EL LADRÓN DE CABALLOS
UNA HISTORIA DE PHILIP FRACASSI
ILUSTRACIÓN DE JUAN ALBERTO
HERNÁNDEZ
«Hay, siempre se da, en cada suceso, ya sea
vivido o narrado, una brecha o un resquicio, y a
menudo más de una. Si nos dejamos atrapar por
ella, la encontraremos abAriéndose a un vacío
del que, una vez que nos hayamos deslizado a
su interior, no podremos escapar jamás.»
—Brian Evenson, Fugue State
El ladrón de
caballos
Contemplad el vacío - El ladrón de caballos
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Título original
“The Horse Thief”
Philip Fracassi
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Primera Parte
Enviudadora
Gabino, el ladrón de caballos, trastabilló con los elevados surcos de tierra
blanda del terreno en su avance hacia el inmenso establo, con la única luz
proveniente de una luna baja de tonos similares a los de una naranja san-
guina que pendía del cielo nocturno como si la hubieran dejado allí colgada
de una cuerda anudada al firmamento. Si no fuera porque sus botas de
punta de acero brillaban y la bisutería de tonos turquesa de la despropor-
cionada hebilla de su cinturón refulgían en la penumbra, sería una sombra
solitaria, a media milla de la vía de dos carriles y a un cuarto de milla de
la casa Marshall, donde su propietario, Will Marshall, su esposa y su hija
adolescente aficionada a la hípica, dormían plácidamente.
Gabino era un hombre menudo dotado de un gran bigote, una sonrisa
luminosa y espesas cejas negras a las que su querida Mariana —Dios la
tenga en su gloria— se refería afectuosamente como sus gusanitos, los
mismos que ahora estaban empapados por el sudor fruto de los resopli-
dos de las últimas cien yardas de lo que se podría considerar una travesía
considerable en medio de la noche a través del aire pegajoso y tranquilo
de Florida. Gabino pensaba en Florida como una anciana pálida, gorda y
sudorosa que enseñaba su pierna al mundo como una cabaretera, con su
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ancha testa atestada de los piojos que eran sus habitantes —los ancianos
y los jóvenes, los pobres y los ricos, los desarrapados, los borrachos y los
turistas—. Una tierra despojada de sí misma y replanteada con los escena-
rios de sus patriotas, cada uno de ellos creando su propia versión compacta
de húmeda tierra virgen.
La visión actual que Gabino tenía de la Florida diurna estaba anegada
por la angustia, el calor y el polvo, y maldijo el hecho de que las noches
fueran más de lo mismo.
En el fondo de su corazón sabía que ya se estaba haciendo demasiado
viejo para robar, pero era complicado encontrar trabajo cerca del rancho
Naples, y el mercado ilegal había subido como la espuma en los últimos
años. Podía ganar quinientos dólares con una yegua que no tenía más utili-
dad que un saco de viejas semillas, y más de dos mil con una pura sangre de
tamaño considerable. Los mejores estaban en los lugares más inaccesibles,
por supuesto —más comodidades, más seguridad—. Pero Gabino era cui-
dadoso y estudiaba sus objetivos, planeándolo todo de antemano. Siempre
encontraba caballos en establos alejados de las carreteras principales, lejos
de sus dueños. Los ranchos más grandes de Florida, como era aquel, que
consistían en un granero privado del que no arrendaban su espacio ni en
el que daban clases a las niñas blancas y ricas, eran especialmente fáciles.
Conocía a los Marshall de antes, por supuesto. En sus muchos años
como mozo de establo, conoció a prácticamente todos los rancheros, pro-
pietarios de graneros y criadores que había desde Tampa hasta Ocala y, en
una vía diferente, a los que había desde Jacksonville hasta Yulee. Tantos
graneros, tantos caballos, tantos propietarios apáticos que pagaban una
miseria y tantos rancheros potenciales, todos ellos a la búsqueda de algo,
todos ellos desesperados. Él también había alcanzado esa desesperación.
Cuando fue joven, con un niño al que criar y una bella esposa a la
que atender, había aceptado cualquier trabajo que le ofrecieran, indepen-
dientemente de las horas o del sueldo. Había trabajado duro y sabía de
caballos. Sabía como dirigirse a ellos, calmarlos, prepararlos para las hijas
de los pudientes y para la gente de negocios con ganas de cabalgar los
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fines de semana. Era un don que había tenido desde que fue niño, cuando
trabajaba en un rancho en Sonora con su padre, antes de que la familia se
mudara a los Estados Unidos con un tío que había trabajado para ellos en
Florida. Habían cruzado la frontera, como tantos lo hicieron entonces, ile-
galmente. El cuerpo de su hermana Theresa se quedó atrás tras su muerte
a consecuencia de su exposición al desierto de Sonora, al norte de Sásabe.
Ella tenía solo seis años, él nueve, y no dispusieron de suficiente agua para
todas aquellas semanas que caminaron, tan expuestos al calor. Después de
llegar a Nogales, prosiguieron apretujados y débiles en un tren de mercan-
cías —conocido como la bestia por la forma en que devoraba a los que se
atrevían a montar su metal— hasta la frontera en silencio, con su padre
temeroso de los bandidos, con su madre sin hallar consuelo. Con el tiempo,
después de muchas semanas de penurias, lograron atravesar los estados del
sur de Estados Unidos para llegar con su tío en Jacksonville, con la peque-
ña familia fragmentada y rota para siempre.
Había trabajado con caballos durante cincuenta años, cinco décadas de
palear estiércol, reparar graneros, construir cuadras bajo un calor sofocan-
te. Largas jornadas, días duros, ganando menos del salario mínimo, apenas
sobreviviendo, comiendo poco, durmiendo menos.
Ahora que estaba ganando dinero de verdad, ya no tenía a nadie a
quien cuidar, nadie que lo necesitara. Lo hacía porque podía. Sentía, en lo
más profundo, que se lo debía a sí mismo. Además, ¿qué habían hecho los
caballos por él? Cagar y comer, esperar a ser cepillados, esperar a que los
revisaran, mirarlo con sus ojos impíos.
Gabino se quitó su gastado sombrero vaquero, se secó la frente y se
mesó el cabello corto y canoso. La noche era tórrida y él se encontraba
desanimado, lo sabía. Eso le disgustaba. Era un hombre que disfrutaba de
unas buenas risas, de la cerveza fría y del tequila con sus amigos. Aquel
asunto de los caballos era algo malo, y rezó para que su Mariana estuviera
en el cielo pidiendo por él; su Luis, asesinado cuando era solo un niño,
junto a ella, esperando el momento en que se les uniera.
Volvió a ponerse el Stetson en la cabeza y continuó avanzando por el
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campo. Llegó a las vallas, se encaramó a ellas con destreza, perdió el equi-
librio, se resbaló y maldijo en voz baja. –Me lleva la chingada1 –dijo, fro-
tándose la rodilla dolorida mientras se levantaba; se sacudió el polvo y se
quedó inmóvil, escuchando.
Todo estaba en calma. Sabía que no había nadie. Los Marshall no con-
taban con empleados de seguridad. No había alarmas. Ningún trabajador
estaría allí pasada la medianoche. Nada de huéspedes. Solo media docena
de purasangres, dos de ellos, antiguos campeones de competiciones de hí-
pica. La de la esposa, Lejano Norte, era una yegua que había sobrepasado
su edad. A la señora Marshall le gustaba montarla, entrenarla, mantener
su también envejecido cuerpo en forma. La hija, Lilly, una adolescente
alocada de feo rostro y peor temperamento, montaba la joya de la corona,
a Enviudadora. La mocosa y Enviudadora competían por todo el mundo, a
veces incluso ganando. Era una hermosa yegua negra, tan escurridiza como
la medianoche y fuerte como dos toros. Cuando corría, su pelaje negro se
agitaba con los músculos subyacentes como la superficie de un lago mecida
por el viento del invierno. La chica, con su casco, sus guantes de piel de
cordero y su casaca, parecía un apéndice de la gran bestia mientras estaba
sentada sobre ella, como un tumor asido a su lomo mientras el corcel se
agitaba y saltaba como Arion2.
Esta noche Gabino se haría con el caballo y lo vendería, incluso lo ma-
taría con su propias manos si eso era lo que Ted El Gordo deseaba. Algu-
nas veces, Gabino llevaba consigo un grupo de hombres y trasladaban al
animal hasta un campo cercano, donde montaban una tienda de campaña
con luces alimentadas por las baterías del camión, y lo mataban, lo descuar-
tizaban y quemaban sus restos. O, si disponían de tiempo, los enterraban,
especialmente cuando una fogata podía llamar la atención. Los caballos
olían fatal cuando ardían, un aroma espeso y rancio, cientos de libras de
piel y sangre hirviendo y siendo reducidas a cenizas, las vísceras crujían, el
1 En español en el original.
2 Caballo de la mitología griega, hijo de Poseidón y su hermana Deméter, que
poseía el don de la palabra y la inmortalidad.
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fuego petrificaba los huesos convirtiéndolos en tiza negra que las autorida-
des encontraban días después.
Todo menos las cabezas.
Las cabezas, por razones que no entendía o no quería entender, nunca se
quemaban por completo. Los ojos se licuaban, estallaban, explotando como
petardos; la lengua gorda, las largas crines, se quemaban por completo,
siempre. Pero el gran amasijo formado por la carne y el cráneo, los dientes
gigantescos, eso siempre permanecía casi inalterable. Una bendición divi-
na, tal vez una advertencia para aquellos que se atrevían a profanar a esas
criaturas. Gabino se frotó la boca y apartó esa idea de su cabeza sintiendo
un escalofrío a pesar del calor sofocante de la noche. No, no le gustaba
pensar en eso.
Agarró las cuchillas con una mano, y unas desgastadas riendas con la
otra. Esperó un momento antes de continuar hacia el granero, no le llegaba
ningún sonido excepto el que producían los caballos en el interior. Levantó
la mirada hacia la caída luna de sangre, lo que le hizo pensar en el seno de
una bruja teñido de naranja deslizándose a través de un vestido de encaje
negro que flotaba holgado que hacía las veces de cielo nocturno. Hizo una
mueca como señal de disgusto por el sudor que se deslizaba hasta sus ojos
y le pidió a San Miguel que le protegiera de los demonios.
