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Blaise Pascal

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Hubo un hombre que, a los doce años, con barras y

redondeles, había creado las matemáticas; que, a


los dieciséis, había realizado el más sabio tratado
sobre las cónicas que se había visto desde la
antigüedad; que, a los diecinueve, redujo a máquina
una ciencia que existe toda entera en el
entendimiento; que, a los veintitrés, demostró los
fenómenos de la pesadez del aire y destruyó uno de
los grandes errores de la física antigua; que, a esa
edad en que los hombres comienzan apenas a
nacer, habiendo acabado de recorrer el círculo de
las ciencias humanas, se apercibió de su nada e
hizo girar sus pensamientos hacia la religión; que, a
partir de ese momento y hasta su muerte, que
acaeció en su trigesimonono aniversario,
continuamente enfermo y colmado de sufrimientos,
fijó la lengua que hablaron Bossuet y Racine, dio el
modelo de la más perfecta ironía como el
razonamiento más poderoso; y que, finalmente, en
los breves intervalos de sus males, resolvió por
abstracción uno de los más altos problemas de la
geometría, y dejó caer sobre el papel pensamientos
que son tan divinos como humanos. Este genio
tremendo se llamaba Blaise Pascal.

Chateaubriand, El genio del cristianismo

Matemático, inventor, filósofo, teólogo y


místico: vida y obra de un genio
francés
1.1. Un niño prodigio en el grand siècle
Blaise Pascal nació en Clermont (hoy Clermont-Ferrand), en Auvernia,
el 19 de junio de 1623. Su familia se dedicaba a asuntos jurídicos (en el
siglo XV ya hay noticias de su bisabuelo, que era magistrado municipal).
Étienne Pascal, el padre de Blaise, sería el primero de la familia en ir a
estudiar a París; se inscribió en La Sorbona en 1608. Pero las
formalidades académicas casaban poco con su espíritu indagador y
amante de la especulación, y no halló en sus estudios de leyes lo que
andaba buscando; además, Martin, su padre, consejero y recaudador de
impuestos del rey, le ordenó volver a Clermont por las revueltas que
hubo en París cuando Henri IV fue asesinado, en 1610. Con la herencia
recibida de su padre, a la muerte de éste, Étienne compró el cargo
de Consejero electo por el rey en la elección de Bas Auvergne en
Clairmont. Y en 1624 lograría hacerse con un cargo más importante: el
de Segundo presidente de la Cour des Aides [Tribunal de Ayudas] de
Montferrand, encargado de atender asuntos contenciosos fiscales. En
1616, Étienne contrajo matrimonio católico con Antoinette Begon, con la
que tuvo cuatro hijos: Antoinette, que murió muy tempranamente,
Gilberte, que vio la luz en 1620, Blaise, que nació en 1623, y Jacqueline,
dos años más joven que Blaise.

Los Pascal, en tiempos de Martin, el abuelo de Blaise, estuvieron


atraídos por la Reforma protestante, pero dicho interés no pasó de ahí,
probablemente porque el horror de la noche de San Bartolomé, en
agosto de 1572, les disuadió de seguir por aquel camino. Pero siempre
conservarían cierto sello crítico frente a las autoridades políticas y
religiosas.

Étienne quedó viudo en 1626, con tres hijos pequeños; desde


entonces viviría con ellos, como un miembro más de la familia, Louise
Delfaut, una suerte de ama de llaves que se encargaría de llevar la casa.
Pero las inquietudes científicas del padre de Blaise Pascal fueron tales,
que decidió instalarse en París, y para ello vendió a su hermano el cargo
de Segundo presidente de la Cour des Aides. Llegaron a París en 1631:
Étienne y sus tres hijos, y la siempre fiel Louise Delfaut (de hecho, la
llamaban así: la fidèle).

En la capital se multiplicaban las academias particulares o sociedades


científicas donde se investigaba al margen de la universidad, y donde se
reunían gentes interesadas por temas muy dispares, especialmente
científicos; Étienne daría pie así a su gran sed de saber, en un mundo en
el que la ciencia daba un gran vuelco: Galileo había observado las lunas
de Júpiter con el telescopio que se fabricó, y pronto la representación del
mundo dejaría de ser un sistema cerrado donde esferas perfectas
giraban sin inmutarse; Kepler transformaba en elíptico el movimiento de
los planetas, y Galileo no cejaba en afirmar que el mundo parece estar
escrito con caracteres matemáticos…

Este fue el ambiente en el que creció Blaise Pascal, a quien su padre


llevaría en más de una ocasión a las reuniones de la Academia
parisiensis, dirigida por Marin Mersenne, un fraile del convento de
los Mínimos, situado entonces en la Plaza Real, actual plaza de los
Vosgos. En la Academia de Mersenne se estaba al corriente de cuanto
se investigaba y descubría en Europa; tenían gran interés por todas las
ciencias, pero atendían muy particularmente a las matemáticas y a la
astronomía.

El Grand siècle —así se conoce en Francia el siglo XVII— había


comenzado con la muerte de Giordano Bruno en la hoguera (17 de
febrero de 1600), la puesta de las obras de Copérnico en el Índice de
libros prohibidos —pese a que fueron escritas un siglo antes—, o la
relegación de Galileo al silencio. Cuando murió Galileo, Pascal estaba a
punto de cumplir veinte años.

A esta situación de gran inquietud intelectual vinieron a sumarse las


terribles guerras de religión —la Reforma había comenzado en 1517—,
la guerra de los treinta años, que se desencadenó en 1618, y una crisis
material y política, en la que Luis XIII y su primer ministro, el cardenal
Richelieu, sentarían las bases de un Estado centralista y una monarquía
absoluta.

Étienne Pascal llevó las riendas de la formación de sus hijos, sobre


todo la de Blaise, aunque no descuidó la de las niñas. Ideó métodos para
enseñarles: se servía, por ejemplo, de letras grandes de cartón para que
aprendiesen a leer, o les introducía en la gramática desentrañando las
reglas en el proceso mismo de la conversación. Étienne enseñó pronto
latín a Blaise y, según cuenta Gilberte Pascal, cuando llegaron a París,
padre e hijo hablaban latín determinados días de la semana. «Durante
aquel tiempo —escribe— seguía aprendiendo latín, y aprendía también
griego, y, además, durante las comidas y tras ellas, mi padre le hacía
preguntas tanto sobre lógica como sobre física, como de las otras partes
de la filosofía, y esto fue lo que aprendió, no habiendo ido nunca al
colegio ni tenido otros maestros, ni para estas cuestiones ni para el
resto» [Périer 1963: 19].

Gilberte también dará fe de la curiosidad de su hermano y de su


capacidad de asombro. En La vida de Monsieur Pascal refiere que un
día, sentados a la mesa, Blaise se apercibió del sonido que emitían la
vajilla de loza y el cristal al ser golpeados con un cubierto; y no paró de
pensar sobre la cuestión, llegando a escribir un Tratado de los
sonidos con solo once años de edad; es una pena que dicho tratado no
se haya conservado [Périer 1963: 19].

