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Adaptación de "Los 10 Negritos" en Escena

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Los 10 Negritos

Adaptación de ULS

ARMSTRONG (doctor)

TAYLOR WILLER (detective)

VIRGINIA DEL CASTILLO (Religiosa)

VERA ALVESTEGUI (Secretaria)

DANIEL COOPER (Capitán)

MONICA HERNÁNDEZ (general)

JUAN DONG (joven)

MISS. SUSAN ROGERS (Sirviente)

MR. SEBASTIAN ROGERS (Sirviente)

ALEJANDRO LANGUIDEY (juez)

Diez negritos se fueron a cenar.

Uno de ellos se asfixió y quedaron Nueve.

Nueve negritos trasnocharon mucho.

Uno de ellos no se pudo despertar y quedaron Ocho.

Ocho negritos viajaron por el Devon.

Uno de ellos se escapó y quedaron Siete.

Siete negritos cortaron leña con un hacha.

Uno se cortó en dos y quedaron Seis.

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Seis negritos jugaron con una avispa.

A uno de ellos le picó y quedaron Cinco.

Cinco negritos estudiaron derecho.

Uno de ellos se doctoró y quedaron Cuatro.

Cuatro negritos fueron a nadar.

Uno de ellos se ahogó y quedaron Tres.

Tres negritos se pasearon por el Zoológico.

Un oso les atacó y quedaron Dos.

Dos negritos se sentaron a tomar el sol.

Uno de ellos se quemó y quedó nada más que Uno.

Un negrito se encontraba solo.

Y se ahorcó y no quedó...

¡Ninguno!

La obra nos sitúa en una casa lujosa, situada en medio de una isla llamada Isla del Negro.

La obra transcurre en un salón en el que hay dos puertas, una al fondo izquierda y otra a la
derecha. En la sala se percibe que hay un sofá y dos butacas, una mesilla, un mueble bar y un
piano, sobre el cual hay 10 figuras.

Cuando se abre el telón, se ve a un mayordomo limpiando una mesa. Oye un ruido y mira por la
ventana.

MR. ROGERS: ¡Susan, Susan!

MISS ROGERS: (Off) ¿Qué?

MR. ROGERS: Ya están aquí

MISS ROGERS: ¿Ya están aquí? ¿Tan temprano?

MR. ROGERS: ¿Cómo que tan temprano? Pero si ya lo sabías.

MISS ROGERS: Cuando una mujer tiene que acicalarse, le pasa el tiempo tan deprisa. Se tiene que
estar perfecta para recibir a los invitados del señor.

MR. ROGERS: (Con voz acaramelada, se acerca) ¿Todavía más? (Le da un beso) Va, ve a preparar la
cena para que esté a su hora. No quiero que la primera cena tenga que hacer esperar a los
invitados.

MISS ROGERS: Los ricos, cuanto más tarde cenan, más importantes se creen. Todos son iguales.

MR. ROGERS: Por cierto, ¿cuántos son al final?

MISS ROGERS: No lo sé, unos 10 aproximadamente. Tengo la lista en la cocina.

MR. ROGERS: Pues la necesito para poner la mesa. (Escucha un ruido) Corre, que ya están aquí. (Se
van los dos)

VERA: (Entra. En voz baja) Oh, es precioso. (Entra Mr. Rogers)

2
MR. ROGERS: Buenos días, ¿es usted la señorita ALVESTEGUI?

VERA: Sí, soy la nueva secretaria del Señor Owen. (Se dan la mano. Entra Miss Rogers) Bien,
seguramente estarán al corriente de todo esto.

MISS ROGERS: Pues, al contrario. El señor Owen solo nos ha hecho llegar una carta con los
invitados y qué se les tenía que servir.

VERA: (Sorprendida) ¿Y el señor no se encuentra en la casa?

MR. ROGERS: No. Ha tenido unos problemas y se ha visto obligado a quedarse en Londres. A
propósito, soy el Señor Rogers. Yo y mi mujer estamos aquí para servirles en cuanto necesiten. Si
me permite las maletas, las llevaré a su habitación.

MISS ROGERS: (Entra la lista y la entrega a Vera) Yo prepararé la cena. Aquí tiene la lista de
invitados. Cualquier cosa que necesiten, estaré en la cocina.

VERA: Perfecto. (Mr. Rogers se va con las maletas. Vera está inquieta y se mueve por todo el
escenario)

COOPER: (Entrando) Uff, es tremenda esta cuesta. Oh, por fin. El resto de los invitados todavía
están descargando sus cosas.

VERA: (Con la lista en la mano) Señora Cooper, ¿cierto?

COOPER: Capitana Daniel Cooper, así es. (Se dirige al mueble-bar)

COOPER: He oído hablar mucho de este sitio.

VERA: ¿Al señor Owen?

COOPER: No, al viejo Johnny, fue el que hizo construir esta casa. ¿quiere tomar algo?

VERA: No, gracias, estoy trabajando.

COOPER: (Acaramelado) Ya veo. Aunque más que un trabajo yo le diría unas vacaciones pagadas.
Lo único que tendrá que aguantar es a algún invitado insoportable. (En voz baja) Hay un joven
que...

DONG: (Entra, con voz fuerte) ¡Oh, qué pedazo de casa! Me encanta. (Mirando a Vera) Es la
segunda cosa más bonita que he visto hoy. Señorita… (Le besa la mano).

COOPER: (Para sí mismo) ¿Qué le decía?

DONG: ¿Y los señores de la casa?

VERA: El señor se ausentará hasta mañana, ha tenido un desafortunado imprevisto. De momento


estoy al cargo. El señor y la señora Rogers les llevarán las maletas a su habitación. Si necesitan
cualquier cosa solo tienen que pedirlo. (A DONG) A propósito, usted es el señor Juan...

DONG: (Interrumpiendo) Dong, Juan Dong, para servirle. (Le besa la mano). Veo que hay barra
libre. Esto cada vez me gusta más. (A medida que va avanzando el diálogo se sirve y se sienta en la
butaca)

WILLER: (Entrando). Esta cuesta me recuerda a las excursiones que hacía de joven (Deja las
maletas y mira por la ventana)

VERA: Bien, señorita… Olivia. Era así, ¿cierto?

WILLER: Correctísimo. Por cierto, me sirve... (Se mira las botellas) lo que usted quiera.

(Entran HERNÁNDEZ y DEL CASTILLO. El general lleva sus maletas y las de la señora, a pesar de su

edad. WILLER coge la copa y se sienta en el sofá)

HERNÁNDEZ: Hola de nuevo. (Deja las maletas. Suspira.) Ya no soy joven para estas cosas.

DEL CASTILLO: (Enfadada) Cuidado con mi maleta (La coge. A Vera) ¿Dónde están los señores?

VERA: No se encuentran aquí. Hasta mañana yo me ocuparé de todo.

3
DEL CASTILLO: (Con sarcasmo) Sí, ya veo cómo se está ocupando de todo (Ofendida) Ver para
creer invitan a un grupo de gente y cuando llegan no hay nadie para recibirles. ¡Qué educación!

COOPER: ¿Quieren tomar algo?

HERNÁNDEZ: Sí, un Whisky, por favor. (Mr. Rogers entra)

DEL CASTILLO: (Ofendida) Por favor. Que repugnante (A Mr. Rogers). Supongo que tendré una
habitación preparada.

VERA: (A Rogers) Acompañe a la señora Del Castillo a sus aposentos, por favor. Y, de paso, creo
que yo también iré a mi cuarto.

MR. ROGERS: Perfecto. (Coge las maletas y se van los tres).

COOPER: General. (Le da el vaso. El general se queda absorto en el paisaje)

(Entra LANGUIDEY)

LANGUIDEY: Buenos días.

WILLER: Los señores no llegarán hasta mañana, así que póngase cómodo y sírvase

LANGUIDEY: Una idea excelente.

WILLER: No queda nadie más, ¿verdad?

LANGUIDEY: Sí, queda otro invitado, un tal... Armstrong, doctor Armstrong. Se ha quedado en la
playa; parece embelesado.

DONG: Pues qué dirá cuando llegue aquí y vea la casa por dentro. ¿Qué dirá cuando vea todo este
lujo? (Cambio) ¿Qué dirá cuando vea a la secretaria?

COOPER: Creo que me iré a despejar un rato, hasta la cena.

DONG: ¿Le importa que le acompañe?

COOPER: (Irónico) En absoluto. Será todo un placer conversar con usted.

(Salen DONG y COOPER)

WILLER: (Mira a los otros dos) Creo que iré a hacerles compañía.

(Entra Mr. Rogers)

MR. ROGERS: Señores, ¿quieren que les enseñe su habitación ahora?

HERNÁNDEZ: Perfecto. (Salen los tres con las maletas)

(Entra WILLER. Mira si no hay nadie y se sirve otra copa, esta vez muy cargada. Sin que se dé

cuenta, entra el doctor Armstrong. Deja la maleta, haciendo ruido.)

WILLER: Oh, no le había visto llegar, señor Armstrong. Es usted doctor, ¿no es cierto?

ARMSTRONG: Veo que soy famoso en mi profesión.

WILLER: No... Lo vi declarando en un juicio, a cargo del juez Languidey.

ARMSTRONG: (Con asco) Sí, ya vi que también fue invitado. (Silencio) ¿Usted estaba de público en
el juicio?

WILLER: No, no...

ARMSTRONG: ¿De jurado? ¿De abogado quizá? No lo recuerdo...

WILLER: (Disimulando) Tampoco, tampoco... (Se termina la copa y se dirige hacia el mueble bar)
¿Quiere una copa?

ARMSTRONG: No, gracias.

WILLER: Pues con su permiso... tengo la boca seca, ¿sabe? (Se sirve y se sienta en el sofá)

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(Entra LANGUIDEY por la espalda de Armstrong)

ARMSTRONG: Bueno, si me permite, voy a saludar a los señores.

LANGUIDEY: No están ninguno de los dos. La situación es de lo más rara y no lo comprendo en


absoluto.

ARMSTRONG: (Al juez) Ahora que está aquí, quería preguntarle si conoce usted a Stephen Rolace.

