Todos al recreo: Narrativa Infantil Argentina
Todos al recreo: Narrativa Infantil Argentina
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¡Todos al recreo!
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¡Todos al recreo! / Mario Manuel Mendez...[et.al.]. –
2a ed. – Buenos Aires : Amauta, 2009.
72 p. ; 15x10 cm.
ISBN 978-987-23810-6-6
© Amauta, 2009
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Laura Ávila – Adela Basch
Ariela Kreimer – Mario Méndez
Graciela Repún – Emilio Saad
¡Todos al recreo!
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PRÓLOGO
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EL PRIMER RECREO
Laura Ávila
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Antes no había recreos. Tampoco había bicicletas,
ni chicles, ni se podían tener mascotas, ni había
televisión. Todas las cosas estaban pensadas para
los adultos, y hasta la ropa que usaban los chicos era
oscura y seria, como el mismo mundo.
En marzo de 1804 Gonzalo Velázquez llegó
en carreta a Buenos Aires. Su papá tenía un oficio
bastante raro, y como no conseguía trabajo, con sus
últimos ahorros tuvo que dejarlo pupilo en el Colegio
de San Carlos.
El primer día de clase lo levantaron a las cinco
de la mañana. Tuvo que lavarse la cara en una
palangana compartida con los otros cinco chicos
de diez años que dormían en su habitación. Como
Gonzalo era nuevo, se levantó último y cuando llegó
a la palangana encontró el agua color marrón, pero
tuvo que lavarse igual porque el preceptor se lo exigió
ante las risitas de los otros.
En el aula Gonzalo se sentó en el último pupitre.
Apareció un hombre joven, vestido de negro:
el profesor de latín. Los alumnos lo saludaron
poniéndose de pie.
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–Hoy tenemos un nuevo discípulo –dijo el profesor–.
¡Velázquez!
Gonzalo se sobresaltó un poco, porque nunca lo
llamaban por el apellido.
–Soy yo, señor.
Los otros chicos largaron unas risotadas.
El profesor los miró con cara severa y todos se
callaron.
–Siéntense. Y usted no me llame señor. Yo soy el
padre Manuel. ¿Entendió?
Gonzalo dijo que sí con la cabeza. Sus compañeros
lo miraban, divertidos.
–¿Le gusta el Colegio, Velázquez?
–Este... sí. Pero extraño los volatines.
Ahora las carcajadas subieron de volumen.
Manuel se puso colorado.
–¡Qué se cree que es esto, Velázquez! ¡Esto es
una casa seria!
–Los volatines también son cosa seria.
Ahora todos los alumnos hicieron silencio. Menos
uno, Ramón Cornet. Un chico rubio y cabezón,
compacto, robusto.
–¿Qué son los volatines? –preguntó, muy
interesado.
–¡Son algo escandaloso! –dijo Manuel–. ¡Siéntese,
Velázquez y no hable más de esas cosas si no quiere
tener problemas!
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Después de la clase de latín, donde el pobre
Gonzalo no entendió ni una frase, fueron a rezar.
Enseguida pasaron a la clase de teología. Tuvieron
tres horas de lección interminable, hasta que salieron
directo al comedor.
Les sirvieron alas de gallina hervida con puré de
zapallo.
Gonzalo trataba de pasar la comida, que no
tenía mucha sal, cuando a su lado se sentó Ramón
Cornet.
–¿Qué son los volatines? –le preguntó sin
preámbulos.
Pero justo entonces un sacerdote golpeó las
manos, y en un estrado que había en el medio del
comedor se ubicó uno de los preceptores, que se puso
a leer algo en voz alta.
Gonzalo se volvió para contestarle a Ramón, pero
este le hizo un gesto de silencio. Gonzalo suspiró.
¿Es que en este lugar nunca se descansaba?
Extrañaba a su papá y tenía muchas ganas de
llorar. Estaba amargado.
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POR NADA DEL MUNDO
Adela Basch
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En la época en que yo iba a la escuela hice muchos
descubrimientos. Uno de ellos fue que la geografía
podía ser divertida o aburridísima, y que todo
dependía de cómo fuera la maestra.
Ese día la clase de geografía se me estaba haciendo
una montaña difícil de escalar y prestar atención se
me volvía una proeza insostenible. En ese momento
el aula era escenario de un eclipse de colores que no
iba a salir en ningún diario. Yo esperaba la llegada
del recreo con la impaciencia con que un caminante
que atraviesa un desierto espera divisar un oasis.
Cada tanto miraba a mi alrededor y me parecía
que todos los chicos, incluida yo, nos estábamos
poniendo pálidos, como si nos hubieran apartado del
sol hacía muchos años.
La maestra tenía un libro en la mano e iba
diciendo nombres de ríos junto con algunas de sus
caracterís–ticas. Pero en realidad lo que ella llamaba
ríos no eran más que rayitas dibujadas sobre el papel,
rayitas que no tenían ninguno de los encantos de un
verdadero río. Se me hacía difícil imaginar que en
esas rayitas alguien pudiera zambullirse y nadar. O
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que hubiera distintas clases de peces. O que el agua
produjera algún sonido al correr entre los juncos.
