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Igualdad de Género y Discriminación en AL

El documento analiza la discriminación contra la mujer y la violencia de género en América Latina desde una perspectiva de derechos humanos. Aborda temas como la desigualdad laboral, la subrepresentación de mujeres en cargos de poder, y los instrumentos internacionales para la protección de los derechos de la mujer.

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El documento analiza la discriminación contra la mujer y la violencia de género en América Latina desde una perspectiva de derechos humanos. Aborda temas como la desigualdad laboral, la subrepresentación de mujeres en cargos de poder, y los instrumentos internacionales para la protección de los derechos de la mujer.

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DERECHO A LA IGUALDAD

Y LA PROHIBICIÓN DE LA DISCRIMINACIÓN A LA MUJER

La igualdad de género es uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) que las
Naciones Unidas se propone alcanzar antes del 2030. Sin embargo, los datos demuestran
que América Latina es la región más desigual del mundo. Donde la mitad de las mujeres
latinoamericanas no tiene ingresos propios o sus sueldos son inferiores al salario mínimo, y
el desempleo es uno de los grandes problemas que castiga sobre todo a las mujeres.
Inclusive, el trabajo como empleadas de servicios generales se realiza en condiciones de
desprotección y desigualdad (CEPAL, 2018, p. 66). Pues, el 94% de quienes lo realizan de
forma remunerada son mujeres, de éstas 24% son pobres y 63% no están afiliadas a la
seguridad social (ONU Mujeres, 2019). Además, la mitad de las mujeres en cuyo hogar hay
niños o niñas menores de siete años se encuentra fuera del mercado laboral. Pese, a los
avances que se han logrado en las últimas décadas, existen múltiples barreras que dificultan
el acceso a los espacios de toma de decisión. A comienzos de 2020 no hay ninguna mujer
Jefe de Estado o Jefa de Gobierno; Presidentas de Parlamentos solo hay seis en toda la
región. Y las carteras ministeriales que tienen mujeres al frente siguen siendo, por mucha
diferencia, carteras relacionadas con asuntos sociales, la familia y la cultura. El acoso
político y los estereotipos suponen también una amenaza para el logro de la igualdad y la
autonomía de las mujeres. Las cifras son preocupantes en los escenarios del poder judicial.
En los máximos tribunales de justicia sólo dos de cada siete jueces son mujeres. En la
Corte Interamericana de Derechos Humanos recientemente fue elegida como presidenta
Elizabeth Odio Benito, la única mujer de los actuales siete jueces que componen dicho
Tribunal. A lo largo de sus 40 años de historia sólo ha habido 5 mujeres juezas y sólo 2 han
llegado a ser presidentas (Barbera & Wences, 2018).
En estas circunstancias, América Latina es la región más peligrosa del mundo para las
mujeres (PNUD y ONU, 2017). La violencia de género como manifestación persistente de
la desigualdad entre mujeres y hombres (Foro Económico Mundial, 2017). Así pues, la
violencia contra las mujeres no es el resultado de actos aleatorios e individuales de mala
conducta, sino que está profundamente vinculadas con las relaciones estructurales de
desigualdad, especialmente en relación a la distribución de los trabajos de cuidado, así
como en el acceso a la toma de decisiones, a los recursos económicos y al trabajo (ONU,
2006). En este contexto, la violencia contra las mujeres es el resultado de un entramado
complejo que incluye, al menos, la socialización y la educación, el lenguaje, los medios de
comunicación, la representación política, la organización institucional, la distribución de
los cuidados y la organización del trabajo remunerado (Barbera & Wences, 2018).
La protección de la mujer frente a la violencia es una cuestión que figura en diversos
instrumentos de derechos humanos, como la Declaración Universal de Derechos Humanos,
la Carta de las Naciones Unidas, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, el
Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, la Convención
Internacional sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Racial, la
Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer,
la Convención contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes,
la Convención sobre los Derechos del Niño, la Convención Internacional sobre la
Protección de los Derechos de Todos los Trabajadores Migratorios y de sus Familiares, la
Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad y la Convención
Internacional para la Protección de Todas las Personas contra las Desapariciones Forzadas
(ONU, 2016).