LANGUIDEY: (Pensándoselo) No lo creo...

ARMSTRONG: No tiene importancia. Es una persona necia. (Saca una carta) Tiene una escritura
ilegible. Me pregunto si no me habré equivocado de dirección.

(El doctor, inclinando la cabeza en un saludo, sigue hacia las habitaciones)

LANGUIDEY: (A WILLER) ¿Usted conoce a este tal Rolace?

WILLER: No, no lo conozco de nada.

LANGUIDEY: Todo esto empieza a molestarme. No esperaba semejante recibimiento. (Se va y se


cruza con Mr. Rogers)

WILLER: Esta es una buena casa, ¿verdad, Sr. Rogers?

MR. ROGERS: Sin duda…

WILLER: ¿Hace mucho que usted sirve para el señor?

MR. ROGERS: Al contrario, una semana tan siquiera.

WILLER: ¿Tan solo? Entonces no deberá conocer al resto de los invitados. ¿No sabrá si son
antiguos amigos del señor?

MR. ROGERS: No lo sé, señor.

(Entra miss Rogers con una bandeja)

WILLER: (A Miss Rogers) ¿A qué hora se cena?

MISS ROGERS: A las nueve, dentro de un cuarto de hora. (WILLER sale. Miss Rogers recoge las
copas vacías mientras Mr. Rogers limpia la mesa) Este tipo me parece de lo más raro. Llega a una
casa y se dedica beber. Esta casa me da mala espina.

MR. ROGERS: No te quejes tanto, ahora ya no puedes echarte atrás. Acabemos de prepararlo todo
que ya es casi la hora de cenar.

(Mr. Rogers sale. Vera entra por la misma puerta.)

VERA: (Suspirando) Está siendo un recibimiento de locos.

MISS ROGERS: Sí, a juzgar por alguno de los invitados, entiendo que el señor no quiera venir...
(Dándose cuenta de lo que ha dicho) Quería decir... La cena estará lista en diez minutos.

VERA: Perfecto. (Miss Rogers sale) Bueno, creo que todo marcha sobre ruedas.

(Entra DEL CASTILLO con la Biblia en la mano. Se sienta, se pone a leer y se produce un silencio)

VERA: ¿Ha encontrado la habitación a su gusto?

DEL CASTILLO: (Seca) Perfecta.

VERA: Bien... En cinco minutos la cena estará servida. La espero allí. (Hace intento de irse)

DEL CASTILLO: (Con doble sentido) Hace frío, ¿no cree?

VERA: (Sorprendida) Sí, bueno.

DEL CASTILLO: Lo digo porque con ese vestido tan escotado y tan corto no estará muy cómoda.

VERA: (Dubitativa) No, no crea.

DEL CASTILLO: Un consejo. Deje de ir coqueteando con todos los hombres.

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VERA: ¿Perdone?

DEL CASTILLO: Ya me he fijado. Con ese señor Dong y con Cooper. El trabajo de una secretaria no
es este. Limítese a hacer por lo que le pagan y.… vístase como una señorita decente.

VERA: (Ofendida) La veo luego, Señora Del Castillo.

DEL CASTILLO: (Alzando la voz) El mundo no mejorará hasta que no acabemos con la indecencia.

(DEL CASTILLO se queda sentada en el sofá, entra COOPER junto a Armstrong y se sientan en el
sofá, después entra WILLER y DONG junto con Vera que sigue enojada y se acomodan a un rincón
del escenario)

VERA: Esa mujer es insoportable.

DONG: Oh, señorita, ya no siga enojada. ¿Sabe?, es una pena que no nos hayamos conocido antes.

VERA: (Irónica) Sí, hubiera sido fantástico.

DONG: Podría haberla llevado en mi coche. Le enseñaría que es la velocidad por las carreteras de
Inglaterra. Sabe, podríamos volver juntos.

COOPER: No me gustaría desanimarle, pero la señorita Alvestegui ya ha reservado billetes de tren


para el viaje de vuelta…

(Cortando su frase, de repente, se oye una voz)

«Señoras y caballeros. Silencio por favor.» «Os acuso de los siguientes crímenes:»

(Todos se miran y se quedan en absoluto silencio, sin entender de dónde proviene esa voz)

«Edward George Armstrong, usted causó la muerte a Teresa Ortiz, el 3 de octubre de 2015.»

«Virginia del Castillo, es responsable de la muerte de Beatryz Lopez el 24 de noviembre de 2019.»

«Mónica HERNÁNDEZ, usted envió a la muerte con la mayor sangre fría al amante de su mujer,
Arthur Richmond, el 4 de enero de 2006.»

«Taylor Willer, es usted causante de la muerte de James Stephen Landor el 10 de octubre de


2010.»

«Vera Alvestegui, el 26 de julio de 2008 mató usted a Pedrito Hamilton.»

«Juan Dong, el 14 de noviembre último mató a John y Lucy Cumbre.»

«Daniel Cooper, en el mes de junio de 1997 llevó a la muerte a veintiún hombres miembros de una
tribu de África Oriental.»

«Sebastian Rogers y Susan Rogers, el 6 de mayo de 2000 dejaron morir a Jennifer Brady.»

«Alejandro Languidey, el 10 de junio de 2005 condujo a la muerte a Edward Seton.»

«Acusados: ¿Tienen ustedes algo que alegar en su defensa?»

(Después de un instante de silencio absoluto, Miss Rogers cae desmayada al suelo. Todos se
sobresaltan. Armstrong y COOPER, junto a Mr. Rogers, ayudan a llevarla al sofá. DONG y Vera
miran desde detrás del sofá. LANGUIDEY da vueltas por la habitación, buscando de dónde
procedió la voz. Todos miran a su alrededor, mostrando un nerviosismo poco habitual)

MR. ROGERS: ¡Cariño!

ARMSTRONG: No es nada; un simple desvanecimiento. Volverá en sí de un instante a otro.

HERNÁNDEZ: (Balbuceando) Pero… ¿qué pasa aquí? ¿Qué broma de tan mal gusto es ésta?

(Todos se miran, en silencio)

COOPER: Esa voz parecía venir desde la habitación en que estamos.

VERA: Pero ¿quién hablaba? ¿Quién? ¡Desde luego ninguno de nosotros!

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DONG: ¡Esto es horrible!

ARMSTRONG: Han querido gastarnos una broma. ¡He ahí todo!

LANGUIDEY: ¿Cree usted que se trata de una broma?

ARMSTRONG: ¿Qué quiere usted que sea?

LANGUIDEY: En estos momentos no estoy, en absoluto, en disposición de opinar. Me parece que


una indagación se impone para esclarecer este punto

VERA: (A Miss Rogers) Ya vuelve en sí. (Acercándose a ella)

MR. ROGERS: (A Vera) Permítame, señorita, decirle una palabra... Ethel... Ethel... No te
atormentes, no es nada serio... ¿Me comprendes...?

ARMSTRONG: Se encontrará mejor dentro de poco; sólo se trata de una broma.

MISS ROGERS: ¿Me he desmayado, Doctor? (Armstrong asiente) Era esa voz... esa horrible voz...
Como si fuera la de un juez.

MR. ROGERS: Bebe esto cariño. (Le da el coñac. Ella tose)

HERNÁNDEZ: ¿Qué idea han tenido al lanzar acusaciones tan monstruosas contra nosotros? Es
preciso avisar sin demora al Señor Owen o a quien sea.

DEL CASTILLO: Pero ¿quién es ese señor? He aquí la cuestión.

LANGUIDEY: Ante todo interesa esclarecer este detalle. Rogers, llévese a su mujer a su habitación
y que se acueste. Luego, vuelva en seguida.

MR. ROGERS: Bien, señor.

ARMSTRONG: Deje que le ayude, Rogers.

(Sale Miss Rogers, junto Mr Rogers y Armstrong, entre DONG y WILLER sirven a los invitados.
Después de unos segundos entran Mr. Rogers y Armstrong)

LANGUIDEY: Veamos, Rogers. Queremos conocer algo de esa historia. ¿Quién es el señor Owen?

MR. ROGERS: (temeroso) Pues el propietario de la isla, señor.

LANGUIDEY: Sí, ya lo sé. Pero ¿sabe algo de él? (Mr. Rogers baja la cabeza)

MR. ROGERS: No puedo decirle nada, pues no le he visto jamás.

HERNÁNDEZ: (Enfadado) ¿No le ha visto jamás? ¿Qué cuento es éste?

MR. ROGER: Mi mujer y yo estamos aquí sólo desde hace unos días. Fuimos contratados por
carta... por la agencia.

LANGUIDEY: ¿Tiene esa carta?

MR. ROGERS: No, no la he conservado.

LANGUIDEY: Continúe su historia. Dice que fueron contratados por carta...

MR. ROGERS: Sí. Y se nos fijaba el día que teníamos que venir. Aquí todo estaba en orden, sólo
tuvimos que limpiar el polvo. Más tarde recibimos otra carta. (Se la da a LANGUIDEY) Se nos dice
de preparar las habitaciones para recibir a los invitados. Ayer recibimos otra del señor Owen
diciéndonos que no podía venir y que cumpliéramos con nuestro deber lo mejor posible en su
ausencia. Nos daba órdenes para la cena.

WILLER: Déjeme ver la carta. (Quitándosela de las manos y con mucha atención) Es una máquina
Corona nueva y sin ningún defecto; papel comercial ordinario.

DONG: (Quitando la carta de las manos a WILLER) ¿Se han fijado en los nombres tan raros de
nuestro anfitrión? Ulik Norman Owen...

LANGUIDEY: Creo que el momento es propicio para reunir todas las informaciones que poseemos.
Sería de gran utilidad que cada uno de nosotros explicase exactamente por qué se encuentra aquí.
(Se hace un silencio) Bien, entonces tendré que interrogarles.

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DEL CASTILLO: (Muy decidida) Yo he recibido una carta cuya firma era casi imposible descifrar.
Parecía proceder de una amiga.

LANGUIDEY: ¿Tiene aquí esta carta?

