CAPÍTULO 1
L A PROMESA D E LAS INSTITUCIONES G L O B A L E S
L o s burócratas internacionales —símbolos sin rostro del orden
e c o n ó m i c o mundial— son atacados por doquier. Las reuniones de
oscuros tecnócratas en torno a temas tan anodinos como los prés-
tamos preferenciales o las cuotas comerciales se han transformado
en escenarios de iracundas batallas callejeras y grandes manifesta-
ciones. Las protestas en la r e u n i ó n de Seattle de la Organización
Mundial de Comercio en 1999 fueron una sacudida, pero desde
entonces el movimiento ha crecido y la furia se ha extendido. Prác-
ticamente todas las reuniones importantes del Eondo Monetario I n -
ternacional, el Banco Mundial y la O M C equivalen ahora a conflic-
tos y disturbios. L a muerte de u n manifestante en G é n o v a en 2001
fue la p r i m e r a de las que pueden ser muchas m á s víctimas de la
guerra contra la globalización.
Los alborotos y las protestas contra las políticas y medidas de las
instituciones de la globalización no son desde luego una novedad.
Durante décadas los pueblos del mundo subdesarrollado se han re-
belado cuando los programas de austeridad impuestos en sus paí-
ses han sido demasiado severos, pero sus quejas no solían tener eco
en Occidente. L o nuevo es hoy la ola de condenas en los países de-
sarrollados.
Asuntos como los p r é s t a m o s de ajuste estructural (programas
diseñados para ayudar a que los países se ajusten y capeen las crisis)
y las cuotas del p l á t a n o (los límites que algunos países de E u r o p a
establecen a las importaciones de plátanos de países que no sean
sus antiguas colonias) interesaban sólo a unos pocos. Ahora hay chi-
cos de dieciséis años en los suburbios que tienen opiniones tajantes
27
E L MALESTAR EN LA GLOBALIZACIÓN
sobre tratados como el G A T T (Acuerdo General sobre Aranceles y
Comercio) y el N A F T A (el área norteamericana de libre comercio,
acuerdo firmado en 1992 entre México, E E U U y C a n a d á , que per-
mite el libre movimiento de bienes, servicios y capitales —pero no
personas— entre dichos países). Las protestas han provocado u n
enorme caudal de e x á m e n e s de conciencia desde el poder políti-
co. Incluso los políticos conservadores, como el presidente francés
Jacques Chirac, han manifestado su p r e o c u p a c i ó n porque la globa-
lización no está mejorando la vida de quienes m á s necesitan de sus
prometidas ventajas'. Es claro para casi todo el mundo que algo ha
funcionado terriblemente mal. P r á c t i c a m e n t e de la noche a la ma-
ñ a n a , la globalización se ha xaielto el asunto m á s apremiante de
nuestro tiempo, que se discute en salas de juntas y en páginas edito-
riales y en escuelas de todo el planeta.
¿Por q u é la globalización —una fuerza que ha producido tanto
bien— ha llegado a ser tan controvertida? L a apertura al comercio
internacional a y u d ó a numerosos países a crecer mucho m á s rápi-
damente de lo que h a b r í a n podido en caso contrario. E l comercio
exterior fomenta el desarrollo cuando las exportaciones del país lo
impulsan; el crecimiento propiciado por las exportaciones fue la cla-
ve de la política industrial que e n r i q u e c i ó a Asia y m e j o r ó la suerte
de millones de personas. Gracias a la globalización muchas perso-
nas viven hoy m á s tiempo y con un nivel de vida muy superior. Pue-
de que para algunos en Occidente los empleos poco remunera-
dos de Nike sean explotación, pero para multitudes en el mundo
subdesarrollado trabajar en u n a fábrica es ampliamente preferible
a permanecer en el campo y cultivar arroz.
L a globalización ha reducido la sensación de aislamiento expe-
rimentada en buena parte del mundo en desarrollo y h a brindado
a muchas personas de esas naciones acceso a un conocimiento que
hace u n siglo ni siquiera estaba al alcance de los m á s ricos del pla-
neta. Las propias protestas antiglobalización son resultado de esta
mayor i n t e r c o n e x i ó n . L o s vínculos entre los activistas de todo el
mundo, en particular los forjados mediante la comunicación por I n -
' J . Chirac, « The economy must be made to servepeople>., discurso ante la Conferencia Inter-
nacional del Trabajo, junio de 1996. .
28
JOSEPH E . S T I G I . I T Z
ternet, dieron lugar a la presión que d e s e m b o c ó en el tratado in-
ternacional sobre las minas antipersona — a pesar de la oposición
de muchos Gobiernos poderosos—. L o han firmado 121 países des-
de 1997, y ha reducido la probabilidad de que n i ñ o s y otras vícti-
mas inocentes puedan ser mutilados por las minas. A n á l o g a m e n t e ,
una bien orquestada presión forzó a la comunidad internacional a
condonar la deuda de algunos de los países más pobres. Incluso
aunque la globalización presente facetas negativas, a menudo ofre-
ce beneficios; la apertura del mercado lácteo de Jamaica a las im-
portaciones desde E E U U en 1992 pudo perjudicar a los producto-
res locales pero t a m b i é n significó que los n i ñ o s pobres pudieran
consumir leche más barata. Las nuevas empresas extranjeras pue-
den d a ñ a r a las empresas públicas protegidas, pero también fomen-
tan la i n t r o d u c c i ó n de nuevas tecnologías, el acceso a nuevos mer-
cados y la creación de nuevas industrias.
L a ayuda exterior, otro aspecto del mundo globalizado, aunque
padece muchos defectos, a pesar de todo ha beneficiado a millones
de personas, con frecuencia por vías que no han sido noticia: la
guerrilla en Eilipinas, cuando dejó las armas, tuvo puestos de tra-
bajo gracias a proyectos financiados por el Banco Mundial; los
proyectos de riego duplicaron sobradamente las rentas de los agri-
cultores que accedieron así al agua; los proyectos educativos ex-
pandieron la alfabetización a las áreas rurales; en un p u ñ a d o de
países los proyectos contra el sida h a n contenido la e x p a n s i ó n
de esa letal enfermedad.
Quienes vilipendian la globalización olvidan a menudo sus ven-
tajas, pero los partidarios de la misma han sido incluso más sesga-
dos; para ellos la globalización (cuando está t í p i c a m e n t e asociada a
la aceptación del capitalismo triunfante de estilo norteamericano)
es el progreso; los países en desarrollo l a deben aceptar si quieren
crecer y luchar eficazmente contra la pobreza. Sin embargo, para
muchos en el mundo subdesarrollado la globalización no ha cum-
plido con sus promesas de beneficio e c o n ó m i c o .
L a creciente división entre los poseedores y los desposeídos h a
dejado a u n a masa creciente en el Tercer Mundo sumida en la m á s
abyecta pobreza y viviendo con menos de un dólar por día. A pesar
de los repetidos compromisos sobre la mitigación de la pobreza en
29
E l . .MALESTAR E N l A GLOB,Al,[Link]ÓN
la última d é c a d a del siglo x x , el n ú m e r o de pobres h a aumentado
en casi cien millones^. Esto sucedió al mismo tiempo que la renta
mundial total aumentaba en promedio un 2,5 por ciento anual.
