Transcripcions en espanyol i català
El peligro de la historia única
«JULIO, 2009. OXFORD, INGLATERRA»
Chimamanda Adichie:
Soy escritora. Y me gustaría contarles algunas historias personales sobre lo que llamo “el
peligro de la historia única”. Crecí en un campus universitario al este de Nigeria. Mi madre
dice que comencé a leer a los dos años, creo que más bien fue a los cuatro años. Fui una
lectora precoz y lo que leía eran libros infantiles ingleses y estadounidenses.
También fui una escritora precoz. Cuando comencé a escribir, a los siete años
aproximadamente –cuentos a lápiz con ilustraciones a color, que mi pobre madre tenía
que leer–, escribía exactamente el mismo tipo de historias que leía. Todos mis personajes
eran blancos y de ojos azules, jugaban en la nieve, comían manzanas y hablaban mucho
del clima, sobre lo hermoso que era que hubiera salido el sol. Y esto a pesar del hecho de
que yo vivía en Nigeria y nunca había salido de Nigeria. No había nieve, comíamos
mangos y nunca hablábamos sobre el tiempo porque no era necesario.
Mis personajes también bebían cerveza de jengibre, porque los personajes de los libros
que leía bebían cerveza de jengibre. Daba igual que yo no supiera lo que era la cerveza
de jengibre. Y durante muchos años sentí un deseo desesperado por probar la cerveza de
jengibre; pero esa es otra historia.
Creo que esto demuestra lo vulnerables e influenciables que somos ante una historia,
especialmente en nuestra infancia. Dado que yo solo leía libros donde los personajes eran
extranjeros, estaba convencida de que los libros, por naturaleza, debían tener como
protagonistas a extranjeros, y narrar cosas con las que yo no podía identificarme
personalmente. Todo cambió cuando descubrí los libros africanos. No había muchos
disponibles y no eran tan fáciles de encontrar como los libros extranjeros. Pero, gracias a
autores como Chinua Achebe y Camara Laye, mi percepción mental de la literatura
cambió. Me di cuenta de que las personas como yo, niñas con la piel color chocolate, cuyo
cabello rizado no podía peinarse en coletas, también podían existir en la literatura.
Comencé a escribir sobre cosas que conocía.
Yo amaba los libros ingleses y estadounidenses que había leído, despertaron mi
imaginación y me abrieron nuevos mundos; pero la consecuencia involuntaria fue que yo
no sabía que las personas como yo podían existir en la literatura. Lo que significó para mí
descubrir a los escritores africanos fue que me salvó de conocer una sola historia sobre
qué son los libros.
Provengo de una familia nigeriana de clase media. Mi padre era profesor universitario, mi
madre era administrativa y teníamos, como era costumbre, personal doméstico que venía
de pueblos cercanos. El año que cumplí ocho años, vino a casa un nuevo chico de los
recados. Su nombre era Fide. Lo único que mi madre nos contaba de él era que su familia
era muy pobre. Mi madre enviaba ñames y arroz, y nuestra ropa vieja a su familia. Y si yo
no me acababa mi cena, mi madre decía: “¡Termínate la comida! ¿No sabes que hay gente
como la familia de Fide que no tiene nada?”. Yo sentía una gran lástima por la familia de
Fide.
El peligro de la historia única pág. 1
Un sábado fuimos a visitarlo a su aldea y su madre nos mostró una bella cesta de rafia
teñida hecha por su hermano. Yo estaba sorprendida. No se me había ocurrido que alguien
de su familia pudiera fabricar algo. Lo único que había oído de ellos es que eran muy
pobres y me era imposible verlos como otra cosa que no fuese pobres. Su pobreza era la
única historia que tenía sobre ellos.
Años después reflexioné sobre esto cuando dejé Nigeria para ir a la universidad en
Estados Unidos. Tenía 19 años. Mi compañera de cuarto estadounidense estaba
sorprendida conmigo. Me preguntó dónde había aprendido a hablar inglés tan bien y se
extrañó cuando le dije que en Nigeria el idioma oficial era el inglés. Me preguntó si podía
escuchar lo que llamó “mi música tribal” y se mostró muy decepcionada cuando le enseñé
mi cinta de Mariah Carey. Dio por supuesto que yo no sabía usar una estufa.