DEL CASTILLO: En mi cuarto. Voy a buscarla. (Sale)

LANGUIDEY: ¿Y usted, señorita Alvestegui?

VERA: Mi situación es similar a la de los señores Rogers. Fui contratada a través de una agencia.

LANGUIDEY: Ya... ¿Y usted, señor DONG?

DONG: Recibí un telegrama de uno de mis amigos. En un primer momento, me quedé


sorprendido; creía que ese sinvergüenza se encontraba en Noruega. Me decía que viniese aquí en
seguida.

LANGUIDEY: Doctor Armstrong, ¿qué tiene que decirnos?

ARMSTRONG: Yo vine aquí como médico, recomendado por un colega que teníamos en común.
Como puede ver en esta carta, el sueldo era inmejorable.

LANGUIDEY: Bien. ¿Y no tiene usted ninguna relación con la familia Owen?

ARMSTRONG: Ninguna. (DEL CASTILLO vuelve con una carta en las manos. La entrega a
LANGUIDEY, que la lee)

LANGUIDEY: La firma no es clara...

COOPER: Perdone, señor Languidey.

LANGUIDEY: (Levantando la mano haciéndole callar). Espere un minuto.

COOPER: Pero si...

LANGUIDEY: Vayamos por orden, capitana Cooper. En este momento, estamos aclarando las
causas que motivaron nuestra asistencia aquí. ¿General Hernández?

HERNÁNDEZ: Recibí una carta... de ese señor Owen... Me hablaba de los viejos camaradas míos
que podía encontrar aquí... Y me pedía sus excusas al hacerme la invitación de esta forma. No he
guardado la carta.

LANGUIDEY: Bien... ¿Señor Cooper?

COOPER: Capitana por favor, la misma historia que los demás. La invitación hace alusión a unos
amigos comunes. Por desgracia rompí la carta.

LANGUIDEY: Ahora lo que interesa es un detalle menos importante. Entre los nombres citados
oímos el de Taylor WILLER. Pero entre nosotros nadie se llama así. En cambio, el de Olivia no ha
sido mencionado. ¿Qué dice a esto, señorita Olivia?

(Se hace un silencio; todos miran a WILLER)

ARMSTRONG: ¿No dice nada al respecto? ¡Hable de una vez!

WILLER: ¿Por qué ocultarlo por más tiempo? Yo no me llamo Olivia.

LANGUIDEY: Entonces, ¿usted es Taylor Willer?

WILLER: Sí.

(Todos miran a WILLER, con ira en sus miradas. DONG se abalanza sobre él)

DONG: ¡Ahora, díganos quién es, sin vergüenza!

WILLER: Si estoy aquí, es por cuestiones de trabajo. Tengo mis papeles y puedo enseñárselos. He
pertenecido a la policía y fui requerida para venir aquí por el señor Owen. Adjunta en su carta
había una gran cantidad de dinero para mis gastos y me daba las instrucciones que debía seguir.
Debía mezclarme con los Invitados, vigilar sus hechos y gestos.

LANGUIDEY: ¿Y qué razón le daba?

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WILLER: (Con amargura) Las joyas de señor Owen. No se fiaba de ustedes... Me pregunto, ahora, si
existe el tal señor Owen.

LANGUIDEY: Supongo que no conocerá al señor Owen.

WILLER: En efecto.

VERA: ¡Esto es una locura!

LANGUIDEY: Tiene usted razón, miss Vera. Estoy seguro de que hemos sido invitados por un loco,
probablemente un loco...

DEL CASTILLO: Antes de nada, díganos, señor Languidey, por qué está usted aquí.

LANGUIDEY: Yo recibí esta carta. (Saca una carta, que es cogida por DONG rápidamente) Esta carta
está escrita como si fuese de una de mis viejas amistades, a la que no he visto desde hace dos
años. El autor de esta carta ha empleado el estilo incoherente y sútil para invitarme a encontrarla
aquí, y me habla de los propietarios de una manera confusa, sea quien fuere el individuo, hombre
o mujer, que nos ha traído a esta casa, nos conoce o se ha molestado en buscar datos sobre cada
uno de nosotros.

Ustedes han visto cómo nuestro anfitrión conoce muchas cosas nuestras que le han permitido
formular acusaciones concretas

(Todos se quejan, gritando, a la vez)

HERNÁNDEZ: Todo eso no es más que un hatajo de calumnias

VERA: ¡Esto es cínico!

MR. ROGERS: ¡Es una mentira, una infame mentira! ¡Jamás ni mi mujer ni yo hemos cometido
crimen alguno!

DONG: Me pregunto a dónde quiere llegar ese loco.

LANGUIDEY: (Levantando la mano) Silencio, por favor. Antes de nada, deseo hacer una
declaración. He sido acusado de la muerte de un tal Edward Seton. Me acuerdo perfectamente de
Seton. Estaba acusado del asesinato de una vieja y compareció ante mí en junio de 1930. Su
abogado le defendió hábilmente y él mismo produjo una buena impresión en el jurado. Pero
después de las declaraciones de los testigos, su crimen no dejaba duda a mis ojos y el hombre
ejecutado. Que quede claro que cumplí con mi deber condenando a muerte a un asesino.

ARMSTRONG: (Con intención) ¿Conocía personalmente a Seton? Quiero decir antes del proceso.

LANGUIDEY: (Muy categórico) No, no conocía personalmente a Seton antes del proceso.

VERA: Quisiera decirles... a propósito del niño Pedrito Hamilton, que era yo su institutriz.
Estábamos en una playa y le tenía prohibido nadar demasiado lejos. Un día, me despisté y se fue
más lejos de lo que le tenía permitido. Salté al agua para cogerle, pero llegué demasiado tarde.
Pero no pude hacer nada. En la investigación, el fiscal reconoció mi inocencia. La madre del niño
no me dirigió ningún reproche y me demostró su afecto. ¿Por qué recordarme este doloroso
accidente? Es injusto... ¡Injusto! (Llora)

HERNÁNDEZ: Vamos, vamos, querida... Sabemos que todo eso es falso... Se trata de un loco
chiflado, digno de encierro. Entretanto, yo declaro que no hay nada de cierto en esa historia del
joven Arthur Richmond. Richmond era oficial de mi regimiento, le envié a un reconocimiento en el
que o bien podía conseguir la gloria o bien morir... (Silencio) El caso es que murió. (Se va
enfureciendo) Lo que me molesta es esa malévola insinuación sobre la conducta de mi mujer... La
más fiel de todas las esposas... ¡La mujer de una superior! (Se sienta, agotado)

COOPER: (Con una media sonrisa) Por lo que se refiere a los indígenas...

DONG: ¿Qué?

COOPER: Es una historia verídica. Los abandoné a su suerte. Era una cuestión de vida o muerte.
Estábamos perdidos en la selva. Mis dos camaradas y yo cogimos lo que quedaba de alimento y
huimos.

HERNÁNDEZ: ¡Cómo! ¿Ustedes abandonaron a sus hombres? ¿Les dejaron morir de hambre?

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COOPER: El conservar la vida creo que es el primer deber de un hombre. Los indígenas no tienen
miedo a la muerte...

VERA: (Con media voz) ¿Los... los dejó morir?

COOPER: Sí, los dejé morir.

DONG: Ahora que lo pienso... Johnny y Lucy Combes debían de ser dos niños a los que atropellé
cerca de Cambridge... ¡Qué mala suerte!

LANGUIDEY: ¿Para ellos o para usted?

DONG: Hombre, pensaba que para mí... Pero quizá tenga usted razón; también fue mala suerte
para ellos. Pero se trata de un accidente. Los niños salían corriendo de una casa. Me quitaron el
permiso de conducir durante un año, y eso, por cierto, me fastidió.

DEL CASTILLO: ¡Los jóvenes imprudentes de su categoría constituyen un peligro público!

DONG: (Mientras se dirige al mueble bar y se llena el vaso de soda) Estamos en el siglo de la
velocidad. ¡Qué diablos! ¡Hay que ir siempre a paso de tortuga! Lo cierto es que fue un accidente;
¡yo no tuve la culpa!

MR. ROGERS: (Cortando la discusión) ¿Me permiten que les diga algo? (Todos se callan y le miran)

COOPER: Le escuchamos.

MR. ROGERS: También la voz ha citado mi nombre y el de mi mujer... y el de miss Brady. No hay
nada de cierto en lo dicho. Mi mujer y yo estuvimos a su servicio hasta que murió. Esa noche se
puso enferma... Hubo una gran tempestad, el teléfono estaba averiado; era imposible llamar al
doctor y fui yo mismo a buscarlo a pie. Llegamos demasiado tarde. Lo hicimos todo para salvarla
¡jamás tuvo queja alguna de nosotros! ¡Ni el menor reproche!

WILLER: ¿Y estuvo agradecida con ustedes en su testamento?

MR. ROGERS: (Categórico) Miss Brady nos dejó una suma como premio a nuestros fieles servicios.
¿Y por qué no?

COOPER: ¿Y si usted nos hablara un poco de sí mismo, señorita Willer? Su nombre también
aparecía en la lista de acusados.

WILLER: ¿El asunto Landor? Se trataba de un robo en un banco.

LANGUIDEY: (Se da por aludido) Me acuerdo muy bien, aunque no intervine en el proceso: Landor
fue condenado tan solo por su testimonio, WILLER. Además, fue usted quien, como oficial de
policía, llevó la indagatoria.

WILLER: Exactamente

LANGUIDEY: Landor fue condenado a trabajos forzados a perpetuidad y murió en Dartmour. Su


salud era muy delicada.

WILLER: Ese individuo no era más que un estafador. Fue él quien mató al policía.

LANGUIDEY: Usted recibió, me parece, felicitaciones por su habilidad.

WILLER: Ascendí en mi carrera, pero no hice sino cumplir con mi deber.

COOPER: (Con ironía) Por lo visto, todos somos personas que respetan la ley y cumplen su deber;
excepto yo. ¿Y usted, doctor? ¿Qué le parece si hablásemos un poco de error profesional? ¿Se
trataba de una operación ilegal?

