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Fernando Beltrán: Poesía y Movida Española

POEMASy 4 RELATOS- semblanzas sobre poetas. Asturiano (Oviedo, 1956), Beltrán es un poeta que en el año 1982 obtendría el accésit del Premio Adonáis, que lo alivió en el oscuro momento vital que atravesaba. "Aquelarre", considerado por la crítica un referente generacional del movimiento social que se llamó La Movida, se ha convertido en un texto de culto.
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Fernando Beltrán: Poesía y Movida Española

POEMASy 4 RELATOS- semblanzas sobre poetas. Asturiano (Oviedo, 1956), Beltrán es un poeta que en el año 1982 obtendría el accésit del Premio Adonáis, que lo alivió en el oscuro momento vital que atravesaba. "Aquelarre", considerado por la crítica un referente generacional del movimiento social que se llamó La Movida, se ha convertido en un texto de culto.
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FERNANDO BELTRÁN (Oviedo, 1956) es un poeta y nombrador español que en el año 1982 obtendría

el accésit del Premio Adonáis, que alivió al poeta en el oscuro momento vital que atravesaba, con Aque-
larre en Madrid, considerado por la crítica un referente generacional del movimiento social que se llamó
La Movida, se ha convertido en un texto de culto, que ha sido reeditado en numerosas ocasiones : con
una fuerte personalidad expresiva, este poemario plasma un viaje fundacional del autor por una ciudad
de Madrid nocturna y etílica, deambulando por sus calles como un baudelairiano "flâneur" a lo largo de
once días con sus noches en Noviembre de 1980. Autor de una veintena de poemarios, traducido parcial-
mente a más de quince idiomas y de forma completa al francés (en L’Homme de la Rue), fundó en el año
2004 el Aula de las Metáforas: una biblioteca y centro de actividades en torno a la poesía ubicado en
Grado (Asturias); es Premio de la Crítica de Asturias en el 2000 por El hombre de la calle y en el 2006 por
El corazón no muere, Premio Francisco de Quevedo del Ayuntamiento de Madrid (2021) por La curación
del mundo, también ha recibido el Premio Asturias de las Letras, la Medalla de Oro del Foro Europeo y el
Premio Gràffica. Sus artículos y ensayos en prosa han sido editados por la Universidad de Valladolid bajo
el título La vida en ello.
Hijo del abogado y ajedrecista Fernando Beltrán Rojo, cursó sus primeras estudios en Oviedo, hasta que
la familia se trasladó en 1964 a Madrid, donde el joven completará su formación y descubrirá su voca-
ción de poeta y escritor, frecuentará varias tertulias literarias, y ejercerá distintos trabajos hasta crear el
estudio creativo-publicitario El Nombre de las Cosas a principios de los ‘80. Licenciado en Filología Hispá-
nica por la universidad Complutense de Madrid, imparte clases en el Instituto Europeo de Diseño y en la
Escuela Superior de Arquitectura, y es fundador y director de la revista de poesía El hombre de la calle.
Además de sus más de 20 poemarios, entre sus otras actividades literario-artísticas cabe mencionar: sus
colaboraciones con el artista plástico mallorquín Pep Carrió; su labor como traductor de Robert L. Ste-
venson y del poeta y músico canadiense Leonard Cohen, en cuyos poemas está basado el espectáculo
Travelling Blind (Viajar a Ciegas) interpretado por el propio Fernando Beltrán y el poeta escocés Niall
Binns, y estrenado entre otras salas en el Centro Niemeyer de Avilés y en la Universidad de Oviedo con la
presencia del propio Cohen: por otro lado, su poemario en prosa Mujeres Encontradas (2008), que inclu-
ye fotografías de esculturas abstractas “encontradas” por el autor a lo largo de años en la calle y el cam-
po, ha sido objeto de una exposición itinerante que empezó en el Palacio de Exposiciones del Principado
en Oviedo para a continuación visitar varias ciudades españolas, además de haber sido dramatizado y
llevado a escena en el Centro Conde Duque de Madrid y en varias capitales andaluzas.
En cuanto a la biblioteca y centro de actividades en torno a la poesía Aula de las Metáforas, su biblioteca
de poesía, a la que el autor donó 3.500 ejemplares, acumula ya un fondo bibliográfico que supera los
8.000 volúmenes, y sigue creciendo, gracias a la colaboración de diversas instituciones oficiales, asocia-
ciones culturales y donaciones de particulares: destinada a la promoción e incentivación de la poesía a
través de la lectura y realización de otras actividades como exposiciones, talleres, recitales, y concebida
como un foco de agitación lírica y actividad permanente en torno a la poesía, es -según palabras de su
fundador- “un espacio para la lectura y la imaginación”, por el que han pasado poetas, músicos y artistas
como Antonio Gamoneda, Adonis, Ángel González, Joan Margarit, Roger Wolfe, Xuan Bello, Olvido García
Valdés, Jordi Doce, José María Parreño, Amancio Prada, Luis Eduardo Aute y Víctor Manuel, entre otros.
Fernando Beltrán definió su poética en los manifiestos Perdimos la palabra (El País, 1987) y Hacia una
poesía entrometida (Leer, 1989). Con anterioridad el poeta fue uno de los fundadores del Sensismo, mo-
vimiento que supuso una ruptura generacional con las corrientes estéticas culturalistas de los años se-
tenta: el Sensismo nació en octubre de 1980, en las tertulias mantenidas en el Café Gijón por Fernando
Beltrán, Miguel Galanes y Vicente Presa, reivindicando una "poesía más realista, rechazando la poética
veneciana" y la recuperación de "la proximidad de la calle", según aseguran críticos como Ángel Luis Prie-
to de Paula. Pero, dentro de la poesía española contemporánea, no se le puede adscribir a una corriente

