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Eutanasia: Derecho a Morir con Dignidad

El documento discute los argumentos a favor y en contra de la eutanasia, incluyendo el derecho a la autonomía, muerte digna y alivio del sufrimiento, así como el derecho a la vida y los debates éticos y legales sobre el tema. También analiza la postura de la Corte Constitucional de Colombia al respecto.
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Eutanasia: Derecho a Morir con Dignidad

El documento discute los argumentos a favor y en contra de la eutanasia, incluyendo el derecho a la autonomía, muerte digna y alivio del sufrimiento, así como el derecho a la vida y los debates éticos y legales sobre el tema. También analiza la postura de la Corte Constitucional de Colombia al respecto.
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EUTANASIA

Permitir la práctica de la eutanasia se basa en varios puntos clave:

1. Autonomía y libre elección: Se sostiene que cada individuo tiene


el derecho fundamental a tomar decisiones sobre su propia vida, incluida la
decisión de poner fin a su sufrimiento si padece una enfermedad terminal o
una calidad de vida inaceptable. Esto se relaciona con el principio de
autonomía y la capacidad de tomar decisiones informadas sobre su atención
médica.

2. Muerte digna: Se argumenta que la eutanasia permite a las


personas morir con dignidad, evitando un sufrimiento innecesario y
permitiéndoles controlar el momento y la forma de su muerte. Se considera
que la muerte digna es un derecho humano que debe ser respetado.

3. Alivio del sufrimiento: La eutanasia se ve como una forma de


aliviar el sufrimiento físico y emocional de las personas que enfrentan
enfermedades terminales o dolorosas. Proporciona una opción para evitar el
prolongamiento innecesario del sufrimiento.

4. Regulación y supervisión: A menudo, los defensores de la


eutanasia argumentan que su legalización y regulación permitirían un
control adecuado para evitar abusos y garantizar que las decisiones se
tomen de manera ética y con el consentimiento informado del paciente.

La eutanasia y el suicidio medicamente asistido han sido


históricamente objeto de severos debates en los ámbitos religioso, moral,
bioético, médico y principalmente jurídico. El punto central de estos
debates es: El derecho que las personas deberían tener sobre su decisión de
vivir o morir dignamente, derecho cimentado en una decisión libre,
consciente y plenamente informada, ante circunstancias tales que, a criterio
de la persona afectada, se encuentren violentando su derecho a una vida
digna.

La diferencia entre la eutanasia y el suicidio médicamente asistido es


que en la primera es el médico quien realiza el procedimiento y en el
segundo es el paciente quien lleva a cabo el procedimiento con la
supervisión médica.

Etimológicamente, la expresión eutanasia deriva del griego eu, bien


y thánatos, muerte, pudiendo ser traducida como «buena muerte» o
«muerte apropiada». Es así que para Tettamanzi (2002) la eutanasia es: La
intervención –la mayoría de las veces médica– que suprime, sin dolor y
anticipadamente, la vida de los enfermos terminales o con sufrimientos
incurables o próximos a la muerte, y de personas irreversiblemente
incapacitadas (niños anormales, ancianos incapacitados) y/o que padecen
gran dolor, con la intención de no hacerles sufrir.

En Paraguay, la eutanasia no está reconocida ni permitida en la


legislación, su admisión constituiría un límite o atentado contra el derecho
a la vida, en tanto este sea un derecho fundamental consagrado en la CN.

Sin embargo, la eutanasia −aunque no es permitida− se erige como


tema de debate por un sin número de personas con enfermedades incurables
y terminales, que sufren del deterioro de su estado de salud y calidad de
vida.

Asimismo, para profesionales médicos quienes son los encargados de


brindar el diagnóstico y alternativas de tratamiento, o en su defecto el
agotamiento de estos tratamientos, como observar el desgaste constante de
sus pacientes, finalmente, es un tema de discusión jurídica; por las
implicancias del procedimiento y su colisión con el derecho a la vida y la
penalización de toda práctica que implique acabar con la vida de una
persona, en cualquier contexto.

