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Arauco Domado - Pedro de Ona

El poema épico Arauco domado de Pedro de Oña publicado en 1596 se ajusta a las convenciones del género épico a pesar de tener como tema a Chile y de que el autor nunca salió de Sudamérica. El poema fue encargado por el gobernador García Hurtado de Mendoza y tiene como objetivo enaltecer su figura a través de la narración de sus campañas militares contra el pueblo mapuche.

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Arauco Domado - Pedro de Ona

El poema épico Arauco domado de Pedro de Oña publicado en 1596 se ajusta a las convenciones del género épico a pesar de tener como tema a Chile y de que el autor nunca salió de Sudamérica. El poema fue encargado por el gobernador García Hurtado de Mendoza y tiene como objetivo enaltecer su figura a través de la narración de sus campañas militares contra el pueblo mapuche.

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El Arauco domado, poema épico compuesto por Pedro de Oña y publicado

en 1596, se ajusta a las convenciones de su género en el uso de la mitología


clásica, a pesar de que el tema es contemporáneo y americano y de que su
autor nunca salió de Sudamérica. El texto es, en primer lugar, un poema por
encargo. Hay certeza de que el gobernador García Hurtado de Mendoza, no
estando satisfecho con la caracterización que de él hizo Ercilla en La
Araucana, encargó a Oña la composición de Arauco domado. Retórico
también, debido a la descripción que en él se hace del pueblo mapuche, en
la que el título Arauco domado, se transforma en una construcción forzada
que se articula como objetivo para la grandiosa victoria sobre un pueblo, que
en el curso del poema es caracterizado como temible y salvaje en
contraposición con las huestes españolas sufrientes y abnegadas con tal de
lograr su dominación.
El exordio y los diecinueve cantos compuestos en octavas endecasílabas
(versos de once sílabas métricas en los que riman los versos primero, cuarto
y quinto; tercero y sexto; y séptimo y octavo) que dan forma a Arauco
domado se articulan sobre la base de, las ya mencionadas, caracterizaciones
indígenas idealizadas, los discursos araucanos estructurados de acuerdo a la
retórica latina, las descripciones de paisajes marcadamente renacentistas y
las alusiones a la mitología clásica.
Arauco domado comienza con el relato del viaje de García Hurtado de
Mendoza a Chile y las primeras campañas militares que este gobernador
dirigió. Contiene el relato ordenado de los acontecimientos que hasta esa
fecha se conocían. En ese sentido, no aporta muchos datos novedosos
desde el punto de vista histórico, ya que su objetivo era enaltecer la figura
del Gobernador García Hurtado, su principal protagonista. En ese afán, Oña
llegó incluso a compararlo con los dioses del Olimpo, quedando clara la
intención del autor y la influencia de Hurtado en el plan del poema.
La obra está llena de comentarios anecdóticos y fantásticos que la alejan de
lo meramente histórico. Las descripciones sobre las costumbres y vida de la
población indígena son producto de la imaginación del autor y lo mismo
sucede con los lugares que rodean a los sucesos relatados.

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Pedro de Oña

Arauco domado
ePub r1.0
Emiferro 07.03.14

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Título original: Arauco domado
Pedro de Oña, 1596
Edición original: Edición crítica de la Academia Chilena, Santiago de Chile, 1917
Ilustraciones: Edición crítica de la Academia Chilena, Santiago de Chile, 1917
Retoque de portada: Emiferro

Editor digital: Emiferro


ePub base r1.0

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EL ANOTADOR AL LECTOR
ESEOSA la Academia Chilena Correspondiente de la Real Academia Española
de divulgar las obras de los autores nacionales de cierta notoriedad,
ajustándose con ello al programa de trabajo que se trazó en sus Estatutos, en sesión
de 15 de junio del año próximo pasado acordó iniciar esa labor con la publicación de
las obras de Pedro de Oña, nuestro primer poeta, —el primero por la época en que
floreció y por la riqueza y abundancia de su numen, —designando al efecto a don
Julio Vicuña Cifuentes para la de El Vasauro, hasta ahora inédito; a don Manuel
Antonio Román para la de El Ignacio de Cantabria; a don Francisco Concha Castillo
para la de las poesías sueltas, y a nosotros para la del Arauco domado.
Hubo de darse la preferencia a la de este último, tanto por su valor histórico y
literario, cuanto por haber sido la primera labor que salió de manos del poeta. Vio la
luz pública ese poema en Lima, en 1596 , en un volumen en 4.º, adornado del retrato
del autor a la edad de veinticinco años, (que tal era la que entonces alcanzaba), con
tan mala estrella, que, a pretexto de haber aparecido sin la aprobación del Ordinario
Eclesiástico de aquel arzobispado, su autor fué procesado, sacado de a bordo a tiempo
que se hallaba ya embarcado en el Callao para partir a desempeñar el corregimiento
de Jaén de Bracamoros; se pidió que la edición fuese recogida cuando apenas se
habían despachado al público 120 dé los 800 ejemplares de que constaba la tirada; y
el impresor, asimismo, perseguido y que para escapar de la cárcel hubo de buscar
asilo en los claustros de un convento. La manera como el poeta había referido en esa
su obra la sublevación de Quito, ocasionada de la implantación de las alcabalas, hizo
provocar también las quejas de los capitulares de aquella ciudad y contribuyeron con
ellas en gran parte a impulsar la persecución de que resultaron víctimas el autor e

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impresor del poema.
Ya sea por causa de haberse detenido así el que circulara la edición íntegra, ya por
el transcurso de los siglos, el hecho es que de la obra del poeta chileno apenas si se
conocen hoy media docena escasa de ejemplares, llegando a constituir por tan
peregrina rareza una de las joyas más preciadas de la primitiva bibliografía
americana.
De seguro, por idéntica causa, Oña, que se veía de ese modo defraudado del justo
premio, —literario y pecuniario a la vez, —a que tenía derecho a aspirar, pensó desde
el mismo punto en que se detuvo en Lima la circulación de su poema en hacer de él
una reimpresión en España; a cuyo efecto, por medio de apoderado, obtuvo allí, en el
propio año de 1596 , la licencia para ejecutarla, y que sólo pudo efectuar en Madrid,
después de pasados nueve años y por motivos que para tal retardo no se conocen, en
1605 , por las prensas de Juan de la Cuesta, el mismo tipógrafo que en dicha fecha
sacaba también de ellas la Primera Parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la
Mancha; no sin que, como en Lima, apoderados de la ciudad de Quito se presentasen
a contradecir la publicación y pretendiesen recoger la edición íntegra. Salió ésta,
después de los nuevos tropiezos que estuvieron a punto de relegarla también a algún
rincón de trastienda, en un grueso volumen en 8.°, con ciertas omisiones en los
preliminares, alguna estrofa reemplazada por otra, y con la supresión de las últimas
veintidós octavas del canto X: enmiendas y supresiones que demuestran, al parecer,
que si el autor no se halló presente a la corrección de las pruebas, por lo menos hubo
de entregar el ejemplar que sirvió para la reimpresión.
Valiéndose de ella, don Juan María Gutiérrez hizo la que apareció en Valparaíso
en 1849 , prestando así un positivo servicio a nuestra literatura al vulgarizar la obra
del poeta chileno, punto menos que olvidada o del todo desconocida entre nosotros
por la rareza de las precedentes ediciones; si bien, con tan poco cuidado, que resultó
plagada de todo género de errores.
Muy superior a ésta fué la que se hizo para la Biblioteca de Autores Españoles de
Rivadeneyra, bajo la dirección de don Cayetano Rosell, que tuvo el buen acuerdo de
guiarse para ella por la edición príncipe, modificando convenientemente la
puntuación y marcando las diéresis que exigía la cabal medida de algunos versos,
pero modernizando el texto al cambiar la forma de las voces usadas por el autor para
ajustarlas al lenguaje corriente hoy, salvo en alguna que otra ocasión en que por
olvido dejó la lección original cual salió de la pluma del autor.
Tal es el texto que hemos de seguir para la presente reimpresión, aunque
conservando siempre las formas usadas por nuestro poeta, pues si no nos ha sido
posible tener a la vista algún ejemplar de la edición limeña, —cosa que habremos de
lamentar en unos cuantos pasajes en que aparece dudoso lo que el autor escribiera, —
esa falta se suple casi en absoluto con la versión que nos ofrece el literato español.

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Así, por ejemplo, hemos de conservar las formas latinizadas en su escritura, como
collegial, proprio, sancto, sant, etc.; advirtiendo, a la vez, que, en este orden, el
escritor chileno, muy versado en el idioma del Lacio, emplea con frecuencia voces
que denuncian aquel origen, cuales son, verbigracia, almo, fido, planto, pluvia,
rábido, resoluto, ruga, superbo, tremer, tribulo, etc.
Muestras son ésas de la educación clásica que Oña había recibido, siendo de
notar, todavía, que su vocabulario aparece bastante rico en alusiones mitológicas,
derivadas especialmente de su lectura asidua de La Eneida de Virgilio, que, al par de
La Araucana de Ercilla, fueron, los modelos que se propuso imitar; a la vez que
copioso en frases tomadas de la náutica, cual era tan frecuente en los escritores de
esos tiempos, de ciertos juegos, y de caballos. Asombra, en verdad, respecto de esto
último, los términos que emplea al describir los en que se presentaron ciertos
capitanes en la revista militar que don García Hurtado de Mendoza pasó a su hueste
antes de emprender la marcha al interior del territorio araucano.
Asimismo es digno de observarse el empleo que hace de algunas palabras
indígenas, que con buen acuerdo ingirió en sus estrofas, no «por cometer
barbarismo», según lo advierte en el prólogo al lector, «sino porque siendo tan
propria dellos la materia, me pareció congruencia que en esto también le
correspondiese la forma;» cuidando, sí, de explicar muchas de ellas en una pequeña
tabla que puso al fin de la obra, sin tomar en cuenta aquellas con las que ya Ercilla
antes que él había hecho otro tanto. Lástima es que incurriese en la misma omisión
que su ilustre predecesor al no dar lugar en sus descripciones a los paisajes de la
naturaleza del país en que se desarrollaban las acciones de sus héroes, omisión ya
notada por Menéndez Pelayo, cuando al traer a cuenta la mezcla que Lope hizo en su
comedia El Nuevo Mundo de la fauna y flora europeas, dice que «ese fué, por otra
parte, vicio común en todos los poetas descriptivos de entonces, incluso en el mismo
Pedro de Oña, que no había salido de Chile y el Perú cuando compuso su Arauco
domado, donde, sin embargo, la vegetación es enteramente fantástica y aprendida en
los poetas italianos».
Con todo, el empleo de tales voces resulta de importancia muy secundaria
comparado con el que hizo de algunas de nuestra lengua, ya en acepciones no
registradas, como sucede, entre otras que en su lugar se verán, con mélode, sobrecejo,
tríbulo, ventola; ya, lo que es mucho más interesante aún, con otras nuevas, algunas
de las cuales ciertamente dignas de que sean admitidas en el léxico. Tales son:
alacrán, antegénito, asteria, astrologar, cegarrega, de coplada, cortadora,
culebresno, deshechar, embanderar, empacarse, empihuelar, encolmado, espumazón,
estalaje, filicida, génito, insólido, jacóbico, jacobino, lutoso, mádido, mariscoso,
obstupecer, plácito, regal, reptar, rívulo, sucidio, tábido, tépido y tresno.
Por esto bien se deja comprender que no era posible llevar a cabo una nueva

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edición del Arauco domado que resultase digna de su mérito y de lo que exige hoy la
crítica sin que la ilustrasen algunos comentarios en su aspecto lexicológico, no tan
extensos que pareciesen fatigosos, pero sí lo bastante para justificar y aclarar con
ejemplos el pensamiento y las frases del poeta; a cuyo intento hemos de invocar, por
haber sido su modelo, a la vez que lo es del lenguaje, La Araucana de Ercilla; en
segundo término, cuando la oportunidad se ofrezca, el Quijote de Cervantes, norma
insuperable del buen decir y modelo jamás sobrepujado, y su autor contemporáneo a
las derechas del chileno; y, por fin, alguna cita de escritor de este país, que pueda
servir para establecer cómo al través del tiempo se conservaron entre nosotros ciertas
voces y locuciones, o, por la inversa, se han ido olvidando hasta desaparecer del todo
de nuestra habla corriente.
Sin duda que comentos de la naturaleza que ofrecemos parecerán redundantes
para los que se hallan bien informados en el conocimiento de nuestra lengua, pero
creemos que serán de provecho para la generalidad de los lectores y estudiantes del
castellano, que podrán así disfrutar de la lectura razonada de una obra netamente
nacional y de no escaso interés histórico.
Por cierto que desde este último punto de vista había mucho que decir de la obra
del escritor chileno, que no se compadecería con el propósito que guía a la Academia
al reimprimirla; bástenos con recordar que es menos comprensiva que La Araucana,
puesto que termina con la relación de la batalla de Biobío, sin justificar así de modo
alguno su título de Arauco domado, que más podría convenir, en verdad, al poema de
Ercilla, del que con manifiesta injusticia se dijera por sus contemporáneos que en él
se había arrebatado al caudillo de los españoles la gloria del vencimiento al omitir la
relación de batallas campales y la fundación de siete ciudades; y que llevando por
norte el elogio de Hurtado de Mendoza, todo se subordina en ella a enaltecer su
figura con colores, que, por lo exagerados, rayan no pocas veces en manifiesta
adulación, y apenas si sucesos de un interés más general se recuerdan, agregando, sí,
de cuando en cuando, algún detalle que puede aprovechar el historiador diligente y
que se ha omitido en el poema ercillano. Por aquella su tendencia fué, sin duda, que
los posteriores apologistas de la persona y familia del Gobernador de Chile, a contar
desde Suárez de Figueroa, para seguir con los que llevaron su persona a las tablas,
como fueron, Gaspar de Avila, los siete ingenios que, en mal disimulado certamen y
en consorcio seguramente retribuido con largueza, se juntaron para hilvanar la
comedia que intitularon Algunos hechos de don García Hurtado de Mendoza hasta
Lope de Vega, que adueñándose del título de la obra del poeta chileno como
manifestación desde el primer momento ostensible del propósito que informaba su
pluma; así fué, decimos, como el Arauco domado fué la cantera de que todos ellos se
aprovecharon para sus obras.
Sin entrar, pues, en la apreciación de sus dictados generales, nos ha parecido

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conveniente ilustrarla en lo relativo a Chile, por lo menos con biografías
compendiosas de los personajes españoles que en ella figuran, dejando para escritores
peruanos o ecuatorianos las de los que a sus respectivas naciones tocan más de cerca,
y conste que hacemos tal prescindencia sólo porque carecemos de las fuentes de
información necesarias para esbozar aunque más no fuese las noticias de los
capitanes que allí descollaron. Y en esa parte sí que puede aseverarse que el Arauco
domado es digno de todo encomio por su verdad histórica. Oña, al dejar interrumpida
la relación de los hechos de Hurtado de Mendoza en Chile cuando apenas iniciaba su
campaña de pacificación, debió de llegar, con La Araucana en la mano, a persuadirse
de que continuar en ese campo, sobre parecer inútil, tendría que redundar en
desmedro suyo, comparado con lo que el poeta madrileño había realizado, y hubo,
por tal causa, de cambiar de rumbo, y valiéndose de una ficción, del deus ex machina,
abandonó de un salto los sucesos de Chile y trasladó la escena al tiempo del gobierno
de su héroe en el virreinato del Perú, en el cual no faltaba alguno digno de la trompa
épica, entrando a referir la revuelta producida en Quito por la implantación de las
alcabalas, con tal abundancia y exactitud en los detalles, que su testimonio ha sido
invocado como autoridad de primer orden por Amunátegui en Chile, y allá en el
Ecuador por el eximio historiador González Suárez, quien mejor que nadie estaba en
situación de aquilatarlos por su versación en los documentos originales; y, en seguida,
al referir también las correrías de Hawkins, que habían de terminar tan
favorablemente para las armas españolas comandadas por don Beltrán de Castro y de
la Cueva, deudo muy inmediato de don García, con la batalla naval en que fué
vencido el marino inglés, y que dejó, desgraciadamente, sin contar por entero, con el
propósito manifiesto, a nuestro entender, de tomar pie de la continuación del relato de
ese suceso glorioso y enhebrar así la segunda parte de su obra, que proyectaba
entonces y que nunca hubo de emprender al fin, a fe que con sobrada razón después
de los percances que tuvo que experimentar al sacar a luz la primera y el ningún pago
que por ella recibiera. Y en esa parte ningún elogio mejor cabe para nuestro poeta que
el del insigne Lope de Vega, que aplaudió en su Laurel de Apolo el Ignacio de
Cantabria, calificándolo de «dulcísimo», y que, llegado el caso de referir a su turno
aquella batalla naval en sú Dragontea dijo en el canto III, en conceptos al parecer
hiperbólicos para el chileno y demasiado humildes para sí:

La cual como pasó nadie se atreva


Contar mejor en verso castellano,
Aunque parezca en Chile cosa nueva,
Que Pedro de Oña, aquel famoso indiano,
Este dirá mejor de nuestra cueva,

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Que es monte de Helicona soberano,
Gran don Beltrán, que no mi vega humilde,
Que apenas soy de aquellas letras tilde.

Finalmente, algo hemos de consignar también respecto a los aprobantes del


Arauco domado,— a que tienen derecho por el concurso que allegaron con sus
pareceres a prestigiarlo; —y el de intentar traducir en castellano el significado de los
nombres de los personajes indígenas que el poeta nos presenta en su obra, algunos de
ellos con carta de naturaleza en la leyenda nacional, y cuyo conocimiento debe tratar
de esclarecerse por haber sido traídos al escenario histórico por quien dijo que de los
araucanos conocía como propios y nativos «su frasis, lengua y modo»; empresa más
dificultosa de lo que parece y en la que hemos sido auxiliados, justo es reconocerlo y
agradecerlo, por fray Félix José de Augusta, fray Luis Mansilla y don V. M. Chiappa.
Por último, para que el estudiante pueda encontrar fácilmente la consulta del
vocablo o locución que llegue a ofrecerle cualquier duda, va después del texto una
nómina de los que tienen en estas páginas algún comento. E irá también un registro
alfabético de nombres propios de personas, ya de los que se mencionan en el texto, ya
de los que se haya ofrecido ocasión de citar en las notas.
¿Y la biografía del poeta?, se preguntará. Pues ella saldrá de mano de algún otro
de nuestros académicos al frente de las Poesías sueltas, como complemento a la
noticia de sus obras, y para equilibrar así, en cuanto es posible, el número de páginas
de los volúmenes de la presente edición.

J. T. MEDINA.

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PRIMERA PARTE[1]
DE

ARAUCO DOMADO[2]
COMPUESTO POR EL LICENCIADO

PEDRO DE OÑA

NATURAL DE LOS INFANTES DE ENGOL[3] EN CHILE, COLLEGIAL[4] DEL REAL


COLEGIO MAYOR DE SANT FELIPE Y SANT[5] MARCOS,
FUNDADO EN LA CIUDAD DE LIMA

DIRIGIDO A

DON HURTADO[6] DE MENDOZA

PRIMOGÉNITO DE DON GARCÍA HURTADO DE MENDOZA, MARQUÉS DE CAÑETE,


SEÑOR DE LAS VILLAS DE ARGETE Y SU PARTIDO,
VISORREY[7] DE LOS REINOS DEL PIRÚ[8], TIERRA FIRME Y CHILE;
Y DE LA MARQUESA DOÑA TERESA DE CASTRO Y DE LA CUEVA.
HIJO, NIETO Y BIZNIETO DE VIRREYES.

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LICENCIA Y PRIVILEGIO DEL VIRREY AL AUTOR.
ON García Hurtado de Mendoza, Marqués de Cañete, señor de las villas de
Argete y su partido, Visorrey, Gobernador y Capitán General destos reinos y
provincias del Pirú, Tierrafirme y Chile, Presidente de la Real Audiencia que reside
en esta ciudad de los Reyes, etc. Por cuanto por parte de vos el Licenciado Pedro de
Oña, colegial en el Real Colegio de San Felipe y San Marcos, fundado en esta dicha
ciudad, me fué hecha relación que habíades compuesto un libro intitulado Arauco
domado, que trata de las guerras de Chile durante el tiempo que estuvo a mi cargo el
gobierno de aquellas provincias, el cual os había costado mucho trabajo, y que
entendíades sería provechoso, así por la noticia que en él dais de las condiciones de la
tierra y gente della, como porque contáis en él con limpieza de verdad los hechos
señalados de muchos caballeros y otras personas que gastaron el dicho tiempo en
servicio del Rey nuestro señor, y me pedistes y suplicastes os mandase dar licencia y
privilegio para poder imprimir y vender el dicho libro en estos reinos, por término de
veinte años, o como yo más determinase. Y por mí visto vuestro pedimiento, y
habiéndose hecho en el dicho libro las diligencias que la Real premática dispone
sobre la impresión de los libros, cometiendo su examen y aprobación acerca de si
contenía alguna cosa contra nuestra santa Fe y buenas costumbres, al padre maestro
Esteban de Avila, de la Compañía de Jesús, y lo tocante a su estilo y entereza de
verso, con lo demás contenido en el dicho libro, al licenciado don Juan de Villela,
alcalde de corte desta Real Audiencia. Y, visto por los dichos, y aprobado, acordé de
dar y di la presente; por la cual, en nombre de Su Majestad, y en virtud de los poderes
y comisiones que de su Real persona tengo, os doy licencia y facultad para que vos, o
la persona que vuestro poder hubiere y no otra alguna, podáis hacer imprimir y
vender el dicho libro que intituláis Arauco domado estos reinos del Pirú, Tierrafirme
domado, en todos y Chile, por espacio y tiempo de diez años, que corran y se cuenten
desde el día de la data desta mi cédula, so pena que la persona o personas que sin
tener vuestro poder lo imprimiere o vendiere, o hiciere imprimir y vender, pierda la
impresión que así hiciere, con todos los moldes y aparejos della, y más incurra en
pena de quinientos pesos de oro cada vez que lo contrario hiciere, aplicados por
tercias partes, para la Cámara de Su Majestad, denunciador y juez que lo hubiere de
sentenciar; conque antes que hayáis de vender el dicho libro, le traigáis ante el dicho

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licenciado don Juan de Villela, alcalde de corte en esta Real Audiencia, para que vea
si está conforme a su original y os tase el precio que habéis de llevar por cada
volumen: que para todo lo dicho le doy poder y comisión en forma, cual en tal caso
se requiere; so pena que, no lo haciendo así, incurráis en las penas que para esto
disponen las leyes y premáticas Reales. Y encargo a todas la Audiencias destos
dichos reinos, y mando a todos los corregidores, alcaldes ordinarios y otras
cualesquier justicias de Su Majestad que guarden, executen y cumplan y hagan
cumplir y guardar a vos el dicho Licenciado Pedro de Oña esta mi cédula de
privilegio, con todo lo en ella contenido, y no consientan ir ni pasar contra ello, ni
parte dello, en manera alguna, so pena, a las dichas justicias, de cada quinientos pesos
de oro para la Cámara de Su Majestad. Dada en la ciudad de los Reyes del Pirú, a
once días del mes de enero de mil y quinientos y noventa y seis años.— EL
MARQUÉS.— Por mandado del Virrey.— Alvaro Ruiz de Navamuel.

Aprobación del padre maestro Esteban de Avila, de la Compañía de Jesús.

visto este libro que se intitula Arauco domado, y no tiene error contra nuestra
E
santa fe: es libro provechoso, porque tiene muchas y graves sentencias, muy
importantes para la vida humana; y es muy aparejado para incitar, mediante su
levantado estilo, los ánimos de los caballeros a emprender hechos señalados y
heroicos en defensa de la religión cristiana y de su rey y patria, aunque sean con
riesgo de la vida: lo cual cuan necesario sea para la conservación y aumento de la Fe,
repúblicas y reinos, bien claro lo enseña la experiencia: todo lo cual arguye el grande
ingenio de que Dios dotó al autor. Por donde me parece que con justa razón se debe
imprimir. Fecha en el Colegio de la Compañía de Jesús de Lima, en diez de enero de
mil y quinientos y noventa y seis años.— ESTEBAN DE AVILA.
El P. Esteban de Avila, diputado por el Virrey para que viese si la obra de Oña contenía alguna cosa contra la
fe o buenas costumbres, fué uno de los jesuítas más notables por su saber que pasaron, a América, de lo que dan
testimonio los libros que escribió, publicados que fueron después de su muerte y cuya nómina y descripción he
dado en la Biblioteca hispano-americana. Había nacido en Avila, en 1519; hizo sus estudios en el colegio que allí
tenía la Compañía de Jesús, para ingresar en ella, después de terminarlos, a los 20 años de su edad. Regentó una
cátedra en aquella ciudad, y pertenecía al Colegio de Salamanca, cuando se embarcó para el Perú, el 1.° de
octubre de 157. En Lima, el provincial P. José de Acosta le confió la regencia de la cátedra de teología en el
Colegio Máximo de San Pablo, y en enero de 1601 pasó a servir la de Prima de esa misma facultad en la
Universidad de San Marcos, la que desempeñó durante breves días, pues falleció el 14 de abril de 1601. Fué
también examinador sinodal del arzobispado, calificador del Santo Oficio y delegado del Obispo de Santiago de
Chile al cuarto concilio provincial reunido en Lima por Santo Toribio.

Parecer del licenciado don Juan de Villela, alcalde de corte de la Real Audiencia de los Reyes.

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E visto por orden de Vuestra Excelencia este libro que compuso el licenciado
Pedro de Oña, en el cual, demás del nuevo modo en la correspondencia de las
rimas, muestra su autor una natural facilidad, un caudal propio y un no imitado
artificio, con que, levantado en sus propias fuerzas, descubre muchas lumbres de
natural poesía, tanto más dignas de estimación en un hijo destos reinos, cuanto (por la
poca antigüedad de la nación española en ellos) tienen menos de cultura y arte. Y así,
fuera de ser muy justo que se le dé la licencia que pide, merece ser muy estimado,
favorecido y premiado de Vuestra Excelencia, pues del ejemplo de Alejandro, en la
envidia que tuvo de Aquiles, se prueba que no es menor grandeza en un príncipe
estimar y amparar los buenos ingenios, que hacer obras heroicas. Fecha en los Reyes,
a diez de enero de 1596 años.— EL LICENC. DON JUAN DE VILLELA.
El doctor don Juan de Villela fué hijo de don Pedro de Villela, caballero de Santiago, señor de la Casa de
Villela, y de doña Constanza de Miaga y Estrada, y su ascendencia puede verse en López de Haro y en la Casa de
Lara de Salazar y Castro. Nació en Munguía, obispado de Calahorra, en Vizcaya. Su biografía hállase contada por
extenso en las pp. 446-451 de la Primera Parte de la Historia del Colegio Viejo de S. Bartholomé de Salamanca,
escrita por don Francisco Ruiz de Vergara, de donde Mendiburu (sin decirlo) sacó la siguiente nota biográfica, que
bastará a nuestro propósito «Estudió en el Colegio de Sancti Spiritus de Oñate, en cuya Universidad fué doctor y
catedrático de vísperas de cánones. En 6 de agosto de 1590 entró en el Colegio Mayor de San Bartolomé de
Salamanca. En 1591 fué nombrado alcalde de corte de la Audiencia de Lima, y estando sirviendo esta plaza
obtuvo una de oidor en la misma. Pasó luego de presidente a Guadalajara y en 1609 fué visitador de la Audiencia
de México. Volvió a España en 1612 de oidor de la Cruzada, y en breve lo fué del Consejo de Indias. Después,
miembro del Consejo Real, auditor y superintendente de los ejércitos de Flandes, con merced del hábito de
Santiago y tres mil ducados de ayuda de costa. A su regreso a España fué gobernador del Consejo de Indias, y su
presidente en 1623. En seguida se le nombró consejero y superintendente de las Secretarías de España, y tuvo a su
cargo el despacho universal de la monarquía. Negóse a admitir el arzobispado de Santiago de Galicia, por su
avanzada edad y no poder abrazar el estado eclesiástico. Fué conde de Lences y de Tripiana, y comendador mayor
de Santiago en el reino de Aragón. Murió en 1630».

Soneto del doctor Inígo de Hormero, Protomédico del Pirú, al Autor.

NGENIOculto de la inculta Chile,


Renuevo fértil que ella nos retoña,
Pimpollo del antiguo tronco de Oña,
Cuyo verdor no hay tiempo que aniquile.
A quien (por más que el fiero diente afile
La envidia, carcomida en su ponzoña)
Parias dará la cítara y zampona
De Mantua y del que más delgado hile.

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No sólo con tu bien cortada pluma
Tornas felice y bienaventurada,
(Si tanto bien merece), nuestra era,
Mas haces que en olvido se consuma
Aquella memorable edad pasada
Y se consagre a ti la venidera.

Falta en la edición madrileña de 1605.


Escapóse a la diligencia de Hernández Morejón, en su Historia de la Medicina española, el nombre de este
protomédico del Perú (como también a las investigaciones de Mendiburu), autor del presente soneto y de uno que
se registra entre los preliminares de la Miscelánea Austral de Diego de Avalos y Figueroa, impresa en Lima en
1602, escrito, según se advierte en su encabezamiento, «en razón de la censura que se dio al autor». Es de
sospechar que la que tuvo para contribuir con su parto poético a adornar el libro de Oña no fuese otra que la
honorífica mención que en éste se hacía al enumerar los guerreros que se alistaron para la campaña de Quito del
joven Ignacio de Hormero, hijo, probablemente, del protomédico; y más adelante, en el canto XIX, su
comportamiento en la batalla naval que se tuvo con Hawkins.

Al Marqués de Cañete, en alabanza del Autor, el doctor Francisco de Figueroa.

CANCIÓN

NVICTÍSIMO Príncipe, si tu hombro


Do estriba de ambos Mundos firme el grave
Peso, que al fuerte Atlas el hombro inclina,
Sacudir suele el regalado y suave
Son de las Musas el horrible asombro
Poderoso a oprimir fuerza divina,
Ahora suelte el pecho, y de la fina
Imán de aquellas obras
Con que al olvido y a la envidia sobras,
Quede en virtud colgado el universo,
Mientras en blando, en grave, en dulce verso
Las glorias oyes que te entona el suelo,
Con puro estilo, y terso
Cual ni descubre el sol, ni cubre el cielo.

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Sobre carro de máquina alta inmensa
De bronce vividor, vestido el bello
Cuerpo inmortal, del estrellado manto,
Claro, eterno, gentil, tirada al huello
De la memoria, y de la fama encienso
De cedro incorruptible en fuego santo
Ardiendo eternamente en cada canto;
Y con glorioso adorno
Del siglo, y de la edad cercada en torno
Sobre el olvido el pie, muerta la muerte,
Ciega la envidia, el tiempo en freno fuerte,
Entre inmortales triunfos y Vitorias
Sale en dichosa suerte
La eternidad a pregonar tus glorias.
Al clarín más sonoro el soplo aplica
Que hirió dulce orejas de las gentes,
Que Esmirna o Mantua conoció, o que Roma,
No escogido entre mil, en las prudentes
Aulas de Italia o Grecia, que en la rica
Bárbara fértil Chile, el metal toma
Y entre las manos lo quebranta y doma,
Y forja tal la trompa
Como ni el tiempo la consuma o rompa:
Que en mundo nuevo hazañas nunca oídas
De un nuevo Aquiles, sin igual nacidas,
Tengan nuevo el clarín, con voz de acero,
Nuevas dulces medidas,
Nuevo son, nuevo canto y nuevo Homero.
Oirás por él, que del arnés luciente
Y más de fortaleza armado, el suelo
Tiembla a tus pies, que no tembló a la mano
Del soberbio español, rayos del cielo
Escupiendo del brazo fiero ardiente
Sobre el bárbaro indómito araucano;
Y en tierna edad oirás el seso cano
Con que tal vez la espada,
Tal el bastón gobiernas en la armada
Escuadra de tus jóvenes gallardos,

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Hasta que a la nación feroz molesta,
Tras largos años tardos
Pones al yugo la cerviz enhiesta.
Oirás por él que cuando el gran Monarca
Que rige el freno a la valiente España
En tus hombros la carga deposita,
Donde atesora la riqueza extraña
Que el sol luciente en cuantas zonas marca
Ni igual la vio, ni queda al mundo escrita,
Que el muerto siglo de oro resucita,
Y saben las edades
Gobernar pueblos, ensanchar ciudades,
Domar rebeldes, dilatar las leyes,
Fundarles otros reinos a Hispanos Reyes,
Que, a perderse el de allá (nunca suceda)
Hallen las sueltas greyes
Otro mayor que su soberbia hereda.
Oirás por él cuando el audaz Britano,
Que el cuello angosto penetró del mundo,
Tus costas ricas infestaba exento,
La erizada melena del profundo
De su gruta espantosa hórrido y cano,
Sacar el dios del húmido elemento,
Como asombrado de tan gran portento,
Hervir viendo en sus aguas
Del negro hermano las ardientes fraguas,
Sonar tambores, tremolar banderas,
Partir escudos, desgajar cimeras,
Y el blanco manto de encrespada plata
Teñir tus gentes fieras
En sangre odiosa del Inglés Pirata.
Más cantará la eternidad gloriosa,
Pues vivirá su voz lo que ella viva,
Y tú, dichosos años, hasta tanto
Que con tu diestra vencedora altiva
Levante España, madre belicosa,
Sobre el Belga feroz el pendón santo:
Allí el clarín con voz de inmortal canto

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Subirá por el cielo,
Asido a tus hazañas, tanto el vuelo,
Que levantado al mismo peso dellas
Cuelgue tu nombre eterno en las estrellas
Do nazca al siglo envidia de tu nombre,
Y al vivo horror de vellas
El Turco fiero de terror se asombre.
Tú, que con dulce y sonoroso encanto
Suspenderás los reinos del espanto
Ya envidia moverás las más sutiles
Que el mundo celebró plumas gentiles,
Fía en tu voz que al siglo venidero,
Pues cantas de otro Aquiles,
Tu canto te hará segundo Homero.

A pesar de la identidad de nombre y apellido, de haber sido contemporáneos y ambos poetas eximios, no es
este Francisco de Figueroa el llamado el «divino», que pasó la mayor parte de su vida en Italia, no estuvo en
América, ni era graduado de doctor; ni debe confundirse tampoco con el sevillano Francisco de Figueroa, que lo
fué en medicina, autor de algunas obras de su profesión impresas en España y en el Perú, adonde pasó hacia los
años de 1614 , para regresar a su patria poco antes de 1630. El que escribió el elogio de Oña y su poema se hallaba
ya en Lima, según se ve, en 1596 y continuaba aún en esa ciudad en 1602 , año en que se dio allí a las prensas la
Miscelánea Austral de Diego de Avalos y Figueroa, que lleva entre sus preliminares un soneto suyo; con
reputación tan bien sentada, que en el Discurso en loor de la Poesía (escrito por aquella «heroica dama» que quiso
que se reservara su nombre), puesto al frente del Parnaso Antártico de Diego Mexía, al llegar a enunciar los
poetas que en su tiempo descollaban en estas partes de América, nombra el primero a Figueroa, diciendo:

Testigo me serás, sagrada Lima,


que el dotor Figueroa es laureado
por su grandiosa y elevada rima.
Tú, de ovas y espadañas coronado,
sobre la urna transparente oíste
su grave canto, y fué de ti aprobado.

Y es todo lo que sabemos de tan ilustre vate. Sospecho sí, que hija suya sería aquella poetisa de apellido
Figueroa, disfrazada con el nombre de Amarilis, nacida en Huánuco (a donde, por consiguiente, se habría radicado
Figueroa) que dirigió a Lope de Vega una espístola en verso para pedirle que escribiera la vida de Santa Dorotea,
y en la que, junto con hablarle de su hermana, casada entonces con un rico encomendero de aquel pueblo, le dice
de sí:

Yo, siguiendo otro trato,


Contenta vivo en limpio celibato
Con virginal estado,

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A Dios con gran afecto consagrado…

y que el insigne dramático le contestó en términos tan elevados como galantes, declinando el encargo y
aconsejándole que honrase su patria,

…………………propagando
De tan heroicos padres la memoria,
Su valor generoso eternizando.

Al Marqués de Cañete, un Religioso grave, en comendación del Autor.

CANCIÓN

RÍNCIPE excelso, que a la excelsa cumbre


Del alto Olimpo, do la vista humana
Apenas ha subido,
Subiste sin humana pesadumbre,
Dexando con memoria soberana,
A pesar de la muerte y del olvido,
Tu renombre esculpido
En los celestes polos
Para ti sólo dedicados solos.
El natural severo
De espantoso guerrero
Remite blandamente,
Gobernador prudente,
Los ojos graves y el oído entero,
Si puedes, inclinando de ese trono
A las ornadas sienes
Y al grave y dulce tono
Que en tu servicio, por tu dicha, tienes.
Si el franco cielo, Príncipe dichoso,
No más que en dulce paz y en cruda guerra
Te hubiera señalado
Por hombre recto, por virrey celoso,

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Por robusto varón, de quien la tierra
Tembló al hollarla tan feroz soldado,
Ya quien el mar hinchado
Se sujetó rendido
En oyendo tu nombre esclarecido:
Si esto sólo te diera
Y un Oña no hiciera,
El cual con vena rara
En verso celebrara
El todo más cabal que el mundo espera,
Ni eterno fueras con renombre eterno,
Ni el cielo soberano
Tus obras y gobierno
Dispuesto hubiera con perfeta mano.
Porque, famoso Príncipe, la gloria
Que el cuerdo espera y el audaz procura
Y sólo tú la alcanzas,
Más la conquista la acertada historia
De heroicos hechos y sagaz cordura,
Que agudas flechas y blandientes lanzas.
Y así las esperanzas
Tan justas que has tenido
De la gloria que en todo has merecido,
Las veo ya logrando
En este tiempo, cuando
A la fama parlera
La lengua vocinglera
Y las doradas plumas usurpando
Oña su libro de manera adorna,
Que al de Virgilio mengua
Ya la fama le torna
Ligeras plumas y discreta lengua.
Con estas plumas, Príncipe invencible,
Como esta lengua desde el bajo suelo
Tus glorias han volado,
Tu gran valor, en otros imposible,
Con tus heroicos hechos, hasta el cielo
Y en las remotas partes se ha cantado
Del Araucano estado,

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Nación tan belicosa,
De la Britana gente valerosa
Domar el cuello exento,
Con fácil rendimiento
Quedar el verde Quito
A tu sombra marchito,
Y otras victorias tuyas que no cuento:
En fin, el gobernar de tal manera,
Que a la nuestra imperfeta
Vuelves la edad primera.
¡Dichoso tú, que alcanzas tal poeta!
Dichoso, señor, eres más que el Griego,
De quien el Griego Magno envidia tuvo,
Y más afortunado
Que la reliquia del Troyano fuego,
Pues si un Homero para Aquiles hubo,
Si de un Marón fué Eneas celebrado,
Y un Horacio extremado
Se halló para Mecenas,
Venciendo en Roma la elegante Atenas:
En esta competencia
Tienes con eminencia
Del Homero y Horacio
Y del honor de Dacio
En Oña la dulzura y la sentencia;
Pero, mal digo: ¿qué ventura ha sido
Que quien excede tanto
Los Mecenas que ha habido
Goce de más sonoro y dulce canto?
Gózale, pues, oh!, gran Marqués Hispano,
Nestóreos años, con eterna fama,
Ya tu Oña excelente
La generosa mano,
Que tantos bienes al Pirú derrama,
Extiende largamente;
Y el bajo estilo de mi tosco labio
Disimula y perdona,
Si el perdón de un agravio
Suele sacar más rica la corona

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Este religioso grave es, sin duda, el mismo que con tal calificativo contribuyó con dos sonetos a elogiar la
Miscelánea Austral de Avalos y Figueroa. Aventurado sería emitir una hipótesis cualquiera para descubrir su
nombre.

De Diego de Ojeda al Autor, laureándole.

CANCIÓN

montes de Lima celebrados,


EGIOS
Que al fuerte Pindó y al membrudo Atlante
El oficio hurtáis, hurtáis la fama,
Cuyos valientes hombros empinados
Hacen al ancho cielo dura cama
De viva peña de inmortal diamante,
El grave ceño y áspero semblante
De esa frente horrible,
Tan desgreñada, cuan inaccesible,
Pobre de honor y falta de belleza,
Serenad con afable mansedumbre
De perfeta nobleza:
Y esa gran falda y poderosa cumbre
De mirtos coronad, cubrid de flores,
Cuyos ricos olores
Huelan allá los encubiertos Mauros,
Y componed una feliz guirnalda
Al sacro Apolo nuevo,
Luz de esa cumbre y honra de esa falda,
Y aun de Minerva luz y honor de Febo.
Tú, hondo Lima, caudaloso río,
En fama esclarecido, en agua puro,
De rubios trigos húmido alimento,
La cristalina gruta y vado frío
De tu cuerpo veloz ancho aposento
Y de tu dulce ninfa casto muro:

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Para el dichoso fin que te aseguro
Hazlo de plata fina
Y de aljófar menudo fértil mina,
De ganchoso coral bello tesoro
Y bello archivo de lucientes piedras;
Forja de sutil oro
Eternas palmas, inmortales yedras,
Gallardos pinos, álamos frondosos,
Y de esto forma la gentil corona,
Que tu grave persona
Debe ofrecer con ojos amorosos
Al que te da valor, te da memoria
Con su divino canto,
Escureciendo la suprema gloria
Del generoso Po, del Tibre santo.
Vos, pardas nubes de aterido invierno,
Denso tapiz del orbe refulgente,
Velo escuro del lúcido Planeta,
Que siempre llenas de un vapor interno,
Por alta fuerza de virtud secreta
No serenáis la remojada frente,
Mostrad el duro pecho más clemente
Al padre soberano
De aquel mancebo (por su mal) ufano,
Dejad que pase la divina lumbre
De su rubia guirnalda venerable,
Para ceñir la cumbre
Del perfeto saber con luz notable;
Dejad que ciña la cabeza noble
Al Séneca profundo, al Marón sabio,
Cuyo elegante labio
En doble acento y en vihuela doble
Consagra con mil versos numerosos
A vividoras famas
Blandos Cupidos, Martes belicosos,
Fuertes varones y gentiles damas.
Y tú, segundo Apó, noble García,
Del potente Filipo diestra mano,
Y de su grave peso firme Alcides,

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Escucha en apacible melodía
Tus bravos hechos en famosas lides
Y en edad tierna tu saber anciano;
Oye con faz alegre y pecho humano,
Alejandro dichoso,
Sin tener al de Grecia valeroso
De su poeta claro clara envidia,
Ni al grande Apeles de su gran pintura,
Ni al memorable Fidia
De aquella perfetísima escultura:
Oye, verás por este dulce canto
La voz de Homero falta de sonido,
Apeles encogido,
Ya Fidia lleno de amarillo espanto.
Y al que Homero se abate, rinde Apeles,
Y Fidia se sujeta,
Con plumas, con buriles, con pinceles,
Hazle corona de inmortal poeta.
Mas, tú, reino feroz, Chile indomable,
De la cruda Belona casa fuerte
Y duro campo de batalla esquiva,
Castillo de la Parca inexorable,
Infierno de la furia vengativa,
Trono de Marte, silla de la muerte,
Ya que no pudo a la razón moverte
La vencedora pompa,
La voz terrible de la hueca trompa,
La rebatida caja resonante,
La gruesa pica y el robusto dardo,
La espada rutilante,
La doble fuerza y ánimo gallardo,
Mueva, mueva tu pecho diamantino
El que puede mover ligeramente
Más intrépida gente,
Que mover pudo el músico divino,
Y dale por magnífica vitoria
Tu bélica guirnalda,
Ponía, para que viva tu memoria,
En su cabeza no, pero en su falda.

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Oña famoso y en virtud supremo,
Cítara, canto, péndola, escritura
De Tebas y de Tracia
Tu verso alaben, digan tu dulzura,
Que para tanto en mí faltó la gracia.

El autor de este elogio es nada menos que el de La Cristíada; pero, siendo así, ¿porqué aparece su nombre sin
el fray? ¿Acaso, no estaba ordenado cuando lo escribió? Sí que lo estaba desde 1° de Abril de 1591. ¿Fué,
entonces, omisión de la imprenta el no haber hecho constar su estado religioso?
Este fray Diego de Ojeda, u Hojeda, como después aparece escrito su apellido, es ni más ni menos, según
digo, que el autor de La Cristíada, a cuyo título es en realidad acreedor a una prolija biografía, que el cronista de
los dominicos del Perú fray Juan Meléndez ni siquiera bosquejó en sus Tesoros verdaderos de las Indias,
limitándose a decir que fué maestro en su Orden, «natural de Sevilla, prior del convento del Rosario de Lima, de
los primeros fundadores de esta santa casa, singular en letras y virtud, de grande espíritu y ternura, penitente, y de
oración perpetua delante de un santo Cristo. Murió, con fama de santo, en Huánuco, consumido de trabajos, que
sufrió con admirable paciencia». I, p. 73. Pero de aquella su grande obra, ni una palabra, ni siquiera, al consignar
su muerte, la fecha en que ocurrió.
Fueron los padres de Hojeda don Diego Pérez Muñoz y doña Leonor de Carvajal. Pasó muy joven a Lima,
donde profesó el 1.° de abril dé 1591. En su Orden fué lector de artes y teología, presentado y maestro, prior en el
Cuzco, Lima y Huánuco, y en este último pueblo falleció el 24 de octubre de 1615. Su poema se imprimió en
Sevilla, en 1611 , y entre sus preliminares lleva unas quintillas de Lope de Vega y otros versos del Doctor Mira de
Amescua en elogio del dominico. Ya en Lima le había antes aplaudido aquella ilustre dama autora del Discurso en
loor de la Poesía, inserto entre los preliminares del Parnaso Antártico de Mexía, asociando su nombre al de otro
religioso, también sevillano, en estos términos:

Ojeda y Gálvez, si las plumas vuestras


no estuvieran a Cristo dedicadas,
ya de Castalia tuvieran dado muestras.
Tal vez os las ponéis, ya las sagradas
regiones os llegáis tanto, que entiendo
que de algún ángel las tenéis prestadas.
El uno está a Trujillo enriqueciendo,
a Lima el otro, y ambos a Sevilla
la estáis con vuestra Musa ennobleciendo

Soneto de don Pedro de Córdoba Guzmán, caballero del hábito de Santiago, al Licenciado Pedro de
Oña.

