Terror en la ciudad
Sebastián Pedrozo
Ilustraciones de Gerardo Fernández Santos
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El narrador y
las leyendas de horror
Así que les gustan las historias de miedo. Muy bien, 9
para eso nos encontramos aquí. Habrá relatos que
les recordarán episodios de sus propias vidas o
lugares, rincones por los que han pasado. En cada
esquina de la ciudad, en los paisajes más lejanos,
por todas partes hay de estas historias.
Porque nos gusta lo que no entendemos, nos
atrapa, nos estremece, nos llena de estupor y
curiosidad.
Nadie sabe cómo funciona. Nadie puede ex-
plicar por qué el terror nos interesa, nos resulta
fascinante. Basta con que un anciano se siente
bajo un árbol a empezar su relato y todos corre-
mos a su lado, a escuchar sobre lo que nos cuesta
comprender.
He caminado por allí, por el lugar donde ocurre
lo siniestro, donde nacen leyendas urbanas y de
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las otras, de las que tienen monstruos y gentes
desconocidas.
Algo hemos aprendido desde la última vez. El
miedo nos hipnotiza. No hay escapatoria.
Antes, una advertencia: ya nada será igual
cuando este libro se cierre.
10 Tony Vedder
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Sobre lo que se contará
Se ha escrito sobre personas que viven encerradas 11
y que desaparecen. Así como así, de la nada, un día
no están más. Nadie sabe de ellos, nadie los vuel-
ve a ver. Pero las preguntas quedan. Las historias
quedan.
Este relato me llegó a través de un joven. Lo
crucé en una esquina, mientras caminaba con la
mirada perdida.
Hay gente que solo se libera de sus miedos
cuando los pone en palabras. Este es el caso de
aquel muchacho que me contó la historia de las
hermanas Díaz López y la incógnita de su extraña
partida de la gran casa en la que habitaban.
Lo sucedido se volvió un murmullo extendido
por los vecinos. Han pasado varios años desde el día
en que supe los detalles. Ahora ya es una leyenda
urbana y nos pertenece.
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Pues sí, el miedo es cosa seria. Quien no lo
entienda quizás termine como una de las prota-
gonistas, las desgraciadas hermanas que nadie
volvió a ver.
12
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Hermanas de sangre
Úrsula, la menor de las hermanas Díaz López, 13
gustaba de hacer manualidades con papel de diario:
rostros, casitas de papel o simplemente formas sin
aparente significado. Roma, la mayor, leía largas
horas sentada en un sofá, cerca de un ventanal que
daba a un hermoso jardín de invierno. Su actividad
favorita era fastidiar a su hermana y a todo el que
se le acercaba.
El invierno hacía de sus vidas un desierto helado.
A pesar del verde con todos sus matices que se
apoderaba de la casa, y de las tupidas enredaderas
que trepaban por las paredes de ladrillo, aquel
lugar era sombrío y tenebroso, por sobre todas las
cosas.
Si uno se acercaba, sobre la tarde, cuando el sol ya
casi no se filtraba por las ramas de los eucaliptos,
más allá del muro y las rejas del frente, parecía
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adivinarse que en su interior, en cualquier momento,
iba a suceder un espanto.
Después de que sucedieran los hechos que aquí
se relatan, las personas comenzaron a esquivar
el sendero de piedra que rodeaba la casa de las
hermanas.
—Por acá no. Trae mala suerte —decían algu-
14 nos—. Vayamos por otro camino.
Yo creo que era miedo, nada más y nada menos.
Bien, sigamos. Las niñas, Úrsula, pelirroja, la
otra, Roma, rubia, siempre arregladas, con sus juegos
de mesa impecables y muñecas intactas, limpias
como la túnica de un doctor, pasaban la mayor
parte del día solas, o más bien, al cuidado de una
empleada que hacía las tareas del hogar y se limi-
taba a preguntarles si querían merendar o darse
un baño.
—¿Las niñas desean café con leche o té con miel?
—Nada, retírese —soltaba Roma, la mayor, la
más fría—. Si queremos algo la llamamos. No sea
pesada.
Fue durante el mes de junio que recibieron la
visita de un vecino, Julián, un chico alto y tímido,
que se aburría por las tardes. No había mucho para
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hacer en aquel vecindario plagado de caserones y
de jardines gigantescos.
Su madre lo había mandado a que preguntara
por las niñas que vivían allí. Necesitaba distraerse,
conocer a otros chicos, jugar.
—Pero no las conozco —había dicho Julián.