En países como Colombia, la Corte Constitucional ha despenalizado


el homicidio por piedad, el cual se castigaba con pena privativa de libertad,
luego, de esta manera ha legalizado la eutanasia y el suicidio medicamente
asistido. Por su importancia, es menester traer a colación la conclusión
arribada por la Corte Constitucional en su Sentencia n.° 239 de fecha 20 de
mayo de 1997:

La actuación del sujeto activo carece de antijuridicidad, porque se


trata de un acto solidario que no se realiza por la decisión personal de
suprimir una vida, sino por la solicitud de aquél que por sus intensos
sufrimientos, producto de una enfermedad terminal, pide le ayuden a morir.
No sobra recordar que el consentimiento del sujeto pasivo debe ser libre,
manifestado inequívocamente por una persona con capacidad de
comprender la situación en que se encuentra. Es decir, el consentimiento
implica que la persona posee información seria y fiable acerca de su
enfermedad y de las opciones terapéuticas y su pronóstico, y cuenta con la
capacidad intelectual suficiente para tomar la decisión. Por ello la Corte
concluye que el sujeto activo debe de ser un médico, puesto que es el único
profesional capaz no sólo de suministrar esa información al paciente, sino
además de brindarle las condiciones para morir dignamente. Por ende, en
los casos de enfermos terminales, los médicos que ejecuten el hecho
descrito en la norma penal con el consentimiento del sujeto pasivo no
pueden ser, entonces, objeto de sanción y, en consecuencia, los jueces
deben exonerar de responsabilidad a quienes así obren (p. 18).

Esta disposición contiene los elementos esenciales que deben ser


considerados para llevar a cabo un procedimiento médico que provoque el
deceso de una persona, que la enfermedad sea terminal y produzca
sufrimientos intensos, así como el consentimiento sea libre e informado de
la persona, es decir, que conozca plenamente toda la información y
alternativas relativas a su enfermedad.

Finaliza la máxima instancia judicial colombiana, indicando que


cada caso debe ser investigado por los órganos competentes considerando
todas las condiciones para la determinación de la autenticidad y fiabilidad
del consentimiento, por consiguiente, el órgano jurisdiccional es quien
establece si la conducta del médico es o no antijurídica, de acuerdo a los
requisitos que se consignaron en la sentencia.

DERECHO A LA VIDA

De todos los derechos humanos existentes y reconocidos por la


comunidad internacional y por la CN, se considera al derecho a la vida
como el derecho más importante de las personas, del cual dependen el resto
de los derechos, pues sin éste, los demás carecerían de sentido; por eso se
afirma que el derecho a la vida es condición sine qua non para el ejercicio y
goce de los demás derechos.

En el Paraguay, el derecho a la vida es considerado un derecho


fundamental e intrínseco de las personas, se encuentra contemplado en el
art. 4º de la Carta Magna en los siguientes términos:

El derecho a la vida es inherente a la persona humana. Se garantiza


su protección, en general, desde la concepción. Toda persona será protegida
por el Estado en su integridad física y psíquica, así como en su honor y en
su reputación. La ley reglamentará la libertad de las personas para disponer
de su propio cuerpo, sólo con fines científicos o médico.

Ahora bien, es necesario entender que la «vida» no se reduce a una


mera existencia biológica, este derecho se encuentra reconocido en la
Declaración Universal de Derechos Humanos en su art. 3° que refiere:
«Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su
persona», es así que el derecho a la vida adquiere igual relevancia que el
derecho a la libertad y seguridad de su persona, asimismo, el referido
documento en su art. 5° indica: «Nadie será sometido a torturas ni a penas o
tratos crueles, inhumanos o degradantes», el cual se relaciona con el art. 5°
de la CN que estable: «Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos
crueles, inhumanos o degradantes».

En armonía con estas normas, se encuentra art. 4° de la Convención


Americana de Derechos Humanos que estipula: «Toda persona tiene
derecho a que se respete su vida. Este derecho estará protegido por la ley y,
en general, a partir del momento de la concepción. Nadie puede ser privado
de la vida arbitrariamente» y el art. 5° del mismo cuerpo legal expresa:

1. Toda persona tiene derecho a que se respete su integridad física,


psíquica y moral.

2. Nadie debe ser sometido a torturas ni a penas o tratos crueles,


inhumanos o degradantes. Toda persona privada de libertad será tratada con
el respeto debido a la dignidad inherente al ser humano.

