Características de Instituciones Totales
Características de Instituciones Totales
INTRODUCCION: Este libro refiere a las instituciones en general, especialmente a los hospitales
psiquiátricos. El mismo apunta a esclarecer la situación del paciente internado. Son cuatro
ensayos:
- Sobre las características de las instituciones totales: fundado en dos ejemplos donde el
ingreso a las instituciones no es voluntario, cárcel y psiquiátrico
- La carrera moral del paciente mental: primeros efectos en relaciones sociales (previas a
convertirse en internado)
- La vida íntima de una institución pública: adhesión que se espera que el internado manifieste
hacia su celda
Instituciones como sitios donde se desarrolla regularmente determinada actividad. Todas ellas
absorben parte del tiempo y del interés de sus miembros, y les proporciona en cierto modo un
mundo propio. En la sociedad occidental la tendencia totalizadora esta simbolizada por los
obstáculos que se oponen a la interacción social con el exterior y al éxodo a sus miembros, con
una misma forma material (altos muros, puertas cerradas, alambres, etc.)
1. Para cuidar a las personas: hogares para ciegos, ancianos, huérfanos e indigentes.
2. Para cuidar de aquellas personas incapaces de cuidarse a sí mismas, y que resultan
amenaza para la comunidad: hospitales enfermos infecciosos, leprosos y psiquiátricos.
3. Proteger a la comunidad contra quienes constituyen intencionalmente un peligro para
ella: cárceles, presidios, campos de trabajo y concentración.
4. Mejor cumplimiento de una tarea de carácter laboral: barcos, escuelas de internos,
cuarteles, campos de trabajo, etc.
5. Refugios del mundo o formación de religiosos: monasterios, abadías, conventos, etc.
Se da una escisión básica entre el grupo manejado, es decir los internos, y el pequeño grupo
personal supervisor. Cada cual con rígidos estereotipos. Los primeros juzgan a los internos
como crueles, indignos de confianza, sintiéndose superiores a estos y justos. El segundo grupo
ve al personal como petulante, despótico y mezquino, sintiéndose inferiores, débiles, culpables
y censurables. Al tener tantas restricciones de contacto se ayuda a mantener estos
estereotipos. Se van formando dos tipos de mundo social y culturalmente distinto.
Los internos tienen todo su día programado, así también como sus necesidades básicas. A
veces se les exige poco trabajo, cayendo en crisis de aburrimiento, pero otras para estimularlos
a cumplir dicho trabajo se los amenaza con castigo físico. Otro elemento incompatible es la
familia, ya que la vida familiar es incompatible con la vida en soledad, pero sobre todo con la
vida en cuadrillas.
Apenas entran se los despoja del apoyo moral que le brindan sus disposiciones sociales,
comenzando una serie de depresiones, humillaciones y profanaciones del yo. Es decir que se
inician ciertas desviaciones radicales en su carrera moral, carrera compuesta por los cambios
progresivos que ocurren en las creencias que tiene sobre sí mismo y sobre otros significativos.
La barrera que las instituciones totales levantan entre el interno y el exterior marca la primera
mutilación del yo. En muchas instituciones totales se prohíbe el principio del privilegio de
recibir visitas o de hacerlas fuera del establecimiento, asegurándose así un profundo corte que
aísla los roles del pasado, y una apreciación del despojo del rol.
Un aspecto jurídico de este despojo permanente se encuentra en la muerte civil, donde los
reclusos pueden enfrentar anulación permanente de algunos de sus derechos (como por ej.
testar dinero, litigar procedimientos de divorcio, etc.).
Los procedimientos de admisión y test de obediencia pueden considerarse como una iniciación
en la que el personal, los internos, unos u otros, dejan sus tareas para dar al recluso una
noción clara de su nueva condición. En esta bienvenida, se da el desposeimiento de toda
propiedad, comenzando por la desnudez física hasta la pérdida del propio nombre – sistemas
de apodos -, que representa gran mutilación del yo. Es que al ingresar se le despoja de su
acostumbrada apariencia, así como de instrumentos y servicios que la mantiene, sufriendo así
una desconfiguración personal. El ajuar que se le entrega de la institución al nuevo interno
para sustituir sus efectos personales la cual suele pertenecer a la calidad más grosera, no
corresponde a su medida, siendo igual para muy diversas clases de internos.
