El concreto3 (del inglés concrete, y este del latín concrētus, ‘agregado’, ‘condensado’)
u hormigón5 (de hormigo, ‘gachas de harina’)4 es un material compuesto empleado en
construcción, formado esencialmente por un aglomerante al que se
añade áridos (agregado), agua y aditivos específicos.4
El aglomerante es, en la mayoría de las ocasiones, cemento (generalmente cemento
Portland) mezclado con una proporción adecuada de agua para que se produzca
una reacción de hidratación. Las partículas de agregados, dependiendo fundamentalmente de
su diámetro medio, son los áridos (que se clasifican en grava, gravilla y arena).6 La mezcla de
cemento y agua se denomina pasta de cemento, si a esta se añade arena se cataloga
como mortero y si al mortero se le añade grava, se denomina concreto. Existen hormigones
que se producen con otros conglomerantes que no son cemento, como el hormigón
asfáltico que utiliza betún para realizar la mezcla. En el caso del elaborado con cemento
Portland se le suele comúnmente llamar mezcla o cemento (en países
como Venezuela o Chile).
El cemento es un material pulverulento que por sí mismo no es aglomerante, y que, mezclado
con agua, al hidratarse se convierte en una pasta moldeable con propiedades adherentes,
que en pocas horas fragua y se endurece, tornándose en un material de consistencia pétrea.
El cemento consiste esencialmente en silicato cálcico hidratado (S-C-H). Este compuesto es
el principal responsable de sus características adhesivas. Se denomina cemento hidráulico
cuando el cemento, resultante de su hidratación, es estable en condiciones de entorno
acuosas. Además, para poder modificar algunas de sus características o comportamiento, se
pueden añadir aditivos y adiciones (en cantidades inferiores al 1 % de la masa total del
concreto), existiendo una gran variedad de ellos: colorantes, aceleradores y retardadores de
fraguado, fluidificantes, impermeabilizantes, fibras, etc.
Hormigón Autonivelante Compactable
El hormigón o concreto convencional, normalmente usado en pavimentos, edificios y otras
estructuras, tiene un peso específico (densidad, peso volumétrico, masa unitaria) que varía de
2200 hasta 2400 kg/m³ (137 hasta 150 libras/pie³). La densidad del concreto varía
dependiendo de la cantidad y la densidad del agregado, la cantidad de aire atrapado (ocluido)
o intencionalmente incluido y las cantidades de agua y cemento. Por otro lado, el tamaño
máximo del agregado influye en las cantidades de agua y cemento. Al reducirse la cantidad
de pasta (aumentándose la cantidad de agregado), se aumenta la densidad. En el diseño del
concreto u hormigón armado (reforzado), el peso unitario de la combinación del concreto con
la armadura normalmente se considera 2400 kg/m³ (150 lb/ft³).
Dependiendo de las proporciones de cada uno de sus constituyentes existen varios tipos de
hormigones. Se considera hormigón pesado aquel que posee una densidad de más
de 3200 kg/m³, debido al empleo de agregados densos (empleado en protección contra las
radiaciones); el hormigón normal, empleado en estructuras, que posee una densidad
de 2200 kg/m³; y el hormigón ligero, con densidades de 1800 kg/m³.
La principal característica estructural del hormigón es su notable resistencia a los esfuerzos
de compresión, pero no tiene buen comportamiento frente a otros tipos de esfuerzos
(tracción, flexión, cortante, etc.), y por este motivo es habitual usarlo asociado a
ciertas armaduras de acero, recibiendo en este caso la denominación de concreto u hormigón
armado. Este conjunto se comporta muy favorablemente ante las diversas solicitaciones o
esfuerzos mencionados anteriormente. Cuando se proyecta una estructura de concreto
armado se establecen las dimensiones de los elementos, el tipo de concreto, los aditivos y el
Panteón de Roma (siglo II)
La cúpula semiesférica del Panteón de Roma, de 43.44 m de diámetro ha resistido diecinueve siglos sin
reformas o refuerzos. El grueso anillo murario es de opera latericia (concreto con ladrillo) y la cúpula se
aligeró utilizando piedra pómez como árido.
