Violencia y Resistencia A La Autoridad
Violencia y Resistencia A La Autoridad
El ius imperium del Estado se expresa a través del ejercicio legítimo del poder, de aquellas autoridades
que en su proceder funcionarial toman ciertas decisiones, cuya concreción puede importar afectación a los
derechos subjetivos de los particulares; constituyen actos que atentan contra el ejercicio de la actuación
pública, perturbándose su naturaleza ejecutiva, cuando el agente impide a una autoridad el ejercicio de sus
acciones o le estorba en el ejercicio de estas. La protección penal acordada por este tipo penal se asienta
en la necesidad de proteger el normal y buen desarrollo de las funciones que detentan las autoridades y
sus agentes su completa y eficaz ejecución. (Donna, Edgardo Alberto, Derecho penal. Parte especial,
tomo III, Rubinzal-Culzoni, Buenos Aires, 2003, p. 55).[1]
Los tipos penales que conforman el rubro de los delitos de violencia y resistencia a
la autoridad en el Código Penal tienen su base en que la sociedad debe entender que
las autoridades políticas, funcionarios o servidores públicos tienen el deber jurídico
de dirigir las decisiones a su cargo, de aplicar y respetar la Constitución, las leyes y
reglamentos en asuntos de su competencia, y de administrar —en su acepción más
amplia— el patrimonio del Estado; y que si alguien intenta o logra interrumpir, bajo
violencia o amenaza, el normal y recto proceso de dirección y de aplicación del orden
jurídico preestablecido, está agraviando directamente al propio Estado y, por
consiguiente, a la propia sociedad.
El que, sin alzamiento público, por violencia o amenaza, impidiera a una autoridad o a un funcionario
ejercer sus funciones, o le obligara a practicar un determinado acto de sus funciones, o le estorbare en el
ejercicio de estas, será reprimido con prisión no mayor de dos años o multa de la renta de tres a treinta
días.
La prisión será no menor de seis meses, si el hecho se cometiera a mano armada, o por una reunión de más
de tres personas, o si el culpable fuera funcionario público, o si el delincuente pusiera manos en la
autoridad.
Este delito se encuentra regulado en el artículo 365 del actual Código Penal en los
siguientes términos:
El que, sin alzamiento público, mediante violencia o amenaza, impide a una autoridad o a un funcionario
o servidor público ejercer sus funciones o le obliga a practicar un determinado acto de sus funciones o le
estorba en el ejercicio de estas, será reprimido con pena privativa de libertad no mayor de dos años.
El que, sin alzamiento público, mediante violencia o amenaza, impide a una autoridad, a un funcionario o
servidor público ejercer sus funciones, le estorba en el ejercicio de estas o le obliga a practicar un
determinado acto contrario a sus funciones será reprimido con pena privativa de libertad no mayor de
cuatro años e inhabilitación de dos a cuatro años y pena de cien a doscientos días multa. Igual pena se
aplicará si se impide, estorba u obliga a una persona que presta asistencia a una autoridad, funcionario o
servidor o actúa por delegación de estos.
3. Tipicidad objetiva
Cualquier persona puede ser autor de este delito; por lo tanto, se trata de un delito
común.
En cuanto al sujeto pasivo, habría que identificar dos supuestos: por un lado, el sujeto
pasivo de la acción lo será la autoridad, funcionario o servidor público; por otro lado,
el sujeto pasivo del delito será, en todos los casos, la Administración Pública[4].
a. Violencia
La violencia debe ser entendida como la fuerza irresistible empleada contra un tercero para que haga
aquello que no quiera o se abstenga de lo que sin ello se quería o se podía hacer; que siendo así, el
intercambio de palabras entre los procesados y los efectivos policiales, que llegó a un faltamiento de
respeto a estos últimos, hecho de por sí censurable, no constituye elemento probatorio suficiente de la
existencia de violencia o amenaza.[6]
b. Amenaza
La amenaza deberá ser, al igual que la violencia, idónea para obtener el efecto
buscado, es decir, tener aptitud causal para inducir o determinar al sujeto pasivo; debe
ser grave, seria, posible y de real e inminente realización. Las amenazas pueden ser
directas o indirectas[7].
En principio, la norma penal exige que la amenaza o violencia sea ejercitada en contra
de una persona, es decir, el agente público. Sin embargo, en la práctica se ha
demostrado (sobre todo en protestas sociales) que existe un número importante de
personas que protestan en las calles, y también hay casos en los que existe un
determinado número de funcionarios públicos, que son las personas que tienen que
atender —y, hasta cierto punto, solucionar— el reclamo.
En tal sentido, puede caber la posibilidad de que la amenaza y/o violencia puedan
venir tanto del lado del sujeto o sujetos activos, como que pueda recaer también en
varios funcionarios públicos. En nuestra opinión, si bien puede haber varias personas
de uno y otro lado, lo cierto y concreto, para efectos de la tipicidad penal, es que la
violencia o amenaza sea ejercitada en contra de uno o varios funcionarios, pero
plenamente individualizado y personalizado cada uno. La amenaza o violencia
necesariamente tienen que estar dirigidas contra alguien con nombre y apellido, y ese
es el funcionario o servidor público.
Destaca Pariona Arana que la expresión “sin alzamiento público” forma parte del tipo
objetivo y es un elemento normativo-contextual necesario e indispensable en la
formación del delito. El “alzamiento público” se entiende como el concurso de varias
personas, con hostilidad declarada contra el Estado, publicidad de sus hechos y, por
lo general, con empleo de armas. La configuración del delito supone que la acción de
violencia contra la autoridad se realice en un contexto distinto al alzamiento público,
es decir, que la violencia contra el funcionario público no forme parte de un
alzamiento público. De producirse actos de violencia contra los funcionarios públicos
en el marco de un alzamiento público estaríamos ante otros delitos. El “alzamiento
público” es un elemento objetivo de carácter contextual que sí está presente en otros
delitos, como el de rebelión (art. 346) y el de sedición (art. 347 del CP)[8].
