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El papel del existencialismo en la opresión femenina

Este documento analiza el pensamiento de Simone de Beauvoir sobre la opresión de la mujer desde una perspectiva existencialista. Beauvoir argumenta que la feminidad no es una cualidad natural de las mujeres, sino un mito culturalmente construido a lo largo del tiempo. Explica cómo se formó este mito a través de la dialéctica entre hombre y mujer, y cómo las mujeres pueden superar la opresión asumiendo el control sobre su reproducción y participando en el trabajo productivo.

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El papel del existencialismo en la opresión femenina

Este documento analiza el pensamiento de Simone de Beauvoir sobre la opresión de la mujer desde una perspectiva existencialista. Beauvoir argumenta que la feminidad no es una cualidad natural de las mujeres, sino un mito culturalmente construido a lo largo del tiempo. Explica cómo se formó este mito a través de la dialéctica entre hombre y mujer, y cómo las mujeres pueden superar la opresión asumiendo el control sobre su reproducción y participando en el trabajo productivo.

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EL FACTOR CULTURAL COMO FACTOR DECISIVO EN EL ANÁLISIS DE LA OPRESIÓN

DE LA MUJER

El existencialismo es una corriente filosófica que se desarrolla en Europa en la primera


mitad del siglo XX. Se puede considerar a Sören Kierkeegard su principal precursor, siendo
sus principales representantes el alemán Martín Heidegeer y los franceses Jean Paul
Sartre, Maurice Merleau-Ponty y por supuesto Simone de Beauvoir.

Podemos considerar que, frente a otras corrientes de pensamiento, el primer principio del
existencialismo se encuentra en la afirmación de que en todo ser humano, la existencia
precede a la esencia. Es decir, no existe una naturaleza común a todos los individuos cuyos
rasgos puedan establecerse de antemano. El ser humano inicialmente no es nada: será
aquello que resulte de su propia acción. Decidir y actuar es lo que define al ser humano; por
ello es, sobre todo, libertad. Existir es hacerse mediante sus propios proyectos libres. Los
seres humanos son los únicos responsables del sentido de sus actos. Esto implica asumir
que somos los únicos responsables de nuestro existir, lo cual puede provocar angustia.

Simone de Beauvoir está de acuerdo con Sartre en que los humanos son seres atravesados
por la nada. A diferencia de los demás objetos (los animales, las cosas) necesitan hacer su
ser proyectándose. Un ser en sí (être-pour-soi) u objeto es una realidad acabada, completa,
su realidad en inmanente. Un sujeto o conciencia es un ser-para-sí (être-pour-soi) que se
trasciende a sí mismo a través de elecciones o proyectos. No podemos no elegir. No elegir
significa caer en la cosa, caer en la inmanencia. Para el existencialismo el mal moral
consiste en la renuncia a la libertad propia amparándose en excusas (cuando culpamos a
los demás de nuestro fracaso caemos en la mala fe), el bien moral consiste en asumir que
estamos solos ante nuestras propias decisiones, que "estamos condenados a ser libres" y
somos los únicos responsables de nuestra vida. Solo así, según el existencialismo,
tendremos una existencia auténtica.

Simone de Beauvouir realiza su propia interpretación del existencialismo aplicándolo a


aquellos problemas que le preocupan y constituyen el eje central de su pensamiento. Este
es el caso del problema de la mujer que desarrollará en El segundo sexo y en el que
aparecerán influencias como las de Heidegger, Hegel y Merleau-Ponty. Veamos.