1. La CEDAW y la Discriminación contra la Mujer


En el caso de la Convención sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación
contra la Mujer, en inglés, Convention on the Elimination of all Forms of Discrimination
Against Women (en adelante, CEDAW), la Recomendación General No. 19, manifiesta que
en el Artículo 11 de la Convención se define la discriminación contra la mujer, tal
conceptualización, se incluye la violencia basada en el sexo, es decir, la violencia dirigida
contra la mujer porque es mujer o que la afecta en forma desproporcionada. Se incluyen
actos que infligen daño o sufrimiento de índole física, mental o sexual, las amenazas de
esos actos, la coacción y otras formas de privación de la libertad. La violencia contra la
mujer puede contravenir disposiciones concretas de la Convención, independientemente de
que en ellas se mencione expresamente a la violencia o no. Comité para la Eliminación de
la Discriminación contra la Mujer (CEDAW, 2002, Parr. 6).
Igualmente, la misma CEDAW, afirma que la violencia contra la mujer, menoscaba o anula
el goce por la mujer de sus derechos humanos y libertades fundamentales en virtud del
derecho internacional o de convenios específicos de derechos humanos, constituye
discriminación, tal como se entiende en el Artículo 1 de la Convención. Estos derechos y
libertades comprenden como el derecho a la libertad y la seguridad de las personas; el
derecho a la protección igual de la ley; el derecho al nivel más alto posible de salud física y
mental y el derecho a condiciones de empleo justas y favorables (CEDAW, 2002, Parr. 7).
Durante el ejercicio de la CEDAW, los Estados partes han respaldado la interpretación del
Comité. La opinio juris y la práctica de los Estados dan a entender que la prohibición de la
violencia por razón de género contra la mujer ha pasado a ser un principio del derecho
internacional consuetudinario. La recomendación general núm. 19 ha sido un catalizador
clave de ese proceso. Incluso la misma CEDAW, reconoce que los grupos de la sociedad
civil, en especial las organizaciones no gubernamentales de mujeres, han dado prioridad a
la eliminación de la violencia por razón de género contra la mujer; sus actividades han
tenido profundas repercusiones sociales y políticas, lo que ha contribuido al reconocimiento
de la violencia por razón de género contra la mujer como una violación de los derechos
humanos y a la aprobación de leyes y políticas para abordarla. Así pues, reconoce que los
grupos de la sociedad civil, en especial las organizaciones no gubernamentales de mujeres,
han dado prioridad a la eliminación de la violencia por razón de género contra la mujer; sus
actividades han tenido profundas repercusiones sociales y políticas, lo que ha contribuido al
reconocimiento de la violencia por razón de género contra la mujer como una violación de
los derechos humanos y a la aprobación de leyes y políticas para abordarla.
Adicionalmente, los Estados Parte en sus las diferentes participaciones en la CEDAW, se
unen en el propósito de condenar la violencia por razón de género contra la mujer, en todas

1
Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer. Adoptada y
abierta a la firma y ratificación, o adhesión, por la Asamblea General en su Resolución 34/180 de 18 de
diciembre de 1979. https://www.ohchr.org/sp/professionalinterest/pages/cedaw.aspx. Artículo 1. “A los
efectos de la presente Convención, la expresión "discriminación contra la mujer" denotará toda
distinción, exclusión o restricción basada en el sexo que tenga por objeto o resultado menoscabar o
anular el reconocimiento, goce o ejercicio por la mujer, independientemente de su estado civil, sobre la
base de la igualdad del hombre y la mujer, de los derechos humanos y las libertades fundamentales en las
esferas política, económica, social, cultural y civil o en cualquier otra esfera”.
sus formas, dondequiera que ocurra. A través de esos mecanismos, la CEDAW Comité
también ha aclarado las normas para eliminar dicha violencia y las obligaciones de los
Estados partes a ese respecto (CEDAW, 2017, parrs. 3 -5).
A pesar de esos avances, la violencia por razón de género contra la mujer, ya sea cometida
por Estados, organizaciones intergubernamentales o agentes no estatales, particulares y
grupos armados entre otros, sigue siendo generalizada en todos los países, con un alto grado
de impunidad. Se manifiesta en una serie de formas múltiples, interrelacionadas y
recurrentes, en diversos ámbitos, del privado al público, incluidos entornos tecnológicos, y
trasciende las fronteras nacionales en el mundo globalizado contemporáneo (CEDAW,
2017, parrs. 6).

2. Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) y la discriminación a la mujer


Mientras tanto, en el escenario europeo, se dieron las avanzadas construcciones del Consejo
de Europa en materia de igualdad de género, el Convenio Europeo de Derechos Humanos
(en adelante CEDH), firmado en el ámbito de aquella organización internacional en 1950,
ofrece una protección más clásica y limitada de la igualdad entre mujeres y hombres. En
este escenario, el concepto de igualdad de género ha ido enriqueciéndose con nuevos
contenidos y el Consejo de Europa ha jugado un importante papel, pionero a escala
mundial. A partir de este hito, se distinguen claramente una evolución desde una posición
inicial, que se centró en la eliminación de las discriminaciones legales existentes contra las
mujeres y que puede observarse en las primeras recomendaciones y resoluciones, igualdad
formal o de iure, hasta una actitud más dinámica, que tiene en cuenta la situación real de las
mujeres en las sociedades actuales y que pone de manifiesto la necesidad de adoptar
medidas de acción positiva y políticas específicas para conseguir la igualdad material o de
facto (Carmona Cuenca, 2018, p. 312).
Igualmente, consagra la prohibición de discriminación por razón de sexo, junto con otros
motivos de discriminación, en el Artículo 14 del CEDH, cuyo tenor literal es el siguiente:
“El goce de los derechos y libertades reconocidos en el presente Convenio ha de ser
asegurado sin distinción alguna, especialmente por razones de sexo, raza, color, lengua,
religión, opiniones políticas u otras, origen nacional o social, pertenencia a una minoría
nacional, fortuna, nacimiento o cualquier otra situación” (Carmona Cuenca, 2018, pp. 312 -
313).
El término sexo se refiere a la diferenciación biológica y orgánica entre hombres y mujeres,
mientras que la expresión género se refiere a una realidad más amplia, a una construcción
simbólica que incluye el conjunto de roles y atributos socioculturales asignados a una
persona a partir del sexo al que pertenece, convirtiendo la diferencia sexual en diferencia
cultural. Esto es, el concepto género hace alusión a las diferencias sociales entre hombres y
mujeres, que han sido aprendidas y asumidas generación tras generación, que cambian con
el paso del tiempo y que presentan muchas variaciones interculturales. Por otra parte, el
CEDH no consagra el principio general de igualdad, sino que establece la prohibición de
discriminación únicamente en el disfrute de los derechos reconocidos en el mismo
(Carmona Cuenca, 2018, p. 313).
Otro hito importante fue la entrada en vigor del Protocolo Adicional No. 12, que contiene
una prohibición general de discriminación, ahora no limitada a los derechos enunciados en
el Convenio, sino extensiva a cualesquiera derechos fundamentales o legales. Este
Protocolo fue abierto a la firma en Roma el 4 de noviembre de 2000 y entró en vigor el 1 de
abril de 2005. España lo ratificó el 13 de febrero de 2008 (Carmona Cuenca, 2018, p. 313).
La gestación de este Protocolo partió de los intentos, a partir de la década de 1960, de
incluir en el Convenio garantías suplementarias en el campo de la igualdad y de la no
discriminación en general. Pero, como pone de manifiesto el Informe Explicativo del
Protocolo No. 12, adoptado por el Comité de Ministros el 26 de junio de 2000, fueron los
trabajos realizados en la década de 1990 en el campo de la igualdad entre mujeres y
hombres y de la lucha contra el racismo y la intolerancia los que impulsaron este objetivo,
que cristalizó en la aprobación del Protocolo No. 12 (Carmona Cuenca, 2018, p. 313).
En el curso de esos trabajos, el Comité Director para la Igualdad entre Mujeres y Hombres
(CDEG) subrayó la ausencia, en el marco del Consejo de Europa, de instrumentos
específicos de protección jurídica de la igualdad entre mujeres y hombres como derecho
fundamental independiente. El CDEG consideraba que una norma jurídica dictada al efecto
constituía una de las condiciones esenciales para lograr la igualdad de iure y de facto y
concentró sus esfuerzos en la inclusión en el Convenio de un derecho fundamental de la
mujer y del hombre a la igualdad (Carmona Cuenca, 2018, pp. 313 - 314).
Sin embargo, el Comité de Derechos Humanos se mostró partidario de un texto basado en
el principio de universalidad y expresó sus reservas a un proyecto de Protocolo basado en
una aproximación sectorial a la discriminación por motivos de sexo o de raza. Finalmente,
la lista de motivos de discriminación del Protocolo No. 12 fue idéntica a la del Artículo 14
CEDH. Su Artículo 1 dispone lo siguiente: “Prohibición general de discriminación: 1. El
ejercicio de cualquier derecho reconocido por la ley será asegurado sin ninguna
discriminación fundada, en particular, en razón de sexo, raza, color, lengua, religión,
opiniones políticas o de cualquier otro tipo, origen nacional o social, pertenencia a una
