécil.
Un dolor punzante y agudo me atraviesa la cabeza, justo entre los ojos. Es
tan agudo e inesperado que tengo que entrecerrar los ojos para poder
resistirlo.
—Disculpa. ¿Qué? ¿Eres su... qué?
Hay una pausa al otro lado de la línea.
—Su cuidadora principal —repite la voz. ¿Cómo se llamaba? ¿Alicia?
—Sí. Pero... ¿St. Augustus? No lo entiendo.
—Meredith fue admitida la semana pasada. Quería llamarle entonces, pero su
madre es una mujer obstinada. Ella no quiso saber nada al respecto. Ahora
que su condición está empeorando...
—Espera. Alto —Levanto una mano como si pudiera verme haciéndolo—. Alto,
alto, alto, ALTO. ¿Su estado? ¿De qué estás hablando? ¿Qué condición?
De nuevo, la línea se silencia. Crujidos. Creo que la llamada se ha
desconectado, pero entonces Alicia dice:
—Ya veo —Ha perdido ese tono ligero y flotante de su voz. Ahora es todo
negocios, sus palabras son cortadas—. Tendrá que perdonarme, Sr. Davis,
pero su madre juró que le había contado lo que ocurría. Parece que mintió.
¿Mi madre? ¿Mentir? Qué sorpresa. Puedo contar con una mano las veces
que Meredith Davis me ha dicho la verdad sin tapujos. Me muerdo la punta
de la lengua hasta saborear la sangre.
—¿Su estado? —repito.
—Sí. Sí. No me corresponde decirle esto —Alicia tose. O puede ser que se
atragante con la información que debería haber salido de mi madre—. No hay
forma real de suavizar el golpe, así que lo diré sin rodeos. Su madre ha estado
luchando contra el cáncer durante los últimos ocho meses.
Hace una pausa, el vacío de sonido que queda en el aire entre nosotros -yo
sentado en un bar de Córcega y ella en una habitación estéril y con olor a
lejía en Nueva York- se llena de incómoda expectación. Ella está esperando el
shock. El horror. Las lágrimas. La incredulidad y el regateo.
No.
Oh Dios, no.
No es verdad.
No puede ser.
Es tan joven.
Está tan en forma.
Tan saludable.
¿Por qué ella?
Es tan buena.
Ella no se merece esto.
—¿De qué tipo? —pregunto.
—¿Perdón?
—De cáncer. ¿Qué tipo de cáncer?
El camarero, que venía de camino, hace un gesto hacia mi botella de cerveza
vacía, gira y se dirige en dirección contraria.
—Leucemia. Su pronóstico era bueno al principio, pero hemos tenido una
pesadilla tratando de encontrar una compatibilidad para un trasplante de
médula ósea. Y como usted no era compa…
Alicia se corta. Jura con rabia en voz baja.
El dolor de cabeza que ha estado golpeando constantemente detrás de mis
ojos se extiende como un fuego salvaje, arraigando en lo más profundo de mi
cabeza, disparando zarcillos de dolor por la nuca.
—Termina... la... frase.
—Dios —murmura Alicia—. Les dijo a los médicos que le hicieron pruebas en
su hospital local y que no eras compatible.
—¿Y tienes la costumbre de dejar que tus pacientes te cuenten esta mierda
sin comprobar si es verdad? —Vaya. Qué raro. En mi cabeza, mi voz es aguda
y llena de rabia. Cuando sale de mi boca, es devastadoramente tranquila.
Alicia pone excusas. Me da disculpas. Hago oídos sordos a todo ello. Me siento
en la barra, tan, tan quieto, defendiéndome de un aluvión de pensamientos
desplazados. Me pregunto si Dash volvió a Inglaterra para el descanso.
Hombre, estos zapatos son incómodos. ¿Dónde diablos está mi hamburguesa?
Necesito que me revisen los ojos cuando llegue a casa. Mi visión no debería ser
tan borrosa.
—¿Me estás escuchando? En realidad, son buenas noticias. Si no te has hecho
la prueba, ¡todavía hay una posibilidad de que seas compatible!
La pobre Alicia está muy emocionada. Cuando respondí el teléfono era todo
pesimismo, pero su repentina esperanza me tiene agarrado por el cuello y me
hace girar la cabeza.
—No me voy a hacer la prueba —lo digo en voz baja, pero la afirmación hace
sonar las ventanas y sacude la tierra bajo mi tambaleante taburete de bar;
soy el único que siente la réplica.
La enfermera emite un sonido confuso y gutural. —¡Pah! ¿Qué? No, cariño,
tienes que hacerte la prueba.
—Estoy en el otro lado del mundo. Estoy tratando de disfrutar de mis
vacaciones...
—No —interrumpe Alicia—. No lo entiendes. Tu madre está muy enferma. Le
quedan pocas semanas, por el camino que va. Si no vuelves a Estados Unidos
inmediatamente, te haces las pruebas y empiezas a rezar para que seas
compatible, ella morirá. ¿Es eso lo que quieres?
Algo insidioso se despliega bajo mis costillas, una escarcha que se arrastra a
lo largo del hueso y me congela hasta mi podrido núcleo. Me golpeas ahora
mismo y me haré añicos como el cristal.
—No se trata de lo que quiero, Alicia. Es que... simplemente no me importa.
Termino la llamada, mirando fijamente la pantalla mientras dejo el teléfono
sobre la barra. Un vaso de cristal tallado con un centímetro de líquido dorado
quemado aparece a su lado mientras la luz del teléfono se atenúa y la pantalla
se vuelve negra.
El camarero hace crujir sus nudillos. —Parecía que necesitabas algo más
fuerte que la cerveza.
¿Quién mierda soy yo para discutir con el hombre? Es un profesional. Es su
trabajo saber lo que necesito. Vacío el vaso de una sola vez y me sirvo el
tequila en la garganta. El crudo ardor del licor descongela el frío resbaladizo
y mortífero que me clava los dedos en las tripas. Me exhuma, me saca de una
tumba prematura.
—¿Todo bien, hombre? No estaba escuchando a escondidas. Solo te oí decir
cáncer y vi la mirada en tu cara, y...
Si no fuera tan imbécil, le diría que no es nada. Pero mi trabajo no es
tranquilizar a la gente. Cuando levanto la vista, le doy una mirada de
evaluación y mi labio se curva hacia arriba por voluntad propia. La forma de
esta expresión me resulta familiar. La conozco íntimamente. Dash la llama
mi cara de “muévete o muere”.
—Tomaré la cuenta.
Niega con la cabeza. —Tu hamburguesa aún no ha salido. A la gente que pide
comida le suele gustar comerla de verdad antes de pagar.
—¿Quieres que me ponga al día antes de irme o qué? —Me iré si no pone la
cuenta delante de mí en los próximos diez segundos.
El camarero se pone las manos en las caderas. Deja colgar la cabeza durante
un segundo, suspirando profundamente, y luego me mira.
—No, maldito terco. No quiero que pagues por ello. Ve. Vete.
—¿Qué?
—Estás blanco como una sábana, amigo. No tienes buen aspecto. Vuelve a tu
hotel y no te preocupes.
Santos y mártires, este tipo cree que estoy realmente molesto por la noticia
que acabo de recibir. Qué chiste. Maldito imbécil. Me levanto y...
Vaya.
Mi visión se oscurece en los bordes. Me agarro a la barra para estabilizarme,
pero no sirve de nada. El suelo tiene voluntad propia. Las cejas del camarero
se juntan y sus ojos brillan de preocupación.
—Toma, hombre. ¿Por qué no dejas que te ayude? —Empieza a acercarse a
mí, pero retrocedo, chocando con una mesa detrás de mí en mi prisa por
alejarme de él.
—Estoy bien. Estoy... bien. Yo... solo necesito...
De alguna manera, encuentro mis pies y corro. En la calle empedrada, los
acordes de la música y las risas flotan en el aire nocturno. Las cigarras
gorjean en las colinas cercanas. Me tambaleo borracho en la dirección que
me llevará de vuelta al puerto, pero me doy la vuelta y acabo perdiendo veinte
minutos caminando en dirección contraria antes de conseguir orientarme y
darme cuenta de mi error.
Estoy agotado y entumecido cuando por fin llego al muelle donde dejé el
barco.
El olor acre de los productos químicos quemados me inunda la nariz,
borrando el rico y embriagador aroma de la albahaca, la menta y la carne
cocinada que impregnaba el aire cuando me dispuse a buscar un restaurante.
Ignoro el hedor. Ignoro también los empujones de la multitud que se ha
formado en el muelle. Ni siquiera me doy cuenta de que la presión de los
cuerpos se hace más densa y de que el estruendo de las conversaciones
excitadas es cada vez más fuerte, hasta que vuelvo a entrar en razón y me
doy cuenta de que algo no va bien.
—¡Se va a hundir antes de que podamos sacarlo! —grita una voz con acento
inglés—. Joder, James, vuelve, por el amor de Dios. Vas a conseguir que te
maten. ¿En qué estás pensando, chico?
Es entonces cuando proceso la escena.
Llamas anaranjadas y danzantes.
Humo negro y sucio que se desplaza hacia el cielo.
La cubierta calcinada del barco, que se alinea extrañamente fuera del agua.
La Contessa...
En llamas...
...hundiéndose.
Observo mudo cómo el yate que me prestó mi amigo, el mismo que juré que
no incendiaría, gime, un fuerte sonido de astillado llena el aire y luego se
hunde, su mástil se estrella contra la cubierta del super yate que está
amarrado en la grada de al lado.
—¡Oye! ¡Paxton!
Tardo un segundo en localizarla: Margarite, la simpática chica francesa con
adicción a la cocaína. Está sentada en una barandilla pintada a cuatro metros
de distancia, dando patadas con los pies mientras lame alegremente un cono
de helado. Sonríe como un demonio cuando la miro.
—Lo siento, Paxton —grita—. Lo vi empezar. Habría llamado a los bomberos,
pero parece que he perdido mi teléfono.
No puedo evitarlo.
Me echo a reír.
Me río hasta doblarme y vomitar en las aguas negras del Mediterráneo.
2

—Oh, Dios mío. Quiero, quiero...


Quiere mi polla dentro de ella. Quiere mis dientes en su cuello. Quiere todo de
mí. Señor, puedo oler lo mucho que me desea. Su aliento está impregnado del
whisky caro que le di en la casa. Su piel es fragante, como las gardenias, y el
crecimiento verde de la primavera, y el coco. Sin embargo, su coño huele dulce,
indescriptiblemente delicioso, un aroma característico que debe haber sido
diseñado específicamente para volverme loco. No puedo pensar en ese aroma.
Me ha vuelto jodidamente salvaje. Lamo, chupo y muerdo la perfecta piel pálida
de porcelana de su hombro, perdiendo más y más de mí mismo a medida que
pasan los segundos.
Mis manos están llenas de fuego. Su cabello es tan rojo y hermoso incluso a la
luz de la luna. Sus labios son de un delicado y pálido color rosa, el color de un
exquisito coral. Tampoco me canso de verlos. Esa boca hinchada y regordeta
será mi muerte. Lo que daría por tener esa jodida boca perfecta alrededor de
mi polla ahora mismo.
—Dios. Pax. Yo… —Sus palabras son pequeños suspiros. Jadeos, incluso. Ella
lucha para forzarlos a salir, pero la reverencia en ellas es evidente. Soy su dios,
y me está adorando. Como debe ser. Como siempre será. ¿Esta chica de ojos
color caramelo, pechos pesados y sorprendentes como lágrimas, y el hoyuelo
más molesto en su mejilla derecha? Ella es fácilmente la criatura más
impresionante que he visto. Podría felizmente inmovilizarla contra el tronco de
este árbol, y...
—¡HOLA!
Vuelvo en mí, golpeando la rodilla contra el asiento de enfrente, siseando ante
el rayo de dolor que me sube por la pierna.
Ay.
—¡Oye, despierta! Maldita sea, amigo, ¿estás bien? Parece que te has
lastimado.
¿Dónde mierda estoy?
¿Qué mierda es ese sonido apresurado, ruidoso y molesto?
Por un segundo, me preocupa que mis oídos no funcionen bien. Y entonces
todo se une: la llamada del hospital de Nueva York. La enfermera que dejó
caer que mi madre tiene cáncer. Las nueve horas de espera en un banco de
plástico duro, intentando conseguir un vuelo. La comida de mierda del
aeropuerto. El embarque en el avión. El olor a humo todavía pegado a mi
ropa. La Contessa. Dios. La Contessa. No soy un cobarde, pero no tengo ganas
de decirle a Wren Jacobi que hundí su barco por mi polla.
Si no le hubiera dicho a esa chica francesa que tenía veintiún años solo para
poder desnudarla, no habría incendiado la maldita cosa. Tal y como está
ahora, mi obituario será breve: PAX DAVIS, 18 años, ex modelo e imbécil
en general, sucumbió a sus debilidades casi inmediatamente. Si tan
solo no se hubiera follado a esa perra francesa loca.
—Amigo, pensé que estabas teniendo un ataque al corazón.
A mi izquierda, el tipo con el que comparto la fila 36 tiene los ojos muy
abiertos y la boca abierta. Sus auriculares Bose cuelgan de su cuello, con una
agresiva música rap que sale de los altavoces.
—Estabas gimiendo —Se ríe—. Creí que esa azafata tan sexy iba a cagarse
encima.
Me froto los ojos. —Tengo pesadillas en los aviones.
El tipo hincha las mejillas. —¿Pesadilla? Parecía que estabas a tres segundos
de correrte.
Estoy a punto de negarlo de nuevo, pero muevo las caderas en mi asiento y
me doy cuenta de que mi polla está más dura que el granito; estoy tan
excitado que probablemente puedas ver mi erección desde el espacio exterior.
De hecho, debo estar a punto de correrme, lo que es simplemente... increíble.
Vaya. Simplemente increíble. Sonrío con fuerza, poniéndome en pie. No puedo
ocultar mi enorme erección sin tocarme y no quiero llamar la atención sobre
ella, así que dejo que se quede ahí, deslumbrante e impresionantemente
erguida.
A estas alturas del avión, en la última fila, las sillas no son reclinables. Llevo
horas entrando y saliendo de la consciencia, miserable y dolorido,
maldiciendo el hecho de que no solo estoy atrapado en clase económica, sino
en el asiento más incómodo de la historia del transporte aéreo. Me duele el
cuerpo, y ahora mi polla está tan dura que también me duele.
—Vamos, entonces. Cuéntalo. ¿Con quién te estabas calentando mientras
dormías? —me pregunta el tipo que está a mi lado. Se presentó cuando me
senté a su lado durante el embarque. Me dijo su nombre, pero lo olvidé
enseguida. Lleva una sonrisa fija en la cara desde que embarcamos que me
da ganas de abofetearlo; nadie tiene derecho a estar tan contento sin ninguna
maldita razón.
—Te lo dije. Fue una pesadilla. No hubo nada caliente y fuerte.
Está decepcionado, está claro, pero ¿y qué mierda? No conozco a este payaso.
No se merece que le dé información personal. Y no recuerdo a quién me iba a
tirar en mi sueño. Desde luego no era la loca Margarite.
El tipo se gira y vuelve a sentarse recto en su asiento.
—Solo estamos a una hora de Nueva York. Te has perdido el desayuno.
Dijeron que traerían una de las comidas y la dejarían para ti, pero creo que
se olvidaron.
—Comeré cuando aterricemos.
—Estoy seguro de que te traerán algo si...
Me coloco los AirPods en los oídos y lo hago callar. Deja de hablar cuando ve
lo que he hecho. Su sonrisa finalmente se desvanece; parece que he herido
sus sentimientos. Al menos me deja en paz durante el resto del vuelo.
En el momento en que las ruedas del avión tocan tierra y la luz del cinturón
de seguridad se apaga, me levanto de mi asiento, agarro mi bolso del
compartimento superior y me abro paso por el pasillo antes de que la pasarela
se vea obstruida por los demás pasajeros. Por suerte, consigo meter la polla -
sí, todavía tengo la erección que no se me quita- en la cintura de los jeans,
para que no se note tanto mientras salgo del avión. Una azafata de cabello
rubio trenzado que está en la salida del avión palidece cuando me ve venir
hacia ella.
—Que tenga un buen día —murmura.
Paso por delante de ella sin decir nada.
—Él es el que estaba gruñendo —Escucho detrás de mí—. Dijo que iba a
ahogar a alguien con su...
Polla.
Estoy bastante seguro de que era mi polla, pero podría estar equivocado. Los
detalles del sueño ya se han desintegrado en una bruma de colores y formas
vagas...
Ahh, maldición. Hace un calor de la mierda. Incluso en el pasillo con aire
acondicionado que lleva del avión al edificio principal del JFK, el calor y la
humedad me abofetean en la cara. El aire es empalagoso, un cóctel de olores
que crea un olor tan desagradable y exclusivo de este aeropuerto que
inmediatamente sé que estoy en casa.
Cuatro días. Ese es el tiempo que estuve en Córcega.
Cuatro.
Jodidos.
Días.
Así es como se hace la pausa de mitad de semestre.
Podría haberme quedado, por supuesto. Nada me lo impide. Con tres veranos
de trabajo como modelo, tengo mucho dinero y una dulce mierda en la que
gastarlo, atrapado en una montaña en un internado privado en medio de New
Hampshire. Podría haberme alojado en el hotel más caro de la isla y haberlo
pasado en grande, pero el viaje se me estropeó en cuanto la Contessa
desapareció bajo la superficie del Mediterráneo. Cuando el barco se hundió
en el agua, su mástil dañó al superyate del siguiente amarre, y cuando el
propietario del superyate se presentó y empezó a maldecir en italiano, lo tomé
como una señal para salir pitando. Mi regreso a Estados Unidos no tiene nada
que ver con el diagnóstico de cáncer de mi madre.
En piloto automático, atravieso la aduana y me dirijo a la recogida de
equipajes. Toda mi ropa se fue con la Contessa, pero compré una cantidad
estúpida de cosas en el aeropuerto para reemplazar lo que perdí. Estaba en
piloto automático. No estaba pensando. No debería haberme molestado, pero
lo hice. Ahora, una parte de mí quiere alejarse de la enorme maleta llena de
ropa de diseño, pero no me atrevo a hacerlo.
Estoy a un millón de kilómetros de distancia, con los engranajes mentales
girando, cuando me doy cuenta de que me están observando. De hecho, me
miran fijamente. Dos chicas de poco más de veinte años revolotean a mi
izquierda, susurrando y riéndose entre ellas mientras me observan.
Hubo un tiempo en el que podría haberme sentido halagado por su atención.
Ahora, solo... oh, Jesucristo. Por eso me están mirando. Me he parado sin
querer al lado de una de esas pantallas de publicidad digital. Tiene tres
metros de altura, casi el mismo ancho, y ¿adivina quién está pegado en toda
la maldita cosa?
Sí.
Ese sería yo.
Con nada más que un par de calzoncillos blancos muy ajustados, debo
añadir.
Las dos chicas se sonrojan acaloradamente cuando se dan cuenta de que me
he fijado en ellas. Las dos son lindas. Me halaga que se hayan puesto
coloradas al ver mi pecho desnudo más grande que la vida. Si juego bien mis
cartas, probablemente se acercarán. Tartamudearán y se sonrojarán aún
más, y yo coquetearé sin piedad, y antes de que me dé cuenta los tres
estaremos registrándonos en una habitación de uno de los hoteles del
aeropuerto que hay cerca. Mi polla me lo agradecerá. Todavía estoy durísimo
por ese sueño sexual aleatorio en el avión. Tengo un pulso implacable en mi
polla, y cada vez que la punta de la misma roza mi ropa interior, tengo que
luchar contra el impulso de ir a masturbarme al baño de hombres.
Ni siquiera tendría que intentarlo: si quisiera a estas chicas, podría tener a
una de ellas rebotando sobre mi polla y a la otra cabalgando sobre mi cara en
menos de treinta minutos. Todo lo que se necesita es una sonrisa.
No sonrío. Saco mis Ray Ban Wayfarer del bolsillo del pecho de mi camisa
abotonada y me las pongo, consciente de que solo un imbécil lleva lentes de
sol en interiores. No es que vayan a ocultar quién soy; es muy obvio que soy
el tipo del cartel que tengo detrás. La tinta que me rodea en el cuello y que
me ata las muñecas hace que sea fácil identificarme, al igual que mi cabeza
estrechamente afeitada. No, los lentes de sol no van a engañar a nadie, pero
me hacen sentir protegido. Como si me hubiera retirado a otra habitación y
estuviera observando a la gente que me rodea a través de un espejo de dos
caras.
El calor me sube por la nuca cuando otra pareja se da cuenta de que soy el
modelo del maldito cartel. Miro fijamente la cinta transportadora del carrusel
número 6, deseando que empiece a escupir equipajes. Esto es una puta
pesadilla. Voy a matar a Hilary. Mi agente normalmente me avisa cuando una
de las campañas para las que he posado sale a la luz. No tenía ni idea de que
los ejecutivos habían elegido una imagen para este anuncio, y mucho menos
de que iba a estar jodidamente pegado por todo el JFK.
Muévete, maldito imbécil, me digo. Pero no puedo. Parecerá mucho peor si me
escabullo ahora. Ya parece que he tomado la decisión consciente de venir y
quedarme aquí, como un pedazo de mierda arrogante con complejo de dios.
Solo llamaré más la atención si...
—¿Perdón? Um...
Joooodeer no. Los lentes de sol no fueron suficientes para disuadir a las dos
rubias. Mi polla vuelve a palpitar -una petición desesperada de atención-, lo
que me irrita aún más. Las chicas se colocan hombro con hombro, lanzándose
nerviosas miradas de reojo. Dios, ¿dónde están las malditas maletas?
—Siento molestarle, pero... ¿Eres tú...?
La rubia de la izquierda señala la pantalla que hay detrás de mí. Mis labios
están separados en la imagen, mi cabeza inclinada hacia atrás, como si
estuviera desnudando mi cuello. Tengo los ojos semicerrados y miro
directamente al objetivo de la cámara como si quisiera follar a la persona que
está al otro lado. Me siento morbosamente avergonzado por el hecho de que
mi polla parece enorme en esos bóxers. Probablemente sea solo mi
perspectiva, al estar de pie justo debajo de la pantalla, pero parece que mi
monstruosa polla está a punto de atravesar la tela, como cuando ese Chest
Burster explotó a través de la caja torácica de John Hurt en Alien. Que el
Señor me ayude, espero que nadie mire mi polla en este momento. La erección
que tengo no ayudará.
Aprieto la mandíbula. —No. Lo siento.
—Pero... —Mira a su amiga, frunciendo el ceño, pero la otra chica está igual
de perpleja.
Realmente no puedo culparla. ¿El elaborado ángel en mi cuello, detrás de mi
oreja izquierda? ¿El que parece que me está contando un secreto? Es idéntico
al que se ve en el chico de la foto. En la campaña publicitaria solo se ve la
cola enroscada del diablo detrás de mí oreja derecha, pero es una cola
inconfundible. No podría confundirse con otra cosa. Tampoco la serpiente
enroscada alrededor de mi antebrazo izquierdo (se llama Betsabé), que asoma
por debajo de la manga de la camisa con puño, ni los santos que tengo en el
otro brazo. San Sebastián, San Moisés el Negro y Juana de Arco, sentados en
torno a una mesa de póquer, con un porro colgando de la boca de Juana: un
tatuaje muy específico para cualquiera. Sería la coincidencia de mi vida si mi
doble en la pantalla detrás de mí llevara la misma y extraña tinta, fuera
idéntico a mí en todo lo demás y, de alguna manera, no fuera yo.
Los párpados de la chica se cierran. —¿Estás seguro? Porque tú... te pareces
al tipo de esa...
—Mira. Estoy en la escuela de medicina. No me pavoneo en ropa interior por
dinero —He dicho algunas tonterías en el pasado y me he salido con la mía,
pero esto es una falsedad tan escandalosa, que no hay manera de que me
salga con la mía. Las chicas no saben qué hacer con ellas. ¿Qué pueden
hacer, sin embargo? ¿Llamarme mentiroso a la cara? Ajá. De forma incómoda,
se comunican a través de una serie de miradas exageradas y movimientos de
cabeza. La chica de la izquierda es más insistente que la de la derecha. Quiere
que su amiga insista en el tema...
—Uhh. Bien —murmura tímida—. Bueno, sentimos molestarle. Sabemos que
se te debe acercar la gente todo el tiempo. Nos preguntábamos si podríamos
hacernos una foto contigo delante de la pantalla o algo así.
Me arranco las gafas de sol de la cara, acomodando la mandíbula. —¿Por
qué? ¿Por qué querrías una foto con un tipo cualquiera delante de un cartel
cualquiera?
Las chicas retroceden de un salto y se agarran las manos. —Yo no...
nosotras... nosotras solo pensamos...
—Te lo dije. Soy un estudiante de medicina. Tengo más amor propio que
eso. —Apunto con el dedo al anuncio, lanzando una mirada furiosa por
encima del hombro a la editorial, pero ya no está. El anuncio ha cambiado
mientras yo hablaba, y ahora una morena de ojos saltones que lleva la misma
cara de puchero que yo llevaba hace un momento está posando
seductoramente con un frasco de perfume, sosteniéndolo junto a su rostro
como si fuera una polla que está a punto de tragarse.
Ahora sí que la gente mira. Me vuelvo a poner las Wayfarer en el puente de la
nariz y agacho la cabeza. —Mira. He tenido un vuelo de mierda. Voy a tomar
mis maletas e irme a casa para poder dormir. Discúlpame.
Las maletas empiezan a salir por la cinta, emergiendo de un agujero en la
pared que parece una boca que bosteza. Me muevo alrededor de las chicas y
me sitúo más cerca de la cinta transportadora, rebotando sobre las puntas
de los pies mientras espero a que aparezca mi gran maleta. Por supuesto,
tarda una jodida eternidad; casi todo el mundo se ha ido cuando agarro el
asa de mi maleta y me dirijo a la salida.
Estoy pegajoso de sudor; odio esa sensación. Fuera, llamo a un taxi y me subo
al asiento trasero.
—¿Adónde vas, chico? —pregunta el conductor con un marcado acento del
Bronx. Me doy un golpe en la frente, contemplando el viaje de vuelta a la
academia. Un viaje de cinco horas en taxi. Cuatro, si tienes un pie de plomo
y una habilidad para evitar a la patrulla de carretera. En cualquier caso, no
puedo soportar estar sentado tanto tiempo después del estrecho y miserable
vuelo que acabo de soportar.
—Esquina de la 59 Oeste y la 5ª. Y te daré cien dólares de propina si me llevas
allí en menos de cuarenta y cinco minutos.
El taxista resopla. ¿A las diez y media de un lunes por la mañana? Tendremos
suerte si llegamos en el doble de tiempo. Sabe que no va a ver ese dinero, así
que ¿por qué molestarse en hacer un esfuerzo por la mierda mimada que está
sentado en el asiento trasero?
Conduce, con los labios apretados. Al cabo de un rato, pone la radio y va de
emisora en emisora, buscando solo Dios sabe qué. Finalmente, se detiene en
una emisora de rock alternativo y deja que suene la música, lo que me parece
bien... hasta que la música se interrumpe para dar las noticias.
“—Los detectives que trabajan en el caso del asesinato de Bancroft creen ahora
que el hombre acusado del asesinato de Mara Bancroft, de dieciséis años,
puede ser responsable de una serie de otros asesinatos en Texas, Connecticut
y el estado de Nueva York, que abarcan un período de tiempo de más de una
década. Wesley Fitzpatrick, de 38 años, antiguo profesor de inglés de la
Academia Wolf Hall, un exclusivo internado de la pequeña localidad de
Mountain Lakes, en New Hampshire, está acusado de la brutal agresión y
asesinato de una de sus jóvenes alumnas...”
Cierro los ojos.
Intento no escuchar.
Intento no hervir dentro de mi propia piel.
Nunca me gustó Wesley Fitzpatrick. Era un pedazo de mierda engreído y sabía
que había algo profundamente malo en él. Podía prescindir de ver su cara en
las noticias. Ahora que está en la carrera por el estatus de asesino en serie,
va a ser noticia nacional. No habrá forma de escapar de su fea y jodida cara
durante meses.
Ya ha pasado el mediodía cuando llegamos a nuestro destino. Le pago al tipo
y agarro mis propias maletas del maletero, luego me dirijo a la entrada del
imponente edificio construido con cristal y acero reluciente que se alza en la
esquina de la Quinta Avenida y la calle 59 Oeste.
El Excelsior se terminó hace siete años con mucha ostentación y celebración.
Los arquitectos esperaban que dominara el horizonte de Nueva York como
uno de los edificios más altos de la ciudad, y así fue durante casi un año,
pero la construcción no descansa en esta ciudad. No pasó mucho tiempo
antes de que el edificio de apartamentos de lujo ocupara el puesto número
quince en altura. Dios sabe en qué posición se encuentra hoy en día. En
realidad, no me importa. Me importa una mierda. Mi madre es la propietaria
de un ático muy grande, y desde ese punto de vista diría que el edificio es
suficientemente alto, muchas gracias. Quiero decir, ¿qué padre compra un
ático en un edificio alto cuando su hijo tiene un miedo mortal a las alturas?
Meredith Davis, esa es.
Se tarda veintitrés segundos en ir de la planta baja al ático. Normalmente los
cuento. Pero hoy no. Me sueno la nariz, incómodo, demasiado cansado para
hacer otra cosa que esperar el viaje. Finalmente, el ascensor se detiene con
un silbido, y mis oídos estallan justo en el momento en que las puertas se
abren y aparece el ostentoso hasta el punto de lo ridículo vestíbulo de mi
madre.
Techos altos. Suelos de parqué. Espejos por todas partes. Obras enmarcadas
de algunos de los artistas contemporáneos más aclamados de Estados
Unidos. Flores secas y muebles suaves y femeninos de color blanco crudo.
Este ático es una representación exacta de lo que es Meredith como persona:
elegante, sutil, sin esfuerzo, con clase. Todo lo que no soy.
A Meredith le da urticaria si me atrevo a sentarme en uno de sus preciosos
sofás blancos. Me echa de la sala de estar la mayoría de las veces. Creo que
nunca superó la injusticia de mi sexo. Le dijeron que era una niña cuando
fue a hacerse la prueba de género. Imagina su decepción cuando salí con una
polla. Como varón, ella asume que exudo suciedad por mis poros. No importa
que me haya duchado recientemente, está convencida de que sus preciosos
sofás blancos son inseguros a mí alrededor. La ironía de una silla en la que
ni siquiera se puede sentar, gente. Se lo digo de una puta vez.
Me preparo para el olor familiar de este lugar, preparándome para el delicado
toque de albaricoque -el olor de la costosa crema de manos de mi madre- que
normalmente permanece en el aire. Pero... el lugar no huele en absoluto.
Entro en el vestíbulo y miro a ambos lados, hacia el salón principal y hacia el
largo pasillo que lleva a los dormitorios.
Nada. Nada de productos de limpieza. Ni perfume. El cálido aroma animal del
cuero pulido que solía dominar el ático desapareció después de que mi padre
muriera y Meredith tirara su antiguo maletín por el conducto de la basura,
pero su olor... su olor siempre ha estado aquí.
Realmente no ha estado en casa en semanas.
—Ponte a trabajar, imbécil —me gruño en voz baja—. Cuanto antes termines,
antes podrás irte a dormir.
Dejo las maletas junto al ascensor y me dirijo al panel de interruptores de la
pared, junto a la entrada de la cocina, donde se encuentran los controles del
sistema de temperatura, iluminación y audio del ático. Pulso una serie de
botones, y las persianas de cada una de las enormes ventanas que van del
suelo al techo zumban, desplegándose como velas, hasta que la icónica vista
de los rascacielos de Nueva York queda borrada.
Gracias a Dios por eso. La bola de tensión en el centro de mi pecho se afloja.
Hay una pila de correo en la isla de la cocina. El jarrón de la consola favorita
de mi madre está vacío. Unos pocos pétalos disecados descansan sobre la
superficie lisa de la madera de mango, contando una historia muy clara:
había flores en el jarrón, pero mi madre se fue y no volvió. Las flores se
pudrieron. El ama de llaves, sin saberlo, tiró el ramo, pero no las repuso.
También se olvidaron de barrer los pétalos caídos, algo que Meredith nunca
habría hecho.
Por costumbre, quito los pétalos secos del papel de la consola y me los pongo
en la mano, y los tiro en la papelera de la cocina. Al menos aquí, todo está
como debería estar. En orden. En óptimas condiciones.
Entre otras muchas cosas -abogada, coleccionista de arte, crítica, oradora,
católica acérrima y muy supersticiosa-, mi madre es germofóbica. Hasta la
más pequeña mancha en un mantel le provoca un ataque de histeria. ¿Una
huella dactilar en el cuenco de una copa de vino? ¿Un cabello en el lavabo de
su habitación? Que el cielo no lo permita. De todas las zonas del ático, la
cocina es la que más preocupa a Meredith. A veces, su ansiedad por la
limpieza de las encimeras es tan grande que se toma un par de Xanax y se
acuesta durante tres días para poder calmarse.
Hoy, los electrodomésticos de acero inoxidable están impecables. Los azulejos
del metro están inmaculados. No hay suciedad ni polvo a la vista. Podrías
comer de la encimera, pero sería una mala idea: Meredith sabría lo que has
hecho y nunca te lo perdonaría.
Salgo de la cocina, estremeciéndome ante la esterilidad del lugar. Al final del
pasillo, en el lado derecho, la puerta de la habitación donde duermo está
firmemente cerrada, como todas las demás. Meredith la llama mi habitación,
pero no lo es. Hay algunos de mis libros aquí. Algo de ropa. Algunos lentes y
cuerpos de cámara viejos, y un par de mis cuadernos escondidos en los
cajones, pero ni siquiera esta habitación ha escapado al TOC de Meredith.
Las superficies de la cómoda y las mesitas de noche están libres de desorden.
Las sábanas de la cama de matrimonio están limpias y sin arrugas. Todo lo
que me pertenece está guardado, escondido, fuera de la vista.
Incluso la pila de impresiones en blanco y negro que revelé la última vez que
estuve aquí (y que ella juró no tocar) se ha deshecho de ellas o las ha
enterrado en algún cajón, fuera de la vista. Me sorprende.
La arena corsa se esparce por la madera pulida cuando me quito los zapatos.
Estoy demasiado cansado para quitarme la ropa, así que me la dejo puesta y
me arrastro por la cama, agradeciendo que las persianas del ático sean
excelentes para bloquear no solo la vertiginosa altura sino también casi toda
la luz del día. Me duermo antes de que mi cabeza toque la almohada.
Mañana debería ir a visitar a Meredith.
Pero a la mierda.
Que se joda su diagnóstico de cáncer y que se joda por no habérmelo contado
ella misma.
Mañana, vuelvo a Wolf Hall.
3

Nada atrae a una multitud como un cadáver.


¿Y un asesinato? Un asesinato puede captar la atención de todo un país,
especialmente si es violento. Mientras recorro la larga y sinuosa carretera que
sube por la montaña hacia Wolf Hall, no una sino dos furgonetas de noticias
pasan junto a mí, girando hacia el lado equivocado de la carretera en su prisa
por rodear mi Charger. La policía debe haber publicado nueva información
sobre mi compañera de clase muerta. Es increíble. Ahora los buitres están
dando vueltas, dispuestos a arriesgar sus vidas para llegar a la zona cero, la
escena del crimen, antes que la competencia. Como aspirante a
fotoperiodista, sé lo importante que son las primeras reacciones del público.
Sin embargo, ¿la amiga de un estudiante de último año de secundaria
muerta? ¿Sus profesores? Capturar su reacción a cualquier dato macabro
que la policía haya dejado escapar es un gran premio si puedes emitirlo antes
que nadie. Puedes apostar tu culo a que cada reportero en un radio de cien
millas está haciendo reservas en Mountain Lakes, New Hampshire ahora
mismo. Debo haber visto otras cinco camionetas de noticias en el pueblo, el
lugar está literalmente lleno de prensa. Son como moscas revoloteando
alrededor de un montón de mierda.
Y ahí estaba yo pensando que iba a evitar todo esto.
Ahora, no solo tengo que encontrar la manera de explicarle a Wren Jacobi
que destruí el elegante barco de su padre, sino que también tengo que tolerar
esta mierda. Urgh.
Mara Bancroft no era mi amiga.
Ni siquiera me gustaba la chica.
Se acostó con el tipo equivocado -el mismo cuyo barco acabo de hundir,
casualmente- y uno de nuestros locos profesores la apuñaló treinta y ocho
veces por ello. Mara pagó el precio más alto por su enamoramiento de Wren
Jacobi. Ahora, casi un año después, su cuerpo ha sido descubierto y ninguno
de nosotros puede tener paz por ello.
Riot House, la hermosa obra maestra arquitectónica de tres pisos en la que
vivimos mis amigos y yo -solo porque asistimos a un internado no significa que
seamos lo suficientemente tontos como para internarnos allí- aparece a la vista,
pero no me detengo. Paso volando por el desvío y sigo subiendo hacia el
colegio. En un segundo, estoy subiendo, pasando a toda velocidad por las
curvas, con árboles de 12 metros que se aglomeran en la carretera a mi
izquierda y a mi derecha, el denso bosque retrocediendo a regañadientes lo
suficiente como para dejar un estrecho trozo de asfalto, y entonces ahí está:
La Academia Wolf Hall.
Soy un hijo de puta terco, arrogante y gruñón, pero incluso yo puedo apreciar
lo extraordinario que es el lugar. Con sus torres góticas, sus pináculos y la
banda de gárgolas que se eleva sobre los capiteles del ala este de la extensa
estructura, hay muchos elementos fascinantes e inusuales en esta exclusiva
escuela. Desde luego, no es el tipo de edificio que uno espera encontrar en la
cima de una montaña en los parajes salvajes de New fucking Hampshire.
La enorme fuente que hay al final del camino de entrada rocía una ligera
niebla de agua sobre el parabrisas del Charger cuando giro a la izquierda y
hago la última subida hasta la entrada... solo para encontrar el círculo de giro
frente al edificio atascado por las furgonetas de los medios de comunicación.
El lugar es un maldito circo.
KTY Smile News.
Brookston Beacon.
The Daily Report.
The Dawn Chronicle.
World Report.
La mitad de los alumnos de último curso se sientan en el escalón de la
entrada, reunidos en pequeños grupos, observando cómo se desarrolla la
locura. Dos furgonetas en particular -una Sprinter con el logotipo de World
Report estampado en el lateral y una Ford Transit destartalada perteneciente
a The Brookston Beacon- compiten por el último tramo abierto de la acera,
justo delante de un arbusto podado. Bueno, que se jodan esos tipos. Mientras
discuten y se insultan desde sus ventanas, jugando a un extraño juego de la
gallina para ver quién cede el sitio primero, yo me salto el bordillo bajo, cruzo
un pequeño trozo de hierba y lo reclamo para mí.
Uno de los conductores se siente valiente. —¡Oye, imbécil! ¡Mueve el puto
auto!
Salgo del auto y me acerco a la parte delantera, dispuesto a arrancarle los
dientes al imbécil -haré que sea el peor día de su puta vida y lo disfrutaré
también-, pero alguien me agarra por el cuello, con fuerza.
—¿No has vuelto ni a los treinta segundos y ya estás dando
guerra? —pregunta una voz con acento inglés burlón.
Dash.
Lord Dashiell Lovett el cuarto, para ser precisos. Uno de mis mejores amigos
y otro residente de Riot House. En lugar de saludarlo, sonrío con maldad al
imbécil que ha gritado por la ventana, imprimiendo a la mirada toda la malicia
físicamente posible. El imbécil de mediana edad con la camiseta blanca raída
palidece un poco cuando pronuncio en silencio la palabra “Muérete”.
Dash me deja ir. —No es que me disguste verte...
—Naturalmente.
—Naturalmente. Pero... ¿por qué mierda has vuelto tan pronto?
Lo miro de reojo. Su cabello se ha vuelto aún más rubio en el poco tiempo
que llevo fuera; su coloración depende mucho del tiempo que pase al sol.
Apostaría por el hecho de que ha estado ampliando sus carreras matinales
en mi ausencia, tratando de subir el nivel de su juego cardiovascular para
poder confirmármelo casualmente cuando llegue a casa. Supongo que ya lo
veremos.
—He hundido el barco —digo.
Dash retrocede. —¿Que hiciste qué?
—Ya me has oído.
El horror en su cara está al borde de lo gracioso. Sería histérico si no estuviera
justificado.
—Lloró Jesús—susurra.
—Lo sé. Me va a matar. Bla, bla, bla —He tenido mucho tiempo para imaginar
la ira de Wren Jacobi, y sí, va a ser impresionante. Sin embargo, cuando subí
al avión para volver a casa desde Córcega decidí que no me iba a preocupar
por ello. Es un puto barco. Corrección: era un puto barco. Le compraré otro.
En los últimos tres veranos, he acumulado suficiente dinero de mis trabajos
como modelo para comprarle ocho super yates, y eso es mucho decir. Esas
cosas son asquerosamente caras.
Sin embargo, dudo que a Wren le importe que sustituya a la Contessa. Solo
le importará que le prometí que no hundiría el barco y que luego lo hundí.
—Al menos no le has prendido fuego —murmura Dash en voz baja.
—Lo hice. Pero el fuego se apagó cuando se hundió. El hundimiento parecía
la información más relevante.
Durante los últimos tres años y medio que he pasado viviendo con Dash, ha
habido innumerables veces que he querido estrangularle, pero ninguna tanto
como ahora, cuando dice: —¿Puedo estar allí cuando se lo digas? Quiero ver
su cara cuando...
—Soy Amanda Jefferson para The Dawn Chronicle, informando en directo
desde la Academia Wolf Hall en Mountain Lakes, New Hampshire…
Dash se da la vuelta. Una morena de piernas largas vestida con una blusa
fluida y una falda increíblemente corta está de pie en el jardín delantero,
mirando fijamente al lente de una cámara. Se aferra a su micrófono como si
le preocupara que alguien pudiera confiscarlo.
—Esto debería ser bueno —gruño.
— …donde recientemente se descubrió el cuerpo de Mara Bancroft en una
cueva. La señorita Bancroft tenía solo dieciséis años cuando desapareció el
año pasado. Sus amigos y los profesores de Wolf Hall pensaron que se había
ido a Los Ángeles a vivir con una amiga, aunque sus padres no creían que
fuera así. James y Pamela Bancroft, los padres de Mara, estaban convencidos
de que a su hija le había tocado un destino terrible. A pesar de haber buscado
en el espeso bosque que rodea la Academia Wolf Hall en ese momento, los
equipos de búsqueda no encontraron ninguna evidencia en el bosque ni en
ningún otro lugar de los terrenos de esta escuela tan exclusiva que sugiriera
un juego sucio.
» Todo eso cambió hace dos semanas. El cuerpo de la dulce Mara fue
encontrado en un azaroso y extraño giro del destino por sus amigos, cuando
el despiadado sociópata responsable del brutal asesinato de Bancroft intentó
asesinarlos a ellos también...
Exhalo una carcajada, cruzando los brazos sobre el pecho. —¿Dulce Mara?
Entonces no han investigado sobre ella.
A mi lado, Dash resopla, lo que le hace ganar una mirada de muerte de
Damiana Lozano.
—No seas imbécil —sisea.
—Oh, por favor —Dash pone los ojos en blanco—. Ni siquiera te agradaba
Mara y ahora estás aquí, vestida de negro como si fueras una viuda victoriana
que va de puto luto. Una maldita hipócrita.
No se puede negar: Damiana es hermosa, rubia y de ojos azules, pero es tan
fea por dentro que a veces es difícil recordar que es bonita. O al menos
recordar que le importa.
—Váyanse a la mierda. Los dos —dice—. Si quieres saberlo, me llevaba muy
bien con Mara —Se hace más fuerte mientras habla, subiendo el volumen.
Su atención se ha desplazado sin esfuerzo de nosotros a los equipos de
noticias—. Yo era una de las mejores amigas de Mara. La quería, y ella me
quería a mí...
¡Ja! Tan jodidamente transparente.
A Dami no le importaba una mierda Mara. La única persona a la que Dami le
ha importado o le importará alguna vez es Dami. ¿Pero eso le impedirá utilizar
a su compañera de clase asesinada para salir en las noticias locales? Diablos
no. Por supuesto que no. Le doy una mirada mordaz, con el labio superior
curvado, y...
—¡ERES UN MALDITO HOMBRE MUERTO, DAVIS!
La presentadora de las noticias, a mitad de su reportaje, deja de hablar. Los
numerosos estudiantes reunidos en la escalinata de la escuela también dejan
de hablar. En cuestión de unos pocos segundos, todos los presentadores de
las noticias y una buena parte de nuestra clase de último año han dejado lo
que están haciendo, se han girado y han localizado el origen de ese grito de
enfado, y, ¡qué casualidad! Salió de la boca de Wren Jacobi.
Mi amigo no se da cuenta del público que ha atraído. Baja los escalones de la
entrada de la escuela a toda velocidad y se dirige directamente hacia mí. Estoy
a punto de preocuparme por su temperamento, cuando ve a una chica
castaña y bajita a la derecha, al final de las escaleras, y su paso se ralentiza.
Todavía parece enfadado. Sigue viniendo directamente hacia mí. Todavía va
a golpearme. Pero ese filo de navaja, ¿el borde furioso en sus ojos, el que dice
que va a arrancarme la cabeza de los hombros y bailar alrededor de mi
cadáver sangrante? Esa mierda ya no existe.
Su novia, Elodie Stillwater, tiene ese efecto en él. Le ha cortado las malditas
bolas, eso es lo que ha hecho. Preferiría que viniera aquí y me dejara sin
palabras antes que hacer esto a medias, pero ahora no lo hará. Se frenará
para no decepcionarla. Una jodida mierda.
—Antes de que digas nada, en realidad no fue culpa mía... —El puño de Wren
conecta con mi mandíbula y el interior de mi cabeza se ilumina como el cuatro
de julio. La parte enferma y rota de mí, el monstruo al que le gusta sufrir,
gruñe ante el estallido de dolor que convierte mi visión en blanco puro. Por
un segundo estoy ciego, y luego todo son estrellas dispersas. Me río, dejando
que mi cabeza se eche hacia atrás, divertido por el sabor resbaladizo y cobrizo
como centavos en mi lengua.
—¿Vas a quedarte ahí y decir que en realidad no fue tu culpa? Dios, eres un
pedazo de mierda —Wren refunfuña—. Fue absolutamente tu culpa. He leído
el informe policial. Puede que no hayas hundido la cosa con tus propias
manos, pero fuiste absolutamente responsable...
—¿Chicos? Amanda Jefferson. Dawn Chronicle. ¿Están peleando por las
noticias?
Oh, por el amor de Dios. Me he olvidado por completo de la presentadora de
las noticias. Sigue blandiendo el micrófono con el logotipo del Dawn
Chronicle, y nos está apuntando ahora, subiendo obstinadamente los
escalones. Un tipo con una cámara le pisa los talones. Me paso la lengua por
los dientes, esperando que estén cubiertos de sangre cuando le sonría.
—¿Qué noticias? —exige Dash.
—¿No te has enterado, entonces? Siento mucho ser quien te lo diga... —Ella
no lo siente. Está delirantemente feliz de ser ella quien nos lo diga—, pero la
autopsia muestra que Mara estaba embarazada cuando fue asesinada. Iba a
tener un bebé.
Una onda de sorpresa recorre a los alumnos de Wolf Hall. Damiana finge un
grito de asombro, lo que me hace querer soltar una jodida carcajada, pero
incluso yo sé que esa no sería una respuesta apropiada en este momento. Me
muerdo la punta de la lengua, viendo cómo se desarrolla la ridícula escena.
Tanta teatralidad. Tanta gente fingiendo que se preocupa por una chica que
la mayoría de ellos odia. Al otro lado de la escalinata de la escuela, una
persona no reacciona en absoluto. Alguien que realmente era amiga de Mara
Bancroft. La luz del sol capta su cabello rojo intenso y brillante, haciendo que
parezca que está en llamas.
Presley Maria Witton Chase mira a la mujer que acaba de decirnos que Mara
estaba embarazada con una expresión plana y vacía en su rostro. Parece que
se aburre con todo este desfile de mierda. Su rostro pálido, lleno de pecas
diminutas, carece de toda emoción mientras se gira lentamente y se apoya en
el muro bajo que tiene a su lado.
A mi lado, Dash se vuelve hacia Wren y sisea en voz baja.
—Dime que no era jodidamente tuyo.
4

Es un truco de salón barato.


