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Murphy

Este documento analiza la teoría de la motivación propuesta por George A. Murphy. La teoría plantea que todo motivo es un gradiente de tensión en los tejidos del cuerpo, y que la motivación emerge de una red compleja de tensiones en diferentes regiones del cuerpo. La teoría también sostiene que lo biológico y lo social están interconectados y no son esferas separadas.

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Murphy

Este documento analiza la teoría de la motivación propuesta por George A. Murphy. La teoría plantea que todo motivo es un gradiente de tensión en los tejidos del cuerpo, y que la motivación emerge de una red compleja de tensiones en diferentes regiones del cuerpo. La teoría también sostiene que lo biológico y lo social están interconectados y no son esferas separadas.

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"En su totalidad, este volumen (Personality) trata la motivación; cada aspecto de

la personalidad es concebido en función del modelado, la complicación, la


interpretación, el encubrimiento y la expresión indirecta de los motivos" (1947, pág.
86). Todo motivo es un gradiente de tensión en un tejido; si bien no muestra
comienzo ni término definidos, aparece y se extingue según una serie continua de
cambios de energía. La tensión representa la concentración de energía vital u
orgánica en un particular tejido o grupo de tejidos: cuando la concentración sufre
una reducción, el gradiente desciende; cuando experimenta una elevación, el
gradiente asciende.

En general, la reducción de la tensión equivale a satisfacción y su aumento, a


incomodidad; decimos "en general" porque Murphy señala que ocasionalmente la
satisfacción es asociada con el aumento de tensión antes que, con su reducción,
por ejemplo, el placer de una creciente excitación sexual o el estremecimiento de
montar un caballo brioso. La asociación de placer y aumento de tensión ha
constituido siempre un problema para la psicología; Murphy se reconoce
francamente incapaz de resolverlo.

Murphy no considera los motivos como” palancas” o "abastecedores de


combustible": "Constituyen abstracciones de un continuo de actividad que sólo
pueden ser aproximadamente identificadas en función de su localización exacta
o de sus efectos formales" (1947, pág. 123). Todo aquello que produzca una
concentración de energía en una particular región del cuerpo como, por ejemplo,
el hambre, la sed y el sexo, o que movilice la totalidad del cuerpo, como la
competencia y el amor, sea como resultado de cambios internos o de
estimulaciones externas, constituye un motivo: puede tratarse de una carencia
interna como el hambre; de la tendencia de un grupo de músculos a la actividad;
de una necesidad sensorial de color, sonido, tacto o gusto, o de una emoción.
Hemos de señalar que Murphy emplea indistintamente los términos tensión,
necesidad y motivo.

La transmisión de la energía desde una región del cuerpo a las restantes da lugar
a la intercomunicación de los diversos motivos y, en consecuencia, al desarrollo de
una red de motivaciones, la cual consiste en "un sistema de nódulos de diferentes
niveles de intensidad, con redes o sistemas comunicantes que llevan energía hasta
y desde esos centros tensionales; la actividad general del organismo desempeña
el papel de matriz y las respuestas específicas ante específicos estímulos, internos y
externos, actúan como puntos de cristalización (1947, pág. 120).

No hay motivos aislados y distintos: cada motivo constituye una parte de la


estructura o sistema motivacional total; cabe, a lo sumo, hablar de un particular
motivo como de un nódulo o una región diferenciada dentro del organismo total.
Murphy no establece distinción alguna entre necesidades biológicas y sociales; a
su entender, lo biológico y lo social no constituyen esferas separadas sino un sola:
lo biológico es social y lo social es biológico (1947, pág. 769).

Murphy objeta la idea según la cual las actividades complejas resultan de una
reorientación de las formas originales de la energía. Tales actividades son, en su
opinión, el producto de una compleja estructura motivacional y no dependen de
la nueva apertura de canales por la energía simple.

Esta puntualización de la complejidad de la motivación coincide con la premisa


básica de Murphy según la cual todo desarrollo se opera mediante un proceso de
diferenciación que, partiendo de un simple estado no diferenciado o global,
culmina en la integración; a medida que la organización de los sistemas tensionales
adquiere mayor complejidad, la reducción de la tensión requiere actividades cada
vez más complicadas. Los motivos de los adultos no constituyen derivaciones de las
necesidades infantiles; por el contrario, poseen propiedades emergentes
exclusivas, basadas en el incremento de la complejidad.

