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Singe

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DIAGRAMADO POR MECHH

Índice
Sinopsis
Prólogo
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Cinco
Seis
Siete
Ocho
Nueve
Diez
Once
Doce
Trece
Catorce
Quince
Dieciséis
Diecisiete
Dieciocho
Diecinueve
Veinte
Veintiuno
Veintidós
Veintitrés
Veinticuatro
Veinticinco
Veintiséis
Veintisiete
Veintiocho
Veintinueve
Treinta
Treinta y Uno
Treinta y Dos
Epílogo
Thrive (Guardian Protection #2)
Sobre la Autora
Sinopsis
Ella era mi pesadilla. Cada vez que cerraba los ojos, la veía caer en ese
infierno. Una y otra vez, fallaba en salvarla.
No había sido capaz de alcanzarla, y la culpa solo ardía más caliente
con el paso del tiempo. Cuatro años más tarde, yo era el inalcanzable.
Los héroes no siempre son santos. A veces, no somos nada más que
pecadores hastiados impulsados por noches sin dormir y corazones llenos
de oscuridad.
Y entonces la conocí. Era una soñadora que se las arregló para aliviar
mis cicatrices y sanar mis heridas.
Pero mientras las llamas se cerraban a nuestro alrededor, temí no ser el
hombre correcto para salvarla. Eso es hasta que me di cuenta de que era la
única mujer por la que quemaría el mundo para protegerla.
Prólogo
Jude
—Mañana invito yo —dije, levantándome del taburete.
Detrás de la barra, Carmen meneó sus cejas, seductoramente
gritando:
—Divertido, podría invitarte esta noche si te quedaras más tiempo.
Me reí ante su insinuación y le guiñé.
—Tengo que ir a casa, cariño. Las siete de la mañana llegan
demasiado temprano.
—Bueno, la oferta está sobre la mesa —dijo seductoramente.
Siempre lo estaba con ella. Y si no tenía cuidado, con el tiempo le
tomaría la palabra.
No es que dormir con Carmen no sería bueno. Pero cuando encuentras
un bar barato a solo cinco minutos de tu casa, no lo jodes metiendo tu polla
en la camarera.
—Hasta luego, Carmen —grité, abriendo la puerta y dirigiéndome a
mi auto.
Todavía no estaba fuera del estacionamiento antes de oír:
—¿Oficial Levitt? Hay una alarma sonando en Park Hill. ¿Te
importaría echar un vistazo en tu camino a casa?
Golpeando mi cabeza contra el reposacabezas, gemí. Park Hill estaba
“en mi camino a casa” tanto como pasar por California de camino a
Maine.
Cambiando mi radio a mi otra mano, me quejé:
—Estoy fuera de servicio, Jocelyn. —Lo había estado por varias horas,
incluso si no había llegado a casa todavía.
Se rió.
—Lo siento, pero eres el único remotamente cerca. Tuve que enviar dos
autos a casa de los Laslow para interrumpir otra discusión entre Cam y su
viejo.
—¿Están a ello de nuevo? —inquirí.
—Al parecer, Cam le dijo a Lindsey que no quería al bebé. Lindsey se
lo dijo a su padre. El viejo Laslow perdió la cabeza.
Me reí entre dientes, poniendo el intermitente y luego haciendo un giro
en U en medio de una carretera vacía.
—Cristo. Apuesto a que lo hizo. Sé que el hombre tiene setenta y cinco,
pero seguro como el infierno no me gustaría enfrentarme a él.
—Estoy contigo en eso. Así que… ¿vas a ir a Park Hill? —preguntó en
un tono dulce como el azúcar.
Gruñí profundo en mi pecho.
—Vas a deberme un poco de ese pan de plátano por esto. Me lo perdí
el otro día cuando lo trajiste a la estación.
—No te debo nada. —Soltó una risita—. Sin embargo, como
agradecimiento personal del estado de Illinois, Park County y los
propietarios de Park Hill, te traeré una barra de pan el viernes. ¿Trato?
—Trato. Estoy en camino ahora.
—Mantente seguro y llama por radio con tu informe.
—Sí, señora —repliqué, sabiendo exactamente cuánto le encantaba a
una Jocelyn de treinta años ser llamada señora por un hombre de
veinticinco.
—No…
—Tengo que irme. —Bajé el volumen para silenciarla, sonriendo para
mí mientras encendía las luces y la sirena.
Había sido policía por dos años. Y, en ese tiempo, había estado en la
propiedad privada de Park Hill al menos una docena de veces. No era
inusual que la alarma de la mansión se disparara. Nunca llegaba a ser
nada. La extensa finca estaba en el borde del condado, y los problemas
habitualmente no llegaban tan lejos. Más a menudo que no, un pájaro en
una ventana o un nuevo miembro torpe del equipo de jardinería activaría
accidentalmente la alarma. La verdad era que nadie realmente vivía en
Park Hill. Los propietarios visitaban esporádicamente. Pero la mayoría del
tiempo permanecía vacía.
Algunos minutos más tarde, apagué mi sirena mientras me detenía en
la entrada. El aire frío me asaltó cuando salí de mi auto patrulla con mi
linterna en mano y apuntada al teclado sobre la enorme puerta de
seguridad que bloqueaba la entrada. Esa maldita cosa por sí sola tenía que
costar más de lo que ganaría en toda una vida. Olvida la casa en el
interior.
El olor a madera quemándose en una chimenea derivó por el aire
nocturno. Supuse que alguien estaba en casa para una visita.
Tecleé el código de emergencia en el panel de la puerta y luego subí de
nuevo a mi auto y conduje por la entrada alineada con árboles. Había
pasado el día de patrulla y, con la excepción de algún vandalismo menor en
la ciudad, había sido uno lento.
Aunque eso cambiaría en un parpadeo.
Junto con toda mi vida.
—Oh, mierda. —Exhalé mientras la casa principal aparecía a la vista
en la cima de la colina.
Después de dejar mi auto en punto muerto, activé la radio en mi
hombro. Apenas pude pronunciar las palabras mientras abría mi puerta y
echaba a correr.
—¡Soy el oficial Levitt! ¡Necesito apoyo de fuego en Park Hill de
inmediato!
Y entonces me congelé mientras una ola de adrenalina chocaba contra
mí como un tsunami.
Un infierno rugía en el cielo nocturno, pero fue la pequeña silueta de
una mujer posada fuera de una ventana del tercer piso, el humo vertiéndose
alrededor de ella, lo que me quitó el aliento. Mi corazón se detuvo, pero
mis pies continuaron corriendo sobre el pavimento.
Oí la voz de Jocelyn.
—¿Qué está pasando?
—¡Necesito apoyo médico también! —espeté mientras me acercaba
más—. ¡Todo el maldito lugar está en llamas y hay una mujer atrapada!
El cabello largo y negro de la mujer volaba tras ella como una
bandera maltrecha ondeando en una tormenta. No podía ver su rostro o su
color de piel o incluso adivinar su edad por el hollín negro cubriéndola,
pero su miedo era inconfundible.
E inolvidable.
—¡Aguanta! —le grité.
—¡Oh, Dios mío! —chilló antes de que le diera un ataque de tos—.
¡Ayúdame!
—¡Aguanta! ¡No te sueltes!
Frenéticamente, busqué por el perímetro un lugar por el que entrar,
pero no era solo su casa lo que estaba en llamas. Las llamas la estaban
rodeando. El patio y todos los parterres en los alrededores. De arriba
abajo. Tanto el primer como el segundo piso estaban completamente
engullidos, y si el sonido de las ventanas rompiéndose era alguna
indicación, estaba llegando rápidamente al tercer piso… a ella.
—¡No! ¡No me dejes! —gritó, el pánico intenso en su confusa voz,
mientras empezaba a rodear el lado de la casa.
Una pared de calor me detuvo en seco. Alzando un brazo, hice todo lo
posible por bloquear mi rostro mientras escaneaba el edificio por cualquier
posible entrada… o, en su caso, salida.
Pero no había una superficie de esa casa que no estuviera ardiendo.
Excepto el tejado.
Hijo de puta.
Hablé en la radio.
—Necesito el tiempo estimado de llegada de los bomberos.
Jocelyn replicó:
—Están en camino. En cinco minutos.
No tenía un minuto, mucho menos cinco.
Joder.
Mi pulso se aceleró, enviando sangre tronando en mis oídos. Era un
policía. Había sido entrenado para el caos. Debería haber sido capaz de
pensar en una solución para una situación como esta, pero no te enseñaban
a conquistar lo imposible en la academia.
Y mientras hacía inventario de las llamas bailando debajo de ella,
supe que eso era exactamente contra lo que estaba.
Mi estómago se retorció mientras corría con impotencia alrededor de
la casa. Parecía casi una niña, descalza encima de esa estrecha repisa de
ladrillos, pero su camiseta de manga larga y sus pantalones anchos se
aferraban al cuerpo de una mujer.
¡Jesucristo! ¿Dónde estaba ese jodido camión de bomberos?
—¿Hay alguien más en la casa? —le grité.
Tampoco es que pudiera haberlos ayudado. Excepto entrar corriendo
en un edificio en llamas, lo que seguramente sería una misión suicida, no
había nada que pudiera hacer. Y esa pequeña realidad se sentía como una
bola de demolición en el pecho.
—¡No! —chilló, un alto sollozo alojándose en su garganta. Se
convirtió en más tos, su cuerpo temblando violentamente con cada jadeo.
Cerré mis manos en puños a mis lados mientras mi ansiedad subía más
alto en espiral.
—Por favor. ¡Haz algo! —rogó.
Apreté mis dientes y una vez más miré alrededor como si una
manguera de agua y una escalera fueran a aparecer de repente de ninguna
parte.
—Aguanta, ¿de acuerdo? Los bomberos están en camino.
—¡No puedo sujetarme mucho más tiempo! —Lloró.
—Sí, puedes —exigí.
—Creo… creo que tengo que saltar. —Tosió.
Evalué el fuego masivo debajo de ella. Nunca sería capaz de
alcanzarla antes de que se la tragara. Pero no había manera de que fuera
capaz de quedarme ahí y verla arder.
No. Si saltaba de esa repisa, iba a matarnos a ambos.
—No te atrevas —espeté—. Ni siquiera lo pienses. Dos minutos.
Estarán aquí.
—No… no puedo.
—Dos minutos —repetí—. Aguanta…
De repente, una ventana a su izquierda explotó, disparando cristal y
llamas en todas direcciones.
Cubrí mi rostro mientras ella gritaba en una paralizante mezcla de
miedo y agonía. Me cortó tan profundo que sabía que llevaría las cicatrices
por el resto de mi vida, y no tenía nada que ver con el cristal y todo que ver
con el intenso peso de mi fracaso ya colgando en el aire lleno de humo.
Cuando abrí los ojos de nuevo, atrapé un vistazo de naranja
parpadeando en la ventana tras ella. El pánico se construyó en mi pecho.
—¡Tienes que moverte! —grité.
Negó y continuó tosiendo y llorando.
Pero no era una opción. No podía ayudarla. Aunque malditamente
seguro me negaba a verla morir.
—Por favor. Solo escúchame. —Tragué con fuerza—. No puedes
quedarte ahí. —Miré al tejado.
Enviarla más alto parecía equivocado e iba contra todo lo que había
aprendido en mi limitado entrenamiento de incendios. Pero, mierda, mis
opciones eran que saltara en una conflagración o que escalara por el lado
de un edificio con la esperanza de comprarnos más de los preciosos
minutos necesitados para que llegara el departamento de bomberos.
Inhalando un aliento lleno de humo, tomé una decisión que me cazaría
por el resto de mi vida.
—Tienes que subir al tejado.
—¡No puedo! —chilló.
Mi estómago se retorció, pero suavicé mi voz.
—Mira, sé que estás asustada. Pero estoy justo aquí. Te ayudaré a
subir, pero, cariño, se te está viniendo encima. Tienes que moverte, y me
refiero a ahora.
Se ahogó con una bocanada de humo mientras intentaba mirar sobre
su hombro.
—Vas a estar bien. Te lo juro —mentí—. Pero tienes que moverte.
—¡No voy a lograrlo! —Tuvo que gritar para que la oyera, pero su
derrota se deslizó por mi piel como un adiós susurrado.
Di un gran paso adelante, demasiado enfocado en ella para sentir el
calor chamuscando mi piel.
—¡Sí, lo harás! —declaré—. Mueve tu culo al tejado y estaremos fuera
de aquí a la hora del desayuno.
Su mirada se posó en la mía, las lágrimas forjando senderos en sus
mejillas cubiertas de hollín, su incredulidad obvia incluso a metros de
distancia.
—¿Estás seguro?
Era una pregunta ridícula. No era como si pudiera dar ninguna
garantía. Era fuego, por el amor de Dios. Pero eso no evitó que cubriera
mi corazón con mi palma y prometiera:
—Juro por mi vida que vas a lograr esto.
Su vacilación era evidente, pero con un último sollozo, movió su
pequeño cuerpo más en la estrecha repisa, alcanzando con las puntas de
sus dedos temblorosos el alféizar sobre ella.
—Buena chica —elogié, una fracción de alivio apoderándose de mí.
Y entonces, aspiré un aliento brusco cuando una de sus temblorosas
piernas se deslizó bajo la otra.
—¡No! —grité.
Por instinto, corrí hacia las llamas, mis brazos extendidos en el aire
como si pudiera atraparla.
Un calor abrasador causó ampollas en mi rostro y me obligué a parar,
pero el verdadero dolor estaba en mi corazón. Miré con horror por lo que
se sintió como una vida mientras luchaba para enderezarse, sus delicados
brazos sacudiéndose como una mariposa herida frenéticamente intentando
atrapar el viento.
Pero no había nada que ser encontrado.
Mi corazón se disparó a mi garganta y mi respiración se detuvo en mis
pulmones.
Y entonces, un profundo y gutural sonido me desgarró, haciéndome
añicos de dentro afuera, mientras la miraba caer.
Me desperté en sudor frío. No era exactamente algo nuevo. Había
estado soñando con Butterfly1 durante más de cuatro años. Siempre volaba
directamente en las llamas, gritando mientras me quedaba ahí, incapaz de
salvarla.
Moviendo mis piernas sobre el lado de la cama, sujeté mi cabeza en
mis manos e intenté fingir que estaba bien. Eso tampoco era algo nuevo.
Todavía podía sentir el calor en mi nuca. Mis pulmones todavía estaban
llenos de humo. La presión en mi pecho nunca me dejaba.
La distancia mientras estaba viviendo en Los Ángeles, había ayudado.
Pero en la semana desde que había vuelto a Illinois, había despertado cada
mañana en esa casa ardiendo. Ni siquiera tenía que estar dormido para que
los recuerdos me asaltaran.
Debería haber vuelto a dormir. Era mi primer día en mi nuevo trabajo,
y lo último que necesitaba era aparecer ojeroso y con falta de sueño. Pero,
como había aprendido con los años, otra ardiente mariposa me esperaba al
otro lado de la fase REM. No había manera de que me ofreciera voluntario
para eso.
Me levanté de la cama y me puse una camiseta, preparándome para
dirigirme al gimnasio del hotel con esperanzas de poder huir de la niebla
mental que se había estado cerniendo sobre mí desde que había regresado.
Había una razón por la que había tirado toda mi mierda en mi auto y
conducido tan lejos como pude hace todos esos años.
Aun así, de alguna manera, había vuelto al principio.
Pero había regresado como un hombre diferente.
Al menos, eso es lo que me había dicho mientras el ensordecedor
rugido de la duda me había abrumado en el momento en que había cruzado
el límite del estado.
En cualquier caso, había sido hora de volver a casa.
Había estado lejos demasiado tiempo.
O, como había decidido cuando había pasado la salida hacia Park
County, ni de cerca el tiempo suficiente.
Uno
Rhion
Había pasado la mañana paseándome por mi apartamento.
Con casi trescientos setenta y dos metros cuadrados a mi disposición,
definitivamente había cubierto mis pasos por el día. Pero hacer ejercicio no
era la razón por la que estaba formando un camino en el suelo de caoba.
Estaba atascada y empezando a volverme loca.
Había empezado otro viaje más allá de mi enorme cama cuando me
detuve abruptamente.
—¿Qué demonios? —Exhalé, inclinándome cerca del espejo de
tamaño completo que había terminado comprando hace unas semanas—.
De ninguna jodida manera.
Oh, pero no había forma de negarlo. Ahí estaba, en toda su tiesa y gris
gloria, alzándose recta en la cima de mi cabeza. La maldita cosa tenía que
haber sido de al menos siete centímetros de largo.
—¡Por qué! —grité a mi reflejo.
Tenía otros cuatro años hasta que alcanzara la temida meta de los
treinta. Era entonces cuando las canas tenían permitido aparecer. Ni un
minuto antes. Eligiendo ignorar los cuentos de viejas, arranqué a la bastarda
de mi cabeza. Definitivamente necesitaba llamar a mi estilista para que
viniera a arreglarme. Por encima de las mechas plateadas naturales más
nuevas, el verde azulado de las puntas de mi largo cabello rubio se había
apagado.
Tal vez un cambio me haría bien. Nuevo cabello. Nuevas ideas.
Diablos, a este punto definitivamente no podría doler.
Después de agarrar mi teléfono de mi mesita de noche, me acomodé en
la cama y le escribí un mensaje a mi mejor amiga.
Yo: ¿Qué tal un romance entre hermanastros?
Como era habitual, respondió de inmediato.
Brianna: ¿Eres Penelope Ward?
Yo: Bueno, no.
Brianna: Entonces no.
Gemí y miré al techo. Había estado proponiendo ideas para mi último
libro por lo que se sentía como una eternidad, pero el bloqueo de escritor
era una verdadera perra.
Yo: Te odio.
Brianna: Me quieres. ¿Qué tal hombre/hombre? Nunca has hecho
uno de esos.
Yo: Sí, bueno. Tampoco soy Ella Frank. Así que, ya sabes.
Brianna: Vaya. No me di cuenta de que tenía a la Rhion llorona
esta mañana.
Yo: Ugh. Odio cuando rimas.
Brianna: No, no lo haces, mentirosa Rhion. Lol
Yo: Hilarante.
Brianna: De acuerdo. Así que, en serio. ¿Qué tal un romance entre
hermanastros hombre/hombre?
Yo: Nah. No me gusta el anal. Nunca podría hacerles a dos chicos
justicia.
Brianna: Me consigues una cita con Devon o Johnson y haré toda
la investigación por ti.
Yo: Apuesto a que lo harías.
Brianna: Entonces, ¿qué vas a hacer hoy?
Yo: ¡Voy a escribir todas las palabras!
Brianna: ¿En un libro del que ni siquiera sabes el argumento?
Yo: Sí. Ese.
Brianna: Correcto. Bueno, llámame si necesitas un descanso.
Lancé mi teléfono a la cama y enterré mi rostro en mis manos. ¿Por
qué era escribir tan estresante? Tal vez porque no sabía nada sobre el amor,
considerando que mi único novio serio era un personaje ficticio. Meh.
Detalles menores.
Cuando mi teléfono sonó, lo recogí esperando totalmente que fuera
Brianna con otro intento de argumento mediocre. Sin embargo, mi barbilla
se sacudió hacia el lado cuando vi el nombre de Katie en la pantalla.
Respondí de inmediato.
—¿Está todo bien?
—¿Por qué siempre asumes que algo está mal cuando llamo?
Descrucé mis piernas y me levanté de la cama.
—Oh, no lo sé. Tal vez porque tu madre es el hombre del saco.
—Prefiero la bruja del diablo.
—Eso también. Y además, porque la mayoría de las veces cuando me
llamas es porque algo va mal.
—¡No siempre! —defendió.
Estaba llena de mierda. Katie Spencer me llamaba aproximadamente
tres veces al año. Normalmente una vez por Navidad, cuando su madre, mi
antigua madrastra al estilo Cenicienta, perdía su jodida cabeza sobre no ser
capaz de permitirse sus vacaciones anuales a los Hamptons. Aterrorizaba a
Katie hasta que yo le ofrecía las llaves de la vieja casa de mi padre. Nunca
siquiera había recibido un gracias por mi generosidad. Eso es si no incluías
la plata desaparecida que tenía que reemplazar cada vez que mi madrastra
se iba.
Entonces Katie me llamaba de nuevo cuando su madre enloquecía
sobre la muerte prematura de mi padre y se registraba en un centro de
rehabilitación ridículamente caro (léase: spa), dejando a Katie gorroneando
por una manera de pagar la factura. Aunque lo hacía sabiendo que Katie me
llamaría para cubrirlo. Margaret Spencer era demasiado feliz para permitir a
su hija hacer su trabajo sucio.
A Margaret no le importaba que yo estuviera de luto también. Debía
haberse deslizado de su mente que solo había tenido veintidós años cuando
mi padre había tenido un ataque al corazón en mitad de la cena de
celebración de mi graduación de la universidad. Una cena privada para la
que había alquilado todo un restaurante para la noche. Esta fue también la
cena donde había sido forzada a realizar RCP mientras un guardaespaldas
me alejaba de su cuerpo sin vida para dejar lugar a los paramédicos.
No, en lo que a Margaret respectaba, eso era irrelevante. Había perdido
al amor de su vida. No importaba el hecho de que se hubieran divorciado
casi seis años antes de que él muriera. Lo que realmente había perdido era
su gallina de los huevos de oro. Mientras tanto, fui dejada para llorar al
mejor padre que alguna vez había vivido y el único padre que jamás había
conocido.
Mi padre, siendo un hombre decente y que valoraba su tiempo
demasiado para pasarlo peleando con una mujer por dinero, había
mantenido a Margaret —y por consiguiente a Katie— en el estilo de vida al
que se había acostumbrado durante los tres años enteros que habían estado
casados. Era algo que había hecho por todas sus ex mujeres… las cinco.
Y últimamente, Katie siempre llamaba en marzo, normalmente unas
tres semanas antes de su cumpleaños. Un amigable recordatorio de que
todavía existía. ¿Cómo si no sabría dónde enviar sus regalos?
Debería haberla odiado. Pero no lo hacía. Siempre había querido una
hermana, pero después de morir mi madre, mi padre se había negado a salir
con una mujer con hijos. No me malentiendas. Me había querido y a mi
hermano. Pero no había tenido deseo de criar al hijo de otra persona o tener
más propios. Fue su única regla cuando se trataba de relaciones. Eso es
hasta que apareció Margaret Spencer. Nunca había entendido su atracción
por ella, pero por otro lado, nunca la había cuestionado. Estaba
simplemente tan malditamente emocionada por tener una hermana al fin, la
parte de astra siendo completamente intrascendente por lo que a mí
respectaba.
Y cuando conocí a Katie, me enamoré al instante. No era como su
madre, la malvada bruja. Era dulce, no obstante un poco callada para mi
gusto, pero nos llevábamos bien. Su madre nunca me aprobó, sin embargo.
Jugaba al fútbol y montaba a caballo. En general, cualquier deporte que
incluyera suciedad. Margaret prefería que Katie llevara vestidos de
diseñador mientras se codeaba con la alta sociedad.
Mi padre, sin embargo, alentaba mi creatividad y esfuerzos atléticos.
Una vez se fue de un trato multimillonario porque mi equipo había
avanzado en un torneo de softball. Y más veces de las que podía contar, se
sentó en una silla plegable, vestido de gala, ni a un metro de una pila de
estiércol de caballo. Rodeado por dos guardaespaldas totalmente asqueados,
observaba como un padre orgulloso mientras rodeaba barriles, mi cabello
moviéndose con el viento detrás de mí, una enorme sonrisa en mi rostro.
Eran todos espectáculos locales, pero animaba como si hubiera ganado las
olimpiadas cuando me daban ese lazo rojo. Y, más a menudo que no, era
solo un segundo lugar de seis. No exactamente un gran logro, a menos que
fueras mi padre.
Era la niña de papá hasta el fondo. Y lo extrañaba. A diario.
—Mira, mamá está… —empezó Katie.
Rápidamente la detuve.
—Ya no tengo dinero, Katie. Lo sabes. No he escrito un libro en más
de tres meses.
—Oh, vamos, Rhion. Podrías llamar al señor Higgins.
Podría. Pero prometí que ya no lo haría.
La culpa se filtró en mi estómago mientras susurraba:
—Lo siento, cariño.
—Rhion —rogó—. Su auto… quiero decir, ella…
—No. —Cerré mis ojos, aspiré un doloroso aliento—. Te dije la última
vez que no podía ayudar más. No tengo dinero.
—Eso no es verdad y lo sabes. Podrías fácilmente…
Caí de espaldas sobre la cama y miré al techo.
—¿Es eso para lo que has llamado?
Se quedó en silencio. Podía imaginar sus labios perfectamente pintados
de rojo presionándose con frustración.
—No —masculló.
Sonreí débilmente.
—Bien, entonces, ¿qué hay de nuevo contigo?
—Oh, no mucho. Solo intentando descubrir cómo tratar con mi querida
madre.
Mi sonrisa cayó y cambié el teléfono a mi otra oreja mientras rodaba
de lado. Apoyando mi codo sobre la cama, descansé mi cabeza en mi mano.
—Sabes que ayudaría si pudiera.
Su voz se suavizó, pero sus palabras podrían también haber sido
cuchillas de afeitar.
—Ya no estoy segura de que lo hicieras. Se siente un montón como si
hubieras olvidado a tu familia. Pero a diferencia de ti, Rhion, no tengo la
habilidad de volverle la espalda.
Todo mi cuerpo se sacudió.
—Katie…
—Mira, tengo que irme. Hablaremos pronto.
No logré decir adiós antes de que colgara.
—Mierda —gemí, todo mi cuerpo hundiéndose con derrota.
¿Le había vuelto la espalda a Margaret? La respuesta era
inequívocamente sí. Pero nunca se lo habría hecho a Katie. Le había
enviado cinco mil dólares después de haber terminado mi último libro.
Y el libro antes de ese.
Y el libro antes de ese.
Pero no podía hacerlo para siempre. En algún punto, Margaret tenía
que ponerse sus bragas de chica grande y dejar de depender de mí para
todo. Pero tal vez todo lo que había hecho era transferir ese estrés y
responsabilidad a Katie.
Tenía razón. No podía alejarse. A pesar del hecho de que su madre era
una perra egocéntrica, todavía era su madre. No recordaba mucho de mi
madre, pero incluso si mi padre se hubiese convertido en un lunático
rabioso, no habría habido una cosa que no hubiera hecho por él.
Gimiendo, tomé mi teléfono de la cama y pulsé un número en mi lista
de favoritos.
—Oficina de Peter Higgins —respondió ella.
Una cómoda calidez se apoderó de mí ante el sonido de su nombre.
—Hola, Sandy. Soy Rhion. ¿Está Pete por ahí?
—Oh, hola, cariño. Está con un cliente. ¿Algo en lo que pueda
ayudarte?
Me senté, retorcí mi cabello rubio sobre un hombro e inspeccioné las
puntas. Ausentemente, repliqué:
—¿Hay alguna oportunidad de que puedas transferirle a Margaret diez
mil dólares?
—Mierda. —Exhaló—. Pensé que habíamos terminado con eso.
—Sí, yo también. Pero Katie llamó y… —Mi voz se desvaneció. Ella
sabía el resto.
Sandy Morris había sido la secretaria de mi padre durante veinte años.
Supuse que si realmente lo pensaba, era la cosa más cercana a una figura
materna que me quedaba.
Ahora trabajaba para el antiguo asistente de mi padre, Pete. Mi padre y
Pete habían sido increíblemente cercanos. Y después de morir mi padre, a
menudo había servido como otro miembro improvisado de la familia para
mí. Su papel: tío. Y el mejor maldito tío que una chica podría tener.
La lealtad de Pete no había terminado con mi padre. Había estado
conmigo en las buenas y en las malas. Negándose a irse, incluso cuando
quería que lo hiciera. Se había hecho cargo de las compañías de mi padre
hace unos años. Y, en ese tiempo, las había hecho progresar a todo un nuevo
nivel. Podría haberle aportado los ladrillos al pasarle el imperio familiar,
pero había hecho más que pavimentar su propio camino.
—Aguarda, Rhion. Deja que avise a Pete —dijo Sandy, poniéndome en
espera.
No había escuchado una canción entera de la música de espera antes de
oír su voz al otro lado de la línea.
—¿Qué pasa, niña?
Me senté recta y puse mis piernas debajo de mí para sentarme con las
piernas cruzadas.
—Necesito dinero.
—¿El bloqueo de escritor no cede? —cuestionó. Imaginé su sonrisa
torcida mientras pasaba sus dedos por su perfectamente peinado cabello
entrecano.
—No, no ha cedido. Pero el dinero no es para mí.
Su voz gentil cayó a una de advertencia.
—Rhion.
—Por favor, Pete. No sé qué está sucediendo. Pero sé que Katie está
teniendo un infierno de tiempo tratando con ella ahora mismo.
—Y lo que yo sé es que te está engañando.
Yo también lo sabía.
—Quizás. Pero diez de los grandes podrían realmente hacer que dejara
en paz a Katie por un tiempo. Y entonces, tal vez, podría usar ese tiempo
para hacer entrar en razón a Katie.
—No te quiero en ninguna parte cerca de ella —ordenó.
Lo fulminé con la mirada a través del teléfono.
—Viví con Ursula durante tres años. Creo que puedo manejar una
llamada de teléfono para ver si puedo quitar sus viscosos tentáculos de su
hija.
—Jesucristo, Rhion. Sé que no lo ves, pero te juro que Katie es igual
de tóxica que Margaret. No hay ayuda para ninguna de las dos. Mi
preocupación es que pondrán sus tentáculos sobre ti.
Debería haber estado prestando atención, pero mientras miraba a la
distancia, una idea me golpeó. Un muy jodidamente buena idea además.
Una como no había tenido en meses.
—Tal vez podría recrear viejos cuentos de hadas y convertir a las
villanas en heroínas. Imagina si Maléfica cae por el guapo príncipe. —De
repente, salté de la cama, la inspiración ardiendo a través de mis venas
como una ráfaga de adrenalina—. ¡Oh, Dios mío, Pete! Podría ser una serie
donde redimo lo irredimible. Donde los papeles de lo bueno y lo malo están
invertidos. Mostraré las partes buenas y decentes de los villanos y las partes
rotas y oscuras de los príncipes. —Metí el teléfono entre mi cabeza y mi
hombro y tomé el ordenador de mi mesita de noche. Después de abrirlo,
tecleé a millón de kilómetros por minuto antes de que la idea tuviera la
oportunidad de escapárseme.
Pete rió entre dientes al otro lado de la línea, pero conocía el tema y
esperó a que terminara de teclear.
—Entonces, ¿qué piensas? —pregunté con entusiasmo.
—¿Va a haber sexo en estos?
—Por supuesto. ¿Quién escribe romance sin un poco de sexo?
Su voz fue burlona mientras fingía frustración.
—Solo por una vez, desearía que escribieras algo que pudiera leer.
Me reí.
—¿Qué pasa, Pete? ¿No te gustan las cosas pervertidas?
Gimió.
—No cuando considero a la mujer escribiéndolas una hija.
El sentimiento era mutuo y mi corazón se hinchó en mi pecho.
—Rhion, si quieres diez de los grandes, están en camino. Pero no
quiero saber qué vas a hacer con ellos o, más específicamente, a quién se
los vas a dar. Nunca te diré que no, pero eso no significa que me vaya a
rendir intentando evitar que caigas presa de los juegos de las Spencer. Hay
una razón por la que tu padre se divorció de Margaret. Por favor, recuerda
eso.
—Lo sé. Pero también hubo una razón por la que se casó con ella y se
ocupó de ella durante esos años antes de que lo perdiéramos.
Suspiró en derrota.
—Siempre has tenido un corazón blando.
No se equivocaba.
—Gracias —dije.
—Agradéceme viniendo de visita. Y trae a Johnson.
Ahora, eso me hizo poner los ojos en blanco.
—Johnson preferiría saltar por un balcón que volar a Nueva York y ser
forzado a ir a cenar contigo.
—Piénsalo, ¿de acuerdo? Le debo al hombre un whisky… o, más
probablemente, una destilería.
—Veré qué puedo hacer —mentí.
—Ve qué puedes hacer sobre escribir un libro íntegro también.
Solté una risita.
—Bien, las buenas noticias son que ahora que he tenido esta brillante
idea de redención, no tendré que escribir ese romance entre hermanastros
hombre/hombre que Brianna sugirió esta mañana.
Empezó a toser ruidosamente.
—Jesús, Rhion. Soy un viejo. No me puedes decir cosas así.
Intenté reprimir una risa, pero fallé mientras le ofrecía un poco
entusiasta:
—Lo siento.
—Siempre disfrutaste torturándome. —Lo dijo con seriedad, pero pude
oír la sonrisa en su voz.
Dios, lo extrañaba.
Apreté el teléfono con fuerza como si él pudiera sentirlo.
—Oh, olvidé decírtelo. Voy a hacerme otro tatuaje hoy.
—¿Dónde? Posiblemente no pueden quedarte más de siete centímetros
de piel vacía.
—Te sorprenderé con una foto cuando me lo haga.
—Estaré esperando en ascuas —dijo inexpresivo—. Bien, niña. Tengo
que irme. Te quiero, y mantente segura.
—También te quiero, Pete.
Escuché hasta que colgó y luego no perdí ni un segundo antes de
agarrar mi ordenador portátil.
Tres horas y cinco mil palabras después, llamé y pospuse mi tatuaje.
La tinta podía esperar.
Las palabras no lo harían.
Dos
Jude
—Aquí son las cuatro y media de la mañana, Jude —dijo con voz
somnolienta pero aun así muy maliciosa.
Sentado en el estacionamiento subterráneo de un rascacielos de
Chicago, agarré el volante de mi Jeep hasta que mis nudillos se pusieron
blancos.
—Considérate afortunada. Iba a llamar a las dos y media.
—Bueno, no eres generoso —espetó—. ¿Qué quieres?
—Quiero saber por qué, cuando revisé mis correos de voz esta mañana,
recibí uno de Val diciendo que Kevin se llevó su ordenador anoche.
—Oh, por el amor de Dios, Jude. Ella se metió en problemas por no
hacer sus tareas.
Apreté los dientes y crují mi cuello.
—Lo juro por Dios, April. No me repetiré otra vez. Hacer ejercicio no
es una jodida tarea.
—Lo es cuando estás gordo —respondió.
Dios no me había dado la paciencia para lidiar con su mierda. Entre
mis pesadillas sobre Butterfly y el nuevo trabajo, mi mente estaba
completamente agotada de mierda por la que preocuparse sin añadir a mi ex
esposa.
Esto había estado sucediendo con April y Val desde que tengo
memoria. Pensé que había dejado clara mi postura sobre el tema antes de
irme a Chicago. Al parecer, no lo había hecho.
—¡No está gorda!
—Sí, ella…
Quería que mi corazón desacelerara con la esperanza de que mi presión
arterial no convirtiera mi cabeza en un géiser. Cambiando el teléfono a mi
otra mano, miré alrededor del estacionamiento para asegurarme de que
nadie me estuviera observando.
—Es una niña. No hay nada malo en su aspecto. Necesitas sacar tu
cabeza de tu culo y dejar de tratar de convertirla en una versión socialmente
deformada de perfección. Esa mierda no existe. Y tú y tu horario de
entrenamiento y las dietas de moda están arruinando el tipo de perfección
que ella ya es.
—¿Oh, sí? Es tan perfecta que ya ni siquiera puede comprar ropa en la
sección de niños. ¿Qué sigue? ¿Las tiendas de tallas grandes? A la mierda
eso. ¡Tiene once años!
—Ese es mi punto. ¡Solo tiene once años!
Se rió sardónicamente.
—No estoy teniendo esta conversación contigo. Ella sabe que está
gorda y está avergonzada por eso. No ha usado nada más que pantalones
deportivos y una sudadera con capucha para la escuela en semanas. Es una
niña, no un hombre sin hogar.
—April —gruñí.
—Además, según el cuestionario que encontré en línea, no tiene un
índice de grasa corporal saludable. Tiene perder algo de peso y eso es todo.
—Sabes, April, si pensara que estás haciendo esto porque estás
preocupada por su salud, eso sería una cosa. Pero tu única preocupación es
cómo se ve parada a tu lado. Ahora, corta la mierda. Actúa como una
madre, y, mejor aún, mientras lo haces, mira si puedes interpretar el papel
de ser humano decente también.
Jadeó.
—Eres un imbécil.
Me recliné en mi asiento y me enderecé el abrigo.
—Tal vez lo soy, pero no soy el que jode con la cabeza de una niña
porque tengo miedo de lo que mis amigos dirán sobre ella. Haz que Kevin
devuelva su ordenador. Y quiero decir a primera hora de esta mañana. Si
descubro que esperaste hasta esta noche...
—Vete a la mierda, Jude —espetó—. Es mi hija. Yo decido cuándo
recupera su ordenador. De la misma manera que decido si necesita hacer
ejercicio o no.
—No me hagas volar allí este fin de semana —advertí.
Se rió.
—¿Volar aquí y hacer qué?
Cuando hizo una pausa, contuve el aliento y me preparé, anticipando
su golpe característico.
—¡Ella no es tuya!
—¡Es mía! —rugí.
—No de una manera que cuente —se burló.
—De cada jodida manera que cuenta —corregí con los dientes
apretados.
—Lo que sea. Si has terminado de quejarte, volveré a dormir. Que no
se te olvide de pagar la matrícula de la escuela y veré qué puedo hacer para
no olvidar devolverle su ordenador.
Antes de que pudiera responder, cortó la conexión.
—¡Joder! —Golpeé el talón de mi mano contra el volante—. Joder.
Joder. Joder —maldije al ritmo de mis golpes.
Renuncié al combate de boxeo contra mi volante, apagué el motor y
abrí la puerta.
—¿Treinta minutos antes? —gritó un hombre desde el otro lado del
garaje mientras me enderezaba.
—¿Disculpe? —respondí, revisando sobre mi hombro para ver si
realmente estaba hablando conmigo.
—Vamos, hombre. Vas a hacer que el resto nos veamos mal. —Un tipo
grande con pantalones azul marino y una camisa de vestir blanca y
planchada con las mangas enrolladas hasta los antebrazos, sonrió mientras
caminaba en mi dirección. Tenía el cabello corto, el color oscuro
combinando con su tez oliva. Con las gafas de sol de aviador enganchadas
en la parte delantera de su camisa, parecía el típico guardaespaldas de Los
Ángeles. Alto, bien construido, amenazante si era necesario, pero lo
suficientemente amable para que los clientes se sintieran cómodos.
Pulsó un control remoto sobre su hombro y las luces traseras de un
Acura NSX blanco parpadearon detrás de él. O no trabajaba para Leo James
o le pagaban mucho más que a mí.
Deteniéndose frente a mí, extendió una mano en mi dirección.
—Devon Grant.
Estreché su mano con firmeza.
—Jude Levitt.
Un lado de su boca se alzó en una sonrisa arrogante.
—Eso he oído. Leo nos informó ayer.
Tomé una nota mental para renegociar mi salario más temprano que
tarde.
Al escanear el garaje casi lleno, noté que no podía ser el único al que le
gustaba ser puntual.
—Lo siento, pero probablemente siempre llegue temprano.
Se encogió de hombros y se volvió hacia el ascensor.
—Hombre inteligente. Sin embargo, Johnson se va a quejar. Casi
nunca logra desayunar, y ahora, contigo aquí, ese casi nunca se convertirá
en simplemente nunca.
Caminé detrás de él.
—¿Desayuno?
Se detuvo ante el ascensor y sacó una tarjeta de su billetera antes de
mostrarla frente a un sensor cuadrado ubicado donde normalmente estaría el
botón de arriba. La puerta se abrió de inmediato y ambos entramos.
—Sí. La esposa de Leo prepara el desayuno los lunes para nuestra
sesión informativa semanal —respondió—. Tenemos panecillos y bollitos
para nuestras reuniones de equipo los viernes. De martes a jueves, estás
solo.
Me apoyé contra la pared trasera del ascensor cuando comenzó su
ascenso al cuarto piso.
—Ya comí —dije, tirando de la corbata roja tratando de estrangularme.
La mirada marrón oscuro de Devon se dirigió a la mía, una sonrisa
llena de humor curvando sus labios.
—Puedes perder la corbata. Somos bastante informales por aquí
mientras no estamos de servicio. E incluso entonces, creo que solo he visto
a uno de los muchachos usar corbata. Y era una pajarita, así que estoy
bastante seguro de que esa parodia de tela no cuenta.
—Es bueno saberlo —murmuré.
La puerta se abrió y seguí a Devon a un corredor abierto. El viento frío
nos azotó, volviendo inútil el producto de cincuenta dólares que la chica del
salón tuvo que convencerme para que comprara y los veinte minutos que
pasé tratando de hacer que mi cabello castaño arena pareciera profesional.
Hice lo mejor que pude para meterlo detrás de mis orejas mientras él me
conducía hacia la única puerta en el pasillo.
—Leo te dará tu propia tarjeta de seguridad. Sin embargo, hay un
intercomunicador en el ascensor y en la puerta de entrada, si alguna vez la
olvidas. —Me miró por encima del hombro—. Un consejo. No la olvides.
Lo más probable es que quien esté en la sala de seguridad te deje esperando
como entretenimiento. Y cuanto más frío está o más fuerte está nevando,
más tiempo esperarás. —Una vez más, agitó su tarjeta frente a un sensor al
lado de la puerta y luego la abrió.
Cuando salió el aroma a vainilla y tocino, Devon gruñó su aprobación
y entró, sosteniendo la puerta para que entrara detrás de él.
Dentro, tuve mi primer vistazo de la agencia Guardian Protection.
Estaba muy lejos del estéril entorno empresarial de mi último trabajo. En
realidad, no parecía una oficina en absoluto. Los suelos de madera oscura
cubrían la amplia zona. Ninguna pared dividía las habitaciones, pero se
habían arreglado sofás de cuero, con otomanas de cuero a juego y una gran
pantalla de televisión, para formar una sala de estar. Detrás, una larga mesa
rectangular rodeada de al menos doce sillas servía para crear un comedor. Y
en el extremo derecho, una isla con una encimera de mármol negro y seis
taburetes separaba el comedor de la cocina. Pero no solo la cocina normal
que esperarías encontrar en una sala de descanso de oficina. No era chef,
pero no era necesario un experto para reconocer que los electrodomésticos
de acero inoxidable eran de primera calidad.
—Cierra la puerta. Estás dejando salir el calor... —empezó a decir una
mujer, solo para detenerse cuando sus ojos se posaron en mí. Una gran
sonrisa apareció en su rostro—. Debes ser Jude —dijo, quitándose un
delantal celeste que hacía juego con sus ojos por la cabeza. Se alisó el
cabello largo y rubio y su vestido negro ajustado mientras caminaba en mi
dirección—. Soy Sarah James. La esposa de Leo.
—Jude Levitt. Encantado de conocerte. —Tomé su mano y su
sacudida fue sorprendentemente firme.
—Cristo, eres alto —afirmó.
También era bastante alta, pero midiendo uno noventa y cinco, me
alzaba sobre ella.
—Sí, señora —respondí.
Devon tosió ruidosamente para cubrir una risa inconfundible.
—¿Señora? —preguntó ella con horror.
Lo modifiqué rápidamente.
—Quiero decir... sí.
Me lanzó una sonrisa cegadora y blanca y me dio unas palmaditas en el
pecho.
—Mejor. —Girando, regresó a la cocina—. Déjenme decirles al resto
de los chicos que el desayuno está listo y les traeré un café. —Luego se dio
la vuelta y gritó a una habitación vacía—: ¡El desayuno está listo!
Como si hubiera tocado el cencerro a la hora de comer, los hombres
comenzaron a llegar. Algunos me ofrecieron elevaciones de mentón, otros
me dieron una palmada en la espalda y algunos gruñeron, “¿Qué pasa?”, al
pasar. Parecía que una mesa llena de comida era más interesante que el
chico nuevo.
Devon me empujó en el hombro cuando no me alineé detrás del resto
de los hombres.
—Vamos. Toma un plato. Y deja la mierda de señora. Hazme caso: sus
galletas y salsa son deliciosas.
Me reí entre dientes y, por costumbre, froté mi mano por debajo de mi
cabello y sobre las cicatrices en la parte posterior de mi cabeza.
—Anotado.
—Así que, ¿oí que te mudaste aquí desde Los Ángeles? —preguntó.
Lo seguí hasta el final de la línea de servir recién formada.
—Sí. Estuve en PPS hasta que cerraron el mes pasado.
Afortunadamente, mi nombre pasó a Leo.
—No hubo suerte involucrada. Se dice que eres bueno.
Me encogí de hombros.
Con un pasado como el mío, aprendí a seguir el protocolo. No podía
permitirme tener más metidas de pata persiguiéndome. Apenas sobrevivía
con la que tenía.
Así que, malditamente correcto, era bueno. Sin embargo, también lo
era Leo James. Su agencia era conocida en todo el país por su equipo de
inadaptados y su visión poco convencional de la seguridad personal, lo que
básicamente significaba que hacía mierda por sus clientes y no estaba por
encima de hacer caso omiso de cómo sucedió siempre que, al final,
estuviera hecho. En mi investigación, descubrí que la rotación era
prácticamente inexistente para Leo, y los clientes aguardaban ansiosos en
listas de espera de más de un año para trabajar con su empresa. Fue un
milagro que obtuviera el trabajo.
Cuando Patterson Personal Security cerró, dejó a más de cincuenta de
los mejores de California peleando por un puesto. A pesar del hecho de que
había tenido mucho éxito en mis más de tres años trabajando en seguridad
personal, no había pensado que tendría una maldita oportunidad en el único
puesto de Guardian Protection. Sin embargo, me habían contratado sin una
entrevista. Un día, estaba desempleado; al siguiente, un paquete de nuevo
empleado había aterrizado en mi buzón.
No hace falta decir que había aceptado el trabajo.
—Es correcto —confirmé.
Asintió, recogió dos platos florales y luego me dio uno.
—Te encantará esto. Leo es buena gente. Aunque debería advertirte. La
mierda aquí no es mucho mejor que la mierda en Los Ángeles.
—¿También estuviste allí? —inquirí con curiosidad.
El estremecimiento fue casi imperceptible, pero no fue lo
suficientemente rápido para ocultarlo.
—Sí. Solo un poco de seguridad privada. Nadie especial. De todos
modos... ¿dónde estás viviendo?
Nadie especial mi culo. Por mucho que quisiera presionar, no
necesitaba que nadie me devolviera el favor y se entrometiera en mi pasado.
Avancé en la línea.
—¿Actualmente? Un hotel.
Soltó un silbido bajo.
—Eso tiene que apestar. Avísame si necesitas ayuda para encontrar un
lugar. Estaré encantado de preguntar por ti.
—Eso sería genial. Estoy pagando una pequeña fortuna para mantener
mi mierda en una unidad de almacenamiento.
Se rió entre dientes.
—Odio decírtelo, pero vas a pagar una pequeña fortuna para mantener
tu mierda en tu apartamento cuando encuentres uno aquí.
Suspiré. Por lo que había visto en el mercado hasta ahora, no se
equivocaba.
—¿Tienes familia? —preguntó.
Negué.
—Divorciado.
—Ay. Bueno, uno de un dormitorio no debería ser tan malo.
—Dos dormitorios —corregí.
Arqueó una ceja.
—¿Niños?
¿Cómo respondía a eso? April y yo nunca habíamos tenido hijos.
Gracias a Dios por ese milagro, considerando que comenzó a intentarlo sin
que yo lo supiera antes de casarnos. Pero interpreté un Jerry Maguire2 tan
jodidamente fuerte con esa mujer. Había tenido una hija de ocho años
cuando nos conocimos y, a decir verdad, me enamoré de esa niña mucho
antes de que lo hiciera de su madre. A pesar de que solo estuvimos casados
por dos años, Valerie era prácticamente mía.
—Algo así —murmuré evasivamente.
—Entiendo —susurró Devon, captando la indirecta y dándose la vuelta
para terminar la inquisición.
Cuando llegamos a la comida, tomé lo suficiente para no parecer
grosero y luego me dirigí a los asientos, donde Sarah había colocado dos
tazas de café. Devon se instaló a mi lado con un plato lo suficientemente
alto como para rivalizar con el Everest.
Un fuerte silbido sonó en el frente de la habitación cuando apareció
Leo, sus brazos llenos de carpetas.
—¿Dónde diablos está Johnson? —gruñó, negando y dejando caer la
pila de archivos al final de la mesa—. ¿Alguien puede llamarlo y decirle
que traiga su culo aquí? No tengo todo el día. —Era una orden, pero ni una
sola persona tomó su teléfono.
El paquete de nuevo empleado tenía una lista de al menos treinta
números con instrucciones específicas para programarlos en mi teléfono.
Aidan Johnson era uno que recordaba.
Después de buscar mis contactos, presioné llamar y luego exclamé:
—En ello.
Juro por Dios que escuché una ronda de tenedores golpear sus platos y
todos los ojos se volvieron hacia mí.
—Debes ser Levitt. —Leo sonrió y cruzó sus gruesos brazos sobre su
pecho.
—Sí, señor —respondí, elevándome a toda mi altura, mi teléfono aún
sostenido contra mi oreja.
—Encantado de conocerte finalmente, hijo. Patterson tenía grandes
cosas que decir sobre ti.
El zumbido de un teléfono sin respuesta sonó en mi oído.
—Gracias. Estoy emocionado de estar aquí.
Su sonrisa se desvaneció cuando el zumbido ya no estaba solo en mi
oído, sino detrás de mí.
Como, jodidamente justo detrás de mí.
No tuve tiempo de reaccionar antes de que me arrebatasen el teléfono.
Me di la vuelta y me encontré frente a frente con un hombre que parecía
pertenecer al interior de una celda de la cárcel más de lo que lo hacía
tranquilamente parado en Guardian Protection. Tenía los ojos tan oscuros
que no podía ver las pupilas, y gruesas dilataciones negras estiraban sus
orejas. Cabello corto y oscuro cubría su cráneo tatuado, esos mismos
tatuajes bajando por su cuello y saliendo de la manga de su camiseta negra,
que apenas se estiraba sobre su fuerte pecho. El ogro no me ganaba en
altura, pero no tuve que bajar la mirada para saber que pesaba más.
Si Devon era el típico guardaespaldas, este tipo sería la oveja negra a la
que nunca se le permitía salir de la sala de seguridad.
Pero allí estaba, a centímetros de mi rostro, con oleadas de energía
enojada irradiando de él.
—Johnson, supongo —dije.
No se movió.
Lo miré en blanco.
—¿Así es como vamos a jugar hoy?
—¿Quién está jugando, Ricitos de Oro?
Mantuve mi expresión tensa.
—Correcto. Por el cabello. Jodidamente ingenioso.
Se encogió de hombros y sus labios se separaron en una sonrisa
arrogante.
—Siéntate de una puta vez.
—Dame mi teléfono —exigí.
Se acercó hasta que nuestros pechos chocaron.
—Siéntate. De. Una. Puta. Vez.
—Dame. Mi. Jodido. Teléfono.
Su sonrisa cayó y entrecerró los ojos amenazadoramente.
—Tendrás que extirpar quirúrgicamente este teléfono de tu bazo si no
te callas y te sientas.
¿En serio? ¿Era esta la cafetería de la escuela secundaria?
Mantuve mi expresión estoica y respondí:
—Voy a arriesgarme.
Se rió sin humor.
—Verás, estabas empezando a gustarme por un minuto. Pero ahora me
estás enojando.
Encogí un hombro a medias.
—Suena como un problema personal.
Su mandíbula se apretó.
—Bien. Bueno, ahora también es tu problema —dijo segundos antes de
levantar su mano hacia un lado y dejar caer mi teléfono en mi taza de café.
Y ahí estaba mi respuesta: Sí. Sí, estábamos en la jodida escuela
secundaria.
—¡Jesucristo! —bramó Leo.
No le di a Johnson ninguna reacción. Negándome a alimentar a la
bestia, sostuve su mirada sin pestañear. Tratar con idiotas egoístas era una
gran parte de la descripción de mi trabajo. Y aunque no era un cliente, en el
momento en que crucé esas puertas, oficialmente había estado en turno. Era
un inconveniente y un hecho completamente desafortunado, considerando
mis puños dolían por borrar la sonrisa engreída de su rostro mientras se
alejaba.
Cerrando mis ojos, respiré hondo. Diez minutos y ya estaba
lamentando mi decisión de aceptar ciegamente el trabajo. Ya era bastante
malo estar sin hogar, extrañar a Valerie y funcionar con una semana de
noches de insomnio inducidas por las pesadillas. ¿Ahora tenía que lidiar
con esta mierda también?
Abrí los ojos cuando Leo gritó a nadie en particular:
—¿Alguien puede darle a Jude un teléfono de la empresa? —Luego
apuntó con el dedo a Johnson—. Esa mierda está saliendo de tu cheque.
Johnson se encogió de hombros, sin importarle nada.
—Correcto... probablemente debería haber mencionado en el paquete
de bienvenida que Johnson es un idiota antes del mediodía —murmuró Leo.
Volviendo a sentarme, murmuré:
—Sí. Gracias por el aviso.
—¿Antes del mediodía? —dijo Devon—. ¡No le mientas al hombre!
Siempre es un imbécil.
La sala estalló en carcajadas.
Las cejas de Johnson se arquearon mientras se agarraba la entrepierna.
—Tengo una que puedes chupar3, Devon.
Devon se recostó en su silla y cruzó casualmente las piernas de tobillo
a rodilla.
—Sí me encuentro en la necesidad de un palillo de dientes, serás el
primero en saberlo.
—Oh, Dios, Aidan —gimió Sarah—. Estoy parada aquí.
—Lo siento, cariño —dijo Johnson, apretando su cadera antes de pasar
al buffet casi vacío para llenar un plato.
Leo negó y se pasó una mano exasperada por el cabello negro y
grueso.
—¿Todos sacaron esa mierda de su sistema? ¿Vamos a pretender ser
hombres maduros para que pueda empezar?
Johnson se paseó detrás de mí, usó su tenedor para apuñalar un pedazo
de tocino de mi plato y luego se apoyó contra un hombro junto a la ventana.
—Por supuesto, jefe. Hazlo.
Leo le dirigió un incisivo ceño fruncido.
—Como estaba diciendo. —Bajó la mirada hacia mí—. Bienvenido a
Guardian Protection, Jude.
Tres
Rhion
Había. Vuelto.
Había escrito casi treinta mil palabras en los últimos cuatro días. No
era exactamente un récord para mí. Una vez había escrito todo un libro de
ochenta mil palabras en cuatro días. Además, no había dormido, comido o
duchado, pero en lo que a mí respectaba, era un pequeño precio que pagar
hasta teclear Fin.
Sin embargo, estas nuevas palabras eran más atesoradas que la
mayoría. Porque vinieron después de una sequía de ocho semanas. Para
algunos, unas pocas semanas libres tras terminar un libro eran consideradas
un bien merecido descanso.
Pero escribir era mi trabajo.
Mi manera de ganar dinero.
Mi manera de mantener mi cordura.
Casualmente, también era lo que me volvía loca. Pero eso no venía al
caso.
Escribir era quién era.
Y, para cualquiera, perder tal enorme pieza de sí mismos sería
abrumador.
Para mí, era agonía.
Me daba tiempo para pensar.
Sobre el futuro.
Y peor… sobre el pasado.
Pero gracias al último truco de Margaret, me había encontrado a mí
misma otra vez. Valió la pena cada penique de los diez de los grandes que le
había enviado el martes.
Ahora era viernes, el día de la semana que dejaba todo y hacía un muy
necesitado tiempo para mí. Me obligaría a hacer mi cabello, ponerme
maquillaje, pantalones sin cintura elástica, y unos tacones asombrosos, y
saldría como el infierno de mi apartamento. Y esta mañana, había hecho
eso. Bueno, menos el cabello, ya que había programado una cita para esa
tarde.
Estaba ante el ascensor, haciendo malabarismos con una pila de
pasteles para el desayuno, panecillos y varios recipientes de queso para
untar, cuando la puerta hacia la escalera se cerró de golpe.
Solté un suspiro de alivio mientras sus pesados pasos se aproximaban.
—Una pequeña ayuda aquí —grité.
Y luego todo mi cuerpo se cerró cuando un brazo libre de tatuajes se
estiró hacia mí. Pasó solo el más breve de los segundos antes de que
reconociera su voz. Pero fue más que suficiente tiempo para que mi corazón
se disparara a mi garganta y toda la sangre se drenara de mi rostro.
—Mierda. ¿Estás bien? —inquirió Devon, tomando las cajas de mis
manos.
Mentalmente me reprendí por mi imaginación hiperactiva e hice todo
lo posible por recomponerme.
—Sí. Estoy bien. —Añadí una risa para realmente venderlo.
Me miró con cautela por un momento, pero luego lo dejó ir.
—¿Por qué no haces que nos entreguen esta mierda en lugar de
cargarla desde tu apartamento?
Puse una sonrisa sarcástica.
—Porque entonces todos dejarían de hacerme esa pregunta. Me he
encariñado con ella en los últimos dos años.
Sí, podría haber tenido el desayuno entregado en la puerta de Guardian
Protection. No era como si la panadería me fuera a cargar un extra por la
entrega por ir un piso arriba. Pero si hacía eso, no habría conseguido pasar
la mañana hablando mierda con mis chicos antes de que tuvieran que
dirigirse a sus asignaciones.
Escribir era una carrera solitaria, pero con Guardian tan cerca, nunca
me había sentido sola. Leo y todo el equipo de Guardian me habían
adoptado el día que Johnson me había escoltado por primera vez a través de
las puertas delanteras.
Nunca habían mirado atrás.
Y tampoco yo.
Saqué mi tarjeta de acceso de mi bolsillo trasero y la moví delante del
sensor del ascensor.
—¿Dónde está Johnson?
Devon me miró y sonrió.
—Está ocupado, así que me envió para ayudar a tu terco culo a subir el
desayuno.
—¿Está todo bien?
Su sonrisa burlona se calentó reconfortantemente.
—Tu pequeño novio está bien. Tenemos a un nuevo chico y él y Leo
estaban preparándolo para su primera asignación.
Asentí, poco convencida. Aidan Johnson nunca estaba demasiado
ocupado para mí, incluso cuando lo estaba.
Di un golpecito con la punta de mis tacones de suela roja contra el
zapato de vestir de Devon.
—Podrías no querer dejarle oírte llamarlo mi pequeño novio.
Cuando el ascensor llegó, di un paso dentro, extendiendo mi brazo para
sujetar la puerta para que no se cerrara.
—Pero gracias por la ayuda —dije—. Hay un cruasán especial de
chocolate para ti.
Su boca cayó abierta mientras lentamente volvía su cabeza hacia mí.
—Así que por eso te ayuda cada semana.
Me reí y presioné el botón.
—En realidad, no. Hago ejercicios aeróbicos desnuda los viernes por la
mañana antes del desayuno. Le gusta venir a mirar.
Sus ojos oscuros se ensancharon mientras exhalaba.
—Cállate. ¿En serio?
Negué y me reí más duro.
—No. Es totalmente el cruasán de chocolate.
Me empujó con su hombro.
—Estaba a punto de estar molesto por perderme el espectáculo.
—Deberías estarlo. Soy jodidamente buena en una barra. He ganado el
campeonato de club de striptease de Chicago durante tres años
consecutivos.
La puerta del ascensor se abrió y salí.
Devon no me siguió.
—De ninguna jodida manera.
—No parezcas tan sorprendido. Si no hubiera sido por esa puta
insignificante llenando de aceite el escenario, habrían sido cuatro años
consecutivos.
La conmoción permaneció en su rostro mientras lentamente salía del
ascensor.
—¿Acabas de llamar a alguien puta insignificante?
Asentí y seguí hablando sobre mi hombro mientras caminaba hacia la
puerta.
—Síp. Y no me hagas empezar con el año anterior, cuando me saboteó
poniendo fibra de vidrio en mi purpurina corporal. Me estuvo picando
durante una semana. Lo juro, si no hubiera estado acostándome con tres de
los jueces, no habría tenido una oportunidad en el infierno ese año.
Sonreí para mí cuando sus pasos se detuvieron de golpe.
—Estás jodiendo conmigo —declaró con incredulidad.
—Desearía estarlo. —Pasé mi tarjeta por la puerta y la abrí, una ráfaga
de aire cálido envolviéndome.
Había algo sobre Guardian Protection que aliviaba mi alma en maneras
que no había experimentado desde que mi padre había muerto. Era más que
una simple firma de seguridad. Dentro de ese apartamento-oficina, sentía un
lujo que raramente me había permitido durante los pasados años… absoluta
seguridad. Nadie podía tocarme cuando estaba con mis chicos.
Ni siquiera Apollo.
Devon fue directo a la mesa y dejó la montaña de cajas antes de
volverse hacia mí.
—Es mentira.
—Puedes decir lo que quieras, pero nunca he sido capaz de confiar en
la purpurina de nuevo.
Entrecerró sus ojos y una sonrisa malvada alzó un lado de su boca.
—Verás, por mucho que piense que estás llena de mierda, realmente
estoy disfrutando la idea de Rhion, la stripper.
—Vigila tu jodida boca, Grant. Déjame oírte llamarla stripper otra vez
—dijo una voz arrastrada con acento sureño detrás de mí.
Me volví para encontrar a Alex acercándose. Podría haber usado un
montón de coloridos adjetivos para describir a los hombres de Guardian
Protection. Pero solo había una manera de describir a Alex Pearson: fuerte y
silencioso. Era el señor Todo-Americano. Pulcro. Caballero sureño. Antiguo
jugador de fútbol universitario. Guapo en esa manera de chico de al lado.
Bueno, eso era si vivías al lado de una familia de gigantes. Alex era
jodidamente ENORME. Uno noventa y ocho y, lo juro, casi tan ancho como
alto.
Estiré mi cuello hacia atrás.
—Buenos días a ti también.
Fue directo a la caja de panecillos, metió la mano y sacó tres.
—¿Cómo fue el estudio de la biblia esta mañana?
—¡Estudio de la biblia! —Devon rió, arqueando sus cejas hacia mí—.
¿Esto fue antes o después del espectáculo de striptease?
—¿Quién está haciendo striptease? —inquirió Braydon, pavoneándose
y alcanzando alrededor de Alex para agarrar un bollito de la caja de
pasteles.
Braydon Hughes era el más joven del equipo de Guardian. Era alto y
bien construido, pero mucho más en el lado desgarbado del espectro
comparado con Alex. Mientras que Braydon y yo no éramos
particularmente cercanos, todavía pensaba que era extremadamente
encantador y muy divertido para pasar el rato. Tanto que me las arreglé para
pasar por alto el hecho de que era un mujeriego empedernido. Aunque
probablemente debería haber estado ofendida de que nunca hubiera
coqueteado conmigo. Ni siquiera antes de haber sabido que Johnson le
hubiera arrancado los brazos.
—Nadie —gruñó Alex al mismo tiempo que Devon respondía:
—Rhion.
Braydon sonrió, mostrando su sexy, sexy —querido Dios, merece
repetirse—, sexy hoyuelo.
—¿Qué sucedió? ¿Estás retirándote del negocio de decoración de
pasteles?
—¿Tenemos pastel hoy? —preguntó Lark, levantando la tapa de la
caja. Sus gruesos hombros cayeron cuando encontró lo habitual.
—Lo siento. —Me reí ante su decepción. Al hombre le encantaban sus
dulces—. Cómete un buñuelo de manzana —sugerí.
Jeremy Lark era el hombre de familia en Guardian. Tenía que tener al
menos cuarenta, pero todavía tenía una cabeza llena de grueso cabello
castaño rojizo. Le encantaba presumir sobre ello delante de todos los chicos
que tenían un poquito rala la línea del cabello. Había sentado cabeza tarde
en la vida, diciendo que no había encontrado a la mujer correcta antes. Y,
claramente, todavía no lo había hecho porque, hace seis meses, se había
divorciado. Me hacía una mala persona, pero estaba feliz por las noticias.
Principalmente porque su ex mujer era una perra total. Pero también porque
tenía unas gemelas de tres años que disfrutaba cada dos fines de semana. Y
si Lark era llamado en uno de esos días, dejaría a las niñas conmigo.
Conseguía todo un día de princesas, coletas, comida basura y uñas pintadas.
—Al parecer, Rhion es una stripper. Pero no te preocupes. Se las
arregla para encajar esto entre dirigir un estudio de la biblia y su negocio de
decoración de pasteles —explicó Devon.
Lark ladeó su cabeza y luego preguntó alrededor de un bocado de
buñuelo:
—¿Eso significa que estás renunciando a la tienda de tatuajes?
Me reí mientras todos me miraban fijamente. Estaban completamente
perplejos, pero no lo bastante desconcertados para dejar de meter comida en
sus bocas.
Me volví para hacer mi escape.
—Correcto. Bueno, debería probablemente decirle a Johnson que el
desayuno está aquí.
Devon atrapó mi brazo.
—No hasta que me recompenses por mi caballerosidad en la manera de
un cruasán de chocolate.
—No te atrevas a darle a ese imbécil mi cruasán —gruñó Johnson
mientras rodeaba la esquina.
Me giré para mirarlo, mi sonrisa creciendo cuando posé mis ojos en él.
Aidan Johnson era ardiente de la manera más poco convencional posible.
Podía no parecerse al príncipe encantador sobre el que soñaban las chicas,
pero nunca ni una vez había entrado en una habitación sin volver la cabeza
de cada mujer allí. Seguro como el infierno había vuelto la mía el día que
había aparecido ante mi puerta, presentándose al servicio.
—Lo siento. Un trato es un trato. —Hice un espectáculo de levantar el
dulce en el aire como una joya preciosa y luego presentárselo a Devon con
una inclinación mientras susurraba—: Aquel que me ayude recibirá el
codiciado cruasán de chocolate.
Devon no perdió ni un segundo antes de dar un gran bocado y
mostrarle a Johnson una sonrisa de boca cerrada masticando.
Solté una risita mientras Johnson nos fruncía el ceño, pero su mano
cayó a mi espalda baja cuando se inclinó para agarrar un panecillo.
—¿Dónde te has estado escondiendo? —inquirió—. Estaba a punto de
derribar tu puerta. En serio, necesitamos hablar.
Moví mi mirada por la habitación y luego susurré:
—He estado… trabajando.
Una chispa de entendimiento apareció en sus ojos.
—¿Oh, sí?
Asentí con entusiasmo.
Su rostro duro se suavizó y una sonrisa que me calentó de dentro
afuera curvó sus labios.
—Al fin. —Levantó el panecillo a su boca y lo apretó entre sus dientes
mientras volvía por dos bollitos.
—¿Alguna oportunidad de que puedas iluminarnos sobre cuál es
exactamente ese trabajo? —inquirió Braydon.
Johnson quitó el panecillo de su boca y replicó:
—Pirata informático.
—Y una mierda —gimió Devon.
Lark, Braydon y Alex murmuraron un sentimiento similar.
Los ignoré. Inclinando mi cabeza hacia atrás para captar la atención de
Johnson, pregunté:
—¿Todo bien esta mañana?
Dejó de masticar y arqueó una gruesa ceja negra.
—¿Por qué preguntas?
—Porque Devon se está comiendo actualmente tu petición especial de
cruasán de chocolate por primera vez en dos años.
Puso los bollitos en una servilleta y dobló los bordes para poder
llevarlos en una mano.
—He estado ayudando a Leo a preparar al nuevo chico. Hablando de lo
cual, tengo que irme. —Empezó a retroceder—. Oye, estoy en casa este fin
de semana. Tú y yo necesitamos hablar. ¿Quieres ir por un trago esta
noche?
—Suena como un plan —respondió Devon.
—Estoy libre —añadió Braydon.
Alex suspiró.
—De acuerdo. Si todo el mundo va, me apunto.
Johnson los fulminó con la mirada.
—Estaba hablando con Rhion.
—Saben, podría conseguir una niñera. Tal vez salir después de que las
niñas se vayan a la cama —anunció Lark, ignorando a Johnson.
—¡Noche de chicos! —exclamé antes de volver mis mejores ojos de
cierva hacia Johnson—. ¡Y yo!
Podía decir que Johnson no era exactamente la persona más sociable.
Las actividades en grupo estaban tan altas en su lista de deseos como un
examen anal sin anestesia.
Sin embargo, sabía que había estado luchando recientemente y carecía
de la habilidad para decirme que no.
Levantó sus ojos al techo, murmurando:
—Por toda la mierda. Sí. Bien. Lo que sea. —Movió la mano con los
bollitos en el aire y señaló a los chicos—. Resuelve los detalles con estos
imbéciles y házmelo saber.
Sonreí en victoria.
—Gracias, dulzura.
—No me agradezcas aún. Invitas a la primera ronda.
Asentí, como un millón de veces.
—Puedo hacer eso.
Negando, se volvió y empezó a salir de la habitación, gritando sobre su
hombro:
—No te olvides de recoger tu cheque del matadero.
Mis labios se estiraron tan ampliamente que temí que mi sonrisa se
tragara mi rostro.
Los chicos estallaron en una sinfonía de disgusto e incredulidad.
—¡Gracias por el recordatorio! Ten un buen día y mantente a salvo.
Recuerda mirar a ambos lados antes de cruzar la calle, y no hables con
desconocidos.
Ofreció un saludo militar con su panecillo antes de desaparecer por la
puerta.
Cuatro
Jude
Observé desde el asiento del pasajero mientras Leo se desplazaba por
su teléfono, parando de vez en cuando para escribir un mensaje. El motor
del Escalade negro estaba en marcha, pero ni siquiera lo había puesto en
reversa en los más de quince minutos que llevábamos sentados ahí.
Y eso no incluía los veinte minutos que había estado esperando en el
estacionamiento antes de que bajara.
—¿Algo en lo que pueda ayudar? —pregunté.
Mantuvo los ojos en su teléfono.
—Nah. Solo estoy matando el tiempo respondiendo algunos correos.
¿Matando el tiempo? Se suponía que íbamos de camino a mi primera
misión. No era mucho. Uno de los hijos de un cliente importante de Leo
tenía su fiesta de decimosexto cumpleaños y había sido escogido para el
puesto de élite de seguridad. Solo podía imaginar que eso significaba
asegurarse de que los nerds no se colaran, los góticos no fueran demasiado
góticos, y que ninguno de los aspirantes a la alta sociedad adulterara el
ponche. Pero, después de la semana que había tenido, me habría tropezado
con mi propia polla al correr para ofrecerme para el trabajo solo para salir
de esa oficina abandonada por Dios.
—Entendido —respondí, frotando mis palmas sobre mis pantalones y
volviendo a mirar las grietas en la pared de cemento del estacionamiento.
Era oficial. Odiaba este trabajo. Y, para empeorar las cosas, todavía no
había encontrado un apartamento que no fuera un antro en mi rango de
precios. Uno pensaría que, viniendo de Los Ángeles, estaría acostumbrado a
que me robaran con el alquiler. Oh, pero Chicago era un tipo diferente de
criminal. Incluso un lugar en los suburbios era una locura.
A medida que pasaban los días, me arrepentía más y más de la decisión
de volver a Illinois. No podía dormir. Mi Butterfly me había perseguido
más en la última semana que en años. Cada vez que cerraba los ojos, la veía
caer. Y gracias al truco de Johnson con mi teléfono, al principio ni siquiera
podía llamar a Valerie, la única que sabía de las pesadillas. Por suerte, a
mediados de semana había podido conseguir un nuevo teléfono personal y
recuperar su número usando el vudú digital conocido como La Nube.
Hablar con ella ayudó en algunos aspectos, pero en otros, lo empeoró.
Nunca debería haberla dejado en Los Ángeles.
Justo cuando decidí enviarle un mensaje, Leo captó mi atención.
—Finalmente —murmuró, dejando caer su teléfono en el portavasos y
luego dando marcha atrás con la camioneta.
Gracias. Joder, pensé. Bueno, eso fue hasta que vi un par de
dilataciones negras en el espejo lateral.
—Tomen —dijo Johnson, subiendo al asiento trasero y luego metiendo
un puño lleno de bollitos entre los dos asientos delanteros.
Oh, diablos, no. Esto no está jodidamente sucediendo.
Leo tomó uno con entusiasmo.
Pero negué.
—Gracias, pero estoy bien.
—Toma el maldito bollito —presionó Johnson.
Apoyando mi mano en el asiento del conductor de Leo, me di la vuelta,
dándole a Johnson toda mi atención.
—Dije que estoy bien.
Ladeó la cabeza, su dura mandíbula se convirtió en granito.
—¿Tienes algún jodido problema, Levitt?
Lo tenía. Joder si lo tenía.
Johnson me había estado molestando desde nuestro encuentro del
lunes. Aunque no era como si nunca antes hubiera trabajado con un imbécil.
Demonios, en Los Ángeles había más imbéciles de los que no. Me convertí
en un experto en ignorar la mierda de la oficina. Sin embargo, ni siquiera yo
era lo suficientemente hábil para ignorar al jefe.
Síp. Mi jefe. Esa era mi suerte de mierda.
Resultó que Aidan Johnson no solo era el mejor amigo de Leo, sino
también su número dos en Guardian Protection. Por lo que había
averiguado, Leo se encargaba de los clientes mientras que Johnson dirigía a
los hombres.
No hace falta decir que esto hacía exponencialmente más fácil que
jodiera conmigo.
El martes me presenté a las siete menos cuarto solo para darme cuenta
de que nunca me habían dado una tarjeta de seguridad. Me quedé en el
garaje una hora entera, pulsando el timbre del ascensor en vano, antes de
que uno de los otros tipos apareciera. Un hecho curioso que tampoco me
habían dicho: el trabajo empezaba a las ocho. Las siete son solo los lunes
para la reunión semanal. Cuando finalmente entré por la puerta principal,
eran aproximadamente dos minutos después de las ocho, y Johnson me
regañó por llegar tarde el segundo día.
Me negué a irme ese día sin una tarjeta para el ascensor y la puerta
principal. Convenientemente, Johnson se quedó encerrado en su oficina
toda la tarde. Eran las siete de la tarde antes de que juntara su mierda y me
diera una.
No debería haberme sorprendido cuando me presenté el miércoles y la
maldita cosa no funcionó. Sin embargo, de alguna manera, todavía lo
estaba. Cuando finalmente entré por la puerta principal, sesenta segundos
antes de que el reloj marcara las ocho, me informaron de que los papeles de
mi contrato habían sido extraviados. Me senté en la oficina de Leo durante
dos malditas horas, llenando un segundo conjunto. Apenas llegué a la
última página, Johnson entró con una carpeta en la mano, diciendo que los
había encontrado. Claro, esto podría haber sido un error administrativo,
pero el guiño que Johnson me lanzó cuando me hizo saber que había
reorganizado a los chicos para cubrir mi asignación del día, mi primera
asignación, dijo lo contrario. Sin embargo, todo salió bien. Al menos según
él, porque tuve que pasar el resto del día en su oficina, viendo cintas VHS
reales sobre el acoso sexual y la profesionalidad.
Luego, el jueves, mi nueva tarjeta de acceso funcionó milagrosamente
después de llegar a las seis y media para asegurarme de entrar a tiempo.
Cuando llegó bien pasadas las nueve, me hizo saber que se había "olvidado"
de decirme que iba a entrenar en la sala de seguridad esa noche, a las once.
Así que, básicamente, había llegado temprano sin otra razón más que para
que me jodiera. Me fui felizmente a casa y luego me arrastré de nuevo hasta
allí a las once, solo para descubrir que había personal a tiempo completo en
la sala de seguridad y que a los tipos que trabajaban en el terreno, como yo,
apenas se les permitía poner un pie allí, mucho menos "entrenar" en cómo
trabajar con el equipo.
Así que, sí, cuando me presenté esta mañana, estaba exhausto y harto
de sus tonterías. Y, jefe o no, ya había terminado de soportarlo.
Sosteniendo su mirada, me enojé.
—Lo siento. Me perdí la página del manual del empleado donde no
comer un jodido bollito era un problema.
Me miró impasible mientras decía:
—Página doce. Párrafo tres.
Rechiné los dientes.
—¿Sabes qué? Jódete.
—Jesucristo, ¿qué demonios pasa con ustedes dos? —intervino Leo—.
Es un maldito bollito, no arsénico. Me lo comeré.
—¿Por qué estás aquí? —pregunté.
Se encogió de hombros.
—Asegurándome de que no jodas esto.
Mi sangre hirvió.
—Es una fiesta de cumpleaños para niños. Estoy relativamente seguro
de que puedo manejarlo.
Sonrió con arrogancia.
—Verás, no estoy seguro de estar de acuerdo.
—¿Cuál es tu puto problema conmigo? —Mantuve mi mirada fija en
Johnson pero dirigí mis palabras a Leo—. Sin faltar al respeto, Leo.
Agradezco la oportunidad. Pero he terminado con los juegos. ¿Quieres ir y
presentarme a tu cliente? Genial. —Moví mi barbilla hacia Johnson—. Pero
no necesito una niñera. O necesitas hablar con tu compañero aquí o tendré
que buscar empleo en otra parte.
Johnson aplaudió.
—Una idea jodidamente fantástica.
—Alto. Alto. Alto —dijo Leo, deteniendo la camioneta—. ¿Qué
demonios está pasando aquí?
Johnson abrió la boca, pero hablé primero:
—En resumen, o renuncio o echas a este pedazo de mierda del auto.
La cabeza de Leo se volvió bruscamente, una sonrisa impresionada en
sus labios.
—Oh, ¿en serio?
Abrí la puerta y le devolví la mirada.
—En serio. Quería estar aquí. Trabajar para los mejores… con los
mejores. Pero he estado aquí una semana y, con la excepción de tener que
reemplazar mi teléfono, pasar una tarde entera viendo malos videos de
acoso sexual de los ochenta, y que me engañen con mi horario, no he hecho
ni una sola cosa productiva. Agradezco la oportunidad. Lo hago. Pero si así
es como operas, tal vez no sea una buena opción para Guardian.
Leo parpadeó durante varios segundos. Luego, usando su pulgar e
índice, se limpió las comisuras de su boca antes de levantar su mirada al
espejo retrovisor.
—¿Videos de acoso sexual?
Johnson sonrió con suficiencia.
—Los encontré en Ebay. Baratos como la mierda. Aunque el envío
nocturno fue una mierda. La parte más difícil fue encontrar un reproductor
de video. Esa maldita cosa me costó una jodida fortuna. —Su sonrisa se
desvaneció cuando se recostó en el asiento y se cruzó de brazos—. Además,
creo que sería bueno que todos los chicos los vieran.
Este. Hijo. De. Puta.
Leo continuó mirándolo en el espejo.
—La única empleada que tenemos es mi esposa. Si alguien la acosa
sexualmente, terminan sin trabajo y, probablemente, sin vida. Creo que
estamos a salvo.
—Nunca se puede estar demasiado seguro —replicó Johnson
sarcásticamente.
Leo entrecerró los ojos sobre su amigo.
—¿Vas a decirme de qué se trata realmente?
—No —respondió bruscamente.
—Correcto. —Leo puso la camioneta en reversa—. Cierra la puerta,
hijo.
Negué.
—No voy a hacer esto.
—Sí, lo harás. —Puso su brazo alrededor del respaldo de mi asiento y
se inclinó para mirar por el cristal trasero mientras salía del
estacionamiento.
Apenas logré cerrar la puerta antes de que arrancara el espejo lateral
del BMW de Braydon estacionado a nuestro lado. (Definitivamente
necesitaba pedir ese aumento).
—Joder, hombre —gruñí.
—Así que esto es lo que va a pasar. Ustedes dos van a arreglar esta
mierda.
—Yo... —empecé, pero hasta ahí llegué.
—Conozco a Johnson desde hace muchos años. Puede ser un bastardo
malhumorado, pero no hay nadie en mi oficina que se lo pensaría dos veces
antes de recibir una bala por él. —Mantuvo su mirada dirigida al parabrisas
mientras se metía en el tráfico—. ¿Sabes por qué es eso, Levitt?
¿Porque aparentemente Guardian Protection es el único lugar donde
los enfermos mentales pueden encontrar empleo?
No esperó a que respondiera.
—Porque saben que recibiría una bala por ellos. Sin preguntas.
Casi se me salieron los ojos del rostro cuando Johnson extendió la
mano y le dio una palmadita en el hombro a Leo.
Ser un policía de centro comercial nunca había sonado más atractivo
que en ese momento. Y si dejaba este trabajo, eso podría ser exactamente lo
que tendría que hacer por un tiempo. Dudaba que eso se aproximara a
cubrir mis cuentas mensuales. Pero, por otra parte, no tendría que pagar un
abogado para defenderme de los cargos de agresión.
—Es una gran noticia —exclamé—. Pero eso no cambia el hecho de
que no soy uno de esos hombres. Agradezco la oportunidad de trabajar para
ustedes, pero esta mierda infantil no es para lo que firmé.
—Tienes razón —respondió inmediatamente—. Por eso Johnson
trabajará en Indianápolis las próximas semanas mientras te instalas.
—¡Qué mierda has dicho! —bramó Johnson.
Leo encontró una vez más sus ojos en el espejo retrovisor.
—Sí, jodidamente lo digo.
Mi mirada sorprendida saltó a Leo. Puta. Mierda. ¿Acababa de
favorecerme?
No paró de hablar con Johnson.
—Si tienes una razón para odiarlo, probablemente sea una buena. Sin
embargo, el hecho de que no estés dispuesto a compartir esta información
significa que sabes muy bien que no es suficiente para que lo despida. Así
que repito: trabajarás con Slate y Erica en Indy hasta que puedas dejarlo ir.
Tengo un negocio que dirigir, y aguantar tu mierda no está en el
presupuesto. Resuélvelo. Haz tu maldito trabajo. Y deja de joder a Levitt
mientras hace el suyo. ¿Sí?
La victoria cantó en mis venas, y el hecho de que todavía viniera con
un cheque de pago lo hizo aún más dulce.
Sorprendentemente, Johnson no dijo nada más.
Sin embargo, se echó a reír, aumentando mis sospechas sobre el estado
mental del personal de Guardian.
Esas sospechas se confirmaron cuando Leo se unió a él.
¿En qué demonios me he metido?
***
En el momento en que llegamos al hotel donde se celebraba la fiesta,
Johnson desapareció por el vestíbulo. No fingí que me importara. Sin
embargo, vigilé a mis seis hasta que estuve seguro de que estaba fuera de la
zona.
Leo pasó la mañana presentándome a su cliente, un jugador de
baloncesto profesional sin ningún concepto de la realidad. No era mi trabajo
juzgarlo, o habría estado en la línea de desempleo hace años. Era mi
responsabilidad averiguar los detalles de lo que necesitaba y luego poner
manos a la obra para satisfacer esas necesidades.
Esta noche, esas necesidades eran hacer guardia en la puerta para
asegurar que nadie entrara o saliera sin permiso.
En los últimos años, había tomado un cuchillo en el estómago por un
cliente, había detenido a un acosador, había parado un allanamiento de
morada, y un sinfín de otros deberes admirables.
Y ahora...
Era un portero glorificado en una fiesta de dulces dieciséis.
Y pensar que en realidad creí que esta posición podría haber sido un
paso adelante en mi carrera.
A medida que pasaba la noche, estaba claro que mi trabajo era también
ser el único adulto responsable en toda la jodida fiesta mientras los demás
se reunían alrededor de la barra libre. Para cuando todo estuvo dicho y
hecho, había interrumpido cuatro peleas diferentes —solo tres de ellas
habían sido entre niños—, y echado a dos niños por fumar y a innumerables
niños por beber. Para colmo, en dos ocasiones distintas tuve el repugnante
placer de encontrarme con una pareja teniendo sexo en el baño. Una pareja
era demasiado joven, la otra demasiado jodidamente vieja. Pasé de sentirme
un pedófilo a un necrófilo en el lapso de una hora.
La fiesta había empezado a las seis y se suponía que iba a durar toda la
noche, pero poco después de las ocho, el hotel la canceló. Cuando salí y
llamé un taxi, juré que, a primera hora de la mañana, iba a programar una
vasectomía.
Revisé mi teléfono de camino al hotel y encontré algunos mensajes
nuevos que no había visto durante el día.
Uno de mi madre, que me preguntaba por mis planes para Acción de
Gracias. Considerando que era septiembre, el único plan que tenía era
comer pavo y ver fútbol.
El siguiente era de mi ex esposa, April. No me molesté en leer ese.
Salté al siguiente.
Valerie: Ten cuidado en el nuevo trabajo esta noche. Te quiero y te
echo de menos.
Resoplé. Si ella supiera el nivel de peligro al que me enfrentaba. Solo
eran las seis en Los Ángeles. Estaría en el entrenamiento de softball. Sonreí
para mí mientras escribía.
Yo: También te quiero, preciosa. Te llamaré en un rato. Y no te
preocupes. Te veré en unas semanas.
Hice una nota mental para hablar con Leo —no Johnson—, sobre lo
que podría esperar de mi agenda en las próximas semanas. Tal vez podría
ofrecerme como voluntario para trabajar algunas noches y tener un fin de
semana de cuatro días para visitarla.
Me desplacé hasta el último mensaje.
Devon: Bebidas en Murphy's. Trae tu culo aquí cuando termines.
Me gustaba Devon. Era la única persona que tenía remotamente
parecida a un amigo en Chicago. Y había sido capaz de ayudarme a
encontrar un apartamento. No podía mudarme por unas semanas, y tenía la
intención de pedirle que me ayudara cuando lo hiciera. Lo menos que podía
hacer era invitarle a un trago primero.
Yo: En camino. ¿Dónde mierda está Murphy's?
Devon: Bar al otro lado de la calle de la oficina.
Ahora, eso era conveniente.
Cinco
Rhion
Esta fue una idea terrible. Una verdadera jodida calamidad.
—¿Puedo traerte una bebida? —inquirió el camarero mientras miraba
nerviosamente mi teléfono.
Johnson llegaba tarde. Debería haber estado allí antes de que yo
entrara.
Mis pulmones ardían más con cada respiración que no estaba tomando.
Alcé la mirada y plasmé algo que esperaba se pareciera a una sonrisa.
—Eres nuevo.
Un destello demasiado familiar iluminó sus ojos.
—Lo soy. ¿Vienes aquí a menudo?
—El hecho de que supiera que eras nuevo debería ser suficiente
respuesta —bromeé en un esfuerzo por frenar mi corazón acelerado.
No funcionó. Un escalofrío me recorrió la espalda mientras
inspeccionaba frenéticamente el bar.
Oh, Dios. No puedo respirar
—Touché —respondió, pero apenas lo escuché por la sangre
retumbando en mis oídos.
Debería irme.
Estará aquí en cualquier momento.
Tengo que irme.
Querría que esperara.
Oh, Dios. ¿Dónde está?
—Yo... eh. —Mi garganta se cerró, pero seguí adelante—. Tomaré una
cerveza. Cualquier artesanal que tengas de barril.
En lugar de ir por mi cerveza, me lanzó una sonrisa coqueta y apoyó su
cadera en la barra.
—Una chica tras mi corazón.
Permanecí en silencio y me concentré en la intensa necesidad de
despegarme de mi propia piel. Cuando no pudo captar la indirecta no tan
sutil, chillé:
—¿Hay alguna posibilidad de que pueda tener la cerveza sin tu
corazón?
—Y es divertida —murmuró, su sonrisa creciendo.
Un hombre con cabello rubio blanco me llamó la atención al otro lado
de la barra. Me puse de pie de un salto y alcancé mi bolso y mi suéter en el
respaldo de mi silla.
Nop. Nop. Nop.
No puedo hacer esto.
La voz de Johnson retumbó detrás de mí al mismo tiempo que su gran
palma aterrizaba en mi espalda.
—Así es ella —le dijo al camarero.
Agarré su antebrazo, clavando mis uñas en su carne mientras reprimía
un sollozo aliviado. Mis hombros cayeron y el enorme peso sobre mi pecho
desapareció, permitiendo que el aire glorioso y rancio del bar llenara mis
pulmones.
—Lo siento, llego tarde. —Me besó la frente.
Giré la cabeza y limpié una lágrima de alivio que había logrado
escapar.
—Lo hiciste bien —susurró.
Lo miré.
—¿Me estabas observando?
Sonrió y metió mi cabello detrás de mi oreja.
—Desde que te bajaste del ascensor.
Solté un aliento irregular y grité y reí a partes iguales:
—¡Eres un imbécil!
—Tal vez. Pero lo hiciste bien —repitió antes de colocar su gran
cuerpo en el taburete a mi lado—. Voy a tomar lo que sea que ella tome —
le dijo al camarero.
El chico permaneció congelado, dirigiendo una mirada sorprendida
entre nosotros. Era la reacción típica al conocer a Johnson. Era un poco
aterrador a primera vista.
Finalmente se alejó, murmurando:
—Enseguida.
Respiré profundamente e hice todo lo posible por tragarme la ansiedad
persistente. Opté por una broma, pero todavía salió temblorosa.
—Pedí un cosmo.
Johnson a sabiendas torció los labios.
—Mierda.
Me reí, lo que hizo maravillas para ayudar a que mi corazón volviera a
un ritmo que no fuera de maratón. Tanto es así que, cuando Johnson me
sonrió, pude devolverlo genuinamente.
Por el rabillo del ojo, vi a Devon dirigiéndose hacia nosotros.
—Bonito cabello —dijo al acercarse.
Mis puntas verde azuladas de esta mañana se habían transformado en
rojo gracias a una visita muy necesaria de mi estilista.
—Gracias, Devon. —Alcé la mano sobre mi hombro y palmeé su
pecho.
Silbó hacia el otro lado de la barra y luego cerró la boca cuando el
camarero se volvió para mirarlo.
—Mierda. Eres nuevo.
—Así me lo han dicho —respondió el camarero.
—Bueno, mientras que lo sepas —bromeó Devon, sentándose en el
taburete del otro lado—. Voy a tomar lo que sea que ella tome.
Mantuve mi rostro ilegible mientras mentía:
—Pedí un Appletini.
—Sí. Correcto. —Puso un cuenco de cacahuetes frente a él y miró la
televisión—. ¿Algún juego esta noche?
Me encogí de hombros y giré a tiempo para ver a Lark y Alex riéndose
mientras entraban.
—Rojo. Me gusta —dijo Alex en voz baja, tirando de las puntas de mi
cabello.
—Gracias. —Me reí, apartando sus manos.
Lark se quitó el abrigo y luego lo colgó sobre un taburete antes de
gritar:
—Tendremos dos más de lo que sea que ella tome. Pero trae el mío con
un chupito de tequila.
Puse los ojos en blanco.
—Ordené un Sexo en la playa. Con dos sombrillas rosas.
Alex gruñó algo que obviamente se traducía como mentira.
Lark me ignoró por completo.
—Un día lo voy a hacer. Y luego tomaré fotos de ustedes bebiéndolos
y las pasaré por la oficina.
Era una mentira. Nunca ordenaría esa mierda afrutada. Era una chica
cervecera de principio a fin. Era lo que más me gustaba de Murphy’s,
bueno, eso y el hecho de que estaba literalmente al otro lado de la calle de
mi apartamento. Cada semana, ofrecían una nueva cerveza artesanal.
Algunas eran increíbles. Algunas eran una mierda absoluta. Pero adoraba
probarlas todas.
El camarero apareció con nuestras cervezas, y las bajé hasta que todos
tomaron una.
Me estaba volviendo para chocar la mía con la de Johnson cuando
Devon me detuvo.
—Espera. Espera. Espera. Tengo un brindis. —Sonrió ampliamente y
levantó su cerveza en el aire—. ¡Por mal humor de Johnson que fue enviado
a Indy por dos semanas!
—Salud, salud —dijeron los chicos.
Pero mi boca se secó mientras inclinaba mi cabeza en su dirección.
—¿Te vas? ¿Por dos semanas?
Devon siguió hablando, pero Johnson le lanzó una mirada asesina que
lo hizo callar.
Cuando su mirada volvió a la mía, su rostro se suavizó y su voz salió
en un suave susurro.
—No dos semanas completas...
—¿Por qué? Pensé... —Me detuve, la ansiedad subiendo por mi
garganta.
Odiaba cuando se iba. Estaba fuera de la ciudad casi todos los fines de
semana, trabajando en Indy para algún boxeador del campeonato. Me había
adaptado a eso pasando mis fines de semana encerrada en el apartamento.
¿Pero dos semanas completas? Sentí el color drenarse de mi rostro.
—Respira —insistió—. Son solo un par de días. Volveré el miércoles.
Me dolía el estómago mientras sostenía su mirada oscura con ojos
suplicantes.
—¿Un par de días?
Se encogió, pero rápidamente añadió:
—De vuelta el miércoles.
Era una promesa. Y sabía que la cumpliría, pero eso no cambió la
culpa que se acumulaba en mi estómago.
—Lo siento. —Respiré—. Lo estoy intentando…
Negó y chocó su cerveza con la mía.
—Lo sé. Y lo hiciste bien. Vamos a tomar nuestras cervezas y nos
preocuparemos por el resto más tarde.
Debería decirse que, por malhumorado y gruñón y temperamental que
fuera Johnson, debajo de todo eso también era un gran tipo.
Sonreí débilmente y sostuve su mirada mientras los dos nos
llevábamos las bebidas a los labios.
Y luego me eché a reír cuando la escupió a través de la barra.
—¡Qué mierda! —gruñó, secándose la boca con la manga—. ¿Tiene
sabor a uva?
Me reí tanto que casi me caí del taburete.
Era seguro decir que la cerveza artesanal esa noche era una mierda
absoluta.
Sin embargo, mientras veía a los muchachos reírse y a Johnson golpear
su puño sobre la barra y espetarle al camarero por una ronda de Buds,
decidí que era exactamente lo que necesitaba.
Respiré profundamente y llené mis pulmones con los breves momentos
de mi vida que no me abrumaban. Johnson tenía razón. Podía lidiar con el
resto más tarde.
Solo que cuando me volví hacia un lado para robar uno de los
cacahuetes de Devon, me di cuenta de que más tarde no era una medida de
tiempo. No era más que una palabra lanzada para calmarte con una falsa
sensación de seguridad. El pasado siempre tenía una forma de alcanzar el
presente.
Y cuando me encontré con su ardiente mirada verde, supe que más
tarde me había encontrado.
—¿Butterfly? —susurró.
Seis
Jude
El tiempo redujo la velocidad en el momento en que nuestras miradas
se encontraron.
Ella no se movió. Ni siquiera un centímetro.
Pero yo tampoco.
Parpadeo.
Un millón de palabras flotaban en el aire a nuestro alrededor, pero ni
una sola sílaba salió de nuestras bocas.
Era diferente de lo que recordaba.
Y no porque cuando entré por primera vez su cabeza hubiera estado
echada hacia atrás riendo en lugar de bajada mientras las lágrimas caían por
su barbilla.
Parpadeo.
Y no porque estuviera sentada en un taburete, bebiendo una cerveza, en
lugar de estar sentada en la estrecha repisa de una casa en llamas.
Parpadeo.
Y no porque su cabello fuera rubio con acentos rojos, ni una pizca de
hollín negro manchándolo.
Parpadeo.
Y no porque sus brazos no estuvieran extendidos a sus costados en una
cama de hospital, llenos de quemaduras de tercer grado, sino cubiertos por
mangas de tatuajes de colores brillantes.
Parpadeo.
No. Se veía diferente porque, por primera vez desde que la conocí esa
noche cuatro años antes, estaba viva y no luchaba por sobrevivir.
Sus labios se tensaron incómodamente cuando se levantó de su
taburete y dio un paso hacia mí.
Creo que se hablaron palabras a nuestro alrededor. Sin embargo,
mientras me enfocaba en su boca, no escuché nada más que la facilidad con
la que respiraba.
Sin tos. Sin asfixia.
Solo…
Respiración.
Parpadeo.
Y luego, con un destello de su mirada sobre mi hombro, esa luz
vibrante que bailaba en sus ojos azul pálido explotó en un millón de
sombras de oscuridad.
Parpadeo.
—No. —Exhaló, tropezando hacia atrás con su taburete, volcándolo.
Miré instintivamente sobre mi hombro, pero no vi a nadie notable.
Johnson se levantó a su lado, su mano yendo hacia su bíceps.
Parpadeo.
Y luego, de repente, el tiempo recuperó su ritmo normal. El bar detonó
en una ráfaga de actividad.
—¡No te atrevas! —gritó Devon a alguien.
—Hijo de puta —maldijo Alex.
—¡Rhion! —gritó Johnson mientras ella corría hacia la entrada.
Quería abrir mis brazos. Para finalmente atraparla.
Pero, como en el pasado, me quedé inmóvil mientras la veía volar.
El hombro de Johnson se estrelló contra el mío mientras corría tras
ella, Alex a solo pasos detrás de él. Devon, sin embargo, cargó hacia el otro
lado del bar, empujando a los clientes fuera de su camino.
Meneé la cabeza y me volví a tiempo para verla desaparecer por la
puerta.
Parpadeé de nuevo, y al igual que la primera vez que nos conocimos,
ella se había ido.
Un parpadeo fue todo lo que me tomó perderla.
—Rhion —susurré, frotando mi mano sobre las cicatrices en la parte
posterior de mi cabeza como si pudiera borrar los recuerdos.
—¡Oh, joder! —espetó Lark, pasando sobre un taburete y varias
personas mientras corría afuera.
Lo seguí con la mirada, y en el momento en que la vi, mi garganta se
cerró con fuerza. No entra aire. No sale aire. Solo una bala de pánico
rebotando en mi pecho hueco.
—No. —Respiré, corriendo hacia la puerta de cristal del bar, rezando
para que mis ojos me estuvieran engañando.
Pero no lo hacían. Reconocería a esa mujer en cualquier lugar, pero
especialmente en el medio de la concurrida calle de cuatro carriles de
Chicago con autos pasando a su alrededor.
La adrenalina explotó en mis venas, viajando directamente a mis
piernas. Salí por la puerta antes de darme cuenta de que mis pies se movían.
—¡Rhion! —bramó Johnson, golpeando sus puños contra el capó de un
automóvil que casi lo había arrollado.
Alex estaba haciendo todo lo posible para detener el tráfico, pero
estaban volando a su alrededor, convirtiendo esa calle en un juego real de
Frogger.
El rugido de la sangre retumbó en mis oídos cuando salí corriendo
hacia el tráfico, zigzagueando entre los autos mientras me dirigía hacia ella.
Estaba actuando por puro instinto, incapaz de procesar el hecho de que
realmente estuviera allí.
Mucho menos que corriera el riesgo de perderla.
Otra vez.
Sus movimientos eran frenéticos mientras se alejaba corriendo, pero su
cabeza no se balanceaba de lado a lado con precaución o respeto por los
autos que se aproximaban. Llegar al otro lado de esa calle lo más rápido
posible era su única preocupación.
Mientras tanto, llegar a ella era la mía.
La gente gritaba. Los cláxones sonaban a todo volumen. Los frenos
chirriaban.
Pero sus pies seguían moviéndose.
Por lo tanto, también los míos.
Mi mente luchaba por permanecer en el presente, pero cuanto más me
acercaba, ya no veía a una mujer en medio del tráfico. Veía una mariposa
herida con llamas cerrándose a su alrededor. La bilis se me subió a la
garganta mientras aspiraba el aire fresco de la noche. Solo que era humo lo
que llenaba mis pulmones, un dolor punzante que se formó en la parte
posterior de mi cuello y una ráfaga de calor que amenazaba con llevarme al
suelo.
Y entonces, un sonido profundo y gutural me desgarró, destrozándome
de dentro afuera mientras la veía caer. De nuevo.
—¡No! —grité cuando golpeó el pavimento.
Los autos pisaron los frenos y se desviaron hacia la acera para tratar de
evitarla. En ese momento, ansiaba la cámara lenta de cuando nuestras
miradas se habían encontrado porque todo sucedía tan rápido que apenas
podía mantenerla en mi punto de mira.
Avancé hacia ella, pero nunca la alcanzaría a tiempo. Un hecho que
ardía tan profundamente que sentía que mi alma había sido sumergida en
ácido.
Le había fallado.
De nuevo.
Johnson, sin embargo, no lo hizo.
De un solo movimiento, enganchó su brazo alrededor de su cintura y la
levantó del suelo, sus coloridas alas colgando a sus costados mientras la
sostenía contra su pecho, sus aterrorizados ojos azules encontraron los
míos. Su mano temblorosa se extendió hacia mí y sus labios se movieron
articulando de mi nombre. La idea de que me necesitara mientras me
encontraba a unos metros de distancia me atravesó como una cuchilla
oxidada.
Con tres largas zancadas, él la llevó a la acera.
A la seguridad.
Era más de lo que había podido hacer por ella.
El sentimiento de culpa tan familiar rodó en mi estómago.
Johnson la llevó hacia la puerta principal del edificio de Guardian
Protection, y eso debería haber sido el final. Era hora de que me fuera. Y no
solo de regreso al hotel que se había convertido en mi hogar improvisado
durante la última semana. Era hora de irse para siempre.
Quizás regresar a Los Ángeles.
Quizás Nueva York.
Tal vez algún lugar completamente fuera de la red hasta que pudiera
arreglar mi mierda.
Cualquiera de esas opciones habría sido una buena decisión.
Pero ninguna de ellas me la habría dado, incluso si no era mía. No
tenía lugar en su presente, a pesar de las quemaduras en la parte posterior de
mi cabeza y mi cuello que la hacían parte del mío para siempre.
Pero había pasado cuatro años ignorando la inmensa necesidad de
llegar a ella. Para ver cómo estaba. Para asegurarme de que su respiración
había empezado a llegar fácilmente y sus lágrimas finalmente se habían
secado.
Mi mente me gritó que la dejara ir y le ahorrara el viaje por el camino
de los recuerdos que parecía que estaba tratando tan desesperadamente de
evitar. Pero parecía que mis piernas no escuchaban a la lógica más que mi
corazón, porque incluso cuando la indecisión se agitaba dentro de mí, corrí
directamente hacia las puertas, mi corazón golpeando en mis costillas con
cada paso.
Vi las puntas rojas de su cabello cuando las puertas del ascensor
comenzaron a cerrarse. Ignorando el lado decente y racional de mi mente,
empujé una mano entre las puertas y deslicé mi gran cuerpo dentro.
Una inexplicable sensación de alivio me invadió mientras observaba su
cuerpo ileso. No importaba que estuviera acurrucada al lado de Johnson o
murmurando repetidamente que quería irse a casa.
Ella estaba ahí.
Mi atención se dirigió a Johnson cuando apretó su brazo alrededor de
su cintura y la acercó más a su pecho. Fue un movimiento intencionado,
uno de posesión que resonó fuerte y claro a través del ascensor. Pero no
estaba allí para alejarla de él. En realidad, no sabía por qué estaba allí.
Mientras sostenía mi mirada, me preparé para una discusión. Aunque
no sabía lo que podría haber dicho. A pesar de lo que me decía a mí mismo,
no conocía a la mujer que se aferraba a su pecho.
Jesús, ¿qué demonios estoy haciendo?
Abrí la boca, pero Johnson negó y se llevó un dedo a los labios. Estaba
enojado, eso estaba claro. Pero había algo más en sus ojos. ¿Compasión?
¿Comprensión? ¿Tolerancia?
Cuando el ascensor se detuvo en el tercer piso, la guió. La confusión
arrugó mi frente. Guardian estaba en el cuarto piso. Sin embargo, tan pronto
como sus pies llegaron al umbral del ascensor, salió corriendo a toda
velocidad, sin desacelerar mientras agitaba una tarjeta de seguridad frente a
su puerta y la cruzaba. Cuando la puerta se cerró de golpe detrás de ella, me
pasé una mano por el cabello y me di la vuelta para ver a Johnson
frunciéndome el ceño desde afuera del ascensor.
—Tienes que irte —dijo con naturalidad.
No podía decir que no estuviera de acuerdo con él, pero todavía había
una parte de mí que ansiaba seguirla.
—¿Qué demonios pasó allí? —pregunté.
Se apartó de la pared y se dirigió hacia la puerta.
—Ve a casa, Levitt.
Estiré el brazo y lo agarré.
—Necesitas hablar conmigo. La conozco… quiero decir, la conocí.
Cuando era policía…
—Sé todo sobre el incendio. —Miró mi mano en su bíceps y la apartó
—. También sé que no necesita verte ahora.
Di otro paso hacia él.
—Bien. Pero eso no explica por qué salió corriendo al tráfico para
alejarse de mí. Es… —Miré sobre su hombro hacia su puerta—. ¿Se
encuentra bien?
Continuó mirándome, sin revelar nada en su reacción. En un gruñido
bajo, preguntó:
—¿Te parece que está bien?
Lo había parecido. Se había visto más que bien. Despreocupada y
radiante, incluso. Pero todo eso se había fragmentado en un millón de
pedazos rotos cuando aparecí.
Fui yo. No fue a propósito. No tenía ni idea de que se hallaría en ese
bar. Pero, en ese momento, sabía que estaba al otro lado de la puerta. Y si la
perseguía como deseaba, ese dolor en sus ojos se convertiría en mío.
Le había hecho lo suficiente a esa mujer sin agregar este egoísmo a la
lista.
Me froté la nuca con cicatrices y bajé los ojos al suelo.
—Dile que lo siento.
No respondió. Tampoco se movió cuando retrocedí en el ascensor.
Cuando comencé a buscar en mis bolsillos mi tarjeta de seguridad, se
deslizó frente a mí. El respeto ardió en sus ojos mientras agitaba su tarjeta
frente al sensor y luego golpeaba el botón del garaje.
Lentamente, saliendo del ascensor, dijo:
—Ella también diría que lo lamenta.
Mi barbilla se movió a un lado. No lo había dicho con malicia, pero
igual me hirió de todos modos. No merecía ninguna disculpa.
Especialmente no de ella.
Johnson sostuvo mi mirada hasta que la puerta se cerró.
Completamente entumecido, bajé en el ascensor hasta el garaje.
No volví a mi habitación de hotel. O al bar.
Hice lo único que no había hecho en años.
Después de tomar una botella de Jack y cometer un delito menor de
intrusión, miré las estrellas sobre el estacionamiento vacío en la finca Park
Hill mientras trataba de averiguar dónde había salido todo mal.
Siete
Rhion
No sentí como si me estuviese moviendo, pero de algún modo, sabía
que me estaba cayendo. El mundo se convirtió en un borrón mientras el
terror se desvanecía en aceptación.
Iba a morir.
Mi única esperanza era que ese mar de llamas terminase con mi vida
de veintidós años. Cada recuerdo que había hecho, cada respiración que
había tomado, cada sueño que había tenido para el futuro; todo no se
convertiría en más que gasolina para alimentar el incendio rojo y danzante.
Y entonces, cuando finalmente fuese sofocado, toda mi existencia se
terminaría con él.
En esos segundos, mientras descendía a mi muerte, el miedo subsistía
y me volví muy consciente de lo que me rodeaba. Una brisa fría me recorrió
la piel a pesar del insoportable calor rodeándome. Y como si alguien
hubiese partido la nube de humo, revelando un claro cielo nocturno. Miré
las estrellas absorta, preguntándome si esta era la forma de mi padre de
hacerme saber que estaba ahí conmigo. Había muerto hace seis semanas.
Tal vez había vuelto por mí. Con ese pensamiento, una calma se apoderó de
mí.
Ya nada se sentía real.
No hubo más gritos de ayuda.
No más súplicas a Dios que quedarían sin respuesta.
Aun así, mientras cada terminación nerviosa de mi cuerpo explotaba
de dolor, escuché a alguien gritando. Unos gritos masculinos llegaron a mí
de un modo que me dejó incapaz de centrarme en la insoportable agonía
inundando mi sistema. La conmoción hacía cosas extrañas a una persona,
porque era muy consciente de que estaba ardiendo, pero mientras mis
pulmones ardían con una simple respiración, mi corazón anhelaba
tranquilizar el sufrimiento del hombre.
Y entonces morí. O eso asumí mientras el mundo a mi alrededor se
quedaba en silencio y la luz brillante enfrentaba la absoluta oscuridad. Era
completamente hermoso en el sentido de que no había nada.
Ni dolor.
Ni miedo.
Ni pesar.
El final.
Hasta que su fuerte mano aterrizó en la mía, sacándome de las garras
de la muerte.
—¡Agárrate! —ordenó, sacándome de las llamas.
Luché a través del insoportable dolor para encontrar el camino de
vuelta a la consciencia, su voz siendo mi única guía.
—Quédate conmigo —exclamó mientras sentía que me quitaban la
camiseta frenéticamente por la cabeza.
Esas dos palabras fueron todo lo que necesité para que el terror se
apoderase de nuevo de mí.
La esperanza era divertida. Sin ella, aceptar lo inevitable era un
proceso simple. Pero cuando se presentó con el hilo más fino al que
aferrarse, mi cuerpo luchó en respuesta poniéndose a toda marcha.
Jadeé mientras me sentaba derecha, mis manos volando a los costados
mientras la adrenalina llenaba mis venas. Un ahogado “Oh, Dios” salió de
mi garganta mientras me agitaba y me esforzaba por ayudarle a quitarme
la camiseta. Pasó las manos por mi dolorida piel, apagando las llamas
antes de bajarme los pantalones por las piernas.
Luché por un jadeo de aire, pero el pánico había paralizado mis
pulmones.
—Shhh. Cálmate. Los paramédicos están en camino —aseguró,
arrodillándose junto a mi cabeza y apartándome el cabello del rostro—. Se
acabó.
Pero no había acabado. Y si el agonizante dolor devorando mis brazos
y pecho era un indicativo, nunca lo haría.
Miré sus ojos verdes oscuros mientras los pasaba por mi cuerpo
desnudo.
—Mierda. —Exhaló—. Estás bien. —La mentira se mostró en su rostro
sombrío.
Pero estaba viva.
—Tú… me salvaste —chillé, las lágrimas deslizándose de mis ojos.
Apretó los labios y negó.
—Tienes que seguir respirando.
El fuego rugía detrás de él, iluminándolo desde atrás. Parecía un
ángel. Su rostro estaba en sombras, pero nunca olvidaría una simple curva
de mismo. Desde los duros ángulos de su mandíbula a las delicadas
pestañas oscuras que rodeaban sus ojos… lo grabé todo en la memoria.
Era hermoso y por los más breves segundos mientras me miraba, el hollín
manchando su precioso rostro, temí haberlo imaginado.
Cuando había estado colgando de la ventana parecía haber aparecido
de la nada. ¿Y si mi mente llena de pánico lo imaginó de algún modo? ¿Y si
no era más que una última alucinación de mi subconsciente mientras
buscaba cualquier forma posible de evitar aceptar lo inevitable?
—Oh, Dios, ¿eres real? —gimoteé, mi cuerpo temblando por el miedo
a la verdad.
Frunció el ceño.
—Soy real —juró antes de tomar una respiración entrecortada—.
Simplemente no sé si tú lo eres, Butterfly.
Un sollozo se quedó atrapado en mi garganta.
—Por favor, no desaparezcas.
Dejó salir un suspiro.
—Lo mismo digo. Permanece conmigo. Y me quedaré contigo.
El sonido de las sirenas resonó en la distancia, pero por lo que se
sintió como un millón de años, nunca apartó su mirada de la mía.
Lloré.
Tranquilizó mi alma sin realmente tocarme.
Me retorcí de agonía.
Susurró promesas sobre que ya casi se había terminado.
Recé por la muerte.
Se negó a dejarme ir.
Era lo único que me mantenía viva.
Y luego, segundos después, fue literalmente lo único que me mantuvo
viva.
El suelo retumbó debajo de mí mientras un crujido ensordecedor llegó
desde interior de la casa.
Miró sobre su hombro.
—Joder —maldijo, abriendo los ojos de par en par con horror.
El miedo me recorrió, momentáneamente apartando el dolor al fondo.
No tuve la oportunidad de ver qué estaba sucediendo antes de que me
tomara en sus brazos. Se me revolvió el estómago y dejé salir un grito
estrangulado de la garganta mientras me alzaba.
No había logrado levantarme del suelo del todo antes de que volviese
a dejarme. El dolor explotó en mi interior cuando el gran peso de su cuerpo
aterrizó sobre mí.
—¡Oh, Dios! —grité, nublándoseme la visión.
El retumbar se volvió más fuerte.
—Agárrate —ordenó, sujetándome la nuca y colocándome el rostro en
el cuello.
Mi mente giró, entrando y saliendo de la agradecida oscuridad. A
través del humo persistente en su piel, atrapé un indicio de su colonia y por
razones que nunca entendería, aligeró el pánico creciente en mi interior.
Era real.
Estaba aquí.
Salvándome.
Pero mientras la casa se desplomaba, enviando una pared de ladrillo
cayendo en nuestra dirección, temí que uno de nosotros fuese a desaparecer
y, lo peor de todo, temí que fuese él.

