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5°CUAD2024 PDF

El documento presenta lineamientos para el análisis literario de obras en el aula. Se enfoca en contextualizar las obras, identificar marcas contextuales, vincular poéticas de autores con concepciones de la época y analizar cosmovisiones desde las cuales fueron escritas.

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El documento presenta lineamientos para el análisis literario de obras en el aula. Se enfoca en contextualizar las obras, identificar marcas contextuales, vincular poéticas de autores con concepciones de la época y analizar cosmovisiones desde las cuales fueron escritas.

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ACUERDO PEDAGÓGICO DE LITERATURA

El análisis de las obras literarias

En la medida en que los estudiantes llevan a cabo sus prácticas de lenguaje deberían analizar
literariamente las obras literarias.
• Buscar información que permita contextualizar las obras en su época, lugar, cosmovisión, poética del
autor,
situación socio-política, etcétera.
• Identificar las marcas del contexto en las obras leídas.
• Vincular las poéticas de los autores en torno a sus obras con otras concepciones (filosóficas, políticas,
estéticas, etc.) de época.
• Participar de discusiones en torno a los problemas de lectura donde se conceptualizan los vínculos de
las obras con sus contextos de producción.
• Analizar las cosmovisiones de época desde las cuales fueron escritas las obras: las representaciones
en torno al tiempo y al espacio, las concepciones filosóficas, los vínculos con otras manifestaciones
artísticas, las discusiones en el campo intelectual entre otras que se consideren necesarias.

Firma del estudiante: ………………………………………….

Firma de la profesora: …………………………………………..

Este cuadernillo será utilizado para las lecturas cortas pertinentes al área y para el abordaje de ESI.
Las obras extensas serán solicitadas a lo largo de cada trimestre y las mismas estarán disponibles en formato pdf.

~1~
PRIMERA UNIDAD

❖ DEFINICIÓN DE LITERATURA
❖ LA FICCIÓN
❖ REALISMO

Algo muy grave va a suceder en este pueblo - Gabriel García Márquez

Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 17 y
una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan
qué le pasa y ella les responde:
-No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo.
Ellos se ríen de la madre. Dicen que esos son presentimientos de vieja, cosas que pasan. El hijo se va a jugar
al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice:
-Te apuesto un peso a que no la haces.
Todos se ríen. Él se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y todos le preguntan qué pasó, si era
una carambola sencilla. Contesta:
-Es cierto, pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre
algo grave que va a suceder a este pueblo. Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso regresa a su
casa, donde está con su mamá o una nieta o en fin, cualquier pariente. Feliz con su peso, dice:
-Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla porque es un tonto.
-¿Y por qué es un tonto?
-Hombre, porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado con la idea de que su mamá
amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo. Entonces le dice su madre:
-No te burles de los presentimientos de los viejos porque a veces salen.
La pariente lo oye y va a comprar carne. Ella le dice al carnicero:
-Véndame una libra de carne -y en el momento que se la están cortando, agrega-: Mejor véndame dos,
porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado.
El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar una libra de carne, le dice:
-Lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están
preparando y comprando cosas.
Entonces la vieja responde:
-Tengo varios hijos, mire, mejor deme cuatro libras.
Se lleva las cuatro libras; y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la
carne, mata otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor. Llega el momento en que todo el
mundo, en el pueblo, está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto, a las dos
de la tarde, hace calor como siempre. Alguien dice:
-¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo?
-¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!
(Tanto calor que es pueblo donde los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban siempre
a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos.)
-Sin embargo -dice uno-, a esta hora nunca ha hecho tanto calor.
-Pero a las dos de la tarde es cuando hay más calor.
-Sí, pero no tanto calor como ahora.
Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz:
-Hay un pajarito en la plaza.
Y viene todo el mundo, espantado, a ver el pajarito.
-Pero señores, siempre ha habido pajaritos que bajan.
-Sí, pero nunca a esta hora.
Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse
y no tienen el valor de hacerlo.
-Yo sí soy muy macho -grita uno-. Yo me voy.
Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde
está el pobre pueblo viéndolo. Hasta el momento en que dicen:
~2~
-Si éste se atreve, pues nosotros también nos vamos.
Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo.
Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice:
-Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa -y entonces la incendia y otros
incendian también sus casas.
Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora
quetuvo el presagio, clamando:
-Yo dije que algo muy grave iba a pasar, y me dijeron que estaba loca.

CONTINUIDAD DE LOS PARQUES - JULIO CORTÁZAR


Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla
cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los
personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una
cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los
robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una
irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo
verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes
de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse
desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente
en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los
ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida
disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y
movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte.
Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una
rama.
Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido
para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos
furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo
anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde
siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo,
dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido
olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo
minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano
acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los
esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde
la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez,
parapetándose en los árboles y los setos, hastadistinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que
llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no
estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las
palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos
puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal
en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del
hombre en el sillón leyendo una novela.

No se culpe a nadie - Julio Cortazar


El frío complica siempre las cosas, en verano se está tan cerca del mundo, tan piel contra piel, pero ahora a
las seis y media su mujer lo espera en una tienda para elegir un regalo de casamiento, ya es tarde y se da
cuenta de que hace fresco, hay que ponerse el pulóver azul, cualquier cosa que vaya bien con el traje
gris, el otoño es un ponerse y sacarse pulóveres, irse encerrando, alejando. Sin ganas silba un tango mientras
se aparta de la ventana abierta, busca el pulóver en el armario y empieza a ponérselo delante del espejo.
No es fácil, a lo mejor por culpa de la camisa que se adhiere a la lana del pulóver, pero le cuesta hacer
pasar el brazo, poco a poco va avanzando la mano hasta que al fin asoma un dedo fuera del puño

~3~
de lana azul, pero a la luz del atardecer el dedo tiene un aire como de arrugado y metido para adentro,
con una uña negra terminada en punta. De un tirón se arranca la manga del pulóver y se mira la mano
como si no fuese suya, pero ahora que está fuera del pulóver se ve que es su mano de siempre y él la deja
caer al extremo del brazo flojo y se le ocurre que lo mejor será meter el otro brazo en la otra manga
a ver si así resulta más sencillo. Parecería que no lo es porque apenas la lana del pulóver se ha pegado
otra vez a la tela de la camisa, la falta de costumbre de empezar por la otra manga dificulta todavía
más la operación, y aunque se ha puesto a silbar de nuevo para distraerse siente que la mano avanza
apenas y que sin alguna maniobra complementaria no conseguirá hacerla llegar nunca a la salida. Mejor
todo al mismo tiempo, agachar la cabeza para calzarla a la altura del cuello del pulóver a la vez que
mete el brazo libre en la otra manga enderezándola y tirando simultáneamente con los dos brazos y el
cuello.
En la repentina penumbra azul que lo envuelve parece absurdo seguir silbando, empieza a sentir como
un calor en la cara aunque parte de la cabeza ya debería estar afuera, pero la frente y toda la cara
siguen cubiertas y las manos andan apenas por la mitad de las mangas. por más que tira nada sale
afuera y ahora se le ocurre pensar que a lo mejor se ha equivocado en esa especie de cólera irónica con
que reanudó la tarea, y que ha hecho la tontería de meter la cabeza en una de las mangas y una
mano en el cuello del pulóver. Si fuese así su mano tendría que salir fácilmente pero aunque tira con todas
sus fuerzas no logra hacer avanzar ninguna de las dos manos aunque en cambio parecería que la cabeza
está a punto de abrirse paso porque la lana azul le aprieta ahora con una fuerza casi irritante la nariz y la
boca, lo sofoca más de lo que hubiera podido imaginarse, obligándolo a respirar profundamente mientras
la lana se va humedeciendo contra la boca, probablemente desteñirá y le manchará la cara de azul. Por
suerte en ese mismo momento su mano derecha asoma al aire al frío de afuera, por
lo menos ya hay una afuera aunque la otra siga apresada en la manga, quizá era cierto que su mano
derecha estaba metida en el cuello del pulóver por eso lo que él creía el cuello le está apretando de esa
manera la cara sofocándolo cada vez más, y en cambio la mano ha podido salir fácilmente. De todos
modos y para estar seguro lo único que puede hacer es seguir abriéndose paso respirando a fondo y
dejando escapar el aire poco a poco, aunque sea absurdo porque nada le impide respirar perfectamente
salvo que el aire que traga está mezclado con pelusas de lana del cuello o de la manga del pulóver, y
además hay el gusto del pulóver, ese gusto azul de la lana que le debe estar manchando la cara ahora que
la humedad del aliento se mezcla cada vez más con la lana, y aunque no puede verlo porque si abre los
ojos las pestañas tropiezan dolorosamente con la lana, está seguro de que el azul le va envolviendo la
boca mojada, los agujeros de la nariz, le gana las mejillas, y todo eso lo va llenando de ansiedad y quisiera
terminar de ponerse de una vez el pulóver sin contar que debe ser tarde y su mujer estará impacientándose
en la puerta de la tienda. Se dice que lo más sensato es concentrar la atención en su mano derecha, porque
esa mano por fuera del pulóver está en contacto con el aire frío de la habitación es como un anuncio de
que ya falta poco y además puede ayudarlo, ir subiendo por la espalda hasta aferrar el borde inferior
del pulóver con ese movimiento clásico que ayuda a ponerse cualquier pulóver tirando enérgicamente
hacia abajo. Lo malo es que aunque la mano palpa la espalda buscando el borde de lana, parecería que
el pulóver ha quedado completamente arrollado cerca del cuello y lo único que encuentra la mano es la
camisa cada vez más arrugada y hasta salida en parte del pantalón, y de poco sirve traer la mano y
querer tirar de la delantera del pulóver porque sobre el pecho no se siente más que la camisa, el pulóver
debe haber pasado apenas por los hombros y estará ahí arrollado y tenso como si él tuviera los hombros
demasiado anchos para ese pulóver lo que en definitiva prueba que realmente se ha equivocado y ha
metido una mano en el cuello y la otra en una manga, con lo cual la distancia que va del cuello a una
de las mangas es exactamente la mitad de la que va de una manga a otra, y eso explica que él tenga la
cabeza un poco ladeada a la izquierda, del lado donde la mano sigue prisionera en la manga, si es la
manga, y que en cambio su mano derecha que ya está afuera se mueva con toda libertad en el aire
aunque no consiga hacer bajar el pulóver que sigue como arrollado en lo alto de su cuerpo. Irónicamente
se le ocurre que si hubiera una silla cerca podría descansar y respirar mejor hasta ponerse del todo el
pulóver, pero ha perdido la orientación después de haber girado tantas veces con esa especie de gimnasia
eufórica que inicia siempre la colocación de una prenda de ropa y que tiene algo de paso de baile
disimulado, que nadie puede reprochar porque responde a una finalidad utilitaria y no a culpables
tendencias coreográficas. En el fondo la verdadera solución sería sacarse el pulóver puesto que no ha
podido ponérselo, y comprobar la entrada correcta de cada mano en las mangas y de la cabeza en el
cuello, pero la mano derecha desordenadamente sigue yendo y viniendo como si ya fuera ridículo renunciar

~4~
a esa altura de las cosas, y en algún momento hasta obedece y sube a la altura de la cabeza y tira hacia
arriba sin que él comprenda a tiempo que el pulóver se le ha pegado en la cara con esa gomosidad
húmeda del aliento mezclado con el azul de la lana, y cuando la mano tira hacia arriba es un dolor como
si le desgarraran las orejas y quisieran arrancarle las pestañas. Entonces más despacio, entonces hay que
utilizar la mano metida en la manga izquierda, si es la manga y no el cuello, y para eso con la mano
derecha ayudar a la mano izquierda para que pueda avanzar por la manga o retroceder y zafarse,
aunque es casi imposible coordinar los movimientos de las dos manos, como si la mano izquierda fuese una
rata metida en una jaula y desde afuera otra rata quisiera ayudarla a escaparse, a menos que en vez de
ayudarla la esté mordiendo porque de golpe le duele la mano prisionera y a la vez la otra mano se hinca
con todas sus fuerzas en eso que debe ser su mano y que le duele, le duele a tal punto que renuncia a
quitarse el pulóver, prefiere intentar un último esfuerzo para sacar la cabeza fuera del cuello y la rata
izquierda fuera de la jaula y lo intenta luchando con todo el cuerpo, echándose hacia a delante y hacia
atrás, girando en medio de la habitación, si es que está en el medio porque ahora alcanza a pensar que la
ventana ha quedado abierta y que es peligroso seguir girando a ciegas, prefiere detenerse aunque
su mano derecha siga yendo y viniendo sin ocuparse del pulóver, sunque su mano izquierda le duela cada
vez más como si tuviera los dedos mordidos o quemados, y sin embargo esa mano le obedece, contrayendo
poco a poco los dedos lacerados alcanza a aferrar a través de la manga el borde del pulóver arrollado en
el hombro, tira hacia abajocasi sin fuerza, le duele demasiado y haría falta que la mano derecha ayudara
en vez de trepar o bajar inútilmente por las piernas en vez de pellizcarle el muslo como lo está haciendo,
arañándolo y pellizcándolo a través de la ropa sin que pueda impedírselo porque toda su voluntad acaba
en la mano izquierda, quizá ha caído de rodillas y se siente como colgado de la mano izquierda que
tira una vez más del pulóver y de golpe es el frío en las cejas y en la frente, en los ojos, absurdamente no
quiere abrir los ojos pero sabe que ha salido fuera, esa materia fria, esa delicia es el aire libre, y no quiere
abrir los ojos y espera un segundo, dos segundos, se deja vivir en un tiempo frío y diferente, el tiempo de
fuera del pulóver, está de rodillas y es hermoso estar así hasta que poco a poco agradecidamente
entreabre los ojos libres de la baba azul de la lana de adentro, entreabre los ojos y ve las cinco uñas negras
suspendidas apuntando a sus ojos, vibrando en el aire antes de saltar contra sus ojos, y tiene el tiempo de
bajar los párpados y echarse atrás cubriéndose con la mano izquierda que es su mano, que es todo lo
que le queda para que lo defienda desde dentro de la manga, para que tire hacia arriba el cuello del
pulóver y la baba azul le envuelva otra vez la cara mientras se endereza para huir a otra parte, para
llegar por fin a alguna parte sin mano y sin pulóver, donde solamente haya un aire fragoroso que lo
envuelva y lo acompañe y lo acaricie y doce pisos.