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LMAfeliz, que al mundo por milagro
Sales en este bello cuerpo envuelta,
Donde con traza y mano tan resuelta
Mezclas a su sazón lo dulce y agro.
Tú, que cual otro joven Meleagro
Matas al jabalí de invidia suelta,
Ya quien Apolo ofrece a cada vuelta
La luz que yo en su nombre te consagro:
Gózate en paz, pues antes, alma pura,
Que libre de este cuerpo y su batalla
Subas triunfante al premio de la gloria,
Ya desde ahora, en prenda bien segura
De que te espera el tiempo de gozalla,
La gozas en el cuerpo de esta historia.

Don Pedro de Córdoba Guzmán era originario de Málaga y allí rindió en 1578 sus pruebas para cruzarse en la
Orden de Santiago, que faltan, desgraciadamente, en su Archivo. El cronista agustino fray Bernardo de Torres,
celebrándole por haber tomado a su cargo los gastos que originó el capítulo provincial de aquella Orden que se
verificó en la Nasca el 21 de julio de 1598 , dice que «por su generoso pecho corrieron por ambas líneas paterna y
materna caudales de la mejor sangre de España, derivada de muchos Títulos y Grandes, y en grados muy
propincuos». Y en este orden puede en efecto asegurarse que era deudo del Marqués de Cañete don Andrés
Hurtado de Mendoza, quien le eligió por capitán de la guardia de gentiles hombres que debía asistir cerca de su
persona como Virrey del Perú, cargo que, por lo que se ve, aun conservaba cuando desempeñaba aquel alto puesto
don García Hurtado de Mendoza. En su testamento dispuso que se le enterrase en la iglesia del Convento de San
Agustín de Lima. «Está su entierro, refería el P. Torres, en 1657 , en la capilla mayor de nuestra iglesia, al lado
derecho del presbiterio, en el hueco de un arco adornado exteriormente de un curioso retablo estofado de negro y
oro, colunas y capiteles de labor corintia, con la insinia roja de Santiago en la testera y en la tumba».

Del Doctor Jerónimo López Guarnido, Catedrático de Prima de Leyes en la Universidad de Lima, al
Autor.

sacar a luz de tal sujeto


ARA
Historia tan heroica en breve suma,
Tan caudaloso ingenio y rica pluma

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Fué menester y estilo tan discreto.
Vuestro talento oculto, en lo secreto
Ha sido bien que en sí no se consuma,
Sino que en otro gran Pompeyo Numa
Muestre (causando asombro) su conceto;
Pues Lesbia Safo, la decena Musa,
Con el que el oro y esmeraldas cria
Y todo el consagrado Pierio bando
El censo os dan, que daros no se excusa,
Porque en la perfeción de la poesía,
Oña divino, a todos vais sobrando.

«El doctor Jerónimo López Guarnido, era doctor en leyes en la Universidad de Lima cuando ésta se separó del
convento de Santo Domingo en 1572. Luego que se organizó la Real Escuela de San Marcos, y dieron principio
los estudios en ella el año 1577 , Guarnido fué el primer catedrático de Leyes. Ya había prestado importantes
servicios como rector en 1575 , y volvió a serlo en 1578. Aun se conserva su retrato en uno de los salones de la
Universidad. En 1591 , asistió como letrado jurista al cuarto concilio limense reunido por el Arzobispo Santo
Toribio».— MENDIBURU.

De don Pedro Luis de Cabrera, capitán de la guardia del Virrey, al Autor.

SONETO

Osé lo que me cause más espanto


este milagroso y bel poema,
Adonde (como yéndoles por tema)
Fortuna, Febo y Marte han hecho tanto;
O el joven, que con pecho fuerte y santo,
Domó la gente indómita y blasfema,
O tú, que en tierna edad con mano extrema
Eterna le celebras por tu canto;
Porque si en él la dura espada veo,
En ti la delicada pluma miro,
Que entrambas ponen límite al deseo:

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Por donde al fin confuso me retiro,
Y dando igual a entrambas el trofeo,
De entrambas por igual también me admiro.

Mis diligencias para encontrar algún dato de este soldado y, por lo que se ve, malísimo poeta, han resultado
infructuosas. La identidad del segundo de sus nombres y de su apellido, inducen en la sospecha de que bien
pudiera ser cuando menos deudo, si no hijo, de aquel don Jerónimo Luis de Cabrera que tanto figuró en las
Provincias del Plata.

De Cristóbal de Arriaga Alarcón al Autor.

SONETO

QUELque en el delfín salió seguro


Tocando su instrumento sonoroso,
Y el que entonando el canto milagroso
Canto a canto subió el tebano muro;
Aquel que sin temor del mar futuro
Bajó al profundo reino tenebroso,
Y el cantor cuyo símbolo frondoso
Su frente ciñe con el verde escuro:
Sólo al que aquí cantó en divino canto
Se rinden, y admirados de tal punto,
Confiesan con invidia que a este solo
Se le debe el laurel y el amaranto,
Pues en heroico tono y contrapunto,
Si hay Apolo que cante, es este Apolo.

Nada, ni en los documentos ni en los libros impresos de que he podido disponer, se halla de este Cristóbal de
Arrraga. Por uta momento me imaginé que podía ser deudo del célebre jesuíta de su apellido, autor de la
Extirpación de la Idolatría en el Perú; pero no hay tal, ni vale el trabajo de mayor investigación el poco mérito de
este soneto.

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Del Licenciado Gaspar de Villarroel y Coruña, abogado de la Cancillería Real de la ciudad de los Reyes.
Por la Academia Antartica, al Licenciado Pedro de Oña.

SONETO

agradecer a Engol, sagrado Lima,


I
Que al Oña primogénito te enviase
A que con voz angélica cantase
Del Príncipe que el cielo tanto estima.
Los ríos todos subditos al clima,
Al clima Antártico harás que venza y pase,
Pues si al Sebeto, al Arno, al Po llegase,
Inclinarían la soberbia cima.
Y por secretos del abismo inmenso
Conducirle podrás a la alta cumbre
De que la urna viertes cristalina,
Donde levante altar y queme encienso
Del margen tuyo, en pura ardiente lumbre,
A la sublime fábrica divina.

Villarroel, de familia oriunda de Sahagún, fué natural de Guatemala y cursó leyes probablemente en México;
licenciado en esa facultad era cuando hacia los años de 1587 le nació en Quito de su matrimonio con doña Ana
Ordóñez de Cárdenas, su hijo Gaspar, que llegó a ser obispo de Santiago de Chile y de Arequipa, autor de varias
obras de derecho eclesiástico y teología, varón de gran talento y de profunda erudición, que en una de ellas decía
de su padre que «le había dejado por herencia, no sus virtudes, sino su nombre, y que era (no importa que yo lo
diga), añade, de los mayores letrados que se vieron en las Indias. Hay hoy de él bastante memoria en las escuelas
y no se apagará su crédito si no se acaba el nombre de sus discípulos». De su afición a la poesía había dado ya
muestra en un soneto que salió entre los preliminares de las Elegías de varones ilustres de Indias, impresas en
Madrid en 1589, y de tal consideración gozaba en ese orden algunos años más tarde, que la autora del
Discurso en loor de la Poesía le dedicaba en él los siguientes conceptos:

Gaspar Villarroel digo, aquel hombre


que a pesar de las aguas del Leteo,
con verso altivo ilustra su renombre.
Aquel que en la dulzura es un Orfeo
y un griego Melígenes en ciencia
y en majestad y alteza un dios Timbreo:
Este, por ser quien es, me da licencia

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que abrevie aquí las alabanzas suyas,
que es símbolo el callar de reverencia.

Se hallaba, pues, por ese entonces (1604) en Lima, adonde había llegado por los días en que Oña daba remate
a la impresión de su obra, con el propósito dé atender a la educación de su hijo, a la vez que por su parte no daba
de mano a los estudios. Deseando graduarse de licenciado en cánones, en 5 de noviembre de 1596 presentó al
claustro de la Universidad una solicitud para que, en vista de su pobreza, se le exonerase de la mitad del pago de
las propinas que debía satisfacer por el grado, aunque sin lograrlo. Algún adelanto en su carrera obtuvo, sin
embargo, pues consta que fué justicia mayor en el Cuzco, en el desempeño de cuyo cargo le ocurrió haber tenido
que fallar como juez una causa, con resultas que le amargaron el resto de su vida por una apresurada ejecución de
su sentencia, y díjome a la postrera hora, cuenta su hijo el obispo, que todos sus pecados juntos no le hacían en
ella tanto peso. Sábese también que en 1606 se hallaba en Lima, habiendo obtenido en esa fecha licencia y
privilegio de la Audiencia para dar a la estampa el sermón predicado por el agustino fray Diego de Castro en las
honras del obispo de Quito, don fray Luis López; y que, muerta su esposa, Villarroel se entró de fraile,
seguramente en la Orden de San Agustín, a la que pertenecía su hijo.

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DEDICATORIA DEL AUTOR
A don Hurtado de Mendoza, primogénito de don García Hurtado de Mendoza, Marqués de Cañete, señor
de las villas de Argete y su partido, visorrey de los Reinos del Pirú, Tierra Firme y Chile; y de la
marquesa doña Teresa de Castro y de la Cueva. Hijo, nieto y biznieto de Virreyes.

O me pareció podía, ni era justo, acudir a otras manos que a las de Vuestra
Señoría con la primera labor que sale de éstas; porque, siendo todo el blanco de
ella no menos que alguna parte de las altas proezas del Marqués de Cañete, padre
dignísimo de Vuestra Señoría, estaba muy en razón que quien tan legítimamente le
hereda en todas ellas, que es lo más, le haya de suceder en esto, que es lo menos. Ha
días que lo tengo trabajado, y aun impreso, dilatando el sacarlo en público hasta que
el Marqués se fuese, como ya (por daño nuestro) se va de estos reinos, porque el
publicar sus loores en presencia suya no engendrase (a lo menos en dañados pechos y
de poca consideración) algún género de sospechas, cosa de que tan ajena está la
limpieza de la verdad que en todo este discurso trato. V. S. no se desdeñe de recibir
en él mi buen deseo, si no por éste (aunque es muy grande), por la grandeza de la
materia a que aspira: que haciéndole V. S. acogimiento a la sombra de sus alas, soy
cierto que se quebrarán las de todos aquellos que imaginaren atrevérsele, y a mí me
nacerán muy crecidas, para desplegallas adelante en el servicio de Vuestre Señoría:
cuya persona guarde el Señor con todo el aumento de estado que Vuestra Señoría
merece. De los Reyes del Pirú, a cinco de Marzo, año de mil quinientos y noventa y
seis.
Beso a V. S. las manos, su menor servidor y criado.

EL LICENCIADO PEDRO DE OÑA.

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PRÓLOGO AL LECTOR
OLICITADO de tan grandes temores, cuanto son las causas de tenerlos, pongo,
discreto lector, este mi libro en tus manos, porque demás del ordinario y justo
recelo con que todos sacan sus obras a la almoneda de tantos y tan varios gustos,
donde cada uno corta a la medida del suyo, tengo yo otros muchos particulares
motivos para encogerme y temblar de sacar a la luz de los altos y claros
entendimientos la escuridad[9] y bajeza del mío; así por ser en la hora de agora[10],
cuando todo y, en especial, el arte de la divina poesía con su riqueza de lenguaje y
alteza de concetos está tan adelgazado y en su punto, que ya parece no sería perfeción
sino corrupción el pasar del término a que llega,-como por suceder yo, si así lo puedo
decir, a los escritos de tan celebrado y bien aceto[11] poeta como don Alonso de Ercila
y Zúñiga, y escrebir[12] la misma materia que él, cosa que en mí, si aspirase a más que
a traer a la memoria lo que él dejó al olvido[13], preciándome mucho de ir al olor de
su rastro, parecería tan grande locura como envidia el no confesarlo: ultra de que mi
poco caudal y menos curso[14] me hacen abatir las alas, si algunas me hubieran
levantado los pocos años. Mas, todas estas dificultades atropello el solo deseó de
hacer algún servicio a la tierra donde nací —¡tanto como esto puede él amor a la
patria!— celebrando en parte con mis incultos versos las obras de aquellos que,
sirviendo en ella a su rey, dieron a costa de sus vidas, plumas y lenguas a la fama, y el
principal entre éstos, el marqués don García Hurtado de Mendoza, en el tiempo que
gobernó aquellas provincias, que es todo el sujeto deste libro. Acordé dalle título de
Arauco domado, porque, aunque sea verdad que agora, por culpas nuestras, no lo
esté, lo estuvo en su gobierno, pues trajo pacífico a todo el Estado[15] y demás tierra
generalmente en tres años que la tuvo a su cargo[16], habiendo dado a los indios siete
campales batallas, de que siempre salió victorioso, cosa de gran ponderación y estima
en un mancebo de veinte y un años, que éstos tenía cuando comenzó a gobernar. Fué,
pues, mi intento que hasta el nombre significase lo que sólo su valor y no otro, antes
ni después del, ha podido acabar; y aunque en esta Primera Parte no quede Arauco
domado, al menos dispone se, como se verá por el discurso, para que lo quede en la
Segunda. El nuevo modo de las octavas, por la nueva trabazón de las cadencias[17],
no fué por más que salir, no de orden, sino, del ordinario, comoquiera que sea de más
suavidad, aunque más impedidas para correr bien, por hacer en tres partes rima donde
parece que repara el concepto. Van mezclados algunos términos indios, no por
cometer barbarismo, sino porque, siendo tan propria[18] dellos Ja materia, me pareció
congruencia que en esto también le correspondiese la forma: déstos los más se
explican luego en una pequeña tabla que está al fin deste libro. Y el divertirme[19] del
intento principal, como es tratar las cosas de Chile, contando otras (aunque bien
mirado sin salir del), mucho después en Lima sucedidas, cual es la rebelión de Quito

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y la victoria que se alcanzó del inglés Richarte Achines[20], caúsalo el ser mi blanco
escribir las hazañas y felicidades del Marqués de Cañete; y como no ocupen éstas el
menor lugar entre aquéllas, no me pude excusar de engerirías[21], so pena de huir el
cuerpo a mi pretensión. Esto he prevenido, curioso lector, así por acudir a lo que pide
el nombre del prólogo, como porque más libre de dificultad entres a la lección desto
que te ofrezco; en lo cual, si por ventura hallares algo de consideración, lo podrás
atribuir, o al demasiado trabajo, o a la fertilidad de la materia, y las faltas solamente a
la estrecheza[22] de mi ingenio; si ya no quisieres recebir[23] en cuenta la priesa[24],
tan grande cuan forzosa, que en todo este discurso he llevado. Porque así habrás tú
cumplido con lo que a ti mismo debes, y quedaré yo de todas mis vigilias
bastantemente satisfecho. Vale.
Falta en la edición madrileña de 1605.

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EXORDIO DE ESTA PRIMERA PARTE
DE

ARAUCO DOMADO

Compuesto por el Licenciado Pedro de Oña, Colegial del Colegio del Rey nuestro señor.

I pluma y vista de águila tuviera,


Pluma con que romper el vacuo seno,
Y vista para ver al[25] sol de lleno,
Seguro de temor volara y viera;
O si tan remontada no estuviera
La soberana cumbre do me estreno,
Prestárame el trabajo sus escalas,
O me valiera entonces de mis alas.
Mas si para poder volar tan alto,
Y ver el resplandor dé mi sujeto,
Conozco de mis plumas el defeto[26],
Y cuanto soy de vista pobre y falto,
¿Qué miedo, qué temor, qué sobresalto

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Habrá que no me cerque en tal aprieto?
Adonde se me pone por delante.
Un amasado muro de diamante.
¡Oh cuan terrible empresa tomo a cargo!
¡Oh cuan difícil y ardua cosa intento!
¡Oh cuántos culpan ya mi atrevimiento,
Y acuden a ponérmele por cargo!
Mas hay una razón en mi descargo
Que en obras semejantes, el intento,
Haciéndose el deber por emprendellas,
Basta para llevar el premio dellas.
Ultra de que mirándose la obra,
Veráse la materia ser tan alta,
Que todo lo que en vista y pluma falta,
Sin falta en lo que ve y escribe sobra;
Por donde sobresalto ni zozobra,
No me zozobra ya ni sobresalta,
Porque me da motivo y osadía
Lo mismo que me daba cobardía.
Pues canto… mas cantar es devaneo.
Después de tantos célebres cantores,
En quienes conoció competidores
La resonante cítara de Orfeo;
Aunque la letra obliga y mi deseo
A sacudir solícitos temores,
Que si me llevan todos en el canto,
Yo solo a muchos llevo en lo que canto.
Con todo suena mal un ronco acento
Si el arte, gracia y crédito le falta,
Y la tonada es cónsona y tan alta
Para tan bajo y dísono instrumento;
Favoreced, señor, al buen intento,
Que bastará a suplir cualquiera falta,
No siendo necesario más abono
Que dar vuestros oídos a mi tono.
A solo vos favor en esto pido,
Pues dalle en todo a solo vos es dado;
De vos le tiene quien le da, Hurtado,

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Y debe ser a vos restituido;
Que siendo yo de vos favorecido,
De nadie puedo ser desayudado,
Porque si de mi parte a Jove llevo,
Conmigo se vendrán Minerva y Febo.
A vuestro ser consagro mi escriptura[27]:
Suplico la miréis, que más es vuestra,
Por ser labor sacada de la muestra
Que en vos dejó estampada su figura;
Porque con esto sólo va segura,
Y pone obligación a quien se muestra
De que mirado el blanco adonde tira,
Mire, si le mirare, como mira.
Que vista la grandeza del sujeto,
Y quien para cantársele me toca,
¿Quién hay tan recio y áspero de boca
Que no le tenga un freno tal sujeto?
O ¿quién habrá tan falto de respeto,
Que si un animalillo se coloca
Allá en lugar supremo y venerado
Toque, por derriballe[28], a lo sagrado?
Y pues que por mirar mis pies tan cojos
Es visto que la vista no se os mengua,
Haced que el invidioso[29] quede en mengua
Y que callando mire sus despojos;
Que donde vos pusiéredes los ojos
Ningún osado habrá que ponga lengua,
Mas antes le haréis que con asombro,
Estirando la ceja, encoja el hombro.
El vulgo fácil es el mar hinchado;
Es la barquilla frágil mi talento;
Yo soy el pobre Amidas tremulento[30],
Del recio temporal amedrentado;
Mas sedme vos el César, don Hurtado[31],
Pues mucho más tenéis de nacimiento,
Y no me detendrá temor de Scila,
Ni fiera boca rábida[32] y zoíla.

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Mirad, señor, que os pongo aquí delante
A vuestro claro padre por espejo,
Adonde bien podéis tomar consejo,
Dado que para darle sois bastante;
Para que viendo en él vuestro semblante,
Si al suyo no se iguala por parejo,
Con ansia de que igualen sus figuras,
Acometáis iguales aventuras.
Sabed agradecer al sancto cielo,
Con agradecimiento que le cuadre,
Haberos hecho hijo de tal padre,
Que de tenerle en sí blasona el suelo,
Y que para seguir su raudo vuelo
Os da bastantes alas vuestra madre:
Pues tales con el aire no las peina
El ave que de todas es la reina.
Mas, ¡oh sublime garza sant[33] García!
Que es nombre con que el bárbaro os honora,
Y bien os cuadra y viene desde agora,
Si en la virtud está la nombradla;
Perdonen vuestras plumas a la mía,
Que de su vivo lustre las desdora,
Si puede ser bastante a deslustrallas
El no saber, cual piden, alaballas.
Aunque resulta gloria más entera,
Según algunos dicen, de que alabe
El ignorante simple que no sabe,
Que si el discreto sabio lo hiciera[34];
Y dada esta opinión por verdadera,
En tan capaz sujeto sólo cabe,
Según es mi alabanza de crecida,
Teniendo mi simpleza por medida.
Al universo mundo satisfago,
Si ya no está, cual debe, satisfecho,
Que sin comparación es más lo hecho
Que, si lo hiciera Homero, lo que hago:
Entienda que el recibo es más que el pago

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Y que, si haber allá tan largo trecho
Del dicho al hecho, enseña el viejo dicho,
Aquí va mucho más del hecho al dicho.
No estriba ni se funda mi osadía
En ver que es todo vuestro lo que escribo,
Pues aunque sepa yo que es firme estribo,
Vos no os dejáis llevar por esta vía:
Ser tal por sí la grave historia mía
Es la probada fuerza donde estribo,
Y ser tan importante a todo el mundo,
Seguro firmamento[35] en que me fundo.
Otra razón también me hizo fuerza,
Que, si faltaran todas, ésta sobra,
Para poner las manos en la obra,
Por más que de mi estudio el pasó tuerza;
Es con que más el ánimo se esfuerza
Y aquel perdido anhélito recobra,
Ver que tan buen autor, apasionado,
Os haya de propósito callado.
Pensó, callando así, dejar cerrada
De vuestra gloria y méritos la puerta,
Y la dejó de par en par[36] abierta,
Dejando su pasión descerrajada:
Sin vos quedó su historia deslustrada
Y en opinión, quizá, de no tan cierta[37];
Mas, tal es un rencor, que da por bueno
El daño proprio[38] a trueque del ajeno.
¿Quién a cantar de Arauco se atreviera
Después de la riquísima Araucana?
¿Qué voz latina, hespérica o toscana,
Por mucho que de música supiera?
¿Quién punto tras el suyo compusiera
Con mano que no fuese más que humana,
Si no le removiera el pecho tanto
El ver que sois la pausa de su canto?
Pues ésta[39] ha sido casi todo el punto
De donde le tomé para cantaros

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Doliéndome que en cánticos tan raros[40]
Faltase tan subido contrapunto[41];
Mas, bien será que cese lo que apunto
Y que de vuestros hechos más que claros
A resonar comience alguna parte,
Que para lo demás ninguno es parte.

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CANTO PRIMERO
Que trata cómo el marqués de Cañete don Andrés de Mendoza, visorrey del Pirú, a pedimento del Reino
de Chile, y de la necesidad y aprieto en que estaba, le envió socorro y fuerza[1] de gente, así por mar
como por tierra, yendo por general della y gobernador de aquel reino don García Hurtado de
Mendoza, su legítimo y claro hijo.

ANTOel valor, las armas, el gobierno,


Discanto[2] aviso, maña, fortaleza,
Entono el pecho, el ánimo y nobleza
Del extremado en todo joven tierno:
Hinche la fama agora el áureo cuerno,
Apreste de sus alas la presteza,
Redoble su garganta el claro Apolo
Y llévese esta voz de polo a polo.
Las vengadoras Furias entre tanto
Y toda aquella mísera canalla
Que con eterna pérdida se halla
En el escuro reino del espanto,
Absorta en las grandezas de mi canto,
Suspenda, si es posible, su batalla;
El cielo, estrellas, mixtos elementos[3]

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Reciban con aplauso mis acentos.
A la sazón que Chile belicoso
Más levantado y más soberbio estaba
Y más mostrar al mundo procuraba
La fuerza de su brazo vigoroso;
Cuando más arrogante y orgulloso
La dura tierra el Bárbaro hollaba,
Con muestra tan gallarda y tal denuedo
Que al ánimo español causaba miedo;
Cuando la tierra estaba ya de suerte
Que no daba lugar al bautizado[4]
Adonde estar un punto asegurado
De la espantosa imagen de la muerte[5];
Postrado ya su muro y casa fuerte,
Valdivia muerto, Penco despoblado,
Aguirre y Villagrán sobre el gobierno
Alzando al cielo llamas del infierno;
Cuando por las vitorias alcanzadas,
Arauco amenazaba al mismo cielo,
Teniendo tan en poco lo del suelo
Para con el rigor de sus espadas;
Y cuando sobre picas levantadas,
¡Oh lúgubre espectáculo y señuelo!
Andaban las católicas cabezas
Cortadas de sus troncos hechos piezas;
De blancos huesos, blanca parecía
La verde superficie de la tierra
Ya las corrientes claras de la sierra
La derramada sangre enrojescía[6];
Cuando la guerra el Héspero temía,
Y el Bárbaro gritaba: «Guerra, guerra»,
Pensándola hacer a todo el orbe,
Sin que poder humano se lo estorbe.
Ya cuando su curtida y ruda planta
Pisaba el rojo círculo de Oriente,
Y él español sumido en Ocidente[7]
Mostraba ya el cuchillo a la garganta[8],

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Atierra Tucapel y Rengo espanta,
Brama Lincoya y muéstrase valiente
Por ver su fuerza idólatra crecida
Y la del fiel ejército perdida.
Tronaba el alto Júpiter tonante
Y en cólera bañado y furia brava
Al corazón hispánico arrojaba
Su poderoso rayo corruscante[9];
Aquel que viste planchas de diamante,
El acerado escudo se embrazaba,
Y con vibrar el asta por el cuento
Mostraba su feroz y crudo intento.
Entonces con sañuda vista horrible
Miraba la Belona nuestro bando
Y al indio con semblante ledo[10] y blando,
Regocijada todo lo posible,
Aquella diosa lúbrica y terrible,
Su voladora rueda volteando,
Al bárbaro en la cima colocaba
Y al Fido[11] allá en el centro sepultaba.
La sacra y evangélica dotrina[12]
Sembraba en el estéril pecho bruto,
No daba de virtud el rico fruto,
Que el vicio lo ahogaba con su espina:
Señales eran todas de ruina,
De lamentable voz y triste luto,
Y todo tempestad, sin esperanza
De ver jamás el rostro a la bonanza.
Entonces, pues, habiendo, como digo,
El reino triste a lo último llegado,
Ya casi de vivir desconfiado
Y de tener jamás algún abrigo,
La suerte se trocó, y el cielo amigo
De espesas nubes limpio y espejado,
Volviéndose con súbita carrera,
Las cosas ordenó de otra manera.
Pues desechado ya su duro ceño,

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La Palas descubrió su rostro afable,
Prestando la señora variable
También el suyo plácido y risueño,
Y oliendo la venida de su dueño,
Que a todo su pesar la tiene estable,
A su rodante globo dio la vuelta,
En ser de nuestro bando ya resuelta.
Lo cual se pareció[13] patente y claro,
Pues en adevinando[14] su partida,
Fortuna comenzó a enmendar la vida,
Quitándosela al mísero Lautaro:
Por vuestro padre vino aquel reparo,
Al cual bastó la voz de su venida,
Que el resplandor del sol, sin que él parezca,
Ya suele tener hecho que amanezca.
Bien como el ocupado en un oficio,
De lo que puede ensancha la conciencia
Cuando cercana vee[15] la residencia,
Se vuelve a la virtud, dejado el vicio;
Así Fortuna, viendo por indicio
Que el joven acercaba su presencia,
Del áspero castigo temerosa,
Anticipó la vuelta presurosa
Determinóse en darla más apriesa
Cuando la tierra, estando como cuento,
Pidió favor y mano al rico asiento
Que Rimac[16] con sus ondas atraviesa;
Entonces comenzó la gente opresa
A recebir, señor, algún aliento:
Y desde aquí principio yo la historia
Adonde[17] se origina vuestra gloria.
Estando, pues, así mi patrio suelo,
Despacha para Lima embajadores,
Un próspero lugar, de los mejores
Que cubre el ancho cóncavo del cielo;
Adonde gobernaba vuestro abuelo,
Aquel tan duro freno[18] de traidores

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Y espuela de los ánimos leales,
Cuyas memorias viven inmortales;
Aquel que con los santos al presente,
Ya lejos de cuidados y zozobras,
En galardón y premio de sus obras
A Dios está mirando claramente;
Aquel, de caridad tan excelente,
Que son como reliquias della y sobras
La puente, el hospital y monasterio
Que ilustran el Antártico hemisferio.
Llegados los de Chile a su presencia,
Le fué por breves términos propuesto
El término en que todo estaba puesto,
Para que tome el pulso a la dolencia,
Pidiendo, en conclusión, a su Excelencia
Le saque del peligro manifiesto
Por mano de su propio hijo caro,
Pues golpe tal requiere tal reparo.
Discreta petición, si ser podía,
Que cuando aquella tierra trabajosa[19]
Estaba de su vida más dudosa,
Pidiese su salud por don García:
Con sobra de razón por él envía,
Pues si la enfermedad es peligrosa
Y el alma está entre el uno y otro labio
Es bien llamar al médico más sabio.
No dilató la dádiva perplejo
El pecho del Marqués, a más bastante,
Que luego, pareciéndole importante,
A su demanda dio sabroso dejo,
Y de primero y último consejo,
Mostrándoles benévolo semblante,
Fué de su voluntad el hijo dado
Y en el tablero bélico arrojado.
Que ni el amor, con ser tan poderoso,
Es parte a que lo niegue ni suspenda,
Ni el ser fragosa y áspera la senda,

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Ni el trance a que lo pone peligroso,
Ni el golpe de sentirse congojoso,
Por empeñar así tan cara prenda
Le hace vacilar el firme pecho
Sobre dejar a Chile satisfecho.
Respetos amorosos atropella,
Aunque pudiera bien seguir tras ellos
Y dejarse llevar por los cabellos
Por ir a la razón, que es todo della;
Los ojos solamente pone en ella,
Quitándolos de quien es lumbre dellos,
Y quiere deste bien quedar privado,
Anteponiendo el público al privado.
Aquella luz que el mundo torna claro
Y con su curso rápido le mide,
De sí su rayo fúlgido despide,
A trueque de no ser al suelo avaro:
Así de sí despide al hijo caro,
Porque el aflito[20] reino se le pide;
Por donde bien el Bárbaro decía
Tener por hijo el Sol a don García.
Mas, harto diferente del hermano,
Cuyo desastre y mísera caída,
En álamo Lampecie convertida[21],
No menos que Fetusa[22] llora en vano:
Aquél soltó la rienda de la mano,
Este la tuvo siempre recogida:
Si aquél dejó de daño tanto hecho,
Veréis lo que éste deja de provecho.
Ya, pues, al grave y lícito mandato
Del orden paternal obedeciendo,
Se va por don Hurtado disponiendo
El militar oficio y aparato;
Ya suena todo a cosa de rebato,
Ya suena de las armas el estruendo,
Ya toda Lima es tráfago y bullicio,
Rumor confuso y áspero ejercicio.

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Ya desde los balcones descogidas[23]
Tremolan con el aire las banderas
Y quiérenlo abrazar de mil maneras
Con verse de sus manos sacudidas;
Mil aguas[24] hacen cotas enlucidas,
Rayos de fuego brotan las cimeras;
Ya la pajiza pluma y roja banda
Jugando por cabeza y pechos anda.
Ya salen de las tiendas los brocados
Y sedas mil, distintas en colores;
Ya sacan vistosísimas labores,
Vestidos y jaeces recamados;
Por otra parte petos acerados,
Y adargas, ya de cuadros, ya de flores;
Venablos, lanzas, picas y ginetas[25],
Mosquetes, arcabuces y escopetas.
Ya luchan con el viento los penachos
Encima de argentados morriones,
Y mozos levantados, fanfarrones,
Mirándose, retuercen los mostachos;
Ya todos echan velas y velachos
En sobrevistas, galas, invenciones,
Acero, plata y oro por doquiera
Espejos son, si Apolo reverbera.
El bélico frisón se lozanea
Del ronco taratántara[26] incitado,
Y el polvo con la pata levantado
El espumoso rostro polvorea;
En bello alarde, a guisa de pelea,
Se representa el platico[27] soldado,
Y el milite bisoño se señala
Para llevar la joya de la gala.
Por acullá la pieza reforzada
El cálido artillero pone a vista,
Y luego el ahumado polvorista
Refina su materia salitrada;
Acá los viejos dan en la jornada,

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Haciendo de palabra la conquista:
Allí veréis los sastres en sus cortes
Estar en esto mismo dando cortes.
Ya Lima con soberbia, fausto y pompa
Se hincha, se levanta, se engrandece
Y deshacer su fábrica parece,
O que de todo punto se corrompa;
Al son de caja, pífaro[28] y de trompa
El aire, el mar, la tierra se ensordece,
Y cuanto con sus términos encierra
Es un tumulto y machinas[29] de guerra.
El cano y turbio Rimac resonante,
Que de vejez en urna se recuesta,
Su ronca voz levanta sobre apuesta[30]
Con este son de guerra disonate;
Mas, aunque se desgañe[31], no es bastante
Para ganar el viejo lo que apuesta,
Porque el mormullo y bélico ruido
Le tiene su murmurio[32] ensordescido.
En esa gran ciudad que Dido funda
Para su albergue y último recurso,
No suena tal estrépito y concurso,
Tal trápala[33], tropel y baraúnda;
O cuando el ancho mar la tierra inunda,
Saliendo de sus límites y curso,
No vemos a la gente convecina
Con tal fervor y bulla en la marina.
Sonaba por las fraguas de Vulcano
La presurosa y dísona armonía,
Que el Cojo con los cíclopes hacía
Para forjar el fuerte arnés galano;
Mas, uno solo hizo de su mano,
Que presentó después a don García,
Adonde tal primor y gracia cupo,
Que hizo más en él de lo que supo.
Y no fué menester para hacello
Que Venus halagüeña intercediese,

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Ni que fingidas lágrimas vertiese,
Colgándose lasciva de su cuello,
Pues antes recibió pesar en ello
Y nunca fué devoto que se hiciese,
Rabiosa de que el Joven la desprecia,
Que para la mujer es cosa recia.
Mas, no le aprovechó con el marido
Aquel usado modo lisonjero,
Pues tuvo a todo fuerte[34], como herrero
Que tiene hecho a golpes el oído:
Más pudo que la madre de Cupido
El mérito y valor del caballero,
Y el interés también de dar Vulcano
Tan buen lugar a la obra de su mano.
Esotra ligerísima giganta,
Tan desigual engendro de la tierra,
Que, por hablallo todo, en mucho yerra,
Plumosa del cabello hasta la planta,
Rompiendo a gritos altos la garganta,
Extiende con su voz la desta guerra,
Y así, de mano en mano y gente en gente,
Por todas va sonando claramente.
Bajaron de la sierra y de los valles
Tal número de gente forastera[35],
Que dar lugar a tantos no pudiera,
A no tener el pueblo tantas calles;
Andaban por allí gentiles talles,
La gala y presunción por dondequiera,
Soldados valentísimos y nobles,
Mirtos en condición[36], en fuerza robles.
No acuden a la voz del padre vivo,
Por muerto, en larga ausencia reputado,
La madre, la mujer, el hijo amado,
Con paso tan ligero y sucesivo;
Ni al reclamar del pájaro cautivo
Tan presto llega el otro libertado[37],
Como al reclamo y voz de don García
Gente de todas partes concurría.

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No canto deleitoso de sirena,
Ni música del Músico de Tracia,
Ni piedra imán jamás fué de eficacia
Para llamar, trayendo a sí tan buena,
Cuanto la faz tan plácida y serena,
Aquella compostura, aquella gracia
Lo fué para mover las voluntades
De mozas y decrépitas edades.
Por donde tanta gente se le llega,
Tan plática, tan brava, tan lucida,
Que a los de menos ánimo[38] convida
A verse ya en alguna cegarrega[39];
El furibundo Marte no sosiega,
Que la conchosa[40] túnica vestida,
Despierta, solicita, sopla, enciende,
Y el fuego militar en todos prende.
Con esto, pues, la tropa congregada,
Haciendo las debidas prevenciones
De máquinas, pertrechos, municiones
Y cuanto se requiere a la jornada,
Despacha por la costa despoblada,
De bastimentos lleno y provisiones,
Un capitán[41] astuto y diligente
Con un copioso número de gente.
Ya con gallarda muestra va saliendo
La hueste militar que va por tierra,
Cuyo contorno y límites atierra
Del fulminoso Marte el son horrendo;
Van los ojos húmidos siguiendo
Aquellos flacos pechos do se encierra
Del falso Niño dios la dulce jara,
Que a todos suele ser costosa y cara.
Dellos también atrás los rostros vuelven,
Adonde amor frenético los lleva,
Y haciendo del dolor bastante prueba
El corazón en lágrimas resuelven;
Mas, a la fin[42], volviendo en sí revuelven,

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Tirados[43] del honor y sangre nueva,
En tiempo y larga ausencia confiados,
Que deste mal son médicos probados.
Julián, aquel famoso de Bastida[44],
Se parte para Chile con la gente,
Llevando los caballos juntamente,
Por Atacama, costa desabrida,
Adonde, en vez del pasto y la bebida,
No hay más que el ancho mar y arena ardiente
Y por la playa a trechos y pedazos
Ariscas peñas y hórridos ribazos.
Quedóse con el tercio más granado
Para surcar el campo cristalino,
Abriendo con las quillas el camino
El valeroso electo don Hurtado;
Pues ya que todo estuvo aparejado,
Y el tardó y perezoso tiempo vino,
Salió de la ciudad el nuevo Aquiles
Al son de claras trompas y añafiles.
Ya sale de su Roma el Africano,
Ya va de Tebas Hércules famoso,
De Grecia parte el Griego valeroso,
A Troya deja el célebre Trepano;
Del cielo baja Marte soberano,
De Limarse despide presuroso
Nuestro caudillo, él último y postrero,
Por ser de todos éstos el primero.
Y aunque tan mozo emprende tal jornada,
El padre en cometérsela no yerra,
Pues sabe ya el valor que en él se encierra
Y cómo corta el filo de su espada,
Por ser de sus pasados heredada
Y por haber halládose en la guerra
De Córcega, Rentín, de Sena y Flandes,
Que son para volúmenes más grandes.
Adonde como siempre dio la cuenta
Que al tronco de Mendoza sé debía,

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Creciendo como espuma cada día
En todo lo que el ánimo acrecienta;
Es claro que podrá sacar de afrenta
Al reino donde va y a quien le envía,
Pues es costumbre propia de los buenos
Que vayan siempre a más y nunca a menos.
No quiero yo negar que de ordinario
Para cualquiera empresa y aventura
Se tiene de buscar la edad madura;
Mas digo que no siempre es necesario,
Que en Alejandre[45] vimos lo contrario
Y se verá mejor en mi escritura,
Que al hombre, la prudencia y el consejo
Y no la mucha edad, le hacen viejo.
Partido, pues, de Lima el mozo bello
Encaminó sus pasos a la playa
Y en medio su escuadrón haciendo raya
De toda perfeción[46] echaba el sello:
Sumo placer causaba en todos vello,
Sumo pesar también de que se vaya;
Todo el Pirú su pérdida lamenta
Y Chile su ganancia representa.
No sale tal el Hijo de Latona
Al tiempo que mostrándonos su lumbre,
La verde cabellera de su cumbre
Con rayos fulgentísimos corona,
Cual muestra don Hurtado su persona
En medio la guerrera muchedumbre[47],
A la sazón que sale, como digo,
En busca del indómito enemigo.
Mírale el niño, el mozo y el anciano
Y desde su balcón la bella dama
A cuyo corazón helado inflama
Aquel fogoso término lozano;
Cudíciale[48] mirando, y en vano
Suspiros lanza, lágrimas derrama,
Y sigúele afectuosa con la vista,
Muriendo por hallarse en la conquista.

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Tal iba por su ejército el mancebo,
Que Sálmacis por Troco le tenía,
Y Clicie, por miralle, le volvía
El amarillo rostro como a Febo;
Aurora, arrebatársele de nuevo,
Teniéndole por Céfalo, quería;
Volvelle los acentos Eco quiso,
Por no diferenciallo de Narciso.
Esotra bella Dafne fugitiva,
Por apretalle el pecho, bien quisiera
Tomar la humana fábrica primera,
Dejando aquella faz vegetativa;
Mas ya que desto Júpiter la priva,
Espera, y no se engaña en lo que espera,
Que si por Dafne seca el pecho pierde,
La frente ganará por lauro verde.
No menos la selvática doncella,
Por quien el otro en ciervo trasformado
Fué de sus propios canes devorado,
No habiendo cometido[49] más que vella;
Tanto se ocupa en ver la traza bella
Del valeroso joven extremado,
Que dudo si con ser tan casta y pura,
De estímulo de amor está segura.
Así, de todos va mirado y visto,
Mas él ninguna cosa vee ni mira,
Que solamente pone en Dios la mira
Y en propagar la fe de Jesucristo:
Por esta sola causa, raudo y listo
Al proceloso mar derecho tira,
Do esperan cuatro naves artilladas,
Pendientes de las áncoras ferradas.
Lucidas van escuadras y cuarteles
Con tan hermosos visos y colores,
Cual suelen por abril estar las flores
En los amenos prados y vergeles:
Ya están a recebillas los bateles,

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Sonando dentro flautas y atambores[50],
Cornetas, sacabuches y clarines,
A cuyo son se duermen los delfines.
Al pedregoso límite llegados
La tropa y el caudillo don García
Con una religiosa compañía
De clérigos y frailes consagrados,
Empiezan nuevamente los soldados
A descubrir la gala y bizarría
Con otros vistosísimos arreos,
Airosos y gallardos contorneos.
Al espacioso mar y vega clara,
Por donde ya pretende abrir carrera
Está mirando el joven desde afuera
Y enamorando a Tetis con su cara;
A fe que si Calipso le hallara,
Cual anda por aquí, por su ribera,
Que nunca le agradara tanto Ulises,
Ni a Dido el primogénito de Anquises.
Mas, ya llegado el tiempo favorable,
Confusamente fueron apiñados
El nuevo General con los soldados
En la Nereida margen agradable:
Los barcos por el agua deleznable,
De mil pimpollos verdes coronados,
Al término marítimo vinieron,
Do a todos en sus vientres recibieron.
Y la marina estéril renunciando,
Con algazara, júbilo y contento,
A descansada boga y paso lento
Se van las aguas líquidas cortando;
Cual garza el vuelo raudo levantando
Si vee de la borrasca el mal intento,
Levanta agora el suyo don García,
Por ver la tempestad que en Chile había.
Caminan, pues, al son de varios sones
Y al paso de chalupas enramadas,

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Que de los bravos cesares preñadas
Los paren en soberbios galeones,
A do con salva espesa de cañones,
Con festivales voces y algaradas
Fueron del marinaje recebidos,
Ya de la dulce patria despedidos.
¡Cuan bien desde la tierra parecían
Las flámulas tendidas por el viento!
Y tantos gallardetes ¡qué contento
Causaban con las ondas que hacían
Parece que con ansia pretendían
Soltarse todos a una de su asiento
Por irse tras el aire libremente,
Llevados al amor de su corriente.
Bien como si el arroyo cristalino
A su raudal entrega la ramilla,
Que estaba remirándose en su orilla,
Sin ver por dónde o cómo el agua vino;
Veréis que por llevarla de camino
El hace su poder[51] por desasilla,
Y ella, según se tiende y se recrea,
Parece que otra cosa no desea:
Lo mismo hace el viento delicado
Con todos los gallardos tremolantes,
Llevándolos tan sesgos y volantes
Que no se mueven a uno ni otro lado:
Pues vista la sazón por don Hurtado,
De aquellos instrumentos rebombantes[52],
Mandó que a recoger tocasen uno
Para marchar a cuestas de Neptuno.
La gente, con el tiro recogida,
Por bordos y jaretas derramada,
Mira la dulce tierra y mar salada
Deseando la señal de su partida;
Pues no le fué más tiempo diferida,
Que con zalema[53] el áncora levada,
Y repitiendo el nombre de Cañete,
Largó la capitana su trinquete.

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Al punto comenzó la blanca vela
A recoger al Céfiro en su seno,
Y con el soplo del, hinchado y lleno,
Rompe el naval caballo por la tela[54];
El aire va sirviéndole de espuela,
El sólido timón en vez de freno,
Conque fogoso, rápido y lozano,
Seguramente corre el mar insano.
El cual agora está tranquilo y manso,
Alzando unas ampollas, no de fuego,
Que sin hacer espuma, quiebran luego,
Como si fuera el piélago remanso;
Parece Tetis cama de descanso
Cubierta con un plácido sosiego,
Según que manifiesta su bonanza,
Sin rastro ni sospecha de mudanza.
Así del puerto sale nuestra flota,
Dejando boquiabiertos los tritones
De ver los poderosos galeones
Y su feliz y próspera derrota;
La baja tierra ya se vee remota,
Ya rompen alta mar los espolones,
Y a más andar[55] Favonio refrescando
Va recio las escotas estirando.
Sacaron las cabezas prestamente,
Alzando sierras de agua por sus bocas
Delfines ferocísimos y focas,
Por ver y dar solaz a nuestra gente;
Y el gran señor del húmido tridente,
En cuya mano están las altas rocas,
Con Doris, Aretusa y Melicerta
La sale a recebir hasta la puerta.
Sesgando van así las mansas olas
Por medio de marinas potestades,
Que muestran sus alegres voluntades
Haciendo sobre el agua cabriolas[56];
Y no las que refiero vienen solas,

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Porque otras mil incógnitas deidades
Que en el cerúleo piélago se bañan
Las poderosas naves acompañan.
Pues vayan, como van, ganando tierra[57]
Por el salado mar y blanca espuma,
Que quiero adelantarme con la pluma,
Saltando desde aquí primero en tierra;
Diré lo que sucede en paz y guerra,
Haciendo de uno y otro breve suma;
Mas, porque estoy, señor, de aliento falto,
Dejádmele tomar para este salto.