—¡Jude! —dije jadeante mientras abría los ojos. Las luces de la


bulliciosa cuidad debajo iluminaban mi habitación de lo contrario a oscuras.
Estaba en casa.
No en el incendio.
Sacudí la cabeza, intentando soltarme del agarre que mis recuerdos
tenían sobre mí.
Había un par de ojos verdes que no podía alejar. No eran un recuerdo,
al menos no uno viejo.
Había estado ahí. En el bar. Su cabello había sido más largo y su piel
ahora tenía un bronceado dorado, pero todavía era él, tan hermoso y fuerte
como había recordado.
Pero ese era exactamente el problema. No pertenecía a ese bar.
Jude Levitt era solo real en mis sueños.
Un rayo de luz del pasillo apareció cuando se abrió la puerta.
—¿Jude? —llamé, yendo al borde de la cama, la esperanza creciendo
en mí.
—Soy yo, Rhion —contestó Johnson amablemente, su larga silueta
llenando la puerta mientras la abría de par en par.
Hundí los hombros con decepción, solo para tensarme cuando el
recuerdo me golpeó.
—Apollo —dije entrecortadamente, hundiéndome en la cama—.
También estaba ahí.
—Lo sé. Lo vi.
La ansiedad se elevó en mi pecho.
—Él… nunca se acercó tanto.
—Y no lo hará de nuevo —declaró terminantemente.
Si sabía algo sobre Aidan Johnson era que se aseguraría de eso o
moriría en el intento. Habíamos crecido juntos. Bueno, más bien, yo había
crecido. Johnson había tenido veinticinco años y ya era un hombre cuando
había comenzado a trabajar para mi padre. Nunca olvidaría el día que vi al
nuevo guardaespaldas alto, oscuro y misterioso de mi padre. Para una chica
de dieciséis años, Johnson era de lo que estaban hechas las fantasías; y,
chico, soñaba con él. En realidad, todo mi equipo de softball y yo
soñábamos con él. Aunque mientras me hacía mayor, nuestra relación se
convirtió en otra cosa. Eso siendo que él era el único hombre en la tierra en
el que confiaba completamente.
Bajé la cabeza y me froté las sienes mientras la noche se filtraba a
través de mi mente. Había creído que mi corazón explotaría en el momento
que había escuchado a Jude llamarme Butterfly. Se me erizó la piel y un
escalofrío me recorrió la espalda.
Pero fue la mirada azul hielo que combinaba con la mía lo que me
había hecho huir.
¿Por qué, de todas las noches, mi hermano había elegido esa para hacer
un acercamiento?
El único hombre con el que había soñado al fin había aparecido y
Apollo lo había arruinado como si hubiese sabido cuánto daño me haría. Y,
seamos honestos, era Apollo, podía hacerlo. Destruirme era la misión de su
vida.
—No puede hacerte daño, Rhion.
Era algo que Johnson decía mucho. Tenía cicatrices que decían otra
cosa.
—No quiero hablar de él. —Nunca lo hacía. No podía olvidar a
Apollo, pero eso no significaba que tuviese que ser el tema de
conversación.
Suspiró y entró en la habitación. La cama se hundió cuando se sentó a
mi lado.
—No voy a llenarte la cabeza de tonterías. Definitivamente podrías
haber actuado mejor esta noche. Tenías a cuatro hombres rodeándote.
Apollo podría haber traído un ejército y aun así no habría sido capaz de
tocarte. —Chocó su hombro contra el mío—. Pero llegaremos ahí.
Gemí, luego repetí sarcásticamente:
—Sí. Llegaremos ahí.
—Lo haremos —prometió.
Le ofrecí una tensa sonrisa, luego me tumbé de espaldas en la cama.
—¿Qué estaba haciendo Jude allí?
Tumbó su gran cuerpo a mi lado.
—Es el nuevo chico de Leo.
Me quedé boquiabierta mientras lentamente giraba la cabeza para
enfrentarlo.
—De ningún modo.
Se rió entre dientes y dobló los brazos tras su cabeza.
—Iba a advertirte esta noche. Te lo habría dicho antes, pero estabas
encerrada en tu caverna escribiendo.
Me giré de costado y me apoyé sobre un codo.
—Aprecio que respetes mi privacidad cuando estoy trabajando, pero
podrías haberme interrumpido para esa clase de noticias.
Apretó los labios mientras luchaba con una sonrisa.
—Sí, bueno. Estaba esperando que hubiésemos estado juntos el tiempo
suficiente para poder decírtelo.
Conocía esa sonrisa muy bien.
Arqueando una ceja, acusé:
—¿Qué hiciste?
Se rió y se sentó.
—Digamos que no acosará sexualmente a nadie pronto.
No estaba muy segura de a qué se refería, pero las posibilidades eran
que con Johnson no quería saberlo. Y realmente no debería haber querido
saberlo cuando se refería a Jude Levitt.
Excepto que lo hacía.
Quería saberlo todo sobre ese hombre. No había habido un día en
cuatro años que no hubiese pensado en él.
Había sido el profundo timbre de la voz de Jude recordándome que
casi se había terminado lo que había retumbado en mis oídos cuando había
llorado mientras las enfermeras me cambiaban las vendas. Puede que
hubiera sido lo único que me había hecho superar esas primeras semanas.
Había sido el recuerdo de sus calmantes ojos verdes en lo que me había
centrado mientras otro agonizante trozo de piel tomaba el lento camino de
curarse. Y con el otro veintisiete por ciento de mi piel cubierto de
quemaduras, era seguro decir que pasaba mucho tiempo con los ojos de
Jude esos primeros meses.
Cada vez que me ponía la ropa compresora, imaginaba que eran sus
brazos sosteniéndome apretadamente. Y durante casi veintitrés horas cada
día durante un año, fingí que Jude me sostenía a salvo en sus brazos.
Y cuando estuvo todo dicho y hecho, densas cicatrices cubriéndome
los brazos, fueron sus palabras de seguridad las que me evitaron caer en una
espiral de profunda depresión.
Jude Levitt era la razón por la que había tomado un bolígrafo y había
comenzado a escribir.
Por él, no había tenido que vivir en un cuento de hadas para saber que
los héroes eran reales.
Me estremecí y me mordí el labio inferior, reuniendo todo el coraje que
pude para hacer la única pregunta que no estaba segura de que fuera a
sobrevivir a la respuesta.
—¿Me odia?
Johnson puso la mano en mi espalda y me preparé para su respuesta.
—En absoluto —aseguró.
Clavé mi mirada esperanzada en la suya para encontrarlo
observándome con ese mismo entendimiento amable que nos había unido
desde el principio.
Me tembló la barbilla.
—¿Estás seguro?
—Positivo. Nos siguió, diciendo que lo sentía. Tuve que apartarlo de la
puerta.
La culpa se juntó en mi estómago.
—Lo perdió todo por mi culpa, Johnson.
Apretó los labios.
—Jude perdió todo por Jude. No tomes esa responsabilidad.
Pero lo hacía. Durante cuatro años. Era lo único que había evitado que
me pusiera en contacto con él tras haber salido del hospital.
Y, esta noche, cuando repentinamente había reaparecido en mi vida,
huí.
Alcé las manos para taparme el rostro.
—Oh, Dios. Va a pensar que estoy loca.
Johnson apartó los dedos de mis ojos y declaró:
—Si cree que estás loca, lo mataré.
No creía que pudiese cometer un verdadero asesinato por mí. Aunque
no iba a darle la oportunidad cuando se refería a Jude.
—Por favor, no —supliqué.
Negó y se levantó de la cama.
—No voy a matar al tipo. Al menos, no de momento. Pero necesito
saber cómo quieres manejar esto.
—Bueno… —comencé, sentándome y destapando mi rostro—.
Primero, me gustaría una segunda oportunidad en el bar. Tal vez una donde
el sociópata de mi hermano no aparezca y yo no termine avergonzándome.
Tal vez, esta vez, pueda hacer algo inteligente como saludar a Jude. O,
demonios, ni siquiera tengo que hablar. ¿Qué tal un saludo con la mano?
Eso todavía se considera educado, ¿cierto?
Sonrió.
—Malas noticias. Por lo último que escuché, Doc estaba fuera
intentando encontrar a Marty. Vamos a tener que esperar unos cuantos años
para el DeLorean.
Cerré los ojos y agaché la cabeza.
—Esas son noticias desafortunadas para mí.
Me dio una palmadita con su gran mano en la parte trasera de mi
cabeza.
—No fue tan malo. Levitt olvidará todo por la mañana.
—Menudo mentiroso.
—Sí, pero también estoy preocupado.
—Quiero verle, Aidan —confesé.
Volvió a sentarse junto a mí en la cama, su mano en mi rodilla, donde
me dio un apretón alentador.
—Lo sé. Pero creo que necesitas darle un poco de tiempo. Tengo que ir
a Indy por unos días. ¿Y si vuelvo el lunes por la noche? Podemos ir todos a
cenar. Estaré ahí si las cosas se ponen difíciles. Me avisas y nos vamos.
—¿Crees que Apollo va a intentar acercarse?
—No —declaró firmemente—. Creo que va a estar bien. Pero si, y solo
si, aparece y pierdes los nervios, voy a estar ahí para asegurarme de que
llegas a casa a salvo.
Apoyé la cabeza en su hombro.
—Jude me salvó la vida. Apuesto a que puede hacer que llegue a casa a
salvo.
Tensó todo su cuerpo y eché la cabeza hacia atrás en cuestión, solo que
apartó la mirada antes de que pudiese leer su expresión.
—Te estoy pidiendo que le des un par de días —comentó—. Piensa en
ello. Prepárate para ello. Y luego déjame estar ahí solo por si acaso. Jude
parecía verdaderamente arrepentido esta noche. Pero he visto a este tipo en
acción. No confío en él. No contigo.
—Yo confío en él —susurré.
Gimió.
—Y ese es el problema, Rhion. No lo conoces.
Cerré los ojos para evitar mostrar el dolor.
No estaba equivocado. No conocía a Jude.
Pero en mi corazón lo hacía.
—Unos días, cariño —insistió.
Podía hacer eso por Johnson. Él había hecho mucho por mí.
—De acuerdo —cedí—. Pero no voy a pagarte horas extra por
protegerme cuando vayamos a cenar.
Gruñó.
—Cómprame un filete, estaremos en paz.
—Cristo, ¿un filete? ¡No puedo afrontar eso! —bromeé. Aunque había
intentado ser un poco ahorradora últimamente—. Tal vez deberíamos seguir
adelante y casarnos. Mi factura mensual de Guardian está afectando a mi
monedero.
Se rió fuertemente, una gran sonrisa mostrándose en su boca.
—¿Te creció otra extremidad desde la última vez que tuvimos esta
conversación?
—¡Oye, de hecho, sé que al menos te acostaste con una mujer!
Arqueó una ceja de forma incrédula.
—Lo sabes de hecho, ¿eh?
Tosí.
—No creo que haya otra razón para que cierta rubia casi derribase mi
puerta el año pasado. Podría estar equivocada, pero normalmente las
mujeres se reservan “jodida zorra” para la gente con la que asumen que se
está acostando su hombre.
Apenas había terminado de hablar cuando sus ojos se oscurecieron y su
sonrisa se convirtió en una mueca enfadada.
Oh-oh. Tal vez sacar a colación a Como Se Llamase no fue la mejor
idea.
Si realmente me hubiera tomado mi tiempo para pensar en ello, habría
recordado que sacar el tema de Como Se Llamase era mala idea.
Decidí seguir adelante y, con suerte, olvidaría que la había
mencionado.
—No es como si fuésemos a acostarnos, de todos modos. Dada tu
afinidad por los hombres musculosos, no creo que pudiese hacer mucho por
ti en ese departamento. Pero podrías mudarte a la habitación libre y
podríamos traer chicos en medio de la noche.
Me miró fijamente.
Continué:
—O… mujeres. Si eso es lo que te apetece este mes.
Gimió y se apretó el puente de la nariz.
—¿Realmente vamos a hablar de eso ahora?
—Solo estoy diciendo… desde que Chris y tú rompieron…
Dejó salir un suspiro de sufrimiento.
—Las mujeres siempre son lo mío, Rhion. Solo mientras haya otro
hombre al otro lado de ella.
Me quedé boquiabierta.
—¿Ambos… al mismo tiempo?
Se encogió de hombros como si le hubiese preguntado si le gustaba el
kétchup.
Bueno, eso explicaba mucho sobre Johnson.
Hice una mueca.
—De acuerdo, ya veo, estoy abierta a la comunicación en nuestro
matrimonio, pero no necesitaba saber eso. Tal vez las hazañas sexuales
podrían ser una parte cerrada en nuestra relación. Podría hacer todo un
contrato.
Puso los ojos en blanco.
—Sería más fácil si te adoptase.
Jadeé y le lancé una amplia sonrisa.
—¿Dónde firmo, papi?
Negó, pero lo hizo mientras se reía entre dientes y se levantaba de la
cama.
—Necesito ir a casa y empacar.
—Ves, si fuese tu hija simplemente podrías entrar en la habitación al
final del pasillo.
Se dirigió a la puerta, gritando:
—Si fueses mi hija, no volverías a ver a Jude jamás.
De repente, me congelé y me quedé sin respiración.
Se giró para enfrentarme, una sonrisa triste curvando un lado de su
boca.
—Olvidas que cometí el grave error de leer algunos de tus libros.
Una gran vergüenza me traspasó mientras bajaba la mirada al suelo y
susurré:
—Son ficción, Aidan.
—Eso espero, cariño —contestó sombríamente—. Realmente lo
espero.
Se formó un nudo en mi estómago, porque en el fondo, una parte de mí
realmente esperaba que no lo fuesen.
Silbó para llamar mi atención.
—Entonces, ¿el lunes? ¿A las siete? ¿Lo arreglaré con Levitt? —
cuestionó.
Asentí sin mirarlo.
—Y si cambias de idea…
—Quiero verle. Eso no ha cambiado en cuatro años. No va a cambiar
durante el fin de semana.
—De acuerdo, entonces. Es todo lo que necesitaba oír. Te veré el lunes.
—Salió por la puerta solo para detenerse e inclinar su gran cuerpo—.
Después de esta noche, esperaré que haya un croissant de chocolate
esperando cuando llegue aquí el lunes.
Sonreí y me coloqué el cabello tras la oreja.
—De acuerdo, pero solo si prometes llegar temprano. Le dije a Devon
que era stripper. Necesito que instales una barra para hacerlo creíble.
Casi se le salieron los ojos de las órbitas.
—Hay muchas cosas que haré por ti, Rhion. Meterme en el tráfico en
aumento. Destrozar a tu hermano. Llamar a mi distanciada abuela por la
receta de galletas con chocolate. Pero, para que quede claro, instalar una
barra de stripper nunca será nada de ello.
Estallo en risas y me tumbé sobre la cama.
Me observó varios segundos con una cálida sonrisa y, entonces, con un
guiño, se fue.
Alcanzando el ordenador en la mesita, me preparé para una larga noche
de escritura.
Solo unas horas después, mientras abría mi puerta principal, me di
cuenta de que tenía razón sobre una cosa: sería una larga noche.
Solo que no la pasaría escribiendo.
—¿Jude? —Exhalé.
Ocho
Rhion
—Oomph —gruñí cuando me atrajo en sus brazos, mi rostro
suavizándose contra su duro pecho mientras me abrazaba tan fuerte que
apenas podía respirar.
—Lo siento jodidamente mucho —dijo en voz baja.
El olor del whisky se mezcló con su colonia en una innegable
combinación embriagadora. Solo hizo falta una sola respiración para que
todo mi cuerpo se derritiera contra él.
—Cristo, Butterfly. —Suspiró, arrastrando la punta de sus dedos sobre
mi hombro desnudo.
Mis pulmones se congelaron y mi corazón se detuvo.
Butterfly.
El apodo que había repetido tantas veces en mi cabeza a lo largo de los
años. El mismo que había cubierto la mayoría de mis brazos y mi pecho con
varias representaciones de mariposas.
Envolviendo mis brazos alrededor de sus caderas, lo sostuve, temiendo
que el momento no fuera más que otro de mis sueños. Dios sabía que ya
había tenido suficiente de esos en los últimos años.
—Nunca debí haber tomado la llamada esa noche. Lo siento
jodidamente mucho.
Al menos, eso era lo que creía que dijo. Todo era tan confuso y
retorcido viniendo de su lengua ebria.
—Estoy bien —le aseguré, pero no hizo nada para detenerlo.
—No, jodidamente no lo estás.
Se calló lo suficiente para presionar sus labios contra la parte superior
de mi cabeza. No era sexual, pero eso no lo hacía menos brillante. Un
escalofrío hizo temblar mis hombros antes de bajar por mi cuerpo, pero no
tenía nada que ver con el aire frío que entraba por la puerta abierta y todo
que ver con él.
Me estaba congelando en una camiseta sin mangas y unos pantalones
cortos de pijama, pero me negué a soltarme. Había estado esperando
demasiado tiempo este momento.
Mientras empuñaba la parte trasera de su camisa, continuó
murmurando palabras ininteligibles en la parte superior de mi cabello.
Algunas estaban llenas de disculpas.
Otras disfrazadas de explicación.
La mayoría parecían confesiones.
Y a juzgar por la forma en que sus brazos se tensaban dolorosamente a
mi alrededor con cada respiración, quería decir todas ellas con todo su
corazón.
Pero no necesitaba ninguna de ellas. No tenía que perdonar a Jude por
nada.
Sin embargo, no le impedí que hablara, porque mientras estaba allí, con
los ojos cerrados, perdida en su voz. Perdida en su esencia. Perdida en su
tacto. Perdida en él. Encendió un pedazo de mí misma que hacía tiempo
que se había extinguido.
Deseo.
Y lo disfruté como si estuviera experimentando mi primer rayo de sol.
Durante más de diez minutos, dejé que Jude vaciara su conciencia con
pensamientos rotos y frases mal articuladas, y a través de todo ello, me
aferré a él como si pudiera aliviar su dolor. Y esperaba más que nada poder
de verdad. Después de todo, se lo debía. Más de lo que jamás podría pagar.
Cuando sus labios finalmente redujeron la velocidad, me solté de sus
brazos y miré sus ojos desenfocados.
—¿Te sientes mejor ahora?
—Ni lo más mínimo. —Negó y se tambaleó hacia un lado, su hombro
chocó con la pared.
—Tranquilo, tigre —dije, rodeándole las caderas para ayudar a
mantenerlo erguido.
—Joder. Debería haberme ido a casa —refunfuñó.
—En realidad, me alegra que hayas vuelto.
—Entonces, ¿por qué huiste esta noche? —cuestionó, apoyando algo
de su peso sobre mis hombros.
La vergüenza coloreó mis mejillas.
—Esa es una buena pregunta —respondí, haciendo lo mejor para
mantenerlo equilibrado mientras cerraba la puerta de una patada y nos
llevaba a la cocina—. ¿Cuánto tiempo tienes?
Lo dejé apoyado contra la encimera y rodeé la barra para tomar un
taburete, deteniéndome cuando se impulsó para sentarse encima.
Bueno, de acuerdo, entonces.
Habría parecido una tonta si hubiera intentado hacer eso sobria, mucho
menos borracha. Pero, por otro lado, no medía casi uno ochenta y tres ni
estaba cubierta de músculos.
—¿Quieres... eh... un poco de café? —pregunté.
Se rió.
—¿Viene con una lobotomía?
—¿Qué? ¿Y arruinar ese rostro bonito? —me burlé, presionando la
cafetera.
De acuerdo. Bien. No estaba bromeando. Estaba coqueteando.
Directamente. Con un hombre extremadamente ebrio.
Pero si no podía coquetear con el hombre de mis sueños y la estrella de
cada fantasía que había tenido desde que lo vi por primera vez, ¿con quién
podía coquetear?
—No es el rostro. Es el cabello. Cubre las cicatrices, pero me hace ver
como si mi nombre fuera Percy o Sven o alguna mierda.
Me reí y saqué dos tazas del armario. El sueño había acabado
oficialmente para mí, bien podría empezar un nuevo día.
—Bueno, me gusta, Percy —bromeé, mirándolo por el rabillo del ojo
mientras le servía el primer chorro de café y se lo pasaba.
Sonrió, y cuando tomó la taza de mi mano, casi golpeó sus ojos.
—Crema o azu... —Mi voz se desvaneció al ver que se la llevaba a los
labios para un largo sorbo que debió quemarle la lengua—. Muy bien.
No se quejó, y cuando terminó, extendió su taza para rellenarla, su
mirada cada vez más perpleja mientras me miraba.
—¿Por qué eres tan amable? —preguntó, cuando se lo devolví.
Me encogí de hombros.
—¿Se supone que debo ser mala?
—Es una hora impía. Estoy borracho. Y después de toda la mierda que
descargué sobre ti, sí, Rhion. Probablemente deberías tirarme la taza en
lugar de servirme otra.
Llené mi propia taza, apoyé mi cadera contra la encimera junto a él y
tímidamente susurré:
—No me importa nada de eso, Jude. No eres el único que ha estado
viviendo con culpa desde el incendio.
Su mirada se dirigió a la mía.
—¿Sobre qué mierda podrías sentirte mal?
Un millón de mariposas enfadadas cobraron vida en mi estómago
mientras desviaba mi mirada al suelo.
—Nada.
—Mírame —insistió.
Era incapaz de no obedecer. Alzó la mano y las puntas de sus dedos
rozaron las líneas de mis hombros. Densos tatuajes cubrían mis brazos y mi
pecho, pero esas no eran las líneas que estaba trazando. Las callosas yemas
de sus dedos pasaban de un lado a otro a través de la carne arrugada de mis
quemaduras.
—Estas son mías, Rhion —dijo en voz ronca—. No puedes tener nada
de esa noche. —Su cuerpo se balanceó mientras sus ojos ebrios bajaban aún
más como si absorbiera el dolor de mis viejas heridas.
Me dolía todo el cuerpo mientras el arrepentimiento invadía sus
hermosos rasgos. Luché contra el impulso de calmarlo, pero no con
palabras o un abrazo amistoso. Anhelaba atraerlo a mis brazos y darle un
profundo y prolongado beso en los labios, y no parar nunca. Tal vez llevarlo
a la cama...
—¡Pan! —exclamé, escabulléndome fuera de su alcance—. Apuesto a
que te vendría bien un poco. ¿Qué tal algo de comer para absorber el
alcohol? —Después de dejar mi café en la encimera, corrí a mi
combinación de despensa y lavandería y cerré la puerta detrás de mí.
Una vez sola, solté un largo suspiro de sufrimiento. ¿En qué demonios
estaba pensando?
¿Estaba borracho y yo contemplaba la posibilidad de saltar sobre él?
Podían pasar muchas cosas en cuatro años. Por lo que sabía, el tipo estaba
casado y trataba de aliviar su conciencia.
Dios mío, ¿era esto una llamada para follar? No era una experta en el
departamento, pero, ¿normalmente no había alguna declaración de atracción
o intención antes de que dicha llamada tuviera lugar?
Apenas conocía a Jude, al menos no la versión real del hombre. Solo
conocía al que había nacido en mi imaginación y cobrado vida con los
golpes de las teclas de mi ordenador. Pero mientras Jude me había
susurrado sus torturadas y culpables disculpas en la parte superior de mi
cabello, había empezado a creer que eran el mismo.
El sonido de la puerta de la despensa abriéndose me sacó de mi cabeza.
—Rhion —llamó, su alto cuerpo llenando la puerta. Su hermoso,
hermoso y delicioso cuerpo—. ¿Estás bien?
—Eh... —Mi voz se desvaneció.
No. No. No lo estaba. Y debía haberse leído en mi rostro porque el
suyo cayó con comprensión.
—No debería haber venido —dijo—. Voy a llamar a un taxi. Tú...
Ahora que me enfrentaba a la idea de que se fuera, mi boca, como
tantas veces hacía, se puso en marcha.
—Por favor, no te vayas —solté—. He querido verte durante años.
Solo que eso no fue todo lo que dije.
Oh, no. Eso habría sido demasiado fácil. Y si la vida me había
enseñado algo, era que el camino fácil no existía para mí.
Durante más de diez minutos, llené los oídos de Jude con mis propias
confesiones.
Que había soñado todos los días durante años con el momento en el
que apareciera en mi puerta.
Y que había escrito J-U-D-E tantas veces que había desgastado las
letras de las teclas.
Y que, en las páginas de mis libros, estaba muy vivo y era muy mío.
Pero, lo más importante, le dije que, mientras que me había salvado la
vida, fue su recuerdo el que me había permitido seguir viviendo.
No estaba segura de que quedara oxígeno en esa despensa cuando
terminé de hablar. No es que pareciera necesitarlo, ya que estaba allí de pie,
sin respirar, apoyado en el marco de la puerta, mirándome con los ojos
abiertos, con la sorpresa cubriéndole el rostro.
Sí. Así que tal vez hablar era una mala idea. Debería haberlo dejado
irse.
Con la vergüenza abrumándome, me giré para enfrentarme a mi
lavadora y maldije mi boca hiperactiva.
—Lo siento. Tal vez un taxi no sería una mala idea —murmuré.
—¿Soñaste conmigo? —preguntó incrédulo, pero no vino desde la
puerta. Vino directamente de detrás de mí.
Levanté la cabeza al mismo tiempo que deslizó su mano alrededor de
mi cintura.
—Mucho —me encontré admitiendo.
—Jesús. —Exhaló, girándome en sus brazos.
Eché la cabeza hacia atrás y me preparé mentalmente para su reacción.
Aun así, no estaba preparada. Sus cejas se fruncieron y sus labios se
volvieron finos con confusión, pero sus ojos mostraron el mayor alivio que
jamás había visto.
—¿Por qué?
Me encogí de hombros.
—Eres Jude.
Me miró fijamente, negando.
—Y es exactamente por eso que no deberías querer tener nada que ver
conmigo.
Pero lo hacía. Tan desesperadamente que dolía.
Cuando se balanceó hacia mí, levanté mis manos a su pecho para
ayudarlo a mantener el equilibrio. Pero cuando lo toqué, fue como si un
circuito de vida se hubiera cerrado finalmente. Su mirada se oscureció y
bajó hasta mi pecho.
El vello de mi nuca se erizó mientras inhalaba fuerte. Sus dedos
rozaron la piel dañada de mi pecho, descendiendo antes de retirarse.
Probablemente no fue tan sexual como triste, pero mis pezones
llegaron a su punto máximo de todos modos.
—Estas son mías —susurró, pasando sus dedos sobre mis cicatrices.
Dando un paso adelante, me llevó de espaldas a la lavadora. Una ola de
escalofríos me inundó, pero algo más que mi piel despertó.
Lamiéndome los labios, subí mis por sus pectorales hacia sus hombros.
Gimió en agonía cuando curvé mis dedos en su nuca.
—Oh, joder, Rhion. No lo hagas —gruñó como si apenas pudiera
soportar el toque.
Por muy cruel que fuera, no dejé que me detuviera. Si quería asumir la
responsabilidad de mis cicatrices, la aceptaría por las suyas.
—Entonces estas son mías —declaré.
Más rápido de lo que creía posible en su estado, atrapó mi muñeca, sus
ojos ardiendo con una mezcla de calor y rabia.
—No. Esas también son mías, joder.
—Pero... —empecé suavemente.
—Sin malditos peros —gruñó. Agarrando fuerte mis caderas, me
levantó y me puso sobre la lavadora.
Abrí mis piernas y no tardó en encajar sus caderas entre ellas.
—Son todas mías, Rhion. Jodidamente cada una. —Bajó sus dedos por
mi pecho hasta las puntas naranjas y rojas del tatuaje de la mariposa
ardiente que se asomaba por la parte delantera de mi camiseta.
Mi aliento se congeló en mis pulmones mientras observaba con
absoluto asombro cómo bajaba la cabeza y besaba la tinta.
—Sí. —Exhalé, uniendo mis piernas a su espalda por miedo a que
ambos nos derrumbáramos.
—Mi Butterly. —Respiró, besando más abajo.
De repente, mi mente se nubló, la embriaguez de Jude volviéndose
contagiosa.
—Más —supliqué, arqueándome hacia su boca.
—Tan jodidamente hermosa. —Otro beso.
La necesidad se acumuló en mi estómago, y alcancé el cuello de mi
camiseta para bajarlo hasta que el rosa de mi sujetador estuvo expuesto.
—Más.
—Di que me perdonas —murmuró contra mi pecho.
—No hay nada que perdonar —gemí.
De repente se enderezó, manteniéndose cerca con una mano a cada
lado de mí.
—Yo... —No llegó a decirlo antes de que terminara por él.
—Me salvaste la vida.
Mi corazón se aceleró mientras sus ojos se entrecerraban sobre mí,
pero estaba harta de las disculpas de Jude.
No habíamos llegado allí por casualidad. No la noche del incendio. Y
no en ese momento.
Como una mujer que había perdido a toda su familia y había estado
caminando sola por la vida durante años, no creía en el azar.
Pero eso no significaba que no aprovechara las oportunidades que se
me presentaban.
Inclinándome, rocé los labios con los suyos y susurré:
—No más. Ya está hecho.
Respiró profundamente, pero esa fue la única vacilación que dio.
Con un gruñido hambriento, me agarró por detrás de la cabeza,
anclándome en el lugar mientras empezaba a devorar mi boca. No había
nada de suave en ello.
Había desesperación.
Dos almas rotas luchando por el control de un incendio forestal.
Nuestros dientes chocaron, y casi me caí de la lavadora mientras
intentaba furiosamente acercarme, abriendo las piernas lo suficiente para
encontrar fricción contra él.
—Joder —dijo en voz baja, empezando a alejarse.
Lo detuve rasgando la parte delantera de su camisa, los botones
golpeando contra el metal, antes de quitarle la camiseta interior por la
cabeza.
—Rhion —objetó.
Los dos compartíamos una multitud de arrepentimientos. Pero besarlo.
Tocarlo. Estar con él nunca sería una de esas cosas. Al menos, no para mí.
Y mientras me ponía de pie, nuestras manos y bocas nunca perdiendo
contacto, Jude abandonó su lucha también. Me sujetó contra la puerta con
sus caderas, usó su boca para explorar mi cuello y sus manos vagaron por
mi cuerpo.
Salimos de la despensa, ambos igualmente borrachos, pero ahora de
necesidad y deseo.
Un fuego ardía entre nosotros con una sola forma de apagarlo.
Nueve
Jude
—¿Por qué el tejado?
Parpadeé.
Esa fue la primera pregunta que me hizo mi capitán cuando apareció
en mi habitación del hospital en el centro de quemados de Chicago. No:
“¿Cómo está tu pierna rota?”. No: "¿Te sientes bien después de pasar un
día completo en un coma inducido médicamente mientras los doctores
monitoreaban la hinchazón en tu cabeza?". No: "¿Cómo están esas
quemaduras que cubren la parte posterior de tu cráneo y la parte posterior
de tu cuello?"
No. Nada de eso fue lo que me preguntó.
Sin embargo, era la razón por la que mi respuesta fue:
—Lo siento. ¿Qué?
—¿Le dijiste que subiera al tejado? ¿Por qué?
Lo miré confundido. Mi mente todavía estaba aturdida por la
medicación, pero hice lo mejor que pude para concentrarme.
—¿Porque era el único lugar que no estaba en llamas?
—¿Es una pregunta o una declaración? —cuestionó, pasando una
mano áspera por su cabello gris y ralo mientras comenzaba a pasearse por
la habitación.
El movimiento en la puerta llamó mi atención. Con cuidado de no
mover mi dolorida cabeza, moví mis ojos a un lado y vi dos policías
parados afuera.
—¿Qué está pasando? —pregunté suspicazmente.
Se detuvo y me dio toda su atención.
—¿Por qué el tejado, Levitt?
—No había otro lugar. Ella iba a morir.
Y ahí fue cuando me golpeó. Mi mente nublada finalmente reaccionó
cuando, de repente, las piezas comenzaron a encajar en su lugar. Lo último
que recordaba era el horrible crujido de la casa y el aterrador sonido de
sus gritos cuando cayó sobre nosotros.
Mi dolorido cuerpo protestó mientras me sentaba en posición vertical,
la bilis ardiendo en mi garganta.
—Oh, Dios, ¿murió?
Su cabeza se echó hacia atrás cuando dejó de pasearse y empuñó sus
manos en sus caderas.
—¿Qué? No. Está al final del pasillo.
—Gracias a Dios. —Exhalé, el alivio hizo mucho más para calmarme
que cualquier cóctel de analgésicos que bombeara a través de mi
intravenosa.
Su expresión se volvió dura.
—No te apresures a dar las gracias. Esa mujer que salvaste es Rhion
Park. Única heredera del imperio Park.
Me miró como si hubiera expuesto los secretos del universo.
—¿De acuerdo?
—¿De acuerdo? —repitió.
Hice una mueca cuando intenté moverme en la cama.
—No estoy siguiendo a dónde vas con esto.
Se detuvo a los pies de mi cama y cruzó un brazo sobre su pecho, su
otra mano subió para frotar su mandíbula.
—A donde voy con esto, Levitt, es a que tengo a todo el equipo legal de
la familia Park y todas las jodidas estaciones de noticias del país
molestándome, queriendo saber por qué demonios un policía, mi jodido
policía, enviaría a una mujer más alto cuando hasta un niño de quinto
grado sabe que debe permanecer abajo. —Lanzó sus manos a los lados y
dio un paso enojado en mi dirección—. Pero, más que eso, quieren saber
por qué un policía, mi jodido policía, acudió a esta llamada
astronómicamente estúpida con alcohol en su sistema. Así que, sí, Levitt.
Voy a necesitar algunas malditas respuestas. Primero: ¿por qué el tejado?
De repente, el aire en la habitación se volvió demasiado denso para
respirar. La realidad me golpeó más fuerte que esa casa de tres pisos.
Quería ser policía desde que tenía ocho años y mi padre casi se había
cortado el dedo al intentar cortar el tronco de nuestro árbol de Navidad.
Había sangre por todas partes y mi madre no dejaba de gritar a pesar de
que mi padre la estaba maldiciendo por llamar al 911 por un simple corte.
Me paseé por el porche delantero, rezando para que no muriera, porque,
cuando tienes ocho años, eso es lo que sucede cuando sangras un poco. Un
policía llegó primero. Se detuvo en la acera, las luces parpadeaban y las
sirenas sonaban, dándome, junto al resto del vecindario, toda la
experiencia de emergencia. Nunca olvidaría la estela de tranquilidad que
se arrastraba detrás de él mientras subía los escalones de entrada.
Mi madre dejó de gritar. Mi padre dejó de maldecir. Dejé de
preocuparme.
Mirando hacia atrás, pensé que el policía probablemente se sintió
aliviado cuando entró y vio a mi padre demasiado orgulloso para pedir
ayuda sosteniendo una toallita alrededor de su dedo. Sin armas
desenfundadas. Sin crueles seres humanos destruyendo vidas. Sin
mariposas heridas.
Pero el pequeño corte que finalmente le valió a mi padre ocho puntos y
un costoso viaje en ambulancia, cambió mi vida. Mientras estaba de pie
junto a mi madre, mirando al policía alejarse, me di cuenta exactamente de
quién quería ser cuando creciera. Ponerme ese uniforme se convirtió en mi
sueño.
Sin embargo, mientras me sentaba en esa cama de hospital, con mi
pecho doliendo físicamente, comencé a desear que hubiera sido un
bombero el que acudió a mi casa primero esa tarde.
—Comienza a hablar, Levitt, —dijo mi capitán cuando no respondí.
Dirigí mi mirada hacia la puerta, un océano de arrepentimiento
revolviéndose en mis entrañas.
Una noche, una llamada, una decisión, e iba a perderlo todo.
—Creo que necesito un abogado.
Cuando desperté, luces cegadoras se filtraban en la habitación,
haciendo imposible abrir mis ojos. Por la forma en que me dolían las
retinas, el sol podría haber estado en la misma habitación. Una banda de
música estaba tocando en mi cabeza. De acuerdo, tal vez no era una banda
de música completa, pero definitivamente la línea de batería.
Intenté tragar, pero tenía la boca tan seca que la acción solo me hizo
toser. Lancé mi mano a un lado y palmeé ciegamente la mesita de noche,
rezando para que, en mi estupor borracho, hubiera tenido la previsión de
tomar una botella de agua.
En mi búsqueda, mi mano aterrizó en un vaso.
Vivía en un hotel, y no era agradable, por cierto. No tenía tazas en
absoluto. Mucho menos un vaso.
—Oh, Dios. —Exhalé mientras abría un ojo.
Paredes pálidas con rayas verticales de coral y blanco me saludaron.
Mi estómago se revolvió mientras me sentaba lentamente. Entrecerrando
los ojos, intenté hacer un inventario de la habitación girando. Tocador
blanco y desgastado. Suelos de madera de caoba oscura. Una pintura de
lienzo de una estrella de mar. Y el olor salado del océano flotando en el
aire.
¿Cómo diablos terminé en la playa?
Lo último que recordaba era mirar una botella vacía de Jack en Park
Hill.
Bajé la mirada y vi que todavía llevaba los mismos pantalones que el
día anterior, pero mi pecho estaba desnudo. ¿Dónde diablos está mi
camisa? Mi mirada cayó al suelo, donde vi mi camiseta interior blanca
doblada sobre mis zapatos, pero mi camisa estaba desaparecida.
Miré a la mesita de noche y vi mis llaves, mi teléfono y mi billetera
cuidadosamente apilados uno encima del otro. No era un detective, pero no
hacía falta ninguna habilidad especial para deducir que, si no recordaba
haberme quitado la maldita camisa, probablemente no había sido yo quien
había organizado el contenido de mis bolsillos. Claramente no había venido
solo a la playa. Pero quién…
—Oh, Dios —susurré.
Volvió a toda prisa. Pero ninguno de los recuerdos estaba completo.
Solo atrapé los pedacitos más pequeños.
Ojos azul pálido apenas asomando a través de una puerta
entreabierta. Mi mente se revolvió cuando me puse de pie, el miedo se
asentó en mi estómago.
Cabello rojo fuego y rubio rozando los hombros mientras me guiaba
dentro. Meneé la cabeza mientras me ponía la camiseta y los zapatos.
Mi dedo índice trazando los intrincados tatuajes que cubrían sus
hombros. La presión se acumuló en mi pecho cuando llegué a la puerta y
lentamente giré el picaporte.
Su espalda pegada contra mi pecho mientras miraba la delicada curva
de su cuello. Tragué alrededor del nudo en mi garganta y envié oraciones a
cada dios en el universo para equivocarme.
Tal vez esta fue otra pesadilla. Ahí era donde generalmente ella me
encontraba.
Pero cuando abrí la puerta y la vi sentada en el suelo, sus rodillas
dobladas contra su pecho, sus coloridos brazos envueltos alrededor de sus
piernas y sus ojos apuntando hacia mí, supe que no podría despertar de esta.
—Hola —susurró, poniéndose de pie.
Frotando mi mano sobre la piel de mi mandíbula, murmuré una
maldición:
—Jesucristo.
Jugueteó con las puntas de su cabello y como una descarga eléctrica,
un recuerdo mental de la noche anterior me asaltó. Su cabello huele a coco.
Se aclaró la garganta con incomodidad y luego dijo apresuradamente:
—Eh... así que, buenos días. ¿Puedo darte un poco de café, desayuno,
cepillo de dientes, borrador de memoria, algo?
Me encogí y pellizqué el puente de mi nariz.
—Tomaré el borrador de memoria con un poco de café.
—Excelente elección —murmuró antes de casi echar a correr.
Me castigué mentalmente y la seguí. El estrecho pasillo se abría a una
combinación de sala de estar y cocina. Bien podría haber gritado dinero por
lo bonito que parecía todo. Dos sofás de color canela con patas de madera
talladas, cubiertos con innumerables cojines de todos los colores y patrones,
ocupaban la sala de estar, mientras que una larga encimera de granito
veteada de chocolate y gris topo servía como barrera para una cocina con
electrodomésticos de acero inoxidable alineados en la pared. Se parecía
mucho a Guardian, pero se sentía extrañamente familiar de una manera
diferente.
Confundido, pregunté:
—¿Estamos en la playa?
Levantó la cabeza mientras llenaba dos tazas de café.
—¿La playa?
Señalé con mi pulgar sobre mi hombro.
—Esa habitación. Parecía... no sé, playera.
Me miró fijamente por varios instantes.
—Dijiste que te encantaba la playa.
Rasqué torpemente la parte posterior de mi cabeza.
—Está bien. Así que hablamos anoche. Es bueno saberlo.
Su cuerpo se sacudió y su rostro palideció mientras decía con un jadeo:
—¿No te acuerdas?
Querido Dios. En serio era un imbécil.
—Lo siento.
Su espalda se enderezó y algo extraño, y sorprendentemente doloroso,
cruzó sus rasgos.
—¿Nada?
Oh, recordaba algunas cosas. Todo lo cual desearía poder olvidar.
—¿Hay alguna posibilidad de que puedas ponerme al corriente? —
inquirí.
Se dio la vuelta rápidamente para dejar la cafetera, con los hombros
encorvados con derrota.
Y luego me mintió. Claro como el día.
—No te pierdes mucho. Te presentaste borracho. Estaba medio
dormida. Te puse en la cama. Me fui a la cama. Ahora estamos tomando
café.
Abrí la boca para disculparme, y la cerré cuando continuó hablando.
—Te encontrabas en mi habitación oceánica. Cuando me mudé a
Chicago hace unos años, extrañaba la playa. Así que, hice venir a un chico
y la preparó. Tiene una iluminación especial para imitar el sol de la tarde,
un humidificador con aroma instalado en la pared y un sistema de sonido
envolvente estratégicamente ubicado para agregar el eco natural de las olas.
—Se volvió para mirarme—. Apagué eso cuando te escuché roncar. Espero
que esté bien. Es muy ruidoso en la habitación de al lado, que resulta ser mi
habitación.
Todo su cuerpo se volvió sólido y su rostro se deslizó a través de tres
tonos diferentes de rojo.
—Quiero decir, no es que necesites saber dónde está mi habitación ni
nada. Bueno, quiero decir, a menos que quieras bañarte. Tengo una increíble
bañera de hidromasaje en mi baño. Los otros dos solo tienen duchas. Sin
embargo, las duchas son realmente agradables. Hice que el contratista
agregara estos cabezales de ducha. Es toda una experiencia. Debes darle
una oportunidad. Oh, eso me recuerda, puse un cepillo de dientes extra en el
baño. —Se detuvo solo el tiempo suficiente para aspirar una gran bocanada
de aire—. El baño del pasillo, ya sabes, con la ducha, no la mía... ya sabes,
con la bañera. De todas formas…
Cuando quedó muy claro que la mujer no tenía intención de detenerse,
intenté intervenir.
—Rhion —llamé, caminando hacia ella.
—También puse un cepillo para el cabello allí. Ya sabes, por tu cabello.
El cual tengo que decir, es realmente agradable. Se ve bien en ti. No todos
los chicos pueden lograrlo. Es la combinación perfecta de chico malo y
pulcro. —Entrecerró los ojos mientras la vergüenza contorsionaba su rostro
—. No es que esté diciendo que seas alguna de esas cosas. No te estaba
mirando de arriba abajo ni nada.
Di otro paso en su dirección, haciendo un nuevo intento de
interrumpirla.
—Rhion.
Su nariz se arrugó adorablemente y comenzó a distraerse con el
diamante colgando de una cadena de plata alrededor de su cuello.
—No me malinterpretes. Eres un hombre guapo. Yo solo…
—Rhion —repetí, recorriendo los últimos pasos entre nosotros.
—¡No puedo dejar de hablar! —exclamó un segundo antes de
agacharse a mi alrededor y estallar en lágrimas.
Diez
Rhion
El golpe en la puerta me despertó con un sobresalto. La parte superior
de mi cuerpo estaba en llamas, pero no del tipo que podían ser extinguidas.
Los doctores lo habían intentado, pero no había una medicina en el mundo
lo bastante fuerte para aliviar el dolor. Durante toda una semana, había
sido atroz. Y por lo que me habían dicho las enfermeras, iba a pasar un
tiempo antes de que finalmente empezara a desvanecerse.
El golpe sonó de nuevo. Levanté mi cabeza de la almohada y miré
alrededor de la habitación, encontrándola sorprendentemente vacía. Katie
y Pete habían sido elementos fijos junto a mi cama desde que habían
llegado a la ciudad.
—¡Entre! —grité con voz rasposa. Sin duda era otro doctor o
enfermera viniendo a torturarme bajo la apariencia de ayuda. Mi cuerpo se
tensó con anticipación.
—¿Rhion? —Su voz se filtró en la habitación, causando que mi
corazón dejara de latir justo antes de que fuera a toda marcha.
Me congelé, mis emociones atascadas en alguna parte entre la
sorpresa, el miedo y la alegría.
Había venido.
Había estado esperando que lo hiciera, casi tanto como había
esperado que no lo hiciera.
Había estado muriendo por verle, pero yacía en una cama de hospital,
con mis brazos extendidos a mis lados, quemaduras de tercer grado
cubriendo casi cada centímetro de mi cuerpo. Así no era como quería que
me viera.
Aun así, ahí estaba.
Una familia de colibríes tomó residencia en mi estómago mientras su
alto cuerpo emergía. Mi respiración se atoró mientras pasaba mi mirada
por su figura musculosa. El contorno de su pecho cincelado se mostraba a
través de la tela tirante de su simple camiseta negra mientras que unos
vaqueros negros desgastados abrazaban su cintura estrecha. Su cabello
rubio oscuro había sido afeitado y grandes vendajes rectangulares cubrían
la parte trasera de su cabeza y su cuello, pero todavía era hermoso. Moví
mi mirada tímidamente al otro lado de la habitación. No podía imaginar
cómo me veía después de una semana en una cama de hospital. No es que
realmente importara. A juzgar por las quemaduras en mis brazos y mi
pecho, los días en los que la vanidad tenía algún lugar en mi vida se
acabaron oficialmente. Pero en el fondo, aún me importaba.
—Rhion —dijo suavemente, atrayendo mi atención de nuevo a él.
Mi visión nadó cuando nuestras miradas se encontraron.
¿Qué le dices al hombre que salvó tu vida? El hombre que literalmente
te apartó de las manos de la muerte. El hombre que te protegió sin
considerar su propia seguridad. El hombre que ahora llevaba las cicatrices
del momento más aterrador de toda tu vida.
Mis primeras palabras deberían haber sido alguna variación de
“gracias” entrelazadas con profusa gratitud, pero mientras miraba sus ojos
verdes esmeralda, los cuales me habían calmado cuando todo mi mundo
había estado ardiendo a mi alrededor, solo me las arreglé para pronunciar
dos palabras.
—Eres real —susurré.
Sus ojos se ensancharon, pero una sexy sonrisa curvó las esquinas de
sus labios llenos.
—Tú también, mi hermosa Butterfly.
Tímidamente, miré a la cama y me permití sonreír por lo que se sentía
como la primera vez.