Lo que me impresionó fue que ella había sentido lástima por mí incluso antes de verme.
Su posición por defecto ante mí, en tanto que africana, era una especie de lástima
condescendiente y bondadosa. Mi compañera conocía una única historia de África, una
única historia de catástrofe. En esta única historia, no era posible que los africanos se
parecieran a ella de ninguna forma, no había posibilidad de sentimientos más complejos
que la lástima, no había posibilidad de una conexión como iguales.
Debo decir que antes de ir a Estado Unidos yo no me identificaba con ser africana. Pero
en [Link]., cuando África salía en la conversación, la gente me preguntaba a mí, a pesar
de que yo no supiera nada sobre países como Namibia. Sin embargo, llegué a abrazar
esta nueva identidad y en muchos aspectos ahora pienso en mí misma como africana.
Aunque aún me molesta cuando la gente se refiere a África como un país. Un ejemplo
reciente fue mi maravilloso vuelo desde Lagos, hace dos días, donde la aerolínea Virgin
anunció sus obras de caridad en “India, África y otros países”.
Así que, después de vivir unos años en Estado Unidos como africana, comencé a entender
la reacción de mi compañera. Si yo no hubiera crecido en Nigeria y si mi impresión de
África procediera de las imágenes populares, también yo creería que África es un lugar de
hermosos paisajes y animales y gente incomprensible, que libra guerras sin sentido, muere
de pobreza y SIDA, y es incapaz de hablar por sí misma, a la espera de ser salvada por
un extranjero blanco y bondadoso. Yo vería a los africanos de la misma forma en que,
como niña, veía a la familia de Fide.
Creo que esta historia única de África procede de la literatura occidental. Esta es una cita
tomada de las narraciones de un comerciante londinense, John Locke, que zarpó hacia
África Occidental en 1561 y escribió un fascinante relato sobre su viaje. Después de
referirse a los africanos negros como “bestias sin casas”, escribió: “Tampoco tienen
cabezas, tienen la boca y los ojos en sus pechos”.
Cada vez que leo esto me río, y reconozco que hay que admirar la imaginación de John
Locke. Pero lo importante de su relato es que representa el comienzo de una tradición de
historias sobre africanos en Occidente, donde el África subsahariana es lugar de
negativos, de diferencia, de oscuridad, de personas que, como dijo el gran poeta Rudyard
Kipling, son “mitad demonios, mitad niños”.
Así que comencé a entender que mi compañera estadounidense a lo largo de su vida
debió de haber visto y oído diferentes versiones de esta única historia, al igual que un
profesor, que me dijo que mi novela no era “auténticamente africana”. Yo estaba dispuesta
a admitir que la novela tenía varios defectos, que había fallado en algunas cosas, pero no
imaginaba haber fracasado en lograr algo llamado “autenticidad africana”. De hecho, yo
no sabía qué era la autenticidad africana. El profesor dijo que mis personajes se parecían
El peligro de la historia única pág. 2
demasiado a él, un hombre culto de clase media. Mis personajes conducían vehículos, no
morían de hambre; es decir, no eran auténticamente africanos.
Pero debo añadir que yo también soy culpable de esta cuestión de la historia única. Hace
unos años viajé de Estados Unidos a México. El clima político en Estados Unidos entonces
era tenso, había debates sobre la inmigración. Y, como suele ocurrir en Estados Unidos,
la inmigración se convirtió en sinónimo de mexicanos. Había un sinfín de historias de
mexicanos que explotaban el sistema de salud, se colaban por la frontera, que eran
arrestados en la frontera, etc.
Recuerdo cuando salí a pasear en mi primer día en Guadalajara, viendo a la gente ir al
trabajo, amasando tortillas en el mercado, fumando, riendo. Recuerdo que primero me
sentí un poco sorprendida y luego me embargó la vergüenza. Me di cuenta que había
estado tan inmersa en la cobertura mediática sobre los mexicanos que se habían
convertido en una sola cosa para mí, el inmigrante abyecto. Había caído en la historia
única sobre los mexicanos y no podía estar más avergonzada de mí misma. Es así como
creamos la historia única: mostramos a un pueblo como una cosa, una sola cosa, una y
otra vez, y en eso lo convertimos.
