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Aprender a perdonar
Jutta Burggraf
Prólogo.
I. ¿Qué quiere decir «perdonar»?
1. Reaccionar ante un mal.
2. Actuar con libertad.
3. Recordar el pasado.
4. Renunciar a la venganza.
5. Mirar al agresor en su dignidad personal.
II. ¿Qué actitudes nos disponen a perdonar?:
1. Amor.
2. Comprensión.
3. Generosidad.
4. Humildad.
III. Reflexión final.
Todos hemos sufrido alguna vez injusticias y humillaciones; algunos
tienen que soportar diariamente torturas, no sólo en una cárcel, sino también
en un puesto de trabajo o en el entorno familiar. Es cierto que nadie puede
hacernos tanto daño como los que debieran amarnos. "El único dolor que
destruye más que el hierro es la injusticia que procede de nuestros familiares,"
dicen los árabes.
¿Cómo reaccionamos ante un mal que alguien nos ha ocasionado con cierta
intencionalidad? Normalmente, desearíamos espontáneamente pegar a los
que nos han pegado, o hablar mal de los que han hablado mal de nosotros.
Pero esta actuación es como un bumerán: nos daña a nosotros mismos. Es
una pena gastar las energías en enfados, recelos, rencores o desesperación; y
quizá es más triste aún cuando una persona se endurece para no sufrir más.
Sólo en el perdón brota nueva vida. Por esto es tan importante educar
en el "arte" de practicarlo.
I. ¿Qué quiere decir "perdonar"?
¿Qué es el perdón? ¿Qué hago cuando digo a una persona: "Te
perdono"? Es evidente que reacciono ante un mal que alguien me ha
hecho; actúo, además, con libertad; no olvido simplemente la injusticia,
sino que renuncio a la venganza y quiero, a pesar de todo, lo mejor para
el otro. Vamos a considerar estos diversos elementos con más
detenimiento.
1. Reaccionar ante un mal
En primer lugar, ha de tratarse realmente de un mal para el conjunto de
mi vida. Si un cirujano me quita un brazo que está peligrosamente infectado,
puedo sentir dolor y tristeza, incluso puedo montar en cólera contra el médico.
Pero no tengo que perdonarle nada, porque me ha hecho un gran bien: me ha
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salvado la vida. Situaciones semejantes pueden darse en la educación. No
todo lo que parece mal a un niño es nocivo para él. Los buenos padres no
conceden a sus hijos todos los caprichos que ellos piden; los forman en la
fortaleza. Una maestra me dijo en una ocasión: "No me importa lo que mis
alumnos piensan hoy sobre mí. Lo importante es lo que piensen dentro de
veinte años." El perdón sólo tiene sentido, cuando alguien ha recibido un daño
objetivo de otro.
Por otro lado, perdonar no consiste, de ninguna manera, en no querer
ver este daño, en colorearlo o disimularlo. Algunos pasan de largo las injurias
con las que les tratan sus colegas o sus cónyuges, porque intentan eludir todo
conflicto; buscan la paz a cualquier precio y pretenden vivir continuamente en
un ambiente armonioso. Parece que todo les diera lo mismo. "No importa" si
los otros no les dicen la verdad; "no importa" cuando los utilizan como meros
objetos para conseguir unos fines egoístas; "no importan" tampoco el fraude o
el adulterio. Esta actitud es peligrosa, porque puede llevar a una completa
ceguera ante los valores. La indignación e incluso la ira son reacciones
normales y hasta necesarias en ciertas situaciones. Quien perdona, no cierra
los ojos ante el mal; no niega que existe objetivamente una injusticia. Si lo
negara, no tendría nada que perdonar(1).
Si uno se acostumbra a callarlo todo, tal vez pueda gozar durante un
tiempo de una aparente paz; pero pagará finalmente un precio muy alto por
ella, pues renuncia a la libertad de ser él mismo. Esconde y sepulta sus
frustraciones en lo más profundo de su corazón, detrás de una muralla gruesa,
que levanta para protegerse. Y ni siquiera se da cuenta de su falta de
autenticidad. Es normal que una injusticia nos duela y deje una herida. Si no
queremos verla, no podemos sanarla. Entonces estamos permanentemente
huyendo de la propia intimidad (es decir, de nosotros mismos); y el dolor nos
carcome lenta e irremediablemente.