E n África, las ambiciosas aspiraciones que siguieron a la inde-
pendencia colonial se han visto en buena parte frustradas. E n vez
de ello, el continente se precipita cada vez m á s a la miseria, las ren-
tas caen y los niveles de vida descienden. Las laboriosamente con-
quistadas mejoras en la expectativa de vida de las d é c a d a s recientes
han empezado a revertirse. A u n q u e el flagelo del sida está en el
centro de este declive, la pobreza t a m b i é n mata. Incluso los países
que abandonaron el socialismo africano y lograron establecer Go-
biernos razonablemente honrados, equilibrar sus presupuestos y
contener la inflación han comprobado que simplemente no son
capaces de atraer inversores privados; sin esta inversión no pueden
conseguir u n desarrollo sostenible.
L a globalización no ha conseguido reducir la pobreza, pero
tampoco garantizar la estabilidad. Las crisis en Asia y América Lati-
na han amenazado las e c o n o m í a s y la estabilidad de todos los paí-
ses en desarrollo. Se extiende por el mundo el temor al contagio fi-
nanciero y que el colapso de la moneda en un mercado emergente
represente t a m b i é n la caída de otras. Durante un tiempo, en 1997
y 1998, la crisis asiática pareció cernirse sobre toda la e c o n o m í a
mundial.
L a globalización y la i n t r o d u c c i ó n de la e c o n o m í a de mercado
no han producido los resultados prometidos en Rusia y la mayoría
de las d e m á s e c o n o m í a s en transición desde el comunismo hacia el
mercado. Occidente a s e g u r ó a esos países que el nuevo sistema
e c o n ó m i c o les b r i n d a r í a una prosperidad sin precedentes. E n vez
de ello, g e n e r ó una pobreza sin precedentes; en muchos aspectos,
para el grueso de la población, la e c o n o m í a de mercado se ha reve-
lado incluso peor de lo que h a b í a n predicho sus dirigentes comu-
^ E n 1990 había 2.718 millones de personas que vivían con menos de dos dólares dia-
rios. E n 1998 ese número de pobres era estimado en 2.801 millones —Banco Mun-
dial, Global Economic Prospeds and the Developing Cmintries 2000, Washington D. C ,
World Bank, 2000, pág. 29—. Para más información véase World Development Report y
World Economic Indicators, publicaciones anuales del Banco Mundial. Los datos sobre
salud pueden encontrarse en UNAIDS/OMS, Report on the Hñ'/Aids Epidemic 1998.
30
JOSEPH E . [Link]
nistas. E l contraste en la transición rusa, manejada por las institu-
ciones e c o n ó m i c a s internacionales, y la china, manejada por los
propios chinos, no puede ser m á s acusado. E n 1990 el P I B chino
era el 60 por ciento del ruso, y a finales de la d é c a d a la situación se
h a b í a invertido; Rusia registró un aumento i n é d i t o de la pobreza y
China un descenso inédito.
Los críticos de la globalización acusan a los países occidentales
de hipócritas, con razón: forzaron a los pobres a eliminar las barre-
ras comerciales, pero ellos mantuvieron las suyas e impidieron a los
países subdesarrollados exportar productos agrícolas, privándolos
de una angustiosamente necesaria renta vía exportaciones. E E U U
fue, por supuesto, uno de los grandes culpables, y el asunto me tocó
muy de cerca. Como presidente del Consejo de Asesores Económi-
cos batallé duramente contra esta hipocresía, que no sólo d a ñ a a
las naciones en desarrollo sino que cuesta a los norteamericanos,
como consumidores por los altos precios y como contribuyentes
por los costosos subsidios que deben financiar, miles de millones
de dólares. C o n demasiada asiduidad mis esfuerzos fueron vanos y
prevalecieron los intereses particulares, comerciales y financieros
—cuando me fui al Banco Mundial aprecié con toda claridad las
consecuencias para los países en desarrollo—.
Incluso cuando Occidente no fue hipócrita, m a r c ó la agenda de
la globalización, y se aseguró de acaparar una cuota desproporcio-
nada de los beneficios a expensas del mundo subdesarrollado. No
fue sólo que los países industrializados se negaron a abrir sus mer-
cados a los bienes de los países en desarrollo —por ejemplo, man-
tuvieron sus cuotas frente a una multitud de bienes, desde los texti-
les hasta el azúcar— aunque insistieron en que éstos abrieran los
suyos a los bienes de las naciones opulentas; no fue sólo que los paí-
ses industrializados continuaron subsidiando la agricultura y difi-
cultando la competencia de los países pobres, atinque insistieron
en que éstos suprimieran los subsidios a sus bienes industriales. Los
«términos del intercambio» —los precios que los países desarrolla-
dos y menos desarrollados consiguen por las cosas que producen—
d e s p u é s del ú l t i m o acuerdo comercial de 1995 (el octavo) revelan
que el efecto neto fue reducir los precios que algunos de los países
más pobres del mundo cobran con relación a lo que pagan por sus
31
E l . [Link] EN l A [Link].l/.AClÓN
importaciones''. E l resultado fue que algunas de las naciones m á s
pobres de la T i e r r a empeoraron a ú n más su situación.
Los bancos occidentales se beneficiaron por la flexibilización de
los controles sobre los mercados de capitales en América Latina y
Asia, pero esas regiones sufrieron cuando los flujos de dinero ca-
Zimfe especulativo (dinero que entra y sale de un país, a menudo de
la noche a la m a ñ a n a , y que no suele ser más que u n a apuesta sobre
si la moneda va a apreciarse o depreciarse) que se h a b í a n derra-
mado sobre los países s ú b i t a m e n t e tomaron la dirección opuesta.
L a abrupta salida de dinero dejó atrás divisas colapsadas y sistemas
bancarios debilitados. L a Ronda Uruguay t a m b i é n fortaleció los
derechos de propiedad intelectual. Las c o m p a ñ í a s farmacéuticas
norteamericanas y occidentales p o d í a n ahora impedir que los la-
boratorios indios o brasileños les «robaran» su propiedad intelec-
tual. Pero esos laboratorios del mundo subdesarrollado b a c í a n que
medicamentos vitales fueran asequibles por los ciudadanos a una
fracción del precio que cobraban las empresas occidentales. Hubo
así dos caras en las decisiones adoptadas en la Ronda Uruguay. Los
beneficios de las empresas farmacéuticas occidentales a u m e n t a r í a n ,
lo que según sus partidarios b r i n d a r í a m á s incentivos para innovar,
pero los mayores por las ventas en los países subdesarrollados eran
p e q u e ñ o s , puesto que pocos p o d í a n pagar los medicamentos, con
lo que el efecto incentivo sería en el mejor de los casos limitado. L a
otra cara fue que miles de personas resultaron de hecho condena-
das a muerte, porque los Gobiernos y los ciudadanos de los países
subdesarrollados ya no p o d í a n pagar los elevados precios ahora im-
puestos. E n el caso del sida la condena internacional fue tan fir-
me que los laboratorios debieron retroceder y finalmente acorda-
ron rebajar sus precios y vender los medicamentos al coste a finales
^ Este octavo acuerdo resultó de las negociaciones de la llamada Ronda Uruguay,
abierta en Punta del Este, Uruguay, en 1986. Esta ronda concluyó en Marraquech el
15 de diciembre de 1993, cuando 117 países firmaron dicho acuerdo de liberaliza-
ción comercial, que fue finalmente aprobado por E E L^U y rubricado por el Presi-
dente Clinton el 8 de diciembre de 1994. L a Organización Mundial del Comercio
fue formalmente inaugurada el 1 de enero de 1995, y hasta julio se integraron en
ella más de cien países. Una cláusula del acuerdo contemplaba la conversión del
GATT en la OMC.
