Procesos de Paz
Procesos de Paz
Colombia
Experto temático:
Ana Isabel Arango Giraldo
Desarrollo del Contenido
Colombia, desde la década de los ochenta, ha tenido diversos procesos de paz con distintas
organizaciones insurgentes. ¿Qué gobiernos se han sentado a negociar? ¿Con qué grupos
armados? ¿Qué hemos aprendido de estos encuentros?
Este recuento trata el contexto y sus protagonistas, así como analiza sintéticamente los
aspectos favorables y desfavorables de cada proceso. La historia de cada grupo armado
se aborda muy tangencialmente, pues el énfasis está en los acercamientos y en los
procesos de paz.
Primera mitad de la década de los ochenta (1982-1986): La Uribe-Meta
El origen de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia- Ejército del Pueblo (FARC-
EP) encuentra sus raíces en el crudo enfrentamiento en que se encontraba la sociedad
colombiana a mediados del siglo XX, en medio del periodo conocido como “La violencia”.
Esta etapa está comprendida como los enfrentamientos entre guerrillas liberales y
conservadoras, en muchos casos atizadas por la dirigencia política (los gobiernos nacional
y regionales). De estas dinámicas surge en 1964 las FARC como una guerrilla campesina
que inicia como organización de autodefensa, que con los años da un viraje al comunismo,
con el fin de tomar el poder por medio de una lucha revolucionaria del campo a las ciudades.
Con los años, de menos de una centena de combatientes, las FARC se convirtió en una
importante fuerza guerrillera con presencia en distintos sectores rurales de Colombia.
Para 1982 las FARC se propone el ‘Plan estratégico para la toma del poder’ que pretendía
cercar a Bogotá y llegar al poder por la vía armada. Por otra parte, el presidente Belisario
Betancur, conservador que había llegado a la primera magistratura con una propuesta de
paz, decretó la amnistía para la desmovilización de miembros de grupos guerrilleros. En
1984 se suscribió el primer acuerdo de cese al fuego entre las FARC-EP y el Gobierno
Nacional en el municipio de La Uribe (Meta) sobre la idea de una reestructuración y
modernización de las instituciones, el fortalecimiento de la democracia y la constitución de
garantías para ejercer la actividad política por parte de los miembros de las FARC. De
manera paralela a este proceso de paz con el gobierno, en la VII Conferencia las FARC-EP
formularon en su Plan Estratégico Político-Militar los criterios para la Salida Política al
Conflicto Social y Armado.
En agosto de 1984, el M-19 había hecho una alianza con el Ejército Popular de Liberación
(EPL) para llevar a cabo negociaciones con el Gobierno de manera conjunta en el Huila y
el Cauca (En los municipios del Hobo y Corinto, respectivamente), lo que concluyó con un
acuerdo en el que se estableció un cese al fuego, que posteriormente se rompió.
Entre tanto, en el ámbito de la insurgencia se creó en 1985 de la Coordinadora Nacional
Guerrillera (CNG), en la que participaron el EPL, el Movimiento 19 de Abril (M-19), el
Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), el Movimiento Armado “Quintín Lame”
(MAQL), el Movimiento de Integración Revolucionario “Patria Libre” (MIR-PL) y el Ejército
de Liberación Nacional (ELN). Por su parte, las FARC se lanzan a la lucha democrática con
la creación de la Unión Patriótica, partido conformado por miembros de las FARC, del
Partido Comunista, líderes indígenas, estudiantiles y sindicales. Este partido llegó a ganar
23 alcaldías propias y 102 en coalición.
En contraste, en 1985 el M-19 protagoniza con el Ejército Nacional una de las
confrontaciones armadas más dramáticas en la historia del país: la toma y retoma del
Palacio de Justicia, cuyo trágicos hechos fueron aprovechados, tanto por los sectores
radicales de ultraderecha para criticar los procesos de paz con las guerrillas, deslegitimar
sus demandas políticas y promoviendo de esta manera la salida militar, como por los grupos
guerrilleros, que encontraron en la retoma una expresión de la crudeza de la Fuerzas
Armadas.