En la Antigua Grecia, hacia el 500 a. C., se mezclaban compuestos de caliza calcinada con
agua y arena, añadiendo piedras trituradas, tejas rotas o ladrillos, dando origen al primer
hormigón o concreto de la historia, usando tobas volcánicas extraídas de la isla de Santorini.
Los antiguos romanos emplearon tierras o cenizas volcánicas, conocidas también
como puzolana, que contienen sílice y alúmina, que, al combinarse químicamente con la cal,
daban como resultado el denominado cemento puzolánico (obtenido en Pozzuoli, cerca
del Vesubio). Añadiendo a su masa trozos de cerámicas u otros materiales de baja densidad
(piedra pómez) obtuvieron el primer hormigón aligerado.10 Con este material se construyeron
desde tuberías a instalaciones portuarias, cuyos restos aún perduran. Destacan
construcciones como los diversos arcos del Coliseo romano, los nervios de la bóveda de
la Basílica de Majencio, con luces de más de 25 metros,11 las bóvedas de las Termas de
Caracalla, y la cúpula del Panteón de Agripa, de unos 43 metros de diámetro, la de mayor luz
durante siglos.12
Tras la caída del Imperio romano, el hormigón fue poco utilizado, posiblemente debido a la
falta de medios técnicos y humanos, la mala calidad de la cocción de la cal, y la carencia o
lejanía de tobas volcánicas. No se encuentran muestras de su uso en grandes obras hasta el
siglo XIII, en que se vuelve a utilizar en los cimientos de la Catedral de Salisbury, o en la
célebre Torre de Londres, en Inglaterra. Durante el Renacimiento su empleo fue escaso y
muy poco significativo.
En algunas ciudades y grandes estructuras, construidas por mayas y aztecas en México o las
de Machu Picchu en el Perú, se utilizaron materiales cementantes.10
En el siglo XVIII, se reaviva el afán por la investigación. John Smeaton, un ingeniero
de Leeds fue comisionado para construir por tercera vez un faro en el acantilado de Edystone,
en la costa de Cornualles, empleando piedras unidas con un mortero de cal calcinada para
conformar una construcción monolítica que soportara la constante acción de las olas y los
húmedos vientos; fue concluido en 1759 y la cimentación aún perdura.
Siglo XIX: cemento Portland y hormigón armado[editar]
Joseph Aspdin y James Parker patentaron en 1824 el Portland Cement, obtenido de caliza
arcillosa y carbón calcinados a alta temperatura —denominado así por su color gris verdoso
oscuro, muy similar a la piedra de Pórtland—. Isaac Johnson obtiene en 1845 el prototipo del
cemento moderno elaborado de una mezcla de caliza y arcilla calcinada a alta temperatura,
hasta la formación del clinker; el proceso de industrialización y la introducción de hornos
rotatorios propiciaron su uso para gran variedad de aplicaciones, hacia finales del siglo XIX.13
El hormigón o concreto, por sus características pétreas, soporta bien esfuerzos de
compresión, pero se fisura con otros tipos de solicitaciones (flexión, tracción, torsión,
cortante); la inclusión de varillas metálicas que soportaran dichos esfuerzos propició optimizar
sus características y su empleo generalizado en múltiples obras de ingeniería y arquitectura.
La invención del hormigón armado se suele atribuir al constructor William Wilkinson, quien
solicitó en 1854 la patente de un sistema que incluía armaduras de hierro para «la mejora de
la construcción de viviendas, almacenes y otros edificios resistentes al fuego». El francés
Joseph Monier patentó varios métodos en la década de 1860, pero fue François
Hennebique quien ideó un sistema convincente de hormigón armado, patentado en 1892, que
utilizó en la construcción de una fábrica de hilados en Tourcoing, Lille, en 1895.14 Hennebique
y sus contemporáneos basaban el diseño de sus patentes en resultados experimentales,
mediante pruebas de carga; los primeros aportes teóricos los realizan prestigiosos
investigadores alemanes, tales como Wilhelm Ritter, quien desarrolla en 1899 la teoría del
«Reticulado de Ritter-Mörsch». Los estudios teóricos fundamentales se gestarán en el
siglo XX.