32
JOSEPH E . STIGI ITZ
de 2001. Pero el problema subyacente — e l becbo de que el régi-
men de propiedad intelectual establecido en la Ronda Uruguay no
era equilibrado y reflejaba sobre todo los intereses y perspectivas
de los productores y no de los usuarios, en los países desarrollados
o en desarrollo— sigue en pie.
L a globalización tuvo efectos negativos no sólo en la liberaliza-
ción comercial sino en todos sus aspectos, incluso en los esfuerzos
aparentemente bienintencionados. Cuando los proyectos agríco-
las o de infraestructuras recomendados por Occidente, diseñados
con el asesoramiento de consejeros occidentales, y financiados por
el Banco Mundial fracasan, los pueblos pobres del mundo subdesa-
rrollado deben amortizar los p r é s t a m o s igualmente, salvo que se
aplique alguna forma de c o n d o n a c i ó n de la deuda.
Si los beneficios de la globalización han resultado en demasia-
das ocasiones inferiores a lo que sus defensores reivindican, el precio
pagado ha sido superior, porque el medio ambiente fue destruido,
los procesos políticos corrompidos y el veloz ritmo de los cambios
no dejó a los países u n tiempo suficiente para la a d a p t a c i ó n cultu-
ral. Las crisis que desembocaron en un paro masivo fueron a su vez
seguidas de problemas de disolución social a largo plazo —desde la
violencia urbana en América Latina hasta conflictos étnicos en otros
lugares, como Indonesia—.
Estos problemas no son precisamente nuevos, pero la reacción
mundial cada vez más vehemente contra las políticas que conducen
a la globalización constituye un cambio significativo. Durante déca-
das. Occidente ha hecho casi o í d o s sordos a los clamores de los po-
bres en África y los países subdesarrollados de otras partes del glo-
bo. Quienes trabajaban en las naciones en desarrollo sabían que algo
no iba bien cuando asistían a la generalización de las crisis financie-
ras y al aumento del n ú m e r o de pobres. Pero ellos no p o d í a n cam-
biar las reglas de juego o influir sobre las instituciones financieras
internacionales que las dictaban. Quienes valoraban los procesos
democráticos comprobaron que la «condicionalidad» —los requi-
sitos que los prestamistas internacionales i m p o n í a n a cambio de su
c o o p e r a c i ó n — minaba la s o b e r a n í a nacional. Pero hasta la llegada
de las protestas cabían pocas esperanzas para el cambio y pocas sali-
das para las quejas. Algunos de los que protestaban cometieron ex-
33
E L MALESTAR EN I A GLOBALIZACIÓN
cesos, algunos d e f e n d í a n a ú n más barreras proteccionistas contra
los países pobres, lo que h a b r í a agravado sus apuros. Pero a pesar
de estos problemas, los sindicalistas, estudiantes, ecologistas —ciu-
dadanos corrientes— que marcharon por las calles de Praga, Seat-
tle, Washington y Génova, a ñ a d i e r o n la urgencia de la reforma a la
agenda del mundo desarrollado.
Los manifestantes conciben la globalización de manera muy di-
ferente que el secretario del Tesoro de los E E U U , o los ministros
de H a c i e n d a y de Comercio de la m a y o r í a de las naciones indus-
trializadas. L a disparidad de enfoques es tan acusada que uno se
pregunta: ¿están los manifestantes y los políticos bablando de los
mismos f e n ó m e n o s , están observando los mismos datos, están las
ideas de los poderosos tan nubladas por los intereses particulares y
concretos?
¿ Q u é es este f e n ó m e n o de la globalización, objeto s i m u l t á n e o
de tanto vilipendio y tanta alabanza? Eundamentalmente, es la inte-
gración m á s estrecha de los países y los pueblos del mundo, produ-
cida por la enorme r e d u c c i ó n de los costes de transporte y comuni-
cación, y el desmantelamiento de las barreras artificiales a los flujos
de bienes, servicios, capitales, conocimientos y (en menor grado)
personas a través de las fronteras. L a globalización ha sido acompa-
ñ a d a por la creación de nuevas instituciones; en el campo de la so-
ciedad civil internacional hay nuevos grupos como el Movimiento
Jubileo, que pide la r e d u c c i ó n de la deuda para los países m á s po-
bres, junto a organizaciones muy antiguas como la Cruz Roja Inter-
nacional. L a globalización es e n é r g i c a m e n t e impulsada por corpo-
raciones internacionales que no sólo mueven el capital y los bienes
a través de las fronteras sino t a m b i é n la t e c n o l o g í a . Asimismo, la
globalización ha animado una renovada a t e n c i ó n hacia veteranas
instituciones internacionales intergubemammtaks, como la O N U , que
procuran mantener la paz, la Organización Internacional del Tra-
bajo, fundada en I 9 I 9 , que promueve en todo el mundo activida-
des bajo la consigna «trabajo digno», y la Organización Mundial de
la Salud, especialmente preocupada en la mejora de las condicio-
nes sanitarias del mundo subdesarrollado.
Muchos, quizá la mayoría, de estos aspectos de la globalización
han sido saludados en todas partes. Nadie desea que sus hijos mue-
34
J o s E P H E . S T I G I ITZ
ran cuando hay conocimientos y medicinas disponibles en otros
lugares del mundo. Son los m á s limitados aspectos económicos de
la globalización los que ban sido objeto de polémica, y las institu-
ciones internacionales que han fijado las reglas y han establecido o
propiciado medidas como la liberalización de los mercados de ca-
pitales (la eliminación de las normas y reglamentaciones de mu-
chos países en desarrollo que apuntan a la estabilización de los flu-
jos del dinero volátil que entra y sale del país).
Para comprender lo que falló es importante observar las tres
instituciones principales que gobiernan la globalización: el F M I , el
Banco Mundial y la O M C . Hay a d e m á s una serie de otras entidades
que d e s e m p e ñ a n un papel en el sistema e c o n ó m i c o internacional
—unos bancos regionales, hermanos p e q u e ñ o s del Banco Mun-
dial, y numerosas organizaciones de la O N U , como el Programa de
las Naciones Unidas para el Desarrollo, o la Conferencia de las Na-
ciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo ( U N C T A D ) — . L a
posición de estas organizaciones a menudo difiere marcadamente
de la del F M I o el B M . L a O I T , por ejemplo, está preocupada por-
que el F M I presta escasa a t e n c i ó n a los derechos laborales, y el Ban-
co de Desarrollo de Asia aboga por un «pluralismo competitivo»
que brinde a los países en desarrollo enfoques alternativos sobre
estrategias de desarrollo, incluyendo el « m o d e l o asiático» —en el
cual los Estados se apoyan en los mercados pero cumplen un papel
activo en crear, modelar y guiar los mercados, incluyendo la pro-
m o c i ó n de nuevas tecnologías, y donde las empresas asumen u n a
considerable responsabilidad en el bienestar social de sus emplea-
dos—, que dicho Banco califica de claramente distinto del modelo
norteamericano propiciado por las instituciones de Washington.
