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LA REVOLUCIÓN URBANA
Article · April 2017
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Mario Martin Merino
Complutense University of Madrid
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© Mario Martín Merino, 2017
LA REVOLUCIÓN URBANA
Introducción
La aparición de los primeros núcleos urbanos fue una de las consecuencias más evidentes de un proceso de
transformación socio-económica cuyas primeras manifestaciones tuvieron lugar en el centro y este de la actual
Turquía y el área occidental iraní a finales del V milenio a.C., desarrollándose posteriormente, a mediados del IV
milenio a.C., en Mesopotamia.
Diversas teorías han intentado explicar las razones y procesos que provocaron que algunas pequeñas aldeas
neolíticas acabasen transformándose en núcleos de población propiamente urbanos, así como establecer en
qué momento se habría producido efectivamente tal fenómeno. Otras cuestiones objeto de estudio son las
condiciones previas que debieron existir para desencadenar esos cambios, por qué se originó en unas
determinadas zonas geográficas y no en otras, y la propia definición de centro urbano.
En el presente escrito se expondrán algunas de las hipótesis más relevantes respecto al origen y desarrollo del
fenómeno urbano y su relación con la aparición de las primeras manifestaciones estatales, además de cuales
fueron sus principales consecuencias, prestando especial atención a la zona mesopotámica.
I. ¿Qué se entiende por ciudad? Childe y la “revolución urbana”
En uno de sus artículos publicados en 1950, G. Childe manifestó las dificultades que encontró a la hora de
plantear una definición lo más adecuada posible del término “ciudad” (1950: 3). Es a este autor a quien se
debe la creación del concepto de “revolución urbana” que, a juicio de Liverani, Childe entendió como una
consecuencia lógica derivada de la acumulación primaria de capital (1998:6). En cambio, para otros autores
como Mumford, la aparición de la ciudad fue fruto de la necesidad perentoria que tenía el ser humano de
protegerse de un entorno aún no lo suficientemente comprendido y controlado por este (1966: 11).
Para Liverani, mediante el empleo del término “revolución”, Childe quiso referirse a un proceso de cambios
que, paulatinamente y a lo largo de varios siglos, fueron modificando profundamente las estructuras socioeconómicas
de las comunidades neolíticas, aunque actualmente se prefiere en su lugar el empleo del término “transición” (1998: 2-
3). Es importante tener en consideración que Childe se aproximó al estudio de la Prehistoria desde postulados propios
de la historiografía marxista (1), como por ejemplo el de la lucha de
clases, dando a sus teorías un enfoque más social que tecnológico que, a juicio de Fernández y Hernando, solo
podría ser aplicable al caso concreto de Próximo Oriente (2011: 41).
Según Childe, la ciudad habría surgido, además de por la acumulación de capital, por necesidades comerciales
derivadas de la obtención de grandes excedentes, y el paso de un núcleo de población preurbano a otro urbano
lo planteó mediante la formulación de diez criterios en los que la aparición de instituciones socio-políticas
como la monarquía y la burocracia, tendrá un papel esencial. Aunque en ninguno de sus trabajos Childe hizo
referencia alguna a la formación de estructuras estatales, es decir, a la “formación del Estado”, entendiéndose
por este término los cambios políticos surgidos a consecuencia de la revolución urbana, a partir de la década
de los años 70 del siglo XX, algunos antropólogos evolucionistas como Spencer y Redmond, comenzarán a
emplearlo. Si se toman desde una perspectiva aplicable a todo el planeta, los criterios enunciados por Childe
para explicar el desarrollo del fenómeno urbano estarían estrechamente relacionados con las primeras
manifestaciones de estructuras estatales, aunque para Beltrán, esos criterios no especifican ni hacen
mención (2) a los principios urbanísticos ni de planificación presentes en el momento de la aparición de las
primeras sociedades urbanas y que estas pudieron utilizar (2013: 263).
