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Análisis de "La vorágine" de Rivera

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LA VORÁGINE

JOSÉ
EUSTASIO
RIVERA
LA VORÁGINE

JOSÉ
EUSTASIO RIVERA
Catalogación en la publicación – Biblioteca Nacional de Colombia

Rivera, José Eustasio, 1888-1928


La vorágine [recurso electrónico] / José Eustasio Rivera ; [presentación de Antonio Caballero]. --
1 recurso en línea : archivo PDF (350 páginas). – (Biblioteca básica de cultura colombiana. Litera

Publicado originalmente: Bogotá : Editorial de Cromos, 1924. ISBN 978-958-8827-54-4

1. Novela colombiana - Siglo XX I. Caballero, Antonio II. Título III. Serie

CDD: Co863.3 ed. 20 CO-BoBN– a974823


Mariana Garcés Córdoba
MInISTRA De cULTURA

María Claudia López Sorzano


vIceMInISTRA De cULTURA

Enzo Rafael Ariza Ayala


secReTARIO geneRAL

Consuelo Gaitán
DIRecTORA De LA BIBLIOTecA nAcIOnAL

Felipe Cammaert
Taller de Edición Rocca
cOORDInADOR eDITORIAL
SeRVIcIOS eDITORIALeS
Javier Beltrán
Hipertexto
ASISTenTe eDITORIAL
cOnVeRSIÓ n DIgITAL
David Ramírez-Ordóñez
Pixel Club
ReSPOnSABLe PROYecTOS DIgITALeS
cOMPOnenTe De VISUALIzAcIÓ n Y Bú SqUeDA
María Alejandra Pautassi
Adán Farías
eDITORA De cOnTenIDOS DIgITALeS
DISeñ O gRÁ FIcO Y eDITORIAL
Paola Caballero
ISBN:
APROPIAcIÓ n PATRIMOnIAL
978-958-8827-54-4
Bogotá D. C., diciembre de 2015

Primera edición: Editorial de Cromos, Bogotá, 1924.

Presentación: © Antonio Caballero

Licencia Creative Commons:


Atribución-NoComercial-Compartirigual,
2.5 Colombia. Se puede consultar en:
[Link]
sa/2.5/co/
ínDICE
 PREsENTACIÓN 7
 PRÓlogo 13

PRIMERA PARTE 17

SEGUNDA PARTE 131

TERCERA PARTE 233

 Epílogo 343
 VocABulARIO 345

Primera edición de La vorágine.


Editorial de Cromos,
Bogotá, 1924

PREsENTACIÓN

L
a gran novela de España es sin duda el Quijote:
caben en ella más cosas que en la propia España. Se
discute sobre si existe una «gran novela
norteamericana», y si
es Moby Dick de Melville o Huckleberry Finn de Mark Twain, o
una que quiso escribir Norman Mailer y no pudo. Para Fran-
cia la duda está entre la interminable Comedia humana de Balzac
y la casi igual de larga En busca del tiempo perdido de Marcel Proust.
En México, el escueto Pedro Páramo de Rulfo se lleva por delante
las docenas de novelas de Mariano Azuela o de Carlos Fuen-
tes. En Alemania…, etcétera.
La gran novela de Colombia es La vorágine, de José Eusta-
sio Rivera.
No es un capricho atribuirle nacionalidad a las novelas,
ni un mero juego de salón. Los países son su trasfondo
necesario. Los Karamazov es un libro inimaginable,
inimaginado, por fuera de Rusia. El Satiricón no existe sin la
Roma de los Césares. El hombre sin atributos necesita al
imperio austro-húngaro. Para no hacer exhaustiva la enumeración,
vuelvo a La vorágine, que es, ya digo, la gran novela de
Colombia.
–7
Presentaci

Todo cabe en ella, empezando por varias novelas: la


épica romántica del aventurero Arturo Cova, y el folletín
lacrimoso del viejo cauchero Clemente Silva, con hija
deshonrada, mujer agonizante, hijo fugado, huesos tirados al
río. Y caben muchos tonos, muchos lenguajes: el de la
denuncia periodís- tica de los horrores del genocidio de los
indios y la explota- ción de los caucheros por la famosa Casa
Arana, y al pasar alguna página aparece en persona el
legendario Julio César Arana, desnudo, «pechudo como
hembra». El lenguaje tran- sido del poeta modernista que era
Rivera: a ratos, la novela parece escrita en verso. Y a ratos
también alcanza cimas de cursilería. Un ejemplo: «Aquellos
celajes de oro y múrice con que se viste el ángel de los
ponientes, ¿por qué no tiemblan en tu dombo?» [El dombo
verde de la selva]. La prosa de antro- pólogo: al describir la
preparación del cazabe por los indios escribe Rivera: «Echan
la mezcla acuosa en el sebucán, ancho cilindro de hojas de
palma retejidas cuyo extremo se retuerce con un tremojo para
exprimir el almidonoso jugo de la rallada». Se alternan
diálogos naturales, realistas, que corren como agua, con
otros impostados y teatrales: «Mi porte es la triste máscara
de mi espíritu, pero por mi pecho pasan todas las sendas del
amor».
«—¡Caballero, no me pellizque! ¡Está equivocado!
—¡Nunca se equivoca mi corazón!».
La trama de la historia avanza enrevesada y sinuosa, con
meandros de río amazónico, y hasta el autor se pierde y
olvida por dónde o para dónde va. Y de golpe, como en un
raudal inesperado, todo se resuelve en un estallido de violencia:
«A tal punto cundía la matazón, que hasta los asesinos se
asesinaron».

–8
Presentaci

«… Jugué mi corazón al azar, y me lo ganó la


Violencia». Con mayúscula. Con esa frase, que todo
colombiano conoce de memoria y que muchos suelen
declamar cuando se embo- rrachan, se abre la novela. Y esa
Violencia con mayúscula la impregna toda, como impregna
toda la historia y la literatura de Colombia: desde los Varones
ilustres, la epopeya en verso de Juan de Castellanos, hasta los
sicarios de la mafia que hoy pue- blan las telenovelas. La
frivolidad de la violencia: «Yo ardía por conocer detalles de
esa crónica pavorosa», dice un personaje hablando del
infierno de las caucherías. La violencia, acom- pañada
siempre por «la dominante obsesión de la riqueza» a
cualquier precio: el robo, el asesinato, la esclavitud, el
genoci- dio, la traición. Violencia y riqueza, con la miseria y
la sucie- dad y la presencia abrumadora de la naturaleza —
inmensidad de los llanos, cerrazón claustrofóbica de la selva—,
constituyen el ámbito de la novela, en donde confluye toda
Colombia. El propio Arturo Cova, que quiere ser poeta y
también, cuando vuelva, Presidente de la República,
presuntuoso, quejumbroso y violento; su amante cachaca, la
desvaída Alicia; un filipichín bogotano refugiado en la selva
de sus maromas financieras; lla- neros domadores de caballos
y coleadores de reses; caucheros ricos; caucheros miserables;
un juez corrupto: «Con la justi- cia no nos metamos, porque
nos coge sin plata». Un gober- nador contrabandista; un
coronel asesino; una turca lasciva que invoca a Alá; colonos,
cuatreros, ladrones, putas. Y, siem- pre, la agobiadora
naturaleza: «Las aguas corrían al revés y bandadas de patos
volteaban en las alturas». Y el ruido de las palabras:
artificiosamente poéticas, como albicante, que quiere decir
«notable por su blancura», o altamente especializadas,

–9
Presentaci

como belduque, que es un cuchillo pequeño, o fotuto que es


una corneta rústica. A veces, por el puro placer del ruido,
suelta el autor retahílas de nombres de caños y de ríos que
ningún lector recordará, pues nunca se repiten: el Vaupés y
el río Negro sí; pero, ¿el caño Yurubaxí, el correntón de
Yavaraté, el río Purús, el Yaguanarí, el Guaracú, el Isana y el
Kerarí, el Cababurí, el Maturacá? ¿El Curicuriarí?
Y pasan cosas y cosas en desorden, como en la vida: es
una novela realista. Pasan las hormigas tambochas, «un tem-
blor continuo que agitaba el suelo». Matan a alguien de una
cuchillada, y un perro se lo lleva arrastrándolo por una tripa.
A alguien se lo comen las pirañas «entre un temblor de aletas
y centelleos». Se roban a dos mujeres. Cae un súbito nublado
sobre el llano, doblando hasta el suelo las palmeras. Alguien se
vuelve loco por el embrujo misterioso de la selva.
El final se precipita: se nota que también el autor quiere
salir de ese embrujo. No aparecen las mujeres robadas, se olvida
el caucho, unos personajes se van por un río, otros por otro,
se pierden; y la novela se acaba, sin desenlace que respete las
nor- mas académicas. «¡Los devoró la selva!», es la frase con
que se cierra el breve epílogo a los papeles dejados por
Arturo Cova escrito por el cónsul en Manaos. También es
frase sabida de memoria por todos los colombianos.
La vorágine es una novela de 1924. Noventa años después,
la Colombia que pinta sigue siendo igual. Sólo ha cambiado la
selva devoradora, que hoy es urbana porque hemos talado la
otra. Ya entonces un cauchero decía: «Es el hombre
civilizado el paladín de la destrucción. […] Y sus huellas
son semejantes a los aludes. Los caucheros que hay en
Colombia destruyen

– 10
Presentaci

anualmente millones de árboles. En los territorios de Venezuela


el balatá [caucho negro] desapareció. De esta suerte ejercen
el fraude contra las generaciones del porvenir». Casi
ninguno de los animales que Rivera nombra en su novela existe
ya, salvo las vacas, que han acabado con la selva. Las
bonanzas se han ido: se fue la asesina bonanza del caucho
como antes las destructivas bonanzas de la quina o de las
plumas de garza, y como después se fue la de la marimba,
dejando al país en brazos de la de la coca, que lo desangra.
Porque lo que sigue intacto, como en los tiempos de La
vorágine o en los más viejos de la Conquista, es la pasión de la
violencia.

ANTONIO CABAllERO

– 11

PRÓlOgO

Señor Ministro:

De acuerdo con los deseos de S. S. he arreglado para la


publicidad los manuscritos de Arturo Cova, remitidos a ese
Ministerio por el Cónsul de Colombia en Manaos.
En esas páginas respeté el estilo y hasta las
incorrecciones del infortunado escritor, subrayando
únicamente los provincia- lismos de más carácter.
Creo, salvo mejor opinión de S. S., que este libro no se debe
publicar antes de tener más noticias de los caucheros colom-
bianos del Río Negro o Guainía; pero si S. S. resolviere lo con-
trario, le ruego que se sirva comunicarme oportunamente los
datos que adquiera para adicionarlos a guisa de epílogo.
Soy de S. S. muy atento servidor,

JOsé EusTAsIO RIVERA


… Los que un tiempo creyeron que mi inteligencia irradiaría extraordinariamente, cual una
aureola de mi juventud; los que se olvidaron de mí apenas mi planta descendió al infortunio; los
que al recordarme alguna vez piensen en mi fracaso y se pregunten por qué no fui lo que pude
haber sido, sepan que el destino implacable me desarraigó de la prosperidad incipiente y me lanzó
a las pampas, para que ambulara vagabundo, como los vientos, y me extinguiera como ellos sin
dejar más que ruido y desolación.

(Fragmento de la carta de Arturo Cova).


PRIMERA PARTE
A
ntes que me hubiera apasionado por mujer alguna,
jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia.
Nada supe de los deliquios embriagadores, ni de la
con-
fidencia sentimental, ni de la zozobra de las miradas
cobardes. Más que el enamorado, fui siempre el dominador
cuyos labios no conocieron la súplica. Con todo,
ambicionaba el don divino del amor ideal, que me
encendiera espiritualmente, para que mi alma destellara en
mi cuerpo como la llama sobre el leño que la alimenta.
Cuando los ojos de Alicia me trajeron la desventura,
había renunciado ya a la esperanza de sentir un afecto puro.
En vano mis brazos —tediosos de libertad— se tendieron
ante muchas mujeres implorando para ellos una cadena.
Nadie adivinaba mi ensueño. Seguía el silencio en mi
corazón.
Alicia fue un amorío fácil: se me entregó sin
vacilaciones, esperanzada en el amor que buscaba en mí. Ni
siquiera pensó casarse conmigo en aquellos días en que sus
parientes fragua- ron la conspiración de su matrimonio,
patrocinados por el cura y resueltos a someterme por la
– 19
fuerza. Ella me denunció los

– 20
José Eustasio

planes arteros. «Yo moriré sola», decía: «mi desgracia se opone


a tu porvenir».
Luego, cuando la arrojaron del seno de su familia y el juez
le declaró a mi abogado que me hundiría en la cárcel, le dije
una noche, en su escondite, resueltamente: «¿Cómo podría
desam- pararte? ¡Huyamos! Toma mi suerte, pero dame el
amor».
¡Y huimos!

***

Aquella noche, la primera de Casanare, tuve por confidente


al insomnio.
Al través de la gasa del mosquitero, en los cielos
ilímites, veía parpadear las estrellas. Los follajes de las
palmeras que nos daban abrigo enmudecían sobre nosotros.
Un silencio infinito flotaba en el ámbito, azulando la
transparencia del aire. Al lado de mi chinchorro, en su angosto
catrecillo de viaje, Alicia dor- mía con agitada respiración.
Mi ánima atribulada tuvo entonces reflexiones agobiado-
ras: ¿qué has hecho de tu propio destino? ¿Qué de esta
joven- cita que inmolas a tus pasiones? ¿Y tus sueños de
gloria, y tus ansias de triunfo, y tus primicias de celebridad?
¡Insensato! El lazo que a las mujeres te une, lo anuda el
hastío. Por orgullo pueril te engañaste a sabiendas,
atribuyéndole a esta criatura lo que en ninguna otra
descubriste jamás, y ya sabías que el ideal no se busca; lo
lleva uno consigo mismo. Saciado el antojo,
¿qué mérito tiene el cuerpo que a tan caro precio adquiriste?
Porque el alma de Alicia no te ha pertenecido nunca, y
aunque ahora recibas el calor de su sangre y sientas su
– 21
José Eustasio
respiro cerca de

– 22
La

tu hombro, te hallas, espiritualmente, tan lejos de ella como


de la constelación taciturna que ya se inclina sobre el
horizonte. En aquel momento me sentí pusilánime. No era
que mi energía desmayara ante la responsabilidad de mis
actos, sino que empezaba a invadirme el fastidio de la
manceba. Poco empeño hubiera sido el poseerla, aun a
trueque de las mayo-
res locuras; pero ¿después de las locuras y de la posesión…?
Casanare no me aterraba con sus espeluznantes leyendas.
El instinto de la aventura me impelía a desafiarlas, seguro de
que saldría ileso de las pampas libérrimas y de que alguna
vez, en desconocidas ciudades, sentiría la nostalgia de los
pasados peligros. Pero Alicia me estorbaba como un grillete. ¡Si
al menos fuera más arriscada, menos bisoña, más ágil! La pobre
salió de Bogotá en circunstancias aflictivas; no sabía montar
a caballo, el rayo del sol la congestionaba, y cuando a
trechos prefería caminar a pie, yo debía imitarla
pacientemente, cabestreando las cabalgaduras.
Nunca di pruebas de mansedumbre semejante. Yendo
fugi- tivos, avanzábamos lentamente, incapaces de torcer la
vía para esquivar el encuentro con los transeúntes,
campesinos en su mayor parte, que se detenían a nuestro
paso interrogándome conmovidos: «Patrón, ¿por qué va
llorando la niña?».
Era preciso pasar de noche por Cáqueza, en previsión de
que nos detuvieran las autoridades. Varias veces intenté rom-
per el alambre del telégrafo, enlazándolo con la soga de mi
caballo; pero desistí de tal empresa por el deseo íntimo de
que alguien me capturara y, librándome de Alicia, me
devolviera esa libertad del espíritu que nunca se pierde en la
reclusión. Por las afueras del pueblo pasamos a prima noche,


La
y desviando luego


José Eustasio

hacia la vega del río, entre cañaverales ruidosos que nuestros


jamelgos descogollaban al pasar, nos guarecimos en una
enra- mada donde funcionaba un trapiche. Desde lejos lo
sentimos gemir, y por el resplandor de la hornilla donde se
cocía la miel cruzaban intermitentes las sombras de los
bueyes que movían el mayal y del chicuelo que los aguijaba.
Unas mujeres adere- zaron la cena y le dieron a Alicia un
cocimiento de yerbas para calmarle la fiebre.
Allí permanecimos una semana.

***

El peón que envié a Bogotá a caza de noticias, me las trajo


inquie- tantes. El escándalo ardía, avivado por las
murmuraciones de mis malquerientes; comentábase nuestra
fuga y los periódicos usufructuaban el enredo. La carta del
amigo a quien me dirigí pidiéndole su intervención, tenía este
remate: «¡Los prenderán! No te queda más refugio que Casanare.
¿Quién podría imaginar que un hombre como tú busque el
desierto?».
Esa misma tarde me advirtió Alicia que pasábamos por
huéspedes sospechosos. La dueña de casa le había
preguntado si éramos hermanos, esposos legítimos o meros
amigos, y la instó con zalemas a que le mostrara algunas de las
monedas que hacíamos, caso de que las fabricáramos, «en lo
que no había nada de malo, dada la tirantez de la situación».
Al siguiente día partimos antes del amanecer.
—¿No crees, Alicia, que vamos huyendo de un fantasma
cuyo poder se lo atribuimos nosotros mismos? ¿No sería mejor
regresar?

– 25
La

—¡Tanto me hablas de eso, que estoy convencida de que


te canso! ¿Para qué me trajiste? Porque la idea partió de ti.
¡Vete, déjame! ¡Ni tú ni Casanare merecen la pena!
Y de nuevo se echó a llorar.
El pensamiento de que la infeliz se creyera desamparada me
movió a tristeza, porque ya me había revelado el origen de
su fracaso. Querían casarla con un viejo terrateniente en los
días que me conoció. Ella se había enamorado, cuando
impúber, de un primo suyo, paliducho y enclenque, con
quien estaba en secreto comprometida; luego aparecí yo, y
alarmado el vejete por el riesgo de que le birlara la prenda,
multiplicó las cuan- tiosas dádivas y estrechó el asedio,
ayudado por la parentela entusiástica. Entonces Alicia,
buscando la liberación, se lanzó a mis brazos.
Mas no había pasado el peligro: el viejo, a pesar de todo,
quería casarse con ella.
—¡Déjame! —repitió, arrojándose del caballo—. ¡De ti
no quiero nada! ¡Me voy a pie, a buscar por estos caminos
un alma caritativa! ¡Infame! Nada quiero de ti.
Yo que he vivido lo suficiente para saber que no es cuerdo
replicarle a una mujer airada, permanecí mudo,
agresivamente mudo, en tanto que ella, sentada en el césped,
con mano con- vulsa arrancaba puñados de yerba…
—Alicia, esto me prueba que no me has querido nunca.
—¡Nunca!
Y volvió los ojos a otra parte.
Quejóse luego del descaro con que la engañaba:
—¿Crees que no advertí tus persecuciones a la muchacha
de allá abajo? ¡Y tanto disimulo para seducirla! Y alegarme

– 26
José Eustasio

que la demora obedecía a quebrantos de mi salud. Si esto es


ahora, ¿qué no será después? ¡Déjame! ¡A Casanare, jamás,
y contigo, ni al cielo!
Este reproche contra mi infidelidad me ruborizó. No
sabía qué decir. Hubiera deseado abrazar a Alicia,
agradeciéndole sus celos con un abrazo de despedida. Si
quería que la aban- donara, ¿tenía yo la culpa?
Y cuando me desmontaba a improvisar una explicación,
vimos descender por la pendiente un hombre que galopaba
en dirección a nosotros. Alicia, conturbada, se agarró de mi
brazo.
El sujeto, apeándose a corta distancia, avanzó con el hongo
en la mano.
—Caballero, permítame una palabra.
—¿Yo? —repuse con voz enérgica.
—Sí, sumercé —y terciándose la ruana me alargó un papel
enrollado—. Es que lo manda notificar mi padrino.
—¿Quién es su padrino?
—Mi padrino el alcalde.
—Esto no es para mí —dije, devolviendo el papel, sin
haberlo leído.
—¿No son, pues, susmercedes los que estuvieron en el
trapiche?
—Absolutamente. Voy de intendente a Villavicencio, y esta
señora es mi esposa.
Al escuchar tales afirmaciones, permaneció indeciso.
—Yo creí —balbuceó— que eran susmercedes los
acuña- dores de monedas. De la ramada estuvieron
mandando razón al pueblo para que la autoridad los apañara,
pero mi padrino estaba en su hacienda, pues sólo abre la
Alcaldía los días de
– 27
La

mercado. Recibió también varios telegramas, y como ahora


soy comisario único…
Sin dar tiempo a más aclaraciones, le ordené que
acercara el caballo de la señora. Alicia, para ocultar la palidez,
velóse el rostro con la gasa del sombrero. El importuno nos
veía partir sin pronunciar palabra. Mas, de repente, montó en
su yegua, y acomodándose en la enjalma que le servía de
montura, nos flanqueó sonriendo.
—Sumercé, firme la notificación para que mi padrino
vea que cumplí. Firme como intendente.
—¿Tiene usted una pluma?
—No, pero adelante la conseguimos. Es que, de lo
contra- rio, el alcalde me archiva.
—¿Cómo así? —respondíle sin detenerme.
—Ojalá sumercé me ayude, si es cierto que va de empleado.
Tengo el inconveniente de que me achacan el robo de una
novilla y me trajeron preso, pero mi padrino me dio el
pueblo por cárcel; y luego, a falta de comisario, me hizo el
honor a mí. Yo me llamo Pepe Morillo Nieto, y por mal
nombre me dicen Pipa.
El cuatrero, locuaz, caminaba a mi diestra relatando sus
padecimientos. Pidióme la maleta de la ropa y la atravesó en
la enjalma, sobre sus muslos, cuidando de que no se cayera.
—No tengo —dijo— con qué comprar una ruana
decente, y la situación me ha reducido a vivir descalzo. Aquí
donde sus- mercedes me ven, este sombrero tiene más de dos
años, y lo saqué de Casanare.
Alicia, al oír esto, volvió hacia el hombre los ojos asustadizos.
—¿Ha vivido usted en Casanare? —le preguntó.

– 28
José Eustasio

—Sí, sumercé, y conozco el Llano y las caucherías del


Amazonas. Mucho tigre y mucha culebra he matado con la
ayuda de Dios.
A la sazón encontrábamos arrieros que conducían sus
recuas. El Pipa les suplicaba:
—Háganme el bien y me prestan un lápiz para una firmita.
—No “cargamos” eso.
—Cuidado con hablarme de Casanare en presencia de
la señora —le dije en voz baja—. Siga usted conmigo, y en
la primera oportunidad me da a solas los informes que
puedan ser útiles al intendente.
El dichoso Pepe habló cuanto pudo, derrochando hipér-
boles. Pernoctó con nosotros en las cercanías de
Villavicencio, convertido en paje de Alicia, a quien distraía
con su verba. Y esa noche se picureó, robándose mi caballo
ensillado.

***

Mientras mi memoria se empañaba con estos recuerdos, una


claridad rojiza se encendió de súbito. Era la fogata de
insomne reflejo, colocada a pocos metros de los chinchorros
para con- jurar el acecho del tigre y otros riesgos nocturnos.
Arrodillado ante ella como ante una divinidad, don Rafo la
soplaba con su resuello.
Entretanto continuaba el silencio en las melancólicas
sole- dades, y en mi espíritu penetraba una sensación de
infinito que fluía de las constelaciones cercanas.
Y otra vez volví a recordar. Con la hora desvanecida se
había hundido irremediablemente la mitad de mi ser, y ya
debía
– 29
La

iniciar una nueva vida, distinta de la anterior,


comprometiendo el resto de mi juventud y hasta la razón de
mis ilusiones, porque cuando reflorecieran ya no habría
quizás a quién ofrendarlas o dioses desconocidos ocuparían
el altar a que se destinaron. Alicia pensaría lo mismo, y de
esta suerte, al par que me ser- vía de remordimiento, era el
lenitivo de mi congoja, la compa- ñera de mi pesar, porque
ella iba también, como la semilla en el viento, sin saber a dónde
y miedosa de la tierra que la esperaba. Indudablemente, era de
carácter apasionado: de su timidez triunfaba a ratos la decisión
que imponen las cosas irreparables. Dolíase otras veces de no
haberse tomado un veneno. «Aun- que no te ame como
quieres», decía, «¿dejarás de ser para mí el hombre que me
sacó de la inexperiencia para entregarme a la desgracia?
¿Cómo podré olvidar el papel que has desempe- ñado en mi
vida? ¿Cómo podrás pagarme lo que me debes? No será
enamorando a las campesinas de las posadas ni hacién- dome
ansiar tu apoyo para abandonarme después. Pero si esto es lo
que piensas, no te alejes de Bogotá, porque ya me cono-
ces. ¡Tú responderás!».
—¿Y sabes que soy ridículamente pobre?
—Demasiado me lo repitieron cuando me visitabas. El
amparo que ahora te pido no es el de tu dinero, sino el de tu
corazón.
—¿Por qué me imploras lo que me apresuré a ofrecerte
de manera espontánea? Por ti dejé todo, y me lancé a la
aventura, cualesquiera que fuesen los resultados. ¿Pero
tendrás valor de sufrir y confiar?
—¿No hice por ti todos los sacrificios?
—Pero le temes a Casanare.

– 30
José Eustasio

—Le temo por ti.


—¡La adversidad es una sola, y nosotros seremos dos!
Tal fue el diálogo que sostuvimos en la casucha de Villavi-
cencio la noche que esperábamos al Jefe de la Gendarmería.
Era este un quídam semicano y rechoncho, vestido de caqui,
de bigotes ariscos y aguardentosa catadura.
—Salud, señor —le dije en tono despectivo cuando
apoyó su sable en el umbral.
—¡Oh, poeta! Esta chica es digna hermana de las nueve
musas. ¡No sea egoísta con los amigos!
Y me echó su tufo de anetol en la cara.
Frotándose contra el cuerpo de Alicia al acomodarse en
el banco, resopló, asiéndola de las muñecas:
—¡Qué pimpollo! ¿Ya no te acuerdas de mí? ¡Soy
Gámez y Roca, el general Gámez y Roca! Cuando eras
pequeña solía sentarte en mis rodillas.
Y probó a sentarla de nuevo.
Alicia, inmutada, estalló:
—¡Atrevido, atrevido! —y lo empujó lejos.
—¿Qué quiere usted? —gruñí cerrando las puertas. Y lo
degradé con un salivazo.
—Poeta, ¿qué es esto? ¿Corresponde así a la hidalguía
de quien no quiere echarlo a prisión? ¡Déjeme la muchacha,
por- que soy amigo de sus papás y en Casanare se le muere!
Yo le guardaré la reserva. ¡El cuerpo del delito para mí,
para mí!
¡Déjemela para mí!
Antes que terminara, con esguince colérico le zafé a Ali-
cia uno de sus zapatos y lanzando al hombre contra el tabi-
que, lo acometí a golpes de tacón en el rostro y en la cabeza.

– 31
La

El borracho, tartamudeante, se desplomó sobre los sacos de


arroz que ocupaban el ángulo de la sala.
Allí roncaba media hora después, cuando Alicia, don
Rafo y yo huimos en busca de las llanuras intérminas.

***

—Aquí está el café —dijo don Rafo, parándose delante del


mosquitero—. Despabílense, niños, que estamos en
Casanare.
Alicia nos saludó con tono cordial y ánimo limpio:
—¿Ya quiere salir el sol?
—Tarda todavía: el carrito de estrellas apenas va
llegando a la loma —y nos señaló don Rafo la cordillera
diciendo—. Despidámonos de ella, porque no la volveremos
a ver. Sólo quedan llanos, llanos y llanos.
Mientras apurábamos el café, nos llegaba el vaho de la
madru- gada, un olor a pajonal fresco, a surco removido, a
leños recién cortados, y se insinuaban leves susurros en los
abanicos de los moriches. A veces, bajo la transparencia
estelar, cabeceaba alguna palmera humillándose hacia el
oriente. Un regocijo inesperado nos henchía las venas, a
tiempo que nuestros espí- ritus, dilatados como la pampa,
ascendían agradecidos de la vida y de la creación.
—Es encantador Casanare —repetía Alicia—. No sé por
qué milagro, al pisar la llanura, aminoró la zozobra que me
inspiraba.
—Es que —dijo don Rafo— esta tierra lo alienta a uno para
gozarla y para sufrirla. Aquí hasta el moribundo ansía besar
el suelo en que va a podrirse. Es el desierto, pero nadie se
siente

– 32
José Eustasio

solo: son nuestros hermanos el sol, el viento y la tempestad. Ni


se les teme ni se les maldice.
Al decir esto, me preguntó don Rafo si era tan buen
jinete como mi padre, y tan valeroso en los peligros.
—Lo que se hereda no se hurta —respondí jactancioso,
en tanto que Alicia, con el rostro iluminado por el fulgor de
la hoguera, sonreía confiada.
Don Rafo era mayor de sesenta años y había sido compa-
ñero de mi padre en alguna campaña. Todavía conservaba
ese aspecto de dignidad que denuncia a ciertas personas
venidas a menos. La barba canosa, los ojos tranquilos, la
calva luciente, convenían a su estatura mediana, contagiosa
de simpatía y de benevolencia. Cuando oyó mi nombre en
Villavicencio y supo que sería detenido, fue a buscarme con
la buena nueva de que Gámez y Roca le había jurado
interesarse por mí. Desde nuestra llegada hizo compras para
nosotros, atendiendo los encargos de Alicia. Ofreciónos ser
nuestro baquiano de ida y de regreso, y que a su vuelta de
Arauca llegaría a buscarnos al hato de un cliente suyo, donde
permaneceríamos alojados unos meses.
Casualmente hallábase en Villavicencio de salida para
Casa- nare. Después de su ruina, viudo y pobre, le cogió
apego a los Llanos, y con dinero de su yerno los recorría
anualmente, como ganadero y mercader ambulante al por
menor. Nunca había comprado más de cincuenta reses, y
entonces arreaba unos caballejos hacia las fundaciones del
bajo Meta y dos mulas cargadas de baratijas.
—¿Se reafirma usted en la confianza de que estamos ya
libres de las pesquisas del general?

– 33
La

—Sin duda alguna.


—¡Qué susto me dio ese canalla! —comentó Alicia—.
Piensen ustedes que yo temblaba como azogue. ¡Y
aparecerse a la medianoche! ¡Y decir que me conocía! Pero se
llevó su me- recido.
Don Rafo tributó a mi osadía un aplauso feliz; ¡era yo el
hombre para Casanare!
Mientras hablaba, iba desmaneando las bestias y ponién-
doles los cabezales. Ayudábale yo en la faena, y pronto estu-
vimos listos para seguir la marcha. Alicia, que nos
alumbraba con una linterna, suplicó que esperásemos la
salida del sol.
—¿Conque el mentado Pipa es un zorro llanero? —pre-
gunté a don Rafo.
—El más astuto de los salteadores: varias veces prófugo,
tras curar sus fiebres en los presidios, vuelve con mayores
arrestos a ejercer la piratería. Ha sido capitán de indios
salvajes, sabe idiomas de varias tribus y es boga y vaquero.
—Y tan disimulado y tan hipócrita y tan servil —apun-
taba Alicia.
—Tuvieron ustedes la fortuna de que les robara una sola
bestia. Por aquí andará…
Alicia me miraba nerviosa, pero calmó sus preocupaciones
con las anécdotas de don Rafo.
Y la aurora surgió ante nosotros: sin que advirtiéramos
el momento preciso, empezó a flotar sobre los pajonales un
vapor sonrosado que ondulaba en la atmósfera como ligera
muselina. Las estrellas se adormecieron, y en la lontananza
de ópalo, al nivel de la tierra, apareció un celaje de incendio,
una pincelada violenta, un coágulo de rubí. Bajo la gloria del
alba


José Eustasio

hendieron el aire los patos chillones, las garzas morosas


como copos flotantes, los loros esmeraldinos de tembloroso
vuelo, las guacamayas multicolores. Y de todas partes, del
pajonal y del espacio, del estero y de la palmera, nacía un
hálito jubiloso que era vida, era acento, claridad y
palpitación. Mientras tanto, en el arrebol que abría su palio
inconmensurable, dardeó el primer destello solar y,
lentamente, el astro, inmenso como una cúpula, ante el
asombro del toro y la fiera, rodó por las llanuras, enro-
jeciéndose antes de ascender al azul.
Alicia, abrazándome llorosa y enloquecida, repetía esta
plegaria:
—¡Dios mío, Dios mío! ¡El sol, el sol!
Luego, nosotros, prosiguiendo la marcha, nos hundimos
en la inmensidad.

***

Poco a poco el regocijo de nuestras lenguas fue cediendo al can-


sancio. Habíamos hecho copiosas preguntas que don Rafo
atendía con autoridad de conocedor. Ya sabíamos lo que era
una mata, un caño, un zural y por fin Alicia conoció los
vena- dos. Pastaban en un estero hasta media docena y al
ventearnos enderezaron hacia nosotros las orejas esquivas.
—No gaste usted los tiros del revólver —ordenó don Rafo
—. Aunque vea los bichos cerca, están a más de quinientos
metros. Fenómenos de la región.
Dificultábase la charla porque don Rafo iba de puntero,
llevando de diestro una bestia, en pos de la cual trotaban las
otras en los pajonales retostados. El aire caliente fulgía como

– 35
La

lámina de metal, y bajo el espejeo de la atmósfera, en el ámbito


desolado, insinuábase a lo lejos la masa negruzca de un
monte. Por momentos se oía la vibración de la luz.
Con frecuencia me desmontaba para refrescar las sienes
de Alicia, frotándolas con un limón verde. A guisa de quita-
sol llevaba sobre el sombrero una chalina blanca, cuyos
extre- mos empapaba en llanto cada vez que la afligía el
recuerdo del hogar. Aunque yo fingía no reparar en sus
lágrimas, inquietá- bame el tinte de sus arreboladas mejillas,
miedoso de la con- gestión. Mas imposible sestear bajo la
intemperie asoleada: ni un árbol, ni una gruta, ni una
palmera.
—¿Quieres descansar? —le proponía preocupado; y son-
riendo me respondía:
—¡Cuando lleguemos a la sombra! ¡Pero cúbrete el
rostro, que la resolana te tuesta!
Hacia la tarde, parecían surgir en el horizonte ciudades fan-
tásticas. Las ponentinas matas de monte provocaban el espe-
jismo, perfilando en el cielo penachos de palmares, por sobre
cúpulas de ceibas y copeyes, cuyas floraciones de bermellón
evocaban manchas de tejados.
Los caballos que iban sueltos, orientándose en la llanura,
empezaron a galopar a considerable distancia de nosotros.
—Ya ventearon el bebedero —observó don Rafo—. No
llegaremos a la mata antes de media hora; pero allí calentare-
mos el bastimento.
Rodeaban el monte pantanos inmundos, de flotante lama,
cuya superficie recorrían avecillas acuáticas que chillaban
balanceando la cola. Después de gran rodeo, y casi por opuesto
lado, penetramos en la espesura, costeando el tremedal,
donde

– 36
José Eustasio

abrevábanse las caballerías que iba yo maneando en la som-


bra. Limpió don Rafo con el machete las malezas cercanas a
un árbol enorme, agobiado por festones amarillentos, de donde
llovían, con espanto de Alicia, gusanos inofensivos y verdosos.
Puesto el chinchorro, lo cubrimos con el amplio mosquitero
para defenderla de las abejas que se le enredaban en los
rizos, ávidas de chuparle el sudor. Humeó luego la hoguera
consola- dora y nos devolvió la tranquilidad.
Metía yo al fuego la leña que me aventaba don Rafo,
mien- tras Alicia me ofrecía su ayuda.
—Esos oficios no te corresponden a ti.
—¡No me impacientes, ya ordené que descanses, y debes
obedecer!
Resentida por mi actitud, empezó a mecerse, al impulso
que su pie le imprimía al chinchorro. Mas cuando fuimos a
buscar agua, me rogó que no la dejara sola.
—Ven, si quieres —le dije—. Y siguió tras de nosotros por
una trocha enmalezada.
La laguneta de aguas amarillosas estaba cubierta de hojaras-
cas. Por entre ellas nadaban unas tortuguitas llamadas
galápa- gos, asomando la cabeza rojiza; y aquí y allí los
caimanejos nombrados cachirres exhibían sobre la nata del
pozo los ojos sin párpados. Garzas meditabundas, sostenidas
en un pie, con picotazo repentino arrugaban la charca
tristísima, cuyas eva- poraciones maléficas flotaban bajo los
árboles como velo mor- tuorio. Partiendo una rama, me
incliné para barrer con ella las vegetaciones acuátiles, pero
don Rafo me detuvo, rápido como el grito de Alicia. Había
emergido, bostezando para atra- parme, una serpiente güío,
corpulenta como una viga, que a

– 37
La

mis tiros de revólver se hundió removiendo el pantano y


reba- sándolo en las orillas.
Y regresamos con los calderos vacíos.
Presa del pánico, Alicia se reclinó temblorosa bajo el
mos- quitero. Tuvo vahídos, pero la cerveza le aplacó las
náuseas. Con espanto no menor, comprendí lo que le pasaba,
y, sin saber cómo, abrazando a la futura madre, lloré todas mis
desventuras.

***

Al verla dormida, me aparté con don Rafael, y sentándonos


sobre una raíz del árbol, escuché sus consejos inolvidables:
No convenía, durante el viaje, advertirla del estado en
que estaba, pero debía rodearla de todos los cuidados
posibles. Haríamos jornadas cortas y regresaríamos a Bogotá
antes de tres meses. Allí las cosas cambiarían de aspecto.
Por lo demás, los hijos, legítimos o naturales, tenían
igual procedencia y se querían lo mismo. Cuestión del
medio. En Casanare así acontecía.
Él ambicionó en un tiempo hacer un matrimonio
brillante, pero el destino le marcó ruta imprevista: la joven con
quien vivía en aquel entonces llegó a superar a la esposa
soñada, pues, juz- gándose inferior, se adornaba con la
modestia y siempre se creyó deudora de un exceso de bien. De
esta suerte, él fue más feliz en el hogar que su hermano, cuya
compañera, esclava de los per- gaminos y de las mentiras
sociales, le inspiró el horror a las altas familias, hasta que
regresó a la sencillez favorecido por el divorcio. No había que
retroceder en la vida ante ningún conflicto, pues sólo
afrontándolos de cerca se ve si tienen remedio. Era

– 38
José Eustasio

verdad que preveía el escándalo de mis parientes si me


echaba a cuestas a Alicia o la conducía al altar. Mas no había
que mirar tan lejos, porque los temores van más allá de las
posibilidades. Nadie me aseguraba que había nacido para
casado, y aunque así fuera, ¿quién podría darme una esposa
distinta de la seña- lada por mi suerte? Y Alicia, ¿en qué
desmerecía? ¿No era inte- ligente, bien educada, sencilla y de
origen honesto? ¿En qué código, en qué escritura, en qué
ciencia había aprendido yo que los prejuicios priman sobre las
realidades? ¿Por qué era mejor que otros, sino por mis
obras? El hombre de talento debe ser como la muerte, que no
reconoce categorías. ¿Por qué ciertas doncellas me parecían
más encumbradas? ¿Acaso por irreflexivo consentimiento del
público que me contagiaba su estulticia; acaso por el lustre
de la riqueza? Pero esta, que suele nacer de fuentes oscuras,
¿no era también relativa? ¿No resultaban misérrimos
nuestros potentados en parangón con los de fuera?
¿No llegaría yo a la dorada medianía, a ser relativamente
rico? En este caso, ¿qué me importarían los demás, cuando
vinie- ran a buscarme con el incienso? Usted sólo tiene un
problema sumo, a cuyo lado huelgan todos los otros: adquirir
dinero para sustentar la modestia decorosamente. El resto
viene por añadidura.
Callado, escarmenaba mentalmente las razones que oía,
separando la verdad de la exageración.
—Don Rafo —le dije—, yo miro las cosas por otro aspecto,
pues las conclusiones de usted, aunque fundadas, no me
preo- cupan ahora: están en mi horizonte, pero están lejos.
Respecto de Alicia, el más grave problema lo llevo yo, que sin
estar ena- morado vivo como si lo estuviera, supliendo mi
hidalguía lo

– 39
La

que no puede dar mi ternura, con la convicción íntima de que


mi idiosincrasia caballeresca me empujará hasta el sacrificio,
por una dama que no es la mía, por un amor que no conozco.
«Fama de rendido galán gané en el ánimo de muchas
muje- res, gracias a la costumbre de fingir, para que mi alma
se sienta menos sola. Por todas partes fui buscando en qué
distraer mi inconformidad, e iba de buena fe, anheloso de
renovar mi vida y de rescatarme a la perversión; pero
dondequiera que puse mi esperanza hallé lamentable vacío,
embellecido por la fantasía y repudiado por el desencanto. Y
así, engañándome con mi pro- pia verdad, logré conocer
todas las pasiones y sufro su hastío, y prosigo desorientado,
caricatureando el ideal para sugestio- narme con el
pensamiento de que estoy cercano a la redención. La quimera
que persigo es humana, y bien sé que de ella parten los
caminos para el triunfo, para el bienestar y para el amor. Mas
han pasado los días y se va marchitando mi juventud sin que
mi ilusión reconozca su derrotero; y viviendo entre mujeres
sencillas, no he encontrado la sencillez, ni entre las
enamoradas el amor, ni la fe entre las creyentes. Mi corazón es
como una roca cubierta de musgo, donde nunca falta una
lágrima. ¡Hoy me ha visto usted llorar, no por flaqueza de
ánimo, que bastante rencor le tengo a la vida; lloré por mis
aspiraciones engañadas, por mis ensueños desvanecidos, por
lo que no fui, por lo que ya no seré jamás!».
Paulatinamente iba levantando la voz y comprendí que
Alicia estaba despierta. Me acerqué cauteloso y la sorprendí
en actitud de escuchar.
—¿Qué quieres? —le dije. Y su silencio me desconcertó.
Fue preciso continuar la marcha hasta el morichal
vecino,

– 40
La
según decisión de don Rafo, porque la mata era peligrosa en

– 41
José Eustasio

extremo: a muchas leguas en contorno, sólo en ella encontra-


ban agua los animales y de noche acudían las fieras. Salimos
de allí, paso a paso, cuando la tarde empezó a suspirar, y
bajo los últimos arreboles nos preparamos para la queda.
Mientras don Rafo encendía fuego, me retiré por los
pajonales a ama- rrar los caballos. La brisa del anochecer
refrescaba el desierto, y de repente, en intervalos desiguales,
llegó a mis oídos algo como un lamento de mujer.
Instintivamente pensé en Alicia, que acercándose me
preguntaba:
—¿Qué tienes? ¿Qué tienes?
Reunidos después, sentíamos la sollozante quejumbre, vuel-
tos hacia el lado de donde venía, sin que acertáramos a
desci- frar el misterio; una palmera de macanilla, fina como un
pincel, obedeciendo a la brisa, hacía llorar sus flecos en el
crepúsculo.

***

Ocho días después divisamos la fundación de La Maporita.


La laguna próxima a los corrales se doraba al sol. Unos
mastines enormes vinieron a nuestro encuentro, con ladridos
desafo- rados, y nos dispersaron las bestias. Frente al
tranquero de la entrada, donde se asoleaba un bayetón rojo,
exclamó don Rafo, empinándose en los estribos:
—¡Alabado sea Dios!
—… Y su madre santísima —respondió una voz de mujer.
—¿No hay quién venga a espantar estos perros?
—Ya va.
—¿La niña Griselda?
—En el caño.
– 42
La

Complacidos observábamos el aseo del patio, lleno de


caracuchos, siemprevivas, habanos, amapolas y otras plantas
del trópico. Alrededor de la huerta daban fresco los
platanales, de hojas susurrantes y rotas, dentro de la cerca de
guadua que protegía la vivienda, en cuyo caballete lucía sus
resplandores un pavo real.
Por fin, una mulata decrépita asomó a la puerta de la cocina,
enjugándose las manos con el ruedo de las enaguas.
—¡Chite, uise! —gritó tirando una cáscara a las gallinas
que escarbaban la era—. Prosigan, que la niña Griselda se ta
bañando. ¡Los perros no muerden, ya mordieron!
Y volvió a sus quehaceres.
Sin testigos, ocupamos el cuarto que servía de sala, en
donde no había otro menaje que dos chinchorros, una
barbacoa, dos banquetas, tres baúles y una máquina Singer.
Alicia, sofocada, se mecía ponderando el cansancio, cuando
entró la niña Gri- selda, descalza, con el chingue al brazo, el
peine en la crencha y los jabones en una totuma.
—Perdone usted —le dijimos.
—Tienen a sus órdenes el rancho y la persona. ¡Ah!,
¿tam- bién vino don Rafael? ¿Qué hace en la ramaa?
Y saliendo al patio, le decía familiarmente:
—Trascordao, ¿se le volvió a olvidá el cuaerno? Estoy enti-
grecía contra usté. No me salga con esas, porque peleamos.
Era una hembra morena y fornida, ni alta ni pequeña, de
cara regordeta y ojos simpáticos. Se reía enseñando los
dientes anchos y albísimos, mientras que con mano
hacendosa expri- mía los cabellos goteantes sobre el corpiño
desabrochado. Vol- viéndose a nosotros, interrogó:

– 43
José Eustasio

—¿Ya les trajeron café?


—Se pone usted en molestias…
—Tiana, Bastiana, ¿qué hubo?
Y sentándose en el chinchorro al lado de Alicia, pregun-
tábale si los diamantes de sus zarcillos eran “legales” y si
traía otros para vender.
—Señora, si le gustan…
—Se los cambio por esa máquina.
—Siempre avispada para el negocio —galanteó don Rafo.
—¡Naa! Es que nos estamos recogiendo pa dejá la tierra.
Y con el acento cálido refirió que Barrera había venido a
llevar gente para las caucherías del Vichada.
—Es la ocasión de mejorá: dan alimentación y cinco pesos
por día. Así se lo he dicho a Franco.
—¿Y qué Barrera es el enganchador? —preguntó don Rafo.
—Narciso Barrera, que ha treido mercancías y morroco-
tas pa da y convidá.
—¿Se creen ustedes de esa ficha?
—Cáyese, don Rafa. ¡Cuidao con desanimá a Fidel! ¡Si
le ta ofreciendo plata anticipáa y no se resuelve a dejá este
peju- gal! ¡Quere ma a las vacas que a la mujé! Y eso que
nos cris- tianamos en Pore, porque sólo éramos casaos
militarmente.
Alicia, mirándome de soslayo, se sonrió.
—Niña Griselda, ese viaje puede resultar un percance.
—Don Rafo, el que no arriesga no pasa el ma. Ora
dígame ustees si valdrá la pena un enganche que los ha
entusiasmao a toos. Porque ayí en el hato no va a queá
gente. Ha tenío que bregales el viejo pa que le ayuden a
terminá los trabajos de ganao. ¡Nadie quere hacer naa! ¡Y
de noche tienen unos
– 44
La

joropos…! Pero supóngase: tando ahí la Clarita… Yo le prohibí


a Fidel que se quede ayá, y no me hace caso. Dende el lunes
se jue. Mañana lo espero.
—¿Dice usted que Barrera trajo mucha mercancía? ¿Y la
da barata?
—Sí, don Rafo. No vale la pena que usté abra sus peta-
quitas. Ya todo el mundo ha comprao. ¿A que no me trajo
los cuaernos de las moas cuando ma lo menesto? Tengo que
yevá ropa de primera.
—Por ahí le traigo uno.
—¡Dios se lo pague!
La vieja Sebastiana, arrugada como un higo seco, de cabeza
y brazos temblones, nos alargó sendos pocillos de café
amargo que ni Alicia ni yo podíamos tomar y que don Rafo
saboreaba vertiéndolo en el platillo. La niña Griselda se
apresuró a traer una miel oscura, que sacaba de un garrafón,
para que endul- záramos la bebida.
—Muchas gracias, señora.
—¿Y esta buena moza es su mujé? ¿Usté es el yerno de
don Rafo?
—Como si lo fuera.
—¿Y ustees también son tolimas?
—Yo soy de ese departamento; Alicia, bogotana.
—Parece que usté juera pa algún joropo, según ta de cachaca.
¡Qué bonito traje y qué buenos botines! ¿Ese vestío lo cortó usté?
—No, señora, pero entiendo algo de modistería. Estuve
tres años en el colegio asistiendo a la clase.
—¿Me enseña? ¿No es verdá que me enseña? Pa eso
com- pré máquina. Y miren qué lujo de telas las que tengo
aquí. Me


José Eustasio

las regaló Barrera el día que vino a vernos. A Tiana también


le dio. ¿Ónde ta la tuya?
—Colgá en la percha. Ora la treigo.
Y salió.
La niña Griselda, entusiasmada porque Alicia le ofrecía ser
su maestra de corte, se zafó de la pretina las llaves y, abriendo
el baúl, nos enseñó unas telas de colores vivos.
—¡Esas son etaminas comunes!
—Puros cortes de sea, don Rafo. Barrera es rasgaísimo.
Y miren las vistas del fábrico en el Vichada, a onde quere
yevar- nos. Digan imparcialmente si no son una preciosidá
esos edi- ficios y si estas fotografías no son primorosas.
Barrera las ha repartío por toas partes. Miren cuántas tengo
pegaas en el baúl. Eran unas postales en colores. Se veían en
ellas, a la ori-
lla montuosa de un río, casas de dos pisos, en cuyos baranda-
les se agrupaba la gente. Lanchas de vapor humeaban en el
puertecito.
—Aquí viven ma de mil hombres y toos ganan una libra
diaria. Ayá voy a poné asistencia pa las peonaas. ¡Supóngase
cuánta plata cogeré con el solo amasijo! ¿Y lo que gane Fidel?
… Miren, estos montes son los cauchales. Bien dice Barrera
que otra oportunidá como esta no se presentará.
—Lo que yo siento es tar tan cascaa; si no, me iba
también tras de mi zambo —dijo la vieja, acurrucándose de
nuevo en el quicio—. Aquí ta la tela —añadió, desdoblando
una zaraza roja.
—Con ese traje parecerás un tizón encendido.
—Blanco —me replicó—: pior es no parecer naa.
—Andá —ordenó la niña Griselda—, buscale a don Rafo
unos topochos mauros pa los cabayos. Pero primero decile al
– 46
La

Miguel que se deje de tar echao en el chinchorro, porque no


se le quitan las fiebres: que le saque el agua a la curiara y le
ponga cuidao al anzuelo, a ve si los caribes se tragaron ya la
carnaa. Puee que haya afilao algún bagrecito. Y danos vos algo
de comé, que estos blancos yegan de lejos. Venga pa acá,
niña Alicia, y aflójese la ropa. En este cuarto nos quearemos
las dos.
Y parándose ante mí, agregó con picaresco descaro:
—¡Me la yevo! ¿Ustees ya separaron cama?

***

Verdadera lástima sentí por don Rafael ante el fracaso de su


negocio. Tenía razón la niña Griselda: todos se habían
provisto ya de mercancías.
Sin embargo, dos días después de nuestra llegada, vinie-
ron del hato unos hombres enjutos y pálidos, cuyas monturas
húmedas disimulaban su mal aspecto con el bayetón que los
jinetes dejaban colgando sobre las rodillas. Del otro lado del
monte pidieron a gritos la curiara, y, creyendo no ser oídos,
hicieron disparos de wínchester. Vista la tardanza, sin
desmon- tarse, lanzaron sus cabalgaduras al caño y lo
cruzaron trayendo las ropas amarradas en la cabeza.
Llegaron. Vestían calzones de lienzo, camisa suelta llamada
lique y anchos sombreros de felpa castaña. Sus pies
desnudos oprimían con el dedo gordo el aro de los estribos.
—Buen día… —prorrumpieron con voz melancólica
entre los ladridos de los perros.
—Ojalá que nos hubieran matao, por ta de chistosos —
excla- mó la niña Griselda.

– 47
José Eustasio

—Era pa la curiara…
—¡Qué curiara! Este no es paso rial.
—Venimos a ve la mercancía…
—Sigan, pero dejen sus rangos afuera.
Los hombres se apearon, y con los ronzales de cerda
torcida que servían de rendaje, amarraron los trotones bajo el
samán de la entrada y avanzaron con los bayetones al
hombro. Alrededor del cuero en que don Rafo había
extendido la chuchería se acu- clillaron indolentes.
—Miren los diagonales extras; aquí están unos cuchillos
garantizados; fíjense en esta faja de cuero, con funda para el
revólver, todo de primera clase.
—¿Trajo quinina?
—Muy buena, y píldoras para las calenturas.
—¿A cómo el hilo?
—Diez centavos madeja.
—¿No la da en cinco?
—Llévela en nueve.
Todo lo fueron tocando, examinando, comparando, casi
sin hablar. Para saber si una tela desteñía, se empapaban en
saliva los dedos y la refregaban. Don Rafael con la vara de
medir les señalaba todo, agotando los encomios para cada
cosa. Nada les gustó.
—¿Me deja en veinte riales esa navaja?
—Llévela.
—Le doy por los botones lo que le dije.
—Tómelos.
—Pero me encima la aguja pa prenderlos.
—Cójala.

– 48
La

Así compraron bagatelas por dos o tres pesos. El hombre de la


carabina, desanudando la punta del pañuelo, alargó una morrocota:
—Páguese de too, es de veinte dólares.
Y la hizo retiñir contra el acero del arma.
—¡A ve los trueques!
—¿Por qué no compran el restico?
—A esos precios no se alcanza ni con la carabina. Vaya
usté al hato pa que vea cosas regalaas.
—¡Adió, pue!
Y montaron.
—Hola, socio —voceó regresando el de peor estampa—,
nos mandó Barrera a quitate la mercancía, y es mejó que te
largués con eya. Quedás notificao: ¡lejos con eya! ¡Si no te
la quitamos ahora, es por lo poquita y lo cara!
—¿Y quitarla por qué? —indagó don Rafo.
—¡Por la competencia!
—¿Crees tú, infeliz, que este anciano está solo? —
prorrumpí, empuñando un cuchillo, entre los aspavientos de
las mujeres.
—Mirá —repuso el hombre—, por sobre yo, mi
sombrero. Por grande que sea la tierra, me quea bajo los
pies. Con vos no me toy metiendo. Pero si querés, ¡pa vos
también hay!
Espoleando el potro, me tiró a la cara los objetos
compra- dos y galopó con sus compañeros, a lo largo de la
llanura.

***

Esa noche, como a las diez, llegó Fidel Franco a la casa.


Aun- que la embarcación se deslizaba sin ruido sobre el agua
– 49
La
pro- funda, los gozques la sintieron y al instante cundió la
alarma.

– 50
José Eustasio

—Es Fidel, es Fidel —decía la niña Griselda, tropezando


en nuestros chinchorros. Y salió al patio en camisola, envuelta
desde la cabeza en un pañolón oscuro, seguida de don
Rafael.
Alicia, asustada en las tinieblas, empezó a llamarme
desde su cuarto:
—Arturo, ¿sentiste? ¡Ha llegado gente!
—¡Sí, no te afanes, no vengas! Es el dueño de casa.
Cuando en franela y sin sombrero salí al aire libre, iba
un grupo bajo los platanales llevando un hachón encendido.
La cadena de la curiara sonó al atracar y desembarcaron dos
hombres armados.
—¿Qué ha pasado por aquí? —dijo uno, abrazando seca-
mente a la niña Griselda.
—¡Naa, naa! ¿Por qué te aparecés a semejante hora?
—¿Qué huéspedes han llegado?
—Don Rafael y dos compañeros, hombre y mujé.
Franco y don Rafo, después de un apretón amistoso,
regre- saron con los del grupo hacia la cocina.
—Me vine alarmadísimo porque esta noche al yegar al hato
con la torada supe que Barrera había mandado una comisión.
No querían prestarme cabayo, pero apenas comenzó la
juerga, me traje la curiara de ayá. ¿A qué vinieron esos
forajidos?
—A quitarme el chucho —repuso humildemente don Rafo.
—¿Y qué pasó, Griselda?
—¡Naa! Si ma, hay camorra, porque el guatecito se les
encaró, cachiblanco en mano. ¡Un horror! ¡Nos hizo chiyá!
—Seguí pa dentro —agregó de repente la patrona, lívida,
trémula—, y mientras les dan el trago de café, guindá tu
chin- chorro en el correor, porque toy en el cuarto con la
– 51
José Eustasio
doña.

– 52
La

—De ningún modo: Alicia y yo nos alojaremos en la


enra- mada —dije avanzando hacia el corrillo.
—Usté no manda aquí —replicó la niña Griselda, esforzán-
dose por sonreír—. Venga, conozca a este yanero, que es el mío.
—Servidor de usted —repuse devolviendo el abrazo.
—¡Cuente conmigo! Basta que usted sea compañero de
don Rafael.
—¡Y si vieras con qué trozo de mujé se ha enyugao! ¡Colo-
raíta que ni un merey! ¡Y las manos que tiene pa cortá la sea,
y lo modosa pa enseñá!
—Pues manden a sus nuevos criados —repetía Franco.
Era cenceño y pálido, de mediana estatura, y acaso
mayor que yo. Cuadrábale el apellido al carácter, y su
fisonomía y sus palabras eran menos elocuentes que su
corazón. Las facciones proporcionadas, el acento y el modo
de dar la mano advertían que era hombre de buen origen, no
salido de las pampas, sino venido a ellas.
—¿Usted es oriundo de Antioquia?
—Sí, señor. Hice algunos estudios en Bogotá, ingresé luego
en el ejército, me destinaron a la guarnición de Arauca y de allí
deserté por un disgusto con mi capitán. Desde entonces vine
con Griselda a calentar este rancho, que no dejaré por nada
en la vida —y recalcó—: ¡por nada en la vida!
La niña Griselda, con mohín amargo, permanecía muda.
Como advirtió que estaba en traje de alcoba, se fue con pretexto
de vestirse, llevando dentro de la mano ahuecada la luz de una
vela.
Y no volvió más.
Mientras tanto, la vieja Tiana hacía llamear el fogón de
tres piedras, sobre las cuales pendía un alambre para colgar
el

– 53
José Eustasio

caldero o la marma. Al tibio parpadear de la lumbre nos sen-


tamos en círculo, sobre raíces de guadua o sobre calaveras de
caimán, que servían de banquetas. El mocetón que llegó con
Franco me miraba con simpatía, sosteniendo entre las
rodillas desnudas una escopeta de dos cañones. Como sus
ropas esta- ban húmedas, desarremangóse los calzoncillos y
los oreaba sobre las pantorrillas de nudosos músculos.
Llamábase Anto- nio Correa y era hijo de Sebastiana, tan
cuadrado de espaldas y tan fornido de pecho, que parecía un
ídolo indígena.
—Mama —dijo rascándose la cabeza—: ¿cuál jue el entro-
metío que yevó al hato el chisme de la mercancía?
—Eso no tie naa de malo: avisando se vende.
—Sí, ¿pero qué jue a hacé ayá la tarde que yegaron estos
blancos?
—¡Yo qué sé! Lo mandaría la niña Griselda.
En esta vez fue Franco quien hizo el mohín. Después de
corto silencio, indagó:
—Mulata, ¿cuántas veces ha venido Barrera?
—Yo no he reparao. Yo vivo ocupaa aquí en mi cocina.
Saboreando el café y referido por don Rafo algún incidente
de nuestro viaje, repreguntó Franco, obedeciendo a su obsti-
nada preocupación:
—¿Y el Miguel y el Jesús qué han estado haciendo?
¿Bus- caron los marranos en la sabana? ¿Compusieron el
tranquero de los corrales? ¿Cuántas vacas ordeñan?
—Sólo dos de ternero grande. Las otras las hizo soltá la
niña Griselda porque ya empieza a habé plaga y los zancúos
matan las crías.
—¿Y dónde están esos flojos?

– 54
La

—Miguel con calentura. No se quié hacé el remedio: son


cinco hojitas de borraja, pero arrancás de pa arriba, porque de
pa abajo, proúcen vómito. Ahí le tengo el cocimiento, pero no
lo traga. Y eso que ta enviajao pa las caucherías. ¡Se la pasa
jugando naipes con el Jesús, y ese sí que ta perdío por irse!
—Pues que se larguen desde ahora, en la curiara del hato,
y no vuelvan más. No tolero en mi posada ni chismosos ni
espías. Mulata, asómate al caney y diles que desocupen: ¡que
ni me deben, ni les debo!
Cuando salió Sebastiana, preguntó don Rafael por la
situación del hato: «¿Era verdad que todo andaba manga por
hombro?».
—Ni sombra de lo que usted conoció. Barrera lo ha
trastor- nado todo. Ayá no se puede vivir. Mejor que le
prendieran candela.
Luego refirió que los trabajos se habían suspendido porque
los vaqueros se emborrachaban y se dividían en grupos para
toparse en determinados sitios de la llanada, donde, a
ocultas, les vendían licor los áulicos de Barrera. Unas veces
dejaban matar los caballos, entregándolos estúpidamente a
los toros; otras, se dejaban coger de la soga, o al colear
sufrían golpes mortales; muchos se volvían a juerguear con
Clarita; estos derrengaban los rangos apostando carreras, y
nadie corre- gía el desorden ni normalizaba la situación,
porque ante el señuelo del próximo viaje a las caucherías
ninguno pensaba en trabajar cuando estaba en vísperas de ser
rico. De esta suerte, ya no quedaban caballos mansos sino
potrones, ni había vaqueros sino enfiestados; y el viejo
Zubieta, el dueño del hato, borracho y gotoso, ignorante de
lo que pasaba, espa- rrancábase en el chinchorro a dejar
que Barrera le ganara

– 55
José Eustasio

dinero a los dados, a que Clarita le diera aguardiente con


la boca, a que la peonada del enganchador sacrificara hasta
cinco reses por día, desechando, al desollarlas, las que no
parecieran gordas.
Y para colmo, los indios guahibos de las costas del Guana-
palo, que flechaban reses por centenares, asaltaron la fundación
del Hatico, llevándose a las mujeres y matando a los
hombres. Gracias a que el río detuvo el incendio, pero hasta
no sé qué noche, se veía el lejano resplandor de la candelada.
—¿Y qué piensa usted hacer con su fundación? —pregunté.
—¡Defenderla! Con diez jinetes de vergüenza, bien
enca- rabinados, no dejaremos indio con vida.
En ese instante volvió Sebastiana:
—Ya se jueron.
—Mama, cuidao se yevan mi tiple.
—Que si no manda razón alguna.
—Sí: al viejo Zubieta que no me espere. Que le sigo diri-
giendo la vaquería cuando me dé mejores yaneros.
En pos de la mulata salimos al patio. La noche estaba
oscura y comenzaba a lloviznar. Franco nos siguió a la sala y se
tendió en la barbacoa. Afuera los que se marchaban cantaron
a dúo:

Corazón, no seás caballo:


aprendé a tener vergüenza;
al que te quiera, querelo,
y al que no, no le hagás fuerza.

Y la pala del remo en la onda y el repentino rebotar de la


lluvia apagaron el eco de la tonada.

– 56
La

***

Pasé mala noche. Cuando menudeaba el canto de los gallos


conseguí quedarme dormido. Soñé que Alicia iba sola, por una
sabana lúgubre, hacia un lugar siniestro donde la esperaba un
hombre, que podía ser Barrera. Agazapado en los pajonales
iba espiándola yo, con la escopeta del mulato en balanza;
mas cada vez que intentaba tenderla contra el seductor, se
conver- tía entre mis manos en una serpiente helada y
rígida. Desde la cerca de los corrales, don Rafo agitaba el
sombrero excla- mando: «¡Véngase! ¡Eso ya no tiene
remedio!».
Veía luego a la niña Griselda, vestida de oro, en un país
extraño, encaramada en una peña de cuya base fluía un hilo
blancuzco de caucho. A lo largo de él lo bebían gentes
innume- rables echadas de bruces. Franco, erguido sobre un
promonto- rio de carabinas, amonestaba a los sedientos con
este estribillo:
«¡Infelices, detrás de estas selvas está el más allá!». Y al pie
de cada árbol se iba muriendo un hombre, en tanto que yo
reco- gía sus calaveras para exportarlas en lanchones por un
río silen- cioso y oscuro.
Volvía a ver a Alicia, desgreñada y desnuda, huyendo
de mí por entre las malezas de un bosque nocturno, ilumi-
nado por luciérnagas colosales. Llevaba yo en la mano una
hachuela corta, y, colgado al cinto, un recipiente de metal.
Me detuve ante una araucaria de morados corimbos, parecida
al árbol del caucho, y empecé a picarle la corteza para que
escurriera la goma. «¿Por qué me desangras?», suspiró una voz
falleciente. «Yo soy tu Alicia y me he convertido en una
parásita».


José Eustasio

Agitado y sudoroso desperté como a las nueve de la


mañana. El cielo, después de la lluvia anterior, resplandecía
lavado y azul. Una brisa discreta suavizaba los grandes
calores.
—Blanco, aquí ta el desayuno —murmuró la mulata—.
Don Rafo y los hombres montaron y las mujeres tan ba-
ñándose.
Mientras que yo desayunaba, sentóse en el suelo y comenzó
a ajustar con los dientes la cadenita de una medalla que
llevaba al cuello. «Resolví ponerme esta prenda, porque ta
bendita y es milagrosa. A ve si el Antonio se anima a yevarme.
Por si me dejare desamparaa, le di en el café el corazón de un
pajarito llamao piapoco. Puee irse muy lejos y corré tierras;
pero onde oiga cantá otro pájaro semejante, se pondrá triste
y tendrá que volverse, porque la guiña ta en que viene la
pesaúmbre a poné de presente la patria y el rancho y el queré
olvidao, y tras de los suspiros tiee que encaminarse el
suspiraor o se muere de pena. La medaya también ayúa si se
le cuelga al que se va».
—¿Y Antonio pretende ir al Vichada?
—Quén sabe. Franco no quere desarraigarse, pero la
mujé ta enviajaa. Antonio hace lo que diga el hombre.
—¿Y anoche, por qué se fueron los muchachos?
—El hombre no los aguantó ma. Ta malicioso. El Jesús jue
al hato la tardecita que yegaron ustees, no a yamá al Barrera
sino a decile que no arrimara porque no se podía. Eso jue
too. Pero el hombre es avispao y los despachó.
—¿Barrera viene frecuentemente?
—Yo no sé. Si acaso habla con la Griselda es en el caño,
por- que eya, en achaque del anzuelito, anda remolona con la
curiara. Barrera es mejó que el hombre; Barrera es una
– 58
José Eustasio
oportunidá.

– 59
La

Pero el hombre es atravesao y la mujé le tiee mieo dende lo


acontecío en Arauca. Le soplaron que el capitán andaba tras
de eya y le madrugó: ¡con dos puñaladas tuvo!
En ese momento, interrumpiéndonos el palique, avanza-
ban en animado trío Alicia, la niña Griselda y un hombre
ele- gante, de botas altas, vestido blanco y fieltro gris.
—Ahí ta don Barrera. ¿No lo quería conocé?

***

—Caballero —exclamó inclinándose—: doble fortuna es


la mía que, impensadamente, me pone a los pies de un
marido tan digno de su linda esposa.
Y sin esperar otra razón, besó en mi presencia la mano
de Alicia. Estrechando luego la mía, añadió zalamero:
—Alabada sea la diestra que ha esculpido tan bellas
estro- fas. Regalo de mi espíritu fueron en el Brasil, y me
producían suspirante nostalgia, porque es privilegio de los
poetas encade- nar al corazón de la patria los hijos dispersos
y crearle súbdi- tos en tierras extrañas. Fui exigente con la
fortuna, pero nunca aspiré al honor de declararle a usted,
personalmente, mi admi- ración sincera.
Aunque estaba prevenido contra ese hombre, confieso
que fui sensible a la adulación, y que sus palabras templaron el
dis- gusto que me produjo su cortesanía con mi garbosa
daifa.
Pidiónos perdón por entrar en la sala con botas de campo; y
después de averiguar por la salud del dueño de casa, me suplicó
que le aceptara una copa de whisky. Ya había advertido yo
que la niña Griselda traía la botella en la mano.

– 60
José Eustasio

Cuando Sebastiana colocó sobre la barbacoa los pocillos


y el hombre se inclinó a colmarlos, observé que este llevaba
al cinto niquelado revólver y que la botella no estaba llena.
Alicia, mirándome, se resistía a tomar.
—Otra copita, señora. Ya se convenció usted de que es
licor suave.
—¡Cómo! —dije ceñudo—. ¿Tú también has bebido?
—Insistió tanto el señor Barrera… Y me ha regalado
este frasco de perfume —musitó, sacándolo del cestillo
donde lo tenía oculto.
—Un obsequio insignificante. Perdone usted, lo traía
especialmente…
—Pero no para mi mujer. ¡Quizá para la niña Griselda!
¿Acaso ya los tres se conocían?
—Absolutamente, señor Cova: la dicha me había sido
adversa.
Alicia y la niña Griselda enrojecieron.
—Supe —aclaró el hombre— que ustedes estaban aquí,
por noticias de unos mozuelos que anoche llegaron al hato.
Inmenso pesar me causó la nueva de que seis jinetes,
ladrones sin duda, habían pretendido expropiar en mi
nombre una mercancía; y tan pronto como amaneció, me
encaminé a presentar mis res- petuosas protestas contra el
atentado incalificable. Y ese whisky y ese perfume, ofrendas
humildes de quien no tiene, fuera de su corazón, más que
ofrecer, estaban destinados a corroborar la ferviente
adhesión que les profeso a los dueños de casa.
—¿Oyes, Alicia? Dale ese frasco a la niña Griselda.
—¿Y luego no son también ustees dueños de este rancho?
—apuntó la patrona, con voz resentida.

