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TEMA 2. iSABEL IIIIII

El documento habla sobre la Revolución Liberal y la construcción del Estado Liberal en España durante el reinado de Isabel II entre 1833 y 1868. Incluye información sobre el carlismo, la guerra civil y los cambios políticos que llevaron al país de un absolutismo reformista a un liberalismo conservador tras superar la guerra civil entre absolutistas y liberales.

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TEMA 2. iSABEL IIIIII

El documento habla sobre la Revolución Liberal y la construcción del Estado Liberal en España durante el reinado de Isabel II entre 1833 y 1868. Incluye información sobre el carlismo, la guerra civil y los cambios políticos que llevaron al país de un absolutismo reformista a un liberalismo conservador tras superar la guerra civil entre absolutistas y liberales.

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TEMA 6. REVOLUCIÓN LIBERAL EN EL REINADO DE ISABEL II.

CARLISMO Y
GUERRA CIVIL. CONSTRUCCIÓN Y EVOLUCIÓN DEL ESTADO LIBERAL (1833-1868)

1. INTRODUCCIÓN
El reinado de Isabel II (1833-1868) significa, desde el ámbito político, el periodo de construcción
del sistema liberal en España, mediante cambios políticos que permitieron la evolución desde un
absolutismo que ya admitía matices reformistas hasta un Liberalismo muy conservador. Todo ello
tras superar una sangrienta guerra civil (Primera Guerra Carlista), entre absolutistas radicales
(carlistas) y liberales, que concluye con el triunfo del Liberalismo en España, el cual en su aspecto
político defiende los principios recogidos en una Constitución: soberanía nacional, división de
poderes, derechos y libertades individuales, participación de los ciudadanos en la vida política, etc.

En el caso español, la revolución liberal-burguesa presentó lentitud y fragilidad en los cambios,


pues se dieron fuertes resistencias de los grupos privilegiados del Antiguo Régimen, dentro de un
contexto de conflictividad, inestabilidad y retraso general frente a los países de Europa occidental.

Prueba de ello son los antecedentes del periodo, iniciados con la vuelta de Fernando VII en 1814.
Tras la firma del Tratado de Valençay y el término de la Guerra de Independencia, las Cortes y la
regencia del Reino se trasladaron a Madrid y esperaron al rey, quién se había mostrado favorable a
la Constitución. Pero se produce una división interna entre los liberales, que juran la Constitución
de 1812 y los absolutistas, que pretenden la restauración del absolutismo y firman el Manifiesto de
los Persas.

Fernando VII se apoyará en estos últimos y en el sistema de la Restauración europea, defendido


desde el Congreso de Viena. Así, el 4 de mayo de 1814 publicó el Real Decreto que anulaba la
Constitución y todas las leyes de Cádiz, anunciando la vuelta al absolutismo. Así, se abren las tres
etapas del reinado de Fernando VII (1814-1833):

-Sexenio Absolutista (1814-1820):


La postura contrarrevolucionaria de las potencias europeas que habían derrotado a Napoleón,
estimuló la política absolutista de Fernando VII: vuelven el régimen señorial, la Inquisición y los
privilegios estamentales de la nobleza y el clero; desaparecen las libertades individuales y los
derechos de los ciudadanos, etc. Además, Fernando VII desencadenó una feroz persecución contra
los liberales, asesinando a todos los líderes de las Cortes de Cádiz que no pudieron escapar. Todo
ello produjo un aumento del descontento y una serie de pronunciamientos liberales por parte de los
oficiales militares, con sus consiguientes represiones.

Al mismo tiempo, el país estaba sumido en una gran crisis económica propiciada por la devastación
de la guerra y el levantamiento de las colonias americanas, que afectaban al comercio marítimo. En
dichos territorios, la intransigencia de la metrópolis ante cualquier fórmula de autonomía impidió un
arreglo pacífico, por lo que Simón Bolívar y José de San Martín dirigieron la sublevación,
aprovechándose de la falta de recursos de la Corona, y obtuvieron importantes victorias en
Colombia y Chile. El rey respondió formando un ejército, concentrando tropas en Andalucía, las
cuales nunca llegaron a cruzar el Atlántico al sublevarse en 1820.

