Honorarios. El Cobro de Los Honorarios Regulados. Anzoategui
Honorarios. El Cobro de Los Honorarios Regulados. Anzoategui
Aspectos teórico
prácticos
I. Consideraciones iniciales.
Una de las cuestiones que siempre me llamó la atención, en mi no tan lejana época de estudiante en la
Universidad de Buenos Aires, fue la ausencia de materias o asignaturas en las cuales se enseñara a los
futuros abogados cómo hacer para poder vivir de la profesión, esto es, cómo hacer para estimar, acordar,
asegurar y percibir los honorarios profesionales. Me resultaba contradictorio que se dedicaran seis años
de carrera a enseñarnos, entre otras cosas, cómo proteger el patrimonio de nuestros futuros clientes, y
que ni siquiera estuviera prevista –aún como materia optativa- una asignatura que nos enseñara a
manejar y proteger el nuestro.
Una vez iniciada la vida profesional noté la consecuencia directa de ello. En una gran cantidad de casos,
los abogados –jóvenes y no tanto- carecen de conocimientos básicos sobre la materia, lo cual ocasiona
graves inconvenientes a la hora de su determinación y sobre todo de su protección y percepción, siendo
ésta la finalidad de la prestación del servicio profesional. Somos abogados por vocación, pero ejercemos
la abogacía para poder vivir de ella.
He aquí entonces el objetivo de estos lineamientos. Sería demasiado ambicioso, e incluso imposible,
intentar aquí un abordaje integral de la cuestión, por lo cual me restringiré a analizar sólo una de las
posibles fuentes de nuestros honorarios: los honorarios regulados que deben ser abonados por el
condenado en costas.
Dentro de este concepto englobaré los supuestos en los cuales alguno de los sujetos intervinientes en el
proceso, ya sea cliente o contraparte, deben afrontar el pago de los honorarios regulados judicialmente,
aunque para ello también deberé delinear los contornos de la otra gran fuente de nuestros ingresos: los
honorarios acordados con el cliente por el servicio profesional.
En primer lugar, recibe honorarios por haberlos acordado con el cliente como retribución por la labor
encomendada, siendo éste el obligado al pago de los mismos.
Pero puede tener derecho a recibir también la suma de honorarios que el juez fije como correspondiente a
su tarea según las pautas aportadas por la ley de arancel aplicable, ello incluso pese a la existencia de
honorarios acordados con el cliente, siendo en este caso la causa de tal retribución la condena en costas.
Paradójicamente, en estos casos el obligado al pago puede ser tanto un tercero como el propio cliente,
aunque la responsabilidad de este último se encuentra limitada por varias cuestiones que analizaremos
más adelante.
Teniendo en cuenta lo previsto en las leyes arancelarias (ley 21839 en la Capital Federal y decreto ley
8904/77 en la Provincia de Buenos Aires), los honorarios pueden ser establecidos por el abogado y su
cliente o por el juez de la causa, ya sea porque aquellos no han acordado nada al respecto, o porque
expresa o tácitamente han decidido someterse a su determinación por el juez. De esta forma, la
determinación judicial de la remuneración del letrado respecto de su cliente pareciera ser supletoria de la
vía contractual [2] .
Sin perjuicio de ello, teniendo en cuenta el carácter de orden público de la ley de arancel provincial (arts. 2
in fine y 3), el acuerdo de honorarios dentro de tal ámbito estará regido no sólo por el Código Civil, sino
por esta ley especial, no pudiéndose pactar, por ejemplo, montos inferiores a los allí determinados,
cuestión que no ocurre en el ámbito de la Capital Federal desde la reforma impuesta por la ley 24.432,
que volvió a la ley de arancel eminentemente supletoria.
Teniendo en cuenta lo previsto en el art. 4 tanto de la ley 21.839 como del decreto ley 8904/77, existen
dos modalidades para pactar honorarios con el cliente, esto es, dos formas que puede revestir el contrato
de honorarios: el convenio de honorarios y el pacto de cuota litis.
Por el contrario, el pacto de cuota litis es un contrato aleatorio, puesto que en este caso las partes
acuerdan que la retribución del profesional consistirá en porcentaje del resultado que en virtud del juicio
obtenga el cliente, porcentaje que no podrá superar el 40% del resultado obtenido –incluyendo en ese
tope los honorarios del letrado patrocinante y procurador (art. 4 ley 21.839)-, asumiendo el profesional por
lo tanto el mismo riesgo que el cliente, todo ello sin perjuicio del derecho a percibir honorarios que se
declaren a cargo de la parte condenada en costas.
Podemos agregar además, que el pacto de cuota litis sólo puede recaer sobre procesos contenciosos[3] –
puesto que tal carácter es el que constituye fundamentalmente el álea del contrato-, pudiendo ser
celebrado válidamente sólo mientras el resultado es incierto.
Al momento de dictar sentencia, el juez debe expedirse sobre quién debe solventar las costas del proceso
y regular los honorarios de los profesionales intervinientes, aunque no medie petición expresa (arts. 163
inc. 8 CPCCN, 47 ley 21.839 y art. 51 decreto ley 8904/77).