Finalmente, se aproximó al portón principal, con su rodilla quejándose.
Tenía un trabajo que realizar y cobraría mucho por ello. Tal vez se com-
praría una rodilla nueva si no se bebía todo el dinero con ese pinche de
José y los chicos.
Al llegar al establo, fue capaz de relajarse un poco, de bajar la guardia.
Encontró un alivio cómico al pensar en sus amigos, en las cosas buenas que
le quedaban en la vida. Sonrió mientras estudiaba la vieja cerradura de la
puerta. Unos dientes blancos y brillantes refulgían bajo un espeso bigote y
la curva oscura del sombrero de ala ancha del ladrón.
Introdujo la cizalla en la cerradura y apretó, utilizando sus manos áspe-
ras y rudas como una herramienta. Se produjo un chasquido y la cerradura
cedió. La sonrisa de Gabino se intensificó, sus aciagos pensamientos exor-
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cizados por un instante, y abrió la pesada puerta de bisagras oxidadas que
chirriaban en una leve protesta.
Dentro, en la oscuridad, le esperaba Enviudadora, a unos pocos minutos
de su libertad y de su muerte.
El interior del establo era más oscuro que la propia noche, cada uno de
los caballos se había transformado en una sombra borrosa, flotando a cada
lado del amplio camino de tierra que dividía el establo, como apariciones
demoníacas que lo guiaban al infierno.
Gabino buscó en su bolsillo y sacó una linternita del tamaño de una
mano, encendiéndola. Gracias a la ayuda que le proporcionaba la luz y a
que sus ojos se iban acostumbrando a la penumbra, pudo distinguir los ha-
bitáculos individuales. Eran muy amplios y tenían suficiente espacio como
para contener tres caballos de un extremo al otro, y cada una de esas por-
tezuelas que le llegaban a la altura del pecho, tenía una placa blanca escrita
con el nombre de cada animal.
Dejó atrás a Júbilo y a Kenia —una yegua de cría y un semental—,
dos viejas glorias que el señor Marshall conservaba con fines reproducti-
vos, aunque Gabino sabía que últimamente no era algo muy demandado.
Supuso que el hombre los conservaba por razones sentimentales, y si era
el dueño de aquellas tierras, de aquel granero, ¿por qué no iba a hacerlo?
Gabino giró a la izquierda, dejó que su haz de luz se deslizara por delan-
te de Lejano Norte, la yegua moteada que era el orgullo y la alegría de la
señora de la casa. Se acercó a ella, dándole unas palmaditas en el cuello y
le susurró algo al oído. Ella sacudió una pata y golpeó juguetonamente su
sombrero, casi tirándolo. Él se sacudió el envite, le frotó el hocico y siguió
su camino.
Mientras se adentraba, cerró los ojos un instante y tomó aire. Siempre
le había gustado el olor de un establo de caballos, incluso de niño. La hu-
medad del heno pisoteado, la vieja y desgastada madera del granero, las
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propias puertas de los establos y las paredes salpicadas de serrín, el hedor
dulzón y enfermizo del estiércol de caballo unido al marcado aroma de
los corceles, tan embriagador. Había tanta carga de vida en el olor de un
caballo como en el pelaje de una antigua bestia nacida en los tiempos de la
creación, o en el hecho de respirar el aliento de un Minotauro.
Luis, su hijo, no había vivido lo suficiente para montar a caballo, pero
había acompañado a su padre a algunos ranchos, jugando sobre el heno,
yendo de un lado a otro, hablando con los caballos, señalándolos con el
dedo cuando sus gigantescas cabezas lo miraban con curiosidad, resoplando
ráfagas de aire caliente de sus ollares sobre su pequeña cara, traspasándo-
le su vigor, su espíritu. Cuando Luis falleció, Gabino pensaba en él cada
vez que trabajaba con los caballos. Cuando miraba a sus ojos grandes y
vidriosos, imaginaba que podía ver el reflejo de su hijo en otro mundo, una
realidad atestada de grandeza. Él podría verlo, como una sombra lejana,
saludando con la mano, buscando a su papá, corriendo con los espíritus.
Pero en el fondo, sabía que ese mundo no existía. Era consciente de que
esos ojos cristalinos eran tan necios e indefensos como los suyos. Cuando
les cercenaba la cabeza, disfrutaba del momento en que estos se apagaban y
esos mundos imaginados desaparecían. Todo lo que quedaba era la sangre,
las vísceras y la carne.
Un estridente relincho llegó desde unos pocos metros más adelante, pro-
cedentes del último habitáculo. Gabino movió la luz sobre el letrero, leyó
ENVIUDADORA con letras negras y cuadradas, y chasqueó la lengua.
Era hora de hacerlo. Ted El Gordo estaría esperándole en la granja, un
viaje que le llevaría sus buenos veinte minutos, y eso una vez que la yegua
estuviese en la camioneta, a una milla de distancia camino abajo, alejada
de miradas curiosas, al cobijo de un bosquecillo de árboles de guayaba
sobremadurada.
Abrió la puerta del establo, mantuvo la luz apuntando hacia abajo para
no alterar al animal. Enviudadora estaba en el extremo más apartado, hu-
yendo del intruso. Parecía derramarse sobre un lienzo negro, emitiendo
un fulgor oscuro. Emanaba fuerza de ella como si con ello pudiera vencer
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y destruir el mundo. Él se acercó con cautela y ella giró su gran cuello, fi-
jando su mirada en él y levantando la cabeza, como asegurándose de saber
ante quién se encontraba.
Gabino se colgó el cabestro por encima del hombro y avanzó hacia el
enorme caballo, con la palma de la mano levantada, mientras caminaba
hacia ella. Sus botas chapotearon sobre una gran pila de estiércol, pero
no se dio cuenta, o no le importó. Sus ojos estaban fijos en aquella belleza,
solicitaba ser bien recibido, en silencio le pedía su completa sumisión. El
caballo relinchó, soltó un suspiro y pisoteó el suelo con los cascos. No era
una advertencia, pero tampoco una bienvenida.
–Relájate, relájate, preciosa3–arrulló con voz melosa, los dedos a escasas
pulgadas de su abultado y oscuro orificio nasal–. Relájate...
Rebuscó en su bolsillo con la otra mano, sacando un puñado de trozos
de barritas de avena, y se las acercó a la boca. Ella resopló de nuevo, uno
de sus grandes ojos redondos girando hacia él impregnado de un temor
majestuoso, la mirada que una reina le brindaría al verdugo mientras era
conducida a la guillotina.
Entonces, los párpados de Enviudadora bajaron mientras olfateaba el
dulce. Vacilante, acercó la boca a su mano, sus gruesos belfos aleteando
ruidosamente, la avena que se desmoronaba pegándose a la palma de su
mano, el caballo mordisqueando, lamiendo, resoplando mientras lo devo-
raba todo. Tuvo que ponerse de puntillas, incluso con la cabeza del animal
agachada como estaba, para alcanzar la parte más elevada de su crin, que
rascó con nervio, permitiendo que el corcel se relajara.
–Bien. Bien, chica –dijo con dulzura, frotando su mano entre sus ojos,
acariciando su larga nariz. Guardó la linterna en su bolsillo. Iba a necesitar
las dos manos.
Con cautela, desplegó el ronzal y lo levantó sobre su cabeza. Preparó
sus orejas puntiagudas para deslizarlas a través de las ranuras y aseguró
la hebilla debajo del musculoso cuello de la yegua, dejando que la correa
colgara por ahora. No dejaba de susurrar, serenándola mientras ella reso-
3 En español en el original.
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plaba y pateaba pero, por lo demás, el animal no opuso resistencia a que le
ajustara el cabestro.
Tras unos momentos de espera para permitirle aclimatarse al aparejo,
apretó la correa y tiró de ella con suavidad hacia la puerta abierta del es-
tablo. Rezó para que no se sobresaltara cuando la metiera en ese remolque
que le era desconocido y que estaba enganchado a su camioneta, pero tenía
preparado un gran saco de comida para distraer su atención. Se acomodó
y se dispuso a comer, y juntos se dirigirían al lugar en el que estaba Ted El
Gordo, a la granja en la que ella moriría.
Segunda Parte
El oscuro camino
El F150 se deslizaba por la carretera de dos carriles pobremente iluminada,
las congregaciones de robles y manglares bordeando cada pulgada del arcén
como niños que se empujaban entre sí para ser los primeros en el corro
que observaba una pelea. Los faros delanteros relumbraban en el resplan-
deciente camión, dos grandes ojos amarillos observando el pavimento que
dejaba atrás, convirtiendo al parachoques en una suerte de mueca croma-
da, con la abollada matrícula golpeando suavemente contra sus pernos. El
vehículo estaba salpicado de luces a lo largo del guardabarros y su cesta,
tenía una antena de radio que vibraba y silbaba a través del viento, y los
faros antiniebla modificados forzados a ser encendidos a consecuencia del
clima húmedo del estado. Detrás, enganchado y traqueteando, estaba el
remolque para dos caballos que contenía a Enviudadora. El viento se cur-
vaba alrededor del carruaje metálico en forma de herradura, la bestia ajena
a todo menos a su bolsa de avena, sin que le importase ese viaje nocturno
a un destino desconocido.
Una vez a resguardo del aire acondicionado de su cabina, Gabino se
quitó el sombrero. Estaba cansado a consecuencia de las millas que había
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tenido que caminar, por las que había tenido que conducir al maldito ca-
ballo hasta la camioneta, con los músculos y las entrañas contraídos y en
tensión por los nervios, sus ojos saltando arriba y abajo y de un lado a
otro de la carretera mientras caminaba con la yegua, rezando para que no
pasara ningún vehículo. Sabía que era casi imposible, ya que esa vía era
privada casi en su totalidad. La compartían tres ranchos, las únicas tres
propiedades en millas a la redonda. Pero, con todo, estaba feliz de seguir
en la lucha, pues ya había dejado atrás la parte más complicada del trabajo
que le habían encomendado.
Respiró profundamente, tratando de relajarse. Una vez estuviera en la
carretera, se encontraría a poca distancia de la granja de Ted El Gordo,
y luego recogería su dinero y todo habría acabado. Lo más seguro es que
ese estúpido culo gordo quisiera que matara al animal, lo cual no suponía
ningún problema. Era una parte más del trabajo.