No se puede probar.
Mara no estaba embarazada y eso lo sé a ciencia cierta -entró en mi
habitación tres noches antes de que la mataran y tomó prestada una caja
entera de tampones, joder- pero a los medios de comunicación eso no les
importa. Solo les importan sus índices de audiencia. Y una adolescente
embarazada asesinada es mucho más escandaloso que una adolescente
asesinada.
Odio a estos monstruos.
A diez metros de distancia, en los escalones junto a Wren y Dashiell, la boca
de Pax Davis se convierte en una cruel y despectiva aproximación a una
sonrisa y mi estómago se precipita por un precipicio. No debería estar aquí.
Se supone que debería estar al otro lado del mundo, navegando en el
ostentoso yate de los Jacobi. Entonces, ¿por qué está de pie, como una
orgullosa estatua griega, con el sol de la mañana dándole en la cara, justo
aquí, en New Hampshire?
Sus extensos tatuajes ocupan mucho espacio en su piel: dos mangas
completas, el dorso de las manos, el cuello... Le he visto correr sin camiseta,
y las intrincadas obras de arte se extienden por todo el pecho y también por
la espalda. Es magnífico: una obra de arte interconectada y fluida. Él es
magnífico. También es el imbécil más cruel e insoportable que he conocido.
¿Quieres algo? Pax te lo quitará.
¿Te gusta algo? Pax lo destruirá.
¿Lo amas? Entonces que el cielo te ayude. Tendrías que ser la persona más
estúpida que camina sobre la faz de la tierra.
Estoy tan acostumbrada a observarlo que puedo leer su lenguaje corporal
como las líneas de un libro. A veces, es fácil saber lo que va a ocurrir a
continuación. Mueve los hombros, trasladando su peso al pie derecho, y sé
que va a girar. Desvío la mirada y vuelvo a centrarme en los despreciables
buitres que cacarean en los micrófonos de la entrada, conteniendo la
respiración. Tengo práctica en esto: quedarme quieta. Actuar como si no
notara sus fríos ojos grises pálidos recorriendo mi cuerpo. Sin embargo,
siento el peso de su atención como una mano física sobre mi piel. Es algo
vertiginoso y aterrador, el peso de esa mano. Nunca sé si será una breve
caricia o si la presión se intensificará y se convertirá en algo más siniestro.
Con este chico, una simple mirada puede significar un desastre total y
absoluto.
Lo he visto suceder: una chica presta demasiada atención a Pax, y lo siguiente
que sabes es que él está haciendo de su vida un infierno. Su trabajo en línea
desaparece milagrosamente del servidor de la academia. Su portátil
desaparece la noche anterior a la entrega de una tarea crucial. Las fotos
comprometedoras se publican por toda la zona de Mountain Lakes. Sus
amigas descubren, cierto o no, que se ha acostado con el chico con el que
salen. Su habitación es objeto de vandalismo, su auto es rayado, sus
neumáticos son rajados y, finalmente, ella no puede soportar más y se rompe.
El tormento es implacable.
Pax tiene un talento especial para reconocer la debilidad de las cosas. Ve la
línea de falla y sabe exactamente dónde y con qué fuerza golpear para que el
mundo se derrumbe alrededor de los oídos de alguien. Si no aplicara sus
habilidades a fines tan diabólicos, se le perdonaría por llamarlos dones.
Sí, he observado y he sido testigo de todas estas cosas. Y sí, por supuesto que
lo he odiado por la forma en que ha arrasado con la vida de la gente. No hay
ninguna cualidad silenciosa y redentora que salve a Pax de la dura
inevitabilidad de que es simplemente una persona terrible. Entonces, ¿por
qué mi corazón sigue sufriendo por un monstruo así? ¿Por qué sangra por no
tenerlo?
—¿Pres?
Vuelvo a la realidad con una sacudida. A mi lado, una de mis mejores amigas,
Carrie, cruza los brazos con fuerza sobre el pecho. Mira con el ceño fruncido
las furgonetas estacionadas en el césped y su mirada se desplaza
rápidamente de un grupo de periodistas a otro.
—Es una pena que Mara no esté aquí para esto —dice. Su boca tiene un gesto
sombrío—. Habría disfrutado de toda la atención.
—No estaba embarazada —digo.
—Por supuesto que no.
—Odio que la conviertan en un espectáculo.
Carrie suspira con fuerza. —¿Por qué no? Deja que lo hagan. Que la
conviertan en la chica dulce y cariñosa de la academia. Que le digan a todo
el mundo que estaba embarazada. Si convierten a Mara en un encanto
mediático embarazado, la sentencia será mucho peor para ese bastardo
enfermo cuando todo esto vaya a juicio.
El bastardo enfermo en cuestión, el Dr. Wesley Fitzpatrick, se encuentra
actualmente encerrado en una prisión de máxima seguridad, donde se está
deshaciendo poco a poco, demostrando al mundo entero lo loco que está. No
necesita ninguna ayuda de los medios de comunicación; Wesley Fitzpatrick
se está convirtiendo rápidamente en un nombre familiar; el pueblo de América
lo odia.
—Pax hundió el barco —ofrece Carrie con rotundidad. Lo dice directamente
de la nada.
Me sobresalto, sin poder ocultar mi sorpresa. —¿Qué?
—Lo sé. Dash acaba de enviarme un mensaje. Wren está decidido a matarlo
por lo que parece.
Así que por eso ha vuelto al país.
—Es un desastre —murmura Carrie. Me da un empujón con el codo y me
dedica una media sonrisa de complicidad—. Mira. Sé que, con todo lo que ha
pasado, no hemos llegado a hablar de lo que ocurrió aquella noche. Ya sabes.
La noche de la fiesta. Entre tú y él...
Me retiro, retrocediendo un paso, respirando con fuerza. No ha mencionado
nada sobre mí y Pax en absoluto. ¿Cómo puede saber que ha pasado algo? Se
me escapa la sangre del rostro. —No... no puedo...
Nunca he podido hablar de Pax. No con mis amigas. Con nadie. Cada vez que
sale su nombre en una conversación, me invade un pánico tan poderoso y
aterrador que apenas puedo respirar y, mucho menos, sacar palabras.
Carina ve ese pánico ahora, cuando tropiezo con otro escalón, limpiando las
palmas de las manos contra los muslos de mis jeans; me agarra de la muñeca
antes de que pueda irme del todo.
—No estoy diciendo que tengas que hablar de ello. Solo te digo que puedes
hacerlo —explica—. Y, supongo que solo quiero asegurarme de que estás bien.
Quiero decir, no puedo imaginar que esa situación haya terminado bien.
¿Sabe que casi nos follamos? ¿Nos vio? ¿Cómo puede saberlo? Estábamos en
medio del bosque, lejos de la casa. También estaba muy oscuro esa noche.
¿Significa eso... joder, significa eso que se lo dijo a Wren y a Dash?
—No pasa nada. Estoy bien. Él...
Respira, Presley. Por el amor de Dios, solo respira.
—No hizo nada. Quiero decir, casi lo hicimos. Pero me asusté y me largué. No
se enfadó... y no ha dicho nada al respecto desde entonces.
Ciertamente, esperaba que lo hiciera. Esperaba que al día siguiente se lanzara
una campaña de terror contra mí, pero con todo lo que ha pasado -el
descubrimiento del cuerpo de Mara, y las vacaciones de mitad de semestre, y
la vida puesta patas arriba en la academia- he tenido suerte. Pax ha estado
distraído. Parece que se ha olvidado de mí y de lo que estuvo a punto de
ocurrir entre nosotros la noche de la infame fiesta de Riot House, lo cual solo
puede ser para bien. Ahora, todo lo que tengo que hacer es llegar a la
graduación antes de que pueda llamar su atención de nuevo, y estaré a salvo.
Carrie estudia mi rostro con atención; su preocupación irradia como el calor
de un fuego.
—Puedes decírmelo, ya sabes. Si ha dicho algo. O ha hecho algo. No deberías
dejar que se salga con la suya si...
—No lo ha hecho. No lo hará. Él... —Cierro los ojos, negando con la
cabeza—. No ha hecho nada. No hay nada que hablar. —Una respiración
aguda y profunda reduce un poco el pánico—. Mira. Tengo que irme. Mi padre
va a llegar pronto y ni siquiera he hecho la maleta.
Carina parece preocupada de nuevo, pero esta vez por una razón totalmente
nueva.
—No dejes que te convenza de nada, Pres. No tiene sentido que vayas y te
quedes en la casa cuando todas tus cosas están aquí.
Me encojo de hombros mientras retrocedo, pasando la mano por la áspera
barandilla de piedra por si acaso tropiezo con mis pies.
—Lo sé, no lo haré. No te preocupes. Creo que solo está triste. Solo será por
un par de días.
Carina asiente, como si lo entendiera. Sin embargo, no sabe nada de los
problemas que ha tenido mi familia en los últimos meses. Mi padre está
sufriendo ahora mismo, y no puedo dejarle tirado cuando más me necesita.
La mayoría de los alumnos matriculados en la Academia Wolf Hall son hijos
de políticos y militares. Los envían aquí porque sus padres se desplazan tanto
o están tan centrados en sus carreras que mantener a sus hijos en casa con
ellos es poco práctico o imposible. A mí me enviaron a la academia por razones
totalmente distintas. Tanto mi madre como mi padre nacieron en Mountain
Lakes, New Hampshire. Ambos asistieron a la academia. Y aunque, sí, ambos
se alistaron en el ejército, podrían haberme mantenido con ellos donde
estaban destinados en California. Decidieron enviarme aquí por sus propias
experiencias, caminando por los pasillos de esta institución gótica. Pensaron
que sería bueno para mí. Un rito de paso.
Ahora que todo se ha desmoronado entre ellos, mi padre ha decidido volver a
casa. Está abriendo la vieja mansión colonial abandonada de mis abuelos y
fingiendo que la mudanza es algo bueno.
No veo cómo puede serlo.
A mí no me gusta Mountain Lakes como a él. Para mí, los espesos y margosos
bosques que cubren las laderas de la montaña están embrujados. Criaturas
siniestras acechan los pasillos de esta escuela. Y es solo cuestión de tiempo
que la más oscura y corrupta de todas esas criaturas venga a reclamar mi
alma.
5

—No pondrás esa cara cuando veas la cocina. Ha sido totalmente remodelada.
A mi padre se le cae la caja de cartón que lleva en los brazos en el suelo de
baldosas de la entrada, etiquetada como “Ornitología/parafonía” en garabatos
con Sharpie, y un fuerte estruendo resuena en el hueco de la escalera, en los
tres pisos de la casa. Me estremezco ante la explosión de sonido, intentando
no estremecerme exteriormente.
—No puedes decir que no te gusta el lugar —declara papá—. Es antiguo.
Rezuma carácter. Basta con mirar la arquitectura. Las molduras de corona.
Todo es original. Este lugar es el maldito sueño húmedo de un agente
inmobiliario.
Se olvida de que cuando era más joven pasaba aquí la mayor parte de los
veranos. Si mis padres estaban en el extranjero (y normalmente lo estaban),
me llevaban a pasar las vacaciones con el abuelo. He pasado tanto tiempo en
esta casa que me la conozco a la perfección. Tengo más recuerdos aquí que
papá. Después de todo, él no creció aquí. El abuelo compró esta casa después
de que papá se alistara, así que apenas ha visitado este lugar. No sabe cómo
tiemblan y traquetean las tuberías en mitad de la noche, ni cómo se atasca
la puerta trasera en pleno verano, cuando el calor hace que la madera se
expanda. No sabe que el sol hace que el salón delantero sea insoportable
después del mediodía, o que el viejo aparato de aire acondicionado tiene fugas
y huele muy raro cuando lo enciendes por primera vez. Pero yo sí.
—Papá.
Mi padre pone los ojos en blanco y se sube las mangas por los brazos.
—Si me dices que no maldiga, solo lo haré más.
—A mamá no le gusta.
Cruza la entrada y coloca sus manos sobre mis hombros. —Tu madre no está
aquí. Se divorció de mí y se mudó a Alemania. Con una mujer. Ya no voy a
vivir mi vida según sus exigencias.
Pobre papá. En algún momento conocerá a alguien que lo haga feliz; no se
sentirá así siempre. Sin embargo, es evidente que le cuesta recordarlo. Las
cosas han sido difíciles para él desde el divorcio.
—Ella no se mudó a Alemania. La destinaron allí —le recuerdo.
Mamá y papá se conocieron aquí, en Mountain Lakes, cuando eran
adolescentes. Sin embargo, papá se casó con otra persona en la universidad.
El destino los volvió a unir cuando ambos se alistaron al mismo tiempo.
Sirvieron juntos como marines en el 1er Batallón de Ingenieros de Combate
en California. Fueron separados en diferentes unidades cuando declararon
su relación, pero siempre se las arreglaron para conseguir dos destinos, así
que por suerte nunca se separaron por sus carreras. Las grietas en su
matrimonio empezaron a aparecer hace un par de años. Las cosas empezaron
a cambiar. Papá no quiso volver a alistarse cuando terminó su contrato.
Mamá sí. Papá quería volver a New Hampshire para abrir un restaurante.
Mamá no quería en absoluto. Papá seguía sintiéndose atraído por mamá y
quería seguir casado. Mamá se dio cuenta de que se sentía atraída por las
mujeres, y la polla de papá empezaba a ser un obstáculo para su estilo.
Así que.
El Gran Desenredo.
El tejido mismo de la vida, tal como lo conocía, se deshizo en las costuras; me
enteré de la amarga guerra que libraron entre sí por correo electrónico, desde
mi habitación en la academia.
Mamá parece muy feliz en Alemania ahora. Ella y su novia Claire se han
instalado muy bien, por lo que ha mencionado en sus correos electrónicos
más recientes. Papá fue un completo desastre al principio. Sin embargo,
desde que decidió tirar del gatillo en su idea del restaurante y volver a casa,
parece más ligero. Como si realmente hubiera esperanza para el futuro. Sin
embargo, de vez en cuando vuelve a caer en el reino de la autocompasión. Si
desobedecer la regla de mamá de no decir palabrotas lo hace sentirse mejor,
¿quién soy yo para impedírselo?
—Relájate, niña —Me aprieta los hombros—. No hay necesidad de parecer tan
conflictivo. Tenemos un montón de cajas que desempacar, y probablemente
voy a maldecir cada segundo, así que...
—Sigo sin ver por qué no podrías quedarte en San Diego y abrir un
restaurante allí —refunfuño.
Es agradable ver que papá adopta un enfoque más positivo de su recién
encontrada soltería, pero sus decisiones no solo le afectan a él. También
tienen ramificaciones en el mundo real para mí. No tiene sentido que viaje al
extranjero, a una base militar nada menos, para las vacaciones. Tiene sentido
que me quede con papá. Quedarme con él en California habría significado
escapar. Familiaridad. Seguridad. Viejos amigos de la escuela secundaria.
Escalar rocas, y, saltar en acantilados, y nadar en el cálido Pacífico. Ahora, ir
a pasar un tiempo fuera de la academia con papá significa un viaje de diez
minutos a través de Mountain Lakes. Estaré atrapada aquí para siempre,
mientras todos los demás se van.
Mis amigas de la academia se mantienen ocupadas, tratando de olvidar la
locura que acaba de estallar en nuestra puerta, tratando de seguir adelante
y sanar de la pérdida de nuestra amiga. Mientras tanto, papá me arrastró
hasta aquí, a la casa del abuelo, y me ha estado vigilando como un halcón
desde que me recogió a primera hora de la mañana. Incluso ha hecho alguna
sugerencia velada de que podría beneficiarme de sesiones de terapia
intensivas y diarias. No me ha dejado sola ni un segundo. Mara Bancroft era
una de mis mejores amigas. Era una imbécil egoísta a veces. Más preocupada
por ella misma que por cualquier otra cosa o persona. Pero la conocía desde
que me matriculé en Wolf Hall. Era dulce y amable cuando quería serlo.
Después de que desapareció, tanto Carrie como yo nos enfadamos con ella.
Creíamos que se había alejado de la academia y de nosotras sin siquiera
despedirse, y eso nos había dolido mucho. Ahora resulta que nunca se fue, y
toda la rabia y el dolor que sentíamos estaban fuera de lugar.
—¿Estás bien, cariño? —Papá frunce el ceño con simpatía. No necesito su
compasión. Quiero sacar estas cajas de la parte trasera de su flamante
furgoneta de catering y seguir adelante con esto. Quiero tener todo mi equipo
de yoga instalado en mi habitación. Quiero asomarme a la ventana de mi
habitación y fumarme un porro para estar relajada durante la cena.
—Te va a dar un tirón, cargando con toda esa culpa —le digo—. Todo está
bien.
Siempre preocupado, papá procede a preocuparse aún más. —¿Cómo puedes
estar bien, cariño? Acabas de perder a una amiga. Y tu madre se ha mudado
al otro lado del mundo...
—No acabo de perder a Mara, papá. Ella murió hace meses. Fue cuando
desapareció. Fue entonces cuando la perdí. Siempre tuve la sensación de que
ella no solo... —levanto las manos— se había ido. Había algo que no encajaba
en toda la situación. Creo que... en mi corazón, sabía que se había ido. Que
se había ido de verdad. No podía decírselo a Carrie. Pero he... he tenido
tiempo. Y por favor, no te ofendas, pero tanto tú como mamá han estado en
la base, al otro lado del país, durante los últimos tres años y medio. De todos
modos, apenas los he visto. Que mamá sea desplazada a Alemania no va a
suponer una gran diferencia. Sinceramente. Y probablemente voy a verte
mucho más ahora, así que...
Dios mío. Realmente quiero ese porro ahora.
Papá se mira las manos y se rasca una mancha de pintura blanca en el
pulgar. Otra vez la culpa. Odio hacerlo sentir mal; sé que siempre sufría con
su conciencia por haberme enviado a un internado privado en otro estado.
Puedo asegurarle que estoy bien y que disfruto de la vida en Wolf Hall un
millón de veces al día, pero eso nunca cambia mucho las cosas. Cada vez que
menciono la academia, parece que va a vomitar.
—Ya sabes. Ahora que estoy tan cerca, no tiene sentido que te quedes a
dormir en…
—Ni siquiera lo pienses —digo—. Estoy muy cerca de la graduación. Tengo
amigos en la academia. Me gusta vivir allí. Y... y puedo bajar a la montaña y
cenar contigo en cualquier momento. Ya lo sabes. No necesito vivir aquí.
—No tendrías toque de queda —ofrece, como si el toque de queda que impone
el director Harcourt fuera realmente vigilado.
—Papá.
Frunce los labios. —Muy bien, entonces. Bien. Pero la oferta sigue en pie.
Puedes aceptarla cuando quieras. Diablos, incluso puedes inscribirte en la
escuela pública si quieres.
Esto fue un argumento en su día. Yo quería desesperadamente quedarme en
San Diego con mis viejos amigos e ir a una escuela pública normal. Papá lo
había considerado por un segundo, pero mamá no. No, ella rechazó esa idea
en un abrir y cerrar de ojos, y cuando tomaba ese tipo de decisión, no había
forma de cambiarla. Pero eso fue hace mucho tiempo.
—Estoy cómoda donde estoy, papá. Quiero quedarme en la
academia —¿Estoy siendo estúpida, luchando contra él en esto? Si dejara
Wolf Hall y me inscribiera en Edmondson, la escuela pública local, no tendría
que preocuparme por que Pax me hiciera la vida imposible. Pero tampoco lo
vería. Nunca...
Las cejas de papá se juntan en un nudo apretado. —Pero si cambias de
opinión...
—Lo digo en serio, papá.
—Está bien, está bien. Bien. Me callaré al respecto.
—Gracias. Ahora, ¿qué tal si me enseñas esta increíble cocina nueva, eh?
Su expresión cambia. En un segundo, está estresado y pálido, y al siguiente
está radiante como un niño en la mañana de Navidad, con las mejillas
coloridas.
—No vas a creer la cantidad de espacio en la encimera que tenemos ahora.
Hay un brazo de pasta sobre la encimera. Una nevera para vinos —Se
precipita por el pasillo, abandonando sus cajas, hablando por encima del
hombro—. Cuando llegue Jonah, les voy a cocinar la mejor carbonara que
jamás han probado.
Estaba caminando detrás de él.
Estaba.
En cuanto oigo ese nombre, me detengo a trompicones. Papá ha desaparecido
en la luminosa y soleada cocina al final del pasillo, así que no ve mi expresión
de asombro.
—¿Jonah? ¿Va a venir aquí?
Un fuerte estruendo viene de la cocina. El sonido del agua corriente.
—Por supuesto. No tardará mucho. Me mandó un mensaje hace una hora. Le
dije que podía recogerlo, pero insistió en tomar un Uber.
Jonah, mi medio hermano. Viene hacia aquí. Ni siquiera consideré que podría
verlo mientras estaba de vacaciones en la academia. Ha estado viviendo en
San Diego los últimos tres años, trabajando como camarero mientras termina
su carrera de ingeniería mecánica. Dios mío. No lo...
—¿Puedes tomar esa caja del pasillo, por favor, cariño? Creo que mi olla de
pasta buena está ahí.
...he visto en tres años.
—¿Presley?
Me agacho para levantar la caja y me trago el pánico que me entra en la
garganta. —Claro que sí, papá. Ahora mismo voy.
Si hubiera sabido que Jonah iba a venir aquí, no habría dejado Mountain
Lakes.
Habría huido de todo el estado de New Hampshire.
6

—No me mates, pero ¿dónde está la Sriracha?


Papá se ahoga con su bocado de pasta. Sus mejillas se ponen moradas y los
ojos se le salen de las órbitas. Cuando consigue tragar, mira a Jonah con el
ceño fruncido.
—¿Qué demonios te pasa? Es un pecado ahogar todo en salsa picante.
Mi hermanastro sonríe. —Sriracha no es salsa picante. Es...
—¡Sé lo que es la maldita Sriracha! Es una blasfemia. No puedes poner
sriracha en los espaguetis a la carbonara, ¿vale? Eso es... nunca he oído nada
tan... es criminal —espetó—. Criminal.
El cabello de Jonah solía ser de un cálido color marrón oscuro, pero se ha
aclarado durante su estancia en el sur de California. Está bronceado y sus
ojos bailan como si se hubieran tragado el océano Pacífico. Sus dientes son
de un blanco perfecto y brillante. Papá no aprueba los tatuajes multicolores
que recorren sus brazos. Sí aprueba el hecho de que el hijo que tuvo con su
primera esposa, un matrimonio que duró seis meses -no lo suficiente para
ver nacer a Jonah-, se haya aficionado al surf y se haya convertido en un
experto, al parecer.
Mi hermanastro me da un empujón con el pie por debajo de la mesa.
—Vamos, Pres. Díselo —Arranca un trozo de pan de ajo y se lo mete en la
boca, hablando a su alrededor mientras mastica—. La Sriracha lo hace todo
mejor.
Llevo diez minutos enrollando los mismos trozos de pasta alrededor de mi
tenedor.
—No me gusta la sriracha —murmuro.
—Mentira. Te encanta la salsa picante. ¿Recuerdas aquel verano que fuimos
todos a la isla de Vancouver y te convencí para que echaras un montón en tu
cono de helado? Te convencí de que era salsa de frambuesa o algo así. —Se
ríe fuerte y largamente, carcajeándose de su broma de nueve años. No me río.
Papá también se queda callado. Ninguno de nosotros le recuerda que vomité
en un cubo de basura a la salida de la heladería de toda la vida porque la
enorme cantidad de salsa picante me hizo atragantarme.
En otro mundo, en otro plano de la realidad, papá se dirige a Jonah ahora
mismo y le da un golpe en la cabeza. Le dice que fue un pedazo de mierda por
hacerme eso cuando solo tenía seis años, y que ha sido un pedazo de mierda
mil veces desde entonces por todas las otras cosas terribles que me ha hecho.
En otro universo paralelo, mi padre castigó a Jonah en el paseo marítimo de
la isla de Vancouver, y el chico aprendió la maldita lección y no volvió a
molestarme.
El problema es que yo vivo en esta realidad, y aquí Robert Witton siempre se
ha sentido demasiado culpable de haber sido solo un padre a tiempo parcial
para Jonah como para reprenderlo alguna vez por su atroz comportamiento.
Y Jonah ha estado celoso de que papá siempre haya estado cerca de mí y se
ha desquitado conmigo en consecuencia.
—Ahh vamos, Red. Con el cabello de ese color, te tienen que gustar las cosas
calientes —Jonah resopla—. Deberías venir a visitarme después de la
graduación. Te llevaré a los mejores restaurantes mexicanos. Podemos
conducir hasta México y tomar algo allí si tienes ganas de autenticidad. Pero
no en Tijuana. TJ es una mierda. No, te llevaré a Rosarito. Comida increíble.
Grandes bares. Y aún mejor el surf —Hace un gesto con las cejas, metiéndose
un bocado de espaguetis en la boca. La ridícula cantidad de comida le impide
hablar durante un bendito momento. Pero luego traga y vuelve
a la carga—. Tienen retiros de yoga. Y también puedes ir a desenterrar rocas
ahí abajo. Te dejan quedarte con lo que encuentres. Cuarzo
rosa, y... y... —Habiendo agotado ya sus amplios conocimientos sobre
cristales y piedras preciosas, agita una mano despectiva en el aire—. Sin
embargo, probablemente ya no estés interesada en esas cosas, ¿verdad? Ya
eres casi una adulta.
—Oh, definitivamente sigue estando interesada en las rocas, ¿no es así,
cariño? Y la lectura del tarot. Tiene todo tipo de cosas de bruja en su
habitación de la academia.
A Jonah le hace mucha gracia. Papá sonríe, feliz de haber divertido a su hijo;
en realidad no parece darse cuenta de que lo ha hecho a costa de su hija.
—Ofrecerte a llevar a Pres de viaje por carretera es muy amable, sin embargo,
Jonah —dice papá, sonriéndole. Siempre ha estado desesperado por incluir a
Jonah en todo lo que puede. Siempre ha querido hacerlo sentir que es parte
de nuestra familia. Le debe de hacer sentir muy bien por dentro que Jonah se
ofrezca a llevarme a un viaje por carretera tan genial como ese, como si
realmente me considerara su hermana. Sin embargo, mi padre no oyó el
extraño giro en el tono de Jonah cuando me llamó Red. O lo hizo y decidió
pasarlo por alto, como ha decidido pasar por alto tantos otros comentarios
sarcásticos en el pasado. Mamá solía darse cuenta. Me defendía cuando
Jonah estaba siendo realmente desagradable, pero la mayoría de las veces se
limitaba a lanzarle una mirada de advertencia y a mantener la boca cerrada,
temiendo ser esa mujer -la segunda esposa- que regaña a los otros hijos de
su marido cuando no tiene derecho.
—Gracias, pero no puedo —digo en voz baja.
Jonah se inclina sobre la mesa y me señala con su tenedor. —¿Por qué? ¿No
me digas que tienes algún sitio más importante en el que estar? ¿Ahora eres
una de las chicas populares?
—¡Ja, ja! Vamos. Presley es demasiado discreta para eso —dice papá. La
traición es aún más profunda esta vez. ¿Desde cuándo se ha unido a la
intimidación tóxica y de bajo nivel de Jonah? Con cuidado, dejo los cubiertos
y me llevo la servilleta a la boca; el gesto es innecesario, pero me da un
segundo para respirar.
—En realidad, voy a viajar por Europa con mis amigas.
Papá se echa hacia atrás en su silla. —¿Qué?
—Sí. Me iré el día después de la graduación, así que...
—¿Por qué no me has mencionado esto? ¿Cómo es que es la primera vez que
me entero de todo esto?
Jonah, el jodido sociópata total, refleja la expresión horrorizada de papá.
—No, claro que no. Es demasiado peligroso que andes por Europa
tú sola. —Lo dice con naturalidad, como si tuviera autoridad sobre mí.
—Como he dicho. Voy a ir con mis amigas. No estaré sola. Seremos tres.
—¿Quién? —Papá exige.
—Carina y Elodie.
—¿Elodie? ¿No conozco a ninguna Elodie?
—Acaba de empezar en la academia en enero. Es muy buena. Ella...
—¿Tres chicas despistadas, de mochilero por Europa? Parece el comienzo de
una película de terror —dice Jonah—. Una de ellas acabará en una bañera
llena de hielo, sin un riñón. O directamente asesinada. Eres demasiado joven.
—¡Literalmente acabas de decir que soy una adulta hace tres segundos!
Sin embargo, papá se estremece ante la imagen mental que acaba de pintar
Jonah.
—Tu hermano tiene razón, cariño. Me temo que voy a tener que pensar
seriamente en esto antes de aceptar nada.
—No sabía que tenía que pedirte permiso.
Me mira por encima de su copa de vino, congelado en su sitio. —¿Perdón?
—Para entonces tendré dieciocho años. Un adulto legal. Seré libre de tomar
mis propias decisiones —lo digo con cuidado, en un tono ligero y desenfadado.
Lo último que quiero hacer es pelearme con papá delante de Jonah, y tampoco
quiero ofenderlo. Quiero al idiota despistado más que a nada, pero no debería
tener que decirle esto. Jonah se fue y viajó por Tailandia y Australia él solo
después de graduarse en el instituto. ¿Por qué no debería tener yo la misma
oportunidad?
Papá deja lentamente la copa de vino sin siquiera dar un sorbo.
—Uhh. Presley, cariño. Entiendo lo que se siente a tu edad. Sentir que eres
completamente mayor. Y sé que la perspectiva de tomar decisiones así por ti
misma debe ser realmente emocionante. Pero es... odio
decirlo... —Se encoge—. Pero es diferente para los chicos. Y Jonah plantea un
buen punto. Solo tendrás dieciocho años. Y aunque eso te da algunos
derechos legales, no significa que puedas ir a galopar y hacer lo que quieras,
cuando quieras.
—Pensé que eso era exactamente lo que significaba.
—Chica. Papá solo está cuidando de ti. No eres nada inteligente en la calle. Y
no puede subirse a un avión para ir a buscarte cuando te metas en
problemas, ¿verdad? El restaurante estará abierto para entonces.
—Ese es otro buen punto. Voy a necesitarte aquí. Contaba con tu ayuda para
hacer despegar el negocio. Así no tendré que contratar a una anfitriona a
tiempo completo hasta que te vayas a la universidad...
Una sensación de frío y hundimiento se instala en mi estómago, tirando de
mis entrañas como un peso de plomo.
—Espera. Hace un minuto, te parecía bien que desapareciera en México con
él. ¿Ahora voy a estar encadenada al escritorio de una anfitriona durante
meses?
—No es lo mismo, Pres —argumenta papá—. Diez días en San Diego es muy
diferente a semanas y semanas rebotando por Europa. No sabré dónde estás.
No sabré si estás a salvo...
—¡Como si supieras dónde estoy o si estoy a salvo si estoy con Jonah!
—¡Claro que sí! —La cara de papá es casi del mismo color que su
Malbec—. Es tu hermano. Cuidará de ti. ¡Por supuesto que estarías a salvo
con Jonah!
Al otro lado de la mesa, mi hermanastro sonríe, sabiendo de sobra que
nuestro padre no puede ver el desagradable giro de su boca. Le encanta esto.
Casi me arruina la vida hace tres años. Ahora, se está acercando
peligrosamente a arruinar mi viaje de graduación y no dejaré que suceda.
Las patas de mi silla rozan la madera cuando me alejo de la mesa.
—Lo siento. He perdido el apetito. ¿Me disculpan?
Papá estira la mano y la coloca sobre la mía. —Quédate, cariño. Creo que es
mejor que hablemos y dejemos esta idea de Europa ahora, antes de que te
hagas ilusiones con algo.
—Podemos hablar de ello mañana. Y... no. No vamos a dejarlo para después.
Voy a ir a este viaje. Mis amigas se van a diferentes universidades. Incluso a
diferentes países. No las volveré a ver en Dios sabe cuánto tiempo. No voy a
perder la oportunidad de pasar un tiempo real con los... —Vaya, apenas
puedo respirar. Hago una pausa y me tomo un segundo para calmarme. Pero
no funciona; el pulso se me acelera. Me siento extrañamente mareada—. Lo
siento. Realmente... no me siento bien. Discúlpame.
—Salir furiosa solo demuestra lo inmadura que eres —me dice Jonah.
Pero he salido corriendo de la cocina. Estoy a mitad de camino hacia el
segundo piso. Mientras subo las escaleras de dos en dos, las palabras de mi
padre resuenan en mis oídos.
Por supuesto que estarías a salvo con Jonah.
Pero papá no tiene ni puta idea de lo que está hablando.
Nunca he estado segura con mi hermano mayor.
Si solo supiera la verdad.
Horas después, Jonah demuestra lo poco que ha cambiado. Me despierto en
la flamante cama que me compró papá, sudando.
No ha hecho ningún ruido, pero sé que está ahí.
En la sombra.
Esperando.
7

Está oscuro.
El pulso se me acelera tanto que creo que me va a dar un jodido infarto. Me
levanto de golpe y me agarro a la camisa, que está empapada y pegada a la
piel. Necesito diez respiraciones profundas antes de que mi pulso se ralentice
y alcance un ritmo uniforme. Me quito la camisa mojada del cuerpo y la arrojo
a la oscuridad, luego subo las rodillas para poder apoyar los codos en los
muslos y sujetar la cabeza con las manos.
¿Qué demonios fue eso?
En la mesita de noche, mi teléfono móvil está encendido, proyectando una luz
blanca y brillante sobre la pared detrás de mí. Normalmente lo apago cuando
me voy a dormir, pero debo de haberlo olvidado antes de quedarme dormido;
una serie de notificaciones de mensajes de texto acaparan la pantalla, y todos
y cada uno de ellos son de M.
M de Meredith.
M de mamá.
Gruño, arrebatando el aparato con rabia de la mesilla de noche,
desbloqueándolo.

Mensaje recibido 02.23


M: Estabas en el ático. No viniste a verme.

M: No sé por qué tienes que ser tan difícil, Pax. Sabes que estoy enferma.
Deberías haberme visitado al menos antes de pasar por la ciudad.

M: Así que, una vez más, me estás forzando. Me he trasladado a las


instalaciones de mala muerte de ML. Ahora no tienes elección.

¿Qué? ¿De qué mierda está hablando? ¿Transferido a ML? ¿Mountain Lakes?
¿Ella está jodidamente aquí?
Le respondo con un golpecito.

Yo: Quédate en Nueva York.

M: Encantador. Mi único hijo se entera de que me estoy muriendo. No


quiere venir a verme. Y luego me dice que me quede en Nueva York.

Yo: Esta ciudad no es lo suficientemente grande para dos miembros de


la familia Davis. Quédate donde estás. Iré a verte el próximo fin de
semana.

M: ¿Y si para entonces estoy muerta?

Yo: ¡NO ESTARÁS MUERTA EL PRÓXIMO FIN DE SEMANA!

M: ¿Cómo puedes saber eso? Ni siquiera has ido a verme.


Gimoteo, frotándome los ojos con demasiada fuerza.

Yo: La enfermera dijo que tienes algo de tiempo. Solo dame un segundo
para resolver mis mierdas y voy.

M: Demasiado tarde. Ya estoy aquí.

