Hierba de Brujas y Toti Martínez
Hierba de Brujas y Toti Martínez
Diseño de interior:
Iturri
Ilustración y diseño de cubierta:
Aritz Albaizar
Maquetación:
Erein
© Toti Martínez de Lezea
©EREIN. Donostia 2019
EREIN Argitaletxea. Tolosa Etorbidea 107
20018 Donostia
T 943 218 300
e-mail: [email protected]
Con mi agradecimiento a:
Koldo Villalba, guía de la selva de Irati
Alfonso Bañeres, veterinario de B.A.S.A.T.I.
– 1493 –
E
parto duró tres días interminables y la madre solo
tuvo tiempo de contemplar su carita enrojecida
antes de cerrar los ojos para siempre. Tras asearlo
y envolverlo en una manta de suave lana de
borrego nonato, la tía Constanza se lo llevó al
padre, que esperaba en el salón, pero este ni tan siquiera le
miró. Los ojos fijos en el fuego de la chimenea, una copa de
vino en su mano derecha y las mandíbulas apretadas, el notario
don Juan de Urruztia no dejaba de pensar en la esposa a la que
amaba y cuya vida le había sido arrebatada de manera
inesperada. Él no deseaba un hijo, solo a la única mujer que
había logrado lo que parecía imposible, que tomara esposa,
que se enamorara como un muchacho cuando sus sienes
comenzaban a blanquear. Quería a Catalina a su lado, en el
lecho, sentir su cuerpo, amarla hasta caer rendido, contemplar
el amanecer entre sus brazos y volver a adentrarse en ella con
el regocijo en el alma. Maldijo a Dios al saber que no volvería
a acariciar sus cabellos y a perderse en su mirada. Y maldijo al
causante de su muerte, el pequeño que se agitaba incómodo en
brazos de la tía, como si entendiera que su padre no lo quería,
que nunca lo querría. Don Juan se desatendió de él y alzó los
hombros, indiferente, cuando su hermana le preguntó acerca
de un ama de cría y del nombre elegido para el niño. La tía se
lo llevó a su habitación y eligió para él el nombre de Bernabé,
“hijo de la consolación”, pues volcó en él un amor enfermizo y
obsesivo al no haber sido madre, con un marido que la había
dejado viuda a una edad en la que resultaba tarea imposible
contraer otro enlace, dadas su edad y escasa fortuna. Vivía
desde entonces con su irascible hermano, quien la había
acogido en su casa más como ama de llaves que como
allegada, aunque le permitía llevar las cuentas del hogar y fue
así como pudo contratar a una buena nodriza para alimentar a
su sobrino. Prescindió de ella en cuanto el pequeño fue
destetado; no deseaba compartir su amor con ninguna otra
mujer. De esta manera se inició la vida de Bernabé de
Urruztia.
Durante sus primeros siete años, no se separó de las faldas
de la tía; dormía, comía y paseaba con ella, y se entretenía
jugando con un carrusel o vistiendo y desvistiendo a una
muñeca de madera, mientras ella sonreía complacida al tiempo
que se aplicaba en su labor de bordado. Más que un niño
parecía una niña, con cabellos demasiado largos, que la mujer
no se cansaba de cepillar y adornar con lazos de raso. Apenas
veía a su padre y, en dichas ocasiones, procuraba pasar
desapercibido y permanecía callado, a sabiendas de que su
presencia disgustaba sobremanera al señor que nunca le dirigía
la palabra. Hasta que, un día, don Juan pareció salir del
habitual ensimismamiento en que se hallaba inmerso desde la
muerte de su mujer; miró a su hijo, miró a su hermana, pero no
dijo nada. Una semana más tarde, se presentaron dos monjes y
se llevaron al niño sin que sus gritos y lloros, y los de doña
Constanza, sirvieran para nada. El notario había decidido que
Bernabé fuera educado por los religiosos en lugar de por, a su
entender, una mujer trastornada que lo estaba convirtiendo en
un afeminado.
La vida en el monasterio fue una tortura para un niño
acostumbrado a vivir entre algodones y cuyos caprichos eran
inmediatamente hechos realidad por su madre adoptiva. Le
raparon la cabeza al cero y cambiaron su elegante vestimenta y
sus zapatos de badana fina por una túnica de estameña y unas
sandalias. Comía un pedazo de pan y un cuenco de guisado de
legumbres o verduras, dependiendo de la época del año,
acompañado de algún que otro trozo de carne; era toda su
alimentación. Se lavaba con agua helada en las letrinas y, una
vez al mes, era baldeado también con agua fría para quitarle la
mugre, y dormía en compañía de otros novicios sobre un
colchón de paja, cubierto con una manta rasposa. Era azotado
con una vara en las nalgas desnudas delante de monjes y
neófitos a la menor distracción o falta, y su jornada, al igual
que la de todos, se regía por las horas canónicas que
interrumpían el sueño y el trabajo en la huerta. Se quedó en los
huesos, acentuándose la natural palidez de su rostro, y su
mirada se volvió ausente, de forma que una vez por semana
acompañaba al monje encargado de recoger las limosnas entre
el vecindario. La lástima provocada por el aspecto demacrado
del niño enternecía los corazones y aflojaba las bolsas.
Quienes no tenían monedas de sobra le daban panes,
manzanas, castañas e, incluso, algún pollo raquítico, que iban
de inmediato al talego del monje. Así transcurrieron los
primeros cinco años de encierro de Bernabé, sin salir de aquel
lugar, sin haber vuelto a ver a su querida tía, sin una caricia.
Hasta que un día cambió su suerte.
Convencido de que el muchacho tenía una inteligencia y
una capacidad de aprendizaje superior a la de sus compañeros
y de que en un futuro podría ser de mucha utilidad, el abad
dispuso que abandonara el trabajo de la huerta y la mendicidad
y se centrara en el estudio; en adelante pasaría a ser el
ayudante del encargado del pequeño scriptorium del
monasterio. Fray Paulino era hombre mayor y de pocas
palabras, en absoluto amable por lo general, pero cuyo
semblante se transformaba al tener en las manos uno de los
códices custodiados con celo digno de un guardián del tesoro
real. Contemplaba las detalladas iluminaciones realizadas a
todo color con añadidos de oro y plata y, después, leía el
contenido de cada página, con parsimonia, saboreando las
palabras, regocijándose ante un aforismo especialmente
hermoso. Ya no se realizaban libros miniados como los
antiguos y, en su opinión, la imprenta había hecho mucho mal
al permitir el acceso al conocimiento a todo tipo de personas.
—El saber es un arma poderosa en mentes perversas
contrarias a la doctrina que nos fue transmitida por profetas y
evangelistas –repetía a menudo.
Él continuaba con el sistema tradicional, es decir copiando
a mano, aunque solo los textos. Ni él ni los dos amanuenses
que lo ayudaban en la tarea de reproducir algunas de las obras
en pésimo estado que se hallaban en la media docena de
anaqueles de la librería monacal tenían habilidad suficiente
para realizar las ilustraciones, así que se limitaban a copiar las
palabras escritas por otras manos tiempo atrás. En un
principio, su cometido fue asear la estancia, ocuparse de
mantener en orden los pupitres donde trabajaban los tres
monjes, limpiar plumas y pocillos, y elaborar la tinta. Fue su
primer contacto con lo que, para él, era un arte lleno de
misterio: desmenuzaba y trituraba las agallas de bellota en el
almirez y ponía el polvo obtenido a fermentar en agua de
lluvia; colaba la mezcla y le añadía aceite de vitriolo,
dejándolo reposar varios días después de haberlo removido a
fondo. Finalmente, Paulino le añadía la goma de acacia que
guardaba bajo llave por tratarse de un producto difícil de
obtener a través de un mercader que se detenía en el
monasterio un par de veces al año a sabiendas de que tanto la
goma de acacia como el papel de vitela tenían en el
bibliotecario a su mejor cliente.
Bernabé se moría de ganas a la espera de que le llegara la
oportunidad de escribir sobre papel, aunque fuera el de
algodón, más basto, pero su maestro solo le permitía hacerlo
en la tablilla de piedra con una varilla de pizarra. No pudo
reprimir su deseo. Un día que se encontraba solo en la
biblioteca, introdujo un cálamo en la tinta y escribió su
nombre en un trozo de papel desechado. El maestro lo pilló
cuando estaba a punto de añadir su apellido y le atizó un
manotazo en la nuca. El golpe dio con su cara en el pupitre, se
volcó el pocillo y él se manchó de tinta la mejilla derecha, la
ceja y parte de la frente. La mancha tardó mucho en
desaparecer, pero, a partir de entonces, el monje le permitió
escribir, solo textos cortos al principio, pero más largos a
medida que lo veía progresar. Los tres amanuenses tenían ya
una edad en la que la vista comenzaba a enturbiarse y el pulso
no era tan firme, y el joven pronto los superó en agilidad y
maestría.
El primer libro que copió era el más importante de la
pequeña biblioteca, uno de los llamados “Beatos”, copia a su
vez del original Commentarium in Apocalypsin del monje de
Liébana. Dejó en blanco los espacios correspondientes a las
iluminaciones, con la esperanza puesta en un maestro
iluminador que quizás un día pudiera reproducirlas, y se centró
en la escritura, en el mensaje del venerable texto escrito siglos
atrás. Se detenía cada vez que encontraba una palabra
misteriosa: sellos, símbolos, visiones, tronos, plagas, ángeles,
cuernos… intentando descifrar su mensaje, el secreto
destinado solo a los elegidos para acabar con el anticristo que
diezmaba el rebaño de Dios, convencido de que él era uno de
ellos.
De esta manera, entre rezos, disciplinas, estudio y trabajo
transcurrieron los siguientes cuatro años de la vida de
Bernabé, más retraído en sí mismo a medida que crecía,
convertido en un asceta, tanto que incluso el abad tuvo que
llamarle la atención. Su actitud incomodaba a los demás
monjes, quienes encontraban del todo inusual que un novicio
mostrara un celo propio de un penitente. Él, no obstante,
continuaba centrado en sí mismo; leyó todos los libros de la
biblioteca, y los releyó hasta saberlos de memoria al no
disponer de otros. Era tal su ansia por alcanzar el
conocimiento, que comenzó a escribir sus propios textos,
empezando por emular al Beato con su interpretación personal
del Apocalipsis de San Juan y vertiendo en ellos su visión del
fin del mundo y las causas de los males de la Tierra, actividad
que no pasó desapercibida para Paulino, quien exigió leer los
escritos. El viejo monje se quedó atónito y corrió en busca del
abad. Tras examinar los textos con suma atención, ambos
llegaron a la conclusión de que estaban ante un Tomás de
Aquino reencarnado; era preciso dar alas a la pequeña ave a
fin de que se transformara en águila para mayor gloria del
monasterio, y fue enviado al colegio de los benedictinos de
Iratxe, el más cercano, que estaba a la espera de recibir la bula
del Papa para convertirse en Universidad. Por supuesto, los
gastos del alojamiento y de los estudios correrían por cuenta
del padre del neófito, quien, para sorpresa de este, no solo no
se negó, sino que se empeñó en acompañarlo personalmente al
famoso Estudio donde solo eran aceptados alumnos muy
inteligentes, o muy ricos.
El encuentro entre padre e hijo fue todo menos efusivo. Se
dieron la mano como si acabaran de ser presentados e hicieron
el viaje en un carro de caballos en el más completo silencio.
Diez años sin verse eran muchos. Durante todo aquel tiempo,
don Juan no había acudido a visitarlo ni una sola vez, tanto era
así que Bernabé había acabado por considerarse huérfano y en
la práctica lo era. Ni siquiera preguntó por la tía Constanza, la
única persona a la que dedicaba un pensamiento de vez en
cuando; en su mente, ella representaba el cariño que no había
vuelto a recibir desde que era un niño de largos tirabuzones;
aquello también quedaba en el pasado, como un recuerdo, un
sueño amable. Al llegar a Iratxe, el notario se entrevistó con el
abad mientras él permaneció afuera, absorto en lo que sería su
nueva vida, alejada de las confesiones públicas, el zurriago y
las incontables horas transcurridas en una biblioteca sin
ventanas, con la llama de las velas como única luz. Se despidió
de su padre de la misma manera, con un apretón de manos, y
se olvidó de él en el mismo instante en que traspasó la entrada
del lugar donde esperaba encontrar respuestas para sus muchas
preguntas. Y no solo eso.
Durante los tres años transcurridos en Iratxe
exclusivamente dedicado al estudio, bien alimentado y
obligado a realizar largas caminatas, pues era filosofía de su
tutor que la mente estaba en mejor disposición de aprendizaje
si el cuerpo se hallaba en buenas condiciones, el muchacho
raquítico y pálido se convirtió en un joven fuerte y seductor, y
en el mejor de los alumnos. Sus superiores decidieron enviarlo
a San Vicente, el colegio de la orden en Salamanca, donde el
brillante escolar adquiriría una mejor preparación para luego
regresar para mayor gloria del monasterio y de su Estudio. Sin
embargo, una vez en la ciudad castellana, el joven borró de su
mente cualquier idea de dedicarse a la docencia en una
universidad menor; su meta era la cátedra de Sagrada Escritura
en la propia Salamanca. De hecho, en su segundo año,
abandonó el colegio de los benedictinos y se trasladó al
Estudio General de Teología del convento dominico de San
Esteban. Los benedictinos protestaron por el robo de su
estudiante más prometedor, y este recibió una carta de su
padre en la que le reprochaba no haber contado con su
aquiescencia y le exigía volver a San Vicente o, de lo
contrario, no abonaría el costo de sus estudios. Ni que decir
que no se molestó en responder y castellanizó su apellido
pasando a llamarse Bernabé Avellaneda, que a su parecer
sonaba mucho más distinguido que Urruztia.
Meses después de su llegada trabó amistad con Alonso,
miembro de una rama segundona del importante linaje de los
Zúñiga. El joven no tenía intención alguna de ejercer de
clérigo, carrera a la que había sido destinado por decisión
familiar a la espera de que emulara los logros de sus
antepasados y, de paso, le entrara un poco de cordura ya que
era un tarambana de mucho cuidado. Vivía en el palacio de su
tío y padrino, don Luis de Zúñiga Avellaneda, quien pasaba la
mayor parte del año en Valladolid al servicio del rey por lo que
no lo veía con asiduidad. Sin embargo, el caballero tenía una
extraña querencia por su ahijado y lo había dotado con una
generosa asignación que le permitía vivir sin dar golpe. En una
de sus estancias en Salamanca, Alonso le habló de su amigo, el
extraordinario escolar, y quiso conocerlo. No se sabe si debido
a la apostura y conocimientos del joven, a que sus apellidos
coincidían pese a no tener relación alguna de parentesco o si
pensó que sería una buena influencia para el golfo de su
ahijado, ordenó a su administrador le pasara una asignación a
fin de que pudiera continuar sus estudios sin estrecheces.
También le ofreció vivir en el palacio, pero Bernabé rechazó
tal posibilidad; debía llevar una existencia de recogimiento,
estudio y oración, aseguró, acorde con su vocación.
Impresionado por su férrea voluntad, el hombre le dobló la
asignación. Ya no necesitaba los dineros del padre a quien no
consideraba como tal y cortó todo trato con él, con los de su
primer monasterio, con los monjes de Iratxe y con lo que
pudiera recordarle su pasado. Desde entonces solo tuvo una
aspiración: ser el mejor.
No dejaba de extrañar, sin embargo, su relación con el
alocado de Alonso, la única persona con quien mantenía un
trato que podía llamarse amistoso, muy diferente a la distancia
mantenida con sus demás condiscípulos, incluso con sus
maestros. A veces, se los veía caminar por las calles de la
ciudad enfrascados en conversaciones en las cuales, estaba
claro, el sobrino de Zúñiga llevaba la voz cantante ante la
mirada condescendiente de su compañero. Y es que al futuro
teólogo le divertía la verborrea de su amigo, un tipo soñador e
imaginativo como él no lo sería nunca; era lo que para otros
una jarra de vino. Sus encuentros lo hacían relegar durante
unos momentos los sesudos razonamientos doctrinales, las
lecturas en latín y griego de filósofos antiguos y actuales, sus
refutaciones a las tesis de Lutero y de Erasmo de Rotterdam,
las resoluciones del Concilio de Trento aprendidas de
memoria, en particular las referentes a los protestantes y
herejes que negaban pilares fundamentales de la doctrina
católica, y a quienes había que combatir sin concesiones.
Alonso también le hablaba de mujeres, un tema desconocido
para él, y le describía con pelos y señales sus noches de placer
con una moza de la “La Jaca Parda”. Su rechazo inicial por ser
un asunto contrario a la castidad obligada en un eclesiástico
dejó paso a la curiosidad, pues se dijo que el sexo era
consustancial al ser humano vulgar y que, aunque él no lo
practicara, debía conocer de qué se trataba para poder juzgarlo.
Lo uno llevó a lo otro y, tras varias semanas de reticencia,
aceptó finalmente acompañar a su amigo a la taberna, seguro
como estaba de poder hacer frente a todo tipo de tentaciones.
Su sorpresa fue mayúscula al encontrar en el lugar a algunos
de sus condiscípulos y, peor aún, a varios de los profesores de
la Universidad. Los vio beber sin mesura, reír, manosear a las
sirvientas y a otras mujeres de pechos turgentes asomando por
encima de los corpiños cuyo oficio no dejaba lugar a dudas.
¡Se hallaba en un antro de perversión inimaginable para él
hasta entonces! En las Sodoma y Gomorra surgidas del
infierno en un tugurio en el corazón de la sapiencia. Su
primera intención fue salir de allí de inmediato, pero se
contuvo; debía demostrarse que él era uno de los justos que el
patriarca Lot no había sido capaz de encontrar en las ciudades
pecadoras arrasadas por el fuego divino, si bien se mantuvo
semi oculto en un rincón mientras su amigo desaparecía
escaleras arriba sujetando una jarra con una mano y la cintura
de una moza con la otra. Regresó más veces y, tras azotarse
con unas zurriagas a modo de penitencia, escribió en un
cuaderno lo visto y escuchado en cada una de ellas,
convencido de que sus apuntes le serían de utilidad algún día.
Habiendo obtenido con apenas veinticuatro años el título
de Bachilleren Filosofía y Teología, que le permitía impartir
clases mientras preparaba la licenciatura, decidió que ya no
quería ser fraile dominico, ni de ninguna otra orden; no estaba
hecho para obedecer, eso lo tenía muy claro, seguir reglas,
constituciones o cumplir las horas canónicas que lo distraían
del estudio e interrumpían sus cavilaciones, y tampoco quería
ser clérigo. Pese a la insistencia del prior de San Esteban para
que, al menos, entrara en la rama laica de la Orden de
Predicadores, de forma a seguir unido a los dominicos, aunque
libre para decidir su vida, optó por aceptar la oferta del señor
de Zúñiga y pasar a vivir en su palacio. Decidió asimismo
abandonar la filosofía y seguir los estudios de Leyes y
Cánones; un jurista tenía más posibilidades que un teólogo a la
hora de apostar por la carrera política. Su ambición era llegar a
ser miembro del Consejo Real, una idea madurada gracias a
las conversaciones con su ilustrado benefactor, importante
dignatario, así como coleccionista de arte, quien pasaba cada
vez más tiempo en Salamanca a medida que envejecía.
Bernabé aprendió con él lo que no se enseñaba en la
Universidad: los tejemanejes de la Corte, las intrigas, los
medios para alcanzar el favor real, la habilidad para moverse
entre parcialidades y, en especial, la manera de evitar hacerse
enemigos.
—Estos son tiempos revueltos –reflexionaba el caballero
en voz alta–, con doña Juana encerrada en Tordesillas, el país
en manos de extranjeros, la cuestión navarra, el asunto de las
comunidades y de las germanías, la mala situación económica
agravada por el expolio llevado a cabo a fin de obtener la
corona del Imperio para el príncipe… Únicamente sacan
tajada los más listos, o los menos íntegros. Y te aseguro, mi
joven amigo, que no se trata de credos, ni siquiera de lealtades,
sino de supervivencia, de apostar por el ganador, seguirle el
juego y obtener beneficios.
Se sintió escandalizado la primera vez que lo escuchó decir
algo parecido. Sin embargo, a medida que hablaban e iba
teniendo consciencia del funcionamiento de los centros de
poder, llegó a la conclusión de que la realidad era tal y como el
caballero la describía: si quería llegar a ser alguien en la Corte
debía jugar bien sus cartas. Antes de haber obtenido el título
de Maestro en Leyes y Cánones, sus servicios habían sido ya
solicitados por otras universidades y altos prelados, aunque él
se mantenía insensible a la admiración que suscitaba, la mente
fija en su objetivo. Vestido como un hidalgo, si bien siempre
de negro sobrio, era innegable la atracción que provocaba
tanto en hombres como en mujeres. Cada vez que abandonaba
su actitud, de natural reservada, el hombre silencioso se
transformaba en un orador capaz de debatir sobre cualquier
tema que dejaba pasmados a maestros y condiscípulos. Eran
tales su saber y convicción que, incluso, llegaban para
escucharlo estudiosos de otras universidades, y no eran pocas
las ocasiones en las que se le comparaba con el insigne Fray
Luis de León, de respetada y admirada memoria. Una vez
obtenida la titulación, y gracias a los hilos que el señor de
Zuñiga movió, consiguió una plaza en uno de los negociados
de la Chancillería de Valladolid, si bien se sintió un tanto
decepcionado pues esperaba algo mejor dadas sus
extraordinarias cualificaciones pero, como bien le indicó su
benefactor.
—No tengas prisa, todo llegará. Aprende los entresijos y
muestra tu valía. La Chancillería es un excelente comienzo
para alcanzar un puesto en uno de los Consejos reales, y no
olvides que no importa lo que tú creas o dejes de creer sino el
fin que persigues. Encontrarás en tu camino personajes de todo
tipo: sabios, avariciosos, marrulleros, caballerosos, ineptos…
Nunca dejes entrever lo que eres o lo que verdaderamente
piensas, limítate a escalar puestos dentro del entramado hasta
que puedas ser tú mismo y tomar tus propias decisiones.
Estaba claro que el hombre era un cínico, pero sabía de lo
que hablaba. Según le comentó, sus inicios habían sido duros;
cuarto hijo de una rama segundona de su importante linaje, sin
títulos nobiliarios ni posibilidades de heredar y abocado a
hacer carrera en el ejército o en la iglesia, se había convertido
en uno de los hombres más ricos e influyentes del Reino
gracias a sus negocios. Decidió seguir sus consejos, aceptó por
tanto el puesto en la Chancillería, que compaginaría con un
determinado número de horas lectivas en la Universidad de
aquella ciudad, y se dispuso a alcanzar su meta: llegar a ser el
jurista más reputado, tanto, que prelados, nobles y hasta el
mismo rey solicitaran sus servicios.
Q
uince años atrás, cuando Bernabé aún se hallaba
en Iratxe, nacía una niña, la séptima de una
familia de pastores de ovejas, en Itzaltzu,
pequeña aldea del valle de Zaraitzu rodeado de
montañas cuyas altas cumbres permanecían
cubiertas de nieve la mayor parte del año. Al igual que la de
aquel, la madre únicamente llegó a vislumbrar a la recién
nacida; falleció sin que su suegra y la partera pudieran
contener la hemorragia que tiñó de rojo los lienzos del
humilde lecho que ocupaba en un rincón de la cocina, junto al
fuego. Balendin, el padre, cogió a la criatura en brazos y
lamentó dos cosas: perder a la compañera junto a la cual
esperaba envejecer, y que su último retoño fuera otra hembra.
Quería a su mujer desde que las madres de ambos convinieron
su unión siendo niños todavía, y ella fuera a vivir al caserío de
su familia, si bien tuvieron que transcurrir varias estaciones
hasta comprender que dicha unión significaba algo más que
pasar el día vigilando el rebaño. Ya eran padres cuando apenas
habían vivido, pese a las recomendaciones de Alodia, su
madre y suegra, quien mostró gran preocupación a partir del
nacimiento de la tercera nieta; su nuera era estrecha, y el
cuerpo precisaba tiempo para recuperarse de cada parto,
aseguraba, pero ellos no la escucharon. No podían, no querían,
dejar de disfrutar de unos momentos de intimidad, en el
silencio de la noche, sobre el colchón de hierba seca,
escuchando el crepitar del fuego, entregándose al único placer
que conocían.
Ahora, su mayor preocupación era la pequeña que se
revolvía hambrienta; se la devolvió a la abuela, y esta a su vez
se la entregó a una vecina que, con un hijo de pocos días,
esperaba por si era necesario intervenir, como así fue.
Mientras la niña asía ansiosa el pezón, el hombre se subió al
tejado de la casa de piedra que él mismo había construido a las
afueras de la aldea, fuera de los lindes del monasterio, y quitó
una teja a fin de permitir la salida del espíritu de la fallecida.
Desde allí, fijó la mirada en los montes; pronto ascendería con
las ovejas a los pastos y tendría tiempo para pensar. Luego
contempló a sus seis hijas, la menor de apenas dos inviernos,
que jugaban vigiladas por la mayor, Ortixa, de tan solo doce, si
bien aparentaba cuatro más, se dijo orgulloso antes de
centrarse de nuevo en la recién nacida.
Una séptima hija era un mal augurio, muy malo. Si hubiera
sido un varón, sería otra cosa, señal de sucesos
extraordinarios, de bonanza para sus parientes, pero una
hembra estaba destinada a ser… se mordisqueó el labio
inferior negándose a admitirlo: bruja, todo el mundo lo sabía.
Su mujer sonrió la única vez que él se atrevió a mencionar tal
posibilidad.
—¡Supersticiones! Solo son supersticiones de gentes
necias que inventan cuentos sin motivo alguno. Tengo el
presentimiento de que esta vez será un buen mozo. Y si es
moza, ¡saldrá igual de guapa que su madre! –rio divertida.
Todavía resonaba su risa en sus oídos, y no pudo evitar que
un par de lágrimas rodaran por sus mejillas, bajó del tejado,
asió una pala y se dirigió al pequeño cementerio de la aldea a
cavar la tumba que guardaría los restos de su querida
compañera hasta que a él le llegara el turno de reunirse con
ella.
No dejó de observar a sus vecinos durante la gaubeila, el
ceño fruncido, los labios prietos, respondiendo a las
condolencias con un movimiento de cabeza. Como era
costumbre, Alodia y otras mujeres prepararon viandas para el
velatorio, que dispusieron sobre un tablón largo apoyado sobre
caballetes y cubierto con un mantel de lino bordado a punto de
cruz. Iluminada por dos velones, la difunta reposaba sobre la
cama, envuelta en la sábana de los muertos tejida por ella
misma; parecía dormida, en paz, pero su rostro había adquirido
una tonalidad cérea, fría. Balendín no reconocía a la
compañera de su vida en aquel ser inerte, y sus hijas no
entendían por qué la madre no respondía a sus llamadas, no
abría los ojos, no sonreía. Hombres y mujeres se aproximaban
al rincón y hacían la señal de la cruz, se alejaban y fijaban sus
miradas en la mesa improvisada, como queriendo de alguna
manera conjurar, al olor de la comida, el destino que a todos
aguardaba antes o después. Él percibía lo que pasaba por sus
mentes, pues no se habían interesado por la criatura que
dormitaba junto a su hermano de leche en brazos de la vecina
nodriza; sabía lo que pensaban. Una séptima hija no podía ser
sino motivo de infortunio para su familia y para los habitantes
del pequeño enclave perdido entre montañas; la prueba estaba
en la muerte de su propia madre al traerla al mundo. Apretó las
mandíbulas; no permitiría que nadie dijera o hiciera algo en
contra de ella, pero no podía estar a su lado en todo momento,
y serían muchos los inviernos hasta que pudiera valerse por sí
misma.
Un monje del monasterio de El Salvador y San Miguel
Arcángel, que custodiaba reliquias de Jesús y del general de
los ejércitos divinos, en torno al cual se había establecido la
aldea, apareció cuando los presentes comenzaban a
impacientarse y más de uno había echado mano a las
albóndigas que llenaban una de las cazuelas de barro
dispuestas para el ágape funerario. Dijo una oración en latín
que nadie entendió, roció sobre el cadáver unas gotas de agua
con un hisopo roñoso de puro viejo y, sin más, volvió a
meterlo en la bolsa de piel ajada que colgaba de su hombro; se
giró y alargó la mano señalando una de las jarras de sidra.
Instantes después, los asistentes daban buena cuenta de la
comida y de la bebida mientras el viudo permanecía ajeno a
las conversaciones y al barullo que iba creándose a medida
que los presentes llenaban los estómagos y se congratulaban
de no ser ellos el motivo de la celebración, incluso se
escucharon algunas risas, disimuladas, eso sí. La vela sería
larga, y la muerte era un hecho sin remedio al que todos
estaban abocados, aunque cuanto más tarde tuviera lugar,
mejor. No tardó en escucharse una voz por encima de las
demás y se hizo el silencio; una de las hermanas de la fallecida
inició una endecha lamentando su temprana pérdida, una
cuñada alabó su buena disposición hacia parientes y vecinos, y
una amiga recordó sus años mozos y su alegría. Así, a veces
con una sola estrofa, otras con más, se rindió homenaje a quien
había partido en el largo viaje hacia la eternidad.
No todos permanecieron en el lugar durante el resto de la
noche. La mayoría se retiró tras dejar bandejas y cuencos
vacíos, las hijas de la familia subieron a dormir al sobrado en
cuanto finalizaron las endechas, y la nodriza se retiró a su casa
con las dos criaturas. En asientos improvisados, incluso en el
suelo, una decena de personas continuaron allí a la espera del
nuevo día, momento en que los demás regresarían para
acompañar al cadáver a su última morada. Balendin
continuaba sin abrir la boca, y sin perder el hilo de las
conversaciones. Mientras algunos dormitaban, las espaldas
apoyadas en los muros, otros se entretenían junto al fuego
sorbiendo a pequeños tragos el licor de endrinas que Alodia
había reservado a buen recaudo hasta dicho momento; no era
cuestión de malgastar el preciado líquido del que todavía
guardaba otra garrafilla para uso familiar.
—¿Y cuando la vais a cristianar? –le preguntó una de las
mujeres que la ayudaba a recoger y a fregar los cacharros en
un balde de agua.
—¿A quién? –preguntó ella a su vez aun a sabiendas a qué
se refería.
—A la niña, claro.
—Después del entierro.
—¿Le vais a poner nombre.
Le miró enfadada. ¿A qué venía una pregunta tan
estúpida? ¿Acaso se cristianaba a alguien y no se le ponía
nombre.
—El de su madre.
Sin darle opción a seguir interpelando, salió de la casa y
encendió el horno de pan, sacó de la artesa una buena cantidad
de harina de mijo que depositó sobre la mesa tocinera, hizo un
montón que ahuecó, vertió agua templada y sal y comenzó a
amasar la mezcla, golpeándola, estirándola, doblándola sobre
sí misma, e intentando no pensar en la nieta cuyo porvenir se
presentaba incierto. No lo logró. Su hijo y uno de sus sobrinos
hablaban a dos pasos de ella.
—En Otsagabia existe una casa de huérfanos –decía este–.
Quizás deberías llevarla allí… La tía no puede hacerse cargo
de todos, y tu hija Ortixa tampoco.
—Ya me encargaré yo.
La voz de Balendin sonaba queda, aunque bronca.
—¿Cómo? Dentro de poco tendrás que subir con el rebaño
¿y qué harás entonces? ¿Llevarla contigo.
No quiso escuchar más, y golpeó la masa con fuerza. Su
sobrino estaba en lo cierto; si ya resultaba laborioso ocuparse
de seis hijas, cuánto más de una recién nacida. Hablaría con su
hijo en cuanto estuvieran solos y vería de hacerle sopesar las
dificultades de criar a una criatura no querida. La vecina había
dejado claro que no podía criarla; la amamantaría un par de
días en recuerdo a su amistad con la difunta, pero eso sería
todo, no le robaría la leche a su retoño y, además, tenía otros
tres a quienes atender. Ella, por su parte, ya tenía bastante con
el reuma que la martirizaba día sí y día también, además de
ocuparse de su marido que permanecía alelado la mayor parte
del tiempo. La única solución, como bien apuntaba el sobrino,
era llevarla a la casa de huérfanos. La masa estaba a punto, la
dividió en varias porciones dándoles forma y las metió en el
horno una a una, ayudándose con la pala de pan. Tras el
enterramiento, sería preciso dar de comer a los parientes
llegados de los alrededores.
Al rayar el día, en cuanto la campana llamó a muerto,
colocaron en unas andas el cuerpo envuelto en la sábana
mortuoria y se dirigieron al cementerio situado junto al
monasterio. De nuevo, el mismo monje recitó unas oraciones
en latín, y la mujer fue enterrada en el agujero cavado la
víspera, sobre el que se colocó una cruz de madera formada a
toda prisa con dos leños; más adelante encargarían una estela
de piedra al cantero. Seguidamente, entraron en la capilla con
la intención de bautizar a la niña, pero el monje los informó de
que deberían esperar algún tiempo, hasta estar seguros de que
la criatura era… normal, titubeó, de que no estaba poseída por
el Maligno.
—Bautízala –le ordenó Balendin–, o te aseguro que tú
verás al Diablo en persona antes de lo que crees.
Aquellas palabras dichas al oído, el tono amenazador y la
mirada sombría que le dirigió fueron suficiente acicate para
que el clérigo se apresurara a cumplir la orden, aunque eran
precisos al menos dos padrinos, y nadie, ni tíos, tías, amigos o
conocidos se ofrecieron a ello; apadrinar a una bruja podría
resultar peligroso. El hombre miró a su madre, esta asió el
brazo de su marido, que seguía la ceremonia con una sonrisa
bobalicona plasmada en el rostro, y ambos fueron los padrinos
de la niña, cuyo nombre, Loredi, hizo torcer el gesto al monje
por considerarlo poco cristiano.
Tres semanas más tarde, el pastor ascendía a los prados
altos con el rebaño, sus dos perros, y la pequeña, envuelta en
una frazada atada al torso, bajo la camisa y el chaleco de piel
de oveja. Mientras los animales se desperdigaban por la campa
bajo la atenta mirada de los canes, él se ocupó de limpiar la
borda, abandonada desde el otoño anterior. El lugar estaba
lleno de polvo y el suelo cubierto de excrementos, aunque no
tardó en adecentarlo; encendió unas brasas y puso a calentar
un par de piedras de canto redondo que, una vez calientes,
metió en el kaiku de madera a fin de templar la leche recién
ordeñada, la introdujo en el “cuerno para mamar”, un cuerno
de vaca pulido con un agujero al final, rematado con una tetina
de cuero, y alimentó a la niña sosteniéndola contra su cuerpo,
los labios prietos, el ceño fruncido. Había arrancado de la
muerte a unos cuantos corderos por dicho medio, si bien tenía
que reconocer que estos tenían el rebaño para protegerlos y
darles calor, y su ovejita solo lo tenía a él. No acababa de estar
seguro de si su decisión era la acertada o no, aunque mucho se
temía que, en efecto, se hubiera equivocado; era a todas luces
imposible que un hombre solo en la montaña pudiera salvar a
la pequeña de su destino, pero no podía dejarla en la aldea.
—Llévala a la casa de huérfanos –le había insistido su
madre.
—No lo haré, y lo sabes –respondió él con firmeza.
—Yo no puedo ocuparme de una recién nacida…
—Tampoco te lo he pedido.
—Tienes más hijas…
—Lo sé.
—Esa niña siempre será mal vista…
—¿También por ti, madre.
Ella permaneció muda, y su silencio no hizo sino
confirmar lo que él temía, que incluso la abuela y madrina
creía que una séptima hija sería una bruja sin remedio. Tras el
bautizo, el monje fue por ahí asegurando que se había visto
obligado a cristianar a la criatura bajo amenaza, y la nodriza se
negó a continuar amamantándola por miedo a que corrompiera
su leche, afirmó. No le quedó otra que echar mano del cuerno
utilizado para alimentar a los terneros huérfanos y a los
corderos rechazados por sus madres, por extrañas e
incomprensibles razones. Le costó que mamara, pero el
hambre es un aguijón poderoso y, finalmente, la pequeña
cedió, y él suspiró aliviado: su hija era una luchadora, y su
hermana mayor velaba por ella cuando él andaba atareado.
Ahora sin embargo ambos estaban solos, y tendría que
acostumbrarse a cargar con ella. Intentó dejarla al cuidado de
la viuda Martina, a quien contrató para ocuparse de la casa y
de las hijas; su marido había muerto lunas atrás, aplastado por
el árbol que talaba. Sin hijos ni parientes cercanos, la mujer
malvivía en una cabaña, y la oferta era generosa: casa, comida
y dineros, pero se negó a hacerse cargo de la niña “hechizada”,
como la llamó. No pensaba continuar viuda el resto de su vida,
y ningún hombre cabal la aceptaría sabiendo que había criado
a una bruja. Estuvo a punto de despedirla y buscar a otra, pero
era todavía una mujer joven, cocinaba bien y no se amilanaba
ante el trabajo, además ella y Ortixa habían hecho buenas
migas. Tampoco quedaba ya tiempo; los días transcurrían
veloces, y era preciso subir con el rebaño antes de que llegaran
los pastores de la meseta y se hicieran con “su” prado y con
“su” borda, así que una mañana se despidió y echó a andar con
la preciada carga sujeta al torso.
—¡Estás loco! –exclamó su madre cuando fue a despedirse
y vio el fardo que llevaba atado.
—¿Qué esperabas? Nadie la quiere, ni siquiera tú, y no
voy a dejarla aquí para no encontrarla cuando vuelva. Nos
vamos y, si no es mucho pedir, te ruego que eches una ojeada a
nuestro caserío de vez en cuando y te cerciores de que todo
marcha bien.
Podía irse tranquilo; sabía que lo haría, que tendría un ojo
vigilante en sus nietas, y en la viuda Martina.
Se durmió agotado tras adecentar la borda y recoger a las
ovejas. Tumbado sobre unas pieles, la niña en brazos soñó que
su querida compañera le sonreía y los envolvía a ambos en un
halo luminoso. Aquella criatura, la séptima, era su regalo de
despedida, un presente muy especial que debía proteger por
todos los medios, incluso a costa de su vida. La primavera se
dejaba sentir pese a las noches húmedas y a que las jornadas
amanecían a menudo ocultas bajo una densa niebla. Poco a
poco, la bruma desparecía, si bien quedaban velos vaporosos
que parecían emerger de la propia tierra y los valles
permanecían ocultos hasta bien entrado el mediodía. Sentado
en una roca en forma de asiento, Balendin alimentaba a la
pequeña en una absoluta soledad en la que las aves, sus
animales y ellos dos eran los únicos seres vivos, y
contemplaba el Ori, el monte sagrado de los antiguos, cuya
cumbre emergía del mar de nubes, roja al amanecer, roja al
atardecer.
—Mi querida Loredi, tú eres la princesa de este reino, y
aquel es tu castillo –decía señalando hacia la montaña.
Él no creía en historias viejas, pero su abuela materna sí, y
nunca, hasta que murió, dejó de contarlas junto a la lumbre.
Todavía la recordaba sentada en un taburete y revolviendo el
puchero con un cucharón de madera como decían que hacían
las brujas con sus mejunjes, aunque no era una pócima
embrujada lo que cocinaba, sino una mezcla de verduras y
carne, por lo general de pollo o de conejo. Sin embargo,
iluminada por el fuego del hogar, su menuda figura algo
encorvada, de rostro y manos arrugadas, le confería un aspecto
inquietante para cualquiera que no la conociera tan bien como
él. Ella era su segunda madre, por no decir la primera, a quien
confiaba sus cuitas, también sus ilusiones, y nunca se cansó de
escucharla contar historias de diosas, gigantes y dragones, que
a ambos tanto gustaban.
—Cuando está en la montaña, el humo de su hogar asoma
por las rendijas de las rocas –le decía.
—¿Quién? –preguntaba él conociendo de antemano la
respuesta pues siempre era la misma.
—Ella, Amari, la madre de todo.
Ahora, mientras alimentaba a su pequeña, observaba las
nubes enganchadas en la roca y deseaba creer que su abuela
tenía razón, que allí habitaba la madre de todo, que velaba por
la criatura medio huérfana a quien nadie salvo él quería.
Durante las siguientes jornadas, llegaron más pastores y
más rebaños de ambos lados de la cadena de montañas; a
algunos los conocía, a otros no. Cada cual se aposentaba en
una borda o levantaba una cabañuela de piedras y ramas que
subsistiría el tiempo que permanecieran allí; los había incluso
que montaban tiendas hechas con pieles, aunque todos se
hallaban suficientemente alejados unos de otros para no
entremeterse en el espacio de los demás. No obstante, a veces,
se encontraban al ir a beber agua o a lavarse en un riachuelo o
en un manantial y se invitaban a compartir una comida; el
tiempo en las alturas transcurría muy lentamente, y era
agradable conversar con otros seres humanos de vez en
cuando. Balendin los evitaba; no tenía ganas de charlas, y la
niña ocupaba todas sus horas. No pudo, sin embargo, eludir a
la pareja, ya de edad, y a su hija que ocupaban la cabaña más
cercana, tras el altozano que resguardaba la suya del viento
norte; llevaban años compartiendo zona. Xuban, Auria y
Joana, la niña a quien había visto convertirse en moza,
procedían del vecino valle de Erronkari y no tardaron en
presentarse en su borda. Había logrado esquivarlos en varias
ocasiones, pero aparecieron con una sopa de ajos en puchero
de barro, sidra y una hermosa hogaza de pan en el atardecer de
una jornada en la que el sirimiri no había dejado de caer. Los
tres permanecieron mudos de asombro al encontrarlo
alimentando a la criatura.
—Es mi última nacida –los informó–. Su madre murió al
traerla al mundo.
Aún tardaron un rato en reaccionar después de que la
pequeña se hubiera quedado dormida, aparentemente
satisfecha. Les explicó entonces las circunstancias en las que
se hallaba al no encontrar a nadie que quisiera ocuparse de
ella, ni siquiera su abuela, por lo que no le había quedado más
remedio que llevársela con él.
—Parece que no lo hago mal del todo… –ironizó al tiempo
que le limpiaba la leche de la comisura de los labios.
—No lo entiendo –dijo por fin Auria– ¿Cómo que no hay
nadie en tu aldea para ocuparse de una recién nacida.
—Pues así es.
—¿Y tus otras hijas.
—Se han quedado con una mujer y con mi madre, pero
ninguna de las dos quería hacerse cargo de esta.
—¿Y eso.
Quizás porque estaba descorazonado, porque necesitaba
hablar o porque esperaba que se marcharan y no volvieran una
vez supieran los motivos, sin apartar la vista del fuego les
habló de la muerte de su compañera y del infortunio de aquel
ser indefenso, la séptima hija, condenada por parientes y
vecinos desde el mismo momento de su nacimiento.
—Estoy seguro de que, en cuanto yo me hubiera
marchado, la habrían dejado morir o llevado a la casa de
huérfanos de Otsagabia, así que aquí me tenéis haciendo de
nodriza.
Para su sorpresa, la mujer alargó los brazos y cogió a la
niña.
—¿Cómo se llama.
—Loredi.
—Hermoso nombre en verdad. Hasta la flor más humilde
es bella.
Él sonrió por primera vez desde el fallecimiento de su
mujer.
Sin haber hablado del asunto ni haberlo acordado, todos
los días a partir de entonces, unas veces Auria y otras Joana,
aparecían por la borda y se llevaban a la niña con cualquier
disculpa. Al principio, y tras el tiempo transcurrido con ella
sujeta al torso, Balendin se sentía vacío, como si le hubieran
extirpado una parte del cuerpo, y al rato corría en su busca,
pero no tardó en acostumbrarse, incluso se olvidaba de ella
mientras se dedicaba a las ovejas, las ordeñaba y elaboraba
quesos con la leche; su rebaño no era grande, pero lo ocupaba
toda la jornada. Cuando iba a recoger a su hija, la encontraba
alimentada y limpia, y no solo eso: el viejo Xuban había
bajado a Uztarroze y regresado con un canasto de grandes
dimensiones que le servía de cuna. Por su parte, las mujeres
habían tejido ropa para ella y quemado la que llevaba puesta,
del color de la lana cruda al subir a la majada, que se había
deshilachado y había adquirido un tono negruzco de suciedad.
Poco a poco, el hombre se acostumbró a compartir el atardecer
y parte de la noche con las tres únicas personas que no solo
habían adoptado a la niña, sino que también lo habían
adoptado a él.
Únicamente bajó a Itzaltzu dos veces durante aquellos seis
meses, llevando en ambas ocasiones una docena de quesos que
el primo Santxot se encargaría de vender en Otsagabia y
entregar los dineros a Alodia. Bajó solo, comprobó que sus
otras hijas estaban bien y no respondió a la pregunta de la
madre acerca de Loredi, de forma que la mujer entendió que la
nieta hechizada había muerto y dio las gracias al Cielo por la
buena ventura que evitaba futuros disgustos. Luego le habló de
la viuda Martina, de su buena mano con la casa y las niñas, y
del magnífico entendimiento del que ambas gozaban.
—Es justo lo que tú necesitas –le dijo–. Un hombre solo,
padre de seis hijas, que se ausenta de la primavera al otoño
debe tener una esposa que se ocupe de todo.
Tampoco respondió; no tenía intención alguna de pedir
relaciones a una mujer que se había negado a cuidar de su
pequeña recién nacida, ni a ninguna otra. Pasó por el
cementerio y comprobó que su madre se había encargado de
que el cantero labrara una estela para la tumba; aunque sin
nombre, era la única que tenía tallada una flor. Vio al monje en
la puerta del monasterio, pero no se molestó en saludarlo ni
respondió al gesto de bienvenida que le dirigió; por él, podía
irse al infierno del que tanto les gustaba hablar a los suyos
para atemorizar a los crédulos. Se despidió dos días más tarde
y emprendió de nuevo el camino hacía los prados altos, allá
donde no existían prejuicios ni supersticiones, habladurías ni
murmuraciones, únicamente la Naturaleza y sus sonidos, y su
querida Loredi.
Las nieves llegaron antes de lo habitual, y los pastores
iniciaron pronto el descenso hacia los pastos de invierno o a
sus pueblos. Balendin se resistía a abandonar el seguro refugio
de la montaña donde había recuperado los ánimos perdidos
tras la muerte de su compañera, pero un manto blanco cubría
ya la mayor parte de la hierba, y el viento y el frío eran cada
vez más intensos.
—Solo quedamos nosotros y perderemos un buen número
de animales si esperamos más tiempo –insistía Xuban.
—Bajad vosotros, yo lo haré enseguida –afirmaba él sin
mostrar su preocupación.
Tenía que bajar, lo sabía; la mayoría de las hembras adultas
estaban a punto de parir, y era necesario llevar el rebaño a
seguro, pero no podía dejar de pensar en su pequeña princesa
del Ori, la nieta malquerida, la criatura rechazada por los
vecinos de la aldea, que había ocupado en su corazón el lugar
dejado por su madre. Nunca había estado tan unido a sus otras
hijas, de hecho apenas les había prestado atención hasta que
habían empezado a hablar, y aun así, pero Loredi era especial.
No se cansaba de mirarle y de acunarla en sus brazos; sus
grandes ojos oscuros del color de la miel de brezo parecían
querer decirle algo, su risa lo hacía reír a él, su sueño tranquilo
era el de un ser que se sabía amado. En ello estaba cuando una
noche Auria se presentó por sorpresa en la borda.
—Mañana bajamos –dijo sin tan siquiera saludar–, no
podemos esperar más, y la niña se viene con nosotros.
La mujer prosiguió sin que él hubiera tenido tiempo de
reaccionar.
—Estás retrasando la bajada porque temes que tus gentes
la rechacen, que intenten algo contra ella, pero sabes que no
puedes quedarte aquí durante los meses fríos a riesgo de
perder los animales y te dices que tienes otras hijas y que tu
obligación es ocuparte de ellas. Lo hemos hablado y hemos
decidido que nos llevamos a Loredi. Nosotros la cuidaremos, y
volveremos a encontrarnos aquí la próxima primavera. De
todos modos, estás a menos de media jornada de Uztarroze, así
que puedes venir a verla cuando quieras.
Iba a responder que ya se valía él solo para ocuparse de su
hija, para enfrentarse con cualquiera que se atreviera a hacer o
decir algo en contra de ella, pero ella tenía razón. Además, no
quería exponerla a la crueldad de unas mentes supersticiosas,
capaces de creer que una inocente criatura pudiera ser una
maligna; estaba convencido de que ella notaría el rechazo y
perdería la alegría. Había llegado a pensar que lo mejor sería
olvidarse de todo, no volver a su casa, coger el rebaño y partir
hacia las Bardenas, pero era un hombre recto y tenía seis hijas
más que precisaban su atención; no sería justo olvidarse de
ellas, también eran el fruto de su amor, y su querida
compañera lo maldeciría desde allí donde estuviera. ¿Cómo
sabía Auria lo que pasaba por su mente? Recordó a su abuela y
no puedo evitar una sonrisa; ella sabía siempre lo que estaba
pensando.
—Recuerda que no estás solo –le decía cuando observaba
que algo lo preocupaba–. Déjate ayudar, siempre encontrarás
un espíritu amigo dispuesto a auxiliarte en los momentos
difíciles.
Aquellos tres, Xuban, Auria y Joana, eran sus espíritus
auxiliadores. Al amanecer, esperó hasta verlos partir sendero
abajo hacia Erronkari, silbó a los perros y emprendió el
camino a Itzaltzu.
C
ual camaleón entre depredadores, Bernabé
aprendió el arte del camuflaje, a obedecer las
órdenes de sus superiores sin rechistar y a
disimular su desprecio por quienes consideraba
incompetentes pero que se hallaban por encima
de él. Su carácter reservado y el rostro hermético, que no
dejaba entrever lo que en realidad pensaba, le fueron de gran
ayuda en sus primeros pasos dentro de la Chancillería. Poco a
poco, fue escalando puestos; su preparación teológica y
filosófica, el dominio del latín y, sobre todo, el exhausto
conocimiento de las leyes, hacían de él un asesor
imprescindible en caso de duda, siendo requerido para las
cuestiones más problemáticas por los oidores de la Audiencia
Real. En dichas ocasiones desplegaba sus conocimientos de la
manera que tanto impresionaba a sus antiguos maestros, por lo
que, antes de cumplir los treinta y cinco, acabó siendo
nombrado procurador de pobres del Consejo de Castilla. Su
labor se centraba en presidir uno de los tribunales de lo civil
que lidiaba con asuntos menores: disputas vecinales, robos a
pequeña escala, agresiones y demás. Pronto quedó clara su
actitud de juez severo que aplicaba las leyes sin salirse un
ápice de lo establecido legalmente, de forma que los
procesados temían que fuera él quien dictara sentencia pues su
talante no admitía componendas; las leyes estaban para ser
cumplidas, sin eximentes, ni justificaciones. Su conducta
propició que le fuera ofrecido un puesto como juez de
residencia en el Consejo Real de Navarra, cargo que rechazó al
no considerarlo apropiado a sus merecimientos y porque no le
atraía en absoluto regresar a su tierra de origen. Tuvo que
ceder no obstante al recibir una breve misiva del propio Gran
Canciller, quien, además de exhortarlo a aceptar el puesto, le
insinuaba la inconveniencia de negarse, al tiempo que le
auguraba un futuro prometedor si se sometía a los designios de
quienes administraban la cosa pública. Un par de meses más
tarde entraba en Pamplona y se aposentaba durante unos días
en el palacio de Garro, en la Calle Mayor del burgo de San
Cernin, cuyo propietario era amigo del señor de Zúñiga.
El navarro resultó tan locuaz como el castellano y, durante
su estancia en la vivienda, ambos mantuvieron largas
conversaciones, aunque siguiendo su costumbre, Bernabé se
limitaba a escuchar. Estaba al corriente de los acontecimientos
que habían tenido lugar durante los últimos años, ¿cómo no
estarlo? Se hallaba en Salamanca al hacerse pública la carta de
los frailes franciscanos, dominicos y agustinos en la que
pedían una serie de actuaciones en bien de la estabilidad de
Castilla y que, de algún modo, fue la mecha que prendió la
pólvora de la frustrada rebelión comunera en contra de los
privilegios de la nobleza y más aún de la ambición de don
Carlos para hacerse con el Imperio, a costa de la ruina del
pueblo. La leyó, pero no tenía tiempo para cavilaciones y
menos todavía para intervenir en un asunto que lo preocupaba
bastante menos que obtener su doctorado en Leyes y Cánones.
Curiosamente, fue recibido en las mismas fechas en las que el
movimiento comunero era descabezado. De todos modos,
ahora que se hallaba en Pamplona, si quería medrar y alcanzar
sus metas le interesaba saber más acerca de la cuestión
navarra, que solo conocía de forma somera. El señor de Garro
dominaba el tema, no en vano había sido personaje de alcurnia
en la corte de los extintos don Juan y doña Catalina, y le contó
detalles que ignoraba concernientes a la conquista del viejo
Reino, del exilio de sus legítimos reyes, de los fracasados
intentos por recuperar la independencia y del perdón real a
quienes habían jurado lealtad a la corona castellana, como era
su caso.
—En ocasiones es necesario plegarse ante el más fuerte –
casi se disculpó–. Sin embargo, no os fiéis de las apariencias.
No se conquista un pueblo de la noche a la mañana. La herida
lleva abierta desde hace ochenta años, desde que el viudo de
doña Blanca se apropió de la herencia de su hijo, Carlos de
Viana. Navarra se partió en dos en dicha ocasión, y continúa
dividida, solo que quienes entonces apoyaron al príncipe en
contra de su padre, ahora apoyan a los castellanos…
—¿No es mejor eso que favorecer a los franceses? –
preguntó suspicaz.
—En realidad, dada su situación geográfica, Navarra es
una presa ambicionada tanto por los unos como por los otros,
una disculpa para controlarse mutuamente. El nuestro es un
enclave relativamente pequeño para los reyes de los poderosos
reinos que tenemos a ambos lados. El problema estriba en que
muchos navarros no aceptan injerencias externas, en especial
los habitantes de los valles a este lado de los Pirineos.
Creedme si os digo que en esas zonas la paz tardará en llegar.
¿Conocéis Baztan, Aezkoa, Salazar o Erronkari? No os engaño
si os digo que su belleza es extraordinaria, fuera de lo común.
De haber existido el Paraíso en la Tierra, no hubiera habido
unos parajes más apropiados que esos.
El comentario, dicho con una sonrisa, le sonó a blasfemia,
si bien se guardó de expresar su opinión; no deseaba
enemistarse con un miembro de una familia influyente que
podría serle de utilidad en algún momento. No conocía dichos
valles, y tampoco tenía interés en conocerlos. Había un par de
monjes procedentes de aquellos lugares en su primer
monasterio, y resultaba difícil entenderse con ellos excepto en
latín, y mal; farfullaban el romance y nunca llegaron a
congeniar con él. A veces los oía hablar entre ellos, y su
lengua le sonaba a galimatías propio de bárbaros incivilizados
pese a ser ambos navarros al igual que él.