Luego de la admisión, los efectos personales del individuo son manoseados por un empleado
que lo registra, y preparar para un depósito. El interno mismo puede ser palpado y registrado
hasta el extremo.
Luego del ingreso, la imagen del yo es atacada de otra forma como de ser las palabras y los
actos indignos requeridos del interno corren parejas con el ultrajante trato que reciben
(exclamaciones como “Si, señor”). El individuo tiene que participar de actividades en las que
derivan consecuencias simbólicas incompatibles con su concepción del yo. En estas
instituciones totales se violan limites personales, se traslada el límite que el individuo ha
trazado con su ser y el medio ambiente, y se profanan las encarnaciones del yo. Se viola en
primer término la intimidad que guarda sobre sí mismo.
Asimismo, en algunas instituciones se los obliga a los internos a tomar medicaciones por vía
oral o endovenosa, quiera o no, y a comer comida por desagradable que sea.
Una fuente de mortificación menos directa en sus efectos es la ruptura de la relación habitual
del individuo actor y sus actos. La primera ruptura es el looping. El individuo comprueba que su
respuesta defensiva falla en la nueva situación, no puede defenderse de la forma de
costumbre, poniendo cierta distancia entre la situación mortificante y su yo.
En las instituciones totales tienen a juntarse diferentes esferas de la vida, de modo que la
conducta del interno en un campo de la activad es echada en cara, por parte del personal a
modo de comentario y control sobre su conducta en otro contexto.
1. Estas suelen conectarse con la obligación de realizar una actividad regulada al unísono
con los grupos compactos de compañeros internos. Esto suele llamarse
reglamentación.,
2. Estas se dan en un sistema autoritario de tipo jerárquico. Cualquier miembro del
personal tiene derechos para disciplinar a cualquier miembro de internos, lo que
aumenta pronunciadamente las probabilidades de sanción.
Las instituciones totales desbaratan o violan aquellos actos que en la sociedad civil cumplen
con función de demostrar al actor que tiene cierto dominio de su mundo, que es una persona
dotada de autodeterminación, la autonomía, y la libertad de acción propia de un adulto.
Al mismo tiempo se da el sistema de privilegios. Si los procesos de despojo ejercidos por las
instituciones han liberado al interno de la adhesión a su yo civil, el sistema de privilegios le
proporciona un amplio marco de referencia para la reorganización personal. Las “normas de la
casa”, son un conjunto explicito y formal de prescripciones y proscripciones, que detalla las
condiciones principales a las que el interno debe ajustar su conducta. Por lo cual se ofrece un
pequeño número de recompensas y privilegios, a cambio de la obediencia prestada al personal
en acto y espíritu. A este sistema también lo constituyen los castigos, que son la consecuencia
del quebrantamiento de reglas. Entonces en dicho sistema de privilegios, la consecuencia más
general es conseguir la cooperación de personas que a menudo tienen motivos para no
cooperar.
En las instituciones totales se elabora una “jerga institucional” que sirve a los reclusos de
vehículo para describir los acontecimientos cruciales en su mundo particular. El personal,
especialmente de nivel subalterno, conoce este lenguaje, y lo usa para dirigirse a los internos,
aunque vuelva a usar un habla más corriente en su trato con los superiores o con los extraños.
Junto con la jerga, los reclusos se inician en el conocimiento de la estratificación interna y
jurisdicciones, un acervo de traiciones comunes acerca del establecimiento.
En estas tiene que haber, asimismo, un sistema de lo que podrían llamarse ajustes
secundarios, es decir de ciertas prácticas que, sin desafiar directamente al personal, permiten
a los internos obtener satisfacciones prohibidas o bien alcanzar satisfacciones licitas con
medios prohibidos.
