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LA FELICIDAD según Spinoza

Maite Larrauri - Max


Primera edición en LOS LIBROS DE fronterad: Febrero de 2016
© Texto: Maite Larrauri, 2015
© Ilustraciones: Max, 2015
© De esta edición: Frontera Digital S.L.
Diseño de la colección: Aina Capdevila
Maquetación: Prema Served
Diseño de cubierta: Emilio López-Galiacho
Distribución: Raquel Blanco (Librerantes)
Coordinación editorial y edición: Carlos García Santa Cecilia
[Link]
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ISBN: 978-84-942853-8-7
D.L.: M-2768-2016

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las
leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier procedimiento.
Índice

Cubierta
1. La verdadera filosofía
2. Ni ridiculizar ni lamentar
3. Confitura de rosas rojas
4. “Nadie sabe lo que puede un cuerpo”
5. La enfermedad de los signos
6. Ninguna tristeza es buena
7. Mutaciones
8. Del amor pasión al amor acción
9. El infinito gozo de existir
Texto Contraportada
Otros títulos
Se cuenta que la noche en que una multitud enloquecida, gritando consignas
orangistas, procedió al linchamiento de los hermanos de Witt, hubo que
encerrar a Spinoza en su casa de La Haya, para que no saliera a hacer
pintadas, ni a distribuir octavillas contra esa barbarie. Corría el año 1672 y
con la muerte de los hermanos de Witt finalizaba en los Países Bajos la
política llamada de “verdadera libertad”: una gran autonomía de las
ciudades y una atmósfera de enorme tolerancia intelectual.

En su juventud, Spinoza había sufrido en carne propia la intolerancia.


Con sólo 24 años, había sido expulsado de la sinagoga de Amsterdam por
mantener opiniones que no se ajustaban al hebraísmo oficial. Y, animado
por esa excomunión, un judío lo había agredido a la salida del teatro.
Cuando Spinoza murió de tuberculosis a la edad de 45 años todavía
conservaba en el armario el abrigo que llevaba ese día, con el desgarrón que
el cuchillo de aquel fanático le hizo. Cuestión de tener siempre presente
cuán cauteloso había de ser.

¡Extraño este filósofo que antes de serlo, antes de que escribiera una
sola línea de los libros que lo harían famoso, ya había sido condenado por
los suyos y casi asesinado! Pero esas experiencias fueron fuente de
inspiración, ya que sus escritos —tanto los que hizo públicos, como los que
sólo enseñó a sus amigos y se editaron póstumamente— combaten las
supersticiones religiosas y analizan las causas de las pasiones humanas.

A pesar de la cautela no pudo evitar, a lo largo de su vida, ser el blanco


de muchos ataques verbales, algunos de los cuales resultan graciosos, si
omitimos la amenaza que contienen: “ese hebreo protestante” o, aún mejor,
“ese impúdico hebreo ateo”. Los insultos no dicen la verdad del insultado,
sino de quien los profiere. Pero en este caso resulta, además de falso,
paradójico que se piense que Spinoza es un filósofo ateo, cuando desprecia
el materialismo vulgar de sus contemporáneos ateos —que no se interesan
más que por el dinero y por la fama— y cuando, además, Dios está presente
de manera abrumadora en todos sus textos.

Existe, claro está, una explicación al hecho de que se diga que Spinoza
es ateo, y hay que buscarla en la fórmula que inventó: Deus sive natura,
esto es, Dios o la naturaleza. No es difícil hacerse una imagen de lo que
significa esta expresión; tenemos incluso la palabra panteísmo que nos
puede ayudar. Espontáneamente pensamos que la identificación entre la
naturaleza y Dios ha de entenderse como la inexistencia de un principio
creador exterior al universo. En parte acertamos, y en parte no. Porque con
esa explicación realizamos la traducción de Dios como naturaleza —lo que
justificaría hablar de ateísmo—, pero omitimos la correspondiente de la
naturaleza como Dios que, por el contrario, no puede ser reducida a
ateísmo.

Desde luego Spinoza critica el Dios trascendente del cristianismo y del


judaísmo, no sólo por estar fuera del mundo, en el más allá, sino por haber
sido inventado a imagen y semejanza de los humanos. Como los humanos
buscamos siempre la utilidad de las cosas, nos hemos aficionado a las
explicaciones finalistas: los ojos son para ver, las manos para coger, y
puesto que los animales y las plantas sirven para alimentarnos, es fácil
concluir que existen para eso. Los partidarios de un Dios como principio
creador externo del mundo lo imaginan antropomórficamente y hacen que
en Él converjan todas las argumentaciones finalistas.

Un ejemplo. Carmen sale de casa, le cae una valla publicitaria encima y


muere. Es un hecho fortuito y desgraciado. Pero quienes alucinan un Dios
como explicación finalista preguntarán: “¿por qué le ha sucedido a ella?”.
Si se les contesta que el viento, aquel día, era fortísimo y que el azar hizo
que Carmen pasara justo por debajo, seguirán preguntando que por qué el
viento era tan fuerte ese día y por qué tenía ella que haber pasado por ahí. Y
así seguirán sin descanso hasta encontrarle un sentido a esa muerte. Al final
se tratará de la voluntad divina —“porque así lo ha querido Dios”— que es,
según Spinoza, el refugio de los ignorantes.

Ese Dios tiene los mismos rasgos que los humanos, pero en otra escala.
En Él todo es eminente. Si el triángulo hablara —dice Spinoza— diría que
Dios es eminentemente triangular. Y si la mosca hablara diría que Dios es
una mosca que vuela de manera eminente, de manera que, como los
humanos hablan, dicen que Dios posee un intelecto y una voluntad
eminentes.

Si hay algún filósofo que nos haya enseñado que para hacer filosofía se
debe utilizar el arte del “en tanto que”, ése es Spinoza. Denuncia la
equivocidad de las palabras, su capacidad para referirse a imágenes diversas
y confusas y se esfuerza cuanto puede en fijar de manera unívoca el
significado de algunos términos. Por eso, su libro más importante se titula
Ethica ordine geometrico demonstrata y en él se propone hablar de las
pasiones humanas como si se tratara de líneas o de planos.

Un signo equívoco del lenguaje adquiere la univocidad de un concepto


matemático cuando procedemos a definirlo y, a partir de ese momento, sólo
lo utilizamos con esa acepción. Así pues, nos dice Spinoza, la naturaleza es
Dios en tanto que por Dios entendamos “el infinito gozo de existir”.

Esa naturaleza que es Dios no es sólo la materia extensa. Este árbol —o


esta persona— no es una parte de Dios, si sólo lo consideramos como un
cuerpo con ciertas dimensiones cuyo desarrollo está contenido en el número
y la disposición de sus células. Este árbol —o esta persona— es una parte
de Dios, si lo consideramos, además, como expresión del gozo y la felicidad
que hay en la naturaleza y en la vida. No obstante, ni los árboles ni la
mayoría de las personas son conscientes de esto último.

Con estas ideas, Spinoza da un triple salto fuera de las religiones


imperantes en Europa y hacia una concepción sorprendente de Dios, insólita
por su formulación y ardua de comprender. Si algunas de esas ideas ya
germinaban en el joven Spinoza, no nos es difícil entender que fuera
expulsado de la comunidad judía de Amsterdam.
Su excomunión, que le impidió seguir ganándose la vida como
mercader en el negocio familiar, lo llevó a tener que aprender un oficio.
Spinoza se convirtió en óptico, y muy bueno, a tenor de lo buscadas que
eran las lentes que pulía. Sin duda, la precisión que ponía en su trabajo
manual no era diferente de la que aplicaba a la definición de sus conceptos
filosóficos, y la mirada que dirige hacia el mundo es tan concreta como la
que pretendía obtener con los instrumentos ópticos que fabricaba.

Uno de sus biógrafos cuenta que se divertía observando los combates


entre arañas y moscas. Esa mirada de entomólogo se armoniza con las
reflexiones filosóficas y el trabajo de pulidor de lentes. Observa con
atención a los humanos y sus pasiones, para poder comprender lo que los
impulsa a odiarse y a llevar vidas tan infelices. Aplica sobre la vida humana
una lente que permite la rectificación de la visión, a fin de percibir con
claridad la fantástica y extraordinaria belleza de este mundo.

Sus conocimientos, sus aficiones y su profesión le permitieron llevar


una vida serena. Tuvo la sabiduría de distinguir entre quienes eran sus
amigos y quienes, a pesar de presentarse como tales, no lo eran. Cuando, en
una ocasión, le ofrecieron ocupar una cátedra en la Universidad de
Heidelberg para enseñar filosofía, declinó la oferta al intuir que
comprometía su libertad de pensamiento. En la Ética dice que hay que
evitar, en la medida de lo posible, aceptar regalos de los ignorantes, porque
ellos esperan a su vez recibir otros tantos beneficios —como resulta normal
esperarlo—, pero el que es libre no coincide con el que es ignorante a la
hora de juzgar qué es un beneficio.