Pobres gentes - León Tolstoi


En una choza, Juana, la mujer del pescador, se halla sentada junto a la ventana, remendando una vela
vieja. Afuera aúlla el viento y las olas rugen, rompiéndose en la costa… La noche es fría y oscura, y el mar
está tempestuoso; pero en la choza de los pescadores el ambiente es templado y acogedor. El suelo de tierra
apisonada está cuidadosamente barrido; la estufa sigue encendida todavía; y los cacharros relucen, en el
vasar. En la cama, tras de una cortina blanca, duermen cinco niños, arrullados por el bramido del mar
agitado. El marido de Juana ha salido por la mañana, en su barca; y no ha vuelto todavía. La mujer oye el
rugido de las olas y el aullar del viento, y tiene miedo.
Con un ronco sonido, el viejo reloj de madera ha dado las diez, las once… Juana se sume en reflexiones. Su
marido no se preocupa de sí mismo, sale a pescar con frío y tempestad. Ella trabaja desde la mañana a la
noche. ¿Y cuál es el resultado?, apenas les llega para comer. Los niños no tienen qué ponerse en los pies:
tanto en invierno como en verano, corren descalzos; no les alcanza para comer pan de trigo; y aún tienen
que dar gracias a Dios de que no les falte el de centeno. La base de su alimentación es el pescado. “Gracias
a Dios, los niños están sanos. No puedo quejarme”, piensa Juana; y vuelve a prestar atención a la
tempestad. “¿Dónde estará ahora? ¡Dios mío! Protégelo y ten piedad de él”, dice, persignándose.
Aún es temprano para acostarse. Juana se pone en pie; se echa un grueso pañuelo por la cabeza, enciende
una linterna y sale; quiere ver si ha amainado el mar, si se despeja el cielo, si hay luz en el faro y si aparece
la barca de su marido. Pero no se ve nada. El viento le arranca el pañuelo y lanza un objeto contra la
puerta de la choza de al lado; Juana recuerda que la víspera había querido visitar a la vecina enferma.
“No tiene quien la cuide”, piensa, mientras llama a la puerta. Escucha… Nadie contesta.
“A lo mejor le ha pasado algo”, piensa Juana; y empuja la puerta, que se abre de par en par. Juana entra.

~5~
En la choza reinan el frío y la humedad. Juana alza la linterna para ver dónde está la enferma. Lo primero
que aparece ante su vista es la cama, que está frente a la puerta. La vecina yace boca arriba, con la
inmovilidad de los muertos. Juana acerca la linterna. Sí, es ella. Tiene la cabeza echada hacia atrás; su rostro
lívido muestra la inmovilidad de la muerte. Su pálida mano, sin vida, como si la hubiese extendido para
buscar algo, se ha resbalado del colchón de paja, y cuelga en el vacío. Un poco más lejos, al lado de la
difunta, dos niños, de caras regordetas y rubios cabellos rizados, duermen en una camita acurrucados y
cubiertos con un vestido viejo.
Se ve que la madre, al morir, les ha envuelto las piernecitas en su mantón y les ha echado por encima su
vestido. La respiración de los niños es tranquila, uniforme; duermen con un sueño dulce y profundo.
Juana coge la cuna con los niños; y, cubriéndolos con su mantón, se los lleva a su casa. El corazón le late con
violencia; ni ella misma sabe por qué hace esto; lo único que le consta es que no puede proceder de otra
manera. Una vez en su choza, instala a los niños dormidos en la cama, junto a los suyos; y echa la cortina.
Está pálida e inquieta. Es como si le remordiera la conciencia. “¿Qué me dirá? Como si le dieran pocos
desvelos nuestros cinco niños… ¿Es él? No, no… ¿Para qué los habré cogido? Me pegará. Me lo tengo
merecido… Ahí viene… ¡No! Menos mal…”
La puerta chirría, como si alguien entrase. Juana se estremece y se pone en pie.
“No. No es nadie. ¡Señor! ¿Por qué habré hecho eso? ¿Cómo lo voy a mirar a la cara ahora?” Y Juana
permanece largo rato sentada junto a la cama, sumida en reflexiones.
La lluvia ha cesado; el cielo se ha despejado; pero el viento sigue azotando y el mar ruge, lo mismo que
antes.
De pronto, la puerta se abre de par en par. Irrumpe en la choza una ráfaga de frío aire marino; y un
hombre, alto y moreno, entra, arrastrando tras de sí unas redes rotas, empapadas de agua.
-¡Ya estoy aquí, Juana! -exclama.
-¡Ah! ¿Eres tú? -replica la mujer; y se interrumpe, sin atreverse a levantar la vista.
-¡Vaya nochecita!
-Es verdad. ¡Qué tiempo tan espantoso! ¿Qué tal se te ha dado la pesca?
-Es horrible, no he pescado nada. Lo único que he sacado en limpio ha sido destrozar las redes. Esto es
horrible, horrible… No puedes imaginarte el tiempo que ha hecho. No recuerdo una noche igual en toda
mi vida. No hablemos de pescar; doy gracias a Dios por haber podido volver a casa. Y tú, ¿qué has hecho
sin mí?
Después de decir esto, el pescador arrastra las redes tras de sí por la habitación; y se sienta junto a la estufa.
-¿Yo? -exclama Juana, palideciendo-. Pues nada de particular. Ha hecho un viento tan fuerte que me
daba miedo. Estaba preocupada por ti.
-Sí, sí -masculla el hombre-. Hace un tiempo de mil demonios, pero… ¿qué podemos hacer?
Ambos guardan silencio.
-¿Sabes que nuestra vecina Simona ha muerto?
-¿Qué me dices?
-No sé cuándo; me figuro que ayer. Su muerte ha debido ser triste. Seguramente se le desgarraba el
corazón al ver a sus hijos. Tiene dos niños muy pequeños… Uno ni siquiera sabe hablar y el otro empieza a
andar a gatas…Juana calla. El pescador frunce el ceño; su rostro adquiere una expresión seria y preocupada.
-¡Vaya situación! -exclama, rascándose la nuca-. Pero, ¡qué le hemos de hacer! No tenemos más remedio
que traerlos aquí. Porque si no, ¿qué van a hacer solos con la difunta? Ya saldremos adelante como sea.
Anda, corre a traerlos.

~6~
Juana no se mueve.
-¿Qué te pasa? ¿No quieres? ¿Qué te pasa, Juana?
-Están aquí ya -replica la mujer descorriendo la cortina.

La composición - Silvia Schujer

A las madres que buscan a sus hijos. A los hijos de esos hijos. A las abuelas que quieren encontrarlos.

Pronto va a hacer como un año que pasó. Fue en noviembre. No me acuerdo qué día. Sé que fue en
noviembre porque faltaba poco para que terminaran las clases y ya estábamos planeando las vacaciones.
Siempre nos vamos unos días a algún lugar con playa. No muchos porque sale muy caro, dice mi mamá.
Bueno, decía. Mi hermanita y yo estábamos durmiendo. No me importó demasiado que esa noche, la
anterior, papá y mamá estuvieran preocupados, porque ellos casi siempre andaban preocupados, pero
igual eran muy buenos con nosotras y nos hablaban todo el tiempo. Más a mí, porque mi hermana es un
poco chica todavía. Recién ahora está en primer grado con la señorita Angélica. A veces yo no entendía del
todo lo que me querían decir, pero mi papá me explicaba que algún día iba a poder. Igual, ahora
también sigo sin entender mucho que digamos. Mi hermanita no sabe nada. La abuela me quiso mentir a
mí también, pero yo no soy tonta, así que… Prométame que no le va a contar a nadie ¿eh? Y menos a mi
abuela porque ella tiene mucho miedo y no quiere que lo hablemos. Pero yo a usted se lo tengo que decir
porque después me va a preguntar y si lloro ¿qué les digo a las chicas?

Estábamos durmiendo y de repente yo abrí los ojos. La puerta de la pieza estaba cerrada. Era raro que no
me hubiera venido a despertar mi mamá si ya entraba luz por las persianas. Yo siempre me doy cuenta de
la hora por la luz que se mete entre los huecos de las persianas. Y esa mañana la pieza ya estaba bastante
clara y no se escuchaba ningún ruido. A mí no me gustaba faltar al colegio porque entonces me tenía que
pasar todo el día sola aburriéndome en casa. Por eso no me hice la dormida. Llamé a mi mamá. Pensé que
era ella la que se había quedado dormida. Me imaginé que se iba a poner contentísima de que ya me
pudiera despertar sola. Pensé que me iba a decir que yo ya era una señorita y que eso la tranquilizaba. La
llamé y, como no vino y tampoco hubo ningún ruido, me levanté. Primero me senté en la cama y traté de
despertar a mi hermanita para que no llegáramos tarde. Blanquita, al jardín. Y como ella tampoco me
escuchaba, me empezó a agarrar miedo y casi me puse a llorar. Miedo, qué sé yo. La sacudí
un poco y cuando abrió los ojos, le di un beso como hacía mi mamá y le alcancé la ropa. Tuve miedo
porque un día escuché que mamá le decía a papá que si a ella le pasaba algo… que siempre nos hiciera
acordar a nosotras… de un mundo mejor, qué sé yo, esas cosas. Tuve miedo igual, porque para mí el
mundo no era feo, el mío por lo menos. Ahora todo es horrible. Mi hermanita y yo nos vestimos. Yo la
ayudé un poco, pobre. No me animaba a salir sola de la pieza. No sé por qué. Así le dábamos juntas la
sorpresa a mamá. Blanquita no hablaba porque estaba medio dormida. Cuando preguntó por mamá le
dije que íbamos a ir juntas a despertarla. Que seguro se había quedado dormida. Nuestra pieza da al
comedor. Y enfrente, del otro lado del comedor, está la pieza de mis padres. Salimos en puntas de pie. Mi
hermanita venía atrás mío.
¡Yo me quedé!...

Blanquita también se dio cuenta de que algo había pasado porque en el comedor había un desbarajuste
bárbaro. Los libros estaban en el suelo y algunos rotos. Las sillas, cambiadas de lugar. Y bueno, para qué le
voy a seguir contando. Usted no vaya a decir nada, seño, pero yo tuve miedo. Llegamos a la pieza de ellos:
la cama estaba vacía y deshecha, pero no como cuando se iban apurados. Deshecha del todo, hasta
un poco corrida de lugar. Ahora no sé si había llegado ese día: que si pasaba algo y las nenas. Hablaban
tanto… Papá siempre me abrazaba y me decía que yo iba a ser libre y Blanquita también. Como un
pájaro. Que iba a ser amiga de muchos chicos y en el colegio para el día del niño todos iban a tener un
juguete y que eso era la libertad por la que ellos peleaban. ¿Dónde?, me pregunto. Porque entre ellos no
peleaban nunca. No, casi nunca. Y menos por la libertad, que también es eso de los juguetes ¿no? No

~7~
estaba ninguno de los dos en toda la casa. Blanquita lloraba más fuerte que yo. Entonces la abracé y le di
un beso. Nos sentamos en el piso del comedor en el medio de todos los libros. Yo empecé a ponerlos en
orden, los que estaban rotos los dejé para arreglarlos. Pensé que a lo mejor mamá había salido a comprar
la leche y le dábamos la sorpresa. Lo que más nerviosa me ponía era cómo lloraba Blanquita, dale y dale.
Capaz que tenía hambre, así que fui a la cocina que también era un bochinche. Iba a sacar unos panes
de la bolsa y justo sonó el teléfono. ¡Ah! Me había olvidado de decirle que cuando entramos al comedor
para ir a la pieza de mis padres, el teléfono estaba descolgado y yo lo puse bien. Entonces atendió
Blanquita y yo enseguida le saqué el tubo de la mano. Era mi abuela con la que estamos ahora. Y cuando
le conté lo que pasaba, en vez de decir que ay esta madre que tienen, dio un grito y dijo no se muevan,
esperen ahí.

Me asusté mucho y yo también grité. Con Blanquita nos quedamos en un rincón. La llamábamos a mi
mamá porque mi papá siempre salía temprano así que sabíamos que no podía estar. Después me sentí un
poco mal, porque el más grande tiene que ayudar al más chico, y en ese momento yo no la estaba
ayudando nada a Blanquita. Ni siquiera la soltaba porque me sentía mejor agarrada a ella. Prométame
señorita que usted no va a contar nada de lo que le digo. Mi abuela dice que es peligroso y no quiere.
Usted cree que vivo con ella porque no tengo mamá, porque se fue de viaje o algo así —como dice mi
abuela cuando alguien se muere—. Pero es mentira, seño. Le juro que es mentira. Yo tengo mamá. No sé
dónde está, pero tengo. Ella decía otro mundo y eso a lo mejor es un poco lejos. La verdad que ahora
sería bueno que invente un mundo mejor ¿no? porque es una porquería todo esto. Las chicas se piensan
que yo estoy muy contenta con mis abuelos porque nos compran todo lo que queremos, pero es mentira.
Usted no les diga nada, no, porque de verdad son muy buenos y nos compran lo que queremos. Yo a usted
se lo tuve que contar porque recién dijo que había que hacer una composición para el día de la madre
y las chicas me dijeron que bueno Inés, vos le podés hacer una a tu abuela, y usted también me iba
a decir eso cuando yo me vine acá y le hice perder el recreo largo en su escritorio ¿no?

El disfraz - Emilia Pardo Bazán

La profesora de piano pisó la antesala toda recelosa y encogida. Era su actitud habitual; pero aquel día
la exageraba involuntariamente, porque se sentía en falta. Llegaba por lo menos con veinte minutos de
retraso, y hubiese querido esconderse tras el repostero, que ostentaba los blasones de los marqueses de la
Ínsula, cuando el criado, patilludo y guapetón, le dijo, con la severidad de los servidores de la casa grande
hacia los asalariados humildes:
-La señorita Enriqueta ya aguarda hace un ratito... La señora marquesa, también.
No pudiendo meterse bajo tierra, se precipitó... Sus tacones torcidos golpeaban la alfombra espesa, y al
correr, se prendían en el desgarrón interior de la bajera, pasada de tanto uso. A pique estuvo de caerse,
y un espejo del salón que atravesaba para dirigirse al apartado gabinete donde debía de impacientarse
su alumna, le envió el reflejo de un semblante ya algo demacrado, y ahora más descompuesto por el
terror de perder una plaza que, con el empleíllo del marido, era el mayor recurso de la familia.
¡Una lección de dieciocho duros! Todos los agujeros se tapaban con ella. Al panadero, al de la tienda de la
esquina, al administrador implacable que traía el recibo del piso, se les respondía invariablemente: «La
semana que viene... Cuando cobremos la lección de la señorita de la Ínsula...» Y en la respuesta había cierto
inocente orgullo, la satisfacción de enseñar a la hija única y mimada de unos señores tan encumbrados,
que iban a Palacio como a su casa propia, y daban comidas y fiestas a las cuales concurría lo mejor de lo
mejor: grandes, generales, ministros... Y doña Consolación, la maestra, contaba y no acababa de la
gracia de Enriquetita, de la bondad de la señora marquesa, que le hablaba con tanta sencillez, que la
distinguía tanto...
Todo era verdad -lo de la sencillez, lo de la distinción-, pero la profesora no por eso se sentía menos
achicada -hasta el extremo de emocionarse- cuando la madre de esa alumna, siempre vestida de
terciopelo, siempre adornada con fulgurantes joyas, le dirigía la palabra, le hablaba de música... Porque
la marquesa de la Ínsula, que no sabía ni cuáles eran las notas del pentagrama, disertaba a veces con
verbosidad, repitiendo lo que oía decir a los entendidos en su platea. Y doña Consolación, sin enterarse
de lo que explicaba aquella voz tan suave, a menudo imperiosa en su dulzura, contestaba indistintamente.
-Verdad... Así es... No cabe duda... Tiene razón la señora...