Las costas son el cúmulo de gastos causados u ocasionados por la sustanciación del litigio y los que se
hubiesen realizado para evitar el pleito, mediante el cumplimiento de la obligación (arg. art. 77 primer
párrafo del CPCCN). Estos gastos deben ser pagados por los intervinientes en el juicio, debiendo decidir
el juez quién será el responsable de sufragarlos a modo de condena accesoria.
Siendo gastos necesarios para ejercer la actividad jurisdiccional (pretensión o defensa), en principio,
deben ser resarcidas por el litigante vencido (arg. art 68 primer párrafo CPCCN, criterio que es conocido
como el “principio objetivo de la derrota”) dado que es su actitud la que ha motivado tales gastos. La
condena en costas constituye así no una sanción al vencido, sino una condena accesoria que tiene por
objeto procurar un resarcimiento al vencedor, garantizando el derecho a obtener una reparación plena[4].
Dos grandes rubros son los que integran las costas: los gastos causídicos (erogaciones que han debido
efectuar las partes para accionar o defenderse) y los honorarios de los profesionales intervinientes.
Constituyen gastos del proceso las sumas de dinero utilizadas para el pago de tasas judiciales, gastos
derivados del diligenciamiento de documentos, edictos, los honorarios de los peritos, el impuesto al valor
agregado –en caso que la condición fiscal del acreedor exigiere que éste actúe como agente de retención
de tal impuesto[5] -, etc., no así el pago del bono de actuación profesional[6] y a mi entender, por
similares razones, las contribuciones previsionales a cargo de los letrados, ni los gastos superfluos o
inútiles (por ejemplo, el papel y la tinta de los escritos).
Asimismo, no deben considerarse costas del proceso los gastos ocasionados por peticiones
desestimadas y los gastos excesivos, en la medida de su exceso, para lo cual el juez tiene la facultad de
reducirlos prudencialmente.
En tal sentido, se ha resuelto acertadamente que si los obligados al pago no oponen reparo a la
regulación de honorarios a practicarse a sus letrados, no cabe asignarle a tal actitud el valor de un
reconocimiento tácito del derecho a percibirlos, puesto que la determinación de los emolumentos lo único
que resuelve es el monto, pero nada afirma sobre la procedencia o forma de pago[8], todo lo cual deberá
sustanciarse y resolverse en la etapa de ejecución de los mismos.
Tales cuestiones quedarán definidas por el juego de otros factores: por la condena en costas, la
existencia de convenio de honorarios con el cliente, su alcance, cumplimiento, etc., como intentaremos
develar en los apartados siguientes.
De tal forma, puede que el litigante vencido sea quien deba pagar nuestros honorarios, ello con o sin
exclusión de la obligación de nuestro cliente.
Si sumamos a ello la responsabilidad subsidiaria del cliente por el no pago de los honorarios regulados a
favor de su abogado y a cargo de la contraparte (art. 49 in fine), tendremos distintos casos en los que
corresponderá o no el derecho del profesional a cobrar honorarios del condenado en costas.
Puede que sea el cliente quien resulte condenado en costas, ya sea por haber sido así resuelto por el
juez de la causa[9] , o por tratarse de un proceso voluntario en donde, al no haber técnicamente una
pretensión que se ejerce contra otro sujeto sino una petición procesal extracontensiosa[10], no hay
vencido que deba cargar con las costas, razón por la cual las “gastos” son impuestos a los peticionantes.
En este caso, el derecho al cobro de los honorarios regulados en nuestro favor dependerá de si los
hemos o no pactado con nuestro cliente, y bajo qué modalidad lo hemos hecho.
Así, se ha decidido que lo característico de este tipo de contratos es que el profesional asume el riesgo
del litigio, renunciando a percibir de sus clientes cualquier otra retribución que no sea un porcentaje del
resultado económico obtenido en el proceso (conforme Cam. Nac. Com. Sala C, in-re: “Diners Club
Argentina SACYT c/ Sacher, Roberto E. s/ Ejecutivo” del 31/03/2000)”[11].
El Tribunal de Disciplina del Colegio de Abogados de la Capital Federal, ha resuelto que la acumulación
forzada de honorarios regulados impuestos en calidad de condena parcial en costas a su propio cliente y
de la resultante del pacto de cuota litis es violatoria del art. 4° de la ley 21.839 que sólo permite adicionar
al mismo los honorarios judiciales a cargo del tercero condenado en costas[12] , considerando tal
conducta una falta consistente en anteponer los propios intereses a los del cliente, a lo que debo agregar,
según entiendo, que tal conducta podría constituir delito penal.
Cuando la parte contraria es la condenada en costas, el letrado se vuelve acreedor, además de los
honorarios que oportunamente ha acordado con su cliente por la tarea encomendada (conseguir el
desalojo de un inmueble, obtener una indemnización dineraria por daños y perjuicios, etc.), de los
honorarios regulados por el juez.
En este caso, el obligado al pago será quien haya sido condenado en costas. Este derecho del
profesional a obtener una doble remuneración consistente en una suma aportada por el cliente y otra por
el condenado en costas, es reconocido expresamente tanto por la ley de arancel provincial como de la
Capital Federal (art. 4 inc. d y art. 4 respectivamente), por responder ambas a diferentes conceptos.
Sin embargo, en el ámbito nacional, y en virtud de lo previsto en el art. 49 de la ley 21.839, en el supuesto
que el condenado en costas no cumpliere con tal pago, el profesional puede reclamar su pago al cliente,
previa interpelación a tal fin[13].