-Trienio Liberal (1820-1823):


En 1820 el coronel Riego proclamó la Constitución de 1812 en el pueblo de las Cabezas de San
Juan, Sevilla, al frente del regimiento destinado para América. La sublevación se extendió y el rey
aceptó la Constitución en marzo.

Los liberales restauraron la obra de las Cortes de Cádiz: eliminación de la Inquisición y expulsión
de los jesuitas; supresión de señoríos, mayorazgos y gremios; liberalización industrial y comercial;
impusieron el sistema fiscal aprobado en Cádiz, la Milicia Nacional, etc.; y confirmaron las leyes
que garantizaban los derechos y libertades de los ciudadanos. Además, pusieron en marcha medidas
desamortizadoras sobre los bienes eclesiásticos. Fernando VII se opondrá a todas ella, ejerciendo el
derecho a veto (era por dos años) y solicitando la ayuda de la Santa Alianza.

La aplicación de las reformas dividió el bloque liberal en dos: moderados o doceañistas (antiguos
diputados de las Cortes de Cádiz que defendían un liberalismo moderado con un sufragio censitario
y unas Cortes bicamerales) y exaltados (jóvenes seguidores de Riego defensores del sufragio
universal y un Parlamento unicameral).

Al mismo tiempo, los rebeldes americanos prosiguieron su avance hasta liberar, en la batalla de
Ayacucho en 1824, las tierras de Perú. En México, los terratenientes, la burguesía y los altos cargos
eclesiásticos, ante el miedo a una revolución igualitaria, se mantuvieron fieles a la metrópolis. Sin
embargo, las reformas del Trienio Liberal empujaron a un movimiento independentista dirigido por
Agustín de Itúrbide, que en 1822 se proclamó emperador del nuevo Estado de México. Así, se
perdieron los territorios americanos (a excepción de Cuba y Puerto Rico), su inmenso mercado y
todos sus recursos, relegando a España a potencia de segundo orden, cuando Europa iniciaba su
industrialización.

En 1823 la Santa Alianza interviene militarmente en España, con un ejército francés al mando del
duque de Angulema (Cien Mil Hijos de San Luis) y restaura a Fernando VII como rey absoluto.

-Década Ominosa (1823-33):


Recuperado el poder, el rey desencadenó una durísima represión (Riego, el Empecinado o Mariana
Pineda), derogó los actos del gobierno liberal, abolió la Constitución y clausuró universidades y
centros de enseñanza, cerrándose a las novedades del pensamiento y la ciencia.

A raíz de la pérdida colonial, se agravó la situación económica y los gobiernos fueron incapaces de
remediar los problemas estructurales de España: agricultura estancada, desbarajuste administrativo,
pésima red de caminos y carreteras, bandolerismo, etc. Así, hubo un acercamiento al sector
moderado de la burguesía, que produjo la desconfianza y el descontento de los más absolutistas, que
se agruparon en torno al hermano del rey, Carlos María Isidro.

Comienza así un conflicto dinástico, sucesorio e ideológico, pues Fernando VII sólo tuvo dos hijas:
Isabel (1830) y Luisa Fernanda (1832), por lo que su hermano era el heredero. Para que pudiese
reinar la primera de sus hijas, era necesario modificar la Ley Sálica, que impedía gobernar a las
mujeres, por lo que dicta la Pragmática Sanción en 1830, derogando dicha ley.