Étienne se daba cuenta de la viveza de su hijo, y le enseñaba con gran


cuidado, pero le preservó de las matemáticas durante un tiempo,
convencido como estaba de que le apasionarían demasiado y tomarían
por asalto su espíritu. Ya llegaría el momento… Dos versiones tenemos
de la pasión que despertaron en Pascal las matemáticas: la de su
hermana Gilberte y la de algunos estudiosos del autor. Gilberte relata
que un día, cuando su padre volvía de una de las reuniones de la
academia de Mersenne, encontró a Blaise en la biblioteca de casa,
sentado en el suelo y absorto ante unos papeles donde había trazado
ángulos y circunferencias; y que el joven le confesó que estaba tratando
de demostrar que la suma de los tres ángulos de un triángulo siempre
equivale a un ángulo plano (a dos rectos). Étienne no salía de su
asombro al comprobar que Blaise era capaz de demostrar muchas
proposiciones de la geometría euclidiana (no conocía los nombres;
llamaba “barras” a las líneas o “redondeles” a las circunferencias…), y
que hablaba de “axiomas” —una palabra que su padre no le había
enseñado— al referirse a ciertas afirmaciones que le servían de base
para sus demostraciones. Según Gilberte, su hermano descubrió él solo
todas las proposiciones de los Elementos de Euclides hasta la 32, que es
con la que le sorprendió el padre aquel día en que lo halló en la
biblioteca. La otra versión también presenta la escena de Étienne frente
un Blaise embelesado ante unos papeles, pero considera que lo que
ocurrió fue que Blaise habría hurgado entre los libros de su padre y
hallado uno de matemáticas que contenía los Elementos de
matemáticas de Euclides. Parece que tal libro estaba en la biblioteca del
padre de Pascal; se trata de un ejemplar de 1545, con
los Elementos resumidos en doce páginas, y que Pascal hijo consultaría
a escondidas al tener vetadas las matemáticas (con lo que crecía su
atracción por ellas). En adelante, Étienne Pascal llevaría con frecuencia a
su hijo Blaise a las reuniones de la Academia parisiensis, de manera que,
a sus doce o trece años, Pascal ya se codeaba con matemáticos y
científicos muy notables, y tenía todos sus sentidos en estado de máxima
alerta.

Los miembros del círculo de Mersenne conversaban también sobre las


obras de Descartes, el gran filósofo del momento, con quien Pascal se
encontraría más adelante. En abril de 1630, Descartes había escrito a
Mersenne: «Creo haber encontrado el modo de demostrar las verdades
metafísicas, de un modo que es más evidente que las demostraciones de
la Geometría» [Albiac 1981: 45].

1.2. Jacqueline, la hermana menor


Pero si el joven Blaise destaca, es obligado decir unas palabras sobre
su hermana menor, Jacqueline, quien empezaba a ser conocida por su
gracia para componer versos espontáneamente, y pronto iba a tener una
intervención decisiva para la suerte de su familia. En aquel reinado de
Luis XIII la situación socioeconómica y política de Francia se hallaba
estancada; reinaba gran descontento en todas las capas sociales, debido
en gran medida al aumento de la presión fiscal. Y Étienne Pascal sufrió
las consecuencias. Había invertido dinero en rentas del ayuntamiento, y
los beneficios resultaban cada vez más menguados. En 1638, el canciller
Séguier suspendió los pagos de muchas rentas del Estado, y Étienne se
vio directamente afectado, por lo que se unió a un grupo numeroso de
personas que protestaban frente al palacio del ministro de justicia, y en
consecuencia se vio obligado a huir por miedo a posibles represalias; se
refugió en Auvernia, dejando a sus hijos en París con Louise Delfaut.
Aquel mismo año, la reina estaba embarazada; el rey Luis XIII había
hecho un voto solemne de consagración de Francia a la Virgen para
pedirle un hijo varón. Entretanto, a Jacqueline la llevó a la corte una gran
dama y tuvo la ocasión de improvisar unos versos ante la reina; días
atrás se había producido un pequeño terremoto en Saint Germain-en-
Laye, donde residía entonces la corte, y la pequeña Pascal relacionó el
fenómeno sísmico con los movimientos del futuro delfín en el seno de su
madre, Ana de Austria. Todo el mundo quedó encantado y pedían a
Jacqueline que volviese a la corte. Ella vio en aquella circunstancia una
ocasión de oro para pedir clemencia para su padre, que seguía lejos de
París, pero no pudo hacer gran cosa; aunque lo tendría presente en
ocasiones venideras. Y así sucedió unos meses después, tras curarse de
la viruela que había contraído en otoño y que le dejaría el rostro
marcado: Jacqueline participó en la representación de El amor tirano, de
Scudéry, ante su Eminencia Jean-Armand du Plessis de Richelieu. No
desaprovechó la ocasión la pequeña Pascal, que tenía entonces trece
años, y declamó unos versos ante el primer ministro de Luis XIII,
pidiéndole con mucha gracia que librase a su padre del exilio al que se
hallaba sometido. Richelieu, maravillado, prometió el perdón para su
padre, poniendo la condición de que, al regreso de Étienne, fuesen a
visitarle todos los miembros de la familia; y acudieron a su palacio un día
del mes de mayo de aquel año de 1639. Étienne dejó de ser un
sospechoso perseguido por la justicia para pasar, por encargo del primer
ministro, a gestionar el cobro de los impuestos en Normandía. Richelieu
había tenido que sofocar no pocos levantamientos, particularmente
cruentos en Normandía, y tuvo que obrar con mano dura. Mandó tropas a
esta región, y también al ministro de justicia, a quien le ayudaría un
consejero. Para este último cargo pensó en Étienne Pascal, quien,
naturalmente, no se pudo negar. Esta es la razón de que encontremos a
la familia Pascal en Rouen a comienzos de 1640.

1.3. El inventor, el matemático, el físico


Blaise Pascal publicó en Rouen su Essai pour les coniques (Ensayo
para las cónicas) que había escrito unos meses antes en París. Fue su
primera obra editada, y procedía de sus reflexiones en torno a varios
principios sobre los que pensaban los miembros del grupo de Mersenne
(sobre todo Désargues, que era viticultor y matemático). A sus dieciséis
años, Blaise Pascal había presentado ante los amigos de su padre este
tratado, que es para muchos el principio de la geometría proyectiva, y
venía a resolver el conocido como problema de Apolonio, que había
traído de cabeza a muchos sabios desde la antigüedad. El mismo
Mersenne, en el acta que daba cuenta de aquella sesión, escribiría que
el joven había logrado descubrir cuatrocientas proposiciones que cubrían
el conjunto de la geometría de las cónicas. En el tratado se daba cuenta
de las características de cualquier sección cónica, así como de las
propiedades del hexagrama místico o sexángulo en sección cónica, que
aún se conoce como teorema de Pascal. Gilberte escribirá más adelante,
a este propósito: «se decía que, después de Arquímedes, nada se había
visto que encerrara tanta fuerza» [Périer 1963: 19].