Yo esperaba el recreo como la tierra seca espera
la llegada de la lluvia.
Pero el recreo era un puerto que ni siquiera se
insinuaba en el horizonte. Me sentía navegar en las
opacas aguas de la monotonía, en las que cada minuto
duraba siglos y el oleaje era siempre igual.
Entonces ocurrió. De improviso apareció frente
a mis ojos el contorno de una isla desconocida y la
oportunidad de desembarcar para hacer un alto en
el aburrimiento. La voz de la maestra sonó con unas
palabras que me refrescaron el ánimo: «Mónica, por
favor, andá a la biblioteca y traé el globo terráqueo».
Sentí que esos pocos sonidos me devolvían la luz del
sol. Por un rato, apenas un ratito, tenía permiso para
volver a la vida.
Me levanté y salí del aula como impulsada por un
resorte. Me encantaba andar sola por los pasillos y
las escaleras de la escuela durante las horas de clase.
Me parecía estar en las calles de una ciudad que, por
unos minutos, me pertenecía por completo. Demoré
lo más posible cada paso. Caminaba en cámara lenta
tratando de estirar cada segundo. Así como dentro
del aula el tiempo parecía transcurrir con lentitud
exasperante, afuera los minutos se escurrían como
un líquido por un colador.
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Tardé todo lo que pude en llegar a la biblioteca,
y cuando llamé a la puerta nadie me contestó. Entré
y enseguida me asaltó la tentación de tomar alguno
de los libros y quedarme a leer. Todos parecían estar
esperándome, y cualquier cosa sería más divertida
que una sucesión interminable de ríos secos y sin
vida.
Pero no pude ni acercarme a los libros. Algo
invisible me empujó con fuerza inesperada hacia el
globo terráqueo, y sin que yo atinara a darme cuenta
de lo que pasaba, me hizo atravesar la superficie
exterior, con el dibujo de los continentes y los
océanos, y me llevó hacia adentro.
Fue cuestión de segundos. Sólo sentí un leve
zumbido en la cabeza y, de pronto, sin saber cómo,
me di cuenta de que había atravesado no sabía bien
qué y había llegado a no sabía dónde. Pero ya no
estaba en la biblioteca. Tampoco estaba en la escuela.
Me encontraba al aire libre, en un lugar encantador,
donde jamás había estado.
Fue todo tan vertiginoso y tan sorprendente
que no tuve tiempo de asustarme ni de reaccionar.
Apenas alcancé a darme cuenta de que de algún
modo misterioso me había trasladado a otro lugar
en el espacio, cuando escuché claramente el sonido
de agua que fluía con un suave murmullo musical.
Giré la cabeza y, sin preámbulos, lo vi. Era el río más
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hermoso que yo hubiera visto jamás. Caudaloso, de
color verde claro, casi transparente, estaba bordeado
de juncos y flores silvestres que se entrelazaban en
un conjunto delicioso. En el medio, peces plateados
y dorados saltaban con piruetas acrobáticas que
formaban perfectas figuras geométricas. Aquí y allá
flotaban algunas pequeñas plantas acuáticas que se
movían al ritmo de la melodía fantástica que dejaba
oír la corriente.
Tampoco tuve tiempo de preguntarme dónde
estaba ni cómo había llegado allí. Y en realidad, en
ese momento no había preguntas ni respuestas que me
importaran demasiado. El lugar era hermosísimo y
todo tenía tanta vida y era tan amistoso, que lo único
que yo quería era disfrutar.
No se me ocurría nada que me interesara más
que quedarme allí contemplando ese río, con
sus aguas, sus peces, sus plantas, sus orillas, su
música y todas las sorpresas que todavía pudiera
depararme.
Pero me equivocaba.
De pronto, como en un gesto automático, miré el
reloj. De inmediato un solo pensamiento se instaló
en mi cabeza. Un solo pensamiento unido a una
incontenible emoción.
Y en unos pocos segundos, tan misteriosamente
como había llegado allí, volví a la biblioteca y, con
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el globo terráqueo en la mano, me encaminé al aula
a pasos agigantados. Apenas llegué sonó el timbre.
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RECREOS DE TERROR
Ariela Kreimer
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Lola estaba preocupada por Facundo. Andaba raro.
Durante los recreos se había quedado en su banco
mirando hacia la puerta del aula. O en la puerta,
mirando más allá. Tenía la vista como perdida y sus
ojos habían cobrado un brillo extraño.
Lola no sabía qué era eso que miraba Facundo.
Eso, lo que fuera, lo tenía hipnotizado.
Al salir al último recreo lo descubrió. La entrada
del laboratorio estaba entreabierta y la silueta
destartalada de un esqueleto parecía reírse desde el
fondo.