—¡Rhion, espera! —Atrapó mi brazo antes de que pudiera hacer mi


escape.
Y, Dios, si alguna vez había necesitado hacer un escape, este era el
momento.
Esto no puede estar sucediendo.
Le había contado mis más profundos y oscuros secretos al único
hombre con el que alguna vez había querido compartirlos.
Y se había despertado pensando que estaba en la playa.
No debería haber dolido tanto, pero el dolor abrasador todavía me
desgarraba.
Había esperado incomodidad cuando despertó. Por amor de Dios, se
había desmayado en medio de un poco de muy ardiente e intensa acción.
Pero nunca, ni una vez, había considerado que no lo recordaría.
—Lo siento —dije con voz ahogada, haciendo todo lo posible por
limpiar mis lágrimas en el hombro de mi camisa—. No siempre soy un caso
perdido, lo juro. Es solo…
No pude terminar ese pensamiento. Bueno, al menos no en voz alta.
Es solo que eres Jude.
No le dije eso.
Y, en ese momento, mientras me miraba, claramente horrorizado por
haber despertado en mi apartamento e incluso más horrorizado por los
recuerdos que había guardado, deseé no haberle dicho a Jude un montón de
cosas.
Pero, supuse, las buenas noticias eran que no recordaba ninguna de
ellas.
Solo que no se sentían como buenas noticias.
Se sentía como un mazo en el corazón.
—Lo siento —dije ahogadamente de nuevo.
—Oye. Oye. Oye. Para. —Soltó mi brazo, deslizó su mano hacia mi
nuca y me forzó a mirarlo—. No tienes nada por lo que sentirlo. Soy el que
debería estar disculpándose. Cristo, Rhion. Ni siquiera recuerdo cómo
llegué aquí.
Mi respiración se estremeció cuando sus dedos se flexionaron en mi
nuca, un escalofrío radiando por mi columna.
Lo miré hipnotizada y tartamudeé:
—Di-dijiste que tomaste un taxi.
Sus ojos destellaron oscuros y su intensa mirada se volvió tangible.
Como una pluma, bajó por mi garganta y sobre mi hombro, poniéndome
completamente nerviosa.
Bueno, más nerviosa de lo que ya estaba. Lo cual era mucho,
considerando que era Jude y que estaba actualmente en mi apartamento sin
recuerdos de la noche anterior, mientras que yo nunca sería capaz de
olvidarlo.
—Bebí mucho —declaró.
—Entendí eso —repliqué mientras miraba su nuez de Adán sobresalir
al tragar con fuerza.
Por varios segundos, ninguno nos movimos. Escaneó mi rostro como si
estuviera buscando algo. Y entonces, sus cejas se fruncieron y su rostro se
contorsionó en una imagen de confusión.
Hermosa, hermosa confusión.
—¿Por qué huele tu cabello a coco? —inquirió con voz ronca.
—Mi champú —repliqué en un susurro.
Cerró los ojos y negó.
—No. Quiero decir, ¿por qué sé que hueles a coco?
Porque cuando apareciste ante mi puerta a las cuatro de la mañana,
no fui capaz de pronunciar ni una sola palabra antes de que me atrajeras a
tus brazos y farfullaras disculpas ininteligibles en la cima de mi cabello.
Sin embargo, esa no era una noche que estuviera dispuesta a revivir
pronto. Había sido lo bastante duro mantener mi serenidad cuando le había
confesado cuatro años de culpa y secretos la noche anterior. Y eso
asumiendo que pudiera considerar “mantener mi serenidad” quitarle su
camiseta y lanzarme hacia él hasta que con el tiempo se desmayó debajo de
mí.
No. Evadir era la palabra del día hasta que tuviera tiempo de reagrupar,
reorganizar y repensar… toda mi vida.
—Yo… bueno, no estoy muy segura —mentí.
Mi atención cayó en sus labios perfectos mientras hacían una mueca.
Pellizcando el puente de su nariz, preguntó:
—Mira. ¿Hice… algo… inapropiado anoche?
Oh. Dios. Mío.
¿Inapropiado? No. Fue todo muy, muy apropiado. Y ni de cerca
suficiente para las cosas que quería hacerle. Las mismas cosas que le había
dicho en gran detalle.
De repente, lo último que quería era que Jude recordara… nada.
Retorcí mis labios y miré a la distancia.
—No que pueda pensar. ¿Por qué preguntas?
Sus mejillas se inflaron mientras soplaba un suspiro de alivio.
—Estoy recuperando estos pequeños fragmentos de anoche. Y… —
Dejó de hablar y cerró los ojos con fuerza—. Sabes qué… debería irme.
Sí, deberías. Eso fue lo que mi mente gritó, de todos modos. Solo que
cuando abrí la boca, no fue eso lo que salió en absoluto.
—¡No, espera! Por favor, no te vayas. No te has tomado el café. Y sin
eso, no puedo introducir el borrador de memoria en tu torrente sanguíneo.
—Nota para mí: descubrir si esa mierda es real—. Eso fue una broma —
anuncié—. Bueno, no la parte de “no te vayas”. Dije eso en serio. Sino toda
la cosa del torrente sanguíneo. No estoy planeando envenenarte ni nada.
Sus cejas se alzaron y, por un segundo, juro que parecía que estuviera
reprimiendo una risa.
—Es bueno saberlo.
—Tengo un sentido del humor muy torpe a veces. —Me balanceé en
mis dedos de los pies y luego en mis talones—. Especialmente cuando estoy
nerviosa.
Por la esquina de mi ojo, noté que había arqueado una ceja hacia mí.
Fue solo por la esquina de mi ojo porque mi mirada estaba clavada en su
bíceps bronceado flexionándose mientras agarraba su nuca.
Cuando me atrapó mirando, continué con el vómito de palabras.
—No es que me pongas nerviosa ni nada. Estoy segura de que eres…
—Rhion —empezó.
Mi mirada saltó a la suya, y por primera vez desde que lo había
conocido, no hubo atisbo de culpa en sus profundidades verdes. Una
increíblemente hermosa sonrisa de megavatios casi me cegó.
Mi boca se secó ante la vista, pero por el amor de todo lo que era
sagrado, las palabras siguieron saliendo.
—De acuerdo, así que eso fue una mentira. Me pones increíblemente
nerviosa. Y ahora estoy divagando además de decir bromas malas. Pero,
aparte de todo eso, asumiendo que no pienses que estoy completamente
loca, realmente me gustaría si te quedaras y me dejaras hacerte el desayuno.
Su sonrisa se ensanchó más y me obligué a no centrarme en ella… al
menos no por mucho tiempo.
Aun así lo notó.
—Después de todo, sostuve tu cabello mientras vomitabas. Me lo
debes.
En serio. Eso fue lo que salió de mi boca.
¿Hacia el hombre que me había salvado la vida? ¿Me debía?
¡Dispárame!
Todo su rostro se transformó en horror.
—¿Vomité?
Puse una mano sobre mi boca, hablando alrededor mientras gritaba:
—¡No! Estaba bromeando. No puedo parar.
Sus labios se retorcieron y ladeó la cabeza.
—¿De verdad hiciste que un contratista te hiciera una habitación
oceánica?
Mi cabeza retrocedió bruscamente ante la aleatoriedad de esa pregunta.
Se cruzó de brazos.
—Simplemente suena como una broma.
Negué.
—Me encanta la playa.
—Oh, mira. Puedes hablar en simples frases —dijo, su sonrisa
juguetona.
Me crucé de brazos, imitando su postura, mientras rezaba para que no
hubiera visto mis pezones endurecerse ante la vista de esa jodida sonrisa.
—Sí, pero no te acostumbres. Los párrafos parecen ser mi método
preferido de comunicación en lo que a ti respecta.
Una profunda y masculina risa brotó de su garganta. Era mejor que la
sonrisa.
Mucho, mucho, mucho mejor, y alivió mis nervios expuestos mientras
se deslizaba a través de mí.
Anoche, me había atrevido a esperar que su sonrisa estuviera dirigida a
mí todo el tiempo. Tal vez en mi sofá mientras me sostenía firmemente en
sus fuertes brazos, o tal vez incluso en mi cama mientras pasaba mis dedos
por la pizca de vello ligero que cubría su pecho esculpido.
Y ahora, gracias a su risa, sabía exactamente lo que iba a estar
perdiéndome.
Pretendí que no era devastador mientras preguntaba en voz baja:
—Entonces, ¿eso es un sí al desayuno?
Sonrió, y decidí justo entonces y ahí que la sonrisa de Jude Levitt era
suficiente para hacerme hablar en cuentos. Por el resto de mi vida. Lo cual
no iba a ser mucho tiempo si la muerte por vergüenza era posible.
—Correcto —murmuré, volviéndome hacia la cocina antes de tener la
oportunidad de mirarlo boquiabierta por más tiempo.
—Vaya. Una sola palabra. Estamos haciendo un progreso serio aquí —
bromeó, siguiéndome.
Ignoré el dolor en mi pecho mientras le servía una taza y luego se la
entregaba.
Apoyó casualmente su cadera contra la encimera y cruzó sus piernas
por los tobillos mientras tomaba un sorbo.
Miré fijamente porque… Jude.
Después de que hubiera tragado al menos la mitad de la taza, preguntó:
—Así que, ¿cuánto tiempo has estado viviendo aquí?
—Dos años. —Fui al refrigerador, rezando para tener algo que pudiera
hacerle al hombre para desayunar después de que prácticamente le hubiera
rogado que se quedara.
Se quedó en la cocina, pero se volvió para poder ver el resto de mi
apartamento.
Mi corazón se detuvo cuando su mirada permaneció en mi estantería de
libros durante un instante demasiado largo.
Oh, Dios. Oh, Dios. Oh, Dios.
Solo segundos antes de que saltara fuera de mi propia piel, me sacó de
mi miseria al decir:
—Este lugar es enorme. ¿Vives sola?
Prometí justo entonces que iría a la iglesia el domingo.
—¡Sí! —exclamé con una apresurada exhalación.
Arqueó una ceja hacia mí.
Evité explicar mi reacción preguntando:
—¿Qué tal una tortilla?
Un sonido en alguna parte entre un gemido y un gruñido retumbó en el
fondo de su garganta.
—Honestamente, estaría mejor con una tostada y Tylenol.
—No estoy segura si eso fue una buena estimación o si mágicamente
sabías que la tostada era mi especialidad, pero de cualquier manera, te
espera una gran sorpresa —repliqué, cerrando el refrigerador y
dirigiéndome a la despensa.
Por la forma en la que las cosas cambiaron un momento más tarde,
habría pensado que mi despensa era la entrada a una dimensión alternativa.
Esa dimensión siendo mi infierno personal.
Cuando salí, lo encontré todavía apoyado contra la encimera, taza de
café en mano y congelada en el aire, pero estaba mirando a la puerta en lo
que solo podía ser descrito como mortificado reconocimiento.
Mi corazón golpeó contra mis costillas mientras dejaba el pan sobre la
encimera.
Mientras bajaba la taza, su mirada saltó a la mía. Sus ojos ardían con
alguna emoción que no podía leer, pero sentí la quemadura al mismo
tiempo.
—¿Qué? —pregunté vacilantemente.
—Tu lavadora y secadora están ahí —susurró.
Oh-oh.
—Sí —confirmé con cautela y luego intenté justificar su recuerdo—.
Al igual que lo están en Guardian. Tenemos el mismo plano.
Parpadeó.
—Tienes un tatuaje de una mariposa en tu pecho.
Oh-oh.
—Tengo un montón de tatuajes de mariposa. —Levanté mis brazos en
su dirección como muestra A y B.
Cerró los ojos y negó.
—No —declaró firmemente—. Este… —Su voz se desvaneció y
murmuró una maldición por lo bajo—. Está en llamas.
Oh-jodido-oh.
—Sí. Te conté sobre ello anoche —susurré. No era una mentira total.
Tampoco era la verdad.
Medio gruñó y medio rió, pasando una mano por la cima de su cabello.
—Solo la mitad es visible. La otra mitad está oculta bajo tu sujetador.
¡Mierda! Escalofríos recorrieron mi piel ante el recuerdo de su lengua
lamiendo las llamas de esa mariposa mientras su dedo se enganchaba bajo
la tela para provocar mi pezón.
—¿Por qué sé eso, Rhion?
Porque después de que te quitara tu camiseta en la despensa, fuiste lo
suficientemente amable para devolver el favor.
—Eh… —Rápidamente me alejé y, con manos temblorosas, empecé a
forcejear con la atadura de plástico del pan.
Mi estómago dio una voltereta cuando su pecho rozó mi espalda.
—¿Qué sucedió anoche? —exigió, su alto cuerpo cerniéndose sobre
mí.
Cerré mis ojos, deseando poder desaparecer, o peor, girarme en sus
brazos y enterrar mi rostro en su pecho.
—Nada —mentí.
—Tu sujetador era rosa —dijo roncamente mientras me quitaba el pan
de las manos y lo lanzaba a la encimera.
—Jude. —Exhalé alrededor de un enorme bulto en mi garganta.
Inhaló bruscamente antes de exhalar un horrorizado:
—Querido Dios.
Once
Jude
—Fuera de mi camino —gruñí al hombre mayor flanqueado por dos
guardaespaldas—. ¡Rhion! —Estaba avanzando cuando una mano se posó
en mi pecho.
—Entras en esa habitación y perderás más que tu trabajo.
Me burlé.
—Sí, no hay mucho más que puedas quitarme. ¡Jodidamente muévete!
—Empujé hacia delante, pero una vez más, fui detenido.
Una lenta sonrisa creció en sus labios.
—Verás, ahí es donde te equivocas. —Metió sus manos en los bolsillos
de sus pantalones de vestir azul marino—. Una palabra con mis abogados y
toda tu vida será mía en un pleito civil. —Alzó una ceja—. No tengo ni el
tiempo ni el deseo de ir tras el dinero en tu cuenta bancaria, pero si
arruinarte es lo que tengo que hacer para sacarte de la vida de Rhion para
siempre, no tengo reparo en hacer justo eso.
Rechiné mis dientes y herví de furia.
—¿Quieres mi puta vida? ¡Tómala! Ya no tengo absolutamente ningún
uso para ella. Ya estoy arruinado. Soy un buen policía que hizo todo lo
posible para poder sacarla de ese incendio con vida. Ahora, apártate como
la mierda de mi camino y déjame verla.
—Oh, por favor —se burló—. Estabas borracho.
—¡No estaba jodidamente borracho! —rugí.
Ante mi explosión, sus guardaespaldas se cerraron protectoramente.
Pero mantuve mi ira apuntada hacia él mientras repetía:
—No estaba borracho.
Ladeó su cabeza y sonrió.
—Has sido advertido. ¿Debo tomar nuestra conversación continuada
como un desafío, señor Levitt?
Los músculos en mi cuello se flexionaron, enviando un dolor punzante
a mis quemaduras. Ni siquiera hice una mueca. Había merecido eso. Y
mucho más.
—No hay desafío. —Apunté un dedo hacia su puerta—. Esa mujer
quiere mi dinero, puede tenerlo todo. ¿Quiere mi casa? Puede tenerla
también. ¿Mi auto? Es suyo. No estoy aquí para causarle ningún problema.
Pero jodidamente no me iré sin verla.
—¿Y qué te hace pensar que quiere verte?
Bajé mi mirada al suelo mientras una roca de culpa se asentaba en mi
estómago.
—Yo…
Nada salió. No tenía ni idea de si quería verme o no. Pero necesitaba
verla. No estaba seguro de que alguna vez fuera a ser capaz de respirar de
nuevo sin eso. No tomaría mucho. Solo había unas cuantas maneras
diferentes en las que podía decir Lo siento.
—Bien. Déjame oírla decir que no quiere verme y nunca me verás de
nuevo.
—Oh, nunca te veré de nuevo de todos modos. Y tampoco ella. —Se
rió.
Mi alma se prendió en llamas.
—¡Eso no es decisión tuya! —grité, dándole un puñetazo.
—Sáquenlo como el infierno de aquí —espetó el hombre, sangre
goteando de su labio.
Unas manos aterrizaron rudamente en mis hombros, pero continué
luchando. Tomaría más de dos hombres alejarme de ella.
—¡Caminé a través del fuego por ella! ¡Solo déjenme despedirme! —
rugí.
—Y aun así, nuestro supuesto héroe lleva las cicatrices en su espalda.
Mi cabeza se movió bruscamente hacia el lado por su golpe. Si alguna
vez había habido un momento para tirar la toalla, debería haber sido ese.
Pero era Rhion. Mi desesperación por verla sobrepasaba cualquier
castigo que él pudiera repartir. Física o verbalmente.
La adrenalina surgió por mis venas.
—¡Hijo de puta! —grité, lanzándome hacia él.
Uno de los hombres me atrapó por el pecho y me estrelló contra el
suelo.
—Sáquenlo de aquí —ordenó el hombre mayor, desechándome como la
basura que asumió que era.
No se equivocaba por completo.
—Sí, señor Higgins —replicó uno de los hombres, levantándome del
suelo.
—¡Rhion! —grité mientras el hombre mayor cruzaba la puerta de su
habitación.
Todo mi cuerpo se congeló cuando atrapé un vistazo de ella.
El aire disminuyó y mis pulmones de repente se prendieron en llamas
mientras sus ojos llenos de agonía se posaban en mí. Sus brazos estaban
extendidos a sus lados como si hubiera sido montada en una cruz. Una
gasa envolvía sus pechos para cubrirla, y lágrimas caían por sus cremosas
y blancas mejillas.
—Butterfly —susurré.
Su rostro se derrumbó y alejó su cabeza como si fuera incapaz de
soportar verme. No podía culparla. Dios sabía que yo ya no podía.
Pero esa reacción forjó un pedazo de mi alma que nunca sería capaz
de reclamar. No había sido responsable del incendio, pero poseía esas
quemaduras de todos modos.
—¡Butterfly! —grité cuando la puerta empezó a cerrarse.
Frenéticamente, me incliné hacia el lado para mantenerla en mi visión
mientras unas manos tiraban de mis hombros con fuerza.
No podía irme. No sin decirle que lo sentía. De este modo aliviándome
egoístamente de la abrumadora carga de esa noche.
Luché contra su agarre.
—¡Butterfly! —grité—. ¡Joder, suéltenme! —espeté mientras me
arrastraban lejos—. ¡Butterfly!
El dolor en la parte trasera de mi cabeza era agonizante mientras
luchaba contra ellos. Pero nada podía compararse a la locura que
sucedería dentro de mi cabeza durante los siguientes cuatro años.