3.3.2. Impedir a una autoridad o a un funcionario o servidor público ejercer sus
funciones
También podemos citar el caso del despacho de un juez que es amenazado para que
no se lleve a cabo la diligencia pública de lectura de sentencia, en donde, por el
procedimiento procesal vigente en el Distrito Judicial de Lima, se va a leer el texto de
una sentencia necesariamente condenatoria. También es el caso del trabajador
administrativo de mesa de partes de una Fiscalía del Ministerio Público que es
amenazado por un litigante para que no ingrese al sistema electrónico un escrito de
ampliación de denuncia penal[12].
Esta conducta constituye un plus de disvalor con relación al anterior supuesto, ya que
implica que el sujeto activo realice directamente un influjo psicológico de carácter
coactivo en contra del funcionario o servidor público para que este realice la conducta
que persigue el sujeto activo.
Estamos, pues, ante un acto voluntario de carácter delictivo, imputable al sujeto activo
que busca acelerar, de forma arbitraria, la realización por parte del sujeto público de
un acto funcional que quedaba a su determinación cuándo hacerlo (dentro de los
plazos legales, naturalmente)[15]. En otras palabras, la presión a la que se refiere el
espíritu del tipo penal en comentario es aquella que va acompañada de violencia o
amenaza, necesariamente. Es el caso del magistrado violentado o amenazado por un
justiciable para que expida sentencia o emita dictamen fiscal dentro del plazo de ley[16].
En este punto nos hacemos la siguiente pregunta: ¿la conducta de estorbar tendría que
ser realizada “antes” o “durante” el ejercicio de las funciones del agente estatal? En
nuestra opinión, y tal como está redactado el tipo penal bajo análisis, la acción de
estorbar tendría que ser realizada una vez que el funcionario público haya empezado
el ejercicio de sus funciones; de lo contrario, supondría adelantar en demasía los
márgenes de protección del derecho penal. Así, un militante se pone delante de la
comparsa de personas que escolta al presidente de la República, y se produce un
altercado entre dichas personas al interrumpir el inicio de las funciones del presidente;
el objetivo (ilícito) del militante era impedir que el presidente coloque la primera
piedra en una obra pública. El ejemplo ilustra que penalizar esta conducta sería a todas
luces un exceso, pues de todos modos quedará procesado y sancionado judicialmente,
porque constituiría una falta o una infracción administrativa.
4. Tipicidad subjetiva
Resulta claro que el agente debe tener consciencia y voluntad en los tres supuestos
típicos, es decir, debe existir dolo. Normalmente será dolo directo, por lo que se
descarta la posibilidad del dolo eventual.
En el tercer supuesto, habrá que tener en cuenta dos aspectos: el sujeto activo realiza
el influjo psicológico, si es amenaza, y este ha llegado a conocimiento del sujeto
pasivo, es decir, de la autoridad o funcionario; resultará irrelevante si finalmente el
sujeto activo logra que el funcionario realice su cometido; esto constituirá un delito
agotado. Igualmente puede admitir la tentativa.
Según Rojas Vargas: “El bien jurídico específico es garantizar la libertad de acción
pública del funcionario de los actos de coacción de terceros. Mientras que en el delito
anterior se protege penalmente la libertad de determinación o de formación de la
voluntad pública del sujeto especial, aquí se tutela la decisión o voluntad ya formada
de dicho sujeto”[21].
Por su parte, Terragni señala lo siguiente: “[E]l bien jurídico tutelado por esta figura
es la libertad de determinación del funcionario en el ejercicio de su función pública,
es decir, al ejecutar sus decisiones; lo cual es indispensable para el normal
desenvolvimiento de la administración de los asuntos del Estado”[22].
El artículo 366 del Código Penal ha sufrido una modificación por el artículo único de
la Ley 27937, publicada el 12 de febrero de 2003, cuyo texto es el siguiente:
El que emplea intimidación o violencia contra un funcionario público o contra la persona que le presta
asistencia en virtud de un deber legal o ante requerimiento de aquél, para impedir o trabar la ejecución de
un acto propio de legítimo ejercicio de sus funciones, será reprimido con pena privativa de libertad no
menor de dos ni mayor de cuatro años o con prestación de servicio comunitario de ochenta a ciento
cuarenta jornadas.
Cualquier persona puede ser autor de este delito; por lo tanto, se trata de un delito
común.
En cuanto al sujeto pasivo, habrá que identificar dos supuestos: por un lado, el sujeto
pasivo de la acción, que lo serán el funcionario o la persona que le presta asistencia
en virtud de un deber legal o ante requerimiento de aquel; y por otro lado, el sujeto
pasivo del delito, que será, en todos los casos, la Administración pública.
[Link]. Violencia
La violencia implica ejercitar acciones concretas para buscar una finalidad: impedir o
trabar la ejecución de un acto propio en legítimo ejercicio de sus funciones. Aquí se
engloba también la violencia denominada por la doctrina como impropia, como, por
ejemplo, narcotizaciones, privación del estado de vigilia por medios sofisticados,
hipnosis, suministro de bebidas alcohólicas, etcétera[23].
a) Ser grave. Supone: i) que tienda a lesionar intereses vitales del sujeto pasivo;
y ii) que no admita una reparación más o menos rápida del bien jurídico[25]. No se
configuraría, por ejemplo, si la violencia ejercida por el sujeto activo, para impedir o
trabar el acto de autoridad, es vencida.
b) Ser seria. Implica que debe ser idónea para impedir o trabar la ejecución del acto
funcional: “lo que se considera es la idoneidad de los medios para lesionar”[26]. Para
ello es necesario ponderar la intimidación o violencia que emplea el sujeto activo con
la capacidad de fuerza habilitada del operador estatal. Nunca podría equipararse la
violencia descontrolada de un ebrio con el acto de fuerza organizada y controlada del
funcionario estatal.
[Link] Intimidación
Cuando el tipo penal señala “[…] para impedir o trabar la ejecución de un acto propio
de legítimo ejercicio de sus funciones”, se refiere a la finalidad subjetiva del sujeto
activo, es decir, no será necesario, para los efectos de la tipicidad, que efectivamente
se logre impedir o trabar la ejecución de un acto propio de legítimo ejercicio de sus
funciones.