En la República del Paraguay, una de las formas de garantizar la


protección del derecho a la vida, es sancionando toda conducta que atente
contra ella, el CP tipifica y establece las penas en el Capítulo Primero del
Título I del Segundo Libro, en los hechos punibles contra la vida, entre
ellos el homicidio doloso y culposo, el homicidio motivado por súplica de
la víctima y la instigación al suicidio.

En lo atinente a la presente investigación, corresponde analizar los


términos de dos hechos punibles que se relacionan con el tema de
investigación. El CP en su art. 106 −homicidio motivado por súplica de la
víctima− establece: «El que matara a otro que se hallase gravemente
enfermo o herido, obedeciendo a súplicas serias, reiteradas e insistentes de
la víctima, será castigado con pena privativa de libertad de hasta tres años».

En la tipificación de este hecho punible es posible apreciar las


características que reúne la víctima, en primer término, hallarse gravemente
enfermo o herido y en segundo lugar la manifestación de súplicas serias,
reiteradas e insistentes. Estas dos condiciones pueden circunscribirse a la
práctica de la eutanasia, pues la víctima se halla gravemente enferma y al
referir «(…) súplicas serias, reiteradas e insistentes» lo que constituye es el
ejercicio de la autonomía de su voluntad. Ahora bien, con respecto al
suicidio, el CP indica en su art. 108 lo siguiente:

1º El que incitare a otro a cometer suicidio o lo ayudare, será


castigado con pena privativa de libertad de dos a diez años. El que no lo
impidiere, pudiendo hacerlo sin riesgo para su vida, será castigado con
pena privativa de libertad de uno a tres años.
2º En estos casos la pena podrá ser atenuada con arreglo al art. 67.

Con relación a esta conducta típica, existen casos en que pacientes


con enfermedades terminales optan por abandonar el tratamiento paliativo
ordenado por el médico, a fin de acelerar su muerte.

Bajo esa premisa surge la interrogante con relación a la


responsabilidad del médico con conocimiento de que su paciente con
enfermedad terminal, abandona el tratamiento para la subsunción de tipo
penal descripto más arriba.

Al respecto, se hace oportuno realizar el análisis del derecho a la


vida, lo que fuera resuelto por la Corte Interamericana de Derechos
Humanos en el caso: Comunidad indígena Yakye Axa vs. Paraguay:

Una de las obligaciones que ineludiblemente debe asumir el Estado


en su posición de garante, con el objetivo de proteger y garantizar el
derecho a la vida, es la de generar las condiciones de vida mínimas
compatibles con la dignidad de la persona humana y a no producir
condiciones que la dificulten o impidan. En este sentido, el Estado tiene el
deber de adoptar medidas positivas, concretas y orientadas a la satisfacción
del derecho a una vida digna, en especial cuando se trata de personas en
situación de vulnerabilidad y riesgo, cuya atención se vuelve prioritaria
(2005, párr. 162).

En esta resolución de la máxima instancia en materia de derechos


humanos en América, se patentiza la estrecha relación que existe entre el
derecho a la vida y el derecho a la dignidad humana.

DERECHO A LA DIGNIDAD

Es posible considerar que todos los derechos y garantías consagrados


en la CN brindan igual protección y cuentan con la misma jerarquía, no
obstante, el ser humano en su complejidad se plantea circunstancias en las
que dos derechos constitucionales se encuentren en conflicto y se deba
realizar una ponderación.

En ese aspecto, en la Sentencia n.° 239 de fecha 20 de mayo 1997, la


Corte Constitucional de Colombia entre sus argumentos más relevantes
expresó:

La decisión, entonces, no puede darse al margen de los postulados


superiores. El artículo 1 de la Constitución, por ejemplo, establece que el
Estado colombiano está fundado en el respeto a la dignidad de la persona
humana; esto significa que, como valor supremo, la dignidad irradia el
conjunto de derechos fundamentales reconocidos, los cuales encuentran en
el libre desarrollo de la personalidad su máxima expresión.

Conviene recordar que el art. 1 de la CN afirma estar fundada en el


reconocimiento de la dignidad humana, al igual que la de Colombia.