En Rouen comenzaron a manifestarse problemas en la salud de Blaise


(violentos dolores de cabeza, rabiosos dolores de muelas, problemas de
estómago…). Su hermana cuenta que desde los dieciocho años no pasó
un solo día sin dolor [Périer 1963: 20]. Con todo, no dejó de trabajar, y
para ayudar a su padre en el cobro de los impuestos inventó una
máquina calculadora, la conocida como pascalina. La hizo funcionar en
1642, a sus diecinueve años, pero la fue perfeccionando. Y la
comercializó: primero la patentó, y luego mandó fabricar unas cincuenta,
todas diferentes, construidas con distintos materiales (cobre, maderas
preciosas, marfil…); también les dio publicidad (es muy posible que
Pascal fuese el “inventor” del primer prospecto publicitario…). Fue con su
padre a presentarla ante los miembros del círculo de Mersenne, y
dejaron en manos del físico Roberval, profesor del Colegio Real de
Francia, la tarea de distribuirla. También enviaron una al canciller
Séguier, con una dedicatoria que muestra la idea que el joven Pascal
tenía entonces de sí mismo: «Espero que, entre tantos hombres doctos
que han penetrado hasta en los últimos secretos de las matemáticas, los
habrá que estimen mi acción temeraria, puesto que en la juventud en la
que me hallo, con tan pocas fuerzas, he osado intentar un nuevo camino
en un campo lleno de espinas, sin guía alguno para abrirme paso.[...]
Tengo ya la satisfacción de ver mi obra, no sólo autorizada con la
aprobación de algunos de los principales en esta verdadera ciencia, [...]
sino también honrada con su estima y recomendación» [Pascal 1963:
188]. La realeza europea adquirió algunas pascalinas: la reina de
Polonia, Maria Luisa de Gonzaga, compró dos, y a la reina Cristina de
Suecia le enviaría Pascal una más adelante, por la gran admiración que
la reina sentía por las ciencias. A su corte llamó a René Descartes, quien
moriría en Estocolmo en 1551.
Además de los trabajos sobre las cónicas y la máquina calculadora, en
esta etapa estudió Blaise Pascal el cálculo de probabilidades y el cálculo
infinitesimal, en el terreno de las matemáticas. En el de la física,
destacan sus reflexiones sobre el vacío, que pronto le llevarían a
reproducir el experimento de Torricelli; asimismo trabajó sobre hidráulica,
y también se detendría a pensar sobre el método científico; las
conclusiones, en este último campo, apuntan hacia las teorías de
la falsabilidad que haría célebres tres siglos más adelante Karl Popper.

Richelieu murió a finales de aquel 1642 en que Blaise Pascal ponía en


funcionamiento la máquina de calcular; Luis XIII le seguiría a pocos
meses de distancia. Les reemplazaron la reina regente Ana de Austria y
Mazarino, otro ministro cardenal, aunque no clérigo.

En enero de 1646, Étienne Pascal se dislocó una pierna al resbalar


sobre el suelo helado cuando se dirigía a tratar de impedir un duelo.
Aquel acontecimiento fue decisivo para la familia, pues conocieron a los
hermanos Deschamps, los cirujanos que atendieron a Pascal padre.
Estos médicos hablaron a los Pascal de un movimiento cristiano que se
estaba gestando en torno a la abadía cisterciense de Port-Royal des
Champs y su filial parisina, Port-Royal de París. Se empezaba a conocer
como jansenismo debido a que se inspiraban en la obra de Cornelius
Jansen (Jansenio), que había sido obispo de Ypres, en Flandes, y era
autor de un libro sobre San Agustín titulado Augustinus. Este libro sería
central para los seguidores de esta espiritualidad, a quienes les gustaba
llamarse Amigos de san Agustín. Casi tres meses se quedarían los
hermanos Deschamps en casa de Étienne Pascal, un tiempo en el que la
familia se impregnó de este espíritu agustiniano que había difundido uno
de los directores espirituales de las monjas de Port-Royal, el abbé de
Saint-Cyran, a quien Richelieu había encerrado en 1638 en la fortaleza
de Vincennes, porque decía que «era más temible que seis ejércitos»
[Jiménez Lozano 2000: 168]. Saint-Cyran era un hombre que no tenía
miramientos a la hora de denunciar lo que consideraba denunciable, y
gran amigo del obispo Jansenio, quien moría aquel mismo año de 1638
sin haber visto publicada su obra sobre san Agustín; el libro vio la luz en
1640. Cuando regresaran a París, un año más tarde, Pascal y su
hermana Jacqueline (Gilberte se había casado con Florin Périer y vivían
en Auvernia), quedarían tan impresionados por el monasterio de Port-
Royal, que no dejarían de frecuentarlo (tanto del de París como la casa
madre, que se hallaba en el valle de Chevreuse, no lejos de Versalles).
En aquel mismo año de 1646, Pierre Petit, a quien Étienne Pascal
conocía de la academia de Mersenne, visitaba a los Pascal, de camino
hacia Dieppe, adonde se dirigía para ver los restos de un barco lleno de
riquezas que había naufragado diez años atrás. Pero a Petit nada le
importaban los tesoros, sino el dispositivo del que se iban a servir para
acceder al barco: una suerte de campana bajo la cual pensaban que se
podía permanecer sumergido en torno a seis horas, si se mantenía una
vela encendida. Petit conversó largamente sobre el particular con Pascal
padre y Pascal hijo, y salió a relucir un experimento que había llevado a
cabo un italiano cuyo nombre era desconocido para Petit: Torricelli, un
discípulo de Galileo. El experimento consistía en lo siguiente: en un tubo
de vidrio muy largo y cerrado por uno de sus extremos, se vertía
mercurio, y al volcarlo en una cubeta que también contenía mercurio, la
columna de metal descendía hasta cierto nivel; se trataba de probar que
en la parte del tubo de la que desaparecía el mercurio porque descendía
hacia el mercurio contenido en la cubeta, se hacía el vacío; esa era la
hipótesis planteada por Torricelli. El experimento también probaría el
“peso” del aire, pues el mercurio de la cubeta sólo se elevaba hasta
determinado nivel, como si hallase cierta resistencia. A Blaise Pascal le
apasionó aquel asunto y se comprometió a realizar el experimento con
todo rigor científico; su padre cargaría con los gastos. Cuando Petit
regresó de Dieppe les contó que lo de la campana no había funcionado
como se esperaba, pero llevaron a cabo el experimento del mercurio y
comprobaron que aquel italiano tenía razón. Comenzaba así Pascal una
serie de experimentos sobre el vacío para los que se procuró vidrios de
gran longitud. Le resultó difícil hallar vidrieros que “soplasen” tubos tan
largos como los requeridos, pero había que hacer el experimento con el
mayor rigor, y lo consiguió. Estos experimentos culminaron en el otoño
de 1648, cuando Florin Périer, el cuñado de Pascal, siguiendo las
instrucciones de éste, realizó el experimento del italiano a los pies y en lo
alto del monte Puy-de-Dôme, en Auvernia. Pascal comprendió que se
trataba del vacío, de manera que sus explicaciones resultaron ser las
reales, al igual que su hipótesis sobre el peso del aire. Mientras tanto,
Blaise volvería a instalarse en París, donde ejecutaría el experimento en
lo alto de la torre Saint-Jacques.

1.4. Descartes, «inútil e incierto»


Blaise y Jacqueline regresaban a París en 1647; Étienne se quedaría
aún algún tiempo en Normandía. La vuelta a la capital comportó muchas
novedades, pues los dos hermanos conocieron el monasterio de Port-
Royal y quedaron fascinados por la vida que allí se respiraba. En el caso
de Jacqueline, la atracción llegó hasta el punto de querer hacerse
religiosa; y eso haría unos años después, tras la muerte de su padre,
pues éste le puso como condición que esperase a que él muriera.

Pascal siguió con sus experimentos en aquel mundo anclado aún en


concepciones medievales, como era el caso del horror vacui, del que no
se desprendían ni pensadores de la fama de Descartes. El gran filósofo
quiso visitar a Pascal, aquel joven de quien tanto se hablaba en los
círculos eruditos y sobre quien le costaba creer que hubiese resuelto el
problema de Apolonio. Fue a verle en otoño de 1647, cuando la salud de
Pascal estaba resquebrajada. El 23 de septiembre acudía Descartes a
casa de Pascal, y con él conversó sobre el experimento de Torricelli y
sobre la máquina de calcular. Pascal mostró a Descartes la jeringa de
aspiración de la que se servía en sus experimentos sobre el vacío; el
filósofo quedó maravillado y volvió al día siguiente para seguir
conversando. Hay autores que piensan que fue Descartes quien sugirió a
Pascal ejecutar el experimento de Torricelli en la cima de un monte
elevado, pero tal hipótesis no parece probable, sobre todo si se
considera que para Descartes el vacío seguía siendo inconcebible.
Según cuenta Jacqueline, que debió de presenciar la conversación, dado
el precario estado de salud de su hermano aquellos días, el filósofo se
refería aún a la “materia sutil” que quedaba en la jeringa al extraer el aire.
Es conocido que Pascal tuvo una fuerte discusión acerca del vacío con el
jesuita Noël, quien probablemente fue maestro de Descartes cuando este
estudiaba en el colegio de La Flêche. ¿Llegó Descartes a acusar de
plagio a Pascal? Es posible, pero no sabemos. Mas lo que sí sabemos es
que le recomendó que pasase mucho tiempo en cama y que tomara
muchos caldos; y que bebiera suero de leche para restablecer su
maltrecha salud. Y Pascal bebió mucho suero de leche a lo largo de su
vida.