6.4.5. Violencia o intimidación contra la persona que le presta asistencia en virtud de
un deber legal o ante requerimiento de aquel
El artículo 366, modificado por la Ley 27937, prevé en la parte pertinente: “contra la
persona que le presta asistencia en virtud de un deber legal o ante requerimiento de
aquel”. Como en el supuesto anterior, se tiene que emplear violencia o amenaza, pero
no ya contra un funcionario público, como en el supuesto anterior, sino hacia la
persona que asiste a tal funcionario público en virtud de un deber legal o ante
requerimiento de aquel. En igual sentido, la violencia o intimidación deben tener
como finalidad impedir o trabar la ejecución de un acto en ejercicio de sus funciones.
Como puede verse, la norma penal establece dos condiciones concretas con relación
al asistente: en primer lugar, que actúe en virtud de un deber legal, es decir, que el
ordenamiento legal disponga que dicho asistente sea quien tiene que realizar la
función encomendada; normalmente, el ROF o el MOF de cada institución pública
prevén las facultades delegadas que tienen los funcionarios en función de las personas
que lo asisten. En este supuesto, se entiende que no existe orden expresa del
funcionario, sino que el asistente realice el acto de función en virtud de la ley. La
condición, en todo caso, sería que el asistente realice dicho acto dentro del marco de
competencias funcionales.
Aquí sí debe existir una declaración de voluntad de modo expreso por parte del
funcionario público, con relación a los deberes de delegación de su personal de
asistencia; en tal sentido, la condición es que la declaración de voluntad por parte del
funcionario público sea a través de un requerimiento emanado del funcionario;
además dicha orden debe haber sido conocida, de modo personal y previamente, por
el asistente.
Es lugar común en la doctrina peruana que los actos punibles (impedir, obstaculizar o
imposibilitar) deben ocurrir en el momento mismo en que la autoridad está realizando
o ejecutando actos propios de su función. Por el contrario, si en un caso concreto se
llegase a verificarse que los actos de impedir o trabar se realizaron momentos antes
de que el funcionario o servidor público ejecute actos propios de sus funciones, el
hecho se subsumirá en el delito de atentado contra la autoridad previsto y sancionado
en el artículo 365 del Código Penal[30].
7. Tipicidad subjetiva
La conducta típica debe alcanzarse por el agente mediante dolo. En tal sentido, el
agente debe conocer que emplea intimidación o violencia contra un funcionario
público o contra la persona que le presta asistencia en virtud de un deber legal o ante
requerimiento de aquel.
Sin embargo, se exige un elemento subjetivo distinto del dolo en el agente público,
pues es necesario que la intimidación tenga una finalidad específica: impedir o trabar
la ejecución de un acto propio de legítimo ejercicio de sus funciones. A este respecto,
afirma Mendoza Ayma:
Desde nuestro punto de vista, aquí es donde se produce la consumación, pues se está
produciendo un resultado lesivo a la Administración pública. Cualquier acto o
conducta anterior a los actos de impedimento o de traba de la función serán
considerados como tentativa (artículo 16 del CP).
El artículo 367 del Código Penal sufrió una modificación por el artículo 2 de la Ley
30054, publicada el 30 junio 2013, cuyo texto es el siguiente:
En los casos de los artículos 365 y 366, la pena privativa de libertad será no menor de cuatro ni mayor de
ocho años cuando:
La pena privativa de libertad será no menor de ocho ni mayor de doce años cuando:
5. El hecho se comete respecto a investigaciones o juzgamiento por los delitos de terrorismo, tráfico
ilícito de drogas, lavado de activos, secuestro, extorsión y trata de personas.
Si como consecuencia del hecho se produce la muerte de una persona y el agente pudo prever este
resultado, la pena será privativa de libertad no menor de doce ni mayor de quince años.
En este supuesto existe un mayor disvalor por la pluralidad de agentes que participan
en el evento delictivo. La condición agravatoria, como mínimo, es que sean más de
dos personas; como máximo no se establece ningún número. Sin embargo, debemos
tener presente que si se trata de más de dos personas, pero con una debida
organización y permanencia de sus miembros, entonces estamos hablando de un delito
de asociación ilícita (artículo 317 del CP).
La pluralidad de agentes merma o aminora rápidamente los efectos del mandato o
requerimiento de autoridad competente. Por ejemplo, la pluralidad de agentes, de
modo eficaz y fácil, impide a la autoridad o a un funcionario o servidor público ejercer
sus funciones, obligan con facilidad a practicar un determinado acto de sus funciones
o estorban su pleno y normal ejercicio[33].
La única exigencia es que el autor sea funcionario o servidor público. No interesa que
actúe en ejercicio de sus funciones: puede hacerlo también fuera de ellas, como
también puede actuar estando de permiso o de vacaciones, porque en ninguno de estos
casos ha perdido la calidad de funcionario o servidor público[35].
En este supuesto existe un mayor disvalor de la acción, pues el sujeto activo debe
tener como medio o instrumento para cometer la conducta típica un arma; lo común
es que sea un arma de fuego.
Cuestión importante es comprobar si que las lesiones graves han de ser atribuidas a la
esfera de organización del autor a título de imprudencia —esto es, que el resultado
lesivo haya sido previsto, mas no abarcado por la esfera cognitiva del agente—. Si
esto es así, las lesiones graves habrían de ser responsabilizadas a título de dolo
eventual, en mérito a un concurso delictivo[37].
En este supuesto, se muestra con mayor claridad el doble papel que juega la víctima:
por ejemplo, cuando se causa una lesión corporal a una autoridad, al funcionario o
servidor público, existe un sujeto pasivo de la acción y, a la vez, existe un sujeto
pasivo del delito, que será la Administración pública.
De todas agravantes del artículo 367 del Código Penal, esta es la más polémica, ya
que solo se sustenta en un mayor disvalor por la calidad especial del sujeto pasivo. No
es necesario, para la presente agravante, que los sujetos pasivos hayan sufrido lesiones
graves, que el sujeto activo haya empleado arma de fuego o blanca, sino solo que
hayan utilizado violencia o amenaza para impedir sus funciones legítimas, y solo
frente a tres entidades: la Policía Nacional, el Poder Judicial y el Ministerio Público,
las cuales —dicho sea de paso— son las tres instituciones públicas vinculadas a la
Administración pública que velan por la correcta justicia. En este punto, Peña Cabrera
Freyre afirma:
Se pone en manifiesto la necesidad de ejercer una protección punitiva más intensa, sobre aquellos
funcionarios y/o servidores públicos, cuyas labores son en suma delicadas, al intervenir en la persecución
del delito, en la procura de resolver los hechos de mayor conflictividad social, de cautelar el orden público
y la seguridad nacional así como la excelsa misión de impartir justicia en todas las esferas de la
juridicidad.[39]
Además, dichos funcionarios públicos, sujetos pasivos de presente delito, tienen que
estar “en ejercicio de sus funciones”, de manera que si no están en pleno ejercicio
funcional, la agravante no se aplica. Por ejemplo, el sujeto activo amenaza a un
policía, pero este se halla en su día de franco o se encuentra de vacaciones.