– 61
La

—Como tales los considero yo, porque dondequiera que lle-


guen, son, por derecho de simpatía, amos de cuanto los
rodea. A pesar de mi semblante agresivo, el hombre no se
descon- certó; mas diole al discurso giro diverso: sucedían
tantas cosas en Casanare, que daba grima pensar en lo que
llegaría a convertirse esa privilegiada tierra, fuerte cuna de la
hospitalidad, la honradez y el trabajo. Pero con los asilados de
Venezuela, que la infestaban como dañina langosta, no se
podía vivir. ¡Cuánto había sufrido él con los voluntarios que le
pedían enganche! ¡Tantos se le pre- sentaban explotando la
condición de los desterrados políticos, y eran vulgares
delincuentes, prófugos de penitenciarías! Mas era peligroso
rechazarlos de plano, en previsión de algún desmán.
Indudablemente, a esta clase pertenecían los que
pretendieron desvalijar a don Rafael. ¡Jamás podría
indemnizarlo la empresa del Vichada de tantos disgustos! Era
verdad, y sería ingratitud no reconocerlo y proclamarlo, que
le había hecho distinciones honrosas. Primero lo envió al
Brasil, residencia de los principales accionistas, con un gran
cargamento de caucho, y ellos le roga- ron que aceptara la
gerencia de la explotación; mas la rehusó por carecer de
aptitudes. ¡Ah! ¡Si entonces hubiera adivinado que yo quería
habitar el desierto! Si yo pudiese indicarle un candidato, con
cuánto orgullo propondría su nombre; y si ese candidato
quisiera irse con él, en la seguridad de que sería nombrado…
—Señor Barrera —interrumpí—: jamás tuve noticia de
que en el Vichada hubiera empresas de la magnitud de la
suya.
—¡Mía, no; mía, no! Soy un modesto empleado a quien
sólo le pagan dos mil libras anuales, fuera de gastos.
Audazmente fijó en mí los ojos sobornadores, pasóse por

– 62
La
el rostro un pañuelo de seda, acarició el nudo de la corbata y

– 63
José Eustasio

se despidió, encareciéndonos una y otra vez que saludáramos


a los caballeros ausentes y les transmitiéramos su protesta con-
tra el abuso de los salteadores. Sin embargo, él pensaba
volver otro día a presentarla personalmente.
La niña Griselda lo acompañó hasta el caño, y allí se detuvo
más tiempo del que requiere una despedida.
—¿De dónde salió este sujeto? —dije en tono brusco, enca-
rándome con Alicia, apenas quedamos solos.
—Llegó a caballo por aquella costa, y la niña Griselda lo
pasó en la curiara.
—¿Tú lo conocías?
—No.
—¿Te parece interesante?
—No.
—¿Resuelves aceptar el perfume?
—No.
—¡Muy bien! ¡Muy bien!
Y rapándole el frasco del bolsillo del delantal, lo estrellé con
furia en el patio, casi a los pies de la niña Griselda que regresaba.
—¡Cristiano, usté ta loco, usté ta loco!

***

Alicia, entre humillada y sorprendida, abrió la máquina y


empezó a coser. Hubo momentos en que sólo se oía el ruido
de los peda- les y el charloteo del loro en la estaca.
La niña Griselda, comprendiendo que no debía abando-
narnos, dijo, sonreída y astuta:
—Esos caprichos de este Barrera sí que me hacen gracia.
Ora se le ha encajao la idea de conseguí unas esmeraldas y

– 64
La

les ha puesto el ojo a las de mis candongas. ¡De las orejas me


las robaría!
—No sea que se las lleve con su cabeza —repliqué, real-
zando la sátira con una carcajada eficaz.
Y me fui a los corrales, sin escuchar las alarmadas disculpas.
—¡Bien hace en no discutí conmigo, porque se la yevo
ganaa! Trepado en la talanquera daba desahogo a mi
acritud, al rayo del sol, cuando vi flotar a lo lejos, por encima
de los mori- chales, una nube de polvo, ondulosa y espesa. A
poco, por el lado opuesto, divisé la silueta de un jinete que,
desalado, cru- zaba a saltos las ondas pajizas de la llanura,
volteando la soga y revolviéndose presuroso. Un gran tropel
hacía vibrar la pampa, y otros vaqueros atravesaron el banco
antes que la yeguada apa- reciera a mi vista, de cuyo grupo
desbandábase a veces alguna potranca cerril, loca de
juventud, quebrándose en juguetones corcovos. Oía ya
claramente los gritos de los jinetes que orde- naban abrir el
tranquero; y apenas tuve tiempo de obedecer- les cuando se
precipitó en el corral el atajo, nervioso, bravío,
resoplador.
Franco, don Rafael y el mulato Correa se apearon de sus
trotones jadeantes, que, sudando espuma, refregaban contra
la cerca las cabezas estremecidas.
—Egoístas, ¿por qué no me convidaron?
—El que primero madruga, comulga dos veces. Ya lo vere-
mos enlazar en otra ocasión.
En tanto que aseguraban las puertas de los reductos lián-
doles gruesos travesaños, acudieron las mujeres a
contemplar por entre los claros del palo a pique la yeguada
pujante, que se revolvía en círculo, ganosa de atropellar el
encierro. Alicia, que traía en la mano su tela de labor,


La
chillaba de entusiasmo al


José Eustasio

ver la confusión de ancas lucientes, crines huracanadas, cascos


sonoros. «¡Aquel para mí! ¡Este es el más lindo! ¡Miren el otro
cómo patea!». ¡Y de los ijares convulsos, del polvo
pisoteado y de los relinchos rebeldes, ascendía un hálito de
alegría, de fuerza y brutalidad!
Correa estaba feliz.
—¡Cogimos el resabiao! ¡Es aquel padrote negro, crinúo,
patiblanco! ¡Se le yegó su día, y más vale que no hubiera nacío!
¡No he visto zambo que no le tenga mieo, pero ya dirán
ustees si tumba al hijo e mi mama!
—Mulato condenao, ¿qué vas a hacé? —gruñó la vieja—.
¿Pensás que ese cabayo te ha parío?
Estimulado por nuestra presencia, le dijo a Alicia:
—Le voy a dedicá la faena. ¡Apenas almuercen, me monto!
Y como percibiera el olor de la esencia derramada en el
patio, dilató las ventanillas de la nariz repitiendo:
—¡Ah…! ¡Güele a mujé, güele a mujé!
No quiso almorzar. Echóse a la boca un puñado de plá-
tano frito, deshilachó un trozo de carne y remojó la lengua
con café cerrero. Mientras tanto, entre el refunfuño de
Sebastiana, montura al hombro, salió a esperarnos en el
corral.
También fuimos parcos en el comer, por la exaltación de
ánimo, agravada con la novedad del espectáculo próximo.
Ali- cia, en breve rezo mental, encomendaba el mulato a
Dios.
—¡Hombres! —plañía Bastiana—: no vayan a dejá que esa
bestia me mate al motoso.
Sacamos las sogas, de cuero peludo, y unas maneas
cortas, llamadas sueltas, de medio metro de longitud, en
cuyos extre- mos se abotonaban gruesos anillos de fique
– 67
José Eustasio
trenzado.

– 68
La

Como el potro esquivaba los lazos, agachándose entre


el tumulto, ordenó Franco dividir la yeguada, para lo cual se
abrió el tranquero de la corraleja contigua. Cuando el caballo
quedó solo, atrevió las manos contra la cerca, a tiempo que
el mulato lo arropó con la soga. Grandes saltos dio el animal,
aga- chando la maculada cerviz en torno de la horqueta del
botalón donde humeaba la cuerda vibrante; y al extremo de
ella se colgó colérico, ahorcándose en hipo angustioso, hasta
caer en tierra, desfallecido, pataleador.
Franco sentósele en el ijar, y agarrándolo por las orejas le
dobló sobre el dorso el gallardo cuello, mientras el mulato lo
enjaqui- maba después de ajustarle las sueltas y de amarrarle
un rejo en la cola. De esta manera lo sometían, y en vez de
cabestrearlo por la cabeza, lo tiraban del rabo, hasta que el
infeliz, debatiéndose contra el suelo, quedó fuera de los corrales.
Allí lo vendamos con la tes- tera y la montura le oprimió por
primera vez los lomos indómitos. En medio del vociferante
trajín saltaron las yeguas, que se adueñaron de la llanura; y
el semental, puesto de frente a la
planicie, temblaba receloso, enfurecido.
Al tiempo de zafarle las maneas, exclamó el jinete:
—¡Mama, a ve el escapulario!
Franco y don Rafael requirieron las cabalgaduras, mas el
domador impidió que le sujetaran el potro:
—Quédense atrá, y si quiere voltearse, échenle rejo pa evitá
que me coja debajo.
Luego, entre los gritos de Sebastiana, se suspendió del cue-
llo la reliquia, santiguóse, y con gesto rápido destapó al animal.
Ni la mula cimarrona que manotea espantada si el tigre
se le monta en la nuca, ni el toro salvaje que brama
recorriendo

– 69
José Eustasio

el circo apenas le clavan las banderillas, ni el manatí que


sien- te el arpón, gastan violencia igual a la de aquel potro
cuando recibió el primer latigazo. Sacudióse con berrido
iracundo, coceando la tierra y el aire en desaforada carrera,
ante nues- tros ojos despavoridos, en tanto que los
amadrinadores lo perseguían, sacudiendo las ruanas.
Describió grandes pistas a brincos tremendos, y tal como
pudiera corcovear un centauro, subía en el viento, pegada a la
silla, la figura del hombre, como torbellino del pajonal, hasta
que sólo se miró a lo lejos la nota blanca de la camisa.
Al caer la tarde regresaron. Las palmeras los saludaban
con tremulantes cabeceos.
Llegó el potro quebrantado, sudoroso, molido, sordo a la
fusta y a la espuela. Ya sin taparlo, le quitaron la silla,
maneáronlo a golpes y quedó inmóvil y solo a la vera del
llano.
Gozosos abrazamos a Correa.
—¿Qué opinan de mi patojo? —repetía Sebastiana orgullosa.
—A él se le debe todo —apuntó Franco—. Tuvo la idea
de ofrecerles la mejor fiesta de Casanare. Por casualidad
ence- rramos las yeguas del hato y cogimos ese potro, que es
mío y de ustedes. Ya vieron lo que pasó.
Al venir la noche, aquel rey de la pampa, humillado y
mal- trecho, despidióse de sus dominios, bajo la luna llena,
con un relincho desolado.

***

Confieso, arrepentido, que en aquella semana cometí un


desagui- sado. Di en enamorar a la niña Griselda, con éxito
escandaloso.
– 70
La

En los días que Alicia tuvo fiebres le prodigué las más


delicadas atenciones; mas ahora, consultando mi conciencia,
comprendo que el regocijo de barajarme con la patrona en
los cuidados de la enfermería, me importaba tanto como la
enferma. La niña Griselda pasó una vez cerca de mi
chinchorro y con mano insinuante la cogí del cuadril.
Cerrando el puño, hizo ademán de abofetearme, miró hacia
donde Alicia dormía
y me sacudió con un cosquilleo:
—Pocapena, ya sabía que eras alebrestao.
Al inclinarse sobre mi pecho, sus zarcillos, columpiados
hacia adelante, le golpeaban los pómulos.
—¿Estas son las esmeraldas que ambiciona Barrera?
—Sí, pero dejalas pa vos.
—¿Cómo podría quitarlas?
—Así —dijo, mordiéndome bruscamente la oreja. Y,
aho- gada en risa, me dejó solo. Luego, con el dedo en la
boca, regresó para suplicarme:
—¡Que no lo vaya a sabé mi hombre! ¡Ni tu mujé!
Sin embargo, la lealtad me dominó la sangre, y con
desdén hidalgo puse en fuga la tentación. Yo, que venía de
regreso de todas las voluptuosidades, ¿iba a injuriar el honor de
un amigo, seduciendo a su esposa, que para mí no era más
que una hem- bra, y una hembra vulgar? Mas en el fondo de
mi determina- ción corría una idea mentora: Alicia me
trataba ya no sólo con indiferencia, sino con mal disimulado
desdén. Desde entonces comencé a apasionarme por ella y
hasta me dio por idealizarla. Creí haber sido miope ante la
distinción de mi compañera.
En verdad no es linda, mas por donde pasa los hombres
sonríen. Placíame sobre todo otro encanto, el de su mirada


La
tristona, casi


José Eustasio

despectiva, porque la desgracia le había contagiado el


espíritu de una reserva dolorosa. En sus labios discretos
apaciguábase la voz con un dejo de arrullo, con acentuación
elocuente, a tiempo que sus grandes pestañas se tendían
sobre los ojos de almendra oscura, con un guiño confirmador.
El sol le había dado a su cutis un tinte levemente moreno, y,
aunque era carnosa, me parecía más alta, y los lunares de sus
mejillas más pálidos.
Cuando la conocí, me dio la impresión de la niña apasio-
nada y ligera. Después llevaba el nimbo de su pesadumbre digna
y sombríamente, por la certeza de la futura maternidad. Un
día provoqué la suprema revelación, y casi con enojo repuso:
—¿No te da pudor?
Trajeada de olanes claros, era más fresca con el sencillo
descote y con el peinado negligente, en cuyos rizos parecía
aletear la cinta de seda azul, anudada en forma de mariposa.
Cuando se sentaba a coser, tendíame en el chinchorro
frontero, aparentando no reparar en ella, pero mirándola a
hurtadillas; y llenábame de impaciencia la frialdad de su
trato, a tal punto que repetidas veces la interrogué colérico:
—¿Pero no estoy hablando contigo?
Ávido de conocer la causa de su retraimiento, llegué a pen-
sar que estuviera celosa e intenté hacer leve alusión a la niña
Griselda, con quien se mantenía en roce constante y solía llorar.
—¿Qué te dice de mí la patrona?
—Que eres inferior a Barrera.
—¡Cómo! ¿En qué sentido?
—No sé.
Esta revelación salvó definitivamente el honor de Franco,
por- que desde ese momento la niña Griselda me pareció
detestable.
– 73
La

—¿Inferior porque no la persigo?


—No sé.
—¿Y si la persiguiera?
—Que responda tu corazón.
—Alicia, ¿has visto algo?
—¡Qué ingenuo eres! ¿Todas se enamoran de ti?
Me provocó en ese instante, herido en mi orgullo, desnu-
darme los brazos y gritarle una y otra vez: «¡Imbécil,
pregunta quién me dio estos mordiscos!».
Don Rafo apareció en el umbral.

***

Venía del hato, adonde fue esa mañana a ofrecer los


caballos. Franco y la niña Griselda, que lo acompañaron,
regresarían por la tarde. Él se vino pronto, aprovechando la
curiara, para consultarme un negocio y requerir mi
consentimiento. El viejo Zubieta daba al fiado mil o más
toros, a bajo precio, a condi- ción de que los cogiéramos,
pero exigía seguridades y Franco arriesgaba su fundación
con ese fin. Era la oportunidad de aso- ciarnos: la ganancia
sería cuantiosa.
Gozoso le dije a don Rafo:
—¡Haré lo que ustedes quieran!
Y agregué estrechando a Alicia en mis brazos:
—¡Ese dinero será para ti!
—Yo daré mis caballos como aporte y volaré a Arauca a
exigir la cancelación de algunas deudas. Podré reunir hasta
mil pesos, y con esa suma se harán, en parte, los gastos de
saca. Además, empeñada la fundación, el viejo cerrará el
negocio con
– 74
José Eustasio

Franco, de cuyos servicios necesita siempre, y más ahora que


la ganadería está paralizada por el desorden de los vaqueros.
—Tengo aún treinta libras en el bolsillo. ¡Aquí están,
aquí están! Sólo restaré algo para ciertos gastos de Alicia y
para pagar nuestra permanencia en esta casa.
—¡Muy bien! Marcharé dentro de tres días, y aquí me
ten- drán a mediados del mes entrante, antes de las grandes
lluvias, porque ya el invierno se acerca. A fines de junio
llegaremos a Villavicencio con el ganado. ¡Luego, a Bogotá,
a Bogotá!
Cuando Alicia y don Rafael salieron al patio, abrió mi
fan- tasía las alas.
Me vi de nuevo entre mis condiscípulos, contándoles mis
aventuras de Casanare, exagerándoles mi repentina riqueza,
viéndolos felicitarme, entre sorprendidos y envidiosos. Los invi-
taría a comer a mi casa, porque ya para entonces tendría una,
propia, de jardín cercano a mi cuarto de estudio. Allí los con-
gregaría para leerles mis últimos versos. Con frecuencia, Alicia
nos dejaría solos, urgida por el llanto del pequeñuelo,
llamado Rafael, en memoria de nuestro compañero de viaje.
Mi familia, realizando un antiguo proyecto, se radicaría
en Bogotá; y aunque la severidad de mis padres los indujera a
recha- zarme, les mandaría a la nodriza con el pequeño los días
de fiesta. Al principio se negarían a recibirlo, mas luego, mis
hermanas, curiosas, alzándolo en los brazos, exclamarían:
«¡Es el mismo retrato de Arturo!». Y mi mamá, bañada en
llanto, lo mimaría gozosa, llamando a mi padre para que lo
conociera; mas el anciano, inexorable, se retiraría a sus
aposentos, trémulo de emoción.
Poco a poco, mis buenos éxitos literarios irían conquis-
tando el indulto. Según mi madre, debía tenérseme lástima.

– 75
La

Después de mi grado en la Facultad se olvidaba todo. Hasta mis


amigas, intrigadas por mi conducta, disimularían mi pasado
con esta frase: «¡Esas cosas de Arturo…!».
—Venga usted acá, soñador —exclamó don Rafo—, a sabo-
rear el último brandy de mis alforjas. Brindemos los tres por
la fortuna y el amor.
¡Ilusos! ¡Debimos brindar por el dolor y la muerte!

***

El pensamiento de la riqueza se convirtió en esos días en mi


dominante obsesión, y llegó a sugestionarme con tal poder,
que ya me creía ricacho fastuoso, venido a los llanos para
dar impulso a la actividad financiera. Hasta en el acento de
Alicia encontraba la despreocupación de quien cuenta con el
futuro, sostenido por la abundancia del presente. Verdad que
ella seguía enclaustrada en su misterio, mas yo me agasajaba
con esta segu- ridad: son extravagancias de mujer rica.
Cuando Fidel me avisó que el contrato se había
perfeccio- nado, no tuve la menor sorpresa. Parecióme que el
adminis- trador de mis bienes estaba rindiéndome un
informe sobre el modo acertado como había cumplido mi
voluntad.
—¡Franco, esto saldrá a pedir de boca! ¡Y si el negocio
falla- re, tengo mucho con qué responder!
Entonces Fidel, por vez primera, me averiguó el objeto de
mi viaje a las pampas. Lúcidamente, ante la posibilidad de que mi
com- pañero hubiera cometido alguna indiscreción, respondí:
—¿No habló usted con don Rafael? —y añadí, después
de la negativa—: ¡caprichos, caprichos! Se me antojó
conocer

– 76
José Eustasio

a Arauca, bajar el Orinoco y salir a Europa. ¡Pero Alicia está


tan maltratada, que no sé qué hacer! Además, el negocio no
me disuena. Haremos algo.
—Pena me da que esta pechugona de Griselda quiera
con- vertir en modista a la señora de usted.
—Despreocúpese. Alicia encuentra distracción en practi-
car lo que le enseñaron en el colegio. En casa divide el
tiempo entre la pintura, el piano, los bordados, los encajes…
—Sáqueme de una duda. ¿Los cabayos de don Rafo se
los dio usted?
—¡Ya se sabe cuánto lo estimo! Me robaron el mejor, ensi-
llado, y todo el equipaje.
—Sí, me contó don Rafo… Pero quedan algunos buenos.
—Regulares; los de nuestras monturas.
—Al viejo Zubieta le gustarán. ¡Qué casualidad esta del
nego- cio, con un hombre tan desconfiado! Probablemente
nos hizo el ofrecimiento en previsión de que Barrera “se le
atravesara”. Nunca había vendido semejante cosecha. Les
respondía a los com- pradores: «¡Si ya no tengo qué vender!
¡Sólo me quedan cuatro bichitos!». Y para estimularlo a la
venta, se le debían depositar, con pretexto de que las
guardara, las libras destinadas al trato, en la seguridad de que
el oro se quedaría allí. Una vez tuvo esa táctica un saquero
de Sogamoso, hombre corrido y negociante avisado, quien,
para ganarse la voluntad del abuelo, duró borra- cho con él
varios días. Mas cuando fueron a separar la torada, extendió
Zubieta su bayetón fuera de los corrales y desanudó la
mochila del cliente advirtiéndole: «A cada torito que salga,
écheme aquí una morrocotica, porque yo no entiendo de
núme- ros». Agotado el depósito, insinuó el reinoso: «¡Me faltó
dinero!

– 77
La

¡Fíeme los animalitos restantes!». Zubieta sonrió: «¡Camaraa, a


usté no le falta dinero; es que a mí me sobra ganao!».
Y recogiendo el bayetón regresó irreductible.
Satisfecho de mi fortuna, escuchaba la anécdota.
—Franco —le dije golpeándole el hombro—: ¡no se sor-
prenda usted de nada! El viejo sabe lo que hace. ¡Habrá oído
mi nombre…!

***

—¡Veleta, veleta, cómo tas de cambiao!


—Hola, niña Griselda, ¿qué es ese tuteo?
—¿Tas entonao por el negocio? Pa morrocotas, el Vichada.
Yévame. ¡Quero irme con vos!
Se echó a abrazarme, pero la aparté con el codo. Ella vaciló
sorprendida:
—¡Ya sé, ya sé! ¡Le tenés terrorena a mi marío!
—¡Le tengo aversión a usted!
—¡Desagraecío! La niña Alicia no sabe naa. Sólo me
encargó que no te creyera.
—¿Qué dice usted? ¿Qué dice usted?
—Que el yanero es el sincero; que al serrano, ni la mano.
Pálido de cólera, entré en la sala.
—Alicia, no me agrada tu compañerismo con la niña Griselda.
¡Puede contagiarte su vulgaridad! ¡No conviene que sigas dur-
miendo en su cuarto!
—¿Quieres que te la deje sola? ¿No respetarás ni al
dueño de casa?
—¡Escandalosa! ¿Vuelven ya tus celos ridículos?

– 78
José Eustasio

La dejé llorando y me fui al caney. La vieja Tiana


prendía remiendos en la camisa del mulato, que,
semidesnudo, con las manos bajo la cabeza, esperaba la obra
tendido en un cuero.
—Blanco, refrésquese en ese chinchorro. ¡Ta haciendo
un caló de agua!
En vano pretendí conciliar el sueño. Me importunaba el
cacareo de una gallina que escarbaba en el zarzo, mientras
sus compañeras, con los picos abiertos, acezaban a la sombra,
indi- ferentes al requiebro del gallo que venía a arrastrarles el
ala.
—¡Estas condenaas no dejan ni dormí!
—Mulata —le dije—: ¿cuál es tu tierra?
—Esta onde me hayo.
—¿Eres colombiana de nacimiento?
—Yo soy únicamente yanera, del lao de Manare. Dicen que
soy craveña, pero no soy del Cravo; que pauteña, pero no
soy del Pauto. ¡Yo soy de todas estas yanuras! ¡Pa qué·más
patria, si son tan beyas y tan dilataas! Bien dice el dicho:
«¿Ónde ta tu Dios? ¡Onde te salga el sol!».
—¿Y quién es tu padre? —le pregunté a Antonio.
—Mi mama sabrá.
—¡Hijo, lo importante es que hayás
nacío! Con doliente sonrisa, indagué.
—Mulato, ¿te vas al Vichada?
—Tuve cautivao unos días, pero lo supo el hombre y me
empajó. Y como dicen que son montes y más montes, onde
no se puee andá a cabayo, ¡eso pa qué! A mí me pasa lo que
al ganao: sólo quero los pajonales y la libertá.
—Los montes, pa los indios —agregó la vieja.
—A los pelaos también les gusta la sabana: que lo diga
– 79
José Eustasio
el daño que hacen. ¡En qué no se ve pa enlazá un toro!
Necesita

– 80
La

hayarse bien remontao y que el potro empuje. ¡Y eyos los


co- gen de a pie, a carrera limpia, y los desjarretan uno tras
otro, que da gusto! Hasta cuarenta reses por día, y se tragan
una, y las demá pa los zamuros y los caricaris. Y con los
cristianos tam- bién son atrevíos: ¡al dijunto Jaspe le salieron
del matorral, casi debajo del cabayo, y lo cogieron de estampía
y lo envainaron! Y no valió gritarles. ¡Aposta, andábamos
desarmaos, y eyos eran como veinte y echaban flecha pa toas
partes!
La vieja, apretándose el pañuelo que llevaba en las
sienes, terció en esta forma:
—Era que el Jaspe los perseguía con los vaqueros y con
el perraje. Onde mataba uno, prendía candela y hacía como
que se lo taba comiendo asao, pa que lo vieran los fugitivos
o los vigías que atalayaban sobre los moriches.
—Mama, jue que los indios le mataron a él la jamilia, y
como puaquí no hay autoridá, tie uno que desenrearse solo.
Ya ven lo que pasó en el Hatico: macetearon a toos los
racionales y toavía humean los tizones. Blanco, ¡hay que
apandiyarnos pa echarles una buscaa!
—¡No, no! ¿Cazarlos como a fieras? ¡Eso es inhumano!
—Pues lo que usté no haga contra eyos, eyos lo hacen con-
tra usté.
—¡No contradigás, zambo alegatista! El blanco es más leído
que vos. Preguntale más bien si masca tabaco y dale una
mascaa.
—No, gracias, viejita. Eso no es conmigo.
—Ahí tan remendaos tus chiros —díjole al mulato, aven-
tándole la camisa—. Ora rompélos en el monte. ¿Ya trujiste
la vengavenga? ¿Cuánto hace que te la han solicitao?
—Si me da café, la treigo.

– 81
La
—¿Y qué es eso de vengavenga?

– 82
José Eustasio

—Encargos de la patrona. ¡Es la cascarita de un palo que


sirve pa enamorá!

***

Mi sensibilidad nerviosa ha pasado por grandes crisis, en que


la razón trata de divorciarse del cerebro. A pesar de mi
exube- rancia física, mi mal de pensar, que ha sido crónico,
logra debi- litarme de continuo, pues ni durante el sueño
quedo libre de la visión imaginativa. Frecuentemente las
impresiones logran su máximum de potencia en mi
excitabilidad, pero una impresión suele degenerar en la
contraria a los pocos minutos de recibida. Así, con la música,
recorro la gama del entusiasmo para des- cender luego a las
más refinadas melancolías; de la cólera paso a la transigente
mansedumbre, de la prudencia a los arrebatos de la
insensatez. En el fondo de mi ánimo acontece lo que en las
bahías: las mareas suben y bajan con intermitencia.
Mi organismo repudia los excitantes alcohólicos, aunque
saben llevar el marasmo a las penas. Las pocas veces que me
embria- gué lo hice por ociosidad o por curiosidad: para
matar el tedio o para conocer la sensación tiránica que
bestializa a los bebedores. El día que don Rafo se separó de
nosotros sentí vago pesar, augurio de males próximos,
certidumbre de ausencia eterna. Yo participaba, al ver que se
iba, del entusiasmo de la empresa, cuyo programa empezaba a
cumplirse con las gestiones enco- mendadas a él. Pero a la
manera que la bruma asciende a las cimas, sentía subir en mi
espíritu el vaho de la congoja hume- deciéndome los ojos. Y
bebí con ahínco las copas que prece-
dieron a la despedida.
– 83
La

Así, por un momento, reconquisté la animación


veleidosa; pero mi mente seguía deprimiéndose con el eco
tenaz de los sollozos de Alicia, cuando le dijo a don Rafael
en un abrazo desesperado:
—¡Desde hoy quedaré en el desierto!
Yo entendí que ese desierto tenía algo que ver con mi
corazón. Recuerdo que Fidel y Correa debían acompañar
al via- jero hasta el propio Tame, en previsión de que los
secuaces de Barrera lo asaltaran. Allí contratarían vaqueros
remontados para nuestra cogienda y no podían tardar más de
una semana
en volver a La Maporita.
«En sus manos queda mi casa», había dicho Franco, y yo
acepté la comisión con disgusto. ¿Por qué no me llevaban a
las faenas? ¿Imaginarían que era menos hombre que ellos?
Quizás me aventajaban en destreza, pero nunca en audacia y
en fogosidad. Ese día les cobré repentino resentimiento, y,
loco de alco- hol, estuve a punto de gritar: «¡El que cuida a
dos mujeres con
ambas se acuesta!».
Cuando partieron, entré en la alcoba a consolar a Alicia.
Estaba de bruces sobre su catre, oculto el rostro en los
brazos, hipante y llorosa. Me incliné por acariciarla, y
apenas hizo un movimiento para alargarse el traje sobre las
pantorrillas. Luego me rechazó con brusquedad:
—¡Quita! ¡Sólo me faltaba verte borracho!
Entonces, en su presencia, le di un abrazo a la patrona.
—¿No es verdad que tú sí me quieres? ¿Que sólo he tomado
dos copitas?
—Y si las bebieras con cáscara de quinina, no te darían
calenturas.


José Eustasio

—¡Sí, amor mío! ¡Lo que tú quieras! ¡Lo que tú quieras!


Indudablemente, fue entonces cuando salió con la bote-
lla hacia la cocina y le puso vengavenga. Pero yo, a los pies
de Alicia, me quedé profundamente dormido.
Y esa tarde no bebí más.

***

Desperté con el alma ensombrecida por la tristeza, huraño y


nervioso. Miguel había llegado del hato en un potro cosco-
jero, de falsa rienda, y mantenía conversación en el caney
con Sebastiana.
—Vengo a yevá mi gayo y a ve si Antonio me presta su tiple.
—Aquí el que manda ahora es el blanco. Pedile permiso pa
cogé tu poyo. El requinto no lo pueo prestá no tando su
dueño.
El hombre, desmontándose, acercóseme tímidamente:
—Ese gayito es mío, y lo quero poné en cuerda pa las riñas
que vienen. Si me lo deja yevá, espero que escurezca pa cogelo
en el palo.
El recién venido me pareció sospechoso.
—¿No mandó razón ninguna el señor Barrera?
—Pa usté, no.
—¿Para quién?
—Pa naide.
—¿Quién te vendió esa montura? —dije, reconociendo
la mía, la misma que me robaron en Villavicencio.
—Se la mercó el señor Barrera a un guate que vino del
interió, hace dos semanas. Dijo que se la vendía porque una
culebra le había matao el cabayo.

– 85
La

—¿Y cómo se llama el que la vendió?


—Yo no lo vi. Apenas escuché el cuento.
—¿Y tú acostumbras usar la silla de Barrera? —rugí,
aco- gotándolo—. ¡Si no me confiesas dónde está él, dónde
quedó escondido, te trituro a palos! Pero si eres leal a mi
pregunta, te daré el gallo, el tiple y dos libras.
—Suélteme, pa que no malicén que le
confieso. Lo llevé hacia la corraleja, y me dijo:
—Quedó agazapao en la otra oriya del monte, porque no
vido la señal convenía, es decir, el bayetón extendío en el
tran- quero, por el lao rojo. Por eso me mandó con la
recomienda de que si no había peligro desensiyara el rango y
lo esperara. Él vendrá con la noche, y yo, como aviso, debo
tocá tiple, pero no he poído hablá con la mujé.
—¡No le digas nada!
Y lo obligué a desensillar.
Ya había oscurecido, y sólo en el límite de la pampa diluía
el crepúsculo su huella sangrienta. La vieja Tiana salió de la
cocina, llevando encendido el mechero de querosén. Las
otras mujeres rezaban el rosario con murmullo lúgubre. Dejé
al hom- bre en espera y me fui al cuartucho de Antonio por
el requinto. A oscuras lo descolgué de la percha y saqué la
escopeta de dos cañones.
Acabado el rezo, me presenté con las manos vacías ante
la niña Griselda:
—Un hombre la espera en el patio.
—¡Ah! ¡Miguelito! ¿Vino a buscá el tiple?
—Sí. Es bueno prestárselo. Lléveselo usted. En ese rin-
cón está.

– 86
José Eustasio

Cuando salió, pretendí, en vano, descubrir en los ojos de


Alicia alguna complicidad. Estaba fatigada, quería recogerse
temprano.
—¿No apetece ver la salía de la luna? —propuso Sebastiana.
—No —dije—. La llamaré cuando sea tiempo.
Y con disimulo cogí la botella bajo la ruana.
Serenamente, sin que en mi rostro se delatara el propósito
trágico, le advertí a la niña Griselda apenas regresó:
—Sebastiana puede quedarse aquí, en la sala. Yo
guindaré mi chinchorro en el corredor del caney. Necesito
aire fresco.
—Eso sí es bien pensao. Con estos calores no se puee dormir
—observó la mulata.
—Si querés —propúsole la patrona—, dejá la puerta de
par en par.
Al oír esto, sentí maligna satisfacción. Di las buenas noches
acentuando estas frases:
—Miguel me ofreció cantar un corrido. No tardaré en
acostarme.
Al breve rato apagaron la luz.

***

Mi primer cuidado fue mirar si en el patio estaban los perros.


Los llamé en voz baja, anduve por todas partes con
extraordi- naria cautela. ¡Nada! Afortunadamente habrían
seguido a los viajeros.
Llegué al caney, orientado por el tabaco que fumaba el
hombre.
—Miguelito, ¿quieres un trago?
Devolvióme la botella

José Eustasio
escupiendo:


La

—¡Qué amargo ta ese ron!


—Dime: ¿con quién tiene cita Barrera?
—No sé bien con cuál es.
—¿Con ambas?
—Así será.
El corazón empezó a golpearme el pecho, como un redo-
blante. En mi garganta se ahogaba, seca, la voz.
—¿Barrera es un caballero generoso?
—Es de chuzo. Dice que da cuanta mercancía quera el
solicitante, lo hace firmá en un libro y le entrega cualquier
retazo advirtiendo: «Lo demá se lo tengo en el Vichada». Yo
le he perdío la voluntá.
—¿Y cuánto dinero te dio?
—Cinco pesos, pero me cogió recibo por diez. Me tiee ofre-
cía una muda nueva, y nada me ha dao. Así con toos. Ya
des- pachó gente hacia San Pedro de Arimena, pa que le
alisten bongos en el Muco. El hato ha quedao casi solo.
Hasta el Jesús ya se largó, pero pasando por Orocué con una
razón del viejo Zubieta pa la autoridá.
—¡Está bien! Toma el requinto y canta.
—Toavía es temprano.
Esperamos casi una hora. La idea de que Alicia me fuera
infiel llenábame de cóleras súbitas, y para no estallar en
sollo- zos me mordía las manos.
—¿Usté piensa matá al hombre?
—¡No, no! Sólo quiero saber a qué viene.
—¿Y si es a toparse con su mujercita?
—Tampoco.
—Pero eso le quedaría feo a usté.

– 89
José Eustasio

—¿Crees que debo matarlo?


—Esas son cosas suyas. Lo que ha de tené es cuidao con
yo. Aguáitelo en la talanquera, porque me voy a poné a
cantá.
Le obedecí. A poco, me dijo:
—No se emborrache. Póngale pulso a la puntería.
Por encima de la platanera tendió más tarde la luna un
reflejo indeciso, que fue dilatándose hasta envolver la
inmensidad. El tiple elevó su rasgueo melancólico en el
preludio de la tonada:

Pobrecita palomita,
que el gavilán la cogió;
aquí va la sangrecita
por donde se la llevó.

Con el alma en los ojos, tendía yo la escopeta hacia el caño,


hacia los corrales, hacia todas partes. El pavo, desde la
cumbrera de la cocina, hirió la noche con destemplados
gritos. Afuera, en alguna senda del pajonal, aullaron los
perros.

Aquí va la sangrecita
por donde se la llevó.

Las mujeres encendieron luz en el cuarto. La vieja Tiana,


como un ánima en pena, asomó al umbral:
—Hola, Miguel: la niña Griselda que dejés dormí.
El cantador enmudeció y fue luego a buscarme.
—Se me olvidó decile que yo taba obligao a yevarle la
curiara. Me voy. Cuando volvamos, tírele al de adelante. ¡Si
– 90
José Eustasio
le pega, yo se lo echaré a los caimanes, y acabaas son
cuentas!

– 91
La

Le vi alejarse en la embarcación, sobre el agua enlutada


donde los árboles tendían sus sombras inmóviles. Entró
luego en la zona oscura del charco, y sólo percibí el cabrilleo
del cana- lete, rútilo como cimitarra anchurosa.
Esperé hasta la madrugada. Nadie volvió.
¡Dios sabe lo que hubiera pasado!

***

Al rayar el día, ensillé el caballo de Miguel y puse la escopeta


en el zarzo. La niña Griselda, que andaba con un cubo
rociando las matas, me observaba inquieta.
—¿Qué tas haciendo?
—Aguardo a Barrera, que amaneció por aquí.
—¡Exagerao! ¡Exagerao!
—Oiga, niña Griselda: ¿cuánto le debemos?
—¡Cristiano! ¿Qué me decís?
—Lo que oye. La casa de usted no es para gentes honra-
das. Ni a usted le conviene echarse en el pajonal teniendo su
barbacoa.
—¡Ponele freno a tu lengua! Tas bebío.
—Pero no con el licor que le trajo Barrera.
—¿Acaso fue pa mí?
—¿Quiere usted decir que fue para Alicia?
—Vos no la podés obligá ni a que te quera ni a que te
siga, porque el cariño es como el viento: sopla pa cualquier
lao.
Al oír esto, con alterna premura, chupé la botella y bajé
el arma. La niña Griselda salió corriendo. Empujé la puerta.
Ali- cia, a medio vestir, estaba sentada en el catre.

– 92
José Eustasio

—¿Comprendes lo que está pasando por ti? ¡Vístete!


¡Vámo- nos! ¡Aprisa! ¡Aprisa!
—¡Arturo, por Dios!…
—¡Me voy a matar a Barrera en presencia tuya!
—¡Cómo vas a cometer ese crimen!
—¡No llores! ¿Te dueles ya del muerto?
—¡Dios mío!… ¡Socorro!
—¡Matarlo! ¡Matarlo! ¡Y después a ti, y a mí y a todos! ¡No
estoy loco! ¡Ni tampoco digan que estoy borracho! ¿Loco? ¡No!
¡Mien- tes! ¡Loco, no! ¡Quítame ese ardor que me quema el
cerebro!
¿Dónde estás? ¡Tiéntame! ¿Dónde estás?
Sebastiana y la niña Griselda se esforzaban por sujetarme.
—¡Calma, calma, por lo más querío! Soy yo. ¿No me
conocés? Me echaron en un chinchorro, y pretendieron
coserlo por fuera; mas con pataleo brutal rompí las cabuyas,
y, agarrando
a la niña Griselda del moño, la arrastré hasta el patio.
—¡Alcahueta! ¡Alcahueta! —y de un puñetazo en el ros-
tro, la bañé en sangre.
Luego, en el delirio vesánico, me senté a reír. Divertíame
el zumbido de la casa, que giraba en rápido círculo,
refrescán- dome la cabeza. «¡Así, así! ¡Que no se detenga
porque estoy loco!». Convencido de que era un águila,
agitaba los brazos y me sentía flotar en el viento, por encima
de las palmeras y de las llanuras. Quería descender para
levantar en las garras a Alicia, y llevarla sobre una nube,
lejos de Barrera y de la mal- dad. Y subía tan alto, que
contra el cielo aleteaba, el sol me ardía el cabello y yo
aspiraba el ígneo resplandor.
Cuando la convulsión hizo crisis, intenté caminar, pero
– 93
José Eustasio
sentía correr el suelo bajo mis plantas en sentido contrario.
Apoyándome

– 94
La

en la pared, entré en la sala vacía. ¡Habían huido! Tenía sed


y de nuevo apuré la botella. Recogí el arma y para enfriarme
las mejillas las oprimía contra los cañones. Triste porque Alicia
me desamparaba, empecé a llorar. Luego declamé a gritos:
—¡No le hace que me dejes solo! ¡Para eso soy hombre rico!
¡Nada quiero de ti, ni de tu muchacho ni de nadie! ¡Ojalá que
ese bastardo te nazca muerto! ¡Ni será hijo mío! ¡Lárgate con el
que se te antoje! Tú no eres más que una querida cualquiera.
Después hice disparos.
—¿Dónde está Franco, que no sale a defender a su hembra?
¡Aquí me tiene! ¡Yo vengaré la muerte del capitán! ¡Al que
se presente, lo mato! ¡A Barrera no, a Barrera no, para que
Ali- cia se vaya con él! ¡Se la cambio por brandy, por una
botella no más!
Y recogiendo la que tenía, monté en el potro, me tercié
la escopeta y partí a escape por el llano impasible, dando a
los aires este pregón enronquecido y diabólico:
—¡Barrera, Barrera! ¡Alcohol, alcohol!

***

Media hora después, los del hato me vieron pasar. Del otro lado
del caño me gritaban y me hacían señas. Por el vado que me
indicaron hostigué al potro y salí al patio, dispersando la
gente a pechadas, entre una algarabía de protestas.
—¡A ver! ¿Quién manda aquí? ¿Por qué se esconde Barrera?
¡Que salga!
Y colgando la escopeta en la montura, salté desarmado.
Todos esperaban perplejos. Algunos sonrieron mirándose.

– 95
José Eustasio

—¡Guá, chico! ¿Qué quieres tú?


Tal dijo una mujercilla halconera, de rostro envilecido
por el colorete, cabello oxigenado y brazos flacuchos,
puestos en jarras sobre el cinturón del traje vistoso.
—¡Quiero jugar a los dados! ¡Nada más que jugar! ¡En este
bolsillo están las libras!
Y tiré unas a lo alto, y se regaron en el suelo.
Entonces oí la voz carrasposa del viejo Zubieta, que
orde- naba desde el cuarto contiguo:
—Clarita, al cabayero, que siga.
Acaballado en el chinchorro y tendido de espaldas, en
camiseta y calzoncillos, estaba el hacendado, de barriga
protu- berante, ojos de lince, cara pecosa y pelo rojizo.
Alargándome sus manos, que además de ser escabrosas
parecían hinchadas, hizo rechinar entre los bigotes una risa:
—¡Cabayero, dispense que no me pueo enderezá!
—¡Yo soy el socio de Franco, el cliente de los mil toros,
y, si quiere, se los pagaré de contado!
—¡Asina sí; asina sí! Pero usté debe cogelos porque el zam-
baje que tengo ta de a pie, y no sirve pa naa.
—Yo conseguiré vaqueros bien montados, y no dejaré
que me los sonsaquen para el Vichada.
—Me gusta usté, ¡eso ta bien hablao!
Salí a meter mis aperos y vi a Clarita, cuchicheando con
mi enemigo, mientras que con una totuma le echaba agua en
las manos. Al verme, se escondieron detrás de la casa.
—¿Qué ladrón recogió el oro que tiré aquí?
—Vení, quitámelo —replicó un hombre, en quien reco-
nocí al del wínchester, que pretendió decomisarle la
mercancía

– 96
La

a don Rafael—. ¡Ora sí podemos arreglá lo del otro día!


¡Sin- vergüenza ora sí me topás!
Adelantóse amenazante, mirando hacia el punto donde
su patrón estaba escondido, como en espera de una orden.
¡Sin darle tiempo, lo aplasté de una sola trompada!
Barrera acudió exclamando:
—¿Señor Cova, qué pasa? Venga usted acá. ¡No haga
caso de los peones! Un caballero como usted…
El ofendido fue a sentarse contra el pretil, y, sin apartar
de mí los ojos, se enjugaba la sangre de las narices.
Barrera lo reprendió con dictados crueles: «¡Malcriado,
atre- vido! ¡El señor Cova merece respeto!». Mas a tiempo que
me invi- taba a penetrar en el corredor, prometiendo que el
oro me sería devuelto religiosamente, el hombre desensilló
mi caballo, guardóse la escopeta y yo me olvidé del arma. La
gente hacía comentarios en la cocina.
En el cuarto, Clarita estaría refiriéndole al viejo lo que
pasaba, porque enmudecieron al verme.
—¿El cabayero se regresa hoy?
—No, amigo Zubieta. ¡No se me antoja! ¡Vine a beber y
a jugar, a bailar y a cantar!
—Es un honor que no merecemos —afirmó Barrera—.
El señor Cova es una de las glorias de nuestro país.
—¿Y gloria, por qué? —interrogó el viejo—. ¿Sabe montá?
¿Sabe enlazá? ¿Sabe toreá?
—¡Sí, sí! —grité—. ¡Lo que usted quiera!
—¡Asina me gusta, asina me gusta! —y se agachó hacia
el cuero de tigre que tenía bajo el chinchorro—. Clarita,
danos unos brándises —dijo, indicándole el garrafón.


José Eustasio

Barrera, para no beber, salió al corredor, y a poco, vino


alargándome un puñado de oro.
—Estas monedas son de usted.
—¡Miente! Desde ahora son de Clarita.
Ella las recibió sonriendo y me dio las gracias con este
cumplido:
—¡Aprendan! ¡Es una dicha encontrar cabayeros!
Zubieta se quedó pensativo. De pronto mandó que acer-
caran la mesa, y, cuando vaciamos otras copas, señaló un
morralito suspendido de un cuerno en la pared fronteriza:
—Clarita, danos “las muelas de Santa Polonia”. Clarita
puso los dados sobre la mesa.

***

Indudablemente, mi nueva amiga me favoreció aquella


noche en ese juego plebeyo, desconocido para mí. Tiraba yo los
dados con nerviosidad y a veces caían debajo del chinchorro.
Enton- ces el viejo, entre carcajadas y toses, preguntaba:
«¿Me ganó?
¿Me ganó?». Y ella, entre una humareda de tabaco, ladeando
la farola, respondía: «Echó cenas. Es un chico de suerte».
Barrera, simulando confianza en las palabras de la mujer,
confirmaba tales decisiones; pero vivía celoso de que no
esca- seara el licor. Clarita, ebria, me apretaba la mano al
descuido; el viejo, ebrio, tarareaba una canción obscena; mi
rival, por encima de la luz temblorosa, me sonreía irónico;
yo, semiin- consciente, repetía las paradas. En la puerta del
acalorado cuar- tucho los peones seguían el juego, con
interés.
Cuando quedé dueño de casi todo el montón de frisoles que
– 98
José Eustasio
representaban un valor convenido, Barrera me propuso jugarlos

– 99
La

en paro vaciando las morrocotas del chaleco. «Tire por


mitad, cien toros», exclamó el vejete, dando fuertes golpes en la
mesa. Entonces noté que los zapatos de mi adversario
pisaban los de Clarita, y tuve el presentimiento de que
llegaba el fraude.
Con frase feliz decidí a la mujer:
—Juguemos esto en compañía.
Ella extendió al instante sobre el montoncillo de granos
las manos avaras. El rubí de su anillo se encendió en sangre.
Zubieta maldijo su suerte cuando lo venció mi jugada.
—Ahora con usted —le dije a Barrera, sonando los
dados. Recogiólos sin inmutarse, y, mientras los agitaba,
cambián- dolos, pretendió distraernos con un chiste de baja
ley. Pero al
lanzarlos sobre la mesa, los atrapé de un golpe:
—¡Canalla, estos dados son falsos!
Trabóse de súbito una reyerta y la lámpara rodó por el
suelo. Gritos, amenazas, imprecaciones. El viejo cayó del chin-
chorro, pidiendo auxilio. Yo, a oscuras, esgrimía lo puños a
diestro y siniestro, hacia cualquier sitio donde oyera una voz de
hombre. Alguien hizo un disparo, ladraron los perros, rechi-
naba la puerta con el afán del ahuyentado tumulto, y la ajusté
de un empellón, sin saber quién quedaba adentro.
Barrera exclamó en el patio:
—¡Ese bandido vino a matarme y a robar al señor Zubieta!
¡Anoche me estuvo puesteando! ¡Gracias a Miguel, que se
opuso al crimen y me denunció la acechanza! ¡Prendan a ese
misera- ble! ¡Asesino, asesino!
Yo, desde adentro, le lanzaba atrevidos insultos, y
Clarita, conteniéndome, suplicaba:
—¡No salgas, no salgas, porque te

La
acribiyan! El viejo gimoteaba espantado:


José Eustasio

—¡Alumbren, que escupo sangre!


Cuando me ayudaron a echar el cerrojo, sentí
humedecida una de mis muñecas. Tenía una puñalada en el
brazo izquierdo.
Con nosotros quedó encerrada una persona que me puso
en las manos un wínchester. Al sentir que me buscaba,
intenté cogerla, por lo cual, susurrando, me repetía:
—¡Cuidado con yo! ¡Soy el tuerto Mauco, amigo de too
el mundo!
Afuera empujaban la puerta, y yo, sin permanecer en un
solo punto, perforaba las tablas a tiros, iluminando la estancia
con el relampagueo de los fogonazos. Al fin terminó la
agresión. Que- damos sumidos en el más pavoroso silencio y mi
oído acechante dominaba la oscuridad. Por los huecos que
abrieron mis balas observé con sigilosa pupila. Hacía luna y el
patio estaba desierto. Mas por instantes recogía el rumor de
voces y risotadas que venían quién sabe de dónde. El dolor de
la herida empezó a ren- dirme y el vértigo del alcohol me
echó a tierra. Allí me desan- gré hasta que Dios quiso, entre
el pánico de mis compañeros, que en algún rincón se decían:
«Parece que está agonizando».
—¡Agua, agua! ¡Estoy herido! ¡Me muero de sed!

***

Al amanecer, abrieron el cuarto y me dejaron solo. Desperté


con desmayada dolencia a los gritos que daba el dueño del
hato, reprendiendo a la peonada por indolente, pues no quiso
salvarlo de la batahola.
—¡Gracias al guate —repetía—, gracias al guate, estoy
contando el cuento! Él tenía razón, los daos eran falsos y con

La

eyos me había estafao mi plata ese tramposo del Barrera. ¡Aquí


topé uno bajo la mesa! Convénzanse. Tiene azogue por
dentro.
—No podíamos arrimá por los tiros.
—¿Y quién hirió a Cova?
—¿Quién sabrá?
—Vayan a decirle al Barrera que no lo quero aquí; que
pa eso tiene sus toldos, que se quede ayá. ¡Que si no sabe pa
qué son los caminos; que el guate ta aquí con la carabina!
Clarita y el tuerto Mauco vinieron en mi socorro
trayendo un caldero de agua caliente. Descosieron la manga de
la camisa para quitármela sin lastimar el brazo túmido, y
luego, hume- deciendo los bordes de la tela pegada,
descubrieron la herida, pequeña pero profunda, abierta sobre
el músculo cercano al hombro. La lavaron con aguardiente,
y, antes de extenderle la cataplasma tibia, el tuerto, con
unción ritual, exclamó:
—Pongan fe, porque la voy a rezá.
Admirado yo, observaba al hombruco, de color terroso,
mejillas fofas y amoratados labios. Puso en el suelo, con
soli- citud minuciosa, el bordón en que se apoyaba, y encima
el sombrero grasiento de roídas alas, que tenía como cinta un
mazo de cabuyas a medio torcer. Por entre los harapos se le
veían las carnes hidrópicas, principalmente el abdomen,
escu- rrido en rollo sobre el empeine. Volvió, parpadeando,
hacia la puerta el ojillo tuerto, para regañar a los
muchachos que se asomaban:
—¡Esto no es cosa de juego! ¡Si no han de poné fe, lár-
guense, porque se pierde la virtú!
Los gandules permanecieron fervorosos, como en un
tem- plo, y el viejo Mauco, después de hacer en el aire algunos


La
signos


José Eustasio

de magia, masculló una retahíla que se llamaba «la oración


del justo juez».
Satisfecho de su ministerio, recogió el sombrero y el
palo, y dijo inclinándose sobre el cuero de toro donde me
hallaba tendido:
—No se deje acochiná del doló. Yo lo curo presto: con otra
rezaa tiene.
Miré con asombro a Clarita, como para indagar la certi-
dumbre de cuanto estaba pasando. Era convencida creyente,
que manifestaba respeto fanático. Para ahuyentar mis dudas,
expuso:
—¡Guá, chico!, Mauco sabe de medicina. Es el que mata
las gusaneras, rezándolas. Cura personas y animales.
—No sólo eso —añadió el mamarracho—. Sé muchas
ora- ciones pa too. Pa topá las reses perdías, pa sacá
entierros, pa hacerme invisible a los enemigos. Cuando el
reclutamiento de la guerra grande me vinieron a cogé, y me
les convertí en mata de plátano. Una vez me apañaron antes
de acabá el rezo y me encerraron en una pieza, con doble
yave; pero me volví hor- miga y me picurié. Si no hubiera
sío por yo, quén sabe qué nos hubiera acontecío en la gresca
de anoche. Yo tuve listo pa eva- porarme cuando entraran, y
taparlos a toos con mi neblina. Apenas supe que usté taba
herío, le recé la oración del «sana que sana» y la hemorragia
se contuvo.
Lentamente fui cayendo en una quietud sonámbula, en
un vago deseo de dormir. Las voces iban alejándose de mis
oídos y los ojos se me llenaron de sombra. Tuve la impresión de
que me hundía en un hoyo profundo, a cuyo fondo no llegaba
jamás.


José Eustasio
***


La

Un sentimiento de rencor me hacía odioso el recuerdo de


Ali- cia, la responsable de cuanto pasaba. Si alguna culpa
podía corresponderme en el trance calamitoso, era la de no
haber sido severo con ella, la de no haberle impuesto a toda
costa mi autoridad y mi cariño. Así, con la sinrazón de este
razona- miento, envenenaba mi ánima y enconaba mi
corazón.
¿Verdaderamente me habría sido infiel? ¿Hasta qué
punto le había mareado el espíritu la seducción de Barrera?
¿Habría existido esa seducción? ¿A qué hora pudo llegarle la
influen- cia del otro? Las palabras reveladoras de la niña
Griselda,
¿no serían mensajes de astucia para decidirme en su favor,
calumniando a mi compañera? Tal vez había sido yo injusto
y violento; pero ella debía perdonarme, aunque no le pidiera
perdón, porque le pertenecía con mis cualidades y defectos,
sin que le fuera dable hacer distingos en mí. Agregábase en
descargo mío que la vengavenga me llevó a la locura. ¿Cuándo
en sano juicio le di motivos de queja? Entonces, ¿por qué no
venía a buscarme?
Parecíame a ratos verla llegar, bajo el sombrero de lán-
guidas plumas, tendiéndome los brazos entre sollozos:
«¿Qué desalmado te hirió por causa mía? ¿Por qué estás
tendido en el suelo? ¿Cómo no te dan una cama?». Y
anegándome el ros- tro en lágrimas, sentábase a mi cabecera,
dándome por almo- hada sus muslos trémulos, peinando
hacia atrás mis cabellos, con mano enternecida y amorosa.
Alucinado por la obsesión, me reclinaba sobre Clarita,
apartándome al reconocerla.
—Chico, ¿por qué no descansas en mis rodillas?
¿Quieres más limonada para la fiebre? ¿Te cambio el


La
vendaje?


José Eustasio

A veces sentía la tos impaciente de Zubieta en el corredor:


—Mujé, quitate de ahí que acalorás al enfermo. ¡Ni tu
marío que juera!
Clarita se alzaba de hombros.
¿Y por qué aquella mujer no me desamparaba, siendo
una escoria de lupanar, una sobra del bajo placer, una loba
ambu- lante y famélica? ¿Qué misterio redimía su alma
cuando me consentía con avergonzada ternura, como
cualquier mujer de bien, como Alicia, como todas las que me
amaron?
Alguna vez me preguntó cuántas libras me quedaban en
el bolsillo. Eran pocas, y las guardó en el seno; mas en un
momento que nos dejaron solos, me leyó un papel al oído:
«Zubieta te debe doscientos cincuenta toros; Barrera cien
libras, y yo te tengo guardadas veintiocho».
—Clarita, tú me has dicho que mi ganancia en el juego
estuvo exenta de dolo. Todo eso es para ti, que has sido tan
buena conmigo.
—Chico, ¿qué estás diciendo? No creas que te sirvo por
interés. Sólo quiero volver a mi tierra, a pedirles perdón a
mis padres, a envejecer y morir con eyos. Barrera quedó de
cos- tearme el viaje a Venezuela, y, en compensación, abusa
de mí, sin más medida que su deseo. Zubieta dice que se
quiere casar conmigo y yevarme a Ciudad Bolívar, al lado de
mis viejecitos. Confiada en esta promesa, he vivido borracha
casi dos meses, porque él me amonesta con su norma
invariable: «¿Cuál será mi mujé? La que me acompañe a
bebé».
«En estas fundaciones me dejó botada el coronel Infante,
guerriyero venezolano que tomó a Caicara. Ayí me rifaron al
tresiyo, como simple cosa, y fui ganada por un tal Puentes, pero

La

Infante me descontó al liquidar el juego. Después lo derrota-


ron, tuvo que asilarse en Colombia y me abandonó por aquí.
«Antier, cuando yegaste a cabayo, con la escopeta al arzón,
atropeyando la gente, caída la gorra sobre la nuca, te me
pare- ciste a mi hombre. Luego simpaticé contigo desde que
supe que eres poeta».

***

Mauco entraba a rezarme la herida y tuve el tino de aparentar


que creía en la eficacia de sus oraciones. Sentábase en el
chin- chorro a mascar tabaco, royéndolo de una rosca que
parecía tasajo reseco, e inundaba el piso de salivazos sonoros.
Después me daba informes sobre Barrera:
—Se la pasa metío en el toldo, afiebrao. Sólo me
pregunta que hasta cuándo va a quearse usté aquí. ¡Quién
sabe pa qué cosa le tará haciendo usté “mal tercio”!
—¿Por qué no ha venido Zubieta a ocupar su chinchorro?
—Porque es alertao y teme otra chirinola. Duerme en la
cocina y se tranca por dentro.
—¿Y Barrera ha vuelto a La Maporita?
—Las calenturas no lo dejan pará.
Esta afirmación me aquietaba el espíritu, pues vivía celoso
de Alicia y hasta de la niña Griselda. ¿Qué estarían
haciendo?
¿Cómo calificarían mi conducta? ¿Cuándo vendrían por mí?
El primer día que tuve fuerzas para levantarme, suspendí el
brazo de un pañuelo, a manera de cabestrillo, y salí al
corredor. Clarita barajaba los naipes junto al chinchorro donde
el viejo dor- mía la siesta. La casa, pajiza y a medio construir,
desaseada como


José Eustasio

ninguna, apenas tenía habitable el tramo que ocupaba yo. La


cocina, de paredones cubiertos de hollín, defendía su entrada
con un barrizal, formado por las aguas que derramaban las
cocineras, sucias, sudorosas y desarrapadas. En el patio, desigual
y fragoso, se secaban al sol, bajo el zumbido de los moscones,
cueros de reses sacrificadas, y de ellos desprendía un zamuro
sanguinolentas tiras. En el caney de los vaqueros vigilaban,
amarrados sobre perchas, los gallos de riña, y en el suelo
refocilábanse perros y lechones.
Sin ser visto, me acerqué al tranquero. En los corrales,
de gruesos troncos clavados, la torada prisionera se trasijaba
de sed. Detrás de la casa dormían unos gañanes sobre un
bayetón extendido encima de las basuras. A poco trecho, en
la costa del caño, divisábanse los toldos de mi rival, y en el
horizonte, hacia la fundación de La Maporita, perdíase la
curva de los morichales… ¡Alicia estaría pensando en mí!
Clarita, al verme, acudió con la sombrilla de muaré blanco:
—Chico, el sol puede irritarte la herida. Vente a la sombra.
¡No vuelvas a cometer despropósitos semejantes!
Y sonreía exhibiendo los dientes llenos de
oro.
Como intencionalmente me hablaba en voz alta, el viejo,
al oírla, se incorporó:
—¡Asina me gusta! ¡Los jóvenes no deben vivir encamaos!
Sentéme sobre la viga que servía de pretil y evoqué el medi-
tado interrogatorio:
—¿A cómo piensa darnos las resecitas?
—¿Cuáles serán?
—Las de nuestro negocio con Franco.
—Con él, propiamente, no quedamos en naa. La funda-
ción que da en prenda vale muy poco. Pero como usté las

José Eustasio
paga


La

de relance, será bueno cogelas, si tiene cabayos, y después


les ponemos precio.
Clarita interrumpiónos:
—¿Y cuándo le das a Cova las doscientas cincuenta que
te ganó?
—¡Cómo! ¿Qué doscientas cincuenta?
Enderezándose me argüía:
—¿Y si usté hubiera perdío, con qué había pagao? Ensé-
ñeme las libritas que trujo.
—¿Qué es eso? —replicó la mujer—. ¿Acaso el único
rico eres tú? ¡El que pierde paga!
El viejo hundía los dedos entre las mallas del chinchorro.
De repente propuso:
—Mañana es domingo, y me da el desquite en las riñas
de gayos.
—¡Muy bien!

***

«Mi admirado señor Cova:


¿Qué poder maléfico tiene el alcohol, que humilla la
razón humana abajándola a la torpeza y al crimen? ¿Cómo
pudo comprometer la condición mansa de mi temperamento
en un altercado que me enloqueció la lengua, hasta ofender
de pala- bra la dignidad de usted, cuando sus merecimientos
me impo- nen vasallaje enaltecedor que me llena de orgullo?
Si pudiera, públicamente, echarme a sus pies para que
me pisoteara antes de perdonarme las reprobables ofensas,
créame usted que no tardaría en implorarle esa gracia; mas


José Eustasio

como no tengo derecho ni de ofrecerle esa satisfacción,


heme aquí, cohibido y enfermo, maldiciendo los pasados
ultrajes, que, por fortuna, no alcanzaron a salpicarle siquiera
la mere- cida fama de que goza.
Como estoy envilecido por mis desaciertos, mientras
usted no me dignifique con su benevolencia, no ha de
parecerle extraña la condición lamentable en que a usted
llego, conver- tido en mercachifle común, que trata de
introducir en los domi- nios de la poesía la propuesta de un
negocio burgués. Es el caso
—y perdone usted el atrevimiento— que nuestro buen amigo
el señor Zubieta me debía sumas de consideración, por
dinero prestado y por mercancías, y me las pagó con unos
toros que se hallan en el corral, y que yo recibí entonces en
la expecta- tiva de que usted pudiera necesitarlos. Véalos,
pues, y si algún precio se digna ponerles, sepa que mi mayor
ganancia será la de haberle sido útil en algo.
Besa sus pies, fervorosamente, su desgraciado admirador,

Barrera».

Delante de Clarita me fue entregada esta carta. El


chicuelo que la trajo me veía palidecer de cólera y se iba
retirando, cau- telosamente, ante la tardanza de la respuesta.
—¡Diga usted a ese desvergonzado que cuando se
encuen- tre a solas conmigo sabrá en qué para su adulación!
Mientras tanto, Clarita releía el papelucho.
—Chico, nada te dice de lo que te debe, ni de la
puñalada, ni del disparo; porque él fue quien te hirió. Aquel día,
al verte yegar, preparó el revólver y engrasó el estilete. “Ojo
de garza” con el

La

Miyán, el hombre a quien le pegaste en el patio: ese tiene


órdenes terminantes. ¿Y sabes tú que Zubieta nada le debe al
cauchero por sumas prestadas? Este le dio a guardar unas
morrocotas, en la confianza de que yo se las robaría; pero el
viejo las enterró. Des- pués lo estafó con los dados que
conoces. Cada mañana me pre- gunta: «¿Ya le sacaste las
amariyas? De ayí te daré para el viaje. Bien se conoce que no
deseas volver a tu extraordinario país». Ese hombre tiene
planes siniestros. Si no hubieras estado aquí…
—Dame la carta para mostrársela al viejo.
—No le digas nada, que él es muy sabido. Comprende
que Barrera es peligroso, y, para distraerlo, le entregó la torada
que está en el corral; mas porque no pueda sacarla, mandó a
esconder los cabayos. Apenas le dejó los peores en alquiler,
después de enviar emisarios a todas partes con la noticia de
que este año no le vendería ganados a nadie. Como Barrera
se enteró de eyo, el viejo, para desmentirlo, hizo un
simulacro de negocio con Fidel Franco, sin advertirle que era
una simple treta contra el molesto huésped.
—¿De suerte que no nos venderá ganado ninguno?
—Parece que ha congeniado contigo.
—¿Cómo haré para ganarme su voluntad?
—Es muy senciyo. Soltar el ganado que le dio a Barrera.
Con sólo asustarlo romperá los corrales.
—¿Me ayudarás esta noche en la empresa?
—Cuando te dé la gana. Bastará que yo, con este vestido
blanco, me asome al tranquero para que la torada barajuste.
Lo importante es que no mueran atropeyados los peones que
velan en contorno de los encierros. Afortunadamente, se retiran
temprano.
—¿Y podrán descubrirnos?

José Eustasio

—Absolutamente. Los pocos hombres y mujeres que no


se han enganchado, se van a los toldos a jugar naipes, tan
pronto como el viejo se encocina. Yo también iré, para alejar
falsos testi- monios; y cuando calcules que vuelvo, me esperas
en el corredor con la piel de tigre que Zubieta tiene en la sala,
bajo el chincho- rro abandonado. La yevamos por la
platanera y la sacudimos en el corral.
—Después, el que pudiera vernos pensaría: «Esos se levan-
taron al fragor del tropel».

***

Sepulté en mi ánimo el ardid vengativo, como puede


guardarse un alacrán en el seno: a cada instante se despertaba
para cla- varme el aguijón.
Ya cuando la tarde se reclinó en las praderas, regresaron
los vaqueros con la torada numerosa. Habíanla llevado al
pastoreo vespertino, de gramales profusos y charcas inmóviles,
donde, al abrevarse, borraban con sus belfos la imagen de
alguna estrella crepuscular. Venía adelante el rapaz que servía
de puntero, acom- pasando al trotecito de su yegua la tonada
pueril que amansa los ganados salvajes. Seguíanlo en grupos
los toros de venerable testa y enormes cuernos, solemnes en la
cautividad, hilando una espuma en la trompa, adormilados los
ojos, que enrojece, con repentino fuego, la furia. Detrás, al
paso de sus rocines y entre el dejo de silbidos monótonos,
avanzaban las filas de peones, a los flancos del rodeo
formidable y letárgico.
Lo encerraron de nuevo, con maña paciente, cuidadosos
de la dispersión. Oíase apenas el melancólico sonsonete del


La

guía, más eficaz que el toque de cuerno en las majadas de mi


tierra. Corrieron las trancas y las liaron con rejos indóciles.
Y cuando oscureció, encendieron alrededor del corral
fogatas de boñiga seca, para aquerenciar al rebaño, que
absorto miraba las candelas y el humo, con rumiar apacible,
al amparo de las constelaciones.
Mientras tanto, yo meditaba en nuestro plan de la media-
noche, en pugna con el temor que me enfriaba las sienes y
me fruncía las cejas. Mas la certidumbre de la venganza, la
posibi- lidad de causarle a mi enemigo algún mal, ponía
viveza en mis ojos, ingenio en mis palabras, ardentía en mi
decisión.
A eso de las ocho, el tuerto Mauco protestó contra las
hogueras porque le trasnochaban los gallos de riña. Como
nadie quiso apagarlas, los llevó a mi cuarto.
—Démeles posaíta, que los poyos son güenos. ¡Pero si
se desvelan, se vuelven naa!
Más tarde, el hato quedó en silencio. Sobre los pajonales
vecinos tendían su raya luminosa las lámparas de los toldos.
Clarita volvió casi ebria.
—¡Ánimo, chico, y sígueme!
Llegamos a la barda de los corrales por entre el platanal.
Un vasto reposo adormecía a la manada. Afuera estornuda-
ban los caballos de los veladores. Entonces Clarita, trepada
en mi rodilla, sacudió la aurimanchada piel.
Súbito, el ganado empezó a remolinear, entre espan-
tado choque de cornamentas, apretándose contra la valla del
encierro, como vertiginosa marejada, con ímpetu arrollador.
Alguna res quebróse el pecho contra la puerta, y murió al
ins- tante, pisoteada por el tumulto. Los vigías empezaron a
cantar,


José Eustasio

acudiendo con los caballos, y la torada se contuvo; mas


pronto volvió a remecerse en aborrascadas ondas, crujió el
tranquero, hubo berridos, empujones, cornadas. Y así como
el derrumbe descuaja montes y rebota por el desfiladero
satánico, rompió el grupo mugiente los troncos de la prisión
y se derramó sobre la llanura, bajo la noche pávida, con un
estruendo de cataclismo, con una convulsión de embravecido
mar.
La peonada y el mujerío acudieron con lámparas,
pidiendo socorro. Hasta Zubieta, siempre encerrado,
averiguaba a gritos qué ocurría. Los perros persiguieron el
barajuste, cloquearon las gallinas medrosas y los zamuros de
la ceiba vecina hendie- ron la sombra con vuelos
entorpecidos.
En los portillos de la corraleja quedaron aplastadas diez
reses, y más lejos, cuatro caballos. Clarita vino con estos
por- menores a encarecerme la reserva de nuestra
complicidad.
Cuando coloqué en su antiguo sitio la piel de tigre,
todavía retumbaba el desierto.