Algunos realizan un viaje alrededor del mundo, otros se mudan de ciudad.
Pero no pueden huir del sufrimiento. Todo dolor negado retorna por la puerta
trasera, permanece largo tiempo como una experiencia traumática y puede ser
la causa de heridas perdurables. Un dolor oculto puede conducir, en ciertos
casos, a que una persona se vuelva agria, obsesiva, medrosa, nerviosa o
insensible, o que rechace la amistad, o que tenga pesadillas. Sin que uno lo
quiera, tarde o temprano, reaparecen los recuerdos. Al final, muchos se dan
cuenta de que tal vez, habría sido mejor, hacer frente directa y
conscientemente a la experiencia del dolor. Afrontar un sufrimiento de manera
adecuada es la clave para conseguir la paz interior.
2. Actuar con libertad
El acto de perdonar es un asunto libre. Es la única reacción que no re-
actúa simplemente, según el conocido principio "ojo por ojo, diente por
diente"(2). El odio provoca la violencia, y la violencia justifica el odio. Cuando
perdono, pongo fin a este círculo vicioso; impido que la reacción en cadena
siga su curso. Entonces libero al otro, que ya no está sujeto al proceso
iniciado. Pero, en primer lugar, me libero a mí mismo. Estoy dispuesto a
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desatarme de los enfados y rencores. No estoy "re-accionando", de modo
automático, sino que pongo un nuevo comienzo, también en mí.
Superar las ofensas, es una tarea sumamente importante, porque el odio
y la venganza envenenan la vida. El filósofo Max Scheler afirma que una
persona resentida se intoxica a sí misma(3). El otro le ha herido; de ahí no se
mueve. Ahí se recluye, se instala y se encapsula. Queda atrapada en el
pasado. Da pábulo a su rencor con repeticiones y más repeticiones del mismo
acontecimiento. De este modo arruina su vida.
Los resentimientos hacen que las heridas se infecten en nuestro interior
y ejerzan su influjo pesado y devastador, creando una especie de malestar y
de insatisfacción generales. En consecuencia, uno no se siente a gusto en su
propia piel. Pero, si no se encuentra a gusto consigo mismo, entonces no se
encuentra a gusto en ningún lugar. Los recuerdos amargos pueden encender
siempre de nuevo la cólera y la tristeza, pueden llevar a depresiones. Un
refrán chino dice: "El que busca venganza debe cavar dos fosas."
En su libro Mi primera amiga blanca, una periodista norteamericana de
color describe cómo la opresión que su pueblo había sufrido en Estados
Unidos le llevó en su juventud a odiar a los blancos, "porque han linchado y
mentido, nos han cogido prisioneros, envenenado y eliminado" (4). La autora
confiesa que, después de algún tiempo, llegó a reconocer que su odio, por
muy comprensible que fuera, estaba destruyendo su identidad y su dignidad.
Le cegaba, por ejemplo, ante los gestos de amistad que una chica blanca le
mostraba en el colegio. Poco a poco descubrió que, en vez de esperar que los
blancos pidieran perdón por sus injusticias, ella tenía que pedir perdón por su
propio odio y por su incapacidad de mirar a un blanco como a una persona, en
vez de hacerlo como a un miembro de una raza de opresores. Encontró el
enemigo en su propio interior, formado por los prejuicios y rencores que le
impedían ser feliz.
Las heridas no curadas pueden reducir enormemente nuestra libertad. Pueden
dar origen a reacciones desproporcionadas y violentas, que nos sorprendan a
nosotros mismos. Una persona herida, hiere a los demás. Y, como muchas
veces oculta su corazón detrás de una coraza, puede parecer dura,
inaccesible e intratable. En realidad, no es así. Sólo necesita defenderse.
Parece dura, pero es insegura; está atormentada por malas experiencias.