Ella está mintiendo. Tiene que. Es imposible que se haya enterado de que he
vuelto al país y que ya se haya trasladado a otro hospital. Solo... pasa un
segundo y entonces aparece una foto en la pantalla: la vista desde una
ventana, con vistas a un estacionamiento medio vacío. A lo lejos, veo el cartel
luminoso de un bar. Un bar que reconozco muy bien. Es el enorme cartel
atornillado sobre la puerta del Cosgroves, el bar del que es propietario Wren.
Lo que significa que... hago una triangulación, llegando a una conclusión muy
inquietante.
Está en el hospital de Mountain Lakes.
¿Qué demonios está pasando ahora?
No quiero hacerlo, pero mandarle un mensaje no me lleva a ninguna parte.
Me preparo, cada músculo de mi cuerpo se bloquea mientras sostengo el
teléfono en mi oído. Contesta al quinto timbre.
—Sabes, debería haberte dado una dosis de tu propia medicina y no haberte
contestado. A ver si te gusta por una vez —ronronea.
—Hablando de medicina, ¿cómo carajo vas a hacer tu tratamiento aquí,
Meredith?
—Oh, por favor, cariño. Tengo todo lo que necesito en este lindo hospital.
—Mentira. Incluso su máquina de rayos X tiene nueve millones de años. No
te van a tratar allí. Te conozco.
—Muy bien. Bien. He traído mi propio equipo médico. Demándame. Nos dejan
usar el espacio de esta instalación. ¿Es suficiente para ti?
Urgh. La mujer tiene una respuesta para todo. Siempre.
—Solo. Por favor. Querido Dios del cielo. Solo vuelve a Nueva York, madre...
—Sabes cuánto odio que me llames así, cariño. Por favor, sigamos con
Meredith. Y no hay ninguna necesidad de meter a Dios en esto. Lo veré un poco
antes de lo que había planeado originalmente, y me gustaría saber que mi hijo
no ha estado usando Su nombre en vano apenas unos meses antes de que
tenga mi sesión final con Él.
—No hay absolutamente ninguna razón para que estés aquí ahora mismo...
—Hice que Freddy dejara un paquete en tu casa antes. Lo dejó en la puerta. Te
agradecería que lo llevaras dentro. Pero no lo abras hasta que esté muerta,
¿bien?
Una enorme oleada de presión se acumula en mi pecho; siento que voy a
estallar en cualquier momento. —Meredith...
—Ahora voy a dormir un poco, cariño. El viaje ha sido horrible, y estoy muy
cansada estos días. Es muy desconsiderado de tu parte llamarme a esta hora
de la mañana.
—¡Me has mandado un mensaje!
—Buenas noches. Estoy segura de que te veré pronto. Si no lo hago, supongo
que tendré que ir a esa escuela tuya y rastrearte en su lugar. Estoy segura de
que ninguno de nosotros quiere eso.
Discutiría con ella, pero la línea está muerta.
Todo está tan dolorosamente silencioso de repente que me siento como en
una estación espacial. La casa está prácticamente sellada e insonorizada. El
zumbido bajo y atmosférico de la unidad de filtración de aire es lo único que
perturba el silencio. Quiero gritar y chillar, partir en dos el espeso silencio,
pero las paredes de Riot House están perfectamente diseñadas para tragar y
amortiguar el ruido, así que mi rabia no se transmitiría. Créanme. Lo he
intentado.
Meredith está en la ciudad.
Aquí, en Mountain Lakes.
No voy a poder volver a dormir con ese conocimiento dando vueltas en mi
cabeza. Me levanto, muy aturdido e inestable, y me dirijo al cuarto de baño.
Abro el grifo y me echo el agua en las manos. Está helada cuando me llega a
la cara. El golpe me hace arder los pulmones. Jadeando, echo la cabeza hacia
atrás, infeliz de encontrarme cara a cara con el demonio demasiado familiar
en el espejo sobre el lavabo. Me mira con el ceño fruncido, con el labio
superior curvado en señal de disgusto, enseñando los dientes y enfadado.
Este demonio y yo hemos tenido algunas conversaciones muy amargas entre
los cristales de este espejo. Me restriego las manos por la cabeza, mojando los
cortos mechones de cabello que me he olvidado de arrancar del cuero
cabelludo, y el demonio hace lo mismo, como si fuera su idea en primer lugar.
—Vete a la mierda —le digo. Me sentiría mucho más satisfecho si el imbécil
no me devolviera las palabras.
Bajo las escaleras y avanzo silenciosamente por la casa dormida. Cuando
abro la puerta principal, se balancea hacia dentro y allí, esperándome en el
umbral, está el paquete que Meredith mencionó: Una caja. Negra. Del tamaño
de una caja de zapatos, pero más elegante. En la parte delantera, con un
prolijo trabajo de pergamino plateado, está mi nombre: Pax.
Me quedo muy quieto con los brazos cruzados sobre el pecho, mirándolo
fijamente.
El amanecer se acerca rápidamente. El cielo ha pasado del negro
aterciopelado al azul intenso y los pájaros ya han comenzado su caótico coro
matutino. Miro la caja con la mandíbula entrecerrada y trato de decidir si
debo dejarla allí, en el escalón, como si nada. Con rabia, la levanto y vuelvo a
entrar, maldiciendo entre dientes. En cuanto la puerta se cierra, el canto de
los pájaros se interrumpe.
Ya estaba enfadado por la llamada telefónica, pero ahora soy la rabia
personificada. En lugar de abrir la caja, abro de un tirón una serie de cajones
de mi habitación, rebuscando en su interior hasta que encuentro lo que
busco: una camisa ligera para ponérmela encima de una camiseta sin
mangas. Un par de jeans limpios. Ropa interior.
Me ducho, maldiciendo en voz baja. El agua me quita el sudor frío del sueño,
pero no hace nada para contener la ira que se está gestando como una nube
de tormenta sobre mi cabeza.
Un regalo.
¿Un maldito regalo?
¿En serio?
¿Quién mierda se cree que es? La mujer dejó esa caja allí... ¿Negra? Muy
apropiado, Meredith. Diez de diez en la teatralidad, para que yo la encuentre.
¿Y luego me dice que no la abra hasta que se haya ido? Porque, sí, se está
muriendo, y ni siquiera pensó en decírmelo. ¿Tuve que enterarme por una
enfermera tonta que lo dejó escapar por el maldito teléfono? ¿Mientras yo
estaba en otro país?
Maldita locura. Todo esto es una puta locura.
Esta caja es un regalo de muerte. Una última despedida desde el más allá.
¿Por qué no pudo hacer que un abogado la entregara después de su muerte,
como todos los demás? ¿Por qué tenía que entregarla ahora, donde no tendría
más remedio que encontrarla y acabar sintiendo algo?
—¡MIERDA! —Golpeo con el puño la pared de azulejos de pizarra de la ducha,
efervescente de rabia. El agua que se arremolina a mis pies se vuelve rosada,
y luego roja, y los nudillos me escuecen intensamente donde he abierto la
piel, pero ni el dolor ni la pérdida de sangre importan. Llevo desangrándome,
de una forma u otra, toda mi puta vida. ¿Qué es otro corte? ¿Qué es otra
gota?
Me seco y me visto. No iba a verla, pero parece que ahora no me da muchas
opciones. Y si ésta es la última oportunidad que tengo de decirle cuánto la
desprecio, la aprovecharé. Que me condenen si la dejo pasar de esta vida con
la ilusión de que tiene algo en común con los santos mártires de mi brazo
derecho.
8

—Amigo. No sé cómo decirlo. El horario de visitas es de una a cinco —El


enfermero que me recibió cuando entré por la diminuta entrada de urgencias
del hospital levanta las manos en señal de exasperación. Sigue siendo
paciente, pero el tipo tiene una ventaja. Sospecho que sabe cómo lanzar los
puños. Hay una vocecita en mi cabeza que me insta a presionarlo un poco
más. Para ver lo bien que lo hace.
Señalo con el dedo índice el reloj de la pared que hay detrás de su cabeza.
—Son las tres y media, hijo de puta. Ahora dime dónde puedo encontrar a
Meredith Davis.
El enfermero echa la cabeza hacia atrás. Levanta las cejas.
—Reconsidera el tono. No me pagan lo suficiente como para aguantar mierda
de gente como tú. Escucha y escucha bien. Vuelve mañana a visitar a tu
madre entre la una y las cinco de la tarde y te llevaré ante ella con una
sonrisa. Maldíceme una vez más y te cortaré la lengua, y nadie aquí te la
coserá. ¿Me entiendes?
—Oh, te entiendo —Mi sangre es un ácido que me corroe las venas; mis
entrañas se están corroyendo hasta convertirse en nada. Si puedo intimidar
a este imbécil para que me golpee lo suficientemente fuerte, puede que
detenga el fuego el tiempo suficiente para que pueda controlar este delicioso
estado de ánimo que se ha apoderado de mí. Pero no estoy seguro de que eso
sea lo que quiero. Quiero que siga golpeándome hasta que el fuego sea el
menor de mis preocupaciones. El enfermero estrecha los ojos cuando doy un
paso adelante.
—Piensa, hombre —gruñe—. Normalmente no doy segundas advertencias,
pero parece que estás teniendo una noche difícil. Se pondrá infinitamente
peor si no te echas atrás.
Este tipo no entiende nada de la noche que estoy pasando. Si lo hiciera,
dejaría de intentar calmar mi culo y me pondría a ello tan rápido como fuera
humanamente posible. Estoy preparando algo verdaderamente atroz para
escupirle cuando mueve la cabeza hacia alguien por encima de mi hombro, a
su izquierda, y tengo la sensación de que alguien se acerca sigilosamente a
mí. Me giro justo a tiempo para ver una franja de material negro y un destello
de oro. En ese momento, un antiguo guardia de seguridad saca una pistola
eléctrica de su funda y me apunta al pecho con la punta de la pistola.
—Es suficiente por esta noche, chico —dice—. Vi a Meredith antes. Sé que
está dormida. Vuelve a casa y regresa por la mañana cuando hayas dormido.
¿Se ha dormido? ¿Qué hay en mí que hace que este tonto piense que estoy
borracho? ¿Estoy arrastrando las palabras? No. ¿Estoy tropezando por todo
el lugar? No. ¿Me estoy comportando de forma beligerante? Claro que sí, pero
ese es mi modo natural de funcionamiento. No tengo otra forma de actuar. Le
presto toda mi atención al maldito. Ya me han golpeado con una Taser antes
y no es un paseo por el parque. No como una buena paliza a la antigua. Hay
algo respetable en ser golpeado en la cara un montón de veces. Ser
electrocutado es como ser golpeado por un rayo, y es un cincuenta por ciento
si te meas o no. Pero a la mierda, ¿no? Solo se vive una vez.
—Ooh, ho, ho, abuelo. No me amenaces con pasar un buen rato. Vamos. Si
estás planeando apretar el gatillo, mejor que la saques de la cintura...
El golpe viene de atrás; no lo veo venir. Un dolor agudo y punzante me
atraviesa el costado, y no puedo evitar inclinarme hacia él, intentando que se
detenga. Duele mucho. Una mano me rodea la nuca y lo siguiente que sé es
que ambos están sobre mí, el enfermero y el guardia de seguridad, y me sacan
del hospital.
Me sacan justo de las puertas correderas antes de que el enfermero pierda el
extraño control de los nervios vulcanos que tenía sobre mí y el dolor cegador
se apague. Lo tengo en el suelo en un santiamén, y luego lo golpeo con ambos
puños. A partir de ahí todo se complica. El guardia de seguridad me golpea
en un lado de la cabeza -no es el golpe más fino de la historia de las peleas-
pero la fuerza con la que lo hace me toma por sorpresa. Giro sobre él,
gruñendo, y el enfermero me suelta. Caigo al suelo con fuerza, la cabeza me
da vueltas, y ambos hombres se apartan, maldiciendo como marineros.
—Maldito psicópata —El enfermero escupe sangre al suelo. Se agacha,
apoyándose en las rodillas, recuperando el aliento, mientras el guardia se
coloca junto a la pared, agarrándose el pecho como si estuviera a punto de
sufrir un infarto—. ¿Estás bien, Pete?
—Sí —resopla el guardia—. Es que... hace tiempo que no tengo tanta emoción.
Empiezo a reírme. De la estupidez de todo esto. Del hecho de que me hayan
llevado al suelo estos dos idiotas. De que dejé que me pusieran las manos
encima. Que en realidad me siento mucho mejor que hace cinco minutos.
—Déjalo, Remy. No vale la pena —dice Pete, el guardia. Abro los ojos y Remy
está de pie junto a mí, con el ceño fruncido.
—¿Estás bajo el cuidado de alguien, hombre? ¿Has dejado de tomar tus
medicinas o algo? —pregunta—. Porque este es un comportamiento
directamente loco.
Dejo de reír y suelto un suspiro de cansancio. —¿Y si estuviera loco? Podrías
haber herido mis sentimientos.
—Está bien —gruñe Pete—. Vamos. Volvamos dentro antes de que alguien se
dé cuenta. No quiero tener que pasar tres horas escribiendo esta mierda. Mi
turno termina en treinta minutos.
Remy me evalúa y me examina. Una vez que ha decidido que no hay nada
malo en mí, sacude la cabeza y se dirige a la entrada.
—No intentes volver aquí esta noche —ordena—. Si lo haces, llamaré a la
policía. ¿Entendido?
—Ohhhh, no te preocupes. Lo entiendo.
La puerta corredera se cierra tras ellos, y entonces me quedo solo en la
sombría noche. Julio en Mountain Lakes es un asunto pegajoso. Húmedo. El
aire apesta a olor a petróleo, aunque no hay posibilidad de que llueva. El
pueblo está mortalmente tranquilo. Quieto, como si estuviera esperando,
conteniendo la respiración. Imagino que así debe ser el infierno. No el centro
del infierno. Un círculo exterior, tal vez. Odio este lugar.
Al incorporarme, me tomo un minuto para inspeccionar los daños en los
codos, las palmas de las manos y los nudillos, y me sorprende ver el burdo
rezume de sangre que se filtra de los pequeños rasguños que he sufrido.
Sinceramente, a veces me olvido de que sigo siendo humano. Parece que el
pozo de la nada que existe justo debajo de mi plexo solar debería haber
consumido cualquier parte biológica y funcional de mí y haberme anulado.
Pero no. La médula de mis huesos todavía produce plaquetas. Mis pulmones
todavía cargan esas plaquetas con oxígeno. Estoy realmente sorprendido.
Joder, si esas chicas fans del aeropuerto pudieran verme ahora. ¿Seguirían
queriendo hacerse una foto con el famoso Pax Davis? ¿O estarían sacando
fotos de mí, enfurruñado en mi vergüenza, para venderlas a algún tabloide
barato?
Me río en voz baja mientras me pongo en pie y me poso en el borde del muro
bajo de ladrillos que hay junto a la entrada de urgencias del hospital,
palpándome en busca de mis cigarrillos.
Bolsillo trasero.
Genial.
El paquete está aplastado.
Al abrirlo, compruebo que solo dos de los cigarrillos están estropeados. El
resto están más aplastados de lo que deberían, pero con enrollarlos, el que
saco del paquete está como nuevo.
El humo golpea mis pulmones y la sombría satisfacción se enrosca alrededor
de mis huesos. No se me escapa la ironía: lo único que me hace sentir vivo la
mayor parte del tiempo es lo que me matará si no lo dejo en algún momento.
Empecé a fumar porque el viejo lo odiaba. Era un defensor del método Wim
Hoff. Creía que el cuerpo era un templo y se explayaba sobre todas las cosas
maravillosas que hacía para honrar el suyo a diario: los entrenamientos; la
meditación; el ayuno; las interminables ensaladas y los malditos batidos. Y
entonces el bastardo fue y tuvo una embolia y murió sin ninguna razón, allí
mismo en la mesa en medio de la cena.
Eso demuestra. Ninguna buena acción queda impune. Las cosas que el
hombre se perdió son demasiado numerosas para contarlas. Nunca supo lo
jodidamente satisfactorio que puede ser fumar un cigarrillo. Nunca se drogó
y se sintió flotar fuera de su cuerpo. Nunca experimentó el subidón de la
MDMA cuando le llevó a una montaña rusa de euforia. Cristo, el hombre ni
siquiera comía carne roja, por el amor de Dios. Estoy seguro de que la última
vez que disfrutó de un filete fue en algún momento alrededor de mil
novecientos ochenta y cinco. Hizo todo bien y mira a dónde lo llevó.
Bebo. Mucho. Fumo. Mucho. Me echo cualquier píldora anodina que
encuentro en el cajón de los calcetines y me la bebo con un poco de Jack sin
pestañear. Disfruto de un buen juego matutino de ruleta rusa. Arriba. Abajo.
Quién mierda sabe lo que me va a tocar; cada día es una aventura cuando no
tienes ni puta idea de qué tipo de sustancias químicas están a punto de llegar
a tu torrente sanguíneo.
En algún lugar cercano, el lamento lastimero de una sirena atraviesa la
noche. Espero -sacando el cigarrillo-, retengo el humo en mis pulmones.
Retengo el humo en mis pulmones para ver si una ambulancia dobla la
esquina y sube chillando por la entrada de emergencias del St. August, pero
no lo hace. Debe ser un camión de bomberos. Definitivamente no es un auto
de policía.
La camiseta se me pega a la espalda, la piel me pica con el sudor a medio
secar. Termino el cigarrillo y enciendo otro de su brasa moribunda, sin estar
preparado para volver al Charger. Es... Compruebo mi teléfono móvil. Casi las
cinco de la mañana. Si estuviera en Nueva York ahora mismo, sería capaz de
encontrar algún problema en el que meterme, pero en Mountain Lakes no
tengo nada de suerte. Incluso el restaurante, Screamin' Beans, no abre hasta
las seis, y todo lo que podría esperar conseguir allí es un café de mierda de
todos modos. Si realmente quisiera encontrar problemas, podría. Podría
encontrar problemas en un pueblo atrasado de un solo caballo en medio del
jodido Tíbet si realmente quisiera, pero mi rabia por la caja negra que
Meredith dejó para mí ha reducido mis huesos a puntos y los está usando
como palillos.
Estoy furioso. Quiero ser sensato cuando me enfrente a mi madre por la
mierda que está haciendo, y yo, en contra de la creencia popular, soy capaz
de mostrar un poco de moderación cuando es necesario.
Remy y el imbécil de su colega Pete están obligados a contarle a quien venga
de turno todo sobre mí antes de que se vayan, y no me dejarán entrar en el
edificio si no parezco sobrio y tranquilo. Así que bien. Me sentaré aquí toda
la puta noche y toda la mañana hasta que llegue la hora oficial de visita, sobre
todo por despecho, y seré tan bueno como un buen pie mientras me dirijo a
la habitación de Meredith. Y una vez que esté frente a la bruja, explotaré.
Espera y verás si no lo hago. Pueden llamar a la policía todo lo que quieran,
entonces. Si he dicho mi parte y le he dicho a la mujer lo miserable que creo
que es, entonces no importará. Habré ganado.
Me conformo con estar sentado en la pared, fumando en cadena y planeando
todas las cosas que diré para destripar a Meredith. Las cosas también van
muy bien -tengo una lista de cosas viles que quiero decirle a mi madre
memorizada después de unos cuarenta minutos-, pero el sonido de los
neumáticos chirriando por la cuadra arruina mi flujo.
Tiene que ser una ambulancia; un chillido mecánico agudo se aproxima,
acercándose a una velocidad aterradora, y entonces ahí está, el vehículo,
entrando a trompicones en el estacionamiento, dirigiéndose directamente a la
entrada de emergencias... y al muro bajo de ladrillos en el que estoy sentado.
No es una ambulancia. Es un Mitsubishi Evo destrozado. Y no parece que
vaya a parar.
Estoy en contra de los saltos de pánico por principio -tan poco dignos- pero
la situación lo exige cuando el auto se dirige hacia mí. Dejo salir el humo y
tropiezo con mis propios pies mientras me lanzo fuera del camino.
El conductor del Evo frena muy, muy, muy tarde. El auto de carreras colisiona
con los ladrillos, justo donde yo estaba sentado hace una fracción de segundo,
la punta del capó se arruga horriblemente al encontrar resistencia. Una parte
de mí llora al ver un auto tan bonito destruido. El resto de mí está planeando
cómo demoler lo que queda de él, mientras me precipito hacia la puerta del
lado del conductor.
Agarro el pomo de la puerta y doy un tirón.
—¡Maldito imbécil! —La puerta no se mueve. Los cristales están muy tintados,
así que no puedo hacer contacto visual con la persona que casi me mata, pero
puedo sentir que me mira fijamente al otro lado del cristal. Quienquiera que
sea, tiene unas malditas agallas para...
La puerta trasera del conductor se abre de golpe. Antes de que tenga la
oportunidad de rodearla y empezar a gritar dentro del vehículo, un enorme
montón de ropa cae al suelo. Cae a mis pies, bloqueando mi camino. Voy a
pasar por encima, pero la puerta se cierra de nuevo y el Evo retrocede,
echando humo del asfalto. Se desliza a través de un impresionante giro triple
y luego sale disparado del estacionamiento.
—Maldito... —Aprieto los dientes, con las fosas nasales encendidas y la furia
a flor de piel. Cuando averigüe quién mierda ha sido, lo despellejaré vivo. No
puede haber tantos Evos azul noche en Mountain Lakes. Esas mejoras deben
haber costado una pequeña fortuna. Súper especializados. Apuesto a que solo
hay unos pocos talleres de carrocería locales que realizarían un trabajo a
medida como ese. Averiguaré quién fue, y cuando lo haga...
Una tos húmeda me detiene en medio de mi desvarío mental. Miro hacia mis
pies, y allí... oh, por el amor de Dios. ¿Me estás jodiendo? El bulto de ropa
que han sacado del auto no es ropa. Una manta sucia cubre la masa, pero su
forma es inconfundible: es un puto cuerpo.
Un gemido doloroso sale de debajo de la áspera tela tejida, seguido de un
gemido lastimero, y algo desagradable se enrosca en mis entrañas. He visto
cosas jodidas en mi vida, pero el temor que me sacude por los hombros me
dice que no quiero ver lo que hay debajo de esa manta.
¿Quién llega a un hospital y deja un cuerpo en la acera? En New Hampshire.
¿Qué mierda?
Necesito subir los escalones hasta las puertas de la sala de emergencias,
necesito llamar la atención de alguien, pero... un charco casi negro de sangre
se filtra desde debajo de la manta, arrastrándose por el hormigón,
acumulándose alrededor de las suelas de mis zapatos.
Joder.
No lo hagas.
No levantes esa manta.
Ahh, mierda. ¿Cuándo he escuchado la voz de alarma en mi cabeza? Me
pongo en cuclillas y tiro de la manta hacia atrás. Incluso con la sensación de
inquietud que me acosa, no estoy preparado para lo que hay debajo.
Una chica.
Una chica que conozco bien.
La veo todos los días en la escuela. La extrañeza de que esté aquí hace que la
realidad salte, sin embargo. Esto no tiene sentido. ¿Cómo... cómo carajo
puede Presley Chase estar aquí?
Su piel es pálida, una palidez enfermiza y blanca. Tiene los ojos muy abiertos,
vidriosos y desenfocados, del color del ámbar ardiente y el oro fundido. Sus
ondas castañas están enmarañadas y húmedas, cubiertas de sangre. Los
diminutos pantalones cortos y la fina camiseta recortada que lleva puestos
parecen el tipo de cosa que una chica llevaría a la cama. Las profundas
heridas con bordes dentados en cualquiera de sus muñecas parecen algo que
una chica usaría para acabar con su vida.
—¿Qué mierda has hecho, Chase?
En respuesta, un suspiro se desliza entre sus labios manchados de sangre.
Suena como un estertor de la muerte, si es que alguna vez he oído uno.
Aturdido, con la mente acelerada, me vuelvo a sentar sobre mis talones,
esperando que su pecho se levante de nuevo, esperando, esperando, solo que
su caja torácica no se mueve. Ni siquiera un milímetro.
Por Dios, Pax, ¿qué mierda estás haciendo?
Vuelvo a la realidad con un golpe seco y me sacudo para entrar en acción.
—¡AYUDAAAA! —El grito estalla de mi boca. Giro a la chica para que esté
tumbada de espaldas: parece una muñeca de porcelana. Un personaje de
manga. La víctima sangrienta de un asesino en serie en una película gore. Y
está tan muerta.
Compruebo su pulso -no lo tiene- y me pongo a trabajar. Con las manos
juntas, los dedos entrelazados y el talón de la palma de la mano sobre el plexo
solar, comienzo las compresiones.
No. Puedo. Parar.
—¡AYUDA! ¡ALGUIEN! —El grito rasga el aire nocturno en dos.
No puedo dejarla. Si dejo de bombear su sangre por ella, incluso por un
segundo, podría terminar con daño cerebral, y no voy a tener esa mierda en
mi conciencia. De ninguna manera.
Uno, dos, tres, cuatro.
Uno, dos, tres, cuatro.
Uno, dos, tres, cuatro.
Uno, dos, tres, cuatro.
La sangre me enjuaga las manos. Hay tanta, por todo su cuerpo, que mis
manos resbalan y se deslizan con cada compresión.
—¡REMY, IMBÉCIL! ¡PETE!
Están dentro, y la puerta está a menos de 15 metros. Pueden oírme. Pero
están demasiado ocupados ignorándome como para salir a ver qué demonios
estoy gritando.
—Maldita sea, Chase. No te mueras mientras tenga las manos encima. No
necesito que tus amigas me culpen de esta mierda.
Uno, dos, tres, cuatro.
Uno, dos, tres, cuatro.
Dicen que hoy en día las compresiones son más importantes que las
respiraciones de rescate. Que la sangre contiene suficiente oxígeno para que
sea suficiente mientras se realiza la RCP. Sin embargo, no estoy seguro de
estar haciéndolo bien, así que me detengo un segundo. Inclino su cabeza
hacia atrás, miro rápidamente hacia dentro para asegurarme de que no se ha
tragado su propia lengua, y luego le pellizco la nariz y planto mi boca sobre
la suya. Dos respiraciones apresuradas. Eso es todo lo que le doy. Luego
vuelvo a las compresiones.
—¡Por el amor de Dios, AYUDA! —Saboreo la sangre y me preocupa haberme
desgarrado la garganta, pero entonces me doy cuenta, con no poco horror, de
que la sangre de mi lengua pertenece a mi compañera; sus labios están
embadurnados de rojo carmesí.
Uno, dos, tres, cuatro.
Uno, dos, tres, cuatro.
Uno, dos, tres, cuatro.
—Vamos. Vamos. Vuelve. Puedes hacerlo. Tú puedes, Chase. Está bien. Está
bien. Lo tienes —Las palabras se derraman, cayendo una tras otra, sin tener
sentido. Debería rezar, pero no sé cómo. Me negué a prestar atención todas
esas veces que Meredith me arrastró a la iglesia. Todo lo que tengo es este
estímulo sin sentido, murmurado. No es que ayude. Pres está sin vida, su
cabeza se balancea de izquierda a derecha mientras le presiono las costillas.
Nada.
No hay respuesta alguna.
Lo que no es ideal, porque necesito jodidamente que esta chica viva.
—Vamos, por el amor de Dios. Respira. ¡Respira ahora mismo, joder!
Como si se tratara de una orden, los párpados de Presley se agitan y su
conciencia vuelve a fluir. Se había ido, no quedaba ningún rastro de ella
dentro de este cuerpo sangrante y roto, pero ahora puedo sentirla regresar.
Es la sensación más extraña. Abre los ojos... y parpadea... justo cuando sus
costillas se rompen bajo mis manos. Sus pupilas se estrechan hasta
convertirse en pinchazos. Su boca se abre y suelta un grito tan fuerte que
sacude las estrellas.
Maldita sea.
No puedo imaginar el dolor. Las terribles heridas en sus muñecas ya son
bastante malas, pero joder. Acabo de romperle al menos dos costillas. Debe
estar agonizando.
¿Cuántas veces he visto a Pres en la academia? Nunca en primer plano.
Siempre a un lado, de pie, un par de metros por detrás de sus amigas, siempre
sonrojada, siempre recogiéndose el cabello detrás de las orejas, siempre
mirándose los pies. Sus pecas son bonitas. Chilla como un ratón cuando le
hablo. Sé todo esto sobre ella. Pero no es hasta ahora, cuando está empapada
de sangre, con la espalda arqueada lejos de la acera, con los ojos muy abiertos
y llenos de dolor, que siento que estoy viendo realmente a la verdadera.
Y es jodidamente hermosa.
La RCP me ha agotado. Eso es lo que me digo a mí mismo mientras me hundo
de nuevo sobre mis talones, lejos de ella, observando cómo pone los ojos en
blanco, retorciéndose en el suelo. Respirando. Viva.
—Está bien —le digo—. Espera aquí. Voy a buscar ayuda.
¿Esperar aquí, joder? ¿Dónde diablos va a ir, idiota?
Retrocedo, dispuesto a correr hacia la puerta, pero su pálida mano me agarra
por la muñeca, sujetándome con una fuerza sorprendente. Tiene que doler,
debe de ser agonizante en realidad, para sujetarme con tanta fuerza, estando
sus muñecas tan destrozadas como están. Pero me sujeta con fuerza.
Sus ojos de color ámbar están llenos de miedo.
No habla, no puede... pero mueve lentamente la cabeza.
No.
Por favor, no te vayas.
—Está bien. La puerta está ahí. Solo será un segundo.
De nuevo, sacude la cabeza. Es todo lo que puede hacer. Sus dedos se
desenroscan y me sueltan, pero oigo sus súplicas en mi cabeza con tanta
fuerza como si hubiera conseguido pronunciar las palabras.
No. No te vayas. No me dejes. Tengo miedo.
Exhalando un suspiro exasperado, me muerdo el interior de la mejilla. ¿Cómo
diablos voy a hacer esto? No debería moverla, lo sé, pero sus heridas parecen
limitarse a los cortes en el interior de las muñecas. No creo que tenga una
hemorragia interna. Y no puedo dejarla aquí, no puedo. No cuando me mira
así.
—Maldita sea, amiga. De acuerdo. Bien. Hazlo a tu manera. Solo... no digas
que no te advertí —Es ligera como una pluma cuando la recojo en mis brazos.
Floja como un muñeco de trapo. La única parte de ella que tiene un mínimo
de vida son sus ojos, que permanecen obstinadamente fijos en mi cara. Me
apresuro hacia la entrada de emergencia del St. August, y su mirada atenta
arde mientras me dirijo a la puerta, sosteniéndola con cuidado contra mi
pecho. El sabor a cobre que desprende es tan intenso que es lo único que
puedo oler. Su olor me revuelve el estómago.
Cuando llego a la puerta, lo que encuentro es a Remy, apoyado en el
escritorio, mirando su teléfono, con los pulgares golpeando rápidamente la
pantalla.
Voy a matarlo.
Las puertas automáticas no se abren. Las ha cerrado con llave.
—¡REMY! —grito tan fuerte que el tipo salta y deja caer su teléfono. Su
expresión es de fastidio, pero rápidamente se convierte en pánico cuando ve
a la chica en mis brazos, y la sangre que lo cubre literalmente todo.
—¡ABRE ESTA PUERTA AHORA MISMO, JODER!
Una ráfaga de actividad estalla al otro lado de la puerta. Remy pulsa una
alarma. Suena una fuerte alerta que recorre los pasillos. La gente viene
corriendo. Las puertas se abren, dejándome entrar por fin, y un montón de
médicos y enfermeras llegan, manoseando a Pres. Me la quitan, y entonces
empiezan las preguntas.
¿Qué le pasó, hijo?
¿Qué ha tomado?
¿Estabas allí cuando ocurrió esto?
¿Le has hecho esto?
¿Se lo hizo ella misma?
Adormecido hasta la médula, observo el desarrollo de la locura. Aparece una
camilla y colocan a Presley en ella. Un médico con gruesas rastas atadas en
un nudo en la nuca le ilumina los ojos.
—Uh, se va. Sí, está fuera. Que alguien llame al banco de sangre. Vamos a
necesitar todo lo que tengan para esta —grita por encima del hombro a nadie
en particular. Sin embargo, una enfermera se anima y sale corriendo hacia
una fila de ascensores.
La gente va de un lado a otro, agarrando cosas, gritando por otras cosas...
una corriente de información balbuceante que va de un lado a otro y que me
marea. En medio del caos, el médico con rastas lidera una carga,
capitaneando el timón de la camilla, llevando a Presley hacia los ascensores,
y luego...
...entonces...
De repente, estoy solo.
Bueno.
Estoy casi solo.
Pete sigue aquí.
Se quita la gorra negra y se rasca la sien.
—Ya te digo. Nunca te acostumbras a esto —murmura.
Frunzo el ceño. ¿Por qué no puedo... sentir nada? ¿Por qué no puedo sentir...
mis manos?
—¿La sangre? —murmuro.
Pete se vuelve a poner la gorra en la cabeza.
—No, chico. La esperanza. Cada vez que esas puertas se cierran, te trae
aquí. —Coloca una mano en el centro de su pecho—. La esperanza de que lo
van a conseguir. Incluso cuando probablemente no lo hagan.
9

El cuerpo humano medio contiene aproximadamente diez litros de sangre.


Lo sé porque lo miro afuera, mirando el lago de fluidos vitales que se filtró de
Presley Maria Witton Chase mientras le hacía RCP. Es difícil decir cuánto hay
en el concreto, pero es mucho. También hay mucho en mi camisa y en mis
jeans. En mis manos y mis brazos y salpicado en la parte superior de mis
Stan Smiths blancas. Al amanecer, un conserje viene y vierte un cubo de agua
humeante sobre el desastre junto con un cuarto de litro de lejía y friega la
acera con un cepillo duro hasta que le llega la espuma rosa hasta los tobillos.
Se necesitan tres cubos más de agua caliente para eliminar las pruebas, y
después la acera vuelve a tener un aspecto perfectamente normal. Excepto
que no lo es. Todavía puedo ver la sangre. El contorno del macabro charco
carmesí es perfectamente visible para mí, no importa cuántas veces intente
parpadear.
A las siete, una cara conocida sale de St. August; Remy me ve de pie junto a
la ruina del muro de ladrillos, con trozos de ladrillo rotos esparcidos por el
suelo alrededor de mis pies, y suspira, sacudiendo la cabeza mientras se
acerca. Da un sorbo a una taza de café para llevar. En su mandíbula se está
formando una sombra oscura, cortesía de este servidor.
—Todavía estás aquí —dice.
—Lo estoy.
—Estás cubierto de sangre —Señala.
Lo miro con desdén. —¿Es un juego de señalar lo obvio para uno o puede
jugar cualquiera?
Hace una mueca. Creo que se supone que es una sonrisa divertida, pero solo
parece dolido. He visto la misma expresión en muchas caras antes.
Interactuar con Pax Davis: puede causar ataques repentinos de frustración,
molestia, sentimientos heridos y rabia. Proceda bajo su propio riesgo. La
mayoría de la gente opta por cortar el contacto conmigo -el resultado ideal y
mi conclusión preferida para las interacciones sociales con extraños- pero
Remy no sabe lo que le conviene. Me mira con un ojo y me señala mientras
traga.
—Te pareces mucho a ella. Tu madre.
Oh, a la mierda. —Te detendré ahí mismo, gracias.
—¿Qué? ¿Tienes algo en contra de que te comparen con un familiar? —Se ríe
fríamente.
—Meredith no es un miembro de la familia. Ella me incubó. Eso es todo.
Remy inclina la cabeza hacia un lado, observándome atentamente.
—Incubar a un niño durante nueve meses no es una hazaña, hombre. ¿No
crees que solo por eso le debes...?
—No, no le debo. No le debo nada. Y para que conste, solo consiguió
cocinarme durante ocho meses. Me hizo sacar un mes antes porque le
aplastaba el nervio ciático. Mis pulmones ni siquiera estaban bien formados.
Necesité una incubadora real durante semanas. Así que, sigue. Sigue
diciéndome que es una madre estelar.
Se encoge de hombros. —Supongo que eso es bastante jodido. Aunque parece
que has salido bien.
Estoy salpicado de sangre, tengo más tinta que un preso medio, me afeito el
cabello hasta la raíz y no he sonreído sin una fuerte dosis de malicia en los
últimos tres años. Suena como que “has salido bien” es un término subjetivo
para Remy. Por otra parte, él trata con gente enferma todos los días. Todas
las partes de mi cuerpo funcionan. Tengo todas mis extremidades. Puedo
respirar sin ayuda. Cuando ves a la gente pasar por el hospital en pedazos
literales y metafóricos, una persona en mi estado se consideraría en plena
forma física.
—Si has venido a decirme que no vaya a gritarle, puedes olvidarlo. En el
momento en que el reloj marque la una, voy a ir directamente allí. Y no estarás
aquí para detenerme.
—Es difícil cuando alguien que amas está tan enfermo, ¿eh?
Casi me ahogo con mi propia lengua. —No me importa esa mujer.
—¿Oh? No hay mucha gente que conozca que merodee fuera de un hospital
durante doce horas, salve la vida de alguien, se cubra de sangre y no vaya a
casa a cambiarse, porque no le importa.
—Ahh, vete a la mierda, Remy —Saco mi paquete de cigarrillos por primera
vez desde que el Evo casi me atropella. Me meto uno entre los labios,
frunciendo el ceño mientras lo enciendo, esperando que capte la indirecta y
se vaya.
—¿Supongo que sería una pérdida de tiempo recordarte que te estás
envenenando delante de un hospital lleno de enfermos, entonces? —dice.
Tiro del cigarrillo, saboreando la quemadura mientras el humo entra en mis
pulmones. —Tendrías razón.
—¿Y ni siquiera vas a preguntar por ella?
Lo miro de reojo, arrancando un trozo de tabaco imaginario de la punta de mi
lengua. —¿Meredith?
—No. La chica que salvaste.
—¿Te refieres a la chica que casi muere porque estabas demasiado ocupado
jodiendo en Grindr para averiguar por qué estaba gritando por ayuda?
Remy parece que acaba de morder algo asqueroso.
—¿Se supone que eso es ofensivo? Al insinuar que estaba en Grindr, ¿también
estás insinuando que soy gay? ¿Y esperas que me moleste por eso?
—No estoy insinuando nada. Me importa una mierda si eres gay, heterosexual
o sexualmente ambivalente. Me oíste gritar y estabas demasiado ocupado con
tu teléfono para saber por qué. Te estoy reclamando por eso.
Espero que discuta, pero se encoge de hombros. —Debería haber salido. Te
estabas comportando como una zorrita, pero eso no es excusa. Debería haber
venido a comprobar qué mierda estaba pasando. Por suerte, la chica no
murió…
Entorno los ojos hacia él. —¿En serio? ¿No lo hizo?
—Como dije. Has salvado su vida. Tiene un largo camino por delante. La
recuperación no será fácil. Pero ella está respirando gracias a ti.
Proceso esto en silencio durante un segundo. Me siento aliviado, creo. He
hecho todo lo posible para no pensar en ello, en Presley, desde que salí aquí,
pero era tan imposible como intentar no respirar.
—Dudo que reciba una tarjeta de agradecimiento por correo pronto, pero da
igual —murmuro.
—¿Qué significa eso?
Pongo los ojos en blanco. —Has visto sus muñecas. Dejó muy claros sus
deseos cuando se abrió las venas de esa manera. Ella no quería ser salvada,
hombre.
Verticales. Las heridas eran verticales. Mi primo mayor solía cortarse para
mostrarlos. Los suyos eran cortes horizontales. Gritos de ayuda, o de
atención, o de liberación, dependiendo del día de la semana que fuera. Presley
hablaba en serio cuando se llevó la cuchilla a la piel. Es un maldito milagro
que lo haya logrado.
—Si hay algo que he aprendido, trabajando aquí durante estos años, es que
nunca puedes hacer suposiciones sobre las intenciones de otra persona,
chico —dice Remy—. Joder, por qué no me das uno de esos —Señala el
paquete de cigarrillos.
Le doy uno, sobre todo porque me sorprende que me sermonee sobre el hecho
de fumar delante del hospital para luego hacerlo él mismo. Nada menos que
con su bata. Lo enciende y me devuelve el mechero.
—Es lo peor por la noche. Depresión. Ansiedad. Miedo. La preocupación. Los
demonios de la gente salen de las sombras y se desbocan cuando se pone el
sol. Puede que lo hiciera en serio, pero quién sabe. Podría haberse arrepentido
al instante. Haber cambiado de opinión. No lo sabrás hasta que le preguntes.
Me río amargamente, sacando la ceniza de la cereza de mi cigarrillo. —¿De
qué mierda estás hablando? No le voy a preguntar una mierda.
—¿No vas a verla?
—¿Por qué iba a hacerlo? Ya va a ser bastante malo verla en la escuela. No
necesito...
—Espera, ¿la conoces?
Me encojo de hombros. —Sí, imbécil. ¿Qué pensabas? Los dos estamos en la
academia —No necesito decir qué academia, por supuesto. Solo hay una por
aquí: Wolf Hall es notoria.
—Bueno, ¿cuál es su jodido nombre? Llevamos horas intentando averiguar
quién es, y tú la conoces, joder. Jesucristo, amigo.
—Presley Maria Witton Chase —digo—. No conozco a sus padres. Tendrás que
llamar a la escuela para que te informen sobre sus familiares.
—¿Presley? ¿Qué clase de nombre es ese?
—¿Cómo mierda voy a saberlo, hombre? El que le dieron sus padres. Apenas
conozco a la chica. Llama a la escuela. Consigue lo que necesites de ellos,
¿bien? No quiero involucrarme.
—Yo diría que es un poco tarde para eso.
Aprieto con más fuerza el cigarrillo, haciendo una mueca de dolor contra el
ardor de mi garganta.
—Tú mismo lo has dicho —continúa—. Vas a tener que verla en la escuela. Y
es algo intenso, salvar la vida de alguien. Te cambiará tanto como todo esto
va a cambiarla a ella.
—Vaya, escupiendo hechos. Eres un Séneca cualquiera. No puedo esperar a
que publiques tu libro sobre filosofía moral. Estoy seguro de que será un
bestseller del New York Times de la noche a la mañana. No sabes una mierda
de mí, amigo. Me habré olvidado de todo esto —Hago un gesto con la mano
hacia la mancha de sangre que había en el suelo hace menos de una
hora—, para la hora de comer. Para esta noche, también me habré olvidado
de Meredith. No desperdicio energía en cosas que jodidamente no importan.
Remy esboza una sonrisa exasperante. —De acuerdo, hombre. Si tú lo dices.
—Acabo de hacerlo.
Resopla divertido cuando comprueba la pantalla de su teléfono.
—Me encanta esa mentalidad para ti, de verdad, pero dudo que se mantenga.
Parece que tu Presley Maria Witton Chase acaba de despertarse, amigo mío.
Y ya ha preguntado por ti.
¿Preguntó por mí?
¿Por qué mierda haría eso?
Remy sonríe mientras se aleja.
—Personalmente, creo que deberías ir a verla. Nunca se sabe. Podría ser muy
bueno.
10

