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Procesos de paz en

Colombia
Experto temático:
Ana Isabel Arango Giraldo
Desarrollo del Contenido

PROCESOS DE PAZ EN COLOMBIA


(RECOPILADO POR ANA ISABEL ARANGO GIRALDO)

Colombia, desde la década de los ochenta, ha tenido diversos procesos de paz con distintas
organizaciones insurgentes. ¿Qué gobiernos se han sentado a negociar? ¿Con qué grupos
armados? ¿Qué hemos aprendido de estos encuentros?
Este recuento trata el contexto y sus protagonistas, así como analiza sintéticamente los
aspectos favorables y desfavorables de cada proceso. La historia de cada grupo armado
se aborda muy tangencialmente, pues el énfasis está en los acercamientos y en los
procesos de paz.
Primera mitad de la década de los ochenta (1982-1986): La Uribe-Meta

Protagonistas y contexto histórico

El origen de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia- Ejército del Pueblo (FARC-
EP) encuentra sus raíces en el crudo enfrentamiento en que se encontraba la sociedad
colombiana a mediados del siglo XX, en medio del periodo conocido como “La violencia”.
Esta etapa está comprendida como los enfrentamientos entre guerrillas liberales y
conservadoras, en muchos casos atizadas por la dirigencia política (los gobiernos nacional
y regionales). De estas dinámicas surge en 1964 las FARC como una guerrilla campesina
que inicia como organización de autodefensa, que con los años da un viraje al comunismo,
con el fin de tomar el poder por medio de una lucha revolucionaria del campo a las ciudades.
Con los años, de menos de una centena de combatientes, las FARC se convirtió en una
importante fuerza guerrillera con presencia en distintos sectores rurales de Colombia.
Para 1982 las FARC se propone el ‘Plan estratégico para la toma del poder’ que pretendía
cercar a Bogotá y llegar al poder por la vía armada. Por otra parte, el presidente Belisario
Betancur, conservador que había llegado a la primera magistratura con una propuesta de
paz, decretó la amnistía para la desmovilización de miembros de grupos guerrilleros. En
1984 se suscribió el primer acuerdo de cese al fuego entre las FARC-EP y el Gobierno
Nacional en el municipio de La Uribe (Meta) sobre la idea de una reestructuración y
modernización de las instituciones, el fortalecimiento de la democracia y la constitución de
garantías para ejercer la actividad política por parte de los miembros de las FARC. De
manera paralela a este proceso de paz con el gobierno, en la VII Conferencia las FARC-EP
formularon en su Plan Estratégico Político-Militar los criterios para la Salida Política al
Conflicto Social y Armado.
En agosto de 1984, el M-19 había hecho una alianza con el Ejército Popular de Liberación
(EPL) para llevar a cabo negociaciones con el Gobierno de manera conjunta en el Huila y
el Cauca (En los municipios del Hobo y Corinto, respectivamente), lo que concluyó con un
acuerdo en el que se estableció un cese al fuego, que posteriormente se rompió.
Entre tanto, en el ámbito de la insurgencia se creó en 1985 de la Coordinadora Nacional
Guerrillera (CNG), en la que participaron el EPL, el Movimiento 19 de Abril (M-19), el
Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), el Movimiento Armado “Quintín Lame”
(MAQL), el Movimiento de Integración Revolucionario “Patria Libre” (MIR-PL) y el Ejército
de Liberación Nacional (ELN). Por su parte, las FARC se lanzan a la lucha democrática con
la creación de la Unión Patriótica, partido conformado por miembros de las FARC, del
Partido Comunista, líderes indígenas, estudiantiles y sindicales. Este partido llegó a ganar
23 alcaldías propias y 102 en coalición.
En contraste, en 1985 el M-19 protagoniza con el Ejército Nacional una de las
confrontaciones armadas más dramáticas en la historia del país: la toma y retoma del
Palacio de Justicia, cuyo trágicos hechos fueron aprovechados, tanto por los sectores
radicales de ultraderecha para criticar los procesos de paz con las guerrillas, deslegitimar
sus demandas políticas y promoviendo de esta manera la salida militar, como por los grupos
guerrilleros, que encontraron en la retoma una expresión de la crudeza de la Fuerzas
Armadas.
Estos años de conversaciones, treguas, acuerdos y de procesos de paz adelantados con
los diferentes grupos guerrilleros llegaron a su fin hacia la segunda mitad de la década de
los ochentas. Esto se detonó por: los incumplimientos a lo pactado entre las partes, la falta
de garantías para ejercer la oposición, los ataques a la población civil y el accionar de los
grupos paramilitares. Las FARC-EP tuvo una de las cuotas más sangrientas, pues la Unión
Patriótica padeció una aniquilación en manos los sectores radicales de ultra derecha,
aliados con las élites nacionales y ante la pasividad de la sociedad civil que fue testigo del
asesinato de cerca de 4.000 militantes y simpatizantes de este partido político. Esto generó
en las FARC una profunda desconfianza hacia el establecimiento, acompañada de una
radicalización en el plano militar (García Duran, 2010).
En 1987 se crea la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar (CGSM), con la participación de
las guerrillas de la otrora Coordinadora Nacional Guerrillera (CNG) más las FARC-EP, en
el marco de la “Primer Conferencia Bolivariana”, con el fin de alcanzar algunos acuerdos
políticos, militares, organizativos entre las guerrillas que se materializaron en una
declaración política sumada a un en el plan de acción unificado. No obstante, esta iniciativa
duró relativamente poco, pues dos años más tarde se iniciaron los procesos de paz con el
M-19, el EPL, las Autodefensas Obreras (ADO), el Quintín Lame y el PRT (Girón Sierra,
2014, pág. 3).