Es imposible hablar sobre la historia única sin hablar del poder. Hay una palabra del idioma
igbo, que recuerdo cada vez que pienso sobre las estructuras de poder en el mundo y es
nkali, es un sustantivo cuya traducción es “ser más grande que el otro”. Al igual que
nuestros mundos económicos y políticos, las historias también se definen por el principio
de nkali. Cómo se cuentan, quién las cuenta, cuándo se cuentan, cuántas historias son
contadas en realidad depende del poder.
El poder es la capacidad no solo de contar la historia del otro, sino de hacer que esa sea
la historia definitiva. El poeta palestino Mourid Barghouti escribió que, si se pretende
desposeer a un pueblo, la forma más sencilla es contar su historia y comenzar con “en
segundo lugar”. Si comenzamos la historia con las flechas de los pueblos nativos
americanos y no con la llegada de los ingleses, tendremos una historia totalmente
diferente. Si comenzamos la historia con el fracaso del estado africano, y no con la
creación colonial del estado africano, tendremos una historia completamente diferente.
Hace poco di una conferencia en una universidad donde un estudiante me dijo que era
una lástima que los hombres en Nigeria fueran maltratadores, como el personaje del padre
en mi novela. Le dije que acababa de leer una novela llamada American Psycho, y que
era una verdadera lástima que los jóvenes estadounidenses fueran asesinos en serie.
Obviamente, cuando dije esto estaba un poco molesta.
Jamás se me habría ocurrido tras leer una novela donde un personaje es un asesino en
serie que de alguna forma él era una representación de todos los estadounidenses. Y no
es porque yo sea mejor persona que ese estudiante, sino porque, debido al poder
económico y cultural de Estados Unidos, yo había escuchado muchas historias sobre
Estados Unidos. Había leído a Tyler y Updike, Steinbeck y Gaitskill… No tenía una única
historia sobre Estados Unidos.
Hace años, cuando supe que, para que un escritor tenga éxito, se espera que haya tenido
una infancia infeliz, comencé a pensar en inventar cosas horribles que mis padres me
habían hecho. Pero la verdad es que tuve una infancia muy feliz, llena de risas y amor, en
una familia muy unida.
El peligro de la historia única pág. 3
Pero también tuve abuelos que murieron en campos de refugiados, mi prima Polle murió
por falta de atención médica, mi amiga Okoloma murió en un accidente de avión porque
los camiones de bomberos no tenían agua. Crecí bajo regímenes militares represivos que
daban poco valor a la educación, por lo que mis padres a veces no recibían sus salarios.
En mi infancia, vi cómo la mermelada desaparecía del desayuno, luego fue la margarina,
después el pan se volvió muy caro, luego se racionó la leche; pero sobre todo un miedo
político generalizado invadió nuestras vidas.
Todas estas historias me hacen quien soy, pero insistir solo en lo negativo sería simplificar
mi experiencia, y omitir muchas otras historias que me formaron. La historia única crea
estereotipos y el problema con los estereotipos no es que sean falsos sino que son
incompletos. Hacen de una sola historia la única historia.
Es cierto que África es un continente lleno de catástrofes, hay catástrofes inmensas como
las violaciones en el Congo y las hay deprimentes, como el hecho de que hay 5.000
candidatos por cada vacante laboral en Nigeria. Pero hay otras historias que no son sobre
catástrofes y es igualmente importante hablar sobre ellas.
Siempre he pensado que es imposible compenetrarse con un lugar o una persona sin
entender todas las historias de ese lugar o esa persona. La consecuencia de la historia
única es esta: que roba a los pueblos su dignidad, dificulta el reconocimiento de nuestra
igualdad humana, enfatiza nuestras diferencias en vez de nuestras similitudes.
¿Qué hubiera pasado si antes de mi viaje a México yo hubiese seguido los dos polos del
debate sobre la inmigración, el de Estados Unidos y el de México? ¿Y si mi madre nos
hubiera contado que la familia de Fide era pobre y también trabajadora? ¿Y si tuviéramos
una cadena de TV africana que transmitiera diversas historias africanas en todo el mundo,
lo que el escritor nigeriano Chinua Achebe llama “un equilibrio de historias”?