En principio, debemos destacar que será el Estado peruano el sujeto pasivo de este
delito, pues el único titular del bien jurídico, según reza nuestro Código Penal, en los
delitos contra la Administración pública). No obstante —y es aquí donde surge el
problema— también habrá que mencionar que existiría una fusión de titularidad en
cuanto a la protección del bien jurídico “Administración pública”, pues puede
entenderse como sujetos “afectados” (“perjudicados” es un concepto del Derecho
procesal), tanto los particulares (como en el caso del delito de abuso de autoridad)
como a los mismos funcionarios públicos (como en el caso del artículo 367, inciso 3,
segundo párrafo del Código Penal).
Para ello se debe tener en claro una posición que proviene del derecho penal material,
en el sentido de que una cosa es el sujeto pasivo del delito y otra cosa es el sujeto
pasivo de la acción. Esto cobra especial relevancia cuando de bienes jurídicos
institucionales-colectivos se trata. En efecto, en los delitos contra la Administración
pública, el sujeto pasivo del delito es y lo será siempre el Estado, pues es el único que
ostenta la titularidad del correcto funcionamiento de la Administración pública.
Lo mismo podríamos decir del delito de abuso de autoridad, donde el propio tipo penal
contempla expresamente que el “perjudicado” —que puede ser una persona natural o
jurídica— es parte integrante del tipo penal (artículo 376). En este supuesto, la persona
perjudicada con el acto abusivo del delito es también sujeto pasivo “del delito” y no
simplemente sujeto pasivo “de la acción”, y aquí tenemos que remitirnos al concepto
amplio que ya se viene manejando en el derecho procesal penal, a través del Código
Procesal Penal. En consecuencia, un sujeto agraviado (pueden ser varios agraviados,
una persona particular o un funcionario-servidor público), por la sola condición
jurídica de tal, se halla en la posición de solicitar su respectiva incorporación como
“actor civil” conjuntamente con el procurador público del Estado en la investigación
respectiva.
Ahora bien, en los procesos penales que ya están en giro por el delito del artículo 367,
inciso 3, segundo párrafo, debemos precisar lo siguiente:
Sin embargo, son condición de la agravante dos elementos relevantes: primero que
solo son seis supuestos delictivos de manera cerrada: a) delito de terrorismo, b) delito
de tráfico ilícito de drogas, c) delito de lavado de activos, d) delito de secuestro, e)
delito de extorsión, y f) delito de trata de personas; y segundo, que dichos casos estén
en manos de la administración de justicia, al menos en proceso de investigación de
los hechos, sea a nivel policial, a nivel del Ministerio Público o a nivel del Poder
Judicial. Por ejemplo, si un litigante amenaza al policía instructor para que este no
prosiga con el interrogatorio de algunas personas vinculadas al tráfico ilícito de
drogas. Y más aún si está en la etapa de juzgamiento, al existir ya una acusación fiscal
(verbigracia, si un litigando amenaza a un juez penal para que no prosiga con la
audiencia de juzgamiento y lectura de sentencia de un acusado).
Si, como consecuencia del hecho se produce la muerte de una persona, y el agente pudo
prever este resultado
También debe tenerse en cuenta que entre el tipo básico y el tipo agravado por muerte
del funcionario público puede darse la aplicación de un tipo agravado de modo
“intermedio”, como puede ser la agravante del inciso 2 del artículo 367 del Código
Penal: “El autor causa una lesión grave que haya podido prever […]”; es decir, puede
darse el caso de que el funcionario público, antes de su deceso, podría haber sufrido
una severa lesión en un organismo vital. Entonces ¿qué norma se le aplicará a su
autor? En nuestro concepto, aquí habrá un concurso aparente de normas, en el cual la
agravante por lesiones graves quedará subsumida en la agravante por muerte del
funcionario, aplicándose el principio de consunción.
Ahora bien, cuando se expide una norma, esta debe contener una serie de exigencias
que permitan conocer cuáles fueron los fundamentos por los cuales se puso en
vigencia. Para ello, el Parlamento se sirve de una serie de técnicas que permiten
exponer las razones de la expedición de una ley. Una de estas es la exposición de
motivos, que consiste en informar los antecedentes y los fundamentos que se optaron
para la formulación de la ley. En el caso que nos ocupa del artículo 367 del Código
Penal, este fue implementado por una serie de modificaciones que trataban de
solventar algunas exigencias reales, esto es, proteger a las autoridades de los agravios
que se les infligían en ejercicio de sus funciones.
En este punto se puede observar que el Acuerdo Plenario opta por un criterio
subjetivo: se trataría de una consideración meramente dolosa. Porque es lo que se
deduce de la afirmación que encontramos en el considerando 14 del Acuerdo, el cual
señala:
Es relevante, entonces, establecer que el delito de intimidación y violencia contra la autoridad, agravado
por la calidad de esta, abarca únicamente aquellos actos que mediante amenazas o agresiones físicas
rechazan el ius imperium del Estado, representado en el ejercicio del poder, competencias y facultades que
ella legalmente ostenta y ejerce.
En ese lugar sí hubo agresiones que impedían la acción del Estado. Por lo que,
partiendo de que esta consideración, incluida en la exposición de motivos, vemos
innecesaria la inclusión de las amenazas como supuesto de intimidación, porque si lo
hiciéramos estaríamos dando pie a que los jueces apliquen sanciones arbitrarias en
hechos que no cumplen con el principio de lesividad, o sea, que la conducta no afecte
realmente el bien jurídico tutelado. Pero teniendo en cuenta que no se trata de lo que
el agente quiera, puesto que este puede alegar que solamente quiso “agredir” al policía
y no evitar que cumpla con su función, es necesario tomar en cuenta el
carácter objetivo, es decir, que realmente la conducta del sujeto esté encaminada a que
no se cumpla con la función delegada a la autoridad, independientemente de lo que
realmente pretendió hacer el sujeto responsables, en otras palabras, atenernos a la
conducta que con su comisión perjudicó y afectó la acción del efectivo policial.