Hace falta descubrir las llagas para poder limpiarlas y curarlas. Poner orden en
el propio interior, puede ser un paso para hacer posible el perdón. Pero este
paso es sumamente difícil y, en ocasiones, no conseguimos darlo. Podemos
renunciar a la venganza, pero no al dolor. Aquí se ve claramente que el
perdón, aunque está estrechamente unido a vivencias afectivas, no es un
sentimiento. Es un acto de la voluntad que no se reduce a nuestro estado
psíquico(5). Se puede perdonar llorando.
Cuando una persona ha realizado este acto eminentemente libre, el
sufrimiento pierde ordinariamente su amargura, y puede ser que desaparezca
con el tiempo. "Las heridas se cambian en perlas," dice Santa Hildegarda de
Bingen.
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3. Recordar el pasado
Es una ley natural que el tiempo "cura" algunas llagas. No las cierra de
verdad, pero las hace olvidar. Algunos hablan de la "caducidad de nuestras
emociones"(6). Llegará un momento en que una persona no pueda llorar más,
ni sentirse ya herida. Esto no es una señal de que haya perdonado a su
agresor, sino que tiene ciertas "ganas de vivir". Un determinado estado
psíquico -por intenso que sea- de ordinario no puede convertirse en
permanente. A este estado sigue un lento proceso de desprendimiento, pues
la vida continúa. No podemos quedarnos siempre ahí, como pegados al
pasado, perpetuando en nosotros el daño sufrido. Si permanecemos en el
dolor, bloqueamos el ritmo de la naturaleza.
La memoria puede ser un cultivo de frustraciones. La capacidad de
desatarse y de olvidar, por tanto, es importante para el ser humano, pero no
tiene nada que ver con la actitud de perdonar. Ésta no consiste simplemente
en "borrón y cuenta nueva". Exige recuperar la verdad de la ofensa y de la
justicia, que muchas veces pretende camuflarse o distorsionarse. El mal hecho
debe ser reconocido y, en lo posible, reparado.
Hace falta "purificar la memoria". Una memoria sana puede convertirse
en maestra de vida. Si vivo en paz con mi pasado, puedo aprender mucho de
los acontecimientos que he vivido. Recuerdo las injusticias pasadas para que
no se repitan, y las recuerdo como perdonadas.
4. Renunciar a la venganza
Como el perdón expresa nuestra libertad, también es posible negar al
otro este don. El judío Simon Wiesenthal cuenta en uno de sus libros de sus
experiencias en los campos de concentración durante la Segunda Guerra
Mundial. Un día, una enfermera se acercó a él y le pidió seguirle. Le llevó a
una habitación donde se encontraba un joven oficial de la SS que estaba
muriéndose. Este oficial contó su vida al preso judío: habló de su familia, de su
formación, y cómo llegó a ser un colaborador de Hitler. Le pesaba sobre todo
un crimen en el que había participado: en una ocasión, los soldados a su
mando habían encerrado a 300 judíos en una casa, y habían quemado la
casa; todos murieron. "Sé que es horrible -dijo el oficial-. Durante las largas
noches, en las que estoy esperando mi muerte, siento la gran urgencia de
hablar con un judío sobre esto y pedirle perdón de todo corazón." Wiesenthal
concluye su relato diciendo: "De pronto comprendí, y sin decir ni una sola
palabra, salí de la habitación"(7). Otro judío añade: "No, no he perdonado a
ninguno de los culpables, ni estoy dispuesto ahora ni nunca a perdonar a
ninguno"(8).
Perdonar significa renunciar a la venganza y al odio. Existen, por otro
lado, personas que no se sienten nunca heridas. No es que no quieran ver el
mal y repriman el dolor, sino todo lo contrario: perciben las injusticias
objetivamente, con suma claridad, pero no dejan que ellas les molesten.
"Aunque nos maten, no pueden hacernos ningún daño," es uno de sus
lemas(9). Han logrado un férreo dominio de sí mismos, parecen de una ironía
insensible. Se sienten superiores a los demás hombres y mantienen
interiormente una distancia tan grande hacia ellos que nadie puede tocar su
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corazón. Como nada les afecta, no reprochan nada a sus opresores. ¿Qué le
importa a la luna que un perro le ladre? Es la actitud de los estoicos y quizá
también de algunos "gurus" asiáticos que viven solitarios en su
"magnanimidad". No se dignan mirar siquiera a quienes "absuelven" sin ningún
esfuerzo. No perciben la existencia del "pulgón".