¿Y si mi compañera de cuarto conociera a mi editor nigeriano, Mukta Bakaray, un hombre
extraordinario que dejó su trabajo en un banco para ir tras sus sueños y fundar una
editorial? Comúnmente se piensa que los nigerianos no leen literatura. Él no estaba de
acuerdo, pensaba que las personas que podían leer, leerían si hubiera literatura disponible
y asequible.
Después de publicar mi primera novela fui a una cadena de televisión en Lagos para una
entrevista. Una mujer que trabajaba allí como mensajera me dijo: “Me gustó mucho tu
novela. Lo que no me gustó fue el final; debes escribir una secuela y esto es lo que
pasará...”. Y procedió a contarme qué debía escribir en la secuela. Yo no solo estaba
encantada sino conmovida. Aquí había una mujer, parte de la masa de nigerianos
comunes, que se supone no son lectores. No solo había leído el libro, se había adueñado
de él y se sentía legitimada para contarme qué debería escribir en la secuela.
¿Y si mi compañera de cuarto conociera a mi amiga Fumi Onda, la valiente presentadora
de un programa de televisión en Lagos, decidida a contarnos historias que quisiéramos
olvidar? ¿Y si mi compañera de cuarto supiera de la operación de corazón practicada en
un hospital de Lagos la semana pasada? ¿Y si conociera la música nigeriana
contemporánea? Gente de gran talento que cantan en inglés y pidgin, en igbo, yoruba e
ijo, mezclando influencias desde Jay-Z, Fela o Bob Marley hasta sus abuelos. ¿Y si
conociera a la abogada que recientemente fue a juicio en Nigeria para cuestionar una
ridícula ley que requería que las mujeres tuvieran la aprobación de sus esposos para
renovar sus pasaportes? ¿Y si mi compañera conociera Nollywood, lleno de gente creativa
haciendo películas con grandes limitaciones técnicas? Estas películas son tan populares
que son el mejor ejemplo de que los nigerianos consumen lo que producen. ¿Y si mi
El peligro de la historia única pág. 4
compañera de cuarto conociera a mi ambiciosa peluquera, que acaba de iniciar su negocio
en la venta de extensiones, o si supiera que un millón de nigerianos comienza negocios y
a veces fracasa, pero siguen teniendo ambiciones?
Cada vez que regreso a casa me reencuentro con las causas de frustración usuales para
los nigerianos: el fracaso de nuestras infraestructuras, el fracaso de nuestro gobierno...
Pero también me encuentro con la increíble resistencia de un pueblo que prospera a pesar
de su gobierno y no gracias a él. Dirijo talleres de escritura en Lagos cada verano y es
impresionante ver cuánta gente se inscribe, cuánta gente tiene ansias de escribir, de
contar historias.
Mi editor nigeriano y yo hemos creado una ONG llamada Farafina Trust. Tenemos grandes
sueños de construir bibliotecas, reformar las bibliotecas existentes, proveer de libros a las
escuelas estatales que tienen sus bibliotecas vacías y también de organizar muchos
talleres de lectura y escritura, para todos los que quieran contar nuestras muchas historias.
Las historias importan. Muchas historias importan. Las historias se han usado para
desposeer y para calumniar, pero las historias también pueden usarse para empoderar y
para humanizar. Las historias pueden romper la dignidad de un pueblo, pero también
pueden restaurar esa dignidad rota.
La escritora estadounidense Alice Walker escribió esto sobre su familia sureña que se
había mudado al norte. Les dio un libro sobre la vida sureña que habían dejado atrás:
“Estaban sentados, leyendo el libro para ellos mismos, escuchándome leer y entonces
recuperamos una especie de paraíso”. Me gustaría terminar con este pensamiento:
cuando rechazamos la historia única, cuando nos damos cuenta de que nunca hay una
sola historia sobre ningún lugar, recuperamos una especie de paraíso. Gracias.
El peligro de la historia única pág. 5
El perill de la història única
«JULIOL, 2009. OXFORD, ANGLATERRA»
Chimamanda Adichie:
Soc escriptora. I m’agradaria explicar-los algunes històries personals sobre el que
anomeno “el perill de la història única”. Vaig créixer en un campus universitari a l’est de
Nigèria. La meva mare diu que vaig començar a llegir als dos anys, crec que més aviat va
ser als quatre anys. Vaig ser una lectora precoç i el que llegia eren llibres infantils anglesos
i estatunidencs.