Aspectos favorables y desfavorables


Segunda mitad de los años ochenta (1986-1990): Algunos acercamientos y proceso de paz
con el M-19 (1989-1990)

Protagonistas y contexto histórico


Los últimos años de la década del ochenta y los comienzos de los noventa son una de las
épocas más convulsas de la historia nacional. El Movimiento 19 de abril o M-19 fue una
guerrilla de corte nacionalista que surgió en la década de los setenta ante la imposibilidad
práctica de posicionar nuevos actores y propuestas en el sistema político colombiano,
derivadas de las prácticas excluyentes del bipartidismo encarnado en el Frente Nacional.
Este grupo guerrillero introdujo a la insurgencia novedosas formas de lucha armada con
acciones que lograban capitalizar la atención de la opinión pública, impactando a sectores
urbanos de la sociedad colombiana. A lo largo de la historia del M-19, los objetivos siempre
estuvieron orientados a exigir al gobierno nacional reformas sustanciales en el sistema
político, que permitieran abrir canales de participación democrática y cambios estructurales
en el diseño institucional colombiano, demandas que se sintetizan en la urgencia de
modificar la Constitución Política de 1886.
En 1988 durante el gobierno de Virgilio Barco, tres años después del episodio de la toma y
retoma del Palacio de Justicia, que junto al genocidio de la Unión Patriótica puso en crisis
la esperanza de la paz en Colombia, el M-19 realiza el secuestro del ex candidato
presidencial Álvaro Gómez Hurtado, que tenía como fin presionar al Gobierno Nacional para
abrir nuevos espacios de diálogo. El M-19, exigía “[…] que se posibilita un diálogo en
Panamá entre los insurgentes y los sectores políticos, sociales y gremiales del país. La
cumbre política se hizo, y allí surgió, entre otros compromisos, futuras cumbres, a fin de
buscar diálogos de paz” (Moreno Parra, 2011). Con la liberación de Gómez Hurtado, el M-
19 retomó protagonismo y mostró su voluntad para acercarse al gobierno nacional, lo que
daría como resultado el acuerdo de paz y la desmovilización de esta guerrilla en 1990.
Aunque el acuerdo final con el M-19 consistió en diez puntos, uno de los aspectos más
importante fue que efectivamente lo logró que se abrieran espacios democráticos como la
convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente, en donde el gobierno permitió la
inscripción de una lista de los desmovilizados del M-19, quienes tomaron el nombre de
Alianza Democrática AD-M19 y obtuvieron 19 curules, equivalente al 27%, constituyéndose
en la segunda fuerza política del país después del partido liberal (Centro de Memoria
Histórica, 2014).
Dos de los éxitos que se le atribuyen a este proceso de paz es que, primero, contribuyó a
transformar de manera significativa el panorama político colombiano, lo que se materializó
en un nuevo diseño institucional propuesto en la Carta Magna de 1991, y segundo, que
buena parte de su dirigencia se incorporó a la vida civil participando en la contienda política
y en la vida pública, sin volver a las armas y, por el contrario, defendiendo la democracia
como sistema para llevar al poder.
Primeros años de la década de los noventa: procesos con el el EPL, el Quintín Lame y el
PRT en el marco de la Asamblea Nacional Constituyente.

Protagonistas y contexto histórico


Como se afirma en un documento del Centro Nacional de Memoria Histórica, la Asamblea
Nacional Constituyente convocada en 1990 implicó una oportunidad importante para los
grupos guerrilleros para quienes la experiencia del M-19 estaba resultando exitosa, lo que
no tardó en desencadenar otros procesos de paz, que significaban, en la práctica, participar
en el nuevo diseño institucional del país: […] el proceso animó a parte del resto de la
insurgencia a medirse a una paz negociada. El EPL, el Quintín Lame, y el PRT entraron en
conversaciones con el gobierno nacional, las cuales se aceleraron a lo largo de 1990 con
la convocatoria a la Asamblea Constituyente, ya que su desmovilización se convirtió en pre
condición para participar con varios escaños en la Asamblea Constituyente (Centro de
Memoria Histórica, 2014, pág. 2).
Dentro de los grupos que participaron en estos procesos, además del M-19 que se
encontraba en un proceso más maduro, participaron una parte importante del EPL, el
Quintin Lame, y el PRT. El EPL es una organización Marxista-Leninista-Maoísta que surgió
del Congreso Clandestino Constitutivo del Partido Comunista Colombiano Marxista-
Leninista, en julio de 1965. El EPL se organiza entre 1966 y 1967 en medio de
levantamientos campesinos en las regiones del Urabá y bajo Cauca antioqueños y en los
departamentos de Córdoba y Sucre, pero no inicia acciones armadas hasta 1968 (Rojas,
2009). En aquella época se dieron varias situaciones que sentaron las bases para el
nacimiento del EPL que van desde las fracturas internacionales entre los partidos
comunistas; hasta la inspiración revolucionaria que significó en sectores obreros y
académicos el triunfo de la Revolución Cubana (Villarraga, 2014). En este proceso de paz
se desmovilizó un 80% de sus combatientes, más de dos mil, quienes conformaron el
movimiento político Esperanza, Paz y Libertad, que posteriormente fue diezmado por
acciones tanto paramilitares como de las FARC que acusó a muchos de ellos de convertirse
en agentes del Estado colombiano.
El Movimiento Armado Quintín Lame-MAQL fue una guerrilla indigenista originada en el
Cauca que aparece públicamente el 5 de enero de 1985 con la toma de la población de
Santander de Quilichao. Surge de la mano de distintas organizaciones indígenas que tenían
como propósito la recuperación de tierras usurpadas por las clases dirigentes con la
anuencia de las autoridades y como forma de autodefensa ante las agresiones, tanto de la
Fuerza Pública como de las organizaciones insurgentes a la población indígena. Su nombre
es un homenaje al líder indígena Manuel Quintín Lame, quien lideró un levantamiento
indígena regional durante la primera mitad del Siglo XX. Su salida a la luz pública se dio
después del asesinato, por parte de terratenientes y agentes del Estado, de varios líderes
indígenas (Peñaranda Supelano, 2010). En 1991, tras su participación en la Asamblea
Nacional Constituyente, la comandancia del movimiento decide entrar a un proceso de
desmovilización, en el cual más de 130 hombres entregaron las armas, uno de los acuerdos
a los que se llegó fue la entrega de un subsidio mensual durante los primeros meses de la
reinserción de los militantes a la vida civil y el compromiso por parte del gobierno de
comprometerse en la inversión de recursos para cubrir las necesidades de los grupos
indígenas.
Finalmente, Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) nació en 1982 a partir de
una facción marxista-leninista del Partido Comunista, sus raíces se remontan a la gama de
diversos movimientos de orientación maoísta en torno al Partido Comunista de Colombia –
Marxista Leninista (PCC-ML), que formaron parte de la nueva izquierda latinoamericana,
caracterizada por su crítica a los comunistas tradicionales (partidos y grupos armados). Al
insistir en que sólo una verdadera revolución podía conducir a la dictadura del proletariado
(como fin último), este sector ortodoxo de la izquierda revolucionaria colombiana rechazó
la posibilidad de una convivencia pacífica de ideas capitalistas y socialistas, y por lo tanto,
también todo tipo de participación en las instituciones burguesas. La mejor expresión de
este principio fue una estricta política de abstención en cualquier tipo de elecciones (Archila
2008; CINEP, 2013). La desmovilización de los miembros del PRT dio como resultado que
se convirtiera en un partido y así pudo participar en la Asamblea Constituyente de 1991 e
incluso algunos de sus militantes se integraron a la Alianza Democrática M-19.
Con respecto a los procesos de paz con estos tres grupos insurgentes puede inferirse que
los acuerdos se concretaron en la participación política por la vía de la Asamblea Nacional
Constituyente y la posterior apertura de espacios de participación política tanto en lo
nacional como en lo regional.
Proceso de paz con la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar (CGSB) en Caracas y
Tlaxcala (abril-junio de 1992)

