E l suave sonido del chillar de las ratas es lo que acompaña el deleitante
desliz de la aguja que penetra bajo una pálida piel en aquella oscura habitación
tenuemente iluminada por un viejo bombillo, camino hacia ella con una sonrisa
que expresa siempre la alegría brindada por nuestro rutinario encuentro, al
notar mi presencia gira a verme con su sonrisa retorcida clara muestra de su
inquietante estado mental, oh su inquietante sonrisa el inmenso aspecto que
enciende más la llama de mi amor. Se me acerca lentamente de una manera
provocativa como solo una viajera constante del subconsciente es capaz de
hacer. Entendí de inmediato que era un claro intento de mostrar aquel
extravagante lienzo donde plasma su sádico arte.
– Has tardado. – su tétrica y escalofriante vos da acto de
presencia, ¡sí, sí, sí!, su hermosa voz, su placentera voz, es como
escuchar un millar de almas susurrando su dolor en tu oído, es algo
simplemente glorioso. – ¿Crees que es lindo? – inmediatamente
descubre su pecho dejando ver miles de agujas pegadas a su piel
dando una forma clara de nuestros dos rostros en el acto más puro
de la humanidad. Un beso.
– Es bellísimo – le alago mientras tomo su brazo izquierdo y
justo en ese preciso instante mi mano libre tomaba mi teléfono para
reproducir aquella lista de canciones que nos gusta bailar en aquella
elegante penumbra desplegada en nuestro nido de amor. – Podría
decir que divinamente macabro. – su sonrisa se agranda cada vez
más reventando poco a poco los hilos que mantenían cerrada los
excedentes de tal hermoso regalo de Dios. Dejo el teléfono en su
mesa de trabajo para empezar nuestro excitante baile.
Su hermosa mirada baja a su pecho luego a mi putrefacto semblante
consecutivamente, su sonrisa sigue ampliándose a medida que nuestro
hermoso vals avanza, sus movimientos bruscos de arriba hacia abajo y
viceversa se detienen de golpe. Lo ha captado al fin.
– ¡Te ha gustado! – empieza a reír de una manera que
haría ver al mayor desquiciado como un niño ingenuo. – Ellos me
dijeron que te gustaría. – eso me tomo por sorpresa.
– ¿Otra vez juegas con las almas de mis antepasados? – le
pregunto con tal calma para así la figura de aquella incógnita no
representara un reproche. – Dime dulce Margaret, oh dime, ¿cuánto
falta para que ellos me lleven? ¿Cuándo llegara el momento que deba
esperar en el bello infierno que nuestras almas vuelvan a reunirse? –
le eh preguntado sobresaltado por el embriagante aroma de cobre
que se alza cuando nuestros cuerpos se desplazan por el hipnotizaste
sonido de la música.
– ¿Planeas partir primero? – reprocha mientras esconde su rostro en mi
pecho – ¿Acaso crees que así evitaras el azote del dolor brindado por
la soledad?
– Oh mi pacífica muñeca de carne – detengo nuestra danza
abruptamente, sus ojos tocados por su obsesivo arte se encuentran
con los míos. – ¿Crees que encontraría un millón de tu clase? – me
encamino a la pequeña ventana de la habitación mientras arrastro su
delgado cuerpo conmigo. – ¡Allá afuera solo hay sucios intentos de
mujer! – su suave mirada no cambia a pesar del aumento exuberante
de mi voz. – ¡Lo único que encontrare son sucios lienzos pintados por
artistas de moda! ¡Repetidas obras basadas en una sociedad corrupta
por un falso sentido moral! – Poso mis manos en sus hombros. –
¡Preferiría pasar una eternidad esperando por ti que estar un segundo
con ejemplares tan vulgares!
– Pero dime – su semblante cambio a una lúgubre seriedad
– ¿Cómo yo te puedo dejar ir si aún no hago que me ames?
Aquellas palabras fueran más filosas que cualquier aguja y más cortante
que una motosierra. Mi interior se inundaba de cólera.
– ¡Claro que te amo! – Le grite con todas mis fuerzas. Ella
permanecía estoica. – No hay nada que no haría por ti.
– Mientes – sus ojos, sus bellos ojos azules dejaban caer
gotas rojas. – Si me amaras sabrías que mi mayor desasosiego es tu
perdida. – empezaron a brotar más pero aun así sus expresiones
eran tan serenas como una tumba. – si me amaras en tus
pensamientos se formarían la idea del temor a que mi lienzo se
manche con este infame mundo que tanto hemos evitado que hiciera
parte de nuestro amor – su mano marcada con los restos de su
antiguo trabajo toca mi rostro – oh amado mío maldigo el momento
en que alguno parta sin el otro.
