"...
Vivir y morir al pie de tu bandera, así como en Jambelí: Morán Valverde y dejar en tus pliegues
todo entero alma, cuerpo e invicto el corazón".
Honorable Audiencia,
Hoy nos encontramos reunidos para rememorar y rendir homenaje a uno de los episodios más
trascendentales en la historia de Ecuador: la Batalla de Jambelí. En esta histórica contienda,
ocurrida en el año [1941], nuestras tierras fueron testigos del valor inquebrantable y la valentía de
nuestros ancestros frente a una adversidad sin igual. Fue en el puerto de Jambelí donde se gestó
un enfrentamiento épico, donde las fuerzas ecuatorianas lucharon con firmeza y arrojo contra un
enemigo formidable, demostrando la convicción indestructible de un pueblo unido en pos de su
libertad e independencia. A través de este discurso, honraremos la memoria de aquellos valientes
guerreros que forjaron el futuro de nuestra nación, y encontraremos en su legado la inspiración
para seguir adelante y construir un Ecuador más fuerte y próspero.
Como consecuencia del traicionero ataque peruano a nuestras fronteras en el año 1941, el
Ecuador se vio en la necesidad de enviar refuerzos militares para fortalecer y defender el territorio
nacional, por lo que, en la noche del 24 de julio, el cañonero “Calderón” zarpó desde Guayaquil
desde el muelle fiscal No. 7 custodiando un convoy de tres motonaves, Motonave "Olmedo",
Motonave "La Pinta" y Motonave "Deisy Edith" con destino a Puerto Bolívar , en la provincia de El
Oro, adonde arribó a las 6 a.m. del día siguiente.
En las tres motonaves viajaban repartidos proporcionalmente 500 Guardias Nacionales, armados
con fusiles, pero sin munición, pues se suponía que los 600 mil proyectiles que se transportaban,
servirían para entregar la dotación a cada uno de los Guardias Nacionales.
El desembarco del pequeño contingente militar y escaso material bélico apareció
aproximadamente hasta las 10 a.m., y veinticinco minutos más tarde sonó la alarma anunciando
una incursión aérea enemiga. En efecto, una escuadrilla de aviones peruanos volando a baja altura
se aprestaba a atacar las instalaciones portuarias y el “Calderón”, acoderado en los muelles, se
ofreció como una presa demasiado fácil.
Consciente del grave peligro que lo amenazaba, el teniente de Fragata Rafael Morán Valverde -
comandante de la nave-, dio la orden de elevar anclas y zarpar hacia el golfo del canal de Jambelí
para tener mejor área de maniobras y poder evitar los posibles daños que la aviación peruana
podría ocasionar al puerto y a la población civil.
Luego de rechazar el ataque aéreo, a las 11:15 a.m. el vigía del “Calderón” avistó a una distancia
aproximada de 6 millas, un buque desconocido que se acercó a gran velocidad. Se transportó el
buque insignia de la armada peruana, crucero “Almirante Villar”, que escoltado por otro crucero
llamado “Grau” y el destructor “teniente Rodríguez” se aprestaba a bloquear el golfo de
Guayaquil.
Al descubrir al buque ecuatoriano, el “Almirante Villar” trató de cortar camino, y vomitando fuego
por todas las bocas de su pesada artillería avanzó a toda marcha e inició el desigual combate: El
pequeño “David” enfrentando al gigante “Goliat”. Pero no fue el tamaño ni el poder de fuego de
los contrincantes lo que definió la batalla: Fue el valor, la decisión y el coraje. Y mientras la fuerza
era de los peruanos, la razón y el valor fue de los ecuatorianos.
La batalla, que se inició a las 11:20 a. m., sólo se desarrollaron dieciséis minutos; los peruanos no
lograron ningún impacto, en cambio los ecuatorianos impactaron certeramente con sus cañones y
ametralladoras, obligando a que el “Almirante Villar” -malherido- huya como hiena con el rabo
entre las piernas, remolcado por el “Grau” y el “teniente Rodríguez” que lo llevaron hasta su
madriguera en el puerto del Callao.
Al poco rato el “Calderón” fue atacado nuevamente, esta vez por la aviación peruana, que entre
maldiciones pretendió vengar la derrota y la vergüenza de su escuadra naval, pero no lo consiguió,
y el pequeño “Calderón”, el comandante Rafael Morán Valverde y toda la tripulación, entraron
heroicamente a la inmortalidad.