Era raro que los transportara vivos, en todos los años que había dedica-
do a robar, solo se había dado esa situación en otra ocasión. El comprador
solía querer ver a la bestia sacrificada, ver la carne cortada, asegurarse de
que estaba obteniendo los mejores cortes, la carne más fresca. Gabino po-
día entender esa necesidad de control. Los estafadores eran muy habituales
en el mercado de la carne. Te daban el cambiazo, o te lo podían dar en
cualquier momento. Así que no culpó al hombre, pero cobró más por las
molestias y el riesgo. Aún así, para él todo era lo mismo. Una vez se había
llevado el caballo, no le importaba el lugar en el que tuviera que matarlo.
En muchos sentidos, prefería hacerlo lejos de su entorno, a solas en algún
campo apartado. Las brisas nocturnas se encargaban de mantener el aire
limpio mientras cortaban y embolsaban los restos. Lo que no se guardaba
para el comprador se tiraría a una pila, se empaparía de gasolina y sería
quemado. Había un componente sagrado en todo aquello, pensó Gabino,
santiguándose. Casi como un sacrificio.
El ladrón encendió la radio y se topó con una emisora mexicana tocando
música norteña. Los árboles se disipaban a medida que se acercaba a la
carretera. Pronto se encontró atravesando una vasta llanura, las llantas
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agarrándose al único y estrecho sendero que se deslizaba a través de un
ancho vientre de hierba mientras giraba hacia el norte.
Un banco de niebla se cernió sobre él, y el camino desapareció. Soltó una
maldición, estirándose para alcanzar el mando de las luces antiniebla, pero
esta se disolvió antes de que pudiera siquiera mover la palanca, con lo que
el camino llenó de nuevo su panorámica. Gruñó, sorprendido, por haber
salido de allí tan rápido. No es raro, pensó, con la cantidad de humedad
que impregna el aire. Pero tampoco es algo común, se dijo, y murmuró una
oración rápida.
La radio se llenó de estática, los sonidos que conformaban la canción
luchaban y jadeaban buscando encontrar su lugar. Gabino frunció el ceño
ante la pantalla verde de la radio, apretando los botones para cambiar de
una emisora a otra, encontrándose solo con más y más estática. Ruido blan-
co, débiles filamentos de voces filtrándose. Probó con otra emisora, luego
con otra. Apagó la radio, miró hacia la carretera y escudriñó buscando los
bancos de niebla.
Esta había desaparecido, pero la oscuridad que rodeaba su camión era
absoluta; los faros apenas iluminaban el pavimento y los trazos blancos de
la carretera negra, el atisbo de la tierra dura del arcén y nada más. Miró
hacia el horizonte, pero solo pudo distinguir zonas borrosas y la luna escon-
dida detrás de unas nubes que parecían manchas de carbón.
Gabino se esforzó por ver los letreros de la carretera que se aproximaba,
desesperado por salir de ella y dirigirse a la granja. Una parte de él estaba
comenzando a asustarse con la noche, con ese camino. La forma en que la
oscuridad se amontonaba en lo que parecía... antinatural. Frustrado, activó
las luces largas.
Pertrechado a lo largo de un lateral de la carretera, más adelante, había
un árbol alto, negro, ligeramente curvado. Se elevaba desde el arcén, con
más peso en su punto más elevado. Estaba un poco deformado, como el
tronco sin ramas de un árbol quemado con una congregación de nidos en
la parte superior. Gabino levantó el pie del acelerador, entrecerrando los
ojos para ver de qué demonios se trataba. No recordaba haber visto nada
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parecido cuando había pasado antes por esa carretera, y lo había hecho
muchas, muchas veces.
La camioneta redujo su velocidad y los rayos de los faros acariciaron
aquella extraña señal, una estaca de tres metros de altura, su sombra se
proyectaba a lo largo de la llanura apenas perceptible, un indicador de la
nada. Gabino hizo que el camión derrapara, conteniendo la respiración.
Se quedó a diez pies de aquella cosa, y se detuvo.
Su corazón se aceleró y su boca se secó. Se quedó quieto un instante, miran-
do fijamente, escuchando el ruido sordo del motor al ralentí, sudando dentro
de la ominosa quietud del vehículo, tratando de decidir qué hacer. Ahora
podía verlo con claridad y le dio vueltas a la idea de lo que podría ser. Algo se
despertó en su mente, historias de una maldición, advertencias míticas.
Abrió la puerta y bajó, dejando el motor en marcha. Por si hay que
salir pitando, pensó, tal vez. Miró con nerviosismo hacia la oscuridad, más
allá del estrecho haz de luz, atento a cualquier cosa que estuviera fuera de
lugar. Mientras se acercaba al extraño tótem, se dio cuenta, con creciente
consternación, de que era mucho más alto de lo que había pensado en un
primer momento. El ladrón se puso de pie, mirando hacia arriba, los faros
de su camión bañando la escena, las estrellas titilando, la abultada y roja
luna llena apareciendo lentamente desde detrás de unas nubes cenicientas,
lista para derramarse desde el cielo.
Era la cabeza de un caballo. Estaba a diez pies de altura, clavada en un
poste grueso y chamuscado que había sido incrustado a gran velocidad
contra el suelo compacto. La testa del corcel estaba muy quemada y el
resto del pelaje convertido en una capa parda y gruesa como el carbón.
Los enormes dientes se curvaban, como si estuvieran mordiendo algo en la
distancia. Los ojos eran huecos ennegrecidos, las orejas afiladas, cubiertas
de ampollas, quebradizas y petrificadas. Lo que quedaba de la crin se desli-
zaba por la parte posterior de su cuello, colgando en la noche en forma de
pequeños mechones calcinados. El hocico carbonizado estaba ligeramente
inclinado hacia abajo, con esos pozos negros y ciegos que una vez fueron
sus ojos mirando directamente a Gabino.
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Hiperventilando, Gabino buscó con la mirada en la noche opaca, como
si esperara la aparición de algunos bromistas, o alguna explicación de por
qué aquella maldita cosa estaba allí. Avanzó con inquietud, se agarró al
poste con una mano, levantó la vista hacia la base de la cabeza, agradecido
de que no siguiera inclinándose hacia él. Empujó con todas sus fuerzas, con
la intención de derribar aquel vil objeto y que cediera, pero no se movió.
Era firme como el hormigón, estaba petrificado, como enraizado. Asió el
madero con ambas manos, tratando de sacudirlo, de que cayera la cabeza
al menos, pero parecía inamovible. La testa solo se agitó lentamente, un
temblor, a pesar de la energía empleada.
Se dio por vencido, empapado en sudor, respirando con pesadez, sin
apartar la vista de la cabeza de la bestia. Se giró para encarar los faros de
la camioneta, se miró las manos y vio que estaban cubiertas de hollín. Se
las limpió en sus pantalones vaqueros, molesto y asustado. –Hijo de puta4
–soltó en voz baja. Retrocedió un paso y miró hacia atrás una vez más, esos
poderosos dientes apuntando hacia él, los huecos bajo los párpados derreti-
dos y que parecían buscar su propia alma. Se pasó la lengua por los labios,
se volvió y caminó hacia la camioneta, murmurando oraciones inconexas.
Cuando estaba cerca de la puerta abierta del conductor, miró instintiva-
mente para comprobar el remolque, el hábito de un ranchero para asegu-
rarse de que todo estaba correcto antes de proseguir su marcha.
Una mano pequeña, la de un niño, era visible a través de una de las
ranuras de ventilación en un lateral del remolque. La mano se movía, con
los dedos extendidos, como si buscara algo. Gabino se quedó helado, con
los ojos abiertos de par en par. Maldijo en voz alta, casi sollozando, luego
dio tres pasos apresurados hacia la mano.
–¿Quién está ahí? –gritó, su voz consumiéndose en el aire húmedo. La
mano se escabulló, de regreso a la oscuridad y al silencio del remolque.
Gabino corrió hacia el lugar donde la había visto y golpeó su palma contra
el lateral.
»¡Sal ahora mismo o te mataré! –chilló, sus palabras sonaron amortigua-
4 En español en el original.
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das en sus propios oídos, como si estuviera gritando desde el interior de
una tumba sellada.
Sin esperar a que sus nervios le jugaran una mala pasada, trotó hacia
la puerta trasera, vio la grupa de Enviudadora asomando sobre la media
puerta, agitando la cola de forma distraída. Gabino dejó caer la portezuela
y el metal restalló contra el suelo. Sacó la pequeña linterna de su bolsillo,
apuntando con el haz de luz hacia todos los rincones y paredes del reducido
espacio.
Enviudadora bajó la cabeza y giró el cuello, un ojo bulboso captó el
reflejo de la luz, la esfera miraba a Gabino con desprecio.
Al no ver nada inusual, Gabino subió al interior e inspeccionó a ambos
lados de donde estaba el animal. Ridículo, por supuesto, el remolque esta-
ba completamente delimitado, era solo lo suficientemente grande para dos
caballos. No había heno apilado y no había hueco para que ningún niño
pudiera esconderse.
No había nadie.
–¿Quién anda ahí? –preguntó Gabino estúpidamente. La única respues-
ta que recibió llegó de la yegua, que resopló sus belfos y raspó un casco
sobre el suelo metálico con cansada exasperación.
Gabino miró al caballo y su buen humor desapareció, su corazón se en-
frió como una noche de invierno, sus ojos se endurecieron y se volvieron
vacíos como los del animal. –Pronto me ocuparé de ti, princesa –dijo–. Te
rajaré y desangraré. Luego te mataré y te quemaré, yegua pendeja. –Le-
vantó un puño, el sudor deslizándose por su rostro en tensión, con la firme
intención de golpear al maldito animal en el ojo. Lo dejó suspendido en el
aire, retrocedió, apretó los labios y resopló.
Enviudadora se limitaba a mirar a Gabino con despreocupación, como
si ponderara su valía al peso. Gabino, con las manos temblando, el corazón
desbocado, bajó su puño. La vergüenza se apoderó de él cuando salió sin
mirar de nuevo a la yegua, levantó la portezuela y la cerró de un golpe.