Protagonistas y contexto histórico


Para el 30 de abril de 1991 se hace pública la intención de otras insurgencias adscritas a la
Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar como el ELN, las FARC-EP y el EPL de dialogar
con el gobierno; estos procesos terminan el 4 de mayo de 1992 con resultados diferentes
para cada grupo armado.
Uno de los protagonistas más importantes de este proceso de paz fue el ELN, otro grupo
insurgente que con las FARC-EP y el EPL hacen parte de los más antiguos del país y cuyo
origen también está ligado al contexto de exclusión política derivada del Frente Nacional,
de las protestas sociales provenientes de diferentes sectores del país liderados por
estudiantes, campesinos, profesores y trabajadores, que conllevan al fortalecimiento de las
revueltas populares y de organizaciones sociales de izquierda que inspiradas por el triunfo
de la Revolución Cubana buscaron imitar su experiencia, confiando en que sólo a través de
la lucha armada lograrían las transformaciones sociales justas para el país. A lo largo de su
historia, el ELN ha participado de tres procesos de paz; sin embargo, la primera vez que
decide participar en una experiencia semejante fue en el marco del II Congreso (1988),
pues esta guerrilla contemplaba la salida negociada al conflicto armado como estratégica,
en tanto que resultaba el camino más viable para lograr los cambios sociales que los
llevaron a alzarse en armas.
A este proceso de paz también se unió el reducto del EPL que no se desmovilizó entre 1990
y 1991 y que ahora participaba en las negociaciones como miembro de la CGSB.
Por su parte, las FARC-EP decide participar en esta convocatoria a partir de una decisión
concertada al interior de su comandancia -y apalancada por la CGSB- a pesar de la
desconfianza construida a partir del genocidio de la Unión Patriótica que tiene entre sus
puntos más dramáticos el asesinato de Bernardo Jaramillo (1990), candidato presidencial.
Como respuesta, las FARC incrementó su accionar militar, que desencadenó una respuesta
de la administración Gaviria mediante el bombardeo a “Casa Verde”, la denominada “Cuna
de las FARC”, en La Uribe-Meta, en el mismo año.
Es así como se inician los diálogos en Caracas en junio de 1991 en dos rondas (Medina
Gallego, 2011): en la primera se discutió un cese bilateral al fuego, pero con concentración
de la fuerzas guerrilleras en ciertas regiones; en la segunda ronda
[…] se planteó la necesidad de llegar a acuerdos sobre la convivencia pacífica para lo cual
era necesario que se revisará la estrategia de seguridad del Estado, de manera tal que se
anulara la concepción del enemigo interno propia de la doctrina de la “Seguridad Nacional”
y se implantara una estrategia sustentada en la democracia y la defensa de la soberanía
nacional (Medina Gallego, 2011, pág. 583).
Los diálogos en Caracas se interrumpieron de manera unilateral por parte del gobierno a
raíz del atentado al político liberal Aurelio Irragorri y por el golpe de estado que se dio en
Venezuela, por lo que se decide realizar los diálogos en Tlaxcala (México).
En 1992, la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar, hizo públicos sus “Doce puntos para
construir una estrategia de Paz”, en Tlaxcala, en donde se planteaba una agenda amplia y
no tan restringida como la que promovía el Gobierno Nacional, que a juicio de varios
analistas se centraba en la desmovilización y entrega de armas, sin incluir discusiones
sobre asuntos estructurales del país como el modelo económico.
Esta propuesta de agenda de la CGSB se sumó al secuestro y muerte del ex ministro
Argelino Durán Quintero durante los diálogos, por parte del EPL, dio al traste con el proceso
de paz y propició la intensificación de las acciones militares entre las partes.

Proceso de paz con la Corriente de Renovación Socialista (CRS): entre 1993 y 1994

Protagonistas y contexto histórico

Con la caída del muro de Berlín y del Comunismo Soviético, y tras los acuerdos de paz
entre el gobierno colombiano y los movimientos Quintín Lame, PRT, M 19 y EPL, una
disidencia del ELN organizada como la Corriente de Renovación Socialista (CRS) decide
dejar las armas para adentrarse en la vida civil y política. La CRS surge con el objetivo de
hacer un reemplazo de la estrategia de la lucha armada por la política. A partir de este
proceso se reinsertaron a la vida civil 650 combatientes. Su dejación de armas tuvo lugar
en Flor de Monte, Sucre, en abril de 1994, al final del gobierno de César Gaviria.
Dentro de los acuerdos construidos entre la administración Gaviria y la CRS se negoció la
reincorporación a la vida política y democrática del país, la implementación de proyectos de
desarrollo en las comunidades y territorios donde tenían presencia armada, más beneficios
jurídicos, económicos y sociales para la reinserción de sus miembros, sumados a una
vocería en la Asamblea Nacional Constituyente. Igualmente se acordó un programa de
tierras y promoción del proceso, beneficios jurídicos, indulto y suspensión de procesos
judiciales, nombramiento por decreto de dos integrantes como representantes a la Cámara
por una única vez, para el período 1994-1998 (IEGAP, 2012).
Aspectos favorables y desfavorables

Finales de la década del noventa: acercamientos entre la administración Samper y el ELN


en el Palacio de Viana (1997-1998).

