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Hamlet: El destino trágico de Polonio

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Acto IV

Escena I
CLAUDIO, GERTRUDIS, RICARDO, GUILLERMO

Salón de Palacio.

CLAUDIO.- Esos suspiros, esos profundos sollozos, alguna


causa tienen, dime cuál es; conviene que la sepa yo... ¿En dónde está
tu hijo?
GERTRUDIS.- Dejadnos solos un instante148. ¡Ah! ¡Señor lo que
he visto esta noche!
CLAUDIO.- ¿Qué ha sido, Gertrudis? ¿Qué hace Hamlet?
GERTRUDIS.- Furioso está, como el mar y el viento cuando
disputan entre sí cuál es más fuerte. Turbado con la demencia que le
agita, oyó algún ruido detrás del tapiz; saca la espada, grita: un ratón,
un ratón, y en su ilusión frenética mató al buen anciano que se hallaba
oculto.
CLAUDIO.- ¡Funesto accidente! Lo mismo hubiera hecho
conmigo si hubiera estado allí. Ese desenfreno insolente amenaza a
todos: a mí, a ti misma, a todos en fin. ¡Oh! ¿Y cómo disculparemos
una acción tan sangrienta? Nos la imputarán sin duda a nosotros,
porque nuestra autoridad debería haber reprimido a ese joven loco,
poniéndole en paraje donde a nadie pudiera ofender. Pero el excesivo
amor que le tenemos nos ha impedido hacer lo que más convenía; bien
así como el que padece una enfermedad vergonzosa, que por no
declararla, consiente primero que le devore la substancia vital. ¿Y a
dónde ha ido?
GERTRUDIS.- A retirar de allí el difunto cuerpo, y en medio de
su locura, llora el error que ha cometido. Así el oro149 manifiesta su
pureza; aunque mezclado, tal vez, con metales viles.
CLAUDIO.- Vamos, Gertrudis, y apenas toque el sol la cima de
los montes haré que se embarque y se vaya, entretanto será necesario
emplear toda nuestra autoridad y nuestra prudencia, para ocultar o
disculpar, un hecho tan indigno.

Escena II
CLAUDIO, GERTRUDIS, RICARDO, GUILLERMO

CLAUDIO.- ¡Oh! ¡Guillermo, amigos! Id entrambos con alguna


gente que os ayude. Hamlet, ciego de frenesí, ha muerto a Polonio y
le ha sacado arrastrando del cuarto de su madre. Id a buscarle,
habladle con dulzura y haced llevar el cadáver a la capilla. No os
detengáis150. Vamos, que pienso llamar a nuestros más prudentes
amigos, para darles cuenta de esta imprevista desgracia y de lo que
resuelvo hacer. Acaso por este medio la calumnia (cuyo rumor ocupa
la extensión del orbe y dirige sus emponzoñados tiros con la certeza
que el cañón a su blanco) errando esta vez el golpe, dejará nuestro
nombre ileso y herirá sólo al viento insensible. ¡Oh! Vamos de aquí...
mi alma está llena de agitación y de terror.

Escena III
HAMLET, RICARDO, GUILLERMO

Cuarto de HAMLET.

HAMLET.- Colocado ya en lugar seguro. Pero...


RICARDO.- Hamlet, señor151.
HAMLET.- ¿Qué ruido es este? ¿Quién llama a Hamlet? ¡Oh!
Ya están aquí152.
RICARDO.- Señor, ¿qué habéis hecho del cadáver?
HAMLET.- Ya está entre el polvo, del cual es pariente cercano.
RICARDO.- Decidnos en donde está, para que le hagamos llevar
a la capilla.
HAMLET.- ¡Ah! No creáis, no.
RICARDO.- ¿Qué es lo que no debemos creer?
HAMLET.- Que yo pueda guardar vuestro secreto, y os revele
el mío... Y, además, ¿qué ha de responder el hijo de un Rey a las
instancias de un entremetido palaciego?
RICARDO.- ¿Entremetido me llamáis?
HAMLET.- Sí, señor, entremetido: que como una esponja chupa
del favor del Rey las riquezas y la autoridad. Pero estas gentes, a lo
último de su carrera, es cuando sirven mejor al Príncipe, porque este,
semejante al mono, se los mete en un rincón de la boca; allí los
conserva, y el primero que entró, es el último que se traga. Cuando el
Rey necesite lo que tú (que eres su esponja) le hayas chupado, te coge,
te exprime, y quedas enjuto otra vez.
RICARDO.- No comprendo lo que decís.
HAMLET.- Me place en extremo. Las razones agudas son
ronquidos para los oídos tontos.
RICARDO.- Señor, lo que importa es que nos digáis en donde
está el cuerpo, y os vengáis con nosotros a ver al Rey.
HAMLET.- El cuerpo153 está con el Rey; pero el Rey no está con
el cuerpo. El Rey viene a ser una cosa como...
GUILLERMO.- ¿Qué cosa, señor?
HAMLET.- Una cosa, que no vale nada..., pero; guarda, Pablo...
Vamos a verle.

Escena IV
CLAUDIO solo

Salón de Palacio.

CLAUDIO.- Le he enviado a llamar y he mandado buscar el


cadáver. ¡Qué peligroso es dejar en libertad a este mancebo! Pero no
es posible tampoco ejercer sobre él la severidad de las leyes. Está muy
querido de la fanática multitud, cuyos afectos se determinan por los
ojos, no por la razón, y que en tales casos considera el castigo del
delincuente, y no el delito. Conviene, para mantener la tranquilidad,
que esta repentina ausencia de Hamlet aparezca como cosa muy de
antemano meditada y resuelta. Los males desesperados, o son
incurables, o se alivian con desesperados remedios.

Escena V
CLAUDIO, RICARDO

CLAUDIO.- ¿Qué hay? ¿Qué ha sucedido?


RICARDO.- No hemos podido lograr que nos diga adónde ha
llevado el cadáver.
CLAUDIO.- Pero, él, ¿en dónde está?
RICARDO.- Afuera quedó con gente que le guarda, esperando
vuestras órdenes.
CLAUDIO.- Traedle a mi presencia.
RICARDO.- Guillermo, que venga el Príncipe.

Escena VI
CLAUDIO, RICARDO, HAMLET, GUILLERMO, CRIADOS

CLAUDIO.- Y bien y Hamlet, ¿en dónde está Polonio?


HAMLET.- Ha ido a cenar.
CLAUDIO.- ¿A cenar? ¿Adónde?
HAMLET.- No adónde coma, sino adónde es comido, entre una
numerosa congregación de gusanos. El gusano es el Monarca
supremo de todos los comedores. Nosotros154 engordamos a los demás
animales para engordarnos, y engordamos para el gusanillo, que nos
come después. El Rey gordo y el mendigo flaco son dos platos
diferentes; pero se sirven a una misma mesa. En esto para todo.
CLAUDIO.- ¡Ah!
HAMLET.- Tal vez un hombre puede pescar con el gusano que
ha comido a un Rey, y comerse después el pez que se alimentó de
aquel gusano.
CLAUDIO.- ¿Y qué quieres decir con eso?
HAMLET.- Nada más que manifestar, cómo un Rey puede pasar
progresivamente a las tripas de un mendigo.
CLAUDIO.- ¿En dónde está Polonio?
HAMLET.- En el cielo. Enviad a alguno que lo vea, y si vuestro
comisionado no le encuentra allí, entonces podéis vos mismo irle a
buscar a otra parte. Bien que, si no le halláis en todo este mes, le
oleréis sin duda al subir los escalones de la galería.
CLAUDIO.- Id allá a buscarle155.
HAMLET.- No, él no se moverá de allí hasta que vayan por él.
CLAUDIO.- Este suceso, Hamlet, exige que atiendas a tu propia
seguridad, la cual me interesa tanto, como lo demuestra el sentimiento
que me causa la acción que has hecho. Conviene que salgas de aquí
con acelerada diligencia. Prepárate, pues. La nave está ya prevenida,
el viento es favorable, los compañeros aguardan, y todo está pronto
para tu viaje a Inglaterra.
HAMLET.- ¿A Inglaterra?
CLAUDIO.- Sí, Hamlet.
HAMLET.- Muy bien.
CLAUDIO.- Sí, muy bien debe parecerte, si has comprendido el
fin a que se encaminan mis deseos.
CLAUDIO.- Yo veo un ángel que los ve... Pero vamos a
Inglaterra. ¡Adiós, mi querida madre!
CLAUDIO.- ¿Y tu madre que te ama, Hamlet?
HAMLET.- Mi madre... Padre y madre son marido y mujer;
marido y mujer son una carne misma, conque... Mi madre... ¡Eh,
vamos a Inglaterra!

Escena VII
CLAUDIO, RICARDO, GUILLERMO

CLAUDIO.- Seguidle inmediatamente, instad con viveza su


embarco, no se dilate un punto. Quiero verle fuera de aquí esta noche.
Partid. Cuanto es necesario a esta comisión está sellado y pronto. Id,
no os detengáis156. Y tú, Inglaterra, si en algo estimas mi amistad (de
cuya importancia mi gran poder te avisa), pues aún miras sangrientas
las heridas que recibiste del acero danés y en dócil temor me pagas
tributos; no dilates tibia la ejecución de mi suprema voluntad, que
por cartas escritas a este fin, te pide con la mayor instancia, la pronta
muerte de Hamlet. Su vida es para mí una fiebre ardiente, y tú sola
puedes aliviarme. Hazlo así, Inglaterra, y hasta que sepa que
descargaste el golpe por más feliz que mi suerte sea, no se
restablecerán en mi corazón la tranquilidad, ni la alegría.

Escena VIII
FORTIMBRÁS, un CAPITÁN, SOLDADOS

Campo solitario en las fronteras de Dinamarca.

FORTIMBRÁS.- Id, Capitán157, saludad en mi nombre al


Monarca danés: decidle que en virtud de su licencia, Fortimbrás pide
el paso libre por su reino, según se le ha prometido. Ya sabéis el sitio
de nuestra reunión. Si algo quiere su Majestad comunicarme, hacedle
saber que estoy pronto a ir en persona a darle pruebas de mi respeto.
CAPITÁN.- Así lo haré, señor.
FORTIMBRÁS.- Y vosotros, caminad con paso vagaroso.
Escena IX
Un CAPITÁN, HAMLET, RICARDO y GUILLERMO, SOLDADOS

HAMLET.- Caballero158, ¿de dónde son estas tropas?