En El segundo sexo Simone de Beauvoir se pregunta con insistencia "¿qué es una mujer?".
Más allá del hecho de ser hembra, es decir, de tener un útero, Beauvoir constata la
existencia de un "eterno femenino", una idea platónica de feminidad al que las mujeres
parecen aproximarse en mayor o menor medida. Beauvoir formula esa pregunta porque
para ella la "feminidad" no es una cualidad que caracterice a las mujeres de manera natural
sino que es un mito forjado a lo largo del tiempo que implica determinadas características
vinculadas a la pasividad, debilidad, afectividad, irracionalidad, el cuidado de los demás, la
dependencia frente al hombre, cuya definición va asociada al ejercicio del poder, a la
independencia, la racionalidad, la valentía, el control de los afectos.. ese "ser mujer" no es
una esencia, no hay factor biológico que determine a la mujer en el tiempo, más bien es el
resultado de un complejo proceso de aprendizaje que comienza desde los primeros
momentos de la vida del individuo: "No se nace mujer: se llega a serlo"
Es evidente que si la mujer está determinada desde los inicios de su vida, bien por el factor
biológico, bien por el mito que define su existencia y le impide la libre elección de su
carácter y de sus proyectos, la mujer cae en la inmanencia, deja de ser una conciencia para
convertirse en un ser-en sí (être-en-soi) que no se trasciende a través de sus proyectos a
diferencia del varón, que sí puede decidir libremente.

Para responder a la pregunta “qué es una mujer?” Simone de Beauvoir utilizará el método
regresivo-progresivo donde analizará en un primer momento cómo y por qué se formó este
mito para después reflexionar, en un segundo momento, cómo la mujer puede superar los
condicionamientos biológicos y culturales con la finalidad de convertirse en sujeto de sus
propias acciones. Respondamos a ellas:

¿Cómo se formó entonces este mito?

Hombres y mujeres no son categorías simétricas opuestas, Para explicarlo Simone de


Beauvoir se sirve de la categoría de Otro cuya formación se explica a través de la dialéctica
hegeliana. La dialéctica significa que cada cosa sólo llega a ser lo que es en relación a su
contrario (el polo positivo y negativo en una pila, la izquierda y la derecha en la política). La
realidad está en un inquieto proceso de transformación cuyo motor es a la vez la
contradicción y el desajuste. Todo sujeto toma conciencia de sí en relación a otras
conciencias. En ese momento el Otro que lo define se vuelve necesario para que el sujeto
sea lo que es. Este reconocimiento de la necesidad de ambos para ser lo que son es
necesaria.

El problema se plantea para la filósofa cuando se descubre que en la relación


hombre-mujer, que en principio es una relación entre conciencias, la reversibilidad ha
desaparecido y la mujer no opera la inversión de realizarse como sujeto. Para explicar esta
asimetría Simone de Beauvoir acude a la explicación dialéctica del amo y el esclavo, donde
el amo necesita la mirada del esclavo, quien reconocen el prestigio del amo y su poder. Sin
embargo, esta operación no es reversible ya que el amo no mira al esclavo como un igual
sino como un "objeto", como "la Alteridad". El esclavo lo aceptará y no se rebelará, pese a
que es sólo su reconocimiento que mantiene al amo en su lugar. Lo mismo pasa en la
relación hombre-mujer que Beauvoir divide en tres momentos:

Primer momento: los varones arriesgan su vida en acciones valiosas que eligen libremente
(caza, guerra).
- Segundo momento: las mujeres, debido a "las servidumbres de reproducción" debido a
largos períodos dedicados a la crianza, debían permanecer ancladas a las funciones
propias de la especie. Las mujeres reconocen el prestigio del hombre y reconocen su valor,
lo convierten en sujeto.
- Tercer momento: los varones someten a la mujer aprovechando ese prestigio que ellas les
brindan y les ofrecen protección a cambio de la opresión. Las convierten en "la Alteridad",
no en sujetos iguales, las condenan a una eterna minoría de edad. Cuando este sistema de
opresión sobre las mujeres se organiza en instituciones y se justifica mediante códigos
escritos recibe la denominación de patriarcado, término que heredará del comunista Engels.
Pero, ¿Cómo se rompe con el círculo de la opresión?