També vaig ser una escriptora precoç. Quan vaig començar a escriure, als set anys
aproximadament –contes a llapis amb il·lustracions a color, que la meva pobre mare havia
de llegir–, escrivia exactament el mateix tipus d’històries que llegia. Tots els meus
personatges eren blancs i d’ulls blaus, jugaven a la neu, menjaven pomes i parlaven molt
del clima, sobre com de bonic que era que hagués sortit el sol. I això malgrat el fet que jo
vivia a Nigèria i mai no havia sortit de Nigèria. No hi havia neu, menjàvem mangos i mai
no parlàvem del temps perquè no era necessari.
Els meus personatges també bevien cervesa de gingebre, perquè els personatges dels
llibres que llegia bevien cerveses de gingebre. Era igual que jo no sabés el que era la
cervesa de gingebre. I durant molts anys vaig sentir un desig desesperat per provar la
cervesa de gingebre; però aquesta és una altra història.
Crec que això demostra com de vulnerables i influenciables som envers una història,
especialment a la nostra infància. Ja que jo només llegia llibres on els personatges eren
estrangers, estava convençuda que els llibres, per naturalesa, havien de tenir com a
protagonistes a estrangers, i narrar coses amb les quals jo no podia identificar-me
personalment. Tot va canviar quan vaig descobrir els llibres africans. No n’hi havia gaires
de disponibles i no eren tan fàcils de trobar com els llibres estrangers. Però, gràcies a
autors com Chinua Achene i Camara Laye, la meva percepció mental de la literatura va
canviar. Em vaig adonar que les persones com jo, nenes amb la pell de color de xocolata,
els cabells arrissats de les quals no podia pentinar-se amb cuetes, també podien existir a
la literatura. Vaig començar a escriure sobre coses que coneixia.
M’encantaven els llibres anglesos i estatunidencs que havia llegit, van despertar la meva
imaginació i em van obrir nous mons; però la conseqüència involuntària va ser que jo no
sabia que les persones com jo podien existir a la literatura. El que va significar per a mi
descobrir els escriptors africans va ser que em va salvar de conèixer una sola història
sobre què són els llibres.
Vinc d’una família nigeriana de classe mitjana. El meu pare era professor universitari, la
meva mare era administrativa i teníem, com era costum, personal domèstic que venia de
pobles propers. L’any que vaig fer vuit anys, va venir a casa un nou noi dels encàrrecs. El
seu nom era Fide. L’únic que la meva mare ens explicava d’ell era que la seva família era
molt pobre. La meva mare enviava nyams i arròs, i la nostra roba vella a la seva família. I
si jo no m’acabava el sopar, la meva mare deia: “Acaba’t el menjar! No saps que hi ha gent
com la família d’en Fide que no té res?”. Jo sentia una gran llàstima per la família d’en
Fide.
El perill de la història única pàg. 6
Un dissabte vam anar a visitar-lo al seu poble i la seva mare ens va ensenyar una bonica
cistella de ràfia tenyida feta pel seu germà. Jo estava sorpresa. No se m’havia ocorregut
que algú de la seva família pogués fabricar alguna cosa. L’únic que havia sentit d’ells és
que eren molt pobres i m’era impossible veure’ls com una altra cosa que no fos pobres. La
seva pobresa era l’única història que tenia d’ells.
Anys després vaig reflexionar sobre això quan vaig deixar Nigèria per anar a la universitat
als Estats Units. Tenia 19 anys. La meva companya d’habitació estatunidenca estava
sorpresa amb mi. Em va preguntar on havia après a parlar anglès tan bé i es va estranyar
quan li vaig dir que a Nigèria l’idioma oficial era l’anglès. Em va preguntar si podia escoltar
el que va anomenar “la meva música tribal” i va semblar molt decebuda quan li vaig
ensenyar la meva cinta de Mariah Carey. Va donar per suposat que jo no sabia fer servir
una estufa.