minoría nacional, riqueza, nacimiento o cualquier otra situación” (Carmona Cuenca, 2018,
pp. 314).
Por lo que se refiere a la discriminación por razón de género, el Informe Explicativo del
Protocolo No. 12 reconoce que en otros Convenios internacionales se han enunciado reglas
específicas y más detalladas, exclusivamente dedicadas a esta materia, como en el
CEDAW, aprobado por la Asamblea General de Naciones Unidas en 1979. Pero afirma que
el Protocolo No. 12 no debe ser interpretado como una restricción o una derogación de las
disposiciones del Derecho interno o de los tratados que prevean una protección
suplementaria contra la discriminación (Carmona Cuenca, 2018, pp. 314).
53. Por otra parte, puede considerarse que el Protocolo No. 12 del CEDH consagra el
principio general de igualdad en toda su amplitud, pues su Preámbulo afirma expresamente
en su párrafo tercero que “el principio de no discriminación no impide a los Estados partes
adoptar medidas a fin de promover una igualdad plena y efectiva, a condición de que estas
medidas respondan a una justificación objetiva y razonable” (Carmona Cuenca, 2018, pp.
314).
El párrafo transcrito supone una concepción de los principios de igualdad y no
discriminación más avanzada que la consagrada en el Artículo 14 CEDH y que acerca este
Protocolo No. 12 a otras Declaraciones Internacionales como el mencionado CEDAW o la
Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea (CDFUE) (Carmona Cuenca,
2018, p. 314).
Se puede considerar, así, que el Protocolo No. 12, legitima la adopción de las denominadas
medidas de acción positiva para promover la llamada igualdad material. Y ello tiene un
evidente interés de cara a la igualdad entre mujeres y hombres, ya que en esta materia los
Estados han ido adoptando numerosas medidas de acción positiva con el objetivo de elevar
la posición social real de las mujeres en diferentes ámbitos, como el empleo, la educación,
la participación social y política, etc (Carmona Cuenca, 2018, p. 314).
Una siguiente etapa consistió en la lucha por la igualdad de género representada por la
adopción de la estrategia del gender mainstreaming o “transversalización de la perspectiva
de género” o “perspectiva de género”. El concepto de gender mainstreaming apareció por
primera vez en el ámbito internacional en la década de 1970, a raíz de la declaración de la
Década de las Mujeres, realizada por Naciones Unidas en 1975 y tuvo gran difusión en las
Conferencias sobre las Mujeres de Naciones Unidas celebradas en Nairobi en 1985 y en
Beijing en 1995.
En tales términos, la adopción de la estrategia de la perspectiva de género supone un paso
más en la consecución de la igualdad de género. No es un fin en sí misma, sino un medio
para conseguir la igualdad. Si antes se trataba de establecer políticas públicas sectoriales
para conseguir la igualdad material o de hecho de mujeres y hombres (medidas de acción
positiva), ahora se trata de una estrategia global, que tiene que implicar a todas y cada una
de las políticas públicas para comprobar cuál es su incidencia real en las relaciones entre
hombres y mujeres y si tienden realmente a la consecución de la igualdad de hecho y en
qué grado.
P|or lo tanto, en numerosas ocasiones se ha puesto de manifiesto que el concepto de
perspectiva de género es difícil de definir y se presta a confusión. La Plataforma de Acción
de Beijing se refirió a él como la necesidad de “tener en cuenta el impacto de género antes
de que las decisiones sean adoptadas”. Se trata de que los procesos políticos de toma de
decisiones no sean rutinas “ciegas de género” o “sesgadas de género”, es decir, que tengan
en cuenta las diferentes consecuencias que esas decisiones públicas tienen en los hombres y
en las mujeres. Estas diferencias son debidas a las relaciones desiguales de poder
establecidas entre los géneros desde hace miles de años, desde el Neolítico, y la situación
subordinada de las mujeres en la mayor parte de las sociedades, caracterizadas como
patriarcales.
La estrategia de la perspectiva de género ha de ser aplicada a todas las facetas de la
actividad pública y también a las que tienen que ver con los Derechos Humanos. A
mediados de la década de 1990, se puso de manifiesto la insuficiencia de los instrumentos
sectoriales sobre los derechos de las mujeres, como el CEDAW, y la necesidad de integrar
el reconocimiento de las diferencias de género en la interpretación y aplicación de todos los
tratados generales sobre Derechos Humanos. El primer paso hacia la integración de la
perspectiva de género en este ámbito se dio en la Conferencia Mundial sobre Derechos
Humanos llevada a cabo en Viena en 1993, donde se proclamó que “la igualdad en la
situación de la mujer y sus derechos humanos deben integrarse en las principales
actividades de todo el sistema de las Naciones Unidas”.
En el ámbito de los derechos humanos, un análisis con perspectiva de género supone tener