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CANTO SEGUNDO
En que los araucanos, sospechosos del mal suceso por ver alguna declinación en su fortuna desde la
muerte de Lautaro, se juntan[1] en borrachera general, donde los agoreros por señales celestes
pronostican su vecina perdición, e invocando al demonio, les da cuenta de la venida del nuevo
Gobernador, el cual toma puerto en Coquimbo, ciudad de la Serena. Van aquí juntamente declarados
los varios modos que los indios tienen de festejarse y celebrar sus banquetes, y algunos extraños ritos
de que usan en sus invenciones[2] y diabólicas idolatrías.

Ohay cosa permanente ni segura


En esta corta y miserable vida[3],
Do la prosperidad aun no es venida,
Cuando para la vuelta se apresura;
En parte es desdichada la ventura,
Mirado lo que deja en su partida,
Y, en parte, la desdicha venturosa,
Pues parte sin dejar adversa cosa.
A los trabajos, lástimas y enojos
Su plazo, fin y término se llega;
Mas, del que en ocio próspero sosiega
Hace la diosa varia sus despojos;
¡Cuan claros tuvo y lúcidos los ojos
Aquel que a la Fortuna vido ciega!

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Y ¡qué de humanidad le cupo al hombre,
Que de divinidad le puso nombre!
Si ya salir quisiéramos de engaño
Y haber por infalible todo hecho,
Que en este mundo el día del provecho
Es la solene[4] víspera del daño,
Mucho mejor pasáramos el año
Y no nos alterara cosa el pecho;
Que si al venirlos males nos alteran,
Es porque no pensamos que vinieran.
El que prosperidad acá tuviere
Entienda que es depósito y empeño
Para después volvérselo a su dueño
Cuando el voluble tiempo lo pidiere,
Y así no sentirá lo que perdiere;
Mas, como quien despierta de algún sueño
En que feliz y próspero se vía[5],
Se olvidará de todo con el día.
Si esta verdad tan llana conocieran
Aquellos engañados naturales,
Sin miedo, sin agüeros ni señales
Sus daños esperaran y entendieran;
Porque de tantos bienes coligieran
En clara consecuencia muchos males,
Pues andan en su danza[6] tan hermanos,
Que siempre van asidos de las manos.
Tiene Fortuna varia la costumbre
De la pesada piedra sisifea,
Que el sin ventura Sísifo rodea
Con fatigada priesa hasta la cumbre;
De donde con su misma pesadumbre[7]
Hacia lo bajo súbito voltea,
Y sin que de parar allá se acuerde,
Apenas toma pie cuando le pierde.
La piedra del Estado[8] es ya llegada
A la felice cumbre de la rueda,
Y no pudiendo arriba estarse queda,

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Será forzoso lance la bajada;
Ha sido la subida acelerada
Para que revolver a tiempo pueda.
Que el curso de Hurtado se concluya,
A quien la gloria desto se atribuya.
Mas dello los idólatras inciertos,
Procuran ya quedar certificados
De todo lo dispuesto por los hados,
A fuerza de mayores desconciertos;
Porque juntando mágicos expertos,
Por únicos entre ellos reputados,
Que para la decrépita[9] caminan,
Su pérfida consulta determinan.
Es vieja en estos indios la costumbre
De consultar sus falsos agoreros,
Que quieren con pronósticos y agüeros
Mostrar que lo futuro se columbre;
Y así como les niega el sol su lumbre,
Hacen allá en ocultos agujeros
De torpes sabandijas escrutinio,
Ministras del nefando vaticinio.
Incítales[10] el ver que su fortuna
Con esquivez el rostro les ha vuelto,
Mostrándoles el suyo en ira envuelto
El cielo y cuanto miran sol y luna;
Y por saber si nueva causa alguna
Les ha su curso próspero revuelto,
Acuden a la mágica dañada,
Por ellos sumamente venerada.
Pues dentro de una plácida floresta,
Do nunca ofende sol ni daña sombra,
Ya do la natural y verde alhombra[11]
Al rey de los sentidos hace fiesta,
A la verdosa falda de tina cuesta,
Cuya sublimidad al cielo asombra,
Con sus cantares, bailes y placeres
Hicieron oblación a Baco y Ceres.

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Allí con duro y áspero tumulto,
Con sordo susurrar y son disforme,
Dispuso aquella cáfila conforme
Lo que era menester para el insulto;
De voces se levanta un grueso bulto
Al comenzar aquel abuso enorme,
Que como tan de atrás origen traiga,
Con gran dificultad se desarraiga.
Uno martilla el ronco tamborino,
Otro por flauta el hueso humano toca,
Otro subido en un horcón invoca
A su Pillán, espíritu malino[12];
No porque el vaporoso[13], alegre vino
Se les aparte un punto de la boca,
Pues no hay azar tan grande ni desdicha
Que no la pasen ellos con la chicha.
Ya hierve la cerveza trasegada,
Ya la turbada vista centellea,
Ya de liviano el cuerpo bambalea[14]
Y cáese la cabeza de pesada;
Ya con la bota[15] lengua mal mandada
Cualquiera ferocísima bravea,
Haciendo que al rumor la tierra gima
Y al que lo ve de fuera cause grima.
De trecho a trecho en corros se congregan,
El hombre y la mujer interpolados,
Y todos por los dedos enlazados
Cabezas, pies ni bocas no sosiegan;
Ya corren, ya se apartan, ya se allegan,
Atrás, hacia adelante y por los lados,
Con un compás flemático y terrible,
Confuso y ronco son desapacible.
Suelen bailar también de otra manera,
Y es, que las manos libres y los brazos
Sacuden unos huecos calabazos
Do tiene de sus guijas la ribera;
Y al gusto de esta música grosera

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Están los más haciéndose pedazos,
Sin recibir por ello más tormento
Que si este fuera el órfico instrumento.
Otras mujeres solas, en cuadrilla
Andan con sus hijuelos dando vueltas,
Todas en bacanal furor envueltas,
Desnudo el medio pecho y la rodilla,
Al modo que las yeguas en la trilla
Con sus potrancas chucaras a vueltas
Por la colmada parva escaramuzan
Y en granos las espigas desmenuzan.
Adórnanse de huinchas y de llautos[16],
Con piedras que deslumbran quien las mira,
Y con azules vueltas de chaquira[17]
Hacen mil contenencias[18] y más autos[19];
Ahí es donde a los jóvenes incautos
Penetra el dios alado con su vira,
Porque si Baco y Ceres andan juntos,
Es fuerza que ande Venus por sus puntos.
Ahí es do suele armarse la baraja,
Y do veréis el pleito mal parado,
Que vuelcan por aquel tendido prado,
El desfondado cántaro y tinaja;
Mas, presto aquella cólera se ataja,
Porque la corta un brindis emprestado,
Jamás de tibia gana recebido[20],
Y sobre toda ley obedecido.
La vaporosa exhalación es tanta,
Que denso el aire, raro se presenta,
Y cuando más mojada, más sedienta,
Como una esponja, queda la garganta;
El áspero alarido se levanta
De la furiosa turba alharaquienta,
Y el eco que en los cóncavos retumba
Por la más apartada oreja zumba.
Matan aquí gran suma de animales,
Desmiembran, descuartizan, despedazan,

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Los toscos tajadores[21] embarazan,
Y luego los estómagos bestiales;
Todos los siete vicios capitales
Aquí los libres bárbaros abrazan,
Que donde el de la gula se acomoda
Acude la demás canalla toda.
Duran en semejantes borracheras
Con un tesón y flema desmedida
Desde que el rubio sol con su venida
Ufana[22] sotos, montes y laderas,
Hasta que el mar lo acoge en sus riberas,
Quedándose la tierra oscurecida;
Y aun da la vuelta séptima y octava
Y aquella boda espléndida no acaba.
En la presente, pues, que agora cuento
Comienzan los fantásticos profetas
A contemplar los signos y planetas
Tomando estrecha cuenta al firmamento;
Mas, visto que con ímpetu violento
Están como tirándoles saetas,
Exclaman con dolor intenso y duro,
Profetizando así su mal futuro:
«¡Ay tristes de nosotros, engañados
Con la dichosa mal segura suerte!
Que ya la inexorable y fiera muerte,
Y la revolución de nuestros hados,
De prósperos en míseros trocados,
Quieren ejecutar castigo fuerte:
¡Guay, guay[23], amada patria, Arauco triste!
¡Cuan otro te verás del que te viste!
«Clarísimas señales muestra el cielo
De tu fatal y súbita ruina:
Saturno melancólico domina;
Su claro resplandor enturbia Delo;
Venir parece Júpiter al suelo;
Ardiendo Marte en cólera se indina[24];
El génito[25] de Maya no parece,

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Y Venus con la Cintia se escurece[26].
«El Escorpión y Cancro están sañudos,
El Tauro como atado al bramadero,
El Capricornio rígido y austero,
Llorando allá los Gemines desnudos;
Aries con cuernos ásperos y agudos,
El vedijoso León airado y fiero,
Colérico el biforme Sagitario,
Vertiendo sangre el cántaro de Acuario.
«Veese[27] la estéril Virgen desgreñada,
Mostrando faz terrible y enemiga,
Y desgranando la bermeja espiga
Con su furiosa mano arrebatada;
Libra, con roja sangre barnizada,
Nos hinche las balanzas de fatiga,
Y en su lugar los húmidos[28] pescados
Vemos estar comiéndose a bocados.
«Pues ved allá las Pléyadas nublosas,
Y cómo esotros astros van y vienen,
Esos escuros círculos que tienen
Esas constelaciones rigurosas;
Sobre Aquilón las nubes procelosas,
Amenazando lluvia, se detienen;
Armado el Orion mirad aparte,
Mirad en conjunción a Luna y Marte.
«Volved acá y veréis al bando Ursino
Cuan denodado y fiero que nos mira,
Y Arcturo, que le sigue ardiendo en ira.
Sin esperar a Bootes su vecino;
Aun Pólux de su Castor uterino
Parece que enojado se retira;
Encréspase el Dragón con sus escamas,
Y la polar Serpiente escupe llamas.
»Poned allí los ojos en el Ara,
Hechura de monóculos jayanes,
Adonde, para mal de los Titanes,
Juró, tendiendo Júpiter su vara;

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Veréis que el Escorpión en ella encara,
Haciéndole iracundos ademanes,
Y que la tiñe sangre desde arriba
Hasta la firme base donde estriba.
«Mirad a la Canícula con Leo
Ya la cometa[29] Nigra de Saturno,
Veréislo todo lóbrego y nocturno,
Todo con un aspecto horrible y feo;
Todo se viste el más lutoso[30] arreo
Y todo pronostica mal diuturno:
Todos, Olimpo, Télus, Juno y Glauco,
Han ya rompido[31] treguas con Arauco.
«Notado, pues, el diáfano elemento,
Se ve que por sus últimas regiones
Va tanto del vapor y exhalaciones,
Que basta para mísero portento;
Cometas van cuajándose sin cuento
Con varias y estupendas impresiones,
Que todas nos apuntan y amenazan
Y para breve tiempo nos emplazan.
«Ya no parece pájaro ninguno
Cuya sonora voz y alegre vuelo
Nos pueda ser motivo de consuelo,
Si en tanto mal se sufre haber alguno:
El cuervo y el morciélago[32] importuno,
El buho, la lechuza y el mochuelo
Son los que el aire ocupan de graznidos
Y de temor y asombro los oídos.
«Oíd, pues, cómo ronca el mar hinchado
Con la espumosa quiebra de sus ondas,
Y allá en las partes ínfimas y hondas
Notad aquel hervor apresurado;
El recio golpe de agua quebrantado
En lisas piedras, largas y redondas,
Aquella sucesión de la resaca
Agora con mas hórrida matraca.
«La madre a quien el piélago fecunda

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Se nos pretende alzar con el tributo,
Y en cambio de la hoja, flor y frutos
De zarza, espina y tríbulos abunda;
Ya no hay lugar por donde el mal no cunda
Con libertad y término absoluto,
Porque esto es lo que el mal de malo tiene,
Venir acompañado cuando viene».
Astrologando[33] estaba en tal manera
Aquella casta infiel supersticiosa,
Cuando pasó corriendo una raposa
Por medio de su junta y borrachera;
La cual, como se escape sin que muera,
Se tiene por adversa y triste cosa,
Mas, si le dan los bárbaros alcance,
Sin miedo se pondrán a todo trance.
Hicieron lo posible por cogella,
Pero quedóse atrás quien más volaba,
Porque el animalejo no dejaba,
Aun por el polvo, estampa de su huella;
Con esto su infeliz y mala estrella
De conocer la ciega gente acaba,
Y cuando vieron ya que se les iba
Tornaron a decir con pena esquiva:
«¡Ay!, cómo el bien se va con tanta priesa
Como esta desabrida y libre zorra!
¡Ay!, cómo no hay poder que ya socorra
Adonde tal prodigio se atraviesa!
¡Oh cielo injusto, y qué mudanza es esa,
Que con el mismo Arauco no se ahorra!
¿Quién ya fiará de ti, si el propio Estado
Quieres también que caiga de su estado».
Así se lamentaban y plañían
Aquellos embaidores hechiceros,
Y los ocultos males venideros
En voz doliente y pública decían;
Mas, otros, aunque absortos atendían,
Queriéndolo llevar a puros fieros,
Responden, sacudido el miedo todo,

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Con pródiga arrogancia deste modo:
«Por eso y mucho más que el mundo haga,
Aunque se desencase[34] de su asiento,
Y todo su voluble regimiento
En solo daño nuestro se deshaga,
No espere que a su gusto satisfaga,
Ni que ha de secutar[35] su crudo intento,
Pues él al fin hará lo que pudiere,
Y nuestra voluntad lo que quisiere.
«Mas, como el invencible patrio suelo
Acá en la baja tierra no hallase[36]
Potencia que a la suya contrastase,
Fué menester viniese la del cielo;
Pues venga, venga pues, que no hay recelo
Ni punta de temor que nos traspase,
Porque es el pecho nuestro un coselete
A prueba, por lo menos, de mosquete.
«Fuera de que será mayor la gloria
Que nacerá de darle su castigo,
Pues cuanto más potente el enemigo,
Tanto es de más estima la victoria[37];
Y siéndole su pérdida notoria,
Nos hace, a la verdad, obra de amigo.
Porque pretende a costa de su vida
Dejar la nuestra más esclarecida.
«Por tanto, no hay razón de entristecernos,
Habiéndola tan justa de alegrarnos,
Pues vemos ocasión para ganarnos
Adonde imaginábamos perdernos;
Sólo podrá ser causa de dolemos
Haber venido él antes a buscarnos,
Pues cuanto al cielo hiciéremos de ofensa,
Dirán que fué en razón de la defensa.
«Dirán, si le vencemos en la guerra,
Que fué por haber sido el cielo injusto
Y estar de nuestra parte el fuero justo
Que obliga a defender la propia tierra;

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Este es el daño y mal que aquí se encierra,
Y lo que de vencernos quita el gusto
Ver que el derecho tenga su pedazo
En lo que sólo hiciere fuerza y brazo».
El bravo Tucapel, ardiendo en ira,
De rábido furor el seso pierde;
Las manos de colérico se muerde,
Y con ardiente faz a todos mira,
Diciendo al nigromántico: «Es mentira
Eso que, como dices, te remuerde,
Pues no hay tan loco cielo que pretenda
Venir con araucanos a contienda.
«Que mientras Tucapel gozare aliento
Y vieren que revuelve la macana[38],
Ni en la divina fuerza ni en la humana,
Podrá caber tan gran atrevimiento;
Es todo lo demás hablar a tiento,
Es loca vanidad, locura vana,
Que no hay estrellas, signos ni embarazos,
Sino la pura fuerza de los brazos.
«Y si hay fortuna, y ésa favorece,
Como soléis decir, al más osado,
¿Quién como el indomable y duro Estado
Este[39] favor y título merece?
Puro temor helado es quien ofrece
A todo el mundo en contra conjurado;
Bien como al que de noche el miedo pasma,
Que un gato se le hace una fantasma[40]».
«Al gran Eponamón[41], a quien servimos,
Los magos le responden, presentamos,
Y su verdad auténtica citamos
En prueba de la mucha que decimos;
Sabed que de su boca lo[42] supimos,
Y llenos de su espíritu hablamos:
Llamalle será bien para que desto
Os muestre el desengaño manifiesto».
Todos en ello unánimes vinieron,

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Y habiéndose llegado el tiempo escuro,
Por ser el verde campo mal seguro,
En un galpón crecido se metieron;
Los mágicos en rueda se pusieron
Para el atroz y pérfido conjuro,
Quedando a las espaldas del buhío
La plebe y mal político gentío.
En medio de la rueda compasada,
Después que el suelo a soplos alisaron,
Aquellas manos pérfidas hincaron
Una ramilla luenga deshojada,
De cuya extrema punta doblegada,
Por un sutil estambre le colgaron
Un burujón[43] de lana de la tierra,
Que es donde su Pillán se les encierra.
De tal superstición y extraño rito
Usa la miserable gente vana,
Ya la vedija va de buena gana
El regidor perpetuo del Cocito;
De suerte que, cual pece en el garlito,
Le tienen con el átomo de lana,
Porque le llevarán donde es llamado.
Con sólo un hilo della maniatado.
Otro mayor abuso temerario
Y un género infernal de idolatría
Es fama haber entre ellos hoy en día,
Más especial y menos ordinario;
Que ya que no es al cuento necesario,
Pues del tan poco o nada se desvía,
Y todo lo que es nuevo aplace oillo,
Me pareció de paso referillo.
En hondos y secretos soterraños[44]
Tienen capaces cuevas fabricadas,
Sobre maderos fuertes afirmadas
Para que estén así nestóreos años;
Están de abajo arriba entapizadas
Con todo el suelo en ámbito de esteras
Y de cabezas hórridas de fieras.

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En esta gruta lóbrega y tremenda,
Do los piramidales[45] del Titano
Para poder entrar no tienen mano[46],
Por más que por el sótano los tienda;
Está sobre unas andas ¡cosa horrenda!
Tendido un ya difunto cuerpo humano,
Sin cosa de intestinos en el vientre,
Porque Pillán en él más fácil entre.
El nombre es ibunché[47] del insepulto,
Y cuando el dueño del y de la cueva
Quiere saber alguna cosa nueva
De mucha calidad y fin oculto,
Con gran veneración, respeto y culto,
(Que en esto el indio rudo nos las lleva)
Entra por senda angosta y desmentida[48]
Para que no le sepan la guarida.
Y allí por el idólatra invocado
El abismal diabólico trasunto,
Se mete en el cadáver del difunto
Por do responde, siendo preguntado,
Así de los negocios del Estado,
Si sube o si declina de su punto,
Como de los influjos celestiales
De buenos y de malos temporales.
Es este su ibunché, tenido entre ellos
Por una cosa allá como sagrada,
Con suma religión administrada,
Y la que por su Dios adoran ellos;
Helo sabido yo de muchos dellos,
Por ser en su país, mi patria amada,
Y conocer su frasis[49], lengua y modo,
Que para darme crédito es el todo.
Hay otra detestable circunstancia,
Que muda bien la especie del pecado,
Y es, que si lo por ellos preguntado
Es cosa de muchísima importancia,
Metidos en aquella escura estancia

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Degüellan al hijuelo más amado,
O la especiosa niña en sacrificio
Para tener al ídolo propicio.
En esto guardan todos tal secreto,
Que por ningún camino, maña o suerte,
Aunque les amenacen con la muerte,
Descubren el gentílico defeto;
Y cánsalo el temor, la fe y respeto
Que tienen con aquel armado fuerte,
El cual, por no soltallos de sus grillos,
Los hace así negar a pie juntillos[50].
Algunos suelen confesar de plano
Haber el ibunché, que les responde,
Pero si les pedís el sitio dónde,
Se excusan, remitiéndolo a Fulano;
Y así del uno al otro iréis en vano,
Que cada cual firmísimo lo esconde,
Y en ocultallo está la desventura,
Pues el oculto mal no tiene cura.
¡Oh ciega confusión del barbarismo!
¡Oh gente muchas veces desdichada,
Y más que muchas, bienaventurada
La que recibe el agua del baptismo[51]!
Mas, ¿dónde voy con esto, que me abismo,
Y prometí decillo de pasada?
Volvamos, pues, no diga quien me espera,
Que me reparo[52] mucho en la carrera.
Colgado, pues, el copo de la vara,
Con un susurro bajo y escabroso,
Como de negro tábano enfadoso
Cuando revuela en torno de la cara,
Apresta la infelice gente avara
Su pérfido conjuro tenebroso,
Haciendo que tomase en él la mano[53]
Quien de la facultad era decano.
Tomóla de derecho Pillalonco[54],
Un viejo descarnado formidable,

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De cuerpo retorcido como un cable,
Ramificado más que el pie de un tronco;
Y del sumido y magro pecho ronco
Sacó esta voz horrenda y execrable:
«A vos invoco, báratro profundo,
Escuro centro y cóncavo del mundo;
«A vos conjuro, bóveda tiznada,
Humoso Flegetón, estigio lago,
Do bebe para siempre acedo trago
La miserable gente condenada;
A vos, sulfúrea tártara morada,
Do hacen de las ánimas estrago,
A vos ¡oh Babilonia de tormento!
Comprado por ilícito contento;
«A vos, flamíneo príncipe del centro;
A ti llamamos, Hécate, su esposa,
A ti, mordida Eurídice llorosa,
Y los que estáis la casa más adentro;
A vos, con quien la Juno tuvo encuentro
En forma de nublado[55] mentirosa;
A vos, avaro Tántalo, a vos, Ticio,
En vuestro justo y áspero suplicio;
«Alecto, a vos, Tesífone y Megera
De ponzoñosas víboras crinadas;
A vos, sangrientas Górgones dañadas,
A ti cerbero Can, trifauce[56] fiera;
A ti, que en la aqueróntica ribera
Pasando estás las almas a barcadas,
A ti, Deirogorgon, a ti conjuro
Con todo el resto pálido y escuro:
«Por lo que aborrecéis al claro día,
Por el rencor malévolo con Febo,
Por las tinieblas densas del Erebo,
Por lo que en vos mi espíritu confía;
Por los que allá tenéis de mano mía,
Y por los[57] que procuro enviar de nuevo
Para que por hebdómadas eternas
Habiten vuestras lóbregas cavernas:

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«Por la caliente sangre que vertemos,
Con que el sulcado[58] rostro rociamos,
Y por la que a vosotros consagramos,
Después que así espumosa la bebemos;
Y por la humana carne que comemos,
Humildes todos juntos suplicamos
Que en este copo cándido se envuelva
Quien, de lo que dudamos, nos absuelva».
Con esto enmudeció de tal manera,
Y enmudecieron todos los presentes,
Que de los mismos bárbaros oyentes
El que escuchara mas, menos oyera;
Así estuvieron casi una hora entera,
Más pareciendo mármoles que gentes,
Tendidas las orejas como el gamo
En viendo que se mueve el débil ramo.
Pendiente del oráculo de lana,
Y alerta por si el ídolo venía,
Ni párpado ni ceja se movía
De la congregación perdida y vana;
Mas, viendo ya propincua la mañana
Y que el Eponamón sé detenía,
Así de nuevo el Mágico le invoca
Echando espumarajos por la boca:
«¿Qué es esto?, ¿cómo agora te detienes?
Espíritu infernal, ¿porqué te tardas?
¿No acabas de venir?, ¿a cuándo aguardas?
Sabiendo que te llamo yo, ¿no vienes?
Hola!, que se me quiebran ya las sienes,
Y el término debido 110 me guardas;
No quieras que de hoy más a tu estalaje[59]
Ninguna de estas ánimas abaje
«No heriré tu sótano con lumbre,
Ni las apolinares[60] áureas hebras
Ofenderán tus sapos y culebras,
Ni esotra serpentina muchedumbre;
Mayor te pienso dar la pesadumbre,

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Aunque ésta por tan grande la celebras;
Mas, otra es la que más te muerde y come
Y tus dañados hígados carcome.
«Haré que ya los cuellos no se aprieten
Con el desesperado ñudo y soga,
Que el cuerpo y no las ánimas ahoga,
Mas que por otro medio se quieten;
Haré que tus discípulos respeten
A la sacerdotal y sacra toga,
Tomando sus consejos y dotrina,
Que es para ti la más pungente espina».
En dando fin al fiero[61] necesario
Oyeron un terrible terremoto,
Que revocó[62] en el sitio más remoto
Con un rumor y estruendo temerario;
En rápido turbión trasordinario
Se revolvieron Euro, Cierzo y Noto,
Y en remolino el Ábrego violento
Arrebataba el rancho de su asiento.
Un proceloso y negro torbellino,
Distinto de la noche, en su espesura,
Y envuelto más que en agua en piedra dura,
Dejó turbado el cielo cristalino;
Con esta majestad y pompa vino
El Rey que siempre está en región escura,
Tomando la vedija por su trono,
De donde así les habla en bajo tono:
«Más presto vengo yo do soy llamado,
Si mi venida causa algún consuelo,
Y si detuve agora el sordo vuelo
Ha sido por no dar un mal recado;
Pues ya que está dispuesto por el hado
Que os venga tanto mal y desconsuelo,
Quisiera, por lo mucho que me toca,
Que nunca se supiera de mi boca.
«Sabed que ya las vitreas ondas abre
Con espolón herrado y raudo remo

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Uno, de quien con justa causa temo
Que mi cabeza dura descalabre;
Este será el que a fuego puro os labre[63],
Y quien os mudará de extremo a extremo,
En vuestra redución[64] haciendo tanto,
Que espante al mismo reino del espanto.
«Sabed que el hijo y nieto de virreyes,
Uno de Lima, y otro de Navarra,
Renuevo de la vid y fértil parra
Que tiene su majuelo en altos reyes,
Sobre poneros vínculos y leyes
Arrojará con tal vigor la barra,
Que no sé, amigos, yo, según lo miro,
Qué brazo le podrá llegar al tiro.
«Mas ¡ay! que ya pacífico el Estado
Ha de saber trataros de manera,
Que lo que fuere entonces y lo que era
Serán como lo vivo y lo pintado;
Lo que por fuerza fué, será de grado,
Lo que de pedernal, de blanda cera,
Y al que os hubiere dado mil enojos
Le lloraréis después con ambos ojos.
«Yo soy ¡ay! duro mal! ¡ay! grande afrenta
En quien está la pérdida notoria,
Porque a la fin[65] vosotros, su vitoria
Por propria la pondréis a vuestra cuenta;
Mas yo, que su virtud se me presenta,
Y siento aparejársele la gloria
De sus intensos méritos el pago,
Con entrañable rabia me deshago».
No dijo más, y a vista de la gente
Con un terrible trueno y estallido
Arranca en humo negro convertido,
Dejando allí una bomba pestilente;
Habló verdad en todo llanamente,
Supuesto que es mentira su apellido,
Porque es verdad tan clara y tan expresa,
Que la mentira propria la confiesa.

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Un súbito pavor y helado asombro
Los pensamientos bárbaros ataja;
El más altivo de ánimo le abaja,
Y el más enhiesto encoge más el hombro;
Aun yo de estar contándolo me asombro
Y la caliente sangre se me cuaja,
Por donde puede verse qué haría
Quien, fuera de los mágicos, lo vía.
Ya que pasó el fetor[66] abominable
Y que tranquilo todo y en sosiego,
La desterrada sangre volvió luego
A su canal purpúrea deleznable;
Saltó furioso Rengo el implacable,
Diciendo en voz soberbia: «Derreniego
Del rudo parecer y seso vano
Que en esto diere crédito a Pillano.
«Por sólo apoderarse de nosotros,
Temiendo por ventura mi potencia,
Ha dicho esta mentira y aparencia[67]
Y derramado miedo entre vosotros.
¡Oh falso Eponamón! Allá con otros
Que tengan de tus artes menos ciencia;
No pienses con tus frivolas razones
Obstupecer[68] tan bravos corazones.
«Si crédito algún tiempo se te diere,
Cuando con tu venida nos ofendas,
Tan sólo habrá de ser, y así lo entiendas,
En todo lo que bien nos estuviere;
En lo demás te siga quien quisiere
Haciendo mucho caso de tus prendas,
Que a mí la maza y brazo me asegura
De toda mala suerte y desventura».
No estaba Tucapel en esto ocioso,
Que como el vino y cólera hervía,
Llamaba cuerpo a cuerpo a don García,
Del ínclito enemigo cudicioso;
Andaba más que todos orgulloso

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Diciendo por la gente que venía:
«Granicen hombres, ande el juego grueso,
Que toda mi ganancia estriba[69] en eso».
Así desfleman unos y otros gritan,
Otros, mientras blasonan éstos, callan,
Y allí mayor peligro y daño hallan
Adonde más los bárbaros se irritan;
Unos aplacan, otros solicitan,
Ya rompen, ya deshacen, ya desmayan,
Ya con las voces dísonas se hunden,
Se atruenan, se ensordecen, se confunden;
Hasta que del crepúsculo y aurora
Los fértiles alcores luminados[70]
Mostraban los eriales[71] ocupados
Con las vistosas dádivas de Flora;
Que todos, como gente malhechora,
Cual suelen los ladrones recatados,
Huyendo de la luz, se dividieron,
Con que la gruesa junta deshicieron.
Esto, señor, sucede allá en la guerra,
Y en tanto, acá en la paz, los españoles
Ven ya bordado el cielo de arreboles,
De yerbas, flores y árboles la tierra;
El claro sol doblada luz encierra,
Alumbran las estrellas como soles,
El mar se muestra plácido y sereno,
Y el aire de parleras aves lleno.
Parecen mil prenuncios de alegría,
Mil bienes venideros se conciben;
Los desmayados ánimos reviven
Metiéndose en calor la sangre fría;
Saltando están los pechos a porfía
Del interior contento que reciben,
Y el más helado y lánguido se siente
Con un fogoso y bélico acídente[72].
En todos los estómagos se incluye
Una crecida hambre de pelea;

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El corazón más tímido desea
Hallarse en la ocasión que se le huye;
La favorable causa que esto influye
Sin duda que es el aire y la marea
De las hinchadas velas, que asomando
Al puerto de Cuoquimbo[73] van entrando.
Adonde ya las áncoras echadas,
Los nuestros deshaciéndose en contento,
Entregan las chalupas al momento
En manos de las ondas sosegadas;
Y de floridos jóvenes cargadas
Van todas a parar do yo me asiento,
Porque para tirar de un tiro tanto,
Es chico mi vigor y grande el canto.

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CANTO TERCERO
En que el Gobernador, visto el exceso con que los indios de paz eran tratados por sus encomenderos, y en
mucho desorden que en servirse de ellos había, trayéndolos sobremanera apurados, hace unas breves
ordenanzas, con que los alivia su grave carga; provee juntamente lo importante así a la quietud de la
tierra, desterrando sus inquietadores, como al aumento de nuestra religión y buen ejemplo de los
naturales. Llegada la gente y caballos que venia por tierra, se embarca con toda ella, sin tocar en
Santiago, para la ciudad despoblada de la Concepción, en cuyo viaje le corrió una grande y peligrosa
tormenta.

cuánto se requiere, cuánto importa


H
Haber moderación y medio en todo!
Pues lo[1] que va sin límite ni modo,
¿Qué limitada fuerza lo soporta?
Ni es bueno que la capa quede corta,
Ni que de larga frise con el lodo:
Virtud está en el medio como en quicio,
Y siempre en los extremos anda el vicio.
Jamás, si duermen tres en una cama,
Sucede que al de en medio falte ropa,
Ni al que por medio afierra de la copa
El líquido licor se le derrama;
Menos se mareará la tierna dama
En medio de la nao que en proa ni en popa;

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Mejor irá el discípulo de Marte
Donde es el batallón, que en otra parte.
Entre las zonas tórrida y helada,
Que el mirador cosmógrafo divide,
Aquella que el lugar de en medio pide
Es la más habitable y más templada;
De la celeste máquina girada,
El medio es donde Júpiter preside,
Y el que por Dafne rápido corría
Más franco da su luz al medio día.
En sólo amar a Dios ha de afirmarse
Que ni es ni puede ser el medio bueno,
Y[2] en esto sólo el tépido condeno,
Y en esto será lícito extremarse;
En todo lo demás el moderarse,
Y aquel saber usar espuela y freno[3],
El que descanso quiere lo procure,
Pues bien soléis decir, paso que dure[4].
El siervo no ha de ser tan mal tratado
Que siempre sus espaldas mida un leño,
Pues suele revolver contra su dueño
El animal doméstico apurado;
Quien ha la noche entera trasnochado,
Está después cayéndose de sueño;
Al fin conviene en todo tanto el orden,
Que la bondad es mala con desorden.
Esto conoce bien el joven sabio,
Pues visto el desigual que en Chile había
Sobre tratar al indio que servía,
Le satisface luego deste agravio;
Y dado que era viejo el mal resabio
Que acerca desto[5] el héspero tenía,
Sola su blanda mano, medio y modo
Bastó para quitársele del todo.
El fué moderador de tanto exceso,
De tanta libertad y exorbitancia,
Y el que redujo a temple y consonancia

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Lo que sonaba mal acerca de eso;
Aligeró a los pobres de su peso,
Solicitando en todo su ganancia
Por el mejor camino y fácil vía,
Que luego toparéis en esta mía.
Llegado a la cuoquímbica ribera,
Adonde los esquifes encallaron,
Las proras[6] en un punto se poblaron
De la gallarda gente placentera;
Mas luego que la vieron saltar fuera,
Desiertos ya la mira se quedaron,
Doliéndose de ver que ya la playa
Con tanto bien alzado se les haya.
Pues ya del mar los nuestros olvidados
Y llenos de placer y gloria llena,
Sellaron con sus plantas el arena,
Tendiendo allí los miembros mareados;
Quién mira las llanadas y collados,
Quién con el dedo apunta la Serena,
Y quién alaba el sitio, quién el puerto,
Al soplo de los aires encubierto.
Estando así la gente bulliciosa,
Oyó tropel confuso de caballos,
Que vienen ya batiendo con los callos[7]
La relucida playa mariscosa[8];
Porque es sobremanera cuidadosa
La próxima ciudad en despachallos,
Viniendo sus vecinos juntamente
A recebir al claro adoléceme[9].
Pero debajo desta adolescencia,
Aun al que más la vista se le cubre,
Como por velo diáfano descubre
Un vaso[10] y madurez por excelencia:
Mostrábalo su rostro y aparencia[11],
Que pocas o ninguna vez lo encubre,
Pues más abiertamente que en la palma[12]
Se suele por el cuerpo ver el alma.

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Recíbelos a todos gratamente
Con término cortés y grave acento
Y con templadas muestras de contento,
Que todo no se junta fácilmente;
De donde, acompañándole la gente,
Tomó el camino breve del asiento,
Que por la tiesa y húmida[13] marina
Dos leguas apacible se camina.
Entrado[14] en la ciudad de la Serena
El escogido tercio y nueva copia[15],
Conoce cada cual por casa propia,
Según se vee[16] tratar, la que es ajena;
Es tan cumplida gente, honrosa y buena,
Que tiene por afrenta y cosa impropia
No ser en su hospedaje él hospedado
Todo lo de potencia regalado.
Allí estuvieron todos dando cuerda
A la penosa y dura del quebranto,
Que la Serena dulce con su canto
Hace que todo el mal se olvide y pierda;
En tanto a nuestro joven se le acuerda,
Movido por un celo justo y santo,
De aprovechar el tiempo en lo siguiente,
Para que no se gaste vanamente.
Queriendo, pues, saber qué modo había
Sobre pagar el indio sus tributos
Y si conforme a sacros estatutos
El amo acerca desto procedía;
Echó de ver su mucha demasía
Y cómo andaban todos absolutos
Sin regla, sin medida, ley ni fuero,
Con el ansioso hipo del dinero.
No solamente echaban a las minas
Los diputados ya para este oficio,
Sino también el personal servicio,
Hambrientos por las vetas de oro finas;
Y contra humanas leyes y divinas,

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Que todo estaba entonces por el vicio,
Aun no eran reservados desta cuenta
Los viejos tremulosos[17] de noventa.
Tampoco el niño tierno se libraba,
A título de serlo, destos daños,
Que puesto en el doceno de sus años,
Con la barreta al hombro caminaba;
La madre con dolor le acompañaba,
Humedesciendo[18] bien sus pobres paños,
Y siempre que la carga le afligía,
En el trabajo della sucedía.
Hermosas dueñas, vírgenes apuestas,
Que era contento y lástima[19] el mirallas,
Llevaban el sustento y vituallas,
Por más que fuesen débiles, a cuestas;
Y por quebradas ásperas y cuestas,
Quebrados de subillas y bajallas,
Sus delicados pies iban rompiendo,
Y alguna vez de sangre el rastro haciendo.
Así cargadas viérades algunas
Los encolmados[20] vientres a las bocas,
Y fuera deste número, no pocas
Con sus recién nacidos en las cunas[21]:
¡Mirad qué cargas dos tan importunas,
Aunque las tristes fueran más que rocas!
Y más que no hay dejar ninguna dellas,
Por no dejar el ánima con ellas.
En vez de las diademas y guirnaldas,
Iba el pesado yole[22] y grave cesta,
Y en trueque de la llíqueda[23] compuesta,
El enchiguado[24] trigo a las espaldas;
En cambio de las perlas y esmeraldas,
Llevaban la inclinada frente honesta,
Bordada de un licor aljofarado,
A fuerza de fatigas destilado.
¡Oh qué desaforado desafuero
Usado con Jos pobres naturales!

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¡Oh qué de imposiciones desiguales
En gente que era al fin de carne y cuero!
¡Oh siempre viva hambre del dinero,
Disimulada muerte de mortales,
Polilla de las almas gastadora,
Hinchada sanguijuela[25] chupadora!
Pues como desta peste vio tocados
El médico tan sabio a los chilenos,
Y que los indios iban siempre a menos,
Ya más las insolencias y pecados;
Deliberó con medios acertados,
Que nunca los que puso fueron menos,
Sangrar aquella fiebre mal contenta[26]
Tanto de sangre prójima sedienta.
Y visto que los indios no tenían
En todo su caudal del cielo abajo
Sino su proprio[27] personal trabajo
Para lo que sus amos les pedían,
Y que con tanto peso no podrían,
So pena de venir con todo abajo,
Al eminente y grande mal previno,
Dictándole un espíritu divino.
Mas, era este negocio de consejo,
Y aunque pudiera bien a todos dalle,
Quiso de los teólogos tomalle
Para llevar su hilo más parejo;
Porque es como la dama sin espejo,
Es engolfada nao sin gobernalle,
Que naufragosamente da en la costa,
Quien corre sin consejo por la posta[28].
Habiendo, pues, el caso conferido
Muchas y muchas veces con letrados
De limpio celo y ánimo dotados,
Salió de la consulta difinido[29]
Todo en favor del mísero afligido,
Lo que dirán mis versos mal cortados,
Metidos en prolijas narraciones,
Donde es forzoso ir dando tropezones.

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Mas es también forzoso no dejallas,
Aunque mé son de tanto impedimento,
Así por ser verdades las que cuento
Y no querer hacer en esto fallas,
Como porque naciera de pasallas
Una contradición[30] de lo que intento,
Que es usurpar el mérito y la gloria
Del que la da tan gratis a mi historia.
Mandó que de los indios que tuviese
El ávido vecino encomendero
Para labrar el cóncavo minero,
El sesmo solamente se le diese;
Y que éste de varones sólo fuese,
Guardando al sexo tímido su fuero,
Los cuales a sesenta no llegasen,
Y que del sexto décimo pasasen.
Ordena juntamente que del fruto
De los veneros fértiles sacado,
También al indio el sesmo fuese dado
Como en retribución de su tributo;
Y que cualquier vecino al estatuto
Fuese para los suyos obligado,
Partiéndoles el sábado postrero
La dicha sexta parte del dinero.
Y para ejecución del mandamiento,
Por evitar escrúpulos y espinas,
Mandó que hubiese alcaldes en las minas,
Hombres de sano, justo y buen intento;
Hizo que las comidas y sustento
Llevado por las fuerzas femeninas,
A costa del vecino fuese en bestias,
Y así no fuesen tantas las molestias.
Mandóles dar comida cuotidiana
Que bien a cada un indio le bastase,
Y que una res o más se les matase
Tres días en los seis de la semana;
Con esto pudo hacer que por liviana

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La ponderosa[31] carga se juzgase,
Poniendo mil estímulos al tibio
Ya sus trabajos ásperos alivio.
Así dejó los pobres redimidos
De tantas insolentes vejaciones
Y de tan insufribles aflicciones
A llevadera vida conducidos;
Quedaron muchos años prevenidos,
Mudadas muchas fieras intenciones,
El indio con su carga moderada,
Y el amo su conciencia descargada.
¡Oh gran legislador del Nuevo Mundo,
Celoso de equidad y de justicia,
Primero en la barbárica milicia
Y en tu feliz estrella sin segundo,
Confuso asombro y pasmo del profundo,
Total perseguidor de su malicia!
Perdona el corto vuelo de mi pluma,
Que al pie no llega de tu cumbre suma.
Cuando mejor le sepa dar el corte,
Y si la Parca no me corta el hilo,
Yo cortaré, señor, con otro filo
Tus venturosos lances en la corte;
Mas, has de permitirme que los corte
En traje pastoril, mi proprio estilo[32];
Que en esto ni será él de corte sano
Ni bastará tampoco el cortesano.
Recibe si te place agora en tanto
Esta segura prenda que te empeño,
Que yo la sacaré de tal empeño
Volviéndote por ella sietetanto[33];
El vale sólo es éste y primer tanto;
Con que serás después del resto dueño
En viéndome al querer con otro punto,
Que agora será bien volver al punto.
Habiendo ya en los indios remediado
Lo que dejamos dicho el joven tierno,

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Puso los españoles en gobierno,
Y en orden los negocios del juzgado;
Era lo que trazaba lo acertado,
En cosa no mostrándose moderno[34],
Porque corrieron siempre a las parejas
Su madurez y juventud parejas.
Y como siempre fué de lance en lance
Haciéndolos mejores en su juego,
Aun no entabló la tierra, cuando luego
Se puso con el cielo en un balance[35];
Al rey de entrambos vino a dar alcance,
Por ser en el seguir un vivo fuego
Y ser sus pasatiempos y sus vicios
Seguir virtud y perseguir los vicios.
Faltaba en la Serena (¡ved qué falta
Para que tenga sobra en su descuento!)
El misterioso y alto Sacramento,
Adonde Dios y Hombre nunca falta;
Mas, con su caridad intensa y alta,
Haciendo a costa suya el ornamento,
Hizo que desde entonces no faltase
Para que el bien al ánima sobrase.
De suerte que por Dios, que es alfa, empieza
Ya Dios en todo lleva por delante.
¡Oh bienaventurado caminante
Que a sólo Dios sus pasos endereza!
Y pues lo que le lleva por cabeza
Va todo por el mismo semejante,
¡Considerad sus obras cuáles fueron,
Si al paso del principio el fin tuvieron!
No callarán mis versos una dellas,
Aunque de tanto son indignos ellos,
Pues éstos traigo yo por los cabellos,
Y al cielo por sus pies se van aquéllas;
Mas, ya que lejos voy de dar con ellas,
Y puedo bien sentarme junto dellos,
Dirélas por mi rumbo tropezoso
Y no las callaré como envidioso.

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El hecho fué que cuando el pan del cielo
En procesión al templo se traía,
Por dar ejemplo al indio que atendía,
Se derribó a medirse con el suelo,
Haciendo que el presbítero sin duelo
Por cima[36] del hiciese paso y vía,
Tratando con el pie su cuerpo humano,
Pues el de Dios trataba con la mano.
Fué un acto de humildad aventajada[37]
Para dejar al bárbaro enseñado,
Que en las personas altas de su estado
Es la virtud que más a Dios agrada;
Pues cuanto bien parece la llanada
En la sublime cumbre del collado,
Parece la humildad allá en la cima
Del hombre que es tenido en más estima.
Con el manjar angélico divino
Quedó la gente llena de consuelo
Y no se vido más barrer el suelo
El viento arrebatado en remolino;
Que como se deshace el torbellino
En asomando el Deifico en el cielo,
Así tranquilidad el pueblo tuvo
Al punto que este sol en él estuvo.
Mas, viendo que otros soplos más violentos
Y tempestad mayor furiosa y brava
A todo el reino junto alborotaba
Queriéndole volar por los cimientos
Y que la furia sola de dos vientos
Revueltos y encontrados lo causaba,
Da traza el verdadero dios Eólo
Cómo encerrallos por su mano él solo.
Los dos gobernadores eran éstos,
Que, sobre serlo, en Chile contendían,
Y a canto[38] de perdérsele tenían,
Pues a romper estaban ya dispuestos;
En Mapochó y Cuoquimbo varios puestos,
Los dos fortificados, atendían,

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Para venir, con ánimos insanos,
De encuentro de cabezas a las manos.
Estarse en la Serena Aguirre quiso,
Por ser allí el oráculo adorado,
Y Villagrán[39] desotro apoderado,
Estaba en Mapochó sobre el aviso;
Mirad agora el reino, en sí diviso
En víspera de verse desolado;
Mirad un monstruo aquí de dos cabezas,
Que está para topar y hacerse piezas.
Pero tan buena maña supo darse
Aquel varón sagaz en el remedio,
Que, como la virtud, se puso en medio
Primero que vinieran a encontrarse;
Y sin alborotar ni alborotarse,
Que para todo tuvo traza y medio,
Prendió primero al uno, y luego al otro,
Sin que supieran ellos uno de otro.
A Juan Ramón envió por una vía
Para que, sin que nadie lo entendiera,
A Villagrán do estaba lo prendiera,
Enviándosele preso el mismo día;
Ya Aguirre, que a la mano le tenía,
Aunque pensó que nadie le ofendiera,
Prendió por otra parte don Hurtado,
Poniéndole en el puerto a buen recado.
Adonde en un bajel con guarda estuvo
Hasta que Villagrán también llegase,
El cual, como a su daño caminase,
Bien poco en el camino se detuvo;
Pues luego que la nueva el joven tuvo,
Mandó que con Aguirre se juntase,
Y que sin parecer en su presencia
Viniese a parecer ante la Audiencia.
Salióle a Aguirre, en viendo que venía,
A recebir al bordo de la nave,
Y aun dicen que le dijo en tono grave

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Esta razón tan llena de energía:
«Ya, lo que en todo Chile no cabía,
Agora en una tabla sola cabe;
Mi fe[40], señor, un niño de la cuna
Nos muestra a la vejez lo que es fortuna.
No cuento por menudo todo el caso,
Aunque lo principal aquí va escrito,
Porque pararme a todo es infinito,
Teniendo senda larga y tiempo escaso;
Fuera de que si en esto voy de paso,
Es porque en lo que resta me remito
A lo que agora escribe el de Lobera[41],
En general historia verdadera.
Sólo, según por ella puede verse,
Quiero certificar en esta mía
Que en ello, como en todo, don García
Hizo lo que era lícito hacerse;
Porque, con madurez, para moverse
Miró muy bien qué causa le movía,
Y siempre vio la mira en este hecho
Enderezada al público provecho.
Pues embarcados ya los capitanes,
Mandó que los bajase luego a Lima
Pedro de Lisperguer[42], varón de estima,
Y gloria de los altos alemanes;
Limpió la tierra destos huracanes,
Metiéndolos en cárceles, y encima
Por más seguridad les puso un cerro,
Que tanto y más pesado es un[43] destierro.
Así como en soberbios torreones,
Y siempre sobre alcázares subidos,
Vienen a dar los rayos encendidos,
Dejando los humildes paredones;
Sobre estos validísimos varones,
En Chile por pirámides tenidos,
Asiento de ambición y de cudicia,
Cayó derecho el rayo de justicia.