Los partidarios de Carlos María Isidro la rechazaron (carlistas), mientras Fernando VII cerró un
acuerdo con los sectores moderados del liberalismo, dispuestos a apoyar los derechos de su hija
Isabel II sobre la base de una monarquía constitucional. A la muerte del rey en 1833, M.ª Cristina,
como reina regente, subscribió dicho acuerdo, a la vez que se producía un levantamiento carlista,
abriendo un conflicto que derivó en una Guerra Civil que enfrentaría a una España dividida entre
absolutistas defensores del Antiguo Régimen y liberales.

2. CARLISMO Y GUERRA CIVIL


A la muerte de Fernando VII en 1833, Isabel contaba con tres años, por lo que Mª Cristina pasó a
ser regente y a buscar el apoyo de los liberales, ante el alzamiento carlista en algunas poblaciones
del norte de España. Con ello se iniciaba la Primera Guerra Carlista (1833-1839/40), guerra civil de
fuerte contenido ideológico, político y de clase.
La causa del conflicto se centró en la cuestión sobre la legitimidad de Isabel para ocupar el trono,
pues el infante Carlos María Isidro se consideraba legítimo sucesor por la Ley Sálica, impuesta con
Felipe V. Su derogación por Fernando VII con la Pragmática Sanción (1830), se basó en que Carlos
IV ya había sentado un precedente al tratar de revocar el Auto Acordado de 1713. Así su hija Isabel
sería la heredera y se volvía al sistema castellano de sucesión establecido por Alfonso X el Sabio en
las Partidas. Al mismo tiempo se abrió una grave crisis entre los partidarios de ambos, formándose
dos bandos:

-La causa isabelina o cristina: compuesta por defensores del Liberalismo extraídos de la burguesía,
clases medias y populares urbanas (funcionariado, intelectuales, obreros industriales), ejército, parte
de la alta nobleza y jerarquía de la Iglesia. Deseaban el fin del absolutismo y del Antiguo Régimen
y vieron en la defensa de esta causa la oportunidad para ganar la influencia y emprender las
reformas para transformar el país. En el ámbito internacional contaron con el apoyo de Francia,
Portugal y Gran Bretaña.

-La causa carlista: compuesta por defensores del Absolutismo, Catolicismo y Foralismo
(mantenimiento de los fueros y privilegios tradicionales, “Dios, Patria y Fueros”). La integraban
buena parte del clero y la nobleza (sobre todo la pequeña nobleza agraria), los sectores
ultraconservadores de la administración y el ejército y una parte importante del campesinado y los
sectores artesanales, que temían que las novedades terminaran por hundir sus talleres. Los apoyos
más sólidos se encontraban en el País Vasco, Navarra, Aragón, norte de Cataluña y el Maestrazgo
(Castellón, Teruel). En el ámbito internacional contaron con el apoyo de Rusia, Prusia, Austria y
los Estados Pontificios.

El desarrollo del conflicto armado se puede diferenciar en dos fases:

-Primera fase (1833-1835): protagonizada por el levantamiento, expansión y victorias del carlismo.
Las primeras acciones se realizaron en Navarra y el País Vasco, por partidas guerrilleras carlistas
(comandadas por el Cura Merino entre otros), hasta su reorganización en un verdadero ejército por
el general Zumalacárregui. Gracias a ello, don Carlos formó una corte y gobierno en Navarra, pero
la muerte de Zumalacárregui durante el fracaso de asedio a Bilbao (en manos liberales), cambió el
signo de la guerra. Los carlistas aún lograron éxitos con los generales Gómez (expedición de
Galicia a Cádiz) o Cabrera (partidas en Aragón, Castellón y Cataluña).

-Segunda fase (1836-1840): protagonizada por victorias isabelinas, como la del general Espartero
en Luchana (Bilbao, 1836). Éste también hace fracasar la Expedición Real de don Carlos, desde
Navarra hacia Cataluña y Madrid, donde lo frena y obliga a replegarse al norte. Desde entonces, la
guerra fue favorable para los isabelinos debido a la mayor organización, al apoyo internacional y a
la división dentro de los carlistas ante la incapacidad de ganar la guerra: de un lado los
intransigentes que quieren continuar la guerra, y del otro los transaccionistas, que prefieren un
acuerdo con los liberales.