—Por eso: andá y presentate. Yo las vi caminar
por el jardín. Son preciosas. 15
Las palabras de su madre no habían hecho otra
cosa que ponerlo aún más nervioso, si esto era
posible. A pesar de sus dudas y del temblor en las
rodillas que le impedía caminar derecho, decidió ir.
Se aburría mucho, sobre todo los fines de semana.
Julián era muy responsable, atento y dedicado. Le
gustaba hacer las tareas ni bien salía de la escue-
la. Pero en su nuevo barrio eso no significaba otra
cosa que llegar al domingo agotado, deseando que
el lunes lo llevara de nuevo a la escuela.
Julián hizo el camino hasta la casa de las her-
manas. Las piernas le pesaban, pero eso era mínimo
comparado con ver pasar las horas, contar los se-
gundos y pensar en nada, en nada, una y otra vez.
¿Qué tan malo podía ser conocer a alguien nuevo,
después de todo?
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Entonces tocó timbre. Esperó un par de minutos
interminables hasta que la empleada de la casa salió
a recibirlo.
La mujer, altísima, con un rostro serio y anguloso,
escuchó su pedido (“¿Las niñas juegan?”) sin mos-
trar expresión alguna. Cortésmente, le dijo que
esperara. Y desapareció con elegancia y seguridad.
16 Un par de minutos después, le abrió el enorme
portón metálico. A partir de ahí, Julián supo que
las cosas no iban a estar como antes, nunca más.
Mientras caminaba por el largo pasillo, que
desembocaba en una amplia habitación de piso de
madera, Julián iba viendo unas horrorosas estatuas,
tan altas como él.
—Son personajes de cuentos infantiles, mayor-
mente. Debe saber que a las niñas Úrsula y Roma
les gusta mucho leer, sobre todo a la niña Roma.
Las estatuas fueron un regalo del señor Díaz López
—comentó la mujer, sin detenerse.
Al visitante le parecían más bien figuras fan-
tasmales y con expresión de horror en el rostro. La
que más le llamó la atención fue la de un hombre
que sostenía un hacha con ojos de loco.
—¿Y eso? —preguntó.
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—Barba Azul —respondió la empleada.
Julián había escuchado aquel cuento de hadas.
Ahora entendía el porqué de los ojos desorbitados
del hombre, la mirada asesina. Era una historia de
un marido loco, que mataba a sus esposas. De eso
hablaba el cuento, básicamente, y con eso bastaba.
Era siniestro, no le gustaba nada de lo que estaba
viendo. 17
—Espere por acá —señaló la mujer.
Julián asintió. Ya estaba arrepentido de haberle
hecho caso a su madre. Demasiada vuelta para ir a
jugar a la casa de alguien. ¿Acaso los niños no se
encontraban en la calle, en las veredas, mientras
compartían algo en común? “Esto no va a funcionar”,
se decía.
Y vaya si no funcionó.
Pasaron un par de minutos hasta que se escu-
charon pasos. Alguien caminaba por una habitación
cercana, el piso crujía, parecía estar a punto de
partirse. Luego, risas agudas. De niñas.
Un portazo. Entonces, apareció Úrsula con sus
bucles pelirrojos sobre los hombros delgados, sos-
teniendo en sus manos un atado de diarios viejos.
En sus ojos había mucha tristeza, pensó Julián.
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Sin embargo, llevaba un vestido que la hacía
hermosa, inalcanzable. Por un momento, Julián
pensó que iba a desmayarse. Nunca había visto a
una niña así, con un color de ojos azul tan intenso.
¡Era tan elegante!
—Ho-hola —tartamudeó.
—¿Cómo te llamás?
18 —Ju-Julián.
—¿Te cuesta hablar sin tartamudear?
—N-no.
Úrsula rio. Y le indicó a su nuevo amigo con un
breve gesto de manos que la siguiera.
Caminaron hacia otra habitación, pasando frente
a enormes puertas de madera. “¿Acaso esta casa no
tiene fin?”, se preguntó Julián. “¿Cuántos recove-
cos hay?”.
Una gran alfombra, con un dibujo colorido que
representaba una escena de lo que parecía ser una
mujer enferma, llamó la atención del niño.
—¿Y esto?
—Ah, eso —dijo Úrsula dejando los diarios en
una mesa que estaba bajo la ventana—. Eso es una
ilustración que mandó a hacer Roma, mi hermana.
—¿Y qué ilustra?
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—“El almohadón de plumas”, de Horacio Quiroga.
¿Lo leíste? Es un gran relato.