Las compulsiones que colocan a los internos en una posición de simpatía y comunicación
reciprocas no llevan necesariamente a una elevada moral y solidaridad. Aunque de ordinario
hay poca lealtad de grupo, la aspiración a que esta lealtad prevalezca forma parte de la cultura
del interno y fundamenta la hostilidad con la que se trata a quienes la quebrantan. El mismo
interno utilizara diferentes modos personales de adaptación en las distintas etapas de carrera
moral. En primer término, la línea de “regresión situacional”. El interno retira su atención
aparente de todo cuanto no sean hechos inmediatamente referidos a su cuerpo. En segunda
línea, “línea intransigente” el interno se enfrenta a la institución en un deliberado desafío y se
niega abiertamente a cooperar con el personal. La tercera táctica en el mundo institucional es
la “colonización”. Una cuarta forma de adaptación al ambiente es la “conversión”, el interno
parece asumir plenamente la visión que el personal tiene de é, y se empeña en desempeñar el
rol del perfecto pupilo.
La mayoría, casi todas las instituciones totales se atienen a la política que suelen definir como
“hacer un juego astuto”. Dicho juego supone una combinación algo oportunista de ajustes
secundarios, conversión, colonización y lealtad al grupo, que tiende a dar a cada interno, en
cada circunstancia particular, el máximo de posibilidades de salir física y psíquicamente
indemne. En el caso típico, el interno que adopta esta política apoya los hábitos de resistencia
cuando esta con sus compañeros de internado a quienes oculta la docilidad con que actúa
cuando se encuentra a solas con el personal. “hacer un juego astuto” no representara una
desviación importante en su carrera moral, sino un condicionamiento que ya es en ellos una
segunda naturaleza.
El tiempo previsto para la reclusión - por dictamen médico o sentencia del juez – es algo que el
recluso pone entre paréntesis, para someterlo a una observación constante y consciente, cuya
intensidad no tiene paralelo con el mundo exterior. Hasta que se convence de que ha sido
desterrado de su vida por toda la duración de su condena.
Según los grandes principios morales que rigen en la sociedad circundante a las instituciones
totales, las personas se consideran, casi siempre, fines en si mismas. De esto se infiere que, en
el manejo del material humano, hay que atenerse casi siempre a ciertas normas, técnicamente
innecesarias. La observancia de lo que llamamos “normas de humanidad” llega así a definirse
como parte intrínseca de la responsabilidad que incumbe a la institución. La segunda
contingencia típica de este mundo laboral se origina en el status y relaciones de los internos en
el mundo exterior, y en la necesidad de tenerlos en cuenta. La institución debe respetar
algunos derechos de los internos en cuanto personas.
Así como se eliminan efectos personales que pueden entorpecer el funcionamiento normal de
la institución se considera que algunas partes del cuerpo pueden dificultar su eficiente manejo,
por lo que es posible resolver el conflicto a favor de la eficiencia como puede ser para
mantener limpias las cabezas de los internos lo más eficaz es raparlas completamente, aunque
se perjudique su aspecto físico.
El trabajo con seres humanos difiere de otros por la maraña de status y relaciones que cada
interno lleva consigo a la institución, y por las normas de humanidad que hay que observar a
su respecto.
Otro aspecto general en que los materiales humanos difieren de los otros y por ende plantean
problemas únicos, es su posibilidad de llegar a constituirse en objetos de la simpatía y hasta
del cariño del personal, por mucho que este haya intentado mantenerlos a distancia. Siempre
existe el peligro de que el interno parezca humano.
Cada objetivo formal desencadena una doctrina, con sus inquisidores y sus mártires propios.
Los privilegios y castigos que el personal distribuya se enuncian fuertemente en un estilo que
expresa los objetivos legitimados de la institución. Cada perspectiva institucional contiene una
moralidad personal, y en cada institución total podemos ver en miniatura el desarrollo de algo
análogo a una versión funcionalista de la vida moral. Una teoría de la naturaleza humana es
solo uno de los aspectos del esquema interpretativo que ofrece una institución total. Otra de
las áreas abarcadas por las perspectivas institucionales es el trabajo.
Toda institución total parece desarrollar una serie de prácticas institucionalizadas a través de
las cuales el personal e internos se acercan lo suficiente para que cada grupo obtenga una
imagen algo favorable del otro. Estas prácticas expresan unidad, solidaridad e interés en
conjunto en la institución. Se caracterizan por una atenuación de las formalidades y por un
ablandamiento en la cadena habitual de mando.
Como los roles institucionalmente importantes de un miembro (por ej. un médico) tienden a
singularizarlo demasiado en oposición a grandes categorías generales de otros miembros,
estos roles no pueden usarse como vehículo para expresar la solidaridad institucional, en vez
de ello, tiende a hacerse uso de roles irrelevantes como el de padre, o esposo, que son
imaginables, si no posiciones, para todas las categorías.