«Descartes, inútil e incierto» [Pensées, L 887], escribiría Pascal. Y


también: «No puedo perdonar a Descartes; bien hubiera querido poder
prescindir de Dios en toda su filosofía, pero no pudo evitar hacerle dar un
papirotazo para poner el mundo en movimiento; tras esto, no le quedó
otra que ejercer de Dios» [Pensées, L 1001]. Descartes es aún un
metafísico a quien Pascal acusa de deísta. Nada, sin embargo, estaba
más lejos de la concepción del propio Pascal, quien no halló más
trascendencia que la del Dios revelado en Jesucristo, y nunca mezclaría
la ciencia con la religión. Para él no hay más metafísica que la que
conlleva una apuesta personal por la Revelación cristiana. Pascal y
Descartes no dejan de ser personajes antagónicos desde el fondo de sus
visiones del mundo. Son, de entrada, el hombre del pathos y el
del método. Un método, el cartesiano, de fondo matemático y regido por
una nueva lógica que para su autor representaba una nueva manera de
demostrar las verdades metafísicas, más evidente que la misma
geometría [Albiac 1981: 45]. ¡Qué seguridad la de Descartes! Sin
embargo, como hace ver Gabriel Albiac, puede que «el largo calvario que
ese otro miembro del entorno merseniano que es Pascal, va a
emprender, dos décadas más tarde, a lo largo del camino de la
fundamentación metafísica, para concluir en el hallazgo del vacío, quizás,
este extraño via crucis constituyera el más sorprendente mentís histórico
infringido en el siglo XVII al desmedido optimismo cartesiano» [Albiac
1981: 45]. Pues no es menos cierto que el mundo en el que todo encaja,
tal y como es contemplado por la mentalidad cartesiana, es para Pascal
un mundo a veces caótico. Aunque se suele presentar a Descartes como
precursor de la mentalidad moderna, sin embargo Pascal se aproxima
más que este filósofo racionalista a las nacientes visiones del mundo,
porque el joven sabio representa al espíritu libre de viejas ataduras
metafísicas. Por eso, su mundo religioso tendrá que ver con la fe sentida
y vivida en su interior, mucho más que con ciertos constructos teológicos
destinados a preservar una religiosidad muy enredada aún en la maraña
del mundo.

Como expresa Pascal en el Prefacio para un tratado del vacío, la


autoridad es esencial en cuestiones de fe porque se trata de verdades
transmitidas de generación en generación, verdades que figuran en los
libros santos y están muy por encima de la naturaleza y de la razón
humanas. Pascal dirá que «como el espíritu del hombre es demasiado
débil para alcanzarlos por sus propios esfuerzos, no puede llegar a esas
altas comprensiones si no es conducido por una fuerza omnipotente y
sobrenatural» [Pascal 1963: 230]. Pero las preguntas que plantea la
razón son de otro cariz, y el ser humano ha de tener menos en cuenta
aquí la autoridad de los antiguos, sin dejar de considerarla, y lanzarse a
observar y a experimentar con lo que tiene ante los ojos y sobre lo que le
proporcionan informan los sentidos e ilumina la razón. Para nuestro autor
no hay que mezclar estos terrenos. Como escribe Henri Gouhier, para
Pascal, «la historia de las ciencias se resume como una progresión; la de
la teología como una transmisión» [Gouhier 1963: 7].

1.5. Lo que el mundo no puede llenar


En 1648 estallaba en Francia la Fronde, la de los parlamentarios en
primer lugar, y después la principesca. Fueron rebeliones de algunos
estamentos contra el poder real, reacciones contundentes contra una
monarquía muy poderosa. Los motines se prolongarían hasta 1649,
cuando se enfrentaron entre ellas las facciones rebeldes, pero hasta
1653 no se puede dar por terminado este movimiento de protesta en el
que participaron muchos jansenistas.

En 1651 terminaba la regencia de Ana de Austria y comenzaba a


reinar un jovencísimo Luis XIV. El poder de la corte en Versalles se
alzaría contra el movimiento agustiniano de Port-Royal, que despreciaba
con su indiferencia los falsos brillos cortesanos. Port-Royal y Versalles
llegaron a ser dos centros de irradiación: de espiritualidad, el primero; de
mundanidad, el segundo. Port-Royal ignoraba a Versalles, y Versalles no
podía soportar aquella indiferencia. La Fronda no haría más que alejar
posiciones, pues muchos de los amigos de Port-Royal pertenecían a la
llamada nobleza de toga y a otras secciones del estamento noble, que
protestaron por la absolutización del poder real.

Estas revueltas forzaron el regreso del padre de Pascal a París. La


nueva situación familiar se tornó un tanto extraña: Étienne, a quien le
quedaban ya pocos amigos, pues el padre Mersenne y otras personas de
su círculo habían muerto, no se encontraba a gusto en la capital;
Jacqueline vivía retirada, a la espera de poder ingresar en Port-Royal; y
Blaise, que andaba volcado en sus investigaciones, se dedicó a poner
por escrito sus tratados sobre el equilibrio de los líquidos y sus Nuevos
experimentos respecto al vacío, publicado este último en 1647. Cuando
Gassendi tuvo noticia de los experimentos de Pascal, se refirió a él
como ille eximius, incomparabilis potius adulescens (este eximio e
incomparable joven), y expresó que «lo que ha hecho, nadie, antes que
él, sabía hacerlo, pero, tras él, todo el mundo puede» [Attali 2000: 142].
Pascal seguiría con sus estudios sobre las cónicas, sin descuidar las
mejoras de su máquina calculadora para la que el canciller Séguier
obtendría, en 1649, un privilegio que su inventor había solicitado años
atrás.

Aquel mismo año de 1649, los Pascal pasaron una larga temporada en
Clermont por las revueltas de la Fronda. Pascal tuvo la ocasión de llevar
de nuevo a cabo los experimentos sobre el vacío en lo alto del Puy-de-
Dôme, con lo que probó definitivamente que el aire pesa y que el vacío
no es ninguna ficción. Regresaron a París en 1650, año en que moría
Descartes, el 11 de febrero, en la corte de la reina Cristina de Suecia.

Étienne Pascal murió en septiembre de 1651, y Jacqueline se vio libre


para ingresar en el monasterio, pero quien le pondría pegas ahora sería
su hermano, que no soportaba la idea de quedarse solo. Jacqueline
partió a Port-Royal el 4 de enero de 1652, a escondidas y sin el permiso
de Blaise, y éste, por su parte, además de ocuparse de la redacción de
su tratado sobre el vacío, que dejaría inacabado, daría inicio a la que se
ha dado en llamar su etapa mundana, porque ciertamente haberse
convertido en un hombre famoso le abría muchas puertas; era, además,
locuaz, de apariencia agradable y buen conversador, y disponía de
carroza y de cochero. También se dice de él que llevaba un reloj de
muñeca, algo que llamaba mucho la atención. Era, pues, natural que se
le acogiese con agrado en los principales salones de París.