—No, no lo leí. Pero sé que es una historia de
miedo.
—Puede ser, a mí me parece que es una historia
de amor —comentó Úrsula.
Julián no estaba de acuerdo. A pesar de que no
había leído el cuento, sabía que el tema no tenía 19
nada que ver con el amor. Se trataba de un bicho
que, escondido en un almohadón, le chupaba la
sangre a una pobre mujer, poco a poco, matándola
lentamente. Así de simple, así de tenebroso.
A Julián no le gustaban las historias de terror.
“¿A quién se le ocurre mandar a hacer una al-
fombra con una escena tan espantosa? Estas chicas
son medio raras”, pensó.
—Ahora te voy a enseñar a hacer cosas con los
diarios.
—¿Qué cosas? —preguntó él.
—Cosas.
—¿Por qué no jugamos a las cartas o algo?
—No.
Julián no entendía por qué la niña no se explica-
ba bien. ¿Acaso no podía explicar de qué se trataba
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todo aquello de hacer cosas con papel de diario?
Tampoco se puede ser muy original.
El niño no pudo estar más equivocado. Pronto
sabría unas cuantas cosas que lo llevarían a pensar
mejor acerca de sus prejuicios.
—El dueño de esta casa era mi abuelo. Era el director
de un periódico que se ocupaba de los casos policiales.
20 —¿Casos policiales? —se interesó Julián.
—Sí, asesinatos, robos, crímenes en general
—explicó Úrsula, extendiendo una hoja de periódico
sobre la mesita.
El niño suspiró.
—Muy interesante —mintió.
—Crónica roja, así se le llama. ¿Sabías eso, no?
—Seguro —mintió de nuevo.
La niña fue hasta la puerta y la cerró. Luego
corrió las cortinas, la habitación quedó en penum-
bras por un instante, hasta que ella encendió
una lámpara de pie.
Julián se inquietó al ver la extraña actitud de la
niña.
—No te pongas nervioso, tonto. Me gusta más
la luz artificial. Así podremos ver mejor estas hojas,
que son muy especiales.
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—¿Especiales?
—Claro, son del diario de mi abuelo. Las en-
contramos con mi hermana en un cuarto que tenía
la puerta sellada, acá, en esta casa.
—¿Y tus padres no se enteraron?
—Mis padres nunca se enteran de nada. Siempre
están trabajando o de viaje.
—¿Y la señora alta, la que me abrió la puerta? 21
—Ah, ella. Bueno, le dimos dinero extra.
—¿Cómo dinero extra?
—¿Vas a dejar de preguntar todo el tiempo?
—¿Por qué?
Úrsula se encogió de hombros y apretó los labios.
Parecía un poco molesta. Pero miró con ternura al
preguntón.
Julián contuvo la respiración. Y, por primera
vez, quizás, miró atentamente a la niña. Sus pecas
brillaban con la luz que llegaba desde un rincón.
Le pareció que tenía la belleza de un ángel. No sabía
bien si tenía miedo o estaba muerto de amor.
—Un día quizás te muestre ese lugar —dijo,
misteriosa.
Julián lo pensó bien, no quería salir con una
nueva pregunta.
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—Bueno —dijo.
Úrsula, sin más, tomó las hojas que estaban so-
bre la mesita de madera y las extendió, ahora sobre
el suelo.
El niño las ojeó. Eran noticias horrorosas.
—Hay que tener mucho cuidado con esas hojas.
No se pueden romper —anunció ella.
22 Julián no pensaba tocarlas. Con solo leerlas ya
le daba dolor de panza.
—Son tan especiales… debemos cuidarlas.
—Ya lo creo. Aunque no entiendo mucho —dijo
Julián.
—Ya vas a entender. Así como las ves, son
mágicas.
—¿Ah, sí? —preguntó él, restándole importancia.
Úrsula tomó otra hoja y la colocó sobre la primera.
—¿No me creés nada, verdad?
—No mucho. Es que no entiendo.
—Sos el típico inteligente que se las sabe todas,
seguramente.
El tono de voz de Úrsula había cambiado. Había
una aspereza que incomodó al visitante. Parecía
un tema delicado. Mejor era tomarse las cosas en
serio. Aunque ya pensaba en la forma de salir de
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allí y volver a la tranquilidad de su casa, con su
madre y sus aburridos libros de la escuela.
—Bien, todo listo —comenzó Úrsula—. Ah,
nos falta algo importante. ¿Sabés hacer barcos de
papel?
—Creo que sí, me enseñó mi madre, pero no
me acuerdo bien —confesó Julián.