(1) El Materialismo histórico, es decir, la visión histórica del marxismo, dejó su huella en la historiografía del siglo XX, siendo especialmente
patente a partir de la Revolución Rusa, aunque su verdadero impacto tendrá lugar tras la Segunda Guerra Mundial. Según su concepción, la
evolución der ser humano tuvo lugar a lo largo de varias etapas de progreso definidas por la naturaleza de las relaciones entre los hombres que
toman parte activa en los distintos procesos productivos. Cada etapa histórica genera una serie de contradicciones internas que surgen a
consecuencia de la explotación de unas clases sociales sobre otras, lo que a largo plazo provocan nuevo modo de producción.
(2) Esos criterios reúnen una serie de factores de común aplicación a todos los lugares del globo en donde tuvo lugar la aparición y desarrollo del
fenómeno urbano y, por lo tanto, de la ciudad tal y como es concebida actualmente, siendo estos: un incremento demográfico que provocaría una
mayor presión en el medio y la necesidad de innovaciones tecnológicas que permitan un aumento de la producción de alimentos mediante una
mayor explotación del medio; el desarrollo del comercio y la aparición de nuevas rutas mercantiles, y por último, el surgimiento de individuos
no dedicados a actividades productivas (por ejemplo mercaderes, funcionarios, artesanos…). Todos estos elementos conducirán a una sociedad
estructurada jerárquicamente.
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En una línea similar, y en lo que respecta al área mesopotámica, Yoffe hace énfasis en la dificultad para
establecer fehacientemente las causas y consecuencias de ese proceso de profundos cambios, principalmente,
según este autor, por la tendencia académica a homogeneizar distintas etapas (1995: 526).
Para Adams (1975), el nacimiento de la ciudad se debió a la conjunción de varios factores, no debiéndose
descartar innovaciones de tipo social o bien debido a una mayor producción de bienes, así como la
importancia de la ubicación geográfica y del entorno medioambiental en el desarrollo del proceso (Fernández
y Hernando, 2011: 141).
II. Orígenes y desarrollo del fenómeno urbano en Mesopotamia
Cowgill ha afirmado que una de las críticas que se pueden hacer a la mayor parte de trabajos publicados sobre
esta cuestión es que en ninguno de ellos se intenta ofrecer una definición conceptual de términos como los de
“ciudad”, “sociedad urbana” o “urbanización” al dar por supuesto que todos sus potenciales lectores conocen
de sobra el significado de los mismos, cuando realmente, y según este autor, esto dista de ser así. Cowgill
concibe la ciudad como un asentamiento de carácter permanente en el que una sociedad que ocupa un
determinado espacio en el cual llevan a cabo distintas actividades, tienen una identidad y actitud diferentes a
las de otros miembros que habitan y desempeñan sus labores fuera del núcleo urbano, siendo estos últimos
denominados “rurales” (2004: 526).
Centrándose en el ámbito mesopotámico, y más concretamente en la zona del curso bajo de los ríos Tigris y
Éufrates, Matthews sostiene que las primeras fases que conducirán al establecimiento de la vida urbana
tuvieron lugar a mediados del IV milenio a.C., durante el denominado periodo Uruk (3), caracterizado por una
serie de complejos y significativos cambios sociales que, globalmente, pueden denominarse como de
“aparición de la civilización”, los cuales han sido constatados gracias a las evidencias arqueológicas halladas
(2005: 433).
Como bien indica Algaze (4), a lo largo del IV milenio a.C. esa zona de Mesopotamia gozó de unas
condiciones medioambientales excepcionales que posibilitaron esas transformaciones (2001: 202). Tres
factores tuvieron un papel esencial en el desarrollo socio-económico y político de Próximo Oriente en esos
momentos, los cuales fueron:
un clima caracterizado por inviernos cálidos y veranos frescos, sensiblemente más húmedo que en posteriores
etapas históricas.
el comportamiento del Tigris y el Éufrates, que debido a la proximidad de sus cauces en varios lugares,
llegaron a originar un único sistema fluvial.
la importante influencia del golfo Pérsico (5) , que incidirá en la dinámica fluvial de los ríos anteriormente
mencionados
En 1966 Wittfogel propuso como posible origen del fenómeno urbano el desarrollo y empleo de diversos
sistemas de irrigación a gran escala, que tuvieron como consecuencia la aparición de las primeras estructuras
organizativas de tipo estatal, aunque para otros autores se debió a conflictos provocados a causa del
incremento poblacional y las demandas derivadas del mismo (Fernández y Hernando, 2001: 141).