~8~
¡Si por culpa de la tardanza perdiese la lección! ¡Si, al verla entrar, la marquesa hiciese un gesto de
contrariedad, de desagrado! El corazón fatigado de la profesora armaba un ruido de fuelle que la
aturdía... Se detuvo para tomar aliento. Y, en el mismo instante, oyó que la llamaban con acento cordial,
afectuoso. Era su discípula.
-¡Doña Consola! ¡Doña Consola! -repetía la niña, en el tono del que tiene que dar una noticia
alegre-. Venga usted... ¡Hay novedades!
«Doña Consola» corrió, no sin grave peligro de enganche y caída. La marquesa, llena de cortesía, se
había levantado, de lo cual protestó la maestra, exclamando:
-¡Por Dios!
La chiquilla batía palmas.
-¡Mamá, mamá, díselo pronto!...
-Dame tiempo... -contestó risueña la madre-. Doña Consolación, figúrese usted que deseamos... Vamos
a ver: ¿no tiene usted muchas ganas de oír Lohengrin?
-Yo...
La profesora se puso amoratada, que es el modo de ruborizarse de los cardíacos.
-Yo... ¡Lohengrin! ¡Ya lo creo, señora! -prorrumpió de súbito, en involuntaria efusión de un alma que
hubiese podido ser artista si no fuese de madre de familia obligada a ganar el pan de tres
chiquitines-. ¡Ya lo creo! Sólo una vez oí una ópera... ¡y hace tantos años ya! ¡Y Lohengrin! Se dice que lo
cantan divinamente...
-¡Oh! ¡Ese Capinera! ¡Y la Stolli! ¡Si es un bordado! Bueno; pues se trata de que esta noche tenemos dos
asientos...
El amoratado fue morado oscuro. ¿Estaría soñando? ¿La convidaban al palco? ¿Al palco, con la marquesa?
-Son dos butacas que le han enviado a nuestro jefe -prosiguió la dama-, y yo no sé por dónde lo ha sabido
este diablillo de Enriqueta, que además ha averiguado que el jefe no quiere aprovechar esas
localidades, ni para sí ni para su hijo; ¡prefieren irse a Apolo!... Y ha sido su discípula de usted quien ha
pensado en seguida...
-¡Mil gracias, Enriquetita!... ¡Mil gracias, señora! -balbució la maestra, ya recobrada de su primera
emoción-. Agradezco tanta bondad, y disfrutaría mucho oyendo la ópera, que no conozco sino en
papeles...; pero ni mi esposo ni yo tenemos ropa..., vamos..., como la que hay que tener para ir a las
butacas del Real.
-¡No importa! -gritó Enriqueta, que no renunciaba a su benéfico antojo-. Mamá le da a usted un vestido
bonito... ¿No lo dijiste? -añadió, colgándose del cuello de su madre como un diablillo zalamero, habituado
a mandar-. ¿No dijiste que aquel vestido que se te quedó antiguo, de seda verde? ¿Y el abrigo de paño, el
de color café, que no lo usas? ¿Y ropa de papá, un frac ya antiguo, para el marido de doña Consola?
-Sí, todo eso es verdad -confirmó la marquesa-. Y si doña Consolación no tiene inconveniente...
La profesora no sabía lo que le pasaba. Ignoraba si era pena, si era gozo, lo que oprimía su corazón
enfermo y mal regulado. Pero Enriquetita, tenaz, aferrada al capricho bondadoso y a la diversión de la
mascarada, insistía.
-¡Doña Consola! ¡Doña Consolita! Mire usted que lo pasará divinamente. Verá: mandamos un recado a su
señor esposo, y le traen en un coche. Usted ya no se va. Les darán de cenar aquí. Toinette les viste...
-¿También va Toinette a vestir al marido de doña Consolación? -preguntó la marquesa, contagiada del
buen humor de la chiquilla.
-No; quise decir que Toinette la viste a usted, y a su marido le viste Lino, el ayuda de cámara de papá.
¡Ande usted, diga que sí!... Luego les tomamos otro coche, ¿no dijiste que se lo tomabas mamá?, y se van
ustedes al teatro.
La marquesa hacía señales de aprobación, y, entre tanto, la maestra meditaba... ¡Desnudarse delante de
aquella Toinette, la doncella francesa, remilgada y burlona, que vería la ropa interior desaseada, los bajos
destrozados, el corsé roto, de pobre dril gris! ¡Mostrar los estigmas de la miseria sufrida heroicamente, la
flojedad de las carnes, que olían al sudor enfriado de tantas caminatas hechas a pie, por ahorrarse los diez
céntimos del tranvía! ¡Enseñar su faldilla de barros, con el desgarrón, que no había tenido tiempo de
remendar! Una vergüenza, una humillación dolorosa, la impulsaban a gritar: «No, no iré; no me vestirán
de carnaval con la librea de lujo...» Pero los ojos preciosos, límpidos, de Enriqueta expresaban tan buena
voluntad, tal afectuoso empeño de proporcionar a su profesora, por una noche, los goces de los
privilegiados, que doña Consolación tuvo miedo de negarse a aquella humorada o gentil

~9~
travesura. «Pueden quedar descontentos... Puedo perder esta lección de ricos, los dieciocho duros al mes,
casi tanto como gana Pablo con su empleo...» Y en voz alta, tartamudeó:
-Pues lo que quiera Enriquetita... Lo que quiera...
Dos horas después estaba vestida y peinada doña Consola. Sobre su ropa blanca, perfumada de foin, crujía
la seda musgo del traje, antiguo para la elegante marquesa, en realidad casi de última moda,
primorosamente adornado con bordados verde pálido y rosas en ligera guirnalda; en la cabeza, un lazo de
lentejuela hacía resaltar el brillo del pelo castaño, rizado con arte. Las mangas de la almilla de algodón
habían estorbado, porque la manga del traje terminaba en el codo; pero Toinette, con alfileres, lo
arregló, y la maestra lucía guantes blancos, largos, que le hacían la mano chica. Enriqueta bailaba de
contento. No hacía sino contemplar a su profesora y repetir:
-¡Si se ha vuelto tan guapa! ¡Si no parece la de los demás días!
Bajaban la escalera interior doña Consolación y su consorte, para meterse en el cochecillo, y apenas se
atrevían a mirarse; tan raros se encontraban, él de rigurosa etiqueta, envarado; ella, emperifollada,
sintiéndose, en efecto, bonita y rejuvenecida dos lustros... Al arrancar el simón, el marido murmuró,
bajo y como si se recatase:
-¿Sabes que me gustas así?
Y ella -pensando que al otro día iba a recobrar sus semiandrajos, su traje negro, decente y raído, y que la
vida continuaría con los ahogos económicos y físicos, las deudas y los ataques de sofocación al subir tramos
de escaleras- se echó en brazos de él y rompió en sollozos.

SEGUNDA UNIDAD
❖ TEXTO FANTÁSTICO
❖ REALISMO MÁGICO
❖ EL ENSAYO

La muerte - Enrique Anderson Imbert


La automovilista (negro el vestido, negro el pelo, negros los ojos, pero con la cara tan pálida que a pesar
del mediodía parecía que en su tez se hubiese detenido un relámpago) la automovilista vio en el camino
a una muchacha que hacía señas para que parara. Paró. –¿Me llevas? Hasta el pueblo no más –dijo la
muchacha–. –Sube –dijo la automovilista. Y el auto arrancó a toda velocidad por el camino que
bordeaba la montaña. –Muchas gracias –dijo la muchacha con un gracioso mohín– pero ¿no tienes miedo
de levantar por el camino a personas desconocidas? Podrían hacerte daño. ¡Esto está tan desierto! –No, no
tengo miedo. –¿Y si levantaras a alguien que te atraca? –No tengo miedo. –¿Y si te matan? –No tengo
miedo. –¿No? Permíteme presentarme –dijo entonces la muchacha, que tenía los ojos grandes, límpidos,
imaginativos y enseguida, conteniendo la risa, fingió una voz cavernosa–. Soy la Muerte, la
M-u-e-r-t-e. La automovilista sonrió misteriosamente. En la próxima curva el auto se desbarrancó. La
muchacha quedó muerta entre las piedras. La automovilista siguió a pie y al llegar a un cactus
desapareció.

El vestido de terciopelo – Silvina Ocampo


Sudando, secándonos la frente con pañuelos, que humedecimos en la fuente de la Recoleta, llegamos a esa
casa, con jardín, de la calle Ayacucho. ¡Qué risa!
Subimos en el ascensor al cuarto piso. Yo estaba malhumorada, porque no quería salir, pues mi vestido
estaba sucio y pensaba dedicar la tarde a lavar y a planchar la colcha de mi camita. Tocamos el
timbre: nos abrieron la puerta y entramos, Casilda y yo, en la casa, con el paquete. Casilda es modista.
Vivimos en Burzaco y nuestros viajes a la capital la enferman, sobre todo cuando tenemos que ir al barrio
norte, que queda tan a trasmano. De inmediato Casilda pidió un vaso de agua a la sirvienta para tomar la
aspirina que llevaba en el monedero. La aspirina cayó al suelo con vaso y monedero. ¡Qué risa!

~ 10 ~
Subimos una escalera alfombrada (olía a naftalina), precedidas por la sirvienta, que nos hizo pasar al
dormitorio de la señora Cornelia Catalpina, cuyo nombre fue un martirio para mi memoria. El dormitorio
era todo rojo, con cortinajes blancos y había espejos con marcos dorados. Durante un siglo esperamos que la
señora llegara del cuarto contiguo, donde la oíamos hacer gárgaras y discutir con voces diferentes. Entró su
perfume y después de unos instantes, ella con otro perfume. Quejándose, nos saludó:
—¡Qué suerte tienen ustedes de vivir en las afueras de Buenos Aires! Allí no hay hollín, por lo menos. Habrá
perros rabiosos y quema de basuras… Miren la colcha de mi cama. ¿Ustedes creen que es gris?
No. Es blanca. Un ampo de nieve —me tomó del mentón y agregó—: —No te preocupan estas cosas. ¡Qué
edad feliz! Ocho años tienes, ¿verdad? —y dirigiéndose a Casilda; agregó—: ¿Por qué no le coloca una
piedra sobre la cabeza para que no crezca? De la edad de nuestros hijos depende nuestra juventud.
Todo el mundo creía que mi amiga Casilda era mi mamá. ¡Qué risa!
—Señora, ¿quiere probarse? —dijo Casilda, abriendo el paquete que estaba prendido con alfileres. Me
ordenó: —Alcanza de mi cartera los alfileres.
—¡Probarse! ¡Es mi tortura! ¡Si alguien se probara los vestidos por mí, qué feliz sería! Me cansa tanto.
La señora se desvistió y Casilda trató de ponerle el vestido de terciopelo.
—¿Para cuándo el viaje, señora? —le dijo para distraerla.
La señora no podía contestar. El vestido no pasaba por sus hombros: algo lo detenía en el cuello. ¡Qué risa!
—El terciopelo se pega mucho, señora, y hoy hace calor. Pongámosle un poquito de talco.
—Sáquemelo, que me asfixio —exclamó la señora.
Casilda le quitó el vestido y la señora se sentó sobre el sillón, a punto de desvanecerse.
—¿Para cuándo será el viaje, señora? —volvió a preguntar Casilda para distraerla.
—Me iré en cualquier momento. Hoy día, con los aviones, uno se va cuando quiere. El vestido tendrá que
estar listo. Pensar que allí hay nieve. Todo es blanco, limpio, y brillante.
—Se va a París, ¿no?
—Iré también a Italia.
—¿Vuelve a probarse el vestido, señora? En seguida terminamos.
La señora asintió dando un suspiro.
—Levante los dos brazos para que le pasemos primero las dos mangas —dijo Casilda, tomando el vestido y
poniéndoselo de nuevo.
Durante algunos segundos Casilda trató inútilmente de bajar la falda, para que resbalara sobre las caderas
de la señora. Yo la ayudaba lo mejor que podía. Finalmente consiguió ponerle el vestido. Durante unos
instantes la señora descansó extenuada, sobre el sillón; luego se puso de pie para mirarse en el espejo. ¡El
vestido era precioso y complicado! Un dragón bordado de lentejuelas negras, brillaba sobre el lado izquierdo
de la bata. Casilda se arrodilló, mirándola en el espejo, y le redondeó el ruedo de la falda. Luego se puso de
pie y comenzó a colocar alfileres en los dobleces de la bata, en el cuello, en las mangas. Yo tocaba el
terciopelo: era áspero cuando pasaba la mano para un lado y suave cuando la pasaba para el otro. El
contacto de la felpa hacía rechinar mis dientes. Los alfileres caían sobre el piso de madera y yo los recogía
religiosamente uno por uno. ¡Qué risa!
—¡Qué vestido! Creo que no hay otro modelo tan precioso en todo Buenos Aires —dijo Casilda, dejando caer
un alfiler que tenía entre sus dientes—. ¿No le agrada, señora?

~ 11 ~
—Muchísimo. El terciopelo es el género que más me gusta. Los géneros son como las flores: uno tiene sus
preferencias. Yo comparo el terciopelo a los nardos.
—¿Le gusta el nardo? Es tan triste —protestó Casilda.
—El nardo es mi flor preferida, y sin embargo me hace daño. Cuando aspiro su olor me descompongo. El
terciopelo hace rechinar mis dientes, me eriza, como me erizaban los guantes de hilo en la infancia y, sin
embargo, para mí no hay en el mundo otro género comparable. Sentir su suavidad en mi mano, me atrae
aunque a veces me repugne. ¡Qué mujer está mejor vestida que aquella que se viste de terciopelo
negro! Ni un cuello de puntilla le hace falta, ni un collar de perlas; todo estaría de más. El terciopelo se
basta a sí mismo. Es suntuoso y es sobrio.
Cuando terminó de hablar, la señora respiraba con dificultad. El dragón también. Casilda tomó un diario
que estaba sobre una mesa y la abanicó, pero la señora la detuvo, pidiéndole que no le echara aire,
porque el aire le hacía mal. ¡Qué risa!
En la calle oí gritos de los vendedores ambulantes. ¿Qué vendían? ¿Frutas, helados, tal vez? El silbato del
afilador, y el tilín del barquillero recorrían también la calle. No corrí a la ventana, para curiosear, como
otras veces. No me cansaba de contemplar las pruebas de este vestido con un dragón de lentejuelas. La
señora volvió a ponerse de pie y se detuvo de nuevo frente al espejo tambaleando. El dragón de lentejuelas
también tambaleó. El vestido ya no tenía casi ningún defecto, sólo un imperceptible frunce debajo de los
dos brazos. Casilda volvió a tomar los alfileres para colocarlos peligrosamente en aquellas arrugas de
género sobrenatural, que sobraban.
—Cuando seas grande —me dijo la señora— te gustará llevar un vestido de terciopelo, ¿no es cierto?
—Sí —respondí, y sentí que el terciopelo de ese vestido me estrangulaba el cuello con manos enguantadas.
¡Qué risa!
—Ahora me quitaré el vestido —dijo la señora.
Casilda la ayudó a quitárselo tomándolo del ruedo de la falda con las dos manos. Forcejeó inútilmente
durante algunos segundos, hasta que volvió a acomodarle el vestido.
—Tendré que dormir con él —dijo la señora, frente al espejo, mirando su rostro pálido y el dragón que
temblaba sobre los latidos de su corazón—. Es maravilloso el terciopelo, pero pesa —llevó la mano a la
frente—. Es una cárcel. ¿Cómo salir? Deberían hacerse vestidos de telas inmateriales como el aire, la luz o el
agua.
—Yo le aconsejé la seda natural —protestó Casilda.
La señora cayó al suelo y el dragón se retorció. Casilda se inclinó sobre su cuerpo hasta que el dragón quedó
inmóvil. Acaricié de nuevo el terciopelo que parecía un animal. Casilda dijo melancólicamente:
—Ha muerto. ¡Me costó tanto hacer este vestido! ¡Me costó tanto, tanto!
¡Qué risa.