Entonces, cuando al juez le corresponda evaluar la imputación que se le hace a una
persona, tendrá que observar que esa acción perjudicó, efectivamente, la función del
policía. De esta forma, se tendrá por válida la imputación del delito.
La inclusión del agravante por la calidad policial de la autoridad ocurrió varios años
después, a través de la Ley 30054, como respuesta político-criminal a sucesos
violentos, como el desalojo de la comerciantes de La Parada, donde se infligió daños
importantes a la integridad física de los efectivos policiales que intervinieron en dicho
operativo. Esto es, dicha agravante específica estaba dirigida a prevenir y sancionar
con severidad formas graves de agresión dolosa contra la autoridad policial,
orientadas a intimidar a sus efectivos y/o producirles lesiones e incluso la muerte.
Por tanto, es relevante, precisar que el delito de violencia y resistencia contra la autoridad, agravado por
la calidad policial de esta, abarca únicamente aquellos actos que mediante amenazas o agresiones físicas
rechazan el ius imperium del Estado, representado en el ejercicio del poder, competencias y facultades que
ella legalmente ostenta y ejerce. Son, pues, formas de resistencia activa y violenta contra dicho poder y
autoridad. Por tal razón, su relevancia y punibilidad tienen siempre que ser menores que los que
corresponden a otra clase de acciones de violencia que se dirigen a atentar directamente contra la vida o
la salud de efectivos policiales que ejercen o ejercieron sus funciones. Es por ello que para sancionar con
severidad estos últimos casos, se han regulado expresamente circunstancias agravantes específicas en los
delitos de homicidio y lesiones.
Por consiguiente, el delito de violencia y resistencia contra la autoridad policial solo puede configurarse y
ser sancionado como tal, cuando en el caso sub judice no se den los presupuestos objetivos y subjetivos
que tipifican de manera independiente los hechos punibles contra la vida o la salud individual del
funcionario policial que se han señalado anteriormente. La penalidad, por tanto, del delito de violencia y
resistencia contra una autoridad policial no puede sobrepasar la pena mínima fijada para las lesiones leves
en el artículo 122, inciso 3,literal a. Es decir, en ningún caso puede ser mayor de tres años de pena
privativa de libertad, si es que la violencia ejercida contra la autoridad policial no ocasionó siquiera
lesiones leves. Pero, si el agente con las violencias ejercidas produjo dolosamente lesiones leves o lesiones
graves a la autoridad policial, su conducta solo debe asimilarse a los delitos tipificados en los artículos
121 y 122 del Código Penal, respectivamente, aplicándose, además, en tales supuestos, la penalidad
prevista para la concurrencia del agravante específico que se funda en la condición funcional del sujeto
pasivo. Esto es, si se ocasionan lesiones graves la pena será no menor de seis ni mayor de doce años de
pena privativa de libertad, y, si solo se produjeron lesiones leves, la sanción será no menor de tres ni mayor
de seis años de pena privativa de libertad.
1. Si la lesión es “menos que leve” (podría considerarse una falta penal), la pena no
podrá pasar de 3 años de privación de la libertad, y se toma como criterio cuantitativo
el artículo 122, inciso 3, literal “a” (agravante cualificada de falta leve).
El artículo 368 del Código Penal sufrió una modificación por el artículo 1 de la Ley
29439, publicada el 19 noviembre de 2009, cuyo texto es el siguiente:
El que desobedece o resiste la orden legalmente impartida por un funcionario público en el ejercicio de
sus atribuciones, salvo que se trate de la propia detención, será reprimido con pena privativa de libertad
no menor de seis meses ni mayor de dos años.
Cuando se desobedezca la orden de realizarse un análisis de sangre o de otros fluidos corporales que tenga
por finalidad determinar el nivel, porcentaje o ingesta de alcohol, drogas tóxicas estupefacientes,
sustancias psicotrópicas o sintéticas, la pena privativa de la libertad será no menor de seis meses ni mayor
de cuatro años o prestación de servicios comunitarios de setenta a ciento cuarenta jornadas.
El que desobedece o resiste la orden legalmente impartida por un funcionario en el ejercicio de sus
funciones, salvo que se trate de la propia detención, será reprimido con pena privativa de libertad no mayor
de tres años.
Según la descripción típica, puede ser cualquier persona. Por lo tanto, se trata de un
delito común. Al tratarse de un delito común, importa un ámbito de libertad de
configuración, de manera que podría darse una autoría mediata, donde el hombre de
atrás se aprovecha de la ignorancia o carencia de culpabilidad del hombre de adelante
para realizar típicamente el delito. Se podría decir que solo puede ejercer la resistencia
(de propia mano) quien es destinatario de la orden (administrativa o judicial), pero
nada obsta a que un tercero pueda ejercerla, manipulado por el sujeto obligado. Todo
dependerá de la naturaleza de la resolución, pues, si es de naturaleza personalísima,
no puede darse esta figura[43].
En cuanto al sujeto pasivo, habrá que identificar dos supuestos: por un lado, el sujeto
pasivo de la acción, que lo será el funcionario público; y por otro lado, el sujeto pasivo
del delito que será, en todos los casos, la Administración pública.
El verbo rector está compuesto tanto por “desobedecer” como por “resistir”. Veamos
cada uno de ellos:
Otro caso sería el hecho de mostrar una negativa a devolver bienes poseídos en calidad
de depositario judicial:
La orden no debe confundirse con un deber jurídico; por ejemplo, retornar al país pese
a haber sido expulsado. No son órdenes todas las sentencias judiciales, ni siquiera las
que creen un estado (o sea, una orden prohibitiva de carácter general), pero sí las que
contengan una orden expresa de ejecución. Según García Navarro, “estamos ante un
deber jurídico específico y no genérico que fundamenta la punibilidad del injusto
cuando es resistida o desobedecida. Su fuente se encuentra en la orden concreta, la
que no enmarca una orden general se asemeja a resistir o desobedecer una norma o
ley de carácter general, por ello, sería absurdo sancionar penalmente a todo individuo
renuente ante la norma”[52].