La enfatización de las necesidades sensoriales y de actividad es característica de


la teoría de la motivación de Murphy. Los cambios tensionales que se localizan en
los órganos de los sentidos y en los músculos constituyen la base del deleite que la
persona puede experimentar ante el espectáculo de una hermosa puesta de sol,
la audición de un cuarteto de cuerdas, la ejecución de un acertado tiro de golf,
así como en una multitud de diversas actividades es téticas y motrices. A diferencia
de otras teorías motivacionales, que reducen los intereses artísticos y manuales a
impulsos tales como los del sexo, el hambre, el logro, la de Murphy los concibe
como el directo resultado de tensiones en regiones específicas del cuerpo;
determinados fenómenos como el amor a la música y la afición a la lucha son, en
realidad, rasgos orgánicos. La teoría motivacional de Murphy tiene, así,
implicaciones de largo alcance: por ejemplo, implica que los impulsos que otras
teorías llaman adquiridos o aprendidos pueden ser de hecho impulsos orgánicos. Si
realmente lo son, el concepto de motivación secundaria o el de autonomía
funcional no resultarán útiles ya para explicar la persistencia de tales motivos; antes
bien, ella se deberá a la estructuración de éstos en el organismo mediante la
evolución y no el aprendizaje.

Un individuo puede amar cierto tipo de música porque atenúa o porque excita la®
tensiones orgánicas, sin asociarlo, en modo alguno, con recuerdos placenteros
como el de haber sido acunado o el de haber jugado hasta el cansancio al son
de ella. Si bien Murphy no niega la existencia de motivos adquiridos dos, su
concepto, tanto de las necesidades sensoriales como de la actividad, amplía en
gran medida el dominio de las tensiones originales, innatas.

En el curso del desarrollo, la dinámica de la personalidad adquiere mayor


estabilidad y rigidez; llega así a resistir las presiones ambientales o bien a requerir de
estas presiones que actúen sobre ella "de manera más o menos prefijada" (1947,
pág.730). Es decir, la persona selecciona, en su ambiente, cuanto resulta
apropiado para sus necesidades y permanece relativamente impermeable ante
los aspectos del mundo exterior que, en tal sentido, irrelevantes: si dicho mundo no
le ofrece objetivos apropiados (privación) o si ejerce sobre ella presiones que
superan su resistencia (experiencia traumática), la estabilidad de la psicodinámica
puede ser destruida; ello no es probable, sin embargo, cuando se trata de una
persona bien integrada.

Puesto que Murphy no atribuye importancia a la distinción entre mente y cuerpo,


tampoco considera necesario distinguir entre energía psíquica y energía física, ni
examinar la transformación de la energía.
Tanto la evaluación del enfoque biosocial de la personalidad que Murphy postula
como la determinación de su lugar en la escena contemporánea, presentan
ciertas dificultades. A la inversa de muchos otros teóricos, como Freud, Jung, Lewin,
Sullivan, Rogers, Murphy no cuenta con un grupo identificable de discípulos que
promuevan y divulguen su posición; si bien es cierto que él ha iniciado a muchos
jóvenes psicólogos, algunos de los cuales, como Rensis Likert, Abraham Maslow,
Theodore Newcomb, Leo Postman, han alcanzado destacado nivel profesional, se
trata de estudiosos, pero de ningún modo de discípulos. La posición de Murphy no
ha sido públicamente sometida a críticas y análisis sino en escasa medida;
tampoco ha hallado grandes defensores o críticos: la teoría biosocial no ha sido,
en síntesis, punto de reunión ni campo de batalla. ¿Significa esto que carece de
influencia, que ha quedado atrás, que al aludir a ella procuramos resucitar una
teoría muerta? De ninguna manera.

Creemos firmemente que el enfoque biosocial, según ha sido formulado por


Murphy, constituye uno de los más viables e influyentes movimientos de la
psicología moderna: no necesita de ardientes proselitistas, y sus críticos son pocos,
porque ha sido edificada sobre la misma sólida base de la psicología. Nuestra
convicción en tal sentido se funda el hecho de que la teoría biosocial es ecléctica,
funcional, holista y, asimismo, una teoría del campo; posee, en suma, atributos que
la mayor parte de los psicólogos considera valiosos y deseables en toda
formulación teórica. Examinaremos a continuación, uno por uno, tales atributos en
relación con Murphy y el panorama actual.