Por tal motivo se sostiene que el cliente posee una obligación subsidiaria respecto de los honorarios que
correspondan al letrado en concepto de costas.
Un tanto diferente es la cuestión en jurisdicción provincial, en donde el art. 58 del decreto ley 8904/77
establece expresamente que el cliente es obligado solidario respecto del pago de los honorarios
regulados.
Entiendo que tal obligación no resulta exigible cuando entre cliente y letrado han suscripto pacto de cuota
litis, puesto que tal contrato implica, como hemos visto, la renuncia por parte del profesional a cobrar al
cliente los honorarios regulados, tanto en el caso de ser éste obligado directo a tal pago por resultar
condenado en costas, como por la obligación de garantía prevista en el art. 49 de la ley de arancel.
Tampoco resulta exigible cuando el profesional renuncia expresamente a cobrar al cliente cualquier suma
regulada en su favor en el proceso mediante una cláusula inserta en el convenio de honorarios.
Sin embargo, el juez tiene la facultad de “diferir” las regulaciones de honorarios, al momento en el cual
exista liquidación aprobada y firme. En el ámbito de la provincia de Buenos Aires, el art. 51 de la ley de
arancel local prevé que podrán hacerlo cuando la condena incluya el pago de intereses, frutos y otros
accesorios.
Distinto criterio pareciera adoptar la ley 21.839, que en su art. 47 sólo habilita a los magistrados a efectuar
tal diferimiento cuando “para proceder a la regulación de honorarios fuere necesario establecer el valor de
los bienes”, por lo cual únicamente en caso que la regulación dependa de tal estimación podría el juez
válidamente postergar su cuantificación; aunque por lo general se suele hacer en una gran cantidad de
casos no contemplados por esta excepción.
A. La regulación de honorarios.
Tal como hemos comentado, los honorarios deben ser regulados por el juez al dictar sentencia definitiva,
o cuando exista base cierta sobre la cual efectuar la estimación, constituyendo tal resolución sólo una
estimación de la labor profesional que no supone en absoluto el derecho al cobro de los mismos, ni
determina el obligado al pago en su caso.
Pero cuando el juzgado decide diferir su regulación en los términos antes referenciados, una vez firme la
resolución que aprueba la liquidación, corresponde que el profesional solicite expresamente la regulación
de sus honorarios.
El art. 51 del Reglamento para la Justicia Nacional prevé que en los escritos en que ello se solicite,
deberán indicarse con precisión los trabajos a regular, practicando previamente, en su caso, la
clasificación de aquellos; aunque la falta de exigencia de tal extremo por parte de la mayoría de los
tribunales hace que los letrados suelan omitirlo.
Por un lado, puede sostenerse que el auto regulatorio es una providencia simple, toda vez que estima los
honorarios sin necesidad de traslado previo, requisito que es propio de las sentencias interlocutorias. Por
este motivo, es que suele sostenerse que técnicamente no existe “procedimiento regulatorio”.
Sin embargo, es difícil sostener que la regulación de honorarios, teniendo en cuenta que se trata, ni más
ni menos, que de la estimación de un crédito de carácter alimentario a favor del letrado, pueda ser
considerada un acto “de mera ejecución” que tiende simplemente al “desarrollo del proceso”, pasible de
ser ordenado mediante una providencia simple, de acuerdo a lo previsto en el art. 160 CPCCN.
En el caso particular de las regulaciones de honorarios autónomas, existen dos elementos que pueden
convencernos de que se trata de sentencias interlocutorias: el primero de ellos, es la necesidad de
fundamentación expresa, típica de este tipo de resoluciones, que impone el art. 47 de la ley de arancel
nacional; y el segundo es la forma de notificación de estas resoluciones, que es ordenada en la totalidad
de los casos por cédula, de conformidad con el art. 135 inc. 13 CPCCN y art. 135 inc. 12 CPPC de la
PBA, exigencia que es expresa en el ámbito de la Provincia de Buenos Aires (conf. art. 57, decreto ley
8904/77) y característica de las sentencias interlocutorias.
No debe dejar de llamar la atención, que el CPCCN regule específicamente a la apelación como recurso
procedente contra regulaciones de honorarios (art. 244, segundo párrafo).
2. ¿Cómo debe regular el juez los honorarios? El juez debe regular los honorarios profesionales de
acuerdo a las pautas de la ley de arancel aplicable en su jurisdicción, de las cuales haremos una somera
explicación.
Para empezar, debemos distinguir si nos encontramos o no frente a un proceso susceptible de
apreciación pecuniaria.
Ese monto del proceso, es considerado como la “base regulatoria” sobre la cual se determinarán los
porcentajes aplicables a efectos de justipreciar los emolumentos.
Una vez establecido éste, y como segundo paso, deben determinarse los “topes porcentuales” que,
aplicados a la base regulatoria, darán el monto de los honorarios.