Afirma Portocarrero Hidalgo, a este respecto que: “La resistencia presupone una
orden verbal o escrita de un funcionario, a la que intencionalmente no se va a acatar,
no hay que confundir con el incumplimiento de una resolución. Hay diferencia entre
desobedecer o resistir al funcionario y violar un deber jurídico”[53].
Además, la orden debe estar dirigida a persona o personas determinadas, lo que hace
de los destinatarios sujetos posibles del delito. En consecuencia, la desobediencia
puede realizarse también por un “órgano colegiado”; verbigracia, los regidores de una
municipalidad. Solamente salvarán su responsabilidad los que votaron en contra de la
desobediencia. El alcalde que no ejecute el acuerdo de los regidores, o que impida que
estos se reúnan para decidir sobre el cumplimiento de la orden, responderá también
de la desobediencia, sea por comisión o por omisión[54].
La orden debe ser expresa, clara, sin ambigüedades. Sería atípico el hecho de que un
juez emita una resolución con el nombre y el apellido concretamente si en el texto y
contenido de la resolución existen serias ambigüedades; es decir, la orden no se
entiende en toda su magnitud y alcances:
El que desobedece o resiste la orden legalmente impartida por un funcionario público en el ejercicio de
sus atribuciones. […]
Así también, ejecutabilidad del mandato tiene que estar emparentada con la ausencia
o el agotamiento de recursos procesales que autoricen a revisar de nuevo la orden
dispuesta. En ese sentido, no puede hablarse de resistencia o desobediencia de órdenes
que hayan sido impugnadas, por lo que toman seriedad típica, por ejemplo, las
resoluciones equiparables a cosa decidida o juzgada, según sea el caso[57].
En esta línea de pensamiento, el tipo penal señala tres condiciones concretas para que
la orden sea considera como típica. Primero, que la orden sea legalmente impartida,
es decir, que la orden sea emitida dentro del marco jurídico (legal y reglamentario).
Normalmente como estamos dentro de la Administración pública, la orden tiene que
estar prevista en una ley orgánica, en una ley ordinaria, en el ROF o el MOF de la
institución. Que la orden sea “legalmente impartida” significa que la orden sea
provenga de un funcionario “competente”.
En cuanto al delito de desobediencia si bien en el sub judice se cursó un mandato judicial legítimo con las
formalidades internas correspondientes, la desobediencia presupone, de un lado, la posibilidad real de su
cumplimiento y, de otro lado, el conocimiento efectivo de la orden de parte de quien debe obedecerla; que
el mandato cursado por el juzgado no era de posible cumplimiento porque el vehículo ya no estaba en
poder del imputado, y, además, no existe prueba que establezca que tal orden llegó a su conocimiento
efectivo pues el imputado ya había cambiado de domicilio, que en todo caso, no está acreditado
fehacientemente que recibió la notificación o que conoció de dicho mandato; que siendo así tampoco es
posible estimar acreditado el delito en mención.[59]
En segundo lugar, otro caso en que se estableció el delito imposible en este tipo penal
se observa del siguiente fallo: “Se aprecia de autos que no aparece elemento alguno
que vincule a los mencionados encausados con el delito de desobediencia y resistencia
a la autoridad, porque al no tener el vehículo depositado cuando fuera notificado por
el Juzgado para su entrega, existía imposibilidad material para el cumplimiento del
mandato, al no superar la resistencia de su coprocesada, quien se encontraba en poder
del bien, además de no encontrarse consentida la resolución de la cual emanaba la
desafectación del bien, al haber sido impugnada, y, aún más, posteriormente
revocada”[61].
En tercer lugar, la jurisprudencia peruana se ha referido a la imposibilidad de cumplir
con la orden judicial. Así: “Si bien es cierto que existe un mandato judicial que obliga
a la Municipalidad Provincial al pago a favor del agraviado, el cual ha sido notificado
y requerido en su oportunidad, sin embargo, en el presente caso, se ha llegado a
establecer la imposibilidad del pago, debido a la falta de liquidez de la
obligada, conforme se ha concluido mediante pericia contable debidamente
ratificada; que de otro lado, la deuda a favor del agraviado y otros ex trabajadores de
dicha comuna fue presupuestada, sin embargo ha sido frustrada dicha intención de
pago ante la situación económica del Municipio, quedando con ello desvirtuada la
supuesta renuencia del acusado a cumplir con el mandato judicial”[62].
El artículo 368 del Código Penal prevé una cláusula expresa de excusa absolutoria,
bajo los siguientes términos: “El que desobedece o resiste la orden legalmente
impartida por un funcionario público en el ejercicio de sus atribuciones, salvo que se
trate de la propia detención…”; esto es, los supuestos más comunes se darán en el
marco de un proceso penal cuando exista la orden de un juez para detener a una o
varias personas implicadas, tal como da cuenta una ejecutoria suprema: “La conducta
de los acusados que se circunscribió a impedir sus propias detenciones queda dentro
de los alcances de la excusa legal absolutoria prevista en el artículo 368 del Código
Penal”[63].
Aquí no hay una causa de atipicidad, sino una exoneración de pena por excusa absolutoria que, a
diferencia de la evasión simple, se basa en razones de política criminal asumidas por el legislador nacional.