Los ojos verdes – Gustavo Adolfo Becquer (Fragmento)

Mientras ella hablaba así, el joven, absorto en la contemplación de su fantástica hermosura, atraído como
por una fuente desconocida, se
aproximaba más y más al borde de la roca. La mujer de los ojos verdes prosiguió así:
—¿Ves, ves el límpido fondo de ese lago, ves esas plantas de largas y verdes hojas que se agitan en su
fondo?... Ellas nos darán un lecho de esmeraldas y corales... y yo... te daré una felicidad sin nombre, esa
felicidad que has soñado en tus horas de delirio, y que no puede ofrecerte nadie... Ven; la niebla del lago
flota sobre nuestras frentes como un pabellón de lino...; las ondas nos llaman con sus voces

~ 12 ~
incomprensibles; el viento empieza entre los álamos sus himnosde amor; ven..., ven...
La noche empezaba a extender sus sombras; la luna rielaba en la superficie del lago; la niebla se
arremolinaba al soplo del aire, y los ojos verdes brillaban en la oscuridad como los fuegos fatuos que corren
sobre el haz de las aguas infectas... Ven..., ven... Estas palabras zumbaban en los oídos de Fernando como
un conjuro. Ven... Y la mujer misteriosa le llamaba al borde del abismo, donde estaba
suspendida, y parecía ofrecerle un beso..., un beso...
Fernando dio un paso hacia ella...; otro..., y sintió unos brazos delgados y flexibles que se liaban a su
cuello, y una sensación fría en sus labios ardorosos, un beso de nieve..., y vaciló..., y perdió pie, y calló al
agua con un rumor sordo y lúgubre.
Las aguas saltaron en chispas de luz y se cerraron sobre su cuerpo, y sus círculos de plata fueron
ensanchándose, ensanchándose hasta expirar en las orillas.

Casa Tomada - Julio Cortázar


Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más
ventajosa liquidación de sus materiales), guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno,
nuestros padres y toda la infancia.
Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura, pues en esa casa podían vivir ocho
personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once
yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina.
Almorzábamos a mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos pocos platos
sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos
para mantenerla limpia. A veces llegamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó
dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a
comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea que el nuestro, simple y silencioso
matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por los bisabuelos en nuestra
casa.
Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para
enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente
antes que fuese demasiado tarde.
Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto
del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando
han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre
necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un
chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla
el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al
centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver
madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si
había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.
Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me
pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pulóver está
terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor
lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve
valor de preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los
meses llegaba la plata de los campos y el
dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a
mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos
canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.

Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres
dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un
pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina,

~ 13 ~
nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa
por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al
living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living;
tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más
retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y más allá empezaba el otro lado de
la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más
estrecho que llevaba a la cocina y al baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la
casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se
edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca
íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta
tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra
cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los
mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con
plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y en los
pianos. Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba
tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la
pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo
que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o la biblioteca.
El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un
ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del
pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la puerta antes que fuera
demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro
lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.
Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:
—Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del fondo.
Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
—¿Estás seguro?
Asentí.
—Entonces —dijo recogiendo las agujas— tendremos que vivir en este lado.
Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor.
Me acuerdo que tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.
Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas
que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene
extrañaba unas carpetas, un par de pantuflas que tanto la abrigaban en invierno. Yo sentía mi pipa de
enebro y creo que Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto
solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos
mirábamos con tristeza.
—No está aquí.
Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa. Pero también tuvimos
ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por
ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la
cocina para ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien y se decidió esto: mientras yo preparaba
el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resulta
molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la
mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.
Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa
de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso
me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el
dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:
—Fíjate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?
Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadrito de papel para que
viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no
pensar. Se puede vivir sin pensar. (Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca
pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene

~ 14 ~
decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros
dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos
respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes
insomnios.
Aparte de eso, todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las
agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho,
era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en
voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiado ruido de loza
y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando
tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos
más despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a
soñaren voz alta, me desvelaba en seguida.)
Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene
que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la
cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le
llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos
escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el
baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo, casi al lado nuestro.
No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la
puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte, pero siempre sordos, a espaldas
nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.
—Han tomado esta parte —dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel
y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.
—¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? —le pregunté inútilmente.
—No, nada.
Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde
ahora. Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi
brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle.
Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese
que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en
la casa, a esa hora y con la casa tomada.

MATERIAL AUDIOVISUAL

~ 15 ~
REALISMO MÁGICO

Pedro Páramo – Juan Rulfo (Fragmento)

~ 16 ~
El ahogado más hermoso del mundo - Gabriel García Márquez

Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la
ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron
que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los
filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces
descubrieron que era un ahogado.
Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los
vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo.
Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos
conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva
y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido
mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la
facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el
olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba
revestida de una coraza de rémora y de lodo.
No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte
casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra
era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor de que el viento se llevara a los niños, y a los
pocos muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados.
Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando encontraron el
ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos.
Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien
en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando el ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de
esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de
desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de
aguas profundas, y que sus ropas estaban en piltrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de
corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de
otros ahogados de mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesterosa de los ahogados
fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que
era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor
armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación.

No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderlo ni una mesa bastante sólida para
velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de} los
más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado. Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las
mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un buen pedazo de vela cangreja, y una
camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían
sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había
sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos
cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el
pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de
su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz.
Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar
con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que
hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los
acantilados. Lo compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer
en toda una vida lo que aquel era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo
de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la tierra. Andaban extraviadas por esos
dédalos de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al
ahogado con menos pasión que compasión, suspiró:
- Tiene cara de llamarse Esteban.

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Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre.
Las más porfiadas, que eran las más jóvenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa,
tendido entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El
lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas
de su corazón hacían saltar los botones de la camisa.
Después de la media noche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en
el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían
vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron
reprimir un estremecimiento de compasión cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos.
Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si
hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de
medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber
qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de la casa buscaba la silla
más resistente y le suplicaba muerta de miedo “siéntese aquí, Esteban, hágame favor”, y él recostado
contra las paredes, sonriendo, “no se preocupe, señora, así estoy bien”, con los talones en carne viva y
las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, “no se preocupe, señora, así estoy
bien”, sólo para no pasar la vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le
decían “no te vayas, Esteban, espérate siquiera que hierva el café”, eran los mismos que después
susurraban “ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso”. Esto pensaban las mujeres
frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para
que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres,
que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una de las más jóvenes la que
empezó a sollozar. Las otras, alentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más
sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada vez más Esteban,
hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la tierra, el más manso y el más
servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres volvieron con la noticia de que el ahogado no era
tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas.
- ¡Bendito sea Dios –suspiraron-: es nuestro!
Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las
tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que
querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes de que prendiera el sol bravo de aquel
día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron
con carlingas de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron
encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondeara sin tropiezos en los mares más
profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas
corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se
apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas
asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando por aquí porque querían ponerle
al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharle una pulsera de
orientación, y al cabo de tanto “quítate de ahí,
mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto”, a los
hombres se les subieron al hígado las suspicacias y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta
ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que llevara encima se lo
iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y trayendo,
tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres
terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al
garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta indolencia,
le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento.
Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran
dicho Sir Walter Raleigh, quizás hasta ellos se habrían impresionado con su acento
de gringo, con su guacamaya en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente
podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo, sin botines, con unos pantalones de
sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo
de la cara para darse cuenta de que estaba avergonzado, de que no tenía la culpa de ser tan grande,
ni tan pesado, ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría

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buscado un lugar más discreto para ahogarse, “en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de
galeón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no
quiere la cosa por los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como
ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene nada que ver
conmigo”. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían
amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con
ellos para soñar con los ahogados, hasta esos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la
sinceridad de Esteban.
Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito.
Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo
que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más
y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A
última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le dieron un padre y una madre entre los mejores,
y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo
terminaron por ser parientes entre sí.
Algunos marineros que oyeron el llanto a distancia perdieron la certeza del rumbo,
y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de
sirenas. Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los
acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la
aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo
soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento
durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No
tuvieron la necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni
volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas
iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de
Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a
susurrar en el futuro “ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso”, porque ellos
iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban y se iban a romper el
espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que en los
amaneceres de los años venturos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor
de jardines en altamar, y el capitán tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su
astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el
horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas, “miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se
queda a dormir bajo las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde mirar los
girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban”.

MATERIAL AUDIOVISUAL

EL ENSAYO

De cómo la dificultad aumenta nuestros deseos – Michel Montaigne (Fragmento)

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Jijiji - Facundo Alvarez Heduan

Apenas entrás a un aula llena de adolescentes, identificás a los diferentes personajes del grupo. En la primera línea de
bancos, los más nerds. Adelante, cerca del escritorio del profesor, los más olfas. Al fondo, los indisciplinados, ese
conjunto de pibitos con problemas de conducta. Y, en el medio, los tibios indefinidos que van buscando su lugar y
acomodándose dentro del gradiente. Yo estaba en el fondo, obvio. Porque a pesar de ser buen alumno o casi, el
punk de la época denunciaba que los sistemas de pensamiento dominantes no contemplaban la totalidad de las
ideas de una sociedad, eran opresivos con las mismas y carecían de sensibilidad ante la desigualdad y la miseria
humana. O sea, había que romper todo. Pero en ese sentido yo solía estar más a cargo del planeamiento que de la
ejecución de los siniestros. En cambio, la actividad operativa principal para rebelarme contra el sistema
–representado en aquel momento en forma de un indefenso profesor– era hacer chistes, comentarios o cualquier
tipo de intervención imbécil que pudiera entorpecer la clase mediante la carcajada colectiva de los compañeros de
desorden, de algunos del gradiente e incluso algunas veces y muy a su pesar, del propio profesor. Con los años uno se
calma, se agota, elige sus batallas, abandona la utopía y se vuelve pragmático. Pero siempre me quedó ese impulso
de romper una conversación, de quebrar un relato, de torcer la lógica de las cosas para tratar de hacerlas un poquito
más copadas, divertidas, graciosas o distintas. Para intentar que cualquier cosa, fuera lo que fuera, tuviera alguna
pieza que hiciera reír. Ahora, ¿por qué alguien se reiría de una estupidez que sale de mi boca o de mi editor de
texto? O peor, ¿por qué alguien se reiría en general? ¿Qué es ese sonido extraño y torpe que tantas veces intentó
matarnos durante una cena?

Existe una ciencia para todo pedacito de universo que pretenda ser atacado de manera seria. Irónicamente, la risa
tiene la suya: la Gelotología, je. Uno de los tipos más piolas dentro de esta rama es Robert Provine, un simpático
(obvio) neurocientífico yanqui que dedica su vida al estudio de esta misteriosa manía de andar abriendo la boca,
mostrando los dientes y emitiendo sonidos primitivos mientras le pegamos a la mesa, lloramos y, en el mejor de los
casos, descuidamos algún que otro músculo de la uretra. Robert estudió este fenómeno a lo largo de diferentes
culturas y especies, y nos muestra que estudiar algo en principio tan trivial como la risa nos puede dar una bocha de
información sobre nuestro comportamiento, sobre el funcionamiento de nuestro cerebro y sobre nuestra historia
evolutiva.

El primer acercamiento podemos hacerlo desde la física, simplemente analizando las características del sonido que
emitimos al reír. Resulta que reírse es técnicamente muy simple, mucho más que hablar o cantar, por ejemplo. La
risa es una secuencia simple de sonidos básicos, casi percusivos, que tiene una estructura recontra estereotipada y
compartida por todas las edades y culturas. De Pekín a La Quiaca y del Huggies al pañal para adultos, todos nos
reímos de la forma ‘ja ja ja’, ‘jo jo jo’, ‘je je je’, etc; es decir, el sonido de la j (h en inglés), seguido de una vocal. Y lo
interesante es que no vale mezclar. Nadie se ríe espontáneamente ‘jo ja ji je ja’, al menos nadie que uno no fuera a
mirar raro. Por otro lado, la risa es un acto emocional bastante inconsciente sobre el cual tenemos poco control. Esto
hace que sea muy difícil de forzar. De hecho, hay estudios que demuestran que somos muy buenos reconociendo risas
falsas, así que ni lo intenten.

Todos alguna vez lloramos de la risa. Y lo loco es que la risa y el llanto se parecen en algún punto: son de esas cosas
que hacemos todo el tiempo y que no entendemos bien por qué las hacemos, por qué se conservaron a lo largo de la
evolución de nuestra especie y si somos los únicos bichos capaces de hacerlo. Lo bueno es que a veces muchas
preguntas son, en el fondo, la misma. Robert no sólo se puso a stalkear y a grabar gente charlando y riendo en
diferentes lugares públicos, sino que también se metió en zoológicos para ver si estamos solos en este temita de la risa.
Y vio que ni a palos. Todos los primates superiores estudiados tienen alguna forma de risa que se parece en algunos
aspectos pero difiere en otros de la nuestra, siendo justamente esas diferencias responsables, en parte, de que nosotros
podamos hablar y un chimpancé no. Pero lo más interesante es analizar no sólo el fenómeno en sí, sino qué lo
provoca.

Nuestro científico de la carcajada detectaba risas en monos mientras jugaban, por ejemplo, pero principalmente
cuando les hacía cosquillas, lo cual lo llevó a tener siempre muy a mano el número de la ART. Y acá nos falta un
elemento más para terminar de entender de dónde viene la risa. Para eso tenemos que pensar en bebés, acto que ha
destruído más parejas de treintañeros que Closer.

¿Qué es lo primero que hace uno cuando ve a un bebé?

Obvio, empieza a hablarle como un idiota a la coshita lenda monona y a hacer el jueguito de ‘Acá taaaa’ para
hacerlo reír. Pero hay un truco que no falla: las cosquillas. Los bebés, los chicos, los grandes, todos nos reímos cuando
nos hacen cosquillas, lo cual nos hace absolutamente histéricos, porque nadie disfruta las cosquillas y, sin embargo,

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nos hacen reír. ¿Qué nos pasa, monos? La respuesta estaría en los hot spots de las cosquillas. Pensemos: el
abdomen, los costados del cuerpo, el cuello. Parecería que muchos de nuestros puntos débiles para la cosquilla lo son
también para una pelea, por ejemplo. Algunos proponen que la risa en bebés y chicos generada por las cosquillas es
un signo positivo que induce a los adultos a hacerles cosquillas de manera que los chicos (o monitos) aprendan a
proteger sus zonas vulnerables. Tendría sentido entonces que no podamos hacernos cosquillas a nosotros mismos. Un
combate con uno mismo resultaría en un empate divertidísimo de ver, pero poco beneficioso para el individuo. Por
otro lado, parece que los primates no somos los dueños de las cosquillas. Se detectaron diferentes formas de risa
durante juegos y cosquillas en varios otros mamíferos como los perros; e incluso en ratas porque, sí, hay gente
que trabaja de hacerle cosquillas a las ratas. Pero la ‘risa’ de los roedores no está en una frecuencia audible por el
humano, sino que utilizan ultrasonido. Eso explica un poco por qué parece que tu cobayo nunca se ríe de tus chistes.