Spinoza afirma que no ha pretendido nunca haber inventado la mejor


filosofía, pero sí que comprende la verdadera. No es arrogancia, aunque así
lo parezca. Spinoza se coloca en la tradición de quienes han considerado
que la filosofía no ha de ser una doctrina sino un modo de vivir, una
práctica, una invitación a la modificación de la existencia. Esta es la
verdadera filosofía y es ciertamente la filosofía que comprendió y practicó
Spinoza.
“El hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría es una
meditación no sobre la muerte, sino sobre la vida”.
¿Acaso son las pasiones humanas defectos a los que sucumbimos por
nuestra culpa? —se pregunta Spinoza. Al decir de filósofos, teólogos y
moralistas, así es. Pergeñan una ficción, una naturaleza humana tal y como
ellos creen que debería ser, lo que los lleva a criticar con dureza la que de
hecho existe. Cuando se deciden a escribir de ética, lo que hacen es una
sátira: en ella ridiculizan los vicios humanos. Cuando escriben de política,
sus quimeras están tan alejadas de la práctica que acaban siendo ellos
mismos los únicos que parecen cualificados para gobernar.

Hacer de la naturaleza humana algo diferente y superior al resto de la


naturaleza es construir un imperio (el ser humano) dentro de otro imperio
(la naturaleza), elevando el primero sobre el segundo, para que esté más
cerca del Dios antropomórfico que han inventado.

El moralista se muestra tan crítico que parece una persona por encima
de lo normal, cuando en verdad, dice Spinoza, en su manera de ser
despreciativo o sarcástico revela su envidia, su soberbia y su impotencia.
Declara que desea ayudar a los demás con sus consejos, y en la práctica está
ansioso de hacerse admirar por su doctrina, que espera que le haga famoso.
Spinoza cita una frase de Cicerón: “Incluso los filósofos firman con sus
nombres los libros que escriben sobre el desprecio a la gloria”.

El que se presenta a sí mismo como poco ambicioso, con escaso aprecio


por lo que es o por lo que hace y modesto en sus aspiraciones posee un
orgullo superior al que abiertamente reconoce que es orgulloso. En realidad
juzga su nimiedad porque se compara con los demás, de manera que se
sentirá mejor en cuanto pueda señalar también, entre los que son superiores
a él, algunos vicios; y sin duda su tristeza aumentará en cuanto la iniciativa
de los otros ponga de manifiesto su propia impotencia. Así pues, le gustará
acechar a los demás, no para corregirlos, sino para censurarlos. La única
virtud que alaba es la modestia o la humildad, y ésa es su manera particular
de glorificarse, aunque parezca justamente que rehusa la gloria.

Cuando los moralistas trasladan la idea del “imperio dentro del imperio”
al ser humano, establecen que existe una diferencia y una jerarquía entre las
dos partes de las que está formado: la mente y el cuerpo.

Esta diferencia se entiende como una batalla entre bandos contrarios: si


uno de ellos actúa, el otro, como consecuencia, padece o sufre. Durante
siglos los discursos morales y religiosos han despreciado el cuerpo, como la
parte que nos asemeja a los animales, y han considerado que la conducta
virtuosa era aquella en la que la mente actúa como dirigente, frenando o
acallando los apetitos corporales. La mente posee voluntad, y si está
acompañada de razón, se enfrenta a los irracionales deseos corporales.
Cuando, por el contrario, sucede que es el cuerpo el que se rebela, porque
los apetitos son más fuertes que la voluntad racional, la mente se muestra
pasiva y va a remolque del cuerpo. (Uno de los motivos de la fuerte
misoginia de estas doctrinas reside en la consideración de que, en las
mujeres, el imperio dominante es el cuerpo).

Spinoza también utiliza los vocablos “mente” y “cuerpo” para hablar de


los seres naturales, aunque les da una acepción diferente. Según Spinoza,
hay que entender la mente y el cuerpo en tanto que partes no independientes
de una misma unidad, en tanto que cuando una de ellas actúa, también la
otra actúa, y cuando una de ellas se muestra impotente o pasiva, también la
otra lo es. Cuando alguien es emprendedor, lleno de iniciativas y de
capacidades realizativas, en una palabra, potente, tanto su cuerpo como su
mente están activos al unísono; o bien cuando es indolente, ignorante y
temeroso, esto es impotente, tanto su cuerpo como su mente padecen.

Se podría pensar que el conocido dicho mens sana in corpore sano


suscribe el punto de vista de Spinoza, y la popularidad de este dicho en
nuestra sociedad nos podría hacer creer que ya estamos fuera del esquema
moral y religioso de agonismo entre cuerpo y mente. Sin embargo, lo que se
está proponiendo es una versión light del enfrentamiento entre el cuerpo y
la mente en el que se llega a una especie de cohabitación democrática entre
ambos: un nuevo equilibrio entre los dos imperios consistente en dejar que
ambos, debilitados, dirijan nuestras vidas por turno, a fin de preservar la
salud. Cuidar y darle gusto al cuerpo se ha convertido en la actualidad en
una especie de religión, aunque eso no significa que, al mismo tiempo, no
se alimente también a la mente (las numerosas revistas que hoy en día
circulan y que dan recetas para una vida saludable, al lado de las dietas y la
gimnasia, aconsejan viajes y lecturas, así como también una especie de
control racional de la mente sobre los posibles excesos del cuerpo). En
suma, es la moderación entendida como disminución de la potencia del
cuerpo y de la mente, para que ninguno de los dos domine al otro. Una
especie de envejecimiento adoptado como régimen vital.

Spinoza está hablando de otra cosa: como no considera que los intereses
de las partes lleven al enfrentamiento, no puede pensar que la solución del
tratado de paz sobre mínimos, en la que tanto la mente como el cuerpo
claudican, cediendo una parte de su potencia, sea una vida feliz. Cualquier
cosa que le sucede a un ser humano tiene una traducción simultánea a dos
lenguajes, el del cuerpo y el de la mente: o lo que acontece fortalece al
cuerpo y a la mente, o debilita a ambos. La educación y el crecimiento
tienen que lograr que el cuerpo sea apto para realizar muchas acciones, lo
que hará igualmente que la mente sea más activa; y si la mente proyecta y
realiza, piensa y lleva a la práctica lo que piensa, se tiene también un cuerpo
que es más activo que pasivo. En este planteamiento no cabe que existan
cuerpos sin mentes ni, claro está, mentes sin cuerpos.

Además Spinoza define qué es “actuar” y “padecer”: “actuar” es tener


en uno mismo la causa de las propias acciones, mientras que “padecer” es
tener sólo parcialmente en uno mismo la causa de las propias acciones. Así,
mucho de lo que hacemos y consideramos acciones no lo son, porque
confundimos la conciencia de querer hacer algo con saber por qué
queremos: las causas de nuestro comportamiento no están en nuestra
voluntad, aunque así lo creamos. Eso salta a la vista en cuanto analizamos
la conducta de alguien.

Un ejemplo. Antonio es un bocazas insoportable. Le gusta exhibirse en


la conversación, dando a entender que sus experiencias y su persona son
mejores que las de los demás. Cree que habla libremente por la sencilla
razón de que dice lo que quiere. Pero si acercamos la lente del entomólogo,
podemos observar que se trata de un pobre tipo que necesita espectadores a
su alrededor, porque sólo proclamando y haciendo visibles sus hazañas se
siente contento. Su mirada implora atención y sus gestos lo traicionan al ser
exageradamente amistosos hacia quienes parecen oyentes interesados.

¿Quién no ve la determinación afectiva de su conversación? No es una


persona que habla porque quiere, sino que no puede callar. Es consciente de
su deseo de hablar, pero ignorante de las causas que lo determinan a hablar.
Esas causas permanecen en la sombra para él: no residen en su conciencia,
sino que son inconscientes. Si supiera por qué se ve impelido a hablar de
esa manera, cambiaría su relación consigo mismo, dejaría de ser un bocazas
ignorante de sí mismo para ser alguien que sabe de su debilidad, lo que
implicaría simplemente que dejaría de serlo: un bocazas consciente de sí
hablaría conociendo su necesidad de fanfarronear para sentirse querido, por
lo que o bien sería un bocazas simpático o sólo rara vez lo sería.

La libertad no es hacer lo que nos da la gana, porque la mayoría de las


veces no sabemos por qué tenemos esas ganas. Tampoco la libertad es
coartar nuestros deseos para que nuestra conducta se acerque a la de un
modelo ideal de comportamiento moral, ya sea en la versión de
enfrentamiento de la mente y el cuerpo, o en la versión de convivencia
pacífica entre fuerzas debilitadas.

El programa ético de Spinoza consiste en ser más conscientes de las


causas que determinan nuestros deseos porque así nuestro comportamiento
será más activo, más potente y más libre: algo así como llegar a ser
conscientemente el que se es inconscientemente. Parece fácil y sin embargo
existen muchos impedimentos. No se consigue espontáneamente, pero
tampoco podemos traicionar nuestro modo de ser y constreñirnos a un ideal.

¿Cómo armonizar la espontaneidad y la rectificación? ¿Cómo practicar


una ética que no haga de cada ser humano algo diferente de lo que es?
Nietzsche llamó a Spinoza “médico de la civilización”. Tiene razón, ya que
a pesar de la proliferación de terapias que existen hoy en día, sus propuestas
siguen siendo superiores.
“Me he preocupado de no ridiculizar las acciones humanas, de no deplorarlas
ni maldecirlas, sino de comprenderlas”.
Spinoza considera al ser humano como un cuerpo vivo con una mente que
percibe y razona, y lo analiza siguiendo tres dimensiones.

En primer lugar, una dimensión cuantitativa o extensiva. Un cuerpo está


formado por múltiples partes, es una composición de cuerpos más
pequeños, hasta llegar a los cuerpos simples. Estos cuerpos simples forman
una materia cuantificable, medible.