Momentos después, el camión se alejó con un quejido de desahogo. Ga-
bino miró por el espejo lateral mientras se alejaba cada vez más del extraño
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tótem, comprobando cómo el poste negro y la cabeza chamuscada que se
encontraba empalada en la parte superior eran engullidos por la voraz no-
che infinita.
Estudió sus manos sobre el volante, notando el blanco de sus nudillos,
y se obligó a coger aire con fuerza una y otra vez. A medida que pasaban
los minutos, intentó relajarse, concentrarse en el trabajo que tenía entre
manos.
No obstante, diez minutos más tarde seguía sin encontrarse con la señal
de desvío, y sus nervios comenzaron a descomponerse una vez más. Su co-
razón latía con fuerza en su pecho, su estómago se contraía por la tensión.
Algo andaba mal.
Maldita sea5, ¿dónde está la carretera? pensó enojado. Estaba demo-
rándose demasiado, y maldijo el momento en que se detuvo a mirar esa
aberrante cabeza de caballo. Ahora, iba con retraso, y su cliente estaría
esperando. Su frustración y su temor iban en aumento, por lo que pisó el
acelerador, ansioso por abandonar aquel horrible camino. Echó un vistazo
a la radio y volvió a encenderla, esperando que captase alguna frecuencia,
algo de música con la que llenar el vacío que le rodeaba. Sin embargo, no
oyó nada más que sonidos estáticos y los susurros de una transmisión leja-
na. Un escalofrío recorrió su espina dorsal y sus sienes palpitaron mientras
el pánico se apoderaba de él. Eso son voces, pensó, luego apagó la radio con
repulsa y volvió a concentrarse en la carretera.
Un niño pequeño se encontraba a veinte yardas por delante de él, a
horcajadas, sobre la línea blanca que servía de divisoria de la carretera.
–¡Qué chingados!6 –gritó y frenó en seco, el camión patinando, el peso
del remolque empujándolo hacia delante y hacia los lados, los neumáticos
clavándose en el suelo. El fuerte ruido seco del pesado animal y su cuerpo
chocando sin contemplaciones contra el costado del remolque, resonó en
sus oídos. Giró el volante mientras las ruedas mordían el asfalto, tratando
desesperadamente de enderezar el vehículo sin que volcara y sin acabar
5 En español en el original.
6 En español en el original.
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con la vida del niño, que permanecía inmóvil en el camino que los faros
iluminaban serpenteantemente. Durante unos segundos que parecieron
eternos, Gabino pensó que perdería el control y que volcaría el remolque.
Echó un vistazo al retrovisor y el remolque llenó por completo el espejo.
Peor todavía, atropellaría al niño. En el último momento, pudo hacerse
con el control del vehículo, apuró el frenado y giró el volante lo suficiente
como para evitar volcar.
La camioneta se detuvo a tres pies del niño, retorcida y humeante. Ga-
bino entrecerró los ojos y escudriñó por el parabrisas, sus manos pegadas
al volante de cuero a consecuencia de la transpiración. Se recostó con
fuerza, respirando con vehemencia, sin creer lo que estaba sucediendo.
Se secó el sudor de la frente y apretó todavía más los ojos, mirando más
allá del capó del camión hacia la oscuridad nebulosa. Una parte de él
esperaba no ver nada, como si un rincón perdido de su cerebro, ya estre-
sado y sobrepasado, hubiera creado al niño en un estallido alucinatorio
alimentado por la ansiedad.
Pero el niño estaba allí, parado tranquilamente a la luz de los faros.
Sus ojos marrones apenas eran visibles sobre el morro del vehículo, y
Gabino pensó que no podría tener más de diez años. ¿Qué diablos estaba
haciendo allí, en medio de la nada? ¿En mitad de la noche? Gabino abrió
su puerta, encolerizado. Se dirigió a la parte delantera de la camioneta,
deteniéndose frente al pequeño y frágil chiquillo que miraba a Gabino
con sus ojos grandes y expectantes. El chico tenía la tez morena y el
cabello negro y revuelto, llevaba una camiseta grande y raída y unos
pantalones marrones muy sucios. Cuando se fijó, Gabino comprobó que
el niño iba descalzo.
–¿Qué haces? ¡Casi te mato! –le gritó Gabino, aferrando el delgado
bíceps del muchacho y tirando de él hacia la parte delantera del camión,
como si todavía estuviera en peligro de ser atropellado–. ¡Lo más seguro es
que hayas lastimado a mi caballo, bastardo!
El niño lo observaba en silencio, como si no lo oyera o no lo viera.
Entonces, como si alguien hubiese accionado un interruptor dentro de su
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cabeza, sus ojos se enfocaron y el débil rastro de una sonrisa se dibujó en
los extremos de su boca.
–Señor –dijo con voz fina y melódica–, ¿puede llevarme?
Gabino lo miró con los ojos tan abiertos como enfurecidos. Soltó un
bufido y contempló el vacío de negritud que los rodeaba, con su mano
todavía sujetando el brazo del crío, como si esperara que apareciera un
padre de detrás de un árbol para reclamar al chaval, regañándolo mientras
lo arrastraba hacia la oscuridad.
–¿Qué pasa esta noche? –se preguntó a sí mismo. Soltó al niño y se frotó
los ojos con las yemas de sus dedos secos y ásperos. Se dio la vuelta, se alejó
unos pasos, y abrió y cerró los puños mientras intentaba pensar, aclararse
la mente.
El chico guardó silencio, esperando.
Gabino suspiró, se giró y bajó la vista hacia la camioneta. –Sube, chico
–dijo, y avanzó con paso dubitativo hacia la cabina–. ¡Venga, vámonos7!
Entró y desactivó el seguro. Frente a él, la puerta del pasajero se abrió
y el niño sin zapatos subió. Gabino negó con la cabeza, puso el camión en
marcha y este comenzó a moverse con lentitud, con el remolque enderezán-
dose detrás de ellos. Pisó a fondo para acelerar, su principal preocupación
en esos momentos era su hora de llegada al lugar en el que había quedado
con Ted El Gordo. Ted iba a matarlo, y la mente de Gabino pasó de la
incertidumbre y el nerviosismo a un estado de miedo profundo.
No se atrevía a comprobar cómo estaba el caballo. Lo que hubiese ocu-
rrido, no podía deshacerse. Si la maldita bestia se había partido el cuello,
que así fuera. No podía preocuparse por eso ahora.
–Ponte el cinturón de seguridad –le dijo al muchacho, más por la mo-
lestia ante el pitido continuo del camión a modo de recordatorio, que
como resultado de una preocupación por la integridad del chico–. Te
dejaré en la primera gasolinera que encontremos una vez lleguemos a la
autovía.
El chico obedeció, pero no dijo nada, se limitaba a mirar por la ventani-
7 En español en el original.
Contemplad el vacío - El ladrón de caballos
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lla. El vehículo atravesó una neblina ligera, translúcida como una sombra,
y la noche se aclaró. Las estrellas salpicaron el cielo, la luna estaba inflada
y lucía blanca como una tiza.
Gabino se volvió para preguntarle al muchacho por qué había sido tan
estúpido y vagaba por esos caminos de noche, cuando vio un destello verde
que indicaba que la autovía 301 estaba unas cinco millas más adelante. Dejó
escapar un suspiro de alivio, liberando el aliento que había estado retenien-
do, aprisionando, en lo más profundo de su pecho. Al fin, la autovía. ¿Qué
narices le pasaba? Parecía un anciano asustado, aterrorizado por tótems
paganos, probablemente colocados allí por los niños de un rancho a modo
de broma, y por un chaval de diez años con ropas viejas que vagaba por
los campos. ¡Vaya un hombre estaba hecho! Se rio de sí mismo, sintiendo
cómo se liberaba de la tensión, sabiendo que estaba próximo el momento
de encontrarse con su cliente, casi aturdido con la idea de dejar tirado al
niño a la primera oportunidad.
–Ya casi está –dijo, apartando los malos pensamientos. El chico se giró
hacia él, con sus ojos negros brillando en el oscuro interior de la cabina.
–Señor, ¿ha escuchado la historia del séptimo hijo? –preguntó el mucha-
cho–. Si quiere, puedo contársela.
Gabino le dedicó una larga mirada, ponderó sus ojos húmedos, luego
negó con la cabeza y miró hacia la carretera, esperando de todo corazón
que apareciera ya la rampa que conducía a la autovía.
–De donde vengo, había un niño –comenzó, su voz era suave como una
cinta para el pelo, alta y confiada–, que era el séptimo hijo de un séptimo
hijo. La gente de nuestra aldea pensaba que era un demonio, pero solo era
un niño, solo tenía diez años.
Gabino no dijo nada. Sus manos asieron con más fuerza el volante.
–Un día, los aldeanos irrumpieron en la casa del niño. Golpearon a su
madre y sacaron a rastras a su padre, entre patadas, arañazos y gritos,
hasta la plaza del pueblo. Colgaron al padre de una estaca. En la parte
superior de dicho poste ondeaba la bandera mexicana.
Gabino se aclaró la garganta con brusquedad, una parte de él escuchaba
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la voz cantarina del crío, la otra escuchaba indicios de que Enviudadora to-
davía estaba viva en su habitáculo rodante. El camino seguía consumiéndo-
se bajo ellos. –Yo tuve un hijo... –dijo en voz baja, como si eso lo explicara
todo–. Su nombre era Luis.
Su joven pasajero continuó, inmutable. –El chiquillo fue llevado a una
pequeña choza, una que no había sido utilizada en años, muchos años. En
su interior excavaron un pozo de tierra, lo llenaron con madera triturada,
colocaron un gran caldero de metal sobre la madera, encendieron un fuego
e hirvieron agua mientras el niño observaba. Nunca dejó de gritar llaman-
do a su madre y a sus hermanos que estaban atados de pies y manos con
correas de cuero en su propia choza, pero no demasiado lejos como para no
escuchar sus súplicas.
El misterioso niño tomó aliento, apoyó una mano en el asiento que los
separaba y prosiguió. –Después de un tiempo, cuando el agua ya hervía,
los aldeanos arrojaron al niño a su interior. Gritó, luchando por escapar,
incluso cuando el agua derritió la piel de sus huesos, incluso cuando sus
entrañas burbujeaban y estaban escaldadas. Lo golpearon en la cara y la
cabeza con largas varas, manteniéndolo dentro hasta que finalmente dejó
de gritar y llorar, hasta que murió.
