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Meditaciones sobre la existencia de Dios

El documento presenta las primeras meditaciones metafísicas del autor sobre la existencia de Dios y el alma. El autor busca rechazar todo aquello que pueda dudar para encontrar verdades indudables. La única certeza que encuentra es 'pienso, luego soy', lo que le lleva a concluir que su esencia es pensar y que es distinta del cuerpo. Esto y la idea de un ser más perfecto que él lo llevan a deducir la existencia de Dios.
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Meditaciones sobre la existencia de Dios

El documento presenta las primeras meditaciones metafísicas del autor sobre la existencia de Dios y el alma. El autor busca rechazar todo aquello que pueda dudar para encontrar verdades indudables. La única certeza que encuentra es 'pienso, luego soy', lo que le lleva a concluir que su esencia es pensar y que es distinta del cuerpo. Esto y la idea de un ser más perfecto que él lo llevan a deducir la existencia de Dios.
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CUARTA PARTE

No sé si debo hablaros de las primeras meditaciones que hice, pues son tan metafísicas y
fuera de lo común que acaso no sean del gusto de todo el mundo. Sin embargo, me
siento obligado, en cierto modo, a hablar de ellas para que se pueda juzgar si los
fundamentos que he adoptado son bastante sólidos. Largo tiempo hacía que había
advertido que en lo que se refiere a las costumbres es a veces necesario seguir opiniones
que sabemos muy inciertas, como si fueran indudables, según se ha dicho
anteriormente. Pero, deseando yo en esta ocasión tan sólo buscar la verdad, pensé que
debía hacer todo lo contrario y rechazar como absolutamente falso todo aquello en que
pudiera imaginar la menor duda, para ver si, después de hecho esto, no me quedaba en
mis creencias algo que fuera enteramente indudable. Así, puesto que los sentidos nos
engañan a veces, quise suponer que no hay cosa alguna que sea tal como ellos nos la
hacen imaginar. Y como hay hombres que se equivocan al razonar, aun acerca de las
más sencillas cuestiones de geometria, y соmeten paralogismos, juzgué que estaba yo
tan expuesto a errar como cualquier otro y rechacé como falsos todos los razonamientos
que antes había tomado por demostraciones. Finalmente, considerando que los mismos
pensamientos que tenemos estando despiertos pueden también ocurrírsenos cuando
dormimos, sin que en tal caso sea ninguno verdadero, resolví fingir que todas las cosas
que hasta entonces habían entrado en mi espíritu no eran más ciertas que las ilusiones de
mis sueños. Pero advertí en seguida que aun queriendo pensar, de este modo, que todo
es falso, era necesario que yo, que lo pensaba, fuese alguna cosa. Y al advertir que esta
verdad -pienso, luego soy— era tan firme y segura que las suposiciones más
extravagantes de los escépticos no eran capaces de conmoverla, juzgué que podía
aceptarla sin escrúpulos como el primer principio de la filosofía que buscaba.

Al examinar después atentamente lo que yo era y ver que podía fingir que no tenía
cuerpo alguno y que no había mundo ni lugar alguno en el que lyo] me encontrase, pero
que no podía fingir por ello que yo no fuese, sino al contrario, por lo mismo que
pensaba en dudar de la verdad de las otras cosas se seguía muy cierta y evidentemente
que yo era, mientras que, con sólo dejar de pensar, aunque todo lo demás que hubiese
imaginado hubiera sido verdad, no tenía ya razón alguna para creer que yo fuese, conocí
por ello que yo era una substancia cuya total esencia o naturaleza es pensar, y que no
necesita, para ser, de lugar alguno ni depende de ninguna cosa material.De manera que
este yo, es decir, el alma por la cual soy lo que soy, es enteramente distinta del cuerpo y
hasta es más fácil de conocer que él, y aunque el cuerpo no fuese, el alma no dejaría de
ser cuanto es.

Después de esto consideré, en general, lo que se requiere para que una proposición sea
verdadera y cierta;Pues ya que acababa de encontrar una que sabía que lo era, pensé que
debía saber también en qué consistía esa certeza. Y habiendo notado que en la
proposición pienso, luego soy, no hay nada que me asegure que digo la verdad, sino que
veo muy claramente que para pensar es Preciso ser, juzgué que podía admitir como
regla general que las cosas que concebimos muy clara y distintamente son todas
verdaderas, pero que sólo hay alguna dificultad en advertir cuáles son las que
concebimos distintamente.