En segundo lugar, una dimensión relacional. Las partes extensivas que


componen un cuerpo se organizan según unas relaciones características.
Spinoza dice que son relaciones de movimiento y de reposo, de rapidez y
lentitud. Podríamos entenderlo como un ritmo particular que diferencia a
unos individuos de otros. Aun cuando las partes extensas de un cuerpo sean
aparentemente las mismas que las de otro cuerpo, la relación que las
mantiene unidas les confiere una gran diversidad: ni siquiera dentro de la
misma familia existen dos cuerpos iguales (el caso de los clones no está
aquí contemplado).

En tercer lugar, una dimensión cualitativa o intensiva. Un cuerpo es una


parte de la naturaleza, no sólo en cuanto que está compuesto por múltiples
cuerpos simples, sino también porque es una parte de la potencia total de la
naturaleza, de ese “infinito gozo de existir”. Un cuerpo es un grado de esa
potencia y en eso consiste la esencia de un individuo. Una esencia que se
identifica con un grado de potencia es una esencia dinámica, que se mide
por la cantidad de acciones de las que es capaz. Pero, ¡cuidado con las
palabras!, al decir “potencia” corremos el riesgo de creer que aquello de lo
que un cuerpo es capaz es todo lo que potencialmente podría hacer aunque
todavía no lo ha hecho. No es esta la idea de Spinoza: el grado de potencia
no es una potencia imaginaria, es la totalidad de cosas que efectivamente un
cuerpo realiza. El impulso vital de esta potencia —conatus lo llama Spinoza
— es perseverar en la existencia y crecer, es decir, conservar y aumentar las
capacidades de acción.

Así pues, resumiendo las tres dimensiones, un ser humano es un grado


de potencia, que se expresa en una relación característica, bajo la cual le
pertenecen un número de partes extensivas.

Si bien es cierto que el impulso o conatus empuja a crecer, el resultado


que podemos observar a nuestro alrededor no es lineal. La dinamicidad de
las esencias se muestra tanto en el crecimiento como en la disminución de
la capacidad de acción. ¿De qué depende?

El modelo de crecimiento que nos plantea Spinoza es alimentario. Las


diversas partes del cuerpo necesitan alimentarse para permanecer en vida y
para crecer. Como las partes son diversas, también los alimentos tendrán
que serlo y será fundamental para el funcionamiento del cuerpo en general
que la alimentación no esté desequilibrada. Ahora bien, ¿cómo conocer los
alimentos que convienen a un cuerpo?

Cuando mi cuerpo se encuentra con otro –la alimentación es un


encuentro en el que mi cuerpo ingiere otro cuerpo–, o me sienta bien o me
hace daño: si las relaciones características del otro cuerpo se armonizan con
el mío, porque son velocidades o ritmos coincidentes, el resultado es una
composición; cuando, por el contrario, el encuentro se produce con un
cuerpo que no me conviene, actúa como un veneno, descompone mis partes
y me debilita, porque tengo que invertir energía y tiempo para expulsarlo; la
fuerza que pongo para conjurar el cuerpo enemigo es fuerza perdida. Mi
cuerpo crece en el primer supuesto; disminuye en el segundo. Aplicando la
metáfora de la alimentación, se puede decir que este libro, esta ciudad, esta
persona aumentan o disminuyen mi potencia.

Spinoza desdramatiza la idea de la muerte. En el encuentro fatal con


alguna cosa más potente, el cuerpo más débil se descompone
irreversiblemente: desaparece entonces la relación que mantenía unidas las
partes de ese cuerpo, aunque esas partes extensivas entrarán en la
composición de otros cuerpos. Así pues, la idea de la descomposición es un
punto de vista parcial. Para la naturaleza, la muerte no es sino una
recomposición, un cambio de ritmo: la música de la naturaleza permanece
eternamente viva.

La muerte siempre viene desde el exterior del cuerpo. Las


enfermedades, el envejecimiento, incluso el suicidio, son descomposiciones
a partir de invasiones externas. No existe en la naturaleza nada más que el
impulso a la vida.

En cualquier caso, la ciencia de la vida consiste en no morir


prematuramente, es decir, en realizar al máximo el grado de potencia para
llegar a ser el que se es. Pero, desgraciadamente, nacemos sin esa ciencia
que nos pueda guiar, porque no existe una receta válida para todos, dada
nuestra diversidad. Puesto que las esencias son individuales —la esencia de
Carmen y la esencia de Antonio, y la mía y la de Max y la de Spinoza y la
de usted que lee estas líneas—, habrá que conocerlas en su singularidad, no
podemos recurrir a una esencia general del ser humano.

Lo bueno y lo malo son nociones relativas: llamo “bueno” a lo que me


sienta bien y “malo” a lo que no me sienta bien, y no tiene por qué ser así
necesariamente para otras personas. Todos, sin embargo, intentamos que lo
que es para cada uno de nosotros lo bueno y lo malo también lo sea para los
demás. Buscamos el asentimiento de los otros, que compartan nuestro punto
de vista, que vivan como nosotros vivimos: a esto lo llama Spinoza
“ambición”. Pero dejando fuera la ambición, el Bien y el Mal general para
todos los cuerpos no existe.

Comenzamos viviendo a tientas. Es lógico. El individuo que


compongamos no nos preexiste. Y por eso la vida es un riesgo continuo. No
me sirve la experiencia de los demás. Está claro que algunos cuerpos
pueden descomponer el mío y llevarlo a la muerte —algunos venenos como
el arsénico, por ejemplo—, pero hay muchísimos más cuerpos con los que
me encuentro al azar y de los que no sé qué efecto pueden tener sobre el
mío.

Afortunadamente existen indicadores que nos guían y todos los usamos


para saber reconocer lo que es bueno o malo para nuestro cuerpo. También
el propio Spinoza. De toda su correspondencia, sólo una carta tiene un tono
íntimo. Está dirigida a Johannes Bouwmeester y en ella le reprocha que no
se acuerde de él, que no vaya a visitarlo, y que sea tan remiso a escribirle.
Le pregunta por sus sentimientos y le pide una respuesta acompañada de
“esa confitura de rosas rojas que Vd. me ha prometido”. Spinoza sabía que
tanto la amistad de Johannes Bouwmeester como su confitura le sentaban
bien. ¿Por qué estaba seguro?

La respuesta es que cuando encuentro otro cuerpo que me conviene, sé


que es bueno para mí porque me siento alegre. Por el contrario, cuando
encuentro un cuerpo que no me conviene, me siento triste. La alegría y la
tristeza son indicadores primarios del tránsito hacia un aumento o una
disminución de la potencia. Y de ellos se derivan los afectos de amor y de
odio. Amamos lo que nos produce alegría y odiamos lo que nos produce
tristeza.

Un ejemplo. Domingo por la mañana. Pepa está sentada tomando el sol


en la playa. Se oye el rumor del mar, el aire es límpido. Está leyendo el
periódico y se siente bien. De repente aparece una familia, los mayores
extienden sus toallas cerca de ella, los niños se ponen a jugar a la pelota. Un
chute con mala pata y la pelota le cae encima a Pepa. La alegría desaparece
y ahora sólo siente enfado y rabia. Querría destruir a quienes han
destrozado su alegría.

Pepa ha pasado, en cuestión de un instante, de la alegría a la tristeza, y


de la tristeza al odio. Lo que suceda después dependerá de cómo sea Pepa,
de lo cerca o de lo lejos que se encuentre de una vida activa y feliz. En
esquema existen tres posibles salidas a esta situación: o bien se enfadará y
discutirá con sus vecinos, o los ignorará, alejándose de ellos física o
mentalmente, o se unirá al jolgorio y se pondrá también ella a jugar a
pelota.

Aunque nacemos ignorantes de lo que somos y de lo que podemos, de


los efectos que tienen otros cuerpos sobre el nuestro y de las causas que
determinan nuestros deseos, pasado un cierto tiempo todos encontramos
confitura de rosas rojas que nos sienta bien. La alegría y la tristeza son
indicadores del aumento y de la disminución de la potencia y es lo primero
en lo que nos apoyamos para desarrollar nuestras vidas, aunque no es
suficiente, porque las alegrías y las tristezas son pasajeras y volubles. Pero
es un comienzo. A partir de ahí, si no queremos vivir zarandeados por el
azar, tenemos que intentar organizar los encuentros, favorecer aquellos que
nos produzcan alegría y alejar los que nos hagan sentirnos tristes.
“La alegría es el paso del hombre de una perfección más pequeña a una más
grande”.
Cada uno de nosotros ha venido al mundo por causas exteriores a sí mismo.
Pero una vez aquí, su impulso vital le pertenece absolutamente. Es su
esencia singular y esta esencia no tiene más finalidad que ella misma, esto
es, la realización al máximo de su potencia.

Sostener que la esencia es singular resulta extraño, rompe con la


tradición de la creencia en la naturaleza humana. Cuando se quiere
establecer la esencia universal del ser humano se procede definiendo las
características generales que delimitan su forma y la distinguen de otras
especies. Esas características son como límites exteriores, se parecen a los
contornos geométricos de una figura. Y la consecuencia de este modo de
considerar la esencia del ser humano es que, al estar exclusivamente
interesado por los límites o contornos, hace abstracción de la materia de la
que está hecho cada ser humano, como cuando hablamos de un cubo de dos
metros de lado, por ejemplo, pero no importa si está hecho de mármol o de
papel. Y eso mismo sucede con la esencia del ser humano, que se define
atendiendo a los límites exteriores que le dan su forma: los límites-contorno
del ser humano establecen las acciones y los movimientos posibles, más
allá o más acá de los cuales se nos dirá que estamos en presencia de un
animal o de un dios.