1
poética concreta, aunque al mismo tiempo es incluído por la crítica en varias de ellas. Aparente contra-
dicción que se explica por la versatilidad y riqueza de matices de su poesía, que presenta características
diferentes tales como:
a) Poesía desde la experiencia. Como el autor ha señalado en varias ocasiones, y aparece refleja-
do en la introducción escrita por Leopoldo Sánchez Torre para la selección antológica de su obra-
lírica El hombre de la calle: la poesía de Fernando Beltrán tiene como punto de partida la expe-
riencia del autor. Pero la experiencia personal nunca es el fin del poema, sino tan sólo su princi -
pio, su punto de partida. El poeta redacta su poesía sin saber su dirección final y dejando que sea
el propio poema y su capacidad de vuelo e imaginación quien transforme en texto poético autóno-
mo la experiencia vital del poeta: "Hay que salir siempre del poema de una forma distinta a
como entraste en él".
b) Poesía social o entrometida. En la poesía de Fernando Beltrán, el hombre no es sólo un indivi-
duo sino que también forma parte de la colectividad. Es lo que el poeta denomina el hombre de la
calle, con todas las circunstancia que le rodean, en especial en su entorno urbano. El sujeto poéti-
co sabe que tiene la partida perdida pero no se rinde y se descara y se rebela en un continuo in-
conformismo y rebeldía que denuncia y habla con libertad.
c) Elementos de Irracionalismo y Surrealismo. El poeta parte de una experiencia cotidiana, pero
dicha experiencia puede no sólo transcender la experiencia diaria sino transcender la racionalidad
del ser humano y su entorno, a través tanto de imágenes surrealistas como de elementos que lo
acercan en ocasiones al irracionalismo. El yo poético se ve transformado por planos del subcons-
ciente que emergen tanto en su conciencia individual como en la colectiva.
d) El amor y el romanticismo. El amor surge como una gran constante en la poesía del poeta,
como el verdadero entrometimiento ese “viaje sin fin / a la mujer poema” en cada mujer, inalcan-
zable en su sentido más becqueriano y “amada invencible” como reza uno de sus títulos; de suer-
te que el poeta transforma la residencia en la tierra en residencia en el cuerpo, verdadero cataliza -
dor de su espíritu vital y, a la postre -como señala el autor-, el amor es muy a menudo el punto de
llegada de sus poemas.
POEMAS (p.,2). 4 RELATOS- semblanzas sobre los poetas Zorrilla, Bécquer, Amado Nervo y Ro-
bert Graves (pp.14-19).

POEMAS

De Ojos de agua (1985):

ESCALERA DE CARACOL

Memoria es un chaval con los daños crecidos. de este niño que clama mi hombre enfermo.
La edad que en sus recreos repasa las cartillas
jugando al escondite con el balón del tiempo. Los pies al borde justo de una inmensa caída.
En picado las alas de la mirada adulta.
La ciudad de mis charcos y ese parque
donde perezas tristes de los cisnes Ha cesado la lluvia, resucitan
convencieron al agua la añoranza los mismos caracoles su otra altura.

2
De cuando en cuando el sol y las carreras De caracol col las escaleras,
de todos los muchachos al encuentro bajar mudos, temblando, más despacio,
de la magia escondida en los ladrillos. dejar la húmeda estela en los peldaños,
A coro la canción y sobre el duende provocar el aplauso de los ojos
sigilo de las tapias los deslices y abrigando en la concha la otra historia
de aquella procesión de calendarios asomarnos desnudos al vacío.
prendidos al barómetro del día.
No hay vértigo más hondo
Regresar es a veces, sin quererlo que un mirar sin ser vistos
una siesta de luz y un doble filo. por el niño que fuimos.

De El gallo de Bagdad (1991; “Poemas de Urgencia” denominó el poeta al conjunto de los que
escribió durante los primeros días de la Guerra del Golfo según nos iban llegando las noticias):

Gallos de pelea

Cantó el gallo en mitad del bombardeo.


Como si no supiera
que esta guerra es un duelo entre dos dioses
y quisiera ser él el tercero en discordia.
como si el muy necio intentara
convencerse a sí mismo
que a las cinco amanece
a pesar de los hombres

***

Arenga

La guerra es dolorosa, absurda, necesaria.


sin ella
no se puede vencer,
ni cambiar cada mes
el abrigo de piel de la moqueta,
ni comprar un cartón de tabaco escocés
una copa de llantas parabólicas
o un condón de ternura ultrasensible
para hacer el amor y no la guerra

***

Con los cinco sentidos

Nuestros aviones llegan


sin ser vistos ni oídos.
Nuestros aviones bombardean
3
sin ser vistos ni oídos.
Nuestros aviones matan
sin ser vistos ni oídos.
Sólo el tacto, el olfato y el sabor
de la sangre en la boca,
les hace sentir frío y les devuelve
el sentido común a los que han muerto

***

Dios

No nos gusta matar.


somos
por fortuna creyentes,
por fortuna ricos
de corazón, por fortuna dueños
de artefactos que matan por fortuna
solamente al pobre
hombre que cruce infortunado
un lugar estratégico

***

Teletipo

El enemigo
será borrado en breve
de la paz de la tierra

***

Panorama

Desde el aire
la tierra es un inmenso óleo,
el radar una lupa
y un pincel la metralla
restaurando la tela.
Desde el aire
los hombres sólo son
naturalezas muertas

***

Epitafio

Murió como una bala.


