Cara de Liebre
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Seix Barral Biblioteca Breve
Liliana Blum
Cara de Liebre
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© 2020, Liliana Blum, Cara de liebre
Publicado mediante acuerdo con Literarische Agentur Mertin Inh. Nicole Witt
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Fotografía de la autora: © Ramón Mier
Primera edición en formato epub: agosto de 2020
ISBN: 978-607-07-6771-5
Primera edición impresa en México: agosto de 2020
ISBN: 978-607-07-6759-3
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Centeno núm. 162, colonia Granjas Esmeralda, Ciudad de México
Impreso y hecho en México − Printed and made in Mexico
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Narcisismo de sábado por la noche
Deshumanizar a un ser humano es muy sencillo. Nadie
lo sabe mejor que yo. Solo hace falta concentrarse en el
exterior del cuerpo, en la cobertura, la piel y el cabello,
en los ojos vidriosos metidos en los huecos de las órbi-
tas y en los apéndices de las orejas, que parecen un par
de moluscos.
En el espejo rectangular detrás del barman no luz-
co monstruosa; es más, se podría decir que soy una
mujer común y corriente que busca pasarla bien esta
noche. Sonrío con la broma privada que solo yo y na-
die más podría entender. Porque hoy no puede ser
una noche de llevarme a cualquiera a la cama ni tam-
poco puedo contentarme con una mera conversación,
alcohol de por medio, y regresar sola a casa a ver una
película romántica. Hoy no. Levanto mi vaso, brindo
con el vocalista del grupo que toca hoy y le doy un tra-
go largo a la bebida preparada. Me ignora. Muy bien.
Vuelvo a mirar mi reflejo. Ensayo una sonrisa. Parez-
co inofensiva. La cicatriz es invisible desde aquí y mi
cuerpo exuberante se ve casi perfecto en este vestido
que se ciñe como una segunda piel. Este que ves, engaño
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colorido… Luces rojas y penumbra: los mejores aliados
de las mujeres que se precipitan a golpes y volteretas
por el desfiladero de la vejez, o de las que tienen la cara
marcada por los malos genes. La cirugía plástica, ni
siquiera a manos de los mejores especialistas del mun-
do, pasa inadvertida; implantes mamarios, narices
respingadas, glúteos aumentados por métodos artifi-
ciales, nada puede emular la belleza y armonía de lo
natural. Ni siquiera las operaciones correctivas, como
la mía. Siempre queda algo, un vestigio, una marca que
traiciona, que suele ser a veces más bochornoso incluso
que el defecto en sí, real o aparente, que llevó a alguien
a tenderse sobre la plancha y bajo el bisturí de un ciru-
jano: el asumir que hay algo mal con uno mismo y el
intento fallido de remediarlo.
Salud, vuelvo a levantar mi vaso cuando el vocalista
de la banda Nick y los Brainfreeze hace un ligero con-
tacto visual conmigo. Esta vez me dedica una sonrisa.
Leve, muy leve; allí está. Me ha visto. Declaro inaugura-
da la temporada de caza. ¿Cuándo fue el último? Hace
un año, al menos. Para estar segura tendría que revi-
sar mi agenda, pero podría apostar que fue también en
marzo. Nunca he tenido una ballena blanca y no siem-
pre hay tantos peces en el mar como para ponerse quis-
quillosa, pero ese vocalista rubio y con obesidad decla-
rada parece ser la presa más cotizada de la noche. Tan
solo por contraste con los parroquianos de este antro.
Llevo tres bebidas y dos horas en La Cebolla de
Cristal. Conozco mis límites con el alcohol: a este rit-
mo no luzco sospechosa y estoy en mis sentidos. Me
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aseguro de parecer alegre, un poco ebria y desinhibida,
pero estoy alerta. La escena varía muy poco cada fin de
semana. Lo único que cambia son los grupos que tocan
en vivo; el de esta noche apesta de manera particular. El
público, aunque se compone de personas distintas, ter-
mina siendo idéntico al de la semana anterior y lo será
al de la siguiente. Los he estado estudiando desde hace
tiempo. Las parejas, por supuesto, no me interesan en
absoluto y apenas las miro. Las mujeres solas me ata-
ñen únicamente en el sentido de que son competencia:
si hay más de tres demasiado guapas, bien puedo pa-
sar a retirarme temprano. Los hombres sin pareja han
sido el objeto de mi interés desde hace años: están los
que llegan a tomarse algo, patrullan el lugar en busca
de una presa y al poco se van, sin importar si tienen
éxito o no. No les gusta perder el tiempo. Jamás hay
que ir tras un hombre que de manera activa busca a
una mujer en un bar. Es un depredador. Ahora bien, los
solitarios que llegan sin esperanza alguna de salir en
compañía de una mujer son los que tienen mi atención.