***

Al siguiente día me levanté después de los comentarios al


suceso nocturno y de las bravatas del viejo, que disimulaba
con blas- femias su regocijo interior:
—¡Maldita sea! Yo no tengo la culpa de que el ganao bara-
justara. Díganle al Barrera que vaya a cogelo, si tiene
bagajes pa remontá la gente. ¡Pero que me pague primero los
cabayos que se malograron! ¡Maldita sea!
—El señó Barrera quié vení pa acá a discutí con usté lo

José Eustasio
de anoche.


La

—Aquí no puee acercarse, porque el guate anda armao y


no quero más disgustos en mis propiedaes.
—Se me pone —observaba uno— que jue la ánima del
dijunto Julián Hurtao la que se presentó en el corral, y por
eso barajustó la toraa. Alguno de los velaores vio una figura
blanca sobre la cerca, del lao onde dicen que dejó el entierro.
—Puee ser verdá.
—Sí, porque ya otra noche se nos apareció, con una lin-
ternita en la mano, por la oriya de la sabana, caminando sin
pisar el suelo.
—¿Y por qué no le preguntaron, de parte de Dios, qué quería?
—Porque apagó la lucecita y casi quedamos privaos.
—¡Bandíos! —rugió Zubieta—. Ustedes jueron entonces
los que tuvieron cavando entre las raíces del algarrobo. ¡Ojalá
los tope yo en esas vagabunderías pa echarles bala!
Cuando salí al patio, había mucha gente reunida, pero
Barrera no estaba allí. Dándolas de inocente, me asomé al
corral, donde varios hombres descuartizaban los toros
destripados.
—No valió —decía uno— que yo me le pusiera adelante al
ganao, corriendo de estampía y cantándole en la oscuridá pa
ver si lo apaciguaba. Fui hasta muy lejos, y, gracias a mi potro,
no morí atropeyao.
Momentos después, al regresar a la casa, vi que Clarita
les vendía ron, en un coquillo labrado, a los de la junta.
Había hombres desconocidos y debajo de los bayetones les
cantaban los gallos. Quienes discurrían cazando apuestas “a
la tapada”, o les afilaban las espuelas a los campeones, o con
buches de aguardiente les rociaban el costado, alzándoles el
ala. Patiama- rrados con cordeles, escarbando el suelo,
desafiábanse los rivales


José Eustasio

de plumajes vistosos y cuellos congestionados. Por fin, Zubieta


tomó un carbón y trazó en el piso del caney un círculo
irregular. Colocóse en su asiento, recostándolo a una
columna, frecuentó la botella, y con áspera risotada propuso:
—¡Voy cien toretes al requemao contra el canaguay!
Clarita, detrás del grupo, movió la cabeza para indicarme
que no apostara. Pero yo, con insolvente arrogancia, avancé
diciendo:
—¡Escojo el pollo y voy las doscientas cincuenta reses que
le gané a los dados!
El viejo se corrió.
Entonces le dijo un sujeto, apretando el puño:
—Eche diez toros contra las libras que hay aquí o contra
el resto que guardo en mi faja.
Zubieta tampoco aceptó. Pero el hombre replicaba porfiado:
—¡Mire, patrón, son “aguilitas” y “reinitas” pa su
entierro de la topochera!
—¡Mentís! Pero si el oro es legítimo, te lo cambio por
monea papel.
—No le jalo.
—Préstame una libra pa reconocerla.
Observóla el viejo por todas partes, con hambrientos
ojos, palpó el grabado, hízola sonar y luego la llevó a los
dientes. Satisfecho, gritó:
—¡Pago! ¡Ta ida la pelea contra el canaguay!
—Pero con la condición de que el tuerto Mauco se
largue, porque puee rezarme el poyo.
—¡Yo qué rezo ni qué naa!
No obstante, lo hicieron salir del grupo, refunfuñando, y
lo encerraron en la cocina.


La

Los careadores levantaron los gallos, y chupándoles los


espolones, se los frotaron luego con limón, a contentamiento
del público. Presto, a la voz del juez de pelea, los
enfrentaron dentro del círculo.
El gallero gritaba, agachado sobre el palenque:
—¡Hurra, poyito! ¡Al ojo, que es rojo; a la pierna, que es
tierna; al ala, que es rala; al pico, que es rico; al pescuezo, que es
tieso; al codo, que es godo; a la muerte, que esa es mi suerte!
Miráronse los contendores con ira, picoteando la arena,
esponjando sobre el dorso rasurado y sanguíneo la gorguera de
plumas tornasoladas y temblorosas. Con simultáneo revuelo,
en azul resplandor, lancearon el vacío, por encima de sus
cabe- zas, esquivas a la punzada y al aletazo. Rabiosos, entre el
voce- río de los espectadores que ofrecían gabelas, se
acometieron una y otra vez, se cosían a puñaladas, se
prendían jadeantes; y donde agarraba el pico, entraba la
espuela, con tesón homi- cida, entre el centelleo de los
plumajes, entre el salpique de la sangre ardorosa, entre el
ruido de las monedas en el estadio, entre la ovación
palmoteada que hizo la gente cuando vio rodar al canaguay
con el cráneo abierto, sacudiéndose bajo la pata del
vencedor, que erguido sobre el moribundo saludó a la vic-
toria con un clarineo triunfal.
En este momento palidecí: Franco pasó el tranquero,
seguido de varios jinetes.

***

Zubieta no se impresionó menos al ver a los recién llegados.


Arrastrando el paso les salió al encuentro:


José Eustasio

—Y ustees, camaraas, ¿pa ónde bueno caminan?


—Para aquí no más —dijo Franco apeándose.
Y me abrazó con efusión.
—De mi rancho, ¿qué noticias me tienes? ¿Qué te pasó
en el brazo?
—¡Nada! ¿Acaso no vienes de La Maporita?
—Salimos directamente de Tame; pero desde ayer le ordené
al mulato Correa que extraviara hacia mi casa y se viniera
con- tigo, trayendo los cabayos. Este abrazo te lo manda don
Rafael. Siguió su viaje sin complicaciones, gracias a Dios.
¿.Dónde podemos desensiyar?
—Aquí, en el caney —rezongó Zubieta. Y les gritó a los
juga- dores—: ¡váyanse lejos con su vagabundería, porque
menesto la ramaa!
Ellos, recogiendo sus gallos, salieron en dirección a los tol-
dos, con jaleo de tiples y maracas. Y los vaqueros desensillaron.
—¿Verdad que anoche hubo barajuste?
—¿Por qué lo decís?
—Desde esta mañana vimos partidas de ganado que corrían
solas. Y pensamos: ¡o barajuste, o los indios! Pero ahora que
pasamos por los corrales…
—¡Sí! Barrera me dejó ir el rodeo. No sé cómo
remediará, sin cabayos…
—Nosotros nos comprometemos a cogerle las reses que
quiera, según lo que él nos pague —repuso Franco.
—Yo no permito más correteos en mis sabanas, porque
los bichos se mañosean.
—Quería decir que como desde mañana empezaremos la
cogienda de los toros que negociamos…


La

—¡Yo no he firmao documento con naide, ni recuerdo de


trato ninguno!
Al repetir esto se golpeaba la pierna.
Cuando el viejo ocupó la hamaca, vino el gallero perdi-
doso y nos dijo:
—Dispensen que los interrumpa.
—Échame pa acá las libras que te gané.
—De eso quería tratarle: al canaguay lo volvieron loco,
al canaguay le dieron quinina, porque desde ayer el tuerto
Mauco mercó las píldoras en los toldos, y usted mismo las
revolvió con granos de maíz. El señor Barrera quiso que yo
apostara con- tra usté, a pesar de lo sucedío, pa probarle que
tampoco hace juego legal y que no debe seguir
desacreditándolo delante del señor Cova.
—Eso lo arreglarán después —interrumpió Franco, sacu-
diendo al amostazado vejete—. ¡Lo importante es que me aclare
ahora mismo lo del negocio, porque usted se equivoca si piensa
que puede jugar conmigo!
—Franquito, ¿venís a matarme?
—Vengo a coger el ganado que me vendió, y para eso
traje vaqueros. ¡Lo cogeré, cueste lo que cueste! ¡Y si no,
que nos yeve el judas!
Los vaqueros, ganosos de nuevo espectáculo, se agruparon
alrededor del chinchorro. Al verlos, exclamó Zubieta:
—Señores, sírvanme de testigos que me taba chanceando.
Y cadavérico, porque Franco tenía revólver, se volvió hacia
mí con párpados húmedos:
—¡Guate, por Dios! ¡Yo te pago tus resecitas!
¡Franquito, no me hablés de ese modo, que me asustás!


José Eustasio

El intruso, que presumía de leguleyo, sentenció:


—¡La legalidá es pa toos! Páguele también al señor Barrera,
y quedamos en paz. Él ta de salía pal Vichada, y usted es res-
ponsable de la demora y los perjuicios.
Con energúmena reprimenda estalló el anciano, colocán-
dose entre Fidel y yo:
—¡Juyero, juyero! ¿No sabés quiénes tan aquí? ¿Querés que
te saquemos a palo? ¿Por qué te mezclás con estos
cabayeros, que son mis clientes y amigos queríos? ¡Decile a tu
Barrera que no me sobe, porque estos me hacen respetá!
Y, apoyándose en nuestros hombros, le asestó un puntapié.

***

Cuando Franco me vio la herida y le conté lo sucedido,


cogió el wínchester para desafiar a Barrera y salió corriendo.
Clarita lo contuvo en el patio.
—¿Qué vas a hacer? Nosotros tomamos ya venganza —
y le refirió lo del barajuste.
Al ver la decisión de aquel hombre leal que arriesgaba la
vida por mí, sobrecogíme de remordimiento y quise
confesarle lo sucedido en La Maporita, para que me matara.
—Franco —le dije—: yo no soy digno de tu amistad.
¡Yo le pegué a la niña Griselda!
Desconcertado, se ahogó en estas voces:
—¿Alguna falta que te cometió? ¿A tu señora? ¿A ti?
—¡No, no! Me emborraché y las ofendí a ambas, sin motivo
alguno. Hace ya siete días que las dejé solas. ¡Dispara contra
mí esa carabina!


La

Tirándola al suelo, se echó en mis brazos:


—Tú debes tener razón, y si no la tienes, te la concedo.
Y nos separamos sin decir una palabra más.
Entonces Clarita me estrechó la mano:
—¿Por qué no me habías dicho que tienes señora?
—Porque de ella no debemos hablar los dos.
Quedóse pensativa, con la vista baja, volteando entre los
dedos el cordón de una llave. Después me la ofreció
diciendo:
—¡Ahí te queda tu oro!
—Yo te lo regalé, y si no lo aceptas como obsequio, déjalo
en pago de tus solicitudes durante mi enfermedad.
—¡Ojalá que te hubieras muerto!
La vi alejarse hacia la cocina, donde los músicos bebían
guarapo. Desde allí, para que yo la oyera, acentuó:
—¡Díganle a Barrera que siempre me voy con él!
Y, despechada, empezó a bailotear un bunde, alzándose
el traje más arriba de las rodillas, entre cuchufletas y
palmoteos. Mi corazón, liberado del peso de la inquietud,
comenzó a latir ágilmente. Ya no me quedaba otra congoja
que la de haber ofendido a Alicia, pero cuán dulce era el
pensamiento de la reconciliación, que se anunciaba como
aroma de sementera, como lontananza del amanecer. De
todo nuestro pretérito sólo quedaría perdurable la huella de
los pesares, porque el alma es como el tronco del árbol, que
no guarda memoria de las flo- raciones pasadas sino de las
heridas que le abrieron en la cor- teza. Pero, cuitados o
dichosos, debíamos serlo en grado sumo, para que más tarde,
si la fatalidad nos apartaba por diversos caminos, nos
aproximara el recuerdo, al hallar abrojos seme- jantes a los
que un día nos sangraron, o perspectivas como las


José Eustasio

que otrora nos sonrieron, cuando teníamos la ilusión de que


nos amábamos, de que nuestro amor era inmortal.
Hasta tuve deseos de confinarme para siempre en esas
lla- nuras fascinadoras, viviendo con Alicia en una casa
risueña, que levantaría con mis propias manos a la orilla de
un caño de aguas opacas, o en cualquiera de aquellas colinas
minúsculas y verdes donde hay un pozo glauco al lado de
una palmera. Allí de tarde se congregarían los ganados, y yo,
fumando en el umbral, como un patriarca primitivo de pecho
suavizado por la melancolía de los paisajes, vería las puestas
de sol en el horizonte remoto donde nace la noche; y libre ya
de las vanas aspiraciones, del engaño de los triunfos efímeros,
limitaría mis anhelos a cuidar de la zona que abarcaran mis
ojos, al goce de las faenas campesinas, a mi consonancia con
la soledad.
¿Para qué las ciudades? Quizá mi fuente de poesía estaba en
el secreto de los bosques intactos, en la caricia de las auras, en
el idioma desconocido de las cosas; en cantar lo que dice al
peñón la onda que se despide, el arrebol a la ciénaga, la
estrella a las inmensidades que guardan el silencio de Dios. Allí
en esos cam- pos soñé quedarme con Alicia, a envejecer entre la
juventud de nuestros hijos, a declinar ante los soles nacientes,
a sentir fati- gados nuestros corazones entre la savia vigorosa
de los vegeta- les centenarios, hasta que un día llorara yo
sobre su cadáver o ella sobre el mío.

***

Franco dispuso que yo no fuera a las sabanas porque podía


gan- grenarse mi brazo si se enconaba la cicatriz. Además, los
potros

La

escaseaban y era mejor destinarlos a los vaqueros reconocidos.


Este razonamiento me llenó de amargura.
Salieron del hato quince jinetes a las dos de la
madrugada, después de apurar el sorbo de café tinto
tradicional. Al lado de las monturas, sobre el ijar derecho de
las caballerías, colgaban en rollo las sogas llaneras, cuyo
extremo se anudaba a la cola de cada trotón. Lucían los
vaqueros sendos bayetones, exten- didos sobre los muslos,
para defenderse del toro en los lances frecuentes, y al cinto
portaban el dentado cuchillo para des- cornar. Franco me dio
el revólver, pero colgó su wínchester del borrén de la silla.
Volvió luego a rendirme el sueño. ¡Ah, si hubiera sentido lo
que entonces debió de pasar!
A poco de salir el sol, llegó el mulato Correa trayendo
rea- tados los caballos de don Rafael. Le salí al encuentro,
por delante de los toldos, y vi que Barrera estaba
afeitándose. Clarita, sentada sobre un baúl, le sostenía el
espejo con las manos. Sin contestarles el saludo, me puse al
estribo del mulato y entramos en la corraleja.
—¿Viste a Alicia, qué recado me traes?
—Con eya no pude verme porque taba yorando ence-
rraa. La niña Griselda les mandó esta maleta de ropa, será
pa que se le presenten mudaos. A too momento se asoma, a
ve si ustedes yegan. Taba arreglando petacas y dijo que hoy se
venían pa acá.
Esta noticia me tornó jovial. ¡Por fin mi compañera ven-
dría a buscarme!
—¿Y llegarán en la curiara?
—La patrona hizo dejá tres cabayos.


José Eustasio

—¿Y te preguntaron por mí?


—Mi mama me dijo que usté le iba a yená al hombre la
cabeza de cuentos.
—¿Y sabían lo de mi brazo?
—¿Qué le pasó? ¿Lo tumbó alguna bestia?
—Una heridita, pero ya estoy bien.
—¿Y ónde me tiene mi morocha?
—¿Tu escopeta? Debe estar con mi montura en los toldos.
Vete a reclamarlas.
Al quedar solo, una duda lancinante me conmovió: ¿Barrera
habría vuelto a La Maporita? Yo lo hacía vigilar por Mauco
a mañana y noche; ¿pero el tuerto me diría la verdad? Y
pensé: puesto que Barrera se acicala, ha sabido ya que Alicia
llega. Tal vez sí, tal vez no.
Pero Alicia sabría conducirse. Además, aquel hombre
me tenía miedo. ¿Por qué no lo apartaba de mi pensamiento
para hundirme en el augurio de la visita feliz? Si Alicia me
buscaba, era obedeciendo al amor, y vendría a reconquistarme, a
hacerme suyo para siempre, entre azorada y puntillosa. Con
agravado acento, con tono de reconvención, me reprocharía
mis faltas; y para hacérmelas mayores, se ayudaría de aquel
gesto inolvida- ble y habitual con que sellaba su boca,
contrayendo los labios para llenar de gracia los hoyuelos de
las mejillas. Y queriendo perdonar, me repetiría que era
imposible el perdón, aunque la enmienda superara al
propósito y a la súplica.
Por mi parte, pondría también en juego mi habilidad para
retardarle el instante del beso gemebundo y conciliador.
Desde la orilla del caño le alargaría la mano ceremoniosa
para que saliera de la curiara, cuidando de que advirtiera el
cabestrillo

La

de mi brazo enfermo, y negándome después a la urgencia de


sus preguntas: «¿Estás herido? ¿Estás herido?».
—No es nada grave, señora. ¡Me apena tu palidez!
Lo mismo haría al acercármele a su caballo, si venían por
tierra. Pensé exhibírmele cual no me vio entonces: con cierto
des- cuido en el traje, los cabellos revueltos, el rostro
ensombrecido de barba, aparentando el porte de un macho
almizcloso y tra- bajador. Aunque Mauco solía desollarme la
cara con su navaja de tajar correas, tomé la resolución de no
ocuparlo aquel día,
para distinguirme de mi rival.
¡Decidí luego irme del hato sin esperar a las mujeres, y apa-
recer una tarde, confundido con los vaqueros, trayendo a la cola
del potrejón algún toro iracundo, que me persiguiera bufando
y me echara a tierra la cabalgadura, para que Alicia, desfalle-
cida de pánico, me viera rendirlo con el bayetón y mancor-
narlo de un solo coleo, entre el anhelar de la peonada
atónita!
El mulato volvió de los toldos con arma y montura.
—El señó Barrera quedó apenaísimo. Que no sabía que
estas cosas taban ayá. Les entendí que mandarían gente a
cogé los bichos dispersaos.
—Te prohíbo esa compañía. Si no quieres ir solo, iré contigo.
—¿Ónde le dijeron que anochecían?
—En Matanegra.
—Pero don Fidel me indicó la vega del Pauto. Me voy por-
que me coge la noche y se me riega la brigaa.
—Guarda esa ropa en aquel cuarto y tráeme la carabina.
Vamos a cualquier parte. Yo te acompañaré.
Fui a la cocina a despedirme de Zubieta. Llamélo varias
veces. Nadie respondió.

José Eustasio

***

Cuando íbamos tan distantes del hato que sólo se advertían


los airones de sus palmares, el mulato se desmontó a cargar la
escopeta.
—Siempre es bueno andá prevenío. Pólvora poca y
muni- ción hasta la boca.
—¿A qué obedece tu precaución?
—Puee alcanzarnos la gente del hombre. Por eso repetí
que íbamos a la vega del Pauto, pa que lo oyeran los mucha-
rejos que componían las puertas del corral. Ora cogemos
ponde dijo usté.
Habríamos caminado tres leguas más, cuando volvió a
apartarme del pensamiento de Alicia.
—Yo quero consultarle mi caso, y perdone. La Clarita
“me ha puesto el ojo”.
—¿Estás enamorado de ella?
—Esa es la consulta. Hace quince días me echó este flo-
reo: «¡Qué negrito tan bien jormao! ¡Asina me provoca
uno!».
—¿Y qué respondiste?
—Me dio vergüenza…
—¿Y después?
—Eso también va con la consulta: me propuso que colgá-
ramos al viejo Zubieta y nos juyéramos pa lejos.
—¿Y por qué? ¿Cómo? ¿Para qué?
—Pa que diga ónde tiee el oro enterrao.
—¡Imposible! ¡Imposible! Esa es una sugestión de Barrera.
—Cabalmente, porque él me dijo después: «Si este
mula- tico se vistiera bien, cómo quedara de plantao y qué
mujeres las que topara. Yo sé de una personita que lo quere

José Eustasio
mucho».


La

—¿Y qué respondiste?


—«¡Esa personita con usté duerme!». Asina se las eché,
pero el maldito no se ofende por naa. Se puso a desbarrá
con- tra Zubieta diciendo que no le pagaba al zambaje su
trabajo; y que cuando se le ocurría darle a uno alguito,
sacaba los daos pa descamisarlo al juego. Y esa sí es la
verdá.
Como me iba sofocando el calor, le ordené al mulato que
me llevara a algún estero donde pudiera saciar la sed.
—Puaquí no topamos agua en ninguna parte. Onde hay
un jagüey jamoso es al lao de aquellos médanos.
Empezamos a atravesar unos terronales inmensos, de tierra
tan reseca y endurecida, que limaba los cascos de las
cabalga- duras. Y era necesario avanzar por allí, pues los
zurales labe- rínticos extendían a los lados sus redes de
acequias exhaustas, conocidas sólo del tigre y de la
serpiente.
El bebedero era una poceta de agua salobre y turbia, espesa
como jarabe, ensuciada por los cuadrúpedos de la región. Al
verla, sentí repugnancia instintiva, pero Correa me sedujo
con el ejemplo. Agachóse sobre el estribo, y de entre las
patas de los caballos sitibundos sacó su cuerno rebosante.
—Tápelo con el pañuelo pa que le sirva de cedazo.
Así lo hice varias veces, sacudiendo los animalillos que her-
vían pegados en el revés de la tela húmeda.
—Blanco, puaquí anda gente forastera. Aquí ta el rastro
de una mula herraa, y eso no es de ley en estas sabanas, onde
no hay piedra.
El mulato tenía razón porque a poco trecho del pozo colum-
bramos dos puntos que se movían a distancia.
—Esas son personas que andan perdías.


José Eustasio

—Parece más bien ganado.


—Le apuesto a que son racionales.
Probablemente nos habrían visto, porque se enderezaron
hacia nosotros. Ya percibíamos el paraguas rojo del que
venía adelante, afligiendo a la mula con los estribos,
envuelto en una sábana enorme, a la manera de las matronas
rurales. Los espera- mos bajo un moriche de egoísta sombra,
con curiosidad y recelo.
Mientras Correa remudaba los bagajes, llegaron los sujetos
desconocidos, saludándonos a grandes voces:
—¡Favor a la justicia, que anda extraviada!
—Ora y siempre —respondió el mulato ingenuo.
—Muéstrennos el camino de Hato Grande. ¡Este dotor
es juez de Orocué, y yo su secretario interino, por añadidura,
baquiano!
Al oírlo, le averigüé si ese funcionario era el que firmaba
José Isabel Rincón Hernández; e hice esta pregunta porque
del tal yo sabía que de peoncejo de carretera ascendió a
músico de banda municipal y luego a juez de circuito de
Casanare, donde sus abusos lo hacían célebre.
—¡Sí! —respondió el emparaguado—. Yo soy el doctor y
este que les hablaba es un simple escribiente.
El tísico rostro del señor juez era bilioso como sus espejue-
los de celuloide y repulsivo como sus dientes llenos de sarro.
Simiescamente risible, apoyaba en el hombro el quitasol para
enjugarse el pescuezo con una toalla, maldiciendo los
deberes de la justicia que le imponía tantos sacrificios, como
el de via- jar mal montado por tierras de salvajes, en
inevitable comer- cio con gentes ignorantes y mal nacidas,
dándose al riesgo de los indios y de las fieras.


La

—Llévennos ahora mismo —ordenó con acento


declama- dor, revolviendo el mulengue— al hato infernal
donde un tal Cova comete crímenes cotidianos; donde mi
amigo, el poten- tado Barrera, corre serios peligros en vida y
hacienda; donde el prófugo Franco abusa de mi criterio
tolerante, que sólo le exige conducta correcta y nada más.
¡Pónganse ustedes, incondicio- nalmente, al servicio de la
justicia y cámbiennos estas bestias por otras mejores!
—Se equivoca usted, señor, tanto en sus conceptos como
en el camino que busca. Ni el hato queda por aquí, ni las per-
sonas que nombra son todas como usted piensa, ni mis caba-
llos, bienes mostrencos.
—Sepa usted, irrespetuoso joven —replicóme airado—,
que por celo plausible nos aventuramos solos en estas
pampas. El mensajero que me envió Zubieta clamando
auxilio contra Barrera, fue seguido por otro de este, para
exigir caución al facineroso Cova. Venimos a dispensar
garantías, y ustedes se favorecen también con ellas, porque la
justicia es como el cielo, que nos cubre a todos. Y si es verdad
que el empíreo nos cobija de balde, no es menos cierto que
las relaciones de los humanos hacen necesario el
sostenimiento unánime del bien común. Toda contribución es
legal y pertenece al derecho público. Si no quie- ren ustedes
servir de guías, entréguenme una cuota equivalente a lo que
un baquiano de buena voluntad pidiera por su servicio.
—¿Nos decreta usted una multa?
—¡Irrevocable, sin apelación! —confirmó el secretario—.
Considere que ahora no nos pagan los sueldos.
—Pues miren ustedes —repuse maleante—, el hato está
cerca y nosotros vamos para Corozal. Descabecen aquella
sabana,


José Eustasio

orillen luego la mata de monte, crucen el caño, “déjense ir”


por el esterón y desde allí divisarán la casa antes de media
hora.
—¿Oyes? —regañó el juez—. ¡Lo que yo te decía! Tú
me hiciste asolear por aquí, por rutas desacostumbradas, por
pajo- nales trágicos, defraudando tus obligaciones de
conocedor. ¡Te impongo una multa de cinco pesos!
Y después de reducirnos la nuestra al suministro de taba-
cos y fósforos, entraron en el horizonte, con rumbo
contrario.

***

Correa me aclaró algunos detalles relativos al embrollo de


Franco en Arauca. Un joven llamado Helí Mesa, que
«actual- mente vivía como colono en el caño Caracarate», vino
una vez a La Maporita, y mientras desyerbaban el conuco, le
relató los sucesos como testigo presencial. Franco era
teniente de la guarnición y estableció su casa lejos del
cuartel, a la orilla del río. El capitán dio en perseguir a la
niña Griselda, y, para cortejarla a su antojo, dejaba en
servicio al subalterno. Este, enterado ya de los propósitos del
jefe, abandonó el puesto una noche y corrió a su habitación.
Nadie ha sabido qué pasaría a puerta cerrada. El capitán
apareció con dos puñaladas en el pecho, y, debilitado por el
desangre, murió de fiebres en la misma semana, después de
hacerle declaraciones a la justicia, favorables al acusado.
Ni el hombre ni su mujer fueron perseguidos jamás, aunque
desaparecieron la misma noche de la desgracia. Sólo el juez
de Orocué les expedía de motu proprio boletas de comparendo,
equivalentes a letras de cambio, pues el oro corría a hablar

José Eustasio
por


La

ellos, con tan descarada costumbre, que ya las órdenes


judicia- les se limitaban a decir: «Manden lo de este mes».
En tanto que departíamos por la estepa, un cefirillo
repen- tino y creciente empezó a alborotar las crines de los
caballos y a retozar con nuestros sombreros. A poco, unas
nubes endemo- niadas se levantaron hacia el sol, devorando
la luz, y un caño- neo subterráneo estremecía la tierra.
Correa me advirtió que se avecinaba el chubasco, y
abreviamos las planicies a galope tendido, arreando la
brigada, suelta, para que se defendiera con libertad.
Buscábamos el abrigo de los montes lontanos, y salimos a
una llanada donde gemían las palmeras, zarandea- das por el
brisote con tan poderosa insolencia, que las hacía
desaparecer del espacio, agachándolas sobre el suelo, para
que barrieran el polvo de los pastizales crispados. En las
rampas, con disciplinada premura, congregábanse los
rebaños, presidi- dos por toros mugientes, de desviadas
colas, que se imponían al vendaval agrupando a las hembras
cobardes, y abriendo en contorno una brecha categórica y
defensiva. Las aguas corrían al revés y las bandadas de patos
volteaban en las alturas, cual hojas dispersas. Súbito,
cerrando las lejanías entre cielo y tie- rra, descolgó sus
telones el nublado terrible, rasgado por cen- tellas, aturdido
por truenos, convulsionado por borrascas que venían
empujando a la oscuridad.
El huracán fue tan furibundo que casi nos desgajaba de
las monturas, y nuestros caballos detuviéronse, dando las
grupas a la tormenta. Rápidamente nos desmontamos, y,
requiriendo los bayetones bajo el chaparrón, nos tendimos de
pecho entre el pajonal. Oscurecióse el ámbito que nos
separaba de las pal- meras, y sólo veíamos una, de grueso tallo


La
y luengas alas, que se


José Eustasio

erguía como la bandera del viento y zumbaba al chispear


cual una yesca bajo el relámpago que la encendía; y era bello
y ate- rrador el espectáculo de aquella palmera heroica, que
agitaba alrededor del hendido tronco las fibras del penacho
flamante y moría en su sitio, sin humillarse ni enmudecer.
Cuando pasó la tromba, advertimos que la brigada había
desaparecido y cabalgamos para perseguirla. Calados, entre
la ventolera procelosa, anduvimos leguas y leguas sin poder
encontrarla, y caminando tras la nube que corría como negro
muro, dimos con los peñones del desbordado Meta. Desde
allí mirábamos hervir las revolucionadas ondas, en cuyos
cres- tones mojábanse los rayos en culebreo implacable,
mientras que los barrancos ribereños se desprendían con sus
colonias de monte virgen, levantando altísimas columnas de
agua. Y el estruendo de la caída era seguido por el traqueteo
de los bejucos, hasta que al fin giraba el bosque en el oleaje,
como la balsa del espanto.
Después, entre yerbales llovidos donde las palmeras iban
enderezándose con miedo, proseguimos la busca de la bes-
tiada, y, ambulando siempre, cayó sobre nosotros la noche.
Mohíno, trotaba en pos de Correa, al parpadeo de los postre-
ros relámpagos, metiéndonos hasta la cincha en los inunda-
dos bajíos, cuando desde el comienzo de un ajarafe
divisamos lejanas hogueras que parecían alegrar el monte.
«¡Allí viva- quean nuestros compañeros, allí están!». Y
alborozado, prin- cipié a gritarlos.
—¡Por Dios, por Dios, cierre la boca que son los indios!
Y otra vez nos alejamos por el desierto oscuro, donde
comen-
zaban a himplar las panteras, sin resolvernos a descansar, sin


La

abrigo, sin rumbo, hasta que la aurora tardía abrió su alcázar


de oro a nuestra desfalleciente esperanza.

***

Apenas aclaró el día, vimos unos vaqueros que traían por


delante la madrina de bueyes amaestrados, indispensable en
toda faena, pues sirve para aquietar a los toros recién cogidos.
Había salido el sol, y, sobre los grandes reflejos que extendía
en la llanura, avanzaban las reses descopando la grama.
Entre los jinetes que nos saludaron no estaba Fidel, pero
Correa los llamó por sus nombres, atropellándose en los
deta- lles del repentino chubasco, de la desaparición de las
bestias, del encuentro con los indígenas.
—Mano Ugenio, es la primera vez que me embejuco de
noche en estas sabanas, y pa colmo, con este blanco tan
resig- nao, que ni siquiera tiene los brazos güenos. Ya
pensará que soy un zambo indecente.
—Eso nos pasa a toos, mano Antuco: yanero no bebe caldo
ni pregunta por camino; pero con agua, trueno y relámpago,
no se pue garantizá.
—¿Y ustees andaban de ojeo? ¿Cómo les jue?
—Cochinamente. Nos alegramos de que yoviera y nos
vinimos por la tardecita. Toa la noche velamos sin ver
ninguna punta porque el ganao se asustó con la tronamenta y
no quiso dejá el monte. A la madrugaa salió una manchita de
reses, pero no jue posible ojearla, aunque la madrina se portó
rebién, con- vidándola con mugíos. Entonces resolvimos
echarle los rangos encima, pa ve qué cogíamos: era puro
vacaje viejo y se perdió


José Eustasio

la carrera. Toos enlazamos sin provecho, menos aquel


zambito del interió, que dejó esnucá el cabayo corriendo en
la oscuridá. Por eso viene a pie, con la montura en las
costiyas.
—Mano Tista —gritó Correa—: venga, móntese en este
potro, que yo deseo desentumirme.
Porque no se creyera que me acoquinaban las fatigas, invo-
qué el recuerdo de Alicia para avivarme, y dije:
—Mano Sidoro, ¿cuántas reses cogieron ayer a lazo?
—Como cincuenta. Pero por la tarde burriaron los pesco-
zones y casi hay vaina entre Miyán y Fidel.
—¿Qué pasa? ¿Qué pasa?
—Que Miyán se apareció con una gente a decí que
menes- taba los corrales de Matanegra, pa meté los toro del
barajuste, porque venían a cogerlos de nuevo. Franco no
quiso respon- derle ni jota, pero cuando vio que habían
treido perraje, le “mentó la mama”. Mientras tanto, los otros,
que andan por cierto mal montaos, se asomaron a la madrina
y dijeron que los orejanos que taban cogíos eran los mesmos
que se le jueron a don Barrera, y querían quitarlos por la
juerza. Entonces nos prendimos a muecos unos con otros, y
Franco le tendió la cara- bina a Miyán.
—¿Y dónde echa soga la gente de Barrera?
—Unos, se volvieron. Otros, andan por ahí, enmachetaos.
Esto se pone feo. Y pa pior, ustees dejaron ir los cabayos.
—Lo malo no es eso —exclamó uno a quien nombraban
mano Jabián—, lo grave es que el juez ta en el hato, según dije-
ron. Como que lo toparon embarbascao, y Miyán hizo que
un vaquero lo encaminara hasta la vivienda. Y con la justicia no
nos metemos, porque nos coge sin plata. Nosotros queremos
irnos.

La

—¡Compañeros —repuse—, yo les responderé de que


nada pasa!
—¿Y quién responde por usté, que es al que busca la autoridá?

***

Fidel no se amilanó por el contratiempo, ni le hizo


reprensiones al mulato; hasta se alegró de ver que mi brazo
herido podía regir las riendas. Era de opinión que la brigada
se había vuelto a los comederos acostumbrados y que en La
Maporita la hallaríamos. Lo noté reacio a referirme el
altercado con Millán. «Esa discusión no vale un comino.
Además, en esta sabana caben muchísimas sepulturas; el
cuidao está en conseguir que otros hagan de muertos y
nosotros de enterradores». Así dijo son- riente; pero recibió
sobresaltado la noticia de que los vaqueros querían dejarnos
solos. «De seguro se irán, porque todos tienen
cuentas con la justicia, porque todos roban ganado».
—¿Y a qué hora seguirá la cogienda? —averigüéle,
devo- rando el almuerzo de carne tostada, que cortaba yo
mismo de la costilla chirriante al rescoldo.
—Sólo esperábamos la madrina. Fue un error yevarla al
Guanapalo, sabiendo que por ahí ganadean los indios y que
los rodeos se enmontan por eyo. Pero en este banco hay dos
mil cachones a cual mejor. Los cabayos resisten todavía dos
carre- ras, o sean treinta toros cogidos, porque el jinete que
pierde lazo paga multa.
—Y los enviados de Barrera, ¿dónde se hallan?
—Míralos: en aqueyos mogotes amanecieron. Esa gente no
es del oficio, a excepción del Miyán, que es “una lanza” para


José Eustasio

el coleo. Ya les notifiqué personalmente que si el perraje me


alborotaba la vaquería se encomendaran al diablo y le
llevaran saludes nuestras, porque los mandaríamos al
infierno.
Entre tanto, los de la madrina encaminábanla llanura
abajo, y la dejaron en un estero, pastoreada por varios
rapa- ces. Al límite opuesto de un morichal veíanse puntas
de toros, pastando al descuido. Avanzamos abiertos en arco
para caerles como turbión, cuando oyéramos el grito de los
caporales; pero las reses nos ventearon y corrieron hacia los
montes, quedando sólo algún macho desafiador que empinaba
la cornamenta para amedrentar a la cabalgata.
Entonces lanzáronse los caballos sobre el desbande, por
encima de jarales y comejeneras, con vertiginosa celeridad, y
los fugitivos se fatigaron bajo el zumbido de las lazadas, que
abiertas cruzaban el viento, para caerles a los cachos. Y cada
vaquero enlazó su toro, desviándose a la izquierda, para que
saltara lejos de la montura el resto de la soga enrollada y el
potro resistiera el tirón en la cola, sin enredarse ni flaquear.
Brincaba en los matorrales la fiera indómita, al sentirse
cogida, y se aguijaba tras del jinete ladeando su medialuna
de puñales. Con frecuencia le empitonaba el rocín, que se
enloquecía corcoveando para derribar al cabalgador sobre las
astas enemi- gas. Entonces el bayetón prestaba ayuda: o caía
extendido para que el toro lo corneara mientras el potro se
contenía, o en manos del desmontado vaquero coloreaba como
un capote, en suertes desconcertantes, sin espectadores ni
aplausos, hasta que la res, coleada, cayera. Diestramente la
maneaba, le hendía la nariz con el cuchillo y por allí pasaba
la soga, anudando las puntas a la crin trasera del potrajón,
para que el vacuno quedara sujeto


La

por la ternilla en el vibrante seno de la cuerda doble. Así era


conducido a la madrina, y cuando en ella se incorporaba,
vol- víase el jinete sobre la grupa, soltaba un cabo del rejo
brutal y lo hacía salir a tirones por la nariz atormentada y
sangrante.
Montaba yo, alegremente, un caballito coral, apasionado
por las distancias, que al ver a sus compañeros abalanzarse
sobre la grey, disparóse a rienda tendida tras de ellos, con tan
ágil violencia, que en un instante le pasó la llanura bajo los cas-
cos. Adiestrado por la costumbre, diose a perseguir a un toro
barcino, y era de verse con qué pujanza le hacía sonar el
freno sobre los lomos. Tiraba yo el lazo una y otra vez, con
mano inexperta; mas, de repente, el bicho, revolviéndose
contra mí, le hundió a la cabalgadura ambos cuernos en la
verija. El jaco, desfondado, me descargó con rabioso golpe y
huyó enredán- dose en las entrañas, hasta que el cornúpeto
embravecido lo ultimó a pitonazos contra la tierra.
Advertidos del trance en que me veía, desbocáronse dos
jinetes en mi demanda. Fugóse el animal por los terronales,
Correa me dio su potro, y, al salir desalado tras de Franco, vi
que Millán, con emulador aceleramiento, tendía su caballo
sobre la res; mas esta, al inclinarse el hombre para colearla,
lo enganchó con un cuerno por el oído, de parte a parte,
desga- jólo de la montura, y llevándolo en alto como a un
pelele, abría con los muslos del infeliz una trocha profunda
en el pajonal. Sorda la bestia a nuestro clamor, trotaba con el
muerto de ras- tra, pero en horrible instante, pisándolo, le
arrancó la cabeza de un golpe, y, aventándola lejos, empezó
a defender el mútilo tronco a pezuña y a cuerno, hasta que el
wínchester de Fidel, con doble balazo, le perforó la homicida
testa.


José Eustasio

Gritamos auxilio y nadie venía; corrí a todas partes con


la noticia y a nadie encontraba. Al fin topé unos vaqueros que
tenían unidos caballo y toro a los extremos de cada soga. Al
verme, las cortaron con sus cuchillos para acudir a mi
llamamiento.
Y corrimos más pálidos que el cadáver.

***

Cuando llegamos al sitio de la tragedia, llevaban hacia el


monte los despojos del victimado, en la hamaquilla de un
bayetón soste- nido por las cuatro puntas. Franco tenía la
camisa llena de san- gre y desfogaba a voces su agitación
entre el grupo de peones silenciosos. El muerto yacía de
espaldas sobre un moriche caído, y lo tenían cubierto con su
propia ruana, en espera de la rigidez. Entonces fuimos a
buscar los restos de la cabeza entre las matujas atropelladas,
y en parte ninguna los hallamos. Los
perros, alrededor del toro yacente, le lamían la cornamenta.
A pleno sol regresamos al montezuelo. Correa, con una
rama, le espantaba al muerto las moscas. Franco, en un este-
rito próximo, se limpiaba los cuajarones. Los compañeros de
Millán hacían proyectos para bailar el velorio.
—Lo que es yo —rezongaba uno— tuviera agradecío si
dende ayer se hubieran descogotao en nuestra presencia.
Pero esto de decir que lo mató el toro, cuando oímos
claramente los tiros, poco me suena. No había pa qué
arrastrarlo y descabe- zarlo. Esa crueldá sí ofende a Dios.
—¿No sabe usted cómo fue la desgracia?
—Sí, señó. El asesino, el toro; el muerto, Miyán; los
cómpli- ces, nosotros, y los inocentes, ustees. ¡Por eso me

José Eustasio
voy adelante


La

con el aviso, pa que abran el hoyo y alisten música y trago, y


corten la mortaja pa quen la merece!
Así dijo, y mascullando amenazas, alejóse a escape.
Yo no quería ver al difunto. Sentía repugnancia al ima-
ginar aquel cuerpo reventado, incompleto, lívido, que fue
albergue de un alma enemiga y que mi mano castigó. Me
perseguía el recuerdo de aquellos ojos colorados y rencorosos
que me asaltaron por doquiera, calculando si en mi cintura
iba el revólver. Aquellos ojos, ¿dónde cayeron? ¿Colgarían de
alguna breña, adheridos al frontal roto, vaciados, repulsivos,
goteantes? ¿Qué sería de aquella cabeza obtusa, centro de la
malicia, filtro de la venganza, cubil de la maldad y del odio?
Yo la sentí crujir al choque del cuerno curvo, que le asomó
por la sien opuesta, mientras el sombrero embarboquejado
saltaba en el aire; la vi cuando el toro, desgarrándola de la
cerviz, la proyectó hacia arriba, cual greñudo balón. ¿Y qué se
hizo? ¿Dónde sangraba? ¿La enterraría la fiera con sus pezu-
ñas cuando, defendiendo el cadáver, trilló el barzal?
Lentamente, el desfile mortuorio pasó ante mí: un
hombre de a pie cabestreaba el caballo fúnebre, y los
taciturnos jinetes venían detrás. Aunque el asco me fruncía la
piel, rendí mis pupi- las sobre el despojo. Atravesado en la
montura, con el vientre al sol, iba el cuerpo decapitado,
entreabriendo las yerbas con los dedos rígidos, como para
agarrarlas por última vez. Tin- tineando en los calcañales
desnudos pendían las espuelas que nadie se acordó de quitar,
y del lado opuesto, entre el parén- tesis de los brazos,
destilaba aguasangre el muñón del cuello, rico de nervios
amarillosos, como raicillas recién arrancadas. La bóveda del
cráneo y las mandíbulas que la siguen faltaban


José Eustasio

allí, y solamente el maxilar inferior reía ladeado, como


burlán- dose de nosotros. Y esa risa sin rostro y sin alma, sin
labios que la corrigieran, sin ojos que la humanizaran, me
pareció ven- gativa, torturadora, y aun al través de los días
que corren, me repite su mueca desde ultratumba y me
estremece de pavor.

***

Más tarde, cuando la comitiva empezó a fumar y la charla se


hizo ruidosa, propuso Franco:
—Pues que será preciso suspender la cogienda, mientras
se normaliza la situación; conviene regresar en busca de las
cabayerías. Los vaqueros mejor montados, vengan acá; los
otros, yeven la madrina tras del muerto. Por ayá les
caeremos al anochecer.
Sólo siete peones obedecieron. Antes de abandonar a los
remisos, le rogué a un muchacho adelantarse con noticias nues-
tras, para prevenir el ánimo de Alicia cuando divisara el cor-
tejo, que en aquel minuto entraba en el morichal de la
lejanía, como entre las columnatas de una basílica
descubierta. Los bueyes del madrineo alargaban la
procesión.
Aunque el mulato me señalaba las sabanetas donde anoche-
cimos la víspera, fueme imposible reconocerlas, por su
seme- janza con las demás; pero advertía el rastro del
ventarrón en el desgreño de los ramajes, en los fulminados
troncos de algunas palmeras, en el desgonce de los pastos
vencidos. En tanto, el recuerdo del mutilado me
acompañaba; y con angustia jamás padecida quise huir del
llano bravío, donde se respira un calor guerrero y la muerte


José Eustasio
cabalga a la grupa de los cuartagos. Aquel


La

ambiente de pesadilla me enflaquecía el corazón, y era pre-


ciso volver a las tierras civilizadas, al remanso de la molicie, al
ensueño y a la quietud.
Destemplado por la zozobra, me atrasé de mis camaradas
cuando nos alcanzaron los perros. De repente, la aulladora
jau- ría, con la nariz en alto, circundó el perímetro de una
laguna disimulada por elevados juncos. Mientras los jinetes
corrían haciendo fuego, vi que una tropa de indios se
dispersaba entre la maleza, fugándose en cuatro pies, con tan
acelerada vaquía, que apenas se adivinaba su derrotero por el
temblor de los pajo- nales. Sin gritos ni lamentos, las mujeres
se dejaban asesinar, y el varón que pretendiera vibrar el arco,
caía bajo las balas, apedazado por los molosos. Mas con
repentina resolución sur- gieron indígenas de todas partes y
cerraron con los potros para desjarretarlos a macana y vencer
cuerpo a cuerpo a los jine- tes. Diezmados en las primeras
acometidas, desbandáronse a la carrera, en larga
competencia con los caballos, hasta refu- giarse en
intrincados montes.
—¡Aquí, Dólar; aquí, Martel! —gritaba yo de estampía,
defendiendo a un indio veloz que desconcertaba con sus cor-
vetas a dos perros feroces. Siguiéndolo siempre, paralelo a
las curvas que describía, lo vi desandar la misma huella,
gateando mañosamente, sin abandonar su sarta de pescados.
Al toparme, se enmatorró, y yo, receloso de sus arrestos,
paré las riendas. Mas de rodillas abrió los brazos:
—¡Señor intendente, señor intendente! ¡Yo soy el Pipa!
¡Piedad de mí!
Y sin esperar que le respondiera, miedoso de la perrada,
saltó a la grupa de mi alazán, abrazándome compungido:


José Eustasio

—¡Perdón, perdón! ¡Ahora le refiero lo del caballo!


Creyendo que el cuitado me maltrataba, acudieron los hom-
bres en mi socorro, y Correa lo tiró al suelo de un culatazo;
pero más se tardó en caer que en encaramarse de nuevo,
exclamando:
—¡Nosotros somos amigos! ¡Yo soy el paje de la señora!
—Miren a ese come-ganao, capitán de la guajibera, sal-
teador de las fundaciones, a quien tantas veces hemos corrío.
¡Ora me las pagás de contao!
—¡Caballero, no se equivoque, no se precipite, no me
con- funda; fue que los indios me aprehendieron, me
empelotaron y el señor intendente me libertó! ¡Él me conoce
mucho y su señora me necesita!
Como todos le achacaban los incendios en el Hatico,
fingía llorar a mares, consternado por la calumnia. Luego,
aferrán- dose a mis cuadriles, alzó sus piernas sobre las mías
para que los perros no lo mordieran, simulando vergüenza de
verse desnudo. Y yo, que pasé de la sorpresa a la caridad, lo
conduje en ancas, con rumbo al hato, entre la protesta de mis
compañeros, que lo amenazaban con la castración en
represalia de sus fechorías.

***

Apenas recobró la confianza, inició el cautivo su mendoso dis-


curso, que interrumpía para pedirme que les ordenara a los
vaqueros adelantarse:
—No lo hago por mí —decía—, sino por usted: ¡se les
puede salir un tiro y nos atraviesan las espaldas!
Luego, en el tono del amante que convence al oído, agregó:


La

—¿Cómo iba a ser posible que el señor intendente


llegara a su capital sin que le hicieran digno recibimiento? Estas
minu- cias me desvelaban aquella noche, y monté en su
caballo para llevar la noticia al pueblo, tan decidido a
regresar pronto, que le dejé a usted mi yegua enjalmada.
Pero al saber las tropelías que iban a cometerle, por la traída
de la señora, eché cabeza de este modo: si lo encarcelan,
nadie me libra de mi padrino; si le registran el equipaje, se
quedan con todo; el caballo vale más que la potrancona,
pero ambos a dos se los quitarán, y es preferible que yo dé
mi trotadita por Casanare y regrese al fin del verano a
devolver todo, rango y montura. Mas al bajar por estas
sabanas, me atajaron los vaqueros de un tal Barrera diciendo
que yo andaba tras del ganado, y querían llevarme preso para
el Hatico, y me robaron hasta el sombrero, y, por quedar a
pie, me cautivaron los guahibos. Pero olvidaba pre- guntarle
por la señora. ¿Cómo la tiene?
En cualquier otra situación me habría divertido la pinto-
resca trama de sus disculpas; pero entonces, casi al
anochecer, sólo quería alcanzar al muerto para impedir que
Alicia lo viera. Por las llanuras, a media luz, iban dos jinetes,
a paso lento.
Cuando los alcanzamos, sus caras no se distinguían, pero
Franco los reconoció:
—¿Por dónde siguen los del cadáver?
—Los caporales resolvieron tirarlo al caño, porque no se
aguantaba la jedentina. Después se jueron a sus tierras, pues
no querían trabajar ma.
—Nosotros tampoco lo acompañamos —advirtieron unos.
—A mí no me gustan los sinvergüenzas, y prefiero
quedar solo. El que quiera sus jornales, véngase conmigo.


José Eustasio

Ellos pronunciaron esta gran frase:


—«Nosotros preferimos la libertá».
—¿Pa qué lao cogieron los camaraas?
—Pa la costa del Guachiría.
—¡Adió, pue!
Y galoparon ante la noche.
Los cuatro restantes caminamos a toda prisa en busca del
hato semiborroso, donde hacía guiños una candela. Aunque
el Pipa clamaba amparo, lo forcé a que se apeara. Y zaguero,
como oscuro fantasma, nos perseguía en la sobretarde.

***

Raro temor me escalofriaba cuando nos acercamos a los


corra- les. Desde allí percibimos que la ramada estaba en
silencio y que un gran fogón esclarecía el patio. Miré hacia
los toldos y ya no los vi. Con súbita carrera llegué al tranquero,
y el potro, encandilado, se resistía a invadir la estancia.
Mauco y unas mujeres acudieron:
—¡Por Dios! ¡Váyanse presto, que los cogen!
—¿Qué pasa? ¿Dónde está Alicia? ¿Dónde está Alicia?
—El viejo Zubieta duerme enterrao y tamos consolándo-
nos con la candela.
—¿Qué ha sucedido? ¡Dilo pronto!
—Que esa volaa les salió mal.
Hubo que amenazarlo para que informara: se había
come- tido un crimen la víspera. Viendo que Zubieta no se
levantaba, desquiciaron la puerta de la cocina. Colgado por
las muñecas en el lazo del chinchorro, balanceábase el
vejete, vivo todavía,


La

sin quejarse ni articular, porque en la raíz de la lengua le


ama- rraron un cáñamo. Barrera no quiso verlo; mas, cuando
el juez llegó al hato, hizo contra nosotros imputaciones
tremendas. Juró que en días anteriores habíamos amenazado
al abuelo para que revelara el escondrijo de sus tesoros; que
esa noche, ape- nas la gente se fue a los toldos a
embriagarse, penetramos por la cumbrera y cometimos la
atrocidad, distribuidos en grupos, para cavar
simultáneamente en la topochera, en el cuartucho, en los
corrales. El juez hizo firmar a todos la consabida decla-
ración y regresó esa misma tarde, custodiado por Barrera y
su personal; y el occiso fue sepultado en una de aquellas
excava- ciones, bajo el mango grande, quizás encima de las
tinajas de morrocotas, sin ponerle alpargatas nuevas, sin que
le ajustaran las quijadas con un pañuelo, ni le rezaran el
Santo Dios, ni le bailaran las nueve noches. Y para mayor
desgracia, tenían que cuidar ellos de que los marranos no
revolcaran la sepultura, pues ya una vez habían
desenterrado un brazo del muerto y se lo tragaron entre
horribles gruñidos.
Tan aturdido estaba yo con tal historia, que no había
repa- rado en que una de las mujeres era Bastiana. Al verla le
grité con pávido acento:
—¿Dónde está Alicia? ¿Dónde está mi Alicia?
—¡Se jueron! ¡Se jueron y nos dejaron!
—¿Alicia? ¿Alicia? ¿Qué estás diciendo?
—¡Se la yevó la niña Griselda!
Apoyando en el tranquero los codos, comencé a llorar
con llanto fácil, sin sollozos ni contorsiones; era que la
fuente de la desgracia, vertiéndose de mis ojos, me aliviaba
el cora- zón de tan desconocida manera, que permanecí un


La
momento


José Eustasio

insensible a todo. Miré con cara aflictiva a mis compañeros,


sin sentir pudor de mis lágrimas, y los veía consolarme,
como en un sueño. Allí me rodeaban todos: el Pipa se había
apro- piado uno de mis vestidos, las mujeres asaban carne y
Franco me exigía que me acostara. Mas al decirme que
Alicia y Gri- selda eran dos vagabundas y que con otras
mejores las reem- plazaríamos, estalló mi despecho como un
volcán, y, saltando al potro, partí enloquecido para darles
alcance y muerte. Y en el vértigo del escape me parecía ver a
Barrera, descabezado como Millán, prendido por los talones
a la cola de mi corcel, dispersando miembros en las malezas,
hasta que, atomizado, se extinguía entre el polvo de los
desiertos.
Tan cegado iba por la iracundia, que sólo tarde advertí
que galopaba tras de Franco y que íbamos llegando a La
Maporita.
¡Era verdad que Alicia no estaba allí! En la hamaca de mi
rival se tendería libidinosa, mientras yo, desesperado,
desvelaba a gritos la inmensidad.
Entonces fue cuando Franco le prendió fuego a su propia
casa.

***

La lengua del fósforo hizo vibrar los flecos de la palmicha,


abriéndose en ola sonante que llenó la comarca de resplan-
dores cárdenos. Al momento, el platanal, chamuscado, aflojó
las hojas y las chispas multiplicaron el estrago en la cocina y el
caney. A la manera de la víbora mapanare, que vuelve los
col- millos contra la cola, la llamarada se retorcía sobre sí
misma, ahumando la limpidez de la noche, y empezó a disparar


José Eustasio
bombas


La

en la llanura, donde el viento —aliado luciferino— le prestó


sus alas a la candela.
Nuestros caballos, espantados, retrocedieron hacia el
caño de aguas bermejas, y desde allí vi desplomarse la
morada que brindó abrigo a mis sueños de riqueza y
paternidad. Entre los muros de la alcoba que fue de Alicia se
columpiaba el fuego como una cuna.
Idiotizado contemplaba el piélago asolador sin darme
cata del peligro; mas cuando vi que Franco se alejaba de
aquellos lares maldiciendo la vida, clamé que nos
arrojáramos a las llamas. Alarmado por mi demencia,
recordóme que era pre- ciso perseguir a las fugitivas hasta
vengar la ofensa increíble. Y corriendo, corriendo entre
claridades desmesuradas, obser- vamos que la casa del hato
ardía también y que la gente daba alaridos en los montes.
La calurosa devastación campeaba en los pajonales de
ambas orillas, culebreando en los bejuqueros, trepándose a
los moriches y reventándolos con retumbos de pirotecnia.
Saltaban cohetes llameantes a grandes trechos, hurtándole
combustible a la línea de retaguardia, que tendía hacia atrás
sus melenas de humo, ávida de abarcar los límites de la tierra
y batir sus confalones flamígeros en las nubes. La
devoradora falange iba dejando fogatas en los llanos
ennegrecidos, sobre cuerpos de animales achicharrados, y en
toda la curva del horizonte los troncos de las palmeras ardían
como cirios enormes.
El traquido de los arbustos, el ululante coro de las sierpes
y de las fieras, el tropel de los ganados pavóricos, el amargo
olor a carnes quemadas, agasajáronme la soberbia; ¡y sentí
deleite por todo lo que moría a la zaga de mi ilusión, por ese


José Eustasio

océano purpúreo que me arrojaba contra la selva aislándome


del mundo que conocí, por el incendio que extendía su
ceniza sobre mis pasos!
¿Qué restaba de mis esfuerzos, de mi ideal y mi ambición?
¿Qué había logrado mi perseverancia contra la suerte? ¡Dios
me desamparaba y el amor huía!…
¡En medio de las llamas empecé a reír como Satanás!


SEGUNDA PARTE
¡ h, selva, esposa del silencio, madre de la soledad y
de la neblina! ¿Qué hado maligno me dejó
prisionero en tu cárcel verde? Los pabellones de
tus ramajes,
como inmensa bóveda, siempre están sobre mi cabeza, entre

O
mi aspiración y el cielo claro, que sólo entreveo cuando tus
copas estremecidas mueven su oleaje, a la hora de tus
crepúsculos angus- tiosos. ¿Dónde estará la estrella querida
que de tarde pasea las lomas? Aquellos celajes de oro y múrice
con que se viste el ángel de los ponientes, ¿por qué no
tiemblan en tu dombo? ¡Cuántas veces suspiró mi alma
adivinando al través de tus laberintos el reflejo del astro que
empurpuraba las lejanías, hacia el lado de mi país, donde hay
llanuras inolvidables y cumbres de corona blanca, desde
cuyos picachos me vi a la altura de las cordilleras!
¿Sobre qué sitio erguirá la luna su apacible faro de plata?
¡Tú me robaste el ensueño del horizonte y sólo tienes para
mis ojos la monotonía de tu cénit, por donde pasa el plácido
albor, que jamás alumbra las hojarascas de tus senos
húmedos!


Tú eres la catedral de la pesadumbre, donde dioses
desco- nocidos hablan a media voz, en el idioma de los
murmullos,


José Eustasio

prometiendo longevidad a los árboles imponentes,


contempo- ráneos del paraíso, que eran ya decanos cuando
las primeras tribus aparecieron y esperan impasibles el
hundimiento de los siglos venturos. Tus vegetales forman
sobre la tierra la poderosa familia que no se traiciona nunca.
El abrazo que no pueden darse tus ramazones lo llevan las
enredaderas y los bejucos, y eres solidaria hasta en el dolor
de la hoja que cae. Tus multí- sonas voces forman un solo
eco al llorar por los troncos que se desploman, y en cada
brecha los nuevos gérmenes apresu- ran sus gestaciones. Tú
tienes la adustez de la fuerza cósmica y encarnas un misterio
de la creación. No obstante, mi espíritu sólo se aviene con lo
inestable, desde que soporta el peso de tu perpetuidad, y,
más que a la encina de fornido gajo, apren- dió a amar a la
orquídea lánguida, porque es efímera como el hombre y
marchitable como su ilusión.
¡Déjame huir, oh, selva, de tus enfermizas penumbras, for-
madas con el hálito de los seres que agonizaron en el abandono
de tu majestad! ¡Tú misma pareces un cementerio enorme
donde te pudres y resucitas! ¡Quiero volver a las regiones donde
el secreto no aterra a nadie, donde es imposible la esclavitud,
donde la vista no tiene obstáculos y se encumbra el espíritu
en la luz libre! ¡Quiero el calor de los arenales, el espejeo de
las canículas, la vibración de las pampas abiertas! ¡Déjame
tornar a la tierra de donde vine, para desandar esa ruta de
lágrimas y sangre que recorrí en nefando día, cuando tras la
huella de una mujer me arrastré por montes y desiertos, en
busca de la Ven- ganza, diosa implacable que sólo sonríe
sobre las tumbas!

***


La

Olvidada sea la época miserable en que vagamos por el desierto


en cuadrilla prófuga, como salteadores. Sindicados de un cri-
men ajeno, desafiamos a la injusticia y erguimos la enseña de la
rebelión. ¿Quién osó desafiar el rencor bárbaro de mi pecho?
¿Quién habría podido amansarnos? Las sendas múltiples de
la pampa quedaron chafadas en aquellos días al galope de
nues- tros potros, y no hubo noche que no prendiéramos en
distinto paraje la fugitiva llamarada del vivac.
Después, bajo moriches inextricables, improvisamos un
refu- gio. Allí amontonábanse los enseres que Mauco y Tiana
salva- ron de la ignición, y que pusieron en nuestras manos
antes de irse a Orocué, en misión de espionaje. Mas no
sabíamos qué suerte hubieran corrido. Fidel y el mulato, el
Pipa y yo nos tur- nábamos cada día en atalayar sobre una
palmera la presencia de alguna gente en el horizonte o el
triángulo de humo, con- venido como señal.
¡Nadie nos buscaba ni perseguía! ¡Nos habían olvidado
todos!
Yo no era más que un residuo humano de fiebres y pesa-
res. De noche, el hambre nos desvelaba como un vampiro, y
porque ya venían las lluvias, concertamos la dispersión para
asilarnos luego en Venezuela. Pensé entonces que don Rafo
vendría de regreso a La Maporita, y que con él podríamos
volver a Bogotá. Muchos días lo esperamos en las llanuras ale-
dañas a Tame. Mas apenas declaró Franco que continuaría su
vida nómade, no por recelo de la justicia ordinaria, sino por
el peligro de que algún Consejo de Guerra lo castigara como
a desertor, desistí de la idea del viaje, para mancomunarnos
en el destierro y afrontar vicisitudes iguales, ya que una
misma


José Eustasio

desventura nos había unido y no teníamos otro futuro que el


fracaso en cualquier país.
Y nos decidimos por el Vichada.

***

El Pipa nos condujo a los platanares silvestres de


Macucuana, sobre la margen del túrbido Meta, después de la
desemboca- dura del Guanapalo. Moraba en esos montes una
tribu guahiba, semidomada, que convino en acogernos, a
condición de que admitiéramos el guayuco, respetáramos a
las pollonas y les ordenáramos a los wínchesters «no echar
truenos».
Aparecióse una tarde el Pipa con cinco indígenas, que se
resis- tían a acercarse mientras no amarráramos los dogos.
Acurruca- dos en la maleza, erguíanse para observarnos, listos a
fugarse al menor desliz, por lo cual el ladino intérprete fue
conduciéndo- los de la mano hasta nuestro grupo, donde
recibían el advertido abrazo de paz con esta frase
protocolaria: «Cuñao, yo querién- dote mucho, perro no
haciendo nada, corazón contento».
Todos eran fornidos y jóvenes, de achocolatada cutis y
hercúleas espaldas, cuya membratura se estremecía temerosa de
los fusiles. Arcos y aljabas habíanlos dejado entre la canoa, que
iba a mecernos sobre las aguas desconocidas de un río
salvaje, hacia refugios recónditos y temibles, adonde un
fátum impla- cable nos expatriaba, sin otro delito que el de
ser rebeldes, sin otra mengua que la de ser infortunados.
Había llegado el momento de licenciar nuestros caballos,
que nos dieron apoyo en la adversidad. Ellos recobraban la
pampa virgen y nosotros perdíamos lo que gozosos

José Eustasio
recuperaban, la zona


La

donde sufrimos y batallamos inútilmente, comprometiendo


la esperanza y la juventud. Cuando mi alazán sudoroso se
sacu- dió, libre de la montura, y galopó con relinchos
trémulos en busca del bebedero lejano, me sentí indefenso y
solo, y copié en mis ojos tristes el confín, con la amargura
del condenado a muerte que se resigna al sacrificio y ve
sobre los paisajes de su niñez arrebolarse el último sol.
Al descender el barranco que nos separaba de la curiara,
torné la cabeza hacia el límite de los llanos, perdidos en una
nébula dulce, donde las palmeras me despedían. Aquellas
inmensidades me hirieron, y, no obstante, quería abrazarlas.
Ellas fueron decisivas en mi existencia y se injertaron en mi ser.
Comprendo que en el instante de mi agonía se borrarán de
mis pupilas vidriosas las imágenes más leales; pero en la
atmósfera sempiterna por donde ascienda mi espíritu
aleteando, estarán presentes las medias tintas de esos
crepúsculos cariñosos, que, con sus pinceladas de ópalo y rosa,
me indicaron ya sobre el cielo amigo la senda que sigue el alma
hacia la suprema constelación.

***

La curiara, como un ataúd flotante, siguió agua abajo, a la


hora en que la tarde alarga las sombras. Desde el dorso de la
corriente columbrábanse las márgenes paralelas, de sombría
vegetación y de plagas hostiles. Aquel río, sin ondulaciones, sin
espumas, era mudo, tétricamente mudo como el presagio, y
daba la impresión de un camino oscuro que se moviera hacia
el vórtice de la nada.
Mientras proseguíamos silenciosos principió a lamentarse
la tierra por el hundimiento del sol, cuya vislumbre palidecía


José Eustasio

sobre las playas. Los más ligeros ruidos repercutieron en mi


ser, consustanciado a tal punto con el ambiente, que era mi
propia alma la que gemía, y mi tristeza la que, a semejanza
de un lente opaco, apenumbraba todas las cosas. Sobre el
pano- rama crepuscular fuese ampliando mi desconsuelo,
como la noche, y lentamente una misma sombra borró los
perfiles del bosque estático, la línea del agua inmóvil, las
siluetas de los remeros…
Desembarcamos al comienzo de una barranca, suavizada
por escalones que descendían al puerto, en cuyo remanso se
agrupaban unas canoas. Por un sendero lleno de barro que
se perdía entre el gramalote, salimos a una plazuela de
árboles derribados, donde nos aguardaba el rancho pajizo,
tan solita- rio en aquel momento, que vacilábamos en
ocuparlo, sospe- chosos de alguna emboscada. El Pipa
alegaba con los nativos que a semejante vivienda nos
condujeron, y nos transmitía la traducción de la jerigonza,
según la cual los de la ramada se dispersaron al ver los
mastines. Los bogas me pedían permiso para dormir entre las
curiaras.
Y cuando se fueron, Fidel le ordenó a Correa que se
acos- tara con el Pipa en la barbacoa, por si intentaba
traicionarnos esa noche; les quitó los collares a los perros, y,
a oscuras, les mudó el sitio a nuestras hamacas.
Ofreciéndole mi costado a la carabina, me entregué al sueño.

***

El Pipa solía hacerme protestas de adhesión incondicional, y


acabó por relatarme la pavorosa serie de sus andanzas. Su mano


La

sabía disparar la barbada flecha, en cuya punta iba ardiendo


la pelota de peramán, que cruzaba el aire como un cometa,
con el aullido de la consternación y del incendio.
Muchas veces, para librarse del enemigo, se aplanó en el
fondo de las lagunas como un caimán, y emergía sigiloso
entre los juncales por renovar la respiración; y si los perros
le nada- ban sobre la cabeza, buscándolo, los destripaba y
consumía, sin que los vaqueros pudieran ver otra cosa que el
chapoteo de algunos juncos en el apartado centro de los
charcones.
Adolescente apenas, vino a los Llanos cuando estaba en
su auge el hato de San Emigdio y allí sirvió de coquis varios
meses. Trabajaba todo el día con los llaneros, y por la noche
agregábase a sus fatigas la de acopiar la leña y el agua, pren-
der el fuego y asar carne. De madrugada lo despertaban los
caporales a puntapiés para que recociera el café cerrero; y
tras de tomarlo, se iban sin ayudarle a ensillar la mañosa
bestia ni decirle hacia qué banco se dirigían. Y él, llevando
de cabes- tro la mula de los calderos y los víveres, trotaba
por las este- pas oscurecidas, poniendo oído a las voces de
los jinetes, hasta orientarse y seguir con ellos.
Para colmo, la cocinera de la ramada le exigía cooperar
en sus menesteres, y él, tiznado y humilde como un guiñapo,
se resignaba a su situación. Mas una vez, al vaciar el cocido
en la barbacoa, sobre las hojas frescas que servían de
manteles, atropáronse los peones con la presteza de buitres
hambrientos, y él tendió, como todos, las desaseadas manos
a la carne para trinchar algún trozo con su belduque. El
arrimado de la mari- tornes, un abuelote de empaque torvo,
que lo celaba estúpida- mente y que ya lo había vapuleado
con el cinturón, comenzó a


José Eustasio

vociferar, masticando, porque no se repetía presto la


calderada. Como el coquis no se afanó por obedecerle, lo
agarró de una oreja y le bañó la cara en caldo caliente. El
muchacho, enfure- cido, le rasgó el buche de un solo tajo, y
la asadura del comi- lón se regó humeando en la barbacoa,
por entre las viandas.
El dueño del hato apresó al chicuelo, liándole garganta y
brazos con un mecate, y mandó dos hombres a que lo
mataran ese mismo día, abajo de las resacas del Yaguarapo. Por
fortuna, pescaban allí unos indios, que destrizaron a los
verdugos y le dieron al sentenciado la libertad, pero
llevándoselo consigo.
Errante y desnudo vivió en las selvas más de veinte años,
como instructor militar de las grandes tribus, en el
Capanaparo y en el Vichada; y como cauchero, en el Inírida
y en el Vaupés, en el Orinoco y en el Guaviare, con los
piapocos y los guahibos, con los banivas y los barés, con los
cuivas, los carijonas y los hui- totos. Pero su mayor influencia
la ejercía sobre los guahibos, a quienes había perfeccionado en
el arte de las guerrillas. Con ellos asaltó siempre las rancherías
de los sálivas y las fundaciones que baña el Pauto. Cayó
prisionero en distintas épocas, cuando una raya le lanceó el
pie, o cuando las fiebres le consumían; pero, con riesgosa
suerte, se hizo pasar por vaquero cautivo de los hatos de
Venezuela, y conoció diferentes cárceles, donde observaba
intachable conducta, para volver pronto a la inclemencia de
los desiertos y al usufructo de las revoltosas capitanías.
—Yo —decía— seré su lucero en estos confines, si pone a
mi cuidado la expedición: conozco trochas, vaguadas, caminos,
y en algunos caños tengo amistades. Buscaremos a los
cauche- ros por dondequiera, hasta el fin del mundo; pero


José Eustasio
no vuelva a permitir que el mulato Correa duerma conmigo,
ni que me


La

satirice con tanta roña. Eso no es corriente entre cristianos y


desanima a cualquier hombre de sentimiento. ¡Algún día lo
rasguño, y quedamos en paz!