Aún no sabe que ha muerto

4
***

Enviado especial

Devolvemos la conexión a Madrid


para unos minutos publicitarios

De Amor ciego (1995):

AMAR ES ESTE ERROR IMPRESCINDIBLE


Para poder vivir, de los cuerdos de atar,
esta forma distinta de sentir la lluvia de este poema
cuando llega el otoño empapado de sed,
y la saliva muerto de amor y frío,
de los parques más tristes acantilado al borde de un abismo
que antes nunca escribí
habla sólo al oído de los locos,

De Bar adentro (1997):

Mujer de un solo ojo


Pero amar es así,
Partida por la cal nunca te muevas.
de una columna en medio
Eres mi otra mitad,
sólo alcanzo contigo el compromiso mi amor entero.
de una pasión a medias.

De El corazón no muere (2006):

LA PALA DEL AMOR

hambrienta e insaciable, con forma de cuchara,


la pala del amor es una pala extraña, empuja eleva quiebra
engarza engulle, saca abismos de un charco
y una barca en sus redes cuando la hundes en tierra
y aparece de pronto el pez que cava
el túnel del amor, su pala extraña, rompe cruje
derriba inflama enferma, brota luz de los hoyos
más profundos y amontona después el sol hallado
entre las piernas frías de una alcoba
que no sabrá al final si ha sido
5
habitada o prestada, hueso o huésped,
si hace sombra al partir o quedó el fuego
doblado como ropa sobre el cuerpo desnudo de la silla
donde la intimidad calló mientras la piel hablaba,
la pala del amor es una pala extraña,
todos creen que la estrenan, pero nadie la observa
terca antigua manchada escrita de antemano,
gastada por los puños y oxidada en el hierro
que le da de comer a esa criatura
hambrienta e insaciable, con forma de cuchara
y en los bordes el filo más cortante, la pala del amor
su saliva de sangre, el hermoso albañil que antes
de empuñarla otra vez
escupió en cada una de sus llagas,
y esta vez sin saberlo eran mis manos.

POETAS

la voz de los poetas,


los que aventan palabras, los que tejen la piedra,
los que avivan los grifos del incendio y se lavan los dedos
en sus llamas, los que esculpen espejos como arterias
y echan bloques de azúcar en los campos
minados de la sangre, los que sueñan cuchillos
y atraviesan el filo de las noches con un pie en la galerna
y otro quieto en el barro de las casas natales, los que llaman
a voces a los botes, y callan luego al borde del rescate
y ven cómo se aleja la ambulancia pasándoles de largo,
los que atizan cometas y hurgan calmas y confunden
las rayas de las cebras con las rayas de un tigre,
el galope de un pez con la espina de un árbol,
los que tienen siempre hambre, los saciados, los que buscan
sinfín y al fin se abocan como dientes de leche
condenados al tránsito, los que arrojan palomas
a sus pozos y arena a sus paraguas, los que no
se conforman, los pálidos la miel los contagiados,
los que nunca se rinden, los que mueren de pie bajos los cascos
de los mismos caballos que inventaron, los que arengan
al poema con sus tropas, verso a verso ordenadas
y engañan luego al mundo con sus banderas blancas,
los que imantan las brújulas de lluvia

6
y al calor de la herrumbre, una noche de perros
inventaron el don de las metáforas.

En revista digital Zenda, 3/10/2017:

ESQUELETO DE BALLENA
(Ante la foto en el periódico de un esqueleto de ballena varado en una playa)

Qué somos las ballenas si no es esto


que ahora ves, ahora soy, esto que queda
cuando no queda más, cuando ya has muerto
varado en cualquier playa, elegida, obligada,
qué más da, palabras muertas
cuando todo ya igual, todo acabado,
esqueleto gigante al que se comen
diminutas hormigas, esas cosas absurdas
que no pueden contarse y acabaron
con las grandes pasiones, casas, vidas, edades,
con la invencible proa de los días
que creímos eternos, y era el mar, no era el barco
el que llegaba a puerto, y aquí sigue
mojándome los huesos con sus olas
mientras muero de frío y me convierto en otra,
ballena sí, pero ballena no, criatura extraña
con enormes colmillos de elefante
sin más marfil que el blanco sucio y feo
de mi esqueleto entero tras la enorme
mirada de un buitre innecesario
haciendo más brutal mi calavera,
esta playa heladora a la que sólo alcanza
el canto de mí misma
quejándome por tanto inmenso océano
descansando ahora en paz tan esquelética

De La curación del Mundo (2020):

He hecho algo contra el miedo. He permanecido sentado durante toda la noche,


y he escrito.
RAINER MARIA RILKE:

7
LA BOCA DEL LEÓN

¿Os acordáis de niños, en el circo?

El domador metía de pronto la cabeza


en la boca del león, y todos tras un ohhh
de espanto, apretando los puños,
conteníamos un siglo la respiración.

Se detenía el mundo.

Era sólo un segundo, pero duraba un miedo


que aún me despierta a veces en mitad
de la herida,

ahora mismo otra vez, y es la peor


cuando veo y recuerdo mi cabeza al fondo
de un pasillo muy largo, quieta, rota, dolida,

aterrada también,
suspendida en las fauces
siempre abiertas
de la vida o la muerte.
Un momento crucial.
Los niños, pulmones del mundo,
conteníamos la respiración.
Doblaba el domador un poco sus rodillas
inclinándose atrás, dejaba caer el látigo
como si fuera necesario
añadirle a la escena
todavía más riesgo,
quizás mi rendición,
y entraba con mi cabeza a solas,
selva, pánico, hijas, mi cuerpo por delante,
apretando los dientes, en aquella
boca oscura de un túnel
donde me juego todo

8
LA HOJARASCA

Echó el cerrojo a la puerta,

compró una hamaca

y se encerró en el cuarto…

Lo escribió Gabriel García Márquez.