El problema consiste en que, en este caso, no hay ninguna relación
interpersonal. No se quiere sufrir y, por tanto, se renuncia al amor. Una
persona que ama, siempre se hace pequeña y vulnerable. Se encuentra cerca
a los demás. Es más humano amar y sufrir mucho a lo largo de la vida, que
adoptar una actitud distante y superior a los otros. Cuando a alguien nunca le
duele la actuación de otro, es superfluo el perdón. Falta la ofensa, y falta el
ofendido.
5. Mirar al agresor en su dignidad personal
El perdón comienza cuando, gracias a una fuerza nueva, una persona
rechaza todo tipo de venganza. No habla de los demás desde sus
experiencias dolorosas, evita juzgarlos y desvalorizarlos, y está dispuesta a
escucharles con un corazón abierto.
El secreto consiste en no identificar al agresor con su obra (10). Todo ser
humano es más grande que su culpa. Un ejemplo elocuente nos da Albert
Camus, que se dirige en una carta pública a los nazis y habla de los crímenes
cometidos en Francia: "Y a pesar de ustedes, les seguiré llamando hombres…
Nos esforzamos en respetar en ustedes lo que ustedes no respetaban en los
demás"(11). Cada persona está por encima de sus peores errores.
Hace pensar una anécdota que se cuenta de un general del siglo XIX.
Cuando éste se encontraba en su lecho de muerte, un sacerdote le preguntó si
perdonaba a sus enemigos. "No es posible -respondió el general-. Les he
mandado ejecutar a todos"(12).
El perdón del que hablamos aquí no consiste en saldar un castigo, sino que
es, ante todo, una actitud interior. Significa vivir en paz con los recuerdos y no
perder el aprecio a ninguna persona. Se puede considerar también a un
difunto en su dignidad personal. Nadie está totalmente corrompido; en cada
uno brilla una luz.
Al perdonar, decimos a alguien: "No, tú no eres así. ¡Sé quien eres! En
realidad eres mucho mejor." Queremos todo el bien posible para el otro, su
pleno desarrollo, su dicha profunda, y nos esforzamos por quererlo desde el
fondo del corazón, con gran sinceridad.
II. ¿Qué actitudes nos disponen a perdonar?
Después de aclarar, en grandes líneas, en qué consiste el perdón,
vamos a considerar algunas actitudes que nos disponen a realizar este acto
que nos libera a nosotros y también libera a los demás.
1. Amor
Perdonar es amar intensamente. El verbo latino per-donare lo expresa
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con mucha claridad: el prefijo per intensifica el verbo que acompaña, donare.
Es dar abundantemente, entregarse hasta el extremo. El poeta Werner
Bergengruen ha dicho que el amor se prueba en la fidelidad, y se completa en
el perdón.
Sin embargo, cuando alguien nos ha ofendido gravemente, el amor
apenas es posible. Es necesario, en un primer paso, separarnos de algún
modo del agresor, aunque sea sólo interiormente. Mientras el cuchillo está en
la herida, la herida nunca se cerrará. Hace falta retirar el cuchillo, adquirir
distancia del otro; sólo entonces podemos ver su rostro. Un cierto
desprendimiento es condición previa para poder perdonar de todo corazón, y
dar al otro el amor que necesita.
Una persona sólo puede vivir y desarrollarse sanamente, cuando es
aceptada tal como es, cuando alguien la quiere verdaderamente, y le dice: "Es
bueno que existas"(13). Hace falta no sólo "estar aquí", en la tierra, sino que
hace falta la confirmación en el ser para sentirse a gusto en el mundo, para
que sea posible adquirir una cierta estimación propia y ser capaz de
relacionarse con otros en amistad. En este sentido se ha dicho que el amor
continúa y perfecciona la obra de la creación(14).