Un soplo frío le recorrió el cuerpo. No era
el viento que venía del patio. Era un escalofrío,
repentino y verdadero, como lo describían en los
cuentos de terror.
Con un movimiento rápido, ahuyentó la sensación
de espanto y volvió hacia donde estaba Facundo. Lola
sabía que en muchos colegios había esqueletos de
plástico que servían para que los chicos más grandes
aprendieran los nombres de los huesos.
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–¡No me digas que te da miedo ese esqueleto! –le
dijo. Pero cuando iba a explicarle que se compraban
en los negocios que venden cosas para médicos, él
la interrumpió.
–Ese... es un esqueleto de verdad. Yo sé por qué
te lo digo.
Y casi susurrando, le contó la historia que la noche
anterior le había contado su mamá:
«Mi mamá vino a este mismo colegio. Ya entonces
era un colegio viejo. En esa época, el secretario era
un muchacho joven que se llamaba Camilo Paz.
Cumplía muy bien con sus obligaciones y no se
quejaba demasiado de las bromas pesadas que le
hacían los alumnos. Sonreía poco, pero cuando lo
hacía, dejaba ver un reluciente diente de oro. A los
chicos les llamaba la atención ese detalle, porque por
cómo se vestía y cómo se comportaba, parecía venir
de una familia humilde. En cada recreo, Paz calentaba
agua en la desvencijada hornalla de la cocina del
colegio, se preparaba un té, guardaba cuidadosamente
el saquito para volver a usarlo, y se dirigía al desván
del tercer piso, a curiosear entre los antiguos archivos
y el material en desuso.
»Una vez, mi mamá y otras compañeras quisieron
averiguar qué investigaba Paz durante los recreos.
Lo siguieron hasta el desván y esperaron atrás de la
puerta para luego sorprenderlo en plena tarea.
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»Pasados unos pocos segundos, escucharon voces.
Después, oyeron el ruido de cosas que se rompían y
algunos quejidos ahogados. Una de las voces subió
de tono hasta convertirse en un grito que les resultó
familiar. Paz había estado discutiendo con el profesor
Sammaritano.»
Lola lo interrumpió:
–¿El profesor Sammaritano? ¿El director?
Facundo dijo que sí con un gesto. Todos sabían
que el profesor Sammaritano era el director del
colegio, aunque en los años que llevaban allí sólo lo
habían visto en contadas ocasiones.
Facundo retomó la historia.
«Mi mamá y sus amigas no habían podido seguir
la conversación. Sólo retuvieron palabras sueltas:
archivo, muerte, esqueleto, oro. Las chicas mantenían
el aliento y tiritaban de miedo, hasta que un sonido
agudo les quebró la respiración. Era el timbre, que
les recordaba el final del recreo y les daba una buena
excusa para volver al aula corriendo.
»Nunca volvieron a ver a Camilo Paz. Ni ellas, ni
ningún otro ser viviente.
»Una semana más tarde, apareció el esqueleto en
el laboratorio y, a los pocos días, empezó a correr el
rumor de que pertenecía a Paz. Incluso, algunos afir–
maban que durante los recreos el esqueleto se retiraba
al viejo desván para seguir investigando y tomar su té.
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»Al terminar ese año, mis abuelos se mudaron y
cambiaron de colegio a mi mamá. Ella nunca se pre–
ocupó por averiguar qué fue de la vida de Camilo Paz.»
A Lola la historia la dejó inquieta. Mucho más que
otras similares que había leído. Tal vez porque hablaba
de su colegio, de su director y de aquel esqueleto que,
minutos antes, había tenido frente a sus ojos.
Al día siguiente, al salir al último recreo, Facundo
y Lola se quedaron helados. El esqueleto no estaba.
Dos horas antes lo habían visto, entre los chicos de
sexto «A» y la maestra de Ciencias. Pero, en ese
momento, la puerta entreabierta dejaba al descubierto
el laboratorio vacío.
–Vamos a ver qué pasó –dijo Lola.
Justo en el momento en que se disponían a entrar
al laboratorio, los sorprendió un portazo seco. Era el
profesor Sammaritano que salía.
Lola dejó escapar un grito. Facundo se puso pálido.
–¡Niños, al patio! ¡Ya saben que los alumnos
de cursos inferiores tienen prohibido el ingreso al
laboratorio! ¡Vamos! ¡Afuera! –dijo el director.
No gritaba. Pero su voz sonaba extrañamente
ensordecedora. Los veinte años que habían pasado
desde la desaparición de Paz habían convertido al
profesor Sammaritano en un anciano encorvado,
casi retorcido. Con el traje negro y desaliñado
parecía el enterrador de un cementerio.
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Lola tomó de la mano a Facundo y lo llevó de
una corrida hasta el patio. Allí, recuperada del susto,
comenzó a balbucear una catarata de palabras que
cobraban sentido poco a poco.