Protagonistas y contexto histórico

Para finales de la década del noventa el gobierno de Ernesto Samper, electo en 1994, se
encontraba cuestionado y deslegitimado nacional e internacionalmente por nexos entre la
campaña electoral que le llevó a la presidencia con el narcotráfico (el llamado proceso
8000). En el marco del conflicto armado en Colombia, se dio una arremetida paramilitar
contra todos los grupos guerrilleros y lo que se consideraba sus bases civiles. Como
respuesta el ELN emprende una campaña nacional de saboteo en contra del gobierno y las
elecciones. Entre ellas que entre un paro armado que llevó a que en que aproximadamente
en 5 municipios no hubiera elecciones y se vieran afectados cerca de 500 (según lo referido
por esa guerrilla). La abstención electoral ese año fue mayor al cincuenta por ciento.
A pesar del saboteo electoral y los escándalos alrededor del apoyo del narcotráfico al
candidato presidencial, la sociedad civil y algunas organizaciones promovieron una
movilización por la paz e incluyeron en las urnas un “voto por la paz”, el cual tuvo mucha
acogida. A pesar de su oposición a las elecciones, el ELN legitima esta iniciativa política y
en la Cumbre Comandantes convoca a la “Convención Nacional”, que dará inicio a un nuevo
intento por darle fin a la guerra, el cual no consistió en una negociación sino que se limitó a
diálogos y acercamientos. Así, se convoca a una reunión secreta que tuvo lugar el 9 de
febrero de 1998 en el Palacio de Viana, España, pero el ELN suspende los diálogos debido
a la controversia generada frente a las implicaciones de este preacuerdo con las elecciones
presidenciales.

Aspectos favorables y desfavorables

Proceso de negociación entre las FARC-EP y la administración Pastrana en San Vicente


del Caguán (Caquetá, 1998-2002)

Protagonistas y contexto histórico

La campaña presidencial al final de la administración Samper tuvo un hecho que marcó los
resultados de las elecciones: la promesa de paz del candidato, y posteriormente presidente,
Andrés Pastrana, de iniciar un diálogo con las FARC-EP. Una vez en el poder, inicia el
proceso de paz y en 1999 Pastrana ordena la desmilitarización de 5 municipios de presencia
histórica de las FARC-EP: La Uribe, Mesetas, La Macarena y Vista Hermosa en el
departamento del Meta, y San Vicente del Caguán, en el departamento del Caquetá,
territorio conocido en la época como la zona de despeje o de distensión.
Es preciso anotar que este proceso de paz se dio en medio de la guerra, pues mientras
muchas organizaciones de la sociedad civil procuraban hacerse escuchar en las mesas del
Caguán, las confrontaciones armadas entre FARC y Fuerzas Armadas continuaron en todo
el territorio nacional, a excepción de la zona de despeje.
La agenda acordada entre las partes se la denominó: “Política de paz para el cambio”, en
la que se encontraban temas como Derechos Humanos, reformas agrarias, reformas
políticas, paramilitarismo, y Derecho Internacional Humanitario, entre otros. La metodología
de los diálogos de paz del Caguán incluyó una amplia participación de la sociedad civil,
hecho que le dio una importante relevancia ante la opinión pública; sin embargo, esa
“publicidad” de la negociación posibilitó múltiples críticas desde diversos actores políticos
al proceso. A esto se sumaron las evidencias de actividades armadas de las FARC-EP, al
punto que para distintos sectores de la opinión, la zona de despeje les permitió a las FARC
asumirla como un escenario de repliegue estratégico para su fortalecimiento y preparación
para la guerra. Esta también fue una época de fortalecimiento progresivo del
paramilitarismo y de la intervenciónde los Estados Unidos, mediante la acogida del “Plan
Colombia” por parte del gobierno Pastrana, teniendo como justificación la lucha contra el
narcotráfico y la insurgencia.
Con esta dinámica y después de tres años de negociación, el proceso llegó a su fin cuando
en 2002 fue secuestrado el ex congresista Luis Eduardo Géchem.

Proceso de paz del gobierno Pastrana con el ELN

Protagonistas y contexto histórico


En la administración Pastrana, aunque de manera marginal, se retoman los avances
logrados con el gobierno de Ernesto Samper en 1997, si bien es claro que le otorgó una
menor relevancia a los acercamientos con el ELN. Ese año esta guerrilla era aún una
agrupación con gran acumulado social en el país y presencia en la región norte, oriental,
sur y centro del país a pesar de la arremetida paramilitar que se llevó a cabo en esos años.
Finalmente no se llega a concretar una agenda, pues las conversaciones se limitan a la
construcción de una metodología para la participación de la sociedad civil en torno a la
definición de las bases para la consolidación de la paz en el país.
En octubre de 1998 en el Encuentro de Río Verde se retoman los diálogos. Se reconoce el
carácter político del ELN como grupo alzado en armas en contra del Estado, pero un par de
semanas más tarde se da la masacre de Machuca, originada tras la voladura de un
oleoducto en este municipio, accidente en el que fallecen más de 70 personas de la
sociedad civil. Esta tragedia opaca los avances logrados y conlleva a la suspensión de los
diálogos.
En febrero de 1999 se retoma el proceso y el ELN busca una zona de despeje para llevar
a cabo encuentros con la sociedad civil y académicos para avanzar en la idea de
Convención Nacional. La zona desmilitarizada que reclamaba fue otorgada el 15 de febrero
de 2000, en San Pablo, Cantagallo (Bolívar) y Yondó (Antioquia), pero el fuerte control
paramilitar obstaculiza el proceso debido a la movilización que promueven en contra de
esta propuesta.
El 28 de enero de 2002 se realiza la Cumbre por la Paz en Cuba, se reafirman compromisos
respecto a la necesidad de gestos de paz. Para ese momento el ELN se ve diezmado por
la guerra con el paramilitarismo. El ELN muestra una postura flexible y dialógica exigiendo
cumplimiento de acuerdos y mostrando voluntad para un cese al fuego unilateral de 6
meses a cambio del apoyo del gobierno a la guerrilla en términos de financiación. El 3 de
junio de 2002 el gobierno rompe unilateralmente con el diálogo.