El tema es que la risa cotidiana no está dada por las cosquillas. Nos reímos por otras razones, y generalmente en
grupo. De hecho, nos reímos unas 30 veces más cuando estamos acompañados que cuando estamos solos. Esto
ya nos habla del carácter social de la risa. Robert encontró varias cosas interesantes al respecto; por ejemplo, que
quien más ríe durante una conversación no es la audiencia sino el que habla, o que las mujeres se ríen más que los
hombres, sin importar el sexo del orador, y que los hombres parecerían provocar más risas, tanto a mujeres como a
hombres. Lo que nunca sabés es si se están riendo con vos o de vos.

La naturaleza social de la risa y su capacidad de contagio se ven claramente en cualquier sitcom. El mejor
capítulo de Friends, sin la maquinita de risas, es un embole. Incluso existe un caso histórico en donde hubo una
epidemia de risa. Posta. En 1962, en Tanzania (porque en Tanzania pasan estas cosas), tres chicas empezaron a
reírse durante una clase. La risa se contagió al resto del aula. Al rato todo el colegio estaba tomado de carcajadas.
La jodita escaló al resto del pueblo y a los pocos días ya varios pueblos se estaban cagando de risa
descontroladamente. El resultado fue que tuvieron que cerrar 14 escuelas, con casi 1000 afectados. Un extraño
episodio de histeria colectiva que parece que no estuvo tan bueno.

Pero rara vez la risa es algo patológico, sino todo lo contrario. Varias investigaciones demuestran que Patch
Adams, si alguna vez hubiese hecho reír a alguien, habría tenido un punto. La risa está asociada a mejoras en la
salud a través de la disminución en las hormonas del estrés, aumento de células T y B del sistema inmune, disminución
de la presión arterial y la quema de calorías. Pero si queremos evaluar los beneficios de la risa, qué mejor que
meterle la mano en frío a un tipo mientras se ríe sádicamente para ver cuánto aguanta. El resultado de estos
experimentos es que la risa aumenta el umbral del dolor, posiblemente a través de un incremento en los niveles
de endorfinas, lo cual explicaría la sensación de bienestar que nos provoca reírnos.

Pareciera que la risa es una forma de comunicación que nos enseña a jugar, a socializar y a defendernos desde
hace una bocha. Posiblemente sea la muestra más genuina de aprobación social en nuestra especie, tanto que no
podemos caretearla. Nos saca de una situación estresante y nos ordena fácilmente dentro de un grupo,
conectando a quienes se ríen de lo mismo o de los mismos y separándolos del resto que, obvio, no entiende nada.
Incluso en una pareja, si la risa no es compartida, probablemente nada lo sea.

Así que hay que meterle más risa a todo este asunto de existir. No te va a salvar la vida, pero te la va a mejorar
y, quién te dice, estirarla un cachito. Porque todos bien sabemos que nos vamos a morir. Ja, no, mentira, era
joda. No, posta, nos vamos a re morir. La buena noticia es que, endemientras, podemos tratar de pasarla piola y
reirnos más. Que el que ríe mejor no es el que ríe último, sino el que más ríe.

Este es mi amigo Strozza - Fabián Casas

Ahora que, tal vez, me halle en il mezzo del camino de mi vida, me puse a pensar en los amigos que tuve y tengo. Y
en la amistad. En realidad, todo se disparó por un amigo puntual al que quiero mucho: Pablo Strozza. El sábado
pasado Pablo estaba en la cancha mientras yo estaba en mi casa, tapado por una cobija, viendo San Lorenzo-Vélez.
Y en el entretiempo del partido hablamos por teléfono intercambiando opiniones de lo que estaba pasando. Yo le
dije que uno de los errores más notables de nuestro nuevo técnico (Alfaro) era –ya que se jactó de estar metido en el
medio de todas las transferencias que se hicieron, casi como un manager-, no haber comprado, aunque sea un día
antes, a Castroman. Un muñeco letal que, se veía, nos podía liquidar el partido.

Otro de los errores, le dije a Pablo, era que San Lorenzo estaba parado en la cancha como Quilmes. Muy atrás, como
un club chico: lo cual nos partía al medio: no había conexión entre los mediocampistas y Cardozo quien, por
momentos, era el único delantero. Ahora es historia: ganamos un partido que tendría que haber sido empate. Porque
el árbitro Martín echó a Castromán por algo que jamás hubiera echado a, por ejemplo, Martín Palermo. Pero lo

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que me quedó de ese sábado no sólo fue la victoria del CASLA sobre la hora sino también el placer de hablar con un
amigo en medio de una tarde fría.

¿Por qué alguien se convierte en nuestro amigo? Como, por ejemplo, Pablo Strozza. Michel Houellebecq escribió
alguna vez en uno de sus virulentos ensayos que “Las sociedades humanas y animales tienen diferentes sistemas de
diferenciación jerárquica. El aristocrático (por nacimiento), la belleza, inteligencia o fortuna. Todos estos criterios me
parecen, por otra parte, igualmente despreciables. Yo los refuto. La unica superioridad que reconozco es la de la
bondad”.

Bien, yo pienso lo mismo. En la cultura de la calle a veces ser bueno se identifica con ser boludo. Está el neologismo
para denotar eso: “buenudo”. Ser bondadoso, en realidad, es un valor supremo difícil de sostener en una sociedad
caníbal y exitista como la que vivimos. Entiendo por una persona buena a alguien que, entre muchas de sus
preocupaciones, está la de dar amor a los demás. Y que no utiliza a la bondad como una patología para salvar sus
culpas si no como algo que le sale naturalmente. Es decir, dar amor le produce placer. Así que un componente
central de una persona que me interesa es el de la bondad. Claro que un amigo también nos tiene que seducir.

A mí me seducen hasta las cosas que, a veces, me molestan de los amigos. Por ejemplo: Strozza es un gritón
demoledor. Y es, a veces, un fundamentalista: Beck copia a Drake, por eso Sea Changes es malo. Para reafirmar
esto repite una frase que ya se convirtió en un clásico de su repertorio: “Cuando Beck en Buenos Aires estaba tocando
4Loser ¡me fui a comer un pancho!”. A lo largo de nuestras sobremesas, cuando se hable del tema, sé que lo va
a decir, invariablemente. Y esta misma pasión que pone para sostener sus mantras, esta puesta al servicio de las
cosas que tienen corazón. Eso es algo que para mí es fundamental.

Realmente me saco el sombrero ante la gente generosa, con un alto grado de lealtad; no a lo que dicta la ética
de la época, sino a sus sentimientos elementales. La escena final de La Pandilla Salvaje, de San Peckinpah, cuando
los tipos se reunen, salen del burdel y deciden ir a defender a uno de ellos sabiendo que están en el horno y que
van a ser masacrados, me parece demoledora. Eso es lo que hay que hacer. No hay vueltas. John Carpenter, siempre
preocupado por la lealtad en sus películas, da una muestra de este fenómeno cuando en el final de Vampiros,
James Woods (el cazador principal) y Daniel Baldwin (su lugarteniente) se despiden en el final del film.

Baldwin ha sido mordido por un vampiro y, con el pasar de las horas, se va a convertir en uno de ellos. Woods lo
sabe. Entonces lo abraza y le dice: “Sabés que te voy a tener que perseguir y matar… Pero te doy dos días de
ventaja”. Eso es. Aun cuando creamos que un amigo pueda convertirse en vampiro, hay que darle, como mínimo
dos días de plazo antes de caerle encima.

Lo contrario a la amistad como yo la entiendo está en la amistad de los “famosos”. Este fenómeno siempre me llamó
la atención. Los famosos, aunque no se hayan visto nunca en la puta vida, ya se estuvieron viendo de manera virtual,
en fotos de vidrieras de diarios y revistas, en la televisión, etc. Por eso, cuando se cruzan en algún lugar, la
famosidad que despiden mutuamente, los hermana y, acto reflejo, se besan y se abrazan como si se conocieran
desde siempre. Estas amistades son de superficie, banales y duran menos que un día de franco. Pero a veces tienen
resultados trágicos. Por ejemplo, el caso de Fernandito Olmedo, hijo de Alberto. Fernandito era un ser querido para
mí y para mi familia.

Un día va a un restaurant nocturno, se cruza con el bailantero Rodrigo. Alguien le dice a Rodrigo que ese chico
es el hijo de Olmedo. Automáticamente se empieza a segregar la famosidad y Rodrigo, que hasta entonces no
reparaba en Fernandito, se funde en un abrazo con él y lo invita a viajar esa misma noche a La Plata para
presenciar un show suyo. Se lleva de trofeo al hijo de un famoso. Por metonimia, con Fernandito cargado en su
camioneta, la famosidad de Olmedo padre, pasa a Rodrigo. El final de la historia ya es conocido.

En definitiva: la amistad no es algo horizontal, es algo vertical. Un amigo es alguien que nos abre, con su virtudes y
defectos, las ventanas de nuestra pequeña mónada. Recuerdo ahora a mi primer amigo. El hijo de una amiga íntima
de mi mamá. Mi amigo Alfredo, conocido en Boedo y alrededores como Máximo Disfrute. Él fue el arquetipo
primordial –como una idea platónica- que después se replicaría en miles de amigos que vendrían más tarde. Como
Pablo Strozza.

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ABORDAJE ESI

Hernán - Abelardo Castillo

Me atrevo a contarlo ahora porque ha pasado el tiempo y porque Hernán, lo sé, aunque haya hecho muchas cosas
repulsivas en su vida, nunca podrá olvidarse de ella: la ridícula señorita Eugenia, que un día, con la mano en el pecho,
abrió grandes los ojos y salió de clase llevándose para siempre su figura lamentable de profesora de literatura que
recitaba largamente a Bécquer y, turbada, omitía ciertos párrafos de los clásicos y en los últimos tiempos
miraba de soslayo a Hernán.
Quiero contarlo ahora, de pronto me dio miedo olvidar esta historia. Pero si yo la olvido nadie podrá recordarla, y es
necesario que alguien la recuerde, Hernán, que entre el montón de porquerías hechas en tu vida haya siempre
un sitio para ésta de hace mucho, de cuando tenías dieciocho años y eras el alumno más brillante de tu división, el
que podía demostrar el Teorema de Pitágoras sin haber mirado el libro o ridiculizar a los pobres diablos como el
señor Teodoro o hacerle una canallada brutal a la señorita Eugenia que guardaba violetas aplastadas en las
páginas de Rimas y leyendas y olía a alcanfor.
Ella llegó al Colegio Nacional en el último año de mi bachillerato. Entró a clase y desde el principio advertimos
aquella cosa extravagante, equívoca, que parecía trascender de sus maneras, de su voz, lo mismo que ese tenue
aroma a laurel cuyo origen, fácil de adivinar, era una bolsita colgada sobre su pecho de señorita Eugenia, bajo la
blusa. Ella entró en el aula tratando de ocultar, con ademanes extraños, la impresión que le causábamos, cuarenta
muchachones rígidos, burlonamente rígidos junto a los bancos, y cualquiera de los cuarenta debía mirar a la altura
del hombro para encontrar sus ojos de animalito espantado. Habló. Dijo algo acerca de que buscaba ser una amiga
para nosotros, una amiga mayor, y que la llamáramos señorita Eugenia, simplemente. Alguien, entonces, en voz alta
–lo bastante alta como para que ella bajara los ojos, con un gesto que después me dio lástima–, se asombró mucho
de que todavía fuera señorita, yo me asombré mucho de que todavía fuera señorita y los demás rieron, y ella,
arreglando nerviosamente los pliegues de su pollera, fue hacia el escritorio. Al levantar los ojos se encontró con todos
parados, mirándola. No atinó sino a parpadear y a juntar las manos, como quien espera que le expliquen algo, y
cuando torpemente creyó que debía insinuarnos "pueden sentarse", nosotros ya estábamos sentados y ella reparó
por primera vez en Hernán. Él se había quedado de pie, tieso, se había quedado de pie él solo. Y en medio del
silencio de la clase, dijo:
–Yo –dijo pausadamente– soy Hernán.
Esto fue el primer día. Después pasaron muchos días, y no sé, no recuerdo cómo hizo él para darse cuenta: acaso fue
por aquellas miradas furtivas que, al llegar a ciertos párrafos de los clásicos, la señorita Eugenia dirigía hacia su
banco, o acaso fue otra cosa. De todos modos, cuando se lo dijeron ya lo sabía. "Me parece que la vieja...", le
dijeron, y Hernán debió fingir un asombro que jamás sintió, puesto que él lo había adivinado desde el comienzo,
desde que la vio entrar con sus maneras de pájaro y su cara triste de mujer sola; porque Hernán sabía que ella se
inquietaba cuando él, cercándose sin motivo, recitaba la lección en voz baja, íntima, como si la recitara para ella.
–Este Hernán es un degenerado.
Te admiraban, Hernán.
–Pobre vieja, te fijaste: ahora se le da por pintarse.
Porque, de pronto, la señorita Eugenia que leía a Bécquer empezó a pintarse absurdamente los ojos, de un color
azulado, y la boca, de pronto comenzó a decir cosas increíbles, cosas vulgares y tremendas acerca de la edad, la
edad que cada uno tiene, la de su espíritu, y que ella en el fondo era mucho más juvenil que esas muchachas que
andan por ahí, tontamente, con la cabeza loca y lo que es peor –esto lo dijo mirando a Hernán de un modo tan
extraño que me dio asco-, lo que es peor, con el corazón vacío.
–A que sí.
Ya no recuerdo con quién fue la apuesta, recuerdo en cambio que pocos días antes del 21 de septiembre surgió,
repentina y gratuita, como un lamparón de crueldad. Y fue aceptada de inmediato, en medio de ese regocijo
feroz de los que necesitan embrutecer sus sentimientos a cualquier costo porque después, más adelante, está la vida,
que selecciona sólo a los más aptos, a los más fuertes, a los tipos como él, como Hernán, aquel Hernán brillante de
dieciocho años que podía demostrar teoremas sin mirar el libro o componer estrofas a la manera de Asunción Silva o
apostar que sí, que se atrevería –como realmente se atrevió la tarde en que, apretando como un trofeo aquella cosa,