El que em va impressionar va ser que ella havia sentit llàstima per mi fins i tot abans de
veure’m. La seva posició per defecte cap a mi, sent africana, era una espècie de llàstima
condescendent i bondadosa. La meva companya coneixia una única història d’Àfrica, una
única història de catàstrofe. En aquesta única història, no era possible que els africans
s’assemblessin a ella de cap manera, no hi havia possibilitat de sentiments més complexos
que la llàstima, no hi havia possibilitat d’una connexió com a iguals.
He de dir que abans d’anar als Estats Units jo no m’identificava amb el fet de ser africana.
Però als Estats Units, quan Àfrica sortia a la conversa, la gent em preguntava a mi, malgrat
que jo no sabés res sobre països com Namíbia. Tanmateix, vaig arribar a abraçar aquesta
nova identitat i en molts aspectes ara penso en mi mateixa com a africana. Tot i que encara
em molesta quan la gent es refereix a l’Àfrica com un país. Un exemple recent va ser el
meu meravellós vol des de Lagos, fa dos dies, on la línia aèria Virgin va anunciar les seves
obres de caritat a “l’Índia, l’Àfrica i altres països”.
Així que, després de viure uns anys als Estats Units com a africana, vaig començar a
entendre la reacció de la meva companya. Si jo no hagués crescut a Nigèria i si la meva
impressió de l’Àfrica procedís de les imatges populars, també jo creuria que l’Àfrica és un
lloc de paisatges bonics i animals i gent incomprensible, que té guerres sense sentit, mor
de pobresa i SIDA, i és incapaç de parlar per si mateixa, a l’espera de ser salvada per un
estranger blanc i bondadós. Jo veuria els africans de la mateixa manera en què, quan era
petita, veia la família d’en Fide.
Crec que aquesta història única de l’Àfrica procedeix de la literatura occidental. Aquesta
és una cita presa de les narracions d’un comerciant londinenc, John Locke, que va salpar
cap a l’Àfrica Occidental el 1561 i va escriure un fascinant relat sobre el seu viatge.
Després de referir-se als africans negres com a “bèsties sense cases”, va escriure:
“Tampoc tenen cap, tenen la boca i els ulls als pits”.
Cada vegada que llegeixo això ric, i reconec que s’ha d’admirar la imaginació de John
Locke. Però l’important del seu relat és que representa l’inici d’una tradició d’històries sobre
africans a Occident, on l’Àfrica subsahariana és lloc de negatius, de diferència, de foscor,
de persones que, com va dir el gran poeta Rudyard Kipling, són “meitat dimonis, meitat
nens”.
Així que vaig començar a entendre que la meva companya estatunidenca al llarg de la
seva vida devia haver vist i sentit diferents versions d’aquesta única història, igual que un
professor, que em va dir que la meva novel·la no era “autènticament africana”. Jo estava
disposada a admetre que la novel·la tenia diversos defectes, que havia fallat en algunes
coses, però no m’imaginava haver fracassat en aconseguir una cosa anomenada
El perill de la història única pàg. 7
“autenticitat africana”. De fet, jo no sabia què era l’autenticitat africana. El professor va dir
que els personatges s’assemblaven massa a ell, un home culte de classe mitjana. Els
meus personatges conduïen vehicles, no morien de gana; és a dir, no eren autènticament
africans.
Però he d’afegir que jo també soc culpable d’aquesta qüestió de la història única. Fa uns
anys vaig viatjar d’Estats Units a Mèxic. El clima polític als Estats Units llavors era tens, hi
havia debats sobre la immigració. I, com sol passar als Estats Units, la immigració es va
convertir en sinònim de mexicans. Hi havia una infinitat d’històries de mexicans que
explotaven el sistema de salut, es colaven per la frontera, que eren arrestats a la frontera,
etc.
Recordo quan vaig sortir a passejar el meu primer dia a Guadalajara, veient la gent anar
a treballar, pastant truitetes al mercat, fumant, rient. Recordo que primer em vaig sentir
una mica sorpresa i després em va aclaparar la vergonya. Em vaig adonar que havia estat
tan immersa en la cobertura mediàtica sobre els mexicans que s’havien convertit en una
sola cosa per a mi, l’immigrant abjecte. Havia caigut en la història única sobre els mexicans
i no podia estar més avergonyida de mi mateixa. És així com creem la història única:
mostrem un poble com una cosa, una sola cosa, una i una altra vegada, i en això ho
convertim.