Primeros años de la administración Uribe: los diálogos entre el Gobierno Nacional y el ELN
(2005-2008).

Protagonistas y contexto histórico

El ELN llega muy debilitado a la negociación: la presencia en la parte norte del país es nula,
en el suroccidente carecen de legitimidad debido a su accionar militar, el cobro de
extorsiones se ve disminuido debido a la seguridad privada que brindan otros grupos
armados a las empresas. Las FARC se han consolidado como el actor armado central, y el
ELN es visto como un grupo guerrillero en proceso de declive. El 26 de octubre de 2006 se
hacen públicos los diálogos exploratorios que se venían dando con el gobierno desde
septiembre de 2005.
Estos acercamientos, más que diálogos en sí, no tuvieron una agenda definida; sin
embargo, el ELN reclamaba cuatro puntos:
• El primero, lograr un acuerdo para construir un ambiente de paz que beneficie a
todos los colombianos, donde se contemplaran:
a) Soluciones al desplazamiento forzado.
b) Cese al fuego y a las hostilidades.
c) Tratamiento a los casos de privación de la libertad (liberación de retenidos y
liberación de presos políticos).
d) Garantías para la protesta social, cese de los asesinatos y a la persecución
política.
• El segundo, corresponde a lograr la participación de la sociedad en la construcción
de la paz y la democratización de la vida nacional, donde se contemplen:
a) Preparativos de una Convención Nacional.
b) Construir una agenda legislativa favorable al país y a la paz.
c) Articulación de los procesos de participación democrática, entre ellos las Casas
de Paz.

• El tercer punto estaba relacionado con el reconocimiento y garantías para el ELN.

• El cuarto con la generación de un espacio para la participación de la Comunidad


Internacional.
Esta última exigencia se vio alterada tras la declaración del Comisionado de Paz en el que
no se reconocía la existencia de un grupo formal de países observadores, como sí existió
en anteriores procesos de paz. Esta situación minó aún más la confianza del ELN en el
proceso de paz y en el gobierno. En 2008 las conversaciones terminaron sin avanzar en
ninguno de los temas que se habían pactado.

Proceso de paz con las Autodefensas Unidas de Colombia-AUC (2003-2006)

Protagonistas y contexto histórico

Las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) surgen en el año de 1997, bajo el liderazgo
de los hermanos Castaño Gil, máximos jefes de una de las agrupaciones paramilitares más
importantes de ese entonces, las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (ACCU)
fundadas en 1995. En abril de ese año, Vicente y Carlos Castaño organizan una reunión
con los líderes de las autodefensas del Magdalena Medio, de los llanos orientales, y otras
agrupaciones que ya operaban en el país. Allí exponen su idea de construir un proyecto
político de orden nacional que les permita participar en negociaciones de paz con el Estado
y hacer frente a los acuerdos que se desprendieron de los diálogos del Caguán entre el
gobierno de Andrés Pastrana y la guerrilla de las FARC-EP.
Bajo las AUC se produce la mayor expansión paramilitar en la historia del país. Entre 1997
y 2001 diversos bloques llegaron a tener presencia activa en 223 municipios en el territorio
nacional. El paramilitarismo tiene su mayor crecimiento militar, aumenta su influencia sobre
los poderes políticos locales y regionales y hace efectivo el control territorial mediante la
intimidación, la muerte y el destierro de la población civil. Algunas de las masacres más
recordadas cometidas por este grupo fueron la de Mapiripán en Meta, El Aro en el norte de
Antioquia, La Gabarra en Norte de Santander, El Salado en Bolívar, y Chengue en el
departamento de Sucre.
Esta situación sucede en medio de la mayor escalada del conflicto armado colombiano,
donde además del crecimiento del paramilitarismo, la guerrilla de las FARC tiene su mayor
crecimiento militar, propiciando durante varios años fuertes derrotas a la Fuerzas Armadas.
Las AUC son la expresión de una alianza entre élites políticas locales, empresarios y
ganaderos, quienes junto con narcotraficantes y agentes del Estado plantean un proyecto
político contrainsurgente que frene la avanzada de las FARC, limitara los alcances del
proceso de paz del Caguán y mantuviera el statu quo locales.
Uno de los hechos más recordados en este proceso de establecimiento de alianzas entre
políticos y paramilitares, que posteriormente se conocería como parapolítica, ocurrió el 23
de julio de 2001, cuando Salvatore Mancuso y otros importantes jefes paramilitares se
reúnen con prestantes políticos entre los que se encontraban senadores, representantes a
la cámara, gobernadores, alcaldes y concejales, con quienes firman el pacto de Ralito para
“refundar la patria” (López, 2010).
El proceso de desmovilización, desarme y reinserción de las AUC se dio durante el primer
gobierno de Álvaro Uribe Vélez, entre 2003 y 2006. Varios jefes paramilitares han señalado
en versiones libres que tras el triunfo del presidente Uribe y la puesta en marcha de la
polémica política de Seguridad Democrática, su lucha dejó de tener razón de ser y era
válido dejar a un lado las armas. Por esta razón más que un proceso de paz, las
negociaciones con las AUC son un proceso de amnistía y sometimiento a la justicia de estos
grupos estatales (Revista Semana, 2004).
La agenda de este proceso giró alrededor del proceso de desmovilización, pues no hubo
planteamientos respecto a reformas del Estado o determinadas políticas públicas. Ello se
observa en el marco jurídico que se estableció para la negociación, la recordada Ley 975
de 2005 más conocida como ley de Justicia y Paz. Tras fuertes debates entre el gobierno,
la oposición parlamentaria y organizaciones defensoras de derechos humanos, la ley fue
aprobada con un par de artículos sobre jubileo y otorgamiento de estatus político a las
paramilitares, situación que fue blanco de fuertes críticas. Además, en la ley se aceptaba la
simple declaración de versiones libres como un medio para acceder a beneficios jurídicos,
lo cual fue duramente criticado por organizaciones de víctimas que denunciaban la no
obligatoriedad de la confesión de los crímenes y delitos para acceder a los beneficios
jurídicos.
Como garante de este proceso estuvo la Organización de Estados Americanos (OEA), la
cual el 19 de febrero de 2004 firmó un acuerdo con el gobierno para acompañar y verificar
el cumplimiento de lo acordado por parte de las AUC. Este acompañamiento fue duramente
cuestionado por sectores de la sociedad civil que señalaron la falta de rigurosidad y
capacidad de sanción de la organización internacional para denunciar los incumplimientos
de los bloques paramilitares.
Último acuerdo de paz Estado - FARC

Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) han sido la guerrilla más
longeva de América Latina, con más de 50 años de vida antes de firmar el acuerdo de paz
con el Gobierno colombiano en noviembre de 2016. Nacieron como autodefensas
campesinas ante la violencia estatal y las desigualdades del país y terminaron siendo
actores principales de un conflicto armado que dejó casi 8,8 millones de víctimas.
La violencia en Colombia tiene raíces profundas. El conflicto que involucró a grupos
guerrilleros, bandas paramilitares y las Fuerzas Armadas duró más de 50 años y cobró 8,8
millones de víctimas. Sin embargo, la violencia no nace con la creación de la guerrilla de
las FARC en los años 50; su origen se remonta décadas atrás.
Colombia entró en el siglo XX ya enfrascada en la Guerra de los 1.000 días una
confrontación entre grupos conservadores y liberales que dejó 100.000 muertos sobre una
población de tres millones. Fue un augurio de la primera mitad de siglo que llegaba: los
conflictos sociales aumentaron, especialmente a raíz de la desigual distribución de la tierra.
En 1948 estallaron cinco décadas de tensión cuando el candidato presidencial liberal Jorge
Eliécer Gaitán fue asesinado. Gaitán había recabado el apoyo de las clases populares
colombianas con un discurso de redistribución y justicia social y se perfilaba como una
opción sólida a la presidencia. El magnicidio tuvo como consecuencia una respuesta
desordenada y abrumadora conocida como La Violencia.
Este episodio representó un punto de inflexión en la Historia colombiana. La espiral de La
Violencia dejó más de 200.000 muertos entre 1948 y 1964. Las organizaciones de carácter
popular —sindicatos, agrupaciones campesinas, grupos comunistas— y algunos grupos
liberales empezaron a tomar un carácter de autodefensa contra las fuerzas estatales de un
Gobierno conservador decidido a eliminar cualquier tipo de oposición gaitanista. Después
de una década, las guerrillas liberales se desmovilizaron bajo los Gobiernos del Frente
Nacional (1958-1974), un pacto de alternancia de poder entre liberales y conservadores.
Entretanto, las autodefensas campesinas, cada vez con un carácter comunista más
marcado, se fueron afianzando.

De autodefensas campesinas a las FARC


Para el Gobierno, los grupos de autodefensas eran simples bandoleros. Sin embargo, su
cariz político era indiscutible. Los insurrectos crearon pequeños enclaves en varios puntos
del territorio colombiano que empezaron a funcionar como repúblicas independientes al
margen del control del Estado. El Gobierno, bajo la dirección del conservador Guillermo
León Valencia, decidió acabar con esos enclaves. Organizó en 1964 un potente dispositivo
militar y lo condujo contra la autodenominada Marquetalia, uno de esos enclaves situado
en el departamento del Tolima, al sureste del país. Marquetalia cayó, pero la insurgencia
no desapareció. Al contrario: tras este ataque, que fue duramente criticado por la izquierda
internacional por el uso desproporcionado de la fuerza, los grupos de autodefensas
respondieron con la primera conferencia guerrillera, que tuvo lugar en septiembre de 1964
en Riochiquito. Allí nació el Bloque Sur, la primera iniciativa para coordinar los diferentes
grupos insurgentes, que hasta entonces trabajaban de manera independiente.
Pero no fue hasta 1966 cuando las FARC se constituyeron como tales. En una segunda
conferencia guerrillera se reunieron 350 combatientes, ya curtidos tras dos años de
combate. De ese encuentro no solo surgió el nombre de Fuerzas Armadas Revolucionarias
de Colombia; también se apuntalaron las bases de la organización y unas líneas políticas
para la guerrilla basadas en el marxismo-leninismo. Esto se consolidó en los años
siguientes con la adopción en 1969 de la estructura militar y política que definiría a las FARC
durante toda su existencia. Esta estructura, altamente jerarquizada, empezaba en las
escuadras, las unidades militares mínimas, formadas por una docena de personas. Varias
escuadras pasaban a conformar guerrillas, compañías y columnas, en agrupaciones cada
vez mayores: un frente tenía alrededor de dos centenares de personas, y cinco o más
frentes configuraban un bloque, la unidad militar máxima, de aproximadamente mil
guerrilleros. Los frentes y los bloques tenían un comandante y operaban en distintas
regiones del país según las decisiones del Estado mayor central.
El Estado mayor era el principal órgano de dirección de las FARC. Contaba con una
treintena de guerrilleros elegidos en las Conferencias Nacionales Guerrilleras, el punto de
encuentro de las bases de la organización, que se realizaban cada varios años —han
llegado a pasar más de diez años entre conferencias— y donde se debatían las líneas
generales que orientaban la guerrilla. Con el paso de los años, se agregó un nuevo órgano:
el Secretariado, formado por siete miembros más dos suplentes del Estado mayor y
encargado de dirigir el día a día de la organización. Del Secretariado surgía el comandante
en jefe de las FARC, el máximo dirigente de la guerrilla, quien durante más de 40 años fue
Antonio Marín Marín, más conocido como Manuel Marulanda o Tirofijo.
También se observó la necesidad de formar ideológicamente a los combatientes. Hubo
varias iniciativas de formación, pero la más amplia fue cuando en 1978 se decidió crear un
responsable de educación en cada frente que trabajara para formar “cuadros y
combatientes bajo los principios del marxismo-leninismo”. Se contemplaba dar programas
de alfabetización y cultura general, además de cursos de filosofía, economía y terminología
política para los combatientes, muchos de los cuales llegaban a las FARC de entornos
rurales sin acceso a la educación. Más adelante también se creó una Facultad de
Medicina y se formó a guerrilleros para desenvolverse como enfermeros y médicos, con el
fin de atender no solo a los integrantes del grupo armado, sino también a la población rural
de los territorios bajo su control.
La guerrilla se expande
La primera década de las FARC fue discreta y con pocas acciones bélicas; eso permitió a
la guerrilla llevar a cabo su plan de expansión y crecimiento sostenido. En 1970 se calcula
que integraban la guerrilla alrededor de 780 combatientes, más del doble que en su
fundación, y el número no dejó de ir en aumento. El objetivo de las FARC a largo plazo era
tomar el poder y subvertir así el orden social, pero el desequilibrio de fuerzas a favor del
Estado hizo que inicialmente se dedicaran a aumentar su base social, su fuerza militar y su
territorio de influencia. Como los enclaves independientes de sus orígenes, los territorios
bajo la influencia de las FARC quedaban aislados del Gobierno colombiano —aunque
muchos ya estaban aislados desde un principio— y la guerrilla se constituía como la
autoridad de la zona, donde impartía justicia, prestaba servicios y recaudaba dinero a través
de “impuestos” o extorsiones. Ello estrechaba la relación entre las FARC y la sociedad civil
de estos territorios periféricos y tradicionalmente abandonados por el Estado; muchos
simpatizaban con la lucha de la guerrilla y la veían como garante del orden social y de una
cierta estabilidad. Así también era más fácil para los insurgentes contar con recursos
económicos y con nuevos reclutas. Estos, mayoritariamente gente joven de origen
campesino, engrosaban las filas de la guerrilla año tras año atraídos por la causa de las
FARC, empujados por la falta de oportunidades en sus territorios o coaccionados por la
misma guerrilla.