Entre el conflicto que surge cuando se trata de la propia persona, entre la posición de dar preeminencia
valor del bien individual (libertad individual de las personas) y el supraindividual (correcto
funcionamiento de la Administración Pública), el legislador se ha decidido por dar mayor valor a la libertad
individual, hasta el punto que si la persona de manera natural pretende protegerlo por sí misma ante una
orden impartida de la administración, su conducta no es punible.[65]
La procedencia de una Excusa Absolutoria, requiere de una vinculación especial entre el sujeto activo y
sujeto pasivo del delito o, en su defecto, de un acto atribuido por el agente, que demuestre una intención
de retorno al ordenamiento jurídico, cuestión que no se devela en el presente caso; en consecuencia, no es
propiamente una Excusa Absolutoria, al revelarse un decaimiento de la motivabilidad normativa, pues al
estar incurso el autor, en una situación de extrema angustia, no puede determinar su conducta conforme al
enunciado normativo, al estar de por medio la privación de su libertad, se ve afectado significativamente
en su capacidad decisoria, con arreglo a Derecho.[66]
Aparece de autos que el procesado […] al pretender darse a la fuga luego de colisionar su vehículo contra
una móvil que se hallaba estacionado fue intervenido por un efectivo policial, resistiendo a ser conducido
a la Delegación Policial negándose a mostrar sus documentos […] conducta que se configura en el delito
de Resistencia a la Autoridad […] sin embargo, este dispositivo legal establece la salvedad cuando se trate
de la propia detención por encontrarse dentro del riesgo permitido, lo que ha ocurrido en el presente
caso”.[70]
Resulta claro que el hecho de desobedecer —de manera dolosa— la orden de un juez,
según nuestro Código Penal, no constituirá delito siempre y cuando se restrinja a lo
estrictamente necesario para tratar de impedir la propia detención; porque si la persona
se resiste utilizando, por ejemplo, un arma de fuego, o produciendo lesiones graves o
hasta la muerte del policía que lo venía a detener, ya no habrá el beneficio de la excusa
absolutoria, pues los hechos se trasladarán a otro tipo penal agravatorio (artículo 367
del CP).
El agente debe realizar la conducta a modo de dolo. Pueden admitirse tanto el dolo
directo como el dolo indirecto o dolo eventual.
Con respecto al primer párrafo del artículo 368, el agente, en primer lugar, debe
conocer que efectivamente está desobedeciendo o se está resistiendo la orden, y
además debe conocer que dicha orden está legalmente impartida por un funcionario
público en el ejercicio de sus atribuciones. Si el dolo no abarca este extremo del
conocimiento, entonces habría un error de tipo.
Un tema en el que debería ponerse atención, de cara a la debida acreditación del dolo
en el agente (y, obviamente, para la configuración del delito de desobediencia a la
autoridad), es que la orden debe ser impartida con aquella frase muy conocida en el
ambiente forense y judicial: “con expreso apercibimiento de denuncia por este delito
en caso de incumplimiento”. Creemos que, a partir de aquel momento, y ante la
negativa injustificada del sujeto activo, es donde realmente empieza —de actos
preparatorios a actos de ejecución delictiva— la relevancia jurídico-penal del delito
en estudio.
Sería irrelevante pronunciarnos sobre el extremo del tipo subjetivo “salvo que se trate
de la propia detención”, pues, como dijimos, tiene una connotación de exoneración de
responsabilidad penal.
El artículo 368 prevé la siguiente conducta típica: “El que desobedece o resiste la
orden legalmente impartida por un funcionario público en el ejercicio de sus
atribuciones…”, con lo cual marca la pauta de consumación; en tal sentido, estamos
ante un delito de mera actividad, pues solo se necesita que el agente particular
“desobedezca” o “se resista” a la orden del funcionario, sin ninguna exigencia
adicional. Por lo tanto, las interrupciones del curso causal casi son nulas.
Una ejecutoria suprema da cuenta de los grados de desarrollo del presente delito. “La
violencia y resistencia a la autoridad consiste en desobedecer o resistir la orden
impartida por un funcionario público en el ejercicio de sus atribuciones; por lo tanto
para que se consuma dicha acción típica basta el incumplimiento de la orden u omitir
su realización, siempre y cuando esta se encuentre dentro del marco de la ley”[71].
Por último, debemos señalar que las responsabilidades por el incumplimiento de una
orden pueden ser civiles, administrativas o penales. Incluso, en el ámbito penal,
desobedecer la orden de una autoridad puede constituir también una falta o
contravención contemplada en el artículo 452, inciso 3, del Código Penal, que
contempla “Faltas contra la tranquilidad pública”, en los siguientes términos:
Será reprimido con prestación de servicio comunitario de veinte a cuarenta jornadas o con sesenta a
noventa días-multa:
[…] El que, de palabra, falta el respeto y consideración debidos a una autoridad sin ofenderla gravemente
o el que desobedezca las órdenes que le dicte, siempre que no revista mayor importancia.
Un caso conocido por la Corte Superior de la Libertad nos puede ilustrar la presente
agravante típica. Así:
[…] el efectivo policial Valerio Hipólito Soles Pulido encontrándose en ejercicio de sus funciones,
impartió una orden legal, concreta y directa al acusado en forma verbal, consistente en someterse al
examen corporal de una mínima extracción de sangre, para practicar la prueba pericial preconstituida de
dosaje etílico en la Sanidad de la Policía Nacional, ante la sospecha fundada de la comisión del delito de
conducción en estado de ebriedad tipificado en el artículo 274 del Código Penal, precisamente como
consecuencia de la producción de un accidente de tránsito como precedente inmediato a su intervención,
en la cual se advirtió posibles síntomas de ebriedad del acusado (aliento alcohólico), sin embargo, este en
forma dolosa desobedeció (omitió) la orden policial y en forma intempestiva se retiró de la Sanidad,
haciendo impracticable la pericia, consumándose de esta manera el delito de desobediencia o resistencia
a la autoridad (delito de ejecución instantánea), tipificado en el artículo 368 del Código Penal.[72]
Como es sabido, el artículo 213 del Código Procesal Penal regula el tema del
“Examen corporal para prueba de alcoholemia”, bajo los siguientes términos:
1. La policía, ya sea en su misión de prevención de delitos o en el curso de una inmediata intervención
como consecuencia de la posible comisión de un delito mediante la conducción de vehículos, podrá
realizar la comprobación de tasas de alcoholemia en aire aspirado.
3. La Policía, cuando interviene en operaciones de prevención del delito, según el numeral 1) del presente
artículo, elaborará un acta de las diligencias realizadas, abrirá un Libro-Registro en el que se harán constar
las comprobaciones de aire aspirado realizadas, y comunicará lo ejecutado al Ministerio Público
adjuntando un informe razonado de su intervención.
4. Cuando se trata de una intervención como consecuencia de la posible comisión de un delito y deba
procederse con arreglo al numeral 2) del presente artículo, rige lo dispuesto en el numeral 4) del artículo
210.