Amar a una persona quiere decir hacerle consciente de su propio valor, de su
propia belleza. Una persona amada es una persona aprobada, que puede
responder al otro con toda verdad: "Te necesito para ser yo mismo."
Si no perdono al otro, de alguna manera le quito el espacio para vivir y
desarrollarse sanamente. Éste se aleja, en consecuencia, cada vez más de su
ideal y de su autorrealización. En otras palabras, le mato, en sentido espiritual.
Se puede matar, realmente, a una persona con palabras injustas y duras, con
pensamientos malos o, sencillamente, negando el perdón. El otro puede
ponerse entonces triste, pasivo y amargo. Kierkegaard habla de la
"desesperación de aquel que, desesperadamente, quiere ser él mismo", y no
llega a serlo, porque los otros lo impiden(15).
Cuando, en cambio, concedemos el perdón, ayudamos al otro a volver a
la propia identidad, a vivir con una nueva libertad y con una felicidad más
honda.
2. Comprensión
Es preciso comprender que cada uno necesita más amor que "merece";
cada uno es más vulnerable de lo que parece; y todos somos débiles y
podemos cansarnos. Perdonar es tener la firme convicción de que, en cada
persona, detrás de todo el mal, hay un ser humano vulnerable y capaz de
cambiar. Significa creer en la posibilidad de transformación y de evolución de
los demás.
Si una persona no perdona, puede ser que tome a los demás demasiado en
serio, que exija demasiado de ellos. Pero "tomar a un hombre perfectamente
en serio, significa destruirle," advierte el filósofo Robert Spaemann (16). Todos
somos débiles y fallamos con frecuencia. Y, muchas veces, no somos
conscientes de las consecuencias de nuestros actos: "no sabemos lo que
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hacemos"(17). Cuando, por ejemplo, una persona está enfadada, grita cosas
que, en el fondo, no piensa ni quiere decir. Si la tomo completamente en serio,
cada minuto del día, y me pongo a "analizar" lo que ha dicho cuando estaba
rabiosa, puedo causar conflictos sin fin. Si lleváramos la cuenta de todos los
fallos de una persona, acabaríamos transformando en un monstruo, hasta al
ser más encantador.
Tenemos que creer en las capacidades del otro y dárselo a entender. A
veces, impresiona ver cuánto puede transformarse una persona, si se le da
confianza; cómo cambia, si se le trata según la idea perfeccionada que se
tiene de ella. Hay muchas personas que saben animar a los otros a ser
mejores. Les comunican la seguridad de que hay mucho bueno y bello dentro
de ellos, a pesar de todos sus errores y caídas. Actúan según lo que dice la
sabiduría popular: "Si quieres que el otro sea bueno, trátale como si ya lo
fuese."
3. Generosidad
Perdonar exige un corazón misericordioso y generoso. Significa ir más
allá de la justicia. Hay situaciones tan complejas en las que la mera justicia es
imposible. Si se ha robado, se devuelve; si se ha roto, se arregla o sustituye.
¿Pero si alguien pierde un órgano, un familiar o un buen amigo? Es imposible
restituirlo con la justicia. Precisamente ahí, donde el castigo no cubre nunca la
pérdida, es donde tiene espacio el perdón.
El perdón no anula el derecho, pero lo excede infinitamente. Es por
naturaleza incondicional, ya que es un don gratuito del amor, un don siempre
inmerecido. Esto significa que el que perdona no exige nada a su agresor, ni
siquiera que le duela lo que ha hecho. Antes, mucho antes que el agresor
busca la reconciliación, el que ama ya le ha perdonado.
El arrepentimiento del otro no es una condición necesaria para el
perdón, aunque sí es conveniente. Es, ciertamente, mucho más fácil perdonar
cuando el otro pide perdón. Pero a veces hace falta comprender que en los
que obran mal hay bloqueos, que les impiden admitir su culpabilidad.
Hay un modo "impuro" de perdonar (18), cuando se hace con cálculos,
especulaciones y metas: "Te perdono para que te des cuenta de la barbaridad
que has hecho; te perdono para que mejores." Pueden ser fines educativos
loables, pero en este caso no se trata del perdón verdadero que se concede
sin ninguna condición, al igual que el amor auténtico: "Te perdono porque te
quiero -a pesar de todo."