Estos topes porcentuales dependen, principalmente, del resultado del litigio. Así, en el ámbito nacional, el
art. 7 de la ley 21.839 prevé que deberán regularse a los abogados por sus actuaciones en primera
instancia, entre un 11% y un 20% del monto del proceso, y de un 7% a un 17% en caso de los abogados
de la parte vencida. La ley provincial no hace tal distingo, estableciendo que los honorarios de los
abogados serán fijados entre un 8% y un 25% del monto del proceso, aunque prevé que, en el caso de
que se pierda el litigio totalmente, el mínimo regulatorio se reducirá al 70% (conf. art. 26 decreto ley
8904/77)
Luego, la decisión del juez de fijar un determinado porcentaje dentro de esos topes, dependerá de un
cúmulo de reglas y factores, entre las que encontramos las etapas procesales cumplidas, los mínimos
legales de regulación por tipo de proceso (art. 8 ley 21.839), la naturaleza y complejidad del asunto
(pautas objetivas), el resultado obtenido y la relación entre la gestión profesional y la probabilidad de
efectiva satisfacción de la pretensión reclamada en el juicio, el mérito de la labor profesional, el respeto
por la economía procesal y la trascendencia moral y económica que tuviere el asunto o proceso para
casos futuros, para el cliente y para la situación económica de las partes (todas pautas contenidas en el
art. 6 de la ley 21.839), pautas de características más subjetivas que las primeras. La ley provincial
contiene otras pautas subjetivas interesantes, como las responsabilidades que de las particularidades del
caso se hubiesen derivado para el profesional, las actuaci ones de mero trámite, la complejidad y
novedad del asunto, etc. (conf. art. 16 decreto ley 8904/77).
Asimismo, la actuación del abogado como letrado patrocinante o como procurador debe incidir en el
monto de su regulación, puesto que está prevista una mayor regulación para este último en ambas leyes
regulatorias (art. 14 decreto ley 8904/77 y art. 9 ley 21.839).
3. ¿Cómo se regulan realmente los honorarios? Pese al procedimiento antes explicado, la realidad
pareciera mostrar que los jueces rara vez aplican tal método. En los casos de procesos susceptibles de
apreciación pecuniaria, sólo atienden, en los mejores casos, a las pautas objetivas (monto del proceso,
porcentuales aplicables según el resultado del litigio y etapas cumplidas), en una forma extremadamente
mecánica (se dice que incluso tienen armadas “tablas” numéricas para cada tipo de proceso), que deja
fuera de análisis importantísimas pautas “subjetivas”.
Peor aún, misma sistematicidad aplican en los procesos en donde no existe valor económico, en donde
directamente el tribunal tiene asignado un “precio” de los honorarios, el cual regula en todos los procesos
de características similares.
Esto explica por qué las regulaciones de honorarios, pese a la enunciación asistemática (y muchas veces
errónea) de las pautas arancelarias aplicables, carecen realmente de fundamento.
En la mayoría de los casos, no son fruto de un real razonamiento judicial, razón por la cual no hay
fundamentos reales que puedan volcarse en ellas, sino aseveraciones normativas meramente dogmáticas
que les confieren el vicio de la fundamentación aparente[18], lo que vuelve extremadamente complicado,
tal como veremos, la apelación de estas resoluciones.
4. Los honorarios y el impuesto al valor agregado (IVA). El impuesto al valor agregado, concebido
como un impuesto que grava al consumo, y por tal motivo indirecto y trasladable al consumidor final, no
puede considerarse incluido dentro de la regulación judicial –salvo que el juez expresamente así lo
prevea-, sino que en caso que la condición fiscal del letrado así lo requiera, el monto para el pago del
mismo debe adicionarse a la regulación, ya que el impuesto se encuentra a cargo de quien debe abonar
los emolumentos.
Para esto, es aconsejable, al momento de solicitar la regulación, acompañar constancia de inscripción
(por ejemplo, como responsable inscripto), y solicitar expresamente la adición de la alícuota
correspondiente (21%).
Por principio general, la regulación de honorarios debe ser notificada en el domicilio constituido de los
litigantes. En caso de que la misma constara en la sentencia definitiva, debiera ser notificada por el propio
tribunal (art. 485 CPCCN), y ante omisión de éste, y en los casos de existir un auto regulatorio posterior,
por el interesado.
El auto regulatorio debe ser notificado a los obligados al pago, principales y subsidiarios, en principio al
domicilio constituido. Sin embargo, respecto al propio cliente –sea patrocinado o mandante-, toda
regulación de honorarios debe notificársele al domicilio real o especialmente constituido a tales efectos
(art. 62 ley 21.839). Los arts. 57 y 54 del decreto ley 8904/77 prevén similar protección en favor del
cliente, y además agregan que la regulación se considerará firme una vez notificada en el domicilio real,
aunque ello no quita que pueda notificarse personalmente mediante la presentación de un escrito a tales
efectos.
Es claro que ambas normas disponen tal medida teniendo en cuenta que pesa sobre el cliente la
obligación de garantía (cuando no es el obligado principal) respecto de la satisfacción de su patrocinante
o apoderado, para darle una más que razonable posibilidad de cuestionar los emolumentos regulados a
su letrado, puesto que podría tener que afrontarlos, máxime cuando en este punto pueden existir
intereses contrapuestos entre el letrado y su cliente.
Por tal motivo, estimo que no es necesaria tal comunicación si el letrado renunció convencionalmente a
cobrar de su cliente los honorarios regulados en el proceso (por ejemplo, en el caso de los pactos de
cuota litis), dado que en este caso el cliente carece de interés para cuestionar tal resolución.