Me voy a casa y me ducho. No quería hacerlo. Supuse que las salpicaduras


de sangre añadirían más teatro a mi actuación cuando irrumpiera en la
habitación de mi madre como la ira personificada, pero al cabo de un rato me
di cuenta de que llevaba la sangre de Presley como si fuera un accesorio. Me
empezó a picar la piel. Se había secado y empezaba a desprenderse, de todos
modos. Además, hice llorar a un niño pequeño, al que sacaron del hospital
en brazos de su padre, y me sentí raro después de eso.
Una vez limpio y cambiado, compruebo la hora y veo que solo son las diez de
la mañana. Faltan tres horas para que pueda entrar oficialmente a ver a
Meredith. Decido que un par de horas de sueño son necesarias -mi cuerpo
aún está muy jodido por el jet lag- y me desmayo en el sofá del salón.
Me despierto cinco horas después y encuentro a Wren sentado en la mesa de
café, comiendo una manzana roja como la sangre, mirándome fijamente. Su
espesa melena oscura es un desastre de ondas y rizos a medio formar,
apuntando en todas direcciones. Si Timothée Chalamet hubiera engordado
un poco, supongo que este sería su aspecto. Mi amigo lleva una camiseta
suelta de ACDC y unos jeans rotos; el grueso libro que lleva bajo el brazo
derecho completa su uniforme estándar de Wren Jacobi. Hundiendo los
dientes en la manzana, me mira con ojos del color del jade descolorido.
—Te alegrará saber que te he perdonado —anuncia.
Me apoyo en un codo. —¿En serio?
Encogiéndose de hombros, da otro gran bocado. —Si tienes sentido común.
La risa me pica en el fondo de la garganta, pero me la trago. Suelo poner
nerviosa a la gente cuando sonrío; una carcajada en toda regla tiene el
potencial de aterrorizar incluso al mismísimo señor oscuro de Riot House.
—Tú y yo sabemos que no.
Gruñe -un comentario justo- y se limpia casualmente una gota de zumo de
manzana del labio inferior con el dorso de la mano. Gracias a Dios, la
población femenina de Wolf Hall no acaba de presenciarlo. Se habrían
rasgado las vestiduras colectivamente y se habrían enfrascado en un Mortal
Kombat para decidir quién se folla al tipo, y yo no tengo energía para arbitrar
ese tipo de espectáculo de mierda ahora mismo.
Le quito la manzana, me la meto en la boca y le doy un mordisco. El azúcar
estalla en mi lengua, haciendo que me duela la boca.
—Sabes... —Trago—. Es espeluznante observar a la gente mientras duerme.
Se ríe, con una ceja oscura arqueada sugestivamente. —Oh, he hecho cosas
mucho, mucho peores.
—Ni siquiera quiero saberlo —Gimiendo, me desplomo de nuevo en el sofá,
echando el brazo sobre mi cara, cubriendo mis ojos. Wren vuelve a tomar la
manzana y continúa comiendo. Ninguno de los dos dice nada durante un
segundo, pero entonces hablo; ni siquiera sé que voy a hacerlo hasta que abro
la boca y salen las palabras—. Lo siento. Ya sabes. Lo del barco.
—Está bien.
Levanto el codo y le miro de reojo. —¿Cómo que está bien?
—¿Realmente crees que te habrían permitido acercarte a esa cosa si no
estuviera asegurada por el doble de su maldito valor? Probablemente le hiciste
un favor a mi viejo. ¿Y cuándo he resentido una oportunidad de molestarlo,
de todos modos? Deberías haber visto su puta cara.
—Así que lo que realmente intentas decir es que sientes haberme golpeado
ayer en las escaleras.
—No —dice secamente—. No estoy diciendo eso. Te lo merecías de sobra.
¿Dónde estabas esta mañana?
Me doy la vuelta para mirarle. —¿Eh?
—He oído que te levantaste y saliste de aquí a las tres o algo así. ¿Dónde
diablos tienes que estar con tanta prisa?
No he dicho ni una palabra sobre el diagnóstico de cáncer de mi madre. No
sé por qué, simplemente no lo he hecho. Tampoco estoy preparado para
hablar de ello ahora. Por alguna razón, hablar de lo que pasó anoche,
especialmente lo que pasó con Presley... no tengo ningún interés en volver a
contar nada de eso. Sin embargo, no les miento a mis chicos. Así que soy
grosero como la mierda en su lugar.
—No es tu maldito asunto.
—Bonito —No se inmuta; el sarcasmo es solo para mostrar—. Voy a pedir algo
de sushi. ¿Quieres un poco?
No creo que Wren haya comido tanto sushi en Japón como yo. —Lárgate de
aquí con tu asqueroso sushi de Hicksville New Hampshire. Prefiero morirme
de hambre.
Se levanta y deja caer algo sobre mi pecho.
—Como quieras —Es el corazón de su manzana. El imbécil acaba de tirar su
núcleo de manzana roído justo encima de mí. Imbécil. Lo agarro por el tallo,
listo para lanzárselo, pero él ya está contraatacando con su enorme libro al
alcance de la mano. Justo encima de mi polla.
—No te atrevas, Jacobi —Aprieto los dientes para que sepa que lo digo en
serio, pero no parece tomarse la amenaza en serio. Vuelve a arquear esa ceja
sugerente.
—Dime dónde fuiste anoche.
—No.
Se encoge de hombros.
—Está bien —El libro cae. Tengo el tiempo justo para desviarlo con la rodilla,
haciéndolo caer al suelo, antes de que pueda aterrizar directamente sobre mis
bolas.
Gruño, levantándome del sofá.
—Menos mal que tengo los reflejos de un gato. —Pero el idiota salta por
encima de la mesa de café antes de que pueda agarrarlo. Juro por Dios que
cuando le ponga las manos encima al imbécil...
—Déjalo, Davis. Hundiste un yate de 1,3 millones de dólares y te perdoné. No
estamos ni cerca de estar a mano.
—¡Oh, estamos jodidamente a mano! —Pero lo dejo ir. No tengo tiempo para
empezar una pelea con él ahora mismo. Tengo un compromiso previo muy
urgente que atender. Una pelea mucho más importante que se ha estado
gestando durante putos años.
11

Bip.
Bip.
Bip.
El monitor cardíaco suena con regularidad, aunque mi pulso parece bailar
por todas partes. Estoy nadando en sedantes y analgésicos, pero todavía
puedo sentir mi ansiedad, arrastrándose por mi piel. Cuando me desperté
hace cinco horas, ya sabía dónde estaba. El conocimiento era un gran peso
que me oprimía el pecho y no podía salir de él.
Jonah, de pie junto a la puerta del armario, envuelto en la noche, esperando
que me despierte...
“Hola, Red. ¿Me has echado de menos?”
Me trago la ola de náuseas que me sube desde la boca del estómago. No me
duele nada. Ahora no. Eso cambiará cuando los medicamentos desaparezcan.
Sigo deseando que eso ocurra, para que la neblina que enturbia mi mente
desaparezca. Daría cualquier cosa por poder pensar con claridad ahora
mismo, pero cada vez que lo intento, mis pensamientos se me escapan como
el humo.
Me he mantenido firme. Incluso cuando el psiquiatra de arriba vino a evaluar
mi estado mental al amanecer, no lloré. Pero en el momento en que se abre
la puerta de mi habitación y entra mi padre, estoy acabada. Su cara tiene el
color de la ceniza de una pira funeraria.
—¡Presley! Dios mío, cariño, ¿qué demonios has hecho? —Se precipita hacia
mí y me toma la mano. Apenas me inmuto -no es que pueda sentir casi nada
en este momento-, pero papá retrocede cuando ve las gruesas vendas en mis
muñecas y vuelve a colocar mi mano con cautela sobre las mantas. Su cabello
es castaño como el de Jonah. Más oscuro que el de su hijo. Incluso cuando
vivía en California, papá nunca fue de los que se sentaban al sol. Es más bien
un tipo de interior; se pasaría toda la vida encerrado en una cocina si pudiera.
Ahora tiene sombras púrpuras bajo los ojos y una mandíbula horrorizada que
me da ganas de morir. No debería tener que verme así. No debía causarle
tanto dolor. Este no era el plan en absoluto. Pero... realmente no había un
plan, ¿verdad? Solo había el miedo, el dolor y la vergüenza. Y el cuchillo.
—Presley —susurra papá—. ¿Qué demonios ha pasado? —Sacude la cabeza,
intentando claramente imaginar qué ha podido ocurrir para que acabe en el
hospital con las muñecas cortadas—. Sé que no estabas contenta con el viaje
a Europa, pero no pensé ni por un segundo que fuera tan importante para
ti...
—No lo es, papá —Joder, estoy tan cansada. Sueno tan cansada.
—Entonces... ¿por qué? ¿Fue por el divorcio? ¿Esa... esa chica Mara? ¿Por
qué, cariño? Háblame. No podía creerlo cuando me llamaron y me dijeron lo
que... lo que habías hecho. No podía entenderlo. Todavía no puedo entenderlo.
¿Esto es culpa mía? —Un sollozo sale de su boca y mi corazón se rompe.
Nunca lo había visto deshacerse así. Ni siquiera cuando mamá se fue. El dolor
en sus ojos me perseguirá el resto de mis días.
—Papá. Papá, está bien. —Suspirando fuertemente por la nariz, me
recompongo—. No se suponía que fuera tan malo. Solo quería sentir algo.
Estaba tan adormecida. Y... supongo que esta vez lo llevé demasiado
lejos. —susurro la última parte. Las palabras llegan cargadas de culpa. Lo
suficiente como para atragantarme.
Papá aprieta la mandíbula, sus ojos brillan de dolor. Acentúa sus fosas
nasales, mirando alrededor de la habitación. Cuando ve la silla escondida en
el hueco junto a la ventana, la arrastra hasta mi cama, y el roce de las patas
de la silla en el suelo es como un clavo en una pizarra. Cuando se sienta en
el borde de la silla, con los codos apoyados en el colchón a mi lado, apoya la
cabeza en las manos y simplemente... respira.
—Lo siento, papá.
No levanta la vista. —Casi mueres, Presley.
—Lo sé. Yo… —Esto es más fácil, hablar con la parte superior de su cabeza,
pero todavía no es fácil. Quiero hacerme un ovillo y llorar. Quiero taparme la
cabeza con las sábanas y teletransportarme a otra jodida dimensión.
Cualquier cosa para no tener que estar aquí, presenciando a mi padre con
tanto dolor.
—Pensé que habías vuelto a tu habitación en la academia. Pensé... —Se ríe
amargamente—. Pensé que estabas enfadada por ese estúpido viaje a Europa,
y supuse que habías vuelto a la escuela. Ni siquiera lo comprobé. Debería
haberlo hecho. Después de lo que le pasó a esa chica...
—El Dr. Fitzpatrick está entre rejas, papá.
Se sienta por fin y parece vacío, como si una parte de él -la parte vibrante y
alegre que por fin había empezado a mostrarse de nuevo tras la marcha de
mamá a Alemania- se hubiera extinguido para siempre.
—Me importa una mierda que esté entre rejas. Hay muchos más psicópatas
por ahí, Pres. No puedo creer que no te haya supervisado. Debería haber...
—Papá.
—No hay manera de que te quedes en esa escuela nunca más. No ahora,
después de esto, y conmigo viviendo a poca distancia del lugar. Voy a ver si
te transfieren a Edmondson...
—¡PAPÁ!
—Mientras tanto, te llevaré a la academia y te recogeré...
—¡Te estás comportando como un loco!
Se detiene en seco y me mira fijamente a los ojos. —¿Soy yo el que está loco?
¿Yo? ¿Yo?
—Solo juzgué mal la situación. Corté más fuerte de lo que debía...
Me agarra de la fina sábana que me cubre, dejando al descubierto mis
piernas.
—¿Cuánto tiempo llevas cortándote? —exige—. ¿Cuánto tiempo? —Su rápida
mirada recorre mis muslos desnudos, escudriñando mi piel.
—¿Qué demonios estás haciendo? —Intento arrancarle la sábana de la mano
y cubrirme de nuevo, pero no hay manera de que me suelte.
—No soy estúpido. ¿Crees que es la primera vez que me enfrento a esto? Antes
de esta estúpida maniobra, no has tenido ninguna otra marca en tus brazos.
Eso deja tus muslos.
—¡No me corto los muslos!
—Puedo ver eso. ¿Y tú estómago? Levanta la bata, Presley.
El hielo corre por mis venas, al mismo tiempo que un pico de vergüenza me
colorea las mejillas. Agarro la bata del hospital, la aprieto con fuerza entre las
manos y tiro de ella hacia abajo.
—¿No vas a levantarlo? —Papá respira tan fuerte que parece que acaba de
correr una milla en cuatro minutos.
Niego con la cabeza.
—Muy bien. Está bien. No quiero hacerlo, Pres, pero si no puedes ser sincera
conmigo... —Se lanza hacia delante y agarra la bata, y un grito agudo empieza
a sonar en mi cabeza. Lucho, me retuerzo en la cama y me niego a soltar la
bata por mucho que él tire.
—Muéstrame, Pres —grita mi padre—. ¡Solo deja de pelear conmigo y
muéstrame lo que has hecho!
—¡SR. WITTON!
Papá se detiene. Sus manos se apartan, liberándome, pero el sonido de los
gritos en mi cabeza no termina. Continúan, subiendo, volviéndose más
frenéticos... hasta que me doy cuenta de que el sonido no está en mi cabeza.
Está saliendo de mi boca, y mi garganta está tan en carne viva que puedo
saborear la sangre.
—Shh, está bien. Está bien, Presley. Respira por mí, eres una buena chica.
Todo está bien. Vamos, ahora. Shh.
Abro los ojos y la psiquiatra de antes, la Dra. Raine, está de pie junto a mí.
Me pasa lentamente una mano por el brazo, su contacto es ligero como una
pluma, pero me saca de mi pánico ciego. De repente, dejo de gritar.
—Buena chica. Está bien, no te preocupes. Todo está bien —La Dra. Raine se
vuelve contra papá como un lobo salvaje—. No tengo ni idea de qué demonios
estaba haciendo, señor, pero su hija está en un estado extremadamente frágil.
Lo último que necesita ahora es que alguien la maltrate.
Los ojos de papá están llenos de lágrimas. Da un paso atrás y levanta una
mano hacia mí, como si quisiera acariciar mi otro brazo, para tranquilizarme
y consolarme también. Pero deja caer la mano.
—Lo siento —Su voz es una cosa destrozada, rota—. No era mi intención.
Solo... solo necesito saber qué está pasando. No sé qué hacer.
—Suba y espéreme en mi despacho, por favor. Habitación dos-cero-tres —Los
ojos de la Dra. Raine siguen llenos de ira, pero ahora también hay un tono de
compasión en su tono. Se siente mal por él. Entiende su confusión. Yo
también lo entiendo. No tengo ni idea de por qué reaccioné así hace un
momento. No podía soportar la idea de que me obligara a mostrarle mi
estómago, y...
Una lágrima gorda recorre la cara de papá. —Está bien. Lo siento, cariño.
Um. Yo... —No sabe qué decir. Papá, que siempre sabe exactamente qué decir,
se queda sin palabras. Sin pronunciar otra palabra, sale de la habitación y
desaparece.
La Dra. Raine me aprieta ligeramente el hombro. —Creo que es una buena
idea si te damos otro sedante, Presley. Solo dame un minuto y puedo llamar
a una de las enfer…
—¡No! No más sedantes —Por fin siento que mi mente vuelve a su sitio. El
mundo ya no se ve tan borroso, y aunque la niebla borró el terror de la noche
anterior, ya no me dejaré languidecer en la oscuridad. Es aterrador sentir mi
propia mente tan fragmentada y fracturada y no poder hacer nada al
respecto—. Por favor. No —Trago con fuerza—. No más sedantes. Estoy bien.
Estaré bien. Solo necesito un momento.
La doctora, que huele a café y canela, me dedica una media sonrisa de labios
apretados.
—Está bien, si estás segura. Pero no hay nada de qué avergonzarse, Presley.
Si sientes que todo esto es demasiado en este momento, está bien aceptar un
poco de ayuda. Ya sea de mí, o de algo que te relaje un poco más mientras
tratamos de resolver todo esto, ¿de acuerdo?
Asiento con la cabeza, para darle la impresión de que me lo estoy pensando.
Que aceptaré su oferta si las cosas se vuelven demasiado. Sin embargo, no
necesito su ayuda ni sus drogas. Solo necesito olvidar.
12

Cruzo Mountain Lakes con la caja negra de Meredith metida en la mochila


como una bomba de tiempo. Sus afiladas esquinas se me clavan en la espalda
mientras subo las escaleras hacia la entrada, y oigo cómo algo traquetea ahí
dentro. Una satisfacción infantil me hace sonreír mientras paso por alto la
recepción y me dirijo directamente a los ascensores. Espero que sea una obra
de arte rara. Un huevo de Fabergé o algo así. Alguna reliquia de valor
incalculable que quisiera entregarme como parte de mi herencia. Espero que,
sea lo que sea, esté en tantos pedazos ahora que no tenga ningún valor y que
mi madre vea cuánto significa para mí su gesto de despedida.
De vuelta a Nueva York, Meredith ha donado tanto dinero a tantos hospitales
diferentes que hay salas con su nombre por toda la ciudad. Laboratorios de
investigación. Alas enteras de clínicas y centros de atención, todos dedicados
al nombre de Davis. Ella podría entrar en cualquiera de ellos y recibir
atención de clase mundial. Sería tratada como una maldita estrella de rock,
por el amor de Dios. Pero no. Ha venido aquí, a este diminuto centro del gueto,
a mitad de camino de una montaña, donde apenas pueden atender con éxito
los casos más urgentes, y todo para poder aterrorizarme.
¿Qué demonios le pasa a la mujer?
He tenido la desgracia de pasar bastante tiempo en este lugar durante el
último año. Sé dónde están las habitaciones privadas de los pacientes, y sé
que Meredith no se quedará en ninguna de ellas. La vista desde su ventana
mostraba claramente Cosgroves, lo que significa que la habitación en la que
está, está orientada al oeste. Segundo piso. Llego al hueco de la escalera, bajo
la cabeza, y me cruzo con una enfermera que lleva un portapapeles, y no dice
nada.
No se tarda mucho en encontrar a mi madre. Su voz, profunda y suave,
resonante como el ronroneo de un gato, se transmite extraordinariamente
bien en espacios abiertos. En espacios cerrados como éste, es imposible
confundirla con otra persona.
—Está bien. Sé que lo recordarás para la próxima vez. Solo un cubito de hielo,
en un vaso frío, con agua doblemente filtrada.
Dios. Está usando ese tono.
Voy a entrar en la habitación de la izquierda, al final de un pasillo muy poco
impresionante que huele a lejía, pero una joven enfermera con las mejillas
sonrojadas se tropieza con la puerta abierta. Parece que está a punto de
romper a llorar. Sospecho que sus rubias y cuidadas trenzas son la razón por
la que mi madre le hablaba como si fuera una imbécil; Meredith no soporta a
las mujeres adultas que se peinan como niños. Los ojos de la enfermera se
duplican al verme.
—Oh, no. No, no, no, lo siento. No puede entrar ahí.
—¿Oh? ¿Y eso por qué?
—Esta habitación está siendo utilizada para el cuidado de pacientes en este
momento. Y esta paciente dejó muy claro que no quiere ver a nadie.
Oh, apuesto a que sí. Viene hasta aquí con la excusa de que no fui a verla a
Nueva York, e inmediatamente le dice a todo el mundo que no quiere visitas.
No quiere que la vea. Le sienta de maravilla actuar como si tuviera que
arrastrarse por tres estados solo para luchar por una pizca de la atención de
su indolente hijo, mientras se está muriendo nada menos, y luego hacer tan
difícil como sea humanamente posible que yo llegue a verla. Clásico de
Meredith.
—Hmm —Hago una mueca a la enfermera—. Dígale que su hijo está aquí. Y
dígale que no se moleste con la tonelada de maquillaje mientras está en ello.
La he visto sin “su cara”. Es igual de aterradora con o sin él.
—Yo… —La enfermera mira por encima del hombro, con la boca abierta. Para
ella, la perspectiva de volver a esa habitación y enfrentarse a mi madre es un
destino peor que la muerte. Sé cómo se siente—. Yo…
—No importa —La esquivo, irrumpiendo en la habitación, sonriendo
agriamente ante la situación que se da al otro lado de la misma—. Hola,
Meredith —Sentada en el extremo de su cama perfectamente hecha, mi madre
se aparta del rostro un mechón de cabello dorado pulcramente rizado, aunque
la acción no hace realmente nada. Está perfectamente peinada, su maquillaje
es impecable, y el gesto es solo una muestra.
—Ahí estás. Me he muerto de hambre, esperándote —dice.
Señor de arriba, ayúdame a sobrevivir a esta mujer. —¿De qué estás
hablando?
Se alisa las manos sobre su pantalón de lino gris suelto. Con su elegante
blusa blanca y el pañuelo azul marino anudado al cuello, es una imagen de
gracia sin esfuerzo, como siempre. Que el cielo no la sorprenda aun
respirando y con una bata de hospital.
—Cuando el pobre Peter me contó lo que pasó anoche, supe que te esperaba.
Pensé que podríamos ir a comer. Aprovechar la visita. Supuse que aparecerías
puntualmente a la una, así que me abstuve de romper el ayuno. Las
enfermeras me han estado atormentando, tratando de hacerme comer
durante la última hora y media, pero les dije que no. Tenía que esperar. ¿No
son unas chicas encantadoras, Pax? Tan atentas. Tan cariñosas.
Imposiblemente amistosas.
Para ella, tal vez. Debe estar pagando al hospital generosamente para ponerla
así. Solo soy un pedazo de mierda entintado con el ceño fruncido que parece
que está buscando pelea. Las chicas de Meredith, imposiblemente amistosas,
sin duda sospecharán y serán mordaces cuando interactúen conmigo.
—Estaba pensando en que fuéramos a ese lugar. ¿Cómo se llama?
¿Harry's? —dice, levantándose y buscando su bolso en la habitación. Intento
recordar el nombre de aquella mujer que me llamó en Córcega y me dijo que
mi madre se estaba muriendo. Por lo que veo, mentía, porque Meredith parece
estar bien. Un poco más delgada de lo normal, supongo. Su piel se parece un
poco a... ¿papel? Pero aparte de eso, está muy bien, lo suficientemente bien
como para llevar tacones de diez centímetros, y su actitud de no hacer nada
está en perfecto estado de funcionamiento.
Busca su bolso y se pasa la correa de cadena dorada por el hombro. Luego
me mira.
—¿Y bien? ¿Nos vamos o no? No me gustaría tener que repetirlo, pero tengo
bastante hambre, cariño —Me pone una mano diabólicamente fría en la
mejilla—. Y aunque Harry's no es un restaurante al uso en Nueva York,
supongo que estarán ocupados a estas horas. No me gustaría molestarles
apareciendo justo al final del servicio de comida. Estoy segura de que querrán
dar tiempo a los camareros para preparar el servicio de la cena.
Ves, este es el problema con Meredith. El problema de estar enojado con ella
específicamente. Hace las cosas más malas y descuidadas, y luego se
comporta como ella misma: encantadora, dulce, atractiva e inocente, y te
olvidas de por qué estás enfadado con ella. Sin embargo, me he dado cuenta
de sus trucos. Me costó años, pero finalmente me di cuenta de que la única
manera de tratar con Meredith sin sentir que te han engañado con algunas
emociones muy justificadas es ser muy directo con ella.
—No vamos a ir a comer filetes, mujer. Te estás muriendo.
Se endereza como si acabara de recibir una carga de cincuenta mil voltios.
Sus ojos azul pálido, tan fríos y distantes como icebergs a la deriva, se clavan
en mi piel como escalpelos.
—Lo siento. No veo el problema. ¿Discriminan los restaurantes de Mountain
Lakes a los clientes con enfermedades terminales? ¿O las mujeres
moribundas no pueden comer filete en particular? Porque si ese es el caso,
cariño, me quedaré con el pollo.
Por supuesto que iba a actuar así. ¿Morir? No es gran cosa. No hagas un
escándalo, cariño. El personal está mirando. Quiero sacudirla, para que deje
de lado las tonterías y desate el río de emociones que carga bajo su estoica
fachada. Quiero verla sollozar por la injusticia de todo esto. Quiero verla
negociar y suplicar. Quiero que sienta algo. Sin embargo, lo único que
conseguiré sacudiéndola es que me vuelvan a echar del edificio. No hay
ningún río profundo de emociones que se estrelle contra los muros
kilométricos que mi madre ha construido con tanta pericia. Si cavara lo
suficiente, podría descubrir un débil y patético hilo de emoción, pero nada
más. Meredith hizo un gran trabajo para contener sus sentimientos a finales
de los años ochenta. Para provocar algo más que una leve desaprobación de
mi madre, una persona necesitaría un título en psicología, un título en
arqueología y el equipo de excavación adecuado para cavar tan profundo.
—Muy bien. Bien. Hazlo a tu manera. Vamos al maldito Harry's. Come el
filete. Come lo que te dé la gana. Ni siquiera me importa.
Se acerca y me tira por debajo de la barbilla como si tuviera cinco años.
—Ya sabes. Incluso podría tomar un vaso de vino, creo.
Cualquier padre normal me habría reprendido por las palabrotas, pero
Meredith no. Nunca ha reprimido mi lenguaje. Creo que es porque nunca
escucha realmente lo que digo; está demasiado ocupada pensando en lo que
va a decir a continuación.
Harry's está despreciablemente lleno, a pesar de que es tarde. Meredith
picotea una ensalada de bayas como un pájaro mientras bebe tres copas de
vino tinto seguidos. Me impresiona su resistencia dado su pronóstico. Pido el
filete más caro del menú y pido una guarnición de cien dólares, y luego no
toco ni un solo bocado de la comida. No podría comerlo ni, aunque lo
intentara. El trozo de carne (extra sangriento, lo pedí azul), y el brócoli, las
patatas gratinadas, los macarrones con queso, y las tres diferentes ensaladas
de guarnición son una ofrenda pagana a la bruja sentada al otro lado de la
mesa que parece un altar. Una que espero que la satisfaga antes de que sienta
la necesidad de preguntarme si he desarrollado un trastorno alimentario en
mis rodajes europeos. Tengo dieciocho años, por el amor de Dios. Soy un
corredor. Estoy repleto de músculos de la cabeza a los pies. Estoy lo más lejos
que una persona puede estar de consumirse por bulimia, pero Meredith leyó
un artículo en la revista Holistic Healing for Empaths, y desde entonces está
obsesionada con la idea de que tengo una relación negativa con la comida.
Nos sentamos en silencio. Compruebo el paso de los minutos al ver cómo baja
el nivel del vino en la copa de Meredith. Cuando ella hace señas al camarero,
señalando su copa, pidiendo otra, me pongo a temblar. Le dirijo al camarero
una mirada de asco que comunica perfectamente lo que ocurrirá si se atreve
a traer otra botella de vino para rellenar la copa de esta loca.
—Oh, de verdad, Pax. ¿Tienes que ser tan bruto? Soy una adulta. Puedo
tomar mis propias decisiones.
Creía que tenía buen aspecto en el hospital, pero en la naturaleza, sin la
cálida y experta iluminación que probablemente le ha curado en su
habitación privada, las grietas están empezando a aparecer. Parece cansada.
Su piel es de color gris cetrino, y el filo de su mirada, que suele ser agudo, no
aparece por ningún lado. Es una aproximación a la mujer poderosa con la
que crecí, hermosa, pero obviamente débil de una manera que es difícil de
precisar.
—Vamos a volver al hospital —digo—. Ahora.
Arroja la servilleta sobre la mesa, apartando la mirada con disgusto, y los
huecos de sus mejillas la hacen parecer un esqueleto elegante y bien vestido.
—Nunca pensé que vería el día en que mi propio hijo se volviera contra
mí —murmura.
—Oh, por favor. Deja de ser tan dramática. Estás enferma. Beber el bar en
seco no va a hacer que te sientas mejor.
—¿Y cómo lo sabes? ¿Has tenido leucemia antes? ¿Hablas desde tu vasto pozo
de conocimientos sobre el tema? —Sus ojos brillan con una ira fría y
distante—. Estoy segura de que no sabías nada sobre la leucemia antes de
que esa estúpida mujer rompiera la confidencialidad de los pacientes.
—Tienes razón. No lo sabía. Pero debería haberlo hecho, ¿no? Porque deberías
haberme dicho qué mierda estaba pasando —Las palabras salen de mí como
balas. Tienen poco efecto en Meredith.
—No seas tan tonto. ¿Qué sentido habría tenido? Tuve que ver morir a mi
madre. Lentamente. Dolorosamente. Fue horrible. Nunca querría desearle ese
tipo de dolor a nadie —Se lleva la copa vacía a los labios y la inclina hacia
atrás como si fuera capaz de manifestar más vino solo con la fuerza de
voluntad. Lamentablemente, su plan no funciona.
—Prueba el agua —le digo—. Ya sabes. Qué haría Jesús. Según tu libro,
movería los dedos sobre su Perrier espumoso y lo convertiría en un buen
Shiraz —Sé que estoy eligiendo la pelea equivocada, pero no puedo
contenerme. Quiero irritarla. Quiero joderla. Si puedo hacer que se enfade
una fracción de lo que yo, entonces podría ser capaz de respirar de nuevo. Tal
vez.
Tal y como sabía que ocurriría, el comentario provoca una reacción fuerte e
inmediata. Deja la copa con un golpe seco.
—No es mi libro. La Biblia pertenece a todos los seres humanos que han vivido
o vivirán. Jesús convirtió el agua en vino como demostración de que podía
hacer milagros…
—Creo recordar que lo hizo porque estaba en una boda y se habían quedado
sin bebida —Arranco un panecillo, lo rompo en pedazos y me meto uno de los
cuartos destrozados en la boca. Mastico con la boca abierta, mirándola
fijamente.
Meredith hace un gesto. —Ni siquiera debería sorprenderme este tipo de
comportamiento, viniendo de ti. Pero sabes cómo me siento cuando le faltas
el respeto a nuestro Señor y Salvador. Me molesta...
—Será mejor que te lleve a tu habitación antes de que te explote la aorta,
entonces —Le hago un gesto con la cabeza al camarero cuando pasa por
delante de nuestra mesa. Debo de haberlo aterrorizado con mi mirada oscura,
porque ya tiene nuestra cuenta impresa y lista para llevar en una billetera en
la parte delantera de su delantal. La deja caer cautelosamente sobre la mesa,
sonriendo con una mueca y agradeciéndonos por ser unos invitados tan
maravillosos mientras se aleja apresuradamente como si tuviera miedo de
perder una mano. He hecho más de una escena en Harry's en el pasado.
Vierto un fajo de billetes en la billetera y me río amenazadoramente cuando
Meredith pone los ojos en blanco y vuelve a meter su AMEX en su cartera de
Louis Vuitton. Me echaría si intentara ayudarla a salir del restaurante, así
que ni siquiera me molesto en ofrecérselo. Tomo mi mochila del respaldo del
asiento de al lado y salgo, aprovechando la oportunidad para encender la
chispa mientras ella se despide de los camareros y del personal de sala, de la
anfitriona y de toda una serie de personas que probablemente se alegren de
ver su espalda.
Estoy hasta el filtro cuando Meredith sale del restaurante, limpiándose
delicadamente la comisura de los labios con una servilleta de papel. Pasando
la mano por delante de su rostro, abre la boca, a punto de lanzar una diatriba
antitabaco, pero la interrumpo.
—No lo hagas. No lo jodidamente hagas.
Nos sentamos en silencio en el auto y, cuando llegamos al hospital, subimos
en silencio en el ascensor hasta la segunda planta. Meredith se detiene a
charlar con todos los médicos y enfermeras con los que nos cruzamos, y los
idiotas la adulan como si fuera una especie de celebridad de la lista A. El
sabor cobrizo de la sangre me cubre la boca mientras me muerdo el interior
de la mejilla, rebotando sobre las puntas de los pies, esperando a que termine
el desmañado e interminable desfile.
Meredith aprovecha al máximo su microestrellato. Se acicala y se deja caer
para hacer cumplidos. Incluso le lanza un beso al aire a un portero. Gruño
en voz alta por la molestia, lo que me hace ganar un severo sermón sobre
cómo los trabajadores domésticos también son personas, y probablemente
merecen más nuestro tiempo y atención porque no están acostumbrados a
que sus superiores los reconozcan. Lamentablemente, no se da cuenta de lo
jodidamente hipócrita y condescendiente que es esa afirmación.
De vuelta en su habitación, se desenreda la bufanda del cuello y la pasa por
el brazo de un perchero antiguo que parece totalmente fuera de lugar en el
pequeño hospital de Mountain Lakes.
—Bueno, pues vamos a quitarnos esto de encima, ¿Bien? —dice, con un tono
que destila frustración.
Tiro la mochila sobre la cama y abro la cremallera. La caja negra cae sobre
las sábanas de cachemira, que no son las habituales del hospital, y Meredith
arquea una ceja con frialdad.
—¿De eso se trata? ¿La caja?
—No puedes dejarme regalos para después de muerta —escupo.
Ella reprime una risa, masajeando el lado de su cuello. —Bueno, yo no lo
llamaría un regalo.
—¿Qué es entonces, si no un gesto sentimental del más allá? Eso es lo que
se supone que es, ¿no?
—Has venido a fastidiarme y a arruinarme el día por esto, ¿y ni siquiera has
mirado dentro? —Ella niega con la cabeza—. Sinceramente, no creo que
tengas el mismo sentido común con el que naciste, Pax. Eso no tiene ningún
valor —Toma la caja y le da la vuelta hasta que la escritura de mi nombre
está orientada hacia arriba—. La urna que contiene las cenizas de tu padre
está aquí. Me harté de mirarla en el ático, así que la empaqué para que la
tuvieras una vez que me hubiera ido. ¿Qué? No me mires así. ¿Qué se supone
que debía hacer? ¿Simplemente tirarlo por el triturador de basura?
Parece realmente molesta de que reaccione mal a esto. Pero, ¿qué carajo?
—¿La urna que contiene las cenizas de mi padre ha estado dando vueltas en
mi mochila todo el día? ¿Mi padre muerto? Has perdido la jodida cabeza.
—Realmente, Pax. Necesitas encontrar una manera de autorregularte.
Respondes a situaciones muy normales de formas realmente extrañas.
Agarro mi mochila, aprieto los dientes y paso los brazos por sus correas.
—Cuando te vayas, me pasearé por el metro con tus restos incinerados en un
Ziplock, entonces. ¿Te parece bien?
—Eso depende. Sé qué barrios te gusta frecuentar, cariño —Me estudia con
cierta decepción—. Mientras no me lleves a Queens, supongo que no me
importaría. Pero eso es una cuestión discutible. No voy a ser incinerada. Voy
a donar mi cuerpo a la ciencia médica.
Un calor furioso y punzante sube por mi espalda y me quema entre los
omóplatos. —Bien. Quizá puedan abrirte el cerebro y averiguar por qué
demonios estabas tan jodida, mamá —Me doy la vuelta y salgo corriendo de
la habitación antes de que pueda decir la última palabra. Pero no soy lo
suficientemente rápido. Nunca soy lo suficientemente rápido.
—¡Meredith, querido! ¡Meredith! ¡Sabes que no me gusta que me llames así!
13

Estoy de mal humor. Quiero romper algo.


No tengo ni idea de lo que estoy haciendo o a dónde voy. Salgo del ascensor,
siguiendo a la persona que está delante de mí, sin ver ni oír, ni sentir nada.
De repente, Pete, el guardia de seguridad, está de pie frente a mí, y lleva una
sonrisa kilométrica.
—¡Buen hombre! Remy dijo que pensaba que vendrías, pero admito que
apostaba contra ti, chico.
—¿Qué?
—Queda media hora antes de que echen a todos. Ven conmigo.
Todavía estoy demasiado aturdido por mi encuentro con Meredith como para
procesar completamente lo que está diciendo. Apenas estoy procesando nada
mientras sigo tontamente a Pete hacia una pequeña tienda de regalos y
aperitivos, donde se dirige a la esquina trasera y empieza a manejar una
pequeña máquina de helados, vertiendo una mugre amarilla pálida en un
pequeño vaso de plástico.
—Parece que el limón es su favorito, ¿verdad? Personalmente, me gusta el
sabor a chicle. Mi hija siempre me da la lata por pedir la mierda azul falsa. Y
antes de que lo digas, sé que parece asqueroso. Solo un montón de azúcar
procesado. No tiene nada de nutritivo. Aun así. Me hace sentir mejor cuando
estoy enfermo. Estoy seguro de que la hará sentir mejor, también.
Me apetece un cigarrillo. Me pregunto si alguien se dará cuenta si lo enciendo
aquí. No creo que pueda esperar hasta salir fuera; me hierve la sangre.
Tienes que encontrar una manera de autorregularte. Respondes a situaciones
muy normales de formas realmente extrañas.
Jodidamente. Increíble.
Tengo las manos frías. ¿Por qué tengo las manos tan frías? Miro hacia abajo
y estoy de pie frente a una caja registradora, sosteniendo una pequeña taza
de helado de limón. Espera... ¿qué demonios?
—Tres ochenta por una pequeña, gracias —La cajera que está al otro lado de
la caja registradora me mira expectante.
A mi derecha, Pete asiente. —No se me permite llevar una cartera mientras
estoy de servicio —dice—. Pero es mejor así. Mejor que venga de ti.
—Mejor que... ¿qué?
—Lo siento. Si no está listo para pagar, ¿puede hacerse a un lado? —le
pregunta la cajera—. No hay mucho espacio aquí y se está formando una cola.
Mecánicamente, saco un billete de veinte dólares del bolsillo y se lo doy a la
cajera. Me da el cambio, y todo el tiempo el helado me quema la palma de la
mano, está muy frío.
—Cosas geniales. Ahora, cuando vayas allí, no... ya sabes. No menciones
nada sobre... ya sabes —Pete me lleva por los hombros fuera de la pequeña
tienda y a la izquierda por el pasillo—. Para algunos pacientes puede ser muy
conflictivo que la gente hable de sus lesiones desde el principio. Sin embargo,
creo que sería prudente esperar en este caso. Su padre estuvo aquí antes y
causó una gran escena.
Mi cabeza late con fuerza. —Lo siento, ¿qué demonios está pasando? ¿Por
qué me estoy congelando por una taza de mierda de perro amarilla? ¿A dónde
mierda me llevas, viejo?
Frunce el ceño. —El lenguaje no ha mejorado, entonces. Es una pena. Aun
así. Supongo que es normal que los chicos de tu edad maldigan mucho. Allá
vamos —Pete me da la vuelta, con las manos aún sobre mis hombros, y antes
de que pueda atar cabos, estoy atravesando una puerta que da a la habitación
3e, y, por fin, ahí está Presley. La chica. La que tiene un halo de cabello
castaño rojizo, los ojos caramelo quemados y las muñecas abiertas. Aunque
sus muñecas ya no están abiertas. Presumiblemente, sus heridas han sido
cosidas debajo de los gruesos vendajes que lleva. A diferencia de las primeras
horas de esta mañana, en el asfalto, ya no está cubierta de sangre. Y cuando
gira la cabeza sobre la montaña de enormes almohadas colocadas detrás de
su cabeza y me mira, sus ojos se centran en lugar de rodar hacia el interior
de su cráneo.
Me echa una mirada y sus rodillas vuelan por debajo de las mantas, como si
quisiera formar una barrera entre nosotros.
—Uhhhh... no. No, no, no —Es un ciervo en los faros.
Me siento como si hubiera sido “Parent Trapped”. Esa referencia
probablemente no funcione aquí, pero a la mierda. Es lo que siento. Pete está
metiendo las narices, y no parece que Presley aprecie su intromisión.
Definitivamente yo no lo aprecio.
—Estoy cansada. Estaba a punto de dormir —gime—. No puedo recibir más
visitas hoy.
—Una más no hará daño —argumenta Pete—. Tu padre lleva ya dos horas
fuera. Deja de ser tan grosera y saluda a tu invitado. Te ha traído algo.
El helado se ha derretido y un río de líquido pegajoso y neón corre por el dorso
de mi mano. Presley me mira, pasando rápidamente por encima de mi cara y
mi torso, centrándose en el postre; su expresión no cambia. En todo caso,
parece aún más angustiada.
—¿Es eso... un helado de limón? —susurra.
—Pregúntale al guardia de seguridad entrometido —Frunzo el ceño enfadado
por encima del hombro, pero, ¿te lo puedes creer, Pete ha desaparecido
milagrosamente?
—Solo lo conozco desde hace seis horas. Tiene una manera de... ponerse
cómodo —dice Pres—. Me trajo una revista. Luego un DVD. No esperaba que
te trajera a ti.
Un poco molesto, un poco horrorizado por haberme dejado obligar a esto sin
darme cuenta de lo que estaba pasando, entro en la habitación como es
debido y dejo el pegajoso helado en la mesita de noche junto a ella.
Parpadea hacia mí, muy alerta y muy curiosa. También, muy pálida y muy
cansada. Unas sombras oscuras cubren la piel debajo de sus ojos. Parece
embrujada. Irritado, me doy cuenta de que es interesante mirarla. Tiene el
aire de una paciente de consumo victoriana, frágil, con detalles finos y
delicados como el encaje. En contraste con su piel mortalmente pálida, su
cabello parece estar en llamas.
Me reviento un nudillo del pulgar, con la mirada perdida. —¿Cómo están las
costillas? —le pregunto.
—Duele. Me duele al moverme.
—No quise romperlas.
—No lo hiciste. Solo están magulladas.
Huh. Ninguna caja torácica debería arquearse como lo hicieron las suyas bajo
mis manos. Pensé con seguridad que las había roto. No es que importe.
—Bueno, bien. Buena suerte con... todo. Me tengo que ir. Adiós.
Me detiene antes de que pueda ir hacia la salida. —Espera.
Oh, Señor. Aquí viene. La explicación. El por qué de todo este lío. Cansado
hasta los huesos, la miro fijamente con una irritación acerada. —¿Qué?
Sus ojos brillan con fuerza. Al principio, esos ojos parecen poco llamativos.
De cerca, están lejos de serlo: un ámbar profundo y rico, como la miel cálida,
moteado con motas de marrón que se convierte en un estallido de oro pálido
alrededor de su pupila. Son realmente impresionantes. Parpadea y me doy
cuenta con horror de que la he estado mirando.
—No... por favor, no digas nada —susurra.
—¿A quién? ¿Sobre qué?
Deja escapar una carcajada.
—A tus amigos. Sobre esto. Sobre que yo esté aquí. La forma en que me
encontraste. Si se lo dices, se lo dirán a Elodie y a Carina, y yo no... no quiero
que...
Esas pistas. Una persona normal no querría que sus amigos se enteraran de
que actuó de forma tan tonta. Supongo que puedo ver eso. Y cualquier otra
persona normal, que hubiera vivido lo que yo viví anoche, podría sentir el
deseo de contar a sus amigos la noche loca que tuvo, salvando literalmente
la vida de uno de sus compañeros. Sin embargo, no soy un maldito charlatán.
Los chismes son lo último que me importa.
—No te preocupes. Tengo mejores cosas que hacer con mi tiempo que contar
esta mierda.
Su expresión vacila. Parece aliviada, pero también... ¿Desgarrada? Dios. No
sé cómo se ve, o lo que está pensando. No tengo ni idea de lo que pasa por la
cabeza de las chicas. Sin embargo, traga, asintiendo lentamente, y solo puedo
asumir que la he hecho feliz.
—Gracias —susurra.
—¿Hemos terminado aquí?
Ella asiente.
—Genial. Te veré en la escuela. Espero que te mejores pronto, o... lo que sea.
—Espera. ¿Pax?
Hoy saldré de este hospital. Incluso si me mata. —¿Sí, Presley?
—He oído lo de tu madre. Es una paciente de aquí, ¿verdad? La enfermera
dijo que por eso estabas fuera. ¿Porque necesita un trasplante de médula
ósea, y tú eres probablemente compatible? ¿Vas a salvarla también?
Oh, por piedad. —Meredith no quiere que la salve —me quejo—. Si lo quisiera,
me habría pedido que me hiciera las pruebas hace meses, cuando empezó a
ponerse realmente enferma. Ni siquiera me lo ha pedido ahora. Así que no.
No voy a jodidamente hacerlo.
Presley no dice nada. Se echa hacia atrás contra las almohadas, mirándose
las manos, y puedo sentir la censura rodando por ella. Pero a quién le importa
lo que piense Presley Chase. Joder, a mí seguro que no. Entonces, ¿por qué
sigo aquí de pie como un perdedor? Debería darme la vuelta y salir de esta
habitación aquí y ahora. Solo que, por alguna razón... no puedo.
Presley toma el helado, pinchando con una cuchara de plástico la masa
amarilla que se derrite en el vaso.
—Así que... ¿se supone que tiene que suplicar por tu médula ósea entonces?
—Sabes, prefería mucho más cuando no podías soltar una frase sólida
delante de otras personas —digo bruscamente—. Entonces eras mucho
menos molesta —En los últimos tres años, la chica se ha sonrojado locamente
y ha salido corriendo cada vez que la he mirado de reojo. Habría supuesto
que sería aún más tímida conmigo dadas las circunstancias, pero ahora no
parece molestarle tanto mi presencia. Estoy enfadado porque su afirmación
escuece de una manera que solo la verdad puede hacerlo. Si estuviera
equivocada, me desharía de ella sin sudar, pero siento que me molesta—. No
se la daría, aunque me lo rogara —le digo.
—Entonces la odias. Quieres que se muera —No hay ningún juicio en esta
afirmación. Se limita a mirarme con curiosidad: una chica fantasma con las
muñecas vendadas, dando vueltas a su cuchara en el helado. Es un milagro
que pueda usar las manos, teniendo en cuenta lo profundas que eran sus
heridas cuando la encontré. Debe de haber perdido los tendones.
—Si estoy de acuerdo contigo, ¿me dejarás ir? —gruño.
Me mira, pero no puede sostener mi mirada durante mucho tiempo. Desvía
la mirada y mira por la ventana.
—Salvarla sería una mejor venganza que dejarla morir.
—¿De qué estás hablando?
—Si donas tu médula ósea y salvas la vida de tu madre, ella te lo deberá todo.
Estará siempre en deuda contigo. No importa lo que diga o haga, o lo horrible
que sea, sabrás que eres la razón por la que ella sigue caminando sobre la faz
del planeta. Hay algo poético en eso.
Aprieto los dientes, con las fosas nasales abiertas. Dejar morir a Meredith es
una cosa. Forzarla a vivir... eso sí que es perverso. Y sí. El lado teatral y
melodramático de mi madre está disfrutando de su propia muerte lenta y
trágica. Probablemente piensa que desvanecerse en la nada en una cómoda
cama de hospital es terriblemente romántico. Pero no lo es. Es una jodida
estupidez. Y yo podría destruir su macabra fantasía como si fuera una
burbuja de jabón, si tan solo sacara mi dedo y... la reventara.
Para reflexionar.
—Supongo que tienes razón. Gracias.
Me mira pensativa. —De nada. ¿Crees que podrías hacerme un favor?
—¿Porque salvar tu vida no fue suficiente?
No sonríe. Pero tampoco se aleja de mí. Sus ojos se llenan de una nueva y
desconocida resolución. —¿Lo harás o no?
—Depende. ¿Vas a agradecerme que te haya salvado?
—No.
Una respuesta tan rápida. Firme. La mayoría de las chicas se habrían puesto
muy rojas y habrían tropezado con un humillado agradecimiento, tan rápido
como quieras. La Chase (su nombre es demasiado largo para darle el título
completo, incluso en mi cabeza) que conozco de la escuela estaría demasiado
ansiosa incluso para hacer eso. Pero esta chica de aquí, que se parece tanto
a Chase, y suena tanto como ella, se muestra decidida cuando emite su
negativa.
Moderadamente divertido, cruzo los brazos sobre el pecho. —¿Por qué
demonios iba a hacer más favores por ti si eres tan desagradecida, entonces?
—Te lo agradeceré —responde ella.
—¿Qué es?
—Quiero que me beses.
—¿Qué?
—Tengo una teoría.
La chica está loca de remate. La han limpiado, sí, pero no han hecho un
trabajo perfecto. Su cabello todavía está cubierto de sangre seca, y hay motas
de ella en el dorso de sus manos. Parece demasiado pálida y demasiado
enferma. Espantoso, todo.
—No te voy a besar, joder. ¿Por qué demonios iba a hacerlo?
Se encoge de hombros. —¿Para ver qué se siente al besar a una chica medio
muerta? ¿Para ver qué se siente al besar a una chica que está tan rota como
tú? Piensa en ello como un experimento.
—Ignorando el comentario de la rotura -por cierto, grosero- ¿qué espero
conseguir participando en este ridículo experimento? ¿Qué demonios se
supone que voy a aprender?
De nuevo, ella rebota un hombro, mirando sus manos, con los dedos
enredados en su regazo. —No lo sé. Supongo que lo descubrirás.
Nunca he escuchado algo tan estúpido o sin sentido en toda mi vida. Hay algo
intrigante en esta chica pálida y medio muerta. Sería un gran fantasma. Pero
eso no significa que me vaya a enrollar con ella mientras está tumbada en
una cama de hospital.
—¿De qué tienes miedo? —pregunta—. Las tendencias suicidas no son
contagiosas.
—No pensé que lo fueran. No tengo miedo de nada...
—Entonces pruébalo. Bésame.
Esto es simplemente estúpido. ¿Trata de engañarme para que le dé lo que
quiere insinuando que soy un cobarde si no lo hago? Ya no estoy en el jardín
de infancia, e incluso cuando lo estaba, no era tan fácil de manipular. Pero el
nivel, la forma constante en que me mira es diferente. Siempre que me he
molestado en mirarla en el pasado, ha agachado la cabeza o se ha dado la
vuelta y ha salido corriendo de la habitación. Nunca le había visto bien el
rostro, y admito que es muy hermosa.
Tal vez besarla sería un experimento interesante. Tal vez haya algo que
aprender aquí. Me divierte tanto como me irrita cruzar la habitación y
ponerme a su lado, junto a la cama. Sin embargo, después de mi desastroso
encuentro con Meredith, no estoy de humor para perder mucho tiempo en
esto.
Se estremece visiblemente cuando me agacho, pero el breve parpadeo de
vacilación desaparece cuando me detengo, a cinco centímetros de su boca.
—¿Has cambiado de opinión? —le digo en voz baja.
—No. Solo que no estaba preparada. Ahora lo estoy.
Me muerdo la risa fría. —Lo que sea, Chase. Quédate quieta —Apoyo una
mano en la pared detrás de su cabeza y bajo mi boca rápidamente para
encontrar la suya. A diferencia de la noche anterior, cuando le di dos
respiraciones de recuperación durante la RCP, esta vez sus labios son firmes.
Ejercen un poco de presión y, sorprendentemente, me devuelve el beso.
Huele de forma extraña, como a jabón barato de hospital y lejía. Sin embargo,
bajo el olor astringente de los líquidos de limpieza y el detergente, sigue
oliendo ligeramente al mismo perfume que llevaba anoche. Algo fresco y floral.
Apoyando la parte posterior de su cabeza en mi mano, aplico más presión,
profundizando el beso. Chase se derrite, su peso se asienta y su cabeza se
vuelve muy pesada en mi mano. No se resiste cuando separo sus labios y
deslizo mi lengua entre sus dientes. Lo hago sobre todo para sorprenderla,
para tomarla desprevenida, seguro de que no espera que lleve este extraño
experimento tan lejos, pero ella solo gime ligeramente, abriéndose más para
permitirme un mejor acceso.
Bueno, bueno, bueno.
La chica tiene agallas, lo reconozco. Su boca es tan dulce: una ráfaga de
cítricos en mis papilas gustativas, cortesía del gelato de limón que le llevé con
engaño. ¿Y ese pequeño gemido? Que me condenen si ese pequeño gemido no
ha hecho que mi polla se mueva en mis pantalones; puedo sentir que se me
pone dura. La experiencia es mucho más placentera de lo que esperaba, y por
eso mismo corto el rollo y me enderezo, alejándome de ella.
Ya no parece tan medio muerta. Sus mejillas están rosadas y sus ojos han
cobrado vida.
—Bueno —Se aclara la garganta, jugueteando contra las almohadas,
definitivamente un poco nerviosa.
—¿Feliz ahora? —retumbo—. ¿Conseguiste lo que necesitabas de eso?
Ella asiente. —La verdad es que sí —Parece un poco sorprendida.
—Adiós, Presley.
Esta vez, lo digo en serio.
14