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A mucho mal con ello puso atajo,
Y al reino, ya pacífico y tranquilo,
De más de tres gargantas quitó el filo,
Ya todas, por lo menos, de trabajo:
Por esto quiso enviallos mar abajo,
Y por seguir al padre en el estilo.
Que a los que en el Pirú[44] metían cizaña
Los arrancó de cuajo para España.
Con esto en la Serena se entretuvo,
Por no gastar el tiempo mal gastado,
Hasta que a los del seco despoblado
Ya su Bastida fiel consigo tuvo;
En ocio allí la gente se detuvo
Un delicioso mes, el cual pasado,
Con todos los caballos y bagaje
A Mapochó[45] tomaron el viaje.
Mandóseles que nada en él parasen,
Por ser tan regalado y abundoso,
Temiendo que en su vicio pegajoso
Los cuerpos hasta el ánima atascasen;
Sino que a Penco rápidos pasasen,
Lugar un tiempo rico y populoso,
Mas por entonces yermo y asolado,
De sólo cuerpos y aves ocupado.
Adonde a Juan Ramón también mandaba
Que en todo caso luego se partiese
Con todos los vecinos que tuviese
El pueblo[46] de Santiago, donde estaba;
Porque él a la sazón determinaba
Enderezar allá como pudiese,
Metiéndose en el mar embravecido
Con los que ya por él había traído[47];
Para que de esta suerte en la bahía
De Talcaguano, que es a Penco junto,
Se fuesen a juntar al mismo punto
La gente que por tierra y mar venía.
Con esta traza y orden los envía,

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Y él queda con su gente puesto a punto
Para desocupar aquel asiento,
Aunque lo contradicen mar y viento.
Llegada era del tiempo aquella parte
Opuesta por diámetro al estío,
Cuando con gafa mano, el yerto[48] frío
En pellas el carámbano reparte;
A la sazón, que ya por toda parte
Viene de monte a monte el raudo río,
Y al blanco amanecer se ven los prados
Envueltos en vellones escarchados;
Cuando camina todo con su funda
Para que el aguacero no lo moje,
Ya su chozuela el rústico se acoge
Soltando el manso buey de la coyunda;
La tierra de mil rívulos[49] abunda,
Que en sí la turbia ciénaga[50] recoge,
Y cuando por los cerros van a gatas,
Rompidas las celetes cataratas.
Está callada y mustia Filomena,
Itis se encoge, Progne se marchita;
Erízase el silguero[51] en la ramita,
Y de aterido, en dulce voz no suena;
Alcione sale ya sobre el arena,
La grulla por el aire sola grita,
Y la infeliz corneja está en su playa
Al marinero mártir dando vaya[52];
Desgájanse los árboles frondosos,
Rendidos al airado ventisquero;
Descarga con granizo el aguacero
Relámpagos y truenos espantosos;
Vulturno, Cierzo y Áfrico furiosos
Parecen aventar el mundo entero;
Entóldanse los cielos con nublados
De tempestades túrbidas preñados.
Mas, no por ser el tiempo riguroso
Y ver al mar entonces intratable,

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Dejó de renunciar la tierra estable
El fortunado[53] joven presuroso;
Porque para su pecho valeroso
No le parece cosa incontrastable,
Y porque el acudir, do va, con tiempo
Importa mucho más que el mismo tiempo.
Así que[54], su rigor menospreciando,
Como que ya le increpa la tardanza,
Partió sin esperar a la bonanza,
Que la necesidad no mira cuándo;
Pues ya con su lucido y grueso bando
De la Serena sale, dulce estanza[55],
Dejándola más triste en su partida.
Que Dido en la troyana despedida.
Pusiéronse en dos horas en el puerto[56],
A donde siendo todo aparejado,
Dejaron el estéril mar poblado,
Y al fértil campo huérfano y desierto;
El aire estaba lúcido y abierto,
Sólo soplaba el céfiro delgado,
Con que, las corvas áncoras levadas,
Se le entregaron velas desplegadas.
Ya el engañoso tiempo los aleja
De la arenosa playa y sus orillas,
Ya sulcan alta mar las bajas quillas,
Ya cada cual de espuma el rastro deja;
El cielo, por cubrir lo que apareja,
Se escombra y barre bien de nubéculas,
Bordándose de escamas y celajes,
De rubios arreboles y follajes.
Todo les favorece y da la mano,
El viento[57] es largo en popa, el mar bonanza,
Señales harto ciertas de mudanza
Y de que habrá desquite en otra mano;
Al puerto jacobino dan de mano[58],
Temiendo que si llegan a su estanza
Y dan entrada al ocio y fácil vida

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Será dificultosa la salida.
Pues como de arrecifes y bajíos,
Y más que de la fiera ladradora,
Tan por su mal, de Circe contendora,
De Mapochó se apartan los navios,
Albergue de holgazanes y baldíos,
Adonde el vicio a sus anchuras mora,
Y tierra do se come el dulce loto,
Que al filo de la guerra tiene boto[59]
Es la vadosa sirte donde encallan
O todos o los más gobernadores,
Y adonde, por hablar cosas de amores,
Las del guerrero adúltero se callan;
Do, como la dulzaina y rabel hallan,
No quieren son de trompa ni atambores,
Ni dar en cambio y trueque de una vela[60],
Amanecer dos mil en centinela.
Es una Circe pésima que encanta
Y en animales sórdidos transforma;
Es la cadena, grillo, cepo y corma
Que el brío y fuerza bélica quebranta;
Es la sirena mélode[61] que canta,
De quien sagaz el Itaco se informa,
Y atado al mástil, oye desde afuera,
Ensordeciendo a los demás con cera.
Huye como del fuego del regalo
El avisado joven, porque sabe
Que entre el bizcocho acedo y pan suave
Hay siempre más que lúcido intervalo;
Esa los cuerpos ágiles tan malo
Como el pequeño rémora[62] a la nave,
Que en su navegación la tiene a raya
Por más veloz y rápida que vaya.
El regalado es bestia que se empaca[63],
Un harto gavilán, bajel zorrero[64],
Y el ocio cenegal y atolladero,
Do con dificultad el pie se saca;

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Es arenal en que anda virtud flaca,
Y pasto donde el vicio enlucía[65] el cuero,
Boscaje y arcabuco mal distinto,
Difícil y entrincado[66] labirinto[67].
Y aunque metido en él, salir supiera
Con el prudente ovillo de Teseo,
No quiere andar en círculo y rodeo,
Sino seguir derecho su carrera;
Que el ánimo do está virtud entera
No sólo ha de vencer el mal deseo,
Sino quitar la causa de engendrallo,
Pues lo mejor del dado es no jugallo.
Por esto don Hurtado no se llega
Al peligroso vado con su armada,
Mas a la yerma Penco enderezada,
Con viento largo y próspero navega;
Neptuno está más llano que una vega
Asegurando en todo la jornada,
Por donde, aunque era larga, sin sentilla
Se ven a pique ya de concluilla.
Mas, porque nunca bien sin mal concluya,
Y no nos asegure el buen estado,
No bien el sol seis vueltas había dado,
Cuando también fortuna dio la suya:
¡Oh cuan de vidro[68] que es la gloria tuya
Caduco mundo, báculo cascado,
A donde bien lo paga quien se arrima,
Pues dando, al fin, en vago, se lastima!
¡Qué de horas malas das por una buena!
Por un granillo de oro ¡cuánta escoria!
Por el adarme y átomo de gloria,
¡Qué bien pesado va el quintal de pena!
Tu mano, ya se vacia, ya se llena,
Como los arcaduces de la noria,
Aunque por ser menor el del contento,
Sin agua suele estar la boca al viento.
O fuese rebelión de la fortuna,

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O ya por el rigor del crudo ivierno[69],
O porque ya de invidia el mismo infierno
Contra este gran varón se hiciese a una[70];
O ya por mal influjo de la luna,
O por la voluntad del Padre Eterno,
Que con la piedra toque[71] de combates
Quisiese descubrille los quilates;
De fusca nubécula mal cuajada
El velo celestial se vio mancharse,
Tras quien[72] corrieron otros a juntarse,
No pareciendo en su principio nada;
Mas, vese a pocas horas aumentada
Tenderse de manera y condensarse,
Que deja al cielo puro y espejado
Ya de escurana[73] lóbrega empañado.
Perdiéronle de vista en un instante,
Con que también los nuestros la perdieron,
Y solamente a costa suya vieron
Cuan presto se demuda el buen semblante;
Envueltos en furor desemejante
Los vientos de sus cárceles salieron,
Y al antes llano piélago lanzados
Hicieron promontorios levantados[74].
Que como tanto tiempo estuvo presa
Su furia procelosa y repentina,
Cuando la vieron suelta en la marina
Molieron todos juntos de represa;
Pues dánse en el rodezno tanta priesa,
Que el mar ya vuelto en cándida harina,
Sin que esparcirse pueda por el suelo,
A cada vuelta salta para el cielo.
El claro sol se fué, y la noche escura
Batiendo al mar sus negras alas vino
Con un desaforado torbellino,
Armado de granizo y piedra dura;
La grita, el alboroto, la presura,
La turbación, el pasmo, el desatino,

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La amarillez del rostro ya difunto
Se apoderó de todos en un punto.
Ya la menuda arena hierve abajo,
Y arriba las soberbias ondas braman;
Ya sobre lo más alto se encaraman,
Ya vuelven desgalgándose a lo bajo;
Parece que se arranca el mar de cuajo,
Y que sus aguas frígidas se inflaman,
Marchando en escuadrón de ciento en ciento
A dar asalto al cálido elemento.
Por medio del frenéticas pretenden
A todo su pesar abrir carrera
Para mezclarse allá en la nona[75] esfera
Con las parientas aguas que allí penden;
Porque del fabricado mundo entienden
Que quiere ya volver, ¡ay! tal no quiera!
Sin que le quede ripio sobre ripio
A la cantera tosca del principio.
Que como para el bien de los humanos
No sufre Dios al mar, por más que brame,
Que por el ancho suelo se derrame,
Quiere tomar el cielo con las manos[76];
Y sobre sus asientos soberanos
Pide que el bajo suyo se encarame,
Porque si no, según su vientre hincha,
Reventará por medio con la cincha.
Toda la culpa tiene el viento solo
En dalle avilantez, orgullo y alas,
Para que osado suba sin escalas
A remojar allá la crin de Apolo;
Gime tronando el uno y otro polo,
Y las espesas nubes, antes ralas,
Se vienen ya cerrando de manera,
Que al cielo calan toda la visera[77].
En una escuridad tempestuosa,
Y en una tempestad escura y fría
Se ve la atribulada compañía

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Ya de su fin más cierta que dudosa;
Ninguno por intrépido reposa,
Que el de mayor esfuerzo y osadía,
Como se ve en tan áspera tormenta,
Alista, para darla a Dios, su cuenta.
El duro y trabajado marinero,
Que nunca sosegó sin sobresalto,
Visto del temporal el fiero asalto,
Salta de entre sus cables el primero;
Ya trepa por el cáñamo ligero,
Ya súbito aparece en lo más alto,
Ya muestra por un cabo sólo asido
El cuerpo sobre el agua suspendido,
Envuélvese ya el aire escuro y vano
En voces del ¡amaina! tras el ¡iza!
Y el chafaldete, braza, troza y triza
Se cubren de curtido puño y mano;
Ya con la espada en ella el Euro insano
Hace con los demás estrago y riza,
Jugando y esgrimiéndola de suerte,
Que cada golpe suple el de la muerte.
¡A orza!, claman unos; ¡vira, vira,
Amura, que se vee la arena gorda!
Otros: ¡arriba, amaina, ten, zaborda[78]!
Que está el furioso mar envuelto en ira;
El uno sin color al otro mira,
La gente a puras voces está sorda,
Atónita, confusa, derramada,
La más temblando en pie y arrodillada.
Las yertas rocas miran por un lado
Con duro ceño y áspero semblante;
Por otro al mar soberbio y arrogante,
Revuelto, removido y elevado;
Arriba de rigor al cielo armado,
Abajo los abismos por delante;
¡Mirad la triste nave que está en medio
En que tendrá esperanza de remedio!

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Quién a la religión se ofrece en voto,
Quién el favor divino apriesa invoca;
Quién con el sacro símbolo en la boca
De todo corazón está devoto;
Cuál mira atento el rostro del piloto,
Por ver si su tristeza es mucha o poca;
Cuál en su estrecha cámara se esconde
Queriendo allí morir sin ver por donde.
Oye de allí las voces y lamentos,
Los golpes, los turbiones, las grupadas
Que del vulturno y cierzo reforzadas
Confunden los distintos elementos;
En vano suenan lúgubres acentos,
Zalemas[79], alaridos, algaradas,
Pues no las oye el mar embravecido
En sí de su fragor ensordescido[80].
Túrbase ya el piloto y marineros;
No saben dónde irán ni dónde acudan;
Por ayudarse, más se desayudan;
Pasan atropellando pasajeros;
Los aires más indómitos y fieros
De su tesón un punto no se mudan,
Hinchando al mar con soplos presurosos,
A echalle de su asiento poderosos.
Ni cabo ni filáciga[81] parece,
Cordel, amarra, cable ni atadura;
La escota quiebra, rómpese la mura,
Timón, entena y mástil desfallece;
La luz con que el aguja resplandece
No estaba en su bitácora segura,
Que todo lo volcaba y sacudía
El huracán furioso y travesía.
Creciendo va el temor, el viento carga
En la deshecha y rábida tormenta;
No hay más que de la dulce vida cuenta,
Según al ojo está la muerte amarga;
Ya gritan ¡alijar! ya se descarga,

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Ya Tetis queda rica y opulenta
Con mil presentes dados por soborno,
Mas ella da bramidos en retorno.
Ya va por las marítimas dehesas
En confusión y lástima volcando
El dote que dio Lima al fuerte bando,
Más rico que las dárdanas riquezas;
Blasones de mil célebres proezas
Se ven sobre las aguas ir nadando,
Con que se torna ya la mar insana
Una vistosa tienda y tarazana[82].
Parece desgarrarse el alto cielo,
Abrirse entre las olas el profundo,
Y la compuesta máquina del mundo
Deshecha derramarse por el suelo;
Sale con el escuro y negro velo
La blanca espumazón[83] del mar fecundo,
Que echando más centellas que una fragua,
En el impíreo[84] mete fuentes de agua.
Las jarcias con las gúmenas rechinan;
Cruje la tablazón y silba el viento;
Los mástiles se arrancan de su asiento,
Las gavias hechas arcos al mar se inclinan;
Relámpagos y truenos desatinan,
Encuentros de agua privan del aliento;
Al fin, el orbe todo está en discordia,
Y nuestra gente a Dios misericordia[85].
¿Por qué, Neptuno, agora tanto enojo?
¿Por qué tu furia llega a tal extremo?
Pues ¡guarte[86]! no revientes, que lo temo,
O mueva[87] tu preñez por sólo antojo:
Aquí no va quien hizo ciego el ojo
Del cíclope tu hijo Polifemo,
Mas otro, que por dar a ciegos vista,
Tus muros quiso entrara escala vista.
Y a ti, señor de la ínsula ventosa,
¿Qué bien de tanto mal se te acarrea?

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Ofrécete otra ninfa Deyopea
La vengativa Juno por esposa?
Y tú, del falso amor lasciva diosa,
A quien la Cipro en víctimas humea,
¿Quieres del Sol, en otro sol vengarte,
Por lo que publicó de ti con Marte?
Y tú, revuelto mar, ¿desde la arena
Presumes ir en esta nao metido,
Quien Dios, por no le haber obedescido,
Tuvo depositado en la ballena?
Pues sabe que la nave no va llena
Sino de aquel mancebo esclarecido,
Que de sujeto a Dios y al padre suyo
Se vino a sujetar al furor tuyo.
No cuando Troya en fuego se tornaba
Y la ciudad de Rómulo se ardía,
Ni cuando la violenta compañía
El un lugar y el otro saqueaba,
Tal confusión y estrépito sonaba,
Ni tanto daño y lástimas se vía,
Ni allí su llama y saco[88], a lo que siento,
Causaron lo que aquí la mar y viento.
Grande es la refracción, grande el ruido
Cuando los torbellinos procelosos
Sacuden gruesos árboles frondosos
En el opaco bosque entretejido;
Mucho alborota y saca de sentido
La vez que por lugares populosos
De noche un terremoto sobreviene,
Mas para comparallo corto viene.
No siento lengua humana que declare
La desigual borrasca rigurosa,
Ni en cuantas vi jamás he visto cosa
A que perfectamente se compare;
Mas, si comparación de fe bastare,
Y por común, acaso, no es odiosa,
El infernal tormento sólo alcanza
A ser de una tormenta semejanza.

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Porque el rebato, el tráfago, el ruido,
La priesa, confusión y gritería,
El pasmo, la congoja y agonía,
La pena deste daño, y de sentido,
El mar furioso, el viento embravecido,
El cielo que de escuro no se vía.
Era figura al vivo trasladada
Del Orco negro y lóbrega morada.
En esto, un cerro de agua levantado,
Que amenazando al cielo se venía,
Embiste al galeón de don García,
Cubriéndole del uno al otro lado;
Apenas, sumergido y anegado,
La punta de la gavia descubría;
Tragaron agua y muerte los de dentro,
Juzgando aquel por último recuentro[89].
Mas, pasa al fin el golpe y trago acedo,
Y sale sacudiéndose la gente,
Al tiempo que otro monte más potente
Le encara con más ímpetu y denuedo;
Espérelo su nao, que yo no puedo,
Por no tener costado suficiente
La rota navecilla de mi vena,
Menesterosa ya de dar carena.

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CANTO CUARTO
Declara el fin que tuvo la tormenta, y cómo don García, llegado a la bahía de la Concepción, toma puerto
en la isla de Talcaguano, adonde está dos meses esperando los caballos, hasta que, constreñido de la
necesidad, pasa a la tierra firme, haciendo en ella un fuerte, en el cual, recogido con su gente, aguarda
la que por tierra viene. En el ínter se junta contra él todo el infierno en consulta general, y de ella sale
Megera a dar aviso a Caupolicán de la oportunidad y buena coyuntura que tiene para dar sobre el
nuevo fuerte y destruille, antes que le llegue el socorro que espera.

INGUNOpor gastado que se sienta


Venda la saya verde a su esperanza,
Sabiendo que es la súbita mudanza
Manjar de que esta vida se sustenta;
No dude que tras ante[1] de tormenta
Ha de servirse postre de bonanza,
Y menos del favor celeste dude,
Pues cuando todo falta, Dios acude.
En dar trabajos tiene tal estilo,
Que como esgremidor[2] diestro y galano,
Al secutar[3] el golpe da de llano[4],
O toca blandamente con el filo;
Y bien que alguna vez alargue el hilo,
Por donde el hombre cuelga de su mano,

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Dejándole que estire de la hebra,
Pero jamás de parte suya quiebra.
Es la tribulación, si bien se advierte,
Un disfrazado bien por mal tenido;
En vez de ser amado aborrescido;
Es vida en traje y hábito de muerte;
Es muestra para el ancho pecho fuerte,
Alarde para el flaco y encogido;
Es una enfermedad que no inficiona,
Mas donde la virtud se perficiona.
La roca de las ondas azotada
Predica la firmeza que sostiene,
Y a descubrirse limpio el grano viene
Cuando la rubia espiga está trillada;
La cítara del músico tocada
En alta voz pregona las que tiene,
Y si el trabajo duro al hombre toca,
Se ve su fortaleza mucha o poca.
Así que, adversidades y aflicciones
Son guerras donde el Rey del cielo envía
A los que de su bando y compañía
Procura dar enseñas y blasones;
Y destos ilustrísimos varones
Es uno el generoso don García,
Que cuando más el piélago le cubre,
Su levantado pecho se descubre.
Bien que lo siente a veces apretado
Con ver que la tormenta va creciendo,
Y el ánimo a los suyos falleciendo,
Que es lo que más le aflije en tal estado;
Mas, cuanto más ceñido y estrechado,
Su corazón más alto va subiendo,
Como la fuente a manos fabricada
Por atanor estrecho encaminada.
Su capitana enhiesta en lo más alto
Taladra las estrellas con la punta;
Ya con el alto Júpiter se junta,
Ya con Pintón se pone en presto salto;

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Cual águila, que azores dan asalto,
Ligera da una punta y otra punta:
Así tan rauda sube y rauda baja,
Tratándola los vientos como paja.
Sobre el estremecido camarote
Sereno y firme el joven parecía,
Diciendo al cielo: «Si es por culpa mía
Tan áspero castigo y duro azote,
Sin que, Señor, el mundo se alborote,
Ni muera esta inocente compañía,
Que sólo va a plantar tu fe sagrada,
Descargue en mí la furia de tu espada».
Mas, cuando allá en lo hondo de su pecho
Al cielo desta suerte hablando estaba,
Aquel turbión, envuelto en ira brava,
Se vino al vaso trémulo derecho;
Cerró con él en ímpetu deshecho,
Rompiendo con la fuerza que llevaba
La escota del trinquete yerta y dura,
Con otro grueso cable de la mura[5]
No para en esto el golpe desmedido,
Que el rápido furor con que venía
Dejó sin el fiador que lo tenía
Al puño del trinquete desasido;
El cual, (suceso raro nunca oído)
Como sin orden suelto discurría,
Pasó por cima el ancla raudamente,
Trabando su tenaz y corvo diente.
Prestóle tal vaivén y fuerza el viento,
Que estando tan asida y amarrada,
Más fácil que sortija[6] a la pasada
Se la llevó arrancada de su asiento;
Y con arrebatado movimiento,
Ya de la vela el áncora colgada,
Por una y otra parte daña, ofende,
Quebranta, descoyunta, rompe, hiende.
Con ella Tramontana montantea,

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Haciendo a cada vuelta calle y plaza;
Esgrímela Aquilón como una maza
Que los maderos frágiles golpea;
El Ábrego furioso la voltea,
Y cuanto encuentra parte y despedaza;
Bóreas la juega, haciéndola que cimbre
Como delgado junco y flaca mimbre.
Cual anda la pelota sacudida
En rápido y recíproco meneo,
Saltando con furioso devaneo
De la pared y mano resurtida,
A fuerza del impulso rebatida,
De bote, de cotín y de voleo[7]:
Desta manera el áncora se andaba,
Haciendo buena chaza do llegaba.
No es fábula ni poética figura,
Fición[8] artificiosa ni ornamento,
Sino verdad patente la que cuento,
Que es de lo que se precia mi escritura;
Y débese entender que tal hechura
No solamente fué del mar y viento,
Sino de aquel diabólico vestiglo
Que siempre nos persigue en este siglo.
El por su mano el ancla desamarra
Y quiere hacer ya piezas el navio,
Mas Dios, que en el socorro no es tardío,
Con sólo su querer le pone amarra,
Haciendo que la dura y corva garra,
Llevada por aquel ventoso brío,
Afierre del bauprés tenacemente[9]
Perdiendo en él su furia delincuente.
Como el que estando ya para ahogarse
Con todos cuatro músculos batiendo
Y en vano el agua líquida hiriendo
Sin esperanza casi de salvarse,
Si a dicha topa un ramo en que trabarse,
Sosiega el cuerpo mádido[10] y tremendo[11];
Así fué nave y gente sosegada

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Después de vela y áncora trabada.
Con el dichoso caso repentino
Tan presto fué en salir el descontento
Ya entrarse por las almas el contento,
Que hubieron de chocar en el camino;
Y deste golpe atónita y sin tino
Estuvo nuestra gente en detrimento,
Hasta que vencedora la alegría
Del todo calentó la sangre fría.
Levanta el rostro al cielo soberano
El General, y en lágrimas, deshecho,
Refiere a Dios las gracias deste[12] hecho,
Reconociendo que era de su mano;
Y súbito[13], por más que el mar insano
Entonces levantaba el ronco pecho,
Comienza con la vela ya tomada
A gobernar la nave quebrantada.
A la vecina costa dieron lado,
Que peñascosa y hórrida se vía,
Ya orza enderezando recta vía,
Se vuelven a su rumbo comenzado;
El enemigo viento más airado
Y las preñadas ondas a porfía
De nuevo los combaten y contrastan;
Mas, contra las de Dios, ¿qué fuerzas bastan?
Que el joven, a pesar de todo el resto,
Navega el de la noche tempestiva,
Luchando con el aire y agua esquiva,
Al ímpetu de entrambos contrapuesto;
Hasta que el manto lóbrego y funesto
Del hombro de la tierra se derriba
Y deja descubierto aquel tocado
De perlas y de aljófares cuajado.
Entonces, cuando el gárrulo grumete
Cantando saludaba el claro día,
Se descubrió a los ojos la bahía
Que por la Concepción sus aguas mete;

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Cazaron luego a popa su trinquete
Con el debido gozo y alegría,
Y antes que el sol su luz hubiese abierto
Lanzaron las amarras en el puerto.
Surgió la rota armada en Talcaguano,
Isleta bien de sierras amparada,
De algunos pobres indios habitada,
De poco efecto en guerra y menos mano[14];
Adonde el espumoso mar insano,
Haciéndose una plácida ensenada,
A los navales huéspedes acoge,
Sin que mareta o viento los enoje.
Así como en la negra y dulce arena
El áncora hincó su duro diente,
Alzando mil albórbolas la gente
Se olvida del afán pasado y pena;
Mas, antes que saltasen, les ordena
El cauto General cristianamente
Que, como no los dañe el enemigo,
En todo se le haga trato amigo.
Con esto los bateles botan fuera,
Y dentro nuestros milites metidos,
De las seguras armas prevenidos
Saltaron en la sólida ribera;
Adonde por una áspera ladera
Los bárbaros isleños recogidos
Bajaron de tropel con mano armada
A defender su tierra salteada.
Mas era, como dije, triste gente,
De escuro nombre y número pequeño,
De estrecho corazón, al fin isleño,
Adonde el miedo está seguramente;
Y así, no bien llegaron frente a frente
A ver de la contraria el duro ceño,
Cuando, templado aquel orgullo y brío,
Quisieran verse lejos del navío.
Pues como el escuadrón llegase al puerto,

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Do estaba nuestra gente recogida,
En el primer furor y arremetida
Cayó de un arcabuz un indio muerto;
En viéndolo, sin orden, sin concierto,
Los otros se pusieron en huida,
Dejando a su despecho libre el paso,
En fe de su temor y pecho escaso.
Verdad es que en el tiempo de la bruma
Están los moradores de la tierra
Tan torpes para el uso de la guerra
Como para volar mojada pluma;
Y como no se entienda o se presuma
Ser interés crecido el que se encierra
En dar asalto entonces o batalla,
Jamás se moverán de ivierno a dalla.
A tal sazón los bárbaros sosiegan
En su galpón de paja o rudo rancho,
Do arriman la macana y el rodancho,
Y al elemento cálido se llegan;
Los vibradores arcos de que juegan
Ahorcan de la estaca o medio gancho,
Hasta que viene el tiempo del estío,
Con que entran en calor, esfuerzo y brío.
Los nuestros, en habiendo derramado
Aquella amedrentada compañía,
15,
Sacando de las naves lo que había,
Si alguna cosa el mar había dejado,
En fuerte puesto y sitio acomodado
Plantaron la tremenda artillería,
Haciendo el General que se soltase[15]
Para que el indio, oyéndola, temblase.
Mas los de Talcaguano, como vieron
La bélica nación allí venida,
Apercibieron luego su partida
En góndolas y balsas que tuvieron;
Sus hijos y mujeres los siguieron,
Dejando soterrada la comida,

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Y las desiertas chozas y moradas,
Ya de los proprios dueños saqueadas.
Algunos que en el pobre alojamiento
Nuestros exploradores alcanzaron,
En españoles pechos extrañaron
El blando y amigable tratamiento;
Venidos ante el grave acatamiento
Del nuevo Apó[16], que atónitos miraron,
Les dio comida, ropa y otros dones,
Moviéndolos con obras y razones.
La cifra dellas fué certificallos
Que sólo era su blanco y su motivo
Hacer que conociesen un Dios vivo
Que quiso con su sangre rescatallos,
Y que se confesasen por vasallos,
Con someter al yugo el cuello altivo,
Del sacro don Felipe sin segundo,
Monarca universal de todo el mundo.
Mostróles por el título y derecho
Que los cristianos esto pretendían,
En especial de aquellos que se habían
Apóstatas, después de fieles, hecho;
Propúsoles el público provecho
Que, dando al Rey la paz, recibirían,
Con los terribles daños que en su tierra
Causaba el uso fiero de la guerra.
Añade al fin que en nombre y en persona
Del sólo invicto rey de los hispanos,
Si más no toman armas en las manos,
Por las tomadas antes les perdona;
Mas que si, despreciando su corona,
Hicieren cruda guerra a los cristianos,
Se les habrá de hacer a sangre y fuego,
Sin dárseles minuto de sosiego.
Despáchalos con esto libremente,
Enviándolos en paz enriquescidos,
Y dello, al parecer, agradescidos;

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Mas, iba lo secreto diferente.
Los nuestros en el sitio competente
Al tiempo criminoso prevenidos,
Temiendo su rigor y sus ofensas,
Levantan ya reparos y defensas.
Quién, el desierto albergue trastornando
En término más breve que de un hora,
Cargado vuelve y crespo de totora[17]
Do están las camaradas[18] aguardando;
Quién, con la verde juncia minorando,
Quién con la seca paja cortadora[19],
Quién por allá, cubierto de carrizo,
Más erizado asoma que un erizo.
Al talle que en aquel festivo día
De palmas y de olivas coronado,
Cuando en Jerusalén a Cristo entrado
Celebra su Romana Iglesia pía,
Hierve el menudo pueblo por la vía,
Habiendo el bosque y selva despojado,
Ya costa suya espesos y ramosos
Al templo van en trulla presurosos;
Así los españoles van y vienen
Envueltos en aristas y[20] bullicio,
Haciendo de albañiles el oficio,
Ya que los materiales juntos tienen;
Otros, que nada en esto se detienen,
Por ser de tienda o toldo su servicio,
Se ocupan en lo que es más ordinario,
Sacando el aparejo necesario.
Cuál hiere el pedernal fogoso y duro,
Apacentando el fuego entre la yesca;
Cuál por coger del agua dulce y fresca,
Da la celada al claro arroyo puro;
Cuál, de la aguda hambre mal seguro,
El avecilla caza, el pece pesca;
Quién tuesta el trigo, quién el maíz confita
Y los agudos dientes ejercita.

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Lo más de su corpóreo nutrimento
Es húmida semilla mareada[21],
Del bravo mar apenas perdonada,
Por no la haber tenido a mano el viento:
Tan poco fértil es aquel asiento
Y avaro en sí, que no hay sacalle nada
Que sirva de refresco a la comida,
Aneja, y aunque poca, desabrida.
No sólo tiene falta de frutales
Adonde la silvestre fruta crece,
Mas aun de los estériles carece,
Ora plantados, ora naturales;
Ni allí se ven humildes matorrales,
Ni yerba levantada se parece[22],
Sino tan raso todo a la redonda,
Que no hay adonde un pájaro se esconda.
Es infecundo el sitio de manera,
Que Chile puede bien llamarle ajeno,
Y si es lugar legítimo chileno,
De su prosapia fértil degenera;
Adonde no hay quebrada ni ribera
En que Favonio y Céfiro sereno,
Parleras aves, árboles y fuentes
No tengan como en éxtasis las gentes.
Sola esta parte fué sin hermosura,
Porque faición[23] no tiene que lo sea;
Mas siempre oí decir que a la más fea
Le tiene Dios guardada su ventura,
Pues el de seso y no de edad madura
La quiere, la visita, la pasea;
Y mereció de todo aquel asiento
Ser la primera en dalle alojamiento.
Aunque ella, de este bien desconocida,
Como le tiene en casa, lo desdeña,
Mostrándosele esquiva y zahareña,
Seca, enfadosa, libre y sacudida;
Quiero decir cuan dura es la acogida,

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Pues no produce aun género de leña,
Que es falta grande, es un trabajo eterno,
Y más en la sazón del crudo ivierno.
Mas, como casi nunca en lo que hace
Naturaleza próvida cojea,
Y no hay necesidad que no provea
Por el camino y modo que le place,
La falta de la leña satisface
Con otra (¿quién habrá que me lo crea?)
Tan exquisita, rara y peregrina,
Que no sé yo si Plinio la imagina.
Hallóse toda la ínsula sembrada
En copia tal, cardumen y caterva,
Que en abundancia frisa con la yerba,
De un género de piedra encarrujada;
La cual, una con otra golpeada,
Produce vivo fuego, y lo conserva,
Sin que se mate en más de medio día.
Que tanto tiempo en sí lo ceba y cría.
Con éstos, pues, mejor que en fina brasa
De pacayales[24] trozos procedida,
Guisaba nuestra gente la comida[25]
Malsana, malsabrosa y bien escasa;
Mas todo este trabajo sufre y pasa
Y la brumal[26] crudeza desmedida,
Con ver que yendo en todos por delante
Les muestra el joven ledo su semblante.
En pruebas y ejercicios de la guerra
Los habilita, ocupa y entretiene,
Por engañar al tiempo mientras viene
El esperado ejército por tierra;
El cual, por el rigor que el cielo encierra,
Ya fuera de lo justo se detiene,
Mas, caminar tres leguas cada día
A todo reventar no se podía.
Los ríos, de sus madres arrancados,
Sus espaciosas márgenes bañaban,

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Y arrebatadamente se llevaban
Los gruesos troncos y árboles copados;
Por lodos y caminos esponjados
Las entumidas bestias atascaban,
Lo cual era disculpa conocida
Para la dilación de su venida.
Dos meses don Hurtado los aguarda
Sufriendo la escaseza[27] deste asiento,
Y al inclemente cielo turbulento
Envuelto en su aguadera[28] escura y parda;
Mas, viendo lo que el fido campo tarda,
Y que le va faltando bastimento,
Pasar a tierra firme determina,
Dejando aquella insólida[29] y mezquina;
Para que estando más la tierra adentro
Pudiese dar favor al bando amigo,
Si acaso con el bárbaro enemigo
Tuviese en el camino algún rencuentro[30];
Y devisar[31] el ánimo y el centro,
Poniéndose a la mira, como digo,
De lo que se tratase en el senado[32],
Que esto le daba entonces más cuidado.
Con este fin se embarca y toma tierra,
En fe de una cerrada noche obscura,
Y de su clara y próspera ventura,
En el riñon y fuerza de la guerra;
Ciento y ochenta el bando suyo encierra,
Y con tan poca gente se aventura
A acometer empresa no esperada
Ni menos que difícil arriscada.
Fué digna de su pecho tal hazaña
Y de que se eternice entre la gente,
Entrarse sin caballos libremente
Hollando al enemigo la campaña;
Mas, el valor que siempre le acompaña,
En corazón tan ancho no consiente
Verse recluso agora y estrechado,

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Y siendo el proprio[33] mar estarse aislado.
La exhalación del rayo, que encendida
No cabe en el angosto y pardo seno,
Le rompe al fin, y sale con el trueno
Tras una rauda furia desmedida;
Así, por no venir a la medida
Del joven el marítimo terreno,
Vino a romper con él dificultades,
Tronando hasta las últimas edades.
Pues no bien asentó en el suelo duro
Los pies, que ya volaron de la barca,
Cuando la tierra atentamente marca
Buscando sitio adonde alzar un muro;
Hallóle a su propósito seguro,
Y aun el mejor de toda la comarca,
Adonde quiso luego hacer el fuerte
Para esperar en él su buena suerte.
Sobre una verde loma, en cuya cumbre
Se forma una tendida mesa llana,
Que con el agua plácida y humana
Aconsejando está su pesadumbre;
Antes que difundiera el sol su lumbre,
Al fresco despuntar de la mañana,
Amanesció[34] subido nuestro bando,
Con árboles la cima coronando.
Por una parte el mar con su hondura[35]
La tiene defendida y amparada;
Por otra, el ser altísima y peinada,
La fortifica, guarda y asegura;
Y por la que se muestra mal segura,
Se hace un ancho foso y albarrada
De terraplén tupida por de dentro,
Que pueda rebatir un duro encuentro.
Por los robustos jóvenes reparte
El General cuidoso las tareas,
Con que ya van creciendo las trincheas[36],
Y suben la barrera y baluarte;

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Sirviéronle al mancebo en esta parte
Sus argentadas fuentes de bateas
Para sacar la tierra de la cava[37]:
¡Tan poco la cudicia le empachaba!
Unos el cerro sólido barrenan
A fuerza de las puntas aguzadas;
Otros, de gruesas vigas mal doladas,
Los huecos y capaces hoyos llenan;
Otros los bosques lóbregos atruenan
Con el pesado son de las espadas,
Cortando de los árboles espesos
La trama de fajina y troncos gruesos.
Al fuerte llevan ramas, trozos, vigas,
Siendo mejor la carga en los mejores,
Cual van los encolmados[38] segadores
A la era con las fértiles espigas;
O bien como las próvidas hormigas
Con granos mucho más que ellas mayores,
Van por carriles negros y senderos
Marchando en escuadrón a sus graneros.
El vigilante Apó no estaba ocioso,
Que, agora ya los suyos animando,
Agora ya con ellos trabajando,
No le vagaba punto de reposo;
Y viéndole solícito y cuidoso,
Se daba tanta priesa el fuerte bando,
Que no gozó otra vez del alborada
Sin acabar la cerca y albarrada.
En siendo, pues, del todo levantado
El basto muro y sólida barrera,
Arbolan de Filipo la bandera[39],
A vista y a despecho del Estado;
El prevenido joven don Hurtado,
Que como tenga tiempo, no lo espera,
Hace plantar seis piezas de campaña
En el mejor lugar de la montaña.
Adonde con su gente recogido,

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A sombra de su muro y honda cava,
Por horas los caballos aguardaba
Y cada punto al bárbaro atrevido;
Y así para el asalto apercebido[40],
Sin padecer descuido siempre estaba,
Ni perdonar trabajo que viniese,
Por desmedido y áspero que fuese.
No estaba allá en su muro tiberino
El bello Julio Ascanio tan alerta,
Mil veces asomándose a la puerta,
Cuando el gallardo Turno sobre él vino;
Ni el ver que tarda el padre en su camino
Le solicita tanto y le despierta,
Como al caudillo ilustre en este asiento,
Do no refrena un punto el pensamiento.
Pues déle rienda y corra, que entretanto,
Si su favor esfuerzo me concede,
Me importa declarar lo que sucede
Allá en el tribunal de Radamanto.
Sintiendo mucho el reino del espanto
El ver de la manera que procede
Tan en su daño el recto joven fuerte,
Intenta remediarse desta suerte.
El azufrado Rey del hondo averno
Mandó juntar en lóbrego concilio
A los que le juraron domicilio
Y están al disponer de su gobierno,
Para que contra el justo mozo tierno
Al bárbaro se dé favor y auxilio,
Haciendo su poder[41], porque le venza,
Y saque al Orco triste de vergüenza.
Manda que dé un baladro el Cancerbero,
Y al son de aquella horrísona bocina,
Viene la tropa reproba y mezquina,
Volando cada cual por ser primero;
Apriesa rema el sórdido barquero,
Dejando gran concurso a la marina,

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Que pide a sordos gritos el pasaje
Del infeliz y mísero estalaje[42].
Entró la yerta barba rebujada,
Cerdoso, inculto y hórrido el cabello,
Lanzando humo azul por el resuello,
Perfume de la fétida morada,
Su vil persona trémula y gibada,
Metido entre los hombros todo el cuello,
Y el remo por el uno atravesado
De gruesa y verde lama embanderado[43].
Entró con su peñasco ponderoso
Aquel parlero Sísifo rodando,
Y esotro con su rueda volteando,
Por ser ingrato a Jove poderoso;
Entró el jayán de amor libidinoso
Al buitre con el hígado cebando,
Y el filicida[44] Tántalo avariento
En medio del Erídano sediento.
Vino también deshecha en triste llanto
Aquella que por ser mirada presto,
Contra la condición y pacto puesto,
El galardón perdió del dulce canto;
Y aquel que aborreció la Juno tanto,
Siendo no más de envidia causa de esto,
Que trastornado el seso y el sentido
En forma de león su prole vido[45].
Vino Demogorgon, famoso mago,
Autor de las fantasmas y visiones,
Y el adalid insigne de ladrones,
A quien Alcides dio su justo pago;
Salieron del humoso y turbio lago
Cercado de diabólicas legiones,
La dama de Jasón y la del toro.
Con el que sus manjares eran oro.
Y vos también, frenético Tereo,
Cruel estuprador[46] de Filomena,
Que en la virgínea miel de su colmena

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Hartastes[47] como zángano el deseo,
Manifestando el crimen torpe y feo,
Culpa merecedora de otra pena,
Bajastes convertido en abubilla
A vueltas de la pésima cuadrilla.
Tampoco, tú, del cónclave faltaste,
Incestüosa hija de Cinira,
Que con cautela pérfida y mentira
La cama paternal contaminaste;
Ni tú, que a los troyanos engañaste.
Templando con tus lástimas su ira;
Ni tú, que por llegar a ver la fuente,
Viste ganchosos cuernos en tu frente.
El bando de las Bélides se muestra.
Que por haber al padre obedecido,
Cada una dio la muerte a su marido,
Excepto aquella célebre Hipermestra;
De su delito vienen dando muestra
Y de la pena y daño merecido,
Que es agotar el agua a Lete hondo,
Sacándola en un cántaro sin fondo.
También las tres Euménides furiosas,
Que de la Noche fueron engendradas,
De tábidas culebras enlazadas,
Entraron iracundas y rabiosas;
Y aquellas tres Gorgónides hermosas
De víboras mortales coronadas,
Que en esto se tornaron sus cabellos,
Después que se prendó Neptuno dellos.
Entraron Elo, Ocípite y Celeno,
A quien brotó la tierra y ondas frías,
Aquellas tres famélicas harpías,
Tan ávidas y amigas de lo ajeno,
Las que jamás se ven el vientre lleno,
Ni el pico y uñas pálidas vacías,
Entrando a su pesar también con ellas
El ciego perseguido tanto dellas.