Estos años de conversaciones, treguas, acuerdos y de procesos de paz adelantados con
los diferentes grupos guerrilleros llegaron a su fin hacia la segunda mitad de la década de
los ochentas. Esto se detonó por: los incumplimientos a lo pactado entre las partes, la falta
de garantías para ejercer la oposición, los ataques a la población civil y el accionar de los
grupos paramilitares. Las FARC-EP tuvo una de las cuotas más sangrientas, pues la Unión
Patriótica padeció una aniquilación en manos los sectores radicales de ultra derecha,
aliados con las élites nacionales y ante la pasividad de la sociedad civil que fue testigo del
asesinato de cerca de 4.000 militantes y simpatizantes de este partido político. Esto generó
en las FARC una profunda desconfianza hacia el establecimiento, acompañada de una
radicalización en el plano militar (García Duran, 2010).
En 1987 se crea la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar (CGSM), con la participación de
las guerrillas de la otrora Coordinadora Nacional Guerrillera (CNG) más las FARC-EP, en
el marco de la “Primer Conferencia Bolivariana”, con el fin de alcanzar algunos acuerdos
políticos, militares, organizativos entre las guerrillas que se materializaron en una
declaración política sumada a un en el plan de acción unificado. No obstante, esta iniciativa
duró relativamente poco, pues dos años más tarde se iniciaron los procesos de paz con el
M-19, el EPL, las Autodefensas Obreras (ADO), el Quintín Lame y el PRT (Girón Sierra,
2014, pág. 3).
Proceso de paz con la Corriente de Renovación Socialista (CRS): entre 1993 y 1994
Con la caída del muro de Berlín y del Comunismo Soviético, y tras los acuerdos de paz
entre el gobierno colombiano y los movimientos Quintín Lame, PRT, M 19 y EPL, una
disidencia del ELN organizada como la Corriente de Renovación Socialista (CRS) decide
dejar las armas para adentrarse en la vida civil y política. La CRS surge con el objetivo de
hacer un reemplazo de la estrategia de la lucha armada por la política. A partir de este
proceso se reinsertaron a la vida civil 650 combatientes. Su dejación de armas tuvo lugar
en Flor de Monte, Sucre, en abril de 1994, al final del gobierno de César Gaviria.
Dentro de los acuerdos construidos entre la administración Gaviria y la CRS se negoció la
reincorporación a la vida política y democrática del país, la implementación de proyectos de
desarrollo en las comunidades y territorios donde tenían presencia armada, más beneficios
jurídicos, económicos y sociales para la reinserción de sus miembros, sumados a una
vocería en la Asamblea Nacional Constituyente. Igualmente se acordó un programa de
tierras y promoción del proceso, beneficios jurídicos, indulto y suspensión de procesos
judiciales, nombramiento por decreto de dos integrantes como representantes a la Cámara
por una única vez, para el período 1994-1998 (IEGAP, 2012).
Aspectos favorables y desfavorables
Para finales de la década del noventa el gobierno de Ernesto Samper, electo en 1994, se
encontraba cuestionado y deslegitimado nacional e internacionalmente por nexos entre la
campaña electoral que le llevó a la presidencia con el narcotráfico (el llamado proceso
8000). En el marco del conflicto armado en Colombia, se dio una arremetida paramilitar
contra todos los grupos guerrilleros y lo que se consideraba sus bases civiles. Como
respuesta el ELN emprende una campaña nacional de saboteo en contra del gobierno y las
elecciones. Entre ellas que entre un paro armado que llevó a que en que aproximadamente
en 5 municipios no hubiera elecciones y se vieran afectados cerca de 500 (según lo referido
por esa guerrilla). La abstención electoral ese año fue mayor al cincuenta por ciento.
A pesar del saboteo electoral y los escándalos alrededor del apoyo del narcotráfico al
candidato presidencial, la sociedad civil y algunas organizaciones promovieron una
movilización por la paz e incluyeron en las urnas un “voto por la paz”, el cual tuvo mucha
acogida. A pesar de su oposición a las elecciones, el ELN legitima esta iniciativa política y
en la Cumbre Comandantes convoca a la “Convención Nacional”, que dará inicio a un nuevo
intento por darle fin a la guerra, el cual no consistió en una negociación sino que se limitó a
diálogos y acercamientos. Así, se convoca a una reunión secreta que tuvo lugar el 9 de
febrero de 1998 en el Palacio de Viana, España, pero el ELN suspende los diálogos debido
a la controversia generada frente a las implicaciones de este preacuerdo con las elecciones
presidenciales.