Spinoza, al defender que la esencia es singular, se convierte en un


pensador inmoralista, ya que critica la idea de un bien y un mal general para
todos los seres humanos. Cada ser humano, cada esencia realiza su propia
perfección por fuera de un modelo único, y las acciones que conducen a
efectuar la esencia singular son virtuosas. La virtud no puede ser entonces
dirigir el propio comportamiento para que se amolde a unos límites-
contorno, sino que es diferente para cada cual, aunque formalmente consista
en comprenderse a sí mismo y actuar según las reglas de la propia
naturaleza.

¿Eso significa que no se puede poner límites a las acciones de un


individuo? No exactamente. La potencia dinámica de las esencias se mueve
entre límites de máximos y mínimos, desconocidos de entrada y no
definibles en general. “Nadie sabe lo que puede un cuerpo”, afirma
Spinoza. Ahora bien, el camino para llegar a ser el que se es tiene que
conducir a un conocimiento mayor de los límites propios.

Un ejemplo. A María, que es poeta, le gusta beber, a muchas horas del


día, sola y acompañada. A Lola, que es profesora, le gusta estudiar filosofía,
emplea gran parte de su tiempo en esa actividad. Las alegrías de María
difieren de las de Lola: sus esencias son completamente diferentes. Al
definir un cuerpo por las acciones que efectivamente realiza, se está
afirmando que se parece más un caballo de tiro a un buey que a un caballo
de carreras. Tanto el caballo de tiro como el caballo de carreras, tanto María
como Lola, obtienen satisfacciones que sólo tienen en común esta palabra.

¿Hasta dónde pueden llegar las satisfacciones de María y de Lola? Si


impedimos que María beba o que Lola estudie filosofía, seguiremos
encontrándonos ante una bebedora y una filósofa, aunque ahora reprimidas,
o sea, tristes. Los límites exteriores al desarrollo de una esencia pueden
impedir su realización, pero no cambiarla.

Los límites de la esencia singular también existen, pero son interiores,


nacen del propio grado de potencia y señalan el final de la fuerza de acción.
Pero la señalización no es fija y determinada como un contorno, ya que el
espacio delimitado desde dentro se parece más al espacio que crean la luz y
el color que a líneas geométricas claramente dibujadas. Son límites ópticos
(pensemos en la pintura del claroscuro del siglo XVII o en el modo como
llenan el espacio un cubo de mármol y un cubo de papel del mismo tamaño,
o en las diferencias espaciales que crean los colores).

Los límites de los seres naturales son ópticos, no geométricos. Un


bosque es un ser natural. ¿Cuál es su límite? Si existen barreras que le
impiden extenderse se trata de límites contorno exteriores, que nada dicen
de su potencia. El límite propio e interior de un bosque es el espacio que
llena con sus acciones, la frontera cambiante de su capacidad de generar
árboles.

También María y Lola tienen sus límites interiores, propios de la


esencia de cada una. ¿De cuánta acción son capaces? Para responder no hay
que olvidar que la acción la hemos definido como lo que una hace teniendo
en sí misma su propia causa. Así pues, ¿hasta dónde es capaz María de ser
activa con la bebida? ¿Y Lola con la filosofía?

Si la bebida y la filosofía son alimentos necesarios —y a la vez


elegidos, ya que con ellos María y Lola dirigen sus acciones, conscientes de
sí mismas—, sus cuerpos y sus mentes serán activos, llenos de iniciativas,
crecerán. Seguirán irradiando luz hasta donde lleguen sus propias potencias.

Si, por el contrario, María y Lola sólo son conscientes de su deseo, pero
ignoran las causas que lo determinan, sus cuerpos y sus mentes se
comportarán pasivamente, se dejarán llevar por todo aquello que les dé una
satisfacción, sin conocer, ni ordenar, ni controlar las relaciones que para ello
establecen. Sabemos que es así porque en muchos momentos se lamentarán
de lo que hacen, manifestarán deseos nostálgicos por lo que no tienen o por
lo que no son, incluso se arrepentirán. Ni la filosofía, ni la bebida las hará
crecer. Al contrario, la potencia de la filosofía y de la bebida para
arruinarles la existencia, para envenenársela, será tanto más grande cuanto
más grande sea el lugar que ocupen en sus vidas.

María y Lola son como dos bosques diferentes: un encinar y un hayedo.


No tienen las mismas necesidades, no crecen del mismo modo. Si sólo
saben que les gusta un tipo de suelo, calizo en un caso, ácido en el otro,
desconociendo el tiempo que se precisa para la regeneración, las posibles
simbiosis con hongos, ignorando que el sotobosque mediterráneo ayuda al
crecimiento de las encinas, o que son pocas las plantas que pueden vivir en
la umbría creada por las hayas, en su ansia por crecer establecerán vínculos
desordenados, inapropiados, que pueden llegar a ser venenosos y fatales. Se
debilitarán, dejarán de crecer y morirán.

No hace falta juzgar al bosque desgraciado, porque su vida lleva en sí


misma el juicio moral. Vive y muere impotente y triste, su esencia alcanza
el umbral mínimo de realización.

Es verdad que también mueren los bosques que crecen felices, pero el
espectáculo que nos ofrecen es infinitamente más hermoso.
“Si el lúbrico está triste por no poder seguir su inclinación, no por eso deja de
ser lúbrico”.
Las tres dimensiones del cuerpo —extensiva, relacional e intensiva— se
corresponden con los tres grados de conocimiento que establece Spinoza.
Todos compartimos el primer grado: es como una enfermedad que
comenzamos a padecer en nuestra infancia, de la que es difícil liberarse y
de la que nos quedarán siempre secuelas. Algunos llegan al segundo grado
de conocimiento y poquísimos alcanzan el tercero. Los llamaremos:
percepción, razón e intuición.

Cuando un ser humano se encuentra con otro cuerpo, ese cuerpo le


afecta, le deja huella corporal y mental. Ese encuentro es, por tanto,
afección y percepción de la afección al mismo tiempo, como dos
fenómenos paralelos: el cuerpo y la mente registran todo lo que le sucede a
un individuo.

Un ejemplo. Daniel se come una manzana. La manzana es un cuerpo


que se combina con el cuerpo de Daniel, le quita el hambre y le cae bien en
el estómago. El acto de comerse la manzana es una realización del impulso
vital que, al producirse conscientemente, como resultado de la voluntad de
Daniel, lo llamamos “deseo”. Así pues, Daniel desea comerse una manzana,
la manzana es buena para él y aumenta su potencia.

Ahora bien, la percepción de una afección es siempre una idea


inadecuada, nos dice Spinoza. Y lo es porque se forma como mezcla y
confusión de la percepción de dos cuerpos, la que Daniel tiene de sí mismo
y la que tiene de la manzana. Daniel tiene conciencia del efecto de la
manzana sobre su cuerpo, pero ignora las causas que producen ese efecto:
ni comprende la esencia de su cuerpo —que determina su deseo de comer
una manzana y el hecho de que la manzana le convenga—, ni la esencia de
la manzana —que determina la posibilidad de combinar con el cuerpo de
Daniel. Es como si Daniel tuviera una idea mutilada, como uno de esos
símbolos —medallas o piezas de cerámica partidas por la mitad— a los que
le falta la otra parte para ser una unidad. La parte del símbolo que posee
Daniel es verdadera —sabe que le sienta bien la manzana—, pero no sabe
por qué, y por lo tanto le falta la otra parte del símbolo para poseer la
verdad completa.

La impresión o la huella que la manzana deja en el cuerpo de Daniel es


la imagen que Daniel tendrá de la manzana. Esa imagen, ese conocimiento
mutilado, se convierte sólo en un error cuando se toma como una idea
completa, como una verdad redonda, cuando Daniel pasa de considerar que
la manzana le sienta bien en este momento a afirmar que la manzana
siempre le sentará bien, porque es salud en sí misma.

El error implícito en la percepción y en la formación de imágenes


consiste en tomar las propias imágenes perceptivas de las cosas de este
mundo como la verdad. Esa es nuestra enfermedad, una ignorancia que no
es ausencia de conocimiento, sino conocimiento incompleto que pretende
ser, sin embargo, completo. Es más grave que la simple ignorancia del que
no sabe, porque nuestro conocimiento perceptivo es una primera
aproximación al mundo que, al ser en parte verdadera, obtiene sus propias
comprobaciones y certezas a las que es difícil imprimirles una rectificación.

La confusión de la idea inadecuada se extiende y se multiplica dentro


del sistema del conocimiento perceptivo. Las imágenes perceptivas entre sí
también se mezclan, esto es, se encadenan, se superponen, se desplazan, se
confunden. Por eso, dice Spinoza, no hay gran diferencia entre percibir,
imaginar y alucinar: una vez alterado el sentido de la realidad, muchos tipos
de ideas confusas son posibles.

A ese río revuelto de imágenes, el lenguaje añade confusión. Cuando


Daniel oye la palabra “manzana”, la asocia a una imagen que tiene como
referente su experiencia de bienestar, pero, además, a ella se le superpone
todo un mundo de imágenes —su madre, el pueblo en el que se crió, el olor
de una habitación, un viaje, etc. El signo se hincha, se estratifica en capas
que vienen de toda una experiencia vivida. Si tenemos en cuenta que los
comportamientos lingüísticos forman una parte sustancial de nuestras vidas,
la visión apocalíptica que ofrece la humanidad intercambiando los signos
equívocos del lenguaje tiene de qué asustarnos. Es un milagro que de vez en
cuando nos entendamos. Cuando Daniel se enamora y le dice a su amor “te
amo”, sólo Dios sabe qué le está diciendo. Será probablemente un diálogo
de sordos, un intercambio entre universos inconmensurables.