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No dejan de venir tras esta tropa
Los tres que el reino juzgan del espanto,
El corvo Eaco, Minos, Radamanto,
Hijo del alto Júpiter y Europa,
La que dejó, embarcándose, por popa
La tierra de Fenicia, y pudo tanto,
Que de su claro nombre sin segundo
Le tiene la mejor parte del mundo.
Las que lo llevan todo por el filo,
De donde inexorables se dijeron,
Las últimas de todos acudieron
Con proceder severo y grave estilo:
Cloto la rueca, Láquesis el hilo,
Y las tiseras[48] Átropos trujeron,
Blasones de la muerte endurecida,
Ganados tan a costa de la vida.
Pues éstos, que es la gente más de cuenta
Por criminales hechos afamados,
Ocurren al rector de los dañados
A ver lo que de nuevo le atormenta;
Con otra multitud que no se cuenta,
Que por diversas culpas y pecados
Ocupan calabozos diferentes
En el batir eterno de los dientes.
Entrado el infernal ayuntamiento
Al cavernoso báratro quemado,
Y cada cual en orden asentado,
Si alguno puede haber en tal asiento;
El negro Rey del triste alojamiento
Sobre un sitial ardiente levantado,
Con duro aspecto y voz horrible y fiera
Del pecho la arrancó desta manera:
«Si con haberos visto no templara
Esta rabiosa llama de mi pecho,
Con que le siento ya ceniza hecho,
No sé, con ser Plutón, si reventara;
O si por mano vuestra no esperara

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Quedar de quien me agravia satisfecho,
En el humoso Lete me hundiera,
De donde para siempre no saliera.
«Ya veis cómo este próspero mancebo
En su gobierno va por tal camino,
Que, o yo seré malísimo adevino[49],
O él será el estrago del Erebo;
Pues ultra de que al fin es el renuevo
De aquel fecundo tronco Méndocino,
Le presta Dios auxilios eficaces
Y mueve sus ejércitos y haces.
«No sé por dónde pueda ser entrado[50],
Pues no hay en él resquicio ni repelo,
Ni agalla en que se trabe aquel anzuelo,
Que a sus antecesores ha trabado[51];
Porque del cebo en que ellos han picado,
Que es el metal del fértil indo suelo,
Tiene tan apartado el apetito,
Que no hay por él cogelle en el garlito.
«Y si con ambición le hacemos guerra,
O le queréis llevar por injusticia,
Ya veis con la equidad y la justicia
Que echó los ambiciosos de la tierra;
Pues presunción mirad si en él se encierra,
O si soberbia alguna el alma envicia
Del cuerpo, que se ajusta con el suelo,
Por el que se disfraza en blanco velo.
«Pues ya si por deleites sensuales
Quisiésemos entralle blandamente,
¿No vistes cuál huyó tan cautamente
Del Mapochó vicioso los umbrales?
Colijo, a mi pesar, destas señales,
Que no se lo estorbando prestamente,
Reducirá de suerte a todo Chile
Que mi corona y cetro se aniquile.
«Por esto en viva rabia estoy deshecho,
Y lo que hace más que me deshaga

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Es ver que un mozo agora en cierne[52] haga
Lo que granados viejos nunca han hecho.
Esta es la llama ardiente que en mi pecho
Con todo el lago Estigio no se apaga,
Y la que, como lámpara, se cría
A costa desta negra sangre mía.
«¿Quién de vosotros hay que no la tenga
Ya presa en lo interior de las entrañas,
Y allí, como en aristas y espadañas,
No la dilate, cebe y entretenga?
Decidme, ¿será bien que ahora venga
A derribar por tierra las hazañas
De todos los que estáis en el profundo
Uno que apenas ha salido al mundo?
«¡Cómo! ¿Que[53] ya, soberbio bando escuro,
El fuego, que me enciende, no os encienda?
¿Cómo podréis sufrir que el orbe entienda
Que os postra y supedita un hombre puro?
Por toda la infernal potencia juro,
Canalla infame, lóbrega y horrenda,
Si no ponéis silencio en mi cuidado,
De abrir a Febo el cóncavo cerrado.
«No se me esconde a mí que es imposible
Llevar al cauto joven por engaños,
Mas, han de remediarse nuestros daños,
Por el camino y término posible;
Porque es dolor intrínsico[54] y terrible
Que lo que vuestro ha sido tantos años
Lo tiranice agora el firmamento,
Alzándose con todo mi ornamento.
«De mí sabéis, tartáreas potestades,
Si en perseguille mínima[55] he faltado,
Pues yo en el fluctüoso mar salado
Le removí tan bravas tempestades;
Yo provoqué las húmidas deidades,
Haciéndole poner en tal estado,
Que ya tuviera yo seguro el mío,
Si un ángel no librara su navío.

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«Mas, ya que le sacó su buena suerte
Y la infelice vuestra de mis manos,
Con tal que de los pies andéis hermanos[56],
Agora es cosa fácil darle muerte;
En tierra firme tiene un flaco fuerte,
Do con pequeña parte de cristianos,
A pie, con hambre y sed está recluso,
Atribulado, tímido y confuso.
«Importa que se dé el aviso desto
Al hijo de Leocán[57] en todo caso,
Para que con su gente a largo paso
Sobre el reciente muro venga presto;
Primero que, según el orden puesto,
Llegue, para sacalle a campo raso,
El tercio[58], que por tierra veis que marcha,
Cubierto de carámbano y escarcha.
«Y si Caupolicán remiso fuere
En acudir él proprio al estacado[59],
Por le tener agora encadenado
El blando amor de Fresia, por quien muere,
Dirásele que al menos se requiere
Enviar allá la fuerza del Estado,
Para que más seguro tenga el hecho
Y vuestro escuro príncipe su pecho.
«Pues ¡alto! ¡sús[60]!, escuadra tenebrosa,
¿Qué me detengo más? ¿En qué me alargo?
¿Quién hay entre vosotros que a su cargo
Quiera tomar empresa tan honrosa?
¿Qué corazón, oyéndome, reposa?
¿A cuál no se le hace el tiempo largo
Para tomar por todos la demanda,
Cuando no mire más que a quien lo manda?
«¿Quién rabia ya por ir con fiera mano
Sembrando su[61] mortífero veneno
Por ese campo indómito chileno
Y embraveciendo el ánimo araucano?
¿Quién muere por meter al indio insano

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Mil cóleras y furias en el seno?
¿Quién arde por llover en sus estatizas
Discordias, iras, odios y venganzas?;
Así les habla el Padre del Abismo,
Y luego aquella infausta compañía
Promete en sordas voces a porfía
De revolverle todo el barbarismo;
Cada uno se le ofrece por sí mismo.
Mas, él, que bien a todos conocía,
Sólo escogió a Megera, furia brava,
Que sola para mucho más bastaba.
Salió de allá por un respiradero,
Cubierta de mil áspides la dama,
Y envuelta en humo azul y rubia llama,
Con paso más que rápido y ligero;
Consiéntela salir el Cancerbero,
Aunque de oler el huelgo que derrama
Arroja regañados estornudos,
Abriendo boquerones colmilludos.
Desembocó la Furia ponzoñosa,
Sus alas de serpiente sacudiendo
Con áspero, confuso y ronco estruendo,
Solícita en su cargo y cuidadosa;
Pasada, pues, la cárcel tenebrosa,
Y al aire con su vista escureciendo,
Enderezó su vuelo sordo y vano
En busca del infiel Caupolicano.
Devísale[62] de lejos, y al momento
Transforma aquella hórrida figura
En falsa y aparente hermosura[63]
Para poner en práctica su intento;
Mas, yo, que de la casa del tormento
Acabo de salir por gran ventura,
Es bien que a descansar me pare un tanto,
Pues no es como el de Sísifo mi canto.

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CANTO QUINTO
Recréanse Caupolicán y su querida Fresia en una floresta, adonde habiendo pasado[1] amorosas razones se
entran a bañar en una fuente. Llega Megera con su embajada, y efectuado su intento, se vuelve a los
abismos. Vienen veinte mil indios sobre el nuevo muro de Penco, donde se comienza el asalto con
mucho furor y sangre de ambas partes.

AMÁS al justo faltan enemigos,


Ni la virtud sin émulos estuvo,
Que, como el Unigénito los tuvo,
Es fuerza que los tengan sus amigos;
Comprueban esto el mundo[2] de testigos,
Pues hay agora, y siempre así los hubo,
Para uno solo bueno muchos malos,
Un Curio y más de mil Sardanapalos.
Y que los haya es cosa conveniente,
Pues hacen a los buenos recatados,
Y siendo por los ímpios apurados,
Descubren su pureza claramente;
Que nunca el sol se ve tan refulgente
Como cuando le cercan los ñublados[3],
Ni más alegre está la bella rosa

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Que cerca de la espina escrupulosa.
El malo está sirviendo al bueno de ayo
Para que nunca en él descuidos haya,
Ni pase el[4] mal un punto[5] de la raya,
Mas tras el bien se arroje como un rayo;
En flores de virtud le torna un mayo,
Y en todo más compuesto que una maya[6];
Esle acicate agudo en lo que es bueno,
Y para lo contrario duro freno.
Mal puede un hombre ser del todo justo
Si no le ciñe de uno y otro lado,
Trayéndole medido y ajustado
Con sus contradiciones el injusto;
Jamás al pie vendrá el calzado justo,
Si no viniere estrecho y apretado;
Ni el bueno lo es del todo, como digo,
Si no le está apretando el enemigo.
Por tanto, desengáñese el cristiano,
Y téngase por dicho, si lo fuere,
Que no le faltarán, mientras viviere,
Opuestos[7] que le carguen bien la mano;
Y cuando no los tenga en pecho humano,
Si tan feliz estrella le corriere,
Habrálos de tener en el infierno,
Como los tiene agora el joven tierno.
En cuyo daño vimos que Megera
Dejó la negra bóveda volando,
Y al General de lejos devisando[8],
Cambió para su fin la forma fiera;
Llegado por cénit entonces era
El tiempo, la sazón y punto cuando
A la cabeza el sol su rayo tira
Ya nuestros pies la sombra se retira.
A Eton, Flegono y Pírois encalmados
El Cintio dios latónico[9] tenía,
Y con el gran calor del medio día
De gruesa y blanca espuma encubertados;

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La fuerza de sus átomos dorados
A la del tiempo estivo parecía,
Poniendo al cuerpo estímulos y gana
De dar consigo en frígida fontana[10].
Estaba a la sazón Caupolicano
En un lugar ameno de Elicura,
Do, por gozar el[11] sol en su frescura,
Se vino con su palla[12] mano a mano[13];
Merece tal visita el verde llano,
Por ser de tanta gracia y hermosura,
Que allí las flores tienen por floreo
Colmalle las medidas al deseo.
Allí jamás entró el Septiembre frío[14],
Nunca el templado Abril estuvo fuera;
Allí no falta verde primavera
Ni asoma crudo invierno y seco estío;
Allí, por el sereno y manso río,
Como por transparente vedrïera[15],
Las náyades están a su contento
Mirando cuanto pasa en el asiento.
Tal vez del rojo sol se están burlando,
Que, por colar allí[16] su luz febea,
Con los tejidos árboles pelea,
Que al agua están mirándose, mirando;
Tal vez de ver que el viento respirando
A los hojosos ramos lisonjea;
Tal vez de que los dulces ruiseñores[17]
Cantando les descubran sus amores.
Entre una y otra sierra levantada,
Que van a dar al cielo con las frentes
Y al suelo con sus fértiles vertientes,
La deleitosa vera está fundada.
¡Oh, quién tuviera pluma tan cortada
Y versos tan medidos y corrientes,
Que hicieran el vestido deste valle,
Cortado a la medida de su talle!
En todo tiempo el rico y fértil prado

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Está de yerba y flores guarnecido,
Las cuales muestran siempre su vestido
De trémulos aljófares bordado;
Aquí veréis la rosa de encarnado,
Allí al clavel de púrpura teñido,
Los turquesados lirios, las violas,
Jazmines, azucenas, amapolas.
Acá y allá con soplo fresco y blando
Los dos Favonio y Céfiro las vuelven,
Y ellas, en pago desto, los envuelven
Del suave olor que están de sí lanzando;
Entre ellas las abejas susurrando,
Que el dulce pasto en rubia miel resuelven.
Ya de jacinto, ya de croco[18] y clicie,
Se llevan el cohollo[19] y superficie.
Revuélvese el arroyo sinuoso,
Hecho de puro vidro una cadena,
Por la floresta plácida y amena,
Bajando desde el monte pedregoso;
Y con murmurio[20] grato, sonoroso,
Despacha al hondo mar la rica vena,
Cruzándola y haciendo en varios modos
Descansos, paradillas y recodos.
Vense por ambas márgenes poblados
El mirto, el salce, el álamo, el aliso,
El saúco, el fresno, el nardo, el cipariso[21],
Los pinos y los cedros encumbrados,
Con otros frescos árboles copados
Traspuestos del primero, paraíso,
Por cuya hoja el viento en puntos graves
El bajo lleva al tiple de las aves.
También se ve la yedra enamorada,
Que con su verde brazo retorcido
Ciñe lasciva el tronco mal pulido
De la derecha haya levantada;
Y en conyugal amor se ve abrazada
La vid alegre al olmo envejecido,
Por quien[22] sus tiernos pámpanos prohija,

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Con que lo enlaza, encrespa y ensortija.
En corros andan juntas y escondidas
Las dríadas, oréades, napeas,
Y otras ignotas mil silvestres deas,
De sátiros y faunos perseguidas;
En álamos Lampecies convertidas,
Y en verdes lauros vírgenes Peneas,
Que son, por conocerse tan hermosas,
Selváticas, esquivas, desdeñosas.
Por los frondosos débiles ramillos
Que con el blando céfiro bracean,
En acordada música gorgean
Mil coros de esmaltados pajarillos;
Cuyos acentos dobles y sencillos
Sus puntos y sus cláusulas recrean
De tal manera el ánima[23] que atiende,
Que se arrebata, eleva y se suspende.
Entre la verde juncia en la ribera
Veréis al blanco cisne paseando,
Y alguna vez en dulce voz mostrando
Haberle[24] ya llegado la postrera;
Sublimes[25] por el agua el cuerpo fuera,
Veréis a los patillos ir nadando,
Y cuando se os esconden y escabullen,
¡Qué lejos los veréis de do zabullen!
Pues por el bosque espeso y enredado
Ya sale el jabalí cerdoso y fiero,
Ya pasa el gamo tímido y ligero,
Ya corren la corcilla y el venado;
Ya se atraviesa el tigre varïado,
Ya penden sobre algún despeñadero
Las saltadoras cabras montesinas
Con otras agradables salvajinas[26].
La fuente, que con saltos mal medidos
Por la frisada, tosca y dura peña
En fugitivo golpe se despeña,
Llevándose de paso los oídos;

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En medio de los árboles floridos
Y crespos de la hojosa y verde greña,
Enfrena el curso oblicuo y espumoso,
Haciéndose un estanque deleitoso.
Por su cristal bruñido y trasparente
Las guijas y pizarras de la arena,
Sin recebir[27] la vista mucha pena,
Se pueden numerar distintamente;
Los árboles se ven tan claramente
En la materia líquida y serena,
Que no sabréis cuál es la rama viva,
Si la que está debajo o la de arriba.
Titán, al tramontarse[28], lo saluda,
Tornando sus arenas de oro fino,
Y para descansar de su camino
No tiene otro lugar adonde acuda;
La verde yerba nace tan menuda
Orillas del estero cristalino,
Y toda tan igual por dondequiera,
Como si la cortaran con tisera[29].
Aquí ninguna especie de ganado
Fué digna de estampar su ruda huella,
Ni se podrá alabar de que con ella
Dejase su esplendor contaminado;
Tan solamente el Niño dios alado
En esta parte vive y goza della,
Y esparce tiernamente por las flores
Alegres y dulcísimos amores.
Aquí Caupolicano caluroso
Con Fresia, como dije, sesteaba,
Y sus pasados lances le acordaba
Por tierno estilo y término amoroso:
No estaba de la guerra cuidadoso,
Ni cosa por su cargo se le daba,
Porque do está el amor apoderado,
Apenas puede entrar otro cuidado.
Por una parte el sitio le provoca;

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La ociosidad por otra le convida
Para comunicar a su querida
Palabra, mano, pecho, rostro y boca,
Y al regalado son que amor le toca,
Le canta: «Dulce gloria, dulce vida,
¿Quién goza como yo de bien tan alto
Sin pena, ni temor[30] ni sobresalto?
«¿Hay gloria o puede habella que se iguale
Con esta que resulta de tu vista?
¿Hay pecho tan de nieve que resista
Al fuego y resplandor que della sale?
¿Qué vale cetro y mando, ni qué vale
Del universo mundo la conquista,
Respeto[31] de lo que es haberla hecho
Al muro inexpugnable de tu pecho?
«¡Dichosos los peligros desiguales
En que por ti me puse, amores míos!
¡Dichosos tus desdenes y desvíos,
Dichosos todos estos y otros males!
Pues ya se han reducido a bienes tales,
Que entre estos altos álamos sombríos,
Tu libre cuello rindas a mis brazos
Ya tan estrechos vínculos y abrazos».—
«¡Ay!, Fresia le responde, dueño amado,
Y como no es de amor perfeto[32] y puro
Hallarse en el contento tan seguro,
Sin pena, sin temor y sin cuidado;
Pues nunca tras el dulce y tierno estado
Se deja de seguir el agro y duro,
Ni viene el bien, si vez alguna vino,
Sin que le ataje el mal en el camino.
«De mí te sé decir, mi caro esposo,
(No sé si es condición de las mujeres),
Que en medio destos gustos y placeres
Se siente acá mi pecho sospechoso;
Mas, siempre del amor huye el reposo,
O al menos está preso de alfileres,
Que en la labor de un pecho enamorado

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Siempre es el sobrestante su cuidado».
Caupolicán replica: «¿Quién es parte,
Por más que se nos muestre el hado esquivo,
Para que desta gloria que recibo
Y deste bien tan próspero me aparte?
No hay para qué, señora, recelarte,
Que en esto habrá mudanza mientras vivo[33],
Y pues que estoy seguro yo de muerte,
Estarlo puedes tú de mala suerte.
«Sacude, pues, del pecho esos temores,
Que sin razón ahora te saltean[34],
Y no te dé ninguno de que sean
Menos de lo que son nuestros amores».
Con ésto se levantan de las flores
Y alegres por el prado se pasean,
Aunque ella, no del todo enajenado
Su cuidadoso pecho de cuidado.
Descienden al estanque juntamente,
Que los está llamando su frescura,
Y Apolo, que también los apresura,
Por se mostrar entonces más ardiente;
El hijo de Leocán gallardamente
Descubre la corpórea compostura,
Espalda y pechos anchos, muslo grueso,
Proporcionada carne y fuerte hueso.
Desnudo al agua súbito se arroja,
La cual con alboroto encanecido,
Al recebirle forma aquel ruido
Que el árbol sacudiéndole la hoja;
El cuerpo en un instante se remoja,
Y esgrime el brazo y músculo fornido,
Supliendo con el arte y su destreza
El peso que le dio naturaleza.
Su regalada Fresia, que lo atiende[35],
Y sola no se puede sufrir tanto,
Con ademán airoso lanza el manto
Y la delgada túnica desprende;

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Las mismas aguas frígidas enciende,
Al ofuscado bosque pone espanto,
Y Febo de propósito se para
Para gozar mejor su vista rara.
Abrásase, mirándola dudoso,
Si fuese Dafne en lauro convertida,
De nuevo al ser humano reducida,
Según se siente della cudicioso;
Descúbrese un alegre objeto hermoso,
Bastante causador de muerte y vida,
Que el monte y valle, viéndolo se ufana,
Creyendo que despunta la mañana.
Es el cabello liso y ondeado,
Su frente, cuello y mano son de nieve,
Su boca de rubí, graciosa y breve,
La vista garza, el pecho relevado;
De torno el brazo, el vientre jaspeado,
Coluna[36] a quien el Paro parias debe,
Su tierno y albo pie por la verdura
Al blanco cisne vence en la blancura.
Al agua sin parar saltó ligera,
Huyendo de miralla, con aviso
De no morir la muerte que Narciso,
Si dentro la figura propia viera;
Mostrósele la fuente placentera,
Poniéndose en el temple que ella quiso,
Y aun dicen que de gozo al recebilla
Se adelantó del término y orilla.
Va zabullendo el cuerpo sumergido,
Que ¡nuestra por debajo el agua pura
Del candido alabastro la blancura,
Si tiene sobre sí cristal bruñido;
Hasta que da en los pies de su querido,
Adonde con el agua a la cintura,
Se enhiesta sacudiéndose el cabello
Y echándole los brazos por el cuello.
Los pechos, antes bellos que velludos,

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Ya que se les prohibe el penetrarse,
Procuran lo que pueden estrecharse
Con reciprocación de ciegos ñudos;
No están allá los Géminis desnudos
Con tan fogosas ansias de juntarse,
Ni Sálmacis con Troco el zahareño,
A quien por verse dueña[37] amó por dueño.
Alguna vez el ñudo[38] se desata,
Y ella se finge esquiva y se escabulle,
Mas, el galán, siguiéndola, zabulle,
Y por el pie nevado la arrebata;
El agua salta arriba vuelta en plata,
Y abajo la menuda arena bulle;
La tórtola envidiosa que los mira,
Más triste por su pájaro suspira.
Estando en esto el uno y otro amante
Linfáticos[39], haciendo ya del agua
A costa del amor chisposa fragua,
Que a tanto[40] suele ser amor bastante;
Se les presenta súbito delante,
Con que el presente gusto se les agua,
La disfrazada furia de Megera,
Hablando al General desta manera:
«No es tiempo agora, príncipe araucano,
U e darte a pasatiempos y placeres,
Ni de rendirte al pie de las mujeres,
Pendiendo todo el reino de tu mano;
¿No ves el nuevo ejército cristiano,
Que, sin respeto alguno de quien eres,
Su huella imprime ya en la tierra tuya,
Con vana presunción de hacerla suya».
Quedó Caupolicán alborotado,
Oyendo novedad tan espantosa,
Y Fresia despulsada[41] y pavorosa,
Su blanco velo en pálido trocado;
El la miraba atónito y pasmado
Sin que decir pudiese alguna cosa,
Y ella entre sí, mirándole, decía:

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«¡Esto era lo que tanto yo temía».
La Furia, como tiempo ve oportuno,
De las que a mano están sobre la frente,
Dos víboras arranca prestamente,
Llenas de más que tósigo importuno,
Y escóndeles la suya a cada uno,
Que sin acuerdo están del acídente[42],
Allá en lo más intrínsico del seno,
Do siembren su mortífero veneno.
Deslízanse revueltas por los pechos,
Do la ponzoña pésima vomitan,
Y con aguda lengua solicitan
Mortales iras, rabias y despechos;
Con que en furor diabólico deshechos
Ya los infieles ánimos se irritan,
Ya rabian, ya se culpan, ya se afrentan,
Ya del veneno hinchándose, revientan.
Megera entonces, viéndolos dispuestos,
Prosigue: «Torna en ti, Caupolicano,
Que ser señor del mundo está en tu mano,
Si sabes acudir con pasos prestos;
Sabrás que cien cristianos descompuestos,
Que perdonó el furor del mar insano,
Han levantado en Penco un flaco muro,
Donde los tiene un joven mal seguro.
«Partióse del Pirú[43] con vano intento
De ser la confusión de tu reinado,
Y con desprecio loco del Estado
Ha fabricado a vista del su asiento;
Importa que, dejando atrás el viento,
Vayas a que te pague de contado
Su temerario y frivolo designo[44],
Ya de tu indignación y enojo digno.
«Pero conviene hacerse de manera
Que no le dé lugar la priesa tuya
Para que al espumoso mar se huya,
Haciendo de sus ondas talanquera[45];

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Mas antes que el ejército que espera
Tu gente desanime con la suya,
Abrevies tanto el tiempo de asaltalle,
Que aun para arrepentirse no le halle.
«Pues goza de tan buena coyuntura,
Que no la habrá mejor, según barrunto,
Y vuela con tu fuerza y poder junto
A do te está llamando la ventura;
Mira que la vitoria[46] está segura
Con sólo que perder no quieras punto,
Y que una dilación pequeña puede
Negarte lo que el cielo te concede.
«¡Cómo! ¿Que tu soberbia frente altiva
Podrá sufrir agora ver delante
Que con desprecio della la levante
Uno que en verdes años sólo estriba,
Y que con poca gente, apenas viva
Ose salir a puesto semejante,
A tiro de ponerse en tierra firme
Contigo rostro a rostro y firme a firme?
«¿De qué te sirve, ¡oh! gran Caupolicano,
Lo mucho que en tu gloria tienes hecho,
Si agora que subida está en el techo
Sufres que den con ella por lo llano,
Y que a pesar del crédito araucano
Un mozo advenedizo tenga pecho
Para que sólo en fe del tierno suyo
Se ponga al duro encuentro dése tuyo?
«Cuando otra cosa nunca hacer pudiese
Que haberse en el lugar que digo puesto,
Aunque después medroso en curso presto
Al mar por donde vino se volviese;
Le fuera de grandísimo interese,
Y a ti tan mal contado y mal honesto,
Que escurecieras bien con este solo
Tus hechos claros más que el mismo Apolo.
«En nombre de Pillán, te hago cierto[47]

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Que si padeces punto de tardanza,
Verás resuelta en humo tu esperanza
Y contra ti la suerte al descubierto;
Pues la cerviz enhiesta y cuello yerto,
Jamás a ley sujeta ni[48] ordenanza,
Verás al yugo dellás sometida,
Si a bien librar quedares con la vida.
«Por cuanto quieres verte deste modo,
Estando el remediallo a tu albedrío,
Sin hijos, sin mujer, sin señorío,
Sin dulce libertad, que es sobre todo;
Pues no te quieras ¡ay! poner de lodo,
Por dar al blando amor lugar vacío,
Ni de famoso rey, potente y bravo,
Venir a ser infame y triste esclavo.
«Mira, Caupolicán, que eres la base
Donde tan grande máquina se apoya;
No quieras que se pierda como Troya,
Por consentir que amor te desencase;
Traba de la ocasión antes que pase,
Porque si aquí te estás como la boya
En amorosas aguas sobreaguado[49],
Serás en las de Lete sepultado».
Con esto remató la Furia horrible
Su caviloso encanto persuasivo,
Dejando al pecho bárbaro y altivo
Nadando en puro fuego inextinguible;
Y haciéndose a sus ojos invisible,
Vuelve al Estado el paso fugitivo,
Adonde su furor, veneno y llama
Por las médulas íntimas derrama.
Ya con ardiente soplo turbulento,
Ya con sangrientas áspides[50] mortales,
Ya con la lengua y ojos infernales
Va corrompiendo en torno aquel asiento;
Hasta que casi calva y sin aliento,
Así de haber lanzado soplos tales,
Como de echar culebras de la frente,

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Se vuelve adonde está la triste gente.
Y en un volcán de fiera boca escura,
Por donde escupe horror la negra estatiza,
Dejado lo fantástico, se lanza,
Llevándose tras sí la puerta dura;
En tanto que del agua clara y pura
Caupolicán saltando se abalanza
A se vestir frenético el vestido,
Ya de furioso espíritu embestido.
De allí se parte luego acelerado,
Siguiéndole su Fresia presurosa,
Colérica, linfática, furiosa,
Con pecho de temor enajenado;
Y marchan hasta cuando el sol dorado,
Huyendo de la noche tenebrosa,
Que a más andar siguiéndole venía,
Al mar, como a sagrado, se acogía.
Llegado el Indio al rancho, aplica el cuerno
Al túmido carrillo y recia boca,
De do la voz horrísona revoca
Allá en lo más oculto del infierno;
Suena de mano en mano en su gobierno,
Y en breve casi todo se convoca,
Porque iban como en vuelo arrebatados,
De aquel furor diabólico llevados.
El hecho llanamente les declara,
Sin pompa ni artificio de razones,
Porque para mover sus corazones
Resobra que le miren a la cara,
Y ordénales que cuando el alba clara
Abriese los escuros pabellones,
Dejando cama y lado de su esposo,
Se embista el fuerte, lleno de reposo.
Pues cuando con sonido carrasqueño[51],
Que al órgano del oido destemplaba,
El importuno grillo aviso daba
De ser llegada y a la vez del sueño,

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Enderezando a Talca[52], sitio isleño,
Que a vista del vecino muro estaba,
Caminan veinte mil a sordo paso
Por entre muda noche y campo raso.
Venidos brevemente a Talcaguano
Cubiertos del capote y velo escuro,
Marcharon sin parar al nuevo muro
Orillas del ondoso mar insano;
Mas, con silencio tal, que el aire vano
Se estaba tan sutil, tan raro y puro,
Como si por allí nadie pasara
Que con aliento y voces lo espesara.
Debajo una barranca, al pie del monte,
Que en su cabeza tiene la albarrada,
Espera el fiero bárbaro en celada
A que el noturno tiempo se remonte,
Para que en argentando al horizonte
La matutina luz del alborada,
Que es cuando el sueño ocupa lo más alto,
Se dé con furia súbita el asalto.
Ya pues que el negro manto adelgazaba,
Abriéndose por todos sus dobleces,
Y limpio de neblina y otras heces
Aljofarado el valle se mostraba;
Rompiendo aquel silencio en grita brava,
Y con los alaridos que otras veces,
Asaltan el palenque y baluarte,
Ciñéndole por una y otra parte.
En tres formados gruesos escuadrones
Presenta el enemigo la batalla,
De cruda piel cubierto y fina malla,
Y tremolando enseñas y pendones;
Ya los de más fogosos corazones
Se van adelantando a la muralla
Con mil cabezas, colas y pellejos.
De tigre, de león, de zorros viejos.
Asómase a mirar su fiera traza

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Aquella clara sangre de Mendoza,
Que dentro de las venas le retoza
Por experimentar la dura maza,
Y no se turba punto ni embaraza,
Mas todo lo posible se alboroza
De ver que ya lugar se le concede
Para mostrar, en parte, lo que puede.
Previene con fervor, industria y maña
Aquello que no estarlo parecía,
Y en frente por la parte que venía
Arauco denodado contra España,
Seis piezas, como dije, de campaña
El adivino joven puesto había,
Que fueron casi todo el instrumento
Para que se cantase el vencimiento.
Quisiera bien saltar la palizada
Ya recebir al bárbaro saliera,
Si ser temeridad no conociera
Y cosa en generales reprobada;
Ya sube a toda priesa la emboscada
Con astas erizando la ladera,
Pero, con todo, el Hércules gallardo
Se mata porque viene a paso tardo.
No suele estar jamás lebrel de Irlanda
Si al jabalí cerdoso ve mostrarse,
Con tanta voluntad de abalanzarse
Tirando del collar y quien le manda,
Como de ver subir la espesa banda
Revienta el General por señalarse;
Mas la razón, que sola es quien le humilla,
Sabe tenelle corta la trailla.
Y como la visera no ha calado
Para que así mejor advierta y note
Cual viene por su mal y por su azote
El enemigo ejército formado;
Está como el azor empihuelado[53]
Antes de haberle puesto el capirote[54],
Que si pasar un ave se le antoja

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Mil veces de la alcándara se arroja.
Estando, pues, intrépido mirando
Al indio bravo el joven orgulloso,
No sé qué brazo idólatra nervoso
Desembrazó con ímpetu nefando
Una redonda piedra, que zumbando
Con más furor que el rayo impetüoso,
Su curso fugacísimo endereza
A la cabeza fuerte del cabeza.
Allí quebró la furia desmedida,
Y tanto, que con dar en la celada,
Por especial milagro la pedrada
Dejó de dar al blanco de la vida;
Pues con la frente el joven aturdida
Miró de abajo el muro y albarrada,
Mas no tocó la tierra, cuando luego
Se enderezó brotando vivo fuego.
No dudo que Megera de su mano
Hiciese el riguroso tiro fuerte,
Sabiendo que si al joven daba muerte,
Estaba lo demás rendido y llano;
Mas, el Eterno Padre soberano,
Que permitió acertalle desta suerte,
Por ser tan lleno el blanco y espacioso,
Previno, como Dios, lo más dañoso.
Después que firme el pie en la tierra pone
Y la esperanza y ojos en el cielo,
El cesarino espíritu novelo[55]
Su gente anima, exhorta y la compone;
No hay prevención ni ardid a que perdone,
Porque los halla escritos en el suelo
Su claro entendimiento y perspicacia,
Herido con los rayos de la gracia.
Ya la trabada cerca, y terrapleno,
Que al morro exento sirve de corona,
De espesa gente en orden se corona
Con hierro en mano y ánimo en el seno;

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Ya no hay lugar allí que no esté lleno
De quien por él arriesgue la persona;
Ya todos dan la suerte por echada,
Aunque la vida va de esta parada.
Ya con soberbios altos alaridos,
Estrépito confuso y ruido espeso
El pérfido escuadrón cerrado y grueso
Asalta los bastiones guarnecidos;
Los nuestros, al asalto apercebidos[56],
Con orden y valor en contrapeso
Del excesivo número contrario,
Resisten al encuentro temerario.
Los orgullosos bárbaros de fama,
Con los que la procuran, más se allegan,
Y al enemigo hierro así se entregan
Como pudieran toros de Jarama[57];
Unos echando tierra y otros rama
Para pasar el ancho foso ciegan,
Otros no esperan esto mal sufridos,
Salvándolo con saltos desmedidos.
Cuáles, para mejor poder hacello,
Se valen de las picas prolongadas;
Cuáles de correndillas atrasadas;
Cuáles del aire sólo del cabello;
Y cuáles, sin aquesto y sin aquello,
Apenas dan algunas braceadas,
Cuando de pies están en la otra parte
Y luego sobre el fuerte y baluarte.
Fué déstos el primero Gracolano,
Mozo gallardo, fuerte y atrevido,
Y fuélo por habello prometido
Al sumo general Caupolicano
De que ganando a todos por la mano[58],
En fe de su renombre esclarecido,
Al muro crespo de armas entraría,
Abriendo por entre ellas ancha vía.
En cumplimiento, pues, de su promesa,

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El animoso joven se adelanta,
Do sobre el foso puesta la una planta,
Con la otra por el aire lo atraviesa;
Y luego al agro muro y gente espesa,
Sin espantalle el ver que es tal y tanta,
Trepa furioso el bárbaro derecho,
Mostrando a duras armas duro pecho.
Al fin rompió con él por todas ellas,
Subiendo, aunque de sangre y golpes lleno,
Sus prestos pies al ancho terrapleno,
Y su valor y nombre a las estrellas;
Do haciendo ver a muchos muchas dellas[59],
A costa de los nuestros hizo bueno[60]
Su dicho tan infiel como arrogante,
Llevándolo con hechos adelante.
Tras él se arroja el bravo Tucapelo,
Siguiéndole Talguén su amigo grande,
Con Rengo, Leucotón y Lepomande
Y Engol[61], a quien sirvió mi patrio suelo;
Los cuales todos siete dando un vuelo,
Que no hay quien se lo impida ni demande,
Pasan de claro en claro el foso escuro,
Viniendo a dar de manos en el muro.
Quedó temblando en torno la barrera
Del poderoso golpe y duro encuentro,
Haciendo conocer a los de dentro
El ánimo y vigor de los de afuera;
Que luego, sin escala ni escalera,
Suben arriba en busca de su centro,
Sin ser a defendérselo bastante
Ver contra sí mil puntas de diamante:
Que de temor los bárbaros desnudos,
Como los que a vencer estaban hechos,
Mil armas desbaratan con los pechos,
Que son allí sus cóncavos escudos;
No bastan a tenellos golpes crudos,
Ni el granizar de rayos contrahechos,
Que por broncinas[62] bocas escupidos

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Retiñen[63] sordamente en sus oídos.
Del muro los impelen y rebaten
Con duras picas y ásperas espadas,
Unas a botes y otras a estocadas,
A cuyo ronco son los montes laten;
Mas, ellos, como rocas a quien baten
Las ondas por el cierzo reforzadas,
No sólo tienen fuerte en esta guerra,
Mas por el aire van ganando tierra.
El uno gateando por su lanza,
El otro a la contraria bien asido,
Arriban al palenque defendido
Y al peligroso fin de su esperanza;
Quién, luego su membrudo cuerpo lanza
Por el lugar de gente más tupido,
Y quién, sobre el bastón ñudoso y grueso
Sustenta de la guerra todo el peso.
Mas ¿quién podrá pintar a Tucapelo
De pies sobre la cerca y palizada,
En medio de la gente amontonada,
Soberbio despreciando tierra y cielo,
Armado un peto doble de su abuelo,
Y una marina concha por celada,
Con que la maza en mano se rodea,
Y haciendo campo el bárbaro campea?
A cuál de un golpe solo el cuerpo muele
A cuál con otro deja sin sentido,
A cuál, del muro abajo sacudido,
Hace que a su pesar sin alas vuele;
Nada le queda allí que no lo asuele
Su brazo de infernal furor movido,
Por donde hacia la parte que lo cala
Retira, lleva, arrolla y acorrala.
No lleva con paciencia don Felipe,
¡Oh justa indignación de sangre noble!
Que tanto golpe el pérfido redoble
Sin que él también alguno participe,

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Y no queriendo que otro se anticipe,
Se va para él tan fuerte como un roble,
Firme la espada rígida en la diestra
Y el acerado escudo en la siniestra.
El indio con la dura maza en alto
Y atrás el pie derecho le recibe;
Aguarda el español que la derribe,
Para, salvando el cuerpo, entrar de un salto;
Mas, de destreza el bárbaro no falto,
Al enemigo intento se apercibe,
Tirando el primer golpe blandamente
A fin de segundalle fácilmente.
Aciértale; mas, ved si fué tan blando,
Pues dándole en el canto del escudo
Y haciendo el caballero lo que pudo,
Se le llevó dos pasos trompicando;
Tras él entró la maza levantando
Para el segundo golpe, y fué tan crudo,
Que si lugar el nuestro no le hiciera,
Muerto a sus pies el indio se le diera.
Quedó entre dos horcones encajado
En la albarrada el leño, con tal fuerza,
Que aunque a librallo el dueño del se esfuerza,
Tiene primero tiempo el bautizado
De dalle, habiendo ya con él entrado,
Sin que el agudo filo se le tuerza,
Por el siniestro brazo una estocada,
Que le pasó con más de media espada.
Hallóse con el bárbaro tan cerca,
Que le hubo de ceñir sus fuertes brazos,
Creyendo hacelle entre ellos mil pedazos,
Doblando su cerviz tan dura y terca;
Mas, vuelcan ambos juntos por la cerca,
Envueltos en durísimos abrazos,
Que entrambos en la lucha son maestros,
Tan fuertes igualmente como diestros.
Apriétanse los huesos y costillas
A fuerza de los vínculos estrechos,

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Y con los pies izquierdos y derechos
Se valen de traspiés y zancadillas;
Ya tiemblan de cansadas las rodillas,
Ya dan ronquidos íntimos los pechos,
Ya laten los ijares, ya garlean[64],
Y los ardientes pulsos menudean.
Revuélvense por una y otra parte,
Arando con sus pies la tierra dura,
Y válense tal vez de fuerza pura,
Tal vez de su destreza, maña y arte;
La firme trabazón del baluarte
Se siente a sus vaivenes mal segura,
Y toda en torno tanto se estremece,
Que por algunas partes desfallece.
No hay quien a despartillos parte sea,
El uno porque a tanto no se atreve,
Y el otro porque haciendo lo que debe,
Acude en su lugar a la pelea;
Demás de que por toda la trinchea[65]
Tan a menudo flecha y bala llueve
Por nubes de materia salitrada,
Que, fuera desto, apenas se ve nada.
Por donde, sin saber de qué manera,
Andando cuál encima y cuál debajo,
El bárbaro de un salto vino abajo,
Dejando al español y a la barrera;
Y no cayó a la parte de hacia fuera,
Para que se librara del trabajo,
Sino en la plaza, en medio de enemigos,
Que de su gran valor fuesen testigos.
Arrójase tras él de la muralla
El presto don Felipe de Hurtado,
Ganoso de acabar lo comenzado
Y de ganar al indio la batalla;
Mas él, que en tales términos se halla,
Bramando más que el toro agarrochado,
Espumajoso y fiero en el semblante,
Embiste cuanta gente ve delante.

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Quita por fuerza a un indio la macana
Ya la primera vez que la voltea,
Hace subir más gente a la trinchea
De la que se le queda en tierra llana;
En esto la batida barbacana,
Vuelta de cana en roja, bermejea,
Ya más andar por una y otra parte
Aviva la batalla el fiero Marte.
Ya llueve el indio flechas en la plaza;
Graniza sobre el fuerte piedra dura;
Ya dellas la formada nube escura
Al claro cielo encubre y embaraza;
Ya el dardo arrojadizo desembraza,
Rompiendo la región sutil y pura;
Ya calla el mar furioso y bravas ondas
Al estallido espeso de las hondas.
Ya el español, a fuerza de tronidos,
Hace temblar el monte y la trinchea;
Ya el seco polvorín relampaguea,
Ya se disparan rayos encendidos,
Ya el cielo y aire están escurecidos,
Ya no hay debajo dellos qué se vea,
Si no se ve, que es vista dura y fuerte,
La temerosa imagen de la muerte.
Cual suele cuando el crudo invierno acaba
Venir la tempestad impetuosa,
Envuelta en gruesa lluvia pedregosa,
Con desigual horror y furia brava;
La cual al cielo, que antes raso estaba,
Viste de negra nube procelosa,
Que despidiendo lanzas a la tierra,
Maltrata el prado, monte, valle y sierra;
Cuando se ven el mar, el aire, el cielo,
Armados del rigor que están lanzando,
Y la rasgada nube retronando
Escupe fuego vivo contra el suelo;
El pájaro en su nido eriza el pelo,
Y todo se acorruca[66] tiritando;

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Debajo de sus madres los cabritos
Están temblando mudos y marchitos;
O como suelen dos discordes vientos,
Iguales en las fuerzas, encontrarse
Y en una opaca selva contrastarse
Con encontrados soplos turbulentos,
Haciendo que a sus ímpetus violentos,
Unos con otros vengan a trabarse
Los árboles del bosque entretejido,
Formando fragosísimo rüido;
Así las huestes bárbara y cristiana,
Dado que desiguales tanto sean,
Es tanta la igualdad con que pelean,
Que aun no se pierde tanto ni se gana;
Aunque con mano todos inhumana,
Así los duros golpes menudean,
Que van atropellando los postreros,
Por priesa que se dan, a los primeros.
En medio del estruendo y batería[67],
Enhiesto sobre el muro entre su gente,
Parece aquel magnánimo y valiente,
Aquel insigne joven don García,
Cual suele parecer al medio día
A vueltas de agua un sol resplandeciente, •
O como cuando el cielo está nublado,
Se ve por él un arco atravesado.
Su cuerpo bel[68] armaba por de fuera
Un blanco y limpio arnés de temple fino,
Y por de dentro al alma un diamantino,
Que al ímpetu de un monte resistiera;
Brotaba por su rostro y la cimera
Más luz que el sol en medio su camino,
Bastante a que mirándole de frente
Se deslumhrase el bárbaro insolente.
El vello de oro puro le apuntaba
Con suma perfeción[69] y gracia puesto,
Y el aguileño, rojo y blanco gesto,

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Envuelto en fina púrpura mostraba;
Ninguno de los suyos le miraba,
Por mínimo que fuera, que con esto
No concibiese un ánimo terrible,
Para poner el pecho a lo imposible.
Al fuerte corazón el fuerte escudo,
Como a seguro arrimo está arrimado,
Ya la derecha mano encomendado
El blanco, ya bermejo, filo agudo,
Que por su cuerpo el bárbaro desnudo
A su pesar mil veces paso ha dado,
Haciendo de la clara sangre nueva,
A costa de la suya, clara[70] prueba.
Solícito por todas partes anda,
En todo se interpone, a todo atiende,
Y aunque en furor colérico se enciende,
Con gran reportación ordena y manda;
A quien la mano muestra floja y blanda,
Con apretar la suya reprehende[71],
Y en el que con mayor esfuerzo lidia
Engendra generosa y justa envidia.
Con soberano estilo y modo grave
Anima a su escuadrón en tal estrecho[72],
Y sobre el alto dicho pone el hecho,
Cosa que en un sujeto apenas cabe;
Y menos cabe en mí que los alabe,
Faltándome la voz, el canto, el pecho,
Si no me presta el cielo para tanto
Voz nueva, pecho nuevo y nuevo canto.

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CANTO SEXTO
Prosiguese el asalto, donde en particular se cuentan hechos grandiosos, así de los españoles como de los
araucanos, y el mucho esfuerzo que unos y otros mostraron este día; hasta que por la mucha industria,
orden y valor del General, los indios se retiran, quedando los nuestros victoriosos. Refiérese la
refriega que una manga de los enemigos tuvo con la gente de la mar, que había quedado en los navios
y venía a socorrer el fuerte. Sale Tucapel de la batalla mal herido, y echándole menos su mujer
Gualeva, sabida la rota[1] de los suyos, hace un lastimoso y grande sentimiento.

Dios en dar de pecho tan hidalgo


S
Y tiene como tal tan rico modo,
Que, dado que a ninguno lo dé todo,
Al fin a nadie deja de dar algo;
Si yo para las letras nada valgo,
Veráse que a las armas me acomodo,
Y si otro no es valiente ni jurista,
Es músico, galán o romancista[2].
Mas, aunque más y menos, conocemos
Que tocios tengan parte en estos dones,
Quién obras participe con razones,
Dificultosamente lo sabemos;
Muchos valientes Héctores veremos,
Y muchos elocuentes Cicerones,

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Mas, pocos que con ánimo valiente
Imiten al retórico elocuente.
El otro que en el aire el pelo corta,
No sabe del escudo ni la adarga,
Y el otro que es maestro desta carga,
Al tiempo del hablar se turba y corta;
¡Oh cuántos hombres hay de mano corta,
Que tienen juntamente lengua larga,
Y cuan poquitos griegos hacen tercio[3]
Entre los dos el Ayaxy el Laercio!
No digo yo que es malo sólo el dicho,
Pues del podrá salir algún provecho,
Mas, digo que entre el dicho y entre el hecho
Se pone muchas veces entredicho;
Y aunque el predicador tan bien ha dicho,
Que al auditorio deja satisfecho,
Si bien como lo dice no lo hace,
Ni a Dios, ni a sí, ni al mundo satisface.
Mas, quien de sí da claro testimonio,
Que en hecho como en dicho resplandece,
Es nuestro General, y así merece
Tener por nombre Ulises Telamonio;
Pues siendo en sus palabras un Favonio,
En obras más que Bóreas se embravece,
Según veréis agora por mi canto,
Si a dicha, voz mortal pudiere tanto.
Con su luciente espada en sangre roja
Está sirviendo al muro de muralla,
Ya donde ve más viva la batalla,
Con más denuedo y ánimo se arroja,
Haciendo por do va que se recoja
El mísero que cerca del se halla,
Pena de que, esperando el golpe esquivo,
Podrá desesperar de verse vivo.
De una estocada a Pínguedo[4] barrena,
Y de otra punta al diestro Longo[5] ensarta;
Al alma de Copil[6] del cuerpo aparta,

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A Crin[7] de tajo un músculo cercena;
De bárbaros la cava tiene llena,
Aunque su hambrienta cólera no harta,
Que como crece dellos el enjambre,
Crece también sin término su hambre.
Lugar le hacen ya los más altivos,
Porque ninguno al fin de grado muere,
Y así para pasar adonde quiere,
Le estorban más los muertos que los vivos;
En el que ve más puesto en los estribos
Y que a esperar su encuentro se profiere[8],
En ese carga más la dura mano,
Haciéndole allanar de llano en llano.
Mas, no por ser el daño semejante,
Desmayan los enormes araucanos,
Antes revuelven más las duras manos
Y arrojan los curtidos pies delante;
El español denuedo no es bastante
A reprimir sus ímpetus insanos,
Dado que su poder ha puesto junto
Ya la fogosa cólera en su punto.
Ya cuerpo a cuerpo en medio de la plaza
Con el cristiano el bárbaro pelea,
Do, si la pica larga aquél florea,
Este revuelve bien la dura maza;
Para lo cual ya poco le embaraza
La cava honda, y menos la trinchea,
Porque ésta, rota en partes, va saltando,
Y aquélla de cadáveres cegando.
Los nuestros, viendo que es la propia vida
El premio y galardón de la vitoria,
Hacen eterna al mundo su memoria[9],
A costa del idólatra homicida;
Y así le dan la pena merecida,
Mas, 110 porque ellos queden con la gloria,
Que para nadie es tiempo de can talla
Hasta que llegue el fin de la batalla.