Aunque la amistad con Arthus de Roannez venía de atrás, es en este


periodo en el que Pascal emprenderá alguna empresa con él, y con
Mitton y el caballero de Méré, a quienes nombra en sus escritos.
Seguramente, este pensamiento lo escribiría Pascal pensando en su
amigo Arthus, duque de Roannez: «¡Qué gran ventaja, la nobleza, que
pone a un hombre de dieciocho años en condiciones de ser conocido y
respetado, como otro podría merecerlo a los cincuenta! ¡Treinta años
ganados sin esfuerzo!» [Pensées, L 104]. Y también algunas de las
reflexiones de sus Tres discursos sobre la condición de los grandes,
donde distingue entre grandezas establecidas y grandezas naturales.
Arthus de Roannez fue nombrado gobernador de Poitou en 1652, y hacia
aquella región se dirigiría en ocasiones Pascal junto con los otros dos
amigos, Méré y Mitton, para estudiar y practicar técnicas para drenar
terrenos pantanosos. Del duque de Roannez se sabe que, tras la muerte
de su amigo Pascal, se dedicó a mantener viva su memoria y a propagar
su pensamiento, pero también que terminó sus años llevando una vida
sencilla y buscando la verdad en una existencia pobre y entregada que le
llevaría a renunciar a los privilegios de su condición de noble. De él
escribió Saint-Simon: «El duque de Roannez tomó una especie de hábito
eclesiástico, sin haber entrado a formar parte de una orden religiosa, y
vivió en un profundo retiro» [Lafuma 1963: 665].

Pascal fue amigo y una suerte de director espiritual de la hermana del


duque de Roannez, Charlotte de Roannez. Es posible que los Discurso
sobre las pasiones del amor que se le atribuyen tuviesen como fondo el
amor que sintió por la hermana de su amigo, a quien escribió cartas que
se conservan y que son ejemplos de verdadero acompañamiento
espiritual.

De los citados amigos, hombres de mundo, pero no personas banales,


extrajo Pascal su idea del hombre honrado (honnête homme), una
cualidad universal por la que él abogaría incluso hasta pensar que, si un
hombre no era cristiano, había que exigirle que fuese una persona
decente. Un mínimo de la moral humana que conviene tanto a nuestro
tiempo, tan habituado a conformarse con mínimos. Aunque es claro que
al propio Pascal no le bastó. Y en su Oración para pedir a Dios el buen
uso de las enfermedades se refiere al «uso delicioso y criminal del
mundo» como una suerte de coraza de insensibilidad a lo
verdaderamente importante, que suele ocultarse en lo profundo y en lo
pequeño [Pascal 1963: 362].

Esta etapa de tantas relaciones sociales llevaría a Pascal a considerar


muchas cuestiones de la vida corriente de los hombres. En este sentido,
son célebres sus reflexiones sobre la diversión y la dispersión
(divertissement), que llamará la «mayor de nuestras miserias» [Pensées,
L 414], pues él constataba con frecuencia que a los seres humanos nos
cuesta sobremanera permanecer quietos y en soledad. La razón última:
que la soledad lleva a pensar en la muerte, y que esta realidad que nos
espera «se soporta mejor si no se piensa en ella» [Pensées, L 138].
Estaba persuadido de que nos perdemos la vida, orientados como
estamos siempre hacia lo que está por llegar, de manera que no vivimos,
y «disponiéndonos siempre para ser felices, resulta que no lo somos
nunca» [Pensées, L 47]. «Condición del hombre: inconstancia,
aburrimiento, inquietud» [Pensées, L 24], pues la vida humana no es sino
una gran carrera hacia la muerte, pero el hombre no se quiere enterar:
«Corremos, sin preocuparnos, hacia el precipicio, tras haber puesto algo
ante nuestros ojos que nos impide verlo» [Pensées, L 166].

No sé quién me ha puesto en el mundo, ni qué es el mundo,


ni qué soy yo mismo; me encuentro en una terrible
ignorancia de todo; no sé qué es mi cuerpo, qué son mis
sentidos, qué es mi alma, ni qué es esta parte de mí que
piensa lo que digo, que reflexiona sobre todo y sobre ella
misma, pero que no se conoce a sí misma mejor que al
resto. Veo estos terribles espacios del universo que me
envuelven, y me veo afectado a un rincón de esta vasta
extensión, sin saber por qué me hallo en este lugar y no en
otro, ni por qué este breve tiempo que se me ha dado para
vivir me ha sido asignado más bien en este punto que en
otro de toda eternidad que me ha precedido y de la eternidad
que me sigue. No veo sino infinidades, que me envuelven
como a un átomo, como a una sombra que no dura más que
un instante para no volver. Lo único que conozco es que
moriré pronto, pero lo que más ignoro es esta misma muerte,
que no sabría evitar.

Como no sé de dónde vengo, tampoco sé adónde voy; y


sólo sé que al salir de este mundo caeré para siempre o en
la nada o en las manos de un Dios irritado, sin saber cuál de
estas dos condiciones me será eternamente dada en
herencia. Este es mi estado, lleno de flaquezas y de
incertidumbre. Y de todo esto concluyo, pues, que debo
pasar todos los días de mi vida sin pensar ni indagar en lo
que me va a suceder. Quizás pudiera encontrar algún
esclarecimiento de mis dudas; pero no quiero tomarme esa
pena ni dar un paso para buscarlo; y después, tratando con
desprecio a quienes trabajen en este sentido —cualquier
certeza que hallen será más una cuestión de desesperanza
que de vanidad—, caminaré, sin previsión y sin temor, a
embarcarme en tan grande acontecimiento, y me dejaré
llevar muellemente hacia la muerte, en la incertidumbre de la
eternidad de mi condición futura. [Pensées, L 427].

Pero del mundo de los salones también sacaría Pascal otras


enseñanzas que le llevaron igualmente a la conclusión anterior:
observaba con cuánta frecuencia «los hombres se entretienen en
perseguir una pelota o una liebre; un placer hasta para los reyes»
[Pensées, L 39]; o que «el hombre es tan vano que, teniendo mil causas
esenciales de aburrimiento, la cosa más pequeña, como un billar y una
bola a la que da impulso, bastan para divertirle» [Pensées, L 136]. Hay
que notar, sin embargo, que estas consideraciones sobre el juego y lo
absurdo del proceder humano, que huye constantemente del tan temido
aburrimiento, proporcionarían a Pascal un buen material para otra de las
ramas de las matemáticas que estudió: el cálculo de probabilidades. Así
pues, ni las conversaciones sobre caza que tuvo que soportar, o verse
presenciando una partida o jugando a los dados, fueron infecundos para
el sabio Pascal; de todo aprendía aquel espíritu inquieto.

1.6. La presencia del Dios escondido


En su etapa mundana, la conducta de Blaise con su hermana
Jacqueline, monja en Port-Royal de París, dejaría bastante que desear.
Durante más de un año, apenas le dio señales de vida, salvo en lo
tocante a la herencia de su padre, con la que trataron de hacerse Blaise
y Gilberte, considerando que a la hermana monja ya no le haría ninguna
falta. Pero por fin reaccionaron, y acabaron cediendo ante la hermana
pequeña, cuyos sufrimientos con el asunto de su dote parecían ignorar.
Así escribía Jacqueline a un Blaise que se forzaba a ignorar su inquietud,
en aquel momento:

Necesito vuestro consentimiento y vuestra aprobación, que


con todo el calor de mi corazón os pido, no para poder
cumplimentar mi decisión, puesto que no son necesarios
para ello, sino para cumplimentarla con alegría, con
tranquilidad de espíritu, con paz; porque, no siendo así,
resulta que realizaré la más grande y gloriosa acción de mi
vida con una extrema alegría mezclada a un extremo dolor y
en medio de una agitación de espíritu indigna de semejante
gracia... Justo es que los demás se hagan un poco de
violencia para pagarme toda la que yo me he hecho durante
cuatro años [Albiac 1981: 73].