»Cuando culminaron su hazaña, los aldeanos liberaron a los otros miem-
bros de la familia y después se dirigieron a la iglesia y oraron. Mientras el
agua se enfriaba, toda la aldea rezó, y la madre y sus hijos vivos escaparon,
temiendo por sus propias vidas.
»Una vez concluidos sus rezos, los aldeanos sacaron el cuerpo del niño
del caldero. Le cortaron los ojos y los enterraron en un campo. Le corta-
ron la lengua y la tiraron en el insignificante río que discurría por entre la
aldea. Le cortaron las manos y los pies y los enterraron junto a la iglesia
donde habían orado. Lo que quedaba de su cuerpo fue reducido a cenizas
en la plaza del pueblo.
»El cuerpo de su padre aún colgaba del palo de la bandera, el mismo
viento que agitaba el cuerpo inerte fue el que hizo volar las cenizas de su
hijo más joven, esparciéndolas por el aire.
Contemplad el vacío - El ladrón de caballos
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Gabino vislumbró la pendiente, así como un gran cartel verde que indi-
caba la entrada.
–Son solo cuentos –dijo, dirigiendo al camión hacia la rampa.
–Dicen que nada creció allí –continuó el niño, como en trance, hacien-
do caso omiso de las observaciones de Gabino–. La tierra alrededor de la
iglesia se tornó yerma, secando árboles y arbustos. El agua del río se volvió
amarga y era portadora de enfermedades. Los campos se marchitaron, y
donde llegaron sus cenizas, por toda la aldea, llegó la muerte, acabando con
la vida de ancianos y jóvenes por igual. Una plaga. Ahora, nadie vive en
ese poblado. Es tierra muerta, maldita por siempre.
Gabino aceleró todo lo que pudo, surcando con facilidad la autovía por
entre el tráfico fluido. Vio una estación de servicio casi de inmediato, e
indicó con su luz intermitente que iba a girar.
–Está bien. Hora de marcharse –dijo. Detuvo la camioneta en el surti-
dor de gasolina, sin atreverse a mirar al niño.
Oyó cómo la puerta se abría y se cerraba.
Arrancó y no miró hacia atrás.
Tercera Parte
Ted El Gordo y el Chino
Ted El Gordo estaba en la cocina, mirando por la ventana mientras el
brillante sedán negro se detenía en el largo camino de tierra. Pulsó un inte-
rruptor ubicado junto a la puerta y dos enormes focos, que estaban sobre
la casa enfocados hacia el patio, cobraron vida, iluminando la totalidad del
terreno que se extendía frente a la vivienda: la hierba desigual y poco uni-
forme, el camino de polvo, los enormes cipreses negros que delimitaban su
propiedad de la carretera y, lo que era más importante, impedían el acceso
desde el exterior. Cualquiera que quisiera acercarse a la casa de Ted debía
conducir por un camino privado de casi un cuarto de milla de longitud,
Philip Fracassi
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bajo un dosel de árboles que se extendían a lo largo de sus flancos, y así
accedería a su patio abierto. Había un descomunal granero en la parte de
atrás y, a continuación, una densa hilera de árboles, separando también
así sus tierras de las que pertenecían al Estado. Tras la vegetación había
erigido una valla de diez pies de alto, reforzada con alambre de espino, que
envolvía por completo sus tierras.
Los únicos que iban a ver a Ted El Gordo, eran aquellos a quienes Ted
El Gordo quería ver.
El hombre del sedán negro pertenecía a ese grupo, y Ted se pasó la len-
gua por los labios cuando el lujoso automóvil se detuvo. Ted se volvió para
mirar el precario reloj de plástico que había colgado en la pared opuesta, y
maldijo a Gabino por llegar tarde.
Él solo tendría que entretenerlo. Mostrarle los alrededores, ofrecerle
algo de beber. Una pequeña charla y todas esas cosas. Luego lo llevaría a la
parte de atrás, le mostraría algunas de las otras mercancías que tenía allí,
tal vez le interesara un poco de carne envasada que había congelado. Tal
vez le mostraría a su cliente el pozo de los huesos. A un hombre como él le
gustaría ver algo así. Ted El Gordo pensó que podría disfrutarlo bastante.
La puerta del auto se cerró de golpe y Ted se recompuso. Se miró en
el espejo, comenzó a toquetearse su pelo apelmazado, cogió una gorra
de béisbol de gran tamaño manchada de sudor de un estante cercano y
se la encasquetó. Agarró su plumas negro, se lo colocó sobre sus caídos
pantalones de chándal y su jersey de los Dolphins talla XXXL.
Cogió el calibre 38 de la mesa blanca de la cocina y la metió en un bolsillo
de su plumas. Agarró la funda del cuchillo y se la sujetó a su enorme muslo,
logrando solo apretar la hebilla en el último agujero de la gastada correa.
Abrió la puerta y salió, todo él una sonrisa, saludando al hombre que es-
peraba pacientemente en el exterior del vehículo, con los brazos cruzados
sobre su abrigo negro, el cabello arreglado y los zapatos brillantes.
–Hola –dijo Ted El Gordo, tambaleándose en la noche.
El hombre bajó la mirada, como si pensara, luego descruzó los brazos.
–El caballo.
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–De camino, de camino –respondió Ted–. Solo un poco de retraso, pero
no hay problema. Mi hombre, Gabino, acaba de llamar y está a cinco minu-
tos de aquí –mintió, jadeando como un búfalo–. Todo marcha bien.
El hombre, que parecía parcialmente asiático, y en parte algo más, se
limitó a mirarlo. Ted El Gordo se preguntó si sería incluso estadounidense.
–¿Eres hawaiano? No sonabas como un hawaiano por teléfono.
Ted se detuvo a unos pasos del hombre, deslizó una mano en el bolsillo
de su abrigo y dejó que sus dedos juguetearan con la culata del 38. –¿Eres
hawaiano? –repitió, sus ojos se entrecerraron y su voz sonó nasal, incluso
para sus oídos.
–Cinco minutos –dijo el hombre.
Ted sintió el paso del tiempo golpear su cabeza y no le gustó. –Está bien,
está bien –dijo, las manos en alto, con las palmas hacia el hombre–. Ya te
he dicho que está de camino, ¿de acuerdo? Entonces es que viene. Mira,
¿quieres beber algo? Tengo bourbon en la casa.
El hombre sacudió la cabeza. Ted se dio cuenta de que tenía el pelo
recogido en una pequeña cola de caballo que ondeaba por detrás, como
una delgada serpiente negra acurrucada en la base de su escuálido cuello
hawaiano.
–El caballo –repitió.
Ted El Gordo lo miró un momento, preguntándose si aquel hombre
era un cabezón o simplemente un retrasado. Se rio entre dientes, luego se
pasó un brazo por sus labios hinchados, inseguro de cómo proceder con ese
individuo extraño pero buen pagador. Trató de recordarse a sí mismo que
había mucho dinero en juego y diez de los grandes eran diez de los grandes,
y si el tipo quería plantarse allí y actuar como una especie de maníaco, a
Ted El Gordo le parecía estupendo.
–Mira, ese caballo va a estar aquí en cinco minutos. ¿Por qué no vamos
a la parte de atrás y te enseño el lugar en el que haremos la matanza?
El hombre levantó la mirada como si viese a Ted por primera vez. Tenía
unos amplios ojos marrones y un bigote recortado rodeando su labio. Lo
miró, pero no se movió.
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Después de un minuto así, Ted se sintió un poco incómodo. Entonces se
puso nervioso. –Oye, hombre, tienes que relajarte, ¿sabes? Quiero decir,
mira –dijo, su tono tornándose agrio–, ¿tienes el dinero?
El hawaiano se giró hacia el automóvil, abruptamente, con impaciencia,
y abrió el maletero. Sacó un maletín, dio dos pasos rápidos y se lo entregó a
Ted El Gordo como si le estuviera dando una bolsa llena de mierda. –Aquí
–dijo con la nariz arrugada.
–Bueno, está bien –dijo Ted con cautela, sin regocijo. Le quitó el male-
tín al hombre, se arrodilló, lo colocó sobre la hierba seca, accionó los dos
cierres y lo abrió.
Estaba lleno de dinero, escrupulosamente amontonado. Billetes peque-
ños, justo como había pedido.
–Bueno, está bien –repitió, su tono más jubiloso entonces, y cerró el
maletín, con sus cierres–. Ya sabes, en todas las películas y series el dinero
va siempre en un maletín y siempre pienso, bueno, eso es un plus. Quiero
decir, obtienes el dinero en efectivo y además te llevas un maletín. Siem-
pre pensé que era algo genial, como un regalo inesperado, y me gustan las
sorpresas, sí señor. Y mírame –Ted sostuvo el maletín contra su enorme
barriga y sonrió–. Yo, con mi dinero y un maletín nuevo de regalo. Creo
que es fantástico, vaya que sí.
El hawaiano no dijo nada, simplemente miraba al suelo, con los brazos
cruzados sobre el pecho. Ted El Gordo estaba a punto de intentar conven-
cer otra vez al hawaiano de que le acompañara al granero cuando se escu-
chó el ruido distante de un motor, rompiendo así el insoportable silencio.
Alabado sea el Santísimo, pensó.
El hombre también se volvió, y ambos escucharon el ruido del camión y
el rechinar del remolque mientras ascendían lentamente hacia la entrada.
Pronto, los faros se movían entre los árboles, y unos minutos después, la
gran F150 pasó por delante de ellos y se dirigió hacia el granero.
Ted El Gordo se quedó observando mientras pasaba y levantó una mano
regordeta a la par que no apartaba los ojos del conductor. Pero Gabino,
con la mirada fija al frente, no se giró, no hizo ningún gesto con la cabeza ni
Contemplad el vacío - El ladrón de caballos
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saludó. Tan solo negocios, pensó Ted. Supongo que es una noche de esas.
–Bueno ahí está mi chico y ahí está tu caballo.
El hombre asintió y comenzó a seguir el rastro del tubo de escape de la
camioneta hacia la parte trasera de la casa, hacia el granero.