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Arauco lo procura por su parte,
Y España de la suya lo pretende,
Por do Fortuna varia se suspende,
Y en medio está neutral el fiero Marte;
Bien que mayor el daño se reparte
Por quien tan caro él caro suelo vende,
Pero supliendo el número crecido,
Su juego por igual está partido.
El capitán de Viezma[10] y el de Aguayo[11],
Gabriel Gutiérrez[12], Avalos[13] y Lira[14],
Martín de Santander[15], Martín de Elvira[16],
Don Pablo de Espinosa[17], Vaca[18] y Payo[19]
Hacen de parte suya lo que el rayo,
Cuando furioso Júpiter lo tira,
Cargando a los contrarios de manera,
Que juntos en montón los echan fuera.
Manrique[20], don Simón[21] y Santillana[22],
Verdugo[23], Luis Cherinos[24] y Murgía[25],
Juan de Villegas[26], Barrios[27] y Mejía[28]
Tienen de muertos ya la fosa llana;
Pues Lagos[29] de la sangre no cristiana,
Calientes y espumosos los hacía,
Y Bravo[30], respondiendo al apellido,
Defiende bravamente su partido.
Envueltos de coraje en blanca espuma
Están los dos Guzmanes[31] y Ahumada[32],
Y don Alonso[33] haciendo por la espada
Aun más de lo que dijo con la pluma;
Osorio[34] y Pacho[35] han muerto grande suma,
Riva Martín[36] y Pérez de la Entrada[37]
Tan bien al enemigo la defienden,
Que a precio de la vida se la venden.
Estaba déstos, parte en la muralla
Al ímpetu pagano resistiendo,
Y parte por la plaza combatiendo
En más reñida y áspera batalla;
Por donde, más de sangre que de malla

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Cubierto Tucapel, iba rompiendo
En los de su escuadrón, más señalado
Que entre[38] novillos toro madrigado.
Triste del español a quien su maza
En descubierto diere algún alcance,
Que sin remedio es mate[39] al otro lance
En el tablero angosto de la plaza;
No vale arnés tranzado[40] ni coraza
Para dejar de verse en este trance
El que con temerario desatino
Presume de atajalle su camino.
Trompica a Diego de Avalos ya Sierra[41],
A Zúñiga[42] y Teruel[43] saca de seso,
Muele a Molina[44] cuero, carne y hueso,
Haciéndole medir la dura tierra;
La llama que en su ardiente pecho encierra
Despide por los ojos humo espeso,
Con que en furor, en saña, en ira crece,
Y un infernal espíritu parece.
En esto don Felipe[45], que en su busca
Del muro y terraplén saltado había,
Abriendo por la turba le seguía,
Y por la polvorosa nube fusca;
Cual entre gente rútula[46] y etrusca
El valeroso Dárdano venía.
Siguiendo tras Mecencio el arrogante
Para vengar la muerte de Palante.
Mas, hubo de estorballe en su jornada
Ver en sangrienta lid al caro hermano
Con Rengo, Leucotón y Gracolano[47],
Haciéndoles probar su dura espada,
Que con la sangre dellos barnizada
Estaba de la punta hasta la mano,
Y el dueño con la déstos y aun de todos
Desde la propria[48] mano hasta los codos.
Al mozo Gracolán de un tajo había
Llevádole del asta un gran pedazo,

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Y al diestro Leucotón herido un brazo,
Que embarazoso y tardo le traía;
Mas, al potente Rengo no podía
Hacer algún estorbo ni embarazo,
Por ser sobremanera el indio suelto,
Desempachado, libre y desenvuelto.
Así se irrita desto don Hurtado,
Que sólo a Rengo busca, a Rengo quiere,
Hasta que de una punta al fin le hiere,
Saliéndole al encuentro por un lado;
El bárbaro, sintiéndose llagado,
(¿Qué pecho habrá de bronce que lo espere?)
Levanta el fuerte brazo y el madero
Tirándole un rabioso golpe fiero.
El diestro General, que ya no pudo
Hurtar el cuerpo del como querría,
Bajóse cuando el leño descendía,
Alzando en ambas manos el escudo;
Mas, no detuvo el paso al fresno rudo,
Aunque templó la fuerza que traía,
Porque con él y todo vino al yelmo,
Adonde apareció más de un Santelmo[49].
Quedó el valiente joven atronado,
Mas, sin hacer desdén, a poca pieza[50],
Brotando llamas de ira se endereza
El poderoso brazo levantado;
Bien quiere el indio presto dalle lado,
Temiendo no le parta la cabeza,
Mas, aunque se retira, no es de modo
Que salve desta vez el cuerpo todo.
Alcánzale de un lado en tal manera
Con la inclemente espada, recia y dura,
Que desde el hombro diestro a la cintura,
A no torcer el puño, le hendiera[51];
Que no iba para menos, aunque diera,
No digo yo en la débil armadura,
Sino sobre una yunque[52] o peña viva,
La rigurosa mano vengativa.

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Mas no dejó de ser el golpe tanto
Que al bárbaro, más fuerte que una roca,
No le pusiese en tierra pecho y boca,
Y allá en el corazón un grande espanto;
El mar del Sur, del Norte y de Lepanto,
El más pequeño pez y oculta foca
Sintieron claro el son del golpe avieso:
¿Qué sentirá quién sienta[53] encima el peso?
No pudo levantarse el indio fiero,
Ni desdoblar tan presto la rodilla,
Que recogiendo el brazo y la cuchilla,
No segundase el tiro el caballero,
Metiéndole una punta por el cuero,
Que le cosió en el suelo una costilla,
Clavando en él un palmo y más de espada
En la caliente sangre acicalada.
Agora Leucotón y Gracolano
Le embisten maldiciendo al hado fuerte
Y duro en permitir que desta suerte
Los trate un solo brazo, y ése humano;
Con tal despecho entrambos, a una mano,
Las alzan de manera, que la muerte
Se puso el viso alerta y en balance[54],
Pensando desta vez tener buen lance.
Mas, como Leucotón estaba herido,
Y Gracolán con sólo un trozo de asta,
El golpe de ambos juntos aun no basta
Para volalle el alma de su nido;
Pero bastó a sacalle de sentido
Con dar sobre el escudo y gruesa pasta,
Dejándosele roto y abollado,
Y al dueño a sombra del arrodillado.
Ya Rengo, sumergido en rabia nueva,
Del polvo, lleno del, se levantaba,
Y transformado en una tigre brava
Si ve robado el parto de la cueva;
Cuando a la par y aun antes que él se leva[55]

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El joven, que en un ancla sola estaba,
Las velas desplegando de su esfuerzo
Al Bóreas de su furia, Norte y Cierzo.
Aquí, señor, llegaba la porfía
De aquel que os dio por padre el cielo pío,
Cuando la vio su hermano y vuestro tío,
Que a Tucapel colérico seguía;
Pero torció de súbito la vía
Al talle que se tuerce el raudo río,
Que, por ajeno curso encaminado,
Se topa con su madre al otro lado.
Así, revuelve, yéndose derecho
Al arrogante mozo Gracolano,
Que alzaba a tal sazón la dura mano,
Y tírale una punta al duro pecho;
No fué el cerrado jaco[56] de provecho,
Que el filo abrió por el camino llano,
Y descubrió el tesoro de las venas,
De que sacó al salir las manos llenas.
Acude Leucotón en este punto,
Y viendo al compañero en tal trabajo,
A don Felipe tira un altibajo,
Poniendo en él su fuerza y poder junto:
Fué tal, que le dejó como difunto
Ya pique de ocupar el suelo bajo,
Por dalle en la cerviz de lleno en lleno[57],
Que no le pudo dar de bueno en bueno[58].
El Español, turbados los sentidos,
Quedó con ambas piernas vacilando
Y sangre mal cuajada reventando
A un tiempo por la boca y los oídos;
Su hermano, que a los otros dos erguidos
Estaba las cabezas inclinando,
Revuelve a Leucotón, que ya volvía
Sobre el que sin acuerdo le atendía[59];
Y al iracundo brazo dando vuelo,
Le dio tan estupenda cuchillada,

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Que le partió por medio la celada
Y dio con él rodando por el suelo;
Adonde, viendo estrellas en el cielo,
Creyó que el cerro, el muro, la estacada,
Con todo el escuadrón de romanía[60]
A sólo dar sobre él venido había.
Desta manera el joven satisfizo
El desmedido golpe del hermano,
Y le pagó el favor con larga mano,
Si alguno por la suya se le hizo;
Mas el bastón durísimo y rollizo
Alzaba Rengo ya para el cristiano,
Cuando vinieron Lagos[61], Hortigosa[62],
Domínguez[63], Arias Pardo[64] y Peñalosa[65].
Desotra parte Angol, Talgueno, Guado[66],
Con otro gran tropel llegaron luego,
Por donde el sanguinoso y duro juego
Forzosamente fué desbaratado;
Y don Felipe, habiendo en sí tornado,
Por todos ellos se entra con el fuego
Y licenciosa[67] llama de su enojo,
Cual ésta suele entrar por un rastrojo.
A cuál inhabilita en el sentido,
A cuál del alma priva y enajena,
Pagando muchos míseros la pena
De lo por uno solo cometido;
No menos va el hermano embravecido,
Dejando acá y allá la plaza llena
De la enemiga sangre que derrama,
Y de su voz la trompa de la fama.
Quedaba Gracolán con Arias Pardo,
Carranza[68] y otro en rígida batalla,
Ganando, aunque perdiendo sangre y malla,
Renombre de león y suelto pardo[69];
Pues con braveza de ánimo gallardo,
Aunque sin maza ni bastón se halla,
Con el pedazo de asta se defiende,

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Y aunque hayan de ofendelle, los ofende.
Mas, ya de tanto dar en las espadas,
En las cabezas, huesos y costillas,
Se le deshizo el trozo en mil astillas,
Que fueron por el aire derramadas;
Pero, con todo, a coces y puñadas
Andaba entre las ásperas cuchillas,
Sin desistir del vano presupuesto,
Con ser el daño del tan manifiesto;
Hasta que ya, sintiendo desangrarse,
Y visto, por lo mucho que perdía,
Lo mal que en este juego le decía,
Tuvo por bien el bárbaro de alzarse;
Mas, viendo mal camino de salvarse
Si por los enemigos no lo abría,
Salvando el ancho foso desde el muro,
Se aprovechó del medio más seguro.
Para lo cual, hallándole cercano,
De un salto con Martín de Elvira cierra,
A cuya lanza tanto el puño afierra,
Que se la arranca y lleva de la mano;
Y haciendo a fuerza della el paso llano,
Saltó para poner en medio tierra;
Mas la traidora Parca y su destino
Le dieron otro salto en el camino:
Porque antes de acabar el presto salto,
Su fin, que en una bala envuelto vino,
Atravesó las sienes del mezquino,
Cuando iba por el aire en lo más alto,
Cayendo ya de vida el cuerpo falto,
Como cayera un alto y grueso pino,
Sobre los otros cuerpos de la cava,
Y el alma donde el fuego la esperaba.
Quedó con Gracolán dentro del foso
La lanza por su lance bien ganada,
Un tercio della fuera y arrimada,
Como en señal del hecho vitorioso[70];

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La cual Pinol[71], un joven orgulloso,
Asió de sobre el muro, y alcanzada,
Quiso con tal honor saltar afuera,
Mas túvole también la muerte fiera.
Un rayo artificial, de plomo hecho,
Que despidió la pólvora tronando,
Le entró por las espaldas rechinando,
Y le sacó la vida por el pecho;
Otro cayó tras éste, que derecho
Hacia Peteguelén encaminando,
Le taladró de la una a la otra ijada,
Por donde entró la muerte acelerada.
Corrieron al despojo desta lanza,
Aunque tan cara ya costado había,
Itata, Curalemo y Levopía[72];
Mas nadie la alcanzó por su tardanza,
Que Guaticol más presto se abalanza,
Mancebo de grandísima osadía,
Y en el entrego[73] della no fué tardo,
Terciándola con término gallardo.
Arremetió con ella luego al muro,
Blandiéndola y jugándola, de talle
Que más de dos hubieron de enrubialle
A costa de su sangre el hierro duro;
Mas, si supiera el triste, a buen seguro,
Lo mucho que esta lanza ha de costalle,
Que nunca por habella se arriesgara,
Ni aun viéndola a sus pies la levantara.
Mas, quiso la fortuna que este engaño
Agora en Guaticolo fuese hecho,
Para que de su fuerte y alto pecho
Martín de Elvira diese el desengaño;
Que siempre de lo que es en unos daño,
Suele seguirse en otros el provecho:
Costumbre de este suelo y de sus heces,
Donde las cosas todas son a veces.
Pues viendo arriba el hecho don Hurtado,

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Volvió los graves ojos al de Elvira,
El cual quedó mirando quién le mira,
De vergonzosa púrpura bañado;
Y así, corrido, fiero y denodado,
Se sale del palenque, y luego tira
Derecho al escuadrón, sin lanza, y solo
En busca de la suya y Guaticolo;
Do por espesos bárbaros abriendo
Con más temeridad que valentía,
Las contrapuestas armas rebatía,
Siempre su pretendido fin siguiendo;
Hasta que en breve término viniendo
Donde la pica el bárbaro blandía,
Quiso cerrar con él trabando della,
Mas no le dieron tiempo de cogella.
Era robusto el indio y corpulento,
Como un jayán en fuerza y estatura,
Por donde con gentil desenvoltura
La pica floreaba[74] por el cuento[75];
Mas. para no alargarme en este cuento,
El español, por maña o por ventura,
O por valor a tanto suficiente,
Apechugó con él estrechamente;
Y luego sin que al indio le valiera
Tener, cual digo, fuerzas tan extrañas,
Ni ser probado y único en las mañas,
Le trabucó de golpe en la ladera,
Do echando una luciente daga fuera,
Se la envainó en las íntimas entrañas
Primera vez, segunda, cuarta, quinta,
Y siempre hasta la cruz en sangre tinta.
A la postrera, viendo al enemigo
Turbado ya el color, la faz difunta,
Sacó la roja daga, y en la punta
Colgando el alma ausente de su abrigo,
Y siendo todo el campo allí testigo,
Ganó su honor, su lanza y gloria junta,
Volviéndose, a pesar de todo el resto,

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A su lugar y gente, ufana desto.
En tanto que lo dicho acá pasaba,
La gente de las naves en oyendo
Aquel tumulto bárbaro y estruendo
Que bajo de las ondas rimbombaba[76],
Reconoció el asalto que se daba
A su Gobernador, y pretendiendo
Llevalle algún socorro en tanta guerra.
Cuan presto le es posible sale a tierra.
Cuál viene con el remo, y cuál no aguarda
Sino a partir la entena del trinquete,
Cuál con timón y cuál con guimbalete,
Cuál con gorguz[77] y cuál con alabarda;
Quién viste la tomada cota parda,
Quién la coraza y quién el coselete,
Poniéndose, aunque pocos, por la arena
En escuadrón formado y orden buena.
Apenas cada cual, como podía,
A la marina hubieron arribado[78],
Cuando una manga de indios por un lado
Los acomete en alta gritería;
Cuyo caudillo indómito venía
A todos los demás adelantado,
Con muestra desdeñosa y confiada
De atropellar el mundo por la espada.
Este era Fenistón[79], mozo valiente,
Criado en la marcial y dura escuela,
Muerto por verse dentro de la tela[80]
Con otro de no menos yerta frente;
Mas, viérase con él difícilmente
Si al peligroso encuentro, Valenzuela[81],
Señor de la destreza y de un navio,
No le saliera igual en gana y brío.
Trabóse entre él y el bárbaro membrudo
Una mortal, durísima batalla;
Mas, ni me dan espacio de contalla,
Ni cuento cada cosa por menudo;

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Sólo diré que el nuestro tanto pudo,
Que a vista del ejército y muralla,
Dio con el indio muerto en el arena,
Y luego a los demás la mano llena[82].
Los rudos marineros, como gente
Al ímprobo trabajo acostumbrada,
Con pecho argamasado y frente osada
Se contrapone a todo aquel torrente;
Aunque el soberbio bárbaro impaciente,
Que estima, por vencer, la vida en nada,
Les da por junto al agua tal encuentro,
Que alguna vez los lleva y mete dentro.
Adonde con las ondas a los pechos,
Que no hay en tal sazón tenellos fríos,
Sino de furias, cóleras y bríos,
Calientes, inflamados y deshechos,
A tanto punto suben sus despechos,
Que aspiran a tomarse los navios
Para con ellos irse viento en popa
A conquistar los fines de la Europa.
Con este fin los viérades que andaban
Cuál con macana, cuál con flecha y arco,
Muriendo por poder ganar un barco
Que algunos de los nuestros ocupaban;
Pero con tal esfuerzo lo guardaban,
Aunque de sangre estaba dentro un charco,
Que el que a llegar a bordo se atrevía,
Si no la mano, el ánima perdía.
Desta manera a vista de su muro
Se saben defender los de la arena,
Teniéndola de cuerpos casi llena,
Y aun de ánimas también el reino escuro;
Aunque por esto nadie está seguro,
Ni tinto solamente en sangre ajena,
A causa de tener en harta copia
Para poder teñirse de la propia.
También arriba estaba la refriega,

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Ya que según el bando rudo y fiero
No en el tesón y término primero,
Al menos bien furiosa, brava y ciega;
Talguén y Tucapelo no sosiega[83]
De dar en que entender al muro entero,
Ni Rengo, Lepomande, Angol y Guado[84]
Dejan de proseguir Jo comenzado.
Aunque Pineda[85], Barrios[86] y Lasarte[87],
Villegas[88] y Juan Alvarez de Luna[89]
Con estos seis encuentran su fortuna,
Probando lo que en ellos tiene Marte;
Y don Felipe, viendo desde aparte
La mano tan infiel como importuna
De Tucapel, que tanto codiciaba,
Cerró con él furioso como andaba.
Mas como del haber con tanta gente
Y tantas horas tanto combatido
Se viese desangrado y mal herido,
Andaba más rabioso que valiente;
Y aunque él de puro enojo no lo siente,
El áspero contrario lo ha sentido,
Por donde más los golpes apresura,
Y si decirse es lícito, le apura.
Velo Talguén su amigo, y aunque estaba
Con veinte y dos heridas penetrado,
Del aguijón de amor estimulado,
Se parte a donde nadie le[90] esperaba,
Llegando a coyuntura; que tiraba
El Español al Indio un golpe airado,
Conque a despecho suyo le hiciera
Que por mortal, muriendo, se tuviera.
Mas, al ejecutallo se atraviesa
Talgueno, rebatiendo la estocada,
Y dándole tal golpe en la celada,
Que, como el viento al ramo, le remesa[91];
Hizo el cristiano más de una represa,
Que fué, por verse en trance, tranceada[92];

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Mas luego la enmendó con otro doble,
Tirando al fiero bárbaro un mandoble.
Erróle; mas volvió con una punta,
Que del siniestro lado apoderada,
Falsando[93] el peto duro entró la espada,
Hasta que al espaldar salió la punta;
El Indio, que su muerte ya barrunta,
Propone de dejarla bien vengada;
Mas, ponésele Amor en este instante
Con su Quidora[94] bella por delante.
Cuya memoria tierna tanto pudo
Para movelle el pecho endurecido,
Que puesto su propósito en olvido,
Y el parecer primero enorme y rudo,
Antes que se rompiera el vital ñudo[95],
Y viendo su escuadrón casi rompido,
Tuvo por bien dejar el duro asalto
Saliéndose del muro en presto salto.
Y cuando el ferocísimo semblante
Volvió nuestro Español, de furia lleno,
Ni a Tucapel halló ni vio a Talgueno,
Pero pasó por otros adelante;
El General, que al ímpetu arrogante
Del bárbaro pretende poner freno
Y despegalle ya de la estocada,
Muestra de sí milagros por la espada.
No hace por do pasa tal estrago
El caudaloso, bravo y lleno río
Que fuera de su madre y vado frío
Al fresco valle envuelve en turbio lago,
Ya la dehesa, ejido, soto, y pago
Despoja de su adorno y atavío,
Volcando piedras, troncos y maderos,
Y alguna vez los árboles enteros.
Sonaban ya por dónde discurría
Rabiosas bascas, voces y gemidos
Que con mortales ansias despedidos

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Formaban dura y áspera armonía;
Mas veis en tal sazón por do venía,
Ensordeciendo a golpes los oídos,
Y haciéndose temer de cabo a cabo
El hijo de Leocán[96] furioso y bravo.
Habíase estado el bárbaro acá afuera
Sus fuertes escuadrones gobernando,
Y como de propósito aguardando
A cuando más su gente no pudiera
Para que a su valor sólo se diera
La gloria que se estaba asegurando,
Así como le viesen dentro el muro
Y levantar allí su brazo duro.
Del hombro solamente a la cintura *
De un grueso coselete viene armado,
Y lo demás del cuerpo desarmado,
Que su reputación se lo asegura;
No admite en las espaldas armadura,
Porque jamás su pecho levantado
Admite pensamiento de volvellas,
Aunque la vida esté librada en ellas.
Lleva de roble indómito cortada
Una robusta maza mal pulida,
Desastillada en partes y rompida,
Y aun de española sangre salpicada;
De limpio acero puesta una celada,
Con cintas de oro y plata guarnecida,
Y al ídolo Pillano por cimera,
En forma de serpiente horrible y fiera.
Desta manera va Caupolicano,
De polvo y de sudor el rostro lleno
Y de furor colmado el ancho seno,
Que a más andar[97] desagua por la mano;
Contados son los golpes que da en vano,
Sin cuenta los que da de lleno en lleno,
Hasta ponerse dentro de la plaza,
Rompiendo el muro a fuerza de su maza.

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En esto el vigilante don Hurtado,
Habiendo visto el daño que en su gente
Hace el bravoso bárbaro valiente,
En hechos y devisa[98] señalado,
De aquel fogoso espíritu llevado
Que semejante agravio no consiente,
Se va para él deshecho todo en ira,
Poniendo el viso[99] en él y en Dios la mira.
Llegóse, y embebiendo el brazo esquivo,
Antes que el indio alzase la ferrada[100],
Encaminó la punta de la espada
Al obstinado pecho vengativo;
Y sin valelle el peto defensivo,
Aunque de piel durísima y probada,
Entró por él más fácil que si fuera
De tierno cordobán o blanda cera.
Abrió la fiera punta el diestro lado,
Por donde entró corriendo el filo crudo
Hasta que ya, llegando donde pudo,
Juntó la guarnición con el costado;
Allí en la fiera boca don Hurtado
Tal golpe le asestó con el escudo,
Que sin poder abrilla, contra el cielo
Caupolicán de espaldas vino al suelo.
Cayó, que fué ventura, por do estaba
Abierto un gran portillo en la barrera,
Quedando con el medio cuerpo fuera,
Casi pendiente encima de la cava;
Y así, cuando deshecho en ira brava
A levantarse[101] fué la bestia fiera,
Sin advertir el puesto peligroso,
Consigo de cabeza dio en el foso;
La cual como de golpe recebido[102]
En la primera súbita caída
Estaba ya malsana y mal sentida,
Quedó de la segunda sin sentido.
El vitorioso joven como vido

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Haberse rematado esta partida,
Volvió gozosamente a la batalla
Con ánimo también de rematalla:
Do viendo cómo algunos indios fieros,
Que en las insinias[103], muestras y ademanes
Mostraban claro ser los capitanes,
Andaban en el daño delanteros,
Llamó escogidos veinte arcabuceros
Para que destos bárbaros guzmanes[104],
Que él mismo señalaba por su mano,
Algunos le pusiesen en lo llano.
El escogido bando, que desea
Mostrar su pulso firme y cierta mira
Al enemigo apunta, encara y mira
Que entre los otros más se gallardea;
Tan bien el plomo y pólvora se emplea,
Que apenas hay quien yerre adonde tira,
Y así, derriban déstos y desoíros,
Mas luego en su lugar se ponen otros.
Pues como tan apriesa a causa de esto
Jugase el arcabuz y artillería,
Gastóse al fin la pólvora que había,
Que era la que mejor guardaba el puesto;
Mas, dieron a las naves voces presto,
Que bien de allí la voz se percibía,
Pidiendo que a pasar se aventurasen
Y el salitrado polvo les llevasen.
Mas, como de enemigos la marina
Estaba a la sazón también cuajada,
Ninguno, habiendo pólvora sobrada
A ser el portador se determina;
Hasta que de la prora[105] más vecina
Saltó con voluntad determinada
Un clérigo animoso y esforzado,
Sacando una botija en cada lado.
Y en un pequeño esquife, en breve espacio
Llegado con su carga a la ribera,

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Al muro parte luego de carrera,
Que no era tiempo aquel para ir despacio:
Llamábase este el padre Bonifacio[106],
Y cuando tal renombre no tuviera,
Por este bien que hizo y bravo hecho
Hubiera para dárselo derecho.
Fué su ventura tal y atrevimiento,
Que por entre las armas contrapuestas
Pasó con sus vasijas dos a cuestas,
Subiéndolas allá sin detrimento;
A do mostrando aun más vigor y aliento,
En cómodo lugar las dejó puestas,
De donde siendo luego repartidas,
Sacaron de los indios muchas vidas.
El uno aquí y el otro allí se tiende
Del inmortal espíritu privado,
Y al arrancalle tuerce el rostro airado
Como que aun de la muerte se defiende;
A quién por la cabeza el filo hiende,
A quién la bala deja atravesado,
A quién le asoma ya por la cintura
El palpitante vientre y asadura;
Y cuál con vengativo y duro ceño;
Habiéndole embebido media lanza,
Por ella misma entrando se abalanza
Hasta cerrar a brazos con el dueño,
Queriendo que se abrevie el mortal sueño
Y no que se dilate la venganza:
¡A tanta perdición y daño llega
El daño y perdición de un alma ciega!
Las tronadoras seis hinchadas piezas
Apriesa disparadas de mampuesto,
Hacen destrozo y daño manifiesto,
Llevando piernas, brazos y cabezas;
Cuál muere de una vez partido en piezas,
Haciéndole favor la muerte en esto,
Ya cuál, estando ya el pie en el estribo[107],
Las ganas de morir le tienen vivo.

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¡Oh cuántos desfallecen de heridas
Por sólo no ligallas desangrados!
¡Oh cuántos cuerpos ruedan destroncados!
¡Cuántas cabezas vuelan divididas!
¡Oh qué de alientos, ánimas y vidas
Salen por vientres, pechos y costados,
Que ausentes de su tierra y patrio nido,
Van a gustar las aguas del olvido!
Con esto, a su pesar de la barrera
Dos veces a los indios retiraron,
Mas, tantas, hechos áspides tornaron
Y con doblada furia en la carrera;
Hasta que rebatidos la tercera,
De la vitoria al fin desesperaron,
Volviendo las espaldas parte dellos
Y luego todo el número tras ellos.
Porque de ver el daño desmedido
Que desde talanquera les hacía
El bélico español y artillería,
Y ver a su cabeza sin sentido,
Dieron lugar a un miedo tan crecido
Cuanto lo fué primero la osadía,
Mostrando a nuestro ejército las plantas
Por no mostrar al filo sus gargantas.
No Rengo y Leucotón, que sobre el muro
Quedaban iracundos peleando,
Mas, viendo a todos irse retirando,
Tuvieron el quedar por mal seguro;
Y aunque para ellos fué negocio duro,
La vida por entonces reservando,
Dejaron los postreros la estacada,
Llevando por delante su manada.
Caupolicán también, que larga pieza[108]
Estuvo amortecido allá en la hoya
Con infinita sangre que le arroya[109]
Y baña de los pies a la cabeza,
De muchos ayudado se endereza,
Y deja el nuevo muro y nueva Troya,

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Diciendo allá entre sí: «No hay fuerza alguna
Contra la voluntad de la fortuna».
El impar Tucapelo solamente
Quedó cual bravo toro dentro el coso,
Que mientras más herido más furioso
Embiste las barreras y la gente;
Defiéndese y ofende al más valiente
El bárbaro sangriento y corajoso[110]
De fieros enemigos rodeado,
Que ya le estrechan de uno y otro lado.
Pero con solamente media maza
De tal manera entre ellos se revuelve,
Que donde aquel sañudo rostro vuelve
Gran trecho de lugar desembaraza;
Hasta que viendo ya que en esta plaza
Es poca la ganancia, se resuelve
De renuncialla, aunque es a su despecho,
Pues quiere más honor que no provecho.
Mas, no le mueve al indio amor de vida
Para determinarse de salvalla,
Sino que echando gente a la muralla
Quieran cerralle el paso a la salida;
Y para demostrar el homicida
Que es por demás cerrallo ni cerralla,
Como él, a su pesar, abrilla quiera,
Hizo lo que pensar aun es quimera.
Porque por todas partes revolviendo
La temerosa vista encarnizada,
Y viendo la salida embarazada
De muro y gente, de armas y de estruendo,
Se fué su paso a paso retrayendo
Hacia donde la cuesta era peinada,
Y tiene de alto en buena perspectiva
De veinte y dos estados[111] para arriba.
De donde con las alas de su rabia
Se arroja en vuelo y furia arrebatado,
Bien como al mar tranquilo y sosegado

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Se suele el buzo echar desde la gavia;
Mas, luego le parece que se agravia
Y se arrepiente ya de haber saltado,
Sintiendo que de nuevo le llegaban
Mil tiros que siguiéndole bajaban.
Rabioso desto embiste con la cuesta,
Do tienta la subida inaccesible,
Probándola con ver que es imposible
De la primera vez hasta la sexta;
Y viendo que no puede ser por ésta,
Busca por otra parte si es posible,
Escudriñando en torno el paso y vía
Que sólo para pájaros le había.
Pues, como de luchar con el barranco
Halló que no sacaba más provecho
Que derramando sangre estarse hecho
A los que le tiraban cierto blanco;
Determinó dejar el puesto franco,
De donde a la marina fué derecho,
Queriendo emplear en ella su coraje
A costa del robusto marinaje.
Mas, viendo que también de allí su gente
Desbaratada y rota se volvía,
Siguiendo a la demás que ya subía
Por el recuesto arriba, torpemente,
Echó por otra parte él, impaciente,
No se dignando de ir en compañía
De los que huyendo van, sin ir tras ellos
Por no participar la infamia dellos.
Y así, bañado en sangre y mal herido,
Colérico, espumoso, bravo y fiero,
Bramando más que el toro al bramadero,
Y más desesperado que el vencido,
Se entró por un boscaje entretejido,
Sin que siguiese rastro ni sendero,
Que por aquella parte no le había
Mas del que desangrándose él[112] hacía.

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Llegado a la mitad de la espesura,
Por no poder tenerse ya en su estado[113]
Cayó con todo el cuerpo ensangrentado
Al pie de un roble duro, en tierra dura,
Do ni vivir curándose procura,
Ni el verse cual se ve le da cuidado;
Mas, puesto allí de rostro, muerde el suelo,
Pidiéndose razón de Tucapelo.
En tanto la femínea compañía,
Que estaba atrás dos leguas, aguardando
El buen o mal suceso de su bando,
Costumbre que la guardan hoy en día[114],
Sintiendo que el ejército volvía,
Ya por saberlo todo, reventando,
Salen a recebillos al camino
Con sus pintados cántaros de vino.
Tras ella va la bárbara hermosa,
De Tucapel amada tiernamente,
Llevándole refresco suficiente,
Aunque sobresaltada y pavorosa;
Sabida las demás la nueva odiosa
Y estrago lamentable de su gente,
Entregan a las uñas los cabellos,
Trayéndose con ellas parte dellos.
Quién llora su marido, quién su hermano,
Quién a su amado hijo, quién su amante,
Y quién al padre caro vigilante[115],
Que así la deja huérfana temprano;
Cuál tuerce de dolor la blanca mano,
Y cuál con ella hiere el bel[116] semblante,
Cuál humedece a lágrimas el suelo,
Cuál rasga con suspiros aire y cielo.
Gualeva[117], más que todas desalada,
Caído el corazón, la faz difunta,
Por Tucapel matándose pregunta,
Mas no hay quien sepa del decille nada;
Y viendo que de todos es mirada,

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Mil daños y desastres mil barrunta,
Que donde el amoroso fuego quema
No hay género de mal que no se tema.
A gritos llama y nadie le responde,
Que todos callan mustios y serenos,
Mirándola con ojos de agua llenos
Buscar su amado sin saber por dónde;
Y como no es persona que se esconde,
A la primera vista lo echa menos,
Mas, loca, no creyéndolo, a más priesa
Vuelve, revuelve, cruza y atraviesa.
Cual descuidada cierva que herida[118]
Del insidioso y cauto ballestero.
Ya sigue aquel, ya deja este sendero,
Vagando por la selva[119] entretejida;
O cual oveja triste y desvalida
Que sola va buscando su cordero:
Tal va moviendo a lástima Gualeva[120]
Por donde el poderoso amor la lleva.
Ya muestra envuelto en púrpura el semblante,
Ya en blanco, ya en mortal y escuro velo,
Ya fijo en tierra, ya elevado al cielo,
Ya para Ocaso, ya para Levante,
Ya vuelta contra cuantos ve delante,
Les dice: «¿Dónde está mi Tucapelo?
Decidme lo que el cielo del dispensa,
No me tengáis atónita y suspensa.
«Desengañadme ya si es muerto o vivo,
Si viene, si se queda o qué se ha hecho,
Pues no hay en dilatallo más provecho
Que dilatar la pena que recibo».
No dice más, que ya el dolor esquivo,
Queriendo proseguir le cierra el pecho,
Y si prosigo yo, cerrado el mío,
Dirán que canto mal y que porfío.

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CANTO SÉPTIMO
Donde Gualeva, no hallando a su marido, ni quien le dé nuevas del, se determina de ir en su busca. Quita
para esto la armas a un indio, partiéndose con ellas la vuelta[1] del muro. Cuéntase lo que le pasó con
Leucotón y Rengo, habiéndolos encontrado en su camino, y la extraña fuerza de sus amorosos
sentimientos, afectos y quejas, hasta que halló a Tucapel en medio del bosque.

DONDE luce más amor tirano


Con el poder intenso de su llama
Es el cerrado pecho de la dama,
Si ya una vez en él metió la mano:
El áspero camino le hace llano,
Sin que repare en bienes, vida o fama,
Que todo con su furia lo atrepella,
Hasta que en el barranco da con ella.
Tan bravo es el rigor con que procede,
Si se apodera del su mano cruda,
Que allí pretende el pérfido sin duda
Hacer ostentación de lo que puede;
Pues lo que más a toda fuerza excede
Es que en la cosa della tan desnuda,
Y tanto, que es lo sumo de flaqueza,

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Se muestre el chapitel de fortaleza.
Que el fuego en duro hierro introducido
Tan eficaz parezca y tan perfeto,
No es mucho habiendo fuerza en el sujeto
Para que le defienda su partido;
Pero, si en pajas débiles prendido
Hiciera con la llama tanto efeto
Que al mismo hierro duro deshiciera,
Actividad sin término arguyera.
Así no gana el crudo amor aleve
Tan extendido crédito y renombre,
Mostrando su potencia con el hombre,
Pues hay capaz materia en que la cebe;
Pero que en la mujer, que es paja leve,
Pueda causar efectos con que asombre,
Eso es con instrumento que es de nada
Hacer lo que Sansón con la quijada.
Aunque si vale en esto el voto mío,
La causa por qué más amor las hiere,
Es porque cuando entrar su pecho quiere
Le impelen con mayor esfuerzo y brío,
Que entonces, irritándole el desvío,
Por acabar de entrallas rabia y muere,
Seguro que después estando dentro
Le pagarán la fuerza del encuentro.
Mas, nazca de otra cosa o venga desto,
Que en juego al fin que tanto se platica,
Cuando la hembra tímida se pica,
Con pecho varonil arroja el resto.
Gualeva ha dicho ya lo que hay en esto,
Aunque mejor después lo testifica,
Volviendo a proseguir el triste llanto,
Con que los dos pusimos fin al canto.
Cortóse en la mitad de sus preguntas,
Pegando al paladar la lengua helada,
Y luego dio en las yerbas desmayada,
Haciéndoles doblar sus verdes puntas;
No con las delicadas manos juntas,

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Mas, una de otra aversa[2] y apartada,
Aunque los pies, más albos que la nieve,
Unidos por igual en trecho breve.
Jamás gozó Meandro en su ribera
De cisne que al herboso alegre seno
Mezclando el blanco propio al verde ajeno,
Tal gracia, tal adorno y lustre diera,
Cual por servirle allí de cabecera
Lo está gozando agora el prado ameno
En la nevada faz descolorida
De la traspuesta bárbara tendida.
¿Qué lilio[3], qué azucena o blanca rosa,
A quien[4], rompiendo el campo de pasada,
La reja descortés dejó cortada,
Cayó sobre la yerba más[5] hermosa?
¿Ni cuál adormidera granujosa
Inclina su cabeza coronada,
Cual reclinó Gualeva el rostro bello
Sobre el marmóreo[6], laso y débil cuello?
Hizo quedar atónita la gente,
Mirando cómo borda sus mejillas
Y parte de las varias florecillas
Con mal cuajadas perlas del Oriente,
Que el removido mar de su acídente[7],
Mejor que las antarticas orillas
En los conchosos[8] párpados[9] engendra,
Y amor allí las purifica y cendra.
Dueñas, casadas, vírgenes hermosas
Se derribaron[10] luego a socorrella,
En su dolor partícipes con ella
Aun las de su beldad más envidiosas;
Cuáles al agua corren presurosas,
Y cuáles por la faz le esparcen della,
Llamando, no Gualeva, sino Guale,
Que en la chilena frasis tanto vale.
Aquélla le compone el atavío
Si acaso con el aire se desmanda[11],

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Y ésta, con amorosa mano blanda,
Le limpia de la frente el sudor frío;
Los hombres, como género baldío,
En este menester se están en banda[12],
Dejando a la mujer que lo profesa,
Y en esto vale más de lo que pesa.
Haciéronsele, pues, remedios* tales,
Que con la multitud y fuerza dellós
A poco rato abrió sus ojos bellos,
Sus ojos dos lumbreras celestiales;
Mas, luego con suspiros desiguales
Hizo que padecieran los cabellos
La fuerza tan villana de sus quejas,
Dejando enmarañadas sus madejas.
En cuyas hebras Céfiro entregado,
Saca del daño ajeno su provecho,
Quedando en el despojo dellas hecho
Soberbio, caudaloso y prosperado[13];
Y si con los suspiros fué rasgado,
Le deja dése agravio satisfecho
Un solo pelo déstos, que aunque escuro,
Deslustra y escurece al oro puro.
Tampoco al gesto lánguido perdona,
Que, ya con puño, palma, ya con uña,
Lo hiere, lo sacude, lo rasguña,
Lo ofende, lo maltrata, lo abandona;
Y el planto[14] que en funesto punto entona,
En duro pedernal se imprime y cuña[15],
Haciendo que las turbas admiradas
La miren ambas cejas enarcadas.
Mas, poco estuvo queda en este asiento:
¿Cómo lo puede estar un triste amante?
Que súbito se puso en pie delante
De todo aquel confuso ayuntamiento;
Por donde con furioso movimiento
Y varonil denuedo en el semblante,
Arremetió a las armas de un soldado,
Quitándole la aljaba y un terciado[16].

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La cual echada al hombro menos fuerte,
Del ancho alfanje ornó la estrecha cinta,
Y luego por la gente mal distinta[17]
Se lanza dando voces a la muerte;
Porque desesperada de su suerte,
Según la mala nueva se la pinta,
Quisiera con la vida barajalla,
Pues no le dan lugar para trocalla.
Y así por todas partes impaciente
Se arroja, vista y cuerpo revolviendo,
Colérica, tal vez redarguyendo
A todo el escuadrón que está presente;
Tal vez con mansa voz y humilde frente
Al más plebeyo y mínimo pidiendo
Que al mar de sus fatigas dé algún vado[18],
Diciéndole si sabe dé su amado.
Mas, viendo cómo todos a una mano
No aciertan a decille qué se ha hecho,
Procura por Talguén, amigo estrecho,
Que Tucapel amaba más que hermano;
Porque él mitigará de llano en llano[19]
Con la verdad las ansias de su pecho;
Pero ni por aquella ni esta banda
Lo puede ver, ni yo decir cuál anda.
Amata con el tósigo importuno
No andaba por Italia tan furiosa,
Ni Dido en su Cartago más ansiosa
Haciendo grandes víctimas a Juno,
Ni en fiestas bacanales hubo alguno
Ü alguna tan solícita y fogosa,
Cuanto la triste bárbara lo andaba,
Sonándole las flechas en la aljaba.
Sus trenzas ondeando al aire sueltas,
Saltando el corazón desalentado,
El rostro envuelto en un sudor helado,
Las manos por el aire desenvueltas;
Desta manera anduvo dando vueltas,

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Hasta que, visto ya ser excusado,
Se puso con sus armas en la vía
Para la cual tomádolas había.
Por do, llevada ya tras su destino,
Con frenesí, furor y desatiento,
Se parte renunciando[20] aquel asiento,
Tan recia como el recio torbellino;
No hay quien allí le impida su camino,
Ni tenga de seguilla atrevimiento,
Ni aun ose preguntarle qué procura:
¡Tanto como esto puede la hermosura!
Poco después también partió Quidora
En busca de Talguén, su dulce amante;
Mas, della trataremos adelante,
Pues no me da Gualeva tiempo agora;
La cual con tierna planta voladora
Ya va de las escuadras[21] bien distante,
Enderezando al muro vitorioso,
Adonde está librado su reposo.
Corrido queda el viento por la espalda
De ver que su presteza no la coja,
Mas, aunque procurándolo se arroja,
Apenas la echa mano de la falda;
Y como no es la túnica de gualda,
Morada, verde, candida ni roja.
Mas negra, que es el hábito ordinario,
Sale mejor con ella su contrario.
Las fimbrias[22] recogidas sin alforza,
Que cubren cuando mucho la rodilla,
Descubren tal garganta y pantorrilla
Cual puede ser la masa de la alcorza:
Alguna vez las velas van a orza
Y asoma por entre una y otra orilla
Un no lo sé decir[23], que al sol deslumhra
Y en las tinieblas lóbregas alumbra.
Más tiempo sobre el aire van sus plantas
Que sobre las que toca por el suelo;

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Tú, Febo, que la ves desde tu cielo,
Apriesa los caballos adelantas
Y con el duro azote los quebrantas
Por más apresurallos en su vuelo,
Todo por alcanzalla y por habella
Antes que algún laurel se forme della.
Mas, piérdeste, perdiéndola de vista,
Pues en el mar contigo diste luego,
Quizá por mitigar con agua el fuego
Que en ti prendió el amor como en arista;
Y así la negra noche vino lista,
Dejando al hemisferio triste y ciego,
Y triste y ciego al campo en ver la dama
Que va más triste y ciega por quien ama.
No bien se cobijó la madre tierra
Su capa y la común de pecadores,
Cuando un tropel de angustias y dolores
De nuevo con el débil pecho cierra;
Al cielo comunica el mal que encierra
A fuerza de suspiros y clamores,
Que, revocando en montes y quebradas,
Las dejan, aunque duras, quebrantadas.
«Al tiempo, dice, ¡ay triste! que en el mundo
Los elementos, plantas, animales
Y los negociadores racionales
Reposan en silencio el más profundo,
Yo sola con mis duras voces hundo
Los mudos campos, breñas y jarales,
Haciendo que despierte a su gemido
La ya dormida tórtola en su nido.
«Yo sola me deshago en mi lamento
Y nadie puede en él acompañarme,
Que amor quitó, por más atormentarme,
De todos, para dármelo, el tormento;
Mas ¡ay! ¿a quién mis ansias represento,
O qué provecho saco de quejarme,
No habiendo quien responda a mis congojas
Sino el ciprés funesto con sus hojas?