La cuestión de fondo era que, una vez pronunciados sus votos,


Jacqueline “no existía”, civilmente hablando; ésta era la realidad de los
religiosos entonces. Ella quería entregar su dote al monasterio, es decir,
parte de sus bienes, como contribución a su pertenencia definitiva a la
comunidad.

Pascal se llegó a Port-Royal la víspera del día de la profesión de


Jacqueline, y entregó a su hermana cinco mil libras de renta anuales, con
algunas condiciones. Jacqueline emitió sus votos habiendo por fin dado
parte de sus bienes al monasterio. Sucedía en mayo de 1653. Y en este
mismo año Pascal redactaba sus Traités de l’équilibre des liqueurs et de
la pesanteur de la masse de l’air (Tratados sobre el equilibrio de los
licores y la gravedad de la masa del aire), que sería editado en 1663; y
el Tratado del triángulo aritmético, junto a otros pequeños tratados, que
no verían la luz hasta 1665.

En aquel mes de mayo, Inocencio X promulgaba la Bula Cum


occasione, condenando cinco proposiciones teológicas supuestamente
extraídas de Augustinus, el libro de Jansenio. Era el comienzo de la
“guerra” jansenista, en la que más adelante intervendría también Pascal.

A pesar del gesto con su hermana y de las buenas relaciones con sus
amigos (Roannez, Mitton, Méré), Pascal andaba inquieto. Algo faltaba en
su vida. Volvió a viajar a Poitou con sus amigos, y posiblemente sus
reflexiones sobre La conversión del pecador datan de finales de aquel
año de 1653, cuando contaba 30 de edad. En su Vie de Monsieur Pascal,
Gilberte se refiere a este momento de la vida de su hermano como un
tiempo en que Pascal adopta una vida más austera, lo que se traducirá,
en palabras de su hermana y biógrafa, en que «tanto como le era
posible, prescindía de los servicios de sus domésticos: hacía su cama,
cenaba en la cocina, quitaba la mesa, y no se servía de su gente más
que para aquello que no podía hacer él solo» [Périer 1963: 22]. Pero lo
científico aún dominaba su espíritu; era probablemente lo único que le
sostenía cuando inició la crisis con el mundo. Escribió su Adresse à
l’Académie parisienne de mathémathiques (Escrito dirigido a la Academia
parisina de matemáticas), al tiempo que trabajaba en el cálculo de
probabilidades y la “geometría del azar” (aleae Geometria).

Pascal llegó al otoño de 1654 con una gran crisis de hastío. En una
carta que Jacqueline envía a Gilberte en enero de 1655, le cuenta el
estado en que halló a Blaise unos meses atrás, cuando fue a verla al
monasterio. Así le escribe:

En esta visita se abrió a mí de una forma que me dio lástima,


confesándome que en medio de sus ocupaciones, que eran
grandes, y entre todas las cosas que podían contribuir a
hacerle amar el mundo, a las que era evidente que estaba
ligado, se veía de tal manera impulsado a dejar todo aquello
y sentía una aversión tan grande hacia las locuras y
diversiones del mundo, por los continuos reproches que le
hacía su conciencia, que se encontraba desasido de todas
esas cosas, de tal manera que nunca le había sucedido algo
así ni nada parecido [Gouhier 1966: 29-30].

Y es que el mundo comenzó a asquearle, y no hallaba en su corazón


un lugar desde donde discernir y orientar su vida. Este es el diagnóstico
que hace Henri Gouhier sobre la situación que vive Blaise Pascal en
otoño de 1654: «No se trata de una crisis donde la razón lleva las riendas
y donde la fe vaya a ser cuestionada por la inteligencia. [...] A finales de
septiembre de 1654, la inquietud de Pascal no es debida en absoluto a
ninguna duda sobre las verdades de la fe, sino, si se puede decir así, a
una certeza negativa, la de no experimentar el sentimiento por el cual la
fe es vivida como un don de Dios» [Gouhier 1966: 30].

Pascal era un hombre profundo. A su lúcido espíritu de


geometría acompañaba un delicado espíritu de finura, de sutileza, de
penetración. No eran dudas de fe las que le acechaban, sino un deseo
intenso de sentir su fe, pues su razón volvía a inclinar la voluntad hacia
Dios, pero él deseaba que fuese el corazón el que llegara a conmoverse
al acoger en sus entrañas al Dios de mi corazón, como gustaba decir san
Agustín. Y lentamente se iría forjando en los adentros del sabio un sentir
que culminaría en la experiencia vivida en la noche del 23 al 24 de
noviembre de 1654: la noche del memorial o también llamada de
su segunda conversión (la primera conversión se sitúa en Rouen, cuando
los Pascal conocen a los amigos de san Agustín). La experiencia vivida
la dejó plasmada en estas palabras que copió en un pedazo de
pergamino y que llevaría siempre con él, cosidas en el doble de sus
gabanes (las cosía y descosía una y otra vez).

Año de gracia de 1654


Lunes, 23 de noviembre, día de san Clemente, papa y
mártir, y otros mártires,
Víspera de san Crisógono, mártir, y otros.
Después de las diez y media de la tarde hasta alrededor de
las doce y media de la noche.

Fuego
Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, no de los
filósofos ni de los sabios.
Certidumbre. Certidumbre. Sentimiento. Alegría. Paz.
Dios de Jesucristo.
Deum meum et Deum vestrum (Rt, 1, 16).
Tu Dios será mi Dios.
Olvido del mundo y de todo lo que no sea Dios.
Él sólo puede ser encontrado por los caminos que enseña el
Evangelio.
Grandeza del alma humana.
Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he
conocido.
Alegría, alegría, alegría, llantos de alegría.
Me he separado de Él
Dereliquerunt me fontem aquae vivae (Je 2, 13).
Dios mío, ¿me abandonarás?
Que no me vea eternamente separado de Él
Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, único Dios
verdadero, y al que tú has enviado, J. C.
Jesucristo.
Jesucristo.
Me separé de Él; lo rehuí, negué, crucifiqué.
Que nunca me separe de Él.
No se conserva más que por los caminos enseñados en el
Evangelio.
Renuncia total y dulce.
Sumisión total a Jesucristo y a mi director.
Eternamente en alegría por un día de ejercitación en la
tierra.
Non obliviscar sermones tuos. Amen.
[Pascal 1963: 618][1]

Las palabras de Pascal brotan de la fe, y su vivencia viene a ser un


episodio personal de la gran Historia de la Salvación, la relación de Dios
con el hombre, al tiempo que muestra, entre muchas otras cosas, el
sentido teológico que entrañaba su propia fe, así como el conocimiento
que tenía de la Escritura, en un siglo donde no se favorecía su estudio.
Henri Gouhier al respecto anota lo que sigue: «Pascal se identifica, en
cierto sentido, con Moisés, a quien Dios interpela, y con María
Magdalena, por la que se hace reconocer el Resucitado; después es Rut
exclamando: Tu Dios será mi Dios; y se acusa con los judíos, a los que
el Señor condena por boca de Jeremías, y se une al Cristo intercesor de
la oración sacerdotal; y promete, finalmente, con David, que no se
olvidará de las palabras de vida» [Gouhier 1966: 42]. Pascal abandona
«al Dios de los filósofos y los sabios», para acogerse al Dios vivo de los
profetas y de los apóstoles, al Dios de Jesucristo, en definitiva. Y
descubre por fin al Dios escondido del que habla el profeta Isaías (Is 45,
15), sabedor de que escondido u oculto no quiere decir ausente.