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esa especie de escapulario entre los dedos, pasó delante de todos y fue lentamente hacia el pizarrón–, porque los que
son como vos, Hernán, nacieron para dañar a los otros, a los que son como la señorita Eugenia.
–A que no.
–Qué apostamos –dijo Hernán, y aseguró que pasaría delante de todos, de los cuarenta, e iría, lentamente, hacia
el pizarrón–. Para que aprenda a no ser vieja loca –dijo.
Pero antes de la apuesta habían pasado muchas cosas, y yo ahora necesito recordarlas para que Hernán no las
olvide. Hubo, por ejemplo, lo de las cartas. Siempre supo escribir bien. Desde primer año había venido siendo una
suerte de Fénix escolar, fácil, capaz de hacer versos o acumular hipérboles deslumbradoras en un escrito de Historia.
Pero aquella primera carta (a la que seguirían otras, ambiguas al principio, luego más precisas, exigentes, hasta que
una tarde en el libro que te alcanzó la señorita Eugenia apareció por fin la primera respuesta, escrita con su letra
pequeña, redonda, adornada con estrafalarias colitas y círculos sobre la i) fue una obra maestra de maldad. Yo sé
de qué modo, Hernán, con qué prolijo ensañamiento escribiste durante toda una noche aquella primera carta, que
yo mismo dejé entre las páginas de las Lecciones de Literatura Americana un segundo antes de que el inequívoco
perfume entrase en el aula, ese vaho a laurel cuyo origen era una bolsita blanca, de alcanfor, colgada al cuello
de la señorita Eugenia, junto al crucifijo con el que sólo una vez tropezaron unos dedos que no fuesen los de ella.
No respirábamos. Hernán tenía miedo ahora, lo sé, y hasta trató de que ella no tomase el libro. La mujer,
extrañada, levantó el papel que había caído sobre el escritorio, un papel que comenzaba por favor, lea usted
esto, y después de unos segundos se llevó temblando la mano a la cara; pero en los días que siguieron, cuando
encontraba sobre el escritorio los papeles doblados en cuatro pliegues, ya no se turbaba, y entonces empezó a decir
aquellas insensateces vulgares acerca de la edad, y del amor, hasta que el propio Hernán se asustó un poco. Sí,
porque al principio fue como un juego, tortuoso, procaz, pero en algún momento todo se volvió real y, una tarde,
estaba hecha la apuesta:
–Delante de todos, en el pizarrón –dijo Hernán.
El Día de los Estudiantes, en el Club Náutico, todos pudieron verlo bailando con la señorita Eugenia. Ella lo
miraba. Lo miraba de tal manera que Hernán, aunque por encima de su hombro hizo una mueca significativa a
los otros, se sintió molesto. Tuvo el presentimiento de que todo podía complicarse o, acaso, al oír que ella hablaba
de las cosas imposibles ("hay cosas imposibles, Hernán, usted es tan joven que no se da cuenta”) pensó que se
despreciaba. Pero ese día la apuesta había sido aceptada y uno no podía echarse atrás, aunque tuviera que
hacerle una canallada brutal a la señorita Eugenia, que aquella tarde llevaba puesto un inaudito vestido, un
jumper, sobre su blusa infaltable de seda blanca. Por eso, sin pensarlo más, él la invitó a dar un paseo por los
astilleros, y los otros, codeándose, vieron cómo la infeliz aquella salía disimuladamente, seguida por su ridículo
perfume a alcanfor y seguida por mí, que antes de salir le dije a alguno:
–Préstame las llaves del coche.
Y me fueron prestadas, con sonrisa cómplice, y cuando yo estaba saliendo, con el estómago revuelto, oí que
alguien pronunciaba mi nombre:
–Hernán.
–Qué quieren –pregunté.
Y me dijeron la apuesta, ojo con la apuesta, y yo dije que sí, que me acordaba. Como me acuerdo de todo lo que
ocurrió esa tarde, en los galpones, contra un casco a medio calafatear, y de todo lo que ocurrió al otro día, en el
Nacional, cuando ante la admirada perplejidad de cuarenta muchachones yo caminé lentamente hacia el pizarrón
apretando entre los dedos esa cosa, esa especie de escapulario, como un trofeo. Y me acuerdo de la mirada de la
señorita Eugenia al entrar en la clase, de sus ojos pintados ridículamente de azul que se abrieron espantados,
dolorosos, como de loca, y se clavaron en mí sin comprender, porque ahí, en la pizarra, había quedado colgada,
balanceándose todavía, una bolsita blanca de alcanfor.

El marica
Abelardo Castillo

Escuchame, César, yo no sé por dónde andarás ahora, pero cómo me gustaría que leyeras esto, porque hay cosas,
palabras, que uno lleva mordidas adentro y las lleva toda la vida, hasta que una noche siente que debe escribirlas,
decírselas a alguien, porque si no las dice van a seguir ahí, doliendo, clavadas para siempre en la vergüenza.
Escuchame.

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Vos eras raro, uno de esos pibes que no pueden orinar si hay otro en el baño. En la Laguna, me acuerdo, nunca te
desnudabas delante de nosotros. A ellos les daba risa. Y a mí también, claro; pero yo decía que te dejaran, que uno
es como es. Cuando entraste a primer año venías de un colegio de curas; San Pedro debió de parecerte algo así
como Brobdignac. No te gustaba trepar a los árboles ni romper faroles a cascotazos ni correr carreras hacia abajo
entre los matorrales de la barranca. Ya no recuerdo cómo fue, cuando uno es chico encuentra cualquier motivo para
querer a la gente. Sólo recuerdo que un día éramos amigos y que siempre andábamos juntos. Un domingo hasta
me llevaste a misa.
Al pasar frente al café, el colorado Martínez dijo con voz de flauta, adiós, los novios, a vos se te puso la cara como
fuego y yo me di vuelta puteándolo y le pegué tan tremendo sopapo, de revés, en los dientes, que me lastimé la
mano.
Después, vos me la querías vendar. Me mirabas —Te lastimaste por mí, Abelardo. Cuando dijiste eso, sentí frío en la
espalda. Yo tenía mi mano entre las tuyas y tus manos eran blancas, delgadas, no sé. Demasiado blancas, demasiado
delgadas. —Soltame —dije. O a lo mejor no eran tus manos, a lo mejor era todo, tus manos y tus gestos y tu manera
de moverte, de hablar. Yo ahora pienso que en el fondo a ninguno de nosotros le importaba mucho, y alguna vez lo
dije, dije que esas cosas no significaban nada, que son cuestiones de educación, de andar siempre entre mujeres, entre
curas.
Pero ellos se reían, y uno también, César, acaba riéndose, acaba por reírse de macho que es y pasa el tiempo y una
noche cualquiera es necesario recordar, decirlo, todo. Yo te quise de verdad. Oscura e inexplicablemente, como
quieren los que todavía están limpios. Eras un poco menor que nosotros y me gustaba ayudarte. A la salida del
colegio íbamos a tu casa y yo te explicaba las cosas que no comprendías. Hablábamos. Entonces era fácil escuchar,
contarte todo lo que a los otros se les calla. A veces me mirabas con una especia de perplejidad, una mirada rara, la
misma mirada, acaso, con la que yo no me atrevía a mirarte. Una tarde me dijiste: —Sabés, te admiro. No pude
aguantar tus ojos. Mirabas de frente, como los chicos, y decías las cosas del mismo modo. Eso era. —Es un marica. —
Qué va a ser un marica. —Por algo lo cuidás tanto. Supongo que alguna vez tuve ganas de decir que todos nosotros
juntos no valíamos ni la mitad de lo que él, de lo que vos valías, pero en aquel tiempo la palabra era difícil y la risa
fácil, y uno también acepta –uno también elige–, acaba por enroñarse, quiere la brutalidad de esa noche cuando
vino el negro y habló de verle la cara a Dios y dijo me pasaron un dato. —Me pasaron un dato —dijo—, por las
Quintas hay una gorda que cobra cinco pesos, vamos y de paso el César le ve la cara a Dios. Y yo dije
macanudo. —César, esta noche vamos a dar una vuelta con los muchachos. Quiero que vengas. — ¿Con los
muchachos? —Sí, qué tiene. Porque no sólo dije macanudo sino que te llevé engañado. Vos te diste cuenta de todo
cuando llegamos al rancho. La luna enorme, me acuerdo. Alta entre los árboles. —Abelardo, vos lo
sabías. — Callate y entrá. — ¡Lo sabías! — Entrá, te digo. El marido de la gorda, grandote como la puerta, nos
miraba como si nos midiera. Dijo que eran cinco pesos. Cinco pesos por cabeza, pibes. Siete por cinco, treinta y cinco.
Verle la cara a Dios, había dicho el negro. De la pieza salió un chico, tendría cuatro o cinco años.
Moqueando, se pasaba el revés de la mano por la boca, nunca en mi vida me voy a olvidar de aquel gesto. Sus
piecitos desnudos eran del mismo color que el piso de tierra. El negro hizo punta. Yo sentía una pelota en el
estómago, no me animaba a mirarte. Los demás hacían chistes brutales, anormalmente brutales, en voz de secreto;
todos estábamos asustados como locos. A Aníbal le temblaba el fósforo cuando me dio fuego. — Debe estar sucia.
Cuando el negro salió de la pieza venía sonriendo, triunfador, abrochándose la bragueta. Nos guiñó un ojo. Pasá
vos. —No, yo no. Yo después.
Entró el colorado; después entró Aníbal. Y cuando salían, salían distintos. Salían hombres. Sí, esa era exactamente la
impresión que yo tenía. Entré yo. Cuando salí vos no estabas. —Dónde está César. —Disparó. Y el ademán –un
ademán que pudo ser idéntico al del negro– se me heló en la punta de los dedos, en la cara, me lo borró el viento
del patio porque de pronto yo estaba fuera del rancho. —Vos también te asustaste, pibe. Tomando mate contra un
árbol vi al marido de la gorda; el chico jugaba entre sus piernas. —Qué me voy a asustar. Busco al otro, al que se fue.
—Agarró pa ayá —con la misma mano que sostenía la pava, señaló el sitio. Y el chico sonreía. Y el chico también dijo
pa ayá. Te alcancé frente al Matadero Viejo; quedaste arrinconado contra un cerco. Me mirabas.
—Lo sabías. —Volvé. —No puedo. Abelardo, te juro que no puedo. —Volvé, animal. —Por Dios que no
puedo. —Volvé o te llevo a patadas en el culo. La luna grande, no me olvido, blanquísima luna de verano entre los
árboles y tu cara de tristeza o de vergüenza, tu cara de pedirme perdón, a mí, tu hermosa cara iluminada,
desfigurándose de pronto. Me ardía la mano. Pero había que golpear, las timar, ensuciarte para olvidarse de
aquella cosa, como una arcada, que me estaba atragantando.

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—Bruto —dijiste — Bruto de porquería. Te odio. Sos igual, sos peor que los otros. Te llevaste la mano a la boca, igual
que el chico cuando salía de la pieza. No te defendiste. Cuando te ibas, todavía alcancé a decir: —Maricón. Maricón
de mierda. Y después lo grité. Escuchame, César. Es necesario que leas esto. Porque hay cosas que uno lleva
mordidas, trampeadas en la vergüenza toda la vida, hay cosas por las que uno, a solas, se escupe la cara en el
espejo. Pero de golpe, un día necesita decirlas, confesárselas a alguien. Escuchame. Aquella noche, al salir de la
pieza de la gorda, yo le pedí, por favor, no se lo vaya a contar a los otros. Porque aquella noche yo no pude. Yo
tampoco pude.

CLEOPATRA – MARIO BENEDETTI

El hecho de ser la única mujer entre seis hermanos me había mantenido siempre en un casillero especial de la
familia. Mis hermanos me tenían (todavía me tienen) afecto, pero se ponían bastante pesados cuando me hacían
bromas sobre la insularidad de mi condición femenina. Entre ellos se intercambiaban chistes, de los que por lo común
yo era destinataria, pero pronto se arrepentían, especialmente cuando yo me echaba a llorar, impotente, y me
acariciaban o me besaban o me decían: Pero, Mercedes, ¿nunca aprenderás a no tomarnos en serio?
Mis hermanos tenían muchos amigos, entre ellos Dionisio y Juanjo, que eran simpáticos y me trataban con cariño,
como si yo fuese una hermana menor. Pero también estaba Renato, que me molestaba todo lo que podía, pero sin
llegar nunca al arrepentimiento final de mis hermanos. Yo lo odiaba, sin ningún descuento, y tenía conciencia de
que mi odio era correspondido.
Cuando me convertí en una muchacha, mis padres me dejaban ir a fiestas y bailes, pero siempre y cuando me
acompañaran mis hermanos. Ellos cumplían su misión cancerbera con liberalidad, ya que, una vez introducidos
ellos y yo en el jolgorio, cada uno disfrutaba por su cuenta y solo nos volvíamos a ver cuando venían a buscarme
para la vuelta a casa.
Sus amigos a veces venían con nosotros, y también las muchachas con las que estaban más o menos
enredados. Yo también tenía mis amigos, pero en el fondo habría preferido que Dionisio, y sobre todo Juanjo, que
me parecía guapísimo, me sacaran a bailar y hasta me hicieran alguna “proposición deshonesta”. Sin embargo,
para ellos yo seguía siendo la chiquilina de siempre, y eso a pesar de mis pechitos en alza y de mi cintura, que tal
vez no era de avispa, pero sí de abeja reina. Renato concurría poco a esas reuniones, y, cuando lo hacía, ni nos
mirábamos. La animadversión seguía siendo mutua.
En el carnaval de 1958 nos disfrazamos todos con esmero, gracias a la espontánea colaboración de mamá y sobre
todo de la tía Ramona, que era modista. Así mis hermanos fueron, por orden de edades: un mosquetero, un
pirata, un cura párroco, un marciano y un esgrimista. Yo era Cleopatra, y por si alguien no se daba cuenta, a
primera vista, de a quién representaba, llevaba una serpiente de plástico que me rodeaba el cuello. Ya sé que la
historia habla de un áspid, pero a falta de áspid, la serpiente de plástico era un buen sucedáneo. Mamá estaba un
poco escandalizada porque se me veía el ombligo, pero uno de mis hermanos la tranquilizó: “No te preocupes, vieja,
nadie se va a sentir tentado por ese ombliguito de recién nacido.”
A esa altura yo ya no lloraba con sus bromas, así que le di al descarado un puñetazo en pleno estómago, que le
dejó sin habla por un buen rato. Rememorando viejos diálogos, le dije: “Disculpa, hermanito, pero no es para tanto”,
¿cuándo aprenderás a no tomar en serio mis golpes de kárate?
Nos pusimos caretas o antifaces. Yo llevaba un antifaz dorado para no desentonar con la pechera áurea de
Cleopatra. Cuando ingresamos en el baile (era un club de Malvín) hubo murmullos de asombro, y hasta aplausos.
Parecíamos un desfile de modelos. Como siempre, nos separamos y yo me divertí de lo lindo. Bailé con un
arlequín, un domador, un paje, un payaso y un marqués. De pronto, cuando estaba en plena rumba con un
chimpancé, un cacique piel roja, de buena estampa, me arrancó de los peludos brazos del primate y ya no me dejó
en toda la noche. Bailamos tangos, más rumbas, boleros, milongas, y fuimos sacudidos por el recién estrenado seísmo
del rock-and-roll. Mi pareja llevaba una careta muy pintarrajeada, como correspondía a su apelativo de Cara
Rayada.
Aunque forzaba una voz de máscara que evidentemente no era la suya, desde el primer momento estuve
segura de que se trataba de Juanjo (entre otros indicios, me llamaba por mi nombre) y mi corazón empezó a
saltar al compás de ritmos tan variados. En ese club nunca contrataban orquestas, pero tenían un estupendo

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equipo sonoro que iba alternando los géneros, a fin de (así lo habían advertido) conformar a todos. Como era de
esperar, cada nueva pieza era recibida con aplausos y abucheos, pero en la siguiente era todo lo contrario:
abucheos y aplausos. Cuando le llegó el turno al bolero, el cacique me dijo: Esto es muy cursi, me tomó de la mano
y me llevó al jardín, a esa altura ya colmado de parejas, cada una en su rincón de sombra.
Creo que ya era hora de que nos encontráramos así, Mercedes, la verdad es que te has convertido en una
mujercita. Me besó sin pedir permiso y a mí me pareció la gloria. Le devolví el beso con hambre atrasada. Me
enlazó por la cintura y yo rodeé su cuello con mis brazos de Cleopatra. Recuerdo que la serpiente me
molestaba, así que la arranqué de un tirón y la dejé en un cantero, con la secreta esperanza de que asustara a
alguien.
Nos besamos y nos besamos, y él murmuraba cosas lindas en mi oído. También me acariciaba de vez en
cuando, y yo diría que con discreción, el ombligo de Cleopatra y tuve la impresión de que no le parecía el de un
recién nacido. Ambos estábamos bastante excitados cuando escuché la voz de uno de mis hermanos: había llegado
la hora del regreso. Mejor te hubieras disfrazado de Cenicienta, dijo Cara Rayada con un tonito de despecho,
Cleopatra no regresaba a casa tan temprano. Lo dijo recuperando su verdadera voz y al mismo tiempo se quitó la
careta.
Recuerdo ese momento como el más desgraciado de mi juventud. Tal vez ustedes lo hayan adivinado: no era
Juanjo, sino Renato. Renato, que, despojado ya de su careta de fabuloso cacique, se había puesto la otra máscara,
la de su rostro real, esa que yo siempre había odiado y seguí por mucho tiempo odiando. Todavía hoy, a treinta
años de aquellos carnavales, siento que sobrevive en mí una casi imperceptible hebra de aquel odio. Todavía hoy,
aunque Renato sea mi marido.