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«Si tú me respondieses, Tucapelo,
¡Oh regalada voz al gusto mío!
Callara el monte, el prado, el valle, el río,
Y enmudeciera el mar, el aire, el cielo;
¿Dónde estarás, crisol de mi consuelo?
Dime si estás de espíritu vacío,
Para que lamentando no me canse,
Mas, de una vez, siguiéndote, descanse».
Más adelante fuera con sus quejas
A no cortalle el hilo de repente
Un súbito rumor como de gente
Que el órgano tocó de sus orejas;
Al cual, poniendo en arco entrambas cejas,
Escucha sin moverse atentamente
Lo que será, juzgando que ya tarda,
Costumbre natural de quien aguarda.
Apenas la ramilla se menea,
O mueve el manso viento alguna hoja,
Cuando su Tucapelo se le antoja,
En fe de ser la cosa que desea;
Mas, porque de ligero no se crea
La que de tan pesado se congoja,
Son Rengo y Leucotón, los dos guerreros
Al retirar del muro los postreros.
Ya la de nombres tres y tres lugares[24]
Sus argentadas trenzas descogía,
Ya consolar la bárbara salía,
Si cabe algún consuelo en sus pesares;
Cuando los dos varones militares,
Que acaso habían tomado aquella vía,
Su faz inopinadamente vieron
Y el paso atrás en viéndola volvieron.
Como el que estando en un lugar escuro
Si va a salir de súbito a lo claro,
No yendo con las manos al reparo,
Lo vuelve deslumhrado el rayo puro;
Así los dos que vienen de hacia el muro,
Viendo en Gualeva aquel semblante raro

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Y el rayo que[25] de luz sus ojos tiran,
Se ciegan, se deslumhran, se retiran.
No cuando apareció la Cipria diosa
Al Teúcro y a su Acates en el prado,
Con rica aljaba y borceguí argentado,
En hábito de ninfa nemorosa[26],
Fué vista por entrambos más hermosa,
Con ir a parecerlo de pensado,
Que la llorosa Guale descuidada
De Leucotón y Rengo en su jornada.
Ella rompió el silencio la primera,
Habiendo, mal su grado[27], conocido
Que de los dos ninguno es su marido,
Pues otro garbo y término trujera;
Y díjoles con ansia lastimera:
«Varones, si algún tiempo habéis querido,
Decidme: ¿en qué lugar de todo el suelo
Sabéis que viva o muera Tucapelo».
Los indios, aunque en vista y en lenguaje
Quisieron conocer la dama bella,
Tuvieron por extraña cosa en ella
El hábito y el verla en tal paraje;
Por donde, embarazados con el traje,
Apenas eran parte[28] a respondella,
Hasta que, conociéndola del todo,
Le dieron la respuesta deste modo:
«Perdónanos, bellísima Gualeva,
Lo que hemos suspendido el responderte,
Pues lo ha causado hallarte desta suerte,
Para la grande tuya cosa nueva;
Si amor de Tucapel así te lleva,
El es tan venturoso como fuerte
Y digno de que el mundo por tus ojos
Se ufane con ponérsele de hinojos».—
«Para que se le rindan los humanos,
Responde, a Tucapel bastan sus bríos,
Que no son menester los ojos míos

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Adonde está la fuerza de sus manos;
Mas ¿para qué son esos dichos vanos,
Y dignos de llamarse desvarios,
Pues que me respondéis tan diferente
De la pregunta y ocasión presente?
«Dejaos agora deso, nunca justo,
Y menos mucho[29] en tales ocasiones,
Porque es enderezar vuestras razones,
Dejando mi dolor al propio gusto;
De donde se me sigue más disgusto,
Por conocer dañadas intenciones.
No respondáis ¡oh faltos de celebros[30]!
A un corazón quebrado, con requiebros.
«¿Será razón que mi ánimo se fíe
De la que en vuestro noble pecho mora,
Y que esta sinrazón[31] me obligue agora
A que de vos huyendo me desvíe?
Mirad que no es aceto[32] el que se ríe,
Antes odioso, en casa del que llora,
Por ser tan natural cuan ordinario
Ser todo aborrecible a su contrario.
«Su tiempo tiene todo señalado,
Y pues que de llorar agora es tiempo,
Quererlo así gastar en pasatiempo,
¿No echáis de ver que es tiempo mal gastado?
Por Tucapel ha tiempo he preguntado;
Si del sabéis decir, decid con tiempo,
Primero que sin tiempo el ansia fuerte
Llegue mi vida al tiempo de la muerte».
Dorando como pudo el grave yerro,
Le dijo Leucotón: «Tu caro amigo
Saltó, rompiendo al áspero enemigo
El muro levantado sobre el cerro;
Donde con ver en torno tanto hierro
Con que iban ya cerrándole el postigo
Por do le fuera fácil retirarse,
No quiso el contumaz sino quedarse».—

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«¿Quedóse, dilo, acaba, muerto o vivo».
Gualeva replicó desalentada;
Mas Rengo dice: «Vivo en la estacada,
Y haciendo en ella más que el dios altivo;
Al menos cuando yo con ceño esquivo
El último seguí la retirada,
Vivo quedaba dentro peleando,
Ajena y propia sangre derramando.
«No tienes que dudar si te engañamos,
Porque esta es la verdad al descubierto,
Que cuando le dejamos no era muerto,
Si no lo fué después que le dejamos;
Mas, de su brazo indómito esperamos
Que habrá salido libre a campo abierto;
Enfrena, pues, tus lágrimas inciertas
Y hasta certificarte no las viertas».—
«¿Qué lo dejáis? decís. ¿Y con qué cara?
¡Ay, cómo en confesallo bien se muestra
Que no entendéis saliros a la vuestra
Haber dejado así la sangre cara!
A fe que Tucapel nunca os dejara
Hasta dejar el alma con la diestra;
Pero dejáis al mundo satisfecho
De lo que va del suyo a vuestro pecho.
«No sé, por cierto, a qué me lo atribuya[33],
Sino es a la desgracia propia mía,
Que a trueque de no hacelle compañía,
Tal vida permitáis que se destruya;
Y pues faltando a Tucapel la suya,
La vuestra y la de todos faltaría,
El propio bien o público siquiera
Para favorecelle ¿no os moviera?
«Mas ¡ay! no me acordaba con la pena
De cómo estáis con él enemistados,
Y en esas propias vuestras no fiado,
Os quisistes vengar por mano ajena;
Perdistes ocasión, por cierto, buena,

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En que de nobles fuérades loados,
Pues que de serlo no hay mejor testigo
Que dar la mano en tiempo al enemigo.
«¡Cuan bien contado, Rengo, que te fuera
Si se la hubieras dado al dueño mío,
Para que el aplazado desafío,
Hallándose con vida, te cumpliera!
Pero temiendo tú que te venciera,
Pues fuera no temello desvarío,
Tu vida rescataste con su muerte,
Mostrándote varón de baja suerte.
«Y si con esto aun quedas mal vengado,
Yo salgo (y empuñóse) a la demanda;
Sal, pues, infame, y échese a la banda[34]
Ya de una vez el tuyo y mi cuidado;
No te me pienses dar por excusado,
Diciendo soy mujer de mano blanda,
Que la razón que tengo me asegura
De que ha de parecerte mano dura.
«Pues no será mi padre Pangarcato[35],
Ni el magno Talcamávida mi abuelo,
Ni yo seré mujer de Tucapelo,
Ni Tucapel[36] será por quien combato,
Si en este juego pienso dar barato
Menos que de tu sangre al verde suelo,
Haciendo al que seguro en mí se anida
Un bajo sacrificio de tu vida».
Maravillado Rengo le responde:
«¡Oh pecho varonil aventajado,
Que para ser cual debes colocado,
No sé si puede haber lugar a dónde!
Ningún valor al tuyo corresponde
En todo lo que mira el sol dorado,
Y así será agraviar a lo que vales
Ponerte con mis fuerzas desiguales.
«Mas, aunque me aventajas y me sobras,
Sabe de mí que más me descalabras

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Y ofendes con tus ásperas palabras
De aquello que pudieras con las obras;
Indigno soy del odio que me cobras,
Y de que así comigo te desabras[37],
Pues con lo que de mí tu pecho piensa
A mí y a la verdad haces ofensa.
«Con vida quiera Dios que esté tu amado,
Que tanto como tú se la deseo,
Siquiera por el próspero trofeo
Que espero yo de habérsela quitado;
Y como soy en esto interesado,
Aunque le den la muerte, no lo creo,
Porque matar a un hombre de su brío
No es obra de otro brazo que del mío.
«De donde se colige claramente
Que yo pudiendo más no le dejara,
Porque otro por matalle no gozara
Lo que me viene a mí derechamente;
Mas, es de tal valor la nueva gente,
Y el nuevo capitán de sangre clara,
Que sólo para hacer los golpes vanos
Daba lugar y tiempo a nuestras manos.
«Él solo, confesémoslo, nos puso
A mí y a Leucotón en la pelea,
Después que le rompimos la trinchea,
En término y estado bien confuso;
En especial a mí me descompuso
De suerte, que jamás ni con Andrea[38]
Me vi tan afligido y apurado
Como con este joven esforzado.
«Así que, por tu esposo en esta parte
Yo puse lo postrero de potencia;
Mas, tanta fué después la resistencia,
Que para socorrello no fui parte;
En lo demás yo quiero acompañarte,
Si tú quisieres, dándome licencia,
Por más que me la[39] nieguen estas llagas,
Para que de quien soy te satisfagas».—

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«Satisfación[40], Gualeva dice a Rengo,
No la hay, sino es matándome contigo,
Y no viniendo en esto que yo digo,
Tampoco en lo que tú dijeres vengo;
Pues cuanto por honrada y fiel me tengo
En ir tan sola en busca de mi amigo,
Por falsa y deshonrada me tuviera
Si un falso y deshonrado me siguiera».—
«Para que así me trates y te quejes,
Responde Rengo, en poco te has fundado».
Mas ella le replica: «Es excusado
Que más sobre esto luches ni forcejes,
Pues no te he de llevar a que me dejes
Como al que busco dices que has dejado:
Baste lo que con él, traidor, usaste,
Aunque para mi daño nada baste».
No dice más, que luego, envuelta en saña,
Y retorciendo el rostro a Rengo esquivo,
Se va de allí con paso fugitivo,
La vuelta de una espesa y gran montaña,
Adonde piensa ver, si no la engaña
Su triste corazón apenas vivo,
Al rico dueño del que vive dentro
Como en[41] lugar nativo y propio centro.
Que nunca della pudo recabarse,
Por mucho que uno y otro le dijese[42],
Que por manera alguna consintiese
En tanta soledad acompañarse;
Ni pudo en su temor asegurarse
De que su Tucapelo vivo fuese,
Porque es dificultoso qué uno crea
En cosas de su bien lo que desea.
Dejólos con los ruegos en la boca,
Y la cerviz bellísima volviendo,
Al monte, como digo, fué corriendo,
No con velocidad ni pena poca:
Tan fuera va de sí como una loca,

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Con Tucapel hablando y respondiendo:
Que cuando amor al ánima lastima,
Más suele estar donde ama que do anima.
Dejáronla llevar de su destino,
Aunque con harta lástima de vella,
Los dos, que bien holgaran de ir con ella,
Si diera algún lugar su desatino;
Y prosiguiendo juntos el camino,
Se fueron parte del tratando della
Y repitiendo casi a cada paso
El punto y extrañeza deste caso.
Tal vez encareciendo justamente
Su grande fe y amor calificado,
Tal vez el pecho y ánimo esforzado,
De su delicadez tan diferente;
Tal vez a lo que llega el acídente
Del siempre Niño dios entronizado,
Si toma posesión de un pecho noble
Que se le defendió con arma doble.
«¡Oh, cuánto diera yo, Rengo decía,
Amigo Leucotón, y cuánto diera
Porqué este amor Millaura me tuviera,
Millaura[43], aquella luz del alma mía!
Y ¡cuan de buena gana tomaría
Que como Tucapelo me perdiera,
Con tal que me guardara vivo el hado
Hasta gozar de verme así buscado!»—
«No quieras tan costosa y cara prueba,
Le dice Leucotón, mas vive, amigo,
Pues como tengas vida, yo te digo
Que no es Millaura menos que Gualeva,
Sino que en la mujer no es cosa nueva
Tratara su amador como a enemigo
Hasta probar el celo con que viene,
Y es por el natural temor que tiene.
«Verás al descubrille el pensamiento
Aquella austeridad con que comienza,

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Que no parece hay cosa que la venza
Y que es imaginallo perdimiento;
Mas, todo aquel desdén y encogimiento
No es más que hacer la salva[44] a su vergüenza
Y un darnos a entender, cuando concede,
Que es porque defenderse más no puede.
«Otras razones tienen de esquivarse;
Mas, en resolución[45], por más que veas,
Jamás de la que bien quisieres creas
Que deja de quererte y abrazarse;
Sólo hay que saben más disimularse,
Al menos cuando ven que las deseas,
Lo cual conocen ellas claramente
Como si lo escribieras en la frente.
«Así que, no te aflijas desde agora,
Que el tiempo hará su curso si le place,
Y lo que en muchos años no se hace
Suele después hacerse en sola un hora;
¿Qué sabes de Millaura si te llora
Y en este mismo punto se deshace,
Sintiendo en lo interior del pecho suyo
Lo mismo que tú sientes en el tuyo?»—
«Quererme tú curar de esa manera,
Estando en este mal tan mal experto,
Responde Rengo, es duro desconcierto
Y solamente hablar de talanquera[46];
Al fin, como del mar te ves tan fuera,
Gobiernas bien la nave desde el puerto,
Mas si te vieras dentro en fusta[47] angosta,
Tú dieras, como todos, a la costa».—
«No pienses, Leucotón le dijo luego,
Que nunca el mar de amor he navegado;
Ya sus furiosas aguas me han cercado
Y entre ellas abrasádome su fuego;
Ya vi su vendaval, ya su gallego[48],
Y sé, de puro bien acuchillado[49],
Que nunca ni tormenta ni bonanza

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Dejaron de rendirse a la mudanza».
Así los dos amigos, altercando
Sobre éste y otros puntos, caminaban,
Con que la grave pena que llevaban
Camino y horas iban engañando;
Hasta que en largó término llegando
Adonde los demás les aguardaban,
Trataron de juntarse nuevamente
Para volver a dar en nuestra gente.
Pues quédense tratando agora desto,
En tanto que yo vuelvo do me llama
La vagarosa[50], triste y sola dama
A quien en tal estado amor ha puesto:
Prosigue sin parar su curso presto,
De que se queja bien la seca grama,
Pues puede, si parase un tanto en ella,
Su blanco y tierno pie reverdecella.
Mas no le da lugar, que bien quisiera,
La priesa de la vara y acicate
Con que el tirano amor la hiere y bate
Para que se repare[51] en la carrera;
Y aunque se canse, a descansar no espera,
Temiendo que el descanso no le mate,
Si muere, por buscalle con remanso[52],
Aquel en quien se libra su descanso.
Con todo, aconsejarse no sabiendo,
Ya del seguido rumbo desmentía,
O ya por él de nuevo revolvía,
Errática y furiosa discurriendo;
Ya sesga de tropel iba corriendo,
Ya, sin saber a qué, se detenía,
Enviando allá y acá la vista bella
Y mil suspiros íntimos tras ella.
Cual suele andar la vaca si ha perdido
El tierno becerrillo, prenda cara,
Que ya sin orden corre, ya se para,
Llamándole con hórrido bramido;

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Ya sobre alguna loma del ejido,
Si alguna cesa ve, con ella encara,
Alzando la cerviz y armada frente
Con un feroz denuedo y continente;
Así Gualeva andaba con la pena,
Agora en vaca fiera convertida,
Agora lamentándose afligida,
Ya rota de sus lágrimas la vena;
Como la querellosa Filomena,
Que cuando al nido fué con la comida,
No vido en él sino es algunos pelos,
Reliquias de los huérfanos hijuelos.
Llegada en fin al monte escurecido,
Se lanza en él, rompiendo su arboleda,
Do, sin semillo, a veces se le queda
De alguna rama algún cabello asido;
Porque como él es tal y va esparcido,
No hay árbol tan hermoso con que pueda.
Que alguna partecilla no le coja
Para el esmalte y lustre de su hoja.
Gran rato anduvo así por la espesura,
Pegando fuego al aire y a la rama,
En fe de los suspiros que derrama.
Bastantes a encender el agua pura.
«¿Adonde estás, clamaba, ¡oh muerte dura
Que nunca has de venir a quien te llama?
Si por llamarte agora[53] te detienes,
Ya no te llamo; ven: ¿por qué no vienes?
«Mas ¡ay! ¿qué pides, ánima perdida?
¿No ves que arguye pecho poco fuerte
Pedir que llegue el paso de la muerte
Por excusar los duros de la vida?
¿Qué sabes tú si aquel que en ti se anida
Aun goza de la luz? Mas si mi suerte
No lo permite así, salidme, fieras,
Y haced éstas mis sílabas postreras.
«¡Ay! como el no poder certificarme

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Es lo que me detiene y me refrena,
Para que, ya que falta mano ajena,
Con esta propia deje de acabarme;
Mas, pues que ya no acaba de matarme[54],
No debe ser tan áspera mi pena,
Aunque a razón de como yo la siento,
Eceda[55] toda suerte de tormento.
«Pues ¿cómo, siendo asú, viva me hallo?
No sé, sino es que al cielo injusto place
Que, como crece el mal[56] que me deshace,
Crezca la fuerza en mí para llevallo;
Mas, si en así querello y ordenallo
Algún favor entiende que me hace,
Engáñase, que es muerte más esquiva
Hacerme que muriendo siempre viva.
«Mas, déme cuanto mal quisiere el cielo,
Y si otro le quedare más terrible,
Aunque esto a mi pesar es imposible:
A todo estoy dispuesta, venga y délo,
Que siendo por tu causa, Tucapelo,
No dejará de ser en mí sufrible,
Con tal que, agora mueras, ora vivas,
En ara y holocausto lo recibas.
«Acaba, dime, pues, ¿a dó te escondes?
Mira que yo te busco, sal ya fuera.
¿No sales? Tu querida es quien te espera,
Gualeva es quien te llama. ¿No respondes?
Ingrata y duramente correspondes
A un puro corazón hecho de cera,
Que regalado en su amorosa llama,
Por estos ojos tristes se derrama.
«¡Oh selvas, campos, riscos, peñascales,
Y vos, sus moradoras bravas fieras,
Manchadas tigres, pardos y panteras,
Marinos peces, aves celestiales,
Arroyos claros, fuentes perenales[57],
Umbrosos valles, húmidas riberas,
Si percebís la voz que doy en vano,

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Llevádsela a mi bien de mano en mano.
«Obligación tenéis a lo que os pido,
Porque si estáis seguras y adornadas,
Sin ser de los cristianos infestadas,
Es porque os hace sombra mi querido;
Pues ¿dónde le tenéis, decí[58], escondido?
Guiad allá mis trémulas pisadas
Para que llegue a tiempo tan dichoso,
Que cause el suyo, el vuestro y mi reposo.
«¿Oísme por ventura? ¿Estáis comigo[59]?
Mas, ¡ay, qué gran locura y devaneo!
¡Al aire y a los árboles voceo!
No debo estar en mí, no estoy, bien digo,
Porque si estoy sin ti, mi dulce amigo,
Que eres el yo del ser que en mí poseo,
No puedo estar en mí como solía,
Y sólo estoy allá en la pena mía.
«Podráslo colegir, señor, de verme
Verter por estos páramos mis quejas,
Adonde nadie puede darme orejas[60],
O si las da, no sabe responderme;
Eco no más se cansa por valerme,
Corriendo con mi llanto a las parejas,
Mas como no me alcanzan sus alientos,
Responde con los últimos acentos».
Así la triste bárbara plañía,
Así con la menor de sus querellas
Tocaba las altísimas estrellas
Y el bosque resentido reteñía[61];
Sus ninfas en sagrada compañía,
Los faunos y los sátiros con ellas,
Al tierno y alto son de sus clamores
Llevaban tiernamente los tenores.
Mas, cuando estuvo ya de medio a medio
Tendido por la tierra el negro manto,
Gualeva en los extremos de su llanto
Antes que fin tuviera, tuvo medio;

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Porque cuando ella más de su remedio
Desesperaba, quiso el cielo santo
Que oyese, no muy lejos de do estaba,
Una cansada voz que se quejaba.
Paró de golpe a ver lo que sería
Y estúvose clavada en el asiento
Adonde le tomó el cansado acento[62],
Volviéndose al lugar de do salía;
En las intercadencias que hacía
La ronca voz, mostraba el poco aliento
Que ya gozaba el pecho enflaquecido,
De donde con dolor había salido.
Oyólo atenta, el viso cudicioso
Por los espesos árboles echando,
Hasta que Fébes[63] ya su luz prestando,
Le descubrió sangriento al caro esposo,
Que al pie del roble sólido y ñudoso
Estaba como el pece palpitando,
En una grande balsa de sus venas,
Ya de furor, y no de sangre, llenas.
Cual águila caudal[64], que desde el cielo,
En viendo al ballenato dar en tierra,
Prestísima con él en punta cierra,
Dejando roto el aire con su vuelo,
Y dando con las alas por el suelo
Encima del se arroja y del se afierra[65]:
Tal, sobre el cuerpo echado en sangre roja,
La bárbara frenética se arroja.
Allá la dama célebre de Sesto
Ligera se arrojó al galán de Abido,
En las arenas húmidas tendido,
Sólo por le pagar su amor con esto;
Mas, no es para frisar su curso presto
Con este de Gualeva desmedido,
Ni aquel de la pesada piedra cuando
A su nativo centro va llegando.
Llegó[66] con él, y habiéndose entregado

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Del que con tantas lágrimas buscaba,
Su pecho, rostro y boca le entregaba,
Diciéndole: «¿Qué es esto, dulce amado?
¿Quién fué el traidor que os puso en tal estado?
Y yo, traidora, ¿entonces dónde estaba,
Que no me pude hallar al trance crudo
Para que hubiera sido vuestro escudo?
«Pero volved en vos, mi bien, agora,
Y tomaréis en mí venganza desto,
Si no queréis que yo la tome presto,
Abriendo puerta al alma que os adora;
Porque la fe que en este pecho mora
Lo tiene ya comigo así dispuesto;
Porque si mi vida amáis como ella os ama,
Mostraldo[67] en responder a quien os llama».
En tanto que esto ansiosa le decía,
De su delgada túnica rasgaba,
Con que las grandes llagas le ligaba
Por do perder más sangre parecía,
Y la que en el afeado rostro vía
Al suyo hermoso y limpio la pasaba,
Sin procurar entonces hermosura,
Cosa que la mujer tanto procura.
Mas, no se disminuye della nada
Con las pegadas máculas sanguinas,
Porque parecen antes clavellinas,
Sin orden esparcidas por cuajada;
O lo que suelen ser al alborada
Cuando nos corre Febo sus cortinas,
O cuando quiera ya cerrar el velo,
Los rubios arreboles por él cielo.
Ninguna destas cosas ve el marido,
Porque de haberse tanto desangrado
A la sazón estaba desmayado,
Desde que su mujer le vio tendido;
La cual, en verle ajeno de sentido,
Se cubre de un mortal sudor helado,
Que le quitara pena y vida junto,

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A no volver el indio en este punto.
Volvió; mas de la rabia que tenía,
El seso trastornado en sus vacíos,
Y así diciendo extraños desvarios,
Que forma la revuelta fantasía;
Ella, sin entender que desvaría,
Le dice: «Lumbre destos ojos míos,
¿Qué es esto? ¿Qué es de vos? ¿Tan flacamente
Os desmayáis, teniéndome presente».
Apenas hubo dicho desta suerte,
Cuando responde el indio a sus endechas:
«¿Quién eres, que comigo[68] así te estrechas?
Paréceme que quiero conocerte;
Ya te conozco: ¿no eres tú la Muerte?
No es otra: ¿no la veis con arco y flechas?
Sin duda que es la Muerte poderosa;
Mas, no, que para muerte es muy hermosa.
«Pero será posible que lo sea,
Y como tanto ha ya que la deseo,
El gusto y afición con que la veo
Me la figure hermosa, siendo fea;
Acaba, Muerte, pues; tu jara emplea
Y goza de tan[69] próspero trofeo.
¿Qué dudas? ¿No te llegas? ¿No te mueves?
Aun con venir armada, ¿no te atreves?—
«¿Cómo? ¿Tan presto tanto desmerezco,
Dice Gualeva, en llanto derretida,
Que ayer me confesabas por tu vida
Y agora lo contrario te parezco,
Cuando por ti más duro mal padezco,
Haciendo prueba dello conocida?
Mas, ¡ay! que es condición del hombre loco
De quien le tiene en mucho darse poco».—
«Así que, ¿el hombre tiene esa costumbre?
Responde el trastornado Tucapelo;
Pues, mira cuánta lumbre da en el cielo
La luna en competencia de tu lumbre.

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¿No ves al Español allá en la cumbre
Ya Tucapel echado por el suelo?
Mas ¿cómo se arrojó de allí el cobarde
Para morir un hora o dos más tarde».
Con esto, que bastó por desengaño
De que era desacuerdo y desatino,
Gualeva comenzó a perder el tino,
Haciendo de sus lágrimas un baño;
Mas, como nunca viene solo el daño,
El compañero déste luego vino,
Que fué tornar el bárbaro sangriento
A suspender el curso del aliento.
No pudo ya su cara compañera
Dejar de hacerle cara compañía,
Quedando sin sentido en tierra fría,
Adonde así quedara quien la viera;
Y todos quedaremos con espera,
De que descansará la mano mía,
Pues bástale de ruda ser notada,
Sin que también la noten de pesada.

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CANTO OCTAVO
Vuelto en sí el llagado Tucapel de su desmayo y frenesí, conoce a su mujer, llamándola con extrañas
ansias, hasta que, hecho su poder[1], la torna también en si. Rehusa el indio la cura de sus llagas,
movido de su acostumbrada soberbia, hasta que, convencido por Gualeva, la consiente, recibiendo
con ella alguna mejoría. Oyen los dos un grande ruido, que venía rompiendo por lo más espeso de la
montaña, adonde el suceso queda suspendido por contar lo que don García hizo y le sucedió después
de la batalla. Concluye el canto con un razonamiento hecho a su gente y una espantosa nueva que un
mensajero le trujo, dándole aviso de cómo venía sobre él toda la tierra junta.

UÉpocos hay en esta edad presente,


Aun de los que se precian más de amantes,
Que tengan sentimientos semejantes,
O sepan qué es amar perfetamente[2]!
Los más se van al fin de su accidente,
Y llaman a los otros ignorantes,
Teniendo a cortedad lo que es pureza,
Ya la desenvoltura por fineza.
Ya no hay la sencillez y noble trato
Que allá en aquel dorado siglo había;
Ya va lo bueno a menos, cada día,
Y más que a más[3] lo malo cada rato;
Ya el mundo no es cual fué, sino un retrato

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De engaño, de traición, de alevosía,
Aunque esto no es lo malo del ni dello,
Sino preciarse ya de parecello.
¡Cuan lejos anda el hombre mal discreto
De procurar aquello que aprovecha,
Pues deja por el mal de su cosecha
El bien que ha de venille de acarreto[4]!
Apenas hay quien siga lo perfeto,
Ni atine por do va la senda estrecha,
Que como de tan pocos es andada,
Crece la yerba y tiénela cerrada.
Un tiempo los humanos, ¡tiempo bueno!
Trataban sin doblez verdad entera,
Sin que mostrasen más en lo de fuera[5]
De lo que estaba allá dentro del seno;
Mas, la malicia corre ya sin freno
Y la bondad corrida va trasera
Echando atrás más pasos que adelante,
Cual por la seca arena el caminante.
¡Oh bienaventurada aquella gente
De pecho limpio y ánimo sincero,
Do vive amor tan puro y verdadero,
Que no publica mas de lo que siente;
Que no le mueve ilícito accidente,
Que el interés con él no vale un cero,
Y es a querer de sólo un fin movido,
Cual es querer no más y ser querido!
Como Gualeva quiere, que no quiere
Sino por ser querida de su amado,
Y así de verle agora en tal estado
Casi para morirse, casi muere;
Pues, como el canto sétimo refiere,
Le da la pena un golpe tan pesado
Que la derriba y tiende por el suelo,
Envuelta en un mortal y turbio velo.
Estuvo sin sentido larga pieza[6],
Porque del gran extremo en que sentía

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En el de no sentir venido había,
Que así del fin de un mal otro se empieza;
Volvió su amante en esto la cabeza,
Que ya de su locura en sí volvía,
Cobrando aquel aliento de que agora
Por él está privada su señora.
Revuelve el cuerpo, vela, mira y para;
Los ojos clava en ella y se demuda;
Parécele que es Guale, pero duda
Que tanto bien le de fortuna avara;
Extiende el brazo y llégale a la cara,
Do siente que un sudor helado suda,
Mas, visto ser su bien, su mal conoce,
Y por la causa del se reconoce.
A levantarse va desatinado,
Después de haberse vuelto boca arriba,
Mas, aunque en una y otra mano estriba,
No puede alzar el cuerpo desangrado;
Forceja y vuelve de uno y de otro lado;
Mil veces prueba, y tantas le derriba
La falta de la sangre, que era mucha,
Y así no puede más, por más que lucha.
Pero Sacando fuerzas de flaqueza[7],
Que della habiendo amor puede sacarse,
Si no se levantó pudo sentarse,
Por más que lo estorbó naturaleza;
Y sobre aquel milagro de belleza.
Penadamente empieza a derribarse[8],
Cogiendo de sus labios, aunque helados,
Frutos en todo tiempo sazonados.
Do luego con la voz debilitada,
Que a fuerza del amor del pecho sale,
Le dice: «¿No eres tú mi amada Guale?
¡Oh luna! Y ¿esta no es mi Guale amada?
Pues ¿cómo estás así desfigurada,
Faltando en la figura quien te iguale?
¿O quién te dio lugar en este suelo,
Debiéndole tener allá en el cielo?

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«Si para estar, señora, desa suerte
Ha sido parte el ver que estoy yo désta,
¿No sabes que mi vida no está puesta
Al golpe, si tú vives, de la muerte?
Pues vive y torna en ti, que sólo el verte
Es lo que ya más siento y más me cuesta:
No más, no más, amiga; baste, baste;
No vuelvas a perder lo que hallaste.
«Responde a Tucapel que soy yo mismo;
Yo soy el que tú buscas, yo te llamo».
No dice más, y al eco deste bramo[9]
Torna Gualeva en sí del parasismo.
Estaba ya en las puertas del abismo,
Y vino, como el pájaro al reclamo,
Al poderoso grito de su amante,
Poniendo en él su pálido semblante.
Levántase, que el bárbaro la ayuda,
Diciéndole: «¿Qué sientes, mi señora?
¿No ves delante vivo al que te adora,
Aunque su vida has puesto en harta duda».
Ella con esto el muerto color muda
En el color más vivo de la Aurora,
Y no pudiendo hablalle de contento,
Le ciñe con sus brazos en descuento.
«¿Cómo? pregunta el Indio, mi querida,
Tan grande fué la pena que sentiste?
Mas ella le responde luego: «¡Ay triste,
En tal peligro vi, señor, tu vida!»—
«Pues si ésa ya no puede ser perdida,
Replica Tucapel, ¿porqué temiste?
¿Hay juego donde pueda yo perdella
Si en el de amor te di barato della?
«Debieras entender de Tucapelo,
Siquiera por ser tuyo, mi Gualeva,
Cuando tuvieras dello menos prueba,
Que es cosa superior a tierra y cielo;
Y así, lanzar el tímido recelo
Que a tan disparatado fin te lleva,

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Como es pensar que en este pecho fuerte
Tiene juridición la flaca muerte.
«¿Entiendes, por hallarme así deshecho
Y en sangre de mis venas anegado,
Que ya la precisión del duro hado
De mí pretende haber algún derecho?
Engañaste, que sólo a mi provecho
Aspira con ponerme en tal estado,
Y si él también entiende que me daña,
Entienda juntamente que se engaña.
«¿Hay quien me pueda a mí quitar el brío,
Fuera de tu querer, mi dulce amada?
Tan solo del mi vida está colgada,
Y todas las demás lo están del mío;
Y aun dése rostro y dése brazo fío
Que a cuantos alzan hoy en Chile espada,
Yo solo, pues en mí sólo me fundo,
Los he de alzar de Chile y aun del mundo.
«No pienses, pues, por verme desta suerte,
De sangre, aliento y fuerza enajenado,
Que el hilo de mi vida está arrimado
A los agudos filos de la muerte;
Pues nadie tocará mi brazo fuerte,
Que es el apoyo y base del Estado,
Por más que su vigor pongan a una
La muerte, el hado, el tiempo, la fortuna».
Así soberbiamente blasonaba,
Apenas alcanzándole el resuello;
Mas, a la bella bárbara, de vello,
Oyendo sus locuras, le pesaba;
Y en tanto que las pastas[10] le limpiaba
Con el sutil cendal de su cabello,
Le dice: «¡Ay! cómo no es el menos daño
No ver, señor, que estás en este engaño!
«Si no lo ves, da crédito a quien te ama,
Y sábete que estás como el que sueña
Que corre, vuela, salta y se despeña,

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Y al fin está tendido en una cama.
¿Qué importa, dime, el dicho de tu fama
Si el hecho lo contrario nos enseña?
¿Tú quieres que prefiera lo que creo
A lo que por mis propios ojos veo?
«Bien sé que tienes ánimo valiente
Y pecho sobre todos levantado,
Mas, no has de estar en eso confiado
Para tener en poco el mal presente;
Pues la mudable diosa no consiente
Que estén las cosas siempre en un estado,
Ni en tu poder y mano está su rueda
Para que a su pesar la tengas queda.
«Y cuando te asegures de tu parte,
Que te dará el favor que a todos niega,
De mí, cuya desdicha a tanto llega,
Dime, ¿con qué podrás asegurarte?
Concédote que quiera reservarte,
Pero si me concedes tú que es ciega
Y que los dos vivimos tan en uno,
¿A entrambos no dará por dar al uno?
«Si cuando sobre ti la decendiera[11]
Pudiera yo, señor, alzar la mano,
O procurara hacer el golpe vano,
O todo sobre mí le recibiera;
Mas, no pudiendo ser desta manera,
¿No ves que no será consejo sano
Asegurarte tanto de una cosa
Que cuando está más cierta es más dudosa?
«Y aunque es verdad que muestras en el talle
No ser agora tanto el mal presente,
Para que por descuido no se aumente,
Importa conocelle y remedialle;
Mas yo ¡que en tales términos me halle,
Tan falta del recaudo suficiente,
Tan sola y sin favor de cosa alguna,
Que sólo me le dé la blanca luna!

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«¡Ay! alma, que un cuchillo te atraviesa
De ver que así tu cielo en tierra yace.
«¿Cómo tanto dolor no te deshace,
Y más cargando en ti con tanta priesa?
¡Ay! cómo el más pequeño^pesar pesa
Más de lo que el mayor placer aplace,
Pues no he gozado bien siquiera un[12] hora
Que llegue, ni con mucho, al mal de agora.
Así Ja delicada y frágil hebra
Deste su lamentar Gualeva hila,
Hasta que poco a poco se deshila
Y al fin con un suspiro se le quiebra;
Con otros muchos íntimos celebra,
A vueltas de las lágrimas que estila,
El tierno proceder de sus razones,
Agora endurecido en mis renglones.
El bárbaro, por ver que se afligía,
La quiso en su temor dejar segura,
Viniendo en que le diese al fin la cura
Que recebir de bravo no quería,
Y con algún despecho le decía:
«Bien siento que esta cura es más locura,
Pero por ti no es mucho, sino poco,
Que un hombre como yo se torne loco».
Así diciendo, el verde suelo baña
De sangre, que en copioso flujo vierte;
Mas la mujer cuidosa[13] que lo advierte,
Ligándole otra vez se la restaña;
A todo sabe fácil darse maña,
No se poniendo a cosa que no acierte,
Porque necesidad y amor la incitan:
Dos cosas que cualquiera facilitan.
Curóle por su mano delicada
Catorce y más heridas que tenía,
Y por la más pequeña parecía
Poder salir el ánima holgada,
Con lauco[14], yerba dellos usitada,

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Que en Chile por cualquier lugar se cría,
Pero de tal virtud para este efeto[15],
Que el bálsamo con ella no es perfeto[16].
Echóle désta, pues, a mano llena
El estrujado zumo simplemente,
Que. sólo sin mixtión es suficiente
Para sanar la llaga menos buena;
Hipócrates, Galeno y Avicena
Con cuantos hay modernos al presente
Podrán a buen seguro de su fama
Venir a praticar[17] con esta dama.
La cual habiendo al Indio así curado
Y puesto ya en alguna mejoría,
Le comenzó a contar lo que en la vía
Con Rengoy Leucotón le había pasado;
Y Tucapel habiéndola escuchado,
Le refirió el asalto y batería,
Contento, no por verse fuera della,
Sino de ver allí su amada bella.
Estando los gentiles, como cuento,
Gentiles[18] en la fe y en la belleza,
Oyeron un rumor por la maleza,
Que les turbó su rato de contento;
Levántase la bárbara al momento,
Sin género de miedo ni pereza:
Que, como ya sabéis, al buen amante
Jamás temor le pasa[19] por delante.
La mano da a la espada, y el oído
Adonde ve moverse más la rama,
Sin apartarse un paso de quien ama,
Queriendo el bien o mal con su querido;
Mas, yo diré después lo sucedido,
Que el vencedor ejército me llama
Y tengo de acudir allá por fuerza
Antes que mi camino más se tuerza.
Es el discurso largo, el tiempo breve,
Cortísimo el caudal de parte mía,

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Y danme tanta priesa cada día
Que no me dejan ir como se debe;
Por donde, si a disgusto el verso mueve,
No yendo tal, señor, como podría,
Es porque va, cual sale de su tronco,
Así con su corteza rudo y bronco.
En obra de tres meses que han corrido
He yo también corrido hasta este canto:
Mirad si para haber corrido tanto
Es mucho no ir el verso tan corrido;
Mas yo con él quedara bien corrido,
Si no corriera todo lo que canto
Derecho a socorrerse de un Mecenas
Que bien hará correr las cojas venas.
Así que, no me angustia ni me aflige
El ver que todo lleve su defeto,
En viendo la grandeza del sujeto
Y aquél a quien mi pluma se dirige[20];
Por éste lo imperfeto se corrige,
Y en éste cobra nombre de perfeto,
Pues toma el ser la cosa mala o buena
De la materia y fin a que se ordena.
Bien puedo proseguir con tersa frente
Haciendo en esto pie[21] la grave historia,
Aunque de mí no quede tal memoria
Cual della ha de quedar eternamente;
Pues digo que en su muro nuestra gente,
Habida ya la próspera vitoria,
Quedó sin proseguir con el alcance[22],
Que estando a pie no fuera echar buen lance.
Dejólos bien cansados el asalto,
Ya muchos con muchísimas heridas,
Mas no porque en alguna de sus vidas
La muerte, ¡gran ventura! diera salto;
El joven ejemplar, al de lo Alto
Las gracias del suceso referidas,
Repara y adereza el roto muro
Para contravenir a lo futuro,

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Que en todo, y en la guerra mayormente,
Es el consejo más seguro y sano
Ganar a lo futuro por la mano[23]
Y no se embarazar con lo presente:
En esto don Hurtado fué eminente,
Pues siempre tuvo el rostro como Jano,
O como el tiempo lúbrico y ligero,
Mirando lo pasado y venidero.
Mandó limpiar la fosa[24], casi llena
De las cabezas bárbaras, de brazos,
De cuerpos divididos en pedazos,
Que, vistos ya sin ira, daban pena;
Refuerza más la parte fuerte y buena
Y quita de las flacas embarazos,
Alzando nuevos lienzos y cortinas
Por lados, por traveses, por esquinas.
Así con brevedad se rehicieron
Las ya deshechas partes mal paradas,
Quedando por aquellos levantadas,
Que tanto defendiéndolas hicieron;
Y los que estar heridos parecieron,
Llevados a sus tiendas y moradas,
Hizo curar al pronto[25] don Hurtado
No menos que con todo su cuidado.
El tiempo que gastó la batería
Fué desde que asomando retoñece
Aquella que los campos humedece
Vistiéndolos de gracia y alegría,
Hasta que ya la blanca flor del día,
De todo punto abierta, resplandece,
Y el coronado rey de Creta y Délo
Quiere quemar con ella las del suelo.
Quedaron de los bárbaros altivos
Seiscientos, poco más, en tierra muertos,
Ya parte dellos frígidos y yertos,
Y parte palpitando medio vivos;
De golpes crudelísimos y esquivos

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Unos desde la cinta al hombro abiertos;
Otros se ven rajadas las cabezas,
Y muchos de las piezas hecho piezas.
¡Oh cuánta compasión causara el vello!
Al uno todo un muslo cercenado,
Al otro por el pecho atravesado,
O[26] cuerpo trunco sólo con el cuello;
Cuál echar por las llagas el resuello,
Cuál ve su corazón por el costado,
Y cuál de los ajenos pies vecinos
Hollados sus bullentes intestinos.
Allí se vieran llagas y aberturas,
Aunque a los ojos puestas, no creídas,
Y al despedir las ánimas perdidas,
Visajes espantosos y figuras;
Mil fieros ademanes, mil posturas.
Sus ojos vueltos, bocas retorcidas
Hacer un espectáculo tremendo,
Horrible, pavoroso y estupendo.
Aquél está saltando con el pecho,
Este los pies y piernas levantando,
Esotro contra el cielo blasfemando,
Y al fin se estira tocio a su despecho;
Pero los más se ven en tal estrecho
Volverse boca abajo agonizando,
Que como allá los lleva su destino,
Se ponen desde luego en el camino.
¡Qué de caliente sangre que corría!
¡Qué de sangrienta carne que nadaba,
Y qué de hueso a vueltas blanqueabal
¡Qué de médula dentro del bullía!
¡Oh! ¡qué de mechas Átropos hacía,
De los vitales hilos que cortaba,
Para gastar su noche y tiempo eterno
En los candiles negros del infierno!
¿A do se vio jamás en el rebaño
De simples ovejuelas y corderos

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Por los hambrientos lobos carniceros
Hacerse tal matanza, riza y daño?
¡Oh locos araucanos! Grande engaño
Que pretendáis en guerra manteneros,
Allá, con el que habita las alturas,
Y acá con el señor de las venturas.
El cual aquella noche receloso
Y prevenido a todas las cautelas,
Puso las vigilantes centinelas[27]
En cómodos lugares por el foso;
Y él mismo, sin cuidar de su reposo,
Aunque le daba bien de las espuelas,
Después que requerido las había,
En vela sobre todas se ponía.
Su misma presunción les encomienda
Con suavidad y peso de razones,
Las cuales suelen ser a veces dones
De más estimación que la hacienda[28];
Y así no hay pecho allí que no se extienda,
Mostrando corazón y aun corazones:
Que tanto puede y es de tanto efeto
El hombre que gobierna, si es discreto.
Mas, como del haberse todo el día
Tan excesivamente trabajado
Estaba cada cuerpo más cansado
De lo que por de fuera parecía;
Mostró de tal manera su porfía
El sueño con los ojos de un soldado,
Valiéndose del sordo tiempo escuro,
Que le postró con ellos en el muro.
El General solícito que andaba
Sus postas[29] visitando a paso quedo,
Cuando llegó al lugar de Rebolledo[30],
Que así la muerta vela[31] se llamaba,
Halló que a la sazón ardiendo estaba,
Y fué, cual suele ser, que el mismo miedo, .
Que a don Hurtado en sueños aun tenía,
Le despertó soñando que venía.

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Mas, de le ver los ojos refregando,
Como quien dellos el dormir desecha,
El joven solertísimo sospecha
Que estaba por lo menos dormitando;
Pero de sólo indicios no fiando,
Le obliga, para ver si le aprovecha,
Diciéndole sagaz a la pasada:
«Con vos segura está la palizada».
El bueno del soldado, a poca pieza[32],
Seguro de que ya no volvería,
Sin ver que de los ojos del se fía
La vida, de sus miembros y cabeza,
No hace sino dando de cabeza
Permanecer pesado en su porfía,
Hasta que ya del todo en ella envuelto,
Se duerme sin temor a sueño suelto.
Cuidoso[33] don Hurtado torna y viene,
Que el indiciado es quien le solicita,
Y como sabio médico visita
Más veces al que más peligro tiene;
Llegado al fin, que mucho se detiene,
Según su natural fervor le incita,
Halló como un lirón al centinela,
Debiéndole hallar cual grulla en vela.
Llamóle en alta voz la vez primera
Para certificarse si dormía;
Mas, visto que roncando respondía,
Airado le llamó de otra manera;
Porque la secutiva[34] espada fuera,
De que era digna ya su letargía[35],
Le dio tan duro golpe en un molledo
Que de llevalle el brazo estuvo un dedo[36].
Hirióle, cuanto justa, malamente[37],
Mandándole colgar al punto luego;
Mas, alcanzó perdón mediante el ruego
Y la necesidad que había de gente;
Que en tierra como aquella tan reciente

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No ha de llevarse todo a sangre y fuego,
Como en las ya políticas famosas,
Donde tan en su punto están las cosas.
Usó con esto el joven de clemencia,
Sin cuyo acompañado, la justicia
Apenas es virtud, porque se invicia[38]
Con parecer crueldad o malquerencia;
Y es donde se requiere más prudencia,
Porque si deste medio el juez desquicia,
En un extremo viene a dar forzoso,
Si de remiso no, de riguroso.
De entrambos se apartó como prudente
Siguiendo el justo medio don Hurtado,
Por do ganó de justiciero el grado
Y no perdió la borla de clemente;
Cumplió consigo propio y con su gente,
Fuera de haberse bien con el soldado,
Si es bien perder el brazo por el codo
A trueque de ganar el cuerpo todo.
Curóse al recebido bien tan grato,
Como del hecho malo arrepentido,
Dejando a cada cual apercebido
Para vivir en todo con recato.
Mientras así pasaba lo que trato,
El cielo con la noche escurecido
Iba cogiendo el velo y la cortina
Para mostrar su lumbre matutina.
Ya las alegres aves garladoras,
Haciendo con sus cánticos la salva[39]
A los purpúreos átomos del alba,
Burlaban de las tristes negras horas;
Y envuelto en sus pirámides pintoras[40],
Allá por la cabeza lisa y calva
De la sublime sierra crespa y fría,
El hijo de Latona parecía.
Al tiempo que el insigne don Hurtado
Al blanco pabellón se recogía,

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Que de la disparada flechería
Estaba todo crespo y erizado,
Como el espín cerdoso y acosado
Por toda la montera[41] compañía,
Cuando se encoge, estrecha y comprehende
Armado de las puntas con que ofende.
Y recogido aquí después que Delo
Tendió los vivos rayos de su lumbre,
Habiendo tramontado[42] la alta cumbre
Que de robusto Atlante sirve al cielo,
Llamó su bando e] Hércules novelo
Para les[43] aliviar la pesadumbre
Con su razonamiento y vista junto,
Alzando el grave acento en este punto.
«Magnánimos varones, en quien veo
Lo más que conceder el cielo puede,
Cuyo valor a todos tanto ecede,
Que pone raya y límite al deseo;
Ya veis la fuerza, el garbo y el meneo
Con que el osado bárbaro procede,
Y veis también del modo que su diestra
Los pulsos ha tentado de la vuestra.
«Si en esta más que célebre vitoria,
Por esos altos ánimos ganada,
Pudiste gobernar tan bien la espada,
Que habéis eternizado vuestra gloria,
Conviene que tengáis en la memoria
Ser todo cuanto habernos hecho nada
Respeto de lo mucho que ha de obrarse
Y es justo de vosotros esperarse.
«¿Quién duda que el incrédulo, corrido
De verse a manos vuestras ya deshecho,
Y más, como se sabe, estando hecho
A ser el vencedor y no el vencido,
Querrá cobrar el crédito perdido,
Quedando deste agravio satisfecho,
Pues que de su denuedo bien se prueba
Que nada soltará que se le deba?