CAPITÁN.- De Noruega, señor.
HAMLET.- Y decidme, ¿adónde se encaminan?
CAPITÁN.- Contra una parte de Polonia.
HAMLET.- ¿Quién las acaudilla?
CAPITÁN.- Fortimbrás, sobrino del anciano Rey de Noruega.
HAMLET.- ¿Se dirigen contra toda Polonia, o solo a alguna parte
de sus fronteras?
CAPITÁN.- Para deciros sin rodeos la verdad, vamos a adquirir
una porción de tierra, de la cual (exceptuando el honor) ninguna otra
utilidad puede esperarse. Si me la diesen arrendada en cinco ducados,
no la tomaría, ni pienso que produzca mayor interés al de Noruega ni al
Polaco; aunque a pública subasta la vendan.
HAMLET.- Sin duda, ¿el Polaco no tratará de resistir?
CAPITÁN.- Antes bien ha puesto ya en ella tropas que la guarden.
HAMLET.- De ese modo el sacrificio de dos mil hombres y veinte
mil ducados no decidirá la posesión de un objeto tan frívolo. Esa es una
apostema del cuerpo político, nacida de la paz y excesiva abundancia,
que revienta en lo interior; sin que exteriormente se vea la razón porque
el hombre perece. Os doy muchas gracias de vuestra cortesía.
CAPITÁN.- Dios os guarde159.
RICARDO.- ¿Queréis proseguir el camino?
HAMLET.- Presto os alcanzaré. Id adelante un poco.

Escena X
HAMLET solo

HAMLET.- Cuantos160 accidentes ocurren, todos me acusan,


excitando a la venganza mi adormecido aliento. ¿Qué es el hombre
que funda su mayor felicidad, y emplea todo su tiempo solo en dormir
y alimentarse? Es un bruto y no más. No. Aquél que nos formó
dotados de tan extenso conocimiento que con él podemos ver lo
pasado y futuro, no nos dio ciertamente esta facultad, esta razón
divina, para que estuviera en nosotros sin uso y torpe. Sea, pues,
brutal negligencia, sea tímido escrúpulo que no se atreve a penetrar
los casos venideros (proceder en que hay más parte de cobardía que
de prudencia), yo no sé para qué existo, diciendo siempre: tal cosa
debo hacer; puesto que hay en mí suficiente razón, voluntad, fuerza
y medios para ejecutarla. Por todas partes halló ejemplos grandes que
me estimulan. Prueba es bastante ese fuerte y numeroso ejército,
conducido por un Príncipe joven y delicado, cuyo espíritu impelido
de ambición generosa desprecia la incertidumbre de los sucesos, y
expone su existencia frágil y mortal a los golpes de la fortuna a la
muerte, a los peligros más terribles, y todo por un objeto de tan leve
interés. El ser grande no consiste, por cierto, en obrar sólo cuando
ocurre un gran motivo; sino en saber hallar una razón plausible de
contienda, aunque sea pequeña la causa; cuando se trata de adquirir
honor. ¿Cómo, pues, permanezco yo en ocio indigno, muerto mi
padre alevosamente, mi madre envilecida... estímulos capaces de
excitar mi razón y mi ardimiento, que yacen dormidos? Mientras para
vergüenza mía veo la destrucción inmediata de veinte mil hombres,
que por un capricho, por una estéril gloria van al sepulcro como a sus
lechos, combatiendo por una causa que la multitud es incapaz de
comprender, por un terreno que aún no es suficiente sepultura a tantos
cadáveres. ¡Oh! De hoy más, o no existirá en mi fantasía idea
ninguna, o cuántas forme serán sangrientas.

Escena XI
GERTRUDIS, HORACIO

Galería de Palacio.

GERTRUDIS.- No, no quiero hablarla.


HORACIO.- Ella insta por veros. Está loca, es verdad; pero eso
mismo debe excitar vuestra compasión.
GERTRUDIS.- ¿Y qué pretende? ¿Qué dice?
HORACIO.- Habla mucho de su padre; dice que continuamente
oye que el mundo está lleno de maldad; solloza, se lastima el pecho,
y airada trastorna con el pie cuanto al pasar encuentra. Profiere
razones equívocas en que apenas se halla sentido; pero la misma
extravagancia de ellas mueve a los que las oyen a retenerlas,
examinando el fin conque las dice, y dando a sus palabras una
combinación arbitraria, según la idea de cada uno. Al observar sus
miradas, sus movimientos de cabeza, su gesticulación expresiva,
llegan a creer que puede haber en ella algún asomo de razón; pero
nada hay de cierto, sino que se halla en el estado más infeliz.
GERTRUDIS.- Será bien hablarla: antes que mi repulsa, esparza
conjeturas fatales, en aquellos ánimos que todo lo interpretan
siniestramente. Hazla venir161. El más frívolo acaso parece a mi
dañada conciencia presagio de algún grave desastre. Propia es de la
culpa esta desconfianza. Tan lleno está siempre de recelos el
delincuente, que el temor de ser descubierto, hace tal vez que él
mismo se descubra.

Escena XII
GERTRUDIS, OFELIA, HORACIO

OFELIA.- ¿En dónde está la hermosa Reina de Dinamarca?


GERTRUDIS.- ¿Cómo va, Ofelia?
OFELIA.- ¿Cómo al amante162
que fiel te sirva,
de otro cualquiera
distinguiría?
Por las veneras
de su esclavina,
bordón, sombrero
con plumas rizas,
y su calzado
que adornan cintas.

GERTRUDIS.- ¡Oh! ¡Querida mía! Y, ¿a qué propósito viene


esa canción?
OFELIA.- ¿Eso decís?.... Atended a ésta.
Muerto es ya, señora,
muerto y no está aquí.
Una tosca piedra
a sus plantas vi
y al césped del prado
su frente cubrir.
¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!163

GERTRUDIS.- Sí, pero, Ofelia...


OFELIA.- Oíd, oíd.
Blancos paños le vestían...
Escena XIII
CLAUDIO, GERTRUDIS, OFELIA, HORACIO

GERTRUDIS.- ¡Desgraciada! ¿Veis esto, señor?


OFELIA.- Blancos paños te vestían
como la nieve del monte
y al sepulcro le conducen,
cubierto de bellas flores,
que en tierno llanto de amor
se humedecieron entonces.

CLAUDIO.- ¿Cómo estás, graciosa niña?


OFELIA.- Buena, Dios os lo pague... Dicen que la lechuza fue
antes una doncella, hija de un panadero. ¡Ah! Sabemos lo que somos
ahora; pero no lo que podemos ser. Dios vendrá a visitaros.
CLAUDIO.- Alusión a su padre.
OFELIA.- Pero no, no hablemos más en esto, y si os preguntan lo
que significa decid:
De San Valentino164
la fiesta es mañana:
yo, niña amorosa,
al toque del alba
iré a que me veas
desde tu ventana,
para que la suerte
dichosa me caiga.
Despierta el mancebo,
se viste de gala
y abriendo las puertas
entró la muchacha,
que viniendo virgen,
volvió desflorada.

CLAUDIO.- ¡Graciosa Ofelia!


OFELIA.- Sí, voy a acabar; sin jurarlo, os prometo que la voy a
concluir.
¡Ay! ¡Mísera! ¡Cielos!
¡Torpeza villana!
¿Qué galán desprecia
ventura tan alta?
Pues todos son falsos,
le dice indignada.
Antes que en tus brazos
me mirase incauta,
de hacerme tu esposa
me diste palabra.
Y él responde entonces:
Por el sol te juro
que no lo olvidara,
si tú no te hubieras
venido a mi cama.

CLAUDIO.- ¿Cuánto ha que está así?


OFELIA.- Yo espero que todo irá bien... Debemos tener
paciencia...165 Pero, yo no puedo menos de llorar considerando que le
han dejado sobre la tierra fría... Mi hermano lo sabrá... Preciso... Y yo
os doy las gracias por vuestros buenos consejos... Vamos166: la
carroza. Buenas167 noches, señoras, buenas noches. Amiguitas,
buenas noches, buenas noches.
CLAUDIO.- Acompáñala a su cuarto, y haz que la asista
suficiente guardia168. Yo te lo ruego.

Escena XIV
CLAUDIO, GERTRUDIS

CLAUDIO.- ¡Oh! Todo es efecto de un profundo dolor, todo


nace de la muerte de su padre, y ahora observo, Gertrudis, que cuando
los males vienen, no vienen esparcidos como espías; sino reunidos en
escuadrones. Su padre muerto, tu hijo ausente (habiendo dado él
mismo, justo motivo a su destierro), el pueblo alterado en tumulto con
dañadas ideas y murmuraciones, sobre la muerte del buen Polonio;
cuyo entierro oculto ha sido no leve imprudencia de nuestra parte. La
desdichada Ofelia fuera de sí, turbada su razón, sin la cual somos
vanos simulacros o comparables sólo a los brutos; y por último (y esto
no es menos esencial que todo lo restante) su hermano, que ha venido
secretamente de Francia, y en medio de tan extraños casos, se oculta
entre sombras misteriosas, sin que falten lenguas maldicientes que
envenenen sus oídos, hablándole de la muerte de su padre. Ni en tales
discursos, a falta de noticias seguras, dejaremos de ser citados
continuamente de boca en boca. Todos estos afanes juntos, mi querida
Gertrudis, como una máquina destructora que se dispara, me dan
muchas muertes a un tiempo.
GERTRUDIS.- ¡Ay! ¡Dios!169 ¿Qué estruendo es éste?

Escena XV
CLAUDIO, GERTRUDIS, UN CABALLERO

CLAUDIO.- ¿En dónde está mi guardia?... Acudid, defended las


puertas... ¿Qué es esto?
CABALLERO.- Huid170, señor. El océano, sobrepujando sus
términos, no traga las llanuras con ímpetu más espantoso que el que
manifiesta el joven Laertes, ciego de furor; venciendo la resistencia
que le oponen vuestros soldados. El vulgo le apellida Señor, y como
si ahora comenzase a existir el mundo; la antigüedad y la costumbre
(apoyo y seguridad de todo buen gobierno) se olvidan y se
desconocen. Gritan por todas partes: nosotros elegimos por Rey a
Laertes. Los sombreros arrojados al aire, las manos y las lenguas le
aplauden, llegando a las nubes la voz general que repite: Laertes será
nuestro Rey, viva Laertes.
GERTRUDIS.- ¡Con qué alegría sigue, ladrando, esa trahilla
pérfida el rastro mal seguro en que va a perderse!
CLAUDIO.- Ya han roto las puertas.