Con el abrasador susurro de mi nombre, una erupción de recuerdos de


la noche anterior invadió mis pensamientos.
Rhion abriendo la puerta.
Su cuerpo pegado contra el mío.
Un millón de disculpas susurradas.
Una taza de café.
Rhion escapando a la despensa-lavandería.
Yo siguiéndola.
Ella hablando.
Y hablando.
Y hablando.
Más disculpas.
Mis dedos trazando sus tatuajes mientras la sostenía.
Su cabeza lentamente echándose atrás.
Ojos azules pálidos mirándome fijamente.
Sus labios rozando los míos.
Mi boca abriéndose.
Su lengua encontrando la mía.
Sus manos tirando del dobladillo de mi camiseta.
Botones volando.
Yo rasgando su camisa sobre su cabeza.
Su cuerpo flexible sujetado contra la puerta.
Mi lengua lamiendo la hinchazón de sus pechos.
Sus pezones picudos rodando entre mis dedos.
Sus gemidos susurrados.
Mis profundos gruñidos.
Mis dedos provocando la suave piel bajo la cintura de sus pantalones.
Más disculpas.
Ella guiándome a la cama.
Su peso sobre mis caderas.
Más disculpas.
Un gemido: Eres real.
Un susurrado: Butterfly.
Un entrecortado: Jude.
—Fantástico. ¿Te importa decirme qué implicó esa conversación?
Debía haber sido un infierno de conversación si había terminado con
ella medio desnuda en mis brazos. Me negué a creer que el alcohol pudiese
transformarla mágicamente de la mujer que me perseguía en mis sueños a
alguien que podía prenderme en llamas desde el otro lado de la habitación.
Sin embargo, mientras mi mirada caía a sus pechos, pareció haberlo hecho.
Sus ojos se cerraron con un aleteo mientras susurraba:
—Jude.
Maldito fuera si no sentí esa sílaba deslizarse sobre mi piel como si la
hubiera exhalado contra mi cuello en la agonía de la pasión.
Por todo lo que sabía, tal vez lo hizo.
Mi frustración creció.
—¿Qué. Sucedió?
Sus ojos se abrieron mientras exclamaba:
—¡Nada!
Pero “nada” no explicaba por qué sabía cómo se sentía la curva de su
cadera mientras deslizaba mis manos por sus costados y sobre sus pechos.
O peor, por qué mientras miraba a su cabello rubio despeinado por el sueño,
su rostro libre de maquillaje y su cuerpo en nada más que una camiseta
blanca sin mangas y unos pantalones cortos rosa claro, ansiaba sentirlo de
nuevo.
En realidad, tal vez nada era correcto. Porque ni una cosa que pudiera
decir explicaría eso.
Pellizcando el puente de mi nariz, dije:
—Rhion, cariño, voy a ser directo aquí. Sé cómo se siente tenerte
montándome. Voy a decir que eso es un infierno más que nada.
Sí, de acuerdo, había sido muy directo, pero había despertado en un
mundo que no tenía sentido y ella tenía todas las respuestas. Esa culpa
demasiado familiar se asentó en mi estómago cuando su cabeza se echó
hacia atrás como si la hubiera abofeteado.
—No te monté —susurró, el dolor espeso en su voz.
Solté una risa digna de vergüenza.
—Sí, lo hiciste. Tal vez no mi polla. Pero definitivamente estabas a
horcajadas sobre mí. Recuerdo eso. Todo lo que pido es que me cuentes
cómo llegamos ahí, porque lo que sea que sucedió anoche fue
definitivamente un error.
—Un error —susurró con incredulidad.
Todo su cuerpo se sobresaltó, pero se mantuvo firme mientras
avanzaba hacia ella.
Pretendí que el dolor en sus ojos no me rompió en pedazos.
—¿Qué te dije? —inquirí.
Su rostro se derrumbó, pero lo cubrió con una agonizante sonrisa.
—Dijiste que lo sentías.
Uf. Bien. Al menos me había disculpado antes de manosearla. Puto
infierno.
—Lo hago —juré—. Lo siento malditamente tanto. Por el fuego. Por
anoche. Por todo. Nunca debería haber venido aquí. Nunca debería haberte
tocado así. —Sin embargo, si el recuerdo es correcto, lo cual jodidamente
no es, parecía gustarte bastante—. Había pasado toda la noche
ahogándome en una botella de Jack mientras intentaba olvidar la pesadilla
de verte. No estaba en mi sano juicio. —Hice mis manos puños en mis
caderas, principalmente para combatir la urgencia de atraerla a mis brazos y
tener el recuerdo de su suave piel contra la mía en el presente y fuera de mi
neblinoso pasado. ¿Por qué de repente quería eso de ella?
Se tambaleó un paso atrás, extendiendo una mano para sostenerse
contra la encimera.
—¿La pesadilla de verme? —Exhaló.
Un nudo se formó en mi garganta mientras el arrepentimiento me
invadía.
—No quería decir…
—Vete —susurró.
Debería haberme ido en el momento en que me había despertado, pero
por razones que no podía explicar o entender, no tenía deseo de dejarla.
Me miró por varios segundos, sus ojos llenándose de lágrimas con cada
parpadeo.
Una vez más pretendí que no estaba destruyéndome.
—Necesitas irte. Ahora —dijo enérgicamente.
De repente, la voz de un hombre se unió a la conversación.
—Has terminado aquí, Levitt. Te pidió que te fueras.
Me di la vuelta y encontré a Devon en su entrada. ¿Qué demonios
estaba haciendo aquí? ¿Eran cercanos? Había estado en el bar anoche. Pero
había pensado que ella estaba con Johnson. Seguro que había parecido de
esa manera en el ascensor hasta su apartamento.
—Jódeme —gemí cuando esa realidad me abofeteó.
Era la mujer de mi jefe. El que ya me odiaba. Era seguro asumir que
trazar mi lengua por su escote iba a ganarme el despido.
Jodidamente espectacular.
Mi cabeza estaba latiendo. Estaba deshidratado. En desesperada
necesidad de más café, y posiblemente de eliminar la parte de mi cerebro
que controlaba mis impulsos. Rhion no iba a decirme nada sobre la noche
anterior, y tal vez era lo mejor para ambos. Menos recuerdos que olvidar.
—Gran idea —gruñí, dirigiéndome hacia la puerta.
Sus pies desnudos golpearon contra el suelo de madera mientras me
seguía.
Devon me fulminó con la mirada cuando pasé por su lado y me dirigí
directamente al ascensor.
—¿Estás bien? —le preguntó a ella, pero no oí su respuesta.
Tampoco llegué al ascensor porque cuando palmeé mis bolsillos,
recordé que mi teléfono y billetera estaba en la mesita de noche de su
jodidamente ridícula —pero de alguna manera extravagante y encantadora
— habitación oceánica.
Gemí y dejé caer mi cabeza hacia atrás entre mis hombros para mirar al
techo de cemento del pasillo antes de gritar:
—Necesito mis cosas de la mesita de noche.
—Iré por ellas —respondió, su voz rompiéndose al final.
Me rompió también.
Jesús. ¿Cómo demonios estaba esto sucediendo? Parecía que el licor y
Rhion Park no se mezclaban bien para mí. Debido a este mágico brebaje
hecho en el infierno, la había herido una vez más.
Sí, imbécil. Ahora, lleva las heridas de tus metidas de pata por dentro
y por fuera.
—Sabes que Johnson va a destruir tu vida por esto —dijo Devon detrás
de mí.
Frotando mi rostro con una mano, repliqué con derrota:
—Demasiado tarde. Su novia ahí atrás arruinó mi vida hace años.
Oí su jadeo y no había manera de pretender que no se desplomó sobre
mí como un millón de esquirlas de cristal.
Me di la vuelta, molesto con todo el mundo, pero mayormente
conmigo mismo. Ella no merecía mi mierda. Sin embargo, mientras las
lágrimas se acumulaban en sus ojos azules, su barbilla temblando mientras
ferozmente luchaba para detenerlas, sabía que se la había dado.
Y la había cortado profundo.
Ese conocimiento me mató.
—Rhion. —Empecé a disculparme, pero no sabía cómo seguir. Mi lista
estaba creciendo por minuto.
Con manos temblorosas, le dio mis cosas a Devon. Luego su mirada
llorosa volvió a la mía, el vacío en el interior sirviendo como un arma.
—Sabes, Jude. Mi versión de ti era un infierno mejor que la real.
—¿Tu versión? —cuestioné.
No replicó. Simplemente se volvió hacia Devon, le dio a su brazo un
apretón y entró en su apartamento.
—Butterfly —susurré mientras la perdía tras una puerta cerrada.
Otra vez.
Doce
Rhion
Brianna: ¡De ninguna jodida manera! Jude Levitt. En sexy carne y
hueso. ¿Estuvo en tu apartamento?
Sabía que tendría que decírselo al final, pero esperaba poder pasar más
de una semana antes de transmitirle la mañana más embarazosa de mi vida
a mi mejor amiga. Aunque debería haberlo sabido. Se dio cuenta enseguida
de que algo andaba mal. Y solo había un número de veces en las que podía
retrasar lo inevitable diciendo que estaba demasiado ocupada escribiendo
para hablar. Especialmente porque no estaba escribiendo, y ella era mi
autoproclamada lectora jefe de la versión beta. Casualmente, también era
mi editora, mi diseñadora de portadas, mi formateadora y mi agente. De
nuevo, todo autoproclamado. En realidad, era solo mi mejor amiga a la que
le encantaban las novelas románticas e insistía en que se las enviara
capítulo por capítulo mientras escribía. Funcionaba para nosotras. Excepto
en situaciones como esta, cuando necesitaba mentirle para evitar la
anteriormente mencionada mañana más vergonzosa de toda mi vida.
Suspiré y dejé mi taza de café en la mesa.
Yo: ¿En serio? ¿Sexy carne y hueso? ¡Vamos! Pero, sí, Jude estuvo
aquí.
Brianna: De acuerdo. Voy a necesitar que me llames para esto.
Esto es demasiado bueno para un mensaje.
Yo: En realidad no lo es. Fue un borracho dulce. No tan dulce
sobrio. Dijo que yo había arruinado su vida.
Al recordar, mi garganta se engrosó. Hice lo mejor que pude para
calmarme. Me juré que no volvería a llorar por Jude. Seis días de
regodearme fueron suficientes. Esto se confirmó cuando vi las mejillas
hundidas y las bolsas oscuras bajo mis ojos en el espejo esa mañana. Era
una experta en maquillaje, pero me había llevado al menos una hora
transformarme en una humana en vez de un extra en The Walking Dead.
Brianna: ¿¡¿¡DIJO QUÉ!?!?
Yo: No es importante.
El teléfono empezó a sonar en mi mano, su nombre parpadeando en la
pantalla. Gemí mientras lo llevaba a mi oreja, pero no demasiado cerca
porque sabía lo que se avecinaba.
—¿Dijo que le arruinaste la vida? —gritó.
Hice una mueca. No importaba de qué lengua salieran esas palabras.
Todavía las escuchaba en la voz profunda y grave de Jude. Y todavía picaba
como un enjambre de abejas furiosas que me atacaban desde todos los
ángulos.
Hice lo mejor que pude para serenarme y no permitir que el dolor se
filtrara en mi voz.
—Buenos días a ti también, Brianna.
—Sí, sería una gran mañana si me llamaras para decirme que Jude
apareció en tu apartamento, te desnudó, y que ahora estás embarazada de él.
Puse los ojos en blanco. Menos lo del bebé, no era una exageración
para lo que realmente había pasado, y definitivamente habría sido una
mejor mañana poder decirle eso también. Pero el Jude del que ambas
estábamos hablando no existía. Y aunque era un asco, no tenía control sobre
la realidad.
Me enteré el día en que mi hermano pequeño trató de matarme... la
primera vez.
La gente no era ficción. Sin importar la frecuencia con la que me
dolieran los dedos al reescribirlos.
Y durante unos días, mientras consideraba la posibilidad de meterme
en un agujero y no volver a mostrar mi rostro, mis dedos habían dolido
mucho por reescribir a Jude Levitt… o, al menos, la versión que me había
dado el sábado por la mañana.
El viernes por la noche, Jude había sido nada menos que perfecto.
—En fin, no es importante —mentí—. Déjame contarte el pequeño
milagro que hice para evitar que Johnson se enterara del fiasco de Jude.
—No podría importarme menos Johnson a menos que esté desnudo y
en mi cama. Estamos hablando de Jude ahora mismo.
—Al parecer, a Johnson le gustan los tríos —anuncié sin otra razón
que distraerla. Y, quiero decir, si no puedes contarle a tu mejor amiga
secretos sobre tu otro mejor amigo, ¿qué sentido tiene tener dos de ellos?
Brianna vivía en Nueva York, así que no había conocido a Johnson. Sin
embargo, había visto fotos que había tomado a escondidas después de que
me preguntara si era sexy. Y, bueno, ya que lo era, ella había desarrollado
un poco de enamoramiento u obsesión, dependiendo de a quién le
preguntaras.
Tosió en mi oído y luego se quedó completamente en silencio.
—¿Brianna?
—Bien, entonces, déjame reformularlo. Primero, estamos hablando de
Jude. Y luego estamos hablando de Johnson y sus predilecciones en el
dormitorio. Pero, como un pequeño adelanto de esa conversación, ¿estás
hablando de dos hombres? Sigue siendo gay, ¿verdad?
Aclaré mi garganta.
—Cito: “Las mujeres son siempre lo mío mientras haya otro hombre al
otro lado de ella”. Eh... algo así.
—Dulce Jesús —susurró—. Dos años siendo tu mejor amiga y
finalmente tengo una oportunidad con él. Por favor, Dios, dime que el otro
hombre puede ser Devon.
Se podría decir que era una amiga increíble porque, para el cumpleaños
de Brianna ese año, obligué con amenazas de suspender el desayuno del
viernes a todos los chicos de Guardian a tomarse una foto con un cartel de
feliz cumpleaños. Y así fue como se enamoró de Devon.
—No creo que Devon batee para ese equipo, pero cuando vaya allí esta
mañana, me aseguraré de preguntar.
—Hazlo —contestó jadeante.
—Te estás imaginando este trío, ¿verdad?
—Shhhh… no me interrumpas. Devon acaba de besar a Johnson.
—Y... ahora siento náuseas.
—¡Maldita sea, Rhion! ¡Estás arruinando esto!
Era una broma, pero aun así picó.
Jude había mancillado la palabra arruinar para mí. Como autora, no
podía permitirme sacrificar palabras de mi vocabulario. Ya había sido
bastante difícil cuando Brianna había prohibido húmedo en mis libros. La
pérdida de arruinar iba a... bueno, a arruinarme.
—Arruinar la vida de la gente parece ser mi fuerte esta semana —
intenté bromear, pero mi voz traidora se rompió al final.
—Mierda —murmuró—. Volvamos a ese imbécil.
—Mira, tengo que irme. El desayuno de los chicos debería llegar en
cualquier momento.
—No te atrevas a tratar de salir de esto. Habla, Rhion.
Apoyando mi cadera contra la encimera, miré fijamente al otro lado de
mi cocina a la puerta de la despensa.
La puerta de la despensa por la que me había seguido cuando intenté
esconderme justo antes de confesar que nunca había dejado de pensar en él.
La puerta de la despensa contra la que me había sujetado cuando su
boca había besado mi cuello tan deliciosamente que mis rodillas casi habían
cedido.
La puerta de la despensa por la que le guié cuando me pasó los dedos
por encima del pezón y declaró que quería ver todo de mí… sentir todo de
mí.
—Era real —susurré—. No me odiaba. Dijo que nunca lo hizo. Sí,
estaba borracho, Bri, pero te juro que era real.
—Rhion...
Hablé sobre ella.
—Se disculpó como si el incendio hubiera sido su culpa. Repetía la
palabra "mía" mientras trazaba mis cicatrices. No mis tatuajes. Mis
cicatrices. —Perezosamente recorrí las marcas bajo mi tinta. Un escalofrío
sacudió mis hombros al recordar sus dedos allí. Su calidez. Jude. Mi Jude
—. Cuando puse una mano en su nuca, se estremeció como si le hubiera
hecho daño. No me dejó tocar las cicatrices bajo su cabello. Dijo que
también eran suyas. Que no podía tenerlas. Las cicatrices. Eran todas suyas.
—Jesús, Rhi.
—Era real —juré—. El hombre que apareció en mi apartamento era mi
Jude. Incluso fue dulce y encantador durante un tiempo después de
despertarse. Se burló de mí y se rió. Dios, Bri. Su risa. —Sonreí para mí y
jugueteé con el diamante de mi madre, que colgaba de mi cuello.
—No estoy tratando de ser negativa aquí. Pero estaba borracho. Los
hombres dicen estupideces que no siempre quieren decir cuando están
borrachos.
—Era. Real —defendí.
Suspiró.
—Sabes que te quiero. Pero me gustaría que conste en acta que creo
que esto es una mala idea.
Me aparté de la encimera cuando sonó el timbre.
—¿Cómo puedes decir que es una mala idea? Aún no te he dicho lo
que voy a hacer.
—Sí, pero ambas sabemos lo que estás planeando.
Después de sacar un billete de veinte de mi cartera para el repartidor,
me dirigí a la puerta.
—No sabes nada.
—Sé que te van a romper el corazón mientras intentas probar que el
misterioso Jude Levitt no es realmente el imbécil que dijo que le arruinaste
la vida.
Solté una carcajada.
—Oh, pero no podrías estar más equivocada. He aceptado que Jude
Levitt es el imbécil que dijo que le arruiné la vida. —Metiéndome el
teléfono entre el hombro y la oreja, abrí la puerta y dije—: Solo quiero
saber quién diablos es el tipo que apareció en mi apartamento el viernes por
la noche.
—¿Qué tipo? —preguntó Johnson, sosteniendo una enorme pila de
cajas llenas de bollitos y panecillos.
Chillé al mismo tiempo que Brianna me gritaba al oído:
—¡Auxilio! ¡Auxilio!
Todo mi cuerpo se paralizó mientras fingía ignorancia.
—¿Qué tipo?
Retorció sus labios y me miró sospechosamente.
—Eso es lo que pregunté. ¿Qué tipo se presentó en tu apartamento el
viernes?
Oh-oh.
Me reí nerviosamente y cambié de tema.
—Espero que le hayas dado propina al repartidor. —Levanté la tapa de
la caja y vi que faltaba el codiciado croissant de chocolate y
presumiblemente ya estaba en su estómago.
—¿Qué tipo? —repitió severamente.
—Dile que estamos tramando un nuevo libro —me susurró Brianna al
oído como si Johnson tuviera una audición supersónica.
Y era de Johnson de quien estábamos hablando, así que puede que la
tuviera.
Tragué fuerte y me recompuse. Restándole importancia con un gesto,
mentí:
—Solo estábamos tramando. ¿Qué estás haciendo aquí?
Brianna volvió a susurrar mientras insistía:
—Ahora pregúntale sobre el trío con Devon.
Tosí para cubrir mi risa.
—Bri, tengo que irme. Te llamaré esta noche.
—Más te vale. Necesito escuchar todo sobre...
Afortunadamente, me las arreglé para pulsar el botón de finalización
antes de que ella pronunciara su nombre.
Negando, evité la mirada de Johnson.
—¿Qué estás haciendo aquí? No sabía que ibas a volver hoy.
Ignoró mi pregunta.
—Escucha, no quiero que vengas esta mañana. Levitt está en la
oficina.
Sí. ¿Pero cuál? ¿El tipo amable que me derritió las entrañas el viernes
por la noche o el imbécil del sábado por la mañana?
—Bueno, trabaja allí. —Sonreí mientras caminaba hacia el armario del
pasillo. Luego tomé mi acolchado abrigo rosa y me encogí de hombros.
Se puso delante de mí, bloqueando mi camino hacia la puerta, y
declaró definitivamente:
—No vas a aparecer.
Jugué con la cremallera de mi chaqueta.
—¿Cuándo se puso tan condenadamente frío? Lo juro, la semana
pasada todavía hacía tiempo de pantalones cortos y chanclas.
—Rhion —dijo—. Tengo que irme en una hora. No podemos hacer lo
de Jude esta mañana.
No. Una hora no habría sido suficiente tiempo para hacer lo de Jude.
Siendo esto en lo que me ponía nerviosa, divagaba y terminaba corriendo a
esconderme en mi apartamento.
Sin embargo, una hora era más que suficiente para hacer mi "lo de
Jude”. Siendo eso en lo que observaría cómo era sobrio y haría un poco de
trabajo detectivesco para decidir quién demonios era realmente.
—Johnson —dije en un tono condescendiente—. Te dije por teléfono
el domingo que terminé de estresarme por Jude. Es un hombre normal. —
Con personalidad múltiple—. ¿Y qué si tenemos una pequeña, diminuta
pizca de historia juntos? —Donde me salvó la vida y he estado obsesionada
con él durante cuatro años, mientras piensa que le he arruinado la vida.
Cambió la pila de cajas de panadería para equilibrarse en una de sus
piernas del tamaño de un oso y luego extendió la mano para agarrar mi
brazo.
Lo esquivé.
—Rhion —me llamó, pero era demasiado tarde.
Ya estaba fuera de la puerta y me dirigía al ascensor.
—Detente —gruñó.
—¿Sabes qué? No he hecho ejercicio en toda la semana. Voy a tomar
las escaleras.
—Rhion, ¡espera, joder! —ordenó, moviendo torpemente las cajas para
cerrar mi puerta.
—Nos vemos arriba —exclamé justo antes de que la pesada y metálica
puerta de la salida de emergencia hiciera clic detrás de mí.
Con el obstáculo de pasar a Johnson fuera del camino, me detuve en la
primera escalera y me senté. Mis nervios rodaron y mis pulmones
quemaron, la pesada carga de mi vida se asentó en mis hombros. Sin
embargo, podía hacer esto. ¿Qué era lo peor que podría decir?
“Su novia allí atrás arruinó mi vida hace años”.
Oh, claro.
Pero la noche anterior había sido un murmurado, “Aquí es donde
perteneces, Butterfly”, mientras me sostenía imposiblemente fuerte contra
su pecho.
Traté de concentrarme en eso.
—Es solo Jude. —Exhalé y enterré mi rostro en mis manos.
Y luego me puse de pie rápidamente cuando escuché:
—April, no empieces esta mierda conmigo —gruñó por encima de mí.
Oh, Dios.
Mi corazón se estremeció cuando el profundo estruendo de su voz
resonó en el hueco de la escalera.
Girando a un lado, me incliné hacia atrás para poder mirar hasta el
rellano en la parte superior.
Un traje azul marino cubría su delgado cuerpo, y una camisa de vestir
blanca, sin corbata, se veía a través de su chaqueta desabrochada. Tenía los
ojos cerrados y se pellizcaba el puente de la nariz con una mano mientras
sostenía el teléfono contra su oreja con la otra.
¿April? ¿Está casado? Dulce Jesús, ¿asalté sexualmente a un hombre
casado? Espera. No llevaba un anillo. Pero tal vez esa es la "mierda" que
ella está empezando con él. ¿Ella lo sabe?
Seguí observándolo pasearse. Y maldita sea si incluso enojado, y
posiblemente casado, no era todavía hermoso.
—Entonces déjala conmigo —gruñó.
¿A quién? ¿Tiene hijos? Por favor, Dios, que sea un Pomerania del
que compartan la custodia.
Pausa.
Pausa.
Pausa.
Gruñido.
Estallido.
—¡Entonces cambia tu jodido billete! La sacaste de la escuela durante
tres días. Lo menos que podrías hacer es dejarla pasar tiempo conmigo. No
tiene por qué ir a Nueva York, y me importa una mierda a quién conozca
Kevin en la ciudad. No la vas a dejar en un hotel con un extraño.
Nop. Probablemente no sea un Pomerania. ¿Había bebés de ojos
verdes siendo dejados en hoteles con extraños? ¿Y quién demonios es
Kevin?
Pausa.
Pausa.
Pausa.
Resopló:
—¿Pagar por ello?
Pausa.
Pausa.
Pausa.
¿Pagar por qué? mi mente gritó. Afortunadamente, mi boca
permaneció cerrada y me incliné aún más hacia el lado para mantenerlo en
la mira.
El movimiento delante de mí me llamó la atención. Johnson estaba de
pie en la puerta, todavía sosteniendo en sus brazos la mitad de una vitrina
de panadería y con un ceño fruncido que podía hacer que los hombres
adultos se acobardaran. Me hizo poner los ojos en blanco.
Agitando mis manos frenéticamente, lo ahuyenté.
—¡Vete! —articulé con urgencia.
No se movió, pero su mirada se volvió precavida. Se inclinó en el
hueco de la escalera y alzó la mirada.
Levantándome, le empujé por el hombro y le disparé un par de ojos
impacientes.
—¡En serio, vete! —grité sin hacer ruido.
Negó a sabiendas, pero finalmente cedió y se echó atrás.
Aliviada, agarré la puerta para que no diera un portazo y la cerré en
silencio, y luego volví rápidamente a arrastrarme.
—Lo juro por Dios, mujer —gruñó Jude—. ¿Recibes alertas cada vez
que el dinero llega a mi cuenta bancaria, o es un talento natural?
Pausa.
Pausa.
Resoplido.
—Sí. Bien. De acuerdo. Pagaré. Envíame los recibos y el nuevo
itinerario.
No podía verlo, pero asumí que había terminado la llamada porque
escuché un fuerte golpe en la puerta de metal como si la hubiera golpeado y
un rugido:
—¡Joder!
Salté y ahogué un chillido.
Y luego salté de nuevo, completamente incapaz de sofocar el chillido
cuando le oí preguntar:
—¿A qué te referías cuando dijiste “Es solo Jude”?
Oh-oh.
Tal vez todavía estaba al teléfono.
Por favor, Dios, que siga al teléfono.
—Rhion —llamó.
Vi sus pies empezar a bajar las escaleras.
Puto filete de mierda. Corrí hacia la puerta, pero no fui lo
suficientemente rápida para un Jude Levitt enojado, porque apenas abrí la
puerta, su mano pasó sobre mi cabeza y la cerró de golpe.
Cerrando los ojos, maldije en voz baja. Estaba atrapada, su alto cuerpo
se alzaba sobre mí, el calor que irradiaba de él enviando un escalofrío por
mi columna.
—Es de mala educación escuchar a escondidas —susurró.
Mi escalofrío se intensificó cuando sentí su cálido aliento en la parte
superior de mi cabeza.
No respondí y en su lugar me desplacé hasta que mi frente estuvo a ras
de la puerta. Desafortunadamente... quiero decir, afortunadamente, no me
siguió.
—¿A qué te referías cuando dijiste “Es solo Jude”? —insistió.
Siempre había sido solo Jude.
Incluyendo cuando me rompió el corazón sin saberlo el sábado por la
mañana.
Mantuve mis labios sellados y me aparté de la puerta metálica por
miedo a que escuchara el tamborileo de mi corazón contra ella.
Me mantuvo enjaulada.
—Entonces, ¿pasamos de los párrafos al silencio? —murmuró con esa
voz que contenía cantidades iguales de carácter juguetón y puro sexo.
Era la misma que había usado en mi despensa cuando me pidió perdón,
segundos antes de que nuestras bocas chocaran.
La misma que, en ese momento, forzó el aliento "Jude" de mis labios
antes de que pudiera detenerlo. Embriagada, me balanceé hacia él, con su
pecho firme presionando mi espalda.
Bajó la cabeza, la barba incipiente de su mandíbula arañando mi sien
mientras murmuraba:
—Parece que eres una mierda respondiendo a mis preguntas, Rhion.
Era una mierda en casi todo con él tan cerca de mí. Y eso incluía la
formación de pensamientos enteros o frases completas.
Su mano bajó hasta mi cadera, donde me dio un apretón antes de
moverme contra sus caderas.
Oh. Dios. Mío.
Trece
Jude
Había identificado a Rhion en el momento en que había entrado en el
hueco de la escalera. April estaba lanzándome una cantidad impía de
mierda al oído, pero tan pronto como me incliné sobre la barandilla y vi las
puntas rojas de su cabello, dejé de prestar atención a April.
Rhion llevaba un ridículo abrigo acolchado rosa que la hacía parecer
más una adolescente que alguien de veintiséis años. Pero, gracias a mi buen
amigo Jack Daniel's, sabía que era toda una mujer debajo de ese tonto
abrigo.
Destellos del viernes por la noche me asaltaron.
Su hábil lengua deslizándose con la mía.
Sus senos suaves presionados contra mi pecho.
Su culo redondo llenando mis palmas mientras la aplastaba contra mi
polla.
Y luego, mientras la veía enterrar su rostro en sus manos y hundirse en
el escalón, fui asaltado por una avalancha de recuerdos diferentes.
Su temblor de dolor cuando le dije que no lo recordaba.
La agonía grabada en su rostro cuando le dije a Devon que ella había
arruinado mi vida.
Sus ojos huecos cuando me dijo que su versión de mí era mejor.
Todavía no sabía qué había querido decir con eso. Pero me destripó de
todos modos.
Mientras estaba allí, mirándola fijamente, debatiendo si debía dar a
conocer mi presencia o escabullirme por el pasillo cubierto y dejarlo estar,
la oí susurrar: “Es solo Jude”.
El sonido de mi nombre saliendo de su lengua golpeó mi sistema como
un fósforo encendido.
Toda la semana había estado en mi mente. Rhion estaba en mi cabeza,
bajo mi piel y, lo más aterrador de todo, en mis sueños. No pesadillas.
Sueños.
Cada mañana, cuando subía a ese ascensor, miraba el botón del tercer
piso, con ganas de presionarlo. Pero me había obligado a mantenerme
alejado. La había cagado. Y, en el proceso, la lastimé. Otra vez.
Era la historia de mi vida cuando se trataba de Rhion.
Si hubiera sido un hombre, la habría dejado sola en ese hueco de
escalera.
Pero, incluso después de reconocer eso, comencé a bajar las escaleras,
dirigiéndome directamente hacia ella cuando la voz de April en mi oído me
detuvo en seco. Estaba sacando a Val de la escuela por unos días para hacer
un viaje de última hora a Nueva York con Kevin. Esto significaba que Val
no podría perderse más clases el siguiente fin de semana, cuando yo había
planeado volar para un fin de semana de cuatro días. Tenía la sospecha de
que esto se había hecho a propósito, teniendo en cuenta que ahora estaba
pagando el vuelo de April y Val con una escala en Chicago para que pudiera
dejarla conmigo.
Era plenamente consciente de que Rhion estaba escuchando mi
conversación. Después de haber sido un imbécil frente a ella, estaba feliz de
que todavía estuviera interesada en mí lo suficiente para que le importara de
lo que estaba hablando.
El susurrado “Es solo Jude” de Rhion resonó en mis oídos mientras
apuraba a April por teléfono. No tenía mucho dinero para gastar en billetes
de avión. Y, sinceramente, ese fin de semana era inconveniente como el
infierno, teniendo en cuenta que estaba programado para trabajar el sábado.
Pero si me conseguía a Val y quitarme a April de encima para poder intentar
tener una conversación civil con Rhion, bien valía la pena.
Solo en el momento en que la alcancé y su espalda se presionó contra
mi pecho, una conversación con ella fue lo último en lo que pensé. Y
cuando su culo con esos vaqueros ajustados se puso al ras con mi
cremallera, ya no había nada civilizado en lo que quería hacer con ella.
—¿Podemos hablar? —pregunté. Apoyé el antebrazo en la puerta, me
incliné más y acerqué mi boca a su oreja—. Por favor.
—Jude. —Exhaló.
Cerré los ojos e inhalé profundamente, como si pudiera absorber el
sonido. Mierda. Eso se sintió casi tan bien como su cuerpo contra el mío.
—Todo lo que necesito son cinco minutos, Rhion.
—¿Podemos hacerlo sin que esté pegada a una puerta? —cuestionó,
pero no había actitud detrás de eso.
Sonreí porque no estaba pegada a una puerta. Estaba pegada a mí y
mientras hacía la pregunta, se había acercado más.
—Todo lo que tienes que hacer es pedirme que me mueva, cariño —
dije con voz áspera.
Su respiración se aceleró mientras aparentemente sopesaba sus
opciones. Después de unos segundos, susurró:
—Solo habla.
Mi sonrisa se ensanchó. No podía negar el magnetismo entre nosotros
más de lo que yo podía.
—Fui un imbécil —dije.
Sus hombros se hundieron cuando soltó un suspiro de alivio.
—Realmente lo fuiste.
—Lo siento. Nunca debí haber aparecido en tu apartamento así de
borracho.
Echó la cabeza hacia atrás y me miró expectante.
—Esa no fue la parte donde fuiste un imbécil.
Arqueé una ceja y le lancé una mirada mordaz.
—Tal vez deberías ponerme al tanto para saber de qué me tengo que
disculpar.
—Está bien, tal vez por eso deberías disculparte —mintió suavemente.
—¿Todavía estás tomando la postura de que no pasó nada? —Me
incliné hasta que mis labios estuvieron una vez más en su oreja—. Sé que
eso no es cierto. Los recuerdos tienen una forma de regresar con el tiempo.
Al menos los míos lo hicieron. Había sido maldecido con destellos de
esa noche con Rhion toda la semana. Algunos de ellos habían sido
inocentes. La mayoría no.
Todo su cuerpo se sacudió de una manera que la alejó de mí. Una frase,
y los lazos invisibles que la atrajeron hacia mí se convirtieron en una pared
de ladrillos que nos dividía. La pérdida me golpeó más fuerte de lo que
hubiera esperado.
La quería de vuelta.
—Muévete —dijo, agarrando el mango antes de darle un tirón firme.
Mi antebrazo lo mantuvo cerrado herméticamente.
—No —gruñí, dándole a su cadera otro apretón en un esfuerzo por
traerla de vuelta a mí, pero no se movió—. Estoy empezando a recordar lo
que pasó. Pero necesito que me expliques por qué y cómo sucedió, Rhion.
Dijiste que hablamos. Comienza con eso.
Se movió de golpe, su mano se apartó de la puerta, su torso se torció
hacia un lado, sus rodillas se doblaron y sus pies se movieron mientras se
agachaba bajo mi brazo.
Me volví con ella, pero retrocedió y subió los escalones.
—¿Por qué siempre huyes de mí? —espeté. Con grandes zancadas,
avancé hacia ella.
Retrocedió, tropezando cuando el tacón de su zapato se enganchó en el
borde de un escalón.
Rodeando su cintura con un brazo, la atrapé antes de que cayera y la
atraje contra mí. Sus suaves curvas se moldearon alrededor de mis planos
duros, y un gruñido retumbó en mi pecho por lo jodidamente correcto que
se sentía. Se dispararon chispas en mis venas, como nunca antes había
sentido con una mujer.
E hicieron esto por Rhion jodida Park.
Cristo. Necesitaba ser internado. La locura en Guardian debía haber
sido contagiosa.
Mientras daba los últimos pasos hacia el rellano con ella en mis brazos,
sus pies colgando del suelo, ordené:
—Háblame.
Empujó mi pecho y se retorció en mis brazos, pero fue todo un
espectáculo. No hubo pelea detrás de eso.
—Dijiste que fue un error. Olvidemos que alguna vez sucedió —
suplicó.
Negué y gruñí:
—Intenté durante cuatro años olvidarme de ti, Rhion. Nunca sucedió.
Esto no va a ser diferente.
Su boca se abrió.
—Tú nunca…
Suavicé mi voz mientras rogaba:
—Todo lo que te pido es que me ayudes a recordar.
—No fue nad…
—No digas nada. —Deslizándola por mi torso, la puse de pie.
Inclinándome para mantener nuestros rostros cerca, la apoyé contra la
puerta.
Se le cortó la respiración cuando sus hombros golpearon la pared, o tal
vez fue porque mi mano se deslizó hasta su culo.
—Me abriste las piernas como si me estuvieras dando la bienvenida a
casa —anuncié, usando su culo para apretarla contra mí—. Estabas
jodidamente empapada, Rhion.
Sus labios se separaron cuando algo entre un jadeo y un gemido escapó
con el sonido de “Oh-oh”.
—Sí, nena. Lo recuerdo. No todo. Pero lo suficiente como para saber
que sucedió algo, algo enorme y algo que recuerdo haber disfrutado un
montón. Y algo que mataría para que volviera a suceder, joder. Pero todavía
no sé qué comenzó ese algo. Así que voy a necesitar que abras esa boquita
sexy tuya y me pongas al corriente.
Eso no era de ninguna manera lo que había planeado decirle cuando
finalmente tuviera la oportunidad de volver a verla. Debería haber estado
disculpándome. Pero no podía. No con ella tan cerca, el olor a coco
llenando mis sentidos.
Una vez más, se volvió flexible, y una sonrisa tímida jugó a un lado de
su boca.
—¿Matarías para que vuelva a suceder?
Mierda. Lo haría. Si estar con ella era tan bueno como la mitad de mis
recuerdos de borracho, libraría guerras con hombres inocentes para llevarla
allí. No importaba cuán jodido y confuso hubiera sido.
—Y a juzgar por la forma en que reaccionas ante mí, sé que también lo
sientes —dije.
Su aliento mentolado susurró en mis labios cuando preguntó:
—¿Cómo reacciono ante ti, Jude? —Deslizó su mano sobre mis
hombros y luego por mi cuello y debajo de mi cabello.
Mi piel se erizó por el contacto, y extendí la mano y atrapé su muñeca.
Sujetando su mano contra la pared al lado de su cabeza, bajé mi frente a la
de ella y rocé con el dorso de dos dedos la suave piel de su mejilla,
sintiéndome muy orgulloso mientras se calentaba bajo mi toque.
—Como si no pudieras decidir si quieres fundirte conmigo y quedarte
para siempre o desaparecer para que nunca tengas que volver a verme —
dije.
—Jude. —Exhaló.
Gruñí y bajé la cabeza.
Su lengua serpenteó mientras humedecía sus labios, robando mi
atención. Quería esa lengua en mis labios tanto como quería mi próximo
aliento. Degustarla sin los efectos del alcohol diluyendo mis sentidos.
—¿Cuál es, Rhion?
Se puso de puntillas y pasó sus labios sobre los míos.
—En este momento, quiero derretirme.
—Gracias, joder —dije con voz áspera, porque no había palabras para
explicar cuánto quería eso también.
Tragué saliva y sostuve su mirada. Mejillas rosadas. Ojos sensuales.
Labios húmedos.
Ni una sola vez después del incendio había pensado en Rhion de
manera sexual. Durante cuatro años, me había perseguido. Mis fracasos. Mi
culpa por lo del tejado y, lo que es peor, el alcohol. Pero durante la última
semana, con constantes destellos de ella invadiendo mi mente, algunos
cables se cruzaron y reprogramaron por completo mi cerebro ya jodido.
—¿Quién eres, Jude? —susurró, deslizando su mano libre por debajo
de la chaqueta de mi traje, sus uñas arañándome la espalda mientras
aferraba mi camisa.
Era una pregunta extraña, pero tenía una respuesta honesta.
—No lo sé en este momento.
Rozó su nariz con la mía, murmurando:
—Está bien, entonces dime qué quieres. Y lo resolveremos juntos.
Mi mano trazando esa ardiente mariposa en tu pecho desnudo
mientras montas mi polla.
Incapaz de retenerme, deslicé mi mano por su costado, permitiendo
que mi pulgar se arrastrara por la curva de su pecho. Un gemido alentador
revoloteó a través de sus labios abiertos.
Tú en mi cama, mi boca entre tus piernas, donde me aseguraría de que
tus ojos estuvieran llenos de éxtasis en lugar de dolor.
Se arqueó contra la pared, presionando sus senos contra mi pecho
mientras me acercaba más.
Tú a cuatro patas, tu culo en el aire, las puntas rojas de tu cabello
haciéndome cosquillas en los muslos, mi polla desapareciendo en la parte
posterior de tu garganta.
Segundos antes de que mi cuerpo convenciera a mi mente de tomar su
boca, un pensamiento racional finalmente logró cruzar la niebla sexual.
Esta era Rhion.
Solo estar en esa escalera con ella era jodido en más niveles de los que
jamás podría contar. Mucho menos tenerla inmovilizada contra una pared
con mi polla gruesa contra su estómago mientras ansiaba estar dentro de
ella.
¿Qué demonios estaba haciendo?
Mi mejor juicio finalmente prevaleció.
—¡No! —Jadeó cuando me alejé.
Me agarré la nuca y comencé a pasearme por el pequeño corredor.
—Joder —me quejé, discutiendo mentalmente con mi cuerpo mientras
gritaba ensordecedoramente.
—Jude. —Respiró, y como siempre lo hacía, lo sentí profundamente en
mi pecho. En un lugar que no tenía por qué sentir nada por Rhion.
—Deberías irte —dije, manteniendo mi mirada apuntando al suelo—.
Antes de que ambos hagamos algo de lo que nos arrepentiremos.
Se acercó a mí y me preguntó:
—¿Qué acaba de pasar?
—No —interrumpí, levantando una mano para detenerla—. Quédate
atrás.
Si volvía a acercarse, no podría detenerme. Sin "si", "y" o "pero", mi
boca estaría sobre la de ella antes de que pudiera usar esos labios carnosos
para susurrar mi nombre.
—¡Por el amor de Dios, por favor, vete! —ordené, dándole la espalda.
Esperaba que se sobresaltara y se alejara de mí, acobardándose y
corriendo como parecía hacerlo tan a menudo.
No podría haber estado más equivocado.
Una risa burbujeó de su garganta. Una risa de colegiala real y honesta.
Colocando mis manos en mis caderas, me volví para mirarla con
recelo.
—Estás enloqueciendo —declaró.
Mis cejas se alzaron.
—¿Perdón?
Sonrió, y fue sin duda la cosa más espectacular que jamás hubiera
presenciado.
—Mierda, Jude. Te estás poniendo como loco.
Lo estaba. Absolutamente. Cien por cien.
Principalmente porque estaba siendo un idiota... otra vez. Y, ahora, me
estaba mirando mientras sonreía más de lo que nunca pensé que se podía
estirar una boca.
—Está bien asustarse a veces. —Movió un dedo hacia la puerta contra
la que la había inmovilizado—. Cuando algo se siente tan bien,
seguramente te hará cuestionar todas las cosas que creías saber. No trates de
explicarlo. O entenderlo. Solo tienes que sentirlo.
Parpadeé. ¿De qué mierda estaba hablando esta mujer?
¿Y cómo fue su lectura sobre esta situación tan precisa?
—Estás loca —informé, porque estaba empezando a pensar que
realmente lo estaba.
Apuntó esa brillante sonrisa blanca en mi dirección y la acompañó con
un guiño.
Un. Jodido. Guiño.
Cristo, ni siquiera tenías que trabajar en Guardian para contraer la
locura. Aparentemente, se filtraba a través del suelo e infectaba a los
vecinos también.
—¿Lo estoy, Jude?
Pasé una mano por la parte superior de mi cabello.
—Creo que es una gran posibilidad.
—Porque esas fueron las palabras exactas que dijiste —movió su
rostro sexy y sonriente de un lado a otro mientras se corrigió a sí misma—,
o, en realidad, me farfullaste el viernes por la noche cuando estaba
enloqueciendo.
Me convertí en piedra, pero mi mente de repente encontró la fuerza
sobrehumana para concentrarse en algo que no era su boca o su cuerpo.
—Espera. ¿Qué? ¿Te dije eso? ¿Sobre qué? ¿Por qué estabas
enloqueciendo?
Negó y se volvió hacia la puerta. Luego se detuvo para mirarme por
encima del hombro.
—Eres real. Este chico. Viernes por la noche y otra vez ahora mismo.
Es quien realmente eres. —Soltó una carcajada de "te lo dije"—. ¡Lo sabía!
Síp. Puro caso perdido.
—¿Qué significa eso? —grité, lanzándome a la puerta, pero ya estaba
cruzándola—. No puedes dejarme con esa mierda —dije, siguiéndola—.
Deja de malditamente jugar y cuéntame qué mierda pasó el viernes por la
noche.
No respondió.
Sin embargo, alguien más lo hizo.
—¿Viernes por la noche? —gruñó Johnson cuando apareció de repente
al lado de la puerta.
Catorce
Rhion
—¡Mierda! —exclamé, saltando hacia atrás al menos un metro y
chocando contra el pecho de Jude cuando emergió de la escalera—. ¡No me
asustes así! —Le di un fuerte empujón a Johnson, que no hizo
absolutamente nada para sacarlo de mi camino.
Pero eso estaba completamente bien conmigo. No iba a ninguna parte.
No después de que el brazo de Jude se hubiera envuelto protectoramente
alrededor de mi cintura.
Johnson no lo pasó por alto. Su mirada cayó deliberadamente a la
mano extendida sobre mi estómago y luego de regreso a Jude.
—¿Algo que debería saber sobre el viernes por la noche?
Mi gran sonrisa regresó.
—Sí. De hecho…
La mano de Jude se contrajo cuando le dijo a Johnson:
—Tú y yo deberíamos hablar. En privado.
Miré por encima del hombro y encontré su mirada estoica fija en
Johnson.
—Creo que eso sería bueno —respondió Johnson, ladeando su cabeza
amenazadoramente—. Aunque estoy pensando que esa conversación
debería haber sucedido antes de lo que pasó el viernes por la noche.
—Concuerdo —replicó Jude secamente—. Pero no fue así. Así que
tendrá que ser ahora.
Espera. Espera. ¿Qué?
—¿Qué conversación? —pregunté, moviendo mi mirada entre los dos
hombres igualmente enojados.
El brazo de Jude se apretó a mí alrededor mientras murmuraba:
—Vete a casa. Estaré abajo en un rato.
Mientras que mi interior brillaba por la idea de él estando "abajo en un
momento", todavía estaba confundida acerca de lo que Jude y Johnson iban
a hablar.
Y cuanto más lo pensaba, menos quería que dicha conversación
sucediera. Johnson sabía demasiado sobre mí. Cosas sobre las que con el
tiempo pondría a Jude al tanto. Palabra clave: con el tiempo. Nadie carga a
su nuevo hombre con equipaje de inmediato. Y después de ese pequeño
“sujétame contra la pared” en el hueco de la escalera, tenía toda la intención
de hacer de Jude el nuevo hombre en mi vida.
—No voy a ninguna parte. Ustedes dos no tienen nada de qué hablar
—anuncié.
—Cariño —respondió Johnson al mismo tiempo que Jude decía:
—Nena.
—¡No me llamen con apodos cariñosos! —exclamé—. Ustedes dos no
tienen nada de qué hablar. En realidad, a partir de este momento, Jude, te
prohíbo que hables con Johnson.
El pecho de Jude se tensó en mi espalda, y cuando levanté la vista, me
estaba mirando como si tuviera tres cabezas.
—Nunca —confirmé solo para asegurarme de que entendía la gravedad
de esta situación.
Sus ojos se oscurecieron, y no de una manera sexy, bueno, está bien,
todavía era bastante sexy, pero también un poco aterrador.
—¿Me lo prohíbes? —dijo lentamente.
—Prohibir. Impedir. Vetar. También te prohíbo escucharlo. Si él
comienza a hablar, tú corres. ¿Entendido?
—¿Correr? —preguntó incrédulo. Su expresión permaneció dura, pero
cuando asentí, sus labios se torcieron.
Hermoso.
No podía permitirme perderme en la boca de Jude hasta que estuviera
segura de que mi punto había sido entendido.
—Correr. Huir. Escapar.
Johnson habló.
—Cariño, trabaja para mí. No puede correr cada vez que me vea.
Mantuve mi enfoque en Jude. Y esto se debía a que todavía me
sostenía con seguridad contra su pecho y todavía me miraba, pero su rostro
se había suavizado, así que volvía a tener solo una cabeza.
Cuando mis mejillas se calentaron, lo oculté mirando a Johnson.
—Correcto, bien. Bueno, tú trabajas para mí. Entonces, ¿qué tal esto?
Te prohíbo hablar con Jude. Sin embargo, puedes escucharlo. Eso debería
hacer las cosas un poco menos incómodas en la oficina.
Johnson me miró fijamente y anunció:
—No trabajo para ti.
Resoplé.
—¿Oh, en serio? ¿Llegó el papeleo de adopción y aún no lo sé?
El cuerpo de Jude se convirtió en piedra.
—¿Papeleo de adopción?
Johnson sonrió y se encogió de hombros.
—Me negué a casarme con ella.
Jude me liberó tan rápido que habrías pensado que había sido
alcanzado por un rayo.
—¿Casarte con ella? —Exhaló ominosamente.
Me di la vuelta para mirar a Jude.
—No fue una propuesta real.
Se agarró la nuca y espetó:
—Una propuesta falsa, entonces. Es bueno saberlo. —Solo que lo dijo
de una manera que decía que realmente no era bueno saberlo.
Los nervios zumbaron en mi estómago y, como parecían hacer tantas
veces con Jude, escaparon en forma de palabras.
—Solo estaba tratando de ahorrar algo de dinero, así que le pedí que se
mudara.
Los ojos de Jude se oscurecieron… de forma aterradora.
—Quiero decir... no así. Hubiéramos tenido habitaciones separadas y
furtivamente personas en medio de la noche. No soy su tipo de todos
modos. Revelación completa: pensé que era sexy cuando lo conocí, porque
míralo. —Señalé a Johnson.
Una absoluta incredulidad brilló en el rostro de Jude.
Oh-oh. Seguí divagando.
—Pero luego comenzamos a pasar tiempo juntos y se convirtió en algo
totalmente diferente.
—Correcto —espetó Jude.
¡Mierda!
—¡No! No es ese tipo de diferente. Quiero decir, estamos unidos, pero
nunca lo he visto desnudo. Excepto una vez...
Pensé que sus ojos se saldrían de su cabeza.
Deseché el resto del pensamiento.
—¿Sabes qué? Eso ni siquiera cuenta. Fue un accidente.
Johnson se echó a reír detrás de mí.
¿Cómo podía escribir novelas de cien mil palabras pero no juntar un
pensamiento completo para explicar mi relación con Johnson? ¿Qué
demonios me pasaba?
Oh, sí. Jude.
—¡Le gustan los hombres! —exclamé finalmente.
Jude parpadeó y Johnson dejó escapar un estallido de maldiciones.
—Lo que... no tiene nada de malo. —¿Por qué no puedo callarme?—.
Simplemente no tengo el equipo adecuado para eso. Pero eso está bien. Una
vez que lo conocí, rápidamente me di cuenta de que tampoco era mi tipo.
No quiere decir que no sea un buen partido. Haría de alguien un gran
esposo. Desafortunadamente, su novio no se dio cuenta de eso y lo engañó
hace aproximadamente un año.
—Jesucristo —murmuró Johnson.
Las cejas de Jude se alzaron en una exhibición de sorpresa
increíblemente sexy.
Sorpresa, sorpresa. Mi boca seguía moviéndose.
—Todavía quiero tirar huevos a su casa, pero Johnson se niega a
llevarme.
De repente, la boca de Jude se torció y su rostro se suavizó.
—Rhion, deja jodidamente de hablar —gruñó Johnson.
—¡No puedo! —Me tapé la boca con una mano.
—Creo que lo que quiere decir es que no estamos juntos, Levitt. Soy su
guardaespaldas.
Los labios de Jude se separaron en una sonrisa completa mientras
asentía, mi rostro tan caliente por la vergüenza que era una maravilla que no
me quemara espontáneamente.
—Sí. Eso —murmuré detrás de mi mano.
—Párrafos —gruñó, atrayéndome contra su pecho.
Fui de buena gana, manteniendo la boca cerrada. Parcialmente porque
me asustaba qué más saldría. Parcialmente porque mientras sus brazos me
rodeaban, mis nervios se desvanecieron.
—Ahora que hemos quitado de en medio la historia de mi vida,
¿alguien quiere contarme lo que está pasando aquí? —exigió Johnson.
—Bueno —comencé.
—Silencio, Butterfly —gruñó Jude mientras sus brazos se flexionaban
a mi alrededor.
Mi respiración se atoró en mi garganta. Butterfly. Ni siquiera me
importó que hubiera sido precedido por una orden grosera de guardar
silencio. Estaba sobrio. Y seguía siendo Butterfly.
Oh, Dios mío.
Me acurruqué más cerca, una gran sonrisa dividió mi boca.
—Me emborraché —anunció a Johnson—. Fui a casa de Rhion el
viernes por la noche. No recuerdo mucho. Y se niega a ponerme al
corriente. Pero, como puedes ver, algunas cosas sucedieron entre nosotros.
Pero si lo que Rhion me contó tan elocuentemente sobre ustedes dos es
cierto, entonces nada de eso es de su incumbencia.
—Ahí es donde te equivocas. Todo lo que tenga que ver con ella es
asunto mío.
Oh-oh.
—¡Me muero de hambre! —dije apresuradamente—. Probablemente
deberíamos entrar antes de que se acabe toda la comida. —Agarré la mano
de Jude y comencé a caminar hacia la puerta.
Solo que Jude era enorme y me ganaba por muchos centímetros y
muchos kilos. Así que, en lugar de seguirme, permaneció arraigado en el
lugar.
—Vamos. Traigo el desayuno para pasar el rato con los chicos todos
los viernes por la mañana. Además, ¿no tienes una reunión de equipo? —
Moví un pulgar sobre mi hombro y puse una mano alrededor de mi boca
mientras decía en voz alta—: Escuché que el jefe es un verdadero imbécil si
llegas tarde.
Los labios de Jude hicieron esa contracción de la que me estaba
enamorando rápidamente, y cuando solté un suspiro de ensueño, se
transformó en una sonrisa.
—Tengo una reunión —confirmó.
—¿Tal vez podamos hablar esta noche? Podría preparar la cena —
ofrecí, con la esperanza arremolinándose dentro de mí.
—No puedo.
—Oh. Eh... eso está bien. En otro momento.
—Val. Viene esta noche —dijo como si debiera recordarlo.
—Oh, cierto. La llamada telefónica. —Sonreí tímidamente—. ¿Es por
casualidad una Pomerania?
Se rió.
—¿Qué? No. Es mi hijastra.
Mi mano saltó al diamante de mi madre cuando pregunté en voz baja:
—¿Como la hija de tu esposa?
Sonrió sabiamente y colocó un mechón suelto detrás de mí oreja.
—Hija de mi ex esposa.
—Oh. —Respiré.
—Vamos dentro a protegerte del frío —dijo, colocando una mano en la
parte baja de mi espalda para llevarme con él.
Estratégicamente, evité la mirada de Johnson. Me ocuparía de su
mierda más tarde. En ese momento, tenía a Jude, mi Jude, no el imbécil
Jude. Iba a aprovecharlo al máximo.
Cuando entramos en la oficina, la sonrisa de Jude se desvaneció casi
tan rápido como su mano.
Lo odiaba porque todo lo que quería hacer era entrar y presentar a mi
nuevo chico a todos mis amigos. Sin embargo, eran sus compañeros de
trabajo y Jude no parecía del tipo que daba grandes muestras de afecto en
público. Sin mencionar ese pequeñísimo problema: en realidad no era mi
nuevo chico.
No todavía, de todos modos.
Durante diez minutos, sentí a Jude mirándome mientras caminaba por
la habitación, intercambiando abrazos y conversando con todos. Mantuvo
su distancia, pero siempre era la misma distancia. Me movía. Jude se movía
conmigo. Fue un poco dulce.
Cuando terminé de hacer mis rondas, me senté y fui por un bollito de
arándanos. Jude pasó junto a las dos sillas a cada lado de mí y se acomodó
en la que estaba al final de la mesa. Girándose hacia un lado, cruzó sus
largas piernas desde el tobillo hasta la rodilla.
Me mordí el labio para reprimir una risa. Llevaba un calcetín azul
marino y uno negro.
—Sabes —dije, deslizándome por la mesa con mi plato hasta que
estuve en la silla a su lado—. Evitarme levantará sospechas en más radares
que si solo hablas conmigo.
—Dos oraciones. Estoy impresionado. Y no te estoy evitando. Estoy
observando.
—Gracioso. También te estoy observando. —Señalé sus calcetines.
—Mierda —gruñó.
—Parece que alguien se vistió en la oscuridad.
Descruzó sus piernas y las movió debajo de la mesa.
—En realidad, soy daltónico.
—Oh, mierda. No quise reírme. No es una gran diferencia. De verdad.
Nadie lo notará.
—Relájate. Estaba bromeando. Me vestí en la oscuridad. —
Lentamente, echó la cabeza hacia atrás, revelando una sonrisa deliciosa y
un par de ojos verdes bailando con humor.
Levanté la vista y vi a Devon al otro lado de la habitación, estudiando
cuidadosamente nuestro intercambio. Su frente estaba arrugada por la
preocupación, pero cuando vio que había sido atrapado, me guiñó un ojo.
Jude también lo vio.
—¿Ustedes son cercanos? —preguntó.
Abandoné mi bollito y sacudí mis dedos sobre el plato.
—Soy cercana con todos los chicos.
Cruzándose de brazos, se recostó en la silla.
—Parece que te quieren mucho. He sido apartado y amenazado con
daños corporales todos los días de esta semana.
—Desearía poder disculparme, pero te lo merecías.
—Lo hacía —dijo en acuerdo de inmediato—. Y, para que conste, lo
siento.
—Entonces... ¿observaste algo bueno? —pregunté para cambiar de
tema.
—Actualmente, sí.
Me acerqué y susurré:
—¿Algo que quieras compartir?
Se encogió de hombros y se llevó el café a sus labios mientras
mantenía su mirada fija en la mía.
—No lo sé —dijo, bajándolo—. ¿Tienes algo que compartir sobre el
viernes por la noche?
Sonreí.
—¿Estás proponiendo un intercambio de información mutuamente
beneficioso?
—Quizás.
Me recliné en mi silla y crucé las piernas. Su mirada se desvió,
deslizándose hasta mis bailarinas y luego otra vez hacia arriba. Luché
contra el escalofrío. Y perdí.
Sus labios se curvaron seductoramente.
—Entonces, ¿qué dices?
Puse mis dedos debajo de mi barbilla.
—Depende. ¿Qué tipo de información podrías tener que me gustaría
saber?
Inclinó la barbilla hacia los hombres apiñados alrededor de las cajas en
el mostrador.
—Bueno, uno de tus supuestos amigos te está evitando. Otro habla
mierda a tus espaldas. Y otro quiere follarte tan fuerte que le duelen las
bolas. Dime por qué estabas enloqueciendo el viernes por la noche y te diré
los nombres.
—De ninguna jodida manera. —Exhalé dramáticamente.
—Sí —confirmó, inclinándose hacia adelante y apoyándose en un
antebrazo—. Ahora, escúpelo. Recuerdo seguirte a la despensa. Estabas
llorando, pero no puedo recordar por qué. ¿De qué estábamos hablando?
Me incliné hasta quedar a solo unos centímetros de su rostro y mantuve
la voz baja.
—Quise decir que de ninguna jodida manera voy a morder ese anzuelo.
Ya sé las respuestas.
Arqueó una ceja y torció los labios.
—Está bien, entonces, señorita Sabelotodo, ¿quién te está evitando?
Me reí.
—Leo. Me ha estado evitando desde que puse el menú para la cena de
Acción de Gracias de este año en su escritorio. Mira, soy la planificadora
oficial, o no oficial, dependiendo de a quién le preguntes, y anfitriona de la
fiesta de Acción de Gracias de Guardian. No es oficial porque Leo me quitó
el título el año pasado cuando Johnson me delató por no apegarme al
presupuesto. Sí, fue un extra de tres mil dólares de mi propio bolsillo, pero
contraté a un chef y un equipo completo. Mis chicos trabajan duro y se
merecen más que solo un pavo y relleno enlatado. No hacen nada a medias
cuando se trata de mí. Así que, sí, dije que se joda el presupuesto y Acción
de Gracias. Leo lo superará. —Me encogí de hombros—. Tiene que
hacerlo, teniendo en cuenta que ya he reservado al chef nuevamente. —
Levanté un dedo en el aire y agregué—: Tercer jueves de noviembre. Mi
casa. Reserva el día.
Apenas contuvo su risa cuando dijo:
—¿Celebras por todo lo alto Acción de Gracias?
—Por supuesto.
Esa vez, sus labios no se contrajeron; saltaron directamente a una
sonrisa.
Pasé los dientes sobre mi labio inferior, y siguió el movimiento con los
ojos.
Todavía observando mi boca, me preguntó:
—¿Y el que habla mierda?
—Devon. Déjame adivinar: ¿le está diciendo a todos que soy una
stripper?
Su ceño se frunció.
—¿Sabes sobre esto?
Puse una mano sobre mi corazón.
—Awww, me encanta que haya estado hablando de mí. Significa que
está pensando en mí.
—No. Lo que significa es que está pensando en ti desnuda y en una
barra.
Le resté importancia con un gesto.
—Devon es inofensivo.
—Inofensivo, sí. Pero les dice a todos en un radio de ochenta
kilómetros que eres una stripper.
—Nah, él es mejor que eso. Nadie le cree de todos modos. Encontrarás
que todos los chicos piensan que tengo un trabajo diferente. Me gusta
mantenerlos alerta. —Hice un espectáculo de mirar a nuestro alrededor, y
luego susurré—: La verdad es que en realidad soy una veterinaria acuática
de las estrellas. No se lo digas a nadie.
—Veterinaria acuática de las estrellas —repitió secamente.
—Sí. Puedes llamarme doctora Koi.
—Jesucristo. Realmente estás loca.
—En realidad, lo que soy es reservada —informé—.
Desafortunadamente, también soy muy social. Hacer amigos es difícil
cuando no estás dispuesto a decirles a qué te dedicas. Y aprenderás que los
hombres de Guardian son más que solo mis amigos. Son mi familia. Así
que, sí, todos obtienen una parte diferente de mí que les permite aceptarme
en su vida, todo mientras mantengo mi vida personal en privado.
Me miró con curiosidad.
—¿Y mi parte de ti es una veterinaria acuática de las estrellas?
—Por ahora. —Sonreí.
—Bien. ¿Y qué hay de Johnson? ¿Qué parte de ti tiene? —preguntó en
el tono áspero de Imbécil Jude.
Solo que hizo aletear mi estómago esta vez. ¿Estaba celoso?
—Johnson es... diferente.
—Sí. Por supuesto —dijo, señalando con la barbilla a alguien por
encima de mi hombro—. ¿Qué pasa, hombre?
Lark giró la silla a mi lado y luego se sentó a horcajadas, cruzando los
brazos sobre el respaldo.
—Devon dice que estás buscando una niñera.
—Desesperadamente. —Jude suspiró—. Mi hijastra viene esta noche.
Pero tengo el asunto del hijo del senador el sábado. ¿Conoces a alguien
confiable?
—Sí. Es jodidamente increíble. A veces temo que mis chicas la quieran
más que a mí.
—¿Puedes darme su número?
—Claro. —Lark sujetó mi hombro—. Rhion, dale a Levitt tu número.
Jude pestañeó.
Sonreí enormemente.
—Me encantaría cuidarla.
—Eh... —Se detuvo, dirigiendo su mirada a Lark—. ¿El trabajo de
niñera es una parte de ti?
—No. Lark cree que soy una artista del tatuaje.
Lark me miró con disgusto.
—Lo siento. ¿Creo que eres un artista del tatuaje? ¿No lo eres?
Le di unas palmaditas en el brazo.
—Por supuesto que sí, cariño. —Le lancé un guiño a Jude que lo hizo
reír—. Todo lo que quise decir es que cuidar niños es una verdadera parte
de mí. Me encantan los niños. Cuido a las chicas de Lark al menos una vez
al mes. Y a veces hago de niñera para Leo y Sarah también.
—Mierda. —Lark suspiró—. Si no haces tatuajes, ¿eres realmente una
stripper?
—Shh... —insistí, dirigiéndole una mirada que hizo que la risa de Jude
se convirtiera en una carcajada.
Lark volvió su incredulidad hacia Jude.
A lo que Jude se encogió de hombros y dijo:
—Ni una palabra.
No sabía mucho sobre Jude. Si era republicano o demócrata. Si le
gustaba el fútbol o el béisbol. Si le gustaban sus huevos revueltos o fritos.
Pero, en ese momento, una parte de mí se enamoró de él.
Lark maldijo por lo bajo y sentí que me miraba, pero mi mirada
permaneció fija en el rostro sonriente de Jude.
Unos segundos después, Johnson anunció que las reuniones del equipo
estaban a punto de comenzar y Lark se levantó y se fue. Jude nunca apartó
sus ojos de mí mientras se retiraba de su silla y luego se levantaba.
Mi corazón latía en mi pecho mientras lo veía inclinarse, su boca se
dirigiéndose hacia mí. Me preparé lamiéndome los labios. Iba a besarme.
Estaba segura de eso.
No lo hizo.
Sino que lo que hizo fue susurrarme al oído:
—Era yo.
—¿Qué? —Respiré, moviéndome hacia él.
Su mano sujetó mi nuca.
—El tercer tipo. Ese era yo.
Me quedé sin aliento.
“Uno de tus supuestos amigos te está evitando. Otro habla mierda a
tus espaldas. Y otro quiere follarte tan fuerte que le duelen sus bolas”.
Un fuego me consumió cuando se enderezó. El tipo de fuego que ardía
dentro y solo él podía extinguir.
—Jude —susurré.
Dejó caer su mano, pero todavía la sentía en mi nuca como si me
hubiera marcado. La quemadura más dulce de todas.
—Le pediré tu número a Lark y te enviaré un mensaje con los detalles
sobre el sábado.
Si los colibríes en mi estómago eran una indicación, en el momento en
que abriera la boca, iba a salir una historia corta. Me ahorré la vergüenza y
a él el tiempo dando un breve asentimiento.
Quince
Jude
—Estaré bien —aseguró.
—No sé. No se siente bien —dije hacia el parabrisas de mi Jeep
mientras conducía hacia Guardian.
La mano de Val aterrizó en mi antebrazo y me dio un apretón.
—En serio, Jude. Cálmate. Tengo once años. Lo peor que podría pasar
es que me permita ver una película para mayores.
O mi peor pesadilla podría convertirse en realidad y las encontraré a
ambas colgando de la ventana del balcón con llamas a su alrededor.
Lark, Leo y Sarah, todos me aseguraron que Rhion era la mejor de la
mejor en lo que se refería a niños, pero todavía estaba nervioso por dejar a
Val.
De todos modos, parte de ello probablemente tenía más que ver con
Val que con Rhion.
Desde que la había recogido en el aeropuerto la noche anterior había
estado actuando extraño.
Estaba demasiado callada. Demasiado retraída. Demasiado… nada que
ver con Val.
Mi chica burbujeante con la sonrisa contagiosa que había dejado en
Los Ángeles hace unas pocas semanas no era la malhumorada
preadolescente que me había encontrado en el aeropuerto. Claro, me había
rodeado el cuello con los brazos y me abrazó tan fuerte como siempre
hacía, pero ahí era donde terminaban las similitudes.
Valerie siempre había sido gruesa. Su padre era un linebacker de la
NFL de ciento cuarenta kilos. Me había imaginado que era genético.
Aunque no era como si fuese una vaga. Había sobresalido como jugadora
de softball de la Little League. De todos modos, cuando la había encontrado
en la zona de llegada, había sido fácil ver que había ganado unos cuantos
kilos. Aunque esa no era la parte preocupante. Para mí, las alarmas de
peligro estaban sonando porque los había ganado muy rápido. Solo habían
pasado unas semanas desde la última vez que nos vimos.
Y luego estaba el hecho de que había tenido un ataque cuando le había
dicho que se cambiase a algo agradable cuando nos estábamos preparando
para ir con Rhion. Mi niña pequeña, a la que solían encantarle los vestidos y
todas las cosas rosas, había empacado exactamente tres conjuntos diferentes
para venir a mi casa para el fin de semana; un chándal gris, un chándal
negro y un chándal azul marino. Y cada uno era una talla demasiado
grande.
Su cabello era otra gran diferencia. El padre de Val era afroamericano y
a pesar del hecho que April tenía un largo cabello rubio y lacio, ella había
heredado los rizos oscuros de él. Por esta época el año pasado, Val habría
pasado una hora en el baño con millones de productos diferentes y
herramientas para alisar su cabello en mechones lisos que se parecieran a
los de su madre. Ahora lo tenía recogido en una coleta alta, que no podía
asegurar que hubiese peinado.
Sabía que recibía mierda suficiente por su apariencia de su madre, así
que había decidido mantener mis opiniones para mí, pero hablaría con April
de ello a la primera oportunidad que tuviese.
—Listilla, te dejo ver películas de mayores.
Me sonrió.
—Lo sé. Por eso eres mi favorito.
Dios, había echado de menos esa sonrisa. Al menos esa era todavía la
misma.
—Así que, escucha, hay algo que tengo que decirte de Rhion.
Se alejó de mí hasta que perdí mi agarre en su cuello.
—De todos modos, ¿qué clase de estúpido nombre es Rhion para una
chica? Ese es un nombre de chico.
—Oye. —La miré con el ceño fruncido—. No digas que el nombre
alguien es estúpido. No pudo elegirlo como tú no elegiste Valerie.
—Lo que sea. Todavía es estúpido —murmuró entre dientes mientras
miraba por la ventana.
—Nada de lo que sea. Sabes muy bien que no es así como hablamos de
la gente.
—Cierto. Lo siento —murmuró con sarcasmo hacia la ventana.
Cristo, así era con once, los verdaderos años de adolescencia iban a ser
terribles.
—De acuerdo. ¿Qué sucede contigo? Me mordí la lengua cuando me
ignoraste toda la mañana para juguetear con tu teléfono, pero ahora…
Ni siquiera se giró para mirarme.
—Val —llamé.
Continuó ignorándome.
Alcé la voz.
—¡Valerie!
Nada.
Le apreté el punto con cosquillas sobre la rodilla.
—¡Detente! —dijo riéndose, alejando mi mano.
—Oh, mira. ¡Ahí está! —bromeé—. Me alegra que finalmente
pudieses unirte a mí.
Se rió por un segundo más antes de tranquilizarse. Con tono arrogante,
dijo:
—Eso estuvo completamente fuera de lugar.
Estallé en risas.
—Demonios, suenas como tu madre.
Comenzó a reírse de nuevo.
—¡Lo sé! Lo he estado perfeccionando toda la semana. —Se enderezó
en su asiento—. Escucha esto. —Se aclaró dramáticamente la garganta—.
Buen Dios, Valerie. Quítate ese gorro. Pareces Justin Bieber. —Luego
terminó con el tono de April—: Solo gorda y sin estilo.
Tomé una respiración entrecortada y mantuve la mano en su rodilla y la
otra aferrada con fuerza alrededor del volante. Esa charla con April pasó de
la primera oportunidad que tuviese al momento en el que Valerie no me
escuchase.
—Eres hermosa —aseguré inmediatamente—. Tu madre… es…
Sabía que April había hablado mierda de mí después del divorcio, pero
me había negado a seguirla por ese camino. Especialmente en lo que
concernía a Val. Pero, ¿cómo decía Tu madre es una delirante zorra egoísta
que no merece estar en la misma habitación que tú, mucho menos ser
llamada madre, sin que suene mal?
—Entonces, ¿qué necesito saber de Rhion? —preguntó cuando no
terminé mi pensamiento.
Apreté los dientes y me esforcé en que no se notase mi furia abrasadora
en mi voz mientras farfullaba:
—Tu madre está equivocada.
De nuevo, intentó alejar la conversación de ella.
—Supongo que Rhion podría ser un nombre de chica. ¿Cómo se
deletrea?
—Val —increpé mientras entraba en el estacionamiento subterráneo de
Guardian. Después de estacionar el Jeep, me quité el cinturón de seguridad
y me giré en el asiento para mirarla. Reclinándome contra la puerta, ordené
—: Mírame.
Alzó su mirada marrón hacia mí y sentí cómo si una cuchilla me
traspasase.
Las lágrimas brillaban en sus ojos mientras susurraba:
—Ya no quiero hablar sobre mi madre.
—Eso está bien. No tienes que hablar. Pero vas a escucharme por un
minuto. Sabes que nunca te diría que no respetases a tu madre. Pero hay
ciertos momentos donde voy a decirte que la ignores. —Ahuequé su
mandíbula y eché su cabeza hacia atrás—. Esta es una de esas veces, cariño.
A veces dice cosas estúpidas. Pero eso es cosa suya, no tuya. Tu madre ha
pasado toda la vida intentando hacer que te parezcas a ella, y cuanto mayor
te haces más claro se vuelve que no eres su mini yo. Eres mejor.
—Psss. Sí, claro —resopló, intentando apartar la mirada.
Apreté mi agarre y la obligué a que mantuviese la mirada en mí.
—Confía en mí, cariño. Soy un hombre. Las mujeres son mi
especialidad. Y te lo estoy diciendo aquí y ahora, tu madre está equivocada.
Eres una de las chicas más hermosas que he visto jamás. Y si alguien
alguna vez intenta decirte lo contrario, van a tener que lidiar conmigo.
Se mordió los labios y luchó contra las lágrimas.
—Dime que lo entiendes, Val —insistí.
No dijo nada, pero asintió y alzó la mano para cubrir la mía en su
barbilla.
—Bien. —Tranquilicé—. Ahora, voy a tener que hablar con tu madre
esta noche. Tampoco quiero que te preocupes por eso.
—¡No! ¿Y si…?
—No va a alejarte de mí. Estará bien. Confía en mí.
Una lágrima finalmente escapó de sus ojos mientras decía:
—De acuerdo.
Sonreí y bajé la mano hasta su cuello.
—Ahora deja de llorar. Estás de vacaciones.
Sorbió por la nariz y repitió:
—De acuerdo.
Le besé la frente antes de abrir mi puerta y salir. Después de tomar su
mochila del asiento trasero, se encontró conmigo junto al parachoques.
—Gracias, Jude —susurró, rodeándome las caderas con el brazo.
Puse el mío sobre sus hombros y dije alegremente:
—Oh, no intentes ser amable ahora. Me estaba acostumbrando a que
me ignorases.
Se rió y juntos subimos en el ascensor.
—Eh, Jude —murmuró mientras pulsaba el botón al tercer piso.
—¿Sí, cariño?
—Yo, mmm…. ¿crees que tal vez… eh… podríamos ir de compras
mientras estoy aquí? Es solo que, odio ir con mi madre.
Sonreí y la miré.
—No voy de compras, Val.
—Oh, sí. Lo siento. —Agachó la cabeza y se centró en sus zapatos.
—Pero si mi chica quiere ir de compras, voy a llevarla de compras.
Alzó la cabeza, su rostro redondo sonriéndome.
—¿De verdad?
Me reí entre dientes.
—Me ofende lo sorprendida que pareces ahora mismo.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, ambos salimos.
—Bien. Necesito sujetadores nuevos. Podemos comprarlos, ¿verdad?
—preguntó.
Casi me ahogué con mi lengua mientras nos dirigíamos a la puerta de
Rhion.
—Uh…
No me gustaban mucho las compras. Pero realmente no era un
entusiasta de las compras cuando se refería a los sujetadores de mi hija
preadolescente.
Se rió.
—Estoy bromeando.
Dejé salir un fuerte suspiro, lo que la hizo reír más fuerte.
Mientras llamaba a la puerta intenté silenciarla con una mirada, pero
podía sentir la sonrisa tirando de mis labios.
No fue hasta que la puerta se abrió que me di cuenta de que nunca
había hablado de Rhion con Val.
—¡Mierda! —dijo jadeando.
Rhion vestía unos vaqueros y una camiseta de manga corta con cuello
en uve, exponiendo no solo los tatuajes de sus brazos, sino también los de
su pecho, que terminaban ligeramente bajo su clavícula. Mi mirada fue
directamente al sutil escote.
Pero eso no fue lo que Val vio.
—Tiene cicatrices como tú, Jude.
Apreté los labios y miré a Rhion con los ojos abiertos de par en par
como disculpa.
Miró en mi dirección, pero había una sonrisa plasmada en su rostro.
Después de que Rhion hubiese dejado la oficina el día antes, no había
sido capaz de sacarla de mi mente. En mis pesadillas, siempre había
pensado en ella como una mariposa rota tambaleándose al borde de la
muerte. Pero después de diez minutos con la mujer loca, supe que no podría
haber estado más equivocado. Estaba muy viva. Su risa. Su sonrisa. Su
sentido del humor. Cualquiera diría que Rhion Park era hermosa. Pero
cuando abría la boca era un tipo diferente de belleza. Del tipo que tenía una
forma de meterse bajo la piel de un hombre.
Después de esa noche, Rhion y yo habíamos intercambiado un puñado
de mensajes muy formales. Era extraño. Parecía que, para una mujer que
hablaba en párrafos, solo contestaba con una sola sílaba. Sí. No. Bien. Creo
que lo más largo que recibí de ella fue un De acuerdo. Te veo entonces.
Aunque podía ser tan breve como quisiera; no iba a echarme atrás.
Los pensamientos racionales habían muerto en ese hueco de escalera.
En el momento en que la había perdido de vista tras la puerta, supe que la
seguiría. En el momento en que había visto a Johnson allí, había sabido que
lucharía por ella. Y en el momento en que me había sonreído, había sabido
que correría un kilómetro sobre cristales rotos para mantenerla dirigida
hacia mí.
Para resumirlo: estaba jodido.
La deseaba. Y no solo con mis manos y boca, aunque no podía negar
que era parte de ello. Mi cuerpo volvía a la vida por esa mujer. Pero con
Rhion, quería más. Quería saber qué le había sucedido los últimos cuatro
años. ¿Era feliz? ¿Qué estaba haciendo en Chicago? ¿Qué hacía realmente
para vivir? ¿Por qué era tan reservada? ¿Esa noche también la perseguía en
sueños? Y sobre todo, ¿pensó en mí una fracción de lo a menudo que lo
había hecho yo en ella a lo largo de los años?
Por una parte, me preocupaba que perseguir algo con ella fuese
astronómicamente estúpido. Por otra parte, no podía detenerme.
—Lo siento. No quería… Mierda. —Val me miró con disculpa—.
Probablemente eso fue grosero.
Abrí la boca para decirle que lo era absolutamente, pero Rhion
intervino primero.
—Nah, no fue grosero. —Se apartó del camino y nos hizo señas para
que entrásemos—. Si estuviese avergonzada las habría cubierto. Pero no
creo en las camisetas de manga larga. Pagué mucho dinero por estos
tatuajes como para cubrirlos. —Le mostró un brazo colorido a Val.
Val pasó un dedo por una de las cicatrices hábilmente cubiertas en el
antebrazo de Rhion.
El recuerdo golpeó mi cerebro como muchos lo habían hecho a lo largo
de la semana pasada. Eran suaves.
No como la carne con bordes duros de la parte trasera de mi cabeza.
Pero, por otro lado, ella probablemente se había puesto las vendas de
compresión como había recomendado el médico.
Mientras tanto, durante el primer año, me había dejado el cabello largo
y hecho cualquier cosa para poder olvidar.
—¿Cómo te las hiciste? —preguntó Val.
Rhion me miró.
Negué.
Valerie sabía todo sobre mis pesadillas, probablemente más de lo que
sabía April. Sabía sobre mi Butterfly. Pero no sabía de mis fallos que nos
habían provocado las cicatrices a ambos. Y no iba a declarar eso frente a la
niña pequeña que me admiraba.
—Bueno… —comenzó a decir Rhion, bajando la mirada a Val—. Hace
unos años entré en una pelea con un oso. Era un verdadero imbécil que
creía que podía meterse en mi campamento y robarme la cesta de picnic.
Claramente subestimó cuánto me gustaba comer. Acabé con esto. Pero
ahora es el primer oso sin pelo del mundo. No te preocupes. Le di el
nombre de mi tatuadora y le tatuó unos pantalones.
Puso la mirada en mí, una hermosa sonrisa tirando de sus labios, una
luz brillando en sus ojos, lo que claramente me sorprendió.
Joder. Esta mujer.
—No-oh. —Val se rió mientras algo extraño sucedía en mi pecho.
No estaba seguro de qué era exactamente, pero se sentía como si una
presión hubiese sido liberada en mi pecho desde el interior. Había pasado
mucho tiempo desde que había sentido un gramo de alivio, y ese pequeño
montón bien podría haber sido una roca. Y todo lo que había necesitado era
una pequeña historia y una sonrisa para hacer que sucediese.
—Puedes dejar tus cosas en el sofá. Hice algunas galletas. Todavía
están calientes si quieres tomar una de la cocina —indicó Rhion a Val.
—Increíble —contestó Val, girándose para abrazar mis caderas antes
de alejarse rápidamente.
Rhion se cruzó de brazos y se acarició los brazos en busca de calor.
Mirándome tímidamente a través de sus largas pestañas con máscara negra,
susurró:
—Hola.
Joder, la timidez era linda en ella. Era casi mejor que el coqueteo y la
locura que me había dado el día anterior. Casi.
—Hola —contesté con una sonrisa.
Tomando la indirecta, entré y cerré la puerta.
Con sus uñas pintadas jugueteó con su colgante como si no supiese
cómo actuar a mi alrededor. Y, a decir verdad, yo tampoco estaba seguro.
Habíamos compartido algo. Mucho, en realidad. La mayoría malo, pero en
la última semana, algo de ello había sido realmente bueno. Tan bueno que
estaba deseando arriesgarme a destruir a la única mujer que alguna vez
había necesitado proteger para tener lo bueno de nuevo.
Le rodeé los hombros con el brazo y la acerqué contra mi pecho.
Vino deseosamente, su mano aterrizando en mis abdominales mientras
se amoldaba contra mí.
Miré por encima de su cabeza para ver a Valerie observándonos, una
sonrisa en su rostro mientras pasaba la mirada sobre Rhion y luego sobre
mí.
Fruncí el ceño, pero solo para evitar devolverle la sonrisa.
—Tengo que irme, nena —susurré a Rhion mientras la soltaba—. Pero
tenemos cosas de las que hablar antes de hacerlo.
Respiró hondo y se alejó reticentemente.
—Mmm… ¿qué clase de cosas?
—Bueno, en realidad tenemos muchas cosas de las que hablar.
Predominantemente sobre yo siendo un imbécil… otra vez. Y de nuevo
sobre mí no siendo un imbécil y tú derritiéndote por mí del modo que
pareces hacer cuando no estás hablando a mil kilómetros por hora. Pero, por
ahora, hasta que podamos conseguir un poco de tiempo a solas más tarde
esta noche, necesitamos discutir cosas sobre Valerie.
Se llevó la mano al collar.
—¿Esta noche?
—¿Olvidé mencionar que cuando regrese vamos a hablar?
—¿Solos? ¿Nosotros?
Pasé un dedo por el lateral de su cuello y bajé la voz:
—Estoy esperando que hablar vaya a terminar con tu boca sobre la
mía. Así que, sí, Rhion. Solos es probablemente lo mejor.
Me miró boquiabierta y no pude evitar reír entre dientes.
—Pero primero tengo que ir al trabajo, escuchar durante horas
soporíferos discursos políticos y luego asegurarme de que la familia del
senador llega al aeropuerto a tiempo. Así que ahora mismo necesito hablar
sobre Valerie así puedo ponerme en marcha, hacer mi trabajo y luego volver
para hablar contigo.
Pestañeó lentamente y luego preguntó al azar:
—¿Republicano o demócrata?
Curvé los labios.
—¿Importa?
—No realmente, solo me estoy preguntando qué clase de políticos
encuentras soporíferos.
Me incliné hacia ella.
—Todos.
—Cierto. —Se mordió el labio.
—Así que, volviendo a Val… No conoce la ciudad y me sentiría mejor
si ambas permaneciesen aquí y viesen una película o algo así.
Asintió.
—Sí. Por supuesto.
—También odio pedirte esto, pero en cuanto me vaya, voy a estar al
teléfono con su madre. Y no va a ser una buena conversación. Apreciaría si
pudieses mantenerla distraída durante unas horas. No estoy seguro de cómo
va a salir esta conversación pero no me extrañaría que April llamase a Val
para decirle sus tonterías.
Giró la cabeza.
—Oh, Dios. ¿De verdad?
—Sí. Su relación es… —Miré hacia Val de nuevo.
Esta vez, realmente no estaba prestando atención, en cambio, estaba
investigando las fotografías colgando de las paredes del salón de Rhion.
—Tensa —terminé.
—Bueno, eso apesta. Pero sí. No te preocupes. La mantendré ocupada.
Sonreí mientras la miraba.
—Gracias.
—No es problema.
—Sé buena, Val —grité y le lancé un guiño a Rhion que hizo que se le
sonrojasen las mejillas.
Necesitaba irme. Se me estaba haciendo tarde, pero no tenía ninguna
prisa en dejarla.
Sin embargo, tenía prisa por irme… así podría volver.
Dieciséis
Rhion
Val y yo estábamos extendidas en cada lado de mi sofá. Eran casi las
siete. Jude volvería pronto, pero después del día que tuvimos, estaba
agotada y no tenía energía para limpiar. Platos y tazas llenaban la mesa de
café mientras las bolsas de compras cubrían el suelo. Maquillaje de todos
los tonos y colores cubría la superficie de mi encimera, y los cables de los
rizadores de cabello de calidad profesional colgaban a un lado.
—¿Jude es un fanático de la limpieza? —pregunté a Val.
Se rió.
—¿Fanático? No. Pero es raro sobre el refrigerador. Solía volverlo loco
cuando mamá dejaba las sobras allí durante mucho tiempo.
Debía haberle hecho a Val un millón de preguntas sobre Jude a lo largo
del día. Tanto era así que, con el tiempo, ya ni siquiera tenía que preguntar.
Ella lo estaba ofreciendo. Era obvio que Val amaba a su padrastro; su rostro
se iluminaba cada vez que hablaba de él. Solo servía como verdad adicional
a que mi Jude era real. Una idea que me calentaba inconmensurablemente.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Val, balanceando sus piernas para
sentarse.
Levanté la cabeza del apoyabrazos acolchado.
—Por supuesto.
—¿Cómo te hiciste las cicatrices?
Oh-oh. Jude había negado levemente cuando ella había preguntado
antes. Tenía solo unos minutos antes de que volviera. De ninguna manera lo
iba a molestar antes de nuestra charla.
Sonreí cálidamente.
—Tal vez deberías hablar con Jude cuando llegue.
—Son quemaduras, ¿verdad?
Mis hombros se tensaron. Maldita sea, era inteligente. Esto no iba a
funcionar a mi favor.
Sentándome, tomé su mano.
—En serio, llegará en cualquier momento.
—Eres Butterfly —susurró—. ¿No?
Inhalé un aliento brusco y mi estómago se anudó.
—Lo eres. —Exhaló, acercándose.
—Eh... depende. Si lo fuera, ¿eso sería algo bueno o malo? —pregunté
nerviosamente.
Sonrió.
—Creo que, para Jude, es algo muy bueno. Tal vez finalmente sea
capaz de dormir.
—¿Qué quieres decir? —inquirí, pero un golpe en la puerta
interrumpió la conversación.
Val se rió a sabiendas cuando me levanté y me alisé el vestidito negro.
Como el resto de mi atuendo, era nuevo. En mi defensa, no
podía hablar con Jude en vaqueros y camiseta. Si quería más de él, era hora
de subir la apuesta. Y seamos honestos, un pequeño vestido negro sin
espalda, con cuello alto, con mangas caídas y una falda plisada
definitivamente no podía hacer daño.
—No olvides tus zapatos —me recordó Val.
—Correcto. —Asentí rápidamente, deslizándome en los increíbles
tacones rojos y negros que habíamos comprado esa tarde.
Cabe destacar que Val tenía un gusto increíble. Originalmente había
elegido los zapatos para sí misma, pero no pensé que me ganaría ningún
premio de niñera con Jude si aparecía y su hija de once años estaba
llevando tacones. Afortunadamente, no hizo falta mucho para convencer a
Val de que se conformara con unas Chucks rojas.
Sí, no fui la única que compró ropa nueva.
Después de escuchar a Val contarme todo sobre su madre, estaba claro
que ambas podíamos tolerar un poco de terapia de venta al por menor. Entre
las dos, habíamos vaciado las estanterías. El atuendo de Val consistía en
unos vaqueros negros y gastados que se ajustaban a sus curvas, una
camiseta de manga larga negra y un chaleco rojo. Era deportivo y femenino,
y se veía tan malditamente adorable que quería encogerla y ponerla en mi
bolsillo. En vez de eso, nos habíamos peinado y maquillado y luego
tomamos un millón de selfies.
Di una vuelta.
—¿Me veo bien?
Sonrió, levantó la mano a los rizos perfectamente formados que
rozaban la parte superior de su hombro, y ordenó:
—Ahueca tu cabello. Te dará más volumen.
Asentí y seguí su ejemplo. No era frecuente que llevara mi cabello
naturalmente liso en rizos, pero después de ver lo increíble que había
quedado el de Val cuando el estilista había terminado, decidí intentarlo. No
había competición, los suyos eran mejores. Pero no podía quejarme de mi
resultado final. Las puntas rojas de mis gruesos rizos contrastaban
perfectamente con mi vestido negro.
Sonrió.
—Te ves muy bien. Jude va a morir.
—No quiero que muera. Un pequeño problema de corazón, tal vez.
Pero definitivamente lo necesito vivo.
Se rió cuando otro golpe en la puerta hizo que mis pies se movieran.
Con una última mirada sobre mi hombro a su sonrisa radiante, inhalé una
respiración profunda y la abrí.
Pero no era Jude.
—No te quedes ahí parada, niña. Invítame a entrar. Hace mucho frío
aquí afuera —espetó con altivez Margaret Spencer, mi ex madrastra.
No estaba parada en mi puerta.
De ninguna jodida manera.
Solo que lo estaba. En firme y quirúrgicamente mejorada carne y
hueso. En mi puerta.
Sabía que no la invitaría a entrar, por lo que, mientras intentaba
cerrarle la puerta en el rostro, deslizó su elegante pie en bailarinas por el
umbral.
—Maldita sea, Rhion. Deja de ser una mocosa —maldijo, intentando
meter la parte superior de su cuerpo por la estrecha abertura.
—¿Rhion? —llamó Val, con una voz preocupada.
Luchando con la puerta, hice todo lo posible para mantener mi voz
calmada cuando dije:
—Está bien, cariño. ¿Por qué no vas a ver la televisión en la habitación
oceánica por un rato?
—¿Q-qué está pasando? —tartamudeó.
Miré por encima del hombro y la encontré mirando conmocionada la
mitad derecha de la mujer mayor sacudiéndose mientras intentaba entrar en
mi apartamento.
Probablemente no era la mejor manera de enseñar a un niño a respetar
a sus mayores, pero sospeché que Margaret tampoco estaba allí para
mostrar respeto a nadie. Especialmente desde que me las había arreglado
para mantener mi paradero de la Malvada Bruja en privado durante más de
dos años. Y aunque Katie sabía dónde vivía, nunca me delataría.
Con un duro empujón que no era un buen presagio para el personal de
la residencia que probablemente acabaría pagando, Margaret se las arregló
para devolverme el golpe.
Me tropecé y se me resbaló el tacón, lo que me hizo caer de culo.
—¡Rhion! —gritó Val, corriendo hacia mí.
—Está bien. Estoy bien —aseguré, tomando su mano y permitiéndole
que me ayudara a ponerme de pie.
Parecía asustada, así que le rodeé los hombros con un brazo y la
empujé contra mi torso.
Margaret abrió la puerta de par en par y entró, respondiendo al viejo
debate sobre si los vampiros debían ser invitados a entrar en una residencia
personal.
—Por el amor de Dios, niña, ¿por qué siempre tienes que ser tan
dramática? —regañó, quitándose su largo abrigo, revelando un vestido gris
carbón que odiaba admitir que le quedaba bien.
Era mayor y delgada como una oblea, pero Margaret siempre había
sido hermosa. Así fue como llamó la atención de mi padre. Aunque cómo lo
había convencido de que se casara con ella sería un misterio para siempre.
Incluso con sus pómulos altos y su increíble cabello, la mujer era un
monstruo horrible por dentro.
Su mirada se posó sobre mí, y su labio se curvó con asco.
—¿Por qué tienes que arruinar tu cuerpo con esos horribles tatuajes?
Un buen suéter ayudaría mucho a cubrir esas cicatrices sin que parezcas una
mujer de la calle.
¿Quién decía actualmente mujer de la calle? Hice una nota para
enviarle anónimamente un diccionario de sinónimos.
Puse los ojos en blanco.
—¿Por qué estás aquí?
Su mirada se deslizó hacia Val.
—¿Te importaría presentarme a tu amiga?
No. De ninguna jodida manera.
Aprendí en el transcurso del día que la relación de Val con su madre no
solo era tensa, sino que estaba a un punto de romperse. Por lo que había
dicho, sonaba como si April fuera una gran perra. Sin embargo, estaba
segura de que no le tenía cariño a Margaret Spencer. Y si esa mujer le decía
una palabra desagradable a Val, yo terminaría en la cárcel.
Guié a Val detrás de mí.
—Respóndeme. ¿Por qué estás aquí?
Se encogió de hombros y se agachó para recoger una de las bolsas de
compras. Mientras inspeccionaba minuciosamente el contenido, respondió:
—Estaba en la zona.
Le arrebaté la bolsa de su mano.
—Vives en Nueva York.
Se burló mientras se deslizaba por la habitación para recoger otra
bolsa.
—¿Qué? ¿No se me permite visitar a mi hijastra?
—Antigua hijastra —corregí mientras llevaba a Val al sofá. Bajando la
voz, traté de aliviar a Val con una broma—. No la mires directamente a los
ojos o te convertirás en piedra.
Apareció una pequeña sonrisa en sus labios y el alivio se filtró a través
de mí.
—¿Dónde está Katie? —pregunté a Margaret, mientras caminaba hacia
la puerta para buscar en el pasillo.
—¿Cómo se supone que voy a saberlo?
Giré para mirarla, el aire frío me cortó la espalda, pero me negué a
cerrarla por miedo a que lo tomara como una invitación a quedarse.
—Eh... —empecé a decir sarcásticamente—. Porque, aunque creo que
tienes poderes míticos de maldad, necesitas una tarjeta de acceso para subir
al ascensor. Una que sé que Katie tiene. Así que preguntaré de nuevo:
¿dónde está?
Dejó caer la bolsa al suelo antes de pasar a la siguiente.
—Oh, por favor, Rhion. A diferencia de algunas personas que
conozco, Katie tiene una vida social. Sale a hacer lo que una joven de su
posición social hace un sábado por la noche mientras visita una nueva
ciudad.
Conociendo a Katie, se había puesto un hermoso vestido para hacer
feliz a su madre y luego lo había cambiado a una falda y una camiseta en el
baño de cualquier club nocturno en el que estuviera de fiesta esa noche.
Algunas cosas nunca cambiaban.
—Cierto. —Me reí—. Bueno, gracias por pasarte, pero voy a necesitar
que me devuelvas mi llave, y luego voy a necesitar que te subas a tu escoba
y te vayas volando. —Moví una mano en el aire hacia la puerta.
Una sonrisa siniestra creció en sus labios mientras se cruzaba de
brazos. Inclinando su barbilla hacia las bolsas de compra, dijo:
—Pensé que ya no tenías el dinero.
—No lo hago —respondí innecesariamente—. Terminé un nuevo libro
—añadí aún más innecesariamente.
No era asunto suyo lo que mi cuenta bancaria dijera o cómo obtenía el
dinero. Lo único que necesitaba saber era que ya no controlaba la fortuna de
mi padre. Un hecho que Pete y yo habíamos dejado muy claro en los
últimos años.
—Rhion, cariño —dijo con un ronroneo en un tono condescendiente—.
¿Esperas que crea que tu tonto pasatiempo pagó por esos zapatos Louis
Vuitton? —Dio un paso hacia mí, su mirada mordaz dirigida a mis tacones.
Cuadré mis hombros y respondí:
—No espero que creas nada, pero sí que te largues de mi apartamento.
Su sonrisa se volvió pomposa.
—Todavía tienes el dinero. —No era una pregunta. O una acusación.
Fue respirado con completo júbilo.
Juro que vi el verde del signo de dólar en sus ojos marrones como la
miel.
—No tengo el dinero —repliqué inmediatamente, la ansiedad se
disparó dentro de mí.
—Tu padre se revolcaría en su tumba si supiera que nos ocultas algo a
Katie y a mí. Pequeña mierda manipuladora.
—¿Soy manipuladora? —cuestioné con incredulidad—. Acabas de
aparecer en mi casa, en busca de dinero.
—No tendría que hacerlo si me dieras lo que es legítimamente mío.
—¿Legítimamente tuyo? ¿Estás loca? Si papá hubiera querido que
Katie y tú tuvieran ese dinero, lo habría puesto en su testamento. Noticia de
última hora, Margaret. No lo hizo. Mi nombre era el único en ese pedazo de
papel, y te digo que ya no lo tengo.
—¿Y qué pasa con Apollo? —preguntó en un susurro amenazador.
Mi boca se secó cuando el pánico me recorría de la cabeza a los pies.
Solo hacía falta mencionar su nombre para que mi pulso se disparara.
Con las piernas temblorosas, retrocedí un paso.
Avanzó hacia mí, sus hombros rodaron hacia atrás con confianza.
—Oh sí, querida. Apollo. Posiblemente no puedes creer ser la única
que merecía algo.
Negué frenéticamente. Era imposible pronunciar palabra a causa del
bulto en mi garganta.
—Me pregunto qué dirá tu hermano cuando le diga que has vuelto a
ganar dinero recientemente.
De repente, se sintió como si químicos tóxicos hubieran reemplazado
el oxígeno en la habitación.
Mi piel se erizó y el vello en mi nuca se encrespó.
Iba a decirle a Apollo que yo tenía el dinero.
—No —dije con voz ahogada.
—No pensaste que vendría hasta Chicago sin ver a mi hijastro,
¿verdad? Nos reuniremos para cenar tan pronto como salga de aquí.
La sangre se drenó de mi rostro y mi cabeza comenzó a girar.
—No —repetí, lanzando mi brazo a la pared junto a la puerta para
equilibrarme y activar la alarma.
Cerró la distancia entre nosotras.
—Ooo —dijo arrastrando las palabras, levantando un dedo para jugar
con el diamante de mi madre en la base de mi cuello—. Por el precio
adecuado, podría ser nuestro pequeño secreto.
Me mordí el interior de la mejilla, el sabor metálico de la sangre
estallando en mi lengua.
Estará aquí en menos de un minuto.
Johnson arreglaría esto. Siempre lo hacía.
Solo. Un. Minuto.
—¿Esto es nuevo? —inquirió, dándole a mi collar un tirón brusco,
quitándomelo del cuello.
El diamante del anillo de compromiso de mi madre había sido mi
posesión más preciada desde que tenía seis años y mi padre lo había puesto
en un collar para mí. Nunca me lo quitaba, ni siquiera para ducharme.
Margaret sabía que ese collar no era nuevo. Solo intentaba hacerme daño.
Pero todo lo que tenía que hacer era mencionar su nombre para
destruirme.
Iba a decirle que tenía el dinero otra vez.
Me nariz picó mientras luchaba contra las lágrimas.
Vendría por ello. Otra vez.
A romperme. Otra vez.
A prenderme en llamas. Otra vez.
Mis piernas empezaron a temblar cuando oí a Valerie exclamar:
—¡Jude!
—¿Jude? —espetó Margaret.
—Jude. —Exhalé.
Había venido a salvarme. Otra vez.
Diecisiete
Jude
Cuando salí del ascensor, vi su silueta en la puerta. Sonreí para mí
mientras deslizaba mi mirada por sus sexys tacones y sus sensacionales
piernas. Tenía que estar jodidamente congelándose, pero si estaba dispuesta
a sufrir el frío, estaba más que feliz de apreciar la vista.
Un corto vestido negro cubría su culo, pero mientras continuaba
subiendo, la tela se abría revelando la suave piel libre de tinta en su espalda.
Mi boca se hizo agua mientras seguía la delicada línea de su columna.
Visiones de mi lengua trazando su suave piel, desde su culo hasta su
omóplato, destellaron en mi mente. No eran recuerdos, pero si me salía con
la mía, lo serían muy pronto.
—¡Jude! —gritó Val mientras me acercaba más.
Una sonrisa separó mi boca.
—Hola… —empecé, solo para detenerme cuando Rhion se giró para
mirarme, su rostro marcado con miedo mientras se lanzaba a mis brazos—.
¿Qué mierda? —gruñí, envolviéndola.
Instintivamente, inspeccioné la habitación. Una mujer mayor bien
vestida estaba delante de ella, su boca abierta, su mirada saltando entre
nosotros.
Val estaba junto al sofá, el alivio visible pintado en su rostro.
—¿Qué demonios está pasando? —espeté mientras me volvía
vagamente consciente de los pasos golpeando detrás de mí. Me volví a
tiempo para ver a Alex aparecer por la salida de emergencia.
Mi confusión creció, pero di un paso al lado con Rhion en mis brazos
para hacerle espacio para que pasara por la puerta.
—¡Tú! —gruñó Alex, envolviendo una ruda mano en el bíceps de la
mujer mayor.
Ella dejó escapar una ofendida maldición y me miró con fijeza.
Entrecerré mis ojos y gruñí:
—Lo repetiré: ¿qué demonios está pasando?
Un chillado “¿Jude? ¿Estás bromeando?” de la mujer que no conocía
fue toda la respuesta que recibí.
Rhion se sacudió en mis brazos mientras un estrangulado “¡No!”
golpeaba mi pecho.
—Shhh —dije calmándola—. Me encargo de esto.
Una sonrisa siniestra curvó los labios de la mujer.
—Apuesto a que lo haces, Jude.
No tuve la oportunidad de reaccionar antes de que Rhion estallara,
girándose para enfrentarla.
—¡Cállate! No digas otra maldita palabra. No puedes hacer esto.
Aparecer en mi casa. Actuar como una perra. ¿Amenazarme con Apollo?
¿Quién mierda es Apollo?
La alarma me invadió mientras Alex se quedaba sólido como la roca.
—Rhion —dije, intentando calmarla, pero luchó contra mí. Sujetándola
con un brazo alrededor de su cintura, la retuve contra mi pecho. Se inclinó
hacia la mujer tanto como se lo permití.
—No quiero ver tu rostro nunca más, Margaret —espetó—. Y antes de
que incluso lo pienses, nunca verás otro centavo de mí. No me importa si
Katie tiene que tomar un trabajo mendigando para pagar tu funeral. Hemos.
Terminado. —Aspiró un profundo aliento y miró a Alex—. Cachéala y
recupera mi llave, ¡y luego sácala como el infierno de mi apartamento!
Poniendo una mano sobre la boca de Margaret, él se deslizó tras ella,
declarando:
—Vamos.
Maldiciones amortiguadas salieron alrededor de su mano mientras la
llevaba hacia la puerta.
Hizo una pausa mientras esperaba el ascensor.
—La llevaré arriba y esperaré a la policía. La alarma probablemente
sonó en el lado de Johnson. Lo llamaré para comprobar su tiempo estimado
de llegada. ¿Estás bien con Levitt? —le preguntó a Rhion.
—Está bien —confirmé—. ¿Vas a decirme qué mierda está pasando
aquí?
Negó.
—Cuida de ella. Johnson llegará en breve.
A la mierda eso. No necesitaba que viniera Johnson y se ocupara del
problema que tenía a Rhion temblando con ira en mis brazos. Y temí que mi
cabeza explotaría si lo intentaba. Necesitaba que alguien abriera su boca y
me explicara la mierda. Lo juro por Dios, cuando se trataba de Rhion Park
siempre estaba en la oscuridad.
—¡Su collar! —gritó Val—. Esa señora todavía lo tiene.
Alex la oyó y se detuvo, apartando su mano de la boca de la mujer solo
el tiempo suficiente para arrebatarle el collar de la mano.
—¡Cómo te atreves! —Fue todo lo que la vieja soltó antes de que él
tirara el collar en mi dirección y la empujara en el ascensor.
Lo atrapé y lo metí en mi bolsillo.
Mi mente estaba dando vueltas con un millón de preguntas, y cuando
finalmente fui capaz de observar el resto del apartamento, solo se
multiplicaron. Bolsas de compras de varias tiendas cubrían el suelo
mientras mierda de maquillaje y para el cabello hacía lo mismo sobre la
encimera. Y entonces, sobre la pequeña mesa de café, vi cuatro platos con
lo que parecían ser los restos de varias comidas diferentes. Además, había
cuatro copas de champán con un tipo diferente de fruta flotando en un
líquido transparente.
Estaba bajo la suposición de que habían sido solo ellas dos en casa de
Rhion ese día. Por no mencionar que le había dado a Rhion instrucciones
específicas de no salir del apartamento con Val.
Sin embargo… claramente lo habían hecho.
Estaba seguro de que había una explicación. Mi único problema era
que Rhion no era exactamente conocida por ser comunicativa conmigo.
Eso estaba a punto de cambiar.
Después de soltarla con un brazo, cerré la puerta.
—De acuerdo. Cálmate —declaré, inclinándome y atrapándola por la
parte trasera de sus rodillas.
Chilló cuando la levanté, pero sus brazos rodearon mi cuello.
Me moví a través del laberinto de bolsas y la dejé en el sofá. Rhion
intentó moverse al cojín a mi lado, pero con una mano sobre su muslo
desnudo la mantuve firmemente en mi regazo.
—Empecemos con quién diablos era esa mujer —dije.
Cuando no respondió, moví mi mirada a Val, y por primera vez desde
que había llegado, de verdad la vi. Su cabello ya no estaba recogido en una
coleta y seguro como el infierno no estaba llevando ese chándal holgado.
En su lugar, llevaba una combinación de rojos y negros que la hacían
parecer una versión mayor de la pequeña niña que siempre había conocido.
No me gustaba mucho la idea de mi niña de once años llevando maquillaje,
pero no iba a hacer un alboroto sobre el brillo en sus labios y el tono natural
de color en sus mejillas.
Val debió seguir mi mirada, porque bajó la suya a su ropa y preguntó:
—¿Qué piensas?
—Te ves hermosa —repliqué.
Movió una mano en su cabello y sonrió hacia el suelo.
—Rhion la escogió.
—Es bonita —dije—. Pero esa ropa es solo hermosa porque eres la que
la lleva.
La sonrisa de Val se ensanchó ante el cumplido y el cuerpo tenso de
Rhion finalmente se relajó en mis brazos.
Ante eso, mi ira y frustración empezaron a desvanecerse.
—Oye, pequeña, ¿puedes darme un minuto con Rhion? Tenemos
algunas cosas que discutir.
Asintió.
—Iré a ver televisión en la habitación oceánica.
Esa. Jodida. Habitación oceánica. No pude ocultar mi sonrisa.
Después de que Val hubiera desaparecido por el pasillo, le di a la
pierna de Rhion un apretón y anuncié:
—Necesito que empieces a hablar. Y necesito párrafos, cariño.
Echó atrás la cabeza despacio, pero su boca no se abrió.
Aparté el cabello de su cuello y murmuré:
—¿Por qué es que cuando necesito que hables, no tienes nada que
decir, pero cuando necesito que estés en silencio, no puedes callarte?
Alejó la mirada.
Gruñí y la moví en mi regazo para poder leerla mejor.
—Realmente voy a necesitar que te esfuerces por hablar ahora. Porque,
actualmente, no puedo decidir cómo reaccionar.
—Jude —susurró.
—Mi nombre no es una respuesta, Butterfly.
—Lamento haber maldecido delante de Val.
—Confía en mí. Ha escuchado cosas mucho peores. Y sabes muy bien
que no es sobre lo que te estoy pidiendo que hables.
—Pero…
—Y antes de que acabes ese pensamiento, deberías estar
completamente informada sobre entre lo que estoy vacilando cuando se
trata de la loca que Alex acaba de sacar de tu apartamento. O voy a ir a
Guardian y alzar un infierno inmortal hasta que alguien me dé las
respuestas o voy a sentarme aquí en el sofá y escucharte darme algunas
respuestas. Cualquier forma me parece bien. Pero no te equivoques. Las
respuestas serán entregadas.
—Jude —se quejó.
—Todavía no una respuesta, Rhion. Pero no he terminado aún. Así que
tienes unos segundos más para prepararte mentalmente para tus palabras. —
Deslicé mi pulgar por sus labios, mi pecho hinchándose cuando los separó
para mí—. Cuando se trata de Val, también estoy indeciso. —Moví mi
mano hacia su muslo y subí mis dedos hasta que se detuvieron en el
dobladillo de su vestido—. Verás, parte de mí quiere deslizar mi mano entre
tus piernas y mostrarte exactamente cuánto aprecio que le compraras esa
ropa y pusieras esa sonrisa en su rostro.
Su respiración se atoró y sus ojos se ensancharon mientras se retorcía
en mi regazo. No se estaba alejando… estaba abriendo sus piernas. Ante
eso, más que solo mi pecho se hinchó.
—Pero, verás —dije—, la otra parte de mí quiere poner tu culo rojo
por llevarla de compras cuando te dije específicamente que no quería que
salieran del apartamento hoy.
—¡Jude! —exclamó, claramente ofendida.
Pero me gustaría notar: sus piernas no se cerraron.
—Entonces, ¿qué va a ser? —inquirí, permitiendo que mis dedos se
deslizaran unos centímetros más por su muslo.
Aspiró un aliento brusco y entonces al fin abrió su boca. Solo que, al
puro estilo Rhion, no fue para responder a mi pregunta.
—¿Podríamos aclarar qué implicaría poner mi culo rojo?
Le disparé un ceño mordaz.
—Podría mostrártelo.
Se levantó de mi regazo y empezó a pasearse.
—Rhion —declaré.
Gimió fuertemente y miró al techo antes de finalmente ceder.
—De acuerdo. Bien. Es mi ex madrastra. Satán mismo la creó. Hasta
esta noche, no sabía dónde vivía. Por lo que puedo decir, ella y mi
hermanastra están en la ciudad y debe haber robado la llave de Katie para
venir a ver si podía sacarme dinero. —Arrugó su nariz—. Bueno… más
dinero.
Me recliné casualmente en el sofá y crucé mis piernas de las rodillas a
los tobillos.
—Ahora, eso no fue tan difícil, ¿no? Qué tal si mantienes la buena
racha y respondes otra: ¿Por qué seguía repitiendo mi nombre?
Su cuerpo se tensó y cambió de tema.
—Val y yo no salimos del apartamento. Tengo una asistente de
compras. Escogimos la ropa en línea. Ella lo trajo.
—¿Una asistente de compras? —inquirí, sintiéndome ligeramente
mejor aunque estuviera evitando mi pregunta.
Asintió.
—Y mi estilista vino e hizo nuestro cabello, y trajo a una chica para