***

Por ese tiempo me invadió la misantropía,


ensombreciéndome las ideas y descoyuntándome la decisión.
En el sonambulismo de la congoja devoraba mis propias
hieles, inepto, adormilado, como la serpiente que muda
escama.
Nadie había vuelto a nombrar a Alicia, por desterrarla de
mi pensamiento; mas esa misma delicadeza sublevaba en mi
corazón todos los odios reconcentrados, al comprender que
me compadecían como a un vencido. Entonces las blasfemias
solla- maban mis labios y un velo de sangre se reteñía sobre
mis ojos.
¿Y a Fidel lo atormentaba el tenaz recuerdo? Sólo me
parecía triste en sus confidencias, quizás por acoplarse con mi
quebranto. Todo lo había perdido en hora impensada, y sin
embargo daba a entender que desde ese instante se sintió más
libre y poderoso, cual si el infortunio fuera simple sangría
para su espíritu.
¿Y yo por qué me lamentaba como un eunuco? ¿Qué
per- día en Alicia que no lo topara en otras hembras? Ella
había sido un mero incidente en mi vida loca y tuvo el fin
que debía tener. ¡Barrera merecía mi gratitud!
Además, la que fue mi querida tenía sus defectos: era igno-
rante, caprichosa y colérica. Su personalidad carecía de relieve:
vista sin el lente de la pasión amorosa, aparecía la mujer común,
la de encantos atribuidos por los admiradores que la


La
persiguen. Sus cejas eran mezquinas, su cuello corto, la
armonía de su perfil


José Eustasio

un poquillo convencional. Desconoció la ciencia del beso y


sus manos fueron incapaces de inventar la menor caricia.
Jamás escogió un perfume que la distinguiera; su juventud
olía como la de todas.
¿Cuál era la razón de sufrir por ella? Había que olvidar,
había que reír, había que empezar de nuevo. Mi destino así
lo exigía, así lo deseaban, tácitos, mis camaradas. El Pipa,
disfra- zando la intención con el disimulo, cantó cierta vez
un llorao genial, a los compases de las maracas, para
infundirme la iro- nía confortadora:

El domingo la vi en misa,
el lunes la enamoré,
el martes ya le propuse,
el miércoles me casé;
el jueves me dejó solo,
el viernes la suspiré;
el sábado el desengaño…
y el domingo a buscar otra
porque solo no me amaño.

Mientras tanto, se iniciaba en mi voluntad una reacción


casi dolorosa, en que colaboraron el rencor y el escepticismo, la
impenitencia y los propósitos de venganza. Me burlé del
amor y de la virtud, de las noches bellas y de los días
hermosos. No obstante, alguna ráfaga del pasado volvía a
refrescar mi ardido pecho, nostálgico de ilusiones, de ternura
y serenidad.

***


La

Los aborígenes del bohío eran mansos, astutos, pusilánimes,


y se parecían como las frutas de un mismo árbol. Llegaron
des- nudos, con sus dádivas de cambures y mañoco,
acondicionadas en cestas de palmarito, y las descargaron
sobre el barbecho, en lugar visible. Dos de los indios que
manejaron la canoa traían pescados cocidos al humo.
Cuidadosos de que los perros no gruñeran, fuimos al
encuen- tro del arisco grupo, y después de una libre plática en
gerundios y monosílabos castellanos, resolvieron los
visitantes ocupar un extremo de la vivienda, el inmediato a los
montes y a la barranca.
Con indiscreta curiosidad les pregunté dónde habían dejado
a las mujeres, pues ninguna venía con ellos. Apresuróse a expli-
carme el Pipa que era imprudencia hacer tan desusadas inda-
gaciones, so riesgo de que se alarmaran los celosos indios, a
cuyas petrivas les fue negado, por tradicional experiencia, mos-
trar incautamente su desnudez a forasteros blancos, siempre
lujuriosos y abusivos. Agregó que no tardarían en acercarse las
indias viejas, para ir aquilatando nuestra conducta, hasta
con- vencerse de que éramos varones morigerados y
recomendables. Dos días después apareciéronse las
matronas, en traje de paraíso, seniles, repugnantes, batiendo
al caminar los flácidos senos, que les pendían como
estropajos. Traían sobre la greña sendas taparas de chicha
mordicante, cuyos rezumos pegajo- sos les goteaban por las
arrugas de las mejillas, con apariencia de sudor ácido.
Ofreciéronnos la bebida a pico de calabaza, imponiendo su
hierático gesto, y luego rezongaron malhumo- radas al ver
que sólo el Pipa pudo saborear el cáustico brebaje. Más
tarde, cuando principió a resonar la lluvia, acurru- cáronse
junto al fogón, como gorilas momificadas, mientras


José Eustasio

los hombres enmudecían en los chinchorros con el letargo de


la desidia. Nosotros callábamos también en el tramo opuesto,
viendo caer el agua en la extensión de la umbrosa vega, que
oprimía el espíritu con sus neblinas y cerrazones.
—Es imperioso —prorrumpió Franco— decidir esta
situación poniendo en práctica algún propósito. En la semana
entrante dejaremos esta guarida.
—Ya las indias vinieron a prepararnos el bastimento
—repuso el Pipa—. Remontaremos el río, cruzándolo frente
a Caviona, un poco más arriba de las lagunas. Por allí va una
senda terrestre para el Vichada y en recorrerla se gastan siete
días. Hay que llevar a cuestas el equipo, mas ninguno de
estos cuñaos quiere ir de carguero. Yo estoy trabajando para
decidir- los. Pero es urgente la compra de algunos corotos en
Orocué.
—¿Y con qué dinero los adquirimos? —advertí alarmado.
—Eso corre de mi cuenta. Sólo pido que crean en mí y
que sigan siendo afables con la tribu. Necesitamos sal,
anzuelos, guarales, tabacos, pólvora, fósforos, herramientas
y mosquite- ros. Todo para ustedes, porque a mí nada me es
indispensable. Y como nadie sabe qué nos espera en esas
lejanías…
—¿Será preciso vender las sillas y los aperos?
—¿Y quién los compra? ¿Y quién los vende sin que lo apa-
ñen? Ya podemos irlos botando. De aquí en adelante no ten-
dremos otro caballo que la canoa.
—¿Y en qué lugar escondes el oro para tus planes?
—En el garcero de Las Hermosas. ¡Cuatro libras de
pluma fina, si mal nos va! Cada semana cambiaremos un
manojito por mercancías. Cuando les provoque, yo soy
baquiano, pero es muy lejos.

La

—¡Eso no importa! ¡Mañana mismo!

***

¡Bendita sea la difícil landa que nos condujo a la región de


los revuelos y la albura! El inundado bosque del garcero,
millona- rio de garzas reales, parecía algodonal de nutridos
copos; y en la turquesa del cielo ondeaba, perennemente, un
desfile de remos cándidos, sobre los cimborios de los
moriches, donde bullía la empeluzada muchedumbre de
polluelos. A nuestro paso se encumbraba en espiras la nívea
flota, y, tras de girar con insólito vocerío, se desbandaba por
unidades que descen- dían al estero, entrecerrando las alas
lentas, como un velamen de seda albicante.
Pensativo, junto a las linfas, demoraba el “garzón soldado”,
de rojo quepis, heroica altura y marcial talante, cuyo ancho
pico es prolongado como una espada; y a su redor
revoloteaba el mundo babélico de zancudas y palmípedas,
desde la coro- cora lacre, que humillaría al ibis egipcio, hasta
la azul cerceta de dorado moño y el pato ilusionante de color
de rosa, que en el rosicler del alba llanera tiñe sus plumas. Y
por encima de ese alado tumulto volvía a girar la corona
eucarística de gar- zas, se despetalaba sobre la ciénaga, y mi
espíritu sentíase des- lumbrado, como en los días de su
candor, al evocar las hostias divinas, los coros angelicales,
los cirios inmaculados.
Parecía imposible que pudiéramos arrimar al sitio de los
nidos y las plumas. El transparente charco nos dejó ver un
sumergido ejército de caimanes, en contorno de las
palmeras, ocupado en recoger pichones y huevos, que caían
cuando las garzas, entre


José Eustasio

algarabías y picotazos, desnivelaban con su peso las ramazones.


Nadaba pues dondequiera la innúmera banda de caribes, de
vientre rojizo y escamas plúmbeas, que se devoran unos a
otros y descarnan en un segundo a todo ser que cruce las
ondas de su dominio, por lo cual hombres y cuadrúpedos se
resisten a echarse a nado, y mucho más al sentirse heridos,
que la sangre excita instantáneamente la voracidad del
terrible pez. Veíase la traidora raya, de aletas gelatinosas y
arpón venino, que descansa en el fango como un escudo; la
anguila eléctrica, que inmovi- liza con sus descargas a quien
la toca; la palometa de nácar y oro, semejante al disco lunar,
que desciende al fondo y enturbia el agua para escaparse a
las dentelladas de la tonina. Y todo el inmenso acuario se
extendía hacia el horizonte, como un lago de peltre donde
flotan las plumas ambicionadas.
Bogando en balsitas inverosímiles, nos distribuimos aquí
y allí para recoger el caro tesoro. Los indios invadían a trechos
las espesuras, hurgando en las tinieblas con las palancas, por
miedo a güíos y caimanes, hasta completar su manojo
blanco, que a veces cuesta la vida de muchos hombres, antes de
ser llevado a las lejanas ciudades a exaltar la belleza de mujeres
desconocidas.

***

Aquella tarde rendí mi ánimo a la tristeza y una emoción


romántica me sorprendió con vagas caricias. ¿Por qué viviría
siempre solo en el arte y en el amor? Y pensaba con dolorida
inconformidad: ¡si tuviera ahora a quién ofrecerle este armi-
ñado ramillete de plumajes, que parecen espigas blancas! ¡Si
alguien quisiera abanicarse con este alón de “codúa” marina,


La

donde va prisionero el iris! ¡Si hubiera hallado con quién


con- templar el garcero nítido, primavera de aves y colores!
Con humillada pena advertí luego que en el velo de mi
ilusión se embozaba Alicia, y procuré manchar con realismo
crudo el pensamiento donde la intrusa resurgía.
Afortunadamente, tras penoso viaje por cenagosas
llanuras y hondos caños, dimos con el lugar donde habían
quedado las canoas, y a palanca comenzamos a remontar los
sinuosos ríos, hasta que entramos, a boca de noche, en el
atracadero de la ramada. Desde lejos nos llevó la brisa el llanto
de un niño, y, cuando llegamos a la huta, salieron corriendo
unas indias jóvenes, sin atender al Pipa, que en idioma
terrígeno alcanzó a gritarles que éramos gente amiga. En
soleras y horcones había chinchorros numerosísimos, y en el
fogón, a medio rescoldo, gorgoreaba la
olla de las infusiones.
Lentamente, apenas la candela irguió su lumbre, se nos fue-
ron presentando los indios nuevos, acompañados de sus
muje- res, que les ponían la mano derecha en el hombro
izquierdo para advertirnos que eran casadas. Una que llegó
sola, nos señalaba el chinchorro de su marido y se exprimía
el lechoso seno, dando a entender que había dado a luz ese
día. El Pipa, ante ella, comenzó a instruirnos en las
costumbres que rigen la maternidad en dicha tribu: al
presentir el alumbramiento, la parturienta toma el monte y
vuelve, ya lavada, a buscar a su hombre para entregarle la
criatura. El padre, al punto, se encama a guardar dieta,
mientras la mujer le prepara cocimientos con- tra las náuseas
y los cefálicos.
Como si entendiera estas explicaciones, hacía la moza
sig- nos de aprobación a cuanto el Pipa refería; y el cónyuge


La
follón,


José Eustasio

de cabeza vendada con hojas, se quejaba desde el chinchorro


y pedía cocos de chicha para aliviar sus padecimientos.
Las indias que habían huido eran las pollonas, y cada
uno de nosotros podía coger la que le placiera, cuando el
jefe, un cacique matusalénico, recompensara de esa suerte
nuestra adhe- sión. Mas sería candidez pensar que con
requiebros y sonrisi- tas aceptarían nuestro agasajo. Era
preciso atisbarlas como a gacelas y correr en los bosques hasta
rendirlas, pues la superio- ridad del macho debe imponérseles
por la fuerza, en cambio de sumisión y de ternura.
Yo me sentía incapaz de toda ilusión.

***

El jefe de la familia me manifestaba cierta frialdad, que se


traducía en un silencio despectivo. Procuraba yo halagarlo en
distintas formas, por el deseo de que me instruyera en sus
tradiciones, en sus cantos guerreros, en sus leyendas; inútiles
fueron mis cortesías, porque aquellas tribus rudimentarias y
nómades no tienen dioses, ni héroes, ni patria, ni pretérito, ni
futuro.
Aconteció que traje del garcero dos patos grises,
pequeños como palomas, ocultos en una mochila. Hallé uno
muerto al día siguiente, y lo desplumé junto al fogón para
que mis perros se lo comieran. Mas, al verme, el cacique tomó
sus flechas y me amenazó con la macana, dando alaridos y
trenos, hasta que las mujeres, pavoridas, recogieron las plumas
y las soplaron en el aire de la mañana.
Rodeáronme mis compañeros y me arrebataron la
carabina porque no amenazara al abuelo audaz. Este arrojóse
al suelo,

La

cubriéndose la cara con las manos, se retorcía en epilépticas


con- vulsiones, empezó a dar sollozos de despedida, besaba la
tierra y la manchaba con espumarajos. Luego quedóse rígido,
entre el espanto del desnudo harén, pero el Pipa le echó
rescoldo en las orejas para que la muerte no le comunicara su
fatal secreto. Entonces me advirtió nuestro intérprete que las
almas de aquellos bárbaros residen en distintos animales, y
que la del cacique se asemejaba a un pato gris.
Probablemente moriría de sugestión por haber contemplado
el ave sin vida, y la tribu se vengaría de mi “homicidio”.
Apresuréme a sacar el otro pato y lo dejé revolotear entre la
ramada; al verlo, el indio quedóse en éxta- sis ante el milagro
y siguió los zigzags del vuelo sobre la pleni-
tud del inmediato río.
El pueril incidente bastó para acreditarme como ser
sobre- natural, dueño de almas y destinos. Ningún aborigen
se atre- vía a mirarme, pero yo estaba presente en sus
pensamientos, ejerciendo influencias desconocidas sobre sus
esperanzas y sus pesadumbres. A mis pies cayeron dos
muchachones, y se brindaron a completar nuestra
expedición, sin que sus muje- res se resintieran. Nunca he
podido recordar sus nombres ver- náculos, y apenas sé que
traducidos a buen romance querían decir, casi literalmente,
“Pajarito del Monte” y “Cerrito de la Sabana”. Abracélos en
señal de que aceptaba su ofrecimiento, por lo cual
descolgaron del techo las palancas y les remudaron el fique
de las horquetas, para que soportaran el impulso de la
canoa al hincarse en los carameros de los charcos, o en los
arrecifes costaneros.
A su vez, las indias viejas rallaban yuca para la preparación
del cazabe que debía alimentarnos en el desierto. Echaban la


José Eustasio

mezcla acuosa en el sebucán, ancho cilindro de hojas de palma


retejidas, cuyo extremo inferior se retuerce con un tramojo
para exprimir el almidonoso jugo de la rallada. Otras, desnu-
das en contorno de la candela, recalentaban el budare, tiesto
redondo y plano, sobre cuya superficie iban extendiendo la
masa inmunda y la alisaban con los dedos ensalivados hasta
que la torta endureciera. Quiénes torcían sobre los muslos
las fibras sacadas del cogollo de los moriches, para tejer un
chinchorro nuevo, digno de mi estatura y mi persona, mien-
tras el cacique, gesticulando, me hacía entender que celebra-
ría con baile pomposo el vasallaje debido a mi fortaleza y a
mi autoridad.
Mi espíritu pregustaba el acre sabor de las próximas aventuras.

***

Los indios encargados de procurarnos la mercancía fueron esta-


fados por los tenderos de Orocué. En cambio de los artículos
que llevaron: seje, chinchorros, pendare y plumas, recibieron
baratijas que valían mil veces menos. Aunque el Pipa les enseñó
cuidadosamente los precios razonables, sucumbieron a su igno-
rancia y la avilantez de los explotadores volvió a
enriquecerse con el engaño. Unos paquetes de sal porosa, unos
pañuelos azu- les y rojos y algunos cuchillos, fueron írrito
pago de la remesa, y los emisarios tornaban felices de que,
como otras veces, no los hubieran obligado a barrer las
tiendas, cargar agua, des- yerbar la calle, empacar cueros.
Fallida la esperanza de acrecentar los equipajes, nos con-
solamos con la certeza de que el viaje sería menos complicado.


La

Y, por fin, una noche de plenilunio, quedó lista la gran


curiara, que, con blando meneo, ofrecía conducirnos a
Caviona.
Afluyeron al baile más de cincuenta indios, de todo sexo
y edad, pintarrajeados y silenciosos, y fueron amojonándose
en la abierta playa, con las calabazas de hervidora chicha.
Desde por la tarde habían hecho acopio de mojojoyes,
gruesos gusa- nos de anillos peludos, que viven enroscados
en los troncos podridos. Descabezábanlos con los dientes,
como el fumador que despunta el cigarro, y sorbían el
contenido mantequilloso, refregándose luego la vacía funda
del animal en las cabelleras, para lustrarlas. Las de las
pollonas, de altivos senos, resplande- cían como el charol, bajo
el nimbo de plumas de guacamayo y sobre los collares de
corozos y cornalinas.
El cacique se había embijado el rostro con achiote y miel, y
aspiraba el polvo del yopo, introduciéndose en las narices
sendos canutillos. Cual si lo hubiera atacado el delirium tremens,
bambo- leábase embrutecido entre las muchachas, y las
apretaba y per- seguía, semejante a un cabrío rijoso, pero
impotente. A veces, a media lengua, venía a felicitarme
porque, según el Pipa, era yo, como él, enemigo de los
vaqueros y les había quemado las fundaciones, cosas que me
hacían digno de una macana fina y de un arco nuevo.
En medio de la orgiástica baraúnda prodigábase la chi-
cha de fermento atroz, y las mujeres y los chicuelos irritaban
con su vocerío la bacanal. Luego empezaron a girar sobre las
arenas en moroso círculo, al compás de los fotutos y las
cañas, sacudiendo el pie izquierdo a cada tres pasos, como lo
manda el rigor del baile nativo. Parecía más bien la danza un
tardo desfile de prisioneros, alrededor de inmensa argolla,


La
obligados


José Eustasio

a repisar una sola huella, con la vista al suelo, gobernados


por el quejido de la chirimía y el grave paloteo de los
tamboriles. Ya no se oía más que el son de la música y el cálido
resollar de los danzantes, tristes como la luna, mudos como el
río que los consentía sobre sus playas. De pronto, las
mujeres, que perma- necían silenciosas dentro del círculo,
abrazaron las cinturas de sus amantes y trenzaban el mismo
paso, inclinadas y entorpeci- das, hasta que con súbito
desahogo corearon todos los pechos ascendente alarido, que
estremecía selvas y espacios como una campanada lúgubre:
«¡Aaaaay!… ¡Ohé!…».
Tendido de codos sobre el arenal, aurirrojizo por las
lumi- narias, miraba yo la singular fiesta, complacido de que
mis compañeros giraran ebrios en la danza. Así olvidarían
sus pesadumbres y le sonreirían a la vida otra vez siquiera.
Mas, a poco, advertí que gritaban como la tribu, y que su
lamento acusaba la misma pena recóndita, cual si a todos les
devorara el alma un solo dolor. Su queja tenía la
desesperación de las razas vencidas, y era semejante a mi
sollozo, ese sollozo de mis aflicciones que suele repercutir en
mi corazón aunque lo disi- mulen los labios: «¡Aaaaay!…
¡Ohé!…».

***

Cuando me retiré a mi chinchorro, en la más completa deso-


lación, siguieron mis pasos unas indias y se acurrucaron
cerca de mí. Al principio conversaban a medio tono, pero
más tarde atrevióse una a levantar la punta de mi
mosquitero. Las otras, por sobre el hombro de su compañera,
me atisbaban y son- reían. Cerrando los ojos, rechacé la


José Eustasio
provocación amorosa, con


La

profundo deseo de libertarme de la lascivia y pedirle a la cas-


tidad su refugio tranquilo y vigorizante.
Al amanecer regresaron a la ramada los juerguistas.
Tendi- dos en el piso, como cadáveres, disolvían en el sueño la
pesadi- lla de la embriaguez. Ninguno de mis camaradas
había vuelto, y sonreí al notar que faltaban algunas pollonas.
Mas cuando bajé al río para observar el estado de la curiara,
vi al Pipa, boca abajo en la arena, exánime y desnudo al rayo
del sol.
Cogiéndolo por los brazos lo arrastré hacia la sombra,
dis- gustado por su prurito de desnudarse. Aquel hombre,
vanidoso de sus tatuajes y cicatrices, prefería el guayuco a la
vestimenta, a pesar de mis reprensiones y amenazas. Dejélo
que dormitara la borrachera, y allí permaneció hasta la
noche. Rayó el día siguiente y ni despertaba ni se movía.
Entonces, descolgando la carabina, cogí al cacique por la
melena y lo hinqué en la grava, mientras que Franco hacía
ade- mán de soltar los perros. Abrazóme el anciano las
pantorrillas trabajando una explicación:
—¡Nada! ¡Nada! Tomando yagé, tomando yagé…
Ya conocía las virtudes de aquella planta, que un sabio
de mi país llamó “telepatina”. Su jugo hace ver en sueños lo
que está pasando en otros lugares. Recordé que el Pipa me
habló de ella, agradecido de que sirviera para saber con
seguridad a qué sabanas van los vaqueros y en cuáles sitios
abunda la caza. Habíale ofrecido a Franco ingerirla para
adivinar el punto pre- ciso donde estuviera el raptor de
nuestras mujeres.
El visionario fue conducido en peso y recostado contra
un estantillo. Su cara singular y barbilampiña había tomado
un color violáceo. A veces babeaba su propio vientre, y, sin


La
abrir


José Eustasio

los ojos, se quería coger los pies. Entre el lelo corro de


espec- tadores le sostuve la frente con mis manos.
—Pipa, Pipa, ¿qué ves? ¿Qué ves?
Con angustioso pujo principió a quejarse y saboreaba su
lengua como un confite. Los indios afirmaron que sólo
habla- ría cuando despertara.
Con descreída curiosidad nuevamente dije:
—¿Qué ves? ¿Qué ves?
—Un… ri… o. Hom… bres…, dos… hombres…
—¿Qué más? ¿Qué más?
—Un… n… a… ca… no… a…
—¿Gente desconocida?
—Uuuh… Uuuuuuh… Uuuuuuh…
—¿Pipa, te sientes mal? ¿Qué quieres? ¿Qué quieres?
—Dor… mir… dor… mir… dor… mir… dor…
Las visiones del soñador fueron estrafalarias:
procesiones de caimanes y de tortugas, pantanos llenos de
gente, flores que daban gritos. Dijo que los árboles de la selva
eran gigantes para- lizados y que de noche platicaban y se
hacían señas. Tenían deseos de escaparse con las nubes, pero
la tierra los agarraba por los tobillos y les infundía la
perpetua inmovilidad. Quejá- banse de la mano que los hería,
del hacha que los derribaba, siempre condenados a retoñar, a
florecer, a gemir, a perpetuar, sin fecundarse, su especie
formidable, incomprendida. El Pipa les entendió sus airadas
voces, según las cuales debían ocupar barbechos, llanuras y
ciudades, hasta borrar de la tierra el ras- tro del hombre y
mecer un solo ramaje en urdimbre cerrada, cual en los
milenios del Génesis, cuando Dios flotaba todavía sobre el
espacio como una nebulosa de lágrimas.


La

¡Selva profética, selva enemiga! ¿Cuándo habrá de cum-


plirse tu predicción?

***

Llegamos a las márgenes del río Vichada derrotados por los


zancudos. Durante la travesía los azuzó la muerte tras de
noso- tros y nos persiguieron día y noche, flotando en halo
fatídico y quejumbroso, trémulos como una cuerda a medio
vibrar. Éra- nos imposible mezquinar nuestra sangre
asténica, porque nos succionaban al través de sombrero y
ropa, inoculándonos el virus de la fiebre y la pesadilla.
Las que enantes fueron sabanas úberes se habían conver-
tido en desoladas ciénagas; y con el agua a la cintura seguía-
mos el derrotero de los baquianos, bañada en sudor la frente
y húmedas las maletas que portábamos a la espalda,
famélicos, macilentos, pernoctando en altiplanos de breña
inhóspita, sin hoguera, sin lecho, sin protección.
Aquellas latitudes son inmisericordes en la sequía y en el
invierno. Cierta vez en La Maporita, cuando Alicia me
amaba aún, salí al desierto a coger para ella un venadillo
recental. Calcinaba el verano la estepa tórrida, y las reses, en
el fogaje del calor, trotaban por todas partes buscando agua.
En los meandros de árido cauce escarbaban la tierra del
bebedero unas vaquillonas, al lado de un caballejo que
agonizaba con el hocico puesto sobre el barrizal. Una
bandada de caricaris cogía culebras, ranas, lagartijas, que
palpitaban locas de sed entre carroñas de cachicamos y
chigüires. El toro que presi- día la grey repartía topes con
protectora solicitud, por obligar


José Eustasio

a sus hembras a acompañarlo hacia otros parajes en busca de


alguna charca, y mugía arreando a sus compañeras en medio
del banco centelleante y pajonaloso.
Empero, una novilla recién parida, que se destapó las pezu-
ñas cavando el secadal, regresó a buscar a su ternerillo por
ofrecerle la ubre cuarteada. Echóse para lamerlo, y allí
murió. Levanté la cría y expiró en mis brazos.
Mas luego, al caer de unas cuantas lluvias, invertía el
terri- torio su hostilidad: por doquiera, encaramados sobre
troncos, veíanse lapas, zorros y conejos, sobreaguando en la
inunda- ción; y aunque las vacas pastaban en los esteros,
con el agua sobre los lomos, perdían sus tetas en los dientes
de los caribes.
Por aquellas intemperies atravesamos a pie desnudo, cual
lo hicieron los legendarios hombres de la conquista. Cuando
al octavo día me señalaron el monte del Vichada,
sobrecogióme intenso temblor y me adelanté con el arma al
brazo, esperando encontrar a Alicia y a Barrera en sensual
coloquio, para caer- les de sorpresa, como el halcón sobre la
nidada. Y jadeante y entigrecido me agazapé sobre los
barrancos de la orilla.
¡Nadie! ¡Nadie! El silencio, la inmensidad…

***

¿A quién podíamos preguntarle por los caucheros? ¿Para qué


seguir caminando río arriba sobre la costa desapacible? Era
mejor renunciar a todo, tendernos en cualquier sitio y pedirle
a la fiebre que nos rematara.
El fantasma impávido del suicidio, que sigue
esbozándose en mi voluntad, me tendió sus brazos esa

José Eustasio
noche; y permanecí


La

entre el chinchorro, con la mandíbula puesta sobre el cañón


de la carabina. ¿Cómo iría a quedar mi rostro? ¿Repetiría el
espectáculo de Millán? Y este solo pensamiento me acobardaba.
Lenta y oscuramente insistía en adueñarse de mi concien-
cia un demonio trágico. Pocas semanas antes, yo no era así.
Pero pronto los conceptos de crimen y los de bondad se com-
pensaban en mis ideas, y concebí el morboso intento de ase-
sinar a mis compañeros, movido por la compasión. ¿Para qué
la tortura inútil, cuando la muerte era inevitable y el hambre
andaría más lenta que mi fusil? Quise libertarlos
rápidamente y morir luego. Con la siniestra mano entre el
bolsillo, princi- pié a contar las cápsulas que tenía,
escogiendo para mí la más puntiaguda. ¿Y a cuál debía
matar primero? Franco estaba cerca de mí. En la noche
lluviosa extendí el brazo y le tenté la cabeza febricitante.
—¿Qué quieres? —dijo—. ¿Por qué le movías el manubrio
al wínchester? La fiebre me vuelve loco.
Y pulsándome la muñeca, repetía:
—¡Pobre!… La tuya tiene más de cuarenta grados. Abrí-
gate con mi ruana hasta que sudes.
—¡Esta noche será interminable!
—Pronto saldrá el lucero de la madrugada. ¿Sabes —
agre- gó— que el mulatico puede rasgarse? ¿No has sentido
cómo se queja? Ha delirado con Sebastiana y con los rodeos.
Dice que tiene el hígado endurecido como piedra.
—Tuya es la culpa. No quisiste que se quedara. Ardías
por verlo morir en el desamparo.
—Creí que su ansia de regreso obedecía a la aversión
que siente por el Pipa.


José Eustasio

—Yo los reconciliaré para siempre.


—Es que Correa le teme por la amenaza de que va a cau-
sarle maleficio. Ha dado en entristecerse cuando escucha
can- tar cierto pájaro.
Recordando los filtros de Sebastiana, repuse dudoso:
—¡Ignorancia, superstición!
—Ayer sacó el tiple para reponerle la clavija rota. Pero
al tocarlo se puso a yorar.
—Dime, ¿no habrá moronas de cazabe en tu maletera?
Párate, acércate.
—¿Para qué? ¡Todo se acabó! ¡Cómo me duele que
tengas hambre!
—¿Las pepas de este árbol serán venenosas?
—Probablemente. Pero los indios están pescando.
Aguar- demos hasta mañana.
Y con los ojos llenos de lágrimas, balbucí, desviando el calibre:
—¡Bueno, bueno! Hasta mañana…

***

Los perros comenzaron a manotear en mi mosquitero para


que abandonáramos el playón. Evidentemente, seguía cre-
ciendo el río.
Cuando nos guarecimos en una laja del promontorio,
había estrellas sobre los montes. Los perros ladraban
desde los barrancos.
—Pipa, llama a esos cachorros, que aúllan como viendo
al diablo. Y los silbé lúgubremente.
Franco me aclaró que el Pipa andaba con los indígenas.


La

Entonces advertimos un reflejo como de linterna, que, muy


abajo, parecía surcar el agua. Con intermitencia alumbraba y
se perdía, y al amanecer no lo vimos más.
Pajarito del Monte y Cerrito de la Sabana llegaron
fatigo- sos con esta noticia:
—Falca subiendo río. Compañero siguiéndola por la ori-
lla. Falca picureándose.
El Pipa nos trajo nuevos informes: era una canoa ligera,
con techo de palma entretejida. Al notar que en la sombra
andaban indios, apagó el candil y sesgó rumbo. Debíamos ace-
charla, hacerle fuego.
Como a las once del día, remontó a palanca, sigilosamente,
escondiéndose en los rebalses, bajo los densos guamos. Se
empe- ñaba en forzar un chorro, y, por escaparse al remolino,
tocó la costa para que un hombre la remolcara al extremo de
la cadena. Enderezamos hacia el boga la puntería, mientras
que Franco le salió al encuentro con el machete en alto. Al
instante, el que timoneaba la embarcación exclamó de pie:
—¡Teniente!, ¡mi teniente!, ¡yo soy Helí Mesa!
Y saltando a la orilla, se apretaron enternecidos.
Después, al ofrecernos la yucuta hecha de mañoco, el
cual parecía salvado grueso, expuso Mesa, repitiéndonos la
ración:
—¿Qué proyectos ocultan ustedes, que me preguntan por
los caucheros? El tal Barrera se robó esa gente y se la lleva
para el Brasil, a venderla en el río Guainía. A mí también me
enganchó hace ya dos meses, pero me le fugué a la entrada
del Orinoco, después de matarle un capataz. Estos dos indios
que me acompañan son de Maipures.


José Eustasio

Miré estupefacto a mis camaradas, sintiendo un vértigo


más horripilante que el de la fiebre. Callábamos cogitabun-
dos, estremecidos. Mesa nos observaba con inquietud.
Franco rompió el silencio.
—Dime, ¿con los caucheros va la Griselda?
—Sí, mi teniente.
—¿Y una muchacha llamada Alicia? —le pregunté con
voz convulsa.
—¡También, también!…

***

Junto al fogón que fulgía en la arena, nos envolvíamos en el


humo, para esquivar la plaga. Ya sería la medianoche cuando
Helí Mesa resumió su brutal relato, que escuchaba yo,
sentado en el suelo, hundida la cabeza entre las rodillas.
—Si ustedes hubieran visto el caño Muco el día del
embarco, habrían pensado que aquella fiesta no tenía fin.
Barrera prodigaba abrazos, sonrisas, enhorabuenas, satisfe-
cho de la mesnada que iba a seguirlo. Los tiples y las mara-
cas no descansaron, y, a falta de cohetes, disparábamos los
revólveres. Hubo cantos, botellas, almuerzo a rodo. Luego,
al sacar nuevas damajuanas de aguardiente, pronunció
Barrera un falaz discurso, empalagoso de promesas y cariño,
y nos suplicó que llevásemos nuestras armas a un solo
bongo, no fuera que tanto júbilo provocara alguna desgracia.
Todos le obedecimos sin protesta.
«Aunque muy bebido, me siguió la corazonada de que
por aquí no hay monte apropiado para organizar
caucherías, y


La

estuve a punto de volverme a buscar mi rancho, a rejuntarme


con la indiecita que dejé. Pero como hasta la niña Griselda hacía
la burla a mis recelos, resolví gritar como todos al embarcarme:
“¡Viva el progresista señor Barrera! ¡Viva nuestro
empresario!
¡Viva la expedición!”.
«Ya les referí lo que aconteció después de una marcha de
horas, apenas caímos al Vichada. El Palomo y el Matacano esta-
ban acampados con quince hombres en un playón, y cuando
arribábamos, nos intimaron requisa a todos, diciendo que
habíamos invadido territorios venezolanos. Barrera, director
de la jugada, nos ordenó: “Compatriotas queridos, hijos ama-
dos, no os resistáis. Dejad que estos señores esculquen
bongo por bongo, para que se convenzan de que somos gente
de paz”.
«Aquellos hombres entraron pero no salieron: se que-
daron en popa y en proa como centinelas. Seguros de
que íbamos desarmados, nos mandaron permanecer en un
solo sitio, o dispararían sobre nosotros. Y descalabraron a
los cinco que se movieron.
«Entonces clamó Barrera que él seguiría adelante, hacia
San Fernando del Atabapo, a protestar contra el abuso y a
reclamar del coronel Funes una crecida indemnización. Iba
en el mejor bongo, con las mujeres aludidas y con las armas
y las provisiones. Y se fue, se fue, sordo a los llantos y a los
reproches.
«Aprovechando la borrachera que nos vencía, nos filiaba
el Palomo y nos amarraba de dos en dos. Desde ese día
fuimos esclavos y en ninguna parte nos dejaban
desembarcar. Tirá- bannos el mañoco en unas coyabras, y,
arrodillados, lo comía- mos por parejas, como perros en


La
yunta, metiendo la cara en las vasijas, porque nuestras manos
iban atadas.


José Eustasio

«En el bongo de las mujeres van los chicuelos, a pleno


sol, mojándose las cabecitas para no morir carbonizados.
Parten el alma con sus vagidos, tanto como las súplicas de las
madres, que piden ramas para taparlos. El día que salimos al
Orinoco, un niño de pechos lloraba de hambre. El Matacano,
al verlo lleno de llagas por las picaduras de los zancudos, dijo
que se trataba de la viruela, y, tomándolo de los pies, volteólo
en el aire y lo echó a las ondas. Al punto, un caimán lo
atravesó en la jeta, y, ponién- dose a flote, buscó la ribera
para tragárselo. La enloquecida madre se lanzó al agua y
tuvo igual suerte que la criaturilla. Mientras los centinelas
aplaudían la diversión, logré zafarme las ligaduras, y,
rapándole el gras al que estaba cerca, le hundí al Matacano la
bayoneta entre los riñones, lo dejé clavado con- tra la borda,
y, en presencia de todos, salté al río.
«Los cocodrilos se entretuvieron con la mujer. Ningún dis-
paro hizo blanco en mí. Dios premió mi venganza y aquí estoy».

***

Las manos de Helí Mesa me reconfortaron. Estrechélas ansioso,


y me transmitían en sus pulsaciones la contracción con que
le hincaron al capataz el temerario acero en su carne odiosa.
Aque- llas manos, que sabían amansar la selva, también
desbravaban los ríos con el canalete o con la palanca, y
estaban cubiertas de dorado vello como las mejillas del
indomable joven.
—No me felicite usted —decía—: ¡yo debí matarlos a todos!
—¿Entonces para qué mi viaje? —le repliqué.
—Tiene usted razón. A mí no me han robado mujer nin-
guna, pero un simple sentimiento de humanidad me enfurece

La

el brazo. Bien sabe, mi teniente, que seguiré siendo


subalterno suyo, como en Arauca. Vamos, pues, a buscar a
los forajidos, a libertar a los enganchados. Estarán en el
río Guainía, en el siringal de Yaguanarí. Dejando el
Orinoco, pasarían por el Casiquiare, y quién sabe qué dueño
tengan ahora, porque allá dizque abundan los compradores
de hombres y mujeres. El Palomo y el Matacano eran socios
de Barrera en este comercio.
—¿Y tú crees que Alicia y Griselda vivan esclavas?
—Lo que sí garantizo es que valen algo, y que cualquier
pudiente dará por una de ellas hasta diez quintales de goma.
En eso las avaluaban los centinelas.
Me retiré por el arenal a mi chinchorro, sombrío de pesar
y satisfacción. ¡Qué dicha que las fugitivas conocieran la escla-
vitud! ¡Qué vengador el latigazo que las hiriera! Andarían
por los montes sórdidos, desgreñadas, enflaquecidas,
portando en la cabeza los calderos llenos de goma, o el tercio
de leña verde o los peroles de fumigar. La venenosa lengua
del sobrestante las aguijaría con indecencias y no les daría
respiro ni para gemir. De noche dormirían en el tambo
oscuro con los peones, en hedionda promiscuidad,
defendiéndose de pellizcos y de manoseos, sin saber quiénes
las forzaban y poseían, en tanto que la guardia pasaría
número como indicando el turno a la hombrada lúbrica:
¡uno!… ¡dos!… ¡tres!…
De repente, con el augurio de tales visiones, el corazón
empezó a crecerme dentro del pecho hasta postrarme en
sofo- cadora impotencia. ¿Alicia llevaría en sus entrañas
martiriza- das a mi hijo? ¿Qué tormento más inhumano que
mi tormento podía inventarse contra varón alguno? Y caí en un
colapso sibi- lador y mi cabeza desangrábase bajo mis uñas.


José Eustasio

Insensiblemente, reaccioné de modo perverso. Barrera la


habría reservado para su lecho y para su negocio, porque
aquel miserable era capaz de tener concubina y vivir de ella.
¡Qué salaces depravaciones, qué voluptuosos refinamientos
le habría enseñado! ¡Y de haberla vendido, bien, muy bien!
¡Diez quintales de caucho la repagaban! ¡Ella se entregaría
por una sola libra!
Quizás no estaba de peona en los siringales, sino de reina
en la entablada casa de algún empresario, vistiendo sedas
cos- tosas y finos encajes, humillando a sus siervas como
Cleopatra, riéndose de la pobreza en que la tuve, sin poder
procurarle otro goce que el de su cuerpo. Desde su mecedora
de mimbres, en el corredor de olorosa sombra, suelta la
cabellera, amplio el corpiño, vería desfilar a los cargadores
con los bultos de cau- cho hacia las balandras, sudorosos y
desgarrados, mientras que ella, ociosa y rica, entre los abanicos
de las iracas, apagaría sus ojos en el bochorno, al son de una
victrola de sedantes voces, satisfecha de ser hermosa, de ser
deseada, de ser impura.
¡Pero yo era la muerte y estaba en marcha!…

***

En la ranchería autóctona de Ucuné nos regaló un cacique


tortas de cazabe y discutió con el Pipa el derrotero que
debía- mos seguir: cruzar la estepa que va del Vichada al
caño del Vúa, descender a las vegas del Guaviare, subir por
el Inírida hasta el Papunagua, atravesar un istmo selvoso en
busca del Isana bramador, y pedirles a sus corrientes que nos
arrojaran al Guainía, de negras ondas.


La

Este trayecto, que implica una marcha de meses, resulta


más corto que la ruta de los caucheros por el Orinoco y el
Casi- quiare. Carenamos la embarcación con peramán, y nos
dimos a navegar sobre las enlagunadas sabanetas,
arrodillados en la canoa, en martirizadora incomodidad, con
perros y víveres, sacando, por turnos, en una concha, el agua
impertinente de las lluvias.
El mulato Correa seguía con fiebres, ovillado entre la
curiara, bajo el bayetón llanero que otros días le sirvió para
defenderse de los toros perseguidores. Cuando le oí decir
que inclinaba la cabeza sobre el pecho para escuchar un
tenaz gorgojo que le iba carcomiendo el corazón, lo abracé
con lástima:
—¡Ánimo, ánimo! ¡No pareces el hombre que conocí!
—Blanco, esa es la verdá. El que yo era quedó en los yanos.
Quejóseme de que el Pipa le quería “apretar la matu-
rranga”, porque se resistió a prestarle el tiple. Llamé al
marru-
llero y lo sacudí.
—Si vuelves a asustar a este pobre muchacho con tantas
mentiras, te amarraré desnudo en un hormiguero.
—No me crea usted de tan pésima índole. Cierto que les
apreté la maturranga a los fugitivos, pero a este socio se le ha
encajao que el maleficio es para él. Convénzase de lo que
oye
—sacó de su mochila un manojo de paja, liada con alambre
por la mitad, como si fuera escoba inútil, y la desenrolló
expo- niendo—: todas las noches la retorcía, pensando en el
Barrera, para que sienta el estrangulamiento en la cintura y
vaya trozán- dose hasta dividirse. ¡Ah, si yo le pudiera clavar
las uñas! Conste, pues, que se salva por los miedos de este


La
mulatico ignorante —y en diciendo esto, arrojó lejos la
hechicería.


José Eustasio

A veces llevábamos en guando la canoa, por las costas


de los raudales, o la cargábamos en hombros, como si fuera
la caja vacía de algún muerto incógnito a quien íbamos a
buscar en remotas tierras.
—Esta curiara parece un féretro —dijo Fidel. Y el
mulato sibilino respondió:
—Bien puee ser pa nosotros mesmos.
Aunque ignorados ríos nos ofrecían pródiga pesca, la falta
de sal nos mermó el aliento y a los zancudos se sumaron los
vam- piros. Todas las noches agobiaban los mosquiteros,
rechinando, y era indispensable tapar los perros. Alrededor de
la hoguera el tigre rugía, y hubo momentos en que los tiros de
nuestros fusiles alarmaron las selvas, siempre interminables y
agresivas.
Una tarde, casi al oscurecer, en las playas del río
Guaviare advertí una huella humana. Alguien había
estampado sobre la greda el contorno de un pie, enérgico y
diminuto, sin que su vestigio reapareciera por ninguna parte.
El Pipa, que cazaba peces con las flechas, acudió a mi
llamamiento, y en breve todos mis camaradas le hicieron
círculo a la señal, procurando inda- gar el rumbo que hubiera
seguido. Pero Helí Mesa interrum- pió la cavilación con esta
noticia:
—¡He aquí el rastro de la indiecita Mapiripana!
Y esa noche, mientras volteaba una tortuga en el asador,
remató sus polémicas con el Pipa:
—No sigas argumentándome que ha sido el Poira el que
anduvo anoche por estas playas. El Poira tiene pies torcidos,
y como carga en la cabeza un brasero ardiente que no se le
apaga ni al sumergirse en los remansos, se ve dondequiera el
hilo de ceniza indicadora. Tracemos en este arenal una


José Eustasio
mariposa, con


La

el dedo del corazón, como exvoto propicio a la muerte y a


los genios del bosque, pues voy a contar la historia de la
indiecita Mapiripana.
A excepción de los maipureños, todos obedecimos.

***

—La indiecita Mapiripana es la sacerdotisa de los silen-


cios, la celadora de manantiales y lagunas. Vive en el riñón
de las selvas, exprimiendo las nubecillas, encauzando las
filtracio- nes, buscando perlas de agua en la felpa de los
barrancos, para formar nuevas vertientes que den su tesoro
claro a los grandes ríos. Gracias a ella, tienen tributarios el
Orinoco y el Amazonas.
«Los indios de estas comarcas le temen, y ella les tolera
la cacería, a condición de no hacer ruido. Los que la
contrarían no cazan nada; y basta fijarse en la arcilla húmeda
para com- prender que pasó asustando los animales y
marcando la huella de un solo pie, con el talón hacia
adelante, como si caminara retrocediendo. Siempre lleva en
las manos una parásita y fue quien usó primero los abanicos
de palmera. De noche se la siente gritar en las espesuras, y en
los plenilunios costea las pla- yas, navegando sobre una
concha de tortuga, tirada por bufeos, que mueven las aletas
mientras ella canta.
«En otros tiempos vino a estas latitudes un misionero,
que se emborrachaba con jugo de palmas y dormía en el
arenal con indias impúberes. Como era enviado del cielo a
derrotar la superstición, esperó a que la indiecita bajara cierta
noche de los remansos del Chupave, para enlazarla con el
cordón del hábito y quemarla viva, como a las brujas. En un


La
recodo de estos playones,


José Eustasio

tal vez en esa arena donde ustedes están sentados, veíala robarse
los huevos del terecay, y advirtió al fulgor de la luna llena
que tenía un vestido de telarañas y apariencias de viudita joven.
Con lujurioso afán empezó a seguirla, mas se le escapaba en las
tinie- blas; llamábala con premura, y el eco engañoso
respondía. Así lo fue internando en las soledades hasta dar
con una caverna donde lo tuvo preso muchos años.
«Para castigarle el pecado de la lujuria, chupábale los labios
hasta rendirlo, y el infeliz, perdiendo su sangre, cerraba los ojos
para no verle el rostro, peludo como el de un mono
orangután. Ella, a los pocos meses, quedó encinta y tuvo dos
mellizos abo- rrecibles: un vampiro y una lechuza. Desesperado
el misionero porque engendraba tales seres, se fugó de la
cueva, pero sus propios hijos lo persiguieron, y de noche,
cuando se escondía, lo sangraba el vampiro, y la lucífuga lo
reflejaba, encendiendo sus ojos parpadeantes, como
lamparillas de vidrio verde.
«Al amanecer proseguía la marcha, dando al flácido
estó- mago alguna ración de frutas y palmito. Y desde la que
hoy se conoce con el nombre de Laguna Mapiripana, anduvo
por tie- rra, salió al Guaviare, por aquí arriba, y,
desorientado, remon- tólo en una canoa que halló clavada en
un varadero; pero le fue imposible vencer el chorrerón de
Mapiripán, donde la indiecita había enfurecido el agua,
metiendo en la corriente enormes pie- dras. Descendió luego a
la hoya del Orinoco y fue atajado por los raudales de
Maipures, obra endemoniada de su enemiga, que hizo
también los saltos del Isana, del Inírida y del Vau- pés.
Viendo perdida toda esperanza de salvación, regresó a la
cueva, guiado por los foquillos de la lechuza, y al llegar vio que
la indiecita le sonreía en su columpio de enredaderas florecidas.


La

Postróse para pedirle que lo defendiera de su progenie, y


cayó sin sentido al escuchar esta cruel amonestación: “¿Quién
puede librar al hombre de sus propios remordimientos?”.
«Desde entonces se entregó a la oración y a la penitencia
y murió envejecido y demacrado. Antes de la agonía, en su
lecho mísero de hojas y líquenes, lo halló la indiecita tendido
de espaldas, agitando las manos en el delirio, como para
coger en el aire a su propia alma; y al fenecer, quedó
revolando entre la caverna una mariposa de alas azules,
inmensa y luminosa como un arcángel, que es la visión final
de los que mueren de fiebres en estas zonas».

***

Nunca he conocido pavura igual a la del día que sorprendí a


la alucinación entre mi cerebro. Por más de una semana viví
orgulloso de la lucidez de mi comprensión, de la sutileza de mis
sentidos, de la finura de mis ideas; me sentía tan dueño de la
vida y del destino, hallaba tan fáciles soluciones a sus
proble- mas, que me creí predestinado a lo extraordinario. La
noción del misterio surgió en mi ser. Gozábame en adiestrar
la fanta- sía y me desvelaba noches enteras, queriendo saber
qué cosa es el sueño y si está en la atmósfera o en las retinas.
Por primera vez mi desvío mental se hizo patente en el
fosco Inírida, cuando oí a las arenas suplicarme: «No pises
tan recio, que nos lastimas. Apiádate de nosotras y lánzanos
a los vientos, que estamos cansadas de ser inmóviles».
Las agité con braceo febril, hasta provocar una tolvanera,
y Franco tuvo que sujetarme por el vestido porque que no
me


José Eustasio

arrojara al agua al escuchar las voces de las corrientes: «¿Y para


nosotras no hay compasión? Cógenos en tus manos, para
olvi- dar este movimiento, ya que la arena impía no nos
detiene y le tenemos horror al mar».
Apenas toqué las ondas se fugó la demencia, y comencé
a sufrir la tortura de que mi propio ser me causara recelo.
A veces, por distraer la preocupación, empuñaba el remo
hasta quedar exhausto, procurando indagar en las miradas de
mis amigos el estado de mi salud. Con frecuencia los
sorpren- día haciéndose guiños de desconsuelo, pero me
estimulaban así:
«No te fatigues mucho: hay que saber lo que son las fiebres».
Sin embargo, yo comprendía que se trataba de algo más
grave y hacía esfuerzos poderosos de sugestión para conven-
cerme de mi normalidad. Enriquecía mis discursos con amenos
temas, resucitaba en la memoria antiguos versos, complacido de
la viveza de mi razón, y me hundía luego en lasitudes
letárgi- cas, que terminaban de esta manera: «Franco, dime,
por Dios, si me has oído algún disparate».
Poco a poco mis nervios se restauraron. Una mañana
des- perté alegre y me di a silbar un aire de amor. Más tarde
me tendí sobre las raíces de una caoba, y, de cara a los
grumos, me burlé de la enfermedad, achacando a la
neurastenia mis aprensiones pre- téritas. Mas de pronto
empecé a sentir que estaba muriéndome de catalepsia. En el
vahído de la agonía me convencí de que no soñaba. ¡Era lo
fatal, lo irremediable! Quería quejarme, quería moverme,
quería gritar, pero la rigidez me tenía cogido y sólo mis cabellos
se alborotaban, con la premura de las banderas durante el
naufragio. El hielo me penetró por las uñas de los pies, y
ascendía progresivamente, como el agua que invade un terrón


José Eustasio
de azúcar;


La

mis nervios se iban cristalizando, retumbaba mi corazón en


su caja vítrea y el globo de mi pupila relampagueó al
endurecerse.
Aterrado, aturdido, comprendí que mis clamores no
herían el aire; eran ecos mentales que se apagaban entre mi
cerebro, sin emitirse, como si estuviera reflexionando.
Mientras tanto, proseguía la lucha tremenda de mi voluntad con
el cuerpo inmo- ble. A mi lado empuñaba una sombra la
guadaña y principió a esgrimirla en el viento, sobre mi
cabeza. Despavorido espe- raba el golpe, mas la muerte se
mantenía irresoluta, hasta que, levantando un poco el astil, lo
descargó a plomo en mi cráneo. La bóveda parietal, a
semejanza de un vidrio ligero, tintineó al resquebrajarse y sus
fragmentos resonaron en lo interior, como las monedas entre la
alcancía.
Entonces la caoba meció sus ramas y escuché en sus rumo-
res estos anatemas:
«Picadlo, picadlo con vuestro hierro, para que experi-
mente lo que es el hacha en la carne viva. ¡Picadlo aunque
esté indefenso, pues él también destruyó los árboles y es
justo que conozca nuestro martirio!».
Por si el bosque entendía mis pensamientos, le dirigí esta
meditación: «¡Mátame, si quieres, que estoy vivo aún!».
Y una charca podrida me replicó: «¿Y mis vapores? ¿Acaso
están ociosos?».
Pasos indiferentes avanzaron en la hojarasca. Franco
acer- cóse sonriendo y con la yema de su dedo índice me
tentó la pupila extática. «¡Estoy vivo, estoy vivo! —le gritaba
dentro de mí—. Pon el oído sobre mi pecho y escucharás las
pulsaciones». Extraño a mis súplicas mudas, llamó a mis
compañeros, para decirles, sin una lágrima: «Abrid la


La
sepultura, que está


José Eustasio

muerto. Era lo mejor que podía sucederle». Y sentí con


angus- tia desesperada los golpes de la pica en el arenal.
Entonces, en un esfuerzo superhumano, pensé al morir:
«¡Maldita sea mi estrella aciaga, que ni en vida ni en muerte
se dieron cuenta de que yo tenía corazón!».
Moví los ojos. Resucité. Franco me sacudía:
—No vuelvas a dormir sobre el lado izquierdo, que das
alaridos pavorosos.
¡Pero yo no estaba dormido! ¡No estaba dormido!

***

Los maipureños que vinieron del Vichada con Helí Mesa


pare- cían mudos. Adivinar su edad era empresa tan aleatoria
como calcularles los años a los careyes. Ni el hambre, ni la
fatiga, ni las contrariedades alteraron el pasivo ceño de su
indolencia. A semejanza de los ánades pescadores, que
exhiben en la playa su pareja gris, acordes en el vuelo y en el
descanso, siempre juntos, señeros y tristes, convivían
aquellos indígenas, enten- diéndose a medias voces y
apartándose de nosotros en las que- dadas, para acomodarse
en mellizo grupo a sorber el pocillo de yucuta, después de
encender las fogatas, de recoger las puyas de pescar, y de
fornir anzuelos y guarales.
Nunca los vi mezclarse con los guahibos de Macucuana
ni celebrarle al Pipa sus anécdotas y carantoñas. Ni pedían ni
daban nada. El catire Mesa era su intermediario y con él sos-
tenían lacónicos diálogos, exigiendo la entrega de la curiara
—que era su única hacienda—, pues ansiaban tornar a su río.
—Ustedes deben acompañarnos hasta el Isana.


La

—No podemos.
—Sepan entonces que no entregamos la canoa.
—No podemos.
Cuando entrábamos al Inírida, el mayor de ellos me
enca- reció, en tono mixto de súplica y amenaza:
—Déjanos regresar al Orinoco. No remontes estas aguas,
que son malditas. Arriba, caucherías y guarniciones. Trabajo
duro, gente maluca, matan los indios.
Esto me confirmaba viejos informes que el Pipa nos dio
para que desistiéramos de acercamos a las barracas del
Guaracú.
Por la tarde hice que Franco los interrogara más amplia-
mente, y, aunque remisos al cuestionario, dijeron que en el
istmo del Papunagua vivía una tribu cosmopolita, formada
por prófugos de siringales desconocidos, hasta del Putumayo
y del Ajajú, del Apoporis y del Macava, del Vaupés y del Papu-
rí, del Ti-Paraná (río de la sangre), del Tui-Paraná (río de la
espuma), y tenían correderos entre la selva, para cuando fueran
patrullas armadas a perseguirlos; que, desde años atrás, unos
guayaneses de poca monta establecieron un fábrico cerca del
Isana, para ir avasallando a los fugitivos, y lo administraba
un corso llamado el Cayeno; que debíamos torcer rumbo,
porque si dábamos con los prófugos nos tratarían como a
enemigos; y si con las barracas, nos pondrían a trabajar por
el resto de nuestra vida.
Destiñóse en las aguas el postrer lampo. Oscureció. Encon-
tradas preocupaciones me combatían con el desvelo. Aquella
noticia, verídica o falsa, me puso triste. En los montes se
espe- saba la oscuridad. ¿Qué acontecimientos se cumplirían
con mi presencia más allá de esas sombras?


José Eustasio

Hacia la medianoche, sentí ladridos y palabras de gresca.


Frente a la canoa se destacaba el corrillo discutidor.
—¡Mátalos! ¡Mátalos! —decía Mesa. Franco me llamó a
gritos. Acudí presuroso, revólver en mano.
—Estos bandidos iban a largarse con la canoa. ¡Querer
botarnos en estas selvas, a morir de hambre! ¡Dicen que el
Pipa los aconsejó!
—¿Quién me calumnia? ¡Eso no es posible! ¿Seré yo capaz
de malos consejos?
Los maipureños le argumentaron tímidos:
—Nos rogaste embarcar tu cama y dos carabinas.
—¡Confusión lamentable! Yo les propuse que se
fugaran, por conocer sus intenciones. Dijeron que no.
Resulta que sí. ¡No haberlos denunciado de cualquier modo!
¡No poder clavarles las uñas!
Cortando la discusión, decidí flagelar al Pipa y encomendé
tal faena a sus cómplices. Culebreábase más que los látigos,
implo- raba clemencia entre plañidos y hasta llegó a invocar el
nombre de Alicia. Por eso, cuando le saltó la primera sangre, lo
amenacé con tirárselo a los caribes. Entonces aparentó que se
desmayaba, ante el pasmo angustioso de maipureños y
guahibos, a quienes advertí, enfáticamente, que en lo sucesivo
dispararía sobre cualquiera que se levantara del chinchorro sin
dar el aviso reglamentario.
Las semanas siguientes las malgastamos en domeñar
raudales tronitosos. Mas cuando creíamos escaladas todas las
torrenteras, nos trajo el eco del monte el fragor de otro rápido
turbulento, que batía a lo lejos su espuma brava como un
gallardete sobre el peñascal. En zumbadora rapidez
enarcábase el agua, provo- cando una ventolina que remecía
las guedejas de los bambúes

La

y hacía vacilar el iris ingrávido, con un bamboleo de arcada


móvil entre la niebla de los hervideros.
A lo largo de ambas orillas erguía sus fragmentos el basalto
roto por el río —tormentoso torrente en estrecha gorja—, y a
la derecha, como un brazo que el cerro les tendía a los vórtices,
sobreaguaba la hilera de rocas máximas con su serie de cascadas
fulgentes. Era preciso forzar el paso de la izquierda porque
los cantiles no permitían sacar en vilo la curiara.
Acostumbrados a vencer en estas maniobras, la sirgábamos
por la cornisa de un voladero, pero al dar con el triángulo de
los arrecifes, resis- tióse a bandazos y cabezadas en el
torbellino ensordecedor, falta de lastre y de timonel. Helí
Mesa, que dirigía el trajín titánico, montó el revólver al
ordenarles a los maipureños que descen- dieran por una laja
y ganaran de un salto la embarcación para palanquearla de
popa y de prora. Los briosos nativos obede- cieron, y dentro
del leño resbaladizo, que zigzagueaba sobre las espumas,
forcejearon por impelerlo hacia la chorrera; mas de repente,
al reventarse las amarras, la canoa retrocedió sobre el tumbo
rugiente, y antes que pudiéramos lanzar un grito, el embudo
trágico los sorbió a todos.
Los sombreros de los dos náufragos quedaron girando en
el remolino, bajo el iris que abría sus pétalos como la mariposa
de la indiecita Mapiripana.

***

La visión frenética del naufragio me sacudió con una ráfaga de


belleza. El espectáculo fue magnífico. La muerte había escogido
una forma nueva contra sus víctimas, y era de agradecerle
que


José Eustasio

nos devorara sin verter sangre, sin dar a los cadáveres livores
repulsivos. ¡Bello morir el de aquellos hombres, cuya existencia
apagóse de pronto, como una brasa entre las espumas, al tra-
vés de las cuales subió el espíritu haciéndolas hervir de
júbilo! Mientras corríamos por el peñasco a tirar el cable de
sal- vamento, en el ímpetu de una ayuda tardía, pensaba yo
que cualquier maniobra que acometiéramos aplebeyaría la
impo- nente catástrofe; y, fijos los ojos en la escollera, sentía el
dañino temor de que los náufragos sobreaguaran, hinchados,
a mez- clarse en la danza de los sombreros. Mas ya el
borbotón espu- mante había borrado con oleadas definitivas las
huellas últimas
de la desgracia.
Impaciente por la insistencia de mis compañeros, que
ron- daban de piedra en piedra, grité:
—¡Franco, tú eres un necio! ¿Cómo pretendes salvar a quie-
nes perecieron súbitamente? ¿Qué beneficio les brindarías si
resucitaran? ¡Déjalos ahí, y envidiemos su muerte!
Franco, que recogía desde la margen tablones rotos de la
embarcación, se armó de uno de ellos para golpearme.
—¿Nada te importan tus amigos? ¿Así nos pagas?
¡Jamás te creí tan inhumano, tan detestable!
Yo, en el estallido de su cólera, permanecía perplejo.
Tuve vagas nociones del deber y busqué con la mirada mi
carabina. Por sobre el eco de los torrentes me herían las
palabras de la agresión, que Franco seguía emitiendo a
gritos, a la par que manoteaba ante mi rostro. Jamás había
conocido yo una ira- cundia tan elocuente y tumultuosa.
Habló de su vida sacrifi- cada por mi capricho, habló de mi
ingratitud, de mi carácter voluntarioso, de mi rencor. Ni
siquiera había sido leal con él


La

cuando pretendí disfrazarle mi condición en La Maporita:


decirle que era hombre rico, cuando la penuria me
denunciaba como un herrete; decirle que era casado, cuando
Alicia reve- laba en sus actitudes la indecisión de la
concubina. ¡Y celarla como a una virgen después de haberla
encanallado y perver- tido! ¡Y desgañitarme porque otro se
la llevaba, cuando yo, al raptarla, la había iniciado en la
perfidia! ¡Y seguirla buscando por el desierto, cuando en las
ciudades vivían aburridas de su virtud solícitas mujeres de
índole dócil y de hermosa estampa!
¡Y arrastrarlos a ellos en la aventura de un viaje mortífero, para
alegrarme de que perecieran trágicamente! ¡Todo por ser yo
un desequilibrado tan impulsivo como teatral!
Esta última frase me cayó como un martillazo. ¡Yo desequi-
librado! ¿Por qué? ¿Por qué? Apresuréme a devolver el
golpe, y fue feliz mi acometida.
—¡So estúpido! ¿En dónde está mi desequilibrio? ¡Lo
que voy haciendo por Alicia lo hiciste ya por la Griselda!
¿Crees que no lo sabía? ¡Por ella asesinaste a tu capitán!
Y para ofenderlo con mayor ahínco, agregué, parodiando
un concepto célebre:
—¡No está lo malo en tener querida, sino en casarse con
ella! Mientras lo hería con risotadas de sarcasmo, apoyóse en
la roca enhiesta. Hubo un instante en que creía que fuera a
caer.
Mi voz lo había traspasado como una lanza. Entonces
escuché revelaciones abrumantes:
—Yo no le di muerte a mi capitán. Lo apuñaló la
Griselda misma. Aquí está el catire Mesa, que fue a darme el
aviso. Es verdad que en la sala oscura hice tiros, sin saber
cómo. La mujer me quitó el revólver y encendió luz,


La
advirtiéndome con frase


José Eustasio

heroica: «Este apagó la vela para venírseme por las malas, y


aquí lo tienes». ¡Estaba revolcándose en su propia sangre!
«La Griselda, por culpable que resultara, se había redi-
mido con su bravura. Le quité el puñal y me di preso, decla-
rando ser autor de todo. Pero el capitán evitó el escándalo.
¡No acusó a nadie!
«Digan estos que me oyen, cómo me expoliaba el juez
de Orocué. Quiso sumariar mi amancebamiento, pero vaciló
ante la idea de que pudiéramos ser casados. Por eso la Griselda,
que es mujer vivaz, no perdía ocasión de predicar nuestro
matri- monio. En esa mentira se apoyaba nuestra
conveniencia. ¡Juro que he dicho la verdad!».
Tanta sorpresa me causaron aquellos hechos, que sen-
tía un mareo de confusión e incertidumbre. Fidel seguía des-
nudando su corazón y descubriendo dramas íntimos, penas
de hogar, hastíos de convivencia con la homicida, proyectos de
anhelada separación. Todos los días cultivó el deseo de que
la mujer lo abandonara, ahorrándole así la vergüenza de
repu- diarla sin motivo justificable. Mas ella, por desgracia, no
le había sido infiel, y de tal manera se dio a considerarlo y
atenderlo, que lo ligó indestructiblemente con una lástima
cariñosa, supe- rior al más grave desvío. Para ella había
organizado, a fuerza de sudores, la fundación de La
Maporita. Quería dejarle un pasar mediano, mientras
prescribía la deserción, para después volverse a Antioquia.
Mas cuando se dio cuenta de que Barrera la anhelaba, se
encendió en celos. Tal vez sin mi ejemplo per- nicioso, se
hubiera resignado a dejarla libre; pero yo le conta- gié mi
furor nefario y ahora seguía mis pasos hacia el desastre. Y ya
era imposible la reflexión.


La

¡No podía volver atrás! ¡Ni viva ni muerta admitiría a la


desertora, pero tampoco iba a causarle daño! ¡En verdad, no
sabía qué hacer!
No guardo otra memoria de su discurso: aunque lo oía,
no lo escuchaba. El velo del pasado se descorrió a mis ojos.
Olvi- dados detalles se esclarecieron y me di cuenta de
inadvertidas circunstancias. ¡Con razón la niña Griselda
quería emigrar!
¡Por algo elevó sus alaridos de consternada el día que
empuñé mi cuchillo contra Millán para impedir que
arrebatara la mer- cancía de don Rafael! El relampagueo del
arma lúcida le repre- sentaría la escena terrible, cuando sobre
la sangre del seductor encendió la vela, señalándolo: «Quiso
venírseme por las malas, y aquí lo tienes». Recordé asimismo
sus sentencias contra los hombres y hasta el estribillo con
que morigeraba mis atrevi- mientos: «¡Si no has de yevarme,
no seas indino! ¿Qué tas pen- sando? ¡Con vos he sido mujer
chancera, pero con otros… me hice valé!». Y, estremecida,
descargaba el puño sobre mi pecho como para clavarme el
hierro vengador.
Y de esa mujer sonriente salvaje había hecho Alicia su ase-
sora, su confidente. En su alma reconcentrada e inexperta iba
desarrollándose un carácter nuevo, bajo la influencia
peligrosa de la amiga. Pensando tal vez que yo la repudiaría
en cualquier momento, puso su esperanza en el amparo de la
patrona, a quien imitaba hasta en sus defectos, sin admitir
mis reconven- ciones, para darme a entender que no estaba
sola y que podía yo abandonarla cuando quisiera.
Cierta vez la niña Griselda, ausente yo, le daba clases de
tiro al blanco. Sorprendílas con el revólver humeante, y per-
manecieron impasibles, como si estuvieran con la costura.


José Eustasio

—¿Qué es esto, Alicia? ¿A tal punto has perdido la timidez?


Sin responderme, encogióse de hombros, pero su compa-
ñera dictaminó sonriendo:
—¡Es que las mujeres debemos saber de too! Ya no hay
garantía ni con los maríos.
Helí Mesa vino a interrumpir mi meditación con esta súplica:
—¡Una amistad como la de ustedes resiste choques! Este
altercado no tiene importancia. Las manos del teniente no se
han manchado. Puede estrecharlas.
Mientras oprimía las de Fidel, le ordené al Catire:
—¡Dame también las tuyas, que por justicieras se
mancharon! El Pipa y los guahibos se fugaron aquella
noche.