Soy compatible.
No me hago la prueba porque Chase me ha hecho caer en la trampa. Mis hilos
no se mueven tan fácilmente. Dios. Pero ella planteó un punto muy bueno.
Meredith quiere morir, porque morir la convierte en una mártir. Oh, pobre
mujer. Languideció en ese hospital durante meses, y ese miserable hijo suyo ni
siquiera fue a visitarla. Ella sabía que probablemente era compatible, pero no
podía soportar que sufriera ningún dolor, así que se dejó morir. Ese es el amor
que una madre le da a su hijo. Tan hermoso. Tan triste.
Seré condenado hasta hades y de vuelta tres veces si dejo que se salga con la
suya. Y sí. Será un buen bono que ella nunca, nunca será capaz de darme
una mierda por nada nunca jodidamente de nuevo. Seré el campeón benévolo
que le permitió seguir respirando, y no dejaré que lo olvide nunca.
Me abstengo de volver a visitar a mi madre. Las enfermeras le dicen que se
ha encontrado un donante anónimo, y ella sigue diciéndoles que tiene que
pensar en aceptar la donación. Piensa en ello, como si no fuera la noticia más
aliviadora que ha recibido nunca, joder. Hay gente ahí fuera, aferrándose a la
vida, esperando recibir la noticia de que se ha encontrado un donante para
ellos. Venderían todo lo que tienen por una semana más, un día, un segundo
más con sus familias. Pero Meredith tiene que plantearse si quiere siquiera
una segunda oportunidad en la vida. Como si la sola idea le resultara tediosa.
Dos días más tarde, me ingreso en el hospital y me pongo a gruñir y hablar
toscamente con todas las enfermeras que vienen a decirme lo valiente y
sorprendente que les parezco. Algunas están buenas. Un par de ellas son
decenas. Pensaba que ser modelo sería siempre lo que más coños me
anotaría, pero resulta que proporcionar cierta cantidad de la sustancia
viscosa del interior de tus huesos hará que a las mujeres se les caigan las
bragas a diestro y siniestro. Mientras estoy recostado en la abultada cama del
hospital, esperando a que el cirujano baje y me diga exactamente lo que va a
pasar y me lleve al quirófano, se me presentan al menos cuatro oportunidades
para follar. Las ignoro todas. No sé qué me pasa. La idea de que me pueda
chupar la polla una enfermera buenorra mientras Chase sigue recuperándose
de sus heridas dos pisos por debajo de mí es de algún modo inaceptable. No
me importa la chica. Realmente no me importa. Pero cada vez que uno de
estos espectáculos de humo me golpea, mi polla se mantiene decididamente
blanda.
Mi médico es profesional, frío y seguro. Repasa el procedimiento y finjo
prestar atención. No puedo concentrarme en nada más que en mi
desesperada necesidad de acabar con esto para poder salir de aquí y volver a
Riot House.
—¿Entiende, Sr. Davis? —Me mira severamente por el puente de su nariz.
—Sí, claro.
—Repite lo que te acabo de decir.
—No nadar durante la recuperación. Nada de alcohol. Nada de sexo. Nada de
actividades extenuantes de ningún tipo. Voy a tener dolor. Tendré moretones.
Si noto alguna hinchazón extraña o sangre en la orina, tengo que ir a un
hospital en cuanto pueda…
—No en cuanto puedas —El doctor sacude la cabeza—. Inmediatamente. Si
hay sangre en la orina o tienes fiebre, algo podría estar muy mal. Dependiendo
de la causa, podrías acabar muerto. ¿Se da cuenta de que esto no va a ser un
paseo por el parque, Sr. Davis? Habrá dolor y molestias. Va a tomar algún
tiempo antes de que se recupere y se sienta completamente usted mismo.
Lo admito, pensaba que iban a poder donar una carga de sangre y sacar lo
que necesitaban de mí de esa manera. Hoy en día es muy común que la gente
done células madre de sangre periférica, pero el Dr. London pensó que la
donación tradicional, más invasiva, sería más eficaz en el caso de mi madre,
así que aquí estoy, a punto de que me hagan un agujero en la parte posterior
de mi jodida pelvis.
Lo miro fijamente a los ojos. —Leí todos los panfletos tontos. He investigado
en Internet. He hablado con ocho de ustedes sobre esto. Sé lo jodido que va a
ser. ¿Podemos, por favor, seguir adelante?
Lleva la mirada de “no aprecio tu actitud” en la cara. Es increíble la cantidad
de gente que he visto con ella a lo largo de los años. Exhala lentamente por
la nariz, con los ojos clavados en mí, y luego garabatea en el portapapeles que
lleva en la mano; se lo entrega al residente acobardado que está detrás de él.
En el quirófano, un malhumorado hijo de puta con un aliento que apesta a
café rancio me dice que cuente hacia atrás desde diez mientras me anestesia.
Lo miro fijamente, con el ceño fruncido, mientras los bordes de mi visión se
desdibujan.
Entonces, todo es negro.
Cuando me despierto, tengo un segundo pulso en la cadera izquierda y late
demasiado rápido. Duele mucho. Ahora estoy en una habitación de hospital
y afuera está oscuro. Mountain Lakes está en silencio al otro lado de la gran
ventana desnuda de la habitación, pero hay un extraño zumbido eléctrico en
el aire. Tal vez el irritante zumbido tenga algo que ver con el hecho de que
alguien acaba de hacerme un agujero en la puta cadera. ¿Quién puede
saberlo a estas alturas?
Intento incorporarme y un rayo desciende del cielo y me golpea en la polla. El
horror se agolpa en mis entrañas mientras el miedo se apodera de mí. ¿Por
qué mierda me duele la polla? ¿Por qué mierda me duele la polla? Algo ha
salido mal. Me han herido de alguna manera. Estoy roto. Me han jodidamente
mutilado. Retiro la sábana, preparándome para lo peor. Y ahí está: un tubo
fino que sale del extremo de mi polla. Lleva a una bolsa de plástico
transparente, unida a un poste de suero junto a la cama.
Me pusieron un catéter. Un maldito catéter. No puede ser. No voy a estar aquí
tumbado con una manguera metida en el agujero de mi polla. Miro a mí
alrededor, tratando de encontrar un botón de llamada que pueda usar para
llamar la atención de alguien. Finalmente, veo los botones en el brazo interior
de la camilla. Aprieto el botón rojo cinco veces y la puerta se abre de golpe
contra la pared. ¿Quién debería entrar, con aspecto frenético y dispuesto a
todo? Vaya, vaya, vaya, si es mi viejo amigo Remy. El hematoma que le hice
en la mandíbula tiene un aspecto terrible.
Corre hacia la cama. Corre. —¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Puedes respirar?
Le aparto las manos de un manotazo. —Sí, puedo jodidamente respirar. Saca
este tubo de mi polla ahora mismo, o lo arranco con mis propias manos.
La expresión de Remy se ensombrece. —Ese botón es solo para emergencias.
¿Tienes idea de cuántas alarmas acabas de activar?
—Once.
—No te hagas el listo, imbécil —Golpea un panel verde en la pared por encima
de la cama, y en los pasillos, un cortés ¡Ding Ding! Ding Ding! Ding Ding! se
detiene—. El catéter no saldrá hasta que hayas llenado esa bolsa —Remy
señala la asquerosa bolsa de plástico en el poste de suero—. Todavía no has
llenado ni una quinta parte. Bebe un poco de agua. Quizá pueda sacarlo por
la mañana.
—Estás loco. No voy a tener esta cosa en mí durante la noche. Me va a estirar
la puta uretra.
Remy pone los ojos en blanco. —Para alguien que aguanta tan bien un golpe,
seguro que eres un bebé grande.
—No estoy jodiendo. Sácala, o juro por Dios que me la arranco.
Se ríe. —Adelante. A ver qué pasa con tu uretra entonces. Déjame echar un
vistazo a tu espalda.
Me hierve la sangre cuando retira las sábanas y se queda ahí, esperando a
que me dé la vuelta.
—En realidad me pagan por esto —Señala—. No muy bien, es cierto, pero he
hecho las paces con mi sueldo. Puedo perder toda la tarde aquí y seguiré
cobrando el alquiler a final de mes. No me cuesta nada.
—Eres lo puto peor, ¿lo sabías?
Remy sonríe. —Y tú eres un miserable saco de mierda. Tienes suerte de que
Pete me haya dicho que has ido a visitar a Presley, o ahora mismo te estaría
maltratando muy fuerte. Puede que normalmente quieras lanzarme los
puños, pero confía en mí. No querrás pelearte cinco minutos después de
despertarte de una donación de médula.
Gimo, conteniendo un lenguaje muy colorido, mientras me doy la vuelta lo
suficiente para que me abra la bata y compruebe la zona de la incisión. No sé
si debería sentirme satisfecho de que tenga que mirar mi culo desnudo o si
debería sentirme avergonzado por tener que exponerme ante él. Me pincha,
con bastante delicadeza, gruñe, me recoloca el vendaje y me dice que puedo
volver a tumbarme.
—Muy pulcro. Muy limpio. El doctor London es el mejor —Remy garabatea
agresivamente en mi ficha.
—¿Dónde está mi bolso? ¿Mi ropa? ¿Mis zapatos?
No levanta la vista del portapapeles. —En un armario cerrado en los
vestuarios del personal —dice—. Te lo devolverán en un par de días, una vez
que el doctor London diga que estás bien para salir.
—Uhh. No lo creo. Me voy a casa.
Remy suspira, bajando el portapapeles. —¿Cómo sabía que ibas a causar
problemas, eh? Debo ser un maldito psíquico.
—Devuélveme mis cosas, Remy.
—No.
—Juro por el puto Dios...
—Júralo por quien quieras. No va a hacer ninguna diferencia. Tu cuerpo
acaba de pasar por un trauma. Estás débil y vulnerable a la infección.
Necesitas descansar y curarte.
—Entonces, ¿me tienen prisionero?
Resopla, adoptando un tono que sugiere que podría ser un imbécil. —Estoy
haciendo mi trabajo y atendiendo a mi paciente. Créeme, disfruto mucho
menos de tu compañía que tú de la mía. Si fuera por mí, te dejaría salir
cojeando de aquí ahora mismo.
15

Quieren mantenerme en el hospital durante tres días. Tres. Malditos. Días.


He estado en retenciones psicológicas más cortas. Espero a que me quiten el
catéter -Remy disfruta haciéndome esperar hasta el mediodía del día
siguiente- y luego me voy jodidamente de aquí. No tardo en seducir a una de
las enfermeras para que me recoja mi mierda. Coqueteo un poco con ella y lo
siguiente que sé es que me han devuelto el teléfono, las llaves y la ropa.
Me voy sin firmar nada ni decirle a nadie lo que estoy haciendo, y me da igual.
Me duele la garganta, lo cual es súper raro. Y, por supuesto, me duele la
cadera y la espalda. Me duelen de verdad, joder. Mi tolerancia de dolor es
alta, pero el agudo y punzante cuchillo del dolor que me golpea con cada
latido del corazón hace que la respiración se me atasque en la garganta.
Me subo al Charger y salgo disparado. Diez minutos más tarde, llego a Riot
House y me arde toda la espalda y el costado izquierdo, y me duele la cabeza.
Tomo el teléfono y las llaves, dejo el resto de mis cosas en el auto y subo los
escalones hacia la puerta principal. Está cerrada, los chicos están fuera.
Atravieso el vestíbulo y subo las escaleras sin molestarme en examinar la
planta baja. Necesito estar en posición vertical, INMEDIATAMENTE. Es lo
único en lo que puedo pensar. Mis sinapsis se disparan. Un tramo de
escaleras se interpone entre mi cama y yo, pero puedo soportarlo. ¿Qué es un
tramo de escaleras?
Paso.
Paso.
Paso.
Un pie delante del otro.
Me agarro al costado, clavándome los dedos en la ingle durante toda la
subida, un poco preocupado por si se me deshacen las entrañas. Llego a mi
habitación. Justo. Demasiado cansado para quitarme la ropa, me desplomo
sobre el colchón matrimonial, siseando cuando el impacto hace que el dolor
suba hasta la raíz de mis dientes.
El agotamiento me reclama. Cuando me despierto más tarde, Wren está de
pie al final de mi cama con mi teléfono en la mano. Me frunce el ceño mientras
habla con él.
—Sí. Gracias. Me aseguraré de que los lleve. Sí. Me aseguraré de que vaya.
Gracias —Sus vivos ojos verdes me miran como puñales mientras cuelga la
llamada. Creo que está a punto de lanzarse sobre la cama y rodear mi cuello
con las manos—. Pensé que estabas en un rodaje —gruñe—. Imagínate mi
sorpresa cuando oí que tu teléfono explotaba aquí dentro.
Uuuhhhh mierda. Le dije que tenía un rodaje en la ciudad. Me tapo la cara
con una almohada, bloqueándolo. Al menos, si me asfixia, no tendré que ver
lo furioso que está.
—¿No hay explicación, entonces? ¿Nada? —No necesito ver su cara para
sentir su furia—. Ningún, ¿perdón por haberles mentido? Ningún, ¿perdón
por no haber dicho nada acerca de registrarme en el peligroso hospital de
mierda de la calle, para una jodida cirugía mayor?
Aparto la almohada y le miro malhumorado. —No era una cirugía mayor. Y
tú lo habrías hecho raro.
—No lo haría.
—¿Qué crees que estás haciendo ahora?
—Sabes que te voy a patear el culo, ¿verdad? Y cuando termine, Dash va a
acabar contigo.
—Hazlo, amigo —Me quejo—. ¿Pero puedes esperar un par de semanas? Ya
me siento como una mierda golpeada.
Evaluando mi patética posición acurrucado en la cama, arquea una ceja. Su
expresión de desconcierto no es suficiente.
—¿Quieres decirme de qué va todo esto? —Señala con la cabeza el lugar en el
que mi camisa se ha levantado, dejando al descubierto el vendaje de gasa de
mi costado, prueba de mi malvado e inusual acto de benevolencia—. ¿Y por
qué acabo de pasar diez minutos al teléfono, asegurando a alguien llamado
Remy que irás al hospital para una revisión dentro de una semana? Estaba
divagando sobre todo tipo de medicinas, estiramientos y demás mierda. ¿Qué
te has hecho? ¿Te estás muriendo?
Me froto la mano contra la parte superior de la cabeza, conteniendo otra
sonrisa. —¿Estarías triste si lo estuviera?
Lanza mi teléfono para que caiga junto a mí en la cama. —Durante al menos
un día.
—Vaya, gracias.
—Nada personal. Los funerales me producen urticaria. Y el colegio ya es
bastante molesto sin que todas las chicas se pongan de puto luto.
Me reiría si no supiera ya el dolor que eso causaría. —¿Por mí? Estoy seguro
de que la población femenina de Wolf Hall organizaría una fiesta en honor a
mi muerte.
—Mentira —Se tira en la silla junto a la ventana, sin molestarse en barrer
primero el montón de ropa—. Eres como la hierba gatera1 para todas las
chicas en un radio de cincuenta millas.

1Planta parecida a una menta que produce una sustancia química que altera a los gatos
como si se tratara de una droga.
Bostezo, arriesgándome a estirarme un poco. —Imposible. Las trato a todas
como basura.
—Por eso les gustas. Sé de al menos una chica que vendería con gusto su
propia alma por una noche contigo. Espera... —Wren estrecha los ojos—. ¿No
te has tirado ya a Pres? En la última fiesta. Antes de...
¿Antes de que nuestro psicótico profesor de inglés intentara asesinarnos a
todos? ¿Antes de que Wren o Dash se encadenaran oficialmente a sus novias?
Ahh, los buenos tiempos. Solo demuestra cuánto tiempo ha pasado Wren con
Elodie si llama a Presley “Pres” en lugar de por su nombre completo,
odiosamente largo.
Y sorpresa, sorpresa. Aquí está la problemática pelirroja de nuevo,
apareciendo como un centavo malo. ¿Por qué el universo se empeña en sacar
a relucir a Presley Maria Witton Chase cada vez que puede? ¿No he tenido
suficiente de ella para toda la vida? Debería pensar que sí.
¿Dios? ¿Ser universal todopoderoso y que todo lo ve? Quienquiera que esté
escuchando. No más pelirrojas suicidas, por favor. Gracias.
Pero... espera un jodido segundo. ¿Qué demonios acaba de decir Wren?
—No toqué a esa chica en la fiesta.
La risa de mi amigo es mordaz. —Absolutamente lo hiciste. Te he visto cómo
la empujabas. La tenías inmovilizada contra un árbol, desnuda como el día
en que nació.
Me siento como un rayo, ahh, ah, Joder, joder, joder, eso duele. —¡No lo hice!
—Amigo. Sé cómo es tu culo desnudo y prácticamente brillaba a la luz de la
luna. Si no te la follaste, entonces estuviste muy cerca.
Gimoteo, tirándome de nuevo sobre el colchón. ¿Qué carajo? Ahora que lo
menciona, recuerdo haberme besado muy agresivamente con alguien en la
fiesta. Tengo el débil recuerdo de unas tetas. Unas putas tetas geniales.
Aunque no tenía ni idea de que fueran de Chase. Yo arrastré a la chica de la
acera hace menos de una semana. Le hice una reanimación cardiopulmonar.
Tuve una larga y muy molesta conversación con ella en el hospital, justo antes
de besarla. ¿Y ahora no tengo ni idea de si le metí la polla antes de que pasara
todo eso? ¿Y ella no dijo nada al respecto?
—De todos modos —La sonrisa de Wren no parecería fuera de lugar en la cara
del Gato de Cheshire—. Presley está enamorada de ti. Elodie me lo dijo. Carrie
lo confirmó. Así que ahí tienes. Presley...
—María Witton Chase —refunfuño.
Me hace un gesto despectivo con la mano. — ...te lloraría si murieras. Hay al
menos una chica a la que le importaría. ¿Y qué? ¿Acaso lo estás?
—¿Qué?
—¡Muriendo!
—No, no me estoy muriendo. Meredith. Meredith se está muriendo. Tiene
cáncer. Le doné mi estúpida médula ósea en contra de sus deseos.
Se queda en silencio.
Genial. Justo lo que no quería: un momento incómodo con un amigo que no
sabe qué decir sobre mi madre enferma. No parece muy incómodo cuando le
dirijo una rápida mirada. Parece... pensativo.
—Entonces, ¿podría no morir?
—¿Podemos realmente... no? —He salido del hospital y he venido a casa para
que la vida vuelva a la normalidad, y ver esta mirada pensativa y sombría en
la cara de Wren me hace sentir jodidamente raro—. Si no vas a darme una
paliza por mentir sobre el rodaje, entonces tal vez podrías pasarme ese mando
de la Xbox y dejarme asesinar cosas en la oscuridad. Gracias.
Wren duda. Se mira los pies, con el ceño fruncido, pensando, pero luego
arroja el mando sobre la cama. Antes de cerrar la puerta de la habitación tras
de sí, dice:
—Avísame si necesitas algo, ¿sí? —y un gruñido se acumula en el fondo de
mi garganta. Wren siempre ha sido tan jodidamente duro. Su total falta de
empatía era una de las cosas que más me gustaban de él. Sin embargo, desde
que empezó a salir con Elodie, algo ha cambiado en él. Ahora se preocupa. Se
preocupa demasiado.
No debería preocuparse por mí.
Soy perfectamente capaz de cuidarme.
16

Tres días después…

¿Por qué haces esto? ¿Qué importancia tiene? Nadie lo sabe. Nadie lo va
a descubrir nunca. Y aunque lo hicieran... no podrían probarlo...

—Es una pena que Jonah haya tenido que irse a casa. Aunque me alegro de
que no sepa nada de esto. Es una persona preocupada. Habría cancelado su
vuelo y se habría quedado indefinidamente, y yo no podía hacerle eso al chico.
No tiene sentido que su verano se arruine por todo esto.
Papá toma mi bolso del maletero del auto y se pone en marcha hacia la casa.
Espera junto a la puerta principal para asegurarse de que lo sigo (creo que
piensa secretamente que saldré corriendo en cuanto me pierda de vista), y
solo cuando llego detrás de él abre la puerta principal y me deja entrar.
Todavía hay cajas por todas partes. No ha desempaquetado nada desde que
me ingresaron en el hospital. Después de esa primera visita desastrosa, volvió
a verme todos los días, pero estaba mucho más tranquilo. Mucho más
calmado. Lo que la Dra. Raine le dijo en su despacho debió de tocarle la fibra
sensible, porque lo intentó. Vi lo mucho que se esforzaba, lo que solo
empeoraba la culpa.
Esto no debía ocurrir.
Nada de eso debía ocurrir.
—Haré un par de llamadas más tarde esta noche —Papá deja las llaves en un
plato sobre el soporte del correo y se gira lentamente en el pasillo, como si
estuviera a punto de hacer algo, pero no recordara qué—. Hablaré con el
director Harcourt y haré que alguien recoja tu dormitorio. Puedo ir hasta allí
esta noche para recoger todo, o podemos hacerlo mañana por la mañana de
camino al restaurante...
Me rodeo con los brazos y entrecierro los ojos hacia él. —¿De qué estás
hablando?
La exasperación tiñe su voz. —Te lo dije, Presley. No te voy a perder de vista.
Vas a vivir aquí a partir de ahora. Te recogeré y te dejaré en la escuela, y...
—¡PAPÁ!
—¡No es negociable, Presley! No puedo soportar la idea de que estés allí en
esa escuela, haciéndote Dios sabe qué porque necesitas ayuda y yo no estoy
allí para dártela.
El frío y duro pavor recorre mi columna. No puedo quedarme en esta casa.
No puedo. No después de...
—No es bueno llorar por ello, Pres. Es por tu propio bien. Sé que puede
parecerte injusto ahora mismo, pero es por tu bien...
Por fin encuentro mi voz.
—¡Para estar cerca de mis amigos! Para no sentirme como una criminal,
encerrada constantemente bajo llave. ¿Qué, ahora también vas a poner
cámaras en mi habitación para poder espiarme en mitad de la noche?
Papá aprieta las manos en un puño. Parece tan demacrado con su jersey
sobredimensionado. Cuando pienso en él, todavía lo veo de espaldas con su
uniforme, orgulloso y alto. Apenas reconozco a este extraño que está en el
pasillo. Mamá le robó veinte libras cuando se fue. Creo que yo le he robado
otras diez en la última semana.
—No te va a gustar esto, pero... lo he considerado —dice.
—¡Papá!
—Sin embargo, opté por un enfoque menos intrusivo.
—¡Estoy deseando escuchar lo que consideras menos intrusivo!
Un músculo se le tensa en la mandíbula; suspira, preparándose para decir lo
que sea que tenga que decir a continuación, y ya sé que va a ser malo.
—He quitado la puerta de tu habitación por las bisagras —se apresura a
decir—. Me imagino que... si vas a terapia y la Dra. Raine cree que lo estás
haciendo bien, puedes recuperarla después de la graduación. Tal vez.
Tendremos que improvisar.
Desde que me ingresaron en el hospital, me ha comido viva el sentimiento de
culpa. Mi vergüenza ha sido realmente agobiante. Pero de repente, ya no me
siento tan culpable. Estoy envuelta en una bola de rabia.
—¡No puedes hacer eso!
—Ya lo hice.
Jadeo, luchando por encontrar algo que decir que apacigüe la situación y
haga que mi padre vuelva a estar de acuerdo, pero no hay nada. Lo sé. Así
que, en lugar de eso, digo:
—Como sea. Quédate con la puerta. No importa. No voy a dormir en esa
habitación nunca más. Voy a dormir en mi habitación en la academia.
—No lo harás —Es un evento raro, presenciar a Robert Witton provocado a la
ira. Sin embargo, hoy lo estoy viendo; sus mejillas están casi moradas—. Vas
a hacer lo que te digan, y te vas a comportar, Pres...
—Si haces esto, en el momento en que te des la vuelta, estaré en un avión a
Alemania. ¿Es eso lo que quieres? Me vas a alejar. ¿Cómo crees que va a ser
mi estado mental si me mantienes aquí, encerrada como una presa?
—Presley, sé razonable.
—¡Tú sé razonable! Sé que la Dra. Raine no te dijo que hicieras esto. Ella me
aconsejó que volviera a la vida normal lo antes posible. Que debería estar con
mis amigas.
—Sí, bueno, a veces los psiquiatras no siempre saben lo que es bueno para
todo el mundo, ¿vale? A veces un padre sabe lo que es mejor para su hija.
Me quedo ahí, boquiabierta. No parece que vaya a avanzar en esto, y la idea
es aterradora. Realmente no puedo vivir en esta casa con él ahora. No puedo
dormir en ese dormitorio. Yo…
—Vamos a ver cómo vamos así —dice papá—. Al menos durante un mes o
así. Nunca se sabe, tal vez prefieras vivir aquí. Tengo tu esterilla de yoga y
toda tu parafernalia preparada en el solárium. He puesto las velas que te
gustan. Es muy bonito. Te va a encantar, te lo prometo.
Dejo que mi determinación se refleje en mi rostro. Lentamente, en voz baja,
en voz muy baja, digo: —Lo digo en serio, papá. Si me encierras aquí y me
vigilas como un halcón, veinticuatro horas al día, siete días a la semana,
encontraré una oportunidad para irme. Y no me despediré. Simplemente me
iré. Me transferiré a la escuela que mamá encontró para mí, y me graduaré
allí. Podré pasar el verano con mis amigas en Europa, y luego también iré a
una universidad de allí. Pasarán años antes de que pueda perdonarte lo
suficiente como para hablar contigo...
—Está bien, ya basta. Estás siendo estúpida. No es así como deberías
manejar esto en absoluto. Si Jonah estuviera aquí...
NO.
Apágalo, Pres. No lo hagas. No piense en ello.
Solo respira.
Solo respira. No pasa nada.
Respiro profundamente y de forma constante, tratando de serenarme.
No me quedaré aquí y le dejaré terminar esa frase. No puedo hacerlo. Me doy
la vuelta, tomo sus llaves del plato donde las acaba de poner y me doy la
vuelta, abriendo de nuevo la puerta principal.
—¡Presley! Pres, ¿a dónde diablos crees que vas?
—Estoy pidiendo prestado el auto. Necesito despejar mi cabeza. Y no te
molestes en llamar a la policía, papá. No voy a intentar suicidarme de nuevo.
Tienes mi palabra.
Por un segundo, parece que va a venir a por mí. Lo veo en sus ojos: está
pensando en agarrarme y retenerme para que no pueda ir a ninguna parte.
Sin embargo, es consciente de lo mal que iría eso. Al final, levanta las manos,
resignado.
—Por favor, vuelve antes de las nueve, Presley. Por favor. Me vas a poner en
una tumba temprana si tengo que salir a buscarte.

Necesito olvidar.
Necesito borrar esa casa y todo lo que ha pasado allí.
Ojalá.
Siento como si estuviera inhalando finos fragmentos de vidrio cuando respiro.
Al principio no parece tan malo, pero con el tiempo el dolor empieza a crecer,
y crecer, y crecer, hasta que de repente respirar es una agonía. En el hospital,
las medicinas que la Dr. Raine me hacía tragar me impidieron sentirme tan
abrumada y aterrorizada, pero también me impidieron sentir nada. Estaba
tan harta de estar adormecida que dejé de tomarlas, a lo que ella accedió a
regañadientes, pero tendré que volver a tomarlas si no manejo mi mierda.
Y no podré manejar mi mierda si tengo que quedarme en esa casa.
Conduzco sin pensar. Acabo en la carretera que lleva a la academia, lo cual
no es ninguna sorpresa. Me dirijo hacia mis amigas. No pude contarle a Carrie
ni a Elodie lo que pasó, así que no he visto a ninguna de las dos en más de
una semana. Han estado explotando mi teléfono y volviéndose locas. Ya es
hora de que muestre mi cara y les haga saber que estoy viva (sin que se me
escape que estuve a punto de morir). Será agradable sentarse en la enorme
habitación de Carrie y holgazanear con mis amigas.
Sin embargo, a mitad de la montaña, empiezo a frenar. Poco a poco, reduzco
la velocidad del auto. Y luego lo hago más lento. No voy a tomar la curva. De
verdad que no. Solo voy a mirar a Riot House mientras paso. Veo la gran
extensión del tejado de pizarra a través de las copas de los árboles de la
derecha, y mi pulso empieza a cantar.
Estoy pasando por la casa.
La estoy pasando.
Yo…
Estoy girando el volante hacia la derecha, y los neumáticos del viejo Camry
de papá están chirriando, y definitivamente estoy saliendo de la carretera de
la montaña y bajando por el camino de tierra que lleva a la casa donde vive
Pax.
¿Qué mierda estoy haciendo? ¿Qué mierda espero conseguir aquí? ¿Qué
mierda, qué mierda, qué mierda? Tengo que dar la vuelta y seguir subiendo
hasta la academia. Pero no puedo, porque el camino es tan estrecho, con los
árboles apretando a ambos lados, que tengo que avanzar hasta llegar a la
casa si quiero dar la vuelta.
Naturalmente, tengo la suerte de que cuando salgo del bosque y entro en el
claro que hay frente a la casa, Wren Jacobi ya está delante, a punto de entrar
en su auto. Se detiene en seco, mirándome a través del parabrisas,
obviamente tratando de entender quién acaba de pararse frente a su casa.
Mis manos se cierran alrededor del volante. Tengo que tomar una decisión.
Puedo inventar una excusa de mierda sobre el uso de su desvío como un lugar
para dar la vuelta y volver a la montaña. O...
O.
Puedo ser honesta.
Jacobi me aterrorizaba casi tanto como Pax. Apenas registro un aleteo de
nervios cuando cierra la puerta del auto y cruza la calzada de madera hacia
la ventanilla del lado del conductor del vehículo de papá. Me da mucho menos
miedo ahora que he visto cómo es con Elodie. Cualquier tipo capaz de amar
tanto a otro ser humano no puede ser tan terrible. Y desde que me desperté
en el cemento de la puerta del hospital, con Pax inclinado sobre mí, empapado
en mi sangre, no he tenido mucho miedo.
Se dobla por la cintura y me sonríe siniestramente a través de la ventana.
—¿Vas a bajar esta cosa con un simple toque o hacemos nuestros negocios a
través del cristal? —me pregunta.
Lo bajo con un simple toque.
—Saludos —dice. Hay algo gótico y oscuro en Wren que me hace pensar que
es un caballero victoriano que se deslizó a través del tiempo y ahora está
haciendo todo lo posible para tratar de encajar con la juventud de hoy—. Solo
puedo adivinar por qué te presentas aquí en mitad del día cuando no hay
clases.
Toda la declaración suena salaz como el infierno. El tipo podría leer de la guía
telefónica y hacer que suene sucio. Respirando profundamente, decido que
voy a ser dueña de mi mierda. No más escondidas, nunca más.
—He venido a ver a Pax.
Sonríe. —Por supuesto que sí. No sabía que le había contado a alguien lo de
la cirugía. Se ha vuelto loco, está muy aburrido. Estoy seguro de que
agradecerá la distracción.
Frunzo el ceño. —¿Cirugía?
—Sí, el... —Se ríe suavemente—. No te ha contado lo de la operación. Está
bien. Bueno. Está ahí, pero no ha sido particularmente amigable los últimos
dos días. Personalmente, le daría a toda la experiencia de Pax Davis una
calificación de cero estrellas, no la recomiendo. ¿Pero quién sabe? Los cerdos
podrían volar. Podría ser más amable contigo de lo que ha sido conmigo y con
Dash. La puerta está abierta.
—Espera. Tú... ¿me estás diciendo que entre?
—¿Acabas de decir que has venido a verlo?
—¿Sí?
—Tendrás que entrar para hacer eso. Todavía está demasiado jodido para
bajar las escaleras por sí mismo. Ahora, voy a necesitar que muevas este auto
tan mediocre para que pueda irme. No quiero estar aquí cuando empiecen los
fuegos artificiales. Espero que sepas lo que estás haciendo.
17