En ese entendimiento, el preámbulo de la carta magna en lo que


respecta a este punto establece: «El pueblo paraguayo, por medio de sus
legítimos representantes reunidos en Convención Nacional Constituyente…
reconociendo la dignidad humana... Sanciona y promulga esta
Constitución».

Por su parte, el art. 1 de la referida CN afirma: «La República del


Paraguay adopta para su gobierno la democracia representativa,
participativa y pluralista, fundada en el reconocimiento de la dignidad
humana».

El reconocimiento de la dignidad humana, es la expresión política


más importante del constituyente, por ser el elemento anterior y fundante
del nuevo sistema constitucional. Al respecto, Paciello Candia (1997)
afirma:

En suma, el reconocimiento de la dignidad humana, no significa otra


cosa que la afirmación de que la persona humana, con prescindencia de la
existencia del propio Estado, constituye una entidad que ontológicamente
tiene fines propios, en sí y por sí misma, que nadie puede vulnerar (p. 348).

No caben dudas, que al redactarse la CN de la República (1992), se


tuvo en consideración las vulneraciones de los derechos humanos que
marcaron su historia, otorgando protagonismo a la dignidad humana al
consagrar su reconocimiento como fundamento.

Al respecto, la Declaración Universal de Derechos Humanos ubica al


derecho a la dignidad en su primer artículo, destacando de este modo su
importancia: «Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y
derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse
fraternalmente los unos con los otros».

Por su parte, la Convención Americana de Derechos Humanos, en su


art. 5°, menciona el derecho a la dignidad de las personas privadas de su
libertad, y en su art. 11° estipula sobre la protección de la honra y de la
dignidad:
1. Toda persona tiene derecho al respeto de su honra y al reconocimiento
de su dignidad. 2. Nadie puede ser objeto de injerencias arbitrarias o
abusivas en su vida privada, en la de su familia, en su domicilio o en su
correspondencia, ni de ataques ilegales a su honra o reputación.

3. Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra esas


injerencias o esos ataques.

Se hace hincapié en la relevancia moral del principio de dignidad


humana, al afirmar que «la violación de la humanidad, la lesión de la
dignidad humana, veda toda posibilidad de actuar como sujetos morales»
(Garzón Valdés 2006, p. 29). Asimismo, se considera que la dignidad de la
persona no es un atributo accidental sino una expresión equivalente a la
afirmación de su humanidad. La violación del principio de dignidad
equivale a la deshumanización de la persona, significa convertirla en objeto
o animalizarla.

Esta conceptualización resulta importante para la investigación, pues


obliga a analizar a la persona desde su naturaleza, es decir, como un ente
completo y apto para el ejercicio y goce de todos sus derechos.

Con relación al derecho a la dignidad humana, la normativa penal no


prevé un capítulo específico para la penalización de conductas atentatorias
a la misma, pero se garantiza la protección de la vida, integridad física,
privacidad y libertad. Cabe mencionar que este principio se encuentra en la
normativa penal de manera transversal, a fin de garantizar la protección de
los derechos humanos en el procedimiento penal.

OBJECIÓN DE CONCIENCIA EN EL PARAGUAY

En la normativa nacional, el derecho a la objeción de conciencia, se


encuentra prevista en el art. 37 de la CN como sigue: «Se reconoce la
objeción de conciencia por razones éticas o religiosas para los casos en que
esta Constitución y la ley la admitan».

Igualmente, en el art. 129, 5° párr. admite expresamente la objeción


de conciencia al servicio militar, al decir: «Quienes declaren su objeción de
conciencia prestarán servicios en beneficio de la población civil, a través de
centros asistenciales designados por ley y bajo Jurisdicción Civil. La
reglamentación y el ejercicio de este derecho no deberán tener carácter
punitivo».

A pesar de que la objeción de conciencia al servicio militar pareciera


ser el único caso expresamente previsto en la ley suprema, el art. 45 otorga
un marco legal a los derechos y garantías no enunciados en los siguientes
términos:

La enunciación de los derechos y garantías contenidos en esta


Constitución no debe entenderse como negación de otros que, siendo
inherentes a la personalidad humana, no figuren expresamente en ella. La
falta de ley reglamentaria no podrá ser invocada para negar ni para
menoscabar algún derecho o garantía.