La campaña presidencial al final de la administración Samper tuvo un hecho que marcó los
resultados de las elecciones: la promesa de paz del candidato, y posteriormente presidente,
Andrés Pastrana, de iniciar un diálogo con las FARC-EP. Una vez en el poder, inicia el
proceso de paz y en 1999 Pastrana ordena la desmilitarización de 5 municipios de presencia
histórica de las FARC-EP: La Uribe, Mesetas, La Macarena y Vista Hermosa en el
departamento del Meta, y San Vicente del Caguán, en el departamento del Caquetá,
territorio conocido en la época como la zona de despeje o de distensión.
Es preciso anotar que este proceso de paz se dio en medio de la guerra, pues mientras
muchas organizaciones de la sociedad civil procuraban hacerse escuchar en las mesas del
Caguán, las confrontaciones armadas entre FARC y Fuerzas Armadas continuaron en todo
el territorio nacional, a excepción de la zona de despeje.
La agenda acordada entre las partes se la denominó: “Política de paz para el cambio”, en
la que se encontraban temas como Derechos Humanos, reformas agrarias, reformas
políticas, paramilitarismo, y Derecho Internacional Humanitario, entre otros. La metodología
de los diálogos de paz del Caguán incluyó una amplia participación de la sociedad civil,
hecho que le dio una importante relevancia ante la opinión pública; sin embargo, esa
“publicidad” de la negociación posibilitó múltiples críticas desde diversos actores políticos
al proceso. A esto se sumaron las evidencias de actividades armadas de las FARC-EP, al
punto que para distintos sectores de la opinión, la zona de despeje les permitió a las FARC
asumirla como un escenario de repliegue estratégico para su fortalecimiento y preparación
para la guerra. Esta también fue una época de fortalecimiento progresivo del
paramilitarismo y de la intervenciónde los Estados Unidos, mediante la acogida del “Plan
Colombia” por parte del gobierno Pastrana, teniendo como justificación la lucha contra el
narcotráfico y la insurgencia.
Con esta dinámica y después de tres años de negociación, el proceso llegó a su fin cuando
en 2002 fue secuestrado el ex congresista Luis Eduardo Géchem.
Primeros años de la administración Uribe: los diálogos entre el Gobierno Nacional y el ELN
(2005-2008).
El ELN llega muy debilitado a la negociación: la presencia en la parte norte del país es nula,
en el suroccidente carecen de legitimidad debido a su accionar militar, el cobro de
extorsiones se ve disminuido debido a la seguridad privada que brindan otros grupos
armados a las empresas. Las FARC se han consolidado como el actor armado central, y el
ELN es visto como un grupo guerrillero en proceso de declive. El 26 de octubre de 2006 se
hacen públicos los diálogos exploratorios que se venían dando con el gobierno desde
septiembre de 2005.
Estos acercamientos, más que diálogos en sí, no tuvieron una agenda definida; sin
embargo, el ELN reclamaba cuatro puntos:
• El primero, lograr un acuerdo para construir un ambiente de paz que beneficie a
todos los colombianos, donde se contemplaran:
a) Soluciones al desplazamiento forzado.
b) Cese al fuego y a las hostilidades.
c) Tratamiento a los casos de privación de la libertad (liberación de retenidos y
liberación de presos políticos).
d) Garantías para la protesta social, cese de los asesinatos y a la persecución
política.
• El segundo, corresponde a lograr la participación de la sociedad en la construcción
de la paz y la democratización de la vida nacional, donde se contemplen:
a) Preparativos de una Convención Nacional.
b) Construir una agenda legislativa favorable al país y a la paz.
c) Articulación de los procesos de participación democrática, entre ellos las Casas
de Paz.