E n este libro me ocupo especialmente del E M I y del B M , sobre
todo porque han estado en el centro de las grandes cuestiones eco-
nómicas durante las últimas dos décadas, como las crisis financieras
y la transición de los países ex comunistas a la e c o n o m í a de merca-
do. E l E M I y el B M se originaron en la I I C u e r r a Mundial como re-
sultado de la Conferencia Monetaria y Financiera de las Naciones
Unidas en Bretton Woods, New Hampshire, en julio de 1944, y fue-
ron parte del esfuerzo concertado para reconstruir Europa tras la
devastación de la guerra y para salvar al mundo de depresiones eco-
E L MALESTAR EN I A [Link]ÓN
n ó m i c a s futuras. E l nombre verdadero del Banco Mundial — B a n -
lugar a un paro n
co Internacional para la R e c o n s t r u c c i ó n y el Desarrollo— refleja
imprescindibles p
su misión original; la última parte, «Desarrollo», fue a ñ a d i d o tar-
nomías. El FMI
dío. E n ese entonces el grueso de los países del mundo subdesarro-
colectiva a nivd
llado eran a ú n colonias y se consideraba que los magros esfuerzos
que la O N U s
del desarrollo e c o n ó m i c o p o d í a n o h a b r í a n de ser responsabili-
lectiva a nivel gl
dad de sus amos europeos.
una institución pú
L a m á s ardua tarea de asegurar la estabilidad e c o n ó m i c a glo-
tes de todo el mur
bal fue confiada al F M I . Los congregados en Bretton Woods t e n í a n
do no rejxjrta din
muy presente la d e p r e s i ó n mundial de los a ñ o s treinta. Hace casi
aquellos cmas \ir.
tres cuartos de siglo, el capitalismo afrontó la crisis m á s severa de su
de Hacienda v a l '
historia. L a Gran D e p r e s i ó n a b a r c ó todo el planeta y registró incre-
Ellos ejercen su c
mentos inéditos del paro. E n su peor momento, la cuarta parte de
ción basado en bi.
la población activa estadounidense estaba desempleada. E l econo-
a finales de la n G
mista británico J o h n Maynard Keynes, que d e s p u é s sería un partici-
nos ajustes menoi
pante clave en Bretton Woods, p l a n t e ó una explicación simple y u n
desarrollados, v ui
conjunto correspondientemente sencillo de prescripciones: la fal-
trio (en este sentí
ta de una suficiente demanda agregada daba cuenta de las recesio-
histórico detenniT
nes económicas; las políticas estatales p o d í a n estimular la deman-
de la II Guerra—
da agregada. E n los casos en los que la política monetaria fuera
entre cinco paíse-
ineficaz, los Gobiernos p o d í a n recurrir a políticas fiscales, subien-
ElFMIhacaint
do el gasto o recortando los impuestos. Aunque los modelos subya-
dado en la creenc
centes al análisis de Keynes fueron posteriormente criticados y re-
mal. ahora prodai
finados, llevando a una c o m p r e n s i ó n más cabal sobre por q u é las
gico. Fundado er.
fuerzas del mercado no operan r á p i d a m e n t e para ajustar la econo-
nacional sobre k -
mía hasta el pleno empleo, las lecciones fundamentales siguen sien-
expanshas —coni'
do válidas.
ü p o s de interés p
A l Eondo Monetario Internacional se le e n c a r g ó impedir u n a
mente aporta d i n
nueva d e p r e s i ó n global. L o conseguiría descargando presión inter-
recortar los défx
nacional sobre los países que no c u m p l í a n con su responsabilidad
lo que contrae la í
para mantener la demanda agregada global y dejaban que sus eco-
píese lo que ha su:
n o m í a s se desplomaran. Si fuera necesario, suministraría liquidez
E l cambio más (
en forma de p r é s t a m o s a los países que padecieran una coyuntura
años ochenta, la e
desfavorable y fueran incapaces de estimular la demanda agregada
predicaron btitk
con sus propios recursos.
el Reino Unido-:
E n su c o n c e p c i ó n original, pues, el E M I se basó en el reconoci-
«as insátuckmes n
miento de que los mercados a menudo no funcionaban: p o d í a n dar
•mfnestas sobre Ij
36
J o s E P H E . STIGLITZ
lugar a u n paro masivo y fallarían a la hora de aportar los fondos
imprescindibles para que los países pudiesen recomponer sus eco-
nomías. E l E M I surgió de la creencia en la necesidad de una acdón
colectiva a nivel global para lograr la estabilidad e c o n ó m i c a , igual
que la O N U surgió de la creencia en la necesidad de u n a acción co-
lectiva a nivel global para lograr la estabilidad política. E l E M I es
una institución pública, establecida con dinero de los contribuyen-
tes de todo el mundo. E s importante recordar esto, porque el Eon-
do no reporta directamente n i a los ciudadanos que lo pagan n i a
aquellos cuyas vidas afecta. E n vez de ello, informa a los ministros
de Hacienda y a los bancos centrales de los Gobiernos del mundo.
Ellos ejercen su control a través de un complicado sistema de vota-
ción basado en buena medida en el poder e c o n ó m i c o de los países
a finales de la I I G u e r r a Mundial. Desde entonces ha habido algu-
nos ajustes menores, pero los que mandan son los grandes países
desarrollados, y uno solo, los Estados Unidos, ostenta un veto efec-
tivo (en este sentido es similar a la O N U , donde un anacronismo
histórico determina q u i é n ejerce el veto —las potencias victoriosas
de la I I Guerra— pero al menos allí ese poder de veto es compartido
entre cinco países). •
E l E M I ha cambiado profundamente a lo largo del tiempo. Fun-
dado en la creencia de que los mercados funcionan muchas veces
mal, ahora proclama la s u p r e m a c í a del mercado con fervor ideoló-
gico. Fundado en la creencia de que es necesaria una presión inter-
nacional sobre los países para que acometan políticas e c o n ó m i c a s
expansivas —como subir el gasto, bajar los impuestos o reducir los
tipos de i n t e r é s para estimular la e c o n o m í a — hoy el E M I típica-
mente aporta dinero sólo si los países emprenden políticas como
recortar los déficits y aumentar los impuestos o los tipos de interés,
lo que contrae la e c o n o m í a . Keynes se revolvería en su tumba si su-
piese lo que ha sucedido con su criatura.