En este libro hemos tenido ya ocasión de señalar que el enfoque biosocial de


Murphy constituye un sistema ecléctico no sólo en tanto adopta conceptos,
principios, leyes, hipótesis y axiomas procedentes de otras teorías, sino también en
cuanto considera todos los aspectos del individuo y su ambiente, y todas las ramas
de la psicología -infantil, fisiológica, social, clínica, etcétera- : las glándulas no son
más importantes que las costumbres; el determinismo bioquímico es tan significativo
como el determinismo económico; naturaleza y crianza merecen igual
consideración que maduración y aprendizaje.

Los impulsos internos parecen ser conceptos dominantes hasta que se conoce el
situacionismo tal como es expuesto por Murphy. Existe un organismo, claro está,
pero también existe un sí mismo. En resumen, el enfoque de Murphy incluye todo
cuanto los psicólogos juzgan importante para la comprensión de la personalidad.
Murphy no es un simple aficionado, no sustenta fuertes predilecciones o aversiones,
no introduce clisés ni lemas, no instituye un nuevo vocabulario, no favorece
técnicas específicas; tampoco rompe con el pasado; brinda, por el contrario, un
trato equitativo y equilibrado a los problemas recurrentes cuyo rastro ha seguido la
psicología a lo largo de generaciones. Para la mayor parte de los psicólogos, la
teoría bisocial corresponde exactamente al sentido común (al de los psicólogos,
por lo menos); no viola, en modo alguno, sus valores básicos: si bien pueden no
coincidir con cuanto Murphy afirma o abrigar el deseo de modificar el acento
puesto en tal o cual punto o de sustituir algunos términos por otros más gratos a su
oído, todo ello no supera los límites del desacuerdo familiar; el psicólogo medio se
identifica decididamente con la teoría de la personalidad de Murphy ya que
representa el tipo de psicología al cual está habituado.

El eclecticismo de Murphy, lo hemos dicho ya, no equivale a un simple


amontonamiento de retazos tomados aquí y allá; por el contrario, en tanto la
calidad del material seleccionado muestra su tacto y su discernimiento, la
originalidad de la organización en la que ha incluido dicho material revela su
capacidad creadora: merced a ello, su enfoque ha abierto muchas sendas nuevas
hacia el conocimiento de la personalidad. En una época en la que, al parecer,
asistimos al predominio de las escuelas psicosociales o culturales, la lectura de los
capítulos que Murphy consagra al organismo introduce una ráfaga renovadora;
empero si los prejuicios de orden biológico vuelven a hallar cabida en la biología,
las consideraciones de Murphy acerca del individuo y el grupo han de
proporcionar la oportunidad de reasumir una perspectiva equilibrada ya que
precisamente el equilibrio, la proporción, la organización y la síntesis creativa
constituyen los rasgos destacados de su eclecticismo.

Otro de los aspectos de la posición de Murphy, que en opinión de muchos


psicólogos le confiere atractivo, es su funcionalismo. Desde la época de William
James, John Dewey y J. R. Angell, la psicología norteamericana ha considerado
que los procesos psicológicos desempeñan un papel funcional en el dominio del
ambiente por el hombre o en la adaptación de éste a aquél. El valor de los
procesos psicológicos reside, en última instancia, en su contribución a la
supervivencia. Si bien las modernas teorías de la personalidad son, hasta cierto
punto funcionales, la de Murphy, en particular, lo es resuelta y totalmente.

Tal teoría es, además, definidamente holista. Como ya hemos dicho en diversas
oportunidades, no hay, dentro de la personalidad, procesos independientes que
puedan ser estudiados con miras a su exclusiva consideración: cada proceso es
parte integrante de una totalidad; el percibir implica un percipiente que es,
siempre, una persona total con sentimientos, emociones, necesidades, actitudes
respecto de sí misma, mecanismos yoicos, etcétera, y que sigue sintiendo,
necesitando, defendiéndose, al tiempo que percibe. La percepción está
integramente saturada por los demás procesos psicológicos en progreso, sin
excepción (Murphy y Hochberg, 1951).