En base a los últimos, el general Maroto firmó un acuerdo con Espartero (Abrazo o Acuerdo de
Vergara, 1839), por el cual se mantendrían los fueros vascos y se reconocían los grados y pagas de
los militares carlistas, integrándolos en el ejército; mientras que éstos se comprometían a reconocer
a Isabel II como reina.

La guerra se prolongó en el Maestrazgo, donde Cabrera resistió hasta su derrota y huída a Francia
en 1840. Así, el Antiguo Régimen desapareció, a pesar de que el carlismo provocaría dos guerras
más en 1846 y 1872, con menor importancia y que acabarían fracasando. Al final del conflicto, se
habían perdido numerosas vidas, mientras que el régimen liberal no supo solucionar el descontento
del campesinado carlista, ni ganarse la confianza del clero y nobleza rurales. Por tanto, el carlismo
permanecerá hasta el XX como movimiento protesta contra las corrientes dominantes de la época:
liberalismo y capitalismo, industrialización y urbanismo, socialismo y laicismo, etc.

3. EL PROCESO DE REVOLUCIÓN LIBERAL (1833-43)


Mientras se desarrolla la minoría de edad de Isabel II, el gobierno recae en dos regencias sucesivas,
habiendo una etapa de transición, con reformas conservadoras, y otra donde el Liberalismo triunfa
plenamente, pues los progresistas acceden al poder.

-Regencia de Mª Cristina (1833-1840):


Ante el estallido de la Primera Guerra Carlista, Mª Cristina se apoyó en los liberales (concedió una
amnistía para el regreso de los exiliados), aunque ella y sus allegados no compartían sus ideas. Así,
se dan los primeros gobiernos de transición (1833-1836):

·Gobierno de Francisco Cea Bermúdez (1833-1834). Absolutista moderado e inmovilista, con el que
el ministro de Fomento, Javier de Burgos, reforma la organización territorial del Estado, dividiendo
a España en provincias y regiones.

·Gobierno de Francisco Martínez de la Rosa (1834-1835). Moderado, que realiza unas primeras
reformas muy limitadas. Destaca la promulgación del Estatuto Real de 1834 (carta otorgada) con las
siguientes características: no hay división de poderes efectivas; soberanía compartida de las Cortes
con el Rey; Cortes sin poder legislativo y bicamerales con Cámara de Próceres por designación real
y Cámara de Procuradores por sufragio masculino indirecto y muy censitario (el censo electoral se
reducía al 0,15% de la población); el Rey tiene amplios poderes; sólo se reconocen algunos
derechos y libertades; etc. El Estatuto sólo agradó a los moderados, no satisfizo ni a los liberales
progresistas ni a los más conservadores.

·Otros gobiernos moderados (1835) continuaron esta línea, apoyados por la regente y los antiguos
privilegiados. Pero mientras, la guerra seguía, el endeudamiento del Estado aumentaba y una
epidemia de cólera se expandió. En este contexto, en 1835 estalla una oleada de levantamientos
liberales progresistas con la Milicia nacional y Juntas Revolucionarias en las ciudades; por lo que la
regente llama a los progresistas a formar un nuevo gobierno.

·Gobierno de Mendizábal (1835-1836). Progresista, que reforma el Estatuto e inicia el


desmantelamiento del Antiguo Régimen y la implantación de un verdadero régimen liberal. Éste
lleva a cabo en 1836 una reforma agraria donde disuelve el régimen señorial, suprime los
mayorazgos y realiza la desamortización eclesiástica (disolución órdenes religiosas, incautación de
sus bienes y venta en subasta pública). Con ello pretendía financiar la guerra y crear una clase social
adepta al Estado. Estas reformas se oponen la nobleza e Iglesia, que presionan a la regente, quien
destituye a Mendizábal y nombra un gobierno moderado. Debido a ello estallan nuevas revueltas y
anticlericalismo, que acaban con el pronunciamiento de los sargentos de La Granja, que restablece
la Constitución de 1812 y devuelve el poder a los progresistas.