***

—Amigos míos, faltaría a mi conciencia y a mi lealtad si


no declarara en este momento, como anoche, que sois libres
de seguir vuestra propia estrella, sin que mi suerte os detenga
el paso. Más que en mi vida pensad en la vuestra. Dejadme
solo, que mi destino desarrollará su trayectoria. Aún es
tiempo de regresar a donde queráis. El que siga mi ruta, va
con la muerte.
«Si insistís en acompañarme, que sea corriendo el
mundo por cuenta propia. Seremos solidarios por la amistad
y el pro- vecho común; pero cada cual afrontará por
separado su des- tino. De otra manera no aceptaré vuestra
compañía.
«Decís que desde la boca de esta corriente en el
Guaviare sólo se gasta media jornada en bajar al pueblo de San
Fernando. Si no teméis que el coronel Funes pueda prenderos

José Eustasio
como sos- pechosos, desandad las orillas de estos rápidos,
haceos una


La

balsa de platanillos y dejadla rodar hacia el Atabapo. Vuestra


despensa está en los montes: leche de seje, tallos de manaca.
«Por mi parte, sólo os demando que me ayudéis a ganar
la opuesta margen. Aseveraban los maipureños que el
Papunagua abre su delta a pocos kilómetros de este salto y
que allí moran los indios puinaves. Con ellos quiero atreverme
hasta el Guainía. Y ya sabéis lo que pretendo, aunque
parezcan cosas de loco». Así amonesté a mis compañeros la
mañana que amaneci-
mos en el Inírida abandonados sobre unas rocas.
El catire Mesa respondió por todos:
—Los cuatro formaremos un solo hombre. No hemos
nacido para reliquias. ¡A lo hecho, pecho!
Y me precedió por la orilla abrupta, buscando el punto
mejor para aventurarnos en la travesía, sin llevar otro equipo
que los chinchorros y las armas.
Claramente, desde aquel día tuve el presentimiento de lo
fatal. Todas las desgracias que han sucedido se me anunciaron
en ese momento. Sin embargo, avancé indomable por la
playa arriba, mirando a veces, con íntimo afán, la contraria
costa, seguro de que mis plantas no volverían a hollar nunca
el suelo que invadían. Cuando mis ojos encontraban los de
Fidel, sonreíamos silenciosos.
—Mejor que el Pipa se picuriara —exclamó Correa—. Ese
bandío endemoniao y repelente era peligroso. ¡Cómo fregó con
la cantaleta de que saliéramos al Guainía por el arrastraero
del caño Neuquén! ¡Toos estos montes le metían mieos!
Pero más el coronel Funes.
—Dice bien —le repuse—. Siempre temía que en cualquier
raudal saliera a atacarnos la indiada prófuga que se guarece
en este desierto, donde son sus defensas chorros y espesuras.


José Eustasio

—Y dale que dale con la fregancia de que veía humos en


los riscos. Y no admitía que eran vapores de otras cascaas.
—Pero es innegable que ha andado gente por aquí —obser-
vó Mesa—. Miren la povata del remanso: espinas de
pescado, fogones, cáscaras.
—Algo más raro aún —agregó Franco—. Latas de sal-
món, botellas vacías. No se trata de indios solamente. Estos
son gomeros recién entrados.
Al escuchar tales palabras pensé en Barrera, mas afirmó
el Catire, cual si adivinara mis cavilaciones:
—Tengo plena evidencia de que nuestra gente está en el
Guainía. Por lo demás, los rastros son pocos. No han
pisoteado el arenal veinte personas, y todas las huellas son de
pies grandes. Estos han sido venezolanos. Conviene tirarnos a
la otra orilla para buscar más señas. En la línea oscura de
aquellos montes se ve un claro. Tal vez el estuario del río
Papunagua.
Y aquella tarde, tendidos de pecho en una balsa y bra-
ceando en la espuma por falta de remos, pasamos a la
opuesta riba, sobre la onda apacible que ensangrentaba el
sol.

***

Mi dureza contra el vigía fue bestial. Lo hubiera matado al


menor intento de resistencia. Cuando bajaba con trémulos
pies los escalones del palo oblicuo que servía de escalera al
zarzo, lo empujé para que cayera; y al mirarlo de bruces,
inofensivo, atolondrado, lo agarré por el pelo para verle la
cara. Era un anciano de elevada estatura, que me miraba con
tímidos ojos y erguía los brazos sobre la cabeza por impedir


José Eustasio
que lo mache- teara. Sus labios se estremecían con
suplicantes balbuceos:


La

—¡Por Dios! ¡No me mate usted, no me mate usted!


Al escuchar tal imploración, percibiendo la semejanza
que la ancianidad venerable da a los hombres, me acordé de
mi anciano padre, y, con alma angustiada, abracé al cautivo
para levantarlo del suelo en que yacía. En mi propio
sombrero le ofrecí agua.
—Perdóneme —le dije—, no me había dado cuenta de
su vejez.
Mientras tanto, mis compañeros, que sitiaban el barracón
para garantizar mi acometida, saquearon el zarzo, antes que
pudiera contenerlos. Persona alguna hallábase en él. Bajaron
con la carabina del prisionero.
—¿De quién es este máuser? —le gritó Franco.
—Mío, señor —dijo el aludido con voz agitada.
—¿Y qué hace usted aquí armado de máuser?
—Me dejaron enfermo hace días…
—¡Usted es centinela de los raudales! ¡Y si lo niega, lo
fusilamos!
El hombre, vuelto hacia Franco, quería postrarse:
—¡Por Dios, no me mate! ¡Piedad de mí!
—¿Dónde están —pregunté— las personas que lo dejaron?
—Se fueron antier para el alto Inírida.
—¿Qué cadáveres han guindado sobre los peñascos
cime- ros del río?
—¿Cadáveres?
—¡Sí, señor; sí, señor! Los encontramos esta mañana
por- que los zamuros los denunciaron. Cuelgan de unas
palmeras, desnudos, amarrados con alambres por las
mandíbulas.
—Es que el coronel Funes vive en guerra con el Cayeno.
Hace una semana que los vigías vieron remontar una

La
embarcación. Y


José Eustasio

como el Cayeno tiene correos, le llegó el aviso al día


siguiente. Trajo desde el Isana veinticinco hombres y asaltó a
los navegantes.
—Esa embarcación —repuso el Catire— fue la de la
hue- llas en los playones. Esos eran los humos que observaba el
Pipa.
—Díganos usted qué gente era esa.
—Unos secuaces del coronel, que venían de San
Femando a robar caucho y cazar indios. Todos murieron. Y
es costum- bre colgarlos para escarmiento de los demás.
—¿Y el Cayeno dónde se halla?
—Hace lo que los otros venían a
hacer. El viejo agregó después de una
pausa:
—Y la tropa de ustedes, ¿dónde está? ¿Por dónde vino
sin que la vieran?
—Una parte esculca los montes; otra, ya remonta el
Papu- nagua. El Cayeno asesinó nuestra descubierta mientras
forzá- bamos los raudales.
—Señor, dígale a su gente que si da con tambos desiertos
no utilice el mañoco que en ellos encuentre. Ese mañoco tiene
veneno.
—¿También los mapires que están aquí?
—También. El mañoco que sirve lo tenemos oculto.
—Tráigalo, y coma usted en nuestra presencia.
Cuando el anciano se movió para obedecerme, le miré
las canillas llenas de úlceras. Diose cuenta de mis miradas y
con acento humilde encareció:
—Abran ustedes mismos el mapire. Verdaderamente,
pro- voco asco.
Y al recibir la afrechosa harina que le ofreció el mulato

José Eustasio
en una totuma, empezó a ingerirla, sin velar sus lágrimas.
Por reanimarlo, le dije solícito:


La

—No se aflija usted si la vida es dura. Déjenos saborear


sus provisiones. ¡Usted es alguien! Ya seremos buenos amigos.

***

Aquella noche incendiaban la sombra los relámpagos y la selva


crujía con rumores tétricos. Hasta cuando el viento lluvioso
apagó la hoguera, estuve escuchando la conversación de mis
camaradas con el inválido; pero me vencía pesado sueño y perdí
la ilación de la conferencia. El viejo se llamaba Clemente Silva
y decía ser pastuso. Dieciséis años había vagado por los
mon- tes, trabajando como cauchero, y no tenía ni un solo
centavo.
En un momento que desperté, exponía en el tono
explícito de quien hace constar un favor:
—Yo vi las avanzadas de ustedes. Tres nadadores cruza-
ban el río. Temeroso de que el Cayeno regresara, callé. Y
hoy, cuando había resuelto coger la trocha…
—Hola —interrumpí, enderezándome en el chinchorro—.
¿Cuántas personas vio usted? ¿Y cuándo?
—Tengo seguridad de lo que digo: tres nadadores, hace dos
días. Serían las siete de la mañana. Por más señas, traían sus
ropas amarradas en la cabeza. Ha sido milagro que el
Cayeno no los capturara. Pasan tantas cosas en este
infierno…
—Buenas noches. Sé quiénes son. No conversemos más.
Así dije para evitar posibles indiscreciones de mis com-
pañeros. Pero ya no pude dormir, pensando en el Pipa y los
indígenas. Ante los peligros que nos rodeaban me sentía ner-
vioso, alicaído; mas formé la resolución de acabar con
aquella vida de sobresaltos, sucumbiendo de cualquier


La
modo, con mis


José Eustasio

rencores y caprichos, antes que cejar en mis propósitos. ¿Por


qué don Clemente Silva no me descerrajó un tiro, si con esa
ilu- sión lo asalté? ¿Por qué se retardaba el Cayeno con las
cadenas y los suplicios? ¡Ojalá me guindara de un árbol,
donde el sol pudriera mis carnes y el viento me agitara como
un péndulo!
—¿Dónde está don Clemente Silva? —le pregunté al catire
Mesa cuando amaneció.
—Lavándose la cara en la zanjita.
—¿Y por qué lo dejaron solo? Si se fugara…
—No hay ningún temor: Franco anda con él. Toda la
madrugada estuvo quejándose de la pierna.
—¿Y tú qué opinas de ese pobre viejo?
—Es nuestro paisano y no lo sabe. Creo que se le debe con-
fesar todo y pedirle ayuda.
Cuando bajé a la fuente, me enternecí al ver que Fidel le
lavaba las llagas al afligido. Este, al sentir mis pasos,
avergon- zóse de su miseria y alargó hasta el tobillo el
pantalón. Con turbado acento me contestó los buenos días.
—¿Esas lacraduras de qué provienen?
—Ay, señor, parece increíble. Son picaduras de sanguijue-
las. Por vivir en las ciénagas picando goma, esa maldita
plaga nos atosiga, y mientras el cauchero sangra los árboles,
las san- guijuelas lo sangran a él. La selva se defiende de sus
verdugos, y al fin el hombre resulta vencido.
—A juzgar por usted, el duelo es a muerte.
—Eso sin contar los zancudos y las hormigas. Está la veinti-
cuatro, está la tambocha, venenosas como escorpiones. Algo
peor todavía: la selva trastorna al hombre, desarrollándole los
instintos más inhumanos: la crueldad invade las almas como
intrincado

La

espino, y la codicia quema como fiebre. El ansia de riquezas


con- valece al cuerpo ya desfallecido, y el olor del caucho
produce la locura de los millones. El peón sufre y trabaja con
deseo de ser empresario que pueda salir un día a las capitales
a derrochar la goma que lleva, a gozar de mujeres blancas y
a emborracharse meses enteros, sostenido por la evidencia de
que en los montes hay mil esclavos que dan sus vidas por
procurarle esos placeres, como él lo hizo para su amo
anteriormente. Sólo que la realidad anda más despacio que la
ambición y el beriberi es mal amigo. En el desamparo de
vegas y estradas, muchos sucumben de calen- tura, abrazados
al árbol que mana leche, pegando a la corteza sus ávidas
bocas, para calmar, a falta de agua, la sed de la fie- bre con
caucho líquido; y allí se pudren como las hojas, roídos por
ratas y hormigas, únicos millones que les llegaron, al morir.
«El destino de otros es menos precario: a fuerza de ser crue-
les ascienden a capataces, y esperan cada noche, con libreta
en mano, a que entreguen los trabajadores la goma extraída
para asentar su precio en la cuenta. Nunca quedan contentos
con el trabajo y el rebenque mide su disgusto. Al que trajo
diez litros le abonan sólo la mitad, y con el resto enriquecen
ellos su contrabando, que venden en reserva al empresario de
otra región, o que entierran para cambiarlo por licores y
mercan- cías al primer chuchero que visite los siringales. Por
su parte, algunos peones hacen lo propio. La selva los arma
para des- truirlos, y se roban y se asesinan, a favor del
secreto y la impu- nidad, pues no hay noticia de que los
árboles hablen de las tragedias que provocan».
—¿Y usted por qué soporta tantas desdichas? —repliqué
indignado.


José Eustasio

—Ay, señor, la desgracia lo anula a uno.


—¿Y por qué no se vuelve a su tierra? ¿Qué podemos hacer
para libertarlo?
—Gracias, señor.
—Por ahora, es preciso curar sus llagas. Permítame que le
haga remedios.
Y aunque el viejo, asombrado, se resistía, remanguéle hasta
la corva el pantalón, y me arrodillé para examinarlo.
—Fidel, ¿estás ciego? ¡En estas úlceras hay gusanos!
—¡Gusanos! ¡Gusanos!
—Sí, hay que buscar otoba para matárselos.
El viejo comentaba quejándose:
—¿Será posible? ¡Qué humillación! ¡Gusanos, gusanos! ¡Y
fue que un día me quedé dormido y me sorprendieron los
moscones!
Cuando lo condujimos a la barraca repetía:
—¡Engusanado, engusanado y estando vivo!

***

—Sepa usted —le dije esa tarde— que soy por idiosin-
crasia el amigo de los débiles y de los tristes. Aunque
supiera que usted iba a traicionarnos mañana mismo, sería
respetada su invalidez de hoy. No sé si tengan crédito mis
palabras, pero piense que podríamos ultimarlo, sólo por ser
cómplice de un bandido como el Cayeno. Me ruega usted
que le diga a dónde queremos conducirlo preso y si le permito
lavar sus trapos para morir con ropa limpia; pues bien, ni lo
mataremos ni lo apre- samos. Antes, le pido que se encargue
de nuestra suerte, por- que somos paisanos suyos y venimos
solos.

La

El anciano púsose en pie para convencerse de que no


soñaba. Sus ojos incrédulos nos medían con insistencia, y
tendiendo los brazos hacia nosotros, exclamó:
—¡Sois colombianos! ¡Sois colombianos!
—Como lo oye, y amigos suyos.
Paternalmente nos fue estrechando contra su pecho,
sacu- dido por la emoción. Después quiso hacernos preguntas
promis- cuas, acerca de la patria, de nuestro viaje, de nuestros
nombres. Mas yo le interrumpí de esta manera:
—Ante todo, jure usted que contaremos con su lealtad.
—¡Lo juro por Dios y por su justicia!
—Muy bien. ¿Pero qué piensa hacer con nosotros? ¿Cree
usted que el Cayeno nos matará? ¿Será necesario matarlo a
él?
Y agregué para ayudarlo en su desconcierto:
—O mejor: ¿el Cayeno puede volver aquí?
—No lo creo. Se fue para Caño Grande a robar caucho
y cazar indios. No tiene interés ninguno en regresar pronto a
sus barracones del Guaracú, donde está la madona, que ha
venido a cobrarle.
—¿Quién es esa madona de que habla?
—Es la turca Zoraida Ayram, que anda por estos ríos nego-
ciando corotos con los siringueros y tiene en Manaos una
pul- pería de renombre.
—Oiga usted. Es indispensable que nos conduzca al
Gua- racú, para hablar con la señora Zoraida Ayram, antes
que regrese el Cayeno.
—La conozco mucho y fui su sirviente. Ella me trajo al Río
Negro desde el Putumayo. Me trataban allí tan mal, que me
eché a sus pies rogándole que me comprara. Mi deuda valía


José Eustasio

dos mil soles; la pagó con mercaderías, me llevó a Manaos y


a Iquitos, sin reconocerme jornal ninguno, y luego me
vendió por seis contos de reis a su compatriota Miguel Pezil,
para los gomales de Naranjal y Yaguanarí.
—Hola, ¿qué dice usted? ¿Conoce el siringal de Yaguanarí?
Franco, el Catire y el Mulato prorrumpieron:
—¡Yaguanarí…! ¡Yaguanarí! ¡Para allá vamos!
—¡Sí, señores! Y, según decía la madona, llegaron hace
un mes a dicho lugar veinte colombianos y varias mujeres a
picar goma.
—¡Veinte! ¡Tan sólo veinte! ¡Si eran setenta y dos!
Hubo un grave silencio de indecisión. Nos mirábamos unos
a otros, fríos y pálidos. Y repetíamos inconscientes:
—¡Yaguanarí! ¡Yaguanarí!

***

—Como ya les dije —agregó don Clemente Silva, después


de que le relatamos nuestra odisea—, no puedo suministrar
otros informes. Conozco a Barrera de oídas, pero sé que
tiene negocios con Pezil y con el Cayeno y que tratan de
liquidar la compañía porque la madona reclama el pago de
un dinero y se niega a conceder más prórrogas. Entiendo que
Barrera se había obligado a sacar de Colombia un personal
de doscientos hombres; mas se apareció con número exiguo,
pues ha venido abonando a sus acreedores deudas viejas con
caucheros de los que trae. Por lo demás, los colombianos
no tenemos precio en estas comarcas: dicen que somos
insurrectos y volvedores. Comprendo perfectamente el
deseo de ponerse al habla con


La

la madona; pero es preciso tener paciencia. Mi turno de vigía


sólo se vence el sábado próximo.
—Y si su relevo nos sorprendiera, ¿qué diría?
—No hay cuidado. Él bajará por el Papunagua y
nosotros regresaremos por la pica nueva, dejándole un fogón
prendido para que vea que estuve aquí. Desde este zarzo se
domina el río y se divisan los navegantes. No comprendo
cómo me cap- turaron ustedes.
—Veníamos perdidos por esta ribera. Y como los perros
encontraron huellas humanas… Mas ese detalle poco
importa.
¿Conque será preciso esperar?
—Y aparecer en las barracas a la hora que el Váquiro
esté ausente, inspeccionando en las estradas a los caucheros.
Ese capataz es muy malgeniado. Cuando yo les señale los
caneyes, se presentan ustedes, solos, a quejarse de que
traían, para ven- der, mañoco fresco y unos gendarmes se lo
arrebataron. Allá se sabe ya que esos gendarmes eran de
Funes y que el Cayeno los acuchilló. Agreguen que les
trambucaron en los raudales la curiara, y tuvieron ustedes
que venirse por las orillas y los montes, hasta que yo les
puse la mano. Adviértanle que, como venían a pedir auxilio,
los llevé a la trocha del Guaracú, y que ustedes llegan,
acatando mis instrucciones, a implorar garan- tías. Ese
discurso agradará, porque aumenta el crédito de la empresa y
desmiente a sus detractores.
—Cuente usted con que la novela tendrá más éxito que
la historia.
—Yo llegaré luego para hacer resaltar la circunstancia de
que ustedes se fueron solos y no desconfiaron.
—¿Y si nos ponen a trabajá? —observó Correa.


José Eustasio

—Mulato —sentencié—: no tengas miedo. ¡Venimos a


jugar la vida!
—En cuanto a eso, no sabría qué aconsejarles. El
Cayeno es cauteloso y cruel como un cazador. Cierto que
ustedes nada le deben y que van de paso hacia el Brasil. Pero
si se le antoja decir que se picurearon de otras barracas…
—Explique, don Clemente. Poco sabemos de estas costumbres.
—Cada empresario de caucherías tiene caneyes, que sir-
ven de viviendas y bodegas. Ya conocerán los del Guaracú.
Esos depósitos o barracas jamás están solos, porque en ellos se
guarda el caucho con las mercancías y las provisiones y
moran allí los capataces y sus barraganas.
«El personal de trabajadores está compuesto, en su
mayor parte, de indígenas y enganchados, quienes, según las
leyes de la región, no pueden cambiar de dueño antes de dos
años. Cada individuo tiene una cuenta en la que se le cargan
las baratijas que le avanzan, las herramientas, los alimentos,
y se le abona el caucho a un precio irrisorio que el amo
señala. Jamás cau- chero alguno sabe cuánto le cuesta lo que
recibe ni cuánto le abonan por lo que entrega, pues la mira
del empresario está en guardar el modo de ser siempre
acreedor. Esta nueva espe- cie de esclavitud vence la vida de
los hombres y es transmisi- ble a sus herederos.
«Por su lado, los capataces inventan diversas formas de
expoliación: les roban el caucho a los siringueros,
arrebátanles hijas y esposas, los mandan a trabajar a caños
pobrísimos, donde no pueden sacar la goma exigida, y esto da
motivo a insultos y a latigazos, cuando no a balas de
wínchester. Y con decir que fulano se picureó o que murió
de fiebre, se arregla el cuento.


La

«Mas no es justo olvidar la traición y el dolo. No todos


los peones son palomas blancas: algunos solicitan enganche
sólo para robarse lo que reciben, o salir a la selva por matar a
algún enemigo o sonsacar a sus compañeros para venderlos
en otras barracas.
«Esto dio pie a un convenio riguroso, por el cual se com-
prometen los empresarios a prender a todo individuo que no
justifique su procedencia o que presente el pasaporte sin la
constancia de que pagó lo que debía y fue dado libre por su
patrón. A su vez, las guarniciones de cada río cuidan de que
tal requisito se cumpla inexorablemente.
«Mas esta medida es fuente inexhausta de abusos y secues-
tros. ¿Si el amo se niega a expedir el salvoconducto? ¿Si el cap-
turador despoja de él a quien lo presenta? Réstame aún
advertir a ustedes que es frecuentísimo el último caso. El
cautivo pasa a poder de quien lo cogió, y este lo encentra en
sus siringales a trabajar como preso prófugo, mientras se
averigua “lo conve- niente”. Y corren años y años, y la
esclavitud nunca termina.
¡Esto es lo que me pasa con el Cayeno!
«¡Y he trabajado dieciséis años! ¡Dieciséis años de mise-
ria! ¡Mas poseo un tesoro que vale un mundo, que no pueden
robarme, que llevaré a mi tierra si llego a ser libre: un cajon-
cito lleno de huesos!

***

«Para poder contarles mi historia —nos dijo esa tarde—, ten-


dría que perder el pudor de mis desventuras. En el fondo
de cada alma hay algún episodio íntimo que constituye su


José Eustasio

vergüenza. El mío es una mácula de familia: ¡mi hija María


Gertrudis “dio su brazo a torcer”!
Había tal dolor en las palabras de don Clemente, que
noso- tros aparentábamos no comprender. Franco se cortaba
las uñas con la navaja, Helí Mesa escarbaba el suelo con un
palillo, yo hacía coronas con el humo del cigarro. Tan sólo el
mulato pare- cía envaído en la punzante narración.
—Sí, amigos míos —continuó el anciano—. El miserable
que la engañaba con promesa de matrimonio la sedujo en
mi ausencia. Mi pequeño Luciano abandonó la escuela y fue
a buscarme al pueblo vecino, donde yo ejercía un modesto
empleo, para contarme que los novios hablaban de noche
por el solar y que su madre lo había reñido cuando le dio
noticia de ello. Al oír su relato perdí el aplomo, regañélo por
calumniador, exalté la virtud de María Gertrudis y le pro-
hibí que siguiera oponiéndose con celos y malquerencias al
matrimonio de los jóvenes, que ya habían cambiado argollas.
Desesperado, el pequeñuelo empezó a llorar y me declaró
que estaba resuelto a perder la tierra antes que la deshonra
de la familia lo hiciera sonrojarse ante sus compañeros de
escuela primaria.
«Montado en una borrica, se lo envié a mi esposa con
un peón, que llevaba cartas para esta y María Gertrudis, lle-
nas de admoniciones y consejos. ¡Ya María Gertrudis no
era hija mía!
«Calculen ustedes cuál sería mi pena en presencia de mi
deshonor. Medio loco olvidé el hogar por perseguir a la fugi-
tiva. Acudí a las autoridades, imploré el apoyo de mis
amigos, la protección de los influyentes; todos me hacían
tragar las


La

lágrimas obligándome a referir detalles pérfidos y, al final, con


gesto de lástima, me recriminaban así: “La responsabilidad
es de los padres. Hay que saber educar a los hijos”.
«Cuando humillado por la tortura volví a casa, me espe-
raba un nuevo dolor: la pizarra de Lucianito pendía del
muro, cerca al pupitre donde la brisa agitaba las páginas de
un libro descuadernado; en el cajón vi los premios y los
juguetes: la cachucha que le bordó la hermana, el reloj
que le regalé, la medallita de la mamá. Reteñidas en la
pizarra, bajo una cruz, leí estas palabras: ¡Adiós, adiós!
«Más que la parálisis, mató la pena a mi pobre esposa.
Sentado a la orilla del lecho, la veía empapar en llanto la
almohada, procurando infundirle el consuelo que no he
cono- cido jamás. A veces me agarraba del brazo y lanzaba
su grito demente: “¡Dame mis hijos! ¡Dame mis hijos!”. Por
aliviarla acudí al engaño: inventéle que había logrado hacer
casar a María Gertrudis y que Lucianito estaba interno en el
instituto. Saboreando su pesadumbre la encontró la muerte.
«Un día, viendo que nadie, ni parientes ni amigos, me
acom- pañaban, llamé por el cercado a mi vecina para que
viniera a cuidar a la enferma, mientras me ausentaba en
busca del médico. Cuando regresé, vi que mi esposa tenía en
las manos la pizarra de Lucianito y que la remiraba,
convencida de que era el retrato del pequeñuelo. ¡Así acabó!
Al colocarla en el ataúd sollocé esta frase: “¡Juro por Dios y
por su justicia que traeré a Luciano, vivo o muerto, a que
acompañe tu sepul- tura!”. Le besé la frente y puse sobre el
pecho de la infeliz la pizarra yerta, para que llevara a la
eternidad la cruz que su propio hijo había estampado».


José Eustasio

—Don Clemente: no resucite esos recuerdos que hacen


daño. Procure omitir en su narración todo lo sagrado y lo
sen- timental. Háblenos de sus éxodos en la selva.
Por un momento estrechó mi mano, murmurando:
—Es cierto. Hay que ser avaro con el dolor.
«Pues bien: seguí las huellas de Lucianito hacia el
Putumayo. Fue en Sibundoy donde me dijeron que había
bajado con unos hombres un muchachito pálido, de calzón
corto, que no repre- sentaba más de doce años, sin otro
equipaje que un pañuelo con ropa. Negóse a decir quién era,
ni de dónde venía, pero sus compañeros predicaban con
regocijo que iban buscando las caucherías de Larrañaga, ese
pastuso sin corazón, socio de Arana y otros peruanos que en
la hoya amazónica han escla- vizado más de treinta mil
indios.
«En Mocoa sentí la primera vacilación: los viajeros habían
pasado, pero nadie pudo decirme qué senda del cuadrivio
siguieron. Era posible que hubieran ido por tierra al caño
Guineo, para salir al Putumayo, un poco arriba del puerto
de San José, y bajar el río hasta encontrar el Igaraparaná;
tampoco era improbable que hubieran tomado la trocha de
Mocoa a Puerto Limón, sobre el Caquetá, para descender
por esa arteria al Amazonas y remontar este y el Putumayo
en busca de los cauchales de La Chorrera. Yo me decidí por
la última vía.
«Por fortuna, en Mocoa me ofreció curiara y protección
un colombiano de amables prendas, el señor Custodio
Morales, que era colono del río Cuimañí. Indicóme el peligro
de aco- meter los rápidos de Araracuara, y me dejó en Puerto
Pizarro para que siguiera, al través de los grandes bosques, por
el rumbo


La

que va al puerto de La Florida, en el Caraparaná, donde


los peruanos tenían barracas.
«Solo y enfermo emprendí ese viaje. Al llegar solicité
engan- che y abrí una cuenta. Ya me habían dicho que a mi
pequeño no se le conocía en la región; pero quise
convencerme y salí a trabajar goma.
«Era verdad que en mi cuadrilla no estaba el niño, pero
podía hallarse en otras. Ningún cauchero oyó jamás su nombre.
A veces se alegraba mi reflexión al considerar que Lucianito no
había palpado la bruta inmoralidad de esas costumbres; mas
¡cuán poco me duraba el consuelo! Era seguro que se encon-
traba en remotos cauchales, bajo otros amos, educándose en
la crueldad y la villanía, enloquecido de humillación y de
miseria. Mi capataz principió a quejarse de mi trabajo. Un día
me cruzó la cara de un latigazo y me envió preso al barracón.
Toda la noche estuve en el cepo, y, en la siguiente, me
mandaron para El Encanto. Había logrado lo que pretendía:
buscar a Lucia- nito en otros gomales».
Don Clemente Silva enmudeció. Tocábase la frente con
las manos estremecidas, como si aún sintiera en su rostro el
cule- breo del látigo infame. Y agregó después:
—Amigos, esta pausa abarca dos años. De allí me
picurié para La Chorrera.

***

«Recuerdo que la noche de mi llegada celebraban el carna-


val. Frente a los barandales del corredor discurría borracha
una muchedumbre clamorosa. Indios de varias tribus,
blancos


José Eustasio

de Colombia, Venezuela, Perú y Brasil, negros de las


Antillas, vociferaban pidiendo alcohol, pidiendo mujeres y
chucherías. Entonces, desde una trastienda, aventábanles
triquitraques, botones, potes de atún, cajas de galletas,
tabaco de mascar, alpargatas, franelas, cigarros. Los que no
podían recoger nada, empujaban, por diversión, a sus
compañeros sobre el objeto que caía, y encima de él
arracimábase el tumulto, entre risotadas y pataleos. Del otro
lado, junto a las lámparas humeantes, había grupos
nostálgicos, escuchando a los cantadores que entonaban aires de
sus tierras: el bambuco, el joropo, la cumbia-cumbia. De
repente, un capataz velludo y bilioso se encaramó sobre una
tarima y disparó al viento su wínchester. Expectante silencio.
Todas las caras se volvieron al orador. “Caucheros —
exclamó este—, ya conocéis la munificencia del nuevo
propietario. El señor Arana ha formado una compañía que es
dueña de los cauchales de La Chorrera y los de El Encanto.
¡Hay que tra- bajar, hay que ser sumisos, hay que obedecer!
Ya nada queda en la pulpería para regalaros. Los que no
hayan podido reco- ger ropa, tengan paciencia. Los que están
pidiendo mujeres, sepan que en las próximas lanchas
vendrán cuarenta, oídlo bien, cuarenta, para repartirlas de
tiempo en tiempo entre los trabajadores que se distingan.
Además saldrá pronto una expe- dición a someter las tribus
andoques y lleva encargo de recoger guarichas donde las haya.
Ahora, prestadme todos atención: cualquier indio que tenga
mujer o hija debe presentarla en este establecimiento para
saber qué se hace con ella”.
«Inmediatamente otros capataces tradujeron el discurso a
la lengua de cada tribu, y la fiesta siguió como antes, coreada
por exclamaciones y aplausos.


La

«Yo me escurría por entre la gente, temeroso de hallar a


mi hijo. Fue la primera vez que no quise verlo. Sin embargo,
miraba a todas partes y resolví preguntar por él: “Señor, ¿usted
conoce a Luciano Silva? Dígame, ¿entre esa gente habrá algún
pastuso? ¿Sabe usted, por casualidad, si Larrañaga o Juan-
chito Vega viven aquí?”.
«Como mis preguntas producían hilaridad, me atreví a
penetrar en el corredor. Los centinelas me rechazaron. Un
hombre vino a advertirme que el aguardiente lo repartían
en las barracas. Y era verdad: por allí desfilaba la multitud
presentando jarros y totumas al vigilante que hacía la distri-
bución. Un cuadrillero venático quería chancearse: vertió
petróleo en una ponchera y lo ofreció a unos indios. Como
ninguno aceptó el engaño, les tiró encima la vasija llena. No
sé quién rastrilló sus fósforos; pero al momento una llama-
rada crepitante achicharró a los indígenas, que se abalanza-
ron sobre el tumulto, con alarida loca, coronados de fuego
lívido, abriéndose paso hacia las corrientes, donde se sumer-
gieron agonizando.
«Los empresarios de La Chorrera asomaron a la baranda,
con los naipes de póker en las manos. “¿Qué es esto? ¿Qué
es esto?”, repetían. El judío Barchilón tomó la palabra:
“¡Hola, muchachos, no sean patanes! ¡Van a quemarnos el
ensoropado de los caneyes!”. Larrañaga calcó la orden de
Juancho Vega: “¡No más diversión! ¡No más diversión!”.
«Y al sentir el hedor de la grasa humana, escupieron
sobre la gente y se encerraron impasibles.
«Así como el caballo entra en los corrales y a coces y
mor- discos aparta las hembras de su rodeo, integraron los
capataces


José Eustasio

sus cuadrillas a culatazos y las empujaron a cada barraca, en


medio de un bullicio atormentador.
«Yo alcancé a gritar con toda la fuerza de mis pulmones:
“¡Luciano! ¡Lucianito, aquí está tu padre!”.

***

«Al día siguiente, mi paciencia se puso a prueba. Eran casi


las dos y los empresarios continuaban durmiendo. Por la
mañana, cuando las cuadrillas salieron a los trabajos, se me
presentó un negrote de Martinica, afilando en la vaina de su
machete la hoja terrible. “¡Hola —me dijo—, ¿vos por qué te
quedás aquí?!”.
—Porque soy rumbero y voy a salir a exploración.
—Vos parecés picure. Vos estabas en El Encanto.
—Y aunque así fuera, ¿no son de un solo dueño ambas
regiones?
—Vos eras el sinvergüenza que escribía letreros en los
árbo- les. Agradecé que te perdonaban.
«Púsele fin al riesgoso diálogo porque vi al tenedor de
libros abriendo la puerta de la oficina. Ni siquiera volvió a
mirarme cuando le di el saludo, pero avancé hasta el
mostrador.
—Señor Loaiza —le dije con miedosa lengua—, quiero
saber, si fuere posible, cuánto vale la cuenta de un hijo mío.
—¿Un hijo tuyo? ¿Querés comprarlo? ¿Te dijeron ya
que lo vendían?
—Para hacer mis cálculos… Se llama Luciano Silva.
«El hombre plegó un gran libro y tomando su lápiz hizo
números. Las rodillas me temblaban por la emoción: ¡al fin
encontraba el paradero de Lucianito!

La

—Dos mil doscientos soles —afirmó Loaiza—. ¿Qué


recargo le piden sobre esa suma?
—¿Recargo?… ¿Recargo?
—Naturalmente. No estamos para vender el personal.
Por el contrario: la empresa busca gente.
—¿Podría decirme usted dónde está ahora?…
—¿Tu muchacho? Fijate con quién tratás. Eso se les pre-
gunta a los cuadrilleros.
«Por desgracia mía, el negrote entró en ese instante.
—Señor Loaiza —exclamó—, no pierda palabras con
este viejo. Es un picure de El Encanto y de La Florida, flojo
y des- tornillado, que en vez de picar los árboles, grababa
letreros en las cortezas con la punta del cuchillo. Vaya usted a
los siringa- les y se convencerá. Por todas las estradas la misma
cosa: “Aquí estuvo Clemente Silva en busca de su querido
hijo Luciano”.
¿Ha visto usted vagabundería?
«Yo, como un acusado, bajé los ojos.
—¡Hombres —prorrumpí—, bien se conoce que ustedes
nunca han sido padres!
—¿Qué opinan de este viejo tan descocado? ¡Cómo
habrá sido de mujeriego cuando hace gala de reproductor!
«Así me respondieron, desenfrenando carcajadas; pero
yo me erguí como un mástil y mi mano debilitada abofeteó
al contabilista. El negro, de un puntapié, me tiró boca abajo
contra la puerta. ¡Al levantarme, lloré de orgullo y satisfacción!

***

«En la pieza vecina se alzó una voz trasnochada y


amenazante. No tardó en asomar, abotonándose la

La
piyama, un hombre


José Eustasio

gordote y abotagado, pechudo como una hembra, amarillento


como la envidia. Antes que hablara, apresuróse el
contabilista a informarle lo sucedido.
—¡Señor Arana, voy a morir de pena! ¡Perdone usted! Este
hombre que está presente vino a pedirme un extracto de lo
que está debiéndole a la compañía; mas apenas le enuncié el
saldo, se lanzó a romper el libro, lo trató a usted de ladrón y
me ame- nazó con apuñalarnos.
«El negro hizo señas de asentimiento; permanecí aturrullado
de indignación; Arana enmudecía más. Pero con mirada des-
mentidora consternó a los dos infames, y me preguntó
ponién- dome sus manos en los hombros:
—¿Cuántos años tiene Luciano Silva, el hijo de usted?
—No ha cumplido los quince.
—¿Usted está dispuesto a comprarme la cuenta suya y la
de su hijo? ¿Cuánto debe usted? ¿Qué abonos le han hecho
por su trabajo?
—Lo ignoro, señor.
—¿Quiere darme por las dos cuentas cinco mil soles?
—Sí, sí, pero aquí no tengo dinero. Si usted quisiera la
casita que poseo en Pasto… Larrañaga y Vega son paisa-
nos míos. Ellos podrían darle informes, ellos fueron mis con-
discípulos.
—No le aconsejo ni saludarlos. Ahora no quieren amigos
pobres. Dígame —agregó sacándome al patio—, ¿usted no
tiene goma con qué pagar?
—No, señor.
—¿Ni sabe cuáles son los caucheros que me la roban? Si
me denuncia algún escondite, nos dividiremos la que allí
haya.


La

—No, señor.
—¿Usted no podría conseguirla en el Caquetá? Yo le
daría compañerazos para que asaltara barracones.
«Disimulando la repulsión que me producían aquellas
maquinaciones rapaces, pasé de la astucia a la doblez. Aparenté
quedar pensativo. Mi sobornador estrechó el asedio:
—Me valgo de usted porque comprendo que es honrado
y que sabrá guardarme la reserva. Su misma cara le hace el
pro- ceso. De no ser así, lo trataría como a picure, me negaría
a ven- derle a su hijo y a uno y a otro los enterraría en los
siringales. Recuerde que no tienen con qué pagarme y que yo
mismo le doy a usted los medios de quedar libres.
—Es verdad, señor. Mas eso mismo obliga mi fe de
hom- bre reconocido. No quisiera comprometerme sin tener
la segu- ridad de cumplir. Me gustaría ir al Caquetá, por lo
pronto, como rumbero, mientras estudio la región y abro
alguna tro- cha estratégica.
—Muy bien pensado, y así será. Eso queda al cuidado suyo,
y el hijo de usted a mi cuidado. Pida un wínchester, víveres,
una brújula, y llévese un indio como carguero.
—Gracias, señor, pero mi cuenta se aumentaría.
—Eso lo pago yo, ese es mi regalo de carnaval.

***

«El pasaporte que me dio el amo hacía rabiar de envidia a


los capataces. Podía yo transitar por donde quisiera y ellos
debían facilitarme lo necesario. Mis facultades me
autorizaban para escoger hasta treinta hombres y tomarlos de
las cuadrillas que


José Eustasio

me placieran, en cualquier tiempo. En vez de dirigirme hacia


el Caquetá, resolví desviarme por la hoya del Putumayo. Un
vigilante de las estradas del caño Eré, a quien llamaban el
Pantero, por sobrenombre, me puso preso y envió en
consulta el salvoconducto. La respuesta fue favorable, pero me
reforma- ron la atribución: en ningún caso podía escoger a
Luciano Silva.
«La citada orden echó por tierra mis planes, porque yo
buscaba a mi hijo para llevármelo. Muchas veces, al sentir el
estruendo de los cauchales derribados por las peonadas, pen-
saba que mi chicuelo andaría con ellas y que podía aplastarlo
alguna rama. Por entonces se trabajaba el caucho negro tanto
como el siringa, llamado goma borracha por los brasileños; para
sacar este, se hacen incisiones en la corteza, se recoge la
leche en petaquillas y se cuaja al humo; la extracción de
aquel exigía tumbar el árbol, hacerle lacraduras de cuarta en
cuarta, recoger el jugo y depositarlo en hoyos ventilados,
donde lentamente se coagulaba. Por eso era tan fácil que los
ladrones lo traspusieran.
«Cierto día sorprendí a un peón tapando su depósito con
tierra y hojas. Circulaba ya la falsa especie de que yo ejercía fis-
calización por cuenta del amo, leyenda que me puso en grandes
peligros porque me granjeó muchas odiosidades. El sorpren-
dido cogió el machete para destroncarme, pero yo le tendí mi
wínchester, advirtiéndole:
—Te voy a probar que no soy espía. No contaré nada.
Pero si mi silencio te hace algún bien, dime dónde está Luciano
Silva.
—¡Ah!… ¿Silvita? ¿Silvita…? Trabaja en Capalurco, sobre
el río Napo, con la peonada de Juan Muñeiro.
«Esa misma tarde principié a picar la trocha que va


José Eustasio
desde el caño Eré hasta el Tamboriaco. En esa travesía
gasté seis


La

meses: tuve que comer yuca silvestre, a falta de mañoco.


¡Qué tan grande sería mi extenuación, cuando decidí
descansar un tiempo, en el abandono y la soledad!
«En el Tamboriaco encontré peones de la cuadrilla que
residía en un lugar llamado El Pensamiento. El capataz me
invitó a remontar el caño, so pretexto de que visitara el
barra- cón, donde me daría víveres y curiara. Esa noche,
apenas que- damos solos, me preguntó:
—¿Y qué dicen los empresarios contra Muñeiro? ¿Lo
perseguirán?
—Acaso Muñeiro…
—Se fugó con peones y caucho, hace cinco meses.
¡Noventa quintales y trece hombres!
—¡Cómo! ¡Cómo! ¿Pero es posible?
—Trabajaron últimamente cerca de la laguna de Cuya-
beno, volvieron a Capalurco, se escurrieron por el Napo, sal-
drían al Amazonas y estarán en el extranjero. Muñeiro me
había propuesto que tiráramos esa parada; pero yo tuve mi
recelillo, porque está de moda entre los sagaces picurearse
con los caucheros, prometiéndoles realizar la goma que llevan,
pro- rratearles el valor y dejarlos libres. Con esta ilusión se
los car- gan para otros ríos y se los venden a nuevos
patrones. ¡Y ese Muñeiro es tan faramallero! Y como hay un
resguardo en la boca del río Mazán…
«Al oír esta declaración me descoyunté. El resto de mi
vida estaba de sobra. Un consuelo triste me reconfortó: con
tal que mi hijo residiera en país extraño, yo, para los días que
me quedaban, arrastraría gustoso la esclavitud en mi propia
patria.


José Eustasio

—Pero —prosiguió mi interlocutor— también se rumora


que ese personal no se ha picureado. Piensan que usted lo llevó
consigo a no sé qué punto.
—¡Si ni siquiera he visto el río Napo!
—Eso es lo curioso. Usted sabe muy bien que una cua-
drilla cela a la otra y que hay obligación de contarle al dueño
común lo bueno y lo malo. Envié posta al Encanto con este
aviso: “Muñeiro no parece”. Me contestaron que averiguara
si usted se lo había llevado con su gente para el Caquetá y
que, en todo caso, por precaución, remitiera preso a Luciano
Silva. A usted lo esperan hace tiempo y varias comisiones lo
andan buscando. Yo le aconsejaría que se volviera a poner
en claro estas cosas. Dígales allá que no tengo víveres y que
mi perso- nal está muriéndose de calenturas.
«Quince días más tarde regresé al Encanto, a darme
preso. Ocho meses antes había salido a la exploración.
Aunque ase- veré haber descubierto caños de mucha goma y
ser inocente de la fuga de Juan Muñeiro y su grupo, me
decretaron una novena de veinte azotes por día y sobre las
heridas y desgarro- nes me rociaban sal. A la quinta
flagelación no podía levan- tarme; pero me arrastraban en
una estera sobre un hormiguero de congas, y tenía que salir
corriendo. Esto divirtió de lo lindo a mis victimarios.
«De nuevo volví a ser el cauchero Clemente Silva,
decré- pito y lamentable.
«Sobre mis esperanzas pasaron los tiempos.
«Lucianito debía tener diecinueve años.

***


La

«Por esa época hubo para mi vida un suceso trascendental:


un señor francés, a quien llamábamos el “mosiú”, llegó a las
caucherías como explorador y naturalista. Al principio se susu-
rró en los barracones que venía por cuenta de un gran museo
y de no sé qué sociedad geográfica; luego se dijo que los
amos de los gomales le costeaban la expedición.
«Y así sería, porque Larrañaga le entregó víveres y peones.
Como yo era el rumbero de mayor pericia, me retiraron de la
tropa trabajadora en el río Cahuinarí para que lo guiara
por donde él quisiera.
«Al través de las espesuras iba mi machete abriendo la
tro- cha, y detrás de mí desfilaba el sabio con sus cargueros,
obser- vando plantas, insectos, resinas. De noche, en playones
solemnes, apuntaba a los cielos su teodolito y se ponía a
coger estrellas, mientras que yo, cerca del aparato, le
iluminaba el lente con un foco eléctrico. En lengua
enrevesada solía decirme:
—Mañana te orientarás en la dirección de aquellos luce-
ros. Fíjate bien de qué lado brillan y recuerda que el sol sale
por aquí.
«Y yo le respondía regocijado:
—Desde ayer hice el cálculo de ese rumbo, por puro instinto.
«El francés, aunque reservado, era bondadoso. Es cierto
que el idioma le oponía complicaciones; pero conmigo se mos-
tró siempre afable y cordial. Admirábase de verme pisar el
monte con pies descalzos, y me dio botas; dolíase de que las
plagas me persiguieran, de que las fiebres me achajuanaran,
y me puso inyecciones de varias clases, sin olvidarse nunca
de dejarme en su vaso un sorbo de vino y consolar mis
noches con algún cigarro.


José Eustasio

«Hasta entonces parecía no haberse enterado de la condi-


ción esclava de los caucheros. ¿Cómo pensar que nos apalea-
ran, nos persiguieran, nos mutilaran aquellos señores de
servil ceño y melosa charla que salieron a recibirlo en La
Chorrera y en El Encanto? Mas cierto día que vagábamos en
una vega del Yacuruma, por donde pasa un viejo camino que
une barraco- nes abandonados en la soledad de esas
montañas, se detuvo el francés a mirar un árbol. Acerquéme
por alistarle, según cos- tumbre, la cámara fotográfica y
esperar órdenes. El árbol, cas- trado antiguamente por los
gomeros, era un siringo enorme, cuya corteza quedó llena de
cicatrices, gruesas, protuberantes, tumefactas, como
lobanillos apretujados.
—¿El señor desea tomar alguna fotografía? —le pregunté.
—Sí. Estoy observando unos jeroglíficos.
—¿Serán amenazas puestas por los caucheros?
—Evidentemente: aquí hay algo como una cruz.
«Me acerqué congojoso, reconociendo mi obra de
antaño, desfigurada por los repliegues de la corteza: “Aquí
estuvo Clemente Silva”. Del otro lado, las palabras de
Lucianito: “Adiós, adiós…”.
—¡Ay, mosiú —murmuré—, esto lo hice yo!
«Y apoyado en el tronco me puse a llorar.

***

«Desde aquel instante tuve, por primera vez, un amigo y un pro-


tector. Compadecióse el sabio de mis desgracias y ofreció liber-
tarme de mis patrones, comprando mi cuenta y la de mi hijo,
si aún era esclavo. Le referí la vida horrible de los caucheros, le


La

enumeré los tormentos que soportábamos, y, porque no


dudara, lo convencí objetivamente:
—Señor, diga si mi espalda ha sufrido menos que ese árbol.
«Y, levantándome la camisa, le enseñé mis carnes laceradas.
«Momentos después, el árbol y yo perpetuamos en la Kodak
nuestras heridas, que vertieron para igual amo distintos
jugos: siringa y sangre.
«De allí en adelante, el lente fotográfico se dio a
funcionar entre las peonadas, reproduciendo fases de la
tortura, sin tregua ni disimulo, abochornando a los capataces,
aunque mis adverten- cias no cesaban de predicarle al
naturalista el grave peligro de que mis amos lo supieran. El
sabio seguía impertérrito, fotografiando mutilaciones y
cicatrices. “Estos crímenes, que avergüenzan a la especie
humana —solía decirme—, deben ser conocidos en todo el
mundo para que los gobiernos se apresuren a remediarlos”.
Envió notas a Londres, París y Lima, acompañando vistas de
sus denuncios, y pasaron tiempos sin que se notara ningún
remedio. Entonces decidió quejarse a los empresarios, adujo
documentos y me envió con cartas a La Chorrera.
«Sólo Barchilón se encontraba allí. Apenas leyó el abultado
pliego, hizo que me llevaran a su oficina.
—¿Dónde conseguiste botas de soche? —gruñó al mirarme.
—El mosiú me las dio con este vestido.
—¿Y dónde ha quedado ese vagabundo?
—Entre el caño Campuya y Lagarto-cocha —afirmé min-
tiendo—. Poco más o menos a treinta días.
—¿Por qué pretende ese aventurero ponerle pauta a
nuestro negocio? ¿Quién le otorgó permiso para darlas de
retratista?
¿Por qué diablos vive alzaprimándome los peones?


José Eustasio

—Lo ignoro, señor. Casi no habla con nadie y cuando lo


hace, poco se le entiende…
—¿Y por qué nos propone que te vendamos?
—Cosas de él…
«El furioso judío salió a la puerta y examinaba contra la
luz algunas postales de la Kodak.
—¡Miserable! ¿Este espinazo no es el tuyo?
—¡No, señor; no, señor!
—¡Pélate medio cuerpo, inmediatamente!
«Y me arrancó a tirones blusa y franela. Tal temblor me
agitaba, que, por fortuna, la confrontación resultó imposible.
El hombre requirió la pluma de su escritorio; y, tirándomela de
lejos, me la clavó en el omoplato. Todo el cuadril se me tiñó
de rojo.
—Puerco, quita de aquí, que me ensangrientas el entablado.
«Me precipitó contra la baranda y tocó un silbato. Un
capataz, a quien le decíamos el Culebrón, acudió solícito.
Me preguntaron sobre mil cosas y las contesté
equívocamente. El amo ordenó al entrar:
—Ajústale las botas con un par de grillos, porque, de
seguro, le quedan grandes.
«Así se hizo.
«El Culebrón se puso en marcha con cuatro hombres, a
llevar la respuesta, según se decía.
«¡El infeliz francés no salió jamás!

***

«El año siguiente fue para los caucheros muy fecundo en expec-
tativas. No sé cómo, empezó a circular subrepticiamente en


La

gomales y barracones un ejemplar del diario La Felpa, que diri-


gía en Iquitos el periodista Saldaña Roca. Sus columnas cla-
maban contra los crímenes que se cometían en el Putumayo
y pedían justicia para nosotros. Recuerdo que la hoja estaba
maltrecha, a fuerza de ser leída, y que en el siringal del caño
Algodón la remendamos con caucho tibio, para que pudiera
viajar de estrada en estrada, oculta entre un cilindro de
bambú, que parecía cabo de hachuela.
«A pesar de nuestro recato, un gomero del Ecuador, a quien
llamábamos el Presbítero, le sopló al vigilante lo que ocurría, y
sorprendieron cierta mañana, entre unos palmares de chiqui-
chiqui, a un lector descuidado y a sus oyentes, tan distraídos
en la lectura que no se dieron cuenta del nuevo público que
tenían. Al lector le cosieron los párpados con fibras de
cumare y a los demás les echaron en los oídos cera caliente.
«El capataz decidió regresar al Encanto para mostrar la
hoja; y como no tenía curiara, me ordenó que lo condujera
por entre el monte. Una nueva sorpresa me esperaba: había
lle- gado un Visitador y en la propia casa recibía
declaraciones.
«Al darle mi nombre, comenzó a filiarme y en presencia
de todos me preguntó:
—¿Usted quiere seguir trabajando aquí?
«Aunque he tenido la desgracia de ser tímido, alarmé a
la gente con mi respuesta:
—¡No, señor; no, señor!
«El letrado acentuó con voz enérgica:
—Puede marcharse cuando le plazca, por orden mía. ¿Cuá-
les son sus señales particulares?
—Estas —afirmé desnudando mi espalda.


José Eustasio

«El público estaba pálido. El Visitador me acercaba sus espe-


juelos. Sin preguntarme nada, repitió:
—¡Puede marcharse mañana mismo!
«Y mis amos dijeron sumisamente:
—¡Señor Visitador, mande Su Señoría!
«Uno de ellos, con el desparpajo de quien recita un dis-
curso aprendido, agregó ante el funcionario:
—¿Curiosas cicatrices las de este hombre, verdad?
¡Tiene tantos secretos la botánica, particularmente en estas
regiones! No sé si Su Señoría habrá oído hablar de un árbol
maligno, llamado mariquita por los gomeros. El sabio francés, a
petición nuestra, se interesó por estudiarlo. Dicho árbol, a
semejanza de las mujeres de mal vivir, brinda una sombra
perfumada; mas ¡ay! del que no resista a la tentación; su
cuerpo sale de allí veteado de rojo, con una comezón
desesperante, y van apare- ciendo lamparones que se supuran y
luego cicatrizan arrugando la piel. Como este pobre viejo que
está presente, muchos sirin- gueros han sucumbido a la
inexperiencia.
—Señor… —iba a insinuar; pero el hombre siguió tan cínico:
—¿Y quién creerá que este insignificante detalle le origina
complicaciones a la empresa? Tiene tantas rémoras este
nego- cio, exige tal patriotismo y perseverancia, que si el
gobierno nos desatiende quedarán sin soberanía estos
grandes bosques, dentro del propio límite de la patria. Pues
bien: ya Su Seño- ría nos hizo el honor de averiguar en cada
cuadrilla cuáles son las violencias, los azotes, los suplicios a
que sometemos las peonadas, según el decir de nuestros
vecinos, envidiosos y despechados, que buscan mil maneras
de impedir que nuestra nación recupere sus territorios y que
haya peruanos en estas


La

lindes, para cuyo intento no faltan nunca ciertos


escritorcillos asalariados.
“Ahora retrocedo al tema inicial: la empresa abre sus
bra- zos a quien necesite de recursos y quiera enaltecerse
mediante el esfuerzo. Aquí hay trabajadores de muchos
lugares, buenos, malos, díscolos, perezosos. Disparidad de
caracteres y de cos- tumbres, indisciplina, amoralidad, todo
eso ha encontrado en la mariquita un cómplice cómodo;
porque algunos —principal- mente los colombianos— cuando
riñen y se golpean o padecen “el mal del árbol”, se vengan de
la empresa que los corrige, desacreditando a los vigilantes, a
quienes achacan toda lesión, toda cicatriz, desde las picaduras
de los mosquitos hasta la más parva rasguñadura.
«Así dijo, y volviéndose a los del grupo, les preguntó:
—¿Es verdad que en estas regiones abunda la mariquita?
¿Es cierto que produce pústulas y nacidos?
«Y todos respondieron con grito unánime:
—¡Sí, señor; sí, señor!
—Afortunadamente —agregó el bellaco—, el Perú atenderá
nuestra iniciativa patriótica: le hemos pedido a la autoridad
que nos militarice las cuadrillas, mediante la dirección de
oficiales y sargentos, a quienes pagaremos con mano pródiga
su perma- nencia en estos confines, con tal que sirvan a un
mismo tiempo de fiscales para la empresa y de vigilantes en las
estradas. De esta suerte el gobierno tendrá soldados, los
trabajadores garantías innegables y los empresarios estímulo,
protección y paz.
«El Visitador hizo un signo de complacencia.

***


José Eustasio

«Un abuelo, Balbino Jácome, nativo de Garzón, a quien se le


secó la pierna derecha por la mordedura de una tarántula, fue
a visitarme al anochecer; y recostando sus muletas bajo el alero
de la barraca donde mi chinchorro pendía, dijo quedo:
—Paisano, cuando pise tierra cristiana pague una misa
por mi intención.
—¿En premio de que confirma las desvergüenzas de los
empresarios?
—No. En memoria de la esperanza que hemos perdido.
—Sepa y entienda —le repuse— que usted no debe valerse
de mi persona. Usted ha sido el más abyecto de los lambones, el
favorito de Juancho Vega, a quien superó en renegar de
nues- tro país y en desacreditar a los colombianos.
—Sin embargo —replicó—, mis compatriotas algo me
deben. Pues que usted se va, puedo hablarle claro: he tenido
la diplomacia de enamorar a los enemigos, aparentando
esgri- mir el rebenque para que hubiera un verdugo menos.
He desempeñado el puesto de espía porque no pusieran a
otros, de verdaderas capacidades. No hice más que
amoldarme al medio y jugar al tute escogiendo las cartas.
¿Que era nece- sario atajar un chisme? Yo lo sabía y lo
tergiversaba. ¿Que a un tal lo maltrataron en la cuadrilla?
Aplaudía el maltra- tamiento ya inevitable, y luego me
vengaba del esbirro. ¿Por qué los vigilantes me miman
tanto? Porque soy el hombre de las influencias y de la
confianza. “Oye”, le digo a uno: “los amos han sabido cierta
cosita…”. Y este se me postra, pro- rrumpiendo en
explicaciones. Entonces consigo lo que nadie obtendría:
“¡No me les pegues a mis paisanos; si aprietas allá, te
remacho aquí!”.


La

“De esta manera practico el bien, sin escrúpulos, sin glo-


ria y con sacrificios que nadie agradece. Siendo una escoria
andante, hago lo que puedo como buen patriota, disfrazado
de mercenario. Usted mismo se irá muy pronto, odiándome,
maldiciéndome, y al pisar su valle, fértil como el mío, sentirá
alegría de que yo sufra en tierra de salvajes la expiación de
pecados que son virtudes.
Confiéselo, paisano: cuando su viaje al Caquetá, ¿no le
rogué que se picureara? ¿No le pinté, para decidirlo, el caso
de Julio Sánchez, que en una canoa se fugó con la esposa
encinta, por toda la vena del Putumayo, sin sal ni fuego,
perseguido por lanchas y guarniciones, guareciéndose en los
rebalses, remon- tando tan sólo en noches oscuras, y en tan
largo tiempo, que al salir a Mocoa la mujer penetró en la
iglesia llevando de la mano a su muchachito, nacido en la
curiara?
“Mas usted despreció muchas facilidades. ¡Si yo las hubiera
tenido, si no me maneara esta invalidez! Cuantos se fugan,
por consejos míos, me prometieron venir por mí y llevarme
en hombros; pero se largan sin avisarme, y si los prenden, cargo
la culpa, y vienen a decir que fui su cómplice, por lo cual
tengo que exigir que les echen palo, para recuperar así mi
influencia mermada. ¿Quién le rogó al francés que pidiera
de rumbero a Clemente Silva? ¿Qué mejor coyuntura para
un picure? ¡Y usted, lejos de agradecer mis sugestiones, me
trató mal! Y en vez de impedir que el sabio se metiera en
tantos peligros, lo dejó solo, y tuvo la ocurrencia de venir con
esas cartas donde el patrón, para que sucediera lo que ha
sucedido. ¡Y ahora quiere que me ponga a contradecir lo que
dicen los amos, cuando nos ha perdido el Visitador!”.


José Eustasio

—¡Hola, paisano, explíqueme eso!


—No, porque nos oyen en la cocina. Si quiere, más
tarde- cito nos vamos en la curiara, con el pretexto de pescar.
«Así lo hicimos.

***

«En el puerto había diversas embarcaciones. Mi compañero


se detuvo a hablar con un boga que dormía a bordo de una
gran lancha. Ya me impacientaba la demora cuando oí que
se despidieron. El marinero prendió el motor y encendióse la
luz eléctrica. Sobre la bombilla de mayor volumen comenzó
a zumbar el ventilador.
«Entonces, por un tablón que servía de puente, pasaron a
la barca varias personas de vestidos almidonados, y entre
ellas una dama llena de joyas y arandelas, que se reía con risa
de rico. Mi compañero se me acercó:
—Mire —dijo en voz baja—, los señores amos están de
té. Esa hermosura a quien le da la mano Su Señoría es la
madona Zoraida Ayram.
«Nos metimos en la curiara, y, a poco bogar, la
amarramos en un remanso, desde donde veíamos luces de
focos refleja- das en la corriente. Balbino Jácome dio principio
a su exposición:
—Según me contaba Juanchito Vega, las cartas que el
sabio mandó al exterior produjeron alarmas muy graves. A esto
se agrega que el francés desapareció, como desaparecen aquí
los hombres. Pero Arana vive en Iquitos y su dinero está en
todas partes. Hace como seis meses empezó a mandar los
periódicos enemigos para que la empresa los conociera y
tomara con tiempo precauciones.

La

“Al principio, ni siquiera me los mostraban; después me


preguntaron si podían contar conmigo y me gratificaron con
la administración de la pulpería.
“Cierta vez que los empresarios se trasladaron a La Cho-
rrera, unos cuadrilleros pidieron quinina y pólvora. Como
bien conozco qué capataces no deletrean, hice paquetes en
esos periódicos y los despaché a los barracones y a los
siringa- les, por si algún día, al quedar por ahí volteando,
daban con un lector que los aprovechara”.
—Paisano —exclamé—, ahora sí le creo. Entre nosotros
circuló uno. ¡Por causa de él vine a dar aquí, a encontrar sal-
vación! ¡Gracias a usted! ¡Gracias a usted!
—No se alegre, paisano: ¡estamos perdidos!
—¿Por qué? ¿Por qué?
—¡Por la venida de este maldito Visitador! ¡Por este
Visi- tador que al fin no hizo nada! Mire usted: quitaron el
cepo, el día que llegó, y pusiéronselo de puente al desembarcar,
sin que se le ocurriera reparar en los agujeros que tiene, o en
las man- chas de sangre que lo vetean; fuimos al patio, al
lugar donde estuvo puesta esa máquina de tormento, y no
advirtió los tri- llados que dejaron los prisioneros al
debatirse, pidiendo agua, pidiendo sombra. Por burlarse de
él, olvidaron en la baranda un rebenque de seis puntas, y
preguntó el muy simple si estaba hecho de verga de toro. Y
Macedo, con gran descaro, le dijo riéndose: “Su Señoría es
hombre sagaz. Quiere saber si come- mos carne vacuna.
Evidentemente, aunque el ganado cuesta carísimo, en aquel
botalón apegamos las ‘resecitas’”.
—Me consta —le argüí— que el Visitador es hombre
enérgico.


José Eustasio

—Pero sin malicia ni observación. Es como un toro


ciego que sólo le embiste al que le haga ruido. ¡Y aquí nadie se
atreve a hablar! Aquí ya estaba todo muy bien arreglado y las
cuadri- llas reorganizadas: a los peones descontentos o
resentidos los encentraron quién sabe en dónde, y los indios
que no entienden el español ocuparon los caños próximos. Las
visitas del funcio- nario se limitaron a reconocer algunas
cuadrillas, de las ciento y tantas que trabajan en estos ríos y
en muchos otros inexplo- rados, de suerte que en recorrerlas
e interrogarlas nadie gasta- ría menos de cinco meses. Aún
no hace una semana que llegó el Visitador y ya está de
vuelta.
“Su Señoría se contentará con decir que estuvo en la calum-
niada selva del crimen, les habló de habeas corpus a los gomeros,
oyó sus quejas, impuso su autoridad y los dejó en
condiciones inmejorables, facultados para el regreso al hogar
lejano. Y de aquí en adelante nadie prestará crédito a las
torturas y a las expoliaciones, y sucumbiremos irredentos,
porque el informe que presente Su Señoría será respuesta
obligada a todo reclamo, si quedan personas cándidas que se
atrevan a insistir sobre asun- tos ya desmentidos
oficialmente.
“Paisano, no se sorprenda al escucharme estos
razonamientos, en los cuales no tengo parte. Es que se los he
oído a los empre- sarios. Ellos temblaron ante la idea de salir
de aquí con la soga al cuello; y hoy se ríen del temor pretérito
porque aseguraron el porvenir. Cuando el Visitador se movía
para tal caño, en ejercicio de sus funciones, quedábamos en
casa sin más distracción que la de apostar a que no pasarían
de tres los gomeros que se atre- vieran a dar denuncios, y a
que Su Señoría tendría para todos idéntica frase: ‘Usted


José Eustasio
puede irse cuando le plazca’”.


La

—Paisano, ¡si estamos libres! ¡Si nos han dado libertad!


—No, compañero, ni se lo sueñe. Quizás algunos
podrían marcharse, pero pagando, y no tienen medios. No
saben el por dónde, el cómo, ni el cuándo. “Mañana mismo”.
¡Ese es un adverbio que suena bien! ¿Y el saldo y la
embarcación y el camino y las guarniciones? Salir de aquí
por quedar allá, no es negocio que pague los gastos, muy
menos hoy que los intereses sólo se abonan a látigo y sangre.
—¡Yo me olvidaba de esa verdad! ¡Me voy a hablarle al
Visitador!
—¡Cómo! ¿A interrumpir sus coloquios con la madona?
—¡A pedirle que me lleve de cualquier modo!
—No se afane, que mañana será otro día. El boga con quien
hablé al venir aquí, dañará el motor de la lancha esta misma
noche y durará el daño hasta que yo quiera. Para eso está en
mis manos la pulpería. Ya ve que los lambones de algo
servimos.
—¡Perdóneme, perdóneme! ¿Qué debo hacer?
—Lo que manda Dios: confiar y esperar. ¡Y lo que yo
mando: seguir oyendo!
«Sin hacer caso de mi angustia, Balbino Jácome prosiguió:
—Su Señoría no se lleva ni un solo preso, aunque se le
hubieran dado algunitos, por peligrosos; no a los que matan
o a los que hieren, sino a los que roban. Pero el Visitador no
pudo hacer más. Antes que llegara, fueron espías a las barra-
cas a secretear el chisme de que la empresa quería
cerciorarse de cuáles eran los servidores de mala índole, para
ahorcarlos a todos, con cuyo fin les tomaría declaraciones
cierto socio extran- jero, que se haría pasar por juez de
instrucción. Esta medida tuvo un éxito completísimo: Su
Señoría halló por doquiera


José Eustasio

gentes felices y agradecidas, que nunca oyeron decir de


asesi- natos ni de vejámenes.
“Mas el crimen perpetuo no está en las selvas sino en dos
libros: en el Diario y en el Mayor. Si Su Señoría los conociera,
encontraría más lectura en el DEBE que en el HABER, ya que a
muchos hombres se les lleva la cuenta por simple cálculo, según
lo que informan los capataces. Con todo, hallaría datos inicuos:
peones que entregan kilos de goma a cinco centavos y
reciben franelas a veinte pesos; indios que trabajan hace seis
años, y aparecen debiendo aún el mañoco del primer mes;
niños que heredan deudas enormes, procedentes del padre
que les mata- ron, de la madre que les forzaron, hasta de las
hermanas que les violaron, y que no cubrirán en toda su vida
porque cuando conozcan la pubertad, los solos gastos de su
niñez les darán medio siglo de esclavitud”.
«Mi compañero hizo una pausa, mientras me ofrecía su
tabaquera. Yo, aunque consternado por tanta ignominia,
quise defender al Visitador:
—Probablemente Su Señoría no tendrá orden judicial
para ver esos libros.
—Aunque la tuviera. Están bien guardados.
—¿Y será posible que Su Señoría no lleve pruebas de tantos
atropellos que fueron públicos? ¿Se estará haciendo el
disimulado?
—Aunque así fuera. ¿Qué ganaríamos con la evidencia
de que fulano mató a zutano, robó a mengano, hirió a
perencejo? Eso, como dice Juanchito Vega, pasa en Iquitos y
en donde quiera que existan hombres: cuanto más aquí en
una selva sin policía ni autoridades. Líbrenos Dios de que se
compruebe cri- men alguno, porque los patrones lograrían
realizar su mayor


La

deseo: la creación de alcaldías y de panópticos, o mejor, la


ini- quidad dirigida por ellos mismos. Recuerde usted que
aspiran a militarizar a los trabajadores, a tiempo que en
Colombia pasan cosillas reveladoras de algo muy grave, de
subterránea complicidad, según frase de Larrañaga. Los
colonos colombia- nos, ¿no están vendiendo a esta empresa
sus fundaciones, for- zados por la falta de garantías? Ahí
están Calderón, Hipólito Pérez y muchos otros, que reciben
lo que les dan, creyéndose bien pagados con no perderlo
todo y poder escurrir el bulto. Y Arana, que es el despojador,
¿no sigue siendo, prácticamente, Cónsul nuestro en Iquitos?
¿Y el presidente de la República no dizque envió al general
Velasco a licenciar tropas y resguardos en el Putumayo y en el
Caquetá, como respuesta muda a la demanda de protección
que los colonizadores de nuestros ríos le hacían a diario?
¡Paisano, paisanito, estamos perdidos! ¡Y el Putumayo y el
Caquetá se pierden también!
“Óigame este consejo: ¡no diga nada! Dicen que el que
habla yerra, pero el que hable de estos secretos errará más.
Vaya, predíquelos en Lima o en Bogotá, si quiere que lo ten-
gan por mendaz y calumniador. Si le preguntan por el
francés, diga que la empresa lo envió a explorar lo
desconocido; si le averiguan la especie aquella de que el
Culebrón mostró cierto día el reloj del sabio, adviértales que
eso fue con ocasión de una borrachera, y que por siempre está
durmiéndola. Al que lo inte- rrogue por el Chispita,
respóndale que era un capataz bastante ilustrado en lenguas
nativas: yeral, carijona, huitoto, muinane; y si usted, por
adobar la conversación, tiene que referir algún episodio, no
cuente que esa paloma les robaba los guayucos a los
indígenas para tener pretexto de castigarlos por inmorales,


José Eustasio

ni que los obligaba a enterrar la goma, sólo por esperar que


llegara el amo y descubrirle ocasionalmente los escondites, con
lo cual sostenía su fama de adivino honrado y vivaz; hable
de sus uñazas, afiladas como lancetas, que podían matar al
indio más fuerte con imperceptible rasguñadura, no por ser
mági- cas ni enconosas, sino por el veneno de curare que las
teñía”.
—¡Paisano —exclamé—: usted me habla de Lima y de
Bogotá como si estuviera seguro de que puedo salir de aquí!
—Sí, señor. Tengo quien lo compre y quien se lo lleve:
¡la madona Zoraida Ayram!
—¿De veras? ¿De veras?
—Como ser de noche. Esta mañana, cuando Su Señoría
lo mandó llamar para interrogarlo, la madona lo veía desde
la baranda, con el binóculo: y cuando usted declaró en alta
voz que no quería trabajar más, ella pareció muy complacida
por tal insolencia. “¿Quién es, me preguntó, ese viejo tan
arries- gado?”. Y yo respondí: “Nada menos que el hombre que
le con- viene: es el rumbero llamado el Brújulo, a quien le
recomiendo como letrado, ducho en números y facturas,
perito en tratos de goma, conocedor de barracas y de
siringales, avispado en lances de contrabando, buen
mercader, buen boga, buen pen- dolista, a quien su
hermosura puede adquirir por muy poca cosa. Si lo hubiera
tenido cuando el asunto de Juan Muñeiro, no me contaría
complicaciones”.
—¿Asunto de Juan Muñeiro? ¿Complicaciones?
—Sí, descuidillos que pasaron ya. La madona les com-
pró el caucho a los picures de Capalurco y en Iquitos querían
decomisárselo. Pero ella triunfó. ¡Para eso es hermosa! Les
habían prohibido a las guarniciones que la dejaran subir


José Eustasio
estos


La

ríos, y ya ve usted que el Visitador le compuso todo, y hasta


de balde. Sin embargo: la mujer cuando da, pide; y el
hombre pide cuando da.
—¡Compañero, la madona tendrá noticias de Lucianito!
¡Voy a hablar con ella! ¡Aunque no me
compre!
«Veinte días después estaba en Iquitos.