–Tenemos que ir al desván... Tenemos que
averiguar qué pasó con el esqueleto... Tenemos que
sacarnos la duda... El pobre Camilo Paz... –y cuando
Lola terminó de decir esto, sin darle a Facundo
tiempo para reflexionar, ya lo estaba arrastrando
escaleras arriba.
Estaba asustada. Le gustaban las historias de
terror, pero una cosa era leerlas y otra, muy diferente,
vivirlas.
Subieron hasta el tercer piso. La calefacción
no llegaba hasta allí y el aire frío les lastimaba la
garganta como un vidrio roto. Los pálidos reflejos
del sol apenas iluminaban el pasillo.
Alcanzaron la puerta del desván, tomados de la
mano y con el corazón galopando. El silencio era
total y hería casi tanto como el frío.
Facundo juntó coraje y giró el picaporte. La
puerta se abrió.
El desván tenía una pequeña ventana que, cubierta
por el polvo, dejaba al pequeño recinto en tinieblas.
Algo se movió en el fondo.
Los chicos apretaron sus manos con fuerza y
trataron de aquietar la respiración. Un gato, negro
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y gordo, trepó por las estanterías colmadas de papeles
y se escabulló por la abertura. Las estantes, repletos
de viejos registros, se tambalearon. Varias carpetas
cayeron.
Lola retrocedió. Tropezó con un armario y desató
la catástrofe. El mueble entero se fue al piso y
arrastró en su caída a pájaros embalsamados, sapos
en formol y pupitres de más de un siglo. Pero, lo peor
de todo, fue que dejó al descubierto el destartalado
esqueleto.
–¿Tiene el diente de oro? –preguntó a los gritos,
mientras se agachaba y cubría su cabeza
–No, no veo ningún diente de oro –alcanzó a
responder Facundo–, pero no sé, le faltan varios...
Y cuando iba a terminar de pronunciar la
frase, una mano huesuda lo tomó por el hombro y lo
interrumpió.
–Ustedes... de nuevo –la voz de Sammaritano
era un susurro aterrador–. ¿Qué hacen aquí?
–Nada, nada, Director. Equivocamos el camino a
la biblioteca –mintió Facundo.
–La biblioteca, joven, está en el segundo piso. Aquí
no hay ningún lugar al que puedan ingresar los niños.
Y los niños –carraspeó– deberían saberlo.
Su voz ya había pasado de susurro malicioso
a amenaza malvada. Facundo y Lola lo notaron.
Temblaban de miedo.
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–Vayan para la dirección y espérenme allí. Vamos
a tener que hablar largo y tendido nosotros tres. Me
van a tener que explicar qué hacían acá.
Lola lloraba.
–Nada, profesor. Ya le dijimos que...
–¡No me mientan, chiquillos! –estalló.
Y Lola no pudo más. Entre sollozos le contó aquel
rumor que seguía vivo luego de más de veinte años.
Le contó de Paz, del esqueleto, del diente de oro.
–¡Pero qué absurda historia, señorita! Los chicos
de sexto «A» rompieron un caño y el laboratorio se
inundó. Subí aquí al esqueleto hasta que se arregle
el desastre. Pero... –ahora Sammaritano se dirigía a
Facundo– ¿Así que su madre le contó esa historia
descabellada? ¡Espérenme en la dirección!
Casi no pudieron escuchar el final de ese grito,
que era una advertencia y la promesa de un castigo.
El timbre del final del recreo los sorprendió como si
los despertara de una pesadilla.
No dudaron ni un instante. Salieron disparados
escaleras abajo tropezando con los chicos que se
amontonaban escaleras arriba. Llegaron hasta la
planta baja y le contaron a la secretaria lo que había
sucedido. Ella los hizo pasar a la dirección y les ofreció
un té. Minutos más tarde volvió de la cocina y les
comentó, como al pasar, que sólo había un saquito
usado.
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La oficina del director era un lugar húmedo y
oscuro. No tenía ventanas y sólo la iluminaba una
frágil bombita eléctrica. Allí, durante más de una
hora, los chicos imaginaron los peores escarmientos.
Querían que Sammaritano bajara y enfrentarlo de una
vez. Pero pasaba el tiempo y el director no aparecía.
Lola ya estaba muy nerviosa y no paraba de llorar
amargamente.
–Voy a decirle que se apure –ofreció la
secretaria mientras sus tacos comenzaban a retumbar
en la escalera. Pero Lola no paraba de llorar.
Para tratar de calmarla, a Facundo se le ocurrió
jugar al veo–veo.
El juego no resultó muy divertido. Solo veían cosas
negras, o grises, o tan gastadas que no tenían color.
Hasta que Lola dijo ver algo dorado.
Extrañados, se pararon para ver qué era.
Era un diente de oro.
El diente de Camilo Paz, que, junto a sus docu–
mentos y una vieja taza, descansaba en una pequeña
caja de madera, apenas abierta, sobre el escritorio del
profesor Sammaritano.