Y ese es el mundo de las pasiones en el que nos movemos. Spinoza


llama “afecto pasivo” o “pasión” a la alteración que nuestra potencia sufre a
partir de una afección: si hay aumento de la potencia, nos encontramos ante
una pasión alegre; si hay disminución, ante una pasión triste. El amor de
Daniel, por ejemplo, es una pasión alegre, al igual que su predilección por
las manzanas: tanto la persona amada como las manzanas le sientan bien.

Pero, no perdamos de vista que los afectos nacen de afecciones y, por lo


tanto, de las imágenes asociadas a ellas, esto es, de ideas inadecuadas,
mutiladas. Tenemos que poder ver el error implícito en el enamoramiento
de Daniel: es una alegría provocada por el encuentro con un cuerpo que le
conviene, asociada a una idea confusa que mezcla el estado en ese momento
del cuerpo de Daniel con la presencia del cuerpo amado; idea confusa que,
sin embargo, Daniel no reconoce como tal, por lo que convierte su
percepción en la verdad completa, es decir, en la idea de que el cuerpo
amado es la causa de su alegría. La persona amada es maravillosa, sensible,
buena, simpática, atractiva, inteligente, divertida, todo lo cual no es sino
una tautología: “la amo porque es digna de ser amada, la amo porque la
amo”.

Amores, odios, envidias, celos, ambiciones, esperanzas, temores,


avaricias, resentimientos, cóleras, arrepentimientos, orgullos, desprecios:
Spinoza desgrana ante nuestros ojos el mecanismo por el que se generan las
pasiones humanas, con la precisión que le permiten sus lentes conceptuales.
Por ejemplo, pongamos esta vez a Daniel sometido a una pasión triste, al
racismo. Sus vecinos son norteafricanos. Cocinan con olores que le
disgustan, ponen una música que le molesta, sacuden las alfombras encima
de sus balcones. El racismo es odio, o sea, tristeza provocada por el
encuentro con un cuerpo con el que Daniel no combina y al que considera
inadecuadamente causa de su tristeza. Al igual que Daniel ama sólo porque
el cuerpo de la persona amada le provoca alegría, aquí odia tan sólo porque
el otro le provoca tristeza: su amor y su odio son ocasionales, impulsivos y
vinculados quizá a acontecimientos pasados que le dejaron huella. En la
configuración del racismo ha tenido que tomar parte una red asociativa de
imágenes mediante la cual Daniel ha comenzado por odiar a un individuo
que considera causa de su tristeza, y ha pasado a odiar por mimetismo a
todos aquellos individuos cuyos rasgos coinciden con la imagen del
primero. Así se forjan los enemigos.

Las pasiones son excesivas por naturaleza. Si Daniel piensa que ese
cuerpo exterior es la causa de su amor, sólo querrá alimentarse de él. Ese
comportamiento es tan excesivo e ignorante como si lo único que comiera
fueran manzanas. Ni su paladar, ni su estómago, ni su sexo viven
independientes del resto de su persona, pero Daniel deja que una parte de su
cuerpo se arrogue una autonomía ilusoria.

Azar, exceso y error. Con todo, no estamos condenados a vivir sólo en


este nivel de conocimiento. La rectificación no podrá borrar la huella de las
imágenes perceptivas, pero les aportará la otra parte de la verdad que las
debilite y las postergue a un segundo plano. Una tarea complicada porque
no es ni quirúrgica ni rápida, sino el trabajo de largos años de terapia. No
obstante, vale la pena —nos dice Spinoza—, ya que una vida guiada sólo
por signos incompletos, si bien de vez en cuando puede tener momentos
maravillosos, a la larga los errores la convierten en una existencia impotente
e infeliz.
“Un soldado, por ejemplo, viendo en la arena las huellas de un caballo, pasará
inmediatamente del pensamiento de un caballo al pensamiento de un caballero,
y de ahí al pensamiento de la guerra, etc. Pero un campesino pasará del
pensamiento de un caballo al pensamiento de una carreta, de un campo, etc.; y
así cada uno, siguiendo su costumbre de encadenar las imágenes de las cosas de
un modo u otro, pasará de un pensamiento a tal o cual otro.”
La alegría y la tristeza son indicadores en nuestras vidas, pero sólo la
alegría nos ayuda a salir del mundo de los signos. Es ella la que posibilita el
paso del conocimiento perceptivo al conocimiento racional. Cuando el
tránsito se lleva a cabo, la secuencia es la siguiente: encuentro con un
cuerpo que me conviene; pasión alegre. Aumento de la potencia. Impulso
del intelecto a formar una idea adecuada de lo que hay en común entre ese
cuerpo y el mío, ya que, en efecto, un cuerpo sólo puede ser bueno para el
mío si nuestras relaciones se combinan porque tienen algo en común.
Spinoza llama “noción común” a eso que vincula dos cuerpos. Por lo tanto,
sólo podemos formar nociones comunes a partir de una relación de
conveniencia, esto es, a partir de la alegría.

Una noción común no es lo que expresa un nombre común. Un nombre


común dice una idea general que se ha formado por superposición de
imágenes. Tomemos, por ejemplo, el sustantivo “mujer”. Cuando los
pensadores, filósofos, poetas o novelistas formulan una idea general acerca
de lo que es una mujer, lo hacen a partir de sus encuentros con mujeres,
buscando para definirlas aquello de todas ellas que les haya afectado más
veces, es decir, el elemento común con el que sus cuerpos han sido
afectados por todas ellas. La idea de lo que tienen en común las mujeres es
una imagen general formada a partir de la disposición de sus cuerpos. Dice,
por tanto, más verdad de los cuerpos de todos estos escritores que no de los
cuerpos de todas las diferentes mujeres con las que se han encontrado.

La noción común es otra cosa: expresa lo que es común a dos cuerpos


concretos cuyas relaciones características se combinan, por lo tanto, expresa
esa relación de conjunto que surge de una combinación sólo posible a partir
de un encuentro feliz. Y a partir de esa primera relación, nuestro intelecto
puede forjar otras nociones comunes a varios cuerpos. Por tanto, Spinoza le
da otro sentido al conocimiento racional, ya que la tarea de la razón no es
pensar o dialogar a partir de ideas generales, sino crear nociones comunes,
encontrar y formular verdades acerca de las relaciones.

El conocimiento racional o de segundo grado proporciona ideas


adecuadas, porque ya no está situado en la exterioridad del choque entre los
cuerpos, sino en la interioridad de las combinaciones entre los cuerpos.
Busca la causa de las alegrías, no en la imagen que nos forjamos del otro
cuerpo como alimento indispensable, sino en algo que está al mismo tiempo
en mi cuerpo y en el otro. Es, pues, un conocimiento de las combinaciones,
de lo que permite realizarlas, un descubrimiento de afinidades. La vida
conducida por la razón de la que habla Spinoza está muy alejada de un
modelo abstracto e ideal: aquí se trata de un conocimiento práctico,
aplicado a la vida cotidiana, una especie de matemáticas vivas que nos
permiten vivir afirmando y ampliando nuestro propio impulso vital.

Un ejemplo. Ana no sabe nadar. Sólo chapotea. Llega una ola y le da un


golpe. No hay composición entre el agua y Ana. Ana corre llorando hacia
su madre: “Mamá, la ola me ha hecho daño”. Esta frase es tan ignorante
como si hubiera dicho: “Mamá, Javi me ha hecho daño”. En ambos casos es
un conocimiento inadecuado de los efectos de descomposición, de
discordancia, de otro cuerpo sobre el suyo.

La tristeza no nos abre la puerta al conocimiento racional. Ni el mar ni


Javi son malos para Ana por algo que tienen en común con ella, sino porque
le son contrarios. No se puede formar la noción común de una discordancia,
porque no es nada. El que diga que el blanco y el negro concuerdan en
cuanto que ninguno de los dos es rojo —nos dice Spinoza— en realidad
está afirmando que el blanco y el negro no concuerdan en nada.

Si Ana odia a Javi porque Javi le ha quitado una pala con la que estaba
jugando, aparentemente se están haciendo daño por algo que les gusta a
ambos, y por lo tanto, parecería que concuerdan. Pero no es así. No riñen y
se molestan porque a los dos les gusta la pala, sino por la diferencia que se
establece entre ellos: Javi está contento porque la pala la tiene él, mientras
que Ana está triste por haberla perdido; la alegría de Javi se opone a la
tristeza de Ana.

Las tristezas no son nunca buenas, no nos ayudan a comprender. Por eso
afirma Spinoza que el mal no puede ser conocido más que como idea
mutilada o inadecuada. En efecto, cuando Ana no sabe nadar, percibe el mar
como algo contrario, lo odia porque lo considera la causa de su tristeza.
Pero esa es una percepción mutilada y confusa que apunta más a la
situación del cuerpo de Ana que al cuerpo con el que no se combina. Por lo
tanto, el único conocimiento del mal es una imagen perceptiva. Ana sufre a
todos aquellos que no le gustan, y a los que considera antipáticos, estúpidos,
mala gente, envidiosos, aprovechados, egoístas o ambiciosos, pero no los
conoce. Como no se conoce el veneno, ni al enemigo, porque no se forma
ninguna combinación, ninguna noción común con ellos.