No he pasado mucho tiempo dentro de Riot House -solo unas cuantas noches
de borrachera cuando han organizado una de sus notorias fiestas-, pero sí sé
dónde está el dormitorio de Pax: Segundo piso. Segunda puerta a la derecha.
Cruzo la inmensa entrada y me dirijo a las escaleras, tratando de acallar mi
muy ocupado cerebro. Tiene un montón de pensamientos y sentimientos
sobre mi presencia aquí ahora mismo, y ninguno de ellos es especialmente
bueno. No me atrevo a preocuparme, ni a escuchar, ni a hacer otra cosa que
no sea seguir avanzando por este imprudente camino.
Mientras subo las escaleras, el fuerte y estridente death metal llega a mis
oídos, junto con el áspero traqueteo de las ametralladoras. El muro de sonido
proviene del dormitorio de Pax. Me paro frente a su puerta, pensando en lo
fuerte que voy a tener que llamar para que me oiga. Pruebo un golpe bastante
fuerte y firme, todavía cortés, apoyando los nudillos contra la madera. Me
duelen las muñecas. Me duelen mucho las costillas, pero me mantengo firme.
La música agresiva y el estruendo de los disparos no cesan. Es hora de tomar
medidas más drásticas.
En lugar de usar los nudillos, cierro el puño y uso la parte plana para golpear
la puerta tan fuerte como puedo. Tres fuertes y explosivos golpes -¡DUM, DUM,
DUM!- llenan el vacío del rellano. Inmediatamente, la música y el sonido de la
artillería pesada se cortan en seco. Se oye un fuerte choque al otro lado de la
puerta, un golpe sordo y un montón de maldiciones amortiguados. Entonces
la puerta se abre de golpe, y Pax está de pie allí, vistiendo nada más que un
par de pantalones de chándal grises, colgando de las caderas, y con una
expresión odiosa en la cara.
La expresión no mejora cuando ve quién está frente a su puerta. —Dios mío.
Pensé que era la maldita policía. ¿Qué haces llamando así a la puerta de
alguien? —Niega con la cabeza—. Solo... ¿qué mierda estás haciendo aquí?
Espero que cunda el pánico. Si me hubiera encontrado en esta situación hace
un mes, me habría vomitado encima y habría huido del lugar como un vulgar
delincuente. El pánico no llega. —¿Me vas a invitar a entrar?
Se cruza de brazos, con el ceño fruncido y perplejo. Intento no mirar toda la
tinta. Seamos sinceros. Nunca he podido estudiar sus tatuajes en persona.
Siempre he salido corriendo antes de tener la oportunidad. Lo que sí he hecho
es ojear mil y una veces las imágenes de sus campañas publicitarias en
Google. He estudiado las representaciones del ángel y el demonio en su cuello,
justo debajo de cada oreja. Los tres santos colocados en su brazo derecho no
son nuevos para mí. La serpiente enroscada en el otro brazo. Los intrincados
dibujos de mándalas y la geometría sagrada en el pecho. El crucifijo sobre su
cadera derecha. Cada trozo de tinta en su torso me resulta familiar, cada
pieza me llama la atención, me pide que la mire...
—¿Por qué tienes la cara tan roja? —Pax gruñe—. ¿Viniste corriendo o algo
así?
—No. Vine en el auto.
—Genial. Bueno. Gracias por pasarte, pero estoy algo ocupado —Va a cerrar
la puerta de su habitación. De hecho, la cierra. Observo el vendaje pegado a
su espalda y sobre su cadera mientras se gira, guardando ese detalle. No me
molesta su frialdad, ni la forma en que me despidió. Lo mejor de todo es que
no me siento ni remotamente avergonzada por haber venido aquí. No se me
ha trabado la lengua delante de él en absoluto.
Vaya. Bueno, no es eso un desarrollo.
Sonriendo para mis adentros, me doy la vuelta y vuelvo a bajar las escaleras,
por donde he venido. Llego al sexto escalón cuando la puerta de la habitación
de Pax se abre y aparece de nuevo, esta vez con una pipa en la mano. Una
nube de humo se desliza por su nariz, enrollándose alrededor de su cara. A
través de su espesor, sus ojos son intensos, líquidos como el mercurio.
—En serio, Chase. ¿Qué mierda estás haciendo aquí? Tengo que saberlo.
—Solo quería comprobar algo.
Levanta una mano en el aire. —¿Y? ¿Qué carajo tuviste que conducir hasta
aquí para comprobarlo?
Contemplo una mentira. Creo que me saldría bien mentirle ahora. Él nunca
sería capaz de darse cuenta. Pero este nuevo y extraño coraje en mi pecho me
impulsa a decirle la verdad. ¿Qué daño haría eso ahora?
—Quería ver si todavía te tenía miedo —digo. La confesión sale con facilidad.
Hace un par de semanas, nunca habría sido capaz de decirle esto. Nunca.
Habría estado demasiado petrificada por tener que enfrentarme a él como
para lograr palabras reales e inteligibles, pero hoy parece que no tengo ningún
problema. Este momento, justo aquí, podría ser el momento más liberador de
toda mi vida.
Ya no tengo miedo de Pax Davis. Me di cuenta de eso cuando lo convencí de
que me besara en el hospital.
¿Todavía me siento locamente atraída por él?
Por supuesto.
¿Sigo repitiendo aquella noche de borrachera en el bosque, en la que casi me
lo follo, cada vez que cierro los ojos?
Claro que sí.
Pero ahora puedo soportar mi atracción por él. Esos recuerdos ya no me
hacen querer correr y esconderme en un armario oscuro, gimiendo en el
pliegue de mi propio codo. Puedo coexistir con ellos muy felizmente, y eso se
siente como libertad para mí.
Pax me observa durante un segundo y luego saca su pipa. Se ríe mientras
expulsa otra nube de humo, apuntando la pipa hacia mí.
—Supongo que, por la sonrisa ingenua de tu rostro, has decidido que no lo
haces.
—Así es.
Algo frío y duro brilla en sus ojos. Algo no particularmente amistoso. —Muy
bien, Firebrand2. Será mejor que sigas tu camino, antes de que decida probar
tu teoría.
Sus palabras no tienen ningún efecto en mí. Ninguno.
Maldita sea.
Antes, me habría acobardado ante las implicaciones de su tono. Hoy, de pie
en las escaleras, no estoy más que tranquila. Me atrevería a decir que estoy
casi... ¿entretenida? Mi confianza se desborda cuando digo: —Podrías
intentarlo, pero estoy bastante segura de que mi miedo a ti se ha curado
permanentemente, Pax Davis.
Las palabras salen de mi boca, y esa mirada juguetona en la cara de Pax
evoluciona; su expresión pierde su carácter lúdico, afilándose hasta que su
sonrisa es un arma. Un cuchillo. Una hoja cortante con un filo tan afilado
que podría extraer sangre.
—Muy bien, entonces. Si estás tan segura —Vuelve a dar una calada a la
pipa, me da la espalda y se dirige al interior de su habitación.
Esta vez, no cierra la puerta tras de sí.
Uhh...
Miro hacia las escaleras, hacia los niveles inferiores de Riot House. Luego
vuelvo a mirar la puerta abierta de la habitación de Pax. ¿Qué demonios se
supone que debo hacer ahora? ¿Se supone que debo marcharme sin más?
O... ¿se supone que debo seguirlo hasta su dormitorio? ¿Y con qué fin, una
vez que lo haya seguido? El hecho de que ya no le tenga miedo no significa
que sea inmune a los nervios generales relacionados con los chicos. Tampoco

2Una persona apasionada por una causa en particular, que por lo general incita al
cambio y toma medidas radicales.
soy inmune a las mariposas que cobraron vida en mi estómago cuando Pax
abrió la puerta hace un par de minutos, y esas mariposas han empezado a
alborotarse.
Las náuseas me recorren como una ola.
De vuelta en el segundo piso, la música heavy metal que Pax estaba tocando
antes vuelve a sonar, esta vez más fuerte.
La puerta permanece abierta.
Algún tipo de desafío.
¿Algún tipo de amenaza?
Una combinación de ambos, estoy segura. Trato de imaginar lo que sucederá
si atravieso la puerta de la habitación y mi mente hace un cortocircuito. Estoy
sobria. No puedo imaginarme tener el valor de entrar ahí y pasar el rato con
el tipo. ¿Voy a sentarme en el borde de su cama y entablar una conversación
cortés con él mientras juega a los videojuegos? No. No hay manera...
La música se hace más fuerte.
Me reafirmo y respiro profundamente.
Puedo hacerlo.
Quiero hacer esto.
Voy a hacer esto.
Es increíble lo fácil que resulta volver a subir las escaleras y cruzar el pasillo
una vez que he tomado mi decisión. Tan fácil como respirar. Atravieso la
puerta y entro en el dormitorio del chico del que estoy enamorada desde los
catorce años, sin siquiera dudar.
Al otro lado, me recibe un chasquido y un brillante y cegador destello de luz
blanca.
—¡Ah!
No puedo ver nada. Por un segundo, mis retinas están tan quemadas que es
imposible distinguir nada alrededor de la enorme raya blanca que atraviesa
mi visión. Sin embargo, poco a poco se va disipando, hasta que puedo
distinguir a Pax de pie junto a su cama deshecha con una cámara en las
manos.
—Realmente se ve a la gente en las fotos instantáneas —dice.
¿Me hizo una foto? Hago una mueca de dolor y me froto los ojos.
—Generalmente, es de buena educación advertir a alguien antes de casi
cegarlo con un flash.
Suelta una risa fría y dura. —No soy educado. Nunca soy educado —Tiene un
interesante y áspero tono de voz que me hace temblar por alguna razón.
Nuestros ojos se cruzan y le dirijo una mirada despectiva para disimular la
repentina oleada de nervios que me golpea en el pecho.
—Debería haberlo sabido, supongo.
No dice nada. Me observa cuando entro en su habitación, observando todo a
medida que me acerco a la cama: el gran sofá de tres plazas junto a la ventana
en el otro extremo de la habitación. La guitarra acústica colgada en la pared.
El montón de ropa en el suelo junto al armario. Las pilas de discos en la
estantería junto al complicado equipo de sonido y los libros maltrechos en el
suelo junto a la cama. Cuadernos de notas, esparcidos por todas partes,
algunos de ellos abiertos, y con una letra ilegible garabateada en las páginas
rayadas con tinta negra. Ahora que miro bien, hay fotografías por todas
partes, pegadas a las paredes también. La mayoría de las imágenes son de
objetos inanimados. Autos. Pájaros. Edificios en ruinas. Algunas son del
bosque que rodea Wolf Hall. Algunas son de la propia academia, captadas con
maestría en toda su gloria gótica. Otras, muchas otras, son de Dash y Wren.
Los otros chicos de Riot House están por todas partes en esta sala, riendo,
tirados en sofás, mirando sus ordenadores portátiles, con las caras
iluminadas en la oscuridad. Están leyendo, trabajando, comiendo, corriendo,
parecen tan normales y despreocupados que por un segundo pienso en ellos
como personas reales. Me olvido de la fachada amarga y hostil con la que los
tres se enfrentan al mundo. Me acerco y estudio la confusión de imágenes
que se superponen allí, encima de la cabecera de Pax, y son muy, muy
hermosas.
La composición. La iluminación. El contenido. Todo encaja tan perfectamente
que no se puede negar: su obra es arte.
—¿Voy a terminar en tu pared, Pax? —pregunto.
—No.
Me enfrento a él. —¿Por qué molestarse en hacer la foto entonces?
—Me cuesta revelar el color. Eres una práctica, Chase. Tu cabello es muy
ruidoso.
Creo que pretende que eso escueza un poco. Sin embargo, mi color de cabello
ha sido un tema de burla toda mi vida. No hay nada que pueda decir al
respecto que me haga sentir mal. Me encojo de hombros y paso las yemas de
los dedos por encima de una foto suya. La única que encuentro en la pared.
En blanco y negro.
Es de su costado y de su espalda específicamente. Está de espaldas a la
cámara, con la mitad de su cara en un perfil oscuro y sombrío, pero sobre
todo de espaldas, fuera de la vista. La cámara es visible, el reflejo de la misma
se muestra en el espejo ante el que se encuentra Pax. La Canon se encuentra
en lo alto de la estantería frente a su colección de discos, su lente negro y
ominoso como un vacío silencioso, tragándose la imagen.
Debe haber puesto un temporizador para tomar la foto. Está claro que no
quería salir en ella. Si lo hubiera hecho, habría mirado al lente en lugar de
apartarse de él. Sin embargo, sigue siendo una bella imagen de él. Las
sombras se extienden sobre la definición de los músculos de sus hombros y
brazos como si fueran tinta. La luz de la ventana baña de luz su pómulo y su
mano, tiñéndolos de blanco.
—No lo hagas —dice.
—No iba a tocarlo.
—Lo sé. Solo... no lo hagas.
No lo dice, pero se nota que no le gusta que mire esta foto. Le doy lo que
quiere y me alejo por completo de la pared de fotos.
—Entonces, ¿tuviste la cirugía? —le digo.
Frunce el ceño. —No estamos hablando de eso.
—¿Por qué? ¿No quieres que nadie sepa que hiciste algo amable por una vez?
—No fue amable. Fue una venganza. Tú misma lo dijiste, en el hospital.
Freno la sonrisa que quiere formarse en mi rostro, pero me duele en las
comisuras de la boca.
—Oh, sí. Eso he dicho —Estaba muy drogada por los analgésicos que tomaba
en ese momento. Sin embargo, mi mente había sido lo suficientemente aguda
como para encontrar una manera de hacer que la donación de médula ósea
fuera aceptable para Pax. Si él supiera lo mal que le jugué, dudo que estuviera
aquí en su habitación. Él no estaría entreteniendo mi presencia en
absoluto—. Estoy segura de que estás un poco aliviado de haber podido
ayudar a tu madre, ¿verdad?
Me mira fijamente, con una serie de pequeños músculos flexionando su
mandíbula. Suelta una ráfaga de aire frustrado por la nariz, con las fosas
nasales abiertas, y luego se lleva la cámara a la cara. Me saca otra foto, sus
cejas se juntan mientras baja la Canon de su cara.
—¿Por qué no hablamos de por qué trataste de suicidarte? —dice.
Es como si me hubiera echado un cubo de agua helada en la cabeza. De
repente, burlarse de él por la cirugía ya no parece una buena idea.
—De acuerdo. Es cierto —concedo—. Esos temas están fuera de los límites.
¿De qué estamos hablando, entonces?
—No estamos hablando en absoluto. Me estás mostrando cómo no te asusto.
Acércate a la ventana —Me mira con el lente de la vieja cámara y luego se
acerca a la ventana como si estuviera sosteniendo una pistola y no un equipo
muy caro. Quiere dispararme, de cualquier manera. Me siento como si
estuviera formando parte de un pelotón de fusilamiento cuando atravieso su
habitación y me sitúo como me ha ordenado, frente al gran ventanal que hay
frente a su cama.
—¿Y ahora qué? —La nerviosa corriente eléctrica que vibra bajo mi piel se
intensifica cuando me mira de arriba a abajo, analizándome con una mirada
distante.
—Ahora te quitas la ropa —dice. Palabras sencillas, sin emoción, que salen
planas, como si me hubiera dicho que inclinara la cabeza un poco más hacia
la derecha. Nada en él cambia. Su expresión sigue siendo estoica e impasible.
Sus hombros están relajados. Sus ojos son del mismo gris frío y pálido. Pero
algo cambia. No puedo precisarlo. No puedo precisar qué exactamente. Pero
Pax está jugando conmigo, y lo está disfrutando inmensamente. Está
esperando a que me niegue a su demanda y salga corriendo asustada de la
habitación. Este es el típico comportamiento de Pax Davis. Sabe que está
pidiendo demasiado, pero pide de todos modos, para ver qué botones puede
presionar antes de que la otra persona se rompa.
Sin embargo, él no es una costa de mar peligrosa contra la que me romperé.
Otra versión de mí se habría roto en pedazos ante la mera idea de desnudarme
delante de él, pero esa versión de mí murió en una acera, empapada de
sangre. Ahora hará falta algo más que desnudar mi carne delante de un chico
de Riot House para que me afecte.
Pax resopla con sorna; cree que ya ha ganado este extraño juego de la gallina,
pero no es así. Ni siquiera se ha acercado. Sin romper el contacto visual con
él, agarro la parte inferior de mi camisa de manga larga y me la subo
lentamente, por encima de la cabeza.
Luego, me quito las zapatillas de deporte y me paso los jeans por las caderas,
deslizándolos por las piernas sin pestañear. Pax se queda inmóvil como un
cadáver, mirándome mientras me bajo los tirantes del sujetador por los
hombros y luego busco atrás para desabrochar los cierres de la espalda.
No está oscuro.
No estamos en el bosque.
Estoy sobria como un juez, y también lo está Pax. Al menos... creo que lo está.
Esto no se parece en nada a la noche en que me inmovilizó contra aquel árbol
y casi se deslizó dentro de mí. Y ahora me enfrento a él con una vaga
sensación de orgullo, en lugar de estar partida en dos por el puro pánico y lo
mucho que lo deseo.
Mi sujetador cae al suelo.
Mis bragas se unen al resto de mi ropa.
No me importa que mi ropa interior no haga juego. ¿Y qué si mi sujetador es
negro y mis bragas rosas? Apenas importa ahora que están en el suelo.
Tampoco importa que esté cubierta de moretones. La parte superior de mis
brazos está cubierta de ellos. Mis muslos están moteados con una variedad
de marcas. Mi caja torácica está negra y azul; muchos de esos moretones me
los hizo el propio Pax. Tampoco me importa que mis muñecas sigan vendadas.
Nada de eso jodidamente importa.
Me coloco de espaldas a la ventana, echando los hombros hacia atrás,
inclinando la cabeza y levantando la barbilla... y me enfrento a la mirada
perdida de Pax con un ardiente desafío que se origina en algún lugar profundo
de mi interior.
Estoy desnuda. Todavía puedo sentir esas mariposas -tienen mente propia,
golpeando dentro de mi pecho- pero ahora puedo separarme de ellas. La
ansiedad no se apodera de mí.
Para ser justos, Pax ni siquiera pestañea. O tiene una cara de póquer muy
convincente o está tan acostumbrado a que las mujeres se despojen de su
ropa al azar cuando él se lo pide. Sea cual sea la opción, puedo decir que le
gusta lo que ve. Está claro como el agua. A pesar de que parece que acabo de
disputar cinco asaltos con un luchador de la UFC, Pax sigue fascinado por
mi cuerpo. Su mirada desciende y se detiene en mi pecho, y veo que sus
pupilas se dilatan desde el otro lado de la habitación; se apagan por completo
cuando bajan más y se posan en el vértice de mis muslos magullados, entre
las piernas.
—No te tenía por el tipo de mujer que se depila por completo, Chase —Su voz
es áspera como el papel de lija.
Bien, ese comentario me pone un poco de color en las mejillas. Pero mantengo
la calma. —Estoy segura de que hay un montón de cosas sobre mí que has
calculado mal.
Pax arquea una ceja ante esto. —Tal vez. Hay que reconocer que tú aquí,
desnuda, no pareces muy Chase. Por otra parte, no creo que me equivoque
contigo. Creo, tal vez, que has cambiado —Antes de que pueda confirmar sus
sospechas, levanta la cámara y hace otro disparo, capturando otra foto.
La sorpresa me sacude. Acaba de hacerme una foto. Desnuda. Pero la
sorpresa desaparece rápidamente. Se acerca un poco más y sostiene la
cámara en una mano.
—¿Y bien? —dice—. ¿No vas a decirme que borre eso?
—¿Cómo puedo? —Resisto el impulso de cubrirme los pechos con los brazos.
Eso me haría parecer débil, y no quiero parecerlo ante él—. Esa cámara no es
digital. Y estoy segura de que no vas a arruinar todas las tomas del rollo
abriendo la parte trasera y blanqueando la película.
¿Qué es ese look que lleva? Nunca se lo había visto antes. —Me sorprende
que te hayas dado cuenta —dice—. Y no. No voy a hacer eso. Ve a sentarte
encima de la cómoda de allí.
Oh, Dios. Esto no es lo que imaginé que pasaría cuando decidí presentarme
en Riot House. Sin embargo, estoy intrigada por mi propia valentía recién
descubierta, y no hay manera de que pueda salir de aquí ahora. Así que lo
hago. La madera lisa y pulida está fría contra mi piel cuando me levanto para
posarme en el borde de la cómoda.
Un breve parpadeo de aprobación aparece en los ojos de Pax. Espera a que
me acomode en la cómoda y luego se acerca, la viva imagen de un depredador
a la caza de su presa.
Sus pantalones de deporte están escandalosamente bajos en sus caderas. Lo
suficientemente bajo como para que pueda ver que no lleva ropa interior. Pero
ya sabía que no la llevaba, ¿no? He fingido no notar el creciente bulto en sus
pantalones, pero ya no puedo negarlo porque puedo ver el contorno de su
polla. Verlo. El contorno detallado, y la jodida cabeza, y se está haciendo más
grande cada segundo que pasa.
Mierda.
Es literalmente la cosa más caliente que he visto. Su cabeza parece recién
afeitada. Huele a lluvia y a noches de verano tormentosas. Sus rasgos son tan
fieramente masculinos, sus pómulos orgullosos, su mandíbula tan afilada
que podrías cortarte con ella, y no puedo apartar la mirada. Nunca he podido
apartar la mirada de él. Esta persistente obsesión que he tenido con él ha
sido mi bendición y mi maldición. El cielo más dulce y el infierno más amargo.
Sonríe, sus labios se separan sugestivamente, y un violento temblor recorre
todo mi cuerpo. ¿Por qué una sonrisa así es tan peligrosa? ¿Sabe que puede
acabar con civilizaciones enteras con esa boca cruel? —Bien, Firebrand. Abre
las piernas para mí.
—¿Por qué?
—Porque tengo una cámara en la mano y tú eres mi musa. ¿Cuál es el
problema?
¿Ha hecho esto antes con otras chicas de la academia? ¿Hay una pila de fotos
en algún cajón, de otras musas que se abrieron felizmente de piernas para
él? Lo preguntaría, pero sinceramente, no quiero saber la respuesta a esa
pregunta.
—¿Qué vas a hacer con estas fotos si lo hago? —pregunto.
Parece positivamente malvado. —¿Acaso importa? Si no me tienes miedo, ¿por
qué ibas a tenerlo de lo que pueda hacer con unas fotos?
Qué argumento tan retrógrado. Por supuesto que debería tener miedo de lo
que planea hacer con ellas. Estaría loca si no me preocupara. Pero el peor de
los casos pasa ante mis ojos: los publica en la escuela. Todo el mundo las ve.
La directora Harcourt las ve. Se las enseña a mi padre. Los chicos de Riot
House han hecho esta mierda antes. No sería del todo inimaginable que Pax
hiciera un millón de copias de estas fotos y las pegara por todo Mountain
Lakes para mañana por la mañana. Pero... de alguna manera... no me
importa.
Abro las piernas.
Pax sisea entre dientes.
—Maldita sea —Retrocede, con los ojos clavados en la zona más íntima de mi
cuerpo, con una extraña oleada de color subiendo por su cuello, y me siento
tan viva. Incluso más viva que la vez que me desperté de entre los muertos
para encontrarlo jadeando sobre mí, cubierto de mí sangre, justo antes de
que me magullara las costillas—. No te muevas —gruñe. Levanta la cámara,
se la acerca a la cara y mira por el visor. Nunca me había encontrado en esta
situación; no sé qué hacer. Esconderme parece una buena opción, pero a la
mierda. He llegado hasta aquí. Más vale que lo vea claro. Miro directamente
al lente de la cámara, negándome a parpadear.
—Joder —susurra.
El sonido del obturador abriéndose y cerrándose puede oírse incluso por
encima del ruido del metal pesado. Hace otros tres disparos, se acerca y se
agacha para hacer otro disparo desde un ángulo más bajo.
Y entonces hace algo que se grabará a fuego en mi memoria hasta el fin de
los putos días: Deja la cámara. Luego, se acerca a mí, justo entre mis piernas,
coloca las palmas de sus manos en mis muslos, arrastrándolas hacia dentro,
y empuja mis piernas hasta donde puedan llegar. Mi corazón se acelera
mientras él inclina la cabeza, agachándose un poco, frunce los labios y suelta
un rastro de saliva de su boca... que cae justo en mi coño.
Gruñe, satisfecho, mirando el escupitajo que acaba de depositar sobre mí,
donde se desliza lentamente por los labios de mi coño, cálido y húmedo, y...
joder, ¿qué está pasando ahora?
Me mira por debajo de los párpados entrecerrados, observándome
atentamente mientras desliza su mano hacia arriba, hacia arriba, por el
interior de mi muslo, y luego presiona las yemas de sus dedos corazón y
anular contra mí, frotando la humedad que ha dejado allí por toda mi carne.
Maldita sea…
…Oh…
Dios mío.
No contento con su trabajo todavía, me separa, presionando con sus dedos
dentro de mí, frotando su humedad en mi humedad...
Joder. No me había dado cuenta de que estaba mojada hasta ahora.
Y lo estoy. Realmente lo estoy.
—Parece que no necesitas mi ayuda —dice Pax.
Aturdida, absolutamente asombrada por lo que está sucediendo, solo puedo
negar con la cabeza. Clavo las uñas en el borde de la cómoda cuando
encuentra mi clítoris, sonriendo perversamente, y empieza a frotarlo.
—¡Ahhh! ¡Oh, Dios mío!
Pax se agacha aún más, curvándose sobre mí, mucho más grande, más alto,
más fuerte que yo, hasta que sus labios están peligrosamente cerca de rozar
los míos.
—¿Has venido aquí a follar, Firebrand? —susurra—. ¿Es eso lo que has
hecho? ¿Crees que un beso en la cama de un hospital te da derecho a esto?
—Su mano encuentra la mía. La guía hacia su polla, obligándome a agarrarla,
cerrando mis dedos alrededor de su rígida y dura longitud.
Un grito ahogado sale de mi boca. Lo toqué en la fiesta, en el bosque. Creo
que lo hice. Todo lo de esa noche está tan borroso. Sin embargo, esto no se
olvidará. Mis dedos no necesitan más estímulo. Le aprieto con fuerza y capto
el pequeño escalofrío que recorre su cuerpo.
—Ese beso no me ha hecho ganar nada —jadeo—. Pero tengo la sensación de
que quieres darme esto de todos modos —Clavo mis uñas en él, a través de la
tela de su pantalón de chándal, y Pax enseña los dientes. Pero no me quita la
mano.
—Cuidado, Firebrand. ¿Tienes idea de lo que estás haciendo?
No. No tengo ni puta idea de lo que estoy haciendo. Aunque lo averiguaré si
tengo que hacerlo. He estado esperando demasiado tiempo para esto. Y aquí,
en la habitación de Pax, con sus dedos callosos palpando las partes más
íntimas de mi cuerpo, despertándome expertamente, haciéndome revivir... me
siento como si estuviera viva. No siento que me esté muriendo. No quiero
morir, y el alivio que siento por ello es una locura.
Aprieto más fuerte y Pax me dedica una sonrisa de satisfacción preocupante
con la boca abierta.
—Esta es tu salida, Chase. Ya sabes dónde está la puerta. Si quieres irte,
suelta mi polla, recoge tus cosas y sal de aquí ahora mismo.
—No.
Me roza el labio superior con la lengua. —¿No?
Niego con la cabeza. —No.
—Muy bien, entonces —Sus manos están sobre mí en un instante. Me levanta
de la cómoda y me toma en brazos, y mis piernas no tienen otro sitio donde
ir que alrededor de su cintura. Mis pechos se aplastan contra su pecho y el
calor húmedo y resbaladizo entre mis piernas se presiona contra su estómago
duro como una roca.
Mi cabello cae como una cortina alrededor de su cara cuando me levanta,
estrechándome entre sus brazos, y gruñe mientras echa la cabeza hacia atrás
para reclamar mi boca.
—Bésame cómo quieres follar —ordena—. Bésame cómo quieres que te folle.
Reacciono. Estoy más arriba que él, por la forma en que se aferra a mí, y hago
descender mi boca sobre la suya con una necesidad desesperada. Casi cuatro
años de deseo reprimido surgen de mí como un tsunami; lo fuerzo a abrir la
boca y le paso la lengua por los labios, y Pax gruñe, quizá un poco
desconcertado por mi respuesta. Lo lamo y lo saboreo, lo beso tan profunda
y desesperadamente que él tarda un segundo en alcanzarme.
Cuando lo hace, es una avalancha. Una corriente de agua. Una fuerza
imparable de la naturaleza con la que no puedo contar. Su mano derecha se
clava en mi cabello, sus dedos se cierran para apretar un puñado de mis
gruesas ondas, y lo siguiente que sé es que me está tirando sobre la cama, de
espaldas, y se está bajando el chándal por las piernas. Todavía me duelen las
costillas, mi jodido pecho grita por el trato brusco, pero no me importa.
Apenas noto el dolor.
La polla de Pax se libera, se levanta orgullosa, y mi aliento se queda atrapado
en mi garganta. No es la longitud. No me malinterpretes, tiene unos sólidos
diecisiete centímetros para trabajar. No hay nada de qué quejarse. Es su
grosor lo que me hace tragar con fuerza. Nunca había visto una polla tan
gruesa. No hay manera de que pueda cerrar mi mano alrededor de ella
correctamente. No hay manera de que pueda meterla en mi boca, por el amor
de Dios. ¿Qué diablos voy a hacer con ella?
Pax se queda sin aliento; sus hombros se encogen mientras se apoya en el
extremo de la cama, apoyando los muslos en el colchón. —De frente. Ahora
mismo. Quiero ver tu culo.
Mis mejillas arden. El calor estalla en mi estómago, se extiende entre mis
piernas y sube por la parte posterior de mi garganta. Siento que acabo de
entrar en combustión espontánea y que la cama va a arder en cualquier
momento.
Pax me mira con impaciencia: no está acostumbrado a esperar lo que quiere.
Sin embargo, nunca he presentado mi culo a alguien para que lo inspeccione.
Nada de esto me resulta familiar. Soy un pez fuera del agua, y me está
costando un esfuerzo monumental de voluntad mantener la calma en este
momento. Lentamente, me pongo boca abajo. Pax emite un sonido gutural de
agradecimiento cuando me pongo de rodillas.
—Estás siendo una jodida buena chica. Quieres hacerme feliz. Eso es muy
bueno.
El calor se extiende por mi pecho ante sus elogios. Nunca había
experimentado nada parecido. Quiero más de esos elogios. Le daré todo lo que
quiera si me da más de esa aprobación tranquilizadora en su voz. Haré todo
lo que me diga. Me degradaré y corromperé de todas las maneras posibles si
él solo...
—Las rodillas abiertas. Sepáralas todo lo que puedas. Quiero ver cada parte
de ese bonito culito.
Salto al oír la orden y me meto el labio inferior en la boca.
—Tan jodidamente necesitada —ronronea Pax. Acaricia la curva de mi culo
con la palma de la mano, apenas rozando mi carne con su tacto, y empiezo a
temblar. No puedo parar. Cuanto más intento calmarme, más tiemblo.
Me agarra con fuerza de la nada, ambas manos se cierran alrededor de mis
caderas, sus dedos se clavan en mi piel, y dejó escapar un jadeo de sorpresa.
—La casa está vacía ahora mismo, así que lo permitiré —Sus dedos se hunden
más—. Sin embargo, si lo haces cuando uno de los chicos está en casa, no te
gustarán las consecuencias. Si estás aquí y te estoy follando, te callas, Chase.
¿Entiendes?
Me muerdo el labio, conteniendo la respiración, asintiendo rápidamente.
Puedo estar callada como un ratón de iglesia. Ni siquiera me oirán respirar.
En mi cabeza, no estoy tranquila. Soy lo más alejado de ello. Estoy
carcajeando, victoriosa, prácticamente gritando, porque lo que acaba de decir
implica que esto no será una cosa de una sola vez. Suena como si tuviera la
intención de que haya más de esto entre nosotros, y eso es música para mis
oídos.
Me sacude las caderas y me empuja hacia él en la cama. Su estómago
presiona la parte posterior de mis muslos, la cabeza de su polla erecta
atrapada entre nuestros cuerpos, frotándose firmemente contra mi coño, y yo
casi pierdo todo el control. Quiero empujar contra él, frotarme contra él, hacer
rodar mis caderas, pero estoy demasiado abrumada por la intensidad de la
situación para hacer otra cosa que no sea temblar.
Me sobresalto cuando vuelvo a sentir la humedad entre mis piernas. Miro por
encima del hombro y veo cómo me pasa las manos por las nalgas,
separándolas aún más, y me mira de nuevo bajo esas cejas oscuras. Sus ojos
son dos llamas plateadas parpadeantes llenas de malicia mientras agacha la
cabeza y vuelve a escupir. Intento no moverme cuando mueve la mano
derecha hacia atrás y empieza a frotar la yema del pulgar contra mí,
esparciendo su saliva por todo mi culo, y abajo, abajo, en lo más profundo de
mis pliegues, sobre mi clítoris. Casi me derrumbo sobre la cama, incapaz de
mantenerme en pie, cuando desliza su pulgar dentro de mí y empieza a
follarme lentamente con él.
—¿Tomas anticonceptivos, Chase?
Intento tragar, pero se me ha abierto la boca y no puedo. —Ahora mismo
no —Lo hacía antes del descanso. Accedí a tomarlos después de que mamá
leyera unos correos electrónicos que había enviado a una amiga en California,
correos que tenían un contenido muy subido de tono sobre el mismo hombre
que tengo delante. Sin embargo, dejé de hacerlo poco después. No parecía
necesario.
Pax no dice nada. Sin embargo, me suelta y rodea la cama hasta una de las
mesitas de noche. Rápidamente, abre el cajón superior, saca un pequeño
paquete de papel de aluminio y lo abre con los dientes.
Ni siquiera mira hacia abajo mientras enrolla el condón en su erección con
los movimientos suaves y seguros de alguien que tiene mucha práctica en
esta tarea. Una vez que ha terminado, me toma la barbilla con una mano, con
un agarre firme, casi doloroso, y me obliga a echar la cabeza hacia atrás para
que tenga que mirarlo.
—Si te digo que hagas algo, ¿lo vas a hacer? —me pregunta.
—Sí —Sin dudar. Sin necesidad de pensarlo siquiera.
Parece complacido. Más bien, creo que este es el aspecto que tiene cuando
está complacido. —Cuando te digo que te muevas, te mueves. Cuando te digo
que te quedes quieta, te quedas quieta. Y cuando te digo que corras, Chase,
será mejor que lo hagas, o habrá problemas.
¿Qué tipo de consecuencias? ¿Qué clase de tortura me infligirá si no cumplo?
La parte de mi cerebro que se ocupa de la autopreservación quiere que lo
aclare, pero estoy decidida a mantener la boca cerrada por miedo a decir
alguna estupidez y que él no cumpla con esto. Lo necesito. Lo necesito a él, y
no voy a hacer nada que ponga en peligro lo que está a punto de suceder.
—Voy a follarte ahora. ¿Estás de acuerdo? —gruñe.
Santo cielo. Esa pregunta. Es muy sexy que lo pregunte, pero no creo que
esté tratando de ser políticamente correcto. Lo pregunta porque quiere que
entienda en qué me estoy metiendo y me da una oportunidad más para
echarme atrás antes de que las cosas se pongan salvajes.
Asiento con la cabeza.
—Di las palabras —ordena.
—Sí. Estoy de acuerdo.
Rápidamente, su mano se desliza hasta mi nuca. Me sujeta mientras se
mueve para volver a situarse entre mis piernas. Mi corazón se acelera, la
adrenalina inunda mi sistema tan rápido que ni siquiera puedo respirar.
No hay juegos previos. No hay advertencia. Pax se hunde en mí con un
poderoso empuje, y no muestra piedad.
No hay dolor, pero me tensa la sorpresa de tenerlo dentro de mí: su enorme
tamaño, llenándome, ocupando tanto espacio, el calor y la dureza que exige
cada pedazo de mi atención. Pax debe sentir cómo me tenso a su alrededor.
Me da una palmada en el culo lo suficientemente fuerte como para que grite,
y luego me agarra bruscamente de la cadera, sacudiéndome un poco.
—Relájate —me ordena—. Respira, por el amor de Dios. Actúas como si fuera
tu primera vez.
Hace una pausa, entonces. Aspira una fuerte bocanada de aire.
—Espera. Más vale que no sea tu primera maldita vez.
Niego con la cabeza.
—Chase. Dime que te han follado antes —gruñe.
—Sí. Sí, lo he hecho. Lo he hecho. No soy virgen.
—Y quieres follar conmigo ahora. ¿Verdad?
—¡Sí! Por favor. Por favor...
Gruñe en el fondo de su garganta, deslizándose lentamente fuera de mí.
—Bien, entonces. Relájate. Convénceme de que estamos en la misma página.
—Estoy bien, te juro que estoy bien. Por favor. Por favor, no te
detengas. —Obligo a los músculos de mis piernas y mis hombros a relajarse.
Desbloqueo la mandíbula. Una respiración larga y profunda me ayuda a
calmar mi pulso acelerado. Mis esfuerzos surten el efecto deseado, porque
Pax hace una larga y profunda exhalación por la nariz y comienza a moverse.
Y, joder, qué bien se siente.
Al principio me penetra lentamente, pero cada golpe es profundo y
contundente; se introduce en mí hasta la empuñadura, hasta que no puede
ir más allá, y la sensación de que se mueve dentro de mí, balanceando sus
caderas contra mí, sus manos en mi culo y mis caderas... y luego en mis
pechos, cuando se curva sobre mí, arrodillado en el borde de la cama, y se
acerca para amasar mi carne, es adictivo como el infierno. Aquí está la
progresión de mi adicción, el siguiente paso, mi primer sabor real. Estoy en
un jodido problema.
Mi cerebro se ilumina como circuito completo cuando él acurruca su cara en
el pliegue de mi cuello y me muerde con fuerza el hombro. El dolor es un
bálsamo que amortigua todas las demás partes heridas de mí. Todo mi ser se
concentra en la pequeña zona de mi cuerpo donde sus dientes casi me
rompen la piel y me quemo.
—Joder, Chase. Estás muy apretada. Te sientes jodidamente
increíble —jadea. Su aliento es cálido en mi oído, enviando una cascada de
sensaciones por mi nuca, recorriendo mis nalgas y bajando por la parte
posterior de mis muslos.
Un muro de presión empieza a crecer dentro de mí. Se siente... oh Dios, se
siente bien. Me empujo contra él, inclinando mis caderas, dejando que mi
cabeza cuelgue, mientras Pax aumenta la velocidad, sumergiéndose en mí
cada vez más rápido.
—¿Así de bien? —gruñe.
—Sí. Joder, sí —Apenas me salen las palabras.
—¿Y ahora qué? —Me pasa la mano por el costado y luego la desliza entre
mis piernas, encontrando y trabajando rápidamente mi clítoris desde el
frente, y mi cabeza casi explota al contacto.
Sabe muy bien lo que hace. Sabe exactamente cómo tocarme, cómo llevarme
al límite. Apenas necesito un estímulo para sentirme caer...
—Buena chica. Mi buena putita. Córrete para mí ahora. Córrete sobre mi
polla. Dame lo que quiero. Shhh. Eso es. Eso es. Buena chica.
Me canturrea al oído mientras me folla, y yo no puedo hacer nada. Todo lo
que puedo hacer es sacudirme y retorcerme contra su polla y su mano
mientras me rompe en pedazos. Nunca me había sentido así. Mis orgasmos
siempre han sido vergonzosos, cosas horribles de las que he tratado de
escapar. Pero esto no es nada de eso. Este clímax es hermoso y asombroso y
rendirse a él es un alivio. Como si un peso al que me he estado aferrando se
hubiera levantado por fin de mis hombros, después de haber estado atado a
mi espalda durante años.
—¡Ah! Oh, Dios mío. ¡Pax! ¡Pax, me corro!
—Buena chica. Más fuerte —De repente, su mano se ha cerrado alrededor de
mi garganta, y está cortando mi suministro de aire—. Córrete más fuerte para
mí, Chase. Empapa mi polla.
Consigue lo que quiere. La oleada de humedad se siente como una liberación,
una llave que gira en una cerradura y una puerta que se abre. Algo se
despliega dentro de mí y se escapa. Pax ronronea su aprobación en mi oído.
En lugar de frenar ahora que me he corrido, acelera su ritmo. Se endereza,
me agarra de nuevo por las caderas y empieza a empujar cada vez más rápido,
cada vez más fuerte, y siento que el orgasmo se renueva, resurge, vuelve a
construirse de la nada.
—¡Joder! ¡Pax! Vas a hacer que... ¡oh, mierda!
Me corro de nuevo. Más fuerte aún. El clímax secundario es una bomba que
estalla en mi cabeza. Antes de que pueda recuperarme de la explosión de
sensaciones que acaba de detonar simultáneamente entre mis piernas y
dentro de mi cabeza, Pax me pone de espaldas. Me agarra por las caderas y
me arrastra hasta el mismo borde de la cama.
En un rápido movimiento, se arranca el condón de la polla y cierra la mano
alrededor de su furiosa erección, acariciándose agresivamente. Sus ojos
arden, su mandíbula se aprieta y sus fosas nasales se abren. Le echo un
vistazo en toda su cruda y salvaje belleza y casi me corro por tercera vez en
el acto.
—Abre la boca, Chase —Sus palabras son cortadas, forzadas a través de los
dientes apretados.
Abro la boca.
—Saca la lengua.
Lo hago.
—Más adelante. Tanto como sea posible.
Lo hago.
—Bien —Me mira fijamente y no aparta la mirada. Le devuelvo la mirada,
decidida a presenciar el momento en que se corra. Cuando lo hace, lo observo
hipnotizada. Sus párpados se cierran, su boca se abre y el mundo deja de
girar. Explota, y su semen brota sobre la superficie de mi lengua, sobre mi
barbilla, mi cuello...
Espero el sabor del almizcle, de la sal y de lo desagradable en general, pero
apenas sabe a nada. Me quedo muy quieta, respirando con dificultad por la
nariz mientras Pax se muerde el labio inferior y utiliza los dedos para
restregar su semen por toda mi lengua y mis labios.
—Joder, Firebrand —Su voz es muy ronca. Parece fascinado al verme, pintada
en su semen. Puedo sentirlo correr por la curva de mi cuello, acumulándose
en el hueco de mi garganta—. Cierra la boca —me dice
roncamente—. Jodidamente trágame.
Me lo trago y una mirada de profunda satisfacción se extiende por su cara.
Me sujeta de nuevo por la mandíbula, estudiándome. —Ya está, linda. ¿Te
gusta mi semen?
Asiento con la cabeza. Hablaría, pero me sujeta con tanta fuerza que sus
dedos se clavan en mis mejillas, obligándome a abrir la boca, y físicamente
no puedo.
—Bien. Voy a disparar dentro de tu coño la próxima vez. Si vuelves a aparecer
por aquí, será mejor que tu culo tenga un anticonceptivo —dice—. No te voy
a follar llevando una de esas cosas otra vez.
Me suelta y se sienta sobre sus talones, observando el desastre que me ha
hecho.
—¿Quieres que vuelva otra vez? —pregunto en voz baja. Trata de no sonar
asustada por el hecho de que estoy recostada encima de su cama, desnuda,
todavía zumbando por los orgasmos que me ha arrancado.
Los ojos de Pax se endurecen. —A mí me da igual. Mientras hagas
exactamente lo que se te dice, te follaré todo lo que quieras. Pero en cuanto
quieras hablar de esto... —Sus ojos se estrechan—. En el momento en que
saques algo de esta mierda fuera de esta habitación, hemos terminado.
¿Entendido?
—Lo entiendo.
—Entonces estamos bien. Puedes limpiarte en el baño al final del pasillo
cuando salgas.
18