Puedo perdonar al otro incluso sin dárselo a entender, en el caso de que no
entendería nada. Es un regalo que le hago, aunque no se entere, o aunque no
sepa por qué.
4. Humildad
Hace falta prudencia y delicadeza para ver cómo mostrar al otro el
perdón. En ocasiones, no es aconsejable hacerlo enseguida, cuando la otra
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persona está todavía agitada. Puede parecerle como una venganza sublime,
puede humillarla y enfadarla aún más. En efecto, la oferta de la reconciliación
puede tener carácter de una acusación. Puede ocultar una actitud farisaica:
quiero demostrar que tengo razón y que soy generoso. Lo que impide
entonces llegar a la paz, no es la obstinación del otro, sino mi propia
arrogancia.
Por otro lado, es siempre un riesgo ofrecer el perdón, pues este gesto no
asegura su recepción y puede molestar al agresor en cualquier momento.
"Cuando uno perdona, se abandona al otro, a su poder, se expone a lo que
imprevisiblemente puede hacer y se le da libertad de ofender y herir (de
nuevo)"(19). Aquí se ve que hace falta humildad para buscar la reconciliación.
Cuando se den las circunstancias -quizá después de un largo tiempo-
conviene tener una conversación con el otro. En ella se pueden dar a conocer
los propios motivos y razones, el propio punto de vista; y se debe escuchar
atentamente los argumentos del otro. Es importante escuchar hasta el final, y
esforzarse por captar también las palabras que el otro no dice. De vez en
cuando es necesario "cambiar la silla", al menos mentalmente, y tratar de ver
el mundo desde la perspectiva del otro. (ponerse en los zapatos del otro).
El perdón es un acto de fuerza interior, pero no de voluntad de poder. Es
humilde y respetuoso con el otro. No quiere dominar o humillarle. Para que
sea verdadero y "puro", la víctima debe evitar hasta la menor señal de una
"superioridad moral" que, en principio, no existe; al menos no somos nosotros
los que podemos ni debemos juzgar acerca de lo que se esconde en el
corazón de los otros. Hay que evitar que en las conversaciones se acuse al
agresor siempre de nuevo. Quien demuestra la propia irreprochabilidad, no
ofrece realmente el perdón. Enfurecerse por la culpa de otro puede conducir
con gran facilidad a la represión de la culpa de uno mismo. Debemos perdonar
como pecadores que somos, no como justos, por lo que el perdón es más para
compartir que para conceder.
Todos necesitamos el perdón, porque todos hacemos daño a los demás,
aunque algunas veces quizá no nos demos cuenta. Necesitamos el perdón
para deshacer los nudos del pasado y comenzar de nuevo. Es importante que
cada uno reconozca la propia flaqueza, los propios fallos -que, a lo mejor, han
llevado al otro a un comportamiento desviado-, y no dude en pedir, a su vez,
perdón al otro.
III. Reflexión final
Hemos hablado de una labor interior auténtica y dura. No podemos
negar que la exigencia del perdón llega en ciertos casos al límite de nuestras
fuerzas. ¿Se puede perdonar cuando el opresor no se arrepiente en absoluto,
sino que incluso insulta a su víctima y cree haber obrado correctamente?
¿Puede una madre perdonar jamás al asesino de su hijo? Podemos perdonar,
por lo menos, a una persona que nos ha dejado completamente en ridículo
ante los demás, que nos ha quitado la libertad o la dignidad, que nos ha
engañado, difamado o destruido algo que para nosotros era muy importante?
Quizá nunca será posible perdonar de todo corazón, al menos si contamos
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sólo con nuestra propia capacidad. Pero un cristiano cuenta, además, con la
ayuda todopoderosa de Dios. "Con mi Dios, salto los muros," canta el salmista.
Podemos referir estas palabras a los muros que están en nuestro corazón.