En una línea similar se ha manifestado Nissen (2005), afirmando que la ciudad apareció a consecuencia de
varias decisiones tomadas por parte de una élite político-administrativa que favorecerá la construcción de
sistemas de irrigación artificial, por otra parte tan necesarios en el área mesopotámica, aceptándose como causa del
surgimiento del Estado, y con ello, de una sociedad urbana y jerarquizada en cuya cúspide se situó
una élite cuyo cometido no fue otro que organizar el trabajo del resto de miembros de la misma en la
realización de diversas obras hidráulicas.
(3) Este periodo tiene sus antecedentes en la denominada Cultura de El Obeid (5600-3500 a.C.), etapa durante la cual tiene lugar la
transición desde el Neolítico final al inicio del proceso de urbanización. A comienzos del V milenio a.C. este etapa se conoce como El
Obeid I o Eridú, que se prolongará hasta el IV milenio a.C. El periodo Uruk propiamente dicho se desarrollará entre el 3500-3100 a.C.,
y tras su finalización le sucederá el periodo Djemdet Nasr (3100-3000 a.C.).
(4) Antequera (2005) considera que los cambios medioambientales ocurridos en esa región entre el V y IV milenio a.C. provocaron
una considerable desecación, la disminución del nivel del mar y menores precipitaciones que tendrán su reflejo en la menor cantidad
de agua transportada por los ríos Tigris y Éufrates. Gracias a estas modificaciones, una región que hasta el momento había sido
pantanosa, será apta para el establecimiento de los grupos humanos.
(5) Debido a la variación del nivel del agua del mar, afloraron a la superficie un mayor número de sedimentos y se produjo un ascenso
de la capa freática que provocó un aumento de la salinidad del terreno, hecho que pudo ser sorteado gracias a la construcción de
sistemas de riego (Muñoz, 2014: 126).
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El planteamiento de Nissen ha hecho pensar que los criterios de Childe deberían ser revisados y, en algunos casos,
incluso reformulados. Anteriormente, Wittfogel ya había expuesto tal posibilidad al poner en evidencia que Childe no
había hecho referencia alguna a la presencia de esas infraestructuras hidráulicas.
Liverani opina que el progreso tecnológico que tuvo lugar en esa región de Mesopotamia fue debido al gran
potencial agrícola de la misma, hecho que permitió la obtención de grandes cantidades de excedentes que
fueron utilizados por ciertos individuos no dedicados a actividades productivas, para otros propósitos como la
financiación de nuevos sistemas de irrigación o la construcción de templos que actuarán como centros de
reunión desde los cuales emanará una ideología que justificará la distribución de los excedentes entre los
miembros de la comunidad (1998: 7).
Tal y como ha expresado Matthews, el ingenio mostrado por las élites para instaurar una serie de mecanismos
para la distribución de la riqueza mediante unos férreos códigos morales que con el paso del tiempo fueron
ganando en complejidad gracias a unos principios ideológicos basados en la jerarquía y en el control de los
medios de producción, posibilitará que esas élites pasen a constituirse como dinastías reales hacia el 2900 a.C.
(2005: 438).
Otro importante elemento que contribuyó notablemente al desarrollo del fenómeno urbano (6) fue el
incremento de la población, cuyas consecuencias más evidentes fueron una progresiva y mayor jerarquización
de la sociedad, en cuyo vértice se situará una minoría que controlará todos los resortes del poder político y
religioso, además de la aparición de un cuerpo funcionarial dedicado a labores administrativas, así como de
determinados individuos especializados en una serie de actividades concretas.
Es importante tener en consideración que la zona de la Baja Mesopotamia no se caracteriza precisamente por
su riqueza en recursos tales como elementos minerales, pétreos o madereros, lo cual provocará la aparición y
desarrollo del comercio a larga distancia que convivirá con otro eminentemente local destinado a la
comercialización de productos agrícolas y artesanos.