Lola gritó, sonó el timbre, se escuchó la sirena
de un patrullero. Todo junto. Facundo la tomó de la
mano, los chicos comenzaron a salir hacia la calle, los
policías entraron al colegio. Todo junto.
Y Sammaritano que no bajaba. Sammaritano que,
sospechaban, ya no iba a bajar.
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LA VISITA
Mario Méndez
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imagen
tipo con guitarra
en BYN
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A .la maestra de mi hijo Federico se le había
ocurrido que las mamás y los papás visitáramos el
grado para contarles a los chicos algo que pudiera
resultar interesante: de qué trabajábamos, o a qué
deporte jugábamos, o si teníamos algún pasatiempo,
alguna anécdota escolar, lo que quisiéramos. La
mayoría de los padres, yo entre ellos, optamos por ir
a contar nuestro trabajo. Era lo más fácil y también,
creíamos, lo que más interés despertaría en los
chicos.
Yo soy músico, así que agarré mi guitarra y mi
charango (toco los dos instrumentos), un atril, un
pie y algunas partituras, los subí al auto y me fui al
colegio. La maestra me había citado para las nueve,
pero se me hizo tarde y llegué como a las nueve
y media. Ella, la seño, no dijo nada, pero yo noté
algunas caras largas apenas entré. No de mi hijo,
claro, que más que nada tenía vergüenza, pero sí de
varios chicos, en especial los del fondo del salón.
Saqué los instrumentos de sus fundas, armé el
atril y el pie y me senté frente a la clase. Pensaba
contarles cómo era mi trabajo, cuándo y cuánto
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ensayaba, cómo eran las grabaciones, esas cosas, y
esperaba que al poco rato de estar hablando alguno
me interrumpiera para pedirme que tocara un poco,
que es lo que hago mejor. Sin duda prefería tocar a
hablar.
La señorita me presentó muy amablemente y
empecé a dar mi charlita. Los de adelante más o
menos me escuchaban, pero los murmullos, desde
el medio hacia atrás, pronto se transformaron
en un desagradable ruido, tanto que la maestra,
disculpándose por la interrupción, frenó mi charla y
se puso a retar a los chicos. Les dijo dos o tres cosas
más o menos esperables («aprovechen la visita»,
«esto es una falta de respeto», «es una vergüenza»,
y otras cosas por el estilo) y después preguntó por
qué se portaban mal, qué era lo que les pasaba. Yo
estoy más que seguro de que no tenía ninguna gana de
escuchar una respuesta: la pregunta era simplemente
una parte más del reto. Pero uno de los chicos se
animó a contestar.
–Seño, nos vamos a perder el recreo.
Era eso. Ahí caí en la cuenta de por qué mi llegada
tarde había producido tanto ruido. Los chicos se
daban cuenta de que se acercaba la hora de salir al
patio y cuando sonara el timbre tendrían que seguir
en la clase, escuchándome. La seño les prometió que
recuperarían el recreo después de mi visita y aunque
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los chicos no se conformaron del todo (es sabido que
no es lo mismo estar solos en el patio que compartir
el verdadero recreo con toda la escuela), al menos
parecieron más tranquilos. Y yo, entonces, aproveché
para contarles algo que no tenía pensado contar, pero
que venía muy a cuento. Algo que tenía que ver con
la escuela, con el recreo y con la música.
–Cuando yo iba a la primaria, más o menos a la
edad de ustedes, también me parecía que el recreo era
sagrado –empecé a decirles, y los chicos se fueron
callando–. Yo no podía evitar que a medida que se
acercaba la hora del timbre se me aceleraran los
latidos, y empezaba a hablar. Si era época de figuritas,
empezaba a concertar cambios, o partidos al chupi
o la arrimadita, en los últimos minutos de la clase.
Si era época de bolita convocaba a mis compañeros
a que nos encontráramos bajo el gomero del patio,
donde había un pedazo de tierra especial para jugar
al opi. Y si teníamos pelota (cosa rara, porque casi
nunca nos dejaban jugar) empezaba a armar los
equipos por lo menos diez minutos antes del timbre.
Yo era un fanático del recreo, y eso jugaba en mi
contra, porque la señorita, que era una santa, pobre,
estaba harta de mis interrupciones. Y me amenazaba
con quitarme el recreo, claro. Pero por suerte no
cumplía nunca, se ve que le daba lástima y a último
momento me hacía prometer que me portaría mejor
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y me dejaba salir. Hasta que un buen día se cansó
de verdad. Estaba explicando algo medio difícil de
matemática cuando la interrumpí por tercera vez en
menos de cinco minutos y la seño explotó. Me gritó
lo que yo ya sabía (que la tenía cansada) y me dijo
que no iba a tener recreos en todo lo que quedaba
de la semana. Y que esta vez iba muy en serio. A mí
casi se me caen las lágrimas. Se notaba en la mirada
furiosa de la maestra que decía la verdad, y lo peor
era que tenía toda la razón del mundo. Pero por más
razón que tuviera, el castigo era terrible. A mí me
había salido una de las figuritas difíciles y pensaba
pasarme la semana negociando para lograr el mejor
cambio posible.