–Todo bien entonces –dijo Ted, y lo siguió lo mejor que pudo, soste-
niendo el maletín con una mano, y con la otra rascándose los testículos a
través de la tela ligeramente humedecida de sus pantalones de chándal.
–Acabemos con esto.
Gabino bajó del camión, el aire nocturno era mucho más fresco de lo que
esperaba. Todavía estaba conmocionado por la serie de extraños sucesos
con los que se había topado en el camino, pero no creía en espíritus, mal-
diciones, iluminados ni en ninguna de las otras mierdas que veía en la
televisión. Era católico y los católicos creían en los santos, en Dios y en los
ángeles, en demonios y en diablos. La sala en la que por medio de oraciones
y rituales se aprendían las enseñanzas de la Biblia y de Jesucristo. No había
necesidad de protegerse de espíritus enojados, maldiciones paganas y cosas
por el estilo.
Y aún así...
Sacudió la cabeza, inclinó el ala de su Stetson y empujó la pesada puerta
del granero a lo largo de sus rieles, dejando el espacio necesario para que la
camioneta y el remolque cupieran sin problema. El interior del cavernoso
recinto era de un negro intenso que devoraba la luz de los faros, un velo
vaporoso y opaco como el vestido de luto de una anciana.
Podía oír al extraño acercándose desde atrás, sus pasos marcándose so-
bre la gravilla suelta del camino improvisado que bordeaba la casa y con-
ducía al granero. También podía oír a Ted El Gordo resoplando como un
pez globo un poco más atrás. No importaba, era hora de hacerlo, coger su
dinero y marcharse. Tal vez para siempre.
Cerró los ojos, apoyó una mano sobre la áspera madera de la construc-
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ción e inclinó la cabeza rápidamente antes de que los otros llegaran. –Cú-
breme con Tu sangre redentora y que me llene el Espíritu Santo. Sanar
y transformar a mi ser de la oscuridad a la luz siendo... –recitó. Luego
levantó la mano, apartándose del establo, abriendo los ojos a la oscuridad
vacía que se alzaba ante él, un vacío que lo engullía todo. Sí, este es mi
último trabajo, decidió.
Regresó rápidamente a la cabina y arrancó, esperando que los haces de
luz amarilla de la camioneta se abriesen paso en la oscuridad, y la negrura
lo envolvió.
Ted El Gordo alcanzó al hawaiano, que permanecía de pie ante la entrada,
mirando pasmadamente el interior como si se tratara de una incógnita para
la vista. Los ojos rojos, como de demonio, de las luces traseras del camión
acechaban en lo profundo. Ted sonrió y pasó junto al hawaiano sin perder
el ritmo.
Su mano experta encontró con facilidad la caja de luces en la penumbra
y subió un oxidado interruptor. Las hileras de luces parpadearon y colma-
ron todo el interior.
El cobertizo tenía dos pisos de altura. Había cuadras alineadas en dos de
las paredes del piso inferior, y la segunda planta, un espacio abierto, alber-
gaba suministros, comida y cosas inservibles que Ted había ido acumulan-
do a lo largo de los años. Muchas de ellas, de cuando su padre era dueño
de la granja y la administraba como tal. Pero Ted había optado por otras
vías de hacer negocios que eran mucho más rentables y mucho más fáciles
de llevar a cabo con su físico. Prefería encargarse de ocasionales alijos de
armas ilegales, drogas u otro tipo de contrabando, y contratar a alguno de
los muchos inmigrantes ilegales dispuestos a ello y pedirle que transportara
dicho material a cambio de una cantidad de dinero irrisoria.
Lo del consumo de la carne de caballo llegó hasta él como quien encuen-
tra un regalo de Navidad bajo el árbol, escondido tras montañas de papel
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de regalo usado y algunas figuras del pesebre mal colocadas. No podía
creer lo fácil que era encontrar compradores para algo que podía conseguir
con tan solo chasquear sus dedos regordetes. Carne de caballo. No sabía
cuántos había sacrificado a lo largo de los años, a pesar de las leyes, débiles,
que pretendían impedirlo. Prefería comprar mercancía a buen precio y
convertirla en ganancias en el mercado negro, pero se dio cuenta de que
podía centrarse en “pedidos especiales”, en los hombres y las mujeres que
pagaban más dinero por las mejores razas de equinos, como si eso trans-
formara la carne en algo más apetecible. Se rio para sí mismo mientras
pensaba en la cantidad de dinero que la gente pagaría por cien libras de
carne, o por ocho libras de corazón. Demonios, su familia había estado sa-
crificando cerdos durante generaciones, y su padre había abandonado este
mundo endeudado con dos bancos y con un hígado destrozado cortesía del
licor barato con el que trataba de compensar sus muchos fracasos. Ted El
Gordo, sin embargo, no tenía hipoteca, había comprado su tercer Jaguar
y tenía un televisor de pantalla plana por satélite en el cuarto de baño. Su
padre podría haber trabajado duro, pero Ted lo hacía con inteligencia, y si
este cliente le daba mala espina, le ponía trabas aunque fuesen mínimas o
le producía un escalofrío, bueno, diantres, ese era el precio que uno tenía
que pagar por hacer negocios, y no iba a permitir que eso impidiera que la
transacción se efectuara. Al menos, no si podía evitarlo.
Se volvió hacia el hawaiano, que todavía estaba de pie pensativo en
la puerta, y trató de poner su mejor y más serena sonrisa. –Bien, vamos,
amigo. Aloha y todo eso.
El hombre miró a Ted con ojos sombríos y carentes de alma, se mentali-
zó y avanzó desafiante. Le lanzó una mirada rápida a Ted...
–Soy chino.
... y continuó hacia el fondo del granero. Ted ser rio y cerró la puerta
corrediza, sellándola con un ruido metálico.
–Amigo, mientras tu dinero sea estadounidense –canturreó Ted, riendo
mientras lo seguía–, me importa una mierda de dónde seas.
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Gabino contuvo la respiración mientras dejaba caer la puerta de la cara-
vana, temiendo lo peor. Pero Enviudadora permanecía tan inmóvil y sana
como cuando la había cargado, incluso estiró su cuello para brindarle esa
mirada bizca que parecía haber perfeccionado, esa brillante esfera marrón
como una bola de cristal que todo lo sabe. Suspiró de alivio y entró en el
remolque para desatarla.
–Tranquila, chica –dijo, dándole la vuelta en aquel espacio reducido
y tirando de ella por la correa. Empujó su hocico contra la barbilla de él
y lo miró con curiosidad–. No tengo más golosinas, amiga. No tengo más
caramelos8.
Gabino condujo al caballo fuera del remolque, descendió por la puerta
bajada y se la presentó al cliente, sujetándola con fuerza de la correa.
–¡Vale, vale! –gritó Ted–. Vamos a hacer negocios. –Puso una mano
en el hombro del chino–. Esta, querido amigo, es Enviudadora. Una pu-
rasangre holandesa de gran linaje, su padre fue Canciller, que compitió en
el Campeonato del Mundo –hizo una “V” fofa con sus dedos y la sostuvo
frente a la nariz de su cliente–, en dos ocasiones.
El chino asintió, mirando con asombro a la enorme yegua negra.
Ted El Gordo se quedó esperando alguna respuesta, pero no obtuvo
ninguna, y le hizo un gesto con la cabeza a Gabino, que estaba aferrado al
arnés del equino en mudo silencio. –Bueno, bien. ¿Vamos al lío? Gabino,
llévala a la parte de atrás.
Gabino hizo un gesto afirmativo con la cabeza y condujo a la yegua a
la parte trasera del establo, más allá del resto de cubículos —algunos de
ellos contenían caballos viejos, otro tres cabras— hasta donde estaban
los instrumentos de carnicería. Había un gran “escenario” de anchos ta-
blones de madera, una plataforma de matanza que podía limpiarse con
facilidad con una manguera una vez concluido el trabajo. Una pared se-
paradora contenía diferentes aperos: guadañas, cuchillos y mazas para la
8 En español en el original.
Contemplad el vacío - El ladrón de caballos
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matanza, además de una serie de implementos más precisos para el corte.
Los cascos de Enviudadora rasparon ligeramente los tablones. Gabino
enrolló la correa sobre una pesada baranda de hierro anclada en la pared.
Ella apoyó la cabeza sobre su pecho y él, de forma instintiva, le dio unas
palmaditas en el cuello. Retrocedió unos pasos y ella le empujó el brazo.
Él se volvió y la miró a los ojos, tan claros con aquellas brillantes luces del
edificio. Ella no esquivó su mano mientras él pasaba sus gruesos dedos so-
bre su hocico. Se sentía mal por no tener más golosinas, le hubiera gustado
haber complacido sus deseos antes de la muerte.
Mientras acariciaba al animal, Gabino sintió que algo pesado se agi-
taba en lo profundo de su pecho. Un tumor de odio de bordes afilados,
un reducto carbonizado de miseria y pérdida. Miró al caballo mientras se
acercaba y sabía que las cosas podrían haber sido diferentes. En otra vida,
un corcel como ese sería como un hijo para él. En esta vida, los caballos
como ella eran solo dinero, carne y culpa, un abismo de desesperación que
robar, asesinar y quemar hasta el fin de los días, hasta que no hubiera más
odio que sacrificar.
El chino, elegante con su traje negro, subió al estrado, pasó una mano
por el costado de la yegua, por su cuello, con una expresión nada disimula-
do de asombro, de admiración.
–Preciosa –dijo en voz baja. Miró a Gabino, sus ojos tan abiertos y sin
pupilas como los del equino–. Hiciste un buen trabajo. Es perfecta.
Gabino asintió confundido, no le gustaba hablar con los clientes, y raspó
las suelas de sus botas contra las tablas. La platea crujió cuando Ted El
Gordo se unió a ellos, de buen humor, golpeando con su palma el anca del
caballo.
–Sí, es una preciosidad, claro. Por supuesto, una vez que esté destripada
y asada, se verá igual que los que hay en la zanja de atrás. –Ted dejó el
maletín con cuidado, metió las manos en los bolsillos de su plumífero y se
balanceó sobre los talones, feliz y confiado, como un cerdo frente a una
montaña de maíz–. Entonces, ya que estamos aquí, tal vez podríamos...