Pascal volvió a frecuentar Port-Royal de París, donde mantendría


largas conversaciones con su hermana. Y a comienzos de 1655 vivió un
retiro en Port-Royal des Champs, junto con algunos de los solitarios. Con
palabras de Lucien Goldmann, así nacieron los solitarios o Messieurs de
Port-Royal, que vivían retirados en estancias contiguas a los dos
monasterios:

En determinado momento, difícil de fijar con precisión, Saint-


Cyran empieza a formular una posición nueva que hará
nacer el movimiento jansenista: la imposibilidad, para todo
auténtico cristiano, y sobre todo para todo auténtico
eclesiástico, de participar en la vida política y social. [...] Y en
1637, se produce la primera manifestación espectacular de
lo que pronto será el movimiento de los solitarios: el retiro de
un joven abogado célebre, que es ya Consejero de Estado y
un protegido del Canciller Séguier, Antoine Le Maître, retiro
al que éste se apresura a dar carácter ideológico y público, a
través de una especie de carta programa dirigida a Séguier,
de la que circulan copias por doquier en los medios
parlamentarios y eclesiásticos [Goldmann 1959: 126].

1.7. Compromiso con la causa jansenista


En Port-Royal des Champs, Pascal se sintió bien acogido. Y en su
experiencia de retiro, además de los frutos siempre edificantes de la
oración y el silencio, hallaría nuevas amistades, como la de Monsieur de
Saci, director espiritual del monasterio, que también lo sería de Pascal, y
con quien tuvo unas interesantes conversaciones, entre otros asuntos,
sobre Epicteto y Montaigne; estos textos han quedado recogidos en sus
obras (Conversación con Monsieur de Saci).

Pero lo más destacado de la nueva relación emprendida con Port-


Royal sería la toma de posición por parte de Pascal en la causa
jansenista, que se vería ilustrada fundamentalmente por su iniciativa en
la redacción de las Cartas Provinciales en 1656. A pesar de la etapa de
retirada del mundo que había iniciado, Pascal entraría en una batalla
terrible que haría vibrar a las gentes de su tiempo, muchos de los cuales
llegaron a tomar partido por los jesuitas o por los jansenistas. Otro signo
de esa contradicción, tan presente en la vida de Pascal. Además, el
joven físico y matemático se lanzaba al mundo de las letras y a una
nueva invención: la del panfleto, nuevo género literario. «Las
Provinciales estallan, de pronto, como una bomba en pleno corazón de
los debates religiosos bajo Mazarino. Pocas obras literarias habrán
conmovido, tan inmediata y al mismo tiempo tan permanentemente, el
horizonte del pensamiento de su tiempo como lo hicieron estas
«pequeñas cartas». Y quizás ninguna haya ejercido efectos tan radicales
sobre la propia estructura del francés literario […] Las Provinciales, en
efecto, no solo han infligido a la Compañía de Jesús la más notable de
sus heridas, no sólo han hecho nacer, redondo y perfecto, un nuevo
género literario que los siglos venideros habrán de explotar con desigual
fortuna: el panfleto. Han hecho algo inmensamente más importante: han
dado nacimiento literario al francés moderno» [Albiac 1981: 85].

Pascal intervino en la causa jansenista desde la clandestinidad,


sirviéndose de su admirable retórica. No firmaba las cartas con su
verdadero nombre, sino que se servía de nombres falsos (Monsieur de
Mons, Louis de Montalte…). La cuestión de fondo era el libro Augustinus,
de Jansenio, y unas afirmaciones heréticas que tanto la Sorbona como la
Iglesia, a instancias de los jesuitas, condenaban, sosteniendo que se
hallaban en este libro. Pero los doctores jansenistas, especialmente
Antoine Arnauld, decían lo contrario: que tales herejías no figuraban en el
libro de Jansenio. La lucha fue durísima, y Arnauld fue expulsado de la
universidad. Las afirmaciones se redujeron finalmente a cinco, que serían
las cinco proposiciones del formulario que más adelante, por la bula Ad
sacram de 1657, se obligó a firmar a todos los eclesiásticos de Francia y
también a las religiosas. Muchas de las monjas de Port-Royal hicieron de
aquello un caso de conciencia y no firmaron. Jacqueline Pascal se vería
obligada a firmar y firmó en el ultimátum que se les dio en junio de 1661;
la desazón que le produjo haber obrado contra su conciencia le costó la
vida. Moría el 4 de octubre de aquel mismo año; al día siguiente habría
cumplido treinta y seis años.

Para que el lector pueda hacerse una idea del cariz que habían
tomado aquellas luchas, el testimonio de Jean Racine es ilustrativo. En
su Compendio de la historia de Port-Royal comenta que el padre
Brisacier, de la Compañía de Jesús, atacando a las monjas por escrito:
«Llegó hasta tal exceso de desvergüenza y de locura, que vino a acusar
a estas religiosas, en un libro público, de no creer en el Santísimo
Sacramento; de no comulgar jamás, ni siquiera en artículo de muerte [...],
y a llamarlas antisacramentales, vírgenes locas, pasando incluso al
exceso de querer insinuar cosas muy injuriosas sobre su pureza»
[Racine 1966: 62].

Con las Cartas Provinciales, Pascal se dirigía a los ciudadanos de a


pie, cristianos en su mayoría, para mostrarles que la doctrina jansenista
estaba en la línea del cristianismo de san Agustín y no era ninguna
herejía. Escribió dieciocho cartas en año y medio (una decimonovena
quedaría solo esbozada). Se publicaron en 1657 con el título Les
Provinciales o Lettres écrites par Louis de Montalte à un provincial de
ses amis et aux RR. PP. Jésuites sur le sujet de la morale et la politique
de ces pères (Las Provinciales o Cartas escritas por L. de M. a un
provinciano de sus amigos y a los RR. PP. jesuitas sobre la moral y la
política de estos padres). Llegaron a alcanzar tiradas de diez mil
ejemplares, algo inaudito en el siglo XVII. Como su autor era
desconocido y cada carta anunciaba una próxima, causaron verdadero
furor en el París del grand siècle.

Pero el poder es intransigente, y en marzo de 1656, Luis XIV mandaba


cerrar las Escuelas (Petites écoles) de Port-Royal, para las que Pascal
había escrito sobre algunos temas, y ordenaba la dispersión de los
solitarios. Sin embargo, un prodigio —un verdadero milagro— daría
aliento a los jansenistas; su protagonista fue la ahijada de Pascal, interna
en Port-Royal de París como otras niñas venidas de la capital o de
provincias. El 24 de marzo de aquel año se veneraba en el monasterio
una reliquia con una de las espinas de la corona de Cristo en su pasión.
Marguerite Périer, hija de Gilberte y Florin Périer, sufría un absceso
purulento en el ojo izquierdo, que llevaba tres años supurando sin cesar y
afectaba ya al hueso contiguo; los cirujanos lo habían intentado todo,
pero no lograban curarla. Cuando la sobrina de Pascal pasó a venerar la
Santa Espina, la religiosa que le acompañaba le sugirió que acercase el
ojo enfermo al relicario, y al poco tiempo comprobó que el ojo había
dejado de arrojar aquel líquido maloliente, y que ya no le dolía. Las
monjas no acertaban a entender lo ocurrido, pero los médicos
confirmaron que la niña estaba curada. Tras ser examinada por médicos
y cirujanos, la conclusión fue que Marguerite Périer había sido curada
milagrosamente, y una sentencia episcopal vino a afirmar esto mismo.