—No te preocupes, yo te ayudo. Es importante 23
que quede bien, así el truco sale perfecto.
—¿Truco?
—¿Otra vez con las preguntas? Me aburrís.
En ese momento, alguien golpeó la puerta. Fue
un golpe seco, rudo. La tensa calma que reinaba en la
casa se fracturó como una rama seca en un bosque
solitario.
Julián se sobresaltó nuevamente. Estaba sentado
en el suelo y se paró de golpe, como si una avispa
lo hubiese atacado en el trasero.
—Tranquilo, debe de ser Roma, mi hermana.
Tarde o temprano se iba a enterar. Estaba leyendo
por ahí. La empleada, esa metida, seguramente le
dijo que había visita. ¡No me dejan en paz!
“¿A enterar de qué?”, pensó Julián. Ya estaba se-
guro de que iba siendo hora de despedirse. Aunque
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fuera grosero, no le gustaba nada cómo habían
empezado las cosas.
—¡Podés entrar! —gritó Úrsula con bronca.
Entonces entró Roma. Y Julián no dio crédito a
lo que vio. Era una especie de muñeca alta, con el
pelo hasta la cintura y ojos claros. Pero en su rostro
había algo distinto, no era tristeza, no era miedo.
24 Era maldad.
—¿Qué estás haciendo, Úrsula? —preguntó Roma.
—Nada, nada… —respondió sin mirar a su
hermana.
El aire se podía cortar como una materia densa
y transparente. La tensión entre las dos niñas era
insostenible. Una vez juntas en el cuarto, sus mi-
radas apenas se cruzaban, pero podía apreciarse
una energía tan potente que hacía que la piel de los
brazos de Julián se erizase.
—¿Así que le vas a mostrar los papeles del
abuelo? —inquirió Roma con los brazos en jarra.
Ni siquiera miraba al niño que estaba parado
en la mitad de la habitación.
—¿A vos qué te importa? Si te vas a quedar, tenés
que estar callada —dijo Úrsula.
Roma se acomodó su frondoso pelo dorado y se
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sentó en un pequeño sillón, que estaba en una
esquina oscura de la habitación.
A pesar de que casi no se veía, su presencia era
como una fragancia salvaje que pronosticaba algo
terrible, algo que podía pasar en cualquier momento.
—Bueno, pueden continuar, no se queden ahí
sin hacer nada —soltó la hermana mayor, casi con
desprecio—. Parecen dos bobos. 25
Úrsula, visiblemente afectada, resopló.
—Está bien. Bueno, ahora, como te decía, vamos
a hacer un barco de papel. Eso no tiene nada de
extraño, ¿verdad?
—No, para nada —dijo Julián.
—La cuestión es que con este diario las cosas son
especiales. Muy especiales. Tanto que ni te imaginás.
—No me imagino por qué un papel de diario
puede ser especial.
—Ya vas a ver. Aunque, en realidad, esto que
vamos a hacer, finalmente, depende de lo especial
que seas vos.
Julián ya estaba definitivamente molesto. Decidió
callarse y jugar el juego que le proponía la niña. De
todas formas, no tenía nada que hacer en su casa.
¿Qué podía salir mal?
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—No creo que yo sea muy especial —reconoció él.
—Eso ya lo veremos.
Julián miró a la hermana mayor, que jugaba
con su pelo como si fueran largas cuerdas amarillas.
—Muy bien, primero vamos a hacer un barco
—dijo Úrsula retirando unas tijeras y pegamento
de un cajón que estaba debajo de la mesa.
26 Julián se acercó y la dejó hacer. Le pasó la tijera,
dobló las puntas del barco. Trató de ayudar. Casi
sin notarlo, se estaba divirtiendo.
La oscuridad ganaba cada rincón. La tarde de
invierno se extendía como un velo negro, que lo
enfriaba todo, lentamente. Allí adentro encendie-
ron la calefacción de la casa. Y un calor húmedo,
vaporoso llegó a las mejillas de Julián, que miraba
el barco terminado sobre la mesita de madera.
—¿Y qué tal? —preguntó Úrsula.
—Lindo —dijo Julián.
—¿Lindo?, ja. Acercate. Miralo bien.
El niño no preguntó más e hizo lo que le decía
su nueva amiga. Le iba a dar el gusto, le iba a seguir
la corriente.
Se acercó e hizo foco con los ojos. Miró bien el
barquito allí, inmóvil.
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—No tiene nada —dijo.
—Leé lo que dice en las paredes del barco —explicó
Úrsula.