El hombre del traje negro alzó bruscamente una mano y lo interrum-
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pió. Miró a Gabino, provocando así que el ladrón lo mirara a los ojos.
–¿La matarás tú? –preguntó.
Gabino miró a Ted, quien asintió. Gabino a su vez hizo un leve gesto
afirmativo al cliente. Aquel extraño hombre puso una mano sobre el hom-
bro de Gabino, se acercó a él para poder susurrarle algo. A Gabino no le
gustaba que lo tocasen, y el aliento del hombre apestaba a ajo, fuerte y
penetrante. Intentó no retirarse mientras él hablaba.
–Si vas a matarlo, es muy importante... –sus ojos se apartaron, se lamió
sus labios curvados–. Por favor, comprende que necesito que el caballo
continúe con vida durante unos cuantos minutos mientras se está des-
angrando. –El hombre dejó que la información se asentara–. Entonces...
¿puedes hacer que muera lentamente?
Gabino no pretendía entender el motivo de su petición, pero conocía
muchas formas de matar a un caballo, así que se limitó a asentir.
El hombre le dio una palmadita en el hombro a Gabino y luego, sin
preámbulos, se marchó a toda velocidad de la plataforma. Gabino y Ted
cruzaron sus miradas, y Gabino supo que a Ted El Gordo no le gustaba
aquel cliente. Pero le gustaba su dinero, así que todo iría bien. O eso es-
peraba.
–Oye... –dijo Ted mientras el hombre se alejaba unos metros y comen-
zaba a desvestirse.
El cliente se quitó la chaqueta y la colocó sobre un barril polvoriento.
Empezó a desabrocharse la camisa, ansioso, emocionado.
Ted se quedó boquiabierto y Gabino se mostró inquieto. Ted miró a
Gabino con los ojos como platos, su cara rechoncha y blancuzca se ensan-
chó hasta adoptar una expresión de desconcierto. Caminó hasta el borde
del escenario.
–Oye, amigo, ¿qué diablos estás haciendo?
El cliente lo ignoró, se quitó la camisa y la depositó sobre la chaqueta, se
descalzó y volvió a la palestra. Su pecho estaba cubierto con un enorme ta-
tuaje de un dragón rojo y serpenteante que se arrastraba sobre su hombro
y cuya lengua se deslizaba sobre su musculoso vientre. Con Gabino y Ted
Contemplad el vacío - El ladrón de caballos
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sin saber qué decir, el hombre se agachó con destreza, se llevó una mano
al pantalón, se subió una pernera y sacó una navaja de afeitar plegada de
una pistolera de cuero colocada a lo largo de su musculosa pantorrilla. Le
enseño la navaja a Ted El Gordo, con el brillante metal reluciendo bajo el
influjo de la luz. Ted levantó instintivamente las manos, con la boca con-
traída por la sorpresa.
–No estoy aquí por la carne –aclaró el cliente–. De donde soy, no puedo
regresar.
Gabino y Ted aguardaron, el aire estaba impregnado de tensión.
–Cuando llegue el momento exacto –continuó el cliente–, me cortaré la
garganta y moriré yaciendo junto al caballo. Una vez que estemos muertos,
quemaréis nuestros cuerpos. Enterrarás nuestros huesos y nuestras cenizas
a la vez en tu pozo. –El chino asintió con vehemencia, como si con eso
quedara todo aclarado, y las actividades, según había establecido, pudieran
comenzar.
Ted solo podía mirar al hombre sin salir de su asombro, su boca flácida
colgando abierta, su labio inferior bañado por la baba, su barbilla tocando
su cuello. La expresión de Gabino era más plácida, pero se apartó unos
pasos del hombre, hacia el caballo, con afán protector. No conocía a aquel
tipo, pero parecía muy peligroso y, de repente, Gabino estaba seguro de
que albergaba demonios en su interior.
Ted cerró la boca, tragó saliva, evitó mirar a Gabino mientras se reti-
raba, luego se volvió de nuevo hacia el hombre, el jocoso Ted El Gordo
se había refugiado en algún lugar profundo dentro de toda aquella carne,
y un Ted diferente, mucho más amenazador, ocupó su lugar, un Ted de
mirada inquisitiva y mandíbula apretada, cuyas blancas mejillas sonrosadas
brillaban con un tono carmesí oscuro.
–Vale, préstame atención –dijo Ted pausadamente–. No sé qué piensas
que es esto, pero no somos un centro ritual satánico para locos y solitarios,
¿sabes? Esto es un negocio, como cualquier otro. Me das dinero por la
carne, yo te doy la carne. Me dices que quieres carne fresca, que quieres
ver al carnicero, yo te digo que perfecto, que vengas, te costará más, pero
Philip Fracassi
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no tuve ningún problema con un pequeño control de calidad si eso te va a
hacer dormir mejor por la noche.
Ted dio un paso amenazante hacia el hombre, deslizando una mano
hacia el abultado bolsillo de su abrigo. Tenía medio pie de altura y unas
buenas ciento cincuenta libras más de peso que el nervudo asiático, y se
abalanzaría sobre él como un luchador de peso pesado listo para pisotear a
ese peso pluma. Gabino se fijó, lo que le valió su admiración, que el pequeño
hombre no retrocedió. La voz de Ted iba aumentando en intensidad.
–Pero cuéntame que quieres desnudarte y cortarte la garganta en mi
granero... en mi lugar de trabajo... bueno, hombre, es mejor que me cuentes
que quieres aullar a la luna y meterle tu pequeña cosita amarilla al caballo
por el culo, bañarte en su sangre y cantar algunas de esas tonterías rituales
en lenguas antiguas. Porque verás, todo eso que plantas tiene un proble-
ma, mira, y ese problema es que me dejas a mí con un marrón. Entonces,
mira, tenemos un obstáculo realmente difícil de salvar, ¿lo pillas?
Ted sudaba, tenía la mirada enloquecida y las mejillas temblando de
ira. –Mierda, amigo –dijo, ladrando una risa áspera–, incluso te diría que
estamos en un callejón sin salida. –Su rostro acalorado estaba a solo unas
pulgadas de la del hombre, la comisura de sus labios blanca por la saliva
reseca, su voz tan peligrosa y embaucadora como una picadora de carne–.
Sí señor, eso es exactamente lo que diría que tenemos. ¡Un jodido punto
muerto!
Gabino se mantuvo a la espera, con la respiración contenida, la mano
apoyada ligeramente en la correa del caballo, que parecía irónicamente in-
diferente a la extraña conversación que se desarrollaba a unos escasos pies
de distancia, palabras que iban a decidir su destino.
El hombre no reculó ante la imponente figura, que adoptaba la forma de
un negro nubarrón de tormenta a punto de cernirse sobre él. Gabino pensó
que parecía casi aburrido, como en modo zen. Sus ojos se movieron bus-
cando a Gabino, como tomando una decisión en una fracción de segundo,
luego volvieron hasta la cara enrojecida de Ted.
–Te pagué por el caballo –dijo con calma.
Contemplad el vacío - El ladrón de caballos
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–Y eso es lo que tienes –replicó Ted–, pero esa tarifa no cubre el tener
que deshacerme de cadáveres humanos. No señor, no. ¿Y sabes qué más
no cubre? ¡No cubre esa extraña mierda ocultista en mi granero! No, eso
tampoco, ¿ves por dónde voy? –Golpeó el pecho desnudo y tatuado del
hombre con uno de sus gordos dedos–. ¿Lo pillas, hermano?
El chino pareció meditar unos instantes y luego asintió. –¿Quieres más
dinero?
Los ojos de Ted se abrieron más todavía, sus labios se apretaron uno
contra el otro con tanta fuerza que se tornaron blancos. Y luego, en una
erupción, levantó la cabeza y rompió a reír, bramando tan fuerte y lo sufi-
cientemente profundo como para que el sonido pareciera escaparse hacia
arriba y atravesara el marco en forma de “A” del techo del granero como
si fuera un trueno.
–¡Más dinero! –gritó a los cielos, volviéndose para mirar a Gabino con
la muerte en sus ojos, con una sonrisa enfermiza en su lustrosa faz.
Gabino, que ya había movido la mano para enroscarla en el cabestro de
Enviudadora, dejó que su otra mano flotara hacia la pared. Sus dedos roza-
ron una guadaña que pendía de dos ganchos que él mismo había colocado.
Aguardó al siguiente movimiento de Ted.
–Más dinero –repitió, mirando con dureza de Nuevo al hombre con el
torso desnudo–. Sí, ya sabes, más dinero sería lo suyo. Me das más dinero,
tío, y dejaré que te hagas el harakiri en el suelo de mi cocina si quieres.
–Dio un pequeño paso hacia atrás, dejando algo de espacio entre él y el
hombre, con la mano siempre enterrada en su bolsillo. Miró con fiereza al
cliente, esperando una respuesta, pero el hombre tatuado no abrió la boca.
»Bueno –dijo entre jadeos–. Como eres un tipo silencioso, veo que de-
bemos ver los términos del acuerdo. Está bien, entonces, ¿cuánto dinero
exactamente estás dispuesto a ofrecer por este –agitó su mano libre en su
espalda, señalando despreocupadamente a Gabino y a Enviudadora– ritual
de suicidio mutuo?
El hombre lo pensó unos segundos, cerró los ojos y luego los abrió len-
tamente.
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–Veinte mil más. Puedo hacerte la transferencia de inmediato.
Ted silbó. Era un silbido amorfo, salpicado de saliva y muy agudo. –
Veinte mil. Bien, bien... –Caminó por el escenario en círculos, como si
debatiera internamente.
Gabino agarró al mango de la guadaña.
Ted dejó de caminar. –No –dijo, rotundamente, casi en un susurro–.
¿Sabes lo que pienso? –preguntó Ted El Gordo, casi con dulzura. El bulto
en el bolsillo de su abrigo se marcó cuando su puño se apretó alrededor
del metal–. Creo que eres un bicho raro. ¿Hay una palabra para eso en tu
lengua, rarito asiático? –La voz de Ted se tornó sosegada y fría. Separó
las piernas con delicadeza, como si se estuviera preparando para un duelo.
El chino no dijo nada.