Ahora bien, todos tenemos la oportunidad de entender algo más que lo


que nos ofrece la percepción. Siempre se sale un poco del primer género de
conocimiento, siempre se comprende algo de lo que a uno le pasa. Así pues,
supongamos que Ana aprende a nadar. Su cuerpo entiende el sentido del
ritmo del mar, se combina con el agua, se desliza gracias a su movimiento.
Ana está contenta, su potencia ha sido aumentada. Ha comprendido lo que
hay que hacer, sabe lo que tienen en común el mar y ella, no teóricamente
sino en la práctica: conocer y actuar es lo mismo, ya que toda idea adecuada
es un esquema de acción y toda acción es la expresión de una idea. Del
mismo modo, si Ana entiende la noción común existente entre otra persona
y ella misma a partir de un buen encuentro, tendrá en sus manos una
experiencia que le permitirá saber cómo se hace. Por así decirlo, poseerá la
clave. Y podrá construir, si la sigue aplicando, un mundo de relaciones, de
ritmos y de olas, de movimientos coordinados, en el que dirija la
combinación con todos aquellos cuerpos que le convienen y evite
conscientemente aquellos que no le convienen.
“Hombres diversos pueden ser afectados de diversos modos por el mismo objeto,
y uno sólo puede ser afectado por el mismo objeto de diversos modos en épocas
diferentes”.
El intelecto, esa parte de los humanos que razona, mide y calcula, no está
sometido al azar como la percepción, que es de raíz pasiva. Pero tampoco es
un imperio dentro de un imperio, es decir, no puede disolver o neutralizar
totalmente la imaginación perceptiva. Mientras seamos un cuerpo con
partes extensivas, éstas chocarán por azar con otros cuerpos, nuestra
percepción forjará sus propias imágenes y se desatarán las pasiones
correspondientes. Nadie está fuera de ese peligro. Ahora bien, la
intervención del intelecto a partir de la experiencia de formar nociones
comunes puede lograr dos operaciones de rectificación: debilitar las
pasiones y transformarlas en afectos activos.

Muchos de los conflictos humanos que llevan a la tristeza y al odio


comienzan generándose a partir de una pasión alegre a la que nos vemos
inclinados todos: se trata del amor propio, de la satisfacción en uno mismo,
la alegría que cada uno de nosotros encuentra al imaginar su propia
potencia de actuar. Esta especie de narcisismo se renueva cada vez que uno
piensa en lo que ha hecho, de manera que todos estamos ávidos de contar
nuestras propias historias, mostrando a los demás aquello de lo que somos
capaces corporal y mentalmente. Nos escuchamos a nosotros mismos y
queremos tener razón en todo lo que decimos. Así nos hacemos
insoportables unos a otros. Como necesitamos distinguirnos de los demás,
nace la envidia, que consiste en alegrarse de la debilidad y entristecerse de
la potencia de los otros. A su vez la envidia puede dar lugar a la cólera y a
la venganza, cólera porque odiamos al que creemos que nos odia, venganza
porque deseamos hacerle mal al que creemos que es causa de nuestra
tristeza. Un círculo infernal que sólo puede romperse debilitando las
pasiones, esto es, conteniendo su error y su exceso, lo que no significa
negarlas o reprimirlas.

El error de apreciación que consiste en considerar al objeto exterior


como causa de la pasión lleva inevitablemente al exceso, a pensar
exclusivamente en ese objeto. El exceso es una descompensación, es
reducir todas las partes extensivas del cuerpo a una sola: Daniel comiendo
únicamente manzanas, Daniel amando apasionadamente a su amor, Daniel
odiando ciegamente a sus vecinos. Sucede con las pasiones alegres y con
las tristes. Todas ellas tienden al exceso. Un modo de contrarrestar el exceso
y debilitar las pasiones es conseguir que la imaginación no impida un
conocimiento más verdadero de uno mismo y de los demás: las pasiones
son nocivas no porque encierren ideas mutiladas —sólo en parte verdaderas
—, sino porque impiden reconocer esas ideas como inadecuadas, al tiempo
que no permiten que se formen otras más verdaderas.

Una forma de avanzar hacia un conocimiento más verdadero consiste en


dejar de considerar que los humanos son totalmente libres y responsables de
sus acciones. En líneas generales, creemos que la materia no es libre, pero
los humanos, a partir de una cierta edad, sí. Algún insensato o colérico
puede indignarse con una máquina de tabaco y emprenderla a patadas
porque se traga su dinero sin darle la cajetilla, pero por lo general
reaccionamos pasionalmente al encuentro de otros cuerpos humanos,
precisamente porque a ellos les atribuimos un protagonismo que no
concedemos a la materia inerte. Por eso, si sabemos que el objeto de nuestro
amor o de nuestro odio no es libre, sino que actúa determinado por su
propio impulso vital, nuestro amor y nuestro odio se debilitarán. No nos
causa tristeza que Ana no sepa nadar, porque es pequeña. Tampoco
podremos enfadarnos mucho con Antonio el bocazas, cuando empecemos a
entender que para él fanfarronear es una necesidad.

Si Daniel produce una idea adecuada fruto de una noción común, sabrá
que la causa de su alegría debe ser atribuida tanto a su cuerpo como al otro
cuerpo, por algo que es común a ambos. No desaparecerá el afecto, pero ya
no ocupará tanto lugar: su hambre, su amor, no se verán reforzados o
impulsados por la creencia en la libertad del objeto, ni tampoco en la suya
propia. Entiende que sus deseos son la expresión de su impulso vital y
empieza a ser consciente de su propia necesidad.

De las tristezas Daniel no obtiene ideas adecuadas, porque no puede


formar nociones comunes: la conveniencia es real, la disconveniencia no es
nada. Puede, sin embargo, percatarse de que la causa de su odio no reside
en los otros cuerpos sino en el suyo, ya que entender cómo se genera es
saber que no responde a ninguna realidad exterior. Su racismo menguará
considerablemente y al mismo tiempo la mirada de filósofo entomólogo, si
la sabe dirigir sobre sí mismo, transformará la tristeza en alegría de
comprender.

Un segundo paso hacia un conocimiento más verdadero consiste en


acumular el máximo de alegrías posible y llegar así a desarrollar la única
alegría que nunca es excesiva: la hilaritas o el buen humor. Spinoza, que
tiene la mentalidad del médico y no la del moralista, considera que el buen
humor es una pasión alegre muy especial, que tiene su origen en que las
distintas partes del cuerpo están afectadas por igual: por ese motivo, esta
pasión nunca es nociva por muy inmoderada que sea. Es un contento, que
no nace de una parte bien alimentada del cuerpo en detrimento de las
demás, ni tampoco de la imagen que nos hacemos de nosotros mismos y
que busca el reconocimiento en los otros, sino que expresa el crecimiento
real de la potencia del cuerpo y de la mente. No es una pasión pasajera y
frágil. Spinoza apostilla que no resulta fácil encontrársela: son muchas las
personas que en algún momento están contentas, pero es muy difícil
encontrar personas a quienes no se les tuerza a la mínima ocasión ese buen
humor con el que quizá de vez en cuando se levantan, prueba de que, en
este caso, se trata de una alegría descompensada —como la de Pepa en la
playa—, y no de la hilaritas. Ahora bien, si el buen humor de Pepa
permanece invicto a pesar de los playeros invasores y de los niños
futbolistas, si es ella misma la que se pone a jugar a la pelota, si nada se le
resiste, estaríamos ante el exceso de alegría del que habla Spinoza, que no
sólo no es perjudicial, sino que es la antesala de una transformación activa
de las situaciones.

Así pues, con la debilitación de las pasiones podemos lograr una


modificación en los afectos. Al aumento y disminución de nuestra potencia,
Spinoza les ha dado el nombre de “afectos”, pero los afectos pueden ser
pasivos, cuando desconocemos su causa, o activos, cuando somos sujetos
conscientes, esto es, causa de ellos. Las pasiones, tanto las alegres como las
tristes, son afectos pasivos; Spinoza piensa que puede haber una mutación
del afecto pasivo en afecto activo, sin cambiar de naturaleza, sin
transformarnos en ángeles, sin negarnos a nosotros mismos. Es algo que se
puede conseguir si instalamos el conocimiento racional en nuestras vidas,
esto es, el conocimiento de las relaciones, de las combinaciones concretas.
Y sin duda, esas mutaciones son un anuncio de la felicidad.

Un ejemplo. Carlos es una persona ambiciosa. Quiere triunfar como


escritor. Los reveses en su carrera lo vuelven triste. Se lamenta de lo poco
que lee la gente de este país, y de lo banales que son los escritores famosos.
Mientras su boca espumea de rabia, diría Spinoza, quiere parecer un
hombre prudente y sensato. Carlos sufre por su ambición, y tanto si lo
muestra como si no, acabará siendo un resentido.