El crecimiento de las FARC fue exponencial a partir de la década de los 80. Fuente: Breve
historia del conflicto armado en Colombia, Jerónimo Ríos
La década de los 80 fue para las FARC su época de visibilización. Adoptaron una estrategia
ofensiva espoleada por el auge de sus fuerzas: en 1982 tenían 27 frentes repartidos por
todo el territorio nacional y en 1986 la cifra aumentó hasta los 31. El conflicto armado dio
un salto cualitativo y por primera vez la lucha por el poder era un objetivo tangible; también
se creó el partido Unión Patriótica (UP) con el propósito de encauzar las aspiraciones
políticas de la guerrilla, pero desmarcado de la lucha armada de esta. Las tensiones no
dejaron de aumentar: la década de los 80 fue la que vio nacer las bandas paramilitares,
inicialmente grupos de autodefensa privados de terratenientes que pronto viraron en
organizaciones contrainsurgentes de extrema derecha y que actuaban en connivencia con
las Fuerzas Armadas. A manos de estos grupos, los miembros de la UP sufrieron un
exterminio sin precedentes. Dos candidatos presidenciales fueron asesinados, además de
ocho congresistas, 13 diputados, 70 concejales y miles de militantes. Los crímenes se
dieron con complicidades en el ejército y en los carteles de narcotráfico, y llegaron a las
4.153 muertes y desapariciones hasta 2002. Esta masacre entorpeció cualquier intento de
diálogo de paz y alimentó la desconfianza de las FARC en las garantías de seguridad que
les podía ofrecer el Estado.

Estalla la guerra
La masacre contra la UP es solo una parte de la escalada de violencia que sufrió el conflicto
armado a partir de la década de los 90. El Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH)
afirma que entre 1996 y 2005 “la guerra alcanzó su máxima expresión, extensión y niveles
de victimización”. El desplazamiento forzado aumentó exponencialmente y Colombia se
convirtió en el segundo país del mundo con mayor éxodo de personas. Las FARC llevaron
a cabo una campaña sin cuartel de secuestros y extorsiones, que inicialmente se enfocó a
las élites políticas y económicas del país, pero que terminó afectando a los civiles de
manera indiscriminada. También fue la década de las masacres, perpetradas por todos los
bandos contra la población civil que quedaba atrapada entre las líneas de fuego. Algunos
episodios han quedado grabados a fuego en la memoria de los colombianos, como
la masacre de Bojayá, cuando la guerrilla lanzó un explosivo dentro de una iglesia donde
se refugiaban los habitantes de la localidad y provocó la muerte de un centenar de
personas. Ese suceso se dio en medio de un enfrentamiento contra los paramilitares,
constituidos en 1997 como las Autodefensas Unidas de Colombia. Vinculadas sin reparos
a los grupos de narcotraficantes y a los terratenientes regionales, su presencia era tolerada
por el Estado y se convirtieron en esa década en una fuerza que también ocupó y dominó
territorios con unas dinámicas de violencia especialmente cruentas.
La llegada a la presidencia de Álvaro Uribe en 2002 echó gasolina al fuego. Uribe es
conocido por su mano dura contra la guerrilla y por negarse a reconocer la naturaleza del
conflicto armado interno, además de por haber sido investigado por su vinculación con las
bandas paramilitares. Su política, apoyada ampliamente por EE. UU. —que proporcionó
tecnología y financiación para el Ejército colombiano—, recrudeció las lógicas de violencia
del país. La guerrilla sufrió algunos de sus peores golpes y quedó debilitada. Sin embargo,
las consecuencias sobre la población civil fueron inmensas. Uno de los peores escándalos
de la época fue el de los “falsos positivos”: miles de civiles fueron asesinados por la fuerza
pública para hacerlos pasar como guerrilleros y mostrar mejores resultados al Gobierno y a
[Link]. El conflicto registró en esos años algunas de las cifras más altas de víctimas de
todo tipo de violencia.
El desplazamiento forzado llegó a su pico en 2002, cuando afectó a más de 618.000
personas. Entre 2002 y 2014 se calcula que alrededor de tres millones de colombianos
fueron víctimas de este fenómeno. Según el CNMH, las guerrillas —entre las cuales
también se cuentan grupos como el Ejército de Liberación Nacional o el Ejército Popular de
Liberación— fueron responsables directas del 41% de los casos. Las desapariciones
forzadas también alcanzaron su máximo en 2002 con más de 5.000 víctimas. El CNMH deja
constancia de 60.630 casos en el marco del conflicto armado entre 1970 y 2015. Los
paramilitares fueron identificados como el causante principal con el 46% de los casos; las
guerrillas, un 20%. Además, 15.076 personas —más de un 90% de ellas mujeres—
fueron víctimas de violencia sexual entre 1958 y 2017 en el marco del conflicto, con una
responsabilidad en medida similar de guerrilleros y paramilitares. Más de la mitad de los
ataques se dieron entre 1997 y 2005; nuevamente, 2002 fue el año que más violencia
sexual registró: 1.400 casos.