El señor de Garro le alquiló un pequeño piso de su
propiedad en el barrio de las Tiendas, y él contrató a una mujer
para que se ocupara de la limpieza, las comidas y muy
especialmente de sus atuendos; el negro se ensuciaba con
suma facilidad, y no quería ver la mínima mancha en su
apariencia. Dos semanas después de su llegada a Pamplona se
presentó ante quien iba a ser su superior, el licenciado Pedro
de Balanza, un hombre rico, propietario de un palacio de cabo
de armería, además de un buen número de fincas, cuyos
abuelo y padre habían sido miembros del Real Consejo de
Navarra antes de la conquista. Él también lo había sido, y
continuaba en su puesto; no había tenido escrúpulo alguno en
servir a los entonces reyes de Navarra, apoyar la ocupación
extranjera y continuar en su cargo al servicio del rey Fernando
y ahora al de don Carlos. A Bernabé no le agradó el individuo
de avanzada edad que leyó sus cartas de presentación sin
apenas dirigirle una mirada. Tanto Zúñiga como Garro lo
habían advertido del malestar reinante entre los nobles e
hidalgos navarros por la presencia impuesta de castellanos en
la gobernación de su tierra. Sin embargo, notó un cambio en el
tono de su voz al preguntarle sobre su lugar de nacimiento.
—Olite –mintió.
—Avellaneda… ¿Sois acaso pariente del conde de
Miranda.
La pregunta tenía su trampa puesto que el virrey Zúñiga
Avellaneda, primo tercero de su benefactor de Salamanca, era
castellano.
—No que yo sepa. Mis antepasados eran vizcaínos –mintió
de nuevo.
—¿Y cómo así nacisteis en Olite.
—Mi abuelo sirvió a doña Blanca y casó con una dama de
su corte –continuó mintiendo con aplomo–. Mi padre y yo
mismo nacimos en aquella población, pero quedé huérfano
muy pronto y fui enviado a la Universidad de Salamanca tras
formarme en el Estudio de Gramática de los monjes de Iratxe.
—Me alegra saber que sois navarro, hay demasiados
foráneos dando órdenes por aquí –El licenciado chasqueó la
lengua, molesto–. Veo que vuestras cualificaciones son
excelentes y que habéis sido abogado de pobresen Valladolid,
sin embargo, no llego a entender por qué os han enviado aquí
cuando podríais haber continuado vuestra carrera en la
Corte…
El hombre era desconfiado; esta vez levantó la vista, y él
sostuvo su mirada.
—Yo mismo lo solicité con el deseo de ponerme al
servicio del Real Consejo y del vuestro. Conozco vuestros
esfuerzos para pacificar las tierras de Ultrapuertos, y deseo
aprender de vos.
En realidad, la información le había llegado, de nuevo, por
medio del señor de Garro, quien, por cierto, no sentía simpatía
alguna por el personaje pues, entre otros asuntos, se había
apropiado de las propiedades de su familia con motivo de la
conquista, y había costado juicios y dineros que las devolviera.
El licenciado había sido enviado a la Baja Navarra cuatro años
atrás al mando de una milicia para acabar con las revueltas en
dichos territorios. Allí se dedicó a aplicar la justicia a su modo,
condenando a diversas penas a los llamados “rebeldes” y a
quienes no lo eran y, de paso, quedándose con sus bienes y el
montante de las multas impuestas.
Balanza era vanidoso y sonrió complacido por su
respuesta.
—Puede que me seáis de ayuda, señor Avellaneda. Leed
estos documentos –dijo alargándole un cartapacio de piel
bastante deteriorado por el uso–. En unas semanas partiremos
hacia los valles del Norte.
Bernabé hizo una ligera inclinación de cabeza, salió del
despacho y se dirigió a su casa con la intención de estudiar los
papeles. Sin embargo, a las puertas del verano y en una
mañana soleada aunque algo fresca, no le apetecía encerrarse
en su más bien oscura vivienda y decidió dar un paseo por las
calles abarrotadas de gentes y puestos. Era incapaz de recordar
su niñez en aquellas rúas, quizás porque la tía Costanza solo lo
llevaba a misa los domingos, a veces a alguna tienda y otras, a
jugar en las huertas del Castillo. Sí se acordaba, no obstante,
de dónde vivían: en una calle del Burgo de la Población de
San Nicolás, la de Torredonda, próxima a la iglesia, y se
encaminó despacio hacia ella, preguntándose si tanto la tía
como el padre seguirían vivos. No supo cuál era exactamente
la casa en la que había nacido y que había abandonado siendo
todavía un niño, así que entró en un establecimiento de
bebidas y comidas, tomó asiento en el extremo de una mesa
larga, la única que había, y pidió un pote de vino especiado de
primera presión que pagó con una maravedí de cobre. El local
estaba vacío, y tanto el tabernero como su mujer se mostraron
interesados por conocer la identidad del caballero
elegantemente vestido que les hacía el honor de su presencia y
a quien no conocían. Se miraron preocupados, y el hombre se
apresuró a llenar de nuevo el pote, esta vez, aseguró, por
invitación de la casa. Ambos respiraron tranquilos al
comprobar que no se trataba de un inspector en busca de
adulteraciones en el alcohol, delito condenado con una multa y
a veces el cierre del establecimiento, y pusieron delante de él
un plato con croquetas recién fritas.
—¿Siempre habéis tenido negocio aquí? –preguntó él
intentando mostrarse amable.
—Así es, su señoría. Mi abuelo se estableció en este local
en tiempos del rey Juan, el viudo de doña Blanca, Dios la
tenga en su gloria, ya sabéis, el que se apropió del reino que
correspondía a su desafortunado hijo Carlos de Viana.
El tabernero calló de súbito; no era aconsejable hablar mal
de la realeza con un desconocido, pero prosiguió al no
observar reacción alguna en su cliente.
—La mayoría de los vecinos de la callelleva toda la vida
aquí, gente honrada, comerciantes en su mayoría, aunque
también hay un médico, que pasa consulta en casa y en el
hospital de la catedral. Ah, y un notario, maese don Juan de
Urruztia. Vive justo ahí enfrente.
El hombre señaló a la casona de piedra que se veía a través
de la puerta.
—En Salamanca conocí a un estudiante del mismo
nombre.
—Puede que fuera su hijo –intervino la mujer–. Se habló
mucho en el barrio…
—¿De qué.
—Decían que don Juan no lo quería por haber sido la
causa de la muerte de su madre en el parto, así que la tía se
encargó de él, pero la pobre mujer no estaba bien de la cabeza
y lo educaba como si fuera una niña, hasta que el notario envió
a su hijo con los monjes. Ya no hemos sabido más de él.
Llegamos a creer que había muerto, pero si vos decís que lo
conocisteis en la Universidad…
—Puede que no fuera el mismo… ¿Y qué fue de la tía.
—Doña Constanza no pudo soportar que le quitaran al
niño y acabó perdiendo la razón. Murió ya hace unos años en
el hospital del Corpore Christi para pobres viudas.
—¿Y el notario.
—Ahí sigue, tiene el negociado en casa y apenas sale,
aunque a veces manda a un criado a por comida.
—Mi mujer es famosa por sus alubias con chistorra –
intervino el marido muy satisfecho–. Si así lo deseáis, podéis
probarlas.
—Agradecido, pero tengo trabajo que hacer. En otra
ocasión.
Señaló el cartapacio al tiempo que se levantaba de la mesa
y salió a la calle. Se detuvo un instante y contempló la casona
de su padre; no sentía nada, ni siquiera curiosidad. Iba a
proseguir su camino cuando le llamó la atención un hombre
mayor que emergía de la misma soltando exabruptos,
tropezaba con los adoquines y daba en el suelo. Acudió a
socorrerlo, más interesado en los motivos que habían
provocado su enfado que en el daño que pudiera haberse
hecho, y lo ayudó a levantarse. Momentos más tarde se hallaba
de nuevo en la taberna en compañía del accidentado, quien se
empeñó en invitarlo a comer. Tenía curiosidad por saber lo
ocurrido y esta vez aceptó la invitación para gran contento de
los dueños del local, quienes se dieron buena prisa en poner
encima de la mesa escudillas, cucharas, potes y un humeante
puchero de barro repleto de alubias con chistorra, así como
una jarra de buen vino. Los parroquianos comenzaban a llenar
el local y algunos se sentaron a la mesa larga, pero el aspecto
del caballero de negro provocaba respeto, de modo que
dejaron espacio entre ellos, y así ambos pudieron conversar sin
ser importunados.
—Parecíais muy enojado al salir de la vivienda del notario
–comentó Bernabé a fin de averiguar algo más acerca del
padre de quien nada sabía.
—¿Conocéis a Urruztia.
—No, pero he oído hablar de él…
—Pues cuanto más lejos estéis de él, mejor para vos. No
conozco a un tipo peor que el marido de mi difunta hermana.
Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no mostrar su
desasosiego a medida que el otro se desahogaba. El hombre,
Ianiz Gurtibar de Otxagi, era su tío, un hermano de su madre,
de quien no había oído hablar; ni el padre ni la tía le habían
dicho nunca nada acerca de sus parientes maternos. Se
expresaba en una mezcla de romance y de vasco que resultaba
difícil de entender, aun así logró averiguar que había hecho un
viaje de dos jornadas a lomos de una mula para reclamar la
heredad que su hermana había aportado como dote al
matrimonio. No habiendo herederos la propiedad debía
retornar a la familia, algo a lo que su cuñado se negaba, y no
solo eso; tenía la intención de vendérsela a un vecino de
Eskaroze, población a medio camino entre Esparza y
Otsagabia. A él aquellos nombres le sonaban a agua de lluvia,
y tampoco tenía idea de dónde se ubicaban. Le costó cierta
dosis de paciencia descubrir que dichas poblaciones se
hallaban en el valle de Salazar, al cual su tío se refería en todo
momento como Zaraitzu, y ello gracias al tabernero que hizo
de intérprete al ir a preguntarles si todo estaba de su gusto y si
deseaban probar unas manzanas asadas bañadas en licor. Una
vez descubierto el lugar de nacimiento de su madre y aclarada
la cuestión que había provocado su casual encuentro, Bernabé
quiso saber más.
—¿Y cómo así vuestra hermana matrimonió con maese
Urruztia.
El hombre era hablador por naturaleza y no necesitaba
apremios para explayarse así que, de nuevo con la ayuda del
tabernero, quien tomó asiento a su lado con la disculpa de
invitarlos a catar el licor de endrinas que él mismo elaboraba,
supo más acerca de su madre y de su familia en lo que duró la
sobremesa que durante toda su vida.
Cuarenta años atrás, el notario había viajado a Otsagabia
con la intención de descansar durante la Pascua y, de paso, a
pescar truchas, al parecer su única afición. Se instaló en el
caserío de un conocido, cuya familia y los Gurtibar mantenían
excelentes relaciones, y así conoció a Catalina y la pidió en
matrimonio. El hecho de que fuera bastante mayor que ella no
fue óbice para que los padres dieran su consentimiento; en el
pueblo no había grandes opciones y además tenían otras tres
hijas casaderas. Por otra parte, no todos los días aparecía por
allí un caballero con fortuna propia. Se casaron al año
siguiente por las mismas fechas, un domingo de Resurrección,
y partieron hacia Pamplona. Nunca regresaron; su hermana
falleció un año después a consecuencia de un mal parto, y don
Juan no quiso volver a saber nada de sus parientes.
—La familia no reclamó las tierras ni el hayedo que hacían
parte de la dote, porque supimos que el niño había
sobrevivido, y él era el heredero de mi hermana –prosiguió
Ianiz–, pero el tipo que pretende comprarlos asegura que
Urruztia no tiene hijos. Hemos supuesto que la criatura murió,
y mi cuñado no tiene por tanto ningún derecho a vender la
propiedad. Este es el motivo que me ha traído aquí, pero él se
niega a llegar a un acuerdo y, encima, me amenaza con
llevarme a juicio y hacerme pagar las costas, pues está
convencido de que gracias a sus aldabas no tendrá problema
alguno en quedarse con lo que asegura es suyo, y yo no
conozco a nadie que pueda ayudarme.
—¿Tenéis algún documento que demuestre lo que decís? –
preguntó Bernabé cuando el hombre hizo una pausa para beber
el licor de endrinas.
—Tengo el testamento de nuestros padres y el contrato de
bodas de mi hermana. En ellos se estipula bien claro que la
propiedad vuelve a los parientes más cercanos si no hay
descendientes.
Diciendo esto, sacó unos papeles doblados de su bolsa de
viaje y se los entregó.
—Si queréis, yo puedo ayudaros –dijo tras echarles un
vistazo y comprobar que estaban redactados en romance.
—¿Acaso sois notario.
—Soy oidor de la Real Audiencia.
No era cierto, pero el hombre le miró perplejo. Ignoraba
cuáles eran las funciones de un oidor de la Real Audiencia,
pero el título imponía por sí solo.
—¿Lo haríais.
—Lo intentaré, pero no os prometo nada. Regresad a
vuestra casa, que yo os mantendré al corriente en cuanto sepa
si la cuestión tiene arreglo.
—No me habéis dicho vuestro nombre…
—Licenciado Bernabé Avellaneda. Mis antecesores
sirvieron a los anteriores reyes de Navarra.
Si alguna duda quedaba, la aclaración la disipó de
inmediato; el tabernero, muy impresionado, hizo un amago de
reverencia y se negó a cobrar por la comida. Se despedían
momentos después con la promesa por parte de Bernabé a su
recién conocido tío de que le haría llegar noticias o de que
incluso iría a dárselas en persona.
De vuelta en su piso de las Tiendas, leyó con avidez los
dos documentos, no por que lo interesara especialmente su
contenido, sino porque era la primera vez que tenía entre las
manos algo que hubiera pertenecido a su familia materna, a su
madre. Cuando era niño, sobre todo tras encerrarlo en el
monasterio, se dormía llorando en silencio y se la imaginaba a
su lado, acariciándolo, sonriendo… luego olvidó. Ni siquiera
era capaz de imaginársela, hasta ahora; quizás se pareciera a
aquel pariente desconocido, salido de la nada, o a sus otras tías
si aún estaban vivas. Pensó en su padre, el maldito hideputa
que no solo le había negado su cariño y le había arrebatado la
infancia, sino que ahora también pretendía quitarle la herencia
de su madre.
—No lo harás, te lo juro –dijo en voz alta.
Echó asimismo un vistazo a los documentos del cartapacio,
los que le habían sido entregados por Balanza para su estudio
y levantó las cejas, sorprendido. Aquí y allá aparecía el
nombre del valle que acababa de escuchar, unas veces bajo la
denominación de Zaraitzu, otras de Salazar. Él creía que no
existía nada por azar, que el destino de cada uno estaba
predeterminado. Tampoco creía en las casualidades, pero si
esa mañana no se hubiera acercado a la calle de Torredonda,
no habría conocido a su tío ni habría sabido que su padre lo
había repudiado hasta el punto de robarle la herencia que le
correspondía. Los documentos del licenciado no ocupaban
más de seis cuartillas, entre ellas, tres cartas de clérigos
denunciando varios casos de brujería en dicho valle y en los de
Erronkari y Aezkoa, la de un alcalde sobre el mismo tema y la
última, la de un militar que no tenía nada que ver con las otras,
pero en la que mencionaba desórdenes a ambos lados de los
Pirineos. Ignoraba lo que de él se esperaba, pero releyó las
cartas hasta sabérselas de memoria y luego se centró en el
contrato de bodas de sus padres.
Un par de días más tarde y en nombre de Ianiz Gurtibar de
Otxagi, natural de y residente en Otsagabia, el licenciado
Avellaneda presentaba en la Real Audiencia una denuncia
contra el notario don Juan de Urruztia por incumplimiento de
contrato de matrimonio y apropiación indebida de los terrenos
y el hayedo pertenecientes a su difunta esposa, hermana del
demandante.
– 1525 –
D
urante quince años sucesivos, Balendin se había
reunido con su hija al comienzo de la primavera,
asombrándose a cada nuevo encuentro de los
cambios que apreciaba en ella. Pero, ante todo,
la vio crecer feliz, protegida por su familia de
adopción, y les devolvió el cariño que ellos mostraban por su
pequeña. Xuban y Auria ocuparon en su corazón el lugar del
padre que nunca tuvo puesto que era un hijo ilegítimo y de la
madre, a quien no había perdonado su comportamiento; Joana
se convirtió en su compañera. Su unión fue una consecuencia
natural; ambos sentían la necesidad de amar y de ser amados,
y los meses que pasaban juntos, solos en los pastos altos, les
brindó la oportunidad de conocerse sin que mediaran tratos
familiares, dotes o intereses de cualquier clase. Se
emparejaron cuando la niña tenía cinco años, ante cuatro
testigos: los padres de ella y dos pastores de la zona de
Zangoza que se prestaron de buena gana a ser los padrinos. Se
amaban hasta finales del verano y se despedían hasta el
siguiente año. En alguna que otra ocasión pensó en bajar con
ella a la aldea, pero no lo hizo; no quería que su nombre
anduviera de boca en boca, ni tampoco que tuviera que
ocuparse de las demás hijas y aguantar a su madre, con la que
apenas se hablaba.
La mujer se había vuelto más intransigente y malhumorada
a medida que envejecía si bien, en honor a la verdad, no
descuidaba a sus nietas; había concertado matrimonios para las
cuatro mayores, tres de las cuales ya habían hecho abuelo a
Balendin, y estaba en tratos para las dos restantes. Él no se
inmiscuía en dichas negociaciones, limitándose a proporcionar
las dotes correspondientes, aunque ello supusiera la venta de la
lana y de sus mejores ovejas, además de meses de trabajo
elaborando quesos. Se culpaba del poco apego que sentía hacia
sus hijas, pero deseaba que formaran hogares propios, poder
por fin vivir durante todo el año, no solo durante unos meses,
con Loredi y Joana, de quien por fin esperaba un hijo después
de diez años, y soñaba con construir en alguna parte una buena
casa de piedra y madera que los sirviera a los cuatro de refugio
seguro.
A pesar de su aislamiento, no ignoraba los acontecimientos
que tenían lugar en su tierra. La inseguridad no había cesado
desde que él era un niño, habiéndose acrecentado tras el
nacimiento de su última hija. Soldados extranjeros, ayudados
por navarros, habían ocupado a sangre y fuego la tierra de sus
ancestros. A un lado y a otro de las montañas se habían oído
los ruidos de la guerra y habían visto el humo que ascendía
hacia el cielo y que luego supieron eran poblaciones
incendiadas por los invasores. Los pastores que ascendían
desde los pastos bardeneros de invierno hablaban de combates
y muertos, al igual que los del otro lado de los montes.
Escuchó a un viejo trashumante que pasaba la vida recorriendo
la cañada real desde el Ebro a los Pirineos, la más larga de
todas, hablar acerca de la última gran batalla en el lugar de
Noain, próximo a Pamplona.
—¡Miles! ¡Miles de hombres muertos! –repetía turbado.
El antiguo Reino había dejado de existir después de
aquello. Él, ciertamente, se sentía ajeno; le daba igual quién
fuera el rey pues, mandara quien mandara, seguiría obligado a
pagar los impuestos al oficial que puntualmente llegaba a la
aldea justo antes de la ascensión a los pastos. En su última
estancia en Itzaltzu había encontrado a su primo Santxot hecho
un guiñapo. No lo había visto desde hacía mucho, y todos lo
daban por muerto; se unió a las tropas navarras para luchar
contra la ocupación y no dio señales de vida desde entonces.
Le contó lo mal que lo había pasado, sus muchos
padecimientos debidos al hambre y a las heridas; había
perdido el ojo derecho y cojeaba de la pierna izquierda por
causa de la explosión de un falconete cargado con balas de
arcabuz a pocos pasos de donde él se encontraba. Había
ocurrido en el otro lado de los montes, en Tierra de Cize.
—No sé cómo sobreviví… Uno de la región, que también
resultó herido, aunque menos grave que yo, me llevó a su casa
y pasé dos inviernos allí, hasta que llegaron los extranjeros y
prendieron fuego al pueblo. Huimos y nos enganchamos en
una partida que atacaba a las patrullas cuando se presentaba la
oportunidad. Casi todos murieron, mi amigo también. Yo he
necesitado semanas para volver a casa, malviviendo en los
montes, pasando frío y hambre, y total ¿para qué.
El desaliento que percibió en las palabras de su primo no
hacía sino reforzar su intención de buscar un lugar,
desaparecer, y más ahora en que iba a ser padre de nuevo, a
una edad en la que empezaba a sentirse añoso; la criatura
nacería y viviría libre.
Una tarde, en la que se hallaba en el cobertizo preparando
de nuevo la subida con la mente puesta en su proyecto, le
llegaron unas voces que hablaban a gritos y salió a averiguar
de qué se trataba. Algo más abajo, en el camino que llevaba a
la aldea, varias mujeres y un par de hombres hablaban todos al
mismo tiempo, su madre y dos de sus hijas entre ellos. Le
costó averiguar por qué parecían tan nerviosos hasta que
escuchó un nombre: Uztarroze. Notó que se le erizaban los
pelillos de la nuca y corrió hacia el grupo.
—¿Qué ocurre? ¿Los soldados otra vez.
—Brujos –le respondió Ortixa.
—¿Qué brujos.
La joven lo asió por el codo y lo llevó a un aparte mientras
los demás seguían hablando de manera atropellada.
—Dicen que han llegado a Erronkari en busca de brujos y
brujas y que vendrán a Zaraitzu –lo informó.
—¿Quiénes.
—Gentes de Pamplona. Dicen que están recorriendo los
valles y que llegarán aquí en cualquier momento. Han
detenido a unas cuantas personas en Uztarroze, y aseguran que
las van a quemar vivas.
Lo primero que le vino a la cabeza fue que su mujer y su
hija pequeña estaban en peligro, y no se lo pensó; cogió la
pequeña ballesta que utilizaba para matar al lobo y la bolsa
con los dardos, montó en la mula recién comprada para la dote
de la cuarta de sus hijas y salió a toda prisa hacia el valle
vecino seguido por sus dos perros, sin atender a las preguntas
de Ortixa y de su madre, que no entendían el motivo de la
precipitada marcha en una situación tan alarmante. Casi había
anochecido cuando por fin, tras cabalgar por caminos
cubiertos de nieve y barro, llegó a la vivienda de sus suegros,
y los encontró con el fuego apagado pese al frío reinante.
—¿Dónde están? –preguntó.
Xuban tenía la mirada perdida y Auria no dejaba de llorar.
— ¿Dónde están? –repitió alzando la voz.
—Han detenido a medio pueblo –reaccionó el hombre
clavando en él una mirada angustiada–. A ellas también.
—¿Por qué.
—Andan buscando brujas…
—¡Eso es una majadería.
—Llegaron hace unos días –intervino la mujer secándose
los ojos con el delantal– y empezaron a llevarse a la gente al
caserío del alcalde. Los tienen a todos allí encerrados, en la
cuadra, y los van sacando para juzgar. A los que encuentran
culpables los meten en la cochiquera. Ya han metido a cuatro,
todas mujeres.
—¿Y Joana? ¿Y Loredi.
—Todavía no han debido juzgarlas, si no ya estarían de
vuelta…
—¡Pero esto es una locura.
—Tienen una “catadora de brujas”…
—¿Una qué.
—Una niña que, al parecer, sabe quién es bruja con solo
mirarle a los ojos.
—Voy para allá.
Hizo ademán de salir, pero su suegro lo detuvo antes de
llegar a la puerta.
—No, no vayas. Espera a mañana. La cuadra está rodeada
por hombres armados, y no permiten que nadie se acerque a
menos de treinta pasos. Ayer a poco matan a nuestro vecino e
hirieron a otros tres.
—¡Antes los mato yo! –exclamó alzando la ballesta.
—¿Y qué sería de ellas? –preguntó Auria.
Quizás tenían razón, y era aconsejable esperar a que fuera
de día. Encendió el fuego, y la mujer calentó el potaje de la
víspera; ninguno de los dos había apenas comido desde que se
habían llevado a su hija y a la niña a la que habían criado y
querían como a una nieta de sangre.
—Sigo sin entender a qué viene acusar de brujería a
hombres y mujeres que no han hecho mal a nadie… Las brujas
no existen, las brujas no existen…
Balendin hablaba para sí, en voz alta, intentando
comprender aquel disparate, el miedo en el cuerpo por si
alguien averiguaba que Loredi era una séptima hija, aunque en
Uztarroze todo el mundo creía que era hija de Joana, de una
aventura amorosa. El primer invierno había habido
habladurías, pero luego se supo que se había unido a un pastor,
y los chismorreos cesaron. Sin embargo, si la catadora de
brujas encontraba algo en ella, una señal, algo… ¡Bobadas!
Era una moza perfectamente normal, buena, alegre como unas
campanillas, guapa como su madre.
No pudo dormir y estaba delante de la casa del alcalde
antes de amanecer. No era el único, y a media mañana se
habían congregado decenas de vecinos que recibían con
exclamaciones de alegría cada vez que se abría la puerta, y
salía libre por ella una de las personas denunciadas ante la
mirada indiferente de los guardas, ballestas y espadas en
mano, que no perdían de vista a los reunidos. Los liberados
tenían el miedo plasmado en el rostro y no respondían a las
preguntas de parientes y conocidos; lo único que querían era
largarse de allí cuanto antes y volver a sus hogares. La última,
una anciana a quien nadie esperaba, salió al atardecer, cuando
la campana llamaba a vísperas y la población se apresuraba a
acudir a la iglesia a fin de eliminar cualquier duda en cuanto a
su religiosidad. Balendin permaneció paralizado durante unos
instantes antes de echar a correr tras la mujer, que apenas
podía mantenerse en pie; la asió por el brazo y la acompañó a
su cabaña encaramada en la ladera. La anciana temblaba; la
ayudó a sentarse, le echó una manta por encima de los
hombros e intentó encender la lumbre aprovechando los restos
de leños medio quemados que quedaban en el círculo de
piedras situado en el centro del habitáculo; solo consiguió
encender una pequeña llama, y el frío se metía hasta el
tuétano. Decidió entonces llevársela con manta y todo al hogar
de sus suegros que se hallaba a poca distancia.
La inesperada visita sorprendió a la pareja, aunque su
sorpresa duró un parpadeo; instantes después, la vieja Soara
sorbía de un cuenco la sopa de col que Auria había preparado
para su yerno, acompañada de un buen pedazo de pan con un
trozo de tocino cocido. El estómago caliente, la compañía
amable y, sobre todo, un cubilete de licor de bayas de enebro,
devolvieron el color a sus mejillas y pudo, por fin, contarles su
desventurada experiencia.
Unos hombres habían aparecido en su cabaña como
diablos salidos del Infierno y la habían llevado en volandas a
la cuadra del alcalde, donde ya había otras vecinas, así como
hombres, aunque en menor número que mujeres. Allí había
estado durante tres días y dos noches, con un mendrugo y un
poco de agua como alimento. Cada cierto tiempo, entraban y
se llevaban a alguien a quien ya no volvían a ver. Había sido la
última, tan era así, que creyó que se habían olvidado de ella y
que moriría en un tugurio repleto de paja sucia, excrementos y
orines. Al final, la sacaron y la llevaron ante unos hombres,
extranje ros, aseguró, pues ninguno hablaba la lengua de la
tierra.
—Eran cuatro. El que parecía el jefe era el mismo Inguma
hecho carne y hueso –continuó diciendo–, un ser desprovisto
de humanidad que me miraba con desprecio. A su lado había
otro, vestido completamente de negro, aunque no sé si era o no
clérigo. Este no decía nada, solo miraba. También había un
cura y otro hombre que escribía sin parar. Además de mi
sobrino Jacobo, el párroco, maldita sea su sangre, que traducía
lo que ellos preguntaban y yo respondía.
—¿Y qué te han preguntado? –inquirió Auria.
—A ver si yo soy bruja, si voy a las juntas de Bidankoze,
si hago pócimas venenosas, si conozco a otras brujas o
brujos…
—¿Y qué les has dicho.
—Le he dicho a mi sobrino que les conteste él.
No pudieron evitar una sonrisa pese a lo dramático de la
situación.
—¿Y la niña descubre-brujas.
—¿La hija de la Domeka? La pobre es lerda de
nacimiento, suele venir a hilar conmigo.
—¿Y por qué la creen.
—Porque es lerda.
No le habían preguntado por Joana y Loredi, temían la
respuesta, pero ella se les adelantó.
—Vuestra hija y vuestra nieta estaban allí, las sacaron el
primer día. ¿Dónde están.
La anciana miró a su alrededor como buscándolas, se fijó
en las lágrimas que se deslizaban por las mejillas de Auria y
apretó los labios.
Un puño golpeó en la puerta de la casa del párroco cuando
el silencio se había adueñado de la población y no se veía una
luz a través de las ventanas. Candil en mano, el padre Jacobo
abrió creyendo que lo buscaban para acudir al lecho de un
moribundo, pero no tuvo oportunidad de decir nada; Balendin
lo empujó hacia el interior, y cerró tras cerciorarse de que
nadie lo había visto. De nada valieron sus protestas ni sus
amenazas de excomulgarlo por irrumpir con violencia en la
vivienda de un sacerdote consagrado. No conocía al hombre
que lo apuntaba con una ballesta, aunque apenas tuvo tiempo
de preguntarse qué hacía allí a aquellas horas.
—Escucha cura, vas a decirme dónde están la hija y la
nieta del pastor Xuban, qué habéis hecho con ellas y por qué
las habéis acusado de brujería.
—Yo no tengo por qué…
—Te lo preguntaré solo una vez más –lo interrumpió–, y
date por muerto si no respondes: ¿dónde están.
Ellas y otras cinco mujeres más habían sido declaradas
malignas, la niña catadora de brujas había asegurado que
tenían la marca del Diablo, y la mayor incluso llevaba en sus
entrañas el fruto de la coyunda con Satanás, un sapo sin duda;
serían ejecutadas al día siguiente, allí mismo en Uztarroze,
para escarmiento de quienes rechazaban la doctrina de la Santa
Madre Iglesia.
—¡Arderán en el infierno! –gritó el clérigo–. ¡Y a ti te
denunciaré y acabarás colgado de una soga.
Un golpe en la sien lo dejó sin sentido; al despertar estaba
en el suelo atado de pies y manos. Sentado en una banqueta, su
atacante lo contemplaba sin atisbo de benevolencia, el ceño
fruncido, el arma descargada a su lado; jugueteaba con un
cuchillo de grandes dimensiones. La luz del candil iluminaba
un rostro siniestro que no podía ser otro que el de un discípulo
del Diablo, o incluso el del propio Satán.
—Voy a despellejarte como a un animal, aunque primero te
sacaré los ojos –lo oyó decir–. Y nadie escuchará tus gritos
porque te meteré este trapo hasta el gaznate.
Diciendo esto, la aparición le mostró un trozo de tela
mugriento. Fue tal su terror que soltó un gemido y se orinó
encima.
—Puedes evitarlo si me ayudas a sacarlas de la pocilga. No
intentes ninguna treta, no des aviso, porque te destriparé en el
mismo instante en que abras la boca. Tú decides.
El padre Jacobo afirmó con la cabeza, incapaz de decir
nada. Al rato, ambos se hallaban delante de la cochiquera,
Balendin vestido con un viejo hábito de monje que encontró
en la casa, capucha incluida, pegado al costado del clérigo,
quien sentía en todo momento la punta del cuchillo clavado en
sus costillas. Tenían que llevar a dos de las mujeres, las
llamadas Joana y Loredi, a presencia del juez Balanza,
informó el cura a los dos soldados que hacían la guardia junto
a unas brasas. Ambos estaban más que hartos de vigilar a las
desgraciadas que iban a ser ejecutadas, el frío era intenso, no
sentían las piernas, estaban agotados y tenían hambre.
Conocían al sacerdote por haberlo visto junto al consejero real
y por servirles de intérprete en el único tugurio de bebidas de
la localidad, y no les extrañó la orden; el licenciado era un tipo
desconcertante a quien gustaba trabajar de noche, y no era raro
que interrogara a sus encausados a horas intempestivas, lo
había hecho en más de una ocasión.
—No podemos abandonar la guardia –dijo uno de ellos–;
habrá que avisar a los otros para que las lleven.
—Ya las llevamos nosotros. Total, es aquí al lado, y solo
son dos mujeres.
Las pocas ganas que tenían de moverse hicieron el resto;
entraron en la cochiquera y salieron al poco llevando a sus
prisioneras sujetas por el cuello con sendas argollas, con sus
respectivas cadenas, que entregaron a los dos hombres.
Balendin tuvo que morderse los labios para no soltar una
maldición y abalanzarse contra los dos soldados al constatar el
mal estado en que ambas se encontraban, en especial Loredi,
que parecía una sombra de sí misma. Echaron a andar hacia la
entrada de la casa del alcalde, pero apresuraron el paso nada
más doblar la esquina y no se detuvieron hasta llegar a la de
los pastores. Debían darse prisa y partir cuanto antes; no
tardaría en saberse que dos de las condenadas habían
desaparecido y registrarían todos los rincones del pueblo.
Mientras Auria y Soara se afanaban en frotar sus miembros
entumecidos y las obligaban a tomar leche caliente con yemas
de huevo y un chorrito de licor, Xuban fue a por unas tenazas
para soltar las argollas que, por ventura, eran estrechas y
tenían los cierres flojos. Balendin, por su parte, se encaró al
cura.
—¿Esto es lo que manda esa religión a la que sirves? –le
espetó–. ¿Maltratar a niñas y a mujeres embarazadas.
—El Diablo…
—¡Déjate de monsergas! El Diablo eres tú, y todos los que
perseguís a gente inocente.
—Yo solo he hecho de intérprete…
—¡Me da igual.
—Ahora me acusarán a mí por haberte ayudado –gimió–.
Tendré que decirles que amenazaste con matarme.
—Y entonces vendrán aquí y detendrán a mis suegros y a
tu tía, así que más te vale largarte como vamos a hacer
nosotros.
—¡No pienso abandonar a mi rebaño.
—Lo harás, o yo les contaré lo de tu madre.
La voz pausada de la anciana Soara que le miraba
fijamente hizo empalidecer al clérigo y prestar atención a los
demás.
—Les contaré que asesinaste con hierbas a mi hermana al
enterarte de que no eras hijo de quien creías tu padre. ¿O
pensabas que no lo sabía? Tu madre me lo confesó mientras
agonizaba en mis brazos. He guardado silencio para no dañar
su memoria, pero ahora ya no importa. Hagas lo que hagas
estás maldito.
Antes de que despuntaran las primeras luces del día, en
plena nevada y guiados por los perros, Joana y Loredi a lomos
de la mula y Balendin a pie, emprendieron el camino hacia
Itzaltzu. El padre Jacobo los seguía a unos pasos de distancia.
T
al y como suponían, su desaparición y la del
párroco provocó un gran revuelo. Balanza ordenó
registrar casas, cabañas y cuadras una por una
hasta encontrarlos y amenazó con dar de latigazos
a cualquiera que los hubiera ayudado, empezando
por los dos soldados que se habían dejado engañar y que
recibieron una tanda de veinte cada uno. Auria ocupó en la
cochiquera el lugar de su hija, pues sabido era que de madre
bruja, hija bruja, y a Xuban lo azotaron con un vergajo hasta
perder el conocimiento y después le cortaron el pie izquierdo;
su relación familiar con las fugitivas era claro indicio de que
había tenido que ver con su huida. La ejecución de las
condenadas se pospuso hasta remitir la tormenta de nieve que
mantenía a resguardo a la población.
El licenciado estaba cansado del periplo que lo había
llevado por los siete pueblos del Roncal, una vez finalizadas
las fiestas de la Natividad. Enero había sido frío aunque
soportable, pero febrero se había convertido en un infierno
helado; con razón lo llamaban “el mes del lobo” en la bárbara
lengua de unas gentes ignorantes, paganos sediciosos capaces
de las mayores barbaridades. No solo estaba cansado de viajar
en medio de temporales de agua y nieve, dormir en villorrios
de mala muerte, comer cocido todos los días, también estaba
hastiado y solo ansiaba hallarse en su confortable hogar, junto
a su esposa e hijos. De todos modos, aquel endemoniado
pueblo era el último, y en unas jornadas estaría de regreso en
Pamplona. Aún le quedaban otros valles por visitar, Salazar,
Aezkoa, Erro… pero era del todo inviable llegarse a ellos con
semejante tiempo; esperaría a la primavera para volver y
acabar la labor que le había sido encomendada: buscar y
ejecutar a los malditos brujos que infectaban las comarcas del
Pirineo.
Se sentía viejo, no tenía edad para andar de pueblo en
pueblo como un buhonero pese a haber cumplido siempre con
su deber en defensa de la ley, fuera cual fuera esta. ¿Cuánto
hacía ya?, meditaba sentado frente a la chimenea de piedra en
la que ardían sin cesar unos troncos de buen tamaño. Había
estudiado leyes en la Universidad de Alcalá y, acabada su
formación, obtenido un cargo en el Consejo Real gracias a la
influencia de su padre, ricohombre miembro del Estado
Nobiliario y dueño del palacio de cabo de armería en Unzue,
que él había heredado. Siempre supo que estaba destinado a
las más altas instancias dentro de la gobernación del Reino,
llegando a ser uno de los seis consejeros reales a una edad asaz
temprana. La incorporación de Navarra a Castilla no había
cambiado un ápice su proceder; sirvió lealmente a los reyes
anteriores y ahora servía al emperador pese a las luchas que
desangraban su tierra desde antes de que él naciera. De hecho,
no recordaba ningún momento en su ya larga vida en el que
hubiera reinado la paz; beaumonteses y agramonteses,
aragoneses, castellanos, franceses, no habían cesado de
enfrentarse en tierras navarras, aunque él hubiera sorteado
todo tipo de escollos a fin de mantenerse en su puesto, siempre
al servicio de quienes detentaban el poder. Cierto que puso su
persona y su palacio de Unzue a disposición del condestable
Fernández de Velasco cuatro años atrás, cuando las tropas
castellanas apoyadas por los beaumonteses del conde de Lerin
y los oñacinos, guipuzcoanos y vizcaínos se enfrentaron en
Las Salinas a las del señor de Foix, quien dirigía a navarros y
franceses, pero la elección no podía ser otra; los castellanos
eran treinta mil, los otros, diez mil. Apostó a ganador, ganó, y
se le encargó perseguir a los vencidos en Ultrapuertos. Balanza
suspiró.
—¿Creéis en verdad que son capaces de llevar a cabo los
males de los que se los acusa.
La pregunta de Bernabé, sentado a su lado, lo sacó del
sopor que se había adueñado de él.
—¿Quiénes.
—Los inculpados por brujería.
Por supuesto que no lo creía. Las historias de conciliábulos
satánicos de hombres y mujeres, más estas que aquellos,
reunidos en torno al demonio, adorándolo, besándole el
trasero, fornicando, asesinando a nonatos en los vientres de sus
madres, comiendo ternillas de criaturas sin bautizar,
provocando epidemias, sequías o tormentas de granizo,
volando en escobas, eran invenciones, supersticiones absurdas
propias de mentes iletradas. Pero era preciso erradicar de una
vez por todas el rastro de creencias paganas, aún enraizadas en
lo profundo de los territorios pirenaicos, si bien existía un
motivo aún más importante: acabar con la rebelión latente en
dichas zonas. Mientras no fueran completamente sometidos
los valles al sur de las montañas, resultaría difícil conservar el
dominio en los del norte, en la Baja Navarra. La caza de brujas
era simplemente una excusa para aterrorizar a las poblaciones,
todavía favorables a los reyes depuestos y excomulgados por
el papa Julio II; una advertencia de lo que podría ocurrirles si
no acataban al nuevo orden. No había nada más poderoso para
mantener subyugada a una población que provocar el miedo,
amenazar e incluso ejecutar a algunas personas a modo de
aviso, y él estaba dispuesto a sostener un régimen de terror a
fin de conseguir que todos los navarros aceptaran a don Carlos
como a su único y legítimo rey.
—La Iglesia cree en la existencia de la brujería, y yo soy
un buen creyente –respondió sutil al cabo de unos instantes.
—Sin embargo, la lógica…
—La lógica se evapora ante el Mal. Supongo que,
habiéndoos licenciado en Teología, estaréis al corriente de las
referencias a las acechanzas del demonio mencionadas en los
textos sagrados…
—La serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el
que engaña al mundo entero… –respondió Bernabé citando
unas palabras del Apocalipsis.
—Exactamente. El Maligno adopta todo tipo de disfraces,
incluso el de aldeana analfabeta en una aldea perdida en las
montañas. No olvidéis que la niña descubre-brujas las ha
reconocido, y la inocencia no miente.
—Quizás ella esté asimismo poseída…
El consejerolo observó interesado; teólogo y abogado,
estaba claro que se trataba de alguien inteligente que llegaría
lejos, no solo debido a su preparación y conocimientos, sino
también a su ambición. Llevaban varias semanas juntos, y no
le había pasado desapercibida su distante relación con los otros
miembros de la misión, el secretario, los ujieres, el capellán, el
verdugo, y que apenas se dirigía a los veinticinco soldados que
los acompañaban. Al no tener parte activa en las actuaciones,
se limitaba a escuchar durante los interrogatorios y a tomar
notas en un cuaderno de hojas cosidas con bramante. Lo había
llevado con él por una razón bien simple: prepararlo para que
fuera su sustituto. No pensaba pasarse lo que le restaba de vida
cazando aldeanos y brujas en cuya existencia no creía, no al
menos a la manera del Tribunal de la Inquisición de Calahorra
que se inmiscuía en demasía en los asuntos del Reino, algo
que el Consejo no estaba por la labor de permitir. Los asuntos
navarros eran asunto de los navarros, de nadie más. De hecho,
la quema de treinta mujeres, dieciocho años atrás en la propia
Calahorra, la mayoría de la tierra, había provocado un gran
malestar, no porque las ejecutadas fueran inocentes, sino
porque la Suprema se había saltado la jurisdicción que
únicamente correspondía a los estamentos navarros. Debía
preparar a Avellaneda a fin de que ocupara su puesto y se
mantuviera firme ante injerencias foráneas.
—¿Y vos? ¿En qué creéis? –le preguntó.
—En la Ley.
—¿La de Dios o la de los hombres.
—En la de los hombres inspirada por Dios. Sin ley no hay
orden, y sin orden no hay autoridad.
El licenciado esbozó un amago de sonrisa, no se había
equivocado; el hombre prometía.
Dos jornadas después, temprano por la mañana, Auria y las
otras cinco mujeres fueron ahorcadas en la cuadra. El temporal
había remitido, pero continuaba nevando, y disponer seis
hogueras no solo resultaría trabajoso, también difícil de
encender y de mantener el fuego. Balanza no estaba dispuesto
a perder más tiempo; asistió impávido a la ejecución sin
atender a las súplicas de las familias de las condenadas,
tampoco a las miradas de odio que la mayoría de los habitantes
de Uztarroze le dirigían, y ordenó la marcha en cuanto los
cuerpos de las desdichadas dejaron de agitarse en el aire. El
sonido de la campana llamando a muerto los acompañó
durante un largo trecho del camino.
De vuelta en Pamplona, Bernabé repasó sus notas y añadió
algunas más referentes a las últimas ejecuciones. Habían sido
trece en total, tres en Garde, tres en la villa de Roncal, una en
Urzainki y seis en Uztarroze, todas mujeres, más los hombres
a los que se había azotado y cortado el pie izquierdo. Algunas
de las declaraciones le parecían absurdas, como la de una
anciana que aseguró que el miembro viril del Diablo tenía
forma de abeto y era igual de grande, que se introducía con
facilidad, pero desgarraba las entrañas al salir. Algo así
provocaría la muerte segura, y allí estaba ella tan fresca pese a
sus muchos años. Era una loca de atar que, quizás, no merecía
la muerte, luego recordó las citas bíblicas sobre los dementes
que, en realidad, estaban endemoniados y, puesto que no
llevaban un exorcista con ellos, llegó a la conclusión de que
mejor estaba muerta que corrompiendo las almas sencillas de
sus vecinos. De todos modos, insinuaría al consejerola
conveniencia de hacerse acompañar la próxima vez por
alguien experto en exorcismos.
Releyó el párrafo acerca del interrogatorio a una madre y a
su hija, y tamborileó en la mesa con sus dedos. La mujer se
hallaba en avanzado estado de gravidez. Escuchó la discusión
entre el licenciado y su capellán acerca de la conveniencia o
no de ejecutarla o de esperar a que pariera, pero la niña
catadora de brujas había visto la marca del diablo, una
pequeña mancha en lo blanco de su ojo izquierdo, prueba
irrefutable de su malicia. Además no era trigo limpio, según
testimonios de un par de vecinas; pasaba medio año en la
montaña con sus padres, pastores de oficio, nunca se la veía en
la iglesia cuando estaba en el pueblo, y aseguraban que se
había ayuntado con un desconocido sin estar casados. Él no
creía que fuera a parir un sapo, según creencia extendida
acerca de las preñadas por el Diablo y mencionada por el
capellán, pero sí estaba convencido de que el fruto de su
pecado sería una hembra, es decir otra bruja como la joven,
casi una niña, que no respondió a ninguna pregunta. La
despojaron de sus ropas a fin de intimidarla, de hacerla hablar,
pero ni aún así; mantuvo silencio en todo momento, la vista
fija en sus jueces, y él no pudo apartar la suya de su cuerpo,
era la primera vez que veía una mujer desnuda al natural.
Cerraba los ojos, y ella se le aparecía tan hermosa como la Eva
pintada al óleo sobre tabla por un artista alemán. Adquirida en
la ciudad de Nürnberg, en el propio taller del pintor, durante
un viaje por los territorios del Sacro Imperio para negociar con
los príncipes electores el trono de don Carlos, el señor de
Zúñiga la mostraba como una de sus más preciadas
posesiones.
—Fijaos bien en la delicadeza de las formas –repetía
siempre–. ¿Habíais visto alguna vez tal perfección? No es de
extrañar que Adán sucumbiera ante la tentación, tan solo era
un hombre, a fin de cuentas.
Él también era solo un hombre, se dijo. La visión a la luz
de las velas de la joven desnuda, la piel extremadamente
blanca, los incipientes pechos, el vello púbico apenas florido,
provocó en él una conmoción jamás antes sentida; notó que su
miembro se endurecía y tuvo que secarse la frente con
disimulo para enjugar las gotas de sudor provocadas por un
súbito acaloramiento cuando Balanza y el capellán la
examinaron a fin de descubrir una señal en su cuerpo;
manosearon sus pechos, vientre, nalgas, muslos… La
respiración entrecortada, un temblor en las manos, escuchó
debatir al licenciado y al clérigo, aparentemente inmunes a la
fascinación, sobre qué hacer con la encausada. Ambos
estuvieron de acuerdo en condenarla; no habían observado
señales de pesadumbre ni temor en ella, y su silencio no podía
deberse sino a la obstinación que el Diablo infundía en sus
acólitos. Tal vez era mejor así; él había sufrido en propias
carnes su poder y lo asustaba un segundo encuentro. La noticia
de su desaparición reavivó su desasosiego, consciente de que
no volvería a tener paz hasta que la embrujadora fuera pasto de
las llamas y aventadas sus cenizas, y se juró que la encontraría,
que no cejaría hasta dar con ella, aunque le llevara meses,
años; no permitiría que el Diablo en forma de mujer se saliera
con la suya condenándolo al Infierno por causa de un horrendo
pecado de lujuria.
No se percató de la misiva lacrada dejada sobre la mesa
por la mujer de la limpieza hasta recoger sus notas. El mensaje
era un requerimiento para presentarse en la Audiencia a fin de
tratar sobre el tema de la herencia de su madre, asunto que
había olvidado por completo durante las semanas transcurridas
en el valle del Roncal. No contenía información alguna, solo el
aviso de que la vista previa se llevaría a cabo de allí en dos
días.
Se hallaba en una dependencia de la Cámara de Comptos
antes de la hora fijada informando del asunto al secretario de
la sala cuando lo vio aparecer. No sintió nada al contemplar al
anciano que caminaba apoyándose en un bastón con una mano
y asido con la otra del brazo de un hombre de mediana edad, y
en quien le costó reconocer al padre displicente que nunca le
había mostrado un gesto de cariño, ni siquiera fingido. Las
presentaciones fueron meramente superficiales, y la suya se
limitó a un gesto de cabeza. Permaneció callado una vez
expuestos por parte del funcionario los motivos que llevaban a
las partes a litigar por la herencia de la difunta Catalina
Gurtibar de Otxagi, natural de Otsagabia, y difunta esposa de
don Juan de Urruztia, natural de Pamplona. El notario adujo
sus derechos sobre la propiedad, unos terrenos y un hayedo,
que le habían sido entregados a modo de dote por los padres
de la desposada. Si bien no presentó el contrato matrimonial,
sí mostró justificantes de pago por la poda de los árboles y el
mantenimiento de las tierras durante los últimos treinta años.
—Al matrimoniar, todo lo de ella pasó a ser mío, y todo lo
mío a ser de ella. No veo a qué viene reclamar después de
tanto tiempo una propiedad de la que tengo derecho de
usufructo –concluyó.
—No para venderla –apuntó el secretario.
El anciano dio un respingó.
—¿Cómo sabéis que pretendo venderla? –preguntó atónito.
—Las noticias vuelan…
—Como viudo, sigo teniendo derecho de usufructo sobre
ella –reiteró no muy convencido.
—¿Y vuestro hijo.
—No tengo ningún hijo… –balbuceó– Tenía uno, pero…
murió hace mucho.
—Los documentos…
Sin una palabra, Bernabé le entregó el testamento de sus
abuelos y el contrato matrimonial, que el secretario leyó con
atención en medio de un silencio incómodo. Don Juan,
mientras, trataba de descubrir al comisionado de su cuñado,
pero su vista empeoraba día a día y apenas si distinguía una
figura borrosa al otro lado de la mesa. Su hijo lo observaba
con frialdad. Le habían bastado dos días para averiguar que la
fortuna del padre había desaparecido durante los años de la
guerra; había prestado una gran cantidad de ducados de oro al
bando agramontés, que no le fue devuelta pese a haber jurado
lealtad al nuevo monarca y presentado la oportuna
reclamación. Una cosa eran los haberes incautados tras la
victoria, se le respondió, y otra muy diferente la contribución
voluntaria a la causa de los enemigos del rey, y contento con
que no le hubieran confiscado sus propiedades aunque, con la
disculpa de que en adelante el nuevo gobierno nombraría a los
escribanos reales, se le retiró el cargo de notario público, que
le proporcionaba unos buenos ingresos fijos. El disgusto, la
edad, la mala salud, lo habían recluido en su casa. Despidió a
todos los criados excepto a la vieja sirvienta Otsanda y a
Gracian, el hombre que lo acompañaba, sirviente, lazarillo y
escolta a la vez. Sin apenas clientes, vendió las joyas de la
familia y varios muebles de buena factura, y esperaba aliviar
su situación económica con la venta de las tierras de su mujer.
—El demandante tiene razón –el secretario rompió el
silencio–. La hacienda pertenece a los Gurtibar de Otxagi
según el Fuero de los navarros, y el demandado está obligado
a devolverla al no haber transcurrido los cuarenta años
exigidos que podrían dar lugar a la reclamación de la
propiedad.
—¿Y si me niego.
—Me asombra vuestra pregunta dados vuestros
conocimientos legales, maese Urruztia. Cierto que podéis
llevar este asunto ante una instancia superior, pero el resultado
será el mismo, con el agravante de que habréis de abonar las
costas y, quizás, pagar una multa por aprovechamiento ilícito
de un bien que, muerto vuestro hijo, debería haber regresado a
la familia de vuestra esposa. Pensadlo, pero hacedlo pronto. El
demandante ha depositado una fianza de cincuenta ducados y
exige que vos hagáis lo mismo en caso de que sigáis adelante
con este asunto.
El notario se tambaleó; no disponía de semejante cantidad,
y el sirviente se apresuró a auxiliarlo, aunque él rechazó su
ayuda y se irguió en el asiento.
—¿Dónde he de firmar? –preguntó procurando mostrarse
imperturbable.
—Ya se os avisará cuando esté redactado el documento
final y se dé aviso al señor Gurtibar de Otxagi, que ha de estar
asimismo presente.
Momentos más tarde, el anciano salía de la sala seguido
por la mirada indiferente de su hijo.
—Tendrá que vender la casa para sobrevivir –comentó el
secretario mientras recogía los legajos–. Aunque ya es mayor,
y puede que no viva mucho más. Malos tiempos estos para
quienes apoyaron a los perdedores…
Bernabé no respondió, guardó los papeles en su carpeta y
se despidió del funcionario. Al día siguiente se presentó en la
calle de Torredonday pidió hablar con don Juan.
—¿A quién he de anunciar? –preguntó el sirviente, atónito
al reconocer al hombre que había acabado de arruinar a su
señor.
—A su hijo Bernabé. Y por cierto, no se te ocurra decirle
que me viste ayer en la Cámara de Comptos si quieres
mantener tu empleo y tu salud.
Era una amenaza, y por tal la tuvo Gracian, quien hizo una
reverencia y se apartó para permitirle la entrada.
N
o había amanecido cuando los fugitivos llegaban
a Itzaltzu y entraban en la casa procurando no
hacer ruido. Las dos mujeres se dejaron caer
sobre el viejo lecho, el hombre las cubrió con
una gruesa frazada, se apresuró a encender el
fuego y se quedó dormido sentado en el escaño.
La sorpresa de Ortixa al descubrir dormidos en la cocina al
padre y a dos mujeres desconocidas fue igual a la de su marido
Peru, leñador de oficio. Sus voces no despertaron a los
durmientes, y llegaron a pensar que habían ingerido algún tipo
de hongos o que habían sido embrujados. Balendin abrió por
fin los ojos, echó un vistazo a su mujer y a su hija y sacó a la
pareja de la cocina. Parco como era, no dio demasiadas
explicaciones, si bien los informó de que la mayor de las dos
era su compañera y la otra, la hija de ambos; estaban exhaustas
y necesitaban descansar, así que les pedía que no hicieran
demasiado ruido.
Todavía conmocionada por los recientes sucesos, Joana fue
la primera en despertar pasado el mediodía y sonrió agradecida
cuando Ortixa la invitó a sentarse junto al fuego y puso en sus
manos un cuenco de caldo caliente. Estaban solas en la cocina,
y esta no podía dejar de mirarle, preguntándose por qué el
padre no la había llevado antes al caserío, por qué había
ocultado a todos que se había emparejado de nuevo y que
esperaba un vástago. La mujer aparentaba su misma edad, e
hizo cuentas; no cuadraban. ¿Cómo explicar si no que tuviera
una hija tan crecida y tan…? Miró a la muchacha que
continuaba profundamente dormida y sintió un
estremecimiento. Los ojos cerrados, el cabello desbordando
por encima de la frazada, los labios entreabiertos, la tez pálida,
trajeron a su memoria un recuerdo doloroso que no había
logrado olvidar: el de su madre yaciendo sin vida en aquel
mismo lecho. Notó que se ahogaba y salió con la excusa de ir
a recoger unos huevos, pero tuvo que apoyarse en la jamba de
la puerta de entrada, incapaz de avanzar.
Era una niña cuando ocurrió y apenas tenía recuerdos,
excepto el de su madre muerta, pero a veces se preguntaba qué
había sido de la criatura recién nacida que ella cuidaba cuando
el padre estaba ocupado; desapareció un día sin más, poco
después, y nunca se volvió a hablar de ella. En una ocasión,
preguntó a la abuela Alodia acerca de su hermana pequeña, la
séptima.
—Está en el cielo con tu madre –fue la respuesta.
No había vuelto a preguntar; la muerte era algo natural,
algunos vivían, otros no; su madre y su hermana no eran una
excepción, y creía que ambas estaban enterradas bajo la misma
estela en el cementerio del monasterio. Ahora sin embargo una
idea se agitaba en su cabeza, y necesitaba de nuevo una
respuesta. Volvió a la cocina y se sentó junto a la embarazada.
—Mi nombre es Ortixa –se presentó–. Soy la hija mayor
de Balendin. Y tú, ¿cómo te llamas.
—Joana.
—¿Y ella? –preguntó de nuevo señalando a la joven
dormida.