Con la ayuda de buenos amigos y, sobre todo, con la gracia de Dios, es
posible realizar esta tarea sumamente difícil y liberarnos a nosotros mismos.
Perdonar es un acto de fortaleza espiritual, un gran alivio. Significa optar por la
vida y actuar con creatividad.
Sin embargo, no parece adecuado dictar comportamientos a las
víctimas. Hay que dejar a una persona todo el tiempo que necesite para llegar
al perdón. Si alguien le acusara de rencorosa o vengativa, engrandaría su
herida.
Santo Tomás de Aquino, el gran teólogo de la Edad Media, aconseja a
quienes sufren, entre otras cosas, que no se rompan la cabeza con
argumentos, ni leer, ni escribir; antes que nada, deben tomar un baño, dormir y
hablar con un amigo(20). En un primer momento, generalmente no somos
capaces de aceptar un gran dolor. Antes que nada, debemos tranquilizarnos,
aceptar que nos cuesta perdonar, que necesitamos tiempo. Seguir el ritmo de
nuestra naturaleza nos puede ayudar mucho. No podemos sorprendernos
frente a tales dificultades, tanto si son propias, como si son ajenas.
Si conseguimos crear una cultura del perdón, podremos construir juntos un
mundo habitable, donde habrá más vitalidad y fecundidad; podremos proyectar
juntos un futuro realmente nuevo. Para terminar, nos pueden ayudar unas
sabias palabras: "¿Quieres ser feliz un momento? Véngate. ¿Quieres ser feliz
siempre? Perdona."
Notas
1. Se ha destacado que la justicia, junto con la verdad, son los presupuestos
del perdón. Cfr. JUAN PABLO II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz
Ofrece el perdón, recibe la paz, 1-I-1997.
2. Mt 5,38.
3. M. SCHELER, Das Ressentiment im Aufbau der Moralen, en Vom Umsturz
der Werte, Bern 51972, pp.36s.
4. P. RAYBON, My First White Friend, New York 1996, p.4s.
5. Cfr. D. von HILDEBRAND, Moralia, Werke IX, Regensburg 1980, p.338.
6. A. KOLNAI, Forgiveness, en B. WILLIAMS; D. WIGGINS (eds.), Ethics,
Value and Reality. Selected Papers of Aurel Kolnai, Indianapolis 1978, p.95.
7. Cfr. S. WIESENTHAL, The Sunflower. On the Possibilities and Limits of
Forgiveness, New York 1998. Sin embargo, la cuestión del perdón se presenta
abierta para este autor. Cfr. IDEM, Los límites del perdón, Barcelona 1998.
8. P. LEVI, Sí, esto es un hombre, Barcelona 1987, p.186. Cfr. IDEM, Los
hundidos y los salvados, Barcelona 1995, p.117.
9. Se suele atribuir esta frase al filósofo estoico Epicteto, que era un esclavo.
Cfr. EPICTETO, Handbüchlein der Moral, ed. por H. Schmidt, Stuttgart 1984,
p.31.
10. El odio no se dirige a las personas, sino a las obras. Cfr. Rm 12,9. Apoc
2,6.
11. A. CAMUS, Carta a un amigo alemán, Barcelona 1995, p.58.
10
12. Cfr. M. CRESPO, Das Verzeihen. Eine philosophische Untersuchung,
Heidelberg 2002, p.96.
13. J. PIEPER, Über die Liebe, München 1972, p.38s.
14. Cfr. ibid., p.47.
15. S. Kierkegaard, Die Krankheit zum Tode, München 1976, p.99.
16. R. SPAEMANN, Felicidad y benevolencia, Madrid 1991, p.273.
17. Pero también existe un no querer ver, una ceguera voluntaria. Cfr. D. von
HILDEBRAND, Sittlichkeit und ethische Werterkenntnis. Eine Untersuchung
über ethische Strukturprobleme, Vallendar 31982, p.49.
18. Cfr. V. JANKÉLÉVITCH, El perdón, Barcelona 1999, p.144.
19. A. CENCINI, Vivir en paz, Bilbao 1997, p.96.
20. Cfr. TOMÁS DE AQUINO, Summa theologiae I-II, q.22