Compraré esa hamaca, quiero, necesito


volver a ser la hamaca que conmigo siempre.

Un puñado de oxígeno. Un bocado.


Confundir pan de hoy con pan de ayer.

El mar que hace millones de años


hubo aquí.

La extraña caracola.

Los libros que uno a uno aquellos días


se caían a plomo de la cama.

El mirlo en el alféizar con su pico naranja.


Apetece la luz, pero me aterra abril.

Los poetas intuyen, bajan la voz, se alejan,


conocen las batallas perdidas de antemano.

Se esconden en sus casas, en sus tomos


se esconden, en sus islas pobladas.

Cernuda, Lorca, Claudio, Wisława, Sylvia Plath…

En mí vive un grito, por la noche aletea,

buscando con sus garras

un objeto de amor.

Buscaré una vez más a la muchacha


que Degas amaba.

Ahora en cambio la peste.

Se morían a miles en Sevilla


y fue cuando Murillo acuñó sus azules
9
inmortales.

Ahora lo entiendo todo.

Esos azules.

Me gustaría verlos, una vez más


acercarme a verlos.

Querría también ir al Finis Terrae


a contarle mi oeste.

Y poco más…

La ciclista que acaba de sonreírme


mientras sube la cuesta

LA PACIENCIA DEL COBRE

Apenas somos manos La piedra de la edad


y este silencio roto
asustadas, por tu azul.

abruptas intemperies Cuerpos tendidos


construyendo bancales para aplazar el vértigo.
para aplazar el vértigo,
Me muero de belleza
construyendo caricias. y sangre roja

atada al corazón

PUENTE DE LOS FRANCESES

Llegué a Madrid en tren.

Un tren de niño es mucho más que un tren.

Se queda ahí. Viaja contigo ahí.

Vive contigo.

Callado a veces. Convertido a veces


en mucho más que un tren.

10
Palabras empujadas.
Raíles sin fin.

Cruzó el tren sobre el puente de ladrillo,


dobló esa curva con la ciudad ya a mano,
y descargó mil metros más allá
sus zapatos de barro, mis paraguas.

Un tesoro de charcos para una vida entera.


Abismos y bellezas en la ciudad sin lluvia.

Poemas empujados. Verde sin fin.

Los charcos de un niño


son mucho más que un charco.
Duran siempre. Jamás secan del todo.
Y si secan, esperan.

Regresarán un día al mismo sitio.

Fiebre empujada.

Ser sin ser


tantos años después.

Mi enfermedad da al mismo puente,


humilde e invencible. Sigue ahí.

Los trenes son distintos, pero el puente resiste.

Metáfora empujada. Atropellada luz.


Oigo cruzar los trenes cada poco.

De hecho, soy su curva.

De hecho, me abrazan con su curva


cada vez que pasan. De hecho, siento
que me traen el abrazo de todo lo que amé,

fui amado. Amé.

Habitación 172. Paciente 160.

Llegan por la ventana, a mi izquierda,


y me rodean veloces, para escucharlos luego
a mi derecha, más allá de la puerta,
atravesar el puente. La curación del mundo.
11
Vuelvo al norte. Nunca salí de allí.

Tampoco saldré ya de esta ciudad sin lluvia.

Humilde e invencible.

Puente hacia ti

a Elena

En rev. digital Zenda, 13 de Agosto -convaleciente de COVID- de 2020:

TACTO

Nada será como antes. extraviadas quizás, preguntándote ellas


cómo se llega a ti.
La lluvia no será ya la lluvia,
será celebración aún más gozosa, Las cosas no serán la misma cosa,
mirarla cómo cae traerá un milagro
de panes y de peces llegando desde el cielo las ventanas no serán ya ventanas,
para empujar la flor, el trigo, la memoria las miradas no serán ya miradas,
de tu cuerpo y mi cuerpo aquella tarde no habrá aplausos sin lágrimas,
que fue todas las tardes. sin que llore mi cuerpo al recordar
con hiel agradecida
Las cosas no serán la misma cosa, las manos que sin manos
se acercaban a mí,
los árboles
no serán ya los árboles, no amaré ya jamás como allí amé
serán ahora un abrazo sin contagio el tacto de aquel guante
al alcance de todos, descubrirás con sus dedos de plástico.
que su sombra es más sombra
y que incluso en invierno, ya sin hojas, Las cosas no serán la misma cosa,
se ven todos los nidos con mayor nitidez,
la piel no será ya la piel
vacíos, pero intactos.
ni el desnudo el desnudo,
Las cosas no serán la misma cosa, habrá que comenzar a desvestirse
por el botón del miedo, y al besarnos
las calles no serán ya las calles, quitada ya la ropa, aprender que había huecos
la alegre muchedumbre antes nunca tocados,
será ahora una extraña pasajera
con su maleta a solas por fin seremos tacto,
aconteciendo a un mundo que no entiende,
recorrerá mi lengua muy despacio
y aunque la gente ocupe las aceras
la isla abandonada, estallaremos juntos
tú las verás vacías, y hacia dentro

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como si fuera un último deseo el amor no será ya el amor,
cumplido cuando ya no crees en nada. será solo el amar, y será más.