ARMSTRONG: Les declaro que no comprendo nada de esa historia. No me acuerdo de haber
operado a nadie con ese nombre y menos que se muriese por mi culpa.

(Silencio, todos miran a la Señora DEL CASTILLO, que evita las miradas. Al cabo de unos segundos,
se da por aludida y alza la cabeza.)

DEL CASTILLO: ¿Esperan que les diga algo? No tengo nada que decirles.

LANGUIDEY: ¿Nada?

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DEL CASTILLO: No, nada

LANGUIDEY: ¿Se reserva usted para la defensa?

DEL CASTILLO: (Fríamente) Es inútil que me defienda. He obrado siempre con arreglo a mi
conciencia y no tengo nada que reprocharme.

LANGUIDEY: El interrogatorio se suspende por el momento. Por cierto, Rogers, aparte de nosotros,
usted y su mujer, ¿hay alguien más en la isla?

MR. ROGERS: No, señor.

LANGUIDEY: No me explico qué intenciones tuvo nuestro desconocido anfitrión al reunimos en


esta casa. Creo que deberíamos abandonar la isla tan rápido como podamos.

VERA: Cierto, saquemos las maletas. (Hacen un intento de ir a las habitaciones)

MR. ROGERS: Perdón, señores, pero no hay barco en la isla.

HERNÁNDEZ: ¿Ni una barca? (Mr. Rogers niega con la cabeza) Entonces, ¿cómo se comunica usted
con la costa?

MR. ROGERS: Cada mañana viene un barco que nos trae el pan, la leche y el correo, y toman los
pedidos para los proveedores.

DEL CASTILLO: Pues avisen por teléfono.

MR. ROGER: Lo siento, pero tampoco será posible. Se construyó esta casa sin línea telefónica.

LANGUIDEY: En este caso, todos deberemos esperar a mañana para tomar el barco de Narracott.

(Todos asienten, menos DONG)

DONG: Esta huida no tiene nada de elegante. Antes de irnos deberíamos aclarar este misterio.
Parece una novela policíaca... de las más emocionantes.

WILLER: Señor DONG, a mí las novelas me gusta leerlas, no vivirlas.

DONG: Ya... Entiendo que procure tener una vida más aburrida. Lo que pasa es que encuentro que
la vida es cada vez más breve. Los asuntos criminales me apasionan, me entusiasman. ¡Bebo a la
salud de los asesinos!

(Bebe. De repente, DONG parece que se ahoga. Con movimientos espasmódicos acaba por caer a
los pies de su butaca, muerto. Todos a su alrededor lo miran con preocupación y asombro.
Mientras esto pasa, una de las 10 figuritas desaparece. Se produce un momento de silencio. Todos
los invitados contemplan la escena, estupefactos, como si no pudieran creerlo. Solo el doctor es
capaz de reaccionar. Se dirige al cuerpo y le levanta la cabeza)

ARMSTRONG: ¡Dios mío! ¡Ha muerto! (Le examina los labios y los ojos. WILLER coge el vaso del
que bebía DONG. Mientras avanza el diálogo, lo inspecciona)

HERNÁNDEZ: ¿Muerto? ¿Es posible que este joven se haya ahogado?

WILLER: Llámelo así si quiere. Lo cierto es que murió asfixiado.

HERNÁNDEZ: Jamás he visto morir tan de repente... en un acceso de ahogo.

DEL CASTILLO: ¡En plena vida pertenecemos a la muerte!

WILLER: No, un hombre no muere por un simple acceso de tos; la muerte de Dong no es natural.

VERA: (Conmocionada) ¿Había algo... en el whisky?

WILLER: Sí. No sabría precisar la naturaleza del veneno, pero todo me hace creer que se trata de
cianuro.

(Armstrong se dirige al mueble bar e inspecciona la botella de la que se sirvió DONG)

LANGUIDEY: ¿El veneno estaba en el vaso?

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WILLER: Sí.

ARMSTRONG: No encuentro nada sospechoso en las botellas.

COOPER: ¿Cree usted que él mismo se habría echado el veneno?

ARMSTRONG: (Con poca convicción) Eso parece...

WILLER: ¿Entonces es un suicidio? He aquí una cosa rara. Doctor, todo esto me parece increíble.
DONG no era del tipo de los que se suicidan.

MR. ROGERS: Por favor, podemos llevar el cadáver del señor DONG a su habitación... Solo faltaría
que mi mujer se despertase y...

WILLER: Tiene razón. (A Rogers) ¿Me echa una mano? Llevémosle a su cuarto (Entre los dos sacan
el cadáver de DONG).

DEL CASTILLO: Haríamos bien en ir todos a la cama. Ya es muy tarde. (Se hace un silencio, en el
que todos intercambian miradas)

LANGUIDEY: Es cierto que todos tenemos necesidad de dormir.

COOPER: A propósito, ¿se encuentra mejor su mujer?

ROGERS: Ahora está durmiendo. Arreglaré el comedor y mañana ya veré cómo se encuentra.

LANGUIDEY: Perfecto, yo también me retiro. Buenas noches. (Sale)

COOPER: Sí, le acompaño. Buenas noches. (Sale)

DEL CASTILLO: Creo que mi hora también ha llegado. De ir a dormir, me refiero. Hasta mañana.

HERNÁNDEZ: Si me permite acompañarla. (Salen los dos)

VERA: No puedo creerlo...

COOPER: Debería descansar. Ha sido un día muy duro. Ya pensaremos en ello mañana cuando nos
hayamos ido.

ARMSTRONG: Sí, háganos caso, descanse.

VERA: Si me permiten estar sola un momento. Ahora iré a mi habitación.

(Armstrong y COOPER se miran. Asienten con la cabeza y salen de la habitación)

ARMSTRONG: Ya basta por hoy. Descanse. (Vera sale, el doctor se sirve una copa y se sienta en el
sofá. Mira la copa y dice, en tono triste) ¿Por qué...? ¿Por qué lo hice...?

(Amstrong se levanta, se dirige hacia el mueble bar. Se gira de repente y se esconde la copa en la
espalda. La escena se centra en él, viviendo el pasado)

(Con síntomas de embriaguez) ¿Operar? ¿La operación? Claro, claro, estoy listo. Deme solo un
segundo. Estaba borracho... Eso fue... (Gritando) ¡Ya voy, que se espere! (Mira a su alrededor) No
tenía ninguna alternativa... La operación era de las más sencillas. (Gritando a su alrededor) ¡No!
Estoy perfectamente. ¿Insinúa que he bebido? ¡Un médico como yo no puede permitirse beber
antes de una operación! No tenía tiempo para pensar... Me temblaban las manos. Ella lo sabía...
pero no dijo nada. (Se sienta en el sofá) ¿Por qué recordarlo otra vez...

ACTO 2

(La escena se inicia con el doctor Armstrong dormido en el sofá, con una botella vacía en la mesa.
Por la luz de la ventana parece ser muy pronto. Desde las habitaciones entra corriendo Mr.
Rogers)

MR. ROGERS: (Alterado) ¿Doctor? ¡Doctor!

ARMSTRONG: ¿Qué pasa?

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MR. ROGERS: Es mi mujer, doctor; no la puedo despertar, he probado todos los medios. ¡Dios
mío! Debe de ocurrirle algo grave, doctor... (El doctor se levanta de un golpe y sigue a Rogers, que
sale corriendo del comedor)

(Por la luz de la ventana se puede percibir que han pasado varias horas. En la escena están Vera y
el juez mirando por la ventana, WILLER en el mueble-bar y HERNÁNDEZ y DEL CASTILLO sentados
cada uno en una butaca. Cuando la escena empieza, COOPER entra de las habitaciones)

DEL CASTILLO: ¿A qué hora suele venir el transporte?

VERA: De siete a ocho. Me pregunto qué habrá pasado.

COOPER: ¿Qué hora es ya?

VERA: Las diez menos diez.

WILLER: La canoa hace más de dos horas que debiera estar aquí y aún no ha llegado. ¿Por qué? (El
doctor entra desde la terraza)

COOPER: ¿Usted encuentra alguna explicación?

ARMSTRONG: Disculpen un momento. He creído preferible esperar a terminar de desayunar para


enterarles de la nueva tragedia. La mujer de Rogers ha muerto mientras dormía. (Todos se
sobresaltan)

VERA: Pero… ¡esto es horrible! Dos muertes en una isla desde ayer...

LANGUIDEY: Es increíble. ¿Sabe usted cuál es la causa de la muerte?

ARMSTRONG: (Negando con la cabeza) Imposible darse cuenta a primera vista.

VERA: Ayer parecía estar muy nerviosa. Por la noche recibió una conmoción; debió de morir de un
ataque cardíaco.

ARMSTRONG: Es cierto, el corazón le falló... Pero ¿qué fue lo que provocó este ataque de corazón?
Esa es la pregunta.

DEL CASTILLO: ¡Su conciencia! (Todos la miran, sorprendidos)

ARMSTRONG: ¿Qué insinúa, señora del Castillo?

DEL CASTILLO: Todos lo oyeron; ella y su marido han sido acusados de haber matado a su antigua
señora, una vieja dama.

COOPER: Entonces cree...

DEL CASTILLO: Creo que esa acusación es cierta. Ayer noche, ustedes vieron, lo mismo que yo,
cómo se desvanecía al oír la revelación de su atentado. Ha muerto de miedo.

ARMSTRONG: Aun así, primero debemos saber si padecía de problemas cardíacos.

DEL CASTILLO: Si usted lo prefiere, llámelo castigo del cielo. (Estas palabras provocan gran
indignación entre los presentes)

WILLER: Miss del Castillo, usted lleva las cosas demasiado lejos.

DEL CASTILLO: (Se levanta) ¿Ustedes creen imposible que un pecador sea castigado por la cólera
divina? ¡Yo no!