De la nada el resonante sonido de una puerta al abrirse con furia resuena en
una deleitante habitación de hotel. En el camino abierto al interior de dicha
habitación, un joven hombre vestido de tal manera que desprende la elegancia
de un supermodelo camina sobre saltado mientras que un joven con la mirada
cansada situado en el balcón intentaba seguir escribiendo a pesar de la
inminente distracción, pero, le fue inútil, su mirada se posó en su recién
llegada compañía.
– No puedo creer lo que me acaba de pasar Mon ami – en sus palabras
se destacaba aquel acento francés heredado de alguno de sus progenitores.
Prosiguió a adentrarse más en la habitación mientras con sus manos
alborotaba su trabajado y largo cabello café rizado – Te lo digo Miguel aún
no sé porque volvimos aquí.
– ¿Qué fue esta vez, Adrián? – pregunto sin mirarlo pues los ojos
marrones oscuro del joven se concentraban una vez más en su laptop. –
Acaso hicieron algún chiste a costa de tu ascendencia francesa, tu color de
piel o es que…. Dime que no te robaron – proclamo aun sin separar la vista
de aquel aparato que reflejaba ya sus años de uso.
– No, aunque se siente peor que eso – mencionaba mientras su mirada
es captada por el mini bar que se encontraba reposando en una de las
paredes de la sala de aquel pequeño apartamento llamado cuarto de hotel o
habitación de hotel – Es increíble como esta gente te ataca una y otra vez
para que le des dinero pero eso no es lo que me molesta – resaltaba lo
último con gran furia mientras tomaba de la pequeña nevera una bebida
energéticas.
– Adrián puedes coger lo que quieres de ese refrigerador, pero no mis
bebidas energéticas – proclamaba este ignorando el problema ya que para
él no representaba riesgo a su seguridad o a la de su compañero, pero aun
su atención estaba en la buscada de volver a concentrarse en su trabajo
interrumpido – genial perdí la concentración. – el joven de cabellos negro
como el carbón cierra su laptop para posteriormente entrar en la habitación
con ella cargándola como libro se tratará, su caminar refleja su clara
ausencia de energía, en otras palabras, su torpe andar delataba su
naturaleza floja algo que chocaba mucho con su trabajado cuerpo, se
detiene al lado de su moreno amigo solamente para arrebatarle aquella
bebida.
– Sabes Mon ami, estas bebidas no son buenas para un escritor como
tú. – le recrimino con un ademan de burla mientras tomaba una silla
situada en la sala de la habitación para posteriormente sentarse quedando
frente al balcón donde hace un momento su amigo se encontraba
escribiendo.
– Ajá, ¿entonces para un chef como tu sí? – le refuta mientras entra al
cuarto principal de la habitación o más bien el único cuarto para depositar
el aparato en una mesa de noche negra situada al lado de una hermosa
cama matrimonial. – total, me contabas sobre tu experiencia traumática de
esta… ¿Tu segunda salida del día? – dice mientras volvía a la sala.
– ¡Oh sí! – exclama este como si recordara algo de suma importancia. –
Veras, salí un rato para poder apreciar el mar en estas hermosas playas.
– Como cualquier turista que visita Cartagena de Indias – Expresa
irónico Miguel mientras se recostaba en el marco de la puerta doble que
daba paso al balcón del cuarto. – Deja me adivinar, al momento de que tus
pies tocaron la arena mínimo dos vendedores ambulantes se te acercaron y
aunque rechazabas contundentemente sus artículos, ellos insistían.
– Mon ami, me toco decirles que también era colombiano, no tenía
dinero pues estaba con unos familiares que habían venido de visita y ellos
estaban invitando – relata cansado.
– Pero a pesar que es verdad que eres colombiano supongo que por tu
acento y tu forma de vestir no te creyeron, ¿me equivoco? – Comenta
burlón el joven pelinegro mientras se sienta de nuevo en la silla situada en
el balcón– te dejaron en paz, pero debieron insultarte y por eso estas
enfadado. – Su amigo solo afirma cansado con la cabeza. Miguel mira el
reloj de la habitación – No son ni las tres de la tarde y ya te has enojado
por boberías.
– No es bobería cuando la razón de tu enojo es que insulten a tu madre.