Las cosas no serán la misma cosa, No habrá piel, habrá carne

nosotros no seremos los mismos, jugándose la vida


los otros no serán ya los otros,

De data y/o ubicación inespecificadas:

SI ME QUITO EL AMOR

desnuda me quedas, descolgaré por fin tu gabardina


no me pidas que rompa tus vestidos porque llegó el invierno,
ahora que llega el frío, la estación de las perchas,
búscame en los armarios de tus calles, los ojales más grandes del deseo
en la ciudad sin ley de mis tres manos, y mi cuerpo abrochándose a la espera
la derecha, la izquierda, la que te ama, de esos días de lluvia que te pones
los pasillos y el tren donde una noche bajo la falda a veces.

TREINTA Y SÉIS

treinta y siete, que va del hueso al fruto,


treinta y ocho veces del corazón a la lengua,
te morderé los pies de la raíz al vértigo terrible
hasta saber la horma de tu boca, y el granizo
la fiebre que ayer tuve de tu piel y mis nubes
y la distancia arruinando las uvas
de puntillas de este mes de septiembre.

RELATOS

LA TUMBA SOLA -Zorrilla- (rev. digital Zenda, 4/5/2018))

Ocurrió el año pasado, bicentenario del poeta romántico José Zorrilla. Abandoné mi estudio a
media mañana, empujado por tercas telarañas del alma, y me puse como tantas otras veces a ca-
13
minar con intención terapéutica, sin rumbo fijo, Madrid adelante. Me encantan estos días entrese -
mana, cada uno a lo suyo y yo en lo de todos, en todas partes.
Y así, fisga fisgando, deambulé manzanas enteras hasta dar allá abajo con el río Manzanares y su
menguado caudal señalándome un camino a seguir, como cualquier otro. La solanera ejercía con
mayor rigor del que podía pedírsele a febrero, o era mi grueso abrigo matinal el que no había pre-
visto dónde andarían mis pasos a la hora del ángelus, cuando pasé frente a la Sacramental de San
Justo y me dio por cruzar el río y aceptar cuesta arriba su reclamo. O mi estado de ánimo. De
ánimas ya mientras busco el nicho de mis abuelos, cuarta altura, a quienes llevaba siglos sin hon -
rar. Y realmente qué solos se quedan los muertos, si admites encima que no vadeaste el río pen-
sando en ellos. Maldita poesía, siempre quiere los laureles para ella sola.
Había leído días atrás una crónica sobre el multitudinario entierro de Zorrilla en 1893, la mayor
muchedumbre recordada en las calles por donde cruzó el cortejo, y pensé de pronto en acercarme
a celebrarle en su Pabellón de hombres ilustres, vaya nombre…, máxime cuando son varias, Jeró-
nima Llorente, Blanca de los Ríos, las mujeres que lo comparten. Y allí también Zorrilla, sí, aun -
que absolutamente missing, porque Larra, Espronceda y demás copaban el panteón entero, e in-
cluso tras escudriñar arriba abajo el gigantesco patio de Santa Gertrudis, mi querido poeta seguía
brillando por su ausencia.
Y arrojaba ya la toalla, cuando emergió de pronto al fondo la comitiva más espectral de la histo -
ria contemporánea. Un cura con sobrepelliz, sotana a rastras y anacrónico bonete, sujetando una
cruz con una mano y el misal en la otra, y tras él un ataúd a hombros de cuatro uniformados pre-
cediendo el parvo duelo de tres familiares apenas compungidos tras los que cerraban la siniestra
compaña dos cansinos operarios, con pala y pico al hombro. Me eché a un lado para abrirles
paso, y cuando ya me creí a salvo del respeto debido, y juro que en voz muy queda, me atreví a
preguntar por la tumba del poeta Zorrilla a aquellos simpar rezagados. ¡Válgame dios!
Porque fue escucharme y agitar su pereza con desarbolado exceso, palas a un lado, picos al otro,
quitándose la palabra con tal alboroto que la comitiva detuvo su marcha y se sumó para mi estu-
por a la refriega, que si aquí, que si allá…, hasta el cura aportando sapiencia mientras los familia -
res, trágame tierra, asistían al vodevil sin excesiva molestia, tan sólo los funerarios fruncían los
hombros ante aquel inesperado Google Map Popular que echaba cábalas hasta que el más entera-
do impuso autoridad indicándome otra sección del cementerio, otro patio hacia donde acudí lige-
ro para abandonar el bochorno de la escena, no sin antes oír a mis espaldas un último aviso que
me dejó perplejo: “Le advierto que está muy solo…”.
Tampoco fue fácil topar allí con esa tumba arrumbada en un extremo, y que, en efecto, ni una
triste flor, verso, corona, estampita o qué sé yo, alguna memoria que llevarse a la lápida justo el
día anterior a celebrarse el bicentenario natal del romántico por antonomasia que escribió aquello
de “que el poeta, en su misión / sobre la tierra que habita, / es una planta maldita / con frutos de
bendición”.
En fin, que fuera por romanticismo, o por sensibilidad mal entendida, que diría mi madre, o por
simple corporativismo literario, me despeñé cuesta abajo hasta el puesto de flores, y subí de nue-
vo la cuesta para que al menos en su bicentenario estuviera acompañado Zorrilla y abrigada aque-
lla tumba, la más helada de todas. Porque estaba vacía.
Lo supe entonces. Porque, aunque para varias crónicas madrileñas siga enterrado allí, e incluso
algún empleado del propio cementerio le crea muy solo, el cuerpo de Zorrilla fue trasladado a su
ciudad natal, Valladolid, tres años después de morir, como explica una vetusta y desvaída lápida
que pocos se esfuerzan en encontrar, y menos en leer. Extraña tumba, por tanto. Vacía, sola, la-
tente aún ciento veintiún años después, “como una planta maldita / con frutos de bendición…”.