És impossible parlar sobre la història única sense parlar del poder. Hi ha una paraula de
l’idioma igbo, que recordo cada vegada que penso sobre les estructures de poder al món
i és nkali, és un substantiu la traducció del qual és “ser més gran que l’altre”. Igual que els
nostres mons econòmics i polítics, les històries també es defineixen pel principi de nkali.
Com s’expliquen, qui les explica, quan s’expliquen, quantes històries són explicades en
realitat depèn del poder.
El poder és la capacitat no només d’explicar la història de l’altre, sinó de fer que aquesta
sigui la història definitiva. El poeta palestí Mourid Barghouti va escriure que, si es pretén
desposseir un poble, la manera més senzilla és explicar la seva història i començar amb
“en segon lloc”. Si comencem la història amb les fletxes dels pobles natius americans i no
amb l’arribada dels anglesos, tindrem una història totalment diferent. Si comencem la
història amb el fracàs de l’estat africà, i no amb la creació colonial de l’estat africà, tindrem
una història completament diferent.
Fa poc vaig fer una conferència en una universitat on un estudiant em va dir que era una
llàstima que els homes a Nigèria fossin maltractadors, com el personatge del pare a la
meva novel·la. Li vaig dir que acabava de llegir una novel·la anomenada American Psycho,
i que era una verdadera llàstima que els joves estatunidencs fossin assassins en sèrie.
Òbviament, quan vaig dir això estava una mica molesta.
Mai se m’hauria ocorregut, després de llegir una novel·la on un personatge és un assassí
en sèrie, que d’alguna manera ell era una representació de tots els estatunidencs. I no és
perquè jo sigui millor persona que aquell estudiant, sinó perquè, a causa del poder
econòmic i cultural dels Estats Units, jo havia sentit moltes històries sobre els Estats Units.
Havia llegit a Tyler i Updike, Steinbeck i Gaitskill... No tenia una única història sobre els
Estats Units.
Fa anys, quan vaig saber que, perquè un escriptor tingui èxit, s’espera que hagi tingut una
infància infeliç, vaig començar a pensar en inventar-me coses horribles que els meus pares
m’havien fet. Però la veritat és que vaig tenir una infància molt feliç, plena de riures i amor,
en una família molt unida.
El perill de la història única pàg. 8
Però també vaig tenir avis que van morir en camps de refugiats, la meva cosina Polle va
morir per falta d’atenció mèdica, la meva amiga Okoloma va morir en un accident d’avió
perquè els camions de bombers no tenien aigua. Vaig créixer sota règims militars
repressius que donaven poc valor a l’educació, per tant, els meus pares a vegades no
rebien els seus salaris. En la meva infància, vaig veure com la melmelada desapareixia de
l’esmorzar, després la margarina, després el pa es va tornar molt car, després es va
racionar la llet; però sobretot una por política generalitzada va envair les nostres vides.
Totes aquestes històries em fan ser qui soc, però insistir només en la part negativa seria
simplificar la meva experiència, i ometre moltes altres històries que em van formar. La
història única crea estereotips i el problema amb els estereotips no és que siguin falsos,
sinó que són incomplets. Fan d’una sola història l’única història.
És cert que l’Àfrica és un continent ple de catàstrofes. Hi ha catàstrofes immenses, com
les violacions al Congo, i n’hi ha de depriments, com el fet que hi ha 5.000 candidats per
cada vacant laboral a Nigèria. Però hi ha altres històries que no són sobre catàstrofes i és
igual d’important parlar-ne.
Sempre he pensat que és impossible compenetrar-se amb un lloc o una persona sense
entendre totes les històries d’aquell lloc o aquella persona. La conseqüència de la història
única és aquesta: que roba als pobles la seva dignitat, dificulta el reconeixement de la
nostra igualtat humana, emfatitza les nostres diferències en comptes de les nostres
similituds.