—¡Ejem! —tosió Roma, desde su esquina.
Cuando Julián se arrimó a la mesa para mirar
mejor, no lo pudo creer. Él había visto que las noti-
cias que estaban impresas en el papel eran sobre
crímenes y cosas así. Pero lo que leyó lo dejó helado. 27
Allí, en las líneas que aparecían frente a sus ojos,
se hablaba de una noticia sanguinaria. Pero, claro, no
había nada extraño en eso, como ya dijimos: él ya ha-
bía visto de qué iba el diario del abuelo de las niñas.
Pero en letras rojas, como un titular que se ex-
tendía a lo largo del barquito de papel, había una
noticia:
“Horrendo crimen en un barco anclado en el
puerto. Se ha hecho un macabro hallazgo por parte
de la Prefectura Naval. Los cuerpos encontrados
estaban…”.
Y no pudo seguir leyendo.
—¿Qué es esto? —quiso saber Julián.
—Ah, parece que ahora sí llamé tu atención, ¿eh?
—Dale, ¿cuál es el truco? ¿Eso ya estaba escrito
antes? —dijo Julián.
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Roma, casi sin mover un músculo, rio. Enseguida
su hermana la miró. Hubo un breve silencio. Algo es-
taba pasando, algo que el visitante no podía entender.
Más allá de la noticia que había leído, más allá de la
casa enorme y tenebrosa, más allá de las hermanas.
—No, ya estaba escrito desde antes —se conven-
ció Julián.
28 —Vos sabés que no es así —dijo Úrsula.
El niño sacudió la cabeza hacia los lados y se
encogió de hombros. Miró varias veces el barco de
papel y la noticia escrita en letras rojas. Incluso llegó
a tocar el texto, manchándose los dedos de rojo.
—Va a terminar mal, vos lo sabés —dijo Roma,
dirigiéndose a su hermana—. No me gusta nada.
Ahora, ahora…
—¿Ahora qué? ¿No dijimos que tenías que estar
callada, sin meterte? —comentó Úrsula.
—No me gusta nada esto, sabés que él…
—¿Que él qué? Decilo, decilo —insistió Úrsula,
levantándose de su sitio.
Julián, a pesar de sentirse muy incómodo, optó
por no intervenir. En realidad, no podía mover la
mandíbula siquiera. Algo lo había petrificado desde
que descubrió la noticia fantasmal escrita sobre las
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paredes del barco de papel. La imagen de aquellas
dos niñas, tan bellas y con una energía poderosa,
le llamaba la atención, lo fascinaba de la misma
manera en que nos puede fascinar una ola gigan-
te y azul que se acerca a la costa con la potencia
suficiente para arrasarlo todo.
—Me voy, no te aguanto más. Y no vayas a buscar-
me si tenés problemas con tus jueguitos —sentenció 29
Roma—. Te tomás esto en broma y es muy serio.
—Hacé lo que quieras, histérica —respondió
Úrsula.
Al salir, Roma dio un portazo que ponía fin a la
discusión.
Julián miró a Úrsula, que no parecía muy afectada
por el momento incómodo. Más bien, la vio con ánimo
renovado para seguir adelante con los diarios y sus
noticias fantasmales. Pero había algo de malicia en su
actitud, como si lo que estuviese por pasar, fuese lo que
fuese, involucrara directamente al visitante, como si a
la brevedad se fuera a descubrir algo que pasó dema-
siado tiempo escondido bajo la superficie de la tierra.
—Vamos a seguir —anunció la niña—. Elegí
vos ahora. ¿Qué podemos hacer con el papel?
—Un avión —dijo sin más Julián.
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Estaba intrigado, lo habían atrapado, clara-
mente. No había vuelta atrás. Ansiaba saber más,
sentía una especie de sed por descubrir que todo
aquello era un fraude, un truco de mala calidad
creado por un mago aficionado.
La tarde avanzaba y la oscuridad se extendía
sobre todos los objetos, acompañada por el frío y su
30 tacto helado. Los pájaros comenzaban a desaparecer
y las ramas desnudas de los árboles del enorme patio
interno de la casa se sacudían levemente, acariciadas
por el viento gélido.
—Bueno —comenzó Úrsula—, ahora quiero que
veas bien la hoja que voy a usar, para que no descon-
fíes y para que yo no tenga que seguir convenciéndote
toda la tarde acerca de lo especial que es el diario de
mi abuelo.
—Mostrame esa hoja —pidió Julián.