14
LA TUMBA ENCONTRADA -Bécquer- (rev. digital Zenda, 3/7/2018)

Avevamo mangiato a cuerpo de reyes y pura mafia sarda, boccato di cardinale, en la infalible
Tavernetta de nuestro caro Angelo, cuando Miguel Munárriz me preguntó de pronto por la tumba
de Bécquer. Y no es que mi amigo reserve pesquisas de mal fario para los postres, sino que aca -
baba de contarle en modo tiramisú —«tirar de uno hacia arriba», etimológicamente hablando—,
entusiasmado, quiero decir, mis últimas peripecias tras los restos del poeta Zorrilla.
Duda inicial, y convencido luego y sin convicción alguna —con la desmemoria de la edad— ase-
gurándole que aquel romántico carpe diem que definió la poesía como un himno gigante y extra-
ño, reposaba en su natal Sevilla. Así me lo había contado hace años el poeta Rafael Montesinos,
el más apasionado y tenaz becquerianista que, entre otras alquimias o tropelías del parnaso litera -
rio, descubrió que la célebre Rima a Elisa no la escribió Bécquer, sino uno de sus estudiosos pos-
teriores, Iglesias Figueroa, quien poco antes de morir y ante un sinfín de evidencias aportadas por
Rafael, acabó confesándole, benditos sentimentales, que Elisa era su mujer. Y que al compilar de
nuevo las rimas en 1923 decidió añadir cosecha propia, buscándose así un hueco apócrifo en la
eternidad, sin llegar a imaginar que por esas veleidades del destino iba a convertirse en una de las
más contadas y cantadas del autor, y aún sigue citándose como tal en alguna edición de último
cuño.
Desconfiaba tanto de mi aplomo anterior que al llegar a casa consulté sin demora. Y era cierto.
Bécquer está en Sevilla desde 1913, tras yacer décadas enteras enterrado en el madrileño cemen-
terio de San Lorenzo, hacia cuya deriva me precipité ipso facto pensando que quizás la historia de
la tumba vacía de Zorrilla podía repetirse. Pero aquí las cosas tuvieron desde el principio sesgo y
derroteros muy distintos, comenzando por un atribulado taxista confesándome que en treinta años
nadie le había solicitado dicho destino, y que de hecho no sabía muy bien cómo llegar a esa calle
de la verdad que añadí al pedido inicial tras observar su cara de circunstancias.
Y de pronto en otro mundo. O en el otro mundo, claro. Entrar a un país desconocido, enarbolar
un pasillo de cipreses y extraviarme bajo un arco hacia el rastreo tumba a tumba del autor y no
autor a la vez —la calle de la verdad siempre es recóndita— de la famosa Rima: Para que los
leas con tus ojos grises, / para que los cantes con tu clara voz, / para que se llene de emoción tu
pecho / hice mis versos yo…
Por fin un propio al que pedir árnica tras errar un buen rato sin éxito alguno por el averno de las
lápidas. “¿El Bécquer, dice usted?” Frena amable la carretilla, descubre su sombrero de paja con
ademán aristocrático, se mesa el sudor de la frente, mira a un lado, y convencido y sin convicción
alguna —tiene más o menos mi edad— me dice “en aquel patio, al fondo, creo, porque ya no hay
nada…”.
Y hacia la nada me desboco a grandes zancadas, y colapso colosal de nuevo, hasta rendirme y
retroceder molido y rigor mortis hacia el arco de entrada y la oficina cuya puerta encontré abier-
ta, y en su interior… ni un alma. O todas a la vez, y a mi favor, ese inmenso libro de historia de la
Sacramental que reposa abandonado a su suerte en un costado de la mesa, convertido de súbito en
feliz hallazgo. Para hacerte gozar con mi alegría, para que sufras tú con mi dolor, / para que
sientas palpitar mi vida, / hice mis versos yo…

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Y ya no necesito más, vuelvo de nuevo al Hades entonando mi himno más gigante y extraño, Pa-
tio de San Roque, nicho 470, mientras se suman al cortejo mi anterior cicerone con su sombrero
de paja, sus compañeros enterradores y hasta una compungida alma en pena, misal en mano, que
rezaba ensimismada a mi llegada, resucitada ahora de golpe y escuchando todos con suma aten-
ción, Vive Dios, el lugar que por lo visto ignoraban. Y así avanzamos a tumbos, tribales, esper-
pénticos y absolutamente inefables haciendo y deshaciendo cábalas entre la numeración de los
nichos y sus placas desconchadas, hasta acabar dios y ayuda coligiendo, imaginando o inventan-
do, poesía eres tú…, que ese humilde columbario a ras de tierra, con otro nombre grabado en su
lápida, puede ser la estancia donde reposó el cuerpo de quien murió, válgame el arte…, sin ver
publicado un solo libro, que así se forjan a veces las rimas de la vida, escribiéndolas unos, fir-
mándolas otros, o qué más da, si al fin y al cabo la muerte es muerte, la calle de la verdad una
seña improbable, y el propio Bécquer escribió, y esta vez sí que era él, sin inscripción alguna, /
en donde habite el olvido / allí estará mi tumba…