Los hombres arriesgan su vida mediante actos que trascienden la vida animal:
experimentan un poder que les permite establecer sus propios fines, trazando así ellos
mismos su futuro y el de su grupo.

El guerrero, para aumentar el prestigio de la horda, del clan al que pertenece, pone en juego
su propia vida. Así demuestra brillantemente que para el hombre la vida no es el valor
supremo, que debe servir para fines más importantes que ella misma. La peor maldición
que pesa sobre la mujer es estar excluida de las expediciones guerreras; si el hombre se
eleva por encima del animal no es dando la vida, sino arriesgándola; por esta razón, en la
humanidad la superioridad no la tiene el sexo que engendra, sino el que mata.

Como afirma Beauvoir, "aquí está la clave de todo el misterio". El macho humano, menos
supeditado a la especie que la hembra, "moldea la faz del mundo, crea instrumentos
nuevos, inventa, forja el futuro". La hembra humana se reconoce en estos proyectos de los
varones que también ella valora por encima de los trabajos a los que está forzada a dedicar
buena parte de su existencia.

Si Simone de Beauvoir sostiene que, en sentido existencialista, es más humano -menos


animal- matar que engendrar, lo hace en el sentido de que mujeres y hombres valoran
aquellas empresas en que los individuos establecen sus propios fines, y había pocos fines
propios en una maternidad no decidida y no compartida.

En cuanto a la evolución de la condición de las mujeres podemos observar que en esta


etapa inicial de la supremacía de los varones sobre las hembras, esta situación se vive en la
inmediatez: no hay todavía instituciones que justifiquen la superioridad de los varones y
pretendan ampliarla y perpetuarla. A partir de este momento, la autora emprende un
recorrido por la Historia que muestra de modo exhaustivo las fases diferentes por las que
pasa la afirmación y el desarrollo de esta jerarquía. Para referirse a ella, usa con frecuencia
la expresión de "régimen paternalista", "forma patriarcal" de la sociedad o explícitamente
"patriarcado", aludiendo así a la forma de organización social caracterizada por la
hegemonía masculina y la consiguiente opresión de las mujeres.

La formación y consolidación del patriarcado será para Beauvoir el resultado de lentas


transformaciones que conducirán a su establecimiento definitivo con la redacción escrita de
mitologías y leyes. Son los varones los que elaborarán los códigos en los que la posición de
la mujer siempre será subalterna. En muchos casos, esta posición subalterna se mezcla con
miedo a lo femenino.

Ahora bien, en el siglo XIX tiene lugar la gran revolución que sí cambiará la suerte de las
mujeres: la revolución industrial y el maquinismo que implica posibilitan una "nueva era" en
esta historia. La incorporación de las mujeres en masa al trabajo industrial las dota del
protagonismo económico sin el cual, para Beauvoir, no hay liberación posible.
Con el trabajo industrial cobra fuerza otro de los grandes problemas que las mujeres han de
afrontar: la conciliación entre su papel reproductor y el trabajo productor.

Por tanto, el control de esta función generadora es absolutamente necesario para que la
mujer pueda realizarse como ser humano.

La evolución de la condición de las mujeres dependerá, pues, de la convergencia de dos


factores: la participación de las mujeres en la producción y la liberación de las servidumbres
de la reproducción. Solo esta liberación permitirá a las mujeres la conciliación entre su papel
reproductor y su trabajo productor. Por ello, el desarrollo de las prácticas anticonceptivas es
fundamental para la apertura de las posibilidades vitales de las mujeres.
Considera con detenimiento todo lo relacionado con el control de la mujer de su propia
fecundidad, sea la evolución de las prácticas anticonceptivas o la situación de la extendida
práctica del aborto y su persecución a lo largo de la historia. En definitiva, el control por
parte de la mujer de su propio cuerpo es, para Beauvoir, condición necesaria para que
pueda asumir el papel económico que las nuevas circunstancias le permiten y, con ello, con
sus palabras: "la conquista de la totalidad de su persona".

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