—Loredi.
Tragó saliva antes de hacer la siguiente pregunta.
—¿Es tu hija.
La mujer vaciló durante un instante.
—Como si lo fuera –respondió al fin–. Mi madre y yo la
criamos desde que era una recién nacida.
Quizás por la afinidad de edad entre ellas o porque
necesitaba desahogarse tras los días transcurridos a la espera
de una muerte cruel e injusta, Joana le contó cómo su padre
había llevado a la niña a los prados altos al no encontrar en la
aldea a nadie que quisiera hacerse cargo de la recién nacida. Se
habían ocupado de ella durante todos aquellos inviernos, la
habían visto crecer, enseñado lo que sabían y, sobre todo, le
habían dado el cariño y el amparo negados por motivos
disparatados.
—¿Qué motivos.
Ortixa tenía los ojos húmedos.
—¿No lo sabes.
—No.
—¿No sabes que hay quien cree que una séptima hija es
bruja por necesidad? Eso fue lo que todos creyeron aquí.
Querían que Balendin la abandonara, pero él se la enfajó y
subió a los pastos llevándola consigo. Mis padres y yo lo
encontramos alimentándola con el cuerno de mamar y
decidimos ayudarlo. No nos hemos arrepentido jamás, es la
joven más dulce y sensible que conozco, aunque…
—Aunque, ¿qué.
—Sale al padre. Solo habla lo justo.
Ambas se echaron a reír a pesar de lo insólito de la
situación, y su risa despertó por fin a Loredi, que no entendió
por qué razón una mujer desconocida la estrujaba entre sus
brazos y le mojaba las mejillas con sus lágrimas. Poco
después, se hallaban comiendo berza y huevos con morcilla en
torno al hogar en compañía de los dos hombres y el pequeño
de la pareja, que no dejó de parlotear hasta quedarse
amodorrado en brazos de su madre. A Balendin le costó
mencionar los motivos que los habían llevado a aparecer en la
casa a horas tan intempestivas, pero tenía que aclarar el asunto
a su hija mayor y a su yerno, puesto que ignoraba si podrían
permanecer allí o tendrían que buscarse otro lugar donde vivir.
Después de inspeccionar todos los pueblos de Erronkari en
busca de brujerías, unos hombres acompañados por gente
armada habían llegado a Uztarroze y habían detenido a
muchas de las mujeres del pueblo. Una niña de ocho o nueve
años que, aseguraban, era capaz de descubrir la marca del
diablo en el ojo izquierdo, había señalado a seis de las treinta
detenidas, Joana y Loredi entre ellas, y las habían encerrado en
la cochiquera del alcalde.
—No esperé –prosiguió tras un largo silencio–. Fui a por el
párrocoy lo obligué a sacarlas. Por cierto, ha desaparecido.
—¿Quién? –preguntó Peru.
—El cura. Venía detrás de nosotros.
—Quizás se quedó por el camino…
—Ojalá.
Decidieron que permanecerían allí hasta que mejorara el
clima y cesara de caer la nieve, hasta que fuera el momento de
ascender a los pastos, si bien estuvieron de acuerdo en evitar
que las dos mujeres fueran vistas fuera de la casa. Nadie debía
saber que estaban en Itzaltzu, ni siquiera la abuela Alodia y las
otras hermanas, dos de las cuales, las todavía solteras, habían
pasado a vivir con aquella al casarse las mayores, aunque
ahora servían en Otsagabia. Durante varias semanas, la vida
transcurrió sin sobresaltos. Joana y Loredi se restablecieron
del mal trago, e incluso esta última cogió algo de peso, no
mucho, gracias a los caldos y a los potajes que Ortixa la
obligaba a comer como queriendo compensar los años en los
que había ignorado su existencia. Sacó del arcón ropas y
abarcas, lavó y peinó su cabello, extendió en su rostro, manos
y piernas la crema que ella misma elaboraba con avena
molida, manteca y cera para sanar la piel lastimada durante el
encierro, y dispuso para ella sola un cuarto, al lado del que
ocupaba con su marido y su hijo. La joven se dejaba hacer,
apenas decía más de dos sílabas seguidas, pero sonreía,
agradecida por los desvelos de la hermana a quien acababa de
descubrir.
Le costó entender que tenía otra familia; nadie le había
dicho nada acerca de su origen, y siempre había considerado
normal que el padre se ausentara durante los meses de invierno
mientras ella permanecía con quienes creía eran su madre y
sus abuelos. De pronto todo había cambiado, y no estaba
segura de que fuera para bien. Saberse señalada por haber sido
la última de siete hijas, rechazada por parientes y vecinos,
únicamente aumentaba la desazón sentida al hallarse desnuda
y manoseada por unos hombres extraños. Ni siquiera le dieron
tiempo a vestirse de nuevo; dos guardias la asieron por los
brazos y la lanzaron sin miramientos dentro de la pocilga.
Fueron tres jornadas interminables, abrazada a su madre, que
ahora resultaba que no lo era, temiendo que vinieran a
asesinarlas. Todavía no se le había quitado el miedo, y dudaba
que pudiera olvidar dicha tortura. Solo había escuchado hablar
de brujería en una ocasión, al ir a por leche al caserío vecino al
de sus abuelos, poco antes de que aparecieran los extranjeros,
en su casa jamás había oído nada parecido; la dueña y otra
mujer estaban nerviosas y decían cosas que ella solo captaba a
medias.
—¡Bobadas! –exclamó la abuela Auria al preguntarle ella
quiénes eran las brujas–. No existen, nunca han existido.
—Entonces… ¿por qué hablaban de ellas esas dos mujeres.
—Porque son estúpidas. Y no quiero oír más de este
asunto.
Fue el abuelo Xuban, a escondidas de su mujer, quien le
explicó que la creencia en la brujería estaba muy arraigada en
la zona, que algunos creían que en verdad existían brujos y
brujas que se reunían los viernes en la cueva de Azanzorea, en
Bidankoze, donde adoraban a Txerren, el Diablo, en forma
mitad hombre, mitad macho cabrío. Ellos nunca le habían
hablado del asunto porque estaban convencidos de que todo
era mentira, aunque los malos espíritus existían, de eso no
había duda.
—Pero, aunque sí se reúnan, no son las mujeres y los
hombres que se juntan en la cueva. El Mal tiene muchos
aspectos diferentes, y te lo encuentras en cualquier lugar, de
día o de noche.
—No entiendo… –había dicho ella.
—Porque eres joven e inocente, mi querida niña. Ya
crecerás y sabrás de qué te hablo.
Ahora lo entendía. Los hombres que la habían obligado a
permanecer desnuda, temblando de frío, mientras la tocaban y
le hacían preguntas para las cuales no tenía respuestas, el cura
que traducía sus palabras e insistía en que confesara unos
crímenes que no había cometido, la embustera hija de la
Domekaque había asegurado que veía la garra del demonio en
su ojo izquierdo… El abuelo tenía razón, el Mal existía. De
todos modos, se sentía más tranquila sabiéndose a salvo en la
casa de su padre, allí nada malo podría ocurrirle.
Un domingo, a la salida de misa en el monasterio, Alodia
se presentó sin avisar. No iba sola; la viuda Martina la
acompañaba. La mujer había matrimoniado con un “chico
viejo”, que la había dejado pronto viuda por segunda vez, eso
sí, en mejores condiciones que el anterior marido. Ambas
estaban preocupadas al no haber visto a la nieta mayor en la
iglesia y pensaban que tal vez estuviera enferma. Su sorpresa
fue mayúscula al entrar en la cocina y descubrir allí a una
mujer embarazada de la que nada sabían. Por suerte para
Joana, Ortixa llegó casi al instante con un manojo de puerros y
el niño apoyado en la cadera; Balendin y Peru se hallaban
recomponiendo una valla abatida por los vendavales.
—¿Quién es esta mujer.
Alodia se dirigió a su nieta en un tono desabrido sin tan
siquiera mirar a la forastera.
—La compañera del padre.
—¿Desde cuándo.
Ortixa miró a Joana.
—Desde hace diez inviernos –respondió esta.
La viuda Martina torció el morro; todavía esperaba casarse
con Balendin, él se lo debía, le había criado a sus seis hijas…
—¿Y por qué está aquí? –preguntó Alodia de nuevo
dirigiéndose a su nieta.
—Porque este es el hogar de su hombre, y tiene todo el
derecho a ocupar un lugar entre nosotros.
—¿Puede saberse de dónde es y quién es su familia.
—Puede, pero no necesitas saberlo.
Estaba agradecida a la abuela; se había ocupado de ella y
de sus hermanas, aunque nunca les hubiera mostrado afecto,
también le había procurado una buena boda, pero se le
saltaban las lágrimas al pensar en el trato que había dado a su
última nieta, la más indefensa. Se imaginaba a sí misma como
un corderillo repudiado por el rebaño y, cuanto más cavilaba,
más admiraba al padre, a Joana y a los suyos, y más se enojaba
contra las dos mujeres que aparecían por su hogar como aves
de mal agüero.
Alodia no dijo nada, no preguntó por Balendin, ni se
interesó por saber para cuándo sería el parto; cogió a la viuda
por el brazo y ambas se marcharon muy dignas.
—¿Quiénes eran?
Loredi había bajado al oír voces.
—Nadie, querida, no eran nadie –le respondió su hermana.
Con la mejora del tiempo se restablecieron las
comunicaciones entre los habitantes de los valles, y no tardó
en saberse lo ocurrido en Erronkari, más concretamente en
Uztarroze. La gente comentó horrorizada que habían sido
atrapadas y ahorcadas nada menos que seis brujas, y los
monjes se encargaron de alentar el temor que todo buen
cristiano debía sentir ante el acecho del Maligno y sus
discípulos, animando a los fieles a delatar a los sospechosos,
hombres o mujeres, jóvenes o viejos, incluso niños. Se supo
asimismo que dos de las inculpadas habían huido, una de ellas
preñada por el mismísimo Satanás. El párroco de aquel pueblo
había sido amenazado de muerte por un brujo, que lo había
obligado a ayudarlo, abandonándolo en medio de la nieve para
que los lobos dieran buena cuenta de él; había logrado llegar al
monasterio gracias a las preces dirigidas a Nuestra Señora de
Muskilda. Alodia recordó entonces la precipitada marcha de su
hijo al saberse las noticias del pueblo vecino, llegó a la
conclusión de que la mujer grávida bien podría ser una de las
reas y fue a confesarse. Ese mismo día aparecieron por el
caserío dos monjes que no fueron invitados a entrar. Venían,
dijeron, porque habían tenido noticia de la posible presencia
allí de una evadida, condenada por bruja; no podía consentirse
que una servidora del demonio anduviera libre en un paraje
sacralizado por las santas reliquias del Salvador y del arcángel
San Miguel.
—Aquí no hay ninguna bruja –respondió Balendin.
—Debemos llevarnos a esa mujer para que la vea el padre
Jacobo, él la reconocerá si se trata de la fugitiva.
El que hablaba era el más joven de los dos monjes.
—¿Y por que no está él aquí.
—Porque se halla acogido a sagrado, y no saldrá del
monasterio. Fue atacado por un satánico y teme por su vida.
Dile a esa mujer que salga y nos acompañe, nada tiene que
temer si es pura.
—No haré tal cosa, y vosotros ya os estáis largando. No
sois bien recibidos aquí.
—Te recuerdo que todo en esta aldea, casas, huertas,
animales, pertenece al monasterio.
—Esta casa no. Se halla fuera de los lindes.
El joven miró al viejo, y este afirmó con un gesto de
cabeza.
—No importa. Es tu obligación como cristiano entregar a
una enemiga de nuestra fe.
—Largaos de aquí y no volváis. No os lo diré dos veces.
Balendin sacó el cuchillo que siempre llevaba a la cintura
y se lo puso en la garganta sin darle a tiempo a reaccionar.
—Nuestro hogar también es un lugar sagrado, y no
consiento que nadie se inmiscuya en los asuntos de nuestra
familia –prosiguió en tono amenazador sin bajar el arma–. Y
antes quemaré vuestro monasterio y sus reliquias que permitir
que unos rapados se atrevan a poner una mano encima de
alguno de nosotros.
El monje reculó, dio media vuelta y se marchó a toda prisa
seguido por su compañero.
—¡Arderás en el infierno! –gritó al llegar abajo de la
cuesta.
—¡Entonces ya seremos dos.
Durante las siguientes jornadas, suegro y yerno hicieron
guardia de día y de noche. Nadie fue a molestarlos, pero
mucho se temían que los monjes dieran aviso; antes o después
aparecerían por allí los hombres armados. Debían subir a los
pastos a no más tardar, allí no los encontrarían, pero no podían
hasta que Joana alumbrara; en su estado le sería del todo
imposible ascender por los escarpados repechos del trayecto.
Como si supiera que había prisa, el niño nació a los tres días
de la visita de los monjes, una tarde en la que el cielo mostraba
un color gris amenazador y los truenos en la lejanía
anunciaban tormenta. Ortixa y Loredi ayudaron a la
parturienta mientras los hombres permanecían alertas; tuvo
que transcurrir, no obstante, una semana antes de que pudieran
disponer la marcha. Por suerte, la nueva madre era fuerte, no
había perdido demasiada sangre y se recuperó enseguida; tenía
las piernas flojas, pero fue ella quien insistió en no demorarse
por miedo a que algo malo llegara a sucederles si esperaban
más tiempo. Emprendieron la subida un amanecer
deslumbrante de primavera, acompañados por Peru que
cargaba un morral con comida y ropas, si bien tuvieron que
hacer el trayecto con lentitud, deteniéndose a menudo para que
Joana recuperara el aliento y diera de mamar a la criatura. Al
llegar a la borda, el leñador ayudó a adecentar el lugar y a
hacer leña para el fuego, luego bajó al pueblo, preocupado
como estaba por su mujer y su pequeño.
Solos en las alturas, los otros cuatro pudieron al fin
respirar tranquilos, dormir sin miedo a que los despertaran en
plena noche, ajenos a las comidillas de la aldea y de sus
monjes; aquel era el único lugar donde eran y se sentían libres.
Pasadas un par de semanas empezaron a preocuparse; la
cabaña de los padres de Joana permanecía cerrada, algo
extraño pues, por lo general, eran de los primeros en llegar con
su rebaño. No pudiendo aguantar más su inquietud, Balendin
bajó con los perros a Uztarroze y encontró a su suegro
postrado en el lecho, la mirada perdida. La vieja Soara estaba a
su lado; se había mudado para cuidarlo después de que hubiera
sido golpeado y tullido.
—No quiere vivir –lo informó–. Lleva así desde… ya
sabes… Tras vuestra marcha, ellos vinieron, lo torturaron
acusándolo de haberos ayudado. A mí me dejaron en paz, y
por eso estoy aquí.
—¿Y Auria.
—La colgaron de un árbol junto a otras cinco vecinas.
—¿Por qué.
—Dijeron que, puesto que la hija había escapado, ella
debía ocupar su lugar.
La información lo dejó anonado. No se le había pasado por
la cabeza que aquellos seres perversos pudieran vengarse de
manera tan cruel, y apretó los puños hasta hacerse daño en las
palmas. Lo primero que se le ocurrió fue llevarse de allí a su
suegro, pero era una idea descabellada; él solo no podría
cargar con un peso muerto. Por otra parte, había que ocuparse
de su rebaño, así que entregó a la anciana unas monedas para
su mantenimiento, prometió volver y regresó a la montaña
llevándose las ovejas. A Joana le dijo que sus padres habían
decidido posponer la subida debido a una herida que Xuban
tenía en un pie; lo dijo con una sonrisa, y ella no le dio mayor
importancia, ocupada como estaba con la criatura cuya llegada
le había hecho olvidar su terrible experiencia.
A punto de iniciarse el verano, nada había trastocado la
tranquila vida en la montaña del pastor y de su familia. Ahora
tenían el doble de ovejas que atender, y mientras Joana y él se
dedicaban al esquileo y a la elaboración de quesos, Loredi se
ocupaba del pequeño y de curar patas, pezuñas o heridas
producidas por las rocas o las tijeras de esquilar. Desde que era
una niña había tenido buena mano con los animales, pero
últimamente su habilidad era mayor, tanta, que incluso
llamaba la atención de su padre. La oveja lastimada se
tumbaba, y no hacía falta atarla; se dejaba aplicar una pasta
elaborada con manzanilla, ajo, cebolla, tomillo y miel,
mientras ella le susurraba algo a la oreja.
—¿Qué le dices? –le preguntó en una ocasión.
La joven sonrió, pero no respondió, y él no insistió. Le
preocupaban los cambios que observaba en ella, en especial
desde el asunto de Uztarroze; se había vuelto más retraída si
cabe, y a veces la pillaba ensimismada contemplando el Ori,
como si estuviera recordando las historias que él le narraba.
—La diosa, Amari, vive allí, aunque tiene otras moradas
en otras montañas. Vive en el interior, en una cueva de oro, y
desde allí vela para que nada malo te ocurra –le decía, y sus
ojos infantiles brillaban ilusionados.
Hacía mucho que había dejado de contarle fantasías, y ella
tampoco era ya una niña. ¿Cuándo se había hecho mujer? ¿En
qué momento habían dejado de hablar.
Una tarde de una jornada despejada, tras haber pisoteado la
lana y hacer fardos para llevarla a un lanero que pagaba un
buen precio por ella, observaron una columna de humo que
ascendía por la zona de Otsagabia. Lo primero que les vino a
la cabeza fue que se trataba de una de las hogueras que se
encendían para celebrar la llegada del estío, pero la luna estaba
en su cuarto menguante y aún faltaban diez noches antes de la
luna nueva durante la cual tendría lugar la festividad. Quizás
se trataba de un incendio; no había llovido durante las últimas
semanas y soplaba el viento cálido del sur, era habitual que
hubiera incendios. Horas después, a la anochecida, Peru y
Ortixa con su pequeño en brazos aparecieron en la borda, rojos
por el esfuerzo de una subida a toda prisa.
—¡Han quemado vivos a seis mujeres y a un hombre en
Otsagabia!
B
ernabé se había trasladado a vivir a la casona de
Torredonda, dejando claro, tanto a Gracian como
a la vieja sirvienta, que nadie fuera de aquellos
muros debía saber que era el hijo del notario;
para todos, él era el licenciado Avellaneda, y así
debía continuar. La orden no dejaba lugar a dudas, y ambos
criados entendieron que en adelante allí solo habría un amo.
Don Juan, por su parte, tardó en reconocer a su escuchimizado
hijo en el caballero alto y de magnífico porte que se presentaba
de súbito después de no saber de él en tanto tiempo, calculó
que unos veinte años. Su decisión de abandonar el colegio de
los benedictinos en Salamanca, saltándose las normas y la
obediencia debida al padre, lo había enfurecido de tal forma
que renegó de él y olvidó que tenía un único hijo. Ahora, sin
embargo, viejo y enfermo, no solo necesitaba que alguien
velara por él, también estaba el asunto de las tierras de su
mujer, que su cuñado no podría reclamar estando vivo el
heredero de Catalina; ya no necesitaría vender la casa y
moriría en ella, en lugar de en el hospital para pobres de la
catedral, un final poco digno para un hombre de su calidad.
Por otra parte, y aunque no lo expresara, se sentía muy
orgulloso del hijo reaparecido, teólogo y doctor en Leyes y
Cánones, que pronto alcanzaría un puesto de relevancia en el
Consejo Real. A pesar de ser contrario a la ocupación y de
haber apoyado a los agramonteses hasta el punto de perder una
fortuna, era consciente de que las cosas no volverían a ser
como antes, que Navarra había dejado ser un reino
independiente, por lo que resultaba más sabio aceptar la
situación y medrar al amparo de la nueva gobernación, al igual
que hacían otros muchos.
Dos semanas más tarde, llegó un comunicado procedente
de la Cámara de Comptos en el que se solicitaba la presencia
del señor de Urruztia a fin de dirimir de una vez por todas la
cuestión de la herencia de su esposa. El anciano no se enteró;
cualquier mensaje que llegara debía serle entregado al nuevo
amo, como así se hizo. Bernabé, a su vez, recibió el mismo
comunicado en el despacho de la propia Cámara, que ocupaba
desde su regreso de Roncal; Balanza estaba muy satisfecho
con él y lo quería cerca. No avisó a su tío; se presentó ante el
secretario y le comunicó que el hijo del notario, doctor por la
Universidad de Salamanca, estaba vivo, y presentó sendos
documentos del prior de San Esteban, el señor de Zúñiga y el
decano de la Universidad quienes así lo manifestaban, y cuyas
firmas habían sido debidamente falsificadas, más otro que
había hecho firmar a su padre reconociendo la existencia de su
heredero. El secretario dio el visto bueno, alegrándose
íntimamente de no tener que verse inmerso en un litigio
familiar, algo que ocurría a menudo y que nunca dejaba
satisfechas a las partes, selló la causa a favor del demandado y
expidió una célula de propiedad de las tierras y el hayedo a
nombre de Bernabé de Urruztia.
—Qué curioso –comentó–, tenéis el mismo nombre…
—Puede que ambos fuéramos bautizados el día de la
festividad del santo –se limitó a decir.
Solucionado el asunto, se centró en el tema de la brujería.
El licenciado le había comunicado que en breve partirían de
nuevo hacia el Norte, esta vez a los valles de Salazar, Aezkoa
y Erro. El periplo duraría dos o tres meses, pues era preciso
limpiar definitivamente la región de la plaga de brujos y brujas
que la infestaban, aunque añadió que, de paso, eliminarían a
los opositores al nuevo gobierno. Precisamente aquellas
comarcas habían sido las últimas en capitular, y no del todo,
pues continuaban los ataques a las fortificaciones erigidas para
controlar el territorio, y a las patrullas que vigilaban los
alrededores.
—Son gentes obtusas –afirmó–, que no entienden lo que es
mejor para ellas. Nos llaman extranjeros, se aferran a sus
antiguas costumbres, no aceptan otros amos, se niegan a pagar
impuestos, a aprender una lengua civilizada, y es preciso
acabar con ellos. De todos modos, el tema de los brujos es un
buen pretexto para eliminar cualquier tipo de resistencia. El
terror, querido amigo, es un arma poderosa, y no hay nada más
terrorífico que ser acusado de hechicería, ni más provechoso
para nosotros. Además, nos lo ponen fácil. ¿Sabíais que en
algunos lugares todavía creen en una diosa pagana? ¿Y que
existen pueblos en los que no hay ni una iglesia o un
monasterio.
—¿No creéis entonces que existan las maléficas? –
preguntó él atónito.
—Siempre hay enajenados en todas partes, pero de ahí a
que vuelen en escobas o forniquen con el Diablo hay un gran
trecho. Digamos que los montañeses son ignorantes y
supersticiosos.
—Y herejes, puesto que han sido bautizados y reniegan de
la Santa Madre Iglesia.
—No del todo. Acuden a misa, bautizan a sus hijos e hijas,
celebran las fiestas religiosas… Ocurre que mezclan las
verdaderas creencias con las heredadas de sus antepasados, y
son un excelente caldo de cultivo para las maquinaciones del
demonio, siempre dispuesto a aumentar el número de sus
discípulos. Es nuestro deber erradicar todo rastro de
paganismo y dirigirlos por la senda de la verdad, y el orden –
añadió con una sonrisa.
No estaba seguro de compartir su visión sobre un tema tan
grave; se hallaba en juego la fe, y más ahora que los
protestantes intentaban introducirse en la Península. Desde la
publicación de las tesis heréticas del monje Martín Lutero
cinco años atrás en la ciudad alemana de Wörms, no pasaba
mucho sin que pillaran a algún luterano, como al librero
detenido allí mismo, en Pamplona, por vender biblias
heréticas. Se habían confiscado libros en Navarra, adonde
llegaban a través de los Pirineos y de los puertos marítimos.
Aunque su número no fuera todavía preocupante, sí lo era el
hecho de su existencia y de la posibilidad de que aumentara el
número de herejes que ponían en peligro a la Iglesia Católica,
la única verdadera. Era preciso por tanto acabar con la secta
brujeril para dedicarse de lleno a la otra, a la de los
protestantes, a la larga mucho más dañinos que unos simples
aldeanos.
Durante las siguientes jornadas se encerró en su habitación
y se dedicó a leer un libro adquirido en Estella, en su viaje
desde Valladolid, en la imprenta de un tal Miguel de Eguia,
yerno del impresor Brocar, el primero en tener taller en
Pamplona. El hombre le ofreció una de las obras de Erasmo de
Rotterdam, “Institutio principis christiani”,dedicada al
emperador, que había sido recibida con éxito en la Corte. No
se molestó en explicarle que el holandés no era santo de su
devoción y que, de hecho, había refutado en público su
argumentación sobre la necesidad de un entendimiento entre
católicos y protestantes. Cogió otro que estaba a la espera de
ser impreso y por el que hubo de pagar el triple de su precio,
pues el hombre aseguró que tendría que buscar otro ejemplar
para copiar, y eso le llevaría tiempo y dineros. La obra en
cuestión era “Malleus Maleficarum”, “El martillo de los
brujos”, escrita por dos monjes dominicos alemanes casi
cuarenta años atrás, con múltiples ediciones y desde su
aparición libro de cabecera de inquisidores y teólogos. Su
benefactor, el señor de Zúñiga, poseía un ejemplar de la
primera edición del que estaba muy orgulloso, aunque no
pudiera leerlo pues estaba redactado en latín, pero a él
entonces no le había interesado demasiado el tema. Decidió
comprarlo al no encontrar en la imprenta otro más interesante
y, hete aquí, que ahora le sería de gran utilidad para conocer a
fondo el tema de la brujería, visto que Balanza no parecía
tener mucha idea acerca de las sectas maléficas y de sus
maldades.
La obra, impresa en una cuidada letra gótica rubricada por
iniciales lombardas en color, lo fascinó desde la primera
página, preguntándose cómo era posible que no se hubiera
interesado antes por ella. Tras una primera parte en la que se
detallaba cómo los seguidores del demonio perpetraban sus
maldades “con el permiso de Dios Todopoderoso”, quien
permitía dichos actos con tal de que Satán no destruyera el
mundo, pasaba a describir las formas de hechicería y los
métodos para aniquilar a los brujos y brujas, torturas incluidas.
Sus autores afirmaban asimismo que el rumor público era
prueba suficiente de la culpabilidad de los sospechosos,
además de asegurar que, como representantes de Dios, los
inquisidores eran infalibles y puros, y se hallaban a salvo de
sus encantamientos. Los textos citados de la Biblia, así como
de Aristóteles, Agustín de Hipona y Tomás de Aquino, pilares
fundamentales de la doctrina cristiana, le eran de sobra
familiares, no así la visión de ambos monjes acerca de las
mujeres y el sexo. Fue todo un descubrimiento.
La brujería era, en realidad, producto del insaciable apetito
carnal de las hembras, la lujuria que, junto a la infidelidad y la
ambición, constituían los tres vicios causantes del pecado
nacido de la mujer que había provocado la expulsión del
Paraíso del hombre, él único ser creado a imagen divina. No
había mayor perversidad, y no era por tanto de extrañar que
fueran ellas la causa de la destrucción de todos los reinos del
mundo. No obstante, y pese a la gravedad de dichas
aseveraciones, su mayor interés se centró en la descripción de
los actos licenciosos y promiscuos cometidos por las brujas en
compañía de los demonios, tales, que no sería sorprendente
que estos fueran los padres de los hijos de aquellas. Recordó
entonces a la mujer embarazada y juzgada en el pueblo del
Roncal cuyo nombre ya había olvidado. Quizás el capellán que
los acompañaba estaba en lo cierto; habría sido interesante
esperar para comprobar si paría o no un sapo.
Dicho pensamiento evocó otro, el de una joven desnuda
que no mostraba pesar alguno, ni pudor para cubrir sus partes
pudendas con las manos. En las declaraciones aparecía como
hija de la bruja preñada, bruja por tanto ella también, aunque
más bien parecían hermanas. Puede que la madre la hubiera
tenido siendo niña todavía, no sería la primera vez. Creía que,
pasadas algunas jornadas, olvidaría su conmoción, pero no
había sido así; sus músculos se tensaban al recordarla, y un
sudor frío lo recorría de pies a cabeza. Ahora estaba seguro de
haber sido embrujado, y de que el único medio de ahuyentar al
maligno era acabar con la causa de su encantamiento.
El libro sobre la brujería envuelto en un paño dentro de su
bolsa de viaje, Bernabé acompañó al consejeroal valle de
Salazar y observó impertérrito cómo, de pueblo en pueblo, de
aldea en aldea, iban descubriendo a los endemoniados. No
sentía nada ante las torturas aplicadas a quienes negaban serlo
pese a las denuncias de algunos de sus vecinos, ni tampoco
cuando los oía gritar presas de las llamas. No dejarás con vida
a la hechicera, estaba escrito en el Antiguo Testamento
inspirado por el propio Dios, por lo tanto ellos, sus siervos,
simplemente cumplían su mandato. Asistió a otros juicios
contra hombres acusados de rebelión, pero estos no le
interesaban tanto. Su fijación era encontrar entre las mujeres
de todas las edades interrogadas a la joven que lo obsesionaba.
Buscaba entre ellas a la Salomé que engatusó al malvado
Herodes mediante una obscena danza para obtener la cabeza
de Juan el Bautista; la Dalila que cautivó a Sansón y le
arrebató su fuerza; la Jezabel que sumió al Pueblo Elegido en
la idolatría, la brujería, la inmoralidad. No la encontró.
Durante su estancia en la localidad de Otsagabia tuvo
tiempo de visitar a sus parientes. Preguntó por Ianiz Gurtibar
de Otxagi y no tardó en dar con su vivienda, un caserío de
gran tamaño con tejado a cuatro aguas, en medio de un prado
donde pacía un rebaño de vacas. Su presencia atemorizó a la
mujer que le abrió la puerta y que empezó a temblar de manera
visible, lo cual no dejó de provocar en él cierta sorna;
disfrutaba con la impresión que causaba en las gentes de a pie,
le hacía recordar que en este mundo unos pocos mandaban y el
resto obedecía. Su tío salió a recibirlo con exclamaciones de
contento, y su actitud calmó las aprensiones de la mujer. En un
santiamén estaba sentado a una gran mesa y tenía delante una
jarra de sidra, un par de huevos fritos con tocino y una hogaza
recién horneada. Tuvo que pedir a su tío que se sentara a su
lado, pues el hombre se mantenía respetuosamente apartado, y
que le presentara a su familia. No solo le presentó a su mujer,
hijas, yernos, nietos y nietas; hizo llamar a sus tres hermanas,
maridos e hijos, y un rato después, Bernabé se encontraba
rodeado por los parientes de su madre y, por una vez, se sintió
a gusto. Gracias a uno de sus primos, que dominaba el
romance al haberse educado en el monasterio de Leire e hizo
de traductor, pudo al fin saber algo acerca de la mujer que
había dado la vida por traerlo al mundo. Por supuesto, no les
dijo que era su sobrino, pero sus tías estaban deseosas de
hablar de su difunta hermana, a la que todavía recordaban con
cariño, pues era una joven risueña y caritativa.
—Y guapa –añadió la mayor–, muy guapa. La solicitaban
todos los mozos de la vecindad, pero ella fue a enamorarse de
un hombre que le doblaba la edad y con él perdió el virgo,
porque fue doncella hasta su matrimonio, os lo puedo asegurar.
No esperaba menos, y sonrió complacido.
En su siguiente visita, justo antes de proseguir viaje al
valle de Aezkoa, no encontró la misma afabilidad. La mujer de
su tío se excusó con la disculpa de que tenía que ir al río a
hacer la colada, y los demás no asomaron por el caserío,
incluso los niños estaban desaparecidos. La quema de siete
vecinos el día anterior había conmocionado a la población, y
todos en el pueblo sabían que él era uno de los hombres que
habían provocado un terror que tardaría mucho en ser
olvidado. Se alegró de que nadie de su familia hubiera sido
encausado e ignoraba cuál habría sido su reacción dado el
caso, aunque probablemente habría permanecido en silencio,
pues en asuntos de herejías ningún parentesco era óbice para
no hacer justicia. Ianiz tampoco parecía tan contento; se
mostró bastante más lacónico que en anteriores ocasiones y se
limitó a preguntarle por el asunto referente a la herencia de su
hermana.
—Los trámites siguen su curso –respondió–, aunque son
muchos los pleitos a dilucidar en la Audiencia, y el vuestro
tardará todavía un tiempo. De todos modos, estará solucionado
antes de finales del verano.
Ianiz se mostró satisfecho, pero no lo invitó a comer, ni le
ofreció un trago de sidra, lo cual reafirmó su decisión de no
confesarle su parentesco, ni que las tierras y el hayedo eran
ahora suyos. Se despidieron con frialdad, y él fue a reunirse
con Balanza y los demás, que estaban dando buena cuenta de
un cabrito asado, la especialidad de la única posada y taberna
del lugar, vacía de clientes desde su llegada.
Su paso por los valles de Aezkoa y Erro provocó igual
convulsión que en el de Salazar, y, si bien fue grande el
número de acusados, únicamente se ejecutó a dos personas, un
hombre en Lizoain y una mujer en el pueblo de Erro, hasta que
recalaron en la hospedería de Roncesvalles, donde se les
proporcionó un alojamiento sobrio, aunque apartado del de los
peregrinos que cruzaban el puerto en dirección a Compostela.
El encuentro con el prior no fue del todo satisfactorio, y a
Balanza se lo llevaban los demonios debido a la hostilidad que
notó hacia él. El canónigo mostró su desacuerdo desde un
principio, citó el Canon Episcopi, que durante siglos había
sido guía de obispos, hasta la instauración de la Inquisición en
los reinos de Europa. La obra negaba la existencia de la
brujería tildando su creencia de ilusiones ridículas a las que no
debía prestarse atención. Mencionó otras de afamados
filósofos escritas en la misma línea, para concluir que allí no
había brujos ni brujas, solo personas arraigadas a viejas
costumbres y supersticiones que no hacían daño a nadie. De
poco valió la defensa a favor de sus campesinos y demás
habitantes de la zona, Bernabé pidió permiso para hablar, y el
consejerohizo un gesto afirmativo.
Hacía casi dos años que no exhibía sus dotes de orador e
hizo una demostración de elocuencia y de amplios
conocimientos en cuanto tomó la palabra; citó textos bíblicos,
filosóficos y morales desde la Antigüedad, disposiciones de
sucesivos Concilios de la Iglesia, testimonios de la existencia
de sectas satánicas a lo largo de la Historia; habló de
maléficas, íncubos y súcubos, heréticos, juntas de brujos en las
que se invocaba y adoraba a Lucifer, crímenes horrendos,
orgías sin freno, y dejó atónitos a Balanza y a sus
acompañantes. A todos menos al prior.
—Nos non conveniunt –dijo este en latín, y se marchó.
—Pues él no estará de acuerdo, pero me da igual. ¡O es un
asno o un hereje! –explotó el licenciado.
A partir de entonces, Bernabé ocupó un sitio a su lado, y
era a él en vez de al capellán a quien se dirigía en consulta
durante los juicios por brujería. Condenaron a la hoguera a seis
personas en Luzaide, conocido como Valcarlos por haber sido
el campamento de Carlomagno tras la derrota en la famosa
batalla, y, al igual que por todos los lugares por donde
pasaban, también castigaron con diversas penas de azotes y
destierro a supuestos rebeldes, partidarios de los
excomulgados reyes de Navarra. Cada condena acarreaba la
incautación de los bienes de los reos a fin de sufragar las pagas
de los hombres y los gastos del viaje, cantidades y propiedades
que eran debidamente anotadas por el secretario del tribunal, y
por él mismo.
Quedaban pendientes de ajusticiar un hombre y cuatro
mujeres, pero, tras las amenazas del prior de excomulgar a
quien se atreviera a profanar la paz del santuario de Nuestra
Señora, y para evitar contratiempos, pues los canónigos
gozaban de gran predicamento en las comarcas a ambos lados
de los montes, y los veía capaces de organizar una revuelta,
Balanza decidió que la ejecución se llevara a cabo en el burgo
situado a menos de tres millas de distancia. Después, él y su
gente regresarían a Pamplona.
L
os mismos hombres que habían asesinado a las
vecinas de Uztarroze durante las nevadas se
hallaban ahora en el valle. Izalle, Esparza,
Oronze… en todos los pueblos habían detenido,
interrogado y ejecutado a hombres y mujeres de la
manera más atroz que imaginar se pudiera: quemándolos
vivos. Dicha revelación dejó sin palabras a la pareja y a la
joven; ni haciendo un gran esfuerzo podían hacerse una idea
de lo que suponía una muerte tan cruel. Aquel día le había
tocado a Otsagabia, prosiguió Ortixa embalada, y habían
decidido reunirse con ellos cuanto antes, por si acaso. La
abuela Alodia y la viuda Martina habían ido por ahí diciendo
que Balendin estaba hechizado, y los monjes corroboraron
dicha afirmación; volvieron al caserío, esta vez acompañados
por unos cuantos vecinos, algunos provistos con palos, y
exigieron registrarla a fin de dar con la hija de la bruja a la que
habían ahorcado en Uztarroze, según afirmaba el padre
Jacobo. No la encontraron, pero a partir de entonces notaban
miradas desconfiadas, les llegaban rumores, y hasta Peru se
había enzarzado en una palea a puñetazos con Juanot Lodia, el
carpintero, quien afirmó que en su casa se celebraban
ayuntamientos de brujas. Ellos también podrían ser acusados si
los hombres de negro aparecían por la aldea, y alguien les iba
con cuentos. La mujer calló, agotada por la caminata, la larga
parrafada, el miedo que sentía, y solo entonces se percató de
las lágrimas que resbalaban sin freno por el rostro de Joana.
—No te preocupes –la consoló–, no llegarán hasta aquí.
—¿Soy yo la hija de la mujer que ahorcaron en Uztarroze?
–preguntó Joana.
Ortixa miró al padre; tenía los ojos fijos en su compañera y
apretaba los labios con fuerza. Loredi miraba a uno y a otra sin
entender muy bien lo que acababa de escuchar.
—¿Está muerta la abuela? –preguntó en un hilo de voz.
Fue el turno de Balendin; les contó lo ocurrido, pero
omitió decir que Auria había ocupado el lugar de su hija, pues
esta se sentiría culpable y no se perdonaría haber sido la causa
de su muerte. También les dijo que habían apaleado al abuelo
Xuban y cortado el pie izquierdo, y que la anciana Saroa lo
cuidaba hasta que ellos pudieran hacerlo.
—¿Por qué? ¿Por qué? –preguntaba Joana sin dejar de
llorar mientras apretaba a su hijo contra el pecho.
No tenían respuesta y permanecieron mudos el resto de la
velada.
Peru bajó a Itzaltzu dos jornadas más tarde; lo hizo cuando
ya casi no había luz, pero no fue a su casa sino a la de un
amigo, leñador como él, que vivía asimismo en una cabaña
fuera de los lindes del monasterio. Por él supo que los
inquisidores no habían llegado a la aldea; se habían dirigido al
vecino valle de Aezkoa con la intención de seguir hacia el de
Erro, donde, según su informador, pensaban continuar con sus
pesquisas a fin de descubrir a los discípulos del Diablo que,
decían, se reunían en un lugar llamado Sorginaritzaga, “el
robledal de las brujas”.
Al día siguiente, Balendin se echó tres fardos de lana a la
espalda y tomó el camino de Otsagabia, acompañado por
Basa, un joven mastín blanco, regalo de Xuban al saber que
iba a ser abuelo. Tendría que volver a por más, pero no
permitió que su yerno lo acompañara; las mujeres y los niños
necesitaban cerca a un hombre que supiera manejar el hacha
para defenderlos en caso de peligro, afirmó, y él se sentiría
más tranquilo. Prometió pasarse por la aldea para asegurarse
de que todo estaba en calma y de que ya podían regresar, pero
no le dijo que, después de dejar la carga, tenía intención de
llegarse hasta el valle de Erro. Ignoraba cómo lo haría, pero sí
que no cejaría hasta matar al malnacido que había provocado
tanta tribulación en su amada tierra. A medida que avanzaba,
no dejaba de pensar en los hechos que habían trastocado su
vida y la de su familia debido a supersticiones y cuentos
alentados por los monjes, el cura de Uztarroze, la viuda
Martina, su propia madre, y tantos otros. Él solo creía en la
vida y en la muerte, en nada antes y en nada después, y nadie
tenía derecho a decirle lo que debía o no hacer; sus aciertos y
errores eran cosa suya.
—Tampoco creo en ti –dijo en voz alta al contemplar la
montaña sagrada de los antiguos.
La picuda roca del Ori resplandecía bajo el sol matutino,
pero apenas le dirigió una mirada e inició el descenso. A
medio camino, a poca distancia de Itzaltzu, se detuvo a
descansar a la orilla del río cuyo escaso caudal en verano
permitía vadearlo sin problemas y sacó un trozo de queso y
unas manzanas que había metido en la bolsa. Solo entonces se
dio cuenta de que el perro había desaparecido, tan sumido se
hallaba en sus cavilaciones.
—¡Basa!
Lo llamó y silbó varias veces, pero el animal no dio
señales de vida. No era la primera vez que desaparecía de su
vista cuando estaban solos; harto de guardar ovejas, sabía lo
mucho que le gustaba correr libre, adentrarse en la arboleda,
perseguir animalillos. Acabó de comerse la segunda manzana
y de nuevo llamó al perro; escuchó su ladrido y lo vio correr
hacia él, aunque se detuvo a unos pasos y volvió a salir
disparado hacia algún lugar que él no vislumbraba entre los
árboles. Repitió la operación, como queriendo mostrarle algo,
así que finalmente él lo siguió y se detuvo, atónito, al ver
llegar a Loredi por el sendero.
—¿Por qué me has seguido? –le preguntó.
La joven se alzó de hombros.
—Joana y los tíos estarán preocupados.
—Ya saben que he venido.
No podía enviarla de vuelta a la borda, no llegaría antes
del anochecer, y no era cuestión de dejarla sola a merced de
osos, lobos y jabalíes, ni siquiera acompañada por el perro; no
sería suficiente para salvarla ante el ataque de una manada.
Estaba enfadado, su presencia alteraba sus planes, pero no dijo
nada, se echó los fardos a la espalda y continuó adelante
seguido por ella y un vigilante Basa, que no se separaba de la
joven, como si presintiera que su deber ahora era protegerla.
No entraron en la aldea, prosiguieron hacia Otsagabia y
aquella noche durmieron en el sobrado del lanero. El hombre
les dijo que habían llegado a tiempo, pues no lo hubieran
encontrado al día siguiente; su mujer y él pensaban ir a
comprar agujas y cardadores de lana a la feria de Auritz, al
norte del valle de Erro, un poblado propiedad de un
monasterio muy rico y famoso que había en Orreaga, llamado
Roncesvalles por los extranjeros. A fin de no preocupar a su
hija, Balendin no preguntó acerca de la quema de los siete
vecinos, unas semanas atrás, y ellos tampoco hicieron
comentario alguno, pero no le pasó desapercibida la enorme
ekilore, la flor del sol, colgada en la puerta del caserío, así
como la cantidad de cruces y manojos de ajos que podían
verse por todas partes en su interior, clara evidencia de que los
dueños creían en la brujería.
En la oscuridad, entre fardos de lana de procedencias
diversas, el pastor confesó a su hija que tenía intención de ver
la maldad con sus propios ojos, pero que ella no podía
acompañarlo; debía regresar a los pastos con el perro mientras
él continuaba su camino, solo.
—Yo también quiero ir –la oyó decir.
—No puedes, ya te lo he dicho.
—¿Por qué.
—Porque es peligroso, y tú no eres más que…
—¿Una mujer.
—Todavía moza.
—Ya no lo soy. Dejé de serlo cuando aquellos hombres me
desnudaron y manosearon mi cuerpo.
—¿Te forzaron? –preguntó, las mandíbulas prietas, tras
unos instantes de silencio.
—Forzaron mi espíritu.
Ignoraba lo ocurrido, ni ella ni Joana le habían dicho nada
sobre el asunto. Una rabia fría que se apoderó de sus sentidos
reforzó el propósito de acabar con los violadores de la
inocencia de su amada hija, que también habían ultrajado a su
mujer.
—Iré de todas formas, contigo o sola.
Fue lo último que escuchó antes de quedarse dormido.
El viaje en carro resultó sorprendentemente agradable para
ambos. El buen tiempo, el caudaloso Irati que los dejó mudos
del asombro, pues nunca habían visto un río tan ancho, la
amable compañía del lanero y su mujer, hicieron que olvidaran
el motivo del mismo. Era la primera vez que se desplazaban
tan lejos y disfrutaron descubriendo lugares nuevos, aunque el
paisaje les resultara familiar, pues los valles compartían
montañas, bosques, prados, y paz. Resultaba difícil creer que
la maldad hecha hombre se hubiera adueñado de tan bellos
parajes. Se detuvieron a fin de estirar las piernas y comer algo
en la aldea de Aribe tras atravesar un puente de piedra de dos
grandes ojos, obra sin duda de los gigantes que, según las
leyendas, habían existido antes que los seres humanos, y al
atardecer entraban en Auritz, donde se despidieron de la
pareja, que se alojaba con unos parientes y tenía intención de
regresar temprano al día siguiente, en cuanto hubieran
adquirido lo que iban buscando.
La pequeña población que se alzaba a ambos lados del
camino se hallaba a rebosar de gente llegada de todas partes, y
a Balendin y a su hija les costó hallar un lugar donde pasar la
noche. Lo encontraron en una cabaña algo apartada a la salida
de la aldea, si bien las dueñas, una anciana y su hija, ambas
viudas, los informaron de que solo disponían de un cobertizo
en el que antaño guardaban las ovejas; los canónigos les
habían quitado el rebaño para dárselo a otro pastor al morir sus
hombres.
—Vivimos como podemos –añadió la más joven–, lavando
lana, hilando, tejiendo… y acogiendo a los caminantes, que
raramente pagan porque son tan pobres o más que nosotras.
El comentario hizo que Balendin metiera la mano en la
faltriquera y sacara una de las monedas de plata que le había
entregado el lanero.
—¿Será esto suficiente.
No hizo falta que respondieran; la moneda desapareció
vista y no vista y, en lugar de en el cobertizo, los acomodaron
en un cuchitril sin ventana donde había dos colchones de paja
en el suelo y les ofrecieron compartir con ellas un puré de
verduras, pan y queso. El perro dormiría en el establo. Quizás
estaban agradecidas por el generoso pago por adelantado o,
simplemente, querían conversar con alguien porque no
callaron.
—A veces vienen por aquí algunos peregrinos, cuando el
hospital de los canónigos está lleno y no encuentran
alojamiento en otra casa, pero siempre son extranjeros, y no
hay manera de entenderse con ellos a no ser por señas.
Así supieron que el lugar era paso de caminantes que se
dirigían a un lugar lejano donde estaba enterrado un santo
famoso; que cerca se alzaba una iglesia con un hospital para
los viajeros; que en dicha iglesia había una estatua milagrosa
de la Virgen; que al día siguiente sería la festividad de San
Gervasio mártir y que, además de la celebración de la feria
más importante de los contornos y de la romería al santuario
de Santa María de Roncesvalles, iban a quemar a un hombre y
a cuatro mujeres. Ya habían ejecutado a seis en Luzaide; esta
vez tocaba en Auritz. La información les heló la sangre, y
tanto el padre como la hija hubieron de hacer un gran esfuerzo
para no mostrar su aprensión.
—¿Brujos? –preguntó él procurando no mostrarse
demasiado interesado.
—Y brujas –aclaró la mayor–, sobre todo brujas. Se reúnen
los viernes en el bosque de Sorginaritzaga o en el de
Basajaunberro, todo el mundo lo sabe porque los gallos cantan
antes de medianoche, prueba evidente de su presencia en
alguno de esos lugares.
—¿Y qué hacen allí.
—Hechicerías. Vuelan en escobas y elaboran pócimas
venenosas con mandrágora, beleño, sapos y corazones de
niños no bautizados. También invocan al macho cabrío y
fornican con él durante toda la noche.
—¿Y esas personas a las que van a… a quemar.
—Las conocemos a todas, Mikela, María de Garralda,
María la Serora, Martín Aztia… Ah, y Graciana, la de Esnoz,
una bruja de cuidado. Hace tiempo nos encargó tejer unos
lienzos de cama y luego se negó a pagarnos.
Ambas se quitaban la palabra de la boca describiendo los
maleficios de las malignas que tanto daño hacían. Así,
provocaban granizadas que arruinaban las huertas y destruían
los tejados, secaban las fuentes, hacían impotentes a los
hombres y estériles a las mujeres, asesinaban a las criaturas en
los vientres de sus madres para que no fueran bautizadas y
utilizaban los cuerpos para sus pócimas, aojaban a los
animales, y hechizaban a jóvenes y a viejos a fin de casarse
con ellos para envenenarlos y quedarse con sus haberes.
—Vamos a dar un paseo antes de acostarnos –dijo de
pronto Balendin al ver a su hija más pálida de lo habitual, pero
antes de salir se giró e hizo una última pregunta.
—¿Y quién ha juzgado a esa gente.
—Unos caballeros llegados de Pamplona que se alojan en
el monasterio. Llevan aquí un mes y han detenido a muchos,
aunque, claro, no todos eran culpables… A nosotras nos
llamaron para testificar –añadió muy satisfecha la más joven–
y por supuesto les contamos lo que sabíamos, que para eso
somos buenas cristianas y vamos a la iglesia todos los días.
No quiso escuchar más, asió a Loredi por el brazo, y
ambos salieron de la cabaña, necesitados como estaban de
aspirar una bocanada de aire fresco. Las últimas luces del día
desaparecían en el horizonte, había descendido la temperatura
tras una cálida jornada, y la joven se frotó los brazos para
entrar en calor o tal vez para conjurar los malos espíritus. Su
padre le echó el brazo al hombro y la atrajo hacia él.
—No temas, querida –le susurró al oído–. No permitiré
que nada malo te ocurra.
Estaban cansados y durmieron profundamente hasta que
una de las mujeres fue a despertarlos; debían levantarse, les
dijo, para acudir en romería al santuario. Después de lo
escuchado la víspera y consciente de que podrían denunciarlos
a los hombres de negro, Balendin se puso en pie de un salto,
zarandeó a su hija y se cruzó al pecho el asa de la bolsa de
cuero, donde llevaba oculta la ballesta envuelta en paños para
disimular su hechura. Al rato, recorrían la distancia que los
separaba de la colegiata, mezclados entre el gentío llegado de
toda la comarca, gracias al cual pudieron despistar a sus
hospederas.
Ciertamente, el edificio de piedra que aparecía en lo alto
de la pendiente era el más grande que habían visto nunca,
bastante más que el monasterio de Itzaltzu. Pero si el exterior
los sorprendió, el interior los dejó boquiabiertos; jamás
habrían imaginado algo parecido: columnas de piedra, techos
arqueados, cirios por todas partes, largas ventanas de vidrios
coloridos atravesados por los rayos de sol que daban al
conjunto una imagen irreal. Permanecieron de pie entre la
gente que abarrotaba el lugar, haciendo lo que los demás
hacían, arrodillándose cuando los otros se arrodillaban, aunque
no respondieron a las preces que no entendían, si bien, y sin
ponerse de acuerdo, movían los labios para no llamar la
atención. Al finalizar la para ellos extraña ceremonia, la gente
se agolpó a la salida, así que esperaron a fin de no verse
empujados, apretujados, de no perderse de vista. Loredi
aprovechó para aproximarse al lugar donde se encontraba la
imagen de una madre con su hijo, atraída por la belleza de la
figura materna que miraba con ternura a la criatura sentada
sobre su rodilla izquierda. Ambos refulgían a la luz de los
cirios encendidos a su alrededor, y un par de lágrimas se
escaparon de sus ojos. Ahora que sabía que su nacimiento le
había costado la vida a su madre, quiso imaginarse que
aquellas dos figuras eran las de ellas dos.
—Es muy hermosa, ¿no es cierto.
Se giró sorprendida; no entendió lo que le preguntaban,
pero un escalofrío recorrió su cuerpo. El hombre que estaba a
su lado… lo había visto antes, había visto su mirada
recorriendo su cuerpo, como un águila a punto de abalanzarse
sobre un cordero. Salió corriendo y se perdió entre la gente
seguida por Basa, que los esperaba en el exterior, y un
desconcertado Balendin, confuso por su súbita espantada. La
alcanzó tras correr durante un buen trecho cuesta abajo.
—¿Qué te ocurre? –le preguntó obligándola a detenerse.
—Estaba allí –respondió, la respiración entrecortada.
—¿Quién.
—Uno de ellos.
No necesitó más explicaciones; su hija se refería a uno de
los hombres que la habían interrogado en Uztarroze, y apretó
con fuerza la bolsa donde portaba el arma.
—Tranquila –fue lo único capaz de decir.
Decenas de puestos con todo tipo de mercancías se
alineaban en Auritz, a ambos lados del camino y en una
explanada detrás de la iglesia, y sonrieron al descubrir el único
de agujas y cardadores, aunque no vieron al lanero y a su
mujer que, supusieron, habrían comprado lo que iban a buscar
y se habrían vuelto a Otsagabia. Sidra, lana, tejidos, quesos,
morcillas, panes, fruta, carne, mantequilla, miel, abarcas,
cestos, tortas… los animó la visión del primer mercado al que
asistían y olvidaron sus agobios durante unas horas. No
volvieron a la cabaña, no tenían intención de volver; ya
encontrarían otro lugar donde dormir, o dormirían a la
intemperie, como habían hecho en otras ocasiones. Disfrutaron
con el bullicio, el sonido de albokas y panderos, los pedazos
de chistorra envueltos en tortas de harina de trigo, un lujo, y
los tragos de sidra, hasta que, a media tarde, el repique a
muerto de la campana acalló el alegre ambiente que reinaba
por doquier.
Las gentes se dirigieron al camino, y ellos hicieron lo
mismo; solo entonces descubrieron las cinco estacas rodeadas
de leña que se alzaban delante de la iglesia. No se habían
recuperado del susto cuando apercibieron una larga fila de
hombres que, bajo la luz de decenas de antorchas encendidas,
descendían la pendiente desde Orreaga al tiempo que recitaban
unas plegarias repetitivas e ininteligibles. El silencio era total
cuando los primeros miembros de la comitiva se situaron en el
tablado levantado delante de las estacas, pero fue roto por los
sollozos y murmullos que se escucharon al ver aparecer a un
hombre y a cuatro mujeres rodeados por soldados armados.
Descalzos, atados con sogas alrededor de sus cuellos, unos
sambenitos de tela pintados con demonios y llamas, al igual
que los cucuruchos de cartón de tres pies de alto en las
cabezas, las mirad as perdidas, eran la viva imagen de la
desesperación y de la crueldad de sus torturadores. No hubo
entre los espectadores quien no sintiera piedad por ellos,
incluso los que habían testificado en su contra, algunos de los
cuales ahora se arrepentían al ver a sus vecinos y conocidos
tratados peor que bestias salvajes por los mismos que habían
provocado la guerra y el terror en sus, hasta hacía poco,
apacibles valles.
Tras la lectura de un documento en una lengua que pocos
entendieron, despojaron a los condenados de los sambenitos,
que a partir de entonces colgarían en los muros de la iglesia
para su escarnio y el de sus parientes, y los cinco fueron atados
a las estacas. Unos clérigos les acercaron unas cruces, les
dijeron algo que nadie escuchó y se retiraron, el verdugo dio la
orden, y sus esbirros prendieron fuego a las leñas. Las llamas
que ardieron a toda velocidad, los gritos de los inmolados y el
clamor horrorizado de los espectadores inundaron el lugar y
quedaron grabados en la memoria de la aldea, al igual que
antes en muchas otras.