LANGUIDEY: (Irónico) Estimada señorita: la experiencia me ha enseñado que la providencia nos


deja a nosotros, mortales, la misión de castigar a los culpables. Nuestra tarea está a veces erizada
de dificultades y no es muy expeditiva. (DEL CASTILLO niega con la cabeza y baja la mirada con un
gesto de reproche. Sale hacia las habitaciones)

WILLER: Anoche todos escuchamos esa acusación. Supongamos por un momento que sea verdad
que Rogers y su mujer dejaron morir a la vieja; ellos se creían seguros y se felicitaban por su buena
suerte.

VERA: (Interrumpiendo) Es cierto. Ayer no se veía muy tranquila a la señora Rogers.

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WILLER: Sí, sí..., puede ser. De todas formas, ni Rogers ni su mujer se creían en peligro hasta
anoche, que se descubrió el enredo. ¿Qué pasó entonces? La mujer perdió el conocimiento. ¿Se
fijaron ustedes en el cuidado que tuvo su marido en no dejarla cuando volvió en sí?

HERNÁNDEZ: Me parece imposible que un hombre pueda obrar así con su mujer.

WILLER: Cuando un hombre siente que su vida peligra, el cariño no importa.

(Entra Rogers desde las habitaciones. Se hace un silencio, todos le miran

ROGERS: ¿Quieren que les sirva alguna otra cosa? Perdónenme si no había bastante desayuno,
pero nos queda muy poco pan y el de hoy todavía no nos lo han traído. (Todos desvían la mirada)

HERNÁNDEZ: (Rompiendo el silencio, con voz emocionada) Siento muchísimo lo ocurrido con su
mujer. El doctor nos lo acaba de contar.

ROGERS: Ya ve, señor... Se lo agradezco mucho. (Sale)

HERNÁNDEZ: La canoa no vendrá. (Todos le miran) Seguro que no vendrá. Todos contamos con
esa barca para abandonar la Isla del Negro, pero ¿quieren saber mi opinión? Pues que no nos
marcharemos de esta isla. Ninguno de nosotros saldrá de ella. (Se levanta y, mientras habla, se va)
Esto es el fin...

WILLER: Creo que todos vamos a perder la cabeza.

COOPER: Bueno, no es el momento de desanimarse.

(Entra DEL CASTILLO, enfadada, con una carta en la mano, y Vera, que va a por una copa)

DEL CASTILLO: (A Vera) El hombre que nos trajo ayer era bastante formal; es verdaderamente
raro que se retrase tanto esta mañana.

VERA: ¡Esta aventura es tan absurda! No se comprende nada. (Mira de reojo a Rogers y aparta a
DEL CASTILLO al otro lado de la habitación. En voz baja) ¿Piensa de veras lo que dijo antes? (DEL
CASTILLO mira sin entender de qué habla) Eso sobre que Rogers y su mujer dejaron morir a su
señora. (Rogers y el doctor salen a la terraza. Del Castillo, se sienta donde lo hacía Mr. Rogers)

DEL CASTILLO: Todo parece confirmar mi idea: la forma en que se desvaneció la criada después, las
explicaciones de Rogers... sonaban a falso. ¡Desde luego, para mí son culpables, sin duda alguna!

VERA: ¿Y todas las demás acusaciones serían falsas?

DEL CASTILLO: Naturalmente, las otras acusaciones eran exageradas y hasta ridículas. Así, el
reproche contra el juez Languidey, que cumplió con su deber, igual que el caso del ex detective de
Scotland Yard... y justamente el mío.

VERA: ¿Me va a contar lo que sucedió?

DEL CASTILLO: ¿Por qué no? Soy inocente. En vista de las circunstancias, preferí no decir nada
anoche. Beatriz Taylor era mi criada. No era una joven sensata, pero lo descubrí demasiado tarde;
me desilusionó mucho. Tenía buenos modales; voluntariosa y servicial. Pero sólo la fachada de un
interior hipócrita de costumbres ligeras y, desde luego, sin moralidad. ¡Un día me informó de algo
horrible! ¿Embarazada? ¿Y quién es el padre? ¿Un vagabundo? ¿O acaso lo hiciste por dinero?
Qué se ha hecho de la educación que has recibido, que dirán tus padres cuando se enteren.

VERA: ¿Qué pasó entonces?

DEL CASTILLO: Pues que no la tuve ni una hora más debajo de mi techo. Nadie me reprochará de
alentar el vicio. (Colérica) Haberlo pensado antes de acostarte con cualquiera sin estar casada.

VERA: Pero ¿qué le pasó?

DEL CASTILLO: (Fría) Se arrojó al mar.

VERA: (Conmocionada) ¿Qué sintió usted al saber que se había suicidado?

DEL CASTILLO: ¿Yo? ¿Qué tenía que sentir?

VERA: (Sin entender nada) Pero... su severidad la empujó a la muerte.

DEL CASTILLO: (Enfadada, se levanta) Fue víctima de su propio pecado.

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(Entra LANGUIDEY, seguido del doctor y WILLER. DEL CASTILLO se sienta)

ARMSTRONG: Querría comentarles algo. He estado reflexionando sobre la muerte de la señora


Rogers y me parece que guarda relación con la muerte del señor Dong.

LANGUIDEY: Insinúa que...

COOPER: (Le interrumpe, pensativo) Juan Dong ha sido envenenado por alguien. ¿Y la señora
Rogers?

ARMSTRONG: Aunque con dificultad, habría podido creer en el suicidio de DONG si no hubiese por
la muerte de la mujer de Rogers. Lo esencial será encontrar una explicación a estas dos muertes. Y
antes de que saquen sus propias conclusiones, déjenme advertirles de un detalle del que Rogers
me ha informado: se han apagado dos velas, una tras cada muerte.

COOPER: Esta isla no es más que una desnuda roca; la exploraremos fácilmente de arriba abajo y
descubriremos la guarida de Owen.

WILLER: Hay que tener mucho cuidado, podría ir armado.

COOPER: (Sacando una pistola. Vera y el doctor dan un paso atrás) Es él quien tiene que tener
cuidado. (Mira alrededor) Esta monada me ha salvado la vida más de una vez. Esperemos no tener
que utilizarla.

WILLER: Ocúpense de los alrededores, yo comprobaré la casa.

(Salen COOPER y Armstrong por la terraza, cruzándose con HERNÁNDEZ, que se sienta, y WILLER,
por las habitaciones. DEL CASTILLO se levanta)

LANGUIDEY: Sinceramente, creo que vale más la inteligencia que una pistola. (A Vera) Estaré
fuera, repasando algunos detalles.

DEL CASTILLO: (Se levanta) Yo iré a buscar la lana gris. No sé dónde la he dejado.

(Sale por las habitaciones)

HERNÁNDEZ: ¿Por qué se entrometen tanto...? Tan solo hay que esperar, esperar ranquilamente…

VERA: (Se sienta) ¿Esperar qué, general?

HERNÁNDEZ: El fin, esperar el fin... (Grita) ¡Leslie! Dios... La quería tanto…

(La escena se centra en HERNÁNDEZ, que revive el pasado. Se levanta)

Él... un oficial joven, guapo... Siempre estaba por casa... No sospeché nada. La verdad se me
presentó sin buscarla. Estábamos en el frente, ella nos enviaba cartas a los dos. (Hace como si
leyera una carta) Un día se equivocó al enviar las cartas y leí... leí lo que nunca me hubiera temido.
(Leyendo) Estaré sola dos semanas, te espero. No dije nada a nadie y esperé... Fue tan fácil.

¡Que se presente aquí Richmond! No es una misión sencilla, pero no conlleva demasiado peligro.
Le digo que nunca enviaría a alguien que quiero como un hermano a la muerte. Debemos hacerlo.
Puede llevarnos a la victoria. ¡Es una orden!

¿Ha muerto? Vaya. Lo siento con toda mi alma. Bueno, a veces los generales también nos
equivocamos. (Se sienta)

VERA: Entonces usted reconoce haber...

HERNÁNDEZ: ¿Para qué negarlo ahora, ya que vamos a morir todos? Envié a Richmond a la
muerte; esto era un crimen. ¡Bravo! ¡Un crimen...! ¡Y decir que siempre respeté la ley...! Pero en
este momento no veía las cosas como hoy, y no tuve remordimientos. «Se lo ha buscado; lo tiene
bien merecido». (Se levanta)

VERA: Escuche...

HERNÁNDEZ: (La mira) No sé si Leslie supo la verdad... No lo creo. Jamás adiviné sus
pensamientos. Más tarde murió y me dejó sola. (Vera se queda callada, sin saber qué decir) No se
preocupe.

HERNÁNDEZ: Voy a tomar aire (Entra WILLER)

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WILLER: Saben, creo que antes de continuar tomaré algo.

VERA: (Enfadada) ¿Un asesino anda suelto y usted solo quiere tomar una copa? (Entra DEL
CASTILLO con la lana y se sienta)

WILLER: No es para tanto, era una broma... Bueno, continuaré investigando. Cuando se le pase el
mal humor, me avisa.

(En este momento una vela se apaga. WILLER sale por las habitaciones)

DEL CASTILLO: No me gusta nada esta detective.

VERA: A mí me preocupa el general Hernández, está muy afectado.

DEL CASTILLO: No se preocupe, Dios le castigará también. (Se hace el silencio; de golpe, DEL
CASTILLO pregunta) ¿Y usted? ¿Qué hay de cierto en esa historia?

VERA: (Evitando dar respuestas) ¿Qué historia?

DEL CASTILLO: Lo de ese niño. ¿Fue un accidente? A juzgar por la grabación, el asesino tiene
motivos para pensar que fue un crimen.

VERA: No sé... Solo fue un accidente. (La escena se centra en Vera, que revive el pasado. Durante
ésta, entra Mr. Rogers y conversa con DEL CASTILLO. Después habla con Vera, que no le responde,
absorta en sus pensamientos)

Hugo... Yo te quería. Si no hubiera sido por ese niño, que tanto nos molestaba. Ya sabes que no
puedes ir nadando hasta las rocas, es muy peligroso. Si salía bien, habría sido un accidente. Si no,
mentiría y diría que se lo inventaba. Cariño, haremos una cosa. Yo distraeré a tu madre. Nadas
hasta las rocas y así verá que puedes hacerlo. Pensaba que entonces Hugo la dejaría y vendría
conmigo. Todo salió bien. El niño se ahogó y durante el juicio hasta su madre testificó a favor de
mi bondad. Nadie sospechó nada... Nadie menos Hugo, que no quiso saber nada más de mí.