E l cambio m á s d r a m á t i c o de estas instituciones tuvo lugar en los
a ñ o s ochenta, la era en la que Ronald Reagan y Margaret Thatcher
predicaron la ideología del libre mercado en los Estados Unidos y
el Reino Unido. E l E M I y el Banco Mundial se convirtieron en nue-
vas instituciones misioneras, a través de las cuales esas ideas fueron
impuestas sobre los reticentes países pobres que necesitaban con
El. MALESTAR EN l A [Link]ÓN
urgencia sus p r é s t a m o s y subvenciones. Los ministros de Hacienda
de los países pobres estaban dispuestos, si era menester, a convertir-
se para conseguir el dinero, aunque la vasta mayoría de los funcio-
narios estatales y, m á s importante, los pueblos de esos países con
frecuencia, permanecieron escépticos. A comienzos de los ochenta
hubo una purga en el Banco Mundial, en su servicio de estudios, que
orientaba las ideas y la dirección del Banco. Hollis Chenery, uno de
los m á s distinguidos economistas estadounidenses en el campo del
desarrollo, un profesor de Harvard que había realizado contribu-
ciones fundamentales a la investigación del desarrollo e c o n ó m i c o
y otras áreas, había sido confidente y asesor de Robert McNamara,
nombrado presidente del Banco Mundial en 1968. Afectado por la
pobreza que h a b í a contemplado en el Tercer Mundo, McNamara
r e o r i e n t ó los esfuerzos del B M hacia su e l i m i n a c i ó n , y C h e n e r y
c o n g r e g ó a u n grupo de economistas de primera fila de todo el
mundo para trabajar con él. Pero con el cambio de guardia llegó
un nuevo presidente en 1981, William Clausen, y una nueva econo-
mistajefe. Aune Krueger, una especialista en comercio internacio-
nal, conocida por sus estudios sobre la «búsqueda de rentas» — c ó m o
los intereses creados recurren a los aranceles y otras medidas protec-
cionistas para expandir sus rentas a expensas de otros. Chenery y su
equipo se habían concentrado en c ó m o los mercados fracasaban en
los países en desarrollo y en lo que los Estados podían hacer para me-
jorar los mercados y reducir la pobreza, pero para Krueger el Estado
era el problema. L a solución de los males de los países subdesarrolla-
dos era el mercado libre. Con el nuevo fervor ideológico, muchos de
los notables economistas convocados por Chenery se fueron.
Aunque los objetivos de ambas instituciones seguían siendo dis-
tintos, en esta é p o c a sus actividades se entremezclaron de modo
creciente. E n los ochenta el Banco fue m á s allá de los p r é s t a m o s
para proyectos (como carreteras o embalses) y suministró apoyo en
un sentido amplio, en forma de los préstamos de ajuste estructural;
pero sólo hacía esto con la a p r o b a c i ó n del E M I , y con ella venían
las condiciones que el E M I i m p o n í a al país. Se s u p o n í a que el E M I
se concentraba en las crisis, pero los países en desarrollo siempre
necesitaban ayuda, de modo que el E M I se convirtió en ingrediente
permanente de la vida de buena parte del mundo subdesarrollado.
38
J o s E P H E . STIGLITZ
tros de Hacienda L a caída del Muro de Berlín abrió un nuevo terreno para el E M I : el
pster, a convertir- manejo de la transición hacia la e c o n o m í a de mercado en la anti-
tía de los funcio- gua U n i ó n Soviética y los países europeos del bloque comunista.
t esos países con Más recientemente, cuando las crisis se agudizaron e incluso los
psdelos ochenta abultados cofres del E M I resultaron insuficientes, el Banco Mun-
I de estudios, que dial fue llamado para que aportara decenas de miles de millones
Chenery, uno de de dólares en ayuda de emergencia, pero esencialmente como un
|en el campo del socio menor, conforme a los criterios de los programas dictados
^tizado contribu- f>or e l E M E Regía en principio u n a división del trabajo. Se supo-
nía que el E M I se limitaba a las cuestiones m a c r o e c o n ó m i c a s del
P llo e c o n ó m i c o
•rt McNamara,
j Afectado por la
país en cuestión, a su déficit presupuestario, su política monetaria,
su inflación, su déficit comercial, su deuda externa; y se suponía que
ndo, McNamara el B M se encargaba de las cuestiones estructurales: a q u é asignaba el
pión, y C h e n e r y Gobierno el gasto público, las instituciones financieras del país, su
• fila de todo el mercado laboral, sus políticas comerciales. Pero el E M I a d o p t ó una
^ gjuardia llegó posición imperialista: como casi cualquier problema estructural
na nueva econo- p o d í a afectar a la evolución de la e c o n o m í a , y por ello el presupues-
i c i o internado- to o el déficit comercial, creyó que prácticamente todo caía bajo su
rentas» — c ó m o campo de acción. A menudo se impacientaba con el Banco Mun-
medidas protec- dial, donde incluso en los a ñ o s donde la ideología del libre merca-
ns. Chenery y su do r e i n ó sin disputa había frecuentes controversias sobre las políti-
X fracasaban en cas que mejor encajarían con las condiciones del país. E l E M I tenía
a hacer para me- las respuestas (básicamente eran las mismas para cualquier país),
rueger el Estado no veía la necesidad de ninguna discusión, y aunque el Banco Mun-
ssubdesarrolla- dial d e b a t í a sobre lo que d e b í a hacerse, a la hora de las recomenda-
gko, muchos de ciones se veía pisando en el vacío.
''" leron. Ambas instituciones pudieron haber planteado a los países pers-
- a n siendo dis- pectivas alternativas sobre algunos de los desafíos del desarrollo y
Saron de modo la transición, y al hacerlo pudieron haber fortalecido los procesos
r los p r é s t a m o s democráticos. Pero ambas fueron dirigidas por la voluntad colecti-
inistró apoyo en va del G-7 (los Gobiernos de los siete países m á s industrializados)^.
fuste estructural;
con ella venían
mía que el E M I "* Estados Unidos, Japón, Alemania, Canadá, Italia, Francia y el Reino Unido. E l G-7 se
UTollo siempre reúne acttialmente de modo habitual con Rtisia (el G-8). Estos siete países ya no son
las siete economías más grandes del mundo. La integración en el G-7, como los miem-
e n ingrediente bros del Consejo de Seguridad de la ONU, es en parte tm asunto históricamente acci-
ibdesarrollado. dental.