Un grito desgarrador, un aullido, que puso los pelos de
punta a más de uno, rompió el pesado silencio que se había
adueñado del lugar cuando la hoguera todavía ardía, pero
únicamente se escuchaba el crepitar de la madera, cuando los
desdichados ya habían agonizado. Un silbido atravesó el aire a
continuación y una saeta fue a clavarse en uno de los hombres
de negro que ocupaban el estrado, provocando la conmoción
de sus acompañantes y la desbandada general de todos los
presentes en el macabro evento.
L
as pesquisas de los soldados de Balanza, de los
hombres de la Casa de Luxa y de otros caballeros
de ambas vertientes de los Pirineos presentes en el
acontecimiento, además de las de los voluntarios
locales, no dieron con el autor del disparo que
había herido gravemente al señor Avellaneda. Tras la
confusión de los primeros momentos, se registró el pueblo
palmo a palmo y se confinó en la iglesia, haciendo caso omiso
de las protestas, a todo aquel que resultaba sospechoso,
incluido un buen número de peregrinos y de curiosos llegados
para asistir a la quema. No encontraron el arma ni pruebas
para inculpar a nadie, así que se pasó al interrogatorio de
quienes se hallaban en el lugar de los hechos, y que tam poco
aportaron información útil; estaban demasiado impresionados
contemplando las hogueras para prestar atención a otra cosa.
Únicamente dos mujeres mayores, madre e hija, revelaron la
presencia en su vivienda de un hombre y una joven llegados la
víspera, que mostraron interés por saber quiénes habían
juzgado y condenado a los brujos. Unos soldados acudieron a
registrar la cabaña, pero no encontraron rastro de los supuestos
huéspedes.
Bernabé había perdido mucha sangre, respiraba con
dificultad, y fue llevado a toda prisa al hospital, donde el
médico procedió a extraer el virote después de sajar la carne
para sacar la punta de hierro incrustada en el esternón. El
herido se hallaba consciente, y el doctor Jimeno le aplicó una
somnifera spongia, una esponja natural hervida durante horas
en jugo de mora agria, beleño, hiedra y hojas de belladona, y
secada al sol durante un mes. La botica del hospital poseía
varias de estas esponjas adquiridas en la costa que, una vez
humedecidas, se colocaban en las fosas nasales para sedar a
los pacientes en caso de que la cirugía así lo requiriera. Tras la
sutura, el galeno limpió la herida con aceite y colocó un
emplasto caliente de raíz de consuelda, ordenando a su
ayudante que la cambiara a cada poco y que lo avisara, incluso
en mitad de la noche, si apreciaba algún cambio de color en la
piel. Una vez hecho lo que se podía, solo quedaba
encomendarse a Nuestra Señora de Roncesvalles y confiar en
que el caballero sobreviviera, algo altamente improbable.
Balanza no durmió y, nada más rayar el alba, dispuso su
inmediato regreso a Pamplona; ya no tenía edad ni ganas para
sustos y daba por finalizada la misión que lo había llevado
durante meses a unos territorios agrestes, habitados por gentes
que no eran de fiar. Antes de la primera salida, iba para siete
meses, había encargado la celebración de un centenar de misas
a fin de implorar la ayuda de Dios Todopoderoso en la tarea
ímproba y desagradable que lo esperaba, pero, a la vista
estaba, no habían sido suficientes si cualquier palurdo podía
disparar contra un representante de la Corona. Preguntó por
Avellaneda, aunque no fue a visitarlo y ordenó al cochero
azuzar a los caballos. De nuevo en la ciudad, redactó un
informe dirigido al virrey y otro para entregar en la Hacienda
Real y, a continuación, se hizo preparar una tina de agua
caliente, restregar el cuerpo por dos sirvientes hasta que no
quedara rastro de tufo campesino y friccionar su cuerpo con
bálsamo de rosas y romero. Luego se metió en la cama,
durmió durante una jornada entera y se olvidó de su sucesor, el
brillante letrado que había dejado luchando entre la vida y la
muerte.
Bernabé tardó dos semanas en abrir los ojos y lo primero
que vio fue un crucifijo clavado en una pared encalada,
desnuda de ornamentos, que le recordó a la diminuta celda que
ocupaba en el colegio de Salamanca. Estaba muy débil, tenía
una sed atroz y le dolían todos los huesos; intentó llamar para
que alguien viniera en su auxilio, pero la voz no salió de su
garganta. Tuvo que esperar un tiempo que se le hizo eterno
hasta que un novicio barbilampiño asomó la cabeza por la
puerta y desapareció al comprobar que estaba despierto; volvía
instantes después acompañado por un clérigo de cejas hirsutas
y abundante barba blanca, que tocó su frente, examinó sus
pupilas y, finalmente, retiró la manta que lo cubría y comprobó
el estado de la herida.
—Cicatriza bien, y la fiebre está remitiendo –sonrió
satisfecho–. Una vez más Nuestra Señora ha obrado el
prodigio.
Se giró para marcharse, pero él lo retuvo por el hábito
haciendo un gran esfuerzo para alargar la mano.
—¿Deseáis algo.
No lograba emitir palabra y se chupó los labios
desesperado. El médico hizo una seña a su ayudante, quién
salió corriendo y no tardó en regresar con una jarra y un
cubilete.
—Bebed con mesura –le aconsejó antes de salir–. Es agua
milagrosa de nuestro manantial, pero está muy fría, y no os
conviene abusar.
No hizo caso a la recomendación; levantó la cabeza con
ayuda del novicio y bebió ávidamente el contenido del cuenco,
obligándolo a que lo llenara dos veces más. Luego se dejó caer
en el camastro y cerró lo ojos. Quería saber lo ocurrido, por
qué no tenía fuerzas ni para mover los brazos, por qué no
podía hablar; no recordaba nada y temió haberse convertido en
un inválido para el resto de su vida. Notaba que recuperaba la
energía a medida que las jornadas transcurrían, aunque no la
suficiente para valerse por sí mismo y pasaba las horas con la
mirada fija en el crucifijo del muro o en el cielo que apercibía
a través del estrecho ventanuco de la celda, con las visitas del
galeno barbudo y del joven como único entretenimiento. Este
último aparecía puntualmente para comprobar si requería algo,
lo ayudaba a hacer sus necesidades, lo lavaba con ayuda de un
paño y un barreño de agua, y se empeñaba en que tragara el
espeso puré de verduras que le llevaba dos veces al día. A
veces no lograba dormir y quedaba atrapado en un duermevela
durante el cual siempre se repetía la misma escena: se hallaba
en el estrado, solo, y frente a él, al otro lado de las llamas de
una colosal hoguera, una muchacha, la misma que
contemplaba la imagen de la Virgen en el santuario, la misma
que había visto desnuda meses atrás, quien lo señalaba con un
dedo acusador; escuchaba un grito inhumano, sentía una garra
que lo atenazaba el pecho y caía al suelo. Se despertaba en
plena noche empapado en sudor y hacía sonar la campanilla
que habían dejado sobre una banqueta al lado del catre.
El novicio aparecía de inmediato, enjugaba su frente y le
daba de beber algo caliente con un sabor amargo que lo
inducía al sueño. Poco a poco las pesadillas desaparecieron y
logró descansar sin sobresaltos, pero la escena no se borró de
su mente, por lo que llegó a la conclusión de que era una señal
divina que lo alertaba del peligro que corría su vida mientras la
bruja anduviera suelta.
Llegó por fin el día en que pudo levantarse sin ayuda;
había perdido muchas libras de peso, pero recobrado el habla,
así como la capacidad de raciocinio. Vestido con sus ropas,
que ahora le venían holgadas, pálido como un cadáver, el
cabello lacio hasta los hombros y la barba rala, mostraba la
apariencia de un espectro, y tanto los peregrinos como las
gentes que trabajaban para los canónigos regulares de San
Agustín procuraban no acercarse a él. El joven enfermero,
Esteban, era el único que parecía no tener recelo alguno, de
hecho, lo acompañaba siempre que podía; juntos se sentaban
en un banco adosado al muro de la iglesia y disfrutaban del
otoño que había transformado el paisaje en una amalgama de
colores de una belleza excepcional, aunque él fuera incapaz de
admirarla. Sus sentimientos estaban divididos entre el ansia de
recuperarse del todo y partir cuanto antes hacia Pamplona, y su
afán por buscar y atrapar a la joven de sus pesadillas. Por
mucho que el médico asegurara que la herida era obra de una
ballesta más bien pequeña, estaba convencido de que había
sido ella la culpable, asistida por el mismo Diablo, y de que su
intención era matarlo. Nuestra Señora lo había impedido, y
pasaba horas rezando en la contemplación de la imagen
cuando no estaba en su celda o tomando el aire.
Gracias al novicio,supo lo acontecido y de la búsqueda
infructuosa de los atacantes, así como de la precipitada marcha
de Balanza, el cual, por cierto, no había dado señales en
aquellas semanas ni se había interesado por él. Lo informó
asimismo acerca de los habitantes de la zona, de sus creencias
todavía paganas, costumbres y manías, y le habló de dos
mujeres que habían testificado en el juicio contra varios de los
detenidos, las únicas también en aportar una posible pista
sobre el atentado.
—Al parecer, la víspera, un hombre y una muchacha se
alojaron en su cabaña y pagaron por adelantado con una
moneda de plata; los perdieron de vista durante la romería y no
volvieron a verlos después.
Las hizo llamar y las interrogó a conciencia acerca de cada
una de las palabras de sus huéspedes y muy especialmente
sobre su aspecto físico. No le quedó duda alguna de que la
joven era la bruja que lo había hechizado y que, a la vista
estaba, lo perseguía; el otro debía ser un íncubo, su amante y
servidor. Allí, en un lugar perdido de la civilización, todavía
débil, sin hombres que lo protegieran, estaba a su merced; se
manifestarían en cualquier momento y le robarían el alma.
Debía evitar por todos los medios que algo así ocurriera,
prepararse para enfrentarse en superioridad de condiciones,
dominar el arte del exorcismo y conocer a fondo los secretos
demoníacos de los discípulos de Satanás. Se encerró en la
celda y no salió sino para ir a rezar a la iglesia mientras
esperaba la llegada de Gracian, a quien había enviado un
mensaje urgente para que fuera a buscarlo. El criado apareció
días después conduciendo un pequeño carruaje de un caballo,
y se montó en él habiéndose despedido únicamente del doctor
Jimeno y de su ayudante.
—Os he preparado unas hierbas por si sentís molestias –le
dijo el primero alargándole un saquito de tela–. Tened cuidado
no obstante. El beleño se toma mezclado con cerveza, pero
solo en dosis muy pequeñas cuando el dolor es intenso. Ya sé
que en la ciudad dispondréis de buenos cuidados, pero os
aseguro que no hay mejores remedios que las pócimas
brujeriles que elaboramos por estos pagos.
Tuvo la impresión de que el médico se burlaba de él.
Habían hablado del tema en alguna ocasión, y le sorprendía
sobremanera que el hombre se negara a aceptar la existencia
de una secta maligna en su valle, o en cualquier otro.
—Sois un hombre cultivado, señor Avellaneda, un erudito
en leyes además de en teología, que ha leído las obras de los
sabios y grandes pensadores de la civilización –le había dicho
durante una cura, al mencionar él a la bruja artífice de su
padecimiento–. ¿En verdad creéis que existen mujeres capaces
de volar en escobas? ¿De provocar epidemias y envenenar las
fuentes? ¿De fornicar con el propio Belcebú.
—Todo es posible. Él es el Adversario de Dios, “y cuando
los mil años se cumplan, Satanás será soltado de su prisión” –
respondió citando un párrafo de los muchos que se sabía de
memoria, de cuando copiaba el libro del Beato de Liébana.
—“Y saldrá a engañar a las naciones que están en los
cuatro ángulos de la tierra, a Gog y a Magog, a fin de
congregarlos para la batalla; el número de ellos es como la
arena del mar” –había añadido Jimeno en un tonillo
condescendiente.
No pudo disimular su sorpresa.
—¿Conocéis el Libro de las Revelaciones?
—No olvidéis que también soy sacerdote.
—¿Y por qué tengo la impresión de que os burláis de mí?
—No me burlo, pero tampoco hay que creer al pie de la
letra todo lo que está escrito. Los antiguos se expresaban a su
modo.
—Es la palabra de Dios.
—Interpretada por los hombres.
—Pero ¿vos creéis en la hechicería o no?
—No en la que vos y vuestros colegas os empeñáis en
perseguir y que, pienso, es más bien un medio de acallar a
gentes humildes apegadas a sus costumbres, y que no aceptan
imposiciones ajenas.
—¿Debo suponer que tampoco estáis de acuerdo con que
se haga justicia con los enemigos de la religión y del rey?
Era una pregunta cuya respuesta podía constituir un doble
delito: contra la Iglesia y contra el Estado, pero el médico
sonrió y entornó los ojos bajo sus enmarañadas cejas antes de
responder.
—A Dios lo que es de Dios, al César lo que es del César, y
a los seres humanos, la vida, amigo mío, que es lo único que
tienen verdaderamente suyo.
Apreciaba al doctor Jimeno, le estaba agradecido por
lograr lo que pocos confiaban, que siguiera vivo, y le habría
gustado proseguir la conversación, retomarla en algún
momento, pero los peregrinos, las gentes de la comarca que
acudían al hospital, sus deberes de canónigo y miembro del
cabildo lo mantenían extremadamente ocupado. Puede que no
fuera del todo ortodoxo, pero era de ley reconocer en él a un
hombre cultivado y a un excelente médico.
—Si algún día os acercáis a Pamplona, no olvidéis
avisarme –se despidió.
No se molestó en comunicar su marcha al prior; no habían
intercambiado una palabra en todas aquellas semanas, y se
acurrucó en un extremo del carruaje a fin de no dejarse ver.
Tampoco le interesó contemplar el paisaje y, mucho menos, a
los campesinos que laboraban los campos, a los pastores que
cuidaban rebaños y ganado, a las mujeres que portaban cestos
de ropa o verduras. Volvería, sabía que volvería, pero
necesitaba sentirse dueño de todas sus facultades antes de
hacerlo. Se detuvieron a pasar la noche en Zubiri, alojándose
en la posada situada cerca del puente que, según los informó el
posadero, se llamaba “de la Rabia”, pues sanaba a los animales
que la padecían después de dar tres vueltas alrededor del pilar
central.
—Allí se encontraron unas reliquias de Quiteria, virgen y
mártir, la santa que cura la rabia.
Bernabé no dijo nada; aquel nombre no estaba entre los
ciento ochenta mencionados en la Legenda Sanctorum. Sin
embargo, de alguna manera se sentía protegido en un lugar en
el que se honraba a una santa. Luego recordó que venía de otro
donde se veneraba a una hermosa Virgen y que estaba
infestado de brujas; se hizo servir una sopa en su habitación y
no salió de ella hasta el momento de partir al día siguiente.
Solo se sintió a salvo en la casa de su padre, aunque no
respondió a sus preguntas acerca de su ausencia durante tantas
semanas y de su macilento aspecto; necesitaba descanso, dijo,
ordenó que nadie lo importunara a menos que fuera urgente y
se acostó de inmediato.
En vano intentó conciliar el sueño; no conseguía dejar de
pensar, la cabeza le bullía, le dolía el pecho, y llamó a Gracian
para que le trajera una cerveza caliente. El sirviente corrió a la
taberna preguntándose qué bicho lo habría picado. ¿Una
cerveza? Llevaba poco a su servicio, pero nunca lo había visto
beber cerveza. Es más, en una ocasión lo había oído decir que
dicha bebida sabía a orines de vaca, comentario cuanto menos
curioso ya que él no conocía a nadie que la hubiera bebido
para conocer su sabor, aunque todo era posible viniendo de su
nuevo amo. Lo había observado con atención desde el
momento en que se aposentó en la casona y dejó claro que era
a él a quien en adelante debería servir. El viejo señor no
tardaría en reunirse con sus antepasados, y él se quedaría sin
trabajo, así pues no dudó un instante en mudar su fidelidad,
convencido de que salía ganando en el trueque. El señor
Avellaneda, nombre con el que siempre se dirigía a él en
ausencia de don Juan, era sobrio en el comer y en el beber;
siempre vestido de negro, siempre imperturbable. Tuvo
oportunidad de acompañarlo en alguna ocasión y comprobó
que trataba a todo el mundo por igual, ricos o pobres; a nadie
permitía sobrepasarse o tratarlo de manera amistosa, excepto
al señor de Garro, a quien de alguna manera parecía estimar.
Regresó a los pocos minutos con una jarra de cerveza, que
posó sobre el escritorio, y salió a una señal de su jefe
esperando que no volviera a necesitarlo; en camisa de dormir y
a la luz de las velas, era la viva imagen de un muerto viviente.
Bernabé echó el beleño en la jarra, revolvió la cerveza con
ayuda de una varilla y bebió hasta apurar la última gota,
después se acostó a la espera del sueño. No tardó en notar que
el dolor desaparecía y que sus músculos se relajaban;
experimentó un ligero mareo, en absoluto desagradable, y tuvo
la sensación de que se elevaba por los aires. No despertó hasta
bien entrada la mañana y dedicó toda la jornada a leer las
notas escritas durante el periplo por los valles a la búsqueda de
los malignos y a añadir sus propias vivencias, amén de la
terrible prueba al verse al borde de la muerte. Antes de cenar,
se dio un baño en la tina que Gracian y un hombre, que a veces
lo ayudaba a cambio de unas monedas, llevaron a la habitación
y llenaron a base de cubos de agua caliente. No se había
bañado durante los últimos meses y sintió un placer intenso
dejándose restregar por el sirviente a pesar de que abominaba
el contacto físico y de que nunca había permitido que alguien
lo tocara, mucho menos sus partes más íntimas, pero estaba
todavía débil y se dejó hacer; después pidió un barbero. Se
sintió ligero, más joven, con el cabello limpio y corto, la barba
rasurada a ras de las mandíbulas y un bigote francés con las
puntas hacia arriba que, al parecer, hacía furor entre los
hombres elegantes. A continuación, vistió una cuera con
abotonadura de plata y cuello alto, jubón y medias, todo negro;
se calzó unos zapatos de piel suave y bajó a reunirse con su
padre. Lo encontró más viejo, encorvado, poco que ver con el
caballero altivo a quien recordaba despidiéndose de él en
Iratxe.
—Veo que te ha sentado bien el descanso. Ayer estabas
hecho una piltrafa.
No respondió al exabrupto, no merecía la pena.
—Me ha dicho Gracian que te hirieron. ¿Beaumonteses o
agramonteses?
—Brujas.
—¿Brujas?
Por primera vez percibió en don Juan una especie de
interés por sus asuntos y, aunque se había jurado no hablar con
él más de lo necesario, pasó a relatarle de manera sucinta lo
ocurrido en un miserable villorrio perdido entre montañas.
—¿Me estás diciendo que te dedicas a cazar brujas?
—Solo he sido testigo del cumplimiento de la justicia real.
—La del rey castellano.
—La del Real Consejo de Navarra.
—La de Beaumont y sus secuaces.
—La de personas que desean el bien para el pueblo.
—Solo para su propio beneficio.
—El consejero Balanza…
—Un hideputa de mucho cuidado.
Nunca habían hablado tanto, y aquel intercambio de frases
dichas en un tono cortante dejó a Bernabé desconcertado.
—¿Conocéis al señor de Balanza.
Lo conocía, en efecto; el tipo había mediado en su contra a
fin de que no le devolvieran los dineros invertidos en la
defensa del legítimo rey, recalcó lo de “legítimo”, pese a
haberse humillado y jurar lealtad a los nuevos gobernantes.
Pero ¿qué podía esperarse de un trepador lameculos que
cambiaba sus lealtades según las tornas? Y no solo eso.
—Desde la conquista, ha triplicado su hacienda
apropiándose de los bienes de familias contrarias al actual
gobierno, ha invertido en negocios cantidades que no eran
suyas, se ha quedado con parte del montante de los gastos que,
asegura, utilizó en la campaña de Ultrapuertos hace unos años,
y no me extrañaría que hiciera lo mismo con las propiedades
de esos desgraciados a los que acusa de brujería, curiosamente
en territorios agramonteses. Y, por si eso fuera poco, no deja
de recibir recompensas por parte de su nuevo rey. ¡Ojalá se
pudra cuanto antes y se lleve su oro al infierno!
Acabaron la cena en silencio. Bernabé no dejó de pensar
en lo que acababa de saber por casualidad: que el licenciado se
había enriquecido de manera fraudulenta. Preguntó a Gracian
si este había enviado aviso sobre el ataque o mostrado interés
por conocer su estado de salud; ni lo uno, ni lo otro le aseguró
el sirviente, y tomó una determinación.
B
alendin y Loredi escaparon, al igual que el resto
de los asistentes; él para no ser descubierto, ella
aterrorizada por lo que acababan de presenciar, y
se perdieron de vista. En una noche sin luna y
con densos nubarrones que amenazaban lluvia, la
oscuridad era total fuera del quemadero. La joven corría tan
veloz como se lo permitían sus piernas, sin mirar hacia atrás,
sin escuchar las llamadas de su padre que se perdían entre los
gritos de la gente; solo quería huir. Su carrera se detuvo de
forma brusca cuando un animal se abalanzó sobre ella y la tiró
al suelo; creyó que era el final, que el lobo le clavaría los
dientes en el cuello, y su último pensamiento fue para el
hombre que la había protegido desde su nacimiento y a quien
ya no volvería a ver.
—Padre…
No fue un mordisco sino una lametada tras otra; Basa
había seguido el rastro hasta encontrarla, y la risa brotó en
medio de los sollozos que sacudían su cuerpo. Intentó
levantarse, pero el perro no se lo permitió; se tumbó encima de
ella con todo su peso y gruñó cuando intentó separarlo. Estaba
agotada, se abrazó al animal y se quedó dormida bajo el
corpachón peludo cuyo corazón sentía latir. Nuevas lametadas
la despertaron al amanecer; solo entonces se dio cuenta de que
se hallaban al borde de un barranco, al que habría caído sin
remedio en solo dos pasos si su fiel compañero no lo hubiera
evitado.
—Llévame a casa –le dijo.
Caminó hasta perder la noción del tiempo, el perro pegado
a ella en todo momento, atento a cualquier ruido, hasta que
finalmente atisbó en un claro una casa solitaria y se acercó en
busca de cobijo para la noche y, de paso, para saber dónde
estaban. No vio a nadie, y nadie respondió a sus voces, así que
asomó la cabeza por la única entrada a la vista y abrió los ojos
espantada; aquella no era la morada de unos campesinos, era
un antro infernal repleto de hierros, gar fios, cadenas,
tenazas… Junto a un fogón colosal, un hombre con un mandil
que le llegaba a los pies, un trapo en la cabeza, ambos
igualmente ennegrecidos, el rostro y las manos tiznados
golpeaba con una maza una barra de fuego de la cual saltaban
chispas sin cesar. ¡Se hallaba en la fragua del mismísimo
Gaueko, el ser de la noche con quien, según contaban, más
valía no tropezar! Incapaz de moverse, contempló fascinada el
movimiento de la maza hasta que esta se detuvo; el hombre se
pasó el dorso de la mano por la frente y fue entonces cuando la
descubrió, y una sonrisa iluminó su rostro renegrido. Al rato,
sentada alrededor de un hogar encendido en medio de una
cocina diminuta, compartía con él, su mujer y su hijo, una olla
de estofado de jabalí que le supo a gloria, más que nada
porque no había probado bocado desde el día anterior. Les dijo
que se había extraviado y que buscaba el camino a Itzaltzu.
Tuvo que mencionar las otras dos únicas localidades que
conocía, Uztarroze y Otsagabia, para que ellos le indicaran la
ruta a seguir, siempre hacia el este, atravesando Irati, que no se
lo recomendaban por ser una selva inexplorada habitada por
espíritus; la otra era más larga, pero también más segura, por
Abaurrea, una población a dos leguas y media de distancia.
—¿De dónde vienes? ¿Qué hace una joven sola por estos
lugares.
La mujer le recordó a su abuela Auria, siempre inquisitiva,
incluso su aspecto era parecido, y apretó los labios para no
echarse a llorar al pensar que había sido asesinada por los
mismos hombres que habían provocado su huida.
—Estás entre amigos…
Necesitaba desahogarse y les relató lo ocurrido en Auritz,
aunque mintió al decirles que había ido con su padre al famoso
mercado a por tijeras de esquilar y cardadores de lana.
Tampoco les dijo nada de su propio encierro y del de Joana, ni
del verdadero motivo de su presencia en aquella población,
solo que había asistido a la quema de cinco personas acusadas
de brujería y que había salido en desbandada al ver caer a uno
de los jueces, herido por una flecha.
—¡Malditos extranjeros, hijos de una puerca tiñosa, que
asesinan a los nuestros! ¡Que Inguma los confunda!
El juramento del hombre confirmó que en verdad se
hallaba entre amigos, aun así no les habló de lo cerca que ella
misma había estado de arder en una estaca. Durmió sobre un
colchón de paja seca, junto al hogar, abrazada a Basa; pronto
se reuniría con el padre, y todo volvería a ser igual que antes.
Quería partir a la mañana siguiente, pero la mujer la
convenció para que esperara; en unas jornadas su hijo partiría
hacia Abaurrea con una carga de barras y la acompañaría
durante un tramo. Todavía bajo la impresión de lo acaecido,
sintió un cierto alivio al pensar que iría protegida hasta dar con
el camino a Otsagabia, una ruta transitada como ya había
comprobado, donde podría pedir ayuda al lanero. No obstante,
el viaje se retrasaba; los días transcurrían sin atisbos de que se
estuviera disponiendo la marcha. Ella colaboraba en lo que
podía, que no era mucho, aparte de lavar en el arroyo prendas
renegridas debido al hollín de la fragua, y cuya mugre no
desaparecía por mucho que las remojara, frotara con cenizas y
golpeara sobre la tabla, pero al menos era una forma de
agradecer el cobijo. No obstante, sin que viniera a cuento,
como dejándolo caer, la mujer le hablaba de su hijo, le
confiaba su pesar al verlo solo, sin una compañera que les
diera nietos, futuros herreros que se ocuparían de procurarles a
ella y a su marido una vejez tranquila; insistía en lo buen
hombre que era, en su salud de hierro, en lo feliz que haría a
cualquier moza… Ella la escuchaba sin decir nada, pero
empezó a sentirse molesta; la inquietaba el hombre sin edad,
que nunca decía más de una palabra seguida y a quien a veces
pillaba mirándole de manera extraña. No le gustaba su mirada
y, por si acaso, procuraba tener al perro siempre cerca.
Una mañana en que lavaba ropa, las mangas de la camisa
subidas, la falda recogida en la cintura para no mojarse, se
detuvo al oír el gruñido del animal, se giró y lo vio apoyado en
un árbol sin quitarle la vista de encima, mientras se frotaba la
entrepierna excitado. Fue tal su susto que se puso en pie de un
salto y corrió hacía la herrería dejando la colada en el agua.
Todo fue muy rápido; una mano la asió por el cuello, otra se
introdujo bajo su falda, y cayó al suelo de un empujón cuando
Basa se lanzó a protegerla. Permaneció alelada, contemplando
la feroz pelea entre ambos, hasta que escuchó el aullido del
animal que cayó herido por la pendiente; solo entonces se fijó
en el cuchillo que esgrimía su atacante. Lo vio dirigirse hacia
el perro con la intención de asestarle una cuchillada mortal y
corrió tras él, lo empujó, y ambos rodaron hasta la orilla del
arroyo. Necesitó unos instantes para recuperarse. El hombre
yacía de bruces con la mitad del cuerpo en la tierra y la otra
mitad en el torrente, en una postura rara, las piernas dobladas
una encima de la otra, el cuchillo en la mano, la cabeza
ladeada, los ojos abiertos. Cogió una piedra con la intención
de defenderse si él intentaba levantarse, pero no se movió; un
hilillo de sangre escapaba de su boca y enrojecía las aguas:
estaba muerto, se había desnucado contra una roca al caer.
Basa tenía un corte en el muslo de su pata delantera izquierda,
la envolvió con uno de los trapos del lavado, y esperó durante
un rato, intentando pensar qué explicación daría al herrero y a
su mujer, que pensó no tardarían en aparecer, pero únicamente
escuchó el martilleo de la fragua y el trino de los pájaros. Poco
después, ella y el perro desaparecían en el espeso arbolado de
la selva de Irati.
Balendin corrió tras su hija en el momento de la
desbandada, pero la perdió en la oscuridad y fue incapaz de
descubrir el punto exacto en que había dejado de verla. Tenía
que marcharse de allí cuanto antes; buscarían y detendrían a
todos los sospechosos, y las dos mujeres que los habían
alojado hablarían de ellos. Así que se mezcló entre muchos
otros que, espantados, se precipitaban hacia la siguiente aldea
situada a dos millas al sur de Auritz, aunque él se separó antes
y, guiándose por la intuición, continuó hacia el Este, hasta que
tuvo que detenerse y se dejó caer al lado del sendero, bajo
unos matos, cuchillo en mano. Desconociendo el terreno, en
una noche sin luna, podía precipitarse en un barranco o
tropezar y romperse las piernas, ¿cómo encontraría entonces a
su querida Loredi.
No dejaba de pensar en ella, se la imaginaba perdida,
desamparada, y se maldecía una y mil veces por haber
permitido que lo acompañara, que fuera testigo de la muerte de
cinco seres humanos de la forma más despiadada. Resultaba
imposible encontrarla en un territorio de montañas, valles y
barrancos; podría estar en cualquier parte, cruzarse con ella sin
verla a unas yardas de distancia… Se tranquilizó al recordar
cómo le había enseñado a sobrevivir, a encontrar agua, a hacer
fuego, a distinguir las bayas buenas de las venenosas, o a curar
heridas con emplastos de ortigas y tomillo. Era una
superviviente, una joven fuerte que jamás había estado
enferma y, además, un sexto sentido le decía que Basa estaba
con ella y que ambos lograrían regresar a casa sanos y salvos.
Él no creía en nada pero, antes de caer rendido, rogó a la diosa
de los antiguos que velara por su séptima hija, y en su sopor se
mezclaron dos imágenes plateadas: la del Ori al amanecer y la
de una madre con su hijo en brazos avistada en la iglesia de
Orreaga. Ya con luz, continuó por la senda hasta llegar a la
población de Garralda donde adquirió un burro y la siguiente
noche la pasó en su casa de Itzaltzu. No había nadie, por lo
que llegó a la conclusión de que Ortixa y su marido
continuaban en los pastos; habían transcurrido solo cinco días
desde su marcha, pero tenía la impresión de que habían sido
muchos más, media vida.
Su aparición causó la natural alegría en sus familiares,
inquietos por no saber nada de ellos durante las últimas
jornadas, si bien su gozo se transformó en pesar al no
descubrir a Loredi a su lado y no recibir respuesta a sus
preguntas. Tardó un rato largo en contarles lo sucedido y cómo
la había perdido de vista en medio del desorden provocado por
su certero disparo contra uno de los asesinos de negro a quien
Loredi había reconocido.
—Me aseguró que era uno de los de Uztarroze. Ahora está
muerto.
—¿Y ella? –inquirió Joana.
—Volverá. Basa está con ella, y juntos encontrarán el
camino. Nosotros no podemos hacer nada, solo esperar aquí su
regreso.
Los meses transcurrieron, y no hubo señales de la joven.
Llegado el otoño fue preciso bajar con el rebaño, y Balendin
tomó la decisión de ir a Itzaltzu con su compañera y su hijo, a
fin de cuentas aquel era su hogar. Ortixa y Peru habían bajado
poco después de su llegada, aunque el leñador continuaba
visitándolos todas las semanas para mantenerlos al corriente, y
no se había vuelto a oír nada de los cazadores de brujas en los
contornos. Una vez instalados, cogió el burro que había dejado
en la cuadra a su regreso de Auritz y fue a Uztarroze para
comprobar si su suegro seguía vivo; no había vuelto allí a
pesar de la promesa hecha a Saroa y tampoco dijo nada a su
mujer para no preocuparla más de lo que ya estaba. Encontró a
los dos ancianos famélicos, compartiendo un mísero potaje de
agua y acelgas; los dineros se habían acabado, y vivían, según
lo informaron, de las hierbas que crecían en su pequeño huerto
y de la caridad de algunos vecinos. Poco después, los mayores
a lomos del burro y él a pie, recorrían el trayecto que los
separaba de la aldea, y Joana pudo por fin abrazar a su padre
cuya mirada se iluminó al contemplar al nieto que no conocía.
Gracias al empeño de su hija, que lo atiborraba de comida
y, sobre todo, a sentirse querido, a salvo, Xuban recobró las
fuerzas y el ánimo; se sostenía con dos bastones a modo de
muletas y no tardó en moverse sin ayuda por el caserío y
aledaños y en ocuparse de las ovejas, en especial de las
preñadas que ya empezaban a parir. Había momentos en los
que olvidaba la tragedia que había asolado a su familia, la
muerte de su amada Auria, el encarcelamiento de sus queridas
hija y nieta, la desaparición de esta última, el pie que le
faltaba; eran espejismos que aliviaban su pesadumbre, y su
odio. Le habría gustado ser más joven, tener el vigor necesario
para vengarse, aunque mitigaba su falta cuando Balendin y él
se sentaban a contemplar el anochecer, cuando las luces y las
sombras creaban un entorno mágico, propicio a las
confidencias.
—¿Estás seguro de que mataste a uno de ellos?
—Sí. El dardo fue directo a su pecho.
—¿No te dio tiempo a matar a otro?
—No. La gente salió corriendo, y nosotros también.
—Tenían razón.
—¿Quiénes?
—Los que murieron por defender el Viejo Reino.
—No lo sé…
—Estos han traído la muerte a nuestros valles.
—Eso está claro.
—Quizás deberíamos haberlos apoyado.
—No habría cambiado nada. Ellos eran más, y nosotros
somos simples pastores.
—¿Recuerdas cuando cazamos al lobo que diezmaba
nuestros rebaños? Fuimos a por él.
—Ellos son más –repitió Balendin.
—La bestia no esperaba que lo cazáramos en su
madriguera.
—¿Me estás diciendo que cacemos a esos hombres uno por
uno?
—Cuando vuelvan. Porque volverán, estoy convencido.
—Aquí estaremos.
Siempre hablaban de lo mismo, el uno obsesionado con la
visión de su compañera de toda la vida colgando de un árbol y
de su propio pie separado de la pierna; el otro, con el de las
piras humanas y el terror plasmado en el rostro de su hija.
Estaba paralizado contemplando el fuego, estupefacto al igual
que los demás, cuando su grito desgarrado rompió el silencio y
señaló con su índice a uno de los hombres situados en el
tablado. Tenía la ballesta cargada, la sacó de la bolsa y
disparó; el virote atravesó las llamas y fue a clavarse en el
centro de la diana, el hombre alto, el de la indumentaria negra.
No sentía remordimientos, como tampoco los sentía
cuando disparaba contra las alimañas que amenazaban al
rebaño, pero no podía evitar pensar que, de no haberlo hecho,
Loredi estaría ahora con ellos en lugar de perdida, vete tú a
saber dónde, o muerta. Ninguno de los miembros de su familia
le había dicho nada, pero sabía que en el fondo lo culpaban por
dejarla ir con él y, más aún, por no haber sabido contenerse,
pues ni el pastor más valeroso podía enfrentarse solo a una
manada de lobos. Todos los días, varias veces, oteaba el
camino esperando verla aparecer en cualquier momento, a
veces incluso subía a los pastos queriendo creer que llegaría
por la cresta de las montañas o, quizás, a través de la selva en
la que únicamente los más audaces osaban adentrarse, pero el
tiempo transcurría y no había rastro de ella. Las nieves no
tardarían en caer, y solo confiaba en que su hija estuviera viva
y hubiera encontrado un refugio seguro para el invierno.
Se topó con Alodia una mañana en la que se dirigía a la
herrería a por una hoz, no pudo esquivarla y se detuvo al llegar
a su altura.
—¿Qué tal estás? –preguntó por decir algo.
—Estaría mejor si mi hijo me mostrara el cariño y el
respeto que toda madre merece –respondió ella con un deje de
amargura.
Llevaban sin verse desde antes de la primavera a pesar de
vivir a tiro de piedra, y reconocía lo mucho que había hecho
por él y por sus hijas, pero no le perdonaba que hubiera
rechazado a su pequeña recién nacida, ni tampoco que hubiera
denunciado a Joana ante los monjes acusándola de brujería. De
hecho, pensó, nunca la había querido porque ella no lo había
permitido.
—Sabes que siempre te he respetado.
—Entonces ¿por qué te emparejaste sin decírmelo?
—Lo habría hecho si…
—Si ¿qué?
—Si te hubieras comportado como debías cuando ella
nació.
—¿Quién?
—Loredi. La abandonaste, nos abandonaste a los dos.
¿Qué madre, qué abuela haría tal cosa? Preferiste creer en
cuentos sin fundamento, en malditas supersticiones.
—Era una séptima hija…
—¿Y qué? No te importó la vida de una criatura inocente,
y en ese momento tú dejaste de importarme a mí.
Ya estaba dicho; le había costado dieciséis inviernos
decirle lo que pensaba, pero ahora le daba igual.
—Mató a su madre, y Dios hizo bien en llevársela al cielo
recién bautizada –insistió Alodia–. Los monjes me aseguraron
que era mejor así. Habría sido una hechicera.
Aspiró profundamente y cerró los ojos. Había tanto
desprecio en ellos cuando los abrió, que la mujer reculó dos
pasos.
—Joana me ha dado un hijo, y te prohíbo que te acerques a
ellos. No aparezcas por nuestra casa, ni envíes a tus monjes.
He visto con mis ojos cómo ardían vivos un hombre y cuatro
mujeres y te juro que tú acabarás igual si vuelves a acusar a mi
mujer, o a cualquier otra persona de la aldea.
—¿Estás amenazando a tu propia madre? –preguntó ella
escandalizada.
—Solo te estoy advirtiendo.
No quiso continuar hablando y prosiguió su camino a la
herrería.
Alodia permaneció inmóvil, la mirada extraviada. Había
cuidado de aquel hijo a quien adoraba, atendido a la nuera en
todos sus partos, velado por sus hijas; cuatro estaban ya
casadas gracias a ella, y las dos solteras servían en casas ricas
de Otsagabia a la espera de que ella les encontrara marido.
¿Acaso no era suficiente? ¿Qué más podría haber hecho?
Viuda desde hacía años, a una edad en la que debería verse
rodeada por la familia, atendida y cuidada, se encontraba más
sola que nunca. Se dirigió al monasterio, penetró en la oscura
capilla, solo iluminada por un cirio junto al altar de piedra y se
arrodilló delante de la pequeña imagen colocada sobre un
pedestal, al lado de la única abertura en el muro. Un rayo de
luz iluminaba el rostro sonriente de una Virgen con el Niño en
brazos, que sin saber muy bien por qué le recordó a Balendin
con su criatura sujeta al pecho. Era una mujer dura que
guardaba para sí sus emociones, pero dicha evocación provocó
en ella una gran congoja, y notó las mejillas húmedas; su nieta,
la séptima, no habría muerto si ella la hubiera protegido como
a las otras.
—¿Puedo ayudarte.
Un monje se hallaba a su lado y le sonreía con amabilidad.
—No –respondió–. Nadie puede.
—Dios escucha a quien le solicita ayuda.
—No siempre.
—Si se le ruega con verdadera fe, Él…
Dejó al monje con la palabra en la boca y salió de la
capilla; tenía mucho en qué pensar, mucho.
L
a sorpresa de Balanza no tuvo límites cuando se le
comunicó la apertura de un expediente por
apropiación indebida de parte de los bienes de las
personas condenadas durante su misión por los
valles. Había recibido el permiso del regente para
incautar dinero y objetos de valor, al igual que para vender las
propiedades confiscadas, y así lo había hecho, pero, según
constaba, las cantidades entregadas al Tesoro no coincidían
con las requisadas.
—¡Pues claro que no coinciden! ¡Ha habido que pagar a
los hombres! Además, ¿quién adelantó la suma necesaria para
la manutención y alimentación de los soldados en la campaña
de hace cuatro años en Ultrapuertos? ¡Yo! El rey me concedió
hace seis meses cien ducados de los cuales todavía no he visto
un real, y me ha prometido otros cuatrocientos, que ya
veremos si los recibo. ¡Y ahora osan cuestionarme! ¡Yo mismo
entregué en la Cámara el informe redactado por vos y por el
secretario del tribunal y no permitiré que se dude de mi
honestidad! ¡Así también gano yo las guerras! ¡Maldita sea!
¡Soy un consejero real y nadie, excepto el rey, puede pedirme
cuentas.
Bernabé escuchaba impasible el desahogo del licenciado.
En efecto, el secretario y él le habían entregado una relación
de los bienes incautados a los condenados en la que asimismo
constaban los gastos ocasionados por desplazamientos,
estancias, alimentación y sueldos, pero había hecho una copia.
Las cantidades presentadas por Balanza no coincidían; es más,
la cifra final mostraba una escandalosa diferencia bajo el
encabezado de gastos. Él había examinado el documento
oficial depositado en el archivo de la Cámara de Comptos y
comprobado dicha diferencia, y no tardó en presentar ambos a
uno de los dos consejeros castellanos con quien el licenciado
mantenía serias discrepancias. Acordaron no comentar el
asunto con nadie hasta que el caballero hablara con el regente,
y el documento original volvió al archivo. Era de
conocimiento general que se compraban títulos y cargos, que
los ricohombres pagaban a fin de que ellos mismos o sus hijos
pudieran ostentar un puesto de poder, grande o pequeño, pero
al menos desembolsaban sus dineros, que iban a parar a la
Tesorería. Otra cosa, muy diferente era timar a la Hacienda en
beneficio propio, y más en aquellos momentos, tras una guerra
que todavía no había finalizado y que había vaciado las arcas.
El licenciado estaba hecho un manojo de nervios, pero
Bernabé no sentía lástima alguna; lo abandonó en un territorio
inhóspito herido de gravedad y no se molestó en interesarse
por él.
—Me alegro de veros, señor Avellaneda –le había dicho al
aparecer de nuevo por la Cámara–. Espero que os hayáis
recuperado.
—En ello estoy –respondió lacónico.
—Propondré que se os ascienda a juez del Consejo, os lo
merecéis. Hemos sido informados de que las revueltas en los
valles continúan, los habitantes se niegan a pagar los
impuestos, atacan a las patrullas y mantienen su apoyo a unos
reyes excomulgados, quienes además cuentan con la ayuda del
rey de Francia. Corre el rumor de que don Carlos está
pensando en abandonar de manera definitiva los territorios de
Ultrapuertos, ya que resulta muy costoso intentar conservarlos,
y el beneficio es prácticamente nulo en aquellas tierras de
pastores y aldeanos medio salvajes. Debemos evitarlo por
todos los medios, no podemos aceptar que el francés se
apropie de esa parte de Navarra. Así que habrá que volver allí
a poner orden, y esta vez os encargaréis vos de ello. Yo, por mi
parte, me ocuparé de los asuntos del reino. El virrey está casi
siempre ausente y, entre nosotros, el obispo de Tuy no parece
ser el hombre más adecuado para ocupar la plaza de regente
como es debido. Sois hombre versado en leyes y en teología,
así que no os resultará difícil acabar con rebeldes y brujos, que
a fin de cuentas pertenecen todos a las mismas familias. El
terror, os lo he dicho en otras ocasiones, es la mejor arma para
acallar a los subversivos. Si hacéis bien vuestro trabajo, don
Carlos se lo pensará antes de dejar que el francés se quede con
lo que es nuestro.
—¿No es la brujería materia del Santo Oficio? –le había
preguntado.
—La inquisición de Calahorra no tiene por qué meter las
narices en nuestros asuntos, que se ocupe de los judíos
renegados y de los luteranos. Tras la instauración del nuevo
gobierno, la Suprema envió sin éxito inquisidores aragoneses y
castellanos a Pamplona y a Tudela, y tuvieron que marcharse.
Si ha de haber un tribunal, que sea exclusivamente navarro.
—Pero la brujería…
—La brujería, lo sabéis bien, no es tema que preocupe a la
Inquisición. Se creó para combatir la herejía, no la superstición
y las viejas costumbres. Que yo sepa no se han encontrado
nunca calderos llenos de mejunjes ponzoñosos, y tampoco
nadie ha contemplado el vuelo de las brujas.
—En la bula Summis desiderantes affectibus, el papa
Inocencio reconocía la existencia de los brujos –había insistido
él–, y es herejía no creer que existan. Además, vos mismo
habéis condenado a un buen número de brujos y brujas.
Balanza le había mirado de la forma en la que solía mirar a
quienes consideraba sus servidores.
—Los castigué para acallar la rebeldía en aquellos valles –
afirmó condescendiente–. Admiro vuestro celo religioso, señor
Avellaneda, pero no olvidéis que vuestro deber es servir al rey.
—Y a Dios –había respondido él.
—Pues entonces meteos a cura y quizá lleguéis a obispo, o
a papa.
Lo había despedido entonces con un gesto displicente,
habitual en él cuando daba por finalizada una conversación.
Ahora, sin embargo, se removía inquieto y daba la impresión
de esperar una ayuda que él no se la daría. No solo lo había
abandonado a su suerte en las montañas, también lo trataba
como a un inferior y le había mostrado dos facetas ocultas de
su talante: que pretendía obtener el cargo de regente y, peor
aún, que se burlaba de la religión y de las disposiciones
eclesiales. No dudaría llegado el caso, aunque esperaba no
tener que declarar si había lugar a juicio; no sería aconsejable
para su carrera que se supiera que había denunciado a un
consejero real.
Decidió comer en “La Flor de Lys”, un mesón del burgo de
San Cernin, ya que no le apetecía hacerlo solo en la casa de su
padre. Anciano, descarnado, en los últimos tiempos don Juan
había perdido la agresividad y el interés por la vida, se hacía
servir las comidas en su habitación y apenas abandonaba el
lecho. En el mesón siempre había gente, y uno podía enterarse
de muchas cosas escuchando las conversaciones. Se
sorprendió gratamente al encontrar al señor de Garro
departiendo con otro caballero, que luego supo era el
palaciano de Olloki, quien también había sufrido represalias
por su apoyo a la causa de los reyes depuestos, aunque, al
parecer, había recuperado sus prerrogativas al igual que aquel;
ambos tenían asiento en Cortes. Admiraba a las personas
inteligentes e ingeniosas, y aquellas lo eran sin duda, además
de afables y predispuestas al humor, y por unos momentos
olvidó los asuntos que ocupaban su mente. No obstante, le
resultaba curioso sentirse a gusto con dos hombres tan
diferentes a él mismo, claramente contrarios a la presencia
castellana en Navarra hasta el punto de haber tomado las
armas, anticlericales y mujeriegos. Al tiempo que daban
cuenta de unas truchas con jamón, la conversación derivó
hacia las mujeres y sus muchos encantos, capaces de hacer
perder el juicio al más cabal.
—¿Y vos, Avellaneda? ¿Cómo así que no tenéis esposa? –
le preguntó su amigo.
—Hice voto de castidad.
En realidad, no lo había hecho, pero daba igual. Pese a sus
reticencias, se dejó convencer por el tarambana de Alonso e
intentó encamarse con una de las rameras de la mancebía de
Salamanca; no logró empalmarse ni aquella vez, ni otra más.
Aparte de la humillación que ello supuso, tuvo claro que el
sexo era la perdición del alma. “La mujer es la raíz de todo
mal”, lo había escrito San Jerónimo, y él estaba convencido de
que era cierto.
—¿Castidad? Eso es para los clérigos, y vos no lo sois.
—A punto estuve de serlo.
—Pero, entonces, vuestro voto ya no es válido.
—Lo es.
Los dos hombres se miraron y, a continuación, soltaron
una carcajada.
—Pues seréis de los pocos. Los hijos de clérigos son
legión. Sé de un párroco que tiene cuatro hijos con una bruja.
—¿Quién?
Hizo la pregunta en un tono tan áspero, que los otros se
quedaron sorprendidos; no obtuvo respuesta, la conversación
languideció a partir de ahí, y él se despidió poco después.
Lamentaba haberse dejado llevar por un impulso que lo
impedía conocer el nombre del religioso transgresor, aunque,
se dijo, probablemente el señor de Garro solo estaba
bromeando. De todos modos, no era asunto para tomar a
chanza. Llegado a su calle, entró en la taberna donde fue
recibido con las reverencias acostumbradas y una jarra del
mejor vino, si bien la rechazó y pidió una tisana de manzanilla
en su lugar. Los dueños no sabían cómo dirigirse a él; Otsanda
no había tardado en informarlos de que el hijo de su amo había
reaparecido después de todos aquellos años, y su sorpresa fue
mayúscula al averiguar que se trataba del señor Avellanada en
persona. No dijeron nada, pues la mujer se refería a él como al
señor de Urruztia, así que decidieron llamarlo por su nombre;
él sabría por qué se había cambiado de apellido, y ellos no se
lo iban a preguntar.
—¿Y cómo os encontráis hoy, don Bernabé.
—Bien, bien, aunque…
Se llevó la mano al pecho y se frotó la zona herida al
tiempo que apretaba los labios. A veces sentía un pinchazo que
le provocaba un dolor agudo, como si el dardo se clavara de
nuevo en su esternón; notaba la cicatriz a través de las ropas y,
al mismo tiempo, veía a la joven de sus pesadillas envuelta en
llamas.
—¿No os sentís bien? Mi madre hace una pomada para los
dolores que…
El tabernero dio un codazo a su mujer, gesto que no le
pasó desapercibido.
—¿Qué tipo de pomada? –preguntó sin dejar de frotarse el
pecho.
—Bueno… ya sabéis…
—No.
—En la aldea no hay médicos, pero la gente enferma, se
hiere… En todas las casas hay hierbas para curar…
—¿Qué clase de hierbas?
—De todas las clases.
Durante un buen rato, la tabernera habló de zain belarra,
“la hierba de curar”, buena para las hinchazones y para
cicatrizar las heridas, para quemaduras y úlceras, y para el mal
de los ojos; el ajo, bueno para todo; la cebolla, mejor todavía;
arantza, el espino, para el corazón; sorgin mahatsak, para los
resfriados; el…
—¿Cómo se llama la última que has dicho? –la
interrumpió asiéndola de un brazo con brusquedad. Conocía de
sobra aquella palabra, “sorgin”.
La mujer miró asustada a su marido antes de responder.
—Sorgin mahatsak…
—¿Qué significa eso en lengua cristiana?
—“Uvas de bruja”, señor –tradujo el tabernero–. Son las
bayas del saúco.
—Tomadas en infusión son buenas para la tos, y para el
reúma, y también se pueden elaborar con ellas mermeladas y
salsas… –prosiguió ella atemorizada al observar que no le
soltaba el brazo.
Bernabé tardó aún unos minutos en aflojar la presión.
Durante la investigación en los valles, no recordaba dónde,
uno de los testigos había hablado del saúco afirmando que no
era una escoba lo que utilizaban las brujas sino una rama de
dicho árbol, el mismo utilizado por Judas Iscariote para
colgarse después de haber traicionado al Señor. Le había
parecido una necedad. Tampoco creía en escobas voladoras,
aunque sí en el vuelo de las malignas, pues se desplazaban
largas distancias para asistir a sus orgías con el Diablo y
regresar después a sus casas, todo en una noche. La prueba la
tenía en la hechicera que lo acosaba, a la que había visto en
Roncal, en Roncesvalles, en Burguete…
—Esas bayas, ¿producen sueños? –preguntó a la mujer, a
la que por fin soltó.
—No, señor, os lo puedo asegurar, solo sirven para la
tos…
—¿Conoces el beleño.
—Otso baba –tradujo el tabernero, y luego miró a
Bernabé–, “haba de lobo”.
—Es una planta muy venenosa…
¡Dios bendito! ¡Haba de lobo! ¿Es que todo en aquella
maldita lengua tenía que ver con la brujería? ¿Y cómo se había
atrevido el canónigo médico a darle unas hierbas venenosas?
¿Quería acaso asesinarlo? Recapacitó. Podría haberlo hecho en
cualquier momento, mientras él estaba inconsciente…
Recordó asimismo que lo había advertido acerca del peligro de
extralimitarse en la cantidad a tomar y, por otra parte, tenía
que reconocer que su ingesta calmaba su dolor y lo inducía al
sueño. Apenas le quedaba ya, y necesitaba más.
—¿Dónde vive tu madre?
La mujer abrió los ojos alarmada.
—En Akerreta, a unas siete millas de aquí –contestó el
hombre al ver que ella no decía nada.
—Bien. Id hoy sin falta y traedme un saquito de beleño.
—Señor, mi madre no utiliza esas hierbas, y…
—Pues que las busque –la interrumpió, luego suavizó el
tono–: Pagaré por ellas. Y si sabe de otras similares, me las
traéis.
Salió de la taberna y se dirigió a su casa dejando
confundida a la pareja, que cerró el local a toda prisa y
emprendió camino a la aldea en el carro que utilizaba para
transportar las barricas de vino, sidra y cerveza del mercado,
situado frente a la Casa de la Jurería, lugar de reunión de los
regidores de la ciudad. No había vuelto a hablar más de dos
frases con su padre desde aquella conversación en la que le
descubrió las maniobras de Balanza para apropiarse de los
bienes de los derrotados tras la conquista. Lo visitaba todos los
días, aunque siempre de manera breve, pues no había mucho
de lo que ambos pudieran conversar, más bien nada y, además,
la memoria de don Juan era cada vez más difusa, si bien en
ocasiones recordaba hechos pasados en voz alta. A él no le
interesaban en absoluto las añoranzas del hombre que nunca le
había mostrado el menor aprecio y lo oía sin escuchar durante
un rato, hasta que se cansaba y lo dejaba solo. Aquel día, sin
embargo, entre la retahíla de frases inconexas que recitaba
como si rezara el rosario, lo escuchó decir algo que llamó su
atención.
—Los abandoné.
—¿A quiénes?
—A mi hijo y a su madre.
—Mi madre murió al darme a luz, ¿lo habéis olvidado?
—Los abandoné –repitió don Juan.
—Ella murió, y a mí me encerrasteis en un monasterio.
—No conozco a mi hijo.
—Claro que me conocéis, viejo loco, soy yo.
—Los abandoné… los abandoné…
A partir de entonces ya no hubo manera de saber lo que
decía; desvariaba, reía, lloraba y, finalmente, comenzó a emitir
unos ronquidos silbantes. Bernabé envió a Gracian en busca
del médico que vivía en la casa de al lado, quien confirmó que
los silbidos eran el estertor de la muerte y que el notario
agonizaba sin remedio. La espera no fue larga y un par de
horas más tarde el galeno certificaba su defunción. No había
mucho que hacer sino esperar al día siguiente para celebrar el
funeral y enterrar el cadáver. Sin parientes, ni amigos
conocidos, tampoco había a quien avisar para el velatorio, así
que mandó al sirviente a por un ataúd y a Otsanda a asear y
vestir el cuerpo; él se tomó las hierbas que quedaban, pero era
una cantidad pequeña, que apenas le hizo efecto, y no
consiguió dormir. A pesar de no tener estima alguna por su
padre y de que siempre se había sentido huérfano, intentó
rememorar algo sobre el hombre que lo había engendrado,
pero no había nada, solo el vacío. A primera hora de la
mañana estaba en San Nicolás hablando con el párroco, le
entregó unos dineros para velas, limosnas y ropas de pobres, y
quedaron para celebrar las exequias a las doce del mediodía.