Merece la pena.
Chase nunca sabrá lo jodidamente doloroso que fue correrla, pero déjame
decirte que valió la pena. Tragaría vidrio para probar ese pequeño y perfecto
coño de nuevo.
Paso lo que queda de vacaciones recostado en la cama, jugando al Call Of
Duty y comiendo comida basura. El mismísimo Lord Dashiell Lovett me honra
con su presencia la mayoría de los días. Si no es él, entonces Wren. Uno de
ellos pasa el rato conmigo por las tardes, jugando a los videojuegos y sin
hablar de nada, lo cual se agradece, aunque las quejas incesantes no lo
hagan. Dash se queja de mí lo suficiente como para obligarme a ir a la ducha
todos los días.
Durante uno de los raros momentos en los que estoy solo, revelo la película
en la Canon y coloco las fotos que tomé de Chase en la pared de mi armario
reconvertido en cuarto oscuro. Me meto allí al menos tres veces al día para
mirar las imágenes, con las manos metidas en los bolsillos, intentando
averiguar de dónde vino el otro día.
Sé cómo leer a la gente.
Sé a ciencia cierta que Presley Maria Witton Chase me tenía miedo en un
momento dado. Supongo que ahora también estoy recordando aquella noche
en el bosque. Me había emborrachado lo suficiente como para decidir que por
fin había llegado el momento de fastidiarla. Ella se había emborrachado lo
suficiente como para no huir de mí. Sin embargo, seguía petrificada por mí.
Tengo un recuerdo vago y borroso de ella gimiendo, arrebatándome el vestido
de las manos y huyendo hacia el bosque sin mirar atrás. Había estado a punto
de follarla. Probablemente fue bueno que no lo hiciera. Estaba tan borracho
que me habría corrido inmediatamente o me habría quedado sin fuerzas
después de tres bombeos.
Las fotos que tomé de ella son jodidamente increíbles. ¿Su cuerpo?
Jesucristo, su cuerpo. Es pura perfección. Ya me cansé de las supermodelos
delgadas hace mucho tiempo. No tienen carne en sus huesos. Follar con ellas
realmente duele. Chase tiene tetas. Unas tetas jodidamente espectaculares.
Y su culo... Lloraría por volver a ponerle las manos encima a ese culo.
Habría saboreado la experiencia de follarla un poco más en circunstancias
normales, pero la cadera y la espalda me habían dado un golpe de puto
dolor -casi me había quedado ciego- y probablemente me habría desmayado
si no me hubiera corrido cuando lo hice.
Sin embargo, fue bueno.
Tan jodidamente bueno.
Su coño era como un guante a mí alrededor, agarrando y apretando cuando
se corría. He pensado en eso todas las noches cuando me he metido en la
cama y me he acariciado la polla, burlándome de mí mismo, alargando el
disfrute, retrasando el momento crítico en el que finalmente me derramo
sobre mi propio estómago. No porque haya estado esperando a ver si aparecía
o algo así. No. No soy tan jodidamente patético. Claro, estoy abierto a explorar
el resto de los agujeritos calientes de Chase, pero puedo vivir sin ellos. No es
como si no pudiera simplemente entrar en Cosgroves y encontrar algo
húmedo y apretado para hundir mi polla si realmente quisiera.
Soy así de masoquista. Torturarme con el recuerdo de esa repentina sesión
con Chase me mantendrá durante semanas y más.
El viernes antes de la vuelta a la academia, mi dolor se vuelve lo
suficientemente manejable como para conducir de vuelta a Nueva York y dejar
los restos de mi padre en el ático de Meredith. Vuelvo el mismo día. Para
cuando hay que volver a la escuela, me alegro de tener que hacer algo, de ir
a algún sitio, y de que mis amigos no estén pendientes de mí como putas
gallinas quisquillosas.
Incluso puedo correr un poco la mañana que volvemos a Wolf Hall. Mi espalda
y mi cadera están bien la mayor parte del tiempo. Solo experimento un
relámpago de dolor un par de veces, pero no es lo suficientemente grave como
para hacerme parar. Duchado y vestido, espero en el asiento del conductor
del Charger a que Wren y Dash hagan su aparición. Al cabo de quince
minutos, aprieto el claxon y me río para mis adentros cuando el estridente
ruido rompe la tranquilidad de la mañana. Los chicos se apresuran a salir de
la casa y suben al auto, quejándose en voz alta del ruido.
En el corto trayecto por la montaña hasta la academia, todo vuelve a la
normalidad. Nos molestamos mutuamente y nos exaltamos, presionando al
máximo los botones del otro antes de llegar al estrecho camino de entrada de
la escuela. Una vez que llegamos a la gran obra maestra gótica del edificio,
todo cambia.
Elodie y Carrie nos esperan en lo alto de la escalera de la escuela. Las dos.
Parecen tan felices de ver a mis amigos que un escalofrío recorre todo mi
cuerpo desde la planta de los pies hasta la coronilla. No he visto nada tan
patético en toda mi vida. Wren sonríe cuando sale del asiento trasero y Elodie
salta a sus brazos. Sentado a mi lado en el asiento del copiloto, Dash tiene la
sensatez de no hacer ni decir nada que pueda hacerme vomitar encima...
hasta que sale del auto y Carrie se pliega limpiamente en sus brazos. Le besa
la parte superior de la cabeza, y yo estoy oficialmente harto. Subo las
escaleras maldiciendo en voz alta, muy enfadado, deseoso de poner espacio
entre mí y las viles arpías que han robado el corazón de mis amigos.
—¡Buenos días, Pax! Me alegro de verte a ti también —Elodie grita tras de mí.
Naturalmente, me hago el sordo. He perdonado a la chica por haberme puesto
de patitas en la calle aquella vez, pero nunca le perdonaré lo que le ha hecho
a nuestra casa. Carrie hizo que aparecieran las primeras grietas en nuestro
statu quo cotidiano, pero no fue hasta que apareció Elodie que todo quedó
arrasado hasta los cimientos.
Yo me fío del inglés.
Es una buena manera de empezar la vuelta a clases, pero es mejor aguantar
una paliza por faltar a clase que tener que aguantar una hora de Wrelodie y
Cash desmayándose el uno sobre el otro; no tengo estómago para ello.
En su lugar, me dirijo a los laboratorios.
El lugar está desierto, en total oscuridad. No hay estudiantes. No hay Ananya.
Aunque no me habría importado que estuviera aquí. Ananya Laghari, la
profesora de fotografía de Wolf Hall, es relativamente genial, todo sea dicho.
Es una fotógrafa increíble. Honestamente, me sorprende que Harcourt la haya
contratado, habiendo visto algunas de sus fotos. Son controvertidas. Sus
comentarios sobre el vicio, el capitalismo y el racismo no se andan con rodeos,
y la junta directiva de Wolf Hall no es precisamente conocida por sus
opiniones políticas liberales.
Me pongo a trabajar, revelando alguna película. Alguna otra película, que no
tenga a Chase desnuda. Una vez que mis imágenes han salido en el papel
fotográfico, las cuelgo para que se sequen y me acomodo para la espera,
revisando finalmente mi horario. La siguiente clase es Economía. Mis
compañeros de casa no están en esa clase, ni tampoco Carrie. Elodie sí. No
hablamos a menos que Wren esté cerca, e incluso entonces hago todo lo
posible para evitar comunicarme con ella. Probablemente ni siquiera sepa que
estoy en la clase.
Una vez que el papel fotográfico brillante está seco y fijado, recojo todo mi
equipo y me dirijo a mi clase programada. Como esperaba, cuando Elodie
llega, se sienta al otro lado de la sala, más cerca de la puerta, y ni siquiera
me mira de reojo.
La clase se llena. Los alumnos toman asiento. El profesor Radley aparece,
nervioso como siempre y con una mancha de pasta de dientes en la corbata.
Y entonces ocurre algo totalmente extraño. La puerta del aula se abre... y
entra Chase.
Lleva el cabello recogido en pequeños moños en la parte superior de la cabeza
y lleva un jersey granate de manga larga y unos jeans negros rotos. Sus rasgos
me resultan inconfundibles: ojos brillantes, despiertos y cálidos. Una nariz
fina y perfectamente recta, con una pequeña curvatura al final. Pómulos altos
y una barbilla puntiaguda. Sus mejillas están enrojecidas, como si hubiera
estado en el frío, aunque afuera hace más calor que el saco de bolas de
Satanás. Lleva delineador de ojos negro y una cadena de oro alrededor del
cuello que cuelga sobre el suéter.
Hago una doble toma, y luego una triple, pero la realidad no se endereza; la
chica permanece justo donde está, en la puerta de mi clase de Economía, la
imagen de ella se consolida de alguna manera, haciéndose más y más real
incluso cuando intento parpadear.
¿Qué diablos hace ella aquí?
—Ahhh, Presley. Bien. Toma tu asiento y comencemos.
Chase se sienta. Una fila delante de mí, una silla a la derecha. Nadie se queja
de que le esté robando el asiento a su amiga. Nadie reacciona si se sienta allí.
Miro estúpidamente al profesor Radley, inundado por la extraña sensación de
traición. No se muestra nada sorprendido, y debería estarlo porque Presley
no está en esta clase.
Me gustó cuando apareció en Riot House y me la follé. Me gusta poder mirar
esas fotos crudas, vulnerables, casi pornográficas de ella, colgadas en mi
armario. ¿Pero ahora está aquí, en mi clase?
El profesor Radley se da cuenta por fin de la gran mancha blanca de pasta de
dientes que tiene en la corbata y resopla, frotándose ineficazmente con una
servilleta de papel.
—Uhhh, ¿dónde lo dejamos, chicos? —murmura—. Una Vine roja3 para el
primero que me refresque la memoria.
—La demanda agregada. Y... política fiscal —dice Chase, hojeando
distraídamente su libro de texto.
No tartamudea. No se acobarda.

3 Caramelo de regaliz.
Pienso en levantarme de la silla y gritar “¡Intrusa!” a todo pulmón. Me resisto,
pero la acusación rebota dentro de mi cabeza como un disparo de escopeta.
Esta chica es una intrusa. No debe estar aquí. Está invadiendo mi espacio
personal. Está robando mi maldita paz. Y se ve tan diferente a ella misma.
Definitivamente hay algo diferente en ella. Sabía que lo había el otro día
cuando vino, pero el cambio se destaca en ella ahora un millón de veces.
Normalmente es tan rígida. Tan callada. Tan pequeña. Cuando entró en la
habitación hace un momento, se comportó de forma erguida. Había una
confianza fría en ella que no poseía antes. Todavía está ahí, zumbando a su
alrededor como un extraño campo de energía, mientras mira pensativamente
su libro de texto.
Ni siquiera ha mirado en mi dirección.
Al otro lado de la habitación, Elodie Stillwater también frunce el ceño ante la
pelirroja. Obviamente, ella también ha notado el cambio en su amiga y está
tan confundida como yo.
Le hago dos agujeros en la nuca a Chase, deseando que se dé la vuelta y me
mire para poder soltarle una serie de obscenidades. Ella mira al frente,
sacando un cuaderno y una selección de bolígrafos de su bolso, como si no
pudiera sentir el furioso calor que le está quemando el cráneo.
Mi mente se aleja de mí. ¿Es posible que no se haya fijado en mí? ¿Puede
haberse trasladado a mi clase de Economía por accidente?
No. Es muy poco probable.
No, me está jodiendo.
¿Esto es lo que obtengo por salvar la vida de una chica, sin mencionar esos
dos orgasmos que hacen vibrar los huesos? Jodidamente increíble. El
profesor Radley comienza la lección de hoy, hablando de la demanda
agregada, y todo el tiempo Chase toma notas cuidadosamente. Escucha
atentamente cada palabra que sale de la boca del maldito. A mitad de la clase,
incluso levanta la mano y responde a una de las preguntas de Radley. Esboza
una pequeña y secreta sonrisa para sí misma, inclinando la cabeza cuando
él le dice que su respuesta no solo era correcta, sino también perspicaz.
Estoy literalmente estupefacto por su presencia aquí.
¿Qué persona en su sano juicio acecha a la persona que la resucitó y se
inscribe en todas sus clases? Quiero decir... eso es raro, ¿no? Sin embargo,
se me ocurre que podría no estar cuerda. Después de todo, ¿qué persona en
su sano juicio se corta las venas y trata de suicidarse con tanta insistencia?
Como mínimo, debe estar muy deprimida para haber hecho lo que hizo.
Debería haber pensado en eso antes de follar su cerebro.
Pero allí sentada, garabateando sus notas en su cuaderno, tan atenta y fija
en lo que dice el profesor Radley, Chase no parece deprimida. Parece bastante
contenta de haber invadido mi pequeña burbuja y no parece sufrir ninguna
consecuencia negativa por la cantidad de odio que le estoy enviando.
—¿Sr. Davis? Sr. Davis, ¿por qué levanta la mano? No he hecho ninguna
pregunta.
—¿De dónde viene? —exijo.
—¿Perdón? ¿Qué?
—Chase —La señalo con un dedo, donde está sentada en la silla a medio
metro de mí.
El profesor Radley pone los ojos en blanco. Todos los demás estudiantes,
incluida Presley, se giran para mirarme. Ella parece un poco asustada ahora,
pero su expresión no es la misma. No parece preocupada porque esté a punto
de decirles a todos que me está acosando. Parece como si estuviera
avergonzada y no quisiera que le llamaran la atención. Pues mala suerte,
zorra. No puedes jugar conmigo y esperar que no juegue contigo. Así no es
cómo funciona esta mierda.
—¿Qué quieres decir? —susurra la brujita traicionera.
—¿No crees que esto es un poco desesperado? ¿No crees que sé lo que estás
haciendo? ¿Por qué no vuelves a la clase que se supone que estás...?
—Sr. Davis, soy consciente de que no es el alumno más simpático de Wolf
Hall, pero este comportamiento es inaceptable. Dele un respiro a Presley. Solo
ha entrado por la puerta hace quince minutos y ya le estás haciendo la vida
imposible. Jesús —El profesor Radley se cruza de brazos sobre el pecho,
negando con la cabeza. No tengo ningún sentimiento particular hacia el
hombre, de una manera u otra. Nunca me ha echado la bronca y, a cambio,
he permanecido casi siempre en silencio durante sus clases. Pero este
comentario suyo me hace replantearme toda mi actitud hacia Economía y
hacia él en general.
Le miró fijamente de forma asesina. —Ella no debería estar aquí. No le
interesa la economía.
—¿De qué demonios estás hablando? —Radley me mira como si estuviera
loco—. Presley ha estado en esta clase mucho más tiempo que tú. Y sus notas
son considerablemente mejores. La última vez que hablé con Presley, me dijo
que tenía un interés muy real en especializarse en Economía en la
universidad. ¿Sigue siendo ese el plan, Presley?
El semestre pasado, se habría marchitado como una flor de casa caliente
dejada fuera en una tormenta de nieve. Hoy apenas si palidece ante la
atención del profesor Radley. Sus ojos pasan de mí a Radley.
—Sí. Bueno, estoy considerando especializarme en Economía e Inglés, pero...
¿Siempre ha estado en esta clase?
¿Quiere especializarse en economía e inglés? ¿Las dos son mis asignaturas?
¿Cómo es posible que no me haya fijado en ella antes?
No es cierto. Es una conspiración masiva. Tiene que serlo. —Realmente no
creo que ella...
El profesor Radley me interrumpe. —Basta, Pax. No sé qué tipo de táctica de
distracción estás tratando de hacer ahora, o por qué te molestas, pero esta
tontería se acaba ahora. Puedes sentarte tranquilamente, prestar atención y
dejarme terminar la lección, o te llevaré a rastras al despacho de la directora
Harcourt y podrás pasar el resto del periodo con ella. Depende totalmente de
ti.
¡Ja! Pagaría un buen dinero por ver cómo intenta obligarme a salir de esta
clase. El hombre es tan delgado como un junco y no puede pesar más de
cuarenta libras mojado. Si se le ocurre ponerme un dedo encima, le aplastaré
la cara contra su preciada pizarra y le arrancaré el hombro antes de que
pueda decir: “Lo siento, lo siento, lo siento, ¡no sé qué demonios me ha pasado!”
La cara del profesor Radley adquiere un tono gris apagado, como si pudiera
imaginarse la escena que estoy pintando en mi cabeza con vívida claridad.
Parece que ya se está replanteando su amenaza. Sin embargo. No soy muy
exigente con el tipo. Es su primera infracción.
—Me quedo —gruño. No es un acuerdo de que me vaya a comportar. Es más
bien un hecho. Delante de mí, Chase se aclara la garganta y vuelve a prestar
atención a su libro de texto como si no hubiera pasado nada. Cuatro sillas
más allá, sentada junto a la puerta, Elodie Stillwater me mira con la ferocidad
de mil soles ardientes. Sacude la cabeza y sé que me enteraré de esto más
tarde. Supongo que es bueno que no me importe lo que ella piense.
El resto de la clase se alarga; cada segundo parece un minuto, cada minuto
una hora. Me abstengo de volver a mirar a Chase, aunque me cuesta un
esfuerzo monumental no saltar de mi asiento, agarrarla y arrastrarla fuera de
aquí para poder averiguar a qué mierda está jugando.
En cuanto el profundo sonido de la campana de Wolf Hall resuena en el
pasillo, tomo mi mierda, las meto en el bolso y salgo tranquilamente de la
habitación. Chase se queda. Chase espera. Espera que desaparezca y me vaya
a mi siguiente clase, pero no voy a ninguna parte. Me escabullo por la esquina
y me arrincono contra la pared, esperándola.
Elodie me encuentra primero, y está más enfadada que una gata sobre un
tejado de zinc caliente. —¿Qué mierda te pasa, hombre? ¿Por qué tienes que
ser tan vil con todos los que te cruzas? Debe ser agotador.
Miro por encima de su cabeza, observando la puerta de Economía como un
halcón. —No tienes ni idea.
—¿No puedes ser amable por una vez? ¿No puedes permitirle a una persona
un poco de paz, sin apuntarla a un juego despiadado?
Hago contacto visual con la chica de Wren. Acentúo mis fosas nasales, con
los ojos encendidos. —Yo no soy el que está jugando. No estoy apuntando a
ella para una mierda. Es ella la que se está metiendo conmigo. Solo... vete a
la mierda y métete en tus asuntos.
Los ojos de Elodie brillan. Me empuja, con fuerza, en el centro del pecho.
—Estás actuando como un loco. Presley no se está ‘metiendo contigo’. Está
cagada de miedo por ti...
—Sí, eso es lo que pensé.
—Y aunque lo fuera, ¿has considerado que podrías merecerlo?
—¿De qué demonios estás hablando?
Se ríe. —¿Has pensado alguna vez en toda la gente a la que has hecho daño
aquí, y te has preguntado si eres una enorme mierda por ello?
Esta chica. Lo juro por Dios, esta chica. Tiene un maldito deseo de morir. Me
alejo de la pared, acercándome a ella.
—No me importa una mierda la gente con la que he jodido en el pasado,
Pequeña E. —Uso el apodo de Wren para ella en tono de burla—. No agonizo
por cada una de mis acciones porque espere ganar algún concurso de
popularidad. Hago lo que me da la gana, y a la mierda lo que piensen los
demás. Eso te incluye a ti. No me importa lo que pienses. Ahora aléjate de una
puta vez.
Elodie no se mueve ni un ápice, lo cual es encomiable, supongo. La rodeo y
me dirijo a la puerta de la clase, pero el aula está vacía. No hay ningún alumno
a la vista. Solo queda el profesor Radley, frotando un cepillo de lana sobre la
mancha de su corbata. Me ve y sus labios se afinan.
—Sr. Davis. ¿Puedo ayudarle en algo?
—Absolutamente no.
19

Wolf Hall es un lugar con corrientes de aire, una vieja y enorme perra con
innumerables nichos secretos. Sin embargo, no hay mucho tiempo que una
persona pueda esconderse antes de tener que ir a clase. O ir a orinar. O
comprar comida. La encuentro, escondida en un rincón del comedor,
comiendo sola. Dejo mi burrito sobre la mesa y me siento en la silla de
enfrente. Se lleva la bandeja hacia el pecho... y se aleja de mí.
—Lo siento. Yo... —Se le forman delicadas líneas entre las cejas—. ¿Estás
bien?
Me abalanzo sobre ella antes de que pueda retroceder. La agarro por el
antebrazo y le arranco la manga larga del jersey. Allí, tal y como sabía que
sería, hay una fina gasa de hospital que cubre sus muñecas. Sisea, se
desprende del brazo y se apresura a bajar la manga del jersey.
—¿Qué mierda estás haciendo?
—No. ¿Qué mierda estás haciendo tú? ¿Crees que esto es divertido o algo así?
—Solo estoy tratando de comer mi almuerzo.
—Te has transferido a Economía.
—¡No lo hice!
—¿En serio estás tratando de decirme que has estado en esa clase todo el
tiempo, y yo era tan inconsciente que nunca me di cuenta?
—¡SI!
Niego con la cabeza. —No es cierto.
Dos pequeñas manchas rojas florecen en las mejillas de Chase. No puedo
dejar de mirarlos.
—¿Por qué? —sisea—. ¿Por qué no es verdad? ¿Por qué es tan imposible creer
que llevamos tanto tiempo en la misma clase? Nunca te habías fijado en mí,
Pax. Estoy en casi todas tus clases. Llevamos casi cuatro años viviendo cerca
el uno del otro y puedo contar con una mano las veces que me has mirado y
reconocido mi existencia.
—Eso es tan jodidamente hiperbólico...
—¡No! ¡No lo es! —El tono de su voz sube más—. Cuatro años, Pax. ¡Cuatro
años! Hemos comido juntos en este comedor. Caminamos por los mismos
pasillos. Sentados en las mismas aulas. Hemos respirado el mismo aire, por
el amor de Dios, y apenas has notado mi existencia. Así que no, no es una
afirmación hiperbólica. Es la verdad.
—Jesús. ¿Por qué estás tan enfadada conmigo?
Sus ojos se duplican en tamaño. —¿De verdad? —Tira la servilleta de papel
que ha estado sosteniendo en su plato—. ¿Me estás jodiendo ahora mismo?
Las palabras que Wren me dijo en mi habitación resuenan en mi memoria,
haciéndome sentir... whoa. En realidad, me siento un poco incómodo ahora
mismo. Eso no ha ocurrido en, bueno... nunca. Inclino la cabeza hacia un
lado, arqueando una ceja hacia ella.
—¿Esto es porque no recuerdo haber estado a punto de follar contigo en el
bosque? Porque el whisky me hace muy mal...
—¡Dios mío, Pax! ¡Déjame jodidamente en paz! —Se levanta tan rápido de la
silla que ésta cae hacia atrás y se estrella contra el suelo con un fuerte golpe.
Todos los estudiantes del comedor dejan de hacer lo que están haciendo y se
giran para mirarla. Y a mí.
Chase está de pie, clavada en el sitio, respirando con dificultad, con el pecho
subiendo y bajando. Al mirarla, ya no veo a la chica tranquila que siempre se
escondía. Ni siquiera veo a la chica salpicada de sangre que intentó acabar
con su propia vida. Veo algo que cobra vida. Algo nuevo, y feroz, y salvaje.
Acorrala a esta nueva versión de Chase en una esquina y no se acurrucará y
morirá. Te arrancará la puta cara.
Me río suavemente en voz baja.
Sus manos se cierran en puños apretados a los lados.
—¿Qué? —dice.
Recojo mi burrito y me pongo de pie lentamente. —¿Qué ha cambiado?
Su mandíbula trabaja, y trabaja un poco más, sus ojos brillan con acero
templado. No me pide que amplíe la pregunta; ya sabe a qué me refiero y
ahora mismo está pensando si quiere justificar la pregunta con una
respuesta. La mitad de los estudiantes del comedor vuelven a sus comidas y
a sus conversaciones, probablemente aburridos. La otra mitad permanece
atenta a la situación, esperando con la respiración contenida para ver qué
resulta de este tenso enfrentamiento mexicano.
Después de mucho tiempo, las fosas nasales de Chase se agitaron. —Me
estaba cayendo —dice—. Siempre. Me caía, y el miedo a que ocurriera,
mientras ocurría, me aplastaba.
—¿Y entonces?
Me mira fijamente a los ojos. —Toqué fondo. No había otro lugar donde caer.
—Así que ahora no tienes miedo.
Ella niega con la cabeza. —No. Ahora simplemente no me importa.
La fulmino con la mirada, aguantando la tormenta de electricidad que se
desata entre nosotros. —Retiro lo que dije. No quiero que vuelvas a venir a la
casa.
Me lanza una mirada extraña y vacía. —¿Estás seguro de eso?
—Sí, estoy seguro. Eres un psicópata. ¿Por qué querría follar con alguien que
podría lanzarse por la ventana del dormitorio si le digo que no quiero follar
más? Mejor cortar esto de raíz ahora. ¿Qué dirían tus amigas si supieran la
verdad? Supongo que todavía no se lo has dicho.
Su cara se pone aún más en blanco. Pienso, no, sé que he tocado un nervio
en ella. Veo que se aleja aún más de la situación. Veo que la determinación
con la que hablaba ahora mismo se tambalea y se resquebraja un poco. Podría
asustar a esta chica si quisiera. Podría hacer que le importara la caída de
nuevo y ella lo sabe.
—Juraste que no dirías nada.
—Y no lo he hecho. Todavía.
Con el fuego disminuyendo en sus ojos, se aleja de la mesa. —Tú eres el que
me jodió en primer lugar, Pax.
Ella tiene razón. Yo fui quien la provocó para que viniera a mi habitación. Y
yo fui quien instigó el sexo entre nosotros. Eso no significa que ella pueda
burlarse de mí así. No puede creerse invencible solo porque la resucité y le
metí la polla después. Acentúo mis fosas nasales, clavando los ojos en ella
mientras se aleja.
—No me pongas a prueba, Chase.
20

—Escuché que tuviste un encuentro con Presley hoy.


Dash está cocinando huevos. La cocina huele a mantequilla, cebollino y
tostadas. En algún lugar del piso de arriba, Wren está pintando su próxima
obra maestra. Me imaginé que, desde que se enamoró de Elodie y se puso
jodidamente feliz con nosotros (o tan feliz como Wren Jacobi se pone siempre),
su obra cambiaría para reflejar el cambio en su vida. Sin embargo, su arte
sigue siendo tan turbulento y oscuro como siempre. Los azules, negros,
blancos y grises siguen siendo un remolino para crear lo que siempre he
pensado que son representaciones del puto fin del mundo.
Clavo la uña del pulgar en el lateral del dedo índice, presionando hasta que
el dolor se hace notar. —Ya me conoces. Podría meterme en una pelea con
una pared de ladrillos.
Hace tiempo, Dash solía urdir los planes más reprobables para follar con las
chicas de la academia. Podía mirar a una chica al otro lado del pasillo y hacer
que se redujera a la mitad de su tamaño con nada más que una mirada fría
y evaluadora y un estrechamiento de ojos. Como miembro lejano de la familia
real inglesa, nació con la capacidad divina de mirar a alguien y hacerle sentir
que no vale nada. Ahora que está con Carina, después de una larga
temporada de suspirar y negar sus sentimientos, ya ni siquiera tiene tiempo
de mirar. Solo ve a Mendoza.
Levantando las cejas, revuelve sus huevos; hay algo que no está bien que Lord
Dashiell Lovett IV sea tan domesticado. —¿Te ha molestado? —pregunta.
—Claro que sí, me hizo enojar.
—¿Supongo que piensas follar con ella hasta final de año, entonces? —dice,
con toda naturalidad.
—Todavía no lo he decidido.
Dash asiente.
Hay algo de prejuicio en ese movimiento de cabeza que me hace querer darle
una buena paliza. —Déjame adivinar. ¿Crees que debería cambiar mis
costumbres y ser amable con ella? ¿Invitarla a pasar el rato en el patio y hacer
putas cadenas de margaritas juntos?
Él esboza una sonrisa. —Soy más inteligente que eso, hombre.
—Pero crees que no debería joder con ella.
Se encoge de hombros. Cruzando la cocina, saca algunos platos del armario,
los coloca y empieza a servir la comida que ha preparado.
—Creo que vas a hacer lo que tengas que hacer, y que yo tenga una opinión
al respecto no va a cambiar nada. Así que... —Cuando se da la vuelta, pone
uno de los platos frente a mí en la isla de mármol de la cocina: huevos
revueltos; tortita gruesa; bacon confitado; tostada con mantequilla; aguacate.
Una comida mucho mejor que la que solemos comprar en Screamin' Beans.
—¿Quieres decir —digo, mirando fijamente la comida—, que sabes cocinar, y
hemos estado viviendo de ramen de primera todo este tiempo?
Dash me da una palmada en el hombro. —Como dije. No es una estupidez.
Ser tu cocinero interno no parecía un trabajo divertido. Disfruta.
Se lleva otros dos platos -supuestamente uno para él y otro para Wren- y se
dirige a las escaleras.
—Oye, amigo —le digo.
Se gira. —¿Sí?
—Gracias.
El maldito se tambalea, su espalda golpea la pared detrás de él. —Mierda.
¿Pax Davis acaba de darme las gracias?
—Tienta tu suerte, imbécil —gruño.
Se ríe durante todo el camino hasta las escaleras.

Disparar con una cámara DSLR es un proceso complicado, pero disparar con
película es algo totalmente diferente. No hay una pantalla para comprobar tu
trabajo. No puedes disparar una docena de fotos y hacer una serie de ajustes
hasta que consigas la iluminación y el ambiente adecuados. La prueba y el
error con la película es un proceso agridulce. Hay que evaluar la luz a ojo.
Hay que conocer la cámara por dentro y por fuera, y utilizar realmente el ojo
de la mente para encuadrar primero la toma que se desea. Solo entonces
puedes mirar por el visor, respirar lentamente y apretar el gatillo.
Una vez tomada la imagen, hay que esperar a terminar el rollo para poder
revelarlo. Y el proceso de revelado de la película es todo un arte aparte. Hay
muchos pasos. Hay muchos puntos durante el proceso en los que algo puede
salir mal.
Sin embargo, el ritual de disparar y revelar la película es muy tranquilizador.
Cuando estoy rodando, es como si viera bien mi entorno por primera vez.
Observo realmente las líneas y la estructura de las cosas. La belleza. La
arquitectura de una mano, de un rostro, de un pájaro o de un cielo. Un objeto
o una persona se convierten en algo nuevo, se descubren por primera vez,
cuando los miro a través de un visor. Ver cómo se desarrolla una imagen en
un trozo de papel fotográfico es como una ventana a otra realidad, que emerge
ante mis ojos. Una especie de magia.
Me siento en un taburete con ruedas en el vestidor de mi habitación,
conteniendo la respiración como siempre hago, viendo cómo se desarrollan
las fotos que he puesto en el primer baño químico. El cementerio junto al lago
es lo primero que aparece: una serie de lápidas torcidas que se inclinan unas
contra otras, borrachas. Un pequeño pájaro se posa en la lápida más antigua
y desgastada. La niebla se enrosca sobre las copas de los árboles en el fondo:
volutas de humo, aliento de los dioses.
La siguiente imagen que aparece es la de Wren. No me gusta fotografiar a la
gente que conozco como regla. Existe un contrato entre tú y alguien que
conoces. Hay expectativas involucradas. Él espera que yo me comporte o sea
de una determinada manera, y yo espero lo mismo de él. Si Wren mirara por
el lente de mi cámara, estaría pensando cosas sobre mí. Recordando cosas.
Repitiendo escenarios, en los que interactuamos, o dándole vueltas a las
cosas que sabe de mí en su cabeza.
Yo haría lo mismo desde el otro lado de la cámara, pensando cosas, sabiendo
cosas de él. Necesito que haya una desconexión entre el sujeto de la fotografía
y yo. Mi papel es ser testigo, no pensar, y su trabajo es simplemente ser.
Yo soy el observador. No quiero nada más que ver. Las conexiones complican
las cosas. Enturbian el agua. Distorsionan la imagen. Esta foto en particular,
la tomé... mierda, debe ser hace más de un año, sin embargo. Estaba
tumbado en el asiento trasero del Charger, como siempre, con la cabeza
echada hacia atrás y los ojos cerrados. Tenía un brazo apoyado en el respaldo
del asiento y la mano colgando, con los dedos enroscados alrededor de un
pincel imaginario. Recuerdo perfectamente el momento.
Estábamos conduciendo hacia Boston durante el fin de semana, aburridos
de estar atrapados en la montaña. Dash había corrido a la tienda para
comprar bocadillos de carretera, y Wren y yo habíamos estado discutiendo.
Él estaba frunciendo el ceño por algo que yo acababa de decir, y cuando lo
miré por el espejo retrovisor, la luz del sol se había colado por la ventanilla
trasera del auto de tal manera que todas las motas de polvo que flotaban en
el aire estaban iluminadas y doradas, como si estuvieran flotando en un
espeso jarabe. Sus rasgos estaban casi desdibujados por la luz; solo el puente
de la nariz y la cresta de la barbilla habían sido puestos en evidencia por el
sol. Sus rizos oscuros eran salvajes y alocados, bañados en oro.
Antes de que pudiera detenerme, la cámara ya estaba en mi mano, ya había
ajustado el balance de blancos y la apertura, y mi dedo estaba presionando
el botón. No disparé directamente hacia él. Tomé la foto de la imagen que vi:
la instantánea de él en el espejo retrovisor, con el fondo borroso y deslavado,
y su reflejo como lo único enfocado. Recuerdo haber pensado, en esa fracción
de segundo, que estaba celoso de él. No por su aspecto, ni por su confianza,
ni por la forma en que estaba tan a gusto, desplomado en el asiento trasero.
Estaba celoso de él simplemente porque no era yo.
Me había olvidado de la imagen hasta ahora, pero al ver que su estructura se
oscurece y toma forma -quizá demasiado oscura, en realidad, para ser
considerada una toma perfecta- la misma punzada aguda de envidia me
golpea justo en el centro del pecho. Así son las cosas, ¿no? Somos
observadores. Miramos el mundo y sentimos. Queremos lo que no tenemos.
Ser Wren, ser cualquier otra persona, incluso durante unos breves segundos,
parece que sería una liberación. Porque, durante esos breves y fugaces
momentos, no tendría que ser yo.
Después, sigue un auto oxidado, con maleza saliendo de sus pasos de rueda.
Un halcón -un misil rojo-marrón- arqueado contra un cielo invernal
blanqueado.
Un policía, apoyado en el capó de su auto en la ciudad, con los brazos
cruzados sobre el pecho. Parece que está a punto de llorar.
Un autorretrato empieza a aparecer en el trozo de foto de la bañera al final de
la línea; me levanto del taburete y lo saco, goteando, de la bandeja de plástico
antes de que la forma de mi cara pueda revelarse. Es una de las cosas más
estúpidas. Algunos de los mejores y más reconocidos fotógrafos del mundo
me han fotografiado. He visto sus imágenes salpicadas en vallas publicitarias
y en las portadas de las revistas. El año pasado llegué a un punto en el que
no podía ir a ningún sitio fuera de Mountain Lakes sin que la gente me
frunciera el ceño, con esa misma mirada familiar en todos y cada uno de sus
rostros. La mirada de “te conozco, pero no sé de dónde”. Estoy acostumbrado
a verme en las fotos. Pero cuando me tomo una imagen de mí mismo, algo
cambia.
Si miras lo suficiente al abismo, el abismo te devolverá la mirada. Lo dijo
Nietzsche. Y eso es lo que siento cuando miro una foto que he tomado de mí
mismo. Hay un muro entre la cámara y yo cuando hago un trabajo de moda
o de estudio. La utilizo para defenderme. Cuando miro por el lente de mi
propia cámara, no hay ningún muro. No hay nada. Solo hay una pregunta,
una que no puedo responder, y no puedo soportar verla en mi cara ahora
mismo.
Enrosco el trozo de papel fotográfico en una bola, el revelador del papel
húmedo se desprende de mis dedos. La imagen arrugada cae en la papelera.
Vuelvo a mi taburete, la luz roja de seguridad en el techo proyecta un brillo
siniestro y sangriento sobre mis manos y brazos. Mi teléfono vibra en el
bolsillo, alertándome de un mensaje, y luego otro, y luego otro, pero lo dejo
donde está. Todavía tengo que lavar el papel del revelado, y luego en el fijador.
Después habrá que colgarlos. Todo esto lleva su tiempo.
Me siento en el taburete, esperando que suene la alarma del despertador
analógico que he puesto. Cinco minutos más. Dos. Uno. Treinta segundos.
Estoy gritando en mi cabeza, arañando las paredes como un animal enjaulado
para cuando la alarma llega a cero y suena el timbre. Me peleo con el pomo
de la puerta, luchando por girarlo correctamente una, dos veces, antes de
abrirlo con fuerza al tercer intento.
La luz del sol entra por las ventanas junto a mi cama, iluminando lo
jodidamente desordenado que está todo aquí últimamente. Mi ropa está por
todas partes (este es el problema de usar tu único armario como cuarto
oscuro). Hay libros y zapatos esparcidos por el suelo. Los mandos de la Xbox,
las fundas de los juegos, el equipo fotográfico y los cuadernos, todo es un
caos. Me froto las manos en la cabeza, observando la destrucción que he
creado, y una furia rugiente me hace reír. ¿Cómo mierda voy a resolver o
encontrar algo en este desorden?
Mi teléfono vuelve a vibrar contra mi cadera, recordándome los mensajes que
acaban de llegar. Saco el dispositivo del bolsillo y compruebo la pantalla, y al
instante se me forma un dolor de cabeza que me golpea las sienes. Tum. Tum.
¡TUM!
Nuevo mensaje de Meredith 2
Nuevo mensaje de Hilary
Genial. Justo lo que necesito ahora.
Primero abro el mensaje de Hilary. Mi agente rara vez me llama. Cuando lo
hace, suele ser importante.
Un gran trabajo de American Eagle está por llegar. Están interesados,
pero quieren un look diferente. Me pregunto si te dejarás crecer el
cabello.
Oh, Hilary. Hilary, Hilary, Hilary. Ahora mismo está sentada en su despacho,
en la planta cuarenta y ocho del edificio Chrysler, riéndose secamente
mientras toma su quinto café del día. ¿Cuántas veces me ha preguntado esto?
He perdido la maldita cuenta. Ella sabe cuál va a ser mi respuesta. Sin
embargo, siente que tiene que preguntar. Dice que es porque no quiere que
pierda la oportunidad, pero su comisión del veinte por ciento juega un papel
importante en su pregunta, estoy seguro.
Yo: NO
Responde enseguida. Conociéndola, ya tenía su respuesta escrita y
esperando.
Hilary: ¿Seguro? Son 35 mil.
Uf. Muy bien. Eso es mucho dinero. No cambia nada, sin embargo. No estoy
sufriendo por el dinero. Ni mucho menos. Podría tomarme un par de años de
descanso y seguiría teniendo más de lo que necesito. Pero sí. Maldita sea.
Yo: Te he dado mi respuesta.
Hilary: No se puede culpar a una chica por intentarlo. Nos vemos a final
de mes.
Yo: ¿Final de mes?
Hilary: Actualización de fotografía y sesión de fotos de Ralph Lauren.
Dime que no te has olvidado.
Yo: No lo he olvidado.
Lo he hecho, joder. Gruño ante la perspectiva de volver a Nueva York, pero ya
me han pagado por este trabajo y me gusta el tipo que está haciendo esta
sesión. Además, normalmente salgo de allí con un puto cargamento de mierda
gratis que aún no está disponible para comprar. Puedo hacerlo en
veinticuatro horas: salir el viernes por la noche, filmar el sábado y volver a la
casa en cuanto termine. Cuanto más lejos esté de Meredith, mejor.
Hablando de eso...
Abro sus mensajes, ya preparado para cabrearme.
Meredith: No sé qué he hecho para engendrar un niño tan cruel.
Meredith: Encontré tu pequeño regalo. Creo que nunca me había sentido
tan herida, Pax. En serio, ¿en qué estabas pensando?
Está en casa, entonces. Ningún mensaje para decirme que se siente un poco
mejor. Ningún mensaje para decirme que recibió un trasplante, o que dejó
Mountain Lakes. Nada remotamente parecido. No, el único mensaje de texto
que envía es para hacerme saber que está enfadada conmigo por algo que he
hecho. Juego limpio para ella, pensé que su reacción al desastre que hice
antes de dejar el ático sería mucho más explosiva. Teniendo en cuenta todo
esto, diría que se lo está tomando bastante bien.
Meredith: Odiaba los espacios pequeños.
Meredith: ¿Tienes idea de la cantidad de limpieza que va a requerir esto?
Ya sabes lo que pienso de las encimeras. Vertiste Restos Humanos por
todo el mármol de Carrara.
Sí que lo hice. Papá querido hizo una gran pila en la encimera junto al
fregadero de la cocina. Me sorprendió la cantidad de ceniza que había dentro
de la urna de latón que Meredith guardó en esa cajita negra.
Meredith: El aire acondicionado lo hizo volar por todo el ático. Me llevó
una hora averiguar de dónde había salido todo el polvo. Lo respiré, Pax.
DURANTE UNA HORA.
Biiiieeeen, eso es realmente bastante jodido. Me he despistado por completo.
El aire acondicionado funciona con un temporizador. A Meredith le gusta que
el lugar se mantenga fresco y las rejillas de ventilación que se encienden tres
veces al día para bombear aire frío en el apartamento son feroces como el
infierno. Dios, las cenizas de mi padre deben haberse esparcido literalmente
por todas partes. Puedo imaginarme lo mal que se puso. Estoy casi tentado a
disculparme. Pero entonces recuerdo lo jodidamente terrible que es mi madre
y decido no hacerlo.
Yo: Eso es romántico. Ahora es una parte de ti. No te preocupes. Lo
cagarás mañana.
Un segundo después de pulsar enviar, el teléfono cobra vida en mi mano. Su
nombre se ilumina en la pantalla, parpadeando con urgencia. Hace falta
mucho para que Meredith se ponga furiosa, pero creo que lo he conseguido
con ese último comentario. Pulso el botón de rechazo, lo que no hará sino
enfurecerla aún más. Y así comienza nuestra próxima guerra. Me llamará una
y otra vez durante los próximos días, cada vez más enfadada. La evitaré como
la peste. Finalmente, llamará a su chamán para que la limpie a ella y al ático,
y entonces me enviará un largo correo electrónico pasivo-agresivo sobre cómo
lamenta que esté tan roto por dentro y que no pueda manejar mis propias
emociones lo suficientemente bien como para interactuar con el mundo
exterior de forma amable.
Lo cual también ignoraré.
Por ahora, me conformo con saber que está de pie en su precioso ático,
restregando el sombrío barniz de las cenizas de mi padre por todas las
superficies, maldiciendo el mismo nombre que me dio. El karma es una perra,
mamá.
Estoy tan satisfecho conmigo que realmente limpio mi habitación. La ropa se
dobla y se guarda en los cajones. Todos los objetos, libros, juegos y trastos
que estaban esparcidos por el suelo vuelven a su sitio o se tiran a la basura.
Muchos de ellos se tiran a la basura. Cuando termino, el suelo pulido queda
limpio. La alfombra a los pies de mi cama ha sido aspirada. Puedo ver el sofá
junto a las ventanas, en lugar de un montón de ropa limpia desplegada. Pongo
sábanas limpias en mi cama, sintiéndome a partes iguales realizado y
frustrado.
Ahora debería sentirme mejor. La voz molesta en la parte posterior de mi
cabeza que no se ha callado en todo el día debería estar tranquila, ahora que
mi entorno está tan limpio y organizado. Al menos, eso es lo que supuse que
ocurriría. Resulta que la voz molesta no tiene nada que ver con el desorden
de mi habitación; sigue ahí y no se calla.
Por la chica.
Chase.
Ella es la razón por la que no podía quedarme quieto en el cuarto oscuro.
Cada vez que me la quito de la cabeza, se cuela por una puerta lateral, o
rompe una ventana y vuelve a entrar. Es jodidamente insidiosa. Hoy he sido
absolutamente vil con ella. La lastimé, sé que lo hice. Debería haberme
alejado de la situación sintiéndome mejor conmigo mismo, pero eso no es lo
que ha pasado, ¿verdad? No, me he sentido todo enrollado y contorsionado
por dentro, y todavía lo estoy, joder. Pensé que se desvanecería de mi mente
si le daba una charla en público, pero me equivoqué. Y una cosa que no me
gusta es equivocarme.
21

—No estoy contento con esto —Papá mira a la academia con el ceño
fruncido—. Espero que al menos puedas reconocer lo jodido que es esto,
Presley.
Estar en la casa ha sido pura tortura. La mayoría de las noches he esperado
a que se fuera a la cama y luego me he arrastrado escaleras abajo para dormir
en el sofá. Empezó a cerrar todas las puertas y ventanas, como si realmente
esperara que saliera corriendo en mitad de la noche y me fuera a Alemania.
Le dije con toda seriedad que lo haría porque estaba desesperada, y no sabía
qué más decir para hacerle entender lo mucho que no quería seguir
durmiendo en la casa. Nunca lo hubiera hecho. Ni siquiera debería haberlo
dicho, pero sí. Como ya he mencionado. Desesperada.
Desde que salí del hospital, ha estado pendiente de mí, intentando animarme,
tratando de “hacerme sentir mejor”, pero ha visto lo abyectamente miserable
que he sido. Cómo he saltado con cada ruido fuerte en la casa. Cómo no
puedo sentarme, no puedo relajarme, no puedo comer...
Así que está cediendo, bajo coacción, ansioso como el infierno, y me deja
volver a la academia con la condición de que lo vea cara a cara o por FaceTime
todos los días, pase lo que pase, para que pueda ver con sus propios ojos que
estoy bien.
He aceptado sus reglas. Y me siento muy mal por haberle forzado la mano de
esta manera. Pero ya siento menos pánico ante la perspectiva de estar lejos,
muy lejos de la antigua casa del abuelo. Tantos recuerdos felices de la
infancia, incendiados y quemados por una noche. Ahora no podré volver a
poner un pie en ese lugar, sin sentir la necesidad de correr. Gritar.
Esconderme.
No lo pienses, Presley.
No lo pienses.
Como consecuencia de que papá ha sacado mis cosas de mi habitación en la
academia, he perdido mi antigua habitación en la misma planta que Elodie y
Carrie en favor de otra estudiante que quería mudarse, lo cual es una
verdadera mierda. Ahora estaré dos pisos más abajo que ellas, en una planta
sin ninguna de mis amigas cercanas, pero no me importa. Mi nueva
habitación es muy bonita, de hecho. Una habitación de esquina, con enormes
ventanales. Le quito a papá mi bolso de viaje y me paso la correa por el brazo,
mirándolo. Está muy cansado. No son solo las enormes sombras bajo sus
ojos. Es la forma en que está encorvado, acurrucado sobre sí mismo, como si
ya no pudiera sostenerse. Soy responsable de esto. Está sufriendo por mi
culpa. No soy la única que se beneficiará de mi salida de esa casa; él nunca
lo admitirá, pero papá también estará mejor si me voy. Por lo menos podrá
concentrarse en la inminente inauguración del restaurante y no en si estoy
tratando de escaparme de la casa.
Me pongo de puntillas y le beso rápidamente en la mejilla. —Te llamaré esta
noche, te lo prometo —le digo.
—Más te vale. Si pierdes una llamada...
—Lo sé, lo sé. Volveré a bajar la montaña más rápido de lo que puedo
parpadear. Lo tengo, papá.
Sus ojos han adquirido un aspecto brillante y vidrioso. —Te amo, pequeña.
—Yo también te amo.
—Muy bien, entonces —Él sorbe por la nariz—. Ve y patea algunos culos en
la clase. Muéstrales quién es la jefa.
—Sabes que lo haré.
Mientras subo lo que queda del camino de grava que lleva a la entrada de la
academia, doy un suspiro de alivio. Dudo que vaya a patear culos pronto.
Pero al menos podré respirar.
Al final de la escalera, miro por casualidad a mi izquierda, hacia el pequeño
cementerio victoriano de Wolf Hall y el lago, y allí está Pax. No puedo ver su
cara por la cámara que tiene delante, pero está claro que es él: el imbécil que
me hizo sentir como una mierda en la comida de ayer. El tipo que prometió
entregar más dolor y miseria con las últimas palabras que me dijo.
Resulta que no solo quiere fotografiarme cuando estoy desnuda, sino que
parece que también puede hacerlo cuando estoy vestida.
Imbécil.