–¿No? Porque eso, como ves amigo, eso es exactamente lo que creo que
eres. –La mano de su pistola se movió, frunció el ceño–. Y no me gustan
los jodidos bichos raros.
Pasó tan rápido que Gabino apenas pudo seguir los movimientos. Ted
sacó la pistola de su bolsillo. El asiático movió su muñeca, la hoja se soltó
de su vaina de metal frío con un suave chasquido, y corrió hacia Ted, cu-
briendo la corta distancia entre ellos en una fracción de segundo. La cara
de Ted se contorsionó en una mueca burlona y disparó. El hombro del
extraño explotó, un trozo de carne salió disparado con un chorro de sangre.
Entonces el hombre se abalanzó sobre él.
Pasó la muñeca de un lado a otro y la cara de Ted se abrió como un
melón resquebrajado, del ojo al molar de la parte izquierda, la mejilla col-
gando como una puerta rota, la sangre caliente salpicando, empapando el
plumas y las tablas del suelo.
Gruñendo y ensangrentado, Ted aferró el cuello del hombre y utilizó el
arma para golpearlo en la cara, pero el cliente levantó el otro brazo en un
movimiento fugaz, borroso, desviando el arma. La muñeca de Ted cedió
torpemente y la pistola disparó al aire, acertando a Enviudadora en el
cuello. El caballo chilló como un demonio, sacudió su enorme cabeza hacia
arriba, casi levantando en el aire a Gabino, que todavía tenía una mano
Contemplad el vacío - El ladrón de caballos
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enroscada en su correa. Gabino se liberó mientras el caballo se convulsio-
naba, sus ojos grandes y brillantes como platos de cromo negro, tornándose
blancos a consecuencia del shock.
Gabino descolgó la guadaña de la pared y saltó hacia el hombre con el
torso desnudo, percibiendo mientras se movía que la espalda del hombre
estaba cubierta por el resto de la figura del dragón rojo que había visto en
la parte frontal.
Gabino hizo un giro descendente con su improvisada arma hacia la nuca
del hombre, pero la mirada conmocionada de Ted El Gordo debió de ser-
virle de advertencia. Se apartó en el último segundo. La cuchilla alcanzó el
hombro ya herido y se hundió profundamente en la carne, casi separando
el brazo del torso. El hombre gritó a la vez que deslizaba su navaja sobre la
garganta de Ted El Gordo. Gabino se imaginó el orificio respiratorio cuando
una espesa salpicadura de sangre brotó del cuello de Ted, rociando al hombre
asiático y todo cuanto había a su alrededor en un radio de diez pies.
Gabino estaba demasiado aturdido para atacar de nuevo, y mientras per-
manecía allí viendo cómo moría Ted El Gordo, el hombre tatuado arrancó
el arma de la mano carnosa de Ted, girándose y disparando tranquilamente
a Gabino en el vientre. El rugido del disparo fue tan tremendo que Gabino
hizo una mueca a consecuencia del sonido antes de sentir el empellón de la
bala en las entrañas.
Aturdido, Gabino cayó de rodillas. El hombre se olvidó de Ted El Gor-
do y se concentró en Gabino, quien sabía reconocer a un demonio cuando
lo veía.
Aquel extraño estaba cubierto de sangre fresca, el dragón rojo de su piel
parecía volar a través del fluido caliente soplando fuego. Un brazo colgaba
al completo de una gruesa tira de carne, inerte e inútil, y la sangre manaba
de la herida. Su tez, sin embargo, permanecía inmutable, casi serena. El
rostro burlón y empapado de sangre del mismísimo Satanás. Gabino solo
fue capaz de soltar un gemido cuando el cliente levantó la navaja en el aire
y se abalanzó hacia él. Intentó en vano alzar la guadaña, esperando desviar
el golpe con ella.
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Aquel demente estaba levantado su brazo para un ataque mortal cuan-
do Enviudadora, desbocada y emitiendo rugidos guturales, dio una salvaje
coz al hombre, golpeándolo en las costillas con una fuerza tan brutal como
el choque frontal entre dos vehículos. El chino salió despedido de la pla-
taforma como si tiraran de una cuerda sujeta a su cuerpo, precipitándose
por el aire a veinte pies antes de estrellarse contra la parrilla de la F150. Se
produjo un crujido discordante cuando la espalda del hombre se quebró, y
un gemido áspero cuando su cadáver, roto, se desplomó sin vida sobre la
tierra compacta, en un charco de sangre.
Jadeando, con las entrañas ardiendo, Gabino contempló aquel desas-
tre. Ted El Gordo había dejado de moverse, una de sus manos había sido
destrozada a consecuencia de la mortal sacudida de Enviudadora. Miró
su estómago y advirtió que la mano que lo sujetaba estaba empapada de
sangre. Hizo una mueca, el latido de su corazón retumbaba en sus oídos.
Una parte de él se preguntaba si debería ir a un hospital, vivir con las
consecuencias legales que de ello pudieran derivarse. Intento ponerse en
pie, pero solo fue capaz de arrodillarse antes de caer sobre uno de sus costa-
dos, con la sangre goteando en un flujo burbujeante. Levantó la vista hacia
Enviudadora, cuya bravata se había disipado casi por completo. Resoplaba
por entre sus belfos y movía la cabeza de un lado a otro. Sus rodillas se do-
blaron. Trato de enderezarse pero, al igual que Gabino, carecía de la fuerza
vital necesaria para hacerlo.
La yegua se desplomó sobre la tarima, agrietando los tablones de made-
ra bajo su aplastante peso, con los cascos apuntando hacia el ladrón mo-
ribundo. Su barbada sobresalía hacia arriba, el extremo del arnés todavía
unido a la barandilla de hierro. Gabino vio cómo su gran vientre ascendía
y descendía, pero sus extremidades y su cabeza yacían inmóviles.
Con lágrimas abrasadoras saliendo de sus ojos, Gabino se incorporó so-
bre sus codos, soltando maldiciones a consecuencia del dolor. Jadeando,
con la poca fuerza que le quedaba, se arrastró sobre la madera hacia el ca-
ballo. Se dejó caer sobre el vientre del animal, colocó una mano ensangren-
tada sobre su fino pelaje negro. Luego, con los últimos arrestos de su triste
Contemplad el vacío - El ladrón de caballos
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y miserable vida, se encaramó, tirándose sobre ella, presionando su herida
contra el cuerpo de la yegua. Extendió sus dedos temblorosos para acari-
ciarle la cabeza, sus ojos aún salvajes pero desvaídos, sus párpados pesados
y a punto de caer, como un telón que se cerraba lentamente. Permaneció
inmóvil, su rostro bañado por el sudor y las lágrimas. Dejo que su sangre
empapara el pelaje del equino, consolándose al notar sus exhalaciones.
–Lo siento, preciosa –susurró con dulzura, tocando su boca con la punta
de los dedos, acariciándola–. Estamos juntos en esto, ¿vale? –Cerró los
ojos, las lágrimas se derramaron por sus mejillas y dijo con voz ronca–: Ya
nos vamos a encontrar con los ángeles del Señor.
Se hizo el silencio y la visión de Gabino se nubló. Levantó la cabeza por
última vez, miró al mundo que dejaba atrás, vio su Stetson manchado de
sangre tirado cerca del borde del tablado. Se pasó una mano moribunda so-
bre su cabeza sudada, su pelo apelmazado, su bigote mojado por el sudor y
la saliva. Hizo un gesto de dolor que provenía de sus entrañas, sus dientes
blancos apretados.
Desplazó su peso, su cuerpo empujando sin gracia hacia el gran cuello
de la yegua, y lo envolvió con su brazo. Su frente se inclinó hacia arriba
junto a la de Enviudadora, y la apoyó contra su cresta facial, inhalando
su aroma. El olor de la nobleza, pensó, recordando cuánto le gustaba de
niño, cuánto había amado siempre ese aroma. Para él, era el perfume
de la grandeza, de las vastas llanuras, de la fuerza, de la vitalidad, de la
velocidad, de la vida misma. Quería llorar por el dolor y la belleza, pero
ya era demasiado tarde.
El ladrón respiró por última vez. Se abría cada poro de su piel, sus mús-
culos se retorcían, se enroscaban y sobresalían a través de su desgarrado
tejido externo, que había estallado en gruesas cerdas negras. Los huesos se
plegaron y partieron como piedras agrietadas, marañas de tendones entre-
lazados como serpientes enroscándose entre los dos cuerpos. Las pupilas de
Gabino se endurecieron, su mente se expandió tanto como las llanuras más
extensas de horizontes crepusculares, la tierra transformada en un mar de
brezo en movimiento.
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Por un momento, permanecieron latentes, hombre y caballo. Pasajeros
mortecinos.
Luego, una creciente oleada de energía los inundó y se levantaron, triun-
fantes. Soltaron un suspiro, relincharon y, con un giro de su gran cuello,
rompieron la atadura que los anclaba al hierro como si de una débil cuerda
se tratara.
Arremetiendo, rompiendo todo lo que había bajo sus cascos, se volvie-
ron y saltaron de la plataforma, los músculos vibrando, el corazón insuflan-
do vida, la cabeza inclinada. Corrieron. Corrieron lejos de allí, de regreso
a la oscuridad.
El mundo exterior era infinito y lo atravesaron. Volando, galopando
más rápido que el viento, sus grandes pezuñas sacudiendo la corteza del
nuevo mundo, quemando la llanura como el fuego del infierno, sus ojos
mirando hacia el inmenso horizonte mientras huían hacia él, regocijándose.
En la lejanía, un niño se separó de una sombra protectora y corrió hacia
ellos, agitando los brazos, saltando, riendo. Aumentaron el ritmo, impa-
cientes por disfrutar de ese amor absoluto, ser consumidos por él, renacer
en su blanquecina luz.
Eran criaturas de Dios, y Su poder emanaba de ellos. Eran reyes. Esta-
ban compitiendo con montañas llenas del poder de soles estallando, inun-
dando la gran llanura bajo un eterno manto de estrellas que caían.
Trotando en una carrera infinita.
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Cuento nominado a los Premios Ignotus, contenido en
“Contemplad el vacío” de Philip Fracassi.
Portada de Hugo Giner.
Ilustrado por Juan Alberto Hernández.
Traducción de José Ángel de Dios.
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EDITORIAL