Representa para el personal un triunfo bastante dudoso que los internos hayan aprendido a
usar a través de el la filosofía y el lenguaje oficial de la institución, para debatir o divulgar sus
propias reclamaciones, aminando así la distancia social entre ambos grupos.
Un tipo de ceremonia algo diferente es la fiesta anual, en ella el personal e internos “se
mezclan” participando en formas de sociabilidad tan convencionales como una comida, una
baile o una tertulia. Ambos grupos permiten tomarse libertades, pasando por alto el sistema
de castas. Otra ceremonia interesante es la función teatral navideña. En el caso típico de los
actores son internos y los directores de producción miembros del personal, pero a veces
tienen elenco mixto.
Es importante considerar como es la sala de visitas, en algunas instituciones totales. Tanto por
la decoración como por el comportamiento, esos ambientes están mucho más cerca de las
pautas que rigen en el mundo exterior, que es de las condiciones reales que prevalecen en el
alojamiento de los pacientes.
Cualquiera sea en la vida real el efecto de estas visitas, parecen servir para recordar a todos
que la institución no constituye una realidad un mundo autónomo, sino que esta
burocráticamente subordinado a las estructuras del mundo exterior.
Existe un interesante arreglo entre las instituciones totales y los actores aficionados o
retirados. La institución provee un escenario y asegura un público entusiasta, los actores
contribuyen, por su parte, con una representación gratuita.
SALVEDADES Y CONCLUSIONES
Las instituciones totales varían mucho, en la medida que hay diferenciación de roles dentro de
los grupos de personal e internos y en la nitidez de la línea divisoria entre ambos estratos.
La carrera del enfermo mental puede dividirse en tres etapas: el periodo previo a su
internación, que llamaremos etapa pre-paciente, el periodo de estadía en el hospital, que
llamaremos etapa de paciente, y el periodo posterior al alta del hospital, si se produce, que
llamaremos etapa del ex-paciente.
Para las personas que, con motivo o sin él, se cree mentalmente desequilibrada, el ingreso al
hospital psiquiátrico a veces es un alivio. Una vez que el pre-paciente voluntario ingresa al
hospital, puede atravesar el mismo ciclo de experiencias habituales que los que entran contra
su voluntad.
Su primer contacto con la institución adopta una de las tres formas típicas siguientes: algunos
se internan porque la familia le ha suplicado que lo hagan, o han amenazado con romper los
vínculos de parentesco, otros llegan por la fuerza.
Los aspectos morales de esta carrera parten así, típicamente, de una experiencia de abandono,
deslealtad y resentimiento.
Como fundamento para la hospitalización se encuentran abundantes ejemplos de algo que los
investigadores especializados llaman “contingencias de carrera”.
Las primeras visitas tenderán más bien a agravar su sentimiento de abandono. La intensidad
con que el paciente se siente traicionado parece aumentar en presencia de testigos.
Si el curador está de acuerdo con la situación del nuevo interno, el resto del mundo tendrá que
estarlo también.
Puesto que hay que retenerlo en el hospital contra su voluntad, tanto su allegado como el
personal hospitalario necesitan una justificación racional para los rigores que auspician.
El hecho de haber vivido una carrera de pre paciente, que comenzó con una denuncia efectiva
se convierte en un elemento de extrema importancia en la orientación del paciente mental.
Como hay una relación directa entre las dificultades que ocasiona un paciente y su versión
personal de los hechos que le han ocurrido, al desacreditar esta versión le será más fácil que se
avenga a cooperar. El interno debe compenetrarse, o fingir que se compenetra, con la
perspectiva de mismo que auspicia el hospital.
Los datos consignados en la historia clínica son de tal índole que un lego los vería como fuente
de escándalo, difamación y desacredito. En algunos hospitales, el acceso a esta información
está reservado, técnicamente, a los medios y enfermeros de nivel superior; ello, no obstante,
hasta los últimos niveles del personal suelen disponer de ella, ya sea por gozar de acceso
informal a su contenido o por lo que de este se deje filtrar. Creo que casi toda la información
contenida en las historias clínicas es verdades; pero también creo que casi todas las vidas
pueden contener suficientes hechos denigrantes para justificar una solicitud de reclusión. Por
regla general, los hospitales psiquiátricos divulgan, pues sistemáticamente, el tipo de
información sobre cada interno que este puede tener mayor interés de ocultar.