Tal como hemos sostenido, al considerar a la regulación de honorarios una sentencia interlocutoria, la
misma sólo es pasible de recurso de apelación, además del recurso o remedio de aclaratoria, en caso de
ser necesario (art. 166 inc. 2 CPCCN).
1. La inapelabilidad por el monto en materia de honorarios. Pareciera existir cierta contradicción entre
los arts. 244 y 242 último párrafo del CPCCN. El primero determina la apelabilidad de “Toda regulación de
honorarios”, mientras que del segundo deducimos la inapelabilidad de las resoluciones judiciales cuyo
monto -“valor cuestionado”- no exceda de $ 4.369,67[19].
Los plenarios “Alpargatas S.A.”[20] y Aguas Argentinas S.A.”[21] han definido la cuestión en los fueros
Comercial y Civil nacional respectivamente, estableciendo que prevalece la regla de la apelabilidad de
toda regulación de honorarios por sobre el límite establecido en el art. 242, solución que resulta a todas
luces razonable dado que prevalece así la norma especial sobre la norma general.
En otros fueros, la cuestión está aún debatida, e incluso, considerando el carácter accesorio de la
apelación de honorarios, se ha entendido que “una interpretación armónica y coherente de los artículos
242 y 244 del C.P.C.C.N. lleva a la convicción de que, en función del principio de accesoriedad, la
apelabilidad de los honorarios no puede desvincularse de la posibilidad de apelación de la cuestión
principal que la resolución judicial decide”[22], razón por la cual la apelación de los honorarios estaría
limitada a la posibilidad de apelación de la sentencia principal, sobre la que sí pesa el límite pecuniario
establecido en el art. 242 del CPCCN.
2. Trámite de la apelación.
La apelación de honorarios es considerada, tanto en el ámbito nacional como provincial, como una
apelación “en relación” sujeta a un trámite especial, distinto que el previsto para la generalidad de las
apelaciones concedidas de esta forma.
Esta autonomía normativa, con especiales previsiones en cuanto al plazo y ocasión de fundamentar el
recurso, impiden considerarlo implícito en la apelación deducida contra la sentencia definitiva, aunque ese
acto decisorio contenga la regulación, de allí que, en tal caso, deberán interponerse recursos por
separado contra la sentencia y la regulación, siguiendo cada uno con su propio trámite[23] . Esto no quita
que ambos recursos puedan interponerse en el mismo escrito, pero sí que expresamente deben apelarse
ambos conceptos, y que ambas apelaciones seguirán trámites diferenciados.
Por lo tanto, si la parte o el letrado apelan la sentencia, sin indicar que se apela tanto la misma como sus
honorarios, y tampoco presenta el memorial para fijar el alcance del recurso respecto de los honorarios,
los mismos quedarán firmes, dado que no procede agraviarse de ellos en el marco de los agravios contra
la sentencia principal.
Por otra parte, presenta cierta dificultad interpretativa la cuestión del momento procesal oportuno para
fundar el recurso, en caso de que el litigante o el letrado decidan hacerlo. El art. 244 segundo párrafo
prevé que “El recurso de apelación deberá interponerse y podrá fundarse dentro de los cinco días de la
notificación”.
Por su parte, el art. 57 del decreto ley 8904/77, dispone que “Serán apelables en el término de cinco (5)
días, pudiendo fundarse la apelación en el acto de deducirse el recurso, que se resolverá sin
sustanciación dentro de los diez (10) días de recibido el expediente por la Alzada”.
Se ha interpretado que, según esta normativa, el plazo de cinco días es común para interponer y fundar el
recurso[24], de lo cual se deduciría que ambos actos podrían efectuarse en momentos distintos dentro de
tal plazo.
Me permito disentir con tal criterio. En primer lugar, porque creo que la duda interpretativa sólo podría
caber en el ámbito nacional, dado que la ley provincial es clara en cuanto a que la fundamentación debe
efectuarse “en el acto de deducirse el recurso”. En segundo lugar, si analizamos gramaticalmente el
artículo 244 segundo párrafo del CPCCN, vemos que la dificultad gira en torno a la presencia de la
palabra “podrá”, que a mi parecer intenta no generar una posible diferencia temporal entre los momentos
de interposición y fundamentación, sino remarcar el carácter facultativo de esta última. Por último, el
principio de preclusión pareciera reforzar esta idea.
En tal sentido, se ha dicho que “la facultad de fundar debe ser ejercida al momento de la interposición, no
en una oportunidad posterior, ni aún dentro de los cinco días de la notificación si restara plazo por
cumplirse”[25].
Distinto trámite de fundamentación requieren los recursos de apelación interpuestos contra regulaciones
de honorarios en incidentes, puesto que al ser concedidos “con efecto diferido” (conf. art. 69 CPCCN y
CPCC), la fundamentación debe ser efectuada al momento en que el expediente sea elevado a la Cámara
con motivo de entender en el recurso que se interponga contra la sentencia definitiva (arts. 247 primer
párrafo y 260 inc. 1 del CPCCN; arts. 247 y 255 inc. 1 del CPCC).
b. Contenido de la fundamentación.
La fundamentación de la apelación contra las regulaciones de honorarios no escapa a las reglas relativas
a la expresión de agravios, debiendo consistir en una crítica concreta y razonada de las partes del fallo
que el litigante considere equivocadas (art. 265 del CPCCN y art. 260 CPCC), o lo que es igual, la
indicación precisa de los errores u omisiones que contenga, además del perjuicio del apelante,
consistente en estos casos en lo exiguo o elevado de los emolumentos regulados.