– con esta frase le deja al fin a su compañero entender la razón de su
estado emocional al momento de entrar en la habitación pues no es un
secreto para él saber que Adrián es el tipo de chico al cual cualquier cosa en
donde la base tenga como tema los padres vuelve ese asunto en algo
severamente delicado y aunque no compartiese esa misma emoción por sus
progenitores podía entender ese sentimiento, claro que lo entiende, ya que
él conocía la trágica historia del peli marrón. – Veo que ya comprendes
ahora. – mientras lo miraba con esa típica mirada de dolor que tanto
caracterizaba al descendiente de franceses al momento de tocar dicho
tema.
Miguel solo se quedó callado mientras desviaba la mirada al inmenso mar
que se apreciaba en aquella habitación situada en el piso veintidós de aquel
hotel. Adrián se levantó, tomo la silla y se sentó junto a su amigo en el
inmenso balcón.
– Lamento que te pasara eso.
– No te preocupes – le responde mientras mira hacia el cielo de la tarde.
– ¿Cuánto tiempo?
– No lo sé viejo – le responde mientras frota sus ojos – un mes…. tal vez
dos.
– Bueno al menos no son dos semanas como cuando fuimos a México.
– Sabes que fue diferente – comenta burlón el ojos marrón. – Tampoco
lo se Adrián – responde de la nada a una pregunta no pronunciada, su
amigo lo mira algo preocupado.
– ¿Saber qué?
– La razón por la que María nos mandó para acá.
– Yo creo saber… Recuerda que aquí fue donde nació nuestra pequeña
empresa… Tal vez quiera ver cómo van las pequeñas células que dejamos.
– Si, tal vez tengas razón.
– Claro que la tengo – él sabía muy bien que no. – Vamos quiero liberar
un poco de estrés – se levanta para extender su mano en señal de
invitación a salir de aquella habitación, pero su amigo solo negó con la
cabeza. – Algún día deberás enfrentar tu pasado mi amigo. – pronuncio
mientras salía por la aún abierta puerta de la habitación cerrándola con
suma delicadeza.
– Lo sé – susurra mientras su amigo se marcha. – Otra vez solo con mis
demonios – pensó el joven Miguel mientras se lanzaba a la cama
matrimonial de la morada mientras cerraba sus ojos en un intento de
alcanzar los bastos reinos de Morfeo con la intensión oculta de dejarse
consumir por sus pensamientos más deprimentes.
De repente la puerta se vuelve abrir, pero nuestro joven escritor no le
muestra interés alguno creyendo que era de nuevo Adrián así que solo se
queda con los ojos cerrados mientras intenta viajar al mundo de los sueños.
– ¡¿Sabes?! ¡Por lo menos me fueras esperado en el lobby! – una voz
femenina con un confuso acento resuena en el recinto reflejaba algo de
molestia sumida en cansancio. El joven abre los ojos de golpe y se sienta
de una manera salvaje. – Si te sigues levantando así te dará un infarto.
Miguel solo se quedó un segundo callado con una sonrisa – siempre que
estoy a punto de caer vienes a salvarme – susurro mientras apreciaba
aquella mujer que reflejaba peligro y rudeza, pero aun así gran feminidad,
noto que su piel pálida como la nieve fresca de invierno reflejaba un poco el
maltrato del astro rey, también sintió al ver su cabello blanco recogido los
largos paseos de invierno que tanto le gustaba tomar con la chica. La joven
mujer solo realiza un gruñido a lo cual el joven de inmediato capto la
indirecta del gesto, los trabajados brazos de la doncella cargaban dos
bolsas plásticas repletas.
– Lo siento, déjame ayudarte – le expresaba mientras brincaba de la
cama para socorrerla, aunque el aspecto de la mujer presente estaba
trabajado, como cualquier deportista de las artes marciales, aun así, se
notaba su cansancio y deshidratación. – Parece que fue largo el trayecto a
la tienda– comentaba mientras tomaba las bolsas para posteriormente
guardar su contenido en el mini bar.
– De hecho… No, pero esta temperatura es una digna adversaria –
comentaba mientras se despojaba de sus extravagantes botas junto a sus
prendas lanzándolas en mitad de la sala para así quedarse en ropa interior.
– También debes considerar que le das ventaja al colocarte tú playera
negra y estos pantalones de cuero negro – le expone tranquilo mientras
recoge la ropa de la mujer. – Sin mencionar tus pesadas botas también de
cuero negro.
– Supongo que estabas escribiendo y por eso apagaste el aire
acondicionado para abrir las puertas del balcón – le dice demostrando el
poco interés a la observación del joven. – Aunque es raro que no estés
escuchando algo de rock o metal – observo mientras miraba toda la
habitación en búsqueda de algo – no me digas que… ¿dejaste tu bafle? – le
interroga algo sorprendida.