Con respecto al segundo párrafo del artículo 368, el agente, en cuanto al dolo, debe
conocer dos extremos concretos: en el primer extremo, debe conocer
la desobediencia de la orden; y el segundo extremo del dolo, debe abarcar la finalidad,
es decir, que el agente conozca que el acto de desobediencia sea para impedir la
realización de análisis de sangre o de otros fluidos corporales que tenga por finalidad
determinar el nivel, porcentaje o ingesta de alcohol, drogas tóxicas estupefacientes,
sustancias psicotrópicas o sintéticas.
Como es sabido, se trata de un nuevo párrafo incorporado al artículo 368 del Código
Penal, conforme a la modificación efectuada por el artículo 4 de la Ley 30862, Ley
que fortalece diversas normas para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra
las mujeres y los integrantes del grupo familiar, publicada el 25 de octubre de 2018
en el diario oficial El Peruano.
(“Agresiones en contra de las mujeres o integrantes del grupo familiar”), así como al
incremento gradual de las penas. También se ha incorporado un elenco numeroso de
circunstancias de agravación, extensible a un sinnúmero de situaciones en que puede
verse lesionada la víctima en el contexto de la llamada violencia familiar. Sin
embargo, no siempre se respeta la sistematización de la conducta prohibida, con la
incorporación de hipótesis de agravación que nada tienen que ver con el bien jurídico
protegido[73].
Cuando se desobedece o resiste una medida de protección dictada en un proceso originado por hechos que
configuran violencia contra las mujeres o contra integrantes del grupo familiar será reprimido con pena
privativa de libertad no menor de cinco ni mayor de ocho años.
Cualquier persona puede realizar la conducta típica, por tanto se trata de un delito
común con alguna salvedad —sujeto activo indeterminado relativo—; en tanto y
cuando el agente este inmerso en un proceso de violencia familiar.
En cuanto se refiere al sujeto pasivo del delito, este lo será en todos los casos uno
genérico como es la “Administración Pública”, ya que se estaría desobedeciendo una
orden impartida por un órgano judicial.
Entre las medidas de protección judicial que pueden dictarse en los procesos por actos
de violencia contra las mujeres y los integrantes del grupo familiar se encuentran las
siguientes:
1. Retiro del agresor del domicilio en el que se encuentre la víctima, así como la prohibición del regresar
al mismo. La Policía Nacional del Perú puede ingresar a dicho domicilio para su ejecución.
6. Asignación económica de emergencia que comprende lo indispensable para atender las necesidades
básicas de la víctima y sus dependientes. La asignación debe ser suficiente e idónea para evitar que se
mantenga o coloque a la víctima en una situación de riesgo frente a su agresor e ingrese nuevamente a un
ciclo de violencia. El pago de esta asignación se realiza a través de depósito judicial o agencia bancaria
para evitar la exposición de la víctima. […]
7. Prohibición a la persona denunciada de retirar del cuidado del grupo familiar a los niños, niñas,
adolescentes u otras personas en situación de vulnerabilidad.
En este aspecto —y, quizá, lo más relevante en este tipicidad por la casuística que se
tiene— debe considerarse que el tipo penal agravado solo podría ser cometido
mediante una conducta dolosa por parte del agente activo. En tal sentido, los actos de
“desobedecer” o “resistirse” (componentes del tipo básico del delito) deberán estar
dirigidos contra una resolución judicial concreta: las “medidas de protección”, las
cuales deben ser conocidas previamente por el agente activo y notificadas de acuerdo
a ley.
Una postura indica que lo que habría sería un concurso aparente de normas.
Entiéndase por ello a aquellas leyes que se presentan en situaciones en las que, para
la tipificación de un hecho, concurren aparentemente dos o más tipos penales; sin
embargo, una regla extraída del sistema jurídico permite determinar que el hecho se
encuadre en uno de los supuestos típicos en concurso aparente. La esencia del
concurso aparente de normas o de leyes radica en que solo puede ser enjuiciado de
acuerdo con un tipo penal, de manera que los demás tipos carecen de relevancia para
el pronunciamiento del juicio de culpabilidad y también para la fijación de la pena.
Ello en contra de lo que sucede en el concurso ideal de delitos, en el que, para valorar
la gravedad de un hecho, hay que aplicar varias disposiciones legales. En el concurso
aparente (o “concurso de leyes” en el derecho español), de las diversas leyes
aparentemente aplicables a un mismo hecho solo una de ellas es realmente aplicable,
quedando desplazadas las demás conforme a diversos criterios interpretativos[75].
A esto se llama conflicto aparente de disposiciones penales, que no sólo se presenta en orden a los tipos
delictivos, sino en cuanto a los preceptos de la parte general (una circunstancia agravante o atenuante, por
ejemplo). Decimos que es un conflicto aparente, porque el ordenamiento jurídico ofrece, de modo
explícito o implícito, criterios para determinar la aplicabilidad de una u otra disposición penal en cada caso
concreto. Este conflicto sería verdadero si el ordenamiento jurídico no brindase reglas para resolverlo;
pero afortunadamente no es así.[76]
Si se aplican las reglas del concurso aparente de normas —según el principio de
especialidad—, queda únicamente en la órbita punitiva lo establecido en el artículo
122-B, segundo párrafo, inciso 6, del Código Penal, con su marco punitivo abstracto,
por ser esta la norma penal específica que desplaza a la norma general (artículo 368,
segundo párrafo).
Por el contrario, la segunda postura indica que en este caso existe un concurso ideal
de delitos. Al respecto, Peña Cabrera Freyre nos dice:
Siendo esto así, en el caso in examen, nos preguntamos ¿cuál es el bien jurídico protegido en el artículo
122-B y cuál el tutelado en el artículo 368 del C. P.? En el primero es la salud, entendida desde un concepto
amplio, no solo abarca lo físico y lo fisiológico, al comprender también los planos “psíquico” y
“psicológico”. Mientras que en el delito previsto en el artículo 368, el bien jurídico protegido es la acción
libre del funcionario público. La resistencia lesiona el orden de la Administración Pública, atacando el
ejercicio de la libertad funcional, de modo que es la libre acción del funcionario público lo que el tipo
penal protege inmediatamente, y mediatamente, el orden de la administración. En conclusión, nuestra
postura es que en los tipos penales (agravados), se da un concurso ideal de delitos y no un conflicto
aparente de normas, al tutelar ambos tipos penales bienes jurídicos de naturaleza jurídica distinta, al
resultar la solución dogmática correcta]