39
í
E l , MALESTAR E N LA [Link]ÓN
y especialmente de sus ministros de Hacienda y secretarios del Te- bre flujo de bier
soro, y con demasiada frecuencia lo ú l t i m o que deseaban era un .\ranceles v Cor
vivo debate d e m o c r á t i c o sobre estrategias alternativas. considerablemei
Medio siglo d e s p u é s de su f u n d a c i ó n , es claro que el F M I no ha sólo en 1995, me
cumplido con su misión. No hizo lo que supuestamente d e b í a ha- de siglo después
cer: aportar dinero a los países que atravesaran coyunturas desfavo- Mimdial de Con
rables para permitirles acercarse nuevamente al pleno empleo. A pe- otras dos oi^an:
sai" de que nuestra c o m p r e n s i ó n de los procesos e c o n ó m i c o s se ha na el foro done
incrementado enormemente durante los últimos cincuenta años, y ran tiza que los a
a pesar de los esfuerzos del F M I durante el ú l t i m o cuarto de siglo, Las ideas e h
las crisis en el mundo han sido m á s frecuentes y (con la excepción ciones económiL
de la Gran Depresión) m á s profundas. Según algunos registros, casi te evolucionaroi
un centenar de países han entrado en crisis'; y lo que es peor, mu- rente. L a orienta
chas de las políticas recomendadas por el F M I , en particular las pre- del mercado v c
maturas liberalizaciones de los mercados de capitales, contribuye- reemplazada poi
ron a la inestabilidad global. Y u n a vez que un país sufría una crisis, como pane del i
los fondos y programas del F M I no sólo no estabilizaban la situación el BM y el Tesoro
sino que en muchos casos la empeoraban, especialmente para los subdesarrollado»
pobres. E l E M I i n c u m p l i ó su misión original de promover la estabi- to del desarroU'
lidad global; tampoco acertó en las nuevas misiones que e m p r e n d i ó , Muchas de la(
como la o r i e n t a c i ó n de la transición de los países comunistas hacia liadas como resf
la e c o n o m í a de mercado. los Gobiernos ha
E l acuerdo de Bretton Woods contemplaba una tercera organi- liticas monetaria
zación e c o n ó m i c a internacional, una Organización Mundial de Co- en el crecimien
mercio que gobernara las relaciones comerciales internacionales, las décadas siguin
una tarea parecida al Gobierno por el E M I de las relaciones finan- nuidad, supue-
cieras internacionales. Las políticas comerciales del tipo «empo- economía. ESI.L-
brecer al vecino» —por las cuales los países elevaban los aranceles esfiecíficos de \t
para preservar sus propios mercados pero a expensas de los d e m á s — bles a países de (
fueron responsabilizadas por la extensión y profundidad de la De- de capitales ftie
presión. Se necesitaba una organización internacional no sólo para bas de que estut
impedir la reaparición de una d e p r e s i ó n sino para fomentar el li- políticas econóni
cadas en las nací
países en los p n
Véase Gerard Caprio Jr., el. al., eds., Preventing bank aises. Lessons from recent global de la transición
bank failures. Proceedings of a conference co-sponsored by the Federal Reserve Bank of Chicago
and the Economic Development Institute of the World Bank, E D I Development Studies, Wa- Por citar só
shington D. C., Banco Mundial, 1998. «ketiializados —
40
J o s E P H E . STIGLITZ
bre flujo de bienes y servicios. Aunque el Acuerdo General sobre
.Aranceles y Comercio ( G A T T ) c o n s i g u i ó recortar los aranceles
considerablemente, era difícil arribar a u n acuerdo definitivo; y
sólo en 1995, medio siglo d e s p u é s del fin de la G u e r r a y dos tercios
de siglo después de la Gran Depresión, pudo nacer la Organización
Mundial de Comercio. Pero la O M C es radicalmente distinta de las
otras dos organizaciones: no fija ella las reglas sino que proporcio-
na el foro donde las negociaciones comerciales tienen lugar, y ga-
rantiza que los acuerdos se cumplan.
Las ideas e intenciones subyacentes en la creación de las institu-
ciones e c o n ó m i c a s internacionales eran buenas, pero gradualmen-
te evolucionaron con los a ñ o s y se convirtieron en algo muy dife-
rente. L a o r i e n t a c i ó n keynesiana del F M I , que subrayaba los fallos
del mercado y el papel del Estado en la c r e a c i ó n de empleo, fue
reemplazada por la sacralización del libre mercado en los ochenta,
como parte del nuevo «Consenso de Washington» —entre el IME,
el B M y el Tesoro de E E U U sobre las políticas correctas para los países
subdesarrollados— que m a r c ó un enfoque completamente distin-
to del desarrollo e c o n ó m i c o y la estabilización.
Muchas de las ideas incorporadas al Consenso fueron desarro-
lladas como respuesta a los problemas de A m é r i c a Latina, donde
los Gobiernos h a b í a n perdido todo control presupuestario y las po-
líticas monetarias conducido a inflaciones campantes. E l gran salto
en el crecimiento registrado en algunos de los países de la región en
las d é c a d a s siguientes a la I I G u e r r a Mundial no h a b í a tenido conti-
nuidad, supuestamente por la excesiva i n t e r v e n c i ó n estatal en la
e c o n o m í a . Estas ideas, elaboradas para hacer frente a problemas
específicos de América Latina, fueron d e s p u é s consideradas aplica-
bles a países de todo el mundo. L a liberalización de los mercados
de capitales fue propiciada a pesar del hecho de que no existen prue-
bas de que estimule el crecimiento e c o n ó m i c o . E n otros casos las
políticas e c o n ó m i c a s derivadas del Consenso de Washington y apli-
cadas en las naciones subdesarrolladas no eran las apropiadas para
países en los primeros estadios del desarrollo o las primeras fases
de la transición.
Por citar sólo unos pocos ejemplos, la mayoría de los países in-
dustrializados —incluidos E E U U y J a p ó n — edificaron sus econo-
41
E l . .[Link],AR E N L A [Link]ÓN
mías mediante la p r o t e c c i ó n sabia y selectiva de algunas de sus in-
dustrias, hasta que fueron lo suficientemente fuertes como para
competir con c o m p a ñ í a s extranjeras. E s verdad que el proteccio-
nismo generalizado a menudo no ha funcionado en los países que
lo han aplicado, pero tampoco lo h a hecho u n a r á p i d a liberaliza-
ción comercial. Eorzar a un país en desarrollo a abrirse a los pro-
ductos importados que compiten con los elaborados por alguna de
sus industrias, peligrosamente vulnerables a la competencia de bue-
na parte de industrias m á s vigorosas en otros países, puede tener
consecuencias desastrosas, sociales y económicas. Se han destruido
empleos sistemáticamente —los agricultores pobres de los países
subdesarrollados no p o d í a n competir con los bienes altamente
subsidiados de Europa y Estados Unidos— antes de que los secto-
res industriales y agrícolas de los países pudieran fortalecerse y
crear nuevos puestos de trabajo. A ú n peor, la insistencia del E M I en
que los países en desarrollo mantuvieran políticas monetarias es-
trictas llevaron a tipos de interés incompatibles con la creación de
empleo incluso en las mejores circunstancias. Y como la liberaliza-
ción comercial tuvo lugar antes del tendido de redes de seguridad,
quienes perdieron su empleo se vieron arrastrados a la pobreza.
Así, con demasiada frecuencia la liberalización no vino seguida del
crecimiento prometido sino de m á s miseria. Incluso aquellos que
conservaron sus puestos de trabajo fueron golpeados por una sen-
sación de inseguridad en aumento.
Los controles de capital son otro ejemplo: los países europeos
bloquearon el flujo de capitales hasta los años setenta. Alguien po-
d r í a decir que no es justo insistir en que los países en desarrollo,
con u n sistema bancario que apenas funciona, se arriesguen a abrir
sus mercados. Pero dejando a u n lado tales nociones de justicia, es
e c o n ó m i c a m e n t e errado; el flujo de dinero caliente entrando y sa-
liendo del país, que tantas veces sigue a la liberalización de los mer-
cados de capitales, provoca estragos. Los países subdesarrollados
p e q u e ñ o s son como minúsculos botes. L a rápida liberalización de
los mercados de capitales, del modo recomendado por el E M I , sig-
nificó soltarlos a navegar en un mar embravecido, antes de que las
grietas de sus cascos hayan sido reparadas, antes de que el capitán
haya sido entrenado, antes de subir a bordo los chalecos salvavidas.