DEL CASTILLO: Señorita Alvestegui, ¿le ocurre algo?

MR. ROGERS: Le decía que he bajado mis cosas al piso de abajo. Comprenderán que no quiera
dormir en esa habitación. Les informo para que no se asusten si oyen ruidos. La comida estará lista
en pocos minutos, cuando ustedes quieran...

VERA: Perfecto.

WILLER: Doctor, ¿no pudo usted equivocarse en la dosis de tranquilizantes que dio a la señora
Rogers?

ARMSTRONG: (Ofendido) Un médico no puede permitirse el lujo de equivocarse,

COOPER: ¿Qué significa esta actitud agresiva? Estamos todos en la misma situación y debemos
ayudarnos mutuamente, pues... también podríamos preguntarle algo a usted sobre este asunto de
perjurio.

WILLER: Me gustaría conocer ciertos detalles acerca de usted. Quisiera que usted me dijese por
qué lleva un revólver, cuando viene usted sólo a título de invitado.

COOPER: (Riéndose) WILLER, usted no es tan tonto como parece.

WILLER: Puede ser, ¡pero díganos la verdad ahora!

COOPER: Bueno; he dejado creer que estaba invitado en esta lista como los demás. No es cierto.
La realidad es que un hombre me ha ofrecido mucho dinero por venir aquí y tener abiertos los ojos
para lo que pudiera pasar. Me dijo que yo estaba reputado como hombre de recursos en las
situaciones difíciles.

VERA: (Con voz temblorosa) ¿Dónde está el general?

COOPER: (Alarmado) No lo he visto…

VERA: Ha salido a esperar...

WILLER: ¡General! (Salen corriendo WILLER y COOPER) (Off) ¡General!

COOPER: ¡Dios mío! (Entra WILLER.)

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WILLER: Ha sido el siguiente, le han golpeado en la cabeza.

ARMSTRONG: Pero eso es imposible. Si hemos buscado por toda la isla. (Entra COOPER)

LANGUIDEY: No. No es imposible. Nos queda una última opción que todavía no hemos barajado.

DEL CASTILLO: (Para sí sola) Un castigo divino, sin duda.

LANGUIDEY: (Haciendo caso omiso a las palabras de DEL CASTILLO) El asesino está aquí.

COOPER: Quiere decir que está en esta habitación... ¿Qué es uno de nosotros?

LANGUIDEY: Sí. Esta mañana saqué la misma conclusión y hubiera podido anticiparles lo inútil de
su búsqueda por la isla. Estoy convencido de que el señor Owen, ha decidido castigar a ciertos
individuos por faltas cometidas que escapan a la ley. Creo que el señor Owen es uno de nosotros.
Sólo quedamos siete y uno de nosotros es el falso invitado.

ACTO 3

(La escena se retoma con todos los personajes en el salón, menos Rogers. DEL CASTILLO está
haciendo ganchillo sentada en la butaca. Vera contempla la tormenta por la ventana. COOPER y el
doctor están sentados en el sofá. El juez se encuentra con los ojos cerrados en la butaca y WILLER
se pasea. Entra Rogers desde las habitaciones con una bandeja y cafés)

MR. ROGERS: Les traigo los cafés.

(Todos agradecen la cortesía, va pasando el café a los demás invitados que se notan nerviosos.
Todos cogen un café y se separan en parejas. Vera habla con el señor WILLER, delante de la
ventana. LANGUIDEY, con DEL CASTILLO desde el sofá. Y COOPER, con el doctor, cerca del mini
bar. Todos hablan entre ellos, en voz baja)

WILLER: (A Vera, en voz baja) Ya sé quién es el asesino.

VERA: ¿Y por qué no ha dicho nada?

WILLER: Recuerdo un caso de hace años: un pobre viejo asesinado mientras dormía. Estaba a
cargo de una mujer intachable. Se ocupó, no solo de cuidarle en esta vida, sino de procurar que
abandonara esta vida llega de impurezas y fuerzas demoníacas para que estuviera en otro sitio
mejor.

VERA: Insinúa que la señora del Castillo...

WILLER: ¿Cómo quiere que no sospeche? Si está loca ¡Evidentemente es ella la asesina!

VERA: No lo sé... yo cada vez lo veo más claro ¿Quién examinó el cuerpo de Dong? ¿Quién
suministró las pastillas a la señora Rogers?

WILLER: ¿Así usted piensa en el Doctor?

VERA: ¿No lo ve claro?

ARMSTRONG: (A COOPER) Sinceramente, yo soy un médico conocido, y la idea de que yo pudiese


ser objeto de una sospecha...

COOPER: En todos los tiempos ha habido médicos que perdieron la cabeza y magistrados que se
volvieron locos y también… (Mirando a WILLER) ¡policías!

ARMSTRONG: Y por lo que respecta al señor Rogers y su crimen, ¿cree de veras que dice la
verdad?

COOPER: ¿Insinúa que Rogers ha asesinado a su esposa?

ARMSTRONG: Me da muy mala espina. Ha tenido contacto con todas nuestras bebidas y comidas.
Ha dormido con la señora Rogers y, para colmo, es capaz de desplazarse con el más mínimo sigilo
por esta casa...

LANGUIDEY: Así, señora del Castillo, ¿usted qué cree de todo este tema?

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DEL CASTILLO: Yo solo sé que Dios ha designado a alguien para acabar con los culpables.

LANGUIDEY: ¿Cree de veras que todos lo merecemos?

DEL CASTILLO: Mire, yo solo sé que no tengo que preocuparme, porque nunca he hecho nada de lo
que arrepentirme. Ese atropella niños, esa pareja que mató a una pobre señora, la otra que dejó
ahogar a un niño... ¿Creía que Dios no les castigaría? Como ven, se equivocaban.

LANGUIDEY: Sabe, tiene usted una calma extraordinaria.

WILLER: (A todos) Nadie sabe nadar bien, ¿verdad?

LANGUIDEY: No estará pensando en nadar hasta la costa, ¿verdad? Cualquiera que lo intentase (A
Vera) se ahogaría.

VERA: ¿Y por qué me mira a mí?

DEL CASTILLO: Recuerde que a la señorita Alvestegui la palabra “ahogo” le trae malos recuerdos.

VERA: Pero ¿qué está diciendo? ¡Por lo menos yo no dejé morir a una pobre chica embarazada!
(DEL CASTILLO se levanta)

COOPER: ¡Basta! No dejemos que se inicie una tormenta aquí también.

DEL CASTILLO: Estoy harta. Si me necesitan estaré en mi habitación. (Sale)

WILLER: (Gritando) ¡Ciérrese con llave!

COOPER: Por fin se va esa loca...

ARMSTRONG: Pero tiene razón, es buena idea ir a descansar(Sale)

VERA: (A WILLER) Ve lo que le decía, haga algo. (Empuja a WILLER hacia la salida)

WILLER: Em... espere doctor, ¡le acompaño! (Sale hacia las habitaciones. Se cruza con Mr. Rogers.)

MR. ROGERS: Ahora que la tormenta ha amainado, aprovecharé para ir a por leña. Esta noche
pasaremos frío, si no.

LANGUIDEY: No consigo comprender nada... (Sale)

(Se hace un silencio)

VERA: Si... es uno de ellos..., ¿quién cree usted que es?

COOPER: Por lo que veo, hace una excepción en lo que se refiere a nosotros dos. Sé
perfectamente que no soy el asesino, y, en cuanto a usted, la creo una persona sana de espíritu, le
doy mi palabra.

VERA: Oh, muchas gracias señora Cooper.

COOPER: Si hubiera pensado en cometer uno o varios crímenes, habría sido solamente para
sacarles provecho. Estos castigos en serie no creo que valgan la pena. Aunque no tengamos
prueba alguna, apostaría por... Languidey

VERA: (Sorprendida) ¿Por qué?

COOPER: No sabría explicarlo exactamente. Puede ser que Languidey se crea «Todopoderoso
Señor de la Vida y de la Muerte de los hombres». Su cerebro se ha estropeado y nuestro viejo
magistrado se considera como Juez Supremo y verdugo.

VERA: Es posible... pero...

COOPER: Y usted, ¿en quién había pensado? (Suena un fuerte trueno. La tormenta arrecia de
nuevo)

(Al cabo de unos segundos, una de las velas se apagan. Entra WILLER, se sirve una copa)

(Vera se queda absorta en sus pensamientos)

WILLER: Tengo un mal presentimiento

COOPER: ¿Saben donde está el Sr. Rogers?

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VERA: (Absorta) Cortando leña, está afuera en esta lluvia (Se da cuenta) ¡Rogers! (Sale

corriendo por la terraza)

COOPER: ¡Mierda! ¡Vera! (Le persigue)

(En la escena están Vera y COOPER sentados en el sofá, con el pelo visiblemente mojado. El Doctor
entra desde la terraza con un paraguas, acompañado por WILLER. El juez LANGUIDEY mira desde la
ventana)

ARMSTRONG: El asesino se ha deslizado por detrás, levantó la pesada hacha y la dejó caer en la
cabeza de Rogers en el momento en que éste se inclinaba.

LANGUIDEY: ¿Para asestar tal golpe, el asesino debía ser muy fuerte?

ARMSTRONG: Una mujer hubiera sido capaz.

VERA: (Se ríe. Todos la miran) ¿Por qué me miran así? ¿Me creen loca? ¿No lo comprenden
ustedes? ¡Dios mío, qué raro...! ¡Qué extraño!

(De nuevo se echa a reír. El Doctor la abofetea para que se calme)

VERA: (Desplomada) Voy a buscar a la señora DEL CASTILLO. Ella y yo prepararemos el desayuno.

COOPER: Tiene usted la mano muy ligera, doctor.

ARMSTRONG: Era necesario, ya tenemos bastantes horrores para venirnos con crisis nerviosas.