De un modo similar a los templos, los palacios (7) desempeñarán las mismas funciones que los primeros,
estableciendo una red no productora de alimentos compuesta por comerciantes, artesanos y sacerdotes que se
ubicaron en los núcleos urbanos para encargarse de la transformación, intercambio y administración de esos
productos, así como ofrecer unos determinados servicios a la comunidad. Toda esta organización requirió de
un mayor número de funcionarios que, con el objetivo de maximizar su labor, acabarán por originar la
escritura hacia el 3200 a.C.
En lo que respecta al resto de la población, dedicada esencialmente a la producción alimentaria, esta se
diseminó a lo largo y ancho del territorio para proseguir con sus tareas. Según Redfield, sería muy
conveniente sustituir definitivamente la dicotomía entre urbano y rural por otra denominada por este autor
como “popular-urbano continuo” que permita poner de relieve la interdependencia entre la urbe y el ámbito
rural (Marcus & Sabloff, 2008: 23). De algún modo relacionado con esta dicotomía entre campo y ciudad,
para Mumford, esta última sería el receptáculo de toda la información que corre por una determinada
sociedad, lo cual sirve como elemento diferenciador de los núcleos urbanos respectos a otros de menor
entidad que no tienen la consideración de tales (Antequera, 2005).
Gracias a los diversos trabajos arqueológicos llevados a cabo en esta área mesopotámica, se ha podido
constatar la existencia de tres tipos distintos de núcleo urbano desde los cuales se produjeron las diversas
transformaciones de la estructura social, siendo estos:
el centro urbano propiamente dicho.
centros intermedios en donde se concentrarían varios organismos administrativos más o menos
descentralizados.
pequeños asentamientos dedicados a actividades agropecuarias.
(6) Para Marcus y Sabloff, el tamaño más o menos extenso de un núcleo de población no determina su consideración como ciudad, ya
que según estos autores, para ser considerado como tal debe contar con una serie de infraestructuras y servicios mínimos, así como una
diversidad interna que la distinga de otros núcleos de menor entidad como aldeas o pueblos (2008: 20). En una línea similar también se
ha manifestado Cowgill, que sostiene que el tamaño y complejidad de las estructuras sociopolíticas no son factores determinantes para
considerar a un determinado núcleo poblacional como ciudad, aunque no obstante, son útiles como referencia (2004: 527).
(7) Hasta mediados del pasado siglo XX, se consideraba que el templo era el único lugar desde donde emanaba la autoridad, pero
actualmente está claro que el poder era compartido tanto por los templos como por los palacios (Schoep, 2010: 227).
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Yoffe considera que la aparición del trabajo remunerado se produjo cuando los templos comenzaron a
recompensar a aquellos individuos que realizaban ciertas labores de manera continua y prácticamente en
exclusiva para estos, retribuyéndoles con el usufructo de lotes de terreno propiedad de los templos (1995:
298). Con el paso del tiempo, tanto ese derecho de usufructo como el cargo aparejado a las funciones
desempeñadas por esos sujetos en los templos, pasarán a ser hereditarias, y se producirá una progresiva
tendencia a concentrarse en unas pocas manos, y con ello, un incremento de su poder (Muñoz, 2014: 128).
Sobre la fisonomía de estos núcleos urbanos, Cowgill piensa que debieron estar conformados por tres
sectores diferenciados (2004: 538):
uno en donde se situaría la autoridad política, que dependiendo de la organización estatal, podía situarse fuera
de las propias urbes.
otro destinado a autoridades de menor rango y capas medias y altas de la sociedad (sacerdotes, comerciantes
adinerados, gobernadores, nobleza local…)
un tercero destinado al resto de la sociedad, que por su posicionamiento en la misma, no eran susceptibles de
ser considerados como parte de la élite.
Eiroa (2009) considera de suma importancia distinguir entre un urbanismo concebido como forma de vida de
otro estrictamente físico, entendiendo este último como la expresión material de un modo de vida
esencialmente urbano. Según este autor, la ciudad surgió debido de una serie de factores tales como el
aumento demográfico y las necesidades surgidas a consecuencia del mismo, innovaciones técnicas que
permitieron un mejor y mayor aprovechamiento del medio, el desarrollo del comercio y la apertura de nuevas
rutas, así como la aparición de sujetos especializados en actividades diferentes a las de producción de
alimentos. A su parecer, todos esos elementos citados provocaron la necesidad de una estructura social
definida y jerarquizada (Fernández y Hernando, 2011: 142).