El sistema de salas es algo más que una cámara de resocialización, los pacientes encuentran
numerosos motivos para alborotar y meterse en dificultades, y correlativas ocasiones para
sufrir los consiguientes descensos a posiciones menos privilegiadas. Estos descensos pueden
interpretarse oficialmente como recaídas psiquiátricas, o reincidencias morales, a fin de salvar
la imagen del hospital como escenario de resocialización conforme con el sentido implícito en
tales interpretaciones.
En estas circunstancias suele, sin embargo, ocurrir que el paciente descubra lo imprevisto, que
los descensos de status moral no son tan terribles como había imaginado. Al admitir la version
vigente en el hospital de su propia caída en desgracia, el paciente puede tomar la firma
determinación de reivindicarse y reclamar del personal simpatía, indulgencia y concesiones
que lo alienten a preservar su propósito.
Otro ejemplo de la relación moral atañe a las condiciones que suelen adscribirse al alta del
interno. Este se retira a menudo del hospital confiado a la supervisión y autoridad de su
persona más allegada o de un empleado especialmente seleccionado y vigilante. Si bajo tales
auspicios se comporta mal, es posible que ello acarree una reinternación instantánea.
Cada carrera moral, y más allá de esta, cada yo, se desenvuelve dentro de los límites del
sistema institucional, que puede estar representado por una institución social o constituir en
un complejo de relaciones personales y profesionales. El yo puede verse así, como algo que
radica en las disposiciones vigentes para los miembros de un sistema social.
En este sentido, no es propiedad de la persona a quien se atribuye, sino inherente más bien a
la pauta del control social ejercido sobre esa persona por ella misma y por cuantos la rodean.
La carrera moral del paciente presenta un interés intrínseco y singular: ilustra, en efecto, la
posibilidad de que, al desechar las vestiduras del antiguo yo la persona no sienta necesidad de
procurarse una nueva técnica y un público nuevo antes el cual inhibirse. Que por el contrario
aprende a cultivar, a menos que por un tiempo, ante todos los grupos, las artes amorales de la
desvergüenza.
El vínculo social y sus restricciones constituyen el convenio formal o contrato que consagra de
un plumazo el vínculo que compromete y los limites reconocidos del compromiso que por su
intermedio se contrae.
Como Durkheim nos enseñó, detrás de cada contrato hay supuestos no contractuales que se
refieren al carácter de las partes.
Puede faltar a sus obligaciones desembozadamente, separarse del objeto al que estuvo ligado
y desafiar con desfachatez las miradas que le dirige la gente para redefinirlo. Puede desdeñar
aquellas implicaciones del vínculo que afectan su concepto de sí mismo, pero cuidando de no
traicionar esa alineación en ninguno de sus actos.
Tercero: Se reconoce a veces que puede haber necesidad de proveer incentivos (recompensas)
al individuo en su capacidad de tal, es decir, admitiendo que sus intereses últimos no son los
de la organización.
En última instancia se admite que puede inducirse a los participantes a que cooperen,
amenazando con castigos y sanciones a quienes no lo hagan (sanciones negativas).
En el trance de resolver la medida justa en que cooperarían con las autoridades, dentro de las
organizaciones hasta la más trivial relación de intercambio significa una implicación definitoria.
Aceptar estando en la cárcel, privilegios, es compartir le punto de vista del carcelero sobre lo
que uno desea y necesita, ponerse en el brete de mostrarle un poco de gratitud y espíritu de
colaboración y reconocerle algún derecho a suponer esto o aquello, acerca de uno mismo.
Si cada organización supone una disciplina de la actividad, lo que aquí nos importa es que, a un
nivel o a otro, supone asimismo una disciplina del ser: la obligación de ser una persona de un
carácter determinado, que vive en un mundo determinado.
Ajuste primario del individuo a la organización, da y recibe, con el ánimo debido y según lo que
esta sistemáticamente planeado, implique esto poco o mucho de sí mismo.