Cuando sonó el timbre y todos salieron atrope–
llándose hacia el patio, la señorita me agarró de la
mano y me sacó al patio con ella. Me paró al lado del
gomero, me dijo que la esperara ahí y se fue a buscar
su taza de café. Al rato volvió, se paró a mi lado sin
hablarme y así se quedó, quieta y callada, con cara
de enojo, tomando su café y controlando el recreo.
Se llamaba Ethel, era una maestra linda y joven,
mucho más joven de lo que yo soy ahora, pero a mí,
en tercer grado, la señorita me parecía casi una vieja.
Estaba ahí, poniéndole caras de lástima y juntando
coraje para pedirle perdón y rogarle que me levantara
la penitencia, cuando se acercó Roberto, el profe de
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Música. Era un profesor nuevo, también joven, y las
chicas decían que quería ser novio de la seño, pero yo
no me fijaba en esas cosas. Roberto se acercó sonriendo,
saludó a Ethel, me miró levantando las cejas y preguntó
«¿Y este?». Sonreía, y la verdad que era tan simpático
que no me molestó que me dijera «este», en vez de
decir mi nombre. «Está en penitencia», dijo la señorita,
todavía con el ceño fruncido. «No para de hablar, y
cuando se acerca el recreo, me vuelve loca.» El profe
se rió. «¿Puede venir conmigo un ratito?», le preguntó,
«de paso que trabaje». La señorita Ethel no pareció
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muy convencida, pero Roberto le sonrió y ella aflojó.
«Vamos», me dijo Roberto, y me llevó a la sala de
música.
El profesor tenía que ordenar muy bien la sala
porque esa misma mañana vendrían los padres de otro
grado, a escuchar a sus hijos. Así que me puso a guardar
instrumentos, a acomodar las sillas, los atriles, los pies.
Y mientras tanto, mientras yo juntaba, se puso a afinar
una guitarra. La afinó en un par de minutos y luego
tocó algunas notas, suavemente, punteando apenas
las cuerdas. Yo me lo quedé mirando boquiabierto.
Roberto se dio cuenta, por supuesto. «¿Te gusta la
guitarra?», me preguntó. Yo no sabía que me gustaba,
así que no le dije nada, apenas me encogí de hombros.
Pero al otro recreo aproveché la penitencia para irme
a la sala, a escucharlo tocar. Y así fue durante toda la
semana. Al mes ya había convencido a mi papá de que
me comprara una guitarra y estaba yendo a estudiar.
Y aunque los recreos me siguieron gustando, por
supuesto, creo que de ahí en adelante fui un poco
menos molesto.
Terminé mi historia y miré a la sala. Los
compañeros de Federico me habían escuchado con
atención y una nena me pidió que les tocara algo. Le
advertí que estaba por sonar el timbre, pero para mi
sorpresa, y mi alegría, uno de los de atrás me dijo que
no importaba, que después salían.
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UN PLAN MAESTRO
Graciela Repún
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dibujo con maestra enojada
52
S
– i no levanto las notas, no me dejan salir por un
mes –dije el lunes en el recreo.
Juana celebraba su cumpleaños esa tarde. Todo
el grado estaba invitado.
Además, el martes, pensábamos ir al cine.
Pero la maestra tomaba los miércoles... ¡Ya no
me quedaba tiempo para estudiar!
–La seño toma a primera hora, ¿no? –preguntó
de pronto Carla, que estaba pensando lo mismo que
yo. Tenía cara de espanto.
–Sí –le contesté con un hilito de voz.
Sabíamos que la seño era buena. Pero recién se
le notaba después de dos horas de clase.
Siempre llegaba al colegio con un malhumor
espantoso. En esos momentos, era mejor no ponerse
en su camino.
–¡Tengo un plan maestro! –dijo Pablo–. O
mejor dicho, un Plan Maestra: ¡Sigámosla!
Lo miré con cara de bobalicona.
Siempre lo miro así. Pablo me gusta.
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Pero esta vez, Carla, Juana, Ángeles y Ale
también lo miraron con la misma cara. Nadie había
entendido qué quería hacer.
–Averigüemos si la seño sale enojada de su casa,
o si se va poniendo de mal humor durante el camino.
¡Y hagamos que el miércoles llegue al colegio feliz,
así pone mejores notas!
Era una idea simple, pero GENIAL.
Ese lunes, mientras mis amigos armaban el
seguimiento, yo trataba de aprovechar los recreos
para estudiar.
–«En los ríos del Litoral se pesca el patí»... «La
llanura es un terreno plano cubierto de pasto»...
«Las mesetas son secas, hay poca lluvia» –leía yo
en voz alta, intentando que se me fijara algo de lo
que repetía. Pero el griterío de los chicos jugando a
la mancha venenosa no me dejaba concentrar.
Juana y Carla vivían cerca de la casa de la seño.