Pero en particular, la apelación de los honorarios presenta una importante dificultad práctica, y es la
ausencia de fundamentos reales y expresos. La obligación del juez de exponer expresamente sus
fundamentos al momento de dictar las sentencias definitivas e interlocutorias, garantiza que las mismas
sean una derivación razonada del derecho vigente y por ello no arbitrarias, pero además garantiza la
plena vigencia del derecho de defensa, puesto que permite detectar los errores en que se incurre al
momento de fallar, para poder dejarlos de manifiesto al momento de intentar obtener la revocación de la
sentencia equivocada.
Eduardo Díaz[26] señala la existencia de tres posibles errores en el “modo de razonar judicial” o,
conocidos como “errores in iudicando”: errores en la apreciación de los hechos, en la valoración de la
prueba o en la aplicación del derecho (subsunción de los hechos en la norma jurídica).
Teniendo en cuenta ello, cuando el juzgador establece cuáles son los hechos, su valoración de los
mismos y la ley que considera aplicable, quedan de resalto los errores de razonamiento.
Toda vez que en las regulaciones de honorarios los jueces se limitan a citar la normativa aplicable, sin
fijar los hechos ni dejar en claro cómo estos se subsumen en la norma, la parte o letrado que desee
cuestionarlas debe, en primer lugar, efectuar expresamente el razonamiento omitido por el juzgador,
fijando los hechos tales como el monto del proceso, las etapas cumplidas, etc., estableciendo cómo se
han cumplido las pautas subjetivas, realizando la subsunción de tales hechos en la norma que
corresponde aplicar para, una vez hecho ello, dejar en claro cuáles son los errores que la descalifican
como acto jurisdiccional válido y constituyen los agravios del interesado.
c. ¿Es necesario sustanciar los fundamentos? La ley provincial sostiene expresamente que no debe
darse traslado de los fundamentos (art. 57 decreto ley 8904/77)[27]. La cuestión no está contemplada en
el régimen nacional, aunque podemos encontrar un antiguo plenario de la Cámara Nacional Especial Civil
y Comercial -“Rivero, Martín”-, en el cual se estableció que en los recursos interpuestos contra las
regulaciones de honorarios deben resolverse sin previa sustanciación[28].
Pese a la existencia de tal plenario, pareciera prevalecer la postura que sostiene la necesidad de conferir
traslado a la parte apelada de la fundamentación del recurso, en resguardo de su derecho de defensa en
juicio, de acuerdo a las modalidades propias del recurso de apelación concedido en relación (art. 246
CPCCN)[29] , postura que comparto, sobre todo teniendo en cuenta que el monto regulado y revisado por
la alzada hace cosa juzgada en sentido formal, no pudiéndose cuestionar el mismo en la etapa de
ejecución de los emolumentos. Por tal motivo, entiendo que la sustanciación de los fundamentos debe
efectuarse necesariamente, debiendo realizarse en primera instancia.
d. Resolución de la Cámara. Poderes del tribunal en la materia. Honorarios y costas por actuación
en la alzada. Recurso extraordinario en materia de honorarios. La Cámara, recibido el expediente con
sus respectivos memoriales –y sus contestaciones-, resuelve inmediatamente el recurso si el expediente
ya tuviera radicación anterior de Sala, caso contrario, se sorteará la misma para luego dictarse
providencia de autos para sentencia.
En caso de tratarse de honorarios regulados en la sentencia de primera instancia, la apelación se
resolverá conjuntamente con la apelación contra aquélla.
La Cámara estará limitada para examinar los honorarios regulados a las apelaciones pertinentes, por
obvias cuestiones de congruencia, de forma que si los mismos han sido apelados solamente por
bajos, “solo procede elevar la regulación allí practicada, pero de ningún modo disminuirla, pues lo
contrario implica incurrir en una indebida <reformatio in peius>, es decir, hacer más gravoso para el
apelante el pronunciamiento de primera instancia en lo que ha quedado consentido por la otra parte” [30].
Cómo excepción, el art. 279 CPCCN (y art. 274 del CPCC) prevé la posibilidad de que la alzada altere las
regulaciones de honorarios incluso en supuestos en los cuales las mismas no han sido apeladas, sólo en
caso de revocación o modificación de la sentencia de primera instancia, a adecuar la condena en costas y
el monto de los honorarios regulados al contenido del nuevo pronunciamiento, “aunque no hubiesen sido
materia de apelación”.
La tramitación de la instancia recursiva puede llegar a provocar la condena en costas y regulación de
honorarios por la tramitación en la alzada, sobre todo en el caso en que los recursos hayan sido fundados
y contestados los traslados de los agravios. Pese a ello, se tiene dicho que “La condena en costas en los
recursos contra las providencias que regulan honorarios de los profesionales intervinientes en el proceso
debe tener lugar con criterio excepcional, ello fundamentalmente en mérito al carácter facultativo de la
actuación que se desprende del art. 244, CPCCN, y en virtud del amplio margen que las leyes
respectivas, en la materia, reservan a la discreción del tribunal que tradicionalmente ha llevado a imponer
las cosas en el orden causado” [31].