COOPER: ¡La señorita ALVESTEGUI no tiene nada de histérica!

LANGUIDEY: (Interrumpiendo la discusión) Doctor, ¿me acompaña a buscar maderas?

ARMSTRONG: Sí, será lo mejor.

(LANGUIDEY y Armstrong cogen el paraguas y salen)

WILLER: Esto me recuerda un caso que pasó en América: una pareja de edad avanzada fue
asesinada a hachazos. No había nadie en la casa más que su hija y la criada. En el juicio, se
demostró que ésta no pudo cometer el asesinato y, en cuanto a la hija, era una solterona de
excelente reputación; y jamás se descubrió al culpable. Este caso lo he recordado al ver el hacha.

COOPER: Veo por dónde va...

WILLER: Empiezo a creer que la señora DEL CASTILLO tiene una locura mística.

COOPER: Quizá sí tiene algo de razón... Entre nosotros, WILLER, y ya que antes de que termine el
día es probable que no seamos más que dos cadáveres, ¿estuvo usted de veras implicado en aquel
asunto de falsos testimonios?

WILLER: ¡Ahora ya no me importa!

(La escena se centra en WILLER, viviendo el pasado. Este se sienta en la butaca y habla a su
alrededor)

Ya sabéis que siempre es un placer hacer negocios con vosotros. ¿Qué es esta vez? Me lo
imaginaba. ¿Por qué demonios tuvisteis que matar al conserje? Sí, no os preocupéis; hay ese chico,
ese tal Landor. Y, hablando de negocios… ¿Qué recibiré a cambio de no decir la verdad? Ah, veo
que nos entendemos. Sí, eso me gusta más.

COOPER: (Se ríe). Pero esté usted tranquilo, que no diré nada.

WILLER: (Se levanta y vuelve a su posición) El negocio no me dio lo que yo esperaba. Sin embargo,
logré un ascenso.

COOPER: (Se ríe irónicamente)

(Entran DEL CASTILLO y Vera, y Armstrong y LANGUIDEY, con la leña. Todos están en el salón. DEL
CASTILLO se encuentra en la butaca de siempre, Vera contempla el tiempo en la ventana,
Armstrong está sentado en la otra butaca, y WILLER y el doctor están en el sofá. Todos están en
silencio y se irán iluminando a medida que se oigan sus pensamientos)

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DEL CASTILLO: (De repente, Miss DEL CASTILLO se levanta) ¡Oh, Dios mío!

(Todos se sobresaltan)

LANGUIDEY: ¿Qué le ocurre, señora DEL CASTILLO?

DEL CASTILLO: Quería ir a mi habitación, pero no sé lo que me pasa. Me siento mareada.

ARMSTRONG: ¡Mareo! (Se levanta) No es nada extraordinario, es la reacción de la tensión. Voy a


darle alguna cosa para que se le pase...

DEL CASTILLO: (Gritando) ¡No! (Todos se giran sorprendidos)

ARMSTRONG: Como usted guste, señora. (Se sienta)

DEL CASTILLO: Me quedaré sentada aquí, tranquila, hasta que este malestar me pase.

(Vera, recoge los platillos)

WILLER: Señorita ALVESTEGUI, si lo desea la ayudaré muy a gusto.

VERA: Como quiera. (Se van hacia las habitaciones)

LANGUIDEY: Doctor, si me permite, querría hablar con usted un momento. Tengo un asunto que
comentarle.

ARMSTRONG: Entiendo. Vayamos a mi habitación. (Salen hacia las habitaciones)

COOPER: (Incómodo) Bien, señora DEL CASTILLO...

DEL CASTILLO: (Seca) No me haga decir que no tengo nada que decirle. Vayamos a la cocina, acabe
de ayudar a la señorita ALVESTEGUI.

COOPER: Eh... de acuerdo (COOPER se va, DEL CASTILLO se levanta y se queda atrás)

DEL CASTILLO: (Para sí misma) Yo no..., yo no soy culpable de nada. ¿Pero por qué tengo miedo?
Dios sabe que hice bien; no podía permitir que esa energúmena... ¿Y si realmente se trata de un
loco? Seguro que es esa, que nos quiere matar a todos.

(Se queda sentada en la butaca. Se le cae la cabeza. De repente, alguien apaga la luz)

DEL CASTILLO: (Débil) ¿Quién... quién ha apagado la luz?

(Una sombra aparece detrás de la señora DEL CASTILLO, le inyecta algo y desaparece, se apaga
una vela. Pasan unos segundos. Entran WILLER, COOPER y Vera)

WILLER: Todo limpio. (Enciende la luz)

COOPER: Al final, se ha quedado aquí durmiendo.

VERA: Bueno, nos avisó de que no se encontraba bien.

COOPER: Ya... Como todos.

WILLER: ¡Señora DEL CASTILLO! ¡Señora DEL CASTILLO, despierte!

COOPER: (Acercándose a WILLER) Creo que hemos llegado demasiado tarde.

VERA: ¡Oh, Dios mío!

LOMBART: Sería bueno sacar el cuerpo de la sala.

WILLER: Yo te ayudo (Salen cargando el cuerpo de la señora Blent)

La escena se reanuda con todos los personajes menos el juez en escena. El cuerpo de DEL
CASTILLO ya ha desaparecido. Vera está en la ventana.

LANGUIDEY: (Entrando) ¿Qué son esos gritos?

VERA: La señora DEL CASTILLO...

LANGUIDEY: ¿De qué ha muerto, doctor? Estaba bien cuando la dejé.

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ARMSTRONG: Es la señal de una jeringuilla hipodérmica.

LANGUIDEY: ¿Qué clase de veneno le han inyectado?

ARMSTRONG: A primera vista… (Se lo piensa) probablemente cianuro de potasio...

COOPER: (Perdiendo valor, con la voz temblorosa) ¡No! ¡No es una coincidencia! El asesino
persiste en dar un poco de color local a sus crímenes. ¡Es un alegre viejo libertino! (Estallando) Es
insensato... insensato. ¡Estamos todos locos!

LANGUIDEY: (Sereno, demostrando su poder). ¿Alguien ha traído a esta casa una jeringuilla
hipodérmica?

ARMSTRONG: (Después de un silencio y con poca firmeza) Yo.

(De repente, el resto de invitados miran al doctor Armstrong como si quisieran matarlo con la
mirada)

ARMSTRONG: (Exculpándose) No me desplazo jamás sin este instrumento. Todos los médicos lo
hacen.

LANGUIDEY: Traiga aquí su equipo, creo que deberíamos comprobarlo. (Armstrong va a su


habitación) (A COOPER) A propósito, señor COOPER, me parece que tiene un revólver.

COOPER: (A la defensiva) ¿Y qué?

LANGUIDEY: Propongo que todas las drogas del doctor, mis comprimidos y su revólver sean
recogidos y llevados a un lugar seguro

COOPER: ¡Que me cuelguen si yo dejo mi revólver!

LANGUIDEY:Sí puedo afirmarle esto: el doctor, la señorita ALVESTEGUI y yo nos pondremos de


parte de WILLER y le ayudaremos lo mejor que podamos. Así verá, pues, cómo la suerte se vuelve
contra usted a la menor resistencia que intente.

(COOPER se queda en silencio)

COOPER: Está en el cajón de mi mesa de noche. Corro a buscarlo.

WILLER: Es mejor que le acompañe.

COOPER: Veo que al menos es prudente...

(Se van. En el momento en el que salen, entra el doctor Armstrong con su bolsa, que vacía en la
mesa para encontrar, rápidamente, la aguja hipodérmica)

LANGUIDEY: ¿Y bien?

ARMSTRONG: Debería... (Se para y se calla) Me la han cogido. (Vera y LANGUIDEY le miran con
desconfianza) Les juro que me la han quitado...

(Entran COOPER y WILLER, con cierta prisa. Éste último entra pensativo, y se dirige a la ventana)

COOPER: ¡El cajón está vacío!

VERA: (Irónica) Perfecto. Estamos todos muertos.

Acto 4

(La escena se inicia en el salón. Están los 5 supervivientes ahora a oscuras, con velas repartidas
entre ellos. Vera está estirada en la butaca. Armstrong, de pie, se mueve muy nervioso.
LANGUIDEY se encuentra en la otra butaca y tanto WILLER como COOPER, en el sofá. De fondo, la
tormenta)

WILLER: ¿Qué hora es ya?

VERA: Las ocho y media.

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ARMSTRONG: (Muy nervioso) Nosotros... no debemos estar aquí cruzados de brazos ¡Tenemos
que hacer algo! ¡Tratar de encontrar el medio de salir de este infierno! ¿Y si encendiéramos un
fuego grande?

WILLER: ¿Con un tiempo como este?

COOPER: No hay más que esperar. El cielo va a esclarecerse y entonces podremos intentar
salvarnos: hacer señales, encender un gran fuego

ARMSTRONG: ¡Esperar...! ¡No podemos permitirnos ese lujo! ¡Estamos predestinados a morir!

WILLER: Si no estamos alerta... Pero no hay más que estar vigilando nuestras vidas...

LANGUIDEY: (Categórico) ¡Basta! Aquí todos vamos en el mismo barco. No empecemos a


pelearnos. Eso es lo que él quiere.

VERA: No puedo más. (Se levanta) Voy a buscar una lata de conservas.

(Vera sale. Un par de segundos después se oyen sus gritos. Todos, asustados, van corriendo hacia
el pasillo. Con el aire, las velas se apagan y todo queda en una oscuridad absoluta)

COOPER: ¡Vera! ¿Qué ocurre? (Sale corriendo, seguido de COOPER y Armstrong)

WILLER: (Off) Señorita ALVESTEGUI!

VERA: (Off) Estoy bien... ¿Pero qué hay aquí?

LANGUIDEY: ¿Quién anda ahí? ¿Quién es?

VERA: (Off) Ha sido como si algo me tocara el cuello

LANGUIDEY: ¡No podrá hacerme nada!

COOPER: (Off) Vera, tranquilícese. Soy yo, está a salvo.

COOPER: ¿Están todos bien?