Escena XVI
LAERTES, CLAUDIO, GERTRUDIS, SOLDADOS y PUEBLO

LAERTES.- ¿En dónde está el Rey? Vosotros171, quedaos todos


afuera.
VOCES.- No, entremos.
LAERTES.- Yo os pido que me dejéis.
VOCES.- Bien, bien está.
LAERTES.- Gracia, señores. Guardad las puertas... y tú, indigno
Príncipe, dame a mi padre.
GERTRUDIS.- Menos, menos ardor, querido Laertes.
LAERTES.- Si hubiese en mí una gota de sangre con menos
ardor, me declararía por hijo espurio, infamaría de cornudo a mi padre
e imprimiría sobre la frente limpia y casta de mi madre honestísima,
la nota infame de prostituta.
CLAUDIO.- Pero, Laertes, ¿cuál es el motivo de tan atrevida
rebelión? Déjale, Gertrudis, no le contengas... No temas nada contra
mí. Existe una fuerza divina que defiende a los Reyes: la traición no
puede, como quisiera, penetrar hasta ellos, y ve malogrados en la
ejecución todos sus designios... Dime, Laertes, ¿por qué estás tan
airado? Déjale Gertrudis... Habla tú.
LAERTES.- ¿En dónde está mi padre?
CLAUDIO.- Murió.
GERTRUDIS.- Pero no le ha muerto el Rey.
CLAUDIO.- Déjale preguntar cuanto quiera.
LAERTES.- ¿Y cómo ha sido su muerte?.. ¡Eh!... No, a mí no se
me engaña. Váyase al infierno la fidelidad, llévese el más atezado
demonio los juramentos de vasallaje, sepúltense la conciencia, la
esperanza de salvación, en el abismo más profundo... La condenación
eterna no me horroriza, suceda lo que quiera, ni éste ni el otro mundo
me importan nada... Sólo aspiro, y este es el punto en que insisto, sólo
aspiro a dar completa venganza a mi difunto padre.
CLAUDIO.- ¿Y quién te lo puede estorbar?
LAERTES.- Mi voluntad sola y no todo el universo, y en cuanto
a los medios de que he de valerme, yo sabré economizarlos de suerte
que un pequeño esfuerzo produzca efectos grandes.
CLAUDIO.- Buen Laertes, si deseas saber la verdad acerca de la
muerte de tu amado padre ¿está escrito acaso en tu venganza, que
hayas de atropellar sin distinción amigos y enemigos, culpados e
inocentes?
LAERTES.- No, sólo a mis enemigos.
CLAUDIO.- ¿Querrás, sin duda, conocerlos?
LAERTES.- ¡Oh! A mis buenos amigos yo los recibiré con
abiertos brazos, y semejante al pelícano amoroso, los alimentaré si
necesario fuese con mi sangre misma.
CLAUDIO.- Ahora hablaste como buen hijo, y como caballero.
Laertes, ni tengo culpa en la muerte de tu padre, ni alguno ha sentido
como yo su desgracia. Esta verdad deberá ser tan clara a tu razón,
como a tus ojos la luz del día.
VOCES.- Dejadla entrar172.
LAERTES.- ¿Qué novedad... qué ruido es este?

Escena XVII
CLAUDIO, GERTRUDIS, LAERTES, OFELIA173,
acompañamiento.
LAERTES.- ¡Oh! ¡Calor174 activo, abrasa mi cerebro!
¡Lágrimas, en extremo cáusticas, consumid la potencia y la
sensibilidad de mis ojos! Por los Cielos te juro que esa demencia tuya
será pagada por mí con tal exceso, que el peso del castigo tuerza el
fiel y baje la balanza... ¡Oh! ¡Rosa de Mayo! ¡Amable niña! ¡Mi
querida Ofelia! ¡Mi dulce hermana!... ¡Oh! ¡Cielos! Y ¿es posible que
el entendimiento de una tierna joven sea tan frágil como la vida del
hombre decrépito?... Pero la naturaleza175 es muy fina en amor, y
cuando éste llega al exceso, el alma se desprende tal vez de alguna
preciosa parte de sí misma, para ofrecérsela en don al objeto amado.
OFELIA.- Lleváronle en su ataúd
con el rostro descubierto.
Ay no ni, ay ay ay no ni.
Y sobre su sepultura
muchas lágrimas llovieron.
Ay no ni, ay ay ay no ni.
Adiós, querido mío. Adiós.

LAERTES.- Si gozando de tu razón me incitaras a la venganza,


no pudieras conmoverme tanto.
OFELIA.- Debéis cantar aquello de:
Abajito está176
llámele, señor, que abajito está.
¡Ay! Que a propósito viene el estribillo... El pícaro del
Mayordomo fue el que robó a la señorita.

LAERTES.- Esas palabras vanas producen mayor efecto en mí


que el más concertado discurso.
OFELIA.- Aquí traigo romero, que es bueno para la memoria.
Tornad, amigo177, para que os acordéis... Y aquí hay trinitarias, que
son para los pensamientos.
LAERTES.- Aun en medio de su delirio quiere aludir a los
pensamientos que la agitan, y a sus memorias tristes.
OFELIA.- Aquí hay hinojo para vos178, y palomillas y ruda179...
para vos también, y esto poquito es para mí. Nosotros
podemos llamarla yerba santa del Domingo,... vos la usaréis
con la distinción que os parezca... Esta es una margarita180.
Bien os quisiera dar algunas violetas; pero todas se
marchitaron cuando murió mi padre. Dicen que tuvo un
buen fin.
Un solitario181
de plumas vario
me da placer.
LAERTES.- Ideas funestas, aflicción, pasiones terribles, los
horrores del infierno mismo; ¡todo en su boca es gracioso y suave!
OFELIA.- Nos deja, se va,
y no ha de volver.
No, que ya murió,
no vendrá otra vez...
su barba era nieve,
su pelo también.
Se fue, ¡dolorosa
partida! se fue.
En vano exhalamos
suspiros por él.
Los Cielos piadosos
descanso le den.
A él y a todas las almas cristianas. Dios lo quiera...
¡Eh!, señores, adiós.

Escena XVIII
CLAUDIO, GERTRUDIS, LAERTES

LAERTES.- Veis esto, ¡Dios mío!


CLAUDIO.- Yo debo tomar parte en tu aflicción, Laertes: no me
niegues este derecho... Óyeme aparte. Elige entre los más prudentes
de tus amigos, aquellos que te parezca. Oigamos a entrambos y
juzguen. Si por mí propio o por mano ajena, resulto culpado: mi reino,
mi corona, mi vida, cuanto puedo llamar mío, todo te lo daré para
satisfacerte. Si no hay culpa en mí, deberé contar otra vez con tu
obediencia, y unidos ambos, buscaremos los medios de aliviar tu
dolor.
LAERTES.- Hágase lo que decís... Su arrebatada muerte, su
oscuro funeral: sin trofeos, armas, ni escudos sobre el cadáver, ni
debidos honores, ni decorosa pompa; todo, todo está clamando del
cielo a la tierra por un examen, el más riguroso.
CLAUDIO.- Tú le obtendrás, y la segur terrible de la justicia
caerá sobre el que fuere delincuente. Ven conmigo.

Escena XIX
HORACIO, un CRIADO

Sala en casa de HORACIO.

HORACIO.- ¿Quiénes son los que me quieren hablar?


CRIADO.- Unos marineros, que según dicen os traen cartas.
HORACIO.- Hazlos entrar182. Yo no sé de qué parte del mundo
pueda nadie escribirme, si ya no es Hamlet mi señor.

Escena XX
HORACIO, DOS MARINEROS

MARINERO 1.º.- Dios os guarde.


HORACIO.- Y a vosotros también.
MARINERO 1.º.- Así lo hará si es su voluntad. Estas cartas del
Embajador que se embarcó para Inglaterra vienen dirigidas a vos, si
os llamáis Horacio, como nos han dicho.
HORACIO.- Horacio183: luego que hayas leído ésta, dirigirás
esos hombres al Rey para el cual les he dado una carta. Apenas
llevábamos dos días de navegación, cuando empezó a darnos caza un
pirata muy bien armado. Viendo que nuestro navío era poco velero,
nos vimos precisados a apelar al valor. Llegamos al abordaje: yo
salté el primero en la embarcación enemiga, que al mismo tiempo
logró desaferrarse de la nuestra, y por consiguiente me hallé solo y
prisionero. Ellos se han portado conmigo como ladrones compasivos;
pero ya sabían lo que se hacían, y se lo he pagado muy bien. Haz que
el Rey reciba las cartas que le envío, y tú ven a verme con tanta
diligencia, como si huyeras de la muerte. Tengo unas cuantas
palabras que decirte al oído que te dejarán atónito; bien que todas
ellas no serán suficientes a expresar la importancia del caso. Esos
buenos hombres te conducirán hasta aquí. Guillermo y Ricardo
siguieron su camino a Inglaterra. Mucho tengo que decirte de ellos.
Adiós. Tuyo siempre, Hamlet. Vamos. Yo os introduciré para que
presentéis esas cartas. Conviene hacerlo pronto, a fin de que me
llevéis después a donde queda el que os las entregó.

Escena XXI
CLAUDIO, LAERTES

Gabinete del Rey.