***

«La lancha de la madona remolcaba un bongo de cien quin-


tales, en cuya popa gobernaba yo la espadilla, sufriendo sol.
Frecuentemente atracábamos en bohíos del Amazonas, para
realizar la corotería aunque fuera permutándola por produc-
tos de la región, jebe, castañas, pirarucú, ya que hasta enton-
ces la agricultura no había conocido adictos en tan dilatados
territorios. Doña Zoraida misma pactaba las permutas con
los colonos, y era tal su labia de mercachifle que siempre al
reem- barcarse tuvo el placer de verme inscribir en el Diario
las cica- teras utilidades obtenidas.
«No tardé en convencerme de que mi ama era de carác-
ter insoportable, tan atrabiliaria como un canónigo. Negóse a
creerme que era el padre de Lucianito, habló
despectivamente de Muñeiro, y a fuerza de humillaciones
pude saber que los prófugos, tras de engañarla con un
siringa, que “era robado y de ínfima clase”, burlaron las
guarniciones del Amazonas y remontaron el Caquetá hasta la
confluencia del Apoporis, por donde subieron en busca del
río Taraira, que tiene una trocha para el Vaupés, a cuyas
márgenes fue a buscarlos para que la indemnizaran de los
perjuicios, sin lograr más que decepciones


José Eustasio

y hasta calumnias contra su decoro de mujer virgen, pues


hubo deslenguados que se atrevieron a inventar un drama de
amor.
—¡No olvides, viejo —gritóme un día—, tu vil
condición de criado mendigo! No tolero que me interrogues
familiar- mente sobre puntos que apenas serían pasables en
conversacio- nes de camaradas. Basta de preguntarme si
Lucianito es mozo apuesto, si tiene bozo, buena salud y
modales nobles. ¿Qué me importan a mí semejantes cosas?
¿Ando tras los hombres para inventariarles sus lindas caras?
¿Está mi negocio en preferir los clientes gallardos? ¡Sigue,
pues, de atrevido y necio, y venderé tu cuenta a quien me la
compre!
—¡Madona, no me trate así, que ya no estamos en los
siringales! ¡Harto estoy de sufrir por hijos ingratos! ¡Ocho años
llevo de buscar al que se me vino, y él, quizás, mientras yo
lo anhelo, nunca habrá pensado en hallarme a mí! ¡El dolor
de esta idea es suficiente para abreviar mi pesadumbre,
porque soy capaz, en cualquier instante, de soltar el timón
del bongo y lanzarme al agua! ¡Sólo quiero saber si Luciano
ignora que lo busco; si topaba mis señas en los troncos y en
los caminos; si se acordaba de su mamá!
—¡Ay, arrojarte al agua! ¡Arrojarte al agua! ¿Será posible?
¿Y mis dos mil soles? ¿Mis dos mil soles? ¿Quién me paga mis
dos mil soles?
—¿Ya no tengo derecho ni de morir?
—¡Eso sería un fraude!
—¿Pero cree usted que mi cuenta es justa? ¿Quién no cubre
en ocho años de labor continua lo que se come? ¿Estos hara-
pos que envilecen mi cuerpo no están gritando la miseria en
que viví siempre?

La

—Y el robo de tu hijo…
—¡Mi hijo no roba! ¡Aunque haya crecido entre
bandole- ros! No lo confunda con los demás. ¡Él no le ha
vendido cau- cho ninguno! Usted hizo el trato con Juan
Muñeiro, recibió la goma y se la debe en parte. ¡He revisado
ya los libros!
—¡Ay, este hombre es espía! ¡Me engañaron los de El
Encanto! ¡Traición del viejo Balbino Jácome! ¡Pero de mí no
te burlarás! ¡Cuando desembarquemos, te haré prender!
—¡Sí, que me entreguen al juez Valcárcel, para quien llevo
graves revelaciones!
—¡Ajá! ¿Piensas meterme en nuevos embrollos?
—¡Pierda cuidado! No seré delator cuando he sido víctima.
—Yo arreglo eso. ¡Me echarás encima el odio de Arana!
—No mentaré lo de Juan Muñeiro.
—¡Vas a crearte enemigos muy poderosos! ¡En Manaos
te dejaré libre! ¡Irás al Vaupés y abrazarás a Luciano Silva, a
tu hijo querido, quien de seguro anda buscándote!
—No desistiré de hablar con mi Cónsul. ¡Colombia
nece- sita de mis secretos! ¡Aunque muriera inmediatamente!
¡Ahí le queda mi hijo para luchar!
«Horas después, desembarcamos.

***

«El altercado con la madona me enalteció. A las últimas fra-


ses, me troqué en amo, temido por mi dueña, mirado con res-
peto por la servidumbre de lancha y de bongo. El motorista
y el timonel, que en días anteriores me obligaban a lavar sus
ropas, no sabían qué hacer con el “señor Silva”. Al saltar a


José Eustasio

tierra, uno de ellos me ofreció cigarrillos, mientras que el


otro me alargaba la yesca de su eslabón, sombrero en mano.
—¡Señor Silva, usted nos ha vengado de muchas afrentas!
«La mestiza de Parintins, camarera de la madona, pidió
a los hombres, desde la lancha, que descorrieran las cortinas
de a bordo.
—Pronto, que la señora tiene cefálicos. Ya se ha tomado
dos aspirinas. ¡Es urgente guindarle la hamaca!
«Mientras los marineros obedecían, medité mis planes: ir
al Consulado de mi país, exigirle al Cónsul que me asesorara
en la Prefectura o en el Juzgado, denunciar los crímenes de
la selva, referir cuanto me constaba sobre la expedición del
sabio francés, solicitar mi repatriación, la libertad de los
caucheros esclavizados, la revisión de libros y cuentas en La
Chorrera y en El Encanto, la redención de miles de indígenas, el
amparo de los colonos, el libre comercio en caños y ríos.
Todo, después de haber conseguido la orden de amparo a mi
autoridad de padre legítimo, sobre mi hijo menor de edad,
para llevármelo, aun por la fuerza, de cualquier cuadrilla,
barraca o monte.
«La camarera se me acercó:
—Señor Silva, nuestra señora ruega a usted que ordene
sacar del bongo lo que allí venga, y que haga en la Aduana
las gestiones indispensables, como cosa propia, por ser usted
el hombre de confianza.
—Dígale que me voy para el Consulado.
—¡Pobrecita, cómo ha llorado al pensar en “Lú”!
—¿Quién es ese Lú?
—Lucianito. Así le decía cuando anduvieron juntos en el
Vaupés.
—¡Juntos!

La

—Sí, señor, como beso y boca. Era muy generoso, le


con- seguía lotes de caucho. La que tiene detalles ciertos es
mi her- mana mayor, que actualmente está en el Río Negro,
como querida de un capataz del turco Pezil, y fue primero
que yo camarera de la madona.
«Al escuchar esta confidencia temblé de amargura y resen-
timiento. Volví el rostro hacia la ciudad, disimulando mi indig-
nación. Ignoro en qué momento me puse en marcha.
Atravesé corrillos de marineros, filas de cargadores, grupos del
resguardo. Un hombre me detuvo para que le mostrara el
pasaporte. Otro me preguntó de dónde venía, y si en mi
canoa quedaban legumbres para vender. No sé cómo recorrí
las calles, subur- bios, atracaderos. En una plaza me detuve
frente a un portón que tenía un escudo. Llamé.
—¿El Cónsul de Colombia se encuentra aquí?
—¿Qué Cónsul es ese? —preguntó una dama.
—El de Colombia.
—¡Ja, ja!
«En una esquina vi sobre el balcón el asta de una bandera.
Entré.
—Perdone, señor: ¿el Consulado de la República de Co-
lombia?
—Este no es.
«Y seguí caminando de ceca en meca, hasta la noche.
—Caballero —le dije a un nadie—: ¿dónde reside el
Cón- sul de Francia?
Inmediatamente me dio las señas. La oficina estaba cerrada.
En la placa de cobre leí: Horas de despacho, de nueve a once.

***


José Eustasio

«Pasada la primera nerviosidad, me sentí tan acobardado,


que eché de menos la salvajez de los siringales. Siquiera allá
tenía “conocidos” y para mi chinchorro no faltaba un lugar; mis
cos- tumbres estaban hechas, sabía desde por la noche la
tarea del día siguiente y hasta los sufrimientos me venían
reglamenta- dos. Pero en la ciudad advertí que me faltaba el
hábito de las risas, del albedrío, del bienestar. Vagaba por las
aceras con el temor de ser importuno, con la melancolía de
ser extranjero. Me parecía que alguien iba a preguntarme por
qué andaba ocioso, por qué no seguía fumigando goma, por
qué había desertado de mi barraca. Donde hablaran recio,
mis espaldas se estremecían; donde hallaba luces,
encandilábanse mis ojos, habituados a la penumbra. La
libertad me desconocía, por- que no era libre: tenía un amo,
el acreedor; tenía un grillo, la deuda, y me faltaban la
ocupación, el techo y el pan.
«Varias veces había recorrido el pueblo, sin comprender
que no era grande. Al fin me di cata de que los edificios se repe-
tían. En uno de ellos desocupábanse los vehículos. Adentro,
aplausos y músicas. La madona bajó de un coche, en compa-
ñía de un caballero gordo, cuyos bigotes eran gruesos y
retor- cidos como cables. Quise volver al puerto y vi en una
tienda al motorista y al timonel.
—Señor Silva, estamos aquí porque no hay cuidado en la
embarcación. Ya entregamos todo. Mañana, a las doce en
punto, sale el vapor de línea que entra en el Río Negro. La
madona compró pasaje. Pero los tres viajaremos en nuestra
lancha. Saldremos cuando usted lo ordene. Le
aconsejaríamos dejar sus secretos para Manaos. Aquí no le
oyen. ¿Qué espe- ranzas le dio su Cónsul?


La

—Ni siquiera sé dónde vive.


—¿Podrían decirme —les preguntó el timonel a los
parro- quianos— si el Consulado de Colombia tiene oficina?
—No sabemos.
—Creo que donde Arana, Vega y Compañía —insinuó el
motorista—. Yo conocí de Cónsul a don Juancho Vega.
«La ventera, que lavaba las copas en un caldero, advirtió
a sus clientes:
—El latonero de la vecindad me ha contado que a su
patrón lo llaman el Cónsul. Pueden indagar si alguno de ellos
es colombiano.
«Yo, por honor del nombre, rechacé la burla:
—¡Ustedes no sospechan por quién les pregunto!
«Sin embargo, al amanecer tuve el pensamiento de
visitar la latonería y pasé varias veces por la acera opuesta,
con actitu- des de observador, mientras llegaba la hora de
presentarme al Cónsul de Francia. La gente del barrio era
madrugadora. No tardó en abrirse la indicada puerta. Un
hombre, que tenía delan- tal azul, soplaba fuera del quicio,
con grandes fuelles, un bra- sero metálico. Cuando llegué,
comenzó a soldar el cuello de un alambique. En los estantes
se alineaba una profusa cacharrería.
—Señor, ¿Colombia tiene Cónsul en este pueblo?
—Aquí vive, y ahora saldrá.
«Y salió en mangas de camisa, sorbiendo su pocillo de cho-
colate. El tal no era un ogro, ni mucho menos. Al verlo,
aven- turé mi campechanada:
—¡Paisano, paisano! ¡Vengo a pedir mi repatriación!
—Yo no soy de Colombia ni me pagan sueldo. Su país
no repatria a nadie. El pasaporte vale cincuenta soles.


José Eustasio

—Vengo del Putumayo, y esto lo compruebo con la


mise- ria de mis chanchiras, con las cicatrices de los azotes,
con la amarillez de mi rostro enfermo. Lléveme al Juzgado a
denun- ciar crímenes.
—Ni soy abogado ni sé de leyes. Si no puede pagar a un
procurador…
—Tengo revelaciones sobre la exploración del sabio francés.
—Pues que las oiga el Cónsul de Francia.
—A un hijo mío, menor de edad, me lo secuestraron en
esos ríos.
—Eso se debe tratar en Lima. ¿Cómo se llama el hijo de usted?
—¡Luciano Silva, Luciano Silva!
—¡Oh, oh, oh! Le aconsejo callar. El Cónsul de Francia
tiene noticias. Ese apellido no le será grato. Un tal Silva fue
a La Chorrera, después que el sabio desapareció, usando los
ves- tidos de este. La orden de captura no tardará. ¿Conoce
usted al rumbero apodado el Brújulo? ¿Cuáles van a ser sus
revelaciones?
—Versarán sobre cosas que me refirieron.
—Las sabrá de seguro el señor Arana, quien se interesa
por ese asunto; pero cuénteselas usted y pídale trabajo, de mi
parte. Él es hombre muy bueno y le ayudará.
«Porque no percibiera mi agitación, me despedí sin darle
la mano. Cuando salí a la calle no acertaba a encontrar el
puerto. El motorista y el timonel estaban a bordo de la
lancha con unos peones.
—Vámonos —les rogué.
—Venga, conozca tres compañeros del personal del
señor Pezil, el caballero grueso que anoche estuvo en el cine
con la


La

madona. Todos vamos para Manaos, y vamos solos porque


nuestros patrones tomaron el buque.
«Al instalarnos para partir, me dijo alguno de esos muchachos:
—De todo corazón lo acompañamos en sus desgracias.
—De igual manera les agradezco sus expresiones.
—En el propio raudal de Yavaraté, contra las raíces de un
jacarandá.
—¿Qué me dice usted?
—Que es preciso esperar tres años para poder sacar los
huesos.
—¿De quién? ¿De quién?
—De su pobre hijo. ¡Lo mató un árbol!
«El trueno del motor apagó mi grito:
—¡Vida mía! ¡Lo mató un árbol!».


TERCERA PARTE
¡Y o he sido cauchero, yo soy cauchero! Viví entre fan-
gosos rebalses, en la soledad de las montañas, con
cuadrilla de hombres palúdicos, picando la corteza
de unos árboles que tienen sangre blanca, como los dioses.
A mil leguas del hogar donde nací, maldije los recuerdos
porque todos son tristes: ¡el de los padres, que envejecieron
mi
en la pobreza, esperando apoyo del hijo ausente; el de las
herma- nas, de belleza núbil, que sonríen a las decepciones,
sin que la fortuna mude el ceño, sin que el hermano les lleve
el oro restaurador!
¡A menudo, al clavar la hachuela en el tronco vivo sentí
deseos de descargarla contra mi propia mano, que tocó las
monedas sin atraparlas; mano desventurada que no produce,
que no roba, que no redime, y ha vacilado en libertarme de
la vida! ¡Y pensar que tantas gentes en esta selva están
sopor- tando igual dolor!
¿Quién estableció el desequilibrio entre la realidad y el
alma incolmable? ¿Para qué nos dieron alas en el vacío? ¡Nues-
tra madrastra fue la pobreza; nuestro tirano, la aspiración!
Por


José Eustasio

mirar la altura tropezábamos en la tierra; por atender al


vientre misérrimo fracasamos en el espíritu. La medianía nos
brindó su angustia. ¡Sólo fuimos los héroes de lo mediocre!
¡El que logró entrever la vida feliz, no ha tenido con qué
comprarla; el que buscó la novia, halló el desdén; el que
soñó en la esposa, encontró la querida; el que intentó
elevarse, cayó vencido ante los magnates indiferentes, tan
impasibles como estos árboles que nos miran languidecer de
fiebres y de ham- bre entre sanguijuelas y hormigas!
¡Quise hacerle descuentos a la ilusión, pero incógnita fuerza
disparóme más allá de la realidad! ¡Pasé por encima de la
ven- tura, como flecha que marra su blanco, sin poder
corregir el fatal impulso y sin otro destino que caer! ¡Y a
esto lo llamaban mi “porvenir”!
¡Sueños irrealizados, triunfos perdidos! ¿Por qué sois
fantas- mas de la memoria, cual si me quisierais avergonzar?
¡Ved en lo que ha parado este soñador: en herir al árbol
inerme para enriquecer a los que no sueñan; en soportar
desprecios y veja- ciones en cambio de un mendrugo al
anochecer!
Esclavo, no te quejes de las fatigas; preso, no te duelas de tu
prisión: ignoráis la tortura de vagar sueltos en una cárcel como
la selva, cuyas bóvedas verdes tienen por fosos ríos
inmensos.
¡No sabéis del suplicio de las penumbras, viendo al sol que ilu-
mina la playa opuesta, adonde nunca lograremos ir! ¡La cadena
que muerde vuestros tobillos es más piadosa que las sanguijue-
las de estos pantanos; el carcelero que os atormenta no es tan
adusto como estos árboles, que nos vigilan sin hablar!
Tengo trescientos troncos en mis estradas y en
martirizar- los gasto nueve días. Les he limpiado los


José Eustasio
bejuqueros y hacia


La

cada uno desbrocé un camino. Al recorrer la taimada tropa


de vegetales para derribar a los que no lloran, suelo
sorprender a los castradores robándose la goma ajena.
Reñimos a mor- discos y a machetazos, y la leche disputada
se salpica de gotas enrojecidas. Mas ¿qué importa que
nuestras venas aumenten la savia del vegetal? ¡El capataz
exige diez litros diarios y el foete es usurero que nunca
perdona!
¿Y qué mucho que mi vecino, el que trabaja en la vega
próxima, muera de fiebre? Ya lo veo tendido en las
hojarascas, sacudiéndose los moscones, que no lo dejan
agonizar. Mañana tendré que irme de estos lugares,
derrotado por la hediondez; pero le robaré la goma que
haya extraído y mi trabajo será menor. Otro tanto harán
conmigo cuando muera. ¡Yo, que no he robado para mis
padres, robaré cuanto pueda para mis verdugos! Mientras le
ciño al tronco goteante el tallo acanalado del caraná, para
que corra hacia la tazuela su llanto trágico, la nube de
mosquitos que lo defiende chupa mi sangre y el vaho de los
bosques me nubla los ojos. ¡Así el árbol y yo, con tor-
mento vario, somos lacrimatorios ante la muerte y nos
comba-
tiremos hasta sucumbir!
Mas yo no compadezco al que no protesta. Un temblor
de ramas no es rebeldía que me inspire afecto. ¿Por qué no
ruge toda la selva y nos aplasta como a reptiles para castigar
la explotación vil? ¡Aquí no siento tristeza sino desesperación!
¡Quisiera tener con quién conspirar! ¡Quisiera librar la
batalla de las especies, morir en los cataclismos, ver invertidas
las fuer- zas cósmicas! ¡Si Satán dirigiera esta rebelión…!


La
¡Yo he sido cauchero, yo soy cauchero! ¡Y lo que hizo
mi mano contra los árboles puede hacerlo contra los
hombres!


José Eustasio

***

—Sepa usted, don Clemente Silva —le dije al tomar la tro-


cha del Guaracú—, que sus tribulaciones nos han ganado
para su causa. Su redención encabeza el programa de nuestra
vida. Siento que en mí se enciende un anhelo de inmolación;
mas no me aúpa la piedad del mártir, sino el ansia de
contender con esta fauna de hombres de presa, a quienes
venceré con armas iguales, aniquilando el mal con el mal, ya
que la voz de paz y justicia sólo se pronuncia entre los
rendidos. ¿Qué ha ganado usted con sentirse víctima? La
mansedumbre le prepara terreno a la tiranía y la pasividad de
los explotados sirve de incentivo a la explotación. Su
bondad y su timidez han sido cómplices inconscientes de sus
victimarios.
Aunque ya mis iniciativas parecen súplicas al fracaso, por-
que mi mala suerte las desvía, tengo el presentimiento de que
esta vez se mueven mis pasos hacia el desquite. No sé cómo
se cumplirán los hechos futuros, ni cuántas pruebas ha de
resistir mi perseverancia; lo que menos me importa es morir
aquí, con tal que muera a tiempo. ¿Por qué pensar en la
muerte ante los obstáculos, si, por grandes que sean, nunca
cerraron al animoso la posibilidad de sobrevivirlos? La
creencia en el destino debe valernos para caldear la decisión.
Estos jóvenes que me siguen son hazañosos; mas si usted no
quiere afrontar calamidades, escoja al que le provoque y
escápense en una balsa por este río.
—¿Y mi tesoro? ¿No sabe que el Cayeno guarda los des-
pojos de Lucianito? ¿Cree usted que sin esa prenda andaría
yo suelto?
Por lo pronto nada tuve que replicar.

La

—Los huesos de mi hijo son mi cadena. Vivo forzado a


portarme bien para que me permitan asolearlos. Ya les dije
a ustedes que ni siquiera los poseo todos: el día que los exhumé,
tuve que dejarle a la sepultura algunas falanges que aún esta-
ban frescas. Los cargaba envueltos en mi cobija, y cuando el
Cayeno me capturó, a mi regreso del Vaupés, en la trocha
que enlaza al Isana y al Kerarí, pretendía botármelos por la
fuerza. Ahora los conservo, limpios, blancos, entre una caja
de kero- sén, bajo la barbacoa de mi patrón.
—Don Clemente, tiene usted evidencia de que esos restos…
—¡Sí! ¡Esos son! La calavera es inconfundible: en la
encía superior un diente encaramado sobre los otros. Tal vez
con la pica alcancé a perforar el cráneo, pues tiene un agujero
en el frontal. Hubo una pausa. No sé si en aquel instante se
había agrie- tado la decisión de mis compañeros, que
callaban en corro meditabundo. El mulato dijo,
aproximándose a don Clemente:
—Camaraa, siempre es mejorcito que nos volvamos. Mi
mama se quedó sola, y mi ganao se mañosea. Tengo cuatro
cachonas de primer parto, y de seguro que ya tan parías. Déjese
de güesos, que son guiñosos. Es malo meterse en cosas de dijun-
tos. Por eso dice la letanía: «Aquí te entierro y aquí te tapo;
el diablo me yeve si un día te saco». Ruéguele a estos señores
que reclamen la güesamenta y la sepulten bajo una cruz, y verá
usté que se le compone la suerte. ¡Resuelva ligero, que ya es
tarde!
—¡Cómo! ¿Arriesgarnos a que nos prenda Funes? Usted
no sabe en qué tierra está. Los secuaces del coronel
merodean por aquí.
—¡Y no es tiempo de indecisiones! —exclamé colérico—.
¡Mulato, adelante! ¡Ya te pasó la hora!


José Eustasio

Helí Mesa, entonces, acercóse al tambo, a prenderle fuego.


Don Clemente lo miraba sin protestar.
—¡No, no! —ordené—: se quemarían los mapires
envene- nados. ¡Los cazadores de indios pueden volver, y
ojalá que se envenenen todos!

***

Hubiera deseado que mis amigos marcharan menos silencio-


sos: me hacían daño mis pensamientos y una especie de pánico
me invadía al meditar en mi situación. ¿Cuáles eran mis pla-
nes? ¿En qué se apoyaba mi altanería? ¿Qué debían impor-
tarme las desventuras ajenas, si con las propias iba de rastra?
¿Por qué hacerle promesas a don Clemente, si Barrera y
Alicia me tenían comprometido? El concepto de Franco
empezó a angustiarme: «Era yo un desequilibrado impulsivo
y teatral». Paulatinamente llegué a dudar de mi espíritu:
¿estaría lo- co? ¡Imposible! La fiebre me había olvidado
unas semanas.
¿Loco por qué? Mi cerebro era fuerte y mis ideas limpias.
No sólo comprendía que era apremiante ocultar mis
vacilaciones, sino que me daba cuenta hasta de los detalles
minuciosos. La prueba estaba en lo que iba viendo: el
bosque en aquella parte no era muy alto, no había camino, y
don Clemente abría la marcha, partiendo ramitas en el
rastrojo para dejar señales del rumbo, como se acostumbra
entre cazadores; Fidel llevaba la carabina atravesada sobre el
pecho, engarzando con el calibre, por encima de las
clavículas, los cabestros de la talega, rica en mañoco, que
fingía sobre su espalda inmensa joroba; portaba el mulato el
hatillo de las hamacas, un caldero y dos canaletes;


La

Mesa, en aquel momento, bajo sus bártulos, saboreaba un


cuesco maduro y mecía en el aire el tizón humeante, que car-
gaba en la diestra, a falta de fósforos.
¿Loco yo? ¡Qué absurdo más grande! Ya se me había ocu-
rrido un proyecto lógico: entregarme como rehén en las
barra- cas del Guaracú, mientras el viejo Silva se marchaba a
Manaos, llevando secretamente un pliego de acusaciones
dirigido al Cón- sul de mi país, con el ruego de que viniera
inmediatamente a libertarme y a redimir a mis compatriotas.
¿Quién que fuera anormal razonaría con mayor acierto?
El Cayeno debía aceptar mi ventajosa propuesta: en cam-
bio de un viejo inútil adquiría un cauchero joven, o dos o
más, porque Franco y Helí no me abandonaban. Para
halagarlo, procuraría hablarle en francés: «Señor, este
anciano es pariente mío; y como no puede pagarle la cuenta,
déjelo libre y denos trabajo hasta cancelarla». Y el antiguo
prófugo de Cayena accedería sin vacilar.
Cosa fácil habría de serme adquirir la confianza del empre-
sario, obrando con paciencia y disimulo. No emplearía
contra él la fuerza sino la astucia. ¿Cuánto iban a durar nuestros
sufri- mientos? Dos o tres meses. Acaso nos enviaría a
siringuear a Yaguanarí, pues Barrera y Pezil eran sus
asociados. Y aunque no lo fuesen, le expondríamos la
conveniencia de sonsacar para sus gomales a los colombianos
de aquella zona. En todo caso, al oponerse a nuestros deseos,
nos fugaríamos por el Isana, y, cualquier día, enfrentándome
a mi enemigo, le daría muerte, en presencia de Alicia y de
los enganchados. Después, cuando nuestro Cónsul
desembarcara en Yaguanarí, en vía para el Guaracú, con una
guarnición de gendarmes, a devolvemos la


José Eustasio

libertad, exclamarían mis compañeros: «¡El implacable Cova


nos vengó a todos y se internó por este desierto!».
Mientras discurría de esta manera, principié a notar que
mis pantorrillas se hundían en las hojarascas y que los
árboles iban creciendo a cada segundo, con una apariencia de
hombres acu- clillados, que se empinaban desperezándose hasta
elevar los bra- zos verdosos por encima de la cabeza. En
varios instantes creía advertir que el cráneo me pesaba como
una torre y que mis pasos iban de lado. Efectivamente, la cara
se me volvió sobre el hom- bro izquierdo y tuve la impresión
de que un espíritu me repetía:
«¡Vas bien así, vas bien así! ¿Para qué marchar como los
demás?». Aunque mis compañeros caminaban cerca, no
los veía,
no los sentía. Parecióme que mi cerebro iba a entrar en ebu-
llición. Tuve miedo de hallarme solo, y, repentinamente,
eché a correr hacia cualquier parte, ululando empavorecido,
lejos de los perros, que me perseguían. No supe más. De
entre una malla de trepadoras mis camaradas me
desenredaron.
—¡Por Dios! ¿Qué te pasa? ¿No nos conoces? ¡Somos
nosotros!
—¿Qué les he hecho? ¿Por qué me amenazan? ¿Por qué
me tenían amarrado?
—Don Clemente —prorrumpió Franco—, desandemos
este camino: Arturo está enfermo.
—¡No, no! Ya me tranquilicé. Creo que quise coger una
ardilla blanca. Las caras de ustedes me aterraron. ¡Tan horri-
bles muecas…!
Así dije, y aunque todos estaban pálidos, porque no dudaran
de mi salud me puse de guía por entre el bosque. Un


José Eustasio
momento después se sonrió don Clemente:


La

—Paisano, usted ha sentido el embrujamiento de la montaña.


—¡Cómo! ¿Por qué?
—Porque pisa con desconfianza y a cada momento mira
atrás. Pero no se afane ni tenga miedo. Es que algunos árbo-
les son burlones.
—En verdad no entiendo…
—Nadie ha sabido cuál es la causa del misterio que nos
tras- torna cuando vagamos en la selva. Sin embargo, creo
acertar en la explicación: cualquiera de estos árboles se
amansaría, tor- nándose amistoso y hasta risueño, en un
parque, en un camino, en una llanura, donde nadie lo
sangrara ni lo persiguiera; mas aquí todos son perversos, o
agresivos, o hipnotizantes. En estos silencios, bajo estas
sombras, tienen su manera de combatir- nos: algo nos
asusta, algo nos crispa, algo nos oprime, y viene el marco de
las espesuras, y queremos huir y nos extraviamos, y por esta
razón miles de caucheros no volvieron a salir nunca. Yo
también he sentido la mala influencia en distintos casos,
especialmente en Yaguanarí.

***

Por primera vez, en todo su horror, se ensanchó ante mí la


selva inhumana. Árboles deformes sufren el cautiverio de las
enre- daderas advenedizas, que a grandes trechos los ayuntan
con las palmeras y se descuelgan en curva elástica,
semejantes a redes mal extendidas, que a fuerza de
almacenar en años ente- ros hojarascas, chamizas, frutas, se
desfondan como un saco de podredumbre, vaciando en la
yerba reptiles ciegos, salaman- dras mohosas, arañas
peludas.


José Eustasio

Por doquiera el bejuco de matapalo —rastrero pulpo de


las florestas— pega sus tentáculos a los troncos,
acogotándolos y retorciéndolos, para injertárselos y
trasfundírselos en metempsico- sis dolorosas. Vomitan los
bachaqueros sus trillones de hormigas devastadoras, que
recortan el manto de la montaña y por anchas veredas
regresan al túnel, como abanderadas del exterminio, con sus
gallardetes de hojas y de flores. El comején enferma los árbo-
les cual galopante sífilis, que solapa su lepra supliciatoria
mientras va carcomiéndoles los tejidos y pulverizándoles la
corteza, hasta derrocarlos, súbitamente, con su pesadumbre de
ramazones vivas.
Entretanto, la tierra cumple las sucesivas renovaciones: al
pie del coloso que se derrumba, el germen que brota; en medio
de los miasmas, el polen que vuela; y por todas partes el
hálito del fermento, los vapores calientes de la penumbra, el
sopor de la muerte, el marasmo de la procreación.
¿Cuál es aquí la poesía de los retiros, dónde están las mari-
posas que parecen flores traslúcidas, los pájaros mágicos, el
arroyo cantor? ¡Pobre fantasía de los poetas que sólo
conocen las soledades domesticadas!
¡Nada de ruiseñores enamorados, nada de jardín versallesco,
nada de panoramas sentimentales! Aquí, los responsos de sapos
hidrópicos, las malezas de cerros misántropos, los rebalses
de caños podridos. Aquí, la parásita afrodisiaca que llena el
suelo de abejas muertas; la diversidad de flores inmundas que
se con- traen con sexuales palpitaciones y su olor pegajoso
emborracha como una droga; la liana maligna cuya pelusa
enceguece los animales; la pringamoza que inflama la piel, la
pepa del curujú que parece irisado globo y sólo contiene ceniza
cáustica, la uva purgante, el corozo amargo.


La

Aquí, de noche, voces desconocidas, luces fantasmagóri-


cas, silencios fúnebres. Es la muerte, que pasa dando la vida.
Óyese el golpe de la fruta, que al abatirse hace la promesa de su
semilla; el caer de la hoja, que llena el monte con vago suspiro,
ofreciéndose como abono para las raíces del árbol paterno; el
chasquido de la mandíbula, que devora con temor de ser
devo- rada; el silbido de alerta, los ayes agónicos, el rumor del
regüeldo. Y cuando el alba riega sobre los montes su gloria
trágica, se ini- cia el clamoreo sobreviviente: el zumbido de
la pava chillona, los retumbos del puerco salvaje, las risas
del mono ridículo.
¡Todo por el júbilo breve de vivir unas horas más!
Esta selva sádica y virgen procura al ánimo la
alucinación del peligro próximo. El vegetal es un ser sensible
cuya psicolo- gía desconocemos. En estas soledades, cuando
nos habla, sólo entiende su idioma el presentimiento. Bajo su
poder, los ner- vios del hombre se convierten en haz de
cuerdas, distendidas hacia el asalto, hacia la traición, hacia la
acechanza. Los senti- dos humanos equivocan sus facultades:
el ojo siente, la espalda ve, la nariz explora, las piernas
calculan y la sangre clama:
«¡Huyamos, huyamos!».
No obstante, es el hombre civilizado el paladín de la des-
trucción. Hay un valor magnífico en la epopeya de estos piratas
que esclavizan a sus peones, explotan al indio y se debaten con-
tra la selva. Atropellados por la desdicha, desde el anonimato
de las ciudades, se lanzaron a los desiertos buscándole un fin
cualquiera a su vida estéril. Delirantes de paludismo, se despo-
jaron de la conciencia, y, connaturalizados con cada riesgo,
sin otras armas que el wínchester y el machete, sufrieron las
más atroces necesidades, anhelando goces y abundancia, al


La
rigor


José Eustasio

de las intemperies, siempre famélicos y hasta desnudos


porque las ropas se les podrían sobre la carne.
Por fin, un día, en la peña de cualquier río, alzan una
choza y se llaman “amos de empresa”. Teniendo a la selva
por ene- migo, no saben a quién combatir, y se arremeten
unos a otros y se matan y se sojuzgan en los intervalos de su
denuedo contra el bosque. Y es de verse en algunos lugares
cómo sus huellas son semejantes a los aludes: los caucheros
que hay en Colom- bia destruyen anualmente millones de
árboles. En los territo- rios de Venezuela el balatá
desapareció. De esta suerte ejercen el fraude contra las
generaciones del porvenir.
Uno de aquellos hombres se escapó de Cayena, presidio
célebre, que tiene por foso el océano. Aunque sabía que los
carceleros ceban los tiburones para que ronden la muralla,
sin zafarse los grillos se arrojó al mar. Vino a las vegas del
Papu- nagua, asaltó los tambos ajenos, sometió a los
caucheros pró- fugos, y, monopolizando la explotación de
goma, vivía con sus parciales y sus esclavos en las barracas del
Guaracú, cuyas luces lejanas, al través de las espesuras,
palpitaban ante nosotros la noche que retardamos la llegada.
¡Quién nos hubiera dicho en ese momento que nuestros
destinos describirían la misma trayectoria de crueldad!

***

Durante los días empleados en el recorrido de la trocha hice una


comprobación humillante: mi fortaleza física era aparente, y mi
musculatura —que desgastaron fiebres pretéritas— se aflojaba
con el cansancio. Sólo mis compañeros parecían inmunes a
la

La

fatiga, y hasta el viejo Clemente, a pesar de sus años y lacradu-


ras, resultaba más vigoroso en las marchas. A cada momento
se detenían a esperarme; y aunque me aligeraron de todo
peso, del morral y la carabina, seguía necesitando que el
cerebro me mantuviera en tensión el orgullo para no echarme
a tierra y confesarles mi decaimiento.
Iba descalzo, en pernetas, malhumorado, esguazando
tem- bladeros y lagunas, por en medio de un bosque altísimo
cuyas raigambres han olvidado la luz del sol. La mano de
Fidel me prestaba ayuda al pisar los troncos que utilizábamos
como puen- tes, mientras los perros aullaban en vano porque
los soltara en aquel paraíso de cazadores, que, ni por serlo, me
entusiasmaba. Esta situación de inferioridad me tornó
desconfiado, irri- table, díscolo. Nuestro jefe en tales
emergencias era, sin duda, el anciano Silva, y principié a
sentir contra él una secreta rivalidad. Sospeché que aposta
buscó ese rumbo, descoso de hacerme experimentar mi falta
de condiciones para medirme con el Cayeno. No perdía don
Clemente oportunidades de pon- derarme los sufrimientos de
la vida en las barracas y la con- tingencia de cualquier fuga,
sueño perenne de los caucheros, que lo ven esbozarse y
nunca lo realizan porque saben que la
muerte cierra todas las salidas de la montaña.
Estas prédicas tenían eco en mis camaradas y se multiplica-
ron los consejeros. Yo no les oía. Me contentaba con replicar:
—Aunque vosotros andáis conmigo, sé que voy solo.
¿Estáis fatigados? Podéis ir caminando en pos de mí.
Entonces, silenciosos, me tomaban la delantera y al espe-
rarme cuchicheaban mirándome de soslayo. Esto me indignaba.
Sentía contra ellos odio súbito. Probablemente se burlaban
de


José Eustasio

mi jactancia. ¿O habrían tomado una dirección que no fuera


la del Guaracú?
—Óigame, viejo Silva —grité deteniéndolo—. ¡Si no me
lleva al Isana, le pego un tiro!
El anciano sabía que no lo amenazaba por broma. Ni sin-
tió sorpresa ante mi amenaza. Comprendió que el desierto
me poseía. ¡Matar a un hombre! ¿Y qué? ¿Por qué no? Era un
fenó- meno natural. ¿Y la costumbre de defenderme? ¿Y la
manera de emanciparme? ¿Qué otro modo más rápido de
solucionar los diarios conflictos?
Y por este proceso —¡oh, selva!— hemos pasado todos los
que caemos en tu vorágine.

***

Agachados entre la fronda, con las manos en las carabinas, atis-


bábamos las luces de las barracas, miedosos de que alguien nos
descubriera. En aquel escondite debíamos pernoctar sin encen-
der fuego. Sollozando en la oscuridad pasaba una corriente
desconocida. Era el Isana.
—Don Clemente —dije abrazándolo—: ¡en esto de rum-
bos es usted la más alta sabiduría!
—Sin embargo, le cogí miedo a la profesión: anduve per-
dido más de dos meses en el siringal de Yaguanarí.
—Tengo presentes los pormenores. Cuando su fuga para
el Vaupés…
—Éramos siete caucheros prófugos.
—Y quisieron matarlo…
—Creían que los extraviaba intencionalmente.


La

—Y unas veces lo maltrataban…


—Y otras, me pedían de rodillas la salvación.
—Y lo amarraron una noche entera…
—Temiendo que pudiera abandonarlos.
—Y se dispersaron por buscar el rumbo…
—Pero sólo toparon el de la muerte.
Este mísero anciano Clemente Silva siempre ha tenido el
monopolio de la desventura. Desde el día que yendo de
Iquitos para Manaos oyó noticias del hijo muerto, cifró su
esperanza en prolongar la esclavitud. Quería ser cauchero
unos años más, hasta que la tierra le permitiera exhumar los
restos. La selva, indirectamente, lo reclamaba como a
prófugo, y era el espec- tro de Lucianito el que le pedía
volver atrás.
Aunque la madona hubiera querido darlo libre, ¿qué
ganaría con la libertad si de nuevo debía engancharse, obli-
gado por la indigencia, en la cuadrilla de cualquier amo que
quizás lo alejara del Vaupés? En Manaos recorrió las agen-
cias donde buscan trabajo los inmigrantes, y salió descorazo-
nado de esos tugurios donde la esclavitud se contrata, porque
los patrones sólo “avanzaban” gente para el Madeira, para
el Purús, para el Ucayali. Y él quería irse al infausto río que
guardaba al pie de su raudal la enmalezada tumba, distin-
guida por cuatro piedras.
El turco Pezil no tenía trabajos en esos parajes, pero se lo
llevaba al alto Río Negro, y eso era mucho. Sólo que fingía
no querer comprarlo, y al fin accedió a sus ruegos estipulando
con la madona una retroventa, por si no le satisfacían las
aptitu- des del colombiano. Lo trajo a su hermosa quinta del
Naran- jal, en la margen opuesta a Yaguanarí, y lo tuvo un
tiempo en


José Eustasio

oficios fáciles, bajo su vigilancia de musulmán despreciativo


y taciturno, sin maltratarlo ni escarnecerlo.
Mas cierta vez riñeron unas mujeres en la cocina y
desper- taron a su señor, que dormía la siesta. Don Clemente
estaba en el corredor, observando el mapa del muro. En esa
actitud lo sorprendió el amo. Ordenóle a gritos que
desnudara a las contrincantes hasta la cintura y las azotara.
El viejo Silva se resistió a cumplir la orden. Esa misma tarde
lo despacharon a siringuear a Yaguanarí.
Una de las cuitadas era la antigua camarera de la
madona, la que conoció en el Vaupés a Luciano Silva cuando
su mance- bía con doña Zoraida. «No lo vio muerto», pero
sabía el lugar de la sepultura, junto al correntón de Yavaraté,
y le había dado ya a don Clemente todas las señas
indispensables para hallarla.
La desobediencia del colombiano no consiguió indultarla de
los azotes, porque el turco feroz, con un látigo en cada mano,
la llenó de sangre y contusiones. Gimoteando entre la despensa
escribió un papel para su querido, que trabajaba en los sirin-
gales, y rogó a don Clemente que se lo entregara al destina-
tario, sin omitir detalle ninguno sobre la cobarde flagelación.
Este hombre, que se llamaba Manuel Cardoso, era capa-
taz en un barracón del caño Yurubaxí. Al saber los percances
de su mujer, ofreció matar a Pezil donde lo encontrara, y, por
vengarse interinamente, quiso proceder contra los intereses
de su patrón aconsejándoles a los gomeros que se fugaran
con la goma que tenían en el tambo.
El viejo Silva aparentó rechazar esa idea, receloso de alguna
celada. Sin embargo, en los días siguientes, comentaba con
los peones la insinuación del vigilante, mientras procedían a
fumigar


La

la leche extraída. La respuesta no cambió nunca: «Cardoso sabe


que no hay rumbero capaz de enfrentársele a estas
montañas». De noche, los caucheros dictaminaban sobre
tal hipó- tesis, tan sugestionadora como imposible, por
tener de qué
conversar:
—Es claro que la fuga sería irrealizable por el Río
Negro; las lanchas del amo parecen perros de cacería.
—Mas logrando remontar el Cababurí es fácil descender
al Maturacá y salir al río Casiquiare.
—Conforme. Pero el Río Negro tiene una anchura de
cuatro kilómetros. Hay que descartar los afluentes de su
banda izquierda. Más bien, aguas arriba por este caño
Yurubaxí, a los sesenta y tantos días de curiara, dizque se
encuentra un iga- rapé que desemboca en el Caquetá.
—¿Y para el río Vaupés no hay rumbo directo?
—¿A quién se le ocurre esa estupidez?
El barracón estaba situado sobre un arrecife que no se
inunda, único refugio en aquel desierto. Mensualmente llegaba
la lancha del Naranjal a recoger la goma y a dejar víveres.
Los trabajadores eran escasos y el beriberi mermaba el
número, sin contar los que perecían en las lagunas, lanzados
por la fie- bre desde el andamio donde se trepaban a herir los
árboles.
Pese a todo, muchos pasaban meses enteros sin verle la
cara al capataz, guareciéndose en chozas mínimas, y volvían
al tambo con la goma ya fumigada, convertida en bolones,
que entregaban a la corriente en vez de conducirlos en las
curiaras. Acostumbrados a no alejarse de las orillas, carecían
del instinto de orientación, y esta circunstancia ayudó al
prestigio de don Clemente, cuando se aventuraba por la


La
floresta y clavando el


José Eustasio

machete en cualquier lugar, los instaba días después a que lo


acompañaran a recogerlo, partiendo del sitio que quisieran.
Una mañana, al salir el sol, vino una catástrofe
impresentida. Los hombres que en el caney curaban su
hígado, oyeron gritos desaforados y se agruparon en la roca.
Nadando en medio del río, como si fueran patos
descomunales, bajaban los bolones de goma, y el cauchero
que los arreaba venía detrás, en canoa minúscula,
apresurando con la palanca a los que se demora- ban en los
remansos. Frente al barracón, mientras pugnaba por encerrar
su rebaño negro en la ensenada del puertecito, elevó estas
voces, de más gravedad que un pregón de guerra:
—¡Tambochas, tambochas! ¡Y los caucheros están aislados!
¡Tambochas! Esto equivalía a suspender trabajos, dejar
la vivienda, poner caminos de fuego, buscar otro refugio en
alguna parte. Tratábase de la invasión de hormigas carnívo-
ras, que nacen quién sabe dónde y al venir el invierno
emigran para morir, barriendo el monte en leguas y leguas,
con ruidos lejanos, como de incendio. Avispas sin alas, de
cabeza roja y cuerpo cetrino, se imponen por el terror que
inspiran su veneno y su multitud. Toda guarida, toda grieta,
todo agujero; árboles, hojarascas, nidos, colmenas, sufren la
filtración de aquel oleaje espeso y hediondo, que devora
pichones, ratas, reptiles y pone en fuga pueblos enteros de
hombres y de bestias.
Esta noticia derramó la consternación. Los peones del
tambo recogían sus herramientas y macundales con revoltosa
rapidez.
—¿Y por qué lado viene la ronda? —preguntaba Manuel
Cardoso.
—Parece que ha cogido ambas orillas. ¡Las dantas y los


José Eustasio
cafuches atraviesan el río desde esta margen, pero en la otra
están alborotadas las abejas!


La

—¿Y cuáles caucheros quedan aislados?


—¡Los cinco de la ciénaga de El Silencio, que ni siquiera
tienen canoa!
—¿Qué remedio? ¡Que se defiendan! ¡No se les puede
lle- var socorro! ¿Quién se arriesga a extraviarse en estos
pantanos?
—Yo —dijo el anciano Clemente Silva.
Y un joven brasileño, que se llamaba Lauro Coutinho:
—Iré también. ¡Allá está mi hermano!

***

Recogiendo los víveres que pudieron y provistos de armas y


de fósforos, aventuráronse los dos amigos por una trocha
que, partiendo de la barraca, profundiza las espesuras en la
direc- ción del caño Marié.
Marchaban presurosos por entre el barro de las malezas,
con oído atento y ojo sagaz. De pronto, cuando el anciano,
abriéndose de la senda, empezó a orientarse hacia la ciénaga
de El Silencio, lo detuvo Lauro Coutinho.
—¡Ha llegado el momento de picurearnos!
Don Clemente ya pensaba en ello, mas supo disimular
su satisfacción.
—Habría que consultarlo con los caucheros.
—¡Respondo de que convienen, sin vacilar!
Y así fue, porque al día siguiente los hallaron en un
bohío, jugando a los dados sobre un pañuelo y
emborrachándose con vino de palmachonta, que se ofrecían
en un calabazo.
—¿Hormigas? ¡Qué hormigas! ¡Nos reímos de las
tambo- chas! ¡A picurearnos, a picurearnos! ¡Un rumbero

La
como usted es capaz de sacarnos de los infiernos!


José Eustasio

Y allá van por entre la selva, con la ilusión de la libertad,


llenos de risas y proyectos, adulando al guía y prometiéndole su
amistad, su recuerdo, su gratitud. Lauro Coutinho ha cortado
una hoja de palma y la conduce en alto, como un pendón;
Souza Machado no quiere abandonar su bolón de goma, que
pesa más de dieciocho kilos, con cuyo producto piensa
adquirir durante dos noches las caricias de una mujer, que
sea blanca y rubia y que trascienda a brandy y a rosas; el
italiano Peggi habla de salir a cualquier ciudad para
emplearse de cocinero en algún hotel donde abunden las
sobras y las propinas; Coutinho, el mayor, quiere casarse con
una moza que tenga rentas; el indio Venan- cio anhela
dedicarse a labrar curiaras; Pedro Fajardo aspira a comprar
un techo para hospedar a su madre ciega; don Cle- mente
Silva sueña en hallar una sepultura. ¡Es la procesión de los
infelices, cuyo camino parte de la miseria y llega a la muerte!
¿Y cuál era el rumbo que perseguían? El del río Curícuriarí.
Por allí entrarían al Río Negro, setenta leguas arriba del Naran-
jal, y pasarían a Umarituba, a pedir amparo. El señor Castan-
heira Fontes era muy bueno. En aquel sitio el horizonte se
les ampliaba. En caso de captura, era incuestionable la
explica- ción: salían del monte derrotados por las tambochas.
Que le preguntaran al capataz.
Al cuarto día de montaña principió la crisis: las provisio-
nes escasearon y los fangales eran intérminos. Se detuvieron
a descansar, y, despojándose de las blusas, las hacían jirones
para envolverse las pantorrillas, atormentadas por las
sanguijuelas. Souza Machado, generoso por la fatiga, a
golpes de cuchillo dividió su bolón de goma en varios
pedazos para obsequiar a sus compañeros. Fajardo se negó a
recibir su parte: no tenía


La

alientos para cargarla. Souza la recogió. Era caucho, “oro


negro”, y no se debía desperdiciar.
Hubo un indiscreto que preguntaba:
—¿Hacia dónde vamos ahora?
Todos replicaron reconviniéndolo:
—¡Hacia adelante!
Mientras tanto, el rumbero había perdido la orientación.
Avanzaba a tientas, sin detenerse ni decir palabra, para no
difun- dir el miedo. Por tres veces en una hora volvió a salir a
un mismo pantano, sin que sus camaradas reconocieran el
recorrido. Con- centrando en la memoria todo su ser,
mirando hacia su cerebro, recordaba el mapa que tantas
veces había estudiado en la casa del Naranjal, y veía las
líneas sinuosas, que parecían una red de venas sobre la
mancha de un verde pálido en que resalta- ban nombres
inolvidables: Teiya, Marié, Curí-curiarí. ¡Cuánta diferencia
entre una región y la carta que la reduce! ¡Quién le hubiera
dicho que aquel papel, donde apenas cabían sus manos
abiertas, encerraba espacios tan infinitos, selvas tan lóbregas,
cié- nagas tan letales! Y él, rumbero curtido, que tan fácilmente
solía pasar la uña del índice de una línea a otra línea,
abarcando ríos, paralelos y meridianos, ¿cómo pudo creer
que sus plantas eran capaces de moverse como su dedo?
Mentalmente empezó a rezar. Si Dios quisiera prestarle
el sol… ¡Nada! La penumbra era fría, la fronda transpiraba
un vapor azul. ¡Adelante! ¡El sol no sale para los tristes!
Uno de los gomeros declaró con certeza súbita que le
pare- cía escuchar silbidos. Todos se detuvieron. Eran los
oídos que les zumbaban. Souza Machado quería meterse entre
los demás: juraba que los árboles le hacían gestos.


José Eustasio

Estaban nerviosos, tenían el presentimiento de la catás-


trofe. La menor palabra les haría estallar el pánico, la locura,
la cólera. Todos se esforzaban por resistir. ¡Adelante!
Como Lauro Coutinho pretendía mostrarse alegre, le
soltó una pulla a Souza Machado, que se había detenido a
botar el caucho. Esto forzó los ánimos a resignarse a la
hilaridad. Habla- ron un trecho. No sé quién le hizo preguntas
a don Clemente.
—¡Silencio! —gruñó el italiano—. ¡Recuerden que a los
pilotos y a los rumberos no se les debe hablar!
Pero el anciano Silva, deteniéndose de repente, levantó
los brazos, como el hombre que se da preso, y, encarándose
con sus amigos, sollozó:
—¡Andamos perdidos!
Al instante, el grupo desventurado, con los ojos hacia las
ramas y aullando como perros, elevó su coro de blasfemias y
plegarias:
—¡Dios inhumano! ¡Sálvanos, mi Dios! ¡Andamos perdidos!

***

«Andamos perdidos». Estas dos palabras, tan sencillas y tan


comunes, hacen estallar, cuando se pronuncian entre los montes,
un pavor que no es comparable ni al «sálvese quien pueda»
de las derrotas. Por la mente de quien las escucha pasa la
visión de un abismo antropófago, la selva misma, abierta
ante el alma como una boca que se engulle los hombres a
quienes el hambre y el desaliento le van colocando entre las
mandíbulas.
Ni los juramentos, ni las advertencias, ni las lágrimas del
rumbero, que prometía corregir la ruta, lograban aplacar a

José Eustasio
los


La

extraviados. Mesábanse la greña, retorcíanse las falanges, se


mordían los labios, llenos de una espumilla sanguinolenta
que envenenaba las inculpaciones:
—¡Este viejo es el responsable! ¡Perdió el rumbo por
que- rer largarse para el Vaupés!
—¡Viejo remalo, viejo bandido, nos llevabas con engañifas
para vendernos quién sabe dónde!
—¡Sí, sí, criminal! ¡Dios se opuso a tus planes!
Viendo que aquellos locos podían matarlo, el anciano
Silva se dio a correr, pero un árbol cómplice lo enlazó por
las piernas con un bejuco y lo tiró al suelo. Allí lo
amarraron, allí Peggi los exhortaba a volverlo trizas. Entonces
fue cuando don Clemente pronunció aquella frase de tanto
efecto:
—¿Queréis matarme? ¿Cómo podríais andar sin mí? ¡Yo
soy la esperanza!
Los agresores, maquinalmente, se contuvieron.
—¡Sí, sí, es preciso que viva para que nos salve!
—¡Pero sin soltarlo, porque se nos va!
Y aunque no le quitaron las ligaduras, postráronse de
rodillas a implorarle la salvación y le limpiaban los pies con
besos y llantos.
—¡No nos desampare!
—¡Regresemos a la barraca!
—¡Si usted nos abandona, moriremos de hambre!
Mientras unos plañían de este jaez, otros halábanlo de la
cuerda, suplicando el regreso. Las explicaciones de don
Clemente parecían reconciliarlos con la cordura. Tratábase de
un per- cance muy conocido de rumberos y de cazadores y no
era razo- nable perder el ánimo a la primera dificultad,
cuando había tantos modos de solucionarla. ¿Para qué lo


La
asustaron? ¿Para


José Eustasio

qué se pusieron a pensar en el extravío? ¿No los había instruido


una y otra vez en la urgencia de desechar esa tentación, que
la espesura infunde en el hombre para trastornarlo? Él les
acon- sejó no mirar los árboles, porque hacen señas, ni
escuchar los murmurios, porque dicen cosas, ni pronunciar
palabra, porque los ramajes remedan la voz. Lejos de acatar
esas instrucciones, entraron en chanzas con la floresta y les vino
el embrujamiento, que se trasmite como por contagio; y él
también, aunque iba delante, comenzó a sentir el influjo de
los malos espíritus, por- que la selva principió a movérsele,
los árboles le bailaban ante los ojos, los bejuqueros no le
dejaban abrir la trocha, las ramas se le escondían bajo el
cuchillo y repetidas veces quisieron qui- társelo. ¿Quién tenía
la culpa?
Y luego, ¿por qué diablos se ponían a gritar? ¿Qué
lograban con hacer tiros? ¿Quién sino el tigre correría a
buscarlos? ¿Acaso les provocaba su visita? ¡Bien podían
esperarla al oscurecer!
Esto los aterró y guardaron silencio. Mas tampoco hubieran
podido hacerse entender a más de dos yardas: a fuerza de dar
alaridos la garganta se les cerró, y, dolorosamente, hablaban
a la sordina, con un jadeo gutural y torpe, como el de los
gansos. Antes de la hora en que el sol sanguíneo
empenacha las lejanías, fueles imperioso encender la hoguera,
porque entre los bosques la tarde se enluta. Cortaron ramas,
y, esparciéndolas sobre el barro, se amontonaron alrededor
del anciano Silva a esperar el suplicio de las tinieblas. ¡Oh,
la tortura de pasar la noche con hambre, entre el pensar y el
bostezar, a sabiendas de que el bostezo ha de intensificarse
al día siguiente! ¡Oh, la pesadumbre de sentir sollozos entre
la sombra cuando los con-


José Eustasio
suelos saben a muerte!


La

¡Perdidos! ¡Perdidos! El insomnio les echó encima su tropel


de alucinaciones. Sintieron la angustia del indefenso cuando
sospecha que alguien lo espía en lo oscuro. Vinieron los ruidos,
las voces nocturnas, los pasos medrosos, los silencios impresio-
nantes como un agujero en la eternidad.
Don Clemente, con las manos en la cabeza, estrujaba su
pensamiento para que brotara alguna idea lúcida. Sólo el
cielo podía indicarle la orientación. ¡Que le dijera de qué lado
nace la luz! Eso le bastaría para calcular otro derrotero. Por
un claro de la techumbre, semejante a una claraboya,
columbró un retazo de éter azul, sobre el cual inscribía su
varillaje una rama seca. Esta visión le recordó el mapa. ¡Ver el
sol, ver el sol! Allí estaba la clave de su destino. ¡Si hablaran
aquellas copas enaltecidas que todas las mañanas lo ven pasar!
¿Por qué los árboles silen- ciosos han de negarse a decirle al
hombre lo que debe hacer para no morir? ¡Y, pensando en
Dios, comenzó a rezarle a la selva una plegaria de
desagravio!
Treparse por cualquiera de aquellos gigantes era casi
imposible: los troncos tan gruesos, las ramas tan altas y el
vér- tigo de la altura acechando en las frondas. Si se
atreviera Lau- ro Coutinho, que nervioso dormía
abrazándolo por los pies… Quiso llamarlo, pero se contuvo:
un ruidillo raro, como de rato- nes en madera fina, rasguñó la
noche: ¡eran los dientes de sus compañeros que roían pepas
de tagua!
Don Clemente sintió por ellos tal compasión, que
resolvió darles el alivio de la mentira.
—¿Qué hay? —le susurraron a media voz, acercándole
las caras oscuras. Y palpaban los nudos de la soga que le
ciñeron.


La
—¡Estamos salvados!


José Eustasio

Estúpidos de gozo, repitieron la misma frase: «¡Salvados!


¡Salvados!». Y, postrándose en tierra, apretaban el lodo con las
rodillas, porque el dolor los dejó contritos, y entonaron un gran
ronquido de acción de gracias, sin preguntar en qué consistía
la salvación. Bastó que otro hombre la prometiera para que
todos la proclamaran y bendijeran al salvador.
Don Clemente recibió abrazos, súplicas de perdón, pala-
bras de enmienda. Algunos querían atribuirse el exclusivo
mérito del milagro:
—¡Las oraciones de mi madrecita!
—¡Las misas que ofrecí!
—¡El escapulario que llevo puesto!
Mientras tanto, la Muerte debió reírse en la oscuridad.

***

Amaneció.
La ansiedad que los sostenía les acentuó en el rostro la
mueca trágica. Magros, febricitantes, con los ojos
enrojecidos y los pulsos trémulos, se dieron a esperar que
saliera el sol. La actitud de aquellos dementes bajo los
árboles infundía miedo. Olvidaron el sonreír, y, cuando
pensaban en la sonrisa, les ple- gaba la boca un rictus
fanático.
Recelaron del cielo, que no se divisaba por ninguna
parte. Lentamente empezó a llover. Nadie dijo nada, pero se
miraron y se comprendieron.
Decididos a regresar, moviéronse sobre el rastro del día
anterior, por la orilla de una laguna donde las señales desa-
parecían. Sus huellas en el barro eran pequeños pozos que se


La

inundaban. Sin embargo, el rumbero cogió la pista, gozando


del más absoluto silencio como hasta las nueve de la
mañana, cuando entraron a unos chuscales de plebeya
vegetación donde ocurría un fenómeno singular: tropas de
conejos y guatines, dóciles o atontados, se les metían por
entre las piernas bus- cando refugio. Momentos después, un
grave rumor como de linfas precipitadas se sentía venir por
la inmensidad.
—¡Santo Dios! ¡Las tambochas!
Entonces sólo pensaron en huir. Prefirieron las sanguijuelas
y se guarecieron en un rebalse, con el agua sobre los
hombros.
Desde allí miraron pasar la primera ronda. A semejanza
de las cenizas que a lo lejos lanzan las quemas, caían sobre
la charca fugitivas tribus de cucarachas y coleópteros,
mientras que las márgenes se poblaban de arácnidos y
reptiles, obli- gando a los hombres a sacudir las aguas
mefíticas para que no avanzaran en ellas. Un temblor
continuo agitaba el suelo, cual si las hojarascas hirvieran
solas. Por debajo de troncos y raíces avanzaba el tumulto de la
invasión, a tiempo que los árboles se cubrían de una mancha
negra, como cáscara movediza, que iba ascendiendo
implacablemente a afligir las ramas, a saquear los nidos, a
colarse en los agujeros. Alguna comadreja desor- bitada,
algún lagarto moroso, alguna rata recién parida, eran
ansiadas presas de aquel ejército, que las descarnaba, entre
chillidos, con una presteza de ácidos disolventes.
¿Cuánto tiempo duró el martirio de aquellos hombres,
sepultados en cieno líquido hasta el mentón, que observaban
con ojos pávidos el desfile de un enemigo que pasaba, pasaba y
volvía a pasar? ¡Horas horripilantes en que saborearon a


La
sorbo y sorbo las alquitaradas hieles de la tortura! Cuando
calcularon


José Eustasio

que se alejaba la última ronda, pretendieron salir a tierra,


pero sus miembros estaban paralizados, sin fuerzas para
despegarse del barrizal donde se habían enterrado vivos.
Mas no debían morir allí. Era preciso hacer un esfuerzo.
El indio Venancio logró cogerse de algunas matas y comenzó a
luchar. Agarróse luego de unos bejucos. Varias tambochas des-
garitadas le royeron las manos. Poco a poco sintió
ensancharse el molde de fango que lo ceñía. Sus piernas al
desligarse de lo profundo produjeron chasquidos sordos.
«¡Upa! ¡Otra vez y no desmayar! ¡Ánimo! ¡Ánimo!».
Ya salió. En el hoyo vacío burbujeó el agua.
Jadeando, boca arriba, oyó desesperarse a sus compa-
ñeros, que imploraban ayuda. «¡Déjenme descansar!». Una
hora después, valiéndose de palos y maromas, consiguió sacar-
los a todos.
Esta fue la postrera vez que sufrieron juntos. ¿Hacia qué
lado quedó la pista? Sentían la cabeza en llamas y el cuerpo
rígido. Pedro Fajardo empezó a toser convulsivamente y
cayó bañándose en sangre por un vómito de hemoptisis.
Mas no tuvieron lástima del cadáver. Coutinho, el
mayor, les aconsejaba no perder tiempo. «Quitarle el
cuchillo de la cintura y dejarlo ahí. ¿Quién lo convidó? ¿Para
qué se vino si estaba enfermo? No los debía perjudicar». Y
en diciendo esto, obligó a su hermano a subir por una
copaiba para observar el rumbo del sol.
El desdichado joven, con pedazos de su camisa, hizo
una manea para los tobillos. En vano pretendió adherirse
al tronco. Lo montaron sobre las espaldas para que se
prendiera de más arriba, y repitió el forcejeo titánico, pero la
corteza se


La

despegaba y lo hacía deslizarse y recomenzar. Los de abajo


lo sostenían, apuntalándolo con horquetas, y, alucinados por
el deseo, como que triplicaban sus estaturas para ayudarlo.
Al fin ganó la primera rama. Vientre, brazos, pecho, rodillas
le ver- tían sangre. «¿Ves algo? ¿Ves algo?», le preguntaban.
¡Y con la cabeza decía que no!
Ya ni se acordaban de hacer silencio para no provocar la
selva. Una violencia absurda les pervertía los corazones y les
requintaba un furor de náufrago, que no reconoce deudos ni
amigos cuando, a puñal, mezquina su bote. Manoteaban
hacia la altura al interrogar a Lauro Coutinho.
«¿No ves nada? ¡Hay que subir más y fijarse bien!».
Lauro sobre la rama, pegado al tronco, acezaba sin res-
ponderles. A tamaña altitud, tenía la apariencia de un mono
herido, que anhelaba ocultarse del cazador. «¡Cobarde, hay
que subir más!». Y locos de furia lo amenazaban.
Mas, de pronto, el muchacho intentó bajarse. Un gruñido
de odio resonó debajo. Lauro, despavorido, les contestaba:
«¡Vienen más tambochas! ¡Vienen más tambo…!».
La última sílaba le quedó magullada entre la garganta,
por- que el otro Coutinho, con un tiro de carabina que le sacó
el alma por el costado, lo hizo descender como una pelota.
El fratricida se quedó viéndolo. «¡Ay, Dios mío, maté a mi
hermano, maté a mi hermano!». Y, arrojando el arma, se
echó a correr. Cada cual corrió sin saber a dónde. Y para
siempre se dispersaron.
Noches después los sintió gritar don Clemente Silva,
pero temió que lo asesinaran. También había perdido la
compa- sión, también el desierto lo poseía. A veces lo hacía
llorar el


José Eustasio

remordimiento, mas se sinceraba ante su conciencia con sólo


pensar en su propia suerte. A pesar de todo, regresó a buscar-
los. Halló las calaveras y algunos fémures.
Sin fuego ni fusil, vagó dos meses entre los montes,
hecho un idiota, ausente de sus sentidos, animalizado por la
floresta, despreciado hasta por la muerte, masticando tallos,
cáscaras, hongos, como bestia herbívora, con la diferencia de
que obser- vaba qué clase de pepas comían los micos, para
imitarlos.
No obstante, alguna mañana tuvo repentina revelación.
Paróse ante una palmera de cananguche, que, según la
leyenda, describe la trayectoria del astro diurno, a la manera
del gira- sol. Nunca había pensado en aquel misterio.
Ansiosos minu- tos estuvo en éxtasis, constatándolo, y creyó
observar que el alto follaje iba moviéndose pausadamente,
con el ritmo de una cabeza que gastara doce horas justas en
inclinarse desde el hombro derecho hasta el contrario. La
secreta voz de las cosas le llenó su alma. ¿Sería cierto que
esa palmera, encumbrada en aquel destierro como un índice
hacia el azul, estaba indi- cándole la orientación? Verdad o
mentira, él lo oyó decir. ¡Y creyó! Lo que necesitaba era una
creencia definitiva. Y por el derrotero del vegetal comenzó a
perseguir el propio.
Fue así como al poco tiempo encontró la vaguada del río
Tiquié. Aquel caño de estrechas curvas parecióle rebalse de
estancada ciénaga, y se puso a tirarle hojitas para ver si el
agua corría. En esa tarea lo encontraron los Albuquerques, y,
casi de rastra, lo condujeron al barracón.
—¿Quién es ese espantajo que han conseguido en la
cace- ría? —les preguntaban los siringueros.
—Un picure que sólo sabe decir: «¡Coutinho!… ¡Peggi!


José Eustasio
¡Souza Machado…!».


La

De allí, al terminar el año, se les fugaba en una canoa


para el Vaupés.
Ahora está aquí sentado, en mi compañía, esperando que
raye el alba para que lleguemos a las barracas del Guaracú.
Quizás piensa en Yaguanarí, en Yavaraté, en los compañeros
extraviados. «No vaya usted a Yaguanarí», me aconseja
siem- pre. Yo, recordando a Alicia y a mi enemigo, exclamé
colérico:
—¡Iré, iré, iré!

***

Al amanecer suscitóse una discusión en que, por fortuna, no


perdí el aplomo. Tratábase de la forma como debíamos
deman- dar la hospitalidad.
Era indudable que la presencia inesperada de cuatro
hombres desconocidos provocaría en los tambos serias
alarmas. Uno de nosotros debía arriesgarse a explorar el
ánimo del empresario, para que los demás, que quedarían en
expectativa, con la selva libre, no se expusieran a sufrir
irreparable servidumbre. Al fin, se convino en que aquella
misión me correspondía; pero mis compañeros se negaban
resueltamente a dejarme ir armado.
Con esta precaución ofendían mi cordura, y, sin
embargo, la acepté de manera tácita. Evidentemente, ciertos
actos como que se anticipan a mis ideas: cuando el cerebro
manda, ya mis nervios están en acción. Era bueno privarme
de cualquier medio que pudiera encender mi agresividad; y
todo hombre armado está siempre a dos pasos de la tragedia.
Entregándoles el revólver que tenía al cinto, les repetí
mis advertencias: «Esperadme aquí; si algo grave sucede,


La
escaparé esta misma noche y nos reuniremos para…».