·Gobierno de Calatrava (1836-1837). Progresista que repone a Mendizábal como ministro de


Hacienda y elabora la Constitución de 1837, que intentó ser de consenso, haciendo muchas
concesiones a los moderados, e influyendo fuertemente en las posteriores. Sus principios
progresistas son la soberanía nacional (aunque el rey conserva un gran poder.), división de poderes
(monarquía moderada), amplios derechos individuales y aconfesionalidad del Estado y libertad de
cultos. Los principios moderados son las Cortes bicamerales (Congreso electivo y Senado
designado por el Rey), amplios poderes de la Corona y mantenimiento económico del culto
católico. Otras aspectos son la recuperación de la Milicia Nacional, la Ley de Imprenta y la Ley
Electoral, con un sufragio censitario, muy restringido pero más amplio: 2,4%.
·Gobiernos moderados (1837-1840). Aprobada la constitución (vigente hasta 1845), se celebran
nuevas elecciones y triunfan los moderados liderados por el general Narváez. En este periodo se
frenan las medidas progresistas con mayores restricciones electorales, límites a la libertad de
imprenta, devolución de bienes expropiados al clero, reimplantación del diezmo, nombramiento de
los alcaldes por la Corona (Ley de Ayuntamientos), etc. Por todo ello y por el fin de la guerra, se
acentúa la lucha entre moderados y progresistas, representada por Mª Cristina y el general Espartero
(líder del Partido Progresista y héroe de guerra), quien la obliga a dimitir, y obtiene la regencia.

-Regencia de Espartero (1840-1843):


Se caracteriza por medidas progresistas, como las disposiciones a favor de la Milicia Nacional o las
elecciones municipales, así como por un gran autoritarismo, pues gobierna sin colaborar con las
Cortes, sólo con los ayacuchos.

Asimismo, dirigió una política económica librecambista, por la que en 1842 firmó un tratado de
libre comercio con Inglaterra que perjudicaba a la industria textil catalana. Esto desencadenó un
levantamiento de la burguesía y obreros de Barcelona, que se reprimió bombardeando la ciudad.
Este hecho y su gobierno cada vez más autoritario conllevó una pérdida de popularidad y del apoyo
político de los progresistas.

En 1843, Narváez (general conservador, líder del Partido Moderado) junto con O´Donnell, llevó a
cabo un pronunciamiento militar, propiciando la dimisión y exilio de Espartero, por lo que se
adelanta la mayoría de edad de Isabel a los 13 años y comienza su reinado.

4. EL REINADO DE ISABEL II (1843-1868)


La evolución política del régimen liberal isabelino estuvo marcada por tres grandes pilares: Corona,
partidos políticos y ejército. Durante el reinado de Isabel II se reafirman los principios del
liberalismo doctrinario y las bases del capitalismo. La reina se apoyó siempre en el Partido
Moderado, quedando siempre excluídos del poder los progresistas, que deben recurrir a
pronunciamientos militares y apenas tendrán acceso al poder. En esta etapa distinguimos tres fases:

-La Década Moderada (1844-1854):


Se produce la victoria del Partido Moderado al frente de Narváez, cuya política se caracteriza por la
represión contra los progresistas e implantación de un Estado centralista, uniforme y jerarquizado
con principios moderados (orden y autoridad). Fue apoyado por la Corona, burguesía terrateniente y
gran parte del ejército; acometiendo reformas en la línea del liberalismo doctrinario o conservador,
para asegurar el dominio político y económico de las clases más pudientes (alta burguesía):

·Disolución de la Milicia Nacional y creación de la Guardia Civil (1844) para controlar el orden
público; Ley de Administración local de 1845, por la que alcaldes y concejales de pueblos grandes y
capitales son nombrados por la Corona y de los pequeños lo hará el gobernador; y mantenimiento
de los fueros en País Vasco y Navarra.