El vicario era un joven recién llegado que no conocía todavía a
todos los vecinos, por lo que tampoco tuvo que darle mayores
explicaciones, solo que él era el único hijo del finado, y que
serían muy pocos los que asistirían a la ceremonia y al
entierro.
La misa de muertos se llevó a cabo en una de las capillas
de la iglesia, dado que no eran más de doce los asistentes,
contándolo a él, a los dos criados, los cuatro hombres
contratados para llevar el féretro, la mujer que había ayudado a
adecentar al difunto, y las cuatro beatas que se pasaban el día
en el templo; después lo enterraron en el pequeño cementerio
adyacente, en la misma sepultura en la que yacía su mujer. De
esta manera, sin boato alguno, se eclipsó la figura del otrora
Notario del Reino y padre desabrido. Nadie lo echaría en falta,
nadie rezaría por él y a nadie importaría su tránsito, excepto a
la vieja criada que había pasado la vida a su lado y que no dejó
de sollozar en todo momento.
Bernabé pasó el resto de la jornada y todo el día siguiente
examinando los papeles que el notario guardaba en su
escritorio. El hombre era muy meticuloso y tenía carpetas
repletas de documentos, una por cada asunto tramitado, en
orden alfabético, por lo que la tarea resultó relativamente fácil.
No le interesaban las causas antiguas, actas o contratos, pero sí
los testamentos; uno podía enterarse de muchos asuntos
leyendo testamentos, aunque comprobó que, tal y como había
averiguado, su actividad había menguado hasta desaparecer
con el nuevo gobierno. De todos modos, solo le interesaba
encontrar algo que tuviera relación directa con él, su madre, la
familia, o con aquel otro hijo mencionado durante su agonía, y
que era con seguridad fruto de sus desvaríos. Nada, no había
nada, excepto el documento de compra del puesto de notario
público, unos cincuenta años atrás, y la solicitud para internar
a la tía Constanza en el hospital para pobres viudas. Nada
tampoco sobre los parientes paternos, quiénes eran sus
abuelos, su lugar de origen, oficio; era como si su padre
hubiera borrado su pasado. Encontró, no obstante, medio
escondida tras una pila de carpetas, una arqueta cerrada con
llave, llave que no se molestó en buscar; pidió una maza a
Gracian y la abrió rompiendo la cerradura de un mazazo. El
interior estaba repleto de monedas de oro: ducados castellanos,
florines aragoneses y reales franceses. Se preguntó el motivo
por el cual el viejo habría guardado aquel tesoro teniendo en
cuenta su mala situación económica en los últimos años y
volcó el contenido sobre la mesa. En el fondo de la arqueta
había una nota, cuatro líneas, que releyó varias veces, atónito,
y que después quemó en la llama del candil antes de ir en
busca de Otsanda.
H
abía amanecido y anochecido tantas veces, que
Loredi dejó de contar los días. Solo tenía una
fijación: continuar adelante, hacía el sol del
amanecer, única señal de que iban en la buena
dirección. No resultaba fácil, más bien todo lo
contrario; la selva era interminable, oscura, peligrosa, idéntica.
Tenía la impresión de que regresaban al mismo lugar, aunque
anduvieran durante horas. Árboles, rocas, regatas… el paisaje
era siempre igual, o así se lo parecía.
Se detuvieron en su segunda jornada de camino pues, a
cada poco, Basa se tumbaba en la tierra lamiéndose la pata.
Encontraron una pequeña oquedad junto a una fuente que
brotaba de entre las rocas, y la joven limpió la herida
utilizando un trozo de saya que cortó con el cuchillo
arrebatado al muerto, luego buscó unas ortigas y unas ramitas
de tomillo silvestre y preparó una cataplasma que aplicó sobre
el tajo. Repitió la operación varias veces y sonrió aliviada al
comprobar que la hinchazón disminuía, y que el perro dejaba
de quejarse. No había comido desde su escapada y tenía
hambre, así que puso en práctica lo aprendido con el padre,
alimentándose con fresas silvestres, tréboles y sobre todo con
setas, procurando, eso sí, no confundirse a la hora de
metérselas en la boca si no quería morir envenenada. También
logró atrapar con las manos peces del riachuelo adonde iban a
parar las aguas de la fuente, pero no tenía una piedra de hierro
con la que encender una fogata por lo que tuvo que comérselos
crudos. El perro, por su parte, rechazaba aquella comida y
buscaba por su cuenta en los alrededores; regresaba con una
ardilla, un topillo o una garduña, que dejaba a sus pies, pero si
ya le daba dentera comer peces crudos, cuánto más carne
peluda. A él no parecía importarle y se zampaba el animalillo
en cuanto veía que su dueña no lo quería; cojeaba, pero volvía
a ser el perro guardián, atento a cualquier ruido, dispuesto a
lanzarse para defenderla.
Loredi deseaba encontrarse con los suyos cuanto antes y
reemprendieron la marcha, siempre hacia el Este, con la vista
puesta en los rayos que atravesaban la inmensa hojarasca que a
modo de túnel se elevaba por encima de sus cabezas. Cuando
era niña, el abuelo Xuban le contaba historias que no había
olvidado. La selva era el dominio de Basojaun, el señor del
bosque, un gigante que protegía a los árboles, plantas y
animales, a quien era preciso mostrar respeto y hacer lo que él
ordenara. Esperaba no encontrárselo, aunque, después de lo
ocurrido, nadie podría ser más terrible que aquellos hombres
que habían quemado vivas a cinco personas. Procuraba no
pensar en ello, si bien había momentos en los que le era
imposible olvidar, en especial cuando el viento arreciaba;
escuchaba entonces las voces de los seres que habitaban en la
espesura y sentía que se le erizaban los pelillos de los brazos.
La abuela Auria solía decir que en Irati vivían espíritus
errantes que no habían encontrado el camino a la morada de
Amari, personas malvadas, envidiosas, asesinas, ladronas,
condenadas a vagar sin encontrar el descanso eterno. El del
hombre negro, a quien el padre había disparado con su
ballesta, debía encontrarse entre aquellos cuyos lamentos
asustaban incluso a los animales salvajes.
No se dio cuenta de que el cielo se oscurecía y de que
había empezado a llover hasta que la tormenta descargó con tal
fuerza, que la hizo olvidar sus lúgubres pensamientos y buscó
un lugar donde guarecerse. No veía ninguno por mucho que
escudriñaba a su alrededor, y tanto ella como Basa corrieron a
la búsqueda de un espacio despejado, pues era mejor calarse
hasta los huesos que ser atravesados por un rayo. El miedo en
el cuerpo, abrazados en el centro de un pequeño claro, las
cabezas gachas, rodeados por árboles cuyas copas se agitaban
amenazadoras, escucharon el retumbar de los truenos y aún
tardaron en erguirse cuando, de pronto, dejó de llover, y los
iluminó el último rayo del atardecer. Un joven lobo asomó
entonces de entre las hayas, y la joven contuvo la respiración y
agarró con fuerza al perro para impedir que saltara al ataque;
cojo, cansado y hambriento, tenía pocas probabilidades de
salir airoso del lance. El animal avanzaba hacia ellos
lentamente, como calibrando la mejor forma de lanzarse sobre
ellos, pero, para su sorpresa, se detuvo a cierta distancia y se
tumbó en el suelo. Los tres permanecieron inmóviles, sin dejar
de mirarse, hasta que el lobo se puso en pie y emitió un aullido
que la aterrorizó. En ese momento solo se le ocurrió pensar
que la bestia llamaba a su manada, que no volvería a ver a su
familia; se encomendó a la diosa de sus ancestros y cerró lo
ojos a la espera de su final, pero los abrió al no escuchar
ningún ruido. No fue una manada sino una mujer mayor,
cubierta con una piel, la que apareció en el claro. Poco
después, todos, el lobo incluido, se hallaban sentados
alrededor de un fuego, en una cueva excavada en la roca,
frente a una enorme poza de agua, y dando buena cuenta de
unas perdices pardillas atravesadas por una vara de abeto.
—¿Dónde estamos? –preguntó todavía sorprendida.
—En Itsuosin –respondió la mujer con una sonrisa–, el
foso ciego al que los humanos no osan acercarse.
—¿Eres una… una lamia.
No daba la impresión de serlo, no al menos como creía que
eran las lamias, jóvenes, de largos cabellos rubios y pies de
ánade, que cantaban junto a los ríos para enamorar a los
pastores.
—No. Y tampoco soy una bruja.
Su risa sonó extrañamente alegre, y ella dejó de sentir
miedo.
—¿Y él? –preguntó señalando al lobo.
—¿Otso? Lo encontré cuando aún era un cachorro,
abandonado por su manada, vete tú a saber el motivo. Ahora
es mi guardián, caza para mí, me defiende de las bestias y
vigila mi sueño.
Apenas se dio cuenta del transcurrir de los días, las
semanas; la selva se vistió de colores, y recuperó las fuerzas al
tiempo que las hojas de los árboles alfombraban el suelo de
rojo. Milia resultó ser una mujer muy especial, también
comunicativa; en cierta manera le recordaba a la abuela Auria,
y dicha semejanza alivió el dolor de su pérdida. Supo además
que su propia experiencia no era un hecho aislado; su
salvadora había pasado por un trance similar.
—Yo era curandera-partera, al igual que lo habían sido mi
madre y mi abuela, y me llamaron porque una embarazada se
sentía mal y tenía muchos dolores –le contó una noche junto al
fuego–. No pude hacer nada, abortó un feto mal formado y
murió desangrada. Son cosas que ocurren a menudo, la vida es
un misterio, pero al cabo de un tiempo empezó a correr por el
pueblo un rumor acusándome de ser la causante de la muerte
de la mujer para ocupar su lugar en el lecho del marido. El
asunto fue a más, y acabaron culpándome de haber provocado
el aborto para impedir que la criatura fuera cristianada y así
dársela al Diablo. Un domingo, a la salida de la misa, una
cuñada de la difunta me llamó bruja, y le solté un bofetón. Sus
parientes me agarraron y me dieron una paliza, me dejaron
desnuda y estaban a punto de colgarme de un árbol cuando
unos vecinos lo impidieron. Aseguraron que primero tenían
que juzgarme y me encerraron en un agujero inmundo.
Aquella misma noche, el viudo me sacó de allí y me
acompañó durante un trecho. Me dijo que estaba seguro de que
me colgarían al día siguiente y que él sabía que yo había hecho
todo lo posible por salvar a su mujer, además mi madre lo
había traído a él al mundo. Erré durante semanas y, finalmente,
encontré este lugar, y aquí sigo.
Acompañó las últimas palabras con una sonrisa.
—¿Y cuándo ocurrió eso? –preguntó la joven.
—Fue hace muchos inviernos, ya he perdido la cuenta.
Loredi permaneció a su lado más tiempo del que tenía
previsto; todas las mañanas se decía que debía emprender el
camino, que el invierno no tardaría en llegar, que su padre y
los demás estarían preocupados, pero continuaba allí, junto a
una mujer sabia, heredera de conocimientos antiguos, para
quien la naturaleza que las rodeaba no tenía secretos. La
acompañaba cuando iba en busca de plantas para comer y
también para elaborar ungüentos buenos para la piel, las
heridas, los dolores. Gracias a un mejunje de hojas de sauce
machaca das y a los masajes que le daba en la pata, Basa
andaba ahora mejor, si bien la advirtió de que tenía el nervio
seccionado y de que siempre cojearía. Con ella, aprendió
asimismo a escuchar los sonidos de la selva, la llamada del
lobo, el gruñido del oso y del jabalí, el tamborileo del pájaro
carpintero, la berrea del ciervo. Como sombras furtivas,
ocultas entre los árboles, escuchaban bramar a los machos y
contemplaban el choque de sus cornamentas.
—¿Por qué luchan? –susurró la primera vez que los vio.
—Por las hembras.
—¿Y ellas? ¿Qué hacen?
—Esperan y se quedan con el vencedor. Él las preña, y en
primavera nacen los cervatos.
—¿Y el vencido?
—Si es joven irá en busca de otra manada. Si es viejo,
permanecerá solo hasta su muerte.
—¿Siempre es igual?
—Siempre gana el más fuerte, o el más astuto.
Y ella entendió que no solo se refería a los venados
machos. Únicamente le había contado, y sin demasiado
detalle, lo acontecido en Auritz, pero aquel día, alentada por
sus palabras, le habló de lo ocurrido en Uztarroze. Sin
interrumpirla, la mujer la escuchó describir su conmoción al
encontrarse desnuda ante unos hombres que la examinaron y
manosearon sin pudor alguno, como a una mercadería en un
puesto de feria; se sintió sucia, violada, aun cuando ninguno la
forzó ni hizo ademán de intentarlo. Le habló también de uno
de ellos, a quien había visto en Orreaga y después en el
quemadero del burgo; ignoraba el motivo, pero tenía la
impresión de que volvería a verlo, de que él era un cazador, y
ella su presa. A veces se le aparecía en sueños, alargaba sus
manos como garfios y la ataba a una estaca a la que después
prendía fuego. No lograba conciliar el sueño aunque
curiosamente, añadió, no había vuelto a tener pesadillas desde
que se hallaba a su lado, en una cueva en medio de un bosque,
lejos de la maldad.
Durante todos aquellos años, Milia había recorrido no solo
Irati, también subido a las montañas, descendido por la cara
norte y conocido a pastores y leñadores. Aquí y allá, había ido
reuniendo una serie de objetos hasta formar lo que ella
llamaba con ironía su “vajilla”: cuchillos, cuencos, platos,
cucharas de madera y, sobre todo, una cacerola de hierro,
encontrada con algunas cosas más, dos mantas entre ellas,
junto a los restos de un hombre despedazado por los lobos.
Puso a hervir dos dedos de agua, echó un puñado de hierbas y
trozos de hongos secos, esperó unos instantes, luego vertió el
contenido en un cuenco y esperó de nuevo.
—Bebe esto, querida –le dijo colocando el recipiente en
sus manos.
Loredi no se atrevió a negarse; la cocción sabía amarga,
pero apuró el contenido a pequeños sorbos. No tardó en notar
que su visión se enturbiaba y que el sopor se adueñaba de sus
sentidos. Vio al padre, atisbando desde la cima del monte
sagrado, la preocupación marcada en el rostro, a su madre
Joana con un niño en brazos, a la tía Ortixa, a su marido e hijo,
y al abuelo Xuban ordeñando una oveja; quiso abrazarlo, pero
atravesó su cuerpo y prosiguió hacia el sur, hasta un pueblo
cien veces más grande que Otsagabia. Voló por encima de los
tejados mientras contemplaba el bullicio de las calles repletas
de gentes, pero su carrera se detuvo bruscamente y descendió
al suelo; tenía delante al hombre de sus temores, alto, negro,
amenazador. No sintió miedo sin embargo, no tembló; le miró
directamente a los ojos y sostuvo su mirada hasta que él bajó
la suya, se giró y desapareció.
—Así que es cierto, nos encontraremos de nuevo…
Tenía mucho calor, la boca seca; se quitó las abarcas, se
desprendió de la piel de ciervo que había sustituido a sus
harapos y se introdujo en el agua helada de la poza ante la
atenta mirada de Milia y de los dos animales. Su familia estaba
bien, y saberlo la tranquilizaba. En cuanto al hombre de
negro…
—Necesito que me enseñes –dijo al volver a la cueva, y la
mujer sabia asintió con una sonrisa.
Si el invierno anterior había sido duro, el de aquel año lo
fue aún más. Las nieves cubrieron el territorio con un tapiz dos
codos de alto, los ríos se helaron, y las bestias salvajes se
cobijaron en sus madrigueras. El silencio era total, solo
interrumpido por el ruido de la nieve al caer de los árboles
cuando las ramas se doblaban debido al peso. Ellas dos y sus
animales permanecieron dentro de la cueva bien provistos de
leña para el fuego y carne y pescado secos para alimentarse.
No perdieron el tiempo, la anciana instruía, la joven aprendía
rápido. Aprendió todo acerca de las plantas del entorno, en
especial de las más peligrosas, que curaban, pero también
mataban. Su maestra tenía un buen surtido de todas ellas:
beleño, mandrágora, dedalera, y su favorita, la belladona, la
sorbelar, “la hierba de las brujas”, y muchas más, así como
hongos de varios tipos.
—No olvides que las plantas son seres vivos –la
aleccionó–. Pídeles permiso antes de cortarlas o arrancarlas.
Diles que las necesitas.
Le enseñó a medir las cantidades, a utilizar hojas, bayas y
raíces, a elaborar ungüentos, tisanas, emplastos, y el modo de
emplearlas para el dolor en general, y de estómago, de boca,
las infecciones, el reuma, la diarrea, el herpes, la menstruación
difícil y otros problemas de salud que sufrían las personas
antes o después. Pero no todo fueron plantas; también la
aleccionó en el reconocimiento del cuerpo humano sirviéndose
del de ellas, así como en el del animal, para lo que tanto Basa
como Otso se dejaron toquetear por la joven sin emitir un
gruñido, con una docilidad que incluso sorprendió a la mayor.
—Tienes el don –dijo.
—¿Qué don.
—Los animales te reconocen.
—Siempre he tenido buena mano con ellos. Bueno… al
menos con los del padre –rio Loredi recordando cómo se
ocupaba de curar a las ovejas heridas en los riscos.
Llegado el solsticio del invierno, encendieron un gran leño
seco de haya que debía permanecer ardiente durante siete días
y siete noches para luego recoger las cenizas y esparcirlas
delante de la cueva a fin de impedir la entrada a las sombras.
—El fuego es la representación de la Madre Sol, la luz sin
la cual no hay vida –decía Milia.
El agua era asimismo fuente de la existencia, de la
fertilidad de la Naturaleza, razón por la cual había decidido
vivir en aquel lugar y no en otro; limpiaba el cuerpo y el
espíritu, y era el paso entre el mundo de los humanos y el de la
divinidad. Ambas se introducían en la poza, incluso cuando el
frío era intenso y tenían que romper la capa de hielo, y corrían
después a calentarse junto a la lumbre que nunca dejaban
apagarse. También le enseñó a comunicarse con la Diosa.
Sentadas junto a la lumbre, la vista fija en las brasas, los
cuerpos relajados, las respiraciones acompasadas, repetían
varias veces la misma evocación:
—Amari, diosa de nuestros ancestros, señora del día y de
la noche, de la luz y de las sombras, del fuego, el agua, el aire,
madre del sol y de la luna, madre de los animales, de las
plantas, de los ríos, de las fuentes, de la vida, escucha a tu hija.
Hasta que todo desaparecía a su alrededor, y la joven se
sumía en un estado de placidez. Ansiedad, temores, angustias,
desaparecían y, en su lugar, recuperaba la memoria de los
momentos felices transcurridos en lo alto de las montañas
junto a los suyos, en libertad; ascendía al Ori y contemplaba
desde lo alto los dominios de la Diosa, la tierra de sus
antepasados, un inmenso vergel cuya belleza era incapaz de
describir. Volvía a la realidad con la sonrisa en los labios,
sosegada y en paz.
Supo que pronto sería hora de partir el día en que la nieve
comenzó a derretirse y escuchó el trino de los pájaros, pero se
resistía a dejar sola a la anciana. No había conocido a su
verdadera madre, no había podido despedirse de la abuela
Auria y no quería abandonar a la mujer que había suplido sus
ausencias y por la cual sentía no solo cariño sino auténtica
veneración. En solo un invierno, la había ayudado a
transformarse en mujer, enseñado el uso de las plantas,
adentrado en el conocimiento originario transmitido de madres
a hijas a lo largo de generaciones y, ante todo, le había
infundido la fuerza suficiente para enfrentarse al Mal en forma
de hombre de negro.
—Ha llegado el momento de la despedida –le dijo la
anciana un atardecer mientras contemplaban la puesta de sol.
—No sé si quiero marcharme. Tengo todavía mucho que
aprender…
—No eres tú quien se va, soy yo –y añadió al constatar su
mirada interrogante–: Mi ciclo de vida está a punto de finalizar
y agradezco a Amari tu presencia a mi lado en esta última
etapa, cuando ya desesperaba poder transmitir lo poco que sé
de lo mucho que Ella nos ha concedido. Tú has sido la hija que
nunca tuve, has alegrado el ocaso de mi existencia, y puedo
partir tranquila. A pesar de lo que se diga, los seres humanos
sabemos cuándo ha llegado nuestro final. Otra cosa es que lo
aceptemos. No me quejo, he tenido una vida plena en la que
únicamente me faltó algo de amor hasta que tú apareciste. Solo
lamento que haya sido tan corto, pero otros no tienen siquiera
ese consuelo. Todo va a irte bien, querida, lo sé, lo he visto.
No será fácil, pero nada en esta vida lo es, y es preciso luchar,
no rendirse ante la adversidad. Siempre amanece tras la noche
más oscura, no lo olvides.
Milia se extinguió suavemente al llegar la primavera,
cuando la Naturaleza se abría tras el letargo invernal, sin dolor,
asida a la mano de su discípula, siguiendo la antigua creencia
según la cual las mujeres sabias transmitían de aquella manera
sus saberes a la hora de la muerte. Loredi lavó su cuerpo y
peinó sus cabellos; no tenía una pala con la que cavar una fosa,
tampoco quería incinerarla debido al terrible recuerdo de las
hogueras humanas, así que la dejó allí, envuelta en una manta,
en el que había sido su hogar durante más de la mitad de su
vida, y ella y Basa partieron hacía el Ori al día siguiente. El
lobo permaneció junto a su dueña, su madre también, y la
joven escuchó sus aullidos de dolor mientras se alejaban; le
habría gustado que los acompañara, pero no respondió a las
llamadas, y continuaron por la senda que discurría a orillas del
río Urbeltza cuyas aguas llenaban la poza.
—Sigue en dirección contraria –le había dicho su
protectora–. Y toma la del primer río que encuentres a la
derecha, el Idorra, siempre hacia el Este, hacia la morada de
Amari.
Dos jornadas más tarde se hallaban a las faldas del Ori, y
sus lágrimas brotaron sin freno. Lloró por la mujer que yacía
sola en una cueva, por su madre, la abuela y el padre, por los
inocentes asesinados… por ella misma. Conocía los lugares y
no tardó en encontrar el camino que llevaba a la borda; no
había nadie, aún no era el momento de subir el rebaño, pero la
jornada declinaba, y tanto ella como el perro estaban agotados.
Durmieron dentro después de encender una pequeña fogata
con la piedra de hierro que llevaba en una bolsa de tela y de
comer unos trozos de carne seca que asó al fuego. Iniciaron el
descenso hacia Itzaltzu nada más despertar; se moría de ganas
de abrazar a su familia, de hallarse al amparo de las personas
que la querían, y sonrió al imaginar sus caras cuando la vieran
aparecer después de tanto tiempo, vestida con una túnica de
piel de ciervo y una pelliza de lobo. Aunque también era cierto
que quizás no la reconocieran, pues ya no era la joven apocada
de hacía unos meses; se había convertido en dueña de su
destino. Tan ensimismada se hallaba hablando consigo misma
a la vez que disfrutaba del paisaje, los colores, los olores, que
no se fijó que, a unos cien pasos de distancia, en medio del
camino, un hombre los contemplaba, los ojos húmedos, la
mano sobre la boca para no gritar. Basa sí lo vio y corrió hacia
él cojeando y ladrando de alegría.
– 1527 –
P
ese al espléndido día soleado, sin una nube a la
vista, el viento soplaba con tal fuerza, que el frío se
metía hasta el tuétano; los vendedores callejeros se
habían visto obligados a recoger sus mercancías, e
incluso tuvieron que cerrar los postigos los
comerciantes con puestos abiertos a la calle. El viento
arrastraba polvo, basuras y también lienzos y prendas que
poco antes colgaban de las cuerdas de secar, y pudo verse a
más de uno asido a las argollas utilizadas para atar a las
caballerías o a las aldabas de las puertas.
Bernabé se dirigió a la antigua judería del Barrio Nuevo de
la Navarrería guiado por Gracian, que caminaba dos pasos por
delante de él portando un bulto envuelto en una tela. Al llegar
a un portal, hacia la mitad de la calle, el sirviente se detuvo y
esperó a que él entrara primero. Instantes después una mujer
los acompañaba a un escritorio, donde el sirviente depositó el
bulto sobre la mesa y salió dejándolo solo. La estancia era
sobria, propia de un negociante, en la que destacaba una pared
cubierta de estantes del techo al suelo, repleta de legajos,
carpetas, rollos y dos libros. Un examen más minucioso sin
embargo descubría unos muebles ricos, alfombras, cortinajes
y, en especial, una tabla pintada colgada en la pared opuesta a
la de las estanterías, que representaba a un cambista sentado a
la mesa de trabajo. Sus escasos conocimientos del arte de la
pintura los había adquirido con el señor de Zúñiga, pero no
hacía falta ser un experto para descubrir que el propietario de
la tabla había tenido que desembolsar una buena cantidad de
dineros por ella. De todos modos, a él le interesaban más los
libros y cogió de la estantería uno de los dos volúmenes. Su
asombro no tuvo límites; se trataba de un ejemplar en
pergamino de la Biblia Sacra, el primer libro impreso en
Occidente setenta años atrás, el otro era la segunda parte del
mismo. Pasó las hojas con admiración, deslumbrado por el
trazado perfecto de líneas y márgenes y las delicadas
iluminaciones, hechas a mano, preguntándose cómo diablos
habría llegado aquella joya a poder de un descendiente de
judíos, cuando la puerta se abrió, y por ella asomó un hombre,
mayor que él, vestido con unas calzas acuchilladas de color
gris oscuro y un jubón también gris, aunque más claro, con
gorguera y botones dorados.
—Siento haberos hecho esperar, señor Avellaneda –saludó
con una inclinación de cabeza.
—Ha sido una espera grata, señor Ferrando.
—Veo que estáis hojeando la Vulgata estampada por el
maestro Gutenberg.
—Me preguntaba cómo así poseéis esta obra de la primera
edición. Tengo entendido que únicamente se editaron unos
pocos ejemplares.
—Cuarenta y cinco en pergamino y ciento ochenta en
papel para ser exactos.
—Un coste considerable supongo solo para disfrutar de sus
iluminaciones.
—Et scripturam legere, domine mi.
El señor Ferrando alargó la mano con una sonrisa, y el
libro volvió a su sitio en el estante.
—¿En qué puedo seros de utilidad?
Se midieron durante unos segundos y, finalmente, el otro
lo invitó a tomar asiento.
—Deseo realizar un depósito.
Bernabé abrió la arqueta y observó al hombre mientras
examinaba algunas de las piezas ayudándose de una lente de
vidrio grueso. Había preguntado al señor de Garro por un
cambista de la plaza, y este lo había informado de que existían
varios, aunque, a su parecer, Martín Ferrando era el más
competente; tenía negocios con los poderosos banqueros
Fugger, y había mantenido una relación de amistad personal
con el fallecido Jakob Fugger “el rico”, el considerado hombre
más acaudalado de Europa y prestamista de reyes, entre ellos
el emperador Carlos. Era un hombre de fiar, honrado, que se
había educado en la verdadera religión aun siendo nieto de
cristianos nuevos, añadió. Lo alarmó dicha revelación. Había
conocido a algunos hijos de conversos en Salamanca, pero no
había llegado a intimar con ninguno de ellos; ignoraba que los
hubiera también en Navarra.
—¡Querido Bernabé! ¿En qué mundo vivís? Claro que
hubo navarros judíos que prefirieron cambiar de fe y quedarse
en su tierra, como ahora los hay luteranos, ateos, y… ¡brujos!
–su amigo se había echado a reír antes de proseguir–. La
verdad, ¿qué más da? ¿Por qué no permitir que cada cual crea
en lo que quiera mientras no haga daño a nadie? No juzguéis y
no seréis juzgados…
La conversación tomaba un derrotero incómodo, y no
preguntó más. El hombre que examinaba sus monedas no
parecía muy diferente a él mismo; serio, ordenado, sobrio en el
vestir, además sabía latín y poseía una Biblia, lo cual eran
puntos a su favor.
—Todo está correcto –lo oyó decir al cabo de un rato–.
Podéis consideraros un caballero adinerado, señor Avellaneda,
por el momento…
—¿Por el momento?
—El oro es un valor seguro, pero el mercado no lo es. Los
precios suben o bajan, dependiendo de infinidad de motivos:
guerras, sequías, pestes… o simplemente de su abundancia. A
más oro en el mercado, menos valor. Os recomiendo que
invirtáis vuestra fortuna en algo provechoso, en el comercio de
Indias, por ejemplo, que tiene un futuro prometedor.
—Lo pensaré. Por ahora solo me interesa disponer de
liquidez.
Aún tuvo que aguardar a que el contable de Ferrando
pesara las monedas y certificara el depósito. A la espera, el
banquero lo invitó a una copa de vino acompañado de queso y
pan recién horneado.
—Excelente.
No solía expresar sus opiniones, pero no pudo ocultar su
agrado al saborear un trozo de queso de oveja de sabor intenso
y mantecoso.
—Me alegro de que os plazca. Lo traen de la localidad de
Otsagabia especialmente para mí.
—¿Conocéis aquellos lugares? –preguntó interesado al
escuchar el nombre del pueblo en el que Balanza había
ejecutado a seis vecinos, y asimismo origen de su familia
materna.
—Solía ir hace años, a pescar truchas en el río Salazar.
Recordó lo dicho por el tío acerca de la afición de su
padre.
—Tal vez conocieseis allí a la familia de los Gurtibar de
Otxagi… –dejó caer.
—¿No matrimonió una hija de la casa con el señor de
Urruztia, afamado notario de esta villa recientemente
fallecido? La pobre mujer murió en el parto, e ignoro lo que
fue de su hijo, aunque don Juan tenía otro fuera del
matrimonio. Ya sabéis, los hombres…
—¿Y cómo así estáis vos al corriente de dichos asuntos?
Bernabé intentaba parecer indiferente pese a la
impaciencia que lo corroía.
—Fue la época en la que conocí al señor de Urruztia.
Coincidimos en la casa de Otsagabia en la que ambos nos
hospedábamos y compartíamos mesa. No era hombre
hablador, pero una noche bebimos más de la cuenta, y el vino
suelta la lengua. Creo recordar que me comentó que no tenía
intención de casarse con la mujer, pues sus miras eran más
altas, pero que de alguna forma se sentía obligado hacia aquel
hijo que ella esperaba.
—¿Y qué hizo?
—Lo ignoro. Volví a encontrarme con el notario en varias
ocasiones, aquí, en Pamplona, pero nunca hablamos del tema.
No quiso continuar preguntando para no levantar
sospechas, firmó el contrato, pidió una cantidad a descontar
del depósito y se despidió del cambista. Pensaba volver, por
supuesto, el hombre podría ser una preciada fuente de
información, y ahora él era su cliente. Al llegar a su calle,
ordenó a Gracian que partiera sin tardanza hacia Otsagabia y
averiguara si su padre había tenido allí descendencia y, si la
tenía, dónde vivía y a qué se dedicaba, a continuación, entró
en la taberna. No hizo falta que inquiriera por su encargo, la
mujer del tabernero desapareció en la cocina nada más verlo y
salió de nuevo con tres saquitos en las manos.
—Aquí tenéis, excelencia: semillas, hojas y raíces de otso
babak.
—Beleño –tradujo su marido.
—Iratxo hankak –dijo tendiéndole el segundo saquito en el
que había una raíz gruesa dividida en dos partes.
—“Piernas de duende”, mandrágora –volvió a traducir el
tabernero.
—Y…
Se mostraba remisa a entregar el tercero y lo apretaba con
fuerza. El hombre se lo quitó de las manos y se lo entregó a
Bernabé.
—Bayas y hojas de belladona. Mi suegra la llama sorbelar
o sorgin-belar, o lo que es lo mismo “hierba de las brujas”.
—Mi madre la utiliza para las inflamaciones, señor, para
nada más, os lo juro –añadió ella–. Es muy peligrosa… bueno,
las tres lo son, provocan delirios y pueden matar.
—Dicen que las brujas hacen un ungüento con estas
plantas y se lo untan en sus partes para volar a las juntas.
No quiso oír más; les pagó con unas monedas y salió sin
siquiera responder cuando ellos le dieron el pésame por la
muerte del notario. Al entrar en la casa, pidió a Otsanda que le
llevara un jarro con agua caliente y una escudilla. Cambió su
ropa de calle por una camisa de dormir y un batín de seda rojo,
única prenda de color de su vestuario, mientras esperaba a que
entibiara la tisana a la que, además de las hojas trituradas de
beleño, había añadido un pequeño trozo de la raíz de
mandrágora; la bebió y se tumbó en el lecho. A la espera de
que las hierbas hicieran efecto, pensó en el padre que había
legado su oro a un bastardo, y lo maldijo. El banquero no
había hecho sino confirmar lo que él ya sabía, pero le costaba
aceptar que tenía un medio hermano en algún lugar de un valle
endemoniado.
Había interrogado a la criada tras descubrir la nota en el
fondo de la arqueta; llevaba en la casa desde poco después de
haber sido él enviado al monasterio y tenía que saber algo. En
un principio, ella adujo la edad, la falta de memoria, el tiempo
transcurrido, pero la amenazó con acusarla de haber
envenenado a su amo y le aseguró que la ahorcarían por
asesina. Entre lágrimas y gimoteos, la mujer le contó que, en
una ocasión, había acompañado al señor a un pueblo del valle
de Salazar cuyo nombre no recordaba.
—Alquiló una casa durante un mes y necesitaba que me
ocupara de la limpieza y de las comidas –casi se disculpó.
Don Juan recibía a menudo la visita de una lugareña que
siempre llegaba a la puesta de sol y partía al amanecer. Solo
una vez, la víspera del retorno a Pamplona, la mujer apareció
al mediodía, acompañada de un mozalbete que permaneció
con ella en la cocina. Los oyó discutir en el piso de arriba
aunque, naturalmente, no se enteró del motivo de la discusión;
tendría que haber subido y haber puesto la oreja en la puerta,
alegó. Poco después, la mujer llamó al mozo y ambos se
marcharon; el señor no salió, y ella tuvo que llevarle la comida
a su habitación.
—¿Regresó mi padre a aquel pueblo.
—No que yo sepa.
—¿Y has vuelto a ver a aquella mujer?
—No.
Las hierbas comenzaban a hacer efecto; notaba que su
corazón se aceleraba, sentía los párpados pesados, y lo
embargaba una sensación de bienestar. Al contrario que las
veces anteriores, en esta ocasión, la cabeza le daba vueltas,
veía colores girando en torbellino y, por un instante, sintió una
especie de vértigo, como si se encontrara en lo alto de una
torre a punto de lanzarse al vacío. Abajo, en el centro de un
círculo de fuego, desnuda, la muchacha de sus pesadillas
alargaba los brazos hacia él, lo llamaba. Notó un
estremecimiento que le recorría el cuerpo seguido por
espasmos repetidos, y un chorro cálido humedeció su
entrepierna. Despertó cuando Otsanda entró en la habitación,
preocupada al no verlo bajar a tomar su desayuno habitual, un
par de huevos fritos acompañados por arenques ahumados. Se
sentía bien, relajado, y poco después se hallaba en una de las
salas del Consejo Real y recibía el encargo de finalizar las
operaciones iniciadas por Balanza a fin de erradicar
definitivamente la brujería, y “lo que hubiere lugar”, en los
valles del Pirineo.
El licenciado estaba presente; él mismo lo había
recomendado para el puesto, lo informó, y confiaba en que
realizara su cometido con parecida diligencia, recordándole
que debía asimismo detener a los subversivos. Enrique de
Navarra, el hijo de los anteriores reyes acababa de
matrimoniar con Margarita, la hermana del rey de Francia, y
seguía empeñado en reclamar la corona, ahora más que nunca
con el apoyo de su poderoso cuñado.
—Recordad, Avellaneda, que nuestro deber es mantener el
Reino unido cueste lo que cueste y que allá donde los ejércitos
no llegan, llegamos nosotros. En esta relación encontraréis los
nombres de unos cuantos sospechosos contrarios al nuevo
gobierno.
Bernabé cogió el papel e hizo un gesto afirmativo, más
interesado en observarlo que en los nombres de la lista. El
consejero tenía aspecto de estar enfermo, aunque no le
preguntó por su salud, tampoco por la cuestión de los bienes
incautados; no le importaba lo que fuera de él, su tiempo se
había agotado. Adujo tener un asunto ineludible para no
permanecer allí obligado a escuchar una vez más la misma
cantinela y se olvidó de él tan pronto salió a la calle.
El viento que la víspera levantaba las tejas había dado paso
a una temperatura fresca pero agradable, propia del mes de
marzo, y decidió acercarse a la orilla del Arga. No había
vuelto por allí desde que iba de niño en compañía de la tía
Constanza y tampoco recordaba nada en especial; caminó un
rato bajo los árboles y se sentó sobre un tronco cortado
aspirando el aroma a tierra húmeda y a flores. No podía dejar
de pensar en el placer experimentado la noche anterior, pleno
y culpable a la vez. Tendría que confesarse por un acto impuro
que lo había hecho perder el sentido, pues era pecado grave
que el hombre derramara su simiente excepto para procrear, y
siempre dentro del matrimonio bendecido por la Iglesia. Se
juró no volver a tomar las malditas hierbas de las brujas que
anulaban su capacidad de raciocinio y se centró en la relación
de los “subversivos”, así llamados por el licenciado. No
conocía a ninguno salvo a uno y alzó las cejas sorprendido; en
la lista aparecía el nombre de su tío, Ianiz Gurtibar de Otxagi.
Un día después partió sin decir adónde iba, solo que debía
ausentarse por motivos privados, según dejó dicho en la
Cámara de Comptos; a Otsanda le dijo que volvería en unas
jornadas, por si alguien preguntaba por él. Primero pensó en
utilizar uno de los carruajes a disposición de los funcionarios
reales, pero no deseaba que nadie supiera su destino, y el
postillón podría irse de la lengua, además iría más lento, así
que optó por un caballo. Eligió una yegua que alquiló en las
caballerizas de la ciudad y galopó hasta Olite, donde pernoctó
en una posada cercana al palacio de los reyes de Navarra, uno
de los más bellos que había visto nunca, aunque apreció un
incipiente abandono debido, quizás, a que el virrey solo lo
utilizaba de vez en cuando tal y como lo informó uno de los
guardas. Durmió en Calahorra la noche siguiente y, temprano
por la mañana, se presentó en la casa ocupada por el Tribunal
del Santo Oficio situada frente a la iglesia de Santiago el
Viejo, cercana a las murallas, y pidió hablar con el inquisidor
por un asunto de suma importancia. Fue introducido en una
habitación amueblada con la sobriedad de una celda
conventual donde un dominico se hallaba sentado a una mesa
repleta de pilas de papeles. Ambos hombres permanecieron
encerrados durante toda la jornada, incluso para comer.
El monje escuchó atentamente los motivos que llevaban a
un juez de Navarra a presentarse en la ciudad episcopal sin
antes acudir a cumplimentar al obispo. Estaba al corriente de
los procesos contra los malignos, sobre todo mujeres, que
campaban a sus anchas en los valles del Pirineo haciendo todo
tipo de maldades, y lamentaba que el Real Consejo no hubiera
contado con la Santa Inquisición, tan avezada en dichos
asuntos. No en vano, señaló, el tribunal había condenado
veinte años atrás a treinta brujas navarras que ardieron allí
mismo, en la antigua y católica ciudad de Calahorra, algo que
Bernabé ya conocía, aunque se abstuvo de comentarlo. Le
complacía, no obstante, conocer a un caballero temeroso de
Dios que acudía a él en busca de consejo y le recordó que
debía buscar la verdad y castigar a quienes acusaran sin
pruebas, no confiscar los bienes de los arrepentidos y, ante
todo, consultar a la Suprema antes de dictar sentencia.
—¿Cómo estar seguros de que los culpables lo son? –
preguntó él.
—Existen pruebas irrefutables.
Y el dominico pasó a enumerar las señales inequívocas de
la culpabilidad demoniaca: no asistir a la iglesia ni recibir los
santos sacramentos, renegar de la Santísima Trinidad y de la
Santa Madre de Dios, asesinar a los vecinos con pócimas
elaboradas con sapos muertos y corazones de niños, blasfemar
y celebrar orgías nocturnas en las que se convocaba al
mismísimo Satanás.
—Haceos acompañar por una niña virgen catadora de
brujas, sabrá descubrir la marca del Diablo en el ojo izquierdo
de las sospechosas. Si debéis hacerlo, utilizad la tortura con
mesura, pero sin dañar el cuerpo o causar peligro de muerte,
“pues son en verdad ladrones y asesinos de almas y apóstatas
de los sacramentos de Dios y de la fe cristiana. Deben
confesar sus errores y acusar a otros heréticos que conozcan,
así como a sus cómplices, encubridores, correligionarios y
defensores”. No podrán delatar a otras brujas si mueren –
concluyó tras recitar de memoria parte de la bula “Ad
extirpanda” del papa Inocencio IV contra los herejes.
—¿Y cómo evitar ser embrujado? –preguntó él.
Había un ligero temblor en su voz, y el monje lo
contempló curioso.
—¿Lo habéis sido vos?
—Os pido confesión.
De rodillas, le relató lo acaecido en una aldea miserable en
donde, por primera vez en su vida, su miembro viril se había
endurecido produciéndole un dolor intenso ante la visión de
una joven desnuda sospechosa de brujería que había logrado
huir. La había visto de nuevo en el Burgo de Roncesvalles,
durante la quema de seis miembros de la secta demoniaca, y
estaba convencido de que lo había hechizado. Tan solo unos
días antes había soñado con ella y había tenido una erección,
aunque, en esta ocasión, había además derramado su flujo. Se
sentía sucio, culpable de lujuria sin desearlo. No le dijo que
había tomado una cocción de “hierbas de bruja” porque no
tenía nada que ver; solo las utilizaba para aliviar el dolor y
para dormir.
—El Maligno quiere dominaros, la hechicera intenta
embrujaros –sentenció el dominico–, pero no debéis
inquietaros, sois un hombre temeroso de Dios. Orad, rogad al
Señor a fin de que Él os preserve de todo mal, buscad a la
culpable de vuestra zozobra y acabad con la acechanza del
demonio, pero no olvidéisinformarme.
Unas jornadas más tarde, acompañado por cincuenta
soldados, un secretario, un alguacil, un verdugo, un capellán y
un traductor, Bernabé emprendió viaje dispuesto a zanjar de
manera definitiva el problema de la brujería, y el suyo propio.
Antes de salir pagó una misa al párroco de San Nicolás,
dejando además dineros suficientes para un oficio diario
mientras estuviera ausente. Se sentía eufórico; Dios lo
protegía, había perdonado su pecado, y la prueba estaba en las
mozuelas que los acompañaban.
De vuelta en Pamplona, lo informaron de que dos niñas se
habían presentado con sus padres en el Consejo Real
asegurando ser brujas y que podían desenmascarar a otras,
pues eran del oficio. Pese a la credulidad de los consejeros,
Balanza incluido, que dieron por buenos sus testimonios, él
decidió interrogarlas a fondo y por separado, aunque para ello
precisó del intérprete. Se consideraba un juez justo, y su único
afán era hacer justicia. Ambas niñas repitieron lo que él ya
sabía: que brujos y brujas se reunían en las juntas los viernes
por la noche, día de la crucifixión de Nuestro Señor, adoraban
a Satanás en forma de macho cabrío, celebraban sus maldades
en medio de grandes orgías y elaboraban pócimas y maleficios
para destruir las cosechas y matar a hombres, mujeres y niños.
No obstante, dichas aseveraciones eran de común
conocimiento, cualquier aldeano podía decir lo mismo, y él
necesitaba pruebas más contundentes.
Hizo las mismas tres preguntas a cada una de ellas, y sus
respuestas coincidieron.
—¿Cómo te convertiste en bruja.
—Me hicieron renegar de Dios y de Santa María y de
todos sus Santos y de los genollos de mi padre y de las tetas de
mi madre y me hicieron tocar un sapo y me llevaron al
ayuntamiento.
—¿Que ocurre en esas reuniones?
—Aparece el Diablo en forma mitad hombre, mitad
cabrón, y todos lo adoramos y le besamos las partes
deshonestas y luego los niños cuidamos de los rebaños de
sapos mientras los mayores bailan y se ajuntan.
El reniego era algo nuevo para él, también lo de los
rebaños de sapos, y resultaba inverosímil que dos criaturas que
todavía no habían cumplido los diez años de edad
respondieran de la misma manera. Aun hizo una última
pregunta:
—¿Cómo sabes cuando alguien es bruja?
—Porque tiene la mano del Diablo marcada en su ojo
izquierdo, pero nadie que no lo sea puede verla.
Habló asimismo con los padres de las dos niñas. Se habían
asustado, manifestaron, al escucharlas decir cosas terribles, y
el cura del pueblo los había aconsejado que acudieran a las
autoridades.
—¿Qué pueblo es ese?
—Otsagabia, en el valle de Salazar.
No necesitó más y ordenó disponer la marcha sin dilación.
Gracian también hacía parte de la comitiva; lo había
encontrado esperándolo a su regreso de Calahorra. No había
averiguado nada, nadie recordaba el nacimiento del hijo
adulterino de un notario de la capital. De hecho, no era raro
que las mozas se preñaran sin estar debidamente casadas, pues
muchas gentes de las aldeas no matrimoniaban ante un cura; lo
hacían ante testigos.
—Además –añadió–, los padres unen a prueba a sus hijos e
hijas, y no legitiman la unión hasta que estos a su vez tienen
descendencia. Así están seguros de que el caserío pasará a los
nietos, en especial los padres de la mujer porque puede darse
el caso de que ella muera durante el parto, que el hombre se
case con otra, y que la propiedad vaya a manos de los hijos de
esa otra.
La aclaración lo dejó no solo sorprendido, también
escandalizado; era a todas luces un comportamiento inmoral,
contrario a la doctrina cristiana. No era de extrañar que
hubiera hechiceros e idólatras en aquellos parajes dejados de la
mano de Dios. Aunque, pensándolo bien, había algo de lógica
en dicho proceder; también su propio padre se había apropiado
de unas tierras de su esposa difunta que no le pertenecían. De
todos modos, estaba decidido a llevar sus pesquisas hasta el
final y no cejaría en el empeño, aunque su vida corriera
peligro. Tenía la misión de visitar todos los pueblos y aldeas
de los valles de Erro, Aezkoa, Roncal y Salazar, pero decidió
comenzar por este último, el más peligroso, el más infestado
de brujas, donde, por otra parte, tenía asuntos personales
pendientes.
L
a aparición de Loredi alteró la vida de la familia,
pues todos excepto Balendin habían perdido la
esperanza de verla de nuevo, aunque ninguno se
hubiera atrevido a decirlo en voz alta por temor a
la reacción del padre. Pálida, mucho más delgada
que antes, el cabello peinado en dos largas trenzas y la mirada
ausente la mayor parte del tiempo, a veces creían hallarse ante
una de aquellas lamias de las leyendas, seres etéreos que
habitaban los ríos. Apenas les había contado cómo había
logrado subsistir en la selva durante tantos meses, solo que una
mujer la había ayudado, y su silencio acrecentaba el misterio
que la rodeaba. Ajena a la impresión que causaba, la joven
intentaba colaborar en las tareas del hogar, pero su madre
adoptiva y su hermana estaban al quite y no le permitían
participar; debía recuperarse, ganar peso, le decían, si quería
encontrar un buen mozo que la hiciera madre de un montón de
hijos. Ella sonreía al escucharlas y pasaba el tiempo paseando
por los alrededores recogiendo plantas o hablando con la vieja
Soara o con su abuelo.
La edad había hecho mella en ambos, muy especialmente
en la mujer, a quien le costaba respirar y se fatigaba al menor
esfuerzo. Las tisanas de cebolla y miel o tomillo y las
cataplasmas de hojas de laurel que preparó para ella mejoraron
sensiblemente su respiración, y dejaron muy sorprendidos a
todos. Ideó un medio que permitiera andar a Xuban con una
vieja bota de Peru que rellenó con varias capas de piel de
forma que pudiera calzar su muñón y posarlo en el suelo.
También mitigó el dolor fantasma que el abuelo todavía sentía,
y le impedía dormir, mediante masajes que ella misma le daba
con un ungüento elaborado con hierbas de San Juan. Un
resfriado, un dolor de tripas, una diarrea infantil, una herida…
conocía el remedio para todo tipo de males e infecciones, y sus
parientes no tardaron en darse cuenta de que se había
convertido en una sanadora capaz, lo cual no hizo sino
aumentar su preocupación por ella.
Si bien, en un principio, se juraron no decir nada a nadie,
mantenerla a salvo de las habladurías y de la mala fe, no
pudieron evitar que se conociera su presencia en la localidad.
La única curandera de Itzaltzu había fallecido recientemente, y
la partera no era muy ducha en asuntos otros que los males de
las mujeres. Su cuñado Peru le pidió un remedio para otro
leñador que se había herido en una pierna talando un árbol, y
Ortixa acudió a ella hecha un manojo de nervios porque
Anderkina, la tercera de sus hermanas había contraído las
fiebres. Una vez curada, esta se lo comentó a una vecina cuyo
hijo tenía lombrices y aquella a otra cuya suegra vomitaba lo
que comía. Al cabo de no mucho, todos en la aldea sabían de
su presencia, y no había día en que no llamaran a la puerta,
aunque Balendin se negaba en redondo a que la vieran.
Loredi era la viva imagen de su madre a la misma edad, y
él no había olvidado la forma en cómo la habían tratado al
nacer. Por mucho que declararan que se trataba de una pariente
lejana, siempre habría alguien que recordaría a su mujer, ataría
cabos e iría por ahí diciendo que su séptima hija no había
muerto como se creía. No estaba dispuesto a pasar por lo
mismo y a ponerla en peligro, pero era un hombre recto y
tampoco podía negar ayuda a quien la necesitaba, así que
Ortixa hablaba con quienes acudían y los hacía esperar afuera
o les decía que volvieran al día siguiente si el remedio
precisaba tiempo de preparación. Por suerte, los habitantes de
Itzaltzu no pasaban del centenar y gozaban en general de
excelente salud así que las visitas tampoco eran demasiadas,
pero se alarmó cuando un vecino de Otsagabia apareció por la
casa y pidió hablar con la mujer sabia. Que él supiera “mujer
sabia” significaba hechicera, y sintió que un escalofrío le
recorría la espina dorsal; despidió al hombre de manera brusca
y decidió que era hora ya de subir a los pastos, idea que se
reafirmó cuando su suegro lo informó de un hecho del que
acababa de tener noticia.
Desde que podía caminar con cierta normalidad, Xuban
había tomado por costumbre dar largos paseos; hablaba con
los vecinos de la aldea e, incluso, se acercaba al monasterio y
se entretenía con el guardián, un venerable anciano de cabellos
y barba blancos al igual que él. No se conocían, y se limitó a
decirle que procedía de Izaba y que estaba viviendo una
temporada en casa de una hija, sin dar mayores explicaciones.
Sentados en un banco de piedra, ambos hombres conversaban
acerca de sus años jóvenes y de cuánto habían cambiado las
cosas desde entonces.
—Ya no hay la devoción de antes –manifestó con tristeza
el monje–. Éramos dieciocho hermanos cuando llegué aquí,
hoy solo quedamos seis y un novicio. La mitad no duraremos
mucho más. El edificio está en ruinas, y el visitador nos
anunció antes del invierno que estaban pensando en
abandonarlo y vender las tierras. Yo, la verdad, no me veo en
ningún otro lugar, pero estoy obligado a obedecer. Ignoro qué
será de esta aldea, aunque, todo hay que decirlo, aquí no
parece que ocurra lo que en otras…
—¿Qué ocurre pues?
—¿No sabes que hace dos años se encontraron brujas en
todos los pueblos del valle?
—¿Brujas?
El viejo pastor apretó con fuerza la cachava e intentó
mostrarse impávido pese al súbito dolor que experimentó en el
muñón y que no había vuelto a sentir desde que Loredi se
había ocupado de él. Mientras oía sin escuchar hablar de unos
hechos que conocía demasiado bien, pasaron por su mente
unas imágenes que le eran imposibles de olvidar: su querida
Auria colgando de un árbol, su hija y su nieta maltratadas, su
pie separado de la pierna… Unas palabras del monje lo
hicieron prestar de nuevo atención. Recordaba que años atrás
allí mismo, en Itzaltzu, había nacido una niña, cristianada muy
a su pesar por el hermano encargado de los bautizos y
entierros. Se trataba de una séptima hija y, sabido era, que las
séptimas siempre resultaban ser brujas.
—¿Y qué fue de ella? –preguntó entre dientes.
—¿De la hechizada? Murió pronto gracias a Dios. No he
vuelto a saber de un caso parecido, y espero que sigamos igual
ahora que vuelve a encenderse la alarma.
—¿Qué alarma?
—Un juez de Pamplona ha llegado a Otsagabia para
investigar nuevos casos de brujería. El padre Jacobo, anterior
párroco de Uztarroze, tuvo que escapar de aquel pueblo
después de que un demonio en forma de hombre lo obligara a
liberar a dos de las condenadas. Ha permanecido entre
nosotros desde entonces, a salvo en sagrado, pero ahora ha
acudido a defender su causa, no vaya a ser que lo inculpen a él
también. Además, conoce a las brujas huidas y podrá
denunciarlas.
Tuvo que hacer un esfuerzo para no salir tan rápido como
se lo permitía su cojera y esperar a que la campana llamara al
Ángelus y el monje desapareciera en el interior del
monasterio. Ya en la casa, la respiración agitada, contó a su
yerno lo que acababa de saber mientras este lo escuchaba sin
decir palabra, el ceño fruncido, las mandíbulas prietas.
—Puede que ese juez no venga a Itzaltzu… –aventuró el
anciano.
—Tenemos que estar seguros. Mañana mismo salgo a
enterarme.
Al día siguiente, tomaba el camino de Otsagabia a lomos
del burro y llamaba a la puerta del lanero. Allí fue informado
de que, en efecto, un juez, acompañado de cincuenta soldados,
se hallaba aposentado en una casona propiedad de uno de los
linajes más ricos de la región. Habían llegado días atrás y
habían comenzado a detener a gente del pueblo y de los
alrededores. Se comentaba que habían hecho lo mismo durante
su recorrido desde Pamplona: Irunberri, Nabaskoze, Uskartze,
Eskarotze… No existía localidad por donde hubieran pasado
en la que no hubieran detenido a varias personas, enviándolas
a la cárcel real para ser juzgadas allí.
—Al menos no los han quemado como la otra vez –opinó
el lanero.
—Pero estamos aterrorizados –intervino su mujer–. Según
le comentó uno de los soldados al dueño del local de bebidas,
piensan permanecer aquí hasta que no quede una sola bruja en
los contornos, y todos los días salen partidas a indagar por los
alrededores. Hoy mismo han preguntado cómo llegar a Eaurta,
y he escuchado a otro mencionar el monasterio de Nuestra
Señora de Muskilda.
Azuzó el burro de vuelta a la aldea y no respiró tranquilo
hasta comprobar que allí no había señales de los soldados. Su
primera idea fue ascender sin más demora a los pastos del Ori,
pero era del todo imposible con dos ancianos, dos
embarazadas y dos niños todavía de teta. No podían dejar a
nadie allí; el maldito cura de Uztarroze se iría de la lengua y
relacionaría a las dos huidas con el abuelo Xuban, los monjes
hablarían del encontronazo con él al ir en busca de una mujer
sospechosa, y los vecinos mencionarían a la curandera que
vivía en su casa. Tenían que marcharse cuanto antes, y decidió
encaminarse hacia las faldas del Goimendi, a unos prados
rodeados de bosques a los que solía ir cuando era un joven
pastor inexperto, más cercanos y sin demasiadas dificultades.