Infierno grande - Guillermo Martínez


Muchas veces, cuando el almacén está vacío y sólo se escucha el zumbido de las moscas, me acuerdo del
muchacho aquel que nunca supimos cómo se llamaba y que nadie en el pueblo volvió a mencionar.
Por alguna razón que no alcanzo a explicar lo imagino siempre como la primera vez que lo vimos, con la ropa
polvorienta, la barba crecida y, sobre todo, con aquella melena larga ydesprolija que le caía casi
hasta los ojos. Era recién el principio de la primavera y por eso, cuando entró al almacén, yo supuse que
sería un mochilero de paso al sur. Compró latas de conserva y yerba, o café; mientras le hacía la cuenta se miró en el
reflejo de la vidriera, se apartó el pelo de la frente, y me preguntó por una peluquería.
Dos peluquerías había entonces en Puente Viejo; pienso ahora que si hubiera ido a lo del viejo Melchor
quizá nunca se hubiera encontrado con la Francesa y nadie habría murmurado. Pero bueno, la peluquería de
Melchor estaba en la otra punta del pueblo y de todos modos no creo que pudiera evitarse lo que sucedió.
La cuestión es que lo mandé a la peluquería de Cervino y parece que mientras Cervino le cortaba el pelo
se asomó la Francesa. Y la Francesa miró al muchacho como miraba ella a los hombres. Ahí fue que
empezó el maldito asunto, porque el muchacho se quedó en el pueblo y todos pensamos lo mismo: que se
quedaba por ella.
No hacía un año que Cervino y su mujer se habían establecido en Puente Viejo y era muy poco lo que
sabíamos de ellos. No se daban con nadie, como solía comentarse con rencor en el pueblo. En realidad, en
elcaso del pobre Cervino era sólo timidez, pero quizá la Francesa fuera, sí, un poco arrogante. Venían de la
ciudad, habían llegado el verano anterior, al comienzo de la temporada, y recuerdo que cuando Cervino
inauguró su peluquería yo pensé que pronto arruinaría al viejo Melchor, porque Cervino tenía diploma de peluquero
y premio en un concurso de corte a la navaja, tenía tijera eléctrica, secador de pelo y sillón giratorio, y
le echaba a uno savia vegetal en el pelo y hasta spray si no se lo frenaba a tiempo. Además, en la peluquería de
Cervino estaba siempre el último Gráfico en el revistero. Y estaba, sobre todo, la Francesa.
Nunca supe muy bien por qué le decían la Francesa y nunca tampoco quise averiguarlo: me hubiera
desilusionado enterarme, por ejemplo, de que la Francesa había nacido en Bahía Blanca o, peor
todavía, en un pueblo como éste. Fuera como fuese, yo no había conocido hasta entonces una mujer
como aquella. Tal vez era simplemente que no usaba corpiño y que hasta en invierno podía uno darse cuenta de que
no llevaba nada debajo del pulóver. Tal vez era esa costumbre suya de aparecerse apenas vestida en el salón de la
peluquería y pintarse largamente frente al espejo, delante de todos. Pero
no, había en la Francesa algo todavía más inquietante que ese cuerpo al que siempre parecía estorbarle la
ropa, más perturbador que la hondura de su escote. Era algo que estaba en su mirada. Miraba a los ojos,
fijamente, hasta que uno bajaba la vista. Una mirada incitante, promisoria, pero que venía ya con un
brillo de burla, como si la Francesa nos estuviera poniendo a prueba y supiera de antemano que nadie
se le animaría, como si ya tuviera decidido que ninguno en el pueblo era hombre a su medida. Así, con los ojos
provocaba y con los ojos, desdeñosa, se quitaba. Y todo delante de Cervino, que parecía no advertir nada, que se

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afanaba en silencio sobre las nucas, haciendo sonar cada tanto sus tijeras en el aire. Sí, la Francesa fue al principio la
mejor publicidad para Cervino y su peluquería estuvo muy concurrida durante los primeros meses. Sin embargo, yo
me había equivocado con Melchor. El viejo no era tonto y poco a poco fue recuperando su clientela: consiguió de
alguna forma revistas pornográficas, que por esa
época los militares habían prohibido, y después, cuando llegó el Mundial, juntó todos sus ahorros y compró un
televisor color, que fue el primerodel pueblo. Entonces empezó a decir a quien quisiera escucharlo
que en Puente Viejo había una y sólo una peluquería de hombres: la de Cervino era para maricas.
Con todo, creo yo que si hubo muchos que volvieron a la peluquería de Melchor fue, otra vez, a causa
de la Francesa: no hay hombre que soporte durante mucho tiempo la burla o la humillación de una mujer.
Como decía, el muchacho se quedó en el pueblo. Acampaba en las afueras, detrás de los médanos, cerca
de la casona de la viuda de Espinosa. Al almacén venía muy poco; hacía compras grandes, para quince
días o parael mes entero, pero en cambio iba todas las semanas a la peluquería. Y como costaba creer que fuera
solamente a leer el Gráfico, la gente empezó a compadecer a Cervino. Porque así fue, al principio todos
compadecían a Cervino. En verdad, resultaba fácil apiadarse de él: tenía cierto aire inocente de querubín y la
sonrisa pronta, como suele suceder con los tímidos. Era extremadamente callado y en
ocasiones parecía sumirse en un mundo intrincado y remoto: se le perdía la mirada y pasaba largo rato afilando la
navaja, o hacía chasquear interminablemente las tijeras y había que toser para retornarlo. Alguna vez, también, yo
lo había sorprendido por el espejo contemplando a la Francesa con una pasión muda y reconcentrada, como si ni él
mismo pudiese creer que semejante hembra fuera su esposa. Y realmente daba lástima esa mirada devota, sin
sombra de sospechas.
Por otro lado, resultaba igualmente fácil condenar a la Francesa, sobre todo para las casadas y casaderas del
pueblo, que desde siempre habían hecho causa común contra sus temibles escotes. Pero también
muchos hombres estaban resentidos con la Francesa: en primer lugar, los que tenían fama de gallos en Puente Viejo,
como el ruso Nielsen, hombres que no estaban acostumbrados al desprecio y mucho menos a la sorna de una
mujer. Y sea porque se había acabado el Mundial y no había de qué hablar, sea porque en el pueblo venían faltando
los escándalos, todas las conversaciones desembocaban en las andanzas del muchacho y la Francesa.
Detrás del mostrador yo escuchaba una y otra vez las mismas cosas: lo que había visto Nielsen una noche
en la playa, era una noche fría y sin embargo los dos se desnudaron y debían estar drogados porque
hicieron algo que Nielsen ni entre hombres terminaba de contar; lo que decía la viuda de Espinosa: que desde su
ventana siempre escuchaba risas y gemidos en la carpa del muchacho, los ruidos inconfundibles de dos que se
revuelcan juntos; lo que contaba el mayor de los Vidal, que en la peluquería, delante de
él y en las narices de Cervino... En fin, quién sabe cuánto habría de cierto en todas aquellas habladurías.
Un día nos dimos cuenta de que el muchacho y la Francesa habían desaparecido.
Quiero decir, al muchacho no lo veíamos más y tampoco aparecía la Francesa, ni en la peluquería ni en el
Camino a la playa, por donde solía pasear. Lo primero que pensamos todo es que se habían ido juntos
y tal vez porque las fugas tienen siempre algo de romántico, o tal vez porque el peligro ya estaba
lejos, las mujeres parecían dispuestas ahora a perdonar a la Francesa: era evidente que en ese matrimonio algo
fallaba, decían; Cervino era demasiado viejo para ella y por otro lado el muchacho era tan buen mozo... Y
comentaban entre sí con risitas de complicidad que quizá ellas hubieran hecho lo mismo. Pero
una tarde que se conversaba de nuevo sobre el asunto estaba en el almacén la viuda de Espinosa y
la viuda dijo con voz de misterio que a su entender algo peor había ocurrido; el muchacho aquel, como todos
sabíamos, había acampado cerca de su casa y, aunque ella tampoco lo había vuelto a ver, la
carpa todavía estaba allí; y le parecía muy extraño -repetía aquello, muy extraño- que se hubieran
ido sin llevar la carpa. Alguien dijo
que tal vez debería avisarse al comisario y entonces la viuda murmuró que sería conveniente vigilar
también a Cervino. Recuerdo que yo me enfurecí pero no sabía muy bien cómo responderle:
tengo por norma no discutir con los clientes. Empecé a decir débilmente que no se podía
acusar a nadie sin pruebas, que para mí era imposible que Cervino, que justamente Cervino...
Pero aquí la viuda me interrumpió: era bien sabido que los tímidos, los introvertidos, cuando están fuera de sí son los
más peligrosos. Estábamos todavía dando vueltas sobre lo mismo, cuando Cervino apareció en la puerta. Hubo un
gran silencio; debió advertir que hablábamos de él porque todos trataban de mirar hacia otro lado. Yo pude
observar cómo enrojecía y me pareció más que nunca un chico indefenso, que no había sabido crecer. Cuando hizo
el pedido noté que llevaba poca comida y que no había comprado yoghurt. Mientras pagaba, la viuda le preguntó
bruscamente por la Francesa. Cervino enrojeció otra vez, pero ahora lentamente, como si se sintiera honrado con
tanta solicitud. Dijo que su mujer había viajado a la ciudad para cuidar al padre, que estaba muy enfermo, pero
que pronto volvería, tal vez en una semana. Cuando terminó de hablar había en todas las caras una
expresión curiosa, que me costó identificar: era desencanto. Sin embargo, apenas se fue Cervino, la viuda volvió
a la carga. A ella, decía, no la había engañado ese farsante, nunca más veríamos a la pobre mujer. Y repetía por lo
bajo que había un asesino suelto en Puente Viejo y que cualquiera podía ser la próxima víctima.
Transcurrió una semana, transcurrió un mes entero y la Francesa no volvía. Al muchacho tampoco se lo había vuelto
a ver. Los chicos del pueblo empezaron a jugar a los indios en la carpa abandonada y
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Puente Viejo se dividió en dos bandos: los que estaban convencidos de que Cervino era un criminal y
los que todavía esperábamos que la Francesa regresara, que éramos cada vez menos. Se escuchaba decir que
Cervino había degollado al muchacho con la navaja, mientras le cortaba el pelo, y las madres les prohibían a los
chicos que jugaran en la cuadra de la peluquería y les rogaban a sus esposos que volvieran con Melchor. Sin
embargo, aunque parezca extraño, Cervino no se quedó por completo sin clientes: los muchachos del pueblo se
desafiaban unos a otros a sentarse en el fatídico sillón del peluquero para pedir el corte a la navaja, y empezó a ser
prueba de hombría llevar el pelo batido y con spray.
Cuando le preguntábamos por la Francesa, Cervino repetía la historia del suegro enfermo, que ya no
sonaba tan verdadera. Mucha gente dejó de saludarlo y supimos que la viuda de Espinosa había hablado
con el comisario para que lo detuviese. Pero el comisario había dicho que mientras no aparecieran los cuerpos nada
podía hacerse.
En el pueblo se empezó entonces a conjeturar sobre los cadáveres: unos decían que Cervino los había
enterrado en su patio; otros, que los había cortado en tiras para arrojarlos al mar, y así Cervino se iba convirtiendo en
un ser cada vez más monstruoso.
Yo escuchaba en el almacén hablar todo el tiempo de lo mismo y empecé a sentir un temor supersticioso,
el presentimiento de que en aquellas interminables discusiones se iba incubando una desgracia. La viuda
de Espinosa, por su parte, parecía haber enloquecido.
Andaba abriendo pozos por todos lados con una ridícula palita de playa, vociferando que ella no descansaría hasta
encontrar los cadáveres.
Y un día los encontró.
Fue una tarde a principios de noviembre. La viuda entró en el almacén preguntándome si tenía palas; y
dijo en voz bien alta, para que todos la escucharan, que la mandaba el comisario a buscar palas y voluntarios
para cavar en los médanos, detrás del puente. Después, dejando caer lentamente las palabras, dijo que había visto
allí, con sus propios ojos, un perro que devoraba una mano humana. Me estremecí; de pronto todo era verdad y
mientras buscaba en el depósito las palas y cerraba el almacén seguía escuchando, aún sin poder creerlo, la
conversación entrecortada de horror, perro, mano, mano humana. La viuda encabezó la marcha, airosa. Yo iba
último, cargando las palas. Miraba a los demás y veía las mismas caras de siempre, la gente que compraba en el
almacén yerba y fideos. Miraba a mi alrededor y nada
había cambiado, ningún súbito vendaval, ningún desacostumbrado silencio. Era una tarde como cualquier otra, a la
hora inútil en que se despierta de la siesta. Abajo se iban alineando las casas, cada vez más pequeñas, y hasta el mar,
distante, parecía pueblerino, sin acechanzas. Por un momento me pareció comprender de dónde provenía aquella
sensación de incredulidad: no podía estar sucediendo algo así, no en Puente Viejo.
Cuando llegamos a los médanos el comisario no había encontrado nada aún. Estaba cavando con el torso
desnudo y la pala subía y bajaba sin sobresaltos. Nos señaló vagamente en torno y yo distribuí las palas
y hundí la mía en el sitio que me pareció más inofensivo.
Durante un largo rato sólo se escuchó el seco vaivén del metal embistiendo la tierra. Yo le iba perdiendo el
miedo a la pala y estaba pensando que tal vez la viuda se había confundido, que quizá no fuera cierto,
cuando oímos un alboroto de ladridos. Era el perro que había visto la viuda, un pobre animal raquítico
que se desesperaba alrededor de nosotros. El comisario quiso espantarlo a cascotazos pero el perro
volvía y volvía y en un momento pareció que iba a saltarle encima. Entonces nos dimos cuenta de que era ése el
lugar, el comisario volvió a cavar, cada vez más rápido, era contagioso aquel frenesí, las palas
se precipitaron todas juntas y de pronto el comisario gritó que había dado con algo; escarbó un poco más
y apareció el primer cadáver.
Los demás apenas le echaron un vistazo y volvieron enseguida a las palas, casi con entusiasmo, a buscar
a la Francesa, pero yo me acerqué y me obligué a mirarlo con detenimiento. Tenía un agujero negro en la frente y
tierra en los ojos. No era el muchacho. Me di vuelta, para advertirle al comisario, y fue como si me
adentrara en una pesadilla: todos estaban encontrando cadáveres, era como si brotaran de la tierra, a
cada golpe de pala rodaba una cabeza o quedaba al descubierto un torso mutilado. Por donde se mirara muertos
y más muertos, cabeza, cabezas.
El horror me hacía deambular de un lado a otro; no podía pensar, no podía entender, hasta que vi una
espalda acribillada y más allá una cabeza con venda en los ojos. Miré al comisario y el comisario también
sabía, nos ordenó que nos quedáramos allí, que nadie se moviera, y volvió al pueblo, a pedir instrucciones.
Del tiempo que transcurrió hasta su regreso sólo recuerdo el ladrido incesante del perro, el olor a muerto y la figura
de la viuda hurgando con su palita entre los cadáveres, gritándonos que había que seguir, que
todavía no había aparecido la Francesa. Cuando el comisario volvió caminaba erguido y solemne, como quien se
apresta a dar órdenes. Se plantó delante de nosotros y nos mandó que enterrásemos de nuevo los cadáveres, tal
como estaban. Todos volvimos a las palas, nadie se atrevió a decir nada. Mientras la tierra
iba cubriendo los cuerpos yo me preguntaba si el muchacho no estaría también allí. El perro ladraba y saltaba
enloquecido. Entonces vimos al comisario con la rodilla en tierra y el arma entre las
manos. Disparó una sola vez. El perro cayó muerto. Dio luego dos pasos con el arma todavía en
la mano y lo pateó hacia adelante, para que también lo enterrásemos.
~ 29 ~
Antes de volver nos ordenó que no hablásemos con nadie de aquello y anotó uno por uno los nombres de
los que habíamos estado allí.
La Francesa regresó pocos días después: su padre se había recuperado por completo.
Del muchacho, en el pueblo nunca hablamos. La carpa la robaron ni bien empezó la temporada.