LA TUMBA IMPREVISTA -Amado Nervo- (rev. digital Zenda, 30/1/2019)

Porque había llegado a aquel cementerio buscando tan sólo la lápida del inmortal Bécquer, y tro-
pecé de paso y ya casi al marchar con el nicho de la mortal Cecilia, cuando los enterradores de
San Lorenzo me informaron con orgullo que además del insigne poeta reposa allí mucha gente de
renombre, y me hablan para así constatarlo de Raimundo Fernández Villaverde, sin que exciten
mi curiosidad un ápice, más allá de esa calle madrileña con Corte Inglés incluido y tráfico a cán-
taros; de un tal Mariano Fernández, «es otro de libros…», me dicen, al que hago los honores; del
torero Marcial Lalanda, el del famoso pasodoble, al que pido me conduzcan sin demora y a porta
gayola, totalmente excitado; y Cecilia, claro, «a la que más gente visita».
«¿La cantante?», pregunto inocente, «La del ramito de violetas», insisto, intentando aguzar su
memoria.
«No, no, qué va, la del poeta que moría de amor…, ese, cómo se llamaba…, desde luego la tum -
ba por la que más gente pregunta, sobre todo argentinos, mejicanos…».
«La del poeta que moría de amor…», han dicho, e imaginen mi suerte definitivamente echada,
porque creía un segundo antes que mi excursión concluiría tras el rastreo de Bécquer y la plaza
que como interino ocupó durante años en un hueco a ras de suelo de aquel cementerio, y ahora
caía de nuevo a plomo sobre la tumba de otro reclamo, y con coartada literaria una vez más, o en
ello insistían mis anfitriones, espoleados por mi interés, guiándome hacia un nicho enigmático al
que mi fantasía prestaba alas imaginando la heroína de algún tango famoso, o la musa de algún
músico allende… O Dios sabe. Los cementerios visitados están llenos de grandes resucitados.
Pero nada a la altura de la lapidaria sentencia que estaba a punto de convertir un nombre más de
tan infinita nomenclatura de finados en auténtica piedra preciosa: Cecile Louise Dailliez. ¡Bendi-
ta seas!
Porque el azar acababa de conducirme donde yacían los restos —si las musas tienen restos, que
esa es otra historia—, de la famosa La amada inmóvil que leí febril en mi adolescencia y a la que
cantó y por la que se desgarró tras su muerte, en versos sin consuelo, el poeta mejicano Amado
Nervo, nacido para más coincidencia en 1870, el mismo año en que murió Bécquer, como si el
destino acabara de proporcionarme un relevo inesperado desde la tumba más buscada horas antes,

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a la encontrada ahora, abrupta, eterna, absolutamente desconocida, poesía pura. Y la primera, por
cierto, de mi periplo en donde yacía un cadáver real, de carne y hueso, si las musas tienen huesos.
Las musas muertas, me refiero. Y es literal la cita, porque así la incluyó el propio poeta al subtitu-
lar La amada inmóvil con la leyenda Versos a una muerta, para luego volar a ras de tierra y ca-
lendario:
«EN MEMORIA DE ANA, encontrada en el camino de la vida el 31 de agosto de 1901. Perdida
para siempre el 7 de enero de 1912».
Los datos que leí horas después en casa, desencajado aún, feliz perdido, certificaban el extraordi -
nario hallazgo.
«¿Ana…?», se preguntarán, «¿no era Cecilia?» Y al final como siempre en la vida, ni la una ni la
otra, o ambas al tiempo, mejor dicho, porque Anne Cecile se llamaba precisamente la muchacha
con la que Nervo se tropezó en una calle del barrio latino de París, de la que se enamoró perdida -
mente al instante, y con la que sostuvo allí mismo, y al comienzo de sus requiebros intentando
citarse otro día con ella, la conversación que ya ha pasado a la historia universal del amor:
Le advierto que «no soy mujer de un solo día… Y entonces, de cuánto tiempo es usted», preguntó
altivo y guasón el laureado. «De toda la vida».
Y así fue, ya que la joven francesa y el autor de uno de los versos más repetidos de la historia, «Si
tú me dices ven, lo dejo todo», serían inseparables. E invisibles también, porque el llamado «vate
del amor» llevó al suyo del brazo cada vez que viajaba al extranjero durante su estancia como
canciller en Madrid, pero la tuvo el resto del tiempo escondida, sin apenas salir de casa; «sigilo»,
lo llamaban, ni siquiera supieron de ella sus vecinos de la calle Bailén donde murió al fin para ser
enterrada al otro lado del río Manzanares, y con remordimiento tardío del autor, dando entonces
fe de ella en esa agónica La amada inmóvil que leí muy joven sin que pudiera imaginar jamás que
una amada que creí de carne y humo, como todas las musas, pudiera existir de verdad, incluso
estar enterrada en Madrid, al otro lado del río, allí donde su amor desde su balcón alcanzó aún
para escribirle:
«Todo en ella encantaba, todo en ella atraía, / su mirada, su gesto, su sonrisa, su andar…»
«¡GRATIA PLENA!»