Murphy censura la discriminación de Wallach (Bruner y Krech, 1950) entre proceso


perceptual primario y recuerdo y que, a su juicio, introduce una cuña en el
organismo y crea una distinción artificial, carente de sentido; en su opinión, los
procesos jamás aparecen aislados sino en perpetua interacción. De modo similar,
critica la posición de Klein cuando concibe la actitud como un proceso
independiente de la individualidad biológica del percipiente; al respecto
pregunta: "¿Por qué el factor común que sostiene a tales 'tipos' (aquellos a los que
alude Klein) no podría ser una predisposición somática que, moldeada por la vida
social en un particular contorno de procesos formales, refleje simultáneamente los
factores biológicos y sociales, en la más completa interpenetración?" (Bruner y
Krech, 1950, pág. 52). La teoría de Murphy acerca de la persona no presenta
hendiduras, ni fisuras, ni dicotomías; la interpretación y la totalidad dinámica son
profundas: la persona es una unidad.

Finalmente, Murphy revela ser un teórico del campo: según su posición, el


organismo no permanece al margen del mundo; por el contrario, constituye -como
acostumbra a

señalar- "un nódulo" en un campo de fuerzas inter penetrantes. Tales fuerzas, si bien
pueden ser caracterizadas como físicas, sociales, económicas, etc., son
consideradas por Murphy como componentes de un campo unificado: la
modificación de una de ellas sea cual fuere, implica la transformación de todo el
campo, incluso de la personalidad; un individuo no es el mismo en diferentes
ambientes. De acuerdo con el principio del campo, al cambiar la personalidad
cambian también las fuerzas inter penetrantes del mundo externo. Aun cuando
permanezcan una junto a la otra, la persona hambrienta y la persona saciada no
están en un mismo campo: cada una de ellas responde a fuerzas situacionales
apropiadas a su respectiva dinámica interna. Murphy rechaza por igual las fórmulas
organismo o ambiente y organismo y ambiente en favor de una tercera,
organismo-ambiente, en la que el guión representa inseparabilidad o
interpenetración.

Según ciertas críticas, el enfoque de la personalidad mediante la teoría del campo


parece concebir a la persona como un barco a la deriva en un mar embravecido
aun cuando es del todo evidente que la personalidad posee considerables
estabilidad continuidad. Con sus características franqueza y penetración, Murphy
hace frente a tales objeciones señalando que no hay nada intrínseco en la teoría
del campo que requiera un perpetuo, caleidoscópico cambio de la pauta de
fuerzas existentes dentro de la persona o fuera de ella, en el mundo externo. El
campo puede permanecer, y permanecer constante durante mucho tiempo.
Existen, por ejemplo, continuidades biológicas que dependen del plasma germinal
y de las secuencias de maduración; el organismo no presenta un flujo constante
sino pautas de crecimiento relativamente predecibles.

Las primeras canalizaciones proveen, asimismo, de cierto grado de estabilidad que


se prolonga durante toda la vida de la persona. Murphy señala, además que "gran
parte de la continuidad de la personalidad se debe a la reiteración de estas viejas
exigencias, las mismas vicias presiones impuestas al individuo" (1947, pág. 899).
Finalmente, la estabilidad está asegurada por el desarrollo de un bien organizado
sistema de hábitos relativamente impermeables al cambio. La teoría del campo,
según la formulación de Murphy, explica tanto el cambio y las discontinuidades
observables en la personalidad como su estabilidad y su continuidad.

Así, pues, la teoría biosocial de Murphy es una producción de vastas proyecciones,


extraordinario alcance y profundas perspectivas; sin embargo, su autor se ha de
adelantar a quien pretenda señalar que se trata de una teoría inconclusa que en
rigor debiera ser denominada "enfoque" y que, en todo caso, conclusas o
inconclusas, las teorías se desgastan fácilmente: una vez que han servido al
propósito de iluminar en cierta medida las zonas marginadas de la investigación,
deberían ser sustituidas por otras. Como el psicólogo escéptico, Murphy afirma al
respecto:

No obstante, todas estas lecciones [las del pasado]. escribimos y hablamos en la


actualidad como si conociéramos por fin el contexto integro y la estructura del
hombre. Al igual que nuestros predecesores, sin embargo, tendremos que rectificar
los errores no principalmente mediante el reajuste menor de las líneas del
argumento sino mediante el reconocimiento de las fundamentales limitaciones de
todo el actual sistema de concepciones. Precisamente, la investigación seria
debería ser orientada hacia la preparación de esa destrucción y del renacer del
conocimiento (1947, pág. 927).

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