La niña le acercó una página central doble. Allí
se había impreso una noticia acerca de un inciden-
te automovilístico y varias entrevistas a un jefe de
Policía que hablaba de la seguridad en el tránsito y
de lo mal que manejaba la gente. En el revés de la
hoja se podían ver publicidades en blanco y negro,
que ocupaban toda la extensión del periódico.
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—¿Leíste todo?
—Sí.
Sin más, con los codos apoyados en la mesita,
la niña comenzó a hacer un avión de papel. Más
bien grande, bastante prolijo. Era buena en lo que
hacía. Julián no intervino, prefirió admirar la
destreza de Úrsula.
Unos minutos después, estaba pronto el avión. 31
“¿Qué estoy haciendo acá?”, se preguntó el niño.
En esta casa, con una niña extraña, mirándola hacer
barcos y aviones de papel.
A veces lo que nos intriga, a pesar de que sospe-
chamos consecuencias no del todo positivas, nos
impulsa a seguir adelante. Los misterios tejen una
telaraña invisible a nuestro alrededor. Y cuando
pretendemos movernos, ya no lo podemos hacer.
Estamos dentro, y la salida ya no resulta tan cómoda.
Incluso, a veces, es algo imposible.
—Listo. Ya está —anunció la niña.
Julián no podía ver el producto final, ya que
ella estaba de espaldas y el avión quedaba oculto
tras el delgado cuerpo y el largo cabello de la due-
ña de casa, que lucía como una especie de telón
delgado.
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Entonces, sucedió de nuevo. El niño leyó. Abrió
bien sus ojos. No lo podía creer. Lo impensado, lo
increíble, había sucedido una vez más.
Extendida por todo el avión, una noticia en
rojo anunciaba un desastre. Pero no cualquier epi-
sodio. Él, que había leído con atención lo que antes
había sido impreso, fue testigo de un cambio.
32 En letras rojas, una nueva noticia, allí creada,
mágicamente, tal como había anunciado la niña:
“Ayer, en plena pista del aeropuerto, un piloto,
presa del pánico repentino y tras sufrir un extraño
ataque, enloqueció poco antes de despegar, hacien-
do que los pasajeros del avión…”.
Y no leyó más. No pudo, no quiso.
Úrsula no ocultó su alegría al ver la mirada
atónita del niño. Disfrutaba del reflejo del miedo,
ahora bien claro, en los ojos del visitante.
—¿Qué es esto? —murmuró Julián.
—Ja, ¿interesante, verdad?
—Escalofriante —confesó el niño.
Había llegado el momento de las preguntas.
—Bueno, ¿y qué pensás ahora? —dijo ella.
—Muchas cosas. Lo que quiero saber primero es
cómo funciona lo de las noticias en rojo. Y después,
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por qué hacés esto conmigo. ¿Por qué me lo mostrás
a mí?
Ahora sí, Úrsula estaba emocionada, realmente
en su salsa, con ganas de ser quien dominaba la si-
tuación. Era ella quien tenía cada una de las respues-
tas que podían surgir en cualquier momento. Sin
embargo, había una cuestión que ni ella imaginaba.
O, al menos, no podía saber. 33
Pero era cuestión de tiempo.
—Vayamos por partes —dijo Úrsula—. Para la
primera pregunta tengo una respuesta complicada,
es decir, complicada de entender. Los diarios los
encontramos en un cuarto que estaba clausurado,
como ya te conté. Pero no fue nuestro único descu-
brimiento. También había por allí una vieja carta
de mi abuela donde se despedía de mi abuelo, lo
abandonaba en esas líneas.
—Uh, qué terrible eso.
—Cierto, y su partida tenía que ver con los pe-
riódicos acumulados por mi abuelo. Y también con
el tipo de noticias que publicaba allí.
—¿No le gustaban a tu abuela?
—Así es, en su carta hablaba de que se había
hartado de tanta noticia siniestra y negativa. Que
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todo eso había vuelto a mi abuelo una persona oscura
y triste, casi siempre pesimista, desconfiada. No lo
soportó y se fue.
—¿Y tenían hijos tus abuelos? —preguntó
Julián.
—Solo mi padre. Que luego, creo que un poco
por solidaridad hacia mi abuelo, trabajó varios
34 años en el periódico.
—Se entiende eso —reconoció el niño—. Nadie
quiere hablar todo el día de asesinatos y robos a
mano armada. Demasiada violencia, supongo.
Úrsula asintió.
—Yo creo que es un poco más complicado. Me
parece que mi abuela descubrió algo inquietante,
tal como lo estás haciendo vos ahora.