En estas normas constitucionales, se pone de manifiesto que el


funcionamiento institucional está fundado en derechos y principalmente en
el reconocimiento de la dignidad humana, así como los esfuerzos
normativos y operativos estatales deben estar orientados a su respeto y
goce, como al ejercicio pleno de la libertad para garantizar la calidad de
vida de las personas sin discriminación.

Ante una controversia que se suscite entre las formas del Estado y su
funcionamiento, en caso de duda primará el interés de las personas, de su
derecho a la dignidad, para ello este protegerá esa dignidad humana, pues
la norma suprema se funda en su reconocimiento. Este principio de
funcionamiento de la República del Paraguay se apoya en derechos
concretos conocido como el principio pro personae. «Las personas son
sujetos visibilizados y protegidos en el enfoque de derechos, como
individuos y en su identidad o identidades individuales y colectivas»
(Villalba, 2018, p. 8).

Al respecto, Nogueira (2010) señala que:

….en la medida en que los derechos humanos son inherentes a la dignidad


humana, ello limitan la soberanía o potestad estatal, no pudiendo invocarse
esta última para justificar su vulneración o para impedir su protección
internacional, no pudiendo invocarse el principio de no intervención
cuando se ponen en ejercicio las instituciones, los mecanismos y las
garantías establecidas por la comunidad internacional para asegurar la
protección y garantizar el ejercicio efectivo de los derechos humanos de
toda persona y de todas las personas que forman parte de la humanidad (p.
87).

Se debe recordar que el ejercicio institucional está fundado y


reglamentado en derechos y en el reconocimiento de la dignidad humana y
todos los esfuerzos institucionales deben centrarse en crear espacios para
lograr el goce de derechos, otorgar los niveles más desarrollados de libertad
y de vida para todas las personas sin discriminación.
Todo lo mencionado en líneas anteriores, pretende visibilizar que el
problema de la solicitud y aplicación de la eutanasia o del suicidio
medicamente asistido es viable, si se observa desde otra perspectiva, no de
forma absoluta como el incumplimiento de una norma jurídica que atenta
contra el sistema democrático −el derecho a la vida−, sino como la idea de
que la persona que incumple una obligación por motivos personales −tanto
el que requiere los procedimientos, como los profesionales de la salud que
lo practican− podrían hallarse protegidos como una eximente de la sanción
penal sobre la base a la objeción debidamente manifestada y fundada en
razones de conciencia.

El derecho a la objeción de conciencia se encuentra íntimamente


ligado a la libertad de conciencia, de forma tal que fuerza el sistema
democrático, como explica la Prof. Dra. Myriam Peña (2016):

Así pues, estos son los dos componentes del dilema planteado: Por
un lado, deber inexcusable de cumplir el Derecho u obediencia al Derecho,
y, por otro lado, tutela de la autonomía moral del individuo frente a deberes
jurídicos que lesionan gravemente su conciencia (p. 39).

Analizando jurídicamente la problemática, es válido considerar que


en los casos de objeción de conciencia se produce una coalición entre la
libertad ideológica o de conciencia del individuo con otros bienes y
derechos constitucionalmente protegidos, y regulados en la normativa
nacional en leyes de menor jerarquía, pero fundados en la norma máxima.

Del análisis efectuado por la Dra. Peña en su publicación «Algunas


consideraciones a propósito del derecho a la objeción de conciencia en
Paraguay», una de las conclusiones más contundentes que merece ser
resaltada es: «...que la objeción de conciencia se entronca con el derecho
humano fundamental y emblemático de libertad de conciencia, que hace al
núcleo mismo de la personalidad humana» (2006, p. 39).