Por suerte su caserío se hallaba en la zona más alta de la aldea
y podrían salir al amanecer sin ser vistos. Explicó a los suyos
la situación en la que se encontraban de la forma más breve
que pudo y los peligros que todos corrían y, al rayar el alba,
ascendieron por una vereda boscosa, los mayores, las mujeres
y los niños en el carro que utilizaba Peru para acarrear los
troncos a la serrería; ellos dos, los perros y el rebaño a pie.
Encontraron un lugar junto a un riachuelo, cercano a una
planicie donde las ovejas podrían pastar a su aire, y de
inmediato se dispusieron a montar un refugio ayudándose de
las sierras y hachas que el leñador había metido en el carro. En
ello estaban cuando aparecieron tres hombres armados cuya
presencia los paralizó, aunque recuperaron el aliento al saber
que eran fugitivos buscados por los soldados del rey
extranjero. Ellos también lo eran, afirmó Balendin sin dar
detalles, y aceptaron acompañarlos hasta una zona intrincada
del bosque donde tenían una guarida segura; podrían serles de
ayuda en caso de que los buscadores de brujas dieran con
ellos.
La necesidad hace extraños compañeros, y aquellos lo
eran. Uno procedía del otro lado de las montañas, y los otros
dos eran baztaneses. Los tres habían luchado en la batalla de
Pamplona, seis años antes, y en la de Hondarribia hacía tan
solo tres a las órdenes de Pedro de Navarra, hijo del mariscal
asesinado tras ser hecho prisionero en Isaba. Habían sido
sitiados durante diez meses hasta que tuvieron que rendirse y,
tras el abandono de la fortaleza por parte de las tropas
francesas, se les dio un plazo de dos meses para entregarse y
jurar fidelidad al rey castellano. Por supuesto no lo habían
hecho, y no eran los únicos que se encontraban en situación
parecida.
—Estamos por toda la zona a ambos lados de las montañas
–afirmó Ienego, el mayor de los tres–, aunque no podría
asegurar cuántos somos. Tenemos un futuro peliagudo, esa es
la verdad, pero tampoco podemos regresar a nuestros hogares
porque nos detendrán en cuanto nos vean. Así que hacemos la
guerra por nuestra cuenta y asaltamos a las patrullas, sobre
todo en el norte, luego nos refugiamos aquí hasta la siguiente
oportunidad.
A Balendin le costó sincerarse, pero finalmente confesó el
motivo por el cual su pequeña familia y él habían tenido que
salir de la aldea a toda prisa: el asesinato de decenas de
personas acusadas de brujería, su suegra entre ellas, la
detención de su mujer y de su hija, las piras ardientes en
Auritz…
—Ahora han vuelto y están deteniendo a hombres y
mujeres de todas las edades, incluso niños. No hemos querido
esperar a que aparezcan por Itzaltzu –concluyó.
Varios días más tarde, él y Ienego decidieron averiguar si
los soldados seguían en Otsagabia y bajaron por senderos
únicamente hollados por los animales del bosque. Se separaron
al llegar al puente que unía ambos márgenes con la idea de
inspeccionar uno cada uno y quedaron para encontrarse en el
mismo lugar pasado el mediodía. Al anochecer el baztanés
regresó al refugio, solo. Había esperado a Balendin a la hora
prevista, pero cruzó el puente al no haber rastro de él y
preguntó por la vivienda del lanero, adonde había dicho que
iría, pues era persona de su confianza. Una vecina lo informó
de que el comerciante, su mujer y otro hombre habían sido
detenidos por los guardias. Todavía esperó durante largo rato
sin perder de vista la casona donde se suponía estaban presos
y, finalmente, decidió regresar pues tampoco había mucho que
pudiera hacer allí. Sus compañeros y él volverían al día
siguiente y lo rescatarían, prometió a las asustadas mujeres.
Aquella noche, todos menos los niños tardaron en conciliar el
sueño; los hombres enfrascados en deliberaciones acerca de la
mejor manera de organizarse, las mujeres dándose ánimos.
Loredi fue la única que no habló; escuchaba a unos y a otras,
pero no abrió la boca. Al despertar descubrieron que no estaba.
La llamaron, la buscaron sin encontrarla y quisieron pensar
que había ido en busca de plantas. Basa tampoco aparecía por
ninguna parte.
Con el perro pegado a sus piernas, la joven se hallaba en
Otsagabia a primera hora de la mañana. Recorrió el pueblo de
punta a cabo y, finalmente, llamó a la puerta del lanero por si
Ienego se hubiera equivocado, o por si los soldados hubieran
soltado a sus dueños y a su padre. No hubo respuesta. Quizás
porque no la conocía, la vio frágil, algo en su apariencia
llamaba la atención, o simplemente porque era curioso, el
vecino de la puerta de al lado le preguntó de dónde venía y a
quién buscaba. Al no recibir respuesta, supuso que era una
forastera que se había extraviado y la invitó a entrar haciendo
gala de la hospitalidad del lugar. Dentro encontró a una
anciana sentada junto a una chimenea que ocupaba la mitad
del espacio, y en la que en una marmita se cocía un caldo cuyo
aroma impregnaba cada rincón de la cocina. No hizo falta que
hablaran, les bastó con la mirada; le indicó un escabel a su
lado, y ella se sentó sin dejar de mirarle mientras el can se
tumbaba a sus pies, y el hombre salía a un encargo. A su
invitación, alargó el brazo para servirse un cuenco de caldo y,
en el gesto, asomó por la abertura de la camisa el amuleto que
su maestra le había colgado al cuello.
—¡Milia.
—Sí. Milia.
—¿Conociste a mi hermana? –preguntó la anciana con voz
temblorosa.
El hijo de la mujer las encontró hablando animadamente,
las manos entrelazadas, y sonrió satisfecho; su madre hacía
tiempo que apenas emitía una frase seguida, e invitó a la joven
a permanecer con ellos el tiempo que necesitara.
—Busco a mi padre –dijo ella–. Vino ayer a hablar con el
lanero y no ha vuelto.
El hombre frunció el ceño.
—¿No será un brujo?
—Es pastor.
—¿Cómo se llama?
—Balendin…
—Voy a preguntar.
Nada más salir, la anciana apretó con fuerza su mano.
—Mi hijo es un buen hombre, pero no le digas que
conociste a Milia y oculta el amuleto.
—¿Por qué?
—Era un niño cuando aquello y tuvo que aguantar, todos
tuvimos que aguantar, la maledicencia de algunos que la
acusaron de ser una bruja y a poco la ahorcan. Él sufrió mucho
y tampoco ha conseguido emparejarse. Ninguna familia lo
quiere como marido para sus hijas. Va a la iglesia todos los
días y ayuda a misa para demostrar que es un buen cristiano, y
lo es, a su manera. Podría denunciarte si se entera de que mi
hermana ha sido tu maestra. El cura dice que es deber de todo
católico delatar a los brujos, y un grave pecado no hacerlo. Y
él se lo cree. Yo también creí que Milia era una hechicera, no
la ayudé, y me he arrepentido desde entonces.
La anciana suspiró y se enjugó una lágrima.
El hombre regresó al poco y le comunicó que un tal
Balendin estaba, en efecto, preso en la casa grande, junto a
unos cuantos más, todos acusados de brujería. Había un testigo
que lo había reconocido y que había declarado en su contra. La
caridad lo obligaba, y no la denunciaría por ser hija de un
detenido, pero tenía que marcharse de inmediato. Todo aquel
que diera cobijo a un sospechoso o pariente de sospechosos
estaba abocado a ser también acusado, y su presencia los ponía
en peligro a su querida madre y a él. Loredi no dijo nada; besó
a la anciana en ambas mejillas y salió dispuesta a encontrar a
su padre. Contempló a un grupo de soldados delante de una
casona que sobresalía entre otras de menor tamaño; aquel
debía ser el lugar donde lo tenían encerrado. Por un instante
pensó en acercarse y pedirles que lo soltaran, que era un
hombre bueno, amante de su familia y que nunca había hecho
nada malo, pero se contuvo al descubrir el miedo en los ojos
de las pocas personas que transitaban por los alrededores del
edificio. Alguien habría que pudiera informarla, y ella y Basa
continuaron calle adelante hacia la iglesia. Le llamó la
atención la actividad que observó en la misma, gentes
barriendo los portales, sacudiendo lienzos o colocando ramos
en las puertas, y recordó que era la víspera del señor San Juan.
Se encenderían hogueras para alentar al sol a seguir brillando,
hombres y mujeres se bañarían en las pozas y en los ríos, los
ancianos meterían los pies en las fuentes, los jóvenes se
revolcarían desnudos en la hierba, y las muchachas cortarían
sus cabellos. Ella recogería plantas bañadas en el rocío de la
mañana; Milia afirmaba que eran especiales.
El sol iniciaba su ocaso, y la luna llena brillaba en lo alto.
—A veces –solía decir la abuela Auria–, Amari permite
que sus hijas se vean, aunque sea de lejos. Otras, deja que se
abracen. Cuando eso ocurre, la luna oculta a la madre sol, y los
seres humanos se estremecen, pues confunden el amor de la
Diosa con los peores presagios.
Estaba pensando en buscar un sitio donde cobijarse para
pasar la noche cuando vio a un grupo de personas que se
dirigían hacia el río. Se mezcló entre ellas en la creencia de
que iban a celebrar la noche más corta del año y le costó
descubrir la causa del profundo silencio que de pronto se
adueñó del aire, muy diferente a lo que debería ser un festejo.
Logró colocarse en la primera fila y notó las piernas flojas: en
la mitad del puente había colocado un poste rodeado de leños.
Una voz interior la aconsejaba abandonar el lugar
rápidamente, pero, al igual que la mosca atrapada en una tela
de araña, no pudo moverse y contempló fascinada la procesión
de soldados, algunos con antorchas encendidas en las manos,
que desfilaba ante sus ojos; escoltaban a un hombre medio
desnudo que apenas podía andar, los pies descalzos sujetos con
cadenas, y al que ataron en el poste. El reo miró a la gente que
esperaba su suplicio; su mirada se detuvo en ella y ya no la
apartó. Solo entonces Loredi se dio cuenta de que la víctima
de aquella atrocidad era su padre.
No escuchó la lectura de la condena, ni oyó el clamor
horrorizado de los espectadores cuando los soldados lanzaron
las antorchas a la pira, y la leña prendió fuego. Tampoco cerró
los ojos, los mantuvo fijos en los del hombre que la había
engendrado y protegido desde el momento de su nacimiento;
volvió con él a los pastos y juntos ascendieron a la cumbre del
monte sagrado.
—Te amo, mi querida hija –leyó en sus labios antes de
desaparecer envuelto por las llamas.
—Y yo te amo a ti, mi querido padre –susurró–. Siempre te
amaré.
A su alrededor escuchó los murmullos de las gentes,
algunas, aturdidas una vez más por la terrible demostración de
crueldad de unas mentes perversas; otras, agradecidas al verse
libres de un brujo culpable de los peores crímenes; todas,
atónitas porque el condenado en ningún momento hubiera
gritado de dolor. Descubrió al causante de su angustia no lejos
de donde ella estaba; se hallaba rodeado de soldados y de
hombres trajeados y, al igual que en Auritz, alzó un índice
acusador, y su voz se escuchó con claridad.
—¡Yo te maldigo, asesino de inocentes! ¡Y que tu espíritu
jamás encuentre reposo, ni en esta vida ni en la otra!
E
l estupor de Bernabé fue inenarrable, permaneció
mudo, incapaz de decir nada al ver a un tiro de
piedra a la hechicera que lo perseguía
acompañada del Diablo en forma de perro de ojos
llameantes. Su primera reacción fue escudarse tras
Gracian por si le lanzaba otro dardo mortal; la segunda fue dar
la orden de atraparla. A pesar del empeño puesto en
encontrarla, los registros, los interrogatorios, no pudieron dar
con ella, y aquella noche no pegó ojo. Se había apresurado a
regresar a la casona tras ordenar que le tradujeran lo dicho por
la bruja en su diabólica lengua y no dejó de temblar al saberse
maldecido delante de todo un pueblo. Llamó entonces al padre
Jacobo, y juntos rezaron el rosario y repitieron las letanías dos
veces a fin de conjurar la amenaza; pasaron el resto de la
noche hablando.
El cura se había presentado ante él unas semanas atrás. No
lo reconoció en un principio, pero él se encargó de recordarle
que era quien, en contra de su voluntad, había ayudado a dos
mujeres a huir de Uztarroze. A punto estuvo de hacerlo
detener y acusarlo de contubernio con la secta de los brujos,
pero el sacerdote adujo haber sido obligado por el propio
Diablo en forma de hombre y le contó cómo había llegado al
monasterio de El Salvador y San Miguel siguiendo las huellas
de los fugitivos. Allí había permanecido durante todo aquel
tiempo, penando por no haber sabido defender con la vida la
única y verdadera fe, hasta que supo de su presencia en
Otsagabia. Podía serle de gran ayuda, añadió, pues no
solamente hablaba la lengua del lugar, también conocía el
rostro del demonio y de las dos fugitivas, quizás pudiera
descubrirlos entre los detenidos. Le pareció buena idea,
aunque no se fiaba e hizo desfilar una por una a todas las
personas ya apresadas. No reconoció a ninguna hasta el día
anterior, cuando sus hombres llevaron a su presencia a tres
sospechosos más, un lanero, su mujer y otro. Los dos primeros
habían sido denunciados por su vecino, quien aseguró que
nunca iban a misa y que los había escuchado blasfemar más de
una vez; el tercero era un pastor con quien ambos
comerciaban. El clérigo observaba los interrogatorios desde un
rincón poco iluminado donde no podía ser apercibido por los
encausados. Lo oyó carraspear y removerse inquieto, así que
mandó encerrar a los dos hombres y a la mujer, echó a todos
los presentes de la habitación y se quedó a solas con él. Con el
miedo en el cuerpo, balbuceando a veces, declaró que aquel
era el mismo que lo había atacado en su propia parroquia,
amenazándolo con despellejarlo y sacarle los ojos si no lo
ayudaba a liberar a las dos brujas. Lo juraba sobre la Biblia, en
el nombre de Dios Todopoderoso, la Virgen y todos los Santos.
Interrogó al tal Balendin durante una jornada entera, noche
incluida. Lo sometió a la garrucha colgándolo, las manos
atadas a la espalda, de la cuerda que pasaba por una polea,
ordenando que lo izaran y lo dejaran caer varias veces hasta
descoyuntarle los brazos; también mandó que lo ataran a una
escala y echaran ocho cántaros de agua en su gaznate, de
forma que sintiera que se ahogaba, pero no habló, no dijo una
palabra, lo cual confirmó lo que ya sospechaba: que era un
íncubo de Satanás que, valiéndose de su aspecto masculino,
seducía a las mujeres y las sometía a su obediencia. No se
entendía de otra manera que el detenido pudiera soportar el
tormento. Desde el comienzo de su misión, había firmado la
orden de ejecución de varios inculpados, aunque había enviado
a la mayoría a Pamplona siguiendo las órdenes del Real
Consejo y las recomendaciones del inquisidor de Calahorra.
Sin embargo, este era un caso muy especial: se trataba de
un verdadero ser diabólico, un hombre abducido por Satanás y
transformado en demonio. En su primer encuentro observó en
él un gesto de sorpresa, como si ya se hubieran visto en alguna
otra ocasión, luego apenas le miró y, cuando lo hacía, leía el
desprecio en sus ojos, lo cual viniendo de un idólatra
encadenado no dejaba de tener gracia. Había caído en sus
manos gracias a Dios, era preciso por tanto dar un escarmiento
ejemplar, demostrar a todos aquellos patanes de los valles que
los demonios también podían ser apresados y ejecutados.
Ordenó al secretario leer antes del ajusticiamiento una larga
lista de los delitos que se le atri buían, aunque ninguno de ellos
hubiera sido probado; bastaba la declaración de un hombre
consagrado cuyo testimonio, ahora estaba seguro, no ofrecía
duda alguna, si bien en ningún momento se dijo su nombre ni
su lugar de procedencia para no alertar a los posibles
cómplices.
—¿Adónde decís que os llevaron las huellas de las
fugitivas? –preguntó cuando las primeras luces del día se
colaban por la ventana.
—Al monasterio de El Salvador y de San Miguel
Arcángel, que guarda unas reliquias de los mismos, y es lugar
venerado por los lugareños.
—¿Y dónde se encuentra dicho monasterio.
—En Itzaltzu, a menos de seis millas de aquí. Se trata de
una pequeña aldea propiedad de los monjes.
—¿Estáis seguros de que las dos mujeres están allí?
—Lo ignoro. Ya os he dicho que no salí del monasterio
hasta vuestra llegada.
Lo averiguaría. Casi amanecía cuando despidió al padre
Jacobo y pidió una cerveza en la que vertió una buena cantidad
de beleño. No le añadió ninguna de las otras hierbas que
llevaba en un saquito pues no quería experimentar de nuevo
una excitación pecaminosa; debía conservar todos sus
discernimientos y, sobre todo, no cometer pecado de lujuria y
perder el amparo divino. Ya tendría tiempo de utilizarlas
cuando todo aquello hubiera pasado. Se presentó en Itzaltzu
tres días después, escoltado por diez soldados y acompañado
por Gracian y el traductor, dispuesto a comprobar cuánto había
de cierto en las aseveraciones del clérigo.
Los monjes se vieron sorprendidos por la llegada del juez,
pero rápidamente pusieron el refectorio a su disposición a fin
de que pudiera llevar a cabo los interrogatorios. Todos los
habitantes de la aldea fueron obligados a acudir, y a todos se
les hicieron las mismas preguntas: si conocían a un hombre
llamado Balendin, dónde vivía, quiénes eran sus parientes, si
acudía a la iglesia, si habían constatado en él un
comportamiento extraño. Las respuestas no podían ser más
satisfactorias. Aparentemente, nadie estaba al corriente de lo
ocurrido a su vecino; de hecho, todos lo suponían en los
prados altos con sus ovejas, pues no se le había visto desde
comienzos de la primavera. Envió al caserío a Gracian y a
cinco de los soldados con la orden de forzar la puerta en caso
de que hubiera alguien dentro y no les abrieran y de traer a su
presencia a cualquiera que hallaran dentro, pequeño o grande,
además de los objetos que pudieran resultar sospechosos. A la
espera, decidió interrogar a fondo a las dos personas más
cercanas al íncubo que había ardido en la hoguera: su madre y
una de sus hijas; había otras hijas, pero no vivían en la aldea.
La más joven se deshizo en lágrimas, llevaba tiempo sin ver a
su padre, su relación nunca había sido buena, afirmó.
Gimoteaba sin parar, moqueaba, tartamudeaba, y no había
manera de sacar nada en limpio, así que se centró en la otra, en
la madre, una anciana que aún conservaba restos de una
belleza ahora marchita. Se preguntó si ella sería también bruja,
aunque el abad le aseguró en un aparte que se trataba de una
mujer muy piadosa, que todos los días acudía a misa y
comulgaba.
Bernabé pronto quedó convencido de que la mujer
ignoraba la naturaleza demoniaca de su hijo; en ningún
momento bajó los ojos y respondió con entereza a todas sus
preguntas, además le aportó cierta información que resultaría
importante a la hora de redactar para el Consejo el informe
obligado en los casos de ajusticiamiento. El tal Balendin había
tenido siete hijas con su mujer ya fallecida, llevándose al
monte a la última nacida de la cual no había vuelto a saberse
desde entonces, y se había amancebado con otra a la que la
interrogada solo había visto en una ocasión, en avanzado
estado de embarazo, iba ya para dos inviernos. La anciana
tampoco había visto a la curandera de la cual habían hablado
algunos de los vecinos, no había necesitado sus servicios
gracias a San Miguel, aseguró. Estuvo a punto de decirle que
su hijo acababa de ser ejecutado para comprobar que, en
efecto, ig noraba que fuera brujo, pero la llegada de Gracian
interrumpió el interrogatorio, y la dejó marchar advirtiéndola
de que la llamaría de nuevo. Sus hombres no habían
encontrado a nadie en el caserío ni por los alrededores,
tampoco nada extraño, excepto unos cestillos con hierbas, un
almirez y varios tarros de ungüentos verdosos. No había duda
de que eran útiles de brujería, y decidió pernoctar en el
monasterio en lugar de volver a Otsagabia como tenía
pensado, a fin de interrogar de nuevo a quienes se habían
servido de los remedios de la hechicera.
Después de cenar, salió a dar una vuelta en el silencio
apenas roto por los trinos de los pájaros que anidaban en los
árboles del huerto. Estaba cansado tras la terrible noche
anterior, pero necesitaba respirar un poco de aire fresco,
calmar la tensión que lo embargaba. Torció el gesto al
descubrir que no estaba solo; un viejo monje se hallaba
sentado en un banco de piedra, bajo un manzano en flor; pensó
en darse media vuelta y volver a entrar, pero no lo hizo y se
sentó a su lado.
—¿Lleváis mucho en este lugar? –preguntó por preguntar.
—Toda la vida, desde que era un muete y mis padres me
dejaron aquí. Huían del hambre y creyeron que así estaría a
salvo. No he vuelto a saber de ellos. No me quejo, he sido feliz
en este lugar.
—Entonces conoceréis bien a sus habitantes…
—Cierto. A cuatro o cinco generaciones seguidas.
—¿Y a Balendin el pastor.
—También. No es hombre fácil, pero tampoco su vida lo
ha sido.
No hizo falta que le preguntara a qué se refería; el monje
tenía la palabra fácil y ganas de hablar. El demonio a quien
había enviado a la hoguera era hijo de quien llamaban eme
ederra, “la hembra hermosa”, tradujo, aunque hacía ya mucho
que nadie la llamaba así. Ella era de Otsagabia, y el niño nació
fuera del santo matrimonio, como muchos otros, pero sus
padres no legitimaron la unión tras su nacimiento, como era
asimismo costumbre. La mujer no quiso a otro hombre que le
propuso su familia; estaba segura de que el padre de su hijo se
avendría a razones y se casaría con ella, pero los años
transcurrieron y no hubo enlace. Al final se unió a un pobre
perturbado que poseía algo de fortuna a fin de tener medios
para educar al pequeño. Se habían trasladado a Itzaltzu, tal vez
por no aguantar las habladurías. Era preciso admitir, no
obstante, que siempre se había portado muy bien con el
desdichado y que lo cuidó hasta su muerte. También se ocupó
de las hijas de su hijo, seis en total, que quedaron huérfanas al
nacer la séptima, fallecida al cabo de pocos meses, según se
dijo.
—¿Y se supo quién era el padre del pastor? –inquirió
procurando no mostrar su zozobra.
—No. Al menos yo no lo supe, tampoco tenía interés en
saberlo. Nunca me he entrometido en vidas ajenas, pero tengo
oídos y escucho. Ella enmendó su pecado cuidando del marido
loco y de las seis nietas. Nunca olvida la limosna para los
pobres. Es una buena mujer, cristiana y caritativa.
Era ya muy tarde cuando Bernabé se acostó en el único
camastro de la reducida celda en la que se alojaba; temblaba
pese a no hacer frío y no podía conciliar el sueño. Antes había
encendido la vela y leído los nombres de las personas
interrogadas, nombres a los que no había prestado atención.
Tuvo la impresión de que el último de la lista sobresalía por
encima de los demás y de que sus letras estaban escritas con
fuego: Alodia.
Lego estas monedas de oro a mi primer hijo, Balendin,
habido con Alodia de Otsagabia, “eme ederra”, a quien
abandoné a su suerte, y pido perdón a Dios por no haberme
comportado como un hombre decente.
El mensaje encontrado en el fondo de la arqueta, y que él
había quemado tras aprendérselo de memoria, se le aparecía
una y otra vez como si lo tuviera delante de los ojos. Al día
siguiente, antes de que las nieblas se disiparan, él y Gracian
galoparon sin freno hasta Pamplona después de haber
ordenado a sus hombres que se reunieran con el resto en
Otsagabia y llevaran a los detenidos a la ciudad.
Intentó tranquilizarse, una vez en su dormitorio, pero no lo
consiguió. Tenía curiosidad por conocer a su medio hermano,
simple curiosidad nada más. A fin de cuentas, ambos llevaban
la misma sangre; quería saber si se parecían, si tenían algún
rasgo en común y, de paso, regodearse pensando que el oro del
viejo no había ido a parar a su bastardo. Y lo había conocido,
pero no como él esperaba. El hombre a quien había torturado y
ejecutado era más bajo que él y más musculoso; no recordaba
el rostro con nitidez, aunque sí su mirada de desprecio, igual a
la del padre desabrido que lo había menospreciado durante
toda su vida. Era un brujo, un súcubo, idólatra, blasfemo, que
merecía morir, y él era un juez justo que habría actuado de
idéntica forma aun conociendo su identidad. Las manzanas del
árbol eran semejantes, sin embargo, una podrida infectaba a
las demás del cesto; él se había limitado a eliminar el fruto
putrefacto del suyo.
Tenía el estómago vacío, notó una punzada dolorosa, como
si de nuevo se le clavara un virote en el esternón, y pidió a
Otsanda un cuenco de agua caliente en el que echó un puñado
de hierbas, aunque esta vez añadió un trozo de mandrágora y
antes comió un par de bayas de belladona. Enseguida comenzó
a experimentar el efecto y aspiró profundamente a la espera de
que, al igual que en otras ocasiones, la droga lo sumiera en el
sueño, pero no fue así. La cabeza le daba vueltas, notaba un
sudor frío, le temblaban las piernas, y le costó un gran
esfuerzo llegarse hasta el lecho y dejarse caer en él. Se vio
rodeado de llamas, aullidos, mujeres de rostros horripilantes,
espectros que estiraban sus miembros hasta descoyuntarlos,
sombras que se introducían en su boca… y escuchó una voz
que le trepanó el cerebro, la misma escuchada por Caín el
fratricida: ¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano
clama a mí desde el suelo. Un grito aterrorizado brotó de su
garganta, y perdió el sentido. Al despertar, Gracian, Otsanda y
el médico lo contemplaban preocupados.
—¿Qué ha ocurrido? –logró preguntar.
—Habéis sufrido un síncope –respondió el galeno–, pero
ya estáis mejor. Procurad descansad y no abuséis de las
hierbas…
Señaló al cuenco y a los saquitos abiertos encima de la
mesa y abandonó la habitación.
Bernabé todavía tardó un rato en levantarse de la cama y,
cuando lo hizo, pidió a Gracian que le preparara la tinaja de
los baños, pero, esta vez, se enjabonó él solo, restregándose
con furia hasta enrojecer la piel para castigarse por su
debilidad. Ya vestido, cogió los sacos de hierbas y él mismo
los vació en la cubeta de las basuras. En ello estaba cuando un
mensajero apareció con la noticia de que el licenciado Balanza
había fallecido el día anterior; los funerales se celebrarían en
la propia catedral al tratarse de un consejero real, y era
requerida su presencia. Acudió a pesar de la debilidad que
todavía sentía en las piernas y se sentó en uno de los bancos
previstos para los funcionarios de mayor rango, en una esquina
de la tercera fila. Desde allí podía observar a los principales
del Reino, en especial a aquellos que esperaban ocupar el
puesto del difunto que, estaba claro, sería para su hijo. Todos
ellos eran personajes de alcurnia, de linajes de larga tradición,
ricos, y él no era nadie, únicamente uno más entre la legión de
jueces, oficiales, suboficiales, ayudantes y otros que jamás
lograrían ascender en la escala social. Mientras escuchaba las
preces y los cantos que se elevaban hacia la techumbre del
templo, decidió acabar la carrera eclesiástica que había dejado
a medias; sería sacerdote y solicitaría ser admitido en el
Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición. Era teó-logo y
jurista, extirparía la herejía diabólica en Navarra, y ningún otro
como él podría mostrar credenciales similares. Aquellos
personajes que se creían poderosos no lo eran tanto; los
inquisidores se hallaban por encima de todos ellos, vigilaban,
velaban sin descanso por la ortodoxia y solo rendían cuentas a
Dios. Pero antes debía acabar lo que tenía pendiente.
Al día siguiente, se presentó en la sede del Consejo Real
donde dio cuenta de las pesquisas realizadas durante cerca de
dos meses, entregó la relación de las personas presas que se
encontraban ya confinadas en la cárcel de la ciudad, sus
declaraciones, las acusaciones que pesaban sobre ellas, y pidió
permiso para salir de nuevo, pues la misión no había
finalizado. Los consejeros lo felicitaron, si bien le
recomendaron no extralimitarse en sus funciones; no hacía
falta detener a tanta gente, afirmaron, pues resultaba muy
costoso mantenerla, y había asuntos más graves que dilucidar
si aquellas personas, en especial mujeres, volaban en escobas.
Notó un deje sarcástico en la voz del oidor que hizo el
comentario, pero no dijo nada, aunque reclamó el pago de los
dineros adelantados para los sueldos y manutención de los
hombres que lo acompañaban.
—Todo a su debido tiempo –respondió el mismo
consejero–. Pasad el cargo cuando finalicéis vuestra
encomienda y no olvidéis que nos interesan más los rebeldes
que las mujerucas que creen en el Diablo.
No insistió, no merecía la pena, y tenía prisa por volver al
valle de Salazar; cuanto antes acabara, antes podría marcharse
a Salamanca. Siempre escoltado por Gracian, pasó por la casa
del cambista y pidió una cantidad considerable de ducados a
cuenta de su depósito. El señor Ferrando alzó las cejas, pero le
entregó lo solicitado sin decir una palabra haciéndole firmar el
consiguiente recibo.
—Por cierto, señor Avellaneda, ¿recordáis que en vuestra
anterior visita comentamos algo sobre el difunto Urruztia.
Estaba a punto de salir de la habitación, pero se detuvo y
se giró.
—No tiene mayor importancia –prosiguió el otro–, pero
aquella noche, la de las confidencias gracias al vino, me hizo
una curiosa confesión, aseguró que estaba circuncidado.
—¿Qué estaba qué? –preguntó atónito.
—Circuncidado.
¿A qué venía aquello? ¿Acaso lo estaba llamando
“marrano”? Aunque en ningún momento hubiera él
mencionado su parentesco con el notario, tuvo la impresión de
que el cambista sabía que era su hijo y que le estaba diciendo
que ambos eran descendientes de judíos. Salió sin despedirse,
entregó la bolsa de los dineros a Gracian y, seguido al trote por
este, echó a andar a toda prisa sin dejar de pensar en las
palabras de Ferrando. Recordó no haber encontrado una sola
mención acerca de sus abuelos paternos entre los papeles del
padre. ¿Y si era cierto? ¿Y si el maldito viejo era un converso?
Treinta años atrás, los reyes de Castilla y Aragón habían
presionado a Juan de Albret a fin de que expulsara a los judíos
de Navarra. Su padre tendría entonces unos cincuenta, y él
había ya nacido, por lo tanto su conversión, si era tal, debía
haber tenido lugar antes de matrimoniar con su madre; los
Gurtibar de Otxagi no habrían permitido la unión de una mujer
de su linaje con un hijo de judíos. Era necesario averiguar la
verdad, pues los planes para entrar en la Suprema se irían al
traste de saberse su origen. Cierto que Torquemada era
descendiente de conversos, al igual que otros importantes
inquisidores, pero las cosas se estaban poniendo difíciles para
los cristianos nuevos y, además, ¡maldita fuera!, él era un
católico sin mácula. Por si acaso, llamó a Otsanda nada más
entrar en la casa; ella había lavado el cadáver de su señor y
tenía que saber si estaba o no circuncidado. Amedrentada por
su tono, apurada al tratarse de las partes vergonzosas del
difunto, la mujer tardó en responder, y él palideció: don Juan
de Urruztia, era en efecto un circunciso.
Unas jornadas más tarde, se hallaba de nuevo en la casona
de Otsagabia. Lo primero que hizo fue ordenar la detención de
Ianiz Gurtibar de Otxagi, sus hermanos y sus yernos,
acusándolos de rebelión. No intercambió palabra alguna con
su tío y mandó asimismo registrar el caserío de arriba abajo
por si pudieran encontrarse pruebas de su apoyo al bando
agramontés. Por supuesto que las había: armas, un pendón y
algunas misivas del mariscal Pedro de Navarra. No había
ninguna duda de que eran conspiradores, así que incautó sus
bienes en nombre del rey y luego los envió encadenados a
Pamplona para que fueran juzgados allí; no tenía intención
alguna de mezclarse en asuntos de la política, le bastaba con
obtener lo suficiente para pagar a los hombres y cobrar su
parte. No le costó averiguar quién era el hombre que había
querido comprar los terrenos de su madre, un rico salacenco
con ínfulas y fortuna suficiente para ser hacendado, y llegó
enseguida a un acuerdo con él; le dio cuatro días de plazo para
disponer el contrato de compra–venta de la propiedad y
entregar la suma correspondiente, o no habría acuerdo. La
mujer de su tío, hijas y demás parientes se habían refugiado en
casa de un familiar, y él pudo inspeccionar con tranquilidad el
hogar que había sido de sus abuelos maternos. No le interesaba
nada en especial, pero encontró dos piezas que llamaron su
atención: un reloj de sobremesa de madera con el mecanismo
en perfecto estado y una bonita caja con herrajes. Ambos
objetos eran ahora suyos como todo lo demás, así que ordenó
se los llevaran a la casona, dio una vuelta y se despidió del
lugar en el que había nacido su madre y al que no pensaba
volver. A continuación, se centró en el asunto que
verdaderamente lo interesaba: la búsqueda de los miembros de
la secta de los hechiceros, en especial las mujeres.
E
n medio de la confusión provocada por sus
palabras, Loredi se vio arrastrada por unas manos
que la asían con fuerza y la llevaban en volandas a
través de las callejas del pueblo. No reconoció a
sus captores hasta que se detuvieron a coger aire
en un bosquecillo. A la luz de la luna llena apercibió los
rostros preocupados de Ienego y sus dos compañeros y no
pudo aguantar más, gritó de dolor y lloró por la muerte del
padre, el guía de sus primeros pasos, su protector, su amigo.
Su llanto desconsolado se escuchó en el silencio, y una
manada de ciervos jóvenes corrió asustada levantando la tierra
con las pezuñas.
Una vez en el refugio, las personas que tanto querían a
Balendin compartieron su desconsuelo y lo velaron en espíritu
alrededor de la hoguera; lanzaron al fuego ropas, abarcas,
makilas, lo poco que él había llevado consigo, todo, excepto la
ballesta que Xuban insistió en conservar. Las mujeres también
improvisaron endechas en su honor. Con la voz rota por la
emoción, Joana le dedicó unas estrofas de amor mientras
acunaba a su recién nacido. Ortixa evocó los felices tiempos
ya lejanos, cuando todavía vivía la madre y estaban todos
juntos. La anciana Soara únicamente fue capaz de recitar una
plegaria por el alma del hombre que la había cobijado en su
hogar; estaba segura de que había sido su sobrino Jacobo
quien lo había delatado y, de alguna manera, se sentía
cómplice de su muerte. Cuando ya no parecía que nadie más
diría algo, Loredi entonó una antigua canción que él le había
enseñado y que hablaba del dolor de una hija al ver muerto a
su querido padre: “Ai! Hau mindura beltza, alabak negarra
eta aitak lur hotza. Ai, nire aita maite, aita maitia”.Después se
levantó y asió una brasa de la hoguera que mantuvo durante
unos instantes con el puño cerrado antes de soltarla.
—Yo vengaré tu muerte, padre –juró.
Y todos supieron que cumpliría su juramento.
Aprovechando que eran unos desconocidos, cada pocos
días, uno u otro, los tres hombres se alternaban para acercarse
a Otsagabia, comprobar que los asesinos continuaban en la
población y, de paso, averiguar sus planes. Su jefe estaba de
vuelta tras unas semanas de ausencia, se había incautado de las
propiedades de algunos de los detenidos enviados a Pamplona
y amenazaba con la hoguera a cuatro mujeres y a otro hombre.
La población estaba aterrorizada, muchos de los habitantes se
habían refugiado en la iglesia y otros habían partido hacia los
valles vecinos; los había incluso que habían preferido cruzar
las montañas y buscar asilo en el otro lado. Haciéndose pasar
por un viajero procedente de Baztan que se dirigía a Zangoza,
algo que no le resultó difícil pues su acento lo delataba, Ienego
hizo amistad con el dueño del local de bebidas, el más
informado de todos los habitantes de la localidad. Gracias a él
supo que las noticias eran confusas. Algunos aseguraban que
el rey castellano había renunciado a la Baja Navarra dado lo
arduo del cometido ya que, ayudados por los franceses, los
naturales partidarios de Enrique no cesaban en sus ataques a
guarniciones y patrullas. Otros, sin embargo, afirmaban que
todo era cuestión de tiempo y que, antes o después, aquel
territorio sería pacificado, al igual que lo había sido el sur de
los Pirineos. Fuera como fuese, el hombre estaba convencido
de que el juez llegado desde Pamplona solo buscaba brujos,
aunque, curiosamente, tanto los detenidos enviados a las
cárceles de la ciudad como los ejecutados allí mismo
pertenecían todos a familias agramontesas.
—De esta manera, mata dos pájaros de un tiro, acaba con
los rebeldes y los malignos al mismo tiempo. Hace dos años
vino otro juez que hizo una escabechina pero, por lo que se ve,
todavía quedan montones de brujos por atrapar, mujeres sobre
todo, que son las más dañinas. Aunque hace un par de semanas
atraparon a un demonio, amigo del lanero y de su parienta. A
estos se los llevaron a Pamplona. Al brujo lo asaron como se
merecía.
El baztanés lo escuchó aguantándose las ganas de soltarle
un puñetazo en plena cara, e hizo bien porque el hombre se
desahogó a gusto. Apenas tenía clientes desde que habían
llegado los soldados pues nadie quería correr el riesgo de verse
detenido. Él no estaba a favor, en contra tampoco, pero la
presencia de hombres armados en su local perjudicaba el
negocio.
—Me ha dicho uno de ellos que hoy, al atardecer, subirán
al Muskilda y que en un par de días partirán hacia Aezkoa, así
que espero que todo vuelva pronto a la normalidad.
Se trataba de una información valiosa. El robledal de
Muskilda era lugar de veneración para los antiguos, un bosque
sagrado. Tan sagrado que se había erigido allí una ermita
dedicada a la Virgen María a fin de neutralizar el poder de las
deidades paganas. No obstante, y pese a la devoción que
suscitaba la pequeña imagen encontrada en el tronco de un
roble por un boyero que había perdido a su toro, y a la que
todos los años se festejaba con una romería, continuaba siendo
un lugar de reuniones de los seguidores de creencias
ancestrales, y de los brujos, o al menos era eso lo que se
aseguraba. No le cupo duda a Ienego de que pensaban atrapar
a unos cuantos idólatras invocadores del demonio, algo a todas
luces improbable puesto que él conocía bien la zona y nunca
había observado nada singular, pero estaba bien saberlo; sus
compañeros y él estarían allí, esperando a los malnacidos
siervos del rey extranjero, asesinos de hombres, mujeres y
niños.
A media tarde, se hallaban escondidos en los alrededores
de la ermita, subidos a sendos robles y ocultos tras las ramas,
las ballestas dispuestas. Vieron llegar al juez y a sus hombres
por el camino del pueblo, unos treinta en total, y esperaron
para empezar a disparar a que estuvieran todos en la pequeña
explanada donde se alzaba el pequeño templo. Los virotes
silbaron y fueron a clavarse con puntería en tres de los
soldados, instantes después una nueva hornada acertaba en
otros tres. Recuperados de la sorpresa, los atacados entraron en
tromba en la ermita, y los atacantes esperaron durante largo
rato a que volvieran a salir, pero no lo hicieron, por lo que
descendieron de los árboles y desaparecieron del lugar a toda
velocidad. Más tarde, ya en el refugio, celebraron el éxito de la
empresa: habían vengado a Balendin, pero era conveniente
marcharse de allí; los soldados pedirían ayuda y batirían el
bosque, así que, aconsejados por Xuban y Peru, decidieron
bajar de nuevo a Itzaltzu.
Encontraron el caserío patas arriba, la puerta reventada, los
pocos muebles destripados, las ropas de los arcones por los
suelos, cuencos y platos de barro hechos cachos, las gallinas
desaparecidas. No podían sin embargo dejarse embargar por el
desánimo, les iba la vida en ello, y pusieron un poco de orden
al tiempo que asaban las chuletas de cordero previstas para la
cena aquella anoche en el bosque. Después se fueron a dormir,
aunque uno de los hombres permaneció de guardia.
No había amanecido cuando Peru fue en busca de Loredi;
Ortixa estaba de parto, le susurró al oído para no despertar a la
anciana Soara, quien compartía su lecho; los acontecimientos
de las últimas semanas habían acelerado la llegada de la
criatura. Poco después, a la luz de las velas y con la ayuda de
Joana, la joven ayudaba a nacer a una niña. Era la segunda vez
que se ejercitaba de comadrona, pero pareciera que ya fuera
una experta; cortó el cordón umbilical, limpió la madre de la
parturienta, aplicó sobre el vientre un ungüento de romero y
ruda que los atracadores no se habían llevado y la enfajó
prietamente a fin de que los órganos internos volvieran a su
lugar. A continuación le dio a beber un cuenco de leche
caliente con cebollas crudas para prevenir la infección.
—¿Cómo la vais a llamar? –preguntó a su hermana una
vez estuvo el cuarto ordenado y retirados los lienzos
ensangrentados.
—Elige tú –respondió Ortixa mientras contemplaba a la
pequeña mamar de su seno con avidez.
—Milia.
Unas jornadas más tarde, Ienego y sus compañeros partían
hacia el Norte, pero antes se aseguraron de que todo estaba en
calma por los alrededores. Se acercaron una vez más hasta
Otsagabia afirmando que eran almadieros en busca de trabajo
a fin de justificar su presencia, y allí los informaron de lo
ocurrido en el robledal del Muskilda: habían matado a cinco
soldados y herido de gravedad a uno más. Se ignoraba si el
ataque había sido obra de brujos o de rebeldes, pero el juez
había pedido que le enviaran refuerzos desde Pamplona y
partido hacia el valle de Aezkoa. La población respiraba al fin
tranquila y esperaba no volver a verlo jamás, aunque mucho se
temían que regresaría; no parecía hombre que dejara cabos
sueltos.
Como si no hubieran tenido lugar los terribles hechos que
los habían mantenido en vilo durante casi dos inviernos, como
si el padre solo estuviera ausente, la familia recuperó la paz
que tanto anhelaba. Una tarde, Ortixa decidió visitar a Alodia;
no la había visto desde la primavera y, a fin de cuentas, era su
abuela, y mucho lo que le debía. La encontró mirando por la
ventana, sola, apagada, sin rastro de la arrogancia de la que
siempre había hecho gala, y sintió pena por ella. El abad del
monasterio en persona la había informado acerca del triste
final de Balendin, afirmó, y ella se había encerrado en su casa
y no había vuelto a salir ni para ir a misa. Lloraron juntas por
el hijo y el padre a quien amaban, por haber permanecido
alejadas la una de la otra, por el tiempo perdido. Anderkina, se
ocupaba de llevarle la comida, pero solo eso; tenía dos hijos y
esperaba un tercero, además ayudaba a su marido con el
ganado, y las labores del caserío la tenían ocupada todas las
horas del día. Las otras nietas apenas iban a visitarla.
—Ya no hay nada que me ate a este mundo –le confesó–, y
todos los días espero a la muerte, pero Dios se ha olvidado de
mí. No he dado cariño, así que tampoco lo he recibido, y ahora
soy una vieja solitaria a quien a nadie importo.
Ortixa no supo qué la llevó a proponerle que fuera a vivir
con ellos, pero lo hizo y, para su sorpresa, ella aceptó. La
advirtió, no obstante, de que en el caserío encontraría a otras
personas, muy queridas para Peru y ella: la compañera del
padre y sus hijos, un viejo pastor, una anciana acogida y
también una joven muy especial. No se atrevió a decirle que
dicha joven era su séptima nieta, la rechazada.
—Vendré a verte todos los días si no te ves con ánimos
para compartir espacio con tanta gente, –añadió
arrepintiéndose de haberla invitado.
—Siempre tendré tiempo de volver a mi soledad –
respondió.
Sentada junto al fuego, Alodia, los ojos húmedos, conoció
por fin a sus nietos y a sus bisnietos, a la nuera que había
denunciado y al padre de esta, también a otra anciana, al
parecer adoptada por todos ellos. No escuchó ningún reproche,
ninguna palabra desabrida; era como si siempre hubiera estado
allí, con su familia. La aparición de una joven que llegaba
cargada con un montón de ramas y plantas cortó su respiración
y sintió que se ahogaba; la primera compañera de su hijo le
sonreía desde la profundidad de una mirada del color oscuro
de la miel de brezo.
—Esta es Loredi, tu nieta, la séptima hija de tu hijo –le
dijo Ortixa.
Y las lágrimas brotaron de nuevo sin freno. Lloró por ella
misma, por el amor malogrado que endureció su corazón, por
su querido Balendin cuyas últimas palabras habían sido de
reproche, y por aquella nieta, la séptima, su ahijada, la
hechizada, a quien había rechazado y negado su cariño.
Después de todo, Dios se mostraba misericordioso y le daba
una nueva oportunidad, la última, a fin de que enmendara los
errores que habían envenenado su existencia. Recuperó las
ganas de vivir y volvió a ser la mujer de carácter de antaño,
pero algo había cambiado en ella; ya no daba órdenes, no se
inmiscuía en la vida de los demás, no juzgaba, ayudaba en lo
que podía y tenía un ojo vigilante en los niños. Soara y ella
hablaban mientras hacían hilo y tejían, también se entretenía
con Xuban, y su pesar aumentaba a medida que estos la ponían
al corriente de los avatares padecidos y de los cuales, en cierta
medida, también era ella responsable.
Si bien en un principio la relación con su nieta pequeña se
limitaba a unas palabras de saludo y poco más, el vínculo entre
ellas aumentó en el transcurso de los días. Tal vez porque la
mayor necesitaba hacerse perdonar su conducta durante años,
y la joven buscaba en ella a las dos mujeres que más había
querido, la abuela Auria y Milia, no era extraño verlas
paseando por los alrededores en busca de hierbas o
contemplando juntas el atardecer. La anciana matriarca
descubrió que la niña rechazada era un espíritu puro, sin
maldad, que nada tenía que ver con las historias de brujas que
ella misma había propagado, y se juró defenderla mientras
tuviera fuerzas para hacerlo. Pronto se supo que la sanadora
estaba de nuevo en la aldea, y no era raro el día en que alguien
llamara a la puerta en busca de remedios. Al igual que habían
hecho Balendin y Ortixa, ejercía de intermediaria y no
permitía la entrada a nadie, ni siquiera a la viuda Martina,
quien se presentó una mañana a por ayuda para aliviar el dolor
de rodillas que la martirizaba y apenas le permitía andar. La
hizo esperar afuera y salió al poco con unas hojas de romero y
un saquito de hierbas secas de cola de caballo.
—Toma una infusión de romero mañana y noche y aplícate
unas cataplasmas calientes de estas otras hierbas un par de
veces al día –le dijo.
—¿No puedo hablar con la herbolera?
—No.
—¿Por qué.
—Porque no recibe visitas.
—¿No será una bruja? –preguntó la mujer con sorna.
—Repite eso y ya puedes largarte por donde has venido y
no aparecer por aquí nunca más, aunque te estés muriendo.
—No lo decía en serio…
—Ni en serio ni en broma. Las brujas no existen, a ver si te
enteras de una vez.
—¿Cómo que no? Tú misma decías…
—Yo he dicho muchas tonterías.
—Pero sí que existen –insistió la otra–. A tu hijo lo
quemaron por brujo no hace mucho. El domingo pasado
rezamos en misa por su alma.
Así que ya lo sabían todos en la aldea, a pesar de que el
abad había prometido no decir nada. Le aseguró que era mejor
que las gentes de la aldea ignoraran el terrible final de
Balendin, pues saberlo turbaría sus mentes sencillas.
—No vuelvas por aquí, Martina. Diles a los monjes de mi
parte que se metan sus cruces por donde les quepan, y que
ojalá el Diablo destruya el monasterio con ellos dentro.
¡Pandilla de farsantes!
Alodia le cerró la puerta en las narices, furiosa con la
cotilla metomentodo, y con ella misma; no había sabido
aguantar su genio y había puesto en peligro a los suyos, en
especial a su recuperada y ahora muy querida nieta.
Horas después se desataba una fuerte tormenta
acompañada del vendaval, de truenos y rayos que iluminaron
el cielo y encogieron a los más valientes. Debido a la tromba,
parte del tejado del monasterio se derrumbó, la campana cayó
al suelo y a punto estuvo de aplastar al hermano campanero.
Cobertizos y corrales destruidos, huertas arrasadas, árboles
arrancados de raíz, la aldea presentaba un aspecto desolador.
Pese a sentir mejor sus articulaciones tras tomar la tisana y
colocarse las cataplasmas sobre las rodillas, la viuda no tardó
en presentarse en el monasterio para hablar con el aba d. Al
rato, montado en un borrico, el novicio salía con el encargo de
buscar al juez Avellaneda e informarlo del terrible hecho: la
madre del hombre quemado en Otsagabia había lanzado una
maldición cuyas consecuencias eran visibles, aunque la
intercesión de El Salvador y de San Miguel Arcángel había
impedido que fueran todavía más graves. Le rogaban que
regresara a detener a la culpable, y también a la hechicera que
se escondía en el caserío del brujo ejecutado.
Martina contó lo ocurrido a todo aquel que quería
escucharla, si bien solo encontró a un par de crédulos. Los
habitantes de Itzaltzu estaban más que hartos de ser
feudatarios de los monjes para quienes trabajaban y a los que
pagaban los obligatorios diezmos y primicias. La noticia de
que uno de sus vecinos había sido ejecutado en la hoguera
acusado de brujería les causó dos sentimientos encontrados:
pasmo e indignación. Si bien el pastor era persona lacónica
poco dada a las amistades, era asimismo un hombre honesto
que pagaba sus deudas, presto a ayudar siempre que se le
había solicitado, y nadie podía achacarle un mal
comportamiento, unas palabras groseras. Cierto que no iba a la
iglesia, pero también lo era que muchos de ellos tampoco irían
si no se vieran obligados por el vasallaje debido al monasterio,
propietario de sus casas y huertas. Era absurdo, ridículo, que lo
hubieran acusado de hechicero. Lo uno trajo lo otro, y más de
uno recordó el humillante interrogatorio al que habían sido
forzados hacía poco, y el miedo sentido. Supieron por la viuda
que se había enviado aviso al juez, y la alarma cundió; dos
hombres acudieron al caserío de Balendin para hablar con sus
parientes, debían partir antes de que regresaran los soldados,
pues sus vidas y las de todos en la aldea corrían peligro.
Una vez más, la familia se dispuso a abandonar el hogar,
en esta ocasión decidieron ir hacia el norte. El rey castellano
había por fin renunciado a las tierras de Ultrapuertos, y
Navarra quedaba dividida en dos por una frontera invisible,
pero allí no los buscarían; irían a Larraine, donde Peru tenía un
buen amigo, leñador como él, y luego ya verían. Los tres
ancianos ayudaron con los preparativos, pero se negaron a
acompañarlos; serían una rémora a la hora de atravesar las
montañas, retardarían la marcha, afirmaron casi al unísono. No
se habían puesto de acuerdo, ni siquiera lo habían hablado
entre ellos; cada cual había tomado la decisión de manera
individual, y no hubo forma de convencerlos. No podían subir
con el carro y necesitaban el burro para cargar ropas y comida,
aseguró Xuban a una llorosa Joana, y lo único que importaba
era que ellos y los niños estuvieran a salvo. Por mucho que les
pesara, sabían que tenían razón, los atraparían antes de llegar a
la altura del Ori. Soara se fatigaba con suma facilidad, a falta
de un pie el abuelo no resistiría la escarpada subida al puerto,
y Alodia tenía dificultades para andar desde hacía tiempo.
—Ve, mi querida Loredi, ve –le dijo esta a su nieta–. Hazlo
por tu padre y por mí. Cometí una terrible falta al abandonarte
y no me perdonaría si ese maldito juez da contigo. Necesito
saber que el sacrificio de mi hijo valió la pena. Todo pasará,
siempre pasa, y nos encontraremos de nuevo.
La joven entró en la casa y volvió a salir con unas bayas
que depositó en la mano de su abuela. No necesitó decirle para
qué servían, ambas lo sabían.
Los ancianos los acompañaron durante un trecho, luego
regresaron y se sentaron a esperar. Un par de jornadas más
tarde aparecieron cuatro hombres armados y a caballo que
preguntaron por una tal Alodia; tenían orden de llevarla ante el
señor juez Avellaneda para responder a ciertas acusaciones
vertidas en su contra. Buscaban asimismo a una curandera que,
según las informaciones, se alojaba bajo el mismo techo. No la
encontraron tras registrar el caserío de arriba abajo y tampoco
lograron que les dijeran dónde se había escondido a pesar de
golpearlos y amenazarlos con matarlos allí mismo.
Finalmente, sacaron a Alodia a rastras, lanzaron antorchas
encendidas al interior, atrancaron la puerta por fuera y
esperaron a que las llamas se elevaran hacia la techumbre. Lo
último que vio la mujer antes de perder el sentido fue a Xuban
asomado a una ventana del primer piso, la pequeña ballesta de
su hijo en las manos, y a uno de los hombres que cayó al suelo
gritando de dolor.
El humo había alertado a los vecinos que corrieron
portando baldes y barreños para ayudar a apagar el fuego,
como siempre se hacía en casos de incendio. En el camino se
cruzaron con los soldados que venían en dirección opuesta,
viéndose obligados a apartarse para no ser arrollados. No se
fijaron en la anciana atada a la silla de uno de los caballos y
cuyas riendas sujetaban dos de los jinetes, uno de cada lado. El
caserío ardía por los cuatro costados, y no hubo manera de
extinguir las llamas pese a la cadena de hombres y mujeres
que se formó hasta el río. Impotentes, contemplaron la ruina
del hogar levantado treinta años atrás por una pareja que
soñaba con un futuro que no había tenido. Encontraron a un
soldado muerto sobre la hierba, lo llevaron al monasterio,
dejándolo delante de la puerta, y nadie respondió a la pregunta
del hermano portero acerca de lo ocurrido. La iglesia estaba
casi vacía el domingo a la hora de la misa, y también lo estuvo
el jueves siguiente, festividad del arcángel San Miguel,
patrono del santuario.
B
ernabé se hallaba en Luzaide, también conocido
como Valcarlos, juzgando a un hombre por llevar
armas a los subversivos cuando Gracian fue a
informarlo de que la bruja había sido detenida.
Al desgraciado le habían aplicado la garrucha, el
potro e incluso le habían quemado las plantas de los pies con
hierros candentes, pero él se empeñaba en asegurar que los dos
arcabuces encontrados en uno de los cestos de carga de su
acémila no eran para los sediciosos, sino para un cuñado,
cazador apasionado, que vivía en Mendibe. Ordenó que lo
soltaran, aunque le fueron requisadas las armas y la mula;
después se centró en el tema que lo obsesionaba.
Todavía se estremecía al recordar el ataque sufrido en el
Muskilda, convencido de que era a él a quien habían querido
asesinar; el Diablo había enviado a sus acólitos para acabar
con su vida, y a poco lo consiguen. Vio caer a dos de sus
soldados a su lado y corrió al interior de la ermita, postrándose
ante la imagen de la Virgen para rogar su protección; era
mucho lo que aún quedaba por hacer a fin de borrar de la faz
de la Tierra la legión de brujos y brujas que campaban a sus
anchas, y él, el elegido para llevar a cabo tan ardua misión.