42
J o s E P H E . STIGLITZ
Incluso en la mejor de las circunstancias h a b í a una alta probabili-
dad de que zozobraran al ser golpeados por una gran ola.
L a aplicación de teorías e c o n ó m i c a s equivocadas no h a b r í a re-
presentado un problema tan grave si el final primero del colonialis-
mo y d e s p u é s del comunismo no hubiese brindado al F M I y al B M
la oportunidad de expandir en gran medida sus respectivos man-
datos originales y ampliar vastamente su campo de acción. Hoy di-
chas instituciones son protagonistas dominantes en la e c o n o m í a
mundial. No sólo los países que buscan su ayuda, sino t a m b i é n los
que aspiran a obtener su «sello de aprobación» para lograr un me-
j o r acceso a los mercados internacionales de capitales deben seguir
sus instrucciones económicas, que reflejan sus ideologías y teorías
sobre el mercado libre.
E l resultado ha sido para muchas personas la pobreza y para mu-
chos países el caos social y político. E l E M I ha cometido errores en
todas las áreas en las que h a incursionado: desarrollo, manejo de
crisis y t r a n s i c i ó n del comunismo al capitalismo. Los programas
de ajuste estructural no aportaron un crecimiento sostenido ni si-
quiera a los países que, como Boliria, se plegaron a sus rigores; en
muchos países la austeridad excesiva a h o g ó el crecimiento; los pro-
gramas e c o n ó m i c o s que tienen éxito requieren un cuidado extre-
mo en su secuencia — e l orden de las reformas— y ritmo. S i , por
ejemplo, los mercados se abren a la competencia demasiado rápi-
damente, antes del establecimiento de instituciones financieras
fuertes, entonces los empleos serán destruidos a más velocidad que
la c r e a c i ó n de nuevos puestos de trabajo. E n muchos países, los
errores en secuencia y ritmo condujeron a un paro creciente y una
mayor pobreza". Tras la crisis asiática de 1997 las políticas del E M I
* Se ha lanzado una multitud de críticas contra los programas de ajuste estructural, e
incluso la evaluación de los programas por el propio Fondo ha notado sus numerosos
defectos. Esta evaluación tiene tres partes: revisión interna por el personal del FMI
(IMF Staíf, The ESAF at Ten Years: Economic Adjustment and Reform in Low-Income Coun-
tries, Occasional Papers 156, 12 de febrero de 1998; evaluación externa a cargo de un
experto independiente (K. Botchwev, et al., Report by a Group of Independent Experts re-
idew: Extemal Evaluation of the ESAE, Washington D. C , FMI, 1998); y un informe del
personal del FMI a la Junta de Directores del FMI con una condensación de los dos
análisis (IMF Stañ, Distilling the I^ssons from the ESAF Revieiüs, Washington D. C , FMI,
julio de 1998).
43
El. [Link] EN l A [Link]ÓN
exacerbaron las convulsiones en Indonesia y Tailandia. Las refor-
mas liberales en América Latina han tenido éxito en algunos casos
— u n ejemplo muy citado es Chile—, pero buena parte del resto
del continente a ú n debe recuperarse de la d é c a d a perdida para el
crecimiento que siguió a los así llamados exitosos rescates del F M I
a comienzos de los a ñ o s ocbenta, y muchos sufren hoy tasas de
paro persistentemente elevadas —las de Argentina, por ejemplo,
son de dos dígitos desde 1995— aunque la inflación ha sido conte-
nida. E l colapso argentino en 2001 es uno de los m á s recientes fra-
casos de los últimos años. Dada la alta tasa de desempleo durante
casi siete años, lo asombroso no es que los ciudadanos se amotina-
ran sino que sufrieran en silencio durante tanto tiempo. Incluso los
países que han experimentado un moderado crecimiento han vis-
to c ó m o los beneficios han sido acaparados por los ricos, y especial-
mente por los muy ricos —el 10 por ciento más acaudalado— mien-
tras que la pobreza se h a mantenido y en algunos casos las rentas
más bajas han llegado a caer.
E n los problemas del E M I y las d e m á s instituciones e c o n ó m i c a s
internacionales subyace un problema de Gobierno: q u i é n decide
q u é hacen. Las instituciones están dominadas no sólo por los paí-
ses industrializados más ricos sino t a m b i é n por los intereses comer-
ciales y financieros de esos países, lo que naturalmente se refleja en
las políticas de dichas entidades. L a elección de sus presidentes sim-
boliza esos problemas y con demasiada asiduidad ha contribuido a
su disfunción. Aunque casi todas las actividades del E M I y el B M tie-
nen lugar hoy en el mundo subdesarrollado (y ciertamente todos
sus p r é s t a m o s ) , estos organismos siempre están presididos por re-
presentantes de los países industrializados (por costumbre o acuer-
do tácito el presidente del E M I siempre es europeo, y el del Banco
Mundial siempre es norteamericano). Estos son elegidos a puerta
cerrada y j a m á s se ha considerado un requisito que el presidente
posea alguna experiencia sobre el mundo en desarrollo. Las institu-
ciones no son representativas de las naciones a las que sirven.
Los problemas t a m b i é n derivan de quien habla en nombre del
país. E n el F M I son los ministros de Hacienda y los gobernadores
de los bancos centrales. E n la O M C son los ministros de Comercio.
Cada uno de estos ministros se alinea estrechamente con grupos
J o s E P H E . STIGLITZ
particulares en sus propios países. Los ministros de comercio refle-
jan las inquietudes de la comunidad empresarial, tanto los exporta-
dores que desean nuevos mercados abiertos para sus productos
como los productores de bienes que compiten con las importacio-
nes. Estos grupos, por supuesto, aspiran a mantener todas las ba-
rreras comerciales que puedan y conservar todos los subsidios cuya
c o n c e s i ó n hayan obtenido persuadiendo al Congreso (o sus par-
lamentos) . E l hecho de que las barreras comerciales eleven los pre-
cios pagados por los consumidores o que los subsidios impongan
cargas a los contribuyentes es menos importante que los beneficios
de los productores —y las cuestiones ecológicas o laborales son a ú n
menos importantes, salvo como obstáculos que han de ser supera-
dos—. Los ministros de Hacienda y los gobernadores de los ban-
cos centrales suelen estar muy vinculados con la comunidad finan-
ciera; provienen de empresas financieras y, d e s p u é s de su etapa en
el Gobierno, allí regresan. Robert Rubín, el secretario del Tesoro
durante buena parte del periodo descrito en este libro, venía del
mayor banco de inversión, Goldman Sachs, y a c a b ó en la empresa
(Citigroup) que controla el mayor banco comercial: Citibank. E l nú-
mero dos del F M I durante este periodo, Stan Eiscber, se m a r c h ó di-
rectamente del E M I al Citigroup. Estas personas ven naturalmente
el mundo a través de los ojos de la comunidad financiera. Las deci-
siones de cualquier institución reflejan naturalmente las perspecti-
vas e intereses de los que toman las decisiones; no sorprende, como
veremos repetidamente en los capítulos siguientes, que las políti-
cas de las instituciones e c o n ó m i c a s internacionales demasiado a
menudo se ajusten en función de intereses comerciales y financie-
ros de los países industrializados avanzados.