—¿Yo?
—Claro… —comenzó la niña.
Pero fue interrumpida por unos gritos que llega-
ban desde una habitación lejana. Luego, ollas que
caen al suelo y más gritos.
Roma discutía con alguien en la cocina, eviden-
temente.
—Se están peleando mi hermana y la empleada.
No se llevan bien. Bueno, son un par de inútiles, se
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la pasan discutiendo. Roma está celosa de que yo te
haya traído acá.
Julián no podía entender cómo Úrsula era capaz
de hablar así de la gente. Sin mostrar un mínimo de
compasión. Sus palabras estaban plagadas de un
desprecio mortal que la hacía fría, inalcanzable. Sus
palabras eran como dagas que se clavaban en una
madera lisa que iba quedando marcada para siempre. 35
—Creo que me voy —soltó el niño.
—Está bien. No voy a obligarte a nada que no
quieras hacer. En serio. Te podés ir cuando quieras.
Pero por último dejame que te muestre la máscara.
Es increíble lo que sucede con ella.
Otra vez las dagas estampadas en la mente.
La niña tenía la extraña capacidad de embrujar
a Julián con sus frases heladas, con su mirada de
ojos azules llenos de tristeza. Algo parecido al hip-
notismo y a la magia negra, si es que existe tal cosa.
—¿La máscara?
—Te muestro —dijo ella y se puso a trabajar
sin más, de espaldas, como siempre.
El visitante caminó por la pieza, cerca de la puer-
ta, como deseando que todo pasara rápidamente.
Y, mientras tanto, se preguntó por enésima vez por
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qué no se iba de aquella casa tenebrosa. ¿Por qué le
seguía la corriente de esa forma a una niña que
parecía mala?
¿Porque era muy bonita?
El niño prefirió no contestarse esas preguntas.
Y ese fue su gran error.
La máscara estuvo lista. Aunque era más bien
36 una especie de casco o gorro que cubría la cabeza
casi por completo. Estaba hecha con papel de diario,
claro. Se veían claramente los orificios en los que
iban los ojos y la nariz.
—Es muy fea—se burló Julián.
—Bueno, no vas a concursar en un certamen de
belleza con ella. Pero es muy útil.
—No me imagino para qué. Para asustar, puede ser.
—Algo de eso hay —señaló Úrsula.
En eso, entró Roma a la habitación. Había esta-
do llorando, evidentemente. Tenía el pelo revuelto.
La seguía la mujer alta que había recibido a Julián.
—¡Niña, niña, cálmese! —repetía la mujer casi
gritando.
—Roma, andate. No seas pesada, tranquilizate
un poco, ¿querés? —dijo Úrsula, sosteniendo la
máscara de papel a la altura de su vientre.
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—¡La máscara no! —exclamó la hermana mayor.
Mientras tanto, Julián lo había decidido. “Me
voy”, se dijo y enfiló hacia la salida con toda la ve-
locidad que era capaz de alcanzar. Pero tenía que
esquivar a Roma y a la mujer. Al acercarse, la her-
mana de Úrsula le susurró sin dejarlo pasar.
—Mi hermana está loca y vos lo sabés. Pero te
gusta mucho ella, ¿verdad? ¿Es muy linda, no? Te 37
vas a arrepentir de eso.
El niño se petrificó.
—¡Roma! ¡Dejalo en paz! —gritó Úrsula y salió
corriendo hacia la puerta.
Antes de salir, le dijo a Julián:
—Solo te pido que me esperes un segundo para
mostrarte lo que hace la máscara, por favor.
Julián estaba seguro de que ella le parecía la
niña más hermosa del mundo.
Úrsula se llevó a su hermana fuera de la habita-
ción, cerró la puerta y comenzó a gritarle disparates.
Fueron gritos y reproches que no parecían de una
niña.
Se escuchó claramente que alguien decía –el
visitante no pudo identificar quién–: “Esto va a
terminar mal”.
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En eso, Julián vio la máscara sobre la mesa.
Caminó hacia ella como siguiendo un llamado que
no supo controlar. La curiosidad estaba en su inte-
rior y era algo tan normal como la respiración.
La curiosidad fue la culpable, también, de que
se llevara la máscara a la cabeza y se la colocara,
como un antiguo casco lleno de poder.
38 ¿Quién podía culparlo por eso?
Y, lo que tenía que pasar, pasó.
Primero fue la oscuridad, a pesar de los orifi-
cios en los ojos, no veía nada. Luego llegaron luces
fuertes. Después, un velo azul le llenó los ojos. A
partir de allí, llegaron imágenes que enseguida
reconoció.