Suelen ser los recién divorciados, los que se tropiezan
con su propia autoestima y que ni en sus sueños más
locos se hubieran creído que una mujer tomaría la ini-
ciativa con ellos.
El grupo anuncia un receso y el vocalista se dirige
a la barra. Tiene piernas de palito enfundadas en pan-
talones de piel negra y una barriga de embarazada, que
intenta disimular bajo una playera negra y chamarra de
camuflaje militar. No creía que fuera posible; es inclu-
so más bajo que yo, a pesar de los tacones altos de las
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botas que trae. Orbita hacia el único banco libre: junto
a mí. Antes de que logre acomodarse y pedir una cer-
veza, percibo el hedor a pies en material sintético, que
es el equivalente a una patada en la pantorrilla. Solo
por esto debería hacerlo sufrir un poco. Qué afrenta.
¿Es que no se da cuenta? Tiene el rostro encendido
por cantar durante todo este tiempo, una barba de esas
que bajan hasta la clavícula y hacen el favor de cubrir
la papada, arrugas de hombre blanco que no conoce
el protector solar y unos ojos azules que se llevan las
palmas. Tan bellos son esos ojos que casi podría pasar
por alto que sean un poco saltones u obviar el amplio y
bulboso espacio de su frente, que le da un aire de perro
chihuahueño.
—Estuviste maravilloso —le digo cuando se vuel-
ve hacia mí. Aunque este hombre no entra en el perfil
de mis intereses, cuando veo brillar sus ojos tras escu-
char mi cumplido, sé que es un narcisista irredento, y
¿no nos enseñaron los griegos que el hubris es la perdi-
ción de los héroes?—. Me dijeron que tu grupo era muy
bueno, pero no pensé que sonara tan genial.
—¿Ah, sí? —Sonríe como si le acariciara los tes-
tículos. Tiene los dientes chuecos y el colmillo izquier-
do más grande: un vampiro a medias.
Yo asiento con una sonrisa y le pregunto si puedo
invitarle la siguiente cerveza. Él acepta y, antes de que
me pregunte mi nombre, ya me está contando de la pe-
lícula sobre su vida que piensa hacer.
—Yo voy a escribir el guion y a dirigirla —dice, ter-
minándose la cerveza—. También actuaré.
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—Me encantaría verla. Estoy segura de que sería
todo un éxito, como la de The Doors.
—Lo único que no sé es si poner a mi hija hacién-
dola de mí en las partes de la infancia, o bien, contratar
a un niño actor.
Se acaricia la barbilla como si fuera un problema
real y se empina la botella vacía. Hace una cara de sor-
presa cuando no cae ninguna gota en su garganta y se
vuelve hacia mí. Yo le hago un gesto al barman y una
cerveza helada se materializa casi de inmediato frente
a este tipo que, al parecer, no tiene ningún problema
con que una mujer pague lo que él se bebe. Ni siquie-
ra dice «gracias». Me queda claro que se mueve por la
vida asumiendo que se merece todo solo porque tiene
unas partículas de fama y los ojos azules. Por eso cree
que no debe agradecer unas cervezas ni lavarse los pies.
—Entonces, ¿eres casado?
—No, no, para nada. Soy un espíritu libre. —Se qui-
ta una gorra que parece casco de la Segunda Guerra
Mundial y se rasca la mollera. Su frente comienza justo
allí, en el cenit del cráneo. Hacia atrás, solo un cabello
largo, ralo y maltratado—. La última vez que me acosté
con la mamá de mi hija fue cuando la concebimos.
—Salud por eso —digo y pido otra bebida para mí,
mientras él apura su última cerveza para sumarse al pe-
dido.
—Yo voy más por las relaciones abiertas y poliamo-
rosas. No creo en la propiedad privada.
Sobre todo, cuando se trata de que otros paguen,
pienso. El descuido de su barba se extiende hasta su
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bigote, que cubre gran parte del labio. Tendré que arre-
glar esos detalles. En este instante tengo plena con-
ciencia de que lo he elegido a él. No solo por sus ojos
hermosos, su cuerpo deforme o su narcisismo desbo-
cado: algo susurra en mi interior que no hay nada ca-
sual en este encuentro.