CLAUDIO.- Sin duda tu rectitud aprobará ya mi descargo y me


darás lugar en el corazón como a tu amigo; después que has oído, con
pruebas evidentes, que el matador de tu noble padre, conspiraba
contra mi vida.
LAERTES.- Claramente se manifiesta... Pero, decidme ¿por qué
no procedéis contra excesos tan graves y culpables? Cuando vuestra
prudencia, vuestra grandeza, vuestra propia seguridad, todas las
consideraciones juntas deberían excitaros tan particularmente a
reprimirlos.
CLAUDIO.- Por dos razones, que aunque tal vez las juzgarás
débiles; para mí han sido muy poderosas. Una es184, que la Reina su
madre vive pendiente casi de sus miradas, y al mismo tiempo (sea
desgracia o felicidad mía) tan estrechamente unió el amor mi vida y
mi alma a la de mi esposa, que así como los astros no se mueven sino
dentro de su propia esfera, así en mí no hay movimiento alguno que
no dependa de su voluntad. La otra razón por que no puedo proceder
contra el agresor públicamente es el grande cariño que le tiene el
pueblo, el cual, como la fuente cuyas aguas mudan los troncos en
piedras, bañando en su afecto las faltas del Príncipe, convierte en
gracias todos sus yerros. Mis flechas no pueden con tal violencia
dispararse, que resistan a huracán tan fuerte; y sin tocar el punto a que
las dirija, se volverán otra vez al arco185.
LAERTES.- Seguiré en todo vuestras ideas, y mucho más si
disponéis que yo sea el instrumento que las ejecute.
CLAUDIO.- Todo sucede bien... Desde que te fuiste se ha
hablado mucho de ti delante de Hamlet, por una habilidad en que
dicen que sobresales. Las demás que tienes no movieron tanto su
envidia como ésta sola; que en mi opinión ocupa el último lugar.
LAERTES.- ¿Y qué habilidad es, señor?
CLAUDIO.- No es más que un lazo en el sombrero de la
juventud; pero que la es muy necesario, puesto que así son propios de
la juventud los adornos ligeros y alegres, como de la edad madura las
ropas y pieles que se viste, por abrigo y decencia... Dos meses ha que
estuvo aquí un caballero de Normandía... Yo conozco a los franceses
muy bien, he militado contra ellos, y son por cierto buenos jinetes;
pero el galán de quien hablo era un prodigio en esto. Parecía haber
nacido sobre la silla, y hacía ejecutar al caballo tan admirables
movimientos, como si él y su valiente bruto animaran un cuerpo solo,
y tanto excedió a mis ideas, que todas las formas y actitudes que yo
pude imaginar, no negaron a lo que él hizo.
LAERTES.- ¿Decís que era normando?
CLAUDIO.- Sí, normando.
LAERTES.- Ese es Lamond, sin duda.
CLAUDIO.- Él mismo.
LAERTES.- Le conozco bien y es la joya más precisa de su
nación.
CLAUDIO.- Pues éste hablando de ti públicamente, te llenaba
de elogios por tu inteligencia y ejercicio en la esgrima, y la bondad de
tu espada en la defensa y el ataque; tanto que dijo alguna vez, que
sería un espectáculo admirable el verte lidiar con otro de igual mérito;
si pudiera hallarse, puesto que según aseguraba él mismo, los más
diestros de su nación carecían de agilidad para las estocadas y los
quites cuando tú esgrimías con ellos. Este informe irritó la envidia de
Hamlet, y en nada pensó desde entonces sino en solicitar con instancia
tu pronto regreso, para batallar contigo. Fuera de esto...
LAERTES.- ¿Y qué hay además de eso, señor?
CLAUDIO.- Laertes, ¿amaste a tu padre? O eres como las
figuras de un lienzo, que tal vez aparentan tristeza en el semblante,
cuando las falta un corazón.
LAERTES.- ¿Por qué lo preguntáis?
CLAUDIO.- No porque piense que no amabas a tu padre; sino
porque sé que el amor186 está sujeto al tiempo, y que el tiempo
extingue su ardor y sus centellas; según me lo hace ver la experiencia
de los sucesos. Existe en medio de la llama de amor una mecha o
pábilo que la destruye al fin, nada permanece en un mismo grado de
bondad constantemente, pues la salud misma degenerando en plétora
perece por su propio exceso. Cuanto nos proponemos hacer debería
ejecutarse en el instante mismo en que lo deseamos, porque la
voluntad se altera fácilmente, se debilita y se entorpece, según las
lenguas, las manos y los accidentes que se atraviesan; y entonces,
aquel estéril deseo es semejante a un suspiro, que exhalando pródigo
el aliento causa daño, en vez de dar alivio... Pero, toquemos en lo vivo
de la herida. Hamlet vuelve. ¿Qué acción emprenderías tú para
manifestar, más con las obras que con las palabras, que eres digno hijo
de tu padre?
LAERTES.- ¿Qué haré? Le cortaré la cabeza en el templo
mismo.
CLAUDIO.- Cierto que no debería un homicida hallar asilo en
parte alguna, ni reconocer límites una justa venganza; pero, buen
Laertes, haz lo que te diré. Permanece oculto en tu cuarto; cuando
llegue Hamlet sabrá que tú has venido; yo le haré acompañar por
algunos que alabando tu destreza den un nuevo lustre a los elogios
que hizo de ti el francés. Por último187, llegaréis a veros; se harán
apuestas en favor de uno y otro... Él, que es descuidado, generoso,
incapaz de toda malicia, no reconocerá los floretes; de suerte que te
será muy fácil, con poca sutileza que uses, elegir una espada sin botón,
y en cualquiera de las jugadas tomar satisfacción de la muerte de tu
padre.
LAERTES.- Así lo haré, y a ese fin quiero envenenar la espada
con cierto ungüento que compré de un charlatán, de cualidad tan
mortífera, que mojando un cuchillo en él, adonde quiera que haga
sangre introduce la muerte; sin que haya emplasto eficaz que pueda
evitarla, por más que se componga de cuantos simples medicinales
crecen debajo de la luna. Yo bañaré la punta de mi espada en este
veneno, para que apenas le toque, muera.
CLAUDIO.- Reflexionemos más sobre esto... Examinemos, qué
ocasión, qué medios serán más oportunos a nuestro engaño; porque,
si tal vez se malogra, y equivocada la ejecución se descubren los fines,
valiera más no haberlo emprendido. Conviene, pues, que este
proyecto vaya sostenido con otro segundo, capaz de asegurar el golpe,
cuando por el primero no se consiga. Espera... Déjame ver si...
Haremos una apuesta solemne sobre vuestra habilidad y... Sí, ya hallé
el medio. Cuando con la agitación os sintáis acalorados y sedientos
(puesto que al fin deberá ser mayor la violencia del combate), él
pedirá de beber, y yo le tendré prevenida expresamente una copa, que
al gustarla sólo, aunque haya podido librarse de tu espada ungida,
veremos cumplido nuestro deseo. Pero... Calla. ¿Qué ruido se
escucha?188

Escena XXIV
GERTRUDIS, CLAUDIO, LAERTES

CLAUDIO.- ¿Qué ocurre de nuevo, amada Reina?


GERTRUDIS.- Una desgracia va siempre pisando las ropas de
otra; tan inmediatas caminan. Laertes tu hermana acaba de ahogarse.
LAERTES.- ¡Ahogada! ¿En dónde? ¡Cielos!
GERTRUDIS.- Donde189 hallaréis un sauce que crece a las
orillas de ese arroyo, repitiendo en las ondas cristalinas la imagen de
sus hojas pálidas. Allí se encaminó, ridículamente coronada de
ranúnculos, ortigas, margaritas y luengas flores purpúreas, que entre
los sencillos labradores se reconocen bajo una denominación grosera,
y las modestas doncellas llaman, dedos de muerto. Llegada que fue,
se quitó la guirnalda, y queriendo subir a suspenderla de los
pendientes ramos; se troncha un vástago envidioso, y caen al torrente
fatal, ella y todos sus adornos rústicos. Las ropas huecas y extendidas
la llevaron un rato sobre las aguas, semejante a una sirena, y en tanto
iba cantando pedazos de tonadas antiguas, como ignorante de su
desgracia, o como criada y nacida en aquel elemento. Pero no era
posible que así durarse por mucho espacio. Las vestiduras, pesadas ya
con el agua que absorbían la arrebataron a la infeliz; interrumpiendo
su canto dulcísimo, la muerte, llena de angustias.
LAERTES.- ¿Qué en fin se ahogó? ¡Mísero!
GERTRUDIS.- Sí, se ahogó, se ahogó.
LAERTES.- ¡Desdichada Ofelia! Demasiada190 agua tienes ya,
por eso quisiera reprimir la de mis ojos... Bien que a pesar de todos
nuestros esfuerzos, imperiosa la naturaleza sigue su costumbre, por
más que el valor se avergüence. Pero, luego que este llanto se vierta,
nada quedará en mí de femenil ni de cobarde... Adiós señores... Mis
palabras de fuego arderían en llamas, si no las apagasen estas lágrimas
imprudentes191.
CLAUDIO.- Sigámosle, Gertrudis, que después de haberme
costado tanto aplacar su cólera, temo ahora que esta desgracia no la
irrite otra vez. Conviene seguirle.

Acto V

Escena I
SEPULTURERO 1.º SEPULTURERO 2.º

Cementerio contiguo a una iglesia.

SEPULTURERO 1.º.- ¿Y es la que ha de192 sepultarse en tierra


sagrada, la que deliberadamente ha conspirado contra su propia
salvación?
SEPULTURERO 2.º.- Dígote que sí, conque haz presto el hoyo.
El juez ha reconocido ya el cadáver y ha dispuesto que se la entierre
en sagrado.
SEPULTURERO 1.º.- Yo no entiendo cómo va eso... Aun si se
hubiera ahogado haciendo esfuerzos para librarse, anda con Dios.
SEPULTURERO 2.º.- Así han juzgado que fue.
SEPULTURERO 1.º.- No, no, eso fue se offendendo; ni puede
haber sido de otra manera: porque... Ve aquí el punto de la dificultad.
Si yo me ahogo voluntariamente, esto arguye por de contado una
acción, y toda acción consta de tres partes, que son: hacer, obrar y
ejecutar, de donde se infiere, amigo Rasura, que ella se ahogó
voluntariamente.
SEPULTURERO 2.º.- ¡Qué! Pero, oígame ahora el tío Socaba.
SEPULTURERO 1.º.- No, deja, yo te diré. Mira, aquí está el
agua. Bien. Aquí está un hombre. Muy bien... Pues señor, si este
hombre va y se mete dentro del agua, se ahoga a sí mismo, porque,
por fas o por nefas, ello es que él va... Pero, atiende a lo que digo. Si
el agua viene hacia él y le sorprende y le ahoga, entonces no se ahoga
él a sí propio... Compadre Rasura, el que no desea su muerte, no se
acorta la vida.
SEPULTURERO 2.º.- ¿Y qué hay leyes para eso?
SEPULTURERO 1.º.- Ya se ve que las hay, y por ellas se guía
el juez que examina estos casos.
SEPULTURERO 2.º.- ¿Quieres que te diga la verdad? Pues
mira, si la muerta no fuese una señora, yo te aseguro que no la
enterrarían en sagrado.
SEPULTURERO 1.º.- En efecto dices bien y es mucha lástima
que los grandes personajes hayan de tener en este mundo especial
privilegio, entre todos los demás cristianos, para ahogarse y ahorcarse
cuando quieren, sin que nadie les diga nada... Vamos allá193 con el
azadón... Ello es que no hay caballeros de nobleza más antigua que
los jardineros, sepultureros y cavadores, que son los que ejercen la
profesión de Adán.
SEPULTURERO 2.º.- Pues qué, ¿Adán fue caballero194?
SEPULTURERO 1.º.- ¡Toma! Como que fue el primero que
llevó armas... Pero, voy a hacerte una pregunta y si no me respondes
a cuento, has de confesar que eres un...
SEPULTURERO 2.º.- Adelante.
SEPULTURERO 1.º. - ¿Cuál es el que construye edificios más
fuertes, que los que hacen los albañiles y los carpinteros de casas y
navíos?
SEPULTURERO 2.º.- El que hace la horca, porque aquella
fábrica sobrevive a mil inquilinos.
SEPULTURERO 1.º.- Agudo eres, por vida mía. Buen edificio
es la horca; pero, ¿cómo es bueno? Es bueno para los que hacen mal;
ahora bien, tú haces mal en decir que la horca es fábrica más fuerte
que una iglesia, con que la horca podría ser buena para ti... Volvamos
a la pregunta.
SEPULTURERO 2.º.- ¿Cuál es el que hace habitaciones más
durables que las que hacen los albañiles, los carpinteros de casas y de
navíos?
SEPULTURERO 1.º.- Sí, dímelo y sales del apuro.
SEPULTURERO 2.º.- Ya se ve que te lo diré.
SEPULTURERO 1.º.- Pues vamos.
SEPULTURERO 2.º.- Pues no puedo decirlo.
SEPULTURERO 1.º.- Vaya, no te rompas la cabeza sobre ello...
Tú eres un burro lerdo, que no saldrá de su paso por más que le
apaleen. Cuando te hagan esta pregunta, has de responder: el
Sepulturero. ¿No ves que las casas que él hace, duran hasta el día del
juicio? Anda, ve ahí a casa de Juanillo y tráeme una copa de
aguardiente.