hacer nuestro maquillaje.
Ligeramente mejor se convirtió en un infierno mejor.
Eso fue hasta que pensé sobre ello.
—Mierda —dije—. Eso debe haber costado una fortuna.
—No realmente. Soy una buena clienta. Vienen a mi casa una vez al
mes. Solo pregunté si podían cambiar la cita. Bueno, no el chef. Era nuevo.
Pero nos enseñó a cocinar recetas saludables que a Val le gustaron de
verdad.
Mis cejas casi tocaron la línea de mi cabello.
—¿El chef?
—Sí, y fue increíble —anunció con excitación. Jodidamente linda—.
Podríamos tener a alguien nuevo para Acción de Gracias.
Descruzando mis piernas, me incliné hacia delante y apoyé mis codos
en mis rodillas.
—Lo siento. Solo para aclarar esto: ¿Contrataste un chef para que
viniera a tu casa y les cocinara a una niña y a ti la cena?
No debería haber estado sorprendido. Rhion era rica. ¿Pero un chef
personal? ¿Para una niña de once años?
No había estado seguro de cuánto le iba a pagar por hacer de niñera, y
rápidamente empecé a lamentar no haber preguntado antes. De ninguna
manera sería capaz de cubrir una asistente de compras, una estilista, una
maquilladora y un jodido chef personal.
—Nena, ¿cuál exactamente es tu tarifa por hora por hacer de niñera?
Parpadeó y luego rió.
—No me vas a pagar, tonto.
—Y una mierda que no. Aunque, a juzgar por estas bolsas de compras,
podría tener que establecer un plan de pago.
—No vas a pagarme —declaró firmemente—. Hoy invitaba yo. Sí,
podría haber exagerado un poco, pero no te lo tomes de la manera
equivocada. —Miró por el pasillo. Bajando su voz a un susurro, dijo—: Tu
ex mujer es una perra.
—Eso no son noticias para mí.
—De acuerdo, bien… Cuando Val me dijo que su madre la hace comer
nada más que ensalada y pollo para que pueda perder peso, me puso…
triste.
Apreté mis dientes y me recordé que tenía que intentar llamar a April
otra vez. No había respondido antes.
—Me encanta cocinar —dijo Rhion—, pero soy horrible con la cosa
sana. Así que contraté a un chef para que nos enseñara algunas recetas
rápidas y fáciles que podría hacer sola. —Hizo un gesto hacia los platos
sobre la mesa—. Algunos fueron un éxito. Otros no. Pero aprendí que si
pones agua en una copa de champán y dejas caer un poco de fruta dentro, es
una experiencia totalmente diferente.
Sonrió.
Yo no.
Porque en ese momento, otra pizca de presión escapó de mi pecho. El
alivio fue impactante. Había contratado a un chef personal para ayudar a mi
niña a comer más sano. Le había comprado ropa y había hecho venir a
alguien para hacer su cabello y aplicarle maquillaje para hacerla sentir
hermosa.
Y ese acto solo probaba que Rhion Park era más impresionante en el
interior de lo que lo era en el exterior.
April debería haber pensado en eso para ayudar a sacar a Val de este
bajón en el que se había encontrado. Mierda, yo debería haberlo pensado.
Sin embargo, en las cinco horas que Rhion había pasado con ella, se había
dado cuenta de que algo estaba mal y hecho algo para arreglarlo.
Dios, eso por sí solo era más sexy que cualquier recuerdo que tuviera
de ella.
—Ven aquí —ordené bruscamente.
—¿Qué? ¿Por qué?
No esperé a que obedeciera, principalmente porque no pensé que lo
hiciera. Rhion había más que probado que era terca.
Después de levantarme del sofá, avancé hacia ella, murmurando:
—Contrataste un chef para enseñarle a mi niña a hacer comida sana. —
Me detuve delante de ella, cerniéndome cerca.
Se inclinó lejos, mirándome a través de sus pestañas y tartamudeando:
—¿Es-estás enojado?
Negando, deslicé una mano alrededor de sus caderas, descansándola en
la piel desnuda de la parte baja de su espalda, y repetí:
—Contrataste un chef para enseñar a mi niña a hacer comida sana.
—Bueno, no completamente por eso —defendió—. Tenía hambre y no
tenía ganas de cocinar. Todos ganan.
Me incliné para que mis labios estuvieran en su oreja.
—Dime algo, Butterfly. El pasado viernes. —Una sonrisa satisfecha
tocó mi boca cuando su cuerpo se tensó en mis brazos—. ¿Por qué me
besaste?
—¿Quién dice que te besé? —replicó, arqueando su espalda para crear
un poco de espacio entre nosotros.
Pero no tenía intención de permitirle escapar.
—Ambos sabemos que lo hiciste. Solo estoy intentando averiguar por
qué —dije con voz ronca—. Por alguna razón, te pusiste de puntillas y
rozaste esa sexy y errante boca tuya contra la mía. —Usando mi mano en su
espalda, la guié más cerca y luego mordisqueé su lóbulo.
—Oh. —Escapó de su boca con un gemido, sus manos deslizándose
por mis brazos hacia mis hombros.
Bajando mis labios por su cuello, pregunté:
—¿Te suena de algo?
No respondió, así que la presioné más.
—Apenas me conocías. Pero aun así me besaste como una mujer al
borde de la inanición. Creo que merezco saber exactamente qué hice para
ganarme eso. —Después de subir una mano a la parte trasera de su cabello,
la usé para ladear su cabeza, exponiendo su cuello hacia mí.
Mientras pasaba mis dientes sobre la suave piel bajo su oreja, sus uñas
se clavaron en mis hombros.
Mi lengua salió para lamer su cuello y la extraña sensación de
familiaridad por su sabor creó una excelente mezcla de confusión y erótica
euforia. Por mucho que sospechara que siempre querría saber qué sucedió
esa noche del viernes, quería una cosa más.
Enderezándome, pasé mis labios sobre los suyos antes de gentilmente
retorcer su cabello en mi mano, forzando su cabeza hacia atrás.
—Contrataste un chef para enseñarle a mi niña a cocinar comida sana.
—Yo… yo…
—Es por eso que estoy a punto de besarte, Butterfly.
Sus ojos se ensancharon y luego, segundos más tarde, mientras mis
labios descendían sobre los suyos, se cerraron con un aleteo.
Su gemido hambriento vibró contra mis labios cuando nuestras bocas
finalmente conectaron. El mundo se detuvo como hizo la primera vez que la
vi… y de nuevo en el bar.
En ese momento, nada más existía.
Ni el fracaso.
Ni el arrepentimiento.
Ni la culpa.
Ni el miedo.
No había nada salvo una hermosa mujer con una impresionante sonrisa
e incluso un corazón más grande y yo, el hombre que de repente estaba
desesperado por evitar que echara a volar. Otra vez.
Su boca se abrió e incliné mi cabeza, vorazmente arremolinando mi
lengua con la suya, reclamando todo lo que su boca tenía que ofrecer.
Se movió hacia mí, presionándose profundamente en la curva de mi
cuerpo. Sus pechos llenos se pegaron contra mí, lo cual incitó una
inundación de recuerdos de cómo se sintieron en mis manos y contra mi
boca.
Se puso de puntillas, levantando sus ya altos tacones del suelo como si
no pudiera acercarse lo suficiente.
Y mientras la sujetaba contra mi boca, supe que yo no podía.
Nuestras lenguas se deslizaron juntas ansiosamente. No estaban
batallando por control, sino que era como si ambos temiéramos que fuera la
única probada que jamás conseguiríamos.
Era… confuso. No debería haberse sentido así. No con ella. Vivía en
mis pesadillas, aun así, de alguna manera en la última semana, había
encendido algo dentro de mí que ardía tan jodidamente fuerte que las llamas
me seguían en mis sueños.
Iba a romperme romper ese beso. Mi cuerpo dolía por tomar más de
ella. Por darle más de mí. Por cumplir mi oferta y deslizar una mano bajo
ese pequeño vestido, sin detenerme hasta que su apretado calor pulsara
alrededor de mis dedos. Pero Val estaba en el dormitorio, y si empezaba eso
con Rhion, temía que no lo dejaría hasta que estuviera en su interior.
Mi polla se revolvió ante la idea. Moviendo una mano a su culo, gemí
cuando rodó sus caderas contra las mías.
Desafortunadamente, al mismo tiempo, un hombre carraspeó. Sin
apartar mi boca de la suya, abrí mis ojos y encontré a Johnson en la puerta,
su mirada apuntada al suelo.
Jodidamente fantástico.
—Jude —protestó Rhion con un gimoteo cuando me alejé un paso.
Me estaba siguiendo, sus manos aferrando mis hombros, intentando
recuperar mi boca, cuando dije con voz ronca:
—Tenemos compañía.
Sus ojos se abrieron y su cabeza se movió al lado, su rostro cambiando
de embriaguez sexual a completa ira en cuestión de un segundo.
No pude evitar reír cuando espetó:
—No estás en mi apartamento en este momento.
Johnson no lucía ni de cerca tan divertido como yo cuando arqueó una
ceja y dijo:
—No sabía que necesitaba tocar.
Rodeé sus hombros y la guié hacia mi costado.
—Eso podría ser una buena idea de ahora en adelante.
Johnson me fulminó con la mirada.
Pero nuestra atención fue atraída de nuevo a Rhion cuando repitió en
un susurro espeluznante:
—No estás en mi apartamento en este momento.
—Pulsaste la alarma, más vale que jodidamente creas que estoy en tu
apartamento en este momento —replicó él.
—La alarma —dijo, su ira desvaneciéndose mientras languidecía
contra mí. Rodeando mis caderas con un brazo, exhaló—. Oh, cierto.
Johnson se cruzó de brazos.
—Aunque parece que podría haber sido un viaje inútil.
Ella puso una mano en mis abdominales y negó.
—No. Me alegra que vinieras.
Fue un acto que Johnson no pasó por alto. Su mandíbula se endureció,
pero su voz se suavizó.
—Ahora dime qué está pasando en tu cabeza y saldré de aquí.
—¿Quién es Apollo? —inquirí.
Ignoré su mano teniendo un espasmo en mi estómago y mantuve mi
mirada clavada en Johnson.
Su expresión permaneció ilegible mientras le preguntaba a ella:
—¿Vas a encargarte de esto, o lo hago yo?
Rhion gimió y anunció de mala gana:
—Es mi hermano pequeño. Está loco. Mi padre no le dejó dinero en su
testamento.
Joder, al fin estábamos llegando a alguna parte.
—¿Y es por esto que usas Guardian por protección? —le pregunté,
pero alcé mi mirada hacia Johnson—. ¿Es una amenaza?
—Es complicado —replicó él.
—Voy a necesitar más que eso —le dije a Johnson.
—Y lo tendrás. Cuando esté lista para dártelo —replicó él de forma
cortante.
Si eso no era en los siguientes cinco segundos, iba a perder la cabeza.
Era justo suponer que las cosas estaban cambiando entre Rhion y yo. Y
después de ese beso y la promesa de más, me negaba a jugar a los juegos de
mierda más.
—Alguien necesita empezar a hablar —exigí, mi paciencia acabándose
—. Si hay una amenaza potencial ahí afuera, este no es el momento para
mantener secretos. Tenía a mi chica y a mi mujer bajo el mismo techo esta
noche. No puedo proteger a nadie si no puedo reconocer el objetivo parado
directamente delante de mí.
—¿Es tu mujer ahora? —desafió Johnson.
Mierda.
Sentí la cabeza de Rhion moverse hacia atrás mientras me miraba,
esperando mi respuesta.
No era mi mujer. Pero eso no significaba que los recuerdos rotos no me
hubieran convencido de que debería serlo. Y con su cuerpo firmemente
apretado contra mi costado, sus labios hinchados por nuestro beso y el
sonido de sus gemidos todavía permaneciendo en mis oídos, tenía toda la
intención de hacerla mía.
—Esa no es la parte por la que necesitas preocuparte —gruñí—. No
estabas aquí esta noche. —Clavé un pulgar en mi pecho—. Yo sí. Le tomó
minutos a Alex bajar aquí y ocuparse de algo que yo podría haber manejado
en segundos. —Hice una pausa y volví mi ceño enojado hacia Rhion—. Tú
y yo, Butterfly, vamos a pasar más tiempo juntos. Y si eso va a suceder, esto
es mierda que necesito saber.
Cerró sus ojos.
—Deja de ocultarme mierda. —Le di a su cadera un apretón firme—.
Estás avergonzada sobre lo que fuera que pasara el viernes por la noche.
Bien. Lo dejaré. Pero no toleraré ser una parte de tu vida mientras soy el
único en a maldita oscuridad.
—¿Quieres ser parte de mi vida? —susurró, la sorpresa casi
dolorosamente contorsionando su rostro.
Arqueé una ceja.
—Sí, Rhion. Y lo sabrías si de verdad hubiéramos hablado antes de
que tu boca terminara sobre la mía.
Parpadeó, el dolor desvaneciéndose de su rostro mientras una actitud
en toda regla lo reemplazaba.
—Creo que tu boca terminó en la mía esta vez.
Negué mientras otro poco de presión se desinflaba en mi pecho.
—Correcto.
Poniendo los ojos en blanco, preguntó a Johnson:
—¿Van a arrestar a Margaret?
—Ser una perra no es ilegal —replicó—. Pero vi la cinta de ella
escabulléndose dentro. ¿Quieres rellenar una denuncia sobre eso?
—¿Qué cinta? —cuestioné.
No sorprendentemente, ambos me ignoraron.
—¿Crees que de verdad va a ver a Apollo? —preguntó Rhion.
—¿Después de toda la mierda que ella ha hecho? De ninguna jodida
manera Apollo va a tener nada que ver con ella.
—Eso probablemente es verdad —murmuró ella. Aspirando un aliento,
se apartó de mis brazos—. De acuerdo. Entonces mi cabeza está bien.
Puedes irte.
—Rhion —advirtió.
Por suerte, su manía de ignorar no estaba limitada a mí. Pasando por su
lado, abrió la puerta diciendo:
—Estoy bien, Aidan.
Secretamente, jodidamente odié la manera en que lo llamó por su
nombre. No tan secretamente, jodidamente me encantó que le estuviera
pidiendo que se fuera.
Johnson le susurró algo al oído y luego, con un último ceño en mi
dirección, se fue.
Miré su espalda mientras cerraba la puerta, preguntándome dónde se
detenía la línea mágica que dividía su piel blanca cremosa y empezaba la
explosión de colores en sus brazos. Y luego preguntándome cuánto tiempo
tendría que esperar para averiguarlo.
—Así quee… —dijo arrastrando las palabras, volviéndose hacia mí—.
Eh… ¿quieres sentarte?
—Quiero respuestas.
Se quitó los tacones y los dejó caer en el suelo.
—¿Y si no quiero dártelas?
—Entonces volvemos justo a donde empezamos: tú colgando de una
repisa y yo mirándote, incapaz de ayudar.
Eso fue probablemente más directo de lo necesario. Pero había
terminado de pretender estar bien con lo desconocido. Si estaba en
cualquier peligro en absoluto, necesitaba saberlo. Así tal vez podría pararlo
esta vez antes de tener que verla caer. Otra vez.
—Oh, Dios. Lo sien…
—No digas que lo sientes. Por toda la mierda, entre nosotros, Rhion,
¿no crees que nos hemos disculpado lo suficiente? ¿Podemos, por una vez,
solo… hablar?
Su lengua humedeció sus labios y luego algo milagroso sucedió.
Empezó a hablar y sus palabras en realidad contenían información.
—Apollo es mi hermano pequeño.
—Cubrimos eso. —Di un paso hacia ella e imploré—: Continúa.
—Me asusta muchísimo. Cuando estábamos creciendo, fue terrible
conmigo. Mi padre era duro con él y Apollo se desquitaba conmigo. Pasó
cinco años en la cárcel por homicidio involuntario. Cuando tenía diecisiete
años, se emborrachó una noche, tomó el auto de mi padre y condujo por la
ciudad. Chocó con otro auto y la anciana murió una semana más tarde por
complicaciones. Fue un accidente, pero era rico y famoso de alguna manera
por ser hijo de mi padre, así que el juez decidió hacer un ejemplo con él.
Estaba en la cárcel cuando papá murió y no consiguió venir al funeral. Me
sentí horrible por él. Hasta que enloqueció cuando su testamento fue leído.
Me dijo que merecía las quemaduras y que deseaba que hubiera muerto en
el incendio.
—Jesús, Rhion. —Extendí mi mano hacia ella, pero me rechazó.
—Así que, sí. Han pasado dos años. Y solo la idea de él es suficiente
para que me desmorone. Esta noche, Cruella De Vil apareció y amenazó
con darle información sobre mí si no le pagaba. Y entonces llegaste. —Se
encogió de hombros y me dio una débil sonrisa—. Sabes el resto.
Había algo raro. La historia encajaba. Tenía sentido. Pero se sentía
como si un montón de mierda hubiera sido pasada por encima. Estaba
perdiéndome algo. Algo que sin duda había dejado fuera. ¿Pero qué?
—¿Y eso es todo? —inquirí.
—Esos son los puntos altos.
—¿Y si quiero los puntos bajos?
Inhaló profundamente.
—Entonces tendrás que esperar. Porque hoy pasé tres increíbles horas
escogiendo ropa con una niña asombrosa. Me ricé el cabello y me puse
maquillaje, me enfrenté a una villana malvada y le derramé mi corazón, en
párrafos, a un hombre que me dio el mejor beso de mi vida. —Sonrió
tensamente—. Los puntos bajos pueden esperar, Jude.
Cuando le sonreí, me di cuenta de que podían.
—No puedes culparme por intentarlo. —Paseé en su dirección,
recuperando su collar de mi bolsillo y deslizando el diamante de la cadena.
Lo coloqué en la palma de su mano y metí los eslabones rotos de nuevo en
mi bolsillo—. ¿Quieres oír sobre mi día? Escuché durante más de cuatro
horas discursos republicanos hoy.
—¿Es esto una competición? Porque si estoy en la carrera, no estoy
segura de que tu historia sea lo bastante triste para entrar.
—Oh, ¿son historias tristes ahora?
Sonrió y asintió.
Una de mis manos fue a la parte baja de su espalda; la otra se deslizó
por la parte trasera de su cabello.
—De acuerdo… podría tener una entrada. Verás, cuatro años atrás, la
jodí. Y cada noche, fui forzado a verla morir en mis pesadillas.
Su rostro palideció mientras su cabeza retrocedía con brusquedad.
—Puta mierda. ¿De verdad tenías pesadillas sobre mí?
Me incliné hacia delante para atrapar su boca en un beso demasiado
breve y luego continué:
—Sí. Pero nunca debería haber implicado que conocerte fue la
pesadilla. El fuego. Tus quemaduras. Las pesadillas. Todo eso es mi culpa.
Negó repetidamente mientras jadeaba.
—No, no lo son. Son…
Hablé por encima de ella.
—Shhh… esa ni siquiera es la parte más triste, Rhion. La semana
pasada, algo sucedió. Y ahora ella me sonríe. Y me mira como si fuera el
único hombre que jamás ha visto. La saboreé. La toqué. La hice gemir mi
nombre de una manera que se grabó en mi subconsciente.
Su mano subió a mi bíceps.
—Y el auténtico giro inesperado es… —me reí sin humor—, que no
puedo jodidamente recordar qué dije para hacer que me diera eso.
Me odié cuando sus ojos azules pálidos se llenaron de lágrimas. Pero
eso no era nada nuevo. No cuando se trataba de Rhion.
Y fue ese pensamiento lo que me hizo poner mi frente contra la suya y
declarar:
—Quiero nuevos recuerdos. —Metí su cabello tras su oreja—. Esto va
a requerir que te saboree de nuevo. —La besé castamente—. Y te toque. —
Deslicé las puntas de mis dedos por su espalda, su piel erizándose en mi
estela—. Y te haga gemir de maneras que nunca olvidaré. ¿Crees que
podríamos hacer eso?
Asintió con entusiasmo.
—Me gustaría eso.
—Buena respuesta. —Exhalé.
—Eres real. —Respiró antes de morderse el labio, una sola lágrima
rodando de su ojo.
Sonreí y luego limpié la lágrima de su mejilla con mi pulgar,
susurrando:
—Siempre he sido real, Butterfly. Incluso cuando no quería serlo.
Su aliento se atoró en su garganta mientras cerraba sus ojos con fuerza,
una piscina de humedad derramándose.
Besé las lágrimas, deseando poder pasar la noche asegurándome de que
ninguna jamás viera la luz del día.
Pero por mucho que quisiera esa probada, ese toque y ese gemido, no
podía tenerlos justo entonces.
—Necesito llevar a Val a casa —susurré en la cima de su cabello con
esencia a coco.
Pegó su rostro a mi pecho y me abrazó con fuerza.
Otro poquito de presión desapareció y me deleité en la dulce
liberación.
—Mañana. —Besé la cima de su cabello—. Cuando te mande un
mensaje. —Otro beso—. Quiero párrafos.
Acarició mi pecho con su nariz.
—De acuerdo.
—Se va a casa el martes por la mañana. Plan para cenar el martes por
la noche.
—Cocinaré.
Sonreí para mí.
—Me gusta la Rhion obediente.
Soltó una risita.
—No te acostumbres.
Apoyando mi barbilla en la cima de su cabeza, repliqué:
—No lo haré.
Era la absoluta verdad, porque tanto si era la Rhion obediente, la Rhion
dispersa, la Rhion dulce, la Rhion enojada o la Rhion evasiva, nunca me
acostumbraría a nada de ello. No cuando estaba en mis brazos. Pero
malditamente seguro iba a intentarlo.
Dieciocho
Rhion
Yo vivía en sus pesadillas.
Él vivía en mis sueños.
Era una pequeña píldora dentada que tragar. Pero era difícil centrarse
en el dolor cuando me abrazaba, prometiendo que quería nuevos recuerdos
conmigo.
No esos del fuego.
O los pedacitos que había retenido de nuestra noche juntos olvidada.
Nuevos.
Y no había nada que quisiera más que recuerdos con Jude.
Después de que se hubiera ido con Val, pasé el resto de la noche en mi
habitación oceánica, escuchando las olas chocar a mi alrededor con una
enorme sonrisa en mi rostro.
Con el tiempo, tendría que contarle todo en lugar del breve resumen
que le había dado sobre Apollo. Pero no tenía prisa por ese tema de
conversación. No porque no quisiera contarle a Jude. Bueno, no
completamente. En realidad, no quería contarle a nadie. Era la mayor razón
por la que mantenía mi vida privada. Johnson era uno en la lista muy corta
de gente que sabía la verdad. Y eso era solo porque había tenido la
desafortunada experiencia de presenciarlo todo de cerca y personalmente.
Pero, por otro lado, quería que Jude me conociera. A la yo real. Y no a
la mujer asustada que había gastado millones comprando toda una planta en
un rascacielos del centro de Chicago para permanecer cerca del único
hombre en el que confiaba.
No. Esa definitivamente no era a quien quería que llegara a conocer.
Aunque temía que fuera a quien conociera. Y, peor, a quien realmente era.
El domingo, Jude y yo intercambiamos mensajes. Había dicho que
quería párrafos, y chico, los obtuvo.
Después de una hora hablando, todavía seguía a kilómetro por minuto.
Si añadía el contenido en palabras de todos mis mensajes, probablemente
había tecleado lo equivalente a una disertación. Las respuestas de Jude no
eran ni de cerca tan profundas, pero imaginé que estaba ocupado con Val.
Cuando mi teléfono sonó a las nueve de la noche, estaba riendo en el
otro extremo.
—Jesús, Rhion. ¿Cómo puedes todavía sentir tus dedos? ¿Podemos
cambiar esto al teléfono?
Estaba feliz de obedecer. Oír su profunda y sexy voz era mejor que
teclear cualquier día de la semana.
Durante nuestra conversación, Jude me contó todo sobre su vida y
escuché tan atentamente que el mundo a mi alrededor desapareció. Aprendí
que Jude se había graduado en Ohio State y entrado directamente a la
academia de policía. Estratégicamente se había saltado la parte en la que
había sido despedido —por mí— y fue directo a su posición en Los
Ángeles, donde había trabajado en una firma de seguridad. La manera en la
que Jude hablaba en párrafos sobre su trabajo dejó claro que le encantaba.
Mucho. Y me encantó que algo positivo le hubiera ocurrido después del
fuego. Me daba esperanza en que tal vez no había arruinado su vida después
de todo.
Me reí con más fuerza de lo que había hecho en años ante sus historias
ridículas sobre sus varios clientes famosos durante los años y luego incluso
con más fuerza mientras relataba el día que había conocido a Johnson.
Pero lo más importante que aprendí durante nuestra conversación de
tres horas fue que Jude era un hombre asombroso. Me dijo todo sobre
conocer a April, pero enamorarse de Val. Pensé que era dulce que pagara
por su matrícula en la escuela privada cada mes. Hasta que descubrí que
tenía que hacerlo o April no le permitiría pasar tiempo con Val. Entonces
era solo triste. Sin ningún derecho legal, le preocupaba que con el tiempo
intentara alejar a la niña de él. No le dije que Val me había expresado esos
mismos miedos. Odiaba cuando Jude y su madre peleaban por esa razón.
Me sentía tan mal por ambos. Jude quería a esa niña, y, sin lugar a dudas,
ella lo quería también.
Después de eso, Jude y yo compartimos historias sobre nuestras
familias. Me contó sobre su dramática pero increíblemente cariñosa madre
y su estoico pero también increíblemente cariñoso padre. Calentó mi pecho
de la manera más extraña posible. Estaba feliz de que tuviera eso y,
sinceramente, celosa porque yo nunca lo haría.
Pero cuando Jude susurró un reconfortante “Butterfly” al otro lado de
la línea mientras le contaba sobre el día que mi padre murió, los celos se
evaporaron. Justo entonces, estuve agradecida de que sus padres hubieran
criado a un hombre tan increíble.
Cuando bostezó por décima vez, lo dejé ir. O, más exactamente, dije
adiós, terminé la llamada y estallé en lágrimas. Había pasado un largo
tiempo desde que había sentido esa clase de conexión con alguien. La clase
que, incluso por teléfono, me hacía sentir como si no estuviera sola.
Tuvo el día libre el lunes para poder pasar más tiempo con Val, pero
nuestros mensajes y llamadas telefónicas continuaron. Para el momento en
que mis ojos se cerraron esa noche, temí que mi sonrisa nunca fuera a
desvanecerse. Y la idea de eso me llenó de maneras inimaginables.
Había escrito sobre ese hombre al menos de doce maneras diferentes
durante los años, pero nunca ni una vez se había acercado a lo real. No era
en absoluto perfecto. Era un fan de los Raiders, prefería la cerveza local y
tenía la inclinación de decirme cómo iban a ir las cosas. Pero tal vez eso era
exactamente lo que lo hacía mejor de lo que las palabras nunca podrían.
Jude Levitt.
Era.
Real.
Me desperté el martes por la mañana con un toque en mi puerta.
Nervios rodaron en mi estómago mientras encendía con cautela las cámaras
de seguridad en mi televisión, y vi a Jude frente a mi puerta. Hice todo lo
posible por peinar mi cabello mientras luchaba para ponerme mi bata antes
de apresurarme a contestar, maldiciéndome todo el camino por no pasarme
por el baño para un vistazo y lavarme los dientes primero. Sin embargo,
para el momento en que llegué allí, él no estaba en ninguna parte. Había
solo una diminuta caja negra sobre mi felpudo. Sin nota. Sin tarjeta. El
regalo igual de ilusorio que el hombre que lo había entregado.
Pero cuando la abrí, mi corazón casi explotó. Lágrimas llenaron mis
ojos mientras levantaba la cadena de platino arreglada que llevaba con el
diamante de mi madre de la caja.
Hasta ese momento, no había habido nada especial sobre esa cadena.
La había comprado hace solo seis meses, después de que hubiese roto la
anterior. Eso tendía a suceder mucho cuando llevabas el mismo collar
veinticuatro horas al día durante todo el año.
Sinceramente, ya había cambiado el diamante a una extra que había
tenido en mi joyero para tal ocasión.
Pero Jude se había tomado unos preciosos minutos de su limitado
tiempo con Val para arreglar mi collar.
Así que, con manos temblorosas y una sonrisa sin igual, puse la piedra
de mi madre en mi ahora segunda posesión más preciada y orgullosamente
la abroché alrededor de mi cuello.
No era necesario decir que, para el momento en que esa noche llegó,
mi excitación por tener a Jude finalmente a solas era fuera de lo común. Se
encontraba en una asignación que dijo que podía durar entre dos y doce
horas. Y cuando el reloj alcanzó las siete, pareció que iba a estar más cerca
de las doce horas.
El aroma de mi pastel de pollo casero apenas permanecía en el aire
mientras me sentaba en mi sofá en unos vaqueros ajustados y una camiseta
ceñida con cuello en V color crema. Me había probado aproximadamente
setenta y cinco prendas de ropa antes de decidir ir casual. Aunque no estaba
segura de que pudiera ser considerado casual porque llevaba unos tacones
Jimmy Choo burdeos.
Metí mi cerveza número dos entre mis muslos y cambié mi teléfono a
mi otra oreja.
—No voy a cambiarlo, Brianna.
—¿Pero qué ve Maléfica en él? Ni siquiera sé quién es el héroe en este
libro. Se supone que sea el príncipe Philip, pero le has dado esta oscura
necesidad de poseerla —discutió.
—Los héroes no son infalibles. Son las imperfecciones las que
contienen toda la belleza. Además, si Johnson apareciera ante tu puerta
ahora mismo, diciendo que quería poseerte, ¿lo rechazarías?
—Eso no es justo. Sabes que Johnson es mi debilidad.
—Sí, bueno, la debilidad de Maléfica es el príncipe. —Tomé un sorbo
de mi cerveza.
—Y esa es otra cosa. Cada vez que lo llama “Príncipe”, me viene a la
cabeza el estribillo de “When Doves Cry4”.
Casi escupí al otro lado de la habitación cuando estallé en risas.
Soltó una risita conmigo.
—¿Podemos, por favor, cambiar su apodo, Rhion?
Estaba intentando recomponerme cuando un golpe sonó en mi puerta.
Alcé mi cabeza y miré a la puerta como si tuviera visión de rayos X.
—Mierda. Mierda. Mierda. Tengo que irme. Creo que Jude está aquí
—susurré.
—De acuerdo. Llámame tan pronto como puedas y cuéntame cuán
dotado está.
Fruncí el ceño y susurré-grité:
—¡No voy a acostarme con él esta noche!
Soltó una risa.
—Así que Jude Levitt se presenta ante tu puerta en este momento,
diciendo que quiere acostarse contigo, ¿y lo rechazarías?
Tenía un punto, y cuando abrí la puerta y su mirada verde oscura se
posó sobre mí, tuve la sensación de que era exactamente lo que él quería
hacer. Y no había duda de que iba a decir que sí.
Se había cambiado el traje que llevaba normalmente cuando estaba
trabajando y puesto los más increíbles vaqueros desteñidos y una simple
camiseta negra. Era lo que había aprendido de los chicos que era el
uniforme de chico duro fuera del trabajo.
¿Pero en Jude? Dulce bebé Jesús en un pesebre.
Mi boca se secó mientras pasaba mis ojos sobre los duros planos de su
pecho expuesto a través del algodón ajustado. Mis pezones se endurecieron
y no tenía nada que ver con la ráfaga de aire frío que flotó a su alrededor.
—Brianna, tengo que irme —dije antes de colgar sin apartar mi mirada
de Jude… o su increíble pecho.
—Recibiste el collar —dijo, entrando.
Mi mano fue de inmediato a la cadena mientras lo miraba.
—Muchas gracias. Fue muy dulce de tu parte arreglarlo para mí. —
Prácticamente jadeé.
—De nada. Ahora, deja de mirarme así.
—¿Así cómo?
Se rió y deslizó una mano alrededor de mi espalda al mismo tiempo
que tocaba mi frente con sus labios.
—Como si fuera a necesitar un infierno más de tiempo para besarte del
que tengo.
Mi estómago se hundió. Dos veces.
Primero, en anticipación de ese beso.
Segundo, por la decepción de que no pareciera tener mucho tiempo.
Lo último debió mostrarse en mi rostro porque se rió y metió mi
cabello tras mi oreja.
—Vaya. No me mires como si acabara de decirte que Santa Claus no
existe.
—¿Pensé que íbamos a pasar el rato esta noche?
Sonrió y pasó las puntas de sus dedos por uno de mis brazos.
—Sí. Pero tienes que tomar un abrigo. Cambio de planes. Debido a la
nieve prevista para mañana, la tienda de muebles está trabajando horas
extra para hacer todas las entregas programadas esta noche o no pueden
cambiármelo hasta el lunes. Confía en mí cuando te digo que necesito una
cama. Mi espalda no va a soportar otra noche en un colchón de aire.
El pánico estalló a través de mi sistema.
—Pero estuvimos de acuerdo en quedarnos aquí esta noche.
Ladeó su cabeza y dijo con voz arrastrada:
—Sí. Pero las cosas cambiaron. Y tengo que estar en casa en treinta
minutos y es un viaje de veinte minutos. Así que tenemos que movernos.
Agarra lo que sea que huela tan bien y llevémoslo a mi casa.
Los hormigueos empezaron en mis manos y, por experiencia, supe que
si llegaban a mis piernas, me derrumbaría.
Respira, Rhion.
El hermoso rostro de Jude se contorsionó con preocupación.
—Jesucristo, Rhion —dijo, rodeándome con sus brazos—. ¿Qué
diablos?
Clavando mis dientes en mi labio inferior, permití que su calidez
venciera al hielo cursando por mis venas.
—Yo… pensé que ibas a quedarte aquí.
—Sí. Pero entonces la tienda llamó. Ahora, dime sobre qué va esto en
realidad.
Sin embargo, no podía. No sin explicación en absoluto.
Por suerte, me ofreció mi salida.
—¿Es esto sobre tu madrastra?
—Sí —mentí en su pecho.
—¿Te asusta que siga en la ciudad?
—Sí. —Otra mentira.
Suspiró y besó la cima de mi cabeza.
—Hablé con Johnson ayer, nena. Ella se ha ido. Leo la monitoreó hasta
que su avión aterrizó en el JFK.
Mierda.
—Me… sentiría más cómoda… si…
—Mírame —ordenó.
Pero lo último que quería era mostrarle mis ojos. Vería la verdad. Y
peor, si tenía que mentirle al rostro, temía que la verdad saliera
atropelladamente… en capítulos.
Cuando no alcé la mirada, no me dio elección. Atrapó mi barbilla con
dos dedos y echó mi cabeza hacia atrás.
—Sé que has tenido unas semanas duras —dijo gentilmente—.
Primero conmigo volviendo aquí y revolviendo mierda del pasado. Y luego
con Margaret mostrando su imbecilidad al mencionar a tu hermano. Pero
estás a salvo conmigo, Rhion. Eso es algo que puedo jurarte.
Y, en el fondo, lo sabía. Después de todo, me había salvado la vida una
vez. No tenía duda de que lo haría de nuevo. Pero, a veces, mi mente era mi
peor enemiga.
Jude continuó:
—Mi trabajo es proteger a la gente. Esa gente espera que ponga mi
propia vida en riesgo para mantenerlos a salvo. Y absolutamente lo haría.
Esa gente es quien me paga. Gente que no me importa una mierda. —Sus
dedos rozaron mi cuello y trazaron mi clavícula antes de viajar a la sutil
línea de escote expuesto, enviando un estremecimiento por mi espalda y
una chispa a mi centro—. Y, Butterfly, no creo que tenga que señalar que
esas personas no son tú. No hay limitaciones a las alturas a las que iré para
asegurarme de que estás a salvo. Te perdí en las llamas una vez. No
sucederá de nuevo. Ni un hombre, ni una mujer ni un desastre natural
podrían superarme cuando se trata de ti.
Mi respiración se atoró, pero ya no era por el pánico. Era porque
mientras sostenía su mirada, supe que decía en serio esas palabras con cada
fibra de su ser, hasta la médula de sus huesos.
También sabía algo más.
—No me perdiste en las llamas.
—Lo hice. —Sus dedos dejaron de trazar mi escote y se movieron a
una de las enormes cicatrices que había en mi pecho izquierdo—. Y nunca
seré capaz de compensarlo. Todo lo que puedo hacer es que entiendas que
no sucederá de nuevo. Estás a salvo conmigo, Rhion. Es una verdad. Un
hecho. Y una promesa.
Un aleteo golpeó mi estómago.
Su mano subió para sujetar mi mandíbula, su pulgar acariciando la
curva.
—Si no te sientes cómoda saliendo, lo entenderé. Puedes quedarte
aquí. Iré por mi mobiliario y volveré más tarde, o tal vez podamos
reprogramarlo para mañana por la noche.
La decepción se asentó pesadamente en mis hombros. No quería
reprogramar. Había estado esperando muchos años para una noche con
Jude. Y durante otra semana para una noche con esta versión diferente y
real de él.
Técnicamente, estaba entrenado como guardaespaldas. Leo nunca lo
habría contratado si no fuera uno de los mejores en el negocio. Pero…
No.
Me negaba a permitir que los “peros” gobernaran mi vida cuando se
trataba de él. Y no porque fuera Jude. Si no porque era un hombre que me
gustaba, me hacía reír y me sentía cómoda con él.
Compartíamos las mismas cicatrices.
Quería llegar a conocerlo y ver si nuestra conexión podría implicar
algo más grande. Y para descubrir eso, necesitaba ponerme un abrigo, ir a
su casa y comer un jodidamente delicioso pastel de pollo casero.
—Está bien —murmuró—. Volveré…
—No —farfullé—. Solo… agarraré mi abrigo.
Su sonrisa se ensanchó.
—Me gusta esa decisión, nena.
A mí también. Incluso si me aterrorizaba.
Mientras nos movíamos por mi apartamento, preparándonos para irnos,
mi mente dejó de funcionar.
El pánico revolvió mis pensamientos, dejándome incapaz de centrarme
en más que un momento a la vez.
La bilis ardió en mi garganta mientras activaba mi sistema de
seguridad con manos temblorosas.
La fuerte mano de Jude descansaba reconfortantemente en mi espalda
mientras pretendía no notarlo.
Mis ojos se llenaron de agua cuando di un paso en el ascensor,
aferrando mi bolso contra mi pecho como un escudo.
Con una mano balanceando una bandeja de pastel de pollo, Jude usó la
otra para acercarme a su costado, donde sus labios encontraron la cima de
mi cabeza, y murmuró:
—Te tengo.
Fue solo el sonido de su voz lo que evitó que enloqueciera cuando la
puerta del ascensor se abrió al garaje.
La sangre tronaba en mis oídos y mi pecho se sentía como si fuera a
explotar mientras me acompañaba a su Jeep.
Cuando el sonido chirriante de alguien cerrando la puerta de un auto
me asaltó, un grito escapó de mi garganta. Su única reacción fue dar un
paso a mi alrededor, su alto cuerpo doblándose sobre mí, resguardándome
de cualquier peligro potencial, incluso del tipo imaginario.
La vergüenza de todo se vertió en mi estómago mientras me guiaba al
asiento del pasajero y cerraba la puerta detrás de mí.
No me hizo preguntas mientras conducíamos los veinte minutos a su
casa. Sin embargo, mantuvo una mano plantada en mi muslo y me miró por
la esquina de su ojo mientras yo luchaba por respirar.
Cuando giró en un pequeño complejo de apartamentos y luego
estacionó frente a un edificio de dos pisos con patio, el proceso empezó de
nuevo, solo que al revés.
Contuve el aliento para evitar que el pánico apareciera. Aunque a
juzgar por cuán fuerte me mantuvo Jude presionada contra su costado, tuve
la vaga sospecha de que estaba fallando.
En el momento en que crucé el umbral del apartamento, una ráfaga de
aire frío lleno mis pulmones ardientes y todo mi cuerpo se hundió. Jude dio
un paso detrás de mí, su mano moviéndose alrededor de mi cintura mientras
besaba mi sien.
—¿Ves? Sana y salva —murmuró.
Cerré los ojos y sonreí, moviéndome contra él, mentalmente
celebrando la enorme victoria.
—Gracias, Jude —susurré.
—No necesitas agradecerme. No fue difícil esquivar las estrellas ninja
de la pequeña anciana cerrando la puerta de su auto en el estacionamiento
—replicó, encendiendo las luces para revelar un apartamento virtualmente
vacío.
Había una enorme mesa de comedor, la cual era totalmente demasiado
grande para el modesto espacio, y un sofá de cuero color chocolate que
había visto su justa cantidad de deterioro. Pero eran suyos, así que se
sentían cómodos.
Eché mi cabeza hacia atrás contra su pecho y le disparé una sonrisa.
No era consciente de cuán importante esto fue para mí. Y decidí justo
entonces que me gustaba de esa manera. No estaba mimándome. O
mirándome como si fuera un caso mental. O presionándome para derramar
mi alma. Simplemente devolvió mi sonrisa.
Fue la sonrisa más liberadora de mi vida.
Algo dentro de mí se rompió… de la mejor manera posible.
Jude me liberó.
—¿Estamos solos? —pregunté, tomando el pastel de pollo de su mano
y caminando hacia la encimera laminada de su barra.
—Hasta que los chicos de los muebles lleguen aquí. —Se rió.
Dejó de hacerlo cuando dejé la bandeja y me quité mi camiseta por la
cabeza.
—Jesús, joder, Rhion —maldijo, su mirada saltando a mis pechos y
permaneciendo ahí mientras me pavoneaba hacia él.
—Esperemos que lleguen tarde —dije con un ronroneo. Lo atrapé por
la nuca y luego lo llevé a mi boca.
Sus manos se posaron en mis caderas al mismo tiempo que sus labios
encontraban los míos. Nuestras lenguas se enredaron mientras nuestros
gemidos y gruñidos colisionaban. Rodeé su cuello con mis brazos y lo tomé
más profundo. Quería más. Más de la libertad que sentía en su abrazo. Más
de su boca. Más de sus manos en mis pechos. Más de la manera en que sus
talentosos dedos podían arrastrarme hasta el borde. Y eso había sido cuando
estaba borracho.
Por la manera en que me besaba, sabía que el Jude sobrio sería mejor.
Continuó trabajando mi boca mientras yo llevaba mis manos atrás para
desabrochar mi sujetador.
—Espera —ordenó contra mis labios, atrapando mis manos para
detenerlas.
—He terminado de esperar —repliqué, rindiéndome con el sujetador y
yendo por su camiseta.
Palmeó cada lado de mi cabeza y sostuvo mi mirada.
—Rhion. Espera.
Después de tirar del dobladillo de su camiseta, deslicé mis manos
debajo y arañé su estómago. Sus abdominales se flexionaron, ondeando
bajo mi toque.
Dejando caer su frente contra la mía, gimió:
—Mujer, ¿qué estás haciendo?
Me puse de puntillas y rocé mis labios contra los suyos.
—Simplemente estoy terminando lo que empezamos esa primera
noche en mi casa.
Su mano bajó a mi culo.
—Tal vez ese es nuestro problema. No recuerdo qué empezamos
exactamente.
—Entonces te lo mostraré. —Rodé mis caderas contra las suyas,
encontrándolo largo y duro detrás del vaquero. Electricidad se disparó entre
mis piernas y hacia mis pezones, encendiendo cada terminación nerviosa en
su camino.
—Mierda —murmuró antes de tomar mi boca en un beso castigador.
Fue el más hermoso dolor que jamás había experimentado.
Entonces fue mi turno de maldecir cuando usó mi culo para frotarme
contra él otra vez.
Con nuestros labios —y nuestras lenguas— todavía conectados, me
hizo retroceder en la habitación. Arrastré mis tacones por la moqueta al
mismo paso que él mientras continuaba besándome, profundo y exigente.
Los brazos de Jude rodearon mi cintura y entonces el suelo desapareció
bajo mis pies.
Segundos después, me encontré en horizontal, balanceándome en el
borde de su mesa de comedor.
—Muévete hacia atrás y ponte cómoda, nena —dijo con una sonrisa
peligrosa.
Obedecí… con entusiasmo.
—Mmm. Buena chica —dijo seductoramente, acariciando la hinchazón
de mis pechos con la punta de su dedo.
Gemí, curvando mis manos en puños a mis lados mientras besaba la
cima de mi pecho.
—Más abajo —rogué.
Habló entre besos contra mi pecho.
—Tengo a dos hombres en camino para entregar mi cama. —Beso—.
Van a estar aquí en cualquier minuto. —Beso—. Pero. —Levantó la cabeza
y su ardiente mirada verde se clavó en la mía—. Si quieres mostrarme lo
que sucedió la noche del sábado, haré que dejen la maldita cosa en el
porche delantero.
Un estremecimiento sacudió mis hombros mientras pasaba un dedo por
mi sujetador. Y entonces mi cabeza cayó hacia atrás y un gemido escapó de
mi boca cuando lo metió, acariciando mi sensible pezón.
—¿Es eso un sí, Rhion? ¿Al fin vas a permitirme entrar en tu pequeño
secreto? —inquirió mientras le daba a la tela un tirón, liberando mi pecho.
Mi cuerpo tomó la decisión por mí cuando rodó mi pezón entre dos
dedos y sobrecargó mi sistema mientras un millón de chispas viajaban hacia
mi clítoris.
—¡Sí! —grité, arqueándome en la mesa.
Diecinueve
Jude
En silencio, maldije todas las formas de alcohol y sus efectos que
borran la mente. Había pasado una semana entera sin el recuerdo de Rhion
Park en medio del éxtasis, con la boca abierta mientras jadeaba por aire, un
pecho redondo levantado por su sujetador de encaje negro, y mis dedos
tirando y girando su perfecto y rosado pezón.
Mi polla se hinchó imposiblemente fuerte ante la vista.
Había sido una roca desde que se quitó descaradamente la camisa, ese
tatuaje de mariposa ardiente se burló de mí mientras la mitad se escondía
debajo de su sostén.
A la mierda los repartidores. Hubiera dormido en un maldito colchón
de aire por el resto de mi vida a cambio de mi visión actual.
—¡Sí! —gritó de nuevo.
—Comienza a hablar, Butterfly.
Sus ojos azules se abrieron y se pasó la lengua por el labio inferior
antes de burlarse:
—Dije que te lo mostraría. Sin hablar —bromeó con un dedo pasando
de un lado a otro debajo del dobladillo de mi camisa—. Quítate esto.
Me quité la camisa por la cabeza y, apenas en el suelo, se sentó y
comenzó a trabajar mi cuello con su hábil boca.
Me incliné y me equilibré en una mano mientras mordía y chupaba
vorazmente.
—Joder, nena —gemí, empujando una mano en la parte posterior de su
cabello—. ¿Hiciste esto el viernes por la noche?
—Sí. Me levantaste para sentarme en la lavadora porque eras
demasiado alto —respondió contra mi cuello.
Respuestas.
—¿De qué estábamos hablando? —pregunté, usando su cabello para
inclinar la cabeza hacia atrás.
Negó y se reclinó, apoyándose sobre los codos.
—Esta es la parte en la que viste mi tatuaje. Recuerdas esa parte,
¿verdad? Tal vez, si repitieras el proceso, aparecería en tus recuerdos.
Sonreí lobunamente. Podía hacer eso.
Mientras la seguía hacia abajo, su espalda formó una curva elegante,
empujando sus senos hacia mi boca. Deslicé una mano debajo de ella y abrí
el cierre de su sostén.
—¿Hice esto? —cuestioné.
—No.
Con una mano, le pasé el encaje por los brazos y luego chupé su pezón
en mi boca, girando mi lengua alrededor de la protuberancia, disfrutando de
sus jadeantes maullidos.
—¿Esto? —pregunté, pellizcándolo suavemente entre mis dientes.
—Oh, Dios. —Se inclinó, sus manos volando a la parte superior de mi
cabello.
—¿Es un sí?
—No. —Suspiró, sus dedos avanzando lentamente hacia las cicatrices
en la parte posterior de mi cuello.
La agarré por la muñeca y le puse la mano junto a la cabeza.
—Jude —se quejó cuando le solté el pecho para encontrar su otra
mano.
La guié por encima de su cabeza y sujeté sus muñecas juntas.
—Ahora, estoy seguro de que no te dejé hacer eso. —Mordí su labio
inferior y luego ordené—: No muevas tus brazos.
Tragó saliva, pero asintió.
Me enderecé y permití que mi mirada hambrienta recorriera su
pequeño cuerpo. Estaba mayormente sobre la mesa, solo sus piernas
colgando del borde. Joder, era hermosa, ahí extendida, mirándome con sus
mejillas rosadas, sus tatuajes brillantes contrastando con la piel blanca de su
estómago. Pero fue la pretina de sus vaqueros en lo que me centré. Tenía
recuerdos de mi mano viajando por su humedad. No estaba seguro de qué
más había hecho. Pero sabía que, cuando se levantara de esa mesa, la habría
reclamado por completo.
Con mis manos. Boca. Polla.
Con un gruñido, empujé las sillas lejos. Cuando una de ellas cayó, sus
ojos se abrieron de par en par y su respiración se aceleró, sus senos
redondos subían y bajaban, provocándome, pero no movió las manos. Me
detuve en la esquina de la mesa más cercana a su cadera y palmeé su pecho,
mi polla se crispó cuando se presionó en mi mano.
—Te toqué así, ¿verdad, Rhion?
—Dios, sí.
Llevé un dedo hacia su estómago y di un golpecito debajo de su
ombligo.
—¿Te besé aquí?
Giró sus caderas.
—No.
Sonreí oscuramente.
—Probablemente deberíamos remediar eso, entonces.
Su boca se abrió cuando me incliné, permitiendo que mi aliento
susurrara sobre su piel. La besé demasiado brevemente. Un suave gemido
brotó entre sus labios cuando abrí el botón de sus vaqueros.
—Recuerdo tocarte aquí. Estabas tan jodidamente apretada y mojada.
—Jude, por favor —suplicó cuando no presioné en sus pantalones.
En cambio, me di la vuelta al otro lado de la mesa, permitiendo que mi
dedo trazara un camino sobre su cuerpo.
—Maldita sea, Jude —gimió.
Un rayo me atravesó, directo a mis bolas, cuando tomó mi polla dura
por encima de mis vaqueros.
—Tócame —exigió con frustración.
Pretendí que mi polla no iba a salir de mi cremallera para llegar a ella y
arqueé una ceja en regaño.
—¿Pensé que había dicho que no movieras las manos?
Acariciando mi eje, dijo:
—No lo haré mientras muevas las tuyas. Dentro de mí.
Mis labios se torcieron.
Esta. Mujer. Toda tímida, asustada e inocente la mitad del tiempo.
Luego sexy, descarada y codiciosa. Me dolía por sacar mi polla de mis
pantalones y ver qué lado de ella sacaba cuando estuviera en su interior.
Pero había tanto de ella que quería primero.
—¿Quieres que te toque, Rhion? ¿Quizás mi lengua provocando tu
clítoris? —Le pellizqué el pezón y luego salí de su alcance.
—Sí. —Suspiró.
Me moví a sus pies, su mirada desenfrenada siguió cada paso.
—También quiero eso. Pero, primero, voy a necesitar que me digas
algo.
—Jude —advirtió, su lánguido cuerpo de repente se puso rígido.
Desabroché sus vaqueros y comencé a bajarlos por sus piernas. Cuando
llegué a sus pies, usé los tacones de sus tontos zapatos con plumas para
quitarlos, uno por uno. Cayeron al suelo con estrépito mientras se
apresuraba a ayudarme a quitarme los pantalones.
Segundos después, no llevaba nada más que un par de bragas finas de
encaje negro que mostraban espectacularmente la pequeña hendidura en la
parte superior de su sexo.
Todo mi cuerpo respondió. Y no solo en la forma en que un hombre
responde naturalmente al ver a una mujer hermosa, casi desnuda, tendida
ante él.
Esta era Rhion.
Me quedé allí mirándola fijamente durante demasiado tiempo. O tal
vez solo fue un segundo. Pero incluso eso era un pecado cuando se trataba
de tocarla.
—Dijiste que yo era la única que podía curarte —anunció en un
susurro suave y seductor.
Mis pulmones se agarrotaron. ¿Cuál era el viejo adagio acerca de que
las palabras de un hombre borracho son los pensamientos de un hombre
sobrio?
Pero aún no había terminado.
—Dijiste que querías tocar cada parte de mi cuerpo, por dentro y por
fuera, para que pudieras curarme también. —Metió los dedos en los
costados de sus bragas y las bajó.
Mi boca se hizo agua cuando dobló las piernas y las abrió, revelándose
para mí.
—Cúrame, Jude.
No podía curarla. No estaba dañada. Perfecta, de pies a cabeza.
Le tomé las piernas detrás de las rodillas y la arrastré hasta el borde de
la mesa. Usando mi pie, acerqué una silla, y en el momento en que mi culo
golpeó la madera, mi boca se selló sobre su clítoris.
—¡Oh, Dios! —gritó cuando comencé a darme un festín.
Mis recuerdos eran correctos: estaba empapada, y fácilmente deslicé
un dedo, luego dos, profundamente dentro de ella.
Puso sus piernas sobre mis hombros, y la devoré como si fuera mi
comida favorita.
Y con una sola probada, eso fue exactamente en lo que se convirtió.
Lamí y chupé mientras bombeaba mis dedos. Su cuerpo se retorció debajo
de mí, y mi nombre salió en un susurro de sus labios, yendo directamente a
mi polla como si fuera su mano.
Cuando sus músculos se tensaron alrededor de mis dedos, el orgasmo
creciendo dentro de ella, de repente se sentó. Sus manos se deslizaron por la
parte de atrás de mi cabello mientras me abrazaba. Ansiaba apartar su
mano, pero tal vez había tenido razón.
Tal vez era la única que podía curarme.
Sus dedos ardían en la parte posterior de mi cuero cabelludo cuando su
clímax contra mi boca me chamuscó de una manera diferente.
Poniéndome de pie, no pude quitarme los pantalones lo
suficientemente rápido. Todavía estaba bajándolos cuando saqué un condón
de mi billetera y lo bajé por mi eje.
No se pronunciaron palabras mientras merodeaba por la mesa y
atrapaba su boca en un beso. Sus labios estaban flojos; los míos estaban
frenéticos.
—Mírame —exigí mientras me colocaba en su entrada.
Sus pestañas oscuras y pintadas se abrieron al mismo tiempo que sus
brazos flácidos rodeaban mis hombros.
Con su mirada ardiente dándome todo el permiso que necesitaba,
empujé duro, provocando una maldición dichosa de los dos.
Nuestros cuerpos giraron juntos, un ritmo fluido como las olas que se
unen en el mar. Cada uno de mis empujones, se encontró con un tirón. Y
cada vez que me deslizaba, me daba la bienvenida nuevamente. Sus senos
se acurrucaban entre nosotros mientras me sostenía con fuerza, sus manos
se apartaron misericordiosamente de mi cabello como si supiera que no
podía soportarlo.
No mientras estaba dentro de ella.
No mientras un incendio forestal ardía en mi pecho.
Cuando mis rodillas comenzaron a dolerme, me aparté de ella, de pie
ante el borde de la mesa, y seguí follándola.
Duro, pero gentil.
Lento, pero desesperado.
Castigador, pero suave.
Un brillo de sudor nos cubrió a los dos cuando se corrió con un
reverente “Jude” en sus labios.
Mientras me apretaba, mi liberación se estrelló contra mí. No había
terminado con ella, ni siquiera cerca. Pero no había forma de prevenirlo
más de lo que podría haber detenido la enorme cantidad de presión que se
drenaba de mi pecho por primera vez en cuatro años.
—Butterfly —dije sin aliento, cuando mi liberación me atrapó.
Caí hacia adelante y descansé mi frente sobre su hombro mientras las
ondas de choque me recorrían. Era vagamente consciente de que estaba
jugando con las puntas de mi cabello mientras me sacudía y me retorcía
dentro de ella.
Cuando recuperé mi respiración, levanté la mirada.
No estaba para nada listo para la emoción que brillaba en sus ojos, pero
maldito fuera si no le hacía algo cálido a mi alma.
¿Y cuando sonrió? Olvídalo. Eso fue una explosión de calor para todo
mi puto sistema.
—Hola —susurró como si me estuviera viendo por primera vez en todo
el día.
Toqué sus labios con los míos.
—Hola.
Comenzó a trazar los músculos a mis costados.
—Así que. Malas noticias. Tu cama aún no está aquí.
—Eso ciertamente es una mala noticia. ¿Tienes buenas noticias para
seguir con eso?
Palmeó su mano en la madera.
—Tienes una mesa de comedor muy resistente.
Me reí y la besé de nuevo.
—Tengo que limpiar. ¿Hay alguna posibilidad de que puedas poner esa
comida en el horno?
—Después de ese entrenamiento, estoy segura de que estás
hambriento.
Me levanté sobre mis manos y las moví por la mesa hasta que estaba
cerniéndome sobre sus senos. Jadeó cuando saqué mi lengua para rodear su
pezón.
—Eres tú quien va a necesitar el sustento, Rhion. No llegamos a la
parte del viernes por la noche cuando estabas a horcajadas sobre mí.
Una risita ruidosa escapó de su boca, seguida por un gemido cuando
salí de ella y un “Oh. Dios. Mío” cuando la sentí mirarme el culo mientras
me dirigía al baño.
Veinte
Jude
—Encuéntralo, Rhion —ordené, dándole un tirón a sus pezones.
Estábamos en mi cama, que afortunadamente había sido entregada
mientras comíamos su pastel de pollo de primera calidad. Después de eso,
le mostré todos los trescientos metros cuadrados de mi extenso
apartamento. Se asombró apropiadamente. Incluso se las arregló para fingir
interés cuando le expliqué los detalles de los muebles de IKEA. La mujer
probablemente nunca había tenido nada que no estuviera hecho a medida
para satisfacer sus necesidades de decoración. Aunque, mientras me
escuchaba atentamente, no estaba juzgando. Rhion no era así. Sí, sus
zapatos claramente costaban una fortuna, probablemente sus vaqueros
también, pero no los usaba de una manera que hacía que la gente se diera
cuenta. Viví con April lo suficiente para saber exactamente cómo era eso.
Pero esa no era Rhion Park.
Era sencilla.
Sutil.
Impresionante.
El resto de la noche, nos tumbamos en el sofá, alternando entre besos y
risas. En ese desgastado sofá, no había nada más que dos personas
conociéndose. No hablamos del incendio. O de su familia. No volví a
mencionar el viernes por la noche. En esos momentos, con ella mirándome
como si yo fuera el hombre más increíble que había visto y yo mirándola
fijamente sabiendo que era la mujer más hermosa que había visto, todo lo
demás se volvió irrelevante.
Cuando el reloj marcó la medianoche, me ofrecí a llevarla a casa.
Nunca olvidaría mientras viviera la forma en que sus labios se retorcieron
adorablemente mientras decía: “¿Y perderme la oportunidad de romper el
colchón nuevo? Ni hablar”.
Me reí.
Y luego la llevé a la cama, donde oficialmente habíamos roto el
colchón nuevo.
Y, ahora, a las cinco de la mañana siguiente, Rhion estaba montando
mi polla como si hubiera nacido para hacerlo. Estaba peligrosamente cerca
de llegar, y ella aún no se había corrido. Pero si no aceleraba, iba a llegar
tarde al trabajo.
Agarrando sus caderas, embestí con fuerza hacia arriba.
—¡Jude! —gritó, pero no de éxtasis. Fue en amonestación.
Había estado dentro de ella exactamente tres veces, y ya sabía que a mi
Butterfly le gustaba el control. Le gustaba montarme. Moviéndose sobre mí
hasta que me encontraba jadeando por aire.
Y, a decir verdad, también me gustaba todo eso.
También me gustaba mantener mi trabajo, y eso implicaba ser puntual.
Después de lamerme el pulgar, lo dejé caer sobre su clítoris y froté con
fuerza.
—¡Jude! —gritó. Esta vez, fue por el éxtasis.
Me moví debajo de ella.
Sus manos volaron hasta mis hombros, donde se equilibró.
—¡Espera!
—Nena, confía en mí cuando te digo que no tengo prisa por hacer que
te apartes de mi polla. Pero tenemos que salir en quince minutos. Y todavía
tengo que ducharme y vestirme. —No pude reprimir la risa cuando la
decepción alcanzó sus ojos. Usando sus caderas, embestí contra ella y
terminé con—: Eso no incluye los minutos extra que me llevará hacer una
maleta para quedarme en tu casa esta noche.
Sus ojos se iluminaron y mis labios se curvaron en una sonrisa.
Sin embargo, igual de rápido, mis labios cayeron porque Rhion se puso
a trabajar.
***
Media hora después, ella estaba saliendo de mi Jeep en el
estacionamiento de Guardian. Me di cuenta de que estaba nerviosa, pero no
se parecía en nada a la noche anterior. Estaba sonriendo, y ni siquiera
esperó a que fuera a abrir la puerta antes de salir.
—¿A qué hora crees que saldrás esta noche? —preguntó, pasando su
brazo por mis caderas mientras nos dirigíamos a paso ligero hacia el
ascensor.
Estaba pasando el brazo por sus hombros cuando vi a un hombre en las
sombras de la escalera. Rápidamente me puse delante de ella, y chocó con
mi espalda.
—¿Qué...? —maldijo.
El hombre emergió lentamente, pero reconocerlo no calmó el malestar
que rebotaba en mis venas.
Su mirada era oscura, y parecía totalmente malévolo.
—Levitt —saludó Johnson mientras caminaba hacia nosotros.
—Oh, hola, Aidan —dijo alegremente Rhion detrás de mí.
Le permití rodearme, pero la mantuve cerca. Algo se sentía fuera de
lugar. Y si algo había aprendido en mis años de trabajo en seguridad, era
confiar en mi instinto.
La escaneó de pies a cabeza y luego de nuevo antes de preguntarle:
—¿Se rompió tu teléfono?
Negó.
—No. ¿Por qué?
Dio un paso enojado hacia ella y dijo:
—Porque estoy seguro de que debe haber una razón por la que no me
llamaste y me dijiste que estabas con Jude anoche.
No tuve tiempo de procesarlo antes de golpear mi mano contra su
pecho.
—¡Joder, retrocede!
Su mirada no se dirigió a la mía, sino que se mantuvo fija en Rhion.
—Oh, mierda. —Respiró.
Le di un fuerte empujón que lo hizo retroceder un paso, pero aun así no
me reconoció.
—Sí, Rhion. “Oh mierda” es correcto —respondió.
Extendí mi brazo para detenerla mientras se acercaba a él, pero ella se
agachó bajo el mismo y se interpuso entre nosotros.
—Lo siento mucho. Yo... yo no...
Él rechinó los dientes y negó. Y entonces, de repente, sus hombros
rodaron hacia adelante mientras el alivio caía sobre él. Fue posiblemente la
transformación más peculiar que jamás había visto. En un momento, no se
le podía confundir con nada más que una amenaza. Al siguiente, era un
hombre al borde de un ataque de nervios.
—Por el amor de Dios, cariño. Usa tu maldito teléfono —dijo,
agarrándola de la nuca y atrayéndola a su pecho—. ¿Estás bien?
—Estoy bien. Estuve con Jude —dijo ella, sus palabras amortiguadas
por su camisa.
Su mirada finalmente se elevó a la mía, y sus labios se separaron con
una sonrisa arrogante.
—No voy a hacerle daño. Puedes dejar de fulminarme con la mirada,
imbécil.
—Dejaré de fulminarte con la mirada cuando la sueltes de una puta vez
—respondí.
Hizo un sonido de indignación, pero la liberó.
Rhion no tardó en volver a mi lado, y Johnson la miró de cerca
mientras le ponía un brazo alrededor de los hombros.
—Jesucristo —maldijo para sí—. Llévala arriba. Luego encuéntrame
en la oficina de Leo. Tenemos una reunión con un cliente que empieza en
cinco minutos. —Y luego se fue, subiendo por las escaleras en lugar de
tomar el ascensor.
Miré a Rhion y le hice la pregunta retórica:
—¿Qué diablos fue eso? —Solo era retórica porque sabía que no
obtendría una respuesta.
Así que casi me dio un ataque cuando recibí una.
—A veces viene y se queda conmigo por las mañanas. Probablemente
se asustó cuando no estaba allí.
Inclinándome, besé la parte superior de su cabeza.
—No entiendo tu relación con ese hombre.
Se rió y, no sorprendentemente, no se molestó en responder.
Cuando llegamos a su puerta, la besé indecentemente y durante
demasiado tiempo, así que cuando al fin me aparté, me vi obligado a subir
las escaleras de dos en dos para llegar a Guardian sin llegar tarde, o más
tarde, según resultó.
—¿Cómo va todo, Levitt? —preguntó Leo cuando entré en su oficina.
Estaba reclinado, con sus pies apoyados en el escritorio. Johnson
estaba sentado frente a él, de brazos cruzados, pero con una genuina sonrisa
se dibujaba en sus labios.
—Siento llegar tarde —le dije a Leo.
—De nada por lo de anoche —dijo con naturalidad—. Si no fuera por
mí, este tipo habría golpeado tu puerta a medianoche.
Moviendo la cabeza entre ellos, pregunté:
—¿Para qué demonios?
—Cierra la puerta —refunfuñó Johnson.
Le di un empujón y luego imité la postura de Johnson cruzándome de
brazos, negándome a moverme a la silla vacía junto a él. Esa inquietud que
sentí en el garaje me invadió una vez más.
Leo buscó entre una pila de papeles en su desordenado escritorio y
dijo:
—Antes de empezar, quería decirte que la familia del senador White
me ha dado una gran respuesta sobre ti. Solo tenían cosas increíbles que
decir de ti, así que he decidido asignarte un puesto más permanente.
Una enorme sonrisa separó mis labios. Esperaba algo estable en lugar
de la puerta giratoria de los trabajos de seguridad. Léase: el trabajo de
mierda que ninguno de los otros tipos quería.
—Son buenas noticias —dije.
—Johnson y tú se repartirán el trabajo. Ustedes dos pueden hacer su
propio horario basado en cuando lo necesiten Slate y Erica en Indy. Esto no
va a ser un puesto de nueve a cinco, Levitt. Y a veces tendrás que estar de
turno más de cuarenta horas a la semana. Pero no creo que te importe,
considerando que tu nueva asignación es Rhion Park.
Mi columna se enderezó.
—¿Perdona?
Leo miró a Johnson y sonrió.
—Te toca, amigo mío.
Di un paso más en la habitación.
—Lo siento. ¿Dijiste que mi nueva asignación es Rhion?
—No te emociones. No se pagan las horas extras —dijo Johnson,
agarrando una carpeta gruesa de la esquina del escritorio de Leo. Luego me
la ofreció—. Anoche fue la primera vez que Rhion dejó su apartamento sin
mí en dos años.
Pestañeé, y esa familiar inquietud no solo se apoderó de mí, sino que
me inundó como un maremoto.
—¿Qué?
Se hundió más en su silla y estiró sus piernas delante de él.
Frío. Calmado. Sereno.
Todo lo que yo no era.
—Le entregan sus comestibles —dijo—. Una señora hace sus compras
de ropa. Una estilista viene y le arregla el cabello. Demonios, su tatuadora
incluso hace visitas a domicilio después de que le habilitara un lugar en uno
de los dormitorios.
Entrecerré los ojos.
—¿De qué mierda estás hablando?
No hay manera...
Destellos de ella enloqueciendo de camino a mi casa la noche anterior
se estrellaron contra mí.
—Estás mintiendo —acusé.
Pero, en mi interior, sabía que no lo estaba.
Mi mente se tambaleó. Finalmente estaba obteniendo las respuestas
que tan desesperadamente quería sobre Rhion.
Pero eran incorrectas. Todas jodidamente equivocadas. Se suponía que
mi Butterfly ya no debía estar rota. Se suponía que había estado volando
libre en los últimos años, disfrutando del hecho de que había sobrevivido.
Se suponía que no debía estar encerrada en un apartamento, escondiéndose
del mundo.
—Explícate —ordené.
—Hemos estado trabajando en ello recientemente —dijo Johnson—.
En realidad, la otra noche, antes de encontrarnos contigo en el bar, fue la
primera vez que pudo cruzar la calle sola. Aunque le llevó dos horas
armarse de valor, y eso es decir algo, considerando que sabía que Devon
estaba en el bar y Alex y Lark estaban en la entrada de nuestro edificio.
Mi boca se abrió. Le dirigí a Leo una mirada interrogante, suplicándole
silenciosamente que me dijera que Johnson estaba lleno de mierda.
Pero su corto asentimiento lo confirmó.
—¿Por qué? —cuestioné—. ¿Qué pasó hace dos años?
—Apollo pasó. —Johnson suspiró—. Salió de la cárcel, la acorraló en
un evento de caridad. Desde entonces, Rhion está convencida de que él
provocó el incendio.
Mi cabeza giró a un lado como si me hubiera golpeado. Nadie sabía
quién había iniciado el fuego. Era obvio que el incendio había sido
provocado, pero nunca habían sido capaces de culpar a nadie.
—Espera… ¿no estaba en la cárcel?
—Sí —respondió Johnson.
—Entonces, ¿por qué pensaría eso?
—Eh… porque Apollo le dijo que él provocó el incendio.
Me hundí en la silla junto a él y resoplé.
—Eso es una locura. No puede creer...
El aire de la habitación se enfrió de repente. Miré a Johnson y encontré
una tormenta de hielo irradiando de sus hombros.
—No está loca —dijo.
Ladeé la cabeza, mi confusión se convirtió en enojo.
—No dije que lo estuviera. No estoy seguro si tus ojos te fallaron esta
mañana o qué, pero Rhion y yo estamos juntos ahora. Tiene problemas…
esos problemas se acaban de convertir en los míos.
Johnson y yo nos miramos el uno al otro hasta que Leo intervino.
—Bien. De acuerdo —dijo—. Tomen un respiro. Creo que todos
estamos de acuerdo en que ella significa algo para ambos. —Chasqueó los
dedos—. Sigamos adelante con esta conversación.
Johnson apartó la mirada primero y lo hizo hablando.
—Apollo no es una amenaza. Es un imbécil. Pero no es nada de lo que
preocuparse. El problema es que persiste. Asusta muchísimo a Rhion.
—¿Persiste? —pregunté.
—Si Rhion sale de su casa, Apollo está en algún lugar cercano. Lo ha
visto. Normalmente puedo identificarlo antes de que salgamos por la puerta.
No se acerca. No dice nada. Solo está ahí, jugando con su cabeza.
—¿Has tratado de hacer contacto con él? ¿Llamar a la policía? Es un
convicto, maldita sea. ¿Hacer que lo detengan?
—Lo intentamos cuando empezó a suceder. Lo detuvieron, pero
finalmente lo dejaron ir. No ha hecho nada malo —dijo casualmente.
Pero no había nada de casual en la prensa que me comprimía las
costillas.
—¡Todavía, de todas formas! —Me levanté de mi silla—. ¡La está
acosando! Yo diría que eso es algo.
—Sí, bueno, hasta que no haga un movimiento, no hay una mierda que
podamos hacer. En este momento, coexisten pacíficamente en una ciudad
juntos. Es nuestro trabajo asegurarnos de que cuando haga ese movimiento,
no la toque.
—No coexistirán si ella está encerrada en su apartamento, temerosa de
salir sin un guardia.
—Estoy de acuerdo. Pero cuando hemos tratado de enfrentarlo, ha
empeorado las cosas. Hace un año, lo sorprendí merodeando fuera del
edificio y tuve una charla con él.
Leo se rió.
—No estoy seguro de que se pueda considerar una charla cuando
volviste con un par de gotas de su sangre.
Johnson se encogió de hombros y siguió hablando.
—Era justo antes de Navidad, y teníamos planes para ir a Nueva York
para que lo pasara con Pete y Sandy. Esperaba ponerlo fuera de servicio el
tiempo suficiente para sacarla de la ciudad. Pero ese estúpido hijo de puta
apareció en el aeropuerto como un maldito zombi, asustó tanto a Rhion que
se negó a salir del auto. Pasamos la Navidad acurrucados alrededor de un
árbol de Charlie Brown en su apartamento, comiendo comida china para
llevar. Después de eso, incrementó sus esfuerzos. Empezó a decir su
nombre cuando salíamos para que supiera dónde estaba. Pasaron al menos
tres meses antes de que volviera a esconderse en las sombras. Así que
confía en mí. Por el bien de Rhion, es mejor ignorarlo. Estate atento. Pero
déjalo en paz.
Joder. ¿Por qué se sintió como si alguien me hubiera dado una paliza?
Suspiré y me agarré la nuca.
—¿Y por eso están tan unidos? No va a ninguna parte sin ti.
—Sí. Bueno, eso y que la conozco desde que era una adolescente.
Mis cejas se elevaron.
—Antes de que muriera, trabajé para su padre —declaró, poniéndose
de pie—. Durante cinco años, fui su guardaespaldas. El hombre que lo
acompañaba a los espectáculos ecuestres y a los juegos de softball de Rhion
cuando ella estaba en la secundaria. El que la arrancó de su cuerpo sin vida
cuando tuvo un ataque al corazón el día que se graduó de la universidad. —
Se levantó de su silla y me clavó un dedo en el pecho—. Y fui el hombre
que estaba a su lado el día que tú trataste de luchar para verla en el hospital.
Aspiré un aliento brusco.
Se rió.
—Sí. Es seguro decir que, después de esa mierda, no soy tu mayor fan
ni por asomo, Jude.
—Yo… —empecé a decir. Y, por primera vez desde que lo conocí,
nuestra relación jodida tuvo sentido—. Quería decirle que lo sentía.
Sonrió con suficiencia.
—Y esa es la única razón por la que estamos aquí, teniendo esta
conversación, en lugar de que esconda tu cuerpo.
La mano de Leo aterrizó en mi hombro.
—Esa carpeta de archivos tiene toda la información necesaria sobre
Apollo, incluyendo fotos y su modus operandi habitual. Desde anoche, estás
oficialmente asignado a Rhion Park. No es solo tu novia, Levitt. Rhion Park
es mi cliente número uno. Paga por la vigilancia las veinticuatro horas del
día dentro de su apartamento y un guardia a tiempo completo. Si Johnson
no está aquí, siempre hay un hombre en la oficina en caso de que necesite
algo. Acabas de convertirte en ese hombre. Permanentemente.
—¿Qué mierda? —exclamé—. ¿Dentro de su apartamento?
Johnson soltó una carcajada.
—Ha habido un montón de blanqueador de ojos pasando por la sala de
seguridad desde tu pequeña aparición el fin de semana pasado. No te
preocupes. He borrado esa mierda.
—Y por el amor de Dios —dijo Leo—. Mira a ver qué puedes hacer
para sacarla más del apartamento. Es familia aquí en Guardian. Me
preocupa que esté tan sola. —Tomó un montón de papeleo y una taza de
café de su escritorio antes de dirigirse a la puerta.
Lo tomé del brazo antes de que tuviera la oportunidad de irse.
—¿No crees que esto es un conflicto de intereses? Ella y yo somos...
—Oh, absolutamente —dijo—. Pero no confía plenamente en ninguno
de los otros tipos, así que tendremos que trabajar con lo que tenemos. Y,
ahora mismo, tú, hijo, eres todo lo que tengo.
—Jesucristo. Esto no es una buena idea.
—Divertido —dijo Leo—. Esos fueron mis pensamientos exactos
cuando vi el milagro de ella caminando hacia tu auto anoche. Pero, ¿sabes
qué? A juzgar por el chupetón en tu cuello, eso funcionó bien para todos los
involucrados, ¿no?
Me puse la mano en el cuello y busqué como si lo sintiera, haciendo
que ambos se rieran.
Johnson lo siguió hasta la puerta.
—Tómate el día y memoriza cada página de ese archivo. Si te saltas
una jodida palabra, te arrancaré los ojos de la cabeza y te haré leerla
manualmente.
Lo fulminé con la mirada y murmuré:
—Bien.
—Bien —repitió como un loro, y entonces, segundos después, él y Leo
se habían ido.
¿Qué demonios estaba pasando? Rhion estaba a un paso de ser una
reclusa. Yo era su nuevo guardaespaldas y su novio. Y si tomaba en cuenta
que nuestra relación solo tenía días de antigüedad, era una receta para el
desastre. Leo había perdido oficialmente la cabeza.
Desafortunadamente, cuando abrí la carpeta y empecé a leer, parecía
que yo también lo había hecho.
Veintiuno
Rhion
Mi cuerpo dolía… la dulce agonía de una noche pasada con un hombre
entre mis piernas. Era una nueva sensación para mí. No había estado con
nadie desde la universidad, y eso había sido antes del incendio, antes de que
las cicatrices hubieran cubierto la mayoría de la parte superior de mi
cuerpo, y antes de que me hubiera convertido en un lienzo humano para
cubrirlas. Nunca había sido una víctima de quemaduras que estuviera
avergonzada de mis cicatrices. No quería esconderlas. Quería que fueran
hermosas.
Había sobrevivido. Y durante los primeros meses tras el incendio, no
había estado segura de hacerlo.
Esas cicatrices eran mis trofeos.
Y también lo era ese dolor entre mis piernas. Era mi maravillosa
recompensa por haber sido lo bastante fuerte para seguir a mi corazón y no
permitir a mi mente mantenerme encerrada dentro de la fortaleza de mi
apartamento.
Estaba amontonando una pila de libros en el hueco de mi brazo cuando
capté un vistazo de la bolsa de Jude en la esquina de mi habitación. Iba a
pasar la noche. Otra vez. Solo que esta vez, estaría haciéndolo en mi
dormitorio en lugar de la habitación oceánica. Y esta vez, sería una noche
que no sería capaz de olvidar.
Lo cual era exactamente por lo que estaba quitando todas las cosas del
Jude ficticio de mi habitación para hacer espacio para la cosa real. Johnson
me había ayudado a cargar la estantería que normalmente se paraba
orgullosamente en mi sala de estar a mi dormitorio la semana pasada en
caso de que Jude decidiera aparecer repentinamente de nuevo a las cuatro
de la mañana. Pero ahora, mis pequeños libros que me gustaba mantener en
exhibición necesitarían ser movidos de nuevo.
Descalza, caminé por el pasillo al tercer dormitorio y los dejé en el
estante que había despejado en mis gigantescas estanterías empotradas que
se alineaban en cada centímetro de las paredes. Cuando originalmente había
aprobado el plano, se suponía que fuera mi oficina. Sin embargo, cuando mi
tatuadora me dijo que necesitaba un lugar de trabajo más higiénico que una
silla ante mi mesa de comedor, se convirtió en su oficina. Estaba bien; había
escrito algunos de mis mejores trabajos acurrucada bajo una manta en la
cama de todos modos.
Acababa de poner mis libros en el estante superior cuando oí un golpe
en mi puerta. Eché un vistazo a mi reloj y vi que solo era mediodía. Una
oleada de ansiedad se revolvió dentro de mí. No esperaba a nadie, y después
del fiasco de mi madrastra, no podía estar demasiado segura.
Era miércoles. Zach estaría en la sala de seguridad.
Alcé la mirada al techo y llamé:
—¿Zach?
Un segundo más tarde, su voz salió de los altavoces.
—Es Levitt en la puerta, Rhion.
Entonces lo oí reír mientras corría a toda velocidad a la puerta
principal.
Parándome en seco, aspiré un profundo aliento e hice inventario de
cómo me veía. Cabello en una coleta, mallas negras y una camiseta amarilla
demasiado grande que me había puesto tras salir de la ducha. Sin sujetador.
¡Mierda! Oh, bueno. Me había visto sin sujetador esa mañana y había
parecido gustarle bastante. Tener a mi nuevo hombre trabajando escaleras
arriba, donde podía pasarse en cualquier momento, iba a cambiar
drásticamente mi rutina mañanera.
Mi sonrisa no podría haber sido más amplia cuando abrí la puerta.
Mentí.
Se amplió más —exponencialmente— cuando los ojos de Jude
descendieron a mis tetas.
—Jodido Jesucristo, Rhion —maldijo, atrayéndome contra su pecho
con una mano mientras sacaba su teléfono de su bolsillo y lo levantaba a su
oreja. Luego espetó—: Dile a Zach que apague las cámaras. Ahora.
Oh-oh. Mi cuerpo se tensó. Jude sabía que había seguridad en mi
apartamento. Debería haber sabido que era solo cuestión de tiempo antes de
que lo descubriera. Todos los chicos lo sabían. Pero no parecía exactamente
emocionado al respecto.
—Correcto —espetó—. De ahora en adelante, me ven cruzar esta
puerta, las apagan de inmediato. Llamaré cuando me vaya.
Estaba perdida en mis pensamientos sobre cuál de esos bastardos me
había delatado cuando Jude bajó su teléfono y presionó sus labios en la
cima de mi cabello.
—No estoy en este apartamento, llevas un jodido sujetador.
¿Entendido, Butterfly?
Mi estómago aleteó y alcé la mirada.
—¿Estás siendo dulce y grosero en la misma frase?
—No. Estoy siendo mortalmente serio. Zach es un hombre soltero de
treinta y cuatro años. —Subió una mano por mi costado y empujó hasta que
su pulgar rozó mi pezón.
Jadeé.
—Tiene un botón de zoom, Rhion. Puedo garantizar que han hecho
zoom en estas una vez o dos. Hazme un favor. Ponte un sujetador. Y no me
hagas matarlo la próxima vez que lo vea en la oficina.
Poniéndome de puntillas, rocé sus labios con los míos.
—Para responder a mi pregunta: sí, estabas siendo dulce y grosero en
la misma frase. Para responder a tu pregunta: sí, puedo ponerme un
sujetador cuando no estés en mi apartamento para que no tengas que
ponerte un taparrabos y golpear tu pecho antes de matar a Zach. —Lo besé
castamente. Luego terminé con—: Además, lo necesito vivo. Da buenos
regalos de Navidad. Piensa que trabajo en tecnología de la información, así
que me da aparatos geniales.
Jude frunció el ceño mientras entraba en mi apartamento y cerraba la
puerta.
—Esa es otra cosa. Necesito saber qué haces en realidad para trabajar.
Y nada de tus mentiras. Necesito la verdad.
Retorcí mis labios e intenté cambiar de tema.
—¿Qué haces aquí? ¿No podías mantenerte alejado de mí? —Guiñé,
pero su rostro no se suavizó.
—Me estoy presentando al servicio.
—¿Qué?
Colocó su mano en la parte baja de mi espalda y sutilmente me guió
hacia el sofá.
Lo sentí inmediatamente. Su palma nunca se aplanó contra mi espalda.
Eran solo las puntas de sus dedos y el talón de su mano. Estaba mal.
Era la manera en que Johnson me tocaba cuando estábamos fuera:
practicada y profesional.
Me alejé de su toque estéril y me giré para enfrentarlo.
—¿De qué estás hablando? ¿Presentándote al servicio?
—Siéntate, Rhion.
Negué y mi voz se volvió agitada.
—Maldita sea. Dime qué quieres decir.
No tardó en agarrarme por la nuca y darme un apretón reconfortante
antes de clavarme su mirada.
—Cálmate. No es nada sobre lo que preocuparse.
Cambié mi enfoque entre sus ojos, notando por primera vez que tenían
diminutas motas de dorado alrededor de los bordes, pero era el efecto
calmante que tenían sobre mí lo que me sorprendía más. De repente, mi
cuerpo tenso se relajó.
—Eso es —halagó, y luego su mano una vez más se posó en mi
espalda, pero era la mano de Jude: cálida, reconfortante, protectora,
posesiva—. Vamos, nena —dijo con un ronroneo, llevándome al sofá.
Me acurruqué en la esquina y puse mis piernas debajo de mí mientras
él se sentaba de lado para enfrentarme, su brazo sobre el respaldo detrás de
mí.
Cerca. Atento. Seguro.
—Jude —dije cuando no habló.
—Johnson me dio los puntos bajos sobre Apollo.
Oh-oh.
Esto definitivamente explicaría la frialdad con la que me había tocado.
Sabía la verdad.
—Yo… uh…
Se movió más cerca y susurró:
—Nena, ¿por qué no me dijiste anoche que no te gusta salir de tu
apartamento?
—Eh, porque es una locura. Y realmente no quiero que pienses que
estoy loca —confesé.
Sonrió.
—Me dijiste que eras una veterinaria acuática para las estrellas, tienes
una habitación oceánica y celebras a lo grande Acción de Gracias. Ya sé
que estás un poco loca, Rhion.
—De acuerdo, déjame enmendar mi declaración: no quiero que pienses
que estoy muy loca.
—Entonces explícamelo. Eso todo lo que alguna vez tienes que hacer
conmigo. No estoy seguro de cuál es tu aversión a la conversación, pero si
quieres la verdad, es lo único que encuentro muy loco sobre ti.
Mi corazón se aceleró mientras consideraba de verdad contarle a Jude
sobre mi pasado. Pero había una innegable parte de mí que quería que lo
supiera. Y quería que se quedara. Que me entendiera de maneras que nadie
más hacía.
—Apollo me sigue —susurré.
—Lo sé.
Tragué con fuerza.
—Estaba allí la noche que apareciste en el bar. Entró detrás de ti.
Sus ojos se oscurecieron, pero su rostro se llenó de comprensión.
—¿Por eso corriste?
—Enloquecí, Jude. Lo hago cada vez que lo veo. Me prendió en
llamas. Me quería muerta. Todavía me quiere muerta.
—Rhion —dijo en el mismo tono apaciguador que Johnson usaba cada
vez que hablábamos del incendio—. Estaba en la cárcel. No hay manera de
que iniciara el fuego.
—Así que hizo que alguien lo hiciera por él. Me odia, Jude.
Enganchó un brazo bajo mis piernas y me arrastró sobre su regazo.
Sosteniéndome cerca, preguntó:
—¿Por qué?
—No lo sé —dije con voz ahogada—. Quiero decir, supongo que lo
hago.
—Entonces dime —imploró.
—Te vas a reír… pero siempre he sentido que estaba destinado a
odiarme. Verás, mi madre era una astro-numeróloga. Juraba que podía leer
las estrellas y toda esa mierda. Cuando nací, me llamó como la constelación
de Orión. Por razones sabidas solo por mi madre y JR Ward, le añadió una
h.
—¿JR quién? —cuestionó.
—Es una escritora. —Lo deseché—. En fin… según la historia, Orión
estaba enamorado de Artemisa, para consternación de su hermano Apolo.
Con el tiempo, Apolo engañó a Artemisa para matar a Orión.
—Ajá. —Parpadeó hacia mí por varios segundos—. ¿Y tienes alguna
razón para creer que tu hermano te odia que no implique la mitología?
—Tal vez.
—¿Podría saberla?
Dejé escapar un suspiro resignado.
—Bien. Mi padre no era un santo. Tenía un temperamento y era
conocido por ser despiadado en la sala de juntas. Pero era un buen padre…
para mí, al menos. Él y Apollo… —Mi voz se desvaneció, negué—. Eran
agua y aceite. Apollo mentía sobre todo, y volvía loco a papá. Solían pelear
sin parar. Papá lo envió a este internado para ricos cuando estaba en sexto
grado. Fue expulsado en la primera semana. Después de eso, papá lo envió
a una escuela militar. Apollo era miserable. Escribía cartas y rogaba volver
a casa, pero papá se negó. Cuando volvió a casa para Navidad ese año,
empezó a actuar agresivamente hacia mí. Me empujó por las escaleras,
rompió mi brazo. Le juré a mi padre que fue un accidente. No lo fue. Solo
estaba tan malditamente enojado.
»El año siguiente, me ató a una silla y me cortó el cabello el día antes
de mi gran actuación de Navidad en la escuela. Hice que nuestra sirvienta
me llevara a escondidas a la peluquería antes de que mi padre lo viera.
Estaba asustada de Apollo, pero estaba aterrorizada por él si papá alguna
vez descubría toda la mierda que me hacía. Llegó al punto en el que
inventaba excusas para dejar la ciudad cada vez que iba a estar en casa.
Raramente lo vi después de eso, pero lo extrañaba. Éramos cercanos de
niños. Éramos jóvenes cuando mamá murió y papá viajaba un montón, pero
nos teníamos el uno al otro. Cuando fue a la cárcel, odié la idea de él
estando solo, así que fui a visitarlo. Y sucedió lo más extraño: se abrió. Se
disculpó, Jude. Por todo. Era un desastre, tan lleno de arrepentimiento.
Podría haber llevado un mono naranja y estado tras los barrotes, pero reí
con mi hermano por primera vez en casi una década. Cada semana durante
un año, iba a visitarlo, dos horas cada vez. Y sentí como si finalmente
hubiera recuperado a mi familia. Y entonces papá murió. —Mi garganta se
engrosó con emoción, dejándome incapaz de hablar.
—Te dejó todo —añadió Jude cuando mis palabras me fallaron—. Y tu
hermano perdió la cabeza. Y entonces, seis semanas más tarde… el
incendio.
Asentí.
—Y entonces, hace dos años, ¿salió de la cárcel?
—Me atacó en un evento de caridad. Escupiendo mentiras sobre toda
mi familia, luego me dijo que provocó el incendio para enseñarme una
lección… —Las palabras murieron en mi lengua.
—Y entonces empezó a seguirte, así que pensaste que era más fácil
esconderte que tratar con él.
Mi respiración se estremeció mientras intentaba poner mis confusas
emociones bajo control. Había algo claramente liberador en contarle a
alguien, especialmente a Jude, sobre el mundo que me había mantenido
encerrada en mi torre de marfil.
—Sin embargo, no fue solo Apollo. La gente salió de debajo de las
piedras después de que heredara todo. Todas las ex esposas de papá, sus
hijos, primos perdidos hace tiempo. Incluso mis mejores amigos tenían sus
manos abiertas. La gente aparecía para pasar el rato conmigo mientras me
estaba recuperando del incendio, pasaban un par de horas y, luego, horas
más tarde, me pedían dinero. Todo solo se sentía tan premeditado e
insincero. Nunca me había sentido tan sola. Así que decidí que ya no lo
quería. Firmé para entregar el control del patrimonio de mi padre a su viejo
socio de negocios, Peter Higgins.
Su rostro se convirtió en piedra mientras susurraba ominosamente:
—Peter Higgins.
Avergonzada ante el recuerdo de cuando Jude le dio un puñetazo en el
hospital, intenté alejar la mirada, pero Jude no lo permitió.
Atrapando mi barbilla, forzó mi mirada de vuelta a la suya.
—¿Le diste todo?
—Técnicamente, es todavía mío, pero lo controla ahora. —Me reí
tristemente—. ¿Ves? Te dije que es muy loco.
—Jesucristo, Rhion. Deja de decir eso. En cuestión de dos años,
perdiste a tu padre, casi perdiste tu propia vida en un incendio que nunca ha
sido resuelto, y el hermano que abusó mental y físicamente de ti salió de la
cárcel solo para empezar a acecharte, todo mientras tenías que evitar a la
gente que intentaba sacarte dinero. Personalmente, no creo que contratar
una firma de seguridad y ser reservada sea tan extremo.
—Oh, Dios. —Mis hombros temblaron mientras una lágrima caía de
mis ojos.
Lo entendía.
Jude metió un mechón de cabello detrás de mi oreja y sonrió.
—Mírate hablando en párrafos y realmente diciendo algo al mismo
tiempo.
Medio reí, medio sollocé mientras me besaba. Mantuvo su boca
cerrada, pero fue profundo y prolongado.
Prometedor.
Cuando finalmente se alejó, sostuvo mi mirada y dijo:
—Leo me asignó como tu nuevo guardaespaldas.
Me reí.
—Sí, correcto.
—Le gustó el hecho de que confiaras en mí lo suficiente para ir a mi
casa. Así que me sentaron esta mañana y me lo contaron. Necesitaba estar
totalmente informado por si salimos y nos encontramos con Apollo.
—Sí, de acuerdo. Totalmente informado, bien. ¿Pero qué hay de
Johnson?
Frunció el ceño.
—No es que piense que no podrías hacerlo o algo —dije
apresuradamente—. Es solo que… he conocido a Johnson por un largo
tiempo y me entiende.
Su ya duro rostro se volvió más duro, así que seguí hablando.
—Quiero decir, sé que me entiendes también. Sin embargo, es
diferente con él.
Los ojos de Jude se entrecerraron.
Así que farfullé:
—¡No estoy teniendo sexo con él!
Suave, Rhion.
Por suerte, los labios de Jude se torcieron y deslizó sus dedos en mi
cabello, dejando su palma sobre mi mejilla.
—Voy a tomar esto como buenas noticias, considerando que estoy
teniendo sexo contigo.
Presioné contra su mano y susurré:
—No quiero que me escoltes, Jude. A veces, enloquezco un poco
cuando Apollo aparece. No quiero que me veas así.
—Nena, ten un poco de fe en mí.
—Tengo fe en ti. Lo juro por Dios. Pero, Jude, esto es diferente. Me
gustaría tener una charla con Leo sobre esto. No me siento cómoda…
—Johnson y yo nos dividiremos el trabajo —declaró como un hecho
—. Pero considerando que tú y yo ahora tenemos una relación personal y
profesional, apuesto a que la mayoría de esto va a caer sobre mis hombros.
Me mordí el labio.
—Caer sobre tus hombros. Justo lo que cada chica quiere oír.
—Rhion, mírame.
Lo hice a regañadientes.
—Estoy manteniendo esta asignación porque si tu hermano trata de
hacer un movimiento, voy a ser el hombre que te mantenga a salvo. Y si
enloqueces, entonces enloquece. Seré el hombre que se ocupe de eso
también. No estoy seguro de cómo llevar a mi novia a cenar va a traducirse
en un currículum, pero para mí, valdrá la pena. Así que, sí, Rhion. Este soy
yo presentándome al servicio. Y esta noche, cuando te lleve a cenar, le
pediré a Johnson que venga, no porque lo necesite allí, sino porque creo que
tú lo haces. Tomaremos esta transición despacio, ¿de acuerdo?
Mi corazón se elevó mientras declaraba lo obvio:
—No te gusta Johnson.
—Ni un poquito, aunque está creciendo en mí desde que averigüé que
ha estado cuidando de ti desde que eras una niña.
Aspiré un aliento tembloroso y enterré mi rostro en su cuello.
—Gracias.
—¿Qué tal si te guardas la gratitud para cuando te tenga desnuda esta
noche, y por ahora, me das alguna de las piezas reales de Rhion Park?
Sonreí y permití que la verdad se deslizara de mis labios.
—Soy una autora de romance.
Gruñó con frustración.
—Hablo en serio, Rhion.
Me eché hacia atrás para poder mirarlo.
—Yo también. Empecé a escribir tras el incendio. —Porque no podía
dejar de pensar en ti. De acuerdo, tal vez algunas piezas podían esperar
hasta que hubiéramos estado juntos por más que unos días.
Ladeó su cabeza y estudió mi rostro.
—No tengo ni idea de si estás mintiéndome o no.
—Es verdad, lo juro. He escrito quince libros.
Parpadeó y preguntó con incredulidad:
—¿Y ganas lo suficiente vendiéndolos para cubrir un apartamento en
el centro, chefs personales y protección las veinticuatro horas?
—Oh, Dios, no. No los vendo. Solo los escribo.
Retorció sus labios y dijo con voz arrastrada:
—Yyyy, de nuevo, no tengo ni idea de si estás hablando en serio o no.
Me reí.
—Nunca los he publicado. ¿Te has sentado alguna vez y leído críticas
en línea?
—Honestamente puedo decir que no lo he hecho.
—Bueno, solo digamos que no siempre son bonitas. Tendría que
permanecer borracha por, como, un mes si alguna vez publicara mis libros
en el mundo. Escribir es mi terapia. Me ayuda a liberar mis pensamientos y
sentimientos. Es una salida a mi creatividad, y no necesito a nadie más
juzgando eso. Lo haría gratis, pero una chica tiene que comer. Cuando le
entregué el control del dinero a Pete, ya me estaba escondiendo en mi
apartamento, así que un trabajo de nueve a cinco estaba fuera de cuestión.
No es que realmente tuviera ninguna habilidad especial para empezar. Mi
grado es en periodismo, pero básicamente fui a la universidad para hacer
feliz a mi padre y permanecer lejos de Apollo. Mi primer trabajo fuera de la
universidad fue recuperarme de las quemaduras. Es cuando empecé a
escribir, y me enamoré. Hay unas pocas personas que leen mis libros, como
mi mejor amiga, Brianna, y, ocasionalmente, mi hermanastra, Katie. Pero
me gusta de esa manera. Las fechas de entrega me dan un horario para que
no me sienta como si me estuviera consumiendo en este apartamento, y el
dinero es solo un incentivo. Recibiré un estipendio tanto si los termino o no,
pero según la manera en la que Pete y yo lo establecimos, recibo un extra
adicional cada vez que termino un libro. Mantienen a mi corazón feliz. Mi
mente aguda. Y mis manos ocupadas. Podría sonar tonto, pero es mi trabajo
soñado. Y no me importa ni un poco que nadie los lea. No necesito la
aprobación de otros. Esos libros son para mí. Nadie más.
Falló en mantenerse serio cuando dijo:
—Así que, déjame aclarar esto. ¿Escribes historias que nadie nunca
leerá, y entonces alguien te paga con tu propio dinero, lo cual es suficiente
para que lleves tacones de mil doscientos dólares y gastes ridículas
cantidades de dinero en una niña que solo has conocido durante horas?
Moví mi cabeza de lado a lado en consideración.
—Prácticamente. Y podrías pensar que es una locura y, en algún modo,
lo es. Pero en este punto, me gustaría recordarte que acabas de admitir saber
cuánto cuestan mis zapatos, lo cual significa que o tienes una predilección
por los tacones altos, un fetiche que podría potencialmente ser una buena
señal para mí si esta relación funciona, o que en realidad te tomaste el
tiempo de buscar mis zapatos en internet y ver cuánto cuestan. Lo cual, seré
muy honesta, te hace parecer bastante espeluznante. Así que no estoy
segura de que estés actualmente en la posición de llamar a alguien loco.
Jude sonrió. Y estoy hablando de una amplia, cegadora y blanca
sonrisa que hizo que mi estómago se hundiera y un suave gemido escapara
de mis labios.
Me inclinó hacia atrás hasta que mis hombros estaban contra el sofá y
luego rodó sobre mí y me besó, duro y húmedo.
—Me retracto de mi declaración. Estás muy loca —murmuró contra
mis labios.
Lo estaba. Pero si la manera en que la polla de Jude se engrosó entre
nosotros era alguna indicación, le gustaba.
Lo confirmó cuando levantó mi camiseta y pegó su boca a mi pecho,
murmurando:
—Tengo que decir… me gusta, Butterfly.
Veintidós
Rhion
—Katie, lo juro por Dios, si no me devuelves la llamada, volaré a tu
casa y derribaré la puerta. Sí, sé que tengo una llave, ya que el edificio
todavía está a mi nombre, pero siempre he querido derribar una puerta. Y,
como tu arrendadora, voy a cobrarte el doble por arreglarlo. —Asomé la
cabeza por la puerta de mi habitación y vi a Jude revoloteando sobre los
mapas extendidos sobre la mesa de mi comedor.
Sonreí para mí.
Había pasado una semana desde esa noche en la mesa del comedor de
Jude, y podía honestamente decir que habían sido sin lugar a dudas los
mejores siete días de mi vida. No había escrito una sola palabra en ese
tiempo, pero había valido la pena perder cada plazo autoimpuesto por esas
noches que pasaba en sus brazos.
Después de cerrar la puerta en silencio otra vez, volví a maldecir a mi
hermanastra en su correo de voz por lo que debía ser la centésima vez.
—¡No puedo creer que le hayas contado a tu madre sobre mis libros!
—siseé—. Casi me delató frente a Jude. ¡Pero probablemente ya lo sabías,
considerando que le diste mi dirección! ¿Qué diablos fue eso? Lo jodiste a
lo grande. Ahora, llámame para que pueda gritarte. Los mensajes de voz no
son tan terapéuticos como lo real. —Presioné fin y dejé escapar un fuerte
gruñido.
Volvería a llamar con el tiempo, probablemente justo antes de su
cumpleaños. Este año, había decidido hacérselo pagar comprando en la
sección de liquidación en línea. Desafortunadamente, me conocía lo
suficiente para saber que me aburriría con las cosas de liquidación y haría
clic en los zapatos y ambas terminaríamos con un nuevo par de Manolo
Blahnik. Tenía una grave debilidad por los zapatos.
Después de dejarme caer en mi cama, pulsé el número de Pete en la
marcación rápida. Había pasado un tiempo desde que habíamos hablado, y
aunque le había contado a Sandy todo sobre Jude el día anterior, Pete aún
no había devuelto mi llamada.
—Oficina de Peter Higgins —respondió Sandy.
—Hola, soy Rhion.
—Oh, hola, cariño.
Sonreí.
—¿Hay alguna posibilidad de que Pete esté libre?
—Llamas en buen momento. Acaba de salir de una reunión. Espera y
te lo pasaré.
—Oye —dije, reteniéndola antes de que transfiriera la llamada—.
¿Tuviste la oportunidad de...?
—¿Contarle sobre tu cita con el policía borracho? Sí.
—¡No es un policía borracho! —exclamé antes de bajar la voz para
que Jude no me escuchara—. Y no es una cita. Estamos… juntos.
—Tal vez, pero te lo digo. Pete nunca va a confiar en el tipo.
Puse los ojos en blanco.
—Sí, bueno. Soy una niña grande, así que soy la única que necesita
confiar en Jude.
Y lo hacía. Implícitamente. Una idea que me hizo sonreír. Confiaba en
las personas en mi vida, pero era una lista muy corta. Antes de Jude,
Johnson había sido el único nombre escrito permanentemente en ella.
—Golpeó a Pete cuando estabas en el hospital, Rhion.
Gemí.
—Fue... un momento tumultuoso para todos nosotros después del
incendio. ¿Puedes pasarme a Pete?
—Seguro. Y buena suerte.
—Vaya, gracias —me quejé, doblando mis piernas debajo de mí
mientras me acomodaba en mi lugar favorito justo en el medio del colchón.
—¡Hola, niña! —dijo Pete en el mismo tono alegre que siempre usaba
conmigo. Esta vez no fue genuino.
—Hola, Pete —respondí suavemente.
—¿A qué le debo este honor? ¿Terminaste el nuevo libro?
—Sé que sabes sobre Jude.
—Y sé que sabes que no lo apruebo. Entonces, ¿por qué mencionarlo?
Contuve el aliento.
—Porque quiero que lo apruebes. Porque estoy loca por él. Porque
quiero que lo conozcas.
—No lo apruebo. No estoy loco por él. Y ya lo conocí.
—¡Pete!
—¡Rhion! —se burló—. Mira, tengo que irme. Tengo una reunión en
la ciudad en media hora. No puedo tomar decisiones por ti, pero el hombre
casi te mata. Tendrás que disculparme por no estar realmente emocionado
de que ahora esté tratando de joderte de una manera diferente.
Jadeé.
—No puedo creer que hayas dicho eso.
—Bueno, lo hice. Y hablo en serio. Ahora, ¿necesitas algo más?
—Lo que necesito es que dejes de ser un imbécil —respondí—. Soy
feliz por primera vez en mucho tiempo. Y agradecería que al menos
fingieras que eso también te hace feliz.
—Oh, estoy extasiado, Rhion. Pero también estoy a la espera de que
este tipo baje la guardia y te des cuenta de que no es más que un lobo con
piel de cordero. Hazme un favor y asegúrate de hacerle saber que ya no
tienes dinero.
Quería reírme ante la idea de que Jude fuera el lobo, teniendo en
cuenta que había sido mi presa desde nuestra primera noche juntos.
Apretando los dientes, respondí:
—Ya lo sabe.
—Entonces esas son noticias fantásticas. Espero tener noticias tuyas la
próxima semana cuando se largue.
—Si sigues actuando así, no tendrás noticias mías. —Si no hubiera
necesitado algo, le habría colgado. Pero, tal como estaba, lo mejor que
podía hacer era enojarme. Moviéndome a mi tocador para comenzar a
maquillarme por el día, espeté—: Necesito las llaves de la casa en Los
Ángeles y el acceso al avión.
—La casa en Los Ángeles tiene inquilinos y vendí el avión —
respondió.
Mi mano se congeló en el aire, mi brocha de base de maquillaje nunca
llegó a mi rostro.
—¿De qué estás hablando?
Suspiró.
—No has ido más allá de dos cuadras desde tu apartamento en dos
años, Rhion. No es como si los estuvieras usando.
—¿Dejaste que extraños se mudaran a la casa de mi infancia? —Esto
fue dicho exactamente a un decibelio por debajo de un chillido.
—Ha estado vacío por años. Se llama ingreso pasivo.
—Se llama mi jodido hogar. ¿Y vendiste el avión de papá? ¡Qué
demonios!
—Estaba pagando miles de dólares al mes para alquilar un hangar para
mantener un avión sin usar.
—¡YO! —Herví de furia.
—¿Perdón?
—Dijiste que estabas pagando, pero yo soy quien pagaba miles de
dólares cada mes para aferrarme a algo de mi padre.
—Me rogaste que me hiciera cargo de las finanzas por ti.
Lo hice. Desesperada e histérica. Pero no era como si hubiera sido
difícil de vender. Cuando alguien intenta entregarte las riendas de un
imperio multimillonario, probablemente no vas a decir que no.
Desafortunadamente para mi padre, yo era uno de esos pocos. Pero se lo di
a Pete sabiendo que lo manejaría de manera responsable, por lo que con el
tiempo tendría algo que transmitir a mis hijos. Cosas como la casa de la
playa donde había pasado todos los veranos de mi infancia, incluidos
aquellos con mi madre. La misma que ahora tenía inquilinos viviendo allí.
—¡Fuera! —exclamé—. Los quiero fuera. No me importa lo que
cueste. La hija de Jude vive en Los Ángeles, así que voy a pasar mucho
tiempo allí. Quiero mi casa.
—Ah... ¿entonces esto es sobre Jude? Déjame adivinar: ¿mencionaste
la casa de la playa y él lo aprovechó?
Se podría decir que era un poco pusilánime. Especialmente con la
gente que quería. Y quería a Pete. Pero no podía a hablar una mierda de
Jude basándose en una experiencia emocional con él. Y seguro que no
podía juzgar mis motivos minutos después de decirme que había alquilado
mi casa sin hablarme primero.
Cuadré mis hombros y me miré con confianza en el espejo mientras
gruñía:
—No. Esto es sobre mí. Quiero ir a Los Ángeles para visitar a Val. Y
quiero hacerlo en el avión de mi padre y quedarme en mi casa. Y vas a
hacer que eso suceda. Y mientras lo haces, vas a redactar documentos para
que todas sus posesiones físicas vuelvan a estar bajo mi control. Haz lo que
quieras con las empresas. Te he dado carta blanca allí. Pero si mi padre lo
tocó físicamente, quiero la decisión final sobre lo que hacemos con eso. Eso
se refiere a las casas, el yate, el avión, sus autos y cualquier otra cosa que
quede de cuando estaba vivo. Esos son míos.
—Rhion —dijo, con exasperación aparente en su voz—. Tú…
Pero ya había terminado de escuchar. Le había dado el control sobre el
dinero, no sobre toda mi vida.
—¡Mío, Pete! Ahora, avísame cuando tengas la casa de Los Ángeles y
recuperes el avión.
No respondió de inmediato, y tuve que alejar el teléfono de mi oreja
para asegurarme de que no hubiera colgado.
—Suenas como tu padre —dijo en voz baja.
Mi pecho se calentó.
—¿La cosa de ser exigente?
—La cosa de tener razón —corrigió.
Mi cabeza se echó hacia atrás. No era la primera vez que Pete y yo
teníamos nuestras diferencias. Siempre cedía, pero generalmente era
después de una charla sobre cómo estaba preocupado por mí y velando por
mis mejores intereses, bla bla bla. Sin embargo, si estaba dispuesto a
ahorrarse el sermón, estaba dispuesta a renunciar al dolor de cabeza que
tendría al poner los ojos en blanco mientras me lo daba.
Su voz era suave cuando dijo:
—Te conseguiré la casa, pero el avión se fue. Haré que Sandy te
alquile algo para tu uso personal.
Sonreí con orgullo.
—Eso sería genial.
—Estás sonriendo, ¿verdad?
—Como una maníaca.
Se rió entre dientes.
—También veré qué puedo hacer para guardarme mis opiniones sobre
el nuevo novio.
Mis ojos se abrieron de par en par, y articulé Oh, Dios mío frente a mi
espejo.
—Eso… sería… increíble.
Su risa se convirtió en una carcajada.
—Suenas sorprendida.
—Lo estoy. Un poco. De acuerdo, mucho. Creo que estás perdiendo tu
agudeza. Sin embargo, por si sirve de algo, estoy segura de que papá
apreciaría que me dieras mierda sobre salir con Jude. Pero te juro que es un
buen tipo.
—Eso espero, Rhion. Por su bien y el tuyo.
Me reí ante la idea de Peter Higgins, de cincuenta y siete años, yendo
tras Jude. Claro, Pete era alto y le gustaba mantenerse en forma, pero,
vamos... era Jude.
—¿Crees que es gracioso? —bromeó—. Podría haberlo derribado la
primera vez. Me tomó por sorpresa con ese golpe.
Me reí más fuerte.
—Por supuesto. Por supuesto.
—Muy bien. Ahora, si has terminado de reírte de mí, en serio tengo
una reunión.
—Bueno. Te dejaré ir. Te quiero, Pete.
—También te quiero, niña. Y luego se fue.
Mientras hacía una nota mental para preguntarle a Jude sobre un viaje
a Nueva York para visitar a Pete y Sandy, volví a maquillarme y me preparé
para el resto del día.
Veintitrés
Rhion
Tres días después…