en cuenta las diferencias entre mujeres y hombres en el disfrute de los derechos. Se trata de
poner de manifiesto que los derechos de las mujeres pueden ser violados de forma diferente
a los de los hombres y que determinadas violaciones tienen lugar contra las mujeres
por el hecho de serlo. Analizar el efectivo cumplimiento de los derechos humanos con
perspectiva de género requeriría un estudio sobre las relaciones reales entre hombres y
mujeres y sobre la situación real de las mujeres en las distintas sociedades.
La jurisprudencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (en adelante TEDH) sobre
igualdad entre mujeres y hombres gira en torno a la aplicación del Artículo 14 CEDH. El
Artículo 1 del Protocolo No. 12 no ha sido aplicado en esta materia, aunque una Sentencia
reciente lo aplica en un caso de discriminación por razón de etnia o raza. El TEDH parece
ser reacio a aplicar este Protocolo, ya que no ha sido ratificado por todos los Estados parte
del Convenio.
En la jurisprudencia del TEDH, el Artículo 14 CEDH tiene un carácter dependiente, esto
es, sólo puede ser alegado en combinación con algún otro de los derechos reconocidos en el
Convenio. Hasta la década de 1990 años noventa del pasado siglo la jurisprudencia sobre
este precepto era escasa y también compleja y poco coherente. Y en mayor medida pueden
aplicarse estos calificativos a las decisiones del Tribunal Europeo sobre el principio de no
discriminación por razón de género (Mánzano Barragán, 2012, pp. 49 – 78).
La primera vez que el TEDH se pronunció, expresa y detalladamente, sobre la
discriminación basada en el sexo fue en el caso Abdulaziz, Cabales y Balkandali vs. Reino
Unido, de 28 de mayo de 1985.
En esta Sentencia, el Tribunal apreció la vulneración del derecho a la vida privada y
familiar del Artículo 8 CEDH en combinación con la prohibición de discriminación por
razón de sexo del Artículo 14 CEDH. El Tribunal analizó la conformidad con el Convenio
de una diferenciación normativa por razón de sexo, entendiendo que, aunque dicha norma
tuviese un fin legítimo, en este caso lo era la protección del mercado de trabajo, esta
finalidad debería ser suficiente para justificar la diferenciación normativa. Afirmó
asimismo que, una vez establecida la importancia de la igualdad de los sexos, serían
precisas razones muy fuertes para estimar compatibles con el Convenio tales distinciones,
fijando así un estándar que utilizaría en muchos casos posteriores (TEDH, 1985, parr. 70 –
71).
A partir de esta Sentencia, se puede encontrar otras que han apreciado vulneración del
Artículo 14 en combinación con otro derecho del Convenio y han constatado la existencia
de discriminaciones directas que afectaban a las mujeres, aunque, en un significativo
número de casos, los perjudicados por la norma eran los varones. En algunos casos, se
trataba de normas que posibilitaban el acceso a ciertos beneficios (como empleo, pensiones,
permisos de paternidad o condición de refugiado) o a ciertos derechos (prioridad en el
orden de los apellidos). En otros casos, se trataba de la imposición de obligaciones o de la
aplicación de condenas penales (Mánzano Barragán, 2012, pp. 49 – 78).
En el caso latinoamericano, el Artículo 1.1 de la Convención Americana no solo establece
las obligaciones generales de respeto y garantía, sino también una cláusula que prevé que
las personas deben gozar y ejercer “sin discriminación alguna por motivos de raza, color,
sexo, idioma, religión, opiniones políticas o de cualquier otra índole, origen nacional o
social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición social” los derechos
consagrados en dicho Pacto (Mánzano Barragán, 2012, pp. 49 – 78).
Por consiguiente, al analizar la jurisprudencia surgida a partir del análisis de la Convención
Americana desde el mismo análisis del preámbulo se puede analizar varios aspectos
(Mánzano Barragán, 2012, pp. 49 – 78).
El Preámbulo de la Convención Americana contiene los principios y valores, desde el punto
de vista filosófico, que iluminan el texto de la Convención. Pues, a través del
reconocimiento de los derechos esenciales del hombre tiene como fundamento los atributos
de la persona humana, razón por la cual justifican una protección internacional, de
naturaleza convencional coadyuvante o complementaria de la que ofrece el derecho interno
de los Estados americanos. Es claro que la protección se logra con órganos internacionales
competentes complementarios a los tribunales y jueces internos de los Estados, lo que
permite inferir que la parte procesal de la Convención se ilumina con esos principios y
valores que nutren la actividad de los órganos internacionales encargados de verificar el
cumplimiento de las obligaciones internacionales contraídas por los Estados, en relación
con los derechos humanos enumerados en la parte sustantiva ( Mánzano Barragán, 2012, pp.
49 – 78).

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