Más de una vez se la habían encontrado en el colectivo.
No les resultó difícil seguirla.
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EL RECREO DEL SOMBRERO
Emilio Saad
59
dibujo en color del
pibe corrindo al sombrero
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A lo mejor la culpa la tuvo el viento. O quién
sabe. Hay que reconocer que a ese sombrero Lalo no
lo conocía mucho. En realidad le tenía idea: era un
regalo de la tía Paca. Y lo había mantenido encerrado
durante meses en un cajón de la cómoda. Sin embargo,
viendo bien, el sombrero, aunque algo anticuado, era
lindo. Un sombrero blanco, de estilo marinero, con
las alas redondas y alzadas alrededor de la copa. El
asunto es que ese día se lo puso. Y no puede negarse
que en la calle había viento. Lalo sintió el aleteo del
sombrero al salir rumbo al la escuela. Previsoramente
se puso una mano en al cabeza para sostenerlo. Pero,
sorprendido, el chico advirtió que las alas parecían
vibrar como un motor bajo su mano. Porque también
hay que reconocer que el viento de la calle no era muy
fuerte. Ni comparación con ese otro que se desató
cuando Lalo ya estaba en la escuela. Detrás de las
ventanas del aula, Lalo y sus compañeros veían volar
papeles por el patio. Y no hablemos de las hojas del
árbol del fondo que rodaban desde la parte de tierra
hasta el sector embaldosado. El espectáculo que
producía el viento era digno de ver. Pero lo mejor
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era sentirlo en la cara. Por eso, cuando sonó el timbre
del recreo, los chicos se precipitaron al patio. Si
corrían en la dirección del viento, parecían sentirse
más livianos. Y si se ponían de frente a él, tenían la
sensación de estar desafiando una tempestad. Eso
sintió Lalo, de cara al viento y abriendo los brazos.
Hasta el momento en que su sombrero, sin mano que
lo sostuviera, emprendió vuelo.
Allí empezó la desesperación de Lalo.
¡Su sombrero de marinero! Corrió tras él dando
manotazos para alcanzarlo. El sombrero pegaba
una voltereta, chocaba contra la pared y seguía
camino. El viento se cobraba una pieza. ¿Pero
era solamente el viento? Cada vez que Lalo estaba
a punto de agarrarlo, el sombrero giraba hacia
arriba o se corría a un costado. Viento o no,
en realidad el sombrero parecía esquivarlo.
Increíble. ¿Podría ser que ese sombrero también
se tomara un recreo después de estar tantos meses
encerrado? En un momento cayó boca abajo sobre
el piso. Lalo se abalanzó sobre él pero el sombrero
se alzó haciendo una graciosa pirueta en el aire.
Y Lalo no pudo evitar el porrazo. Oía a sus
espaldas la risa de sus compañeros. No les hizo
caso. Ahora, para su sorpresa, el sombrero giraba
en la esquina del patio, camino al salón de entrada
de la escuela. Hasta los chicos que se reían miraron
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asombrados. Lalo también giró tras él. Tenía la
impresión de estar corriendo detrás de un perro
que se hubiera soltado de la correa con que su amo
lo retenía.
En el salón no podía decirse que hubiera
viento. Y sin embargo el sombrero volaba dando
giros sobre sí mismo. Lalo y sus compañeros
lo miraban atónitos. De golpe el sombrero cayó
sobre la cabeza de un busto de Cervantes. Todos se
detuvieron impresionados. ¡Cervantes con sombrero
de marinero! Lalo grito “¡Es mío!” y se lanzó sobre
la cabeza del prohombre.
–¿Qué estás haciendo, criatura? –exclamó la
secretaria de la escuela, que en ese momento entraba
al salón.
–Cervantes tiene mi sombrero –dijo Lalo.
Pero, la verdad, ya no era así. Con Cervantes
instalado a la entrada de la escuela, el sombrero había
encontrado la salida. Y hacia ella voló mientras Lalo
lo seguía, la secretaria se horrorizaba y los chicos
corrían tras él.
Luego, afuera, ocurrió lo inusitado: el sombrero
dobló tranquilamente hacia la izquierda.
–Qué horror –dijo la secretaria.
–Está loco –dijo Lalo.
–No lo frena ni Cervantes –dijo uno de los
chicos.
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Sin embargo el sombrero se dejó caer en el
borde una ventana. Lalo lanzó su mano velozmente.
Pero el sombrero se corrió a un costado. Y cuando
Lalo lanzó su otra mano, el sombrero dio una voltereta
en el aire y escapó por la vereda. Más que un perro,
por lo caprichoso, ese sombrero parecía un gato.
Lalo se detuvo impresionado. Tuvo la desagradable
sensación de haber llevado, esa mañana, un gato
sobre su cabeza. Pero volvió a correr porque, en ese
momento, lo único que quería era que el sombrero
no se saliera con la suya.