El ajuste secundario, que defino como cualquier arreglo habitual que permite al miembro de
una organización emplear medios o alcanzar fines no autorizados. Los ajustes secundarios
representan vías por las que el individuo se aparte del rol y del ser que la institución daba por
sentados al respecto.
Se puede clasificar a los ajustes secundarios en dos tipos: pertenecen al primero los ajustes
violentos, propios de los participantes que con intenciones concretar de abandonar la
organización, o de alterar su estructura radicalmente, interrumpen en cualquiera de ambos
casos su normal funcionamiento. El segundo tipo pertenece a los ajustes reprimidos que se
amoldan, como los primarios, a las estructuras institucionales existentes, sin introducir
ninguna presión enderezada hacia un cambio radical. Las partes más asentadas y estables en la
vida subterránea de una organización tienden, pues a tomar constituidas primordialmente por
ajustes reprimidos, y no por ajustes violentos.
FUENTES
Quizá el medio más importante de aprovecharse del sistema en el Hospital Central consistía en
obtener una asignación “explotable”, o sea en hacerse designar especialmente para algún
trabajo, actividad recreativa, terapia o sala donde tuvieran a su alcance ciertos ajustes
secundarios. Cualquier paciente que entraba a trabajar cerca de los miembros del personal
superior, mejoraba automáticamente su suerte y a menudo compartía los beneficios de una
vida más blanda.
LUGARES
En muchas instituciones totales el mundo de cada interno tendía a dividirse en tres partes
similarmente configuradas para los que compartían el mismo status de privilegio. En primer
término, un espacio situado fuera de sus límites, donde la mera presencia constituía la forma
de comportamiento explícitamente prohibida, salvo en circunstancias taxativamente
prefijadas. Había, en segundo término, un espacio de vigilancia are donde podía estar un
paciente sin ninguna excusa especial, aunque sometido a la autoridad y las restricciones
usuales en el establecimiento. Por un último un tercer espacio, donde apenas se ejercía la
autoridad corriente del personal.
Además de estos medios circunstanciales de eludir la vigilancia oficial, había entre el personal
y los internos una tacita cooperación tendiente a consentir la creación de ciertos espacios
físicos circunscriptos, donde hubiera una acentuada reducción de los niveles ordinarios de
restricción y vigilancia, y donde los pacientes pudieran entregarse, con relativa seguridad, a
toda una gama de actividades prohibidas.
El consumo sustitutivo de lugares libres era el caso más patético de la sustitución en la vida del
interno.
Puede sugerirse que, cuanto más ingrato sea el ambiente en que un individuo está obligado a
vivir, más fácil resultara que los lugares los califiquen como libres.
Si las asignaciones que facilitaban un contacto directo con el ambiente de trabajo del personal
podían proveer a los pacientes de un lugar libre, a su vez este lugar, restringido a pocos
pacientes oficialmente asignados, podía convertirse en un territorio para ellos.
He mencionado dos clases de espacio sobre los que el paciente tiene inusitado dominio: los
lugares libres y los territorios de grupos. Comparte los primeros con cualquier otro paciente y
los segundos con unos pocos escogidos. Queda el reclamo del espacio privado, donde el
individuo pueda tener comodidades, dominio y tácitos derechos, y que no pueda compartir
con otro paciente, a menos que sea invitado. Donde el individuo se siente tan protegido y
satisfecho cómo es posible estarlo en ese ambiente.
En las salas peores predominará una especie de “orden gallinero”, según el cual los pacientes
que hablaban y tenían buenos contactos se posesionaban de las sillas y los bancos favoritos de
los pacientes incomunicados. Quizá el espacio mínimo que se constituía en un territorio
personal era el provisto por una manta. Como es de presumir, un territorio personal puede
formarse dentro de un lugar libre o dentro de un territorio de grupo.
DEPOSITO Y TRANSPORTE
Si una persona no puede reservar nada exclusivamente para sí misma, si todo lo que usa es
usado también por otras, pocas posibilidades tendrá de protegerse contra la contaminación
social de otros. Por añadidura, algunas de las cosas que debe renunciar, son precisamente,
aquellas con las que ha llegado a identificarse más, y las que emplea para autoidentificarse con
los demás.