Escena II
HAMLET, HORACIO, SEPULTURERO 1.º

SEPULTURERO Yo amé en mis primeros años195,


1. º.- dulce cosa lo juzgué;
pero casarme, eso no,
que no me estuviera bien.

HAMLET.- Qué poco196 siente ese hombre lo que hace, que abre
una sepultura y canta.
HORACIO.- La costumbre le ha hecho ya familiar esa
ocupación.
HAMLET.- Así es la verdad. La mano que menos trabaja, tiene
más delicado el tacto.
SEPULTURERO La edad callada en la huesa197
1.º.- me hundió con mano cruel,
y toda se destruyó
la existencia que gocé.

HAMLET.- Aquella calavera tendría lengua en otro tiempo, y


con ella podría también cantar... ¡Cómo la tira al suelo el pícaro!
Como si fuese la quijada con que hizo Caín el primer homicidio. Y la
que está maltratando ahora ese bruto, podría ser muy bien la cabeza
de algún estadista, que acaso pretendió engañar al Cielo mismo. ¿No
te parece?
HORACIO.- Bien puede ser.
HAMLET.- O la de algún cortesano, que diría: felicísimos días,
Señor Excelentísimo, ¿cómo va de salud, mi venerado Señor? Ésta
puede ser la del caballero Fulano, que hacía grandes elogios del potro
del caballero Zutano, para pedírsele prestado después. ¿No puede ser
así?
HORACIO.- Sí, señor.
HAMLET.- ¡Oh! Sí por cierto, y ahora está en poder del señor
gusano, estropeada y hecha pedazos con el azadón de un sepulturero...
Grandes revoluciones se hacen aquí, si hubiera en nosotros, medios
para observarlas... Pero, ¿costó acaso tan poco la formación de estos
huesos a la naturaleza, que hayan de servir para que esa gente198 se
divierta en sus garitos con ellos?... ¡Eh! Los míos se estremecen al
considerarlo.
SEPULTURERO Una piqueta199
1.º.- con una azada,
un lienzo donde
revuelto vaya,
y un hoyo en tierra
que le preparan:
para tal huésped
eso le basta.

HAMLET.- Y esa otra, ¿por qué no podría ser la calavera de un


letrado? ¿Adónde se fueron sus equívocos y sutilezas, sus litigios, sus
interpretaciones, sus embrollos? ¿Por qué sufre ahora que ese bribón,
grosero, le golpee contra la pared, con el azadón lleno de barro?... ¡Y
no dirá palabra acerca de un hecho tan criminal! Éste sería, quizás,
mientras vivió, un gran comprador de tierras, con sus obligaciones y
reconocimientos, transacciones, seguridades mutuas, pagos, recibos...
Ve aquí el arriendo de sus arriendos, y el cobro de sus cobranzas; todo
ha venido a parar en una calavera llena de lodo. Los títulos de los
bienes que poseyó cabrían difícilmente en su ataúd. Y, no obstante
eso, todas las fianzas y seguridades recíprocas de sus adquisiciones
no le han podido asegurar otra posesión que la de un espacio pequeño,
capaz de cubrirse con un par de sus escrituras... ¡Oh! ¡Y a su opulento
sucesor tampoco le quedará más!
HORACIO.- Verdad es, señor.
HAMLET.- ¿No se hace el pergamino de piel de carnero?
HORACIO.- Sí señor, y de piel de ternera también.
HAMLET.- Pues, dígote, que son más irracionales que las
terneras y carneros, los que fundan su felicidad en la posesión de tales
pergaminos. Voy a tramar conversación con este hombre. ¿De quién
es esa sepultura, buena pieza?200
SEPULTURERO Mía, señor201.
1.º.- y un hoyo en tierra202
que le preparan:
para tal huésped
eso le basta.

HAMLET.- Sí, yo creo que es tuya porque estás ahora dentro de


ella... Pero la sepultura es para los muertos, no para los vivos: con que
has mentido.
SEPULTURERO 1.º.- Ve ahí un mentís demasiado vivo; pero
yo os le volveré.
HAMLET.- ¿Para qué muerto cavas esa sepultura?
SEPULTURERO 1.º.- No es hombre, señor.
HAMLET.- Pues bien, ¿para qué mujer?
SEPULTURERO 1.º.- Tampoco es eso.
HAMLET.- Pues ¿qué es lo que ha de enterrarse ahí?
SEPULTURERO 1.º.- Un cadáver que fue mujer; pero ya
murió... Dios la perdone.
HAMLET.- ¡Qué taimado es! Hablémosle clara y sencillamente,
porque si no, es capaz de confundirnos a equívocos. De tres años a
esta parte he observado cuanto se va sutilizando la edad en que
vivimos... Por vida mía, Horacio, que ya el villano sigue tan de cerca
al caballero, que muy pronto le desollará el talón. ¿Cuánto tiempo ha
que eres sepulturero?
SEPULTURERO 1.º.- Toda mi vida, se puede decir. Yo
comencé el oficio, el día que nuestro último Rey Hamlet venció a
Fortimbrás.
HAMLET.- ¿Y cuánto tiempo habrá?
SEPULTURERO 1.º.- ¡Toma! ¿No lo sabéis? Pues hasta los
chiquillos os lo dirán. Eso sucedió el mismo día en que nació el joven
Hamlet, el que está loco y se ha ido a Inglaterra.
HAMLET.- ¡Oiga! ¿Y por qué se ha ido a Inglaterra?
SEPULTURERO 1.º.- Porque..., porque está loco, y allí cobrará
su juicio; y si no le cobra a bien que poco importa.
HAMLET.- ¿Por qué?
SEPULTURERO 1.º.- Porque allí todos son tan locos como él, y
no será reparado.
HAMLET.- ¿Y cómo ha sido volverse loco?
SEPULTURERO 1.º.- De un modo muy extraño, según dicen.
HAMLET.- ¿De qué modo?
SEPULTURERO 1.º.- Habiendo perdido el entendimiento.
HAMLET.- Pero, ¿qué motivo dio lugar a eso?203
SEPULTURERO 1.º.- ¿Qué lugar? Aquí en Dinamarca, donde
soy enterrador, y lo he sido de chico y de grande, por espacio de treinta
años.
HAMLET.- ¿Cuánto tiempo podrá estar enterrado un hombre sin
corromperse?
SEPULTURERO 1.º.- De suerte que si él no corrompía ya en
vida (como nos sucede todos los días con muchos cuerpos galicados,
que no hay por donde asirlos), podrá durar cosa de ocho o nueve años.
Un curtidor durará nueve años, seguramente.
HAMLET.- ¿Pues qué tiene él más que otro cualquiera?
SEPULTURERO 1.º.- Lo que tiene es un pellejo tan curtido ya,
por mor de su ejercicio, que puede resistir mucho tiempo al agua; y el
agua, señor mío, es la cosa que más pronto destruye a cualquier
hideputa de muerto. Ve aquí una calavera que ha estado debajo de
tierra veintitrés años.
HAMLET.- ¿De quién es?
SEPULTURERO 1.º.- Mayor hideputa, ¡loco! ¿De quién os
parece que será?
HAMLET.- ¿Yo cómo he de saberlo?
SEPULTURERO 1.º.- ¡Mala peste en él y en sus travesuras!...
Una vez me echó un frasco de vino del Rhin por los cabezones... Pues,
señor, esta calavera es la calavera de Yorick, el bufón del Rey204.
HAMLET.- ¿Ésta?
SEPULTURERO 1.º.- La misma.
HAMLET.- ¡Ay! ¡Pobre Yorick! Yo le conocí, Horacio..., era un
hombre sumamente gracioso de la más fecunda imaginación. Me
acuerdo que siendo yo niño me llevó mil veces sobre sus hombros...
y ahora su vista me llena de horror; y oprimido el pecho palpita... Aquí
estuvieron aquellos labios donde yo di besos sin número. ¿Qué se
hicieron tus burlas, tus brincos, tus cantares y aquellos chistes
repentinos que de ordinario animaban la mesa con alegre estrépito?
Ahora, falto ya enteramente de músculos, ni aún puedes reírte de tu
propia deformidad... Ve al tocador de alguna de nuestras damas y dila,
para excitar su risa, que porque se ponga una pulgada de afeite en el
rostro; al fin habrá de experimentar esta misma
205
transformación... Dime una cosa, Horacio.
HORACIO.- ¿Cuál es, señor?
HAMLET.- ¿Crees tú que Alejandro, metido debajo de tierra,
tendría esa forma horrible?
HORACIO.- Cierto que sí.
HAMLET.- Y exhalaría ese mismo hedor... ¡Uh!
HORACIO.- Sin diferencia alguna206.
HAMLET.- En qué abatimiento hemos de parar, ¡Horacio! Y
¿por qué no podría la imaginación seguir las ilustres cenizas de
Alejandro, hasta encontrarla tapando la boca de algún barril?
HORACIO.- A fe que sería excesiva curiosidad ir a examinarlo.
HAMLET.- No, no por cierto. No hay sino irle siguiendo hasta
conducirle allí, con probabilidad y sin violencia alguna. Como si
dijéramos: Alejandro murió, Alejandro fue sepultado, Alejandro se
redujo a polvo, el polvo es tierra, de la tierra hacemos barro... ¿y por
qué con este barro en que él está ya convertido, no habrán podido tapar
un barril de cerveza? El emperador César, muerto y hecho tierra,
puede tapar un agujero para estorbar que pase el aire... ¡Oh!... Y
aquella tierra, que tuvo atemorizado el orbe, servirá tal vez de reparar
las hendiduras de un tabique, contra las intemperies del invierno...
Pero, callemos... hagámonos a un lado, que... sí... Aquí viene el Rey,
la Reina, los Grandes... ¿A quién acompañan? ¡Qué ceremonial tan
incompleto es éste! Todo ello me anuncia que el difunto que
conducen, dio fin a su vida con desesperada mano... Sin duda era
persona de calidad... Ocultémonos un poco, y observa.