—¿Te llamas Nick o solo es el nombre de tu banda?
—Nicolás, pero yo soy mi personaje, así que puedes
llamarme Nick —contesta sin mirarme—. De hecho,
no respondo a ninguna palabra que no sea Nick.
—Bien, Nick será —digo y pido la cuenta. Esta es su
oportunidad para demostrar que es un caballero, pero,
por supuesto, como le corresponde al patán promedio
de botas hediondas, hace como que alguien le llama, se
levanta y se aleja. Ninguna sorpresa.
Yo, que estaba a punto de pedirle que fuéramos a mi
casa, lo veo escaparse y ni siquiera siento decepción.
No es la primera vez ni será la última. Es curioso; él
cree que se aprovechó de mí sacándome unas cervezas
gratis, pero no tiene idea de que acaba de salvar su vida
por ser un pelafustán de cartera miserable.
Me dirijo a la salida esquivando los cuerpos que se
rozan contra el mío. Afuera, en el aire fresco de la ma-
drugada, caigo en cuenta de lo viciado que estaba el
ambiente en La Cebolla de Cristal. Estiro mi vestido
hacia abajo, enderezo la espalda y me acomodo el bolso
antes de caminar hasta mi carro. Allí está. La iniciativa
es suya y de nadie más; con una desfachatez casi digna
de admirarse, el tipo me sugiere ir a mi casa para se-
guir platicando. No sé si afuera del bar y bajo la luz de
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la farola, mi cicatriz sea evidente; sin embargo, parece
que no le importa. Enciendo el motor y comienza su
verborrea. A algunos hombres hay que halagarlos para
que se sientan en libertad de hablar, o bien, provocar
una conversación a fuerza de preguntas dirigidas. No
es el caso aquí. Mi problema, en todo caso, sería poder
detener el flujo de sus palabras para insertar algo en ese
monólogo interminable sobre su niñez y cómo piensa
retratarla en su película.
Tampoco es que me moleste. La gente que habla
mucho suele pensar poco. Es una desventaja evolutiva,
supongo. Por más que su blah blah intente hacer pa-
sar a Nick por un pobre niño que sufrió a manos de su
opulento padre que lo sigue manteniendo, sin entender
su alma de artista, no puedo verlo ya como a una per-
sona. Para empezar, es patético escuchar a un hombre
adulto victimizarse por una vida de privilegios. Como
dije, no es complicado deshumanizar a alguien. Si solo
miras el exterior, te das cuenta de que es pura maquina-
ria, no más que un conglomerado de tendones y cartí-
lago y huesos que mueven pedazos de carne, mientras
responden las órdenes de una red neuronal demasiado
ambiciosa. Cuando lo ves así, es fácil descartar a la per-
sona debajo de todo aquello. Incluso a alguien que fue
niño alguna vez.
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Índice
Narcisismo de sábado por la noche . . . . . . . . . . . . . . 11
Bugati verde . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 18
Un mundo de zorros . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 24
Niño Nicolás . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 30
Un ligero pero drástico cambio de planes . . . . . . . . 40
El botín de las urracas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 46
La suerte de la fea . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 50
Mr. Poirot gorila . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 58
Prunus persica . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 68
Una vaca hacia el abismo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 75
Infancia no es destino . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 81
Pintar de memoria . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 92
Censura con jerga . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 96
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Nostalgia de la nicotina . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 103
Huecos de paloma . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 107
Una aguja en la vena de la señorita . . . . . . . . . . . . . 118
Rock me, Amadeus . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 124
Aló, Hawái . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 133
Galleta de la fortuna . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 139
El confort del pay . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 145
Un roto para un descosido . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 150
El gigoló de las feromonas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 156
Rompecabezas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 162
La expiación del monstruo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 169
Un novio dócil y efímero . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 173
Educación inclusiva . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 180
Los pasos perdidos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 184
Casa sombría . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 191
Tierra, humo, polvo, sombra, nada . . . . . . . . . . . . . 197
El bostezo de las tortugas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 204
Una sangría para recordar . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 211
Peces rojos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 222
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Compulsión . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 228
Paseo en bicicleta . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 236
Espía en el alféizar . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 242
Durazno gigante . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 249
Chop chop . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 253
Acantilado sin coyote . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 258
Todo Narciso termina por morir . . . . . . . . . . . . . . . 264
Afuera, adentro . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 274
Agradecimientos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 291
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