José Eustasio

Y partí solo, con el día ya entrado, hacia la vivienda del


capataz.
Mientras que marchaba con paso azaroso, empezó a
tomar cuerpo mi decisión y recordé el proyecto del catire
Mesa: asal- tar la barraca, apoderarnos del “tesoro” de don
Clemente, coger los víveres que halláramos y huir con el
rumbero por entre los bosques, en busca de las cercanas
fuentes del río Guainía, apercibidos para descenderlo, sin
correr contingencias con el Isana, su tributario.
¿No sería mejor invadir los tambos a plomo y cuchillo?
¿Por qué llegar como pordiosero a pedir amparo? Me detuve
indeciso y miré atrás. Mis camaradas, sacando la cabeza por
entre las frondas, esperaban alguna orden. En otra situación,
les hubiera gritado con ásperas voces: «¡Mentecatos! ¡Para
qué dejan venir los perros!».
Porque Martel y Dólar corrían presurosos sobre mi
rastro; y en breve instante, desesperándome de inquietud,
llevaban por las barracas el anuncio de mi presencia.
¡Imposible retroceder! Avancé. No creía lo que estaba
viendo. ¿Esas pobres rama-
das de estilo indígena eran los tan mentados barracones del
Guaracú? ¿Esas viles casuchas, amenazadas por el rastrojo,
podían ser la sede de un sátrapa, que tenía esclavos y concu-
binas, señor de los montes y amo de los ríos? Cierto que los
caucheros sólo construyen habitaciones ocasionales y mudan
su residencia de un caño a otro, conforme a la abundancia
del siringal; cierto que el Cayeno, establecido años antes
cerca a los raudales del Guaracú, fue moviéndose Isana
arriba, sin cambiarle el nombre a la empresa, hasta situarse
en el istmo de Papunagua para ejercer dominio sobre el
Inírida, en


La

contra de Funes. Pero estas razones no aliviaban mi


desencanto ante el mal aspecto de la cauchería.
Uno de los tambos, a paciencia de sus moradores, estaba
casi enmallado por andariego bejuco de hojas lanudas y cala-
bacitas amarillentas. En el suelo, espinas de pescado,
conchas de armadillo, vasijas de latas carcomidas por el orín.
En sucios chinchorros, tendidos sobre un humazo de tizones
que ahuyen- taba zancudos, se aburrían unas mujeres de
fístulas hediondas a yodoformo y pañuelos amarrados en la
cabeza. No me sin- tieron, no se movieron. Parecíame haber
llegado a un bosque de leyenda donde dormitaba la
Desolación.
Fueron mis cachorros los que disiparon el marasmo: en
el caney próximo hicieron chillar a un mico, que, amarrado
por la cintura, colgábase de un palo al extremo de la correa.
La dueña salió. Gentes enfermas aparecieron. Por todas
partes, chicuelos desnudos y mujeres grávidas.
—¿Usted trajo mañoco para vender?
—Sí. ¿El amo está en casa?
—En aquel caney. Dígale que compre. ¡Estamos con hambre!
—¡Mañoco, ay, mañoco! ¡De cualquier modo se lo
pagamos! Y con anticipada salivación saboreaban su
propio deseo. El caney del amo no tenía paredes:
tabiques de palma divi-
dían los departamentos. Propiamente carecía de puertas, pero
sus huecos se tapaban con planchas de chusque. Yo no supe
en aquel momento adónde llamar. Por encima de la palmicha
que le servía de muro a una alcoba, miré hacia adentro, con
sutil sospecha. En una hamaca de floreados flecos fumaba
una mujer vestida de encajes. Era la madona Zoraida Ayram.
¡Y me vio fisgándola!


José Eustasio

—¡Váquiro, Váquiro! ¡Aquí hay un hombre!


No hallé qué decir. Me acerqué a la puerta inmediata. La
madona tenía en la mano un revólver, pequeñito como un
juguete. Mis camaradas estarían observando mis movimien-
tos. El entrar sin sombrero en el barracón era la señal de que
el capataz estaba presente. Más tardé yo en pensarlo que él
en salir de la pieza próxima, encapsulando la carabina.
—¿Qué quiere busté?
—Señor, soy Arturo Cova. Gente de paz.
La madona, como burlándose de sus nervios, dijo con
pin- toresca pronunciación, reparando en mí, mientras que
guar- daba el revólver entre el corpiño:
—¡Oh, Alá! ¡Lleven a ese mugroso a la cocina!
El Váquiro repuso extendiéndome su cuadrada mano:
—¡Soy Aquiles Vácares, veterano de Venezuela, guapo pal
plomo y pa cualquier hombre!
Por lo cual murmuré, descubriéndome reverente:
—¡Salud, general!

***

El Váquiro ocupó su chinchorro del corredor, con la carabina


en las piernas. Ordenóme que me sentara en el banco
próximo. Quedéme perplejo, pero expliqué mi indecisión con
estas razones:
—General, ¿podrá ser posible que yo tome asiento al
lado de un jefe? Sus fueros militares me lo prohíben.
—Eso sí es verdá.
El Váquiro era borracho, bizco, gangoso. Sus bigotes,
ene- migos del beso y la caricia, se le alborotaban,
inexpugnables,

La

sobre la boca, en cuyo interior la caja de dientes se movía


desajustada. En su mestizo rostro pedía justicia la cicatriz de
algún machetazo, desde la oreja hasta la nariz. Por el escote
de su franela irrumpía del pecho un reprimido bosque de
vello hirsuto, tan ingrato de emanaciones como abundante en
sudor termal. Su cinturón de cuero curtido se daba
pretensiones de muestrario bélico: cuchillo, puñal, cápsulas,
revólver. Vestía pantalones de caqui sucio y calzaba cotizas
sueltas, que, al moverse, le palmoteaban bajo los talones.
—¿Cómo hizo busté para adivinar los grados que tengo?
—Un veterano tan eminente debe haber recorrido el
escalafón.
—¿El qué?
—El escalafón.
—Dígame: ¿y en Colombia suena mi nombre?
—¿Quién no ha oído nombrar al “valiente Aquiles”?
—Eso sí es verdá.
—¡Paladín homérida!
—Le advierto que no soy de Mérida sino de Coro.
En ese momento, en grupo acezante, aparecieron mis
camaradas, desarmados, en la extremidad del corredor. El
Váquiro, sospechoso, se mantuvo en pie. Hice una modesta
presentación:
—Señor general, estos son compañeros míos.
Los tres, sin acercarse, murmuraron
confusos:
—¡Señor general!… ¡Señor general!
Comprendí que era tiempo de improvisar un discurso lírico
para que el Váquiro se calmara. Tergiversé las instrucciones
de don Clemente. Pronto adquirió mi lengua un tono
irresistible

José Eustasio

de convicción. Yo mismo me admiraba de mi inventiva, riendo,


por dentro, de mi propia solemnidad.
Éramos barraqueros del río Vaupés y residíamos en una
zona equidistante de Calamar y de la confluencia de Itilla y
el Unilla. Trabajábamos en mañoco, siringa y tagua.
Teníamos en Manaos un cliente espléndido, la casa Rosas, en
cuyo poder me quedaba un ahorro de unas mil libras, que
representaba mi trabajo de penosos meses como productor y
comisionista. Al decir esto, noté que la madona ponía
cuidado a mi relato, porque dejó de sonar la hamaca en el
cuarto próximo.
Este detalle me produjo cierta zozobra y viré de rumbo en
mis fantasías.
—Señor general, por desgracia, el Vaupés nos opone
rau- dales pérfidos; y perdimos en un trambuque, en el
correntón de Yavaraté, nuestra cosecha de ahora tres años.
Y repetí intencionalmente: «En el propio raudal de
Yava- raté, contra las raíces de un jacarandá».
La madona asomó a la puerta, llenando con su figura
qui- cio y dintel. Era una hembra adiposa y agigantada,
redonda de pechos y de caderas. Ojos claros, piel láctea,
gesto vulgar. Con sus vestidos blancos y sus encajes tenía la
apariencia de una cascada. Luengo collar de cuentas azules
se descolgaba desde su seno, cual una madreselva sobre una
cima. Sus bra- zos, resonantes por las pulseras y desnudos
desde los hombros, eran pulposos y satinados como dos
cojincillos para el placer, y en la enjoyada mano tenía un
tatuaje que representaba dos corazones atravesados por un
puñal.
¡Entretanto que la miraba, absolví mentalmente tu inex-
periencia, desventurado Luciano Silva, y adiviné el


José Eustasio
desenlace de tu pasión!


La

—¿Cuáles son los muchachos que conocen el río Vaupés?


—preguntó, regando en la atmósfera el cálido perfume de su
abanico.
—Los cuatro, señora.
—¿Y el afiliado a la casa Rosas? ¿El comisionista?
—Su admirador.
—¿A cómo le ordenaron pagar el caucho?
—El de primera, a un conto de reis. Poco más o menos a
trescientos pesos.
—¿No te lo dije, Váquiro, que no se puede pagar a más?
—¡Mire: no le permito apodarme así! Dígame por mi nom-
bre: ¡general Vácares! ¡Aprenda del joven Cova, que sí sabe
tratar a los jefes!
—Nada tengo que ver con nombres y títulos. Devuélvanme
mi plata o páguenmela en caucho, a razón de trescientos
pesos, menos el flete, porque yo no viajo de balde. ¡Lo
demás, me importa un comino!
—¡No sea grosera!
—¡Pues entonces no sea tramposo, no sea canalla, ni tal por
cual! Sepa que a las damas se les atiende con guante blanco.
Aprenda también de este caballero, que me ha dicho “su
admirador”.
—Calma, mi señora; calma, general.
El sofocado jefe ordenóme con gesto heroico:
—¡Vámonos pa juera, onde no nos vengan a interrumpir!
Al despedirme de la madona hice una profunda
reverencia.

***

—…Y como le decía, la casa Rosas me ordenó que en



La
lo sucesivo esquiváramos el Vaupés y por el Caño Grande


José Eustasio

descendiéramos al Inírida, hacia San Fernando del Atabapo,


donde podíamos consignarle al gobernador los productos que
consiguiéramos, pues era agente suyo y tenía el encargo de
remitírselos, por el Orinoco, a la isla de Trinidad.
—¡Chicos! ¿Y no sabían que a Pulido lo asesinaron?
—General, vivimos en el limbo de los desiertos…
—Pues lo descuartizaron, por robarle lo que tenía y por
coger la Gobernación.
—¡El coronel Funes!
—¡Qué coronel! ¡Está degradao! ¡Escupa ese nombre! ¡Cui-
dao con volverlo a mentar aquí!
Y por darme ejemplo, dejó caer ancha saliva y la refregó
con los calcañales.
—Señor general, yo fui precavido: le hice saber a la casa
Rosas que en ningún caso respondería por los accidentes que
la nueva ruta ocasionara; y, aprobada esta base, dejamos
nues- tras barracas hace ya dos meses, cargados de mañoco,
sarrapia y goma. ¡Pero el Inírida es tan envidioso como el
Vaupés, y, al llegar a la boca del Papunagua perdimos todo!
¡Hemos venido por entre el monte, en el colmo de la
mise- ria, a pedir amparo!
—¿Y qué será lo que busté quiere?
—Que me tripulen una canoa para enviar un correo a
Manaos, a llevar el aviso de la catástrofe y a traer dinero, sea
de la caja de nuestro cliente, sea de mi cuenta; y que nos den
posada a los cuatro náufragos hasta que regrese tal
expedición.
—¡No tenemos marina…, estamos escasísimos de mañoco…!
—Deme usted un boga conocedor y el mulato Correa se irá
con él. Pagaremos lo que se nos pida. Los jefes no conocen
dificultades.

La

—¡Eso sí es verdá!
La madona, que oía este diálogo, me llamó aparte:
—Caballero, yo le podría vender un boga que es mío.
—¡No interrumpa busté! ¡Déjenos conversar!
—¿Es que acaso no es mío el rumbero Silva? ¿No les probé
que era picure del personal de Yaguanarí? ¿No saben que
Pezil no me lo pagó?
—Señora, si usted desea… Si el general no me lo prohíbe…
—¡Qué general! ¡Este no es el que manda, sino el Cayeno!
Este es un pobre diablo que fanfarronea de administrador.
—¡No sea deslenguada! ¡Le voy a probar que sí tengo
mando: joven, puede contar con la embarcación!
—¡Gracias! ¡Gracias! En cuanto al boga, si la señora me
vende el picure, si me acepta un giro sobre Manaos…
—¿Y qué me da en prenda mientras lo pagan?
—Nuestras personas.
—¡Oh, no! ¡Eso no! ¡Alá!
—No me sorprende la desconfianza. Es verdad que nues-
tras figuras nos contradicen la solvencia: descalzos, astrosos,
necesitados. Sólo aspiro a poner en manos de ustedes cuanto
poseemos. Escojan el personal que ha de realizar la
comisión. Lo indispensable es que salga pronto con nuestras
cartas y tenga cuidado con los valores y mercancías que
solicitamos y que ustedes mismos recibirán: drogas, vituallas y,
especial- mente, algunos licores, porque conviene alegrar la
vida en este desierto.
—Eso sí es verdá.
Cuando la madona, pensativa, nos dejó solos, le rogué al jefe:
—¡Júreme, general, que contaremos con su valía!


José Eustasio

—Joven, poco me gusta jurar en cruz, porque soy ateo. ¡Mi


religión es la de la espada!
Y llevando la diestra al cinto, como garantía de su jura-
mento, murmuró solemne:
—¡Dios y Federación!

***

Al atardecer la madona reapareció. Por frente a la ramada


que nos destinó el Váquiro, me hizo el honor de pasear su
tedio, cubierta con un velo de gasa nívea que la defendía de los
jejenes.
Junto al fogón ocioso bostezábamos en silencio, esperando
a los pescadores que fueron al río a conseguir la cena.
Franco vació mañoco del bolsillo y lo comíamos a puñados,
cuando reparamos en la mujer. Al verla, volví la cara a otro
lugar, con el sombrero sobre la frente, avergonzado de la
miseria en que me hallaba.
—¿Me está mirando?
—Mucho, pero aparenta disimular.
—¿Se fue?
—Les está haciendo cariños a los dos perros.
—Déjate de observarla porque se acerca.
—¡Ya viene! ¡Ya viene!
Levanté el rostro para afrontarla, y la vi venir hollando
las yerbas, blanca, entre la penumbra semilunar. Pasó junto a
mí, saludándome con la mano, y envolvió este reproche en
una sonrisa:
—¡Caramba! Estamos esquivos. ¡No hay como tener saldo
en la casa Rosas!


La

Mudo, la vi alejarse hacia su caney, cuando Franco me


sacudió:
—¿Oíste? Ya está intrigada por el dinero. ¡Hay que con-
quistarla inmediatamente!
—¡Sí! A ver si vuelve a decirme “mugroso”. ¡Caerá! ¡Caerá!
¡El desprecio de una mujer no tiene perdón! ¡Mugroso! Esta
noche lavaremos nuestros vestidos y los secaremos a la can-
dela. Mañana…
La turca extendió en el patio su silla portátil y se reclinó
bajo los luceros a respirar fragancias del monte. Aquella
actitud no tenía más fin que el de fascinarme, aquellos ojos
dirigidos a las alturas querían que los contemplara, aquel
pensamiento que fingía vagar en la noche estaba conspirando
contra mi reposo.
¡Otra vez, como en las ciudades, la hembra bestial y calcula-
dora, sedienta de provechos, me vendía su tentación!
Observándola de reojo, comencé a sentir la agresividad
que precede a los desafíos. ¡Mujer singular, mujer
ambiciosa, mujer varonil! Por los ríos más solitarios, por las
correntadas más peligrosas, atrevía su batelón en busca de los
caucheros, para cambiarles por baratijas la goma robada,
exponiéndose a las violencias de toda suerte, a la traición de
sus propios bogas, al fusil de los salteadores, deseosa de
acumular centavo a centavo la fortuna con que soñaba,
ayudándose con su cuerpo cuando el buen éxito del negocio
lo requería. Por hechizar a los hom- bres selváticos
ataviábase con grande esmero, y al desembar- car en los
barracones, limpia, olorosa, confiaba la defensa de sus
haberes a su prometedora sensualidad.
¡Cuántas noches como esta, en desiertos desconocidos,
armaría su catre sobre las arenas todavía calientes, desilusionada


José Eustasio

de sus esfuerzos, ansiosa de llorar, huérfana de amparo y


pro- tección! Tras el día sofocante, cuyo sol retuesta la piel y
enro- jece los ojos con doble llama al quebrarse en la onda
fluvial, la sospecha nocturna de que los bogas van a
disgusto y han concebido algún plan siniestro; tras el
suplicio de los mosqui- tos, el tormento de los zancudos, la
cena mezquina, el rezongo del temporal, la borrasca
encendida y vertiginosa. ¡Y aparen- tar confianza en los
marineros que quieren robarse la embar- cación, y relevarlos
en la guardia, y aguantarles refunfuñas y malos modos, para
que al alba continúe el viaje, hacia el raudal que prohíbe el
paso, hacia las lagunas donde el gomero prome- tió entregar
un kilo de goma, hacia los ranchos de los deudo- res que
nunca pagan y que se ocultan al divisar la nave tardía!
Así, continuando el éxodo repetido, al monótono
chapoteo de los canaletes, debió de medir la inmensa
distancia que hay entre la miseria y el oro espléndido.
Sentada sobre los fardos, en la proa del batelón, al abrigo de
su paraguas, repasaría en la mente sus cuentas, confrontando
deudas e ingresos, viendo impaciente cómo pasaba un año
tras otro sin dejarle en las manos valiosa dádiva, igual a esos
ríos que donde confluyen sólo arrojan espuma en el arenal.
Quejosa de la suerte, agra- varía su decepción al pensar en
tantas mujeres nacidas en la abundancia, en el lujo, en la
ociosidad, que juegan con su vir- tud por tener en qué
distraerse, y que aunque la pierdan siguen con honra, porque
el dinero es otra virtud. Y ella, uncida al yugo de la pobreza,
luchando a brazo partido para comprar el descanso de la
vejez y volver a su tierra, que le negó todos los placeres,
menos el de quererla, el de recordarla. Quizás ten- dría
madre a quien mantener, hermanos que educar, deudas


La

sagradas que redimir. Y por eso la forzaría la necesidad a


pulir su rostro, ataviar su cuerpo, refinar su labia, para que
los artículos adquirieran categoría; los cobros, provecho; las
ofer- tas, solicitud.
Esto pensaba yo con juicio romántico, desposeído de
encono, viéndola ingeniarse por adquirir imperio sobre mi ser.
¿Ambi- cionaba mi oro o mi juventud? Bien podía escoger lo
que le placiera. En aquel momento sentía por ella la
solidaridad de los desgraciados. Su alma, endurecida por el
comercio, debía pagar tributo a la pesadumbre y a la ilusión,
aunque sus ambi- ciones fueran siempre vulgares. Quizás,
como yo, del amor humano sólo conocería la pasión sexual,
que no deja lágri- mas, sino tedio. ¿Alguien habría rendido
su corazón? Pareció no acordarse de Lucianito cuando, al
mencionar a Yavaraté, hice veladamente la evocación de la
sepultura. Acaso otros pesares constituirían el patrimonio de su
dolor, pero era seguro que su maciza femineidad no vivía
insensible a las sugestio- nes espirituales: sus grandes ojos
denuncian a ratos una con- goja sentimental, que parece
contagiada por la tristeza de los ríos que ha recorrido, por el
recuerdo de los paisajes que no ha vuelto a ver.
Lentamente, dentro del perímetro de los ranchos,
empezó a flotar una melodía semirreligiosa, leve como el
humo de los turíbulos. Tuve la impresión de que una flauta
estaba dialo- gando con las estrellas. Luego me pareció que la
noche era más azul y que un coro de monjas cantaba en el
seno de las mon- tañas, con acento adelgazado por los follajes,
desde inconcebi- bles lejanías. Era que la madona Zoraida
Ayram tocaba sobre sus muslos un acordeón.


José Eustasio

Aquella música de secreto y de intimidad daba motivo a


evocaciones y saudades. Cada cual comenzó a sentir en su cora-
zón que lo interrogaba una voz conocida. Varias mujeres con
sus chicuelos vinieron a acurrucarse junto a la tañedora. Paz,
misterio, melancolía. Elevado en pos del arpegio, el espíritu
se desligaba de la materia y emprendía fabulosos viajes,
mientras el cuerpo se quedaba inmóvil, como los vegetales
circunvecinos. Mi psiquis de poeta, que traduce el idioma de
los sonidos, entendió lo que aquella música les iba diciendo
a los circuns- tantes. Hizo a los caucheros una promesa de
redención, rea- lizable desde la fecha en que alguna mano
(ojalá que fuera la mía) esbozara el cuadro de sus miserias y
dirigiera la compa- sión de los pueblos hacia las florestas
aterradoras; consoló a las mujeres esclavizadas, recordándoles
que sus hijos han de ver la aurora de la libertad que ellas
nunca miraron, e individual- mente nos trajo a todos el don
de encariñarnos con nuestras
penas por medio del suspiro y de la ensoñación.
En breves minutos volví a vivir mis años pretéritos,
como espectador de mi propia vida. ¡Cuántos antecedentes
indica- dores de mi futuro! ¡Mis riñas de niño, mi pubertad
agreste y voluntariosa, mi juventud sin halagos ni amor! ¿Y
quién me conmovía en aquel momento hasta ablandarme a la
manse- dumbre y desear tenderles los brazos, en un ímpetu
de per- dón, a mis enemigos? ¡Tal milagro lo realizaba una
melodía casi pueril! ¡Indudablemente, la madona Zoraida
Ayram era extraordinaria! Intenté quererla, como a todas,
por sugestión.
¡La bendije, la idealicé! Y recordando las circunstancias que
me rodeaban, lloré por ser pobre, por andar mal vestido, por
el sino de tragedia que me persigue.


La

***

Franco fue a despertarme por la mañana y encontró el chin-


chorro vacío. Corrió luego al caño donde yo cumplía mi
ablu- ción matinal y me dio esta noticia despampanante:
—¡Vístete ligero, que la madona va a proponerte una
transacción!
—¡Mis ropas están húmedas todavía!
—¿Qué importa? ¡Hay que aprovechar! Ella salió del baño,
al amanecer, y ya nos hizo un presente regio: galletas, café, dos
potes de atún. Quiere hablar contigo, ahora que estamos
solos, pues el Váquiro se marchó desde temprano a vigilar a los
sirin- gueros y sólo volverá de tardecita.
—¿Y qué quiere decirme?
—Que la prefieras en el negocio. Que si pides dinero
para comprar caucho, le tomes al Cayeno todo el que tenga
en estos depósitos, a ver si él le paga lo que le está debiendo.
¡Aprisa, vamos!
La madona, en el patio, conversaba animadamente con el
Mulato y el Catire, mostrándoles los encajes y los dedos,
cual si quisiera instarlos a desmayarse de admiración.
—Es un muestrario andante —advirtióme Franco—: nos
propone que le compremos telas, sortijas, joyas, semejantes a
las que usa o de mejor laya. Dice que llegó sola en una
curiara, tri- pulada por tres naturales, y que dejó su lancha en
el caserío de San Felipe, en pleno Río Negro, porque el alto
Isana es intransi- table. ¿Pero dónde tiene la mercancía que
nos ofrece? Podría yo jurar que su batelón está escondido en
alguna ciénaga, por temor de que puedan desvalijarlo, y que
gentes adictas la esperan allí.


José Eustasio

Al calor de la siesta, resolví presentármele a la mujer en


su propia alcoba, sin anunciarme, repensando un discurso
prepa- rado y con cierta emoción que aumentaba mi palidez.
La sor- prendí aspirando su cigarrillo en boquilla de ámbar,
tendida en la hamaca soporosa, un pie sobre el otro, y el
ruedo de la falda barriendo el suelo en tardo compás. Al
verme, logró sentarse, con fingido disgusto de mi
imprudencia, ajustóse la blusa des- abrochada, y,
observándome, enmudeció.
Entonces, con ilusoria teatralidad, que, por cierto, fue
muy sincera, murmuré bajando los ojos:
—¡No repares, señora, en mis pies descalzos, ni en mis
remiendos, ni en mi figura: mi porte es la triste máscara de
mi espíritu, mas por mi pecho pasan todas las sendas para el
amor! Me bastó una mirada de la madona para comprender
mi equivocación. Tampoco entendía la sinceridad de mi
rendi- miento, cuando hubiera podido darle a mi ánima,
ansiosa de un afecto cualquiera, las orientaciones
definitivas; tampoco supo velarse con el espíritu para
hacerme olvidar la hembra
ante la mujer.
Disgustado por mi ridículo, me senté a su lado, decidido
a vengarme de su estupidez, y tendiéndole el brazo sobre los
hombros la doblé contra mí, bruscamente, y mis dedos tena-
ces le quedaron impresos en la piel. Arreglándose las
peinetas, protestó anhelante:
—¡Estos colombianos son atrevidos!
—¡Sí, pero en empresas de mucha monta!
—¡Quieto! ¡Quieto! ¡Déjeme reposar!
—Eres insensible como tus cabellos.
—¡Oh! ¡Alá!

La

—Te besé la cabeza y no sentiste.


—¡Para qué!
—¡Cual si hubiera besado tu inteligencia!
—¡Oh, sí!
Durante un momento quedóse inmóvil, menos pudorosa que
alarmada, sin mirarme ni protestar. De repente, se puso en
pie.
—¡Caballero, no me pellizque! ¡Está equivocado!
—¡Nunca se equivoca mi corazón!
Y diciendo esto, le mordí la mejilla, una sola vez, porque en
mis dientes quedó un saborcillo de vaselina y polvos de
arroz. La madona, estrechándome contra el seno, prorrumpió
llorosa:
—¡Ángel mío, prefiérame en el negocio! ¡Prefiérame!
Lo demás fue de cuenta mía.

***

Hasta diez chiquillos panzudos me cercaron con sus totumas,


gimoteando un ruego enseñado por sus mamás, quienes en
corrillo famélico los instigaban desde otro caney,
ayudándoles con los ojos en la súplica mendicante: «¡Mañoco,
ay, mañoco!». Entonces la madona Zoraida Ayram, con su
mano usu- rera y blanca, que aún tenía la agitación de las
últimas sensa- ciones, quiso demostrar su munificencia y
obtener mi aplauso: ejerciendo derechos de ama de casa,
franqueó la despensa a los pedigüeños y les ordenó colmar
sus vasijas hasta saciarse. Aba- lanzáronse los muchachos
sobre el mapire, como chisgas sobre el trigal, cuando, de súbito,
una vieja envidiosa los alarmó con estas palabras: «¡Uiii!
¡Güipas! ¡El viejo!». Y la turba despavorida des- bandóse con


La
tal precipitación, que algunos cayeron derramando


José Eustasio

el afrecho precioso, pese a lo cual, los más listos recogieron


del suelo varios puñados y lleváronlos a la boca, con tierra y
todo.
El “espanto” de aquellos párvulos era el rumbero Clemente
Silva, que, habiendo ido a pescar, regresaba con las redes inefi-
caces. Grave recelo sienten ante el anciano, con quien los asus-
tan desde que salen de la lactancia, enseñándoles que,
cuando crezcan, va a extraviarlos en el centro de los rebalses,
bajo sirin- gales oscurecidos, donde la selva habrá de
tragárselos.
La arisca timidez de los indiecitos crece al influjo de
gro- tescas supersticiones. Para ellos el amo es un ser
sobrenatural, amigo del máguare, es decir, del diablo, y por
eso los mon- tes le prestan ayuda y los ríos le guardan los
secretos de sus violencias. Ahí está la isla del Purgatorio, en
donde han visto perecer, por mandato del capataz, a los
caucheros desobe- dientes, a las indias ladronas, a los niños
díscolos, amarrados a la intemperie, en total desnudez, para
que los zancudos y los murciélagos los ajusticien. Semejante
castigo amedrenta a los pequeñuelos, y, antes de cumplir
cinco años de edad, salen a los cauchales en la cuadrilla de
las mujeres, con miedo al patrón, que los obliga a picar los
troncos, y con miedo a la selva, que debe odiarlos por su
crueldad. Siempre anda con ellos algún hachero que les
derriba determinado número de árboles, y es de verse
entonces cómo, en el suelo, torturan al vegetal, hiriéndole
ramas y raíces con clavos y puyas, hasta extraerle la postrera
gota de jugo.
—¿Qué opina usted, don Clemente, de estos rapaces?
—Que en mí le tienen miedo a su porvenir.
—Pero usted es hombre de buen agüero. Compare

José Eustasio
nuestros temores de hace dos días con la tranquilidad de que
gozamos.


La

Así dije; y pensando en nuestra pronta separación, nos


arrepentimos íntimamente de haber hablado, y
enmudecimos, procurando que nuestros ojos no se
encontraran.
—¿Hoy ha conferenciado con mis compañeros?
—Como amanecimos pescando, estarán durmiendo la siesta.
—¡Vamos a verlos!
Y cuando pasamos ante un caney, cercano al río, vi un
grupo de niñas, de ocho a trece años, sentadas en el suelo, en
círculo triste. Vestían todas chingues mugrientos, terciados
en forma de banda y suspendidos por sobre el hombro con
un cordón, de suerte que les quedaban pecho y brazos
desnudos. Una espulgaba a su compañera, que se le había
dormido sobre las rodillas; otras preparaban un cigarrillo en
una corteza de tabarí, fina como papel; esta, de cuando en
cuando, mordía con displicencia un caimito lechoso; aquella,
de ojos estúpidos y greñas alborotadas, distraía el hambre de
una criatura que le pataleaba en las piernas, metiéndole el
meñique entre la boquita, a falta del pezón ya exhausto.
¡Nunca veré otro grupo de más infinita desolación!
—Don Clemente, ¿qué se quedan haciendo estas indieci-
tas mientras tornan sus padres a la barraca?
—Estas son las queridas de nuestros amos. Se las
cambia- ron a sus parientes por sal, por telas y cachivaches o
las arran- caron de sus bohíos como impuesto de esclavitud.
Ellas casi no han conocido la serena inocencia que la
infancia respira, ni tuvieron otro juguete que el pesado tarro
de cargar agua o el hermanito sobre el cuadril. ¡Cuán impuro
fue el holocausto de su trágica doncellez! Antes de los diez
años, son compelidas al lecho, como un suplicio; y,
descaderadas por sus patrones,


José Eustasio

crecen entecas, taciturnas, ¡hasta que un día sufren el espanto


de sentirse madres, sin comprender la maternidad!
Mientras íbamos caminando, estremecidos de indignación,
observé un semitecho de mirití, sostenido por dos horcones, de
los cuales pendía chinchorro misérrimo, donde descansaba
un sujeto joven, de cutis ceroso y aspecto extático. Sus ojos
debían tener alguna lesión, porque los velaba con dos
trapillos ama- rrados sobre la frente.
—¿Cómo se llama aquel individuo que se tapó la cara
con la cobija, como disgustado por mi presencia?
—Un paisano nuestro. Es el solitario Esteban Ramírez,
que tiene la vista a medio perder.
Entonces acercándome al chinchorro y descubriéndole la
cabeza, le dije con voz tenue y emocionada:
—¡Hola, Ramiro Estévanez! ¿Crees que no te conozco?

***

Un singular afecto me ligó siempre a Ramiro Estévanez.


Hubiera querido ser su hermano menor. Ningún otro amigo
logró ins- pirarme aquella confianza que, manteniéndose
dignamente sobre la esfera de lo trivial, tiene elevado
imperio en el cora- zón y en la inteligencia.
Siempre nos veíamos, nunca nos tuteábamos. Él era
mag- nánimo; impulsivo yo. Él, optimista; yo, desolado. Él,
virtuoso y platónico; yo, mundano y sensual. No obstante,
nos acercó la desemejanza, y, sin desviar las innatas
inclinaciones, nos completábamos en el espíritu, poniendo
yo la imaginación, él la filosofía. También, aunque
distanciados por las costumbres,


La

nos influimos por el contraste. Pretendía mantenerse


incólume ante la seducción de mis aventuras, pero al
censurármelas lo inundaba cierta curiosidad, una especie de
regocijo pecami- noso por los desvíos de que lo hizo incapaz
su temperamento, sin dejar de reconocerles vital atractivo a
las tentaciones. Creo que, por encima de sus consejos, más
de una vez hubiera cam- biado su temperancia por mis
locuras. De tal suerte llegué a habituarme a comparar
nuestros pareceres, que ya en todos mis actos me preocupaba
una reflexión: ¿qué pensará de esto mi amigo mental?
Amaba de la vida cuanto era noble: el hogar, la patria, la
fe, el trabajo, todo lo digno y lo laudable. Arca de sus parien-
tes, vivía circunscrito a su obligación, reservándose para sí
los serenos goces espirituales y conquistando de la pobreza
el lujo real de ser generoso. Viajó, se instruyó, comparó
civilizaciones, comprendió a hombres y a mujeres, y por todo
aquello adquirió después una sonrisilla sardónica, que tomaba
relieve cuando ponía en sus juicios la pimienta del análisis y
en sus charlas la coquetería de la paradoja.
Antaño, apenas supe que galanteaba a cierta beldad de
categoría, quise preguntarle si era posible que un joven
pobre pensara compartir con otra persona el pan escaso que
conseguía para sus padres. Nada le traté a fondo porque me
interrum- pió con frase justa: «¿No me queda derecho ni a la
ilusión?».
Y la loca ilusión lo llevó al desastre. Tornóse
melancólico, reservado, y acabó por negarme su intimidad.
Con todo, algún día le dije por indagarlo: «Quiera el destino
reservarle mi cora- zón a cualquier mujer cuya parentela no
se crea superior, por ningún motivo, a mi gente». Y me
replicó: «Yo también he


José Eustasio

pensado en ello. ¿Pero qué hacer? ¡En esa doncella se detuvo


mi aspiración!».
Al poco tiempo de su fracaso sentimental no lo volví a
ver. Supe que había emigrado a no sé dónde, y que la fortuna
le fue risueña, según lo predicaban, tácitamente, las relativas
comodi- dades de su familia. Y ahora lo encontraba en las
barraca del Guaracú, hambreado, inútil, usando otro nombre
y con una venda sobre los párpados.
Gran desconcierto me produjo su pesadumbre, y, por
com- pasiva delicadeza, no me atrevía a inquirir detalle
ninguno de su suerte. En vano esperé a que iniciara la
confidencia. El tal Ramiro estaba cambiado: ni un apretón, ni
una palabra cor- dial, ni un gesto de regocijo por nuestro
encuentro, por todo ese pasado que en mí renacía y en el cual
poseíamos partes iguales. En represalia, adopté un mutismo
glacial. Después, por mortificarlo, le dije secamente:
—¡Se casó! ¿Sí sabías que se casó?
Al influjo de esta noticia resucitó para mi amistad un
Ramiro Estévanez desconocido, porque en vez del suave
filósofo apare- ció un hombre mordaz y amargo, que veía la
vida tal como es por ciertos aspectos. Asiéndome de la
mano, interrogó:
—¿Y será verdadera esposa, o sólo concubina de su marido?
—¿Quién lo podrá decir?
—Claro que ella posee virtudes para ser la esposa ideal
de que nos habla el Evangelio; pero unida a un hombre que
no la pervirtiera y “encanallara”. Entiendo que el suyo es
uno de tantos como conozco, viudos de mancebía, momen-
táneos desertores de los burdeles, que se casan por vani-
dad o por interés, hasta por adquirir hembra de alcurnia a


La

beneplácito de la sociedad. Pero pronto la depravan y la rele-


gan, o en el santuario del hogar la convierten en meretriz,
pues su ardor marital ya no prospera sino reviviendo prácticas
de prostíbulo.
—¿Y eso qué importa? Con tal de llevar apellido ilustre
que se cotice en el gran mundo…
—¡Bendito sea Dios, porque aún existe la candidez!
Esta frase me hizo la impresión de un alfilerazo en mi
epi- dermis de hombre corrido. Y me di a acechar el
momento de probarle a Estévanez que yo también entendía
de mordacidad; pero la ocasión no se presentaba y él expuso:
—A propósito de apellidos, recuerdo cierta anécdota de
un ministro, de quien fui escribiente. ¡Qué ministro tan
popular!
¡Qué despacho tan visitado! Pronto me di cuenta de un fenó-
meno paradójico: los aspirantes salían sin gangas, pero rebo-
saban de orgullo prócer. Una vez penetraron en la oficina
dos caballeros de punta en blanco, elegantes de oficio,
profesores de simpatía en garitos y salones. El ministro, al
tenderles la mano, puso atención a sus apellidos:
—Yo soy Zárraga —dijo uno.
—Yo soy Cómbita —murmuró el otro.
—¡Ah, sí! ¡Ah, sí! ¡Cuánto honor, cuánto gusto!
¡Ustedes son descendientes de los Zárragas y de los
Cómbitas!
Y cuando salieron, le pregunté a mi augusto jefe:
—¿Quiénes son los antepasados de estos señorones, cuya
prosapia arrancó a usted un elogio tan espontáneo?
—¿Elogio? ¡Qué sé yo! Mi pleitesía fue de simple lógica: si
el uno es Cómbita y el otro es Zárraga, sus respectivos
padres llevarán esos apellidos. ¡Nada más!


José Eustasio

Porque Ramiro no advirtiera que su talento provocaba


mi admiración, aparenté displicencia ante sus palabras.
Quise tratarlo como a pupilo, desconociéndolo como a
mentor, para demostrarle que los trabajos y decepciones me
dieron más cien- cia que los preceptores de filosofismo, y que
las asperezas de mi carácter eran más a propósito para la
lucha que la prudencia débil, la mansedumbre utópica y la
bondad inane. Ahí estaban los resultados de tan grande
axioma: entre él y yo, el vencido era él. Retrasado de las
pasiones, fracasado de su ideal, senti- ría el deseo de ser
combativo, para vengarse, para imponerse, para redimirse,
para ser hombre contra los hombres y rebelde contra su
destino. Viéndolo inerme, inepto, desventurado, le esbocé
con cierta insolencia mi situación para deslumbrarlo con mi
audacia:
—Hola, ¿no me preguntas qué vientos me empujan por
estas selvas?
—La energía sobrante, la búsqueda del Dorado, el atavismo
de algún abuelo conquistador…
—¡Me robé una mujer y me la robaron! ¡Vengo a matar
al que la tenga!
—Mal te cuadra el penacho rojo de Lucifer.
—¿Pero no crees acaso en mi decisión?
—¿Y la tal mujer merece la pena? Si es como la madona
Zoraida Ayram…
—¿Sabes algo?
—Me pareció que entrabas en su caney.
—¿De modo que tus ojos no están perdidos?
—Todavía no. Fue una incuria mía, mientras fumigaba
un bolón de goma. Prendí fuego, y, al taparlo con el embudo


La

que se habilita de chimenea, una rama rebelde que chirriaba


quemándose, me lanzó al rostro un chorro de humo.
—¡Qué horror! ¡Como si se tratara de una venganza con-
tra tus ojos!
—¡En castigo de lo que vieron!

***

Esta frase fue para mí una revelación: Ramiro era el hombre


que, según don Clemente Silva, presenció las tragedias de
San Fernando del Atabapo y solía relatar que Funes
enterraba la gente viva. Él había visto cosas extraordinarias en
el pillaje y la crueldad, y yo ardía por conocer detalles de esa
crónica pavorosa. Hasta por ese aspecto Ramiro Estévanez
resultaba intere- santísimo; y como, al parecer, reaccionaba
contra el divorcio de nuestra fraterna intimidad, fuese
amenguando en mi cora- zón el resentimiento y empezamos
a hacer el canje de nuestras desdichas, refiriéndolas a grandes
rasgos. Aquel día no cambia- mos palabra sobre la tiranía del
coronel Funes, porque Ramiro no cesaba de hacerme el
inventario de sus cuitas, como urgido de protección. Lo que
más me dolió de cuanto contaba fueron las inauditas
humillaciones a que dio en someterlo un capataz a quien
llamaban el Argentino, por decirse oriundo de aquel país.
Este hombre, odioso, intrigante y adulador, les impuso a los
siringueros el tormento del hambre, estableciendo la práctica
insostenible de pagar con mañoco la leche de caucho, a razón
de puñado por litro. Había llegado a las barracas del Guaracú
con unos prófugos del río Ventuario, y, queriendo vendérselos
al Cayeno, convirtióse en explotador de sus propios amigos,


José Eustasio

forzándolos con el foete a trabajos agobiadores, para demos-


trar la pujanza física de los cuitados y exigir por ellos un óptimo
precio. Gerenciaba también el zarzo de las mujeres,
premiando con sus cuerpos avejentados la abyección de ciertos
peones, y a fuerza de mala índole ganóse el ánimo del
Cayeno, hasta pos- poner al Váquiro mismo, que lo odiaba y
reñía.
En el preciso instante que relataba Ramiro Estévanez tan
torpes abusos, principió a llegar a los tambos la desolada fila de
caucheros, con los tarros de goma líquida y las ramas verdes del
árbol massaranduba, que prefieren para fumigar, porque pro-
ducen humo denso. Mientras unos guindaban sus
chinchorros para tenderse a sudar la fiebre o a lamentarse del
beriberi que los hinchaba, otros prendían fuego, y las
mujeres amamanta- ban a sus criaturas, que no les daban
tiempo para quitarse de la cabeza las tinajas rebosantes de
jugo.
Llegó con ellos y con el Váquiro un individuo que usaba
abrigo impermeable y esgrimía en los dedos un latiguillo de
balatá. Hizo limpiar una gran vasija y se puso a medir con
una totuma la leche que cada gomero presentaba,
atortolándo- los con insultos, con amenazas y reclamos, y
mermándoles el mañoco a que tenían derecho para cenar.
—Mira —exclamó temblando Ramiro—: ¡mi hombre es
aquel sujeto del impermeable!
—¡Cómo! ¿Ese que me observa por bajo el ala del som-
brero? No hay tal argentino. ¡Ese es el famoso Petardo Lesmes,
popularísimo en Bogotá!
Al sentirse objeto de mi atención, multiplicaba las
repren- siones y trajinaba de aquí y de allí, como para que yo
quedara lelo ante sus portentosas actividades de hombre de


José Eustasio
empresa


La

y me diera cata de lo difícil que me sería contentar al futuro


patrón. Dándolas de afanoso y ocupadísimo, marchó hacia
mí, fingiendo escribir en una libreta, mientras caminaba, para
tener pretexto de atropellarme.
—Amigo, ¿el nombre de usted? ¿Los informes de su cuadrilla?
Picado por la insolencia del fantoche, volví la cara hacia
los caucheros y respondí por soflamarlo:
—Soy de la cuadrilla de los “pepitos”. Los envidiosos que
me conocieron en Bogotá me apodaron el Petardo Lesmes,
aunque hace tiempo que no les pido nada, pese a los desem-
bolsos que ocasiona la sociedad. Prefería empeñar mi argo-
lla de compromiso en cubículos y trastiendas, aun a riesgo de
que lo supiera mi prometida, con tal de ser munífico, cual lo
requiere mi posición social. Ocupé mis ratos de estudio en
dirigir anónimos a mis primas contra sus pretendientes que
no eran ricos o que no eran chic. Alegré corrillos de esqui-
nas, señalando con dedo cínico a las mujeres que desfila-
ban, calumniándolas en mil formas, para acreditar mi cartel
de perdonavírgenes. Fui cajero de la Junta de Crédito Dis-
trital, por llamamiento unánime de sus miembros. Los cien
mil dólares del alcance no salieron todos en mi maleta: me
dieron únicamente el quince por ciento. Acepté la designa-
ción con previo acuerdo de firmar recibo por un caudal que
ya no existía. Palabra dada, palabra sagrada. Al principio
tuve vagos escrúpulos de inexperto, pero la Junta me
decidió. Recordóme el ejemplo de tanto pisco que saquea
con impu- nidad habilitaciones, bancos, pagadurías, sin
menoscabar su buena reputación. Fulano de tal falsificó
cheques; zutano adul- teró cuentas y depósitos; perencejo se
puso por la derecha un


José Eustasio

sueldo adecuado a su categoría de novio elegante, en lo cual


procedió muy bien, pues no es justo ni humano trajinar con
talegas y mazos de billetones, padeciendo necesidades, con
el suplicio de Tántalo día por día, y ser como el asno que
mar- cha hambriento llevando la cebada sobre su lomo. Vine
por aquí mientras olvidan el desfalco; tornaré presto,
diciendo que andaba por Nueva York, y llegaré vestido a la
moda, con abrigo de pieles y zapatos de caña blanca, a
frecuentar mis relaciones, mis amistades, y a obtener otro
empleo fructuoso.
¡Estos son los informes de mi cuadrilla!
Así terminé, remirando a Estévanez y feliz de haber encon-
trado ocasión de exhibir mi mordacidad. El Petardo Lesmes,
sin inmutarse me argumentó:
—¡Mis tías y mis hermanas pagarán todo!
—¿Con qué, con qué? Ustedes son pobres, hijos de ricos.
Dividida la herencia, nos igualamos.
—¿Arturo Cova igualarse a mí? ¿Cómo, de qué manera?
—¡De esta! —y rapándole el látigo, le crucé el rostro.
El Petardo salió corriendo, entre el ruido del impermea-
ble, gritando que le prestaran una carabina. ¡Y no me mató!
El Váquiro, la madona y mis compañeros acudieron a
contenerme. Entonces un cauchero corpulentísimo sonrió
cuadrándose:
—Eso sí no sería con yo. ¡Si usté me hubiera tocao la cara,
uno de los dos estaría en el suelo!
Varios del corrillo que nos rodeaban le replicaron:
—¡No se meta de guapetón, acuérdese del Chispita, que
en el Putumayo le echaba rejo!
—¡Sí, pero onde lo vea le corto las manos!


La

***

—Franco, ¿qué te dice Ramiro Estévanez?, ¿qué se mur-


mura en los barracones?
—Ramiro se entusiasma por tu ardentía y se apoca ante
tu imprudencia. Los gomeros aplauden la humillación del
Petardo Lesmes, pero en todos veo cierta inquietud, el
presentimiento de alguna cosa sensacional. Yo mismo
empiezo a sentir una desconfianza preocupadora. Ayudado
por el Catire, he pro- curado cumplir tus órdenes respecto de
la insurrección; pero nadie quiere meterse en sublevaciones,
desconfían de nues- tros planes y de ti mismo. Suponen que
los quieres acaudillar para esclavizarlos cuando pase el golpe
o venderlos después. Temo haberles hablado a los delatores. El
Petardo Lesmes par- tió esta mañana en exploración y quería
llevarse como rum- bero a Clemente Silva. Gracias a que el
Váquiro no convino en que este marchara.
—¡Qué has dicho! ¡Es imperioso que la canoa salga esta
misma noche para Manaos!
—Lo lamentable es que sea tan pequeña. Si pudiéramos
caber todos…
—¿Pero no comprendes tu desvarío? Aquí debemos per-
manecer. Nuestra residencia en el Guaracú es la garantía de
los viajeros. Si los atajaran, si los prendieran, ¿quién velaría por
su destino? Hay que darles tiempo de que desciendan el
Isana. Después haremos lo que se pueda para escaparnos.
Mientras tanto, nuestro Cónsul estará en viaje y lo
avistaremos en el Río Negro. Dos meses de espera, porque la
madona les presta su lancha a los emisarios y la tomarán
desde San Felipe.


José Eustasio

—Óyeme: el viejo Silva dice que no quiere dejarte solo,


que no puede admitir favores que provengan de esa mujer,
quien lo tuvo de esclavo tras de haber sido concubina de
Lucianito.
—¡Si eso quedó arreglado desde ayer! ¡Se irá don Clemente
con el Mulato y dos bogas más! Ya les tengo firmados los
pasapor- tes. Los víveres listos. ¡Sólo me falta escribir la
correspondencia! Alarmado por este informe, corrí luego a
buscar al anciano Silva y le rogué con acento apremiante,
provocando sus lágrimas:
—¡No se detenga por mis peligros! ¡Váyase, por Dios,
con los huesos de su pequeño! ¡Piense que si se queda des-
cubren todo y no saldremos jamás de aquí! ¡Guarde ese
llanto para ablandar el alma de nuestro Cónsul y hacer que
se venga inmediatamente a devolvernos la libertad! Regrese
con él y viajen de día y de noche, en la seguridad de hallar-
nos pronto, porque para entonces estaremos en el Guainía.
Búsquenos usted en Yaguanarí, en el barracón de Manuel
Cardoso; y si le dicen que nos internamos en la montaña,
coja nuestra pista, que muy en breve nos encontrará. Desde
ahora le repito las mismas súplicas de Coutinho y de Souza
Machado, cuando, perdidos en la floresta, le besaban los
pies: «Apiádese de nosotros. Si usted nos abandona, mori-
remos de hambre».
Después, estrechando contra mi pecho al mulato Antonio
Correa:
—¡Vete, pero no olvides que merecemos la redención! ¡No
nos dejen botados en estos montes! ¡Nosotros también
quere- mos regresar a nuestras llanuras, también tenemos
madre a quien adorar! ¡Piensa que si morimos en estas
selvas, seremos


La

más desgraciados que el infeliz de Luciano Silva, pues no habrá


quien repatrie nuestros despojos!
Y aunque el Váquiro ebrio y la madona concupiscente
me esperaban para yantar, me encerré en la oficina del patrón,
y, en compañía de Ramiro Estévanez, redacté para nuestro
Cónsul el pliego que debía llevar don Clemente Silva, una
tremenda requisitoria, de estilo borbollante y apresurado
como el agua de los torrentes.

***

Esa noche, el Váquiro, deteniéndose en el umbral,


interrumpía nuestra labor con impertinencias:
—¡Pida cachaza, pida tabaco y tiros de wínchester!
A su vez, el catire Mesa, provisto de una antorcha, se
pre- sentaba a repetir:
—La canoa está lista, pero no hay quien entregue el
quin- tal de caucho que deben llevar como dinero para cubrir
los costos del viaje.
Y la madona, con fastidiosa desfachatez, entraba en el cuar-
tucho mal iluminado, me interrogaba familiarmente, me ser-
vía pocillos de café tinto, que ella misma endulzaba a sorbos,
dándome por servilleta la punta de su delantal.
En presencia del casto Ramiro, apoyó la mejilla en mi hom-
bro, viendo correr la pluma sobre las páginas, a la resinosa
luz del candil, admirada de mi destreza en trazar signos que
ella no entendía, tan diferentes del alfabeto árabe.
—¡Quién supiera escribir tu idioma! Ángel mío, ¿qué
po- nes ahí?


José Eustasio

—Le estoy diciendo a la casa Rosas que tienes un


caucho maravilloso.
Ramiro, indignado, se retiró.
—Amor, no le digas eso, porque me pedirá que se lo dé
en pago.
—¿Acaso le debes?
—¡La deuda no es mía, pero… quisiera que me ayudaras!…
—¿Te obligaste como fiadora?
—Sí.
—Pero el deudor te daba lotes de caucho.
—Eran para mí, no para la deuda.
—¡Y lo mató un árbol! ¿No es verdad que lo mató un árbol,
el de la ciencia del bien y del mal?
—¡Oh! ¿Tú sabes? ¿Tú sabes?
—¡Recuerda que he vivido en el Vaupés!
La madona, desconcertada, retrocedía, pero yo, sujetán-
dola por los brazos, la obligué a hablar:
—¡No te afanes, no te desesperes! ¿Es tuya la culpa de
que el muchacho se matara? ¡No me niegues que se suicidó!
—¡Sí, se mató! ¡Pero no lo cuentes a tus amigos! ¡Tenía
tantas deudas! ¡Quería que me quedara en los siringales
viviendo con él! ¡Imposible! ¡O que nos casáramos en
Manaos! Un absurdo.
¡Y en el último viaje, cuando pernoctamos en el raudal, lo
des- engañé, le exigí que me dejara, que se volviera! Empezó a
llorar.
¡Él sabía que yo cargaba el revólver entre el corpiño! Inclinóse
sobre mi hamaca, como oliéndome, como palpándome. ¡De
pronto, un disparo! ¡Y me bañó los senos en sangre!
La madona, sacudida por el relato, fue ganando la puerta,
con las manos sobre la blusa, como si quisiera tapar la

José Eustasio
mancha caliente. ¡Y me quedé solo!


La

Entonces sentí ascender palabras de llanto, juramentos,


imprecaciones, que salían del caney próximo. Don Clemente
Silva y mis camaradas me rodearon enfurecidos:
—¡Me los botaron! ¡Ah, miserables! ¡Me los botaron!
—¡Cómo! ¡Será posible!
—¡Los huesos de mi hijo, de mi hijo desventurado, los tira-
ron al río, porque la madona, esa perra cínica, les tenía
escrú- pulo! ¡Ahora sí, cuchillo con estas fieras! ¡Mátelos a
todos!
Momentos después, sobre la canoa desatracada, vi erguirse
en la sombra el perfil colérico del anciano. Entré en el agua para
abrazarlo una y otra vez, y escuché sus postreras admoniciones:
—¡Mátelos, que yo vuelvo! ¡Pero perdone a la pobre Alicia!
¡Hágalo por mí! ¡Como si fuera María Gertrudis!
Y se fue la canoa, y comprendíamos que los viajeros agita-
ban los brazos hacia nosotros en la lobreguez del cauce
sinies- tro. Llorando, repetimos las palabras de Lucianito:
«¡Adiós, adiós!».
Arriba, el cielo sin límites, la constelada noche del trópico.
¡Y las estrellas infundían miedo!

***

Va para seis semanas que, por insinuación de Ramiro Esté-


vanez, distraigo la ociosidad escribiendo las notas de mi odi-
sea, en el libro de Caja que el Cayeno tenía sobre su
escritorio como adorno inútil y polvoriento. Peripecias
extravagantes, detalles pueriles, páginas truculentas forman
la red precaria de mi narración, y la voy exponiendo con
pesadumbre, al ver que mi vida no conquistó lo trascendental y
en ella todo resulta insignificante y perecedero.


José Eustasio

Erraría quien imaginara que mi lápiz se mueve con


deseos de notoriedad, al correr presuroso en el papel tras de
las pala- bras para irlas fijando sobre las líneas. No
ambiciono otro fin que el de emocionar a Ramiro Estévanez
con el breviario de mis aventuras, confesándole por escrito el
curso de mis pasiones y defectos, a ver si aprende a apreciar
en mí lo que en él regateó el destino, y logra estimularse
para la acción, pues siempre ha sido provechosísima
disciplina para el pusilánime hacer con- frontaciones con el
arriscado.
Todo nos lo hemos dicho y ya no tenemos de qué
conver- sar. Su vida de comerciante en Ciudad Bolívar, de
minero en no sé qué afluente del Caroní, de curandero en
San Fernando del Atabapo, carece de relieve y de
fascinación; ni un episodio característico, ni un gesto
personal, ni un hecho descollante sobre lo común. En
cambio, yo sí puedo enseñarle mis huellas en el camino,
porque si son efímeras, al menos no se confun- den con las
demás. Y tras de mostrarlas quiero describirlas, con jactancia
o con amargura, según la reacción que produ- cen en mis
recuerdos, ahora que las evoco bajo las barracas del
Guaracú.
Si el Váquiro deletreara las apreciaciones que me suscita, se
vengaría soltándome, libre de ropas, en la isla del Purgatorio,
para que las plagas dieran remate a las sátiras y al satírico. Pero
el general es más ignorante que la madona. Apenas aprendió
a dibujar su firma, sin distinguir las letras que la componen,
y está convencido de que la rúbrica es elevado emblema de
sus títulos militares.
A ratos escucho el taloneo de sus cotizas y penetra en el
escritorio a charlar conmigo.


La

—Calculo que la curiara va más abajo del raudal del


Yuruparí.
—¿Y no habrán tenido dificultades?… El Petardo Lesmes…
—¡Pierda cuidao! Anda por el Inírida, y en esta semana
debe regresar.
—Señor general, ¿él cumple ciertas órdenes de usted?
—Lo mandé a perseguir a los indios del caño Pendare,
pa aumentar los trabajadores. Y busté, joven Cova, ¿qué es
lo que escribe tanto?
—Ejercito la letra, mi general. En vez de aburrirme
matando zancudos…
—Eso ta bien hecho. Por no haber practicao, se me olvidó
lo poco que sé. Afortunadamente, tengo un hermano que es un
belitre en cosas de pluma. Dicen que era de malas pa la
ortografía, pero cuando me vine lo vi jalarse hasta medio pliego
sin diccionario.
—¿Su hermano también estuvo en San Fernando del
Atabapo?
—¡No, no! Ni pa qué.
—¿Mi paisano Esteban Ramírez era amigo suyo?
—¡Cuántas veces le he repetido que sí y que sí! Juntos
nos le fugamos al indio Funes, porque sabrá busté que el
Tomás es indio. Si nos coge, nos despescueza. Y como yo
conocía al Cayeno, resolvimos venir a buscarlo. Remontamos el
río Guainía, desde Maroa, y por el arrastradero de los caños
Mica y Rayao pasamos al Inírida. Y aquí nos ve,
establecidos en el Isana.
—General, mi paisano agradece tanto…
—A él le consta que si me vine no fue de miedo, sino
por no “empuercarme” matando al Funes. Busté sabe que ese
ban- dido debe más de seiscientas muertes. Puros racionales,


La
porque


José Eustasio

a los indios no se les lleva número. Dígale a su paisano que


le cuente las matazones.
—Ya me las contó. Ya las anoté.

***

«En el pueblecito de San Fernando, que cuenta apenas


sesenta casas, se dan cita tres grandes ríos que lo enriquecen:
a la izquierda, el Atabapo de aguas rojizas y arenas blancas; al
frente, el Guaviare, flavo; a la derecha, el Orinoco, de onda
imperial.
¡Alrededor, la selva, la selva!
«Todos aquellos ríos presenciaron la muerte de los
gome- ros que mató Funes el 8 de mayo de 1913.
«Fue el siringa terrible —el ídolo negro— quien provocó
la feroz matanza. Sólo se trata de una trifulca entre empresa-
rios de caucherías. Hasta el gobernador negociaba en
caucho.
«Y no pienses que al decir “Funes” he nombrado a per-
sona única. Funes es un sistema, un estado de alma, es la sed
de oro, es la envidia sórdida. Muchos son Funes, aunque
lleve uno solo el nombre fatídico.
«La costumbre de perseguir riquezas ilusas a costa de los
indios y de los árboles; el acopio paralizado de chucherías para
peones destinadas a producir hasta mil por ciento; la compe-
tencia del almacén del gobernador, quien no pagaba derecho
alguno, y al vender con mano oficial recogía con ambas manos;
la influencia de la selva, que pervierte como el alcohol, llegaron
a crear en algunos hombres de San Fernando un impulso y
una conciencia que los movió a valerse de un asesino para
que ini- ciara lo que todos querían hacer y que le ayudaron a

José Eustasio
realizar.


La

«Ni creas que delinquía el gobernador al pegar la boca a


la fuente de los impuestos, con un pie en su despacho y el
otro en la tienda. Tan contraria actitud se la imponían las
circunstan- cias, porque aquel territorio es como una heredad
cuyos gastos paga el favorito que la disfruta, inclusive su
propio sueldo. El gobernador de esa comarca es un
empresario cuyos subalter- nos viven de él; siendo sus
empleados particulares, tienen una función constitucional.
Uno se llama juez, otro jefe civil, otro registrador. Les
imparte órdenes promiscuas, les fija salarios y los remueve a
voluntad. Los tiempos del pretor, que impartía justicia en las
plazas públicas, reviven en San Fernando bajo otra forma: un
funcionario plenipotente legisla, gobierna y juzga por
conducto de parciales asalariados.
«Y no es raro ver en la población a individuos que, llega-
dos de lueñes tierras, se detienen frente a un ventorro y dicen
al ventero con urgida voz: “Señor juez, cuando se desocupe
de pesar caucho, háganos el favor de abrir la oficina para
presentar nuestras demandas”, y se les responde: “Hoy no los
atiendo. En esta semana no habrá justicia: el gobernador me
tiene atareado en despachar mañoco para sus barraqueros
del Beripamoni”.
«Esto allí es legal, correcto y humano. Cualquiera tiene
derecho de preocuparse por las entradas del patrón: las rentas
son el termómetro de los sueldos. Bolsillo flojo, pago mezquino.
«El gobernador Roberto Pulido, competidor comercial
de sus gobernados, no había establecido impuestos
estúpidos; sin embargo, fraguábase la conjura para
suprimirlo. Su mala estrella le aconsejó dictar un decreto en el
cual disponía que los derechos de exportar caucho se pagaran
en San Fernando, con oro o con plata, y no con pagarés


La
girados contra el comercio de


José Eustasio

Ciudad Bolívar. ¿Quién tenía dinero listo? Los guardadosos.


Mas estos no lo ahorraban para prestarlo: compraban goma
barata a quien tuviera necesidad de pagar tarifas de
exportación. Al principio, los mismos conspiradores entraron
en competencia en este negocio; luego sacaron de allí el
pretexto para estallar: decir que Pulido dictó su decreto,
aprovechando la carencia de numerario, para hacerse vender
la goma a precio irrisorio, por intermedio de compinches
confabulados. ¡Y lo mataron, lo saquearon y lo arrastraron, y
en una sola noche desapare- cieron setenta hombres!

***

«Desde días atrás —me refiere Ramiro Estévanez— advertí


los preparativos del ominoso acontecimiento. Ya se decía, a
boca tapada, que varios sujetos habían logrado infundirle a
Funes la creencia de que era apto para adueñarse de la región
y hasta para ser presidente de la República cuando quisiera.
No resulta- ron falsos profetas los de aquel augurio: porque
jamás, en ningún país, se vio tirano con tanto dominio en vida
y fortunas como el que atormenta la inmensurable zona
cauchera cuyas dos sali- das están cerradas: en el Orinoco,
por los chorros de Atures y de Maipures; y en el Guainía,
por la aduana de Amanadona.
«Un día acudí a la casa del coronel, a tiempo que este
ajus- taba la puerta del patio. Aunque intentó cerrarla
rápidamente, alcancé a ver que en el interior había
considerable número de caucheros, sentados en los pretiles y
en los poyos de la cocina, limpiando sus armas. Estos hombres
fueron traídos de las barra- cas del Pasimoni, como después se
dijo, y llegaron a media noche


La

a la población, en compañía de otros barraqueros


pertenecientes al personal de distintos patrones, que los
ocultaron con cautela.
«Funes alarmóse al notar que yo había observado a los
gome- ros y, buscando mi oído, secreteó con patibularia
amabilidad:
—¡No los dejo salir porque se emborrachan! ¡Son de los
nuestros! ¿Qué se le ofrece?
—Le debo mil bolívares a Espinosa y me tiene fundido a
cobros. Si usted quisiera prestármelos…
—¡Yo nací para los amigos! Espinosa nunca volverá a
cobrarle. Usted con sus propias manos tendrá ocasión de sal-
dar esa deuda. Esperemos a que llegue el gobernador.
«Y Pulido llegó al atardecer, de regreso del Casiquiare,
en una lancha de petróleo llamada Yasaná. En compañía de
varios empleados, recogióse pronto porque venía enfermo de
fiebre. Mientras tanto, sus enemigos, que habían limpiado de
embar- caciones la costa para evitar fugas posibles, quitáronle
el timón a la lancha y lo escondieron en la trastienda del
coronel, cuyas tapias dan sobre el Atabapo.
«Vino a poco la noche, una noche medrosa y relampa-
gueante. De la casa de Funes salieron grupos armados de
wín- chesters, embozados en bayetones para que nadie los
conociera, tambaleantes por el influjo del ron que les enardecía
la animali- dad. Por las tres callejas solitarias se distribuyeron
para el asalto, recordando los nombres de las personas que
debían sacrificar. Algunos, mentalmente, incluyeron en esa
lista a cuanto indi- viduo les inspiraba antipatías o
resentimientos: a sus acreedo- res, a sus rivales, a sus
patrones. Marchaban recostados a las paredes tropezando con
los cerdos que dormitaban en la acera: “¡Marrano maldito,


La
me hace caer!”.


José Eustasio

—¡Chist! ¡Silencio! ¡Silencio!


«En el estanco de Capecci, gente indefensa jugaba a los
nai- pes, acaballada en el mostrador. Cinco hombres, entre ellos
Funes, quedaron acechándola en lo oscuro, para cuando se
abriera el fuego en la esquina próxima. Allá, en la alcoba del
sentenciado, ardía una lámpara que lanzaba contra la lluvia
lívidas claridades. El grupo de López, felinamente, se acercó
a la ventana abierta. Adentro, Pulido, abrigado entre su
chinchorro, sorbía la poción preparada por los enfermeros.
De repente, volviendo los ojos hacia la noche, alcanzó a
sentarse: “¿Quiénes están ahí?”. ¡Y las bocas de veinte rifles
le contestaron, llenando la estancia de humo y sangre!
«Esta fue la señal terrible, el comienzo de la hecatombe.
En las tiendas, en las calles, en los solares reventaban los tiros.
¡Confu- sión, fogonazos, lamentaciones, sombras corriendo en la
oscuridad! A tal punto cundía la matazón, que hasta los asesinos
se asesina- ron. A veces, hacia el río, una procesión
consternaba el pasmo de las tinieblas, arrastrando cadáveres
que prendían de los miem- bros y de las ropas, atropellándose
sobre ellos, como las hormigas cuando transportan provisiones
pesadas. ¿Por dónde escapar, a dónde acudir? Mujeres y
chicuelos, desorbitados por un refugio, daban con la pandilla,
que los abaleaba antes de llegar. “¡Viva el coronel Funes!
¡Abajo los impuestos! ¡Viva el comercio libre!”.
«Como una saeta, como una ráfaga, empezó a correr una
voz: “¡A la casa del coronel! ¡A la casa del coronel!”.
Mientras tanto, en el puerto lóbrego tableteaba el motor de la
Yasaná. “¡A dejar el pueblo! ¡A embarcarse! ¡A la casa del
coronel!”.
«Cesaron los tiros. En su sala, en su tienda, trajinaba
Funes, recibiendo a las gentes incautas, separando con


José Eustasio
sonrisitas a los


La

que pronto serían asesinados en el solar. “¡Usted, a la lancha!


¡Usted conmigo!”. En breves minutos colmóse el patio de
ros- tros pavóricos. Tras la puerta del muro que da sobre el
río se situó González con el machete. “¡A bordo,
muchachos!”. Y el que iba saliendo, rodaba decapitado, entre
los hoyos que dieron tierra para levantar la edificación.
«¡Ni un grito, ni una queja!
«¡La noche, el motor, la tempestad!

***

«Asomándome a la ventana del corredor, donde parpadeaba


una lamparilla, vi arremolinarse en la oscuridad el rebaño de
detenidos, recelosos de desfilar por la hórrida puerta, escalo-
friados por la intuición del peligro cruento, erizados como
los toros que perciben sobre la yerba olor de sangre.
“¡A bordo, muchachos!”, repetía la voz cavernosa, desde el
otro lado del quicio feral. Nadie salía. Entonces la voz
pronun- ciaba nombres.
«Los de adentro intentaron una tímida resistencia:
“¡Salga primero!”. “¡Al que llaman es a usted!”. “¿Pero por
qué me acosan a mí?”. ¡Y ellos mismos se empujaban hacia
la muerte!
«En la pieza donde estaba yo comenzaron a descargar
bul- tos y más bultos: caucho, mercancías, baúles, mañoco,
el botín de los muertos, la causa material de su sacrificio. Unos
murieron porque la codicia de sus rivales estaba clamando por
el despojo; otros fueron sacrificados por ser peones en la
cuadrilla de algún patrón a quien convenía mermarle la
gente, para poner coto a la competencia; contra estos fue
ejecutado el fatal designio,


José Eustasio

pues debían fuertes avances, y, dándoles muerte, se


aseguraba la ruina de sus empresarios; aquellos cayeron,
estrangulando el grito agónico, porque eran del tren
gubernamental, empleados, amigos o familiares del
aborrecido gobernador. Los demás, por celos, inquinas,
enemistades.
—¿Cómo es posible que lo encuentre sin carabina? —
pre- guntóme Funes—. Usted no ha querido ayudarnos en
nada.
¡Y eso que ya cubrí su deuda! ¡En este machete se lee el recibo!
«Y enseñaba contra el farol la hoja sanguinolenta y amellada.
—No se exponga —agregó— a que el pueblo lo
considere enemigo de sus derechos y su libertad. Es preciso
adquirir cre- denciales: una cabeza, un brazo, lo que se
pueda. ¡Tome ese wínchester y “rebúsquese”! ¡Ojalá se
topara con Dellepiani o con Baldomero!
«Y cogiéndome por el hombro, muy amablemente, me
puso en la calle.
«Por el lado del puerto, hacia la laja de Maracoa, se
agrupa- ron unas linternas y descendieron a lo largo de la
orilla, alum- brando las aguas y el arenal. Eran unas mujeres
que gimoteaban al través de los pañolones, buscando los
cadáveres de sus deudos.
—¡Ay! ¡Aquí le arrancaron los intestinos! ¡Lo tirarían a
la resaca, pero ha de flotar al amanecer!
«En tanto, en los solares, tipos enmascarados movían sus
velas, con afán de esconder entre los hoyos llenos de basuras los
cuerpos de las víctimas y la responsabilidad de los
matadores.
—¡Bótenlos al río! No me los dejen en este patio, que no
tardan en ponerse hediondos.


José Eustasio
«Así clamaba una vejezuela, y, al verse desobedecida,
amon- tonó ceniza caliente en las improvisadas sepulturas.