Peinándome el cabello húmedo con los dedos, vagué por el pasillo en


busca de Jude.
Desde que asumió la posición como mi guardaespaldas, Jude había
hecho mucho por mi seguridad. Cosas como tener todas las llaves de mi
apartamento recodificadas. Ahora, Johnson, Leo y Jude eran los únicos que
tenían una copia. Aunque había hecho que viniese un tipo y rehiciese la
instalación eléctrica de mi puerta, para que, en caso de emergencia, la sala
de seguridad pudiese abrirla manualmente para cualquiera de los chicos.
Parecía un poco extremo, incluso para mí, pero Jude no estaba bromeando
cuando se refería a trabajo.
La primera noche habíamos ido a cenar con Johnson, Jude había
pasado horas preparándose: revisando mapas, planeando rutas y haciendo
búsquedas sobre el restaurante. Y rápidamente había aprendido que durante
sus “horas de servicio”, que magnánimamente declaró eran de ocho a cinco,
Jude era todo negocios. Para mi consternación, ni una vez había sido capaz
de convencerlo de vigilar mi cuerpo desnudo durante ese tiempo. Y no se
puede decir que no lo hubiese intentado. Me había paseado por el
apartamento en tanga y un corsé de malla justo el día antes. Jude ni siquiera
había levantado la mirada del ordenador.
Había asumido que tener un novio como miembro de tu equipo de
seguridad tendría sus beneficios, pero todo lo que había conseguido era al
señor Serio y Profesional. Debería ser notado que aunque ese chico era
increíblemente sexy llevando trajes a medida y una mirada estoica, no era
competición para mi Jude con esa sonrisa secreta que reservaba solo para
mí.
Afortunadamente, en el momento en que llegaban las cinco en punto,
me devolvía a mi hombre. Y eso normalmente terminaba conmigo tumbada
de espaldas, pero ocasionalmente me dejaría estar encima.
Cuando alcancé el final del pasillo, lo encontré en la mesa del comedor
inclinado sobre un mapa de la ciudad, su cabello rubio oscuro que le llegaba
a la barbilla colocado tras las orejas, un solo mechón cayendo libre en su
rostro. Se veía comestible con una camisa blanca con las mangas
enrolladas, mostrando sus tonificados antebrazos.
Fue entonces que decidí que era momento de presionar mi suerte.
Tal vez simplemente no lo había intentado lo suficiente.
Rápidamente me quité la bata, lo que me dejó con nada más que unas
bragas, y me pavoneé hacia él.
—Hola —dijo sin tan siquiera alzar la cabeza.
—Hola —contesté, pasando un dedo sobre sus hombros—. ¿Qué estás
haciendo?
—Planeando una ruta para esta noche.
—Uh, vamos a encontrarnos con Johnson para cenar en Cooper Wire.
Está al final de la cuadra. Estoy bastante segura de que solo hay una ruta
para llegar allí. —Me alcé para sentarme en el borde la mesa, con cuidado
de no arrugar sus papeles, y esperé a que me mirase.
—Y por eso eres la clienta, no el guarda de seguridad —contestó de
forma ausente, continuando haciendo pequeñas marcas alrededor de lo que
asumía era nuestro edificio.
Sonreí y tomé el bolígrafo de entre sus dedos.
—¿Hay alguna oportunidad de que pueda ser la clienta traviesa que
asalta a mi excitante guardaespaldas?
Me miró, impasible como nunca.
—¿Ya son las cinco?
Eché los hombros hacia atrás para presionar mis pechos contra su
rostro.
—No. Pero eso es lo que lo hace tan excitante. —Usando el pie, rocé la
cremallera de sus pantalones—. Está prohibido, Jude. Podrías ser despedido
si alguien lo averigua.
Retorció los labios mientras miraba intencionadamente mis pies.
—Leo sabe que estamos juntos. No voy a ser despedido.
Seductoramente susurré:
—No lo sabes con seguridad.
—Sí, lo sé. —Se rió entre dientes.
Extendí las piernas y pasé los dedos por el frente de su camisa.
—Aunque no puedes estar seguro.
Bajó la mirada a mis bragas, pero sus ojos nunca perdieron el humor
brillando en ellos.
—Sí, nena. Estoy muy seguro, considerando que me contrató con un
chupón que me dejaste en el cuello.
Hundí los hombros y lo miré fijamente.
—Realmente estás arruinando esto para mí ahora.
Sonriendo, recuperó el bolígrafo.
—¿No tienes un libro que escribir?
—Así es. Pero es un día de escena de sexo. Podría necesitar un poco
de… inspiración.
Volvió a marcar su mapa, murmurando:
—Hay porno en tu ordenador y sé todo lo que tienes en la mesita de
noche.
Me quedé boquiabierta.
—Acabas de decirme que vaya a ver porno y me masturbe.
Mantuvo la cabeza gacha, pero vi su boca separarse en una sonrisa
épica.
—¡Y crees que es divertido! Me estoy consumiendo por abandono
sexual y te estás riendo.
Alzó la cabeza, una mezcla de humor e incredulidad mezclándose en
sus rasgos.
—¿Abandono sexual? Estás de broma, ¿cierto?
Lo estaba. Completamente. Pero sus ojos se oscurecieron y, por
primera vez desde que me había sentado, miró mis pechos; así que seguí
adelante con ello.
—Ni por asomo.
Arqueó una ceja y se reclinó en la silla, cruzándose de brazos.
—Rhion, te follé en la ducha antes de comenzar a trabajar.
—Sí, pero fue hace una eternidad.
—Ni siquiera se te ha secado el cabello —contestó.
¡Maldición! Tenía un punto.
—¡Esa no es la cuestión! —Me mordí el labio para ahogar una risa.
Esa risa se convirtió en un jadeo cuando me apretó el pezón.
—Síííí —siseé, cerrando los ojos.
Pasó su largo dedo de mi muslo a mi centro.
—¿Quieres correrte de nuevo, nena?
Gemí, asintiendo con entusiasmo.
Lo sentí levantarse de su silla. Al mismo tiempo, metió el pulgar en
mis bragas, apartándolas. Lentamente, pasó un dedo por mi humedad hacia
mi clítoris, donde hizo círculos con una suave presión.
—Oh, Dios —gimoteé, sujetando sus bíceps por equilibrio.
—Abre los ojos, Rhion.
Cuando los abrí, se llevó los dedos a la boca y los lamió
seductoramente. Mi centro se apretó ante la visión. Maldición, ¿por qué eso
era tan excitante?
Saqué la lengua para humedecerme los labios mientras me quedaba en
trance con su lengua bañando sus dedos.
—También quiero correrme de nuevo —susurró, su aliento rozándome
la piel.
—Sí —gemí.
Y luego casi me caí de la mesa cuando repentinamente se alejó de mi
alcance.
—Pero estoy en el trabajo. Así que va a tener que esperar a las cinco.
—¡Jude! —reprendí.
—Ponte algo de ropa, Rhion.
—¿Te estás burlando de mí? Eso fue malo.
Me miró fijamente.
—No, lo que es malo es que pavonees tu culo sexy aquí con nada más
que unas bragas —tomó mi mano y la usó para ahuecar su gruesa erección
—, poniéndome duro como una piedra sabiendo que no puedo hacer nada
hasta que acabe el día.
Fruncí el ceño y salté de la mesa.
—Podrías hacer algo. Solo estás eligiendo no hacerlo. No siento
simpatía por ti.
Resopló.
—Tonterías. Leo sabe que te estoy follando. Pero no me está pagando
por follarte. Cuando estoy en el trabajo, estoy en el trabajo, Rhion.
Manteniendo la mirada furiosa, caminé hacia la bata y la tomé del
suelo.
—Entonces, tal vez deberías comenzar a hacer el trabajo arriba, así no
te distraeré.
Cerró las manos en puños en sus caderas, su polla alzando el frente de
sus pantalones, y contestó:
—Tal vez debería.
Me puse la bata, retirando el cabello con dureza de la parte de atrás
mientras decía:
—Tal vez deberías hacerlo ahora.
Apretó la mandíbula mientras me observaba cerrarla.
—Tal vez lo haré.
—Bien.
—Bien.
Sin movernos, nos miramos desafiantes el uno al otro.
Fijó sus ojos verdes esmeralda en los míos azules.
Me lamí los labios.
Se ajustó la entrepierna.
Mis pezones se endurecieron.
En su rostro se mostró el conflicto.
Mis manos regresaron al cinto de la bata.
Su mirada se oscureció, pendiente de cada movimiento.
Desaté el cinturón y permití que cayese por mis hombros hasta que
acabó en el suelo a mis pies.
Su respiración se aceleró.
Mi corazón latió más deprisa.
—Joder —gruñó.
Y luego ambos nos abalanzamos hacia delante, sin detenernos hasta
que nuestros cuerpos y nuestras bocas habían conectado.
Sujetándome el culo, me alzó y le rodeé la cintura con las piernas.
Nuestras manos y labios eran frenéticos mientras me llevaba por el pasillo.
Me apoyó contra la pared, haciendo que fotografías cayesen al suelo y el
cristal se esparció por todas partes. Ninguno de nosotros pensó en ello
mientras se dirigía a mi habitación.
Con tres largos pasos, sus piernas recorrieron la distancia hasta mi
cama, donde me dejó, e igual de rápido, me puso bocabajo y me bajó las
bragas por las piernas.
—Culo arriba —ordenó.
El sonido de él soltándose el cinturón y luego bajándose la cremallera
me hizo temblar. El deseo se hundió profundo en mi estómago cuando su
billetera aterrizó en la cama a mi lado, seguido por el sonido familiar de un
condón.
Sonriendo, me puse de rodillas, tentándolo con un meneo de mis
caderas mientras lo observaba ponerse el condón.
—Borra esa maldita sonrisa de tu rostro —gruñó. Su palma aterrizó en
mi culo con un azote que me hizo saltar—. Esto no puede pasar de nuevo.
Gemí mientras el escozor de su mano viajaba por todo mi cuerpo, de
los pezones al clítoris.
Apenas me había recuperado cuando entró.
Duro. Rápido. Profundo.
Estirándome hermosamente.
—¡Jude! —grité cuando deslizó la mano en la parte trasera de mi
cabello y tiró, obligándome a apoyarme en los brazos y arquear la espalda.
Con la otra mano, agarró con fuerza mi pecho y me mordisqueó el
lóbulo. Todo mientras sus caderas nunca fallaron en encontrar un ritmo
castigador y magnífico.
—Mi trabajo es mantenerte a salvo, Butterfly. Si te estoy follando, no
estoy planeando. —Con un tirón embriagador a mi cabello, se introdujo
hasta la empuñadura—. Si no tenemos planes, la mierda irá mal.
Un gemido estrangulado salió de mi garganta, el dolor punzante en mi
cuero cabelludo mezclándose con el intenso placer de su polla llenándome.
—Jude —dije ahogadamente.
—Si la mierda va mal, puede que esta vez no sean solo cicatrices.
Podría perderte.
—Más —supliqué, girando las caderas.
Otro tirón de mi cabello.
Una lenta retirada antes de un profundo envite.
Una explosión de euforia cortocircuitó mi cerebro lascivo.
Su voz fue un murmullo cuando declaró:
—No te fallaré de nuevo.
La mezcla de dolor y placer era mi exquisitez favorita, pero sus
palabras fueron como sal en la herida.
Las mismas heridas que cubrían el veintisiete por ciento de mi cuerpo.
Las que habían curado hace mucho tiempo, al menos para mí.
Una frase que se sintió como si hubiera pasado algo abrasivo sobre
ellas.
—No me fallaste la primera vez —murmuré, mi orgasmo elevándose a
la superficie incluso mientras el corazón me dolía en el pecho.
—Lo hice. Pero no estaba preparado. Eso no sucederá de nuevo —
gimió.
El pico de mi orgasmo había comenzado a desvanecerse fuera de mi
alcance mientras la tensión aumentaba en mi pecho.
—Eso no es cierto —protesté, mi voz espesa con emoción. Alcanzando
atrás, sujeté su muñeca y la puse alrededor de la piel suave y sin cicatrices
de mi estómago—. Hiciste esto, Jude.
—No. —Alejó la mano.
Pero entrelacé nuestros dedos y los moví a mi corazón retumbando.
—¿Lo sientes? También hiciste eso. El fuego…
—¡No vamos a hablar del maldito incendio mientras estoy en tu
interior! —dijo con furia.
Apreté los músculos para que vibraran alrededor de su erección.
—Siempre estamos hablando del incendio, cariño. No tienen que ser
palabras, pero cada vez que mi corazón late, cada vez que el aire llena mis
pulmones, cada vez que me despierto en una cama caliente y no a tres
metros bajo tierra, es una conversación sobre esa noche.
—No sabes de qué estás hablando —farfulló.
—Estoy viva —susurré, alcanzando detrás de mí y apoyando
suavemente la mano sobre las cicatrices de su nuca.
Todo su cuerpo se tensó y un gemido agonizante retumbó en su pecho.
—Cállate, Butterfly —ordenó con un susurro doloroso.
Subí los dedos y deslicé las puntas sobre los bordes de su piel
endurecida.
—Y eso es por ti, Jude.
—Jesús, joder —murmuró, su paciencia desapareciendo.
Soltando mi cabello, se inclinó sobre mí, obligándome a bajar la mano
para mantenerme con el rostro sobre el colchón. Con sus marcados
abdominales y pecho esculpido sobre mi espalda, echó los hombros hacia
delante y puso su peso sobre mí. Metiendo sus ágiles dedos entre mis
piernas, me aprisionó contra la cama con su gran cuerpo.
Eché la cabeza hacia atrás, la combinación erótica de simultáneamente
estar atrapada y libre desencadenando que mi liberación se alzase de nuevo.
Sus caderas comenzaron un ritmo tortuoso, llevándome al borde, todos
los pensamientos del incendio desapareciendo mientras me empezaba a
perder en Jude.
Su boca en mi cuello mordiendo y chupando mientras nuestros
gruñidos y gemidos se unían en una sinfonía feroz.
Furioso.
Puro.
Primario.
Una y otra vez, entró implacable, estrechando la banda elástica
invisible en mi interior apretándose más y más.
—¡Jude! —exclamé mientras mi orgasmo me traspasaba, llevándome
al olvido.
Mi cuerpo tembló mientras las réplicas me asolaban, pero Jude nunca
redujo la velocidad.
Ni de sus dedos. Ni de su polla. Ni siquiera de su boca.
—No hay lugar en el que preferiría estar, Rhion —dijo jadeante—.
Todo el día. Cada día. Nunca lo dudes.
Presioné mi culo contra sus caderas en un entendimiento no hablado.
—Pero esto… esto no va a mantenerte a salvo —terminó con un
murmullo alargado mientras su cuerpo se tensaba—. Oh, joder, nena —
gimió, colapsando sobre mí, su peso aplastándome mientras se retorcía y
sacudía a través de la ola de su liberación.
—No. Puedo. Respirar —gimoteé y rápidamente se apoyó sobre los
codos para cernirse sobre mí.
Ambos permanecimos allí durante varios minutos, demasiado saciados
para movernos mientras recuperábamos la respiración.
Jude finalmente rompió el silencio con una orden:
—Di que lo entiendes.
Una sonrisa satisfecha curvó mis labios mientras giraba la cabeza, así
podía mirarlo sobre mi hombro.
—Lo que entiendo es que nunca voy a volver a ponerme la ropa.
Su rostro se endureció.
—No estoy bromeando. Cuando estoy trabajando, estoy trabajando.
Este coño se pone avaricioso, te ocupas de él hasta que yo pueda, pero
tienes que dejar de tentarme, así puedo hacer mis cosas para asegurarme de
que el pedazo de mierda de tu hermano no se acerque a ti.
Una punzada de culpa se asentó en mi estómago.
—Lo siento.
Sus rasgos se suavizaron inmediatamente.
—No te disculpes. Esto no es una privación. Solo te estoy pidiendo que
lo tomes con tranquilidad conmigo. —Se retiró despacio y se tumbó de
espaldas en la cama—. Tú —dijo, llevándome a su pecho—, y este cuerpo
son mi kryptonita. Pero tengo que mantenerte a salvo e ilesa, así puedo
terminar todos mis días contigo desnuda en mis brazos. No me lo hagas más
difícil. —Apoyó la palma en mi rostro, inclinándome la cabeza, y me dio un
profundo beso en los labios.
Cerré los ojos e inspiré. ¿Cómo discutía contra eso? Quería
mantenerme a salvo, así podía terminar todos sus días conmigo desnuda en
sus brazos. Definitivamente no podía culparlo por eso. Quería estar a salvo
para poder terminar todos mis días en sus brazos.
Y por eso decidí no seguir asaltando sexualmente al señor Serio y
Profesional.
—De acuerdo, cariño —comenté con un ronroneo, estirándome, luego
acurrucándome contra su costado.
—Veo que tengo a la sumisa Rhion —murmuró, volviendo a apoyar la
cabeza en el colchón para mirar al techo.
—No cantes victoria. Estoy a punto de protestar por decir “coño
avaricioso”.
Alzó la cabeza para mirarme, una brillante sonrisa blanca extendiendo
sus perfectos labios.
—No finjas que no te gusta. Casi me corrí de nuevo por lo tensa que
estabas a mi alrededor.
Me mordí el labio y aparté la mirada. Frustrada por mi propio cuerpo.
¡Atrapada!
Se rió entre dientes y me apretó la cadera.
—Tengo que volver al trabajo. ¿Vas a ser capaz de mantener las bragas
puestas hasta la tarde o debería irme arriba?
—Creo que debería estar bien. También necesito trabajar. Maléfica está
a punto de ser follada con rabia.
Su sonrisa se amplió mientras se levantaba y se quitaba los pantalones,
que tenía alrededor de los tobillos.
—Basándome en lo fuerte que acabas de correrte, creo que va a
gustarle.
Puse los ojos en blanco, solo a medias, porque cuando se giró tuve una
vista espectacular de su culo mientras iba al baño.
—Te das cuenta de que es ficción, ¿cierto? Solo porque me guste algo
no significa que a mis personajes les gustará y viceversa —grité tras él.
—Bueno, entonces veamos cómo reacciona a que él llame a su coño
avaricioso.
Me reí.
—Patearía al príncipe en las pelotas. Es maléfica hasta la médula. Y,
por favor, ¿puedes dejar de repetirlo?
Apareció en la puerta, quitándose la camisa mientras esbozaba una
sonrisa engreída.
—Te está excitando, ¿no es así?
Lo hacía totalmente. Pero me negaba a dejárselo saber.
Se rió a sabiendas.
—Tengo que cambiarme a algo que no huela a sexo todo el día, así que
tengo unos minutos antes de volver a ello. Me saltaré la comida para
recuperar el tiempo perdido.
—Te llevaré un sándwich.
Bajó la mirada a mi culo mientras tomaba unos pantalones nuevos de
la bolsa.
—¿Vas a hacerlo con ropa? Porque tú. Desnuda. En una cocina.
Preparándome un sándwich, puede ser más de lo que pueda soportar.
Sacudí mi culo para él.
—Ya dije que dejaría de tentarte. Pero si resulta que escuchas sonidos
de vibración viniendo de mi habitación más tarde, puede que quieras llamar
a la puerta.
Tomó los pantalones del suelo y pasó el contenido de los bolsillos a los
nuevos.
—Tonterías. Si escucho una vibración procedente de tu habitación, al
menos voy a abrir la puerta y mirar. Puede que no sea capaz de actuar, pero
todo el mundo merece un descanso de cinco minutos. —Me guiñó un ojo.
Me reí entre dientes mientras terminaba de vestirse.
—Oye —lo llamé—. He estado queriendo decirte lo que hablé con
Pete el otro día.
—Oh, ¿sí? —contestó.
Fingí no notar la tensión en su voz cuando mencioné a mi casi-tío.
—Sí… y yo, eh… ¿Cuán, eh, a menudo tienes visitas con Val?
—No tenemos un horario establecido ni nada. April normalmente me
deja tenerla mientras la avise. La libera a ella y su nuevo chico los fines de
semana.
—Oh, bueno… entonces…
Se detuvo al borde de la cama y metió la mano en el bolsillo.
—Párrafos, nena. Tengo que volver al trabajo.
Puse los ojos en blanco ante la prematura vuelta al señor Serio y
Profesional.
—Tengo una casa en la playa en Los Ángeles. Y puede que tenga un
avión personal. O lo tenía. Pero ahora tengo uno que podemos usar. En
fin… estaba pensando que, tal vez, en unas semanas… cuando nos hayamos
ajustado a esta nueva relación de trabajo, podríamos, eh… ¿ir de viaje a ver
a tu pequeña?
Su rostro se suavizó mientras inclinaba la cabeza ligeramente.
—¿Quieres ir conmigo a ver a Val?
—Por supuesto. Fue asombrosa.
Sonrió ampliamente, su rostro iluminándose mientras viajaba a sus
ojos.
—Sí, Rhion. En el momento en que te sientas cómoda con la nueva
relación de trabajo házmelo saber y hablaré con Leo sobre tomar unas
vacaciones. Val. Tú. Yo. Una casa en la playa. Suena espectacular.
También me sonaba bastante espectacular. Me mordí el labio y sonreí.
Su sonrisa aumentó mientras se inclinaba, su boca dirigida a la mía.
Entonces con un “te veré a las cinco, Butterfly” y un beso demasiado
breve, tuve el desafortunado placer de verlo salir de mi habitación de vuelta
al trabajo.
Y entonces tuve el absoluto placer de contar los minutos hasta las
cinco, porque sabía que regresaría a mí.
Veinticuatro
Jude
Tres semanas después….