ESTRUCTURA SOCIAL
Coerción privada: el ayudante no ayuda aquí porque haya de mejorar con ello su condición
precedente, sino porque su negativa de acceder resultaría tan costosa que le haría percibir su
consentimiento como involuntario.
Una importante forma en que el individuo puede hacer uso de otro es entablar con él un
franco intercambio. Una persona contribuye los designios de otra, exclusivamente en virtud de
una estipulación explícita previa, sobre lo que obtendrá compensación. Cómo por ejemplo
podían hacerse planchar un par de pantalones, o antiguos peluqueros de profesión brindaban
corte de pelo. Todos los servicios se compraban y se vendían, pero no todos los pacientes
tenían acceso a ellos.
En las instituciones totales suele surgir un medio de cambio sucedáneo, con carácter
extraoficial. El uso de moneda sucedánea (y a la atribución de un valor especial a la moneda de
curso corriente en la sociedad mayor) no podía extenderse demasiado en el Hospital Central.
El paciente que trabajaba para alguien del personal (como por ejemplo lavando vehículos)
esperaba recibir un cuarto de dólar de vez en cuando, como simple manifestación de aprecio.
Tales remuneraciones median el aprecio que inspiraba una relación, no el valor del cambio de
trabajo cumplido.
Al ingresar al hospital central, el paciente debía ubicarse en dos estructuras sociales básicas: el
sistema de salas y el sistema de asignaciones. El sistema de salas incluía un lugar de residencia,
atención recibida allí y la relación entra una determinada sala y otra, bien diferenciadas. El
sistema de asignaciones permitía que el paciente saliera de su sala y pasara todo el día bajo la
vigilancia del miembro del personal que utilizaba sus servicios.
A veces se simulaba así una práctica de orden económico, donde no había otro interés que un
vínculo afectivo de solidaridad.
En definitiva, resulta evidente que, cualquiera fueren los medios abiertamente empleados para
disponer de los bienes y servicios del prójimo, podían y solían manejarse con tal cabal y
solapada argucia, que más de una vez se lograba con ellos tomar a un fullero, embaucar a un
comprador y explotar la buena fe de un amigo.
La “seguridad” de la vida íntima era por lo que podía verse, bastante endeble. Esto se debía, en
parte, a la posición adoptada por los psiquiatras del cuerpo médico, al sostener que la paciente
debía decirlo todo, en interés de su propia terapia, principio que algunos enfermos llevaban a
sus extremas consecuencias, convencidos de mejorar su status psiquiátrico, denunciando a sus
compañeros.
Puede suponerse que existían algunos ajustes secundarios varios de utilidad intrínseca,
enderezados solo a expresar la distancia no autorizada a que se pone el individuo cuando
procura, en defensa propia “rechazar a quienes lo rechazan”. Una actitud de franca insolencia,
aunque calculada para no provocar una inmediata sancion.
Presionar con el público, admiten a su vez una subdivisión, según que he dicho público este
constituido por una sucesión de individuos, o bien por una sucesión de auditorios. Varía, por lo
demás, el grado en que estas tareas se presentan en público, como un servicio personal. Una
ocupación de servicio personal podría definirse como aquella regularmente un servicio
personal especializado con cada uno de los cuales deben entablar parece fin una comunicación
personal directa.
Interacción que se produce apenas tiene su servidor están juntos cobra en principio una forma
relativamente estructurada. La parte verbal comprende tres componentes: el primero es
técnico, y consiste en un intercambio de preguntas y respuestas con miras a brindar
información pertinente sobre la reparación. El segundo es contractual y se reduce a
formulación sobre costos aproximados de duración de trabajo. El último sociable y una serie
de cortesía, gentilezas y muestras de cordialidad.
En segundo término, cuanto más se preocupe un servidor para ofrecer un buen servicio, y
cuanto mayor sea la responsabilidad social de su profesión, tanto más probablemente le estará
encomendado mantener principios de bien público, no siempre compatibles con los intereses y
mediato de uno u otro cliente. Aparece una ruptura básica con el concepto inicial de una
relación entre la persona, el servidor y el cliente , independientemente ambos. Esta triada-
cliente, servidor, comunidad-que afecta la esencia misma de la relación de servicio, y la
compromete quizás más grave mente a la decisión tríadica, que se produce cuando el servidor
se incorpora a un establecimiento otro, divide su lealtad entre los clientes y la dirección de la
empresa.