Finalmente, se debe tener en consideración que, existe una


coincidencia de criterios doctrinales desde un punto de vista jurídico, para
que la objeción de conciencia, sea considerada válida, requiere de la
confluencia de al menos, dos elementos básicos:

Por un lado, la −manifestación inequívoca de una actitud ética real y


seria de la persona−, basada en un criterio de conciencia religiosa o
ideológica que constriñe a un sujeto a ejercer acciones contra una
obligación jurídica.
Por otro lado, la existencia de un −deber jurídico válido−. La
exactitud y precisión de este requisito resulta indispensable, a fin de la
correcta disposición de la figura en el ámbito jurídico, pues, si la norma que
impone el deber jurídico es inconstitucional, existe la vía de la acción de
inconstitucionalidad, exigiendo la no aplicación de la norma al caso
concreto, pero si lo pretendido se encuentra en concordancia con lo
establecido en la CN, la vía para requerir el incumplimiento de una
obligación jurídica, debe realizarse por otra vía judicial.

En el caso de la eutanasia y el suicidio médicamente asistido, el CP


los castiga con penas privativas de libertad. No prevé excepciones en casos
de enfermedades incurables, tratamientos crónicos terminales y el deseo del
paciente de no seguir prolongando su sufrimiento.

Por ello, aquellos quienes integran el gremio médico; que por


motivos religiosos están en contra la eutanasia o del suicidio medicamente
asistido, no tienen la necesidad de recurrir a la objeción de conciencia
como ocurre en otros países, dado que no se encuentran compelidos por la
ley a practicarlos.

Objeción de conciencia: Caso paradigmático

En un juicio planteado en el año 2012, ante los órganos


jurisdiccionales a través de la garantía constitucional del amparo, un
requerimiento del Instituto de Previsión Social, en adelante IPS, ante la
negativa de un paciente de la religión Testigo de Jehová a recibir una
transfusión de sangre, la cual era necesaria para la intervención quirúrgica
de urgencia que el paciente requería.

En tal circunstancia, los médicos encargados solicitaron al paciente


su autorización para la eventual transfusión, a lo cual se negó, alegando que
su religión se lo impedía.

En dicha ocasión, la jueza de Primera Instancia hizo lugar al recurso


planteado por medio de la S. D. n.° 58 del 06 de setiembre de 2012,
habilitando a los accionantes a que trasfundan sangre al paciente, aun en
contra de su voluntad, en caso que sea necesario para preservar su vida. La
sentencia mencionada fue objeto de recurso por el paciente, resultando
positivo su recurso de apelación, con la consecuente revocación de la
sentencia que le imponía aceptar la transfusión de sangre.

El tribunal de alzada, en forma unánime a través de su decisión


plasmada en el Acuerdo y Sentencia n.° 49 del 25 de setiembre de 2012,
entendió en primer término, que el accionante no se hallaba legitimado para
plantear la acción, dado que «…eventualmente quedará resguardado por la
declaración expresa de voluntad del paciente a su negativa de someterse a
la transfusión sanguínea…».

A partir de dicho acuerdo y sentencia, se asientan bases interesantes


que deben ser minuciosamente examinados.

En primer lugar, los camaristas sostuvieron que la autonomía de la


voluntad individual de las personas está sustentada en su dignidad y
libertad para disponer de su propio cuerpo, ya que el caso no tiene siquiera
punto de comparación con la eutanasia, que podría contraponerse a los
valores fundamentales confrontados.

Asimismo, los juzgadores señalaron que, si bien es loable el interés


demostrado por el IPS en aras del cumplimiento de su función de
precautelar la salud y la vida de sus pacientes asegurados, ello no puede
afectar el derecho a la intimidad personal del paciente, ya que este es un:

(…) derecho humano fundamental, estrictamente vinculado a la


propia personalidad, derivada sin duda de la dignidad humana, implica la
existencia de un ámbito propio y reservado frente a la acción de los demás,
vale decir, el poder de autodeterminación del individuo en las decisiones
acerca de su persona sin posibilidad de injerencia extraña, salvo derecho de
tercero o el orden público (…) (Acuerdo y Sentencia n.° 49 del 25 de
setiembre de 2012).

Sobre el punto, el derecho de autodeterminación, según la cámara


puede ser ejercido −con prescindencia incluso de los motivos que lo
impulsan−, explicando el Tribunal que en el caso de autos quedó
demostrado que podían aplicarse al paciente otros procedimientos
alternativos igualmente eficaces para obtener el resultado pretendido con la
transfusión.