—¡Pruébala! —exigió Devon, deslizando una jarra de cerveza por la


mesa.
Rhion la atrapó y se la envió de vuelta.
—Ni hablar. Puedes guardarte tu asquerosa cerveza de fábrica para ti.
Me quedaré con la que los pequeños hicieron con amor.
—La cerveza es cerveza, Rhion. Artesanal o no —añadió Johnson, una
jarra de Bud situada orgullosamente frente a él.
—Sí, si no tienes paladar o papilas gustativas, tienes toda la razón.
Coloqué mi brazo alrededor de sus hombros, pero mi mirada se movía
constantemente alrededor del bar.
Vigilando la habitación.
Buscando una amenaza.
Mi cuerpo ansioso por neutralizarla, y si fuera su hermano, lo
destrozaría.
Durante la primera semana, Johnson nos acompañó cada vez que
salíamos de su apartamento. Me había molestado que no confiara
completamente en mí para cuidarla. Aunque, si lo pienso bien, la otra vez
que intenté salvarla salió viva por poco. Cuando le planteé esta teoría, la
descartó inmediatamente, declarando que yo era el loco. Sin embargo, por
la forma en que me dolía el pecho cada vez que intentaba tocarme la nuca,
sabía que tenía razón.
Cuando finalmente se lanzó y salió conmigo a solas, Apollo hizo una
aparición. Estábamos cenando cuando lo visualicé sentado ante la barra. No
se acercó, y no nos quedamos lo suficiente para ver si lo iba a hacer.
Afortunadamente, pude distraer a Rhion para que no lo notara.
La semana siguiente, pasó descaradamente junto a nosotros mientras
guiaba a Rhion a su nuevo lugar favorito: el departamento de calzado de
Neiman Marcus. Se aseguró de que ella no pudiera perderlo esa vez.
Entramos por una puerta y él salió por la otra, con una sonrisa engreída en
su rostro. Rhion reaccionó tan visceralmente que solo la necesidad de
cuidarla me impidió cazarlo. No me importaba que no hiciera contacto; la
estaba torturando de todas formas.
No salió de su apartamento durante una semana después de eso, y casi
me rompió cuando su ropa comenzó a ser entregada de nuevo. Aunque
odiaba comprar ferozmente, me encantaba ver a Rhion salir de su capullo y
desplegar sus alas. En esos momentos, sentía que había tenido algo que ver
en traerla de vuelta a la vida. Y ese sentimiento hacía algunas cosas
increíbles en mi pecho, porque eso era exactamente lo que ella había hecho
por mí.
Rhion Park había encendido mi vida de maneras inimaginables.
Las pesadillas desaparecieron, y cada día que pasaba me sentía más
ligero de lo que había estado en años. Ella lo había hecho. Y no había nada
que no haría para devolver el favor.
Rhion era hermosa por dentro y por fuera. Podía ser estrafalaria y
divertida, pero también era compleja y ridículamente inteligente. Podía
debatir el significado de la vida tan fácilmente como podía poéticamente
hablar de la relación entre Marshall y Lily en su comedia favorita.
Romántica por naturaleza, trataba de afirmar que se había endurecido a
través de los años y ahora se consideraba más realista. Sin embargo, la
forma en que su rostro se iluminó la noche que le llevé flores, me dijo que
el romance aún corría por sus venas. Aunque era amable y gentil,
fundiéndose en mí en cuanto el reloj daba las cinco cada tarde, no tenía
reparos en ponerme en mi lugar recordándome lo prácticos que eran los
posavasos.
Había muchos colores brillantes en la personalidad de Rhion, y cada
uno que había descubierto era más vibrante e impresionante que el anterior.
No fue hasta Rhion que me di cuenta de lo insípidos que habían sido los
primeros veintinueve años de mi vida. Nunca había experimentado el color
azul como cuando me miraba fijamente después del orgasmo, sus ojos
brillantes y suaves con confianza. Y blanco. El blanco era uno de esos
colores que solía mezclarse con el fondo, que nunca noté. Pero el blanco era
también el color de las estrellas que había pintado a mano en el techo azul
marino de su habitación oceánica. Porque, para citar a esa mujer loca, “No
se puede apreciar completamente el sol en la playa sin el contraste del cielo
nocturno”.
Nunca pude anticipar cuán profundamente se arraigaría Rhion Park en
mi vida.
Pero lo hizo. Totalmente. Completamente. Y, a medida que pasaban los
días, empecé a esperar que tal vez fuera permanentemente.
Rhion se acurrucó en mi costado, sacándome de mis pensamientos.
—No me hagas empezar con Jude bebiendo una botella. Deben haberse
quedado sin latas —dijo con inteligencia.
Me reí en voz baja y luego levanté la misma cerveza que había estado
tomando toda la noche para acabarla.
—¿Estás listo para irte? —preguntó Rhion, mirándome a través de sus
pestañas.
—Cuando quieras.
—Estoy cansada. Puede que ni siquiera te abrirte de piernas esta noche.
Rhion había pasado el día decorando furiosamente para Halloween.
Leo le había avisado con aproximadamente cinco horas de antelación que
había arreglado que todos los chicos trajeran a sus hijos a su casa para pedir
dulces temprano.
Escribió una lista de caramelos de un kilómetro de largo para que yo
los comprara y luego se perdió en un mar negro y naranja.
Respetaba muchísimo a Leo James por ser un líder fuerte y el
propietario inteligente de un negocio, pero eran momentos como ese, en los
que se esforzaba por hacer algo por Rhion, los que me hacían respetarlo
como hombre. Estaba lleno de mierda el día que me dijo que ella era su
cliente número uno. Leo tenía cuentas mucho más grandes que las de ella.
Sin embargo, había dado en el clavo cuando la llamó familia. Así era
exactamente como todos los hombres de Guardian la cuidaban. Ni un solo
tipo se había quejado cuando Leo hizo el anuncio de pedir dulces en casa de
Rhion. Demonios, algunos de ellos llegaron a saltar al teléfono para pedir
prestados a sus sobrinos para asegurarse de que sus dulces no se
desperdiciaran.
Aún mantenía mi postura de que Guardian estaba lleno de algunas de
las personas más locas que había conocido, pero nunca había estado más
orgulloso de ser parte de un grupo tan increíble de hombres.
Mis labios se movieron mientras arqueaba una ceja hacia ella.
—¿El truco o trato te agotó?
—No. Acosarte en la habitación oceánica cuando los niños se fueron
me quitó el cansancio —respondió, dándome un empujoncito en el hombro
antes de bostezar.
Me reí y saqué mi billetera para poner algo de dinero en la mesa.
—Despídete. Vamos a llevarte a casa.
—¡Desertores! —exclamó Devon, levantando su cerveza en el aire
mientras me deslizaba fuera de la cabina, arrastrando a Rhion conmigo.
—Sí, sí, sí —se burló, dándole un abrazo.
Extendí una mano a Johnson para darle un apretón de manos.
Habíamos dado pasos agigantados en los casi dos meses que había estado
trabajando en Guardian. No estaba seguro de que los dos fuéramos a ser
mejores amigos, pero con Rhion, nos unimos para lograr un objetivo
común: su seguridad.
Me toleraba. Lo toleraba. Nos adoraba a los dos.
—¿Te vas a quedar un rato? —pregunté.
—Sí —respondió, poniéndose de pie, pero su mirada nunca abandonó
a Rhion—. ¿Está bien? —inquirió en voz baja para que solo yo pudiera
oírlo.
Ambos la vimos reírse salvajemente, golpeando a Devon mientras
trataba de forzarla a probar su cerveza.
—Lo está —confirmé.
—¿Y qué hay de ti? —cuestionó.
Barrí visualmente la habitación una vez más antes de dirigir mi mirada
hacia él.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que no fue la única que quedó con cicatrices de ese
incendio.
Amplié mi postura y me crucé de brazos, sin que me gustara a dónde
parecía que iba con esto.
—¿Quieres explicar eso?
Finalmente se volvió, sus ojos hundidos mirándome fijamente.
—No hace falta mucho para que un alma brutalmente rota reconozca a
otra. Tu cabeza está jodida, Levitt, pero es la misma razón por la que sé que
te ocuparás de ella.
Una sensación de inquietud echó raíces en mi estómago.
—¿Y qué hay de ti? —pregunté—. ¿Estás bien?
Su rostro rompió en una sonrisa incómoda.
—No. No olvides que mi cabeza también está jodida.
Seguí su mirada mientras volvía a la mesa. Aunque esta vez no fue
Rhion quien cautivó su atención mientras rodeaba con sus brazos el grueso
cuello de Alex.
Alex miró a Johnson mientras le daba una palmadita en la espalda con
una mano a Rhion antes de alejarla.
Desconcertado, miré de un lado a otro entre los dos hombres hasta que
Rhion apareció a mi lado y me rodeó las caderas con su brazo.
—¿Estás listo?
—Sí —respondí distraídamente.
Ambos comenzamos a pasar a Johnson cuando se detuvo para
preguntar:
—Te veré en el desayuno en la mañana, ¿cierto?
Le hizo un guiño y una sonrisa que se parecía más a una mueca.
—Ya lo sabes.
No imaginé que lo compraría. Rhion era astuta, especialmente cuando
se trataba de Johnson. Pero, menos de un minuto después, ella estaba en mi
brazo mientras cruzábamos la calle, de vuelta a su apartamento.
***
Era más de medianoche cuando mi teléfono vibró en la mesita de
noche.
—Hola —susurré mientras salía de debajo del cuerpo dormido de
Rhion.
—¿Estás durmiendo? —preguntó Val.
—No. Pero tú deberías estarlo.
Dejó escapar un largo suspiro.
—Lo sé. Pero no puedo dormir. Pensé que tal vez podríamos tener una
charla. Ya sabes. Como en los viejos tiempos.
A hurtadillas, me dirigí a la puerta.
—¿Jude? ¿Estás ahí?
—Espera —susurré, saliendo por la puerta del dormitorio y cerrándola
silenciosamente detrás de mí—. De acuerdo. Ahora, ¿qué pasa, cariño?
—¿Estás con Rhion? —inquirió.
—Sí. Está dormida, como alguien que conozco debería estarlo.
Se rió.
—Ya dijiste eso.
—Pero aún estás despierta, así que pensé que podría repetirse.
Pasé la habitación oceánica de al lado por miedo a que Rhion me oyera
hablar a través de la pared y me dirigí a la sala al final del pasillo y encendí
la luz.
Era la única habitación de la casa de Rhion en la que no pasábamos
tiempo. Además de usarla para sus tatuajes, era donde guardaba su vasta
colección de libros de bolsillo. Ocasionalmente la encontraba allí, hojeando
las páginas de sus novelas favoritas, pero además de eso, la puerta siempre
permanecía cerrada.
—¿Significa esto que las cosas se están poniendo serias entre ustedes
dos? —preguntó Val.
¿No era esa la pregunta del millón de dólares? Las cosas habían sido
serias con Rhion desde que la vi por primera vez. Lo que necesitábamos
ahora era ligero, fácil e indoloro.
O tal vez solo era yo, porque mientras el golpe de la culpa me
encontraba en ocasiones, Rhion parecía haber olvidado que alguna vez hubo
un incendio.
—Creo que sí. ¿Te parece bien? —pregunté mientras retiraba un libro
de uno de sus estantes.
A mi mujer le gustaban las obscenidades, así que no era sorprendente
que hubiera una imagen llena de abdominales en el frente. Con una risita, lo
deslicé de nuevo en su lugar.
—No. La odio.
—¡Val! —regañé.
Se rió.
—¡Estoy bromeando! Por supuesto. Me encanta Rhion. Es increíble.
Hoy me sorprendió con una caja gigante de ropa.
—No. Yo te sorprendí con una caja gigante de ropa hoy. Ella solo me
ayudó a elegirlas. Es bueno saber que las tienes, mocosa —bromeé.
—Gracias, Jude. Me encantan.
Sonreí y fui al otro estante. Sabía exactamente dos cosas que le
gustaban a Rhion: zapatos caros y libros. Salir con una mujer con dinero
tenía sus dificultades. Con la llegada de la Navidad, y sin una maldita forma
de pagar un par de tacones de mil doscientos dólares, los libros estaban en
el menú. Si pudiera averiguar sus autores favoritos, probablemente podría
hacerle un daño serio en una librería.
—De nada —le dije a Val—. Estoy muy orgulloso de ti por haber
bajado una talla. Personalmente, creo que era innecesario, pero me encanta
que cuando decidiste perder algo de peso, lo hiciste de la manera correcta.
—Y cuando dices “de la manera correcta”, ¿te refieres a ignorar a
mamá?
—Sí. Exactamente eso. —Me reí, con una enorme sonrisa en los labios
cuando vi una fila de libros con Rhion Park escrito en el lomo. Ladeé la
cabeza y leí todas las letras.
Sabía que no los vendía, así que nunca consideré que tuviera copias
físicas. La única vez que leí sobre su hombro mientras trabajaba, se volvió
loca. Sus ojos se habían vuelto tan amplios como platillos y su rostro se
había vuelto más rojo de lo que creí que la piel humana fuera capaz.
Riendo, había intentado agarrar su ordenador. No llegué muy lejos, porque
ni un segundo después, tomó mi polla en su mano y me dijo que nunca, ni
siquiera si el infierno se congelaba, se me permitía leer sus libros. Luego
me envolvió con su cálida boca y me hizo la mamada más increíble de mi
vida, no permitiéndome correrme hasta que confirmara que lo entendía. En
ese momento, habría aceptado ser metido en un submarino por el gobierno
federal, así que por supuesto dije que sí.
Sonreí al recordar y abaniqué las páginas de su libro con mi pulgar.
La maldita cosa era gruesa, y mi mujer había escrito cada palabra de
ella. El orgullo se hinchó en mi pecho. Había llegado a conocer a Rhion
bastante bien en las últimas semanas, pero solo podía imaginar los pedazos
de ella misma que había dejado en esas páginas.
Mi curiosidad había sido despertada.
Seguramente, no podía haberme tomado la palabra por esa tonta
promesa que hice al borde de la locura sexual.
Alcé la mirada y encontré la puerta todavía cerrada. Luego pasé mis
dedos sobre las palabras del frente.
Burning Love era el título, y tenía un simple pero impresionante diseño
en la portada. Era la misma mariposa ardiente que adornaba su pecho.
—Entonces, ¿cómo has estado durmiendo? —preguntó Val.
—Bien, en realidad —respondí mientras abría el libro en una página al
azar en el medio.
Era vagamente consciente de que Val seguía hablando, pero mi
atención fue robada por la vista de mi nombre en la página.
No solo una vez. Múltiples veces.
Y en la siguiente página.
Y la siguiente.
Pero no fue hasta que vi su nombre allí también que la vil sensación de
malestar se deslizó sobre mi piel.
Inmediatamente tomé otro de sus libros de la estantería.
Una cubierta diferente. Un título diferente.
Los. Mismos. Jodidos. Nombres.
—Val, tengo que irme —dije, metiendo mi teléfono entre mi hombro y
mi oreja mientras iba a retirar todos sus libros de la estantería.
—¿Todo bien? —preguntó.
¿A juzgar por la sensación de hundimiento en mis entrañas? De
ninguna manera.
—Sí. Te llamaré mañana. Te quiero y duerme un poco.
—También te quiero —susurró.
Después de terminar la llamada, me senté en el suelo y arranqué uno de
los libros de Rhion de la montaña de al menos quince títulos y lo abrí en la
primera página.
Hicieron falta aproximadamente tres frases para que sus palabras se
filtraran hasta el fondo de mis huesos.
Había escrito sobre el incendio.
No parecía que me estuviera moviendo, pero de alguna manera, sabía
que me estaba cayendo. El mundo se volvió borroso cuando el terror se
desvaneció en la aceptación. Iba a morir.
Pero cuanto más leía, más me daba cuenta de que no era un incendio
del que hubiera formado parte.
Pasé la página frenéticamente, incapaz de procesar las palabras tan
claramente impresas frente a mí.
Hasta que su fuerte mano se posó sobre la mía, arrebatándome de las
garras de la muerte.
—¡Aguanta! —gritó, arrastrándome lejos de las llamas.
Era la versión ficticia. Llena de belleza pero ni de un solo hecho. Se
me revolvió el estómago, pero seguí leyendo, sin poder apartar la vista.
—Oh, Dios, ¿eres real? —Lloré, mi cuerpo temblaba por miedo a la
verdad.
Su frente se frunció.
—Soy real —juró antes de aspirar una respiración temblorosa—. No sé
si tú lo eres, Butterfly.
Mi garganta se cerró y mis pulmones fallaron.
—¿Qué mierda? —Me ahogué como si el humo me sofocara de nuevo.
Mi respiración se aceleró mientras pasaba mis ojos sobre su
musculoso cuerpo. El contorno de su pecho cincelado se veía a través de la
tela de su camiseta negra lisa, mientras que unos vaqueros desteñidos
oscuros abrazaban su cintura cónica. Su cabello rubio oscuro había sido
afeitado y grandes vendas rectangulares cubrían la parte posterior de su
cabeza y su cuello, pero aun así era hermoso.
Seguí leyendo, la bilis se me subía a la garganta con cada frase. Con
una explosión, el oxígeno llenó mis doloridos pulmones segundos antes de
que alguien dejara caer un fósforo encendido y prendiera todo mi cuerpo en
un incendio forestal, destruyéndome de adentro hacia afuera.
—Eres real —susurré.
Sus ojos se ensancharon, pero una sonrisa sexy se dibujó en las
comisuras de sus labios.
—Igual que tú, mi hermosa Butterfly.
—Oh, Dios. —Respiré, dejando caer el libro al suelo.
Veinticinco
Rhion
Rodando en la cama, estiré mi brazo y encontré el lado de Jude frío y
vacío. Abrí mis ojos y la habitación todavía estaba completamente a
oscuras. Así que rodé de nuevo para mirar el reloj en mi mesita de noche,
las gruesas líneas rojas conectando para formar 3:53.
Mierda. Era temprano.
Con ojos soñolientos, miré hacia el baño, pero la luz estaba apagada y
la puerta abierta. La bolsa de Jude seguía en la esquina al otro lado de la
habitación, así que no había ido a casa. No que pensara que se iría sin
decirme, pero era un lugar más que podía tachar de mi lista de dónde podría
estar.
—Jude —llamé mientras salía de la cama y me dirigía a la puerta del
dormitorio.
¿Tal vez no podía dormir y fue a ver televisión?
Cuando llegué al pasillo, la única luz venía de mi habitación de
tatuajes.
Sonriendo, no pensé mucho mientras iba hacia la puerta, frotando el
sueño de mis ojos e intentando alisar mi rebelde cabello matutino.
—Cariño —susurré, abriendo la puerta.
Mi estómago cayó de inmediato.
Jude estaba sentado en medio del suelo, mis libros esparcidos al azar a
su alrededor, pura y completa tortura contorsionando su hermoso rostro
hasta que casi fue irreconocible.
—¿Qué es esto? —susurró, haciendo un gesto a los libros.
De repente, sentí como si mi pecho estuviera desmoronándose y mi
corazón explotando, rompiéndose en un millón de astillas, arrasándome sin
escapatoria.
Puse ambas manos sobre mi boca y negué tensamente, la vergüenza
fluyendo por mi sistema.
—Jesús, Rhion. ¿Qué mierda es esto? —preguntó rudamente.
Retrocedí pero no respondí.
Cuando se puso de pie, luché contra el deseo de sacarlo a la fuerza de
la habitación, cerrar la puerta y nunca mirar atrás. No me importaba que
hubieran sido solo esos libros los que me habían ayudado a sobrevivir el
primer año tras el incendio. Ni me importaba que me hubiera tomado casi
cuatro años e incontables horas de trabajo desagradecido escribirlos.
Felizmente habría abandonado cada página si pudiera haber eliminado la
mirada de disgusto en su rostro.
—No son… no son nada —tartamudeé, retrocediendo.
Rabia llameó en sus ojos mientras avanzaba hacia mí. A través de
dientes apretados, dijo hirviendo de furia:
—Maldita sea, no te atrevas a empezar esa mierda de nada de nuevo.
No puedes jugar esa carta. No ahora. Jodidamente nunca más.
—Me estás asustando —admití, alzando una mano para detenerlo.
—¡Bien! —bramó—. Después de la mierda que acabo de leer, es el
momento de que te des cuenta de que soy un maldito hombre, no un
personaje ficticio que creaste en ese mundo de fantasía en el que tan
obviamente habitas.
De acuerdo. Eso dolió. Un montón. Especialmente porque había
venido de él.
Pero durante esos primeros años tras el incendio, no podía decir que se
equivocara. Había estado luchando, y sí, perderme en un mundo de fantasía
había sido más fácil que enfrentar la realidad sobre mi vida.
—No es lo que piensas.
Alzó sus manos a sus lados y luego las dejó golpear sus muslos cuando
cayeron.
—Oh, gracias a Dios, porque por un minuto ahí, pensé que habías
reescrito la noche del incendio de quince maneras diferentes. Todas
conmigo como protagonista. Todas contigo como protagonista. Pero ni un
hilo de verdad para ser encontrado. ¡Sin embargo, de alguna manera,
termino follándote en malditamente cada una de ellas!
Parpadeé y empecé a toquetear mi collar.
—De acuerdo, así que tal vez es lo que piensas. Pero no es tan malo
como parece.
—¡Es tan malo como parece! ¡La noche del incendio fue una jodida
pesadilla! Cambió toda mi vida. Pero, de alguna manera, lo has
romantizado en la noche que conociste a tu alma gemela, y aquí estoy, en tu
jodido apartamento, enamorándome de ti como si fuera una maldita
profecía.
Hice una mueca, pero mantuve mi barbilla alzada.
—No tienes que ser un imbécil sobre esto. Podrías dejarme hablar.
—¿Hablar? —se burló—. Correcto. Ya que has sido tan jodidamente
buena en eso durante las pasadas seis semanas. Tal vez solo debería
preguntarle a Johnson y Leo sobre esto ya que parecen ser los únicos que
responden a mis putas preguntas sobre ti.
—¡Eso no es justo! Te he contado todo recientemente.
—¡Todo excepto la parte sobre inventar hombres que de verdad
jodidamente te salvaron!
Di un enorme paso adelante, clavándole un dedo en el pecho.
—¡Tú me salvaste!
Su mirada se volvió dolorida, pero su ira nunca disminuyó.
—¡Deja de jodidamente decir eso! No soy un maldito héroe. Te caíste,
Rhion, por mí. Estaba borracho y no pensaba con claridad. Casi te costó tu
vida.
—Casi —contraataqué—. No estoy muerta.
Con un movimiento del brazo, se inclinó y recogió uno de los libros
del suelo antes de enviarlo volando por la habitación.
—¡No soy como esos hombres que escribiste! Jesucristo, Rhion. ¡No
salté sobre ti cuando la casa se vino abajo! ¡Me caí! Como un borracho
jodido idiota. Tres pasos más y habríamos estado fuera del camino, ¡y
jodidamente me caí! —Recogió otro libro y lo envió a volar—. ¡Escribe eso
en tus pequeños putos libros!
Yo podría haber llevado la mayoría de las cicatrices de esa noche, pero
era obvio que él estaba herido, peor de lo que yo había estado jamás.
Mientras que las llamas habían sido extinguidas hace tiempo para mí,
todavía ardían más calientes que nunca dentro de su consciencia, y me
rompía.
Extendí la mano por él solo para que rechazara el contacto.
—Sin embargo, no fui herida —le dije—. Por ti. No importa el cómo.
Solo importa qué sucedió —añadí uniformemente, no dispuesta a igualar su
intensidad.
Se rió, pero no contenía humor.
—Jesucristo, Rhion. Lo que en realidad sucedió es que te di un mal
consejo, casi hice que te matases, y… —Pasó una mano por su rostro—. ¿Y
escribes mierda como oler mi colonia y que te tranquilizó? Era whisky,
cariño. No puta colonia. Y no hablamos después del incendio. No hubo,
“Eres real, Butterfly”, porque mientras te miraba gritar y retorcerte de dolor,
incapaz de formar un pensamiento coherente, ¡recé a cada jodido dios en el
universo que no lo fueras!
Retrocedí, pero siguió hablando.
En párrafos.
Horribles y desoladores párrafos.
—Y… esa mierda en el hospital, ¿en la que era hermoso, entrando para
verte? ¡Eso nunca sucedió! Estaba tumbado en una cama de hospital con
una pierna rota, policías y abogados revoloteando a mi alrededor mientras
debatían si iba a ser arrestado o no. Y cuando finalmente intenté verte,
¡jodidamente no me dejaron! Todo lo que conseguí fue un vistazo de ti
sujeta a una jodida cruz mientras los guardaespaldas de Peter Higgins me
alejaban en una silla de ruedas porque ni siquiera podía caminar.
Me encogí porque mi consciencia ardió como una hoguera. La bilis
subió por mi garganta, ahogándome.
—Lo siento.
Entrelazando sus dedos, los apoyó sobre su cabeza.
—¿Lo sientes? ¿Jodidamente lo sientes? ¿Por qué, Rhion? ¿Por desear
que fuera un hombre mejor del que era en realidad? Entonces jodidamente
lo siento también, porque he deseado eso cada maldito día durante cuatro
años. —Pasó furioso por mi lado.
Mi corazón se sacudió mientras me giraba para seguirlo.
—¡No es por eso que escribí esos libros! No estaba intentando
convertirte en un hombre mejor —le informé.
No contestó mientras iba a mi habitación y empezaba a meter sus cosas
en su bolsa.
Le arrebaté una camisa de su mano.
—Detente y escúchame.
Me dejó tenerla y se movió a sus zapatos alineados en la pared en su
lado de la cama.
—No estoy interesado en la mitad de una historia esta noche, Rhion, lo
cual es básicamente todo lo que me das.
Mi barbilla se sacudió al lado y jadeé.
—¿Me estás llamando mentirosa?
Se rió, quitándose los pantalones del pijama antes de ponerse unos
vaqueros.
—Nop, porque eso requeriría que en realidad me contaras cosas. Solo
aleteas por tu vida, mintiendo a todos para que no lleguen a conocerte.
Mantuviste esta mierda en secreto durante casi dos malditos meses.
Y fue entonces cuando exploté.
Lanzándole su camiseta, grité:
—¡Sí te lo dije! ¡Y jodidamente no lo recuerdas!
Dejó de empacar furiosamente y movió su cabeza en mi dirección.
—La noche del viernes —susurré—. Cuando apareciste en mi
apartamento, te conté todo. Que había pasado cuatro años deseando poder
agradecerte. Que nunca había dejado de pensar en ti. Que había escrito
libros sobre esa noche porque odiaba la manera en que todo sucedió
después. Y luego te besé, pero no porque tuviera alguna obsesión con los
personajes sobre los que había escrito en esas páginas, sino porque eras
mejor.
Cerró sus ojos con fuerza.
—Mejor. Correcto.
—Sí. ¡Mejor! Me dijiste que lo sentías. Profusamente. Me sostuviste
como si estuvieras intentando fusionar nuestros cuerpos. Me abrazaste más
fuerte que nadie en toda mi vida. Y entonces, empezamos a hablar y, sí,
sabía que estabas borracho, pero me hiciste reír y no dolió por primera vez
en años. Me dijiste cuánto habías pensado en mí. Que desearías haber sido
capaz de salvarme. Y, además, pareciste creerlo de verdad cuando te dije
que lo habías hecho.
—No lo hice…
—¡Lo hiciste! Si quieres rodar en tu culpa sobre esa noche por el resto
de tu jodida vida, no puedo detenerte. Discrepamos sobre la noche del
incendio… totalmente. Pero no puedes discutir conmigo sobre lo que
sucedió después. Los recuerdos de ti y esos libros fueron las cosas que me
hicieron superar el primer año. Me diste esperanza en que los héroes eran
reales, Jude. Y por entonces, cuando mis días estaban tan llenos de dolor
por dentro y por fuera, realmente necesitaba algo en lo que creer. Ríete de
ello. Llámame loca. Lo que sea. Honestamente no me importa una mierda.
Pero sucedió, Jude. Eso no es ficción. Eso es la vida real, y no me quedaré
aquí y te dejaré quitármelo. Me. Salvaste. La. Vida.
Su rostro se arrugó en agonía mientras susurraba:
—¿Siquiera sabes por qué te llamo Butterfly?
Una fea sensación brotó en mi estómago. No lo hacía. Era solo algo
que le había oído gritar el día que había sido sacado del hospital.
Y las mariposas eran hermosas.
¿No?
Enganchó su bolsa sobre su hombro y abrió los ojos.
—Porque cuando estabas en esa repisa, parecías estar intentando
desesperadamente atrapar el viento antes de morir. —Señaló a la puerta,
hacia la habitación de tatuajes—. En… —Su voz se atoró y lo sentí
profundamente en mi interior—. En tus libros, escribiste que te llamé “mi
hermosa Butterfly”. Pero, Rhion, no hubo absolutamente nada hermoso
sobre ese momento. Fue la cosa más horriblemente trágica que jamás había
presenciado. —Dio un paso hacia mí, deslizando su brazo alrededor de mi
cintura y dejando caer su frente contra la mía—. No es un cumplido. Y la
única razón por la que te llamo eso ahora es para recordarme que siempre
estaré a un parpadeo de distancia de perderte de nuevo. Esta noche.
Leyendo esos libros, sabiendo quién desearías que fuera, y sabiendo que
nunca seré ese hombre, parpadeé.
Tragué con fuerza mientras sus palabras me invadían como un millón
de diminutas dagas clavándose en mi corazón.
—Jude, por favor —susurré, las lágrimas picando detrás de mis ojos.
Bajando la mano, atrapó la mía. Entonces, la levantó a su nuca y luego
la subió bajo su cabello hacia las gruesas cicatrices en la parte trasera de su
cabeza.
Gimió con dolor mientras su rostro se desmoronaba.
—No soy real, Rhion. No en lo que a ti respecta. Porque ese caballero
blanco sobre el que escribiste tantas jodidas veces no existe.
Un sollozo se atoró en mi garganta mientras intentaba alejar mis dedos,
pero los sostuvo con fuerza, frotándolos arriba y abajo por la parte trasera
de su cráneo.
—Basta —rogué, sabiendo que tenía que estar torturándolo porque me
estaba destruyendo.
Se negó a soltarme e incluso me forzó a acercarme más.
—Déjalo. —Empujé su pecho, pero no cedió.
Y entonces, de repente, me soltó. Mientras lo miraba salir de mi
habitación, no había nada en el mundo que no hubiera dado para tenerlo de
nuevo en mis brazos.
Veintiséis
Jude
No intentó seguirme cuando salí furiosamente por su puerta, fuera de
su vida.
Había estado en lo correcto la noche que la vi en el bar. No tenía
derecho a ser parte de su futuro.
Pero, durante casi dos meses, lo intenté.
Y durante dos malditos meses, fingí que no había una casa en llamas
dividiéndonos.
Habíamos hablado del incendio. No con mucho detalle. Después de
todo, ambos habíamos estado allí esa noche, y ninguno de los dos estaba
ansioso por volver, ni siquiera en una conversación.
Tal vez ese había sido mi primer error: creer que el pasado podía
quedarse en el pasado.
La mujer con la que me acostaba cada noche no era esa mariposa rota
de la que no podía escapar. Era la mujer que hacía posible el olvido.
Le mentí cuando le dije que solo la llamaba Butterfly para recordarle
que podía perderla con un simple parpadeo.
La llamaba Butterfly porque era mía.
Sus cicatrices.
Su dolor.
Sus sonrisas.
Sus risas.
Su corazón.
Su cuerpo.
Lo poseía todo.
Y durante dos malditos meses, quise quedármelo todo.
Pero ahora, después de haber leído esos libros, no estaba seguro de
poder volver a mirarla a los ojos.
Era un buen tipo. Un mejor guardaespaldas. Le di mejores orgasmos
que cualquier hombre que pudiera escribir, y por la forma en que mi
corazón se sentía como si se pudriera en mi pecho por haberme alejado de
ella, incluso llegaría a decir que también la amaba más.
Pero no podía cambiar el pasado.
Y ella no podía dejar de reescribirlo.
Estaba agitando mi tarjeta frente al sensor del ascensor, esperando
impacientemente que llegara, cuando oí que su puerta se abría.
—¿Y eso es todo? —preguntó—. ¿Te vas a ir porque he escrito
algunos libros sobre ti?
—No eran sobre mí. —Mirando por encima de mi hombro, vi que
llevaba un pequeño camisón sin mangas, un libro en la mano y sus pies
estaban descalzos. Dejé caer mi barbilla sobre mi pecho y agité mi tarjeta
unas cuantas veces más—. Rhion, vuelve a entrar. Hace frío.
—Le dije a la policía que olías a alcohol, ya sabes.
Suspiré, deseando haber optado por la escalera antes de que tuviera la
oportunidad de atraparme.
—Sí. Lo sé.
—Y que me dijiste que fuera al tejado.
Me froté los ojos con las palmas de las manos, desesperado por borrar
el recuerdo.
—También lo sé.
—¿Y eso no te hace enojar un poco? —Su voz se acercó más hasta que
pude sentir su calor a mi lado.
—¡No! ¡Porque era verdad! —estallé, girando para enfrentarla.
No se inmutó mientras me miraba, sin emoción.
—¿Arriesgaste tu vida y te pagué vendiéndote? Vamos, Jude. Incluso
tú, consumido por el arrepentimiento, tienes que ver lo jodido que fue eso.
—No, Rhion. Nunca se me pasó por la cabeza estar enojado contigo.
Los policías te hicieron preguntas, les diste respuestas.
—Sí. Me lo dijiste el viernes por la noche, pero aún me cuesta creerlo.
—Me golpeó en el pecho con el libro—. Porque también me he pasado los
últimos cuatro años lamentando cosas. Cada día, quería agradecerte. Cada
día, quería decirte que lo sentía. Cada maldito día, quería cambiar el hecho
de que me salvaste la vida y te di de comer a los lobos. Así que lo hice.
Léelo de nuevo, Jude. Y si no quieres volver a verme nunca más, bien.
Pero, para que lo sepas, no te hice un hombre diferente. Me hice una mujer
diferente. En esas páginas, no estaba débil y aterrorizada, llorando y rota,
apenas sobreviviendo. —Su rostro se endureció—. En esos libros, era una
jodida mariposa hermosa, y me niego a permitir que me hagas sentir mal
por eso.
El libro cayó al suelo a mis pies cuando se dio la vuelta y volvió a su
apartamento.
Pestañeé mientras la puerta se cerraba silenciosamente detrás de ella.
Jesucristo.
¿No éramos una jodida pareja?
Esa noche nos había arruinado a los dos. Habíamos estado viviendo en
mundos separados, pero todavía compartiendo una culpa común. La mía era
por lo que había considerado fallarle. La suya era por lo que había
considerado fallarme.
La única diferencia era que ella había hecho algo para arreglarlo,
aunque fuera ficción.
Pasé muchas noches sin dormir reescribiendo el fuego en mi cabeza.
En mi versión, había escalado esa casa como Spiderman, llevándola a
un lugar seguro, sin quemaduras.
A veces, la casa seguía cayendo, pero la veíamos desde el otro lado de
la calle, respirando aire limpio y fresco, con ella segura en mis brazos.
Nunca había estado bebiendo.
Nunca habíamos sido heridos.
Y siempre había salvado el día.
Menos la parte en la que nos enamorábamos y nos dirigíamos a la
puesta de sol, mi versión no era tan diferente a la de ella.
Pero había una diferencia integral entre nuestras dos historias.
Cuando reescribía mentalmente la mía, sabía la verdad.
Con toda la mierda que le había dado en las últimas semanas por no ser
sincera, había guardado un secreto durante más de cuatro años.
Y me carcomía. Aunque sonara tonto, había pasado toda mi vida
soñando con ser policía. Lanzándome a salvar el día. Haciendo del mundo
un lugar más seguro. Pero, para mi sorpresa, llevar una placa no me había
convertido en un héroe. Ni tampoco el ponerme un uniforme cambió al
hombre que lo llevaba.
Era hora de que supiera quién era realmente, aunque eso significara
perderla.
Tomando su libro del suelo, me di la vuelta y me dirigí a su puerta.
Pasé mi tarjeta y la abrí de par en par, solo para detenerme cuando la
encontré parada a menos de un metro de distancia, con la esperanza
llenando sus ojos mientras mordía nerviosamente sus labios y jugaba con su
collar.
Había estado esperando. Sabiendo que no podría irme. No de esa
manera. Y que me condenen si eso no me hizo sentir algo dentro... y me
hizo arrepentirme de todo mucho más.
—Te iba a dejar —anuncié, la confesión quemando la punta de mi
lengua.
Sonrió débilmente y dio un paso hacia mí.
—Pero volviste.
—No hablo de esta noche. —La emoción alojó las palabras en mi
garganta. Me agarré la nuca con tanta fuerza que el dolor irradió por mi
espalda—. La noche del incendio. Las cicatrices. Le dije a la policía que,
cuando caíste, envió llamas hacia mí y me di la vuelta por instinto antes de
correr tras de ti. Pero era una mentira. Te iba a dejar. No corrí hacia el fuego
detrás de ti, Rhion. Estaba en llamas y huyendo. Me agarraste el tobillo y
luché por liberarme, peleando contigo a cada paso, para escapar de las
llamas que me habían envuelto la espalda. Supongo que, en el proceso, de
alguna manera me las arreglé para arrastrarnos a los dos.
Dejé de hablar y me quedé mirando al suelo, sin querer ver su mirada.
No podía soportar ver la repugnancia que estaba seguro marcaría su rostro.
Dios sabía que vivía y respiraba como una criatura dentro de mí
diariamente.
—Nunca se lo he dicho a nadie. Y jodidamente siento mucho haber
tardado tanto en decírtelo.
—Bien —dijo. Cuando sus pies aparecieron en mi línea de visión, el
libro fue arrancado de mi mano—. Voy a decir algo. Y no creo que te vaya a
gustar, pero necesito al menos decirlo.
Mi estómago se revolvió. Tomaría cualquier cosa que quisiera
arrojarme. Insultos. Enojo. Desprecio. Probablemente me mataría viniendo
de Rhion. Pero si la hacía sentir mejor en lo más mínimo, lo aceptaría.
Usando la parte de atrás de mi cabeza, me atrajo hasta que sus labios
estuvieron en mi oreja y luego susurró:
—Y. Qué.
Mi mirada saltó a su rostro y juro por Dios que la mujer estaba
sonriendo.
Pestañeé, pero esa maldita sonrisa suya nunca vaciló.
—¿Y qué? —repetí con incredulidad.
—Quiero decir, corrígeme si me equivoco, pero cómo me salvaste
sigue sin importar.
—Al diablo que no —gruñí, alejándome para ganar algo de espacio.
Pero esa maldita loca me rodeó la cintura con ambos brazos y me
apretó, frente a frente.
—No es así, cariño.
—¡Mentira! —Continué mi retirada pero sin acercarme a una
escapatoria.
Podría haberla apartado físicamente en cualquier momento, pero en el
fondo, una parte de mí no quería que la soltara. Las últimas semanas con
ella habían sido un despertar, y no solo de los años posteriores al incendio.
Sino de toda mi vida. Consumiéndome positiva y negativamente, física y
mentalmente.
Como si pudiera leer mis pensamientos, se puso de puntillas y rozó sus
labios contra los míos, el contacto haciendo maravillas para aliviar el estrés
que se estaba gestando en mí.
—Lo siento, Jude —susurró—. Odio más que nada que hayas vivido
con eso solo durante los últimos cuatro años. Pero te equivocas. Le has
contado a alguien más sobre eso. Me contaste nuestra primera noche juntos.
Y no cambió nada. He estado persiguiéndote durante casi dos meses,
sabiendo la verdad. Porque... —Se detuvo, y una pequeña sonrisa apareció
en sus labios—. Jodidamente. No. Importa.
Mi mandíbula se aflojó mientras mis cejas se elevaban.
—De ninguna manera te dije eso.
—Oh, pero lo hiciste. —Su sonrisa se amplió—. Me contaste cada
cruento detalle de esa noche. Mientras tanto, estaba casi delirando de
felicidad solo por estar en tus brazos.
—Oh, Dios —gemí.
—Y voy a decirte lo mismo que te dije justo antes de que te
desmayaras. El destino es una bestia astuta. Cometiste un error tras otro esa
noche, pero no importa de qué manera lo hicieras, eres la única razón por la
que estoy aquí hoy.
El cuchillo se retorció en mis tripas, pero sus manos se deslizaron bajo
la parte de atrás de mi camisa, sujetándome fuerte.
—Eso no es el jodido destino, Rhion. Es un milagro de Dios.
—Oh, aún mejor. Intervención divina —dijo con inteligencia.
Incapaz de soportar más su toque, aparté sus brazos y luego giré,
poniéndola contra la pared.
—¡Eso no es lo que quería decir!
Arqueando su espalda para mantener nuestros cuerpos conectados,
siguió hablando:
—Fuiste el único hombre en la escena cuando esa casa se derrumbó.
Ebrio o no, si no hubieras atendido la llamada esa noche, todavía estaría en
esa cornisa cuando cayó. Nos alejaste lo suficiente para que todo lo que
pasó fue que terminaste con una pierna rota. Si no hubieras estado allí, ese
habría sido mi cráneo. No hay forma de que hubiera sobrevivido a eso sin
ti.
Me incliné hasta que nuestros rostros estaban separados por
centímetros y gruñí:
—Eso no lo sabes.
—Sí, lo sé. Y también lo sabes. Eres un buen hombre, con un buen
corazón y una mala conciencia. Pero eres inteligente. Así que sabes que
tengo razón.
Negué con firmeza.
—Vivimos en dos mundos totalmente diferentes, Rhion.
—Tal vez. Pero en el tuyo, estás viviendo en las mazmorras de lo que
podrías haber hecho diferente si hubieras estado sobrio o sido más valiente.
En mi mundo, me salvaste, te enamoraste de mí, y me niego a dejarlo ir.
Llega un punto en el que tienes que dejar de castigarte por los errores que
cometiste y entrar en la realidad de lo que realmente ocurrió. ¿No quieres
ser un héroe? Bien. Nunca volveré a pronunciar la palabra. Aunque el
lenguaje no cambia el resultado.
No estaba convencido, y la presión familiar que había estado llevando
durante años infló mi pecho de nuevo.
—Esos libros...
—No. Son. Reales —imploró, metiéndome el cabello detrás de las
orejas—. Dejé de escribir sobre nosotros dos hace un año. Actualmente
estoy escribiendo un libro sobre Maléfica y el príncipe Philip. Ella es
terrible, pero estoy haciendo creer al lector que él es bueno. Y él es
increíble, pero estoy haciendo creer al lector que ella es mala antes del gran
final donde todo sale a la luz. —Presionó sus labios contra los míos—. No
estás ahí. —Beso—. No estoy ahí. —Beso—. No hay fuego. —Un beso
profundo y prolongado—. Son solo palabras.
Solté un suspiro de alivio. Al menos estaba eso.
Cerrando los ojos, confesé:
—Quiero esto contigo, sabes. Tan desesperadamente. No por la mierda
y la culpa por el incendio. Sino porque estás increíblemente loca, pero eso
es perfecto porque a veces puedo ser muy seco.
—Volátil —corrigió.
Mis labios se movieron cuando abrí los ojos.
—Eso también. —La presión en mi pecho disminuyó lentamente
mientras me miraba fijamente—. Después de leer algunos de esos libros,
fue la primera vez desde que nos reunimos que sentí que tal vez no era el
hombre adecuado para ti.
Sus cejas se fruncieron dolorosamente, pero fue una broma lo que
escapó de sus labios.
—No seas tonto. Todo es parte de la profecía.
Me reí, moviendo mis brazos alrededor de sus caderas. Abrazándola
fuerte contra mi pecho, apoyé mi barbilla en la parte superior de su cabeza.
—Odio que tengamos esta mierda entre nosotros.
—Yo no. Nadie en el mundo entero entiende lo que fue para mí esa
noche, excepto tú. Nunca me he avergonzado de mis cicatrices, pero nuestra
primera noche juntos, las trazaste y me dijiste que eran tuyas. Me hiciste
sentir como si fueran algo hermoso.
Dejé caer mis labios sobre su hombro.
—Son parte de ti, Rhion. Siempre serán hermosas.
Su sonrisa se extendió por todo su rostro.
—¿Quieres ir a la cama y te diré todo lo que hablamos esa noche?
—Oh, ahora quieres hablar —dije sarcásticamente.
—Claro, porque ahora ya no estoy mortificada. Aunque si alguna vez
descubro la receta de ese borrador de memoria, esta noche será lo primero
que se vaya.
Me puse serio otra vez.
—Butterfly, podrías habérmelo dicho. Y sé que eso es hipócrita
considerando la mierda que he estado guardándome. Pero, para que lo
sepas, no hay nada que no puedas decirme. Estoy en esto contigo. Hasta el
jodido fondo.
Pegó su pequeña forma contra mi torso en un entendimiento tácito.
Nos quedamos allí, abrazados en silencio, años de dolor y angustia que
se derretían por el innegable calor que había entre nosotros. Odiaba todo lo
que habíamos tenido que soportar tanto por separado como juntos para
llegar a ese momento, pero quizás Rhion tenía razón.
No era el como lo que importaba.
Habíamos llegado allí.
Y mientras la guiaba de vuelta a la cama, la escuchaba hablar durante
más de una hora, y luego me dormía con ella acurrucada contra mi pecho,
tenía toda la intención de quedarme para siempre.
Veintisiete
Jude
El tiempo se aceleró durante las siguientes tres semanas mientras
Rhion se metía más profundo bajo mi piel hasta que no estuve seguro de
dónde terminaba yo y dónde empezaba ella. Sí, trabajaba para ella. Así que
la mayor parte de nuestros días los pasábamos trabajando en la ciudad,
haciendo los recados que ella quería o necesitaba hacer. Pero podía contar
con una mano cuántas noches había dormido en mi propia cama, y lenta
pero seguramente mis pertenencias habían empezado a reproducirse en su
apartamento. Mi bolsa seguía en un rincón de la habitación, sin haber
llegado aún al armario o al vestidor, pero tanto cosas mías como suyas
abarrotaban el mostrador del baño. La casa de Rhion había empezado a
sentirse como un hogar.
En realidad, todo de Rhion se sentía como mi hogar. Lo mejor que nos
pasó fue que encontrara esos libros. Había llevado nuestra relación a un
nivel al que no estaba seguro de que llegaríamos con los secretos de nuestro
pasado agobiándonos. En lugar de evitar la conversación sobre el fuego más
tiempo, hablamos de ello. Mucho. Incluso habíamos hecho un viaje a la
finca Park Hill unos días después de que las cosas se hubieran calmado.
Ella no había estado allí desde el incendio y, al igual que yo la primera vez
que la visité, le había costado. Aunque la casa había sido limpiada y nunca
reconstruida, aún tenía suficientes recuerdos para transportarnos a esa
noche.
Durante las horas que estuvimos sentados mirando el terreno vacío, me
contó todo sobre despertar en esa casa en llamas. Solo ella. Sola.
Aterrorizada y sin salida. Era todo lo que podía hacer para escucharla sin
que me destrozara. Pero después de escucharla hablar, sentí que tal vez mi
presencia allí esa noche había hecho maravillas en la lucha de Rhion por la
supervivencia.
Aun así, me negué a atribuirme el mérito de haberla salvado, pero al
menos no había estado sola.
Y si tenía algo que decir al respecto, nunca lo estaría de nuevo.
En las últimas semanas, tuve el honor de ver caer a Rhion Park. Otra
vez.
Pero, esta vez, se estaba enamorando de mí.
Mi Butterfly era hermosa. Todavía un poco rota. Todavía un poco
asustada. ¿Pero no lo estábamos todos?
El hecho de que la verdad saliera a la luz no significaba que mi culpa
de esa noche se hubiera evaporado mágicamente. Todavía la afrontaba cada
vez que sentía las cicatrices en mi nuca, pero ya no me quemaba cuando las
tocaba. Y empezaba a creer que quizás había tenido razón aquella noche de
borrachera en su apartamento porque, cada día que pasaba, Rhion me
curaba de maneras insondables.
Aunque todavía no hubo declaraciones de amor por parte de ninguno,
era un hecho absoluto que ambos sabíamos. El amor ardía en sus ojos cada
mañana cuando se despertaba envuelta a mi alrededor. Y ardía en mi pecho
cada minuto de cada día.
Era la semana anterior a Acción de Gracias y me encontraba sentado
en su sofá, bebiendo una cerveza con Leo, Devon, Braydon, Alex, y, sí,
Johnson, en la fiesta no oficial del día de Acción de Gracias de Guardian.
Intentábamos ver el partido de fútbol mientras la deliciosa fragancia del
pavo cocinado flotaba por el aire, pero cada diez segundos Rhion aparecía
nerviosamente, bloqueando nuestra vista.
Una compañía había llegado temprano esa mañana para entregar mesas
gigantes y lo que debían ser al menos dos docenas de sillas. No tenía ni idea
de dónde demonios iba a caber todo eso. El apartamento de Rhion era
grande, pero tuve que escalar por la parte de atrás del sofá para tomar una
taza de café mientras lo habían instalado. Cuando intenté expresar mi
preocupación, me desterró a su habitación para ducharme y vestirme. Por
supuesto, media hora más tarde, salí y encontré una herradura de mesas
cubiertas con manteles, lujosos centros de mesa de plumas marrones y
naranjas, y suficientes lugares, incluida plata de verdad, para sentar a todo
el equipo de Guardian Protection. No fue hasta entonces que me di cuenta
de que exceso era sinónimo de un día de Acción de Gracias a lo grande.
—Tienes que dejar de pasearte, nena —grité mientras todos los chicos
se inclinaban a un lado para seguir viendo el juego a su alrededor—. Me
estás poniendo ansioso.
Se detuvo, se cruzó de brazos y me miró fijamente.
—Entonces tal vez deberías levantarte y pasearte tú también, cariño.
Me reí entre dientes y me llevé la cerveza a los labios.
Había sido un desastre todo el día. Los cocineros habían llegado tarde
y, cuando llegaron, trajeron pavos de tamaño equivocado. Esto hizo que
Rhion disparara rayos láser desde sus ojos y chillara con una voz tan aguda
que ni siquiera era audible para el oído humano. Justo cuando pensé que su
cabeza iba a explotar, la envolví en mis brazos y me puse al teléfono para
pedir un jamón. Lo agradeció y me abrazó fuerte las caderas solo segundos
antes de ordenarme que llamara y pidiera dos.
A través de todo esto, agradecí que la esposa de Leo, Sarah, fuera la
responsable de la fiesta de Navidad. Mi chica no se tomaba el
entretenimiento a la ligera.
—Rhion, tienes que moverte o subiré a ver el partido —dijo Johnson
—. Me he perdido cada primer down desde que llegué aquí.
Su mirada fulminante lo rebanó.
—Aidan, da un paso hacia esa puerta y saldrás del amigo invisible de
este año.
Devon se puso de pie de repente.
—Mierda, ¿eso es todo lo que tengo que hacer para salir de eso?
La expresión de Rhion se volvió asesina y usó un dedo
extremadamente temible para ordenarle que se sentara.
Él obedeció sabiamente.
—De acuerdo —dije, poniéndome de pie y alejándola de la televisión
—. ¿Podemos hablar en privado?
—No. Ella debería llegar en cualquier momento. Quiero ser yo quien la
salude cuando llegue.
Ah, sí. Otra razón más por la que Rhion estaba colapsando. La infame
hermanastra iba a llegar.
Había aprendido mucho sobre Katie Spencer, pero no estaba más cerca
de saber lo que sentía por ella. Rhion la quería y la odiaba, dependiendo del
día de la semana en que preguntara. Pero incluso cuando se quejaba de
Katie, contenía un sentimiento de rivalidad entre hermanos. Sin embargo,
después de una larga charla con Johnson, descubrí que no era el mayor fan
de Katie. Me informó que la única vez que aparecía en la vida de Rhion era
cuando beneficiaba a Katie. Esa mierda no iba a funcionar conmigo. Así
que cuando Rhion me dijo esta mañana que Katie iba a venir, tuve que
admitir que una parte de mí estaba ansioso por conocerla finalmente.
—Johnson puede saludarla —me burlé—. Necesitas un respiro. Te vas
a dar alta presión sanguínea si sigues así.
—Ooooh, no. Voy a ser yo quien salude a Katie. Ha evitado mis
llamadas durante meses. Y luego recibo un mensaje diciendo que va a venir
hoy. —Se rió—. No lo creo. Y, para que no haya confusión, tampoco se le
permitirá participar en el amigo invisible.
—Chica afortunada —refunfuñó Devon.
Rhion le enseñó el dedo medio sin apartar nunca su mirada de la mía.
—Tal vez venga a disculparse. Pensé que la querías.
—¡Quiero a Katie! ¡Pero le dio a su madre, el equivalente en el mundo
real de Voldemort, mi dirección y tarjeta de seguridad! No puede
disculparse el día en que mi familia se reúne para dar gracias por otro año
de vida. El día que espero todo el año. Pasé cinco horas amasando tres
docenas de galletas anoche. Si me evitas durante meses, no tendrás mis
deliciosas galletas de amor horneados.
Eran unas jodidas galletas muy buenas. Pero solo le quedaban dos
docenas y diez; yo había tomado un par de la bandeja de hornear mientras
ella doblaba servilletas de lino. No me atreví a mencionar eso.
—Bien. Entonces dile a la sala de seguridad que no la dejen entrar. No
tendrás que verla. Te serviré un vaso de vino y podrás dejar de estresarte.
—Pff. Sí, claro. ¿Y perder mi oportunidad de regañarla en persona?
No, gracias. Katie y yo vamos a charlar. Puede que termine o no con ella
sentada a la mesa, pero no importa qué, asegúrate de que no reciba una
galleta.
Le di una mirada de soslayo burlona y pregunté:
—¿Sin galletas? ¿En Acción de Gracias? Mi chica es una verdadera
salvaje.
Se acurrucó cerca de mí.
—No sabes ni la mitad. También voy a amañarlo para que Devon tenga
a Alex en el amigo invisible este año. Alex siempre regala calcetines.
Me reí y me incliné para darle un beso en la boca.
—Estás loca, Butterfly.
—Te gusta —murmuró contra mis labios.
No. Ya no.
Lo amaba. Jodidamente. Mucho.
—¡Consigan una habitación! —exclamó Lark, entrando por la puerta
con un par de niñas pelirrojas idénticas detrás.
—¡Rhion! —chillaron ambas al unísono, y salieron a toda velocidad
antes de caer sobre sus piernas.
Todo el rostro de Rhion se dividió en una sonrisa de megavatios
cuando se puso en cuclillas y las rodeó en un abrazo de oso en grupo.
—Hola, dulzuras.
—Papá dice que mataste al pavo con tus propias manos —dijo una de
las chicas.
La otra añadió:
—Después de que lo noquearas en el suelo.
Le arqueé una ceja a Lark, pero estaba demasiado ocupado irradiando
orgullo por sus niñas para darse cuenta.
—¿Dijo eso? —Rhion torció los labios y echó la cabeza hacia atrás
para fruncirle el ceño.
Lark fingió inocencia.
—¿Qué? Braydon me dijo que estabas trabajando en un matadero.
Todo el mundo se rió, incluyendo a Rhion, que se puso de pie y me
rodeó la cintura con un brazo y anunció:
—Ni una palabra. —Y luego su cuerpo se puso rígido cuando la voz de
una mujer llegó desde la puerta principal.
—Toc, toc —dijo Katie, asomando tímidamente su cabeza hacia el
interior.
Considerando que adornaba casi la mitad de los marcos del
apartamento de Rhion, la reconocí inmediatamente. Era linda, aunque un
poco demasiado inocente para mi gusto, pero no se me escapó la forma en
que Devon y Alex se enderezaron de repente en sus asientos cuando entró.
Rhion se acercó a la puerta.
—Vaya, vaya, vaya. Mira lo que el gato trajo.
Katie levantó las manos en señal de rendición y pasó la mirada por la
habitación.
—Vengo en paz.
Johnson refunfuñó algo en voz baja y volvió a ver el partido, aunque
pude ver que estaba prestando mucha atención a Rhion y Katie por el
rabillo del ojo. Seguí su ejemplo y caminé hacia la barra improvisada que
Rhion había instalado para mantenernos fuera de la cocina mientras los
chefs hacían lo suyo.
—Cuánto tiempo sin vernos —dijo Rhion mientras yo le quitaba el
tapón a una cerveza.
—Te traje una sorpresa —anunció Katie.
Mi cuerpo se tensó cuando miré a Johnson y lo encontré levantándose.
—¿Qué clase de sorpresa? —preguntó.
Haciendo todo lo posible para mantenerlo casual, me relajé al lado de
Rhion y puse un brazo alrededor de sus hombros.
—Sí. Me encantaría escuchar más sobre esta sorpresa. Hola. Soy Jude.
La mirada de Katie saltó hacia mí, sus ojos se dirigieron a mi brazo, y
la confusión y la sorpresa se registraron en sus ojos marrones y apagados.
—Es... es una ofrenda de paz —tartamudeó.
La voz de Rhion goteaba sarcasmo mientras decía:
—Le diste a tu madre mi dirección y luego me evitaste durante dos
meses. Más vale que sea un cachorro de San Bernardo al que pueda llamar
Mozart si esperas ser perdonada.
Toda la habitación se puso en alerta cuando una segunda voz de mujer
llegó desde la puerta principal.
—El nombre del perro es Beethoven. No Mozart.
—¡Oh, Dios mío! —gritó Rhion.
Johnson exclamó:
—¿Qué mierda?
Devon maldijo:
—Puto infierno.
—De ninguna manera —susurró Alex.
—Sí —siseó Braydon.
Katie sonrió, una enorme sonrisa blanca y dentada, lo que la hizo
parecer mucho más atractiva de lo que había pensado originalmente. Pero al
ver a la mujer detrás de ella, me di cuenta de que no había nadie en la
habitación que mirara a Katie.
La mujer era increíblemente hermosa. Alta. Delgada. Cabello negro y
brillante sobre sus hombros y en la parte delantera de su vestido negro
ajustado. Sus tacones eran tan altos que se acercaba más a mi altura que
cualquier mujer que hubiera conocido.
La reconocí inmediatamente. Aunque no podía entender por mi vida
por qué estaba en el apartamento de Rhion.
Lark se acercó a mi lado y me susurró:
—¿Es Brianna Talbot?
—Eso parece —respondí, igualmente sorprendido.
—Como en... ¿la ex modelo de lencería convertida en diseñadora de
lencería, la maldita Brianna Talbot? —elaboró.
—Yo... —Empecé pero mi voz se apagó.
Así era. Sin duda, pero nunca había estado tan confundido como
cuando vi a Rhion darle un gran abrazo.
—¿Qué estás haciendo aquí? —exclamó Rhion.
—He oído que tienes un hombre. Como tu mejor amiga, es mi trabajo
conocerlo y ver si es digno de mi sello de aprobación.
Rhion juguetonamente le dio un golpe en el brazo antes de volverse
hacia mí.
—Jude. Te presento a Brianna. Brianna. Te presento a Jude.
—Encantado de conocerte —dije, caminando hacia ellas y extendiendo
una mano, que ella tomó con un débil y femenino movimiento.
—Oh, es más guapo que en las fotos —le susurró Brianna a Rhion.
Se rió.
—Te lo dije.
Pestañeé.
—¿Fotos?
¿Qué demonios estaba pasando?
Leo sonreía mientras se dirigía hacia la puerta.
—Brianna —saludó, dándole un abrazo profesional pero amistoso—.
No sabía que ibas a venir. Habría enviado a uno de los chicos a recogerte en
el aeropuerto.
Sus ojos marrones se iluminaron cuando apuntó a Rhion y le guiñó un
ojo.
—Pero entonces no habría sido una sorpresa.
En ese momento, Sarah entró corriendo por la puerta.
—Lo siento, lo siento. Llego tarde. Quemé los macarrones con queso,
así que tuve que empezar de nuevo. Se están cocinando arriba. Necesitaré...
—De repente se congeló—. ¿Brianna?
—¡Sorpresa! —dijo con una sonrisa cegadora, digna de una gran
pantalla.
—¿Qué...? —gritó Sarah, dejando caer sus bolsas al suelo y corriendo
a abrazarla.
Examiné la habitación a nuestro alrededor. Johnson parpadeaba
rápidamente, Alex tenía la boca abierta, Devon se peinaba con los dedos y
Braydon tenía una sonrisa de oreja a oreja.
Envolviendo con mi brazo a Rhion, la desequilibré hasta que se estrelló
contra mi pecho.
Con una sonrisa vertiginosa, se acurrucó contra mí, murmurando:
—Esta es la mejor sorpresa de todas.
—Sí que es una sorpresa —dije contra su coronilla—. ¿Tu mejor amiga
es Brianna Talbot?
Rhion reclinó la cabeza y me miró con curiosidad.
—¿Es eso un problema?
—¡Joder, claro que soy su mejor amiga! ¡No puede vivir sin mí! —
exclamó la mujer, liberando a Sarah mientras Katie cerraba la puerta tras
ellas.
Rhion se rió y le lanzó una sonrisa. Brianna le devolvió la amplia
sonrisa y la remató con un guiño.
Lo juro por Dios, escuché a Devon gemir.
Apreté los dientes.
—Bien. ¿Vas a explicar por qué, en las aproximadamente cuatro mil
conversaciones que hemos tenido sobre ella, no pensaste en mencionar su
apellido?
Su cabeza se echó hacia atrás y una repentina actitud apreció en sus
rasgos.
—No preguntaste.
—Eso es porque, en tu expediente, dice que se llama Brianna Turner,
treinta y cuatro años, ama de casa, madre de dos hijos, que conociste en
línea en un grupo de lectores.
—Qué curioso, no sabía que salías con mi expediente —dijo con
inteligencia.
Levanté la mirada y encontré a Johnson mirándonos, su expresión era
tan desconcertada como la mía.
—¿Treinta y cuatro? —cuestionó Brianna, claramente horrorizada.
Volvió su ira hacia Leo y repitió—: ¿Treinta y cuatro?
Se rió.
—Lo cambiaré a veintiuno si quieres. Parece un esfuerzo
desperdiciado ahora que estás aquí. El gato se ha escapado.
Brianna sonrió.
—Sin embargo, todavía firmas sus cheques de pago, ¿verdad?
—Eso hago.
—¿Qué demonios está pasando? —Johnson se unió a la conversación,
con su indignación solo un poco más palpable que la mía.
—Brianna es una clienta —respondió Leo—. Le gusta mantener las
cosas... bueno, en privado.
—¡Como yo! —dijo alegremente Rhion, levantando la mirada para
batir sus pestañas en mi dirección.
—¿Qué mierda, Leo? ¿Por qué no sabía nada de esto? Dios, vi la casa
de Brianna Turner cuando ella y Rhion empezaron a hablar. Busqué los
registros bancarios de la mujer, por el amor de Dios —refunfuñó Johnson.
—Oh, Dios. —Brianna jadeó, agarrándose el pecho—. Eso es sexy. —
Sus ojos se dirigieron a Johnson, y una sonrisa sensual le curvó los labios.
Leo se encogió de hombros tranquilamente, moviéndose hacia la barra.
—No era asunto tuyo, Johnson.
—¿No es asunto mío? —dijo.
Alex se dirigió hacia él en preparación de la explosión inminente.
—¡Soy dueño de un cuarto de la compañía! —gritó Johnson.
—Sí, bueno. Brianna es mi cliente —respondió Leo, buscando entre las
cervezas, inspeccionando las etiquetas de cada una—. Mía. No de
Guardian. No necesitabas saber nada de ella. Lo mantuve así.
La expresión de Johnson se volvió atronadora.
—¡Es la mejor amiga de Rhion! ¿Cómo demonios creíste que no
necesitaba saber esto?
Cuando Leo finalmente levantó la vista, su lenguaje corporal estaba en
calma, pero su aterradora expresión contaba la verdadera historia.
—Yo fui quien las presentó. No habría puesto a ninguna de las dos en
peligro, así que cálmate. ¿Quieres hablar de negocios? Hazlo en privado.
Pero esta conversación ya está terminada. ¿Entendido?
Johnson plantó sus manos en sus caderas y miró a su jefe. Toda la sala
movió la cabeza entre los dos hombres, excepto Brianna, que nunca apartó
la mirada de Johnson.
—Sí. Entendido —dijo finalmente Johnson, cediendo.
Pero yo no, en absoluto. Justo cuando pensaba que todo estaba a la
vista entre Rhion y yo, una mierda como esta surgía. Empezaba a
preguntarme si alguna vez conseguiría la historia completa de Rhion Park o
si todo lo que recibiría sería el montón de piezas que quisiera mostrarme,
manteniendo el resto tan jodidamente bloqueado que podría no conseguirlas
todas.
—Bueno... está bien, entonces —dijo Rhion—. ¿Quién quiere un
trago?
—¡Yo! —exclamó Brianna.
—Yo —dijo Sarah detrás de ella.
—Me vendría bien un trago —añadió Katie suavemente.
Rhion señaló con el dedo a su hermanastra.
—Hiciste bien en traerla aquí. Pero esto no te libra de la culpa.
—Lo sé. —Los hombros de Katie cayeron, con un remordimiento
genuino pintando su rostro.
Le entrecerré los ojos mientras continuaba pidiendo disculpas.
—Y lo siento mucho, Rhion. Juro que fue un accidente. Me escuchó
hablando con Sandy acerca de venir a visitarte. No podía recordar tu
dirección. Solo había estado aquí dos veces y...
—Hablaremos más tarde —interrumpió Rhion—. Concentrémonos en
una cosa a la vez. Primero, cómo hiciste que esta mujer de treinta y cuatro
años dejara su trabajo lo suficiente para venir a verme. —Puso un brazo
alrededor del cuello de Katie.
—Quiero decir, de verdad. ¿Treinta y cuatro? —se quejó Brianna—.
He programado mi reloj biológico para que deje de hacer tictac a los
veintinueve.
—Seis meses más, entonces. —Rhion se rió.
—No me lo recuerdes.
—¡Oye! ¿Ya has leído Bait? —preguntó Rhion—. Ya que estamos
todas aquí, podríamos hacer la reunión del club de lectura en persona este
mes.
Todos los hombres de la habitación siguieron con la mirada a Brianna
mientras se acercaba a Rhion con la gracia de un sueño.
—¡Sí! Lo terminé en el avión. Casey Moore era súper sexy.
Ambas sonrieron y luego exclamaron al unísono:
—¡Ese cabello!
El caos se desató cuando las cuatro mujeres comenzaron a reír y a
hablar en una especie de código que estaba seguro de que ninguna persona
con polla sería capaz de descifrar. Algo acerca de finales, triángulos y
felices para siempre. Ninguno de nosotros se atrevió a interrumpirlas.
Bueno, ninguno de nosotros con un cerebro entre las orejas y no solo el
que está entre las piernas.
—Señoras, señoras. ¿Qué tal si hago una jarra de margaritas? —dijo
Braydon, paseando por ahí.
Lark se rió y me golpeó con su hombro.
—Esto debería ser divertido. Veinte dólares a que se la folla.
—Veinte dólares a que le amputa la polla —dijo Leo, moviéndose a mi
otro lado.
—Veinte dólares a que le fastidio el polvo y me la follo —dijo Devon,
uniéndose a la conversación.
Pero, a través de todo esto, el nudo en mi estómago se torció más.
Nunca me había hablado de Brianna. Aunque tenía razón, no había
preguntado. Pero no sabía que tenía que hacerlo. Por el amor de Dios, uno
pensaría que después de haber pasado todos los días con ella durante meses
una mierda como esa habría surgido. A menos que me lo ocultara a
propósito. Una idea que me enojó tanto como me destripó.
Todo estaba al descubierto entre nosotros. No más secretos. No más
ficción. Solo verdades.
O eso pensaba.
Pero mientras la veía echarse a reír, con Brianna Talbot haciendo lo
mismo, era obvio que me equivocaba.
Braydon se aclaró la garganta para interrumpirlas y extendió una mano
hacia Brianna.
—No creo que nos hayamos conocido. Soy Braydon Hughes.
Ella sonrió pero no tomó su mano.
—Oh, qué lindo —dijo en un tono condescendiente antes de darle un
golpecito en la nariz como a un niño—. Lo siento, cariño. Estoy aquí por
Devon.
Devon se puso sólido como una roca a mi lado mientras su mirada de
color ámbar brillaba por toda la habitación.
Una sonrisa épica se dibujó en sus labios hasta que ella terminó con:
—Y Johnson.
No pude contener la risa cuando los dos hombres se pusieron muy
rectos y se miraron.
—No. No. No —dijo Rhion, caminando en su dirección—. Con las
piernas cerradas, Talbot.
Ella descansó una mano cuidada sobre su corazón.
—¿Quién, yo?
—Sí, tú. Ahora, vamos a pasar el rato en la playa mientras los chicos
ven el resto del partido.
—¿Estoy perdonada? —chilló Katie.
—No —respondió Rhion, dirigiéndose al final del pasillo—. Pero Bri
es mucho mejor que yo para repartir la culpa. La has fastidiado trayéndola
aquí.
—Mierda —refunfuñó Katie mientras las cuatro mujeres desaparecían
en la habitación oceánica.
Cuando la puerta hizo clic detrás de ellas, una ronda de maldiciones
retumbantes llenó la habitación.
—¡Piedra-papel-tijera! —anunció Devon, dirigiéndose a Johnson—. Al
mejor de tres. El ganador se lleva todo.
—¿Todo es Brianna Talbot? —preguntó Johnson—. Vete a la mierda.
Cada hombre por su cuenta.
Todos se rieron, excepto yo. Me quedé mirando la puerta, con una
sensación de temor revolviéndome el estómago. Debió aparecer en mi
rostro porque, un segundo después, Leo me tomó del hombro.
—No tenía permitido decírtelo.
—Y una mierda —murmuré, sin mirar en su dirección.
—Hablo en serio. No le des importancia a esto. Brianna la hizo firmar
un acuerdo de no divulgación la primera y única vez que se conocieron,
hace dos años. Katie y Sarah firmaron uno después de que Rhion
convenciera a Brianna de que empezara un maldito club de lectura virtual
con ellas. Si crees que Rhion tiene un pasado lleno de secretos, deberías ver
la lista de la lavandería de Brianna. Ni siquiera se me permite reconocer que
es cliente. Solo las presenté a ella y a Rhion porque ambas estaban muy
solas. Hicieron que funcionara porque necesitaban a alguien que no hiciera
preguntas.
Me giré y lo miré.
—Ves, ese es exactamente mi problema. Quiero respuestas. Olvidas
que no solo trabajo para Rhion. Estoy planeando una vida con ella, pero aún
siento que estoy armando un maldito rompecabezas en la oscuridad.
—Hijo, las mujeres en general son un rompecabezas. No solo Rhion.
He estado con Sarah más de seis años, y cada día obtengo una nueva pieza
de quien realmente es. Ayer me dijo que las aceitunas verdes son su comida
favorita. Nunca he visto a la mujer comer una maldita aceituna en su vida.
Pero eso no significa que no se molestara conmigo por no saberlo. Lo
entiendo. Rhion es complicada. Pero nada de lo que tengas con una mujer
como esa va a ser fácil. Si quieres que sea fácil, subscríbete a Playboy. No
responden.
»Ahora, no estoy seguro de lo que tuviste con tu ex esposa, pero
considerando que es tu ex, voy a asumir que no fue mucho. Pero noticia de
última hora: las mujeres te hacen trabajar por todo. ¿Quieres respuestas?
Haz las malditas preguntas. Y si conozco a Rhion, la recompensa por tu
tiempo valdrá más que el esfuerzo.
Resoplé. Por supuesto que Rhion valdría la pena. Pero odiaba que
mientras que hablábamos constantemente, parecía que nunca decía nada.
—Bueno, mírate. Extraordinario en seguridad y el jodido Dr. Phil.
Me dio una palmadita en la espalda muy fuerte.
—Eres un hombre inteligente, Levitt. Lo resolverás. Además, todos
saben que la mejor parte de un rompecabezas no es el producto final. La
verdadera emoción es encontrar las piezas que encajan. —Me guiñó el ojo.
—Sabio consejo —dije secamente.
Un lado de su boca se levantó con una sonrisa.
—Ahora, si me disculpan, necesito ir a desactivar una bomba. —Le dio
un tirón de orejas a Johnson, que estaba echando humo en la esquina.
Aplaudiendo, gritó—: Muy bien, muchachos. Necesito un boleto de hockey,
un tubo de pasta de dientes, un clip y un par de cortaúñas. McGuyver va a
trabajar.
Johnson lo fulminó con la mirada.
Leo se rió.
Yo volví a mirar la puerta de la habitación oceánica.
Veintiocho
Rhion
Acción de gracias pasó sin ninguna complicación. O tal vez estaba
demasiado alegre por el alcohol para preocuparme sobre cualquier posible
complicación después de beber vino y reír con mis chicas. Pero, menos dos
galletas que habían desaparecido misteriosamente, habíamos tenido un
montón de comida y mejor compañía. Después de unas cervezas, Leo
incluso accedió a devolverme mi título de anfitriona oficial de Acción de
Gracias. Sentía como si debiera haber venido con algún tipo de medalla o
placa, pero Leo me dijo que no contuviera mi aliento.
—¿Todavía tienes voz? —inquirió Jude cuando emergí de la ducha con
una toalla a eso de la una de la madrugada. Sentado recto contra una pila de
almohadas detrás de él, holgazaneó en mi cama, el control remoto de la
televisión en su mano mientras veía ESPN sin sonido de fondo.
Jude sin camiseta era una visión de la que nunca me cansaría.
—Ja. Ja —dije inexpresivamente—. Sí. Bri y yo hablamos un montón
por teléfono. Mi voz ha sido entrenada a fondo durante años.
Fui directa a su bolsa y enganché mis dedos en la percha sosteniendo
su camisa planchada, la cual todavía estaba en el plástico de lavado en seco.
Después de llevarla al armario, la colgué del pomo para que no se arrugara.
—¿La pusiste en la habitación oceánica? —preguntó, su rostro con una
expresión pensativa.
—Sí. Se desmayó en mitad de la conversación. —Empecé a rebuscar
en mi cómoda.
—Bien —murmuró Jude, mirando intencionadamente a la ropa en mi
mano con una mirada oscura—. Puedes perder esos, entonces.
Mi cuerpo respondió de inmediato, un rugido de calor esparciéndose
entre mis piernas y un escalofrío deslizándose sobre mis pechos,
endureciendo mis pezones. Dejé caer las ofensivas prendas en los cajones.
En silencio, apartó las sábanas de mi lado de la cama en invitación.
Mi lado de la cama.
Sugería que Jude tenía un lado en mi cama.
Una sonrisa tímida curvó las esquinas de mis labios mientras me
acercaba, deshaciéndome de la toalla en el último segundo para subir a su
lado.
—¿Por qué esa sonrisa? —cuestionó, apagando la televisión y dejando
el control remoto en su mesita de noche con un ruido. Su mesita de noche.
—Te quedas aquí un montón.
Ladeó la cabeza.
—¿Necesitas un poco de espacio?
Deslicé mi mano por su pecho mientras posaba mi cabeza sobre su
hombro.
—No. En absoluto. Es solo que te quedas aquí un montón.
Rodó para que me encontrara sobre mi espalda, y luego apoyó su peso
en un codo sobre la almohada. Su pulgar acarició mi mejilla mientras
apartaba mi cabello húmedo de mi rostro.
—Ya dijiste eso. Dime en qué estás pensando, nena.
Múdate conmigo.
Eso era lo que quería decir.
Sin embargo, lo que en realidad salió de mi boca fue:
—Tengo dos armarios. Podría despejar uno para ti. Ya sabes, si quieres
dejar algunas cosas aquí.
Sus cejas se alzaron.
—Dejo cosas aquí.
—Sí, pero de esta manera, podrían en realidad tener un lugar que no es
en medio del suelo.
—Entonces las meteré en el armario, pero no tienes que despejar uno
para mí. Tengo un armario en mi casa. No tengo suficiente mierda para
justificar el tener dos.
Miré al techo para evitar su mirada.
—Pero, ¿y si ya no tuvieras tu casa? Ahorraría…
No dije otra palabra porque sus labios aterrizaron sobre los míos. Fue
un besito breve que presumí tenía la intención de suavizar el golpe.
—No voy a mudarme, Rhion.
Terminante. Y directo al punto. Puro Jude.
Aun así apestó. Un montón.
—Correcto. Por supuesto que no. Olvida que dije nada —susurré, la
vergüenza sonrosando mis mejillas.
—Tampoco voy a hacer eso. Lo pusiste sobre la mesa, y jodidamente
me encanta que quieras eso, pero el momento no es el correcto.
—En serio, lo entiendo. No un gran problema. —Empecé a rodar lejos,
pero movió su cuerpo sobre el mío para sujetarme contra el colchón.
—Eres posiblemente la persona más compleja que jamás he conocido
—declaró.
Manteniendo mi poca entusiasta lucha para salir de debajo de él, fingí
una risa y me meneé hacia el lado.
—¿Se supone que eso es un cumplido?
Me siguió con la parte superior de su cuerpo, haciendo mis esfuerzos
de escapar fútiles.
—Nop. Solo la declaración de un hecho. Cada vez que pienso que te he
descifrado, una nueva capa es revelada, llevándome a la casilla uno de
nuevo.
Mi frustración creció, porque mientras que estaba usando una voz
gentil, ni una sola palabra de lo que decía sonaba bien.
—¿De qué estás hablando? —inquirí, moviéndome debajo de él,
intentando liberarme—. ¿Es esto porque no te dije sobre Brianna?
No cedió, pero sus labios continuaron.
—Sé que te gustan los zapatos, leer y cocinar. —De repente, atrapó la
esquina de la manta y la quitó de entre nosotros. Su gruesa polla aterrizó
contra mi muslo mientras nuestros cuerpos desnudos se presionaban.
Jadeé con anticipación, pero siguió hablando.
—Sé que te gusta la cerveza sofisticada y el ocasional vaso de vino. No
miras los precios de las cosas mientras compras ropa, pero retrocedes ante
el precio de pechugas de pollo deshuesadas en la tienda de comestibles.
Reclamas que te gusta ver películas, pero pasas la mayor parte mirándome.
Abrí mis piernas con entusiasmo y su hinchada corona se deslizó
deliciosamente contra mi clítoris cuando sus caderas cayeron.
Mi boca se abrió mientras me arqueaba de la cama.
—Sí —siseé, rodeando sus hombros con mis brazos para acercarlo
más.
Su lengua tocó justo debajo de mi clavícula, pasando por una probada
antes de que su voz se transformara en un profundo susurro ronco.
—Te gusta estar encima, pero te corres más duro cuando te estoy
follando. Podrías besar durante días y nunca cansarte de ello. Susurras mi
nombre cuando duermes. Y cada vez que hago algo agradable, respiras que
soy real. Y, Butterfly, han pasado meses. He tocado cada centímetro de tu
cuerpo con cada centímetro del mío, sin embargo todavía me siento como si
tuviera que rogar, negociar y robar para conseguir cualquier tipo de
información real sobre ti.
—Entonces, ¿esto es sobre Brianna? —resoplé.
—Esto es sobre mí no conociéndote —replicó al mismo tiempo que la
punta de su longitud se presionaba dentro de mí, robándome el aliento de
mis pulmones, junto con mi deseo de profundizar más en la conversación.
Eso era hasta que se detuvo. Por completo. Solo el más pequeño
centímetro de él estaba alojado en mi interior mientras mi cuerpo dolía por
ser llenado.
—Jude, por favor —rogué, retorciéndome debajo de él.
Bajó su cabeza hacia el lado y mordisqueó mi oreja.
—Encontré tus anticonceptivas esta noche mientras estaba buscando
hilo dental en el baño.
—¿Y? —dije con voz arrastrada, rodando mis caderas en un intento
fallido de tomarlo más profundo.
—Y me doy cuenta de que he usado bastantes condones durante las
últimas semanas para justificar comprar suministros, pero, nena, no me
emociona tener una goma entre nosotros.
Mordisqueando sus labios, me retorcí, abriendo más mis piernas.
—Bien. ¿Quizás deberíamos remediar esto ahora, entonces?
De alguna manera, mágicamente se las arregló para permanecer justo
fuera de mi alcance.
—¿Cuánto tiempo hace que tomas la píldora?
—Jude, vamos. Quiero sentirte.
Pasó duramente sus dientes sobre mi hombro.
—¿Cuánto tiempo?
—Seis semanas.
Se congeló.
—¿Y me estoy enterando ahora?
—Jude —objeté cuando repentinamente se apartó de mí.
Rodando de espaldas, dejó escapar una maldición.
—Jesucristo.
Puse mi pierna sobre sus caderas, pero con una mano en mi muslo, me
evitó ponerme encima.
Lo fulminé con la mirada.
—¿Te molesta que esté en control de natalidad?
—Me molesta que me acabe de enterar de eso —replicó—. Por toda la
mierda, Rhion, siento como si no supiera nada sobre ti. Claro. Durante las
últimas semanas he aprendido cosas. Pero estoy lejos de conocerte, y estoy
empezando a sentir que nunca vas a dejarme entrar.
—¿De qué estás hablando? Por supuesto que me conoces —discutí.
—No. Conozco los pedazos que me has dado. Hermosos pedazos.
Pedazos que jodidamente amo. Pero si quieres llevar esta relación al
siguiente nivel, necesito más que eso.
Mi corazón se detuvo y mi nariz empezó a picar mientras chillaba:
—¿Pedazos que amas?
Si no acabara de decirme a medias que me amaba, me habría reído ante
la vista del chico duro Jude Levitt poniendo los ojos en blanco. Pero porque
acababa de decirme a medias que me amaba, no pude centrarme en su
impresión de un adolescente taciturno.
Acunó mi nuca y me dio un beso en la frente.
—Sabes que te amo, pero tienes que dejarme entrar.
Retorciendo mis labios, me alejé y fruncí el ceño.
—Ese tiene que ser el peor “Te amo” en la historia del romance.
Sus cejas se alzaron.
—Esto no es romance, Rhion. Esto es la vida real.
—Las dos cosas no son mutuamente excluyentes. Retráctate y te daré
otra oportunidad más tarde.
—No voy a retractarme de ninguna mierda. Te amo.
—No, no lo haces.
—Sí, jodidamente lo hago.
—Bueno, no lo acepto. Ni siquiera estabas sonriendo.
De repente, se incorporó en la cama. La parte superior de su cuerpo me
aplastó cuando aterrizó sobre mí. Descendió para que su rostro estuviera
cerca del mío.
—El amor raramente hace a un hombre sonreír. Especialmente si dicho
hombre soy yo y tiene que lidiar con una loca como tú. Eso no significa que
no quemaría el mundo por ti. Extinguiría una especie entera. Y luego
colocaría sus cenizas a tus pies si eso significara que tú sonreirías. Pero
probablemente no estaré sonriendo mientras lo hago.
Oh. Dios. Mío.
Había dicho eso.
A mí.
—Jude. —Exhalé, las lágrimas punzando detrás de mis ojos—. Eso fue
mucho mejor, por cierto.
—Me alegra que lo apruebes. Pero independientemente de cómo lo
diga, sabes que te amo. Pero juro por Dios, nena, que estoy perdiendo la
cabeza intentando descifrarte.
Sorbí para evitar que las lágrimas se derramaran.
—¿Qué quieres saber?
Metió mi cabello tras mi oreja, permitiendo a sus dedos permanecer en
mi mejilla mientras me miraba profundamente a los ojos y susurraba:
—Todo. Pero, más que eso, quiero que me lo des todo porque confías
en mí. Podría hacerte todas las preguntas en el mundo, pero es lo que eliges
darme por tu cuenta lo que más quiero.
No era como si le estuviera ocultando cosas. Simplemente habíamos
estado juntos solo por unos meses. Mientras que no me estaba acostando
con Johnson o Brianna, habían sido mis amigos durante años y todavía
aprendía nuevas cosas cada día.
—Tengo veintiséis años —anuncié.
—Sé eso, Butterfly.
—De acuerdo, bien. Es imposible para mí compartir veintiséis años
llenos de experiencias contigo en una noche. O incluso en unos meses. Y,
además, no todo está destinado a ser oído. Algunas cosas están destinadas a
ser experimentadas. Como cuando finalmente consiga mostrarte y a Val mi
casa en la playa en Los Ángeles, donde solía hacer castillos de arena con mi
madre antes de que muriera.
Su rostro se suavizó.
—Correcto. Entiendo eso. Pero nunca me has dicho cómo murió. O
cómo te afectó eso.
Cerré mis ojos con fuerza mientras mi garganta se engrosaba con
emoción.
—Tienes mi expediente.
Colocó un beso alentador en mis labios.
—A la mierda tu expediente, Rhion. Aprendí mi lección sobre confiar
en esa cosa cuando Brianna Talbot entró en tu apartamento. —Moviéndose
a mi lado, entrelazó una mano en mi cabello y acarició mi sien con su
pulgar—. Dime.
—Cayó del balcón del apartamento de mi padre en Nueva York —dije
rápidamente—. Pensamos que fue un accidente. Pero supongo que nunca lo
sabremos.
Podría haber sido una niña cuando sucedió, pero el dolor de perderla
todavía era tan prominente como siempre. La muerte, a los seis años, era
una idea muy abstracta. Recuerdo claramente el día del funeral. Mi padre
me había dicho esa mañana que íbamos a decirle adiós a mi madre. Así que
me senté en el regazo de mi desconsolado padre y miré a las puertas de la
iglesia, esperando a que ella apareciera. Estaba desolada cuando nos fuimos
porque, en mi inocencia, ella no había aparecido y yo nunca había logrado
decirle adiós.
—Y… —apuntó.
—Y… sabes el resto.
—Por favor —susurró.
Tragando con fuerza, cedí.
—Había tomado un montón de pastillas. Seguidas con martinis. Papá y
yo estábamos en práctica de ballet. Apollo estaba allí cuando sucedió. Solo
tenía cuatro años, sin embargo. Nunca olvidaré el sonido de mi padre
gritando cuando la policía entro en el estudio de danza para decirle. Dejé el
ballet al día siguiente y nunca regresé.
No me había dado cuenta de que las lágrimas habían escapado antes de
que sintiera la humedad deslizándose por mi rostro.
—¿Era una buena madre? —inquirió, limpiándolas.
Me mordí el labio.
—No realmente. —Alcé la mano y moví su diamante por la cadena—.
Si quieres la verdad, era muy parecida a Margaret. Egoísta. Codiciosa.
Narcisista. —Me reí—. Papá tenía un gusto terrible en mujeres. Pero era la
única madre que tenía.
—¿Es por eso que aguantas la mierda de Margaret? ¿Te recuerda a tu
madre?
Me encogí de hombros.
—Un poco, supongo. Pero, principalmente, lo hago por Katie.
Arqueó una ceja.
—Sí, esa es otra sobre la que tengo un montón de preguntas.
Le ofrecí una débil sonrisa.
—Veo que has estado hablando con Johnson. Empezó a trabajar para
papá más o menos en el momento en que él y Margaret se estaban
divorciando. Johnson nunca llegó a conocer a Katie cuando no era el
enemigo. Pero no es tan mala como la hace parecer.
—¿Qué tal si me dices cómo debería hacerla parecer, entonces? Sé que
la quieres. Y sé que te molesta como la mierda. Pero eso es todo.
Ausentemente, miré mi dedo trazar la fina capa de vello cubriendo su
pecho, intentando averiguar la mejor manera de explicar la criatura mítica
conocida como Katie Spencer.
—Katie es como un dulce y pequeño cordero que fue criado por una
escuela de pirañas. Tuvo que aprender a obedecer o se convertiría en la
cena. No voy a decir que es perfecta. Pero tampoco es mala. He aprendido
que las personas son todo sobre perspectiva. Cuando conoces a alguien por
primera vez, tu mente de inmediato hace un juicio sobre si son buenas
personas o no. Amigo o enemigo. Héroe o villano. Pero la gente tiene un
millón de capas diferentes. Nadie es del todo bueno. O del todo malo. Ni
siquiera Margaret. Y especialmente no Katie.
—Ves, Butterfly. Eso es exactamente de lo que estoy hablando. Acabas
de decir un montón de palabras floridas, pero ni una sola de ellas me dio
ninguna información en concreto.
Suspiré.
—Katie es esa amiga que tomará prestados tus zapatos más caros sin
preguntar, pero siempre los devolverá.
Sonrió.
—No te tomé por una mujer que prestara sus preciosos zapatos.
Me reí y deslicé un dedo por su nuca y sobre sus cicatrices.
Rápidamente, lo volví a bajar cuando un suave jadeo escapó de sus labios.
—No lo soy. Pero, por Katie, haré una excepción. Vivió conmigo
durante los catorce meses después del incendio mientras me estaba
recuperando. Ni siquiera podía limpiarme cuando iba al baño al principio,
pero Katie hizo todo por mí.
Sus cejas se fruncieron y me hizo reír.
—Confía en mí. Nadie estaba más sorprendido que yo cuando llegué a
casa del hospital para encontrar sus bolsas en mi dormitorio de invitados.
Pete contrató a una enfermera y se fue después de dos semanas. Sandy tras
tres semanas. ¿Pero Katie? Apenas podía deshacerme de ella.
—¿Le pagaste? —preguntó escépticamente.
—No. Y nunca pidió un centavo. Después de lo sucedido, cuando
finalmente me recuperé y seguí adelante, le permití mudarse a uno de los
apartamentos que mi padre me dejó para que no tuviera que volver a vivir
con su madre.
—Vaya. —Exhaló—. No tenía ni idea.
—No me malinterpretes. Definitivamente tiene fallos. Pero al final del
día, ambas estamos solas en el mundo. Su madre es extremadamente difícil,
y tiene que soportar mucho de Margaret. Katie es como yo: solo quiere
alguien a quien amar. Una familia que llamar suya. No tenemos un montón
en común, así que no pasamos mucho el rato estos días. Pero si la llamo,
siempre está ahí. No importa qué.
—Excepto por los últimos dos meses —se burló.
—Excepto por los últimos dos meses —confirmé—. Pero, en su
defensa, puedo guardar rencor. Probablemente fue lo mejor para ella
mantener un perfil bajo hasta que tuviera la oportunidad de enfriarme.
—¿Guardas rencor? —inquirió, claramente poco convencido.
Asentí.
—Actualmente, estoy enojada contigo por al menos doce cosas
diferentes. Incluyendo, pero no limitado a, no pedirme tener sexo sin
protección contigo o preguntar por el apellido de mi mejor amiga. Sabes,
Jude, no soy la única que necesita aprender a abrirse. ¿No quieres ponerte
condón? Dímelo. ¿Cómo diablos se suponía que supiera que estabas listo
para eso? Me tomé la píldora porque estaba lista. E imaginé que dirías algo
cuando estuvieras listo. ¿Y quieres saber sobre mi mejor amiga?
Pregúntame. Firmé un acuerdo de confidencialidad cuando conocí a
Brianna, pero todos saben que tu hombre es una excepción.
Sonrió imposiblemente amplio.
—Ah, sí. El poco conocido tecnicismo del novio.
—Y, en caso de que te preguntes, nunca te pediré extinguir toda una
especie por mí. Pero también te amo. Mucho.
Su sonrisa cayó y su cuerpo se suavizó mientras empujaba su rostro en
mi cuello y me abrazaba, pero no permití que el acalorado afecto me
ralentizara. Si Jude quería que lo dejara entrar, lo haría… por completo.
—Y, desde que ya sabes que estoy loca, supongo que no tengo que
ocultar el hecho de que creo que me enamoré de ti mientras todavía estaba
en aquella repisa.
Inhaló profundamente y susurró un dolorido:
—Butterfly.
—Por favor, no me pidas que finja que no lo hice —rogué.
Sus dedos se clavaron en la parte de atrás de mi hombro cuando me
apretó más fuerte.
—No me conocías entonces.
—No. Pero lo hago ahora. Y todos tienen que empezar a enamorarse
en alguna parte.
Sus labios subieron por mi cuello, dejando besos hasta que llegó a mi
boca, donde sonrió.
—Este es otro ejemplo de nosotros viviendo en mundos diferentes.
Pero nunca te haré fingir, Rhion. Puedes decirle a la gente que fue amor a
primera vista. Yo le diré a la gente que nos conocimos en un bar.
Lo besé lento y húmedo.
—Mi versión es mejor.
—Normalmente lo es. —Guiñó—. Creo que es lo máximo que me has
dicho alguna vez.
Me reí.
—Estoy muy segura de que no lo es.
Movió su cabeza de lado a lado.
—Bien, tal vez no en palabras. Pero definitivamente en contenido.
Sonriendo, susurré:
—Te amo, J… —Luego grité—: ¡Jesús! —Cuando la puerta de mi
dormitorio se abrió y Alex entró.
Su enorme cuerpo se paralizó cuando nos vio. Pero, antes de que
pudiera retroceder, Jude ya se había puesto en pie, desnudo, agachado y
listo para atacar.
—¡Qué mierda! —gruñó.
—Lo siento. Lo siento. Lo siento —dijo Alex, levantando sus manos
en rendición y girando su rostro hacia la puerta.
Subí las sábanas hacia mi pecho y pregunté:
—¿Qué estás haciendo aquí? ¿Va todo bien?
—¡Tú, gran tonto! —Oí decir a Brianna al mismo tiempo que aparecía
en la puerta, llevando nada más que un camisón de encaje casi invisible,
completado con ligueros y unos zapatos de tacón. Una sonrisa seductora
curvó sus labios pintados de rojo mientras pasaba su mirada por el cuerpo
desnudo de Jude—. Boniiiito —dijo con un ronroneo.
—¡Brianna! —regañé mientras Jude tomaba mi toalla del suelo y la
envolvía alrededor de sus caderas.
—¡Dije la segunda puerta a la derecha! —reprendió a Alex.
—Esta es la segunda puerta. ¡La primera era un baño! —discutió él.
Ella miró por el pasillo y luego dejó escapar una maldición.
—Mierda. Lo siento. Mi culpa.
—¿Qué mierda está pasando aquí? —preguntó Jude, claramente lento.
Yo, por otro lado, estaba molesta… y muy impresionada.
—¿Fingiste desmayarte para poder meter a Alex en mi apartamento?
Brianna sonrió.
—He estado tomando clases de actuación.
—Buena actuación —halagué—. Espera. ¿Qué sucedió con tu obsesión
con Devon o Johnson?
Alex gruñó, pero nunca se volvió para enfrentarnos.
Ella rodeó con un brazo su hercúlea cintura y presionó su torso contra
el de él.
—Intentaron demasiado duro. Si tenía que ver un juego más de piedra-
papel-tijeras, iba a perder la cabeza. Además, Alex pasó el día
silenciosamente follándome con la mirada desde el sofá. —Bajó su voz a un
ronroneo—. El mejor sexo de mi vida. —Dejó escapar un grito cuando el
brazo de Alex bajó para, asumí, agarrarle el culo.
Me reí, pero Jude dejó escapar una serie de groserías.
—Correcto —dije—. Bueno, entonces. Para futura referencia, la
habitación oceánica es la tercera a la derecha…
—Y el Marriott está a dos cuadras —añadió Jude.
Brianna soltó una risita musical.
—Es bueno saberlo. Nosotros… solo… los dejaremos solos ahora.
Alex rápidamente salió, pero mi mejor amiga se quedó un segundo
más, levantando sus manos en el aire para revelar sus dedos cruzados.
—Deséenme suerte para que el tamaño del paquete coincida con el
tamaño del hombre —susurró.
Jude gimió y negó, echando la cabeza hacia atrás para mirar al techo.
Puse los ojos en blanco, pero estaba sonriendo a lo grande.
—Buena suerte. Y, por favor, por el amor de Dios, enciende los
sonidos de la playa.
—Por supuesto. —Se inclinó, casi derramando sus tetas de su vestido
—. Buenas noches, damas y caballeros.
—Buenas noches —murmuró Jude, caminando hacia la puerta.
Ella apenas había salido de la habitación antes de que Jude cerrara la
puerta, asegurándose de bloquearla.
—Es oficial —dijo—. Esa mujer está más loca que tú.
—¡Lo sé! ¿No es genial?
Dejó caer la toalla y volvió a subir a la cama.
—No estoy seguro de que genial sea la palabra que estaba buscando.
—Me empujó hasta que estuve apoyada sobre su pecho. Luego dobló sus
brazos bajo su cabeza—. Me alegra que tengas a alguien como ella, aunque
voy a tener que tener una conversación con ella sobre dar las llaves de tu
apartamento.
—Solo era Alex.
—No es mi trabajo preocuparme de quién era.
Le sonreí.
—Entonces, me amas, ¿eh?
—Sí, y no voy a usar condón la próxima vez que esté dentro de ti.
Aunque, desafortunadamente, eso no va a ser esta noche. Necesito darme
prisa y dormir antes de que esos dos empiecen.
—Buen plan. —Fruncí mis labios y me dio un beso rápido.
Inclinándose hacia el lado, pulsó el interruptor junto al cabecero para
apagar las luces antes de acurrucarse para la noche.
Estaba dibujando círculos perezosos en su pecho, buscando el sueño
que sabía que estaba fuera de mi alcance después de la emoción del día —y
ahora de la noche—, cuando lo oí decir:
—Si movemos la silla de tatuar, podríamos poner mi cama allí y hacer
una habitación para Val.
Mi cuerpo se tensó mientras mi garganta se tensaba. Un millón de
sinónimos de “¡Sí!” incluyendo Podemos mover todo el apartamento si
quieres, se apresuraron a la punta de mi lengua, pero solo susurré:
—De acuerdo, Jude.
—Empezaremos a traer mis cosas despacio, pero voy a mantener mi
apartamento por un tiempo más, solo en caso de que necesites un poco de
espacio.
No necesitaría espacio. Felizmente habría vivido el resto de mi vida
entre esas cuatro paredes con Jude, pero pensé que era muy jodidamente
dulce que ofreciera mantener su apartamento solo en caso de que lo hiciera.
Pasando mi brazo por su cintura, lo abracé con fuerza.
—Eres real.
Deslizó su brazo por debajo de mí y exhaló un reverente:
—También te amo, Butterfly.
Veintinueve
Jude
Un mes después…

—¿Quién demonios se muda cinco días antes de Navidad en Chicago?