Pero aquella calma duró poco. Pascal siguió con las Cartas hasta el
otoño de 1657, y también se implicaría en la redacción de Les écrits des
curés de Paris (Escritos de los curas de París), porque varios párrocos
de la capital se lo pidieron cuando tomaron partido en la causa jansenista
contra los casuistas (los jesuitas). Por esas fechas escribiría también
Pascal los Écrits sur la grâce (Escritos sobre la Gracia), «una de las
claves de toda la obra de Pascal», según el estudioso Jean Mesnard
[Lafuma 1963: 311]. A pesar de no ser teólogo, Pascal se aventuraba en
un tema controvertido, quizás para tratar de entenderlo él mismo,
haciendo siempre un esfuerzo por comprender, y en su dinámica de
búsqueda de la verdad.

1.8. Un cristiano apasionado por las matemáticas y


preocupado por los pobres
Pese a cierta hagiografía familiar que no puede evitar su hermana
Gilberte, la pasión de Pascal por las matemáticas no terminó. Al final de
su vida estudió el cálculo integral, el de las probabilidades, o el de la
curva llamada cicloide (la roulette), que define así: «el camino que traza
en el aire el clavo de una rueda cuando ésta sigue su movimiento
ordinario» [Pascal 1963: 117]. El tema de la curva cicloide parece que lo
resolvió en una noche de insomnio, en medio de fuertes dolores de
muelas.
Sobre el cálculo integral, el mismo Leibniz reconocería años después
que fue la lectura de los trabajos de Pascal lo que le puso en la pista de
su descubrimiento (dichos trabajos le fueron facilitados por uno de los
sobrinos de Pascal). Pascal no dejó de escribirse con matemáticos
célebres como Huygens, Carcavy o el clérigo belga Sluse. Y es de
destacar su correspondencia con el matemático Fermat, que trató de
verse con Pascal en 1660, cuando este estaba en Auvernia, en casa de
su hermana. Pero Pascal se hallaba entonces sin ánimos para
emprender viaje, y expresaba a Fermat su debilidad, que le impedía
caminar o mantenerse a caballo; le escribía en estos términos:

Para hablarle con franqueza de la geometría, le diré que


encuentro que es el más alto ejercicio del espíritu; pero, al
mismo tiempo, la tengo por tan inútil que no veo apenas
diferencia entre un hombre que sólo es geómetra y un hábil
artesano. También la considero el más hermoso oficio del
mundo; pero nada más que un oficio, y a menudo he dicho
que es buena para probar nuestras fuerzas, pero no para
emplearlas en ella [...] Apenas puedo recordar que existe
algo como la geometría. Me metí en estos asuntos, hace un
año o dos, por una razón singular, satisfecha la cual es
posible que nunca más vuelva a pensar en ellos,
considerando además que mi salud no es lo bastante fuerte.
[Pascal 1963: 282].

Se suele pensar que estas palabras muestran cierta renuncia a la


geometría por parte de un Pascal cansado y enfermo, mas no hay que
dejar de subrayar la frase: «[la geometría] es el más alto ejercicio del
espíritu» y «el más hermoso oficio del mundo». Así, la geometría,
el espíritu geométrico, es un modelo de razonamiento y una guía para
orientar el pensamiento y la vida misma a través de los tres órdenes
considerados por Pascal: el de los cuerpos, el del espíritu y el del
corazón. Se trata, en realidad, de un proyecto de vida que Pascal supo
combinar magníficamente al cultivar tanto el espíritu de geometría como
el espíritu de sutileza.

De estos últimos años de la vida de Pascal datan reflexiones recogidas


en Del arte de persuadir o los Tres discursos sobre la condición de los
grandes, donde reflexiona fundamentalmente sobre la condición humana
y las relaciones que se traducen en el ejercicio de la política. Para
Pascal, ningún ser humano es superior a otro, pero lo establecido
socialmente o las costumbres sitúan en el mundo a las personas, y hay
que acatarlas; es una cuestión de modales y de mera convivencia.

También por entonces empezó Pascal a preparar una apología del


cristianismo, a la que añadiría consideraciones muy diversas sobre
muchos temas siempre relacionados con la condición humana. Es lo que
daría como fruto sus magníficos Pensamientos.

En 1659 sitúa Gilberte Périer la Oración para pedir a Dios el buen uso
de las enfermedades, aunque algunos estudiosos la ubican más
tempranamente, al final de la década de los cuarenta.

Por otra parte, Pascal no quedó ajeno al desarrollo de los


acontecimientos jansenistas, y tuvo que ver con la redacción de un
primer texto que acompañaba la orden de firmar el formulario con las
cinco proposiciones. La desazón de las monjas, especialmente su
hermana, y la actitud del poder civil empeñado en destruir Port-Royal le
llevaron a una postura de gran contundencia, no tolerando las actitudes
de algunos amigos de san Agustín más condescendientes con la Iglesia
de Roma. En este sentido, Pascal redactaría sus Écrits sur la signature
du Formulaire (Escritos sobre la firma del Formulario), pero terminaría
agotado y se desentendió de aquel asunto que causaba tanto dolor y le
costó la vida a su propia hermana.

Pascal se retira. De qué habrían de servir más discusiones… Su


actitud, en adelante, sería volver a lo esencial, y así creció en él una gran
preocupación por los pobres en un tiempo en que abundaba la pobreza.
Él se sabía privilegiado, y se deshizo de buena parte de sus bienes; llegó
a albergar en su propia casa a una familia necesitada, con un niño
enfermo de viruela.

Pensando en los pobres, aún le quedaron fuerzas a Pascal para una


última empresa —un último invento. Con Arthus de Roannez y otros
colaboradores, emprendió la primera red de transportes públicos de
París, les carrosses à 5 sols, carrozas a cinco “soles” (céntimos, podría
decirse). Se trataba de coches de caballos que recorrían regularmente
París siguiendo rutas establecidas, de modo que las personas más
sencillas también pudieran desplazarse y transportar sus enseres por
poco dinero. Las pusieron en marcha a comienzos de 1661.

A finales de junio de ese año, Pascal estaba muy enfermo. Por


aquellos días comenzaba a recorrer París la quinta línea de carrozas,
pero a Pascal le asediaban los cólicos y los dolores de cabeza, y
barruntaba que no le quedaba mucho tiempo de vida. A primeros de julio
hizo llamar al párroco de Saint-Étienne-du-Mont, y habló con él largo y
tendido. El padre Beurrier ignoraba que tenía delante al autor de las
cartas Provinciales, y relató que salió fuertemente edificado de la
conversación con Pascal. El 3 de agosto, Pascal dictaba su testamento.
Su hermana Gilberte cuenta que pidió varias veces ser trasladado al asilo
de los incurables para morir entre los pobres, pero su familia se negó a
cumplir tal deseo. También pedía con insistencia la Comunión, y por fin
se la llevó el cura de Saint-Étienne el 17 de agosto. Gilberte narra los
últimos momentos de la vida de su hermano, mostrando que su muerte
fue la de un cristiano auténtico. «¡Que Dios no me abandone nunca!»
fueron las últimas palabras que pronunció. Moría el 19 de agosto de 1662
[Périer 1963: 33]. A la edad de 39 años. De la muerte de Pascal se hizo
todo un mundo, pues se especuló acerca de si había muerto o no
jansenista, tal fue entonces el peso de aquellas controversias.

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