Reflexioné después que, puesto que yo dudaba, no era Mi ser del todo perfecto, pues
advertía claramente que hay mayor perfección en conocer que en dudar, y traté entonces
de indagar por dónde había yo aprendido a pensar en algo más perfecto que yo; y conocí
evidentemente que debía de ser por alguna naturaleza que fuese efectivamente más
perfecta. En lo que se refiere a los pensamientos que tenía acerca de muchas cosas
exteriores a mí, como son el cielo, la tierra, la luz, el calor y otras mil, no mepreocupaba
mucho el saber de dónde procedían, porque, no viendo en esos pensamientos nada que
me pareciese Superior a mí, podía pensar que si eran verdaderos dependían de mi
naturaleza en cuanto que ésta posee alguna perfección, y si no lo eran procedían de la
nada, es decir, que estaban en mí por lo defectuoso que yo era. Mas no podía suceder lo
mismo con la idea de un ser más perfecto que mi ser; pues era cosa manifiestamente
imposible que tal idea procediese de la nada, y por ser igualmente repugnante que lo
más perfecto sea consecuencia y dependa de lo menos perfecto que pensar que de la
nada provenga algo, no podía tampoco proceder de mí mismo.De suerte que era preciso
que hubiera sido puesto en mí por una naturaleza que fuera verdaderamente más
perfecta que yo y que poseyera todas las perfecciones que las que yo pudiera tener
alguna idea, o lo que es igual, para decirlo en una palabra, que fuese Dios. A lo cual
añadía que toda vez que yo conocía algunas perfecciones que me faltaban no era yo el
único ser que existía (usaré aquí libremente, si parece bien, de los términos de la
Escuela), sino que era absolutamente necesario que hubiere otro ser más perfecto, de
quien yo dependiese y de quien hubiese adquirido todo cuanto poseía. Pues si hubiera
sido yo solo e independientemente de todo otro, de tal suerte que de mí mismo
procediese lo poco que participaba del Ser perfecto, hubiera podido tener por mí mismo
también, por idéntica razón, todo lo demás que sabía que me faltaba, y Ser infinito,
eterno, inmutable, omnisciente, omnipotente, poseer, en suma, todas las perfecciones
que advertía que existen en Dios. Pues, según los razonamientos que acabo de hacer,
para conocer la naturaleza de Dios, en cuanto la mía era capaz de ello, me bastaba
considerar si era o No una perfección poseer las cosas de que en mí hallaba alguna idea,
y seguro estaba de que ninguna de las que denotaban alguna imperfección estaba en él,
mas sí todas las restantes. Y así notaba que la duda, la inconstancia, la tristeza y otras
cosas semejantes, no podían estar en Dios, puesto que yo me hubiera alegrado de verme
libre de ellas. Tenía yo, además de esto, ideas de muchas cosas sensibles y corporales,
pues aun suponiendo que soñaba y que todo lo que veía e imaginaba era falso, no podía
negar, sin embargo, que tales ideas estuvieran verdaderamente en Mi pensamiento. Pero
habiendo conocido en mí muy claramente que la naturaleza inteligente es distinta de la
corporal y teniendo en cuenta que toda composición denota dependencia y que la
dependencia es manifiestamente un defecto, deduje que no podría ser una perfección en
Dios componerse de estas dos naturalezas y que, por tanto,Dios no era compuesto. En
cambio, si en el mundo había cuerpos, o bien algunas inteligencias u otras naturalezas
que no fuesen completamente perfectas, su ser debía depender del poder divino, de tal
manera que sin él no Podrían subsistir ni un solo momento.

Quise indagar luego otras verdades, y habiéndome propuesto considerar el objeto de los
geómetras, al que concebía como un cuerpo continuo o un espacio indefinidamente
extenso en longitud, anchura y altura o profundidad, divisible en varias partes que
pueden tener varias figuras y tamaños, y ser movidas o traspuestas de muchas maneras,
pues los geómetras suponen todo eso en su objeto, repasé algunas de sus demostraciones
más sencillas, y habiendo advertido que esa gran certeza que todo el mundo atribuye a
tales demostraciones se funda tan sólo en que se conciben de un modo evidente según la
regla antes dicha, advertí también que no había nada en ellas que me garantizase la
existencia de su objeto; porque, por ejemplo, veía muy bien que, suponiendo un
triángulo,era necesario que sus tres ángulos fueran iguales a dos rectos, mas no por eso
veía nada que me asegurase que en el mundo hubiera triángulo alguno. En cambio, si
volvía a examinar la idea que tenía de un Ser perfecto, hallaba que la existencia estaba
comprendida en ella del mismo modo como en la idea de un triángulo se comprende que
sus tres ángulos sean iguales a dos rectos, o, en la de una esfera, el que todas sus partes
sean equidistantes de su centro, y hasta con más evidencia aún; y que, por consiguiente,
es por lo menos tan cierto que Dios, que es un Ser perfecto, es o existe, como lo pueda
ser cualquier demostración de geometría.

Pero si hay muchos que están persuadidos de que es difícil conocer lo que sea Dios, y
aun lo que sea el alma, es porque no elevan nunca su espíritu por encima de las cosas
sensibles y están tan acostumbrados a considerarlo todo con la imaginación, que es un
modo de pensar particular para las cosas materiales, que lo que no es imaginable les
parece ininteligible. Lo cual está bastante manifiesto en la máxima que los filósofos
admiten como verdadera en las escuelas y que dice que nada hay en el entendimiento
que no haya estado antes en los sentidos, aunque sea cierto que las ideas de Dios y del
alma jamás lo han estado. Y me parece que los que quieren hacer uso de su imaginación
para comprender esas ideas son como los que para percibir los sonidos u oler los olores
quisieran servirse de los ojos; habiendo, en verdad, esta diferencia entre aquéllas y
éstos: que el sentido de la vista no nos asegura menos de la verdad de sus objetos que el
olfato y el oído del suyo, mientras que ni la imaginación ni los sentidos pueden
asegurarnos de que sea cierta cosa alguna si el entendimiento no ha intervenido.