Veía una casa. Era la mansión donde vivían las
misteriosas hermanas, con sus estatuas, con sus
cuadros demenciales.
Y vio a un niño. Como si una cámara acompa-
ñara todo desde un ángulo muy cómodo. Era un
espectador.
Y el niño entraba a un cuarto. Allí estaban
ellas, hermosas. Y malvadas. Podía saber todo lo
que pensaba el niño, pero no veía su rostro, apenas
su cuerpo caminando lento y seguro.
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Y cerraba la puerta. Y las hermanas lo vieron. Y
se acurrucaron en una misma cama. Sentían miedo.
Pero ¿qué iba a pasar?
Pronto lo sabrían. Incluso él, que estaba dentro
de la máscara, presenciándolo todo.
El niño caminó hacia las hermanas. Llevaba
algo en las manos, ahora se podía ver bien.
—Van a sufrir —les dijo. 39
Las niñas gritaron de horror.
—No pueden escapar, nadie va a escucharlas
—amenazó.
Entonces el niño giró para cerrar las cortinas. Y
Julián supo de qué se trataba todo.
El niño era él. Él estaba por hacerles daño a las
hermanas, y lo estaba viendo todo como en una
película.
Intentó sacarse la máscara y no pudo. Estaba
petrificado del susto. Cerró los ojos. No tenía sen-
tido, lo que sucedía estaba dentro de su cabeza.
Julián gritó y vio cómo el niño se lanzaba violen-
tamente sobre las hermanas. Se escucharon gritos
y Julián lo intentó de nuevo. Antes de romper el
papel que le rodeaba la cabeza, todo fue rojo.
Y perdió el conocimiento.
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Cuando despertó, Roma y Úrsula lo miraban.
Sobre el suelo se veían los trozos de la máscara.
—¿No pudiste esperar, eh? —dijo Úrsula.
Julián vio a las hermanas y enseguida recordó
lo que le había mostrado la máscara.
—¿En esta casa pasó algo horrible? —preguntó.
Quería saber si había una relación entre los hechos
40 que había visto y aquellas noticias horrorosas que
aparecieron en el barco y el avión.
—Han pasado cosas, sí —dijo Roma—. Como
en todas las casas de familia.
—¿Asesinatos? ¿Muertes?
—No —dijo Roma.
—¿Eso es lo que viste? —preguntó Úrsula.
Julián dijo la verdad.
—Sí. Vi que yo las lastimaba.
—¡Te dije! —estalló Roma—. ¡Te dije mil veces
que no lo dejaras entrar!
—Callate, fue lo mejor que pudimos hacer —dijo
Úrsula.
El niño no entendía lo que decían, o no quería
hacerlo.
—Pero yo no hice nada, no lo hice.
—No, claro que no. Esa no es la cuestión.
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—¿Y cuál es? —preguntó él.
Roma trajo el barco y el avión y se los dio a Julián.
Este se sentó en el suelo y miró bien las noticias
una vez más.
—Fijate bien en la fecha —dijo Roma.
Julián leyó atentamente.
Todas estaban fechadas en el futuro, faltaba
42 mucho para que esos episodios sucedieran. Nada
de eso había sucedido aún.
—Entonces, entonces —murmuró él.
—Son cosas que van a pasar —dijo Roma.
—¿Por qué te pensás que mi abuelo tuvo tanto
éxito con su diario? Siempre llegaba antes a las
noticias.
—No, no —balbuceó el niño y se largó a llorar—.
Es imposible. Yo nunca haría algo así… es imposible.
—Parece que no —señaló Úrsula.
Julián, sin poder impedir que las lágrimas le
inundaran los ojos, se puso de pie.
La mujer que lo había recibido, ahora le abría
la puerta.
—No queremos que vuelvas. Y vas a hacer todo
lo posible por irte de este barrio —dijo Úrsula.
—¿Cómo?
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—Ya encontrarás la forma. Nosotras vamos a
estar atentas. No lo dudes.
—¡Nos vamos nosotras! —estalló Roma—.
Eso. Nos vamos. Es muy riesgoso.
El niño caminó hacia la salida, todavía sollozando.
Le abrieron el portón. Tenía frío. Pronto comen-
zaría a llover.
Cuando pisó la vereda, pensó, por un momento, 43
en mirar atrás.
No hacía falta. En poco tiempo, mucho antes de lo
que imaginaba, volvería a esa casa. Y no precisamente
para jugar.
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