Escena III
CLAUDIO, GERTRUDIS, HAMLET, LAERTES, HORACIO,
un CURA, dos SEPULTUREROS. Acompañamiento de Damas,
Caballeros y Criados.207

LAERTES.- ¿Qué otra ceremonia falta?208


HAMLET.- Mira, aquel es Laertes, joven muy ilustre.
LAERTES.- ¿Qué ceremonia falta?
EL CURA.- Ya se han celebrado sus exequias con toda la
decencia posible. Su muerte da lugar a muchas dudas, y a no haberse
interpuesto la suprema autoridad que modifica las leyes, hubiera sido
colocada en lugar profano, allí estuviera hasta que sonase la trompeta
final, y en vez de oraciones piadosas, hubieran caído sobre su cadáver
guijarros, piedras y cascote. No obstante esto, se la han concedido las
vestiduras y adornos virginales, el clamor de las campanas y la
sepultura.
LAERTES.- ¿Con que no se debe hacer más?
EL CURA.- No más. Profanaríamos los honores sagrados de los
difuntos cantando un réquiem para implorar el descanso de su alma,
como se hace por aquellos que parten de esta vida con más cristiana
disposición.
LAERTES.- Dadla tierra, pues209. Sus hermosos e intactos
miembros acaso producirán violetas suaves. Y a ti, clérigo zafio, te
anuncio que mi hermana será un ángel del Señor, mientras tú estarás
bramando en los abismos.
HAMLET.- ¡Qué! ¡La hermosa Ofelia!
GERTRUDIS.- Dulces dones a mi dulce amiga210. A Dios... Yo
deseaba que hubieras sido esposa de mi Hamlet, graciosa doncella, y
esperé cubrir de flores tu lecho nupcial..., pero no tu sepulcro.
LAERTES.- ¡Oh! ¡Una y mil veces sea maldito, aquel cuya
acción inhumana te privó a ti del más sublime entendimiento!... No...
esperad un instante, no echéis la tierra todavía... No..., hasta que otra
vez la estreche en mis brazos...211 Echadla ahora sobre la muerta y el
vivo, hasta que de este llano hagáis un monte que descuelle sobre el
antiguo Pelión o sobre la azul extremidad del Olimpo que toca los
cielos.
HAMLET.- ¿Quién es el que da a sus penas idioma tan
enfático?212 ¿El que así invoca en su aflicción a las estrellas errantes,
haciéndolas detenerse admiradas a oírle?... Yo soy Hamlet, Príncipe
de Dinamarca.
LAERTES.- El demonio lleve tu alma.
HAMLET.- No es justo lo que pides... Quita esos213 dedos de mi
cuello, porque aunque no soy precipitado ni colérico; algún riesgo hay
en ofenderme, y si eres prudente, debes evitarle. Quita de ahí esa
mano.
CLAUDIO.- Separadlos.
GERTRUDIS.- ¡Hamlet! ¡Hamlet!
TODOS.- ¡Señores!
HORACIO.- Moderaos, señor.
HAMLET.- No, por causa tan justa lidiaré con él, hasta que
cierre mis párpados la muerte.
GERTRUDIS.- Qué causa puede haber, hijo mío...
HAMLET.- Yo he querido a Ofelia y cuatro mil hermanos juntos
no podrán, con todo su amor, exceder al mío... ¿Qué quieres hacer por
ella? Di.
CLAUDIO.- Laertes, mira que está loco.
GERTRUDIS.- Por Dios, Laertes, déjale.
HAMLET.- Dime lo que intentas hacer214. ¿Quieres llorar,
combatir, negarte al sustento, hacerte pedazos, beber todo el Esil215,
devorar un caimán? Yo lo haré también... ¿Vienes aquí a lamentar su
muerte, a insultarme precipitándote en su sepulcro, a ser enterrado
vivo con ella?... Pues bien, eso quiero yo, y si hablas de montes,
descarguen sobre nosotros yugadas de tierra innumerables, hasta que
estos campos tuesten su frente en la tórrida zona, y el alto Ossa
parezca en su comparación un terrón pequeño... Si me hablas con
soberbia, yo usaré un lenguaje tan altanero como el tuyo.
GERTRUDIS.- Todos son efectos de su frenesí, cuya violencia
podrá agitarte por algún tiempo; pero después, semejante a la mansa
paloma cuando siente animada las mellizas crías, le veréis sin
movimiento y mudo.
HAMLET.- Óyeme: ¿cuál es la razón de obrar así conmigo?
Siempre te he querido bien... Pero nada importa. Aunque el mismo
Hércules, con todo su poder, quiera estorbarlo, el gato maullará y el
perro quedará vencedor216.
CLAUDIO.- Horacio, ve, no le abandones... Laertes, nuestra
plática de la noche anterior fortificará tu paciencia, mientras dispongo
lo que importa en la ocasión presente... Amada Gertrudis, será bien
que alguno se encargue de la guarda de tu hijo. Esta sepultura se
adornará con un monumento durable. Espero que gozaremos
brevemente horas más tranquilas; pero, entretanto, conviene sufrir.

Escena IV
HAMLET, HORACIO

Salón del Palacio.217

HAMLET.- Baste ya lo dicho sobre esta materia. Ahora quisiera


informarte de lo demás; pero, ¿te acuerdas bien de todas las
circunstancias?
HORACIO.- ¿No he de acordarme, señor?
HAMLET.- Pues sabrás218 amigo, que agitado continuamente mi
corazón en una especie de combate, no me permitía conciliar el sueño,
y en tal situación me juzgaba más infeliz que el delincuente cargado
de prisiones. Una temeridad... Bien que debo dar gracias a esta
temeridad, pues por ella existo. Sí, confesemos que tal vez nuestra
indiscreción suele sernos útil; al paso que los planes concertados con
la mayor sagacidad, se malogran, prueba certísima de que la mano de
Dios conduce a su fin todas nuestras acciones por más que el hombre
las ordene sin inteligencia.
HORACIO.- Así es la verdad.
HAMLET.- Salgo, pues, de mi camarote, mal rebujado con un
vestido de marinero, y a tientas, favorecido de la oscuridad, llego
hasta donde ellos estaban. Logro mi deseo, me apodero de sus papeles,
y me vuelvo a mi cuarto. Allí, olvidando mis recelos toda
consideración, tuve la osadía de abrir sus despachos, y en ellos
encuentro, amigo, una alevosía del Rey. Una orden precisa, apoyada
en varias razones, de ser importante a la tranquilidad de Dinamarca, y
aún a la de Inglaterra y ¡oh! mil temores y anuncios de mal, si me
dejan vivo... En fin, decía: que luego que fuese leída, sin dilación, ni
aun para afinar a la segur el filo, me cortasen la cabeza.
HORACIO.- ¡Es posible!
HAMLET.- Mira la orden aquí219, podrás leerla en mejor
ocasión; pero ¿quieres saber lo que yo hice?
HORACIO.- Sí, yo os lo ruego.
HAMLET.- Ya ves como rodeado así de traiciones, ya ellos
habían empezado el drama, aun antes de que yo hubiese comprendido
el prólogo. No obstante, siéntome al bufete, imagino una orden
distinta, y la escribo inmediatamente de buena letra... Yo creí algún
tiempo (como todos los grandes señores) que el escribir bien fuese un
desdoro; y aun no dejé de hacer muchos esfuerzos para olvidar esta
habilidad; pero ahora conozco, Horacio, cuán útil me ha sido tenerla.
¿Quieres saber lo que el escrito contenía?
HORACIO.- Sí señor.
HAMLET.- Una súplica del Rey dirigida con grandes instancias
al de Inglaterra, como a su obediente feudatario, diciéndole que su
recíproca amistad florecería como la palma robusta; que la paz,
coronada de espigas, mantendría la quietud de ambos imperios,
uniéndolos en amor durable, con otras expresiones no menos
afectuosas. Pidiéndole, por último, que vista que fuese aquella carta,
sin otro examen, hiciese perecer con pronta muerte a los dos
mensajeros; no dándoles tiempo ni aun para confesar su delito.
HORACIO.- ¿Y cómo la pudisteis sellar?
HAMLET.- Aún eso también parece que lo dispuso el Cielo,
porque felizmente trata conmigo el sello de mi padre, por el cual se
hizo el que hoy usa el Rey. Cierro el pliego en la forma que el anterior,
póngole la misma dirección, el mismo sello, le conduzco sin ser visto
al mismo paraje y nadie nota el cambio... Al día siguiente ocurrió el
combate naval, lo que después sucedió, ya lo sabes.
HORACIO.- De ese modo, Guillermo y Ricardo caminan
derechos a la muerte.
HAMLET.- Ya ves que ellos han solicitado este encargo, mi
conciencia no me acusa acerca de su castigo... Ellos mismos se han
procurado su ruina... Es muy peligroso al inferior meterse entre las
puntas de las espadas, cuando dos enemigos poderosos lidian.
HORACIO.- ¡Oh! ¡Qué Rey éste!
HAMLET.- ¿Juzgas tú, que no estoy en obligación de proseguir
lo que falta? Él, que asesinó a mi padre y mi Rey, que ha deshonrado
a mi madre, que se ha introducido furtivamente entre el solio, y mis
derechos justos, que ha conspirado contra mi vida, valiéndose de
medios tan aleves... ¿No será justicia rectísima castigarle con esta
mano? No será culpa en mí tolerar que ese monstruo exista, para
cometer como hasta aquí, maldades atroces?
HORACIO.- Presto le avisarán de Inglaterra cual ha sido el éxito
de su solicitud.
HAMLET.- Sí, presto lo sabrá; pero entretanto el tiempo es mío
y para quitar a un hombre la vida, un instante basta... Sólo me
disgusta, amigo Horacio, el lance ocurrido con Laertes, en que
olvidado de mí propio, no vi en mi sentimiento la imagen y semejanza
del suyo. Procuraré su amistad, sí... Pero, ciertamente, aquel tono
amenazador que daba a sus quejas irritó en exceso mi cólera.
HORACIO.- Callad... ¿Quién viene aquí?