Finalmente, invocaron los juzgadores el art. 33 de la CN, que


consagra el derecho a la intimidad personal y familiar, así como el respeto
a la vida privada que son inviolables, y en tanto esta conducta no afecte el
orden público, está exenta de autoridad pública.

Varios medios de prensa locales se hicieron eco de este fallo, entre


ellos, el diario ABC Color, que en su edición digital de fecha 15 de octubre
de 2012, calificó dicho fallo de −polémico− y, al respecto, refirió:

(…) Los camaristas obviaron el derecho fundamental a la vida e


hicieron prevalecer el derecho a la intimidad… Resta saber si en caso de
haberla necesitado y los médicos no le transfundían, cuál sería la
responsabilidad civil y penal de los galenos (…).

La afirmación del encabezado del medio de prensa, se relaciona con


un cuestionamiento efectuado ut supra, si puede considerarse como el
hecho punible de suicidio cuando la víctima abandona o rechaza un
tratamiento, por otro lado, queda analizar que grado de responsabilidad
tendría el médico si obligara al paciente a realizar un determinado
tratamiento, o la transfusión de sangre en este caso.

Sobre el punto, concluye la Prof. Dra. Myriam Peña (2016):

Nuestra Constitución, al consagrar los derechos fundamentales de la


libertad ideológica y religiosa y, también la objeción de conciencia como
tal, convierte la actitud del objetor en el ejercicio de un derecho y no solo
frente al servicio militar, sino en principio, frente a cualquier obligación o
mandato imperativo de cualquier autoridad, que riña con las convicciones
íntimas del objetor (p. 55).

EUTANASIA: UN TEMA MÉDICO-JURÍDICO

Las concepciones de lo que puede considerarse una muerte digna, se


instala dentro del campo de la bioética, en lo referente al final de la vida
humana. Esta ética contiene temáticas sumamente polémicas, algunas
incluso consideradas un tabú, como son la eutanasia, distanasia, suicidio
asistido, la limitación del esfuerzo terapéutico, y otros.

En efecto, en la mayoría de estos planteamientos; es el paciente


quien no quiere padecer un final insensible, constreñido a la biotecnología
médica o con la aparatología médica, que finalmente lo que hacen es
prolongar la agonía −distanasia−. Es razonable afirmar que ninguna
persona querría un final dependiente de unas frías máquinas, con un
montón de catéteres y cánulas que le penetran todas las vías de su cuerpo,
al solo efecto de permanecer con vida.

Por lo tanto, se considera que, si el deseo del ser humano es fallecer


en paz, con la conciencia tranquila y en compañía de sus seres queridos,
familia, sin embargo, se priva de la posibilidad de disponer de su voluntad
para decidir sobre la prolongación de su vida, por circunstancias extremas
de su estado de salud, ejerciendo un derecho legítimo de la persona, que
−nuevamente− la bioética lo señala: El principio de autonomía.

En Paraguay, se realizó un estudio publicado por el Dr. Fabián


Bogado (2020) de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad
Nacional de Asunción, titulado: «Conocimientos y actitudes acerca de la
eutanasia y el suicidio asistido en estudiantes y profesionales del área de
salud del Hospital de Clínicas», con un alcance descriptivo de corte
transversal con muestreo no probabilístico, en tal sentido, se tomó 300
profesionales de salud y estudiantes del Hospital de Clínicas, en el cuyo
resultado concluye:

El 10 % ha recibido peticiones de pacientes para acelerar la muerte,


el 42,7 % ha considerado la idea de acelerar la muerte para terminar con el
sufrimiento. El 63,3 % aceleraría su muerte en caso de padecer enfermedad
terminal. El 32 % y 38 % está totalmente de acuerdo en legalizar el suicidio
asistido y la eutanasia, respectivamente, en caso de enfermedades
terminales. El 12,7 % lo está en caso de Alzheimer o esclerosis lateral
amiotrófica. El 16,7 % está a favor de la legalización de la eutanasia en
casos de tetraplejía. El motivo de desacuerdo más común (32 %) para su
legalización fueron las razones personales. El 20% y 15,3 % cometerían
eutanasia y suicidio asistido, respectivamente, en caso de padecer
enfermedades terminales. El 34 % probablemente cometería eutanasia a un
paciente en caso de ser legal.

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