Permanecieron dentro del oratorio hasta la salida del sol y
comprobaron que no había peligro, los seres de la noche,
sabido era, abominaban de la luz. En Otsagabia quedaban
asuntos pendientes, pero decidió continuar hacia el siguiente
valle, ya tendría tiempo de regresar a Salazar y hacer justicia.
Al igual que durante su primer viaje como ayudante del
difunto Balanza, y pese a las recomendaciones de los
consejeros, pueblo tras pueblo, aldea tras aldea, las hogueras
levantadas superaban ya el centenar, y era incontable el
número de sospechosos. Era incomprensible que, a pesar de
las detenciones, interrogatorios, torturas, continuara
encontrando discípulos de Satanás allá por donde pasaba, lo
cual le llevó a la conclusión de que casi todos los habitantes de
aquel territorio hacían parte de la secta diabólica, incluidos los
canónigos de Roncesvalles.
Su reencuentro con el prior resultó igual de gélido que en
la anterior ocasión, en esta más si cabe, pues ahora llegaba
como juez investido por el Real Consejo y no como simple
subalterno; apenas se saludaron. No fue igual con el doctor
Jimeno y con su aprendiz, los dos se interesaron por su salud e
incluso el primero insistió en hacerle un reconocimiento;
quedó satisfecho, y ambos bebieron un pote de vino para
celebrarlo.
—¿Así que de nuevo en busca de brujas por estos lares? –
preguntó el galeno en su habitual tono jocoso.
—Así es –respondió él–. No ignoro vuestro escepticismo
al respecto, pero os asombraría conocer su número y sus
maldades sin fin.
Y pasó a relatarle las confesiones escuchadas durante los
meses que llevaba en la tarea, el terrible caso de una partera
que había asesinado a una criatura para extraerle el corazón
con el que hacer sus pócimas, o el de otra, que había
envenenado a una mujer para ayuntarse con su marido, o el
caso del cólico padecido por los vecinos de una aldea tras la
ingesta de un bebedizo elaborado por una curandera. Los
sucesos se contaban por decenas. Había incluso enviado a
Pamplona a un clérigo que mantenía relaciones con varias
parroquianas a las que había engatusado con malas artes. El
médico lo escuchó sin interrumpirlo hasta que hizo una pausa.
—Siempre ha habido asesinos, personas viles, envidiosas
por lo general, también vengativas, cortas de entendederas y
lascivas, pero eso no significa que sean brujas.
—¿Acaso negáis su existencia?
—Decidme, vos que sois una persona instruida, ¿no os
habéis preguntado la razón de esta súbita plaga hechiceril, que
combatís con tanto ahínco? Nunca como ahora se han visto
tantas brujas juntas, ¿acaso antes no existían.
—Las brujas han existido desde que Eva fue tentada por la
serpiente e indujo al primer hombre a pecar.
—Es decir que todas las mujeres lo son, vuestra madre y la
mía también.
—El bautismo es fuente de redención y limpia el pecado
original, pero el demonio se apodera de las mujeres débiles y
lujuriosas y las utiliza para sus maleficios y para corromper a
los hombres –recitó él convencido–. Vuestra madre y la mía
eran buenas cristianas.
—Es decir que las brujas siempre han estado entre
nosotros…
—Siempre, desde que Dios creó a los seres humanos.
—En ese caso, ¿por qué Jesús no predicó contra ellas?
¿Por qué san Agustín afirmó que la creencia en la magia era
cosa de paganos?
Y de nuevo aquel alzamiento de cejas, aquella mirada
burlona.
—Eran otros tiempos –solo se le ocurrió responder.
—Sí, eso debió ser.
—¿Recordáis las hierbas que me distéis? –preguntó
cambiando de tema–. No descanso bien desde que inicié mi
misión, apenas duermo…
—Pedidle a mi ayudante que os proporcione un puñado.
No desearía que vuestras sentencias se vieran ofuscadas por la
falta de sueño.
Le habría gustado continuar con la conversación, contarle
cómo él mismo era presa de la maldición de una joven
hechicera que lo acosaba, prueba indiscutible de que san
Agustín se equivocaba, pero el médico tenía que regresar a sus
ocupaciones, y él a su cometido. Antes, pidió a Esteban que le
proporcionara un saquito de beleño o de cualquier otra hierba
buena para dormir.
Condenó a un bígamo, a una mujer que había negado la
virginidad de la Madre de Dios, a otra por asegurar que las
brujas eran un invento de los curas y a un blasfemo, pero no
los envió a la hoguera; les impuso penas de latigazos y
destierro, además de confiscar lo mucho o poco que poseían.
Empezaba a sentirse cansado, echaba en falta su ordenada vida
en la ciudad, pero era preciso acabar con aquel asunto si algún
día quería ser admitido en el Consejo de la Suprema
Inquisición. Estaba pensando en regresar a Pamplona puesto
que no parecía que allí fuera a encontrar nuevos casos cuando
le llegó el aviso de los monjes de Itzaltzu, y envió a Gracian y
a otros tres hombres en busca de la mujer que había seducido a
su padre y de la curandera de quien daban noticia. Chasqueó la
lengua disgustado al saber que no habían podido pillar a esta y
se dispuso a encararse con Alodia, eme ederra.
No la había olvidado y, en parte, se alegraba de que su
encuentro tuviera lugar allí, lejos de la aldea donde había
descubierto su identidad; podría interrogarla sin la presencia
de los monjes, ni el peligro de verse atacado por sus secuaces,
que seguro los tenía. La hizo llevar a un habitáculo oscuro y
húmedo del sótano, junto a la cripta de la colegiata, que le
habían cedido aduciendo que desde allí no se escucharían los
gritos en caso de que fuera necesario el uso del tormento. Era
indigno de su condición como representante real que lo
trataran como a un simple verdugo, y protestaría ante el
Consejo aun a sabiendas de que no tendría mucho éxito. Los
canónigos de Roncesvalles, hospitaleros de peregrinos y
guardianes del sepulcro de un rey, eran poderosos; poseían
extensas propiedades y patronatos en Navarra, así como
numerosas encomiendas en Castilla, Aragón, Portugal, Italia,
Francia e Inglaterra, y su prior tenía asiento y voto en las
Cortes del Reino. No obstante, cabezas más altas habían caído,
y ya se encargaría él de bajarles los humos cuando fuera
inquisidor de la Suprema.
Tuvo que esforzarse para reconocer a la mujer a la que
había interrogado en Itzaltzu en la desarrapada cubierta de
polvo, descalza, desgreñada y con el rostro entumecido. Y más
aún imaginársela cuarenta o cincuenta años atrás yaciendo
desnuda en el lecho de su padre. La sola idea le provocó
nauseas, y hubo de pedir una jarra de agua para calmar su
repugnancia. Ella le miró a los ojos desde el primer momento
y no apartó la vista durante el interrogatorio. Negó ser una
hechicera, haber desencadenado vendavales, que su hijo fuera
el fruto de la coyunda con el Diablo, asistir a los
ayuntamientos de brujas, matar con ponzoña a sus vecinos,
volar por los aires, provocar sequías… lo negó todo.
—¿Crees en Dios? –le preguntó finalmente no sabiendo
que más preguntar.
—No en el que tú crees –respondió ella.
—¿Qué significa eso.
—Creía en él hasta que tú ordenaste asesinar a mi hijo y a
otros hombres y mujeres en su nombre. Un dios que permite la
muerte de seres inocentes a manos de un fanático como tú no
merece mi respeto. Un dios que desampara a sus criaturas más
indefensas no merece mi devoción. Eres un criminal, y tu dios
no es mi dios.
Bernabé se aproximó a ella y le soltó una bofetada
mientras el intérprete todavía traducía sus palabras.
—Mañana arderás en la hoguera por blasfema e idólatra –
sentenció antes de abandonar el cuchitril.
Aquella noche, se bebió una infusión de beleño en un
cuenco grande. El novicio le había proporcionado otras
hierbas, pero no quiso probarlas, no fuera a ser que tuviera
visiones horribles; necesitaba estar sereno para ver arder a la
bruja, allí mismo, en Roncesvalles. Antes de sumirse en el
sueño, le vino a la mente un pensamiento: con toda seguridad,
aquella mujer habría visto desnudo a su padre, sabría que
estaba circuncidado. Una vez más la Divina Providencia
acudía en su auxilio.
Hizo caso omiso a las protestas de los canónigos, ni
siquiera quiso hablar con el prior; era un juez, no necesitaba su
autorización para llevar a cabo la justicia real, y ordenó que se
levantara un poste para la ejecución de la bruja confesa, justo
delante de la puerta de la iglesia. La noticia corrió veloz y a la
hora prevista, el mediodía, la explanada se hallaba repleta de
gentes de los alrededores, pastores, labradores, peregrinos, a la
espera de la ejecución que tendría lugar tras el Ángelus. Él se
había posicionado en frente a fin de ver el rostro de la
sacrílega que había osado renegar de Dios y escuchar sus
gritos desesperados al saber que iría directamente al Infierno,
pues no le concedería el consuelo de la confesión, ni permitiría
que se le acercara un crucifijo antes de morir. Gracian se
aproximó a él con cara de circunstancias unos instantes antes
de la hora prevista: la condenada había muerto durante la
noche; a su alrededor habían encontrado bayas de sorgin-
belar, la hierba de las brujas, la belladona.
Ordenó quemar el cadáver, pero no esperó; se marchó sin
despedirse. Ninguno de los canónigos, tampoco el doctor
Jimeno, se hallaban presentes en la explanada. La reunión que
mantuvo en Pamplona con los oidores del Consejo Real no fue
nada halagüeña. Ninguno de ellos lo felicitó por su celo y por
el éxito de la empresa; había desoído las órdenes de no
ejecutar a nadie, le recordaron, es más, algunos le reprocharon
que, basándose en supersticiones absurdas, se hubiera
dedicado a detener gente a mansalva saturando las cárceles
reales y, más importante aún, que hubiera provocado un
ambiente de terror en unos valles en los cuales el sosiego era
más necesario que nunca, ahora que el rey había renunciado a
sus derechos en Ultrapuertos. Aquella misma noche tomó una
infusión con todas las hierbas que le había entregado el
novicio y tuvo un sueño espeluznante.
Era viernes, el día en que Jesucristo fue crucificado, el
elegido por los hechiceros para realizar sus prácticas
nauseabundas, y estaba en una cueva. Buscó un lugar en la
parte más alta, entre dos rocas, desde donde podía mirar sin ser
visto, y se acurrucó en las sombras, a la espera del temido
momento. No era todavía medianoche cuando el lugar se llenó
de gente que se adentraba en la gran sima. Todos parecían
conocerse, se saludaban con efusión o con un simple
movimiento de cabeza y se unían a los grupos que iban
formándose poco a poco en el amplio recinto. Aquí y allí se
encendían las hogueras y se preparaban los soportes para
aguantar el peso de los cabritos atravesados por espetones de
hierro o de madera de avellano. El calor, el humo de las
hogueras, el olor a carne asada, las jarras que pasaban de mano
en mano, las voces y las risas habían transformado el antro en
un lugar diferente; se hallaba en el mismo corazón del Mal. No
podía ser de otra manera. Le llegaban retazos de
conversaciones en la lengua demoniaca, y mujeres y hombres
se trataban con desvergonzada familiaridad; se habían
desprendido de capas y sayos y pronto daría comienzo la orgía
sexual que tenía lugar en dichas ocasiones. Vio a unas mujeres
viejas, vestidas de negro, que conversaban un poco apartadas,
arpías del Averno, sacerdotisas del Señor de las Tinieblas,
quienes seguramente maquinaban nuevas maldades. Observó a
una pareja que se abrazaba y besaba sin pudor alguno.
Contempló a niños y niñas, cachorros del demonio, futuros
acólitos de la iglesia de Satanás, que jugaban y corrían entre
risas y gritos. Escuchó a un tipo flaco entonar algo parecido a
una tonada, cuyos últimos estribillos eran coreados por sus
oyentes entre risas y aplausos. Se le heló la sangre al escuchar
el sonido agudo de un instrumento parecido a una flauta de
pico, acompañado por el repiqueteado de un atabal, y tembló
de pavor. Una veintena o más de mujeres formaron un corro
alrededor de una enorme hoguera e iniciaron una danza, se
aproximaban al fuego y después se alejaban, golpeaban las
caderas unas con otras y giraban sobre sí mismas al tiempo
que avanzaban. No le cupo la menor duda: el mismísimo
Belcebú estaba a punto de hacer su aparición. Otro grupo, esta
vez de hombres, ocupó su lugar. El ritmo de la música varió.
Ya no se trataba de una melodía lenta y acompasada, sino de
una cadencia infernal imposible de aguantar. Le trepanaba los
oídos, y creyó que su cabeza iba a explotar en cualquier
momento. Los danzantes daban saltos, giraban, levantaban las
piernas y unos gritos no humanos retumbaron dentro de la
cueva. Sombras espectrales se reflejaban en las paredes de la
cueva, y el griterío era cada vez más ensordecedor. Está vez
estuvo seguro: Leviatán en persona, el ángel caído, el enemigo
de Dios no tardaría en surgir de las entrañas de la Tierra para
ser adorado por sus discípulos. Un relámpago cayó en ese
momento, seguido de un gran estruendo, y él perdió el
conocimiento.
Cuando despertó, el silencio era total. Tardó un rato en
atreverse a sacar la cabeza de debajo del cobertor y, al hacerlo,
lo primero que vio fue el rayo de sol que penetraba en su
dormitorio a través de la ventana. Le dolía el cuerpo y no
sentía las piernas; tenía sed, mucha sed, y también hambre.
Estaba exhausto, como si le hubieran dado una paliza. No
pudo levantarse de la cama durante dos jornadas, la tercera se
sentó a su escritorio y escribió una carta de varios folios al
condestable de Castilla, don Iñigo de Velasco, de parte del
inquisidor de Navarra, como se denominó a sí mismo.
Además de lamentar la falta de apoyo e interés por parte de
su majestad, el inquisidor general y los consejeros, le expuso
con todo detalle la operación que lo había ocupado durante
seis meses a riesgo incluso de la propia vida, el
descubrimiento de brujos y brujas en los valles navarros, las
ceremonias en las que adoraban al Diablo, el ungüento que les
permitía volar, los asesinatos de hombres, mujeres y niños, las
tempestades y tormentas de granizo provocadas con el fin de
destruir casas y cosechas, y la ingente labor llevada a cabo:
…Y algunas fueron ajusticiadas en Pamplona, y yo volví
con otras al dicho valle a hacer justicia y proseguir la causa y
después acá he andado en estas montañas donde he
descubierto tres ayuntamientos que con el demonio hacen. El
uno en este valle que se juntan más de ciento y veinte, y de
ellas tengo presas a más de setenta. El otro descubrí en el
valle de Salazar donde también se junta más de ciento, de las
cuales entre presas y ajusticiadas pasan de más de ochenta. El
otro ayuntamiento descubrí tomado el valle de Aezkoa y el
burgo de Roncesvalles y el lavadero hasta Pamplona donde se
juntan más de doscientos. Todo lo que pasa en estos tres
ayuntamientos también tengo descubierto y hecho justicia en
que se ha ajusticiado cincuenta personas, y para aquí a ocho
días si placiera a Nuestro Señor otras veinte…
Una semana más tarde le llegó un mensaje en el que se le
comunicaba que el Real Consejo prescindía de sus servicios,
se le rogaba pasar por la Tesorería a fin de cobrar, tras
presentación del justificante correspondiente, las cantidades
desembolsadas durante su viaje y se le deseaba todo lo mejor
para el futuro. Presa de una ira apenas contenida, envió a
Gracian con el recibo y fue a visitar al señor de Garro para
exponerle la gran injusticia de la que era objeto y pedirle
apoyo. Al contrario que en otras, no encontró en esta ocasión
el recibimiento amable al que estaba acostumbrado. El
caballero se mostró frío, distante; hizo un comentario acerca
del afán de algunas personas por encontrar enemigos donde no
los había y lo despidió aduciendo estar muy ocupado.
—¡Maldito agramontés de mierda! –masculló al salir de la
vivienda.
Muerto el licenciado Balanza, no conocía a nadie más con
el suficiente prestigio para interceder a su favor, excepto el
señor de Zúñiga, pero Salamanca estaba demasiado lejos de
Pamplona. Por otra parte, ya no deseaba permanecer en un
lugar donde sus esfuerzos no solo no eran reconocidos, sino
que, además, se le humillaba de forma tan desconsiderada. Era
el momento de retomar la idea de entrar en las órdenes y llegar
a ocupar el puesto de inquisidor del Santo Oficio, pero mucho
se temía que no obtendría las cartas de recomendación
necesarias para optar a dicho ministerio, así que decidió
continuar con su particular cruzada. Era un hombre rico,
todavía disponía de una buena cantidad de dineros del oro de
su padre y era dueño de un considerable patrimonio: el caserío
y las tierras de su tío Ianiz, sumadas a las de su madre. El
posible comprador de los mismos no había podido reunir la
cantidad solicitada, por lo que estos seguían siendo de su
propiedad, a lo que había que añadir las multas y haberes que
no había incluido en la declaración de los bienes incautados a
los detenidos durante los últimos meses. Podía por tanto vivir
con mucho desahogo y concluir su objetivo: atrapar a la bruja
de sus pesadillas y eliminar la maldición que pesaba sobre él y
que estaba convencido había tenido que ver con su destierro de
las instituciones navarras. La buscaría por todos los rincones
de los valles hechizados, levantaría las piedras si fuera preciso,
pero ella caería en sus redes, podría entonces por fin descansar
tranquilo y demostrar a los miembros del Consejo que tenía
razón.
L
as estaciones transcurrieron veloces. A mediados
de la primavera siguiente, Peru se aventuró a
atravesar el puerto para comprobar si el peligro
persistía; regresó a Larraine con la triste nueva de
que su hogar había sido destruido. La desolación
del reducido grupo fue grande, pero nada comparable a lo que
todos sintieron al saber que Xuban y Soara habían ardido con
el caserío, y que el cadáver de Alodia había sido pasto de las
llamas en Orreaga. La noticia de este último hecho llegó a
Itzaltzu semanas después sumiendo a la aldea en la zozobra;
cuatro asesinados en menos de un año, tres de una misma
familia, eran demasiados para una población tan pequeña. Los
vecinos hacían piña cuando alguno de ellos se hallaba en
apuros; un incendio, una inundación, la nieve, la ventisca, los
unían, quedando relegadas rivalidades cuyo origen incluso
había sido olvidado. Pero, en esta ocasión, el asunto los había
sobrepasado. El terrible final de las cuatro personas, en
especial los de Balendin y su madre, a quienes conocían de
toda la vida, produjo un pesar general, también algo parecido
al remordimiento, aunque fuera poco, por no decir nada, lo que
hubieran podido hacer para impedirlo. Instaron a Anderkina a
que convenciera a su hermana para que regresaran; la casa de
su abuela seguía en pie, y la aldea entera los defendería en
caso de que aparecieran de nuevo el maldito juez y sus
sicarios. La mujer habló con su cuñado Peru cuando este fue a
preguntarle sobre lo ocurrido, pero no logró convencerlo; el
dolor padecido, el miedo, eran muy fuertes, y habían decidido
permanecer en Larraine, donde él trabajaba en su oficio de
leñador mientras Ortixa y Joana se ocupaban de las ovejas.
—¿Y la curandera? –le preguntó.
—Ya no está con nosotros.
No le dio más explicaciones. Si su mujer no le había dicho
que Loredi era su hermana, tampoco se lo diría él, además,
ignoraba dónde estaba; había desaparecido un buen día sin
decir adónde iba. Cogió su bolsa de tela, besó a sus parientes
uno por uno y se despidió de ellos con una sonrisa y un “hasta
pronto”. La vieron partir hacia las montañas con su
inseparable Basa y supieron que tardarían mucho en verla, si
es que lo hacían alguna vez.
La joven ascendió hasta la misma cumbre del monte
sagrado y contempló su amada tierra por las dos vertientes,
después se sentó sobre la roca y recorrió con la mirada el
paisaje de su infancia y de su juventud: Uztarroze, las bordas,
Itzaltzu. Se sentía mayor, muy mayor, anciana. Los inviernos
transcurridos desde la fatídica jornada en que se vio apresada
sin entender el motivo habían dejado en su espíritu una huella
profunda, tanto, que apenas se reconocía. Acarició con el dedo
índice de su mano izquierda la cicatriz de la herida causada
por el tizón ardiente en la palma de la derecha la noche de la
vela del padre. Aquella marca no permitiría que olvidara el
suplicio del hombre a quien debía la vida, así como la muerte
de su abuelo y de sus dos abuelas. Preguntó a la Diosa por qué
había permitido que Inguma en forma de hombre de negro le
hubiera arrebatado su pasado, pero no obtuvo respuesta. Se
encontrarían de nuevo, lo había visto, pero todavía no era lo
suficientemente fuerte, y el Mal vencería; debía prepararse
para el enfrentamiento. Echó a andar por la cresta del Ori hasta
llegar al extremo y descendió a continuación hacia la selva de
Irati. Llegó a la cueva cuando todavía las luces del día se
reflejaban en la cascada de Itsusoin transformada en un
arcoíris resplandeciente que le daba la bienvenida.
Eran casi tres inviernos desde que había dejado el cadáver
de su maestra y amiga envuelto en la manta. No quiso ver sus
huesos, ató el envoltorio con tiras de piel en cuyas
extremidades colgó unas piedras y lo hundió en el fondo de la
poza a fin de que traspasara el umbral al otro mundo.
—El agua es la sangre de Amari que mana en ríos y
fuentes, sin ella nuestra tierra sería un erial marchito, y no
existiría la vida –solía decirle.
Esperaba que fuera cierto, que el espíritu de su maestra
renaciera de la sangre de la Diosa.
Había encendido una pequeña fogata para asar unos trozos
de carne que Ortixa se había empeñado en meterle en la bolsa
cuando Basa gruñó y se puso en pie. Ningún animal salvaje se
aproximaría al fuego, así que no había peligro, y le ordenó que
se tumbara de nuevo, pero el perro permaneció alerta, y sus
gruñidos dieron paso a unos ladridos de contento. La silueta de
un lobo de piel plateada cuyos ojos claros brillaban en la
noche se recortó en la entrada de la cueva, y el corazón de
Loredi se aceleró, Otso se abalanzó sobre ella y no dejó de
lamerla hasta que ella se lo quitó de encima. El fiel animal
había velado a su dueña durante todo aquel tiempo,
aguardando su vuelta, y supo entonces que su querida Milia
velaba por ella.
Pronto corrió el rumor entre leñadores y pastores de que la
cueva volvía a estar habitada y, de vez en cuando, aparecía
alguien por allí en busca de algún remedio; a cambio le daban
pieles, quesos, sal, habas, carne… No mucho, pero tampoco
necesitaba más. En medio de la Naturaleza, protegida por sus
dos animales, recuperada la paz, su sueño era tranquilo, y los
fantasmas comenzaron a desdibujarse en el recuerdo. Cuando
pensaba en el padre y los abuelos los veía sonrientes, llenos de
vida; evocaba los buenos momentos, las risas, los abrazos y
volvió a sentirse bien consigo misma. Aprendió por sí sola lo
que su maestra había intentado enseñarle, que la fuerza
provenía del interior de cada persona; nadie podría dañarla si
se mantenía firme, si impedía que el miedo se adueñara de
ella. El enemigo era más poderoso, contaba con hombres y
armas e imponía su mandato, pero no sería capaz de quebrar
su voluntad si ella no lo permitía; el padre no lo había
permitido.
Una mañana encontró a Ienego esperándola, sentado en
una roca al lado de la poza mientras su mula pastaba a corta
distancia. La sorpresa de ambos fue similar. El hombre no
esperaba que fuera ella la curandera de quien le había hablado
un leñador que no había ahorrado alabanzas en cuanto a su
buen hacer. Ella, por su parte, se alegró de ver una cara amiga
después de casi dos inviernos en soledad y se dejó envolver en
su abrazo de oso. Tenía una nueva vida, le contó él, ahora se
dedicaba al comercio de la madera, y no le iba mal. Había
dejado las armas tras su último encuentro y el reparto del viejo
Reino entre Castilla y Francia, la lepra infectara a sus dos
reyes. No podía regresar a su amado Baztan, así que se buscó
la vida en otra parte y se emparejó con una buena mujer. La
necesitaba con urgencia; ella estaba embarazada del primer
hijo, había cogido las fiebres, y la vieja curandera del pueblo
no sabía que más hacer, aunque lo había advertido de que tanto
la madre como la criatura corrían riesgo de morir si no se
atajaba la calentura cuanto antes.
—¿Dónde vives?
—A unas millas de Otsagabia.
La joven apretó los labios. Se había jurado no volver jamás
al lugar en el que su padre había sido sacrificado de la manera
más cruel y temía ser presa de la congoja que le había robado
el sueño durante mucho tiempo. Recordó, sin embargo, las
palabras de su maestra:
—Cualquiera puede aprender a utilizar las plantas, pero no
todos tienen el don que Amari te ha concedido, ni siquiera yo.
Y ello te obliga, querida Loredi, a dedicar tu conocimiento
para ayudar a quien lo necesite.
Además, tenía una deuda pendiente con Ienego. Gracias a
él y a sus compañeros, la familia estuvo a salvo en el bosque, y
a ella la habían librado de caer en manos del hombre de negro.
No podía negarse y tampoco quería; aceptó por tanto
acompañarlo y, al rato, ambos cabalgaban sobre la mula. Basa
corría a su lado, pero el lobo no se movió de la entrada de la
cueva.
Encontró a la mujer, Dominika, empapada en sudor, la
respiración entrecortada. Pidió al hombre disponer el barreño
de los baños y llenarlo de agua fría y caliente, después la
metieron dentro, y ella cambió los lienzos sucios de la cama.
La sacaron al cabo de un rato, le pusieron una camisa de
dormir limpia y la acostaron cubriéndola únicamente con una
suave manta de lino tras colocarle en las plantas de los pies
unos paños empapados con claras de huevo batidas y unos
calcetines para sujetarlos en su sitio. Las claras, los caldos de
verduras alternados con largos tragos de agua fresca e
infusiones de llantén cocido en vino obraron el milagro. En
unas jornadas, la fiebre remitió, la embarazada recobró el
vigor y se levantó del lecho. La pareja no sabía cómo
agradecerle su ayuda y la invitaron a quedarse, pero ella
deseaba regresar a la paz de su cueva, y no hubo forma de
convencerla, aunque prometió volver para el parto, a
comienzos del invierno. Ienego la acompañó de vuelta, y se
despidieron tras recordarle este su promesa de que estaría
presente cuando su hijo naciera.
Otso esperaba en el mismo punto, vigilante, como si no se
hubiera movido durante su ausencia, y Loredi sonrió
imaginando que, de alguna forma, el espíritu de su querida
maestra habitaba ahora en el animal, protegiéndola. Retomó su
vida, la recogida de plantas, los baños en la poza, la
elaboración de ungüentos, atendiendo a quienes de tarde en
tarde aparecían por el lugar, leñadores en general que
buscaban un remedio para una herida, un dolor de estómago o
de dientes, una torcedura, un mal de rodillas. Los días
transcurrían sin sobresaltos, y el otoño pintó de nuevo el
bosque de colores. Raramente pensaba en los suyos y, cuando
lo hacía, sonreía recordando los buenos momentos y se
prometía ir pronto a verlos, quizás en la primavera siguiente.
Su plácida existencia se quebró un mediodía en que, como de
costumbre, recogía hierbas y bayas por los alrededores, oyó un
ruido y llamó al perro; un instante después perdía el
conocimiento al recibir un fuerte golpe en la cabeza.
Despertó atada a una silla y, aunque le costó darse cuenta
de dónde estaba, no tembló al hallarse frente a su enemigo; le
sostuvo la mirada al igual que había hecho en su visión, y él
retiró la suya y se puso a ojear unos documentos que había
sobre la mesa de lo que parecía ser una sala de comer. Tardó
un rato en levantar la vista; ella continuaba con los ojos fijos
en él.
—Tú eres la bruja que escapó de Uztarroze con la preñada
del diablo. También estabas en el burgo de Roncesvalles e
intentaste matarme. Y de nuevo, aquí mismo, en Otsagabia, la
primavera pasada, durante la ejecución del hombre demonio.
Ella continuaba mirándole fijamente, y Bernabé empezó a
sentirse incómodo. Había esperado aquel momento durante
mucho tiempo y ya se veía demostrando a todos que él tenía
razón: las brujas en verdad existían, ella era la prueba, la más
poderosa de todas. No se trataba de una niña fantasiosa, una
vieja nauseabunda, tampoco una hembra lasciva; era una
mujer en la flor de la vida, joven, guapa a pesar de sus ropas
harapientas. Llevaba la cara limpia, las manos también y dos
largas trenzas bien peinadas, pero ya no era la moza que había
visto la primera vez, sino una mujer cuyos senos adivinaba tras
la camisa entreabierta. Se la imaginó el cabello suelto
cubriendo su desnudez, al igual que la Eva del cuadro tan
admirado por el señor de Zúñiga, y una vez más notó que su
miembro se endurecía; estaba siendo hechizado. Asió el
pequeño crucifijo de plata que llevaba en el pecho desde el
ataque en el burgo y lo alzó a la altura de los ojos.
—En el nombre de Dios y de su Hijo, con su Nacimiento y
su Pasión, sus cinco heridas y las siete palabras que pronunció
en la Cruz, la inscripción triunfante, los tres clavos y las otras
armas del ejército de Cristo. ¡Vade retro Satanás!
No había logrado encontrar un exorcista, pero se sabía de
memoria las invocaciones del Malleus Maleficarum para casos
de posesión demoniaca, y repitió varias veces las últimas
palabras; el Diablo saldría de aquel cuerpo al escucharlas, pero
no fue así. Imperturbable, la bruja no había siquiera desviado
la mirada, creyó incluso observar un brillo de ironía en sus
ojos. No había duda de que estaba poseída, y recordó haber
leído en el mismo libro que los posesos no mostraban señales
de estar henchidos por el demonio, y que no existía castigo
bastante para frenarlos, pues su corazón era duro como la roca,
y acumularían sobre sí la cólera y la venganza en el día de la
ira y la revelación del Juicio Final, en que sus gusanos no
morirían. Debía obligarla a confesar, a arrepentirse de su
espantoso pecado, y pensó en torturarla allí mismo hasta
conseguirlo, o quemarla viva, pero ya no tenía potestad, y lo
acusarían de obrar sin la debida autorización. De nada valdría
su entrega si no demostraba a los oidores del Real Consejo que
aquella mujer estaba poseída por el mismo Diablo.
—Vuestro celo, señor Avellaneda, no se ajusta a razón –le
habían dicho antes de despedirlo–. Habéis detenido a cientos
de gentes crédulas y supersticiosas que nada tienen que ver
con la hechicería. Las habéis obligado a confesar por medio
del tormento y habéis ejecutado a decenas de personas
desoyendo las recomendaciones del Consejo en cuanto a la
mesura a mostrar en todo momento. Tampoco habéis pedido
nuestra autorización antes de ahorcar y quemar a los súbditos
de su majestad. Sería conveniente para vos que os tomarais un
descanso.
¡Pandilla de lechuguinos engreídos! ¿Qué se habían
creído? Él había arriesgado la vida a fin de mantener el Reino
a salvo de las acechanzas del Maligno, y se lo pagaban con el
mayor de los desprecios. Les demostraría que estaban
equivocados, que el peligro era real; la prueba era aquella
mujer joven, aparentemente inocente, que pretendía robarle su
alma inmortal. No le tocaría un cabello, no la desnudaría para
encontrar la mano del Diablo, no la descoyuntaría para
obligarla a pedir misericordiosa; la llevaría a Pamplona y
exigiría un juicio público, en el que pudiera exponer sus
descubrimientos ante todos, ahora que estaba seguro de contar
más que nunca con la protección divina.
Se había instalado en el caserío de sus abuelos, propiedad
no declarada en la relación de bienes incautado a los rebeldes.
Era suyo por derecho propio, y no tenía por qué regalársela a
la Hacienda real. Se hizo acompañar por Gracian y otros
cuatro hombres, pues los necesitaría para llevar a cabo sus
pesquisas. Los envió por todo el territorio a la búsqueda de la
maldita bruja, les dio las indicaciones para dar con una joven
de ojos y cabellos castaño oscuro, delgada, menuda, sin
familia. En algún lugar debía hallarse; las discípulas del
demonio no se escondían, lo había comprobado. Un año más
tarde seguían buscando sin éxito, pero la fortuna favorece a
quienes perseveran, y su empeño obtuvo la recompensa
merecida. Su sirviente y otro de los hombres habían llegado
hasta un lugar remoto situado en un extremo de la selva de
Irati, a una herrería. Allí habían sido informados de un hecho
al que no dieron demasiada importancia, pero que a su vuelta
Gracian relató a su jefe.
—Al parecer, hace un tiempo, llegó a la herrería una joven
que dijo escapar de unos hombres que habían quemado a seis
personas en el burgo de Roncesvalles. Iba acompañada de un
perro pastor, y le ofrecieron cobijo. Un día desapareció sin
decir adiós, y ellos encontraron a su único hijo desnucado
junto al río. Están convencidos de que ella lo mató y que huyó
luego a su pueblo.
—¿A qué pueblo?
—Itzaltzu.
Él no creía en las casualidades, todo estaba escrito,
previsto en el libro de la vida.
—¿No había una curandera en la casa que ardió cuando
fuisteis a por la mujer que había provocado una tormenta?
—Eso dijeron los habitantes de la aldea, pero
inspeccionamos el lugar de arriba abajo y solo encontramos a
los tres viejos.
Acudió en persona a la maldita aldea y se entrevistó con el
abad del monasterio quien, a su vez, mandó llamar al monje
con el que había hablado la noche en que supo que había
ordenado la muerte del otro hijo de su padre. Lo encontró más
anciano, más encogido, desencantado, pero seguía teniendo
buena memoria.
—¿Recordáis qué fue de la hija del pastor Balendin? –le
preguntó.
—¿Cuál de ellas?
—La última.
—¿La séptima nacida? Murió.
—¿Visteis su cadáver?
—No. No fue enterrada en sagrado, pese a haber sido
bautizada. La madre falleció en el parto, y nadie quería
hacerse cargo de ella. Balendin se la llevó a los pastos.
—Entonces, no estáis seguro de que muriera.
—No, pero eso fue lo que se dijo.
No podía quitarse una idea de la cabeza e hizo una última
pregunta:
—¿Sabéis con qué nombre fue cristianada?
El monje no lo sabía, pero llamó al novicio y le pidió que
le trajera el libro donde estaban inscritos los bautizados y los
difuntos de los últimos treinta años. Al anciano le costó un
rato dar con el nombre debido a su mala vista y a la escritura
desigual que llenaba las páginas del grueso volumen.
—Aquí está: Loredi filia Balendin et Loredi baptizatus
autem festum San Ansovinus MDIX –leyó–. Luego hay un
borrón que parece una cruz…
Bernabé le quitó el libro y comprobó que, en efecto, había
un manchón de tinta al final de la línea, pero no era una cruz,
era una equis.
—¡Xorgin! –exclamó.
Lo vio todo con claridad. La bruja de sus malos sueños era
la hija del demonio que había ordenado ejecutar, y este, a su
vez, hijo de la tal Alodia eme ederra, la apostata, y por tanto…
la nieta de su padre, el último eslabón de una sangre
corrompida que, ahora con más razón, era preciso eliminar.
Siguiendo las pistas que les dieron el herrero y su mujer,
los hombres la buscaron en Abaurrea donde los informaron de
que una curandera vivía en una cueva de la selva. No dieron
con el lugar, pero volvieron más veces hasta que, un día,
descubrieron a una mujer joven que recogía hierbas,
acompañada por un perro. No les cupo duda de que era aquella
a quien buscaban; golpearon al perro en la cabeza con un leño
e hicieron lo mismo con ella.
Y ahora estaba allí, frente a él, mirándole de la misma
manera que su padre y que su abuela; no permitiría que lo
hechizara, y mandó que le vendaran los ojos. Asimismo,
dispuso que saldrían para Pamplona sin falta a la mañana
siguiente y ordenó a los hombres mantenerse vigilantes
durante toda la noche.
Lo despertó un alboroto al amanecer y salió del dormitorio
a fin de averiguar lo que ocurría; se quedó sin aliento al
descubrir a sus hombres en un charco de sangre. A la luz de
antorchas y candiles, se vio rodeado por un grupo de gentes
que proferían gritos en la lengua pagana que él tanto
abominaba. Iba a morir y encomendó su alma a Dios y a todos
sus Santos, pero no lo mataron; lo obligaron a sentarse en una
silla con respaldo, la misma en la que horas antes habían atado
a la bruja. Entonces la vio, y estuvo a punto de sufrir un
síncope. Avanzaba, sus ojos fijos en él, el cabello suelto hasta
la cintura, la camisa desgarrada a través de la cual se
entreveían los senos y un amuleto que colgaba del cuello, un
cuchillo ensangrentado en su mano izquierda. Se detuvo a dos
pasos y alargó el brazo mostrándole la palma de la mano
derecha en la que podía verse con claridad la verdadera marca
del Diablo, una cicatriz que formaba una equis irregular; notó
que temblaba de miedo y se orinó encima.
Bernabé fue juzgado al día siguiente sin más tardar. El
alcalde del Valle y siete buenos hombres presidían la causa en
la que se dilucidaban sus delitos: el secuestro de una mujer
salacenca y la apropiación ilícita del caserío y las tierras de los
Gurtibar de Otxagi. Se le permitió defenderse, y el antiguo
escolar exhibió la elocuencia tan admirada en sus años de
Universidad; expuso los motivos que lo habían llevado a
apresar a aquella mujer, Loredi de Itzaltzu, prófuga de la
justicia, culpable de atentar contra su vida, curandera e hija y
nieta de brujos convictos; citó las Sagradas Escrituras, párrafos
enteros del Malleus Maleficarum, textos escritos por los santos
padres de la Iglesia, y dejó estupefactos a todos los presentes,
pues la mitad no se enteró de nada y la otra mitad solo a
medias pese a contar con un intérprete, quien tuvo dificultades
para traducir los planteamientos legales y teológicos que
escuchaba por vez primera. En cuanto al otro asunto, el del
caserío y las tierras, el sorprendido fue él al ver en la sala a
Ianiz y a sus yernos. Habían sido juzgados en Pamplona y
declarados inocentes de rebelión por lo que exigían la
inmediata devolución de sus propiedades. El tío, además, lo
acusó de engaño y de robo. Él mismo se había desplazado a
Pamplona al no recibir noticias del supuesto oidor del
Consejo, quien resultó no serlo, y no solo eso. Haciéndose
pasar por el hijo del difunto notario Urruztia se había
apropiado de los terrenos de su hermana Catalina que, en
ausencia de heredero legítimo, debían volver a sus parientes
más cercanos.
—¡Yo soy Bernabé de Urruztia, hijo de Juan y de Catalina!
¡Y tengo los documentos que lo demuestran! –explotó.
—Pues fue una suerte que mi hermana no viviera para ver
a su hijo convertido en un asesino y en un ladrón –replicó
Ianiz, y luego lo escupió en la cara.
Fue condenado a una multa de cien florines por el
secuestro, de los cuales cincuenta se entregarían a la víctima, y
se le hizo firmar un documento por el cual las propiedades de
los Gurtibar de Otxagi volvían a sus legítimos dueños. Si bien
se le permitió quedarse con las propiedades de su madre,
tendría que arrendarlas o venderlas, pues quedaba desterrado
del valle a perpetuidad. Además, se le informó de que las actas
del juicio serían enviadas a la Cort Mayor, a la que podría
apelar si lo consideraba oportuno. Dicho esto, tuvo que abonar
el montante de la multa y el precio del borrico que lo llevaría
adónde él quisiera y, a continuación, doce hombres a caballo
lo escoltaron durante un trecho a fin de asegurarse de que
abandonaba el lugar. Hubo de aguantar insultos de todo tipo y
el lanzamiento de huevos y trozos de repollo por parte de
quienes no habían podido presenciar el juicio por falta de
espacio, muchos de los cuales habían sufrido su persecución
en propias carnes o en las de sus familiares. Al salir del
pueblo, solo tuvo ojos para una persona: la bruja que,
impasible, contemplaba su humillación. Los cadáveres de sus
hombres fueron a parar a una fosa fuera del cementerio, donde
se enterraba a los criminales, desconocidos y ahorcados sin
confesión.
Ienego se hallaba en el pueblo cuando corrió la voz de que
habían apresado a una bruja que vivía en la selva de Irati y
tuvo un mal presentimiento. No le costó averiguar de quién se
trataba, pues uno de los apresadores estaba sediento y había
acudido al local de bebidas donde, muy ufano, contó su
hazaña, dando detalles y la descripción de la supuesta maligna.
Instantes más tarde se entrevistaba con el alcalde perpetuo del
Valle, Lope de Esparza, pariente de Ianiz, a cuyo padre
acusaron años atrás, cuando el proceso de Calahorra; fue
quemado en efigie al haber ya fallecido. El alcalde había
intentado interponerse en las batidas anteriores, pero nada
pudo hacer al ser los jueces comisarios enviados por el Real
Consejo. Es más, le recordaron la condena de su padre y lo
amenazaron con acusarlo a él también de brujería o apoyo a la
misma, además de por subversivo, pues eran conocidas sus
simpatías agramontesas pese a haber jurado lealtad a don
Carlos y prestado servicio en Italia y otros países. Esta vez, sin
embargo, el hombre no estaba dispuesto a permitir que un
fanático maniobrara a su antojo, más aún teniendo en cuenta
de que había sido destituido de sus funciones. Estaba también
el asunto de sus parientes, recientemente liberados y absueltos
de culpas, que se alojaban en la casa de unos primos a la
espera de que les fueran devueltas sus propiedades. En unas
horas había reunido una partida que esperó al amanecer para
liberar a la detenida. No tenían intención de matar a nadie,
pero encontraron a cuatro individuos forzando a la secuestrada
y se enzarzaron en una pelea en la que estos acabaron muertos.
—Prometiste atender a mi mujer en el parto, y he venido
para que cumplas tu palabra.
Ienego se apresuró a levantar a Loredi del suelo; le quitó la
venda de los ojos y soltó sus manos atadas. Sus violadores le
habían desgarrado la camisa y subido la falda, manoseado,
golpeado, penetrado; se había defendido con furia pero, joven
y sin fuerzas para resistirse a unos tipos fornidos, no pudo
hacer nada. Contempló a los malnacidos, uno de ellos todavía
estaba vivo y tenía los calzones sueltos, también un cuchillo
clavado en el estómago; se lo extrajo con un rápido ademán y
le rebanó el pescuezo. Ya más tranquila en el hogar de sus
amigos, se lavó a fondo, restregando con energía las zonas más
íntimas de su cuerpo en un intento por eliminar todo rastro de
la violación, y después se cortó el cabello y pidió a Dominika
que le prestara una pañoleta para cubrirse; únicamente las
doncellas llevaban la cabeza descubierta, y ella ya no lo era.
Sin poder evitar las lágrimas, la mujer le regaló su mejor
pañuelo, además de una camisa, una falda y un corpiño nuevos
que tenía guardados para la ceremonia de la purificación,
cuarenta días después del parto. Permaneció en la casa hasta
que nació la criatura, un robusto niño que su padre no se
cansaba de mirar, y estar segura de que tanto la madre como el
hijo se hallaban bien, luego se marchó sin despedirse y regresó
a Irati.
No lloró al hallar los restos de su querido Basa a medio
devorar por los animales del bosque; los envolvió en su vieja
falda y, al igual que había hecho con los huesos de Milia, los
hundió en la poza. Otso estaba allí, a su lado, y su presencia
mitigó en parte el dolor que de nuevo sentía por la pérdida de
los seres que tanto había querido.
– 1539 –
D
e tiempo en tiempo> llegaban noticias en boca
de ganaderos de regreso del mercado de
Zangoza, muleros que transportaban
mercaderías de un lado para otro por toda la
región, viajeros que se dirigían a Aragón, gentes
obligadas a ir a Pamplona para solventar litigios u otros
asuntos. Se supo que habían detenido a gentes en Hondarribia,
en Erronkari, en la región llamada Bizkaia, que pocos sabían
dónde se encontraba, y en otros lugares, todas acusadas por
brujería. Eran nuevas que daban que hablar, pero que pronto se
olvidaban, en Zaraitzu reinaba la calma. Desde los sucesos
acaecidos años atrás, nada grave había enturbiado la paz en el
Valle excepto algún caso de bigamia, un clérigo acusado de
invocar al demonio para hallar tesoros, otro que se había
amancebado con una mujer casada, chascarrillos, disputas por
herencias, la partida de algunos salacencos hacia el
denominado “Nuevo Mundo” donde se decía existían riquezas
sin fin… Pero aquel año empezó mal.
El invierno fue gélido, la primavera se retrasó, y la
enfermedad se abatió sobre el ganado; vacas, ovejas y cabras
murieron por cientos ante la impotencia de sus dueños. Por si
esto fuera poco, durante treinta días seguidos, se vio en el cielo
un cometa, y tuvo lugar un eclipse de sol que dejó la Tierra en
tinieblas. Dos semanas más tarde, se supo que la esposa del
rey extranjero había fallecido en el momento de parir un niño
muerto. Tanta calamidad no podía ser natural, y se buscó a los
causantes. En un primer momento, las sospechas recayeron
sobre dos clanes erromintxel, gitanos llegados de Ultrapuertos.
Se dedicaban principalmente al trasquileo, eran cristianos,
hablaban la lengua y nunca habían dado problemas, pero, a fin
de cuentas, no eran originarios del Valle y, se rumoreaba,
practicaban la hechicería. Se avisó al Real Consejo, y todos
sus miembros fueron enviados a Calahorra, donde la
Inquisición los juzgó y celebró un auto de fe. No los volvieron
a ver por Otsagabia.
Recuperada la tranquilidad, no tardó en presentarse una
epidemia de viruela que acabó con la vida de veinte criaturas,
lo que desencadenó la histeria y el miedo. En contra de la
opinión del alcalde Lope de Esparza, varios vecinos se
personaron en la Cort Mayor para denunciar la presencia de
brujas en el Valle, y los consejeros reales enviaron para
investigar dichas denuncias a Lope Camús, brillante bachiller
en Cánones y Leyes, hijo de un notario real. En la comitiva
que se puso en marcha hacia Salazar, acompañado por un
sirviente, iba un caballero entrado en años de tupida barba
blanca y con unos anteojos de pinza de cristal grueso que
distorsionaban su mirada. Nadie habría reconocido en él al
hombre que había aterrorizado a las poblaciones de los valles
de la montaña sumiéndolas en el mayor de los desasosiegos. A
fin de resarcir su honor ultrajado, Bernabé llevaba más de diez
años tramando su venganza, la mente fija en regresar al lugar
del que había sido expulsado de manera ignominiosa.
Al volver de Otsagabia a lomos del borrico, encontró vacía
la casa de la calle Torredonda; la criada había desaparecido y
no había allí nadie que pudiera atenderlo. Tenía hambre y sed,
y pasó a la taberna cuyos dueños no ocultaron su asombro,
pues Otsanda les había dicho que no sabía nada de su señor, y
que probablemente había fallecido en algún lugar lejos de
Pamplona. No teniendo medios para subsistir, lo informaron,
la mujer decidió marcharse al pueblo donde todavía tenía
parientes; no habían vuelto a tener noticias de ella desde
entonces. Comió un buen plato de alubias con morcilla y se
bebió una jarra entera de vino, luego preguntó si les quedaban
hierbas. No les quedaban, pero la tabernera comentó que, si le
era de utilidad, guardaba un pequeño tarro con polvos de bayas
de la belladona que utilizaba para los cólicos, siempre en
cantidades muy pequeñas disueltas en mucha agua, puntualizó;
cogió el tarro y volvió a su casa. Estaba ebrio, así que echó
una buena cantidad de polvos en una escudilla con agua que
bebió de un trago; los efectos no se hicieron esperar.
Notó que se le dilataban las pupilas, tenía la boca seca, no
podía tragar, sentía vértigo, la cabeza parecía que iba a
explotarle. Y de nuevo se hallaba en una junta demoniaca,
pero esta vez no era un mero espectador; era uno de los allí
reunidos. Comenzó a moverse de un lado para otro, presa de
gran agitación; saltaba, bailaba, se reía, no podía parar. Y lo
vio, vio al mismo Satanás, enorme, negro, oliendo a azufre,
tres cuernos en la frente, los ojos rojos, el torso y los brazos
humanos, macho cabrío de cintura para abajo. Lo adoró al
igual que el resto de los acólitos, le besó el trasero y fornicó
con un súcubo, un demonio con la apariencia de hembra,
idéntica a la niña, a la joven, a la mujer que lo dominaba.
—Señor… señor…
Un fantasma inclinado sobre él lo zarandeaba con sus
garras huesudas, lo vio después dirigirse a la ventana y abrirla
de par en par; en cualquier momento saldría volando por ella
llevándoselo al Infierno, y gimió de terror. Lo espabiló un
chorro de agua fría en la cara; estaba en el suelo, desnudo,
rodeado de excrementos y vómitos, y olía a pestes. Un rato
más tarde se dejaba restregar metido en el barreño de baños.
Apenas podía abrir los ojos, era incapaz de pensar, le dolía la
cabeza, también el cuerpo entero y tenía la cara cubierta de
sarpullidos. Había estado al borde de la muerte, afirmó el
médico; también le aseguró que la próxima vez no habría nada
que él pudiera hacer y que moriría sin remedio, ordenándole
que permaneciera en el lecho durante una cuarentena, al igual
que un apestado.
No se movió del lecho durante las seis semanas prescritas,
y Gracian lo cuidó como una madre; lo lavaba, lo alimentaba,
le aplicaba caléndula hervida en los sarpullidos siguiendo el
consejo de la tabernera, lo hacía compañía y velaba su sueño.
Tardó días en preguntarle qué hacía allí cuando él estaba
convencido de haberlo visto muerto en Otsagabia.
—Estaba afuera, orinando, cuando llegaron las gentes del
pueblo. Me descubrió una mujer y empezó a gritar, así que salí
corriendo. Creía que os habían asesinado y por eso regresé a
Pamplona, pero Otsanda no estaba en la casa, y dormí en la
leñera. Hace unas noches vi luz y a la mañana siguiente llamé
a la puerta varias veces, pero nadie respondía. Al final me
animé a entrar por una ventana, por si acaso se trataba de un
ladrón, os encontré en el suelo y llamé al médico.
Quiso creer que el apego del sirviente se debía a la
admiración que por él sentía, pero no era un iluso; sin muchas
luces, oficio, ni morada propia, ¿adónde iba a ir el
desgraciado? De todos modos, era necesario reconocer su
lealtad, y a él le hacía falta alguien a su lado.
A medida que se recuperaba, pasaba las horas meditando
sin encontrar una solución satisfactoria. Podía, en efecto,
apelar al tribunal de la Cort Mayor y reclamar un castigo
ejemplar para el alcalde de Salazar y los demás jurados,
¡caterva de aldeanos! Pero ello le ocasionaría bastantes
problemas. Para empezar, le iba a resultar muy difícil explicar
cómo, no siendo ya comisario del Reino, se había adjudicado
un derecho reservado a los órganos de justicia, es decir el de
retener a una persona sobre la que no pesaba orden de
apresamiento. Por otra parte, tendría que dar cuentas por la
apropiación de unos bienes que, de haber sido los dueños
condenados, deberían haberse declarado en la Tesorería. Y
también tendría que aclarar el asunto de su apellido y el fraude
de sus cartas de presentación. Además, más pronto que tarde,
alguien iría con el cuento, se sabría lo ocurrido en el maldito
pueblo de los brujos, y podría dar por perdido su anhelo de
llegar a ser un personaje importante, tanto en Navarra como en
Castilla, y más aún de ser inquisidor de La Suprema.
Ya repuesto, decidió recuperar su apellido. No había
permitido a Gracian que lo rasurara y había engordado debido
a la obligada convalecencia y a los potajes que este le traía
todos los días de la taberna. Mandó llamar al barbero para que
le cortara el pelo, también al sastre; se hizo confeccionar un
par de trajes completos en tonos gris oscuro y plateado,
incluso un sobretodo de amplias mangas con ribetes de piel de
nutria, un lujo que jamás se le habría ocurrido antes. También
adquirió un gorro aplastado de terciopelo negro y con plumas.
El cambio producido en él fue tan extraordinario, que el
tabernero y su mujer no lo reconocieron el primer día que
entró en el local tras su restablecimiento, y el párroco de San
Nicolás tampoco. Contento con el resultado de la prueba,
dedicó jornadas enteras a su recuperada personalidad: volvió a
falsificar documentos y cartas de presentación, esta vez con su
nombre real, y, no contento con ello, copió el título de notario
por la Universidad de París, firmas incluidas, que su padre
había obtenido cincuenta años atrás; dudaba de que todavía
quedara alguien para atestiguar su validez.
Una vez completada la transformación, acudió al despacho
de Martín Ferrando, presentándose como el hijo del difunto
don Juan de Urruztia, recién llegado de Valladolid. Sabía que
uno de los negociados del cambista giraba en torno a la
especulación de terrenos y le propuso la venta de las tierras de
su madre, así como la casa paterna, que, según afirmó, no tenía
interés en conservar por ser demasiado grande para sus
necesidades. Le interesaba asimismo participar en el negocio y
estaba dispuesto a invertir los dineros obtenidos por la venta
de sus propiedades. Por otra parte, en calidad de fedatario,
representaba al señor Avellaneda, quien recientemente había
partido a Salamanca para ocupar una de las cátedras de Leyes
y Cánones de aquella Universidad; en adelante, él se
encargaría de su depósito y, a fin de disipar cualquier duda, le
entregó el correspondiente documento firmado por su cliente.
Ferrando estaba atónito, algo en el hombre le resultaba
familiar, pero no lograba averiguar qué era. No obstante, en
los últimos tiempos las cosas no habían ido demasiado bien, y
le sería beneficioso contar con un socio, quien además era
notario, así que ordenó redactar el acuerdo a su amanuense y,
mientras, bebieron una copa de vino y comieron unas lonchas
del exquisito queso salacenco. El antiguo juez se convirtió de
esta manera en un hombre de negocios.
El patrimonio de Bernabé se acrecentó durante los
siguientes años, descubrió que se le daban bien las
transacciones; compraba y vendía edificios y solares en la
ciudad y en otras localidades. El archivo testamentario de su
padre le era de gran ayuda; conocía la trayectoria de herencias
y legados gracias a los muchos testamentos que el viejo había
conservado, las disputas de los herederos, las fincas
abandonadas. También se hizo con un buen número de
propiedades abonando a la Tesorería los impuestos que los
titulares adeudaban debido a su ignorancia. Se convirtió en un
hombre respetable e incluso llegó a pensar en hacerse con un
asiento en Cortes, pero lo desestimó; su nueva vida lo
mantenía demasiado ocupado para entretenerse en asistir a reu
niones de las que no sacaba beneficio alguno, además de verse
obligado a coincidir con algunos caballeros a quienes
despreciaba por no haberlo apoyado en su momento. Adquirió
una casa estrecha de dos plantas en el Burgo de San Cernin,
junto a la iglesia, y no volvió por el de San Nicolás.
Sin embargo, pese a no haber cumplido los sesenta, tenía
el aspecto de un hombre viejo, con el cabello y la barba canos,
un bastón para caminar debido a la artrosis de su rodilla
derecha y unas lentes de pinza pues su vista era ahora borrosa.