La madre de Ernesto - Abelardo Castillo


Si Ernesto se enteró de que ella había vuelto (cómo había vuelto), nunca lo supe, pero el caso es que poco después se
fue a vivir a El Tala, y, en todo aquel verano, sólo volvimos a verlo una o dos veces. Costaba trabajo mirarlo
de frente. Era como si la idea que Julio nos había metido en la cabeza —porque la idea fue de él, de Julio, y era una
idea extraña, turbadora: sucia— nos hiciera sentir culpables. No es que uno fuera puritano, no. A esa edad, y en un
sitio como aquél, nadie es puritano. Pero justamente por eso, porque no lo éramos, porque no
teníamos nada de puros o piadosos y al fin de cuentas nos parecíamos bastante a casi todo el
mundo, es que la idea tenía algo que turbaba. Cierta cosa inconfesable, cruel. Atractiva. Sobre todo, atractiva.
Fue hace mucho. Todavía estaba el Alabama, aquella estación de servicio que habían construido a la salida de la
ciudad, sobre la ruta. El Alabama era una especie de restorán inofensivo, inofensivo de día, al menos, pero que
alrededor de medianoche se transformaba en algo así como un rudimentario club nocturno. Dejó de ser rudimentario
cuando al turco se le ocurrió agregar unos cuartos en el primer piso y traer mujeres. Una mujer trajo.
–¡No!
–Sí. Una mujer.
–¿De dónde la trajo?
Julio asumió esa actitud misteriosa, que tan bien conocíamos –porque él tenía un particular virtuosismo de gestos,
palabras, inflexiones que lo hacían raramente notorio, y envidiable, como a un módico Brummel de provincias–, y
luego, en voz baja, preguntó:
–¿Por dónde anda Ernesto?
En el campo, dije yo. En los veranos Ernesto iba a pasar unas semanas a El Tala, y esto venía sucediendo desde que el
padre, a causa de aquello que pasó con la mujer, ya no quiso regresar al pueblo. Yo dije en el campo, y después
pregunté:

–¿Qué tiene que ver Ernesto?


Julio sacó un cigarrillo. Sonreía.
–¿Saben quién es la mujer que trajo el turco? Aníbal y yo nos miramos. Yo me acordaba ahora de la madre de
Ernesto. Nadie habló. Se había ido hacía cuatro años, con una de esas compañías teatrales que recorren los pueblos:
descocada, dijo esa vez mi abuela. Era una mujer linda. Morena y amplia: yo me acordaba. Y no debía de ser muy
mayor, quién sabe si tendría cuarenta años.
–Atorranta, ¿no?
Hubo un silencio y fue entonces cuando Julio nos clavó aquella idea entre los ojos. O, a lo mejor, ya la teníamos.
–Si no fuera la madre...
No dijo más que eso. Quién sabe. Tal vez Ernesto se enteró, pues durante aquel verano sólo lo vimos una o dos veces
(más tarde, según dicen, el padre vendió todo y nadie volvió a hablar de ellos), y, las pocas veces que lo vimos,
costaba trabajo mirarlo de frente.

~ 30 ~
–Culpables de qué, che. Al fin de cuentas es una mujer de la vida, y hace tres meses que está en el Alabama. Y si
esperamos que el turco traiga otra, nos vamos a morir de viejos. Después, él, Julio, agregaba que sólo era necesario
conseguir un auto, ir, pagar y después me cuentan, y que si no nos animábamos a acompañarlo se buscaba alguno
que no fuera tan braguetón, y Aníbal y yo no íbamos a dejar que nos dijera eso.
–Pero es la madre.
–La madre. ¿A qué llamás madre vos?: una chancha también pare chanchitos.
–Y se los come.
–Claro que se los come. ¿Y entonces?
–Y eso qué tiene que ver. Ernesto se crió con nosotros.
Yo dije algo acerca de las veces que habíamos jugado juntos; después me quedé pensando, y alguien, en voz alta,
formuló exactamente lo que yo estaba pensando. Tal vez fui yo:
–Se acuerdan cómo era.
Claro que nos acordábamos, hacía tres meses que nos veníamos acordando. Era morena y amplia; no tenía nada de
maternal.
–Y además ya fue medio pueblo. Los únicos somos nosotros.
Nosotros: los únicos. El argumento tenía la fuerza de una provocación, y también era una provocación que ella
hubiese vuelto. Y entonces, puercamente, todo parecía más fácil. Hoy creo –quién sabe– que, de haberse tratado de
una mujer cualquiera, acaso ni habríamos pensado seriamente en ir. Quién sabe. Daba un poco de miedo decirlo,
pero, en secreto, ayudábamos a Julio para que nos convenciera; porque lo equívoco, lo inconfesable, lo
monstruosamente atractivo de todo eso, era, tal vez, que se trataba de la madre de uno de nosotros.
–No digas porquerías, querés —me dijo Aníbal.
Una semana más tarde, Julio aseguró que esa misma noche conseguiría el automóvil. Aníbal y yo lo esperábamos
en el bulevar.
–No se lo deben de haber prestado.
–A lo mejor se echó atrás.
Lo dije como con desprecio, me acuerdo perfectamente. Sin embargo fue una especie de plegaria: a lo mejor se echó
atrás. Aníbal tenía la voz extraña, voz de indiferencia:
–No lo voy a esperar toda la noche; si dentro de diez minutos no viene, yo me voy.
–¿Cómo será ahora?
–Quién... ¿la tipa?
Estuvo a punto de decir: la madre. Se lo noté en la cara. Dijo la tipa. Diez minutos son largos, y entonces cuesta
trabajo olvidarse de cuando íbamos a jugar con Ernesto, y ella, la mujer morena y amplia, nos preguntaba si
queríamos quedarnos a tomar la leche. La mujer morena.
Amplia.
–Esto es una asquerosidad, che.
–Tenés miedo –dije yo.
–Miedo no; otra cosa.
Me encogí de hombros:
–Por lo general, todas éstas tienen hijos. Madre de alguno iba a ser.

~ 31 ~
–No es lo mismo. A Ernesto lo conocemos.
Dije que eso no era lo peor. Diez minutos. Lo peor era que ella nos conocía a nosotros, y que nos iba a mirar. Sí. No sé
por qué, pero yo estaba convencido de una cosa: cuando ella nos mirase iba a pasar algo.
Aníbal tenía cara de asustado ahora, y diez minutos son largos. Preguntó:
–¿Y si nos echa?
Iba a contestarle cuando se me hizo un nudo en el estómago: por la calle principal venía el estruendo de un coche
con el escape libre.
–Es Julio –dijimos a dúo.
El auto tomó una curva prepotente. Todo en él era prepotente: el buscahuellas, el escape. Infundía ánimos. La
botella que trajo también infundía ánimos.
–Se la robé a mi viejo.
Le brillaban los ojos. A Aníbal y a mí, después de los primeros tragos, también nos brillaban los ojos. Tomamos por la
Calle de los Paraísos, en dirección al paso a nivel. A ella también le brillaban los ojos cuando éramos chicos, o, quizá,
ahora me parecía que se los había visto brillar. Y se pintaba, se pintaba mucho. La boca, sobre todo.
–Fumaba, ¿te acordás?
Todos estábamos pensando lo mismo, pues esto último no lo había dicho yo, sino Aníbal; lo que yo dije fue que sí, que
me acordaba, y agregué que por algo se empieza.
–¿Cuánto falta?
–Diez minutos.
Y los diez minutos volvieron a ser largos; pero ahora eran largos exactamente al revés. No sé.
Acaso era porque yo me acordaba, todos nos acordábamos, de aquella tarde cuando ella estaba limpiando el
piso, y era verano, y el escote al agacharse se le separó del cuerpo, y nosotros nos habíamos codeado. Julio apretó el
acelerador.
–Al fin de cuentas, es un castigo –tu voz, Aníbal, no era convincente–: una venganza en nombre de Ernesto, para
que no sea atorranta.
–¡Qué castigo ni castigo!
Alguien, creo que fui yo, dijo una obscenidad bestial. Claro que fui yo. Los tres nos reímos a carcajadas y Julio aceleró
más.
–¿Y si nos hace echar?
–¡Estás mal de la cabeza vos! ¡En cuanto se haga la estrecha lo hablo al turco, o armo un escándalo que les cierran
el boliche por desconsideración con la clientela!
A esa hora no había mucha gente en el bar: algún viajante y dos o tres camioneros. Del pueblo, nadie. Y, vaya a
saber por qué, esto último me hizo sentir audaz. Impune. Le guiñé el ojo a la rubiecita que estaba detrás del
mostrador; Julio, mientras tanto, hablaba con el turco.
El turco nos miró como si nos estudiara, y por la cara desafiante que puso Aníbal me di cuenta de que él también
se sentía audaz. El turco le dijo a la rubiecita:
–Llevalos arriba.

~ 32 ~
La rubiecita subiendo los escalones: me acuerdo de sus piernas. Y de cómo movía las caderas al subir. También me
acuerdo de que le dije una indecencia, y que la chica me contestó con otra, cosa que (tal vez por el coñac que
tomamos en el coche, o por la ginebra del mostrador) nos causó mucha gracia. Después estábamos en una
sala pulcra, impersonal,casi recogida, en la que había una mesa pequeña: la salita de espera de un dentista. Pensé
a ver si nos sacan una muela. Se lo dije a los otros:
–A ver si nos sacan una muela.
Era imposible aguantar la risa, pero tratábamos de no hacer ruido. Las cosas se decían en voz muy baja.
–Como en misa –dijo Julio, y a todos volvió a parecernos notablemente divertido; sin embargo, nada fue tan
gracioso como cuando Aníbal, tapándose la boca y con una especie de resoplido, agregó:
–¡Mirá si en una de ésas sale el cura de adentro!
Me dolía el estómago y tenía la garganta seca. De la risa, creo. Pero de pronto nos quedamos serios. El que estaba
adentro salió. Era un hombre bajo, rechoncho; tenía aspecto de cerdito.
Un cerdito satisfecho. Señalando con la cabeza hacia la habitación, hizo un gesto: se mordió el labio y puso los
ojos en blanco.
Después, mientras se oían los pasos del hombre que bajaba, Julio preguntó:
–¿Quién pasa?
Nos miramos. Hasta ese momento no se me había ocurrido, o no había dejado que se me ocurriese, que íbamos a
estar solos, separados –eso: separados— delante de ella. Me encogí de hombros.
–Qué sé yo. Cualquiera.
Por la puerta a medio abrir se oía el ruido del agua saliendo de una canilla. Lavatorio.
Después, un silencio y una luz que nos dio en la cara; la puerta acababa de abrirse del todo. Ahí estaba ella. Nos
quedamos mirándola, fascinados. El deshabillé entreabierto y la tarde de aquel verano, antes, cuando todavía era la
madre de Ernesto y el vestido se le separó del cuerpo y nos decía si queríamos quedarnos a tomar la leche. Sólo que la
mujer era rubia ahora. Rubia y amplia. Sonreía con una sonrisa profesional; una sonrisa vagamente infame.
—¿Bueno?
Su voz, inesperada, me sobresaltó: era la misma. Algo, sin embargo, había cambiado en ella, en la voz. La mujer
volvió a sonreír y repitió "bueno", y era como una orden; una orden pegajosa y caliente. Tal vez fue por eso que, los
tres juntos, nos pusimos de pie. Su deshabillé, me acuerdo, era oscuro, casi traslúcido.
–Voy yo –murmuró Julio, y se adelantó, resuelto.
Alcanzó a dar dos pasos: nada más que dos. Porque ella entonces nos miró de lleno, y él, de golpe, se detuvo. Se
detuvo quién sabe por qué: de miedo, o de vergüenza tal vez, o de asco.
Y ahí se terminó todo. Porque ella nos miraba y yo sabía que, cuando nos mirase, iba a pasar algo. Los tres nos
habíamos quedado inmóviles, clavados en el piso; y al vernos así, titubeantes, vaya a saber con qué caras, el rostro de
ella se fue transfigurando lenta, gradualmente, hasta adquirir una expresión extraña y terrible. Sí. Porque al
principio, durante unos segundos, fue perplejidad o incomprensión. Después no. Después pareció haber entendido
oscuramente algo, y nos miró con miedo, desgarrada, interrogante. Entonces lo dijo.
Dijo si le había pasado algo a él, a Ernesto. Cerrándose el deshabillé lo dijo.

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BIBLIOGRAFÍA:

• Cortázar, Julio. (2007) Final del juego. Buenos Aires. Punto de lectura.
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• Fernando Avendaño/Leda Maidana/ Julieta Pinasco/Claudia Toledo/Flavio Wisniacki. (2017)
Literatura IV. Buenos Aires. Santillana.
• Hesíodo – Ovidio -Eurípides y otros. (2017) Mitos clasificados 2. Buenos Aires. Cántaro.
• [Link] – En línea –
• Ministerio de educación (2015) Lecturas grabadas. Buenos Aires. Tenemos patria.

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