—se quejó Devon mientras me ayudaba a sacar mi mesa de comedor de la
parte trasera de la camioneta de Alex—. ¡Hace mucho frío!
—Al menos no está nevando —gruñó Alex.
—Menos hablar. Más moverse. Tenemos exactamente veinte minutos
antes de que el tío de Rhion llegue aquí. —Después de sacar dos sillas, me
dirigí directamente al hueco de la escalera. Sostuve la puerta con la espalda
para que me siguieran con la mesa.
—Me muero por conocer a este tipo —comentó Devon, subiendo de
espaldas el primer escalón—. Lo investigué hace un tiempo. Posee estas
enormes empresas de bienes raíces que compran cuadras completas en
propiedad. Tal vez pueda darme algún consejo sobre el mercado.
—¿Ahora planeas comprar una torre en el centro de la ciudad? —
preguntó Alex—. Lo último que escuché, estabas buscando un compañero
de apartamento para poder permitirte ese implante de pene en el que has
puesto el ojo.
—Oh, que te jodan. Dos citas con Brianna Talbot y de repente haces
bromas.
Alex sostuvo su lado de la mesa con una mano y le enseñó el dedo
medio con la otra.
—Rhion posee millones en compañías de bienes raíces —corregí—.
Pete solo las dirige por ella.
Devon me lanzó una sonrisa maliciosa.
—Sí, pero Rhion es una stripper. Quiero saber qué debo buscar en el
mercado para comprar una casa, no qué marca de aceite corporal es la
mejor.
Lo miré con el ceño fruncido mientras la puerta del hueco de la
escalera se cerraba detrás de nosotros con un golpe seco.
—No es una jodida stripper.
—Tranquilízate. Sabemos que escribe libros —intervino Alex—. Le
seguimos el juego porque es divertido verla inventar cosas. Es ingeniosa, le
concederé eso.
—¡Cuidado! —grité cuando la superficie de la mesa se rozó contra la
barandilla al girar hacia la segunda planta.
—Lo siento —dijo tímidamente Devon—. De todos modos, ¿dónde
está la pequeña señorita Creatividad? Al menos podría estar sosteniendo las
puertas. —Equilibró la mesa sobre sus muslos mientras abría la puerta de la
segunda planta.
—Ha estado trabajando toda la mañana, intentando terminar su libro
antes de que Pete llegue aquí.
Afortunadamente, mi mesa hizo el resto del trayecto por las escaleras
libre de raspones y marcas. Justo cuando llegamos a la puerta, escuché a
Rhion decir mi nombre desde la habitación.
Devon y Alex llevaron la mesa al comedor vacío, Rhion le había dado
la suya a Braydon días antes. Había dicho que tenía una unión con la mía, y
aunque no podía negar que tenía algunos buenos recuerdos para mí
también, no estaba seguro de cómo iba a sentirme al servirle la cena de
Navidad a mi madre y padre en una mesa en la que había follado a Rhion.
Pero Rhion me había dicho que compraría un nuevo mantel y luego señaló
que se estarían sentando en un sillón en el que la había follado. Durmiendo
en una habitación de invitados donde la había follado. Duchándose en una
ducha donde… Bueno, ya me entiendes.
Mientras que solo averiguamos sobre la visita de Pete la semana
pasada, mi madre había estado planeando su visita a Chicago desde que
había mencionado el nombre de Rhion en Acción de Gracias. Decir que
estaban sorprendidos de que estuviese saliendo con mi salvaje Butterfly
hubiese sido quedarse corto. Habían vivido esos primeros meses tras el
incendio conmigo y sabían de primera mano cuánto me había afectado esa
noche, cuánto me había afectado ella. La vez que había comido con mi
padre, había pasado dos horas preguntando si estaba seguro de que era la
misma mujer.
Mis padres solo vivían a unas horas lejos de la ciudad, así que había
tomado mucho esfuerzo mantenerlos alejados todo lo que lo había hecho.
Pero lo último que había necesitado era a mi madre estallando en lágrimas
en el momento en que viese las cicatrices de Rhion. Y lo habría hecho.
Todavía lloraba cada vez que veía las mías. Mi madre estaba loca, y si me
paraba a pensar en ello, probablemente era la razón por la que me había
enamorado tan rápido y duro de Rhion. Mi cariño por las mujeres locas
había sido arraigado en mí.
—Sí, nena —contesté a Rhion mientras dejaba las sillas junto a la
mesa.
Vino caminando por el pasillo con un vestido largo rojo y plateado.
Encajaba con su figura como un guante, abrazando todas sus curvas, pero
las mangas largas y el cuello alto fue lo que llamó mi atención. Nunca, ni
una sola vez, había visto a Rhion con otra cosa que camisetas escotadas de
manga corta o tirantes. Se ponía chaquetas cuando salíamos fuera, pero
debajo siempre había una pequeña camiseta. Cuando le había preguntado
por ello una noche particularmente fría, me había dicho que había vivido
con prendas de compresión durante un año. Después de eso, había jurado no
volver a ponerse una camiseta de manga larga por el resto de su vida.
Aunque había odiado que hubiese pasado por eso, estaba muy
orgulloso de ella. Rhion tenía miedo de muchas cosas. Pero también era la
mujer más valiente que hubiese conocido jamás. Sin ningún esfuerzo.
—¿Qué piensas de este vestido? —preguntó, dando un giro.
Incliné la cabeza mientras caminaba en su dirección.
—¿Ya es el día de la coronación?
—Muy gracioso —dijo inexpresiva—. Pete va a querer llevarnos a
algún restaurante ostentoso para cenar. Quiero hacer mi parte.
Puse mis manos en sus caderas y le di un apretón.
—Butterfly, la gente se refiere a ti como la heredera de la familia Park.
Ya haces tu parte.
—No. Mis zapatos hacen su parte. —Meneó las cejas y alzó el vestido
para revelar unos sexys tacones con piedras plateadas incrustadas—. De
otro modo solo soy una simple chica con un gusto impecable.
—Si son diamantes va a hacer que el día que te dé un anillo de pedida
pase seriamente sin pena ni gloria —comenté antes de besarla en la frente.
Se rió y me acarició el pecho.
—Solo son cristales.
—Por supuesto que lo son. De todos modos —le di un azote en el culo
—, odio ese vestido. Ve a cambiarte.
Se quedó boquiabierta.
—¿Qué? ¿Por qué? —Alisó la parte delantera y luego alzó
incómodamente los hombros, dejando claro que también odiaba el maldito
vestido.
—Eh, hombre —interrumpió Devon—. Vamos a irnos antes de que ella
te castre.
Mantuve la mirada en Rhion mientras gritaba:
—Suena bien. Gracias por la ayuda.
Después de un murmurado “Sin problemas” y “Buena suerte” la puerta
se cerró tras ellos.
Rhion se adelantó.
—¿Qué tiene de malo?
—No tiene nada de malo. Solo que lo odio. Tiene mangas. —Pasé los
dedos sobre la cima de sus pechos—. Y no puedo ver esto.
Frunció el ceño y se alejó, hablando por encima del hombro mientras
se dirigía a nuestra habitación.
—Se llama tener clase, Jude.
La seguí.
—Se llama esconder, Rhion. Pero lo que estoy intentando comprender
es por qué estás empezando ahora.
Protestó:
—No estoy escondiendo nada. Hace frío y es un vestido bonito. —
Apartando el cabello sobre el hombro, se acercó a mí y preguntó—: ¿Me
ayudas a bajarla?
—Con mucho gusto. —Besé la curva de su cuello mientras lentamente
bajaba la cremallera, deteniéndome a medio camino para susurrarle al oído
—: Pero primero, dime por qué estás cubriendo tus cicatrices para Pete. Y
no me mientas, Butterfly. Nunca termina bien para ti.
No contestó, así que esperé pacientemente besando su cuello. No era
exactamente una tortura para mí.
—Las mira —susurró finalmente, tan suavemente que apenas fue
audible.
Me quedé congelado pero mantuve los labios presionados contra su
piel.
—Creo que las cicatrices lo molestan. Ya sabes. Estuvo realmente
molesto después…
—Que le jodan —mascullé, enderezándome y girándola en mis brazos.
—Cariño, mi padre hubiese actuado del mismo modo —dijo
dulcemente—. Mis quemaduras son un recuerdo constante de que fui herida
y que no hubo nada que pudiese hacer para arreglarlo.
Dejé salir una risa sin humor.
—Confía en mí, Rhion. Entiendo eso mejor que nadie. Pero, lo juro por
Dios, otra gente no va a avergonzarte por sobrevivir a un evento horrible.
¿Quiere mirar? Deja que lo haga.
Me agarró por la nuca, deslizando los dedos sobre las cicatrices bajo
mi cabello.
—Hola, olla. Estás negra.
Aunque todavía no estaba cómodo con tenerla tocando mis cicatrices,
nunca la detenía. Quemaba, un chisporroteo que radiaba por todo mi
cuerpo, pero en muchos sentidos, pensaba que me lo merecía.
—Las mías son diferentes y lo sabes.
—No lo sé —mintió en voz baja.
Aunque solo era una mentira para mí. Rhion creía que mis quemaduras
eran tan hermosas como las suyas. Estaba en completo desacuerdo.
Las mías eran un recordatorio del fracaso.
Las suyas eran una muestra de supervivencia.
Las suyas eran suaves, apenas visibles bajo los tatuajes de brillantes
colores que había usado para decorarlas, no cubrirlas como había hecho yo
con mi cabello.
Las mías eran duras. Feas. Y rozando lo ofensivo. Exactamente como
la noche que las había recibido.
Tan extraño como pudiese sonar, si las hubiese tenido en el rostro, las
hubiese llevado con orgullo. Habría aceptado su designación del título de
“héroe”. Me habría mirado al espejo cada día sabiendo que me las había
ganado de la forma más honorable posible, salvándola.
Especialmente ahora que sabía la persona tan increíble que era.
Una vida que casi había permitido que se terminase.
En cierto modo, la culpa y arrepentimiento eran más pesados después
que me hubiese enamorado de ella.
Al menos, cuando había sido una extraña, dejándola quemarse en esas
llamas, solo había sido un punto en mi conciencia.
Pero ahora que era mía. La mujer con la que tenía toda intención de
pasar toda una vida. La mujer que casi había perdido antes de haberla
tenido. Era una muesca en toda mi alma.
—Tienes que dejarlo ir, Jude —susurró.
Cerré los ojos y permití que la punta de sus dedos me marcase.
—¿Cómo se volvió esto sobre mí?
—Siempre ha sido sobre ti. Me salvaste hace muchos años. Tal vez es
mi turno ahora.
Me reí con tristeza.
—No necesito ser salvado, Butterfly.
—No estoy de acuerdo. —Repentinamente desapareció.
Cuando abrí los ojos, estaba caminando hacia su tocador.
—Siéntate. —Señaló el pequeño taburete.
Entrecerré los ojos.
—Necesito sacar el resto de mis cosas de la camioneta de Alex antes
de que me maquilles.
Me miró fijamente.
—Cállate y siéntate, Jude.
Me reí entre dientes y obedecí.
—Cierra los ojos —ordenó.
Concediéndoselo, respiré hondo y pasé mi mano sobre mis pantalones
mientras me permitía cerrar los ojos.
Comenzó a cepillarme el cabello con caricias rítmicas. Pasando el
cepillo primero para después hacerlo con la mano. Aunque odiaba
fuertemente el cabello largo, la forma en que se sentía cuando ella jugaba
con él definitivamente tenía sus méritos.
Se detuvo y escuché el capillo aterrizar sobre la mesa y luego sonidos
de ella rebuscando en los cajones.
—Sabes, si esto fuese una novela romántica, aquí es cuando te daría un
discurso motivador que mágicamente se llevaría años de dolor y luego te
cortaría el cabello.
Mi pulso se aceleró mientras me ponía de pie.
—¡No te atrevas!
Me guiñó un ojo y me hizo un gesto para que volviese a sentarme.
Volví a sentarme con cautela en el taburete mientras advertía:
—Lo digo en serio. No me cortes el jodido cabello.
—Relájate. No voy a hacerlo. Como me recuerdas muy a menudo, la
vida no es una novela romántica. Ahora cierra los ojos y cállate.
Su afirmación no redujo el ritmo de mi corazón o me hizo confiar en
que no preparaba ninguna locura al estilo Rhion Park que muy seguramente
haría que me volviese loco.
—Mantendré los ojos abiertos —declaré.
Me miró durante varios segundos, pero respondió a mi advertencia
poniendo los ojos en blanco.
Usando mis hombros, me instó a que enfrentase el espejo.
—Como estaba diciendo, viendo que no sé nada sobre cortar el cabello
y también le tengo bastante cariño al tuyo, vamos a tener que planear algo.
—Alzó una goma elástica negra en mi dirección.
Mi cuerpo se aflojó con alivio mientras se ponía a trabajar en
recogerme el cabello en una coleta y girando el final para que se pareciese
más a un moño.
—Me veo como un imbécil —comenté cuando terminó.
Se rió entre dientes y se alzó el vestido para poder ponerse a horcajadas
en mi regazo. Rodeándome el cuello con los brazos, contestó:
—No te ves como un imbécil. Te ves sexy. Aunque puede que tengas
que comprar unos pantalones ceñidos y una pajarita para completar el
conjunto.
Me reí y me incliné por un beso, pero me lo negó apartándose.
—No tengo ninguna palabra de inspiración que pueda arreglar años de
dolor. Pero lo que tengo es tiempo, Jude. Y nunca voy a dejar de intentar
hacerte ver tus quemaduras como las hermosas obras de arte que son. Tal
vez sucederá después de que te convenza para casarte conmigo, porque no
podría pensar en un marido mejor, con cicatrices y todo. O tal vez sucederá
después de convencerte de que me des un bebé que jamás verá tus
quemaduras como un defecto, sino más bien un testimonio de que salvaste a
su madre de una situación imposible.
—Jesús —murmuré mientras la idea de comenzar una familia con ella
se hundía en mis venas.
Evitó otro beso.
—Tal vez sucederá cuando tengamos canas y estés sosteniendo mi
mano en la mecedora junto a mí cuando finalmente comprendas que, sin
esas cicatrices, no habría sido capaz de vivir la vida increíble que sé que
tendremos juntos. —Se le rompió la voz al final.
Y sentí la misma emoción hasta la médula.
Dios. Quería eso con ella.
La vida. La familia. El futuro.
La perspectiva. El perdón. El orgullo.
—Pero, por ahora, hagamos un trato. Esta noche, llevas el cabello
recogido y me pondré un vestido diferente. Podemos ser hermosamente
defectuosos juntos.
Y ahí fue cuando me golpeó.
No tenía que ser perfecto.
No tenía que ser el héroe que hiciese todo correctamente.
No tenía que llevar la culpa y la vergüenza de mis actos de esa noche.
No tenía que tener nada de eso.
Con Rhion, era libre.
Con ella, era perfecto.
Era el héroe que hizo todo bien.
No tenía una razón para tener culpa o vergüenza. Mis acciones habían
tenido éxito en salvarle la vida.
Y no había nada que asumir.
Para Rhion, siempre había sido libre.
Incluso había escrito una docena de libros mostrándolo. Solo había
estado muy consumido para aceptarlo.
—Jesús —maldije, hundiendo el rostro en su cuello.
—¿Eso es un sí? —preguntó.
Lo era.
Un sí al cabello.
Un sí a casarnos algún día.
Un sí a hacer bebés.
Un sí a criar una familia.
Un sí a envejecer con ella.
Un sí a una vida increíble.
Pero, sobre todo, un sí a ser hermosamente defectuosos juntos.
Inclinándola a un lado, la besé con todo mi ser.
Labios. Lengua. Corazón. Alma.
Cicatrices y todo.
Treinta
Rhion
Fiel a su palabra, Jude llevó el cabello recogido toda la noche. Fiel a la
mía, llevé un vestido de cóctel negro sin mangas cuando Pete nos llevó a
cenar. Como había esperado, Pete miró, pero cada vez que yo comenzaba a
retorcerme, Jude estuvo allí con un toque alentador para tranquilizarme.
Sorprendentemente, Pete no nos llevó a un ostentoso restaurante, sino a
una cadena de asadores. Pensé que lo hizo en beneficio de Jude, para
hacerlo sentir más cómodo. Aunque a juzgar por las miradas que
intercambiaron la mayoría de la comida, no estaba segura si fue del todo
efectivo.
La cena. Fue. Incómoda.
Jude fue amable e intentó comenzar una conversación inocente con
Pete. Pete, sin embargo, lanzó insultos sarcásticos ocultos como bromas a
Jude a cada oportunidad que tenía. Mientras tanto, deslicé nerviosamente el
diamante de mi madre a lo largo de la cadena tan rápido que me estuve
preguntando si no soltaba chispas.
Para cuando terminamos nuestras ensaladas, Pete ya estaba dando
excusas sobre por qué necesitaba volver a su hotel lo más rápido posible.
Normalmente, me habría dolido, considerando que no lo había visto en seis
meses, pero estuve muy aliviada cuando se levantó para irse, todavía
masticando su último trozo de filete.
Aunque mi decepción resonaba a todo volumen.
Se me partió el corazón mientras veía a Pete rechazar tan obviamente a
Jude. Eran dos de los hombres más importantes de mi vida. No era ingenua.
Pete había dejado más que claro sus sentimientos sobre Jude en el teléfono
la semana pasada. No fue como si hubiese esperado que cambiase de forma
radical e inmediatamente lo aceptase en nuestro pequeño arreglo familiar.
De todos modos, había tenido la esperanza de que sucediese de ese modo.
Había miles de razones por las que amaba a Jude. Pero la forma que
me guió de vuelta a nuestro apartamento sin decir una sola palabra negativa
sobre Pete era una de las razones más importantes. Reconoció que estaba
dolida y se encargó de mejorarlo aunque era él quien había sido
perjudicado. Otra de las razones por las que amaba a Jude era porque se
tomó su tiempo para hacerme el amor como si supiese que necesitaba la
conexión entre nosotros. Un recordatorio de que siempre estaría ahí para
mí, sin importar la situación. O, al menos, eso fue lo que entendí de sus
promesas susurradas de que estaría bien. No estaba segura si lo estaría, pero
con la amorosa mirada verde de Jude observándome, supe inequívocamente
que yo lo estaría.
Con el tiempo, nos quedamos dormidos. Sudados, saciados y, para mí,
más cerca que nunca.
La mañana siguiente, abrí los ojos y encontré a Jude sentado en la
esquina de la cama, completamente vestido con uno de sus trajes de trabajo,
su cabello todavía húmedo de la ducha.
—Despierta, hermosa.
—¿Qué hora es? —pregunté, estirándome como un gato.
—Las siete. Pero Zach acaba de llamarme para decirme que Pete
estaba en el ascensor. Puede que quieras ponerte algo de ropa… —Fue
interrumpido por un golpe en la puerta.
Gemí.
—Realmente no tengo nada que decirle después de anoche.
—Tienes que hablar con él. Me marcharé y haré que Zach mantenga
las cámaras apagadas, así pueden hablar en privado, pero tienes que
hacerlo. —Bajando la sábana, me apretó el pezón—. De todos modos tengo
una reunión con Leo.
Le aparté la mano de un golpe.
—No hagas eso. No puedo estar enojada contigo acariciándome.
Se rió entre dientes y sonó otro golpe en la puerta.
Poniéndose en pie, dijo:
—De acuerdo. Levántate. Me pondré la armadura, dejaré entrar a
Scrooge y le daré café. Entonces puedes estar tan enojada como quieras
después de irme. Si actúa como un estúpido contigo es probable que haga
algo que me prohibirá permanentemente en las comidas familiares.
Se acercó a la puerta, pero lo detuve justo antes de salir de la
habitación.
—Eh, ¿Jude?
Miró sobre el hombro.
—¿Sí, nena?
—Sabes que te amo, ¿verdad?
Su rostro se suavizó mientras se giraba.
—Sí. Lo sé.
—Y si nunca acepta nuestra relación, todavía te elegiré siempre.
Arqueó una ceja.
—Sí, y sabes que no me importa una mierda lo que ese hombre piense
de mí, ¿verdad? Nunca te pediría que eligieses entre tu familia y yo.
Sonreí mientras el estómago se me llenaba de mariposas, aunque no
por nervios. La clase que aparece cuando algo se siente tan bien que casi da
miedo.
Otro golpe ligeramente más fuerte provino de la puerta, pero Jude no
se movió.
—Lo superará, nena —aseguró—. Va a tener que hacerlo, porque esto
de aquí entre tú y yo es permanente. Vamos a tomarnos nuestro tiempo para
hacerlo crecer. Pero va a terminar con anillos, bebés y mecedoras, lo
apruebe o no.
Las mariposas repentinamente se quedaron quietas. Y no porque no
fuese todavía el sentimiento más perfectamente correcto del mundo. Sino
porque con Jude mirándome, una sonrisa mostrándose en sus labios y
promesas de futuro frescas en su lengua, era difícil tener miedo de algo.
—Te amo, Jude.
—Yo también te amo. Ahora ponte algo de ropa antes de que el viejo
se congele en el pasillo. —Me guiñó un ojo y luego se marchó.
No me moví inmediatamente.
En la vida de cada persona, hay momentos claves que permanecen con
ellos toda una vida.
Para mí, eran la risa de mi madre cuando había huido de las olas en la
playa, la forma que los ojos de mi padre se había iluminado cada vez que
había entrado en una habitación, Apollo sonriéndome tras el cristal de la
prisión, despertarme dentro de esa casa ardiendo y escuchar la voz de Jude
gritándome después de que hubiese renunciado a todas las esperanzas de
sobrevivir.
Y justo entonces, mirando la puerta de mi habitación por la que había
salido, añadí un momento más a la lista que siempre sería parte de mi
historia.
No importaba que probablemente no fuese a recordar nuestra
conversación a la hora de la cena.
No importaba que no fuese un gran gesto o un enorme sentimiento
romántico. No había susurrado las palabras a mi alma o agachado sobre una
rodilla con un gran anillo de compromiso.
Era mucho mejor.
Jude me había dado la comprensión de que ya no estaba sola en el
mundo.
Lo tenía a él. Permanentemente.
Debería haberme levantado e ido a hablar con Pete. En cambio, me
senté en medio de la cama, encendí el ordenador y tecleé las primeras
palabras de mi nuevo libro.
Mi debut en la no ficción. Y aun así, la mejor historia de amor que
hubiese escrito jamás.
***
—Bueno, ahí estás —indicó Pete veinte minutos después cuando salí
de la habitación en vaqueros y una camiseta.
Había tenido que despegar los dedos del teclado y ya estaba contando
los minutos hasta que pudiese volver a él. Una cosa que había aprendido a
lo largo de los años: cuando las palabras estaban fluyendo, no debes
interrumpirlas.
—Siento haberte hecho esperar —mentí.
—Sin problema. Jude acaba de irse. —Se levantó del taburete y se
acercó a darme un abrazo.
Se lo devolví de forma fría.
—Estás enfadada —señaló.
Me dirigí al otro lado de la barra, directamente a la cafetera.
—No. Estoy herida.
—Rhion —comentó con un suspiro, pero no dijo nada más.
Hice un rápido trabajo preparándome el café antes de enfrentarlo.
Apoyándome contra la encimera, pregunté:
—¿Por qué estás aquí?
Arrugó la frente mientras se enderezaba la corbata y contestó:
—Para verte.
—No me has visto en meses.
—He estado ocupado con el trabajo. Seguramente recuerdas cómo de
caóticas se vuelven las cosas al final del año.
—Pero no demasiado ocupado para venir aquí y actuar como un
imbécil con el hombre que ha estado cuidando de mí los últimos meses. —
Mantuve la mirada fija en él mientras me llevaba la taza a los labios.
Hundió los hombros mientras un destello de arrepentimiento teñía su
rostro.
—Quería disculparme por eso.
—¿Te disculpaste con Jude?
Con la mano metida en el bolsillo, lentamente rodeó la encimera hacia
mí.
—Lo hice. Y me gustaría compensárselo a ambos esta noche.
Me reí.
—De ningún modo voy a repetir eso de nuevo. Nunca he estado tan
avergonzada en toda mi vida, Pete. Jude no ha sido nada más que bueno
conmigo y, honestamente, no me importa que te golpease en el hospital.
Estoy empezando a creer que probablemente te lo merecías.
Apretó la mandíbula, que se contrajo, pero cuando abrió la boca su
tono fue amable:
—Probablemente era así.
Pestañeé, esforzándome en mantener la sorpresa oculta.
Dejó salir un fuerte suspiro y se detuvo frente a mí.
—Lo siento, ¿de acuerdo? —Me quitó la taza de café de la mano y la
dejó sobre la encimera—. Me cuesta aceptar que salgas con este tipo. Si
hubiese sido por mí, tras el incendio le habríamos destrozado en un juicio
civil por negligencia. Honré tus deseos por aquel entonces y no hice nada.
Pero eso no significa que jamás lo perdone por lo que te hizo. —Apoyó la
mano en mi antebrazo y permitió que su pulgar se moviese suavemente
sobre las cicatrices.
Apreté los dientes y aparté el brazo.
—Lo que hizo fue salvarme la vida. Y esta es la última vez que te
escucharé decir otra cosa.
Cerró los ojos por un breve instante, pero cuando los abrió, la
resolución brillaba en ellos.
—Ahora está viviendo aquí, ¿no es así?
Me giré y me encaminé a la despensa, el desayuno menos en mi mente
que conseguir un poco de espacio de él.
—No estoy segura de que eso sea asunto tuyo.
—Vi más abrigos suyos que tuyos en el armario del pasillo cuando se
fue.
—Y… —interrumpí, tomando una caja de cereales que no tenía
intención de comer.
—Y no me di cuenta de que ibas en serio con él.
Puse los ojos en blanco.
—Pete, ¿cuántos hombres te he presentado? O, mejor aún, ¿cuántos le
presenté a papá? —No esperé a que contestase—. Uno. Chad Gruber en
onceavo grado. Papá le dijo que si alguna vez me tocaba, contrataría a un
sicario. Entonces hizo que Johnson se pusiese una máscara de esquí y lo
secuestrase del partido de fútbol solo para demostrar que podía.
Curvó los labios ante el recuerdo.
—Tu padre siempre fue mucho más creativo que yo. Debe ser de ahí de
donde lo heredaste.
—Probablemente. Pero no intentes cambiar de tema con halagos.
Sabías exactamente lo importante que era para mí presentarte a Jude y
fuiste un maleducado.
Me atrajo en un abrazo lateral.
—Y me estoy disculpando, Rhion. Anoche, después de irme, pensé un
poco. Apenas dormí algo. Mira, estoy feliz por ti. Realmente lo estoy. Y lo
estoy intentando. Aunque va a tomarme un poco de tiempo estar cómodo.
Sabes que me preocupo. Y aunque sé que ya no tienes todo el dinero —
sacudió el brazo alrededor del apartamento—, todavía eres bastante rica.
Los hombres ven eso…
—Jude paga por la cena cada vez que salimos —interrumpí—.
Incluyendo anoche cuando te fuiste sin pagar la cuenta.
Sacó la billetera del bolsillo trasero.
—Se lo reembolsaré inmediatamente.
—¡No es sobre el dinero! —grité.
Se sobresaltó y volvió a guardarse la billetera en el bolsillo.
—Dios, Pete. Por primera vez en toda mi vida no es sobre el dinero.
No existe entre nosotros. He intentado, ya sabes, sacar el tema. La otra
noche le dije a Jude cuánto valía. No siquiera apagó la televisión. Me
palmeó la pierna, dijo “Caray. Eso te compraría un montón de zapatos” y
luego me pidió que le llevase una cerveza. —Mi voz se entrecortó—. No sé
qué hago por Jude o por qué me ama del modo en que lo hace, pero sé con
absoluta certeza que no es el dinero.
Tragó saliva con fuerza y su mirada se suavizó con comprensión.
—Nunca quise ese dinero, Pete. Quería a mi padre de vuelta. Quería a
mi madre de vuelta. Quería a Apollo de vuelta. Quería a mi familia y el
dinero no podía comprarme eso. —Se me rompió la voz al final.
Pete inmediatamente me envolvió en sus brazos.
—De acuerdo. Bien. Lo siento. No más hablar de dinero. Traje papeles
para que los firmes para volver a tener el control de los bienes físicos de tu
padre como habías pedido, pero puede esperar a otro día.
—No. No quiero esperar. —Sorbí por la nariz y me alejé. Entonces
cuadré los hombros mientras anunciaba—: Lo quiero todo de vuelta.
Movió la cabeza bruscamente hacia el lado.
—Lo siento. ¿Qué?
—Todos los bienes —aclaré.
Pestañeó rápidamente y se quedó boquiabierto.
—¿Por qué demonios quieres volver a meterte en una situación así?
Seguramente recuerdas lo estresada que te puso ese dinero. Toda la gente
llamando a tu puerta pidiendo una limosna. Y por no mencionar a Apollo.
Volverá a venir tras de ti.
Había pensado en todo eso con gran detalle durante años. Era lo que
me había mantenido cautiva dentro de mi apartamento durante demasiado
tiempo. Pero eso fue antes de Jude.
—Ya no tengo miedo —susurré—. Estoy lista, Pete. Voy a repartir el
cincuenta por ciento con Apollo. Es un horrible ser humano, pero también
perdió a mamá y papá. Está ahí fuera solo del mismo modo que lo estuve yo
los últimos años.
—Rhion —regañó—. Nunca estuviste sola.
—Por amor de Dios, Pete, era la definición de soledad. Mis mejores
amigos eran un equipo de guardaespaldas y una mujer que solo he conocido
dos veces. Tal vez Apollo encontrará a su Jude. O tal vez solo encontrará
consuelo en el hecho de que finalmente me agotó. Pero cuando firme ese
papel, sabré que no hay nada más que pueda hacer por mi hermano.
Entonces dormiré tranquilamente sabiendo que lo intenté.
Realmente se tambaleó hacia atrás.
—Y quiero pagar a Katie por el año que me ayudó, cuando todos los
demás, incluido tú, se fueron.
Enderezó la espalda.
—¿Disculpa? No me fui.
—Sí, lo hiciste. Todo el mundo lo hizo. Todos menos ella. Sé que ha
tenido sus propios problemas, pero estuvo ahí para mí durante los míos. No
hay precio que pueda poner a eso. Margaret puede irse a la mierda. Pero
voy a ocuparme de Katie.
—¿Qué demonios pasa contigo? —espetó, la sorpresa mostrándose en
su rostro.
Golpeé la encimera con la mano.
—¡He acabado! Quiero mi vida de vuelta. Estoy cansada de
esconderme. Estoy cansada de fingir que soy alguien que no soy. —Alcé la
cabeza y anuncié—: Soy Rhion Park. La heredera de los bienes ganados
con el sudor de la frente de mi padre. Una mujer que perdió a sus dos
padres demasiado joven. Una víctima de un incendio. Una superviviente.
Una autora. Una mujer que está aterrorizada de su hermano. Una mujer
hermosamente defectuosa enamorada de un hombre hermosamente
defectuoso. No soy ficción, Pete. Y por primera vez desde la muerte de
papá, estoy bien con eso.
Las lágrimas se deslizaron de mis ojos y el corazón me retumbaba en el
pecho. No me había despertado esa mañana planeando recuperar la fortuna
de mi padre. Como muchas cosas en mi vida, solo había sucedido. Pero era
de lejos la decisión más liberadora de había tomado jamás. Ya no era un
personaje secundario en la historia de mi vida. Desde ese momento en
adelante, iba a recuperar el control.
Sin miedo.
Pete me miró durante varios segundos, su rostro ilegible.
—¿Estás segura? Y quiero decir, realmente segura, Rhion. Si es por
Jude…
—Estoy segura.
Se pellizcó el puente de la nariz.
—Bueno, de acuerdo. Ve a ponerte unos zapatos. Llamaré al abogado y
haré que prepare el papeleo de revocación. No coincido necesariamente con
esta decisión, pero si eso es lo que quieres, no me interpondré en tu camino.
Sonriendo ampliamente, asentí varias veces, incapaz de decir ninguna
palabra sin estallar en otra ronda de lágrimas.
Pete me devolvió una cálida sonrisa.
—Simplemente no te quedes ahí, Rhion Park de no ficción. Ve a
vestirte. Llamaré a Jude y haré que se reúna con nosotros en el auto.
Me reí y dije ahogadamente:
—¿Vamos a hacerlo? Como, ¿ahora mismo?
Arrugó los ojos en las esquinas mientras se reía y contestaba:
—Como ahora mismo.
Chillé, mi corazón prácticamente en mi garganta, y me lancé a sus
brazos.
Me dio palmadas en la espalda.
—De acuerdo. Apresúrate ahora.
No tuvo que decírmelo dos veces.
Lo escuché al teléfono mientras me ponía unos tacones y el abrigo.
Primero con el abogado, hablando en términos legales que estoy segura
tenían sentido para alguien pero no para mí. Luego con Jude, con el que,
para mi entusiasmo, Pete sonó sorprendentemente amable mientras le
informaba de los detalles.
Momentos después, Pete y yo estábamos en el ascensor bajando al
estacionamiento.
Sabía que ese día iba a cambiar mi vida.
Cuando regresase a casa, lo estaría haciendo como una mujer
completamente diferente.
Pero fallé en considerar que podría no regresar jamás.
Treinta y Uno
Rhion
—¿Qué dijo el abogado? —pregunté a Pete cuando salimos del
ascensor. Rápidamente eché un vistazo alrededor por Jude, pero no lo vi.
—Probablemente va a cargarnos el triple por venir en su día libre. —
Me miró y sonrió—. Le dije que estaba bien ahora que estás pagando. —
Guiñó.
Dejé escapar una risa cortés, demasiado preocupada por el hecho de
que Jude no estaba allí. Había prometido recuperar mi vida, pero los nervios
familiares crecieron en mi estómago.
—Tal vez deberíamos subir a Guardian.
Pete frotó mi espalda.
—Cálmate. Me aseguró que venía de camino.
Un auto negro con ventanas tintadas estacionó delante de nosotros.
Pete gesticuló hacia él.
—Resguardémonos del frío.
—No… no sé —tartamudeé, mi ansiedad girando en una bestia
mientras miraba sobre mi hombro a la puerta hacia la escalera.
Intenté una charla motivacional mental, consolándome con
pensamientos de que estaría ahí en cualquier segundo.
Pero mis dedos empezaron a hormiguear mientras cualquier confianza
que me quedaba se transformaba en pánico.
—Rhion. —Calmó Pete—. El auto es más seguro y cálido que pararse
aquí. —Fue hacia el vehículo esperando y abrió la puerta.
Jude viene. Está bien. Debe haber estado ocupado por un segundo.
—Yo… uh. —¿Dónde estaba el jodido aire?—. No puedo respirar —
dije, retrocediendo hacia el ascensor.
Y entonces me congelé. Una palabra. Eso fue todo lo que tomó para
que completo terror me consumiera.
—Rhion —dijo, cruzando con paso tranquilo la salida del
estacionamiento, un cigarrillo colgando entre sus labios.
Su voz familiar me rastrilló como cuchillas de afeitar.
Me tambaleé hacia atrás hasta que mi culo golpeó las puertas cerradas
del ascensor.
—No te acerques más, Apollo —dijo Pete, moviéndose hacia él y
dando un paso en su camino para detenerlo.
—Que te jodan, imbécil —espetó, sus largas piernas nunca yendo más
despacio mientras tiraba su cigarrillo al suelo. Entonces, ni siquiera un
segundo más tarde, su puño aterrizó con fuerza contra el rostro de Pete.
Grité, frenéticamente buscando en mis bolsillos mi llave para poder
entrar en el ascensor, pero mis manos estaban temblando demasiado para
que fuera efectiva.
Pete se tambaleó hacia atrás pero de alguna manera permaneció en pie.
—¡Métete en el auto, Rhion! —gritó, limpiando la sangre cayendo de
su nariz con el dorso de su manga.
—Jodidamente no te muevas —gruñó Apollo.
Mis pulmones ardían y mi pecho dolía.
Pete rápidamente retrocedió cuando mi hermano continuó su avance.
—¡Rhion, métete en el auto ahora! —gritó Pete, entrando por la puerta
abierta.
Apollo continuó avanzando hacia mí.
Levanté una mano temblorosa en su dirección e intenté negociar con
él.
—Voy a darte el dinero. En realidad, íbamos a firmar los documentos
para tenerlo bajo mi control de nuevo.
Se detuvo y una emoción similar a la conmoción, pero mucho más
oscura, pasó por sus rasgos.
—¡No puedes recuperar el jodido dinero! —bramó.
Su rostro se volvió extremadamente malévolo mientras una vez más
avanzaba hacia mí.
Mi mente estaba tambaleándose, pero el pánico controlaba mis
pensamientos, y se estaba acercando más con cada segundo. No estaba muy
emocionada sobre irme sin Jude. Sin embargo, cuando enfrentaba un viaje
en auto con Pete o un altercado con mi hermano, elegiría a Pete cada vez.
Muy despacio, me quité mis tacones. Mi mirada clavada en mi
hermano. Entonces, con la adrenalina avivando mis piernas, corrí hacia el
auto.
Apollo salió corriendo igual de rápido, un millón de maldiciones
fluyendo de sus labios.
No podrían haber sido más de veinte pasos, pero se sintió como si
tomara un año.
Finalmente, sus piernas eran más largas, así que cuando me lancé al
auto, atrapó mi brazo.
Mi cuerpo fue tirado hacia atrás tan violentamente que golpeé mi
cabeza contra la puerta. Mi visión se estrechó y mi audición se desvaneció a
un rugido sordo, pero luché para equilibrarme en el asiento de piel.
—¡Jodidamente para! —rugió Apollo.
Pete tiró de mi otro brazo en un juego de tirar de la cuerda humano.
Bien contra Mal.
Dedos me amorataron en ambos lados.
—¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos! —le gritó Pete al conductor.
Cuando el auto empezó a moverse, casi me caí fuera.
Los ojos de Apollo se ampliaron, y con una última sacudida, fui capaz
de liberar mi brazo de él y cerrar la puerta.
—¡Rhion, no! —gritó, corriendo junto al auto, golpeando la ventana
con sus puños—. ¡No! ¡Para! ¡Rhion! —rugió casi dolorosamente.
Las lágrimas ya caían de mis ojos, pero se sentía como si mi interior
estuviera siendo desgarrado mientras miraba a Apollo luchar para meterse
en el auto. Cada golpe era como un cuchillo hacia el corazón.
—¡Oh, Dios! —dije llorando, enterrando mi rostro en el abrigo de Pete
hasta que los golpes se detuvieron.
—Shhhh. Se ha ido. Voy a llamar a Jude ahora. Le diré que se reúna
con nosotros en mi hotel.
Asentí, incapaz de formar una respuesta coherente.
Me pasó una mini botella de agua del bolsillo del asiento y levantó su
teléfono a su oreja.
—Toma. Bebe esto e intenta respirar hondo.
Haciendo todo lo posible por mantener el pánico a raya, obedecí.
Fría. Húmeda. Refrescante.
No fue hasta que me terminé la botella que descubrí otro adjetivo para
describirla.
Calcárea.

Jude
—¿Una semana? ¿Has estado aquí por unos meses y ya estás pidiendo
vacaciones? —Leo se rió.
—¿Cuentan como vacaciones si llevo a Rhion conmigo?
Me dio una mirada de soslayo.
—Depende. ¿Vas a estar holgazaneando en la playa?
Me reí.
—Será enero.
Con sus codos sobre el escritorio, dobló sus manos juntas y apoyó su
barbilla sobre ellas.
—Es Los Ángeles.
Me reí y me recosté en mi silla. Entonces me puse serio cuando dije:
—Quiere ir por Val y luego a la casa de la playa. Tiene un montón de
recuerdos con su madre. Creo que sería bueno para ella, pero necesito más
que un fin de semana libre para llevarlas.
—Pagas por tus gastos mientras estás fuera y no lo contaré como tu
tiempo de vacaciones.
Sonreí.
—Perfecto.
—Además, me gusta verla feliz. Y no voy a mentir, no duele que
también lo estés. No estoy seguro si le lavaste el cerebro o qué, pero ni
siquiera parece importarle que seas un bastardo feo. He considerado llevarla
a comprar gafas.
Me reí en un breve estallido.
—¿Verdad? Es la más condenada cosa.
—Te daré el tiempo que necesites. Rellena el papeleo y déjalo en mi
escritorio.
Ambos nos pusimos en pie y extendí mi mano en su dirección. La
estrechó con firmeza.
—Gracias. Lo aprecio —dije al mismo tiempo que mi teléfono
empezaba a sonar en mi bolsillo.
—Adelante, responde eso. Tengo que volver al trabajo de todos modos.
Escucha, vuelve con un bronceado y vamos a tener serios problemas.
Me reí y me dirigí a la puerta, levantando mi teléfono a mi oreja
mientras respondía:
—Levitt.
—¡Va a matarla! —rugió una voz masculina al otro lado de la línea.
Todo mi cuerpo se puso en alerta mientras me congelaba en la puerta
de Leo.
—¿Disculpa?
—Necesitas moverte. Llama a la policía o lo que sea en el infierno que
hagas, pero tienes que moverte ahora.
—¿Quién mierda eres? —espeté.
Su respiración era laboriosa mientras los sonidos de un claxon
explotaban de fondo, pero nunca olvidaría por el resto de mi vida las tres
sílabas claras como el cristal que se filtraron por la línea.
—¡Apollo!
La sangre en mis venas de repente estalló en llamas.
—Escúchame, pedazo de mierda…
—Sí, sí, sí. Ahórratelo para cuando Pete Higgins no esté a punto de
matar a mi hermana.
La confusión batallaba con el pensamiento racional.
—¿De qué mierda estás hablando? ¿Cómo conseguiste mi número?
—Más preguntas que felizmente contestaré después de que te metas en
tu maldito auto y me ayudes a recuperarla.
Me volví hacia Leo y lo encontré mirándome atentamente. Apunté con
brusquedad al monitor en su escritorio y vocalicé:
—El apartamento de Rhion. Ahora.
Arqueó una ceja, pero hizo lo que le pedí.
Me moví alrededor de su escritorio para poder ver la pantalla.
—¿Recuperarla de dónde? —inquirí ausentemente mientras Leo
escaneaba su apartamento, mi ansiedad creciendo con cada habitación.
—¡Se la llevó! Sabía que algo iba mal cuando no vi a ninguno de
ustedes con ella. Me acerqué en el garaje, pero la perdí. Escúchame. Los
estoy siguiendo. Probablemente estoy a unos cuatro autos de distancia, pero
no creo que me haya visto.
Apenas oí sus palabras sobre la sangre rugiendo en mis oídos mientras
Leo hacía clic en la última habitación de su apartamento.
Vacío.
Al igual que mi pecho.

Apollo Park
La. Percepción. Lo. Es. Todo.
Las personas no son personajes unidimensionales. Somos criaturas
complejas. Con sentimientos. Compasión. Moral. Y falta de la misma.
Para algunos, yo siempre sería el villano.
Pero incluso las sombras más oscuras requieren luz para existir.
Pasé un montón de años odiando a mi hermana.
Al principio, la odiaba porque recibía toda la atención.
Y entonces, años más tarde, después de que Pete Higgins se hubiera
forzado en mí por primera vez, la odié porque no recibía ninguna atención.
Recibí cada parte de ella. Rhion dormía profundamente en su cama, noche
tras noche, sin un miedo en el mundo. Mientras tanto, yo pasaba la mayor
parte de mi adolescencia a la escucha del clic de la puerta de mi dormitorio
abriéndose cada vez que mi padre salía de la ciudad.
Mi primer recuerdo de Pete era de él en nuestro apartamento la noche
que mi madre murió. Como asistente de mi padre y mejor amigo, era
alguien fijo en mi vida en el que nunca pensé. Por supuesto que estaba allí
esa noche. Una tragedia había sucedido. Solo que, en mis recuerdos, no
estaban los policías que más tarde llenarían el lugar. Solo habíamos sido él
y yo mientras enderezaba mesas al revés y limpiaba un vaso de martini
mientras el otro yacía roto junto a los zapatos de mi madre en el balcón. No.
Esa comprensión vino mucho después en mi vida, después de que hubiera
aprendido cuán malvado era verdaderamente el hombre.
Siempre me había asombrado cómo la gente podía compartir la misma
infancia y salir con experiencias tan radicalmente diferentes. Rhion una vez
me dijo que algunos de sus recuerdos más preciados eran de cuando
habíamos sido jóvenes. Mientras tanto, para mí, era un infierno que todavía
luchaba para olvidar a diario.
Cuando llegué a la adolescencia, empecé a portarme mal. Mintiendo.
Inventando mierda, silenciosamente deseando que alguien —cualquiera—
leyera entre líneas y realmente oyera mis gritos. Nunca lo hicieron. Para el
momento en que cumplí diecisiete, era una bomba de relojería. Tenía un
montón de mierda que solucionar, y que no fue abordada hasta que fui a
prisión. Sí, Dios estaba cuidándome el día que tomé las llaves del auto de
mi padre. No fue un viaje de borracho alegre de la manera en que mi
abogado de oficio declaró en mi juicio; fue una misión kamikaze fallida.
Aunque, tristemente, nunca llegué a donde se suponía que me encontrara
con Pete.
Con el tiempo, me rompí, vestido en un mono de prisión en la cárcel
del condado, revelándole a mi padre los años de abuso a manos de su
querido amigo. Me dijo que dejara de inventar historias para salvar mi
propio culo. Fue la última vez que vi a mi padre vivo.
Desearía poder decir que había estado devastado al oír que había
muerto. Y tal vez llegaría ahí un día. Pero, a los veinte, cuando mi
consejero de la prisión me llevó a su oficina para dejarme saber que había
fallecido, el niño abusado dentro de mí lo celebró.
Eso fue hasta que descubrí que le había dejado todo a Rhion.
No me importaba el dinero. Bueno, eso no es del todo verdad. El
dinero era jodidamente genial. Pero no fue por eso que enloquecí. Mi padre
podría también haber pintado una diana en su espalda.
Rhion no era como yo. No se daba cuenta de que el mundo estaba lleno
de gente horrible. Había sido criada en una burbuja donde rodillas
despellejadas y corazones rotos eran su única preocupación. Era una
soñadora con gafas de color rosa. Satán mismo podría mirarla directamente
al rostro y no lo reconocería. Rhion no estaba equipada para jugar en la
misma liga que un monstruo hambriento de dinero disfrazado como Pete.
En el momento en que el testamento fue leído, Rhion estaba muerta.
Intenté advertirle, pero no me creería. Había sido predispuesta desde
una edad muy joven a creer que yo era el malo.
Así que me convertí en el malo.
El día que la vi en ese evento de caridad con seguridad por todos lados,
me golpeó.
Si Rhion estaba asustada de mí, se rodearía con gente que pudiera
protegerla.
Nunca olvidaría el dolor en su rostro cuando envolví mi mano
alrededor de su garganta y le dije que yo había provocado el fuego. Era lo
mejor, pero me desgarró al mismo tiempo. Principalmente porque se lo
había creído muy fácilmente.
Después de eso, monitorearla fue relativamente fácil. Compró el
apartamento debajo de Guardian. Archivo público. Así que alquilé el
apartamento sobre el bar Murphy’s. Me vi con algunos amigos que había
conocido en la cárcel y me enseñaron todo lo que necesitaba saber sobre
convertirme en su sombra. Una cámara de seguridad de cien dólares
apuntada a ambas entradas de su edificio y estaba aterrorizando a mi
hermana para que él no pudiera llegar a ella.
Jude Levitt fue la única complicación que no podía saber. Me
enloqueció la noche que lo vi entrar al bar. No me pensé dos veces seguirlo
dentro. Sabía que fue el primero en responder al incendio, y temí que
estuviera trabajando para Pete. Usé lo último de la herencia de mi madre
verificando su historial, no satisfecho hasta que supe cada simple detalle de
su aburrida vida. Mientras estaba haciendo eso, mantuve un ojo en él y mi
hermana. No tomó mucho tiempo ver que ella lo amaba.
Y mientras seguía el auto de Pete llevando a Rhion a Dios sabía dónde,
consciente de que la mataría antes de devolverle el dinero, recé para que
Jude también la amara.

Jude
Salí de Guardian, Apollo todavía hablando en mi oído, y fui
directamente a las escaleras de emergencia. Mi corazón golpeaba contra mis
costillas mientras mi estómago se revolvía.
¿Qué mierda había estado ella haciendo en el garaje en primer lugar?
Nunca salía de su apartamento sin mí.
Mientras bajaba corriendo las escaleras, oí un golpeteo detrás de mí
digno de una sección de percusión. Paso por paso. Nunca vacilando. Nunca
desacelerando. No fue hasta que crucé la última puerta del garaje que me di
cuenta de que Johnson, Lark y Alex me habían seguido. Los gruñidos
enojados en sus rostros reflejaban el mío.
El garaje estaba vacío, pero un pequeño rastro de sangre en el suelo
gritaba tan fuertemente que era casi ensordecedor.
Me congelé, lava volcánica hirviendo en mi interior. No tenía ni idea
de si podía confiar en Apollo o no. Era conocido por sus juegos mentales. Y
podría muy bien haber estado jugando conmigo ahora, pero lo único que
sabía con certeza era que Apollo Park nunca estuvo lejos de su hermana.
Subiendo a mi Jeep, todos los chicos apilándose detrás de mí, espeté:
—¿Dónde mierda estás?
Rhion
—¿Pusiste algo en el agua? —farfullé mientras zigzagueaba hacia el
balcón de la vieja oficina de mi padre. No había estado aquí desde que Pete
había cerrado el local, habiendo optado por dirigir todo remotamente desde
Nueva York.
Hacía mucho frío, pero estaba demasiado entumecida para importarme.
Debería haber estado asustada, considerando que había escapado de mi
hermano por poco, Jude no estaba en ninguna parte a la vista y ahora tenía
la fuerte creencia de que había sido drogada. Pero mi mente aletargada era
un poco demasiado lenta procesando todos los hechos para permitir que mi
miedo atacara.
—Solo un poco para relajarte después de ese horrible encuentro con
Apollo —dijo Pete antes de tomar otro sorbo del líquido ámbar que había
estado sosteniendo contra su rostro hinchándose desde que habíamos
llegado.
Chasqueé la lengua.
—No deberías haber hecho eso. Jude va a estar moleeeesto.
—No estoy terriblemente preocupado por Jude, Rhion —espetó.
Me reí y me balanceé hacia la barandilla.
—Deberías estarlo. Probablemente te golpeará de nuevo. Hará que el
otro lado de tu rostro coincida con lo que Apollo te hizo. —Puse expresión
de ay.
Aunque si la mirada fulminante de Pete era alguna indicación, no era
una buena.
Un golpe en la puerta apartó su atención de mí.
—Oh, gracias a Dios. —Exhaló—. Toma. Sostén esto. —Colocó la
bebida en mi mano y cruzó la oficina vacía hacia la puerta.
Allí, un chico joven con un casco de bicicleta estaba sosteniendo una
carpeta marrón.
—Por favor. Por favor, entra. Solo necesito tomar mi cartera y puedes
irte —dijo Pete, haciéndole un gesto para que entrara.
La mirada del chico fue a mí y le ofrecí una sonrisa amigable y un
saludo con un dedo mientras una ráfaga de viento me golpeaba en la
espalda, haciendo que me tambaleara hacia delante varios pasos. Me
sostuve en la puerta y sonreí orgullosamente mientras levantaba la bebida
de Pete en su dirección.
—Mira eso. No derramé ni una gota.
Pete suspiró y miró al chico.
—Tendrás que excusar a Rhion. Ha estado bebiendo desde que llegó.
—¡No, no lo he hecho! —Me reí.
El chico de la bicicleta le dirigió a Pete una sonrisa comprensiva.
Lo que sea. ¿Cuál era el viejo dicho? Si no puedes vencerlos, únete a
ellos. Me encogí de hombros y alcé el vaso a mis labios, teniendo arcadas
cuando el whisky tocó mi lengua.
Pete y el hombre —quien me gustaría notar que llevaba pantalones tan
ajustados que supuse que tendría que quitárselos quirúrgicamente al final de
su turno de mensajero—, me miraron con asco.
—En fin —dijo Pete, entregándole al chico un fajo de efectivo—.
Muchas gracias por tu rápido servicio.
Cuando Pantalones Ajustados McGee finalmente se fue, le ofrecí a
Pete su vaso y pregunté:
—¿Cuánto tiempo más hasta que Jude llegue aquí?
Agitó su bebida y resopló mientras empezaba a revolver los papeles,
descartándolos al azar en el suelo.
—Nunca si puedo evitarlo.
—Te dije que dejaras de decir mierda sobre… —Mi voz se desvaneció
cuando una idea se filtró a la superficie de mi drogada niebla—. Espera.
¿Le dijiste que veníamos aquí en lugar de al hotel?
Mantuvo su cabeza gacha mientras empezaba a rasgar papeles por la
mitad.
Me acerqué y le arrebaté un papel de la mano, mi lengua tan gruesa
que apenas podía formar las palabras.
—¡Pete! ¿Lo llamaste?
Me miró, su rostro oscuro y malevolente. Era más que una expresión;
era como si toda su aura hubiera cambiado.
Me tambaleé hacia atrás, los nervios arremolinándose en mi estómago.
—Quiero mi teléfono —dije rápidamente.
Metió sus manos en los bolsillos de sus pantalones de vestir.
—Eso no va a suceder.
—¿Q-qué está sucediendo aquí? —tartamudeé mientras mi pulso se
aceleraba. Mi mente confusa finalmente cayó en la cuenta de que algo iba
muy mal.
—Bueno… —dijo arrastrando las palabras—. Te traje aquí después de
un encuentro con tu hermano, temeroso de que si volvíamos al hotel, nos
seguiría. Eras un desastre, y mientras no te veía, tomaste mi medicación
legalmente prescrita. —Reveló un bote de píldoras de su bolsillo y lo
sacudió en mi dirección.
Mis ojos se ensancharon mientras me tambaleaba hacia atrás otro paso.
Y entonces otro paso atrás porque mis pies no podían mantenerse al día
con el intento de retroceder de mi cuerpo.
—Entonces… muy similar a tu pobre madre, la tragaste con alcohol.
Seguramente recuerdas el resto. —Sonrió y miró intencionadamente a la
bebida en mi mano—. Yo, por supuesto, no tenía ni idea de que tomaste las
píldoras. Y el mensajero puede atestiguar el hecho de que estabas bebiendo.
Mi mente apenas seguía el ritmo, pero mientras una ola de
entendimiento me golpeaba, de repente no pude centrarme en nada más.
Muy despacio, repetí:
—Quiero mi teléfono.
—Lo siento, dulzura. Lo dejaste en el auto. —Caminó hacia mí.
Alcé una mano para detenerlo.
—Y una mierda. Tú lo dejaste en el auto.
—Eso no es lo que mi conductor dirá.
Una enfermiza sensación de traición empezó a girar en espiral fuera de
control hasta que finalmente me rompió. Lazando el vaso al otro lado de la
habitación y rompiéndolo contra la pared, corrí hacia la puerta. Lo cual,
ciertamente, no fue muy rápido, considerando que mis piernas se sentían
como si hubieran sido llenadas de plomo.
Se agachó y cubrió su cabeza para evitar el vaso, y luego una risa
improbable escapó de su garganta mientras daba un paso delante de la
puerta.
—Ah, sí. Y entonces te pusiste violenta después de ver las ganancias
mediocres del negocio del año pasado. —Movió una mano hacia los
papeles en el suelo—. Siempre tuviste el temperamento de tu padre. Sandy
atestiguará eso.
Parpadeé mientras mi corazón se detenía en seco con un chirrido.
—¿Sandy?
Con una perturbadora sonrisa y una más aterradora risa, dijo:
—El dinero es un poderoso motivador, Rhion.
—Oh, Dios. —Cubrí mi boca.
—Oh, dulce e ingenua niña. ¿En serio pensaste que Sandy se
preocupaba por ti?
Cada asquerosa palabra se sentía como la punta de un cuchillo
arrastrándose sobre mi piel.
Continuó:
—Ahora, las buenas noticias son que tu testamento ha estado archivado
desde antes del fuego, así que no hay señales de alarma ahí.
No había tenido un testamento antes del fuego. Había tenido veintidós
años, con nada más que un armario lleno de ropa, y durante seis semanas
tras la muerte de mi padre, había estado llorándolo. Un testamento habría
estado muy bajo en mi lista de prioridades. No fue hasta después del
incendio que hice uno, y solo para que Apollo no recibiera nada si algo me
sucedía.
—Tú… provocaste el incendio.
Se rió y puso una mano sobre su corazón.
—¿Yo? No. Pero sucede que conozco a un fantástico pirómano si
alguna vez necesitas uno. —Guiñó—. Así que, como puedes imaginar, Jude
Levitt ha sido un dolor en mi culo desde tiempo antes de que estuviera
intentando meterse en tus pantalones. Pero, por suerte, todo funcionó.
Considerando que me diste todo de todos modos.
Tragué con fuerza y negué con vigor, mi visión dividiéndose por un
segundo.
—Solo te di el control —dije con voz ahogada.
—Deberías leer las cosas antes de firmarlas, Rhion. Es una buena
práctica de negocios. —Con largas y maliciosas zancadas, avanzó hacia mí
—. ¿De verdad pensaste que había pasado toda mi vida besándole el culo a
tu padre para irme sin nada? Maldito sea si te lo devuelvo ahora.
—¡Espera! ¡Detente! —grité.
Seguí moviéndome hacia atrás, mis brazos estirados, la única barrera
que era capaz de usar para protegerme. Mi pie golpeó el umbral del balcón
y tropecé, pero de alguna manera me las arreglé para enderezarme antes de
golpear el suelo. Pete continuó su avance y, segundos más tarde, el dolor
explotó en mi espalda cuando me empujó con fuerza contra la barandilla.

Jude
—¡Ahí está! —gruñí, señalando a Apollo, que estaba en un
estacionamiento vacío fumando un cigarrillo.
Mi auto ni siquiera se había detenido antes de que Johnson abriera su
puerta y saliera, pasos agresivos llevándolo hacia el hermano de Rhion.
Después de dejar mi auto en punto muerto, estuve un segundo detrás de
él.
Mi corazón había estado en mi garganta todo el viaje. Había alternado
entre la furia consumidora y el pánico paralizante. Las dos emociones
habían cambiado tan rápidamente que se habían superpuesto a menudo.
Mientras habíamos conducido, Alex había estado al teléfono con la policía
mientras movilizaban a las fuerzas de la ley locales en busca del auto de
Pete basados en la descripción que Leo había conseguido de una grabación
de seguridad del garaje. Mientras tanto, Lark había estado al teléfono con el
cuñado de Leo, Caleb Jones, un detective del departamento de policía de
Chicago, y le había dado todo lo que sabíamos sobre Apollo. Todavía no
teníamos ni idea de qué lado estábamos, pero ninguno de nosotros estaba
dispuesto a confiar en ninguna de las partes en esta ecuación. Todo lo que
sabíamos era que ni Rhion ni Pete estaban contestando al teléfono y Apollo
los había seguido a un edificio vacío en los límites de la ciudad.
—¡Joder, no me toques! —gritó Apollo cuando Johnson fue hacia él
furioso, cada paso más pesado que el último.
—Jodidamente te mataré si esto es uno de tus juegos —gruñó,
agarrándolo del frente de su camiseta y empujando un dedo en su rostro.
Metiéndome entre ambos, empujé a Johnson, pero solo para poder
poner mis propias manos sobre el chico.
—Me tienes aquí. Ahora, ¿dónde está?
—Están ahí arriba. Si le das un segundo, puedes verla paseándose por
el balcón. La oficina de la esquina superior solía ser la de mi padre. Un
mensajero acaba de irse. Parece que el edificio no está bloqueado.
Le di una fuerte sacudida antes de soltarlo para alzar la mirada al
edificio.
Usando mi mano para proteger mis ojos del sol, miré,
desesperadamente buscando un simple vistazo de ardientes puntas de su
cabello rubio.
Pero no fue la vista de ella lo que hizo que el tiempo se detuviera.
—¡No! —Su voz aguda hico eco en el edificio y el pavimento.
Aspiré un profundo aliento y sentí como si el ácido estuviera cubriendo
el interior de mi garganta cuando capté un vistazo de ella doblada hacia
atrás sobre la barandilla, su cabello moviéndose con el viento detrás de ella.
No había humo.
Ni una casa ardiendo.
Ni fuego en absoluto.
Pero la vista de mi Butterfly balanceándose en el borde, apenas
aferrándose a la vida, fue más que suficiente para prenderme en llamas.
Cada músculo de mi cuerpo empezó a zumbar mientras algo dentro de
mí explotaba.
Todos a la vez, salimos corriendo. Johnson y yo íbamos hombro con
hombro al frente de la manada, Lark y Alex tras nosotros, Apollo en la
retaguardia.
—Tomaremos las escaleras —me espetó Johnson—. Alex, Lark, tomen
a Apollo y vayan por el ascensor.
Mis piernas nunca desaceleraron mientras abría la escalera de
incendios, subiendo los escalones de dos en dos.
Mi corazón estaba acelerado y mis pulmones empezaron a protestar
cuanto más alto subíamos, pero habría tenido que caer muerto antes de
darles cualquier respiro.
Me empujé más duro. Más rápido. Visiones de ardientes mariposas
destellaron tras mis párpados, impulsándome con cada paso.
Cuando finalmente alcanzamos el décimo piso, me detuve mientras
Johnson empujaba la última puerta.
Pete no era estúpido. La puerta iba a estar bloqueada y no tendríamos
manera de entrar. Iba a tomar preciados instantes cruzarla. Patear una puerta
hasta derribarla no era tan fácil como lo hacían parecer en las películas.
Tenía fe en que los cinco podríamos hacerlo… con el tiempo.
Pero muy similar a la primera vez que había intentado salvar a Rhion,
no tenía tiempo que esperar.
Por razones que nunca sería capaz de explicar, mi mente derivó a esa
noche del incendio.
Aspirando un aliento lleno de humo, tomé una decisión que me
perseguiría por el resto de mi vida.
—Necesitas subir al tejado.
—¡No puedo! —chilló.
Mi estómago se retorció, pero suavicé mi voz.
—Mira, sé que estás asustada. Pero estoy justo aquí. Te ayudaré a
subir, pero, cariño, se te está echando encima. Tienes que moverte, y quiero
decir ahora.
Rhion probablemente diría que era el destino.
Y siempre y cuando estuviera viva, la dejaría llamarlo como quisiera.
—Mantenlo distraído —le dije a Johnson mientras rodeaba la esquina
hacia el último tramo de escaleras.

Rhion
Y justo cuando pensé que las cosas no podían empeorar.
Apenas me estaba aferrando al hombre que consideré un padre, quien
al parecer estaba intentando matarme por segunda vez, cuando oí su voz.
No Jude.
No Johnson.
No la policía.
Ni siquiera Pantalones Ajustados McGee.
Mi hermano.
Mi. Jodido. Hermano.
Probablemente ahí en modo de espera para prender mi cuerpo en
llamas cuando Pete hubiera terminado conmigo.
—¡Quítale tus jodidas manos de encima! —gritó Apollo, golpeando la
puerta.
Mi corazón ya estaba trabajando horas extra. La adrenalina estaba
ardiendo a través de los efectos mentales de lo que fuera que Pete había
usado para drogarme, pero mi cuerpo flojo era más lento para salir de ello.
O eso o el hombre de cincuenta y siete años le había dedicado un buen
tiempo al gimnasio, porque no importaba cuán duro luchara, no podía
deshacerme de su agarre. Y lentamente, centímetro a centímetro, estaba
superándome.
Sin embargo, me negué a rendirme. Y no solo porque el instinto
humano natural era luchar por la supervivencia. Sino porque quería vivir.
Quería la vida que se me había prometido que tendría solo horas antes.
Un anillo en mi dedo.
Pequeños bebés de ojos verdes.
Mecedoras.
Jude.
Nadie. Ni algún pirómano caro. Ni Pete. Ni Apollo. Iba a quitarme eso.
Sin embargo, mientras los dedos de mis pies empezaban a deslizarse y
mi centro de gravedad se acercaba más y más a ser forzada sobre la
barandilla, temí que ya no estuviera en mi control.
Necesitaba un héroe.
Necesitaba a Jude.
Pero esto no era como la última vez. No había una alarma silenciosa
sonando. Jude probablemente no sabía que había desaparecido. E incluso si
hubiera descubierto lo que sucedió en el garaje, asumiría que estaba a salvo
con Pete.
No, esta vez estaba sola.
Pete gruñó cuando arañé su rostro, dando todo lo que quedaba en mí.
—¡Suéltame! —exclamé con voz ahogada mientras el suelo
desaparecía de debajo de mis pies y el borde de la barandilla golpeaba mi
culo.
Solo unos centímetros más y ya no sería capaz de aferrarme.
La voz de mi hermano gritó de fondo, el sonido de madera astillándose
en la puerta asustándome casi tanto como el frío aire vacío a mi espalda.
Perdí la esperanza en mi lucha y frenéticamente empecé a aferrarme a
la camisa y hombros de Pete. Hice todo lo posible para enganchar mis
piernas a su alrededor para hacer palanca, pero estaba cayendo. Rápido.
Con el viento frío soplando a mi alrededor, más aire que barandilla,
cerré mis ojos con fuerza y envié una última plegaria al universo.
Había sido salvada de las garras de la muerte una vez. Tal vez…
—Butterfly.
La esperanza explotó en mi pecho mientras abría mis ojos de golpe.
Jude. Parado como un maldito superhéroe en el borde del tejado solo
un piso por encima de nosotros. Sus ojos ardiendo con rabia primitiva.
Parpadeé.
No era real.
De ninguna manera.
Pero la posibilidad de que estuviera allí me activó para seguir
aferrándome.
Pete mantuvo su lucha, intentando apartar mis manos de su camisa a la
fuerza.
Y mantuve la mía, mis dedos entumeciéndose por apretar tan fuerte.
Mi pulso se disparó cuando capté un vistazo de la fantasía de mi
imaginación rápidamente descendiendo y luego cayendo sobre sus pies
junto a nosotros en el balcón.
—Qué mierda… —Fue todo lo que Pete soltó antes de desaparecer
repentinamente.
Lo vi suceder, aun así, todavía no podía creerlo.
Jude agarró mi brazo al mismo tiempo que envolvía su bíceps
alrededor del cuello de Pete. El suelo reapareció bajo mis pies mientras
Jude movía su pierna, derribando a Pete con fuerza.
No podía moverme.
Ni siquiera estaba segura de estar respirando cuando Jude empujó una
rodilla contra su espalda y retorció el brazo de Pete detrás de él.
Se sentía como un sueño, susurros de detalles que mi cerebro había
inventado mientras caía hacia mi muerte.
Esto fue probado cuando oí un fuerte golpe y alcé la mirada. La puerta
rota se abrió y Apollo entró furiosamente con Johnson, Alex y Lark… y ni
siquiera estaban cargando su cuerpo sin vida.
Definitivamente no era real.
—Oh, Dios. —Lloré, hundiéndome en el suelo y envolviendo mis
brazos alrededor de mis piernas—. Estoy muerta.
Johnson fue directo hacia Pete y lo levantó del suelo solo para
golpearlo de nuevo.
El cuerpo musculoso de Jude de repente llenó mi visión cuando se
acuclilló frente a mí.
—Rhion —susurró.
Lágrimas cayeron por mi rostro y barbilla cuando alcé la mirada hacia
él.
—Eres… —grazné. Después de carraspear, terminé con—: ¿Eres real?
Una lenta sonrisa curvó sus labios mientras replicaba:
—Lo soy. Y también tú, mi hermosa Butterfly.
Un sollozo escapó de mi garganta.
—Oh, Dios, no lo eres. El Jude real nunca diría eso.
Se rió y me arrastró a sus brazos.
—Lo hace ahora.
Parpadeé.
Y luego parpadeé de nuevo.
Pero nunca desapareció.
—Esto no puede ser real —susurré contra su cuello.
—Es real, Rhion —replicó con un fuerte apretón.
—Tiene que ser un sueño. Pete acaba de intentar matarme. Apollo está
aquí y no ha intentado matarme. Y apareciste del aire sobre un tejado
segundos antes de que cayera. Esto definitivamente no es real, Jude.
Sus brazos se sacudieron a mi alrededor mientras inhalaba
profundamente, su pecho expandiéndose entre nosotros hasta pegar nuestros
torsos.
Y entonces, Jude probó que era mejor que cualquier versión de él que
pudiera escribir jamás.
—Solo dije que era real, Butterfly. Nunca dije que no fuera un sueño.
Treinta y Dos
Jude
—¡Hijo de puta! —gritó Rhion cuando se lanzó a través de la mesa de
comedor de Guardian tras su hermano.
—¿Un poco de ayuda, chicos? —gritó Apollo mientras la mayoría del
equipo los observaba, una sonrisa en nuestros rostros.
La mía era una máscara para la agitación emocional ocurriendo en mi
pecho, y sospechaba que la de Johnson también. Mi pulso se había
ralentizado y la adrenalina estaba dejando mi sistema, pero no creía que
alguna vez fuera capaz de calmarme de nuevo.
Nunca olvidaría verla en la repisa la noche del incendio. Me había
perseguido durante años.
Pero en el momento en que la había visto en ese balcón, tan
peligrosamente cerca de caer, había sabido que, si caía, nunca sería capaz de
cerrar mis ojos de nuevo.
Ni parpadear, y ciertamente no dormir.
Si caía, iba a caer con ella.
Por suerte —o como a Rhion le gustaba decir, como el destino querría
—, había llegado allí a tiempo.
Pero haberla salvado no se sentía como redención para la noche del
incendio.
No todas las cicatrices se desvanecían con el tiempo.
Durante ese breve segundo cuando la había mirado, mi Butterfly
luchando contra un monstruo, me había dado cuenta finalmente de que no
todas las cicatrices eran malas.
Sin las mías, nunca la hubiera conocido.
Esa loca, loca mujer que había iluminado mi vida en un millón de
tonos de colores vibrantes.
Y, solo por eso, en el momento en que la había tenido a salvo, había
hecho las paces con mi pasado.
—¡Lo hice por ti! —gritó Apollo, esquivando los pequeños puños
voladores de Rhion.
—Me asustaste como la mierda durante dos malditos años.
—Sí, y fue arduo. Estoy deseando unas vacaciones.
Podría decirse que o Apollo tenía un deseo de muerte o no era el
miembro más brillante de la familia Park, porque había estado provocando
a Rhion durante unos veinte minutos con mierda como esa.
Pero si su amplia sonrisa y los labios retorciéndose de ella eran alguna
indicación, solo era tormento contenido de hermanos que necesitaban sacar
de sus sistemas.
—¡Gah! —resopló ella, lanzándose de nuevo tras él.
Negando, rodeé con mi brazo sus caderas y la levanté.
—De acuerdo, Ronda Rousey5. Ha sido un largo día. Guardemos el
club de la lucha para otra noche.
Volvió su ceño enojado hacia mí, pero cuando sonreí y arqueé una ceja,
se transformó en una brillante sonrisa.
Después de que la policía se llevara a Pete, una ambulancia había
venido por Rhion.
No teníamos ni idea de qué clase de drogas le había dado Pete, y
mientras que parecía estar despejándose, no iba a tomar ningún riesgo.
Moratones cubrían su cuerpo y me aterrorizaba pensar lo que podría haber
estado sucediendo por dentro. Una docena de pruebas de sangre después,
fue dada de alta y estuvimos en nuestro camino antes de que se pusiera el
sol. Apollo estaba esperándonos en Guardian, y mientras que quería
encerrarla en su apartamento durante un mes, Rhion quiso hablar con su
hermano.
No era una conversación fácil para nadie, y Apollo preguntó si podían
hablar en privado, pero no había jodida manera de que estuviera dejándola.
Buen o mal chico, ya no confiaba en nadie con Rhion.
Rhion lloró cuando él le contó las cosas que Pete le había hecho de
niño. Ni siquiera conocía a Apollo, pero fue difícil no conducir a la cárcel y
destruir a Peter Higgins.
—Dile a Apollo buenas noches y vayamos a casa —ordené.
—Bien —me dijo antes de fulminar con la mirada a su hermano—.
Pero esto no ha acabado.
Él se encogió de hombros y luego miró alrededor de la habitación.
—¿Alguien quiere ir por una cerveza?
Johnson dio un paso hacia él, le puso una mano en el hombro y le dio
un fuerte empujón hacia la puerta.
—Yo no presionaría tu suerte, chico. Solo porque ninguno te hayamos
decapitado, no significa que todavía no tengamos sed de sangre.
Rhion soltó una risita mientras Johnson lo llevaba a la puerta, pero
antes de que salieran, gritó:
—Gracias, Apollo.
La sonrisa de él se ensanchó, pero sus ojos se llenaron de lamento.
—Cualquier cosa por ti, Rhion.
Su cuerpo se hundió mientras se presionaba contra mi costado, nunca
apartando su mirada de la espalda de su hermano hasta que la puerta se
cerró tras él.
—¿Estás bien? —murmuré en la cima de su cabello.
—Como un sueño —susurró en respuesta.
Y justo entonces, cuatro años después de la noche que casi nos había
arruinado a ambos, con ella metida en mis brazos, todo un futuro por
delante de nosotros, no pude decir que estuviera equivocada.
Epílogo
Rhion
Dos años más tarde…

—Te ves hermosa —me susurró Jude al oído mientras nos


balanceábamos juntos en la pista de baile, las olas chocando en la playa
detrás de nosotros.
Lo estaba. Sabía eso. Había pasado seis horas arreglándome. Dos
peluqueros. Una maquilladora. Un elegante vestido blanco completado con
miles de diminutos cristales rojos subiendo desde el dobladillo. Los tacones
rojos y negros más increíbles que jamás habían sido hechos. Pero era el
anillo de boda de Jude en mi dedo lo que hacía todo destacar. Hermosa no
era una palabra lo bastante fuerte.
—Lo sé —susurré en respuesta, mi sonrisa tan grande que era casi
dolorosa.
Durante los primeros días después de que Jude me hubiera salvado —
por segunda vez—, había hecho un buen maldito trabajo en mantenerme
serena. No había pasado por alto las miradas cautelosas de Jude. Había
estado preocupado. Y justificadamente. Había pasado por un infierno. Pero
el mundo había seguido girando.
Pete estaba enfrentando una plétora de cargos y Sandy había sido
arrestada en su casa en Nueva York después de que mi llamado testamento
hubiera sido recuperado de la oficina de Pete, su nombre en la última línea
como testigo. Ni siquiera llegó a la estación de policía antes de que se
hubiese vuelto contra él, revelando todo, desde el nombre del hombre al que
Pete había pagado para provocar el incendio hasta los abogados que había
usado para quitarme la herencia de mi padre.
No fue hasta cuatro días más tarde, la mañana de Navidad, cuando la
realidad de todo cayó sobre mí. No habría llamadas telefónicas o visitas de
gente a la que había considerado mi familia por mucho tiempo. Había
perdido no solo a mis verdaderos padres, si no a mis padres sustitutos
también.
Estaba en el proceso de romper todas las fotos que tenía de ellos
cuando Jude me detuvo. Envolviéndome en un abrazo de oso, me había
susurrado al oído: “Romperlas no eliminará el pasado, Butterfly. Todo lo
que podemos hacer es llenar los marcos con nuevas fotos. Nuevos
recuerdos”.
Tenía razón, pero aun así lloré durante casi todo el día. Alrededor de
las cinco esa tarde, los hombres de Guardian llenaron mi apartamento, junto
con Apollo y la hermana de Sarah, Emma, una fotógrafa local. Me veía
fatal con los ojos y el rostro hinchados en cada una de esas fotos. Pero, al
día siguiente, había sonreído como una maníaca mientras Jude las había
colgado por nuestro apartamento.
Mirando a mi esposo, sonreí ante el recuerdo y deslicé mi mano por su
nuca para trazar con mis dedos sus cicatrices.
Sonrió; el dolor y la tortura que solían pintar su rostro ante mi toque ya
desvanecidos. Ya no eran sus cicatrices. Eran nuestras. Juntos.
—¿Quieres ver algo interesante? —inquirió Jude, sus ojos destellando
sobre mi hombro.
—Depende. ¿Es algo interesante sexy? —pregunté.
—No para ti —replicó.
Nos volvió al ritmo de la música hasta que vi a Braydon y Katie ante la
barra, solo centímetros separaban sus cuerpos. Las mejillas de ella estaban
rojo brillante, y la sonrisa de él estaba dirigida al suelo, los zapatos de Katie
colgando de la punta de sus dedos.
—Oh, diablos. —Exhalé—. Eso no va a terminar bien.
Jude rió.
—Nunca se sabe. Pensé lo mismo sobre Alex y Brianna.
—¿Dónde están de todos modos? —Me volví hacia las mesas
flanqueando cada lado de la pista de baile, pero nunca encontré a mi dama
de honor y su novio.
—Probablemente teniendo sexo en nuestra cama.
—Ew… Con suerte usarán al menos una de las habitaciones de
invitados.
—Puse un jodido candado en la habitación de Val.
Palmeé su pecho.
—Hombre inteligente.
Apollo apareció a nuestro lado, preguntando:
—¿Les importa si interrumpo?
—En realidad, jodidamente sí —gruñó Jude, y puse los ojos en blanco.
Era tan sobreprotector.
Apollo había estado de vuelta en mi vida por los últimos dos años, pero
sospechaba que Jude nunca confiaría en él completamente. Es más, no
estaba segura de que nunca confiara en nadie conmigo. Solo unas horas
antes, le había dado a Johnson una mala mirada cuando me había
acompañado por el pasillo arenoso.
—La siguiente canción —le dije a Apollo, no lista aún para soltar a mi
hombre.
Levantó sus manos en rendición y retrocedió despacio, una sonrisa
gigante separando sus labios.
Me había tomado un tiempo darme cuenta de que, aunque había
perdido parte de mi familia, lo que había ganado era mucho más.
Una vez que el resto del dinero de mi padre me había sido devuelto,
había liquidado rápidamente todo lo que Pete había tocado y le había dado a
Apollo su parte justa. Una parte de mí temió que nunca volvería a verlo
después de que los fondos fueran transferidos. Pero, para mi sorpresa, su
primera gran compra fue el bar Murphy’s, directamente al otro lado de la
calle de mi edificio. Había estado viviendo en el apartamento de encima
durante unos años, y dijo que se sentía como el hogar. Mientras que mi
relación con Apollo literalmente cambió de la noche a la mañana, pasaría
un largo tiempo antes de que las heridas de nuestro pasado sanaran. Era un
proceso lento y riguroso para ambos. Como era de esperar, me volví tímida
en el departamento de la confianza. Apollo tenía un montón de demonios
que vencer, y no me entusiasmaba estar en la línea de fuego mientras lo
hacía. Pero nos habíamos vuelto más cercanos con cada día que pasaba.
—¿A qué hora tiene que volver Val? —inquirí, pegándome contra
Jude.
—April dijo que podía quedarse por la noche. —Su mano fue a mi culo
y se inclinó para que sus labios estuvieran en mi oreja—. Pero realmente
me gustaría tener un poco de tiempo a solas contigo, preferiblemente fuera
de este vestido.
Mis mejillas se sonrosaron.
—Me tendrás sola durante diez días en Bermudas. Pasemos un poco de
tiempo con ella mientras tenemos la oportunidad.
Gimió, pero luego cedió.
—Tienes razón. Además, tiene que dormir en algún momento, ¿cierto?
—Guiñó.
Alcé una ceja.
—¿Estás proponiendo sexo furtivo a las tres de la mañana en la noche
de bodas?
Sus labios se curvaron con travesura.
—Probablemente va a ser a eso de la una de la mañana. No estoy
seguro de aguantar hasta las tres.
Mientras que todavía vivíamos en nuestro apartamento en Chicago,
visitábamos la casa de la playa y a Val en cada oportunidad que teníamos.
April todavía era una perra, pero después de años de tratar con Margaret
Spencer, me había vuelto algo así como una susurradora de perras. Era
increíble cuán drásticamente cambiaba alguien cuando se les ofrecía la libre
disposición de una casa en los Hamptons, una cabaña en Aspen y un ático
en Nueva York. Pensé que una vena en la frente de Jude iba a explotar
cuando me había oído ofrecérselos a ella. Sin embargo, dos años después,
nunca ni una vez le había puesto problemas a Jude para tener a Val durante
un fin de semana.
—De acuerdo, Levitt. Deja de acaparar a la novia —dijo Leo, ni
siquiera dándole a Jude una oportunidad de replicar antes de arrastrarme a
sus brazos.
Jude lo fulminó con la mirada, el tic en sus labios traicionando su
humor.
—Sé útil y tráenos un poco de champán mientras le doy a tu esposa
una vuelta en la pista de baile.
Mariposas aletearon en mi estómago. Esposa. Nunca se volvería viejo.
—Correcto —replicó Jude en tono aburrido antes de darme un beso en
la cima de mi cabeza y luego alejarse a regañadientes.
—Ventajas de ser el jefe —murmuró Leo.
Aparté mi mirada de la espalda de Jude y pregunté:
—¿Qué?
—No pueden decirme que no. Ese hombre quería soltarte tanto como
quiere una apendicetomía. —Alzó su barbilla hacia la mesa en el lado más
lejano de la habitación—. Además, creo que Johnson ha estado
demandando su tiempo, esperando por un turno.
Me volví y, por supuesto, Aidan estaba sentado solo a la mesa más
cercana a la pista de baile, una bebida casi vacía en su mano, su oscura
mirada clavada en mí, una emoción ilegible grabada en sus rasgos.
—¿Se encuentra bien? —cuestioné, la preocupación apoderándose de
mí. Lo perdí de vista cuando Leo me giró bajo su brazo.
—Tengo una confesión —dijo Leo.
Mirando sobre mi hombro, intenté mantener a Johnson en mi vista,
pero mi compañero de baile lo estaba haciendo casi imposible.
La voz de Leo cayó a un susurro cuando anunció:
—Leo tus libros.
Esto no era una sorpresa. Mientras que mi serie Burning Love estaría
guardada para siempre en mi estantería, había publicado tres nuevos títulos
durante el último año. Las ventas no eran nada de lo que presumir. Creo que
vendí veintisiete copias el primer día, el cual casualmente era el número
exacto de empleados en Guardian, pero lo que sea. Mi sentido de logro ese
día no había sido sobre los números. Fue sobre ser libre al fin. Había estado
escondiéndome durante demasiado tiempo, habiendo permitido que mis
miedos me controlaran. Pero en ese momento, mi dedo sobre el botón
mágico de publicar, Jude sentado a mi lado, una sonrisa en su rostro,
orgullo brillando en sus ojos, y excitación aleteando en mi estómago, supe
que estaba a un clic de distancia de vivir mi sueño.
Riendo, le dije a Leo:
—No te tenía por un aficionado al romance.
—Oh, pero ahí es donde te equivocas, Rhion. Parece que soy muy
jodidamente bueno en el romance. —Movió su mano de mi espalda y
señaló a Sarah, que estaba con Lark y su esposa—. Verás, hace un tiempo,
conocí a una mujer que me enseñó que, a veces, dos piezas rotas pueden
formar un todo. Y tú, amiga mía, estabas rota. Así que, después de robar y
leer uno de tus libros, contraté a quien esperé pudiera ser tu otra pieza.
—¿Qué? —Jadeé, mis pies arraigados al suelo, escalofríos erizando mi
piel.
Oh. Dios. Mío.
—Ahora, ahora. No te pongas toda emocional conmigo —susurró Leo.
Sí, correcto. Como si eso no fuera a suceder.
—Lo… ¿lo contrataste por mí?
—No —replicó, sus manos cayendo de nuevo de mi espalda cuando la
canción llegó a su fin—. Lo contraté porque vino con una espectacular
referencia de su antiguo jefe. Aunque sí lo contraté sin apenas entrevistarlo
por ti. —La esquina de su boca se alzó en una sonrisa torcida—. Tengo que
decir, cariño, que nunca esperé que en realidad te fueras a casar con el
chico. Imaginé que, realísticamente, superarías tu obsesión con él y
finalmente te abrirías a alguien más. Mi apuesta estaba en Devon.
Curvé mi labio. No es que Devon no fuera un hombre atractivo, pero la
idea de estar con él estaba a la misma altura que seducir a Apollo.
Leo rió y me abrazó.
—Pero me complace como la mierda verlos a ambos completos de
nuevo. Casados o no. Eres Guardian, Rhion. Cuidamos de los nuestros.
Lágrimas llenaron mis ojos mientras le devolvía el abrazo. Había
pasado un montón de años sintiéndome sola en ese apartamento antes de
que Jude hubiera aparecido, pero resulta que mi verdadera familia había
estado justo encima todo el tiempo.
—Gracias, Leo. —Exhalé.
Me soltó y metió sus manos en sus bolsillos.
—Si es posible, mantengamos esto en secreto. Si el rumor de que
estaba jugando a ser Cupido se extiende, va a ser difícil mantener la
reputación de tipo duro que me he formado.
—Ni una palabra. —Me reí e hice un espectáculo de cerrar mis labios
con cremallera y luego lanzar la llave lejos.
Leo me giró una vez más antes de besar mi mejilla.
—Parece que hay una cola formándose.
Mi mirada encontró a Johnson mientras se paraba detrás de Leo,
impacientemente esperando su turno conmigo.
Casi estaba en sus brazos cuando Jude se interpuso, un vaso de
champán en cada mano. Después de lanzar una sonrisa arrogante sobre su
hombro, declaró:
—He terminado de compartir.
—¡Jude! —regañé sin entusiasmo, golpeándolo en el pecho.
Sonrió y entregó las copas a Leo y Johnson.
—Te he compartido con los chicos lo suficiente esta noche.
Sobrevivirán un tiempo más sin ti. —Se inclinó hacia mí, agarrando mis
caderas, y dijo con voz ronca—: Después de ver tu culo en ese vestido, no
estoy seguro de poder decir lo mismo.
Solté una risita y rodeé sus hombros con mis brazos, acercándolo.
—No puedo creer que hoy casi haya acabado —comenté, presionando
mi mejilla contra su pecho, su fuerte corazón latiendo a un ritmo de staccato
en mi oído mientras miraba las olas rodar.
—Sí, pero solo estamos empezando, Rhion. Tenemos la parte del anillo
cubierta, pero dame unos años y empezaremos con los bebés y las
mecedoras.
Suspiré y mi corazón se hinchó.
—Eres real.
Su pecho retumbó antes de decir las palabras que nunca me cansaría de
oír:
—También te amo, Butterfly.
FIN
Thrive
(Guardian Protection #2)

De una de las autoras mejor vendidas de USA Today, llega un


nuevo libro independiente de romance de segundas oportunidades.
Cuando tenía diecinueve años, fui enfrentada con una elección que
cambió mi vida. Mantener la seguridad de lo que ya conocía o arriesgarme
a perderlo todo con el joven y terco soldado que me robó el corazón.
Escogí al hombre equivocado y, durante diecisiete años, pagué con
lágrimas, sangre y sueños rotos por esa decisión.
Ahora, hay un hombre en mi casa, apuntando una pistola a mi cabeza
por orden de mi ex marido, dada desde su celda en la prisión.
¿Ese terco soldado que estuve demasiado asustada para elegir? Ahora
es una pared de músculo de uno noventa que trabaja en la mejor agencia de
guardaespaldas del país. Siempre lo he querido, pero ahora, nunca lo he
necesitado más.
Es la llamada que me aterroriza hacer.
Estoy segura de que todavía me odia… a pesar de que nunca he dejado
de amarlo.
Sobre la Autora

Nacida y criada en Savannah, Georgia, Aly Martinez es ama de casa y


madre de cuatro locos niños menores de cinco años, incluyendo unos
gemelos. Actualmente vive en Chicago, pasa el poco tiempo libre leyendo
cualquier cosa y todo lo que llega a sus manos, preferiblemente con una
copa de vino a su lado.
Después de un poco de ánimo por parte de sus amigos, Aly decidió
agregar “autor” a su creciente lista de trabajos. Así que toma una copa de
Chardonney o una botella si te reúnes con ella a bordo del loco tren al que
llama vida.
Notes
[←1]
Mariposa.
[←2]
Se refiere a que actúa de la misma forma que el protagonista de la película del mismo nombre
en la que Jerry Maguire (interpretado por Tom Cruise), se casa con una mujer a la que no ama
y forja un profundo vínculo con el hijo de ésta.
[←3]
Devon lo llama “dick” que en inglés puede significar tanto imbécil como polla. De ahí la
broma.
[←4]
Canción de Prince.
[←5]
Ronda Rousey: ex luchadora profesional de artes marciales mixtas, yudoca retirada y actriz
estadounidense. Trabaja para la WWE.
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