VERA: (Off) ¿Dónde está el señor LANGUIDEY?

COOPER: (Off) ¡Qué raro, creía que había subido con nosotros!

ARMSTRONG: (Off) Tenía la impresión de que me seguía. Claro que, como es mayor, anda más
despacio que nosotros

WILLER: (Off) Seguramente debe de haberse quedado en el salón.

ARMSTRONG: (Off) LANGUIDEY, LANGUIDEY, ¿dónde está?

(Entra Armstrong. Al cabo de unos segundos, entra WILLER y, después, Vera y COOPER. El doctor
vislumbra al juez en la butaca. Se acerca e indica con la mano que el resto no se acerquen. Ya solo
quedan 4 velas encendidas)

ARMSTRONG: (Categórico) ¡No se acerquen! (Todos se paran) (Titubeando) Alguien… alguien le ha


disparado

COOPER: (Con risa histérica) Este es el final de LANGUIDEY, el juez sanguinario.

WILLER: ¿Cómo no hemos oído el disparo?

ARMSTRONG: La tormenta, los gritos de la señorita ALVESTEGUI, nuestra preocupación hacia


ella... Además, quizá lo han amortiguado con algo. No lo sé...

COOPER: ¡La jugada ha sido estupenda! La lana fue atada en el techo del cuarto de miss
ALVESTEGUI y ha desempeñado el papel previsto por el asesino.

ARMSTRONG: Y ahora solo somos cuatro… Y no sabemos cuál...

WILLER: ¡Yo lo sé!

VERA: Jamás he dudado de que...

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ARMSTRONG: Yo creo realmente conocer...

COOPER: (Gritando) Pues a mí me parece... (Todos le miran. Irónico) que mi idea es la buena.

VERA: Me siento muy mal

WILLER: Debemos llevar el cuerpo a otro lado.

ARMSTRONG: Será mejor subirlo a su habitación.

(WILLER y Armstrong cargan el cuerpo, en escena solo se quedan Armstrong y Vera que está en el
sofá con las manos tapando su rostro. Armstrong cruza el salón y sale por la izquierda)

WILLER: (WILLER, vuelve a entrar en escena) ¿Doctor Armstrong? ¿Dónde está el doctor?

COOPER: (Entra a la escena) ¿Qué pasa?

WILLER: El doctor no está

COOPER: (La sostiene de los hombros) Vera, ¡Has visto al doctor? ¡contesta!

VERA: ¡No, no! No lo he visto

WILLER: Vamos a buscarle.

COOPER: Vera, quédese aquí y, si viene Armstrong, no le abra.

(Salen por la izquierda)

COOPER: Ya lo tenemos.

WILLER: Vaya con cuidado, no olvide que tiene un revólver.

COOPER: Soy yo quien tiene el revólver. Esta noche lo volví a encontrar en mi mesilla; lo habían
puesto otra vez.

WILLER: Tengo la impresión de ir tras mi desgracia. (Sale)

(Al cabo de unos segundos desaparece otra vela se apaga. Entran WILLER y COOPER)

VERA: ¿Encontraron al doctor?

WILLER: El ha…

COOPER: (Lo interurmpe) ¡Se ha suicidado, lanzándose del acantilado!

VERA: No lo puedo creer…

WILLER: Bueno, ahora no vale la pena pensar en lo sucedido. Deberíamos descansar y pedir
ayuda.

VERA: Lo que no entiendo es por qué el doctor se ha querido suicidar antes de acabar con
nosotros.

WILLER: Ya sabe, los remordimientos.

VERA: ¿Un asesino como él? ¿Remordimientos?

WILLER: Bueno, sumado a que todos sospechábamos de él. Sabía que hoy era el día en que lo
descubriríamos y prefirió morir como uno de sus estúpidos negritos que no acabar ejecutado por
algún juez. Créame, se lo digo por experiencia. Hasta a los peores criminales se les cambia la cara
cuando se sienten descubiertos. (Se levanta hacia la ventana)

VERA: (A COOPER) Yo no me fío. ¿Y si fue WILLER quien asesinó a Armstrong y nos está
engañando? Hay algo aquí que no me cuadra. (WILLER sale por la izquierda)

COOPER: Vera, eso es la tensión, los nervios. Deje de ver fantasmas donde no los hay.

(Se oye un estruendo fuera, como si una roca golpeara el suelo)

VERA: ¿Qué ha sido eso? (Miran por la ventana)

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COOPER: ¡WILLER! (Salen y vuelven al cabo de unos segundos)

VERA: No... También ha llegado su turno.

COOPER: Era una trampa. Alguien ha hecho que se le cayera la estatua del oso... ¿Qué habitación
es la que queda justo encima?

VERA: La... la mía. No entiendo nada... (Rompe a llorar. COOPER la abraza)

COOPER: Tranquilícese, ahora debe ser fuerte.

VERA: Entonces... entonces solo quedamos los dos en esta isla.

COOPER: (Cambio) Eso me temo.

(Se separan de golpe. Aprovechando el abrazo, Vera ha robado la pistola a COOPER y se encara a
él, apuntándole)

COOPER: (Se queda petrificado) ¿Qué hace?

VERA: Le... le tengo, señor COOPER.

COOPER: Vera... Tú... Así que... ¿eras tú? Ahora lo entiendo todo. Una obra maestra, debí saberlo
desde el principio.

VERA: (Nerviosa) ¡Cállate! No me vengas con tonterías. ¡No voy a dejar que me mates como a
todos ellos!

COOPER: ¿Quién sino tú ha preparado la trampa para WILLER? Todos están muertos. Solo pudiste
ser tú.

VERA: Si crees que me tragaré esta mentira estúpida...

COOPER: ¡Mátame ya! ¡Mátame cómo has hecho con todos los otros!

VERA: ¡Calla!

COOPER: (Se hace un silencio. Cambia el tono y se acerca) Vera..., yo no...

VERA: (Dando un paso atrás) ¡Quieto! No caeré en esa trampa.

COOPER: ¡Vera! ¡Escúchame! Sea quien sea el que nos haya hecho esto, espera a que tú me
dispares. No lo hagas, podremos...

VERA: ¡Calla o disparo! (Sollozando) Calla...

COOPER: Podríamos escapar juntos de aquí, los dos. (Se va acercando poco a poco) Podemos
salvarnos.

VERA: No...

COOPER: Vera, tú no eres una asesina, lo veo en tus ojos. Confía en mí también.

VERA: COOPER...

COOPER: Dame la pistola, Vera.

(COOPER, ya muy cerca, se abalanza sobre Vera. Esta dispara instintivamente y COOPER cae
muerto. Vera se queda petrificada por un momento. Comprueba que, efectivamente, COOPER
está muerto y se siente aliviada. Ya no tiene miedo. Tira el revólver y se sienta en el sofá. De
repente, se ríe. Se levanta, coge un negrito y los otros dos los tira al suelo)

VERA: ¿Ahorcarme? ¿Por qué? Tan solo... (De repente se oye una voz)

«Señora Vera ALVESTEGUI. Silencio, por favor». (Vera se levanta y mira a su alrededor muy

asustada)

VERA: Esa voz...

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«Se le acusa de los siguientes crímenes: El 24 de abril de 1933 mató usted a Pedro Hamilton. El 29
de mayo de 1939 mató usted a Daniel COOPER».

(Las siguientes frases se mezclan entre sí varias veces, mientras Vera se desploma en el

suelo, con miedo y desesperación)

«Vera ALVESTEGUI, mató usted Cyril Oglive Hamilton. Vera ALVESTEGUI, mató usted Philipp
COOPER. ¡Es usted culpable!, ¡Asesina! Debe pagar por ello».

(Mientras Vera llora, desciende del techo una cuerda con lazo, preparada para que Vera se

ahorque)

VERA: (La voz hace silencio.) Soy... soy una asesina... ¡Cyrill! ¡COOPER! ¡Hugo!

«¿Tiene usted algo que alegar en su defensa?»

VERA: (Mirando la cuerda) No...

(Vera se levanta. Mira su vela y lo apaga. En ese momento, coge una silla y se ahorca).

FUNDIDA

(La escena reaparece vacía. Con todo el mobiliario en su sitio y sin ningún cadáver en escena. De
repente, desde las habitaciones entra LANGUIDEY y se dirige al mueble bar, con una nota en la
mano. Se sienta y se pone a escribir)

LANGUIDEY:

Desde el momento en que decidí actuar más que jugar, me puse la meta ser yo el criminal, no iba
a ser un crimen cualquiera, iba a ser un crimen justo. Me di cuenta que el sistema estaba mal, y
que mucha gente quedaba impune.

No hace falta ser violento para matar a alguien, basta con ganarte la confianza de una anciana y
¨casualmente¨ confundir su medicina, como lo hizo el matrimonio Rogers. ¿Con que fin? La
herencia, por supuesto. (Cuartos)

Estar borracho no te quita la culpa de quitarle la vida a un inocente, conocí una enfermera que me
dijo que la mala praxis del doctora Armstrong no se debe a su falta de estudio sino a su excesivo
consumo de alcohol. (Puerta)

Escuchando a dos oficiales, me enteré de que el general HERNÁNDEZ, no se ensucio las manos
pero no es un santo. (Puerta)

Un amigo que venía de las Amazonas, me habló del capitana Cooper, quien jugó a ser dios y
decidio el destino de 21 almas que no reconocía como humanas.

Un compatriota me habló de Virginia del Castillo, quien desde su superioridad moral mermó la
voluntad de una joven criatura. ( Cuartos)

El inspector WILLER vendió su honestidad y la vida de un inocente por algo qué creía más valioso,
dinero. (Puerta)

En un viaje tuve la oportunidad de sentarme al lado de una mujer que me abrió su corazón y me
contó cómo un joven descuidado le arrebató a sus dos hijos.

Conoci a un joven de aspecto agradable, al fumar juntos me habló de una criminal, me dijo
textualmente: ¨Esa criminal amé con locura¨

Así de fácil como se enciende una vela se apaga una vida ¿Son capaces de guardarse el secreto y
apagar estás diez velas conmigo ?

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