Las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) surgen en el año de 1997, bajo el liderazgo
de los hermanos Castaño Gil, máximos jefes de una de las agrupaciones paramilitares más
importantes de ese entonces, las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (ACCU)
fundadas en 1995. En abril de ese año, Vicente y Carlos Castaño organizan una reunión
con los líderes de las autodefensas del Magdalena Medio, de los llanos orientales, y otras
agrupaciones que ya operaban en el país. Allí exponen su idea de construir un proyecto
político de orden nacional que les permita participar en negociaciones de paz con el Estado
y hacer frente a los acuerdos que se desprendieron de los diálogos del Caguán entre el
gobierno de Andrés Pastrana y la guerrilla de las FARC-EP.
Bajo las AUC se produce la mayor expansión paramilitar en la historia del país. Entre 1997
y 2001 diversos bloques llegaron a tener presencia activa en 223 municipios en el territorio
nacional. El paramilitarismo tiene su mayor crecimiento militar, aumenta su influencia sobre
los poderes políticos locales y regionales y hace efectivo el control territorial mediante la
intimidación, la muerte y el destierro de la población civil. Algunas de las masacres más
recordadas cometidas por este grupo fueron la de Mapiripán en Meta, El Aro en el norte de
Antioquia, La Gabarra en Norte de Santander, El Salado en Bolívar, y Chengue en el
departamento de Sucre.
Esta situación sucede en medio de la mayor escalada del conflicto armado colombiano,
donde además del crecimiento del paramilitarismo, la guerrilla de las FARC tiene su mayor
crecimiento militar, propiciando durante varios años fuertes derrotas a la Fuerzas Armadas.
Las AUC son la expresión de una alianza entre élites políticas locales, empresarios y
ganaderos, quienes junto con narcotraficantes y agentes del Estado plantean un proyecto
político contrainsurgente que frene la avanzada de las FARC, limitara los alcances del
proceso de paz del Caguán y mantuviera el statu quo locales.
Uno de los hechos más recordados en este proceso de establecimiento de alianzas entre
políticos y paramilitares, que posteriormente se conocería como parapolítica, ocurrió el 23
de julio de 2001, cuando Salvatore Mancuso y otros importantes jefes paramilitares se
reúnen con prestantes políticos entre los que se encontraban senadores, representantes a
la cámara, gobernadores, alcaldes y concejales, con quienes firman el pacto de Ralito para
“refundar la patria” (López, 2010).
El proceso de desmovilización, desarme y reinserción de las AUC se dio durante el primer
gobierno de Álvaro Uribe Vélez, entre 2003 y 2006. Varios jefes paramilitares han señalado
en versiones libres que tras el triunfo del presidente Uribe y la puesta en marcha de la
polémica política de Seguridad Democrática, su lucha dejó de tener razón de ser y era
válido dejar a un lado las armas. Por esta razón más que un proceso de paz, las
negociaciones con las AUC son un proceso de amnistía y sometimiento a la justicia de estos
grupos estatales (Revista Semana, 2004).
La agenda de este proceso giró alrededor del proceso de desmovilización, pues no hubo
planteamientos respecto a reformas del Estado o determinadas políticas públicas. Ello se
observa en el marco jurídico que se estableció para la negociación, la recordada Ley 975
de 2005 más conocida como ley de Justicia y Paz. Tras fuertes debates entre el gobierno,
la oposición parlamentaria y organizaciones defensoras de derechos humanos, la ley fue
aprobada con un par de artículos sobre jubileo y otorgamiento de estatus político a las
paramilitares, situación que fue blanco de fuertes críticas. Además, en la ley se aceptaba la
simple declaración de versiones libres como un medio para acceder a beneficios jurídicos,
lo cual fue duramente criticado por organizaciones de víctimas que denunciaban la no
obligatoriedad de la confesión de los crímenes y delitos para acceder a los beneficios
jurídicos.
Como garante de este proceso estuvo la Organización de Estados Americanos (OEA), la
cual el 19 de febrero de 2004 firmó un acuerdo con el gobierno para acompañar y verificar
el cumplimiento de lo acordado por parte de las AUC. Este acompañamiento fue duramente
cuestionado por sectores de la sociedad civil que señalaron la falta de rigurosidad y
capacidad de sanción de la organización internacional para denunciar los incumplimientos
de los bloques paramilitares.