No había dejado las drogas, las necesitaba, y Gracian lo
proveía, en especial de beleño, la menos peligrosa, que ingería
cociendo su raíz en cerveza, si bien se cuidaba muy mucho de
no excederse en las cantidades para no volver a en contrarse en
el Infierno. No olvidaba sin embargo su particular cruzada
contra el Mal y asistía a misa todos los días con el propósito de
mantener al demonio alejado de él, algo que había conseguido,
aunque, en ocasiones, sintiera que una garra atenazaba su
garganta al cruzarse en la calle con una moza de largas trenzas
o al oír la risa de otra junto a la fuente. Intentaba olvidar el
asunto que lo había llevado a los valles de la montaña sin
conseguirlo y permanecía atento a cualquier rumor o noticia,
en especial si tenía que ver con las malditas brujas, aun a
sabiendas de que el juez Avellaneda había de jado de existir, y
de que no podría ejercer a menos que no demostrara la
injusticia cometida contra su persona.
No había vuelto por “La Flor de Lys” para no toparse con
el señor de Garro, pero un mediodía tuvo capricho de comer
unas truchas y entró en el local. Se alegró al no encontrar allí a
su antiguo conocido y tomó asiento a la mesa en la que ya se
hallaban varios hombres, dejando espacio entre él y ellos para
no verse obligado a entablar conversación. Acababan de
servirle cuando un joven casi barbilampiño se sentó a su lado,
dijo llamarse Lope Camús, hijo de un afamado notario real, y
su verborrea le recordó al amigo de juventud, Alonso de
Zuñiga, de quien nada sabía desde su marcha de Salamanca.
Ambos tenían facilidad de habla, pero ahí acababa su
parecido; su compañero de mesa era bachiller en Leyes y,
según afirmó, pensaba seguir los pasos de su progenitor,
aunque antes deseaba adquirir experiencia en materia de
justicia y añadió, orgulloso, algo que lo dejó perplejo:
—Por orden del Real Consejo, dentro de unas jornadas
saldré hacia el valle de Salazar a investigar un asunto.
—¿Qué asunto si no es indiscreción? –preguntó él a punto
de atragantarse.
Lope tenía ganas de contarle a alguien su buena fortuna, la
importancia de un cometido tan notable siendo él un joven
abogado inexperto, y no ahorró detalles en cuanto a los hechos
denunciados por algunos vecinos de dicho valle: la muerte del
ganado, el tema de los gitanos, la epidemia de viruelas.
—Los denunciantes están convencidos de que todo ha sido
cosa de brujería y eso es lo que yo voy a averiguar, aunque
supongo que a un caballero como vos estas historias le sonarán
a cuentos de viejas…
—No quiero asustaros, pero he de advertiros que os
enfrentáis al más terrible de los peligros: el mismo Diablo.
Hablaron aquel día y los que siguieron; se reunían en el
domicilio de Bernabé, y este aleccionaba al joven hasta altas
horas de la noche. Lo puso al corriente de la terrible plaga que
aspiraba a destruir los fundamentos de la verdadera religión,
los manejos del demonio para captar discípulos entre unas
gentes que nunca habían sido verdaderamente cristianizadas,
las maléficas raíces que era preciso arrancar de cuajo, y juntos
leyeron el Malleus y otros textos pretéritos y recientes.
—¿Cómo así conocéis estas cuestiones tan a fondo? –
preguntó Lope tras una jornada especialmente intensa–. No
resulta habitual encontrar a un caballero versado en dicha
materia…
—Yo mismo estuve a punto de morir maldecido por una
bruja.
Y le contó cómo había sido embrujado por un súcubo bajo
la apariencia de una joven de largas trenzas que clavó un
virote en su pecho al haber él rechazado sus insinuaciones
carnales. Para confirmarlo, se abrió la camisa y le mostró la
cicatriz.
—Y aquel… aquel demonio ¿os dejó en paz.
—No. Intentó atraerme de nuevo y me dio un bebedizo.
Me llevó a un ayuntamiento en el cual adoraron a Satanás en
forma de cabrón y luego se lanzaron a una orgía que duró
hasta el canto del gallo, aunque yo para entonces había logrado
escabullirme. Me refugié en un caserío, pero me encontraron,
y una noche vinieron a por mí y mataron a los hombres que me
protegían, aunque gracias a la Divina Providencia escapé a
lomos de un caballo y pude llegar a Pamplona.
—¿Presenciasteis una junta de brujas.
El abogado estaba verdaderamente impresionado, que él
supiera el señor de Urruztia era la primera persona que había
visto al mismísimo Diablo.
—En efecto. Pero no temáis. Sus maleficios no pudieron
conmigo, conozco los medios para ahuyentarlos.
—¿Vendríais conmigo? –preguntó el joven tras unos
minutos de silencio–. Soy lego en estos asuntos y necesitaré a
mi lado a alguien que me aconseje…
Se hizo de rogar a fin de no mostrar su satisfacción; había
estado esperando aquella oportunidad durante años, y el
jovenzuelo ignorante que tenía delante se la ponía en bandeja.
—Os acompañaré a condición de que nadie, excepto vos,
conozca mi identidad, ni allí ni aquí. Los consejeros no
quisieron escucharme cuando acudí a ellos, y no sería
conveniente que lo supieran, podrían poner trabas. En cuanto a
los habitantes del valle… ya os digo que no son de fiar. Mi
vida correría peligro.
—Será nuestro secreto. ¿Pero cómo justificaremos vuestra
presencia ante quienes vendrán conmigo?
—Llamadme por uno de mis otros apellidos, Periz –se
inventó sobre la marcha– y decid que soy teólogo de la
Escuela de Salamanca.
—¿De Salamanca? Yo hice allí mis estudios.
—Yo también.
Abrió un portafolio y le mostró su título de Bachiller en
Teología. Lope no ocultó su admiración, y él disimuló una
sonrisa; no le diría que también era Magister en Leyes y
Cánones, por si acaso se le ocurría pedir informes a sus
maestros de la Universidad, en la que no existía ningún
registro a nombre de un tal Bernabé de Urruztia.
—No quiero ser indiscreto, pero ¿puedo preguntaros cómo
así os dedicáis a los negocios? No parece una ocupación
adecuada a vuestros conocimientos teológicos.
—La vida da muchas vueltas, mi joven amigo –
respondió–. Ya tendréis tiempo de comprobarlo.
Y ahora se encontraba de nuevo en el lugar más malvado
de la Tierra, pues no había nada peor que el ayuntamiento con
el príncipe de las tinieblas cuyo único fin era destruir la obra
de Dios. Por otra parte, los idólatras, y también los miembros
del Real Consejo, habían arruinado su brillante carrera, su
futuro, pero él se vengaría con creces de todos ellos y lograría
que aquellos fueran enviados a la hoguera. En cuanto a los
altivos administradores del Reino que anteponían las
ambiciones terrenales a las espirituales, debía reflexionar
sobre el medio de acusarlos de impiedad, en especial a dos de
ellos, los que se habían burlado de él a la cara aconsejándolo
que dejara de ver brujos y brujas por todas partes.
Otsagabia no había cambiado en diez años, tan era así que
pareciera que el tiempo se hubiera detenido. Quizás, se dijo, la
edad empezaba a hacer mella en él, pero no recordaba que el
pueblo fuera tan bonito como lo veía ahora, en un día soleado,
con las casas a ambos márgenes del río cuyas aguas bajaban
caudalosas tras el deshielo. No era de extrañar que a su padre
le gustara ir allí a pescar y a olvidar de paso la pila de legajos
que llenaban su mesa de trabajo en todo momento. Sin duda él
también habría disfrutado de una vejez tranquila en el caserío
de sus abuelos maternos de haber podido conservarlo e
ignorado la horripilante verdad oculta en un paraje tan
hermoso.
Hombres, mujeres y niños, fueron detenidos en cuanto se
procedió a interrogar a los primeros sospechosos, quienes a su
vez denunciaron a otros. Se repetían las acusaciones de unos,
así como las declaraciones de los denunciados, y Lope Camús
comprobó que eran ciertas las aseveraciones del señor de
Urruztia, ahora Periz. Asombrado, a la vez que horrorizado,
escuchó hablar de juntas, adoraciones satánicas, ungüentos,
vuelos, crímenes y barbaridades sin fin. Tras los
interrogatorios, su improvisado consejero señalaba a quienes
debían ser retenidos, y estos eran examinados por dos niñas de
no más de diez años que se presentaron voluntarias en la
primera jornada de la vista. De nada valió que algunos de los
imputados demostraran no ser ciertas las aseveraciones que los
inculpaban, o que los clérigos del Valle afirmaran hallarse en
compañía de este o aquel sospechoso la noche en que los
testigos aseguraban haberlos visto en una junta en la tejería de
Ezkaroze; el Diablo hacía posible que sus prosélitos estuvieran
en dos sitios al mismo tiempo. Cada día se encarcelaba a una o
a más personas a la espera de que fueran enviadas a Pamplona
para ser juzgadas, pues el comisario tenía orden de no torturar
ni ejecutar a nadie, y no hubo manera de hacerlo cambiar de
criterio; se jugaba su futuro, aseguró.
Decepcionado porque no vería arder allí mismo a sus
malditos enemigos, rabioso al descubrir al hombre que lo
había desposeído del caserío de sus abuelos y echado del
pueblo a lomos de un borrico, Bernabé envió a Gracian al
local de bebidas, o donde se terciara, con el encargo de
encontrar a alguien que testificara en contra del alcalde. En su
calidad, Esparza había exigido estar presente en los
interrogatorios acompañado por los párrocos y junteros del
Valle, y hacía valer su protesta a cada condena de uno de sus
convecinos. No le costó al sirviente dar con quien estuviera
dispuesto a declarar; el alcalde, miembro de un antiguo linaje
de hidalgos, capitán de las milicias salacencas, propietario de
caseríos y terrenos, tenía enemigos, al igual que los había
tenido su padre, el procesado por la Inquisición de Calahorra y
quemado en efigie, que nada tenían que ver con asuntos de
brujería, y sí de lindes y viejas pendencias. Sus acusadores
declararon haberlo visto con su vara de mando en los
ayuntamientos de brujas y brujos de los lunes, miércoles y
viernes, que se celebraban en la plaza y en las eras, y donde se
bailaba al son de la txirula y del ttun-ttun, para después volar
por los aires sobre cabrones negros. También señalaron que no
comulgaba y que participaba en el sacrificio de criaturas a fin
de entregar sus almas al demonio ayudado por cinco mujeres,
sus “sacerdotisas”, todas de edad, viudas y pobres, que fueron
asimismo inculpadas. Lo fueron igualmente unas cuantas
mujeres más, una de las cuales afirmó no creer en cuentos de
brujas, y otra que ni creía ni dejaba de creer, y un buen número
de niños, entre ellos, un muchacho llamado Petxiri, de once
años, cuya tía había sido ahorcada en la tejería.
La sala donde se celebraron las vistas, así como los
aledaños de la casa se hallaban repletas de gente hasta los
topes, y el alcalde perpetuo se defendió con tal brío y sentido
común, que su alegato fue interrumpido en varias ocasiones
por los aplausos, en especial cuando afirmó que las falsas
acusaciones se engendraban por la ignorancia, la inconsciencia
y las malas pasiones.
—¡Y la falta de seso! –se oyó gritar a una mujer, que fue
rápidamente desalojada del lugar.
Lope de Esparza, cincuenta mujeres y hombres y treinta
niños y niñas fueron enviados a Pamplona para ser juzgados
allí.
A
Bernabé se lo llevaban los demonios.
Convencido de que ninguno de los sospechosos
sería ejecutado dada la presencia en la Cort
Mayor de individuos claramente escépticos,
ateos diría él, que juzgarían o defenderían a la
tropa de idólatras, declinó regresar a la ciudad aduciendo que,
ya que estaba allí, dedicaría unas jornadas a la pesca y tomaría
baños en el río para aliviar su dolor de rodilla. No obstante,
prometió al bachiller estar presente durante los juicios, aunque
no tenía intención alguna de cumplir dicha promesa; no
pensaba soportar de nuevo sin poder intervenir las largas
sesiones de interrogatorios, alegatos, apelaciones, discursos y
demás, que no llevarían a nada provechoso. El Mal continuaba
enraizado en aquel valle, y esta vez no permitiría que Satanás
se saliera con la suya. Su nueva apariencia, el hecho de que no
hubiera estado sentado a la mesa del tribunal durante las
sesiones, que hubiera sido visto dando largos paseos a lo largo
de aquellos tres meses y, sobre todo, que se alojara en una
pequeña casa alquilada, para no tener que compartir
alojamiento con Camús y su gente, habían hecho creer que se
trataba de un caballero acomodado en busca de quietud y aire
sano. Acudía a la iglesia, daba limosnas, Gracian y él comían
en la única taberna de la localidad, saludaba amablemente a
quienes se cruzaban en su camino, y poco a poco llegó a ser
una figura habitual para los habitantes del pueblo. Si alguien
mantenía algún tipo de recelo, desapareció al permanecer él en
Otsagabia tras la marcha del comisario.
No vio a la bruja que lo había maldecido a pesar de
buscarla entre los asistentes al proceso; no había rastro de ella,
lo que lo llevó a pensar que habría muerto, si bien su intuición
le decía que seguía viva. Esta vez no la buscaría para
entregarla al tribunal, la ejecutaría él mismo o, mejor dicho, lo
haría su sirviente; matar era pecado mortal. Con la disculpa de
su artrosis, inquirió acerca de un curandero que pudiera
ayudarlo puesto que, según aseguró, los médicos consultados
no habían sido de gran ayuda.
—En Itsusoin vive una sanadora que hace milagros –lo
informó la mujer de un cestero.
—¿Está lejos de aquí ese pueblo.
—No es un pueblo, es una cascada de la selva, como a una
jornada de marcha, pero no es fácil llegar, hay que atravesar la
sierra de Abodi. Ella vive en una cueva de los alrededores.
Gracian supuso que debía ser el mismo lugar donde años
atrás habían atrapado a la joven hechicera liberada por los
vecinos. No recordaba cómo habían llegado hasta allí, aunque
sí que tuvieron que dar muchos rodeos. Bernabé pensó en
contratar a un guía que conociera bien el lugar, pero cambió de
opinión; no sería aconsejable que hubiera testigos. Así que
ordenó a su sirviente se informara sobre la forma más fácil de
llegar a la cueva, hiciera el trayecto para comprobarlo y luego
volviera a buscarlo. Él, mientras, continuó con los paseos y los
baños de pies en el río. Su caminata lo llevó en una ocasión
hasta el caserío, que había sido suyo durante un tiempo breve,
demasiado. Vio a su tío de lejos, pero no se aproximó; era
mejor no provocar al demonio, no fuera a ser que lo
reconociera y organizara un escándalo o lanzara a todos sus
parientes en su contra. Estuvo asimismo tentado de acercarse a
El Salvador y San Miguel Arcángel, pero supo por el vicario
que el monasterio había sido abandonado poco antes, y que
estaban construyendo una iglesia nueva; no podría por tanto
hablar con el viejo monje, si es que aún vivía. Recuperó el
gusto por la escritura, abandonada desde hacía años, pese a
llevar siempre consigo la carpeta de piel ajada donde guardaba
dos cuadernos en los que describía los hechos que lo habían
sumergido en el azaroso mundo de la brujería. Releyó las
cuartillas escritas durante su primer viaje a las órdenes del
licenciado Balanza en las que apuntó los nombres de las
personas ejecutadas, así como los de los condenados a penas
diversas, casi doscientos en total, también sus experiencias
personales y su teoría sobre la terrible plaga. El otro cuaderno,
redactado durante su segundo periplo por aquellos valles
endemoniados, le resultó mucho más interesante. La lista de
los reos era similar a la anterior, casi doscientos, de los cuales
había enviado a la hoguera a más de cincuenta, pero fueron sus
propias reflexiones lo que llamaron su atención. Se felicitó por
la excelente redacción y la profundidad de las tesis planteadas,
a la altura de los autores del Malleus Maleficarum, y decidió
que haría imprimir su propio libro para guía de los futuros
buscadores de brujos y brujas, aunque antes debía emprender
la última batalla.
Gracian tardó casi una semana en regresar, pero llegó
eufórico; tras perderse y recomenzar decenas de veces, había
por fin hallado una vereda que llevaba directamente hasta las
proximidades de la cueva.
—¿Cómo sabes que era esa? –le preguntó con rudeza.
—Porque vi a la bruja.
—¿Estás seguro de que era ella?
—Lo estoy –respondió el hombre con una sonrisa
satisfecha.
Él también sonrió. Así pues su intuición no lo había
engañado, la maligna, la encantadora de sueños, la seductora
hija de Eva, seguía con vida. Un par de jornadas más tarde,
bien pertrechados con sendas mulas, comida y mantas,
emprendieron el camino después de oír misa e informar al
vicario de que se dirigían en peregrinación a orar ante la
Virgen de Roncesvalles.
Si bien se creía que la curandera de Itsusoin vivía en la
selva de Irati, no era del todo cierto. Al igual que en su niñez y
juventud, Loredi mudaba de paradero según las estaciones; se
había acostumbrado a ello y, con la edad, dicha costumbre se
había convertido en un modo de vida: primavera y verano en
Irati, otoño e invierno en Larraine, junto a los suyos. En
cuanto los árboles perdían las hojas y caían los primeros copos
de nieve, recogía sus bolsas de hierbas y pasaba al otro lado de
las montañas altas donde los suyos la esperaban con los brazos
abiertos. Necesitaba estar sola, pero también sentirse querida,
ver crecer a sus hermanos pequeños y a sus sobrinos,
compartir risas y recuerdos con Ortixa y Joana. Otso la
acompañaba, más viejo a cada año que pasaba, pero siempre a
su lado como antes lo había estado su querido Basa. El tiempo
había sosegado su espíritu, pero el recuerdo de la violencia
sufrida a manos de unos brutos la había impedido aceptar la
compañía de un hombre bueno, leñador como su cuñado Peru.
Al volver a Itsusoin tras el parto de Dominika, no respiró
tranquila hasta comprobar que no estaba embarazada. Durante
las semanas previas, se preguntó una y otra vez qué haría de
estarlo; no se veía con fuerzas para concebir una criatura que
siempre le recordaría el momento en que cinco canallas, a cual
más feroz, habían abusado de ella, ultrajando su cuerpo y su
voluntad, y conocía el medio para impedir que el fruto de la
violación germinara dentro de ella. Pero, por otra parte,
sonreía al imaginar a un pequeño ser que paliaría la ausencia
del padre, los abuelos, Milia, y a quien amaría y educaría en
libertad al igual que lo había sido ella. Su sangre del mes
solventó el problema, pero comprobó que la sola idea de que
un hombre la tocara despertaba en ella un sentimiento de
rechazo, lo supo al recibir un abrazo de su cuñado la primera
vez que decidió reunirse con la familia en Larraine; la terrible
experiencia vivida seguía siendo todavía demasiada intensa.
Se hallaba recogiendo unos bulbos de campanillas de
invierno, buenos para paliar nauseas y vómitos, cuando
escuchó el ruido de pisadas sobre las hojas secas que cubrían
el suelo al igual que una enorme y espesa alfombra, y levantó
la cabeza. A pocos pasos de ella, dos jinetes le miraban desde
la altura de sus cabalgaduras. Reconoció a uno de ellos, al tipo
que la había secuestrado diez años atrás, el primero en
violarla. No había cambiado, quizás tenía menos pelo y estaba
más gordo, pero era el mismo rostro mal rasurado de mirada
torva que veía cada vez que pensaba en sus violadores; tenían
todos el mismo rostro. Al otro no lo conocía, ¿o sí? La
examinaba a través de los cristales pinzados en la nariz;
parecía saber quién era, y notó un súbito malestar. No tuvo
tiempo de pensar, el primer tipo se apeó de la mula y se dirigió
hacia ella esgrimiendo un cuchillo de grandes dimensiones;
echó a correr, pero tropezó con una raíz del tamaño de una
rama.
—¡De rodillas, puta! –le ordenó su atacante pinchándole
en la garganta con la punta del cuchillo–. Mi señor quiere
hablar contigo.
Obedeció, y el otro hombre se aproximó a ellos tras
apearse con dificultad de su montura.
—¿Cuál es tu nombre? –preguntó, y Gracian hizo de
intérprete.
—Loredi, hija de Balendin de Itzaltzu.
—Quería estar seguro. Volvemos a encontrarnos, bruja. y
esta vez nadie vendrá en tu ayuda. Vas a pagar por todo lo que
me has hecho padecer durante estos quince últimos años,
desde que nos vimos en Uztaroze por primera vez.
Le miró con curiosidad. Así que aquel era el hombre de
negro, el asesino de su padre y de tantas personas inocentes, el
Mal. Había cambiado, ya no era el personaje alto y delgado, de
ojos gélidos como el hielo, que tanto la había aterrorizado;
ahora era tan solo un viejo.
—Quiero oírte confesar, ¡confiesa que eres bruja!, o mi
sirviente te cortará en trocitos y pedirás la muerte a gritos. Si
confiesas, todo irá rápido. ¡Confiesa de una vez, maldita hija
del Diablo!
—Tú eres Inguma el Tenebroso, y yo no soy tu hija –
respondió ella poniéndose en pie y extendiendo la palma
marcada con la cicatriz en forma de equis–. Te maldigo una y
mil veces. Tu espíritu vagará en el cuerpo de una lechuza para
toda la eternidad, no encontrarás reposo y jamás tendrás la
dicha de ver a la Diosa. Amari ya te ha condenado.
Gracian había palidecido y su mano temblaba. Las últimas
palabras de la mujer eran la maldición escuchada hacía mucho,
cuando aún era joven, allá en su pueblo de Arizu, en boca de
una anciana de la que se rio y a quien tiró a un charco de
barro; fue el motivo que lo obligó a abandonar su lugar de
nacimiento. Creía estar fuera de peligro después de tantos
años, pero algo le decía que aquella amenaza iba también
dirigida a él.
—¿Qué ha dicho? –preguntó Bernabé impaciente.
Obligó a la mujer a arrodillarse de nuevo asiéndola por el
cogote y tradujo sus palabras.
—¡Mátala! ¡Mátala ya! –escuchó gritar a su amo.
Alzó el cuchillo con intención de clavárselo en el corazón
cuando, de reojo, vio a una bestia plateada abalanzarse sobre
él y cayó al suelo. No pudo reaccionar; en un instante, el
animal tenía las patas sobre su pecho y le enseñaba los dientes.
—¡Dile que se vaya! –suplicó.
Loredi estaba otra vez en pie y lo observaba sin tan
siquiera parpadear, hizo un gesto, y Otso le arrancó una
mejilla, después la otra y, finalmente, le clavó los colmillos en
el cuello.
Bernabé permaneció paralizado escuchando los gritos
desesperados de quien había sido su fiel servidor, aterrorizado
ante la certeza de que él sería el siguiente, no lograría escapar;
las dos mulas habían salido espantadas sendero abajo. Estaba
solo, a merced de una poderosa maga a quien los animales
salvajes obedecían, e imploró el auxilio de la Divina
Providencia que tantas veces había venido en su ayuda.
Cuando el cuerpo de su desgraciado compañero dejó de
agitarse, observó con pavor que ella avanzaba hacía él y se
detenía a tres pasos de distancia, el lobo con el morro
manchado de sangre a su vera. Había cambiado; ya no era la
niña ni la moza de largas trenzas de sus pesadillas, sino una
mujer madura y segura de sí misma. No podían entenderse,
ninguno hablaba la lengua del otro y, de todos modos, ¿de qué
serviría? Satanás había vencido, su padre había vencido. Ella
le miraba fijamente, y en sus ojos leía el desprecio del hombre
que lo había engendrado, a él y a su condenado medio
hermano, padre a su vez de la bruja que en cualquier momento
ordenaría a su demonio que se lo llevara al Infierno. Para su
sorpresa, ambos dieron media vuelta y desaparecieron en la
arboleda de troncos deshojados.
La tarde declinaba, las sombras aumentaban, el viento
agitaba las ramas peladas, y creyó ver a los espíritus que,
según se decía, vagaban por la selva a la caza de las almas de
los vivos. Tres días más tarde, un cazador lo encontró hecho
un guiñapo en las proximidades de Orbaizeta y lo llevó al
hospital de Orreaga. Había perdido el bastón y los lentes, tenía
la ropa destrozada, los ojos desorbitados, y solo decía
incoherencias; no había duda de que estaba loco.
El médico, el padre Esteban, no reconoció hasta mucho
después al hombre que tiempo atrás atendió siendo novicio,
antes de que el doctor Jimeno falleciera y él ocupara su lugar.
Cierto que había visto antes aquel tipo de cicatrices en el
tórax, las heridas por arma eran habituales, pero el demente le
era una persona extraña. No obstante, a medida que las
semanas transcurrían, el discurso enajenado que siempre
giraba en torno a brujos y demonios, y sobre todo el hecho de
que su paciente se quedara en los huesos por la falta de apetito,
lo que añadido a que le raparan la barba por cuestión de
higiene, le trajo a la memoria la figura del caballero herido por
un virote con quien, de alguna manera, había llegado a
entenderse y en quien de vez en cuando pensaba: el jurista
Avellaneda. Se hizo el propósito de sanarlo, aunque sabía por
experiencia que resultaría una tarea asaz improbable; la psyché
humana era un enigma, y el hombre mostraba con claridad
indicios de demencia. Ordenó baños de aceite de caléndula y
valeriana, tisanas de bayas de espino blanco, y masajes con
aceite esencial de hipérico, la hierba de San Juan, para calmar
la ansiedad que lo devoraba, pero, sobre todo, habló con él,
escuchó sus largas peroratas, y llegó a la conclusión de que sus
historias eran el resultado de los desvaríos de una mente
enferma, pues alguien que gozara con el sufrimiento ajeno,
que asegurara haber enviado a la hoguera a más de cien
personas, ser testigo del vuelo nocturno de las brujas o,
incluso, haberse hallado en presencia del propio Satanás, no
podía estar en sus cabales. No obstante, comprobó que, tras
varios meses, el paciente mejoraba, dejaba de hablar de temas
escabrosos y pasaba largos ratos en la biblioteca del
monasterio leyendo un ejemplar de “La Ciudad de Dios” de
Agustín de Hipona y otros de sus textos, gracias a unas lentes
que él mismo le proporcionó, las de su añorado antecesor. Sus
conversaciones giraban ahora en torno a la salvación y a las
tesis filosóficas del santo fundador, y no pudo sino
congratularse por el acierto de su tratamiento.
Bernabé se despidió tras medio año de estancia en
Roncesvalles. Le había sido devuelto íntegro el dinero que
llevaba escondido en la faltriquera de sus calzas al ser
ingresado; entregó una muy generosa limosna para las obras
de caridad del hospital, adquirió en el vecino pueblo de
Valcarlos un ropón negro que lo cubría de cuello a pies, y
pidió que le enviaran un carro de viaje.
—Gracias por vuestra ayuda –le dijo al médico–. No os
olvidaré.
—¿Qué pensáis hacer ahora?
—Acabar lo que empecé. Matar a la bruja que me trajo
aquí y a todos sus compinches, seres execrables que arderán en
esta vida y en la otra.
El padre Esteban abrió la boca, pero no dijo nada; lo vio
partir, anonadado, dirigiéndose luego a la iglesia para pedir
perdón por el pecado de soberbia al creerse capaz de sanar a
un hombre sin alma.
Al llegar a Pamplona, Bernabé encontró que habían
entrado los ladrones en la casa dejándolo todo patas arriba, y
que las ratas habían destrozado la mayoría de los libros que
atesoraba, así como sus ropas. Su querido Malleus y los
cuadernos de notas habían desaparecido con las mulas; tenía
por tanto que empezar de nuevo, una vez más. Acudió a un
sastre de la calle Mercaderes y compró unas calzas, unas
medias y un sayo negros, que completó con unos zapatos
abotinados del mismo color, adquiridos en una zapatería
cercana, y un bastón con mango de plata. A continuación, se
presentó en el despacho del cambista, quien no ocultó su
sorpresa al reconocer al señor Avellaneda, a quien no esperaba
volver a ver.
—Soy el señor de Urruztia y también el juez Avellaneda, y
más os vale no preguntar –fue su saludo.
Exigió examinar su estado de cuentas, pidió conocer los
beneficios obtenidos en el año que había durado su ausencia,
recordándole que ambos eran socios en el asunto de la
compra–venta de terrenos y edificios, y que debían por tanto
compartir las ganancias. Satisfecho con el resultado, pidió a
Ferrando que lo pusiera al día de los asuntos de la ciudad sin
omitir detalle. Supo así que él estaba en lo cierto al pensar que
las personas acusadas por Lope Camús no serían ajusticiadas,
si bien estaba previsto un auto de fe, que tendría lugar al día
siguiente sábado.
—Me han asegurado que saldrán sesenta y nueve personas
penitenciadas, niños incluidos –aseguró el banquero, todavía
bajo la impresión de la inesperada visita–. Al parecer en esta
ocasión han llegado a un acuerdo los tribunales civiles y la
Inquisición.
Pidió una buena cantidad de dineros que le fue entregada
sin rechistar y pagó el precio de un caballo por una ventana
que daba a la plaza donde tendría lugar el auto de fe, después
alquiló una habitación en la posada “La Estrella del Norte”, en
la Navarrería, y no salió de ella hasta la hora de la ceremonia
que tenía conmocionados a toda la ciudad. Había pagado una
cantidad desorbitada por un ventanuco de mala muerte, pero
merecía la pena. La plaza estaba a rebosar, y desde su
observatorio podía observar perfectamente el estrado donde se
situarían los penitenciados, así como la tribuna reservada a las
autoridades, y masculló un juramento; debería estar allí,
presidiendo un juicio que él había hecho posible. Vio llegar a
los poderosos por orden de jerarquía, siendo el virrey, el
condestable y obispo los últimos en tomar asiento en la parte
central de la tribuna, rodeados a su vez por los oidores, jueces,
secretarios y miembros de los Tres Estados. Los primeros
condenados fueron las cuarenta y nueve personas del valle de
Salazar acusadas de brujería, hombres, mujeres, niños y
jóvenes.
—Por brujas, apostatas, maléficas, idólatras y blasfemas de
nuestra sagrada religión –escuchó declamar al secretario del
tribunal en medio del silencio más profundo, apenas
interrumpido por algún gemido que otro.
Todos fueron reconciliados tras pedir perdón por haber
renegado de Dios y abjurar de sus falsas creencias inducidas
sin duda por el Diablo. No prestó atención a las penas
impuestas, le daba igual; latigazos, exilio, multas… los
detendrían durante un tiempo, pero pronto volverían a las
andadas. Le preocupaba no haber visto al alcalde Lope de
Esparza, si bien recordó que los hidalgos eran reconciliados en
privado, por lo que ni siquiera tendría el placer de ver
humillado al hijo de puta que lo había ofendido. Una cosa
llevó a otra y por primera vez cayó en la cuenta de que ambos
eran parientes lejanos, pues su madre era prima del padre de
aquel.
El auto de fe se alargaba hasta aburrir, pero no tenía otra
cosa que hacer y, además, le sería imposible salir de la plaza,
así que escuchó la sentencia de un cirujano alemán por
luterano, la de dos individuos por bígamos, la de varios
blasfemos, la de una mujer que había dicho que la Virgen no
era virgen, la de otros por falso testimonio, veinte en total. El
plato fuerte quedó para el final, el acusado era un converso de
judío, Gabriel del Monte Mayor, que había seguido judaizando
pese a haber recibido el bautismo; fue condenado a morir en la
hoguera por herético pertinaz, y las llamas se elevaron hacia el
cielo de Pamplona en el anochecer de aquel sábado de marzo
en el que la primavera brotaba ya en los campos. Mientras
contemplaba arder el cuerpo del desgraciado, a Bernabé se le
pasó una idea por la cabeza: crear su propia milicia para luchar
contra los hechiceros, sí, pero también contra herejes, falsos
conversos, traidores, homosexuales, prostitutas, asesinos…
convencido de que todos ellos hacían parte del ejército de
Satanás. Para ello necesitaría una gran cantidad de dineros,
pues sería preciso alojar, alimentar, pertrechar y pagar los
sueldos a sus soldados. Tal vez era hora ya de encargarse de
sus propias finanzas, y aumentarlas. Martín Ferrando era un
converso, y no resultaría complicado acusarlo de judaizar; el
Santo Oficio aceptaba las delaciones anónimas. Una vez
muerto su socio, él se haría con todo el negocio.
Complacido con su proyecto y por haber visto al menos
arder a un hereje, esperó a que la plaza se vaciara para no
verse empujado por el populacho. Tenía hambre y decidió
pasar por la taberna de la calle de Torredonda, donde de
seguro no se toparía con el señor de Garro, Camús y otros de
su especie, que se hallarían conmemorando el evento en “La
Flor de Lys”. No había vuelto desde su marcha de la Población
de San Nicolás, pero seguía siendo el mismo local oscuro que
recordaba, sus dueños también eran los mismos y a poco les da
un pasmo al descubrir su figura recortada en la puerta; se les
heló la sangre al verlo allí de nuevo al igual que una aparición.
No habían sabido nada de él en aquellos diez años y
suponían que se habría ido de la ciudad, o que habría fallecido,
ambas probabilidades igualmente satisfactorias. Al tener
conocimiento por Gracian de que su señor había sufrido una
terrible dolencia que lo mantenía al borde de la muerte,
estaban convencidos de que el mal se debía a los polvos de la
belladona proporcionados por ellos la misma noche del ataque;
temían verlo aparecer en cualquier momento acompañado por
el alguacil y no descansaron hasta que la casa del notario pasó
a manos de un mercader de tejidos. También pensaron en
vender el negocio y marcharse al pueblo, pero la taberna era
todo lo que tenían, no sabían hacer otra cosa. En mala hora no
lo habían hecho. Si bien más viejo, el espectro era muy real e
incluso más aterrador que antes, con aquellos cristales que
aumentaban el tamaño de sus ojos. El tabernero echó a toda
prisa a los cuatro hombres que ocupaban el extremo de mesa
de comer, lo limpió con un trapo y lo invitó a sentarse
sirviéndole una jarra de vino a la espera de la cena, una
cazuela de alcachofas en salsa que, según lo informó, estarían
a punto en breve.
—Hace mucho que no os veíamos por aquí, señor… –no
sabía cómo dirigirse a él.
—He estado ausente.
—Muy ocupado, supongo…
—Cierto. He estado persiguiendo a los criminales que
infectan nuestro Reino, aunque mi misión no ha acabado.
Todavía quedan un par de asesinos sueltos a los que pronto
echaré el guante.
Le miró, y el hombre tembló de miedo al verse observado
por aquellos ojos enormes, iguales a los de una lechuza. No le
cupo la menor duda de que se refería a ellos y entró en la
cocina hecho un manojo de nervios.
—Viene a por nosotros –dijo a su mujer–. Me ha dicho que
pronto echará el guante a dos asesinos.
—No pierdas la calma –respondió esta–. Quizás se trate de
otros…
—Estoy seguro de que se refería a nosotros. ¡Maldita sea!
¡No sé a cuento de qué tuviste que darle los polvos!
—¡No me pongas nerviosa! Esto enseguida está. Llévale
un trozo de queso para que se entretenga.
Cortó un trozo de queso en dados que puso sobre un plato
y lo llevó a la mesa.
—Si sois tan amable –casi no tenía voz–, la cena estará
enseguida.
—No tengo prisa –respondió Bernabé–, ninguna prisa.
Mientras mordisqueaba el queso, contempló a los clientes
del local, todos hombres. Le complacía que no hubiera allí
hembras mostrando los pechos de manera desvergonzada,
induciendo a pecar a los incautos, embrujándolos con sus
malas artes. Tal vez pudiera encontrar entre ellos algunos
suficientemente temerosos de Dios para iniciar la milicia que
se enfrentaría a la bruja, al lobo y al ejército de íncubos y
súcubos que acechaban a los buenos cristianos. Les
preguntaría a los dueños. Aquella pareja le caía bien; ambos
eran honestos y siempre se habían mostrado respetuosos,
ayudándolo en momentos de debilidad en los que necesitó
tomar hierbas para el sueño. Hacía mucho que no las tomaba,
aunque… ahora… quizás… Dejó de cavilar al tener delante un
plato hondo repleto de alcachofas en salsa con jamón y
cebolla; aspiró su aroma, se llevó la cuchara a la boca y
paladeó la hortaliza que se derritió al contacto con su paladar.
Nunca había sido exigente con la comida, le bastaba con que
estuviera bien cocinada, pero, con la edad, descubría el placer
inofensivo del buen yantar. Aquel plato estaba delicioso, y lo
rebañó hasta dejarlo completamente limpio.
—Una cena excelente –afirmó al acabar–. Me alojo en la
posada de la Navarrería, pero volveré mañana. Tengo algo
pendiente con vosotros.
El tabernero y su mujer lo vieron salir apoyado en su
bastón y perderse en la oscuridad; era el último cliente de la
jornada, y respiraron por fin tranquilos.
T
ras el malhadado encuentro, Loredi decidió
regresar con los suyos. Acababa de llegar a la
cueva para pasar los meses cálidos y proveerse de
plantas, sin embargo ya no sentía la necesidad de
permanecer allí sola. La batalla había sido ardua,
había durado la mitad de su vida, pero finalmente había
vencido al miedo, al enemigo que la había oprimido sin
descanso. No se arrepentía de haber permitido que Otso
degollara a su violador, él había intentado matarla primero.
Además, había también asesinado a su buen Basa. Tampoco
lamentaba haber dejado a un viejo a su suerte en medio de la
selva, merecía la muerte por sus crímenes, pero no era ella
quien debía juzgarlo; la Diosa se encargaría de darle el castigo
merecido. Recogió pues sus bolsas de hierbas y emprendió el
camino de vuelta a Larraine, donde la sorpresa de los suyos
fue pareja al contento de saber que ya no se iría. Joana había
rehecho su vida en compañía del amigo leñador de Peru, aquel
que años atrás la pretendía, y ella se alegraba por ellos y por
sus medio hermanos, que ahora tenían un nuevo padre.
También Ortixa había parido a otra hija, y las dos familias
vivían en un caserío doble en el que se escuchaban las voces y
las risas de los niños, ignorantes de las amarguras padecidas
por sus padres.
No eran conscientes del cambio que había tenido lugar en
su tierra, Navarra se había partido definitivamente en dos: el
norte para Francia, el sur para Castilla, pero los habitantes del
Pirineo continuaban con su vida de costumbre, iban y venían,
asistían a mercados y fiestas, comerciaban o buscaban pareja
en uno u otro lado, el invierno era igualmente crudo en ambas
vertientes, y Amari velaba por su pueblo desde la montaña
sagrada, al tiempo que repicaban las campanas de las iglesias.
Ya no había ovejas que cuidar, así que, para contribuir de
alguna manera a la economía familiar, Loredi se dedicó a lo
único que sabía: la elaboración de remedios. Vivían a las
afueras del pueblo, junto al bosque y, al instalarse allí, todos
guardaron el secreto de su habilidad; cuanto menos se supiera
de ellos, de lo ocurrido, de su pasado, mejor. Pero ahora no
había nada que temer, y podía poner en práctica su pericia a la
hora de sanar las afecciones. No tardó en saberse, y pronto
empezaron a acudir a ella personas de todas las edades con
dolores, reumas, heridas y otros males. Su buen hacer y, ante
todo, que no tratara de engañar a nadie con pócimas inútiles
cuando el mal no tenía solución le granjeó el respeto de sus
vecinos. No dijo que también era partera; en Larraine había ya
dos y no tenía intención alguna de crear malas relaciones, le
bastaba su labor, ensayar nuevas mixturas, elaborar aceites y
pomadas. Su fama llegó a los pueblos cercanos y los monjes
de la colegiata de Urdax, en Ziberua, solicitaron fuera a
visitarlos, pues el boticario del hospital de peregrinos había
fallecido llevándose a la tumba algunas de las fórmulas que lo
habían hecho célebre, en especial el remedio para curar las
llagas en los pies de los caminantes que acudían a venerar un
brazo de la santa mártir Engracia, encontrado por un buey en
el interior de un roble, el árbol sagrado de los antiguos.
Allí conoció a Arnaut, un hombre más o menos de su edad
que ayudaba en la botica; juntos elaboraron aceites y
ungüentos de caléndula, mano de santo para las heridas. Según
le contó, había luchado a las órdenes del mariscal logrando
escapar por los pelos cuando este fue detenido en Isaba. No
podía regresar a la “otra” Navarra porque se lo impedía su
primo Lanzarot, palaciano de Gorraiz, cerca de Pamplona, y
exaltado beamontés que había luchado en Noain, en Maia, en
Hondarribia y en otros lugares a favor de la ocupación
extranjera. Los franceses quemaron la casa de su padre, si bien
don Carlos premió con creces su lealtad, y él se hizo construir
un torreón en lo alto de la loma donde antes solo había huertas.
—El caso es que Lanzarot odia a los franceses y a los
agramonteses. También me odia a mí por mi fidelidad a los
reyes legítimos. Es un tipo belicoso con muy malas pulgas.
Tras la conquista solicité regresar, pero él no lo permitió.
Ahora las cosas han cambiado, y quizás tenga una
oportunidad.
—¿No estás bien aquí? –le preguntó ella.
—Estoy bien, pero… uno no es verdaderamente libre si no
puede ir adonde quiere. Deseo ver de nuevo los lugares de mi
niñez y de mi juventud, aunque no me quedaré por allí. Mi
primo me haría la vida imposible.
Arnaut la acompañó a su vuelta a Larraine. Amable,
ameno, no tardó en ganarse el aprecio de todos; ayudaba a
Loredi en el pequeño herbolario montado en un cobertizo que
su cuñado y el marido de Joana habían construido para ella, y
entretenía a grandes y a pequeños contándoles historias reales
e imaginadas al calor del hogar. Para gran contento de su
madre adoptiva y de su hermana, lo que había comenzado
como una amistad entre dos personas que compartían un
mismo interés por las plantas y sus aplicaciones curativas se
convirtió en afecto; meses después se unían teniendo como
testigos a los cuatro parientes de ella y a unos cuantos amigos
y vecinos que se apuntaron al festejo.
A una edad en que la mayoría de las mujeres eran madres
desde hacía tiempo, Loredi descubrió por vez primera el placer
de amar y ser amada; no solo no sentía ya rechazo alguno ante
un roce masculino, sino que volcó en su compañero el
inmenso amor que escondía en algún rincón de su corazón por
miedo a ser herida. Antes de adormecerse en su noche nupcial
vio los rostros del padre, de los abuelos, de Milia, y supo que
ya no lloraría su pérdida porque ellos estaban allí, a su lado,
siempre lo habían estado.
Poco después de la boda, y después de mucho insistir él, la
pareja partió hacia Pamplona. Arnaut había escrito una larga
carta a un tal señor de Garro, viejo amigo de su familia,
exponiéndole su situación y el deseo de no seguir siendo un
desterrado. La respuesta tardó en llegar, pero las noticias eran
buenas; el caballero le aseguraba que no había peligro, había
hablado con dos de los oidores del Reino y estos habían
prometido interceder por él, como prueba le enviaba un
salvoconducto a fin de que pudiera hacer el viaje sin
contratiempos.
—Ve tu solo –le dijo Loredi–. Yo te esperaré aquí.
—Quiero que vengas conmigo –insistió él.
—Te he contado lo que nos ocurrió a los míos y a mí. No
quiero volver a pasar por lo mismo.
—No pasarás. Nadie se atreverá a meterse contigo.
—Alguien podría reconocerme…
—¿Quién? Nunca has estado en Pamplona, y han pasado
muchos años. Entonces eras una muchacha, ahora eres una
mujer casada con un hidalgo, aunque sea más pobre que una
rata.
Se echó a reír y la besó en los labios; acabaron en el lecho
y al día siguiente partían en el pequeño carro de viaje que
alquilaron en el pueblo.
Al llegar a la ciudad se hospedaron en una posada que les
recomendó el encargado de los establos municipales donde
dejaron el carro y la mula. Después fueron a hablar con el
señor de Garro, quien para entonces había ya obtenido la carta
de perdón firmada por el virrey y los consejeros. Les dijo
haber jurado lealtad en nombre de Arnaut de Gorraiz, y su
juramento había sido aceptado; la dureza de los primeros años
de la ocupación ya no lo era tanto, y no había nada que una
bolsa de dineros no pudiera comprar, añadió haciéndoles un
guiño.
—No puedo pagaros…
—Tu padre murió por salvarme la vida en Atarrabia. Por
fin he podido devolverle la deuda –lo interrumpió, y añadió
con una sonrisa no exenta de ironía–: pero recuerda que todos
los que luchamos por la libertad de nuestro Reino seguimos
excomulgados.
El señor de Garro los invitó a asistir al auto de fe que
tendría lugar aquel mismo día, aunque tuvo que explicarles de
qué se trataba. Loredi notó que le flaqueaban las piernas ante
la sola idea de presenciar la aberrante ceremonia en la que
serían juzgadas, y tal vez quemadas vivas, personas de su
amado valle bajo la misma acusación que ella había padecido
y agarró con fuerza el brazo de su marido. Este se disculpó
como mejor pudo aduciendo el cansancio del viaje, y el
caballero sonrió.
—Hacéis bien. Yo no tengo más remedio que estar
presente si no quiero ser excomulgado por segunda vez.
De vuelta en la posada, cenaron de manera frugal y se
fueron a la habitación desde donde escucharon los redobles de
tambor que anunciaban el comienzo del auto de fe.
Los despertaron unos gritos en mitad de la noche. En unos
instantes los dueños de la posada, sirvientes y huéspedes se
hacinaban en el pasillo, delante de una puerta. Horrorizados,
contemplaron al ocupante del cuarto que, en cueros, daba
saltos encima de la cama mientras no cesaba de gritar y
proferir blasfemias contra Dios, la Virgen y todos los Santos.
No sabían qué hacer, nadie se atrevía a entrar, así que el
posadero envió a un pinche a por el médico y, de paso, a por el
alguacil del barrio y algún cura de la catedral, pues no había
duda de que el hombre estaba poseído. Pareció calmarse
durante un momento, fijó su mirada borrosa en los mirones,
sus ojos se desorbitaron, y los gritos arreciaron.
—¡La bruja! ¡La bruja! –aulló apuntando su dedo índice a
los curiosos que se agolpaban a la puerta.
La llegada del médico, seguido por el alguacil y el clérigo
dio por finalizada la expectación; entraron en el cuarto y
cerraron la puerta. Media hora más tarde, salían con caras
serias; el poseso había fallecido. Los dueños de la posada los
informaron de que el caballero llevaba allí dos días, no sabían
su lugar de procedencia, solo que se apellidaba Periz y que no
había pagado el alojamiento. No encontraron documento
alguno entre sus ropas, solo una bola repleta de dineros. La
conclusión fue que se trataba de uno de los muchos foráneos
llegados para asistir al auto de fe. Visto que el posadero exigía
se sacara de inmediato el cuerpo de su local y se le abonara el
hospedaje, el oficial mandó avisar a unos hombres para que lo
llevaran al depósito de cadáveres del fosal de tierra sin
consagrar donde eran enterrados los criminales, herejes,
prostitutas y titiriteros; la deuda debía ser reclamada en las
dependencias municipales.
A la misma hora, en la otra punta de la ciudad, la tabernera
de la calle de Torredonda limpiaban a fondo su
establecimiento, eliminando todo rastro de hierbas
sospechosas, pomadas para la piel y jarabes para la tos, de
manera especial la olla que contenía las sobras de un exquisito
guiso de alcachofas en salsa de jamón y cebollas; echó los
restos a un agujero cavado en el jardincillo de la trasera y lo
cubrió con tierra.
La víspera, se afanaba en la preparación del plato de la
noche, puré de verduras con garbanzos y bacalao, cuando tuvo
el mayor sobresalto de toda su vida al ver aparecer a un
fantasma del pasado que ya creían olvidado. Ella y su marido
habían asistido al juicio en la plaza de casi cien personas y
presenciado la ejecución de un hombre a quien no conocían.
Todavía impresionada, removía el contenido de la olla sin
dejar de darle vueltas al asunto, intentando imaginar lo terrible
que debía ser que a una la abrasaran viva, ella que siempre
andaba con fuego y a veces se quemaba. La presencia del
inquietante personaje después de tanto tiempo le puso la carne
de gallina, ¿qué hacía allí precisamente aquel día? No le cupo
la menor duda de que algo tenía que ver con el proceso a los
herejes. El nerviosismo de su hombre acabó por convencerla
de que el juez, oidor, o lo que fuera, los acusaría por posesión
de hierbas venenosas, y de que ambos acabarían en la hoguera
al igual que el pobre desdichado.
Quedaban alcachofas del mediodía, y tomó una decisión:
retiró la salsa a una sartén, volcó en ella todos los polvos de
belladona que guardaba en un tarro de barro y la removió hasta
diluirlos, luego añadió las hortalizas y continuó agitando la
mezcla durante unos minutos, la pasó a un cuenco y observó a
Bernabé tras la cortina de la cocina comer con apetito y
arrebañar la última miga. A la mañana siguiente pidió a su
marido que se acercara a la posada de la Navarrería a fin de
comprobar si era cierto que se hallaba allí hospedado y, de
paso, a llevarle un pucherillo de albóndigas, que sabía
apreciaba. El tabernero no entendió a qué venía semejante
interés, pero era aconsejable tener contento al caballero,
además debía pasar por la Casa de la Jurería a hacer una
gestión y no le costaba llegarse hasta la fonda. Regresó con el
pucherillo al cabo de unas horas. El señor de Urruztia, o como
quiera que se llamara ahora, había muerto aquella misma
madrugada; había visto el cadáver cuando lo sacaban para
llevarlo al fosal. El posadero le informó de que el hombre, a
quien llamó señor Periz, había sufrido un ataque de locura,
aunque más bien creía que debía haber sido embrujado, pues
no dejaba de gritar que el demonio lo perseguía. Nadie lo
conocía, y él se hizo el tonto para no verse obligado a dar
explicaciones al alguacil. La mujer no dijo nada y continuó
con sus labores; ya no había nada de qué temer.
Loredi palideció al reconocer al hombre de negro, no al
que un año atrás fue a buscarla al bosque, sino al otro, al tipo
alto y enjuto cuyo recuerdo la había torturado desde que era
casi una niña. Temió que sus últimas palabras, mientras la
señalaba, pusieran en alerta a los demás, y que todo volviera a
empezar, pero nadie se fijó en ella, excepto Arnaut, quien la
asió por el talle para evitar que se desplomara.
La pareja emprendía viaje al mismo tiempo que los restos
de Bernabé Urruztia, alias Avellaneda, alias Periz, eran
depositados en el cobertizo del fosal para marginados. Pasaron
por Gorraiz, contemplaron de lejos el torreón que el primo
Lanzarot había mandado construir en lo alto de la loma gracias
a la recompensa por sus servicios al rey extranjero, y la casa
en la que había nacido y crecido, ahora deshabitada y con el
tejado destrozado, y prosiguieron adelante, hacia Nabazkoze, y
de allí a Otsagabia e Itzaltzu para luego tomar el camino que
llevaba a Larraine, donde la séptima hija de Balendin el pastor
encontró por fin la dicha que le había sido negada desde su
nacimiento.
***
– NOTA –
L
a llamada “caza de brujas” tuvo su inicio a partir
de la bula Summis desiderantes affectibus del
papa Inocencio VIII, en 1484, que provocó el
terror en Europa durante mas de tres siglos y llevó
a la hoguera a una cifra estimada de entre 60.000
y 70.000 personas, de las cuales un 75% fueron mujeres. El
número de acusados, hombres, mujeres y niños, sobrepasó los
100.000.
En contra de lo que habitualmente se cree, la Inquisición
española no persiguió especialmente a los supuestos
hechiceros, pues era de la opinión de que la creencia en la
brujería no dejaba de ser mera superstición de campesinos
iletrados; su objetivo fueron los conversos judíos y
musulmanes, luteranos, herejes e imputados por blasfemia y
por delitos contra la moral, bígamos, homosexuales y
amancebados. Aunque también es cierto que la doctrina de la
Iglesia en cuestiones de hechicería tuvo mucho que ver en la
persecución a los “discípulos del Diablo”. Los inquisidores
(investigadores) en el tema de la brujería fueron sobre todo
jueces civiles, y el número de los ajusticiados en la Corona de
Castilla, más mujeres que hombres, fue proporcionalmente
menor que en otros países europeos, y casi siempre casos
aislados.
Sin embargo, en el País Vasco, los ejecutados, perseguidos,
encarcelados, torturados y desterrados fueron muchos más que
en otros territorios peninsulares. No existen cifras concretas
debido a la desaparición de gran parte de la documentación
correspondiente, solo algunas informaciones, crónicas o cartas,
pero suficientes para plantear hipótesis diversas sobre lo
ocurrido. Una cosa está clara, los grandes procesos por
brujería, Durango (1500), Calahorra (1507), Valles del Pirineo
navarro (1525, 1527 y 1540) o Logroño (1610), muestran con
claridad que la caza de brujas en nuestra tierra fue una realidad
que causó gran conmoción y tardó mucho en ser olvidada, de
hecho, todavía se habla de ello.
Una “caza de brujas” es la persecución a todo un pueblo,
no de casos aislados aquí o allá. La represión ejercida en
Navarra, en los valles de Roncal, Zaraitzu-Salazar, Aezkoa y
Erro, entre 1525 y 1527, tuvo unas proporciones desmedidas si
se tiene en cuenta el tamaño medio de sus poblaciones. No
hubo pueblo ni aldea que no fuera investigado, donde no se
detuviera o se ejecutara en la horca o en la hoguera a uno o
más de sus vecinos y vecinas. Los estudiosos no se ponen de
acuerdo en cuanto al número de ajusticiados, que ronda entre
las cien y doscientas personas, un número muy superior a los
once de Zugarramurdi, cinco en efigie, que tanta fama han
alcanzado, si bien en ambos casos un solo asesinado hubiera
sido ya demasiado, pues todo fue una gran mentira. Jamás
hubo brujas ni brujos que volaran por los aires, asesinaran a
cientos de criaturas para hacer pócimas, desencadenaran
granizadas, asolaran los campos, provocaran epidemias y,
mucho menos, fornicaran con el Diablo en orgías nocturnas.
Los ejecutores de tales barbaridades tienen nombre: el
licenciado Pedro de Balanza, consejero real con los legítimos
reyes de Navarra, Catalina y Juan, y asimismo con los
conquistadores Fernando el Católico y Carlos I. Dicho juez fue
enviado en 1521 a Ultrapuertos (Baja Navarra) con un ejército
a fin de reprimir las revueltas que coleaban desde 1512, fecha
de inicio de la conquista del Viejo Reino. Es verosímil pensar
que su redada de 1525 tuviera más que ver con la represión de
los agramonteses que todavía se resistían, que con la búsqueda
de brujas y brujos inexistentes. Del otro juez, únicamente se
sabe su apellido: Avellaneda, e incluso se duda de su
existencia, pero se conserva una carta que, parece ser, él
mismo envió al Condestable de Castilla, Iñigo de Velasco, en
la que afirma haber visto con sus propios ojos volar a una
bruja.
Que la caza de brujas en Navarra tuviera unas
connotaciones más políticas que religiosas es un hecho
plausible, que no difiere de otras actuaciones, en otros
ámbitos, hasta fecha de hoy. Y que se les diera poder de vida o
muerte a hombres embusteros y sin escrúpulos, también.
EXTRACTO DE LA CARTA ENVIADA
POR EL INQUISIDOR DE NAVARRA
AVELLANEDA AL CONDESTABLE
DE CASTILLA IÑIGO FERNÁNDEZ
DE VELASCO