Ahora Carlos se conoce a sí mismo y entiende que la causa de sus


tristezas sólo está en sí mismo. Se da cuenta de que él odiaba a los lectores
por tener otros gustos, pero también odiaba a los que pensaban como él, ya
que los temía como competidores que pudieran adelantársele y llegar a ser
famosos antes que él. Comprender aumenta su potencia. Crece su contento
y no permite que su buen humor se empañe ni por el pequeño número de
ventas, ni por el escaso eco que sus escritos tienen en la prensa
especializada. Comienza a estar de acuerdo consigo mismo. Piensa cómo
puede orientar su ambición y actúa en consecuencia: elige realizar
proyectos en los que hace lo que le gusta, escribe gozosamente y confía en
su capacidad de contagio, porque ahora sabe que existen corrientes de
convergencia entre los humanos, nociones comunes racionales en las que lo
que es bueno para él, también lo puede ser para otros. Porque no pierde ese
bien aunque otros también lo quieran y lo compartan: consiste en la alegría
de conocer y de ser parte activa en la vida de uno mismo. Carlos se ha
convertido en un ambicioso consciente de sí y activo, no envenena y crea a
su alrededor una red de alegrías.

Como vemos, sólo hay un tipo de tristeza, pero en cambio hay dos tipos
de alegría: la alegría pasión, que Carlos obtendría si sus libros se vendieran;
y la alegría acción, la que tiene Carlos disfrutando con lo que hace sin
esperar que el mundo se la proporcione. El segundo Carlos sigue siendo
ambicioso, pero su vida se llena de alegrías activas y, si al final se hace
famoso, eso sólo será la guinda del pastel.
“Cuando miramos el sol, nos imaginamos que dista de nosotros unos 200 pies;
ese error no consiste en esa imaginación en cuanto tal, sino en el hecho de que
al mismo tiempo que lo imaginamos así, ignoramos su verdadera distancia y la
causa de esa imaginación. Ya que, aun cuando supiéramos más tarde que el sol
dista de nosotros más de seiscientas veces el diámetro de la tierra, no por ello
dejaríamos de imaginar que está cerca; en efecto, no imaginamos el sol tan
próximo porque ignoramos su verdadera distancia, sino porque la afección de
nuestro cuerpo envuelve la esencia del sol, en la medida en que el cuerpo mismo
ha sido afectado por él.”
Para salir de la vida ignorante, del primer género de conocimiento, hay que
querer, y no son tantos los que quieren, entre otros motivos porque
identifican ciertas pasiones alegres con la felicidad. Es el caso del amor tal
y como la mayoría lo entiende. Sin embargo, a Spinoza le parece que el
amor pasión es un mal sentimiento, el grado más bajo de la libertad y el
más alejado de la felicidad.

Adoptemos la mirada de Spinoza para ver y analizar el desarrollo de un


amor pasión. Helena encuentra por azar un cuerpo que le conviene. Desea
gozar de él como de un alimento que su estómago vacío le reclama. Alegría
y fuegos artificiales y campanas: su potencia ha aumentado, la experiencia
ha sido placentera y entusiasmante, por lo que nace en ella un afecto de
amor. Este amor, dice Spinoza, es “la alegría acompañada de la idea de una
causa exterior”, o sea, que la idea que acompaña esta alegría es inadecuada
porque considera que es el cuerpo de su amante la causa de su alegría,
cuando en realidad es lo que hay en común entre ambos cuerpos. Este amor
dice más verdad de la necesidad de Helena que del otro cuerpo: pero esto
Helena no lo sabe, ni le sirve para conocerse a sí misma, y mucho menos
para conocer a la otra persona. Helena se deja invadir por la imagen de su
amante, su amor se vuelve excesivo y supedita sus otros deseos a éste.

Helena enamorada: su satisfacción, su amor propio o su narcisismo


—“la alegría que nace de pensar en uno mismo y en su propia potencia”—
también crece. Le gusta mostrar su amor, habla de ello, quiere ser aprobada
por los demás. Quizá también teme que los demás le hagan demasiado caso
y no sólo la aprueben sino que se lo arrebaten. El temor es “una tristeza
inconstante nacida de la idea de una cosa futura cuyo desarrollo nos parece
dudoso”. Surgen los celos: el apetito de Helena se ve reforzado “si se
imagina que otra persona desea lo mismo”, y se ve contrariado “por la
imagen de la cosa amada acompañada de la imagen de esa persona unida a
ella”. Los celos son, pues, “una tristeza acompañada de la idea de la cosa
amada como causa, y de la otra persona también”. Y comienza la
fluctuación de ánimo de Helena, una mezcla de alegrías y de tristezas, una
especie de dulce amargo, una rosa con espinas.

A medida que la historia de amor avanza, el cuerpo de Helena se


modifica, como un estómago que se va llenando, y esa nueva estructura
corporal admitirá otras imágenes y otros deseos. Y le sucederá a veces lo
que a un estómago lleno cuando se le presenta el mismo alimento: sufrirá de
aburrimiento y de asco. La prueba de esto último la obtenemos cuando
observamos cómo la distancia alimenta el amor pasión, lo que prueba su
carácter imaginario y lo que revela su propia miseria.

No es una existencia feliz. Pero la alegría del encuentro y el aumento


del narcisismo hacen que la mayoría de las personas entiendan que esa es
una de las pocas felicidades que les está dado procurarse, por lo que
anhelan la repetición de la jugada.

Supongamos que Helena aprende algo de sus experiencias. La próxima


vez que se enamora comprende dos cosas: que es una necesidad de su
propio cuerpo la que la ha conducido a enamorarse, e intenta averiguar cuál,
y que entre su cuerpo y el de su amante hay algo común que posibilita la
concordancia. Ya no ve el amor como algo libremente elegido y por tanto
no se enamora como una loca, no abandona otros intereses, otras partes de
su cuerpo, sino que las sigue alimentando.

La debilitación del amor pasión de Helena la pone al abrigo de la


tristeza y del odio a los que llevaba el exceso en el primer caso. Y el
conocimiento de la noción común entre su cuerpo y el de su amante le
revelará algo de lo que son las afinidades: dos ritmos de una misma música,
dos potencias que se suman para formar una composición superior. Y de esa
composición pasará a entender algo de las leyes de composición de la
naturaleza. Ahora sabe cómo crear a su alrededor un mundo de relaciones.
La vida de Helena está más llena de alegrías que de tristezas porque ella
es el sujeto activo de muchas de sus alegrías, que ahora sabe producir a
través de la acción y el conocimiento. Pero, cierto es, no ha alcanzado una
existencia plenamente libre y feliz, porque sigue siendo pasiva ante las
desgracias. ¿Qué hacer frente a esa amiga envidiosa que no puede soportar
que Helena sea más brillante? O ¿qué hacer con el odio del compañero
resentido que piensa que Helena lo ha rechazado y sólo espera una ocasión
para vengarse? ¿Y cuando un superior la humilla?

Para no sufrir nada más que lo absolutamente inevitable, hay que


conseguir pasar de las alegrías activas al amor acción capaz de transformar
las pasiones tristes en alegrías, logrando formar nociones comunes incluso
con los cuerpos que nos producen tristeza. Sin embargo, habíamos negado
esa posibilidad, puesto que siempre partíamos de que la noción común
manifestaba una conveniencia que no existía en el caso de las tristezas.
Entonces, ¿cómo es ahora posible?

El amor acción es un afecto activo. Spinoza le da en ocasiones otro


nombre. Dice amore sive generositate: “amor o generosidad”. Conserva el
mismo impulso del amor de unirse con otros cuerpos, pero determinado en
esta ocasión por el intelecto: unirse con otros cuerpos “con amistad”, dice
Spinoza.

Combatir el odio de los demás es triste, cuando se responde al odio con


la cólera, la rabia o la venganza, que son a su vez pasiones tristes. Pero
decir que hay que hacerlo con el amor suena a las prédicas banales de tantos
discursos morales y religiosos. Sin embargo, la propuesta de Spinoza es otra
cosa. En primer lugar es laica, porque no es una renuncia por medio de la
cual se nos ofrece una recompensa en el más allá. Y es heroica, porque se
trata fundamentalmente de una estrategia que hay que querer y hay que
saber aplicar.

Veamos a Helena en acción ante, por ejemplo, una amiga envidiosa.


Helena es ahora una mujer cargada de buen humor y segura de sí misma. Es
el sujeto activo que interviene conscientemente para modificar una
situación, dirige el proceso como si de una escena con actores se tratara.
Mediante su experiencia de las nociones comunes, ha comprendido que en
el fondo toda la naturaleza es conveniente entre sí, porque toda ella es un
juego de relaciones concordantes. Helena investiga entonces cómo formar
una noción común con su amiga que, sin que sea a expensas de su propia
alegría, se apoye en algún factor que aumente la potencia de la envidiosa.
Helena observa con atención a su amiga, descubre en ella una magnífica
capacidad de organización, y le pide ayuda en cuanto se le presenta la
ocasión. Permite, por tanto, que la potencia de su amiga se exteriorice y se
realice. El resultado no puede ser otro que la rendición de la envidiosa, una
rendición sin duda alegre, porque nadie se resiste a la generosidad, a este
tipo de amor acción.

Para que ese resultado no sea casual y tratándose de una ética


combativa, Spinoza nos propone que hagamos ejercicios para estar en
forma, ya que de lo contrario, y dado que podemos tener un mal encuentro
en cualquier momento, no estaríamos preparados. Estos ejercicios son una
meditación, al modo de las que describen las escuelas filosóficas de la
antigüedad: una combinación de ejemplos concretos, memorización y
reflexión.

La meditación consta de dos movimientos. El primero es pensar en


alguna ofensa, en algún encuentro desgraciado, y buscar mentalmente cómo
se podría contener el odio y transformarlo mediante la generosidad. Pepa en
la playa es un test fácil de recordar. Toda meditación tiene como objetivo
que una forma de actuar concreta, nacida del ejemplo, se memorice y así
tenerla a disposición ante una nueva situación.