Finalmente, si aún hay hombres a quienes las razones que he presentado no han
convencido de la existencia de Dios y del alma, quiero que sepan que todas las demás
cosas que acaso crean más seguras —por ejemplo, que tienen un cuerpo, que hay astros
y una tierra y otras semejantes- son, sin embargo, menos ciertas. Porque si bien tenemos
una seguridad moral de esas cosas tan grande que parece que, a menos de ser un
extravagante, no puede nadie ponerlas en duda, sin embargo, cuando se trata de una
certidumbre metafísica no se puede negar, a no ser perdiendo la razón, que no sea
bastante motivo, para no estar totalmente seguro, el haber notado que podemos
asimismo imaginar en sueños que tenemos otro cuerpo y vemos otros astros y otra tierra
sin que ello sea cierto, pues ¿cómo sabremos que los pensamientos que se nos ocurren
durante el sueño son más falsos que los demás si con frecuencia no son menos vivos y
precisos? Y por mucho que los estudien los mejores ingenios, no creo que puedan dar
ninguna razón suficiente para desvanecer esta duda sin suponer previamente la
existencia de Dios.
Porque, en primer lugar, la regla que antes he adoptado -De que son verdaderas todas las
cosas que concebimos muy clara y distintamente – no es segura sino porque Dios es o
existe y porque es un Ser perfecto, del cual proviene cuanto hay en nosotros. De donde
se sigue que nuestras ideas o nociones, siendo cosas reales y que proceden de Dios, en
todo lo que tienen de claras y distintas, no pueden menos de ser verdaderas, de suerte
que si tenemos con bastante frecuencia ideas que encierran falsedad, es porque hay en
ellas algo confuso y oscuro y en este respecto participan de la nada, es decir, que si
están así confusas en nosotros es porque no somos totalmente perfectos, y es evidente
que no hay menos repugnancia en admitir que la falsedad o imperfección proceda como
tal de Dios mismo, que en admitir que la verdad o la perfección procedan de la nada.
Mas si no supiéramos que todo cuanto en nosotros es real y verdadero proviene de un
Ser perfecto e infinito, entonces, por claras y distintas que fuesen nuestras ideas, no
habría razón alguna que nos asegurase que tienen la perfección de ser verdaderas.

Después que el conocimiento de Dios y del alma nos ha asegurado la certeza de esta
regla, resulta fácil conocer que los ensueños que imaginamos al dormir no deben
hacernos dudar en manera alguna de la verdad de los pensamientos que tenemos cuando
estamos despiertos.Porque si ocurriese que durmiendo tuviéramos alguna idea muy
distinta, como, por ejemplo, que un geómetra inventara en sueños una nueva
demostración, el sueño no impediría que esa idea fuese cierta, y en lo que respecta al
error más frecuente de nuestros sueños, que consiste en representarnos diversos objetos
del mismo modo como lo hacen nuestros sentidos exteriores, poco importa que nos dé
ocasión para desconfiar de la verdad de tales ideas, pues éstas pueden engañarnos de
igual manera aun cuando no estuviéramos dormidos. Prueba de ello es que los que
padecen ictericia lo ven todo amarillo y que los astros y otros cuerpos muy lejanos nos
parecen mucho más pequeños de lo que son. En fin, despiertos o dormidos no debemos
dejarnos persuadir nunca si no es por la evidencia de la razón. Y adviértase que digo de
la razón, no de la imaginación o de los sentidos. Del mismo modo, porque veamos el sol
muy claramente, no debemos por ello juzgar que sea del tamaño que lo vemos; y muy
bien podemos imaginar distintamente una cabeza de león pegada al cuerpo de una cabra
sin que por eso haya que concluir que en el mundo existe la quimera: la razón no nos
dice que lo que así vemos o imaginamos sea verdadero. Pero sí nos dice que todas
nuestras ideas o nociones deben tener algún fundamento de verdad; pues no sería
posible que Dios, que es enteramente perfecto y verdadero, las hubiera puesto en
nosotros si fueran falsas. Y puesto que nuestros razonamientos nunca son tan evidentes
y completos en el sueño como en la vigilia, si bien a veces nuestras representaciones son
tan vivas y expresivas y hasta más en el sueño que en la vigilia, por eso nos dice la
razón que, no pudiendo ser verdaderos todos nuestros pensamientos, porque no somos
totalmente perfectos, deberá infaliblemente hallarse la verdad más bien en los que
pensamos cuando estamos despiertos que en los que tenemos durante el sueño.

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