Asimismo, se ha dicho que “La fundamentación de la apelación de los honorarios regulados a los
abogados es potestativa e insusceptible de sustanciación (art 57 dec. ley 8904/77), por lo que no genera
imposición en costas alguna (art. 68 y 77 del CPCC), tratándose de tareas voluntarias que no otorgan
derecho a regulación” [32].
Por esta razón debo recomendar lo siguiente: Si estima que en su caso se ha cometido un error al regular
los honorarios, apele y fundamente los mismos, puesto que probablemente no medie condena en costas
incluso si la Cámara no hace lugar a la apelación.
Por regla general, las cuestiones relacionadas con los honorarios profesionales devengados en instancias
ordinarias son materia ajena al recurso extraordinario, por tratarse de cuestiones fácticas y de índole
procesal [33] . Excepcionalmente, se ha hecho lugar al remedio federal por aplicación de la doctrina de la
arbitrariedad de sentencia, por no constituir la regulación una derivación razonada del derecho vigente,
por contener aseveraciones meramente dogmáticas o razonamientos aparentes, aunque con criterio
restrictivo atento el amplio margen de discrecionalidad que las leyes arancelarias confieren a los
magistrados; o cuando la regulación atenta contra el derecho de propiedad resultando confiscatoria, en
relación con la tarea cumplida por el profesional.
En el caso de los honorarios regulados, el plazo de prescripción aplicable es de 10 años previsto en el art.
4023, que estimo debe computarse desde que los mismos queden firmes.
En el régimen bonaerense, el plazo de pago para el obligado principal es de 10 días (conf., art. 54,
decreto ley 8904/77).
B. Pago voluntario de los honorarios.
La parte condenada en costas tiene la obligación de abonar los honorarios firmes dentro de los
mencionados plazos. De no hacerlo, es pasible de ejecución de los mismos.
El pago de los éstos puede verificarse en forma extrajudicial (con la emisión de la correspondiente
factura), oportunidad en la que además, suele pedírsele al letrado acreedor la suscripción de un escrito en
el cual se manifieste el cobro de los emolumentos, para ser presentado por el condenado en costas en el
expediente.
Asimismo, puede optarse por el depósito de las sumas en el expediente y la dación en pago de las
mismas en concepto de los honorarios, de lo cual el juzgado dará traslado. El letrado, de esta forma,
podrá solicitar el libramiento del cheque, manifestando su conformidad con la suma depositada o no,
situación en la cual deberá practicar la liquidación de los mismos y, en todo caso, solicitar el giro “a
cuenta” de lo que estime corresponder.
Si decide optar por lo primero, en el ámbito nacional, deberá notificar a aquél por cualquier medio
fehaciente del reclamo, teniendo un plazo de 30 días para cumplir su obligación (art. 50, ley 21.839), no
siendo necesaria la previa ejecución del condenado en costas o la demostración de la incapacidad
económica de éste[36].
Cabe aclarar que se ha entendido que dicho mecanismo es de aplicación a los procesos contenciosos
mas no a los voluntarios, razón por la cual el juez, a petición de parte, deberá fijar un plazo de
cumplimiento, siendo necesaria la interpelación al deudor[37].
En el ámbito provincial, teniendo en cuenta que la responsabilidad del cliente por el pago de costas a su
letrado no es subsidiaria sino solidaria respecto del condenado a su cumplimiento (art. 58, decreto ley
8904/77), no es necesaria la previa intimación al condenado en costas, pudiendo dirigirse el reclamo tanto
a éste como al cliente, apenas vencido el plazo de cumplimiento.
Tanto en el caso que la pretensión de cobro de los honorarios regulados esté dirigida al condenado en
costas como al cliente, la misma tramita por las normas de ejecución de sentencia[38] (conf. arts. 50
segundo párrafo ley 21.839 y 500 inc. 3° del CPCCN en el ámbito nacional, y arts. 58 decreto ley 8904/77
y art. 498 inc. 3° del CPCC), razón por la cual no es requisito previo la preparación de la vía ejecutiva [39].
Asimismo, el juez del proceso principal es el competente para entender en la ejecución de los honorarios
regulados (art. 6 inc. 1 CPCCN y CPCC), siendo este criterio también adoptado para la ejecución de
honorarios convenidos contractualmente[40].
E. Procedimiento.
Particularidades.
Las normas relativas al procedimiento de ejecución de sentencia nos indican la necesidad de la parte
interesada de promover este tipo de ejecuciones (art. 499 CPCCN y 497 CPCC), una vez firmes los
honorarios y vencido el plazo para el cumplimiento, ya sea para la parte condenada en costas o el cliente.
Excede al presente trabajo el análisis de las alternativas propias del proceso de ejecución de honorarios,
dado que se subsumen en el procedimiento genérico de la ejecución de sentencia. Sin embargo,
comentaremos ciertas particularidades relacionadas con la especial índole del crédito que se pretende
ejecutar en estos casos.
1. Posibilidad de intimación previa. El artículo 504 del CPCCN, prevé la posibilidad de que, antes de
promover la ejecución, el ejecutante solicite la intimación por cédula al ejecutado para que proceda al
pago del crédito adeudado, bajo apercibimiento de ejecución. Se trata de una intimación facultativa, por lo
cual vencido el plazo de pago el letrado está en condiciones de iniciar directamente la ejecución
solicitando el embargo respectivo.