·Reforma de la Hacienda (favorece los impuestos directos basados en la propiedad); sistema


nacional de instrucción pública que regulaba niveles y planes de estudio; unificación de códigos de
leyes (nuevo Código Penal); asunción del Sistema Métrico Decimal; reforma de la Administración
pública (reorganización, ley de funcionarios, fortalecimiento de los gobernadores civiles y
militares); limitación de ciertos derechos (imprenta), etc.

·Concordato con el Vaticano (1851) que afirma la confesionalidad del Estado, paraliza la
desamortización eclesiástica, devuelve lo no vendido, aumenta la financiación a la Iglesia católica,
restablece órdenes, permite la intervención de la Iglesia en la enseñanza, renueva el derecho de
presentación de obispos por parte del gobierno (patronato regio) y promueve que la jerarquía
eclesiástica apoye a Isabel II. Así se evidencia la convicción de los moderados de que el orden
público pasa por un pacto con la religión, elemento primordial para mantener la tranquilidad.

·Constitución de 1845, que suprime los aspectos avanzados de la de 1837 y asume los principios del
liberalismo doctrinario: soberanía compartida entre el Rey y las Cortes, amplios poderes de la
Corona (disuelve las Cortes, legisla, nombra ministros y senadores que tienen cargos vitalicios),
confesionalidad católica del Estado, ayuntamientos y diputaciones bajo la administración central,
sufragio censitario muy restringido (1%), etc.

Al mismo tiempo, se desarrolla la Segunda Guerra Carlista (1846-1849), mientras que una parte de
los progresistas se escinden en el Partido Demócrata (1849), por el impacto de las Revoluciones de
1848. Posteriormente, de una escisión de éste aparecerán los republicanos.

A su vez, se gesta una crisis del gobierno moderado debido a la inestabilidad política, los gobiernos
autoritarios y excluyentes sin contar con las Cortes, los fraudes electorales y la corrupción, etc. Así,
tras el intento de de Bravo Murillo en 1852 de una reforma autoritaria de la Constitución, se da una
división interna y parte de los moderados descontentos se alían con los progresistas y demócratas.
Éstos llevan a cabo un pronunciamiento en 1854, encabezado por el general O’Donnell en Vicálvaro
(Vicalvarada), quien junto a Serrano, lanza el Manifiesto de Manzanares, donde defienden la
necesidad de reformas progresistas. Ante los levantamientos de numerosas ciudades en apoyo del
manifiesto, la reina entrega el poder a Espartero.

-El bienio progresista (1854-1856):


Se caracteriza por el intento de reinstaurar los principios liberales progresistas y la aparición de los
primeros diputados demócratas. Las diferentes medidas que se dan son:

·Constitución de 1856 (non nata, aprobada pero no promulgada), que recogía soberanía nacional,
limitaciones al poder real, carácter electivo de las Cortes, alcaldes elegidos por los vecinos, regreso
de la Milicia Nacional, una declaración de derechos más exhaustiva y tolerancia religiosa.

·Plan de reformas para impulsar el desarrollo económico y la industrialización (reforestación,


telégrafo, carreteras, minería, sociedades por acciones, creación del Banco de España); leyes
aperturistas para atraer capitales extranjeros (Ley General de Ferrocarriles), etc.

·Ley Desamortizadora de Madoz de 1855 de bienes del Estado, Iglesia, órdenes militares,
instituciones benéficas y, especialmente, municipios.