Escena V
HAMLET, HORACIO, ENRIQUE

ENRIQUE.- En hora220 feliz haya regresado vuestra Alteza a


Dinamarca.
HAMLET.- Muchas gracias, caballero... ¿Conoces a este
moscón?
HORACIO.- No señor.
HAMLET.- Nada se te dé, que el conocerle es por cierto poco
agradable. Este es señor de muchas tierras y muy fértiles, y por más
que él sea un bestia que manda en otros tan bestias como él; ya se
sabe, tiene su pesebre fijo en la mesa del Rey... Es la corneja más
charlera que en mi vida he visto; pero como te he dicho ya, posee una
gran porción de polvo.
ENRIQUE.- Amable Príncipe, si vuestra grandeza no tiene
ocupación que se lo estorbe, yo le comunicaría una cosa de parte del
Rey.
HAMLET.- Estoy dispuesto a oírla con la mayor atención...
Pero, emplead el sombrero en el uso a que fue destinado. El sombrero
se hizo para la cabeza.
ENRIQUE.- Muchas gracias, señor... ¡Eh! El tiempo está
caluroso.
HAMLET.- No, al contrario, muy frío. El viento es norte.
ENRIQUE.- Cierto que hace bastante frío.
HAMLET.- Antes yo creo... a lo menos para mi complexión,
hace un calor que abrasa.
ENRIQUE.- ¡Oh! En extremo... Sumamente fuerte, como... Yo
no sé como diga... Pues, señor, el Rey me manda que os informe de
que ha hecho una grande apuesta en vuestro favor. Este es el asunto.
HAMLET.- Tened presente que el sombrero se...
ENRIQUE.- ¡Oh! Señor... Lo hago por comodidad... Cierto...
Pues ello es, que Laertes acaba de llegar a la Corte... ¡Oh! Es un
perfecto caballero, no cabe duda. Excelentes cualidades, un trato muy
dulce, muy bien quisto de todos... Cierto, hablando sin pasión, es
menester confesar que es la nata y flor de la nobleza, porque en él se
hallan cuantas prendas pueden verse en un caballero.
HAMLET.- La pintura que de él hacéis no desmerece nada en
vuestra boca; aunque yo creí que, al hacer el inventario de sus
virtudes, se confundirían la aritmética y la memoria y ambas serían
insuficientes para suma tan larga. Pero, sin exagerar su elogio, yo le
tengo por un hombre de grande espíritu, y de tan particular y
extraordinaria naturaleza, que (hablando con toda la exactitud
posible) no se hallará su semejanza sino en su mismo espejo; pues el
que presuma buscarla en otra parte, sólo encontrará bosquejos
informes.
ENRIQUE.- Vuestra Alteza acaba de hacer justicia imparcial en
cuanto ha dicho de él.
HAMLET.- Sí, pero sépase a qué propósito nos enronquecemos
ahora, entremetiendo en nuestra conversación las alabanzas de ese
galán.
ENRIQUE.- ¿Cómo decís, señor?
HORACIO.- ¿No fuera mejor que le hablarais con más claridad?
Yo creo, señor, que no os sería difícil.
HAMLET.- Digo, que ¿a qué viene ahora hablar de ese
caballero?
ENRIQUE.- ¿De Laertes?
HORACIO.- ¡Eh! Ya vació cuanto tenía, y se le acabó la
provisión de frases brillantes.
HAMLET.- Sí señor, de ese mismo.
ENRIQUE.- Yo creo que no estaréis ignorante de...
HAMLET.- Quisiera que no me tuvierais por ignorante; bien que
vuestra opinión no me añada un gran concepto... Y bien, ¿qué más?
ENRIQUE.- Decía que no podéis ignorar el mérito de Laertes.
HAMLET.- Yo no me atreveré a confesarlo, por no igualarme
con él; siendo averiguado que para conocer bien a otro, es menester
conocerse bien a sí mismo.
ENRIQUE.- Yo lo decía por su destreza en el arma, puesto que
según la voz general, no se le conoce compañero.
HAMLET.- ¿Y qué arma es la suya?
ENRIQUE.- Espada y daga.
HAMLET.- Esas son dos armas... Vaya adelante.
ENRIQUE.- Pues señor, el Rey ha apostado contra él seis
caballos bárbaros, y él ha impuesto por su parte, (según he sabido)
seis espadas francesas con sus dagas y guarniciones correspondientes,
como cinturón, colgantes, y así a este tenor... Tres de estas cureñas
particularmente son la cosa más bien hecha que puede darse. ¡Cureñas
como ellas!.. ¡Oh! Es obra de mucho gusto y primor.
HAMLET.- Y ¿a qué cosa llamáis cureñas?
HORACIO.- Ya recelaba yo y que sin el socorro de motas
marginales no pudierais acabar el diálogo.
ENRIQUE.- Señor, por cureñas entiendo yo, así, los... Los
cinturones.
HAMLET.- La expresión sería mucho más propia, si pudiéramos
llevar al lado un cañón de artillería; pero en tanto que este uso no se
introduce, los llamaremos cinturones... En fin y vamos al asunto. Seis
caballos bárbaros, contra seis espadas francesas, con sus cinturones,
y entre ellos tres cureñas primorosas. ¿Con que esto es lo que apuesta
el francés contra el danés? ¿Y a qué fin se han impuesto (como vos
decís) todas esas cosas?
ENRIQUE.- El Rey ha apostado que si batalláis con Laertes, en
doce jugadas no pasarán de tres botonazos los que él os dé, y él dice,
que en las mismas doce, os dará nueve cuando menos, y desea que
esto se juzgue inmediatamente: si os dignáis de responder.
HAMLET.- ¿Y si respondo que no?
ENRIQUE.- Quiero decir, si admitís el partido que os propone.
HAMLET.- Pues, señor, yo tengo que pasearme todavía en esta
sala, porque si su Majestad no lo ha por enojo, esta es la hora crítica
en que yo acostumbro respirar el ambiente. Tráiganse aquí los
floretes, y si ese caballero lo quiere así, y el Rey se mantiene en lo
dicho, le haré ganar la apuesta, si puedo; y si no puedo, lo que yo
ganaré será vergüenza y golpes.
ENRIQUE.- ¿Con qué lo diré en esos términos?
HAMLET.- Esta es la substancia; después lo podéis adornar con
todas las flores de vuestro ingenio.
ENRIQUE.- Señor, recomiendo nuevamente mis respetos a
vuestra grandeza.
HAMLET.- Siempre vuestro, siempre.
Escena VI
HAMLET, HORACIO

HAMLET.- Él hace muy bien de recomendarse a sí mismo,


porque si no, dudo mucho que nadie lo hiciese por él.
HORACIO.- Este me parece un vencejo, que empezó a volar y
chillar, con el cascarón pegado a las plumas.
HAMLET.- Sí, y aun antes de mamar hacía ya cumplimientos a
la teta. Este es uno de los muchos que en nuestra corrompida edad son
estimados, únicamente porque saben acomodarse al gusto del día, con
esa exterioridad halagüeña y obsequiosa. Y con ella tal vez suelen
sorprender el aprecio de los hombres prudentes; pero se parecen
demasiado a la espuma; que por más que hierva y abulte, al dar un
soplo, se reconoce lo que es: todas las ampollas huecas se deshacen,
y no queda nada en el vaso.

Escena VII
HAMLET, HORACIO, UN CABALLERO

CABALLERO.- Señor, parece que su Majestad os envió un


recado con el joven Enrique, y éste ha vuelto diciendo que esperabais
en esta sala. El Rey me envía a saber si gustáis de batallar con Laertes
inmediatamente, o si queréis que se dilate.
HAMLET.- Yo soy constante en mi resolución y la sujeto a la
voluntad del Rey. Si esta hora fuese cómoda para él, también lo es
para mí, conque hágase al instante o cuando guste; con tal que me
halle en la buena disposición que ahora.
CABALLERO.- El Rey y la Reina bajan ya, con toda la Corte.
HAMLET.- Muy bien.
CABALLERO.- La Reina quisiera que antes de comenzar la
batalla, hablarais a Laertes con dulzura y expresiones de amistad.
HAMLET.- Es advertencia muy prudente.

Escena VIII
HAMLET, HORACIO

HORACIO.- Temo que habéis de perder, señor.


HAMLET.- No, yo pienso que no. Desde que él partió para
Francia, no he cesado de ejercitarme, y creo que le llevaré ventaja...
Pero... No podrás imaginarte que angustia siento, aquí en el corazón.
Y ¿sobre qué?.. No hay motivo.
HORACIO.- Con todo eso, señor...
HAMLET.- ¡Ilusiones vanas! Especie de presentimientos,
capaces sólo de turbar un alma femenil.
HORACIO.- Si sentís interiormente alguna repugnancia, no hay
para que empeñaros. Yo me adelantaré a encontrarlos, y les diré que
estáis indispuesto.
HAMLET.- No, no... Me burlo yo de tales presagios. Hasta en la
muerte de un pajarillo interviene una providencia irresistible. Si mi
hora es llegada, no hay que esperarla, si no ha de venir ya, señal que
es ahora, y si ahora no fuese, habrá de ser después: todo consiste en
hallarse prevenido para cuando venga. Si el hombre, al terminar su
vida, ignora siempre lo que podría ocurrir después, ¿qué importa que
la pierda tarde o presto? Sepa morir221.

Escena IX
HAMLET, HORACIO, CLAUDIO, GERTRUDIS, LAERTES, ENRIQUE,
Caballeros, Damas y acompañamiento.

CLAUDIO.- Ven, Hamlet, ven, y recibe esta mano que te presento222.