Hay puntos claves de tensión para calentar el tratamiento del cuerpo, en el Marco de
referencia del servicio . La primera consiste en que el cuerpo es objeto un intensa catexia en
nuestra sociedad; las personas tan gran valor a su apariencia y funcionamiento. Los individuos
son recelosos de ceder su cuerpo a los cuidados empírico-racionales de otros , si necesita que
servidor apuntale constantemente su confianza, con alientos de cabecera. Otra dificultad
reside en que el cuerpo no es una posición que puede dejarse a cuidado del servidor, mientras
el cliente se ocupa de otros asuntos.
Cuándo llega el momento de comunicar al paciente las malas noticias sobre su estado, acaso
este descubre de pronto que su condición de objeto y su condición de clientes son dos cosas
aparte. Conserva su status de objeto, pero su rol de cliente se transfiere, por medio sutiles,
alguna de sus allegados.
Otro problema de la administración de la medicina dentro del Marco de referencia del servicio,
es la tendencia de los pacientes a buscar el consejo de su médico en asuntos ajenos a la
medicina, y la propensión del médico a creerse dotado una singular actitud que lo autoriza
admitir esta expansión de su rol.
El paciente, por lo que se ve, no es el único que se niega a considerar su alteración con un
simple tipo de dolencia que debe recibir tratamiento y puede ser olvidada enseguida. En
cuanto se divulga el antecedente de internación en el hospital psiquiátrico, el público en
general le demuestra, tanto formalmente en las atenciones del empleo, como informalmente,
en el trato social de cada día, su voluntad de aislarlos: y al cabo lo marcan indeleble. En
respuesta a su estigmatización y al sentimiento de desposeimiento que ocurre cuando entra en
el hospital, frecuentemente desarrolla cierta alineación de la sociedad, que se traduce algunas
veces en una aprensiva resistencia salir de allí.
Las dificultades que entorpecer el diagnóstico psiquiátrico, son más graves son para el
tratamiento. El problema de acomodar la actitud del paciente a la sociedad se confunde con el
problema de acomodar su actitud a la reclusión involuntaria. Hay pocas probabilidades de qué
en los hospitales psiquiátricos se aplique tratamiento específico para acá alteración. La
aplicabilidad del concepto de “patología “es una cuestión importante. En primer rasgo
patológico que hace reparar en la condición del paciente es una conducta inapropiada para la
situación. Las decisiones que fundan el diagnóstico, salvo en los casos en que hay síntomas
extremos, pueden llegar a ser etnocéntricas, el profesional juzga, desde el punto de vista de su
propia cultura, la conducta de individuos a quienes, en realidad, sólo puede juzgarse desde la
perspectiva del grupo del que proceden.
Pueden añadirse otras dos imputaciones sobre la naturaleza del paciente, ambas tendientes a
sostener el modelo de servicio. Cuando un paciente rechaza el descargo que le ofrecen, y aún
procura comprometerse en alguna actividad calculada para asegurar su retención, esto prueba
que todavía está enfermo, que en realidad está demasiado enfermo para marcharse. De tal
modo se establece un nexo entre dos aspectos masivos de la situación: ser declarado enfermo
o sano, y estar dentro o fuera del hospital. Los cambios que agravan su estado, suelen llamarse
recaídas o regresiones; los cambios que produce mejoría se llaman a veces remisiones
espontáneas.
Conclusiones
Los hospitales psiquiátricos se mantienen porque hay un mercado para ello. En un hospital
psiquiátrico las dificultades de ser paciente fácilmente manejable tienden a tomarse como
prueba de qué no está preparado aún para la libertad y que necesitas someterse a un
tratamiento ulterior. El meollo del asunto es que si cualquier paciente expresa que lo odia
demuestra, por su mismo testimonio, que está justificada su permanencia, y que todavía no se
encuentra en condiciones de abandonarlo. Si quieren salir del hospital, o hacer algo menos
dura su existencia dentro de él, deben demostrar que aceptan de buen grado el puesto que allí
se les adjudica; y ese puesto consiste en apoyar el rol ocupacional de quienes, al parecer,
imponen esa condición.