Pero en 1856 la inestabilidad política y la crisis económica aumentan, dando una gran conflictividad
social: huelgas obreras en Cataluña, levantamiento campesino en Castilla, etc.; mientras que la
burguesía exige el mantenimiento del orden. Finalmente, el régimen progresista desemboca en un
nuevo golpe de Estado protagonizado por O’Donnell, que disuelve las Cortes, provoca la dimisión
de Espartero, asume el poder con el respaldo de su nuevo partido (la Unión Liberal, mezcla de
moderados y progresistas) y reprime duramente las protestas.

-La descomposición del sistema isabelino (1856-1868):


Se vuelve al conservadurismo con gobiernos cada vez más autoritarios, fruto de la alternancia de
moderados y unionistas:

·Gobierno moderado de Narváez (1856-1858): restauración de la Constitución de 1845, disolución


de la Milicia Nacional, abolición de la autonomía municipal, paralización de la desamortización
eclesiástica, etc.
·Gobiernos Unionistas (1858-1863): mezcla entre los principios moderados y progresistas, con
cierta estabilidad política y crecimiento económico interior. Para obtener prestigio se realiza una
política exterior imperialista (Conchinchina, Indochina, México), donde destaca la guerra con
Marruecos, que termina con victoria española y escasos logros territoriales, convirtiendo al general
Prim (líder progresista) en un héroe.

·Gobiernos Moderados (1864-1868): regreso de Narváez y su política autoritaria corrupta y de


rechazo a la democratización, apoyada por la Corona, que conlleva el desprestigio de ésta. A ello se
unen los problemas económicos (crisis de subsistencias, industrial y financiera), desembocando en
la debilidad de los gobiernos, la falta de apoyo social y constantes protestas e intentos de
pronunciamientos como el del cuartel de San Gil de Madrid, en 1866. Tras la represión de los
sublevados en San Gil, O`Donnell fue apartado del gobierno, pero se sigue en la misma línea, que
aviva el malestar general de la clase política.

5. CONCLUSIÓN
A raíz del deterioro político y económico, la oposición (progresistas, demócratas, republicanos) se
unen en el Pacto de Ostende (Bélgica, 1867), por el cual se acuerda que Isabel II se exilie y se
convoquen elecciones a Cortes constituyentes por sufragio universal, para decidir la forma de
gobierno y elaborar una nueva constitución.

Al mismo tiempo, Isabel II se queda sin sus dos principales valedores, pues en 1867 y 1868 mueren
O´Donnell y Narváez. Será la oportunidad para el pronunciamiento militar de los opositores al
régimen isabelino, a los que se une el nuevo líder de la Unión liberal, el general Serrano. Así, en
1868 comienza la Revolución de la Gloriosa con el pronunciamiento del brigadier Topete y el apoyo
de Prim y Serrano. Secundada en otros lugares con la formación de Juntas revolucionarias, tras la
victoria de Alcolea se produce la caída de la monarquía de Isabel II y su exilio a Francia (Napoleón
III); quedando el país bajo el gobierno provisional de Prim y Serrano.

En conclusión, el periodo 1833-1868 asiste a la implantación del Liberalismo en un complicado


proceso histórico que se inició con una cruenta guerra civil, continuó salpicado de enfrentamientos
políticos y levantamientos populares y culminó con una revolución que derrocó a la propia reina
Isabel II. Así, la consolidación del Estado Liberal se realiza superando muchos dificultades de las
fuerzas tradicionales, siendo una constante el protagonismo militar en los cambios de gobierno,
además de contar su intervención como líderes de los partidos políticos.

Asimismo, el sistema político liberal adolecía de falta de experiencia y cultura democrática,


observados en: la debilidad del poder civil, la inestabilidad política, el poder excesivo de la Corona
y las oligarquías, el fraude electoral y la exclusión de amplias capas sociales del juego político, que
hallaban en las revueltas populares la única vía para el cambio y acceso al poder.

Finalmente, la Revolución de la Gloriosa de 1868 traería por primera vez a España la esperanza de
un régimen democrático, aunque éste no llegaría a consolidarse hasta bien entrado el siglo XX.

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