– Nada de eso – le responde muy calmado mientras coloca la puerta con
seguro no quería que nadie más viera a la mujer en tales fachas – solo
quería probar algo nuevo – se acerca al mini bar para sacar la antes
mencionada bebida energética y entregársela mientras se sentaba junto a
ella.
– Oh… ¿En serio? – le pregunta arqueando una ceja justo después de
beber toda la lata y tirarla al suelo. – Muestra me lo que escribes – el joven
solo le sonríe como intentando persuadirla, la mujer de cabellera blanca
entre cierra los ojos – bien, si no me lo quieres mostrar, yo lo tomare –
sentencia mientras se levanta rápidamente en dirección a la laptop, Miguel
intenta seguirla, pero sabe que a pesar de también trabajar su cuerpo no es
nada contra la fuerza de aquella mujer así que solo se resignó a recibir lo
que proseguía. – Veamos que me escondes – le dice mientras regresa a su
silla, al abrir la laptop introduce la clave pertinente y empieza a leer. – A
ver…. – solo le tomo pocos minutos leerlo, deja la laptop a un lado y le
brinda al joven pelinegro una mirada de preocupación. – ¿Quieres hablar?
– No, la verdad es que no – le responde con una voz que reflejaba un
sentimiento oscuro.
– Pues yo si – le expresa mientras se vuelve a levantar para cambiar su
lugar de reposo, es decir, cambiar de la silla a las piernas del joven, y
sentarse de tal manera que puedan verse cara a cara, sus ojos carmesíes
reflejaban que era el tipo de mujer a la cual no le gustaba perder o una
respuesta negativa cuando espera una positiva. – Ahora vas a decirme lo
que te molesta o no te dejare ir a la reunión de esta noche – le amenazó
con una pícara sonrisa en su rostro.
– ¿Cuál reunión? – le pregunta confuso – yo no acepte ninguna reunión.
De repente el sonido del picaporte de la puerta hace presencia.
– ¡Mon ami, perdóname si estas durmiendo, pero, por la rabia, se me
olvidó mencionarte que Yolanda programo una reunión en la noche con los
gerentes del sector gastronómico de la empresa del país! – le grita desde el
otro lado el joven descendiente de franceses.
– ¡No te preocupes Raféelo! – le responde gritando igualmente la dama
desde las piernas del joven Miguel – ¡ya le avisé!
Un momento de silencio se presentó para desaparecer por un largo e igual
de incómodo “está bien” por parte de afuera de la habitación. Miguel se
sonroja un poco por la acción de la mujer.
– Oh que lindo, hace mucho que no te hago sonrojar de esa manera –
alaga mientras atesora la reacción del joven con una sonrisa victoriosa.
– ¿Eso era necesario? – Es lo único que alcanza a responder, pero la
mujer solo ríe. – ¡Rebecca!
– Vamos, ¿qué tiene de malo lo que hice? – pregunta mientras cruza los
brazos. – Soy tu prometida después de todo no sería raro que
aprovechemos cada momento en estar así de juntos – lo besa
apasionadamente, al momento de separarse nota que este se encuentra
aturdido. – Hay cosas que nunca cambian – vuelve a reír, mientras Miguel
solo sonríe indicando el deleite que causaba la risa de aquella mujer. Su
mujer.
– Bien, ¿a qué hora es esa reunión? – comento alegre, era como si tan
solo la risa de aquella dama espantara cualquier oscuro pensamiento o idea
de su mente. Rebecca detiene su risa para luego enrollar sus brazos en el
cuello del chico mientras ocasionalmente movía su cabeza en forma de
negación, Miguel solo suspira. – Esta bien, te comentare lo que me sucede
– Rebecca lo mira victoriosa. – Pero… – acaso los oídos de la chica habían
escuchado mal, dudaba si en verdad aquel joven vestido con una bermuda
y una camisilla, aquel hombre que se apodera de sus pensamientos y
sueños, le había dicho, pero. – Lo hablaremos después de la reunión, por
favor.
– ¿Por qué?
– Porque en estos momentos me siento muy alegre al tenerte tan cerca
–su prometida se había sonrojado quedando tan roja como un tomate.
– Okey, entonces… – Mira el reloj de su muñeca. – Tenemos tres horas
antes de arreglarnos para ir a esa absurda reunión – mira a su querido
novio – y yo sé cómo aprovecharlas muy bien – después de decir tales
palabras se despoja de su sostén copa D lanzándolo sin mirar a donde, su
rostro emite una sonrisa pícara al ver la cara de bobo que se ha formado en
el rostro de su hombre – listo o no, ¡aquí voy!