Último acuerdo de paz Estado - FARC
Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) han sido la guerrilla más
longeva de América Latina, con más de 50 años de vida antes de firmar el acuerdo de paz
con el Gobierno colombiano en noviembre de 2016. Nacieron como autodefensas
campesinas ante la violencia estatal y las desigualdades del país y terminaron siendo
actores principales de un conflicto armado que dejó casi 8,8 millones de víctimas.
La violencia en Colombia tiene raíces profundas. El conflicto que involucró a grupos
guerrilleros, bandas paramilitares y las Fuerzas Armadas duró más de 50 años y cobró 8,8
millones de víctimas. Sin embargo, la violencia no nace con la creación de la guerrilla de
las FARC en los años 50; su origen se remonta décadas atrás.
Colombia entró en el siglo XX ya enfrascada en la Guerra de los 1.000 días una
confrontación entre grupos conservadores y liberales que dejó 100.000 muertos sobre una
población de tres millones. Fue un augurio de la primera mitad de siglo que llegaba: los
conflictos sociales aumentaron, especialmente a raíz de la desigual distribución de la tierra.
En 1948 estallaron cinco décadas de tensión cuando el candidato presidencial liberal Jorge
Eliécer Gaitán fue asesinado. Gaitán había recabado el apoyo de las clases populares
colombianas con un discurso de redistribución y justicia social y se perfilaba como una
opción sólida a la presidencia. El magnicidio tuvo como consecuencia una respuesta
desordenada y abrumadora conocida como La Violencia.
Este episodio representó un punto de inflexión en la Historia colombiana. La espiral de La
Violencia dejó más de 200.000 muertos entre 1948 y 1964. Las organizaciones de carácter
popular —sindicatos, agrupaciones campesinas, grupos comunistas— y algunos grupos
liberales empezaron a tomar un carácter de autodefensa contra las fuerzas estatales de un
Gobierno conservador decidido a eliminar cualquier tipo de oposición gaitanista. Después
de una década, las guerrillas liberales se desmovilizaron bajo los Gobiernos del Frente
Nacional (1958-1974), un pacto de alternancia de poder entre liberales y conservadores.
Entretanto, las autodefensas campesinas, cada vez con un carácter comunista más
marcado, se fueron afianzando.
El crecimiento de las FARC fue exponencial a partir de la década de los 80. Fuente: Breve
historia del conflicto armado en Colombia, Jerónimo Ríos
La década de los 80 fue para las FARC su época de visibilización. Adoptaron una estrategia
ofensiva espoleada por el auge de sus fuerzas: en 1982 tenían 27 frentes repartidos por
todo el territorio nacional y en 1986 la cifra aumentó hasta los 31. El conflicto armado dio
un salto cualitativo y por primera vez la lucha por el poder era un objetivo tangible; también
se creó el partido Unión Patriótica (UP) con el propósito de encauzar las aspiraciones
políticas de la guerrilla, pero desmarcado de la lucha armada de esta. Las tensiones no
dejaron de aumentar: la década de los 80 fue la que vio nacer las bandas paramilitares,
inicialmente grupos de autodefensa privados de terratenientes que pronto viraron en
organizaciones contrainsurgentes de extrema derecha y que actuaban en connivencia con
las Fuerzas Armadas. A manos de estos grupos, los miembros de la UP sufrieron un
exterminio sin precedentes. Dos candidatos presidenciales fueron asesinados, además de
ocho congresistas, 13 diputados, 70 concejales y miles de militantes. Los crímenes se
dieron con complicidades en el ejército y en los carteles de narcotráfico, y llegaron a las
4.153 muertes y desapariciones hasta 2002. Esta masacre entorpeció cualquier intento de
diálogo de paz y alimentó la desconfianza de las FARC en las garantías de seguridad que
les podía ofrecer el Estado.