Sobre la cuestión de si en el caso concreto de Uruk esta llegó a ejercer su hegemonía como “centro”, Algaze
(1993) cree que las denominadas como “colonias Uruk” del norte de Siria constituyeron su “periferia”. Todo
ello en conjunto fue el reflejo de un sistema “global”, siendo necesario para su existencia un poder
preponderante en el sur de Mesopotamia. Como bien indica Pérez, Algaze no descarta la existencia de varios
centros de poder que convivieron en un mismo ámbito geográfico y que establecieron un flujo comercial entre
ellos que dará lugar a la creación de las mencionadas colonias, en las cuales la influencia de Uruk se dejó
sentir (2007: 82-84).
III. Consecuencias de la aparición de la ciudad
Con el paso del tiempo, los núcleos urbanos fueron progresivamente adquiriendo mayor complejidad, lo cual
hace pensar que los criterios expuestos por Childe en su momento deban ser reconsiderados en algunos de sus
aspectos, así como las posibles consecuencias que, según estos, surgieron debido a la emergencia y posterior
desarrollo del fenómeno urbano. La confluencia de una serie de cambios medioambientales y la incidencia de
diversos procesos antropogénicos ocurridos a lo largo del IV milenio a.C., provocaron una sustancial
alteración de la región mesopotámica y de su población, como por ejemplo, la separación de los cursos del
Tigris y el Éufrates tras el periodo Uruk (Algaze, 2001: 203) o la adopción de unas determinadas prácticas por
parte de las élites centrales y regionales (Cowgill, 2004: 538).
Según Pérez, la sociedad del momento demandaba unas nuevas formas de expresión a consecuencia de los
cambios ocurridos, lo cual provocará, entre otras manifestaciones, una mayor grandiosidad de las
construcciones arquitectónicas. Paralelamente, las poblaciones comenzarán a delimitar con mayor exactitud sus
territorios, lo cual constituirá una fuente de enfrentamientos de diversa magnitud y alcance, tal y como
reflejan algunos sellos cilíndricos de finales del periodo Uruk. Otros posibles desencadenantes de conflictos
fueron el deseo por hacerse con el control efectivo de sistemas de irrigación, o simplemente por la
convivencia de varias entidades políticas independientes en un mismo espacio geográfico (2007: 78). Esas
rivalidades, por otra parte características de los denominados como complejos conflictuales, provocarán la
construcción de recintos y sistemas defensivos, la aparición de poderosos líderes revestidos de una autoridad
incontestable y la formación de los primeros ejércitos. Según Antequera (2005), la lucha por mantener la
preponderancia provocará la emergencia de unos sectores sociales privilegiados que disfrutaron de unas
prerrogativas exclusivas, además de la puesta en marcha de sistemas para una correcta organización y
almacenamiento de la información, constituyendo un buen ejemplo de esto último las tablillas recuperadas de
los restos del antiguo templo de Eanna en Uruk, cuya datación se remonta hacia el 3500 a.C.
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Con el objetivo de asentar y garantizar la sostenibilidad a largo plazo de los asentamientos urbanos, será
esencial la presencia de algunos individuos especializados en cuestiones de índole mercantil, siendo un lugar
fundamental en los mismos la existencia de los mercados, que actuaron como un inmejorable punto de
conexión entre los ámbitos rural y urbano. También conviene recalcar el impacto que la acción humana tuvo
sobre el medio ambiente mesopotámico. Ponting sostiene que la explotación agrícola provocó una
irremediable degradación de los distintos ecosistemas existentes que, progresivamente, fueron siendo
sustituidos por otro creado por la mano del hombre para servir a sus intereses y necesidades. Esas alteraciones
provocaron que el terreno estuviese más expuesto a las inclemencias atmosféricas, que provocarán la
degradación del mismo debido a procesos erosivos que a su vez alteraron sustancialmente el reciclaje de los
nutrientes (1992: 33-34).