Dicen que los pelirrojos son una raza en extinción. Al fin y al cabo, es un
rasgo genético recesivo. Incluso si ambos padres tienen el gen del cabello rojo,
estadísticamente solo uno de cada cuatro de sus hijos saldrá pelirrojo. Aparte
de mí, solo hay otra chica en la academia que sea pelirroja, y es más castaña
que pelirroja. Eso hace que detectarme en una multitud sea jodidamente fácil.
Llevo toda la mañana sin ver a un fotógrafo beligerante con la cabeza afeitada,
pero mi suerte no puede durar mucho. Después de la comida, veo a Pax
caminando por el pasillo en el mismo momento en que me ve a mí, y hay un
momento en el que ambos nos fulminamos con la mirada. Pero entonces su
mandíbula se afianza y avanza hacia mí, abriéndose paso entre el mar de
estudiantes que se dirigen a clase. No tiene que esforzarse mucho para abrirse
camino; nuestros compañeros se abren paso como el Mar Rojo, como si fuera
el propio Moisés.
Moisés nunca se habría puesto una camiseta de Dillinger Escape Plan que
enfatizara lo anchos que eran sus hombros ni unos jeans negros rotos que le
colgaban peligrosamente de las caderas, pero, aun así. Me muevo a un lado
de él, evitando un choque frontal, cuando se pone delante de mí.
—Si vas a volver a ser una mierda, puedes dejarme en paz —digo, pasando
por delante de él.
En Wolf Hall no tenemos lockers: las filas de feas cajas metálicas estropearían
el estilo gótico de la academia, y además los pasillos son demasiado estrechos.
Sin embargo, tenemos cubículos colocados esporádicamente, colocados al
azar en las alcobas del viejo edificio. Se utilizan para dejar las tareas. La
mayoría de los profesores prefieren que entreguemos nuestros trabajos
electrónicamente en el portal de estudiantes de la academia, pero todavía hay
algunos profesores que quieren que entreguemos también una copia física de
nuestro trabajo. Por desgracia, tengo que dejar mi último trabajo de biología
en el cubículo del Dr. Killiman ahora mismo, o llegará tarde, y me niego a
dejar una nota solo para poder evitar uno de los cabreos de Pax Davis. Me
detengo frente al cubículo y giro mi bolso hacia la parte delantera de mi
cuerpo, concentrada en encontrar mi trabajo, pero sé que Pax también se ha
detenido y está de pie detrás de mí.
—¿Era tu padre esta mañana? —afirma.
—El único Robert Witton.
—Trajiste un bolso adentro. ¿Te has vuelto a mudar al ala de las chicas?
Le doy una mirada de reojo, con las manos aun tanteando el interior de mi
bolso. —Sí, lo hice.
Dios, está tan cerca. Puedo olerlo. Puedo sentir el calor que desprende su
cuerpo. Se eleva sobre mí, un dios entintado; parece que está intentando
decidir si quiere golpearme o besarme. Su labio superior se curva hacia
arriba, sus fríos ojos se alejan para saltar desinteresadamente sobre los
rostros de los estudiantes que pasan a nuestro lado.
—Me imaginé que estarías bajo vigilancia por suicida —dice.
Mis manos siguen dentro de mi bolso. Ese comentario sarcástico que hizo
ayer sobre que me habría tirado por la ventana me hizo sentir físicamente
mal. ¿Y ahora esto? Se merece algo mucho peor que la mirada fulminante que
le dirijo. Debería darle una patada en las bolas a ese bastardo o algo así.
—Que te jodan, Pax.
Una rápida sonrisa se dibuja en su cara. Se aparta de la pared en la que
estaba apoyado y se coloca justo detrás de mí, con su pecho rozando mi
espalda. Apoyando una mano en la pared por encima de mi cabeza, su aliento
me agita el cabello mientras me susurra al oído: —Te gustaría, ¿verdad?
Es un hecho. No hay duda en su voz.
—Solo detente, de acuerdo. Lo dejaste perfectamente claro ayer en el
comedor —Un escalofrío de color blanco me recorre desde la planta de los
pies hasta la coronilla. Intento apartarme y pasar por delante de él, pero es
demasiado rápido. Coloca su otra mano también contra la pared, esta vez
más abajo, justo al lado de mi cadera. Estoy atrapada entre la jaula de sus
brazos y no puedo hacer nada al respecto.
—¿Lo hice?
Dios, ¿cómo puedo seguir anhelando su cercanía después de lo mal que se
portó conmigo ayer? ¿Qué clase de loca soy para seguir necesitándolo, cuando
me hizo sentir tan inútil? Su presencia es magnética. Si estoy a menos de un
metro del tipo, no puedo evitar ser atraída a su órbita. Y ahora estoy mucho,
mucho más cerca de él que un metro y medio. Su pecho no es lo único que
está en contacto con mi cuerpo. Ahora también lo siento presionando mi culo,
el comienzo de una erección que está creciendo contra mis nalgas, y un rayo
de furia inesperada me recorre.
—Basta, Pax. Solo... ¡Ugh! —Me arremolina dentro de la jaula—. Detente.
Habla muy en serio cuando dice: —No voy a hacer nada.
—¡Lo estás haciendo! Sabes exactamente lo que estás haciendo, y no es justo.
Solo... retrocede, ¿de acuerdo?
Estar con él en Riot House el otro día ayudó. Me quitó de la cabeza todos los
recuerdos venenosos que he estado empujando, forzando a salir de mi cabeza.
Pero eso solo funciona cuando él no está sacando a relucir lo que pasó todo
el tiempo. Si estar cerca de él me hace sentir aún peor, entonces ¿cuál es el
maldito punto?
Tararea en mi oído, y la vibración del aire que sale de sus pulmones, pasando
por sus cuerdas vocales, se transmite por su pecho hasta el mío. Yo vibro con
él. Me odio por lo que me hace sentir.
—Quiero que vuelvas a venir a casa. Esta noche —me dice.
Su voz es una mano con un guante de cuero que me aprieta la garganta. No
puedo respirar a su alrededor, pero su presión, su tacto en la piel... me vuelve
loca. Cierro los ojos y finalmente saco la tarea grapada de mi bolso. La dejo
caer rápidamente en el cubículo del Dr. Killiman, para que Pax no vea lo
mucho que estoy temblando.
—No voy a hacer eso.
—Tú quieres —ronronea.
Su polla está cada vez más dura; puedo sentirla a través de mis pantalones
cortos. No puedo pensar. No puedo ver bien. No voy a ser capaz de
mantenerme erguida mucho más tiempo.
—Yo... no —Mis palabras susurradas no engañan a nadie. Son débiles. Soy
débil. Dios, esto es una tortura. A nuestro alrededor, puedo sentir los ojos
vigilantes de nuestros compañeros de clase, espiando lo que está sucediendo
en el rincón. Estamos casi escondidos del flujo principal de tráfico por el
pasillo, pero casi es muy diferente de completamente. La gente está mirando.
Este pequeño encuentro va a estar en toda la academia al final del día.
—Eres una sucia mentirosa, Firebrand. Esta no es la forma en que quiero que
seas sucia conmigo. Prefiero que seas sucia con tu boca. Con tu coño. Con
ese culito apretado que tienes —Su mano se apoya en mi cadera. Intento no
jadear, pero me sorprende el contacto. Nunca esperaría que me tocara en
público. La mano se desliza por la parte delantera de mi cuerpo y se posa en
mi vientre de forma casi posesiva. Sus dedos se clavan en mi camisa—. De
rodillas para mí... Manos atadas a la espalda... Como una buena
chica —susurra.
Oh, mierda.
Otra oleada me atraviesa, una explosión de sensaciones y calor que me hace
estremecer como un fuego artificial. ¿A qué demonios está jugando? No puedo
entenderlo. Sin embargo, el intenso deseo que está despertando en mí está
produciendo unos efectos físicos muy notables: estoy tan excitada que noto
lo mojada que estoy entre las piernas. Es imposible no apretar los muslos...
Cerrando aún más los ojos, pregunto: —¿No hay un millón de otras chicas
con las que podrías estar follando ahora mismo?
Siento que asiente detrás de mí. —Sí.
—Entonces... ¿por qué haces esto? ¿Por qué molestarse?
Sus dedos encuentran el dobladillo de mi camisa y lo levantan, deslizándose
por debajo del material. Comienza a frotar círculos perezosos justo por encima
del botón que sujeta mis pantalones cortos. Círculos sugestivos, tortuosos,
peligrosos, que, aplicados a mi anatomía diez centímetros más abajo, me
harían gemir y suplicar que me dejara correrme.
—Lo hago porque es mi prerrogativa —me dice—. Porque me gusta hacerlo.
Me estoy desmoronando. La tensión de mi cuerpo es demasiado fuerte. Dejo
que mi cabeza se balancee hacia atrás. Se apoya en el pecho de Pax, lo que
parece complacerle mucho. Con la otra mano, me pasa el cabello por encima
del hombro, fuera del camino, y luego baja lentamente, rozando la base de mi
cuello con su boca. —Joder, Pax. Por favor...
Siento su sonrisa traicionera contra mi piel. —Bien. Ya que me lo has pedido
tan amablemente, te diré la verdad. Lo hago porque eres un parásito, Presley
Maria Witton Chase. Te has instalado en mi cabeza y no puedo deshacerme
de ti. Intenté forzarte a salir, pero no te vas, así que estoy dispuesto a probar
otra táctica. Voy a sacarte de mí sistema. Y una vez que haya logrado eso,
planeo olvidar tu odioso y largo nombre tan rápido como sea humanamente
posible.
—Así que esto es solo temporal...
—Muy temporal.
Ni siquiera me molesto en terminar la frase. Ahora tengo la información que
necesito de él. Nunca me verá como material de novia. Solo quiere follar
conmigo hasta que se harte de mí, y luego desaparecerá de mi vida. Y... ¿no
es eso perfecto? Nos graduaremos pronto. Él mantendrá mi mente ocupada
lo suficiente como para que no piense en... en nada más, y entonces estaré
en Sarah Lawrence. Él estará en Boston. Las posibilidades de que nos
encontremos son prácticamente nulas.
—Vendrás esta noche... —Pasa su lengua por mi piel, produciendo una aguda
inhalación en mí. Joder, qué bien se siente eso. El calor húmedo de su boca,
junto con esas palabras, sugiere su cabeza entre mis piernas y yo gritando su
nombre. Y, joder, esa sugerencia suena bien ahora mismo. Pero...
Mis ojos se abren de golpe. —No.
Pax se ríe en mi oído. —¿No?
—¿Qué demonios, Davis?
Me doy la vuelta, buscando el origen de esa voz. Pax se limita a sonreír
mientras se aleja de mí y se gira para enfrentarse a la furia de Carina
Mendoza. Con su mono morado brillante y la camisa amarilla chillona que
lleva debajo, parece demasiado brillante para estar furiosa. Pero te
sorprenderías. Se adelanta, ignorándome, y apuñala a Pax en el plexo solar
con su dedo índice.
—¿Qué mierda crees que estás haciendo? —ella sisea—. No. Espera. Olvídalo.
Sea lo que sea lo que crees que estás haciendo, deja de hacerlo. Ahora.
Un disparo de pánico rebota en el interior de mi caja torácica. Carrie no
debería hablarle así a Pax. La quiero tanto por querer protegerme. Sin
embargo, no importa lo que ella piense que está pasando aquí, no debería
acercarse a Pax de esa manera. Se la comerá viva. Como si quisiera probar
ese punto, él cierra su mano alrededor de la muñeca de Carrie y físicamente
quita su dedo de su pecho. Cuando la suelta, se pasa la lengua por los
dientes, mirándola con total desprecio.
—Probablemente estés pensando que el hecho de ser la novia de Lovett te
compra algo de gracia conmigo, Carina —arremete—. Y tendrías razón.
Respeto la decisión de mi hermano de salir contigo. No la entiendo ni estoy de
acuerdo con ella, pero la respeto porque lo respeto a él. Sin embargo, la gracia
que te hace tu asociación con Dashiell es limitada. Tienes una oportunidad
para faltarme al respeto y la has aprovechado —Se inclina hacia adelante,
susurrando para que solo ella -y yo- pueda oírlo—. Vuelve a hacer esa mierda
y te arrancaré el puto dedo de la mano, ¿me oyes?
—Vete a la mierda —escupe Carrie.
Sonríe. —Voy a tomar eso como un sí. Te veré más tarde, Chase.
Se aleja por el pasillo, frotándose despreocupadamente una mano en la nuca
mientras avanza.
—¿Qué carajo fue eso? —El tono de Carrie es una combinación de asombro y
horror.
—No lo sé —La respuesta es débil. Una mentira obvia.
Me mira, con la boca abierta. —Por qué no lo intentas de nuevo, y esta vez
intenta recordar que no estoy completamente ciega.
Intento no encogerme sobre mí misma, pero es difícil afrontar su horror
cuando todavía puedo sentir lo vergonzosamente mojada que está mi ropa
interior.
—Lo siento. Es que... Es Pax —Es la única explicación que se me ocurre que
tenga sentido para ella. Sacude la cabeza y se frota la sien con una mano.
—Que Dios te ayude, chica —dice.
—¿Qué, entonces está bien que salgas con Dashiell, y que Elodie salga con
Wren? ¿Pero yo no debería salir con Pax?
Sus ojos se duplican en tamaño. —¡No! Por si no te has dado cuenta, Dash y
Wren ya no hacen los trucos que hacían antes. Han cambiado.
—¡No, no lo han hecho!
Cierra la boca. Piensa. —Muy bien. Bien. No han cambiado, pero han
modificado su comportamiento por nosotras, que es casi lo mismo.
¿Realmente ves a Pax Davis modificando su comportamiento por ti, nena?
No puedo responder a esa pregunta. Lo conozco lo suficientemente bien como
para saber que probablemente ni siquiera es capaz de modificar su
comportamiento. Pero... a una parte de mí ni siquiera le importa. No necesito
que sea otra persona para mí. Necesito que sea cada centímetro él mismo si
va a hacerme olvidar todo lo que pasó durante el descanso.
—Mira, yo...
Carrie suspira y coloca sus manos en la parte superior de mis hombros.
—Te sacudiría si pensara que serviría de algo —dice—. Solo... por el amor de
Dios, ten todo el cuidado que puedas, ¿bien? Odiaría ver que te mastican y
escupen por los gustos de ese chico.
No tiene que decirlo en voz alta. Ella sabe que eso es lo que va a pasar, y
sinceramente, yo también lo sé. No soy estúpida. Pero ser destruida por Pax
es mucho mejor que ser comida viva por los oscuros recuerdos que amenazan
con reclamarme cada vez que no estoy cerca de él.
22

No aparece.
Y ahí estaba yo, tan seguro de que ella también lo haría.
—Usted tuvo una elección. Cuando decidió vivir abajo de la colina y no aquí,
renunció a sus derechos de deambular por la academia fuera de horario, Sr.
Davis. No sé qué decirle. Tiene que irse.
Miro a Jarvis Reid muy de cerca. No hay dos maneras de decirlo: la nueva
profesora de inglés está buenísima. Quise follarla el primer día que apareció
en Wolf Hall, pero resultó ser aún más inestable que la anterior. Tiene gatos.
Siete de ellos. Cree que puede comunicarse con ellos. ¿O cree que son
telepáticos? Algo así. No estoy seguro de los detalles. Todo lo que sé es que
una buena dosis de locura puede convertir rápidamente un diez en un uno,
y la Sra. Reid está al borde de los números negativos ahora mismo. Solo ha
estado aquí cinco minutos, pero ya ha memorizado el código de conducta de
Wolf Hall y el libro de reglas de los estudiantes y vive según esa maldita cosa.
Reboto sobre las puntas de los pies, metiendo las manos en los bolsillos.
—Tranquila, bien. Todavía no son las siete. Solo quiero ver a una amiga.
Deja escapar un suspiro exasperado. —He decidido que no puedes llamarme
Jarvis.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Porque haces que mi nombre suene como una palabra sucia, Pax. A fin de
cuentas, soy tu profesora. No tenemos una relación personal...
—Claro que no.
Ella resopla. —Me apresuré a decirles que podían usar mi nombre de pila.
Está demostrado que los alumnos que se refieren a sus profesores por su
nombre de pila no los tienen en alta estima, y a menudo no respetan a su
autor…
—No me ajusto a la ideología jerárquica, Jarvis. Soy un ser humano. Tú eres
un ser humano. Somos iguales. No voy a inclinarme en deferencia hacia ti
solo porque has sido un ser humano más tiempo que yo, y elegiste seguir un
camino en la vida por el cual eres recompensada económicamente por
compartir el conocimiento conmigo. Eso no te hace mejor que yo. El respeto
se gana. Que yo te llame por tu nombre de pila no tiene nada que ver con eso.
Abre la boca, mirándome fijamente. La cierra. Vuelve a abrirla. Creo que le
está costando mucho saber qué decir. Después de un rato, frunce el ceño y
sacude la cabeza.
—¿Sabes cuál es tu problema?
Oh, esto debería ser bueno. —No sabía que tenía uno.
—Eres inteligente. Demasiado inteligente para tu propio bien. Y desperdicias
tu intelecto, porque estás demasiado ocupado rebelándote contra un sistema
que intenta ayudarte a aprender.
Supongo que esa es una forma de verlo. Otra forma de verlo sería darse
cuenta de que el sistema que está “tratando de ayudarme” en realidad está
tratando de lavarme el cerebro con comportamientos y procesos de
pensamiento que eliminan el libre pensamiento o la elección, de modo que
cuando me digan que salte, no cuestionaré la orden. Simplemente lo haré.
Sin embargo, no tiene sentido explicarle esto a Jarvis. Es demasiado tarde
para ella. Sus sinapsis ya están conectadas en su lugar. Está atascada.
—No hay nada que puedas enseñarme que no pueda aprender de un libro o
de internet —le digo—. No tengo que cumplir con un sistema ni amoldarme a
ningún tipo de forma particular para complacer a alguien si quiero aprender
de esa manera. Que me aspen si lo hago aquí, tampoco.
Suspira cansada y levanta las manos. —No he tomado suficiente café para
lidiar contigo ahora. Esta noche me toca hacer de vigilante con ustedes. Soy
responsable de lo que ocurre aquí, y no voy a dejar que te pasees por ahí,
haciendo lo que te dé la gana...
—No estoy tratando de instigar una orgía. Solo quiero subir al cuarto piso y
saludar a una amiga.
Su rostro palidece, aparte de dos pequeñas manchas de color carmesí que
florecen justo sobre sus pómulos. Sus pupilas son dos agujeros negros
gigantes. —Eso... no es algo apropiado... para... —Vuelve a sacudir la
cabeza—. Mira. ¿A quién quieres ver? Iré a buscarla y ustedes dos pueden
sentarse aquí conmigo. Pero no puedo dejarte subir las escaleras. A los chicos
no se les permite subir al ala de las chicas, independientemente de la hora.
Esto no es una convivencia mixta.
Lanzo un suspiro, poniendo los ojos en blanco. —Presley. María. Witton.
Chase. —Cada palabra es como una bala que me golpea justo entre los ojos.
¿Cuándo podré dejar de decir ese interminable nombre?
—¿La pelirroja?
—Sí. La pelirroja.
Me mira con desconfianza. —¿Te hiciste amigo de la pelirroja?
Le dedico una sonrisa tensa. —Lo acabo de decir, ¿no?
—Perdóname si me cuesta creerte. Nunca has mostrado interés en ser
amigable con nadie fuera de tus compañeros de habitación. De todos modos.
Presley está en el segundo piso ahora, en el antiguo almacén. Ni siquiera está
en el cuarto piso. Espera aquí. Iré a buscarla y le preguntaré si quiere pasar
el rato contigo...
—¡Válgame Dios, mujer! Olvídalo. Hablar contigo es como estrellar
voluntariamente mi propia cara contra la pared —Me doy la vuelta y me dirijo
a la salida. Detrás de mí, la profesora de inglés hace un simpático ruido
gruñendo que creo que representa la frustración.
—¡Maldita sea, Pax! Sabes que no puedes maldecir delante de mí. Se supone
que tengo que sancionarte ahora. ¡Y no me llames mujer!
—Bien. Me quedaré con Jarvis.
Gruñe, ahora más enfadada. Me río en voz baja mientras abro la puerta de
un empujón y salgo al crepúsculo. Mi trabajo aquí está hecho. He conseguido
la información que buscaba, y la pobre señora Reid ni siquiera se da cuenta
de que es ella quien me la ha dado.

El aire nocturno canta con agujas de pino trituradas y savia refrescante.


Cuelgo mi ropa sobre la rama más baja de un roble rojo, saboreando el beso
del vapor de agua que rocía mi piel desnuda. Ante mí, la cascada de Ginebra
truena: litros y litros de agua rugiendo sobre el borde de la resbaladiza losa
de piedra. Durante el día, el torrente de agua esparce arco iris en el aire
mientras desciende a la profunda piscina que se encuentra a doce metros de
profundidad, pero esta noche, con un grueso banco de nubes que oculta la
luz de la luna y las estrellas, el agua desaparece en la nada.
Encontré este lugar unos meses después de llegar a Wolf Hall. Mientras Wren
pintaba y Dash tocaba el piano, antes de tomar mi cámara, me aventuré en
el espeso bosque que cubre la montaña en la que vivimos y me uní a él. El
nido de víboras furiosas, que bullía constantemente y se retorcían en la boca
de mi estómago, se calmó cuando me rodeé de los árboles. Me tranquilicé.
Aprendí a respirar. Fuera del bosque, es muy difícil recordar cómo hacerlo.
Sin embargo, en el momento en que las suelas de mis zapatos tocan la tierra,
la tensión que me atenaza cada hora del día se libera, y brevemente me libero.
No salto muy a menudo por la noche. Incluso yo sé lo peligroso que es
lanzarse al vacío desde una cornisa cuando ni siquiera puedo ver la masa de
agua que hay debajo, pero confío lo suficiente en mí mismo. He saltado
muchas veces durante el día, cuando he calculado a qué distancia tengo que
lanzarme de la pared del acantilado para evitar el afloramiento de rocas
dentadas que hay debajo. Hace mucho tiempo que almacené esa información
en mis músculos: el cuerpo recuerda. Sabe ese tipo de cosas y estoy muy
tranquilo mientras me alejo del frío y suave borde de la piedra.
Tomo la carrera hacia arriba y me lanzo a la oscuridad.
El viento frío corre sobre mi piel de gallina mientras avanzo, primero hacia
adelante y luego hacia abajo, cuando la gravedad se apodera de mí y empiezo
a caer. Se me cae el estómago. Suelto un fuerte grito, juntando las piernas,
los tobillos cruzados, los dedos de los pies en punta, y entonces me golpea el
choque del agua fría. Atravieso la superficie hundiéndome, abajo, abajo, e
incluso con los ojos abiertos no puedo ver nada en absoluto. Ni siquiera el
más leve rayo de luz que me lleve a la superficie.
Dejo que la física haga su trabajo.
El cuerpo humano flota, especialmente cuando su cavidad torácica tiene un
pulmón lleno de aire atrapado en su interior. En lugar de intentar subir a
patadas, me entrego al frío aplastante, esperando a que mi cuerpo se levante.
Esperar así va en contra de todos mis instintos. Después de la adrenalina de
la caída, mi cuerpo está lleno de energía y desesperado por moverse, pero lo
obligo a obedecer. Lentamente, salgo a la superficie, con los pulmones
punzantes de necesidad, mientras me rindo y me permito tragar una nueva
bocanada de aire.
Todo se precipita hacia y lejos de mí al mismo tiempo. La maldita chica
francesa con la que me acosté en Córcega. La Contessa, que se inclina en su
amarre como un barco de juguete, desapareciendo lentamente bajo el agua;
mi madre, enferma y moribunda; el momento en el hospital, justo antes de
que la anestesia se apoderara de mí, en el que me pregunté si realmente iba
a despertar de nuevo. Y Presley, con la cara salpicada de su propia sangre
vital, tan, tan jodidamente hermosa en su casi muerte.
Me sumerjo en el agua, emocionado por lo oscura y espesa que es el agua a
mí alrededor, negra como el aceite. También me emociona el hecho de que no
tengo ni idea de la profundidad que hay debajo de mí, ni de lo que puede estar
acechando en las profundidades del agua, listo para morderme.
Sin embargo, no me preocupan los posibles monstruos, agazapados bajo las
rocas, esperando a ahogarme. Me preocupa (no me preocupa. Nunca podría
preocuparme) Chase. Hago planes. Hago cosas raras que confunden a los
demás porque tengo un motivo oculto. No está bien que alguien como Presley,
alguien de fuera de mi pequeña y segura burbuja aquí en la academia, se
infiltre en mi cerebro y me distraiga de cualquier forma o manera. Tampoco
está bien que desobedezca mis deseos. Le dije que viniera a la casa, y no lo
hizo.
Por ello, habrá consecuencias.
Poco a poco, subo a la superficie del agua con un renovado sentido de
propósito.
El camino de bajada a la piscina de inmersión tardó solo cinco segundos. El
camino de subida lleva mucho más tiempo. Sin embargo, conozco la ruta,
incluso sin ninguna luz que me guíe. Hay un sendero bien definido que
asciende por la ladera del acantilado y que es relativamente seguro de
recorrer. Subo con los pies descalzos, acostumbrados a la roca gruesa y
áspera y a los tramos resbaladizos en los que el musgo resbaladizo ha
reclamado los asideros.
Estoy seco cuando llego al árbol donde he colgado la ropa. Primero los bóxers.
Luego los calcetines. Luego la camiseta y los jeans. Busco mi paquete de
cigarrillos, lo enciendo mientras meto los pies en las zapatillas y me amarro
los cordones, y luego me siento y escucho el rugido de la cascada mientras
arrastro y tiro, el humo espeso en mis pulmones, hasta que doy con el filtro.
Mi viaje a la espesura del bosque de medianoche ha servido de algo; estoy
conectado a tierra y concentrado mientras me pongo rumbo de vuelta a Wolf
Hall. Algunas partes del camino son empinadas y rocosas, pero he hecho esto
más veces de las que puedo contar. A pesar de las punzadas en la cadera,
llevo un ritmo decente, prácticamente corriendo entre los árboles. No pasa
mucho tiempo antes de que la forma oscura y ominosa de la academia se
asome por el bosque, con sus torres gemelas con sus techos de pizarra
sobresaliendo de la línea de árboles, formando un contorno distintivo que
reconocería en cualquier lugar.
El lugar está a oscuras. Incluso las luces de la entrada de la planta baja se
han apagado, lo que me indica que Jarvis probablemente se ha desmayado
en la pequeña habitación del pasillo principal donde duerme el vigilante
nocturno. Esa habitación solía ser un armario de almacenamiento para el
departamento de inglés. Libros de texto. Cuadernos. Bolígrafos. Tizas. Otros
artículos de papelería y suministros. Luego ocurrieron una serie de eventos,
la mierda se salió de control, y Harcourt cambió la forma de hacer las cosas
en la escuela. Ahora, un miembro del profesorado duerme en un armario
glorificado durante la semana para “vigilarnos”, aunque no tengo ni idea de
cómo se supone que van a hacer eso cuando están durmiendo.
Ahora también cierran con llave la entrada principal del edificio. Como si eso
impidiera a cualquiera de nosotros entrar o salir si nos apetece. Hay cien
maneras diferentes de entrar en este viejo edificio, y ni siquiera es necesario
forzar una cerradura o trepar por debajo o a través de algo para utilizar la
mayoría de ellas. Esta noche, bordeo el perímetro del edificio y me introduzco
por el conducto de ventilación situado junto a la lavandería de los
estudiantes, con cuidado de no entrar en contacto con la maleza que oculta
el panel. La última vez que utilicé este acceso, acabé cubierto de roble
venenoso, y no estoy dispuesto a revivir esa mierda, déjame decirte.
Las paredes de la academia me observan en silencio mientras me dirijo al otro
extremo del edificio, y luego subo las escaleras hasta el cuarto piso del ala de
chicas. Paso la primera puerta a la izquierda, y luego la segunda, y luego tres
puertas más. La de Presley es la habitación del final. Solía estar llena de
colchones nuevos todavía con el plástico, y de muebles que otros estudiantes
dejaron atrás cuando se graduaron o se transfirieron a otra escuela. Sin
embargo, debe haber sido vaciado, porque Jarvis estaba muy segura de sí
misma cuando dijo que Chase estaba en el antiguo almacén.
Podría entrar a la fuerza; sería muy fácil forzar la cerradura. Sin embargo,
dudo que la chica sea muy receptiva a eso, y quiero que me escuche, no que
grite histéricamente. Así que, como el joven bueno, educado y amable que no
soy, llamo a la puerta.
Es la una de la madrugada. No hay luz que salga por debajo de la puerta. La
gente normal está dormida a esta hora, pero tengo la sensación de que Chase
estará despierta. Somos iguales, esta chica y yo. La miro ahora y siento lo
mismo que sentí esta tarde, mirando ese autorretrato que medio revelé en mi
improvisado cuarto oscuro. Me siento como si mirara al vacío, y la gente en
posesión de almas como la nuestra no duerme fácilmente, he descubierto. No
por la noche. Preferimos dormir durante el día, cuando la oscuridad no puede
filtrarse en nuestros sueños.
Cuento un par de segundos y alzo la mano, dispuesto a llamar de nuevo, pero
entonces una suave voz al otro lado de la puerta llega a mis oídos. —Por el
amor de Dios, Pax. Entra ya.
Huh. Ella me estaba esperando. Claro que sí. Entro, y en lugar de permitirme
mirarla, me dedico a inspeccionar la habitación primero. La ventana está
abierta, y una brisa fresca mueve las finas cortinas de gasa de la ventana. La
tela de gasa se ondula, haciendo que una pequeña campana de viento con
pequeños cristales cortados que cuelgan de ella cante musicalmente. La
habitación de Presley está decorada como el apartamento de una bruja boho.
Los libros se apilan en las estanterías montadas en la pared. Hay plantas en
macetas por todas partes; ocupan todas las superficies planas disponibles.
Incluso hay dos colgadas en macramé del techo, junto a la ventana. Hay
pósters pegados en la pared que representan las fases de la luna, ojos
malignos y manos Hamsa con extraños diseños geométricos alrededor.
A los pies de la cama hay una esterilla de yoga. Una mesita en el rincón, al
otro lado de un escritorio muy desordenado, tiene una serie de cristales y
rocas dispuestos sobre ella, así como una serie de velas, todas ellas
encendidas, cuyas llamas se agitan con la brisa.
—Vamos, entonces. Dilo. Búrlate de mí.
Por fin me fijo en ella. Chase está sentada en medio de su cama, con las
piernas cruzadas, completamente vestida, con su cabello rojo suelto y
ondulado por los moñitos que llevaba antes. Barajea una baraja de cartas de
gran tamaño en sus manos, con la cabeza inclinada hacia un lado.
—¿Qué debo decir? —le pregunto—. Oh, ¿eres una de esas? ¿Una perdedora
hippie y new age que probablemente no se afeita las piernas?
Una pequeña sonrisa se dibuja en las comisuras de su boca. Deja las cartas
y se sube la pernera de los jeans unos centímetros, mostrando una piel suave.
—Afeitada a conciencia —dice—. ¿Y el resto? —Levanta las
manos—. Culpable de los cargos. Puedes sentarte en esa silla. No voy a
morder.
Oh, eso es jodidamente gracioso. Me presento en su puerta en mitad de la
noche y cree que soy yo quien debería preocuparse por ser mordido.
Sonriendo para mis adentros, me dirijo a la ventana y miro por ella,
sorprendiéndome al ver que esta habitación da a un pequeño tejado, que
pertenece a una de las salas de estudio privadas de la planta baja, si me he
orientado correctamente.
—Qué suerte. Tienes tu propio lugar para fumar —digo—. Hay tipos en el otro
lado de la academia que matarían por esta habitación —La miro, sonriendo
sarcásticamente—. Pero déjame adivinar. Tú no fumas.
Enarca una ceja perpleja y se empuja hacia delante para deslizarse por el
borde del colchón. Un segundo después, saca un porro de la pequeña mesita
de noche junto a la cama.
—Prefiero fumar esto —Lo sostiene en alto, con la oferta implícita al pasar
junto a mí, lanza una pierna sobre el alféizar de la ventana, luego la otra, y
se deja caer sobre la pequeña azotea de abajo.
Una nube de humo de hierba entra por la ventana y me enrosca la nariz. Me
quedo muy quieto, mirándola mientras tira del porro y la brasa que arde en
su extremo se ilumina de un rojo intenso.
—Sal o cierra la ventana. Esto es fuerte. Miriam está muy tensa. No estará
tranquila si huele esto saliendo por debajo de mi puerta.
—¿Quién mierda es Miriam?
—Es la monitora de planta. Te dio clases particulares durante seis meses, en
el segundo año.
—¿Culo grande? ¿Gafas?
—No.
—Como sea —Respiro desconcertado y me impulso tras ella, muy consciente
de que esto ya no va según lo previsto. Se suponía que debía enfrentarme a
ella. Dejarle claro que, cuando le digo que haga algo, se supone que lo tiene
que hacer. Pero ahora que estoy aquí y he visto su dormitorio, empiezo a
sospechar que se está infiltrando en mi cerebro a través de la jodida brujería,
y no sé cómo se supone que debo combatirlo. Mis gustos musicales y mi
comportamiento generalmente asqueroso son engañosos; yo mismo no soy un
maestro de las artes oscuras.
Por no hablar del hecho de que apenas he tenido oportunidad de decir más
de cinco palabras y ya me está dando órdenes y pasándome un puto porro.
En serio. Me está dando un latigazo con esta chica. Le doy al porro, porque
joder, es un porro, y sí que huele a buena mierda. La quemadura es
agradable, y el efecto es rápido como el infierno. Lo siento antes de que
termine de aspirar por segunda vez. Se lo devuelvo, reteniendo el humo en
mis pulmones. Lo soplo por la nariz y una sensación de soltura se apodera
de mí, parecida a la que sentí al saltar a la piscina.
Chase se humedece los labios con un movimiento de la lengua y no me mira
de reojo. Una vez más me doy cuenta de lo diferente que es. Lo jodidamente
transformada que está. Así es como ha sido siempre, con su personalidad
oculta bajo una capa de ansiedad. Ahora esa capa le ha sido arrancada, por
fin está aquí, desvelada y francamente fascinante. Odio eso. Odio
absolutamente el sentimiento de fascinación que me tira, instándome a
estudiarla más de cerca. Ella…
—Estás bien con la H, ¿verdad? A veces me gusta añadirle algo a mis porros.
La fulmino con la mirada.
Sonríe y da otra calada. El humo sale de su boca cuando habla. —¿Qué? No
es como inyectársela. Solo profundiza el zumbido.
—Estás bromeando, ¿verdad?
—Sí —La sonrisa se convierte en una mueca—. Lo estoy haciendo. Pero
deberías ver tu cara. Parece que estás a punto de tener un ataque al corazón.
Oh, ho, ho, ho. No es inteligente. —Estaba a punto de rodear tu garganta con
mis manos y estrangularte —gruño.
—Vaya —Le da la vuelta al porro y me pone el extremo en la boca, entre los
labios, en lugar de ofrecérmelo para que lo tome. Lo acepto -no tiene sentido
desperdiciar una buena hierba-, pero una buena parte de mí quiere tirarlo a
los rosales de abajo, solo para fastidiarla—. Eso es bastante atrevido.
¿Estrangularme? Primero me besaste.
La miro con horror. —Yo no te besé primero. Me rogaste que te hiciera un
favor.
—Me besaste mucho antes de eso.
—¿Qué?
—Lo hiciste. Justo antes de que casi me rompieras las costillas.
—¿Estás jodidamente loca? Eso no fue un beso. Eso fue boca a boca. No
estabas respirando.
—Papa, patataaa —Exagera la diferencia entre las pronunciaciones, tratando
de hacer entender su punto erróneo—. Tú dices boca a boca. Yo digo primera
base. Llamemos a las cosas por su nombre.
Doy una calada salvajemente del porro y lo lanzó haciéndolo caer de extremo
a extremo en los macizos de las flores de abajo. Chase apoya la barbilla en su
puño, viendo cómo desaparece en la oscuridad.
—Por supuesto. Tú eres uno de esos —Suspira, y su sonido es la punta de
una pluma que recorre toda mi columna desnuda—. Un mocoso malcriado
que tira los juguetes de los demás.
Entorno los ojos hacia ella. —¿Qué demonios te pasa? Esta tarde estabas muy
tensa y enojada. ¿Ahora estás insultándome?
Sonríe un poco débil. —No lo sé. Quizá no sea el primer porro que me fumo
esta noche.
—Entonces, estás drogada.
Ella sacude la cabeza. —Solo estoy cómoda. Sabía que en algún momento
aparecerías.
—Lo sabías, ¿eh?
—No eres el tipo de persona que se toma bien que te dejen plantado.
—Plantado... —Mierda, esta chica es exasperante. ¿Cómo no sabía esto de
ella? No parece ni remotamente molesta por el hecho de que me haya
deshecho de sus drogas. Sonríe al cielo nocturno como si hubiera algo
interesante que observar allí y no solo un espeso manto de nubes. Me agacho,
de modo que estoy a su lado, y soplo el humo que tengo en el pecho -apenas
queda nada en realidad- hacia su rostro. Se supone que es un insulto, por
supuesto, pero Chase, tan rápida como un relámpago, me agarra de la nuca
y me acerca, acercando su boca a la mía y aspirando el humo hacia sus
pulmones.
Perra inteligente.
Me mira fijamente, sonriendo, y luego me suelta la nuca, encogiéndose de
hombros mientras sopla. —La próxima vez que quieras disparar, adviérteme.
Una chica necesita prepararse mentalmente si va a estar tan cerca del infame
Pax Davis.
—Vete a la mierda —digo. Realmente está muy drogada. Está jugando
conmigo, y debería saberlo mejor. Está en un terreno muy delgado. Si fuera
inteligente, pondría los pies con más cuidado—. Esto no es una visita social,
Chase.
Sus ojos se redondean, enfatizando el hecho de que sus pupilas son más
grandes de lo que deberían ser gracias a la hierba. Finge intriga cuando dice:
—¿No? ¿Qué es entonces?
—He venido a explicarte las reglas.
Ella resopla. Realmente resopla. —Reglas. ¡Ja! No voy a jugar a ningún juego
que requiera reglas contigo, Pax. Simplemente no lo hago. No tengo tiempo
para esa mierda.
Bajo mi piel, mi sangre chisporrotea. —No seas maliciosa, Firebrand. No te
conviene. Tampoco seamos tímidos. Ambos sabemos que estás enamorada de
mí desde el principio de los tiempos. No puedes