El segundo es tener bien presente cuál es nuestro interés y cuántos


beneficios reporta la amistad con los demás, sin olvidar que cada uno de
nosotros actúa siguiendo la necesidad de su propia naturaleza.

Si Helena posee un ejemplo propio que le sirva como base para la


meditación, si además se entrena, los sufrimientos ocuparán bien poco su
imaginación, serán superados rápidamente, y su vida en consecuencia
tendrá un alto grado de libertad.
“El que imagina a la mujer que ama prostituyéndose con otro se entristecerá no
sólo porque su propio apetito se ha visto contrariado, sino también porque está
obligado a unir la imagen de la cosa amada con las partes vergonzosas y
excreciones del otro, y entonces esa cosa amada le da horror”.
Toda la Ética está escrita desde el segundo género de conocimiento. Lo que
analiza Spinoza acerca de las pasiones humanas puede ser comprendido por
cualquier lector, ya que todos hemos tenido en algún momento una
experiencia que nos diera un atisbo de lo que son las nociones comunes o
de lo que es una vida en la que las pasiones no ocupan un lugar central.
Podría parecernos que esa ya es una buena vida; y, por otra parte, el
conocimiento de segundo grado es un conocimiento verdadero, las nociones
comunes no son ideas mutiladas, son verdades completas. Sin embargo,
Spinoza va más allá y nos presenta un conocimiento superior al racional y
una vida mejor que la de ese segundo estadio. Y esta vez nos lo pone muy
difícil seguirle, porque nos está presentando la cima de la realización de la
esencia particular, la perfección, no como objetivo sino como logro. En
definitiva, la vida feliz.

Pero, ¿acaso no se puede ser un spinozista moderado y conformarse con


el segundo género? Esa es la pregunta que Gilles Deleuze dirigía a sus
alumnos, para defender a continuación que no. Si lo pensamos bien ya
hemos comenzado a vislumbrar una vida mejor que aquella en la que
seleccionamos los encuentros, multiplicamos las acciones y disminuimos la
fuerza de las pasiones. Porque mejor que evitar los malos encuentros es no
tenerlos nunca, gracias a la estrategia de transformarlos en buenos. Ese es el
objetivo de la generosidad o del amor acción. Y ese precisamente es el
pasaje hacia el tercer género de conocimiento.

Afortunadamente, Spinoza, fiel a su propio método, busca de nuevo el


modo concreto de hacernos entender mediante una experiencia, aunque sea
puntual y, gracias a ella, nos deja suponer lo que podría llegar a ser la vida
perfecta y feliz del sabio.

Spinoza afirma que las vidas de los humanos son siempre un asunto de
proporción. No se puede renunciar a las partes extensivas, que es tanto
como decir que jamás habrá ningún humano que escape totalmente a las
pasiones. Ahora bien, la cuestión está en saber cuánta parte está ocupada
por ideas inadecuadas y pasiones, y cuánta por ideas adecuadas y afectos
activos. Cuanta menos parte de lo primero, más cerca de la perfección. Y en
ese punto, añade Spinoza, cuando sólo una pequeña parte de lo que somos
está ocupada por las pasiones, “sentimos y experimentamos que somos
eternos”.

No dice “sabemos” sino “sentimos y experimentamos”. Y no dice


“inmortales” sino “eternos”. La inmortalidad consiste en vivir más allá de la
muerte. Muchas religiones la defienden y es un modo de amenazar y de
hacerse obedecer, ya que se prometen los castigos y las recompensas en esa
otra vida tras la muerte. Pero la eternidad es otra cosa: no se opone a la
muerte sino al tiempo. La inmortalidad es fiel al tiempo, es una promesa de
futuro. La eternidad salta por encima del tiempo o coexiste con él, ya que se
puede tener una experiencia de eternidad metida dentro del tiempo.

No es algo mágico, ni extraordinario: consiste en realizar un tipo de


acción no supeditándose al tiempo que pasa, al tiempo que medimos en
minutos y en horas. Quien está fuera del tiempo también está fuera de los
límites de las partes extensivas, no sometido a sus imperativos, a sus
apetitos. La acción posee sin duda una duración, pero el que la realiza no
mide, se instala en ella, como quien está en la gloria, en el entusiasmo del
júbilo. Todo está ahí, y no espera ni desea que el tiempo pase. Ese momento
de eternidad es una experiencia del “infinito gozo de existir”: así es como
Spinoza define a Dios. Y no puede sorprender entonces que concluya que se
trata de una experiencia de amor a Dios. Por poner un ejemplo de lo que es
una acción fuera del tiempo, sin duda es así como Spinoza escribió la Ética,
en el júbilo de esa otra dimensión que es la eternidad y el amor a Dios.

De nuevo se plantea aquí una cuestión de proporción: cuantas más


acciones se es capaz de hacer, más eterno se es. Y por tanto más perfecto. Y
por tanto más feliz. El sabio es todo eso. Y su conocimiento es de otra
índole: así como el conocimiento de segundo grado era un conocimiento de
las relaciones, la intuición o el conocimiento de tercer grado es un
conocimiento de las esencias.

La intuición consiste en captar la esencia de algo. No conocer el objeto


por la relación que mantenemos con él —ese sería un conocimiento exterior
—, sino porque saltamos a su interior. El amor acción es un pasaje al tercer
nivel porque la construcción de una noción común a partir de un encuentro
de tristeza y odio requiere un cierto acercamiento intuitivo hacia el otro.

La primera esencia que el sabio conoce es la suya. Esa intuición de sí


mismo modifica una de las pasiones fundamentales de los seres humanos y
la transforma en un afecto activo: la satisfacción en uno mismo o amor
propio deviene serenidad. El sabio no es narcisista, no siente orgullo por lo
que es, ni tampoco envidia hacia los demás. La serenidad es una alegría
suprema por la que el sabio glorifica no lo suyo, sino lo que hay en él, no lo
que le pertenece, sino a lo que pertenece. Ama a Dios, o más bien Dios se
ama a sí mismo a través de él. Y de esa intuición primera, el sabio pasa a las
esencias de otras cosas, de otras personas. Su experiencia escapa cada vez
más al tiempo.

Los ignorantes identifican la felicidad con la alegría que obtienen de


algunas pasiones. Por eso hablan de ella como de algo pasajero, que brilla
para después desaparecer. Los moralistas de todos los tiempos desearon
imprimir moderación en las pasiones humanas, porque entendían que por
esa vía la existencia podía ser desastrosa. Prometieron la felicidad como
recompensa a una vida virtuosa, entendiendo por ello una vida de renuncia
a los placeres materiales, a los apetitos sensuales, a las bajas pasiones: la
felicidad en el más allá después de la muerte. Spinoza, que comprendió en
profundidad la psicología humana, prevé que si los humanos no temieran ni
esperaran la vida inmortal de sus almas, sólo obedecerían al azar y a sus
propias inclinaciones, sin poner en sus vidas ni orden, ni belleza. Sucedería
así, dice Spinoza, aunque sería absurdo, porque vendría a ser lo mismo que
si, sabiendo que no podemos alimentar eternamente nuestro cuerpo con
buenos alimentos, prefiriéramos saturarnos con venenos mortales.

En ese absurdo vivimos, porque tanto si se sigue creyendo como si no


en la inmortalidad de las almas, casi nadie dirige ya su vida a partir de esa
idea. La mayoría se precipita a obtener la suficiente riqueza que le permita
adquirir todos aquellos objetos que considera erróneamente como causa de
su alegría: amores, posesiones, reconocimiento. Quienes se lamentan de
esta situación claman por el retorno de los valores morales, versión light,
por supuesto: no renuncia y sacrificio, sino moderación y tolerancia. Nada
que entusiasme, francamente, sobre todo si tenemos en cuenta que estos
nuevos moralistas persiguen aún más que sus antecesores la fama. Lo que
no pasa inadvertido a los más jóvenes, que, ávidos de alegrías, se arrojan
sobre los venenos.

La propuesta de Spinoza es superior. A la felicidad se llega por el


camino de la alegría desbordante y la acción: aumentar sin límite el buen
humor, gozar del conocimiento de sí y de los demás, practicar la
generosidad para transformar los encuentros tristes, actuar en la eternidad
del júbilo. Por eso la felicidad —afirma— no es una recompensa de la
virtud, sino que es la virtud misma. El sabio no goza porque contiene sus
pasiones, sino que, por el contrario, es porque goza por lo que puede
adoptar una actitud activa ante ellas y transformarlas o contenerlas.

Pocos, sin embargo, adoptan la vía laica e inmoralista de Spinoza, no


porque se requieran condiciones especiales, sino porque es ardua: ahora
bien —y ésta es la última línea con la que termina la Ética—, “todo lo que
es hermoso es tan difícil como raro”.
“Todo lo que es hermoso es tan difícil como raro”.
Al igual que la pintura no está dirigida a los pintores, ni la música a los
expertos en música, la filosofía tampoco es para los entendidos. La filosofía
es para los profanos. La colección «Filosofía para profanos» quiere facilitar
el acceso a la filosofía de algunos autores, no explicando sus vidas o
resumiendo sus teorías, sino ofreciendo, para cada uno de ellos, una clave
en la que pueden ser leídos.

A la felicidad se llega por la vía de la alegría desbordante y de la acción.


Hay que saber descartar los encuentros tristes, reconocer aquellas cosas que
nos convienen y transformar lo inevitable que nos es contrario: en
definitiva, cargarse de buen humor y gozar del conocimiento de sí y de los
demás.

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