Antequera opina que para mantener un mayor número de individuos dedicados a labores organizativas y de
defensa, se requirió de una mayor producción agrícola que garantizase su sustento, lo cual provocó un
incremento en la irrigación de los suelos que elevará el grado de salinidad de los mismos, haciendo
prácticamente inviable el cultivo de determinadas especies vegetales. Debido a ello, se pasará a cultivar
cebada, cereal mejor adaptado a las nuevas condiciones del suelo pero que demandaba un mayor aporte de
nutrientes para su adecuado desarrollo, pero a cambio de unos rendimientos sensiblemente inferiores a los de
otros cultivos. La mayor o menor capacidad para abastecerse es un factor fundamental para la consolidación y
supervivencia de un núcleo urbano, ya que de no ser capaz de mantener un flujo suficiente de recursos, su
capacidad para hacer frente a posibles agresiones de terceros que podrían poner en serio peligro su integridad,
se vería seriamente mermada, llegando a provocar incluso su propia destrucción (2005).
Conclusión
A modo de corolario, se puede afirmar que el primero en intentar ofrecer una definición del concepto de
“sociedad urbana” fue Childe, aunque hay que tener en cuenta que no puede ser aplicada a otros procesos de
urbanización surgidos en otras partes del globo. No obstante, la clasificación expuesta por este autor reúne una
serie de factores comunes a todos ellos, independientemente de su área geográfica, como por ejemplo las
variaciones medioambientales y unos sistemas de producción de alimentos heredados de la “revolución
neolítica”, basados en la explotación de diversos recursos agropecuarios y que conoció un destacado
desarrollo en varias llanuras aluviales del planeta (8).
Es importante tener en cuenta que no se trató de un proceso homogéneo, ya que presenta significativas
diferencias tanto geográficas como cronológicas. En su mayor parte, la población siguió siendo básicamente
de tipo rural, extendiéndose por el territorio en pequeños núcleos dedicados a actividades agropecuarias,
mientras que las de tipo económico tuvieron lugar en el seno de las ciudades. Las evidencias parecen sugerir
que el origen de los núcleos urbanos estuvo en comunidades sedentarias que contaban con una base
económica lo suficientemente sólida y desarrollada que permitirá la progresiva aparición de ciertas actividades
especializadas, así como de una autoridad y estructura social jerarquizada en donde una élite se hará con el
control de los medios de producción (Fernández y Hernando, 2011: 141).
En el caso del área mesopotámica, la presencia de los ríos Tigris y Éufrates será esencial para el sedentarismo
de los grupos humanos que, gracias al aprovechamiento de sus aguas mediante la construcción de diversas
infraestructuras hidráulicas, lograrán obtener grandes producciones alimentarias de las que llegarán a obtener
importantes excedentes, lo cual conllevará, entre otras consecuencias, la división del trabajo, la aparición del
comercio y un creciente desarrollo urbano y arquitectónico promovido por las élites.
Desde un punto de vista estrictamente social, se produjo una jerarquización gradual de la sociedad, que
resultará en una mayor desigualdad entre sus miembros, pero también se producirá el desarrollo de otros
ámbitos de la vida cotidiana gracias al surgimiento de nuevas actividades y manifestaciones culturales como
por ejemplo la escritura o la astronomía.
Todos esos avances resultado de este proceso de transformación serán susceptibles de provocar conflictos
entre las distintas entidades políticas que jalonaron el territorio mesopotámico, así como una profunda
degradación del medio ambiente circundante provocada por la explotación del mismo, lo cual tendrá
consecuencias de gran magnitud, como la paulatina infertilidad de sus territorios.
Es en este momento de la historia de la Humanidad cuando irrumpe en escena lo que se puede denominar
como “civilización”, que en etapas posteriores será configurada con mayor detalle.
(8) Algunas de las civilizaciones más importantes de la Historia surgieron y se desarrollaron en ellas, como por ejemplo Egipto en la cuenca del
Nilo, en el Rio Amarillo (China) y obviamente, en Mesopotamia.
© Mario Martín Merino, 2017
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