Casi estuvo a punto de lograrlo, mientras
oía los gritos de sus compañeros detrás de sí y las
exclamaciones de la secretaria llamándolos a todos
para que volvieran a la escuela. Y si casi lo logró
fue porque el sombrero tropezó con el poste de un
semáforo y cayó en la vereda, a un paso de Lalo. Sin
embargo, girando sobre sí, hizo una vistosa curva
ascendente y aterrizó en la cabeza de un joven que
estaba apoyado en la pared de la escuela. Era un joven
muy moderno con la cabeza impregnada de una laca
brillante. Tal vez por eso no sintió el aterrizaje del
sombrero.
–¡Dame mi sombrero! –gritó Lalo.
–¿Qué sombrero? –preguntó el joven mientras
miraba su reloj. Hacía diez minutos que estaba
esperando a su novia.
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–¡Ese! –gritó Lalo señalándole la cabeza.
El joven alzó la mano y lo sintió. “No...”,
murmuró horrorizado. Con terrorífico suspenso –no
fuera cosa de despeinarse y que su novia lo viera así–
se lo sacó de la cabeza. Luego lo lanzó indignado
hacia el otro lado de la pared. Y al otro lado de la
pared estaba el fondo de la escuela. Y en el fondo de
la escuela estaba el árbol.
–¡Sombrero de porquería! –dijo el joven.
De modo que el sombrero quedó enganchado
entre las ramas del árbol.
Lalo, naturalmente, corrió de nuevo a la
escuela. Lo seguían la algarabía de sus compañeros
y los sofocos de la secretaria. Todos atravesaron
el patio velozmente y llegaron hasta el árbol. Allí
estaba el sombrero, aprisionado entre las ramas y sin
posibilidades de escapar.
–Está muy alto –dijo Lalo. Y luego, con
desconsuelo: –¿Cómo lo sacamos de ahí?
La secretaria, en medio de sus sofocos, recordó
que había hecho un curso de Emergencias Escolares.
Por lo tanto caminó rápidamente hasta su oficina y
volvió al patio con un enorme paraguas.
–Moveremos las ramas para que caiga
–dijo.
–¡Pero si se suelta volverá a escapar!– dijo uno
de los chicos.
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La secretaria no hizo caso. Y aplicó la “Lección
Cincuenta y Uno” de Emergencias Escolares. Con
el paraguas empezó a sacudir las ramas vigorosamente.
Y entonces ocurrió lo peor. Entre las ramas
estaba el nido de un pájaro. Y con tantos zarandeos
el nido cayó, deshecho, al suelo. Ahora su dueño,
allí presente, piaba desesperado, dando vueltas
entre las ramas, mientras asistía a la destrucción de
su hogar.
–Buena la hicimos –dijo la secretaria–. Tú te
quedaste sin sombrero y aquel se quedó sin casa.
–Haga caer el sombrero –dijeron los chicos,
que ahora estaban indignados con el sombrero por
todo lo que había producido.
La secretaria volvió a mover las ramas y
entonces, trabajosamente, el sombrero se desprendió
de lo alto. Cayó boca arriba, en una horqueta formada
por dos ramas gruesas.
–Ahora está más cerca –dijo Lalo–. Si me trepo
un poco, lo agarro.
–¡Apúrate que puede escaparse! –dijo uno de
los chicos.
Lalo se aferró al tronco del árbol. Era
inevitable: a ese sombrero había que subir a buscarlo
como a los gatos, cuando se les ocurría quedarse en
las alturas. Pero no alcanzó a subir. Súbitamente
el pájaro descubrió la presencia del sombrero. Y
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se metió adentro de él. Puede decirse que cabía
perfectamente.
–Mi sombrero... –dijo Lalo, aturdido. El
pájaro se acomodaba en la copa del sombrero y ya
comenzaba a piar.
–Parece que se convirtió en un nido –dijo la
secretaria.
–Pero no le servirá– dijo Lalo–. Es un sombrero
que vuela... Vuela y se va.
–No –dijo la secretaria–. Ahora es una casa. Y
las casas no vuelan.
El pájaro seguía cantando, aparentemente
cada vez más a gusto, mientras los chicos miraban
azorados. Durante un momento Lalo pareció a punto
de llorar. Luego respiró hondo y dijo:
–Será una linda casa. Era un lindo sombrero.
Pese a todo sabía reconocer verdades. También
él si tenía que elegir entre un sombrero, un gato o un
pájaro, elegiría un pájaro. Igual que ese sombrero,
elegiría un pájaro para llevar encima.
El timbre volvió a sonar señalando, para todos,
el fin del recreo.
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INDICE
Prólogo 7
El primer recreo 9
Laura Ávila
Recreos de terror 33
Ariela Kreimer
La visita 43
Mario Méndez
Un plan maestro 51
Graciela Repún
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Impreso en el mes de Noviembre de 2009,
en la Cooperativa Chilavert Artes Gráficas,
imprenta recuperada y autogestionada por sus trabajadores.
M. Chilavert 1136, Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
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