La

«A veces ambulaba por las esquinas alguna ronda de


hom- bres protervos, que se atisbaban con desconfianza
recíproca, dis- frazando sus estaturas y sus movimientos por
hacer imposible la identidad. Algunos se acercaban para
tentarse la manga de la camisa, que debía estar remangada en
el brazo izquierdo, pero nadie supo de fijo con quién andaba ni
a quién perseguía su acom- pañante, y se separaban sin
interrogarse ni reconocerse. Pasó la lluvia, desaparecieron los
cadáveres insepultos y, sin embargo, el alba indolente se
retrasaba en ponerle fin a tan nefanda noche de pesadilla.
Cuando el pelotón iba a disgregarse, un hombre inclinó la cara
sobre el vecino alumbrándolo con la brasa del tabaco.
—¿Vácares?
—¡Sí!
«Y, en oyendo la voz gangosa, le infirió profunda facada
en el ancho pómulo.
«Hoy me asegura el Váquiro que el mismo Funes fue quien
le anduvo por el carrillo queriendo sajarle la yugular. Sólo
que en San Fernando no se atrevía a revelar el nombre de su
agre- sor, por miedo a las reincidencias del coronel, ante
quien daba pábulo a la leyenda de que su herida fue
ocasionada en osado duelo, al abatir en la oscuridad a diez
contendores apandillados.
«Y hubieras visto a qué extremos tan deplorables se
abaja- ron los fernandinos por salvar su débil pellejo,
haciéndose gratos al déspota y a sus áulicos. ¡Qué adhesiones,
qué aplausos, qué intimidades! La delación fue planta
parásita que enredaba a vivos y a muertos y el chisme y la
calumnia progresaron como peste. Los que sobrevivieron a
la catástrofe perdieron el dere- cho de lamentarse y comentar,
so riesgo de que por siempre los silenciaran. Cada cual tornóse


La
en espía, y tras de cerraduras y


José Eustasio

rendijas hay ojos y oídos. Nadie puede salir del pueblo, ni


ave- riguar por el deudo desaparecido, ni inquirir por el
paradero del conterráneo, sin exponerse a ser denunciado
como traidor y enterrado vivo hasta la tetilla en la
excavación que, forzada- mente, lo obligan a hacer en un
arenal, donde el calor lo vaya soasando y los zamuros le
piquen los ojos.
«Mas no sólo a los aledaños del caserío se circunscriben
estas tropelías: por selvas, ríos y estradas va creciendo la
onda del sobresalto, de la conquista, del exterminio. Cada
cual mata por cuenta propia, mientras que muere, y ampara
sus crímenes bajo supuestas órdenes del tirano, quien les da
su aprobación tácita, para deshacerse de los autores, que deja
entregados a su mutua ferocidad.
«La especie de que Pulido prosperaba adquiriendo cau-
cho es inicua farsa. Bien saben los gomeros que el oro
vegetal no enriquece a nadie. Los potentados de la floresta
no tienen más que créditos en los libros, contra peones que
nunca pagan, si no es con la vida, contra indígenas que se
merman, contra bogueros que se roban lo que transportan. La
servidumbre en estas comarcas se hace vitalicia para esclavo y
dueño: uno y otro deben morir aquí. Un sino de fracaso y
maldición persigue a cuantos explotan la mina verde. La
selva los aniquila, la selva los retiene, la selva los llama para
tragárselos. Los que esca- pan, aunque se refugien en las
ciudades, llevan ya el maleficio en cuerpo y en alma.
Mustios, envejecidos, decepcionados, no tienen más que una
aspiración: volver, volver, a sabiendas de que si vuelven
perecerán. Y los que se quedan, los que desoyen el llamamiento
de la montaña, siempre declinan en la miseria, víctimas de
dolencias desconocidas, siendo carne palúdica de


La

hospital, entregándose a la cuchilla que les recorta el hígado


por pedazos, como en pena de algo sacrílego que cometieron
contra los indios, contra los árboles.
«¿Cuál podrá ser la suerte de los caucheros de San Fer-
nando? Causa pavura considerarla. Pasado el primer acto de
la tragedia, palidecieron; pero el caudillo que improvisaron
ya tenía fuerza, ya tenía nombre. Le dieron a probar sangre y
aún tiene sed. ¡Venga acá la Gobernación! Él mató como
comer- ciante, como gomero, sólo por suprimir la
competencia; mas como le quedan competidores en
siringales y en barracas, ha resuelto exterminarlos con igual
fin y por eso va asesinando a sus mismos cómplices».
—¡La lógica triunfa!
—¡Que viva la lógica!

***

Calamidades físicas y morales se han aliado contra mi exis-


tencia en el sopor de estos días viciosos. Mi decaimiento y
mi escepticismo tienen por causa el cansancio lúbrico, la
astenia del vigor físico, succionado por los besos de la
madona. Cual se agota una esperma invertida sobre su llama,
acabó presto con mi ardentía esta loba insaciable, que oxida
con su aliento mi virilidad.
Y la odio y la detesto por calurosa, por mercenaria, por
incitante, por sus pulpas tiranas, por sus senos trágicos. Hoy,
como nunca, siento nostalgia de la mujer ideal y pura, cuyos
brazos brinden serenidad para la inquietud, frescura para el
ardor, olvido para los vicios y las pasiones. Hoy, como
nunca,


José Eustasio

añoro lo que perdí en tantas doncellas ilusionadas, que me


miraron con simpatía y que en el secreto de su pudor halaga-
ron la idea de hacerme feliz.
La misma Alicia, con todos los caprichos de la
inexperien- cia, jamás traicionó su índole aseñorada y sabía
ser digna hasta en las mayores intimidades. Mi encono
irascible, mi rencor perenne, el enojo que siento al
recordarla, no alcanzan a des- lucir esa honestidad que, por
fuerza, debo reconocerle y abo- narle, aunque hoy la repudie
por degradada y pérfida. ¡Cuánta diferencia entre ella y la
turca, a quien vence en todo, en gracia como en juventud!
Porque esta jamona indecorosa alcanza los límites de la
marchitez y de la obesidad. Así lo noté desde que la
vi. Aunque pasa de los cuarenta, no se le descubre ni una
“cana blanca”, por milagro de sus cosméticos: ¡pero yo se las
adivino!
¡Oh, fatiga de la presencia que disgusta! ¡Oh, asco de los
besos que no se piden! Estaba obligado a disimular, en provecho
de nuestros planes, esa repulsión que la madona me produce,
y a no tener descanso en mi desabrimiento, pues ninguno de
mis amigos ha podido sustituirme en el ruin oficio de tenerla
propicia. Ella los rechaza porque sabe que el del saldo en la
casa Rosas sólo soy yo. Ensayé, para libertarme, el gesto
can- sado, la frase dura, el desprecio que levanta ampolla.
Por fin rompí con ella violentamente. Y hoy no hallo qué
hacer para reconquistarla.
Sucede que estas noches los siringueros han invadido el
zarzo de las mujeres, para gozarlas como premio de su
semana, según vieja costumbre. Hediondos a humo y a mugre,
apenas acaban de fumigar, se le presentan al centinela y con
gesto lascivo encargan el turno. Los menos rijosos cambian su


José Eustasio
derecho a los impacientes


La

por tabacos, por goma o por píldoras de quinina. Anoche,


dos niñas montuvias lloraban a gritos en lo alto de la
escalera, por- que todos los hombres las preferían y les era
imposible resistir más. El Váquiro, amenazándolas con el
foete, las insultó. Una de ellas, desesperada, se tiró al suelo y se
astilló un brazo. Acudimos con luces a recogerla y la guarecí
en mi chinchorro.
—¡Infames, infames! ¡Basta de abusos con estas mujeres
des- graciadas! ¡La que no tenga hombre que la defienda, aquí
me tiene!
¡Silencio! Algunas indígenas se me acercaron. En el otro
caney sonrieron unos jayanes que estimulaban su
sensualidad con chistes obscenos. Y, mirándome, continuaron
su ocupación, encendidos en la trémula llamarada de los
fogones, sobre cuyo humo hacían voltear —como un asador
— el palo en que se cuajaba el bolón de goma, bañándolo en
leche a cada instante con la tigelina o con la cuchara.
—Oiga —me dijo uno—, si tanto le duele lo sucedido,
hagamos un cambio: préstenos la madona pa probarla.
Y la madona se enfureció porque no castigué al atrevido.
—¿Te quedas manicruzado ante lo que oíste? ¿Para mí sí
no habrá respeto? ¿Quiere decir que no tengo hombre? ¡Alá!
—¡Los tienes a todos!
—¡Pues entonces me paga lo que me debe!
—¡Nada le debo!
Y esta mañana, cuando por consejo de mis amigos fui a
darle satisfacciones y a reconocerme deudor, la encontré ata-
viada, energúmena, lacrimosa.
—¡Ingrato, decirme que no cumple sus compromisos!
Cogíle las mejillas, sin saber en dónde besarla, cuando
de pronto retrocedí descolorido de emoción, y gané la


La
puerta.


José Eustasio

—¡Franco, Franco, por Dios! ¡La madona con los


zarcillos de tu mujer! ¡Con las esmeraldas de la niña
Griselda!

***

¿Cómo pintar la impresión penosa que fue ensombreciendo


el rostro de Franco al escuchar mis exclamaciones? Sentado
en la barbacoa, en compañía de Ramiro Estévanez, miraba
tejer mapires de palma al catire Mesa, quien les explicaba el
modo sencillo de urdir la tramazón. Con denuedo instintivo,
apenas pronuncié el nombre de su mujer, apretó los puños
como aper- cibiéndose para defenderla; pero luego inclinó la
frente, encen- dida por el rubor de la honra agraviada.
—¿Qué me importa la suerte de esa señora? —afirmó
rabioso. Y, destejiendo la canastilla, aparentaba tranquilidad.
De repente, dijo con tono brusco, como una cuchillada
en nuestro silencio:
—¡Quiero ver los zarcillos, quiero convencerme!
¿Dónde está la turca ladrona?
—Cállate, que nos pierdes —le suplicábamos, porque
Zoraida venía hacia nosotros, trayendo en la boca un
cigarrillo sin encender. Franco, taimado, le brindó los
fósforos, y cuando la madona se inclinó hacia la llama, lo vi
dominar el impulso de agarrarla por las orejas.
—¡Esos son, esos son! —repetía al volver. Y se echó
boca abajo en el chinchorro, sin decir más.
Definitivamente, desde ese momento me abandonó la
paz del espíritu. ¡Matar a un hombre! ¡He aquí mi programa,
mi obligación!


La

Siento en mi rostro el hálito frío, anuncio de las


tempestades. A mal tiempo llega la hora tan calculada, tan
perseguida. Lo que pedí al futuro es presente ya. Mientras
avancé sobre la venganza, el conflicto final me parecía
pequeño, por lo remoto; mas hoy, al ver de cerca el
desenlace, hallo desmesurada esta aventura, cuando estoy sin
salud y sin energías para engallarme y arremeter. Pero no me
verán buscarle la curva al peligro. Iré de frente, contrariando
la reflexión, sordo al oscuro aviso que se eleva
desde el fondo de mi conciencia: ¡morir, morir!
Lo que más me agrava el aturdimiento es la opinión uná-
nime de mis amigos sobre el modo de rematar la situación:
—Si Barrera está por aquí, ¿cuál es mi deber?
—¡Matarlo, matarlo!
Y tú mismo, Ramiro Estévanez, sostienes el fatal
consejo, a tiempo que yo, tal vez por cobardía, esperaba de
tu cordura fórmulas piadosas. Seré inexorable, pues lo queréis.
¡Gracias a vosotros, vendrá la tragedia!
¡Que conste!

***

¡La niña Griselda, la niña Griselda!


Franco y Helí la vieron anoche, sobre el puente de un
batelón que ha dado en venir al rebalse próximo a embarcar
el siringa robado. Alumbraba con una lámpara la faena
contrabandista, y si no distinguió a mis compañeros, al
menos sabe ya que la buscamos, porque Martel y Dólar se
lanzaron a agasajarla, y ella, al partir el barco, se llevó los
perros.


José Eustasio

Fue Ramiro Estévanez quien primero supo que los indios


trasponían la goma de los depósitos, cargándola entre las tinie-
blas, hacia embarcaderos insospechados. Diole el denuncio
mi protegida, cierta noche que le vendaba el brazo enfermo;
y, enterados de la ocurrencia, nos apostó la india en un
escon- dite para que viéramos sucederse la línea de bultos
por entre la maleza encubridora. Diez, quince, veinte nativos
de los que sólo entienden la lengua veral pasaban con sus
cargas, pisando en el silencio como en una alfombra. Para
mayor sorpresa, cerraba el desfile la madona Zoraida Ayram.
«¡Cogerla! ¡Secuestrarla! ¡Impedir el viaje!». Así
cuchicheá- bamos viéndola fundirse en la oscuridad. Sin
tiempo de echar mano a las carabinas, ocultas desde nuestra
llegada, corrimos al tambo de la mujer. La lamparilla de
encandilar murciélagos latía como una víscera. El equipaje,
intacto. La hamaca, aún tibia, estaba repleta de mantas y
cojines, para simular bajo el mosquitero un cuerpo dormido;
aquí las chinelas de piel de tigre; allá la colilla del último
cigarrillo, humeando todavía en el rincón. Estos detalles nos
permitían respirar con sosiego. La madona no había salido
para escaparse. Pero debíamos vigilar. En la noche siguiente
dimos comienzo a nuestros planes: Franco y Helí, con
taparrabos y con fardo al hombro, entra- ron desnudos en la
fila de los cargadores, por conocer la ruta del incógnito
puerto y atisbar las maniobras de los aborígenes. Mientras
tanto, Ramiro entretuvo al Váquiro en su caney y yo pasé la
noche con Zoraida. Sobrevino una imprevisión adversa o
propicia: los perros, viéndose solos, cogieron el rastro de mis
compañeros y encontraron a su antigua dueña, que, mañosa-
mente, se los llevó, sin decir palabra.


La

—A no haber sido por los cachorros —me declaraba Franco


al amanecer—, no la hubiera reconocido. ¡Tan espectral, tan
anémica, tan consumida! Grave error cometimos al desertar
de los indígenas cuando columbramos las luces del barco.
Abier- tos de la fila, en la oscuridad, observamos a corto
trecho lo que pasaba. Pero si hubieran descubierto nuestra
presencia, nos habrían asesinado. La pobre mujer, alzando
una luz, miraba angustiosa a todas partes; y en breve
desatracaron y se fueron.
—¡Qué desgracia! ¡Corremos el peligro de que ya no
vuelva! Entonces el Catire afirmó:
—Desenterradas nuestras carabinas y en achaques de
salir a cauchar, rondaremos estas lagunas desde hoy. Fácil
cosa es hallar la guarida del bongo. Si la niña Griselda está
con los perros, bastará silbarlos.
¡Hace cinco días que se hallan ausentes, y la incertidum-
bre me vuelve loco!

***

La madona está cavilosa. Su disimulo es incompatible con


mi paciencia. A ratos he querido reducirla con amenazas,
hablarle de Barrera y de los enganchados, obligarla a revelar
todo. Otras veces, desligado de la esperanza, intento resignarme
a los capri- chos del destino, a la fatalidad de los sucesos
sobrevinientes, dándoles la espalda, por sentirlos llegar sin
palidecer.
¿En quién esperar? ¿En el anciano Silva? ¡Sábelo Dios si
tal curiara habrá perecido! Me juro que si bajan hasta
Manaos, nuestro Cónsul, al leer mi carta, replicará que su
valimiento y jurisdicción no alcanzan a estas latitudes, o lo


La
que es lo mismo,


José Eustasio

que no es colombiano sino para contados sitios del país. Tal vez,
al escuchar la relación de don Clemente, extienda sobre la
mesa aquel mapa costoso, aparatoso, mentiroso y
deficientísimo que trazó la Oficina de Longitudes de Bogotá,
y le responda tras de prolija indagación: «¡Aquí no figuran ríos
de esos nombres! Qui- zás pertenezcan a Venezuela. Diríjase
usted a Ciudad Bolívar». Y, muy campante, seguirá
atrincherado en su estupidez, porque a esta pobre patria no la
conocen sus propios hijos, ni
siquiera sus geógrafos.
Ante la madona, mientras tanto, es preciso vivir alerta.
Siem- pre odié su idiosincrasia menesterosa, que tiene dos
antenas, como los cangrejos: torpeza en el amor y astucia en
el lucro. Hoy, más que eso, me desazona su hipocresía, apenas
inferior a mi sagacidad. Pero su habilidoso fingimiento data de
pocos días.
¿Acaso, como piensa Ramiro, le llegó algún aviso contra mí?
¿Qué será de Barrera, qué del Petardo Lesmes y del Cayeno?
—Zoraida, el que dijera que has cambiado conmigo, ten-
dría razón.
—¡Alá! Como tú prefieres las indias…
—Harto convencida debes estar de lo contrario. Tu
desvío tiene por causa el arrebato aquel… ¡Y hasta me
reprochaste que no te pagaba! ¿Qué testimonio puedo aducir
como garantía de mi honradez? Sólo un hombre, con quien
tuve negocios en pasadas épocas y reside en este desierto,
podría darte informes de mi rectitud. Cuando regrese la
curiara que bajó a Manaos, iré a buscarlo a Yaguanarí
porque le debo varios contos. ¡Se llama Ba-rre-ra!
La madona cambió de postura en el catrecillo y
pestañeaba abriendo los labios.

La

—¿Narciso? ¿Tu compatriota?


—Sí, que tiene negocios con un tal Pezil. Sin conocerme,
hízome el honor de enviarme dinero al alto Vaupés para que
le enganchara indios y peones. Más tarde, recibí orden de
sus- pender aquella gestión porque él mismo pensaba
contratarlos en Casanare. ¡Hombre raro y emprendedor, de
audaces ideas! Me ofrecía, a última hora, cederme a bajo
precio cuantos sirin- gueros le sobraran. ¡Sin reparar en que
ya le debía las sumas que me confió! Iré a verlo, a
devolvérselas y a hacer un buen trato, porque hoy a los
caucheros se les gana mucho en el Vau- pés. Si pudiera, no
negociaría en goma sino en gomeros.
Al oír esto, la madona, poniéndome sus palmas en las rodi-
llas, hizo la emocionante revelación:
—¡Los peones de Barrera no valen nada! ¡Todos con
ham- bre, todos con peste! A lo largo del río Guainía
desembarcaban en las casas de los caboclos, a robarse cuanto
encontraban, a tragarse lo que podían: gallinas, cerdos, fariña
cruda, cáscaras de banano. ¡Tosiendo como demonios,
devorando como lan- gostas! En algunos sitios era
indispensable hacerles disparos para obligarlos a embarcarse.
Pezil subió a encontrarlos hasta su fundación de San
Marcelino. Allí estaban enfermas varias colombianas, y me
dio una a precio de costo.
—¿Cómo se llama?
—¡No sé! ¿Te importa saberlo?
—Sí… No… Si hubiera venido, hablaría con ella,
primero, para pedirle datos de esa gente, y, segundo, para
encarecerle absoluta reserva y circunspección.
—¿En qué asunto? ¿Por qué?
—No daré mi confianza a quien me la quita.


José Eustasio

—¡Dime! ¡Dime! ¿Cuándo tuve secretos para


ti? Entonces aboqué el problema de lleno:
—Zoraida, quiero ser generoso con la mujer que me hizo
erótica dádiva de su cuerpo. Pero en ningún caso toleraré que
se comprometa, imprudentemente, confiada en mí. Zoraida,
aquí todos saben que de noche transportas el caucho de los
depósitos del Cayeno a tu batelón.
—¡Mentira! ¡Mentira de tus amigos, que no me quieren!
—Y que una mujer llamada Griselda les ha escrito cartas
a mis compañeros.
—¡Mentira! ¡Mentira!
—Y que al Cayeno se le avisó lo que está pasando.
—¡Tus amigos! ¡En eso andan! ¡Tú permitiste!
—Y que algunos gomeros encontraron el escondrijo de
tu barco pirata.
—¡Alá! ¡Qué hago! ¡Me roban todo!
Entonces yo, esquivo a la mano que me imploraba, salí del
tambo, repitiendo con su sardónica displicencia:
—¡Mentira! ¡Mentira!

***

Acabo de ver al Váquiro, tendido en su hamaca del caney,


donde lo consume una fiebre alcohólica. A su redor,
denunciando el soborno de la turca, hay desocupada botillería,
cuyos capachos despiden aún el olor a brea, peculiar de los
barcos recién arri- bados. Ramiro Estévanez, quien debe a la
condescendencia del capataz su actual descanso, sospechó las
repentinas intimidades de la pareja, que a solas se encerraba
en el depósito a cambiar


La

palabras de miel: «¡Mi señora!», «¡Mi general!». Por orden


de este vino a llamarme, advertido del disgusto con que todos
ven la desaparición de mis compañeros. El Váquiro, baboso y
amo- dorrado, parecía dormitar con hipo anhelante, sin
admitir otro remedio que la cachaza.
—No lo dejes beber —dije a Ramiro—, porque revienta.
Y el enfermo, clavando en mí sus ojillos idiotizados, me
reprendió:
—¡Nada le importa! ¡Basta de abusos! ¡Basta de abusos!
—Mi general, respetuosamente pido permiso para explicarle…
—¡Entréguese preso! ¡O me presenta sus compañeros, o
queda preso!
Entonces Zoraida le confesó a Estévanez que el Petardo
Lesmes llegaría con el Cayeno en hora imprevista, y que
pesa- ban contra nosotros no sé qué sospechas.
—¿Como cuál? —respondí con reposo fingido—. ¿Es
que me calumnia el Petardo por mi adhesión al general
Vácares? Pues si así fuere, vengan sobre mí las calamidades,
porque tengo el valor de reconocer el mérito ajeno, y seguiré
procla- mando que el hombre de espada está siempre por
encima de los demás. ¡Aquí y dondequiera!
El Váquiro dijo, levantándose del chinchorro:
—¡Eso sí es verdá!
—Sí es —agregué— porque mis amigos les
comunicaron mis ideas a varios peones y estos inducen que
conspiro contra el Cayeno, la culpa no está en lo que bien se
dice sino en lo que mal se entiende. Si es porque despaché a
mis camaradas a trabajar en la cuadrilla que escogieran, por
el pudor de ver- los ociosos, por el deseo de corresponder en
cualquier forma a


José Eustasio

la protección generosa de quien me hospeda, por compensar


con algún esfuerzo el descanso que el general le ha
concedido a Ramiro Estévanez, castíguese en mí la omisión
de no haber pedido permiso previo a quien lo concede, si
alguna vez nece- sitó la delicadeza autorización de
manifestarse.
—Eso sí es verdá.
—Si es porque tú, Zoraida, andas repitiendo que jamás
estuve en Manaos, según has colegido de mis respuestas a
tus preguntas sobre edificios, plazas, bancos y calles, te enredas
en tu desconfianza, porque nunca he dicho que conocí esa
capital. Para ser cliente de la casa Rosas no es indispensable
pasar el umbral de sus almacenes; al menos, yo no necesité de
tal requi- sito. Le debo al Cónsul de mi país el honor de ser
afiliado a tan rica firma. Al Cónsul, ¿oyes?, al Cónsul, quien a
la fecha surca el Río Negro y viene a corregir con su
autoridad no sé qué desmanes, como me lo anuncia en la
última carta que recibí.
La madona y el Váquiro repitieron a dúo:
—¡El Cónsul! ¡El Cónsul!
—¡Sí, el amigo mío, que al saber mi viaje a San Fernando
del Atabapo, me recomendó tomar, con sigilo, informes de los
abu- sos y asesinatos que en tierras colombianas ha cometido
Funes!
Así dije, y cuando salí haciendo campear mi falso
orgullo de hombre influyente, el Váquiro y la madona no
cesaban de barbotear:
—¡El Cónsul! ¡Y son amigos!

***


José Eustasio
—¿Podría decirme busté —me rogaba el Váquiro— si en
estas cosas del indio Funes habrá de resultarme complicación
alguna?


La

—¿Pero acaso mi general tomó parte activa en la noche


aciaga?…
—¡Obligao! ¡Obligao!
Y la madona nos interrumpía:
—¿El señor Cónsul podría ayudarme a cobrar mis crédi-
tos? Ya ves, el Cayeno niega la deuda y se fue del tambo
para no pagarme. Descríbeme en tu libro las cuentas.
—Acaso el caucho que sacaste de los depósitos…
—Es un sernambí de pésima clase. Por fuera, el bolón duro
y pulido; por dentro, arenas, trapos y basuras. Perdí el trans-
porte de esa goma, porque no resistió la prueba: al ponerla
en el agua se hundía. Si escuchara mis quejas el Cónsul…
—Habría que ir a donde está él.
—Y si no ha venido…
—Viene, viene, y ha llegado a Yaguanarí. Esa mujer lla-
mada Griselda dice en sus cartas no sé cuántas cosas. Hay
que interrogarla.
—Le tengo recelo. Es de malos hígados. Entre ella y la
“otra” le cortaron la cara al pobre Barrera.
—¡Al pobre Barrera!
—Por eso no le permito andar conmigo.
—Conviene interrogarla inmediatamente.
—¿Te atreverías?
—¡Sí!
Y la niña Griselda vino.

***

Jamás en la vida volveré a sentir tan asfixiadora expectación


como la que embargó mi ánimo aquella tarde, al oscurecer,


José Eustasio

cuando la madona Zoraida Ayram colgó su linterna en la


puerta del cuarto que domina el río. Era la señal. Sobre la
linfa tré- mula del Isana corrían los reflejos, ordenando el
arribo del bate- lón, en cuya prora se alistarían los tripulantes
para la medianoche.
Con certeza no puedo decir en qué momento convencí a
la madona de que debíamos fugarnos juntos. Mi cerebro
ardía más que la lámpara del dintel, fulgía como el faro que
convida las naves a entrar en el puerto. Una frase, una sola
frase zum- baba frenética en mis oídos, proyectando en mis
ojos imáge- nes lúcidas: «Entre ella y la otra le cortaron la
cara al pobre Barrera». ¿La otra, la otra, quién podía ser? ¿Y
por qué motivo?
¿Por celos, por venganza, por escaparse? ¿Alicia, era Alicia?
¿Cuál de las dos se había anticipado con mano débil a
marcar el trazo mortífero que mi encono másculo debía
ensanchar?
¡Y mientras me agobiaba la agitación, bailaba ante mis
retinas la mueca de un rostro herido, que no era rostro, ni era
mueca, sino la mandíbula de Millán, partida por el golpe de
la cor- nada, que se reía injuriosamente, con risa enigmática
y dolo- rosa como la de Barrera, como la de Barrera!
¡Bebí, bebí, bebí y no me embriagué! Mis nervios resistían
la acción maléfica del alcohol. Le arrebataba la copa al
Váquiro, y, al apurarla, veía que el farol le prestaba al vidrio
tonalidades lívidas de puñal. Impaciente por la tardanza del
bongo, iba del tambo al río y avizoraba en el cielo claro la
hora de la media- noche, viendo viajar la estrella tardía,
calculando su llegada al cenit. Seguíame por doquiera el
Váquiro tambaleante, acosán- dome con chismes y
preguntas:


José Eustasio
Le entregó a la madona el caucho de los depósitos por saber
que yo respondería de su valor.


La

«¡Muy bien, muy bien!».


¡Ella había instigado al Petardo Lesmes a montar resguardo
en el rápido de Santa Bárbara para que detuviera la embarca-
ción de Clemente Silva; pero la curiara pasó!
«¿Verdad, verdad?».
Si el Cayeno notaba las mermas en el caucho del
almacén, sindicaría a Zoraida como ladrona.
«¡Muy bien, muy bien!».
¿Había maliciado yo que la madona intentaba fugarse?
Pues pondría guarniciones para cerrar el río, a menos que el
Cónsul pensara subir hasta el Guaracú y yo garantizara que
él no intentaría…
«Pierda cuidado, que sólo viene a recoger informes para
acogotar al tirano Funes».
¿Por qué les avisaba el Petardo Lesmes que exhibiría
testi- monios de que no éramos gomeros sino bandidos?
«¡Calumnias, calumnias! ¡Somos amigos del señor Cónsul,
y eso basta!».
—Zoraida, Zoraida —decíale yo, apartándome del borra-
cho—, cuando mis camaradas regresen, abandonaremos este
presidio.
Y ella insistía:
—¿Pero de veras no los han mandado a indisponerme
con el Cayeno? ¿Me quieres, me quieres?
—¡Sí, sí! —y cogiéndola por los brazos, la apretaba ner-
vioso, hasta hacerla gritar, y la miraba con ojos alucinados,
y la figura de la mujer borrábase de mi presencia, quedando
sólo un paño sangriento sobre el busto lascivo, que la sien de
Luciano Silva empapó de cálida púrpura.


José Eustasio

La noche era azul y los barracones estaban desiertos.


Ramiro Estévanez, que no se apartaba de la orilla, vino a
avisar que por el río bajaban ramas. El batelón debía de
hallarse arriba, en el atracadero desconocido, enviando
señales.
Al oír esta nueva, operóse en mí un fenómeno orgánico: mis
plantas se enfriaban, mis pulsaciones se moderaron y empecé a
sentir un vago reposo que me llenaba de indolencia, a pesar
de la fiebre súbita que prestaba a mi piel ardores de brasa.
¿Emo- cionarme yo porque una aventurera llegara al tambo?
¡Ya no tenía interés en verla, ni en saber de nadie! ¡Si quería
protec- ción, que me buscara! Y me embocé en un desdén
irónico.
—No me invites al puerto, Zoraida, porque no voy. ¡Si
aún insistes en que interrogue a tu sirvienta, ha de ser a solas
y en este caney!
Minutos más tarde, cuando advertí que las dos mujeres
llegaban, quise moverme a velar la llama del farol. Di
algunos pasos, y el pie derecho se me resistía: un leve
hormigueo, una especie de parálisis cosquillosa me
estremeció. Lerdamente avancé sin sentir el suelo, como si
pisara en algodones. ¡La niña Griselda corrió a abrazarme!
Rechazándola con el gesto, le dije a secas, ante la madona:
—¡Salud!

***

Hoy escribo estas páginas en el Río Negro, río sugestivo que los
naturales llaman Guainía. Desde ha tres semanas, en el bate-
lón de la turca, huimos de las barracas del Guaracú. Sobre la
cresta de estas ondas retintas que nos van acercando a

José Eustasio
Yagua- narí, frente a estas orillas que vieron bajar a mis
compatriotas


La

esclavizados, sobre estos remolinos que venció la curiara de


Clemente Silva, hago memoria de los sucesos aterradores
que antevinieron a la fuga, inconforme con mi destino, que
me obligó a dejar un rastro de sangre.
Aquí va la niña Griselda, de sabrosa palabra y espíritu enér-
gico, cuyo rostro, desgastado por el dolor, aprendió a sonreír
entre lágrimas. Cariño y coraje infúndeme al par esta desgra-
ciada, que no se inmuta ante el peligro y supo desarmar mi
cólera estúpida la noche que nos hallábamos, frente a frente,
solos, en el caney de la madona.
—¡Salud! —repetí, haciendo ademán de salir del cuarto.
—Esperate, desconocío. ¡Aquí me han treido a garlar con vos!
—¿Conmigo? ¿De qué? ¿Viene usted a contarme cómo
le ha ido?
—¡Lo mismo que a vos! ¡Fregaíta, pero contenta!
—¿Y su negocio? ¿Cómo va la asistencia de las peonadas?
¿A cómo tiene amasijo fresco?
—Pa vos no tengo, porque no fío. Pero como te veo la nece-
sidá, vení y arreglamos.
Conmovido, al verla taparse el rostro con el pañuelo, le
pregunté:
—¿Te enseñó a llorar el “niño” Barrera?
—¿Yorar? ¿Y por qué? Es que desde el día que me pega-
ron un pescozón quedé resabiaa a tarme limpiando.
Reprochándome de esta suerte la brutal escena de La
Maporita, intentó reír, pero, de repente, convulsionada por
los sollozos, cayó a mis pies:
—¡Déjate de burla, mirá que somos tan desgraciaos!
Casi maquinalmente inclinéme para levantarla, con secreta
satisfacción de verla rendida. Sentíame anonadado ante
aquel

José Eustasio

dolor, pero mi orgullo se irguió como una esfinge, y enmudecí:


¿preguntar por Alicia, averiguar por su paradero, demostrar
interés por saber de ella? ¡Jamás! Sin embargo, creo que,
incons- ciente, balbucí alguna pregunta, porque Griselda,
sonriendo entre su llanto, replicó:
—¿A cuál de eyas te referís, a tu Clarita?
—¡Sí!
—Pues recibime el pésame ma sentío, porque ahora la
tiene don Funes. Barrera se la dio en pago del permiso pa
tran- sitá por el Orinoco y el Casiquiare. De ver su suerte
yoraba la pobre, y nosotras también yorábamos, pero, metía
entre una canoa, sin entregarle ni la ropita ni el baulito, se la
yevaron pa San Fernando del Atabapo, con una carta y
algunos presentes.
—¿Y la otra, la otra, cuál fue la de la cortada?
—¡Ah, descarriao! ¡Conque al fin preguntás por eya! Con-
fesame primero que la Clarita fue concubina tuya cuando
tabas en Hato-Grande. ¡Si nosotras supimos too!
—¡Nunca! Pero dime, aquel miserable…
—Personalmente nos yevó ese cuento, y toas las noches
mandaba a Mauco a afligí a la niña Alicia; ¡que te la pasabas
enchinchorrao con la tal mujé, que te la yevabas pa
Venezuela y no sé qué ma! Decí, pue, si la otra tuvo razón en
desespe- rarse. ¡Por eso se vino! ¡Por eso me la traje, porque
yo tam- bién queaba en el viento! ¡Fidel quería
desenyugarse! ¡Me trataba mal…!
—Te advierto que no me importan esas fábulas. ¡Cada
cual merece su sino! ¡Lo que no acepto es que compliques a
Barrera en esa intriga, queriendo dártelas de inocente! ¿Y los
paseítos en la curiara? ¿Y las entrevistas a la medianoche?


La

—¡Pero no eran pa naa malo! ¡Tenés razón en juzgarme


así, por haberme chanceado con vos! ¡Ese fue mi pecao, pero
ha sío ma grave la penitencia! ¡Yo necesitaba de alguna
ayúa, y como la niña Alicia quería volverse pa su casa de
Bogotá con don Rafael, me sobrevino la tentación! ¡Pero
harto me pesa!
¡Jamás de los jamases le falté a Franco!
—¡Ah, si hablara el espectro del capitán…!
—¡No me lo recordés! ¡La pagó caro por atrevío!
¡Pregún- tale a Fidel, si querés detayes, pero no me lo recordés!
¡He sufrío tanto! ¡Imaginá lo que fue pa mí tenderlo
boqueando al pie de mi honra! ¡Y dejé que Fidel se lo echara
encima pa salvarme, pa defenderme! Y luego, el suplicio de
ve a mi hombre, triste, desamorao, arrepentío, dejándome
sola en La Maporita días y semanas, pa no mirarme, pa no
tené que darme la mano, repitiéndome que deseaba largarse
lejos, a otros países, onde nadie supiera lo suceído y no
tuviera que tar de peón jugán- dose la vida con las toraas.
¡En esas el tal Barrera se presentó, y Franco me daba rienda
pal entusiasmo, como queriendo salir de mí, diciéndome,
unas veces, que nos veníamos, otras, que él se queaba; hasta
que Barrera, pa obligarme a cogé camino, me cobró los
regalos que me había hecho, y yo no tenía con qué pagá, y
me amenazaba con demandá al pobre Fidel! ¡Esas eran las
entrevistas! ¡Eso es lo que vos suponés de malo!
—¿Y quisiste saldar esa cuenta entregando a la “niña” Alicia?
—¡Ponéle conciencia a lo que decís! ¡Cómo me vas a hacé
ese cargo! ¡Yo le di al Barrera cuanto era mío, sortijas, zarci-
yos, y hasta quise vendé mi máquina pa pagale! Después de
too, volvió a decirme que vos era rico, que te pidiera plata
prestaa. La niña Alicia, que me sentía yorá de noche, ofreció


José Eustasio

ayuarme, hablando con él, pa conseguir que me rebajara


siquiera el saldo. ¡En esas, me pegaste y querías matarnos,
y te fuiste pa onde Clarita, y Barrera me fue a advertir que
no esperara a Franco, porque vos le ibas a meté no sé cuántos
chis- mes y me podía molé a palos! ¡Y huyendo, eya de vos
y yo de Fidel, nos vinimos solas ponde pudimos: ¡a buscá la
vida en el Vichada!
—El cariño y el viento soplan de cualquier lado.
—Hice mal en decirte eso. Como vos me gustabas y la niña
Alicia quería regresá… Pero ya ves qué viento tan
inhumano, tan espantoso: cayó sobre toos y nos ha dispersao
que ni basu- ras, lejos de nuestra tierra y de nuestro cariño.
La infeliz mujer principió a llorar y una ternura desbor-
dante inundó mi pecho:
—¡Griselda, Griselda! ¿Dónde está Alicia?
—Tras la camorra con el Barrera, me separaron de eya y
me vendieron. ¡Debe tar en Yaguanarí! Afortunadamente, la
enseñé a amarrarse las naguas, a sabé portarse. No la desam-
paraba en too el camino: si salíamos del bongo, salíamos juntas,
si dormíamos en la playa, una contra otra, bien tapaas con la
cobija. El Barrera taba chocao, pero sin atreverse a ser abusivo.
Una noche, entre el bongo, destapó boteya por emborracharnos.
¡Como naa le recibíamos, les mandó a los bogas sacarme
a empeyones, y se lanzó a forzá a la niña Alicia; pero esta
defondó la boteya contra la borda, y le hizo al beyaco, de un
golpe, ocho sajaduras en plena cara!
Cuando la mujer acabó de hablar, había partido yo mis
uñas contra la mesa, creyendo que mis dedos eran puñales. Fue
entonces cuando noté que mi mano derecha estaba
insensible.


La

¡Ocho sajaduras! ¡Ocho sajaduras! ¡Y con llameantes ojos bus-


caba al infame en la habitación para ultimarlo, para
morderlo, para mascarlo!
La niña Griselda me suplicaba:
—¡Cálmate, cálmate! Vámonos por eya a Yaguanarí.
¡Esa es una mujé honraa! ¡Te juro que no la han comprao,
porque ahora no sirve pa los trabajos, porque ta encinta!
Al oír esto, ya no supe de mí. Como eco lejano llegaba a
mis oídos la voz de la patrona, que decía:
—¡Vamonós, vamonós! ¡Fidel y el Catire me toparon
esta mañana y tan en el bongo! ¡Toos reconciliaos!

***

Indudablemente, di alarmantes quejidos porque aparecieron


en el umbral Ramiro Estévanez y la madona.
—¿Qué pasa? ¿Qué pasa?
Y la niña Griselda, viéndome afónico, les repetía:
—¡Nos vamos! ¡Nos vamos! ¡Dijeron los bogas que el
Cayeno puee yegá!
Afanosa, Zoraida empezó a arreglar los bártulos,
abrumando a su sierva con órdenes perentorias de ama
gruñona. Ramiro, desconcertado, se acercó a tomarme el
pulso. Las mujeres tra- jinaban haciendo envoltorios, y en
breve, la madona, bajo su gran sombrero, me preguntó:
—¿Tienes alguna cosa que llevar?
Señalando difícilmente el libro desplegado en la mesa, el
libro de esta historia fútil y montaraz, sobre cuyos folios
tiem- bla mi mano, acerté a decir:


José Eustasio

—¡Eso! ¡Eso!
Y la niña Griselda se lo llevó.
—Dime, ¿alcanzaste a poner en claro la cuenta que te
pedí? ¿La detallaste bien para mostrársela al señor Cónsul?
Ya ves que Barrera todavía me debe, pues me engañó
dándome joyas ordinarias. Entrégame las sumas que le
tienes. ¡Podías firmarme una obligación! ¿Qué te dijo la
mujerzuela? ¡Vámo- nos, tengo miedo!
Y Ramiro advirtió haciendo una seña:
—¡El Váquiro está despierto, en el corredor!
No acierto a describir lo que fui sintiendo en esos instan-
tes: me parecía que estaba muerto y que estaba vivo.
Evidente- mente, sólo la zona del corazón y gran parte del
lado izquierdo daban señales de perfecta vitalidad; lo demás
no era mío, ni la pierna, ni el brazo, ni la muñeca; era algo
postizo, horrible, estorboso, a la par ausente y presente, que
me producía un fas- tidio único, como el que puede sentir el
árbol que ve pegada en su parte viva una rama seca. Sin
embargo, el cerebro cumplía admirablemente sus facultades.
Reflexioné. ¿Era alguna aluci- nación? ¡Imposible! ¿Los
síntomas de otro sueño de catalepsia? Tampoco. Hablaba,
hablaba, me oía la voz y era oído, pero me sentía sembrado
en el suelo, y, por mi pierna, hinchada, fofa y deforme como
las raíces de ciertas palmeras, ascendía una savia caliente,
petrificante. Quise moverme y la tierra no me soltaba.
¡Un grito de espanto! ¡Vacilé! ¡Caí!
Ramiro exclamó, inclinándose presuroso:
—¡Déjate sangrar!
—¡Hemiplejia! ¡Hemiplejia! —le repetía desesperado.
—¡No! ¡El primer ataque de beriberi!


La

***

Toda la madrugada estuve llorando, sin más compañía que la


de Ramiro, quien, sentado a mi diestra en el chinchorro, no
pro- fería palabra. El hálito fresquísimo de la aurora me
restauraba el cuerpo, y por la heridilla que la lanceta hizo en
mi brazo, escapó la fiebre. Probé a caminar y la pierna torpe
se retrasaba, desnivelándome, pues en realidad voluminosa,
era en aparien- cia menos pesada que una pluma. Ahora sí
comprendía por qué algunos gomeros, al sufrir los síntomas del
beriberi, bregan, enloquecidos, por amputarse de un
hachuelazo el tobillo insen- sible, y corren, desangrándose,
hacia la barraca, donde mueren comidos por la gangrena.
—No permito que nadie salga de aquí —recalcaba el
Váquiro en el caney próximo, donde altercaba con la madona—.
Aunque esté borracho, me doy cuenta de lo que pasa. ¡Busté
me conoce!
—¿Oyes? —decía Ramiro—. Es aventurado pensar en fugas.
¡Al menos, yo no lo intentaré!
—¡Cómo! ¿Piensas quedarte aquí, donde la timidez te
remachó cadenas?
—La timidez y la reflexión, es decir, lo que tú no tienes.
Y puedes añadir estas otras causas: el fracaso, la decepción.
—¿Pero no te entusiasma la libertad?
—Ella no me bastó para ser feliz. ¿Volver yo a las ciudades,
desmedrado, pobre y enfermo? El que dejó sus lares por con-
quistar a la fortuna no debe tornar pidiendo limosna. Por
aquí siquiera nadie conoce mis vicisitudes, la miseria toma
aspec- tos de obligatoria renunciación. Vete, la vida nos
amasó con


José Eustasio

sustancias disímiles. No podemos seguir el mismo camino.


Si algún día ves a mis padres, cúrate de decirles dónde estoy.
¡Caiga el olvido sobre el que nunca puede olvidar!
Estas frases con que Ramiro se despedía de la ilusión y
de la juventud, nos hicieron llorar otra vez. Todo por el amor
a aquella Marina cuyo dulce nombre le escribió el destino
entre dos palabras: ¡siempre! ¡Jamás!

***

—¿Por qué discuten? —le pregunté a Ramiro cuando


vol- vía, al amanecer.
—Por el caucho de los depósitos. El Váquiro sostiene
que faltan más de ciento cincuenta arrobas, y afirma que le
fueron robadas, porque las embarcaron sin su venia. La
madona pro- mete que tú responderás.
—¿Qué hago, Ramiro?
—Es una terrible complicación.
—Aconsejémosle a la madona que lo devuelva y nos fugue-
mos. ¡O si no, prendamos al Váquiro! ¡Llama a Fidel y a
Helí que están en el bongo! ¡Diles que traigan las carabinas!
—El bongo está encostado en la orilla opuesta. Los que
llegaron venían en canoa.
—¿Qué hago, Ramiro?
—Esperemos a que el Váquiro duerma la siesta.
—Pero te irás conmigo, ¿verdad? ¡A seguir mi suerte! ¡A
encentrarnos en el Brasil! ¡Trabajaremos como peones,
donde no nos conozcan ni persigan! ¡Con Alicia y nuestros
amigos! ¡Esa varona es buena y yo la perdí! ¡Yo la salvaré! ¡No
me reproches


La

este propósito, este anhelo, esta decisión! No tomes a mal


que sea mi querida; hoy es sólo una madre en espera de su
pro- pio milagro. ¡Tantos en el mundo se resignan a convivir
con una mujer que no es la soñada, y, sin embargo, es la
consen- tida, porque la maternidad la santificó! ¡Piensa que
Alicia no ha delinquido, y que yo, despechado, la denigré!
¡Ven, sobre el cadáver de mi rival habrás de vernos
reconciliados! Vamos a buscarla a Yaguanarí. Nadie la
compra porque está encinta.
¡Desde el vientre materno mi hijo la ampara!
De repente, Ramiro, desencajado, exclamó alejándose:
—¡El Cayeno! ¡El Cayeno!

***

Aún me estremezco ante la visión de aquel hombre


rechoncho y rubio, de rubicunda calva y bigotes lacios, que
apercollando al general Vácares, lo trincó sobre el polvo,
urgiendo que lo colgaran de los pies y le pusieran humo bajo
la cara.
—¡Rediablos! —repetía mascando las erres—. ¡Rediablos!
¿No mandé que montaras guarniciones en el raudal? ¿Quién
despachó canoa para el Brasil?
Y mientras los verdugos ejecutaban el suplicio, rugió rapán-
dole a la madona su fresco sombrero:
—¡Cocota! ¿No te descubres? ¿Qué haces aquí? ¿No te
probé que nada te debo? ¿Dónde tienes el caucho que me
robaste?
Y como la madona me señalaba, el gabacho alevoso
mar- chó contra mí:
—¡Bandido! ¿Sigues alebrestándome los gomeros?


La
¡Ponte de pie! ¿Dónde se hallan tus dos amigos?


José Eustasio

Intenté levantarme y resistirle, pero la pierna hinchada


me lo impidió. Entonces el hombre, a patada y foete, me
cayó encima, llamándome ladrón, llamándome aliado del
indio Funes, hasta dejarme exánime en el suelo.
Cuando me enderecé, cubierto de sangre, sentí que el
Cayeno andaba en los depósitos. A la sazón, la antigua peo-
nada invadió el patio, donde había una patrulla de indios pri-
sioneros, con los puños engusanados bajo las sogas. Por
entre ellos zanganeaba el Petardo Lesmes, apresurando a los
capata- ces, que examinaban el rebaño recién cogido para
distribuirlo entre sus cuadrillas. Sorda algarada llenaba el
ámbito cuando vi sacar del montón de hombres, con las
manos atadas, al Pipa, al Pipa, que venía a identificarme, de
acuerdo con instruccio- nes del Petardo. Acercóse a mí, y
afirmando sobre mi pecho su pie inmundo gritó:
—¡Este es el espía de San Fernando!
—¡Y vos, animal —replicóle el cauchero corpulentísimo
que lo seguía—, sos el Chispita de La Chorrera, el que,
rasgu- ñándolos, mataba los indios a su sabor, el que tantas
veces me echaba rejo! ¡Prestame las uñas pa examinártelas!
Y tirándolo de la coyunda lo llevaba de rastra, entre las
rechiflas de los gomeros, hasta que, furibundo, le cercenó los
brazos con el machete, de un solo mandoble, y boleó en el
aire, cual racimo lívido y sanguinoso, el par de manos
amoratadas. El Pipa, atolondrado, levantóse del polvo como
buscándolas, y agitaba a la altura de la cabeza los muñones,
que llovían sangre sobre el rastrojo, como surtidorcillos de
algún jardín bárbaro.
Apenas el Cayeno reapareció, quedaron en silencio los
barracones del Guaracú.


La

—¡Colombiano! ¡A decirme dónde está el bongo! ¡A devol-


verme el caucho escondido! ¡A entregarme tus compañeros!
Y cuando me metieron en la canoa y cruzábamos el río
hacia el batelón, vi por última vez a Ramiro Estévanez y a la
madona Zoraida Ayram, sobre la barranca del puertecito, llo-
rosos, trémulos, espantados.

***

La niña Griselda, al verme contuso, adivinó lo que había


pasado y salió a recibirnos en la borda. El Cayeno, apagando la
pipa con- tra la suela del zapato, pareció vacilar ante
repentina sospecha, porque ordenó a los bogas de la curiara
que costearan el bongo. Los perros, iracundos, defendían el
puente a grandes ladridos.
—Mujer —prorrumpí—, encadena a tus animales, que el
señor viene a requisar esa embarcación.
—Explicale al amo que aquí no tenemos ma que la mer-
cancía. Toa la goma queó tapaa en los rebalses. ¡Si el amo
quiere, vamos ayá!
El Cayeno, de un salto, se instaló en proa y mandó que
desatracaran, apenas logré subir yo.
—¿Cuánta gente tienen aquí? ¿Dónde están los otros
bribones?
—Mi amo, yo toy solita con los tres indios: dos palos cana-
letes y el del timón.
El tirano gritó a los marineros de la canoa:
—¡Upa! ¡Vuélvanse a las barracas a traer cargueros!
Mientras tanto, el bongo seguía agua abajo y la niña Gri-
selda vino a colocarse ante el Cayeno, barbullando contritas


José Eustasio

explicaciones, para impedirle reparar en los fardos de


mercan- cía. Allí estaban ocultos mis compañeros, mal
tapados con un costal, bajo cuyo extremo les salían los pies.
Por mi cara corría un sudor de muerte. El Cayeno los vio, y,
montando el revól- ver, bajó hacia ellos.
—Señor —balbucí—. ¡Son dos muchachos que están
con fiebres!
El déspota inclinóse para descubrirlos, y, súbito, Fidel le
agarró el arma con ambas manos, mientras el Catire lo suje-
taba por la cintura. Salté como pude para arracimármeles,
pero el expresidiario, liso como un pez, se nos zafó repenti-
namente, lanzándose al río. La niña Griselda le alcanzó a dar
en la cabeza un canaletazo. Sobre las burbujas que el
fugitivo provocó en el agua cayeron los perros. El Cayeno se
sumer- gió. Listas, en las bandas, acechaban las carabinas.
«¡Aquí está, aquí está, prendido al timón!». ¡Uno, dos, diez
disparos! El hombre se puso a flote, haciéndose el muerto,
mientras se alejaba de los fusiles, y después los cachorros no
podían alcan- zarlo. «¡Allí, allí! ¡No lo dejen tomar respiro».
Bogábamos en el bongo furiosamente, y la cabeza
desaparecía, rápida como pato zambullidor, para emerger en
punto impensado, y Martel y Dólar seguían la ruta en la onda
carmínea, aullando presu- rosos en pos de la presa, hasta que
presenciamos sobre la costa el cuadro crispante: ¡uno de los
perros cabestreaba el cadáver por el remanso, al extremo del
intestino, que se desenrollaba como una cinta, larga,
siniestra!
¡Así murió aquel extranjero, aquel invasor, que en los
lindes patrios taló las selvas, mató los indios, esclavizó a mis
compatriotas!


La

***

El domingo tocamos en el villorrio de San Joaquín, frente a


la boca del Vaupés, y no nos permitieron desembarcar. Nos
creen apestados, nos ven hambrientos, temen que les robemos
víveres y gallinas. Mezclando el castellano al portugués, nos
ordenó el alcalde salir del puerto, en tanto que la gente
agrupada en el arenal, viejos, mujeres, niños, nos amenazaban
blandiendo escopetas, escobas y palos. «¡Colombianos no,
colombianos no!». Y lanzaban maldiciones sobre Barrera,
que les llevó al Río Negro tan dañina plaga.
Y en San Gabriel, pueblo edificado sobre el congosto por
donde el río gigante se precipita, hubimos de abandonar el
bongo para no arriesgarlo en el raudal. El prefecto apostólico,
Monseñor Masa, nos acogió benévolamente y nos ha ofrecido
la gasolina de la Misión para seguir a Umarituba. Él me dio
la noticia que nos ha llenado de júbilo: don Clemente bajó
hace tiempos, y el Cónsul de Colombia subirá, a fines de la
semana, en el vapor Inca, que hace el recorrido entre Manaos
y Santa Isabel.

***

¡Umarituba! ¡Umarituba! João Castanheira Fontes, no contento


con regalarnos ropa, mosquiteros y provisiones, está
equipán- donos una canoa para el viaje a Yaguanarí. El
martes segui- remos por el Río Negro, radiantes de
esperanza, trémulos de ansiedad. El beriberi me dejó la
pierna dormida, insensible, como de caucho. Pero el alma
rebrilla en mis ojos, poderosa como una llama. ¡Yo no sé lo
que va a pasar!


José Eustasio

¡Hoy, agua abajo! Aquí está el solemne cerro cuya base


lame el río Curi-curiarí, el río que buscaron Clemente Silva y
los siringueros cuando andaban perdidos en la floresta.

***

¡Santa Isabel! En la agencia de los vapores dejé una carta


para el Cónsul. En ella invoco sus sentimientos humanitarios en
ali- vio de mis compatriotas, víctimas del pillaje y la esclavitud,
que gimen entre la selva, lejos de hogar y patria, mezclando
al jugo del caucho su propia sangre. En ella me despido de lo
que fui, de lo que anhelé, de lo que en otro ambiente pude
haber sido.
¡Tengo el presentimiento de que mi senda toca a su fin, y,
cual sordo zumbido de ramajes en la tormenta, percibo la
amenaza de la vorágine!

***

¡Ánimo! ¡Ánimo! Hoy llegaremos a Yaguanarí, y bogamos a


todo músculo porque supimos que mi rival sale para
Barcelos. Es posible que se lleve a Alicia.
Aquí el río se divide en inmensos brazos, para estrechar
mejor las islas incultas. En esa península del lado derecho, se ve
el caney de los apestados, detenidos en cuarentena. Por
detrás desemboca el Yurubaxí.
—Catire, algún capataz puede reconocerte. ¡Toma mi revól-
ver! Guárdalo en la pretina.
¡Vamos a llegar!

***

La

Esto lo escribo aquí, en el barracón de Manuel Cardoso,


donde vendrá a buscarnos don Clemente Silva. Ya libré a mi
patria del hijo infame. Ya no existe el enganchador. ¡Lo maté!
¡Lo maté! Aún me veo saltando de la curiara sobre el
escueto patio que precede al caney de Yaguanarí.
Circundados por hogue- ras medicinales, tosían los
apestados entre el humo, sin darme razón de mi enemigo, por
quien yo preguntaba anheloso, antes que me viera. En tal
momento me había olvidado de buscar a Alicia. La niña
Griselda la tenía abrazada al cuello y yo me
detuve sin saludarla: ¡sólo quería mirarle el vientre!
No sé quién me dijo que Barrera estaba en el baño, y
corrí inerme entre el gramalote hacia el río Yurubaxí. Hallábase
des- nudo sobre una tabla, junto a la margen,
desprendiéndose los vendajes de las heridas, ante un espejo.
Al verme, abalanzóse sobre la ropa, a coger el arma. Yo me
interpuse. Y empezó entre los dos la lucha tremenda, muda,
titánica.
Aquel hombre era fuerte, y, aunque mi estatura lo
aventa- jaba, me derribó. Pataleando, convulsos, arábamos la
maleza y el arenal en nudo apretado, trocándonos el aliento
de boca a boca, él debajo unas veces, otras, encima.
Trenzábamos los cueros como sierpes, nuestros pies
chapoteaban la orilla, y volvíamos sobre la ropa, y
rodábamos otra vez, hasta que yo, casi desmayado, en
supremo ímpetu, le agrandé con mis dientes las sajaduras, lo
ensangrenté, y, rabiosamente, lo sumergí bajo las linfas para
asfixiarlo como a un pichón.
¡Entonces, descoyuntado por la fatiga, presencié el
espec- táculo más terrible, más pavoroso, más detestable:
millones de caribes acudieron sobre el herido, entre un


La
temblor de aletas y centelleos, y aunque él manoteaba y se
defendía, lo descarna- ron en un segundo, arrancando la
pulpa a cada mordisco, con


José Eustasio

la celeridad de pollada hambrienta que le quita granos a una


mazorca. Burbujeaba la onda en hervor dantesco,
sanguinosa, túrbida, trágica; y, cual se ve sobre el negativo la
armazón del cuerpo radiografiado, fue emergiendo en la
móvil lámina el esqueleto mondo, blancuzco, semihundido
por un extremo al peso del cráneo, y temblaba contra los
juncos de la ribera como en un estertor de misericordia!
Allí quedó, allí estaba cuando corrí a buscar a Alicia, y,
alzándola en mis brazos, se lo mostré.
Lívida, exánime, la acostamos en el fondo de la curiara, con
los síntomas del aborto.

***

Antenoche, entre la miseria, la oscuridad y el desamparo, nació


el pequeñuelo sietemesino. Su primer queja, su primer grito,
su primer llanto fueron para las selvas inhumanas ¡Vivirá! ¡Me
lo llevaré en una canoa por estos ríos, en pos de mi tierra,
lejos del dolor y la esclavitud, como el cauchero del Putumayo,
como Julio Sánchez!

***

Ayer aconteció lo que preveíamos: la lancha del Naranjal


vino a tirotearnos, a someternos. Pero le opusimos fuerza a la
fuerza. Mañana volverá. ¡Si viniera también la del Cónsul!
Franco y Helí vigilan sobre la peña, para impedir que
encosten las montarías de los apestados. Allá escucho toser
la flotilla mendiga, que me clama ayuda, pretendiendo
alojarse


La

aquí. ¡Imposible! En otra circunstancia me sacrificaría por


ali- viar a mis conterráneos. ¡Hoy no! ¡Peligraría la salud de
Alicia!
¡Pueden contagiar a mi hijo!

***

Es imposible convencer a estos importunos, que me


apellidan su “redentor”. Hablé con ellos, exponiéndome al
contagio, y están resistidos a regresar. Ya les repetí que no
tengo víveres. Si me acosan, nos obligarán a tomar el monte.
¿Por qué no se van al caney de Yaguanarí en espera del
vapor Inca? De hoy a mañana arribará.

***

Sí, es mejor dejar este rancho y guarecernos en la selva,


dando tiempo a que llegue el viejo Silva. Improvisaremos
algún refu- gio a corta distancia de aquí, donde sea fácil a
nuestro amigo encontrarnos y se consiga leche de seje para
el niño.
¡Que preparen la parihuela donde vaya acostada la joven
madre! La llevarán en peso Franco y Helí. La niña Griselda
portará la escasa ración. Yo marcharé adelante, con mi
primo- génito bajo la ruana.
¡Y Martel y Dólar, detrás!

***

Don Clemente: sentimos no esperarlo en el barracón de Manuel


Cardoso, porque los apestados desembarcan. Aquí, desplegado

José Eustasio

en la barbacoa, le dejo este libro, para que en él se entere de


nuestra ruta por medio del croquis, imaginado, que dibujé.
Cuide mucho esos manuscritos y póngalos en manos del
Cón- sul. Son la historia nuestra, la desolada historia de los
cauche- ros. ¡Cuánta página en blanco, cuánta cosa que no se
dijo!

***

Viejo Silva: nos situaremos a media hora de esta barraca,


bus- cando la dirección del caño Marié, por la trocha
antigua. Caso de encontrar imprevistas dificultades, le
dejaremos en nuestro rumbo grandes fogones. ¡No se tarde!
¡Sólo tenemos víveres para seis días! ¡Acuérdese de
Coutinho y de Souza Machado!
¡Nos vamos, pues!

***

¡En nombre de Dios!


 EpílOg

El último cable de nuestro Cónsul, dirigido al señor Ministro


y relacionado con la suerte de Arturo Cova y sus
compañeros, dice textualmente:
«Hace cinco meses búscalos en vano Clemente Silva.
«Ni rastro de ellos.
«¡Los devoró la selva!».


 VOCABulARI

AcOCHINAR, acobardar. BEjucOs, plantas enredaderas o


AFIlAR, tragar el anzuelo. rastreras.
AlEBREsTADO, mujeriego. BEjuQuERA O BEjuQuERO, masa
AlERTADO, alerto. de bejucos.
ARRIMADO, amante. BElDuQuE, cuchillo pequeño.
ATAjO, conjunto de BOHíO, choza.
animales. ATRAVEsADO, BONgO, lanchón de madera.
belicoso. BOTAlóN, poste para domar
ATRAVEsARsE, interponerse. animales. BuFEO, delfín de agua
dulce.
BAgRE, cierto pez. BuNDE, cierto baile zapateado.
BAlATÁ, especie de caucho. BuRRIAR, abundar.
BANCO, extensión plana de terreno.
BAQuíA, destreza. CABOClO, colono.
BARAjusTAR, huir en tropel. CABuyA, fibra de planta.
BARAjusTE, dispersión, atrope- CACHACA, elegante.
llada. CACHIBlANCO, cuchillo
BARBACOA, aparador de pequeño. CACHICAMO,
guadua. BATElóN, lanchón. armadillo.
BAyETÓN, gran poncho de lana. CACHO, cuerno.
CACHONEs, toros adultos.

José Eustasio

CAIMÁN, cocodrilos de América. freno. COyABRA, vasija de calabaza.


CAIMITO, fruta sapotácea. CuMARE, especie de palma. CuRARE,
CAMBuR, pequeño plátano muy veneno vegetal activísimo.
dulce.
CANAguAy, de plumaje dorado y
verdoso.
CANDONgAs, zarcillos.
CANEy, cobertizo
grande. CAñO, río
menor.
CARAMERO, palizada.
CARIBE, cierto pez muy
voraz. CARICARI, especie de
halcón. CATIRE, rubio.
CAzABE, torta de afrecho de yuca
brava.
COlEAR, derribar la res por la
cola. COMEjéN, insecto que hace su
habi- tación en la madera de los
árbo- les o en las casas y los
destruye.
CONgA, hormiga venenosa.
CONsuMIR, sumergir.
CONuCO, sementera.
COQuIs, muchacho
cocinero.
COROTERíA, lote de
baratijas. COROTOs, trastos,
baratijas. CORRIDO, poema
llanero.
COsCOjERO, caballo que tasca el


José Eustasio
CuRIARA, canoa. ENVAINAR,sucumbir.
CHANCHIRA, harapo. EspADIllA, timón.
CHICHA, bebida fermentada, EsTERO, terreno bajo y lagunoso.
gene- ralmente de maíz.
CHuIgüIRE, carpincho,
capibara. CHINCHORRO,
hamaca de cabuyas.
CHINguE, camisón de baño.
CHIRINOlA,
zafarrancho. CHIROs,
andrajos.
CHuCHERíAs,
baratijas.
CHuCHERO,
buhonero.
CHuCHO,
buhonería.
CHusCAl, vegetación de
chusques. CHusQuE, especie
de bambú delgado. CHuzO
(de), embaucador.

EMBARBAsCADO,
extraviado.
EMBEjuCAR,
desorientar.
EMBIjAR, pintar de rojo con
semillas de bija o achiote.
EMpAjAR, regañar.
EMpElOTAR, desnudar.
ENCOCINARsE, acostarse.
ENRAMADA, cobertizo.
ENsOROpADO, muro de
hojas de palma.

La

FAlCA, gran canoa techada. agua. JEBE, caucho.


FÁBRICO, fábrica.
FOTuTO, corneta
rústica. FREgANCIA,
molestia.

GABElA, ventaja en la apuesta.


GuADuA, especie de bambú grueso.
GuAHIBOs, tribu indígena.
GuAjIBERA, grupo de
guahibos. GuANDO, parihuela.
GuApO, valiente.
GuARAl, cuerda del anzuelo, cordel.
GuARApO, jugo extraído de la caña,
no fermentado aún.
GuARICHA, mujerzuela.
GuATE, hombre del
interior. GuAyuCO,
taparrabo.
GuINCHAR,
colgar. GuINDAR,
colgar. GuIñA,
maleficio.
GüíO, enorme serpiente acuática.

HATAjO, conjunto de animales.

IguARApé, riachuelo.
IRACA, palmicha.

JAgüEy, hoyo lleno de


La
JEDENTINA, hediondez.
JEjéN, mosquito
minúsculo. JOROpO,
baile llanero.
JuERgA, jolgorio.
JuERguEAR, jaranear.

KEROséN, petróleo

refinado. LAMBÓN,

chismoso.
LApA, paca, roedor.
LlORADO, canción llanera.

MACANA, garrote.
MACETEAR, golpear con un
cuchi- llo de palo.
MACuNDAlEs, trastos.
MADRINA, ganado manso que
guía al bravío.
MANACA, palmito.
MAñOsEAR, resabiar.
MApIRE, cesto de
palma.
MARACA, calabacín lleno de
piedrecitas.
MARMA, marmita.
MATA, islote de bosque en la
llanura. MECATE, cuerda de fibra.
MENEsTAR,
necesitar. MIRITí,
especie de palma.
MONTARíA, piragua.

José Eustasio

MORICHAl, sitio poblado de resinosa. PEpITO, gomoso.


moriches. MORICHE, especie de PERAMÁN, especie de resina. PERCHA,
palmera. trapecio para colgar cosas.
MOROCHA, escopeta de dos
cañones.
MORROCOTA, moneda de oro de
veinte dólares.
MOTOsO, peligrifo.
MuECO, pescozón.
MuCHAREjO,
muchacho.
MulENguE, mula despreciable.

OREjANO, que no tiene señaladas


las orejas.
OTOBA, cierto árbol medicinal.

PAjONAl, vegetación de paja


brava.
PAlMICHA, palma para techar y para
tejer sombreros.
PAlMITO, cierta palma comestible.
PAlO A pIQuE, cerca de troncos
clavados.
PARADA, apuesta.
PARO (en), de una vez.
PATOjO, piernicorto.
PECHugONA,
indelicada. PElADO,
desnudo.
PENDARE, cierta pasta


José Eustasio
PERRAjE, jauría. REQuEMADO, de color rojo oscuro.
PETACA, cierto baúl de cuero.
PETRIVA, mujer, en lengua
guahiba. PIApOCO, tucán.
PICA, trocha.
PICuRE,
prófugo.
PICuREARsE,
fugarse.
PIRACuRú, cierto
pez. PIsCO,
individuo.
PlATANAl O plATANERA,
sembrado de bananos.
PlÁTANO, banano.
POllONA, india
jovencita. PuEsTEAR,
acechar.
PuNTA, grupo de animales.
PuNTERO, el que abre el
desfile.

RAMADA, cobertizo.
RANCHO, casucha,
choza. RANgO, rocín,
RAsgARsE, morirse.
RAsgADO, generoso.
RAsTRIllAR, encender el
fósforo. RAyA, cierto pez.
REBusCARsE, tratar de hacer algo.
REINOsO, hombre del interior.
REjO, soga de cuero torcido,
látigo. RElANCE (de), al
contado.

La

REQuINTOs, v. tiple. TOlIMA, departamento de


RODEO, rebaño. Colombia. TOpOCHERA, platanal
RuMBERO, el que sabe orientarse, de topochos. TOpOCHO, cierto
guía. plátano.
TRAMBuCAR, naufragar.
SACA, movilización de ganados. TRAMBuQuE, naufragio.
SAMÁN, árbol tropical. TRANQuERO, puerta de trancas.
SAQuERO, el que compra y moviliza
ganados. VACAjE, conjunto de vacas.
SEBuCÁN, cilindro de hojas de VAINA, molestia, desgracia.
palma en que se prepara el VAQuíA, destreza.
cazabe. VÁQuIRO, marrano del monte.
SEjE, cierta palma. VElORIO, velatorio.
SERNAMBí, caucho de mala calidad. VOlADA, hazaña.
SIRINgA, cierto caucho fino.
SIRINgAl, bosque de siringas. YAgé, planta cuyo jugo tiene poder
SIRINgO, árbol de siringa. hipnótico.
SOCHE, especie de venado. YOpO, polvo vegetal que
embriaga alucinando.
TABARí, cierto árbol. YuCA, mandioca.
TAlANQuERA, cerca de guaduas YuCuTA, especie de brebaje.
ho-
rizontales. ZAMBAjE, conjunto de zambos.
TAMBO, especie de caney. ZAMuRO, gallinaza.
TApADA (a la), escogiendo sin ZANCuDO, mosquito.
ver. TApARA, calabaza. ZuRAl, inmensa red de acequias
TERECAy, especie de naturales.
tortuga. TERRONERA, pavor.
TIgElINA, tazuela metálica.
TIplE, especie de guitarra.


Este libro no se terminó de imprimir
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y hace parte del interés del
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Biblioteca Nacional de
Colombia
—como coordinadora de la
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RNBP— por incorporar materiales
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y Escritura «Leer es mi cuento».

Para su composición
digital se utilizó tipografía
de la familia Baskerville
(John Baskerville 1706–1775).

Principalmente, se distribuyen
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adscritas a la RNBP con el fin de
fortalecer los
esfuerzos de promoción de la lectura
en las regiones, al igual que el uso y
la apropiación de las nuevas
tecnologías a través de contenidos de
alta calidad.

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