Como bien señala Díaz[41], es recomendable utilizar dicha intimación cuando quien debe ser intimado es
nuestro cliente o ex cliente, en honor a la relación habida entre las partes; e incluso en casos en los
cuales creemos que el deudor pagará al primer aviso, cuando para iniciar la ejecución debamos incurrir
en gastos de averiguación de bienes, etc.. Nuevamente, cuestiones prácticas gobernarán dicha decisión.
2. ¿Expediente por separado? Aunque ciertos juzgados tienden a ordenar que la ejecución se practique
en expediente aparte, -lo cual entiendo carece de norma que lo exija-, para promover la ejecución,
tenemos dos alternativas: efectuarla en la misma causa mediante la presentación de un escrito
(“Promuevo ejecución de honorarios”), o iniciar un proceso que tenga por único objeto la pretensión
ejecutiva.
En este caso, el letrado deberá solicitar testimonio o fotocopias certificadas de la regulación de honorarios
y cédulas de notificación que den cuenta de su firmeza, para ser adjuntadas al nuevo expediente, dado
que constituyen el título “público” que se pretende ejecutar, para luego confeccionar la demanda ejecutiva
y sortearla en la Cámara correspondiente.
De hecho, el art. 58 de la ley de arancel bonaerense prevé esta posibilidad expresamente. Por lo general,
y salvo que el magistrado ordene que la ejecución tramite por expediente separado, esta decisión tendrá
basamentos prácticos (vgr. si existen otros letrados intentando la ejecución de sus honorarios,
probablemente el expediente tenga “mucho movimiento”, lo que puede entorpecer la ejecución de
nuestros emolumentos).
Por este motivo, podemos entender también que la tasa abonada sobre el “monto imponible”, en el
esquema de la ley de tasas, incluye el pago del servicio de justicia por todas las cuestiones derivadas del
pleito, por lo cual sostener la necesidad de abonar tasa en los procesos de ejecución de honorarios
implicaría una inaceptable doble imposición fiscal.
Asimismo, se ha sostenido también que las cuestiones de ejecución de honorarios constituyen una
derivación del proceso judicial principal, siendo parte del mismo, y además posteriores al hecho
imponible, lo cual también los excluiría del tributo[42].
La situación de percibir un haber de retiro, no puede generar una irresponsabilidad del beneficiario
respecto de las deudas asumidas por una causa judicial. Un trabador común, en virtud de las previsiones
del Decreto 484/87, se encuentra protegido por la inembargabilidad de su salario hasta el monto del
salario mínimo vital y móvil, por lo cual por encima de tal monto el mismo son embargables en la
proporción que establece dicha norma, la cual garantiza con estas limitaciones la supervivencia del
trabajador.
Por el contrario, el beneficiario tiene vedada la posibilidad de embargo cualquiera fuese el monto de su
prestación, lo cual resulta irrazonable si la misma garantiza con creces su supervivencia. Por lo cual,
estimo que las mismas debieran ser embargables con las mismas limitaciones contenidas en el Decreto
484/87, y que lo contrario podría ser tachado de inconstitucionalidad, por constituir una limitación
irrazonable al derecho de los acreedores, en este caso, del letrado.
5. Los honorarios de la ejecución de honorarios. Cuando Ud. proceda a embargar bienes en el marco
de la ejecución de honorarios, el magistrado ordenará el embargo de la suma reclamada más otra “para
responder por intereses y costas”. Esta suma está destinada a abonar los intereses, gastos y costas de la
ejecución, entre los que encontramos los honorarios del letrado ejecutante.
Por esta razón, es que no es necesaria la ejecución de los honorarios derivados de la “ejecución de
honorarios” promovida por el letrado, sino que esa primera y única ejecución, conlleva las costas
correspondientes, siendo el profesional no sólo acreedor del capital sino también de éstas, que quedan
comprendidas en la ejecución[45].
En estos casos, una vez trabado el embargo, y efectuada la citación de venta sin oposición favorable, el
letrado podrá solicitar la regulación de honorarios para que la misma sea abonada, una vez firme,
directamente de la suma presupuestada para responder por intereses y costas, previa liquidación, si fuese
necesaria.
A mi entender existen varios motivos para hacerlo. El honorario es la retribución del trabajo efectuado, por
pequeña que sea, y genera en el profesional una particular satisfacción el hecho de recibir la
correspondiente remuneración. Asimismo, se trata de un proceso por lo general sencillo, que no ofrecerá
mayores dificultades.
Obviamente siempre es aconsejable, antes de iniciar el trámite de cobro, no sólo agotar la posibilidad de
pago voluntario de los honorarios, sino investigar los bienes que el futuro ejecutado tenga, los cuales
serán objeto de embargo. Si tiene conocimiento de bienes embargables, tenga en cuenta que los gastos
que demande el proceso le serán retribuidos en concepto de costas.
Por último, y quizá más para los jóvenes abogados, se tratará de buenas oportunidades de aprender una
modalidad particular de proceso como lo es la ejecución de sentencia, lo que le servirá indudablemente
tanto para futuras –y esperadas- ejecuciones de honorarios más abultadas, como para conseguir
forzadamente el cumplimiento de sentencias que obtenga en beneficio de sus clientes.