HAMLET.- Laertes, si estáis223 ofendido de mí, os pido perdón.
Perdonadme como caballero. Cuantos se hallan presentes saben, y aun vos
mismo lo habréis oído, el desorden que mi razón padece. Cuanto haya hecho
insultando la ternura de vuestro corazón, vuestra nobleza, o vuestro honor,
cualquiera acción en fin, capaz de irritaros; declaro solemnemente en este
lugar que ha sido efecto de mi locura. ¿Puede Hamlet haber ofendido a
Laertes? No, Hamlet no ha sido, porque estaba fuera de sí, y si en tal ocasión
(en que él a sí propio se desconocía) ofendió a Laertes, no fue Hamlet el
agresor, porque Hamlet lo desaprueba y lo desmiente. ¿Pues quién pudo ser?
Su demencia sola... Siendo esto así, el desdichado Hamlet es partidario del
ofendido, al paso que en su propia locura reconoce su mayor contrario.
Permitid, pues, que delante de esta asamblea me justifique de toda siniestra
intención y espere de vuestro ánimo generoso el olvido de mis desaciertos.
Disparaba el arpón sobre los muros de ese edificio, y por error herí a mi
hermano.
LAERTES.- Mi corazón, cuyos impulsos naturales eran los primeros a
pedirme en este caso venganza, queda satisfecho. Mi honra no me permite
pasar adelante ni admitir reconciliación alguna; hasta que examinado el
hecho por ancianos y virtuosos árbitros, se declare que mi pundonor está sin
mancilla. Mientras llega este caso, admito con afecto recíproco el que me
anunciáis, y os prometo de no ofenderle.
HAMLET.- Yo recibo con sincera gratitud ese ofrecimiento, y en
cuanto a la batalla que va a comenzarse, lidiaré con vos como si mi
competidor fuese mi hermano... Vamos. Dadnos floretes.
LAERTES.- Sí, vamos.. Uno a mí.
HAMLET.- La victoria no os será difícil, vuestra habilidad lucirá sobre
mi ignorancia, como una estrella resplandeciente entre las tinieblas de la
noche.
LAERTES.- No os burléis, señor.
HAMLET.- No, no me burlo.
CLAUDIO.- Dales floretes, joven Enrique. Hamlet, ya sabes cuales son
las condiciones.
HAMLET.- Sí, señor, y en verdad que habéis apostado por el más
débil.224
CLAUDIO.- No temo perder. Yo os he visto ya esgrimir a entrambos y
aunque él haya adelantado después; por eso mismo, el premio es mayor a
favor nuestro.
LAERTES.- Este es muy pesado. Dejadme ver otro.225
HAMLET.- Este me parece bueno... ¿Son todos iguales?
ENRIQUE.- Sí señor.
CLAUDIO.- Cubrid esta mesa de copas, llenas de vino. Si Hamlet da la
primera o segunda estocada, o en la tercera suerte da un quite al contrario,
disparen toda la artillería de las almenas. El Rey beberá a la salud de Hamlet
echando en la copa una perla más preciosa que la que han usado en su corona
los cuatro últimos soberanos daneses. Traed las copas, y el timbal diga a las
trompetas, las trompetas al artillero distante, los cañones al cielo, y el cielo a
la tierra; ahora brinda el Rey de Dinamarca a la salud de Hamlet... Comenzad,
y vosotros que habéis de juzgarlos, observad atentos.
HAMLET.- Vamos226.
LAERTES.- Vamos señor.227
HAMLET.- Una.
LAERTES.- No.
HAMLET.- Que juzguen.
ENRIQUE.- Una estocada, no hay duda.
LAERTES.- Bien; a otra.
CLAUDIO.- Esperad... Dadme de beber.228 Hamlet, esta perla es para ti,
y brindo con ella a tu salud. Dadle la copa.
HAMLET.- Esperad un poco.229 Quiero dar este bote primero. Vamos.
Otra estocada. ¿Qué decís?
LAERTES.- Sí, me ha tocado, lo confieso.
CLAUDIO.- ¡Oh! Nuestro hijo vencerá.
GERTRUDIS.- Está grueso, y se fatiga demasiado. Ven aquí, Hamlet,
toma este lienzo, y límpiate el rostro. La Reina brinda a tu buena fortuna
querido Hamlet.230
HAMLET.- Muchas gracias, señora.
CLAUDIO.- No, no bebáis.
GERTRUDIS.- ¡Oh! Señor, perdonadme. Yo he de beber.
CLAUDIO.- ¡La copa envenenada!.. Pero... No hay remedio.
HAMLET.- No, ahora no bebo, esperad un instante.
GERTRUDIS.- Ven, hijo mío, te limpiaré el sudor del rostro.
LAERTES.- Ahora veréis si le acierto.231
CLAUDIO.- Yo pienso que no.
LAERTES.- No sé qué repugnancia siento al ir a ejecutarlo.
HAMLET.- Vamos a la tercera, Laertes... Pero, bien se ve que lo tomáis
a fiesta, batallad, os ruego, con más ahínco. Mucho temo que os burláis de
mí.
LAERTES.- ¿Eso decís, señor? Vamos.232
ENRIQUE.- Nada, ni uno ni otro.
LAERTES.- Ahora...233 Ésta...
CLAUDIO.- Parece que se acaloran demasiado. Separadlos.
HAMLET.- No, no, vamos otra vez.
ENRIQUE.- Ved qué tiene la Reina ¡Cielos!
HORACIO.- ¡Ambos heridos! ¿Qué es esto, señor?
ENRIQUE.- ¿Cómo ha sido, Laertes?
LAERTES.- Esto es haber caído en el lazo que preparé, justamente
muero víctima de mi propia traición.
HAMLET.- ¿Qué tiene la Reina?
CLAUDIO.- Se ha desmayado al veros heridos.
GERTRUDIS.- No, no... ¡La bebida!... ¡Querido Hamlet! ¡La bebida!
¡Me han envenenado!234
HAMLET.- ¡Oh! ¡Qué alevosía!.. ¡Oh!.. Cerrad las puertas... Traición...
Buscad por todas partes235...
LAERTES.- No, el traidor está aquí.236 Hamlet, tú eres muerto... no hay
medicina que pueda salvarte, vivirás media hora, apenas... En tu mano está
el instrumento aleve, bañada con ponzoña su aguda punta. ¡Volviose en mi
daño, la trama indigna! Vesme aquí postrado para no levantarme jamás. Tu
madre ha bebido un tosigo... No puedo proseguir... El Rey, el Rey es el
delincuente.237
HAMLET.- ¡Está envenenada esta punta! Pues, veneno, produce tus
efectos.
TODOS.- Traición, traición.
CLAUDIO.- Amigos, estoy herido... Defendedme.
HAMLET.- ¡Malvado incestuoso, asesino! Bebe esta ponzoña ¿Está la
perla aquí? Sí, toma238, acompaña a mi madre.
LAERTES.- ¡Justo castigo!... Él mismo preparó la poción mortal...
Olvidémonos de todo, generoso Hamlet y... ¡Oh! ¡No caiga sobre ti la muerte
de mi padre y la mía, ni sobre mí la tuya!
HAMLET.- El Cielo te perdone... Ya voy a seguirte. Yo muero,
Horacio... Adiós, Reina infeliz...239 Vosotros que asistís pálidos y mudos con
el temor a este suceso terrible... Si yo tuviera tiempo.240 La muerte es un
ministro inexorable que no dilata la ejecución... Yo pudiera deciros... pero,
no es posible. Horacio, yo muero. Tú, que vivirás, refiere la verdad y los
motivos de mi conducta, a quien los ignora.
HORACIO.- ¿Vivir? No lo creáis. Yo tengo alma Romana, y aún ha
quedado aquí parte del tósigo.241
HAMLET.- Dame esa copa... presto... por Dios te lo pido. ¡Oh!
¡Querido Horacio! Si esto permanece oculto, ¡qué manchada reputación
dejaré después de mi muerte! Si alguna vez me diste lugar en tu corazón,
retarda un poco esa felicidad que apeteces; alarga por algún tiempo la
fatigosa vida en este mundo llena de miserias, y divulga por él mi historia...
¿Qué estrépito militar es éste?242

Escena X
HAMLET, HORACIO, ENRIQUE, UN CABALLERO y
acompañamiento.

CABALLERO. - El joven Fortimbrás que vuelve vencedor de


Polonia, saluda con la salva marcial que oís a los Embajadores de
Inglaterra.
HAMLET.- Yo expiro, Horacio, la activa ponzoña sofoca ya mi
aliento... No puedo vivir para saber nuevas de Inglaterra; pero me
atrevo243 a anunciar que Fortimbrás será elegido por aquella nación.
Yo, moribundo, le doy mi voto... Díselo tú, e infórmale de cuanto
acaba de ocurrir... ¡Oh!... Para mí solo queda ya... silencio eterno.244
HORACIO.- En fin, ¡se rompe ese gran corazón! Adiós, adiós,
amado Príncipe.245 ¡Los coros angélicos te acompañen al celeste
descanso!... Pero, ¿cómo se acerca hasta aquí el estruendo de
tambores?

Escena XI
FORTIMBRÁS, DOS
EMBAJADORES, HORACIO, ENRIQUE, SOLDADOS,
acompañamiento.

FORTIMBRÁS.- ¿En dónde está ese espectáculo246?


HORACIO.- ¿Qué buscáis aquí? Si queréis ver desgracias
espantosas, no paséis adelante.
FORTIMBRÁS.- ¡Oh! Este destrozo pide sangrienta venganza...
¡Soberbia muerte! ¿Qué festín dispones en tu morada infernal, que así
has herido con un golpe solo tantas ilustres víctimas?
EMBAJADOR 1.º.- ¡Horroriza el verlo!... Tarde hemos llegado
con los mensajes de Inglaterra. Los oídos a quienes debíamos
dirigirlos, son ya insensibles. Sus órdenes fueron puntualmente
ejecutadas: Ricardo y Guillermo perdieron la vida... Pero, ¿quién nos
dará las gracias de nuestra obediencia?
HORACIO.- No las recibiríais de su boca, aunque viviese
todavía, que él nunca dio orden para tales muertes. Pero, puesto que
vos viniendo victorioso de la guerra contra Polonia y vosotros
enviados de Inglaterra, os halláis juntos en este lugar y os veo
deseosos de averiguar este suceso trágico: disponed que esos
cadáveres se expongan sobre una tumba elevada a la vista pública, y
entonces haré saber al mundo que lo ignora el motivo de estas
desgracias. Me oiréis hablar (pues todo os lo sabré referir fielmente)
de acciones crueles, bárbaras, atroces sentencias que dictó el acaso
estragos imprevistos, muertes ejecutadas con violencia y aleve astucia
y al fin, proyectos malogrados, que han hecho perecer a sus autores
mismos.
FORTIMBRÁS.- Deseo con impaciencia oíros, y convendrá que
se reúna con este objeto la nobleza de la nación. No puedo mirar sin
horror los dones que me ofrece la fortuna; pero tengo derechos muy
antiguos a esta corona, y en tal ocasión es justo reclamarlos.
HORACIO.- También puedo hablar en ese propósito,
declarando el voto que pronunció aquella boca, que ya no formará
sonido alguno... Pero, ahora que los ánimos están en peligroso
movimiento, no se dilate la ejecución un instante solo: para evitar los
males que pudieran causar la malignidad o el error.
FORTIMBRÁS.- Cuatro de mis capitanes lleven al túmulo el
cuerpo de Hamlet con las insignias correspondientes a un guerrero.
¡Ah! Si él hubiese ocupado el trono, sin duda hubiera sido un
excelente Monarca... Resuene la música militar por donde pase la
pompa fúnebre, y hagánsele todos los honores de la guerra... Quitad,
quitad de ahí esos cadáveres. Espectáculo tan sangriento, más es
propio de un campo de batalla que de este sitio... Y vosotros, haced
que salude con descargas todo el ejército.

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