Què hauria passat si abans del meu viatge a Mèxic jo hagués seguit els dos pols del debat
sobre la immigració, el d’Estats Units i el de Mèxic? I si la meva mare ens hagués explicat
que la família d’en Fide era pobre i també treballadora? I si tinguéssim una cadena de TV
africana que transmetés diverses històries africanes a tot el món, el que l’escriptor nigerià
Chinua Achebe anomena “un equilibri d’històries”?
I si la meva companya d’habitació conegués el meu editor nigerià, Mukta Bakaray, un
home extraordinari que va deixar la seva feina en un banc per perseguir els seus somnis i
fundar una editorial? Comunament es pensa que els nigerians no llegeixen literatura. Ell
no hi estava d’acord, pensava que les persones que podien llegir, llegirien si hi hagués
literatura disponible i assequible.
Després de publicar la meva primera novel·la vaig anar a una cadena de televisió a Lagos
per a una entrevista. Una dona que treballava allà com a missatgera em va dir: “M’ha
agradat molt la teva novel·la. El que no m’ha agradat és el final; has d’escriure una segona
part i això és el que passarà...”. I va procedir a explicar-me què havia d’escriure a la segona
part de la novel·la. Jo no només estava encantada, sinó commoguda. Aquí hi havia una
dona, part de la massa de nigerians comuns, que se suposa que no són lectors. No només
havia llegit el llibre, se l’havia fet seu i se sentia legitimada per explicar-me què hauria
d’escriure a la segona part.
I si la meva companya d’habitació conegués la meva amiga Fumi Onda, la valenta
presentadora d’un programa de televisió a Lagos, decidida a explicar-nos històries que
voldríem oblidar? I si la meva companya d’habitació sabés de l’operació de cor practicada
a un hospital de Lagos la setmana passada? I si conegués la música nigeriana
contemporània? Gent de gran talent que canten en anglès i pidgin, en igbo, ioruba i ijo,
barrejant influències des de Jay-Z, Fela o Bob Marley fins als seus avis. I si conegués
l’advocada que recentment va anar a un judici a Nigèria per qüestionar una ridícula llei que
requeria que les dones tinguessin l’aprovació dels seus esposos per renovar els seus
passaports? I si la meva companya conegués Nollywood, ple de gent creativa fent
El perill de la història única pàg. 9
pel·lícules amb grans limitacions tècniques? Aquestes pel·lícules són tan populars que són
el millor exemple que els nigerians consumeixen el que produeixen. I si la meva companya
d’habitació conegués la meva ambiciosa perruquera, que acaba d’iniciar el seu negoci en
la venda d’extensions, o si sabés que un milió de nigerians comença negocis i a vegades
fracassa, però continua tenint ambicions?
Cada vegada que torno a casa em retrobo amb les causes de frustració usuals per als
nigerians: el fracàs de les nostres infraestructures, el fracàs del nostre govern... Però
també em trobo amb la increïble resistència d’un poble que prospera malgrat el seu govern
i no gràcies a ell. Dirigeixo tallers d’escriptura a Lagos cada estiu i és impressionant veure
quanta gent s’hi inscriu, quanta gent té ànsies d’escriure, d’explicar històries.
El meu editor nigerià i jo hem creat una ONG anomenada Farafina Trust. Tenim grans
somnis de construir biblioteques, reformar les biblioteques existents, proveir de llibres les
escoles estatals que tenen les seves biblioteques buides i també d’organitzar molts tallers
de lectura i escriptura, per tots els que vulguin explicar les nostres moltes històries. Les
històries importen. Moltes històries importen. Les històries s’han fet servir per desposseir
i per calumniar, però les històries també es poden fer servir per empoderar i per
humanitzar. Les històries poden trencar la dignitat d’un poble, però també poden restaurar
aquesta dignitat trencada.
L’escriptora estatunidenca Alice Walker va escriure això sobre la seva família del sud que
s’havia traslladat al nord. Els va donar un llibre sobre la vida del sud que havien deixat
enrere: “Estaven asseguts, llegint el llibre per ells mateixos, escoltant-me llegir i llavors
vam recuperar una espècie de paradís”. M’agradaria acabar amb aquest pensament: quan
rebutgem la història única, quan ens adonem que mai no hi ha una sola història sobre cap
lloc, recuperem una espècie de paradís. Gràcies.
El perill de la història única pàg. 10