LA TUMBA LEJANA -Robert Graves- (en rev. digital Zenda, 8/3/2019)

Aseguran las crónicas viajeras que la insular Deià es uno de los destinos más bellos e imantados
del planeta, y así será sin duda cuando lo escogen desde hace décadas para construir y emboscar
sus lujosas mansiones las mayores fortunas del mundo. Y entre ellas, y mucho más ostentosa, la
mía, haciendo alarde incluso de sus caudales obtenidos en impura, terca y febril especulación
lírica, al tener entre mis posesiones y mitos más íntimos un lugar en el mundo al que peregrinar
en horas bajas, para renovar votos y fe en el vértigo elegido hace ya siglos como oficio. O, dicho
de otra forma, para empujarme de nuevo hacia el abismo.
“La diosa ha estado en verdad haciéndome sufrir mucho recientemente, sólo he conseguido apla-
carla escribiendo otros dos poemas creados con sangre arterial…”, escribe Robert Graves a su
amigo el poeta James Reeves en carta confesional, trampa para perder, tortura o autoflagelación
que sólo puede disculparse tras escuchar a su hijo William, recordándome años después de morir
el autor, y a dos pasos de su tumba, que para su padre, “la magia de un poema, la cualidad que le
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otorga la capacidad de hacer que se le ericen los cabellos en la nuca al lector, depende de lo cer -
cano que esté la descripción de la presencia de la Diosa Blanca, la diosa cruel, cuya principal
atribución es atraer al rey sagrado para luego sacrificarlo por un hermano gemelo”.
Rituales tan sólo del diván artístico, pensarán algunos, palabras sin más fuego real que la hoguera
y metáforas esculpidas por quien tantas y documentadas prosas escribió y vendió a millones —él
mismo las llamaba sus «libros comerciales», con Yo, Claudio a la cabeza—, pero sólo como poe-
ta y sólo poeta y nada más que poeta se reconoció siempre. Y qué es la poesía y su ambición des-
medida, sino una creencia ciega y desgarrada en la musa, y ponga aquí cada cual el género que
corresponda a sus latidos, de la que él tanto sabía y a todas horas servía, con nombres inventados,
todos de carne y hueso, todas de carne y humo. La diosa blanca convertida a la postre y pasados
ya mil siglos en un texto de culto y recaída permanente para quienes siguen empeñados en inmo-
larse de cuando en cuando en el pan nuestro de cada herida.
Poesía empeñada en poner las tripas sobre la mesa y el corazón a merced, siempre a merced, in-
cluso tras haber sucumbido y sobrevivido gravemente ileso a las peores y más despiadadas pes -
adillas.
Amélie fue una musa tan violenta que estoy en deuda con ella… por todo lo que despertó en mí.
Llegué a Deià esta vez en autobús de línea, apenas despuntado el día, para aprender muy pronto
que todo viaje a un lugar es siempre el primer viaje, por muy familiar que nos resulte, el que
aguarda ahí para depararnos —del latín deparare, estar preparado para algo—, sorpresas, encuen-
tros, acontecimientos, luces, escalofríos nuevos. Como ese termómetro a ras de tierra, apenas
cero grados, y una tiniebla en sombra y despiadada como boca de embrujo o amor roto cubrién-
dolo todo: bancales, pinos, olivos más tensos y retorcidos que nunca, piedra roja ennegrecida
ahora a los pies de la mole totémica llamada monte Teix. Una nueva Deià, cerrado por fin el ciclo
claroscuro de la vida misma, absolutamente distinta a la de mediodías anteriores, con el cuello del
abrigo alzado, como alzado había viajado también hasta ella, y por primera vez en autocar, des -
cendiendo a tumba abierta y sin cinturón de seguridad alguno, peaje del trance, por abruptas y
hermosísimas curvas del demonio, pero esta vez dos ángeles por encima, dos metros por encima
de catarsis anteriores, dos metros por encima de la realidad, de la imaginación acelerando en
prohibido desde las ruedas del sueño y los tacones, aún más altos y paganos que otras veces, en-
tregado ya, antes de llegar, a la causa del vuelo y el misterio… No existe la luz sin una oscuridad
previa.
Y luego ya otra vez la calma, y su lujuria. El ajuar del azul, la seducción del verde, el pájaro que -
brado del silencio, el mar, la fruta, el sol, la tentación, la torcaz plenitud al fin del mediodía, la
tinta en carne viva y a destajo tras visitar el hogar, la huerta, el hacha cretense y el despacho in-
tacto de don Roberto Graves, como le llamaron los payeses desde el día de 1927 en que, junto a
la poeta Laura Riding, aterrizó en este lugar remoto de la isla mallorquina, y donde levantarían
juntos una casa abierta al amor, la escritura y la intemperie a la que el bardo, el druida nórdico,
bautizó S’Alluny, la casa lejana, y donde moriría en 1985, tras cientos de libros publicados y un
coro sucesivo de musas proclamadas diosas y a quienes sólo pedía a cambio de su entrega en
cuerpo y alma —o quizás viceversa—, belleza, inteligencia, humor, independencia y, eso sí, cier-
to desdén, desdeño incluso, a las atenciones del poeta. “La tranquilidad no tiene nunca utilidad
poética”.
Pero sí la armonía y la derrota final, la siempre intuida, unidas en una de las lápidas más despoja-
das que conozco y a la que regreso de cuando en cuando, siempre por primera vez, siempre en -
cinta, para poner una piedra sobre la tumba de quien, tras haber recogido todos los laureles oficia-
les y académicos de la tierra, quedó recogido al fin en ella, bajo un humilde pero invencible hati-

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llo de cinco frágiles letras escritas a mano por un vecino el día de su entierro, mientras el yeso
mallorquín estaba aún fresco: poeta. Y basta.
Porque tal vez eso sean tan sólo los poemas. Palabras capaces de ser escritas mientras el yeso del
momento, la emoción, el día, el frío, la belleza, la pasión o el abismo están aún frescos.
Este viaje sin fin a la mujer poema.

FIN

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