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«Es gente de cerviz en todo[44] altiva,
Tan dura de venir a la melena,
Que por llevar al cabo lo que ordena
No habrá qué se le haga cuesta arriba;
Y dado que su torre al fin estriba
En fundamento menos que de arena,
Estando vuestros brazos de por medio,
Con todo, es bien que vamos al remedio.
«Ya ven que sois tan pocos, aunque buenos,
Tras muro no muy fuerte reparados,
Y saben que estaremos bien cansados,
Aunque de lo que piensan mucho menos;
Por do querrán volver los campos llenos,
En esto falsamente confiados,
Creyéndonos echar del homenaje[45],
Ganada a pura fuerza de coraje.
«Por tanto, entienda el infido[46] enemigo,
Si ya no lo ha entendido a su despecho,
Que en ese valeroso y bravo pecho
Jamás podrá el temor hallar abrigo;
Y para cuando llegue el campo amigo
Nos halle ya corrido tanto trecho,
Que si quedar no quieren atrasados,
Procuren de ir en vuelo arrebatados.
«Que haber salido bien con lo presente
Ganancia, amigos, es, mas no bastante[47]
A que ese pecho y ánimo constante
Se pague de tan poco ni contente;
Antes será perder abiertamente
No la llevar con otras adelante,
Si pérdida se llama, por ventura,
Tener arrinconada la ventura.
«Fuera de que si en esto nos quedamos,
No dando a la vitoria compañera,
Dirán, y con razón, que la primera
Por yerro, y no por hierro la acertamos;
Así que, no es el puesto do llegamos

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El palio[48] que remata la carrera,
Para que a sombra suya descansemos,
TO Pues al partir apenas nos ponemos.
«Bien tengo de vosotros entendido,
Según vuestro valor aventajado,
Que cuando al fin hubiérades llegado,
Os pareciera poco lo corrido;
Y que el ganar tendréis por buen partido,
En cuanto se conserva lo ganado,
Pues no está la vitoria[49] en alcanzalla,
Sino, como sabéis, en sustentalla.
«Porque el haber vencido como agora
Es desgarrón a veces de ventura,
Mas, ir con ello a más, prudencia pura,
Que es de cualquiera bien conservadora;
¡Cuánto se gana y pierde en sola un hora,
Que en mil años apenas se asegura
Si el capitán prudente y buen soldado
No estiran bien la cuerda del cuidado!
«Heme alargado en esto, porque os juro,
Ilustre y valerosa compañía,
Que quien de lo presente se confía
No tiene que esperar de lo futuro;
Mas, desto y de vosotros tan segure
Estoy que dentro en Cuenca no estaría[50],
Con más seguridad ni más franqueza[51],
Que recogido en vuestra fortaleza.
«Sólo de vos quisiera y pido en esto
Que no con otro fin hagáis la guerra,
Sino de que se plante en esta tierra
La fe que en nuestras almas Dios ha puesto;
Porque con este blanco y presupuesto
Jamás el tiro falta ni se yerra;
Mas, si la mira deste fin desmiente,
Avieso ha de salir forzosamente.
«Y que tengáis por colmo de la gloria
Usar con el vencido de clemencia,

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De suerte que al furor no deis licencia
Para manchar con sangre la vitoria;
Que así resonará vuestra memoria
En cuanto ilustra el sol con su presencia,
Y no pondréis la mano en cosa alguna
Donde la suya os niegue la Fortuna».
Con esto pone fin a sus razones,
Dejando con la plática nervosa[52]
Dispuestos a emprender cualquiera cosa
Todos los circunstantes corazones;
Y muévelos de suerte en sus rincones,
Que el mínimo de todos no reposa
De dar apriesa saltos en el pecho,
Teniendo aquel albergue por estrecho.
Así estuvieron todos aguardando,
No lo que la Fortuna dispusiese,
Ni qué semblante o rostro les hiciese,
Seguros ya de que era ledo y blando;
Sino con vivas ansias aquel cuando
Segunda vez el bárbaro viniese
Para subir de punto sus hazañas
Y humedecer en sangre las campañas.
Estando, pues, del modo que refiero,
Al orden todo puesto y sobre aviso,
Veis donde al muro llega de improviso
Alborotado un indio mensajero,
Vestido de un peloso duro cuero,
Al hombro su carcaj y el arco liso
Sirviéndole de báculo en la mano,
En busca del famoso Apó cristiano.
Lleváronle a su tienda brevemente,
Adonde en su presencia arrodillado,
Abrió la puerta al pecho fatigado,
Diciendo en voz cortada lo siguiente:
«Yo vengo, ilustre joven floresciente[53],
2o Porque tu grande nombre me ha obligado,
A sólo que te salves de algún modo,
Que viene sobre ti el Estado todo.

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«Cuarenta mil y más…» Quedóse en esto,
Y atrás como turbado se desvía,
De ver que no se turba don García
Sino que está más grave y más compuesto;
Mas, quiérolos dejar en este puesto
Hasta que vuelva en sí la pluma mía,
Porque también, demás de estar cansada,
La siento con el bárbaro turbada.

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CANTO NOVENO
En que el Gobernador, sabida la nueva, despacha al capitán Ladrillero por la mar al río de Maule, en busca
de la gente de Santiago. Adelántanse cien hombres al socorro del fuerte, lo cual entendido por los
enemigos, que ya venían sobre él, se vuelven, no osando acometelle. Llega todo el resto del campo a
juntarse con don García, donde, pasados algunos días, se hace reseña general de toda la gente;
señálanse en ella algunos caballeros particulares, no por compañías ni orden, por no se haber
nombrado los oficios antes, sino después de la muestra[1], para cuyo efeto se hizo. Marcha todo el
campo a Biobío para pasar al estado de Arauco.

Lgeneroso, fuerte y alto pecho,


Con quien el miedo siempre anduvo a malas,
No sufre que le arrime sus escalas,
Ni llegue adonde está con largo trecho;
Porque jamás le viene del provecho,
Sino es al corazón quebrar las alas
Para que nunca suba do subiera
Con sólo que el temor lanzara fuera.
Cual es aquel Olimpo de alto nombre,
Que deja el aire abajo de su cumbre,
Sin que le den sus vientos pesadumbre,
Tal debe ser el ánimo del hombre;
Pues no ha de haber encuentro que le asombre

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Ni cosa que lo altere ni deslumbre,
Sino mostrarse tal a cuanto venga,
Que el propio miedo en verle se le tenga.
A cuanto mal Fortuna darle pueda,
A tanto ha de esperar el que es prudente,
Para que nunca venga de repente
Ni turbación le dé cuando suceda;
Ya las contrarias vueltas de su rueda
Debe mostrar igual y sesga frente,
De suerte que con rostro tan sereno
Reciba el mal suceso como el bueno.
Porque este es aquel don de fortaleza
De que los hombres más han de preciarse,
Y todo lo posible avergonzarse
De que les mire al rostro la flaqueza;
Mas, para ostentación de su grandeza
Conviéneles tener en qué arresgarse,
Que el toro no se muestra allá en el prado
Hasta que ya en el coso le han picado.
No quiero yo decir que el hombre sea
Un Icaro soberbio y temerario
Para que, dando nombre al mar Icario,
Entre sus ondas muerto al fin se vea;
Sino que si jamás errar desea,
A nuestro joven siga de ordinario,
Al cual, sin ser altivo ni arrogante,
No hay cosa tan terrible que lo espante.
Pues, aunque más el Indio le decía,
Como antes de prudente lo esperaba
Y tan apercebido[2] a todo estaba,
Ningún asombro dello recebía,
Ni del tranquilo aspecto desdecía;
Mas, tanto aquella nueva le agradaba,
Que habiendo de turbar su faz serena,
Más fuera de contento que de pena.
Aunque a mi ver la causa más es que una
De no se alborotar un punto desto,

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Y debe ser estar con Dios bien puesto,
Que el que lo está no teme cosa alguna;
Ni rinde vasallaje a la Fortuna,
Ni un tanto se le da por todo el resto,
Porque ese pecho está lleno de brío,
Que vive de pecado más vacío.
Por esto, pues, aquel de don Hurtado
Oye tan sin temor y tan entero
La nueva del amigo mensajero,
Que en el discurso atrás quedó turbado;
Pero después de haberse reportado,
Y no lo pudo hacer tan de ligero
Que no se detuviese alguna pieza[3],
Prosigue alzando el dedo a la cabeza:
«Cuarenta mil soberbios araucanos
De los que sobre todos se descuellan
Y causan terremotos donde huellan,
Os buscan, ¡oh! misérrimos cristianos!
Haced cómo libraros de sus manos,
No lo libréis por ésas, que os degüellan,
Mas, antes lo librad por pies ligeros,
Si libres y con vida queréis veros.
«Mirad que no volveros es locura,
Sabiendo ser buscados de una banda,
Que en dar con otros muchos a la banda
Bien poco de su crédito aventura;
Mejor es que apeléis de tierra dura,
Huyendo al[4] tribunal de la agua blanda,
Donde sus ondas pueden seros muros,
Y aun dudo si estaréis allí seguros.
«Mas, dado que es el último remedio,
Y no podéis tenerlo de otra suerte,
Huid extremos de prisión o muerte,
Poniendo con el agua tierra en medio;
Y no esperéis a veros en asedio
A sombra deste muro y flaco fuerte,
Que no está la vitoria en sólo habella,
Sino en privar al enemigo della.

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«Esto es a lo que vengo de mi parte
Y de la del cacique Curaguano[5],
Que en el distrito y término serrano
Tenemos una gruesa y culta parte;
Hanos movido a bien aconsejarte,
Hijo del Sol, tu nombre soberano,
Que no cabiendo ya en la baja tierra,
Nos busca en lo más alto de la sierra».
El raro General con un sonriso[6],
Que no le quita adarme de su peso,
Pronóstico del próspero suceso,
Le rinde bien las gracias del aviso;
Y lleno del que dalle el cielo quiso,
Que a ser en otro vaso fuera eceso[7],
Dos capas le hace dar de fina grana,
Aquélla guarnecida y ésta llana.
Con esto y el viático abundante,
Le dice que se vaya al caro asiento
Y diga a los demás cómo su intento
No es de volver atrás, sino ir delante;
Por donde, aunque la tierra se levante
Y se le contrapongan mar y viento,
Con sólo ver al cielo de su banda
No torcerá jamás de su demanda.
Mas, antes que Puchelco[8] se partiera,
Que desta suerte el indio se nombraba,
Quiso que a vista del su gente brava
En orden de batalla pareciera
Y que con su denuedo y armas viera
La prevención y aviso con que estaba,
Para que todo así lo refiriese
Doquiera que este bárbaro se viese.
El cual, por una inculta senda angosta
Con esto se partió lleno de espanto,
Y el providente joven, entretanto
Despacha a Ladrillero por la posta[9],
Que en un batel se vaya costa a costa,

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Rompiendo el mar cerúleo todo cuanto
La fuerza de los remos alcanzare
Hasta que en el canudo[10] Maule pare.
Adonde si la gente, como piensa,
Con Juan Remón[11] hubiera ya llegado,
Le dé razón allí de ló pasado
Para que acuda luego a su defensa;
Porque el poder inmenso y fuerza inmensa
Que encierra en sus entrañas el Estado
Se junta para dar en la albarrada
De boga, como dicen, arrancada[12].
Y caso que el ejército tardío
No hubiera ya llegado a la ribera,
Le manda que prosiga su carrera,
Buscándole agua arriba por el río;
De suerte que jamás esté baldío
El remo sobre el agua lisonjera,
Hasta topar la gente y avisalla
Del término y estado en que se halla.
Navegan Alarcón[13] y Ladrillero
Hasta llegar a Maule, su paraje,
Do ven ocupadísimo el pasaje
Por el amigo ejército zorrero[14];
El cual, habiendo visto al mensajero
Y la resolución de su mensaje,
Gran opinión del nuevo Apó concibe,
Ya socorrelle luego se apercibe.
De cuatrocientos bélicos soldados
Los ciento se adelantan orgullosos,
Labrando[15] los ijares cosquillosos
De fáciles caballos alentados;
Trastornan[16] cerros, lomas y collados,
Pasando mil esteros cenagosos
A vado hasta la cincha y la reata,
Y en góndolas a Nuble con Itata.
Con éstos y con más inconvenientes
Prosigue la centuria[17] su jornada,

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De más de treinta leguas prolongada,
Esquivas, intratables, inclementes;
Las cuales caminaron diligentes
Antes de la segunda luz dorada,
Llevados como en vuelo, sin pararse,
Tras la fogosa gana de mostrarse.
A vista, pues, de Penco en alto puesto
Divisan los ganosos castellanos
Algunos corredores araucanos
De los que al muro van con paso presto;
Espéranlos con ánimo dispuesto
Para venir con ellos a las manos;
Mas, visto su denuedo y lozanía,
Tomaron los infieles otra vía.
Mudaron el camino y el intento
A se llevar el muro enderezado,
Y esto a pesar del numero abreviado[18]
Que los siguiera viéndolos sin cuento;
Mas, frénanse los ímpetus, atento
Que están a vista ya de don Hurtado,
A quien quisieron más guardar la cara
Que el bien que de seguillos resultara.
A tal sazón se juzgan los del muro
Tan lejos del vecino campo amigo
Cuan cerca ya del bárbaro enemigo;
Pero mostrando a todo pecho duro,
Que cada cual se tiene por seguro
Teniendo en su defensa y en su abrigo
No la barrera fuerte ni ancho foso,
Sino el valor del joven milagroso.
Mas, quiere Dios que estando en tal espera,
Puesta la suya en Él tan solamente,
Asome de improviso nuestra gente,
Cubriendo el chapitel de una ladera;
Venia del muro, y a la faz primera,
Creyendo ser el bárbaro insolente,
Tocan ¡al arma! ¡al arma[19]! y a sus puestos
Acuden animosos y dispuestos.

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Mas, el dichoso engaño fué deshecho
Con más atentos ojos divisando
Cual vienen velocísimos cortando
De arriba abajo el áspero repecho;
Los unos se adelantan largo trecho,
Sus ágiles caballos arrojando[20],
Los otros por la playa los manijan[21],
Y todos de tropel al muro aguijan.
Alégranse los tristes corazones,
Extiéndense los pechos encogidos,
Ocúpanse de gozo los sentidos,
Responden al contento los cañones;
Explícase la gente con razones,
Las bestias con relinchos y bufidos,
Tanto, que el aire lleno de algazara
Rompiera si el placer no lo ensanchara.
No puede humanamente exagerarse
El sumo regocijo no pensado,
El darse el bienvenido, el bienhallado,
El nuevo conocerse, el abrazarse;
A recebillos quiso adelantarse
Fuera de la muralla don Hurtado,
Que, como el alma suya de alegría,
Su cuerpo así del término salía.
Pues sale como estaba en la barrera,
Tranzado[22] de la cima hasta la planta
Un blanco arnés, que esparce lumbre tanta
Cuanta nos da la deifica lumbrera,
Sobre la frente alzada la visera,
Con que su garbo al cielo se levanta,
A recebir y dar su pecho a todos
Por diferentes graves dulces modos.
Admíranse mirando al bello mozo
De aquel su proceder en todo bueno,
No menos que de ver el campo lleno
De la matanza y bárbaro destrozo;
Mas, luego prorrumpiendo en alborozo,
Sacan allá de lo íntimo del seno

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Los bravos y contentos corazones
Envueltos en políticas razones.
Después que lo posible celebraron
El desigual[23] contento del socorro,
Y algún espacio en rueda y ancho corro
Cosas alegres y útiles trataron,
En escogido sitio se alojaron,
De mucha yerba y agua, bajo el morro,
Armando luego tiendas y moradas
De valerosos pechos ocupadas.
Y habiendo ya llegado a pocos días
El rezagado resto de la gente,
Se renovaron más cumplidamente
Los júbilos, las fiestas y alegrías;
Mas, como el General por todas vías
Cudicia[24] que su campo se acreciente,
Despacha a la Imperial[25] por más soldados,
Frontera do los hay acreditados.
En tanto en el seguro alojamiento
Se estuvo con su escuadra belicosa,
Que estaba por extremo cudiciosa
De reprimir el bárbaro ardimiento
Y con las ansias ya de dar un tiento[26]
Al pecho de la varia y ciega diosa,
Culpando la tardanza mal sufrida
De verse una semana detenida,
Mas, quiso el cauto Apó que remitiese
Del trabajoso y áspero camino,
A fin de que el soldado y el vecino
Sus bestias y[27] rehiciese;
Pues como en este tiempo concluyese
Todo lo que al propósito convino,
Holgó de ver un viernes en la tarde
A su lucido ejército en alarde.
Sabido ya de todos el decreto,
El jueves precedente por un bando,
Los viérades andar aderezando

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Quién la celada, quién, el duro peto;
Ninguno tiene el ánimo quieto
En toda aquella noche, deseando
La tarda, perezosa y nueva lumbre,
Que ya mostraba un monte por su cumbre.
Salió con un riquísimo tocado
En perlas escondido y pedrería,
Que de su mal cuajada argentería
Ornaba el monte, el valle, el soto, el prado;
Adonde por haber participado
De aquellas tembladeras que esparcía,
Quedaban florecilla y yerbezuelas,
Sus cuellos adornados de arandelas.
Salió también con hábito de fiesta,
Para poder hallarse en la presente,
Filesio por las puertas del Oriente,
Rayando la corona de una cuesta;
La suya de oro fino saca puesta
Con mil piropos[28] nuevos por la frente,
Y dentro de un lustroso y nuevo coche
Triunfando más que nunca de la Noche.
Así de su palacio el rubio Apolo
A visitar la tierra y mar salía,
Enderezando el coche al mediodía
De donde hiere más a nuestro polo;
Cuando para que el sol no vaya solo,
Catad allí do sale don García,
Con tanto resplandor y luz tan rara,
Que no salir Apolo no importara.
Llegada es la sazón, Sacro Museo[29],
Que consagráis el monte de Elicona,
Poniendo vuestros pies en su corona,
De conspirar comigo[30] en mi deseo;
Porque según la altura en que me veo
Y el váguido[31] mortal de mi persona,
Forzoso habrá de ser precipitarme,
Si todas no venís a confortarme.

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Pero de vuestras alas confiado,
¡Oh Musas! echaré a volar mi pluma,
Diciendo, aunque en ceñida y breve suma,
Las cosas deste alarde señalado.
Pues, ya que vino el término aplazado,
Entró por donde el cano mar se espuma,
Delante de su gente, el nuevo Marte
Con el regal[32] católico estandarte;
Mandando que a un lugar de la ribera
Se ponga la veloz caballería,
Y en otro la valiente infantería,
Unos delante de otros, en hilera;
Paró su curso luego toda esfera,
Y Febo que en la suya se movía;
Echóse el viento, el mar se puso en calma,
Quedándose más llano que la palma.
A cuyo igual tablado preeminente
Subió, tras Doris, Glauco y Aretusa,
El amador tan caro, de Medusa,
Con un coral ganchoso por tridente;
Y el Padre universal de toda fuente,
Con quien de mil regalos Tétis usa,
Sube también, trayéndola de mano,
Sobre la haz del mar tranquilo y llano.
Sentáronse a mirar en altas rocas
Con Acis la hermosa Galatea,
Palemón y su madre Leucotea,
Que al itacense Rey prestó sus tocas;
Y esotro multiforme con las focas
Dejó su cavernosa gruta fea;
Dejaron por entonces suspendidos
Caríbdis y la Scila sus ladridos.
Cercado de una gruesa compañía
Llegaste de los últimos, Nereo,
Por ser tu habitación el mar Egeo,
Que tanto del Chileno se desvía;
Tritón, el de la concha, te seguía,

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A quien mató, dormido, el Tanagreo,
Y tus Nereidas hijas, la Melite,
Con Cimodoce, Glauce y Anfritrite,
Que esmaltan el estrado cristalino,
Mediante aquel color de sus cabellos,
Tan verdes, que las mismas ovas dellos
Debieron de tomar su verde fino;
Al fin ningún cerúleo dios marino
Quedó, ni el más humilde pez con ellos,
Que no saliese, a ruego de la nuestra,
Haciendo sobre el mar también su muestra.
Los cárcavos y cuevas se vaciaron,
Saliendo sus lamosos dueños dellas,
Y todas las selváticas doncellas
Subidas por los árboles miraron;
Las cumbres de los montes ocuparon
Sus moradoras ninfas, y con ellas
Salieron de sus lóbregos boscajes
Los sátiros, los faunos, los salvajes.
Cuanto camina y repta[33] por la tierra,
Cuanto sustenta el aire en fe del vuelo,
Cuanto produce el fértil rico suelo
En soto, en valle, en monte, en llano, en sierra;
Cuanto sostiene, influye, cuanto encierra
Ese convexo y cóncavo del cielo,
Tanto se enfrena, para y tiene a raya
Por ver esta reseña de la playa.
Mostróse, pues, de todos el primero
Aquel que puede serlo en toda parte,
Representando a Júpiter y a Marte,
No menos manso en paz que en guerra fiero;
Su rostro entre benévolo y severo,
Y el acabado cuerpo de tal arte,
Que claro por de fuera descubría
Al ánima que dentro lo movía[34].
Sobre un caballo rucio, poderoso[35],
De rodezuelas[36] cárdenas manchado,

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Que por el firme rostro y enarcado
Cuello sacude anhélito espumoso,
Midiendo con las manos de fogoso
Lo que desde las cinchas hay al prado,
Y tanto en los metidos pies estriba,
Que todo sobre el anca se derriba.
Oblígale sentir que lleva encima
El que es de ser y vaso todo el peso;
Armado va un arnés[37], lucido y grueso,
Con la visera de oro por la cima,
Donde grabado está por mano prima[38]
De todas sus hazañas el proceso:
¡Mirad con qué primor y sutileza
Pues tanto cupo en tanto de estrecheza!
Mostraba sobre el campo del escudo
A la Fortuna lúbrica rendida,
Ya la Ocasión por el copete asida
Con poderosa mano en ciego ñudo;
Esto es lo que forjar Vulcano pudo
Contra la voluntad de su querida,
Do el arte deja, yéndose de vuelo,
A la naturaleza por el suelo,
Llevaba su derecha y fuerte mano
El cuento de un bastón de plata pura,
Y fijo el otro cuento en la cintura
Con milagroso término lozano;
Así poniendo asombro al mar insano,
Y fuego en su región helada y pura,
Se muestra nuestro joven excelente,
Llevándose los ojos de la gente.
Detúvose en pasando un poco afuera,
Adonde puesto en frente de Neptuno,
Mandó pasasen todos uno a uno,
Para de cada cual juzgar quién era;
Y que después la banda caballera,
Sin reservar dellos[39] hombre alguno,
Probase en la marina sus caballos,
Por ver los que supiesen manijallos.

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Sale del cuerno diestro el hijo caro
De aquel que fué en Alcántara clavero[40],
Calado un morrión de limpio acero,
Con quien se pone a brazos[41] el sol claro;
Donde el metal, que es dios para el avaro,
Revuelve por cordón un drago fiero,
Y en leva[42] y diestra mano escudo y lanza,
Sobre su rabicano se abalanza.
Bien puesta en un peceño[43] la persona
Sucede Juan Ramón[44] al de Toledo,
Con tal demostración y tal denuedo,
Que satisface a Palas y a Belona;
Celada, cota y cuera[45] fanfarrona
Con fino pasamano por el ruedo,
Y haciendo de una lanza rehilete,
Que puede ser entena de trinquete.
Don Pedro, aquel del rostro ya nevado[46],
Blasón de Portugal, ilustre viejo,
No menos en la edad que en el consejo,
De una coraza fuerte sale armado;
Encima de un overo sosegado[47],
Y en obras tan galán como en pellejo,
De medio a medio el asta bien terciada
Sobre el derecho muslo atravesada.
Preséntase otro Pedro, aquel de Aguayo[48],
En la famosa Córdoba nacido,
Un jaco lucidísimo vestido,
Que brota cada malla un vivo rayo;
A la jineta en un castizo bayo,
Que al mar y al aire altera su bufido,
Y con oreja viva punza el cielo,
Barriendo con la cola todo el suelo.
Fertilizando aquella estéril playa
Con bello garbo y término elegante,
Gentil de cuerpo, grato en el semblante,
Se muestra don Felipe haciendo raya[49];
Podrá tener al cielo sin que caya[50]

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Cuando se cansen Hércules y Atlante,
Y aun es ligera carga la celeste,
Si la han de sustentar los hombros déste.
De escamas de metal resplandeciente,
Que hacen claros mil y mil escuros[51],
Guarnece los fornidos miembros duros
Y de templado yelmo su ancha frente;
Por asta lleva un mástil suficiente
A derribar de un golpe fuertes muros,
Que silba en las orejas de un tordillo,
Cimbrándole cual vara de membrillo.
El claro don Cristóbal de la Cueva[52]
En un rosillo, suelto más que un pardo[53],
Haciendo muestra de ánimo gallardo,
De nuevo su intención probada prueba;
Las aceradas armas todas lleva
Con círculos y esmaltes de oro y pardo,
Y por su rostro, aun antes que se acerque,
Se ve lucir la sangre de Alburquerque.
Procede el que de Córdoba se nombra,
Después de Capitán, Pero Fernández[54],
Cual veterano milite de Flandes,
Con un orgullo tal, que a Marte asombra,
Dando, como pariente, un aire y sombra
Al Grande Capitán entre los grandes;
El cual si engrandecerse más pudiera,
Por este gran varón se engrandeciera.
Siguióse don Alonso, aquel Pacheco[55],
Aquel de rico talle y rara vista,
Con una bien cuajada sobrevista
De cadenilla de oró, espiga y flueco[56];
Jugaba, en vez de lanza, un roble seco,
Como si fuera alguna seca arista,
Hollando en un picazo[57] la ribera,
Con un galán penacho en la testera.
Al celebrado Zúñiga de Ercila[58],
Eterna y dulce voz del araucano,

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Por cuya fértil pluma y fértil mano
Castálido licor Apolo estila,
Gozó de ver aquí la mar tranquila
Airoso, vistosísimo, galano,
Con plumas, martinetes, con airones,
Trencilla, banda, cintas y listones[59].
Armado de armas fuertes y lucidas
Y haciendo gentilezas con su lanza,
En un frisón melado[60] se abalanza
Ese que goza el nombre de Bastidas[61];
Bizarras plumas lleva, que teñidas
De celo, cautiverio y esperanza,
Sobre el crestón al aire se menean
Y el rostro blandamente le ventean.
Gabriel de Villagrán[62], de ilustre casta,
Asoma en un colérico morcillo,
Trepado y más redondo que el ovillo,
Con peto y morrión de fina pasta;
De quien el encendido aspecto basta
Para poner al[63] bárbaro amarillo,
Y basta su vigor, por más que pesa,
Para blandir un asta dura y gruesa.
Sacaron dos adargas embrazadas
En dos caballos candidos lozanos,
Vibrando dos entenas en las manos,
Dos armas cada cual, acuarteladas[64],
Dos crestas de penachos adornadas,
Aquellos dos Verdugos, dos hermanos
Mellizos, más iguales en el suelo
Que Pólux y Castor allá en el cielo[65].
Más firme en los arzones que un peñasco,
Batiendo los ijares de un sabino,
Con fuerte lorigón de temple fino
Y un duro capacete sobre el casco,
Se arroja aquel insigne de Velasco[66],
Terciando fácilmente un grueso pino
Y unido el ancho escudo al ancho pecho,

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Que siempre fué de Marte amigo estrecho.
Rodrigo de Quiroga[67] pasa luego
Con silla tachonada en un castaño
Feroz que, en arrimándole el calcaño,
Parece convertirse en vivo fuego;
Un argentado almete, dorde ciego
Se torna el natural autor del año.
De su loriga armado y fuerte escudo,
Y al hombro, ¡ved qué lanza! ¡un fresno rudo!
Con escamosa malla y doble cuera
Encima de un dorado castañuelo,
Que huella el aire vano más que el suelo,
Y apenas cabe en toda la ribera,
Parece don Marino[68] de Lobera
Aficionando a tierra, mar y cielo.
Varón ejercitado en la milicia
Y noble caballero de Galicia[69].
El frasco[70] atrás, al hombro la escopeta,
Armado una lustrosa coracina[71],
Y encima de oro, seda y lana fina
Una listada y corta camiseta,
En un soberbio zaino a la jineta,
Que pisa como en fuego en la marina
Y en su fogacidad[72] se abrasa y arde,
Gómez de Lagos[73] entra en este alarde.
Gallardo se presenta aquí Murguía
En hacedor[74] cuatralbo lista blanca,
Que la marina besa con el anca
Y con las manos della se desvía;
Sus armas dan la luz que al medio día
El Cintio suele dar con mano franca,
Y su denuedo, traza y apostura
Mil buenas esperanzas asegura[75].
Cerrado y puesto bien a la estradiota[76]
En alazán de huello tan liviano,
Que en resurtir del suelo con la mano
Ecede[77] a la recíproca pelota,

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Con un estofo[78] doble y fina cota
Sale por la ribera del mar cano
El capitán Reinoso[79] a su paseo
Con desdeñoso y libre contoneo.
Tras éste don Simón[80] ocupa el puesto,
Aquel de Lusitania respetado,
Las armas todas y hábito morado,
Creyendo que el Amor se paga desto;
Al cual, en el escudo lleva puesto
Y al sanguinoso Marte al otro lado,
Que entrambos, a la par, le dan favores,
Cubriéndole de palmas y de flores.
Sale del hierro asida la asta dura,
Que va dejando rastro por la arena,
Bernal[81], que en esta edad presente suena
Y sonará mejor en la futura,
Con una fuerte y lúcida armadura,
Do Febo da su luz a mano llena,
Y haciendo a un alazán tostado el pelo
Que sólo con los pies estampe el suelo.
En bayo cabos negros y frontino[82],
Que el freno espumosísimo tascando
De todos cuatro pies se va quemando,
Sale un ilustre y claro vizcaíno,
En armas, talle y garbo peregrino,
A quien el viejo Proteo contemplando
Dice a Neptuno vuelto: «Aquel Gamboa
En Chile dejará perpetua loa[83]».
La rienda y el escudo en la siniestra,
Sobre un furioso rucio plateado,
Compuesto, repulido y alheñado,
Y el asta de dos hierros en la diestra,
Hace de su valor y estirpe muestra
El caballero de Olmos, todo armado
Desde el bridón[84] estribo hasta la frente
De limpio acero y malla reluciente[85].
En un cuartago negro más que endrina,

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Con el copete, cola y crin tranzada,
El pecho y la cadera encubertada,
Va Lope[86] Ruiz hundiendo la marina,
Con un jubón de malla jacerina,
Cubierta de garzotas la celada,
Y la ñudosa lanza al diestro lado
Cogida con el codo entre el costado[87].
Juntando los extremos de tu lanza,
Ya la secreta barra de la silla
Como clavado el muslo y la rodilla
Con altivez y justa confianza,
Mostrando tu valor y tu pujanza,
Más para contemplalla que decilla,
Saliste a la reseña, Diego Cano[88],
Horror del indio y gloria del hispano.
Y tú, mi padre caro… mas, perdona,
Que no he de dar motivo con loarte
A que diciendo alguno que soy parte,
Ofenda mi verdad y tu persona;
Por esto callaré lo que pregona
La voz universal en toda parte,
Y perderás, por ser mi padre amado,
Lo que por ser tu hijo yo he ganado[89].
Sólo diré que en guerras te criaste,
En guerras, como en crédito, creciste,
En guerras tu principio recebiste,
Y en guerras hecho piezas acabaste;
Donde el servir al Rey sólo ganaste,
Y por mejor serville te perdiste,
Dejando a los que somos de tu casta
No más que el bien de serlo, y éste basta.
Dejemos lo demás, pues no aprovecha
Y siento que la oreja ya me zumba,
Aunque por ser verdad que así retumba,
Sospecho que carece de sospecha;
Pues, quede tu alma a Dios, por quien fué hecha
Hasta cobrar su cuerpo de la tumba,
Que yo me vuelvo al hilo de la historia,

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Casi quebrado ya con tu memoria.
Cortés, Riberos, Cácerés, Miranda,
Godínez, Bustamante y. Andicano,
Arana, Lira, Niebla, Santillanp,
Montiel, Villegas, Avalos, Aranda[90],
Con toda la demás lucida banda,
No menos se mostraron en lo llano,
Todos con sus adargas, y por ellas
El cielo, el sol, la luna, las estrellas.
No poco en este alarde señalados
Se vieron otros únicos varones,
En paso y plumas, gallos y pavones,
Y en la batalla tigres enojados;
Caballos ricamente encubertados
Con símbolos, empresas y blasones,
Gentiles, fuertes, bravos y galanes
En rostros, armas, cuerpos, ademanes.
Las bandas, los collares, las cadenas,
Lorigas, yelmos, cotas relucían;
Los visos y las aguas que hacían
Dejaban las del mar de envidia llenas;
Hirviendo se mostraban las arenas
Al fuego de los pies que las batían;
La tierra se apretaba con su centro[91]
Y el mar se retiraba más adentro.
En toda la reseña no hubo alguno
Que en algo no mostrase algún eceso[92],
Y de seiscientos que era el bando grueso,
De presentarse aquí dejó ninguno;
Quisiera yo acudir a cada uno,
Mas fuérase la historia toda en eso:
Baste que en otras partes puesto vaya
Quien puesto no se viere en esta playa.
Yo voy en lo que puedo tan sucinto,
Que poco habrá de ser lo que me aguarde,
Y adviértole, demás, que en este alarde
No van por orden todos los que pinto;

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Para que ni por cuarto ni por quinto,
Ni por llegar temprano ni por tarde,
Ni porque lo mejore ni empareje,
Ninguno lo agradezca ni se queje.
Si ya para salir en este día
Nombrados capitanes estuvieran,
Por orden todos ellos se pusieran,
Siguiendo a cada cual su compañía;
Mas, como en esta muestra don García
Para nombrallos quiso que salieran,
Poner particulares fué forzoso,
Y para mí no poco trabajoso.
Hiciéronse a una banda los piqueros,
Que un gran cañaveral de sí formaban,
Y en otra, donde menos ocupaban,
El hórrido escuadrón de arcabuceros,
Con mil amigos bárbaros, flecheros,
Que al dar el salto un pece, lo clavaban,
Poniéndose unos a otros con mirarse
Solícitos impulsos de estrellarse.
Gozoso los miraba don Hurtado,
Y allí nombrados ya los oficiales,
Personas beneméritas, cabales
De traza, de consejo, de cuidado,
Les hizo un parlamento[93] concertado
Con sólidas palabras sustanciales,
Como le hiciera aquel romano Julio
Con toda la retórica de Tulio;
Mostrándoles en él que quiere luego,
Pues tiene tal ejército delante,
Buscar al fiero bárbaro arrogante,
Ganándole de mano[94] en este juego;
Y pues en todos hay tan vivo fuego
Y en todo la presteza es importante,
Que el sábado siguiente marche el campo,
En viéndose con luz el verde campo.
¡Qué larga aquella noche les parece,

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Qué lerda, qué sin pies la clara lumbre!
No ven algún asomo de vislumbre
Cuando engañados piensan que amanece;
No temen el trabajo que se ofrece,
No hay cosa que los cause pesadumbre,
Sino es el detenerse tanto el día,
Que ya lloviendo aljófares venía.
Levántase el real en este punto,
Y bien cubierto de armas y rocío
Se va la vuelta luego de Biobío,
Por donde con el mar se ve más junto;
Pero descanse ya mi voz un punto,
En tanto que la gente llega al río,
Porque, según el paso y priesa della,
Cansado, mal podré tener[95] con ella.

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CANTO DÉCIMO
Llega el campo al río grande de Biobío, donde, contra el parecer de todos, el Gobernador se resuelve de[1]
pasarle, usando para ello de un maravilloso ardid de guerra, con que desvela al enemigo, que de la
otra banda le esperaba fortificado. Pasa toda la gente, y en vía don Hurtado a correr la tierra tres
leguas adelante para ver de[2] asegurar su alojamiento. Dan veinte mil indios en los corredores,
viénense retirando hasta el asiento de su real, donde se traba la batalla que llaman de Biobío, por
haber sido casi a su ribera. Cuéntase lo que pasó entre Orompello y Galbarino sobre la muerte de
Hernán Guillen, que los indios mataron por haberse desmandado del real a comer frutilla.

INGUNA buena suerte habrá segura


Habiendo en la milicia negligencia,
Pues, como dicen bien, la diligencia
Es madre de la próspera ventura[3],
Y aquel saber gozar la coyuntura
Es el sutil primor de la prudencia;
Mas esos que le saben son contados
Y sólo con el dedo señalados.
¡Con cuántas cosas sale fácilmente
El capitán solícito y mañoso,
Con que salir no puede el poderoso
En siendo descuidado y negligente!
Más vale mucho el flaco y diligente

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De lo que vale el fuerte y perezoso,
Que, al fin, como el vulgar proverbio suena,
No hizo la pereza cosa buena.
Ni menos hay alguna que se haga,
Como calor no lleve en compañía,
Sin quien el mismo fuego no sería,
Pues donde no hay calor presto se apaga;
Caliente sufre cura cualquier llaga
Con más facilidad que estando fría,
Y el hierro, mientras más calor tuviere,
Hará el martillo del cuanto quisiere.
Quiero decir por término más llano
Que en todo, y más en esto, es grande parte
Poner calor y[4] usar de industria y arte
Para que la Fortuna dé la mano;
El fuego que entendemos por Vulcano
Dicen allá que tiene preso a Marte,
Pero que el dios Neptuno lo desprende,
Por quien el agua frígida se entiende.
Enséñanos la fábula con esto
Cómo para entregarse de la guerra
Que dentro de su nombre Marte encierra,
Es menester calor y paso presto;
Mas, si interviene el dios Neptuno en esto,
Forzoso habrá de dar con todo en tierra,
Esto es, que donde ve tibieza alguna,
Allí se muestra tibia la fortuna.
¿Quién hizo al que por África se nombra
Scipión el Africano tan famoso,
Sino seguir al Peno fervoroso
Y nunca le dejar a sol ni a[5] sombra?
Y el César, cuyo nombre al mundo asombra,
¿Salió por otro medio vitorioso,
Sino porque su huella se estampaba
Donde Pompeyo fresca la dejaba?
Así que, lo que en esto más ayuda
Es ir a los alcances[6] del contrario.

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Trayéndole seguido de ordinario,
De suerte que no tenga donde acuda;
Pues como el joven ínclito no duda
Ser esto, sobre todo necesario,
Veloz para seguille parte luego,
Cual a su pura esfera el puro fuego.
En busca va del bárbaro atrevido,
En sí y en esta máxima fundado,
Que vale más buscar que ser buscado
Y acometer que ser acometido;
Y búscale en su tierra y propio nido,
Adonde el pajarillo desarmado
Aun con el animal más bravo rifa
Y opuesto a la defensa el cuello engrifa.
Mas, nada en su valor engendra miedo,
Ni cosa su cerviz enhiesta inclina;
Y así, con paso intrépido camina,
Mostrando como el ánimo el denuedo.
El padre de Faetón con rojo dedo
Rayaba el chapitel que más se empina,
Bordando cielo y nubes de arreboles
Y haciendo de las aguas tornasoles.
Al tiempo que el ejército pujante
Al arenoso término venido,
Y habiéndose el bagaje recogido
Para cortar el agua resonante,
Algunos con recelo malsonante
No tienen el pasar por buen partido
Sino por una cosa recia y dura,
Difícil, temeraria y mal segura.
Con éstos, otros pláticos varones
No tienen el pasar por sano hecho,
Probando que es ponerse en mucho estrecho
Con sobra de argumentos y razones;
Mas, contra sus indignas opiniones
Se opone aquel ardiente y bravo pecho,
Resuelto en que se pase el ancho río,
Resolución bien digna de su brío.

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El mísero suceso de Valdivia[7]
Le ponen los antiguos por delante,
Diciéndole que el bárbaro constante
Su natural ardor jamás entibia;
Mas que su cuerpo y ánima se alivia
Con el trabajo más desemejante,
Por donde está en razón que a la otra banda
Oculto espere a ver quién se desmanda.
Y siendo así, en pasando los primeros,
Que pueden, cuando mucho, ser cuarenta,
Saldrá con gana rábida y sedienta
De dar color de sangre a sus aceros;
Donde antes de pasar los compañeros
Habrán pasado a dar a Dios su cuenta,
Porque de haber en medio tal distancia
No se podrá esperar otra ganancia.
El agua, que las márgenes desvía,
De latitud alcanza tanta parte,
Que puesto un grueso toro a la otra parte,
Casi de sí ninguna especie envía[8];
Condénase el pasar por esta vía
Y en varios pareceres se reparte
El vario parecer del vulgo incierto,
Que alguna vez por yerro da en lo cierto.
Profundo[9] el capitán lo considera,
Y haciendo que un rubor su rostro tina,
Vuelve, revuelve, tienta y escudriña,
Advierte, mira y corre dentro y fuera;
Hasta que al fin hallando la manera,
Se cierra con su campo de campiña[10],
Diciendo que el pasar es necesario
Para cortar los pasos al contrario.
Con esto les ordena que al[11] momento
Comiencen a subir el agua arriba
Al son de su corriente fugitiva
Tres leguas poco más de aquel asiento:
Sin divisar el blanco de su intento

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Ni ver el fundamento donde estriba,
Se mueven sus escuadras obedientes,
Aunque los más plegándose las frentes.
Pasadas las tres leguas adelante
Mandó parar su gente presurosa,
Que estaba desabrida y congojosa,
Como del buen propósito ignorante;
Mas, el discreto joven al instante
La saca de su duda temerosa,
Ejecutando allí un ardid extraño,
Con que salieron todos de su engaño.
Fué, pues, que todo el tercio congregado,
Y habiendo descargádose el bagaje,
Da muestra de escoger aquel pasaje,
Fingiendo grande máquina y recado,
Para que el enemigo desvelado
Sólo por este puesto los ataje
Y deje abajo libre el precedente,
Por donde todos pasen francamente.
Y para que su ardid mejor saliese
Hizo que se ocupase la ribera
De carga de totora y de madera,
Como que por allí pasar quisiese;
Pues como todo a punto se pusiese,
La traza le salió de tal manera
Que vino a conformarse todo el hecho
A la medida justa de su pecho.
Gastaron el presente y otro día
En estos aparatos ardidosos,
A vista de los indios orgullosos,
Que ya esperaban llenos de alegría;
Mas. luego que llegó la noche fría,
Se va de allí con pasos presurosos
El joven con un tercio de su gente,
Ya los contentos bárbaros desmiente.
Al antes elegido puesto viene,
Adonde la ancha boca de Biobío,
Entrando en el amargo señorío

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Gran trecho de agua dulce lo mantiene;
Y aquí con la presteza que conviene
Capaces balsas hace dar al río
De gruesas vigas toscas mal doladas,
Con el bejuco y cáñamo trabadas.
También a la sazón habían llegado
Por orden del sagaz caudillo experto
Las barcas y bateles desde el puerto,
Seis millas destas aguas apartado;
Algunos, el temor aun no lanzado,
Le hacen el peligro y daño cierto;
Mas él a su demanda satisfizo
Haciendo lo que Alcides nunca hizo.
Oculto, porque nadie le estorbase,
Con un denuedo y ánimo valiente,
Se arroja en una barca diligente
Mandando que su rucio en otra pase;
Y sólo permitió le acompañase,
Pasando sus caballos juntamente,
Bastida, Juan Ramón y Diego Cano,
Bastantes a poner[12] mundo llano.
Al agua todos cuatro así se entregan
Y vanla encaneciendo con las palas,
Que siendo para el barco prestas alas,
A la marina en breve espacio llegan;
Donde tan solo un punto no sosiegan,
Mas de sus prestos pies haciendo escalas,
Dejan el bordo y prora por la silla,
Saliendo en sus caballos a la orilla.
Apriétanse en las frentes las celadas,
Arriman las adargas a los pechos,
Y con los puños fuertes y derechos
Las gru