Narcotráfico: el dinero para la guerra


El narcotráfico ha sido un combustible para el conflicto armado y es uno de los factores
principales que ha afectado a su duración y crudeza, especialmente por su capacidad de
financiar la guerra interna. Las regiones más apartadas, el escenario principal del conflicto,
empezaron a acoger cultivos de coca por su aislamiento y pobreza. En sus inicios, las FARC
rechazaron relacionarse de ninguna manera con los cultivos ilícitos, pero a partir de 1989
adoptaron lo que llamaron gramaje, un cobro que funcionaba como un impuesto a los
cultivos de coca, laboratorios de procesamiento o cualquier tipo de comercio que se
desarrollara dentro de sus territorios. El negocio de la coca era una realidad muy establecida
en las zonas bajo su control y la guerrilla no podía dejar pasar el lucrativo comercio sin su
supervisión e intervención. El gramaje es la única participación en el narcotráfico que se
admitió de manera pública durante mucho tiempo. Sin embargo, la relación entre las FARC
y el narcotráfico fue en aumento, especialmente a partir de los 2000, cuando algunos frentes
entraron a participar directamente en la producción y exportación de cocaína.
Según las cifras recogidas por Jerónimo Ríos, el narcotráfico llegó a suponer entre el 40%
y el 50% de los ingresos de las FARC en sus últimos años de existencia. Normalmente la
fuente de financiación de la guerrilla estuvo en el secuestro y la extorsión, además del robo
de ganado. El Ministerio de Hacienda colombiano calculaba en 2003 que los secuestros
proporcionaban a las FARC 37,32 millones de dólares y el robo de ganado, 22,19 millones.
Las proporciones se fueron desequilibrando con los años a favor de los ingresos del
narcotráfico, especialmente cuando en 2012, al inicio de los diálogos de paz que llevaron a
la desmovilización de las FARC, renunciaron a la práctica del secuestro.
Con el acuerdo de paz se ha demostrado que eliminar a la guerrilla no quiere decir eliminar
el narcotráfico. De hecho, desde el inicio de las negociaciones entre la guerrilla y el
Gobierno colombiano, las hectáreas de coca sembradas no han dejado de aumentar y en
el primer año tras el acuerdo la superficie de siembra ha aumentado un 17% respecto a
2016. Tampoco ha desaparecido la violencia: las regiones abandonadas por las FARC
están siendo testigos de los asesinatos sistemáticos de líderes sociales y defensores de
derechos humanos. Lo que sí se ha logrado por ahora es la transición a la política de la
agrupación revolucionaria bajo el nombre Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común,
que conserva las siglas FARC y que se ha presentado por primera vez a unos comicios en
marzo de 2018, para las legislativas. Pero, a pesar del desarme de la guerrilla más longeva
de América Latina, logrado cuando el presidente Juan Manuel Santos y el líder guerrillero
Rodrigo Londoño, alias Timochenko, firmaron el acuerdo en noviembre de 2016, la paz del
país aún está en entredicho.
¿El acuerdo en qué consistió?

Terminar un conflicto tan largo requiere un acuerdo que garantice que la violencia pare y
que traiga nuevas oportunidades para los colombianos, en particular a los que más han
sufrido el conflicto.
Durante estos años de negociaciones en La Habana se ha construido un acuerdo integral
que busca poner fin al conflicto armado que ha dividido a Colombia y ha rezagado a buena
parte del país por cuenta de la violencia. El Acuerdo Final contiene elementos que se
relacionan entre sí y que buscan como un todo garantizar la posibilidad de poner fin al
conflicto y poder construir una paz estable y duradera.
Como un rompecabezas, si falta una pieza, queda incompleto. Es por esto que en el
plebiscito se vota en bloque y serán los colombianos quienes decidan si aprueban o no este
acuerdo.

Las piezas del Acuerdo Final:


• Las FARC dejan las armas y cesan los enfrentamientos.
• Habrá un sistema de justicia para que los responsables cuenten la verdad, reparen
a sus víctimas y sean sancionados. Las sanciones incluyen restricciones efectivas
de la libertad. Si no reconocen la responsabilidad, irán a la cárcel ordinaria hasta
por 20 años.
• El acuerdo busca igualmente romper el abismo que existe entre el campo y la
ciudad, y así acabar con la pobreza en que viven millones de colombianos quienes
por el abandono y la falta de oportunidades se han visto atrapados entre el conflicto
y la ilegalidad. Se acordó un plan de inversiones para el campo con programas de
acceso a tierras, a bienes, a servicios productivos y a infraestructura para darles a
los campesinos oportunidades reales de desarrollo y calidad de vida.
• Para atacar el problema del narcotráfico, se establece un programa para los
campesinos cultivadores de coca a quienes se les ofrecerán opciones legales de
subsistencia con un nuevo programa de sustitución de cultivos ilícitos y se harán
inversiones en las regiones golpeadas por la guerra para que todo el país se
beneficie de ello. Las FARC se comprometieron a acabar sus vínculos con el
narcotráfico y a apoyar los esfuerzos del Estado para combatirlo.
• Las FARC, sin armas, podrán participar en política. Además, se promoverá la
participación y se darán garantías a los movimientos sociales para que hagan
política.
• Esta es una oportunidad de todos los colombianos para transformar asuntos
primordiales que durante décadas no han podido ser solucionados y que por el
conflicto armado se han visto frenados.

BIBLIOGRAFÍA

Línea Conflicto, Paz y Postconflicto-Pares (2019). “Procesos de Paz en Colombia”. Bogotá,


Fundación Paz y Reconciliación. [Link]
colombia/
Romero, M (2019). “La Guerra de 50 años con las FARC”. Barcelona, Universidad
Pompeu Fabra. [Link]

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