Estalla la guerra
La masacre contra la UP es solo una parte de la escalada de violencia que sufrió el conflicto
armado a partir de la década de los 90. El Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH)
afirma que entre 1996 y 2005 “la guerra alcanzó su máxima expresión, extensión y niveles
de victimización”. El desplazamiento forzado aumentó exponencialmente y Colombia se
convirtió en el segundo país del mundo con mayor éxodo de personas. Las FARC llevaron
a cabo una campaña sin cuartel de secuestros y extorsiones, que inicialmente se enfocó a
las élites políticas y económicas del país, pero que terminó afectando a los civiles de
manera indiscriminada. También fue la década de las masacres, perpetradas por todos los
bandos contra la población civil que quedaba atrapada entre las líneas de fuego. Algunos
episodios han quedado grabados a fuego en la memoria de los colombianos, como
la masacre de Bojayá, cuando la guerrilla lanzó un explosivo dentro de una iglesia donde
se refugiaban los habitantes de la localidad y provocó la muerte de un centenar de
personas. Ese suceso se dio en medio de un enfrentamiento contra los paramilitares,
constituidos en 1997 como las Autodefensas Unidas de Colombia. Vinculadas sin reparos
a los grupos de narcotraficantes y a los terratenientes regionales, su presencia era tolerada
por el Estado y se convirtieron en esa década en una fuerza que también ocupó y dominó
territorios con unas dinámicas de violencia especialmente cruentas.
La llegada a la presidencia de Álvaro Uribe en 2002 echó gasolina al fuego. Uribe es
conocido por su mano dura contra la guerrilla y por negarse a reconocer la naturaleza del
conflicto armado interno, además de por haber sido investigado por su vinculación con las
bandas paramilitares. Su política, apoyada ampliamente por EE. UU. —que proporcionó
tecnología y financiación para el Ejército colombiano—, recrudeció las lógicas de violencia
del país. La guerrilla sufrió algunos de sus peores golpes y quedó debilitada. Sin embargo,
las consecuencias sobre la población civil fueron inmensas. Uno de los peores escándalos
de la época fue el de los “falsos positivos”: miles de civiles fueron asesinados por la fuerza
pública para hacerlos pasar como guerrilleros y mostrar mejores resultados al Gobierno y a
[Link]. El conflicto registró en esos años algunas de las cifras más altas de víctimas de
todo tipo de violencia.
El desplazamiento forzado llegó a su pico en 2002, cuando afectó a más de 618.000
personas. Entre 2002 y 2014 se calcula que alrededor de tres millones de colombianos
fueron víctimas de este fenómeno. Según el CNMH, las guerrillas —entre las cuales
también se cuentan grupos como el Ejército de Liberación Nacional o el Ejército Popular de
Liberación— fueron responsables directas del 41% de los casos. Las desapariciones
forzadas también alcanzaron su máximo en 2002 con más de 5.000 víctimas. El CNMH deja
constancia de 60.630 casos en el marco del conflicto armado entre 1970 y 2015. Los
paramilitares fueron identificados como el causante principal con el 46% de los casos; las
guerrillas, un 20%. Además, 15.076 personas —más de un 90% de ellas mujeres—
fueron víctimas de violencia sexual entre 1958 y 2017 en el marco del conflicto, con una
responsabilidad en medida similar de guerrilleros y paramilitares. Más de la mitad de los
ataques se dieron entre 1997 y 2005; nuevamente, 2002 fue el año que más violencia
sexual registró: 1.400 casos.
Terminar un conflicto tan largo requiere un acuerdo que garantice que la violencia pare y
que traiga nuevas oportunidades para los colombianos, en particular a los que más han
sufrido el conflicto.
Durante estos años de negociaciones en La Habana se ha construido un acuerdo integral
que busca poner fin al conflicto armado que ha dividido a Colombia y ha rezagado a buena
parte del país por cuenta de la violencia. El Acuerdo Final contiene elementos que se
relacionan entre sí y que buscan como un todo garantizar la posibilidad de poner fin al
conflicto y poder construir una paz estable y duradera.
Como un rompecabezas, si falta una pieza, queda incompleto. Es por esto que en el
plebiscito se vota en bloque y serán los colombianos quienes decidan si aprueban o no este
acuerdo.
BIBLIOGRAFÍA