Para los campesinos de los países subdesarrollados que se afa-
nan para pagar las deudas contraídas por sus países con el E M I , o el
empresario afligido por los aumentos en el impuesto sobre el valor
a ñ a d i d o , establecidos a instancias del E M I , el esquema actual del
E M I es de tributación sin r e p r e s e n t a c i ó n . E n el sistema internacio-
nal de la globalización bajo la égida del E M I crece la desilusión a
medida que los pobres en Indonesia, Marruecos o P a p ú a - N u e v a
G u i n e a ven reducirse los subsidios al combustible y los alimen-
tos; y los de Tailandia comprueban que se extiende el sida como
45
E L MALESTAR EN LA [Link]ÓN
resultado de los recortes en gastos sanitarios impuestos por el F M I ;
y las familias en muchos países subdesarrollados, al tener que pa-
gar por la e d u c a c i ó n de sus hijos bajo los llamados programas de
r e c u p e r a c i ó n de costes, adoptan la dolorosa decisión de no enviar
a las niñas a la escuela.
Sin alternativas, sin vías para expresar su inquietud, para instar a
un cambio, la gente se alborota. Es evidente que las calles no son el
sitio para discutir cuestiones, formular políticas o anudar compro-
misos. Pero las protestas han hecho que funcionarios y economis-
tas en todo el mundo reflexionen sobre las alternativas a las políti-
cas del Consenso de Washington en tanto que ú n i c a y verdadera vía
para el crecimiento y el desarrollo. Queda crecientemente claro no
sólo para los ciudadanos corrientes sino t a m b i é n para los que ela-
boran políticas, y no sólo en los países en desarrollo sino t a m b i é n
en los desarrollados, que la globalización tal como ha sido puesta en
p r á c t i c a no ha conseguido lo que sus partidarios prometieron
que lograría... ni lo que puede ni debe lograr. E n algunos casos n i
siquiera ha generado crecimiento, y cuando lo ha hecho, no ha pro-
porcionado beneficios a todos; el efecto neto de las políticas estipu-
ladas por el Consenso de Washington ha sido favorecer a la mino-
ría a expensas de la mayoría, a los ricos a expensas de los pobres. E n
muchos casos los valores e intereses comerciales han prevalecido
sobre las preocupaciones acerca del medio ambiente, la democra-
cia, los derechos humanos y la justicia social.
L a globalización en sí misma no es buena ni mala. Tiene el poder
de hacer un bien enorme, y para los países del Este asiático, que han
adoptado la globalización bajo sus propias condiciones y a su propio
ritmo, ha representado u n beneficio gigantesco, a pesar del paso
atrás de la crisis de 1997. Pero en buena parte del mundo no ha aca-
rreado beneficios comparables. Y a muchos les parece cercana a un
desastre sin paliativos.
L a experiencia estadounidense en el siglo x i x constituye un buen
paralelo de la globalización actual, y el contraste ilustra los éxitos
del pasado y los fracasos del presente. Durante el siglo x i x , cuando
los costes de transporte y comunicación cayeron y los mercados antes
locales se expandieron, se formaron nuevas e c o n o m í a s nacionales
y con ellas llegaron empresas nacionales que h a c í a n sus negocios
46
JOSEPH E . STIGLITZ
en todo el país. Pero los mercados no se desarrollaron libremente
por sí mismos: el Estado d e s e m p e ñ ó u n papel crucial y m o l d e ó la
evolución de la e c o n o m í a . E l Gobierno de los E E U U c o n q u i s t ó
amplios grados de i n t e r v e n c i ó n e c o n ó m i c a cuando los tribunales
interpretaron de modo lato la disposición constitucional que per-
mite al Gobierno Federal regular el comercio interestatal. E l Go-
bierno Federal e m p e z ó a regular el sistema financiero, fijó salarios
m í n i m o s y condiciones de trabajo y finalmente m o n t ó sistemas que
se ocuparon del paro y el bienestar, y lidiaron con los problemas
que plantea un sistema de mercado. E l Gobierno Federal promo-
vió t a m b i é n algunas industrias (la primera línea de telégrafo, por
ejemplo, fue tendida por el Gobierno Federal entre Baltimore y
Washington en 1842) e incentivó otras, como la agricultura, no sólo
avTidando a establecer universidades que se encargaran de la inves-
tigación, sino aportando a d e m á s servicios de d i v u l g a c i ó n para
entrenar a los agricultores en las nuevas tecnologías. E l Gobierno
Federal cumplió un papel central no sólo en el fomento del creci-
miento norteamericano. Aunque no emprendiera políticas activas
de tipo redistributivo, al menos acometió programas cuyos beneficios
frieron ampliamente compartidos —no sólo los que extendieron la
educación y mejoraron la productividad agrícola, sino t a m b i é n las
cesiones de tierras que garantizaron un m í n i m o de oportunidades
para todos los estadounidenses—.
E n la actualidad, con la caída constante en los costes de trans-
porte y c o m u n i c a c i ó n , y la r e d u c c i ó n de las barreras creadas por
los seres humanos frente al flujo de bienes, servicios y capitales (aun-
que persisten barreras importantes al libre movimiento de trabaja-
dores), tenemos un proceso de «globalización» a n á l o g o a los pro-
cesos anteriores en los que se formaron las e c o n o m í a s nacionales.
Por desgracia, carecemos de u n Gobierno m u n d i a l , responsable
ante los pueblos de todos los países, que supervise el proceso de
globalización de modo comparable a c ó m o los Gobiernos de E E U U
\ otras naciones guiaron el proceso de nacionalización. E n vez de
ello, tenemos u n sistema que cabría denominar Gobierno global sin
Estado global, en el cual un p u ñ a d o de instituciones — e l Banco
Mundial, el E M I , la O M C — y unos pocos participantes —los minis-
tros de Finanzas, E c o n o m í a y Comercio, estrechamente vinculados
E l . [Link] EN LA [Link]ÓN
a algunos intereses financieros y comerciales— controlan el esce-
nario, pero muchos de los afectados por sus decisiones no tienen
casi voz. H a llegado el momento de cambiar algunas de las reglas
del orden e c o n ó m i c o internacional, de asignar menos énfasis a la
ideología y de prestar más a t e n c i ó n a lo que funciona, de repensar
c ó m o se toman las decisiones a nivel internacional —^y en el interés
de q u i é n — . E l crecimiento tiene que tener lugar. Es crucial que el
desarrollo exitoso que hemos visto en el este de Asia sea alcanzado
en otros lugares, porque el coste de seguir con la inestabilidad glo-
bal es muy grande. L a globalización puede ser rediseñada, y cuan-
do lo sea, cuando sea manejada adecuadamente, equitativamente,
cuando todos los países tengan voz en las políticas que los afectan,
es posible que ello contribuya a crear una nueva e c o n o m í a global
en la cual el crecimiento resulte no sólo m á s sostenible sino que sus
frutos se compartan de manera m á s justa.
48